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FISIOLOGÍA

LAS ffASIOHES»
«i ■ ■
FISIOLOGÍA

BIS LAS 1PASIOHES,

NUEVA DOCTRINA

DE LOS AFECTOS MORALES,

POR J. L. ALIBERT,

CABALLERO DE VARIAS ORDENES, PRIMER MÉDICO DE S. M. CRIS


TIANÍSIMA , CATEDRATICO DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE
PARÍS, MÉDICO EN GEFE DEL HOSPITAL DE SAN LUIS, ETC.

TRADUCIDA AL CASTELLANO

POR DON LUCAS DE TORNOS,


Fice-Rector del Real Colegio de Medicina y Cirujia
de Cádiz.

CON LICENCIA SUPERIOR.

MADRID,
IMPRENTA DE D. M. DE BURGOS,
enero de i83l.
loo» oS«f l€2

NOTA.

Esta obra ha sido examinada y aprobada por la


Real Junta Superior Gubernativa de Medicina y Cirujia.

v:.V ./
' 1' —

OBSERVACIONES PRELIMINARES

SOBRE EL SISTEMA SENSITIVO.

Para conocer al hombre es preciso estudiar el es


píritu que le anima, y no los órganos materiales
de su extructura corporal ; pues es cierto que en
el fondo del alma se encuentra el saber mas ex
quisito é incontrastable de la filosofía humana: en
ella estriba la moral, y en ella estan escritos con
caracteres indelebles los inmutables principios de
todos nuestros deberes.
Nadie debe mirar con indiferencia la adquisi
cion de tan preciosos conocimientos; pero princi
palmente los médicos estan obligados á hacer estas
investigaciones, puesto que los filósofos de todos
los tiempos los invitan con su ejemplo. Platon di
ce, hablando sobre esta materia, que el cuerpo
humano no es mas que un instrumento armónico
hecho á propósito para reflejar, imitar y reprodu
cir los fenómenos del alma. Asi vemos que los
poetas:, escultores, pintores y músicos han hecho
tan admirables adelantos solo j>or el atento cuida-
a
(")
<fe"tftté tían puesto en el estudio profundó dé los
afectos morales.
El sistema sensitivo es el mas admirable de to
dos cuántos nos presenta la organizacion del hom
bre. Los innumerables resultados que diariamente
produce se ocultan á los ojos dél más' atento ob
servador, sin que esta misma atencion baste á ha
cernos salir del número de meros y frios especta
dores intelectuales de sus incomprensibles fenóme
nos. Es extremado nuestro deseo en penetrar y se
guir los diversos modos de proceder de esta mara
villosa sensibilidad, que deja tantas dudas al saber
humano : pues en el estudio de la filosofía es , sin
disputa, el mas grande y mas asombroso misterio
para el hombre, el hombre mismo. , ]
r. Él es el único entre todos los vivientes que,
dotado de reflexion se espiritualiza, digámoslo asi,
para meditar y estar presente á los actos de su
propio entendimiento : observa la rapidez parecida
á las olas del mar con que se succeden sus pensa
mientos; él vitupera ó aprueba sus acciones; las,
elogia ó condena ; vence los obstáculos que pue
den turbar el orden y curso de sus ideas ; abre
nuevas sendas en el vasto dominio de su inteligen
cia y discurso; y finalmente él es quien en cierto
modo guarda acumulados los tesoros de sus medi
taciones. ¡Pero cuántos esfuerzos y tentativas nó
se requieren para dar á conocer toda la extension
de nuestra razón ¿ para disipar las tinieblas que la
ofuscan al común de los hombres; y últimamente
{**}
para hacer ver con todo su brilla 'el gran sisterme
de las pasiones humanas! Si atendemos á nuestro*
metafísicos, hallaremos que no 'han estado los hom
bres
ca demenos
las verdades
discordes
filosóficas
qué lo >están
que eñ
defienden
$1 dia acer-i
mas

como encarnizados partidarios que como pruden


tes literatos; pues los vemos formar grandes sectas
para hacerse abiertamente la guerra, y combatien
do en medio de las tinieblas , se ostigan sin cesar
con tan frivolas como quiméricas contestaciones.
Pero como pelean en la obscuridad, piensan que se
hieren de muerte cuando ni aun siquiera se tocan.
¡Qué espectáculo tan divertido no ofrecen sus fan
tásticas
Considérese
victorias áal los
hombre
médicos
como
, físicos
un sery geómetras!
dotado de

razon , que ha sido colocado en medio del espacio


para sufrir la ley inexorable del tiempo, y para
estar rodeado de continuo por los prestigios é ilu
siones de la vida; y solo despues de haber perdido
mucho tiempo en la contemplacion del enigma de
Ja existencia , se conocerá cuáles son las funciones
que pertenecen al cuerpo y y cuáles al alma; por
que es ciértp qué úhá larga y atenta observacion
puede únicamente hacernos llegar á profundizar
las
rales
leyes
al sistema
de la conciencia,
sensitivo , las
y tienen
cuales con
son tan
él union
na^r

tan íntima como las impresiones" de fa vista, del


oido, del gusto, y del olfato. t i
El método es el hilo de oro que nos guia en.
el intrincado y confuso laberinto de nuestro pend
il a
(IV)
Sarniento, y es como el talismán con que los poe
tas salvan á sus héroes de los mas peligrosos con
flictos. Por otra parte nuestra vida es tan corta para
el tiempo que pide el estudio de la filosofía, que
se hace digno de la mayor recompensa el que logra
abreviar los procedimientos y operaciones de nues
tra razon. Sin embargo, un hombre bien dispuesto
no necesita reglas para conducir sü talento , ni los
auxilios de la mecánica para aumentar la fuerza
de su entendimiento , ni para hacer mas fácil su
aplicacion. El Ingenio tiene sus alas de que sabe
servirse con oportunidad para correr los largos espa
cios, á la manera que el águila mide, remontándose
hasta los cielos, las inmensas alturas del espacio,
volando en todas direcciones, y hallándose oportu
namente al fin donde se habia propuesto llegar (i).

. (1) Leibnitz dice, con razon, que el que no conoce la teoría de


un arle , es mas ¿ propósito para hacer en ¿l grandes descubri
mientos , que el que ya tenga conocimientos de todos sus prin
cipios. Porque, á la verdad, el modo de descubrir ó internarse en
un pais desconocido, es caminar sin guia , y no por la senda qua
han seguido los rutineros : entonces se profundizan mas los obje
tos., y aun añadiré que se yen las cosas con mas claridad y con
nuevo aspecto. Lo misino sucede con todas las composiciones
literarias. Restaud , d'Olivert, Domerque , no eran masque es
critores medianos , y sin embargo habían estudiado mucho mas
la gramatica que el célebre Racine. Por lo regular las bellezas
del estilo dependen de las dotes de la imaginacion y del talen
to, que colocan al hombre profundo y sagaz á donde nunca al
canzan los métodos mas escogidos. El célebre físico Mr. Char
les me decia que jamas habia podido en sus conversaciones par
ticulares con Gretrí inculcarle ciertas leyes de la Acústica. Lo
mismo- le sucedió cuando explicaba esta misma ciencia i Mehul
y i otros varios músicos muy dignos por otra parte de su repu
tacion. .. .j ' '. ' u.. > ' { « '.'í '- 1
(v)
No creería al mismo Descartes si me dijese
que el método le habia dado la superioridad de su
entendimiento. Los talentos nacen desiguales ; y
hay algunos tan pobres y defectuosos, que jamas
i ni conexion en sus ideas. El que

del sano. Asi, creer que


muchos talentos tengan el mismo desarrollo y ca
pacidad, es tan absurdo, como pretender que sean
iguales en agilidad y destreza cuantos
se presenten á combatir en el circo.
Juan Huartez compuso un libro muy curioso
acerca de la desigualdad de los talentos. Y el mis
mo Hipócrates ¿no ha dicho en una de sus obras
que el talento y buena disposicion son para la ins
truccion lo que la tierra es para la semilla ? Hay
disposiciones originales y cerebros privilegiados,
que no pueden confundirse con los de una media
na organizacion: puede el arte muchas veces abrir
nos la senda en el campo de las ciencias; pero sola
la naturaleza nos da fuerza para marchar por ella,
y penetrar hasta el fin. Es tan manifiesta la pree
minencia de ciertos talentos, que parece fuera de
razon disputarla. Reflexionose que nadie crea para
sí la buena ó mala disposicion del suyo; pues, tal
cual lo tenemos, asi lo hemos recibido del Al
tísimo.
El ejemplo y cultura moral perfeccionan sin diV
puta la actividad del ingenio humano; pero con
tan pocas ventajas , qtie no prosperan , ó al
(*)
dan muy poco fruto los conocimientos que ad
quieren con trabajo, al paso que los habidos es-
por lanea ó naturalmente son profundos , y se des
arrollan con velocidad. . . .•
El sistema sensitivo tiene innumerables pro
piedades imperceptibles que, por mas que las re
flexionemos, jamas llegamos á conocerlas con per
feccion ; pues por lo regular son discordantes , y
sin ninguna relacion con la extructura exterior de
nuestro cuerpo. Asi es que muchas veces el hom
bre de constitucion endeble discurre con mayor
facilidad , y mas profundamente que el dotado de
una robustez atlética. Admiramos en el hipocon
dríaco una vista perspicaz, y un oido fino y exqui
to , &c. ; y por otra parte vemos ingenios amenos
y fecundos que carecen de exactitud ; otros que
tparten
áculo ; con
y por
velocidad,
último otros
y se cuya
detienen
pesada
al menor
marchaobs-
no

es interrumpida jamas con resistencia alguna por


muy poderosa que sea. No nos debe admirar me
nos la preferencia que cada cual da á una particu
lar facultad de sú entendimiento: aquel se entrega
á su imaginacion, éste á su memoria, &C. ; y cual
se deja llevar de la pasion que le domina impri
miendo con su instruccion su carácter moral j de
manera que encontramos en los escritos del sabio
sus costumbres, gustos é inclinaciones, y hasta la
tibieza de sus afectos y debilidad de su caracter.
Por lo demas conviene estudiar el cuadro de
los atributos del sistema sensitivo, y no cada uno
( w¡ )
en particular, porque en las operaciones de nues
tro discurso todas las facultades del entendimiento
se
ra ayudan
la perfección
mutuamente
de nuestra
, y obran
naturaleza
de concierto
intelectual:
pa-.

unidas tienen vida, y son nada si se las separa;


porque ¿qué haría la memoria sin auxilio de la ret.
flexion? ¿y qué la reflexion sin el de la memoria?
pues es cierto que en el cuerpo humano las fun
ciones se prestan mutuos socorros. Quizá se podría
por este medio demostrar como las agitaciones é
sitivo
impresiones
se combinan
mas ó con
menos
orden
fuertes
dignodel
desistema
admiracion;
sen-:

como el disgusto y el enfado producen la cólera; y


como la cólera engendra aborrecimiento, y la ale
gría amor.
Bossuet ha dado á los hombres una excelente
máxima con insistir sobre la necesidad que hay de
reunir la fisiología humana con la moral. Este mis
mo Bossuet creía que la union de estas dos ciencias
formaba la verdadera filosofía (i). Por lo demás la
filosofía no debe dar al alma disposiciones que no
sean graves y serias, aspirando solo á la pureza
para hacerse de este modo mas digna de la ve
neracion de los mortales.
Dos clases de fenómenos intelectuales mueven
al hombre: unos proceden de las sensaciones , y
otros se derivan del alma, origen verdadero de
nuestros
(1) Tratado
masdel
deliciosos
conocimiento
placeres.
de Dios y Los
de sí unos
mismo. se veri-
( vm)
fican fuera de nosotros, y los otros en la que lla
mamos vida interior. Tambien tenemos dos espe
cies de ideas, las adquiridas y las inspiradas 5 las
que miran á nuestra conservacion, y las que nos
dirigen siempre al orden general establecido por el
Criador. Trataremos separadamente todos estos di
ferentes atributos ó facultades elementales del en
tendimiento, que se acomodan á nuestros diversos
modos de pensar y de sentir. Creo que ningun es
tudio puede dar al hombre mas útiles ventajas, sea
cual fuere la condicion ó el género de vida en que
el destino le haya colocado. Los poetas no saben
entretener su numen mas que con fábulas y ale
gorías mitológicas ; pero sin duda alguna sus pin
turas serían mas alhagúeñas si copiasen con aten
cion los grados y movimientos de las pasiones hu
manas. Del corazon del hombre se deben sacar los
rasgos y pasages mas selectos , y que nos interesan
con mas poderoso atractivo.

-.:! ¡ " -i ¡ : ! ..'.i...:


. -
i ... . .

' i - ' "r - , .

1
PARTE PRIMERA.

De la vida exterior del sistema sensitivo, y de los


atributos intelectuales que le son propios.

El hombre ha sido criado para poseer el mundo físico,


puesto que él solo le goza por medio de la contemplacion,
y ningun ser animado fuera de él ha extendido tanto el
imperio de sus sentidos externo?. La inteligencia humana
es como un gran espejo en donde se graban por un encanto
inconcebible las innumerables maravillas de que se com
pone el universo: el admirable órgano de la vista, y lo»
no menos admirables del oido, olfato, 8cc. son en cierto
modo las entradas y caminos de esta alma inmortal, que á
cada momento se halla diversamente afectada, segun las di
versas impresiones de los cuerpos que la rodean.
El hombre es el único confidente de los secretos de la
naturaleza; jamas los otros animales han mirado con cu
riosidad el cuadro de la 'creacion, ni han conocido el me
canismo, ni el objeto, ni la causa final de las cosas visi
bles: no tienen sus órganos acomodados á la cultura de las
artes, ni la inteligencia que dirige estos mismos órganos:
no obstante esto, hay muchos que tienen sentidos mas fi
nos y delicados que los del hombre; pero éste tiene la fa
cilidad de apropiárselos todos, sirviéndose, aun en sus ne
cesidades artificiales, del olfato del sabueso, y de la ligere
za del caballo. Tambien debemos mirar como prueba de
su superioridad sobre los demas animales el privilegio de
extender hasta el infinito sus necesidades , y el de endul
zar su vida con el aumento de los placeres.
Ansia naturalmente el conocimiento de todos los fenó
menos que se verifican fuera de él , andando sin cesar en
seguimiento y escrutinio de sus impresiones, y como no
puede sofocar sus pensamientos dentro de su pecho, ne
cesita expresarlos: se esfuerza á cada momento por exten
der el horizonte de la vida exterior que constituye sus de
licias, y en la que busca de continuo la fortuna, la gloria
y la felicidad : tampoco puede prescindir de la influencia
que ejercen sobre él los colores, sonidos, olores y sabo
res, estando sus órganos con las condiciones necesarias pa
ra recibir estas diversas impresiones.
No hay cosa mas penosa para el alma que la falta de
acción en los sentidos , ni mas insoportable y que mas
abrumen nuestra existencia que los movimientos que se
ejecutan con demasiada lentitud. Los antiguos viajeros
nos cuentan, aunque fabulosamente, que salían los delfi
nes á la superficie del agua atraidos por el concierto de
una música melodiosa , y que se movian á compás imitan
do los movimientos de los que veían bailar en la orilla, y
como sintiendo placer en que se fijase sobre ellos la aten
ción de los espectadores. Tal es el cuadro del mundo sen
sible, al cual los hombres llegan á porfía para inspirarse
mutuamente el deseo de vivir, para medir sus fuerzas y
su capacidad intelectuales; y en el cual cada ser de los
creados se modifica de continuo por todo cuanto ve, cuan
to oye, y cuanto toca.

ARTICULO I.
De la curiosidad.
Asi llamamos al atributo particular del sistema sensiti
vo que nos impele incesantemente á informarnos de todo
cuanto ignoramos; y esta inclinación del alma á ejercer
su actividad en las cosas capaces de afectar nuestros órga
nos exteriores es una facultad muy sencilla , tanto en su
acción como en sus efectos. Las impresionas que llegan
por primera vez á nuestros ojos, oidos y paladar, produ
cen una excitación mas ó menos fuerte, que constituye el
primer móvil del ser que hace el ensayo de la vida. Con
viene notar que la curiosidad precede siempre á la aten
ción , y que vuela inconstante de objeto en objeto , agi
tando asi nuestra existencia , y obligándonos casi siempre
á mirar con tibieza y menosprecio lo que de antemano
hemos conocido y examinado muchas veces.
La curiosidad es el primer atributo del sistema sensi
tivo, y la primera facultad activa de nuestro entendimien
to. Ya he dicho que no se debe confundir con la atencion
á la que precede ó determina, pues la curiosidad no pro
duce impresion alguna permanente, y solo toca superfi
cialmente las cosas cuando la atencion se fija y concentra,
como diremos despues, en un solo objeto, del cual no se
desprende muchas veces sino con grandisima dificultad.
Los niños son extremadamente curiosos , pero su natural
movilidad é inconstancia no les deja fija la atencion. Permí
taseme decir que la curiosidad supone cierto presentimien
to de las ventajas que puede proporcionar el objeto á que
se inclina : asi observamos que los salvagcs no ejercitan las
mas veces esta pasion sino en cosas que creen de alguna
utilidad real y .verdadera, mientras que se muestran indi
ferentes á los encantos de nuestras artes y al lujo de nues
tra civilizacion, de que no tienen necesidad alguna: ob
servan y contemplan con atencion y placer indecible el
sol, las frutas, la caza, las flechas, las hachas, y todo cuanto
puede tener algun uso en sus diarias necesidades y tareas.
Plutarco en su cualidad del moralista insiste en el
abuso que se ha hecho de la curiosidad, pasion tan cerca
na á la malignidad y á la envidia, y presenta bajo diver
sos aspectos este fenómeno tan interesante del sistema sen
sitivo, dando en seguida consejos para saber dirigirla y
ennoblecerla. Cuando la curiosidad depende de la necesidad
de ser conmovido, arrastra al hombre hasta hacerlo jalear
y combatir con peligro de su vida solo por satisfacerla.
No asi los animales, que jamas se han dado la muerte
por adquirir vanas ideas sobre los objetos que la natura
leza nos presenta : cada uno los ve á su modo y como me
jor le parece. Mas, á pesar de todo, no del)e repulirse la
curiosidad por el presente menos precioso que ha hecho
el Criador á la especie humana , particularmente cuando
no la usa en su daño y perjuicio.

ARTICULO
De la atencion. II.

La etimología sola de la palabra conque se designa


esta propiedad de nuestro entendimiento, nos da bastante
luz sobre sus maravillosos fenómenos; expresa la direc
cion de nuestro órgano intelectual acia un punto cual
quiera , ó ácia un objeto que está en la esfera de nuestra
inteligencia , y por consiguiente á nuestro alcance. Es, por
decirlo asi, la vista de nuestro pensamiento fija en algun
objeto , y, como dice un célebre académico , la imagen del
arco asestado contra el blanco que deseamos herir. Creo
que con dificultad se echará mano de una comparacion
mas justa para caracterizar este acto particular, de nuestro
entendimiento.
No es pues la atencion, como se ha creido , la primera
facultad del sistema sensitivo , porque primero somos cu
riosos y despues atentos; pero esta facultad no deja por eso
de ser una de las mas grandes potencias del ingenio hu
mano: examina indistintamente las masas enormes y las
mas pequeñas menudencias. Un profundo metafísieo la
compara á la trompa de un elefante que , despues de ha
ber desgajado una robusta encina , levanta del suelo los
cuerpos mas imperceptibles.
La atencion llena mejor su objeto cuando ha sido
precedida de la curiosidad. No obstante, hay circunstan
cias , como los fisiólogos demuestran , que hacen á esta fa
cultad mas activa ; tal es por ejemplo una impresion fuer
te causada en el sistema nervioso. De este modo un true
no , un terremoto, la erupcion de un volcan, la apari
cion de un metéoro , &c. suspenden en cierto modo todas
ks sensaciones para que el alma se entregue á la contem
placion de una sola. Lo sublime en la* producciones de
las bellas artes y la sorpresa extremada que nos causa , es
igualmente á propósito para concentrar nuestra atencion.
A la verdad, la sorpresa es una de las mas vivas impresio
nes que pueden afectar á nuestra alma, y puede ser tal
que cause el éxtasis, que no es otra cosa mas que una
sensacion ó una idea bastante fuerte para llegar á suspen
der todas las demas. A esta teoría puede reducirse el fenó
meno de la distraccion habitual que padecen ciertos indi
viduos, que dejan vagar su espíritu por el campo de las
ilusiones y de una dudosa contemplacion.
La atencion pide un entendimiento fino, constante y
bien dispuesto. Se echa de ver en algunos cuyo juicio está
perturbado que en ellos la atencion es casi nula : esta clase
de enfermos está agitada por un sin número de ideas inco
herentes, y á pesar de estas agitaciones no tienen concien
cia de sí mismos, no pueden reunir ni ordenar sus ideas,
tienen los ojos abiertos y no distinguen los objetos, y has
ta su oido no puede gozar de los dulces encantos de la
música ( i ).
Muchas veces se fija la atencion en un solo objeto que
no puede abandonar y contempla sin nuestra voluntad, en
cuyo caso constituye el triste estado de nuestro sistema
sensitivo que llamamos monomanía. Esta atencion focada,
que es un verdadero estado de enfermedad, es á veces in
terrumpida por una perturbacion saludable; pero el des
graciado maniático se ve precisado por una inclinacion ir
resistible á fijarse de nuevo en el mismo objeto , tales son
por ejemplo aquellos que se creen irrevocablemente con
denados al fuego eterno , ó perseguidos por algun espíritu
maligno.
Digna es de notarse en les anales del corazon humano
la atencion maniática, por decirlo así, que se cliripe con
tanta fuerza á ciertas cosas de la vida, pues vemos lrom-
bres á quienes domina sobre todas la manía por los libros,
á otros por la pintura , y á muchos qué se dedican exclu
sivamente á las aves y cuadrúpedos. Bien conocidos son
los locos cuya manía es el tulipán (a). Parece que el hom
bre no puede tener su imaginacion ociosa, y que necesita
de cualquiera idea que le domine
Esta concentracion de las facultades del sistema sensi
tivo acia un objeto determinado es una verdadera pasion
que la razon no puede dominar. . ; ¡ 4
(1) El profesor Esquirol ha hecho varias observaciones tan ver
daderas como ingeniosas sobre el estado de esta facultad en las di
ferentes alteraciones de la mente , y ha demostrado que los locos
sufren ,, ora divagaciou de la atencion como en ios maniáticos furio
sos, ora concentracion de su atencion coiíio en los melancólicos; y
finalmente debilidad de la atencion como en los dementes é im
béciles.
\T) El autor habla de uno! lóeos que se conocen en Francia y
demas naciones del Norte, cuya pasion por las flores es extremada.
f 6 >
La curiosidad, que, como hemos dicho en otra parte,
es el primer atributo intelectual del sistema sensitivo, es
tambien el resultado de un movimiento involuntario; no
así la atencion, la cual dirigimos á nuestro albedrio ácia
los objetos que pueden producirnos algun interés. Por lo
regular ella sola es quien nos dá á conocer la diferencia ó
conformidad de las cosas, y nos identifica, por decirlo así,
con lo mas recóndito de la naturaleza. Ninguna idea posi
tiva hubiera podido establecerse en el círculo de la vida
interior sin ella; y la misma filosofía experimental, que
tanto ha servido al progreso de las luces en el estado so
cial , nos sería del todo desconocida sin el auxilio de la
atencion, .
Ademas, nunca ha habido filósofo que negase las ven
tajas de la atencion; antes por el contrario, eu nuestros
dias un talento de los mas despejados, y de refinado gusto
en el estudio de la metafísica (i), nos ha hecho mirar esta
facultad como uno de los primeros agentes en los materia
les de la sensibilidad, y como el origen de todas las mara
villas del pensamiento. Buffon ba hecho un homenage
igual á este noble atributo de la inteligencia cuando ha
dicho que el genio no era mas que la aptitud d la pa
ciencia, ó la perseverancia de un gran talento.
La. atencion, en fin, pone las ciencias á nuestro alcan
ce, y sirve tanto al metafísico como el telescopio al astró
nomo : con ella profundizamos las verdades de la moral ; y
el arte de dirigir la atencion supone necesariamente el de
corregir nuestras malas inclinaciones, bajo cuyo aspecto
como
esta facultad
al adelanto
es tan
de favorable
nuestros conocimientos.
. á la perfeccion de la virtud

i, , ARTICULO
.De la percepcion.
III.

La percepcion es , como lo ha dicho Bossuet , la que


imprime un carácter intelectual á todas las impresiones

(1) El profesor Laroraiguiere.


que recibimos. Supone cierta actividad en el entendi
miento, que es necesaria para conseguir el principio de
las cosas, juzgar de sus relaciones, y conocer el lazo que
une entre sí los objetos mas ó menos interesantes del saber
humano. ' . - . . ..:.!i../« n.>..".' i
La percepcion es un acto por el que nos apropiamos,
si puede decirse así, todos los objetos que se hallan bajo
la accion de nuestros sentidos en la esfera del mundo ex
terior. Esta facultad tan importante del sistema sensitivo
ha sido definida, segun juzgo, de un modo muy vago.
La percepcion es mas activa, cuanto mas fuerte y pro
longada ha sido la atencion, porque de la fuerza de ésta
depende la intensidad de aquella. Si el entendimiento está
atento y fijo, se informa de los objetos que le rodean re
cibiendo sus diversas impresiones : esto se llama percibir.
Nada de cuanto se ha escrito sobre este particular satisface;
pero basta , sin embargo , para no confundirse examinar el
origen de la palabra. - ' "i
Nada existe en el mundo para nosotros sino en cuanto
lo percibimos; y es de esencia de todos los seres que exis
ten fuera de nosotros llegar á depender de nuestra inteli
gencia y de nuestras ideas. La blandura, ladureza, la dul
zura, el color, el sabor, &c., no existirían para nosotros si
no tuviéramos la facultad que sujeta estas cualidades á la
accion del sistema sensitivo. Y si no, cerremos los ojos, y ta
pémonos los oidos; ya no habrá entonces sonidos, ni colo
res, y la percepcion de la funcion de estos ói ganos cesa
para nosotros, y solo nos quedará el recuerdo de algunas
de ellas.
La palabra percepcion se aplica principalmente á la
forma, á la figura, á la extension, á la solidez, al espacio,
al tiempo, al descanso, al movimiento, á la accion, &c.
Estas ideas, no solo nos hieren y afectan , sino que tene
mos conciencia íntima de que entran y se suceden con
cierto orden en nuestro entendimiento, pues las vemos
desarrollarse, extinguirse y volver á renacer para desapa
recer de nuevo. > 1 »'.
Nuestra alma percibe la moralidad de una accion,
como el órgano de la vista los colores, ó el del oido loa
( 8 )
sonidos , &c. : lo cual hace ver que la impresion que pro
ducen los objetos morales es tan positiva como la que pro
ducen los rayos del sol. Nuestro entendimiento se aplica á
todo. Él es el que percibe los signos, las relaciones, las
imágenes y los juicios. El hombre es entre todos los seres
animados el que tiene un imperio mas vasto sobre sus
ideas. !
Carlos Bonnet considera la percepcion como un efecto
de la reaccion del alina sobre los objetos que han afectado
nuestros sentidos. Esta vista del entendimiento existe real
mente, por mas que digan los adversarios de tal opinion;
porque el alma es activa en la produccion del fenómeno
de que hablamos , y el objeto que se deriva de su reaccion
es un sentimiento de goto ó de pesar, aunque algunas ve
ces suele ser de indiferencia. .: k
Guando me hallo en una gran funcion, todos los obje
tos que la componen vienen a herir el órgano de mi vista,
y á modificar, cada cual á su manera, el principio inte
lectual que me anima. Y cuando me hallo en un jardin
esmaltado de flores aromáticas, llevo instantáneamente
cuantas
racterizarlas
sensaciones
, en cuyos
recilio
actosá me
mi órgano
distingoobjetivo
bien á mí
para
mismo
ca->

de todos los objetos que producen aquellas impresiones,


tan agradables en el sistema sensitivo. Ademas , nadie ig
nora que la sensibilidad puede en ciertas circunstancias
cambiar una percepcion tranquila en un movimiento su
mamente apasionado.
Aunque está en nuestra mano dirigir el espíritu ácia
cualquier objeto, no por eso depende igualmente de nos
otros el percibir todas las sensaciones que pueda producir
la presencia de dicho objeto. De lo cual se sigue que la
facultad de percibir se aumenta y perfecciona en razon
directa de la delicadeza ó finura de nuestros sentidos. Por
este motivo, el salvage desde su piragua descubre las ribe
ras á distancias que nos admiran.
Hay talentos casi privados del don de percibir, y que
no penetran los objetos mis que muy siiperficulmente;
cuando por el contrario hay otros tan penetrantes que
profundizan hasta la naturaleza intima de las cosas. El ere
tino (i) percibe impresiones, pero no les puede impri
mir el caracter de inteligencia. Sin embargo, el hombre ha
perfeccionado esta preciosa facultad de su entendimiento,
recurriendo á reglas y á procedimientos metódicos, de
modo que ha extendido el arte de percibir.
La facultad de percibir es tanto mas importante, cuan
to la regularidad de las funciones intelectuales depende,
digámoslo así, de ella; pues por ella aprendemos á apre
ciar con mas ó menos exactitud las diferentes especies de
hermosura y perfeccion que se presentan á nuestros ojos
en la naturaleza exterior. De su cultura depende, aunque
con alguna inconstancia, la teoría del gusto, que regla,
moJera ó afirma nuestras decisiones en los juicios litera
rios; y de este instinto tan pronto y delicado á la vez, que
en vano trataríamos de de.finir, saca su infalibilidad en hs
cualidades del sistema sensitivo, al cual un escritor de
nuestros dias llama con bastante gracia conciencia de nues
tro entendimiento (a).
Algunos autores no usan de la palabra percepcion mas
que para expresar la facultad que tiene nuestra existencia
de distinguir las modificaciones del alma que no van acom
pañadas de pena ni placer; pretenden que las modifica
ciones afectivas se expresan mejor con el nombre especial
de sensaciones, por lo cual pienso que los filósofos deberán
estar acordes para la adopcion definitiva de ciertos térmi
nos, cuyo objeto es designar los fenómenos del pensamiento.
El lenguage e3 una propiedad comun á todos los subios, y
á ninguno toca alterarle', ni pervertir las acepciones reci
bidas largo tiempo por los pueblos ilustrados, porque de
lo contrario tienden velos á la ciencia, y se oscurece la
materia de mayor encanto y atractivo para el entendi
miento humano.

(1) Son conocidos con el nombre de Cretinos cierta clase de


montañeses estúpidos, sordo-mudos y papudos, en quienes no re
descubre ningun vestigio de raciocinio; pero la mayor parte son.
bastante industriosos para las necesidades corporales. Se hallan
algunos en el canton de Valais en la Suiza, y en varios puntos
de los Pirineos orientales.
(2) Caracteres y reflexiones morales por el señor vizconde
de L. C. —
2
( «o)

PARTE SEGUNDA.

De la vida interior del sistema sensitivo, y de los


atributos intelectuales que le son propios.

Desear, buscar, fijar y percibir son los atributos inte


lectuales del sistema sensitivo, considerarlo en el mundo
exterior; pero se verifican fenómenos mas importantes
dentro de nosotros mismos..
El hombre se concentra en sí mismo, baja al fondo de
su ser para estudiar los movimientos del alma tranquila ó
agitada, en cuyo estado su lengua deja de articular soni
dos, y los órganos de la vista y deL oido cesan de ejercer
función alguna; y para ser mas suyo se pone fuera de la
influencia de las impresiones físicas, se abandona del todo
á las inspiraciones de su conciencia, cuyas inclinaciones
estudia, y cuyas percepciones analiza. Asocia las ideas y las
imágenes, conserva lo que ha aprendido, y descompone
todo lo que experimenta : tales son , si no del todo en par
te, las funciones interiores de su entendimiento.
Las impresiones que afectan interiormente al sistema
sensitivo son las únicas que pueden dar á nuestra alma
una actividad digna de sí misma y de los altos fines para
que ha sido creada: solo en la soledad, acompañado de su
razón , goza el hombre de los verdaderos encantos de la
filosofía contempladora. Con la velocidad de su pensa
miento se remonta hasta las regiones de lo infinito, y se
identifica con todos los lugares, los tiempos y los hombres.
En todo cuanto sucede en la vida interior encuentra
el observador motivos de admiración, ya contemple al
hombre despierto, ya dulcemente dormido. Aun en este
último caso en que los órganos físicos de relación se hallan
en un estado pasivo, se ejecutan todas ó algunas de las
funcions del alma, y muchas veces hasta con mas activi
dad. Los dormidos asocian ideas, forman comparaciones y
discursos; y por mas que se haya sostenido lo contrario,
hablan , hacen votos y declaran su voluntad. No es esto
todo: muchas veces la imaginación consoladora pone en
acción su dulce influencia en este estado extraordinario del
sistema sensitivo. Hay hombres que siendo desgraciados al
tiempo de acostarse, disfrutan anticipadamente en sus sue
ños la esperanza de sus futuros goces. Su corazón se halla
agitado por otras muchas pasiones, que arrastran tras sí
los bienes y los males de la vida ; y no pocas veces se ven
perseguidos por el temor, pasión que tanto predominio
tiene en el corazón humano, de cuya persecución se li
bertan con despertarse.
Por poco que se profundice en el estudio del hombre,
se ve que está compuesto de aptitudes é inclinaciones que
son muy naturales, y enteramente independientes de la
experiencia y de las sensaciones. No se halla vacía nuestra
alma cuando llegamos á la ilustración; pues se encuentra
en ella de antemano el germen del bien, que ha sido des
arrollado por la fecundación- El hombre está dotado inte
riormente de un sentido moral y sublime, que le hace
juzgar de las acciones buenas ó malas con tanta exactitud
como juzgaríamos por el gusto los sabores y por el oido los
sonidos. La naturaleza ha querido que este sentido fuese
infalible y sus decisiones inmutables, y ha hecho de ma
nera que por él un niño pudiese proscribir los movimien
tos defectuosos de su alma. Esta disposición innata nada
tiene de común con nuestra voluntad, como ni la circula
ción de la sangre, ni los movimientos del corazón , 8cc,
pues se manifiesta espontáneamente y sin previa reflexión.
La vida iuterior de los animales presenta fenómenos
tan dignos como estos de la atención del fisiólogo. El abuso
que se ha hecho de las teorías nos ha impedido hasta hoy
conocer las manifiestas operaciones de este instinto, que es
visiblemente coercitivo. Por él , al nacer el tierno cisne-
cilio, tiene ya todas las inclinaciones propias de su espe
cie, sin que haya aprendido aun el uso de su pico, ni el
manejo de sus pies palmeados. Por él el patillo, a quien
uua gallina sirvió de madre, se precipita al agua con ad-
a:
miracion de ella, que no osaría confiarse á tal elemento.
Aun no ha salido de su huevo el cocodrilo, cuando ya dá
muestras de su ferocidad.
Los leoncitos, cuando todavía son de poca edad, nos
cansan admiracion por la hermosura de sus formas: todos
sus movimientos son inocentes; pero hien pronto se sirven
de sus garras para destrozar. En vano, comí> mas adelante
mostraremos, se han intentado explicar talos inclinaciones
por la conformacion mecánica de los cuerpo* vivos. Las
cualidades ocultas de los antiguos son preferibles á los ra
ciocinios hipotético* de Descartes, cuando se trata de expli
car las funciones animales: aquellas son la expresion fiel
de los hechos, que dejan permanentes todas las relacio
nes, al paso que las teorías de la física moderna las des
naturalizan.
Los placeres que nos proporciona el ejercicio de nues
tra vida interior son los mas vivos y puros de cuantos pue
de gozar nuestra naturaleza intelectual y moral. Cualquie
ra que sea la suerte que el destino nos prepare, siempre
tendremos en ella indecibles contentos. Pues la naturaleza
no se lía valido de otro medio para incitar al hombro á la
meditacion que de la perspectiva de su felicidad. La abs
traccion ó éxtasis de un pensador solitario tiene cierto en
canto secreto que le hace olvidar con facilidad los placeres
vulgares que alucinan á los demas hombres en el mundo
exterior. No hay quien no sienta placer en refugiarse á su
alma, y en encontrarse á solas con el principio eterno de
que estamos animados; ni tampoco hay entre todas estas
operaciones una que no sea deleitable.

ARTICULO I.

De la reflexion.
La reflexion es un acto intelectual por el que nuestra
alma se detiene mas ó menos tiemjK> en lo que ha perci
bido, en consecuencia de una atencion viva y continua. Es
la facultad que tenemos de reconcentrarnos á examinar
los conocimientos que hemos. adquirido, pata conocer su
( 13 )
justo valor y formar con ellos el raciocinio, que es la se
gunda operacion de nuestro entendimiento, que nos diri
ge para saber líacer el uso conveniente de nuestras adqui
siciones intelectuales. La naturaleza nos ha dado la reflexion
para rectificar nuestras malas inclinaciones, para que pen
semos con detencion en nuestras acciones , y nuestras de
liberaciones no sean inconsideradas.
Los metafísicos recurren algunas veces á comparacio
nes é imágenes para ser entendidos mejor, y para que sus
definiciones esten con mas claridad. He aquí cabalmente lo
que á mí me parece que puede dar una idea del atributo in
telectual de que hablamos: ponemos un proceso á la deli
beracion de los jueces , en lo que no hacemos mas que re
currir á la rectitud de su entendimiento. Estos se retiran,
despues de haber oido las partes, á un lugar solitario, para
balancear las razones y pesar en cierto modo las pruebas y
alegatos, examinando bajo diferentes aspectos el punto
que se litiga: tal es el util ministerio de la reflexion.
De lo cual se infiere claramente que la reflexion solo es
la atencion que ponemos dentro de nosotros mismos. El
hombre, sumergido profundamente en su alma, conserva
en ella su3 impresiones, en cuyo estado las calcula, las
compara, las juzga; y la reflexion desarrolla, por decirlo
así, las ideas-, las fecundiza y multiplica. Se sirve á cada
instante de la memoria, porque necesita sin cesar de la
reproduccion de los objetos que nos apropiamos para las
operaciones de nuestro entendimiento.
La reflexion es la primera facultad de las que pertene
cen á la vida interior del sistema sensitivo ; ella examina
con atencion todo cuanto entra por nuestros sentidos, per
fecciona las diversas operaciones de nuestro entendimiento,
determina la voluntad y las fuerzas locomotrices de nues
tros órganos; y aquel estado del alma que llamamos co
munmente delirio, no es mas que la reflexion errante, la
reflexion distraida por distintos objetos que succesivamente
cautivan nuestra alma con atractivos mas ó menos irre
sistibles.
La reflexion es una de las mas energicas potencias del
alma , p\ies no tiene necesidad de órganos que se adapten
ff4)
á tal ó cual impresion, ni de la luz que nos guia, ni de
los sonidos que nos hieren, ni de los sabores que nos afec
tan; no reconoce lugar ni espacio determinado; procede
en lo interior del entendimiento conforme á los resultados
adquiridos por el acto precursor de la percepcion.
Nunca ejercitamos mejor la reflexion que cuando he
mos llegado á la edad madura, cuando hemos adquirido
cierto grado de cultura moral , y despues de haher visto y
examinado mucho. Sin embargo , esta facultad se ejercita
en todas las edades de la vida. Un niño, dice Buftbn , no
reflexiona en nada : si por esto quiere decir que no refle
xiona como un adulto, no le negaremos la razon; pero si
su proposicion es absoluta no es verdadera, porque los
niños tienen su lógica á parte, que no pocas veces es in
geniosísima , puesto que los vemos combinar, con una sa
gacidad que nos admira, todos los objetos que tienen rela
cion con sus bagatelas y niñerías.
Los animales mismos se sirven siempre en su prove
cho de la facultad de reflexionar, sin que se les pueda ne
gar todo loque es necesario para ejercerlo bajo este punto
de vista; y si no ¿cómo les negaremos una idea, aunque
confusa, del tiempo, cuando los vemos apresurar y aun
precipitarse en la carrera para llegar mas pronto al fin
propuesto? No sé cómo se les negará la del espacio si se
reflexiona con atencion todo cuanto ejecutan para abre
viar el camino. Nunca se equivocan cuando quieren pa
sar de un punto á otro en un salto, todos saben medir
con una exactitud que asombra el terreno que deben pa
sar, No
.y compararlo
se puede dudar
con lo que
que la
susreflexion
fuerzas alcanzan.
es una facultad

muy distinta de la imaginacion : con efecto, mas adelante


veremos que esta última es en cierto modo el depósito de
las imágenes y pinturas que entran en ella sin esfuerzo y
en una edad en que la razon está poco avanzada.
Las mugeres, en quienes la imaginacion es tan viva y
brillante, son sin duda menos á propósito que el hombre
para hallar las relaciones que puede haber en el sistema
de nuestras ideas, y sacar exactas consecuencias de sus
comparaciones.
(.5)
A pesar de todas las ventajas de este atributo intelec
tual , que fecundiza el campo de nuestro entendimiento,
que nos hace aptos para formar las combinaciones mas
útiles é importantes, que da á la voluntad los impulsos me
jor ordenados, el hombre se halla siempre entristecido por
la reflexion. Pocos saben servirse de esta facultad. Los mas,
queriendo extender la esfera de nuestra inteligencia , no
podemos menos de contristarnos al ver los límites tan es
trechos que la naturaleza le ha prescrito. Cuanto mas que
remos penetrar en nuestra alma ,. mas dificultad encontra
mos en conocernos : entonces comprendemos cuan peque
ña ventaja es comparar las ideas que llegan á nuestro en
tendimiento. Lo que nos da superioridad suele de ordina
rio causar nuestro suplicio. «Hombre orgulloso , dice uno
de nuestros profundos moralistas; sírvete con discrecion
de las facultades de tu entendimiento , no aspires á saber
reas que lo que la naturaleza quiere que sepas , y no tra
tes de penetrar lo que ha tenido á bieu ocultarte."

ARTICULO II.

De la memoria.

Una de las facultades mas maravillosas del sistema


sensitivo, es sin disputa alguna la que tenemos de repro
ducir casualmente ó de intento las ideas que se han pre
sentado anteriormente á la actividad de nuestro enten
dimiento.
La memoria las reproduce , ya junta , ya separada
mente; pero casi siempre con el mismo orden con que
fueron antes percibidas.
Dios ha querido que la facultad de que hacemos mas
continuo uso estuviese sometida á muchas influencias , y
dependiese, no solamente de la necesidad, sino tambien
de un sin número de circunstancias que la ponen en
ejercicio, en cuyo caso es bien conocido el influjo de las
analogías. Es cosa digna de verse en los juegos de la me
moria el modo con que una serie de ideas busca natu
(.6)
raímente otra para unirse á ella. Cuando tenemos una
idea , la que la sucede es la mas dependiente de ella por
sus muchas relaciones ; de modo que se introducen una
á otra, ó, para hablar con mas exactitud, se llaman mu
tuamente para entrar en el entendimiento humano.
La memoria es el medio de conseguir la última per
feccion en todas las cosas, sin la cual nada podríamos
adelantar. Su oñcio es conservar lo que hemos percibido
por el fenómeno de la atencion , y lo que hemos profun
dizado por el de la reflexion. La mas segura es la de los
hechos que nos hemos apropiado, por decirlo asi, por los
órganos de la vida exterior. La experiencia manifiesta que
nos servimos con mayor dificultad cuando queremos re
novar ideas abstractas, combinaciones, cálculos, &c.
Se ha querido atribuir á la memoria un caracter pasi
vo, y se la ha descrito como si fuera un almacen, arsenal
ó depósito, &c. Un autor moderno que ha dado en nues
tros dias un impulso muy noble á la ciencia del hombre,
ha establecido muy bien la doctrina de esta facultad (i).
La memoria pertenece al alma , y no es otra cosa mas que
un movimiento de este principio reproducido con mayor
ó menor energia; no es mas que el recuerdo de una per
cepcion , ó mas bien de una impresion intelectualizada , si
es lícito expresarse de esta manera.
Muchos son los sistemas que se han inventado para
explicar la accion misteriosa de esta gran facultad del al
ma. Los sectarios de Locke, que solo atienden á los fenó
menos del entendimiento despreciando sus primeras cau
sas, los cuales son en la metafísica lo que los empíricos
en la medicina, no han temido decir que la memoria no
era mas que una impresion trasformada. A la verdad es
preciso tener la manía de la unidad en el estudio de la
naturaleza humana , para poder coordinar asi todos los
hechos de una ciencia con Un solo principio. No hay deli
rio filosófico por grande que sea con el cual no se familia
rice el entendimiento humano, con tal que tenga alguna
elocuencia el que quiere que se adopte.

(1) El profesor Berard.


('7) ...
La memoria es inseparable de los prodigios del siste
ma sensitivo. Es una facultad tan activa , que nada hay de
que no se eche mano para llevarla al último grado de
perfeccionelos monumentos, las mas preciosas invencio
nes de las artes no tienen otro objeto que perpetuar los
recuerdos. La historia ha sido inventada para que nos haga
aborrecible el vicio, ó para que despierte en nuestro en
tendimiento las imágenes de las mas nobles virtudes. Lo
que los hombres llaman fama, no es mas que la memoria.
De modo que, no solamente está destinada á conservar
las ideas, sino á guardar tambien nuestros afectos mas
queridos, y á tomar las formas mas apasionadas. ¿Quién
es el que no ha experimentado las vivas y fuertes impre
siones que produce en nosotros la simple vista de los ob
jetos que pertenecieron á personas que han robado nues
tro cariño? Se dirá acaso que hay porciones de su alma
adherentes á las prendas que nos dejan. Esta vista dulcifi
ca nuestros amargos pesares, y nos infunde una ilusion
tan encantadora, que creemos ver y aun escuchar á las
personas cuyo amor nos tiene penetrados.
Se ha creido que la memoria era una facultad física y
moral de la vejez. No se puede negar que está en continua
relacion con los objetos del mundo exterior, que la pre
sencia de estos mismos objetos la mantiene, y que los
sentidos todos vienen á avisarla por medio de las sensa
ciones que de ellos reciben. Muchas veces vuelve á repro
ducir las huellas el efecto de estos ecos que dan mayor
energía á nuestras impresiones con la repeticion de las pa
labras que expresan. La memoria corresponde á ciertos
signos como la voz al oido. Claro es y conocido de todos el
efecto que los emblemas producen en la memoria senti
mental; y no lo es menos la influencia del símbolo, lcn-
guage que, aunque indirecto , sirve para representar á
nuestro entendimiento una idea intelectual ó afectiva.
La memoria no está subordinada siempre á la volun
tad , pues está tambien sujeta á desigualdades y capri
chos, 8cc. Muchas veces la vemos turbarse cuando quere
mos ejercerla de un modo repentino é inesperado. Seria
demasiado largo exponer los procedimientos por los cua-
3
(>8i
les se reforma con mas facilidad. Preguntando yo un dia
á mi amigo Roussel por qué se aprende con mas facilidad
el verso que la prosa, me contestó: «el gusto por la rima
y lodo lo medido agrada al alma porque la alivia de sus
aflicciones."
tan unidas en A una
lo que
serie
añadió
determinada
que, cuando
, se reducen
muchas cosas
por de
es-

cirlo asi á una sola, por cuyo motivo exigen menos traba
jo de pai te de la memoria para retenerse, pues no admite
duda que se retiene mas fácilmente todo lo que da unidad
á una serie de pensamientos, que es el objeto de la mara
villosa invencion de la rima , la cual forma dos sonidos
que se identifican, dando asi ocasion á la memoria de
triunfar por el poder de la analogía.
La memoria es una facultad muy hermosa para nues
tro entendimiento, puesto que su pérdida es de ordinario
el signo precursor de nuestra decadencia próxima. Solo el
hombre puede hacer de ella la fuente inagotable de sus
mas variados placeres; pero en funesta recompensa le cau
sa loa mas graves males. Por esto los antiguos creían que
era necesario privar de la memoria á los desgraciados, y
por eso leemos en las composiciones poéticas de los grie
gos, cuya imaginacion era feliz y consoladora , que ha
bian creado un rio cuyas aguas hacían olvidar todas las
inquietudes de la vida.
Acabaremos aquí nuestras observaciones, aunque' bien
pudiera alargarse este capítulo con la exposicion de las teo
rías de nuestros fisiólogos sobre el pretendido mecanismo
de la memoria. Hay entre ellos algunos que, para explicar
sus efectos, alegan las huellas ó impresiones físicas de los
objetos que han creido se conservaban en la sustancia pul
posa del cerebro. Pero ¿qué puede enseñarnos el escalpel
de los anatómicos? Ni ¿qué es lo que tiene de comun con
nuestras doctrinas la diseccion de un órgano destinado
únicamente á dar valor á los juegos del alma ?
Esto es lo mismo que si, para conocer á fondo la teoría
de. la luz, nos contentásemos con el examen material del
vidrio que condensa ó hace relucir sus rayos.
('9)

ARTICULO III.

De la imaginacion.

La imaginacion es una facultad espiritual, difícil de


distinguirse muchas veces de la memoria: consiste en el
poder que tenemos de disponer en nuestro órgano intelec
tual los objetos, tales cuales pudieran existir, y presentár
senos en la naturaleza exterior. La memoria no hace mas
que recordar las palabras, ideas, juicios, 8cc., al paso que
la imaginacion crea imágenes y situaciones. Hay en este
atributo intelectual cierta invencion, que nos da una su
perioridad bien conocida sobre los demas animales. Esta
facultad obra con mas agilidad y viveza que ninguna otra
de nuestro entendimiento, lo cual ha dado motivo á
que se la represente con alas. Su influencia es grande, tan
to en nuestras pasiones como en nuestras enfermedades,
pero muy particularmente en nuestros temores y esperan
zas , pues aumenta la probabilidad de los bienes y de los
males de la vida.
La imaginacion es la memoria exaltada y hermoseada
por el sentimiento. Nunca nos muestra sino el aspecto
maravilloso de la naturaleza animada. Por medio de la
imaginacion reunimos los objetos que habian desaparecido
de nuestro entendimiento , y les damos las formas mis
agradables. La mayor parte de estos objetos han sido admi
tidos en nuestro cerebro por la vista, que es el mas delica
do y el que mas extension abraza de todos nuestros senti
dos ; pero apenas los hemos admitido, les hacemos sufrir
una multitud de cambios y modificaciones. La imagina
cion hace aqni el oficio de la pintura, da á todas las cosas
el colorido mas de su agrado, hace mayores todos los pun
tos de vista, y sustituye á este mundo real otro encantado.
Los hombres aprecian sobre manera los paitos de la
imaginacion porque excita sorpresas, tiene la magia ó el
arte encantador de los panoramas, que tienen la milagro
sa propiedad de reproducir á nuestros ojos los lugares, si
nos, países, y hasta los árboles mismos que los adornan.
Es un cuadro trazado en nuestra alma, que nos hace ver
de antemano lo rtías atractivo y encantador que pudiera
crear la naturaleza, y en seguida formamos nuestro juicio
para conocer bien la armonía y concordancia de las imá
genes ó representaciones que ella produce y dispone.
Se ve claramente que la imaginacion pone en la esce
na i por decirlo asi , los hechos qHe hay depositados en
nuestra memoria , y coloca delante de los ojos de nuestro
es|iíritu todo cuanto en el mundo exterior nos ha intere
sado con mas ó menos fuerza. Ella es la que funda ciuda
des, construye palacios y puebla los desiertos; ella lison
jea nuestra existencia con posesiones ideales, nos hace go
zar anticipadamente nuestras esperanzas, nos vuelve cien
to por uno de todo lo que perdemos , priva á la muerte
de víctimas, y da á la vida el ruido é impetuosidad de un
torrente; pero tambien algunas veces causa movimientos
desordenados en el alma , que son de tan funestas conse
cuencias como los del cuerpo.
Esta facultad alucinadora., que cuando va sin regla
camina con precipitacion indecible, sale de los límites de
nuestro horizonte intelectual; y este es el motivo por qué
Jas ideas de extension y grandeza nos causan una especie
de satisfaccion y enajenamiento. Cuando entramos en un
jardin ó en un edificio, teueraos singular complacencia en
que nos pro[iorcione una llermosa vista; y todo lo que
varía en un paisage nos encanta del mismo modo, porque
es esencial al hombre el no poder sufrir por mucho tiem
po una sensacion muy uniforme.
Los placeres que la imaginacion nos proporciona son
los mas naturales, porque para gozarlos no necesitamos
de esfuerzo alguno. Pero no pocas \eces da valor á cosas
que no existen en realidad. Asi es como el azulado cielo
que forma sobre nuestras cabezas tan hermosa bóveda,
solo nos ofrece apariencias ó espectáculos puramente fic
ticios y sin realidad; del mismo modo los juegos de la luz
y los colores no son verdaderamente mas que ideas de es
píritu, sin ninguna adherencia con los cuerpos que nos
hieren y causan las impresiones. La imaginacion hace á
las mugeres mas susceptibles de ilusiones que á los hom
bres : por esto su sexo es mas propenso á I0s sueños , y
mas inclinado á la credulidad de las supersticiones que el
nuestro. Asi les acaece con frecuencia , dice un antiguo,
.ver lo que no ven , y sentir lo que no sienten.
A pesar de lo mal que se ha hablado de la imagina
cion, sus placeres serán eternamente necesarios en el mun
do civilizado. Tenemos necesidad de sus prestigios y de los
encantos que nos proporciona por innumerables seduc
ciones; y siendo á la vez el origen de nuestra felicidad é
infortunios, nos alegra ó nos contrista, con sus engaños
nos alucina para encantarnos. Lisonjea al pobre con la es
peranza, y crea un mundo interior para consuelo y refu
gio del desgraciado á quien traidoramente persigue la for
tuna. No sé qué autor ha dicho que Euclides era el pri
mer soberano del mundo, y que la evidencia puede go
bernar infaliblemente á los hombres. El que ha sostenido
una máxima tan extravagante como esta, sin duda no ha-
bia experimentado pasiones vehementes. Para un hombre
indiferente y privado de imaginacion, la línea recta es sin
duda la mas corta; pero no es igualmente cierto que lo
sea para quien tiene interes en hallarla mas larga.

, > ARTICULO IV.

i De la conciencia«

Un filósofo de nuestros dias que ha honrado su vida


con muy excelentes doctrinas , hace ver que la palabra de
que nos servimos para expresar este atributo intelectual
de nuestro sistema sensitivo se halla en todas las len
guas ( i ). A la verdad , es una ciencia que nace con nos
otros , por decirlo asi , y que no debemos a estudio algu
no: pues el Criador nos la ha dado gratuitamente, y estan
de tal manera convencidos los hombres de la existencia de

(1) Relacion del hombre con la naturaleza, y de esla con aquel,


por el baron Massias.
... .
este sentido interior y moral , que han instituido tribuna
les en los cuales solo se juzga por las inspiraciones de la
conciencia , que son tenidas por de mayor cnédito que los
testimonios mas auténticos.
El nombre solo que se da á la conciencia dice bien
que es innata ; y una prueba nada incontrastable de que
es inherente al corazon humano, es que siempre aparece
la misma en todos los pueblos civilizados , aun cuando ja
mas se hayan visto ni consultado ; y asi es como desde la
mas remota antigüedad se perpetúa el conocimiento positi
vo del bien y del mal. Recorramos todas las naciones de la
tierra , y en todas encontraremos el alma sirviendo de ti
mon y guia de nuestras acciones. Esta facultad , que jamas
deja de ser activa , juzga de la misma manera en todos
los hombres. Hay mas: tenemos la sublime facultad de
discernir en nosotros mismos lo que pertenece á la con
ciencia, de lo que pertenece al mundo exterior, sin nece
sitar para ello esfuerzo alguno, combinacion ni raciocinio:
nuestro entendimiento hace por sí solo esta distincion des
de los primeros pasos de la vida.
Nuestra alma está impregnada á la vez de lo justo y
de lo injusto. La conciencia es lo que principalmente cons
tituye al hombre interior; en ella se efectúa la convic
cion , y por ella juzgamos de la belleza , de la fealdad y
de todas las perfecciones y vicios de la especie humana.
La conciencia es, hablando con xigor, el sentido del co
razon, es el centro de las verdades morales, el crisol de
las luces de nuestro entendimiento , y el mas digno resor
te de la veleidosa voluntad de los mortales.
El hombre no puede poner en duda las augustas ver- -
dades que le revela la conciencia, pues esto seria querer
se negar á sí mismo. Hay escritores que no hacen caso de
esta gran facultad de nuestro sistema sensitivo, no obs
tante el haber hecho todos los esfuerzos posibles por es
pacio de muchos siglos para levantar el velo que cubre
las innumerables formastlel entendimiento humano.
Aunque Dios concedió al hombre la facultad de pen
sar y de ohrar , no quiso sin embargo que pudiese ejercer
toda clase de imperio sobre sus determinaciones. ¿Qué co
(a.3)
sa mas maravillosa ni mas digna de nuestra atencion que
esta voz interior que nos ac usa ó ros justifica , que nos
castiga con el vituperio ó nos recompensa con una apro
bacion manifiesta, y que por el arrepentimiento ncs hace
entrar en el camino del bien?
El suplicio del remordimiento es uno de los mas ex
traordinarios fenómenos de la conciencia. Aseguran los
médicos que puede producir la locura y el suicidio. Los
poetas han personificado este atributo del sistema sensiti
vo, y han representado por furias simlxilicas aquellos mo
vimientos involuntarios que se excitan en el alma, y la lle
nan de terrores alarmantes.
A la verdad , la conciencia humana necesita cultura,
porque todas las inclinaciones de nuestro instinto recla
man un desarrollo ulterior. Nos enseña la conciencia có
mo se aprende á ver por el sentido de la vista: pero
cuando seguimos fielmente las lecciones de nuestra inspi
racion moral, no tardamos en convencernos de que la
justicia de los hombres es innata, y que esta facultad so
berana que constituye la conciencia es una especie de
emanacion de la infinita inteligencia de un Dios criador.
Ciertos filósofos han caído en un grave error, preten
diendo que l 1 idea de la existencia de Dios no había sido
sugerida por las revelaciones de la conciencia; pero no es
así , jiorque nos basta haber desenrollado completamente
las facultades de nuestra alma para formar inmediata
mente esta idea. Condujeron en otro tiempo á Europa un
salvage enteramente inculto, tratóse de desarrollar las os
curidades de su inteligencia, para lo que le hicieron
aprender la lengua. Cuando estuvo en estado de poderse
expresar , preguntó el nombre del que habia creado el
sol, las estrellas, en una palabra el firmamento; y moles
taba con sus infinitas preguntas á los que habian dirigido
su instruccion moral.
Es imposible por consiguiente que extendamos el cír
culo de nuestras ideas, sin recibir la inspiracion de una
existencia superior á la nuestra. La naturaleza seria para
nosotros una impía madre si nos negase esta saludable re
todos los hom'
. v .—r /
cubren la superficie de la tierra , se postran ante la divi
nidad para tributarle homenage. Los pueblos mas bárba
ros buscan á Dios cuyo presentimiento tienen. Bástale al
hombre percibir la causa de un solo efecto, para que ba
ga de todas las demas causas objeto de sus investigaciones.
Por otra parte , el bombre se vé naturalmente obligado á
esperar y beber en él rio de una vida inmortal. Conoce
que es criatura muy favorecida del Omnipotente, y as
pira á conseguir goces y placeres que no tengan límite
alguno.
«jáii^ias ideas de lo . infinito causarán siempre al hombre
un encanto inexplicable; y los que tienen la dieba de
creer en ellas, encuentran un consuelo con la esperanza de
una justicia infalible, siempre que la perversidad de los
hombres les dé motivo de queja , ó siempre que fueren
perseguidos por las negras angustias de la desesperacion.
El hombre no es mas que un ser errante sobre la tierra
que busca otra patria , porque en la que se encuentra se
vé á cada momento arrebatado por la actividad de la
gran influencia celestial : respira en cierto modo esta divi
nidad, porque en vano querria dudar de su presencia,
pues en ella vive , y tan solo por ella se consuela.
Solo un hombre delirante ó corrompido puede dejar
de confesar esta emocion tan positiva como inexplicable,
este instinto puro y celestial , esta ciencia innata que tan
to nos distingue de los animales, esta razon por excelen
cia que brilla en todas las acciones de los hombres, que
tranquiliza al inocente, y agita al culpable. Es el solo juez
de quien no podemos huir, la ley inexorable de cuyos ri
gores no podemos escapar. Dios y los hombres perdonan
alguna vez , pero la conciencia jamas.

ARTICULO V. f
De la voluntad.
Los seres inorgánicos obran unos sobre otros por cua
lidades ó atributos generales á la materia , como la exten
sion , la impenetrabilidad, la pesantez, el impulso, &c.
Los seres vivos, en cuanto materiales, ejercen tambien una
accion análoga que resulta de las mismas propiedades físi
cas, y que se puede explicar muy bien por las leyes de la
mecánica, como lo ha hecho Borrelli en su tratado admi
rable sobre los movimientos de los animales (i).
Una ave que hiende el aire y un pez que surca el
agua solo ejecutan movimientos mecánicos que han ser
vido al arte de modelos. El lolx> que se abalanza al corde
ro y le despedaza no ejecuta mas que una accion física.
El hombre y todos los animales terrestres no pasan de un
lugar á otro, ni hacen valer su poderío sobre los séres
que les rodean , mas que por órganos ó medios tambien
físicos. Sus miembros son palancas, y los músculos que los
visten verdaderas cuerdas. La única diferencia que existe
entre los cuerpos animados é inanimados, en este particu
lar , es que I0s primeros son ellos mismos el principio de
su movimiento, y los segundos le reciben de algun agente
externo.
Hay en el hombre una parte cuyo imperio está con
fiado exclusivamente á él mismo. Es cierto que no puede
mudar el juego y mecanismo de sus funciones materiales,
que no puede tampoco suspender ni acelerar á su antojo
los latidos de su corazon-, pero puede modificar y cambiar
del modo que mejor le pareciere sus determinaciones, y
esto es lo que constituye su moralidad. Dios nos ha dado
una voluntad independiente de él , de la cual procede el
premio ó castigo que merecen las acciones humanas.
La voluntad es el fenómeno por medio del cual el al
ma se determina á obrar-, eHa es la que pone en actividad
la fuerza motriz, la que sigue con mas ó menos pronti
tud las órdenes de nuestro entendimiento, la que apresu
ra ó retarda sus manifestaciones, segun los consejos de la
prudencia y de la reflexion. Un soberano quiere conquistar
un pais : se retira , medita , combina , compara y raciocina
dentro de sí mismo*, por fin se decide; y al punto apa
recen gruesos ejércitos que parten á la voz de su capitan.
La voluntad, como lo ha dicho Bossuet, no depende
de nuestros órganos, preside á las acciones (a). El hom-
Ít) De mola anirnalium.
2) Tratado del conocimiento de Dios j de sí mismo.
4
. ( 26 )
bre es una criatura inteligente que se mueve por resortes
vivos, y que se obedece á sí misma. Los miembros que le
sirven para cambiar de lugar, se parecen á los trípodes de
oro que fabricaba el dios Vulcano, y que á la sola voz de
su señor se ponían en las asambleas de los dioses.
La voluntad no es mas que el movimiento impreso á
la existencia , la cual no entra en accion sino por las leyes
que constituyen su esencia. ¿Quién podría creer que esta
es quizá la menos enérgica de nuestras facultades? Es una
facultad que de ordinario está cautiva y subordinada, pues
no hay voluntad ninguna fuerte fuera de la que produ
cen las pasiones que nos agitan..
Cuando la ambicion se ha apoderado del corazon del
hombre, hace te dos los esfuerzos posibles para subyugar
al inundo entero. Pero cuando las pasiones estan en cal
ma, el hombre entra en el dominio de la razon, lo cual
solo produce vna voluntad débil y expuesta muchas veces
á la merced.de los mas ligeros obstáculos. !
No es siempre la razon un principio de accion : la vo
luntad necesita convertirse en pasion para ser activa: pres
cindiendo de este móvil ya no puede por sí sola seguir
sus provectos., ¿A dónde habría héroes si no hubiera amor
por la gloria? Asi es que el alma es mas eficaz siendo sen
sible que siendo solo libre y racional.
La voluntad recibe una multitud de modificaciones
diferentes que le comunican las otras facultades del siste
ma sensitivo. El estado convulsivo de ciertas pasiones au-
nvnta las fuerzas, con lo cual ellas ejercen mejor su minis
terio. Muchas veces el hombre colérico hace cosas que se
guardaría muy bien de hacer si estuviera en calma. Los
crímenes violentos que ejerce contra sus semejantes deben
referirse á este fenómeno.
La debilidad de la voluntad en los hipocondríacos,
del>e atribuirse á las irregularidades de la potencia nervio
sa que se ejerce alternativamente; su sistema sensitivo ca
rece de la estabilidad de energía con que es necesario
emprender todos los actos de la vida. En general las en
fermedades que nos acometen paralizan la voluntad, por
que reducen el alma á la inaccion y á una especie de fluc
0*7)
tuacion, que la hacen experimentar una multitud de sen
saciones opuestas. Se vé uno en penosa incertidumbre
cuando muchos deseos se presentan en tropel y simultá
neamente á nuestro entendimiento ; pero si entre estos de
seos predomina alguno, este constituye al punto una vo
luntad. La variedad de las ideas es la que hace á esta
facultad beleidosa , y la que muchas veces la hace des
fallecer.
En el esplin melancólico y en la disposicion al suici
dio, el hombre tiene una voluntad enferma, puesto que
es contraria al instinto de la conservacion. Una voluntad
sana tiene por objeto la armonía de las acciones vitales;
y los movimientos convulsivos no nos parecen tan desor
denados sino porque son independientes de la voluntad.
Las costumbres y las virtudes nacen de los impulsos
dimanados de la voluntad del hombre. Cuando esta fa
cultad no está sufocada por la corrupcion ó las enferme
dades tiende siempre al bien ; pero el hombre toma á ve
ces direcciones contrarias á su propia felicidad. El su
premo objeto de los institutos sociales es educar en cier
to modo la voluntad, y ennoblecer todas sus inclinacio
nes. Los legisladores han recurrido al temor para corre
gir sus desvarios y extravagancias. Por otra parte Dios
ha colocado en nuestro corazon sentimientos que se tem
plan , y ninguna voluntad se determina á obrar en nos
otros, sin quesea precedida necesariamente por la reflexion.
Entre los atributos intelectuales del sisrema sensitivo
hay pocos que distingan tanto al hombre de los anima
les como la voluntad, porque estos no tienen mas que
voluntades efímeras, al piso que el hombre hace valer la
suya aun mucho tiempo despues de la muerte, encuentra
succesores que la hacen volver en cierto modo á la vida,
que llevan adelante sus proyectos, empresas , &c. La ima
ginacion se confunde al contemplar aquella innumerable
multitud de generaciones que trabajaban en otro tiempo
en ahondar el mismo lago, y en levantar la misma pirá
mide. Las fundaciones, testamentos, &c. no son masque
voluntades postumas.
La voluntad nos hace vivir: sucede con esta facultad
4=
(a8) ..
lo que con la memoria , que su debilidad es síntoma de la
decadencia de la vida. Con ella desaparece lo que llama
mos caracter, atributo no menos esencial que constituye
la fisonomía del alma , y que no es otra eosa que la vo
luntad puesta en práctica, y aplicada de un modo firme á
todos los actos morales de la vida. Por la voluntad se dan
á conocer y se designan los hombres en el orden social;
por ella en fin, se íes vé triunfar de todos los obstáculos,
y dirigir en cierto modo los acaecimientos de todos los
tiempos y lugares. Pero muy pocos tienen á su disposi
cion esta inmensa palanca de la grandeza humana, y bien
pocos saben querer con energía y perseverancia. Solo
Dios tiene una voluntad permanente porque no puede
envejecer.
La voluntad profunda no se expresa por signos exte
riores , sino que obra en el fondo del alma , y solo se des
envuelve en el momento en que sus diferentes actos van á
tades
ejecutarse.
morales,
Ocupa
quetan
su alto
teoríapuesto
debiera
en preceder
la escala de
porlasnecesi
facub

dad á la de nuestras inclinaciones afectivas, de las cuales


vamos á tratar en esta obra. Despues de haber hecho este
ligero bosquejo de los fenómenos mas principales de la
razon, despues de esta corta exposicion de los atributos
mas necesarios, por los cuales Dios nos hace percibir los
principales fenómenos de nuestro sistema sensitivo, pre
sentamos á nuestros lectores el cuadro de nuestra natura
leza apasionada. Abandonaremos el campo de las abstrac
ciones para entregarnos á la investigacion de los hechos
que tienen mas íntima conexion con nuestra felicidad.
Trataremos de hacer de este estudio la ciencia de nuestros
deberes, y la doctrina de nuestras costumbres. Recorda
remos á nuestro espíritu y á nuestra imaginacion encanta
da el juego secreto, la fuerza, movimiento y las leyes del
instinto, que animan al ser mas favorecido de los cielos.
¡Cuántos pseudo-fílósofos tratan de degradará la especie hu
mana ! Tratemos , pues, de hacerle conocer lo que ella va
le. Cada. ciencia tiene su dominio y sus límites. Los meta
físicas explican al hombre por su inteligencia, y los fisió
logos por sus sentimientos.
FISIOLOGIA DE LAS PASIONES.

Consideraciones generales sobre los afectos mo


rales.

Estudiar le» afectos morales es estudiar al hombre en los


atributo» mas nobles y preciosos de su ser. ¡ Puede haber
ciencia mas digna del entendimiento humano! Pero ¿no son
los médicos quienes principalmente deben hacer este estu
dio? Un conocimiento profundo de nuestras indisposiciones
físicas les da medios que parecen increibles para encontrar
la verdadera teoría de las pasiones. Descartes habia medita
do muy imperfectamente sobre la organizacion del cuerpo
vivo, pues apenas poseía los conocimientos fisiológicos que
se habian adquirido en su tiempo; por lo que la mayor
parte de sus explicaciones son consideradas generalmente
como defectuosas é insuficientes. Sin embargo , este hom
bre grande decia que solamente la ciencia de la medicina
podia encontrar solucion á una multitud de problemas
que tienen parte esencial en la doctrina de los. afectos mo
rales.
A pesar del poderoso atractivo de estas investigacio
nes, hay pocos hombres que dirijan ácia ellas su atencion.
El hombre, aqui abajo, no gusta observarse: ¿acaso por
que teme conocerse? Como quiera, que sea, es triste ver
que nos arrebata la muerte sin haber penetrado las tinie
blas de nuestra ignorancia , ni lás maravillas de nuestro
( 3o )
espíritu, sin haber dirigido nuestras miradas al fondo del
alma , sin haber subido al origen primitivo de nuestras
sensaciones é ideas, sin explicar el secreto de nuestras
emociones , sin haber aplicado nuestras facultades al in
menso estudio de la naturaleza intelectual, fuente de las
meditaciones mas profundas de la filosofía especulativa , y
sin haber en fin descorrido alguna parte del velo que cu
bre el grande enigma de la existencia. Sócrates tenia ra
zon en mirar esta ciencia como la mas digna de ocupar
nuestro entendimiento , y en despreciar como fútiles to
dos los conocimientos que no tenian tan notable objeto.
Cierto es cpie son muchos los obstáculos que tiene que su
perar todo el que llegue á entrar en este inexcrutable la
berinto. El hombre está pocos momentos sobre la tierra;
¡ y son muchos los misterios que hay por descubrir siendo
tan momentáneo el tiempo de la razon !
Las obras que hasta nuestros dias se han publicado
sobre la teoría de nuestra naturaleza moral , estan llenas
de infinitos errores. Las doctrinas mas sublimes de la filo
sofía han sido envilecidas por hipótesis las mas falaces. To
do se ha querido explicar por el mecanismo. El único cen
tro de donde provienen las emanaciones del alma sensible
ha sido siempre desconocido, é ignorado el origen de estas
facultades divinas , cuya accion armónica merece tan jus
tamente nuestra admiracion. En vano se ha buscado el
principio ordenador que crea y desenvuelve todas nuestras
afecciones, que haga experimentar á nuestro pensamiento
innumerables transformaciones, y qne es el primer motor
de los agentes de la vitalidad. Asi en el estudio de este
principio es en donde los verdaderos observadores deben
analizar l is leyes naturales que forman la base de la fisio
logía moral. La benevolencia , la amistad , el amor y todas
las pasiones se derivan de él, se modifican á lo infinito se
(3i)
gnn mil circunstancías de mayor ó menor atractivo para
la meditacion.
No es mi ánimo refutar á aquellos que han escrito
antrs que yo sobre materias tan delicadas. Pero es preciso
confesar que es un delirio de su imaginacion querer ex
plicar la perfectibilidad de la inteligencia del hombre y
las operaciones del instinto de los animales por la for
ma, configuracion y disposicion física de ciertas partes
del cuerpo vivo. ¡Quién ignora que esta disposicion tiene
mas relaeioues con los ftnómenos que se observan, que
una aptitud mas ó menos marcada para ejecutar ciertos
movimientos propios a la economía animal1 Y ¿qué serán
estos actos sin el entendimiento que los refleja , y sin la
voluntad que los dirige? Supóngase á un buey con la
trompa de un elefante; ¿se aumentará por eso su inteligen
cia, sin que de antemano se l- comuniquen otras faculta
des diversas de aquellas de que la naturaleza le ha dota
do? Cuando estamos en un concierto, nos encantan sus
maravillosos sonidos que parecen salir de los instrumen
tos , pero que en realidad tienen su principio en otra
parte, pues son el resultado de un talento intrínseco, cu
ya causa nos es desconocida , que en nada depende de la
grosera organizacion que percibimos por nuestros ojos:
esto se aplique á todas las artes. Conozco uno de los mas
célebres pintores, cuyas manos son groseras y muy mal
conformadas, y este inconveniente que á todos admira
no le impide para pintar con admirable talento las flores
mas preciosas, ni para reproducir con exactitud lo mas
maravilloso del universo.
No se puede dejar de compadecer la debilidad del in
genio humano, al leer el tratado de las pasiones de Des
cartes, que quiere someter á sus cálculos las mas finas y
sutiles operaciones de uuestro entendimiento. Explicar es
( 8» )
tas operaciones por I0s principios ordinarios de la mecáni
ca, ¿no es buscar un juego con que poder ostentar fecun
didad en la imaginacion? Como por ejemplo, el hacer
creer que la fuga de una liebre, su velocidad en la carre
ra, el modo con que escucha en el tiempo del descanso, y
se impone de cuanto la rodea, son efectos parecidos al de
la explosion que cama una chispa de fuego en la pólvo
ra. El ejercicio de la fuerza parece á la verdad exigir po
cas combinaciones; pero son innumerables las que se ne
cesitan en los artificios de que se valen los animales para
suplir sus fuerzan Todo ser que tiene sentidos ordena y
dispone sus ideas, porque si debiese obrar á ciegas, y por
un impulso puramente físico, los sentidos le serian inúti
les. El mundo aparecería sin vida ni expresion á los ojos
del filósofo que quisiese considerarle como el resultado de
una causa material : entonces perdería su interés y su ma
yor encanto; la atraccion por la cual se aplica todo en
nuestros dias, ha destruido, por decirlo asi, á la natura
leza, y aun parece que ha producido el mismo efecto en
los espíritus que en el universo. Si, como se dice, todo
pendiera de esta causa , todo estaría reducido á un reposo
esteril y frío.
Los detractores de las causas finales, para probar que
las acciones de los animales se fundan enteramente en el
mecanismo, objetan el ejemplo de algunas gallinas cluecas
que se ponen indistintamente sobre huevos verdaderos
ó sobre huevos formados de creta. Pero yo tengo este
argumento por muy débil; pues es cierto que hay tiem
po en que las gallinas son movidas por un irresistible
impulso que llega á ser una especie de delirio. ¿ Es de ad
mirar que estos séres débiles se equivoquen en tal cir
cunstancia acerca del objeto especial de su pasion ? Si el
instinto de los animales se .engaña, ¿qué extraño es que
(33)
la pasion qne carece de pábulo en la especie humana,
procure muchas veces engañarse á sí misma? ¿No la ve
nios entregada á fantasmas? Si nos fuese dado correr el velo
que tiene cubiertas sus vergonzosas extravagancias, y las
monstruosas tentativas de la impotencia unida á la necesi
dad , veríamos entonces que no nos pueden servir de guia
cuantos errores acabamos de alegar.
Muchos mas sistemas habria que refutar. Es tan vasto
el campo de las conjeturas, que todos quieren depositar
en él el tributo de sus desvarios y errores. Los que miran
con desden las teorías mecánicas , han ido á buscar el ori
gen de nuestros mas puros sentimientos, y de nuestras mas
bellas acciones en aquel efecto moral que menos interesa á
nuestros semejantes , á saber , en el amor propio. Pero sin
recordar aqui los argumentos que combaten una asenjjon
tan poco digna de la naturaleza humana , creemos que
se podrían considerar los efectos morales de los fenómenos
que suceden en el cuerpo vivo, bajo un punto de vista
mas noble y mas digno de los fines ulteriores á que somos
destinados.
Nosotros sabemos abstenernos de pormenores supér-
fluos, y hacemos estribar sobre bases mas sólidas la teoría
científica de los hechos interesantes de que vamos á tratar
en la presente obra. Por poco que se considere al hom
bre moral en su conjunto; y por poco que se profundice
la accion universal de su economía, se conocerá fácilmente
que en todo ser viviente hay cuatro inclinaciones innatas
que se pueden mirar como leyes primordiales de la eco
nomía animal. En las diferentes situaciones de la .vida,
cuanto sentimos , pensamos y ejecutamos se refiere á uno
de los cuatro impulsos primitivos de donde salen como de
«u'fuente natural todos los.fenómenos del sistema sensitivo.
La primera de estas inclinaciones interiores , y por de
cirlo asi irresistible, -es aquella por la cual el animal ejer
(34)
ce continua reaccion contra las causas destructoras, y re
siste á los peligros que le amenazan. Es una potencia
siempre activa, por cuyo medio el ser viviente se apropia
y aplica todas las sustancias necesarias al mantenimiento
y duracion de su existencia; asi puede llamársele instinto
de conservacion. Hay otra cosa que notar , y es que las
necesidades por las cuales los animales la obedecen , son
en cierta manera coactivas. La naturaleza les prohibe
cualquier deseo artificial que pudiera comprometer las
funciones inherentes á su organizacion. Arrastrado por la
mas impetuosa necesidad se baña el tigre en sangre , é im
pelida por un móvil semejante la cabra pace la yerba que
crece en las faldas de los montes, y el pájaro recoge los
granos que la naturaleza produce. El hombre solo per
fecciona y mejora hasta. lo infinito los alimentos que sirven
para su nutricion. Los vegetales no gozan de la facultad lo
comotriz, y los jugos nutricios entran directamente en
ellos, y el arroyuelo serpenteando va á regar la flor que
no puede moverse; de modo que hay motivos para decir
que cuanto mas imperfecto es un ser , mas esfuerzo hace
la naturaleza para conservarle.
Hay otra segunda inclinacion con la cual el ser ani
mado engrandece y fortifica sus facidtades nativas , y per
fecciona en algun modo la obra de la naturaleza. Esta es
el instinto de imitacion de que ningun individuo puede
prescindir: antes se hace preciso decir que esta ley es uno
de los mas sólidos fundamentos de la vida social. Nuestras
ideas, sentimientos, costumbres, deberes, y todos los actos
de nuestra organizacion , se verifican en virtud de una
instruccion recíproca y succesiva , que imprime constan
temente á cada hombre y á cada pueblo su caracter y fiso
nomía particular. Este es el motivo por qué muchos indi
viduos se dirigen irresistiblemente por Ja senda de la ruti
na, por lo que el mayor número se halla como encadena
(35)
do por el influjo de las costumbres nacionales. Trataremos
bien por extenso la teoría de esta facultad imitativa que
ofrece interesantísimos pormenores.
Hay ademas otra tercera inclinacion que nos obliga á
buscar á nuestros semejantes, á corresponderles por una
mutua simpatía , y á entablar con ellos comunicacion de
pensamientos por medio de las palabras , gritos ú otros
signos , en cuya significacion estamos convenidos de an
temano, á poner, por decirlo asi, en comun nuestras ac
ciones, esfuerzos, penas y placeres; á esta inclinacion lla
maremos instinto de relacion. Es comun á los animales
que andan y viven en cuadrillas , y que viajan en forma
de caravanas : á este intinto de sociabilidad se debe la ar
monía de este universo, su origen y conservacion. Nos
otros le debemos nuestros mas dulces y naturales placeres:
él es el que constituye la primera necesidad de nuestra
alma, y para no ser arrastrado por este instinto, es precio
estar enfermo ó depravado. Hasta el misantropo hace
ostentacion de un caracter noble y franco, y de unas incli
naciones leales y desinteresadas, lo cual prueba que está
aun bajo la influencia de las relaciones cuyo objeto es él
mismo.
En fin, ¿qué ser animado hay que pueda resistir al
impulso enérgico que imprime el instinto de reproduccion,
el cual ha dado origen á la mas noble y generosa de todas
las pasiones humanas ? Esta es la fuerza que la naturaleza
ha multiplicado mas , y que ha presentado bajo forma
mas variada; porque (á la verdad) todo se renueva y per
petúa por ella. Esta fuerza es inagotable, existe en el mun
do que vemos y en el que no vemos : ninguna otra tie
ne tanto atractivo: el universo mismo está como encan
tado, por decirlo asi, con su presencia; unas veces es pró
diga y otras avara de los juegos que reparte , y otras apa
rece alternativamente continua y periódica, lenta como
( 36 )
los siglos, ó ni pida como el relámpago, y nada hay en el
mundo que pueda igualar á su movilidad y perseverancia.
Expongamos con método los hechos comprendidos na
turalmente y sin esfuerzo alguno en el cuadro que acabo
de delinear. t>a materia es fecunda, y nuestros metafisicos
no tienen á mi parecer mas que conocimientos muy su
perficiales de esta fisiología moral , que ofrece para el en
tendimiento humano dificultades insuperables. No es dado
al hombre penetrar la naturaleza íntima de las cosas, y
solo le es permitido encontrar y calcular bien sus efectos,
y aun se puede asegurar que los sentidos de que se sirve
para conseguir este objeto, le son inútiles cuando pasan
los límites señalados, fuera de los cuales pierden su certe
za, y no proporcionan mas que ilusiones. Asi vemos que
la ciencia que tan jactanciosos y arrogantes hace á los as
trónomos, no se reduce frecuentemente mas que á meros
cálculos sobre el tiempo y el espacio, que predicen infali
blemente la vuelta de un cometa ; no son capaces de dar
nocion alguna exacta sobre la temperatura próxima, que
debe tener grande influencia en eL tiempo de recoger
nuestras cosechas, y en la madurez de nuestros granos
mismos.
No ignoran el número de minutos que la luz gasta en
llegar desde el sol hasta nosotros; pero esto no les libra dé
la confusion en que se encuentran para explicar el modo
con que crece la mas pequeña yerba que el calor hace
brotar de la tierra. Los mismos vacíos se encuentran en
las teoría&de los efectos morales. Pero si en un orden tan
sublime de meditaciones hay hechos que admiten demos
tracion rigorosa, tambien hay otros en que no nos queda
mas arbitrio que buscar las pruebas en aquella inspiracion
universal , que donde quiera caracteriza constantemente
á los seres sensibles. Los que nos interesan mas de recoger
son los que nos hacen mejores y mas felices.
(37)

SECCION PRIMERA.

Del instinto de conservacion considerado como ley


primordial del sistema sensitivo.

