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BJB1.

10TECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGIA — 6

INB-GEBIROL (AVEN'-CEBROL)
"FILÓSOFO HEBREO ESPAÑOL)

LA FUENTE DE LA VIDA
Traducida en el siglo x n por
JUAN HISPANO Y DOMINGO GONZALEZ

del árabe al latín,


y ahora por p r i m e n vez al castellano p o r

FEDERICO D E CASTRO Y FERNÁNDEZ

(TRATADO I Y I I )

MADRID

B. RODRICUEZ SERRA, EDITOR


Flor baja, niím. 9.
LA FUENTE DE LA VIDA
.BIBLIOTECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGÍA — 6

INB-GEBIROL (AVEN-CEBROL)
(FILÓSOFO HEBREO ESPAÜOL)

LA FUENTE DE LA YIDA
Traducida en el siglo x n por

JUJAH HISPANO Y 1JOJMINGO GONZÁLEZ

' d e l á r a b e al latín,

y a h o r a p o r primera vez al castellano p o r

FEDERICO D E CASTRO Y|FERNÁNDEZ

(TRATADO I Y n)

MADRID

B» RODRÍGUEZ SERRA, EDITOR


F l o r baja, núm, 9,
ESTUDIO PRELIMINAR

El nombre de Selomoh ben Gebirol ben Jeuhdah


es el de uno de los varones más ilustres en la litera-
tura y en la filosofía hebraicas. Nacido en Málaga
hacia el año de 1 0 2 1 , por lo que los suyos le ape-
llidaron el Sephardí (el español), vivió en Zaragoza,
donde parece que se educó, y murió en Valencia
en 1 0 7 0 .
A los diecinueve años compuso el Mechabereth
sethulah Bearbah Meoth Bathin (Composición de la
meditación, plantada en cinco casas), Gramática
en verso, citada por Aben-Ezra en su Mezonain
(De las orejas). También escribió un librito intitu-
lado Azharoth (Exhortaciones), exposición sucinta
de los preceptos afirmativos y negativos de la ley
de Moisés, en cuya lectura se ocupaban los judíos
en las sinagogas españolas el día en que celebraban
las siete semanas, el sábado antes de la fiesta de
Pentecostés. Esta poesía fué corregida por R. David
Quimchi, y comentada por R. ben Sem Tob, R. ben
Suschan y R. ben Todros, é impresa en el Makor
romano, libro de oraciones de los judíos de Italia.
Pero su producción poética más importante y la de
6 ESTUDIO PRELIMINAR

más interés para nuestro estudio, por ser el punto


de conjunción de la inspiración artística de nuestro
autor y de sus meditaciones filosóficas, es el Keter
Malkhuth (La Corona Real), hermoso himno que se
canta todavía en las sinagogas alemanas en la fiesta
de purin. Fué impreso en Venecia, sin data de año,
y por Esteban Paulino en Roma con la de 1 6 1 8 ,
acompañado de la versión poco fiel del dominico
Francisco Donato, por adición al libro de filosofía
Zahbab Thefihuche (Manzanas de oro), del R. Abra-
ham ben Chasdai. Con el librito litúrgico Makme-
doth (Estaciones) en que se señala el lugar que de-
bía ocupar en el templo cada sacerdote en las fun-
ciones de su ministerio y en el que se insertan las
oraciones que debían decir los judíos tres veces por
día durante una semana, en satisfacción de sus pe-
cados, por la mañana, si habían delinquido por ta
noche, y por la tarde, si por la mañana, concluye el
catálogo de las obras que se atribuyen á Ibn-Gebi-
rol, escritas en la lengua de su raza.
Por ellas celebra Abraham ben Zacuth en élju-
chasin su gran pericia en la poesía y en la música;
Aben-Ezra le llama maestro de los cánticos, Ima-
nuel Aboab clarísimo poeta, Gelberto Genebrardo
el inventor de la poesía hebraica moderna, los su-
yos le decoran con el epíteto del himnologista y Bux-
torfio (hijo) le coloca entre los primeros restaurado-
. res de la literatura hebraica.
Si á los diez y nueve años se había ya dado á co-
nocer como poeta, á la relativamente no menos
F. D E CASTRO 7

temprana de veinticuatro comenzó á mostrar sus


aptitudes filosóficas el más esclarecido de los pensa-
dores hebreos, desde Filón á Maimónides, con su
Tikkun Meddoth Hannephes (Perfección de las pro-
piedades del alma), compuesto originariamente en
árabe en 1 0 4 5 ( ) traducido al hebreo por Jehudah
J

Ibn Tibon, é impreso e n R i v a de Trento en 1 5 6 2


por Jaime Marcarían en el Goren Nacon (Suelo
Limpio). «Está dividido en cinco clases, aplicadas á
los cinco sentidos corporales del hombre, y en cada
una s e . reprende un vicio ó se elogia una virtud,
procedimiento imitado por Jorge Genti en sus Co-
mentarios á la Ética de Maimónides, y entre nos-
otros por el hermano Lorenzo Ortiz en las Empre-
sas de los cinco sentidos'*; algunos otros ejemplos pu-
diéramos añadir á estos citados en La Ciencia es-
pañola de Rodríguez de Castro, de donde tomamos
estas noticias; pero nos abstenemos de hacerlo en
obsequio á la brevedad, pues uno solo basta para
probar la imitación de este recurso expositivo en la
literatura castellana.
Otro libro también de Filosofía Moral, escrito
igualmente en árabe y traducido al hebreo por el
judío sevillano R. Jeudah ben Tibon, é impreso
con el título de Mibchar Hapininin (Colección de
perlas, rubíes ó margaritas), en Cremona, por Vicen-

(1) Véase además de la Ciencia española, de Rodríguez


de Castro, el extracto de la conferencia de M e y e r .
8 ESTUDIO PRELIMINAR

te Conté en 1 5 5 8 ; está compuesto de sentencias, to-


madas de filósofos árabes y griegos, y aunque ha
sido disputada á Ibn Gebirol su paternidad, el doc-
tor J. Guttmann la ha demostrado con argumentos
externos é internos de una manera concluyente. No
puede pertenecer á Jedaja Perini (Bedaresi), porque
Jehudah Ibn Tibon vivió antes de él y también Sem
Tob ibn Falaquera ( 1 2 2 4 - 1 2 9 0 ) , autor del Investi-
gador, donde ya aparece colocada con toda la de-
ferencia, un tanto benévola, á obra de autor favori-
to; pero el argumento decisivo, á nuestro entender,
es el gran número de sentencias, frases y compara-
ciones comunes á las Perlas escogidas, á La Perfec-
ción de las propiedades del alma, á La Puente de
la Vida, como, por ejemplo, en el primer capítulo
de las Perlas escogidas se dice: «sin el saber no
llegaríamos al hacer, y sin el hecho el saber no se
efectuaría», y en el tratado primero de La Puente
de la Vida se pregunta cómo consigue el alma su
aproximación al mundo más elevado, y se contesta:
«por la ciencia y por la obra... pues la ciencia con-
duce á la obra y la obra separa al alma de sus ene-
migos»; en el primero de los libros citados, al tratar
del ascetismo, se encuentran estas frases y esta
comparación: «cuando el alma se tornara á su ver-
dadera inteligencia, veríamos las cosas de este mun-
do apareciéndonos como en ensueños y la delibera-
ción anhelada como un despertar; como es la clari-
dad para el ojo, así la inteligencia es el ojo del alma
y como el sol es la luz del mundo, el alma es la luz
F . OS. CASTRO 9

del cuerpo, escritas igualmente en La Fútate de la


Vida y en el Libro del Alma.
¿Pertenece á Ibn Gebirol este Libro del Alma?
Existe actualmente en París un manuscrito, donde
se encuentra una traducción del árabe de autor anó-
nimo de un libro De Ánima; Salomón Munk ha ha-
llado en él buen número de pasajes que coinciden
literalmente con otros de La Fuente de la Vida y
J. Guttmann ha notado que la observación del Dis-
cípulo, en el primer tratado de esta obra, de si sería
preciso en el curso de la indagación una investiga-
ción acerca de la eternidad del alma y de si conser-
varía después de su desaparición de esta tierra, en
todo ó en parte, la ciencia que en ella hubiera al-
canzado; pero de la que él prdpio desiste, por con-
siderar que no era de aquel lugar y por ya haberse
informado de ella cuando se ocupaba de la ciencia
del alma, podría significar que el maestro había
compuesto un libro sobre esta ciencia, ó por 15 me-
nos que el discípulo había alcanzado esta instruc-
ción propedéutica por la que él le hubiera dado de
su doctrina, cuya afirmación vendría á robuste-
cer el hecho de haber encontrado Munk el último
capítulo del Liber de Anima escrito en el sentido
de la continuidad en la otra vida del alma de los
conocimientos por ella adquiridos en la presente.
Pero la debilidad, aun como sospecha, de la prime-
ra parte de la argumentación, se hace patente con
sólo citar otros pasajes de La Fuente de la Vida.
Al pedir el discípulo que el maestro le hiciere pa-
IO ESTUDIO PRELIMINAR

tente la^erdad del conocimiento de la ciencia de la


materia y de la forma, el maestro le contesta que la
preparación necesaria para ella es la ciencia del
alma, y que si no la ha estudiado, por ella debe co-
menzar; el discípulo le asegura que sí bajo juramen-
to, y, sin embargo, el maestro todavía parece du-
dar, pues poco después le pregunta sobre la esencia
y propiedades con esta forma dubitativa: «Si tú co-
nociste bien la verdad d é l a esencia del alma...» á
lo que el discípulo replica más modestamente: «Ya
conocí del alma lo que me fué posible, aunque no
haya llegado á todo lo que de ella debí saber.» Es-
tas frases, como se ve, excluyen hasta la más remo-
ta sospecha de afirmación de una enseñanza di-
recta personal. Más probable parecería la presun-
ción fundada en la cuestión acerca de si el alma
conserva en la otra vida, ya en todo, ya en parte,
los conocimientos adquiridos en ésta, resuelta en el
Libir de Anima, é iniciada y dada por sabida en el
Mekor Hayyim, si el mismo Guttmann no le quitara
importancia, • llevándole á mantenerse en una pru-
dente reserva la circunstancia de conformar en lo
esencial el' contenido del Libro del Alma con la
Psicología de Ibn Sina. Sin embargo, ni esta consi-
deración, ni la'de ser Juan Hispano con el arcedia-
no Domingo González el traductor al latín de La
Puente de la Vida, como consta de estos versillos,
interesantes por más de un concepto, colocados
después del explicit, en el Códice Mazarino, aun-
que faltan en los tres restantes:
F. D E CASTRO II

Libro perscripto sit laus et gloria Christo,


Per quem finitur quod ad ejus nomen initur,
Transtulit Hispanis interpres lingua Johannís
Hunc ex Arábico, non absque iuuante Domingo.

no invalidan sino avaloran la sospecha de poder ser


de nuestro Ibn-Gebirol el Tratado del Alma. Sabe-
mos de una manera auténtica que en el plan de su
enseñanza al estudio del arte dialéctico, acaso una
especie de súmulas, debía seguir el de la Psicología
como preparación á la ciencia de la Investigación.
Y por esto ni debe extrañar que lo escribiera ni
menos que en los rasgos más visibles concierte
su doctrina con la de Avicena, y en general con la
de todos los aristotélicos; pues por lo poco que de
la suya se encuentra en La Fuente de la Vida, y
que el lector si gusta, puede tomarse el trabajo de
comprobar, sabemos. admitía que el alma era la
forma del cuerpo, la distinción aristotélica de las
almas, el ser ellas poseedoras de las formas puras y
poder elevarse sobre ellas por su contacto con la
Inteligencia, y otros muchos en que se ven marca-
dísimas trazas, sino ya copias casi literales, del aris-
totelismo, interpretado al modo neoplatónico. Sa-
bemos también que Juan Hispano no era un filóso-
fo ni un arreglador, sino un traductor, y tan ape-
gado al texto, qUe Guillermo de Auvernia conoce
en su versión latina que Ibn-Gebirol debió ser ára-
be por su estilo (Auicembrom autem theologus nomi-
ne et stilo ut videtur Arabs), el conocido como filó-
sofo es su colaborador el arcediano de Segovia Do-
12 . . ESTUDIO PRELIMINAR'

mingo González, jefe y director de aquella célebre


escuela de traductores, creada en Toledo por el
emperador Alfonso VII, haciendo de la antigua
ciudad regia el centro del saber de todo el Occiden-
te é iniciando con la difusión de los textos de los
pensadores árabes y judíos el paso de la escolástica
teológica á la filosófica. Era este arcediano de Se-
govia partidario de las doctrinas de Ibn Gebirol,
en cuyo sentido escribió los libritos De unitate y De
processione mundi, insertando en ellos literalmente
de La Fuente de la Vida párrafos enteros; no pare-
cería, pues, muy descabellado atribuirle el Libro
del Alma. Pero esta razonable conjetura pierde
gran parte, si no todo su valor, porque en el trata-
do de la inmortalidad del alma del arcediano Gon-
zález no se encuentra nada copiado de La Fuente
de la Vida (Gundesalini liber De Lmmortalitate Ani-
ma nihil de Fonte vitae transcriptum continet). Así,
por razones independientes y en parte contrarias á
las de Guttmann, asentimos á su opinión de no po-
der afirmarse al presente nada con certeza acerca
de la paternidad de Ibn Gebirol del Liber de Anima
extendiéndola á sus traductores al latín de La
Fuente de la Vida.
Llegamos por fin á la obra capital de Ibn-Gebi-
rol, objeto de este trabajo. No sólo fué escrita ori-
ginariamente en árabe, como todas las demás obras
filosóficas de su autor y en general las de todos los
pensadores hebreos de este período, sino que del
árabe ha sido directamente traducida.
F. DE CASTRO 13

Esta diferencia en la expresión revela una dife-


rencia esencial en el espíritu del contenido. Los
científicos y filósofos árabes y judíos no toman en
cuenta para sus cálculos é investigaciones las doc-
trinas reveladas. A pesar de esta revelación del án-
gel Gabriel á Mahoma escrita en el Corán: «Cuan-
do el Omnipotente creó el cielo y la tierra fijó el
año en doce giros de luna y este número fué escrito
en el santo libro. Cuatro de estos meses son sagra-
dos. Musulmanes, esta es la fe», los astrónomos mu-
sulmanes usan del año solar y dan á los meses los
nombres de los signos del zodíaco, los hebreos
comienzan su año religioso por el mes de Nizan y el
civil por el de Thisri, místicos y escolásticos, si in-
tentan conciliar la religión y la filosofía, colocan á
aquélla en segundo término. Cuando en la noyela
de Tophail, Hay encuentra á Asel, sacan de sus con-
ferencias que una y otra enseñan las mismas verda-
des, pero que en la religión revisten formas sensi-
bles que es preciso no tomar á la letra y que ésta á
veces tiene que relajar un poco la severidad de los
preceptos morales para acomodarlos al vulgo de los
hombres, y según Maimónides la razón y la Biblia
enseñan la misma cosa y tienen un mismo fin; pero
aunque en el Pentateuco no hay un solo precepto
inexplicable por la razón ó la historia, todo lo que
se oponga á aquélla debe ser mirado como una hi-
pérbole ó una alegoría, como un símbolo que debe
traerse por la interpretación á un sentido razona-
ble, desechando la letra muerta para penetrar el es-
14 ESTUDIO PRELIMINAR

píritu que lo anima. La filosofía es, pues, una espe-


cie de territorio neutral, donde pueden vivir pací-
ficamente los hombres de todas las creencias, sin
renunciar á ellas. Este carácter general humano, es
reconocido por los teólogos y es el principal motivo
de sus censuras. Así, el más fuerte é implacable ene-
migo de Ibn-Gebirol, el R. Abrahám Ibn-Daud de
Toledo, dice hablando de La Fuente de la Vida:
testa pretende resolver únicamente una cuestión
de la Filosofía, y no especial para nuestra comunidad,
sino perteneciente á todos los hombres.* Esto explica
por qué se había de buscar un idioma común, y éste
fué naturalmente el de los dominadores de pueblos
y pensadores de tan distinta procedencia, y he aquí
por qué Ibn-Gebirol escribe en hebreo sus poesías
y sus opúsculos religiosos, y en árabe sus obras de
Filosofía.
Pero dondequiera que la lengua científica sea la
hablada por la multitud, toda nueva doctrina ha de
excitar contra ella el celo de los teólogos, ya por-
que teman por su difusión la pérdida de las almas
de los ignorantes, ya porque acostumbren á dar á
sus interpretaciones recibidas el valor de dogmas.
De ahí las quemas frecuentes, á instancia suya, de
manuscritos filosóficos, ordenadas por príncipes ó
ministros, no siempre señalados por la severidad
de sus costumbres y la escrupulosidad de su fe, más
ganosos de adquirir, con medio tan cómodo y sen-
cillo, la bienaventuranza en el cielo y la populari-
dad en la tierra. Por eso han perecido muchos de
F . DE CASTRO 15

los originales árabes y á algunos sólo les conoce-


mos por las versiones hebreas. No ha sucedido esto
con La Fuente de la Vida; la versión directa se re-
vela tan claramente en el estilo, qus muchos esco-
lásticos han tenido á Ibn-Gebirol por filósofo árabe
y se declara de modo explícito en los versillos ya
citados del códice Mazarino que, aunque no sean
de los traductores, sino de alguno de los copistas,
tienen traza de antiguos y de haber sido compues-
tos en España.
La importancia de la academia de traductores de
Toledo, se demuestra con esta acertada apreciación
de Renán: «La introducción de los textos árabes en
las escuelas occidentales divide la historia científica
j filosófica de la Edad Media en dos épocas com-
pletamente distintas. En la primera, el espíritu hu-
mano no tiene para satisfacer su curiosidad más
que los entecos restos de la enseñanza de las es-
cuelas romanas, amontonados en las compilaciones
de Marciano Capella, de Beda, de Isidoro y algunos
tratados técnicos, cuyo uso frecuente salvó del olvi-
do; en la segunda es la ciencia antigua que vuelve
al Occidente, pero ahora más completa, en los co-
mentarios árabes ó en las obras originales de la
filosofía griega á que los romanos habían preferido
los compendios» (1), sabiendo que en Toledo es-'
tudiaron el privado de Federico II, Miguel Scot, y
el célebre canciller Juan de Vigne, y que Elinando,

(1) R e n á n , Avtrroes et TAverrois, pág. 200.


16 ESTUDIO PRELIMINAR

á quien no agradaban mucho los estudios seculares,


ha dicho: «Los clérigos van á París á estudiar las ar-
tes liberales, á Bolonia los códigos, á Salerno los
medicamentos, á Toledo los diablos y á ninguna
parte las buenas costumbres.»
Entre los libros más influyentes en la escolástica
cristiana ocupa, en opinión de persona tan compe-
tente como M. Jourdain, uno de los dos primeros
puestos la traducción toledana de la obra maestra
de Ibn-Gebirol. «No puede tenerse exacto conoci-
miento de la Filosofía del siglo xm», afirma el cita-
do autor, si antes no se conoce el Líber de Causis
y el Fons Vitae de Avicebron y se hace de ellos cui-
dadoso análisis. Hemos dicho de la traducción to-
ledana, y, en efecto, cuatro códices latinos se conser-
van de La Fuente de la Vida y los cuatro son copias
de un mismo original, pues coinciden exactamente,
con las naturales variantes de alguna equivocación
en palabras, de la omisión de otras y de la inclusión
en el texto de algunas, aunque raras, glosas margina-
les aclaratorias, defectos todos achacables á des-
cuido ó impericia de los copistas y menos abun-
dantes en éstos que en la mayoría de los manuscri-
tos de la Edad Media. En cuanto á otras adiciones
fuera del cuerpo de la obra, como son la especie
de prólogo con que comienza, diferente en los di-
versos códices y el Explicit y los versillos con que
termina el Mazarino, no hay duda de que se deben
á alguno ó á algunos de los copistas, según costum-
bre muy generalizada entre ellos, y que ha llegado
F. DE CASTRO 17

á nuestros mismos días. Basta pasar la vista por el


Epítome Campiliense para convencerse de que este
resumen está hecho sobre la versión de Toledo. No
es propiamente un extracto sino una acotación y
eliminación de lo menos preciso; se transcriben li-
teralmente las frases, salvo cuando se necesita va-
riarlas un poco para buscar nuevos enlaces pres-
cindiendo de cuestiones intermedias, se conserva
escrupulosamente el orden y hasta la forma dialo-
gada. De otro códice se señala la existencia en la
Historia de la biblioteca de los Romanos Pontífices,
ya Bonifaciana, ya Aviñonesa de Fran. Ehrte; pero
ya no existe en la Vaticana.
Una sola excepción puede presentarse: Sem-Tob
Ibn-Falaquera (n. 1 . 2 2 4 , - h-> 1 2 9 0 ) (1), hizo un
m

pequeño compendio de La Fuente de la Vida, tra-


duciendo directamente del arábigo al hebreo y de-
jando integras las sentencias que eligió para su tra-
bajo. Pero si esto produjo una especie de resurrec-
ción de las doctrina filosófica geberoliana entre los
suyos, no influyó en la escolástica cristiana, aunque
existe un códice en París en que se encuentra al
que intitula Baeumker Fralaquerae florilegium.
A la traducción, pues, de Juan Hispano, ayuda-
do de Domingo González, se debe toda la influen-
cia ejercida en la escolástica por La Fuente de la
Vida. Con este nombre fué conocida en las es-
cuelas y citada por los escritores, pues aunque Gui-

(1) E n los códices se escribe por lo común Falaquera.


