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Separata 6

3. La voluntad y sus actos

La voluntad es una facultad humana superior cuyo objeto es el bien no sensible sino espiritual. Según la filosofía
clásica, hay que distinguir entre la llamada ‘voluntad natural’ (voluntas ut natura), es decir la tendencia al bien
correspondiente a su dimensión espiritual y a su posesión que la felicidad, y la ‘voluntad racional’ (voluntas ut ratio), que
es la voluntad que sigue a los actos de la razón práctica que descubre muchos bienes mediales.

Todos tendemos a dar cumplimiento a esta tendencia espiritual, todos aspiramos a la felicidad. Sin embargo, el
problema es ¿cómo alcanzarla? Por tanto, se requiere del concurso de la inteligencia para que le ayude a descubrir al ser
humano cómo llegar a dicha posesión. Por esto se habla de la voluntas ut ratio, o voluntad racional, es decir la tendencia
espiritual iluminada por la inteligencia. De ahí que se afirme que la voluntad es la tendencia despertada por el
conocimiento intelectual de un bien.

a. La distinción entre el querer y el desear

Actualmente, una confusión frecuente es la que se da al no distinguir el querer del desear. En el lenguaje corriente
se dice: «quiero», mientras que a veces debería decirse: «deseo». La confusión procede del hecho de que a menudo querer
y desear son concomitantes y concurrentes, porque el mismo objeto a la vez es querido y deseado.

Tanto el querer como el desear se ponen en movimiento a partir de un conocimiento previo. De ahí la sentencia
clásica de que “nada es querido si antes no es conocido”. En general, los apetitos, tanto de índole sensible como
intelectual, se despiertan con un conocimiento. Como hemos visto, en el ser humano cabe muchos tipos de conocimiento,
tanto sensibles como intelectuales, y, aunque se diferencien, ordinariamente se dan juntos. Es más, en el ser humano la
imaginación puede dar paso a una idea e inversamente, la idea se acompaña de imágenes; en un caso o en el otro, las
respectivas intencionalidades del objeto conocido ‘apuntan’ hacia la misma realidad. Por esto, el conocimiento sensible
puede despertar el deseo y el conocimiento intelectual, puede llevar a querer algo que es al mismo tiempo el término de
un deseo, y entonces, se puede desear y querer al mismo tiempo.

Sin embargo, conviene no confundir el desear y el querer porque son dos actos distintos, el uno sensible y el otro
intelectual o espiritual. Este último se dirige al bien, pero de un modo distinto. La diferencia se ve cuando el bien concebido
intelectualmente no es sensible. Si el bien no es captado por ningún sentido, ni por la vista, ni por el tacto, ni por la
imaginación, ni por ningún otro sentido externo o interno; sino que se trata de un bien entendido por la inteligencia,
entonces se ve claramente lo que es querer.

Por eso, esta diferencia se pone de manifiesto más netamente cuando hay oposición entre la voluntad y el deseo.
Vemos entonces que el deseo tiende hacia un bien sensible, percibido e imaginado, mientras que el querer tiene por
objeto un bien inteligible. Por ejemplo, uno podría desear tomarse una bebida que, ante los sentidos, se le aparece muy
agradable y placentera, pero si aquello es un veneno, y eso lo advierte por su inteligencia, entonces puede ser que no lo
quiera, aunque el deseo sea muy intenso; entonces no se lo toma por el hecho de que su deseo sea muy intenso, ya que
hay venenos que son muy apetecibles.

La voluntad, sostenida por la inteligencia, puede ayudar a controlar o dominar los deseos, de manera que se salga
vencedor en el conflicto entre el deber y la pasión; daremos prueba del triunfo de nuestra voluntad, como el héroe de
Corneille: «Y sobre mis pasiones, mi razón soberana». Esto no significa que la voluntad se identifique con el esfuerzo, pues
cuanto más fuerte es la voluntad, menos esfuerzos ha de hacer. Pero es frecuente que psicológicamente la voluntad se
perciba más claramente en el esfuerzo.

b) Descripción del acto voluntario o acción libre

Vamos a describir paso a paso, es decir acto a acto, la secuencia que debe seguir la acción humana práctica tal como
tendría que darse si se usara bien de la razón práctica y de la voluntad; es decir, veremos que los pasos que se siguen en
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el acto voluntario son posibles porque hay una capacidad en el ser humano de interrelacionar los actos de la recta razón
con los de la voluntad, ya que ésta va de la mano con la inteligencia.

A través de este breve análisis, veremos en qué consiste la virtud de la prudencia, que aunque su tratamiento
corresponde más propiamente a la ética, sin embargo, no podemos evitar su planteamiento, porque, como toda virtud,
es un hábito perfectivo de la naturaleza humana. La prudencia es considerada la virtud más alta en lo que se refiere al
ámbito de la vida práctica. Se le suele llamar ‘auriga virtutum’, porque al modo del auriga es la que dirige incluso las demás
virtudes que inhieren en la sensibilidad, como son la templanza y la fortaleza. De manera que inclusive, no hay verdadera
templanza ni fortaleza, si no existe la prudencia.

Así pues, la prudencia es la virtud que pertenece al recto obrar (por lo cual es muy importante en la ética), y es
condición para que los actos libres del ser humano sean rectos. Por esto veremos como cada paso del acto voluntario
‘reclama’ cada uno de los elementos que van constituyendo la prudencia. Si éstos se dan el ser humano es prudente y
sabe actuar bien, si se omiten el hombre no sabrá actuar rectamente en su vida práctica.