El instinto de conservacion es innato á todos los ani


males, pues todos luchan con mayor ó menor esfuerzo
contra la muerte. Sin el instinto de su conservacion, el
hombre no seria mas que una estatua de carne expuesta
continuamente al choque de los diversos elementos que
le rodean. Su cerebro, sus nervios, sus músculos y sus en
trañas estan dotados de una fuerza especial para la con
servacion de su existencia. Si nos sorprende una enferme
dad, el instinto nos provee de medios para curarnos ; y si
somos amenazados de algun peligro, el mismo instinto nos
proporciona modo de preservarnos de él. Esta preciosa fa
cultad nos es comun con todos los seres que gozan como
nosotros del beneficio de la vida. Cuando la borrasca está
apoderada de la atmósfera, sabe el pajarillo guarecerse en
tre las hojas, ó en el oculto hueco de algun arbol. Añáda
se á esto que los animales llegan sin impedimento ni ac
cidente alguno al término de su" conservacion , mientras
que el hombre compromete á cada paso la suya : él solo
entretanto se da voluntariamente la muerte, y él es el
único que se expone á todos los peligros.
Es cierto que la facultad de conservacion tiene sus lí
mites, y que la duracion de nuestra existencia está encer
rada en un círculo de años fuera del cual jamas puede sa
lir. No solamente es negado á los mortales el pasar el tér
mino señalado para la duracion de la vida humana, sino
que algunas veces el poder conservador de la naturaleza
no nos lleva al término final de la carrera, pues unos
mueren al principiar, y no pocos al medio: otros, despues
de haber dado la vida á sus semejantes , desaparecen para
( 38 )
cederles su lugar; y otros en fin se separan de la vida sin
haber podido satisfacer el tributo al instinto general de la
reproduccion; pero por corto que sea el número de los
que llegan á sus destinos, la naturaleza ha combinado
tan bien el número de los que mueren con el de los que
deben vivir, que siempre queda cumplido su intento, y
sea cualquiera el número relativo de los individuos, la es
pecie siempre se sostiene.
Todos los animales estan conformados del modo mas
conveniente á su conservacion y tiempo que han de exis
tir. La especial organizacion del Unaú y del Ai ( i ) ha hecho
que BuíFon los mire como seres desgraciados condenados al
infortunio, y aun como colocados por ella misma en las úl
timas gradas de la escala de la creacion ; pero no son cier
tamente estos animales tan desgraciados como parecen ser
lo. Nuestra desgracia proviene de la desproporcion entre
nuestros deseos y nuestros medios : los placeres que han
de gozar estos dos seres son correspondientes á su sensibi
lidad. Por otra parte, la impetuosidad y petulancia no son
sin duda la mejor disposicion para la felicidad. Los hom
bres que se agitan demasiado no son los mas dichosos.
Buft'on confiesa que estos animales son fuertes y de larga
vida , que sufren largas privaciones , que se engruesan
con el reposo , y que sienten poco las impresiones del es
carpelo , lo cual ha hecho al mismo Buffon creer que se
parecían á los gusanos y á, otros réptiles que no tienen cen
tro de sentimiento único y bien distinguido.
Desde los primeros dias de su existencia solo mueven
y gobiernan al hombre los apetitos corporales y las necesi
dades que de continuo renacen de una organizacion que
se desarrolla cada dia , de suerte que sufre en cierto modo
el aprendizaje de la vida; está rodeado de los cuidados
maternales; sus gritos y sus lágrimas llaman al seno que
debe alimentarle; todas sus determinaciones y movimien
tos buscan el alimento reparador que debe hacer mas

(1) Cuadrúpedos de la América meridional : el primero del ta


maño de uu carnero , y el segundo del de un gato, especies de pe
rezoso ó perico ligero , asi llamado por lo poco que anda , aunque
al parecer camina sin cesar.
grandes y fuertes los instrumentos materiales de sus fun
ciones. En esta época su instinto de conservacion esta con
centrado en el tubo digestivo, y asi comienza á entrar en
el circulo de los fenómenos que debe ejecutar.
Nada tiene que pueda chocar á los ojos del observa
dor el espectáculo de esta personalidad , mientras que la
debilidad inocente conserva sus derechos á la fuerza y al
poder. Pero, á medida que se verifican las leyes de creci
miento, el hombre principia á derramar sobre sus seme-
. jantes el fuego celestial con que la naturaleza le ha for
mado. Sus facultades afectivas adquieren un pronto des
enrollo en el órgano que algun dia debe ser el trono de la
inteligencia y de la razon. El niño principia á correspon
der con alhagos á las caricias de sus padres. La risa con
tinua de sus labios anuncia que ya principia á manifestar
su agradecimiento ; su corazon palpita de ternura y amor.
El instinto de su conservacion adquiere una nueva fuer
za sacada de las relaciones morales con los seres que le
rodean. ♦ ^
A pesar de cuantas mutaciones hemos expuesto hasta
aqui , solo se ha podido ver el cuadro de una especie de
vegetacion física y moral. El hombre se espiritualiza , por
decirlo asi , á medida que su inteligencia se va desplegan
do. El curso de su sangre se acelera, y un fuego descono
cido recorre todos sus órganos, su fisonomía lleva pintada
la esperanza, su alma se exhala en todos los objetos que le
cercan, la personalidad desaparece; pero la beneficencia,
la amistad , la piedad filial , &c. le dan á conocer con ma
yor energía los encantos de su existencia. ¡Cuántos moti
vos no tenemos para amar la vida, cuando la felicidad nos
fija en la tierra por lazos tan dulces y numerosos!
Entre las pasiones que señalan el tempestuoso período
de nuestra juventud, hay una principalmente que parece
cerrar toda entrada á los sentimientos del egoismo; esta es
el amor , que es la primera felicidad de los seres sensibles*
Esta facultad , que en el estado salvage solo proporciona
emociones rápidas é instantáneas, por decirlo asi, en el es
tado social es susceptible de mayor duracion por la fuerza
que adquiere con una multitud de obstáculos. Es bien
Í4°)
digno de notarse que aquellos que se hallan verdadera
mente poseidos de esta incomprensible -pasion , hablan
constantemente de arrostrar la muerte aun en medio de
los éxtasis deliciosos en que casi todos se hallan sumergi
dos. Esta exageracion en el lenguage, y las expresiones
delirantes penden de la turbacion del cerebro, que hacen
pasar á otro ser el interés de su conservacion ó de la pre
ferencia que hacemos siempre de la vida moral en compa
racion de la vida física.
No es menos favorable la edad madura al instinto de .
conservacion; en esta época ha desaparecido la nube de
ilusiones que nos ofuscaba, y el hombre goza ya con tran
quilidad saludable de los frutos que le proporcionan su
experiencia y prudente saber. Por mil hechos que se pu
dieran alegar, debemos creer que el ejercicio habitual de
las facultades intelectuales es muy útil para la duracion
física de nuestros órganos; pues todos los médicos obser
vadores han notado constantemente que el número de los
sabios que han envejecido es bastante crecido , y los regis
tros de nuestras academias confirman esta asercion. Diaria
mente vemos que los hombres que no han cultivado sus
talentos, y cuya existencia ha sido enteramente material,
estan mas expuestos que los demas á la accion de las in
temperies atmosféricas, y á todos los infortunios de la
mortalidad. El hombre debe aprender á combinar sus
ideas como aprende á mover sus miembros. Porque ¿qué
pensaríamos de un individuo que naciese con pies y bra
zos vigorosos, y no quisiese hacer uso de ellos? Y si para
adquirir fuerza los resortes físicos de nuestro organismo
necesita huir la inaccion, ¿porqué no hemos de creer
que el ejercicio bien ordenado de las funciones mentales
puede tambien contribuir á la ancianidad?
Y no se crea que el instinto de conservacion abando
na al hombre en el instante mismo en que principia á
declinar; pues, segun lo observó ya Hipócrates, es un prin
cipio que protege á la naturaleza particular de los esfuer
zos de lo geneial, y en esta triste época de nuestra vida
se muestra con especialidad el yo, acompañado de un sin
mimero de pasiones privadas. El amor propio, el egois
mo , la avaricia , 8cc. vienen , si es lícito decirlo así , en
socorro de nuestra debilidad. ¡ Y muy dichosos los ancia
nos privilegiados que, exentos de semejantes vicios, con
servan hasta el último dia de su ancianidad esta digni
dad natural que ha dado á la especie humana un puesto
tan elevado en la escala de los seres! ¡Dichosos mil veces
los que se mantienen con todas las cualidades de la edad
madura , y cuyas facultades morales han sabido desafiar
á la misma decrepitud! Son un inestimable tesoro para la
generacion siguiente, que saca diariamente provecho de
los fecundos resultados de su experiencia. Se quisiera siem
pre conservarlos vivos.
En todas las edades , el instinto de conservacion es
el mas poderoso de cuantos sentimientos agitan la exis
tencia del hombre , y predomina constantemente sobre
todos los demas. El es sin duda quien 'ha dictado aquellas
fórmulas de urbanidad que proceden de nuestras relacio
nes sociales, y tienen casi siempre la salud por objeto. El
celo con que los hombres que se encuentran en las calles,
casas , &c. se preguntan por el estado de su salud ; los de
seos que se muestran los hombres civilizados en sus dia
rios cumplidos y correspondencias epistolares , prueban
hasta la evidencia que la conservacion es el mas vivo y
mas constante de todos los deseos del alma.
Ni las mayores desgracias, ni las mas insufribles pe
nas bastan á extinguir el instinto fundamental de que se
trata. He recorrido muchos hospitales y diferentes asilos
de la indigencia, en los cuales he visto millares de hom
bres sumergidos en la amargura, y jamas he encontrado
uno de estos desgraciados que , por inso|X>rtable que ha
ya sido su suerte, quisiese libertarse de ella con el sa
crificio de sus dias. Me acuerdo de un desgraciado que
estaba privado del uso de los sentidos, en quien se conta
ban muchas desgracias, de las cuales una sola bastaba pa
ra hacer perder el amor á la existencia , el cual sin em
bargo no dejaba de suplicar á todos tuviesen el mismo
cuidado de su conservacion; estaba todavia agitado por
las esperanzas que apresuran los latidos del corazon hu
mano , y asi me decia : « Sufro con resignacion los dolores

.
que el cielo rae envia. Puedo pasar sin la dicha , pero no
sin la vida." Mientras duraban los desastres revoluciona
rios que han agitado por tanto tiempo á la Francia , una
señora pasó repentinamente del colmo de la prosperidad
al mas miserable extremo de la pobreza y sufrimiento, se
quedó baldada , ciega , y para mayor miseria , sufria , en
consecuencia de una enfermedad que hahia sido tan larga
como funesta, los martirios que una ascua ardiendo hu
biera producido recorriendo sus entrañas. Me sirvo de
las mismas expresiones de esta desgraciada víctima de la
fortuna, la cual, á pesar de todas sus angustias, formaba
sus proyectos, y queria estar entre los suyos. Las innume
rables penas que sufrimos en la vida , no son causas sufi
cientes para que la abandonemos. Los desgraciados que
invocan la muerte, estan en un verdadero estado de sub
version mental, ó faltan á la sinceridad. Si apareciera con
la corva guadaña en el instante mismo en que su voz la
llama , todos le dirian lo que el pobre leñador de la fábu
la : solo te llamé para que me ayudes á cargar este haz de
leña.
Por mucho que el hombre viva y envejezca , jamas se
cansa del banquete de la vida. Aun cuando hubiera vivi
do un siglo, ¿qué razones no alegaria si se le propusiese
abandonar su vida? Supongo que hubiera sido constante
mente feliz, y que por una excepcion rara en el orden so
cial, pero de la que se citan algunos ejemplos, la anciani
dad no hubiera causado progresivamente en él la aniqui
lacion del órgano que preside á las facultades intelectua
les y afectivas. «;Oh Providencia! exclamaría, no cortes los
lazos de una existencia cuyas encantadoras delicias no he
agotado todavia. Ignoro por qué y cómo respiro. Espera,
déjame conocer mejor el valor y magnitud de los bienes
con que me has colmado. Ni las paredes que he edificado,
ni los árboles que he plantado, ni los campos que he
sembrado , ni los surcos que he formado, han recompensa
do todavia mis sudores. Déjame gozar del calor vivifican
te de tu sol, y déjame sobre todo responder á la voz que
me llama. No puedo separarme tan pronto de la compa
ñía que yo mismo me he buscado. Yo quisiera gozar la
(43) .
satisfaccion de ver las generaciones succesivas de las cua
les soy el origen primitivo. No hieles un corazon que
has inflamado con los fuegos de la mas dulce ternura.
La destruccion solo debe comprender á los insensibles.
Yo merezco vivir, pues soy capaz de amar."

CAPITULO L
Del egoísmo.
Si se quiere saber qué es el egoísmo, contémplese un
ejército en derrota , hostigado á la vez por el poder de las
armas y el rigor de la estacion : ya no es esta una reunion
de individuos tan valerosos como resueltos é impacientes
por triunfar, á quienes un vigor impetuoso y sublime
conducía al mas glorioso fin ; ni es ya un conjunto de vo
luntades sujetas á un mismo plan , y que obedecen á la
misma señal; es un confuso tropel de hombres á quienes
ha vuelto á dominar el cuidado del yo unicamente, que
concentrados en sí mismos, ni conocen compañeros ni
gefes, que se abandonan reciprocamente, que desconocen
toda disciplina , que se entregan sin miramiento alguno al
pillage, y á todos los desórdenes de la insubordinacion.
Cada soldado se cree solo, ó por mejor decir, se aisla de
los compañeros de armas para no obedecer mas que á sus
inmoderados deseos. Nada hay para él sagrado como se
trate de apagar su sed, ó de satisfacer una hambre des
esperada.
Póngase este cuadro junto al de un naufragio en me
dio de las olas sublevadas por una horrorosa tempestad,
y figúrese un bajel que, despues de haber sido por espacio
de muchos dias el juguete de la borrasca, se estrella contra
una roca. El vasto mar resuena con los inútiles clamores
de toda la tripulacion. ¿Qué socorro pueden prestar unas
débiles tablas contra tantos abismos abiertos? Entonces es
cuando las degradaciones del corazon humano ofrecen el
espectáculo mas horrible y espantoso. El hambre se de
clara, no se escucha la voz del capitan, y unos hombres
que estan tan cerca de la muerte como estos, se atreven
todavía á revolucionarse contra su gefe, y á acusarle
. . (44).
de la cermin desgracía. La rabia y la desesperacion los
ciegan , y se pelean con los pasageros por un solo grano ó
por un pedazo de pan , &c. Un solo sentimiento anima á
todos , que es el de conservarse y el de sobrevivir por al
gunos instantes á sus compañeros de infortunio. El yo,
este horrible yo sale de todas las bocas, y el egoísmo se
muestra hasta en las caricias que prodigan á los marine
ros extrangeros que vienen á traerles socorro.
¿Preferiríase acaso observar al egoísta ta) como se pre
senta en medio de las ciudades, y en las situaciones ordi
narias de la vida? Presencíese uno de nuestros expléndi-
dos festines en donde se halla su incómoda persona. Allí
es en donde principalmente deja ver el inmoderado deseo
de su propia conservacion. Se coloca en el mejor sitio , se
proporciona los mejores manjares , no hay usos que res
pete ni reglas de decoro y buena crianza que no viole,
molesta á los que estan cerca por lo desconcertado de
sus modales, y por el completo olvido de cuantos debe
res nos impone \¡r urbanidad, por la indiscrecion de sus
preguntas , y por el despotismo de su conversacion. En
pocos minutos su glotonería hace desaparecer cuanto hay
en la mesa de apetecible y exquisito. Acabada la comida
se retira á un sitio desviado; y teme que la conversacion
de los demas convidados venga á turbar y aun suspen
der el curso apacible de su digestion.
El egoismo no es solo el vicio habitual de los solteros,
y de los que resisten al instinto de las relaciones so
ciales; lo es tambien de los ancianos, de los enfermos, y de
los valetudinarios. Considérese á aquel enfadoso mortal á
quien por mucho tiempo han molestado los síntomas de una
hipocondría, y á quien el amor excesivo de su vida ha con
ducido á los baños minerales; este es el perfecto tipo del
egoismo. Apenas llega á la posada, emplea solo á todos los
criados; su voz predomina á la de todos los pasageros; llama
frecuentemente á los médicos, y los fatiga con pormenores
inútiles y fastidiosos; solo sabe hablarles del, calor de sus
entrañas , ó de .sus trabajosas digestiones; si se le cuentan
los males agenos, se muestra distraido y pensativo; no
conoce, ni. la. beneficencia., ni . la conmiseracion ni los pe
(45)
sares, y para él no hay mas azote en el mundo que la
enfermedad que le aflige.
Los fisiólogos dicen que el sentimiento del egoismo
depende muchas veces de la debilidad ó imperfeccion de
nuestra organizacion física. Si se pudiera arbitrariamente
suprimir por grados uno ó dos sentidos á un individuo,
y disminuir asi sua facultades de relacion, sin duda se
aumentaría, entonces la pasion del yo. Sobreeste particu
lar hay observaciones curiosas en el colegio de sordo-mu-
dos, y en el de ciegos de nacimiento. ¡Con que ansia no
se repartían los despojos del desgraciado compañero de
escuela que sucumbia á alguna enfermedad ! Moti
vo por lo que el célebre abate Sicard habia prohibido
en estos últimos dias semejantes distribuciones , porque
decian que eran demasiado tristes, y descubrian mani
fiestamente el predominio de los intereses privados. Los
idiotas (i), los cretinos y diferentes enagenados viven en
absoluta independencia de cuanto les rodea, y vejetan
en un egoísmo continuo.
La palabra con que se expresa el sentimiento priva
do de que tratamos en este capítulo , es una de las mas
felices de nuestra lengua; es muy á propósito para ex
presar el movimiento interior del alma que obliga al hom
bre á encaminar sus afectos ácia sí mismo, y á renunciar
al bien que pudiera ó debiera hacer á sus semejantes. El
egoísmo es la primera de nuestras pasiones personales, y
por desgracia es enfermedad demasiado comun , que per
judica muchas veces los intereses del orden social , y que
anda enmascarada bajo muchas y variadas formas en to
das las épocas de la civilizacion. Aunque este sentimiento
forma parte de la naturaleza humana , llega á ser sin em
bargo un vicio odioso cuando no está contenido por jus
tos límites. El hombre que desconoce sus relaciones so
ciales, siempre es culpable para con sus semejantes. Asi
todos convienen en ocultar con cuidado este ser móvil
de nuestra existencia y conservacion. Es una imperfec-

(1) Los atacados de idiotismo, que es una especie de manía mar


cada por la imbecilidad, y que depende muchas veces de una mala
conformacion del cráneo.
( 46.).
cion
confesar.
vergonzosa como la avaricia que nadie se atreve á

El egoista es esencialmente antisocial, es un esclavo


que vela constantemente en su propia organización , y que
no conoce otras leyes que las que sus necesidades le im
ponen ; está en cierto modo esclavizado por sus mas gro
seros apetitos; no ve mas que lo presente, y asi pasa su
vida en procurarse su bienestar material, sin siquiera
intentar salir del estrecho círculo de los intereses que
le agitan ; hace trabajar su espíritu únicamente por los
goces del momento; se mira como la primera y mas im
portante parte de la creación; prefiere á todo su in
aguantable personalidad , y se apropia cuanto le rodea.
¿Quién creeria que el egoísmo puede amalgamarse
hasta con las pasiones mas generosas por su naturaleza?
El hombre que está poseido de esta pasión, hace sentir el
influjo de su personalidad hasta en el amor mismo. Si
quiere lograr la mano de una joven libre, y cuya bri
llante fortuna podrá aumentar su patrimonio; seducido
por sus encantos, ó mejor arrastrado por sus riquezas, po
co ó nada importa el amor de ella con tal que la pueda in
molar á sus deseos; no quiere dar á su futura compañera
la mas mínima parte en lo que es de ella misma. No aspi
ra mas que á hacerse dueño absoluto de los bienes : el do
te y la obediencia le bastan; pues vive 6olo en medio de
la mas íntima de todas las relaciones.
Hay casos en que el egoísmo gana y corrompe á un
gran número de hombres, tal es por ejemplo, el que ca
racteriza la decadencia de las sociedades; esta especie de
egoismo ha hecho imaginar á algunos pensadores , que
el interés personal era el único móvil de las acciones hu
manas. Las cartas de Atico á Cicerón pueden darnos una
idea de la mutación que se había verificado en los senti
mientos de los romanos. Al dulce amor de la patria suce
dió la mas fria indiferencia por el interés público , fo
mentada por los principios de Epicuro, los cuales justifi
can sobradamente la mala opinión que Catón habia for
mado de la filosofía de los griegos.
Varias han sido las opiniones esparcidas sobre esta fa
(47)
mosa secta que se propagó por toda la Grecia , y que
erigia en sistema el egoísmo. Estos pretendidos sabios que
rían que no se imprimiera al alma mas que movimientos
agradables. Excluían toda sensacion violenta; balanceaban
el sistema humano en un delicioso espacio ; y á este en
canto, que no se puede definir, daban el nombre de delei
te. De modo que se les podia comparar á las hermosas y
brillantes mariposas que van acá y allá tomando el jugo
de todas las flores; eran unos alegres cosmopolitas que
no conocían el sentimiento que causa la pérdida de la pa
tria; no tomaban de la amistad mas que las dulzuras cui
dándose poco de sus vicisitudes. Solo cobraban cariño á
los que podian contribuir á sus goces; tenian con los
hombres cierto comercio de miramiento, agasajo y servi
cios , &c. Buscaban las mugeres , sin tomar nunca por ellas
inquietud alguna, pues no querían mas que los placeres
que el sexo proporciona. No sentian las perdidas del cora
zon ni las de la fortuna. Cuando se veían privados de un
placer buscaban otro; huían de todos los sitios en que
pudieran encontrar algun motivo de dolor. No conocían
odio, envidia, ni ambicion, pasiones que tanto atormen
tan nuestra existencia. Desechaban de sí cuanto pudiera
causar turbacion ó tumulto en el fondo de su alma. Y aun
se asegura que jamas se defendieron de las ofensas que al
gunas veces recibian. Su indolencia les hacia invulnera
bles contra las penas y contrariedades de la vida. El gran
secreto de estos filósofos era formar su fortuna indepen
diente de la agena : toda su felicidad era inti rior y recon
centrada en ellos mismos. Habian refinado tanto su doctri
na que moderaban sus goces para disfrutarles mejor. Ama
ban el lujo, los manjares y las mesas opíparas. Se adorna
ban con esmero, llevaban vestidos largos de púrpura. En
fin, eran egoístas moderados, de los cuales encontramos
aun entre nosotros bastantes modelos.
Ademas , por mucho que se hermosee el sentimiento
exclusivo que el hombre manifiesta ácia sí mismo , es
siempre cosa odiosa para los que le consideran. Apenas se
puede sufrir al que en lugar de puros y nobles senti
mientos , hace reinar los mas vulgares apetitos. Se sepa
ra en esto de sus semejantes(48).
, vejeta sin afectos ni. relacio
t .
nes, está suelto de la cadena que une á los demas miem
bros de la sociedad. Sus contemporáneos le desprecian
como á mal convidado de la vida; su muerte no causa
sentimiento alguno. El mundo se liberta con júbilo de un
hombre inútil que á nadie ha querido hacer partícipe de
sus satisfacciones y felicidades.

CAPITULO II.

De la avaricia.

Es desagradable escribir sobre semejante materia. Des


pues del egoismo es la avaricia la pasion en donde en
cuentra mayor apoyo la personalidad. Es la que mas nos
avergüenza, y la que mas tratamos de ocultar en toda
ocasion , porque es infamada por la opinion unánime de
todos los bombres ; es propia de todas las condiciones. Ti
raniza los últimos años de la existencia , y hace su fin tan
triste como miserable.
Es facil encontrar el origen de la avaricia en nuestra
propia organizacion ; pues se funda manifiestamente en el
amor excesivo de la vida. Hay, como lo dice muy bien
Vauvenargues, en el cerebro de los avaros, temores exage
rados sobre la instabilidad de los acaecimientos y de la
fortuna. Entonces se previenen de una indiscreta previ
sion para rechazar desgracias ó pérdidas que podrian so
brevenir.
La naturaleza de nuestras pasiones es de pasar siem
pre el fin que nos proponemos. El de un avaro en todos
sus trabajos y ahorros no es otro que asegurarse un apo
yo á su vejez; pero el resultado ordinario son cuidados
insoportables que le dan mucha inquietud , que nada go
za , y que deja sus riquezas á otros que se aprovechan
de ellas.
Lo vuelvo á repetir: cuando acumulamos tesoros no
es tanto nuestro objeto hallar en ellos los placeres , como
una vida larga y exenta de toda necesidad- El avaro teme
( 49 )
llegar á ser pobre, y esta idea atormenta constantemente
su imaginacion , y aun se ha visto llegar á tal extremo este
temor en algunos, que han permitido dejarse morir pri
mero que pagar los cuidados necesarios para la curacion
de las enfermedades que sufrian. Hay todavia mas hechos
no menos extravagantes que se pudieran referir sobre este
particular. Me acuerdo de una muger de noventa y dos
años, á la cual vi cuando estaba con las angustias de la
agonía, pedir por señas las llaves del arca donde tenia
el dinero, y ponerlas debajo de la almohada que sostenía
su desfallecida cabeza, y en la cual iba á exhalar el últi
mo alienta
Digno es de nuestra observacion ver que la avaricia
y la parsimonia parecen ser el patrimonio de ciertas clases
de animales, porque tienen hasta cierto punto conoci
miento de la propiedad. Un pájaro es avaro de una poca
paja que puede servir para la formacion de su nido. Los
musgaños recogen y acumulan granos de que no tienen ne
cesidad para pasar el invierno. Nada hay de maquinal en
los cuidados que toman para preservarse del hambre. No
es pues el hombre el único ser animado al que se ha con
cedido ser insaciable.
En la especie humana la avaricia es por k> general la
pasion de los individuos mas débiles, pues de ordinario
aquellos á quienes atormenta son viejos ó cacoquímico*.
No puede acomodarse con la lozana juventud ni con una
Complexion robusta y vigorosa: los seres bien organizados
tienen entera confianza de su suerte futura; no pueden
persuadirse que les ha de faltar jamas alguna cosa. He no
tado que las personas que sufren algun vicio radical en el
sistema linfático estan mas sujetas á la avaricia que las
que viven bajo un temperamento sanguíneo ó bilioso: de
modo que se podría conocer el valor fisico del hombre
examinando la naturaleza de sus imperfecciones morales,
y añadirse que, como esta odiosa inclinacion resulta mu
chas veces de la debilidad de nuestra organizacion , debe
seguirse que las enfermedades del cuerpo pueden darle
origen con mucha frecuencia. Una señora de distincion
estaba istérica y melancólica oor espacio de seis meses en
7
(5o)
el año , y en todo este tiempo usaba de sus rentas con una
avaricia extremada; y cuando sus fuuciones volvian del
todo á su armonía , era adorada por una generosidad sin
límites.
No sé á quien acusar , si á la naturaleza ó á la civili-
racion ; pero parece que la avaricia no debiera jamas te
ner entrada en el corazon de los ancianos, porque, en el es
tado de debilidad en que se encuentran, necesitan de con
tinua asistencia, y deberían cobrar cariño á los que les
sirven por los innumerables beneficios que de ellos reci
ben. Lo mismo debe decirse de los hipocondríacos , me
lancólicos y otros enfermos de este género. ¿Por qué pues
han de estar dominados constantemente por un vicio tan
vergonzoso , que no depende mas que de un deseo mal
entendido de su propia conservacion?
Alguna ceguedad hay en el instinto de los avaros;
pueden compararse á las urracas y otras aves de naturale
za móvil y turbulenta, que se agitan continuamente por
Coger y ocultar automáticamente todos los objetos brillan
tes que encuentran , sin que jamas lleguen á gozar de
ellos. Tal era una muger á quien llamaban con justo mo
tivo la urraca ladrona, porque tenia la manía de coger y
esconder entre los colchones de la cama perlas, piedras
preciosas, joyas de valor , monedas, dinero, &c. Esta ex
travagante manía ba tenido, en una circunstancia particu
lar , el resultado mas trágico. Un opulento babia cons
truido junto á su bodega una habitacion solitaria , la cual
abría él solo por medio de una cerradura secreta: allí se
iba á pasar horas enteras gozando del placer inexplicable
de contar su dinero. Un dia que babia ido con este ob
jeto , dejó "de la parte de afuera del gabinete subterráneo
olvidada la llave que era necesaria para la salida de este
impenerable asilo, y encerrado en él murió de hambre y
desesperacion. Fácil es de imaginar cuáles debieron ser las
inquietudes de su familia , que ignoraba tanto la costum
bre como el lugar en donde se ocultaba. Instruidos sin em
bargo por el artífice autor de la cerradura secreta, bajó to
da la familia á la espantosa morada, y vieron el cádaver
junto á un monton de oro que diariamente aumentaba.
(5.)
¡Cuan extravagante pasion es esta que nos atormenta
de continuo , para que adquiramos lo que mas apetece
mos sin permitirnos su uso; nos hace esclavos de lo que
poseemos, y nos impone el suplicio de las privaciones en
medio de la mayor abundancia , y aumenta diariamente
el círculo de nuestras necesidades privándonos de los me
dios de poderlas satisfacer!
Para corregir á un avaro, seria quizá la cosa mas
conveniente presentarle todos los dias el cuadro de las
probabilidades humanas. Creo que no hay otro medio mas
directo de desterrar tan incomprensible locura. ¡Hombre
insensato! ¿Por qué en lugar del oro. no cuentas los dias
que te quedan de vida? Es sabido cuan módica era la ren
ta de que disfrutaba el célebre doctor Roussel : un dia le
pregunté por qué despreciaba el cobro de las mesadas de
vengadas de la pension que un ministro le habia señala
do.
masiado
«Amigo,
para me
el cortísimo
respondió, tiempo
creo que
que mi
vivimos
dinerosobre
es de»
la

tierra."
Han tenido razon los filósofos en «ostener que el pri
mer gérmen de nuestras malas inclinaciones era en cierto
modo la avaricia. Ellos mismos han demostrado con bas
tante exactitud que el orgullo, la vanidad, la ambi
cion, 8cc. se reducían á un solo deseo, esto es, á tener ó
poseer. Suprímanse de la sociedad los rangos, empleos , la
fortuna, &c., y entonces no existirá la avaricia. Se ve ma
nifiestamente que esta pasion es una molesta consecuencia
del amor de la propiedad.
Por otra parte la avaricia no es pasion que puede con
tentarse ; es tan voraz y absoluta como la ambicion. El di
nero no la debilita jamas, al contrario la aumenta. Parece,
si la consideramos bajo este aspecto, á la hambre canina,
efecto de alguna enfermedad, que se aumenta á medida
de los esfuerzos con que se intenta aplacar. El avaro es
como Tántalo en medio de las ondas; se afana por juntar
tesoros ; la tierra no tiene fertilidad que baste á satisfacer
»us necesidades; jamas es rico, pues bastan sus deseos á
empobrecerle.
Con lo hasta. aquí dicho quedan demostradas las di
ferencias que existen entre el egoísmo y la avaricia: la
primera de estas dos pasiones depende de un amor excesivo
de la vida, y la segunda de un exagerado temor de per
derla. El abuso de la prudencia en estos dos extremos , ha
sido permitido tanto al hombre como á los demas anima
les para su propia conservacion. El egoísta solo piensa en
lo presente , y el avaro en lo por venir. El primero satisfa
ce siempre sus deseos , y el segundo se impone ayunos y
privaciones de todo género. El egoísta duerme sin inter
rupcion , mientras que al avaro atormenta la continua fal
ta de sueño. El uno es ingenioso en crear nuevos goces, y
el otro en encontrar perplejidades. El egoista se prefiere á
todos, y el avaro prefiere todo á sí mismo, y los des no
tienen mas de comun que el desprecio que se merecen,
pues han roto el pacto con la sociedad. Pero el mas crimi
nal para con sus semejantes , es el que detiene la circula
cion del metal precioso, primer móvil del corazon huma
no. Cesad avaros fastosos y viles de toda condicion. y ran
go, cesad de enterrar el oro que es menos perecedero que
vosotros. Abrid vuestras puertas á la indigencia, y persua
dios que el verdadero sabio es el que es mas benéfico. En
su vida es amado de todos, y no hay uno á quien; no ar
ranque lágrimas su muerte.

CAPITULO II L

Del orgullo.

El orgullo es un fenómeno moral que depende del


«entimieiito íntimo de las cualidades mas ó menos emi
nentes que poseemos ó que creemos poseer. No es como lo
ha pretendido Helvecio una pasion adquirida sino emana
da de una disposicion innata , y que está ligada manifies
tamente al sistema de la conservacion de los seres. Verdad
es, sin embargo, que el origen y las causas de semejante
«entimiento se aumentan singularmente por el progreso de
la civilacion y con las relaciones sociales.
El orgulloso nada toma de los objetos, que le cercan.
(53)
Se complace en cierto modo dentro del círculo de sus per
fecciones, cuya idea le proporciona un goce apacible: se
prefiere á todas las cosas con tanta conviccion como inde
pendencia. Se eleva con seguridad , y desprecia porque es
fuerte á todo el que trata de abatirle ú oponerle obstácu
los. Él es el poder unido á la superioridad, nada le resis
te, y por consiguiente no tiene necesidad de combatir.
Aun cuando se halle víctima de la fortuna, el orgullo se
sabe unir con el valor, y hacer ostentacion de los restos
de su grandeza.
La accion fisiológica de este afecto produce una ex
pansion en las fibras del cuerpo animado , y asi cuando
se dice vulgarmente de alguno hinchado de otguilo, es
rigurosamente cierto, tanto en lo físico como en lo moral.
Las extremidades nerviosas se dilatan y ostentan en cierto
modo- para ocupar mayor espacio; y si no considérese un
hombre á quien la felicidad de sus circunstancias pone
casi en estado de embriagarse con esta pasion , que parece
despedirlo todo de sí: se le conoce fácilmente en el modo
de presentarse á las miradas del público: su andar es fir
me , su aire imponente , lleva la cabeza erguida , todas las
facciones de su cara toman una direccion sublime, de
modo que se diria que ansia por colocarse continuamen
te en el punto de vista mas favorable para llamar la aten
ción de sus semejantes. Son tan ciertos estos signos con
que se manifiesta el orgullo, que hasta en el vacío de la
naturaleza creemos animados por esta pasion á los seres
insensibles que afectan mas ó menos las actitudes de gran
deza y poder: tales son á nuestros ojos los árboles, cuya
altura es desmesurada , cómo las encinas de los hosques y
el cedro del Líbano; y tales nos parecen las montañas es
carpadas y soberbias , cuya cima se pierde entre las nu
bes, y parece va á amenazar nuestro continente.
Los primeros legisladores han afeado el orgullo como
nna pasion demasiado personal , y que se opone á la socia
bilidad; pero esta pasion nada tiene de vituperable cuando
recae sobre las cualidades que mas se aprecian , y cuando
corresponde á las miras supremas de la naturaleza. Porque
á la verdad hay un orgullo que no consiste en palabras
(54)
vanas, que no tiene fasto ni ostentacion, y que proviene
únicamente de la conviccion íntima que tenemos de nues
tro propio valor, que está en lucha constante con las in
justas humillaciones de nuestro ser, que solo se deja ver
para realzar los rasgos de un caracter bello, que impone
.como una necesidad continua el honor, y que puede ad
quirir todas las perfecciones de que nuestra naturaleza es
susceptible. El orgullo , tal cual yo le concibo , es un sen
timiento tan puro como sublime; es la mas noble de nues
tras disposiciones originales, y debe formar parte de nues
tra constitucion moral.
Todavía no han señalado los filósofos el origen primi
tivo , ni el objeto final de esta pasion en la economía ani
mal; pues no es cierto, aunque se ha dicho, que aquellas
cosas cuya vista causa placer á los demas, nos inspiran
el orgullo; antes por el contrario, le inspira mejor la cer
teza que tenemos de que no les han cahido en suerte á
los demas aquellas que contribuyen á la mas larga exis
tencia y perfeccion de nuestra organizacion física y mo
ral. El que está penetrado de este sentimiento no trata de
dar envidia , goza con tranquilidad de todas las ventajas
que le aseguran una preeminencia conocida sobre sus se
mejantes. ' i. . . . -i'-'..i . :
Con ¡todo, los motivos que produce el orgullo son
muy variables en el mundo.; Entre los salvages, por 'ejem
plo, la superioridad de las fuerzas es causa comunmente
del orgullo; pero entre los hombres civilizados se hace po
co caso de tal ventaja , y solo. se prevalen de los atribu
tos mas preciosos df1 entendimiento y de la razon. Se ve
por estas cortas reflexiones que el orgullo y todos sus gra
dos son comprendidos en el orden de los designios de la
providencia conservadora. La naturaleza humana pelea y
se eleva, por decirlo asi, á pesar de las pretensiones que
tienden á humillarla. » • .' i
, Concluyamos pues que el orgullo es una pasion pri-"
mitiva , necesaria , verdaderamente socíal , y que debe
trasmitirse religiosamente de familia en familia, para man
tener en ellas el orden y el ejemplo de las mas altas virtu
des, pira que sea la salvaguardia de las costumbres, el
(55)
preservativo de toda afrenta , el gararíte de las buenas ac
ciones, y para que conserve, en todo su brillo la pureza
hereditaria, sin la c.iml este don de la vida carecería de
encanto y atractivo. «Hay pocas almas bien templadas pa
ra elevarse basta el orgullo, dice el elocuente abate de la
Mentíais, las más estan encenagadas en la vanidad."^ . i - :.
Todos los hombres se unen y se identifican para sen
tir en comun esta noble pasion de nuestra existencia , y
el orgullo nacional fue siempre uno de los mas útiles ins
trumentos de la felicidad pública. A nadie es permitido
en la tierra dejar envilecer esta dignidad original que
hemos recibido de lá naturaleza. Hay en el fondo de
nuestra alma cierta arrogancia y generosidad, que nos de
fiende de la abyeccion, y nos encamina incesantemente al
engrandecimiento de nuestro destino. Considerado bajo es
te aspecto el orgullo debe reputarse como una virtud , es
el crisol de las inclinaciones de la vida, estimula á la
emulacion, por él se perfecciona el hombre, y se comple
ta , por decirlo asi , al salir de las manos del Criador.
-'4m¿tflf ~^h!' inv>i*itl I :>np t¡-j ol¿i -f-l 1

CAPITULO IV;

'-. .. De la vanidad?,., f .. }

No confundamos el orgullo con la vanidad, pues esta


casi siempre es una pasion facticia y fomentada por todas
las seducciones de un mundo frivolo ó corrompido. Se le
ha dado tambien el epíteto de miserable porque supone
pocas ideas, y porque borra, por decirlo asi, el caracter
primitivo del hombre.
Sucede lo mismo con la vanidad que con la avaricia,
se la enmascara como una debilidad; pero á pesar de todo
«e ocha de ver en todas nuestras acciones, en nuestros
movimientos, hasta en nuestra fisonomía; siempre es ob
jeto de burla universal ; en la cumbre misma de la dicha
es insultada , y no excita interés ni compasion aun en el
mayor infortunio.
(56)
~ lúa vanidad es el orgullo de los débiles; los pone, por
decirlo asi , en zancos para que puedan nivelarse con los
mas fuertes. Es estremada en los muchachos y ancianos ; y
particularmente en las mugeres, en quienes es la pasion
mas dominante; se la encuentra en todas las condiciones;
aun el esclavo muestra la suya en el modo con que lleva
los signos de la esclavitud.
v ¡Vergüenza da pensar en decir bs futilezas de que se
alimenta esta pasion ; no hay camino por donde no se in
troduzca en nuestra alma. El hombre hace vanidad de to
do; del padre que le ha engendrado, del país en que ha
nacido, de los bienes que ha heredado, del techo que le
cubre, del vestido que usa , del carruage en que es llevado,
de la muger que ama , del dios que inciensa , del amo á
quien sirve, del amigo que frecuenta, del que le habla,
del que le saluda , y hasta del que le escucha. La vanidad
se fomenta con un sin número de preocupaciones, y aun
en nuestros dias un vidriero noble no trocaría sus indi
gentes armas por las ricas cajas de un opulento fabricante.
Tambien en los nombres que tenemos para distinguir
nos unos de otros hay vanidad; pues, como lo ha dicho un
antiguo, esta pasion es la que nos bautiza casi siempre.
Los héroes de Homero tienen las mas veces nombres que
significan alguna grande y sublime virtud; y esta cos
tumbre de los griegos se conserva aun en nuestros dias,
en que no hay distincion que, bien explicada, no encier
re algun sentido honroso. Las que expresan fuerza , glo
ria , ánimo, valor., parecen imponer un deber á quien la
recibe por herencia; pero por lo regular no inspiran á los
hombres ilustres sino la mas deplorable de todas las va
nidades. !
Algunas veces la vanidad permanece oculta , y con
tenta sus deseos siempre nacientes por subterfugios y ro
deos, devorando en el mayor silencio las humillaciones
con que se le alimenta , las afrentas que se Ae prodigan,
y los suplicios que le hacen sufrir. Pero en el caso con
trario en que las tentativas son seguidas de buen éxito,
los hombres de quienes se ha apoderado caen en una
especie de embriaguez que los obliga á hacer discursos
<57)
disparatados y acciones las mas necias. ¡Y cuantos, qne
por otra parte estan dotados de mucho mérito, se han des
acreditado por esta ridiculez! Hay en el mundo personas
tan ansiosas de sus prestigios , que , si se atreviesen , man
darían hacer de su cuenta estátuas que las representasen.
No hay afecto humano al cual la vanidad no llegue á
profanar ; ella hace desaparecer el encanto de los mas dul
ces placeres de la vida; ella es la que se atreve á alegar
derecho á la pública atención aun en medio de las lágri
mas y desconsuelos. Esta singular pasion nace de las qui
meras, solo se alimenta del humo, y por lo tanto es inex
tinguible. Los horrorosos ataques paralíticos jamas acome
ten á nuestro cerebro sin privarle de las preciosas facul
tades ; pero siempre dejan la vanidad , que se mantiene
por raices tan perennes como las de la avaricia. Esta pa
sion es , sirviéndome de la expresion de I0s fisiólogos , el
ullimum rnoriens de nuestra organizacion moral.
La gloria ha tenido siglos, tambien el fanatismo ha
tenido los suyos; pero este en que vivimos pertenece ma
nifiestamente á la vanidad. Jamas se han visto tantos pri
vados salir del espacio en que la suerte les ha circunscri
to , y abandonar su condicion nativa ; jamas hubo un nú
mero tan excesivo que codiciasen el dominio y el poder,
ni jamas personas de tan mediana esfera anduvieron en
pretension de rangos, títulos, distinciones, &c.
Mas atras he dicho que la vanidad era una pasion
adquirida, y fruto único de nuestras relaciones sociales.
Sin embargo, es preciso añadir que se encuentran indi
cios de esta pasion en los salvages que se pintan el rostro
y el cuerpo con creta, y que se coronan la cabeza con
plumas de color de las aves africanas, que se forman va
rios adornos con cuentas rojas , conchillas , pedrería , pe
dazos de cristal , 8cc.
Y hasta á los animales hemos hecho tomar parte en
esta singular pasion, domesticándolos y sirviéndonos de
ellos en nuestras labores , empresas y combates. En los re
gimientos, paradas y ejercicios se ven caballos muy enso
berbecidos por los adornos dorados que les han puesto, y
que participan de la vanidad de su ginete. Bien sabido es
el modo de castigar á los mulos y á las demas bestias de
carga en los largos viages. Si cometen cualquiera falta , ó
desobedecen al amo que los conduce, se acostumbra á co
locar los delincuentes á la cola; se les quitan momentá
neamente los penachos que llevan en la cabeza , é igual
mente el esquilo 6 campanilla, y está averiguado que na
da hay que los corrija mas eficazmente que este género
particular de humillacion.
Se observa que la vanidad está siempre en relacion
con la forma de gobierno en los pueblos en que se mani
fiesta con mayor ó menor energía. Ademas es el sentimien
to de que sacan mejor partido los gobernantes , pues la
excitan ó la alhagau muchas veces para determinar los
hombres á las grandes acciones. Han imaginado signos de
distincion , ó mas bien niñerías brillantes, con las cuales
condecoran á los que han servido mejor á sus proyectos.
He hablado muy mal de la vanidad; pero no por eso
deja de ser el mas fuerte móvil de los progresos de las ar
tes y de la prosperidad pública. Bajo este punto de vista
ofrece las mismas ventajas que el orgullo. Solo al hom
bre es dado hacer servir los vicios al desarrollo de las
mas grandes virtudes. Si se quita la vanidad de la tierra
al instante se cubrirá de perezosos. Pregúntese á un gene
ral que cómo ha estimulado el valor bullicioso de sus sol
dados, y responderá que por la mas miserable de todas
nuestras debilidades; por la vanidad. ¿Quién ha fortifica
do las ciudades? ¿quién ha construido los canales y mag
níficos palacios? ¿quién ha levantado con tanta perseve
rancia aquellas pirámides? ¿quién ha hermoseado con tanta
magnificencia los pórticos? ¿quién ha hecho florecer las
manufacturas industriosas? ¿quién ha organizado los in
trépidos ejércitos? ¿quién ha conducido los bajeles por
medio de los escollos y naufragios? ¿quién los ha cargado
de provisiones y tesoros ? La vanidad. ¿ Quién ha socorri
do á tantos desgraciados? ¿quién ha prodigado tantas li
mosnas? y ¿quién ha fundado tantos hospicios para la be
neficencia? La misma vanidad.
(59)

CAPITULO V.

De la fatuidad.

La fatuidad debe tener lugar en este libro, pues es


una degeneracion de la vanidad humana. Ninguna enfer
medad ha recibido denominacion mas justa ni mas conve
niente á su naturaleza. A la verdad es una especie de ena-
genacion mental tan digna de nuestro desprecio como de
nuestra compasion; es la exaltacion mas ó menos prolon
gada de un espíritu débil de complexion , y totalmente
destituido de ideas.
Esta afeccion nace en el seno de las vastas y populosas
ciudades, particularmente en aquellas que estan corrom
pidas por un exceso de civilizacion, y forma parte del lujo
que reina en las grandes capitales de Europa. Se muestra
principalmente en los jóvenes, se apodera de su ociosi
dad , y llena el vacío en que pasan los dias frivolos y del
todo perdidos para la razon.
El fatuo se diferencia del vano en que se cuida poco
del sufragio ageno, bástale el suyo propio: nunca habla
mas que de sus gustos , fantasías , talentos , riquezas , &c.
La soledad es para él una carga , necesita ser visto á cada
instante , y lleva donde quiera que va su estrepitoso yo.
Mucho se ha escrito sobre las extravagancias de las
personas tocadas de fatuidad, las cuales -varían segnn los
tiempos y Jas circunstancias. Siempre hay tn ellas algun
nuevo síntomn que advertir. En general el fatuo se inclina
á singularizarse; no quiere ser lo que son los otros, y aun
quisiera imponerles la obligacion de ser lo que él mismo
es,- y resistiendo á la ley de imitacion., y alejándose de la
naturaleza, le sucede alguna vez que deslumbra ó admira
á un ignorante vulgo.
Aunque la enfermedad de que hablamos no es tan co
mun como la vanidad , es facil sin embargo conocerla. Los
necios pueden algunas veces engañar, porque hay algunos
que saben callarse. Pero no es lo mismo el fatuo , el cual
8:
(6o>
hace á todos confidentes de sus desvarios. Se distingue
con facilidad en el tono decisivo y descompasado de su
conversacion, en la irreflexion de sus palabras, en la li
gereza de los juicios, en ha temeridad de las censuras, en
la indiscrecion de lo que refiere, en el mal gusto de
sus choladas , en el falso oropel de sus agudezas , en fin,
en la pretension de sus modales, en el aspecto de satisfac
cion y en la familiaridad con que se acerca , aunque sea
por la primera vez, á cualquiera, en el egoismo que su as
pecto manifiesta, y particularmente en la extravagancia
de su peinado y compostura, en lo ridiculo de sus acti
tudes, y en el aire de molestia que parece causarle la es
trechez estudiada de sus vestidos.
No es posible simpatizar con un fatuo : es tan incómo
do como el importuno, porque no teme chocar á cada
momento con la sensatez y la razon , por lo cual hace des
esperar á cuantos le tratan. Las expresiones que profiere
no han sido reflexionadas, y asi nada hay mas efímero
que su conversacion. Si está en el teatro silba ó aplaude
con excefo: se agita de tal suerte , que se diria que quie
re por algunos momentos sustituirse á los actores, y te
ner parte en la atencion que se les presta : ni es menos
absurdo en nuestras reuniones; siempre comienza á ha
blar cuando los otros no han acabado ; se toma familiari
dades las mas impertinentes con las personas de mayor
mérito; se llega á ella» con irreverencia, y les pregunta
*in pudor. '
Eb fatuo no admira mas que á su persona. Si posée al
guna habilidad, la de bailar por ejemplo, está mucho mas
satisfétho de ella que los que le contemplan , y en segui
da Ies pregunta si han podido verlo todo á su satisfaccion,
y en qué sitio estaban colocados.
Los jóvenes ociosos de nuestras ciudades tienen otras
extravagancias que no son menos dignas de notarse. Hay
entre ellos algunos que imitan ridiculamente la voz clara
y meliflua de una muger, y otros que fingen una torpeza
en la lengua para libertarse de pronunciar las letras mas
duras de nuestro alfabeto;y llega á tanto su fatuidad, que
evitan con cuidado el uso de ciertos términos de nuestro
(6.)
idioma. Recurren á circunlocuciones ó perífrasis para ex
presar los accidentes de bancarrota , de muerte , &c. Otras
veces el fatuo exagera á sangre fria todas las ideas como
sucede á los cerebros débiles. Asi las palabras de desespe
racion, de horror , de espanto, &c. solo tienen una signi
ficacion vaga en su boca , y no causan la menor impresion
en el alma del que las escucha.
El orgulloso se ensalza, el vano se hincha; pero el fa
tuo se agita sin cesar solo por dejarse ver. Su dicha la ci
fra en llamar la atencion. Sale de su casa para que se ad
mire su tren y sus caballos: pasma á los que pasan por
lo extravagante de su trage : su sastre se mortifica por dar
á su vestido la forma menos usada : si se encuentra á pie
en el paseo se adelanta tomando actitudes ridiculas, y
afectando un modo de andar muy diferente del natural.
Aparenta por todas partes el desprecio que justamente
inspira. En otro tiempo se encontraba un gran número de
estos mentecatos en los paseos y plazas, pasando los unos
por delante de los otros para considerarse recíprocamente,
y proporcionarse asi el placer de una mutua sorpresa.
Ya he dicho que la fatuidad era una especie de ena-
genacion pasagera del cerebro; y ahora debo añadir que
en muchos casos Cs un verdadero principio de demencia.
Pudiera citar ahora varios ejemplos de esto. El famoso
bailarín
y tan frivolo
Tren en , los
quesalones
hemosdeadmirado
París, cayó
por un
tandia
brillante
en un

extremo tal de extravagancia que fue preciso ponerle en


reclusion. Su manía era creerse príncipe ó un personage
muy importante. ílabia fingido diferentes órdenes de caba
lleros con papel pintado que colgaba de los ojales de su
casaca. Este desgraciado vive aun, y jamas ha podido re
cobrar el uso de las facultades mentales. Esto nos hace re
cordar la historia del conde Dus á quien la naturaleza
habia agraciado con todos los dones de una hermosura fí
sica. Llegóse á imaginar un dia que era Cupido ; se ador
naba con un esmero extremado, é iba luego á presentarse
en los sitios mas públicos llevando siempre nuevo trage.
En su cuarto pasaba las horas y los dias mirándose conti
nuamente como Narciso. Gastó á su padre sumas conside
(6»)
rabies, pues le amaba con ternura como a hijo unico;
pero todas estas extravagancias acabaron en accesos de
una furiosa mania, que no tardaron en convertirse en un
idiotismo incurable.
El fatuo sirve de risa al filósofo y al sensato: porque,
por mucha que sea nuestra tolerancia, ¿cómo hemos de
soportar á sangre fria á un ser que se envilece hasta el
extremo de hacer objeto de burla y diversion las deformi
dades físicas de su prójimo, que insulta con bufonada la
ancianidad , que viola el respeto debido á las mugeres, y
que tiene el atrevimiento de prevalerse de las precarias
ventajas y fútiles atractivos de la juventud ? A pesar de
todo esto, el fatuo se cree dichoso , y su dicha es siempre
tranquila, y aun llega á enagenarse de júbilo viéndose el
objeto de las caricaturas y de una censura picante. En to
das partes se oye su nombre, que es cabalmente lo que
desea , y ademas cree que la mofa es arma puramente
suya.
Es sin disputa alguna enfermedad muy triste la que
acabamos de describir aunque ligeramente. Pero es bas
tante consoladora la idea de que no es incurable como
otras muchas. Se debilita, va desapareciendo á medida
que adelantamos en la carrera de la vida, y llega el dia en
que el joven fatuo se desengaña de todo, basta de sí mis
mo. Las ansiedades, las aflicciones de la vida privada, el
estado del matrimonio, los deberes de su familia, los cui
dados domésticos que piden la conservacion de los bienes,
las vicisitudes de la fortuna , las lecciones que nos dan la
desgracia y la experiencia , la falsedad y error de los cál
culos, los chascos, los remordimientos de la conciencia,
los achaques de la vejez, la gota, la hipocondría, todo
concurre á hacer que entre por el camino de la verdad el
juicio á quien habia descarriado momentáneamente el
calor fogoso de la juventud. Sola la vanidad es intermina
ble , y de todos los tiempos, edades y situaciones : es inse
parable del hombre hasta en su última hora: asi se echa
de ver en la última voluntad , en las últimas palabras, y
hasta en la lápida de su sepulcro se ostenta ufana esta
vergonzosa pasion.
(63)

CAPITULO VI.

De la modestia.

La palabra con que expresamos esta preciosa virtud


tiene diferentes acepciones en nuestra lengua. La modestia
es en general un movimiento pronto, y delicado del al
ma , que siempre se efectúa en sentido contrario á la. va
nidad, y al orgullo de los hombres. Es, por decirlo asi,
el pudor del espíritu y el resultado de una susceptibilidad
nerviosa , que nos obliga á ocultarnos cuando estamos ex
puestos á las miradas agenas. Sin embargo, muchas veces
no es mas que un velo con que astutamente se encubre el
amor propio.
La verdadera modestia supone en el que la tiene un
sentimiento, de desconfianza relativo al estado de sus fuer
zas y sus medios. Este sentimiento agrada en general á to
dos los hombres, porque deja en paz sus pretensiones,
porque no irrita ningun amor propio, porque anuncia
que el individuo de que se trata es superior a todas las
debilidades que degradan nuestra triste humanidad. Si sois
feliz, y la fortuna se os muestra placentera, y si la natu
raleza os ha colmado de todos los dones que prodiga; sed
modesto para que los demas hombres toleren vuestra pre
sencia y las ventajas que ella les recuerda.
Ser modesto es, pues, saber contener el movimiento
mas impetuoso, de nuestra alma , que es la vanidad ; es mi
rar con dulzura el orgullo y presuncion de nuestros seme
jantes; es atribuirles una gran superioridad sobre nosotros
mismos ; es acceder continuamente á sus pretensiones ; es
sujetarse á todas las deferencias que inspira la conviccion
completa en que estan los demas de sus cualidades y de
su mérito; es aparentar insuficiencia en toda ocasion, bien
sea en sus acciones , ó bien sea en su talante ; y es sobre
todo ser tan prudente en sus opiniones como reser
vado en su modo de hablar ; pues vemos un sin núme
ro de hombres que no deben su reputacion de modestia
(64).
sino al prestigio de su moderacion, o á la magia de su
silencio.
No obstante, algunas veces esta modestia de palabras
es la capa de un inmenso orgullo; tal era sin duda la de
Zenon de que Plutarco nos ha hablado. Un rico de Atenas
daba un grande y magnífico banquete á los embajadores
del rey de Persia , y para interesar mas á sus convidados
llevó tambien á todos los filósofos de la ciudad , los cuales
anduvieron solícitos y afanados para obligar á que forma
sen los nobles extrangeros un alto concepto de su saber y
doctrinas. Hicieron elocuentes discursos sobre la naturale
za de los átomos, sobre la formacion del universo, sobre
la teoría de la felicidad, 8cc. Durante lo cual Zenon solo
se obstinaba en guardar silencio. Los embajadores sorpren
didos le interrumpieron diciéndole: «y de vos, Zenon, ¿qué
diremos al rey nuestro amo?" Nada^ respondió con frial
dad el gefe de la escuela del Pórtico, sino que fiabeis en
contrado en Atenas un anciano que sabe callar.
La modestia es una virtud enteramente obligatoria en
el ordeu social. Es imposible que dos individuos, aunque
sean muy poco cultos, se encuentren sin inclinarse uno
ácia otro. Pero examínense con mas particularidad dos
autores que se cumplimentan, sus declaraciones de con
descendencia no cesan jamas, y es un convenio natural
el que nos humillemos cuando secaos alaba. Es una obser
vacion curiosa para un fisiólogo investigador la del hom
bre mas vano del mundo, el cual se defiende no obstante
con obstinacion de los elogios que se le prodigan ; se de
clara indigno de las consideraciones que los demas tienen
por él ; cuenta con fingida sorpresa el modo con que se le
ha recibido en la corte; enseña las cartas que le escriben de
todas partes; habla sin cesar de los favores que le llegan im
provisamente, y sin su noticia, por decirlo asi, &c. Estos
subterfugios son comunes en el comercio de los hombres.
Cuando queremos disfrutar de una gran tertulia , y en
cantar á la vez el gusto y el oido de los amigos, llamamos
para el mayor brillo de esta reunion algun tocador de
harpa consumado para que renueve los dulces acentos de
Anfion, el cual goce de una fama asentada, é igual
mente hacemos venir á estas diversiones nocturnas la fa
mosa sirena que es la maravilla de todos los conciertos:
pero apenas llegan al sitio concertado principian á buscar
pretextos para retardar la hora afortunada de su triunfo y
de los placeres que proporcionan á los demas. ¡Qué dificul
tad no cuesta el que se determinen á dar pruebas no equí
vocas del talento que los distingue ! Al fin queda vencida
esta primera resistencia por súplicas y reiteradas instancias.
Tal es el modo como la modestia convencional imprime
un caracter
Estos respetos
de decoro
sociales
á nuestras
son mas
otrasagradables
tantas reglas
relaciones.
á Jas

que es preciso sujetarse en la vida civil, y una buena


educacion nos enseña á no quebrantarlos jamas , pues ig
norarlos solo es exponerse a la censura. De aqui procede
que aquellos que han meditado profundamente sobre las
pasiones de la vida humana , y sobre las relaciones que
nos unen con nuestros semejantes abrazan el partido de
ser modestos. Los académicos mas queridos son los que
hablan poco , y los que evitan el prurito de atraer á sus
doctrinas á sus contemporáneos. ¡Cómo decaeria la satis
faccion de aquel que entre ellos tuviese la desgraciada
costumbre de disertar y hacer ostentacion de su saber, sí
pudiese llegar á oir todos los epigramas dirigidos en voz
baja contra su persona! Yo he, asistido algunas veces á es
tas juntas solemnes en que cada uno de los sabios de mas
fama creía cobrar por precisior^el tributo de sus gran
des luces. Es muy curioso ver JPrto en tales casos aquel
que trata de llamar la atencion'de todos, es de repente
el blanco de una multitud movidls por el amor propio.
¡Qué diversidad en la fisonomía de los que le escuchan!
Los unos le miran con un aire desdeñoso, pero muy
pocos le honran con miradas de aprobacion ; y aun hay
entre ellos algunos que se entretienen en refutar las aser
ciones que se le escapan, y otros murmuran de sus mas
indiferentes expresiones. Todos se abandonan en general
á las bufonadas y á la jovialidad de una amarga crítica,
y si hay en la asamblea alguno de naturaleza indulgente,
está por lo regular distraido y sin atencion. Ademas ¡cuan
tos hay que se hallan en una inaccion letárgica ! Son bien
9
(66)
visibles los escollos á que uno se expone en situacion tan
extraña. Es como si un orador dijese á los oyentes: «ig-
»norais cosas que yo os puedo enseñar, yo tengo tanto
«derecho á vuestra admiracion como á vuestro reconoci-
» miento." Ahora, pues, esta confesion tácita de una pree
minencia individual choca manifiestamente con las preten
siones agenas. Ciertamente es preciso haber llegado á un
grado muy elevado en la opinion de los hombres para no
sufrir en tal caso todo el vituperio que se merece.
Los filósofos de nuestros dias deberían abrir escuelas
para inspirar á sus contemporaneos esta modestia moral,
que es la garantía de la dicha y de la tranquilidad del
hombre en la tierra ; deberían enseñarles á vivir mas
tiempo ignorados, particularmente en la juventud, que
por lo regular es vana y soberbia. Nada hay que se opon
ga tanto á la sociabilidad como la arrogante y presuntuosa
satisfaccion que da á un sugeto la posesion de un empleo,
de una dignidad, de grandes riquezas, ó el atributo de
una habilidad ó talento del cual nadie duda, &c. La mo
destia conviene mas principalmente á todos los hombres á
quienes las circunstancias ó el mérito personal han hecho
conseguir un alto puesto en la sociedad á todos los que
pertenecen á las clases privilegiadas del estado, &c. De
ben huir todo lo posible de presentarse en público con las
insignias de las dignidades que poseen. No está bien visto
hacer ostentacion del lujo y de la grandeza. Debemos ir
sin hacer ruido por el emúno de la ambicion si no que
remos despertar la envidia.
La modestia debe ser tan sincera como ingenua para
que excite la simpatía, y merezca la aprobacion de los
hombres. Debe tener, si es lícito hablar de esta manera,
toda su inocencia y su candor. Facil es de recordar la me
moria del bueno y venerable Ducis, que tanto desconfia
ba de sí mismo, que consultaba sobre sus obras hasta los
poetas jóvenes de su tiempo , y que decia , que aun de los
niños se podia tomar leccion ; ni se ha olvidado la memo
ria del doctor Roussel, hombre natural y sencillo , llama
do con justicia el La-Fontaine de los médicos, que jamas
supo lo que valia , que huía sin cesar de la gente misma
de quien era amado, que rehusó admitir las ofertas del
gran Federico, y que siendo amigo y pensionario de Ma
dama Helvetius, se iba á los bosques y cabanas de los al
deanos cuando venia algun gran personage á visitar á su
respetable bienhechora. Refiero esto porque siempre sir
ve de satisfaccion ver al mérito modesto. Se aplaude siem
pre la moderacion del alma y el recato del espíritu, que
hacen brillar al verdadero mérito por el constraste que
nos presenta.
Puede aplicarse á la modestia lo que Bacon decia del
silencio, á saber, que da peso á las acciones, y crédito á
las palabras. Porque á la verdad tiene todo el prestigio de
los velos, que parece aumentan el mérito á los objetos
que nos ocultan , y que irritan nuestra curiosidad por el
secreto encanto de una prevencion favorable. Obra sobre
la imaginacion que tanto imperio tiene en nuestra razon;
y jamas parece el hombre tan grande como cuando se sus
trae á las miradas de los que le observan y le buscan.
. La modestia tiene otras muchas ventajas; ella nos po
ne. á cubierto de los tiros de la envidia; ella reconcilia al
vencedor con el vencido; ella es quien estrecha y fortifica
todas nuestras inclinaciones; y ella en fin es la que espar
ce por toda la sociedad una especie de dulzura y toleran
cia que aumenta sus encantos y reereos. «¡Oh tú! quien
quiera que seas, decia un filósofo griego, si tus escritos
te han hecho célebre, usa con humildad de tn fama, y
sobre todo oculta misteriosamente tu habitacion. El arte
de ser dichoso es el arte de saber vivir desconocido."
-IIWáWllM Oqtlif i..í'i ;p j i'l;t¡¡r. q ; "Y.i fi~.il r, .. .'.'
h rW/trttáf frun ¡ti L!>i' I '...,' ..jnir.T - ú . r.-i
CAPITULO Del valor. VIL

Este es el nombre qite se da á un sentimiento que la


opinion coloca en el rango de los mas nobles atributos del
hombre. La mayor parte de las veces consiste en despre
ciar y arrostrar un peligro que el comun de los hombres
mira con temor. El cerebro hace un papel manifiesto en
9=
( 68 )
el ejercicio de esta facultad , y combina con mas ó menos
viveza sus medios de resistencia. Entonces desaparece el pe
ligro porque es juzgado repentinamente inferior á los me
dios que hay para vencerle.
El valor es la facultad de vencer el sentimiento ordi
nario del miedo , y la turbacion del alma que se manifies
ta al aspecto de cualquier peligro real ó imaginario. Nace
de la confianza en que está el que lo experimenta. Enton
ces permanece el hombre sin horror , pues la confianza y
tranquilidad han adquirido dominio sobre él por el hábi
to de exponerse á lo que mas debiera temer. Tal es , por
ejemplo, el estado de un general que se ha encontrado en
muchas batallas.
El valor es una emanacion de aquella fuerza de resisten
cia vital de que la naturaleza ha dotado á todos los seres
sensibles. Los que han querido explicar ó apreciar sus fe
nómenos por el volumen del corazon , ó por la mayor ó
menor robustez de la organizacion , no han acertado el
verdadero principio de este generoso sentimiento. Casi ad
vertimos lo Contrario, pues parece que el valor está re
partido á las especies vivas en compensacion de la inferio
ridad de las fuerzas físicas. Asi vemos hombres de peque
ña estatura y de constitucion débil y delicada que estan
dotados de él en un grado eminente. ..-
La naturaleza ha dispensado con mayor ó menor libe
ralidad el valor á los seres animados segun su necesidad.
Los animales carnívoros le adquieren con el hambre, pues
para alimentarse deben estar preparados al ataque. En el
hombre esta pasion es de ordinario un impulso puramen
te moral: tolos los sentimientos laudables que forman el
patrimonio de la especie humana, vienen, por decirlo asi,
á apoyarlo ¿Cuantos no vemos que, sin ser movidos mas
que por la compasion, se exponen á un peligro manifiesto
por librar de él á sus semejantes? Yo he visto á un ancia
no agobiado de anos arrojarse al agua por recojer á un
niño que iba á perecer sin su auxilio.
Aunque el valor sea una pasion primitivamente per
sonal , no deja por eso de tomar una feliz influencia. Dia
riamente la vemos en el estado de sociedad empleada en
. ( 69 )
ventaja de nuestros semejantes. El leon , que es el mas ge
neroso de todos los animales, solo combate por sus cachor
rillos, mientras que el hombre emplea todas sus fuerzas
para defender á sus. semejantes, su patria, sus aliados , &c.
Y solo porque el valor pone al que lo posee en el primer
rango se precian tantos cobardes de valerosos, y porque
esta facultad es útil á la conservacion de los demas se
prodigan tantas alabanzas á los hombres esforzados.
Como el valor es una pasion franca, y procede sin en
gaño ni rodeo, se conoce por un andar noble y tranquilo,
por una soltura natural en todos los movimientos, por la
dignidad de sus modales, por la imponente calma del as
pecto, por una especie de autoridad en el semblante y mi
radas, por un aire de grandeza sin orgullo ni ostentacion;
y por una honradez constante en todos los actos de la vi
da. Particularmente en los militares es cosa interesante al
fisiologista observar los resultados físicos del valor huma
no. Alguna soberbia y arrogancia hay en las actitudes de
aquel magnánimo capitan que conduce sus soldados á la
victoria. Sus miradas de fuego se dirigen sobre millares de
hombres, cuyos músculos se mueven segun su voluntad.
Es maravilloso ver todas estas existencias particulares avan
zar á la sombra de su valor, y tomar en él el principio de
actividad y movimiento.
El valor causa una especie de fiebre qne se comunica
instantáneamente á la manera que el miedo. Sus impulsos,
como igualmente los de todas las pasiones fuertes, aumen
tan su violencia al comunicarse. Asi , los hombres reuni
dos en el campo de batalla se animan recíprocamente al
combate.
Esta confianza , que es el resultado de una inspiracion
mutua, y en la cual estriba esencialmente la noble facul
tad de que se trata , se manifiesta hasta en el instinto de
los animales. El tigre mismo huye con la ligereza y pusila
nimidad de un ciervo, al aspecto de los perros salvages
de Bengala que siempre andan en cuadrilla , los cuales
fuertes y temibles por su reunion , le declaran una guerra
de muerte. Cuando los buitres hambrientos viajan juntos,
*e les ve algunas veces eaer sobre animales grandes, 4
pesar de su cobardía natural, y de la costumbre de no
alimentarse mas que de cadáveres. Tambien se ba publi
cado la historia de un desgraciado europeo, que extravia
do en los desiertos de la Guayana, fue atacado por una
multitud de hormigas tal, que cubrían un buen espacio
de tierra. A pesar de los esfuerzos que hizo por defender
se, fue enteramente devorado por estos insectos, que con
su reunion habian adquirido una audacia increible. De
esta misma manera se abalanzan las abejas reunidas con
impetuosidad al enemigo que viene á turbar el trabajo de
sus panales.
El hombre ha aumentado su valor por torlas las facul
tades de su alma. Ningun animal se defiende como él con
armas que ha inventado*, es el inventor del arte terrible
de colocarse en batalla: él es quien sabe dar un objeto,
una intencion á un numeroso ejército, y quien comunica
al alma de su caballo su ardor belicoso; él es el que con^
la voz manda y hace obedecer á millares de brazos á
una misma señal; es tambien el inventor de aquellos ra
yos de bronce que hacen desplomar nuestras murallas, y
que esparcen á nuestro alrededor un terror mas funesto
que el de los volcanes. Siendo el valor como he dicho
antes una facultad del sistema sensitivo , la costumbre en
que se está de excitarle por una música estrepitosa, con
tribuye tambien á fortificarle. En todos tiempos se han
valido los generales de este medio para llevar los guerre
ros al campo del honor. Como en el ejercicio de un senti
miento tan admirable hay algo de espontáneo, el efecto
de esta armonia no es tanto alhagar el oido como dismi
nuir el poder de la reflexion, y hacer al hombre superior
á todo temor.
. . . Hay filósofos que lían sostenido que el valor podia
enseñarse, y que han propuesto establecer escuelas para
conseguir un fin tan ventajoso. A la verdad, es cierto que
el valor tiene su experiencia y sus preceptos ; pero solo es
conveniente hacer este noble y glorioso aprendizage en el
tiempo de la juventud, en la edad de la presuncion y los
recursos, cuando la vida es superabundante en los órga
nos, y cuando hierve la sangre en las arterias. El valor es
de las facultades que se pueden perfeccionar como nues
tros miembros por el ejercicio y la experiencia.
El origen primero del valor humano nace sin dispu
ta alguna de aquella pasion extraordinaria que se llama
entusiasmo, la cual ha llenado la tierra de héroes. Pero ¿se
puede hablar de esta pasion sin acordarse de la orden de
caballeros francesps? Sin duda es idea grande la de no
servirse de la fuerza sino para ayudar á la debilidad , pa
ra templar la ferocidad de los combates con la mas hon
rada generosidad, y para poner en fin bajo la proteccion
de las armas terribles de la guerra el mas dulce sentimien
to de nuestra existencia. No, jamas fue el valor facul
tad mas sublime , ni jamas mereció mejor el nombre de
virtud.
Nos admiramos naturalmente al considerar tiempos
tan heroicos, y quizá seria útil resucitar unas institucio
nes cuyo único objeto era ennoblecer y realzar el falor
uniéndole á la humanidad. Los nobles amaban mas la es
pada que habian recibido solemnemente por una ceremo
nia muy imponente. Las rnugeres influyeron singularmen
te en la prosperidad de estas costumbres. Ellas fueron las
que crearon aquellos caballeros sin miedo y sin tacha al
guna cuyas hazañas han sido tan preconizadas.
El ejercicio del torneo fortificaba el cuerpo, y daba
mayor energía al alma; nada se despreciaba para animar
aquellas luchas que divertían á los espectadores por choques
hábilmente combinados, y encuentros sabiamente imagi
nados. Los curiosos de todas edades y condiciones corrían
en tropel para asistir á semejantes fiestas. El lugar en que
se representaba la escena estaba rodeado de galerías , en
donde se sentaban los parientes y extrangeros venidos de
países lejanos; habia sitios distinguidos para la nobleza del
estado que honraba con su presencia este magnífico es
pectáculo. Se veían brillar sobre tiendas privilegiadas rnu
geres de una belleza encantadora, que parecían gozar ya
de antemano el placer del triunfo ó de la esperanza. Las
gentes de la plebe subian á la copa de los árboles , á las
torres y tejados mas altos para tomar parte en la emo
cion general. No tardaban mucho en adelantarse los. va
lientes al son marcial de la trompeta. El relincho de los
caballos, las exclamaciones del entusiasmo, las banderas
desplegadas, las divisas de los estandartes y la agitacion
de las lanzas, inflamaban todos los corazones con una
generosa audacia. Estos juegos terribles estaban destina
dos ciertamente á fortificar y mantener el valor, y su in
terés parecía aumentarse en razon directa del peligro á
que se exponían los combatientes.
Ademas, esta hermosa y laudable pasion produce mil
formas, mil variedades que observar, segun las circunstan
cias de su desenrollo. Hay un valor augusto, tal es por
ejemplo i4 que produce un gran infortunio; y otro pasivo,
mucho mas digno de estimarse que el que consiste en in
molar sus semejantes al resentimiento; tal es el que im
prime la necesidad. En esta época de nuestras últimas
guerras hemos visto á militares de todas clases sufrir en
los hospitales las operaciones mas dolorosas sin dar un
solo grito ni proferir un gemido. Un soldado contempla
ba con curiosidad estoica su brazo hecho pedazos, cuyas
carnes palpitaban aun á algunos pasos de él. El verdadero
valor, dice uno de nuestros mas ingeniosos pensadores (i),
se sirve indistintamente del escudo ó de la espada. ¿Y qué?
¿no hemos de aprobar el valor indispensable que en todas
partes se halla fundado en el pundonor? Nada hay que
merezca el nombre de insensatez, por mas que se diga, en
este sentimiento reflexionado, en este esfuerzo sublime que
nos hace arrostrar la muerte por no incurrir en una infa
mia. Esta muerte ennoblece la estirpe , y solo es soporta
ble la vida á quien sabe triunfar del desprecio: verdad
que para ser palpada no necesita de sofismas ni elocuen
cia. Pero todavía hay un valor mas grande: aquel del que
perdona.
Tales eran los dogra3s que los griegos bebian en otro
tiempo en la escuela de Zenon, príncipe famoso de los dis
cípulos del Pórtico, los cuales se felicitaban con razon
porque vivian sin miedo y sin tristeza. Estos son los ver
daderos sabios de la antigüedad , y ellos son los que ense-

(1) El señor baron Massias.


ñaban al hombre á triunfar de las debilidades inherentes
á la fragil humanidad , é igualmente á sacrificarse sin ce
sar á la práctica de las cosas honestas. Miraban como cri
minal toda accion que procedía de temor. Nada podian
con ellos : los tiranos eran rocas en la resistencia. Rodead
á los estoicos de todas tas plagas del universo ; vengan so
bre ello? tempestades; entreguense sus posesiones al hier
ro y al fuego desoladores; su impavidez no se altera por
esto, y su vida entera está en armonía con su doc
trina. Nunca se dan por vencidos, ni arrastran volunta
riamente las cadenas dé la esclavitud; y hay algunos que
se muestran de tal modo insensibles á los golpes de la for
tuna y de la suerte, que se podria creer que su cuerpo
está privado de nervios, y que su alma está en un letargo
perfecto.
Zenon lle°¡ó á ser la providencia de Atenas ; su alma
fervorosa inspiraba sin cesar la emulacion y la industria,
el ánimo y el valor. Nada enseñó que no fuese útil , ni
ejecutó cosa alguna que no fuese grande. Miraba la vir
tud como el primer móvil de la felicidad de los pueblos,
y su objeto en ilustrar al entendimiento humano era solo
poner un freno á las pasiones mas impetuosas del hombre,
y quería que las costumbres humanas guardasen una ar
monía parecida á la que reina en el curso y revoluciones
de los astros. i
¡Qué superioridad no tuvieron siempre sus discípulos
sobre los de Epicuro ! Jamas ,se le veía como á este último
en los jardines deliciosos, justamente comparados, por un
antiguo á las islas encantadoras á donde son atraidos los
navegantes por la voz de las sirenas que los devoran cot
rao á víctimas; ni rodeado de una juventud presuntuosa
llena de confianza y de orgullo, continuamente descarria
da por los falaces prestigios de una engañosa doctrina. Sus
discípulos eran por lo regular hombres de edad madura,
graves y serios en su modo de vestir, que venían á bus
car un refugio en el templo de ta filosofía; eran ciudada.»
nos maltratados por la fortuna, y perseguidos por sus se
mejantes; personas desterradas que, habian sufrido la afren
ta de la esclavitud, y que aun conservaban las cicatrices
JO
de la tiranía ; encanecidos guerreros que huían de una in
grata patria, esposos deshonrados, padres abandonados,
amigos vilmente engañados; y hasta reyes destronados y
jueces privados de su poder venian á buscar consuelo y á
escudar sus almas contra los reveses de la fortuna. Mu
chos de estos discípulos tenian ya arrugada su frente por
el peso de su ancianidad : de modo que esta escuela pare
cía un congreso de filósofos reunidos para la instruccion
del universo. Zenon tenia el mismo dominio sobre ellos
que sobre sí mismo ; les enseñaba á soportar la vida , á
conservar la paciencia, la libertad, la igualdad del alma,
y a libertarse de las aprensiones del espíritu , y á no su
cumbir jamas ni al deleite ni al dolor, á mostrarse inflexi
bles contra la corrupcion, á desafiar la muerte, á atrope-
llar sin turbacion por medio de las ocasiones mas peligro-
«as, y á permanecer siempre erguidos aun en las ruinas
de la prosperidad.
¿Qué otra cosa tienen los griegos que se pueda compa
rar cen este heroismo, el cual fue siempre el caracter dis
tintivo de los filósofos del Pórtico? Hay almas que parecen
estar destinadas á imprimir el movimiento á las demas.
jQué no podrá un hombre dotado del genio de Zenon! Si
.en nuestros dias se volviese á formar su escuela en Ate
nas, esta ciudad famosa veria presto sus murallas reedifi
cadas, y se asombraría de volver á adquirir su pasada glo
ria. Mil brazos industriosos volverían la esperanza á sus
campiñas , y sacarían partido de las ventajas que el cielo
le ha prodigado. El Pireo veria llegar innumerables vaje-
les que le llevarían el tributo de las regiones mas lejanas.
La lira de los poetas resonaria segunda vez con sus acen
tos inmortales , y los sabios harían revivir la hermosa le
gislacion que todavía encanta á los que se complacen en
bus recuerdos. ¿Qué falta ahora á este pueblo envilecido?
La libertad de obrar y de pensar , el sentimiento de su
natural dignidad, y la fuerza de la voluntad que da tanta
estabilidad á los imperios.
Todavía no he hablado del valor que inspira la reli
gion , y aun diré mas el fanatismo. Casi todas las naciones
de Europa nos suministran pasages dignos de atencion so
bre este particular. Esta facultad debió desplegarse de un
modo funesto y terrible entre los hombres en el momento
en que se crearon dioses vengadores, crueles y celosos. Sin
embargo , la religion ilustrada purifica el sentimiento del
valor privándole de cuanto pueda tener de bajo y perso
nal , realza los motivos de las inclinaciones mas groseras
de la organizacion, imprime al alma impulsos que no tie
nen comparacion con las emociones comunes de la vida.
Pero principalmente entre los mártires de la religion cris
tiana es donde se ha de admirar esta intrepidez pasiva, esta
resignacion tan absoluta como inmutable en medio de las
mayores calamidades y de las mas crueles separaciones, la
imperturbable calma que desconcierta y paraliza un furor
injusto , las reiteradas victorias sobre las pasiones mas vio
lentas que tiranizan nuestra existencia , la abnegacion
constante de todos los placeres , el abandono total de la
voluntad , la noble indiferencia de las cosas de la tierra
que nos eleva hasta las regiones de lo infinito, y el sacrificio
de todo el tiempo al culto evangélico. ¿Hay acaso alguna
potencia moral que haga brillar sentimientos mas puros j
mas magnánimos?
Asi, pues, bajo cualquiera punto de vista que se con
sidere el valor, es facultad de un precio inestimable para
la conservacion de la especie humana. En el estado social
es el escudo que la filosofía da para el infortunio , es
la muralla de la virtud oprimida. Y aun se ha notado
que esta saludable pasion influye muchas veces en la du
racion de nuestra existencia física, en el recobro de la sa
lud perdida, y está probado por hechos irrecusables que
se puede triunfar de los ataques de la destruccion , ó por
lo menos retardar la consuncion de los órganos de nues
tro cuerpo alejando de nosotros todo temor , é imprimien
do mayor energía á la voluntad. La frase vulgar dejarse
morir, procede sin duda de que mucha gente sucumbe
por un efecto inevitable de su debilidad ó de su cobardia.
Los sacerdotes de Esculapio habian observado que los es
toicos gozaban de una vida mas larga que los demas hu
manos , y el tiempo solo podria abatirlos.
Solo al hombre es dado perfeccionar el sentimiento
del valor y elevarle sobre los impulsos del instinto: pa
rece que lo dirige con seguridad una inteligencia superior
por medio de las aventuras y casualidades mas raras. Asi
Homero hace salir la prudencia del cerebro de un anciano
para moderar la excesiva fogosidad de esta pasion belicosa.
El valor recibe tambien una extremada influencia de las
costumbres, y el caracter de la civilizacion sigue en cierto
modo los grados del alma irritada, saca su fuerza ó su du
racion de los motivos que le excitan y le despiertan ; si en
la venganza es inflexible, despues de la victoria es templa
do y generoso. Era necesario que esta facultad sufriese una
multitud de modificaciones en el ser que debe combatir,
especialmente con su genio y su razon , que debe combi
nar sus planes para el ataque ó defensa , conferir treguas ó
formar alianza.
Hay estirpes en los estados monárquicos en quienes
mas particularmente se encuentra el valor, y ningun in
dividuo de los que las componen bajaría al sepulcro sin
haber pagado el tributo de valentía á la opinion. Este va
lor ha producido las grandes famas de las historias. Esta
grande potencia moral es la que hace brillar al hombre
al lado de 6U semejante, y la que le cerca con una espe
cie de edito; por ella unos mortales se han erigido en ar
bitros de los demas, y por ella han merecido honores
divinos. .
EL POBRE PEDRO.

TgwPBrCn'M-»

ADVERTENCIA. .

Es preciso honrar la grandeza moral en cualquier


forma que se presente. Segun esta consideracion , la suer
te del pobre Pedro es digna de un interés particular. No
citado
es puesla
decuriosidad
admirar que
de un
su sin
existencia
númeromisteriosa
de personas;
hayapero
ex'-

seria difícil satisfacerlas , atendido d que este desgraciado


anciano ha muerto sin dejar nada revelado sobre lo con
cerniente d su familia. No gustaba de que le pregunta
sen, por lo que nunca daba respuesta. «Jamas sabreis quien
soy, decia á los que le preguntaban; hace cincuenta años
que oculto mi vida , y busco un lugar ljara ocultar mi
muerte? .., . (......, . . . 1 , 7 . .-. 'i
El pobre Pedro era un melancólico exaltado, una
especie de filósofo ambulante enteramente metido en si
mismo, y que nada eslimaba de cuanto el vulgo admira.
No podía permanecer mucho tiempo en un mismo sitio;
(?8)
el movimiento era para él la dicha y la vida. Algunos
creian haber conseguido su confianza, y le tenian por un
caballero breton que se habia fugado de casa de sus pa
dres mucho antes de la época de la revolucion francesa.
do
Lo esmerada,
único que yhay
quede
poseia
ciertomuy
es que
biensumuchas
educacion
lenguas
habia
tan
si'

to antiguas como modernas. Decía de memoria versos de


la litada y de la Odisea , y se comparaba á Ulises por
que habia andado errante como este héroe por todos los
mares. En su extremado entusiasmo por Zenon se conocia
que habia adoptado el estoicismo, y nos decía con fre
cuencia que no se debia Juzgar esta doctrina tal cual nos
la habian trasmitido en los libros ; que había sido desna
turalizada , y mas que todo calumniada por los discípu
los de Epicuro. Ademas , pretendia haberla corregido y
mejorado en muchos puntos.
Habia sido militar segun se deja colegir por las nu
merosas cicatrices con que tenia cubierto el pecho. Des
pues de su vuelta de Africa tenia la costumbre de pedir
hospitalidad en los parages mas retirados de París cuan
do ya no tenia un maravedí para subsistir. Jamas, á pe
sar de todo esto, le abandonaba su valor. Habia vivido mu
cho tiempo dando lecciones de aritmética á los niños de
los pobres , y la misma industria ejercia en los bajeles en
sus viages marítimos.
Este estoico reformado, superior á todo, hasta al te
mor, habia tomado un grande ascendiente sobre todos
los demas que le rodeaban. Lo que aumentaba el imperio
de sus palabras, y le daba en cierto modo una elocuen
cia de situacion , era el encontrarse en medio de un sin
número de hombres que habian sufrido como él todas
las alternativas de una fortuna adversa. Por una casua
lidad el hospital de san Luis servia entonces de refugio á
;( 79 )
muchos literatos atormentados por amargos recuerdos,
y por achaques de una decrépita ancianidad. Se notaban
entre otros de los individuos que asistían á las lecciones de
nuestro filósofo , el laborioso traductor de todas las obras
de Sacon , un jurisconsulto retirado, mucho tiempo habia
tle los negocios , y que componia tesis para los estudian
tes, mediante una muy módica retribucion , refugiados
que hablan venido á París para librarse del resultado de
las turbulencias que habían agitado á la ciudad de Ña
poles, particularmente un poeta improvisador muy mara
villado de la elocuencia de Pedro; habia en fin un pintor
bastante hábil, y algunos otros artistas de diferente mérito.
El pobre Pedro estaba acompañado siempre de un
perro Jiel que parecia sentir las penas de su amo, fuera
del cual nada existia para él en la naturaleza. Este ani
mal se habia familiarizado, como su amo, en toda clase de
fatigas , y una admirable sobriedad. Pasó por mandato
del testamento de su amo á un leproso que jamas ha
querido deshacerse de él , el cual le llevó consigo á las
colonias.
Nuestro desgraciado anciano murió despues de quin
ce meses de permanencia en el hospital de san Luis. Su
cuerpo se desecó r digámoslo asi , por la actividad de su
alma. Su historia singular interesa jwrque es verdadera;
y debe considerarse como una especie de suplemento al
artículo de el valor : es un episodio destinado al descanso
de mis lectores en un libro escrito con las formas severas
de la filosofía. No me ha sido posible ser mas sencillo en
la narracion de sus aventuras, porque entonces no pin
taria yo al pobre Pedro, que se expresaba siempre por
imágenes , y que no era mas moderado en su lenguage
que en sus opiniones. Yo lo haré parecer aqui tal cual yo
le he visto y escuchado.
;( 8p})
Esta especie de exaltacion no debe sorprender d los
que saben que en el siglo XV I, época en que todas las
escuelas volvieron al estudio de los antiguos , se observó
igualmente en todos los hospitales de Francia y de Ale
mania un gran número de entusiastas ó de melancólicos,
cuyas ideas fijas y predominantes habían tenido su ori
gen en las doctrinas Jilosqficas de los griegos i, no es pues
de admirar que el mismo fenómeno se haya reproducido
. en nuestros «lias. . . ":>i* '>. \ . 1
EL POBRE PEDRO.

Abandona í Diot el cuidado de tu Ti


dal , J qo deje de ser jimia el obje
to de tus alabanzas, aun cuaudo te
veas rodeado de desgracias.
(Maxima del yobre Pedro).