2
l8 ESTUDIO PRELIMINAR

llermo de Auvernia, obispo de París, dice que su


autor lo llama Fuente de la Sabiduría fin libro
quem uocat fontem sapientiae), esto lo explica
Baeumker por haberse omitido las palabras inter-
medias del título Liber fontis vitae de prima parte sa-
pientiae. E n cambio, en cuanto al nombre del autor,
aparece en códices é impresos con las formas de
Auicebron, Auicebrol, Auincebron, Auicebron y
Auicerbron, acabando la penúltima por prevalecer.
Se había ignorado, pues, por mucho tiempo que Ibn-
Gebirol fuera el verdadero autor de La Fuente de
la Vida, hasta que Salomón Munk, empleado en el
departamento de manuscritos orientales de la en-
tonces Biblioteca Real de París, comparando las
citas hechas de nuestro filósofo por Alberto Magno,
Santo Tomás y otros autores escolásticos, con los
extractos del Mekor-Hayyim, La Fuente de la Vida,
de Ibn-Falaquera, existentes en la hoy Biblioteca
Nacional de París, llegó á adquirir la mayor evi-
dencia de ser el Mekor-Hayyim y el Fons Vitae la
misma obra, é Ibn-Gebirol y Avicebron la misma
persona. De cómo ha podido transformarse un nom-
bre en otro, nos ocuparemos más adelante en una
nota. En el extracto, suministrado por su mismo
autor, de una comunicación acerca de los escritos
de Ibn-Gebirol, comparados con la Kábala, Isaac
Meyer nos da las noticias nuevas para nosotros, de
que los hebreos le llamaron por el acróstico de las
letras de su nombre RaSHBaG y que los árabes le
nombraban Abu-Ayub Suleiman Ibn-Jachja. Igno-
F . DE CASTRO *9

ramos el fundamento de las precedentes afirmacio-


nes, pues no hemos podido adquirir un conoci-
miento más amplio de la referida comunicación;
pero bien puede asegurarse que si el filósofo usó
del nombre árabe que se le atribuye, no debió ser
en el original arábigo de su obra fundamental, pues
su transformación en el de Avicebron, ó sus simi-
lares de los códices de la traducción latina de To-
ledo, es imposible, siendo por el contrario explica-
ble la de Ibn-Gebirol de la abreviada versión he-
braica del Florilegium de Falaquera.
El fondo del libro es predominantemente neopla-
tónico en la doctrina y en el procedimiento; para
convencerse de ello basta la lectura más superfi-
cial. El único filósofo citado es Platón y éste más
de una vez (1). La ciencia de la Investigación no
es en suma sino la Dialéctica platónica. Ver lo in-
ferior como ejemplo de lo superior con la intuición
matemática, no es la inducción naturalista aristo-
télica: la una abstrayendo límites llega al ser sin
negación, al Ser Realisimo, fuente de todo ser y de
toda vida; la otra abstrayendo cualidades al ser sin
esencia, al ser vacío, al ser nada, al ser menos que
nada, á la indiferencia de ser ó no ser, concepto
inconcebible que no puede servir de base á la cien-
cia más que con su propia negación. E n verdad,
nuestro filósofo, haciendo gala de su pericia en las
artes dialécticas, usa y abusa de la forma silogísti-

(1) T r a t . IV, págs. 2 1 9 y 256, y Trat. V , päg. 289.


20 ESTUDIO PRELIMINAR

ca; pero no busquemos en ella, porque no está, la


raíz y el nervio de su argumentación. Él mismo nos
dice que el origen de nuestra ciencia está en el co-
nocimiento que el alma tiene de sí misma, para
mediante el libertarse de las sombras y de la escla-
vitud de la sensible y restituida así á la plenitud de
su naturaleza, por su contacto con la Inteligencia
penetrar en el mundo de las substancias espiritua-
les, á fin de tomarlo por modelo. Por los sentidos
alcanzamos los primeros accidentes, de donde pa-
samos á los segundos hasta llegar á la substancia
que sostiene los predicamentos, punto de enlace de
lo espiritual con lo corpóreo, dejando así las céle-
bres categorías aristotélicas en el peldaño más bajo
de la escala del conocimiento. Esta es, poco más ó
menos, la doctrina neoplatónica y la base de su fa-
mosa división de los hombres en hílicos, psíquicos
y neupmáticos.
¿Pero por dónde pudieron llegar á Ibn-Gebirol
las enseñanzas platónicas? Para mí, según toda pro-
babilidad, por el conducto neoplatónico. Lo mues-
tran así, no sólo la contextura total del esqueleto
del sistema, sino muy principalmente los pasajes
atribuidos en La Fuente de la Vida al fundador de
la Academia. Son éstos tres y ninguno de los
tres en la forma citada se encuentran en Platón.
Munk, primero, y más ampliamente Joel, han de-
mostrado que Ibn-Gebirol ha bebido en fuentes
neoplatónicas. ¿Pero cuáles son esas fuentes? Las
miradas de todos se habían fijado hace mucho
F. D E CASTRO 21

tiempo en un libro muy conocido en la Edad Me-


dia con el titulo de Teología de Aristóteles y equi-
vocadamente atribuido á este insigne maestro. Una
parte de la historia de este libro y un descubrimien-
to reciente han venido á conformar esta presun-
ción. V. Rose, á quien había llamado la atención
que se hubiera escapado á los que se han ocupado
de la Teología de Aristóteles, su carácter neoplató-
nico nos explica la manera con que ha llegado á
nosotros este libro. Por orden del papa León X fué
impresa una traducción latina, preparada por el
médico Pedro Nicolás Castellani. Según este mismo
declara, la traducción no fué hecha directamente
del original. El médico judío Moisés Arrobas lo
había encontrado en una biblioteca de Damasco y
por encargo de Francisco Roseus de Rábena lo
había vertido al italiano. La versión está hecha muy
á la ligera, y Castellani no se limitó á ponerla en
latín, sino que le añadió capítulos enteros de su
propia cosecha, se han truncado textos y se han
añadido otros; más que una traducción es una re-
fundición hecha con la tendencia de demostrar que
en este escrito del Platón Alejandrino había un
presentimiento de la verdad cristiana, para lo que
no se ha omitido medio por reprobado que sea; es
una verdadera falsificación. A la traducción de Cas-
tellani intentó pulir el estilo Jacobo Charpentin
(Carpentarius), haciendo una segunda refundición,
publicada en París en 1 5 7 1 . Si tenemos además eri
cuenta, como lo ha demostrado V. Base al dar no-
22 ESTUDIO PRELIMINAR

tioia de la traducción alemana de Dieterice que la


mal llamada Teología de Aristóteles no es más que
un refacimiento parafrásico de algunas partes de
las Eneades de Pío tino, se comprenderá sin gran
esfuerzo, que al pasar por cuatro manos, ninguna
cuidadosa y alguna infiel, no haya llegado á nos-
otros más que una tenue sombra de las Eneades
helénicas, y, como dice Guttmann, hasta haya podi-
do quedar obscurecida la fisonomía de su primitivo
autor.
Conocidos hoy los textos árabes, podemos esti-
mar muy cercano á la certeza lo que antes no pa-
saba de vaga presunción. Presta el mayor valor á
esta afirmación encontrar el germen de la materia
universal de Ibn-Gebirol en este pasaje de la Teolo-
gía. «La materia del espíritu es muy sublime, pues
es simple espiritual; únicamente el espíritu es más
simple que ella y enteramente inteligible. También
afirmamos que la materia del alma es muy sublime,
pues es simple espiritual anímica.»
Como la mal llamada Teología de Aristóteles es
una paráfrasis de algunas partes de las Eneades de
Plotino el Liber de Causis, otro de los faros filosó-
ficos de este período de la Edad Media, no es más
que un compendio de la OTOÍXSIWÍS QíoXoymr) de Pro-
clo, como ya lo había reconocido Santo Tomás.
Este compendio debió escribirse primitivamente
en árabe, y no falta quien suponga haber encontra-
do huellas del original.
A estos libros pseudoepigráficos pertenece tam-
FÍ DE CASTRO 23

bien el atribuido á Empedocles y que desde el


siglo x contó en España gran número de lectores.
En él, como en todos los de su género, se encuen-
tran muchas doctrinas neoplatónicas, ya sea porque
quisieran autorizarlas con los nombres ilustres de
antiguos pensadores, ya porque en lo poco conoci-
do de estos autores creyeran encontrarlas y no es-
timaran pecado atribuirles su explanación. Entre
estas doctrinas hay una que concierta con la de
Ibn-Gebirol, aunque se desarrollan en sentido in-
verso. Dios ó el Ser Absoluto, en quien se identifi-
can la inteligencia y la voluntad, produjo primero
la primera simple inteligencia ó la primera materia
fundamental, por la mediación de esta materia fun-
damental la razón y per el intermedio de las dos el
alma. La materia primera fundamental está simple-
mente en relación con el ser de la razón que le está
subordinada; pero ella no es absolutamente simple
y en unidad no está en relación con la primera
causa. Toda cosa es más inteligible ó más sensible.
Lo más sensible es siempre lo más inferior, la cor-
teza (la materia), de que lo más superior es la savia
(la forma), el alma vegetal es la corteza de la ani-
mal, la animal de la racional y la racional de la
inteligible. Luego que la primera materia funda-
mental ha formado en la razón las substancias espi-
rituales que en ella estaban en potencia y la razón
puesto en el alma lo que en parte había recibido
de la materia fundamental, forma el alma del mun-
d o en la naturaleza lo que ella había recibido en
24 ESTUDIO PRELIMINAR

parte de la razón; las almas particulares son res-


pecto al Alma del Mundo como respecto al sol el
rayo de luz que penetra por la puerta de una casa.
La propiedad especifica el alma, es la vida, la que
después que ha contemplado á la razón y su her-
mosura se embriaga en su belleza, la hace el obje-
to único de su amor y tiende á reunirse con ella
con afecto irresistible. La razón, realidad completa,
permanece por lo mismo serena é impasible, pero
el alma siente su imperfección y busca en la razón
su complemento. En la primera creación ó emana-
ción divina no se nota gran diferencia entre la
esencia primera de Ibn-Gebirol y el falso Empe-
docles, tampoco la hay en la constitución y grada-
ción de las substancias, reputando ambos en cada
una de ellas y en la relación de unas á otras por
inferior lo sensible y por superior lo inteligible.
Pero la hay y grande, en que para el uno lo sensi-
ble es la forma y para el otro la materia. La hay
también en que para el uno, como para Aristóteles,
Dios es el motor inmóvil y para Ibn-Gebirol el mo-
viente no movido. Esto trae como consecuencia pen-
sar á Dios no como la forma • pura, sino como el
creador de la materia y de la forma, mediante la
esencia de la Voluntad. Lo uno, por más que se in-
tente paliar, conduce á un panteísmo lógico que
deja reducido á Dios á una especie de Ideal del
Mundo, á la Idea Absoluta de Hegel, lo otro al
Dios platónico del Timeo, Ser Real, vivo y provi-
dente. Resulta, por consiguiente, cierto, á nuestro
F . DE CASTRO 25

entender, que Ibn-Gebirol ha tomado bastante de


los escritos neoplatónicos que corrían en su tiempo;
pero nada de lo que constituye la verdadera origi-
nalidad de su sistema.
¿Bebió Ibn-Gebirol en otras fuentes á más de las
citadas? Entre las obras de la literatura arábiga
más accesibles para él puede contarse, no sin moti-
vo, La Enciclopedia de los hermanos puros. En ello
ha querido ver Hamberg el hasta ahora ignorado
origen de la teoría de la Voluntad; mas como ob-
serva juiciosamente Guttmann, de quien tomamos
la mayor parte de estas noticias, los hermanos
puros se limitan á exponer acerca de este punto la
corriente doctrina religiosa; y respecto á la concep-
ción de la materia, hay una absoluta disparidad
entre La Enciclopedia y La Fuente de la Vida.
Baste decir que en aquélla se coloca á la materia en
lo más inferior del mundo inteligible como una
emanación del Alma del Mundo.
Donde, según el autor citado, se nota un influjo
decisivo de ella, es en las enseñanzas de Ibn-Gebirol
acerca de las ciencias naturales, tanto en La Fuente
de la Vida como en La Corona Real. Confieso no
ver claramente esta influencia en la obra filosófica,
en donde lo poco referente á ciencias naturales
está tomado de la concepción ordinaria aristotélica,
con las variantes necesarias para acomodarla á su
sistema, sin llegar siquiera á personificar las subs-
tancias celestes en dioses como los paganos ó como
los poderes míticos de los pleromas gnósticos.
26 ESTUDIO PRELIMINAR

De donde el influjo resulta manifiesto es de la


comparación de la parte cosmológica de La Corona
Real con los textos citados por Dieterici en la Fi-
losofía de la Naturaleza de los árabes. Sobre la es-
fera del fuego (el elemento más sutil) se encuentra
la esfera de la Luna, sobre ésta ha colocado Dios
la esfera de Mercurio, la estrella de la razón y de
la verdad, sobre ésta la de Venus, de donde parte
el canto celeste de las bodas, dando á todas las
cosas hermosura, gracia y atractivo, y sobre to-
das la esfera del Sol, astro inmenso ( 1 6 6 y una
fracción mayor ó 1 7 0 tierras) respecto á los demás
astros (la Luna — Mercurio — Venus — de la tie-
V 39 2 2
37
rra), dominándolos como Júpiter á todos los otros
dioses del Olimpo, expresión como él del poder su-
premo, de la magnificencia y la victoria é inspira-
dor en las almas del poder, de la inteligencia, del
valor, de la magnificencia y de la generosidad.
Pero esto no es de nuestra incumbencia, ninguna
de estas determinaciones aparecen en La Fuente de
la Vida; aunque no sean contrarias, sino una posi-
ble derivación del principio en ella sentado de la
influencia de las substancias superiores sobre las in-
feriores. Cuando alguna vez se llega á determina-
ciones parecidas, se apela al procedimiento neopi-
tagórico. Tal es la ordenación de las substancias
desde la suprema hasta la ínfima, correspondientes
á las preguntas sí, qué, cuál y por qué hecha según
el orden de los números, porque la pregunta ¿sí?, se
pone según el orden del uno, porque es sólo ser, la
F . DE CASTRO 27

¿qué esr, á manera del dos, porque consta de dos, á


saber: género y diferencia, ¿cuál? á la del tres, por-
que sostiene lo que es en él que lo tiene, y ¿por qué?
á la del cuatro, porque se refiere á los tres anteriores:
al cuál, al qué y al sí. Tal aparece también de la
comparación de la composición del número con la
composición del cuerpo. El número comienza por
la unidad cuya duplicación hace el dos, cuya du-
plicación hace el cuatro, cuya duplicación hace el
ocho; y de la misma manera el cuerpo comienza
por el punto semejante á la unidad, de cuya dupli-
cación nace la línea formada por dos puntos, de la
duplicación de la línea la superficie formada por
cuatro puntos y de la duplicación de ésta el cuerpo
formado por ocho. Así, el número discreto y la can-
tidad continua son semejantes en su composición y
en su resolución, porque la composición nace de la
duplicación de la unidad, donde se ve patente al
•número discreto y á la cantidad continua nacer de
la unidad y resolverse en ella.
Nos hemos detenido un poco en este punto, por-
que acaso pudiera llevarnos á encontrar entre las
fuentes de la doctrina de Ibn-Gebirol una genuina-
mente española. Moderato de Gades, según un frag-
mento conservado por Simplicio, admite tres prin-
cipios: la unidad primera superior al ser y á toda
esencia, la unidad segunda lo inteligible, las ideas,
y la unidad tercera el alma, participante de las ideas
y de la unidad primera. En la interesantísima Epís-
tola de Liciniano y Severo al Diácono Epiphanio
28 ESTUDIO PRELIMINAR

se distinguen tres naturalezas: la de Dios sin canti-


dad ni cualidad (Deum nec quantitatem nec quali-
tatem kabere) y no circunscrita á lugar ni tiempo
(Qu(z nec in temfoi e est ñeque in loco); la de los es-
píritus racionales con cualidad, pero sin cantidad
(Creditur animam quantitatem nullam qualitatem
habere ullam), existentes en el tiempo, y la de los
cuerpos, desemejantes de Dios y de los espíritus
por la cantidad. La contrariedad irresoluble de la
materia y de la forma aristotélicas paliada, pero no
resuelta por estoicos y epicúreos, suponiendo á las
dos aspectos de la misma cosa, como modernamen-
te ha querido hacerse con la física de la materia y
de la fuerza, tiene en Moderato un intento de solu-
ción, el desprendimiento de una parte de la esen-
cia divina que por la privación de cualidades que-
da reducida á lo uno dividido por el límite, á la
cantidad. Severo y Liciniano señalan como carác-
ter específico de las substancias sensibles la canti-
dad, y como consecuencia de la continuidad de
ésta la existencia de aquéllas en el espacio, mas
por una extensión natural de la misma idea, la de
no ser aplicable el límite á Dios, dan por caracte-
rística la cualidad á las substancias espirituales;
esto es exactamente lo que hace Ibn-GebüPol/ la
misma distinción entre las substancias, el mismo
orden, hasta la contención de las inferiores en las
superiores. La única diferencia que pudiera notarse
es que, aunque expresamente no lo digan, es muy
de creer que los sacerdotes españoles se inclinaran
F. DE CASTRO 29