Según la filosofía clásica, los actos que constituyen la acción humana, y consiguientemente la prudencia, son
propios de las dos facultades humanas superiores, la inteligencia y la voluntad, las cuales actúan interrelacionándose y
apoyándose mutuamente. En la siguiente secuencia, los actos que pertenecen a la inteligencia son los que designaremos
con los números impares, y los de la 00voluntad aquellos señalados en los números pares. Estos son los siguientes:

1) La simple aprehensión intelectual. Es la simple captación intelectual de un objeto. Como sabemos, el acto
voluntario se desencadena por el conocimiento. Así, antes señalamos, que en el ser humano rige el principio de que ‘nada
es querido si antes no es conocido’. Como aquí estamos tratando del acto voluntario, y la voluntad se corresponde con la
inteligencia, tenemos entonces que el proceso del acto voluntario arranca con la inteligencia.

2). Simple querer: Es la adhesión de la voluntad al bien presentado por la inteligencia. En rigor se trata de su
reconocimiento como bien (recordemos que el objeto de la voluntad es el bien). Por eso, este bien despierta en la voluntad
una complacencia no deliberada sino espontánea.

Este planteamiento de nuestra naturaleza humana es bastante optimista, ya que realmente estamos hechos para
el bien. No es verdad que tendamos al mal, o que nuestra naturaleza esté irremediablemente corrompida. En condiciones
normales, al entender algo tendemos a ver su aspecto de bien y nuestra voluntad se “rinde” ante él, le presta su
reconocimiento y adhesión. Sin embargo, esta adhesión inicial no es suficiente. Se precisa del examen, que corre a cargo
de la inteligencia.

3) Examen. Como hemos visto, la inteligencia está muy relacionada con la voluntad ya que la ilumina, le presenta
la realidad, los bienes a la voluntad y está en ella prestarles su adhesión o no. El examen es un acto de la inteligencia, por
lo que un fallo en ella tiene consecuencias en el acto correspondiente de la voluntad.

El examen consiste en una consideración más atenta del bien presentado, para ver si es realmente conveniente al
sujeto y si es posible de ser alcanzado aquí y ahora, es decir se pregunta sobre dos cosas: sobre su conveniencia, real, y
concreta y sobre su posibilidad de alcanzarlo. Si nos damos cuenta que el objeto no es conveniente o no es posible de ser
alcanzado, entonces el proceso se detiene.

Este acto de la razón práctica es importante. Cuando se omite el examen, se puede querer algo que no es
conveniente o que es imposible de alcanzar. En este último caso, si la complacencia se despierta ante un objeto imposible
de alcanzar, cae en la veleidad. Se dice que alguien es veleidoso cuando quiere un bien y otro y otro, sin detenerse a
examinar si es algo conveniente o alcanzable para él en sus circunstancias concretas. Una persona puede querer volar
como los pájaros, pero ese tipo de vuelo, de lanzarse por los aires batiendo las extremidades superiores, no es posible en
el hombre, sería veleidoso si persistiera en querer hacerlo, ya que ni es alcanzable por él, ni le conviene hacerlo.

Aquí empieza una consideración del bien como conveniente, que parte del diferenciar que una cosa es el bien en
sí mismo y otra distinta es el bien relativo, es decir, el bien respecto a un sujeto determinado. Para que algo sea bueno,
conveniente, para el ser humano, es preciso que perfeccione su propia naturaleza. Así tenemos que, en rigor, algo es
bueno para un ser humano cuando contribuye a perfeccionarle y malo cuando la deteriora.

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Hacer la diferencia de que una cosa es buena en sí misma, pero no tiene por qué serlo necesariamente para mí,
para cada uno, es una cuestión básica, pero importante. Las cosas son buenas en sí mismas porque tienen entidad. Es lo
que en metafísica se llama bien ontológico. Pero de ahí no se sigue que sea bueno para uno, porque sólo es bueno para
nosotros si es bueno para nuestra naturaleza que, por ser humana, es diferente de la de otros seres, y tiene unos
requerimientos muy propios. Por ejemplo, los mosquitos son un bien en sí mismos y lo son para los batracios que se
alimentan con ellos, pero no lo son para los niños, porque sus picaduras les causan gran molestia o infecciones. También
un insecticida es bueno en sí mismo, y puede ser bueno para curar algunas plagas en las plantas, pero no lo es para el ser
humano, ya que si lo ingiere, puede intoxicarse y hasta costarle la vida.

Es necesario hacer examen, de lo contrario la veleidad le pone a la voluntad en situación de frustración, es decir, la
hace salir de sí misma en busca de su objeto, pero como éste no está bien calibrado al no ser alcanzable, o no conveniente,
frustra a la voluntad. Es como si una persona intentara saciar su hambre con el viento, por más bocanadas de aire que
intente obtener, al final se queda con hambre, no se llena, y viene la frustración. Por tanto, es importante cuidar de las
facultades para no estropearlas; una voluntad veleidosa se debilita intrínsecamente, porque se la obliga a frustrarse, ya
que se le pone delante objetos no alcanzables o no convenientes.

4) Intención: Si ha habido un buen examen, entonces se prepara una buena y recta intención. El bien concebido,
querido y examinado se convierte entonces en un término o fin, hacia el cual se tiende. Esta intención contiene
implícitamente la voluntad de poner los medios necesarios que aún no conocemos. Es muy importante cuidar este acto
para que en él la voluntad se adhiera rectamente a un verdadero fin, a un fin bueno. Es importante cuidar que nuestras
intenciones sean buenas, que se adhieran al bien, porque si lo hacen al mal, la voluntad se estropea grandemente.