Hace bastantes años que apareció en el hospital de san


Luis un?, persona que no dió mas noticia de su historia
que el nombre: se llamaba Pedro. Se obstinaba en callar
el lugar de su nacimiento , como igualmente cuando se le
preguntaba su profesion , sus costumbres , y sus trabajos
pasados ó presentes. Tenia el aire noble y modales poco
comunes. La dignidad de su aspecto, el encanto de sus
discursos estaban en manifiesta oposicion con el estado de
miseria á que parecia estar reducido. Los vestidos se le
caían á pedazos, y los llevaba sujetos á su cuerpo con
un ancho cinturon negro. Confieso que este hombre me
interesó vivamente, produciendo en mí el efecto de un
filósofo que hubiese heredado la capa y andrajosos vesti
dos de Zenon. Llevaba siempre en la mano un baston nu
doso parecido al de los peregrinos; iba siempre acompa
ñado de un perro que de cuando en cuando lamia las
llagas de sus piernas extenuadas por el cansancio , y por
las largas excursiones que habia hecho á las naciones ex-
trangeras. Despues hemos sabido que de tal modo estaba
11
8a el pobbe Pedro.
dominado por el gusto de viajar , que no había un solo
punto en la tierra que.no hubiese visto y recorrido.
Tal es en pequeño el retrato de este misterioso perso-
nage. Su estatura era alta, sus brazos nervudos y vigoro
sos. La gallardia reinaba en sus miradas, se presentaba
siempre en la actitud de un hombre que ba desterrado de
su espíritu todo terror, y que está pronto á despreciar
cuanto encuentre: su voz era fuerte y sonora, su rugo
sa frente estaba animada por el pensamiento y por el aire
venerable que da el hábito de la meditacion , y ademas
expresaba sus pensamientos con mucha elegancia en la
Jengua francesa, sin que jamas se pudiese conocer en su
conversacion el acento de ningun idioma particular. La tez
de su rostro habia sido un poco quemada por el sol , de
modo que se parecía á un egipciaco. Este desconocido ex
citó vivamente nuestro cuidado y compasion. Creímos pues
de nuestro deber concederle asilo, como tambien al vale
roso animal que habia sido compañero fiel de sus des
gracias.
Dentro de pocos dias Pedro llegó á cobrar tal ascen
diente sobre sus innumerables compañeros de desgracia,
que todos le miraban con cierto temor respetuoso. ¡Efecto
extraño de la fuerza moral y del influjo del caracter! Los
patios del hospital de san Luis estan plantados de árboles
que proporcionan en el verano una sombra saludable á los
enfermos cuando necesitan de calma y de reposo. Alli es
pues en donde nuestro filósofo tenia todos los dias una es
pecie de escuela; alli daba lecciones de valor, de resigna
cion y de estoicismo. Parecía que la Providencia le habia
enviado ex profeso: una multitud de hombres debilitados
por las mas graves enfermedades, ancianos, ciegos, para
líticos, &c., todos corrian ansiosos segun sus débiles fuer
zas se lo permitían para escucharle, y reanimaba con su
el pobre Pedro. 83
conversacion los restos de una vida delicada y enfermi
za. Los desgraciados necesitan escuchar y creer. Desde
que aparecia, todos acudian atropelladamente para colo
carse al rededor de él, le preguntaban y esperaban con
ansia las respuestas; era tal la confianza que inspiraba que
jamas se cansaban de escucharle; pues cuanto mas tienen
que sufrir los hombres, mejor dispuestos estan para recibir
las impresiones poderosas de la elocuencia que los tranqui
liza. ¡Qué partido no se podría sacar de este prestigio con
solador en unos lugares de refugio en donde el dolor se
presenta bajo todas sus formas, en donde todas sus vícti
mas se hallan unidas, y por decirlo asi confundidas indis
tintamente como en el sepulcro !
¡Con qué júbilo no se veía llegar la hora de ponerse
el sol , que era la señal ordinaria de que sus lecciones
iban á principiar! Con el resplandor de la luna en las her
mosas noches del verano , cuando los vientos frescos ve
nían á 'purificar la atmósfera y á reemplazar el calor del
dia , llegaban los oyentes en tropel á colocarse sobre la
yerba. Pedro venia al punto á entretenerlos y consolar
los, y difícil es describir el efecto que producia sobre todos
estos espíritus abatidos ó desanimados por el infortunio.
Cuando estos desdichados le habian escuchado se mino
raban sus dolencias, se disipaba su fastidio, su sueño era
mas apacible, y acababan por atribuirle todos los secretos
de Esculapio. Era tal la decencia , la moralidad , y la
fuerza de sus discursos , que hombres perdidos por la re
lajacion de sus costumbres, expresaban sus remordimien
tos vertiendo lágrimas de arrepentimiento. Entre I09 mu
chos espectadores que le cercaban habia uno que se mos
traba mas atento que todos; este era un pobre leproso,
que habiendo perdido la esperanza de curarse, creía ha
ber incurrido en la indignacion del cielo. Nuestro aucia-
i i:
84 el pobre Pedro.
no le repetía con frecuencia esta máxima de Zenon, que
convendría escribir en las columnas de todos los tem
plos consagrados al alivio de la humanidad. Abandona
á Dios el cuidado de tu vida , y no deje de ser jamas el
objeto de tus alabanzas , aun cuando te veas rodeado de
desgraciasi
Se prodigaban en todas partes tales elogios á nuestro
anciano estoico, que me vino un fuerte deseo de escu
charle. Me introduje una sola vez entre el numeroso audi
torio que le rodeaba , y me creí trasportado al Pórtico de
Atenas. En esta noche Pedro estaba precisamente mas ins
pirado que lo que acostumbraba. El cielo se veía sembrado
de estrellas, y la luna alumbraba con su argentada luz to
do el hospital. El filósofo miró á todos con benevolencia,
y como en la sesion del dia anterior le habian importuna
do con. preguntas indiscretas sobre el misterio que él
encubría, tomó un airo mas austero, y comenzó asi su
arenga.
' ! «Amigos, les dijo, me preguntais en vano sobre mis
inquietudes privadas, pues no soy de aquellos que se
alivian de sus males contándolos. Un estoico no comunica
ni su alegría ni sus penas. Mi vida es un largo y doloro
so secreto, y no he venido aqui mas que para ocultar mi
muerte; ningun astro benéfico ha conducido mis pasos
sino el capricho de la suerte; ningun eslabon me une á
la cadena de la sociedad; ¡qué ser hav mas aislado que yo!
De nadie soy amado mas que de mi perro.
»Yo me abstengo, pues, de satisfacer nm vana curio
sidad sobre cosas que no tienen relacion directa con el
noble proyecto qne me inspirais. ¿Qué 0s importa mi de
plorable historia? El único objeto que me propongo en
comunicaros mi filosofía es evitaros las penas que yo he
sufrido. Sin entrar en pormenor alguno particular sobre
el pobre Pedro. 85
mi persona , básteos saber que ninguno de vosotros ba su
frido males mas crueles que los mios. Si os mostrase mi
cuerpo veríais en él cicatrices profundas de todos los peli
gros que he arrostrado. Estas manos que muevo delante
de vosotros han estado unas veces cargadas de hierro , y
otras condenadas á los trabajos mas insoportables y humi
llantes. He sufrido toda especie de persecucion ; jamas los
tormentos me han vencido; mi alma sin cesar fortalecida
por los preceptos del estoicismo , nada ha perdido de su
tan
primitiva
casi aniquiladas
energía. Y por
aunlos
hoymuchos
que mis
años
fuerzas
y reveses;
físicas hoy
es-

que los resortes de mi débil máquina corporal estan á


punto de pararse; hoy que me encuentro subyugado por
la multitud de necesidades que arrastra consigo la vejez;
hoy mismo desprecio y desafío á la fortuna. Salgo al encuen
tro de mis últimas penas como un guerrero á su enemi
go, y les hago cara por mi valor. El que se liberta de las
debilidades es el que mas se asemeja á Dios. Veis de
lante de vosotros un filósofo desgraciado de quien jamas
se ha apoderado el terror, jamas ha entrado en su alma
ni la debilidad ni la cobardia.
»He elegido este hospital para hacerle teatro de mis
doctrinas. ¡Y qué lugar podria ser mas á propósito pará
desarrollar los dogmas sublimes de la doctrina estoica ! Los
muros tristes de este benéfico edificio no encierran mas
que dolores; aqui encuentro un auditorio tal cual Zenon
mismo le hubiera deseado. Aquí el hombre está socorrido
por el hombre mismo, y aqui vienen muchos desgracia
dos á derramar sus últimas lágrimas, y á acabar la carre
ra que los lleva á la tumba. Aqui á cada hora se nos en
seña á morir. Hablen los demas á los dichosos, que yo
por una simpatía irresistible no quiero hablar mas que á
vosotros.
86 el pobre Pedro.
«¡Rara metamorfosis para un filósofo estoico! ¿Os lo
confesaré? Yo no sé ya explicarme á mí mismo desde que
me encuentro entre vosotros. He sufrido tanto desde que
respiro, que ya debia haber llegado al término propuesto
por Zenon á sus discípulos, á saber, á la apatía ó á la in
sensibilidad moral. La vanidad no lisonjea ya mi alma , la
gloria es para mí un bien quimérico, y sin embargo mi
corazon palpita de alegría cuando os oigo susurrar expre
sando vuestra aprobacion , y cuando veo vuestro afecto
corresponder al mio. Yo no temo á la muerte , puesto que
me detengo en un lugar en que ella sacrifica mas víctimas.
Sin embargo , á pesar de mis largos infortunios , no estoy
cansado de mis dias; todavía quiero luchar contra la fatali
dad que me arrastra, quiero defender el resto de una vi
da miserable, pero apreciable todavía para mí, porque
puedo consagrárosla."
Este interesante exordio de nuestro estoico, su no
ble franqueza, su generoso sacrificio, excitaron el mas vi
vo interés en toda la concurrencia. Pedro mismo se tenia
por dichoso á causa de la impresion que él producía: ape
nas había anunciado algunas palabras de su doctrina, y
ya se veía querido y admirado de sus oyentes. Habia ver
daderamente algo de religioso en esta brillante y solemne
noche , de la cual jamas me olvidaré.
La luna es una hermosa antorcha , cuya opaca clari
dad parece muy á propósito para la meditacion y para las
gia
conversaciones
de las hermosas
misteriosas
palabras
de la
de filosofía
la elocuencia
, aumenta
: su la
pálido
má-

reflejo demostraba bien el aire pensador y melancólico del


pobre Pedro, cuyas actitudes, movimientos, gestos y mi
radas estaban tan acordes con su lenguage. Sentimos pla
cer en escuchar las mas sublimes sentencias de la sabidu
ría , si salen de la boca de hombre á quien la ancianidad
Eii pobre Pedro. 87
tiene agoviado. Pedro parecía que estaba revestido de una
especie de sacerdocio. Parecia que los astros del firma
mento solo brillaban para asistirlo en su empresa ilumi
nando el lugar de esta memorable asamblea. Una profun
da calma reinaba en todo el hospital, y hasta el dolor pa
recia estaba atento y enfrenaba sus quejidos , y el estoico
continuó hablando. Y estas son algunas de las fiases que
yo he conservado de su valerosa exhortacion ; todas eran
breves y concisas como las del filósofo del Pórtico , y ade
mas Pedro tenia una voz penetrante que electrizaba á sus
oyentes.
»¡ Imitad mi vida , les decia, y sed como yo superiores
á todos vuestros sufrimientos! ¡Llevad con valor las priva
ciones, la pobreza, y las enfermedades! ¡Haced que vues
tra alma se acostumbre á todos los peligros de la vida!
i Olvidad, si es posible , los placeres que habeis perdido,
y nada reclameis de lo que la suerte os haya arrebatado!
El mundo que os destierra de su seno está lleno de seres
insensatos y frivolos , que se fatigan en vano buscando la
dicha. Se creía que donde quiera se encuentra , pues se
pretende obtenerla por tan distintos caminos; pero Dios
no ha querido que el hombre la pudiese encontrar sobre
la tierra , pues solo nos ha dado de ella la necesidad , y
asi no hacemos mas que arrimar la copa á los labios, y
nuestros deseos se excitan mas y mas : fugitivos placeres y
desgracias duraderas forman el destino de las criaturas so
bre la tierra.
»El hombre ha venido desnudo á esta tierra desgracia
da , y á él toca sacar partido de sí mismo, y llenar comple
tamente el fin para que fue destinado. ¡Si la desdicha con
sigue abatirle, la filosofía lo levanta! El cielo lo ha provis
to de valor para defenderse, á la manera que le ha dado
piedras para edificar su casa. Todo lo debe adquirir y eje
88 el pobre Pedro.
cutar por sus meditaciones y trabajos. Tal es la facultad
que tiene de hacer mayores los dones que Dios nos dis
pensa , y que nos distingue de esos innumerables grupos
de seres creados para disfrutar en comun con nosotros del
beneficio de la organizacion y de la vida. El animal lo
debe iodo á la naturaleza , y el hombre á la razon.
Mas, por una fatalidad inexplicable, el hombre se des
figura sin cesar bajo el vano pretesto de perfeccionarse.
Altera sus juicios, opiniones, costumbres y caracter: solo
procede por impulsos combinados, haciendo degenerar,
por decirlo asi , todo cuanto sale de las manos del Criador.
Esto me ha obligado á huir del mundo en donde me daban
el nombre de misantropo. He querido andar solo el ca
mino de la vida para no viajar junto con los malos , cu
yas miserables discordias me aturdian. El triste ruido de
la ambicion humana interrumpía el curso de mis medita
ciones filosóficas. Me creo dichoso cuando voy por cami
nos extraviados á mis fines ulteriores , y no mueve á mi
alma desengañada el atractivo de los placeres , ni nada ad
miro de cuanto los demas aspiran con ansia. Para un estoi
co bastan placeres puros y severos. Siempre he despreciado
mi cuerpo por atender á los deseos del alma , y siguiendo
el ejemplo de los pitagóricos, purifico mi espíritu con la
moderacion y la abstinencia ; bástame para existir un pe
dazo de pan , y gracias á mi valor jamas le he mojado con
mis lágrimas. Una pequeña cantidad de agua me quita la
sed. Nunca he sabido el precio del oro; un paño burdo
y grosero me ha defendido de los rigores de la atmósfera ,
logrando asi hace mucho tiempo haber endurecido mi
cuerpo contra las inclemencias del aire; y cuando sopla
el aquilon sobre mi cabeza 'que los años han encaneci
do, me parece que recibo un aumento de vida y de
salud.
el pobre Pedro. 89
» Despues de haber oido estas enérgicas palabras se le
vantó uno, y en nombre de la concurrencia preguntó á
Pedro qué eran los estoicos. Hizo esta pregunta un des
graciado, que habiendo consumido su vida en trabajos
útiles á sus conciudadanos, no encontraba asilo seguro
donde reclinar su fatigada cabeza.
«Los estoicos, respondió el anciano con una voz ani
mada, son los atletas de la filosofía, y los apoyos constan
tes del valor en la especie humana. El verdadero estoico
es un soldado armado contra el destino, á quien ninguna
amenaza intimida, un soldado que nada abandona á sus
enemigos , que no ataca , pero que resiste sin cesar , que
no sabe ni huir ni doblar la cerviz, y que responde á los
insultos de los débiles con su indiferencia, y á los ultra-
ges de los fuertes con su heroica firmeza. Ninguno lleva
mejor que él la carga pesada de la desgracia ; su caracter
es inmutable. . . 1 . . .-.!-. .' .
»El estoico arriesga con gusto su vida y su fortuna,
las mudanzas del destino le complacen, porque en ellas
encuentra ocasion de desplegar, su resistencia y su valor.
Es infatigable, y se parece á los guerreros que estan siem
pre dispuestos á pelear noche y dia; se acuesta con sus ar
mas, teniendo siempre puesta la mano en su alfange. Se
indigna contra la esclavitud , y mira su cuerpo como una
prision en donde se halla encerrada su alma ; quisiera ser
tan veloz como el pensamiento; ni la gloria ni las rique
zas lo muelen, ni hay quimera alguna que pueda hallar
cabida en su alma ; es sobrio y enemigo de toda especie de
bebida que embriague y perturbe el curso de la razon;
apaga su sed en la agua pura de una clara fuente; vive
de frutos y raices, y solo se sirve de la razon para poner
limites á sus deseos. ".:
»Han sido calumniados los discípulos de Zenon con
1a
oo el pobre Pedro.
el dictado de apologistas del suicidio, pero son muy vale
rosos los filósofos del Pórtico para ir á buscar un refugio
en el seno de la muerte; la saben esperar y despreciar
la. Ellos no conocen medio entre el odio y el amor; la
.virtud los inflama, y aborrecen el vicio con horror. Jamas
deslucen una accion grande dándole por base el interés
personal.
«Todo estoico reconoce un Dios, y su inmortal Provi
dencia ; su corazon encuentra placer en descansar en la
justicia.de sus juicios; vive en la fe de sus esperanzas, y su
culto consiste en el trabajo y en la beneficencia que ejer
ce con sus semejantes. Bien necesarios son los estoicos en
los lugares de miseria para enseñar la resignacion y la su
mision á los decretos del cielo. Ellos os harían sentir cier
to encanto en vuestra misma indigencia y oscuridad,"
. . Hasta aqui Pedro no habia entrado en pormenor al
guno de su propia historia. Todos sus oyentes le pidieron
encarecidamente que les dijese al menos dónde habia ad
quirido conocimientos tan saludables sobre el uso de la
vida; y aunque el- estoico, se. habia propuesto como por
ley seguir desconocido, consintió sin embargo en revelar
les algunos secretos de los que tenia ocultos en el fondo de
su corazon. Estaba seguro de que iba á excitar su interés,
porque, como lo he dicho mas atras, Pedro poseía en el
mas alto grado de perfeccion el arte de pronunciar sus
elocuentes
cretos rincones
discursos.
de su No
conciencia
vacilaba
, pues
en recorrer
cuando Jos
se han
mas ex
se*-

piado las faltas , puede uno sin temor entregarse á los re


cuerdos de la vida, pasada. - v .
«Amigos queridos, dijo entonces. Pedro, voy en parte
tisfactoria
al menos áabreviar
satisfacerpor
vuestros
mis discursos
deseos. Me
y consuelos
es cosa muy
las lar
sar

gas noches de mis compañeros de infortunio. Sabed desde


el pobre Pedro. 91
luego que nunca tuve patria, y que soy cosmopolita. La
casualidad hasta hoy ha tenido cuidado de mi vida y xn\
fortuna. El amor á los viagcs ha sido siempre la mayor fe
licidad de mi alma libre é independiente. Una inquietud
indefinible, una curiosidad innata que yo no podia apa
ciguar mas que con la variedad y renovacion de las sensa
ciones, y una actividad devoradora de que yo no podia
hacerme árbitro , me han llevado á todos los puntos del
universo. He corrido todos los continentes de la tierra , sin
sujetarme jamas á las costumbres de los pueblos que yo
he visitado, lo cual me ha causado innumerables persecu
ciones. Pero siempre he frustrado por mi valor los artifi
cios de los hombres inhumanos que han querido mofarse
de mi miseria. He andado largo tiempo errante por los
vastos desiertos de la Asia ; he atravesado las abrasadoras
arenas del Africa; he navegado por toda la inmensidad de
los mares , y he mandado bajeles que me habian recibido
en el rango de mero piloto; he penetrado en desiertos que
ningun otro humano habia pisado ; me he hallado entre
salvages que se creían los únicos habitantes del globo; y
para merecer su beneficencia les he enseñado á domar ca
ballos, y algunas artes industriales de la vida social. En
todas partes ha producido mi permanencia alguna Utili
dad. Lo que sorprenderá sin duda á los que me escuchan,
es que en viages tan peligrosos no haya sido mi cuerpo
sacrificado por algun asesino; pero destituido tanto de
bienes como de necesidades, nada llevaba en mí que pu
diese servir de incentivo á la avaricia, ni tent.ir la codicia
de las hordas errantes que encontraba en los caminos. Todo
luntad
mi poder, que
consistía
yo sabia
en en
micierto
alma,modo
y mihacer
riqueza
sobrenatural.
en* mi vo-i

»Sin embargo he sufrido mil penas y gozado mil pla


ceres. Nadie en el mundo siente una satisfaccion tnat
la:
9a el pobre Pedro.
inefable ni mayor que un viagero filósofo , porque todo
cuanto admira es de su pertenencia. Yo echo de menos
mi vida errante y aventurera; siento la desaparicion de
aquella época deliciosa de mi juventud , en que , fatigado
de mis escursiones , dormía sobre una piedra con mas ex
quisito deleite que duerme el rico sobre los almohadones
de la indolencia. La alegría me trasportaba cuando veía
un navio darse á la vela; envidiaba la suerte de las
águilas de la mar que con tanta velocidad corren el espa
cio; siempre estaba violento é impaciente sobre la tierra
que acababa de darme acogida , y quería abandonarlo to
do por volverlo á ver; y aun hoy, que las llagas sangrien
tas de mis debilitados pies me condenan á un doloroso
descanso , mi alma está lánguida y consumida de aburri
miento. Y a pesar de lo que diga mi maestro Zenon, todo
estoico debiera morir en el momento en que el destino lo
reduce á estar malo ó impedido.
»He agotado todos los placeres que puede proporcio
nar la vida activa, y sin embargo quisiera volver á co
menzar mi existencia, y recibir del Criador una nueva or
ganizacion para exponerla á nuevos peligros. A no ser
por las enfermedades que me abruman, se me vería vol
ver de nuevo á la llanura tumultuosa del Océano para
buscar en ella espectáculos y emociones nuevas. A la ma
nera que el ave precursora de las tempestades, estoy acos
tumbrado hace mucho tiempo á las convulsiones de la
naturali za embravecida. He llegado á ser grande en la ad
versidad.
»¿ Quién me pondrá en los peligros de que yo he
triunfado, y en mil obstáculos que yo he vencido? Solo las
escenas violentas de este universo son de mi gusto por la
agitacion y turbulencia. Para que mi alma esté entrenida,
es necesario que yo viva en una superabundancia de tem"
el pobre Pedro. 93
peratura que en ninguna parte encuentro como en las re
giones asiáticas y africanas. La calma de la atmósfera me
fatiga ; la uniformidad de las impresiones me es insoporta
ble. Jamas mis sueños son mas lisonjeros que cuando son
interrumpidos por el ruido de las olas irritadas; la mar
produce en mí el mismo efecto que produce la vista de
su pais nativo al que ha estado muchos años errante por
remotas regiones.
» Apenas habia yo cumplido .veinte años cuando aban
doné la casa de mis padres como un fugitivo sin decirles
siquiera el último á Dios, dándome poco cuidado el que
pudiesen llorar mi ausencia. Formé el criminal proyecto
de ir á tierras lejanas en medio de gentes que no pudie
sen conocerme. Los que me vieron partir no existen ya;
pero confieso que no puedo pensar en los tormentos que
causé á los autores de mi vida , sin que los remordimien
tos me despedacen el alma; y nunca me acuerdo del tiem
po en que la razon no tenia todavía imperio sobre mis
sentidos que ya estaban de continuo dispuestos á la revo
lucion , sin afectarme de sentimientos muy tristes. Es tan
poderosa la memoria en la juventud , que conserva las fal
tas cometidas como si quedaran grabadas en una lámina
de bronce. Todo lo que es digno de vituperio se nos pre
senta en la ancianidad , y por mas que huyamos y ande
mos errantes, y por mas que mudemos de lugar, nuestra
memoria nos persigue donde quiera para hacernos derramar
lágrimas de arrepentimiento." Al pronunciar estas palabras
se enterneció involuntariamente el anciano, y su rostro mu
dó de color. «Hijos mios, prosiguió con fervor, perdo
nadme os suplico este momento de olvido y de abandono;
las lágrimas del arrepentimiento no deshonran el valor.
» Este corazon que os descubro no ha tenido siempre
la insensibilidad de una roca. Hay borrascas en todas las
94 el pobre Pedro.
almas. ¿Quién hay entre vosotros que no quisiera alguna
vez retrogradar en su vida para buscar en ella, ayudado
del pensamiento, las huellas de sus antiguas y primitivas
impresiones? Y sobre todo ¿quién es el que puede con
tar sin dolor y sin espanto los primeros desbarros de una
razon descarriada?"
Esta reflexion produjo el mayor efecto en la multitud
de ancianos que componían la mayor parte de su audito
rio. Se notaba en su actitud , y mas particularmente en su
inmovilidad , algo de imponente que impedia romper el
silencio; y mientras que Pedro hablaba, cada faccion de su
fisonomía parecia que encubría un profundo misterio.
Nuestro filósofo queria sin embargo acabar aqui su
conversacion, y dejar lo que faltaba para la sesion del dia
siguiente ; pero hay narraciones de un interés tan gran
de, que no se podrian interrumpir sin agitar á los que
escuchan con la mas penosa impaciencia. Asi suplicaron
al orador que no suspendiese su relacion. Es muy natu-
. ral que unos hombres que estaban hacia mucho tiempo
privados de las dulzuras del sueño, tratasen de prolongar
sus vigilias para distraer su atencion de un dolor que se
hace siempre mas insoportable en el seno de las tinieblas.
Pedro no estaba fatigado, y á cada instante adquiria nue
vo espíritu por la confianza qué se le demostraba: conti
nuó pues contando su propia historia con la mas viva
emocion.
«Todas las pasiones han fermentado en mi alma , ex
clamó , mi corazon ha sufrido toda clase de tempestades,
y yo he tenido todas las inclinaciones , todos los gustos,
hasta el de la ciencia, del cual ya estoy desengañado, des
pues que aprecio en su justo valor el triste uso que se ha
ce de ella ; he abrazado todas las ilusiones , hasta la del
amor ; esta enfermedad de los seres ociosos , el mas tiráni
el pobre Pedro. 95
co de los impulsos humanos , es del todo indigno de un
estoica Yo entraba entonces en la época tempestuosa de
su existencia en que el hombre se ve arrastrado por la
impetuosidad de sus propios órganos, y en la cual no se
respira mas que para sentir. Un filósofo puede sustraerse
del temor y del yugo de la opinion , pero no podrá esca
parse de aquel atractivo moral é irresistible de los sexos, al
cual los obstáculos irritan, y las lágrimas hacen durar por
largo tiempo. Yo necesitaba un hijo en quien depositar
todo mi cariño; robé la hija del valiente y generoso capi
tan que me habia recibido en su bajel. La compañera de
mi alucinamiento tuvo valor para seguir voluntariamente
al que acababa de cometer tal ultraje á la autoridad pa
ternal; pero el cielo reprobó el himeneo que se habia he
cho bajo tan desgraciados auspicios, y no quiso que yo
encontrase la dicha en los vínculos domésticos: ¡tan cierto
es que los sentimientos mas puros de la vida traen consi
go males irreparables cuando nos separan de la virtud ! La
misma noche que siguió al dia en que yo habia deshonra
do >nii caracter por un atentado tan horrible, hubo una
fuerte . revolucion en las olas del Océano El suplicio de los
remordimientos es , segun se dice , mas terrible para los
hombres á quienes un peligro amenaza ; á cada instante
me parecía oir ia vqz de la naturaleza enfurecida echán-
.dorne en cara mi traicion abominable. El ruido de la tem
pestad alarmaba contra mí mi propia conciencia, y creía
que todos los rayos se dirigían ácia el mas culpable de
todos los raptores.
i>Bieo presto fui castigado de mi crimen: poco tiem
po despues fui desamparado por la joven compañera que
yo creía enteramente mia. Me abandonó por seguir á un
hombre á quien yo habia hecho conGanza de la poca ale
gría que disfrutaba sobre la tierra. Juzgad mi tprnicuto
96 el pobre Pedro.
cuando rae vi vendido al mismo tiempo por el amor y la
amistad. Si en la época en que recibi este horrendo golpe
yo hubiese estado mas profundamente iniciado en las su
blimes lecciones de la doctrina del Pórtico, yo hubiera
triunfado de este revés, hubiera despreciado esta injuria
de la suerte, y visto con serenidad alejarse el bajel que se
paraba para siempre de mí á una infiel esposa ; pero los
principios que yo habia tomado de las obras de Zenon no
habian aun germinado en mi espíritu; yo era ardiente,
presuntuoso, y estaba poseido de un afecto que habia ci-

almas. Novicio aun en la escuela de los sabios que yo ha


bia escogido por modelos, olvidé la moderacion estoica,
que desde aquel tiempo ha llegado á ser la regla inmuta
ble de mis afectos y de mis acciones. Yo sufrí sin valor un
castigo que una mano divina y oculta me imponía; lloré,
proferí amargas quejas, y aun fui tan débil de corazon,
que me abandoné á movimientos extraordinarios de des
pecho y de indignacion, á la manera de los hombres vul
gares. Mi inútil rabia la perseguía en medio de las olas;
y hasta en los lugares en que ella iba á ocultar su ver
güenza, y á perpetuar mi desesperacion.
wPara dulcificar el horror de mi situacion me aconse
jaron que viajase: pero los desgraciados son como los cri
minales, que jamas se ven libres de sus recuerdos. Por mas
que me alejaba , mis dolores me seguían á todas partes , y
por donde quiera encontraba la imagen de la que me ha
bia hecho traicion , y me habia desamparado tan inhuma
namente; en vano ponia entre los dos el inmenso espacio
de los mares, montañas, reinos y continentes; mis pesares,
mi misma ternura me llevaban otra vez acia el indigno
objeto de mi culto. Las cicatrices del amor ofendido no se
consolidan jamas , se vuelven á abrir á la menor turba
El pobre Pedro. 97
cion que venga á agitar .el alma. Hoy mismo que tantos
dias han pasado por mi existencia ; hoy que estoy infor
mado por noticias ciertas de que ella no existe , estan to
davía mis heridas bien lejos de cicatrizarse; ella ha entris
tecido mi vida, y sin embargo si yo tuviese todo el poder
de un Dios me serviria de él para volverla á la tierra que
Ja ha perdido.; y yo vería gustoso correr la sangre de mis
venas para animar á la pérfida muger que me ha traspa
sado el corazon con su ingratitud; yo sentia aun la nece
sidad de volverla á ver , de quererla , de protejerla contra
sus remordimientos , (ó para decirlo mejor) de consolarla.'*
Entre los afectos mixtos que la especie humana es
susceptible de experimentar, ninguno hay mas patético
que el del respeto mezclado de compasion. Tal era el que
reinaba en el alma de los oyentes del pobre Pedro. Se en
ternecían de sus largas desgracias, y él estaba avergonza
do de haber demostrado tanta alteracion. Aun cuando los
estatutos de nuestros hospitales prescriben á los enfermos
la hora determinada de acostarse, esta vez solamente se
faltó á la regla establecida , porque los discípulos de Pe
dro se obstinaban en permanecer en los céspedes. Ani
maban á su maestro con la voz y con los ademanes. El
estoico continuó; pero como la noche avanzaba pre
vino á la concurrencia que iba á acortar el hilo de su
narracion. . .>; . . , .
«Me habia refugiado en la India, pais sagrado por
sus soberanos, cuna de la filosofía, y quizá del estoicismo,
patria de los primeros sabios, pais risueño en el cual las
relaciones sociales del hombre estan en su primitiva senci
llez , y donde la hospitalidad es una virtud facil , porque
la sostiene alli constantemente el poderoso instinto de re
lacion. Yo creia haber apurado ya mis penas; mis tribula
ciones estaban en su colmo; pero el cielo hizo nacer en el
98 el pobre Pedro.
fondo de mi alma otra necesidad mas devoradora que la
del amor. Los pueblos que me dieron acogida me confia
ron la direccion de sus ejércitos, me elevarou á los puestos
mas eminentes, me amaban porque yo sabia imprimir
una energía extraordinaria á sus resoluciones , y porque
yo les enseñaba á encontrar en su inteligencia recursos
para conservarse y defenderse. ¿ Qué no puede una doc
trina cuyo objeto es desterrar todo temor sin inspirar una
presuncion temeraria? Los estoicos son los mejores capi
tanes , su constitucion moral los bace muy á propósito pa
ra mandar; los soldados que saliesen de la escuela del
Pórtico serian de un incalculable valor; todo huiría delan
te de sus estandartes. He arengado muchas veces á los
indios en las márgenes sagradas de los grandes rios á don
de iban á purificarse. Es facil de conocer el efecto que
produciria sobre ellos el ascendiente de mi caracter y la
energía de mis discursos. Nada subyuga á los hombres tí
midos y supersticiosos como el entusiasmo y la firmeza.
Esto es lo que determinó la eleccion que ellos hicieron en
mí para asegurar el buen éxito de una guerra que hablan
emprendido. Puse en paz sus disensiones y quejas; me ba
tí de concierto con ellos y por ellos. Los inflamé con mi
ejemplo: todo favorecía maravillosamente nuestros pro
yectos, todo, hasta el vigor prodigioso de nuestros elefan
tes; estos animales llevaban con orgullo nuestra numerosa
artilíería , y los guerreros que yo conducia parecían un
ejército de vencedores.
» La gloria y la opulencia me rodeaban y me llega
ron á deslumbrar, y no tardé mucho en perderme por
un deseo- inmoderado de dominacion y poder. En la ludia,
como en todas partes, el monte de la ambicion está rodea
do de precipicios. Las pasiones de la multitud son capri
chosas coma los elementos. Víctima de una sedicion caí
el pobre Pedro. 99
para no levantarme mas; mis soldados cesaron de recono
cer mi voz; me abandonaron á la primera herida que reci
bi , como si pudiera yo decidir la suerte de las batallas.
Pocos dias habia que estaba separado de ellos , y me olvi
daron esta tropa ingrata é indisciplinada. ¿Cómo pues per
manecer en unos lugares en donde la razon no tiene in
térpretes hace ya muchos años, y en donde la opinion no
tiene mas que esclavos?
»Fuí comprendido en una proscripcion general, y so
lo me quedaba la huida, último recurso de los ambiciosos
desconsolados. Yo hubiera querido encontrar unos cam
pos desiertos en donde no hubiese vestigio alguno de civi
lizacion. Yo me oculté en el fondo de I0s bosques , porque
gustamos de refugiarnos en los árboles cuando tenemos
que quejarnos de los hombres, y pedimos consuelo hasta
á los seres que ocupan el último eslabon de la cadena de
la sensibilidad,
»Las soledades que yo corría me inspiraban no obs
tante un terror mortal á causa de las muchas fieras que yo
encontraba en ellas. Porque á la verdad , es preciso estar
muy familiarizado con la naturaleza salvage, para que no
asombren los rugidos de tigres que la habitan. Yo encen
dia hogueras para alejarlos de mí , y algunas veces me he
ocultado entre las rocas de las altas montañas de Ben
gala: en ellas encontré algunos cazadores que se imagina
ban que yo era médico , y me concedian hospitalidad. Los
talentos cultivados tienen medios de comunicacion, de los
cuales se apresuran á sacar partido en las circunstancias
peligrosas de la vida. Yo sabia cantar, lo cual me puso
bien presto en comunicacion con ciertos indios que son
naturalmente inclinados á la exaltacion poética , y que
celebran con rimas groseras los acaecimientos memora
bles de sus países. Iba á visitarlos á sus mismas cabanas,
i3:
ioo el pobre Pedro.
que estaban construidas con arcilla y cañas, y ellos me
acogian aunque no fuera mas que por muy poco tiempo,
asociándome á sus conciertos, á sus fiestas, y á sus mas
dulces placeres. Las impresiones de la música son indefi
nibles; su mágico poder transforma los corazones mas in
humanos; pone acordes los espíritus mas desunidos, y los
dispone á la simpatía.
»A pesar de todo esto me cansé bien pronto de una
suerte tan incierta , é imaginándome que estaría mas segu
ro entre gentes que fuesen del todo bárbaras , me embar
qué en un navio que me trasportó á las costas de Africa;
pero no fui mas dichoso entre los negros habitantes de es
tas abrasadas regiones. Donde quiera que iba encontraba
hombres que me importunaban por su curiosidad, me
preguntaban la religion que profesaba, y el dios á quien
rendia adoracion. El aspecto de mi tez era para ellos un
objeto de sorpresa, y como me veían pálido y descolorido
querían saber si yo estaba enfermo ó maldecido por el sol,
y aqui fue donde mas principalmente padecí los rigores
de la hambre. Acuérdome que un dia me vi reducido á
comer langostas que el' viento echaba en forma de nubes
acia mi desierto. Estaba tan seca la tierra , que yo espera
ba con impaciencia el rocío de la noche para refrescarme.
Tocaba al extremo de la alegría cuando algun ser caritati
vo me restauraba mis fuerzas dándome un poco de vino
de palmito. Una de las circunstancias de mi vida que con
viene decir á los desgraciados que me escuchan, es que en
toda mi vida he contraído ninguna de aquellas fiebres pes
tilenciales, que son una calamidad inevitable para todos los
extrangeros. Un año que yo hice una larga travesía , vi
perecer dos terceras partes de la tripulacion , sin resentir-
me ni aun la menor cosa de la plaga que me rodeaba. Hay
segun yo lo he notado muchas veces en el alma del estoi
EL POBRE PedBO. IOI
co un principio de extraordinaria reaccion , que desvía
de sí por mucho tiempo la enfermedad y la muerte.
» Mayores penas me aguardaban, y no tardé en sentir
todo el horror de los peligros de la soledad. Para libertar
me de los ardores del sol me habia construido una ca
bana, de la cual fui arrojado por un salvage que la creyó
mas cómoda que la suya. Yo me envejecía, y por consi
guiente comenzaba á no poder defenderme ya , porque la
humedad y el calor de las selvas destruían por grados la
flexibilidad de mis miembros; mis noches eran tan tristes
como mis dias; el infestado olor de los pantanos me impe
dia la libre respiracion; mi sueño era á cada instante in
terrumpido por los graznidos de los reptiles acuáticos, y
por el lúgubre canto de los mochuelos, cuyos gritos dis
cordantes parecen á los gemidos de un niño á quien se
está degollando. Yo me moria de fatiga , y la necesidad de
vivir en sociedad atormentaba á mi alma sensible. Aban
doné pues los desiertos para penetrar en lo interior de las
ciudades, y ponerme bajo el amparo de las leyes. Dulce
cosa es librarse de la persecucion de las panteras y leones;
pero es muy peligroso las mas veces caer entre las manos
de los hombres.
»Para tener mi subsistencia mas segura, me agregué
á unos traficantes moros, á quienes varios motivos de es
peculacion conducian al pais en que mandaba el rey de
los Acantios; bien habreis oido hablar de estos pueblos
cuya supersticion los ha hecho tan bárbaros, que se de
leitan en hacer correr la sangre de sus semejantes, cuyas
mutilaciones y muertes celebran al son de una trompeta
como el mas festivo espectáculo. Todo en ellos es extre
mado, hasta sus bailes, que no son mas que una serie de
movimientos frenéticos; sus mismas canciones no son mas
que unos gritos de mortandad. Mi cabeza fue pedida para
10a el pobre Pedro.
ofrecerse en sacrificio en la celebridad de una fiesta que
estaba próxima, y mi cuerpo fue ofrecido á los buitres
que abundan en esta desolada tierra. Esperando este si
niestro dia me encerraron en una oscura prision , de don
de me sacaban algunas boras diariamente para dedicarme
á los mas viles trabajos. ¡Qué extraña vicisitud! Mandé en
el Asia y serví en Africa.
»Y basta en esta funesta coyuntura debi mi salvacion
á la sublime doctrina que yo babia seguido. Si yo me hu
biera puesto á suplicar, jamas me hubiera libertado de la
horrible suerte que se me deparaba. Nada hay que desarme
la ferocidad como la presencia de un hombre que aparece
sin terror alguno. En los sitios en que la fuerza lo hace
todo , la resistencia agrada aun cuando sea impotente.
Lleváronme delante del rey, y mi estoica intrepidez me
concilio su beneficencia. Me libró de la sanguinaria ce
remonia que iba á sufrir, y aun me quiso dar un des
tino dentro de su palacio, favor insigne que yo no qui
se admitir, porque estaba bien desengañado de la for
tuna, y porque por una rareza digna de notarse, al ca
bo de tantos años vi por la primera vez hablarme en el
fondo de mi corazon el amor de la patria. Los filósofos
son desgraciados en Africa; nada encuentran que les pue
da equivaler á los bienes inmutables de la vida intelec
tual , y bajo este cielo inhumano todo recogimiento es im
posible.
»El aire volcánico que respiraba criaba á mi rededor
millones de animal ucos maléficos que paralizaban mi aten
cion. Parece que tiene alas el que huye de la tierra de la
esclavitud. No tardé muchos meses en besar el suelo de
la Europa, huyendo para siempre de aquella naturaleza de
vastadora, enemiga irreconciliable del pensamiento. ¡Si su-
piérais cuanto he sufrido para volver á las costas de la
el pobre Pedro. io3
Francia! No he encontrado por todas partes mas que se
res que me han tratado y me arrojaban de su seno co
mo á un vagabundo. Los animales gozan descanso en
■u retiro; los mas viles criados duermen con tranquilidad
en casa de sus amos , y yo he encontrado cerrados los co
razones y las puertas. En cincuenta años que ha que via
jo he subsistido siempre del producto de las lecciones que
yo daba en los navios en que iba embarcado, y en los
pueblos menos civilizados. Yo enseñaba las combinaciones
del cálculo , la geometría , á escribir , &c. Ellos no hubie
ran querido mi filosofía , que solo gustan de escuchar los
desgraciados. Despues de tantos viajes peligrosos he arras
trado hasta aqui la carga de mis años; he llegado por fin
á esta famosa ciudad, morada de la miseria y de las gran
dezas , asilo de la intriga y de los talentos ; á esta encan
tada capital donde el espíritu se recrea, el ingenio se fe
cundiza, á donde todo llega para desaparecer, y todo se
perfecciona para degradarse; á este gran punto de reu
nion de todos los pueblos y de todos hombres, al que un
profundo pensador llamaba con razon la gran posada del
universo. . -
»En fin, amigos mios, presente teneis á este hombre
que ha obtenido cuanto puede obtenerse sobre la tierra , y
que todo lo ha perdido; á este hombre que ha sido el ju
guete de los frivolos juramentos del amor, y de las pérfi
das promesas de la amistad. Vedlo aqui tal como la ambi-
cion lo ha puesto, ved hasta donde me han conducido los
ídolos que tanto he adorado." Cuando hablaba de esta ma
nera descubrió su cabeza calva , su frente arrugada por
los vestigios de sus antiguas pasiones, sus brazos descar
nados, y su cuerpo todo lleno de cicatrices de la guerra.
Los concurrentes se deshacian en lágrimas ; pero fue ma
yor la conmocion cuando añadió con una voz enérgica , y
io4 EL pobbe Pedro.
que penetraba el alma de convencimiento : «Bien pronto,
mis queridos amigos recibereis mis últimos á dioses. Ya
estoy advertido de mi último fin por síntomas cuyos si
niestros efectos preveo. Me parece estar viendo las almas
de todos los que han perecido en este hospital andar vo-
leteando por encima de mi cabeza, dispuestas á recibir la
mia; mis pies estan ya trémulos, mis ojos estan como em
pañados por una nube, y no tardaré mucho en perder
hasta el espectáculo de la naturaleza. No imitaré á mi
maestro Zenon que se dejó morir de hambre para ir á
respirar mas presto la divinidad que le esperaba ; no sal
dré al encuentro de la muerte, sabré esperarla en los con
fines de la vida."
Habia hablado el anciano constantemente con voz tan
seductora, que toda la noche entera desapareció sin que
.nadie lo hubiese echado de ver. Ya estaban apagadas las
luces de las salas ; ya el brillante fuego de las estrellas se
habia disipado; ya comenzaba á rayar la aurora, y to
davía estaban los enfermos encantados de las palabras de
Pedro. Todos sintieron pesar en ver llegar la aurora de
masiado pronta á terminar esta interesante conversacion.
Cada cual de los oyentes se volvió á su cama llevando
consigo aquella saludable calma que alivia el corazon del
peso que le oprime. .- .
Sin embargo, las últimas razones del estoico habian
contristado todas las almas. Sus presentimientos eran fun
dados, porque su salud declinaba de un modo muy alar
mante; y ya hacia algunas semanas que no disfrutaba mas
que de un sueño facticio, interrumpido por ensueños que
descubrían las inquietudes con que estaba agitado. Bien
es verdad que Pedro habia contraido hábitos muy perju
diciales á su conservacion. Su ansia por moverse era de
tal modo irresistible , que hasta en los patios del hospital
el pobre Pedro. io5
andaba siempre con pasos violentos, lo cual no contri
buía poco á exasperar la espantosa llaga que devoraba
su pierna. Uno de sus ordinarios placeres era exponer su
cabeza á la accion de una temperatura fuerte, particular
mente á los rayos del sol ; y en seguida bebia agua muy
fria, que él llamaba por gracia la tisana de los filosofo»
del Pórtico.
Hay un sin número de cuidados vulgares y minuciosos
que contribuyen con especialidad á la conservacion de
nuestra existencia. Si Pedro los hubiera despreciado me
nos, si hubiera side menos ingrato consigo mismo, es pro
bable que hubiera prolongado mucho mas tiempo su car
rera, como Crysipo, Cleanto y otros muchos sectarios de la
antigua doctrina , y quizá su nuevo género de vida influ
yó en su deterioro y decadencia ; porque nos decia con
frecuencia: «Me encuentro muy violento encerrado en
este hospital. Siempre he vivido en un horizonte sin lími
tes; no puedo contentarme solo con el aire que respirais.
Los que solo han habitado la tierra no conciben los goces
de los marinos. Para nosotros vivir es moverse. Yo siento
ahora todas las angustias y pesares de un náufrago que
se ve reducido á concluir sus dias en una roca , sobre la
cual le ha arrojado la tempestad!"
Pero llega un tiempo en que el poder de la desgracia
triunfa de cuanto hay invencible en la organizacion física
del estoicismo; Pedro habia sufrido cuantos males pueden
afligir al cuerpo humano. Se vió precisado á guardar ca
ma , y desde este momento desaparecieron del hospital la
alegría , la tranquilidad y el consuelo. Los malaventura
dos á quienes sostenía su valor volvieron á caer en su
abatimiento. Se hablaban muy quedito, y con una voz so«
brecogida se preguntaban con inquietud noticias del es
toico , y todos iban en tropel á visitarle. Por no causar
1C6 el pobre Pedro.
mucha emoción al enfermo, las religiosas alejabán cuanto
era posible las personas que intentaban verle. Por su par
te Pedro nada concebia de los homenages que le tributa
ban : daba gracias con los ojos , y con una expresión llena
de bondad. i
-De allí á poco tiempo empeoró tanto, que ya se trata
ba de llevarle á la sala de los agonizantes. Habia entonces
la costumbre de poner á parte á aquellos á quienes el pe
ligro amenazaba de mas cerca, para librar de tan tristes
escenas á los convalecientes , ó á los que estaban cerca
nos á la curación. Se los separaba desde luego que se no
taba en ellos el menor signo precursor de un próximo fin.
Dentro de esta sala se experimentaban las impresiones
mas dolorosas por los. hondos suspiros que arrancaba el
sufrimiento; por el murmullo de las oraciones dirigidas á
Dios al pie de la cama de los moribundos ; por la presen
cia de los sacerdotes encargados de la purificación de las
conciencias ; por los movimientos religiosos impresos en el
alma en los últimos momentos de la existencia; por las
solemnes revelaciones de una inviolable amistad ; por las
disposiciones afectuosas de los testadores; porque no hay
pobre que no haya amado á alguno en medio del mundo
mismo que le arroja. La voluntad y la benevolencia se
dejan ver en todas las condiciones de los hombres , y aun
se quiere imprimir üna especie de estabilidad á los actos
que dependen de ellas; se las confia á las personas encar
gadas del cuidado de los hospitales, las cuales toman á
«u cargo consolar á los parientes que vengan á reclamar
los despojos. Estos saben por las lamentables palabras que
los miserables han proferido antes de expirar, cuya tradi
ción guardan religiosamente las familias. A un lugar seme
jante fue llevado el pobre Pedro. Yo quisiera poder con
tar con toda verdad la muerte admirable de este intere
el pobre Pedro. 107
san te filósofo, la cual probaria de un modo indudable que
la escuela de Zenon emana de la de Sócrates.
Aunque acometido de una calentura ardiente, el cielo
le libró de delirio . y le conservó hasta el último dia la in
tegridad de su razón. No obstante , sus manos se agitaban
con movimientos convulsivos, y las movía al rededor de
su cama como para cojer la vida que se le escapaba. Los
médicos opinaron tan mal de su estado, que se le propu
so hiciese confesión con el capellán del hospital, á lo que
accedió con tanta humanidad como resignación. Este acto
religioso le costaba tanto menos, cuanto que Pedro estaba
dotado de una gran piedad, y acostumbraba, aun estando
sano , á hacer por las tardes el examen de las acciones de
todo el dia. Se juzgaba, se -vituperaba ó aprobaba él mismo
con su razón ; asi recibió con agradecimiento los consue
los del sacerdote que vino á auxiliarle. La conversación,
que tuvo con él era muchas veces interrumpida por lar
gos intervalos de silencio. Aparentaba abstraerse algún
momento para examinar mejor su memoria. «Por mas que
recorro el fondo de mi alma, exclamó, no encuentro ya
en ella remordimientos; mi largo sufrimiento me ha he
cho expiarlo todo. Lo que me ocupa ahora no es el re
cuerdo de las cosas pasadas, son los lazos que me han uni
do á los buenos pobres de este hospital."
El enfermo exhortó en seguida á sus compañeros de in
fortunio, y dijo á los que le cercaban : «Mis queridos ami
gos ¿de qúé procede este enternecimiento general que no
to al rededor de mi persona? Yo habia venido aqui para
ocultarme. ¡Quién me hubiera dicho que se habia de llo
rar en él mi muerte! Yo recibo Tuestras lágrimas con gra
titud y sin orgullo; pero ¿por qué lloráis á un estoico?
Dejadle salir de su prisión : no hace mas que mudar de
lugar; en otra parte le volvereis á ver."
*4=
ro8 Efc POBRE Pí
Al proferir estas palabras el anciano sintió renacer
cierta calma en su situacion, y se aprovechó. de ella pa
ra hacer su testamento. Dejó al capellan su baston He
caña que le habia conducido en sus viajes , y en las cir
cunstancias mas peligrosas de su vida. Su. perroi que era lo
que mas amaba en el mundo, le dejó al leproso, porque
era, segun él lo habia creido, el mas digno de lástima de
todos sus oyentes, ¿ste se acercó á su cama , le dió las gra
cias, y colmó de bendiciones á su bienhechor. «Yo siento
que me muero, dijo en fin el pobre Pedro, con una voz
lánguida y apenas perceptible. Os suplico que me enterréis
en el cementerio de este hospital, y que cubrais con el polvo
de los desgraciados el cuerpo corruptible que yo os dejo."
Asi acabó sui existencia el pobre Pedro, despues de
haber pasado la vejez mas dolorosa, porque, ademas del
mal estado i de sus piernas sufria constantemente lo» mas
insoportables desvelos. Cuando exhaló el último aliento se
notó, bien sea ilusion ó bien realidad , que su rostro nada
habia perdido de Ja viva expresion de su fisonomía, y se
veía en él pintada su hermosa alma.
He recocido sobre el caracter particular de Pedro mu
chas anécdotas que seria cosa larga referir aqui. La consi
deracion de que disfrutaba en su infortunio, esparcia al
rededor de él un vek> misterioso que incitaba la curiosi
dad. Sus costumbres eran graves y austeras; jamas se le
veía reir por grande que fuese su satisfaccion interior. Co
mo no era dado á todos comprender sus bellas y juiciosas
sentencias, habia en el hospital algunos individuos que se
abandonaban á la burla como á su inclinacion favorita;
pero el discípulo de Zenon nunca hizo caso de estos sar
casmos de que él era objeto: esta arma, que nada tiene de
coman con lo serio de la vida, le era enteramente des
conocida. ' . ' *' , i..i
el pobre Pedro. 109
Cuando trataban de herirle no sentía la mas mínima
alteración. Cuando un espíritu maléfico ó presuntuoso se
atrevía á refutarle con objeciones vanas y fútiles, su pa
ciencia era ejemplar; era un perfecto conciliador; se com
placía en sufocar el odio donde quiera que llegaba á
prender; mezclaba una poca aspereza en sus sabias ad
vertencias; pero por reflexion templaba su vivacidad al
fin de todos sus discursos. Acostumbrado siempre á ven
cerse, no dejaba jamas escapar sino una parte de su re
sentimiento. Ya hemos hecho mencion de su extremada
sobriedad; yo le presenté un dia alimentos de superior ca
lidad; le hice traer tambien una provision de frutas dies
tramente confitadas y azucaradas; los rehusó con desden,
como tambien unos frascos de vino exquisito que yo le
habia regalado. Se figuró que yo quería ganarlo , y de
atentar á su doctrina. Siempre dijo que su miserable cuer
po tenia mas de lo que merecia; cifraba su gloria en ser
superior á todas las tentaciones.
jFenómeno extraordinario! La luna parecía ser el úni
co astro favorable á las inspiraciones del alma. Por el dia
se callaba, y se le veía constantemente absorto en sus cavi
laciones melancólicas. La memoria de este virtuoso filósofo
se tiene en mucha veneracion en el hospital de san Luís;
y siempre que un desgraciado se da á reconocer por su
resignacion, firmeza y valor se dice: Asi era el pobre
Pedro.

FIN DEL POBRE PEDRO.


(110)

CAPITULO
Del m iedo. VIII.

El miedo es un estado del alma enteramente contrario


á aquel que 'constituye el valor: no siempre es un síntoma
de la fragilidad de nuestra organizacion , como tantos lo
creen y pretenden; porque hay un sin número de hom
bres , cuyo físico es cenceño y endeble , los cuales son
asestados por esta pasion muy medianamente. Vemos hom
bres de una estatura extremadamente pequeña, que por
eso no dejan de obrar una reaccion la mas enérgica con
tra los seres que son por lo menos en la apariencia los
mas vigorosos y robustos.
El miedo entra en el sistema de la conservacion que
tan bien ordenado está por la naturaleza , obligando al
animal que afecta á huir por librarse del peligro. Es muy
digno de notarse que los animales mas susceptibles de afec
tarse de esta pasion , son tambien los que corren mas ve
lozmente; tales son por ejemplo la liebre, el cervatillo, 8cc.
Todos los cuadrúpedos que tienen los pies delanteros cor
tos y el tramo posterior muy largo estan organizados para
el miedo , y de consiguiente para la fuga. El revezo de los
Alpes, á quien el menor ruido espantares animal de una
rapidez prodigiosa en la carrera ; pasa mas veloz que un
rayo en pocos instantes innumrables abismos, y Be arroja
por las mas escarpadas rocas dando saltos sucesivos, que
se parecen á los saltos de reflexion de un globo elástico.
Pero sucede con frecuencia que el miedo excesivo
obra en nuestros órganos de un modo contrario , y los po
ne en la absoluta imposibilidad de moverse para librarse
del peligro. Muchos pájaros tiemblan como si estuviesen
paralíticos, y se agazapan entre la yerba á la vista del ga-
bilan. Del mismo modo los cuadrúpedos se detienen vien
do algun monstruso réptil de los de Africa. Parece que su
sangre se hiela, y que quedan como clavados á la tierra.
En las selvas del Asia sienten los perros y los caballos el
(III)
mismo efecto cuando se ven cercados del tigre , el espasmo
que resulta de un temor repentino los hace quedar inmo
bles. Un viagero cuenta que una enorme boa (culebra)
que se habia parado sobre un arbol á la entrada de una
selva, alucinaba con sus miradas á una tropa de monos
que andaban al rededor de ella dando lamentables gritos,
.y estos pobres animales no podian alejarse á pesar de su
conocida agilidad. Los indios atribuyen este fenómeno á
una especie de encantamiento; pero lo cierto es que el
hombre mismo cae algunas veces bajo la influencia de este
poder mágico. He leido en cierta parte que, habiéndose
descarriado un cazador en los desiertos de Guayana, se en
contró de repente asfixiado por la presencia de una ser
piente de cascabel, que abriendo su boca le miraba fija
mente con los ojos inflamados de cólera.
lar mas
En laque
mayor
una parte
sensacion
de losfugitiva
animalesy no
pasagera
es por que
lo regu*.
solo

dura el tiempo que el peligro. Solo el hombre tiene el tris


te privilegio, de aumentar y prolongar esta pasion al tra
ves del prisma, de su imaginacion. Él es el único entre to
dos los seres animados á quien el. rayo hace temblar, sin
duda porque él solo conoce sus funestas consecuencias.
La incerti> lumbre produce el miedo que concebimos
cuando estamos rodeados de tinieblas, pues en la oscuri
dad es donde nos forjamos monstruos que van á devorar
nos, ó por lo menos á dañarnos. Las cavernas, los subter
ráneos , los laberintos , &c. , inspiran tambien un temor
que causa turbacion en todas las funciones, y no nos ve
mos tranquilizados hasta que alguna oficiosa luz viene á
alumbrarnos; un ruido no esperado, una extraordinaria
conmocion , la caida de una enorme masa que da violen
tamente contra un obstáculo, &c., producen un resultado
análogo por la ignorancia en que nos hallamos de los pe
ligros que pueden existir á nuestro alrededor.
La sensacion del miedo atormenta al hombre hasta en
el sueño; viene á inquietar á los desgraciados en el acto
mismo que deberia suspender el curso de sus penas , y los
despierta sobresaltados despues de haberlos agitado cruel
mente con funestos ensueños. Su frente se cubre de un su
(1»)
dor frío; caen en una especie de abatimiento, y sus ner
vios y músculos se ven agitados de un temblor general.
Una pesadilla no es muchas veces mas que un acceso de
terror, y las visiones de la noche representan por lo re
gular á aquel á quien persiguen simas, precipicios, abis
mos sin fondo, monstruos, y todo lo mas temible que se
puede, imaginar.
No es necesario que el peligro sea cierto para que
nazca el temor en el corazon humano; basta que sea pro
bable. Si tiene uno por ejemplo que atravesar los desier
tos del Africa, ya cree oir los rugidos de los tigres y pan
teras , y otros mil temores mas le atormentan. Del mismo
modo el que se embarca por primera vez teme como cier
to el naufragio, y es preciso que los motivos sean pode
rosos para que se resuelva á recorrer el mar. Cuando ape
nas ha salido del puerto la menor alteracion de las olas
amedrenta su alma ; todo le da mal presagio ; se hiela de
terror al aspecto de las nubes surcadas por los relámpa
gos, y que andan rodando como turbillones en el es
pacio; se imagina que se van á renovar para él todas las
catástrofes que pasan en el océano; se estremece y prin
cipia á mirar tdesesperado el horizonte siempre que el
navio se inclina, y que el viento sopla con poca mayor
violencia.
El miedo se apodera de nosotros hasta con la idea de
los males de cuyo influjo nos vemos á cubierto; un des
graciado á quien sorprende en nuestra presencia un ata
que epiléptico es para nosotros un objeto de temor ; igual
sensacion experimentamos cuando estamos en el borde de
algun precipicio que no osamos contemplar sin asom
brarnos. Y es bien sabido el diario efecto que producen
en las mugeres ciertas representaciones teatrales. La pasion
del miedo artificiosamente suscitada no deja de tener al
gun atractivo para la imaginacion, pues hemos hecho de
él un resorte dramático para conmover el sistema nervio
so, y excitar un grande interes en nuestra alma. En los
teatros se ha sacado partido del temor para proporcionar
una especie de alegría. Homo occiditur in hominis volup-
tatern. Asi vemos que el populacho español se deleita en
(n3)
ver á un hombre luchando con un furioso toro ; y el que
arriesga su vida para placer de los otros se adorna con un
vestido bordado de oro para este género de combate.
El miedo comienza con la vida , y se nos educa y diri
ge por el mismo; el miedo nos comprime mientras dura
nuestra existencia ; parece que no vemos al mundo mas
que para inspirarnos recíprocamente esta penosa y funes
ta sensacion , y aun se siente placer en inspirarle desde
temprano en los niños por ficciones y fábulas con que se
entretiene su imaginacion. Y nada hay mas temible para
el hombre que el hombre mismo; y para defenderse de sus
semejantes se esfuerza en hacer inaccesibles las puertas de
su habitacion.
El hombre tiembla al aspecto del hombre. La apari
cion de un ladron ó de un asesino en medio de las tinie
blas de la noche puede producir un pasmo , al cual no se
pueda resistir. Ademas, por dondequiera que el hombre
vaya tiene motivos de temor y de perplejidad ^ donde
quiera teme tempestades , epidemias , los tiranos, lo pre
sente y lo por venir, la vida y la muerte. Se siente desfa
llecerse á la vista de una serpiente que sale repentinamen
te de algun matorral, y evita con cuidado hasta los in
sectos que puede encontrar bajo los pies.
. El miedo nos persigue en la soledad, y ninguno duda
que este sentimiento y la necesidad de entablar relaciones
han obligado á los hombres á edificar sus casas jmitas, lo
cual ha dado origen á las aldeas , villas , y grandes ciuda
des, &c. Su instinto ha debido hacer en todo tiempo que
se fortifiquen por la vecindad. El águila , el tigre , el
leon, &c. no obran de esta manera; nada tienen que te
mer de hallarse solos, puesto que todos los animales se
entregan á la fuga en viéndolos.
No podemos menos de contristarnos cuando pensamos
que un tercio de la especie humana es arrebatado por lo»
terribles efectos del temor. Hay mil casos en que esta pa
sion causa una muerte repentina al índividtio que tiene
la debilidad de abandonarse á eíla. Nadie ignora cuan
perniciosa es en el eurso de las graves enfermedades. Es
grande el catálogo que «e pudiera formar de las victimas
("4)
del temor cuando la peste devasta una provincía ; y cuan
do un navio que es por mucho tiempo el juguete de los
vientos contrarios , los pasageros se dejan apoderar de esta
sensacion funesta, se observa que el escorbuto hace sus
estragos con una velocidad que asombra. El espanto que
tienen los individuos encerrados en una ciudad sitiada
produce
La especie
el mismo
humana
efecto.
está sujeta á muchas enfermedades,

cuyo principal caracter es producir la sensacion de mie


do; tales son la paralisis, la hipocondría, &c. El estado
de abatimiento qne sigue á la aparicion de estos malos,
es el mayor obstáculo que encuentran los médicos para
asegurar el buen éxito de su plan curativo. El miedo es
easi siempre el fenómeno mas notable de la monomanía ; y
si no considérese lo que sucede en un hospital de locos: el
uno cree que se ha tragado una serpiente , el otro dice
que le persigue un espíritu maligno, y otro se imagina
que le preparan en todas partes un veneno, &c.
El miedo es un contagio rápido cuya accion es en
cierto modo instantánea, á la manera que aquellas señales
misteriosas con cuyo auxilio las voluntades, las órdenes y
los acaecimientos se trasmiten con tanta velocidad : asi el
temor anda de region en region; la mas leve cansa le ori
gina, y aun muchas veces una fantasma vana basta para
producirle; en pocos minutos se apodera de un sin nú
mero de individuos. Los sentimientos que se comunican
se parecen á una tempestad, que á medida que camina
se aumenta y extiende sobre un inmenso horizonte. Por
otra parte, el miedo es la sensacion que menos se puede
disimular. Para probarla basta que los hombres se miren;
la fisonomía descubre pronto el estado de su alma.
No obstante , hay hombres que por estado ó por cir
cunstancias relativas á su modo de existir, han aprendido
á superar la sensacion del miedo , tales son y han sido en
todo tiempo aquellos corsarios ; aquellos caballeros andan
tes habituados á una vida aventurera, que se regocijan con
la esperanza de un combate, y que confian su existencia á
la casualidad para conseguir la seguridad de un por venir
incierto. La sensacion del miedo se prohibe generalmen
te á los militares , y para inspirarle á los demas la mayor
parte de ellos se mandan hacer cascos forrados con pieles
de oso , tigre ó de pantera con las colas de sus caballos. El
objeto es aterrar á los enemigos por medio de aquellos es
pantosos penachos; tratan tambien de darse un aire sal-
vage y feroz por la expresion de la fisonomía, dejándose
crecer la barba para imprimir á su rostro una especie de
ferocidad.
El miedo es con mucha frecuencia tan quimérico co
mo la esperanza, y hay gentes que por una disposicion
defectuosa de su organizacion ven siempre en lo por ve
nir males que nunca suceden. Sin embargo , se puede
vencer este sentimiento natural produciendo una grande
exaltacion mural : á esto se dirigen los sonidos de una mú
sica guerrera , y las arengas de los capitanes cuando se va
á dar un combate. Igualmente se observa que los hombres
cobardes y pusilánimes tratan de reanimarse por la abun
dancia de sus palabras , y por la violencia de sus discur
sos. La cólera, como lo ha dicho un antiguo, es el aguijon
del valor, y bajo este punto de vista debemos considerarla
como un preservativo del miedo. La naturaleza ha dota
do de ella á los seres débiles , porque aumenta momen
táneamente el sistema de las fuerzas , y los hace por este
medio capaces de arrostrar los mas grandes peligros.
¿Es por ventura el miedo una pasion innata? ¿ó es
una funesta adquisicion de nuestra experiencia? Yo no
me atrevo á resolver esta cuestion; sin embargo, algunos
viageros que han penetrado por la primera vez en un
país no habitado todavía por la especie humana, han
quedado bien sorprendidos al encontrar una multitud de
aves que no sentían espanto alguno con su aspecto. Un
naturalista conocido mio fue arrojado á una isla desierta
donde encontró animales que no pensaban en huir; que
se dejaban coger , y venían á comer á la mano y á su
á tener miedo de la familiaridad con que
pedos se acercaban á olfatearle, y penetraba
con paso muy tímido por estas tierras desconocidas.
Aunque las impresiones del miedo sean interiores y
profunJas , sil) embargo se muestran y descubren por sig
(.i6>
ños exteriores y sensibles. Nada hay que desfigure mas el
rostro que el estado habitual de videncia en que pone al
hombre en algunas partes del globo. Todos los viageros
que han corrido las selvas de la india cuentan que los in
dios que pertenecen á la casta desgraciada y vagamunda
de los Parias tienen las facciones de la cara horribles y
asquerosas, que inspiran aversion hasta el extremo de ha
cerse insoportable su aspecto, &c. El aspecto que impri
me el temor tiene alnuna antipatía que no se puede con
siderar sin quedar al instante arrebatado por un espanto
mortal.
El primer efecto de esta pasion se parece mucho á los
escalofríos con que principia la fiebre. Los que la sienten
son afectados de una especie de encogimiento espasmódi-
co; sus músculos tiemblan, su rostro se vuelve pálido, la
lengua queda helada , y como inmóvil mientras dura la
sensacion. Un frio súbito parece que efectúa la retroce
sion, de la sangre del exterior al interior. Se usa comun
mente de la palabra aterrar para expresar uno de los fe
nómenos mas ordinarios del' temor: la expresion está lle
na de exactitud , porque la precaucion de todo individuo
de quien se ha apoderado el temor es ocultarse en un lu
gar solitario, de anonadarse, por decirlo asi, delante del
enemigo que le persigue.
El miedo comprime todas las funciones asimiladoras,
detiene ó anima instantáneamente el acto de respirar. Se
lee en las memorias de nuestros dias una anécdota que se
refiere directamente á este fenómeno fisiológico. Se trata
de un conquistador temible que ha dominado nuestra pa
tria con grande poder y fama. Guando corría sus vastos
salones en que millares de cortesanos lo esperaban, tos
tenia por su presencia en un estado de molestia y de es
clavitud tal, que su aliento estaba en cierto modo sus
pendido; pero apenas salia, cuando los individuos reu
nidos volvian á tomar el libre uso de esta funcion, y se
oían, por decirlo asi, las libres contracciones de sus pul
mones , y los balances alternativos del diafragma. Tal era
la influencia de un hombre que miraba el miedo como
uno de los mas importantes resortes de la política humana.
El fenómeno del miedo* considerado en el mundo mo
ral , conduciría á los descubrimientos mas extensos. Yo
pudiera pintarlo cuando él pone en descubierto al egois-
mo de la naturaleza humana; cuando imprime al alma
movientos falsos y serviles que la degradan; cuando en
durecen el corazon del esclavo, y cuando sufoca el grito
de todas las conciencias, 8cc. ; pero se niega la pluma á
hacer semejantes pinturas. Digamos mas bien que el mie
do es uno de aquellos afectos, de que dimanan los mayores
bienes como igualmente los mas graves males. El mundo
está lleno de individuos á quienes la locura lleva siempre
mas allá de lo verdadero. Los que han profundizado los
misterios de la vida social, se sirven ventajosamente de
esta pasion para contener la efervescencia de una organi
zacion muy activa. El miedo, lo mismo que el valor, tiene
su utilidad en las instituciones de la divina Providencia.
Se triunfa de la desgracia con el valor, y se evita por ei
miedo.

CAPITULO
De la prudencia. IX.

La prudencia es la facultad de prever por medio de


la razon lo que es favorable ó funesto á nuestra conserva
cion personal. Esta facultad , por desgracia demasiado tar
día, está destinada en cierto modo á defendernos de las
mutaciones de la suerte. Parece que la naturaleza ha he
cho este precioso don á todo ser animado, para que sirva
de brújula que nos dirija y conduzca en medio de tantas
borrascas como afligen á nuestra efímera existencia.
La práctica de la prudencia supone ya las lecciones
de la experiencia. Por ío cual los antiguos en su mitología
nos la representan como una divinidad de dos caras, de
las cuales Ja! una mira ácia lo pasado, y la otra ácia lo
por venir.
La prudencia pues se puede mirar como la facultad
esencialmente conservadora de los seres vivientes. Porque
(•■8)
¿qué seria del mundo animado sin la prudencia? Y si no
quitémosla del universo, y pongámonos de antemano á
calcular los males sin cuento que deberán asaltarle. Vere
mos á los débiles ser en todas partes el juguete de los
fuertes, dominar en la tierra los bandidos, y cubrirse la
mar de náufragos. Nada se babrá podido 'prever que
pueda resistir al desorden de los elementos. Las inundacio
nes de los rios sumergirán nuestros campos y cosecbas, ¿y
como nos podemos poner al abrigo de la intemperie del
aire, ni de los funestos efectos del rayo? El tecbo que nos
abriga se caerá sin esperanza de reparo; no se plantarán
árboles; la bambre desolará nuestras ciudades, nuestros
ganados irán á abrevarse á fuentes emponzoñada», y los
veremos pacer las plantas venenosas que infestan nuestras
praderas, lo cual es del todo contrario á los hechos que
observamos. Vemos en efecto cuan raro es que los ani
males se engañen cuando tratan de evitar lo que es con
trario á la conservacion y á la integridad de su orga
nizacion.
La prudencia es una facultad esencialmente libertado
ra, y es mas bien una virtud que pasion: es, para servir
me de la expresion de un antiguo, el timon de nuestra al
ma; ella la dirige contra los movimientos irregulares que
pueden imprimir los vicios de una organizacion defectuo
sa; pone justos límites á las acciones morales, y es la ra
zon perfeccionada del ser animado. La fortuna puede te
ner su parte en las cosas humanas ; pero es preciso creer
que la prudencia y destreza, tienen huen éxito las mas.
veces para que. dejen de ser consideradas como causas ac
tivas de los acaecimientos de la vida. , ,
.¿Cuantas veces se sufren unos grandes pesares por no
haber seguido del todo los consejos de la prudencia ! Y
cuantos dicen: js¿ se me hubiera escuchado, si se me hu
biera creido , no tendriamos ahora que llorar las conse
cuencias de semejante acaecimiento , &c.\ ¡Con qué arte
tan sublime Homero hace obrar á esta incomparable vir
tud! Parece que está dotado de una especie de adivina
cion. Cuando los ancianos han meditado profundamente
sobre las causas de la decadencia de los imperios , eg na
("«9)
tural que tengan el derecho de merecer la estimacion y:
deferencia acia sus opiniones. Ellos pueden imprimir á
la voluntad determinaciones mas juiciosas y exactas, pues
por el conocimiento de las cosas pasadas se hace uno árbi-
tro de lo por venir. El mismo Epicuro miraba la pruden
cia como el primer apoyo de la dicha del hombre sobre
la tierra.
La prudencia tiene de comun con el temor que am
bos son especiales principios de conservacion en los seres
débiles. Asi la vemos brillar menos en el atrevido gavilan
que en las tímidas aves de que él hace su presa. Del mis
mo modo el hombre que ha recibido de la naturaleza una
complexion débil suele ser el que mejor se sirve de la pru
dencia ; regula siempre su conducta en la ciencia práctica
de la vida por esta facultad, y combina todos los medios de
calvacion por una asociacion de ideas que ella le sugiere.
Aunque la facultad de la prudencia es muchas veces
nula en el salvage que arranca de raiz el arbol para co
gerle el fruto, es preciso sin embargo confesar que es sus
ceptible de una extraordinaria perfeccion en el seno de la
sociedad ; á ella debemos el arte de vestirnos para defen
dernos de I09 rigores del frio ; los bienes con que la fortuna
nos ha agraciado no se conservan sino por cuidados y
precauciones , cuyo conocimiento nos es importante. El
hombre civilizado se arma de la prudencia para burlar las
mudanzas imprevistas de su existencia. Ella es quien ha
causado cambios tan útiles en la construccion de las ca
sas , de los edificios , y dé todo lo que sirve á la comodi
dad de la vida. El hombre llega hasta á consultar á sus se
mejantes cuando los cree mas instruidos que él en los ac
cidentes que pueden causar turbacion en las funciones fí
sicas, y desarreglar su organizacion.
La prudencia es quien nos induce á conservar el
aprecio y consideracion , y sobre todo la benevolencia y
amistad de nuestros semejantes. Ella da á las costumbres
sociales la mas ventajosa direccion; ella ha inventado los
miramientos, prevenciones, y la urbanidad con que tra
tamos á todos los hombres con quienes entablamos comu
nicacion , porque deseamos que nuestros contemporá
í.Iao)
neos tengan interés en servirnos, y tememos faltar á aqué
llas que podrán algun dia usar de recriminacion contra
nosotros ó contra nuestros parientes.
Cuando la prudencia se dirige solo á nuestra seguri
dad personal , solo obtiene una mediana estimacion en la
opinion de I09 hombres, porque entonces está muy cer
cana al amor de sí mismos. Pero cuando sus resultados
tienen por objeto á todo un pueblo ó á toda una nacion,
se le tributan al valor los mas grandes elogios. De aqui
procede que el premio de la prudencia es infinito en la
sociedad ; y el que se sirve de ella en bien general , es un
ser precioso para sus conciudadanos qu^e le deben los
medios de su riqueza y de su prosperidad.
La prudencia es la virtud que mas inmediatamente
influye en la felicidad de la vida. En todas las sociedades
civilizadas se la invoca para dar curso á los mas vastos é
importantes proyectos. Una de las mas útiles instituciones
que se ha podido imaginar en un estado es sin disputa
la que retine al rededor del príncipe que gobierna un
cierto número de hombres dotados con particularidad del
don de la prudencia. Estos son unos espíritus que se pre
guntan , y cuyas recíprocas relaciones hacen redundar en
bien comun los frutos de la sabiduría y experiencia. Es
tos consejos privados no tienen el inconveniente de las
asambleas tumultuosas. En ellos cada uno mira y discute
con penetracion los puntos mas dificultosos que tocan á
la felicidad pública , y alli se profundizan todas las rela
ciones de una cuestion , y se deshacen .todos sus nudos con
tanta facilidad como ventaja.
Hay á la verdad hombres creados esencialmente para
hacer brillar la prudencia ; hay talentos que conciben,
combinan y valúan con rapidez todas las ideas; que cor
tan todas las dificultades; que se apoderan de la verdad
por todos sus lados, y que dirigen acia todos los objetos
miradas perspicaces y penetrantes; salen de su alma ra-
vos de luz que aclaran las discusiones mas importantes.
Estos hombres sirven mucho con grande eficacia á la pa
tria por la fecundidad de sus recursos, por la finura de
sus cálculos, y por la certeza de sus juicios. .
Pero no solo á los políticos se debe exigir la pruden
cia ; no hay profesion en el orden civil en donde á cada
momento no sea necesaria ; porque estimamos en poco á
aquel que no ha sabido prever las desgracias de una ar
riesgada empresa; que ha puesto indistintamente su oro ó
el de sus parientes en la incierta balanza de la fortuna;
que no ha sabido aprovecharse de sus favores; que se ha
equivocado en sus especulaciones de comercio, ó que ha
calculado mal los acaecimientos , 8cc. Y solo se perdona la
falta de prudencia cuando las calamidades que de esto re
sultan han sido causadas por un exceso de valor ó de
otra gran virtud.
La prudencia acompaña al hombre hasta en medio
de los combates. Considérese á un guerrero á quien esta
virtud hace invencible; el arte de dirigir la marcha de su
ejército supone en él multitud de ideas que ha debido
adquirir por profundos estudios, por una experiencia la
boriosa , y muchas veces por continuas desgracias. ¿Qué
arte particular no es necesario para imprimir á una gran
masa de hombres un poder que resulta de la subordina
cion y del deber? ¿Cuánta prudencia no se necesita para
someter y dirigir á su antojo á "esta multitud de pasiones
jóvenes y fogosas que deben obedecer á una señal? Son
otras tantas voluntades que se callan ó se confunden en
una. ¡Qué sabiduría para dar ó evitar el ataque; para coor
dinar el plan de defensa por no arriesgar sus batallones;
para elegir el lugar, dia, hora del combate; para distri
buir los destinos; para comunicar ó pasar las órdenes;
para animar el valor ; para reprimir la fogosidad , y con
tener el furor en sus justos limites; para fomentar ó mo
derar el entusiasmo; para no entrar sino al tiem|>0 con
teniente en una ciudad sitiada. 8cc.! Hasta la venganza ha
sido elevada á ser un arte por la prudencia entre los hom
bres civili/ados.
El hombre que se sirve con exceso de la prudencia
tiene una fisonomía que lo caracteriza; el aire de reserva
se echa de ver en su rostro, pero algunas veces deja de
ser franco: es en general discreto y taciturno, y jamas
se explica acerca de sus semejantes por no incurrir en
16
(laa)
«u adnimadversion; continuamente vive retirado y soli
tario, calculando su conducta y pesando sus acciones,
cuyas consecuencias y resultados valúa de antemano; no
se determina sino despues de profundas reflexiones; ob
serva, hasta aparecer minucioso, los hábitos y costumbres,
y es escrupuloso en los movimientos que se deben al
rango y nacimiento; teme usurpar el dominio ageno; ja
mas sale del círculo de sus obligaciones y deberes, ni en
tra en las conspiraciones ni guerras de partido; y en to
da alearía teme las funestas consecuencias que su tran
quilidad individual puede experimentar.
El que es prudente con extremo hace el papel de fas
tidioso, porque anuncia desgracias que no son creidas;
pues es cierto que no hay virtud de que no se abuse. La
prudencia nos hace económicos y avaros.
La prudencia es una facultad de que carecen los idio
tas y enagenados ; asi nos vemos en la precision de sepa
rarlos , y hasta de contenerlos por fuertes lazos para im
pedir el desorden é irregularidad de sus acciones. Un po
bre cretin colocado en una silla y expuesto á los rayos
del sol no sabrá libertarse de un par de coces de un ca
ballo, de los dientes de un perro rabioso, ni de la lluvia
que caiga repentinamente sobre su cabeza, &c. Necesita
que la prudencia de sus vecinos venga á preservarle del
peligro que le amenaza: la imprudencia que depende de la
alteracion de las facultades intelectuales no excita comun
mente mas que h piedad. Yo no sé hasta qué punto los
animales estan dotados de la prudencia ; pero podemos
decir que todos estan provistos en cierta manera de ella,
puesto que estan dominados por el instinto de conserva
cion. Cuando se oscurece el horizonte, y cuando las tem
pestades afligen á los mortales, las moscas se retiran á las
casas en donde van á perseguirlas las golondrinas. ¿Quién
creería que una cualidad tan superior como la prudencia
pudiese manifestarse en seres tan pequeños como las hor
migas? Pues es cierto que estos animales conocen á su mo
do la dependencia y relacion de las cosas ; que sacan con
secuencias de cuanto observan para seguridad y manteni
miento de su existencia, y tambien lo e6 que hay puntos
relativos á su conservacion, sobre los cuales la naturaleza
las ha hecho como racionales , y que no les falta lo necesa.i
rio cuando tratan de libertarse de la hambre ó de la incle
mencia de los elementos.
Cada ser animado sobre la tierra tiene su rango y sus
ventajas en el mundo ideal ó intelectual; el topo mismo
tiene, por decirlo así, el sentido de la prudencia : pregún
tese á los cazadores acerca de la de las liebres, conejas*
ciervos, &c. En estos animales es donde principalmente se
debe admirar la exquisita cualidad que llaman circuns
peccion , y que consiste en informarse de todo cuanto su
cede al rededor de sí mismos. Es un hecho repetido mil
veces por los observadores, que cuando los monos quieren
robar alguna habitacion colocan centinelas á la entrada, y
que pasan los frutos de uuos en otros á medida que los
van robando.
Un fenómeno no menos á propósito para excitar la
sorpresa de los naturalistas, es aquel instinto conservador
repartido entre todos los seres sensibles, con cuyo auxilio
«aben luchar tambien contra todo lo que es contrario á
su bien estar , ó á las necesidades de su organizacion. El
céle!>re profesor Mr. GeofFrois me ha comunicado un hecho
relativo á un castor vivo que habian traido al musco de
Historia natural de París. Una noche que el fiio era ex
cesivo, este industrioso animal se sirvió dtj enrejado de
su jaula como de un esqueleto, pai a hacer de él un muro
impenetrable con su arte digno de la prudencia mas con
sumada : empleó para este fin pedazos de zanahorias y al
gunas otras legumbres que le daban para comer. La natu
raleza tiene dos modos de advertir para instruir á los se
res animados, de lo que les es dañoso ó favorable, á saber,
el placer
Hastay los
el dolor.
animales que parecen ser los menos inteli

gentes hacen brillar uua prudencia que confunde de ad


miracion al fisiólogo observador. Tomemos por ejemplo
las marmotas que se complacen en habitar las inaccesil les
cimas de las montañas de la Saboya , forman sus habita
ciones en lo interior de las grutas desiertas, ó en midio
de las rocas agrestes y solitarias para sufrir en tilas du
( I24) .
rante el invierno su adormecimiento aletargado. Pero
en el momento en que se aleja la estacion del frio, se
dispiertan y reaniman en cierto modo con la naturaleza.
Nada es mas interesante que ver las marmotas madres
abandonar sus retiros al amanecer para ir á pacer la yer
ba y desenterrar las raices de los vegetales, mientras que
sus numerosos cachorrillos saludan al alba matutina con
«us repetidos juegos , y corren acá y allá por los céspedes.
Se les ve levantar de cuando en cuando la cabeza, y echar
«na vigilante ojeada sobre sus hijuelos para preservarlos
de peligros imprevistos. Las marmotas van muchas veces
en tropas á buscar su alimento en los bosques; allí en un
estado continuo de temor y desconfianza se advierten re
cíprocamente de los peligros que pueden amenazarlas. Al
menor ruido la primera que lo oye da en señal de fuga
un grito penetrante parecido á un silbido ordinario , el
cual se repite inmediatamente por cada uno de los demas
animales, que desaparecen en el mismo instante.
Cito este hecho, y pudiera alegar otros mil, porque no
hay insecto, por ruin y mezquino que parezca, que no es
té mas ó menos prevenido de este principio de la pruden
cia, como de una arma para su seguridad personal, de
esta facultad reguladora que le enseña á evitar todo lo
que es incompatible con su prosperidad individual. Asi,
pues, cada 6er de los de aqui abajo está, por decirlo asi,
confiado á sí mismo, y se informa de todas las circunstan
cias que pueden mantenerlo en un estado de bien estar
mas ó menos perfecto. Esta especie de ciencia innata se
desarrolla progresivamente con su organizacion, y ninguno
de ellos se ha abandonado á las mudanzas de la casualidad.
La prudencia es, pues, una guia que nos hace llegar á
todos los resultados en que consiste la perfeccion de que
nuestra naturaleza es capaz; entra como uno de los prin
cipales papeles en el plan de nuestra constitucion moral.
Pero los animales no se sirven de ella sino para defender
se y asegurarse de todo lo que es necesario para satisfacer
las necesidades del cuerpo: el hombre es solo á quien
pertenecía hacer de ella una virtud, dándola por objeto
especial la felicidad y la conservacion de sus semejantes.
(1*5)

CAPITULO X.

De la pereza.

¡Quién creería que la pereza es tambien una pasion!