á la creación directa de las substancias individua-


les, mientras que para el filósofo judío la primera
determinación de la esencia divina es la voluntad,
que á su vez crea la materia y la forma. ¿Conoció
Ibn-Gebirol alguno de estos escritos? No tenemos
hoy datos positivos para afirmarlo; pero tampoco
es posible que en absoluto lo neguemos. Ya sea
original, ya en parte recibida la idea fundamental
de La Fuente de la Vida, no deja de ser uno de los
eslabones de la reflexión racional en nuestra patria,
y el nombre de Ibn-Gebirol no pertenece sólo por
haber nacido en ella á nuestra historia de la filo-
sofía.
De otro origen hace Meyer proceder las doctri-
nas del filósofo malagueño de las enseñanzas caba-
listas, importadas por los judíos en España de las
escuelas babilónicas. La idea de la divinidad de
nuestro autor, dice, es semejante á la del Ain Zoph
en la Kábala; él (Ibn-Gebirol), sostiene que sólo se
puede llegar á lo desconocido por medio del éxta-
sis, y los primeros cabalistas sostuvieron esta opi-
nión, como también Dionisio Areopagita (el falso) y
muchos de los primeros P P . de la Iglesia; como la
Kábala admite un Paradigma superior ideal, se-
gún el cual ha sido formado el universo, y que está
en íntima relación con éste por las órbitas ó esfe-
ras, que es la doctrina cabalística del Adam Kad-
mom ó del Adam Eloah y de los diez Sephirot; for-
ma también parte del sistema, cuyos antecedentes
indagamos, la doctrina de los números y de las le-
30 ESTUDIO PRELIMINAR

tras considerados como entidades y situados en los


confines de los mundos espiritual y físico, y en él
se sostiene que Dios existe en todo, aunque Dios
n o se incluya en el todo; así que la mayor parte
de las ideas de Ibn-Gebirol se encuentran en el
Zohar y en los libros Zoharic, cuyas doctrinas,
piensa Meyer, eran conocidas antes de Moysés
de León, á quien por algunos se atribuyen aquellos
libros.
Sin atribuir su origen á la revelación de Raziel,
el ángel de los misterios, para confortar al deste-
rrado Adán, ni siquiera á una tradición mosaica, es
segura para mí la anterioridad de la Kábala al au-
tor verdadero ó supuesto del libro de Zohar y de
toda verosimilitud el conocimiento de ella por los
judíos españoles desde la fundación de la nueva
escuela de Córdoba por R. Mosseh-Aben-Hanoch,
sobre todo, después de la espléndida protección de
su discípulo Aben-Joseph-Aben-Asdai, el famoso
secretario de cartas latinas del califa Abderra-
mán III: toca, pues, casi en evidencia la verosimili-
tud de haber llegado á conocimiento de Ibn-Gebi-
rol los misterios cabalistas.
A pesar de tan buenas disposiciones, de mi par-
te confieso que nada he encontrado en La Fuente
de la Vida que autorice la opinión de Meyer. En
cualquiera de los autores neoplatónicos, incluso el
mismo Plotino, como que es lo que constituye la
esencia de la escuela, pudo encontrar que al cono-
cimiento absoluto, al conocimiento de Dios ó de la
F. DE CASTRO 31

unidad primera sólo se llega por el anonadamiento


en el éxtasis de la propia personalidad; pero no
sólo nada de esto se encuentra en La Fuente de la
Vida, sino que en ella está terminantemente contra-
dicho. Imposible, se dice en ella, es conocer la cien-
cia de la esencia primera sino sus hechuras, pero es
posible conocerla mediante ellas, y es imposible lo
primero, porque la esencia primera está sobre todas
y es infinita, si se conoce es cotno la causa por lo
causado, no como lo causado por la causa. Es la in-
ducción, ó más bien la intuición matemática de
Platón, no la unificación mística de Plotino. La in-
comprensibilidad de Dios es dogma ó principio co-
mún á gran parte de las religiones y de los sistemas
filosóficos; lo encontramos en Platón, en S. Cle-
mente, en Orígenes, y hasta en lo Incognoscible, de
Herbert Spencer, las religiones bradhmánicas, maz-
deísta, budista y mahometana, y no citamos más por
no hacer la lista interminable: de parte de los he-
breos se encuentra en Filón y en Ibn-Gebirol como
en el En-soph del Zohar cabalístico. Pero en esto
sólo. El En-soph es el ser en su abstracción supre-
ma, hasta en la abstracción de su propio, ser es el
Misterio de los misterios, el Desconocido de los des-
conocidos; como el ser lógico de Hegel la indistin-
ción anterior al ser y á la nada, su símbolo es el
iod, la más pequeña de las letras hebreas, el punto,
la extensión sin extensión. Es ignorado de todos,
aun de sí mismo: es como el mar, cuyas aguas no tie-
nen ni límite niforma. Es el Brahm índico, hasta por
32 ESTUDIO PRELIMINAR

el ejemplo, el Alian mahometano, la unidad pura de


los neoplatónicos, el Dios sin atributo de Maimó-
nides, el ser lógico de Hegel y el metaflsico de los
escolásticos, el ser de Schopenhauer, lo Incognos-
cible de los positivistas, y, aguzando un poco el
ingenio, también el Dios de Ibn-Gebirol, porque
sobre lo inconcebible ni cabe diferencia, ni puede
entablarse discusión. La comunidad, pues, en este
concepto (de alguna manera la hemos de llamar)
no suministra por si sola ninguna luz para estable-
cer la filiación de una doctrina. Puede, sin embar-
go, darla por el modo ó el procedimiento que ha-
yamos tenido ó que hayamos seguido para alcan-
zarlo. El Zohar, verdadera ó supuestamente, aspira
á ser una interpretación más profunda de la Biblia;
«s una especie de teología mística escolástica; en
La Fuente de la Vida ni se nombra á la Biblia una
sola vez, ni se cita uno de sus textos como autori-
dad: es un sistema puramente filosófico, plenamen-
te racionalista. La doctrina acerca de Dios de Ibn-
Gebirol tiene alguna remota semejanza con la del
Zohar; pero tiene una más próxima y de conexión
más estrecha con la de Plotino, ni se transcribe un
texto del Zohar, ni aparece este nombre ni el de
ninguno de los cabalistas en La Fuente de la Vida;
en cambio aparece más de una vez el nombre de
Platón, y se ponen en su boca trozos literalmente
transcritos de Plotino.
Lo que hemos dicho de Dios decimos del Para-
digma celeste. Platón nos presenta á Dios en el
F. DE CASTRO 33

Timeo, creándolo á su imagen y semejanza; el mun-


do de las ideas no es sólo el modelo, sino lo único
que hay de esencial en el mundo físico; antes de él
lo mismo había hecho Pitágoras con los números, y
hasta, si hemos de creer á los neopitagóricos, los
personificó en los dioses. «Pitágoras, nos dice Mo-
derato, estudió cuidadosamente lo relativo á los
números y refirió á ellos las generaciones de los
animales y las revoluciones de los astros. Y aun
comparándolos á los dioses, les dio nombre como
si la mónada fuese Apolo y la diada Diana, y la
héxada Connubis y Venus, y la hebdómada Ocasión
y Minerva, y la ogdóada Neptuno Asfalis, y la dé-
cada Perfección; la concepción platónica del Ver-
bo, como el pensamiento divino que encierra las
ideas arquetípicas, se encuentra en Filón, personi-
ficada á veces en el homb7 e divino, á cuya imagen
-

ha sido formado el hombre, á cuyos ojos se presen-


ta algunas veces en forma material, de donde surge
como una tercera potencia el Verbo pronunciado,
alma del mundo, en ocasiones confundido con él,
en Orígenes, donde se halla hasta la comparación
del sol y sus rayos, en San Agustín y en lo que
toca más á la cuestión presente en Plotino con las
interpretaciones de Porfirio. El pensamiento fun-
damental del paradigma, históricamente pudo to-
marlo Ibn-Gebirol del Zohar ó de Plotino, casi con
seguridad no de aquél y sí de éste, porque en La
t

Fuente de la Vida no hay ni sephirot masculinos y


femeninos, ni trinidades, ni corona, ni canales, ni
3
34 ESTUDIO PRELIMINAR

Adam Kadmon, y en cambio, el objeto moral de


este conocimiento en el filósofo de Lycópolis, como
en el de Málaga, es reproducir en nuestro mundo el
ideal divino. Esto en cuanto al fondo de la teoría,
porque en cuanto á su desarrollo, parece más bien
inspirado en la manera pitagórica. Véase si nó abre-
viadas sus palabras, cómo se explica Ibn-Gebirol
en el Tratado ILT: «Todas las substancias compues-
tas son como un punto respecto á las substancias
simples, esto es, al alma, luego mucho más respec-
to á la inteligencia más sutil que el alma que une
en su forma universal todas las formas. Los nueve
predicamentos están en la substancia espiritual y
todos opuestos en el extremo inferior; así encontra-
rá la materia universal frente á la substancia, la
cantidad trente á la forma de la inteligencia y en
cada una de ellas siete especies compuestas frente al
número siete de las substancias simples, á saber: ma-
teria, forma, inteligencia, alma, naturaleza, y frente
al número de las fuerzas de cada una de estas subs-
tancias, la cualidad frente á la diferencia y á las
formas de aquellas substancias, la relación frente á su
ser en la causa y en lo causado, el tiempo frente á la
sempiternidad, el lugar contra el orden de anteriori-
dad y posterioridad, el sitio frente á la subsistencia,
el agente frente al imprímente, el paciente frente á lo
impreso y el tener frente al ser de la forma univer-
sal en la materia universal. Así las substancias sim-
ples se asemejan á una tela blanca, tenue y trans-
parente que, cuando se pone en contacto con un
F . D E CASTRO 35

cuerpo negro ó rojo, se tifie de estos colores que


en si no tiene.»
Y, por último, la aserción de que Dios está en
todo, aunque no se incluya en el todo, sin salir de
España se encuentra en las sentencias de San Isido-
ro, en la confesión de P. Alvaro y en el Apologético
del Abad Samson (i), donde bien pudo verla, por-
que los hebreos españoles no dejaron de tener re-
laciones con la escuela gótica y con su continua-
dora la muzarábiga; pero ni así está en el Zohar, ni
en La Fuente de la Vida se encuentra de este modo.
No negamos por esto la influencia en Ibn-Gebi-
rol de las especulaciones hebraicas; en un pasaje
de La Fuente, dice Guttmann, hay una teoría vero-
símilmente tomada del Jezirh, cuyas huellas ha
encontrado también en La Corona Real. Mucho
menos hemos de negar la de la filosofía arábigo-
aristotélica de que dan claro testimonio la familia-
ridad de nuestro filósofo con la lógica aristotéli-
ca, bien recibiera esta enseñanza de las obras de
Abu-Nazr-Alfarak, tan estimado de Maimónides,

(i) Isidor. Sent. L i b . I , cap, V I , A l v . Conf. no I, en


Flórez, tom. X I , pág. 6 2 . — S a m . Confes. pd. Apol., lib. I I ,
cap. I, pág. I . — I d . Apol., lib. I , cap. I X . — A l v a r o era por
su padre de extirpe judía y había sostenido empeñada po-
lémica con al archidiácono alemán B o d o , que se convirtió
al judaismo. Importa notar también que en Paulo Alvaro se
encuentra la doctrina de Liciniano, y Severo tDios, dice,
que sin cualidad eres bueno, grande, sin cantidad présate,
sin lugar, sin difusión de formas en todas partes difundidos.
Compárese con la de Ibn-Gebirol.
36 ESTUDIO PRELIMINAR

que lo recomendaba diciendo: «En general yo te


recomiendo no leer de lógica más obras que las
del sabio Abu-Nazr-Alfarak, pues todo lo que ha
compuesto, y particularmente lo De los principios
de las cosas, es pura harina de flor», ya de las del
famosísimo Ibn-Sina; lo que entendemos es que La
Fuente de la Vida no puede, clasificarse, como se
ha clasificado ligeramente, entre las de la escolás-
tica hebraica ni entre las cabalistas, como se vis-
lumbra en Meyer cierta tendencia á clasificarla.
Tampoco entre las de la neoplatónica, con ser la
que ha suministrado la mayor suma de materiales
para su construcción.
En dos teorías se ha creído descubrir la origina-
lidad de Ibn-Gebirol, en la de la Materia y de la
Forma y en la de Voluntad.
El concepto de ambas es el mismo de Aristóteles.
Para uno como para otro filósofo la materia es el
sujeto, lo sustinente, el ser en potencia; la forma lo
sostenido, lo que saca á la materia de sú indetermi-
nación, lo que la hace pasar de potencia á acto
Casi el mismo ejemplo para explicarlo el oro y la
estatua, el oro y el collar y las anillas, la misma
aplicación á la definición lógica, la materia es el
género, la forma la diferencia. Pero se dice: la ori-
ginalidad de Ibn-Gebirol está en sostener que todos
I03 seres, excepto Dios, están compuestos de mate-
ria y forma. La misma tesis había sido sustentada
por Tertuliano, tratando de demostrarla con textos
bíblicos; á combatirla contra una persona consti-
F . DE CASTRO 37

tuída en alta dignidad se dirige la Epistola de Se-


vero y Liciniano. Pero se replica, en lo que está la
originalidad es en suponer una misma la materia
de todos los seres. Lo negamos también. En la mal
llamada Teología de Aristóteles, se esboza esta doc-
trina de Plotino. «La materia del espíritu es muy
sublime porque es materia simple espiritual; única-
mente el espíritu es todavía más simple que aquélla
y enteramente comprensible. También afirmamos
que la materia del alma es muy sublime, pues es
simple, espiritual, anímica». Y añade Guttmann,
de quien traducimos la última parte, un poco más
lejos: «Mientras que Plotino admite también una
materia para las substancias inteligibles, pero que
presenta cómo distinta de la de las cosas corpo-
rales, quedando en último término reducida la di-
ferencia á una cuestión de nombre, Gebirol des-
envuelve con gran consecuencia la unidad de la
materia y de la forma en todos los terrenos del ser,
habiendo en él una y la misma materia, la que cam-
pea desde el límite más superior del ser inteligible
hasta el más inferior del sensible, sólo que esta ma-
teria, cuanto más se va alejando de su origen prime-
ro, más se degrada y pierde su carácter espiritual.
No se me alcanza por qué la existencia de la
materia en las substancias espirituales ha de ser en
Plotino mera cuestión de nombre, porque distingue
esta materia de la corporal y de la media y no ha
de serlo en Ibn-Gebirol, que acepta de Plotino esta
misma distinción citando de donde la toma. Des-
38 ESTUDIO PRELIMINAR

pues de haber distinguido en el tratado IV tres ma-


terias, la materia simple espiritual, más simple que
ninguna, porque no reviste forma; la substancia com-
puesta corporal, la más corpórea, y entre ellas una
substancia media, se hace preguntar por el concep-
to de esa materia primera que no reviste forma, y
contesta: «Porque la materia que reviste forma es
también simple y espiritual; pero hay otra que no
reviste forma, como dijo Platón» (léase Plotino).
Véase, pues, como Ibn-Gebirol acepta la distinción
de Plotino, y en esto no tiene nada de original.
En lo que ya no sólo se aparta, sino contradice
la doctrina aristotélica, es en la relación de los con-
ceptos de materia y forma, á pesar de reproducir
como propias las explicaciones del gran maestro y
los símiles que las han hecho proverbiales: la mate-
ria da á todas las cosas su nombre y su definición;
la materia no puede estar sin forma, porque el ser
de todas las cosas no es más que por la forma; la
materia está en deuda con la forma y la forma está
en deuda con la materia, la materia primera, la
materia est ut cellula aperta et tabula cum cera y la
forma ut forma deputa et verba disposita; pero si el
concepto aparece el mismo, la relación está inver-
tida; para Aristóteles la materia es la potenciali-
dad abstracta, la forma lo efectivo; esta última es
la idea de Platón y con ese mismo nombre la llama;
los seres son tanto más superiores cuanto más nie-
gan la indeterminación de la materia cuanto más
efectivos. Dios es el ser sin materia, el acto puro;
F . DE CASTRO 39

para Ibn^Gebirol la materia es lo superior, la forma


lo inferior , en cada uno de los seres la materia es lo
-

superior, lo inferior la forma; la fo?-ma de lo superior


es la materia de lo inferior; ésta es también la idea
de Plotino, su principal maestro para Plotino, el
alma irracional es el acto del alma racional, y el
alma racional el acto de la inteligencia, para Aris-
tóteles el alma es la forma ó la entelequia del
cuerpo.
Hasta aquí se ha podido vislumbrar el origen de
la doctrina; desde aquí comienza la originalidad.
Platón y Aristóteles, más el primero que el segun-
do, piensan á la materia como una negación lo que
no es, aquél lo que no es más que vana apariencia,
el limite de lo finito que es en el ser positiva com-
prensión, el segundo como l o q u e no es ser real,
ser efectivo; el mismo Plotino, negando cualidades
para quitar límites, llega á aquella unidad simpli-
císima, para la que la propiedad de ser es la prime-
ra degradación; Ibn-Gebirol, por el contrario, ense-
ñando que en las substancias lo inferior es la forma
y lo superior la materia, llega á la unidad en que la
materia y la forma se juntan sin confundirse en la
Voluntad divina. Con razón al acabar de hacerse
cargo de esta teoría, el discípulo exclama entusias-
mado: «Í/ dador de la bondad te lo pague con gran
recompensa porque has disipado de mi ánimo una
gran incertidumbre». Sin razón ha podido ó puede
tacharse de materialista, pues según él ¿a materia,
no sólo la que no reviste formas, sino la que las revis-
4° ESTUDIO PRELIMINAR

te y. aun la que reviste formas corporales, es una,


simple y espiritual.
El gran secreto de la unión en la substancia de
la materia y de la forma y de la existencia de estos
dos principios de las cosas está en la ciencia de la
voluntad; así la primera teoría verdaderamente ori-
ginal de Ibn-Gebirol, tiene su raíz en otra teoría
también original suya. Saber qué es una cosa, es
saber por qué es, pues el que busca el por qué de las
cosas, busca la causa por la que sale de potencia á
acto cada uno de los géneros, de las especies y de
los individuos y el fin que subsiste en cada uno de
ellos, y puesto que la voluntad es la que mueve
toda forma y la hace penetrar hasta los últimos
extremos de la materia, siendo ella la que todo lo
contiene y la forma la que la sigue y la obedece,
llegamos á esta elevada verdad que todas las cosas
están delimitadas por la voluntad y pendientes de ella;
pero para conocer enteramente este secreto de la vo-
luntad, es preciso conocer primero la universalidad de
la materia y de la forma, porque la voluntad es la
creadora de ellas y la que las pone en movimiento.
Detengámonos un instante en la explanación de
esta teoría capital en la doctrina de Ibn-Gebirol.
«Cuando dos cosas son semejantes bajo algún con-
cepto y participan de él, este concepto es uno,
aunque en cada una de aquéllas sea diverso», dis-
tinto es el calor en el fuego y en el aire, y, sin em-
bargo, son el mismo calor. Si alguna de las opera-
ciones de las substancias es más perfecta que otra,
F. DE CASTRO 41

debe ser causa de ella, como sucede, no sólo en la


relación del alma vegetativa á la naturaleza, sino en
la de todas las demás substancias. Pero es preciso
saber cotno las operaciones de esta substancias son
de un mismo género y semejantes entre sí. Aquí el
autor de La Fuente de la Vida declara paladina-
mente su propia originalidad, poniendo en boca
del discípulo estas notables palabras: «Escucho y
deseo escuchar, porque no he encontrado esta senten-
cia en ninguno de los sabios, y estimo que nada es
más útil para llegar al perfecto conocimiento de
este capíi.ulo.» Anuncia en seguida el maestro que
la causa de las acciones y de las pasiones y de la
ordenación de las operaciones obedece toda al man-
dato divino y que la bondad es la que todo lo mueve,
y el discípulo interesadísimo exclama: «Cumple ya,
buen doctor, lo que me prometiste acerca de la de-
claracióti de este capítulo profundo y que el dador
de la bondad te lo pague». Después de especificar
las acciones de cada una de las substancias, á saber:
las de la naturaleza atraer y retener, mudar é im-
pulsar; las del alma vegetativa vegetar y engendrar;
las del alma animal sentir en el tiempo las formas
de los cuerpos densos, mover de lugar y resonar y
modular sin orden que signifique inteligencia; las
del alma racional sentir las formas sutiles de los
inteligibles, moverse en ellos sin tiempo ni lugar,
y resonar y modular con orden y disposición que
signifique inteligencia, y la de ésta la aprehensión
de todas las formas de los inteligibles, sin tiempo
42 ESTUDIO PRELIMINAR

ni lugar, sin investigación y sin trabajo y sin otra


causa que su esencia llena de perfección; al tratar
de cómo influyen las substancias unas en otras,
asienta que las esencias de las substancias simples
no defluyen, sino que lo que -defiuye y se difunde son
sus fuerzas y sus rayos, como la luz que del sol se
derrama por el aire que excede los límites del sol,
ó como la fuerza animal fluye dé la fuerza racional,
cuyo asiento es el cerebro y se difunde por los ner-
vios y los músculos, no siendo difusa ni extensa la
substancia del alma.
Por esto la esencia de las substancias superiores
no debe disminuir por la generación de las substan-
cias inferiores, ni sus fuerzas de su esencia se sepa-
ran. También la voluntad, la virtud eficiente de estas
substancias, es finita en el efecto, pero no es finita en
su esencia, y sietido esto así su efecto es finito; es fini-
ta en el efecto, porque su acción tiene principio y
por esto sigue á la voluntad, y no es finita en su
esencia, porque no tiene principio, y lo contrario se
dice de la substancia de la inteligencia, esto es, que
tiene principio porque es causada, y no tiene fin
porque es simple y no temporal.
Véase, pues, cuan injustamente ha podido ser
tachado de panteísta el sistema de Ibn-Gebirol; no
hay nada parecido en él á una teoría emanatista;
las substancias inferiores no están hechas de las
substancias superiores, sino por sus fuerzas, y ni la
esencia de aquellas substancias disminuye por la
generación de sus criaturas, ni las fuerzas engendra-
F . DE CASTRO 43

doras se separan de ellas. El sistema de Ibn-Gebi-


rol, no es un sistema de emanación, sino de crea-
ción continua, el origen del Mundo y de las subs-
tancias particulares no está en la substancia divina,
sino en la voluntad de Dios.
El gran secreto y el concepto profundo se ha reve-
lado: el movimiento inferior de las substancias uni-
versales es causado por el movimiento de las supe-
riores de ellas, y por esto aquéllas las sirven y las
obedecen y las siguen y se mueven á su indicación.
Este es el gran secreto que, según el discípulo, nin-
guno pudo revelarle más que su maestro, que ningu-
no ha adquirido más que él según su capacidad y que
contiene en sí el concepto de la acción y de la pasión
universal que es el último fin de la sabiduría y que
se completa en el tratado V.
La materia y la forma' misma son creaciones de
la voluntad ó del verbo agente. Describir la volun-
tad casi es imposible, pero io es casi posible dicien-
do: es la virtud divina que hace y liga á la materia
y á la forma, difundida desde lo más elevado á lo
más profundo, como el alma se difunde en el cuerpo,
la que lo mueve y la que lo dispone todo. La vo-
luntad se diferencia de la materia y de la forma
como su autor, siendo el escritor la forma, la escri-
tura y la materia lo que está debajo como la tabla ó
el pergamino. La diferencia entre el verbo agente y
el movimiento es que el verbo es la virtud infusa en
las substancias espirituales que les confiere la esencia
y la vida, y el movimiento es la virtud infundida
44 ESTUDIO PRELIMINAR