La mala intención puede darse cuando un individuo niega la adhesión de su voluntad a un bien verdadero. Por
ejemplo, a veces alguno puede recurrir a la astucia, la cual es dañina para la voluntad, es más con la astucia se violenta
incluso a la inteligencia para que altere el conocimiento del bien, y entonces el sujeto dice que el bien es mal y al revés, y
en segundo lugar se violenta a la voluntad para que en lugar de cumplir su exigencia de alteridad, saliendo del sujeto en
pos del bien verdadero, regrese circularmente hacia el propio sujeto, hacia sus «bienes» mezquinos. Quizá esto se pueda
entender con la fábula de la zorra y las uvas. Como a la zorra le fastidia el que las uvas estén fuera de su alcance, entonces
no las reconoce como bien, las rechaza. Pero ¿qué hace entonces? Lo que hace es obligar a su inteligencia a ir en contra
de la verdad que es lo propio de ella; la somete a violencia, la oscurece, haciéndole decir lo contrario de la verdad, a saber,
que las uvas no están maduras, cuando en realidad lo están. Esa violencia que sufre la inteligencia, contradiciendo su
naturaleza (la inteligencia está hecha para la verdad) corrompe a la inteligencia, la oscurece. Y como la voluntad sigue a la
inteligencia, en esas condiciones se deteriora también, porque entonces rechaza algo que es bueno.

El astuto, en rigor, no es inteligente, aunque lo parezca, pues sabe muchas cosas, cómo conseguir sus objetivos,
etc., pero ignora lo más fundamental, que a la inteligencia se le alimenta sólo con la verdad, y a la voluntad con el bien
verdadero, y, por tanto, ignora hasta qué punto se daña a si mismo violentando su inteligencia y su voluntad. Por esto
también un hombre astuto no puede ser nunca prudente, porque parte de un oscurecimiento de su inteligencia que le
lleva a no reconocer la verdad; entonces oscureciendo su inteligencia, quitando la única luz que tiene para iluminar su
acción práctica, se equivocará. Una buena educación de la inteligencia y de la voluntad parte de ayudar a los educandos a
que presten su reconocimiento a la verdad y al bien verdadero, aunque a uno no le guste. La verdad es la verdad y el bien
es el bien independientemente de que uno pueda o no conseguirlos, a pesar de que nos disguste. La verdad es la verdad
por más dura que nos resulte su aceptación.

Con lo que precede también se ponen las bases para la consecución de otra virtud muy importante en la vida
práctica, que es la justicia. ¿Por qué un bien es bien sólo si es mío o para mí? El bien tiene un estatuto independiente del
sujeto. Si sólo es bueno lo que es para mí, y es malo lo que es de otro, entonces uno no puede vivir la virtud de la justicia
que comporta radicalmente la alteridad (alter significa otro), ya que lleva a dar al otro lo que le corresponde, aquello a lo
que tiene derecho. Pero si sólo es bueno lo que se refiere a mí, y lo de otro es malo por ser ajeno, entonces no es posible
ser justo, y se da lugar a muchos atropellos.

Es conveniente aprender a reconocer el bien ya sea que lo tenga uno o lo tenga otro, de lo contrario se le priva a la
voluntad del bien al cual tiende por su propia naturaleza. Es de gran importancia reconocer, aceptar, la verdad y el bien
vengan de donde vinieren, los tengan quienes lo tengan, aunque lo hagan otros y uno no. Esto ha llevado a distinguir entre
un buen sinvergüenza y un mal sinvergüenza. El primero es el que reconoce el bien, aunque él no lo tenga, aunque ni
siquiera esté dispuesto a hacer anda por alcanzarlo. En cambio, el mal sinvergüenza es aquel que intenta alterar el bien
negando que lo sea, o diciendo que es una tontería. Por ejemplo, hay quienes reconocen que algunas personas obran

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bien, que lo que hacen es bueno, que están en la verdad, aunque se sepan sin fuerzas para hacer las cosas que los otros
hacen. Sin embargo, reconocen el bien. Otras, en su afán de justificarse tratan de alterar ese bien, y dicen que en realidad
no lo es, que quienes obran así son unos raros, o unos tontos. Los primeros están en mejores condiciones de rectificar,
porque han dejado el bien intacto, los otros no.

5) Búsqueda de los medios: La intención de alcanzar el fin provoca la búsqueda de los medios necesarios para
alcanzarlo. Si no queremos buscarlos, o no los buscamos, el proceso también se detiene; entonces queremos un bien,
pero utópicamente, es decir, sin implementarlo con los bienes necesarios para conseguirlo. La utopía se caracteriza por
eso precisamente, por la ausencia de los medios, no se sabe cómo llegar a alcanzar el fin o ideal propuesto. Hay quienes
se contentan con buenas intenciones, pero esto no es suficiente. Los medios son muy valiosos, y si bien no se puede
equipararlos con los fines son requisito para conseguirlos. El desprecio de los medios en la vida práctica es funesto, y la
vida humana está compuesta de muchas acciones prácticas.

Si queremos realmente alcanzar el fin buscaremos aquellos medios necesarios para conseguirlo. A veces la gente
joven es un tanto ‘idealista’, y por ejemplo, a uno le dicen que quieren ser buenos, que quieren ser mejores, estudiar,
organizarse, etc. y cuando uno les pregunta ¿qué medios pones?, se quedan sin saber qué decir.

6) Consentimiento: En este acto la voluntad se adhiere a los medios con vistas al fin que hay que alcanzar. Es un
acto de la voluntad claramente diferenciado, porque a veces ocurre que un sujeto puede retroceder ante los medios que
hay que emplear cuando los descubrimos, no prestándoles la adhesión de la voluntad. En este caso la acción se detiene.
Si no se aceptan los medios, no se puede conseguir el fin.

7) Deliberación: Junto con la intención y la elección que veremos después, es el acto más importante en la vida
práctica, porque de éste depende la decisión que hace posible la acción posterior. Aprender a tomar decisiones depende
mucho del aprender a deliberar. La deliberación supone un atento estudio, pero no del fin querido, como en el examen
que antecede a la intención, sino de cada uno de los medios en cuanto a su valor relativo. Entonces, se pregunta cuál es
el más adecuado, el más eficaz. Para una búsqueda eficaz de los medios se requiere de varios actos: a) información, b)
consejo, c) estudio o deliberación propiamente dicha y d) jerarquización de las alternativas.