Pues es cierto que hay sugetos para quienes es la mas vo
luptuosa de todas las necesidades. Son conocidas las deli
cias del far rúente de los pueblos del mcdiodia; en ellos
este placer supera á los demas. La mayor parte de los
hombres no podrian continuar con actividad sus tareas
hasta ponerse el sol , y asi descansan en la mitad del dia.
Y hasta los animales nos dan ejemplo de esta intermiten
cia de accion , la cual es uno de los mas placenteros esta
dos de la economía animal.
Lo que hace ver que la pereza es de grande interés
para el hombre es que todo el mundo aspira á gozarla , y
todas las agitaciones que se toman en la tierra son para
conseguir el descanso. Solo se trabaja para llegar al tér
mino deseado de nuestras fatigas ; y si no, examínese al la
borioso comerciante, al valeroso capitan, y al artista tan
celoso como infatigable : todos estan entretenidos con la
lisonjera satisfaccion del tiempo en que se verán , como
se dice vulgarmente, fuera de cuidados, y gozando de
una calma perfecta. No hay persona que no dirija sus
votos al momento afortunado de poder libertarse de to
dos los deberes importunos de la vida.
Hay tambicn una época en que el descanso es el úni
co bien que se desea : cuando hemos sido agitados mucho
tiempo por las borrascas de una vida activa y tumultuo
sa, buscamos un puerto en que ponernos al abrigo; y
cuando nuestros órganos estan debilitados por el movi
miento evitamos toda conmocion, huimos de toda sensa
cion violenta , suspiramos por el silencio de la naturaleza,
y contentémonos con el placer de vivir. Se goza de un en
canto indefinible en la vaga contemplacion de las cosas de

r
(i,6)
gügencia y á la quietud , formando asi el mas dulce estado
del alma desengañada.
El reposo del cuerpo nos parece tan deleitable solo
porque pone al alma en estado de gozar de sí misma:
¡tanto es el placer que ciertas ideas producen, particular
mente aquellas que proceden de un sentimiento afec
tuoso , ó de un recuerdo agradable.! ¡Cuan preciosos son
para el hombre los momentos que pasa en eu retiro tran
quilo en medio de los bosquecillos que el arte ha forma
do expresamente para él , y aquellos en que acostado so
bre céspedes olorosos se abandona bolgazanamente al
dulce atractivo de la meditacion! Apenas siente la fugiti
va pérdida del tiempo , sus fuerzas se complacen en esta
deliciosa languidez. Como el pastor de Virgilio, que acosta
do sobre la verde yerba á la puerta de su cabana vé tre
par sus cabrUlas por h6 empinadas rocas, mientras él pa
cífico y sosegado da rienda suelta á sus pensamientos en
su soledad, lejos del tumultuoso ruido de las cortes¿ allí se
encuentra su existencia deliciosamente balanceando; nin
guna distraccion le interesa; y si las aves con sus cánticos
le despiertan, el murmulloso ruido de un arroyo le vuel
ve á adormecer ; los frutos de la tierra maduran á su
lado, y los coge sin pena alguna. En los climas deJ me
diodia es donde puede el hombre enagenarse con tal feli
cidad; mas, repito, es preciso quese halle desengañado de
Jas frivolidades del mundo para conocer el mérito de una
situacion tan apacible.
Los discípulos de Epicuro conocian una especie de de
leite, que consistía en una calma absoluta y en una com
pleta abnegacion de todos los negocios de la vida , y su
maestro predicaba del mismo modo el placer del descanso
que el de la accion. Los sibaritas, cuyo nombre es céle
bre en la memoria de los hombres , habian desterrado de
su ciudad todas las artes ruidosas y todos los oficios mecá
nicos que podian turbar la tranquilidad de que gozaban;
pues para ellos el sueño era el bien supremo , y un pen
samiento, una sola idea les servia de peso, y se dormían
para olvidarlo todo.
Los orientales nos ofrecen hoy la misma escena : todo?
(ia7)
sus muebles estan adaptados á la dicha que proporciona
la pereza, pues sentarse, para ellos que estan de continuo
tendidos,
llevan carga
es una
alguna
cosa
, ymolesta;
apenas , nunca
segun lo
semejantes
ha notado
hombres
un fi

lósofo moderno, pueden arrastrarse á sí mismos. No hay


entre ellos uno que imite el valor ó industria de sus ve
cinos, y su vida es conducida sin alteración por una ciega
rutina.
Casi todos los viageros son testigos de la pereza que
reina en los lugares en que el hombre no ha experimen
tado todavía los beneficios de la civilizacion, Los salvagcs
miran el trabajo como uno de los mayores males de la vi
da, y no se oenpan en la labranza de los campos, sino
que la abandonan á sus mugeres que miran como á bes
tias de carga. Éstas, mientras ellos se mecen en sus hama
cas, labran, muelen el maiz para hacer una especie de tor
tas ó pan cocido en las cenizas , y cortan la leña con qne
abastecen la casa. Nunca van ellos á cazar sino obligados
por el hambre; no preven lo futuro, aman las sensacio
nes agradables, cora tal que no cuesten nada.
El fatalismo es un sistema que hace al hombre cons
tantemente ocioso, y enteramente inutil á sus semejantes;
esta es la opinion que mas ha influido en la pereza de los
pueblos. Muchos han creido que todo lo que existe y rodo
lo que sucede en la tierra es efecto de una absoluta nece
sidad , que nada podemos cambiar en el comun pero irre
vocable destino. Este pensamiento desconsolador paraliza
todas la fuerzas de la sociedad humana y llena el universo
de esclavos, pues el hombre no se atreve á oponer sus es
fuerzos á ninguna resistencia. .
Los perezosos quisieran que el tiempo fuese inmóvil
como ellos; no hay reloj en su habitacion; sus horas se
pasan con demasiada dicha para que se tomen la molestia
de contarlas. De aqui nace que prolongan sus noches co«
nao sos dias; y de aqui nace tambien que ejecutan con
tanta lentitud los actos mas comunes de la vida, y que
aun los quisieran abreviar ó evitar. Todas sus facultades
«in actividad los tienen en una especie de suplicio cuando
de ponerlas en ejercicio ; economizan sus moví
( «8 )
mientes, temen gastar sus fuerzas y prodigar su ser, sa
crifican hasta sus mas dulces placeres por no tomarse la
.molestia de buscarlos.
está £1
disfrutando;
hombre perezoso
el tiempo
noloanda
arrastra
aun en
áciala atrás
vida de
valién
que

dome de la expresión de Montaigne. Los ociosos de las


grandes ciudades se parecen la mayor parte á los discípu
los de Aristipo, que son los discípulos de Epicuro tendi
dos. Nuestros autores cómicc* exponen diariamente á los
ojos de la multitud innumerables ridiculeces de la avari
cia humana ; otro tanto pudieran hacer con la pereza.
Existia en otro tiempo en París un sugeto muy extrava
gante que tenia tanto placer en no hacer nada, que vién
dose precisado á trabajar para subsistir , trataba de ganar
en tres meses el dinero necesario para descansar otro tan
to. A la verdad era singular verle arrastrar un carretón, ó
llevar una banasta en sus hombros en ciertas épocas del
año , servir en una posada , 6cc. , para comprar asi su
tranquilidad por algunas semanas , y abandonarse en se
guida á la pereza, que era para él el mayor de los place
res. El paso siguiente no es menos curioso para la obser
vación. Hemos conocido un amable perezoso, el cual te
nia un amigo el mas íntimo, que llegó á un rango muy
elevado. «Espero, le dijo este último, que cuando esté en
mi destino os aprovechareis de mi crédito y me diréis lo
que deseáis, pues satisfaré vuestros deseos del mejor mo
do posible." El perezoso pidió algunos dias para pensar,
al cabo de los cuales todavía tomó un nuevo plazo: en
fin, una tarde que su poderoso protector le instaba para
que le dijese lo que queria : «yo quisiera , le respondió,
que obtuviéseis del rey una orden para que 6e suprimie
sen estas campanas importunas que hay cerca de mi casa,
y que me impiden dormir."
Hay perezosos que conocen tan poco el precio del
tiempo , que parece se saborean en cierto modo con su
pérdida. La mayor parte se entregan al juego cuando la
ociosidad pesa demasiado sobre su existencia. Otros vemos
que hablan siempre de cosas que piensan cumplir, y que
-hacen rodar en la cabeza mil proyectos. No encuentran
(I29)
dificultad en concebir una empresa; la tarea roas difícil"
para ellos es la de ponerla en ejecución. Casi todos los
dias son perdidos para hombres tan holgazanas, pues los
destinan á futilidades, á cuidados de tocador enteramente
supérfluos é insignificantes; y entre tanto dejan crecer la
maleza en los campos que heredaron de sus padres.
No jxxlemos menos de sentir una impresión dolorosa
al considerar las inevitables consecuencias de la pereza
en urft ciudad ó en un país. Donde quiera s? encuentran
ruinas y edificios derribados por el tiempo; jior donde
quiera hay tristes huellas de la destrucción; y hasta ve
mos con frecuencia formando un horroroso contraste la
mas lozana vegetación al lado de la incurable indolencia de
los habitantes. Un cuadro de esta naturaleza aflige las mi
radas del viagero por medio de los lxjsqueg de almendros,
limoneros y olivos de la Grecia. Alli es donde la pereza
ha deshonrado verdaderamente la especie humana.
La pereza depende muchas veces de una enfermedad
particular de la voluntad humana , que en el hombre es
tá sujeta á intervalos de actividad y de descanso. Este fe
nómeno se ha de ver principalmente en los melancólicos,
tibilidad
hipocondríacos,
nerviosa yestá
en mas
todosó los
menos
individuos
alteradacuya
por los
suscej»—
tra

bajos, el género de vida, la disposición hereditaria, las


penas del alma, 8cc. Conozco un literato dotado de un ta
lento que todo el mundo admira , pero que no ejercita
poderosamente su voluntad mas que los seis primero*
meses de cada año: al cabo de este tiempo esta facultad
de su espíritu cae en una completa nulidad , abandona
los trabajos que babia comenzado, detiénense sus empre
sas, no puede dar una sola orden en su casa , se hace in
capaz del menor esfuerzo : un entorpecimiento general
se apodera de él, del cual no encuentra medios de li
bertarse.
y noTiene
es mas
el que
almaelotro
estado
estado
apacible
que de
se un
tendría
filósofo
porque
pereza,
qui >

siese olvidar las vanidades del mundo, ó sustraerse del


ruido quimérico de la fama. Aqui debe teuer su lugar la
historia de Dcsyveteaux, discípulo de Epicuro; babia na-
( '3o )
cido cerca de la ciudad de Falesia, en uno de los mas her
mosos sitios de Normandia. Se le eligió para que fuese
preceptor del duque de Vandome , hijo de Enrique IV
con Gabriela de Estrces; pero la licencia de sus costum
bres hizo que lo echasen de la corte. Lejos de melancoli
zarse con esto , este singular sibarita se encerró en un jar-
din en donde pretendia pasar una vida enteramente pas
toral. Al fin de sus dias unió su suerte á la de una joven
música que lo dormia al son de sus acentos. Llegó* á ser
tan indolente, que no quería ni aun abrir las cartas que
le escribian. «La dicha se nos escapa, decia, porque nos
cuesta muchos cuidados obtenerla ; es preciso que tome
mos el descanso en la vida para no morir con algun pe
sar. Debemos huir del mundo antes de abandonarlo. Los
ratos de vagar y de descanso vuelven al hombre á sí mis
mo." La pereza , propiamente dicha , es un deleite pérfido,
y no solo es funesto al instinto de conservacion , sino que
también es contrario á nuestra felicidad, pues nos pone
bajo la dependencia del primer hombre industrioso que
tenga interés en subyugarnos, estrecha el círculo de la
vida de relacion , envilece el alma , y no le da mas que
viles inclinaciones. La pereza ha hecho recurrir á las ar
terías, engaños y rodeos que comprometen la dignidad
humana, en cuyo caso desaparecen el candor , la franque
za y rectitud de las relaciones sociales.
Ademas, la pereza conduce insensiblemente á la escla
vitud , que es la mas horrorosa de las calamidades. Por
que siendo la cultura y la perfeccion de las artes el fruto
natural del deseo que tenemos de mejorar nuestra condi
cion, el esclavo, siendo víctima de los males físicos, y es
tando privado de la alhagüeña perspectiva de un por ve
nir dichoso , no tiene ningun interés en aumentar ó en
perfeccionar su trabajo.
La pereza es el solo bien que le queda , y los rigores
que ella hace necesarios no dejan ver, aun cuando no ha
yan sido ejercidos por el capricho , mas que por una parte
un amo feroz ó brutal , y por otra una víctima sufrien-
envilecida. Ha tenido pues razon un filósofo en
que todas las pasiones relativas al interés privado
(«30
de nuestro sistema individual son ofensivas para la socie
dad, de la que el hombre es parte integrante, y hasta ul
trajan la virtud. La naturaleza no ha aislado nada sobre la
tierra , ni hay cosa que haya sido criada para existir soli
taria é independiente: todo está esencialmente coordina
do con su semejante, y todos los seres tienden á la socia
bilidad.
E1 reposo no es, pues, legítimo sino cuando ha sido ad
quirido por útiles y honrosos trabajos; y aun considerándo
lo fisiológicamente, resulta que el hombre no podria aban
donarse á la pereza sin oponerse al orden de la naturale
za. Es esencial á nuestra organizacion el renovar nuestros
movimientos físicos como nuestros pensamientos. Todo
pasa sin detenerse en el universo. Si lo presente pudiese
perpetuarse, nos sería tan insoportable como las estanca
das aguas de un lago. Para hacer vivir al alma es preciso
ocuparla : pues , como lo ha dicho un célebre pensador,
todo goce sobre la tierra es inseparable de una verdadera
accion.

CAPITULO
Del aburrimiento. XI.

El aburrimiento es una de las mas tristes prerogativas


del hombre civilizado; es una enfermiza disposicion de
nuestro ser, que nos conduce frecuentemente á la consun
cion ó á la muerte; es una especie de paralisis del alma
que succede á todas las agitaciones que mas se han ansia
do, y que ya no es facil renovar; en fin, es el estado mas
penoso de la economía animal, y no se encuentra un solo
aburrido que vacile en cambiar su aburrimiento por el
mas vivo dolor.
El que se halla consumido por el aburrimiento no sabe
definir qué es lo que siente: por lo regular es una inquie
tud que nos agovia, una languidez indefinible en el ejerci
cio de las funciones, una torpeza queencadena y adormece
nuestros miembros, una imposibilidad de reflexionar y de
l7-
(18*)
obrar, un disgusto invencible á todos los bienes y pla
ceres tic la \ida, una dificultad de vivir y gozar, &c. To
dos estos variadisimos síntomas dependen de la necesidad
de cambiar de situacion, y de sustituir sensaciones vivas á
otras demasiado débiles. . ..
El aburrimiento proviene de una multitud de causas,
y tiene mil senderos para introducirse en el sistema sensi
tiva Esta incómoda disposicion de nuestra alma succede
comunmente á la pérdida de los bienes que causan nues
tras delicias, á la separacion de los lugares á que se pro-
fp«a un sumo cariño, á la ausencia de las personas que
apreciamos, á la violenta coartacion de ciertos hábitos,
á la pérdida de la libertad , y á otros mil deseos engaña
dos o contrariados, 8cc. Hay ademas un fastidio particular
que ataca á las personas que aparecen del todo dichosas á
los ojos del vulgo, tales son los que estan hartos de goces,
estragados por los placeres, y á quienes disgustan las rea
lidades por andar corriendo sin cesar tras de las quime
ras , y que en vano tratan de agitar su vida por las fuer
tes impresiones. Los resultados trágicos de este aburri
miento son bien conocidos en ciertas épocas del año, y
sobre todo en el otoño.
De lo cual se infiere que el aburrimiento muda con
tinuamente de forma, y que, entre todos los males de que
la vida está agitada , no hay uno que esté esparcido con
mas universalidad. Y si no, recórranse todas las edades,
rangos, condiciones y lugares, y donde quiera se verá
que el mundo está lleno de gente que trata de librarse
de esta penosa sensacion: torios nuestros artes tienen por
objeto sacar al alma de este estado de apatía é insípida
languidez; de esto proviene el gusto general que manifes
tamos ácia los teatros, bailes, conciertos y otras diversio
nes que nacen de la necesidad de distraerse. Parece que el
sistema nervioso busca de continuo nuevas emociones,
pues no hay una sola pasion de que el hombre no se val
ga para proporcionárselas : hasta la tristeza y el dolor ha
ce servir á este intenta Su instinto le obliga á desear
aquello que puede excitar en él la simpatía , el amor , la
compasion y todos los seatimientos trágicos de que la natu-
(.33)
raleza humana es susceptible Los desastres que se fe coerN
.tan interesan su corazon enternecido, y parece que estre
chan sus vínculos con la tierra. Apenas han entrado los
niños en la vida de relacion , cuando se complacen ya en
escuchar la narracion de los acontecimientos desgraciados;
y aun muchas veces se recurre á este estratagema para
disipar sus primeras displicencias.
Añadamos cjue el ahurrimiento es tanto mas inevita-
hle cuanto que es el resultado diario ile nuestras relacio
nes sociales. No ohstante, vemos por ejemplo que cuando
se saca á alguno de la esfera de sus ideas favoritas para
ocuparlo en un objeto que le repugna siente este inso
portable tormento. El mismo que obra de un modo tan
molesto sobre su espíritu no siente el efecto que produce;
y bajo este punto de vista, los importunos estan siempre
al abrigo de este somnífero veneno, que comunica á todos
con sus empalagosas é insípidas conversaciones; y por eso
no perdonan á sus víctimas. Si en nuestra sociedad se pu
diese obrar con plena libertad , echaríamos de nuestro la
do á tales individuos con tanta violencia como á nuestros
rms encarnizados enemigos. Pero siguiendo nuestros usos
y costumbres, solo podemos librarnos de ellos ó con la fu
ga ó por medio del engaño.
El origen primitivo del aburrimiento nace sin disputa
en las sociedades grandes y civilizadas de la desigualdad
de los talentos y de las antipatías que producen , pues nos
diferenciamos tanto por nuestro entendimiento como por
las condiciones f¡sicas de nuestra organizacion. Hay almas
de alta gerarquía que no podrian acostumbrarse á re
laciones subalternas , y que se ponen por cima de los
otros hombres únicamente por el ascendiente de una su
perioridad moral ; estas deben constantemente alimentarse
en medio de los rayos que salen de los puntos mas eleva
dos del destino humano. El hombre se ve apoderado del
aburrimiento siempre que se trata de hacerle bajar de la
altura en que lo ha puesto la cultura y perfeccion de sus
facultades intelectuales.
Por otra parte, la variedad es una verdadera necesi
(i34)
cuyo objeto es lisonjearlos y conmoverlos; toda percep
cion llega á ser importuna si se la prolonga mucho tiem
po. El alma es una especie de hacha que necesita ser mo
vida de cuando en cuando; y nuestras pasiones, al modo
que nuestros deseos, deben cambiar de objeto y direccion.
No hay sobre la tierra satisfaccion alguna que no se debi
lite, y que pueda resistir á esta ley universal de los órganos
del sentimiento. Los mas vivos placeres pierden á cada ins
tante una parte de sus atractivos , y el encanto que habia
causado llega en fin á desvanecerse. El mas hermoso espec
táculo no encanta por mucho tiempo los ojos. La repeti
cion de los acentos musicales que tanto nos habian agrada
do en el principio los hace insípidos. Lo mismo sucede con
los perfumes y manjares mas exquisitos, pues parece que
no estamos hechos para sentir por mucho tiempo de Ja mis
ma manera. Las sensaciones son para nuestros órganos lo
que las actitudes para nuestros miembros, las cuales no se
pueden sostener siendo prolongadas, y la naturaleza mis
ma no se anima sino por la diversidad , y aparece muerta
en la monotonía.
Esta misma ley nos explica por qué los hombres que
estan habituados á discurrir muy largo rato, son casi siem
pre fastidiosos para los que los eseuchan. Asi una defensa
muy larga y un sermon en extremo difuso, fatigan pronto
]a atencion general , y causan en el auditorio una grande
impaciencia. Los franceses son quizá entre todos los pue
blos aquellos á quienes fatiga mas esta prolijidad , á causa
de su aversion natural á la continuacion de las mismas
impresiones. De aqui nace que los hombres que se re
putan por mas amables son los que cuentan con mayor
brevedad y concision. Lo que en la sociedad se llama
talento, no es mas que un pensamiento que brilla instan
táneamente como el .relámpago. La precision que hay de
aumentar el interés de un drama , de una tragedia , de un
discurso, depende sin duda alguna de la necesidad de mu
dar de sensacion , y de preservar nuestra alma de una fa
tigosa uniformidad.
Los fisiólogos han querido explicar el defecto de te
nor en los órganos, y de perseverancia en nuestras sensa
( i35 )
ciones, y aun se puede creer que depende en gran parte
de la debilidad radical de nuestra constitucion; porque
los seres débiles, como las rougeres y los niños, cuya fi
bra tiene poca consistencia , son tambien los mas expues
tos al aburrimiento, y los mas ansiosos de sensaciones nue
vas. Sin embargo, encuentran alivio dirigiendo su aten
cion acia otros objetos, á menos que no admitamos como
uno de nuestros mas célebres metafísicos en nuestro siste
ma intelectual una fibra nueva para cada sensacion, lo
cual es una suposicion inverosímil y sin ninguna prueba.
Sin embargo, por mucha que sea la variedad de nues
tros trabajos cuando se ha llegado al término de esta serie
de acciones que constituye el dia, tenemos necesidad
de que el silencio y las tinieblas vengan á echar un velo
sobre nuestros sentidos, y de que el sueño, restaurándolos
por el reposo, venga á ponerlos aptos para las ocupaciones
del dia siguiente. La naturaleza nos ha repartido una cier
ta suma de sensibilidad que es preciso economizar. Si por
evitar este estado en que se deja de sentir, y que se llama
aburrimiento, se apresura uno á gozar, se precipita con
mas rapidez acia él; pues el cansancio de los órganos pro
duce el mismo efecto que la falta de sensaciones.
El abuso en los goces tambien puede conducirnos á
un estado peor que el del aburrimiento, á un punto ex
tremado de degradacion y desgracia , que consiste en la
imposibilidad absoluta de sentir: entonces los sentidos pa
recen irrevocablemente cerrados á todos los objetos que
vienen á solicitarlos. Se encuentra uno separado de todos
los demas seres, sin relacion con ellos, sin lazos y sin afec
ciones; y esta penosa existencia llega á ser una carga in
soportable que no deja mas que el deseo de verse libre de
ella.
Este acto extraordinario es casi siempre el resultado
de un estado de enfermedad del cerebro : este hecho está
demostrado manifiestamente por la observacion de los fi
siólogos y médicos. El que resiste al instinto de conserva
cion está manifiestamente en un estado de delirio; su ra
zon se eclipsa en este crítico momento de la vida. Estamos
entregados en la tierra á la accion de una fuerza que nos
(.36)
obliga sin cesar á mantenernos, y cuando por efecto de
inauditas catástrofes esta facultad se deprava , nosotros de
bemos sufrir todas las funestas consecuencias de estos ex
travíos.
He preguntado muchas veces á los enfermos á quie
nes una inclinacion irresistible arrastra al suicidio. Parece
(jue esta idea fija tiene para ellos una esj>ecie de placer,
¿oii Como los viageros fatigados, que sienten de antemano
un gusto anticipado de la calma deseada que los espera, y
que se acuestan con delicias en la tumba donde debe cer
rarse para ellos la puerta de todas las sensaciones.
Hay tambien climas en que esta molesta disposicion
es mas comun que en otros; y hay lugares en que el abur
rimiento parece haber fijado mas particularmente su im
perio: la esperanza está abatida en estas desoladas regio
nes , en las cuales el nombre se complace en la melancolía
consuntiva que embota los deseos, hiela los afectos, mar
chita los mas dulces goces , y hace perder el encanto á la
virtud misma.
Es ciertamente para el hombre una desgracia haber
recibido del cielo el triste privilegio de observar y de
apreciar su propia existencia , porque esto es cabalmente
lo que se la hace insoportable. Cuando sus dias han sido
largos y diversamente agitados, cuando ha gustado de to
do en el banquete .de la vida, se recoge dentro de sí mismo,
y pierde los dos sentimientos mas preciosos de su ser, la cu
riosidad y la admiracion. No conoce la importancia que se
da á ciertas cosas, no toma parte en los cuidados ni en las
trabas que sé encuentran en una carrera activa. Su alma
ha perdido todas las necesidades, hasta la de la felicidad;
la uniformidad le agovia , el aburrimiento se apodera de
él , y trata naturalmente de dormirse en la situacion mis
ma en que este horroroso mal ha venido á sorprenderle.
La vida no es mas que un conjunto de apariencias
cpmo lo ha dicho un pensador profundo ; es un cuadro
que no se anima mas que por la ilusion de sus perspecti
vas, todo en ella está embellecido por el prisma inagota-
bje de nuestra imaginacion. Es preciso no ver las cosas
muy. dc¡ cerca , pues á la ignorancia de muchas de ellas
. (>37)
debemos con frecuencia nuestros mayores placeres. ¡Di
choso aquel que no fatiga su espíritu con temerarias in
vestigaciones , que respeta los impenetrables velos de que
la naturaleza ha cubierto sus maravillas, y se abandona
dulcemente á la voz bienhechora de sus internas inspira
ciones! ¡Dichoso el sabio que ha pasado su vida laboriosa
mente, cuyos efectos han hermoseado la vida, y que lle
gado al fin de una larga y gloriosa carrera sin aburrimien
to, al fin se somete valerosamente á su destino, se consue
la por la filosofía , y muere con seguridad entre sus re-
y esperanzas!

CAPITULO XII.

De la intemperancia.

Los mas grandes filósofos de la antigüedad han habla


do de los peligros de la intemperancia y de sus funestas
consecuencias en el sistema de nuestra conservacion. Solo
el hombre entre todos los seres animados abusa de sus ór
ganos digestivos, pues los animales tienen un instinto mas
seguro que les advierte y los guia: una poca de yerba ó
muy pocas hojas bastan al camello asiático. El buey se
modera en medio de los mas pingües pastos , y el águila, íé
pesar de su gran voracidad, no acaba su víctima si ha lle
gado á saciarse, y siempre se detiene á tiempo.
Solos los hombres civilizados se juntan en festines pa
pa excitarse y. provocarse mutuamente á todos los excesos'
de la intemperancia. En un pueblo que no está muy lejos*
del nuestro esperan que las mugeres se hayan levantado
de la mesa para circular las botellas llenas de un vino que
embriaga-
dados ponen para
el alma
reanimar
en plena
asi roa»
libertad
la alegría
, y para
de los
queconvi--
reine>

una completa licencia en 'sus Conversaciones. Semejante


convite es á la verdad un espectáculo poco agradable paraf
no
atractivo
extrangero
ninguno.
que viaja, y un filósofo
. .ano encuentra
.'. en él

18
(i38)
i Y quién creerla que existia en París una asociacion
que se gloriaba de ser intemperante, que celebraba sus
juntas, tenia su código, sus registros, sus ceremonias para
la admision, sus reglamentos, usos, fice.! No dejaba de pa
recerse á la academia de cocineros , de la cual hace men
cion Plutarco, que se habia formado en Egipto por la pro
teccion de Cleopatra bajo el pomposo título de inimi
tables. Yo mismo he auxiliado á muchos miembros de esta
moderna cofradía, porque eran acometidos de enfermeda
des graves en medio de los desarreglados y largos banque
tes con que fatigaban su ociosidad.
¡ Qué se ha hecho aquel tiempo en que se servia una
comida sin aparato en medio de un campo ó de una pra
dería , en donde se contentaban los hombres con un poco
de leche azucarada y algunas frutas cogidas en el arbol
mas cercano , en que unas pobres legumbres , la miel de
las abejas , ó un poco de pan no bien cocido hacían cal
mar el hambre del fatigado labrador, y en que se bebia
fraternalmente en la misma copa un poco de vino fresco!
Compárese esta vida económica con los suntuosos festines
de nuestros dias: véanse estos convidados que se reunen
con ceremonia á la manera de los soberbios atenienses; su
mesa está sobrecargada de producciones de todos los cli
mas; en ella se juntan las riquezas de la mar á las de la
tierra; y cada estacion les paga, por decirlo asi, sus tri
butos.
No es bastante estimular el gusto de nuestros incom
parables Epicuros; se quiere todavía mas, pues se trata de
deslumbrar su vista: en platos de oro y de plata se hace
ostentacion de cuanto hay de mas exquisito y deseado en
tre los hombres; sus saludos son alegres; cada cual indica
á su inmediato lo que puede lisonjear su capricho ó con
tentar sus antojos'; y aun recurren á la súplica para hacer
que se acepten manjares dañinos , ó por lo menos su-
pérnuos. i ; ' .¡ .! .
El pueblo mismo se atraca de sustancias perniciosas,
y donde quiera el hombre se presenta como un autómata
devorador al cual sacian para engañar , ó se le embriaga
para seducirle. La gente de mas baja esfera no podría pro
( i39 )
poner un matrimonio, una transacion, una venta, ó -
cluir un ajuste sin demostrarse por medio de un banquete
su mutua satisfaccion, ni sin hacer recíprocos votos con
el vaso en la mano á la salud de los contratantes. Nuestros
padres confirmaban sus tratados apagando su sed, y la
historia de los antiguos germanos asegura que no habia
entonces mas intrépidos bebedores.
Añadamos que por un impulso de los mas poderosos
de su instinto, el hombre se ve rara vez satisfecho de lo que
la naturaleza le ha repartido , y <jne por el contrario tra
ta sin cesar de corregir y mejorar sus dones. Ha recurrido
á los injertos para conseguir los frutos mas suculentos y
hacer la savia mas grata , ha perfeccionado el arte de mo
dificar los alimentos por medio del fuego, arte desconoci
do á los animales , y arte que ya exige en nuestros dias es
tudios y combinaciones sábias. Es preciso haber reflexio
nado mucho sobre los productos del globo para .emplear
con tino los condimentos, y disfrazar la amargura de cier
tos manjares para hacer con ellos á otros mucho mas sa
brosos; y últimamente es mucho el trabajo y tiempo que
debe haber costado el aprender á servirse de los mejores
ingredientes. Pero particularmente el cocinero europeo es
el que brilla en el arte de hacer estas maravillosas mezclas.
Ademas , es un fenómeno extraordinario en la especie
humana la inclinacion á la embriaguez , este delirio pa-
sagero, esta locura temporal que se busca para dar tre
guas á las melancolías largas, pues parece que la necesi
dad de turbarse es peculiar al hombre. De aqui nace que
violenta, por decirlo asi, cuantas sustancias estan á su dis
posicion para sacar de ellas licores espirituosos. El mismo
Baco se ha apropiado los dones de Ceres para hacer con
ellos cerbeza que deleita á todos los convidados. Los tárta
ros , que carecen de uva, hacen fermentar la leche , y ex
traen de ella el principio que embriaga y perturba agrada
blemente el ejercicio de la razon. Ponen otros pueblos en
contribucion la miel de las abejas. Casi todos los frutos
han sido empleados en el mismo uso: testigo el vino de
palmas de los indios. Las bebidas alcohólicas tienen tanto
atractivo, que los salvages de la Luisiana cambian las mas
18 :
hermosas pieles de sus corzos por ana pequena cantidad
de tafia. El turco se complace en turbarse ton los vapores
narcóticos del opio , y asi consigue desterrar el miedo de
su alma y redoblar su intrepidez. El humo del tabaco cau
sa las delicias de todos los habitantes de los paises fríos ; y
donde quiera el hombre trata de excitar sus órganos como
si estuviera precisado á consumir los pocos dias que la na
turaleza le reserva.
Nada hay sin embargo que abata mas nuestra condi
cion que el estado deplorable á que nos reduce el abuso
del vino y de los licores espirituosos. El que se abandona
á semejantes excesos se degrada de la dignidad humana»
pierde el juicio que debe guiarle en los negocios serios de
la vida, se hace inferior aun á los mas viles animales por
una alegría indecente y desordenada; por insensatos dis
cursos y revelaciones inoportunas llega á ofender á sus pa
rientes, y aun hasta dirigir sus ultrages cohtra lo mas san
to y religioso ., sus furores son frenéticos , y merece por fin
la risa de sus semejantes. Naturalmente nos inclinamos á
despreciar al hombre que no teme separarse, aunque no
*ea mas que un instante, de su razon, y solo las personas,
mas ínfimas del pueblo osan alegar embriaguez para ex
cusar les excesos de sus iras. Tambien se nota que el in
dividuo que vuelve en sí de tan vergonzoso letargo tie-
de el aire tan abatido como si saliese de un ataque epi
léptico; y si él pudiera conocerse bien en esta triste situa
cion, sin duda se avergonzaría de los trasportes á que se
habia abandonado.
Tales son las deplorables consecuencias de la intempe
rancia , y sin embargo esta pasion es la que mas encanta
.y arrastra al género humano: de lo cual se origina que
nuestro cerebro se exalta siempre que se trata de contar
los placeres de la mesa; y la vena de nuestros poetas se
inflama repentinamente por una pérfida bebida: el hom
bre es el único animal que se complace en celebrar de es
ta manera su inconstancia y sus excesos. Se han visto si
baritas opulento» que no podian comer si no los incitaban
á ello los acentos de una música encantadora.
¡Desgraciado el hombre que se apropia con inmodera
oion todo lo que lisonjea su sensualidad ! Solo un cuerpo
enfermo puede propasar los términos de la naturaleza. El
intemperante vejeta en una especie de estolidez que lo lle
va por grados insensibles á una muerte triste y dolorosa :
su alma está cerrada á los placeres; mil disgustos lo in
quietan, y su tiempo desaparece en las digestiones penosas
de un órgano que parece obedecer con repugnancia.
El que cree encontrar la dicha satisfaciendo comple
tamente sus deseos se engaña; porque, por mas que le ro
dee todo lo mas delicioso que la naturaleza ha producido,
y por mas que todo se multiplique y perfeccione para sa
tisfacer sus caprichos, siempre se le verá envidiar la vida
simple y frugal de un pobre aldeano. Y aun llegará un
tiempo en que pedirá.en vano goces á sus sentidos, y los
manjares mas exquisitos perderán para él su aroma y su
sabor. Todo es falso en los cortesanos y habitantes de las
grandes ciudades, hasta su apetito: tambien su sed es en
gañosa , y él es casi siempre insensible á las sensaciones
dulces que causan las delicias del laborioso habitante de
nuestros campos.
._. ¿Pues qué son los intemperantes á los ojos de los fisió
logos observadores? Unos seres que se hartan y se enca
minan ácia el aburrimiento consumiendo el don de la sen
sibilidad. Su corazon se halla vacío, y se deseca á medida
que se acercan al término de su carrera. Todos los anti
guos han hablado del delicioso jardin en que Epicuro ins
truía á sus discípulos , en el cual se lisonjeaba de fijar la.
primavera, y de realizar la quimera de la dicha; peto lle
gaba allí tambien la vejez con su triste comitiva. Puede
muy bien el hombre crearse nuevos tormentos, pero no
nuevos placeres. Epicuro no fue un sabio dichoso , pues
tuvo que luchar contra males inseparables de. una organi
zacion débil y valetudinaria. Filosofó toda su vida para no
llegar mas que al dolor.
Todo cautivaba el alma y encantaba la vista en esta
risueña morada , que se hubiera tenido mas bien por un
templo consagrado á Momo, que por la habitacion de un
sabio de la Grecia. Todo parecia disponer el espíritu a-
doctrinas licenciosas : el perfume de las flores , la excelen
cia de los frutos, la pureza de las fuentes que daban una
agua clara y cristalina, y por los exquisitos vinos que ser
vían para embriagarse, Epicuro parecia estar inspirado
por el dios de los sueños é ilusiones, y bajo cimborios de
hermosas y entretejidas enredaderas, y en medio de los
banquetes disertaba este precioso ingenio sobre las venta
jas de la vida privada, y sobre los efectos saludables de la
virtud; y allí es en donde una fogosa juventud aplaudialas
lecciones del muy indulgente filósofo: y muchas veces has
ta los cortesanos de Atenas venían á distraer la atencion, y
turbar la paz de una soledad destinada solamente á la me
ditacion y al estudio de la sabiduría.
Convenia sin duda que una doctrina, por la cual su
autor trataba de lisonjear los sentidos, se .enseñase en me
dio de objetos los mas propios para recrear la vista : asi es
que solo dejaba escuchar su elocuente voz en los lugares
en que los bienes del .cuerpo se encontraban, por decirlo
asi, junto á los del alma. Sus discípulos encantados respi
raban como él esta hermosa naturaleza .cuyas maravillas
les descubría, motivo por el que siempre lo recibian
con unánimes aclamaciones. Los mismos .estoicos, á pesar
de haberse declarado sus enemigos , no podían menos de
admirar la gracia de su lenguage, y la .sublimidad de al
gunas de sus máximas.
Pero, como ya lo he dicho , la facilidad no correspon
día á la seduccion de sus palabras : entretenía con presti
gios una multitud de hombres, cuyo orgullo debia humi
llarse y *us pasiones reprimirse, y embriagaba sus sentidos
puliendo su entendimiento. Su escuela se dirigía á las cla
ras contra la emulacion y contra las verdaderas luces. En
ella se miraba como una quimera la gloria que resulta de
las grandes y generosas acciones , y se movían dudas cri
minales sobre lo que hay mas religioso en el corazon
humano.
Se ha comparado en otro tiempo á los discípulos de
Epicuro á un conjunto de esclavos celebrando las fiestas
de Saturno, y fatigando á toda la gente sensata con su rui
dosa algazara. Sin embargo , solo por algun tiempo llega
ban á aligerar el peso de sus penas. El placer es como la
gloría, pues desaparece como una sombra delante de los
que Pero
le buscan.
si hay Nada
algunahay
filosofía
duradero
particular
aqui bajo
propia
sinopara
el dolor.
con

servar la dicha y la salud de los hombres, es 6in contra


diccion alguna la de Pitágoras. Este hombre grande tenia
las facultades mas eminentes para subyugar el espíritu de
sus numerosos oyentes, su imaginacion, su sensibilidad, y
todos los fuegos del entusiasmo. Era un sublime ingenio
de aquellos á quienes los dioses encargan el cuidado de
instruir á los demas, y á quienes confian . por decirlo asi,
el depósito de la sabiduría. La sana razon presidia los
dogmas que habia establecido, y sola la determinacion de
ciertas reglas dietéticas que él habia adoptado, prueba aun
cuan versado estaba en el conocimiento de la naturaleza:
habia dictado preceptos, de los cuales sacaron provecho
bueno los mas célebres médicos de la Grecia ; y ni el mis
mo Hipócrates ha dicho cosas mejores que él sobre el ré
gimen que conviene á la especie humana. Todas sus pro
hibiciones recaen sobre los alimentos, cuyas funestas con
secuencias habia demostrado la experiencia ; como por
ejemplo, habia prohibido la carne de los animales viejos,
los pescados aceitosos, las legumbres pesadas al estómago,
y otras muchas sustancias indigestas.
Pitágoras quería que el estado moral de sus discípulos
estuviese al abrigo de todos los contratiempos, lo cual le
habia determinado á desterrar de su higiene los jugos fer
mentados de los frutos y de los granos cereales; y como la
mayor pérdida que puede experimentar un filósofo es la
de la conciencia de sí mismo , despreciaba igualmente to
dos los licores que embriagan , y que producen desorden
en las funciones del cerebro. Las máximas de Pitágoras
forman un código de la mas pura moral fundada sobre
la moderacion. Este sabio debe considerarse como el pa
dre y creador de la verdadera filosofía : quiere que nues
tra alma luche contra todo lo que tiende á deprimirla, que
cobre horror á cuanto pueda inclinarla á cosas corrupti
bles , quiere tambien que la razon mande sobre nuestros
apetitos, y siempre se vale de la tempérancia para poner
('44)
por la misma temperancia hace que sus corazones resistan
á todas las tentativas del desaliento y de la desesperacion,
porque Pitágoras miraba como dignos de la cólera de
Dios á los que habian atentado contra sus dias para li
bertarse de las desgracias y de los golpes de la justicia
humana; pues decia que la vida es un puesto que no de
bemos abandonar sin licencia del que manda.
Se asegura que la doctrina de Pitágoras ha sido des
naturalizada por sus discípulos, y que bajo este aspecto
su autor ha experimentado la misma suerte que los pri
meros sabios de la antigüedad , y sus mas bellos dogmas
han sido obscurecidos. El solo sabia imprimirles un caracter
divino, y él solo sabia convertir en ritos religiosos las prácti
cas de abstinencia que juzgaba mas saludables para la con
servacion del género humano; imitaba á los sacerdotes de
Egipto, cuyas piadosas ceremonias no eran las mas veces
sino lecciones de templanza.
Creía Pitágoras que los hombres toman las costum
bres de I0s animales de que se alimentan , y por consi
guiente estaba convencido de que los jugos de las carnes
contribuían á robustecer la malignidad, y de que el vino
es contrario á la moderacion y pureza del alma. Miraba la
sobriedad como el mas seguro medio conservador , no solo
en los primeros años de la vida , sino tambien en los de la
mas avanzada edad. ¿Quién ignora que los hombres en
ayunas estan mas aptos para la meditacion, y que despues
de una gran comida se debilita el ingenio y se cubre de
espesas tinieblas? >'.
Este filósofo sensible y compasivo alwrrecia en la es
pecie humana la horrorosa tendencia á la destruccion , y
se oponía sin cesar al asesinato de los inocentes anima
les que se fian de nosotros en la tierra , y que tienen una
especie de alegría en servirnos; habia prohibido á sus dis
cípulos la caza, persuadido de que el hábito de derramar
sangre dispone al hombre á la crueldad. Queria que la.
debilidad encontrase su felicidad y proteccion á la som
bra de la filosofía. Se citaba con enternecimiento el dia en
que habia comprado peces vivos á la orilla del mar para
arrojarlos otra vez en el elemento que debia alimentarlos.
La naturaleza sola , decia , rige y gobierna todos los se
res que respiran; á ella y no á nosotros toca abreviar su
duracion : de modo que la doctrina de Pitágoras era en
cierto modo una emanacion de la beneBcencia general y
constante del Todopoderoso.
La vida de los pitagóricos era tan dulce como, tran
quila; su muerte llegaba sin sufrimiento alguno, y sin que
de ella hiciesen mucho caso , y la excelencia de su régi
men los ponía al abrigo de toda enfermedad. ¡ O dichosos
tiempos en que esta sacrosanta doctrina prosperaba! La
hora del amanecer era la de levantarse , y la de ponerse el
sol la de acostarse. Nada tenian que temer los animales
de parte de los hombres , y de este modo los dóciles bue
yes labraban afectuosamente una tierra que jamas se re
gaba con su sangre. Los ganados engordaban sin que pen
sase en ellos su asesino; para el lujo de una mesa se con
tentaban con los dones de Ceres. Y aun de estos se ser
vían con sobriedad , y los deseos de los iniciados eran tan
pocos como sus necesidades. Nada hay que estrague tanto
los apetitos de los órganos como las profusiones y prodi
galidades. El ser que mejor se conserva es el que gasta
menos muchas veces para su subsistencia. El arte de bien
vivir es el arte de abstenerse.
VISION FILOSÓFICA.

Conversacion de Epicuro con Pitágoras sobre la


templanza.

Prólogo histórico.

Preguntaba á Sócrates uno de sus discípulos: ¿es cier


to que conservamos en el otro mundo las ideas que he
mos concebido en este? Por lo menos es probable que nos
queden los recuerdos y ios afectos, le respondió su maes
tro ; y tambien es de creer que en un lugar destinado á
tan inefables recompensas, nos vuelvan los dioses la amis
tad , el amor maternal , la piedad Jilial , &c : porque
aseguro que no veo con qué otro género de felicidad po
drían indemnizarnos. El hombre despues de su muerte
queda libre del orgullo de la vanidad, de la ambicion, y
de todas las demas pasiones corruptoras que eran inse
parables de su naturaleza física ; pero los sentimientos de
la virtud permanecen eternos.
Sí : no hay duda en que aquellos que han amado so
bre la tierra tienen necesidad de creer que los dioses en
nada mudarán las relaciones de sus almas en un mundo
mas dichoso. T pues la virtud nos viene del cielo , allí la
19:
148 VISION
encontraremos despues de la muerte. Solo el origen del
crimen se agota; y tal es, si yo no me engaño, el destino
de los hombres. Libres las almas para siempre de la or
ganizacion material, tienen comunicaciones intelectuales
y morales de una extension inapreciable, gozan de la
facultad que recuerda To pasado , y se encuentran consti
tuidas de una manera que las permite conocer el bien
que han obrado en esta vida de tribulaciones y sufrimien
tos. Asi el autor de todas las cosas no lisonjea en vano al
corazon de los mortales con esperanzas interminables , y
reemplaza sin duda nuestros órganos corporales con un
conjunto de nuevas facultades. Libre ya el hombre de su
egoísmo conserva su inteligencia inmortal, pues solo fia
perdido su miseria separándose de la estrecha envoltura
del cuerpo, el cual se halla sujeto á muchos males, y
devorado por mil necesidades.
. . Mas allá del sepulcro reorganiza el Eterno d sus
criaturas , y la muerte es quien las vuelve á la vida rena
ciendo con formas tan sublimes como inalterables: se co
locan y coordinan con nueva armonia, en la cual re
cuerdan todavia su imperfeccion anterior. Todo se hace
por el poder único de aquel que tiene en sus manos las
leyes y condiciones de la existencia; y nosotros no ceñi
mos á este mundo frivolo mas que para merecer la in
mortalidad dichosa.
Todos los pueblos del universo han creído en la con
servacion de este estado moral de las personas despues de
la muerte. La persuasion en que vivimos de que las al
arrepentimiento,
mas de los muertos ha sienten
hecho que
afectos,
se imaginm
pesares,aquellos
y sobrediálo
todo .

gos de que se servian los sabios de la antigüedad para dar


mas vigor á su enseñanza; y siguiendo su ejemplo, he
querido hacer hablar dos ingenios del mas sublime orden,
F1L06ÓFICA. 149
y que han empuñado el cetro de la Jilosofia en épocas
muy diferentes. Supongo que Pitágoras y Epicuro se ha
bian encontrado en la eternidad , y que habian tenido
una conversacion , la cual voy á referir tal cual yo la he
creído oir en mi sueño filosófico. Permítaseme este artifi
cio. Zas mas sublimes cuestiones de la ciencia parece que
adquieren un nuevo interés cuando se Las hace sufrir la
Jiclicia discusion de hombres ilustres, cuya voz quisiéra
mos reanimar. Esta forma dramática da una expresion
mas viva á los afectos que se trota de inspirar , y á las
máximas que se quieren propalar.
Pitágoras y Epicuro se han dado á conocer en grado
eminente, tanto por el rango que ocuparon en su vida,
como por la influencia que ejercieron en las virtudes y vi
cios de sus contemporáneos. El primero puso los funda
mentos al bien público y general , y el segundo echó por
tierra las columnas del templo del saber. El uno fabricó
con eficacia el edificio de la felicidad política, uniendo la
religion al interés personal, señalando su origen en los
afectos morales. .El otro lisonjeaba las inclinaciones gro
seras de nuestro cuerpo, y no reprimía nada en el alma
de sus discípulos ; de modo que los enseñaba á dudar de
los dogmas mas útiles á la conservacion del género hu
mano, suministrando argumentos contra las verdades
eternas que los consagran , tratando siempre de debilitar
la certeza , que es el consuelo de todos los siglos ; y mas
vale ser ignorante que saber todo lo que él enseñaba. Pi
tágoras queria hacer á los hombres mejores, y Epicuro
pretendia hacerlos mas dichosos.
. \ . Pitágoras se mostraba humilde , silencioso y reserva
do; y seria cosa muy larga referir aquí todas las precio
sas cualidades de que estaba adornado y que su modestia
hermoseaba; pero sobre todo, estaba persuadido de que
1 5o VISION
lajilosofia es una ciencia divina , que es preciso alejarla
del vulgo que la profana. Epicuro al contrario admitia
d sus lecciones una gran concurrencia de oyentes ; hacia
sacrificios d la Gloria, y no hubo uno mas sensible que él
d los aplausos de la multitud: sus partidarios se aumen
taron por todas partes-, porque las pasiones, cuyas rien
das habia roto, tenian interés en sostenerle. La doc
trina de Pitágoras lleva consigo el sello de la creacion,
y la de Epicuro todo lo usurpa , hasta los sofismas se
ductores con que engalana sus disertaciones.
Elfilósofo de Crotona queria sustituir las ,alegrias in
telectuales á las físicas, y ti de Atenas seguia un cami
no opuesto, inmolándolo todo al placer de los sentidos-
El primero decia : absteneos si quereis vivir mejor; y el se
gundo absteneos para gozar mas. Este último tenia su
escuela en un jardin en medio de las fiestas y los juegos;
miraba el deleite como el único fin á que debiera diri
girse nuestra vida , como el primer bien de la naturaleza
humana , y como el medio que se adapta con mas efica*
cía á la duracion de nuestra .existencia. Es facil ver que
sus principales instrucciones estaban fundadas en el
egoísmo , y en el principio del amor de si mismo. La ma
yor parte de los que venian á escucharle eran hombres es
tragados por supérfluas sensualidades , ricos afeminados
que solo se servían de lasjlorcs para marchitarlas, ó víc
timas de una desarreglada conducta , que apenas se mos
traban en el teatro del mundo cuando bajaban con pre
cipitacion á la tumba por una anticipada vejez; y esta
doctrina se mantuvo por mucho tiempo entre los Atenien
ses, sin duda d causa de la dicha <lue prometia. Por lo
demas se cree que la ordinaria endeblez de la salud de
Epicuro habia influido en la naturaleza y eleccion de sus
dogmas; de modo que esta doctrina era el yo reducido á
FILOSÓFICA.
un ingenioso sistema. Se dejaba uno llevar casi insensi
blemente de aquel armónico lenguage , con el cual atraia
ácia sí el mundo civilizado', y cobraba uno con ansia
apego d las emociones que. inspiraba*
Pera Pitágoras tenia miras mas vastas y mas dignas
de los hombres que él quería instruir y perfeccionar : pen
saba con razon que toda moral que tiene por base los m-
tereses terrestres es esencialmente irreligiosa , que es preci
so amar la virtud por sí sola y no por los bienes que de
ella resultan ; debilitaba el cuerpo para dar mas fuerza
d la razon , y hacia consistir la dicha en una valerosa
abnegacion de todos los bienes de la vida ; y para sepa
rar á sus discípulos del seno de la tierra los ocupaba
principalmente en el estudio de la contemplacion del cie
lo ; pero como en un mundo en que tantos cuidados vul
gares nos abaten , el alma tiene necesidad de entregarse
ú la exaltacion t venia la música d imprimir en sus es/ í-
ritus el mas dulce y mas delicioso de todos los impulsos.
Se despertaban al ruido de una arrebatadora armonia , y
este hermoso arte venia tambien á hacerles descansar de
las fatigas de esta manera quitaba d la exis
tencia cuanto puede tener de impuro y material.
El mas grave de los males que los Epicureos han he
cho á la tierra es el de haberla hecho perder el temor de

los motivos ó recompensas pasageras; por lo cual no sin


razon se les negaba el titulo de sabios, y se les echaba en
cara lo mucho que se ocupaban del estudio de la física, y
el haber materializado en cierto modo lafiloso) ia. Al ver
los correr en tropel d los jardines de su maestro, se hubie-
i5a "VISION
los de Pitdgoras se podrian comparar á aquellos cenobitas
de nuestros dias , que destruyendo todo sentimiento frágil
de la existencia por un sentimiento puro é inmaterial^
que abjuran todas las alegrías migares del mundo por
jan
los encantos
de toda de
mancha
una naturaleza
terrenal perfeccionándose
celestial , y que separa
despo-

eternidad. Cinco años de silencio le servian de aprendiza


je de la circunspeccion y noviciado de la^filosofia; todo en
esta augusta institucion se referia á la templanza , y el
arte supremo de los iniciados consistia en saber contener
y dirigir el ímpetu de sus almas , y en dominar los vanos
deseos.
Pitdgoras fue el primero que imprimió una especie de
solemnidad al culto de los dioses, y que miró la filosofía
como el sacerdocio de la razon , y esto le habia determi
nado á dar sus lecciones en lo interior de los templos, en
los cuales reunia á los Crotonios para exhortarlos d la
modestia , y separarlos del lujo que los corrompia. Su elo
cuencia tenia algo de saardda y digno de los lugares d
donde iban apresuradamente d escucharle. Aparecia sin
embargo tan parco en sus discursos corno moderado en sus
acciones : sus sentencias brillaban como relámpagos , y se
explicaba con la concision de un oráculo. Las palabras
breves hieren y prenden en la imaginacion de los morta
les , pues parece que es una divinidad invisible quien las
dicta al que las pronuncia. El incorruptible Pitdgoras pa
recia que era conducido por un poder sobrenatural para
asegurar el triunfo de la virtud. Hizo bajar del cielo to
das las leyes con que agració á los hombres; probó que la
incredulidad era un sentimiento facticio, emanado del or-
gullo y de la corrupcion, y miraba la vida como un sueño
que es preciso encantar por la esperanza.
Lajilosofia es una especie de jurisprudencia moral
FILOSÓFICA. l53
mas poderosa que todos los gobiernos. Los vastos concep
tos de Pitágoras tuvieron la mas útil aplicacion en su»
contemporáneos; de modo que se podia decir que los dio
ses le habian cedido una porcion de su imperio , pues to
dos
gabalos
á intereses
sentir el de
encanto
la tierra
de su
desaparecian
irresistible elocuencia.
desde que lie-,
De

todas partes acudian para ponerse en relacion con es


te ingenio incomparable , para penetrarse de sus ideas
y llenarse en cierto modo de su sabiduria. Se creía uno
mejor y mas perfecto cuando se habia gozado de su con
versacion. Ademas , se hallaba en los actos de este refor
mador sin mancha, una paternal prevision que le señala
uno de los primeros lugares entre los bicnhccfiores del
género humano. Toda su habilidad política consistía en
inspirar lo que las leyes mandan ; su rectitud , sus altas
luces, la sublimidad de su moral, le concillaron el apre
cio y reconocimiento de los magistrados que le consulta
ban sobre negocios de política , y aun asistian d sus lec
ciones, aumentando con su presencia la magostad im
portante de su auditorio.
¿Quién podrá creer que aquel que habia causado la
dicha á tantos hombres, liaya llegado á sucumbir al
peso del infortunio y del dolor, y que haya andado er
rante de ciudad en ciudad para sustraerse á la mas in
justa persecucion ; que haya sido llenado de ultrages has
ta en los mismos lugares en los cuales se le habian eri
gido altares , y haya visto sus dogmas despreciados y sus
escuelas proscritas^ El destierro esperaba en el fin de
sus dias al que habia engrandecido la suerte de la hu
manidad , y consumido su vida en servicio de sus seme
jantes ; y el hombre que jamas tuvo cólera , y que había
hecho un sacramento de la amistad , fue víctima del re-
sentimiento y del odio. El pueblo insensato entregado á
ao
j54 VISION FILOSÓFICA,
su furor apagó aquella antorcha que tanto les habia
alumbrado. Los exactos pormenores de un jin tan triste
como deplorable se han perdido en la noche de los tiem
pos; y solo se cree que este bello ingenio fue inmolado en
un templo donde habia creido encontrar asilo ; y tambien
Se' sabe que sacrificó su cabeza con valor, y que el sobe
rano maestro del arte de vivir se mostró sublime en el ar
te de morir.
En cuanto á Epicuro sufrió cuantas amarguras hay
en la vida ; pero es preciso decir en elogio suyo que nun
ca fue mas admirable que en la hora de la muerte. Por
mas que sus innumerables amigos le preguntaban acerca
de sus dolores, sufocaba los suspiros , y no proferia gemido
alguno. Su alma estaba tranquila aun cuando su cuerpo
era victima de tas mas crueles conmociones. Leusipo y De-
mócrito le habian engañado de tal suerte por sus ingenio-
Sos sistemas, que discurria sobre el deleite y hablaba sin ce
sar de las ventajas de una salud regular, cuando los mas
famosos médicos de Menas disertaban sobre la gravedad
de su mal. Oponia diques á la muerte que lo arrebata
ba ; inventaba fuerzas para explicar las maravillas de la
naturaleza; pero en medio de todas sus suposiciones nada
había real Juera de sus sufrimientos , y en vano entrele-
nia á sus discípulos con los fundamentos de la verdadera
felicidad, puesto que esta no se encuentra entre los mor
tales. Es facil soñar existe sobre la tierra; pero solo en
los cielos es en donde se consigue.
CONVERSACION
. i i -

DE EPÍGURO CON PITÁGORAS>

ACERCA DE LA TEMPLANZA.
——^ . . ii

El éxtasis se parece algunas veces á los sueños que los


dioses envian por la noche al cerebro de los mortales, cu
yos maravillosos fenómenos no son por lo regular mas
que el resultado de una atencion muy concentrada. Pitá—
goras ha conocido muy bien este estado fisiológico del alma
á que nos conduce el poder de la meditacion. Nuestros
miembros estan inmóviles como si un sueño invencible
estuviese apoderado de ellos: vivimos en una completa
abstraccion de las cosas de la tierra, y en esta extraña si
tuacion nos imaginamos ver los manes de aquellos cuya
reputacion apreciamos, que atraviesan los aires y vienen
errantes ácia, nosotros. Su aparicion nos afecta como si es
tuviésemos en el mundo visible. Empero nuestros ojos
estan cerrados y nuestras manos no podrian tocarlos, pues
«e escapan entren el alma y los órganos que sirven de
puerta á las sensaciones vulgares. Creemos tocar figuras
aereas^ y oír que nos comanicart .su voluntad , supuesto
que nos penetramos de sus advertencias, y en la ilusion
que nos encanta creemos hasta escuchar sus palabras. Es
te era mi' estado una noche de las que yo me entregaba
ao:
l56 CONVERSACION
sin violencia ni interrupcion al ardiente placer de mis
prolongadas reflexiones. Epicuro y Pitágoras estaban en
mi presencia; estos dos sublimes personages se habian
encontrado. El diálogo que reproduzco es el que pasó en
tre los dos, y de esta manera se entretuvieron duran
te aquella vision extática en un lugar en donde no hay
errores ni preocupaciones ; en donde el hombre no tie
ne necesidades, deseos ni temores; en donde el espíritu
se eleva sin esfuerzo hasta la primera causa de las cosas
humanas, y en donde todo descansa en la perfeccion
moral entre la inocencia y la verdad.
Epicuho.
¡Loor á Pitágoras; respeto sea tributado al intérprete
de los dioses ; honor al modelo de los sabios ; amor al le
gislador filantrópico! Yo gozaré del encanto que vuestra
palabra inspira, y podré oir de vuestra elocuente boca
algunas de las máximas sagradas que tanto han contribui
do á la felicidad y conservacion de los pueblos. Yo tam
bien he sido filósofo en el otro mundo, y aunque no se
guía vuestra senda , los dos hemos pasado por la tumba.
Pero ya estamos en la morada en que nos es preciso dar
al olvido todas las vanas desavenencias de la tierra. Aquí
perece el furor del aborrecimiento , y se acaban las ri
validades. Reconcilíense nuestros manes, que yo abjuro á
vuestros pies una doctrina que os ofende , y de la cual
me han desengañado mis reflexiones.
PitiCgoras.
Reconozco y abrazo á Epicuro, y me complazco en
ver llegar á estos lugares al predicador del deleite, y ar
quitecto de la vida feliz: su brillante fama ha llegado ha
ce mucho tiempo hasta mí; pero me admiro que mis
máximas hayan podido merecer su estimacion , porque
jamas hubo doctrina mas opuesta á la suya que la mía.
de Epicüro con Pitágobas. i 57
• E PIC URO. .'
Mi filosofía os parece sin duda reprensible, pero se
puede errar sin ser culpable. Yo vivia en un mundo en
que las pasiones se disputan al hombre como una presa,
y en que los ojos no son sino instrumentos ilusorios : yo
he seguido la inclinacion de mis sentidos, y la misma na
turaleza me ha descarriado. A vos solo era dado ¡oh Pitá—
goras! el penetrar los misterios de la Providencia, y el ha
ber sido iniciado desde la infancia en los supremos desig
nios de nuestro Criador.
PlTÁGOR AS.
Guardaos de creer, querido Epicuro mio, que yo in
tente vituperar vuestra conducta. ¿No sois vos quien ha
pervertido la Grecia con el escándalo de vuestra vida pri
vada? Vuestros discípulos son los que han deducido de
vuestros raciocinios perniciosas consecuencias; el insensa
to abuso que han hecho de vuestros dogmas es quien ha
calumniado vuestra enseñanza. ¿Quién puede ignorar que
habeis vivido como un sabio? ¿Y quién no sabe que ha
beis dejado la tierra con el valor de un estoico?
» Epicuro.
Venerable Pitágoras, vuestra generosidad me confun
de; y aunque es cierto que mis intenciones eran puras,
lo es tambien que no se deben juzgar las doctrinas filosó
ficas por las intenciones, sino por los resultados; y en este
caso yo he enseñado un vano sistema, y vos la verdadera
teoría de la dicha. La época en que aparecisteis en el
mundo debe ser ciertamente consagrada como una de las
revoluciones que mas honran al entendimiento humano.
Pero ¿por qué fatalidad las generaciones que intentabais
instruir han llenado de sombras y ambigüedades la impor
tancia de vuestros preceptos? ¿por qué han datado de
deslucir esta gloria inmortal con cuentos fabulosos y fal
l58 ". CONVERSACION
«as exposiciones? ¿de qué sirve la fama si la posteridad
la desfigura? . .'"
PlTÁGORAS.
La posteridad no siempre es justa con los filósofos,
pues; vitupera lo que no puede entender. He vivido bajo
la dominacion de los tiranos, y me he visto precisado á
ocultar mis dogmas bajo un velo que los pusiese á cubier
to de las malignas interpretaciones de un vulgo denuncia
dor: lie recurrido á los símbolos, que son la primera len
gua de las religiones perseguidas; y como la multitud abu*
sa de todo, yo no be querido que penetrase demasiado
los misterios de mi doctrina; pero los dioses saben que ja
mas be engañado á los pueblos que se han entregado á
mi cuidado. ¡Oh mi amigo Epicuro! ¿quién mejor que vos
ha podido convencerse de que las lecciones de la sabidu
ría se desnaturalizan en los corazones corrompidos? Pues
os aseguro que estaba tan vivamente penetrado de esta
máxima , que exigía un sin número de pruebas á aque
llos que aspiraban al conocimiento de mis dogmas, y solo
superando algunos obstáculos despues de haber esperado
algun tiempo llegaban á una completa iniciacion. Es cosa
natural al instinto del hombre cobrar mayor apego á las
verdades cuya adquisicion ha costado mayores sacrificios.
Por otra parte , en la época en que yo enseñaba las ver
dades de las ciencias estaban en las manos" de un corto
número de hombres , y teníamos cuidado de ocultarlas
como tesoros.
Epicuro. .
.' [Sublime é incomparable institucion! á ella se deben
las mas sabias leyes que han gobernado el universo. La
Italia se ha visto encantada por las hermosas ciencias que
á ella habeis llevado , y los griegos seguian la antorcha
que los habia abandonado. Platon fue deudor á vuestra
DE ElMCGKO CON PlTÁGORAS. l5o,
escuela de los conocimientos físicos en que fundó los mas
seductores sistemas, y vuestros discípulos son tambien los
que inspiraron cuanto ha anunciado de ingenioso acerca
de la economía general del mundo, y acerca de la forma
cion del universo. ¿Qué se han he^lio los semillas de la sa
grada doctrina? ¿y cómo han podido los hombres perder
la memoria de vuestros beneficios?
PlTÁGORAS.
Cuando fundé mi doctiina no tenia ni el orgullo ni
la pretension de creer que se baria eterna entre los hom
bres. ¿Qué legislador hay que pueda resistir á la prueba
de los siglos? ¿y quién ignora que las vicisitudes de la
fortuna hacen tambien sus estragos en las instituciones
mejor establecidas? La inconstancia es una enfermedad
humana. Los pueblos desean ser servidos siempre de dis
tinto modo , y los filósofos se suceden unos á otros en el
teatro del mundo engañando constantemente á la multi
tud con nuevas hipótesis. Pero á pesar de todo nueve ge
neraciones han guardado fieles el depósito que yo les ha
bía confiado; largo reinado á la verdad, que me consuela
un poco de los vanos ataques de los sofistas, y de los sar
casmos de su malignidad.
Epicübo.
Es cierto que las costumbres cambian en un mundo
en que todo está en continuo movimiento como la super
ficie del mar ; pues constantemente vemos á los hombres
arrastrados por hábitos diversos , y cada dia un nuevo
idolo obtiene sus inciensos. Muchas veces las mismas ver
dades presentadas de otro modo cautivan su admiracion , y
llegan hasta hacerse enteramente incapaces de apreciar la
acciones de los que les han precedido mucho tiempo an
tes en la carrera de la vida. Consolaos, pues, inmortal Pi-
tágoras; vuestro nombre será siempre venerado en la tier
I ÓO CONVERSACION
ra donde vuestra moral es bendecida, respetada vuestra
gloria , y compadecidas vuestras desgracias.
PlTÁGORAS.
¿Os han contado acaso las persecuciones que he sufri
do bajo el reinado funfsto de Policrato , cuyos extravíos
ruego al Dios del universo sean perdonados? Ni su injus
ticia ni sus ofensas han dejado vestigio alguno en mi al
ma; y no os quiero importunar, mi querido Epicuro, con
la historia de los males que me han afligido. Debí los pri
meros documentos de la sabiduría á los venerados sacer
dotes de la ilustrada Egipto ; sus sublimes conversaciones
habian iluminado mi alma , pues yo habia nacido bajo los
auspicios de Apolo, y la mas augusta de todas las religio
nes habia guiado mis primeros pasos por la senda de la fi
losofía. El deseo de saber no me consentía reposo alguno.
Yo dehia á los dioses esta insaciable curiosidad que incli
naba mi atencion acia los objetos misteriosos de todas las
ciencias; cifraba mi dicha en frecuentar los magos, pontí
fices y legisladores; y junto á ellos iba á estudiar el arte
de moderar mis pasiones , y de contener el ímpetu de mi
juventud. Despues de una ausencia que sirvió de algún
fruto á mi instruccion me volví á Samos, en donde ya
no hallé á mi patria. Vime, pues, precisado á abandonar
una tierra que la esclavitud deshonraba, pues esta corte
voluptuosa en cuyo seno vivía, me ponía en la precision
de luchar contra una nube de esclavos pagados, cuyas cu
riosas miradas me seguian por todas partes. Mientras tan
to ¡cosa increíble parece! Anacreonte contribuía á cor
romper el corazon del tirano con los dulces acentos de Ja
lira haciendo la apología del desenfreno, y preconizando
la intemperancia. La depravacion era universal, pues no
habia esquina alguna en la ciudad donde no se encontra
sen bufones; de modo que los habitantes de Samos eran
de Epicüro coíí Pitágoras. r6i
los griegos mas entregados á placeres sensuales. Policrato
alejaba de sí todo censor austero de sus desarreglos, y so
lo estaba rodeado de aduladores. Sus hazañas militares y sus
afortunados crímenes eran celebrados por los poetas , y
consagrados en monumentos. La fortuna aumentaba cada
dia mas su audacia; pero su caida fue tan rápida como lo
habia sido su elevacion, pues lo esperaba un suplicio
horrendo fuera de su imperio.
Epiguio.
Policrato habia merecido su triste suerte , porque ha
bía sido el azote de sus vasallos por su tiranía y desenfre
no. Pero vos, sabio y generoso Pitágoras, ¿qué mal habiais
cometido para morir á manos de los ingratos? ' .' «
i Pitágoras.
El pueblo, como lo sabeis, es inconstante con sus ído
los. Yo he bebido como otros muchos el cáliz de las amar—'
guras humanas; pero todo lo he perdonado; porque los
filósofos son en la tierra los enviados de los dioses, y de
ben aceptar su mensage con todas las tribulaciones que
le acompañan.' ' .i
i i ; Epicuro.v
- Vuestro valor merece toda mi admiracion; pero la ex
celencia de vuestra doctrina excita mi curiosidad, y las
máximas de vuestra moral producen en mí el mismo efecto
que los discursos de los dioses. Habeis llevado la palma en
el saber y prudencia en competencia con todos los filóso
fos que os han succedido; pero os suplico me digais por
qué extraordinaria jurisprudencia habeis conservado tan
ta gloria y- tan gran! nombre. Descubridme aquellas reglas
austeras que hicieron renacei1 entre los hombres el amor y
reverencia á la virtud: manifestad me los sublimes moti
vos
la justicia,
que lucieron
la. beneficencia
brillar entre
, el vigor,
los Crotonios
la frugalidad,
la buena
la ino-
fe,!

%l
l6a COKTEBSACION
cencía de costumbres, el fervor por la religion, y el res
peto á la verdad.
PlTÁGORAS.
Cuando abandoné la Grecia para buscar asilo bajo el
hermoso cielo de la Italia, no encontré en esta region nías
que pueblos vencidos que olvidaban sus derrotas en me
dio de los mas vergonzosos desarreglos: que honraban el
vicio, y toleraban toda clase de desórdenes. Hice los ma
yores esfuerzos para hacer volver en sí á una multitud
ciega que babia perdido el instinto de su conservacion , y
que por otra parte vivia bajo un clima que inspira indo
lencia , la cual pedia vigorosas instituciones. Mi primer
cuidado fue imprimir en los ánimos un generoso impulso
ácia todos los actos virtuosos de la vida. Promulgué leyes
para detener con eficacia los descarríos criminales de la
voluntad humana; pero sobre todo inspiré á mis discípu
los gustos por la existencia intelectual , la cual desde en
tonces vino á ser para ellos una fuente inagotable de ver
daderos placeres. Les enseñé igualmente á ser dichosos
por la eleccion de sus acciones, y por la moderacion de
sus deseos. El hombre ha sido criado para el deleite tan
solo de su espíritu , y asi es preciso debilitar su organiza
cion material para quitarle el poder de ser malvada
Epioüro.
1 . Luego, segun vuestro modo de pensar, el hombre es
esclavo nato de sí mismo, y solo existe en la tierra para
violentarse : su vida entera es una cadena de privaciones,
una educacion que se prolonga por una serie de deberes
mas ó menos gravosos. ¿Ha sido criado acaso el hombre
para despreciar los dones de la naturaleza ? ¿Viene solo, á
a tierra para cojer frutos amargos? Pues ¿para quién son
las flores que los dioses hacen crecer entre los pies de los
mortales? Yo siempre he pensado que se complacía á la
de Epicuro con Pitágoras. 1 63
Providencia abandonándose con docilidad á las diversas
inclinaciones que ella nos sugiere, puesto que nuestros de
seos proceden de sus leyes, y nuestras necesidades de sus
inspiraciones.
PitXgoras.
¡ Ah mi querido Epicuro ! Con estos principios habeis
hecho sin quererlo mucho mal á la ciudad de Atenas; es
te es cabalmente el modo con que se expresaba en sus dias
Anacreonte y todos los amantes de la sensualidad, cuando
corrompían á mis conciudadanos.
Epicuro. .
La vida es un banquete en el cual cada uno puede
tomar la parte que le cabe de alegría y felicidad.
Pitígobas.
La vida es un concierto destinado ¿ celebrar la eterna
beneficencia de un Dios criador. El hombre intelectual eí
una porcion de la razon divina, movida por órganos frá
giles que deben aprender á resistir. Mil disgustos esperan
al que agota la copa del placer, y solo un filósofo tem-t
piado es quien goza de las satisfacciones del alma, pues los
excesos del cuerpo dañan á la meditacion. He meditado
mucho tiempo sobre la felicidad de I09 pueblos, y solo he
encontrado un medio de perfeccionarlos y de hacerlos mas
dignos del fin para que son destinados, y es el de enfre
nar sus pasiones y disminuir la suma de sus necesidades.
Pero vos, imprudente Epicuro, habeis tenido al mundo por
un festin , y no ha tardado mucho la noche en succeder á
vuestras mayores algazaras; pues la muerte tenia suspensa
su guadaña por cima de vuestras tumultuosas concurren
cias, y segaba á vuestros discípulos en medio misino de
las rosas de su primavera.
Epicuro.
¿Con que vos tambien, divino filósofo, participais del
l66 CONVERSACION
PlTÁGORAS.
Vuestras máximas son seductoras; pero no se derivan
de una fuente muy pura, pues que vuestros discípulos lo
han aprendido todo, menos el arte de contener sus pasio
nes. La sabiduría y la templanza no se aprenden en me
dio de las fiestas: bien habeis visto, mi querido Epicuro,
millares de insectos agitarse y fatigar el espacio con un
ruido vano; pues á estos insectos se parecen los hombres
arrastrados por el deleite cuando se les contempla de lo
alto de los cielos.
Epicuro.
Solo defiendo mi moral y os abandono mis sistemas,
porque yo vivia con los hombres y participaba de todas
sus debilidades. Pero esto es hablaros demasiado de mí, mi
querido Pitágoras: volvamos á vuestros dogmas, y conti
nuad en instruirme en los grandes misterios de que ha
beis llenado el alma de vuestros discípulos. Os suplico
me digais qué secreto motivo os hizo pronunciar una pro
hibicion tan rigurosa como la de las carnes. Semejante
precepto no puede ser admitido por la organizacion hu
mana ; y para dominar la humanidad es preciso obedecer
á la naturaleza.
PitXgoras.
No me son desconocidas las muchas bufonadas que
han prodigado el vulgo y los esclavos de la sensualidad á
este dogma particular de mi escuela; pero á la verdad se
ha anunciado esta prohibicion en sentido muy absoluto, y
mi ánimo solo ha sido que se moderase el uso de las car
nés de los animales, y son muy poderosos los motivos qué
me han hecho formar esta regla de higiene pública. El.
hombre en la tierra se complace esencialmente en la des
truccion , y encuentra su placer en hacer correr la sangre
de las víctimas, y aun hace con ellas homenage á los dio- .
de Epicuro con Pitágoras. 167
ses, que repugnan semejante ofrenda. En el tiempo en que
dicté este precepto habia pueblos cuyas fiestas eran presi
didas por la muerte, y para quienes los sacrificios eran
un espectáculo alhagüeño. Quise abolir ó templar al me
nos estas monstruosas inclinaciones, cuyo funesto germen
habia arraigado tan profundamente en el corazon huma
no. Y como por otra parte mi doctrina tenia tambien por
objeto proporcionar á mis discípulos una vida larga y
exenta de tempestades, desterré de su régimen todo cuan
to podia dañar á la armonía He la salud, por lo cual pro
hibi el valerse del pérfido arte de los cocineros de Siracu-
8a. Entonces se ignoraba el medio de refinar las delicias
de la mesa, y el de dar á los manjares un sabor mas fuer
te y exquisito; ni se conocia ninguna de las ingeniosas
combinaciones que embotan los sentidos. La leche de nues
tros ganados bastaba á satisfacernos. La miel de Sicilia es
suave y aromática, y nosotros habíamos olvidado la del
monte Himeto. Es locura creer que la naturaleza no haya
concedido á los frutos las cualidades que su liberalidad
dispensa. Nosotros nos servíamos de alimentos que estaban
en toda su sencillez; y en ningun tiempo mis discípulos
han hecho la guerra á los tímidos conejos de las selvas, ni
en época alguna se ha visto á un pitagórico lanzar una fle
cha al aire para hacer caer á sus pies una presa palpitan
te , ni engañar á los moradores del agua con un pérfido
anzuelo , y hasta rehusamos los atributos del mar; y creí
que era barbarie quitar sus huevos á tantas aves que el
cielo nos envía para que sean nuestros compañeros en la
vida. Tampoco teníamos esclavos de Etiopia que nos sir
viesen, y toda nuestra ciencia económica consistia en in
formarnos bien del tiempo y estacion en que nuestras ver
duras, frutos y legumbres estarían mas sabrosos y sazo
nados ; y en no ignorar las circunstancias en que podrian
l6S CONVERSACION
perjudicar á nuestra salud. Pero sobre todo tuve cuidadot
de desterrar de las sencillas mesas de mis discípulos los
licores fermentados y vinos generosos que hacen entrar al
alina en una inmoderada alegría; y el agua pura y crista
lina cual sale de una fuente bastaba á moderar nuestra
sed. El régimen de los atletas no conviene á los filósofos.
La sobriedad da salud al espíritu y vigor al cuerpo, y el
que vive con sobriedad llega al fin á conocerse bien ; pues
para entregarse á las delicias de uu sueño tranquilo es
necesario estar sobre la mar en calma.
Epioüro.
Desear ó aborrecer, perseguir ó evitar es á mi parecer;
el destino de los hombres, y por estos actos se conserva.
Bajo este aspecto, la templanza es sin contradicción la mas
útil de las virtudes terrestres; pero no tiene únicamente
por objeto defender al hombre contra las enfermedades
de su naturaleza física, porque los males del cuerpo son
uada en comparacion de los del alma. El hombre como
ser sensible tiene una constante relacion con sus semejan
tes y con el universo. Las pasiones, sabio Pitágoras, se
parecen á las cuerdas de vuestra lira, que no producen
sonidos armónicos mas que cuando se las excita ó distien
de, conforme á las reglas que tan ingeniosamente habeis
establecido; - . . * :" '. 1 * 1
i Pitágoras.
. Es cierto, mi querido Epicuro, que la templanza no
es solamente el arte de circunscribir sus deseos con res
pecto á las cosas de la tierra que sirven para conservar la
organizacion del hombre: es la moderacion aplicada á to
dos los actos morales de la vida; es el arte de imprimir al
alma solo los impulsos conservadores que la dirigen ácia
la verdadera felicidad. La templanza influye en todas las
relaciones, comprende todos las virtudes, reune por sí sola
de Encuito con Pitágoras. X69
todos los atributos de la prudencia y saber humanos, en
seña
los bienes
á los que
mortales
la naturaleza
á servirse
les sin
prodiga,
fausto yy ásinmostrarse
orgullo in
de

sensibles a la vana pompa de los honores de la tierra , y


á llevar con resignacion hasta las desgracias que no han
merecido. La templanza es por consiguiente la virtud de
la cual se saca mayor fruto , pues da reglas á la conducta,
á los afectos y al pensamiento; preserva al hombre de los
prestigios de la ambicion; reprime el resentimiento, y
apacigua la venganza; detiene los progresos del lujo; es la
garantía de la fe conyugal, el adorno del valor, y el sig
no del po ler; y en ella estriban los fundamentos de una
sociedad bien organizada. ¿Qué llegaria á ser un imperio
cuyos habitantes se entregasen al desorden de sus pasio
nes? La templanza es quien preserva los Estados del deli
rio frenético de la anarquía; y mas valdria que todas las
ciudades del universo quedasen reducidas á cenizas , que
no el verlas sacudir el yugo de la subordinacion y del
deber. La templanza es la virtud de los que mandan y de
los que obedecen. El hombre que se modera llega á ser su
propio legislador, porque tenemos dentro de nosotros mis
mos un fuego divino que nos guia á la sabiduría si escu
chamos sus inspiraciones. El que no es dueño de sus in
clinaciones, se líalla desprovisto de este sentimiento que
los dioses nos dispensan, al cual deben obedecer todas las
generaciones humanas. Enseñar al hombre á ser templado
es prepararle una gran fuerza. Hay almas sublimes á quie
nes ni U prosperidad ni la fortuna pueden inspirarles or
gullo, que son intrépidas en la adversidad, y dispuestas á
abandonar con indiferencia el supremo rango, y que se
avergonzarían de apoyarse en mentidos favores: tales son
Ias almas formadas por esta virtud modesta y sdenciosa.
Ja cual coordina tan admirablemente todo lo que es uece
1 70 CONVERSACION
«ario para la conservacion de la vida , y reprime los de
seos nocivos libertándonos de la servidumbre de las pa
siones. Sin ella el hombre está de continuo agitado por
nuevas inquietudes, y sus mas ardientes votos le llaman
siempre donde él no está. En fin , mi querido Epicnro , la
templanza hace dichosos, y el placer solo víctimas.
Epiguro.
Pitágoras, yo amo tanto como vos la paz del alma, y
todos los movimientos que á ella nos conducen; pero pien
so que toda virtud practicada con exceso es incompatible
con la felicidad de la especie humana. El hombre puede
hermosear con mil delicias su vida domando sus pasiones.
Hasta los dioses aman el deleite, puesto que es inherente
á las acciones que ellos inspiran , y el resultado de esta
aprobacion interior que nosotros gozamos de nosotros mis
mos en la calma de una conciencia pura. La verdadera fi
losofía no es, á mi parecer, mas que el arte de crear y per
petuar en nosotros aquellas agitaciones dulces que forman
la felicidad de los seres sensibles. . ! -.
PlTÁGORAg.
Mi querido Epicuro, es segun lo que yo creo una em
presa loca querer hacer servir para la investigacion de la
verdadera felicidad los procedimientos del arte y la razon.
¿Y: quién os habia persuadido que la organizacion huma
na es á propósito para todos los bienes con que preten
diais colmarla? ¿erais por ventura el rival de los dioses*
que han creado al hombre para el sufrimiento? ¿os habian
revelado ellos las leyes de la vida? ¿gozabais del don de
frustrar á vuestro albedrío los golpes de la suerte y la
fortuna? Y cuando algún discípulo vuestro llegaba á ser
criminal, ¿teníais suficiente poder para calmar su con
ciencia? ¿qué utilidad dieron á su patria tantos hombres
formados en vuestra licenciosa escuela? ¿dónde estan los
DE EPICURO CON PlTÁGOBAS. 171
pueblos que ellos han libertado de cadenas? ¿dónde las
instituciones que han perfeccionado? ¿qué vicios han des
truido? ¿qué secretos han revelado, ó qué alivio produje
ron á la ancianidad y desgracia? La naturaleza era mas
sabia que vos, Epicuro. Los pastores de Arcadia no oyeron
jamas vuestras lecciones, y sin embargo su corazon palpi
taba de ternura y de amor; y sin vuestros raciocinios la
feliz disposicion de sus órganos los ponía en relacion con
las flores de la primavera, y con las abundantes frutas del
otoño. Un solo hecho hará que yo os acabe de convencer. Si
tu sistema hubiese tenido algun fundamento, ¿hubieras tú
muerto víctima del dolor? La rama se separa de su tronco
sin gemir, y vos no habeis sabido volver la calma á vues
tras venas; habeis encantado la aurora de vuestra vida, y
no habeis podido consolar su decadencia. Bien lo veis,
Epicuro; el arbol del deleite no florece mas que un dia,
y sus frutos quedan llenos de amargura.
Epicuro.
Luego, segun eso, la filosofía es de ninguna utilidad
sobre la tierra , puesto que no puede proporcionar la ver
dadera felicidad.
PlTÁGORAS.
La filosofía es una ciencia consoladora , es el arte de
curar los males del corazon, y de acomodar el hombre á
todas las virtudes que le conservan. La dicha es una estre
lla cuya luz es instantánea, j no hay en la tierra mas di
chosos que aquellos que tienen esperanza de llegar á ser
lo, á la manera que los límites del horizonte se alejan de
lante del viagero fatigado que cree llegar á alcanzarlos.
Por otra parte, no es de la esencia del hombre estar siem
pre en un estado sereno; pues viviendo bajo el imperio
de la naturaleza debe estar sujeto á sufrir sus vicisitudes.

aa:
17a CONVERSACION
Consume todos sus dias para conseguir la calma, que solo
se goza en los lugares que habitamos. Supongo, mi querido
Epicuro, que os contais aun entre los mortales, en cuyo es
tado, aun tii nulo todos los dioses se reuniesen para her
mosear vuestra hibitacion, y os colocasen en un horizon
te despejado en medio de las mas fértiles campiñas, ó en
las orillas de las aguas tan puras como las del Peneo, rio
encantador que por todas partes lleva la vida y la abun
dancia, aun cuando la primavera hiciese ostentacion con
vos de toda la magia de sus riquezas; y finalmente aun
cuando os vieseis rodeado de corazones los mas sinceros
y cariñosos, y en el seno de las domésticas alegrías, no
habríais llegado todavía al término final de vuestros de
seos; pronto querríais pasar mas allá del término en que
os habiais detenido ; entonces invocaríais las tempestades,
y ansiaríais por la helada estacion del invierno.
E F I C U R O.
Todas estas verdades estan impresas en mi alma , y
nadie está mas convencido que yo de que las alegrías del
mundo son perecederas, de que el deleite tiene sus inter
rupciones , y de que todo se escapa de entre nuestras ma
nos en la tierra. Solo la felicidad del cielo es la que no muda
como las estaciones ; y esta inconstancia de la fortuna me
inspiró el descorde aprovecharme de sus dones en los poco*
momentos en que se nos muestra favorable. Pues qué ¿he
mos de despreciar los bienes de la vida cuando recibimos
sus males? Yo veía á mi lado que se aniquilaban los hom
bres , y temblaban sin cesar con la idea de un por venir
incierto, y llegué á creer que existia un remedio para sus
males, y que para libertar su alma de las aprensiones que
la atormentan , se podría recurrir con utilidad á las lec
ciones consoladoras de mi filosofía. ¿Oh tiempo afortunado
el de mi enseñanza! Todavía me acuerdo del tan memora
DB EpiCÜRO CON PiTÁGORAS. I73
ble dia en que Metrodoro trasportado de júbilo me expre
saba con mil palabras su alegría y reconocimiento. La
joven Leoncia me llenaba de elogios, Colotes abrazaba mis
rodillas. ¡Ah! ¡cuan profundamente se conmovían con
templando el verdor de mi emparrado campestre! ¡cómo
olvidaban las fatigas de su existencia vivificándose en las
mismas fuentes de la naturaleza! Por mi parte hubiera
querido realizar para ellas las maravillas de la edad de
oro; pues en su dicha cifraba yo mi felicidad. Habré po
dido engañarme , venerable Pitágoras ; pero renunciando
á mi doctrina , tengo no obstante satisfaccion en persua
dirme que no ha sido tan funesta como pretenden.
Pitágoras.
Habeis tenido por dicha la alegría bulliciosa y con
vulsiva de una multitud insensata. La moral mas pura no
es buena para nada cuando descansa sobre arena movedi
za. En este mismo instante en que te hablo, hay innume
rables discípulos vuestros ultrajando vuestra memoria por
las falsas interpretaciones que dan á vuestras máximas,
j Ay ! ¡si me fuera lícito predeciros los males que han de
resultar de esta doctrina tan celebrada , sin duda que os
baria temblar, Epicuro, y aun maldecir el dia en que fuis
teis engañado por los principios de Demócrito. Los poetas
licenciosos se escudarán con vuestros principios, y vivi
reis en la memoria de los hombres que inciensan al dios
del placer; vuestra fama servirá de pretexto á todo género
de desarreglos, y una juventud inconsiderada recordará
vuestro nombre en sus banquetes. Y he aquí lo que se
gana con no dar á la virtud mas que motivos terrestres:
he aqui las consecuencias de esta moral que ha fundado
todas las facultades del ser animado en hs infames bases
del interés de todos los instantes. ¡ Ah! ¡y cuantos lloran en
la tierra las esperanzas que les habeis arrebatado ! Los dio
174 CONVERSACION
ses, mi querido Epicuro, no aman ni recompensan otras
acciones que las que ellos mismos han inspirado; y el que
desconoce su influencia no es digno de ser inmortal.
Epicuro.
¡Oh padre de la filosofía! vos dejais á mi alma conven
cida; pero permitidme no obstante que haga una pregun
ta á vuestra sabiduría acerca de un importante objeto de
la felicidad pública. ¿De qué sirven todas estas ciencias
que enseñais á vuestros discípulos? ¿no temeis que los
conduzcan á la intemperancia de los hombres vanos y
presuntuosos por naturaleza? ¿para qué esos obstinados
estudios, y esas largas meditaciones? ¿no hay en el uni
verso secretos que no nos es dado penetrar? ¿Hemos de
poner en tormento nuestra alma para medir lo que es in
mensurable, y para conocer lo que es incomprensible? ¿no
es esto sembrar nosotros mismos en el camino de la vida
las espinas de q\ie nos lamentamos? El verdadero filósofo
no es el que habla , es el que obra é infunde la esperanza
en los corazones afligidos. La gloria es una fantasma que
nace de la vana opinion de nuestro entendimiento. Y pues
que debemos morir, ¿qué nos importa un bien perecede-
fó? Bien lo sabeis, Pitágoras, apenas ha adquirido el hom
bre toda la perfeccion de su talento, y apenas ha dado
brillo á su fama cuando ya se inclina ácia la tumba. Para
los dioses inmortales debemos reservar todas las alabanzas,
puesto que solo por ellos obramos. Yo he mirado la cien
cia como un intrincado laberinto, en el cual se extravían
una multitud de hombres, y atormentan sin cesar su ra
zon, y sin sacar de esto algun provecho para su felicidad.
Y aun cuando un hombre llegase á apoderarse del siste
ma de la naturaleza, no por esto dejaría su existencia de
ser efímera y pasagera.
DE EPICURO CON BlTÁGORAS. .> í*tjS
: - .' PlTÁOOR A8. . >. ; i
Mal habeis hecho , Epicuro , en desdeñar las musas,
porque no basta ser fuerte , es preciso conocer la verdad.
El origen de nuestras miserias estriba en nuestros errores,
y (como lo ha dicho Zenon vuestro contemporáneo) el vi
cio no debe su existencia en el mundo sino á la ignoran
cia de las cosas que constituyen la virtud. Para moderar
se es preciso conocerse bien. El primer poder es el del in
genio: un imperio sin luces está á la merced del primer
tirano. El ingenio en particular merece nuestra admira
cion y homenage; pues es una ráfaga del fuego celestial
que los dioses envían por intervalos al alma de algun mor»
tal privilegiado; por él se engrandece todo en la tierra,
las ideas, las inclinaciones, las pasiones, leyes y virtudes.
El hombre que posee la verdad se eleva hasta parecerse á
la divinidad; motivo por el que es preciso buscarla, aun
cuando solo fuese por la felicidad que proporciona. Bien
conoceis la inefable alegría que sienten los que penetran
por primera vez en el vasto campo de los descubrimientos
humanos. ¿Hay encanto alguno mas perfecto que los que
se deben á los goces de la meditacion, y á la cultura del
ingenio? Por la templanza, mi querido Epicuro, conser
vamos los bienes de la vida ; pero solo la ciencia nos da el
poder de reunidos.