(por el verbo) en las substancias corporales que les


da la fuerza de obrar y de sufrir, porque el verbo,
esto es, la voluntad, luego que crió la materia y la
forma, se ligó cotí ellas como se liga el alma con el
cuerpo y se esparció por ellas sin apartarse de ellas,
penetrando desde lo más alto á lo más profundo.
Hablamos impropiamente cuando decimos que la
forma retiene á la materia, pues la forma recibe
esta virtud de la voluntad, siendo propia de la uni-
dad la facultad de retener y siendo la voluntad la
forma de la unidad; la materia es también creada,
sólo que lo es por la esencia, y la forma por la pro-
piedad de la esencia, esto es, por la sabiduría y por
la unidad.
La materia y la forma son como el cuerpo, el aire
y el alma, y la voluntad que les liga es como el alma
en el cuerpo, como la luz en el aire y como la inteli-
gencia en el alma.
La voluntad es virtud espiritual; pero mucho más
excelente que la espiritual que se infunde en la ma-
teria, y la comprende juntamente con la forma, lo
penetra todo sin movimiento, y sin tiempo todo lo
hace. En la esencia primera y santa, ella y sus pro-
piedades son uno y lo mismo, la materia fué creada
juntamente con la forma, porque no pudo tener ser
sin la forma, y como la voluntad no puede hacer
nada contra la esencia, es necesario que la materia
fuera hecha de la esencia y la forma de la volun-
tad, esto es, de la sabiduría; la forma proviene,
pues, de lo superior, y la materia de lo inferior, por
F. D E CASTRO 45

lo cual tiene su ser bajo la forma, y ésta está sobre


ella; la materia recibe la forma de la esencia prime-
ra; mediante la voluntad y la creación se asemeja á
la palabra del hombre, porque cuando habla, la for-
ma y el concepto de su palabra se imprimen en el
oído y en el entendimiento del que lo oye, y por
esto se dice que el creador sublime y santo ha habla-
do la palabra (verbimi), y su pensamiento se ha im-
preso en la materia que lo retiene, á saber: que la
forma creada ha sido impresa y pintada en la mate-
ria. La voz es semejante á la materia universal que
sostiene todas las voces particulares en que están
los tonos, los movimientos y las distancias, y esta
forma universal, es la palabra oída, que se divide en
formas particulares, que subsisten en materias par-
ticulares, estas formas particulares son los movi-
mientos, y las materias particulares los tonos, como
la forma oculta el concepto significado por la pa-
labra.
En resumen: el ser es ó necesario, ó posible, ó im-
posible. El ser necesario es el Uno, el Hacedor su-
blime y santo, el perfecto, el bueno, el moviente no
movido. Propio de su majestad es producir la per-
fección, y esta su Voluntad santa es el Verbo, ex-
presión de su unidad. Pero la creación no puede
ser la reproducción de sí mismo, porque entonces
lo creante y lo creado serían el mismo, y no habría
ni creante ni creado; lo creado' es, pues, el ser posi-
ble; por eso se llama rectamente á la materia prime-
ra posibilidad. Puesto que no puede ser el Uno Solo,
46 ESTUDIO PRELIMINAR

tiene que ser esto y aquello, múltiple, y como múlti-


ple sustentante y sustentado; porque si fuera sólo'
uno de los dos, la diversidad desaparecerla. Siendo
sólo el Hacedor Primero suficiente y perfecto, el
ser paciente tiene que ser pobre é imperfecto, que
lo sustentante necesite de lo sustentado, y ningu-
no pueda ser perfecto sin el otro, que lo sustentan-
te sea existente por sí y lo sustentado exista en lo
sustentante, y que lo sustentante sea limitado por lo
sustentado. Aunque la materia y la forma son irre-
ductibles por sí, se unen, sin embargo, por la poten-
cia del potente. La materia que no tiene ser por sí,
se mueve á recibirlo, la forma existía ya en la cien-
cia de Dios excelso y grande, el Verbo sella la ma-
teria con la forma. La materia definida por la for-
ma es la substancia. Entre las substancias hay una
gradación, cuyo punto de partida es el Ser Necesa-
rio, uno solo, el moviente no movido, y termina en
los últimos límites de ser posible, donde la unidad
se oculta bajo la cantidad, y al extremo de éste, en
el mundo de la generación y corrupción, el movido
no moviente, pues el ni movido ni moviente, como
el ser imposible, son conceptos contradictorios.
Cada una de las substancias graba su forma en la
inmediatamente inferior, como se dibuja en el es-
pejo la imagen del que en él se mira; pero se van
haciendo más inferiores conforme se apartan más
de su creador .excelso; así, cuando la primera forma
se junta á la materia más elevada, constituye la es-
pecie de la inteligencia y la lleva á ser, y cuando'
F. DE CASTRO 47

la forma de la cantidad se une & la materia inferior,


constituye la especie corporal y la saca á ser, cons-
tituyéndose así estos nueve órdenes: la subsis-
tencia de todas las cosas en la esencia de su crea-
dor; 2. , la subsistencia de la forma universal en la
0

materia universal; 3. , la de las substancias simples


0

unas en otras; 4. , la de los accidentes simples en


0

las substancias simples; 5. , la de la cantidad en la


0

substancia; 6.°, la de las superficies en los cuerpos,


la de las líneas en las superficies y la de los puntos
en las líneas; 7. , la de los colores y la de las figu-
0

ras en las superficies; 8.°, la subsistencia de unas


partes de los cuerpos en otras, y 9. , la de unos cuer-
0

pos en otros cuerpos.


Desde el Creador supremo que todo lo contiene
y lo penetra, las substancias inferiores van abrazan-
do y comprendiendo á las inferiores; la inteligencia
al alma racional, ésta al alma moviente, y, así suce-
sivamente, unas almas á otras, hasta llegar á la subs-
tancia que sostiene los nueve predicados, substancia
pasiva entre las simples espirituales y línea de enla-
ce con la substancia compuesta corporal. Por ana-
logía á las esferas concéntricas del mundo físico, sue-
len denominarlas los autores círculos y ruedas. Del
mismo modo la substancia universal corporal abra-
za la substancia celeste; ésta, la substancia univer-
sal natural, y ésta, la substancia particular natural,
y siendo esta última como un punto respecto á la
substancia universal corporal, y ésta, con todo lo
sensible, como otro punto respecto á las substancias
4 8 ESTUDIO PRELIMINAR

espirituales, se puede imaginar la inmensidad de la


creación.
Cada una de las substancias superiores, bajo la
unidad de su forma, contiene las formas de las in-
feriores, las visibles y las ocultas, y cada una de las
inferiores es ún ejemplo de la inmediatamente su-
perior. He aquí el fundamento real del método de
Ibn-Gebirol. El alma racional, abrazando en su
unidad las otras almas y las formas corporales, pue-
de penetrar hasta en lo más recóndito de la natura-
leza, y siendo un ejemplo de la Inteligencia, puede
elevarse por su esfuerzo al conocimiento de las for-
mas más elevadas, y hasta de la Forma Primera que
aquélla contempla sin trabajo. Y como la Materia,
única en todos los seres, apetece la perfección y
acabamiento de su esencia mediante su unión con
la Forma, en cada uno de ellos y en cuanto lo per-
mite la retención parcial en él por la forma parti-
cular, tiende á hacerse más completamente efectiva
bajo una forma más perfecta y mediante esta co-
mún tendencia al bien, todos los seres se dirigen y
se enlazan con el Bien Sumo, por el Amor. Nacida
la creación ab atento, en la voluntad santa de Dios,
por el conocimiento de su esencia y su divino de-
creto de realizarla en cuanto cabe en el ser posible,
es una obra de su Bondad y de su Amor por sus
criaturas, y esas criaturas se dirigen y se ligan á él
como su fin último, por la divina cadena del bien
y del amor. La creación divina es, pues, una obra
de Bondad, una obra de Bendición. El que alcanza
F . DE CASTRO 49

el conocimiento de la Materia y de la Forma pri-


meras, penetra en el secreto de la Voluntad, y con
ello puede lograr la liberación de la muerte y su
aproximación al origen de la Vida. Véase, pues, justi-
ficado el título de este libro; en él se han encontra-
do, y acaso podrán encontrarse todavía más doctri-
nas tomadas de diversas fuentes; pero la concep-
ción del sistema es una de las más originales y de
las más consecuentemente desarrolladas de toda la
Filosofía de la Edad Media. ¡Lástima que no con-
servemos el sistema entero, ó al menos la Ciencia
de la Voluntad que terminantemente nos dice que
tenía escrita! (i).
La influencia del sistema de Ibn-Gebirol sobre
los filósofos ha sido muy diversa, según que perte-
necieran á cada una de las tres religiones que han
dirigido las conciencias en la Europa Occidental
durante el largo período de la Edad Media; nula, ó
casi nula en los pensadores mahometanos, mediana
en los de sus creencias y su raza, grande y persis-
tente en los escolásticos y teólogos cristianos.
No nos atrevemos á negarla rotundamente en los
pensadores mahometanos españoles, pues aguzando
el ingenio, alguna traza de ella pudiera vislumbrar-
se en la celebrada novela filosófica de Ibn-Tofail,

(1) ... et iam disposui verba de his omnibus in libro qui


fractal de scientia voluntatis; et hit liber uocatur origo largi-
tatis et causa essendi et debet legi post hunc et per ilium
scies cerlitudinem creationis de qua interrogasti. (Trat. V,
P a g . 33°-)
4
ESTUDIO PRELIMINAR

ya en la solución d e algunos de los principales pro-


blemas, como la concepción de Dios y de la de las
substancias, ya en lo esencial del procedimiento
para resolverlos, y hasta en alguno de los ejemplos
usados, quizá también en el Régimen del Solitario,
de Ibn-Badja, maestro de Ibn-Tofail, y nacido en
Zaragoza no mucho después de la publicación en
esta ciudad del Makor Hayyim. Mas estas son dé-
biles coincidencias, sobre las cuales, sin más datos,
no puede asentarse nada con sólido fundamento.
Entre los hebreos, si Ibn-Gebirol tuvo admirado-
res y secuaces, mayor en número y más terribles
fueron los enemigos que le opusieron teólogos y es-
colásticos. Moisés ben-Ezra, al lado de sus poesías,
hace mención de su filosofía, le alaba por el extraor-
dinario esmero que ha puesto en la educación éti-
ca de su persona, postergando las cosas terrenas y
aplicando toda su atención á las más elevadas, con
lo que adquirió una gran familiaridad con las cien-
cias matemáticas y filosóficas, y en su Ramillete aro-
mático, colección de sentencias de los filósofos más
modernos, de la que no han llegado á nosotros más
que fragmentos, se encuentran algunas tomadas de
La Fuente de la Vida. Abranám ben-Ezra, en la
poesía que sirve de introducción á su Comentario
del Pentateuco y en otros lugares de sus obras, toma
de Ibn-Gebirol las doctrinas de la creación inme-
diata por Dios de la Materia y de la Forma, y la de
la relación de la Voluntad con la Inteligencia. Más
que en los dos anteriores influyó seguramente en
F. DE CASTRO 51

Joseph ibn-Zaddik, en cuyo Microcosmos, como


dice Guttmann, apenas si hay alguno de los pensa-
mientos fundamentales de Ibn-Gebirol que no se
encuentre; sólo al tratar de la Voluntad, aun acep-
tando la teoría, pone la pequeña restricción de que,
acerca de este misterio, hay que imponerse cierta
reserva. Ninguno de éstos, como se ve, es un ver-
dadero discípulo de nuestro filósofo. El mismo Ibn-
Zaddik es más bien un teólogo de la escuela de
Saadia, y éste no pasa de ser un tamuldista de am-
plio sentido, pues si reconoce el valor de las inves-
tigaciones racionales al lado de las enseñanzas de
la Escritura y de la tradición, la filosofía no ocupa
en su Libro de las creencias y de las opiniones sino
un lugar secundario, análogo al alcanzado por ella,
salvo notables excepciones, en el primer período
de la escolástica cristiana. Si Ibn-Gebirol tuvo dis-
cípulos inmediatos, como, á pesar de todo es de
creer, estos discípulos no nos son conocidos.
No sucede lo mismo con sus contradictores. Ya
hemos mencionado al toledano Abrahám ibn-Daud
como el más temible. Era también el más implaca-
ble. Movíanlo á serlo lo estrecho de su sentido cien-
tífico, aun dentro de la doctrina de Saadia, la ene-
miga más ó menos latente del formalismo mera-
mente externo de la mayoría de los pseudo-peripa-
téticos de todas las creencias, contra los atrevi-
mientos llenos de vida de los procedentes de estir-
pe platónica, y diferencias personales de gusto lite-
rario. Así, después de haber mostrado una gran ve-
ESTUDIO PRELIMINAR

neración á Saadia, único, según él, que ha hecho


una verdadera exposición científica del judaismo,
se ocupa de La Fuente de la Vida en estos términos
despreciativos: «Hemos de ocuparnos también del
libro del R. Salomón Gebirol, en el que éste pre-
tende únicamente resolver una cuestión de la filo-
sofía, y no especial de nuestra comunidad, sino un
asunto que interesa de igual manera á todos los
hombres. En él lo hace tan difusamente sobre el
mismo asunto, que el contenido del mencionado
libro, á que llama La Fuente de la Vida, si se pasa-
ra por un tamiz podría quedar reducido á menos
de la décima parte. Se afana de continuo por llegar
á conclusiones, sin preocuparse de preguntar si son
verdaderas las premisas, prefiere contentarse con
premisas aparentes, defectuosas por su contenido,
con tal de que le lleven á la conclusión que busca-
ba. Y como está convencido de su dudoso abolen-
go, acumula demostración sobre demostración, como
si muchas malas equivalieran á una buena. Sobre
esto puede aplicarse la sentencia del sabio (Kohel,
4, 6): «Más vale mano llena que dos vacías» (i);
como también la máxima de nuestro antiguo maes-
tro (Talmud, 6, Megilla, fol. 7, a.): «Más vale gra
no de pimienta que cesta de calabazas.» Justo es

(1) Oreemos que este es el proverbio castellano equiva-


lente á la sentencia hebrea, cuya traducción, casi literal,
es: «Más vale lo que hay en una mano á completa satisfac-
ción, que dos con trabajo llenas de aire.>
F. DE CASTRO 53

confesarlo; los dos defectos censurados son verda-


deros. Mas apreciaciones tan apartadas de todo
juicio razonable, como la de entrever en la doctrina
de Ibn-Gebirol una especie de sensualismo, tan poco
serias como la de las seis faltas encontradas en la
definición de la materia, y tan apasionadas como la
de colocar á La Fuente de la Vida en el último pel-
daño de la escala filosófica, y la de que su autor
anda á tientas como el que camina en la más com-
pleta obscuridad, sin ninguno de esos poderosos ar-
gumentos que conmueven el cimiento de una teo-
ría, ni siquiera alguna de esas vistas elevadas y pro-
fundas que manifiestan haberle encontrado el flaco,
mostrarían suficientemente que lo que habla por
boca de Ibn-Daud es el espíritu estrecho del secta-
rio que, encerrado en lo que por costumbre perezo-
sa, más que por convicción razonada, viene supo-
niendo la verdad, condena, sin procurar enterarse,
todo pensamiento nuevo, suponiéndolo, con sofis-
mas y sarcasmos, fruto de la ignorancia ó la locu-
ra, si lo antedicho no fuera innecesario después de
esta preciosa declaración del filósofo de Toledo:
«A pesar de todo, no vituperaría sus palabras,
si no hubieran producido el reflujo de extravío en
nuestra aljama, que, como ninguno ignora, se ha
operado con su libro.»
Hemos llamado preciosa la declaración de Ibn-
Daud, y lo es, no sólo para lo que acabamos de
utilizarla, sino también porque nos revela que la
doctrina gebirolista tuvo sobre los hebreos españo-
54 ESTUDIO PRELIMINAR

les mayor influjo que el que de ordinario se le con-


cede. Dos direcciones de pensamiento, contrarias
en su origen y por sus tendencias: la tradicionalista
de Judá Halevi, que en su celebrado poema (Khoza-
rí) mantiene la tesis de que la tradición, cuyo naci-
miento se pierde en el origen de los tiempos, trans-
mitida sin interrupción de siglo en siglo, tiene más
valor probatorio que los silogismos de la razón in-
dividual, á los que siempre pueden oponerse otros
que los refuten, y el escolasticismo musulmán que
arraigaba vigorosamente en España cuando acaba-
ba de morir en el Oriente, y cuya última encarna-
ción en Ibn-Rosch (Averroes) llena todo un siglo,
obtuvieron tal aceptación de los pensadores hebreos,
especialmente la última, refiriéndose á la cual dice
Maimónides que la doctrina aristotélica era la más
generalmente seguida, excepto en lo que se oponía
á la revelación religiosa, que no es extraño turba-
ran las inteligencias con aquella incertidumbre de
que dan testimonio los escritos de Abrahám Ibn-
Ezra, que motivó la publicación de La Guía de los
Indecisos, y que, por el perentorio interés de la cues-
tión misma, hicieran que la doctrina filosófica de
Ibn-Gebirol quedara casi por completo obscureci-
da; algún que otro autor muestra de vez en cuando
conocerla, como Aarun ben-Jauf é Isaac-ibn-latif,
hasta que desaparece ante los esplendores del Moré
Nebitchin, en que el nuevo Moysés, M.oysés ben-
Maimun, parecía haber encontr-ao la anhelada
concordia entre la religión y !a filosofía.
F . DE CASTRO
ss