El estudio es la consideración atenta de cada medio o alternativa, y se precisa también del consejo, tanto del
aconsejarse uno mismo, como del consejo de personas prudentes. Es decir, precisamos de la experiencia personal y de la
experiencia ajena, de aquellas personas que están en situación de aconsejarnos. Junto con la información obtenida en la
búsqueda de los medios, se precisa del estudio y del consejo para deliberar. La deliberación se completa con la
jerarquización de los medios y alternativas. Es necesario hacer una adecuada jerarquía de los bienes mediales, de las
alternativas, ya que después de sopesar cada uno tenemos que ver cuál es el mejor.

No todos los bienes son iguales. Esto es importante tenerlo en cuenta, porque a menudo no tendremos que elegir
entre lo malo y lo bueno, sino entre bienes simplemente y bienes mejores. Por otra parte, la jerarquía ayuda a ser justos,
no todos los bienes son iguales, hay unos que son mejores que otros, y no puedo elegir uno inferior, porque puedo estar
comprometiendo un bien superior.

La deliberación, sin embargo, puede frustrarse, porque puede ocurrir que zanjemos la deliberación antes de
tiempo, es decir, que la cortemos debido al influjo de las pasiones o que la demoremos innecesariamente, por excesivo
afán de seguridad. La deliberación se frustra muchas veces debido al influjo de las pasiones incontroladas, ya sean las del
apetito concupiscible o las del apetito irascible. El primero se refiere a la influencia decisiva del gusto o placer sensible
respecto a un objeto, y el segundo en cuanto al temor, aversión, etc. que despierta. La precipitación, la inmediatez, la
impulsividad, así como la indecisión, impiden que el siguiente acto, el de la decisión se ejerza acertadamente.

Por esto es necesario mantener controladas las pasiones a través de los hábitos respectivos, la templanza y la
fortaleza, para que no impidan pensar, ya que sin deliberación no es posible acertar. Aristóteles decía que en la vida
práctica hay muchas maneras de equivocarse y sólo una de acertar. Las situaciones prácticas son muy concretas y a
menudo impredecibles, por eso, la prudencia une los principios, criterios generales de actuación, con las situaciones
particulares y concretas. Sin embargo, para que logre su cometido se precisa de tener la sensibilidad bajo control.

8) Elección: Es el acto por el que se escoge uno de los medios con exclusión de todos los demás. Este es un acto
muy importante, ya que la voluntad, el sujeto, no sólo decide cosas, sino que de alguna manera se decide él mismo, se
autodetermina; se reconoce en su decisión, la cual está constituida por el sujeto. Por esta razón la intención y la decisión

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son tan relevantes, porque configuran decisivamente a la voluntad. Es un ejercicio de la libertad, si el sujeto no acompaña
su decisión, entonces no se autodetermina, no hay fuerza humana en el mundo capaz de hacerle querer lo que él no
quiera.

Evidentemente el ejercicio recto de la libertad no es cualquier cosa, ya que tanto en la intención como en la elección
el sujeto está llamado a obrar de acuerdo con su naturaleza racional, que busca la verdad, y con su voluntad, que tiende
al bien verdadero. De ahí también la exigencia ética de ejercitar bien la razón práctica y la voluntad para poder así querer
bien, rectamente, es decir para poder ser realmente libre.

Cabe la posibilidad de elegir incorrectamente. La decisión puede ser precipitada, si no se ha reflexionado lo


suficiente, o puede ser inoportuna, en el sentido en que se tome después de un excesivo tiempo de deliberación. En el
primer caso, ha faltado deliberación y se ha zanjado la deliberación por el influjo muy vivo de alguna (s) pasión (es). En el
caso que se haya alargado excesivamente la deliberación, también podemos advertir que la causa es la falta de control de
las pasiones, por el temor a los riesgos que toda decisión comporta, es decir, por el desmesurado afán de seguridad.
También aquí se ve lo importante que es para poder actuar bien la templanza y la fortaleza.

9) Imperio: Una vez que se ha hecho la elección, se sigue el mandato de la inteligencia para pasar a realizar lo
decidido. Esta orden es una operación intelectual que advierte al sujeto de que conviene pasar a la acción. También se
puede ver aquí que el imperio es un mandato y, como tal, le pertenece a la inteligencia. A veces se piensa que las órdenes
las da la voluntad, pero en realidad se dan en la inteligencia. Lo importante de la orden es el mensaje que transmite, la
información que contiene; por eso, si ésta no es racional, o no se entiende, entonces no es eficaz.

10) El uso activo de la voluntad, es el nombre que daban los clásicos al movimiento de la voluntad que incide en las
facultades <que deben operar para llevar a cabo la orden dada anteriormente. La voluntad mueve a las facultades que
estén involucradas en la acción correspondiente, las mueve a su actividad; así puede mover a la imaginación, a la memoria,
a la inteligencia, etc.

11) Ejecución: Es la realización de la acción, la cual corre a cargo de la inteligencia, que la dirige. También aquí es
posible ver que la ejecución no corre a cargo de la voluntad. Evidentemente la voluntad da su consentimiento y sostiene
la acción, pero la propia ejecución o realización de la acción es dirigida por la inteligencia, la cual guía el despliegue de la
acción. Una acción tiene que ser inteligente, de lo contrario sale de cualquier manera y no consigue su fin.

12) Gozo: Si todo ha ido bien, entonces se produce el gozo ante la obtención del fin o bien querido. Si uno ha
conseguido el fin se ratifica en su acción, pero también es posible la rectificación, para cambiar la decisión y cambiar la
acción o para hacerlas mejor todavía.

c) Teorías acerca de la voluntad

Existen diversas concepciones sobre la naturaleza de la voluntad. Las más importantes son las siguientes:

1) Teoría sensualista

Su representante más conocido es Condillac. Para él la voluntad no es más que un deseo sensible predominante.
Sin embargo, es preciso diferenciar el querer de la voluntad del desear del apetito sensible. Es cierto que la voluntad es
una tendencia, un apetito, como el deseo, y que a veces es difícil distinguirlas. Pero, como ya hemos señalado, la voluntad
deriva de la concepción racional de un bien, mientras que el deseo sigue al conocimiento sensible.