Despues de estos discursos se separaron las dos gran


des sombras desapareciendo á mis ojos; pero desde enton
ces he conservado profundamente grabada en mi memo
ria una conversacion tan memorable. Cuando los escucha-
I76 CONVEBSAC. DE EPIC. CON PlTÁGOBAS.
ba me parecía esta* libre de las trabas del cuerpo , y que
tenia en cierto modo parte en su beatitud. Sus máximas
no se han borrado todavía de mi memoria ; y digome á
mí mismo cuando pienso en ellos : Epicuro hace olvidar
las penas , mas Pitágoras las quita.
SECCION SEGUNDA.

Del instinto de imitacion considerado como ley


primordial del sistema sensitivo.

Por poco que se observen los diversos fenómenos del


sistema sensitivo, se percibe con facilidad que el instinto
de imitacion es uno de los grandes ejes en que ruedan
y se desplegan los actos mas importantes de la existencia
animada. Por este instinto cada viviente se modela y figu
ra en cierto modo por aquc.l que le precede; y por este
mismo instinto se reproducen los hábitos y costumbres en
la snccesion de las especies. De modo que el universo to
do no es ñus que el teatro de este aprendizage mutuo, de
esta recíproca y no interrumpida imitacion que regla y
coordina todos I0s movimientos de la vida.
La imitacion es, pues, una ley de la economía animal
que interesa profundizar , y que es preciso mirarla co
mo un lazo de que se sirve la naturaleza para encadenar
á todos los seres sensibles. ¿Quién es el que puede sus
traerse de su influencia? El hombre sobre la tierra supera
á los demas por esta facultad extraordinaria , y aquellos
que entre los animales la poseen á un cierto grado, son
tambien los que por su naturaleza particular se acercan
mas á su organizacion física, ó que estan destinados es
pecialmente á vivir en sociedad.
Hay un secreto impulso que inclina al hombre á imitar
una accion por poco que le agrade: añádase que se a propia
por imitacion todos los materiales ile su destino moral. Tó
mese al mas agreste de nuestros aldeanos, y póngasele de
repente en comunicacion con los mejores ingenios de la
Europa , y se llena uno de admiracion al ver Ls mutacio
nes
te poder
que van
del instinto
á sncceder
de imitacion
en sus facultades
se echa intelectuales.
de ver mas prinEa-

cipalmente en las grandes ciudades, que son el centro de


la cultura dé las artes y de la civilizacion humana. Para
llegar á la perfeccion ha bastado muchas veces respirar el
aire de Páris ó de Atenas.
¿Quién creeria que la imitacion formase una parte la
mas interesante de las dotes del ingenio? Todas las ciencias
deben á la imitacion sus progresos, y todas las industrias
su adelanto y su brillo. ¿Qué seria del universo si los que
le habitan pudiesen libertarse un solo instante de su im
perio? ¡Qué discordancia en las relaciones sociales! Todo
se chocaría en el espacio, y los espíritus como igualmente
los cuerpos, se verían entregados á las causas fortuitas de
las circunstancias, y no habria virtudes ni costumbres.
La imitacion es sin disputa un principio de fuerza,
perf ccion y grandeza: Non ad rationem, sed ad similitu-
dincm vivimus. Ejerce una feliz influencia sobre los tra
bajos de la vida doméstica; une constantemente á los hom
bres dirigiéndolos acia el mismo objeto, inclinándolos á
la misma empresa , aplicándolos al mismo trabajo, y ocu
pándolos en la misma idea. Los hombres Lhoriosos se for
tifican por su asociacion, aislados aparecen mas débiles,
é imitándose
Es cosa bien
es como
curiosa
consiguen
ver el ahinco
superarse.
que ponen los hom

bres en imitar cnanto se ofrece á su admiracion. En Eu


ropa tratan por lo regular de imitar á la nacion que tiene
mis preponderancia, recibiendo el impulso las ciudades
subalternas de las grandes capitales. Y esto es lo que en
diferentes circunstancias ha emperezado nuestro cerebro
para la invencion , y esto es cabalmente lo que ha sufoca
do su originalidad natural.
Lo que en la sociedad llamamos la moda es el resul
tado manifiesto de esta necesidad imperiosa que todos te
nemos de obedecer al instinto de imitacion ; es la expre
sion de un consentimiento general , que tiene la fuerza y
energía de una ley, á la cual nadie osará desobedecer sin
que aparezca digno de vituperio universal. De este modo
el hombre que lleva por la primera vez un vestido que
admira por la novedad, se excusa maqninalmente con la
necesidad que tenemos de obedecer á la moda, pues de lo
contrario nos haríamos ridiculos; y solo los viejos se vis
ten impunemente siguiendo el uso antiguo , porque es
propio de la edad no someterse ya al poder de la imi
tacion.
La moda es una ley dictada ó impuesta por la juven
tud , á la cual pertenece exclusivamente esta prerogativa;
y la belleza, poder á que ninguno se muestra inobedien
te, tiene un grande ascendiente para fundarla. Y tambien
es aceptada cuando la establecen reyes , príncipes y per
sonas constituidas en dignidad. Pero sucede muchas veces
que la moda no pega , si me es licito valerme de esta ex
presion vulgar, porque los que intentan propagarla no
ejercen mas que una mediana influencia sobre sus con
temporáneos, por lo cual la vemos tantas veces ser efíme
ra , porque el imperio de la moda no es mas que el de la
imitacion.
El instinto de imitacion se muestra basta en los ele
mentos de nuestra organizacion física , pues bay en nos
otros relaciones de armonía que nos son desconocidas, pe
ro cuyos efectos solemos sentir en parte. De aqui proce
de que cuando un órgano está afectado los otros parecen
tomar parte en la afeccion, é ir, por decirlo asi, en su ayu
da. Un punto de imitacion en una parte determina acia
ella un aflujo de humores. El estómago es una de las vis
ceras cuyo ascendiente es mas manifiesto y de mayor in
flujo , pues da el tono á las demas que participan de sus
enfermedades , y que imitan mas ó menos su estado.
Hay en el cuerpo vivo ciertas simpatías que dependen
mas bien de la facultad de imitacion que de la comunica
cion por medio de los nervios. Los viageros que han per
manecido mucho tiempo en un mismo carruage sienten
un efecto manifiesto de esta disposicion que tienen las
partes sensibles á repetir los movimientos que han expe
rimentado con mayor frecuencia. ¿Y quién ignora que
todos nuestros actos orgánicos estan sometidos á la misma
ley? Asi nos regocijamos de la alegría de los demas, y llo
ramos también sus penas. Hasta el bostezo es un fenóme
no que se imita, por decirlo asi, involuntariamente, y
nuestro sistema nervioso imita las convulsiones de los fre
néticos, epilépticos, entusiastas y enagenados.
(i8o)
La imitacion constituye el triunfo de las masas. Las
conjuraciones*, asonadas y rebeliones no son mas que pa
siones imitadas con todos los accidentes que de ellas se
derivan. En los motines populares , en casi toda reunion
política se ve que un corto número de hombres subyugan
á los otros por la opinion que han enunciado. Y los
hombres reunidos en sociedad estan expuestos á una fie
bre moral que sigue en su desarrollo los períodos de las
enfermedades espasmódicas , y que se comunican instan
táneamente por el poder irresistible de la imitacion; y
hoy con particularidad se ve á este poder ejercer su do
minio de polo á polo: los pueblos mas lejanos y aparta
dos se unen por una comun intencion para establecer las
mismas instituciones y las mismas formas de gobierno. En
todas partes hallamos la imitacion, y en dondequiera se ve
aL espíritu humano arrastrado por este instinto tan mani
fiesto, del cual se pudieran sacar las mas grandes ventajas
para la felicidad de los hombres.
Se ha pretendido que el instinto de imitacion podia
ser nocivo, porque detiene en cierto modo la perfectibili
dad humana en sus progresos, circunscribiendo los hom
bres en una misma esfera , y dejando por este motivo sus
facultades en un estado de torpeza y apatía. Pero si volve
mos los ojos acia los siglos mas remotos , y si juzgamos de
ellos por un examen profundo de los procedimientos anti
guos que tanto se parecen á los modernos , y particular
mente por el de los objetos encontrados en los sepulcros
de los Egipcio», de los cuales la mayor parte se ven con
servados admirablemente; nosotros no salimos del círculo
que nos han señalado nuestros antepasados, y no hace
mos mas que reproducir sus invenciones que se habian
perdido del todo. De lo cual debemos inferir cuán gran
de es el número de los hombres que se equivocan cre
yéndose inventores, y ¡cuántas son las cosas que no haa
sido mas que encontradas segunda vezl
Cuando se dice que el ejemplo es contagiosoi, se quie
re decir que la imitacion es irresistible , y que es una
institucion primitiva de ía naturaleza. Obsérvense dos
ejércitos uno frente al otro un día de gran combate ; to
(.8>)
das las fisonomías se parecen, porque las almas todas estan
agitadas por la misma pasion. Apenas se ha dado la señal,
cuando ya está comunicada por el que manda con inde
cible rapidez la sed de la venganza; ¿y no es aqui el sím
bolo de la uniformidad de accion y obediencia la mis
ma uniformidad de los saldados en las armas y vestidos?
La ley de imitacion está en cierto modo escrita en la
fisonomía humana; pues observamos cuando entramos en
un pais desconocido ó en alguna ciudad extrangera , que
todas las caras estan como copiadas de un mismo original;
y al instinto de la potestad imitativa se deben atribuir las
inflexiones y acentos que echamos de ver en los indivi
duos que habitan las mismas provincias; de modo que
basta haber oido algunos para irse conociendo á los otros
al paso que se los va encontrando. Lo mismo sucede con
el aire, modo de andar, y en una palabra con todo lo
que constituye el aspecto de ciertos pueblos ; por manera
que en donde quiera la imitacion es verdaderamente el
molde en donde toma la forma la especie humana. Or
dinariamente pierde el acento que le es propio el que
abandona por mucho tiempo su pais nativo, y toma en
su lugar el de los hombres entre quienes va á vivir. Tan
cierto es que el cerebro, que es el primer instrumento de
la imitacion , hace lo que todos los seres que le rodean.
La imitacion, pues, es una soberana que reina en el
mundo sensible , y es muy interesante notar que las len
guas de diversos pueblos no son algunas veces mas que
una especie de imitacion de I0s gritos de los animales
que frecuentan los países que habitan. Mi ilustre y di
funto amiso o Bernardino
. de Saint-Pierre hace . esta refle-
xion
asemeja
, pues
al silbido
dice que
quelaforma
lengua
la de
v. gr.
las de
aveslosque
ingleses
5e crian
se

en las costas de su isla, y que la de los holandeses se pa


rece á los graznidos de- las ranas de que abundan sus
lagos ; que los hotentotes cloquean como el avestruz ; y
en fin que los patagones imitan el ruido de la mar em
bravecida.
Los términos mejor escogidos de que pudiéramos ser
virnos para establecer relaciones con nuestros semejantes,
( x8a )
no son mas que una fiel expresion de los accidentes físi
cos que nos afectan con mas ó menos energía. El hom
bre imita por la palabra todo cuanto toca, cuanto vé, y
cuanto escucha , y está obligado á obrar asi por el po
der de las analogías que obran sobre él ; de modo que su
lengua es el cuadro de sus impresiones , el espejo de sus
pensamientos, y cada palabra que profiere está en rela
cion con la sensacion que quiere pintar y comunicar.
Imitar es aprender, tanto para los hombres como pa
ra los animales. Pues á la verdad es observacion hecha
por los naturalistas que el nido de las aves , por ejem
plo , está acabado con menos arte en la primera postura
que en las siguientes. Esto mismo se aplica á todos los
animales que son susceptibles de una especie de perfec
cion en los actos relativos á la conservacion de su ser , y
es imposible dudarlo por poco que se quiera observarlo.
La imitacion es de tal modo uno de los caractéres del
hombre, que es en él un movimiento maquinal antes que
reflexivo. Parece que la Providencia, para dirigirnos mejor
por medio de sus benéficas intenciones, ha querido que
este acto fuese casi involuntario. Los muchachos son los
mas inclinados á la imitacion, porque la movilidad es
esencial á su alma, y porque, como lo ha dicho un inge
nioso pensador, hallan mayor comodidad en obrar siguien
do un modelo, que siguiendo su natural inclinacion. Y
añadiremos que esta facultad de que estamos tratando se
desarrolla mas presto en todos los seres organizados, y es
manifiestamente uno de los primeros productos de su ins
tinto, del cual se sirven en el momento mismo en que ad
quieren el uso de la razon. Por la imitacion se apropia un
muchacho todo cuanto observa en las costumbres y hábi
tos de sus semejantes, como se apropia los sonidos, los ra
yos luminosos, &c.
Asi, pues, la mitad de la vida del hombre se pasa en
cierto modo en el ejercicio de esta facultad imitativa , con
cuyo auxilio dirige mas acertadamente sus facultades in
telectuales y físicas; y aun hay filósofos que la miran co
mo un verdadero sentido moral, puesto que por ella no»
apropiamos todo lo que es ventajoso á nuestra naturaleza:
(183)
esta facultad que aparece tan enérgica en el primer
período de nuestra existencia, se debilita á medida que
avanzamos ácia la edad madura; de modo que nos sería
absolutamente inútil si viniésemos al mundo con todos los
atri! lutos de la perfeccion.
Pero debe notarse que la facultad de imitacion no se
ejerce de especie á especie, sino de individuo á individuo.
Críese á un tigre con leche, y lejos fie su madre, y no por
eso dejará de ser feroz cuando llegue á ser grande. Un
pato en caso ninguno se apropiará por imitacion las fa
cultades instintivas de una gallina, ni jamás cantará la
alondra como el ruiseñor, por mas que lo escuche siglos
enteros; y del mismo modo que los árboles no pueden
cambiar su fruto, asi los animales de cualquiera especie
que sean no pueden desviarse de su naturaleza propia, y
deben perseverar en el modo de su existencia. Los casto
res de nuestros dias no difieren en un átomo de los casto
res de otros tiempos; y si notamos alguna variacion en
las costumbres de los animales, es solo por haber estado
algun tiempo bajo el yugo del hombre; pero pronto to
man el género de vida que les es propio cuando vuelven
al estado salvage.
La propension á imitar es tan natural en todos los
animales , que llega á ser la regla de casi todas sus accio
nes, y se echa de ver en casi todas sus costumbres. Cuan
do muchas aves se hallan paradas en las ramas de un ar
bol , basta que una sola se eche á volar para que todas las
demas sigan su ejemplo; y aun se observa que se reunen
para instruirse mutuamente y ejercitarse en cantar. Los
gallos y los agamís tienen un modo particular de gritar
que repiten uno despues de otro, y por este medio se res
ponden; de modo que se puede decir que en ellos el ins
tinto de imitacion tiene tanto imperio como el de con
servacion.
Pero adonde mas particularmente se observa toda la
extension de la facultad imitadora es en la especie huma
na: vemos que si un hombre obtiene una preeminencia
señalada en la teoría de las ciencias y en la de las artes,
todos tratan de dibujar su modelo, y se le compara con al
( «84. )
guno de los que le han precedido en la carrera de la vi
da. Los humanos son arrastrados en tropel por el torren
te de la imitacion. De modo que puede decirse con funda
mento que esta fuerza es la reina del mundo, y solo un
corto número de hombres puede libertarse de su inesis-
ble influjo.
Todos los artes que forman las delicias de la vida de
ben su origen y publicidad á la necesidad de la imitacion.
Desde el origen del mundo ha cantado el hombre , y des
de la creacion misma ha manifestado una aficion nativa,
por decirlo asi, áoia la poesía, efecto de su natural in
clinacion á imitar por una ley primitiva de sus órga
nos. La danza es no menos natural de los sonidos per
los pasos, y asi vemos á los muchachos saltar cuando es
cuchan á un instrumento músico. ¿Qué es el foliz éxito de
un orador que arrastra tras sí la asamblea? Es un triunfo
fundado en el instinto de la imitacion. Los aphusos son el
índice del consentimiento imitativo de la ternura , alegría
y admiracion que excita.
El don de imitar en las artes supone una facultad pri
mera , que es la de conservar por mas ó menos tiempo en
nuestra memoria las modificaciones particulares que im
primen al alma los objetos continuos de nuestra atencion:
este don supone tambien el poder de reproducir con ver
dad todas estas modificaciones en el mismo orden con que
han sido percibidas por nuestra inteligencia con l is mis
mas formas, las mismas dimensiones , los mismos colores
que tenían cuando se presentaron á nuestros sentidos. Pe
ro hay individuos que tienen mas que otros el talento de
guardar y trasmitir las impresiones recibidas , y este ta
lento debe ser considerado como un favor especial de la
naturaleza.
Nos complacen singularmente las conmociones ar
tificiales que los pintores excitan en nosotros. A Ja verdad
las pasiones que solo son imitadas obran mas débilmente
en nuestra alma que las pasiones verdaderas; pero su im
presion es mas dulce y alhagüeña. La catástrofe mas cruel,
cuando es fingida por el arte, no hace mas que herir lige
ramente nuestro sistema sensitivo, y si fuésemos sus espec
(i85)
tadores y testigos nos despedazarla el corazon. Las desgra
cias representadas nos causan una especie de placer, y es
ta es la causa por qué son tan deseadas todas las sensacio
nes artificiales; pues no hay persona alguna que quisiese
ver en realidad lo que se imita con tanta habilidad en los
dramas y romances.
El gusto del hombre por la imitacion se echa de ver
hasta en los cuadros con que adorna los tapices de su ha
bitacion, en los que so encuentran pintados con bastante
frecuencia los acaecimientos mas memorables que pueden
interesar su alma en las artes gráficas, que repiten lo que
el pincel ha imitado en los retratos que dan vida á sus
antepasados con una especie de .felicidad para sus recuer
dos en los colores, cuya poderosa é irresistible ilusion re
produce al rededor de él todas las riquezas de la sencilla
naturaleza campestre. El talento de expresar en el lienzo
las fisonomías vivas ú otros objetos que representan con
frecuencia á nuestros ojos, depende ciertamente del pla
cer natural que experimentamos en el espectáculo de las
cosas imitadas con mayor ó menor perfeccion.
El mismo espíritu nos dirige en todos los artes conser
vadores de la vida ; y si escudriñásemos bien su origen é
historia podríamos demostrar que todos reconocen el mis
mo principio. No sé qué autor ha dicho que la arquitectu
ra que en estos tiempos modernos se ha elevado á tan vas
tas concepciones no habia sido en su primera aplicacion
masque un arte puramente imitador. Al hombre inculto y
salvage le bastaron, segun nota el mismo escritor, ver
dos árboles copudos que entretejían sus ramas formando
una especie de emparrado ó glorieta. E^ta idea favoreci
da despues por los progresos del ingenio humano, ha pro
ducido las casas, los templos, y nuestros mas suntuosos
edificios.
La naturaleza ha designado un placer vivo á todos los
actos de imitacion para que nadie pudiese sustraerse á
ellos. Los teatros, que forman nuestras principal s dis
tracciones en las grandes ciudades , no son otra cosa que
escenas de imitacion mas ó menos patética ; en ellos se re
presentan de ordinario los caractéres mas interesantes de
H
( .86 )
la vida humana. Queremos que lo pasado vuelva á encan
tarnos con todas las ilusiones que lo embellecen , y pone
mos á los ojos de todos hasta la fisonomía de los peí sona-
ges mas antiguos, y aun los proponemos como el tipo de
la perfeccion ideal.
En fin el hombre parece que no viene al mundo sino
para imitar al hombre mismo. Los niños no desplegan su
lengua sino para producir los sonidos que oyen , y con
frecuencia se hacen tentativas para corregir las inflexio
nes viciosas que su voz ha contraido cuando ha estado
por mas ó menos tiempo bajo una influencia extraña. Es
muy importante dirigir con buenos ejemplos los primeros
hábitos de la vida. El uso que tenemos de poner nombres
célebres á los recien nacidos , no ha tenido otro objeto en
su primitiva institucion que el de ofrecer modelos á la in
clinacion á imitar, y alguna vez el nombre que hemos
elegido influye felizmente con acierto en nuestra 6uerte.
No obstante la ley de imitacion pierde de su poder á
medida que avanzamos en la carrera de la vida: nunca es
mas activa que antes del desarrollo completo de nuestras
facultades físicas y morales, y casi no tiene influencia al
guna en los viejos, motivo por el que encuentran tanta di
ficultad en admitir opiniones nuevas, y por el que conser
van con obstinada terquedad sus antiguas costumbres: por
manera que es una señal de decrepitud la falta de gusto
por la imitacion.
Es cosa bien digna de notarse que tratamos de imitar
en las diferentes épocas de la vida lo que tiene relacion
con la naturaleza de nuestras mas urgentes necesidades. Asi
en la adolescencia y en la juventud nuestros actos mas
frecuentes y continuos tienen por objeto agradar y en
cantar : en esta edad se pone mayor cuidado en el vestir,
en los adornos, 8cc., mientras que en la edad madura se
ejercita con especialidad la facultad imitadora en la per
feccion de los pensamientos y opiniones.
Tambien notamos que cada siglo se caracteriza por una
tendencia natural de todos los ingenios ácia los mismos
objetos. Todas las cabezas se llenan de ideas análogas, to
das tienen la misma propension. Hoy solo se trata de po
(>87)
lítica , asi como en el siglo pasado solo se trataba de filoso
fía. En las primeras épocas de la revolucion de Francia
los hombres solo tenían pasiones exhalantes, se hablaban
en voz alta y sin rebozo , y la franqueza era el alma de
toda reunion; pero mas adelante cuando el terror vino á
apoderarse de todos los ciudadanos solo se hablaban en
voz baja, profiriendo únicamente medias palabras; tenian
en las conversaciones tanta astucia como prevision , y me
ditaban todas las expresiones.
Hay pueblos en los que la facultad imitadora es en
cierto modo estacional ia ; testigos de esta verdad los tur
cos y los persas, cuyos hábitos son inmutables; testigos los
chinos que se gobiernan constantemente siguiendo las mis
mas costumbres; y ya hace cuatro mil años que esta na
cion camina con paso uniforme, y ninguna opinion ad
quiere predominio sobre las demas: todos los pensamien
tos estan, por decirlo asi, al nivel , y hoy se ven ca-tores
que ponen siempre una industria igual en la construccion
de sus habitaciones.
A pesar de su gusto por el descanso y la indepeden-
cia imitan los salvages y adoptan las artes que satisfacen
sus necesidades y sirven para su conservacion , y despre
cian todas nuestras superfluidades , porque no conciben
cómo pueden contribuir á nuestra dicha. Uno de estos se
reía á mas no poder viendo á un europeo que comia con
un tenedor en su mesa, y quedó extático de admiracion
al contemplar un hacha de hierro que le parecia mucho
mas cómoda que sus pedernales para cortar los árboles, y
lo mismo sucedia con todos los objetos que le parecian
útiles.
Demasiado he dicho que el instinto de imitacion no so
lo es uno de los mas poderosos móviles de nuestra organi
zacion física , sino que ademas es menester considerar la
imitacion como un principio de sociabilidad y de moral.
¿Por qué, pues, la mas útil de nuestras inclinaciones, y la
que modifica al hombre por la felicidad se ha de encon
trar á cada instante pervertida por el vicio de nuestras
costumbres é instituciones? ¿Por qué se ha descarriado
voluntariamente el hombre de los caminos primitivos que
24 :
í'88)
la naturaleza le ha trazado? En nuestros dias ha habido
tal trastorno en todos los ingenios, que la civilizacion se ha
resentido muy fuertemente. Ninguno goza de la esperanza
de verse tan tranquilo como sus padres: uno se ve preci
sada á vivir y morir rodeado de calamidades sociales, y
amenazado desde la cuna con el peligro de la imitacion, y
se sufocan diariamente las virtudes innatas para que las
sustituya el vicio, producto no natural del corazon hu
mano. ¿Por qué modelos tan tristes se forman, pues, nues
tras ideas y pensamientos? ¿Qué se ha hecho de aquel
tiempo en que nuestras primeras inclinaciones se redifica-
han con solo el ejemplo de las virtudes paternales? En es
te siglo de hierro es preciso, segun mi parecer, haber na
cido perfecto para no precipitarse en el abismo á que no9
(•89)

CAPITULO I.

De la emulacion.

La emulacion es una afeccion innata que nos impele


& imitar las acciones de nuestros semejantes para igualar
los, y muchas veces para sobrepujarlos en las diferentes
carreras que deben seguir. Esta afeccion depende de un
estado de energía del sistema sensitivo que brilla mas prin
cipalmente en aquella época de nuestra vida en la que
nuestras facultades se perfeccionan. -
La emulacion proviene riel atributo nativo del "sis
tema nervioso que le hace apto para apropiarse todo cuan-
to tiende á mejorar la condicion humana : es la ley de imi
tacion puesta en ejercicio. Esta pasion eleva y multiplica
las fuerzas del alma, y por ella el hombre se engrandece,
por decirlo asi , al aspecto de aquel que se ha propuesto
por modelo.
El afecto de la emulacion es uno de los fenómenos mas
interesantes de la economía animada , pues por él se man
tiene el cuerpo social con todas sus ventajas. La emulacion
debe colocarse en primer lugar en el plan que sigue la
naturaleza para la perfeccion de los seres animados; y no
solo aleja de nosotros el fastidio, que es el mayor azote
del hombre en sociedad , sino que aumenta la suma de los
momentos felices que podemos gozar sobre la tierra.
El primer movimiento del hombre que empieza á vi
vir es de imitar al que se le parece igualarle en sus es
fuerzos, y aun superarle en lo que emprende, el de diri
gir sus acciones segun el modo con que ve obrar á su al
rededor , el de aprender á ejecutar las mismas cosas , bus
car los mismos resultados, &c. El ejemplo influye á cada
instante en su destino físico y moral.
Sería facil probar que todo cuanto hay grande y her
moso en este universo debe su origen á esta generosa pa
sion, que en donde quiera es inseparable de la naturaleza
humana. ¿Dónde estarían las artes sin la emulacion? ¿Dón
de las ciencias y civilazacion ?
Pero donde mas principalmente se debe observar el
cuadro de esta noble pasion de nuestra alma es en una
gran ciudad marítima y comerciante, en la cual hormi
guean los habitantes, y todos se mueven y agitan á la vez.
Mil fábricas se abren, mil talleres estan en movimiento;
Jos golpes del martillo sobre al yunque hacen resonar las
calles y las plazas; no hay brazo que no esté ocupado, ni
industria que no se ejercite. En todas partes se ve la emu
lacion despertando el valor, y animando el trabajo. Los
hombres se apresuran por las plazas públicas, y se oye
un murmullo sordo producido por las conversaciones
de los negociantes y coosumidores ; una multitud de car
ros impiden el paso; mozos cargados de enormes fardos
siguen á sus amos; otros vienen de la orilla del mar con
especerías y diferentes mercancías traidas recientemente
de la India. Los extrangeros se reunen y se saludan son-
riéndose en los lugares en que estan expuestos á la vista
con mucho arte los mas ricos paños. El labrador vende el
sobrante de su cosecha, el pastor conduce á ellos sus ga
nados, cuya lana y productos no cesa de ensalzar. Unos
llaman, otros se entretienen con las adquisiciones, y pre
guntan el precio de los granos. Los vendedores calculan su
ganancia , acaban los ajustes, rectifican las promesas, y dis
ponen lo que han de remitir, y los convenios de mayor
importancia se hacen frecuentemente en la mesa en me
dio de la alegría que inspira un banquete en que el vino
exalta el cerebro solo para estrechar mas los lazos del afec
to y benevolencia mutua. Viene por fin la noche á oscu
recer el dia, y todas las relaciones se interrumpen; cada
cual se saluda , se separa , y se emplaza para el dia si
guiente.
El sentimiento de la emulacion no está solo concedi
do al hombre, pues influye de un modo manifiesto en to
dos los seres animados. Basta observar á dos fogosos caba
llos que han principiado á correr juntos, ninguno apre
sura sus pasos sin que el otro se inquiete por alcanzarle
y pasarle, y el ruido solo de un carro le hace redoblar
('9')
sus esfuerzos. Pero si se quiere ver en otra parte todo lo
qne puede la emulacion en uu gran número de individuos,
contémplese en lo interior de su colmena á una multitud
de abejas industriosas y gobernadoras, y se verá un taller
bien organizado en el cual cada uno cumple su tarea con
ardor. Cada obrera ha recibido sin duda alguna su educa
cion para la ocupacion particular en que se ejercita,
pues todas no se ocupan en una misma cosa; hay entre
ellas unas que eligen los materiales mientras las otras tra
bajan con ellos. El ligero zumbido que se oye es el indi
cio del ardor que las anima. La reina de las abejas puebla
por sí misma la república que debe gobernar, de la cual
constantemente es obedecida, y si sucede alguna turba
cion, ella es quien por su presencia restablece el orden.
¿Qué diremos de sus alveolos? ¿No parece que estos admi
rables insectos tienen el compas de la geometría para
construirlos? En cuanto á las obreras son modelos de dili
gencia v habilidad, se excitan mutuamente al trabajo sin
que la mas mínima discusion venga a interrumpir su ta
rea: solamente se las ve algunas veces disputarse un nido
que habia sido construido en el año anterior, en el cual
no hay que hacer mas que alguna reparacion, pues estos
animales tienen tambien el sentimiento de la propiedad.
Por otra parte ¡qué subordinacion, qué conjunto, qué in
teligencia en sus esfuerzos' ¡cómo concurren todas las cosas
á un mismo fin! Ciertamente hay un espíritu de cuerpo en
la accion combinada de estos admirables animalillos. Cada
abeja hace solo lo que debe hacer, y la emulacion brilla
en todas
Algunos
partes
filósofos
sin quehan
en pretendido
ninguna se sin
descubra
fundamento
la envidia.
que

la emulacion no era mas que un diminutivo de la envi


dia, una envidia moderada, &c. Pero la emulacion es un
sentimiento noble y delicado, que nada tiene de comun
con esta vergonzosa pasion , tormento eterno del desgracia
do á quien aflige: es un estímulo contra la pereza, en
fermedad comun al género humano: solo nos sirve la emu
lacion en las necesidades nobles, constituyendo el patri
monio de los hombres grandes. Los trofeos de Milciades,
decia Temístocles , no me dejan reposo alguno. , V!
(i9a)
Es importante que la emulacion esté entretenida con
«o por venir lisonjero. Los poetas nos la representan co
mo una divinidad sentada sobre un carro tirado por el
deseo y la esperanza, y teniendo siempre fijos los ojos en
palmas que se descubren sin dificultad al través de una nu
be lejana. Hay tan pocos hombres que amen la naturaleza
por sí sola, que se desaniman si no ven mas allá del tér
mino á que aspiran I03 honores y todas las recompensas
que la gloria destina para grandes esfuerzos.
La emulacion se alimenta constantemente por la incer-
tidumbre de nuestra futura suerte, en cuyo pensamiento
nos ocupamos sin cesar. El hombre pasa toda su vida en
desear una situacion mejor que aquella en que se encuen
tra; de moilo que aparece impaciente por llegar al térmi
no señalado para la duracion de su existencia. Quisiéramos
Á cada instante, dice un pensador, suprimir el cepacio
que nos separa de lo que deseamos.
Es tambien un caracter distintivo del hombre sobre
la tierra el de no existir jamas dichoso si ha desmerecido
de sus semejantes, y es tambien la emulacion el índice in
falible de su tendencia á la sociabilidad ; y en virtud de
esta tendencia irresistible, hace servir el buril de la histo
ria para el entretenimiento del mas útil de nuestros sen
timientos. Sentimos gran placer en pintarnos las costum
bres de los antiguos para oponerlas á los modernos , y des
enterramos tas ejemplos mas gloriosos para ofrecerlos per
petuamente
La emulacion
á la imitacion
es el alma
de de
nuestros
los imperios;
contemporáneos.
ella da á la

vez el poder, las riquezas, los honores, &c., y produce


nuestros mas dulces placeres. Es cosa admirable ver que
cada pueblo tiene su fisonomía particular, un lenguage
que le es propio, &c.; lo cual es efecto de esta pasion que
se ejercita sin cesar en individuos sometidos á las mismas
-influencias, y colocados en el mismo lugar. El mundo no
es mas que una reunion de seres vivientes que se ani
man por el sentimiento de una emulacion recíproca. Los
hombres que nos preceden ó con quienes vivimos diaria
mente, no solo son nuestros modelos, sino en cierto mo
do nuestros preceptores. . , - ';'^e.n:' r..rA>
. ( J93 )
Asi es que todo se rige y gobierna en la tierra por es
ta inapreciable pasion , que no es otra cosa mas que el
desarrollo de un instinto primitivo, con cuyo auxilio el
hombre engrandece por su trabajo lo que ha descubierto
con su ingenio, y por el cual las artes, los oficios y pro
fesiones se encadenan y coordinan para la pública pros
peridad; y por un efecto de este mismo impulso saluda
ble se separan I0s ingenios de la rutina de unos hábitos
defectuosos, se estimulan, igualan ó superan en el camino
de la industria y del saber.
Esta generosa pasion, esta necesidad invencible de la
aprobacion agena, que pone en ejercicio las fuerzas del al
ma dirigiéndolas ácia un objeto glorioso , se desarrolla de
un modo , por decirlo asi , espontáneo en el corazon del
hombre. Una estátua, una inscripcion, un monumento
bastan algunas veces para provocar todo nuestro ardor, y
hacer circular por nuestra sangre un calor nuevo. Asi ve
mos que Buffon sintió las primeras chispas de su genio
creador en medio de las ruinas del Herculano, y sobre el
sepulcro de Plinio; y asi iban en otro tiempo los aitistas
jóvenes de la Grecia á visitar los vestigios del templo de
Fidias para excitar su naciente fecundidad.
Nada hay mas á propósito para mover un corazon
grande, ni nada que produzca mas géneros de pensa
mientos como la memoria de una accion gloriosa. Hablese
á un| guerrero joven de las hazañas de sus abu> los , y se
verá un ardor que circula por sus venas, pues vuestra
relacion ha¡jinflamado su valor. Asi Crillon en la flor de su
edad se dispone para ir volando al combate; su anciano
padre le enseña con el dedo los innumerables retratos >!e
sus antepasados, y le pide por lo que mas ama en el
mundo que no desmienta su antigua estirpe. La profunda
impresion
sa súplica que
le hace
produjo
para ensiempre
su alma
invencible.
esta noble y geneio-

Es preciso que la emulacion tenga raices en la espe


cie humana, pues figura tanto en las instituciones s> cia-
les, y ciframos en los espectáculos que la entretienen uno
de los mayores placeres de nuestro espíritu. Jamas tuvo la
antigüedad juegos mas solemnes que los que tenían por
objeto reanimar el sagrado fuego de esta valerosa pasion.
Particularmente los griegos habian establecido en sus ciu
dades concursos memorables para todas las ventajas que
se refieren á la vida exterior , y se veían hasta los pue
blos bárbaros disputarse entre sí el premio de la fuerza,
y se colmaba de elogios á los vencedores.
Pero la emulacion es una llama que se apaga en el
aislamiento y soledad : los talentos que subyuga tienen ne
cesidad de mensurarse y ensayarse sobre el mismo terre
no, y de alimentarse de sus mutuos trabajos. Los talentos
necesitan otros que los juzguen: todo degenera en un
imperio cuando el mérito deja de tener justos apreciado-
rea Lis letras y las artes forman un circo que los sobera
nos debieran animar. Desgraciado del príncipe que pu
siese trabas al ingenio, ó que impidiese la marcha de una
invencion. Los reyes deben tener grande interés en el
progreso de las luces: su gloria se enriquece con los fe
lices resultados que proporcionan.
LA CRIADA MARÍA.

ADVERTENCIA.

La criada Maria , de la cual tratamos aqui , solo fue


conocida un momento en Roma , y esto por el suceso que
voy á referir. Murió d los veinte y cinco años de edad
aniquilada por un trabajo excesivo muchos años antes de
la revolucion de Francia. Vivió poco para las artes para
que su nombre haya quedado en la memoria de los hom-
bres\ su gloria fue tan corta como su felicidad. Parece
una cosa natural y esencial al ingenio el caer repenti
namente cuando se ha elevado con demasiada rapidez:
vemos que los talentos precoces no hacen mas que pare
cer en el teatro del mundo.
liemos visto en París un anciano que conoció esta in
teresante persona y el cual la alababa excesivamente por
las felices disposiciones que manifestaba, y pretendia que
si su vida hubiese sido mas larga hubiera dado otro mo
delo mas á la Escultura: es cierto que su talento se habia
desarrollado con una inconcebible velocidad.
»5;
196 ADVERTENCIA.
En la época en que Maria vivia , Corona florecía en
Roma , admirado por los buenos resultados que conseguia
en la práctica de la medicina. Este doctor era , como di
go, muy erudito, y tenia conocimientos muy profundos
en todo género de literatura y Jilosofia. Se le comparaba
á una enciclopedia animada, á que bastaba preguntar
para ahorrarse el trabajo de ir d examinar bibliotecas.
Los escultores y los pintores le consultaban acerca del
mérito de sus obras , y sobre cualquier materia que se tra
tase se tenia en él una ciega confianza. Corona, pues, fue
quien mas particularmente favoreció la vocacion de Ma
ria , y quien mas cooperó á hacerla aprender el dibujo y
escultura. Este sabio tan recomendable cuenta en la his
toria de sus alabanzas la de no haber conocido lamas un
verdadero talento que no hubiese tratado de hacerlo bri
llar con todo género de esfuerzos.
Corona era tanto mas útil á los artistas de su tiempo,
cuanto que les enseñaba lo muy importante que es el es
tudio de las ciencias físicas para la perfeccion de sus
composiciones. De poco sirve, decia, enseñar la anatomia
á los pintores y escultores', la Jilosofia es lo que conven
dria saber principalmente , y aun seria preciso mostrar
les la vida en accion , del mismo modo que todos los sig
nos característicos de la naturaleza animada. La Jiloso
fia nos hace coiifidcntes de las leyes de la creacion. Nos
revela su tipo inmortal. Dos artes que tienen por objeto
encantarnos, deben elevarse por el estudio hasta la fuen
te de nuestros placeres. . . .
Por otra parte, en la época de que hablo, los medios
de instruccion eran muy multiplicados ; esta era lá época
en que el arte de las conferencias estaba en gran boga
entre los artistas y tos literatos , y la mania de las com
paraciones y paralelos se habia apoderado de los inge
ADVERTENCIA. I97
nios. Se disputaba en Boma sobre ta pintura como en
Paris de música al tratarse de Gluck y Piccini. Se oía
decir en todas partes que Miguel Angel babia engrande*
culo d Rafael , y que Rafael había hermoseado d Ali
gad Angel , pues es cierto que los hombres superiores se
inspiran
temporáneos
mutuamente
, ó cuandocuando
se ltallan
el acaso
colocadas
los haenhecho
un mismo
corar

teatro : parece que se trasmiten á su vez la luz que han


recibido del cielo. . .
Los sucesos de Maria nos hacen acordar de los de
Claudio Gelée, dice Le Lorrain, el cual en su origen no
habia sido mas que un mero criado de algunos artistas
Jlamencos que iban d estudiar d Roma : acomodado des
pues en casa de un pintor de distincion para pulverizar
sus colores , llegó d ser el primer pintor de países de su
siglo. El Giotto no fue en sus principios mas que un pas-
torcillo á quien Cimabué encontró dibujando uno de sus
carneros.
Estamos en algun modo formados con ciertas deter
minaciones, y reside en nosotros una divinidad que da
direccion á nuestra voluntad y d nuestra inteligencia. Yo
me complazco en citar aqui el ejemplo de uno de nues
tros artistas mas distinguidos , Mr. Gayrard , el cual sien
do todavia niño, desprovisto de maestro y de todo so
corro en un país agreste en donde las arles tstan casi
ignoradas, se entretenía ya en modelar con la prime
ra greda que encontraba las cabezas que se ofrecían d
su observacion. Un dia echó mano de la nieve , que tra
bajada hábilmente por sus tiernas manos , se convirtió
en estatua , cuyos efectos fueron admirados de todos.
No he creído que debia designar aqui el célebre ar
tista en cuya casa recibió la criada Maria los primeros
impulsos de su talento ; pero ha sido crecido el número
198 ADVERTENCIA.
de los que le conocieron para que no se adivine quien
es. Despues de la muerte de esta joven se encontraron
en su casa una multitud de objetos y dibujos que pro
baban bien cuan fecundo y meditativo era su ingenio.
Tenia, dice Corona, una manera de concebir la escul
tura , que la hubiera hecho coger maravillosos resulta
dos. Pero á la verdad su vida ha sido tan corta , que se
hace necesario juzgarla menos por lo que ha hecho que
por lo que prometia hacer.

«a*
LA CRIADA MARÍA

ANÉCDOTA DEL DOCTOR CORONA.

Hay ingenios que inflama la emulacion de un modo es


pontáneo , por decirlo asi , y almas privilegiadas que en
las situaciones mas desventajosas esparcen sin embargo
brillantes rasgos, y llegan á conseguir sucesos extraordi
narios; testigo esta pobre criada, cuya interesante historia
debemos al doctor Corona..
Este doctor, que ya no existe, era un sabio muy reco
mendable ; pero desgraciado por ciertos acaecimientos po
líticos se vio obligado á abandonar la Italia, lugar de su
nacimiento. Vino á refugiarse á París, donde se supo ha
cer justo aprecio de su mérito, y de los talentos que le
distinguían en el ejercicio de su profesion. Corona llama
mas particularmente la atencion por la gracia de sus anéc
dotas, y la vasta erudicion que habia adquirido sobre
cualquier materia que se le preguntase : le servia tambien
su imperturbable memoria, que encantaba á los oyentes.
Ahora, pues, he aqui lo que nos contaba una tarde que
habiamos ido á su casa para gozar del encanto inagotable
de su conversacion.
aoo LA CRIADA
Uno de los famosos escultores de Roma tenía una
criada , cuyo nombre era María, la cual habia nacido en
una miserable cabana de pobres y oscuros padres, y sin
embargo se hacia notable por la elegancia de sus formas,
y la ¡dignidad de su aspecto. Represéntese á una joven
aldeana de una fisonomía con mas gracia que hermosura,
de una extraordinaria vivacidad en sus miradas, y sin
embargo modesta,, ansiosa por instruirse, que escuchaba
todo sin olvidar nada, que era con extremo diligente en
acabar sus afanes domésticos, para poderse entregar en
seguida á ocupaciones mas dignas de ella , siempre pen
sativa y dispuesta á pasar del silencio de la meditacion á
las explosiones del entusiasmo, libre ademas de las debi
lidades de la coquetería y de la vanidad , y entonces, se
habrá formado una idea verdadera de esta admirable mu-
ger, cuyo nombre fue sin duda criado para ocupar un
lugar en la historia, y aun se asegura que escuchando
furtivamente á los hombres grandes que venían por la no
che á la tertulia de su amo, es como logró iniciarse en los
misterios del arte. I - .
Lo que su historia ofrece de mas maravilloso , es que
se apoderó de ella el deseo de la fama en el rango mas ín
fimo de la condicion humana. Al principio comenzó por
admirarse con extremo de las obras del hombre célebre á
quien servia ; pero bien presto se vió atormentada del
deseo de ser un dia aplaudida por aquel que miraba como
un objeto digno de culto y de admiracion. Y he aqui la
estratagema de que se sirvk>: comunicó su proyecto con
un artista muy hábil que frecuenta!» la casa de su amo,
al cual suplicó le diese furtivamente lecciones en los cor
tos intervalos que le dejaban sus ocupaciones domésticas.
El doctor Corona tuvo parte en este importante secreto,
y desde entonces se declaró su mecenas, y aun quiso és
María. aoi
te sábio filantrópico contribuir por su parte á los gastos
de su enseñanza tan larga como dispendiosa. La diligente
María no despreció nada para sacar provecho de los ser
vicios que le hacían sus dos bienhechores. Jamas desistió
de esta apasionada emulacion que la dominaba enteramen
te, y cuyos efectos le hubiera sido imposible debilitar. Su
actividad fue siempre excesiva , y un impulso desconocido
parecia dirigir todas sus facultades ácia el fin honroso á
que se habia propuesto llegar.
Tenia María una imaginacion viva de estas en que
parece que la naturaleza ha venido á reflejarse, y era cosa
muy de admirar sobremanera el encontrar en una perso
na que no habia recibido educacion ninguna en su infan
cia unas cualidades tan eminentes. Ella misma decía que
no habia vivido mas que desde el dia en que se habia en
tregado al estudio de la escultura. Nunca estaba en inac
cion. El deseo de salir adelante con su empresa era para
ella como una idea siempre fija: si por casualidad se enti
biaba en su propósito, iba luego al Vaticano, donde se re
animaba. Se la encontraba con mucha frecuencia en las
iglesias de Roma, tratando de adivinar los pensamientos
sublimes de los grandes artistas por la contemplacion de
sus mejores obras ; pasaba horas enteras al pie de las está-
tuas de los antiguos, y lo que los demas veían con frial
dad, excitaba en ella las mas profundas emociones.
La criada María estudiaba la escultura no como un
arte, sino como ciencia. Ya no era la misma desde que ha
bía abandonado los campos para ir á habitar á la tierra
clásica del ingenio. Todas las verdades se fecundaban á me
dida que penetraban en su alma. Solo unos ingenios esté
riles pueden contemplar con frialdad las ruinas de Roma.
Todo es solemne en esta inspiradora ciudad ; todo en ella
engrandece el alma por los mas nobles y conmovedores
a6
y
/
aoa LA CRIADA
recuerdos. Las columnas, los obeliscos, los mausoleos y
los sarcófagos, todo habla al artista observador, y de la
tumba de tan ilustres manes salen una especie de llamas
que vienen á electrizar los vivos.
La voluntad es el don mas precioso del ingenio, y
aun se puede decir que es la garantía de sus felices resul
tados. María triunfó de todos los obstáculos que se en
cuentran en el estudio de un arte que parecia incompati
ble con la debilidad de su sexo; pero ella era movida por
la mas enérgica de las facultades morales, á saber, la del
entusiasmo. En otro tiempo se calumnió esta estimable
persona, pretendiendo que el amor habia influido muy
particularmente en los grandes esfuerzos que hizo para
obtener un triunfo público y merecer la aprobacion de
su amo; pero era mas noble el deseo que animaba á Ma
ría. Por otra parte hay en el estudio de las nobles artes
un no sé qué de religioso que purifica el alma, y la sepa
ra de todo motivo terrenal. María se hallaba fuera del
influjo de las pasiones vulgares, y tomaba en el seno
de la virtud todo el ardor que debia inmortalizar su
memoria.
Hay verdades que se roban, como por ejemplo, las
que vamos á buscar á países muy lejanos , que se graban
irrevocablemente en nuestra memoria. María, que escucha
ba (por decirlo asi) en todas las puertas, oía á su amo di
sertar acerca del valor de la expresion moral en las artes
de imitacion; y como buscaba con ansia todas las impre
siones que podian poner su alma en estado de grandes
adelantos, no perdia una sola palabra., Un dia que se cele
braba un convite en el dia de su amo, se movió una cues
tion séria entre los convidados acerca de la preeminencia
de la escultura sobre la pintura. María» que servia la me
sa, asistía por consiguiente á esta interesante discusion , lo
María. ao3
cual no csntribuía poco á instruirla ; pero se aumentaba
mas principalmente su celo cuando se hablaba delante de
ella del poder del estudio, y de las cualidades supremas
que distinguían los talentos opuestos de Miguel Angel y
de Rafael.
Se ha dicho que el genio no es mas que una mayor
ó menor disposicion á la paciencia. María tenia una per
severancia poco comun en lo que emprendía, y to<las las
horas que podia robar á sus ocupaciones las empleaba en
la composicion de la bella obra que debia admirar á to
dos los inteligentes. En fin, despues de un trabajo oculto,
pero constante, María presentó al público una estátua de
Minerva, que se creyó animada por una inspiracion divi
na. Esta produccion no tenia todo lo que el arte puede
dar, pero sí todo lo que el alma comunica, cuanto hay de
expresivo en el mundo ideal , y toda la magestad de la vi
da celeste.
Algunos dias despues se reunieron los jueces para pro
nunciar su juicio, y conceder la palma en medio de una
multitud de artistas rivales. Lo mas interesante que hay en
esta anécdota, es que el amo de María presidia esta me
morable asamblea. Todos los sufragios fueron concedidos
á esta estátua de Minerva, que habia sido enviada secreta
mente á este concurso, y descubría el gérmen del talento
mas singular. Pero nadie llegó á sospechar que pudiera ser
el resultado de los esfuerzos de una muger. Entre tanto
María, bajo el velo del incógnito, con el modesto ropage
que llevaba, propio de su humilde estado, habia entrado
hasta la galería en donde su obra maestra estaba expuesta
á los ojos de los curiosos. Atónita de sí misma , enagenada
de gloria y de felicidad , gozaba con indecible satisfaccion
los elogios que se prodigaban á su trabajo. No hubo una
sola crítica que viniese á disputar su triunfo. Todos los es*
»6;
204 CRIADA
pectadores estaban encantados; pues nos inclinamos con
mas facilidad á perdonar á los talentos modestos.
Añádase á esto que María sintió un placer macho mas
dulce cuando, volviendo á la casa de su amo, en presencia
de sus amigos le oyó prodigar elogios á la estátua corona
da, y se perdia en vanas conjeturas sobre el verdadero au
tor de esta obra anónima. La atribuía á un artista joven
que daba grandes esperanzas, y que temia sin duda ser
conocido. Mas la admiracion que uno mismo inspira, pro
duce muchas veces una agitacion nerviosa , á la cual no
se puede resistir. María no pudo oír este concierto de ala
banzas sin conmoverse hasta derramar lágrimas, y asi es
como se divulgó su secreto. Su amo, que estaba muy ageno
de pensar que ella hubiese hecho jamas el menor estudio
de las nobles artes, quedó por algun tiempo inmóvil de la
sorpresa y enternecimiento. La felicitó despues con digni
dad por el premio que acababa de obtener , declarándole
que no quería ya ser servido por ella. Antes quiso con
currir con todos sus medios al complemento de su instruc
ción , y la señaló para obrador de sus trabajos su propio
gabinete. María confusa no tenia palabras con que expre
sar lo que pasaba en su alma. El gozo de Corona cuando
fue conducida al Capitolio no fue mas completo que el su
yo en esta ocasion.
Mas por una deplorable catástrofe no gozó María mu
cho tiempo de las ventajas que le habia proporcionado un
triunfo tan hermoso. No brilló mas que un instante, y
desapareció como un relámpago. Rendida por el trabajo y
penosas vigilias, fue atacada de una enfermedad de con
suncion , y poco tiempo despues sucumbió á las fatigas á
que se habia entregado. El doctor Corona, que Irabta to
mado una parte activa en sus adelantos, la prodigó todo
género de cuidados en esta desgraciada circunstancia; pe
María. ao5
ro no pudo separar la muerte de este corazon noble y pu
ro, que tan solo habla palpitado por la gloria: no tarda
ron mucho los laureles de María en convertirse en fúne
bres crespones. Todos cuantos conocieron á esta amable
persona lloraron amargamente su pérdida. Corona nos
contaba esta historia para mostrarnos cuanto puede el as
cendiente del ejemplo en un gran talento. El ardor por las
nobles artes, la fiebre de imitacion que nos subyuga du
rante el dia 'y nos agita en el sueño, y que nos hace to
car en la excelencia por la naturaleza de nuestras facul
tades , es una disposicion innata.
( acó)

CAPITULO II

De la envidia.

La envidia es una afliccion vergonzosa que procura


mos disimular con cuidado, porque nos degrada y humi
lla á nuestros propios ojos: es una reaccion tacita de nues
tro amor propio contra cualquiera superioridad que tien
da á Subyugarnos. El que está cierto de sus ventajas rara
vez se deja herir por esta desgraciada pasion: vence un
orgullo con otro mayor.
La envidia es por lo comun el dote de las almas débi
les. Nace casi siempre de la impotencia en que nos halla
mos de igualar á los que son el objeto constante de nues
tra imitacion ; y es efecto del enfado que nos causa el bien
que les sucede, como igualmente del disgusto que experi
mentamos en vista de las cualidades mas ó menos emi
nentes con que la naturaleza ha dotado á nuestros rivales.
Esta pasion concentrada , aunque inherente á nuestra
constitucion moral , parece que no tiene objeto útil en el
destino del hombre, puesto que nada añade ni á sus fuer
zas ni á sus medios de conservacion.
Ninguna pasion tiene tal referencia á nuestro yoy
pues consiste en codiciar con mayor ó menor ansia los
bienes de que disfrutan nuestros semejantes. En efecto , la
envidia es un deseo desordenado de las ventajas que la
naturaleza ha concedido á los otros; pero esta mala dis
posicion de nuestra alma, á la cual nos inclina nuestro
egoismo, llega á ser perjudicial á nuestro bien estar, pues
to que perturba los sistemas de nuestra organizacion mo
ral: ademas, toda pasion es condenable cuando imprime
direcciones viciosas á nuestra voluntad , y cuando tiende
á privar á nuestros semejantes del ejercicio de sus dere
chos , ó de la posesion de sus mas legítimos atributos.
¡Cuán deplorable es aquella pasion que no se encien
de en el corazon del hombre mas que para disputar al
ingenio sus invenciones, al talento sus trabajos, y á la vir
( 2V )
tud sus beneficios; que calla ó niega sus subterfugios ; que
oculta sus odiosas intrigas bajo la máscara impostora de
una benevolencia fingida! ¡y cuan digno de lástima es
aquel que llena voluntariamente sus dias de penas y amar
guras, y va á saciar su apetito en el violento veneno que
él mismo arroja por su boca, consumiéndose lentamente
al fuego de los rayos que quiere apagar.
La envidia es sin disputa uno de los mas tristes azo
tes de nuestra condicion terrena; es el aspecto mas disforme
de la miseria humana: deben ser muy negros los colores
para pintar las diabluras que inspira; pero para estudiar
bien sus siniestros efectos es necesario estar en una gran
poblacion. Cuéntese á un hombre las dichas de sus rivales,
al punto se ve á la envidia escapar del fondo del corazon;
su fisonomía descubre las inquietudes que le devoran; su
rostro muda de color, y no puede disimular su afliccion y
su despecho : tratará despues de disminuir vuestro entu
siasmo , y una opresion de corazon que no podrá vencer,
le hará reclamar contra los elogios que se prodigan á cual
quier otro que no sea á él mismo.
Rara vez salen los envidiosos de la obscuridad; el bri
llo de las prosperidades los ofusca; y en las tinieblas de
la noche es donde se sirven de toda especie de arterías pa
ra saciar la horrorosa pasion que tiene agitado su espíri
tu ; jamas acometen de frente , y su conducta es baja , ras
trera, furtiva y tenebrosa; y solo por los mas extraviados
senderos llegan sus flechas envenenadas á herir á sus com
petidores.
Los movimientos de la envidia tienen algo de insensa
to y brutal. ¡Qué inconsecuentes son los hombres! En va
no se empeña la fortuna en colmarlos de bienes; pues no
por eso dejan de desear los cpie saben que no han mereci
do y que han entrado legítimamente en poder de sus se
mejantes. ¡Cuan grande es el número de los que consu
men su vida sintiendo las prosperidades agenas! ¡Cuán
espantosa es la pasion que asi emponzoña el comercio de
la vida, y que corrompe hasta los frutos de la gloria!
Esta pasion es dolorosa, y siempre fatal para el que la
experimenta. Se ha comparado á los envidiosos con los
( ao8 )
esclavos que los vencedores de la antigüedad uncían á su»
carros triunfales: aunque sientan alguna satisfaccion, nun
ca es completa, como puede serlo la que resulta de la
venganza. He conocido nn individuo que se habia servido
de su rabia y de sus dientes contra las estatuas de nuestros
bombres grandes. No hay estado tan miserable que pueda
compararse al suyo. He visto un literato anciano que ha
bia pasado su larga vida en agotar la hiel de la sátira , y
al fin de su carrera él mismo se creía verdaderamente des
graciado. Me hacia recordar de aquel atleta envidioso que
murió bajo el peso de la estátua de Teagenes, á quien
acababa de ultrajar. ¿Qué se han hecho tantos críticos en
vidiosos que insultaban la gloria de nuestros mas ilustres
escritores ? Su furor se ha disipado en vanas imprecacio
nes; y creyendo hacerse famosos siguiendo el carro de
una fama extraña , no han dejado por herencia mas que
un nombre que lleva consigo el público aborrecimiento,
y una vergonzosa inmortalidad.
Nada aprovecha al envidioso; no tiene una hora de
tranquilidad sobre la tierra; su enfermedad lo devora; su
vida es un largo suplicio; por mas votos que hagi no su
ceden todas las desgracias que él desea para proporcio
narle algunos instantes de bárbara alegría: por mas que se
deshaga en buscar medios, no consigue oscurecer el sol que
le incomoda; y es tanto mas desgraciado cuanto que se ve
obligado á sufrir sin esperanza alguna,
En el enlace de los afectos morales, la envidia y el
aborrecimiento aparecen unidos por relaciones manifiestas.
Sin embargo, la envidia es un resultado especial de la so
ciabilidad, y conviene mas bien al hombre que á los de-
mas animales; pues vemos á estos últimos muchas veces
declararse guerras interminables por solo el motivo de su
conservacion personal ; pero ninguno de ellos alega pre
tensiones á las ventajas de que plugo á la naturaleza pri
varle, y cada cual sigue sU inclinacion gozando pacífica
mente de los atributos que le han cabido: el caballo nun
ca ambiciona nada de lo que es propio del leon, ni las aves
se envidian recíprocamente la hermosura del plumage ó
la supremacía en el canto.
( *°? )
En el hombre , el aborrecimiento puede estar fundado
en razones legítimas, como por ejemplo, el odio que de
muestra á los malos el mas honrado de nuestros misán
tropos; pero la envidia es una pasion injusta, puesto que
constantemente se dirige contra el mérito ó la virtud : su
mas funesto inconveniente es que desanima el alma , y de
tiene los mas uobles impulsos del ingenio. ¿Cuál es el que
querria volver á comenzar su carrera si viese reunidos
delante de sí todos los disgustos que necesai iamente ha de
pasar antes que logre llegar al objeto de sus deseos?
La envidia tiene una afinidad mas manifiesta con la
ambicion, pues ambas nacen igualmente del instinto de
imitacion, que ya he señalado como una de las leyes pri
mordiales de la economía de los seres animados. Y aun
pudiera decirse que la envidia no es mas que la ambicion
impotente, y tiene de comun con esta pasion que solo
obra entre los que habitan un mismo terreno , y siguen el
mismo camino, ó estan agitados de iguales deseos, aspiran
do á las mismas prerogativas. Asi vemos cuán raro es que
un gran geómetra envidie los laureles del poeta ó del mú
sico, que por lo general estima en |X)co.
Ya he pintado la envidia como una pasion vil é infa
mante; ahora debo añadir que los que la sienten encuen
tran por lo general su castigo en el horror que inspiran
á sus semejantes. Plutarco cuenta que los atenienses co
braron tal aversion á los perversos que por sus calum
nias habian causado la muerte de Sócrates, que se desde
ñaban hasta de hablarles y responderles, negándoli s el
fuego y otras cosas necesarias para la vida. Mandaban á
sus esclavos arrojasen el de que habian bebido, no que
rían tener nada de comun con ellos Estos miserables , no
pudiendo soportar por mas tiempo el peso de la animad
version pública , se dieron la muerte.
A pesar de la execracion que llevan consigo las arte
rías de los ambiciosos , es cosa que aflige ver cómo se
perfecciona su teoría para quitar una fama bien adquiri
da , empeorar un buen éxito, y para desacreditar una in
vencion. En el momento en que algun grande ingenio se
presenta en el teatro del mundo, todos se ligan y organi-
a7
í a'° )
zan como un ejército para hacer que desaparezca la ad
miracion que produce. Y aun hemos visto que es tambien
táctica de la envidia poner trabas á los progresos de los
grandes ingenios con los encomios excesivos de los traba
jos de los hombres medianos. Tiempo hubo en que.Pradon
se oponia á Racine.
Se pregunta qué seria del imperio de las letras si se
pudiese borrar la envidia de la lista de las pasiones hu
manas, y se desterrase del mundo este horrible azote: ¿me
atrevo á decirlo? La literatura no recibiría mejora algu
na. No murmuremos de la Providencia, que ha querido
en todas sus cosas poner una ley á los obstáculos. Los ta
lentos de superior alcance serian á la verdad menos des
graciados, pero su orgullo seria intolerable; por otra par
te los esfuerzos serian menores, y por consiguiente los
adelantos mas raros.
' . Ademas que el medio de disipar en nosotros esta me
lancolía consuntiva que se llama envidia, seria el pene
trarnos desde luego de lo poco ventajosos que son para
nuestro bien estar los bienes que deseamos, los cuales son
mas á propósito á la situacion de los demas. Jamas seria
envidioso el hombre si sus deseos fuesen siempre modera-
.dos y convenientes á gru naturaleza. Si el cielo nos ha de
signado un rango á que pertenecer, ¿por qué querer as
cender por encima de él? ¿para qué es violar las leyes
armónicas de la dependencia?
- >. ¿Qué cosa es mas digna de ser envidiada cuando se
trata de la naturaleza y condicion del hombre? ¿es acaso
un rango , un favor , una dignidad , ó una vana riqueza?
Yo, decia un anciano, no veo nada que merezca ser co
diciado en la tierra mas que las eminentes virtudes con
que el hombre, puesto en sociedad , se condecora : envi
sas
diemos
, el valor
á nuestros
en lossemejantes
reveses dela laimpasibilidad
fortuna , la modestia
en las ofen-
en

la grandeza, y la paciencia en los infortunios,


-i Si se quiere estar al abrigo de los tiros de la envidia,
e6 preciso cultivar las ciencias con sana intencion , y no
por el vano ruido que se llama gloria: si uno mira al re
dedor de sí, jamas llega al término de sus deseos. Es pie
(an)
ciso hacer en la vida lo que en los juegos olímpicos, esto
es, ir al fin, y despreciar las vanas murmuraciones. Si se
interrumpe nuestra marcha con defensas, pruebas y justi
ficaciones, se pierde mucho tiempo que debiera emplearse
en nuevos adelantos.

CAPITULO IU

De la ambicion.

La ambicion es el deseo inmoderado de alcanzar ó pa


sar á los que llevan el mismo camino que nosotros, y que
son por consiguiente el primer objeto de nuestra imita
cion. Es una pasion activa, turbulenta y absoluta, que nos
conduce con mayor ó menor aceleracion acia el objeto
que queremos alcanzar. Con este dictado se designa tam
bien la noble emulacion de algunos ingenios privilegiados
que aspiran á llegar á los puestos mas eminentes de la so
ciedad.
Vuélvase la atencion ácia las grandes capitales del
mundo, y se observarán las agitaciones de los hombres
que las habitan En ellas se ven los príncipes, los genera
les , los magistrados, los grandes que ha instituido el or
gullo y el poder; y los ingenios sobresalientes ansiosos de
gloria y de fama. Examíneselos, y se verá cómo se pelean y
tropiezan recíprocamente en el escarpado camino que han
emprendido, parecidos á los bajeles que en una mar bor
rascosa se estrellan y deshacen unos contra otros. La am
bicion no es mas que un ser que amontona inquietudes y
pesares para
menta al rededor
llegar decon
unamayor
existencia
ó menor
fragil,estrépito
que se ator*
á la

muerte. -. .' -
El ambicioso es como el enagenado que , hecho presa
de las furias que lo persiguen no se conoce á sí mismo, y
amia vagando penosamente entre sueños y quimeras. Es
víctima de una actividad que todo irrita y nada cansa, la
cual constantemente lo tiene fatigado y anheloso como si
27:
(aia)
escalase una montana. Jamas llega el sueno á cerrar sus
párpados , y cree que todos los demas hombres estan dor
midos: para él no cambian las estaciones, ni la naturale
za le representa escenas risueñas, y desconoce del mismo
modo los encantos de la primavera que los de la filosofía.
Los mas exquisitos manjares de nuestras mesas son para él
insípidos y sin atractivo: los vinos mas deliciosos pasan
por su paladar sin que él los pruebe ni los distinga. Hace
sus comidas presuroso, y siempre distraido y pensativo.
¿Qué le importa la dicha de sus hijos, ó el amor de una
esposa que le ha consagrarlo su existencia ? De nada le sir
ven las relaciones que no allanan los obstáculos que pue
dan retardar su marcha. La esperanza produce en él un
efecto muy diferente del que produce en los demas hom
bres ; pues lejos de dilatar su corazon le atormenta por
palpitaciones mas dolorosas. El ambicioso quisiera acele
rar los momentos de la vida, y dar á los siglos la corta
duracion de las horas. El temor está apoderado de sus en
trañas, y ninguno es con tanta frecuencia como él el
blanco de las perplejidades de la impaciencia.
A este deseo innato de aventajar á nuestros semejantes,
somos deudores del gusto invencible que nos domina por
Jos negocios públicos. Un anciano de Atenas estaba pene
trado de dolor, v se lamentaba sin cesar de que la natu
raleza le hubiese dado una voz muy débil para poder ha
blar en las asambleas, lo cual le impedia llegar á obtener
la magistratura y empleos públicos. Es digno de observar
que nada hay que pueda disgustar á un ambicioso de Id
satisfaccion de colocarse en el timon de los negocios pú
blicos; y por mas que se le haga ver la triste perspectiva
de las prisiones , destierro y ostracismo , no por eso ansia
con menos ardor los favores populares ; ni por mas que
«epa que una sedicion puede causar la ruina de los que
mandan, no por esto se ha de creer que se pondrá al
abrigo para evitarla; basta con interesar su vanidad con el
atractivo de una vana gloria para que se abandone á la
casualidad, y se disponga impávido á arrostrar cualquier
desgracia. ,. i > . '
La ambicion en su mayor grado es la demencia de la
edad madura ; es un frenesí que no tiene treguas ni des
canso , y que solo se acaba con la muerte como el furor
de los maniáticos. Esta pasion promueve todas las tempesta
des en el corazon de los hombres, y como jamas va unida
á la prudencia, siempre sale de los límites que se propo
ne. En vano se desdeña de pisar la tierra , pues por eso
no son sus caidas menos frecuentes. El orgullo podrá ele
var á un ambicioso, pero la vanidad lo precipita.
Es una irlea bien singular en el hombre querer perpe
tuar su nombre por medio de un mármol, una piedra,
un libro, una medalla, ó una inscripcion , como si todas
estas cosas no estuviesen sujetas al influjo del tiempo , y
como si los siglos mismos no se devorasen entre sí. Vos
otros, mortales, celebrais vuestras glorias por una cancion,
pero la lengua que las canta perecerá un dia. Todas las
tradiciones se pierden. En el mundo en que vivimos na
da es eterno. ¡ Pueblos insensatos , degollara pues por dar
lustre á un famoso capitan!
¿Quereis curar vuestra ambicion? pues observad co
mo se eclipsa la fama en este mundo. El tiempo todo lo
destruye, y nada reedifica de cuanto ha existido. ¡Cuán
innumerables son las ciudades que han existido , y cuán
grande es el número de los reyes que han bajado al sepul
cro desde la cumbre misma de su gloria y poderío! Mirad
la Grecia desierta , esta Grecia en donde duermen tantos
héroes, no conserva ya ni una sola piedra de los muchos
monumentos que ellos erigieron. Diferentes costumbres,
otros gustos é inclinaciones han cambiado el aspecto de
este imperio. Todo lo ha arrastrado el torrente de los si
glos, y solo algunas urnas funerales son las que ha en
contrado el que para buscar algun dinero se ha ocupado
en desentrañar la tierra.
Por grande que sea nuestra habilidad , siempre en
contramos vencedores en los que nos succeden aqui bajo.
Los modernos insultan á nuestros antepasados. Los nom
bres mas ilustres se pierden en la confusion de las genera
ciones de que se cubre diariamente el suelo que pisamos:
los hombres grandes son puestos en olvido por aquidlos
mismos á quienes han colmado de beneficios. La mayor
(ai4)
parte no tienen para consolar su memoria mas que un
pedazo de mármol. Los años repiten sus acciones á lo*
años; fiero al fin cesa este ruido, y nadie habla de ellos.
Nuevas reputaciones, y nuevos acaecimientos vienen á fi
jar la atencion pública.
La ambicion es como la envidia , que entra por poco
en su comjwsicion ; jamas descansa. ¡ Desgraciado de aquel
en quien la marcha de esta pasion siempre ansiosa se ve
rifica repentinamente por obstáculos invencibles! Porque
entonces se verifica un reflujo interior tan dañoso al siste
ma físico como al moral. Cuando el hombre no puede en
grandecerse mas cae sobre sí mismo: de donde nace que
vulgarmente se diga que una ambicion sufocada es una
enfermedad mortal.
No se podrá estrechar repentinamente el circulo de
las ideas habituales de un individuo colocado en el gran
mundo sin comprometer su existencia futura; asi la ma
yor parte de los hombres de estado yacen bajo el peso de
una ociosidad que los agobia mas que cualquiera enfer
medad. Y por consiguiente es muy justa la precaucion
que toman los soberanos de indemnizar á los que les han
servido, y cesan sus servicios en virtud de algun manda
to, con títulos honoríficos ú otras recompensas que lison
jean su vanidad. Por lo que repito , en el momento en que
un ambicioso se ve precisado á reducirse á la esfera de
sus relaciones, la calentura consuntiva se apodera de sus
sentidos, y muere consumido de penas y fastidios.
Nuestra alma tiene horror á la inercia , y no subsiste
en cierto modo sino por las emociones que se proporcio
na. Hágase perder á un hombre los honores que habia ad
quirido, y aprovéchese un momento de su mal humor, ó
de cansancio para sustraerle al tumulto ó á la agitacion,
y se le verá echar menos hasta los inconvenientes que
tanto habian turbado su vida pasada. ¡Qué seres mas infe
lices* que las personas de alto rango cuando la necesidad
les obliga á tomar su retiro ! Particularmente los muy
avanzados en edad experimentan los mas crueles pesares,
y se creen siempre aptos para desempeñar los cargos que
ocuparon en la edad del talento y del vigor.
La ambicion no admite ningun género de indemniza
cion en los sacrificios que se le exigen. Los hombres que
han llenado puestos eminentes sufren con mucha dificul
tad el peso de la vida privada. La felicidad doméstica, aun
acompañada de la riqueza, no recompensa jamas la pérdi
da de un rango ó de una dignidad, &c. En vano l>usca el
hombre un asilo en la soledad despues del terrible tránsi
to de la grandeza á una condicion humilde, ó despues de
algun gran infortunio; pues en la soledad no encuentra
mas que el fastidio dispuesto á devorarle. Mientras nues
tro sistema nervioso conserva su energía é integridad , y
rnientras que no estamos bajo el influjo de la apatía é in
diferencia del alma, que es la verdadera melancolía, que
remos ser siempre el objeto de las miradas y de la apro
bacion de nuestros semejantes; y como el amor propio so
brevive á las demas pasiones, los hielos de la vejez no
bastan á comprimir los síntomas de una ambicion descon
tenta , y que nos acompaña hasta la última hora de nues
tra existencia.
Es cierto sin contradiccion que no hay pasion alguna
desordenada que no arrastre tras sí males físicos mas gra
ves: los fisiólogos notan de bastante tiempo á esta parte
que el mayor número de los que se abandonan á la am
bicion , mueren con frecuencia víctimas de alguna con
mocion apoplética. Si por ventura alguno sobrevive á su
infortunio, le vemos arrastrar una existencia miserable,
presentando á las miradas de la piedad sus miembros
abatidos y su rostro desfigurado El hombre desaparece
en esta terrible enfermedad que ha tomado su origen de
los abusos de la civilizacion ; y que asalta inesperadamen
te como un rayo lanzado en castigo por el cielo.
Smith , á mi parecer , no ha conocido el verdadero ori
gen de la ambicion , cuvos fenómenos se explican todos
naturalmente por la teoría del instinto de imitacion., y
no por los de las simpatías. Es cierto que existe en la cons
titucion moral del hombre una facnlrad qne lo impele de
continuo á hacerse grande; y esta facultad le es tan inhe
rente, que cuando un individuo del cuerpo social llega
al mas alto grado de elevacion , los demas tratan de eni
(*i6)
salzarse bajo su proteccion, acercándosele como para par
ticipar algun rayo de su gloria.
Ni van mejor fundados los que pretenden que los
deseos y empresas de la ambicion nacen del amor al pla
cer : antes al contrario se nota que los hombres domina
dos por una pasion tan imperiosa, son de un caracter gra
ve y austero , y que por lo regular tienen aversion deci
dida á las satisfacciones de la vida. ¿No bastará decir que
venimos al mundo con el insaciable deseo de la preemi
nencia sobre nuestos semejantes? Deseo que se deriva ma
nifiestamente de nuestra inclinacion primitiva á la imita
cion. Esta pasion es un bien en el sistema general del
mundo civilizado cuando se mantiene dentro de sus jus
tos límites, pues coordina nuestro destino sobre la tierra,
y se emplea en mejorarlo.
La fuerza moral es quien hace desarrollar á la ambi
cion, que no seria de suyo tan vituperable si para conse
guir sus fines se uniese á inclinaciones honradas, si todos
nosotros siguiésemos en la tierra el camino que nos va co
mo marcando nuestro genio ó nuestro caracter; pero no
sucede asi, y hasta en los hombres mas dignos de su fama
advertimos que solo satisfacen su ambicion muchas veces
causando ruinas particulares, y erigen el monumento de
sus triunfos en medio de las lágrimas y los arroyos de
sangre.
No lía y ciertamente remedio para apagar una sed que
nada puede templar, y que cualquier cosa aumenta. Cuan
do en el hermoso clima de la Grecia se encontraba anti
guamente algun desgraciado de quien se habia apoderado
esta pasion asoladora, los sacerdotes de Esculapio le orde
naban que fuese á visitar las ruinas del monte Ossa. Su
ardor se calmaba contemplando los abismos espantosos en
donde fueron precipitados los Titanes. Escuchaba el ruido
vano de las olas del Peneo, que levantándose con estruen
do por los aires, vienen á perecer al pie de las rocas; y
presto se convencía de que es necesario cumplir con cal
ma su destino, y de que los inquietos son muy inferiores
en valor á la felicidad que disfruta el sabio en una apaci
ble oscuridad. <. ......>.. . . .... .
EL LOCO AMBICIOSO.

ADVERTENCIA.

e sacado esta anécdota de una coleccion de observa


ciones que extracté en otro tiempo bajo la dircicion del.
célebre profesor Pinel cuando asistia á sus doctas lec
ciones, época en que él se entregaba con tanto ardor á
las mas interesantes investigaciones sobre la enagenaciow
mental. • .' '-\
Esta época es sin duda alguna de las mas notables
para
sente la medicina
constanciadecon
observacion.
que se aplicaba
Siempre
d se
esta
tendrá
esjtecieprc<*
de

estudio
dad queenél los
para
dosclasificar
sexos. Ninguno
las enfermedades
mostró mayor
mentales,
sagaci->
y

estudiar separadamente sus fenómenos. La policia qu&


estableció en los. dos hospicios de Bicétre y de la Salpé-
a8
ai8 ADVERTENCIA.
triére que dirigió succesivamente , es un monumento de su
sabiduria y perspicacia. Llegó d granjearse de tal modo
la confianza de los cnagcnados , que bastaba solo su pre
sencia para calmar á los mas furiosos.
Pincl jamas trató de dar gran valor á sus curas, por
que (como él mismo dice en su profunda obra sobre la
Manía) «el hombre instruido tiene otras muchas cosas me
jores que alabar sus aciertos." Sin embargo, se ignoran
mucítas cosas , que para gloria suya se deberian recelar,
pues no se hallan publicadas en ningun escrito. Pero lo
mas digno de contarse es lo que pasó un dia en Bkétre
en donde este hábil profesor , acompañado de varios dis
cípulos suyos, entre los que me hallaba, ¿fingió una asam
blea de jueces en una sala preparada expresamente pa
ra absolver á un insensato llamado Alause , cuya mania
era el creerse condenado á la guillotina por un delito
enorme que se figuraba haber cometido. Esta astucia
tan discreta , y el aparato que habia preparado tan in
geniosamente , le produjeron por muchos dias un resul
tado tan bueno como podia desear. Alause volvió á to
mar el h'do de sus ideas , y trasportado de alegría daba
gracias á su libertador. Por desgracia , algunas personas
mal intencionadas fueron bastante inhumanas para di
suadir d este desgraciado, y privarle de una ilusion tan
agradable : volvió á caer en sus devaneos , y algun tiem
po despues murió miserablemente.
Anselmo se encontraba entonces entre los locos de Bi-
cétre , y era un objeto de curiosidad para muchas gentes
que iban á visitar la casa. El doctor Lanefranque , su
cesor de Pinel, lo cuidaba con esmero particular; pero
no se lisonjeaba de poderlo curar, porque las locuras
orgullosos
Sin embargo
resisten
, por
á todos
una fatalidad
los métodossingular
curativos.
se presen
ADVERTENCIA 219
tan con mas frecuencia las manias presuntuosas. Es ob
servacion de Van Hclmont y de todos los Jílósofos ob+
ritu
servadores,
el orgullo
queó en
la casi
vanidad
todasselasmuestran
cnagenaciones
como un
del sínto
espí*

ma predominante. Pues á la verdad es raro encontrar


un insensato que no se crea superior á los demas por las
cualidades que se atribuye , y por las ventajas que se
Jtgura poseer, su exaltacion lo inclina casi siempre á
presumir demasiado de sus fuerzas , de sus talentos , de
su ánimo ó de su valor. Es cierto que este fenómeno na
tiene lugar sino entre los individuos del sexo masculinos
pues las mugeres se ven libres por lo regular de este gé
nero de locura , se encuentran con miras opuestas en la
carrera de la ambicion. A ellas vienen los hombres á tem
plar y dulcificar sus almas. Las mugeres viven retiradas
para conservar asi el depósito de la bondad , de la pie
dad , y de todas las pasiones virtuosas que encantan y
consuelan la naturaleza humana.
Entonces se decia que Anselmo se habia turbado por
la demasiada frecuencia con que asistia á las bibliote
cas públicas. Se presentaba algunas veces con los vesti
dos rotos y unas grandes alforjas en la espalda , por
cuyo motivo los estudiantes le llamaban Diógenes , nom
bre que se habia puesto él mismo. Como no cesaban de
ridiculizarlo , y como su presencia en las calles de París
causaba muchas veces desorden, el gobierno lo hizo en
cerrar en el hospicio de Picétre , donde sus maniacas ex
travagancias no acabaron sino con su vida.
Anselmo pertenecia á una familia pobre, pero muy
honrada, por cuyo motivo callaré su nombre verdadero. No
refiero aquí su historia mas que por estar ligada con la
ambicion,' que es el objeto del capítulo precedente. Ademas,
las manias no son otra cosa que afectos morales exalta
sao ADVERTENCIA.
dos , y Jiay mas punto de contacto que lo que ordina
riamente se cree entre un hombre profundamente agita
do por una pasion violenta, y un ser desgraciado que
ha perdido la facultad de gobernar su alma, que no
dirige ya su voluntad, que no preve las consecuencias de
sus acciones , &c. Y aun añadiré , segun un pensador in
genioso, que los individuos , cuya locura no es completa^
son mas de temer que los perfectamente rematados , ljor
que se les deja gozar de su libertad en la sociedad , y
porque no hay media para contener su turbulenta y per
niciosa actividad.
EL LOCO AMBICIOSO,

historia de anselmo

LLAMADO DIÓGENES.