Precisamente en el mismo momento en que el


astro llega á su ocaso en el cielo del pensamiento
hebraico, aparece esplendoroso en el de la filosofía
cristiana, con circunstancias verdaderamente singu-
lares: un emperador de España, Alfonso VII, consa-
grado con la adquiescencia pontificia, no en Roma,
sino en la Ciudad Regia, amparando en Toledo á
los judíos perseguidos por el fanatismo almohade,
representando contra la aplicación de las bulas lan-
zadas contra ellos, concediendo el título de nassí
(príncipe), al célebre Jehudah Aben-Juseph-Aben-
Ezra y sentándolo en su Consejo; un arzobispo de *
Toledo, D. Raymundo, gran canciller de Castilla,
creando un Colegio de Traductores de las obras de
ciencia y de filosofía árabe y hebrea; un arcediano
de Segovia, Domingo González, jefe de esa escuela
de traductores, ayudando á Juan Hispano en la ver-
sión de La Rúente de la Vida, y siendo el primer
discípulo cristiano de Ibn-Gebirol.
Uno de nuestros más aventajados y queridos dis-
cípulos, D. Juan Díaz del Moral, ha demostrado hasta
la saciedad que el tratadito intitulado De Unitate
Líber y también alguna vez DeSancta Trinitate (i),

(i) En las Distinctiones dictorum theologicorum, atri-


buida á Alano de Trisulis, se lee: Unde Boethio in libro de
Sancta TrinitaU: quidquid esí, ideo esi, quia unum nume-
y en las Rcgulae Theologiae, reconocida como suya, lo
ro esi,
mismo, con las mismas palabras Unde Boethi: Quidquid
esi, ideo esi, quia unum numero esi, que no se encuentran en
ninguna de las obras de Boecio, y sí en la primera página
56 ESTUDIO PRELIMINAR

es del arcediano de Segovia (i), y que está tomado,


casi literalmente, de La Fons vitae de Avicebron.
Entre el gran número de citas con que prueba
su aserto, hay una que no deja, acerca de su exacti-
tud, la menor duda. Por una inadvertencia del trans*
criptor se olvida Domingo González que está es-
cribiendo en estilo narrativo y de que está en diálo-
go La Fuente de la Vida, y al hablar de la cantidad-
discreta y la continua copia: « Quamcumque enimpar-
tem quantitatis SIGNA VERIS, nescesse est ut sit unum
vel plura.»
Hay también en este librito un pasaje de San
Agustín y dos del tratado De Consolatione Philoso-
phiai, de Boecio, tomados sustancialmente, y otro
que, por la casi identidad de la expresión, parece ser
del De Trinitate, que se le atribuye; aunque, por el
contenido, bien pudiera ser de cualquiera otro autor
aristotélico, y á más el coincidente con el de la
Carta de Liciniano y Severo, de que antes nos he-
mos ocupado, coincidencia tanto mayor, cuanto
que en ambos escritos encontramos explicada una
especie de unidad con un mismo ejemplo toma-
do de la Biblia (2). Lo mucho que se apreció en

del tratado De unitale liber: Unde est illud: qtddquid est, ideo
est, quia unum est.
(1) Estudio critico del tratado De unitate liber, de Do-
minicus Gundisalvi, por Juan Diaz del Moral, doctor en Fi-
losofia y Letras.—Sevilla 1894.
(2) El coincidente es: Unum enim aliud est essentice
simplieitate, ut deus.
Aliud simplkium conjunctìone unum, ut angelus et anima,
F . DE CASTRO 57

las escuelas cristianas de fuera de España el trata-


do De Unitate, lo dicen los ocho Códices que de
él todavía se conservan (i), y el que se atribuyera á
Boecio, ó Alkendi ó Alfarabí, y hasta Alejandro de
Afrodisia, sin reparar en los pasajes del Evangelio,
de los Hechos de los Apóstoles y de la Carta de San
Pablo á los Corintios, en que no hablan de apoyar-
se escritores musulmanes ni gentiles, ni quizá el
mismo Boecio.
De la importancia que tiene para el estudio de la
Historia de la Filosofía española, como punto de
conjunción de la Filosofía hebraica con la clásica
y cristiana españolas, ya creemos haber dicho, para
la obligada brevedad de este estudio, lo bastante.
Fuera de España, clero y teólogos recibieron el
libro de Ibn-Gebirol, muchos con favor, los más con
respeto. Guillermo de Auvernia, obispo de París,
llama á su autor, al exponer una de sus doctrinas,
el más afamado de los filósofos, y la razón de esta

quorum unumquodque est unum conjunctìone vintene et forme.


De Unitale Liier.
Deus nec quantìtatem nec qtialitatem habere... Spiritus
incomviutabilis Deus est... Angelo tantummodo esse credatur
Epist. de Liciniano y Severo Ad Epiphanium Diaconunum.
. El ejemplo. El libro De Unitate: cui adhaeribit meretrici
efficitur corpus unum. La Epistola pone estas mismas pala-
bras, y cortinúa el texto con las que le siguen: qui autem
adhceret dominus unus Spiritus est.
(i) De estos ocho Códices, cinco pertenecen á la Biblio-
teca Nacional de París, dos á la Laurentina de Florencia y
uno al Colegio de Corpus.Christi de Oxfort; este es el úni-
co que dice que su autor fué Dominicus Gundisalvi.
58 ESTUDIO PRELIMINAR

preferencia se explica por estas palabras de su libro


De Universo: «El más alto misterio de la creencia
cristiana, se refiere á la sabiduría natural ó á la pa-
labra de Dios, ha sido reservado por los hebreos,
muy singularmente á los profetas, y los árabes, no
sólo no lo reconocen, sino que lo combaten, el teó-
logo Avicebron es el único de ellos que lo ha cono-
cido, expresamente lo menciona en el libro que lla-
ma La Fuente de la Sabiduría, y también en otro
que ha escrito determinadamente sobre el influjo de
la palabra de Dios.» Tanta importancia da á la con-
cepción de la Voluntad unida, á la Inteligencia y la
Palabra (tan análoga al Logos platónico y al Logos
ó Verbo cristiano), que llega á sospecharse si Avice-
bron, aunque árabe por el nombre y el estilo, á pesar
de eso no haya sido un Cristo. Sigúelo enteramente
en la doctrina de la creación, pues la única diferen-
cia que acerca de ello se ha notado y la contradic-
ción en que, respecto á ella, se le ha supuesto incu-
rrir, es más aparente que verdadera (i); en cuanto á
la naturaleza de las substancias espirituales, aun
cuando estima ser una cuestión muy difícil, acerca de
la que la ciencia ha adelantado muy poco, reconoce que

(i) La doctrina que combate de Avicena el obispo de


París, es que el mundo no es más que una fantasía de
Dios, en el sentido de que no tiene más que una realidad
aparente; la que sostuvo con Ibn-Gebirol, es que desde el
punto de vista de su realidad metafísica, el mundo es una
imagen, una representación, un ejemplo de la realidad ab-
soluta de Dios.
F . DE CASTRO 59

Avicebron, apartándose de la concepción vulgar, fia


profundizado mucho, aunque no llega á la perfección.
Más decidido, ó más explícito, Alejandro de A l e s
afirma resueltamente que, no sólo lo corporal, si
que también lo espiritual, está compuesto de forma
y materia, siendo esta desde entonces doctrina de
la orden franciscana.
En cambio Alberto Magno, si bien coloca la doc-
trina de Avicebron al lado de las de Epicuro, de
los estoicos, de Sócrates y de Platón en su libro De
¿ausis etprocesu universitatis, no sin incurrir en equi-
vocaciones y contradicciones acerca de su fuente
histórica (i), y reconoce la originalidad del filósofo
judío en sus teorías de la Voluntad y de la Materia
y la Forma; refuta esta última desde el punto de
vista aristotélico, lo que siguió siendo doctrina dis-
tintiva de la orden dominicana. Combate Santo
Tomás á Ibn-Gebirol, porque éste da á la distinción
meramente intelectual de forma y materia un valor
ontológico, y porque es incompatible con la espiri-
tualidad del ángel. Ya los cuerpos celestes no tienen
la misma materia que los seres sublunares, mucho
menos los espirituales pueden tenerla, y aun cuan-
do se supusiera que una fuera la materia corporal y

(i) Afirma que su doctrina de la materia y de la forma


coincide enteramente con la de Platón; luego, que la de la
primera materia puede conciliar con la del intelltctus posi-
bilis del filósofo judío, y acaba por reconocer su originali-
dad. Acaso la contradicción no es tan grande como parece;
pero esto necesitaría un amplio desenvolvimiento.
6o ESTUDIO PRELIMINAR

otra la espiritual, esto sólo podría hacerse cuando


en la materia pudiera considerarse cualidad; pero
con ello las cosas espirituales caerían también bajo
la categoría de la cantidad, lo que es imposible.
Contra esta opinión de Santo Tomás escribieron los
franciscanos Guillermo de Lausane, y más cumpli-
damente Juan Duns Scoto, de cuya Cosmología ha
dicho Guttmann que pudiera creerse un comentario
á la metafísica de Avicebron. Toda esencia creada
está compuesta de potencialidad y actualidad: la
potencialidad es lo indeterminado, la actualidad lo
determinado; por consiguiente, lleva en sí algo in-
determinado, y algo que lo determine de materia y
forma; esto vale lo mismo para las substancias espi-
rituales que para las corporales, sólo que la unión
de la materia; y de la forma en aquéllas es más
completa. Si la actualidad es una forma, es preciso
que tenga una materia; luego la unidad es la más
completa, porque es la que está enteramente unida
con la forma. Dios es la absoluta unidad, luego de
las cosas creadas, las más cercanas á Dios serán
más unas, luego aunque estén compuestas de mate-
ria y forma, no caen bajo la categoría de la canti-
dad. Hay que distinguir tres materias, ó más bien
tres estados en la materia: la materia primo prima,
la secundo prima y la tercio prima. La primera es la
materia aún no determinada por ninguna forma, la
que sirve de substrato á la actividad creadora; la se-
gunda es la materia ya determinada por alguna for-
ma substancial y por la cualidad que sirve de subs-
F. DE CASTRO 6l

trato al nacer y al morir, y que ya depende de la


influencia creadora como el ángel, y la tercera la
que sufre la acción de un agente particular, como
la que sirve al hombre para ejercitar su actividad
artística. La materia primo prima es la única de la
que, en el proceso de la generación, se determinan
las otras mediante las formas, hasta llegar á consti-
tuirse en la tercio prima, pues hay que pensar una
de que se engendre la multitud, como de la unidad
se engendran los números. Así se nos presenta el
universo como un todo único, como un inmenso ár-
bol cuya copa y raíces es la materia primera, cuyas
hojas son los accidentes, cuyo tronco y ramas son
las criaturas contingentes, cuyas flores son la razón
de los hombres y cuyo fruto son los ángeles. Santo
Tomás pensaba que la forma es lo universal, la ma-
teria lo que la limitaba; pero sus enemigos pregun-
taban, «si la materia es lo indeterminado, ¿cómo de-
termina?» Santo Tomás contesta: «no es la materia
general, quomodo libet accepta, sino la materia limi-
tada por una cantidad dimensora; materia quanta,
signata certis dimensionibus»; pero sus contrarios le
replican: «Esa es la materia ya informada.»
Cuando los brillantes esplendores de la Guía de
los Indecisos habían obscurecido los débiles rayos
de los astros menores de la Filosofía hebraica y la
doctrina de Ibn-Gebirol comienza á alumbrar el
todavía indeciso crepúsculo de la nueva ciencia
cristiana, La Fuente de la Vida hace una nueva apa-
rición en su propio cielo, encontrando entre los su-
62 ESTUDIO PRELIMINAR

yos un discípulo entusiasta; Sem-Tob-ibn-Falaquera


nos presenta en el Investigador á un joven que pre-
gunta á un asceta por los guias que han de enseñar-
le el camino de la verdad, éste le designa en pri-
mer lugar el Thora, después los Consejos de Salo-
món, y entre las obras de los hombres de ciencia, en
primer lugar, el Mibchar Hapeninin. Ni se contenta
con eso, sino que compone también una especie de
Compendio ó florilegio de La Fuente de la Vida.
A este último trabajo, y no á la obra original
debe referirse, según Guttmann, lo que del pensa-
miento gebiroliano se halla en el Príncipe y Sacer-
dote, de Abrahám ben-Samuel (Chasdai), y más tar-
de en el Comentario á la Biblia, del valenciano Ibn-
Zarzá, sin que neguemos tampoco en absoluto, an-
tes estimamos bastante probable, lo que del uno ó
de la otra pudo pasar á el Zohar, de Moisés de
León.
Vuelve ahora el conocimiento de la filosofía d e
Ibn-Gebirol á los hebreos de la escolástica cristia-
na, mostrándonos de paso que ni el nombre ni las
enseñanzas del sabio maestro habían quedado ol-
vidadas por completo. Elí ben-Juseph Chavillo de
Morzán, que tradujo al hebreo varios escritos de
Santo Tomás, donde el original pone «Avicebron»,
él lo cambia en «Gebirol», y en su versión de las
Quaestiones in phisicam, indica expresamente que
se propone rectificarlo con estas palabras: «Avice-
bron, es decir, Ibn-Gebirol». D. Isac Abravauel, tan
conocido como hombre de Estado, como por hom-
F. DE CASTRO

bre de letras, ha bebido lo poco que sabe de la


filosofía de Gebirol, en las obras de Santo Tomás,,
á quien llama el mayor maestro cristiano, y cuya obra
De spiritualibus creaturis estaba ya traducida al he-
breo, y su hijo Judá, en el diálogo tan elogiado en
su tiempo, entre el ardiente Filón y la bella y des-
deñosa Sofía, entre muchas enseñanzas gebirolianas,
desarrolla especialmente la teoría del amor, del que
llama cariñosamente nuestro Albenzubron (i). Toda-
vía un escritor del siglo xvi, nos sigue refiriendo
Guttmann, Moisés Almomino de Salónica, nos pre-
senta la aserción de que también los ángeles ó subs-
tancias inteligentes están compuestas de materia y
forma; pero, ya en el xvn, Joseph Salomón Delmo-
digo sólo conocía la existencia de un filósofo Avi-
cebron que creía árabe.
Quizá sin los recientes trabajos de Munk, de Me-
yer y, sobre todo, de Guttmann y la concienzuda
edición de La Fuente de la Vida, hecha por Baeum-
ker, hubiera quedado desconocido para siempre el
verdadero nombre del autor de La Fuente de la
Vida, y consumidos por el polvo de las Bibliotecas
los Códices y los Compendios de obra tan insigne;
España hubiera perdido el alto lugar que le corres-
ponde en la iniciación del período floreciente de la
escolástica, con monarcas tan tolerantes como Al-
fonso VII el Emperador, con clérigos tan estudiosoa

(i) No presumimos de dónde haya podido proceder


esta variante.
ESTUDIO PRELIMINAR

como el arcediano de Segovia, con prelados tan


ilustrados como el arzobispo D. Raimundo y con
un centro de saber como la Academia de Traduc-
tores de Toledo. Y como tenemos en el tratado De
Unitaie el punto de conjunción de las doctrinas ge-
birolianas con las agustinas, y desde aquí se entre-
vía su enlace con las de Liciniano y Severo, y avan-
zando más hacia su origen, con las de Moderato y
Séneca, y con las platónicas, ortodoxas y heterodo-
xas, acaso parezcan también los eslabones que li-
guen á la teoría gebiroliana del amor por la de
León Hebreo con nuestros místicos, reconstituyen-
do asi la cadena de nuestra philosophia libera, nun-
ca ahogada por imposiciones extranjeras, como
nunca lo ha sido nuestra vigorosa literatura nacio-
nal por las pálidas imitaciones clásicas de nuestros
eruditos.
La Fuente de la Vida merece también fijar nues-
tra consideración como documento literario. Lo
merece en la forma interna y en la externa. En la
interna se sigue la forma más propia de exponer la
doctrina platónica el diálogo. Si el origen de la
ciencia está en el conocimiento propio, la misión
del maestro no es imponerlo, sino despertarlo-, el
discípulo piensa, el maestro ayuda á pensar, y con
sus oportunas advertencias evita sólo el extravío ó
la satisfacción prematura. En el diálogo gebiroliano
el maestro habla mucho, el discípulo demasiado
poco; se extiende á veces en largas tiradas, pero no
de lo que debía pensar, sino de lo que al maestro
F. DE CASTRO 65

le convenía que adivinara; en ocasiones es por ex-


tremo torpe, á lo mejor insiste presentando dificul-
tades pueriles ya resueltas, á lo mejor se satisface
sin que se haya contestado el argumento ni disipa-
do la duda; después de declararse convencido el
discípulo, el maestro añade explanación sobre ex-
planación, olvida su papel y le redarguye con la
concepción arrancada; se olvida de que, por fatigo-
sa, ha reservado la argumentación en forma para
casos extremos, y multiplica los silogismos sin me-
dida y sin asegurarse siempre de la verdad de las
premisas, produciendo más el mareo que el conven-
cimiento. ¡Cuánta diferencia entre este diálogo y los
de Platón! Allí los interlocutores son seres vivos,
allí el pensamiento brota espontáneo, con toda la
energía y la libertad del genio griego; aquí la cien-
-cia de la Edad Media, un maestro abstracto, un dis-
cípulo abstracto, un diálogo inverosímil, porque,
como en los polichinelas, hasta el más lerdo se
apercibe de que es uno mismo el que finge la voz
de los muñecos, haciendo pasar la suya por dos
pitos. ¡Cuánto se parece, sin embargo, á muchos de
los que todavía se hacen aprender á los pobres ni-
ños en nuestras aulas! Hasta las mismas frases y los
mismos modismos parece que han quedado como
estereotipados; sólo por constar esta persistencia,
el libro de Ibn-Gebirol hubiera merecido traducir-
se. Pero en él queda todavía algo de vida: la de un
pensamiento propio, elevado, hondamente sentido;
-cuando habla del gran secreto, es por momentos
5
66 ESTUDIO PRELIMINAR

elocuente y conmovedor; en la mayoría de los nues-


tros una colección de vulgaridades, de errores ó de
antiguallas, tomadas sin entenderlas y sin criterio,
de aquí y de allá, y expuestas en frases ininteli-
gibles para los niños, á quienes se les obliga á
aprender.
Tampoco La Fuente de la Vida merece alaban-
zas por el estilo. Fácilmente se le perdonaría la se-
quedad y seria digna de loa por su claridad didác-
tica, si el mismo esmero en obtenerla no hiciera á
su autor, cada vez que afirma la verdad ó la false-
dad de uno de los miembros de una disyuntiva,
creerse obligado á negar ó afirmar también la fal-
sedad ó verdad del otro, repitiéndolo exactamente
á la inversa, sin usar de ninguno de los medios co-
nocidos de abreviación. Esto ya hace cansada la lec-
tura, mas la hace la costumbre de que, después d e
haber demostrado una verdad, con la fórmula cons-
tante y el ejemplo de esto es, se recorren todas las
substancias, ó con la de y la prueba de esto es, se
repite en forma silogística lo que se acababa de
decir de manera más atractiva y convincente, sin
añadir por lo común, en uno y otro caso, nada de
nuevo, lo que sólo serviría para.hacer desviar la
atención, si no obligara á fijarla de nuevo algún ras-
go de luz que brilla de vez en cuando.
En cuanto á los vicios de lenguaje, no hay que
ponerlos en la cuenta del autor, sino en la de los,
traductores. Propiamente hablando, el idioma ni es
latín, ni es el romance castellano; la venida de los-
F. DE CASTRO 67

monjes de Cluny en tiempo de Alfonso VI, con la


resurrección del latín semi-clásico por su influencia
producido, los habían dividido para siempre. El ha-
bla del arcediano de Segovia no es ya el latín. Más
de ciento setenta palabras ha recogido Baeumker
desconocidas, ó de rarísimo uso en los clásicos;
unas cuarenta que no se encuentran en el Dicciona-
rio del latín de los tiempos medios de Du-Cange,
ni en el Suplemento de Lorenzo Dieffembach; de las
que han conservado la antigua estructura, gran par-
te han cambiado de significación tomando la vía
que ha seguido el castellano, algunas pocas una
que las aparta igualmente de la que tienen en la
lengua madre y en la hija; se usan pronombres de-
mostrativos por reflexivos; preposiciones en casos
á que no corresponden; conjunciones por relativos,
y unas por otras; adverbios por sustantivos; se sus-
tantivan con demasiada frecuencia los infinitivos;
se abusa de los participios, aunque no tanto de los
gerundios como en el latín de Bizancio, ni se con-
juga ni se declina siempre como es debido, aunque
en esto son menos los vicios que en el romance vul-
gar; se observa una gran libertad en la creación de
nuevas palabras, en muchas ocasiones innecesarias;
á la usanza árabe se une la negación á los nombres ó
á los infinitivos; el Diccionario es muy pobre y hay
que estirar los significados. En la sintaxis no se
observan siempre las reglas del régimen y de la con-
cordancia; los demostrativos toman el lugar de
nuestro artículo, aun allí donde no hace falta;, se
68 ESTUDIO PRELIMINAR

abusa en general de los pronombres, produciendo


una cierta confusión; se nota una extraordinaria
pobreza de giros, que obliga á largos rodeos ó á
elipsis propias del árabe y frecuentes en nuestros
dialectos meridionales; el hipérbaton ha desapare-
cido por completo; el latín ha perdido su concisión,
su armonía, su severa majestad. ¡Cuánto motivo de
estudio y de cuánto provecho para lingüistas y li-
teratos! Hasta en los versillos con que el escribien-
te ofrece á Dios el fruto de su trabajo, tenemos algo
que aprender. Tales como están en el Códice Ma-
zarino debieron ser tomados de un manuscrito espa-
ñol, lo dice el nombre Domingo en lugar de Domi-
nico, más conforme al latín y á la rima ó sonsonete
que se viene usando. Esto ofrece quizá un dato para
determinar la procedencia de los códices (i). Otros