Por lo demás, es patente que hay casos en que se decide contra el deseo más vivo, sin ningún entusiasmo,
fríamente, por ejemplo, cuando uno tiene que hacerse una operación quirúrgica, es probable que uno no la desee, y sin
embargo, hasta paga para que se la realicen.

2) Teoría intelectualista

Según Spinoza, en la conciencia no existen más que ideas: el espíritu se reduce al entendimiento. Sin embargo,
tenemos que recordar que la inteligencia no suple a la voluntad, aún cuando vayan muy unidas. Es verdad que la idea está
en el origen de todo acto voluntario (no cualquier idea, por ejemplo, la idea del triángulo no es una idea dinámica); sin
embargo, la voluntad tiene sus operaciones propias. Por ejemplo, la intención, la elección, etc., son propios de la voluntad.

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Así, es posible advertir la tensión de la voluntad, en el momento de la decisión. Ese acto es diferente de la mera intelección,
porque aunque la inteligencia le haya informado, haya examinado, deliberado, etc., si el sujeto no quiere prestar su
adhesión a aquello que sabe que es conveniente, entonces no decide.

Por otra parte, hay casos en que, aunque un sujeto sepa cómo tiene que hacer las cosas, aún así no las hace. En la
teoría intelectualista que sostiene que basta con conocer el bien para realizarlo, pero esto no siempre sucede, porque
está de por medio la libertad del sujeto. Puede suceder que un individuo dado se deje llevar por sus pasiones.

3) Teoría clásica

De acuerdo con la teoría clásica tomista, la voluntad está especificada por su objeto, el cual es el bien concebido
por la inteligencia. Que el objeto de la voluntad sea el bien equivale a decir que el mal nunca es deseado por sí mismo,
que no puede ser amado. Inclusive cuando se quiere el mal siempre es bajo razón de bien.

Desde la filosofía clásica se sabe que en lo más profundo de su ser, lo que un ser humano busca es la felicidad; la
voluntas ut natura tiende a la felicidad inevitablemente. El problema es ¿dónde hallarla? No está en las riquezas, ni en
los honores, ni en la gloria, ni en el poder, ni en el placer, ni en la virtud, ni en la ciencia, ya que todos estos bienes son
relativos, finitos, perecederos. Sólo la posesión de un bien infinito puede colmar el corazón humano y saciar toda su
inquietud, su aspiración a la felicidad. De esta manera, al buscar la felicidad, el hombre tiende implícitamente a Dios

Se necesita, por tanto, de la luz de la razón para buscar el bien verdadero y para buscar los bienes mediales dirigidos
a alcanzar aquello que es capaz de aquietar las más profundas exigencias de su ser. Es el plano de la voluntas ut ratio, y
de la determinación libre de la voluntad, donde radica propiamente su acción humana práctica, pero a ésta hay que
ordenarla de tal manera que no impida la consecución de la felicidad, que en último término se encuentra en el Bien
Absoluto que es Dios.

Si no se sabe conducir bien la razón o la voluntad, entonces el ser humano puede poner su fin último en cosas
distintas de Dios. Hay quienes hacen un dios de los bienes materiales, de la ciencia, del arte, etc. Es en esta disyunción de
la voluntas ut natura y de la voluntas ut ratio en donde reside muchas veces todo el drama de la vida humana.

También se entiende por qué la voluntad es una facultad espiritual, ya que sigue a la inteligencia y, por tanto, es
tan espiritual como ésta. Si se admite que es una tendencia racional, se entiende que sea espiritual, ya que el objeto hacia
el que se dirige es espiritual y, por tanto, la facultad que lo ejerce lo es igualmente.

Como decíamos al empezar esta sección, se suele confundir la voluntad con el deseo, y así se puede dar el caso de
que una persona crea que quiere algo sin poder impedirlo, y que no obstante conserva la lucidez para ver que no debe
hacerlo. En cuanto a lo primero se trataría de un amor sensible, de una pasión y no hay nada asombroso de que se la
rechace por la voluntad a pesar de que se continúe experimentándola sensiblemente, hasta que «racionalizando» la
tendencia, el sujeto logre atenuarla o hacerla desaparecer.

Como ya vimos anteriormente, la voluntad no tiene control directo sobre las pasiones; puede controlarlas con la
ayuda de la inteligencia, es lo que se llama gobierno político de las pasiones, que ya hemos visto en el capítulo anterior.

d. El control de las pasiones

Las pasiones son actos del apetito sensible. En el ser humano la voluntad, acompañada de la razón, ejerce un
dominio político sobre las pasiones, e impera sobre su actuar mismo y la ejecución a la que impulsan.

En cuanto a la ejecución:

En individuos normales, ninguna pasión lleva a ejecutar nada sin el concurso de la fuerza voluntaria. La voluntad
siempre apoya o contrarresta a la pasión. En el hombre el circuito estímulo-respuesta es libre. Accidentalmente una pasión
puede imponer insoslayablemente un acto, fruto de la intensidad de la pasión que puede bloquear al intelecto y a la
voluntad, de modo que se trata de un acto del hombre no imputable moralmente.

En cuanto al actuarse o desencadenamiento de la pasión:

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Aquí el dominio de la voluntad es más indirecto, ya que esto depende inmediatamente de los actos aprehensivos
sensibles, por lo tanto, a la percepción o representación del objeto; por ejemplo, de la belleza que desencadena
automáticamente el goce e incluso el amor, y la percepción o representación de la injusticia la ira.

La voluntad se puede controlar en su mismo surgir indirectamente como control de los sentidos internos y externos
mediante la sustitución de las percepciones o representaciones. Esto es importante respecto de las pasiones de lujuria
(revistas, películas con escenas provocantes, faltas de pudor, etc.).