-Observacion hecha por los discípulos del profesor


' " Pinél;

Entre ]las innumerables causas que pueden producir el


extravío de la razon, no hay ninguna que sea á la vez
mas frecuente y enérgica que la ambicion. Y esto que me
atrevo á decir puede probarse en todos los establecimien
tos consagrados á la curacion de los enagenados : tan cier
to es que esta pasion es la que mas ocupa el cerebro de
.los mortales, y que se mezcla, por decirlo asi, en todos
los acaecimientos de la vida. Es natural al hombre por
instinto pensar siempre en el dominio y el poder: atri
buto que le distingue de las bestias , y le hace dirigir
sus miras, ácia algua rango mas elevado que el de su

Este fenómeno se observa principalmente en las cir


cunstancias en que los grandes intereses políticos agitan
Jas almas: asi es que nunca se vio tan llena de esta cía
222 EL LOGO
te de locos la ca9a de Bicetre como en el tiempo en que
en Francia se trataba solo de regenerar las costumbres y
las leyes. El mayor número de los insensatos creía que
habían llegado á obtener la dictadura , que mandaban
grandes ejércitos, y que se les habia confiado la adminis
tracion de los negocios mas importantes del estado. Este se
llamaba Espartano: aquel ciudadano de Roma. Uno de
ellos, victima del mas extraño delirio, se quejaba amar
gamente de haber sido olvidado en una proscripcion á la
que pertenecía en primer lugar. Este era un orador subal
terno de la clase mas inferior de la sociedad. Mas allá
se veía un anciano que se habia proclamado soberano de
tres reinos, y esperaba muchas ligiones de hombres ar
mados para volver á apoderarse de su triple corona, y
hacer entrar por la senda de la razon á todos estos dema
gogos furiosos. Finalmente , habia uno que se creía un
emperador de la China destronado: «Bien lo ven uste-
»des, nos decia , con una voz lastimera y dolorida, ya no
» tengo tro pas ; me han privado hasta de mis mas fieles
» criados."
Los locos no simpatizan entre sí sino cuando desbar
ran sobre puntos análogos, en cuyo caso se buscan, se
unen y se hablan cariñosamente ; pero si por el contrario
no convienen en el objeto de su manía , cada cual vive
aislado huyendo unos de otros, y (lo que es mas triste pa
ra el observador de estos seres divagantes) poniéndose en
ridiculo, echándose miradas satíricas, injuriándose, y
creyendo cada cual de por sí que él solo habla la verdad.
Por lo demas, lo mismo sucede aqui que en el mundo,
con la diferencia que los afectos estan expresados con mas
vigor. Represéntese en un salon una multitud de instru
mentos músicos, de los cuales se hacen salir á la ventura
los sonidos mas discordantes , y se tendrá la idea de
AMBICIOSO. azS
ruidosas reuniones Je individuos, cuya razon ha sido
oscurecida por causas tan numerosas y tan variadas.
Entre estos habia un hombre muy singular, cuya his
toria he prometido: se llamaba Anselmo, y vulgarmente
Diógenes; estaba encerrado ya hacia mucho tiempo por
haber corrido las calles de París con un vestido griego
pretendiendo se le tuviese por el encargado de una mision
filosófica para curar á los hombres de la ambicion. La
lectura de los libros de la antigüedad habia trastornado
de tal modo su juicio , que se paraba en las plazas públi
cas, y arengaba con cierta elocuencia á todas las personas
que encontraba en el camino.
Los locos tienen particular destreza para reunir todo
lo que tiene relacion con la manía que los domina. Asi
vemos que la mayor parte muestran un ingenio que sor
prende para fabricarse decoraciones, cetros, coronas, y
todo cuanto puede lisonjear su ambicion favorita. Ansel
mo tomaba muchas veces para vestirse una simple manta;
pero se envolvía en ella con tal habilidad , que parecía él
un verdadero discípulo de las escuelas del Pórtico ó del
Liceo. Por su cuenta era discípulo de Sócrates , cuya
muerte contaba algunas veces de un modo tal , que hacia
saltar las lágrimas á los que le escuchaban. Se habia del
todo identificado con la doctrina de este filósofo, cuyos
dogmas y opiniones decia de memoria.
Anselmo era, como todos los melancólicos, muy des
igual en su caracter. Unas veces era hablador sempiterno,
y otras guardaba silencio por muchos dias, y aun por me
ses enteros, con aire de pensador; pero apenas abria su
boca , se inflamaba su fisonomía como la de un entusiasta.
Sus ademanes tenían algo de teatral y de animado ; parti
cularmente su voz, que sabia variar con agradables y nu
merosas inflexiones , preocupaba á su favor de un modo
a*4 EL LOCO
singular. No hay cosa mas extraordinaria que el discurso
que hizo á otros dos enagenados que se creían reyes, y
corrían loe patios de Bicetre disputando lapreeroinencia.
» «¿Qué fuego es el que os devora? exclamó. Examinad mi
«conducta : ¿me habeis visto jamas enfurecido? Yo he po-
»dido reinar como vosotros; pero me entregué todo á la
«filosofía." Lo que mas sorprende es que este apostrofe
tan corto de un hombre delirante bastó para apaciguar
los. Lo tuvieron por un sabio cuyas decisiones debian
respetarse. :- . '
Loque á Anselmo daba tan grande ascendiente sobre
sus compañeros de miseria, era su inmenso orgullo, que
le hacia indiferente á todo, hasta á las burlas que le ha
cían sufrir. Sus ojos expresaban desden; pero jamas im
paciencia ni furor. El solo entre todos rehusaba admitir los
regalos que les hacían los que iban á visitar la casa de los
locos. Ya he dicho antes que se le conocía con el nombre
de Diógenes. Lo cierto es que tenia aire de querer imitar
al filósofo por el laconismo de sus discípulos, por la liber
tad de sus juicios, y por el cinismo de sus respuestas. Es
taba vestido con una capa compuesta de andrajos de dife
rentes colores, y cuyas piezas habian sido renovadas suecc-
sivamente. Andaba sin zapatos por medio del lodo, y lle
vaba unas alforjas llenas de notas manuscritas que decia
haber recogido laboriosamente en las bibliotecas de la ciu
dad. Es propio de muchos enagenados estampar en el pa
pel en cierto modo los resultados extraordinarios de sus
divagaciones. Hay muchos que escriben largos pliegos so
bre lo que piensan , ó mejor sobre lo que deliran. Ansel
mo pasaba el rato que estaba en su aposento inmóvil so
bre una mala cama , parecido á uno de los mendigos de la.
ciudad de Ná poles , que se acuestan en canastos de junco;
ó en los umbrales de las casas. , - . . . . i
AMBICIOSO. sa5
A pesar del desarreglo de sus hábitos, y del ningun
aseo en sus vestidos , Anselmo se habia adquirido una
cierta reputacion desde su entrada en Bicetre. Tenia por
intérvalos una razon tan despejada , que maravillaba á
cuantos lograban la ocasion de escucharle. El estar movidos
por una fervorosa inspiracion muy á propósito para hacer
salir de su cerebro pensamientos luminosos , hace que se
escuche con placer á los locos : lo cual no sucede jamas á
las personas serenas que viven en el círculo ordinario de
las costumbres de la vida. La cabeza de uno que está exal
tado se parece á un volcan, cuyas lavas impuras ocultan
algunas veces sustancias preciosas dignas de recogerse.
Anselmo no sabia coordinar nada de cuanto producian
sus continuas meditaciones , y habia perdido la facultad
de percibir los objetos en [sus verdaderas relaciones con
nuestra naturaleza intelectual y moral ; pero no obstante
llenaba de admiracion muchas veces por la delicadeza de
«US cálculos,
Con todo yeso
porlaslasmas
sentencias
veces sus
profundas
discursos
é inesperadas.
y conduc

ta estaban destituidos de toda sensatez. Jamas hablaba


si no de los viages que habia emprendido para estudiar
las costumbres de diferentes pueblos. A cada mome n
to, y sin ninguna ocasion, citaba á los griegos mas anti
guos, que decia haber tratado y conocido. Acriminaba á
Carneades, aprobaba á Platon, y ensalzaba hasta las nu
bes á Crisipo. Su principal maña era la de encerrarse por
momentos en su cuarto á extender las constituciones que,
segun decia , le habian pedido todos los soberanos del uni
verso. Se fatigaba en apropiar sus instituciones á los esta
dos que quería servir; tenia siempre en la boca los nom
bres de Minos y Licurgo. «Yo restablezco las leyes , decia
>>él, para todas las antiguas monarquías de la tierra." Con
tinuando despues con el papel de filósofo, pretendia que
a9
EL LOCO
421»
habian querido confíarle los cargos mas importantes;
pero que. él habia desdeñado constantemente las grani
dezas políticas. Se daba á sí mismo el parabien de verse
libre de todos los negocios del mundo, y compadecía sin
ceramente
co de poder.
á los
Segun
que su
se atormentan
cuenta no gozaba
por adquirir
otros encantos
un po-*

que los que proporciona una vida puramente contem


plativa. . , i
Había entonces eri uno de los corrales de Bicetre un
gran monton de estiercol que se guardaba para el abono
de algunos jardines de la vecindad. Nuestro filósofo se
ponía sobre este monton como si fuese una montaña , fi
jando allí el sitio de sus desvarios , ó mas bien de sus ca
prichos contra el género humano. Algunos literatos que
habian oído hablar del talento singular de Anselmo , ve
nían k buscar verdades de la boca de un hombre cuyo
juicio se habia perturbado. Anselmo se inflamaba mas
cuanto mayor era el número de los curiosos que le
cercaban. Se burlaba de sus oyentes por el aprecio que
hacían de las cosas humanas , y no echaba de ver que él
era el mas ambicioso de todos los mortales; pues tenia to
do
para
el ser
orgullo
aplaudido.
que inspira la ciencia, y jamas hablaba sino

Asi , pues , que hasta en medio de la desgracia y de la


pobreza , y de las mas abyectas condiciones de la vida , se
encuentra esta desoladora ambicion que nos hace desear
las alabanzas y aprobaciones agenas. El estudio de las
ciencias habia hecho á Anselmo tan desdeñoso como so
berbio, inspirándole el mas alto desprecio para con su»
semejantes. Creía haber llegado al colmo del saber, y pre
tendia estar enterado de todas las maravillas del universo,
aunque no ocupase en él sino un lugar muy miserable.
Se admiraba de que se sancionasen leyes sin su interven-'
AMBICIOSO, 237
cion
acaecimientos
, y de que
políticos.
él no fuese' . el primer móvil de todos los /

La locura de Anselmo no era continua , pues tenia in


tervalos, en los cuales sus juicios eran de una brillantez
extraordinaria. Si nuestra inteligencia se ve algunas veces
eclipsada, y si hay momentos en que nuestra alma se
ofusca de modo que se puede deoir que se interpone un
cuerpo entre los objetos y nuestra razon, hay tambien
otros en los cuales nuestro entendimiento disipa instantá
neamente las nubes que le ofuscan. La atmósfera ejerce
su influjo sobre nuestras ideas como sobre las olas del
mar, y nuestra alma se desplega y anonada en el capri
cho de los elementos. Cuando Anselmo estaba sereno de
cía cosas muy juiciosas, y muchas veces poco comunes
por su profundidad. Su cabeza sentia alternativamente
Fuerza y debilidad, luz y tinieblas, un juicio muy exqui
sito , ó la mas completa demencia.
La existencia de Anselmo era entonces un objeto de
curiosidad general ; de modo que donde quiera se habla
ba de él , y no hay una sola persona que no desease con
ansia conocer á fondo su historia , y la causa que le habia
conducido á este estado de miseria y de degradacion. Mu
chos pretendian haberle conocido antes que hubiese per
dido el juicio , y cada cual contaba con mas ó menos in
dividualidad las anécdotas que le pertenecían. Nusotios
escuchábamos estas diferentes narraciones con t3nta ansia
como cuidado. Este es el sumario de lo que pudimos re
coger en la materia, i: '! .i!> (Hi iiiii
En los dos tercios de su vida se mostró Anselmo muy
laborioso y muy benemérito; pero jamas fue feliz j orque
la ambicion le perseguía en todas partes, siendo de a< 'mi
rar lo bien que discurría acerqg de las funestas consecuen
cias de esta pasion, sin conseguir jamas poder prevenir
29:
22.8 EL LOGO
sus ataques. Confesaba cuantas acciones malas habla come
tido, y sin embargo no sabia defenderse contra los movi
mientos que le agitaban sin cesar. El mismo decia que es
te frenesí le había atormentado desde su primera infancia,
y que cuando estaba en el colegio se consumía de envidia
siempre que sus compañeros conseguían algun premio so
bre él. No podia leer la historia de los grandes hombres
de Plutarco sin que lo mortificase una dolorosa impacien*
cia. No dormía en hablándole de las hazañas de un gene
ral, pues el deseo de superarle lo exaltaba hasta enfure
cerlo. Fatigábase sin cesar en el mundo, y en cuantas pro
fesiones habia abrazado por ocupar un rango mas elevado
que el de sus semejantes, y siempre tenia la desgracia de
hallarse en el mas bajo.
Los ambiciosos corren siempre á un fin incier
to, como atraidos ó dirigidos por ilusiones ópticas. Y
no bien han llegado á donde pensaban cuando todos
sus encantos desaparecen , encontrándose entonces en
un inmenso campo, en el caai hay alguna cosa des
conocida para ellos, que es el objeto de sus investiga
ciones.
Anselmo era tan desgraciado en la carrera que habia
emprendido, que cuando llegaba al fin tan deseado no
sentía ni aun la alegría que causa una ambicion satisfe
cha. Cuando se le nombró teniente ya estaba desesperado
por ser capitan. Siempre descontento no conocia límite
alguno á sus deseos; formaba de continuo el proyecto de
curarse de su pasion brutal, lo cual pensaba conseguir
mudando de estado; pero su ambicion no hacia mas que
mudar de pábulo; y, por mas esfuerzos que hacia, siempre
era el mismo, y siempre encontraba aspirantes á quitarle
la preeminencia.
JSa fin, Anselmo era devorado por la ambicion hasta
AMBICIOSO. 229
tal punto, que déjaba ver en su aspecto la víctima de un
poder enemigo que venia á atacarle en el sueño. Imaginá
base por la noche que era rey, emperador, y que tenia
ceñidas sus sienes con una corona ; creíase tambien senta
do sobre un trono imaginario , en el que sentia las mis
mas angustias y los mismos combates que en la vigilia.
Sus sueños de grandeza y de gloria le hacia n algunas ve
ces afortunado ; pero no tardaba mucho en dispertar bien
humillado de su engaño.
Harto de sufrir afrentas, y desanimado por tantos obs
táculos, tomó un dia Anselmo una resolucion generosa
que no tardó en ejecutar. Abandonó el mundo, y se en
tregó á la filosofía para escuchar mejor , segun pensaba,
los oráculos de la razon. Añadia que Diógenes se le habia
aparecido en sus sueños , y le habia hecho donation de su
linterna; pero aunque renunciaba á la ambicion de las
dignidades y de la fortuna, ignoraba que sería pronto
sorprendido por la ambicion del espíritu. Asi sucedió: no
bien habia leido las obras de algunos antiguos, cuando ya
se creyó iniciado en todos los misterios de la sabiduría.
Echábase de ver en Anselmo la propension á llevar la
palma en todo, la cual era para él una fuente inagotable
de tormentos. Hablaba frecuentemente de los felices éxitos
obtenidos por él en el mundo; de los obstáculos que ha
bía encontrado; de los sacrificios de que le era deudora su
patria ; de los empleos que no habia querido admitir ; de
las recompensas que se le habian concedido ; de los mi
nistros que lo habian despreciado , y de la incapacidad de
los que habian sido preferidos á él. Se quejaba de que le
hubiesen obstruido los caminos que se habia allanado pa
ra conseguir grandes resultados. Y tenia buen cuidado de
añadir que si en el dia viniesen á ofrecerle el puesto mas
eminente de la sociedad reusaria su admision ; y en fin
&3o .EX, LOCO
dalia gracias á Dios por haberle líberfado de una pasion
funesta
A pesar
que de
tan esta
penosa
aparente
habia conversion
hecho su vida.
, y de las nobles

resoluciones de Anselmo, no se tardó mucho en percibir


que caía en una melancolía profunda. Sus miradas tenian
algo de feroz, y I03 movimientos de su ahna delirante se
caracterizaban por la expresion de una fisonomía turbada:
todos sus discursos participaban de sus desvarios, y la
turbacion constante de sus ideas inspiraban una dolorosa
compasion. En la época de que hablo no era Diógenes el
alegre por la chistosa ironía de sus sales; era mas bien el
tétrico Timon, el mas desesperado filósofo de Atenas, el
cual llenaba al género humano de maldiciones, y por úl
timo murió de misantropía. Nuestro pobre Anselmo casi
tuvoYala he
irrtsma
dichosuerte,
que trabajaba
como lo vamos
en formar
á ver.un código que

quería regalar á todas las potestades reinantes. Cuando


acabó su gran proyecto lo envió á diferentes soberanos,
entre los cuales ni uno solo se dignó darle acogida, des
precio que le humilló á tal extremo que no es fácil ex
presar. Apoderóse de él la desesperacion, y unos ataques
apopléticos acabaron repentinamente sus dias. Este mismo
hombre que se cría enteramente curado de su antigua pa
sion * y que pretendia desdeñar la gloria y las grandezas,
se entregó á la mas exaltada melancolía, solo porque no
le habian respondido á unas cartas escritas desde el hospi
tal de los locos. Los hermosos preceptos que diariamente
esparcía entre los pretendidos reyes destronados que se
hallaban de continuo en los patios de Bicétre no le sirvie
ron de utilidad alguna. Murió de la enfermedad de los
ambiciosos en la j mía donde se habia estrechado su exis
tencia y limitado sus deseos; tal es la índole terrible de es
ta insaciable pasion. ¡Cuántas veces devora á aquel á quien
AMBICIOSO. a3i
los obstáculos detienen! ¡y cuantas consume el corazón en
que está ardiendo ! En vano piensa el hombre reformarse
si ha llegado á prevalecer una sola vez en su alma. Por
mas que trate con frecuencia los sabios, por mas que si
ga la senda de Sócrates , y halle un dulce atractivo en los
dogmas de Epicteto, la ambición es en el Pórtico como
en el Liceo, y los esclavos que arrastra consigo no de
ben esperar la paz sino después que hayan descendido al
sepulcro.
SECCION TERCERA.

Del instinto de relacion considerado como ley pri


mordial del sistema sensitivo.

L,s seres animados no pueden existir aisladamente. De


penden unos de otros por una especie de atraccion social,
que es uno de los mas notables fenómenos de la organiza
cion: asi los vemos atraerse, buscarse, congregarse y reu
nirse, y aun se puede asegurar que el orden y armonía
de este universo depende muy particularmente de este
hecho primordial de la naturaleza animada.
Sin razon han negado ciertos filósofos la existencia de
la inclinacion irresistible que nos impele á la asociacion,
sosteniendo sin justo motivo que los hombres han esta
blecido la sociedad únicamente para ponerse al abrigo de
las violencias que pudieran atentar contra la conservacion
de su especie. El instinto de relacion es inherente á nues
tra naturaleza moral , y todo el que trata de sustraerse de
sus leyes debe ser tenido por un ser enfermo que lucha
con sus mas nobles impulsos. Es necesario que haya su
frido muchos y graves insultos de la suerte el hombre que
se retira á su corazon, y huye del aspecto de sus seme
jantes.
El hombre á quien se priva repentinamente de todas
sus relaciones acostumbradas se consume por su propia
llama , y se ve atormentado por mil deseos que le obligan
á inquietarse consigo mismo. Considérese á un desgracia
do prisionero ¡qué no daria por poder comunicar con los
que son el objeto de su amor y su cariño! Un autor inge
nioso (i) ha descrito del modo mas interesante la situacion
de un pobre lazarino (4), el cual', hallándose separado de
Íl) Mr. el Conde de Maistre.
2J El Leproso de Aosta. Esta descripcion histórica tan curiosa
3o
(a34)
Tos hombres en una casa solitaria, abría á cada instante
las puertas de su jardin para que pudiesen entrar los mu
chachos á robarle las flores, y para oir por este medio el
dulce sonido de la voz humana. ¿Quién será capaz de ex
presar las angustias que sufre una alma libre en un cuer
po que está en esclavitud? Durante los desastres de la re
volucion se ocultó un proscripto, el cual, no pudiendo
resistir á la necesidad de volver á ver los hombres sus
sem .jantes, fue buscándolos de villa en villa hasta que ha
lló la muerte en medio de aquellos por quienes su cora
zon anhelaba.
El hombre, pues, es un ser de relacion, y los medios
que tiene para labrar su felicidad no podrían adquirir un
desarrollo completo sino en la sociedad con sus semejan
tes. Bien sabida es de todos la respuesta de aquel infame
asesino que, para sustraerse de la venganza de las leyes,
se escondió en una caberna que él mismo formó en las
montañas de los Cevennes. Este hombre, aburrido- ya c!e
la soledad, abandonó un dia sn silvestre morada, y se fue
á la posada del pueblo mas inmediato, donde trató de
corromper al primero que se le presentó para que se hi
ciese compañero de sus crímenes; mas en este instante fue
cogido y puesto en prision. ¿Qué motivo poderoso os ha
obligado á dejar el lugar en que estabais ocultó? le dijo el
juez en su interrogatorio. «Yo tenia necesidad de un ami
go, le replicó, y he salido á buscarlo." Respuesta extraor
dinaria por cierto en la boca de aquel horrendo caníbal.
Asi vemos que el hombre jamas se despoja de todas
sus relaciones, sin exponerse á turbaciones interiores que
lo atormentan mucho mas que cuantas persecuciones ex
teriores experimentaba en el mundo. Se desnaturaliza en
cierto modo al deshacerse de sus pasiones afectivas. De
aquí nace que todos los hombres obedecen á la inclina
cion social , y miran como á una fuerza enemiga todo lo
que tiende á desunirlos; y de aquí el que á medida que
se perfeccionan tratan de extender y multiplicar sus re-
, ;—; ; «s ;
como llena de sentimientos compasivos se ha traducido en castella
no; y se vende en Madrid en la librería de Cuesta y en la impren
ta de Burgos, calle de Toledo frente á san Isidro el Real.
( 235 )
laeiones recíprocas. Es cierto que ha habido algunos que,
cediendo á resoluciones enérgicas, se han separado del gé
nero humano; pero pronto los ha vuelto á la sociabilidad
la naturaleza misma, avisando por medio de una voz in
terior que no estan solos sobre la tierra. Si han roto sus
relaciones pronto han vuelto á anudar el hilo; y ni la ve
jez llega á poner al hombre en completo aislamiento.
Siempre quiere hacer un papel activo.
El instinto de relacion ha dado origen á la sociedad
política. A medida que los hombres obedecian á la incli
nacion natural que debia reunirlos, han sentido la nece
sidad de establecer pactos que sirviesen á todos de salva
guardia : de aqui es que las relaciones de los pueblos co
mo las de los individuos tienen por objeto su conserva
cion. Las naciones se han constituido de esta manera , y
sometiéndose á ciertas obligaciones recíprocas se han for
mado una moral particular para su propia seguridad.
El instinto de relacion, y no la razon ni la ciencia,
condujo á los primeros hombres á la asociacion para po
nerse al abrigo de las casualidades y violencias que unos
podian ejercer en perjuicio de otros. Fue un impulso
innato que es comun á todo ser que respira , y es el mis
mo que nos sirve de guia para conocer las ventajas de
un buen gobierno. Es cosa natural que el débil se pon
ga bajo la proteccion del mas fuerte. En muchas ocasiones
hasta los animales obedecen á un gefe que ellos eligen ; y
todo cuanto pasa en la tierra sobre este particular es sim
ple efecto de una inspiracion de la Providencia , que es
la ley viva de los seres sensibles.
Del instinto de relacion nace la teoría de los dere
chos naturales del hombre, y de los que ha adquirido
por los contratos sociales. Llamo derechos~ adquiridos
aquel, por ejemplo, que la sociedad puede tener sobre la
vida de un ciudadano que atenta contra la seguridad de
su semejante, ó que turba de un modo grave la armonía
que resulta de nuestra propension natural á la benevo
lencia : aquel que tenemos de exponer nuestra propia exis
tencia por conservar las de los hombres que viven en co
munidad con nosotros. Estos derechos, que son comunes í
3o :
( a36 )
una multitud de individuos, nos hacen iguales desde el
momento en que nos hallamos bajo la egida de nuestras
leyes.
De aqui se infiere que los contratos políticos deben
su origen al instinto de relacion; mas para sacar de ellos
todas las ventajas que son susceptibles de proporcio
narnos no deben degenerar en esclavitud , porque la es
clavitud no es un contrato, como lo han pretendido va
rios publicistas; y aunque se le pudiese dar este nombre,
seria nulo , porque está fundado en la violencia , y por
que uno de los contratantes sufre en él el mas enorme
perjuicio.
El instinto de relacion debe estar libre de toda fuer
za. Cuando los hombres estan relacionados por una fuerza
que no les es natural , son víctimas de la antipatía y de
la guerra. Nuestras relaciones sociales no son favorecidas
de un modo maravilloso por la benevolencia , la bondad,
la generosidad, la compasion, estimacion, respeto, consi
deracion y otros sentimientos mas ó menos honrosos, por
los cuales nos distinguimos de los animales, y son los mas
nobles atributos de nuestra naturaleza humana.
La sociabilidad es una feliz disposicion del alma , en
cuya virtud nos sentimos animados de un sentimiento de
benevolencia acia nuestros semejantes, y somos natural
mente impelidos á hacerles todo el bien que deseáramos
se nos hiciese á nosotros mismos. Por este sentimiento in
nato es por el que coordinamos nuestra felicidad con la
de nuestros semejantes , y unimos nuestro propio interés
al interés general de todos. Cuando el hombre ha satisfe
cho todos sus deseos, cuando ha apaciguado la hambre y
la sed parece que está aburrido de su existencia. El fasti
dio lo subyuga: entonces tiene necesidad de salir de sí
mismo en cierto modo, y de unirse á sus semejantes, de
encantar é ilustrar su alma por su conservacion. Si se ais
la, queda lleno de asombro; si ve un hombre hecho á su
imagen se tranquiliza. Luego el atractivo de la sociedad
le proporciona seguridad sobre la tierra.
La sociabilidad, repito, es una de las facultades inna
tas que la naturaleza ha colocado en nuestro sistema sen
.. , í.a37)
sitivo, las cuales son anteriores á toda experiencia. Es el
resultarlo de un impulso natural particular, al cual todas
las criaturas estan sujetas. La vida entera del hombre so
cial no es otra cosa mas que el desarrollo de esta afeccion
primitiva de la economía animal. Lo que prueba que el
instinto de relacion es muy natural al hombre, es que los
pueblos mas bárbaros son á las veces los que ejercen me
jor la hospitalidad. Casi todos los isleños, que tienen po
cas ocasiones de corromperse, son de un caracter muy
amable, generosos y compasivos. La desconfianza parece
que se aumenta á medida que una nacion se va civili
zando.
El instinto natural constantemente dirigido acia el
mismo objeto, una cierta conformidad de intereses y de
seos, &c. &cc. , han podido sin duda reunir á los hombres,
y hacerlos formar sociedades mas ó menos regulares ; pero
la perfeccion del estado social no es fruto mas que de la
experiencia y de la razon ; y aun es menester para que
surta todo su efecto que tome en ciertos casos el caracter
de la pasion que únicamente puede hacerla comunicativa.
Conviene que hombres de un temple fuerte y vigoroso le
impriman una feliz influencia, único medio de extender
sus ventajas, y de perpetuar sus dulzuras.
Está probado que todo cuanto se ha escrito en nues
tros dias acerca de los pretendidos salvages hallados en
medio de los bosques es del todo imaginario. Aquellos in
dividuos que se pretende han andado errantes á la ventu
ra fuera de la sociedad, estaban enagenados , y por efectos
de su enagenacion mental huían de sus hogares domésti
cos. Otras veces eran individuos á quienes por falta de in
teligencia, ó por algun grado mayor ó menor de estupi
dez, consideraban sus familias como cargas muy pesadas,
teniendo la inhumanidad de abandonarlos á la piedad pú
blica. Por otra parte es difícil de creer que tales indivi
duos hayan podido andar vagando largo tiempo de este
modo , y el que hayan podido, sin ser víctimas de las fie
ras, pasar un invierno expuestos casi desnudos al rigor
de una estacion en la cual la tierra no produce alimento
de ninguna especie.
( »38 )
Hay tambien hombres á quienes su condicion ó estarlo
obligan á vivir continuamente en las montañas ó en las
selvas; tales son los pastores y los leñadores de los Alpes ó
de los Pirineos. Hay otros á los cuales una morosidad na
tural y una particular disposicion de su espíritu , por lo
comun efecto de la hipocondría , &c. fuerza á no abando
nar aquellos lugares que sus compañeros desamparan en
la mala estacion. Alli viven en grutas abandonadas, sus
tentados por medio de algunas provisiones. El estado de
independencia , y la disposicion de su alma, que les hace
mirar como penoso el comercio de los hombres, dan un
aspecto agradable á este género de vida; pero su voz bron
ca por falta de ejercicio, algunas pocas palabras groseras,
que es únicamente lo que conservan de su lengua primiti
va, las cuales apenas saben articular, un número tan cor
to de ideas que se pudiera tener por privacion absoluta,
un exterior inculto, agreste y sucio, y las facciones altera
das por la mala estacion y pésimo alimento, les dejan ape
nas alguna semejanza humana; de modo que llegan á per
der del todo sus cualidades sociales y relativas.
Del mismo modo podemos contar en el número de los
seres perfectamente aislados al inmenso número de locos
y dementes que pasan su vida entera en un estado de vio
lencia ó arresto; pues es cosa manifiesta que los enagena-
dos no estan en comunicacion con los demas hombres , y
obran sin objeto y á la ventura tomando varias actitu
des , y verificando ciertos actos cuya razon y motivo son
difíciles de percibir. Basta para convencerse de que entre
ellos no existen ni relacion ni correspondencia verlos en
los patios de Bicétre y Charenton. Tales individuos no es-
tan, como se ha pretendido, en un estado de infancia;
porque los niños tienen relaciones simpáticas que la ob
servacion no permite poner en duda.
Mas , cuando goza el hombre plenamente de toda su
razon , se siente arrastrado imperiosamente en todos los
momentos de su existencia por la necesidad de comunicar
con sus semejantes, y aun conoce que la fuerza de esta
necesidad le da una gran superioridad sobre los demas
animales. El solo goza del privilegio de la palabra , con
( a39 )
el fin sin duda cíe que pudiese establecer relaciones mas
variadas y mas extensas. Si llegase á carecer de la palabra
«e serviría del lenguage de los signos, que podría serle tan
ventajoso como el bocal, y recurriría al patético, que usa-
ria como suplemento en la expresion de sus sentimientos,
porque tiene lágrimas y sollozos con que pintar sus dolo
res, y sabe hacer hablar hasta el silencio mismo; de mane
ra que se puede adivinar su corazon antes que él se expli
que , y conocer en su fisonomía basta los menores vesti
gios de las afecciones que lo agiten.
Cada pasion tiene su acento particular, independiente
de las palabras que para expresarla se pronuncian; asi es
que los gritos, los gemidos, &c. son algunas veces mas
elocuentes que los sonidos mejor articulados , y hay en la
voz grados de tal modo apropiados para expresar las dife
rentes alteraciones del alma, que hasta los animales mis
mos los saben distinguir, de lo cual es una prueba un per
ro dinamarqués que tenia un amo loco de accesiones pe
riódicas, en las cuales lo abandonaba , y volvía inmediata
mente que pasaba el delirio, adivinando este animal tan
fiel como inteligente por su maravillosa sagacidad el ins
tante feliz en que podia volver á entablar sus relaciones
con el amo que tanto amaba.
El instinto de relacion tiene mil recursos para fortifi
carse y engrandecerse. Por medio de la escritura entabla
mos relaciones de un polo al otro, y hacemos viajar en
cierto modo nuestros sentimientos de amor y benevolen
cia; y por el arte aun mas poderoso de la imprenta sim
patizamos con los hombres que ya no existen, y experi
mentamos aquello mismo que han experimentado: nos
electrizamos con el fuego de sus conceptos, y fecundiza
mos nuestro entendimiento para la lectura de las obras
maestras que nos han trasmitido.
El hombre dirige sus miradas escudriñadoras hasta el
cielo mismo, y ha llegado á determinar las relaciones de
los astros con el globo que habitamos; ha conocido y me
dido la situacion respectiva fie todos los paises, &c. Se ha
apropiado el uso de la brújula para atravesar la vasta ex
tension de los mares, confiando su destino al elemento
mas formidable solo por ir á buscar otros mortales desco
nocidos , y fundar relaciones en ciudades extranjeras. El
amor de las relaciones sociales es el que bace que el viage-
10 visite las playas mas lejanas, y le bace arribar á pueblos
que no podia presumir existiesen.
Todos los hábitos de nuestra vida fortifican en nos
otros el instinto de relacion. Lo que en esta materia dis
tingue al hombre de los animales es el encanto que expe
rimenta en hacer sus comidas acompañado. Los brutos co
men solos, y temen que llegue alguno á tocar sus ali
mentos ; pero el hombre al contrario ha querido desterrar
la personalidad de un acto cuyo único objeto es su con
servacion. Su apetito se abre, y aviva, por decirlo asi,
cuando ve sentado junto á sí una persona amada que se
saborea con los manjares de su mesa , &c. Es conocida la
utilidad de los convites siempre que se trata de afirmar
algun lazo, ó de formarlo de nuevo. Los parientes, ami
gos, y todos los que ejercen profesiones análogas, se reu
nen de cuando en cuando para asistir á un mismo festin,
como un nacimiento, un matrimonio, y cualquier otro
feliz acaecimiento de la vida digna de celebrarse. Las gen
tes de baja esfera no tienen otro medio mejor de reanimar
entre sí los sentimientos de benevolencia ; y con el vaso en
la mano es como verifican sus reconciliaciones , sus pac
tos , sus contratos , y amistosas comunicaciones.
Lo mismo sucede con los placeres que dan lugar á
danzas, fiestas, &c. Los hombres gustan de estar juntos,
aun cuando no se hablen ; por este gusto se los ve correr
á los paseos públicos. Las emociones que se reciben en
comun se imprimen con mas fuerza que las que disfruta
mos en particular. Las impresiones comunicadas á una
gran masa de hombres por medio de la representacion de
un drama , ó por el poderoso influjo de un discurso elo
cuente y patético, son uno de los efectos mas interesantes
de la necesidad urgente de relacion. Todos los corazones
expresan la conciliacion por los aplausos unánimes , todos
simpatizan y dan á conocer simultáneamente su aproba
cion. Lo que mas sorprende es ver que tantas personas
desconocidas eatre sí, desechan de pronto toda desconfian
( a4i )
za, para abandonarse de consuno á las agitaciones mas dul
ces y encantadoras; que todos se asocian y se unen para
ceder al mismo atractivo, para participar de los mismos
intereses, y para condolerse de las mismas penas.
Pero lo que mas particularmente indica el instinto de
relacion, es la necesidad constante que experimentamos
de comunicar á otro los pesares y reveses de fortuna
que por acaso experimentamos y turban nuestra existen
cia. Cuando una pena fuerte atormenta nuestra alma , es
raro que se pueda ocultar sin que la violencia que el te
nerla encerrada acasiona , no produzca un disgusto gene
ral que abruma la economía animal. Al contrario, alige
ramos el peso de nuestros males confiándolos á nuestros
semejantes, privilegio que no tienen los animales; pues
solo al hombre se lía concedido el inapreciable beneficio
de recibir consuelo. La naturaleza ha querido que todos
los dolores que llegan hasta el fondo de nuestro ser pu
diesen dulcificarse por las relaciones sociales.
Amamos tanto estas relaciones, que cuando la suerte
nos priva de nuestros amigos los acompañamos hasta el
sepulcro, y los abandonamos lo mas tarde posible. Las
personas
tan ligadas
maspor
civilizadas
lazos masson
fuertes
las mas
á sus
adictas,
relaciones
y las afectuo
que es-

sas; y solo los pueblos enteramente salvages pueden pros


perar en la soledad y aislamiento. No sucede lo mismo al
nombre civilizado, el cual prefiere la muerte á la funesta
calma del destierro y abandono. La privacion de relacio
nes es para él una muerte anticipada , y en las calamida
des que lo abruman solo la benevolencia y la amistad
pueden hacer que estime su existencia , y se resigne á so
portar su peso.
Ha habido quien se atreva á decir, sin fundamento á
la verdad, que el hombre ilustrado puede por si solo pro
veer á todas sus necesidades. La cultura de las ciencias y
las artes aumenta la inclinacion natural del hombre á la
sociabilidad cuyas ventajas multiplica; asi el que ha cul
tivado su razon es desgraciado en la soledad, porque tiene
continua necesidad de exhalar sus ideas, y de engrande
cerlas por la comunicacion: su alma se indigna con el re-
3i
( a4a )
poso que se la quiere dar. Ni sus recuerdos ni su instruc
cion pueden suministrarle pábulo conveniente; necesita
de las palabras de sus contemporáneos; prefiere el sonido
de la voz humana á los libros que estan sin calor y sin vi
da; y como no debe vejetar en un solo lugar como una
planta, le son tan necesarias sus relaciones sociales, como la
facultad locomotriz., que le sirve para trasportar sus ór
ganos á donde quiera que sus deseos lo llaman. De aquí
nace sin duda que él prefiere vivir en las ciudades á mo
rar en el campo , porque allí se ejercen sus funciones con
mas rapidez, y sus relaciones se hallan en una esfera de
accion mas activa y animada.
Se puede decir, y ya se ha dicho con razon, que de
todos los pueblos los franceses son los mas aptos para la
sociabilidad , á lo menos son los mas á propósito para los
placeres de la conversacion, que es una de nuestras mas
dulces é imperiosas necesidades. Las palabras escritas y
sin la accion del cuerpo estan privadas de su mayor
fuerza : al contrario, la conversacion es un medio mil ve
ces mas poderoso para darle esta especie de vida que
la hace comunicativa. Es cosa curiosa ver una multitud de
hombres inteligentes reunirse y penetrarse mas ó me
nos del calor de sus sentimientos recíprocos, pedir mú-
tuamente consejos, auxiliarse generosamente con su ins
truccion individual para conducirse en la vida, dirigir
se , cambiar sus impresiones morales, y enriquecerse alter
nativamente con todas las ideas que han adquirido por el
estudio y la meditacion.
Ademas, el deseo de comunicar con nuestros seme
jantes se manifiesta en casi todos nuestros usos sociales;
particularmente en el que se practica con tanta regulari
dad al principio de cada año. Es de admirar en este dia el
cuidado ansioso con que corren , aun los que hasta enton
ces estaban encerrados en el círculo de la vida privada, á
casa de aquellas personas á quienes conservan alguna be
nevolencia y afecto. El esmero que ponen en adornarse
con sus mejores galas para hacer estas visitas afectuosas,
es un homenage que tributamos al instinto de relacion, j
En estos dias es cuando aparecen con todas sus forma»
los sentimientos afectuosos que se hallan en el fondo de
los corazones. Hasta el egoismo abandona su personalidad,
y hace algun sacrificio, á lo menos aparentemente, á las
conveniencias sociales. Todos los rostros estan llenos de
serenidad y alegría. Se echa mano de toda especie de in
dustria para proceder á varios actos de liberalidad que
fortifican las relaciones benéficas. Estos usos son muy úti
les para que se acaben los odios y se verifiquen reconci
liaciones , &c. Este es el espectáculo mas interesante que
puede ofrecernos el instinto de relacion en un pueblo ci
vilizado.
Es verdad que esta ceremonia ha degenerado en eti
queta, sufriendo la suerte que las otras fórmulas de la ur
banidad.
las expresiones
Los hombres
naturales
en del
sus alma
relaciones
un lenguage
han sustituido
ó mejorá ;, - .

una jerga, por cuyo medio intentan engañarse en sus re


cíprocos sentimientos. Se manifiestan afectos y cuidados
que su corazon repugna, aun cuando sus palabras los
afirmen, engañándose asi mutuamente por vanas protes
tas y mentiras que agradan ; de modo que el arte de la
disimulacion ha llegado á ser provechoso para aquellos
que lo poseen en un alto grado de perfeccion.
Este poderoso atractivo que se deriva del instinto de
relacion , no se manifiesta solamente en los hombres que
desde el origen del mundo se hallan reunidos en hordas y
naciones, 8cc, sino que también lo vemos en los animales
que se asocian formando cuadrillas que viajan como alia
dos fieles, y que por decirlo asi, ponen en roninn su
perspectiva. Tales son las monas del Brasil que forman
repúblicas mas ó menos numerosas; las golondrinas que
nunca emprende una sola su peregrinacion ; las abejas y
hormigas que nunca se separan. Hasta los mas pequeños
animales obedecen á la ley de la sociabilidad , reuniéndo
se y colocándose por una alianza indisoluble; de modo
que parece pertenecerse unos á otros, y no poder existir
aisladamente. Es tambien cosa digna de notarse ver que
las aves traídas de remotas regiones, y que intentamos
aclimatar en nuestro suelo, se toman un afecto mayor que
se lo profesaban en su pais nativo: en lo que se parecen
(a44)
á los hombres que, cuando abandonan su país para vivir
en tierras desconocidas, se sienten arrastrados por la ne
cesidad de fraternizar con los que como ellos andau er
rantes, y separados de su lejana patria.
Estan equivocados, decia un filósofo de gran talento,
los que creen que el hombre es el único viviente que ha
bla , porque tambien los animales tienen su lenguage;
pues sin tal auxilio les seria imposible comunicarse entre
sí para defenderse, emigrar, participarse su amor, 8cc.
Por reiteradas observaciones se podria quizá llegar á pro
fundizar este lenguage, y en muchos casos á conocer lo
que expresa; pues es cierto que tienen un grito para el
contento, otro para el dolor, y otro para el amor, odio, &c.
Me acuerdo haber leido la historia de las aves marítimas
que frecuentaban las isletas situadas al occidente de la Es
cocia , tales como las gaviotas, &c. , las cuales jamas co
mienzan á viajar sin tener á su frente una de centinela;
unas velan mientras que las otras duermen; se comunican
sus ansiedades y disgustos, y no tardan en reunirse despues
que las ha dispersado algun tiro ú otro cualquier estruen
do. Tambien se ve en esta historia que cuando alguna de
estas aves muere víctima de la bala de algun cazador, las
otras la cercan tristemente, y con aire de estar muy llenas
de dolor por la pérdida que acaban de sufrir ; y que
cuando se encuentran libres de algun peligro se demues
tran con fuertes graznidos la alegría que experimentan en
volverse á ver.
En los animales se halla el instinto de relacion fortifi
cado por el de conservacion, de lo cual se podrian citar
un millon de ejemplos. Mi apreciable amigo Noyer ha pu
blicado la historia de ciertos cuadrúpedos , conocidos vul
garmente con el nombre de cochinos cimarrones, que se en
cuentran en cuadrillas por las selvas de la Cuayana , los
cuales llevan siempre á la cabeza un gefe que les advier
te del
da la señal
peligrodeque
parada
puedey amenazarlos.
de partida , yEste
cuando
gefe es
presume
el que

que hay algun motivo de temor hace resonar sus dientes,


y todos simultáneamente le corresponden con un ruido
igual. Noyer, que me ha referido este hecho, me aseguró
( a45 )
que quedó horrorizado por el ruido espantoso que causan
sus mandibulas en tal acto: entonces es muy peligroso
atacarles, pues rodean en un abrir y cerrar de ojos á los
perros que los persiguen é intentan herirlos acercándose
por todas partes, lo que consiguen estrechando progresi
vamente el circulo que han formado al rededor del ene
migo; otras veces se colocan en tres ó cuatro filas, y son
tan terribles cuando estan ;isi reunidos, que el tigre mis
mo, á pesar de su extremada agilidad, no se atreve á aco
meter sino á los rezagados, y aun á estos los mata y en
seguida los abandona, salvándose en algun arbol del fu
ror de sus compañeros, aguardando á que hayan pasado
para devorar su presa : sin esta precaucion, que le ha dic«
tado la experiencia, los gritos de la víctima atraerían pron
to toda la cuadrilla que irrevocablemente lo destrozarían.
No es menos interesante el espectáculo que ofrecen
las serpientes de los desiertos del Africa al viagero obser
vador. Despues de una gran tempestad se ve á estos hor
rendos reptiles reunirse, enroscarse en espiral, y subirse
unos sobre otros como si quisiesen formar con sus cuer
pos una pirámide viva. Al acercarse los pasageros á esta
terrible masa hacen resonar el aire con sus silbidos, y
amenazan por todas partes á los cazadores qne intentan
acometerlos; pues en el monstruoso cerco qne han forma
do y por la disposicion singular de sus cabezas , presen
tan al enemigo una superficie igual por todos lados. Se
asegura que tal disposicion les es muy ventajosa, que se la
sugiere el instinto de conservacion , y que tiene por obje
to final resistir á los ataques del feroz caiman que podria
vencerlas una por una. Semejante fenómeno es sin dispu
ta el resultado de una combinacion social fundada en el
interés general.
Los servicios que se hacen mutuamente los animales
son otra prueba indudable de la existencia de esta ley de
relacion que dirige esencialmente á todos los seres. ííay
hechos interesantes que ponen esta verdad fuera de toda
duda; pues se ha visto que las golondrinas socorren á sus
compañeras, y las ayudan en la construccion de sus nidos
cuando el viento los destruye en parte. Varios naturalistas
( 246 ) . .
hacen mencion tle un chorlito que se introduce en la bo
ca del cocodrilo durante, su sueño, y aun se añade que el
animal acuático siente placer en que lo liberten de los in
sectos que lo atormentan, y que parece invitar al ave á
penetrar en su gaznate para que alli le haga este impor
tante servicio. El chorlito habrá sido excitado por su parte
por el atractivo que tiene para él un alimento que tanto
conviene con sus apetitos y costumbres, pues lo vemos an
dar siempre por la playa, é introduciéndose á la manera
de los hurones por los agujeros mas escondidos en busca
de su cebo. Seria cosa muy curiosa de estudiar la historia
de los diferentes animales que se hallan asi ligados por re
laciones recíprocas. Un sabio ilustre, el célebre Geoffroy-
Saint-Hilaire , ha publicado acerca de esta materia ideas
tan graciosas como ingeniosas.
Hasta las plantas dejan percibir señales de una simpa
tía particular, que tiene alguna analogía con la sensibili
dad de los animales. Hay algunas que prosperan con me
jor éxito cuando se las cultiva en compañía con otras de
terminadas; de modo que parecen estar dotadas de su ins
tinto de relacion. ¿No es por una especie de atraccion
electiva, por lo que la yedra busca al olmo para enlazar
se, y los liqúenes la corteza de ciertos árboles en donde
viven con preferencia? Es positivo que los naturalistas
hablan de las aversiones y antipatías que se manifiestan
en los individuos del reino vejetal ; y es observacion muy
vulgar el que algunas se pierden por la proximidad de
otras.
De todo lo dicho se infiere que los seres animados
obedecen todos á la inclinacion social, y es de una obser
vacion manifiesta que esta inclinacion natural se aumenta
en razon de la perfeccion de los individuos que obedecen
su ley imperiosa; porque un arbol puede crecer aislado,
pero no asi los animales, particularmente el hombre que
está esencialmente ligado con todo lo que le rodea, y que
no puede recibir un l>eneficio ni sentir una desgracia sin
que haga tomar parte á la sociedad á que pertenece.
Seria cosa facil de probar que la excelencia y morali
dad del hombre proceden en parte del instinto de relacion;
(H7) .
de donde nace que los antiguos miraban los actos emana
dos de este instinto generoso como los solos dignos de
grande celebridad; y aun hoy mismo cuantos sacrificios
hacemos inducidos por esta inclinacion es solo porque nos
honre la posteridad. En efecto, el instinto de relacion da
origen á todas las pasiones benéficas, y basta que una ac
cion tienda a la felicidad de otro para que la tengamos
por virtuosa. El amor >le sí mismo nunca fue laudable,
y ni podria tolerarse sino es cuando nuestros semejantes
no experimentasen ningun género de sufrimiento por e6te
sentimiento.
Los que pretenden que el instinto de relacion no es
una inclinacion natural, son los primeros en alegar los
combates eternos á que se entregan perpetuamente aqui
bajo Ias criaturas humanas; pero sin embargo es preciso
convenir en que no está el hombre organizado para la
guerra , puesto que ni tiene garras ni arma alguna natu
ral defensiva ú ofensiva, antes por el contrario viene al
mundo desnudo, y con miembros débiles y en extremo
delicados; Dios le ha dado una propension irresistible á
la beneficencia y á todos los sentimientos afectuosos, y
una conciencia moral que lo ilustra sobre la naturaleza
del bien y del mal.
La guerra no es mas que un estado accidental cuando
viene á turbar las relaciones amistosas de los seres que
componen el género humano. El hombre abriga natural.
mente en su corazon la justicia y la paz, y se dirige en
todas sus acciones por un sentimiento interior que le ad
vierte que toda opresion es ilegítima, y la paz perpétua
entre todos los humanos no seria un sueño imaginario
si siguiéramos con mas docilidad la ley instintiva que tien
de á aproximar y estrechar cada vez mas nuestros cora
zones. Pero sobre este particular se ven los filósofos redu
cidos á hacer simples votos, pues ninguno sigue el cami
no que ellos enseñan. Ademas, el Lijen no se obtiene acá
en la tierra sino por un tiempo determinado, y siem
pre estamos reducidos á desear un estado mejor que el
nuestro. . . »
Asi, por mas que digan los misántropos, la mayor
( a48 )
desgracia de la vida es romper sus relaciones. ¿Qué dolor
hiy ni qué herida que no suavice una mano querida? ¡Ah!
Ya que es una necesidad el morir, á lo menos suframos
tan gran mal en medio de los nuestros , para que disfru
temos las penas que nuestra separacion les causa , y para
que en cambio de las lágrimas que derramarán pronto en
nuestro sepulcro reciban nuestros votos y bendiciones.
Que el último latido de nuestro corazon sea para su ter
nura, y nuestras últimas miradas para la dulce amistad.
¡Cuán digno de lástima es el que no tiene lágrimas que
derramar , y el que nunca ha sentido el incentivo de los
afectos dulces y sociales! La primera necesidad del alma
es la de amar y ser amada.

CAPITULO L !

De la benficencia.

La beneficencia es una de las inspiraciones primitivas


de nuestra alma; fue el patrimonio de los primeros hom
bres de la creacion , y la naturaleza unió la primera felici
dad al ejercicio de esta virtud , la cual no se adquiere , es
innata , y de tal modo inherente á nuestra organizacion,
que no nos cuesta el menor esfuerzo: es una facultad ne
cesaria para la existencia y para la armonía del cuerpo so
cial , uno de los atributos esenciales del sistema sensitivo,
y (como lo ha dicho Aristóteles) el principio de la amistad.
Debemos contar la beneficencia entre las necesidades
morales mas imperiosas. La naturaleza la ha inspirado á
todos los hombres , aunque en grados muy diferentes. Es
ta generosa disposicion del alma se desarrolla algunas ve
ces espontáneamente y sin ningun conocimiento íntimo
particular del individuo ácia quien se dirige : se declara
frecuentemente entre personas á quienes ha bastado para
cobrarse afecto el encontrarse en un sitio público, un tea
tro, un bajel, un carruage, 8cc.,en cuyo caso ceden las
personas á un atractivo irresistible: ni tarda mucho en
ejercer su benigna influencia en las grandes reuniones,
( 249 )
como en las aguas minerales, á donde cada cual va sin
mas móvil que el de su propia conservacion. Vemos en
tales sitios como se buscan los enfermos, y se hacen visi
tas muy frecuentes para ol>edecer al instinto de relacion,
y gozar todos los encantos que proporciona.
La beneficencia es entre nuestras afecciones la que se
halla mas independiente de todo motivo personal , de
donde nace que los grandes la ejercen con sus inferiores.
Parece que el hombre se diferencia de los animales en
que obra muchas veces por sentimientos enteramente des
interesados: su beneficencia depende únicamente de la
ley de simpatía y sociabilidad, que impele á los seres sen
sibles á entablar comunicaciones recíprocas. Y ¿cómo ex
plicarán los que refieren la teoría de este dulce afecto á
un «goismo tan vil como precario, el impulso natural que
nos inclina con preferencia á los individuos débiles y des
provistos de todo socorro ? En estas últimas guerras veía
mos á los feroces soldados que invadieron nuestros hoga
res sonreirse con una especie de magnanimidad y com
placencia benéficas á la vista de algun niño que encon
traban por acaso en los brazos de su tierna madre.
A la verdad desaparecería el encanto que proporciona
el estudio de la naturaleza humana si nos viésemos obli
gados á creer que solo un vil interés la ponía en acciont
Nuestra alma tiene impulsos mas generosos que influyen
en sus determinaciones morales. La naturaleza ha queri
do crear en nosotros la necesidad de amar á nuestros se
mejante» para oponerla al amor de nosotros mismos; asi
nos ha formado con esta necesidad , nos ha dado inclina
ciones encontradas á fin de que se contrabalanceasen en el
sistema del organismo: por lo cual vemos luchar muchas
veces con ventaja al instinto de relacion con el de conser
vacion. Sin la beneficencia no podrian gobernarse los
hombres , é incesantemente tropezarían con su egoismo
y personalidad irrefrenados.
Como la beneficencia es la mas desinteresada de nues
tras pasiones, y como se deriva únicamente de la simpa
tía, es evidente que todos los actos quede ella emanan
tienen los mas justo» derechos á nuestras alabanzas ; y esta

(a5°.)
circunstancia la da la superioridad que la coloca entre
las mas eminentes virtudes. Todo hombre que carece de
beneficencia se desvía de la ley instintiva , cnya existen
cia nadie puede poner en duda, yes poco digno de formar
parte del cuerpo social; porque el hombre no solamente
debe sus afecciones generosas á sus hijos, parientes y ami
gos, sino á todos los que como él pertenecen á la especie
humana. La felicidad individual es legítima si está acorde
con las miras de la general.
Para que sea satisfactoria á los hombres , es preciso
que la beneficencia sea el resultado de la feliz inclinacion
que nos impele á desear el bien de todo ser viviente que
tiene semejanza con nosotros , y en este caso son de gran
valor los cuidados y solicitudes que determina. Para que
una accion sea verdaderamente meritoria debe ser ins
pirada fuertemente por el instinto de relacion y no por
otro motivo. Sin embargo , no debemos perder de vista
que , siendo el hombre sobre la tierra una criatura fra
gil , no se le puede exigir que haga un desprendimien
to total de sí mismo cuando sirve á sus semejantes : es
to seria pedir demasiado á la naturaleza humana , pues
sola la divinidad es capaz de ejercer de esta manera la
beneficencia con seres de los cuales nada tiene que es
perar.
La beneficencia es una afeccion expansiva á la cual se
debe la hospitalidad, virtud de las mas antiguas que han
ejercido los mortales; se manifiesta por signos exteriores
que nadie desconoce. El encanto de la relacion imprime á
todas las facciones del rostro la mas agradable serenidad:
los ojos se animan, se dilata la frente, el rostro se colora,
«e separan los labios, y los músculos del carrillo se con
traen con tanta gracia como dulzura. Se dilata la- fisono
mía para expresar la alegría y contento del alma.
Sin embargo, el hombre se enmascara , y su sonrisa no
es siempre señal infalible de su beneficencia; porque sien
do la disimulacion un resorte facticio de los mas fuertes de
la vida civil , esta satisfaccion aparente suele ser efecto de
una complacencia estudiada. A pesar de este inconvenien
te, la sonrisa es en general el testimonio menos equívoco
de los sentimientos agradables que experimentamos, ó que
intentamos inspirar; y estamos tan acostumbrados á ver
esta agradable señal en los labios de los que nos tratan,
que formamos mal presagio del aire grave y serio de cier
tas personas
Hay ademas
con en
quienes
el inundo
comunicamos.
social una multitud de cos

tumbres que se derivan de la beneficencia: tal es, por


ejemplo, la que tienen los hombres civilizados que se co
nocen ó se aprecian , I0s cuales rara vez pasan unos jun
to á otros sin demostrarse una señal exterior de su afecto
recíproco, como una reverencia, ó el descubrírsela calaza.
Hay tambien otras demostraciones mas ó menos á propó
sito para expresar el afecto, las cuales tienen cuidado las
madres de enseñar á sus hijos desde su mas tierna edad:
en ciertos países los hombres se prodigan , cuando se en
cuentran , los dulces nombres de padre ó liermano segun
la edad ó el rango.
¡Qué cosa tan curiosa es para los viageros observar los
diversos gestos y señales mas ó menos expresivos con
que se manifiesta la beneficencia! Los habitantes de la Ze
landa tienen una costumbre muy singular; consiste en re
fregar su nariz con la de aquella persona que conocen, ó
á la que quieren demostrar amistad. Los árabes tienen un
modo mas noble de saludarse: ponen la mano derecha sobre
el corazon, y algunas veces se toman la mano y la aprie
tan entre las suvas muchas veces seguidas con mas ó me
nos energía. La beneficencia de los chinos es tan exquisita
como afectada: hay algunos que juntan, levantan, bajan
ó cruzan sus manos; otros se postran, y permanecen mas
ó menos tiempo de rodillas; y es sabido que tienen por
costumbre hacer que un criado lleve delante de ellos un
vestido con que se adornan en medio de la calle para sa
ludar á los personages á quienes desean demostrar mucho
miramiento y circunspeccion. En Africa hay países en que
se tributa un grande homenage á las mugeres, poniéndo
les sobre la frente cuatro dedos de la mano derecha, y lle
vándolos en seguida á la boca con mayor ó menor afecto.
En general todos los habitantes del globo se preguntan
afectuosamente por su salud con. frases mas ó menos lison
(»5s)
jeras. Tal es e] modo con que se ha tratado de hermosear
en todas partes el instinto de relacion.
Lo que l lamamos urbanidad en la sociedad no es mas
que el modo afectuoso de expresion de todos los senti
mientos de la benevolencia. La urbanidad es el fruto de la
mas sublime civilizacion , y el lazo mas fuerte de la socia
bilidad: por desgracia no es muchas veces roas que la imi
tacion de un sentimiento ficticio, y que no se siente. Pero
los hombres reunidos se han convenido tácitamente en
demostrar estimacion y respeto ; y aun llega nuestra
vanidad casi siempre á persuadirse que las demostracio
nes con que nos honran son francas y sinceras, y esta ilu
sion hace que nuestras relaciones sean mas dulces y agra
dables.
Es tal la persuasion de los hombres , de que la socie
dad política no podría mantenerse mucho tiempo sin es
tos actos convencionales de benevolencia recíproca , y co
nocen tan bien las ventajas que proporciona al comercio
comun de la vida , que las practican aun con aquellas
personas que aborrecen con muy justos motivos; de aqui
nace que se diga con tanta frecuencia en el mundo: á lo
menos es necesario ser atento. Todo seria turbacion y des
orden en las diarias relaciones de los hombres entre sí, si
se demostrasen francamente y en cualquiera circunstancia
los motivos de odio ó aversion que los animan. Hay una
moral social de la que no nos es dado separarnos; y aun
que sus leyes no estan escritas, no son por eso menos for
males ni menos indispensables de observarse.
Asi no es de extrañar que exijamos á nuestros seme
jantes saludos, visitas, y otras demostraciones de afecto y
benevolencia : nuestra vanidad nos hace acoger con una
especie de confianza los homenages que nos tributan , y
miramos como ofensiva toda verdad que no está acorde
con la opinion ventajosa que hemos formado de nosotros
mismos : asi ha sido indispensable introducir una falsedad
satisfactoria en las relaciones sociales , porque el hombre
se complace constantemente en engañarse acerca de la im
presion que cree producir en aquellos con quienes vive
en relacion ; de aqui procede tambien que la extremada
( a53 )
franqueza
íntimas. rompe con mucha frecuencia !ae relaciones mas

Sin embargo, siempre será cierto que hay signos exte


riores ríe benevolencia , que no causan sentimiento alguno
agradable cuando son excesivos ó multiplicados. El hom
bre dotado de un recto sentido experimenta una repug
nancia invencible por los eternos cumplimientos que
abundan en la sociedad del gran mundo, en los cuales se
ve á las claras un vil interés en las protestas excesivas,
cuyo artificio es demasiado grosero para que lo desconoz
camos: mas de desear fuera la rudeza de los antiguos que
esta ridicula exageracion.
Es cosa digna de notarse que los pueblos mas sencillos
y menos instruidos son cabalmente aquellos que ejercen
la benevolencia con mayor energía y sinceridad. Hay en
la India salvagesque apenas perciben un viagero corren
á ofrecerle hospitalidad, haciéndolos acostar algunas veces
en su propio lecho; y hay países de estos en que se han
formado asilos en medio de los caminos para el descanso
momentáneo de los pasageros. En todas partes se halla el
corazon humano con esta bondad nativa, que es el resul
tado mas precioso del instinto de relacion. Solo en las na
ciones civilizadas es donde ha llegado el hombre á fatigar
todos los sentimientos generosos del alma por el abuso que
ha hecho de los beneficios. La primera vez que un hom
bre dotado de una franca y natural benevolencia se en
contró con un ingrato debió sentir su corazon traspasado
de un dolor profundo.
Finalmente , es la benevolencia un sentimiento tan
natural y propio del corazon humano, que aquel que ce
sa de experimentarlo debe reputarse por un ser enfermi
zo ó defectuoso, en cuyo caso estan los melancólicos, hi
pocondríacos , &c. Los males físicos que padecen produ
cen el desagradable efecto de darles un amor extremado
de sí mismos, y de privarles de la inclinacion y deber de
relacion. Ademas, la benevolencia desaparece con el tiem
po largo, por el choque reiterado de los intereses indivi
duales. A medida que el hombre avanza en edad, pierde
cada vez mas la necesidad de relacionarse con sus seme
jantes, y se esconde, por decirlo así, en su propio cora
ron , abjurando todo comercio y toda correspondencia cou
sus contemporáneos.
¡Cuán triste y deplorable es la fuerza de aquellos
hombres en quienes se ha aniquilado de un todo el senti
miento de la benevolencia! Estan siempre cubiertos de una
oscura nube, y cesan de simpatizar con los individuos de
su especie. Los misántropos quisieran que el universo en
tero participase de su rabia contra el género humano,
igualmente que de su descontento y aversion. La amistad,
el amor, la estimacion, &c. , no son para estos seres des
confiados mas que ilusiones vanas de las cuales estan com
pletamente desengañados.
No obstante, la misantropía parece ser uno de los
mas tristes resultados del exceso de nuestra civilizacion.
¡Oh mil veces feliz el tiempo en que cada cual seguia el
impulso de una benevolencia conservadora, tiempo tan
celebrado de las costumbres patriarcales en que todos los
corazones eran confiados, los desgraciados encontraban
acogida , y los desterrados consuelo ! En este tiempo pri
mitivo, que fue la edad de nuestros primeros padres, no
imploró el indigente infructuosamente la asistencia de sus
semejántes, ni el viagero descaminado dejó de hallar un
techo hospitalario : asi se abandonaban tranquilamente á
la mano favorecedora de sus hermanos. La bondad genero
sa , y la piedad tutelar son tan antiguas como el mundo
mismo , y el hombre fue benévolo antes de ser amigo.

CAPITULO IL

De la amistad.

Esta pasion feliz está fundada en la simpatía y necesi


dad que tenemos de hacer á los demas partícipes de nues
tras sensaciones penosas ó agradables. No siendo la vida
moral del hombre mas que una cadena de relaciones mas
ó menos necesarias á su felicidad , se complace en existir
fuera de sí mismo , y en un ser que no sea él „ por lo cual
( a55 )
busca entonces un individuo que le sea mas análogo, y
quiere que este individuo sea, por decirlo asi, propiedad
suya; pues pretende disponer de sus inclinaciones, de sus
'gustos, voluntades y acciones, convirtiéndolas todas en
provecho suyo.
La amistad es una de las mas nobles facultades de
nuestra alma, é igualmente una de las mas puias y deli
ciosas disposiciones de nuestro sistema sensitivo. No estri
ba , como se ha creido, en la necesidad que tenemos del
auxilio de nuestros semejantes, puesto que se manifiesta
mas principalmente en una edad en la cual podemos muy
bien pasar sin el auxilio de los otros. Puede á la verdad
existir una amistad que no tenga por causa el interés
personal. ,
La amistad se manifiesta mas particularmente en una
época determinada de la vida humana , y es cabalmente
en aquella en que el hombre principia á entrar en el
mundo, cuando está ocupado en su educacion, cuando
concibe proyectos , cuando en cierta manera forma su por
venir, &c. Otro motivo contribuye entonces á producir la
amistad , y á darle toda la energía de que es susceptible.
Esta es la edad de la confianza : entonces nuestra alma.
ansiosa de relaciones, siente un placer en identificarse cotí
otra , y en comunicarle lo que pasa por ella. Solo los vie
jos se retiran dentro de sí mismos , y esconden misterio
samente sus pensamientos, pues para ellos la amistad ha
perdido su atractivo, y queda reducido á un cambio de
servicios, ó á un reconocimiento mas ó menos vivo esta
blecido conforme al número de sus necesidades.
La amistad, que es una de las afecciones mas natura
les á la especie humana , debe ser considerada como una
emanacion necesaria del instinto social ; pues es imposible
que el hombre sufra ó goce sin que comunique sus penas
ó placeres. Esta especie de simpatía , y este cambio recí
proco de un mismo afecto es tan favorable á la existen
cia, que tratamos de que se verifique hasta con los ani
males; y por una consecuencia de nuestra irresistible in
clinacion á querer todo cuanto nos rodea , llegamos hasta
encerrar en nuestras habitaciones los moradores del aire,
(*56)
que obligamos á permanecer fijos i nuestro lado , y col
mándolos de beneficios los alimentamos por nuestra pro
pia mano para domesticar su natural esquivo. Por este
medio conseguimos vencer su desconfianza i mas cuando
aprisionamos los seres que necesitan de mayor libertad,
no es tanto por hacerlos esclavos como por recrear nues
tros ojos con su preferencia, observar sus costumbres y
sus hábitos, y por cautivar, si posible fuera, su amistad.
Debemos, pues, convenir en que la amistades una
necesidad independiente de todo egoísmo ; y la mayor
prueba de que esta afeccion se deriva de un origen mas
puro que el interés jwrsonal es que bay gentes que de
testamos involuntariamente, y cuyo afecto y amistad '109
serian ventajosos. Hay otros á los que profesamos una ter
nura que de ningun modo recompensan. Ademas, los fun
damentos en que estriba esta pasion son muy diversos se
gun las diferentes edades: en los primeros años de la vida
se alimenta de su propio cebo, y está llena de abandonos
y sacrificios: sus primeros ímpetus son tan generosos como
sublimes, y su heroísmo es comparable muchas veces ai
del amor. Hay otra época en la existencia social en la cual
el hombre usa toda la reserva que le ha enseñado la expe
riencia , siendo entonces la amistad mas prudente y me
nos desinterada : los lazos del parentesco , la proximidad
de habitacion , la conformidad de gustos y pensamientos,
la semejanza de profesion, algun buen oficio, las demos
traciones de reconocimiento, &c. , bastan para producirla.
Muchas veces demostramos afecto á algunas personas
que jamas hemos visto solo porque sienten, piensan, y se
expresan como nosotros; y una misma desgracia ó las mis
mas aventuras proporcionan en ciertas ocasiones un co
mercio de amistad entre individuos que ciertamente hu
bieran dejado la vida sin siquiera mirarse.
Para afirmarse y tomar actividad necesita esta pasion
pasar por obstáculos , haber estado expuesta á peligros , y
halhise cimentada en pruebas sólidas; y aun diré mas,
que la amistad del>e poner de mancomun la felicidad,
el infortunio, y todos los vaivenes de la vida. No conozco
rasgo mas interesaute, y al mismo tiempo mas memora
(a57)
¿le, que las palabras que el doctor Dubreuil pronunció á
la hora de su muerte. Este médico, tán ilustrado como ca-
-ritativo, bahía sido, como es público, un angel tutelar
para todos los enfermos que se confiaban á su cuidado. El
interés que su conducta habia inspirado atrajo á su habi
tacion en la hora de su muerte á mil personas de todos
rangos y condiciones. Los pobres lloraban en la antesala.
«Amigo (dijo á Pechméja, á quien amaba ccn suma ter
nura), que salga todo el mundo de aqui, porque mi en
fermedad es contagiosa , y tú solo debes permanecer á mi
lado."
La amistad debió ser en la infancia de las sociedades
una afeccion mas enérgica que lo es en nuestros dias; por
que cuando las leyes carecían de vigor, era natural buscar
un apoyo mas seguro en los recursos particulares, aumen
tando asi la fuerza individual por la presencia de un ami
go: tal era el modo de obrar de los famosos caballeros de la
edad media. Lo mismo se habia observado antiguamente
entre los griegos, como lo nota muy juiciosamente el doc
tor Koussel en sus eruditas Investigaciones sobre la natu
raleza de las repúblicas antiguas; y efectivamente sabemos
que esta pasion era de una prodigiosa energía, y que por
todas partes se hallaban templos consagrados á ella como
divinidad. ¡Cuan hermosa y cuan noble es aquella legisla
cion á la cual dió Licurgo por base la amistad! El bata
llon sagrado de los de Tebas no era muy numeroso cuan
do sucumbió .con tanta gloria á la falange macedonia ; pe
ro el lazo mas tierno reunía como en un solo cuerpo aque
llos jóvenes soldados que lo componian y los hacia mil ve
ces mas temibles.
El ingenioso autor que acabo de citar nota , con tan
ta exactitud como discernimiento, que entre los griegos
tenia la amistad un aspecto análogo al del amor; que bus
caba las ventajas exteriores del rostro y del cuerpo; que
nacía muchas veces de las primeras impresiones produci
das por el órgano de la vista, y de ciertas relaciones que,
aunque inexplicables , no por eso son menos á propósito
para desenrollar una simpatía mutua. Ciertas disposicio
nes accesorias del alma , Como el orgullo , la vanidad , la
33
(a58 )
prevencion, ideas de conquista ó de preferencia , la da
ban un nuevo grado de violencia. La amistad tenia sus
arrebatos, ilusiones y éxtasis, y su entusiasmo podia sos
tenerse en cierta altura, porque aun cuando trajese sn
origen de los sentidos, estos no podían ni desengañarla
ni enfriarla.
He hablado de ciertas pasiones como la avaricia y la
vanidad, que parece no se hallan mas que en individuos
débiles y valetudinarios: no es asi la amistad, que supone
una energía poco comun en aquel que siente todas sus
emociones. Hay en esta pasion un no sé qué de expansivo
y valeroso que hace abjurar todo egoísmo: es una virtud
tan activa como vigilante, que pone en comun los males
y los bienes de la existencia. Sola es verdadera la amistad
que no reconoce consideracion en sus ímpetus generosos;
que no se cambia por caprichos de una ciega fortuna;
que aun en medio de las mas atroces desgracias se cono
ce y admira ; y finalmente la que es ardiente en defender
é ingeniosa en consolar. . -,....= _i.>- . -
Madama Staél ha cometido un error, á mi parecer , en
asegurar que la amistad no era pasion, porque no priva
ba al hombre riel imperio de sí mismo. En este particu
lar ha hablado de diverso modo que sentía ; porque la
amistad, tal cual la vemos nacer espontáneamente en el
fondo de nuestros corazones, es una inspiracion fuerte,
seductiva é irresistible; es el resultado de una moral inte
rior que tiene su código, sus máximas y deberes; es una
facultad magnánima, inseparable de una firme voluntad,
instituida por la naturaleza para entablar el comercio de
las almas, y para hacer encantador el destino del género
humano.
Plutarco compuso un buen tratado sobre la amistad
fraternal , en el cual nos representa á esta afeccion como
un deber sagrado en el orden social: no hay cosa mas des
consoladora que ver encendida la guerra entre indivi
duos que estan formarlos por la misma sangre. Un poeta
ha dicho en nuestros dias:

El hermano es amigo que el cielo nos destina.


. . (a59)
* Se ha hecho mencion con mucha frecuencia del carino
• que Pedro y Tomas Corneille se profesaban mutuamente:
igualmente de que el académico Chabanon tenia á su her-
ii mano Maugris. Voy á citar sus mismas palabras: «Nunca
*t (dice)
que Montagne
leímos mi ha
tierno
escrito
hermano
de la y Boecio.
yo sin enternecernos
Montagne tuvolo

|1 que ir lejos á buscar este querido amigo; pero el que yo


la lloro ahora lo babia colocado la naturaleza á mi lado, y
ffis circulaba
su
mo Cbahauon
hermano
por despues
refiere
nuestrasque
devenas
una
cuando
una
larga
en
misma
separacion
Paríssangre."
volvió
, hicieron
El
á ver
mis-
á

s entrambos tales demostraciones de alegría que parecían


é delirantes. Se abrazaron con un trasporte que no es facil
s describir, quedando sus dos existencias identificadas, por
a decirlo asi. Es cierto que sus corazones estaban libres de
9 toda especie de sentimiento, y que ninguna pasion podia
f contrabalancear en ellos la amistad fraternal , que es la
b mas
independiente
honrosa dedelasrodos
relaciones
los cálculos
privadas
delcuando
egoísmo.
se No
presenta
pue-

t do resistir al placer de citar el siguiente pasage, repetido


¡. en varias obras, y cpie convendría que estuviese traduci-
t do en todas las lenguas. Un hombre muy rico que tenia
i motivos de queja con su hijo primogénito dejó todas sus
i riquezas al segundo. Mas pasados algunos años despues de
. padre
su muerte
se corrigió
, el que
de sus
babia
extravíos,
merecidoy su
la vida
maldicion
era ejemplar)
de su

por lo cual su hermano, lleno de contento, le dirigió, se


gun se cuenta, en un dia de año nuevo este billete digno
de eterna memoria. «Te envío el testamento de nuestro

guíente, yo debo hacer lo que él mismo hubiera hecho si


hubiera sido testigo de tu arrepentimiento: asi creo que
cumplo con su intencion , y honro su memoria restitu
yéndote lo que me ha dejado."
Han pensado, y se ha escrito en todas partes, que no
podia habar amistad mas que entre iguales. Pero tal aser
cion es desmentida diariamente por la observacion: si di-
33:
( a6o )
rígimos nuestra atencion sobre la historia de la naturaleza
humana, veninos en rila los persouages mas eminentes
apoyar en cierto mo lo su existencia en unos seres que le
son muy inferiores. Los hombres no pueden separar de sus
recuerdos á Aquilea de Patrock>,á Alejandro de Parme-.
nion, á Enrique IV de Sully. > .i
Las almis de un orden elevado, cediendo á una ten
dencia irresistible, alejan á un lado los inconvenientes
que ofrecen las distancias fie convencion, y entran recí
procamente en confianzas mas ó menos íntimas, lo cual es
muy conrorme á las miras de la naturaleza conservadora,
que quiere que la fuerza se una constantemente á la de
bilidad. Ni los reyes estan aislados en sus tronos: pueden
gozar Ias emociones del mas generoso de todos nuestros
afectos moral s con tanta seguridad como los otros huma
nos; y aun tienen un medio cierto de no equivocarse en
la eleccion de sus amigos, pues les liasta conservar aque
llos que les ha dado el infortunio.
No se cesa diariamente de atribuir á la amistad una
especie de preeminencia sobre el amor. Mas este primer
afecto, aunque mas tranquilo y mas puro, no es muchas
vcccb ni mas constante ni mas durable. ¡ Cuántos hay que
se echan en cara sus equivocaciones! Por mas que nos en
treguemos á la amistad con todo el ardor que inspira la
primera edad, no por eso di ja de llegar bien pronto la
experiencia á desengañarnos y á disipar las ilusiones en
gañosas.
Plutarco dice con razon que podemos tomar muchas
Teces para nuestra conducta lecciones ó ejemplos utiles
en las costumbres de los animales. Efectivamente se nota
que son susceptibles de contraer una amistad vivísima, y
diariamente hallamos toda la sublimidad de este sentimien
to moral en algunos cuadrúpedos de que nos servimos en
los trabajos domésticos. El camello del desierto, el caballo
fogoso de las ciudades, el buey que está arando por los
campos, el asno que lleva el ato del pobre, han sido cria
dos sobre la tierra para simpatizar con nuestras miserias,
y para merecer á cada instante nuestro afectuoso recono
cimiento. Particularmente el perro es un don del ciclo ; y
í*6' )
la próvida naturaleza no parece haber variado 6U talla y
fuerza , sus actitudes é instinto sino para acomodarlo me
jor á la multitud de nuestros usos, como igualmente á
la diversidad de nuestras necesidades. Los pueblos salva-
ges únicamente son les que hacen poco aprecio de este
animal incomparable, |wque las virtudes de relacion son
nulas entre ellos, y porque estan entregados enteramente
al imperio de las pasiones personales. .
El perro es el modelo, el verdadero prototipo de la
amistad. Cada una de sus especies se distingue por un atri
buto particular, que es. por decirlo asi, un homenage he
cho á este noble y generoso seniimiento. Una especie
guarda los ganados, y el pastor solitario le confia sin te
mor sus mas queridas esperan7as: otra vigila nuestra ha
bitacion, y nos proporciona la seguridad en medio de
nuestras inmensas posesiones, y dormimos confiados en su
instinto vigilante y protector. El perro hace diariamente
útiles para el hombre los «Iones mas raros con que la na
turaleza lo ha colmado. Busca, examina, y sigue con pru*
dencia las huellas de la presa que persigue el ansioso ca
zador. Parece que la ternura que profesa á su amo aguza
en cierto modo la finura de su olfato, he expone por él
cuando se trata de combatir con los ha hitantes mas terri
bles de las selvas, y le consagra á cada instante su infatiga
ble intrepidez. .H i . ,,
Mas consideremos á estos valientes animales en los he
lados montes de san Bernardo prestando ayuda á los viage-
ros descarriados, gniándolos por entre las tinieblas,) abrién
doles caminos por medio de los torrentes y al traves de
mil abismos, participando con los hombres mas venerad
dos de los cuidados peligrosos de una beneficencia amante
de la hospitalidad; Consideremos los perros de Terra-
nova arrojándose en medio de las olas, arrostrando su fu
ria, desafiar los vientos embravecidos y las tempestades,
reuniendo en cuadrillas para poder resistir mejor á las
corrientes de los rios, y penetrando en los abismos del mar
para sacar á la orilla los infelices que han naufragado.
¿Quién es el que no ha oido hablar de los perros de ¿ibe
ria? No se han celebrado como se merecen su inteligencia,
( a6a )
rendimiento al amo, servicios y generosidad. Sirven á la
vez entre los Samoyedos de bestias de carga y de tiro: de
muestran un vigor admirable, trasportan fardos á distan
cias muy grandes, y los hacen tirar de sus trineos. Mas
listos que nuestros caballos se saben abrir paso al traves
de los caminos mas escarpados. Apenas dejan impresion
sobre la nieve; tanta es la velocidad con que caminan.
Tan sobrios como laboriosos, se contentan piara alimen
tarse con algunos pescados escabechados que llevan de
reserva. Pero lo que mas debe maravillar en las cos
tumbres de estos buenos perros es que durante el ve
rano quedan libres y abandonados, y mientras que no
se necesita su asistencia viven únicamente de su indus
tria : bástales una señal despues que aparecen los pri
meros fríos, para que corran afectuosamente á buscar á
sus amos, y á prestarles todos los auxilios que necesiten.
Los guian en las tinieblas de la noche, y en medio de las
mas terribles borrascas. Cuando los Samoyedos caen yertos
sobrela tierra que está cubierta de escarchas, vienen sus
perros á cubrirlos con su cuerpo, y á comunicarles su ca
lor natural. Pero ¿qué es lo que hace el hombre, donde
'' quiera ingrato, por tan singulares beneficios? Espera que
envejezcan estos animales para vestirse con su piel.
¡Cuan apreciable es para la humanidad este ser tan
puro, tan amante, que es en la tierra el instrumento de
la Providencia! ¡Desígnese una sola cualidad del hombre
sensible de que no participe! El perro siente todos los
grados de aquella afeccion delicada, que es una de las pri
meras felicidades de la vida. Se le ve en una casa bien go
bernada diferenciar en sus caricias á todos los individuos
de la familia, manifestando mayor sumision al gefe de
ella. Nunca abandona á su amo aunque sea injusto é in
grato; y cuando la desgracia ha echado fuera de la casa
del indigente á todo el mundo, queda en ella un perro
que participa á medias de su miseria, que hace mover á
compasion , y que guia sus pasos si es ciego por las calles
y plazas de una ciudad vasta y populosa. Sobre todo el
perro tiene el privilegio de poder demostrar sentimientos
por la pérdida de las personas que poseen su afecto. No
ee separa de los restos inanimados que reposan en el se
pulcro, en el cual se entierra él mismo algunas veces. Fi
nalmente, es tal el discernimiento de estos animales en la
amistad , que abrazan igualmente las quejas que los afec
tos del amo; y cuando en otro tiempo los blancos decla
raron la guerra á los negros, tenían estos últimos perros
que luchaban con un valor sin igual contra los de sus
enemigos siempre que los encontraban. Ciertamente hay
algo de sobrenatural en el afecto animoso que demuestra
á su amo este inestimable animal.
£1 perro no conoce en la amistad las tibiezas que tan
comunmente se notan entre los hombres. El calor de la
atmósfera está siempre á un misino grado. Las estaciones
del año no influyen en su caracter, que está constamente
igual. El tiempo no tiene poder sobre sus predilecciones y
preferencias. Conserva memoria de sus afecciones, y tiene
el valor de la fidelidad. Por mas que Minerva ha enveje
cido las facciones de Ulises para hacerlo desconocido á los
ojos de sus enemigos despues de tantos años de calamidad
y sufrimientos, sin embargo el perro ya viejo que guar
daba su palacio sale á su encuentro , lo conoce , y muere
de la alegría que le causa la llegarla de su amo querido.
El perro es animal tan constante, que raras veces ra
tifica el tráfico que se hace con él. Vuelve siempre á bus
car al hombre indiferente que ha tenido la crueldad de
renunciar á su cariño. Tiene la religion de la amistad, y
muere con gusto al lado de aquel que una vez ha adop
tado. Si, obligado por el hambre, va alguna vez á saciarse
en la mesa del rico, no deja por eso de volver por la tarde
al lecho en cpie descansa su dueño desgraciado, y aun se
nota que tiene una especie de atractivo para con el hom
bre que la desgracia ha perseguido. Yo he visto muchas
Veces perros caritativos que lamían las úlceras de los indi
gentes; no sé qué genio benigno guiaba su inteligencia be
néfica sin jamas fatigarse. ¿Y no creeremos, en consecuen
cia de loque acabo de exponer, que la Providencia ha
previsto que podríamos ser abandonados por nuestros se
mejantes, y ha querido que el hombre hallase un amigo
á toda prueba entre los animales que nos rodean ?
(¿64)
. . .

CAPITULO III.

De la estimacion.

La estimacion es un tributo debido á un conjunto de


cualidades y virtudes propias par3 estrechar los nudos de
nuestras relaciones sociales. Es una aprobacion moral tri
butada á totlo hombre que hace un noble uso de los ta
lentos que lo distinguen, y corresponde de derecho al que
es fiel á su patria, á sus contratos, á su palabra, al que
cumple sus deberes, respeta sus relaciones, y las hace úti
les á sus semejantes. La justicia, la beneficencia, la gene
rosidad, &c. , son los atributos que se recompensan con la
estimacion pública. Mas esta recompensa tan deseada no
ee distribuye siempre con equidad, pues frecuentemente
eucede que se niega al mérito modesto, y se prodiga á su
cesos frivolos, pero que llaman la atencion.
Asi, pues, la estimacion es á las personas, como lo ha
dicho muy juiciosamente Puffendorf , lo que el precio á
las cosas; y á la manera que en la vida civil atribuimos
un valor cualquiera á los objetos para compararlos con
exactitud en nuestros cambios recíprocos, del mismo mo
do recurrimos á una especie de cantidad moral , ó, lo que
es lo mismo, á la estimacion, para determinar el caso par
ticular que debemos hacer de los individuos puestos en
comparacion unos con otros, y para designar el rango
que deben ocupar en nuestro pensamiento , como igual
mente el grado de preferencia que debemos concederles.
La estimacion manifestada en favor de tal ó cual indi
viduo es en consecuencia la expresion del valor moral que
le suponemos, ó mas bien un testimonio del juicio que de
él hemos formado en lo interior de nuestra alma. Este sen
timiento obra con menos calor en nuestro sistema sensiti
vo que el amor y la amistad: es una especie de reconoci
miento que profesamos individualmente ó en comun al
que hace, algun servicio á la humanidad.
( a65 )
Como la estimacion resulta del aprecio que hacemos
de las cualidades mas ó menos eminentes de los hombres,
señala por esto hasta cierto punto los diferentes rangos
que deben ocupar en la vida social. Por desgracia las pa
siones, como ya lo indiqué mas arriba, y mil necesidades
facticias, vician la facultad que tenemos para apreciar á
nuestros semejantes, y nos hacen muchas veces injustos en
la reparticion de este precioso sentimiento. Pero cuando la
estimacion es fruto de una conviccion tan profunda como
ilustrada , entonces es el bien mas inapreciable á que de
bemos aspirar.
El rango que ocupamos en la estimacion de nuestros
semejantes depende en mucha parte de la opinion, que
generalmente tiraniza todos los entendimientos, y no hay
quien ignore la grande influencia que en tal materia ejer
cen las preocupaciones: por esto hacemos poco caso de
aquellas personas á quienes su indigencia ha reducido al
estado de dependencia ó servidumbre; y por esto miramos
con desprecio, que ciertamente no merecen , una multitud
de oficios y profesiones que juzgamos como poco honro
sas, aunque necesarias.
Estimamos en general al hombre que sabe ennoblecer
bus relaciones sociales; que vive exento de vicios é imper
fecciones; que se dirige en todas sus acciones conforme á
principios que no admiten tacha; y finalmente á aquel
que tiene una alma fuerte y generosa sin interés, porque
la bondad de caracter es independiente de toda reflexion".
Todo lo que se deriva de ella debe ser espontáneo: la es
timacion se parece á la gloria, qne siendo comprada 6 ga
nada por medio de subterfugios, no es duradera.
Se ha dicho que no hay amor sin estimacion; pero sí
hay estimacion sin amor: porque seria un absurdo querer
reglar este sentimiento por el grado de placer que podrian
proporcionarnos las relaciones particulares con nuestros
semejantes. Hay á la verdad casos en que admiramos á un
rival cuyo mérito no hemos podido vencer, y otros en
que la estimacion es un sentimiento tan forzado como in
voluntario. Me acuerdo de haber visto en el teatro á un
literato aplaudir coa trasporte una escena que le pare
( a66 >
cía admirable , aunque era obra de uno de sus mayores
enemigos.
¿Quién creeria que muchas veces tiene nuestro amor
propio gran parte en la estimacion que manifestamos para
con los demas? Nada es mas cierto y probado que esta
verdad. Examinemos, por ejemplo, loque pasa entrelos
sabios. El geómetra nunca se estima en mas que compa
rándose á otro geómetra; el físico á otro físico. Hay mas,
y la experiencia lo acredita: generalmente nos inclinamos
á desacreditar aquellos talentos que tienen menos analogía
con el que creemos poseer. Esto es lo que ha obligado á
decir á Vauvenargues que la estimacion que hacemos de
nosotros mismos es superior á la que profesamos á nues
tros semejantes.

CAPITULO IV.

Del respeto.

El respeta, en el orden social, es la confesion tácita


ó expresa de la preeminencia que concedemos á otro in-
diduo sobre nosotros mismos. Este sentimiento se mani
fiesta por señales exteriores puramente convencionales; y
muchas veces lo demostramos sin tenerlo, en cuyo caso es
una mera concesion que nos creemos obligados á hacer
al amor propio de los demas, lo cual ha sido causa de
que esta palabra se halle en casi todas las fórmulas de ur
banidad.
El respeto es un homenage que tributamos á una su
perioridad cualquiera : lo merecen principalmente la vir
tud , el rango , el nacimiento ; la experiencia , la anciani
dad y la dignidad paternal, y no podemos dejar de tribu
tarle á ciertas personas ilustres aun cuando se hallen en
abatimiento y desgracia. ¡Cuántas veces se ha visto reco
nocer su deber á una multitud descarriada con solo el as
pecto de un hombre venerable aunque caido de la mas
alta fortuna! El vulgo se humilla por instinto delante de
(*67)
aquellos sugetos á quienes las perfecciones han hecho su
periores á sus semejantes.
bresSaludamos
grandes , con
y es respeto
tambiená los
cosadescendientes
natural que de
tributemos
los bom- '

algun honor á las familias que se han mantenido con cier


to brillo por espacio de algunos siglos, porque esto supo
ne una larga serie de servicios hechos á la sociedad. Ade
mas nos inclinamos á creer que una sangre tan hermosa
no ha degenerado. Sentimos una especie de respeto reli
gioso al considerar la espada que sirvió á Carlo-Magno, el
sillon de Federico, la habitacion de Vol taire, y la casita
en que vivió Rousseau. ¡Por qué pues los restos vivos
de un hombre extraordinario no han de afectarnos de un
modo análogo !
De aqui nace que en los estados monárquicos la no
bleza disperta en nosotros recuerdos que nos interesan , y
si algun individuo que desciende de una estirpe ilustre
desmiente la elevacion de su nacimiento por la bajeza de
sus acciones , excita en todos los corazones una profunda
lástima, é influye de un modo muy triste en nuestra alma,
al modo que una ruina resto de un funesto monumento.
Uno de los resultados mas interesantes de la civiliza
cion europea, es sin disputa alguna el haber sabido inspi
rar respeto para con el bello sexo, subyugando la fuerza
al dulce imperio de las gracias. La razon nos ha dictado
los sentimientos que la profesamos, y las leyes de la hu
manidad han debido prescribirnos tal conducta para con
unos seres que no podian oponer resistencia real á nues
tra voluntad. Se ha formado un cuadro en que se halla
ban pintados los desórdenes que resultarían de un estado,
en el cual se viesen precisados á concedernos cuanto se
nos antojase pedirlas ; pero hagamos que intervenga el
amor y todas las reservas que impone, y sin duda será
muyEn diversa
la mayor
la perspectiva
parte de los
quepueblos
presente.
se manifiesta hasta

cierto punto por sí solo este afectuoso interés, y se hallan


.vestigios de él hasta en los lugares en que mas se descono
ce la urbanidad. Un celoso misionero de la Tierra Santa,
el abate Desmazures , atravesó las tribus enemigas de loa
34:
( »68 )
árabes sin otra escolta que la de una muger vieja á quien
pagaba porque le acompañase en su viaje. Entre los anti
guos griegos imponían este respeto las leyes mis severas,
y no hubo pueblo alguno que manifestase mas deferencia
ácia el sexo mas recatado y modesto.

CAPITULO
De la consideracion. V.

Lo que se llama consideracion en el mundo social se


compone de la estimacion , del respeto, y de otros senti
mientos honrosos con que un hombre ha sabido adornar
su persona; y ningun individuo, sea el que fuere su ran
go , su dignidad y edad , puede dejar de guardarla con
quien la merece. Todos los estados y todas las profesiones
nobles de la vida civil dan derechos a esta recompensa, que
tiene la ventaja de no excitar la envidia, porque se la dis
fruta sin orgullo, y se la perdería muy en breve si se dejase
ver la ciega ostentacion de un amor propio desenfrenado.
Una consideracion bien merecida es la primera fortu
na del hombre, y le proporciona dignidades y empleos:
vale mas que la fortuna , porque los bienes que no dan
turbacion ni inquietud son sin contradiccion alguna los
mas preciosos. Si la celebridad es el premio del talento, la
consideracion lo es del mérito individual, y supene en el
que la posee la reunion de todas las cualidades que cons
tituyen al hombre sociable.
La consideracion no se tributa á la juventud , sino á la
edad madura; pues el hombre cuando entra en el mun
do no trata por lo general mas que de obrar por medio
de impresiones agradables, y su objeto principal es agra
dar mas á medida que adelanta en la carrera de sus rela
ciones : se ve animado por la ambicion de ser útil á sus
parientes, á su patria, á todo un reino, y entonces pone
en accion todos los resortes de su espíritu: desea ocupar
lugares en que sus semejantes puedan recoger el fruto de
su madurez y de sus luces, distinguirse por sus ideas ra
. , .. ía69) . .
Clonales,
objeto de ytodos
por sus
el esfuerzos?
modo de expresarlas.
Adquirir consideracion,
¿Cuál es pues reel

compensa lisonjera que emana de un público ilustrado, y


sirveLas
de garantía
virtudes áque
la integridad
merecen consideracion
de sus juicios. son raras,

por lo cual se las da tanto valor. Se obtiene la considera


cion mejor por las cualidades eminentes de un hermoso
caracter que por las dotes del talento. El hombre digno de
consideracion es irreprensible en su vida pública ; tiene
enfrenadas sus pasiones, que no pone en accion sino es
para el bien general; de modo que se alaban su desinte
rés, afabilidad, rectitud y probidad inflexible; jamas se
desvía de los senderos de la justicia : incorrupta fides. Lle
va en torno de su persona cierta magia que infunde res
peto á los que le encuentran; porque una consideracion
bien adquirida es un escudo que defiende de los tiros de
la envidia
Sucedeyádel
la furor.
considerscion lo que á la estimacion y á

los demas sentimientos que honran la especie humana; asi


la vemos usurpada por hombres que no tienen sino la
máscara de las virtudes que la proporcionan. El hombre
que guarda una distancia conveniente con sus semejantes,
que sabe hablar y callar á tiempo, que atrae por la dig
nidad de su aspecto, por modales decentes y distinguidos,
suele llegar muchas veces, por la consideracion que le
prodigan los demas , á los destinos mas eminentes del or
den social. ¡Cuántos destinos importantes han sido ocupa
dos muchas veces por individuos que no conocían mas
que el arte de disimular su incapacidad ! Hay muchos
que los deben á su modo de vestir, y á los medios que sa
ben poner en uso para establecer y conservar sus relacio
nes sociales. El que choca menos con el amor propio de
sus semejantes, es el que obtiene con mas seguridad la con
sideracion personal.
Ademas, la medida de los diversos sentimientos de
3ue se compone la consideracion se toma por lo general
e la opinion comun , que es el pensamiento general de
una nacion ó de un pueblo sobre las cosas y sobre los in
dividuos: es la suma de los juicios idénticos, conforme á
( a?° )
los cuales estiman los hombres á sus semejantes. Se la re
presenta con todos los atributos de la soberanía y del po
der, parecida á uu torrente ideal al cual todo cede, y que
jamas retrograda. La opinión repara las injusticias de la
suerte; detiene todas las usurpaciones; subyuga los despo
tismos; y hasta los tiranos se ven precisados á reconocer
y á seguir sus irresistibles inclinaciones. Es el testimonio
vivo de nuestro mérito personal ; y ella es la que nos po
ne en paz con nuestros iguales, como la conciencia con
nosotros mismos.