(i) Los conocidos al presente de La


Manuscritos Fuen-
te déla Vida, son, por orden de antigüedad:
l . ° El parisiense de la Biblioteca Nacional de París,
en pergamino, procedente de la de San Víctor, que se en
cuentra con otros de diversos autores en un gran volumen,
desde los folios 161 v., al 228 v.; es, según Baeumker, de
fines del siglo x m .
2 . ° El colombino (mal llamado quizá con este nombre)
existente en la Biblioteca del Cabildo Catedral de Sevilla,
en papel, de letra de la mitad del siglo xiv, según Baeum
ker, y según Menéndez y Pelayo y el bibliotecario señor
La Rosa, del x m , á cuya opinión nos inclinamos. Está
también encuadernado con otros, algunos traducciones de
filósofos árabes.
3.0 El mazarino, en pergamino. La Fuente de la Vida
se encuentra en él desde los folios 33 v. á 79 v. La letra,
según Baeumker, es de principios del siglo XIV.
4.0 El amploniano, también en pergamino, es de letra
F. D E CASTRO

muy curiosos pueden sacarse de la división de los


versos en hemistiquios, y de la distribución en ellos
de las asonancias para la historia de la rima espa-
ñola, desde el epitafio del auriga Fusio, en Tarra-
gona, hasta que ha llegado á fijar definitivamente
sus leyes.
En La Fuente de la Vida encontrará, pues, el
filósofo, un punto de vista original, hondamente
meditado y consecuentemente seguido; el historia-
dor de la filosofía, una de las tres obras más impor-
tantes de la Filosofía hebraica y una de las dos que
determinan el gran movimiento de la Escolástica

de fines del siglo x i v ó principios del XV. La Fuente de la


Vida ocupa desde los folios 62 v. á 81 v.
A rectificar algunos pasajes de estos Manuscritos, ayuda
el Epitome Campiliense del Monasterio cisternense de este
nombre en la Austria inferior. El códice, también de per-
gamino, es de letra de principios del siglo XIV. El Compen-
dio de La Fuente de la Vida ocupa en él desde el folio
170 v. al 180 v. Está muy bien hecho y parece haberlo
sido por una persona docta. Hemos notado, sin embargo,
que alguna vez prescinde de abreviar algún pasaje difícil.
Ya hemos visto que, además, se tradujo una parte de La
Fuente de la Vida directamente del árabe al hebreo, por
Sem-Tob-Falaquera. Se encuentra entre los libros hebreos
de la Biblioteca Nacional de París, en un códice del si-
glo x v , del que ocupa desde el folio 146 v. al 159 v.
Valiéndose de todos ellos para enmendarla, y anotando
cuidadosamenle al pie todas las variantes, ha hecho el doc-
tor Clemente Baeumker en 1895 una preciosa edición de
la traducción de Juan Hispano y Domingo González. Ella
nos ha servido principalmente para nuestra traducción, no
sin que nos hayamos apartado algunas veces de su texto,
por las razones que en su lugar apuntaremos.
7o ESTUDIO PRELIMINAR

cristiana en el siglo XIII; el de la Filosofía española


el punto de conjunción en ella de las enseñanzas
hebraico-platónico-alejandrinas, con las platónico-
agustinianas de Liciniano y Severo, Alvaro y Sam-
són, el historiador de la Pedagogía; una clasifica-
ción completa de la Ciencia de los hebreos españo-
les y un modelo de uno de sus métodos de ense-
ñanza; literatos y filólogos, un ejemplar precioso de
la didáctica y de la lengua científica española en el
siglo xu; todos, uno de esos libros que nos hacen
meditar para hacernos mejores. Por eso esperamos
que esta pobre traducción y este ligero estudio con
que nos proponemos popularizarlo, ha de ser reci-
bido con interés por la juventud y con indulgencia
por las personas ilustradas.
LA FUENTE D E L A VI D A

Comienza el libro de La Fuente de la Vida (i) del

(i) Seguimos la lección del códice existente en la Bi-


blioteca Colombina, en que estas palabras aparecen como
parte del texto, se omiten en el parisiense de la Biblioteca
Mazarina, el otro parisiense de la Biblioteca Nacional, co
mienza: Liber fontis uite de prima parte sapientie id sst scien-
•cia de materia et forma universali. Tratíatusprimiis; y en el
Amploniano se amplían estas palabras con las primeras del
Colombino, no sin alteraciones y adiciones que acusan mano
imperita, apareciendo como se ve, en estos dos últimos có-
dices, como un epígrafe.
Nos parece, sin que demos á esta presunción nuestra el
valor de prueba concluyente, que la circunstancia deponer-
se por epígrafe las precitadas frases, arguye una redacción
más moderna, pues de aceptarse la del códice parisiense de
la Biblioteca Nacional, él texto comenzaría con la palabra
Dividitur, que se habría de referir á las de Tractaius pri-
m u s , separadas de las anteriores del título con punto final;
error manifiesto, pues lo que en seguida se divide no es el
primer tratado, sino todo el libro. Tampoco puede ser de
Avicebron el Incipit meihaphisica del Amploniano, puesto
que este filósofo, en La Fuente de la Vida, no se propuso
-darnos una Metafísica, esto es, un estudio de scieniia prima,
sino de scientia investigalionis, como la llama repetidas veces,
que sería á lo sumo prima pars sapientia, como se declara
también en la segunda parte del precitado epígrafe, ofre-
ciendo así una extraña contradicción con la primera, ó en-
tre todo el título y la obra.
Para hacerla patente presentamos á continuación el títu-
72 LA F U E N T E D E LA VIDA

«
filósofo Avicebron (i). Se divide en cinco tratados:

10 íntegro, la división de la Metafísica de Avicebron y su


división de La Fuente de la Vida.

T Í T U L O D E L CÓDICE AMPLONIANO

Incipit methaphisica Auicebron de fonte vite prologus.


Liber fontis vite de prima parte sapiencie scilicet sciencia
de materia et forma.
D I V I S I Ó N D E LA CIENCIA D E AVICEBRON

Partes scientiae omnis tres sunt, scilicet, scientia de mate-


ria et forma, et scientia de volúntate, et scientia de essen-
tia prima. (Lib. Font. Vita, tract. I, pág. 9, ed. BaeumkerJ
DIVISIÓN D E L LIBRO D E «LA F U E N T E D E LA VIDA>

Primus eorum est de eis que debent antiponi ad assig-


nandum materiam universalem et formam universalem et
ad inquirendum scientiam materiae et formae in sensibilibus
et ad loquendum de materia corporali quae sustinet qualita-
tes; secundus ad loquendum de materia spirituali quae sus-
tinet formam corporalem; et quia substantia spiritualis eget
probationibus quibus esse assignetur, et demostrationibus
quibus certificetur, quia nondum per se notum est scientia
necessaria; ideo necesse fuit ut hie etiarn esse tractatus ter-
cius ad loquendum de asseueratione substantiarum simpli-
cium: fuit enim necesse ut hic esset tractatus quartus ad lo-
quendum de inquisitione scientiae quae, est de materia et
forma substantiarum simplicium; et cum completa fuerit
consideratio in his quatuor tractatibus, necesse erit ut ins-
piciamus postea de materia uniuersali et de forma uniuersa-
11 per se; erit ergo hic tractatus quintus, qui est propius irt
consideratione huius intentionis; quapropter totum quid
nos debemus considerare de materia et forma, erit in his
quinqué tractatibus quos distinximus; et hoc est totum quod
continet hic liber. (ídem id., pág. 12, id.)
(1) Tres cosas hay que notar acerca de este nombre:
1 . Cuándo se comenzó á usar. 2 . De dónde procedió,
a a

siendo imposible que de este modo hubiera podido estar


INB-GEBIROL 73

escrito en el original árabe; y 3 . Cómo llegó á transfor-


a

marse en él el de Ibn Cebirol ó Aben Gebirol, que es el


verdadero. Aparece ya con la forma Avicebron en el Códi-
ce Colombino de letra del siglo xni, y que sólo por una
equivocación cometida en época muy reciente, se ha in-
cluido entre los que constituyeron el legado de D. Fernan-
do Colón, pues carece de la marca que el donador acos-
tumbraba á poner de su mano en todos ellos, á saber: su
procedencia y costo; á mi entender, debió ser uno de los
que estaba reuniendo D. Alfonso el Sabio para las escuelas
arábigas que, á semejanza de las establecidas por él en
Murcia, se propuso crear también en Sevilla, para lo que
pidió al cabildo catedral unas mezquitas, y me afirmaría
casi por completo en esta opinión, la circunstancia de en-
contrarse encuadernado con otros de filosofía árabe, si no
fuera porque nada puede asegurarse con certeza después
del arreglo hecho por el canónigo Loaysa, de donde parte
la equivocación que antes hemos enunciado. Según Clemen-
te Baeumker, refiriéndose á Guillermo de Auvernia en un có-
dice anterior al siglo X I I I . se encontraba la forma Auence-
brol, que aparece también en la suscripción del Códice
Mazarino, ya de principios del xiv. El epítome Campilien-
se, del xni según toda la probabilidad, comienza: Inci-
pit Auicebrol qui alio nomine dicitur aucior Fontis vita. Re-
sultan pues, contemporáneas, ó casi contemporáneas, las
formas Avicebron, Auicebrol, Auencebron, Auicembron, y
después de ellas, la más corrupta de Auicerbron (en la edi-
ción piaña de la Summa Theologica de Santo Tomás de
1 5 7 ° ) , acabando por prevalecer la de Auicebron en la edi-
ción leonina de la misma Summa, y en las demás obras
del mismo autor.
Lo que más llama la atención en estas variantes es que,
refiriéndose todas directamente á un mismo original, escri-
to bajo la vigilancia de persona tan perita como Juan His-
pano, se falte en todas ellas á las reglas más elementales
de la Lexicografía y de la Ortografía arábigas. Es evidente
que el Auen, el Ave y el Aui, quieren ser la transcripción
del Ebn ó Aben árabe (hijo); pero en el primero se cambia
una de las radicales, en el segundo se suprime otra y en el
tercero se incurre en los dos defectos; en la segunda parte
de la palabra todos caen en el mismo de comenzar una sí.
74 LA F U E N T E D E LA VIDA

laba bron ó brol por consonante socunada, y convienen, ex-


cepto uno, en la final, probablemente la que no es.
El cambio de la b en v lia sido constante en castellano;
todavía en el siglo pasado se escribía Cordova de Corduba,
y ha prevalecido Avila de Abula; de tal manera se creían
una misma letra, que todavía se distinguen con los nom-
bres de b corta y de b larga. La verdadera v, en el uso co-
mún de la mayor parte de los dialectos castellanos, es, á lo
que yo he podido observar, una b algo elidida, en que los
labios no se cierran por completo. Una elisión mayor expli
caria el cambio de la v en a; en el siglo pasado, al mismo
tiempo que Cordova se escribía Cordita, todavía se conocen
estas dos letras con los nombres de u vocal y ti consonante,
y en el Diccionario Latino Español de Balbuena se las desti-
na un mismo lugar, como si fueran una sola. Su uso, sin
embargo, no es arbitrario; nunca se escribe v cuando la si-
gue consonante ni cuando la sigue vocal, si no la precede
otra con la cual pueda formar diptongo, así ningún espa-
ñol ha dicho Auila, como ha dicho Cordua. Esto mismo
hemos podido comprobaren el códice colombino en lo poco
que nos hemos detenido á hacerlo, el Avi que en él se en-
cuentra, ha podido ser Ahí; ¡.ero no Aui ni Auen. ¡Por qué
se ha perdido la última radical del Aben? Confieso que lo
ignoro; pero es un hecho común en los nombres de los filó-
sofos árabes, como de Alien Cebirol se ha hecho Avicebrol
ó Avicebron; de Aben Sina se ha hecho Avicena, y de
Aben-Rosh, Averroes; siendo lo más extraño que, cuando
como en el primero de estos nombres, se han presentado las
dos formas, la pura ha desaparecido pronto y la alterada
ha acabado por prevalecer.
Muy frecuente es en latín el cambio de la c en g, y vice
versa, como Gayo por Cayo, cartacinensis por cartaginensis;
pero más debió serlo en los dialectos muzarábicos, especial-
mente en los del Mediodía donde no se pronuncíala g fuer
te, substituyándola con una aspiración semejante al ja árabe,
por lo que, al paso que Quevedo acusaba á los andaluces de
pronunciar haca por jaca, ha quedado como marca dialec-
tal la del vulgar refrancillo: «el que no diga jacha, jigo, jor-
no y jiguera, no es de mi tierra»; lo mismo ha sucedido con
la ü y con la j andaluza, así mientras los que no tienen acos
tumbrado el oído, creen que los andaluces hacen zetas las
INB-GEBIROL 75

el primero, de lo que debe preceder (i) á la asigna-


eses, lo que realmente las hacen es una aspiración media
entre la hache y la jota, pronunciando, no síllaz, sino un so-
nido medio entre k y j : sillah y sillaj; y lo mismo sucede
con la c en su sonido dulce: Celestina, casi Gelestina. El
nombre Gebirol ha podido escribirse Cebirol, pronuncián-
dose, próximamente, lo mismo; nos inclinamos, sin embar-
go, á creer que esta última debió de ser su verdadera orto-
grafía, pues es la única que en todas las variantes aparece.
"Verdad es que lo mismo acontece con la sílaba bron ó brol;
pero esto acaso pueda explicarse de algún modo. Sabido es
que los árabes no acostumbraban á poner mociones en sus
escritos, salvo en algunos nombres propios en que pudiera
haber alguna confusión, y en las sílabas que lo necesitaban.
¿No habrá podido ocurrir algo de esto con el nombre de
nuestro filósofo? Lo pusieron en las primeras, porque en la
última no hacía falta, y los traductores lo transcribieron
como estaba. Para lo que nada se me ocurre, es para el cam
bio de la / en n , ó viceversa, ambas formas existen en el si-
glo X I I I , y si Guillermo Aluernense encontróla primera en
un códice parisiense anterior á este siglo, esta es, hasta el
presente, la más antigua. El verdadero nombre de nuestro
filósofo sería, pues, el de Aben Cebirol ó Aben Gebirol.
Los escritos hebreos nos dan el segundo, pero nada impi-
de su transformación en el primero.
(i) Ptoponise encuentra en los dos códices parisienses
y el Amploniano, imponi en el Colombino; Baeumker corri-
ge prceponi, tomándolo del pequeño índice de materias que
sirven de epígrafe al «Tratado primero». Como estos epí-
grafes están omitidos en tres de los códices, el Colombino,
el Mazarino y el Amploniano, su autenticidad me parece
muy dudosa, y á no mediar más que esta consideración, acá
so nos hubiéramos decidido por el imponi, tomado, no en
su significación clásica, sino en la vulgar, que todavía con-
serva entre nosotros de hacerse cargo, enterarse de; como en
las frases: (te has impuesto bien? ya estoy bien impuesto de
todo; pero creemos muy acertada la corrección de Baeum-
ker, como la más cercana á antjponi, que es la que usó el
autor de La Fuente de la Vida al mismo propósito, como se
ve en la nota primera á este tratado.
76 LA P U E N T E D E L A VIDA

ción de la materia universal y de la forma univer-


sal (i), y á la asignación de la materia y de la for-
ma en las substancias compuestas; el segundo, de la
substancia que sostiene la corporeidad del mundo; el
tercero, de la aseveración de las (2) substancias sim-
ples; el cuarto, de la ciencia para entender la materia
v la forma en las substancias simples, y el quinto, de
la materia universal y de la forma universal (3).

(1) Aunque los dos códices más antiguos, el Colombi-


no y el parisiense de la Biblioteca Nacional, ponen significa-
tionejn por assignationtm, y sólo el Mazarino assignationt,
seguimos también la corrección de Baeumker, pues que en
el lugar antes citado encontramos ad assignandum. Aunque
la palabra asignación es castellana y de buen abolengo, y
ea todo rigor tiene la significación que aquí le damos y en
ella se emplea alguna vez, como esto no sea frecuente cuan-
do se trata de la declaración científica de lo que pertenece
á cada realidad, intentamos traducirla por la de determina-
ción ó pertinente á; pero como ninguno de estos modismos
expresa el verdadero sentido de dar lo que se merece, hemos
decidido conservarla.
(2) Lo mismo, aunque en menor grado, ocurre con esta
palabra que con la anterior, significando aquí la afirmación
que se hace con la seguridad producida por pruebas.
(3) Es para mí, de toda evidencia, que esta especie de
prólogo no es del autor de La Fuente de la Vida; me la
producen, además de las variantes notadas, el que lo subs-
tancial, en que todos los códices convienen, está tomado,
casi al pie de la letra, de la división que hace Aven Cebi-
rol de su libro, en el debido lugar y con la debida prepa-
ración.
TRATADO PRIMERO

DE LO QUE DEBE PRECEDER Á LA ASIGNACIÓN DE LA


MATERIA Y DE LA FORMA UNIVERSAL, V A LA ASIG
NACIÓN DE LA MATERIA Y DE LA FORMA EN LAS
SUBSTANCIAS COMPUESTAS ( i ) .