El control voluntario se puede facilitar mediante el ejercicio de hábitos buenos: virtudes, y se puede dificultar
mediante el ejercicio de hábitos malos: vicios, que veremos posteriormente. Existe una resistencia de las pasiones a
someterse al dominio de la parte más noble del hombre, lo cual es consecuencia del pecado original, que se puede agravar
más por los desórdenes que personalmente se vayan consintiendo en la actuación de las potencias sensitivas.

El hábito que perfecciona al concupiscible es la templanza. Ésta es una virtud y, como tal, un hábito operativo bueno
adquirido por la repetición de actos; por tanto, es una virtud dinámica, nunca estática, ya que puede perderse o puede
progresar, hacerse cada vez mayor. Por medio de ella se moderan las pasiones del apetito concupiscible. Su nombre
etimológico es ‘temperantia’ que significa moderación. A veces la templanza se ha reducido sólo al comer y al beber y
nada más. Además, cuando se ha referido a la comida y a la bebida se ha visto en ellas sólo la moderación en la cantidad.
También se ha empleado la templanza en relación con la ira. Así cuando alguien está airado, se le suele pedir que «se
modere».

Sin embargo, el verdadero significado de la templanza es el de ser un hábito por el cual se posee una discreción
ordenadora del apetito que se dirige al bien sensible inmediato. Con ella se trata de hacer un todo armónico de una serie
de componentes dispares. Por tanto la templanza no sólo quiere decir poner freno o parar, sino respetar, tratar con
miramiento una cosa. La templanza tiene como finalidad lograr el orden interno en la persona humana. La tranquilidad
de espíritu requiere un dominio de los apetitos, especialmente del concupiscible que evita la autodestrucción.

La templanza es la virtud que modera el apetito concupiscible, la tendencia natural hacia el placer sensible que se
obtiene en la comida, en la bebida y en el deleite sexual. Esas dos tendencias, la de la comida-bebida y la de la reproducción
humana, son –como ya señalamos– una manifestación de las fuerzas naturales más potentes que actúan en la
conservación del hombre. También tiene que ver con la mansedumbre, aunque ésta es una virtud del irascible, ya que
modera la ira. Sin embargo, las virtudes que más propiamente se derivan de la templanza son:

En lo que respecta a la comida y la bebida: sobriedad.

En lo que respecta a la sexualidad humana: castidad, pureza y pudor.

De modo general, en lo que respecta al saber sobre la templanza, éste se encuentra en la studiositas, y en lo que
se refiere a la propia estima, se encuentra en la humildad que protege al ser humano contra el instinto de dominio, y
contra el afán de imponer la propia valoración.

La sobriedad: Es la virtud por la cual se controla la tendencia a la comida y a la bebida, teniendo en cuenta su fin, y
no sólo en su cantidad sino en su contenido. Por ejemplo, es posible que una señora piense que es sobria porque sólo
como unas galletitas por la tarde. Pero si come por placer, si precisa que sean de tal marca, untadas con tal tipo de
mantequilla, tostadas de tal manera, etc., aquella señora está desvirtuando la finalidad de la comida, que es alimentarse,
y está poniendo en su lugar el placer o la ley del gusto, o simplemente el capricho.

La castidad: Es la virtud por la cual se regulan de modo racional y verdadero todos los actos propios de la sexualidad
humana, atendiendo a sus fines que son la procreación-educación de los hijos, lo cual, debido a su importancia, exige –
como ya señalamos– una institución que es el matrimonio, y al fin de la mutua ayuda fiel y permanente de los esposos.

Es necesario cuidar mucho esta virtud por la importancia de aquellos actos, pues cuanto más importante es una
cosa, tanto más ha de seguirse en ella el orden de la razón. Por eso es de gran ayuda el entender rectamente la sexualidad
humana, que no debe ser reducida a sólo su aspecto biológico, como en los animales, sino que tiene que tener en cuenta
las otras dimensiones psicológicas, espirituales y éticas que son inherentes a todo acto humano libre. Por otra parte, los
desórdenes en este ámbito restan mucha fuerza a la voluntad.

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El pudor: Es una virtud muy cercana a la castidad. Es aquel hábito de la reserva, que lleva a un individuo a cubrir su
intimidad, guardándola respecto de extraños, de manera que esté dispuesto a entregarla a la persona adecuada y en el
momento adecuado. El pudor tiene tres aspectos: Lo primero es el pudor en el propio cuerpo. El cuerpo es algo muy íntimo
de cada uno. Por eso debe cuidarse que se dé en él una manifestación de la propia persona, de lo más espiritual que hay
en ella y que, por tanto, con el modo de vestirse, se guarde el propio cuerpo respecto de las miradas de cualquiera. El
modo de vestirse atiende al hecho de proyectar externamente el propio espíritu.

Otro ámbito del pudor es el lenguaje, por el cual las cosas íntimas no se cuentan a cualquiera y en cualquier lugar
o modo, sino que se ejerce la racionalidad y el carácter personal de cada uno. No se puede poner la propia intimidad en
manos de cualquiera, porque puede ser un desaprensivo que puede no recibirla bien, ni del modo adecuado.

La vivienda o la propia habitación constituyen un lugar bastante íntimo. Una señal de ello es que por los pasillos de
la casa se puede andar en pijama, lo cual no es posible hacerlo por la calle. Y dentro de la habitación pueden hacerse cosas
que no se hacen fuera. A cualquier desconocido no se le hace pasar para que entre a la casa, y menos a las habitaciones.
El hogar no se comparte con cualquiera.

El hábito que perfecciona al irascible: la fortaleza.

El término fortaleza viene del latín ‘fortitudo’, que significa fuerza, energía. A su vez la palabra griega ‘andreia’, que
significa fuerza o fortaleza viene de ‘andros’, que significa virilidad, hombría. Sin embargo, la fortaleza no sólo se refiere a
los hombres, sino a todo el género humano, ya que el dolor, el sufrimiento y el mal está presente en la vida de todo ser
humano, pues es algo connatural a él, y para hacerle frente se precisa de esa energía interior, esa dosis de agresividad
interna, conducida, controlada y gobernada por la inteligencia y la voluntad, lo cual da como resultado la virtud de la
fortaleza.