CAPITULO VL

Del menosprecio.

Si un individuo que tiene parte en nuestras relaciones


comunes falta á la dignidad humana, si infringe las leyes
adoptadas por el honor , si se degrada por vicios vergon
zosos, y si la conducta mas abyecta lo hace caer de los
rangos mas elevados de la sociedad, nos inspira un senti
miento que afecta desagradablemente nuestra alma. Es
muy penoso, y se llama comunmente menosprecio, espe
cie de deshonra que hacemos sufrir al que falta al instinto
de relación, y al que viola ó desconoce los deberes que
bus relaciones le imponen.
El hombre que ha caido en el menosprecio de sus
semejantes, está aislado moralmente, sin tomar mas que
una parte muy corta en los beneficios del instinto de rela
ción. Todos huyen de encontrarse con él , porque ha roto
un pacto que solo subsiste y está cimentado en la esti
mación; de modo que el menospreciado se halla en cier
to modo secuestrado en una atmósfera cuya molesta in
fluencia soporta dolorosamente.
El menosprecio es como el hierro escandescente de que
se hace uso para notar de infamia á los criminales: asi sus
señales son indelebles. Este sentimiento es tan útil como el
odio en las relaciones sociales. ¡ Dónde 'estaríamos si no
existiera! ¿Con qué medio podríamos castigar á los ingra
tos, impostores, traidores, avaros y calumniadores? El me
nosprecio es un suplemento á la insuficiencia de las leyes
penales , como igualmente á la venganza, que es la pasion
mas vehemente de los hombres.
Hay muchas acciones en la vida humana sobre las cua
les no tienen las leyes intervencion alguna , y que no por
eso dejan de merecer el desprecio del hombre honrado, y
una multitud de sentimientos libres, que sin embargo son
muy necesarios para la seguridad de las relaciones socia
les. El instinto se mantiene por un sin número de mira
mientos necesarios para conseguir la felicidad comun , y
la observancia ó violacion de estos miramientos es lo que
granjea estimacion ó desprecio; pues todo individuo que
tiene relacion con sus semejantes, contrae el deber de ha
cerse amar, y de excitar en ellos el sentimiento de la apro
bacion, y aun el del reconocimiento.
El menosprecio humilla al hombre en la pasion mas ir
ritable de su ser, que es el amor propio; y se ballnn indivi
duos de tal modo degenerados de su dignidad primitiva,
que se ven reducidos á despreciarse á sí mismos. Unos an
dan siempre con un aire misterioso, cambian de nombre
para hacerse desconocidos , y aun se van á paises lejanos
para usurpar una consideracion que no merecen. Pero
otros, y son la mayor parte;, se rinden á la vergüenza,
estado miserable del alma que resulta de la conviccion en
que se hallan de que es justo su sufrimiento: entonces es
para ellos un suplicio la vista de un hombre honrado.
No hay en la sociedad cosa que presente mas feo as
pecto que las intrigas de los menospreciados; ¡y á cuántos
no vemos que tratan de encubrir su deshonor por el pres
tigio del rango ó de la fortuna! Hay algunos que se fa
miliarizan, por decirlo asi, con la ignominia que los cu
bre, y luchan contra las humillaciones merecidas con tal
audacia que les proporciona triunfos momentáneos : otras
veces tratan por una especie de subterfugio de relacionar
se con personas de estimacion , y que son respetadas me
recidamente, imaginándose que resalta á ellos alguna par
te de su mérito. . >¡ < i-i.do r
A pesar de la extravagancia de los juicios humanos
hay siempre cierta justicia en el modo con que distribuí
mos el desprecio ; asi recurrimos á él para castigar al que
no sabe vengarse del insulto que ha recibido, y nos in
dignamos con quien soporta' pacientemente el ultraje,
pues se hace indigno de todo miramiento por tal indife
rencia; no es posible que simpaticemos con su bajeza, y
por pocas relaciones de parentesco que nos unan á él, pre
feriríamos recibir la noticia de su muerte á verlo asi cu
bierto
Se de
impone
oprobio
la pena
é infamia.
del menosprecio con arreglo á cier

tas leyes , sancionadas con demasiada ligereza por nuestros


padres, y que la razon debiera examinar de nuevo. Por
esto las llamamos preocupaciones en el lenguage vulgar. Pe
ro ¿estamos siempre dispuestas á combatirlas? ¿es facil aca
so reformarlas, y hacer tomar nuevos hábitos á la opi
nion? Examínese con detencion el mayor número de las
máximas que dominan tan poderosamente el espíritu hu
mano, y se verá que su origen es interesante para la vir
tud, y que tienen un fundamento mas ó menos sólido pa
ra la conservacion del orden social. La mayor parte de es
tas preocupaciones han sido inspiradas por el sentimiento
de las conveniencias, y son emanadas del instinto comun.
La preocupacion, por la cual todos los individuos de
una misma familia participan de la vergüenza que dan las
penas infamantes á uno de sus miembros, procede sin
duda del sentimiento que nos persuade que los padres nos
trasmiten sus cualidades al darnos la vida. Esta preocupa
cion, que tiene toda su fuerza entre los pueblos bárbaros y
libres , á quienes la naturaleza habla sin contradiccion,
debe tener muy poca en las repúblicas y gobiernos mo
nárquicos, donde las leyes, moderadas por la autoridad
del monarca , no dejan á los sentimientos y á los usos mas
que una parte de su imperio. Sin embargo, la razon y las
leyes deben unir sus esfuerzos contra ciertos sentimientos
aun naturales cuando son contrarios á la pública felici
dad, y nunca favorecer su desarrollo.
No obstante, la preocupacion de las penas infamantes
está fundada en observaciones fisiológicas que nadie puede
poner eu duda; pues es cierto, por ejemplo, que muchas
alteraciones ó defectos morales se trasmiten por herencia.
Asi vemos diariamente locuras vinculadas en ciertas fami
lias, y otras que manifiestan en una larga posteridad Lis
mismas inclinaciones, se deshonrau por los mismos vicios,
se distinguen por las mismas virtudes, y brillan por los
mismos talentos; á lo cual debe añadirse la causa natural
de las fuerzas del ejemplo y poder incomprensible de la
imitacion. Pienso que el legislador deberia indemnizar en
ciertos casos á los que son víctimas de las penas infaman
tes; pero dudo que aun asi fuese posible extinguir del todo
semejante preocupacion . . r.
Ademas, es una ventaja e» el círculo de nuestras re
laciones ordinarias, que las faltas graves no sean persona
les enteramente; pues conviene que los individuos que
salen de una misma estirpe se sostengan mutuamente. Es
ta preocupacion es la que obliga á los hombres á vivir
vigilantes "unos de otros, y a prestarse mutuo socorro pa
ra evitar la deshonra. Tambien concurre mas ó menos di
rectamente á conservar la pureza de las familias , y á
guardar el depósito sagrado del honor.
Si un hombre de oscuro nacimiento adquiere repen
tinamente mucha gloria, todos sus parientes experimen
tan inmediatamente. la dulce influencia de su felicidad:
¿por qué pues no se ha de querer que sucediese lo mis
mo alguna vez con el deshonor? Ademas ¡quién no siente
placer en hacer justicia al hijo de un padre envilecido,
simpre que se levanta de la vergüenza por acciones dig
nas de la fama! Porque si la opinion se inclina natural
mente al castigo , la justicia se complace en vengar y li
bertar sus víctimas.
Con todo se podria componer un grueso tomo á cerca
de las extravagancias de la opinion , como igualmente
sobre los modos diferentes de que se vale para imponer
el menosprecio. ¿No es cosa bien singular, por ejemplo, que
no tengamos mas medio de lavar la infamia de una bofe
tada que el desafío? ¿y no es tambien ridiculo ver en ju
risprudencia criminal que se tiene por mas deshonra el
ser ahorcado que guillotinado? Los nobles y patricios de
todos tiempos han sido tan orgullosos por sus privilegios,
35
.( a74 )
que han querido que se inventasen suplicios particulares
para ellos. El motivo principal de esta concesion nacia de
que se pensaba hacer un homenage en su persona á la
de sus antepasados que hubiesen hecho servicios mas ó
menos importantes á la patria.
El hombre que está convencido de que inspira me
nosprecio se mira con horror, y el peso que lo abruma
turba sus facultades intelectuales: asi es que no tiene fir
meza en su aspecto, baja los ojos sin atreverse á mirar á sus
semejantes, y á cada instante se ve como enagenado por
el sentimiento involuntario de su propia humillacion. Los
músculos que mueven su fisonomía obran de un modo ir
regular: está timido, desconfiado, confuso y sorprendido
de las prevenciones que tienen contra él. Al contrario, el
que desprecia está tranquilo como todos los individuos
animados de pasiones frias: sus miradas y actitudes de
muestran una dignidad tranquila, que nace de la supe
rioridad que ha adquirido repentinamente sobre su se
mejante.
El hombre infamado no debe esperar larga vida, por
que hasta el aire que respira le es pernicioso como si fue
ra el de las marismas infestadas; pues por mas que se endu
rezca contra el castigo que le hace sufrir la opinion, no po
drá soportar el silencio despreciador que lo rodea , y qu«
es uno de los mas fuertes suplicios del alma. Y aun añadi
ré: por mas que se haga disfrutar á un asesino de las mas
dulces afecciones domésticas, como del amor de una mu-
ger sensible , y de las tiernas caricias de hijos agradecidos,
ein embargo no halla consuelo, su corazon es de hielo, y
todos sus goces estan envenenados. Debe morir porque
necesita que lo olviden, y este es el único medio de con
seguirlo. Ademas, tienen sus despedidas cuando se va del
mundo una cierta secatura , y un aire de desnaturaliza
cion: si jamas supo vivir, ¿cómo sabrá morir?
( *?5 )

CAPITULO VII.

De la burla.

La burla es una inclinacion que tiene sus raices en el


orgullo y en la malignidad del hombre; y es. el resultarlo
de la alegría cruel que experimentamos á la vista de las
desgracias que pueden afligir á nuestros semejantes: es
diculas
una reaccion
ó los de
defectos
nuestroque
amor
nospropio
chocan.
contra
Causa
las placer
cosas ri«-
la

burla , como la venganza , al que la ejerce.


Un filósofo ha dicho ingeniosamente que la burla era
la espada de la muger ; y efectivamente es el arma de los
débiles contra los fuertes, el recurso de los pequeños con
tra los grandes: asi vemos que el arte de servirse de ella
lo conocen mejor los raquíticos, los jorobados, los cojos,
los muchachos, y todos los que son inferiores en poder
físico. Los robustos y de una estatura atlética no se burlan
de nadie, y esta observacion es facil de hacer en los dife
rentes órdenes de la sociedad.
La necesidad de la burla es esencial á la especie hu
mana ; asi es que se la encuentra hasta en los pueblos de
menos civilizacion. Los salvages de la California se mofa
ban de los misioneros cuando pronunciaban mal algunas
palabras de su lengua. ¿Y quién creería que basta los
idiotas tienen propension á la burla? No hace muchos
años que Bonsteter, sabio muy distinguido de Ginebra,
atravesando el monte de san Bernardo, paró en Martigny
en casa de uno que habia sido su camarero, y entonces
era dueño de una posada, al cual preguntó por los creti
nos, que abundan en este pueblo. «¿Quién los conocerá
mejor que yo, respondió este último? Aqui delante de mi
casa se juntan todos los dias , y tienen una conversacion
muy alegre y animada, en la cual usan de una especie de
lenguage compuesto de gritos , gestos , y algunos sonidos
mal articulados, sin mas objeto regularmente que burlar
se de los que no son de su raza." Por lo cual debemos iu-
35:
1*7*)
ferir que la burla es fruto del mayor grado de la ignoran
cia y estupidez.
Basta tener presente lo que diariamente oimos en nues
tras tertulias y reuniones, para persuadirse deque los hom
bres tienen una tendencia irresistible á la murmuracion
satírica, que él ingenio dora agradablemente á las veces,
y la hace mas ó menos curiosa. Todas las palabras pro
nunciadas con un tono burlon se refieren á anécdotas ver
daderas ó falsas sobre tal ó cual individuo. Se registran
los mas secretos rincones de su alma para buscar , descu
brir y publicar sus acciones privadas; y se agita la curio-
«idad por satisfacer este instinto funesto al cual es muy di
fícil resistir. Hasta el mismo pueblo no recibe alivio en sus
cuidados , ni se venga de los que lo gobiernan sino es por
infames bufonadas.
. La malicia humana no está bien sino es en los escán
dalos; asi vemos á todos los miembros del cuerpo social
herirse con las armas de la sátira, por cuyo medio deplo
rable sé sacia por lo regular la venganza de los particula
res; hasta los niños se complacen en la burla , para la
cual parecen expresamente criados; apenas saben hablar
cuando ya se les celebran las gracias satíricas con que ale
gran á los que los escuchan ; pero en especial las mugeres,
ocupadas en trabajos sedentarios, y sin miramiento algu
no en sus conversaciones, son las que mas manejan este
agudo puñal , que casi siempre dirigen contra su prójimo:
y por mas que para ellas se han establecido los paseos, los
juegos y teatros , sitios en que la atencion del público di
rigida ácia ellas les debiera servir de freno, no obstante
se entregan con el mayor abandono y complacencia á la
necesidad continua de la burla.
Es tal la satisfaccion que siente el hombre en hacer
qne circule este veneno, que cuando en un direnrso ó en
una conversacion se habla en general de algxin vicio, tra
vesura, 6 de acciones ridiculas, &c. , examina con ansia lo
que puede dar lugar á alusiones particulares, recogiendo
en cierto modo las palabras sueltas para darles alguna di
reccion determinada. La burla, pues, es el suplicio de las
relaciones sociales, que trae en continua guerra á los ha
( a77 ) eL , . . .
entre
hitantespueblos
de la misma
diferentes,
ciudad,y perpetúa
reino, 8cc.,los
fomenta
resentimientos.
rivalidades

Eti Francia se expresa la burla muy frecuantemente


por medio de c.anciones, especie de contienda que se di
simula, y que sin embargo deja heridas profundas en el
fondo de los corazones; sus funestos refranes son á veces
muy amargos; y aunque las canciones pasan con rapidez,
se repiten , y por medio de la rima se reproducen á vo
luntad en la memoria, volando á una distancia infinita de
aquellos lugares en que han tomado origen: son por to
das partes crueles intérpretes de la malignidad humana.
Son muy familiares á la juventud, que nos sorprende mu
chas veces con sus bufonadas, sin saber qué origen ten
gan. No respetan rango ni profesion alguna; y muchas
veces vemos que estas agresiones poéticas son seguidas de
las mas tristes catástrofes. El veneno de la burla se parece
al de las flechas de los salvages, que deja en el alma ofen
dida muy dolorosas señales.
El habitante de las ciudades ha hecho del placer de la
burla un descanso para sus diarias fatigas, lo cual ha da
do lugar á la invencion de la comedia , que es un pábulo
precioso para la alegría, y en la cu:d la burla e9tá redu
cida á un arte que sirve de medio de correcion y de pro
vecho para la moral. En ella se presentan las acciones ri
diculas y viciosas con una exageracion que divierte simul
táneamente á un gran número de espectadores, excitando
la saludable convulsion de la ri$a, fenómeno peculiar a la
especie humana.
.i La comedia tiene por objeto representar los vicios y
exponer las faltas que los hombres cometen diariamente
en el ejercicio de sus relaciones, con el fin de preservar
de eltas á los que las escuchan. Está destinada á reformar
las costumbres , ó mas bien los hábitos antisociales de los
hombres: es una escuela de la vida, un castigo de todo lo
que merece ser puesto en ridiculo, el cual es dado por la
burla. El aire dramático que se da á esta correccion inte
resa á la sociedad entera , y 6irve para la instruccion co
mun; de lo cual se infiere que la burla tiene un objeto
moral y serio en las producciones cómicas, y que ademas
satisface una de las necesidades imperiosas de nuestra na
turaleza , la cual nos impele á mofarnos de los caprichos
agenos sin ofender á los individuos.
Considerada bajo las relaciones morales, y en el co
mercio ordinario de los hombres , la burla es un acto cri
minal por medio del cual tratamos de hacer á otro infe
rior á nosotros. Hacemos un enemigo del individuo en
quien recae la burla, pues ponemos en público sus flaque
zas, y nos vanagloriamos de las ventajas que sus defectos
nos dan sobre él. La burla supone falta de benevolencia;
asi vemos que el inclinado á la sátira es ciertamente pre
suntuoso y maligno, pues reirse de otro es hacer jactan
cia de su propia excelencia.
Es grande el incentivo qne tiene la burla para los
hombres, porque aguza su entendimiento, anima su con
versacion, y les proporciona aplausos: asi han tratado de
hacerla m is interesante dándola mil formas diversas ; una,
por ejemplo, consiste en un silencio expresivo ó en una
mera inflexion de la voz ; otra estriba en la finura de cier
tas palabras usadas en tal ó cual lengua. Mas, como quie
ra que se presente, siempre es un poder que todos temen,
y hasta tal punto que pocos osan hacerse superiores al qué
dirán de las gentes. Asi vemos que. en el mundo las satí
ricas bufonadas del débil , causan el suplicio del hombre
fuerte.
La delicadeza de los franceses no les permite acomo
darse á la hurla directa, lo cual hace que 6e venguen in
mediatamente de este insulto; y es bien sabido el oprobio
en que estan los poetas satíricos, y todos cuantos intentan
ridiculizar á sus semejantes Hay cierta bajeza y perfidia en
servirse de un arte que puede ejercerse contra los ausen
tes; y puesto que hay leyes contra los calumniadores, no
sé por qué no se establecen contra los mofadores y burlo
nes. La mayor parte faltan de tal modo á la justicia y á
la verdad , que se irritan en estremo cuando se hace con
ellos otro tanto.
El hombre verdaderamente bueno siente las neceda
des agenas, y solo un malvado puede hacer de ellas obje-
jo de risa ; porque este modo de obrar es indigno de una
( a79 )
alma fuerte y bien templarla. Despues que la burla, bija
primogénita de la vanidad humana, se ha hecho tan ge
neral entre los hombres civilizados, estos han perdido su
fuerza y dignidad, y se ha abolido el respeto á la moral
«agrada , profanando lo mas hondo y secreto del corazon
humano.
Asi podemos asegurar, acabando este capítulo, qre
los burlones padecen una especie de debilidad moral , que
está, por decirlo asi, al nivel con la imperfeccion de sus
órganos físicos. En Francia particularmente son hombres
muy medianos y subalternos , y faltos de conocimientos
los que se dedican á la burla; es el pais en donde los ne
cios se burlan de lo que no entienden , de lo cual nace el
descrédito en que estan los que intentan despreciar á sus
semejantes; y por grande que sea la alegría que produz
can sus discursos, siempre quedan desconceptuados con
los hombres sensatos, y sufriendo la mayor parte de ellos
la suerte de los bufones ambulantes, cuyo trivial oficio es
divertir el pueblo que solo desea verlos en las tablas.

CAPITULO
De la compasion. VIII.

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La compasion es una afeccion simpática que dirigimos
con mayor ó menor energía ácia todo individuo que pa
dece ó está desgraciado ; es el contrapeso del amor de sí
mismo, el cual no podia hallar su lugar conveniente sino
es en un ser sociable; es el sentimiento que mas honra la
naturaleza humana.
Se ha conocido y determinado mal el origen de la
compasion en la economía animal: no es, como lo han
pretendido ciertos filósofos, que lo explican todo por el
amor al yo, una especie de consideracion para con nos
otros mismos, sino que es cosa evidente que esta sublime
facultad depende mas bien de la necesidad innata que te
nemos de simpatizar con las desgracias de nuestros seme
jantes, y de hacerles participar la felicidad deque dis
frutamos.
f 280 )
La compasion es un movimiento espontáneo del alma,
una facultad nativa que involuntariamente nos inclina
mos á ejercer. Los hombres acostumbrados á raciocinar
mucho, no son por lo regular los mas propensos á la
Compasion , porque la reflexion es muchas veces enemiga
de este dulce sentimiento. Yo conocí á un propietario que
no daba limosna porque habia meditado profundamente
«obreEl lahombre
ingratitud.
se muestra compasivo por instinto y no

por la razon ; pues la compasion sorprende inopinada-


damente su alma. La naturaleza ha necesitado indispensa
blemente de este sentimiento, que obra en nosotros á la
minera que el hambre ó la sed. Pasando un dia madama
Helvecio por una calle de la villa de Auteuil encontró
á una labradora yerta de frio y casi desnuda, y espontá
neamente se quitó en el acto parte de sus vestidos para
abrigar con ellos á esta desgraciada. Figurémonos á unos
salvages sentados á la orilla de un rio, y que un niño ó
una muger se hayan caido en 61 , ¿quién de ellos vacila
rá en tirarse al agua para luchar con la coreiente? ¿y
cuál no abjurará en estas circunstancias tan peligrosas su
egoísmo y personalidad? 1 -
La teoría de la compasion debe pues explicarse por
las leyes de nuestra propia organizacion, y nadie duda que
está inherente á la constitucion particular de cada indivi
duo, y ligada á la conservacion de todos; y que no puede
provenir, como se ha pretendido muchas veces, de la fa
cultad que tenemos de colocarnos, por medio de nuestra
imaginacion, en la misma situacion de aquellos cuya tris
te suerte nos interesa ; ni es cierto que este sentimiento se
debilita en nosotros cuando tenemos certeza de que no
seremos acometidos de los males que sufren nuestros se
mejantes; puesto que si recorremos los asilos del infortu
nio , y el interior de los grandes hospitales en donde hay
una multitud innumerable de enfermos, somos conmovi
dos mas fuertemente por aquellos que padecen males mas
graves, siendo á veces muy cierto que estamos seguros
de que nunca seremos sus víctimas.
Los hombres de toda condicion y rango sienten la
compasion mas o menos vivamente, sin que sé crea que
es mas fuerte , en todos los casos , para con aquellos que
ocupan un rango análogo al nuestro, porque esta asercion
está en contradiccion con los hechos que diariamente ob
servamos : así es que los infortunios de un rey no tienen
relacion con los que nos afligen , y sin embargo excitan
en nuestra alma una gratule conmiseracion; y regularmen
te los individuos que viven con nosotros y en condicion
análoga á la nuestra, suelen ser los de que menos nos com
padecemos , aun cuando nos veamos amenazados de las
mismas desgracias.
Las relaciones de la conmiseracion son peculiares al
hombre; sin embargo , el leon y algunos otros cuadrúpe
dos parecen susceptibles de tenerlas : y aun se asegura que
hay y se ven continuamente animales cuya sensibilidad
ha sido mas ó menos educada , digamoslo así , los cuales
ejecutan actos de compasion que nos admiran. Pero, en la
especie humana, los movimientos de esta facultad expansi
va son infinitamente mas nobles y penetrantes; y todos /os
desgraciados de la tierra estan colocados bajo la ejida de
la compasion tutelar , que la naturaleza ha convertido en
pasion solo para que tomásemos mayor interés en los ma
les agenos : no podia contar con los motivos precarios que
suministra la razon porque hubieran sido escuchados por
muy pocos.
Esta pasion se comunica con mas fuerza y velocidad
en el seno de las sociedades civilizadas ; de lo cual nace
que los autores de romances y novelas sacan de ella casi
siempre el principal interés de las situaciones que nos re
presentan. Leémos con cierta ansia los libros consagrados
a la descripcion de las grandes catástrofes ; y nuestra alma
toma interés hasta por seres que no existen , agitándose
continuamente al rededor de la tumba que las tiene sepul
tadas. En general las penas que sufre la especie humana
conmueven nuestra sensibilidad , y mejor queremos sim
patizar con los temores que con las esperanzas de nues
tros semejantes.
La compasion es un sentimiento tan enérgico, que hay
circunstancia» en que "nos persigue , despues que la he-
36
( 282)
mos resistido por mucho tiempo , el cual parece echarnos
en cara, por medio de una voz secreta, toda la dureza de
nuestra alma , y entonces volvemos, por una propension
irresistible, acia el ser desgraciado que tan cruelmente ha
biamos abandonado , y nos complacemos en reparar las
consecuencias
De lo dichodeseuninfiere
injusto
que
abandono.
la compasion no es tan rara

entre los hombres como algunos han pretendido : puesto


que por todas partes hay huérfanos y ancianos á quienes
las circunstancias han reducido á la mas horrenda aflic
cion ; pero la casualidad ó la Providencia coloca siempre
junto á ellos un ser benéfico que los socorra. Por otra par
te, la naturaleza ha dotado á la voz humana de acentos
propios para mover el corazon de los otros y conjurar el
infortunio ; tales son ciertas quejas y gritos elocuentes de
cuyo poderoso influjo no puede sustraerse la parte afec
tiva de nuestra alma : y por este medio se mantiene el
mundo ; de suerte que debemos llamar á la compasion la
pasion conservadora por excelencia.
En general los dolores físicos excitan menos compasion
que los morales: observacion indudable , puesto que dia
riamente vemos en las calles y plazas públicas individuos
que estan llenos de llagas y otros males asquerosos , sin
experimentar la menor emocion por ellos, al paso que llo
rarnos amargamente las desgracias ficticias ó supuestas, y
nos reunimos en un teatro para gozar en comun del en
canto prolongado de la compasion. El poder de la imagi
nacion es quien aumenta á nuestros ojos estas desgracias
fingidas,
Siendo
que
la afectan
compasion
el alma
un sentimiento
profundamente.
relativo á la con

servacion de la especie , es cosa evidente que debe mani


festarse mas activa en los jóvenes que estan destinados á
conservarla, que en los ancianos que estan próximos á de
jarla. Tambien está demostrado del mismo modo por la
observacion que las mugeres son mas susceptibles de este
dulce sentimiento, porque parece que á ellas se ha confia
do con mas particularidad la suerte de la existencia indi
vidual. Finalmente , los fisiólogos notan que la compasion
es mas viva entre personas de sexo diferente ; lo cual de-
(»83)
pende de la influencia recíproca que el hombre y la mu-
ger ejercen entre sí , de la cual trataremos al hablar del
instinto de reproduccion.
Sentimos compasion hasta para con los seres que no
pertenecen á nuestra especie i pero es mucho mas viva eu
los sufrimientos de los que se aproximan mas á nosotros
por la naturaleza de su organizacion : así es que nos mue
ve mas fuertemente el grito de un cuadrúpedo que el de
un ave; y matamos con menor repugnancia á un pez , ó
á un insecto que á un animal de sangre caliente. El señor
de Malouet , en su viage á la Guayana, hace mencion de
una caza hecha en los monos de la India , en la cual di
ce, que se conmovio tanto con los quejidos de los anima
les heridos, que mandó cesar el fuego: pero lo que mas es
citó su compasion fué verá las hembras que llevaban sus
hijuelos en los brazos para libertarlos del peligro. Habla
ban un lenguage que no se entendia ; pero que pintaba á
la vez el furor, la indignacion y las angustias de su deses
peracion : ademas, la grosera semejanza de los monos con
la especie humana contribuye mucho para aumentar la
compasion ; y ( sirviéndome de la expresion del señor de
Malouet ) parece exigirla , en cierto modo, de justicia.
La compasion no es un sentimiento ciego como el del
amor , sino que es distribuido siempre con arreglo á cierta
justicia , y nunca lo dispensamos á personas que no son
dignas de él ; por lo cual nunca lo inspiran los foragidos:
«os crímenes no mueven nuestra simpatía ; antes por el
contrario los separan de la naturaleza humana.
Por lo general tratamos de súber cuál es el caracter, y
qué virtudes tienen las personas que intentan mover nues
tra compasion é interesarnos en su favor ; y ellas por su
parte tienen buen cuidado de hacer una descripcion mas
ó menos circunstanciada de los derechos que tienen á nues
tra beneficencia. Nosotros buscamos un motivo de justifi
cacion á generosidades y servicios que dispensamos á los
demás ; por eso es mas enérgica la compasion cuando la
persona en quien recae es mas recomendable por sus vir
tudes y prendas morales.
La compasion se expresa muchas veces por lágrimas,
fa84)
y se manifiesta cuando simpatizamos con el dolor moral.
Tambien el dulor físico puede producirla entre personas
con quienes tenemos relacion de parentesco. Añádase ade-
mis que ka naturaleza ha querido que sintiéramos una es
pecie de satisfaccion en ejercitarla , para que cumpliése
mos así sin repugnancia un deber que nos imponía.
Por lo demás la compasion es uno de los goces mas
verdaderos y naturales que podemos experimentar. Natu
ralmente nos inclinamos á la misericordia y á la bondad;
El instinto de relacion fué el que guió al primer hombre
que dió pan á su semejante , y despues se hizo de este
acto un deber social en que confían todos los desgracia
dos ; porque la tierra está llena de mendigos que halla
rán con que vivir mientras que haya una sombra de ci
vilización entre los que la habitan. Es la compasion un
sentimiento que se deriva tan bien de las leyes de la orga
nizacion humana , que aquellos que por corrupcion le
niegan la entrada en su pecho , alegan siempre pretextos
para quedar justificados ; por eso imputan de ordinario
vicios ó defectos á las personas que los solicitan , para que
así aparezcan indignas de su asistencia.
La compasion es un sentimiento tan legítimo que ha
ce valer sus derechos hasta en el santuario de la justi
cia. Entre los romanos , un acusado tenia la facultad de
recorrer las filas de la asamblea para excitar la compasion
del pueblo, desde el punto en que la trompeta anuncia
ba la abertura de los comicios , y en que se iba á senten
ciar sobre su suerte por centurias: entonces el culpado to
maba un aire humilde , y tenia la cabeza cubierta de ce
nizas. El padre anciano, los hijos de corta edad, ó la des
consolada es|K>sa lo acompañaban para que así pudiera
aplacar mejor la cólera del público: pronto se oían mur
mullos de conmiseracion entre la multitud , y los corazo
nes estaban ya conmovidos antes que el orador hablase.
La compasion es susceptible , como las otras faculta
des del alma, de debilitarse y alterarse. El continuo espec
táculo de la ingratitud del homhre llega á concentrar los
afectos, y á impedir todo movimiento expansivo que ten
diese á esparcirlos; ademas que el excesivo ejercicio de esta
<a'8s>
facultad tiene graves inconvenientes ; y esto está fundado
en una ley del sistema nervioso, el cual se embota por la
frecuencia de las mismas impresiones. Tambien se ha ob
servado qne los grandes desastres que hacen nacer y pre
dominar al egoísmo , pueden debilitar igualmente el ori
gen de la compasion . y disminuir su generosa actividad.
De aquí se infiere por qué tiene el hombre un cora
zon de marmol contra el infortunio, y por qué no temear-
marse de un escudo para resistir á l¿s quejas y gemidos.
Los desgraciados lo saben tan bien que han reducido á un
arte el don natural de implorar la piedad de sus semejan
tes; y no hay astucia de qne no echen mano para sorpren
derla: unos hacen arengas masó menos persuasivas, y tra
tan de enternecernos por las lágrimas, los ruegos y las sú
plicas, dando á su voz inflexiones propias para vencernos
i y conmovernos: otros fingen enfermedades de que ni aun
siquiera estan amenazados: tales son las convulsiones que
producen á la vez en nuestra alma la conmiseracion y el
espanto. Muchos , como los ciegos , tratan de ganar nues
tro corazon por sus habilidades , tocando , cantando , &c.
Como la debilidad tiene gran dominio sobre la piedad,
las mugeres indigentes ponen al público sus hijos para mo
ver mejor esta disposicion del principio sensitivo; y aun
hay algunas que se cubren la cabeza con un velo para
cantar bajo e-te disfraz, é incitar el interés de los que pa
san por el atractivo del misterio.
La compasion debe ser considerada como parte inte
grante del orden social ; pues vemos que los hombres po
nen en comun sus infortunios , y se prestan mutuos so
corros para luchar juntos con las enfermedades y la des
truccion. Uno de los mas nobles efectos del instinto de re
lacion, es reunir en un mismo paragegran número de indi
viduos para que se puedan asistir mutuamente y proteger
se con sus facultades recíprocas ; por lo cual la sociedad
llega á ser una providencia bajo los auspicios de una com
pasion generosa y conservadora.
En nuestros dias este sentimiento se ha hecho univer-
*al; y desde que los recursos de la filantropía pública se au
mentan por todas partes , se ha identificado la beneficencia
(a86)
en cierto modo con la legislacion , y en ningua parte se
ejerce con mas celo y utilidad que en Francia. Por des
gracia la pereza se aprovecha de esta extension delos bene
ficios de la civilizacion, que parece haber impreso en el
hombre un caracter mas noble y mas generoso.
¿Quién es el que no admira los públicos asilos á don
de la piedad llama por tortas partes la ancianidad y la
desgracia , y los socorros que se prodigan incesantemente
á Lis clases inferiores del estado? «Quisiera (exclamaba Mon-
tyon, uno de nuestros mas celosos filantropos ) que todos
los hospicios de caridad se trasformasen en otros tantos
palacios , y que no hubiese en ellos lujo sino es para los
pobres ; que todo desgraciado que la víspera hubiese sido
admitido en una humilde sala despertase al dia siguiente
bajo los techos dorados de una inagotable beneficencia:
que no se perdonase nada para poder conservar en su
nueva habitacion un calor dulce y vivificante, y para que
corrientes de agua viniesen á apagar su sed y labar sus
heridas ; finalmente, quisiera que se pasease en jardines
deliciosos , en los mas frescos bosques, y que respirase sin
cesar el perfume de plantas salutiferas." ¿Mas , quién lo
creería ? el que hablaba tan nobles palabras era avaro y
mezquino consigo mismo, y se negaba á sí propio los go
ces y satisfacciones que proporcionaba á los dernas en las
mas tristes situaciones de la vida. Siempre iba mal vesti
do , sin tomar mas que alimentos groseros y vulgares ; se
acostaba en una mala cama , y apenas tomaba precaucio
nes para libertarse de los rigores del frio ; de modo que
parecía mas que propietario el depositario, ó mejor el dis
tribuidor de su rico patrimonio. Se parecia á uno de los
antiguos soldados hospitalarios que se dedicaban á la con
servacion y defensa de los seres que padecian.
La historia de este incomparable filantropo bastaría
sin duda para destruir la opinion de aquellos que hacen
proceder la piedad y compision fiel interés personal. II iv
cierta espontaneidad y un movimiento involuntario bien
manifiestos en el ejercicio de este sentimiento , que no
siempre tiene necesidad de ser solicitado para mantenerse
eu toda su fuerza. Muchas veces, por una disposicion sin
(a87)
guiar de nuestro sistema sensitivo, corremos con ansia á un
desgraciado que nada nos pide, y volvemos la vista á otro
lado per no ver á uno que instiga con sus ruegos. ¡Qué
compasion no sentimos al ver niños abandonados , que no
son capaces de apreciar por sí mismos todo el rigor de su
desgracia! Uno de los mayores beneficios de la Providen
cia es el de hacernos simpatizar con los seres á quienes
oprime la desgracia ; pues Dios ha querido que la debili
dad interesase al poder , y así ha dado al llanto el privi
legio de enternecer el alma, y de desarmar la ferocidad.
LOS APESTADOS

DE VILLAFRANCA,

HISTORIA DEL MAGISTRADO POMAIROLS.

Prólogo histórico.

O i mi propósito fuera hacer una historia completa y cir


cunstanciada de la peste de Villafranca de Jveyron , me
detendria mas en sus síntomas físicos, y en todos los
pormenores particulares que señalaron este triste y me
morable acaecimiento; pero mi fin es únicamente hacer
que se conozcan bien los rasgos de humanidad que bri
llaron en aquella ocasion , y formar con ellos un episodio
al capítulo de la compasion.
He leído quizá todas las descripciones de enfermeda
des
tes épocas
pestilenciales
de la civilizacion;
que han desolado
y me parece
el mundo
queen
en diferen-
ningu

na de ellas se ha honrado tanto el valor del hombre: to


dos los personages que figuran en esta deplorable histo
ria tienen una fisonomia particular que el genio de las
artes debiera celebrar. ' ..
Juan de Pomairols es verdaderamente uno de aque
llos hombres extraordinarios que la Providencia envia de
cuando en cuando para consolar la tierra de sus desas-
37
¿90 Prólogo
tres
Pero, y
si suspender
por una pacte
el curso
admiramos
de las calamidades
la noble, conduela
humanas.
de

este magistrado inmortal, por otra debemos aplaudir con


el mayor entusiasmo el reconocimiento de sus conciuda
danos que libertaron de todo género de impuestos la casa
de recreo que habitaba su bienhechor. Está bien que se t/o
creíase tal providencia por una ciudad que había obteni
do , desde los primeros tiempos de su fundacion , los / ri-
vdegios mejor merecidos que se pueden conceder.
La peste de Filia/ranea es un verdadero drama que
basta referir para que se mueva la compasion del lector.
El terror se aumenta incesantemente en medio de este
cúmulo de reveses y de dolores aflictivos: ¡horrenda situa
cion es por cierto aquella en que los hombres no toman en
el aire mas que un pasto infestado, y en que solo se reunen
jmra comunicarse recíprocamente el germen de la mucrtcl
Pocas epidemias han sido tan asoladoras como la
que voy á exponer , puesto que de una poblacion de doce
mil habitantes solo quedaron cuatro mil con vida. Sin
embargo, el espanto de tan horrorosa escena se disminu
ye un poco al considerar la aparicion de un magistrado
tan ilustrado como valeroso, que repara todos los males
por medio de su prudencia yjirmczfl, y la del piadoso
padre Ambrosio que vino desde lo alto de una colina con
un rebaño de cabras para que alimentasen con su leche
aquellos niños que la peste dejaba en horfandad. Cónsu
les que velan sin intermision ; médicos y sacerdotes solíci
tos que se consagran al cumplimiento de su ministerio;
señoras de alta gerarquia convertidas en enfermeras ; ri
cos despojados voluntariamente en favor de los pobres, y
ciudadanos que ceden sus posesiones y casas, son los que
forman el cuadro que da mas esplendor y admiracion á
la especie humana.
El favor concedido á, Juan de Pomairals por sus com
patriotas es el único en los, anales, a\e los lampos, y los
servicios por los que lo ha merecido en una circunstancia
de las mas dolorosas, dan un grande interés á la historia
de Vdlafranca de Aveyron. La exencion de impuestos
continuó hasta el año de 1794i aunque en 1790 los des
HISTÓRICO. 291
cendientes de este magistrado, por conformarse al decre
to de la asamblea constituyente, que mandaba que todas
las posesiones y haciendas pagasen la imposicion terri
torial establecida , pidieron la supresion de este privilegio
concedido d su tercer abuelo por deliberacion del comun
de la ciudad en 16 de febrero de 1629. Añádase que los
habitantes de Villafranca tuvieron un grave disgusto cuan
do se extinguió un. privilegio que perpetuaba su gratitud
para con un hombre cuyos buenos y generosos oficios ha
bian sido de tanta utilidad á su patria.
Es fuerza confesar en alabanza suya, que la fami
lia honrada é ilustre de que se trata en esta relacion era
digna de tal beneficio i porque los habitantes de Villa-
franca habian encontrado en ella constantemente apo
yos generosos en las injustas opresiones que habian tenido
que sufrir. Muchos de sus antepasados se habian ya dado
á conocer en las guerras con los hugonotes por su pie
dad, rectitud é intrepidez. No es para olvidar la noble
conducta de Durrieu , de Toulongeac y de Durant de
Pomairols, todos tres magistrados y hermanos políticos,
los cuales se sacrificaron por mantener en toda su pure
za la religion de sus padres. La memoria de sus sacrificios
se conservará siempre en los fastos de nuestra ciudad re
conocida.
Quizá no sentirán disgusto mis lectores en hallar aqui,

despues de estos pormenores, algunas noticias históricas


de Filiafranca, que es digna del mayor interés á causa
del caracter particular de sus habitantes. Efectivamente,
siempre se ha distinguido esta ciudad por el modo gene
roso con que ha ejercido la hospitalidad, por la cual no
hay extrangero alguno que despues de haberla habitado
algun tiempo no se separe de ella con dolor. Siempre ha
tenido un amor especial á sus refos\ y en la época de la
liga se la llamaba la Ciudad fiel. Tenia un tribunal (pre-
sidial ) á quien Luis XIV llamaba su parlamento chico.
Siendo comerciante y laboriosa en la paz , se vuelve re
pentinamente guerrera cuando es necesario defender la
religion y al legitimo soberano.
Villafranca habia merecido los favores que su nombre
37:
a9» Prólogo
indica por su valor y energia en sostenerse siempre que se
la queria hacer sucumbir al yugo extrangero. Sus raros y
constantes sacrificios por la dinastia de Francia, la hicie
ron disfrutar una multitud de franquicias y privilegios. Yo
siento una singular satisfaccion en referir en este prólogo
Un rasgo histórico que honra para siempre nuestra buena
é interesante ciudad. Los historiadores nos lo han trasmi
tido del modo que sigue. En i364i despues de la muerte
del rey Juan , sus habitantes fueron requeridos para que
fuesen á jurar obediencia y fidelidad al rey de In
glaterra á la ciudad de Rignac. Resolvieron entonces en
viar como diputados á dos ciudadanos de un valor gene
ralmente reconocido: Pedro Polier, primer cónsul, y Gui
llermo de Garrígues, que entonces ocupaba el destino de
juez mago , los cuales partieron incontinenti ; pero viendo
que se les exigia un juramento puro y sencillo , sin condi
ciones ni restriccion alguna, se negaron á prestarlo con
una firmeza de romanos. Se decretó su muerte; pero des
pues de una madura deliberacion , se les concedió permi
so para volver á su país para tomar disposiciones mas fa
vorables á su interés; y luego que lleguron comenzaron á
exhortar d sus conciudadanos á la resistencia , y aun tu
vieron tal valor que fueron segunda vez á decir á los co
misarios ingleses que preferian exponerse á todo género
de suplicios antes que faltar á su legítimo rey. Polier fue
perdonado segun se asegura; pero el desgraciado Guiller
mo de Garrígues fue atado á la cola de un caballo y ar
rastrado hasta Vdlafranca , á donde tuvo que venir en
persona el mismo principe de Galles para obligar á la
ciudad á que entrase en sumision.
Tal magnanimidad no debe admirar á nadie que re
flexione que esta ciudad fue poblada casi desde su na
cimiento por un sin número de caballeros que por lo ge
neral habian cooperado d las malogradas empresas de la
Tierra Santa. La bravura y lealtad se conservaron religio
samente en sus descendientes , que, siendo incapaces de
faltar al honor , debian desechar con indignacion las pro
posiciones humillantes de los cxlrangeros. Sus corazones no
palpitaban mas que por la defensa de la patria, y el va
HISTÓRICO. \¿gi
lor caballeresco se habla hecho entre ellos un atributo he
reditario, de tal moda que dos siglos despues se hallaban
en los campos guerreros labi adores que llevaban la espa
da y la cruz de san Luis justamente merecidas, famas se
separaban por el dia de sus armas invictas, y por la no
che las colgaban en las paredes de su rústico techo : asi
conservaban la dignidad de su noble origen sin desmen
tirlo jamas.
La ciudad de Vdlafranca merecia un historiador,
porque en todas las guerras y discusiones ha conservado
siempre la pureza de sus principios, y en cualquiera épo
ca que se la haya acometido ha podido quedar sumisa,
pero no vencida. Si no temiese alejarme demasiado de mi
intento, recordaría otra circunstancia no menos famosa
que la precedente , d mber, la del año de 1480, en que
fue cedida por Luis XI, bajo el titulo de condado-par , á
Federico de Aragon, príncipe de Tarento, hijo segundo
de Fernando I, rey de S cilia, el cual se habia casado
con su sobrina Ana de Saboya. Fueron tan vivas las re
clamaciones de los habitantes que pretendieron que el rey
no tenia derecho de ponerlos fuera de su dominio con
perjuicio de sus privilegios , de los cuales uno decia fXr
presamente que Vdlafranca habia de quedar inseparable-
mente unida al dominio de la corona de Francia : llegó
su descontento hasta el exceso de cerrar las puertas de
la ciudad d los oficiales del nuevo señor, y solo á la
fuerza fue reconocido por su soberano el principe de Ta
rento , viéndose obligado muchas veces Luis XI á interpo
ner su autoridad para contenerlos dentro de los límites de
una obediencia que olvidaban á cada instante. Asi es co
mo Vdlafranca rehusaba la esclavitud, y no volvió la
tranquilidad á su seno hasta que el legítimo rey vino d
terminar su larga desolacion. . \
Pero Vdlafranca no es recomendable solamente por
tus valerosas resistencias y anticua fidelidad a sus reyes,
smo por el amor que en todos los tiempos ha tenido á las
letras , y por el ansia con que ha tratado de aprove
charse de las luces de la civdizacion , sin tomar nunca sus
vicios. Se hallan entre los manuscritos del presidente Doat
194 Prólogo
cartas de Julio , obispo de Sabina , cardenal con la de
nominacion de saint-Pierre auz-Liens , gran penitencia
rio del papa en Francia , por los cuales , segun el poder
concedido á él por Sixto IV, man.ua á los abates de Loo
dieu , Beaulieu , y al preboste de Filiafranca , que conser
ven en la dicha ciudad la escuela que se hallaba esta
blecida en ella ya habia muchos años , en la cual se en
seriaba la gramática , lógica, las nobles artes, y hasta la
música , é igualmente que elija su rector. En aquella épo
ca se creia allí , como hoy se cree en todas partes de la
Europa culta , que instruir al hombre es mejorar tu con
dición ; de modo que cuando la luz de las ciencias vaci
laba en Europa, se conservaba una antorcha en la pe
queña ciudad de VUlafranca , casi ignorada del resto de
la Francia.
No es pues de admirar que teniendo esta ciudad tan
to gusto como constantemente ha manifestado por la
cultura de los conocimientos humanos, haya visto nacer
en su seno hombres recomendables en todo género de ins
truccion y de gloria. Dentro de sus muros nació el ilustre
Policr, primer caballero de la orden del Gallo, el cual
hizo servicios tan señalados en las guerras contra los in
gleses bajo el mando del conde de Tolosa; y Pons de
Gaut'ier , señor de la fortaleza de Domairan , uno de los
mas valientes capitanes de las Cruzadas. En tiempos pos
teriores nació tambien en Villafranca el mariscal de Bclle-
Isle, nieto del desgraciado Fouquet, superintendente de
hacienda , cuya desgracia ha sido tan célebre. Parece que
esta ilustre familia era de la provincia de Rouergue, y
nadie ignora que en Villafranca fue donde madama
Fouquet, madre del superintendente, y visabuela del ma-
riscul, muger de rara piedad, hizo imprimir su obra cuyo
título es : Coleccion de recetas escogidas y experimentadas
para la curacion de las enfermedades, 8cc. Finalmente, la
misma ciudad ha producido dos hombres tan distingui
dos por la amabilidad de su caracter como por las cuali
dades de su entendimiento y de su alma : uno el doctor
.Dubreuil , sabio médico, y el otro Pcchmrja , autor del
romance de Telcfo. Su tierna amistad ha hecho época en
ñISTÓRiCO. 395
París, y en la ciudad de siiiit-Germain-en-Layes , don-.
de ha pasado sus últimos dias sin poderse sobrevivir uno
á otro. Tampoco debemos olvidar á Valadier , contempo
ráneo suyo , escritor modesto que quiso vivir en la obscu
ridad; pero que en sus conversaciones era un modelo de
amabilidad y de gracia.
Vdlafranca no es solamente gloriosa por sus acciones,
tino que lo es tambien por la memoria de sus antepasa
dos: en el mismo lugar en que está situada hubo en otro
tiempo un convento considerable de Templarios , y aun
se conocen los vestigios de las grutas á donde iban á des
cansar. Sus bienes fueron entregados posteriormente á la
orden de Malta , por cuyo motivo los poseedores de estos
bienes pagaban á los comendadores de aquella orden
unas rentas que solo fueron abolidas en el tiempo de la
revolucion francesa.
Hay ademas otros hechos muy importantes de refe
rir. El señor de Lacabane , joven abogado de Rouerguc,
tan interesante por su modestia como por su rara erudi
cion , hizo investigaciones muy curiosas sobre las antigüe
dades de Villafranca , y de ellas resulta que esta ciudad
tenia en otros tiempos una importancia que ha perdido
en el nuestro. El peligro que habia, dice Lacabane, de
ver los soldados ingleses de las compañias que desolaban
el país , llevándose , ademas del trasporte que de ellas se
hacia, las materias de plata de las minas de la provin
cia, obligó al duque de Anjou á convertirlas en especies
corrientes en los lugares mismos de su explotacion. Este
principe estableció por cartas del mes de diciembre de
iSji , confirmadas por Cárlos V , una casa de moneda
en Villafranca. Por estas cartas se ve que la ciudad es ca
lificada de lugar fuerte, considerable y antiguo: et etiaru
quod est locus fortis et magnus, nntabilis et antiquns. Vi-
llufranca no tiene ya ni sus riquezas ni sus antiguos re
cursos ; pero le queda la bondad de sus costumbres , y es
siempre un país en que la naturaleza es poderosa y fe
cunda ; y nadie duda que se podria sacar gran partido
de su situacion si las circunstancias la favoreciesen.
Volvamos á esta peste memorable, que es el objeto es
396 Prólogo histórico.
pecial de este prólogo histórico. Causa una singular satis
faccion ver en esta larga calamidad los principios de la
moral mas pura , practicados sin especulacion ni interés
de ninguna especie : en ella no hay individuo que no se
halle
dio dehonrado
una catástrofe
con las resoluciones
que tiende mas
á degradar
animosas.todas
En me-
las

tilmas, jamas fueron quebrantadas las leyes inflexibles


del deber, y nada hubo que bastase á interrumpir la
marcha de los sentimientos mas generosos. Ninguno hubo
que quisiese cometer una mala accion por prolongar al*
ganos dios una existencia frivola : en parte ninguna se
dejó ver el egoísmo, y en todas se admiraban las dulces
emociones de la piedad y comjmsion. Es ciertamente co
sa gloriosa pertenecer á la especie humana cuando se
consideran las apreciablcs inclinaciones y los movimientos
fuertes y apasionados que la religion conduce y santifi
ca. Solo las virtudes falsas desaparecen en medio de las
desgracias públicas, y las que se derivan de un origen
divino brillan mucho mas cuando se ponen á la prueba
de la adversidad.
LOS APESTADOS

DE VILLAFRANCA,

RIA DEL MAGISTRADO OLS.

Lay en Francia muchas provincias, en las cuales no se


necesitan libros ni crónicas para recordar los hechos que
deben interesar á una ciudad , villa ó aldea ; pues nunca
se pierden en ellas las tradiciones que se trasmiten por
las conversaciones de las tertulias nocturnas ; no hay un
solo anciano que para llamar el sueño ó entretener la vi
gilia, no cuente á sus hijos la historia completa de su país;
y estos últimos signen el ejemplo de sus predecesores ; y
cuando en una familia se altera una relacion , se rectifica
en otra , entregando de este modo todo á la memoria. Así
es como se conserva y transmite religiosamente todo en
unos lugares donde todos los corazones son sencillos, y to
das Me
las memorias
propongo fieles.
referir aquí un acaecimiento extraordi

nario, tal cual se me contó en mi juventud, y cuya auten


ticidad podría garantir una poblacion entera: este acaeci
miento probará que en medio de las calamidades mas des
astrosas se lleva algunas veces la humanidad basta á ha
cer los mas heroicos sacrificios; que la amistad, el amor ma
ternal , la piedad filial, &c. pierden rara vez sus derechos:
ine , en los , todos los sentimien
298 LOS APESTADOS
tos generosos que distinguen al hombre de los animales
combaten con una energía digna de admiracion. El mismo
Tucidides hace esta observacion cuando nos pinta el cua
dro de la famosa peste que penetró en Atenas por el Pi-
reo , la cual resistió al arte de Hipócrates.
Se lía escrito mucho á cerca de los variosazotes que han
asolado al mundo; pero casi nada se ha dicho de la enfer
medad pestilencial que despobló en otro tiempo á Villa-
franca de Avejron, cuyos pormenores son tan interesan-
tes, y se' hallan únicamente archivados en manuscritos vie
jos, ó en registros de esta a preciable ciudad. Un solo autor
contemporáneo, Durand de Monlauscur, observador exac
to, y. que merece mayor fama que la que disfruta , publi
có un corto manifiesto que se halla todavía en las biblio
tecas de nuestros antiguos castillos. He recogido para m¡9
lectores las principales circunstancias de esta deplorable
historia. Se verá que cuando se trata de alejar una desgra
cia grande, la piedad, esta facultad instintiva del corazon
humano , fuente inagotable de mil bienes , es mas eficaz
que todas Lis leyes. Solo las pasiones son comunicables , y
hasta la misma prudencia, cuando quiere ser oida con fru
to, les pide su auxilio; es necesario imitar á la naturaleza,
qué nos hace tomar interés en los males de nuestros seme
jantes por un sentimiento tan dulce como irresistible.
Villafranca, que fue el lugar de la horrenda peste de
que voy á hablar , es una ciudad de poca extension , pero
imny agradable por su posicion. Está edificada en la con
fluencia de dos rios. , cuya rápida corriente no deja de
presentar algun encanto al observador; Está situada en ud
valle risueño , al rededor' del cual se elevan unas fértiles
colinas, que parecen defenderlo de las tempestades y de-
mas calamidades de la atmósfera. La Suiza , tan preconiza
da por los que la visitan , presenta pocos sitios tan pinto-
D¥ VHLAFEANCA. 299
1, y tina campiña de tanto atractivo. La vista se com
place en el deleite que le proporciona la contemplacion de
la hermosa llanura del Radel , cuyas orillas riega el Avey-
ron , manteniendo fresco su verdor. Esta llanura está cer
cana á la ladera de unas montañas , en la cual se ven par
ras fecundas por el suelo que los habitantes cultivan con
alegría. Rara vez se ve turbado su hermoso cielo por las
nieblas, y los vientos solo reinan para purificarlo.
Dentro delos muros de la ciudad se encierra una mul
titud de obreros diligentes que trabajan en diferentes me
tales, como materia primaria de sus tareas. El ruido de los
martillos que hacen al cobre maleable anima á esta pobla
cion, naturalmente viva , afable é ingeniosa. Tambien se
fabrican en ella telas de mucha utilidad para la economía
doméstica y para la marina. La ciudad de Villafranca es fa
mosa en esta parte meridional de la Francia, por sus bos-
quecillos, jardines , prados , arroyos , palomares , fiestas,
procesiones, y por su urbanidad. En el verano, cuando es-
tan las noches alumbradas por la luna llena, se encuen
tran por las calles alegres viñadores que las recorren can
tando sus tonadas en patués , de las cuales son ellos mis
mos los autores.
En 1628 por el mes de abril fue cuando la peste vino
á sembrar el espanto entre los habitantes de Villafranca.
Se aseguraba entonces que esta enfermedad venia del sep
tentrion , y que ya habia recorrido sucesivamente Saint-
Flour, Aurillac, Cahors, Figeac, de donde se propagó ácia
el mediodia , y principalmente ácia el hermoso pais del
Languedoc. Este año fue tristemente señalado por una
multitud de azotes epidémicos que casi al mismo tiempo
se manifestaron en varias ciudades de Europa. Cuando nos
aflige alguna gran desgracia parece que nos aliviamos de
lyéndolaá alguna causa manifiesta. Los astrólogos,
38:
300 LOS APESTADO»
que
séptimo,
abundaban
atribuyeron
todavía
este en
terrible
el principio
fenómeno
del ásiglo
la aparicion
décimo-

de un cometa , que se manifestó en aquella época , y era


el objeto de todas las conversaciones.
El contagio de que se trata se parecía á las pestes de la
antigüedad, cuyos horribles y espantosos cuadros nos han
trasmitido los famosos historiadores de aquel tiempo. Te
nían estos enfermos un extravío frenético del cerebro ;un
fuego devorador que se apoderaba de sus entrañas , des
pues de haber afectado vivamente la cabeza; una sed ar
diente que los forzaba á salirse de la cama para ir tamba
leándose á buscar aunque fuesen aguas impuras con que
satisfacerla ; un escalofrio convulsivo de todos los miem
bros ; muchas veces una impotencia absoluta de moverse;
una paralisis de todo el sistema sensible ; sensaciones ex
trañas y siempre importunas ; angustias mortales que pa-«
recian ser efecto de los venenos mas violentos, y ansieda
des que parecian suspender la respiracion. La piel de es
tos desgraciados estaba cubierta de manchas lívidas , y de
otras horribles señales que la pluma rehusa describir. La
fiebre ardiente que los consumía alteró , en la mayor par
te de ellos , el curso regular de la razon. Al mismo tiem
po vinieron los males fantásticos á unirse á tantos males
reales ; todos los espíritus quedaron poseidos de un terror
pánico; los enfermos pasaban las noches agitadas por en
sueños funestos, y se creían entregados á la cólera divina,
i , , Y aun pojemos añadir que este delirio helaría de es
panto á todos los espectadores. No pienso que se pueda dar
una escena mas lamentable que ver las personas que mas
amamos , entregadas repentinamente á los desórdenes de
>um. injertacion extraviada , sin reconocer ya la voz de
.sus parientes, ni corresponder á sus solicitudes y cuidados;
mejor fuera verlos muertos. Este síntoma fatal se presen
»E VILLAFBANCA. 3oi
tó con frecuencia en la peste de Villafranca. Un joven que
estaba vivamente enamorado y correspondido tiernamente
de una hermosa señorita, fue atacado por el contagio epidé
mico, de! cual se curó por el cuidado y esmero con que se
le asistio; pero en la época de su restablecimiento no pu
do reconocer á la que estaba prometido tanto tiempo ha
cia á sus votos ; y pasó los restos de una vida larga en la
mas completa y mas vergonzosa estupidez.
' 1 No es mi intento referir aquí todos los horrorosos
síntomas que señalaron la marcha de este azote devasta
dor : el único objeto de esta relacion es recordar algunas
circunstancias que hicieron nacer en toda su energía los
sentimientos mas generosos que pueden honrar la epecie
humana. Q'iiero resucitar en cierto modo la gloria de un
magistrado modesto, el cual, en los tiempos mas desastro
sos, se ilustró en su mismo corazon, é hizo á su patria ser
vicios que la fama debería haber preconizado con mayor
aparato. Voy á contar lo que hizo para templar unos ma
les que son superiores al poder humano , y para reparar
los efectos de la destruccion ; pues nos complacemos en ver
á un hombre de bien luchar valerosamente con el infor
tunio en medio de un peligro público. Cuando todos los
corazones estan oprimidos por el temor , admiramos con
trasporte las almas privilegiadas que conservan su fuego
y ardor. Este espectáculo nos consuela de los crímenes que
en tales ocasiones cometen el egoísmo y la corrupcion de
la humanidad.
La peste, como la lepra , es un mal que hasta ahora
no podemos destruir. Se parece á los huracanes que desar
raigan los árboles, y á los vastos incendios de qne no pue
den triunfar los mas grandes esfuerzos. Se pueden compa
rar sus prontos é inevitables estragos á los que resultan
de las otras grandes catástrofes de la naturaleza, tales como
302 LOS APESTADOS
los terremotos, las erupciones volcánicas, los rayos, las inun
daciones , las sequedades largas , los calores excesivos , el
tizon que priva á los árboles de sus frutos , y malogra los
trigos, y demas semillas de los vegetales , las epizootias, la
hambre, la multiplicacion funesta de ciertos insectos, &c.
Los dias de una peste se parecen á los dias de justicia
del Criador ; ciudades enteras perecen , y parece que han
sido heridas por un rayo invisible. En medio de estas de
plorables calamidades el hombre vuelve en vano su vista
ácia el cielo , en donde no distingue vestigio alguno de la
cólera de Dios ; pues los vientos estan callados ; el sol es
parce sus rayos por la naturaleza entera ; no se ha sentido
el estruendo de los rayos , ni se percibe algun meteoro
amenazador en el espacio ; los dias no estan menos claros
quede costumbre; ni las noches menos tranquilas; bri
llan las flores , y la naturaleza ostenta sus mas ricas pro
ducciones; solo el hombre sucumbe en todas partes , su
friendo dolores continuados; y gimiendo cuando todos los
animales estan llenos de alegría ; de modo que parece sus
pendido para él únicamente el curso de la Providencia.
Se debió prever mucho tiempo antes la llegada de la
peste á Villafranca ; porque estaban ya infestadas muchas
ciudades de las cercanías. Un hombre que murió casi re
pentinamente fue el que causólas primeras alarmas; su casa
fue cerrada inmediatamente por orden superior y señalada
al pueblo como un lugar infecto. El contagio se propagó
insensiblemente ; varias personas perdieron la vida , que
dando su muerte reconocida por una visita de facultati
vos; se enterraban sus cuerpos con infinitas precauciones;
entre otras tomaron la de llevar sus cajas arrastando tira
das por cuerdas que tenían ganchos en sus cabos. Todos
los ciudadanos estaban consternados , y las campanas no
anunciaban mas que funerales.
DE VILLAFRANCA. 3o3
Sucedió en Villafranca lo que en Milan y en otros lu
gares , que varias personas ignorantes se ostinaban en
no creer en el contagio. Un accidente particular excitó so
bre todo un gran rumor entre el pueblo; y fue que mu
rió una joven de la peste sin haber querido revelar sU
mal, y un magistrado mandó al punto que se inspecciona
se su cadaver y se condenase su casa por medio de un
cerco ; determinacion que por lo rigorosa desagradó á la
multitud. Un hombre que estaba en el vigor de su edad,
pero que era tan imprudente como temerario , dominado
por un ciego furor , se presentó prorumpiendo en pala
bras amenazadoras : y paseándose con una agitacion ex-
traordinria , pretendia que no habia peste, y que se habia
querido alarmarla ciudad; todas sus expresiones eran ofen
sivas para la autoridad. En semejante coyuntura basta mu
chas veces un solo individuo para turbar toda la armonía
del cuerpo social; los ociosos no buscan mas que pretextos
para entregarse á la rebelion , y desconocer el freno del
deber; las sediciones se engruesan como las nubes. Se ad
vertían particularmente en las calles del barrio mas infes
tado grupos de mugeres viejas que gritaban como furias;
los mendigos se agavillaban , y sus lamentaciones confusas
y la vista de sus andrajos juntos producían en los espec
tadores la impresion mas dolorosa ; el tumulto se aumen
taba, y ya estaba amenazado de muerte el médico que ha
bia sido nombrado para averiguar el número y el estado
de los apestados; ya se habian despreciado las órdenes de
los cónsules : de modo que no bastaría un genio vulgar
para volver la calma en medio de (ales desórdenes-
Vivia en esta época uno de los mas recomendables
ciudadanos que j.imas habia tenido Villafranca , Juan de
Pomairols, consejero del rey, y juez criminal en el senes
3o4 LOS APESTADOS
parable en el arte de gobernar las almas, no tuvo mas que
hacer que dejarse ver: la nobleza de su aspecto, su repu
tacion y el ascendiente de sus virtudes bastaron para inti
midar á los mas turbulentos. «¡ Amigos mios, les dijo, el
azote que nos aflige viene del cielo! Si quereis que Dio»
nos perdone, alejaos de aqui al instante, y dejaos dirigir
por unos magistrados que os aman." Con estas sencillas
palabras se disipó el motín, y desde aquel instante fue
Pomairols el Dios protector de aquella gente, quedando
por suyos todos los corazo nes, y conñada á su cuidado la
salvacion de la ciudad.
Entre tanto se estableció un consejo para deliberar
á cerca de las precauciones sanitarias, el cual se componía
de ciudadanos de entre los tres órdenes de la ciudad. Las
prudentes medidas que adoptó deberían haber servido de
modelo para todos los lugares de Francia en que se mani
festó el azote. Primeramente se cortaron todas las relacio
nes peligrosas; se pusieron guardas en las puertas de la
ciudad para impedir la entrada á las personas sospechosas;
pues todo el que está acometido de la peste se parece al
enemigo del género humano; todos huyen de él cuando vi
vo, y cuando muerto se horrorizan de ver sus despojos, y
se entrega al fuego cuanto le ha servido de algun uso. Se
negaron á admitir mercaderías, particularmente las telas
que podian servir de receptáculo á la infeccion. Solo deja
ban pasar los comestibles como el pan, el trigo, las carnes
frescas, legumbres, vino, frutas y aceite de nueces que se
gasta en mucha abundancia en aquel pais para el alum
brado de las casas, y para preparar los alimentos; el vina
gre en particular era muy buscado por los enfermos, y se
lo proporcionaban á cualquier precio, y nunca se atreviau
á abrir las cartas sin pasarlas bien por el vapor de este
líquido puiificador.
DE VILLAFRANCA. 3o5
Uno de los primeros cuidados de este consejo de sa
nidad fue cortar la holgazanería, separando los mendigos
en las casas de los ricos que se habian refugiado al cam
po. Algunos de ellos fueron destinados á limpiar las ca
lles, ó á varios trabajos relativos á la salud pública; cosa
muy necesaria, porque la ciudad mantiene un inmenso
número de puercos, cuya carne es muy empleada en los
usos económicos. Para interceptar mejor las comunicacio
nes funestas se cerraron el palacio de justicia y todas las
iglesias á donde acudia mucha gente á refugiarse é im
plorar la misericordia del Criador. Igualmente se prohi
bieron las reuniones que se verificaban bajo los cuatro ar
cos que rodean la plaza mayor. Se establecieron cuaren
tenas; no se hablahan las gentes sino de ventana á venta
na, ó por entre las empalizadas; los que se encontraban
se saludaban afectuosamente, pero desde una cierta dis
tancia. Esta continuada violencia era uno de los mayores
suplicios para los habitantes, que son naturalmente afa
bles y amantes de la sociedad. El hombre del mediodia
hace consistir su felicidad en la vida de relacion, está do
tado de una actividad expansiva que le es muy difícil
concentrar.
Mientras que magistrados hábiles velaban por la segu
ridad de la ciudad se ejercitaba la generosidad pública en
todos sentidos. Pomairols daba sus ropas , sus provisiones,
y hasta sus muebles para aliviar á los indigentes. El conse
jero Vaisse y el canónigo Destempes venian á ofrecer sus
casas y jardines para que sirviesen de asilo á los apestados.
Otros ciudadanos se apresuraban igualmente á ceder al
comun propiedades que podian convenir en estas funestas
circunstancias: los sacerdotes y los religiosos de varias ór
denes corrían tambien á ofrecer sus servicios y consolar
á los afligidos. El valeroso Durand de Monlauseur se muí
3o6 LOS APESTADOS
tiplicaba en cierto modo como la enfermedad ; se le veía ir
á ejercer su peligroso ministerio en medio de las tinieblas
de la noche, y á las casas mas miserables; su ardor infa
tigable creaba á caria instante nuevos recursos: y aun
cuando sus esfuerzos eran impotentes, amortiguaba á lo
menos el curso del horrible contagio aislando sus victimas.
Laval y Bruyeres se distinguieron por prodigios de celo. El
médico Riviere, anciano ya imposibilitado, pero que con
servaba sano el espíritu, no quiso que sus últimos momen
tos fuesen inútiles á la patria; hizo que lo llevasen en una
silla Habia
á ver mugeres
los apestados
virtuosas
para que
auxiliarlos
vendiancon
sussusjoyas
consejos.
para

convertirlas en limosnas, otras pedian limosna, y otras


preparaban caldos para los pobres enfermos. Aun está viva
la memoria de una de estas señoras que era de un rango
muy elevado, y sin embargo adoptó por hijo á un niño
que la peste habia privado de su madre, y se añade que
Dios le hizo la gracia de salvarlo, y que ella lo conservó en
me>lio de su familia como un depósito sagrado. Un anciano
celibato legó todos sus bienes á dos huérfanos que habian
sufrido la misma desgracia , y cada vez se multiplicaban
los sacrificios que la beneficencia y generosidad produ
cían; de modo que seria muy difícil describir todas las es
cenas interesantes de amistad y compasion que se verifica
ron en una época tan triste: ni el egoísmo ni la avaricia se
dejaron ver en una ciudad en que las costumbres habian
conservado toda su sencillez primitiva, y aun se notó que
la piedad reconcilió varias familias enemigas por medio
de servicios mutuos que tuvieron ocasion de prestarse. Se
notaba una diferencia con respecto á las demas pestes ob
servadas hasta entonces, á saber, que ningun ciudadano
tenia desconfianza de los demas, y que todos se querian
socorrer mútuamente.
DE VILLAFBANCA. 807
En la peste de Atenas venían las gentes del campo á
refugiarse á la ciudad; en la de Villafranca al contrario,
los de la ciudad salían al campo. Se lía dicho sin ningun
fundamento que los ricos se separaron de los pobres: en
aquel pais hay la costumbre que de todos los que tienen
conveniencias pasen una gran parte del año en sus cortijos
para vigilar su labranza , y entonces era la primera época
en que acostumbraban á ir. Ademas, que los propietarios
dejaban sus casas abiertas para los indigentes aun cuando
ellos se ausentasen ; y el temor que ellos tenían no pudo
en manera alguna perjudicar á sus conciudadanos: antes
debemos decir en elogio suyo que se desprendieron ente
ramente de sus bienes para prodigarlos á las familias de
los pobres sobre las cuales cargó mas el azote de la peste:
la desgracia es como la muerte, que iguala las condiciones.
Por otra parte, era una escena no menos interesante el
ver á los aldeanos que ejercitaban su benéfica hospitali
dad con todos los que huían del teatro de la epidemia;
iban al campo á cojerles salvia, menta y otras plantas olo
rosas, á las cuales se atribuían entonces virtudes preser-
vativas contra el mal pestilencial.
En medio de esta ciudad desolada descollaban dos
hombres como dos divinidades tutelares, Pomairols , de
quien ya se ha hecho mencion, y el padre Ambrosio, reli
gioso de la orden de san Francisco, cuyas virtudes y su
blime caracter daré á conocer mas adelante. Ambos arros
traban los peligros sin abandonar su puesto, haciéndose
admirar el primero por su prudencia é intrepidez, y el
segundo por su alma generosa y compasiva. Pomairols
conservaba las propiedades de todos aquellos que se ha
bían fugado por temor; mas el padre Ambrosio era la
providencia , por decirlo asi, de todos los que estaban
presentes: él los sostenia por sus exhortaciones. Parecia
3o8 LOS APESTADOS
que estos dos hombres se habian dividido el dominio de la
beneficencia: mientras que Pomairols echaba fuera á los
para
malhechores
robar lasque
casas,
se aprovechaban
y usurpar los del
despojos
desorden
de lospúblico
muer

tos , parecía que el espíritu del Señor se habia refugiado


en el corazon del padre Ambrosio. El magistrado intimi
daba á los malos, y el sacerdote los convertía.
Los servicios de Pomairols son conocidos; su nombre
vive en el corazon de sus conciudadanos, y en el monu
mento que perpetúa la memoria de sus beneficios. Nadie
ignora que este magistrado es tanto mas digno de alaban
za, cuanto que por sus solícitos cuidados se tuvo mejor
policía en Villafranca que en Marsella, en donde la peste
hizo á la misma época estragos singulares. Pero no es cosa
inútil decir á mis lectores quién era el padre Ambrosio,
cuyas caritativas virtudes se han celebrado tanto sin que ja
mas se las recompensase, sin duda porque su reinado no
era de este mundo. Parece que los hombres que han he
cho abnegacion de las cosas terrenales son mas á propó
sito que los demas para socorrer a los afligidos.
El nombre del Padre Ambrosio no ha sido menciona
do en los fastos de Villafranca; y solo se trata de él en un
manuscrito antiguo que se conservó largo tiempo en las
comunidades de su profesion. En él se asegura que habia
sido militar, y antes de abrazar el estado monástico caba
llero de la orden de san Lázaro, orden tan recomendable
por la memoria de sus buenas acciones, y que figura con
tanta gloria en los anales de la humanidad desgraciada. Es
la primera milicia que se consagró á la piedad : protecto
ra de los leprosos recogía á los enfermos que la sociedad
echaba de su seno, y que la vergüenza cercaba.
El padre Ambrosio habia acostumbrado su corazon y
cu alma á todas las fatigas de la vida , tanto por inclina
DE YULAFRANCA. 309
cion natural como por razon de su estado. Sereno y tran
quilo aun en medio fie las mas violentas tempestades veía
la muerte sin espanto, y sostenido por el Altísimo apenas
pagaba tributo al sueño: era afable, pacífico y bienhechor
como la religion que lo guiaba ; el pueblo lo colocaba ya
en el número de I0s santos. Los magistrados lo enviaban
á do quiera que querían calmar la turbulencia de los ocio
sos que se reunian en los lugares públicos; la caridad, que
para otros no es mas que un deber , se habia trasformado
en él en un celo ardiente que lo devoraba. Estuvo en
todos los lugares de infeccion sin contraer jamas la peste;
parecia invulnerable, y especialmente protegido por la
Providencia.
Tambien se dice que el padre Ambrosio estaba dotado
de una instruccion poco comun, y que la demostró con
algun buen éxito en una ocasion bastante dolorosa. Nada
podia igualar su actividad , y su piedad inagotable presi
dia á todas las necesidades : hizo encender hogueras, como
se habia hecho en otro tiempo en Atenas, para neutralizar
el azote que los afligía ; esparció fumigaciones con bayas de
enebro, y con otras sustancias olorosas; tenia á las friccio
nes con el aceite de nueces como uno de los mas podero
sos preservativos, y él fue quien dió la idea de alimentar
con leche de cabras á los niños que perdian á sus madres.
jQué espectáculo puede haber mas tierno que el de una
multitud de huérfanos tendidos en una miserable cama de
paja, recibiendo á cada instante leche dé estos impacientes
animales á los cuales sujetaban al intento algunas mugeres
caritativas!
Podría citar otros hechos que probarían la filantropía
inagotable de este venerable religioso. En el barrio de
Pech se oyeron gritos que salian de una casa oscura que
se caía de vieja. Dábanlos dos niños, los cuales siendo de
3lO LOS APESTADOS
masiado jóvenes para discernir la muerte de la vida , se
lamentaban en vano ya habia muchas horas junto al cuer
po inanimado de su madre. Ningun habitante osaba acer
carse á este foco pestilencial. Pero el intrépido Ambrosio
no vacili un momento en penetrar en esta cloaca infecta
pira libertar estas víctimas desgraciadas.
Es menester decir, para gloria de Villafranca, que no
era solamente el padre Ambrosio quien auxiliaba á Po-
mairols. La junta de sanidad , de que hemos hablado mas
arriba, se componía de hombres tan pios y caritativos,
que no perdonaban sacrificio de ninguna especie para
disminuir la suma de los males que afligian nuestra des
graciada ciudad. Ya he dicho que un miembro del presi-
dial habia ofrecido su casa y su espacioso jardin, y que
otros varios particulares habian cedido igualmente sus ca
sas para que sirviesen de asilo á los enfermos ; pues nadie
ignora que la separacion de los apestados es de una indis
pensable nesesidad para detener el contagio del mal. El si
tio elegido era tanto mas cómodo, cuanto que estaba pró
ximo el antiguo arroyo de Bodomie, cuyas aguas van á
perderse al Aveyron ; á este arroyo venían á cada instante
del dia las mugeres con sus sombreros negros á lavar la
ropa que debia servir á los apestados.
El edificio formado por la junta podia existir á parte
sin comunicacion alguna con el resto de la ciudad. No so
lamente se habian construido en él cuartos particulares
para recibir los individuos infestados, sino que cada clase
de las necesarias para la conservacion de las demas tenia
tambien su habitacion separada. Habia en él panaderos,
carniceros, cocineros para disponer los víveres, criados
para servirlos, y hasta perfumadores para desinfestar los
despojos de los muertos, y todos los objetos que se creían
susceptibles de ocultar algun principio de contagio. Tam
DE VILLAFRANCA. 31 I
bien habia personas encargarlas en el cuidado de la poli- -
cía, y un escribano que ponia en un registro las ropas de
los enfermos para que nada se extraviase. Todos estos em
pleados cumplían sus fuuciones con tanta asiduidad como
celo. Los mé' lieos, cuya asistencia era constantemente ne
cesaria, como igualmente los farmacéuticos que prepara
ban los medicamentos , tenian sus habitaciones reservadas.
Los religiosos franciscanos iban á él por caridad para con
solar á los agonizantes. No se descuidaba ninguna especie
de socorro. No distaba mucho el cementerio , ni los hom
bres destinados á recoger los cadaveres para enterrarlos.
Por último, los convalecientes tenían á parte su enferme
ría y sus paseos, y allí po>lian hacer su cuarentena para
seguridad de sus conciudadanos.
En los diferentes barrios de la ciudad se habian comi
sionado personas para que se informasen de todos los en
fermos que caían atacarlos recientemente de la pesie, y
apenas se manifestaban I0s primeros síntomas ya se los
conducía al edificio de la junta de sanidad por orden de
los magistrados. Lo que mas admira es que los habitantes
de una ciudad pequeña hayan manifestado tanta pruden
cia en un siglo en que la higiene pública estaba tan poco
adelantada. Yo no temo asegurar que una institucion tan
sahia podria servir de modelo para todos los países que
son todavía víctimas de este contagio mortífero.
Sin embargo, á pesar de estas sabias precauciones, mu.
chos individuos que se hallaban atacados de la peste se obs.
finaban en ocultar su mal. Por mas que se les amenazaba
con cárceles y con otras penas aflictivas, á torio resistían.
Los amigos no querían separarse; no se podian romper los
lazos de la sangre; no habia joven alguno que quisú.se
abandonar á su madre; y ciertos enfermos se ponían furio
sos cuantío se llegaba á descubrirlos. Otros creían que se
3ia LOS APESTADOS
.les suprimiría la transpiracion si se les mudaba de su do
micilio. Buscaban mil pretextos para desobedecer á los ma
gistrados, y decian en pública voz que se trataba de ma
tarlos mas pronto. ¡Tan ciegos estaban acerca de lo que
podia serles mas saludable!
Se fijaron proclamas en las esquinas, pero sin utilidad;
porque, por no separarse de sus parientes, preferían la
mayor parte de los habitantes consumirse poco á poco en
chozas miserables en donde apenas se podia renovar el ai
re: nadie ignora lo difícil que es destruir las preocupacio
nes del pueblo , y separarlo de sus hábitos perniciosos. En
vano se ofrecía á los pobres caldo, carne, y todos los cui
dados del mayor aseo, porque era imposible persuadirlos:
preferían el peligro y la miseria, y aun se amotinaban
contra los alguaciles que querían llevarlos á la fuerza. En
muchas circunstancias se presentaba Pomairols , y todos se
volvían obedientes, y el padre Ambrosio acababa de con
vencer á los mas revoltosos. Este religioso, que ya estaba
en el fin de sus dias, se parecía á san Vicente de Paul, que
dominaba todos los corazones por sus consoladoras palabras.
En tanto crecia cada vez mas el contagio , y el alarma
era universal. ¡ Cómo pintar el gran desconsuelo que reina
en una ciudad de apestados! ¡Cómo representar el terror
profundo de los habitantes; el desaliento de la industria; la
interrupcion de los trabajos ordinarios; la desesperacion
de los artesanos á quienes no se da en que trabajar; la
justicia interrumpida; obstruido el comercio; desiertas las
plazas; cerrados los templos, y los sacerdotes reducidos á
orar en las calles; la separacion de las familias, y todos Io8
vínculos de relacion interrumpidos! Cuando el miedo aisla
á los conciudadanos faltan ocupaciones á los pobres, y los
ricos quedan sin criados; ningun labrador osaba traer bas
timentos á Villafranca. Algunos aldeanos se presentaban por
DE TILLAFBAKCA. 3l3
intérvalos delante de las puertas; pero se volvían llenos
de espanto luego que percibian el estandarte funeral que
«e hallaba en todas las torres de la ciudad , y en el campa
nario de la iglesia mayor. El hambre amenazaba al pue
blo, y la esperanza Labia apagado su antorcha.
¡Cuántos no murieron en este tiempo, tan fecundo en
acaecimientos funestos , sin tener entre sus contemporá
neos uno solo que vertiese lágrimas , ni demostrase el me
nor sentimiento por su pérdida! Hubiera causado menos
dolor sin duda alguna si se hubiera cebado la peste en los
que estaban ya disgustados de la vida por el peso de los
años; pero se llevaba una joven, y dejaba subsistir á un
anciano ciego y achacoso ; y aun se notó en esta deplora
ble circunstancia que las personas robustas perecían pron
tamente, al paso que los gotosos y paralíticos quedaban li
bres de este azote asolador,que indistintamente acometía
á las personas de todas edades y condiciones; y llegó á
ser tal la despoblacion acia el medio de la epidemia , que
no habia enterradores para dar sepultura á los muertos.
Un dia halló el guardian de la Bodomie en el cementerio
áver
una
de mnger
un hijoerrante
suyo de
quepoca
llevaba
edad en
, lasus
cualbrazos
le suplicó
el cada-
que

le ayudase á cabar la tierra para depositar tan queridos


restos, é imploró este servicio con tales instancias como
si pidiera una limosna. Su humilde aspecto y su conmo
vedora actitud inclinaron á este hombre, y la ayudó en
tan doloroso ministerio.
Al momento que una enfermedad pestilencial se ma
nifiesta en un pais, el primer pensamiento del pueblo, co
mo ya lo he dicho, es buscar las causas en las alteraciones
de los objetos que hieren inmediatamente sus sentidos:
entonces es cuando nacen y se acreditan las opiniones
mas extravagantes; se lisonjean de poderlo explicar todo:
40
3l4 LOS APESTADOS
asi se vió que los romanos atribuían la peste que en el
reinado de Marco Aurelio y de los Antoninos arrasó la
Europa y el Asia á un cofrecillo que un soldado encon
tró en el templo de Apolo en la toma y saqueo de Seleucia
por Lucio Vero. Los historiadores pretenden hacer creer
que habiendo tenido este soldado la imprudencia de abrir
esta cajita, que era de oro, y contenia algunos secretos ri
diculos de los antiguos caldeos, salió de ella un vapor me
fítico que produjo la destruccion en todos los lugares. Asi
se lulla en Floresto, escritor por otra parte muy recomen
dable , que la peste que se declaró en Holanda en el siglo
XVI, y que se extendió principalmente en el territorio de
Egmont, fue ocasionada por una ballena que él mismo
habia visto venir á encallar á la orilla en donde se habia
petrificado. En Villafranca se atribuyó la peste á la apari
cion de un cometa, como lo he hecho notar al principio
de esta relacion : por cuyo motivo el pueblo no cesaba de
consultar á los astrólogos.
Hay hechos que no merecen aparecer ornados con Ii
dignidad de la historia. Sin embargo, no es cosa inutil ad
vertir aqui que habia en aquella época de que hablo mu-
geres de baja esfera á quienes se acusaba de haber hecho
un pacto con el diablo, y marchitar con un soplo infer
nal todos los actos importantes de. la vida, imprimiéndoles
una desgraciada fatalidad. Esta supersticion dependia de
la ignorancia de aquel tiempo. Las mugeres que se tenían
por culpables de sortilegio acababan por creérselo, y es
peculaban muchas veces con el terror que producían
por su presencia ó mediacion. Todas aquellas personas cu
ya existencia era misteriosa eran tenidas por cómplices de
este crimen , y nada habia que pudiese igualar al terror
^noral que inspiraban lis hechiceras en las cercanías de
Villafranca. Es cosa fácil de creer en la magia cuando se
DE VILLAFRANCA. 3l5
ven tantas víctimas heridas por un poder sobrenatural; asi
es que nuestros labradores asombrados decían que la des
graciada ciudad habia merecido sin duda la maldicion del
cielo, y que la mano de Dios se habia descargado sobre
ella.
Se ha notado muchas veces que cesa la guerra cuando
los hombres tienen que habérselas con la naturaleza , y
que el resultado ordinario de un azote tan grande como
el de la peste , es el de suspender la malignidad humana.
No obstante, habia en aquellos tiempos de calamidades ua
malhechor voraz que habia venido á Francia de las mon
tañas de Saboya; era el foragido Barleti que seguia el tea
tro de la epidemia como los buitres los campos de batalla,
aprovechándose de los desastres públicos para introducir
le en las casas desiertas ó mal guardadas. Se habia ligado
con una compañía de hombres feroces que vivian disper
sos, pero que reunia segun necesitaba para el pillage. No
se podia superar el sobresalto que producía el solo nom
bre de este ladron insigne, el cual era de una talla gigan
tesca, que jamas los dependientes de policía habian podido
coger. Ademas Barleti sabia mil escondrijos para burlar
las pesquisas de los tribunales , y asi quedaban sus críme
nes sin castigo. .
Se arriesgaba muy raras veces, aunque era de una in
concebible intrepidez ; jamas se detenia en las posadas. Mas
halló al fin la muerte en el teatro mismo de sus depreda
ciones , despues de haber burlado por mucho tiempo la
vigilancia de los magistrados. Se asegura que contrajo la
peste por el contacto de algunas telas de lana que habia
robado; pero lo que hay mas extraordinario en el destino
de este miserable, es que en la enfermedad que terminó
sus dias , fue cuidado con el mayor esmero por unos reli
giosos cuyo convento habia saqueado pocos meses antes.
40:
3l6 LOS APESTADOS
Este hombre habla causado grandes pesares á los habitan
tes de la provincia de Rouergue; mas la Providencia ejer
ció su justicia con él.
Dicen que en la peste de Milan no quisieron los ha
bitantes suspender las diversiones del carnaval , y que la
mayor parte se entregaba aun á sus saturnales en el bor
de mismo de la tumba. No sucedió así en Villafranca; por
todas partes se veía la tristeza , sin que jamas se tuviese
que echar en cara á los habitantes de esta insigne ciudad
ni un solo acto de inmoralidad. Un sentimiento solo agi
taba á todos los ciudadanos, á saber, el de la piedad : se
sacrificaban gustosos unos por otros; y particularmente Po-
mairols predicaba con el ejemplo. «Muramos , puesto
que Dios lo quiere , exclamaba el padre Ambrosio; pero
tengamos confianza en él hasta el fin." Un dia hizo una
grande exhortacion cerca del cementerio de la Bodomie:
«Hermanos mios , les decia , aprendamos á tener resigna
cion en medio de los males que nos rodean: el dia de maña
na no nos pertenece. La vida es un rio que se agota por
la desgracia como por los años , y cuyo curso querríamos
prolongar en vano. El que ha cantado , y el que ha llora
do llegan al mismo tiempo al fin de su carrera : feliz el
que se desprende con tiempo de los objetos que dehe
abandonar! El hombre en la tierra está reducido á conso
larse de todo , hasta de la muerte." Asi hablaba el padre
Ambrosio; á cuyos discursos acompañaban las oraciones
del pueblo á san Carlos Borromeo, que es el abogado de
los apestados , como san Lázaro lo es de los leprosos. No
habia un solo habitante que maldijese la Providencia ; to
dos esperaban sn suerte sin que se les oyese murmura
cion alguna.
Lo que hizo durar por mas largo tiempo la peste rfne
la creencia en que estaba el pueblo de que se podía co
DE VI LLAm ANCA. 3f7
niunicar impunemente con los enfermos ; y porque los
parientes y amigos no querian perder sus relaciones , sino
que se comunicaban diariamente. Si babia por ejemplo
una joven atacada de carbuncos , y la querian llevar por
fuerza á las enfermerías, se abrazaba su madre de ella, y
decia que era una barbarie quererla privar de su hija.
Facilitaba la comunicacion de la enfermedad la costum
bre , muy laudable por otra parte , que tienen los habi
tantes de aquella ciudad de hacerse muchos regalos en
ciertas épocas determinadas del año : de prestarse muebles
en todas ocasiones, y de asistirse recíprocamente con sus
cosechas y provisiones particulares; y los magistrados ha
llaban mucha dificultad en impedir estas liberalidades
caritativas y fraternales. El padre Ambrosio separaba con
dulzura á los que encontraba hablando en las calles, y les
te
echaba
que exponían
en cara suáimprudencia
la ciudad á los
, diciéudoles
mayores peligros,
continuamen-
por .