MAESTRO (2).—Puesto que con tu talento y tu


aplicación has adelantado tanto, comienza á pre-
guntar acerca de lo que ya de las investigacio-
nes (3) tengas visto; pero llega hasta la última pre-

(1) Falta este epígrafe y los siguientes, en tres de los


cuatro códices: el Colombino, el Mazarino y el Amplonia
no; con esta advertencia lo conservamos por lo que faci-
lita la lectura.
(2) Tampoco en el códice Colombino se colocan respec-
tivamente las palabras Maestro y Discípulo cada vez que
cada uno de los interlocutores toma parte activa en el diá-
logo; pero las hemos conservado por la misma razón que
los epígrafes de los Tratados.
(3) La palabra inquisitio no tiene aquí el significado ge
neral de investigación, por la que ls hemos traducido, sino
el de una ciencia especial, sin lo que, ni la frase que anota-
mos, ni otras como estas—quos curral inter nos de inquisi-
tionibus (pág. 2) sed quia invento anima mea multas inqui-
sillones(pág. 3) —, tendrían sentido; acaso es la misma que
la ciencia de la prueba scientia probationis; así resulta clara-
mente de estas otras frases: Multum satisfecisii mihi per
hanc dictionem y animasii me ad scientiam probationis sed
amodo uolo interrogare te de inquisitionibus (pág. 3); ciencia
que no debe confundirse con el ars probationis ó la Dialéc-
78 LA F U E N T E D E L A VIDA

gunta que inquiere para lo que el hombre ha sido-


hecho, y en cuanto al modo de nuestro coloquio,
sea por preguntas y respuestas, segtín la regla de la
demostración.
DISCÍPULO.—¿Cómo hemos de ordenar la posición
de preguntas y respuestas según reglas demostra-
bles, sin gran demora y mucha premeditación? Si
quisiéramos observar esas reglas en toda proposi-
ción que se nos presentara, se alargaría el trabajo
y aumentaría la fatiga.
M.—Tienes razón. Propongamos, pues, argumen-
taciones y proposiciones á granel de lo que de las
inquisiciones se nos ocurra, hasta que comencemos

tica, et secu?idum diligentiam obseruando regulas probatione,


idest regulas dialéctica (ídem id.). La ciencia, pues,
aríis...
de que aquí se trata, pertenece á lo que antes se llamaba
Sapientia ó Philosophia prima, de la que es la primera parte
(pars prima), pues que ésta, según nuestro autor, constaba
de tres: Partís scientia: omnis tres sunt, scilicet scieniia de ma-
teria et forma, et sciencia de ucluniate, et scientia de essentia
prima (ídem id. 9) teniendo por consiguiente, por objeto, el
conocimiento de la Materia y de la Forma. Observando que
en otras partes del libro se exige, para penetrar en el estu-
dio de las Investigaciones, el conocimiento del Arte Dialéc-
tico y el de la ciencia del Alma; podremos reconstruir la
Enciclopedia Filosófica de Aben Gebirol, en esta forma:
Lógica Arte dialéctico.
Física Psicología.
¡ Ciencia de la Materia y de
\ la Forma.
Metafísica / Ciencia de la Voluntad.
I Ciencia de la Esencia Pri-
f mera.
INB GEBIROL 79

á ordenarlas con las siguientes, según las reglas de


la Lógica, después de la invención de sus términos
y la comprensión de todo lo que les compete, ya
en sí mismos, ya en su disposición; mas si por acá.
so aconteciese que ordenemos alguna cuestión se-
gún regla de figura dialéctica, hagámoslo sin consi-
deración á la ordenación de los términos en las pro-
posiciones, porque esto nos descaminaría desde el
principio.
D.—Ya ha mucho tiempo que conoces mi estu-
dio del arte de la prueba y mi deseo respecto de él;
pero aunque tengo hechas muchas investigaciones,
me temo que me falte la demostración para com-
prender la verdad de todas.
M.—Cuida no sea alguna de las en que te haya
de faltar, aunque concedas toda su jurisdicción al
Arte de la Lógica, y no juzgues ligeramente de las
cosas.
D.—Demuéstramelo para que me afirme bien en
ello.
M.—Preciso es que dividas las cosas en dos cla-
ses, pues de las unas es posible que conozca el
hombre, á saber, las que caen bajo su inteligencia,
de otras no le es posible, porque la exceden; de las
que le es posible conocer, unas conoce necesaria-
mente ó son per se nota, otras no; para conocer las
que son per se nota, no se necesita de prueba; pero
al conocimiento de las que no fueren per se nota, se
llega mediante pruebas y según el cuidado que se
tenga en observar sus reglas, esto es, las reglas del
8o LA F U E N T E D E LA V I D A

arte dialéctico, se obtiene la certeza de la investi-


gación.
D.—Mucho me has satisfecho con tu respuesta y
animado para la ciencia de la prueba, por lo que
desde ahora quiero preguntarte de lo que parezca
más necesario de las inquisiciones, con la confianza
•que para hacerlo me ha dado tu bondad.
M.—Pregunta de lo que quieras, que estoy dis-
puesto á complacerte.
D.—¿Qué es, pues, lo que el hombre debe buscar ett
ésta vida?
M.—Puesto que la parte inteligente del hombre
es de todas las suyas la mejor, lo que más le im-
porta buscar es la ciencia; lo que de la ciencia es
más necesario saber, es que se sepa á sí mismo, para
que por esto sepa en verdad las otras cosas que
están fuera de él, porque su esencia es comprender-
lo y penetrarlo todo, y todas las cosas están sujetas
á su potestad; con esto debe buscar también la cien-
cia de la causa final para la que ha sido creado,
para que se aplique mucho á ella, pues que por esto
se consigue la felicidad.
D.—¿Tiene el hombre causa final? ¿Por qué?
M.—¿Cómo no, cuando todas las cosas están su-
jetas á la voluntad del solo grande?
D.—Aclárame esto.
M.—Porque la voluntad es la virtud divina que
todo lo inventa y todo lo mueve; luego es imposi-
ble que sin ella se haga nada.
D.—¿Cómo es eso?
INB-GEBIROL 8l

M.—Pues porque el movimiento, por el que to-


das las cosas están engendradas, está sujeto á la
voluntad; preciso es, por tanto, que el movimiento
de aquéllas dependa del movimiento de ésta, y su
reposo, de su reposo.
D.—¿Qué se sigue de aquí?
M.—Se sigue que la quietud y el movimiento en
la generación del hombre y de los demás, tenga por
causa la voluntad que obliga.
D.—¿Cuál es, pues, la causa final de la genera-
ción del hombre?
M.—La aproximación de su alma al mundo más
elevado, para que cada cual le haga semejante el
suyo.
D.—¿De qué modo llegamos á esto?
M.—Por la ciencia y por la obra, porque por la
ciencia y por la obra se une el alma á la vida más
elevada (i), pues que la ciencia conduce á la obra
y la obra separa del alma los enemigos que la da-
ñan y la repone en su naturaleza y en su substancia;
y en general, la ciencia y la obra emancipan al
alma de la cautividad de la naturaleza y la libertan

(i) La palabra sceculum, que hemos traducido por mun-


do y por vida, antes de significar un espacio de tiempo,
significaba generación, siendo equivalente á las de gemís ó
sobóles; así encontramos en Lucrecio seda mortalia, seda
animatum, muliebre seculum; pero ya Tácito la emplea en
el sentido de la vida.ó las costumbres, seculum sic est, y Pru-
dencio en el de la vida mundana, vita seculi, en lo que lo
siguieron los autores cristianos.
6
82 LA F U E N T E D E LA VIDA

dé sus tinieblas y obscuridad, y de este modo el


alma recobra su vida más elevada.
D.—¿Cuál es la prueba de que la causa de la ge-
neración del hombre es la ciencia y la obra?
M.—Esa prueba se toma de su definición.
D.—Explícamelo.
M.—¿Concedes que cualquiera es perfecto en po-
tencia y que su perfección es hacer efectivo lo po-
sible? Preciso es, pues, que la causa de su ser sea el
hacerse efectivo.
D.—No digo otra cosa.
M.—¿Concedes que la perfección del alma es
su ciencia, su imperfección su ignorancia y que des-
de su nacimiento en este mundo pasa de la igno-
rancia á la ciencia, y así de este modo pasa de po-
tencia á acto?
D.—No digo otra cosa.
M.—Puesto que la perfección del alma es salir de
potencia á acto y que cualquiera que es perfecto en
potencia y le es posible llegar á efectuarse, es preci-
so que tenga por causa de su ser el hacer efectiva
su perfección, ¿qué se sigue de aquí"?
D.—Se sigue que la causa de la generación del
hombre es hacer pasar la ciencia del alma de po-
tencial á efectiva.
M.—Luego es ya manifiesto para ti que la cien-
cia es la causa de la generación del hombre.
D.—De esta manera ya me es manifiesto; pero
explícamelo todavía de otro modo y fija la regla
general de ello.
lNB-GEBJROt 83

M.—Considera la esencia del alma y la forma por


la que se distingue de los demás, y atiende igual-
mente á la conversión de los elementos en las ge-
neraciones, y á la conversión de unas generaciones
en otras, y en la composición de los instrumentos
del alma inteligente, esto es, de los sentidos, y en
cada uno de ellos á las fuerzas del alma ocultas y
manifiestas, y sacas de allí las pruebas para ello.
D.—Llano es para mí, por estas consideraciones,
que la ciencia es la causa de la generación del hom-
bre, y veo que debíamos investigar la perpetuidad
del alma en si y lo que en ella obra la ciencia que
aprende; qué ciencias permanecen en ella después
de la separación de su cuerpo, y cuáles no; pero es-
tas investigaciones no son del lugar en que esta-
mos, ya las conocí cuando me preparaba para la
ciencia del alma; ahora lo que debo preguntarte es,
¿cuál es la ciencia para la que el hombre ha sido
creado?
M.—La ciencia para la que el hombre ha sido
creado, es la ciencia de todas las cosas según lo
que son, y principalmente la ciencia de la esencia
primera que lo sostiene y que lo mueve.
D.—¿Hay algún camino para llegar á la ciencia
primera?
M.—Conocer esto no es imposible ni posible en
todas sus partes.
D.—¿Qué es, pues, lo posible, y qué lo impo-
sible?
M.—Imposible es conocer la ciencia de la esen-
84 LA FUENTES D E LA VIDA

cia primera sin las hecni&as que por ella han sido
engendradas; posible es conocerla, pero no sin las
obras por ella producidas.
D.—¿Por qué es imposible la ciencia de la esencia?
M.—Porque está sobre todo y es infinita.
D.—¿Cómo, pues, conoce el alma la inteligencia
que está sobre ella?
M.—Porque la inteligencia es semejante al alma
y se tocan, por eso puede conocerla; pero la esen-
cia primera no es semejante á la inteligencia, ni
tiene con ella conveniencia alguna, pues no está
unida á ninguno de los compuestos ni de los sim-
ples, y la relación de los simples á ella en la impo-
sibilidad de conocer, es como la relación del com-
puesto al simple respecto á la imposibilidad de co-
nocerlo.
D.—¿Por qué la ciencia de la esencia es imposi-
ble por ser infinita?
M.—Porque la ciencia del que sabe es compren-
sión de la cosa sabida, y por eso es imposible com-
prender en la ciencia lo infinito.
D.—¿Cómo podemos encontrar camino para sa-
ber si la ciencia es?
M.—Consideremos primero la esencia del ser
universal y las modificaciones que puede sufrir, y
luego el movimiento y la voluntad que retiene y
sostiene la esencia de todos.
D.—La esencia del ser universal, ¿es una ó múl-
tiple?
M.—Múltiple ciertamente; pero dado que sea
INB-GEBIROL 85

múltiple y diversa, conviene sin embargo en dos


cosas en que se sostiene y de que tiene el ser.
D.—¿Cuáles son esas dos?
M.—La materia universal y la forma universal.
D.—¿Cómo en esas dos conviene todo lo que es?
M.—Porque esas dos son la raíz de todo, y de
ellas se ha engendrado lo que es.
D.—¿Cómo estas dos son la raíz de todos los que
son?
„M.—Porque por naturaleza preceden á todos y
en ellas todas las cosas se resuelven.
D.— ¿Cómo se resuelven en ellas todas las cosas?
M.—Porque la materia primera universal es la
más simple y el fin último de toda materia, y del
mismo modo la forma universal es la más simple de
todas las formas y la que une á todas las formas.
D.—La reunión de todas en ella, ¿es en efectivi-
dad ó en concepto?
M.— No es en la efectividad, sino en el con-
cepto.
D.—Necesito saber primero, si todas las cosas di-
ferentes se reducen á una raíz ó á dos que se jun-
ten con ellas, antes de que sepa que una de estas
raíces es la materia y otra la forma.
M.—¿Estás ya seguro de lo que es substancia y
de lo que es accidente?
D.—Sí.
M.—Si todas las substancias convienen en que
son substancias, preciso es que haya esta substan-
cia universal común á todas, que una las unas con
86 LA F U E N T E D E LA VIDA

las otras y dé á todas igualmente el concepto subs-


cial.
D.—¿Cómo puede decirse eso sabiendo que cada
una de las substancias es otra de la otra?
M.—Cada una de las substancias en esencia no
es otra de la otra.
D.—¿Cuál es la prueba de eso?
M.—Si se diferenciaran las substancias en ser
substancias, una de ellas no sería substancia.
D.—¿Por qué no?
M.—La substancia está adherida á la esencia; la
substancialidad, pues, en sí no es variable, luego
no es posible que la esencia se diversifique en lo
que no es diversa.
D.—Así es.
M.—Luego no es imposible reducir todas las co-
sas diversas á dos raíces en que se junten.
D.—Eso es así; pero ¿por qué no decir que es
una la raíz de todas las cosas diversas?
S M . — S i fuera una la raíz de todas siendo ellas di-
versas, preciso es que aquello en que convengan sea
diverso, y aunque una fuera la raíz de todo, preciso
sería, sin embargo, tornarlo á dos en su propia
raíz.
D.—¿Cómo es eso?
M.—Porque cualquiera de las cosas engendradas
por ella es nombrada por propiedades diversas de
ella, luego ella misma debe ser nombrada por pro-
piedades que ella no es.
D.—Manifiesto es para mí que es preciso redu-
INB-GEBIROL 87

cirio todo á dos raíces; ¿pero cómo se demuestra


que una es la materia universal y otra la forma uni-
versal, como dijiste?
M.—Habiéndome concedido que son dos las
raices á que todas las cosas se reducen, preciso es
que en seguida me concedas que la una sustenta y
la otra es sustentada.
D.—Me basta con eso; mas puesto que son dos
las raíces de los que son, preciso es que tratemos
d e investigarlo.
M.—Útil y necesario es para la cien«ia de la vo-
luntad y para la ciencia de la esencia primera.
D.—¿Hay, por ventura, otra ciencia además de
la ciencia de la materia y de la forma y de la cien-
cia de la esencia primera?
M.— Tres son las partes de toda la ciencia, á saber:
la ciencia de la materia y de la forma, la ciencia de
la voluntad y la ciencia de la esencia primera.
D.—¿Por qué son tres las partes de la ciencia de
todo?
M.—Porque en el ser no hay más que estas tres
cosas, á saber: materia y forma, esencia y voluntad
que media entre estos extremos.
• D.—¿Cuál es la causa de que en el ser no haya
más que estas tres?
M.—La razón de esto es que todo lo creado ne-
cesita una causa y algún medio entre ellos; la cau-
sa es, pues, la esencia primera; lo creado la materia
y la forma, y el intermedio la voluntad.
D.—Ponme un ejemplo del enlace de ellos entre
88 LA F U E N T E D E LA VIDA

sí, esto es, de unos con otros, y de la ordenación de


estos otros con aquéllos.
M.—Ejemplo de materia y forma es el cuerpo
humano y su forma, entiende por forma la ordena-
ción de sus miembros; ejemplo de la voluntad es
el alma, y de la esencia primera la inteligencia.
D.—¿Cuál de estas ciencias precede á las otras?
M.—En la enseñanza la ciencia de la materia -y
de la forma es antes que la de la voluntad, y ésta
antes que la ciencia de la esencia primera; pero, en
realidad, es todo lo contrario.
D.—¿Te parece que después de éstas no quede,
ciencia alguna que debamos estudiar?
M.—No, porque estas ciencias son los fundamen-
tos y las raíces de la sabiduría, pero sus ramas son
muchas.
D.—¿De éstas es alguna rama de la otra?
M.—La materia y la forma son ramas de la vo-
luntad; es imposible decir más que esto, hasta que
sepas la ciencia de la materia y de la forma, y la de
la voluntad. Ahora debemos estudiar primero la
ciencia de la materia y de la forma, porque esta
primera parte de la sabiduría es anterior en orden
á las otras dos.
D.—Hazme adquirir la evidencia de la ciencia
de la materia y de la forma.
M.—Lo más digno y útil para comenzar esta es-
peculación después de bien sabida la ciencia de la
prueba, es contemplar la esencia de la substancia del
alma, sus fuerzas y sus accidentes, y lo que le corres-
INB-GEBIROL 8 9

ponde y se le allega, porque esta misma alma suje-


ta está á la ciencia y ella misma es entendedora de
todas las cosas, con sus fuerzas que todo lo pene-
tran-, mira si tú has examinado esto, y si no, este
sea el principio de tu especulación.
D.—Juro que ha mucho tiempo me apliqué á la
ciencia del alma y sus sutiles investigaciones, y des-
de entonces adquirí la ciencia, por la que conocí
su nobleza, perpetuidad y sutileza para compren-
derlo todo; tanto que, viendo su substancia que>
todo lo contiene, me admiro de que esto pueda ser
de alguna manera.
M.—Mira si tu esencia contiene todas las cosas
que sabes, de las que .son, y si las que sabes están
fijas en tu esencia de algún modo.
D.—¿Acaso no lo sé, viéndome rodeador de toda
la vida y comprensor de ella, más pronto que la
vista y que esto no pudiera hacerlo, si la esencia
del alma no fuera sutil y fuerte, penetradora de to-
das las cosas y perceptora de todo?
M.—Si has conocido bien la verdad de la esen-
cia del alma y te has representado su comprensión
de todas las cosas, comienza á dividir las que son
y resuelve las compuestas en sus simples, que son
la materia y la forma.
D.—Ya conocí del alma lo que me fué posible,
aunque no haya llegado al extremo de lo que de
ella debí saber; comencemos, pues, á investigar
ahora acerca de la materia y de la forma universal;
pero quiero que comiences por enumerar los capí-
90 LA FUENTE DE LA VIDA

tulos de lo que debemos observar en ellos de la in-


vestigación á que nos encaminamos, y que dividas
el tratado de esta investigación con división racio-
nal, para que lo tenga todo á mano.
M.—Puesto que nuestro propósito ha sido espe-
cular acerca de la materia y de la forma universa-
les, hemos de decir que lo compuesto de materia y
forma se divide en dos; uno de ios cuales es la subs-
tancia compuesta corpórea, y el otro la substancia
simple espiritual, y que la substancia corpórea se
divide en otros dos, porque una de ellas es la ma-
teria corpórea sustinente de la forma de las cuali-
dades, y la otra la materia espiritual, que sostiene
la forma corporal, por lo que se ofrecen aquí ne-
cesariamente á nuestra consideración dos tratados:
el primero, de lo que debe anteceder á la asignación
de la materia universal y de la forma universal, y
al examen de la ciencia de la materia y de la forma
en las cosas sensibles, y el segundo, para hablar de
la materia espiritual que sostiene la forma corpo-
ral, y puesto que la materia espiritual necesita de
pruebas por las cuales se le asigne el ser, y de de-
mostraciones con que se certifique, porque es nece-
saria la ciencia de lo que aún no es conocido por sí
mismo, por eso es necesario aquí un tercer tratado
que se ocupe de la demostración de las substancias
simples, y también lo es que haya un cuarto en que
se hable de la inquisición de la ciencia de la mate-
ria y de la forma en las substancias simples, y cuan-
do hayamos completado la consideración en estos
INB -GEBIROL 91

cuatro tratados, será preciso que estudiemos la ma-


teria y la forma en sí, siendo, pues, este quinto tra-
tado el propio para la consideración de este pro-
pósito, por lo que todo lo que debemos considerar
de la materia y de la forma se encontrará en los
cinco tratados que hemos distinguido, y es todo lo
que en este libro se contiene.
D.—Ya que tan bien has dividido el tratado de
la especulación de la materia y de la forma, aco-
metamos, pues, la especulación de lo que en ellos
nos proponíamos averiguar.
M.—El ser de la materia y el de la forma uni-
versal no se conocen de un solo modo.
D.—Manifiéstame estos modos.
M.—Dos son los modos con que de primera in-
tención pueden conocerse el ser de la materia uni-
versal y el de la forma universal; uno universal y
común, otro especial y propio.
D.—¿Cómo pueden conocerse el ser de la mate-
ria y el de la forma, según el modo universal?
M.—Todas las cosas que por indicios queremos
conocer, se buscan por las propiedades inseparables
de ellas, y cuando estas propiedades nos son cono-
cidas, nos sabemos del ser de quien son esas pro-
piedades.
D.—Ponme un ejemplo de lo que dices.
M.—Si es una la materia universal de todas las
cosas, estas propiedades le son inherentes, á saber:
ser existetite por si, de una esencia, lo que sostiene la
diversidad, lo que da á todos esencia y nombre.
92 LA F U E N T E D E LA VIDA