Es la virtud de apetito irascible que regula la tendencia a acometer bienes difíciles de alcanzar o a resistir males
difíciles de evitar. Tiene, por tanto, dos actos fundamentales: el ataque o acometimiento y la resistencia. El ataque supone
menos energías que la resistencia, porque en este último caso, el dolor, mal o daño está presente; en cambio, en el ataque
el mal que se trata de evitar está en el futuro.

Las virtudes del acometimiento son:

La magnanimidad, que significa espíritu grande, con el cual, a pesar de todas las dificultades que conlleve una tarea,
se es capaz de arrostrarla.

La magnificencia es la virtud que no repara en el desgaste de energías necesario, o en la cantidad de gastos o


recursos a emplear que demande una tarea o una empresa. El magnífico es el hombre espléndido.

La reciedumbre es la fortaleza, pero referida a la dimensión corpórea o material, por ejemplo, bañarse con agua
fría, resistir el calor, el frío, comer lo que a uno no le gusta, etc.

Las virtudes propias del resistir son:

La paciencia: Es la virtud por la cual se resiste en una tarea a pesar de la cantidad de dificultades que sobrevengan.

La perseverancia: Es la virtud por la cual se sostiene el esfuerzo en la realización de una tarea ardua, a pesar del
tiempo que conlleve.

La audacia: Es la virtud por la cual se acomete una tarea difícil, en vista de la posibilidad real de la consecución de
su finalidad, que consiste en evitar un mal o en lograr un bien arduo.

Los vicios del irascible son principalmente: el cinismo, la iracundia y la pusilanimidad.

El cínico es aquel que no acomete empresas de valía, debido al esfuerzo que conlleva su realización, por lo cual no
reconoce su valor y se burla de ellas, excusándose así de realizarlas. El cínico, como el astuto, deteriora su inteligencia al
negar que el bien sea precisamente bien. Esta alteración del ejercicio de la inteligencia es muy seria, tanto que ha llevado
a hablar –como hemos visto– de dos tipos de sinvergüenzas: el buen sinvergüenza y el mal sinvergüenza. El primero es

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aquel que, aunque obra mal, reconoce que lo está haciendo mal; sería aquel que dice: ahí está el bien, lo reconozco como
tal, esas personas que lo hacen son buenas, pero yo no tengo las fuerzas para realizarlo, aunque no niego que aquello sea
un bien: lo acepto como tal. En cambio, el mal sinvergüenza es aquel que se niega a reconocer la verdad, el bien, diciendo
que no lo es, que es una tontería, y que las personas que lo hacen son unos raros, fanáticos o tontos. De esta manera
violenta a su inteligencia que está hecha para reconocer el bien oscureciéndola aún más. El primero tiene una ventaja y
es que ha dejado claro el bien, el fin, el ‘norte’; el segundo no, de manera que se imposibilita a rectificar, porque ha
retirado del horizonte el bien hacia el cual enderezar sus pasos. Además, el cínico no tiene esperanza, porque le parece
que no es posible mejorar las cosas, por lo cual se exime de intentarlo.

Muy cercano al cínico está el indiferente, el pasota, y el pusilánime, que son aquellos que no acometen ninguna
tarea costosa, por el esfuerzo que comporta, o por miedo a sufrir, y entonces se hacen indiferentes, pasan de todos los
problemas, o se llenan de miedo, lo cual les inmoviliza para acometer una tarea ardua.

El iracundo o violento es aquel que no soporta el dolor o el mal, y al no poder resistirlo por falta de fortaleza para
acometerlo con paciencia y perseverancia, quiere eliminarlos de manera inmediata y concluyente; por ejemplo, el
terrorista trata de terminar con el mal poniendo una bomba para protestar contra el mal o situaciones de injusticia social.
El iracundo es aquel que por falta de fortaleza no ha moderado la pasión de la ira, y ante una dificultad, un dolor o un mal,
«explota» agresivamente; no lo resiste precisamente porque es débil. En efecto, se requiere poca energía para «explotar»
iracundamente; en cambio, para resistir se requiere mucha fortaleza; por lo cual se concluye que el que grita o reacciona
agresivamente no es fuerte, aunque lo parezca, sino que es precisamente un hombre débil, incapaz de resistir el mal.

e. Importancia del control de las pasiones

Es necesario controlar las tendencias sensibles y sus actos que son las pasiones o sentimientos, debido a varias
razones. En primer lugar, y tal como ya señalamos anteriormente, este control hace posible la supervivencia humana, y
en segundo lugar, porque este control es condición para ejercer actos superiores que van perfeccionando a la naturaleza
humana y la disponen a vivir auténticamente como personas humanas.

Sobre la importancia de la templanza ya hemos dicho lo fundamental, especialmente que hace posible un recto uso
de los bienes sensibles inmediatos, evitando que sean éstos los que determinen la vida del sujeto, pues lleva a respetar
los fines propios de los actos de comer y beber, así como los actos de la reproducción humana, de manera que no impidan
el desarrollo y perfeccionamiento del sujeto y de los demás, y que pueda subordinarlos a bienes últimos superiores.

Sobre la fortaleza y sus virtudes derivadas podemos abundar un poco más. Son hábitos operativos muy necesarios
para que un ser humano sepa dirigir su agresividad adecuadamente, y de esta manera se pueda enfrentar con el mal.
¿Cómo se controla el irascible? Para empezar, teniendo una actitud acertada frente al mal y a las dificultades. El dolor
sensible, y en general cualquier dolor, es la experiencia del mal, y presentado en sí mismo es algo absurdo, pues no
estamos hechos para el mal; la naturaleza humana lo detecta enseguida. Así por ejemplo, el dolor físico es una sensación
que le da un dato informativo al sujeto, le dice que algo está dañando su naturaleza, que amenaza su vida.