que multiplicaban así el foco de infeccion: por lo que no


es de admirar que Ja epidemia, que habia seguido una
marcha tan lenta en el principio , hiciese despues tantos
progresos , que acia el fin del mes de junio no habia un
solo barrio en la ciudad en que no hubiese penetrado.
Finalmente, esta peste desoladora que se declaró en el
mes de abril , y en la estacion mas templada del año, se
disminuyó sensiblemente desde principio de agosto, en el
tiempo en que los calores son mas fuertes, á términos que
el dia 1 5 , dia de la Asuncion no habia un solo enfermo
en la ciudad. Gimo los habitantes habian dirigido muchos
votos y súplicas á la Virgen para que los libertase de esta
plaga, atribuyeron el verse libres de ella á su intercesion.
Pronto volvieron I09 fugitivos á sus casas ; el presidial
volvió á su audiencia , y la industria y el comercio reco
braron su actividad. ; ~f; |,rb0¡c« t;? ol ?'
318 los apestados
El espectáculo mas halagüeño para los que han es
tado mucho tiempo en medio de este azote devastador es
sin contradiccion alguna aquel que les presenta la pronta
cesacion de los estragos de la epidemia. Parece que se ha
apaciguado el cielo, y que llega el fin de los castigos. El sue
ño viene á consolar á los hombres , que ya respiran con
libertad, y que se hallan como recien escapados de un
naufragio. Comienzan de nuevo á trabajar en los campos,
á coger flores , y á sembrar los granos. Todos los senti
mientos generosos del alma recobran su energía , cesa el
aislamiento , y todas las lenguas se desplegan para darse
á conocer mutuamente los trasportes de su mucha ale
gría. Las midres sienten unos alborozos inexplicables , y
reciben entonces el premio de los tiernos abrazos que
han dado á sus moribundos hijos.
Sin embargo, se veían pintados en todos los rostros los
pesares y la melancolía que sucede siempre á un gran
desastre; porque no habia un solo individuo cuyo cora
zon no hubiese sido desgarrado por los mas dolorosos sacri
ficios. En vano predicaba el padre Ambrosio , y en vano
prodigaba sus consuelos en una tierra castigada por el
cielo. Todos los recuerdos eran amargos , y los habitantes
de Villafranca volvían muy difícilmente á la alegría , por
que sabian por todas partes que se padecían las mismas
desgracias en los pueblos comarcanos.
En tanto Pomairols , por solicitud de sus conciudada
nos , se fué al campo para descansar de sus penosas ta
reas; pero no encontró la tranquilidad que buscaba , por
que le fué preciso trabajar para que se ejecutasen las ór
denes del rey , y tomó una parte activa en lo que suce
día lejos de él. Venian á perseguirlo hasta en su retiro; y
lo esperaban en todas- las* avenidas de su jardin para con
sultarlo ; y desde su soledad apaciguaba las discordias de

1
DE VILLAFRANCA. 3io
sus vecinos , los cuales agradecidos venían continuamente
á su casa. Colmaban de elogios á este hombre incompara
ble , al cual solo faltó, para que su celebridad fuese gene
ral por toda la Europa, haberse hallado en un teatro de ma
yor extension , porque poseía todas las cualidades nece
sarias para poder servir de modelo de magistrados en se
mejante ocasion. Pero lo que mas sorprendia en él era la
prevision en los consejos , su circunspeccion , su continua
vigilancia , la bondad , el desinterés , la resignacion , que
triunfa de todos los males de la humanidad , un valor in
superable , y una alma siempre superior á los peligros,
que sacaba partido de todos los recursos : así se asegura
que el ministerio del rey aprobó muy particulatmente su
conducta
Finalmente
, y lo excelente
se resolvió
de sus
Pomairols
reglamentos.
á volver á Villa-

franca, en donde su llegada fué un verdadero dia de fies


ta para sus conciudadanos , que se apresuraron en salir á
recibirlo. Las bendiciones de los pobres fueron la recom
pensa de todos los trabajos. Se adornó con flores el sitio
por donde debia pasar ; y porque en los países meridio
nales es una señal de mucha alegría el adornar lo inte
rior de las ciudades con el verdor de los campos, se plan
taron árboles en todas las calles; y este recibimiento tem
pló un poco el luto y afliccion de sus habitantes; porque
despues de grandes desgracias es una necesidad para el
corazon humano volver á las dulces emociones que ha
cen tomar interés acia la vida. Un año se pasó sin que se
verificase un solo casamiento ; los primeros se celebraron
suntuosamente; y desde fines de setiembre se entregaron
ya los habitantes con alegría á cuantos atractivos y encan
tos ofrece la vida de relacion.
La procesion que se hizo en accion de gracias por la
cesacion del azote se parecía mucho á las que se celebra
3ao LOS APESTADOS
ron en el reynado de Luis XI y Henrique II en conse
cuencia de dos pestes no menos memorables por sus es
tragos. Se renovó el voto por el cual los cónsules de Vi-
llafranca debían ir vestidos de rojo todos los meses á la
capilla de nuestra señora de las Trece Piedras, para cele
brar en ella el oficio y cantar las alabanzas del Criador.
Esta pia solemnidad merecia una descripcion particular.
Salieron los sacerdotes de los templos , acompañados de
todos los fieles, y llevando hachas, cuya luz ha sido mira
da siempre como señal de la presencia divina. Los miem
bros del capítulo y de diferentes órdenes asistieron á
esta procesion llevando reliquias de algunos mártires de
la religion cristiana , y desnudos de pies. Eran innumera
bles los espectadores, sin que por eso se turbase el orden
y armonía de la marcha. Todos se apresuraban por llegar
muy de cerca al solio en que se hallaba vestido de ponti-
cal el obispo Bernardino de Cornedian, uno de los prela
dos mas recomendables de aquel tiempo. Esta procesion
fué mas particularmente señalada por la multitud de peni
tentes que se presentaron en ella vestidos con largos sacos,
como los antiguos Ninivitas. Hubo una cofradia de peregri
nos que se formó bajo los auspicios de Santiago de Com*
postela, cuya iglesia ha subsistido hasta nuestros dias. No de
be sorprender la pompa de esta ceremonia ; porque en el
mediodia no tiene la religion el aspecto sombrío y melan
cólico que en los países del norte. En el mediodia su culto
exterior es una continua fiesta ; y todo respira alegría y
felicidad. Asi es que se halla asociada á todos los actos de
les,
la vida
&c. Todo
, como
lo en
preside,
los matrimonios,
y cubre igualmente
nacimientos,
de flores fuñera*
la tum

ba que la cuna: y aun en el momento en que acompaña


al hombre de la tierra para el cielo hace resonar una mú
sica que , alejando del pensamiento cuanto la muerte tie-
DE VILLA FR ANCA. $%t
ne de horrible, no deja ver en ella mas que el estado de
un sueño apacible.
Los servicios de Poraairols habian sido muy útiles á
un gran número de ciudadanos; asi el reconocimiento de
bia ser público. Era costumbre antigua en Villafranca
anunciar al pueblo por medio de una trompeta cuantas
reuniones del comun se verificaban : un hombre parado
en todas las esquinas publicaba en clara y alta voz todo
lo que podia interesar al bien general. Se convocó por
este medio una asamblea á que concurrieron los princi
pales, y uno de ellos tomó la palabra para probar cuan
importante era recompensar el celo y valor qtie habia
demostrado el juez del crimen en esta funesta epidemia.
Recordó con el acento de una elocuencia apasionada todo
lo que acababa de ejecutar este virtuoso magistrado para
garantir las propiedades de cada uno de los vecinos de
Villafranca, el modo con que habia expuesto su vida : la
conducta llena de honor , los sinceros sacrificios con que
habia vencido todos los obstáculos. Efectivamente es de
notar que Pomairols no habia abandonado la ciudad du
rante toda esta funesta desolacion , aunque nunca cesó de
les
ver fueron
la muerte
muchos
al rededor
víctimas
de sí
de en
la sus
peste.
criados,
El conservó
de los cua-
los

bienes de las familias, asistió á los pobres , sometió los re


beldes y desconcertó las maquinaciones de los malvados,
por lo cual , añadió el orador , se debe eternizar la me
moria de tales beneficios con un monumento durable , y
ésta proposicion fue sancionada por un aplauso general.
~ Fue deliberado que la ciudad de Villafranca dejaría á
la posteridad un testimonio auténtico de su reconocimien
to , haciendo que fuesen libres de todo impuesto y de to
do censo las posesiones de que gozaba Pomairols en toda
la extension de su distrito; que se obligaría á pagarlas por
41
3ai IOS APESTADOS:
él , y que este favor se extendería á sus descendientes por
linea recta ; y se decretó tambien que esta memorable
decision quedaría grabada en una lámina de bronce ; y,
para dar todavía mayor publicidad al sentimiento que
animaba á toda la asamblea, se decretó que el retrato de
Pomairols se colocase en la casa de la ciudad con una ins
cripcion que recordase á la posteridad los eminentes ser
vicios hechos á la patria por un magistrado tan reco
mendable. ,
.* Tal es la historia fiel de un acaecimiento que llenó de
luto los dias pasados de mi patria, el cual he referido con
forme á las tradiciones mas veridicas. No se mueve el co
razon humano con ficciones , sino con escenas verdade
ras , tajes cuales han sucedido en lo interior de la vida
humana. Naturalmente nos .inclinamos á colocarnos en
posiciones trágicas, y hacer que se reproduzcan en el fon
do de nuestra alma todos los sentimientos tristes que ex
perimentaron nuestros abuelos, ; y nos complacemos en
enternecernos por el destino de aquellos que han sido
víctimas de una suerte enemiga: por eso nos afligimos to
davía despues de tantos años , y derramamos las mas dul
ces lágrimas al pensar en sus sufrimientos; y conservamos
religiosamente en la memoria, las impresiones dolorosas
que nos han dejado. ¡ , , .
El espanto moral que nos causan tales relaciones tie
nen ademas la gran ventaja de enseñarnos á apreciar el
mundo en lo que vale; y si es cierto que entre todas las
criaturas humanas el hombre es el que está mas expuesto
á la desgracia , no es quizá inutil presentarle por inter
no
valosde elnosotros
cuadro querría
de su fragilidad
la vida sobre
si supiera
la tierra..
de antema
Ningu-^

no con qu$ condiciones nos la daba el Eterno; cuan, fu


gitivos? son sus goces ; y sobre todo con , cuánta, rapidez
DE VILLAFK ANCA. 3a3
se disipa este vano fantasma. ¿ Cómo es posible libertarse
de una melancolía profunda al pensar que nuestras rela
ciones no son mas que de un momento , y que no hay
objeto alguno amado de nosotros del cual no nos separe
mos ? Vogamos en la tierra sobre un mar incierto , en el
cual todas las pasiones nos impelen como unos vientos
contrarios. Si hemos penetrado el secreto de las ciencias,
nos esperan errores; si estamos colmados de los dones de
la fortuna , nos deslumbran mil ilusiones ; y si hemos
trabajado para el descanso de nuestra ancianidad, vienen
los piratas á robarnos el fruto df nuestros trabajos. Losi
homenages , la gloria y la prosperidad no hacen mas que
aglomerar pesares : pero afortunadamente Dios nos espera.
(3*4)

CAPITULO IX.

De la admiracion.

La admiracion es un movimiento fisiológico del alma,


que se manifiesta en nosotros cuando consideramos una
cosa muy perfecta : es una especie de simpatía casi siem
pre inesperada para el que la experimenta, pues lo sor
prende inopinadamente, y sin qne lo perciba, por decirlo
asi: de aqui nace qne la merece principalmente lo que
llatn irnos sublime en Ia¿ bellas artes. Esta pasion tiene ne
cesariamente por objeto las cosas maravillosas de la na
turaleza.
Siempre que el órgano de nuestras percepciones se
halla impresionado por objetos ó fenómenos cuyo meca
nismo y naturaleza no puede penetrar , siente el alma
una sensacion agradable, producida por la ignorancia en
que nos hallamos de las verdaderas causas de lo que .ve
mos ó entendemos. A<í una cosa que juzgamos admira
ble es , como se ha dicho muchas veces , una sensacion
nueva é inexplicada. Esta afeccion es casi nula en los me
lancólicos é hipocondríacos; y la privacion de este encan
to aumenta el horror de su situacion.
Los hombres no civilizados admiran particularmente
los prodigios de la fuerza física. Algunos salvages de la
América meridional forman un cinturon con los dientes
de los enemigos que han privado de la vida , lo que au
menta la especie de consideracion que gozan en sus tri
bus. Pero entre los hombres cuyo entendimiento ha reci
bido alguna cultura , son los resultados intelectuales los
que meíecen con preferencia la admiracion. Generalmen
te nos mueven mas las perfecciones del entendimiento
que las del cuerpo , sin duda porque estan menos al al
cance de nuestra analisis. Las bellezas morales causan una
sorpresa mas profunda, porque se apoderan del alma de
improviso, y la arrastran por un movimiento inexplicable.
La admiracion es producida con mas particularidad
(3a5)
por los efectos prontos é inesperados, que por las cosas lar
go tiempo buscadas y preparadas. Sn fuego nos penetra
espontaneamente : así el orador que nos encanta es el que
«ale de los senderos comunes , y el que produce en noso
tros emociones que no habiamos previsto ; y lo que nos
arrastra es menos el brillo ó fasto de sus palabras , que el
tono elevado ó la rapidez de su pensamiento. ,.í
La admiracion proporciona los mismos goces que el
entusiasmo.
dos los placeres
Hay almas
que ella
dispuestas
proporciona
por su, ynaturaleza
que gustaná tor
de

exaltarse sin cesar por este dulce é inefable sentimiento.


La admiracion prolongada puede causar el éxtasis silen
cioso , en cuyo caso se desvanecen todas las ¡deas acceso
rias, quedando una sola, la cual se apodera del sistema
sensitivo y lo absorve enteramente. «
Es probable que los animales no desconozcan la ad
miracion; pues vemos que muchos parecen experimentarla
en alto grado. La hembra del ruiseñor lo escucha cuando
canta con una disposicion que la inclina sin duda á ha
cerlo partícipe de su amor. Todas las aves que estan do
tadas de un oido fino y delicado aprenden los tonos
que se les enseñan por medio de organillos ó de otros
instrumentos , y los repiten exactamente con sus acentos
é inflexiones , sin que sea cosa difícil de percibir la espe
cie de enagenamiento en que los pone esta desconocida
melodia. i . •
Los placeres admirativos provienen especialmente de
todo lo que nos da las ideas del espacio y de la grande
za , como igualmente de todos los objetos cuyos límites
no podemos ver ni medir. Por esto el espectáculo del
universo aumenta á cada instante la admiracion que tri
butamos al Criador, la cual ha inspirado el brillo y pom
pa de todos los cultos que diariamente celebran su om
nipotencia.
Todo lo que sale de las sensaciones acostumbradas
de la vida, y lo que cuesta alguna dificultad comprender
se es á proposito para producir la admiracion. Es la sen
sacion habitual de los poetas que se entregan á la com
posicion de la epopeya , como igualmente el de nuestros
(3*6)
prosistas modernos que dan la preferencia al estilo arheni-
nizado. En aquellas partes en que la naturaleza se mues
tra á la vez inculta é imponente , y en donde presenta á
los ojos del espectador montañas elevadas , soberbias ro
cas , precipicios profundos , rápidas corrientes, y árboles
gigantescos , nuestra alma es impresionada por este movi
miento repentino de nuestra existencia , al cual se junta
alternativamente una sensacion de asombro ó de melan
colía , y las ruinas de un suntuoso edificio producen un
efecto análogo , dejándonos apercibir manifiestamente las
señales de las mutaciones causadas por el poder de los
siglos , como igualmente los vestigios de su antigua mag
nificencia.
Hay pues circunstancias en las cuales , como ba di
cho un filósofo ingenioso , la admiracion obra en nuestra
alma como una especie de terror , y produce esta parti
cular sensacion cuando nos hallamos en la cumbre de los
montes mas elevados de la tierra. Entonces nuestros ór
ganos estan subyugados , por decirlo así , por los puntos
de vista de que estamos rodeados : en esta vaga y solita
ria contemplacion se halla nuestra imaginacion asombra
da y confusa con la multitud de pinturas , el poder de
los contrastes , y la ilusion de las perspectivas. Cuando
nos encontramos en un vasto y mágestuoso promontorio;
dirigiendo nuestras miradas á las inmensas rocas, que sir
ven de límite á la mar embravecida , escuchando el es
truendo horrísono de las olas que vienen á estrellarse con
tra ellas , y de las masas enormes que se desprenden por
la violencia de las tempestades ; cuando consideramos el
curso rápido de los torrentes que simulan al trueno, ó los
picos escarpados que se levantan de la superficie de las
aguas para perderse en las nubes ; cuando osamos aproxi
marnos á los escollos y á las simas que se abren para su
mergir los bajeles que á ellas se confian ; cuando obser
vamos la lucha de los monstruos marinos que se agi
tan en los abismos insondables ; y, cuando escuchamos los
gritos alarmantes de las aves acuáticas que parecen estar
<Ie acuerdo con las escenas desastrosas del Océano, no po
demos menos de sentir una profunda sensacion de terror,
sin qne nada pueda debilitar nuestra admiracion' acia el
Ser de los seres , que ha impreso tanto poder en la na
turaleza y tantas maravillas en sus creaciones. Nuestro es
píritu encuentra un encanto inagotable en estas sorpre
sas inesperadas , que son uno de los mas grandes placeres
de
tingue
la vida;
de todos
en el los
sentimiento
animales de
; y en
lo infinito
los conceptos
que nos
supre
dis-i.

mos que no conocen obstáculo alguno , y libertan al al


ma de toda traba , haciéndola que vogue por la in
mensidad. ...>;..
Considerada, la admiracion en las relaciones habitua
les de la sociedad es una de las mas dulces emociones con
que podemos agitar nuestra alma. En las grandes ciuda
des , es una observacion interesante para el fisiólogo la
que produce una multitud de individuos luchando á las
puertas de nuestros coliseos, y precipitándose en la con
fusion para gozar mas pronto del placer de la admira
cion. Corremos con tanta ansia á los teatros para exaltar
en ellos nuestra imaginacion , buscar nuevas sensacio
nes, despertar recuerdos, &c. ; placer que conviene indis
tintamente á todas las condiciones , rangos y edades ; y
para gozarlo hacemos voluntariamente gastos dispendiosos.
La admiracion es un sentimiento que confiamos á los
demas y que nos place gozarlo en comun. Cuando este
movimiento fisiológico se comunica simultáneamente á
una multitud de hombres reunidos , proporciona un go
ce de los mas deliciosos que pueden , afectar nuestra alma;
y aun sucede á las veces que cuando este movimiento se
apodera de una grande reunion , si un individuo solo,
guiado por un motivo particular , no obedece al impulso
de la simpatía general, sufre inmediatamente la execracion
ó animadversion de los concurrentes.
En la representacion de las piezas dramáticas no se
puede contener por mucho tiempo esta pasion exhalante, y
los espectadores expresan manifiestamente su gratitud á
aquel qne imprime en sus almas un movimiento tan dul
ce. Los aplausos voluntarios ó arrancados espontáneamen
te á los que escuchan producen en el corazon del hom
bre admirado una sensacion deliciosa , que es la recom
(328)
pensa de sus esfuerzos , y de ía cual goza con toda la
extension de su amor propio ; y el ruido saludable que
ocasionan los aplausos obra como un estimulante en su ór
gano intelectual, aumentándose así las fuerzas de su en
tendimiento y su enagenamiento en razon del número de
individuos que expresan la aprobacion lisonjera,
. . Ya hemos visto que la admiracion puede unirse á
otras pasiones que obran simultáneamente con ellas en la
economía animal ; de este modo es como la hallamos uni
da en las catástrofes mas deplorables. Nos complacemos
en saber como un hombre grande ha conseguido sustraer
se de los peligros que amenazaban su existencia y su for
tuna. Estos dulces sentimientos ponen nuestra alma en
una situacion que la ofrece un interés duplicado ; pues
bendecimos á la Providencia que lo ha protegido , des
pues triunfamos con su valor , y simpatizamos con su
victoria.
La admiracion de los hombres toma direcciones aná
logas á las circunstancias políticas , y á los progresos de
las luces y civilizacion. Se la ve con frecuencia abjurar
sus primeros placeres, y separarse , por decirlo así , de
sus antiguas leyes. Sucede muchas veces que hombres de
un espíritu inventivo y de un ingenio extraordinario lle
gan á servir de guia á sus semejantes , y á suministrarles
nuevos motivos de admiracion : producen diferencias en
el modo de sentir, y grandes cambios en nuestra natura
leza moral. Por otra parte ¡ cuántos hombres aparecen
en siglos que no estan á su nivel, y en los cuales no pue
den ser admirados ni escuchados!
Sea cual fuere el origen de la admiracion, sus fenó
menos son infinitamente ventajosos para el hombre civili
zado. Hubiera podido considerarla aquí como el origen
primitivo de todos los grandes progresos del ingenio hu
mano ; pues por ella apreciamos todos los milagros de las
artes , y todos los prodigios de la meditacion y de la ra
zon humana. Esta facultad aumenta la vida intelectual y
moral , y extiende la esfera de todos nuestros conceptos.
El hombre se admira sin cesar en la contemplacion de sí
mismo. La dicha que experimenta va acompañada de una
especie de fiebre que lo identifica , por decirlo así , coa
todos los ilustres personagcs que le han precedido.
Añadamos que el encanto particular que nace de este
dulce sentimiento hace olvidar con frecuencia todos los
rigores del destino humano. Se asegura que Miguel An
gel, habiendo cegado al fin de su carrera se aproximaba
á los hermosos monumentos , y pasando sus sabias manos
por su superficie lograba todavía algunos momentos de
éxtasis y enagenamiento. Un autor muy estimado y cono
cido en París por sus numerosos trabajos en la Metafísi
ca, el desgraciado Lasalle, agoviado por el peso de los
años, y viéndose precisado por su indigencia á venir al
hospital de san Luis, olvidaba su miseria con la lectura
de los antiguos, de los que era idólatra. Un dia que me
acerqué á su lecho para consolarle, me dijo enseñándome
las obras de Homero: «Yo no he perdido ningun atri
buto de mi ser; soy todavía joven, puesto que conservo
hasta mi último dia la dicha de sentir , y la facultad de
admirar.

CAPITULO X.

Del entusiasmo.

Debemos entender por entusiasmo aquel estado de


exaltacion del alma que nos dirige constantemente y con
fuerza acia el mismo objeto: en él estamos subyugados
por una idea fija que abrazamos y queremos con traspor
te. Esta pasion es coutagiosa, y obra con mucha frecuen
cia eo una multitud de individuos; y comunicándose á
las veces á cohortes innumerables, hace progresos al mo
do de las epidemias.
El entusiasmo es una potencia que hace simpatizar á
todos los hombres, y que obliga á palpitar simultánea
mente á todos los corazones agitándolos con un mismo
pensamiento. Es una verdadera fiebre del alma , ó mas
bien un fuego divino bajado para inflamarla; de aqui na
cen tantos nobles delirios que uos arrastran tan podero
samente. . . . .! .. :

( 33o )
. Es menester estar asistido de Dios para analizar este
trasporte divino v esta agitacion ardiente de todo el siste
ma sensitivo, (pie es rpiizá la fuerza moral que mas ha
influido en las revoluciones políticas del globo; pues efec
tivamente imprime á la voluntad humana una energía in
comprensible que hace se emprendan y acaben los mayo
res empeños. Lo que el ingenio concibe, lo propaga el en
tusiasmo. La razon puede hacernos adelantar : empero so
lo al entusiasmo toca elevarnos.
Los poetas han comparado el entusiasmo á una llama
que intenta remontarse ácia el cielo de donde ha sido
emanada, que se precipita en el vacío inmenso del infini
to en donde se engrandece sin cesar. Si se debilita es solo
cuando llega á las regiones mas elevadas: pero muchas
veces es para renacer y salir con mas violencia. •.
La admiracion sirve de medio para llegar al entusias
mo , que es la facultad de las almas poderosas y privile
giadas. Parecida á un torrente que se aumenta con los di
ques que se le oponen á su curso, esta pasion triunfa de
todos los obstáculos: hiere, subyuga, y lo somete todo á
su dominio , dejando en todas partes impreso su sello di
vino. El entusiasmo es el vuelo de una alma meditativa
que contempla lo maravilloso, y busca los modelos de la
perfeccion ideal á la luz de una inspiracion sobrenatural.
¡ Cuán noble y bella es esta disposicion de nuestro ser
que da al alma mayor inteligencia para comprender, mas
elocuencia para conmover, y mas ternura para amar! El
Espíritu Santo bajado sobre los Apóstoles es el símbolo
de esta facultad suprema, de la cual se sirven los hom
bres para toda especie de meditacion y pensamientos. Los
poetas no emprenden composicion alguna sin pedir á las
musas mitológicas este fuego penetrante que fecundiza las
materias mas áridas; y todas sus invocaciones estan funda
das en la necesidad que tienen de esta pasion inspiradora.
Es preciso oir á Píndaro á quien Hieron premió con
una lira de oro, tranquilizando á los pueblos turbados
por las erupciones del Etna. El poeta, guiado por el entu
siasmo, es como el águila, que goza una especie de enage-
namiento balanceando en medio del espacio luminoso de
(33.;)
los aires. El delirio que le inflama es para él un rlon del
cielo. Deja una magia inmortal á todos los lugares que ha
celebrado, uniendo una multitud de ideas sublimes á los
de una montaña, una caverna, un rio ó un arroyo.
Hay algo de profético y sagrado en los efectos inex
plicables del entusiasmo : con su auxilio se eleva el hom
bre sin cesar ácia Dios, y llega en cierto modo á iniciar
se en los profundos misterios de su existencia. Todo lo
que hay de grande y augusto en el universo ha sido re
velado por el entusiasmo, el cual hace en un dia lo que
la razon en muchos siglos.
Pero lo mis maravilloso en esta especie de vida, siem
pre activa y siempre apasionada, son las alianzas genero
sas que se entablan entre los espíritus, muchas veces aun
entre individuos colocados á la distancia de un polo al
otro para penetrarse de los mismos deseos, inscribirse ba
jo una misma bandera, y para tributar el mismo culto á
una opinion igual.
El espíritu humano se inclina naturalmente á exagerar
su poderío, y se lisonjea continuamente de poder pasar
los límites de la naturaleza. El hombre halla una especie
de deleite en dejar convencida el alma de su semejante, y
en ejercer sobre su creencia un imperio desconocido; y
esta inclinacion se nota hasta en las clases mas ínfimas del
pueblo. Los pastores y los labradores, particularmente los
que hacen vida solitaria y contemplativa, se creen en co
mercio con los espíritus celestiales. La necesidad de excitar
la admiracion es la que ha creado los mágicos, los preten
didos adivinos, 8cc. : estas observaciones merecen profundi
zarse; porque los visionarios no son mas que pensadores
extraviados que tratan de ensanchar el campo de la refle
xion, y de dar mayor movimiento á la voluntad.
El lenguaje comun no es suficiente para pintar las
emociones sublimes del entusiasmo ; pues esta pasion se
ductora y victoriosa es superior al dialecto común , y el
hombre religioso v. gr. busca en la inspiracion |>oética
imágenes dignas de la inmensidad del Eterno, y de la es
tabilidad de su santuario: llama á su socorro como los
hebreos todas las metáforas tomadas de la consideracion
4a:
(33.)
del mundo exterior. La contemplacion cíe la naturaleza
parece que le comunica lo que le sobra de su actividad
moral , con lo que queda asegurado el grande imperio
que tiene sobre sus semejantes. E1 alma conmovida se ex
presa por palabras armónicas; y entonces es cuando la
decirlo
memoriaasi,
estálosmas
tesoros
fiel ,que
poniéndole
ha acumulado.
á su disposicion , por .

La música concurre con mas poderío para comunicar


el entusiasmo. Este arte divino fortifica la admiracion, y
nos arranca en cierto modo de la tierra , exalta todos los
sentimientos de la vida, y no hay ningun otro mas á pro
pósito para hacer que nazcan y se manifiesten las simpa
tías, y para provocar la efusion de las lágrimas: los des
graciados se sirven de él para mover á piedad; otros se
sirven de su melodía para inflamar el valor. Nunca es
mas terrible la voz de los capitanes, ni mejor oida de los
soldados que cuando ha sido precedida por el sonido de
de los clarines y trompetas, los cuales hiriendo el aire con
vehemencia disipan el temor absorviendo la reflexion, y
electrizan la existencia. La música obra de] mismo modo
por impresiones mas suaves en el sistema sensitivo. Se ha
dicho muchas veces que el oido era el sentido del amor,
y yo lo llamaría el del entusiasmo, porque sirve de en
trada en cierto modo á toda especie de prestigio y se
duccion.
Entre los fenómenos fisiológicos que toman su origen
en el entusiasmo, ninguno ciertamente es mas digno de
notarse que el de la improvisacion. Este talento mágico,
que tanto hace admirar, no es mas que la facultad pe
culiar á ciertos hombres de exaltar á su albedrío el cere
bro, de modo que le hagan concebir y expresar con ma
yor ó menor rapidez un cierto número de ideas sobre una
materia dada , la cual muchas veces es bien agena de las
meditaciones habituales del que habla. Está aun reciente
la memoria de la admirable arenga que recitó el poeta
Gianni sobre, los vasos linfáticos en presencia del célebre
Mascagni , cuyos descubrimientos sobre esta materia solo
son conocidos por un corto número de sabios. Todos los
hermosos versos de Homero han sido producidos, segun
( 333 )
se asegnra, en uno fie estos momentos inspiradores en
que se halla algunas veces el sistema sensitivo. Aun pa
rece que el instrumento He nuestros pensamientos, exci
tado artificialmente, encuentra muchas veces resultados
que de ningun modo le podria sugerir la calma de la so
ledad y de la reflexion.
Los gestos, las miradas, el sonido de la voz, los acen
tos, &c. , contribuyen á dar valor á las palabras pronun
ciadas por los improvisadores, y aumentan de un modo
singular el efecto que producen. El entusiasmo los pene
tra de una especie de furor : sus ojos tienen un brillo no
acostumbrado. Es digno de observarse el que se expresan
con mas facilidad en una asamblea numerosa que en un
corto auditorio. Añádase que se hacen mas elocuentes á
medida que avanzan en su objeto, y que la mayor parte
estan agitados de un espasmo tan extraordinario , que
caen en una especie de desmayo en el momento que ter
mina su discurso, y la inspiracion los abandona.
Ademas, no todos los espíritus son llamados de un
modo igual á la elevacion intelectual , que hace percibir
con una sola mirada toda la esfera de la razon humana.
Esta llama inmortal, que constituye el entusiasmo, es des
conocida al mayor número de los hombres, de los cuales
la mayor parte estan sumergidos en el abatimiento y mi
serables intereses de la vida comun. Se la conoce por los
síntomas exteriores que la acompañan : asi , si examinamos
á un celoso apostol del cristianismo, vemos en sus actitu
des y exterior sellada la gloria de sus empresas ; todas
las virtudes se encuentran en su alma, y toda su alma es
tá en sus ojos; de modo que se lee en la expresion impo
nente de su fisonomía el pensamiento admirable que lo
determina á obrar. Su boca respira una dulce confianza,
entera resignacion, bondad interesante, paciencia inalte
rable, indulgencia infinita, y generosidad para perdonar.
Nida hay que pueda resistir á su caracter inmutable; de
modo que se puede decir que el hombre inspirado por
el entusiasmo tiene los atributos del astro del dia , puesto
que como él su presencia sola calienta y vivifica todo lo
que le rodea.
( 334 )
II"i -M'- H«l r .i ,'i-.. . -|;- r: .fin .u -i
. > t .. v . í ' . T. . . .i .. ,' . ..
CAPITULO XI.

l'uKía 4.1 bel reconocimiento.

Es un sentimiéñto innato de la organizacion, por cu


yo medio devolvemos á un bienhechor por nuestras ac
ciones, ó á lo menos por nuestros deseos lo que hemos
recibido de su mano. Desgraciadamente sucede á esta pa
labra lo que á otras muchas que se pronuncian con de-
Misiada Frecuencia en la sociedad. Se ha hecho tan comun,
que se usa á cada instante en las fórmulas de urbanidad,
sin que apreciemos su fuerza y valor.
El reconocimiento es una sensacion mixta , y consiste
en el recuerdo de un beneficio acompañado del deseo de
cumplir el deber que nos impone. Cuando queramos de
finir bien los afectos morales debemos preguntarles á los
sordo-mudos de nacimiento, porque estan mejor iniciados
que nosotros en los secretos del lenguage y en la verda
dera significacion de las palabras: ellos son los que han
dicho que el reconocimiento era la memoria del corazon;
y no se debe inferir de esto que los ingratos carezcan de
memoria ; al contrario, esta facultad de la inteligencia cau
sa su mayor suplicio.
La sensacion del reconocimiento necesariamente se
manifiesta siempre que agita con energía el sistema sensi
tivo. Esta necesidad le es comun con casi todos los demas
movimientos del alma que dependen del instinto de rela
cion ; pero cuando es profundo y sincero se demuestra
mejor por acciones que por palabras vanas. El reconoci
miento no es una afeccion que dure largo tiempo: asi se
le ha comparado á un hierro escandescente, cuyo calor
se evapora á medida que se separa de la época en que se
ha recibido el beneficio.
El reconocimiento no deja por esto de ser nno de los
sentimientos mas nobles y elevados de la naturaleza hu
mana. Depende de una perfeccion interior del alma que
la civilizacion perfecciona : es la señal menos equívoca de
í 335 )
una moralidad pura que se quisiefa infundir, en toldos. los
hombres. En la mavor parte de nuestros libios se recrea
la imaginacion de los jóvenes con la pintura interesante
de esta feliz disposicion de nuestra alma: algunas veces es
la fuente del interés de nuestros dramas, en los cuales se
pone en escena como el amor, y merece en nuestros tea
tros toda la aprobacion debida á un afecto que es tan
grande como generoso. ,
Pero no solo es el reconocimiento una afeccion desti
nada á unir dos individuos que se hacen algunos buenos
oficios en el comercio de la vida civil , sino que es un la
zo con cuyo auxilio las familias de les hombres se unen
y dependen mutuamente unas de otras en el seno de la
sociedad.
Algunas veces es un sentimiento universal que se ex
perimenta simultáneamente por todos los miembros de
una nacion, pues todos tienen á dicha el ver que se re
compensa á un .hombre que ha merecido de la patria, y
se ha señalado por servicios púhlicos; entonces sanciona
mos en cierto modo con nuestra aprobacion la corona que
se le destina, y tomamos parte en la satisfaccion general:
por el contrario, sentiríamos una gran pena si los gefes
del gobierno faltasen á la justicia que le es debida.
Nada hay adquirido ó facticio en este sentimiento, que
emana, como la amistad , del instinto irresistible de nues
tras relaciones sociales. Hasta los salvages han participado
de este hermoso don de la Providencta, pues en ellos es
tambien el reconocimiento una necesidad primitiva de su
organizacion : si en el hombre civilizado no fuese alterada
tantas veces por el orgullo y la vanidad, seria la roas dul
ce de nuestras inclinaciones naturales.

CAPITULO XII.
.. ¡i Lililí i t :i.:ia: v.t OíOátf .«>i.«'rik.i.! ( IpjjKVU
De la ingratitud.
> ... f *i*(>. .^t? r'IJ! Wlj.JKÍj
¡Quién hubiera podido pensar ó prever, que el reco
nocimiento, este atributo divino de la organizacion , este
( 336 )
sentimiento puro y delicado que la naturaleza debiera ha
ber creado inmutable, haya tenido su parte en la corrup
cion social ! La ingratitud vino á privar al alma del bien
hechor de los encantos que sus beneficios le proporciona
ban. Ha destruido ó alterado profundamente las relacio
nes de estimacion , deber y amistad , que son el funda
mento de toda relacion en la sociedad humana. La ingra
titud indigna el corazon. El examen analítico del hombre
moral no presenta ningun vicio mas afligente ni mas
odioso.
La ingratitud no es una pasion ; es casi siempre el re
sultado de la vanidad en revolucion contra la especie de
su premíela que ejerce el bienhechor sobre aquel á quien
obliga : es muchas veces un estado negativo del alma, una
apatía nerviosa, una enfermedad del corazon, ó una cons
titucion defectuosa de nuestro sistema sensitivo. Los in
gratos no merecen perdon , pues por su mucho número
han hecho tan rara la generosidad sobre la tierra.
No por esto deben los hombres de bien cansarse de
socorrer al desgraciado. «La ingratitud no desalienta á la
beneficencia, dice un profundo escritor (i); pero sirve
de pretexto al egoismo." Este pensamiento no necesita
ningun comentario fisiológico; pues todos sabemos que
nos arrastra el instinto á la generosidad , y que solo por
sistema ó depravacion resistimos tantas veces á las inspi
raciones nativas del caracter.
¿ De qué sirve exclamar contra la ingratitud? dice un
profundo filósofo: contra el orgullo deben dirigirse nues
tras quejas, puesto que á él somos deudores de esta hor
rorosa enfermedad. El hombre á quien obligamos, aña
de , se imagina siempre que no se ha hecho por él todo lo
que merecia, y el bienhechor cree á su vez haber hecho
mas de lo que debia hacer. Pero no es el orgullo la sola
pasion que cierra el alma al reconocimiento : tambien la
avaricia y la ambicion hacen ingratos; y hasta el mismo
amor, primera felicidad de la vida, ¿no hace romper los
pactos mas sagrados ?
(1) Máximas y reflexiones sobre diferentes objetos de moral y
política por el seuor Duque de Lo vis.
lumniando
Otros escritores
á los bienhechores
han querido, excusar
y pretendiendo
á los ingratos
que ca*
no

obraban estos últimos las mas veces sino guiados de una


especulacion , ó de amor propio. Una asercion tan general
es un ultrage á la especie humana ; porque el hombre
nace con una inclinacion feliz , que es independiente de
tan viles motivos. Cuando todavía no ha perdido su leal
tad primitiva se halla movido á cada instante por la ne
cesidad imperiosa de consagrarse á sus semejantes (i).
Es pues un criminal el que falta al instinto de las re
lucionos sociales, y el que marcha en sentido contrario de
las inclinaciones dulces y benéficas que la naturaleza le
ha impreso. El ingrato debe compararse al que niega el
pago de las deudas que ha contraido : y merece las mis
mas penas, porque ha violado.el contrato de relacion , y
ha usado á su albedrío del tiempo y crédito de su bien
hechor. Así ¿ no debe pagar lo que ha recibido por senti
mientos ó por oficios análogos?
Observemos no obstante que aquel que conoce el
precio de un beneficio debe conocer tambien el peso de
su agradecimiento; pirque, como se ha dicho otra vez, el
hombre que hace un bien á su semejante adquiere sobre
él una especie de superioridad que ofende al corazon bu-
mano. Un alma libre puede encolerizarse al aspecto de
tal yugo , sin que se pueda por eso imputarle crimen de
ingratitud : vale mas creer que su9 escrúpulos proceden
de que conoce todo el peso de la deuda. Otras almas no
menos delicadas , pueden temer que un servicio impor
tante rompa la igualdad que causa el encanto y la vida
de una amistad. Ademas ¿quién ignora que los bienhe
chores se cobran^muchas veces con usura del precio de
sus mercedes?
Las víctimas de la ingratitud excitan un interés mas

(1) ¡Cuántas almas activas no se encuentran en el mundo que se


agitan sin cesar para aligerarlos males agenos, y que parecen
ser entre nosotros los instrumentos de la providencia ! Tales son
en nuestros días las nielas del ilustre Maleslierbes. Parece que la
rirtnd compasiva es hereditaria , pues hay familias privilegiadas
que se trasmiten este noble y glorioso patrimonio.
(338)
tívo que las que son sacrificadas por una desgracia co
mun. Sentimos generalmente por tales personas una afec
cion compuesta del aprecio que nos inspiran , y de la
piedad natural que nos inclina á tomar parte en los ma
les de nuestros semejantes. La idea de su perfeccion mo
ral y los principios de justicia en que estamos imbuidos
encienden entonces en nuestras almas una virtuosa in
dignacion.
Cuanto mas consideramos el rango y las cualidades
particulares del bienhechor , mas nos encolerizamos con
tra el ingrato; de aquí nace que el asesino de un sobe
rano que fué henéfico y justo, ó el de un padre sensible y
generoso, hacen temblar de espanto aun álos hombres me
nos compasivos. ¿ Quién , sin experimentar estas dolorosas
emociones , ha podido leer la historia de las hijas del rey
Lear , las cuales, despues de haberse enriquecido con sus
despojos , lo abandonaron á la miseria mas completa , y
á todas las necesidades de la ancianidad? Hay algo de au
gusto é imponente en el caracter de este desgraciado mo
narca, aun cuando le vemos mendigar el sustento de pue
blo en pueblo; pues si los elementos y las injurias de las
estaciones lo asaltan en medio de las selvas desiertas que
tiene precision de atravesar , no por esomurmura contra
su destino , sino por el contrario exclama: «,0h vientos,
bien podeis bramar sobre la cabeza de un rey desgracia
do , puesto que el reconocimiento no os liga á mi suerte,
ni habeis recibido de mí vuestro imperio! "
Bastante he dicho para demostrar que la ingratitud
puede hacer criminales. Es menester que esta monstruosa
imperfeccion de nuestro ser sea un delito , puesto que
aquel que se halla contaminado de ella no se atreve á pre
guntar á su alma sin experimentar un amargo disgusto,
por qué expía á cada instante su injusticia con los re
mordimientos mas agudos , y la vergüenza le enrojece
siempre que se pone delante del hombre que le ha fa
vorecido ; huye su presencia, y no puede gozar sin tur
bacion los beneficios de que lo ha colmado. Nuestra le
gislacion no castiga á los ingratos ; pero su tribunal está
en su propio corazon de donde nacen sus remordimien
(339)
tos ; y ademas tienen un castigo cruel é inevitable para
su propio orgullo, que es el recuerdo de su bienhechor.

CAPITULO XIII.

Del odio.

Hay pasiones que afectan de un modo desagradable


al corazon humano , y que sin embargo son de una utili
dad constante en el sistema de la conservacion de los sé-
res. Así es como el hombre alimenta naturalmente en su
alma el odio , el resentimiento y la venganza. Estas sen
saciones morales velan en cierto modo por la conserva
cion He su especie. Y las creemos dignas de nuestra apro
bacion siempre que esten fundadas y sean legítimas.
Ciertos filósofos miran el odio como una pasion agena
del corazon humano. ¿Pero se ha de negar que hay vene
nos solo porque son perniciosos, y tratamos de evitarlos?
Si se quiere profundizar la organizacion del hombre , es
menester resolverse á ver las partes que la constituyen: el
odio como el amor, tiene en ella un lugar. Estos dos sen
timientos se derivan de un mismo origen , y tiene cada
uno su destino; el amor tiende á conservarnos , y el odio
á defendernos.
Nuestra constitucion moral está fuertemente alterada
cuando el frio y vil egoisino nos aisla é impide que co
nozcamos nuestras relaciones naturales ; cuando la vista
del malo no nos inspira ninguna indignacion ; cuando los
males agenos no nos conmueven, ó podemos ver degollar
á nuestros semejantes , parientes ó amigos sin arrojarnos
sobre sus asesinos ; y finalmente cuando una estúpida in
mos
diferencia
nuestrapara
propia
con defensa,
nosotros mismos
y no noshace
dejaque
ni aun
abandone-
el ins f

tinto de los mas miserables animales , los cuales se reunen


unos contra otros lo roas cerca posible para aumentar sus
fuerzas, aborrecer juntos, y rechazar al comun enemigo.
El odio es uno de los elementos de nuestra constitu
cion moral ; es una arma natural dada al hombre para
43 :
(34o)
sn conservacion. En los salvages que no estan protegidos
por institucion social alguna , es de grande intensidad, y
aun parece que se aumenta en ellos en razon del vigor
físico de su organizacion. Los patagones , estos colosos de
la especie humana , que se cubren de pieles de diferentes
cuadrúpedos , sienten hasta tal punto la energía de esta
pasion , que se les podría tener por los animales feroces
con cuyos despojos se adornan. Existen odios entre cier
tos pueblos de Africa desde tiempos muy remotos, sin que
circunstancia alguna haya podido disminuirlos ; y jamás
ninguno de ellos perdona la muerte de un padre ó de un
hijo. El hombre que habita estas ardientes regiones abor
rece á su enemigo con todo el furor de un niño robusto:
así es como el filósofo Hobbes califica al salvage. Si su
cumbe , su familia hereda las flechas y la invencible
antipatía.
El odio se muestra raras veces entre los animales de
la misma especie , porque entre ellos sería de ningun in
terés. Se diferencian del hombre en que solo son movidos
enérgicamente por dos necesidades , la de conservarse y
la de reproducirse; sus quejis , por consiguiente, son efí
meras , y no tienen otro motivo que la disputa de un po
co de pasto ó de una hembra ; y si sus necesidades estan
ya satisfechas, no tienen motivo para aborrecerse.
Parece que las pasiones odiosas estan reservadas á la
especie humana , en la cual ejercitan su accion sobre to
dos los acaecimientos de la vida , cooperando á catástrofes
que trastornan al mundo entero. La historia nos hace ver
los primeros efectos del odio en un asesino que manchó
sus manos con la sangre de un hermano. ¡ No bastaba que
el hombre fuese sobre la tierra el blanco de los ataques
destructores de los elementos que lo rodean , y que se
hallase expuesto diariamente á la furia de los vientos,
de las piedras y los rayos , y de otros mil accidentes im
previstos , que hacen su existencia tan precaria! ¡Leerá
preciso tambien verse reducido á huir el encuentro de
sus semejantes y á encontrar asesinos en medio de las sal
vas mas tranquilas y solitarias , recibiendo la muerte de
manos del que está hecho á su semejanza , y del que ha
sido alimentarlo muchas veces por un mismo seno ! ¡ Fi
nalmente, tambien debia recibir el veneno en sus hopa-
res domésticos , y ver á sus dioses penates ensangrentados
por las manos de sus parientes! ¡ Ah, por qué la paz
fraternal no es sino el sueño de un hombre de bien !

CAPITULO XIV. I

Del resentimiento.
El odio toma el nombre de resentimiento cuando se
conserva sordamente en el fondo de nuestra alma á con
secuencia de una injuria recibida , ó de una desgracia
causada por aquel que ha llegado á ser el objeto de nues
tra aversion. El resentimiento- tiene tambien por objeto la
conservacion de la naturaleza humana , porque la justi
cia está grabada en el corazon del hombre con caractéres
indelebles. El objeto social de lo que experimentamos es
tando afectados de esta pasion es el desear que sufran
nuestros semejantes males tan graves como aquellos cu
yo origen les atribuimos : este resentimiento es muy du
radero; y estamos de tal modo constituidos, que olvidamos
con mas faclidad el bien que recibimos , que el mal que
hemos sufrido.
Sin embargo , merecen la aprobacion general los es
fuerzos que hacemos para sufocar un resentimiento legí-
mo. Es una magnanimidad dominarse á sí mismo , y un
corazon grande se ennoblece si arroja lejos de sí el ar
ma que pudiera servirle para su venganza , pues á la
verdad para cambiar así la disposion natural de su alma,
y entregarse repentinamente al impulso de una generosi-
sidud sin límites, es menester estar dotado de una natu
raleza celestial. No obstante, este es el precepto de la mo
ral mas sublime , y uno de los dogmas fundamentales de
la sociedad civil , del cual hemos hecho una máxima de
virtud. El resentimiento , pues, es una pasion que puede
dar gloria si lo deponemos al pie de otro tribunal dife
rente del nuestro ; pues si es de la justicia castigar las
ofensas , tambien al nombre toca perdonarlas. ;
(34»)

CAPITULO XV.

De la venganza.

Los silvages miran la venganza como un sentimiento


tan legítimo, que muchas veces tan á ofrecerse volunta
riamente á aquellos en cuya animadversion han incur
rido ; y si son ofendidos personalmente persiguen sin in
termision á sus enemigos , sin perder las huellas de sus
pies impres is en la arena. Sahen distinguir por la yerha
en que han estado acostados el tamaño y proporcion de
su talla , y hasta distinguen por el modo con que han si
do cortados los musgos , las hojas y los ramos de los ár
boles, y el animal que los ha pastado ; andan siempre con
el mayor silencio con el oido alerta , ven de muy lejos á
los que intentan perseguir , y cuando se encuentran á
corta distancia , se arrojan al suelo y van arrastrando co
mo las serpientes para no ser percibidos. Si se ven pre
cisados á esperarlos, se ocultan etilos matorrales, en donde
sufren el hambre y la sed hasta el momento favorable en
que pueden, á la manera de la onza y la pantera, arrojarse
sobre la presa para destrozarla.
La venganza no es solo un movimiento pronto y es
pontáneo en los hombres no civilizados , sino que dura
en su almi un sin número de años. Un viagero muy ilus
trado y a preciable , el doctor Robelot , me ha contado el
hecho siguiente que debe referirse en este lugar. Una tri
bu de salvages se vio arrojada , en consecuencia de una
guerra con los americanos , de las hermosas ritieras del
Oiiio en donde habian fijado su residencia. Matáronles
á su vista un gefe que teman eu mucha veneracion , y
desde entonces conservaron el mas vivo resentimiento
contra los que miraban eonn á sus asesinos : al cabo de
largo tieni|x> supieron que el congreso de los Estados-
Unidos habia hecho donacion , en recompensa militar al
capitan Beuhever , padre de una familia numerosa , de un
terreno situado en el mismo lugar en el que esta tribu
habia tenido en otro tiempo su domicilio. Este capitan lo
habia sembrarlo de tabaco y maiz, cultivándolo por me
lo,
dio de
y menos
sus criados.
temeroso
Un dia
de ,sucuando
desgracia,
él estaba
fue mas
asaltado
ti anquí»
por

una horda de estos mismos salvajes, los cuales durante la


noche se apoderaron de su casa , y asesinaron á todos los
habitantes. Pasado algun tiempo despues de esta terrible
catástrofe, se averiguó que los salvages habian atravesado
por entre bosques y rios un trayecto de mas de quinien
tas leguas , y que habian estado quince dias espiando por
entre los árboles de la más espesa selva el momento favo
rable para saciar su venganza en esta familia única que
fue sacrificada. ¡ »
La venganza es una retribucion legítima; y si en la
sociedad las leyes se abstienen de ejecutarla , es para que
se halle repartida mas equitativamente. Muchas veces se
"trasmite por herencia como cuando un padre confia á un
hijo el cuidado de vengar una afrenta ó injuria , en cuyo
caso es un deber ó compromiso que nos impone la auto
ridad del que espira. Ademas, la venganza no es pasion
que se muestra del mismo modo en todos los hombres,
pues en los salvages es implacable y feroz, y en los hom
bres civilizados se muestra astuta y engañosa, y en todas
partes toma el caracter de las costumbres y de los hábitos
nacionales.
Considerada la venganza bajo la relacion fisiológica,
presenta fenómenos análogos á los demas movimientos ner
viosos de la economía animal: es una pasion que está so
metida al influjo de la imitacion , lo cual es causa de que
en las conspiraciones , reuniones y asonadas populares
electrice á los hombres en masa , bastando muchas veces
un vestido ensangrentado de una víctima para sublevar la
multitud, y ol "ligarla á cometer los mayores excesos; en
cuyo caso todos los brazos se mueven con una energía
igual.
Por otra parte, la venganza es un sentimiento conta
gioso, y ninguno obedece mejor al impulso de la elocuen
cia y de la palabra. Los griegos llevaban poetas en sus
ejércitos que les recitaban odas y poemas líricos para in
( 344 ) . .
flamar sus corazones, y encender la tea de la Indignacion.
Hay canciones bélicas que son análogas á esta odiosa dis
posicion del alma. Sin duda para hacerse mas terribles á
sus enemigos es por lo que los hombres han imaginado
marchar á los combates al son de un instrumento que
imita el espantoso ruido de un trueno, cuyos redobles
precipitados producen en el corazon una es|>ecie de es
panto que es muy á propósito para acelerar el paso de los
batallones furiosos : hiere los oidos con una especie de ve
hemencia que electriza los corazones, y comunica al ce
rebro una actividad particular. Es cosa digna de atencion
ver que los individuos que marchan guiados por el tam
bor toman involuntariamente un aspecto orgulloso y ame
nazador. Los hombres destinados á hacer valer los efectos
de este instrumento, van guiados siempre por un soldado
de estatura desmedida, el cual por sus gestos animados, y
su atrevida pantomima, recuerda la audacia y actitudes
del gladiador.
De lo que acabo de exponer se debe inferir que el
odio, el resentimiento y la venganza deberían formar un
solo capítulo; pues efectivamente estos tres movimientos
del alma no son mis que la misma sensacion trasformada,
y se dirigen al mismo objeto en el sistema de nuestra cou-
«ervacion. El odio se exhala por discursos é imprecacio
nes, y está pendiente sobre nuestras cabezas como un des
tino terrible que no podemos evitar. El resentimiento es
una pasion sorda que guarda ocultos sus negros proyec
tos para practicarlos cuando está seguro de su bupn éxi
to: Mánet allá mente repostum. La venganza por el con
trario es una pasion enteramente musculosa , si se puede
hablar asi , precedida por la cólera , que aumenta instan
táneamente la suma y energía de las fuerzas físicas: asi
▼emos que todo está en accion en el salvaje irritado, que
vibr3 su. lanza:, ó que mueve por el aire la espantosa nía
ra; todos los síntomas de que está agitado salen, por de-
eirlo asi, al exterior; sus venas se hinchan, los brazos se
ponen rígidosi, . el rostro inflamado, sus ojos centellantes,
y su alma parece en cierto modo lanzarse ácia «u terrible
enemigo> El. odio causa dolor, y el resentimiento pena;
( 345 )
pero la venganza tiene á la vez sos deleites y sus goce*.
Ha sido comparada con la sed , para expresar cuán im
periosa es su necesidad , y cuán dulce y agradable el sa
tisfacerla.

CAPITULO
De la justicia. XVI.

La justicia se deriva manifiestamente del instinto de


relacion. Ha sido sustituida á la venganza personal en me
dio de los hombres civilizados: el interés comun es el que
la dicta y el que la sirve de única base. Los individuos
que se reunen para obedecer á las mismas leyes, deben
sostenerse mutuamente segun lo hemos dicho diferentes
veces, como las piedras que forman un mismo edificio.
Permítaseme una comparacion que no es menos exac
ta , y está sacada de lo que pasa en la economía animal.
La vida es un conjunto de fenómenos que se mantiene
por la accion simultánea ó succesiva de diferentes fun
ciones; y cuando un órgano se detiene ó se mueve ir re
gularmente, los otros corren peligro de sufrir la misma
suerte. Lo mismo sucede al cuerpo político; y para con
servar el equilibrio en todas sus partes es para lo que se
ha proclamado y perfeccionado la justicia.
Aristóteles tiene razon en decir que la justicia es en
cierto modo el complemento de la virtud, porque no so
lamente tiene por objeto al hombre aislado, sino tambien
la ventaja general de nuestros semejantes. No se puede
perdonar á un individuo con perjuicio del cuerpo á
que pertenece, porque los rayos de la justicia humana
eon como el aire saludable que respiramos, al cual todos
tienen igual derecho: es un bien á cuyas expensas vive
todo el mundo, y es el mas admirable de nuestros atribu
tos morales.
Vauvenargues dice que la intervencion de las leyes es
el mejor uso que el hombre ha podido hacer de su razon;
y añade este célebre escritor que si se busca una distiu-
44
( 34.6 )
cion entre el hombre y los animales, se halla sin duda en
la que nos hace consentir en la disminucion de nuestra
libertad para go?ar sin turbacion la felicidad que espera
mos; ella es la que nos pone bajo el imperio ríe las leyes
p3ra libertarnos ile la tiranía de la fuerza. Cuando entra
mos en una ciudad ó en un reino, y vemos establecido alü
el orden y la tranquilidad, debemos decirnos á nosotros
mismos : este es el electo de la justicia, porque el sistema
total de las acciones de un pueblo debe dirigirse á la feli
cidad de los que lo componen.
Si la felicidad fuera irrevocablemente el destino del
hombre sobre la tierra; si al nacer se hallase rodeado re
pentinamente de todos los bienes que la naturaleza le re
serva; si no tuviese necesidades, ó si teniéndolas se satis
faciesen repentinamente; y finalmente, si vejetase como el
arbolillo en la atmósfera sacando de ella el alimento co
mun, la justicia seria para él un bien quimérico, puesto
que jamas se ve á I0s habitantes de una ciudad disputarse
el agua del rio que apaga su sed , ó los rayos del sol que
los vivifica. La justicia se cuenta entre las virtudes sola
mente, porque su objeto es mantener la propiedad, á cau
sa de que una inmensa cantidad de tierra no sacia la co
dicia de su poseedor. La justicia no tiene mas mérito que
su utilidad, y aun diré que su necesidad es el único.
Si se pudiera crear en el corazon del hombre una hu
manidad perfecta y un desinterés a toda prueba , la justi
cia seria entonces una cosa supérflua. Pero desgraciada
mente el hombre desconfia con razon de sus semejantes,
y tiene necesidad de defenrlerse de ellos. El mismo se
siente impelido por una especie de tendencia á la usurpa.
cion; y de aqui nace que implora la justicia para hacer
que sus relaciones esten mas seguras , y sean mas agra
dables.
Para disponer el corazon humano á pasarse sin la jus
ticia seria preciso llenarle de benevolencia , y hacerle ab
jurar todo sentimiento de personalidad ; porque la justicia
no es mas que un dique opuesto á todas las empresas de
los hombres agitados por pasiones egoístas; mas los hom
bres se descarrían en medio dei torrente de la civiliza
cion : sus pasiones fermentan , se depravan sus inclinacio
nes, prende la discordia, y la tierra se halla turbada á la
vez por los descarríos de la autoridad, y la licencia de
los gobernados.
La justicia tiene pues por objeto principal velar por
la felicidad que proporciona la vida de relacion, felicidad
que es imposible conseguir si los hombres no son todos
iguales ante la ley. Tambien es de su incumbencia impe
dir que nuestros semejantes violen los pactos que han sido
ingeridos por la naturaleza misma de su organizacion. La
especie humana está dotada de una constitucion física tan
débil , y por otra parte sus facultades intelectuales tienen
tanto poder si se las compara con las de los animales, que
sin duda por estas facultades es por lo que se ha sostenido
en el mundo , garantizándose de toda violencia enemiga.
El hombre no ganaria nada queriendo usar solamente
de la fuerza física para rechazar los ataques de sus seme
jantes; pues la menor enfermedad ó turbacion que sufrie
ra en la economía de sus funciones lo haria arrepentirse
bien pronto : por lo cual le fue preciso hacer de la justi
cia un deber público; precaucion sin la cual los hombres
serían en breve víctimas del contrato social , porque los
grandes faltarían á la fe con los pequeños, y nunca el que
se halla mas fuerte piensa en recurrir á la razon.
Una de las mayores pruebas de la debilidad del hom
bre es que necesita leyes para ser justo. ¿Qué es, pues, la
sociedad? Es una reunion de ciu' ladanos que mezclan y
confunden sus intereses poniéndose bajo la vigilancia de
las mismas instituciones; que se imponen deberes para su
conservacion y la de su familia; que marchan todos l>ajo
la autoridad de un gefe parternal, el cual está encargado
de satisfacer á todos sus derechos, de repartir con equi
dad todas las ventajas, y de mantener el equilibrio en re
laciones recíprocas/ '>
No obstante, no debe creerse que la justicia sea una
virtud adquirida ó facticia , pues aunque es cierto que las
mas veces nace del sistema de nuestras relaciones sociales^
no por eso deja de ser un sentimiento innato; y como se
muestra naturalmente en el corazon de los hombres , han
44 =
(343)
concebido el designio de hacer de ella una virtud publi
ca, que han hecho servir á la felicidad y seguridad de los
pueblos, utilizando asi todas las ventajas que ella puede
proporcionar : de lo que se infiere que el principio de la
justicia está en nuestra alma, y que no hemos hecho mas
que desarrollarlo y afirmarlo con nuestras instituciones.
Es una virtud perfeccionada cuyo origen nos es tan des
conocido como el amor, la piedad, y otros sentimientos
que adornan la naturaleza humana.
La justicia es tan inherente á nuestra organizacion
moral como la amistad, la simpatía, &c. Efectivamente,
no puede haber disparidad de opiniones sobre la necesi
dad de respetar la vida de sus semejantes, de no talar la
tierra, de no destruir sin fruto los animales y los árboles
con que la naturaleza nos ha agraciado, ni sobre la obli
gacion en que estamos de sustentar á nuestros hijos v de
educarlos. La moral es una, y es y será constantemente la
misma en todos los siglos: siempre ha sido y será verdade
ra, puesto que siempre han inspirado horror el vicio, el cri
men, las vejacioues arbitrarias, ¡kc. ; y en todos los tiem
pos y circunstancias un hombre ha defendido á otros
cuando lo ha visto oprimido y víctima de la persecucion.
Hay verdades inmutables que fácilmente halla uno en
su corazon, por poco que las busque, las cuales durarán
sin interrupcion como el que las ha creado, y en ellas es
donde debe apoyarse la legislacion. Ciceron, que tenia un
conocimiento profundo del corazon humano, piensa en su
tratado sobre las leyes, que proceden de la naturaleza del
hombre; y merece una particular atencion la respuesta
que dió á los filósofos que intentaban destruir los funda
mentos del derecho social: Sunt hoec quidem magna, qua
mine breviter att'mguntur; sed omnium quoc in liominuni
doctorum disputalione versantur, nihil est profectó prcesta-
bilius, quám plañe intclligi, nos ad justitiam esse natos,
neque opinione, sed natura, consútutum. esse jus.
Digno es de observar que los galibis y otros salvages
de la Guayana que no tienen en su lengua voz alguna
con que expresar la palabra ley, experimentan en todas
ocasiones el sentimiento profundo de la equidad. La na
turaleza no necesita palabras para instruir á los morta
les, pues hay reglas instintivas que existen en nuestra al
ma antes que en nuestros discursos. La ciencia del deber
es contemporánea á la creacion: asi la ley que prescribe
ó veda, la ley verdadera y primitiva que nos inclina al
bien, y nos separa del mal, no es una invencion del en
tendimiento humano como lo afirma Ciceron, y no toma
el caracter de una ley del dia eu que está escrita , sino del
en que la trae el hombre consigo mismo á la vidá: es la
razon del sabio puesta en precepto. Lex est ratio summa,
ínsita in natura, quce jubet ea qux faciendo sunt , prohi-
bet qux contraria. La distincion de lo justo y de lo injus
to se trasmite inmutablemente á todos los hombres á me
dida que se suceden sobre la tierra, y gozamos de ella co-
MQ del sol de los hebreos, griegos y romanos.
La justicia es de tal modo un sentimiento innato y
primitivo, que se encuentran vestigios de ella en los pue
blos mas ignorantes y bárbaros, hasta entre aquellos que
desconocen enteramente la civilizacion. El paso siguiente
publicado poco ha por un viigero, es un hecho auténti
co. Un salvage de la Luisiana mató en un rapto de cólera
al padre de un amigo suyo: se fugó, y estuvo ausente cer
ca de veinte años, al cabo de los cuales le vino deseo de
volver á su pais nativo; pero guiado de un espíritu de
justicia se creyo en la obligacion de ofrecer su cabeza á
aquel á quien habia privado del autor de sus dias. Este
por su parte se determinó á traspasarlo con uiu flecha , y
ambos se imaginaban que cumplían con lo mas imperioso
de sus deberes.
Asi, pues, el caracter obligatorio del principio mo
ral está en el corazon de todos los hombres; y el espíritu
humano produce por sí solo las ideas de lo justo y de lo
injusto, como el arbol sus frutos. Se inclina naturalmente
á distinguir el vicio de la virtud; y todas las ideas re
lativas á esta facultad se han establecido succesi va mente
en nuestro entendimiento por el poder de la reflexion. Ci
ceron nota que son de tal modo inherentes á la organiza
cion humana , que hasta los mismos salteadores recurren
( 35o )
de ladrones ó piratas sería bien pronto abandonado do
los suyos si se obstinase en partir desigualmente el botin
entre los compañeros de sus crímenes.
El atributo de nuestro sistema sensitivo, que encierra
toilos los gérmenes de la justicia , es la conciencia , la cual
parece sor en nosotros un órgano particular para las ideas
que el hombre encuentra en donde quiera que existe, y
hace de ellas el objeto de sus meditaciones. Las ideas del
bien y del mal son tan positivas como las de la belleza y
fealdad : unas y otras nos hacen experimentar sensaciones
de aversión ó de placer, de satisfacción ó de descontento.
Aquellos que mas se obstinan en negar la existencia
de la justicia son los primeros en invocarla cuando se vea
oprimidos ó desgraciados. Cuando vemos que uu hombre
muy malvado es victima de una catástrofe, decimos siem
pre que ha merecido su suerte, y experimentamos una
satisfacción tan completa como si nos vengáramos nosotros
mismos de su persona. La justicia es, pues, el alma, el
resorte, el garante,. y la primera necesidad de las cos
tumbres sociales : sus dogmas fundamentales han debido
desarrollarse insensiblemente en el espíritu de los hom
bres civilizados sin necesidad de grandes esfuerzos para
conseguirlo.
Ha-y quien ha dicho con razón que la justicia era pa
ra la sociedad lo que la medicina para el cuerpo humano,
comparando también los crímenes á las enfermedades agu
das, y los vicios á las crónicas, que minan lentamente los
fundamentos de los imperios; y también se pueden com
parar los castigos que se adoptan para contener el desor
den público, á los remedios mas ó menos enérgicos de
que se echa mano según que el estado se halla mas ó me
nos corrómpalo. Las leyes penales no son por consiguien
te sino unos medios curativos aplicados á los innumera
bles males que afligen á la sociedad.
Las penas destinadas á contener los delitos tienen por
objeto mantener los lazos recíprocos que nos encadenan
en la sociedad, y que el instinto de relación estrecha con
mucha energía. Hemos sustituido estas leyes á los efectos
funestos é inciertos que hubieran resultado de la vengan
'(35.) . .
M individual, pasión demasiado activa, que jamas hubie
ra guardado proporción cu sus castigos con Ja gravedad
de
cisolasque
ofensas.
no sean
Masdictadas
para que
porlasalgún
leyes sean
resentimiento
buenas, esparti
pre»

cular , sino que la razón las promulgue y las dicte para


que sean dignas de que la experiencia las consagre. ■
arreglos
La justicia
de la voluntad
tiene por objeto
humana,curar
puesy de
corregir
ellos emanan
los des*

todos los males en el mundo social. El hombre por lo re


gular entiende mal su verdadero interés: arrastrado por
los placeres de los sentidos, y agitado á cada instante por
una innumerable multitud de deseos y pretensiones exa
tes,
geradas
obraá frecuentemente
cerca de las ventajas
como de
si se
que
aborreciese
gozan sus ásemejan-?
sí mis

mo. El hombre es un ser ardiente, presuntuoso, anhelan


te, falaz é inhumano, que propende á su ruina , y causa
la de Id9 dema9. Tiene, como lo nota Pufendorff, mil ne
cesidades é inclinaciones facticias que lo desnaturalizan á
sus propios ojos, como el orgullo que lo embriaga, la va
nidad que lo engaña, la envidia que lo consume, la ava
ricia que lo envilece, la ambición que lo alucina , la su
perstición que lo ciega, y el fanatismo que lo desfigura;
ademas está devorado por la sed insaciable del oro y las
riquezas, por el frenesí de la gloria y de los rangos, &c.
j Qué espectáculo tan horrendo , dice el mismo publicista,
no presentarían estas diferentes pasiones si entrasen todas
á la vez en fermentación, y se desplegasen al mismo tiem
po y con extremada violencia en un mismo individuo!
Asi en cualquiera condición que la naturaleza haya colo
cado al hombre, J)ien sirva ó bien mande, sea pobre ó ri
co, ora esté aislado, ora su suerte lo ligue á la de una
posteridad numerosa, siempre será desgraciado si no tiene
el freno de las leyes, y si no se contiene dentro del círcu
lo de sus obligaciohes por el temor del castigo. La jus
ticia le es necesaria para estar. al abrigo de toda ofensa
que pudieran causarle aquellos seres con quienes esta en
relación.
La justicia es sin duda una pasión natural, puesto
que encierra todas las ideas morales que emanan del ins
( 35a )
aspecto
tinto de de
relacion
todo lo, puesto
que puede
que ofenderla,
nuestra alma
y se seregocija
indignacon
al

la presencia de todo lo que ella inspira; y finalmente por


que está grabada en el corazon del hombre como una vir
tud siempre activa , que nos hace mirar como sagrados to
dos los deberes que nos impone. Los soberanos no obran
mas que por la justicia, y cuando las leyes se ejecutan
huyen los malvados.
La Francia se hallaba victima de los tormentos de la
desunion en medio de los males de la guerra y de las
usurpaciones de un largo despotismo cuando llegó Luis;
y con él apareció la justicia, á la manera del arco iris des
pues de una borrasca. Entró en su reino como un media
dor deseado para reconciliar los corazones apagando la
efervescencia de los ánimos, y haciendo ver que no in
fluye menos en la felicidad de los hombres y en la pros
peridad de las naciones el poder de los grandes pensa
miento* que el de las armas. Volvió á Francia para apaci
guarlo todo, y darle una union estahh: por medio de la
carta inmortal , meditada tanto tiempo en su destierro,
don precioso que él consideraba como el mayor bien de
la vida social. Vino á realizar entre nosotros esta máxima
tan verdadera como profunda del mas ilustre y venerable
de nuestros magistrados, á saber: que la justicia es la
verdadera beneficencia de los reyes (t). A las quejas innu
merables de tantas clases descontentas opuso la modera
cion, que es la primera virtud de los que gobiernan,
uniendo la experiencia de lo pasado á todas las esperanzas
de nuestro por venir, y preparó por sábias instituciones
la felicidad de que gozamos: «no muero del todo, decia
á unos diputados que le visitaban casi en sus úitimos dias,
porque dejo á mi pueblo leyes que encierran el secreto
de su larga duracion (2).

(t) Maxima del virtuoso Malesnervcs. ,


(2) Non omnis moriar , érc. Tales fueron las expresiones de
Luis XV 111 cuando los diputados le llevaron la última ley aproba
da por la mayoría de la Cámara , y cuando ya era víctima de los
síntomas de la dolorosa enfermedad ijue lo lia arrebatado al amor
de los franceses. . . i ... .. ., . .:>> i
( 353 )
Otros dirán mejor que yo todo lo que ha hecho este
príncipe tan grande por su talento, y tan poderoso por
su justicia , este monarca reverenciado , y este político
profundo que admirábamos cada vez mas á medida que le
veíamos mas de cerca. Otros hablarán de la razon supe
rior que demostró en todos los consejos, de sus augustas
palabras que dominaban á su albedrío todos los corazo
nes, y que do quiera eran citadas como oráculos. Alaben
otros en él el genio sin alucínamiento que dirigia con tan
to acierto por sus sabios principios , su saber eminente,
su raro discernimiento en las circunstancias mas críticas
y delicadas, y sobre todo la firmeza de su alma sublime,
formada por el estudio y la meditacion , y perfeccionada
por el infortunio. Siempre se citará su urbanidad y ex
quisita política, su elocucion adornada , su gracia inimi
table en las conversaciones particulares, su incomparable
erudicion digna de los siglos mas florecientes de Roma y
Atenas , y otras mil cualidades comunes á los Borbones,
que reunen el arte de reinar al de agradar.
En cuanto á mí no hago mas que recordar lo que tie
ne relacion con esta virtud suprema, la mas estimada de
los mortales, porque á ella se debe la armonía de los re
sortes monárquicos que Luis poseía en el mas alto grado
de perfeccion. No hubo rey tan persuadido como él de
que la justicia es el nervio vivificador de un Estado, y la
egida conservadora del edificio social. A la historia toca
escribir el modo con que tuvo la balanza en equilibrio
entre las pretensiones de una multitud de partidos. ¿Quién
es el que no ha admirado su agradecimiento por los
servicios de sus subditos, la equidad de sus procedimien
tos, las prudencia de sus decisiones, la escrupulosa obser
vancia de la regla , el constante amor al orden que per
petúa los imperios, la religiosa distribucion del tiempo, y
la celosa puntualidad que lo hacia estar presente, por de
cirlo asi, á todos los negocios de su reino? Basta una in
vasion para abatir las mas fuertes murallas, y un temblor
de tierra para sepultar en el abismo las torres de las mas
opulentas ciudades; pero la justicia sobrevive á todas las
ruinas llevando siempre ua curso tranquilo y poderoso, á
la manera de los ríos benéficos , cuya saludable influencia
no basta á detener ningun obstáculo. Ha existido y existi
rá eternamente para dar á cada uno lo que es suyo, y
para contener á los hombres, los cuales suelen frustrar
el objeto de la autoridad política , que es la felicidad ge
neral.
EL SOLDADO DE LUIS XIV,

HISTORIA DE JACOBO DE LAS CASCADAS.

ADVERTENCIA.

\^uizd mis lectores tendrán satisfaccion en hallar aqui


algunas noticias históricas acerca del hombre verdadera
mente extraordinario que es el objeto del episodio siguien
te: su verdadero nombre era Jacobo Blaisonncaux. Por
conocerse en él una extremada inclinacion á oir el ruido
de las aguas, y por tener la costumbre de venir con fre
cuencia d una hermosa cascada del rio Oyapock , cerca
de la cual habiaJijado su habitacion ; las gentes del país
lo conocian solamente con el nombre de Jacobo cie las
Cascadas: mas aquellos que sabian lo mucho que se ha
bia distinguido en los combates le llamaban tambien el
Soldado de Luis XIY. Noycr , ingeniero geógrafo y di-
45: r
356 ADVERTENCIA.
putado de Cayena, hace mencion de él en una me
moria interesante que compuso acerca de la Guayana
francesa , la cual me enseñó por un ejeelo de su extre
mada bondad.
Se juzgaria mal de este individuo si se estableciese su
opinion conforme d las historias fabulosas que se compla
cía en referir acerca de su persona cuando se hallaba ya
decrépito. Bien sabido es de todos que muchos años antes
de su muerte Jacnbo de las Cascadas no era ya mas que
una sombra de si mismo , y que solo conservaba algunas
débiles ráfagas de la razon superior que lo ilustraba en
la edad madura. Victima del delirio senil era atormen
tado frecuentemente por visiones fantásticas :' triste fin
del hombre sobre la tierra. Sobrevivir á la razon que nos
guia es un estado mas infeliz que el del sepulcro.
Ningun hombre ofrecia mayor interés para presen
tarse que este anciano centenario, que llegó á ser en el de
sierto el oráculo de la justicia, y que lia presentado en
sus últimos dias el triste espectáculo de la virtud desam
parada. La profesion de soldado que ejerció por muchos
años no pudo disminuir el anhelo que tenia por su ins
truccion , ni impedirle que se dedicase á sus estudios fa
voritos: tenia otras cualidades no menos eminentes; fue
uno de los guerreros intrépidos que, atormentados por el
hambre en la batalla de Malplaquet , arrojaren el pan
que debiera alimentarles, solo por correr con mas ligereza
al combate. Habiendo recibido en esta misma batalla una
herida fue cuidado por las piadosas manos de Fenclon,
y curado milagrosamente. Bien por reconocimiento ó por
admiracion llevaba siempre consigo las obras inmortales
de este prelado; y cuando despues de sus penosos ejercicios
entraba en su cuartel, se entretenia leyendo las aventu
ras de Telémaco. ...
ADVERTENCIA 357
Jacobo no era un propietario mal acomodado cuan
do se estableció en la orilla del rio Oyapock. 'Los' jesuítas,
de quien él habia sido mayordomo , que poseian grandes
riquezas en este pais , lo habian favorecido maravillosa
mente en el proyecto que habia concebido de formar un
establecimiento considerable en aquella soledad. Le ce
dieron una multitud de árboles y arbustos como los del
clavo , canela , 6-c. , recientemente traidos' á Cayena, y
que se habian aclimatado perfectamente en su jardín.
Empicó muchos en enriquecer esta posesion, de la cual
habia sacado un partido inconcebible. Los galibis, que. son
los que sobresalen mas en la construccion de las cabañas,
le ayudaron á construir su pabellon delante del que edi
ficaron con habilidad escaleras de tierra en donde crecia
un cesped oloroso; No habia dificultad que lo detuviese,
y era tanta mayor su mérito cuanto que el suelo que tra
taba de fecundizar no era bueno. \ Mas qué no puede el
tiempo y el trabajo] Esta isla, que antes estaba cubierta
de plantas parásitas, dio despues legumbres suculentas^
su jardin producia los mejores frutos. Las gallinas , los
dorados faisanes , los pavos , varias especies de patos, &r.,
abundaban en su corral, en el cual un agamí conserva*
ba el orden (i). Pero lo mas digno de notarse en el des-

, ' . . y " 1 1 ' - . ■ ' .


(1) Debemos i Noyer instrucciones muy interesantes sobre el
agamí, ave facil de domesticar, al cual parece que la naturaleza
lia dotado con el sentimiento del orden y de la justicia. Apenas
se le introduce en los corrales excita nuestra admiracion por su
vigilancia , y por los raros servicios que hace a- su propietario.
Toma en cierto modo bajo la proteccion especial las aves que se
le confían, hace la rueda en torno de ellas, reune las que se des
carrían , separa a' los gallos que pelean , ayuda al mas débil con
tra el mas poderoso. Guarda alimento para los polluelos , defen
diéndolos asi de la voraz glotonería de su» madres, está cons
tantemente alerta ; de modo que bien se puede decir que el per
ro del pastor no es tan leal como 4\.
358 ADVERTENCIA.
tino de Jacobo de las Cascadas, son las relaciones amis
tosas que sostuvo con los salvages antes que perdiese
la vista , y cuando ejercia entre ellos el ministerio de juez
ó mas bien de conciliador. Jacobo se aprovechaba de la
caza de los indios , y estos de sus cosechas , y venian á
verlo de todos los extremos del desierto.
Jacobo vivió mucho tiempo en su isleto, una vida
contemplativa, que tanto atractivo tiene para el hombre
sensible cuando toca ya al Jin de su existencia. « En la
soledad , decia á las personas que lo visitaban , debemos
esperar la muerte. Aqui estoy tranquilo, porque no hay ni
ambicion ni vanidad. No creais por esto que aborrezco á
mis semejantes; deseo verlos, pero es para aliviarlos cuan
do el infortunio los persigue" A la verdad ninguno ha
ejercido con mas esmero ni mas generosamente la hospi
talidad. Los vientos son muy impetuosos en las cerca
nias de los rios de la Guayana , y estos rios estan atra
vesados por cataratas que interrumpen su curso haciendo
su paso muy peligroso. ¡ Con qué solicitud no daba él so
corro á los desgraciados remeros que eran víctimas de la
impetuosidad de las mareas , del huracan, ó de alguna
intemperie de la atmósfera. -.
Malouet , en su viage á la Guayana , hace mencion
de este anciano venerable, que en 1777 habia ya cum
plido ciento diez años, y era el cuadragésimo que habita
ba esta soledad. Pero á la época en que lo visitó estaba
en una desnudez casi absoluta. Algunos vestidos lo cu
brian apenas para libertarlo de los insectos. A pesar de
su ceguedad , y de las arrugas de su rostro , conservaba
todavia flexibilidad en sus miembros: no estaba encorva
do ni demasiado decrépito ; andaba todavia. Malouet le
hizo beber vino , y comer pan que hacia algunos años no
probaba. Las dos negras que se habian dedicado d ser
aüvertenOá. 359
virle estaban ya en una edad muy .avanzada : lo
alimentaban con su pesca , y con el producto de un
jardinillo que cultivaban en las márgenes del rio. El
anciano conservaba todavia en su rostro la gloriosa
cicatriz que publicaba su valor en la batalla de Mulpla-
quet ( ' ).
Jacobo sufrió en el desierto todos los contratiempos de
una mala fortuna. Luego que se vio ciego y enfermo lo
abandonaron los esclavos á quienes había colmado de
beneficios , y le hicieron perder todo el fruto de sus lar
gas economias. Sus plantíos quedaron en un total aban
dono. Su alma perdió todo su fuego , y el disgusto y me-
lencolia se apoderaron de esta triste víctima. Todavia se
paseaba en su jardin acometido de pensamientos descon
soladores sobre su triste porvenir : aun escuchaba la cas
cada espumosa , pero no la voz de los hombres que en
otro tiempo venian á pedirle hospitalidad. Abasta los mu
chachos lo miraban con horror : excitaba la misma pie
dad que Belisario , y sufria como él todas las miserias de
la ancianidad. Si algunas personas caritativas se presen
taban á visitarle en este abandono tan completo , hacia
esfuerzos por reconocerlas por medio de sus trémulas ma
nos. Se llenaba de alegria cuando los sentia llegar , y de
tristeza en el momento de su partida. Por Jin , despues

(1) Pasé dos horas en su cabana , dice Malouet , admirado y


enternecido con el espectáculo de esta ruina viviente. La piedad
y el respeto enfrenaban mi curiosidad , y no senlia mas impre
sion que la que me producía el considerar aquella prolougacion
de las miserias de la vida humana en aquel abandono , soledad y
Ítrivacion de todos los bienes que la sociedad proporciona. Quise
levarlo al fuerte , pero él se opuso , y me aseguró que el ruido
de las aguas era para él un goce , y la abundancia de la pesca
un recurso ; que puesto que yo le aseguraba una racion de pan,
de vino y carne salada , nada tenia ya que desear.
36o 1DTEHTENC1A.
de muchos sufrimientos y tribulaciones Dios llamó á si á
su siervo : los árboles privados de la industria que los con
servaba se marchitaron, y la tierra volvió á su antigua
esterilidad. ,
EL SOLDADO DE LUIS XIV,

HISTORIA DE JACOBO DÉ LAS CASCADAS.

ANÉCDOTA DEL Su. DE PRÉFONTAINE.

6Oyapock 46, uno de los maye


res rios de ia Guayana , se halla una isla muy pequeña,
cuya contemplacion ofrece interesantes recuerdos. En
ella vivió por espacio de cuarenta años un soldado mas
que centenario , el cual habia servido en los ejércitos de
Luis XIV , y era conocido vulgarmente en el pais con
el nombre de Jacobo de las Cascadas , á causa de que se
complacía en extremo con el ruido de ellas. En sus pa
seos solitarios este buen anciano , naturalmeute triste y
melancólico, recorría las orillas de este caudaloso rio, que
tiene mas de dos leguas de ancho por su embocadura , y
cifraba su felicidad en escuchar el bramido de las ola»,
las cuales en las lunas nuevas se enfurecen con una ra
pidez horrorosa , y forman como un inmenso promonto
rio en la superficie del mar.
En aquel tiempo se contaban varias fábulas acerca de
los motivos qne habian determinado á Jacobo á dejar el
suelo de la Francia y á fijarse en aquel lugar inculto
y solitario. Unos decían que se habia expatriado en con
secuencia de un desafio en el que tuvo la desgracia de
matar á su adversario , opinion á la que daba lugar una
gran
mas verosimilitud
cicatriz que tenia
que este
en lavaliente
frente ; yotros
honrado
aseguraban
militar con
es-
362 EL SOLDADO
peraba un grado que no habia podido conseguir, y que,
atormentado por un secreto resentimiento, se refugió á otro
continente para olvidar las equivocaciones que habia su
frido su ambicion alucinada. Pero no sería cosa de extra
ñar que el gusto por la tranquilidad hubiese sido suficien
te motivo para llevar á Jacobo á estas regiones abandona
das. Hay un tiempo de la vida en que el hombre, fatigado
de las agitaciones de su existencia, aspira solamente al re