Por esto es tan necesario que la fortaleza se fundamente en un verdadero sentido del mal y del dolor. Para lograrlo
lo primero que hay que saber es que no todo dolor es totalmente malo, sino que se puede sacar de ahí mucho bien. Si de
entrada consideramos que el mal y el dolor son definitivamente malos entonces podemos enfrentarlos de manera
inadecuada y la fortaleza se haría imposible.

En segundo lugar, hay que considerar cuáles son los verdaderos males, para lo cual hay que tener en cuenta que el
mal es siempre carencia del bien debido, ausencia de algo que debiera estar presente para contribuir al desarrollo del
sujeto. Si no tenemos en cuenta este principio, podemos considerar que cualquier carencia es un mal humano. Así, por
ejemplo, un muchacho puede considerar que es un mal para él no tener un carro último modelo y, en consecuencia,
entristecerse por ello. Tendría entonces que pensar hasta qué punto la tenencia de ese bien es indispensable para su
desarrollo personal.

De manera que puede darse una apreciación equivocada o acertada del mal y, en consecuencia, puede haber
dolores falsos y dolores verdaderos, tristezas falsas y tristezas auténticas. ¿Cuáles son los verdaderos males? La respuesta
se obtiene de la consideración de cuáles son los bienes verdaderos. Esto hay que saberlo porque, de lo contrario, se puede
sufrir gratuitamente como en el caso anterior. Alguna vez los padres o también los maestros han ayudado a este
esclarecimiento fundamental, importantísimo en la educación de la afectividad, ya que responde a las preguntas: ¿Por

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qué cosas hay que llorar o sufrir y por cuáles no hay que hacerlo?, lo cual lleva a la pregunta fundamental: ¿Cuáles son los
bienes más importantes cuya pérdida es un verdadero mal y me tiene que causar dolor?

Tal como señalamos antes, las pasiones y los sentimientos se controlan racionalizando la tendencia en función de
sus objetos, porque de esa relación van a desprender los diversos sentimientos. Una persona controla sus afectos cuando
va a su tendencia dirigida a tal o cual objeto y ejerce ahí un juicioso discernimiento que le lleva a reconducir su tendencia
hacia otros objetos diferentes, dándole razones, moviendo a la voluntad para que haga una revaloración, rápida o no, de
aquello que ha capturado a su tendencia.

Así se puede decir, por ejemplo: vamos a ver, eso que sientes, ¿por qué lo sientes?, ¿a qué objeto estás
considerando como bueno o como malo?, ¿vale la pena?, es decir: ¿es un verdadero bien o un verdadero mal?, y entonces
se puede re-encauzar la tendencia hacia otros objetos o bienes. Este proceso no es tan simple, no es fácil, ni tan rápido,
pues las tendencias pueden presentar mayor o menor resistencia dependiendo de sus hábitos, de sus disposiciones, y
racionalizar las tendencias puede costar una pelea interior muy intensa y, sin embargo, es la manera como se logra
controlarlas, consiguiendo las virtudes respectivas.

Si éstas no se obtienen, si el sujeto no controla sus tendencias, sus afectos, entonces queda a merced de ellos. Esto
tampoco es un secreto en estos momentos, ya que vivimos una época que culturalmente no favorece ese control; todo lo
contrario, ya que en la actualidad la mayoría de las personas han renunciado al ejercicio de sus facultades superiores, de
la inteligencia, y de la voluntad, y le han dado las riendas de su vida a la tercera y última potencia activa que es su
sensibilidad, la que gobierna sus vidas es la afectividad, pero esto es un error, ya que sobre los sentimientos no se asienta
una vida. Sin embargo, esta situación se está dando y se ha llegado a alterar la relación entre placer y bien, y también la
relación entre dolor y mal. Desde el punto de vista ético no todo placer es bueno y no todo dolor es malo, ya que el criterio
de bondad o maldad moral no viene del bien conveniente al apetito (porque le produzca agrado o desagrado), sino del
bien conveniente a la naturaleza y que, por lo tanto, dirija al ser al cumplimiento de sus fines atendiendo al
perfeccionamiento del sujeto. Por eso es un error creer sin más que todo placer es un bien y todo dolor un mal. Una
medicina puede ser amarga, desagradable o incluso dolorosa y puede ser un bien para el sujeto. El estudio puede no ser
placentero y causar algunos sacrificios, pero es un gran bien. Por lo demás, el dolor está presente en la vida humana, y es
necesario saber resistirlo con fortaleza y aprovecharlo para el propio mejoramiento y el de los demás.

Algo que es importante frente al mal es no desconcertarse. Tenemos que contar con que hay males, que son
carencias; éstas se pueden encontrar fuera, pero también en nosotros mismos, pues nuestra inteligencia es lenta para
conocer la verdad y no es falible, nuestra voluntad también, ya que no está pronta para adherirse al bien que la inteligencia
le presenta; además, las pasiones están desordenadas, es decir, no siempre están subordinadas a la inteligencia y
voluntad. Es evidente que esas carencias, inciden en otros debido a la dimensión social del ser humano, de manera que
alguien paga por ellas, aquellos que están alrededor del ser humano en cuestión. Por tanto, no nos debe extrañar constatar
esas carencias, que a veces pueden provocar sentimientos de misericordia, o a veces causen mucho dolor y sufrimiento.

En todo caso, si el mal tiene un sentido y actuamos en coherencia, entonces sabremos recibir el mal, las dificultades,
las ofensas, etc., con ánimo fuerte, sin dejarnos vencer por la tristeza, controlando la sensibilidad. En definitiva, el último
sentido del dolor está en la caridad, en el amor que lleva a perdonar y ser paciente, constante, audaz, etc. para superarlo
o remediarlo.

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