D.—¿Cuál es la prueba de que esas propiedades


son inherentes á la esencia universal y conformes
con ella?
M.—Necesario es que la materia universal deba
tener estas propiedades si tiene ser.
D.—¿Cómo es eso?
M.—La materia debe tener ser, porque lo que no
es materia no puede tenerlo; pero se dice subsisten-
te por sí, esto es, que su razón no se pierde en lo
infinito, como si la materia no existiera en sí; de
una sola esencia, porque no procuramos (i) más que
una materia de todas las cosas; sustinente de la di-
versidad, porque la diversidad procede de las for-
mas, y las formas no son existentes por sí; dando á
todos esencia y nombre, porque siendo sostenedora
de todas las cosas, es preciso que esté en todas, y
existiendo en todas, preciso es que dé á todas su
esencia y su nombre.
D.—Ya es patente que la materia debe tener esas
propiedades.
M.—Busca, pues, en todas las cosas esas propie-
dades, y si en todas las encuentras, ya has llegado
á la esencia primera.
D.—¿Cómo lo he de buscar?
M.—Con el análisis de lo inteligible, abstrayendo

(i) Es aquí la traducción exacta del verbo latino guaro,


aunque parezca algo inusitada á los literatos que quieren
convertir la rica lengua castellana en el pobre dialecto ma-
drileño.
INB-GF.BIROL 93

de cada forma lo quedes por otra, y caminando de


lo manifiesto á lo oculto, hasta que llegues á la for-
ma más allá de la cual no hay otra forma, y esta es
la forma que precede á todas sus formas, lo que las
sostiene.
D.—Ponme un ejemplo.
M.—Ejemplo de esto es el cielo, la que primero
nos sale al encuentro es el color, luego la figura,
después la corporeidad, luego la substancialidad y
después las demás, esto es, las inteligencias espiri-
tuales, de donde llegarás al concepto de las cosas
creadas, uno existente por sí, sustinente de todas
estas formas y la encontrarás la descrita en las an-
tedichas propiedades, y encontrarás que ella es el
fin oculto, más allá del cual no hay más que un
solo fin, esto es, el hacedor cuyo nombre es excelso.
D.—Ya resolví las formas de lo que es unas en
otras, y procedí de lo manifiesto á lo oculto, por
donde llegué al fin oculto, más allá del cual no hay
otro fin, como dijiste.
M.—Ahora es preciso volver del fin oculto al
manifiesto, y desde éste á otros más manifiestos,
por donde llegues al punto de donde partiste y en-
cuentres las propiedades del mismo fin oculto,
acompañándote y yendo contigo desde lo oculto á
lo manifiesto.
D.—Ya he buscado las propiedades en los que
son, y encontré las infusas y las que atraviesan
desde lo sumo hasta lo ínfimo, por donde llegué al
individuo que no se divide y no vi por ello mecesa-
94 LA FUENTE DE LA VIDA

rio que hubiera aqui una materia universal sostene-


dora de todo, que fuese una cosa distinta de ellas.
M.'—Por ventura no me concediste ser propiedad
de la materia, dar á todos su substancia y su nom-
bre, y según esto, ¿de dónde tendrán esas propieda-
des las cosas que son, si no estuviera allí la mate-
ria universal que se las dé?
D.—Es lo que dices; ¿pero cómo esta materia ha
de ser distinta de las cosas que son?
M.—No es posible que la esencia de la materia
sea distinta de la esencia de las cosas que son; pero
las cosas que son se hacen distintas de la materia
por las formas que se le allegan, esto es, por las dife-
rencias que la dividen, de donde la diversidad que
hay entre las cosas que son, no se hace manifiesta
sino por formas manifiestas, y del mismo modo la
diversidad oculta que hay entre ellas, no proviene
sino de formas ocultas; luego la diversidad no pro-
cede sino de las formas de las cosas que son; pero
la esencia oculta que recibe esas formas es la- ma-
teria primera, universal, una y sin diferencias.
D.—Ponme un ejemplo de eso.
M.—Fíjate en anillas de zarcillos (i) y en co-
llares que sean de oro y ponlos en lugar de las
cosas que son, y si los encontrares diversos en la

(i) ... in áureas armillas, pone Baeumker y aures los


cuatro códices; nosotros creemos que la verdadera palabra
es inaurium, y la traducción de la frase la que va en el
texto, y no anillas doradas.
INB-GEBIROL 95

forma y que es una misma la materia que los sos-


tiene, no siendo la esencia de la materia de los unos
distinta de la esencia de la materia de los otros, sa-
brás por esto que las cosas que son, son diversas
por las formas, pero que es una la materia que las
sostiene, y que la esencia de ésta no es distinta de
la esencia de aquéllas.
D.—Bien me has hecho encontrar la materia uni-
versal, pues que encontré sus propiedades en las
cosas que son; hazme encontrar también la forma
universal del mismo modo.
M.—Atiende igualmente á las propiedades de
la forma universal, que son: subsistir en otro, per~
feccionar su esencia en lo que es y darle el ser, y
si encontrares estas propiedades en las formas
de las cosas que son, ya has llegado á la forma
universal.
D.—¿Por qué razón induces que estas propieda-
des son inherentes á la forma universal?
M.—Necesario es á la forma el ser sostenida, por-
que si no fuera sostenida sostendría y entonces no
sería forma, sino materia, y tendría el concepto de
tal. Perfeccionar la esencia en que es y darle el ser,
conviene á la forma, porque lo que la cosa es como
tal, no lo es sino por la forma.
D.—¿Pues no dijimos antes que la materia tam-
bién tiene ser?
M.—No decimos que la materia tenga ser, sino
cuando le conferimos forma espiritual; en sí no tie-
ne el ser que tiene cuando se le junta la forma, que
96 LA FUENTE DE LA VIDA

eá*el ser efectivo; por lo demás (i), cuando decimos


que es la materia, el ser que tiene no es más que
en potencia.
D.—Ya busqué esas propiedades y las vi, acom-
pañando á todas las formas de las cosas que son;
pero ¿por dónde diré que aquí está la forma u n i -
versal de la cual es el ser y la perfección de todas
las formas?
M.—Abstente ahora de esa cuestión, que su solu-
ción vendrá después.
D.—Manifiéstame, pues, ahora el ser de la mate-
ria universal y el de la forma universal, según el se-
gundo modo propio que me anunciaste, pues ya me
es patente según el modo común,
M.—Observa en las cosas sensibles naturales,
universales y particulares, y no encontrarás en
ellas otra cosa.
D.—¿Cuál es el ejemplo de esto en las particu-
lares?
M.—Los animales, los vegetales y cada una de
las cosas inanimadas constan de materia y forma.
D.—Así es.
M.—Repara también en las artificiales, como la
estatua ó el lecho.
D.—También las miré y también las encontré.
M.—Así es también en las universales naturales,
que son los cuatro elementos.
D.—¿Cómo es eso?

(i) Baeumker, alioqum; el códice colombino, aliquando.


INB-GEBIBOL 97

M.—¿Pues no ves que la forma una de cada ele-


mento no es la otra, y que por eso es preciso que
haya una forma común á ellas?
D.—¿Cuál es la necesidad que me compela á de-
cir que además de aquellas formas sensibles hay
otra que les es común?
M.—Preciso es decirlo, porque estas formas son
accidentales no existentes por sí; luego tienen tal
relación á la sustinente por sí, como las que tienen
las formas particulares á las que se sostienen por sí.
D.—Ya conocí los sujetos de las cosas particula-
res, como los humores en los animales y los elemen-
tos en los vegetales y en las piedras, y por qué se
resuelven en ellos; mas, sin embargo, no he visto el
sujeto de las formas universales; ¿cómo, pues, me
conviene conceder aquí el ser del sujeto, como con-
cedí allí el ser de las cosas sujetas?
M.—¿Viste los mismos cuatro elementos en los
animales, en los vegetales y en las piedras?
D.—-No; pero vi los animales y entonces lo resol-
ví en ellos.
M.—-Así verás también que estas formas univer-
sales se resuelven en su sujeto, y. que será necesario
el juicio de ser uno el sujeto de ellas.
D.—Ya lo he entendido; pero añade todavía al-
guna explanación.
M.—Testimonio de ello es la contrariedad de
cualidades.
D.— ¿Cómo es eso?
M.—Porque las cualidades repugnan la mezcla y
7
9 8 LA FUENTE DE LA VIDA

la aproximación; luego será preciso que haya algo


distinto de ellas que las junte y las retenga. No en-
tiendo aquí conjunción de acciones ni retención
de obras, sino conjunción y retención en lugar,
porque la acción conviene al actor en el sujeto, no
al sujeto.
D.—Ya he entendido eso; pero añade todavía
más explanación.
M.—¿Concedes que la generación no se hace
sino por contrarios?
D.—No digo otra cosa.
M.—Sabes que si no hubiera aquí una cosa suje-
to de los contrarios, resultarla que hay substancia
de no-substancia, y que lo que no es substancia se-
ría anterior á la substancia.
D.—¿Cómo es eso?
M.—Alguno de los elementos que es substancia,
se hace de otro de los elementos; igualmente los
animales, los vegetales y las piedras, son substan-
cias y se hacen de los elementos, y si no hubiera
aquí sujeto en que se haga la generación y cosa de
la que la generación se ha hecho, anterior á lo que
se engendrara de ella, de aquí necesariamente se
seguiría lo que dije antes.
D.—Ya lo entendí; pero explánalo más.
M.—Los elementos también son diversos como
tales, y son semejantes en cuanto cuerpos; luego el
cuerpo debe ser el sujeto de ellos.
D,—No debe ser de otro modo; si estos elemen-
tos son semejantes en la corporeidad, como has di-
INB-GEBIROL 99

cho, preciso es que sea el cuerpo el sujeto de las


formas de los elementos; ¿pero qué dices de la na-
turaleza de este cuerpo?
M.—De esto hablaremos después, cuando expli-
quemos este cuerpo y separemos su propiedad, que
es la cantidad, de su sujeto, que es la substancia; en
tonces será llano para ti que la relación del sujeto
al cuerpo que sostiene las propiedades elementales,
es como la de este cuerpo á aquellas formas, y te
se hará patente, por esta consideración, lo que hay
después de la substancia sujeto del cuerpo, de las
demás substancias que son sujeto para sí mismas y
subsisten unas en otras, por donde llegarás al suje-
to primero, que es la materia universal de la que
tratamos, y conocerás las relaciones que hay entre
estos sujetos y predicados, esto es, de la substancia
media entre lo sumo oculto, que es la materia pri-
mera, y lo sumo manifiesto, que son las formas sen-
sibles.
D.—Volvamos á lo que hablábamos del cuerpo
sujeto de las formas de los elementos.
M.—Manifiesto es para ti que los elementos, que
son diversos en las formas, esto es, en cuatro cuali-
dades, convienen en el cuerpo y llano fué para ti
que este cuerpo es uno con cuatro formas.
D.—Es patente para mi.
M.—Serán, pues, estas formas universales en los
elementos, como las formas particulares á lo que se
engendra de ellas.
D.—Preciso es que así sea.
100 LA FUENTE DE LA VIDA

M.—Igualmente el cuerpo que es sujeto de aque-


llas formas universales, será á la manera que los
elementos son sujetos de las formas particulares.
D.—Preciso es que también sea asi.
M.—Toma esto por regla y considera, según ella,
lo demás que se sigue.
D.—Pienso que me lo indicas por el cielo, por-
que conviene con los elementos en la corporeidad,
por lo que debe juzgarse de él del mismo modo.
M.—No debe de ser de otra manera sino así.
D.—Nop ¿cómo puedo decir que en una cosa en
que nunca se separan la materia de la forma, sea
otra la forma de la materia?
M.—Cuando vieres allí forma semejante subsis-
tente en materia, que es otra de la misma forma,
sabrás por eso que allí es la forma otra que la ma-
teria, porque si fueran una, no se podrían distinguir.
Además, fijaremos después la certeza de la separa-
ción de la forma y de la materia, cuando conside-
remos la substancia que sostiene los nueve predi-
cados.
D.—Ya entiendo lo que dices.
M.—Luego la forma que se sostiene en el cuerpo
del cielo, será al modo de las formas universales
subsistentes en los cuerpos elementales, al modo
que estas mismas fueron como las formas particu-
lares subsistentes en los compuestos de los ele-
mentos.
D.—Preciso es que así sea. Pero ¿por qué sepa-
ras el cuerpo del cielo del cuerpo de las cosas na-
INB-GEIIROL IOI

turales, cuando convienen en cantidad y por eso


es preciso que ambos sean un cuerpo?
M.—Ciertamente, es verdad que el cuerpo del
cielo y el de los elementos son un cuerpo, porque
uno y otro convienen en cantidad; pero la diferen-
cia del cielo y de los elementos no viene de esta
parte, sino de que el cuerpo del cielo no recibe
cualidades de los elementos, ni generación ni co-
rrupción, y de que la forma del cielo es diversa de
las formas de los elementos.
D.—¿Cómo es posible que digamos que el cuer-
po del cielo y el de los elementos son un cuerpo,
cuando el cuerpo del cielo no recibe generación ni
corrupción, y el cuerpo de los elementos las recibe?
M.—Como podemos decir que es uno el cuerpo
de los elementos, aunque sean diferentes, así y
por eso.
D.—¿Qué contestarás al que contradiga que el
cielo es cuerpo?
M.—No es posible contradecir que el cielo es
cuerpo, porque las propiedades y las diferencias de
cuerpo, en él están visibles; lo que alguno podrá
contradecir, es que es un cuerpo como éstos, mas
ahora no te conviene disputar sobre ello; dime,
pues, ¿qué fruto has sacado de los antedichos razo-
namientos?
D.—Aprendí cuatro modos de la materia y otros
cuatro de la forma.
M.—¿Qué son?
D.—Materia particular artificial, materia par-
102 LA FUENTE DE LA VIDA

ticular natural, materia universal natural, que reci-


be la generación y materia celeste y, por el contra-
rio, en cada una de estas materias su forma susten-
tada en ella.
M.—Bien lo has entendido; pero entiende toda-
vía que estos cuatro modos de las materias y de las
formas, aunque diversos, convienen en el concepto
de materia y forma.
D.—Así es.
M.'—Y en las cosas sensibles, ¿no hay más que
eso?
D.—No.
M.—Ya llegamos á que en las cosas sensibles na-
turales, universales y particulares, no hay más que
materia y forma.
D.—Así es.
M.—Las partes se juntan y forman un todo; la
materia y la forma son partes, deben, pues, aunarse
y hacerse un todo.
D.—¿Cómo puede ser que siendo diversas se
junten?
.M.—Por ventura los elementos, aunque diversos,
¿no convienen en que son cuerpos? pues igualmen-
te las formas convienen en que son forma del cuerpo,
luego las formas son una en especie, esto es, forma
sensible, y múltiple en los individuos, esto es, en
cada uno de ellos.
D.—Así es.
M.—Luego en las cosas sensibles debe de ha-
ber materia universal, esto es, cuerpo y forma uni-
INE-GEBIROL

versal y todo lo que se sostiene en el cuerpo.


D.—Así es necesario que sea.
M.—Puesto que por esta discusión ya has queda-
do seguro en el primer tratado de que en las cosas
sensibles no hay sino materia, esto es, el cuerpo
universal, y forma, que es todo lo que se sostiene
en este cuerpo, consideremos, pues, en el segundo
tratado, qué es lo que sigue después del cuerpo sen-
sible, esto es, la substancia que sostiene la cantidad,
y es lo primero que hemos de considerar de las
substancias inteligibles.
TRATADO SEGUNDO

DE LA SUBSTANCIA QUE SOSTIENE LA CORPOREIDAD


DEL MUNDO

DISCÍPULO.—Me tienes prometido que en este se-


gundo tratado me hablarías de la materia corporal,
esto es, de la substancia que sigue á lo sensible;,
hazlo y explícalo con toda claridad.
MAESTRO.—La investigación científica para co-
nocer qué es la materia corporal, esto es, la subs-
tancia que sostiene la corporeidad del mundo, se
hace considerando las materias que hemos antici-
pado; puesto que el mundo es esencia corporal,
como cuerpo es esencia figurada y colorida, y en-
teramente compuesto de las formas de que hemos
hablado; preciso es por esto que el cuerpo sea la
materia de las formas que se sostienen en él, á sa-
ber, figura, colores y demás accidentes, y que estas
sean sus formas; preciso es, igualmente, que haya
aquí algo que sea la materia, y algo que sea la for-
ma de la corporeidad; luego la relación de la cor-
poreidad á la materia que la sostiene, será como la
relación de la forma universal que le asignamos, esto
es, figura y color, á la corporeidad que la sostiene;,
debe, pues, haber aquí una materia no sensible que
IOÓ LA F U E N T E D E LA VIDA

sostenga la forma del cuerpo. Te daré una regia ge-


neral para alcanzar la ciencia de la materia y de
la forma: imagina (i), por orden, las cosas que
son; de ellas, unas sostienen y otras están sosteni-
das; toma en ellas como dos términos extremos: el
superior, conteniéndolo todo como la materia uni-
versal, es materia sólo sustinente; el inferior, como
la forma sensible, es forma sólo sostenida; de los
que están en medio, el que fuere más elevado y su-
til, será materia del más inferior y más denso, y
éste será su forma. Según esto, la corporeidad del
mundo, que es materia manifiesta que sostiene las
formas que en ella están sostenidas, debe ser forma
sustentada en la materia oculta de que tratamos, y
esta materia será también forma de lo que la siga,
por donde venimos á la materia primera, que todo
lo contiene.
D.—Explícame lo que sea la materia que sostie,
ne la corporeidad del mundo.
M.—El solo nombre de cuerpo es indicio para
conocer lo que es la materia que sostiene la corpo-
reidad, porque cuando anuncias que algo es cuerpo,
le atribuyes forma y formado, así como cuando
enuncias del cuerpo que es colorido y figurado, le
atribuyes que es declarante y declarado, y cuando
definiendo dices que el cuerpo es largo, ancho y

(i) Los cuatro códices ponen imagina. Baeumker ce rri-


ge imaginare; seguimos á los cuatro códices.
INB-GEBIROL 107

pesado, estableces una cosa que es larga, ancha y


densa.
D.—Veo que el color y la figura se separan del
cuerpo; pero no veo que lo largo y lo ancho se se-
paren de él.
M.—Si entiendes lo del color y de la figura sim-
plemente, esos no se separan nunca del cuerpo; si
de los propios, no tienes por qué contradecirlo.
D.—¿Por qué?
M.—Porque si se le quita el propio, no se le qui-
ta otro (1).
D.—Ya me es patente dé este modo; ¿me lo será
también de otro?
M. —¿No sabes que una y la misma cosa puede
:

ser sustinente y sustentada?


D.—¿Cómo no, si de este modo á cada instante
lo inculcamos?
M.—¿No sabes que lo sustinente y existente por
sí, es sensible como el cuerpo é inteligible, no sen-
sible, como la inteligencia y el alma, que son dos
substancias no sensibles?
D.—Te concederé ahora que hay esa substancia
no sensible, hasta que luego me lo pruebes.
M.—¿En qué convienen y en qué se diferencian?
D.—Convienen en que ambas existen por sí, y
se diferencian en que la una es sensible y la otra no
sensible.

(1) Se significa con esto que el cuerpo puede cambiar


de color; pero no dejar de tener color.
I08 LA FUENTE DE LA VIDA

M.—¿Es sensible el cuerpo?


D.—Sí.
M.—¿El cuerpo existe también por sí?
D.—¿Cómo no?
M.—Luego el cuerpo es forma existente por sí.
D.—Así es.
M.—Luego lo existente por sí es preciso que sea
la materia del cuerpo y el cuerpo su forma.
D.—Eso es.
M.—Luego ya es evidente aquí que hay una cosa
existente por sí y sustinente de la corporeidad, y
que esta cosa es substancia.
D.—Ya es patente.
M.—Pues ya llegaste á la materia quinta (i).
D. —Así es.
M.—Toma igualmente la forma quinta de la cor-
poreidad.
D.—Ya lo he hecho.
M.—Volvamos al principio y decláranos el or-
den de las materias.
D. —¿Por dónde comienzo?
M.—Comienza por la sensible.
D.—Ya he aprendido que la materia partícula?
natural subsiste en la universal natural, ésta en la
materia universal celeste, la materia universal celes-
te en la materia universal corporal, y la materia

(i) Esta es la célebre quinta esencia que de la filosofía


ha pasado al lenguaje familiar, con un sentido un tanto
escéptico: buscar la quinta esencia de las cosas, sutilizar de
masiado.
INB-GEBIROL

universal corporal en la materia universal espiritual.


M.—Lo has entendido bien; ¿pero qué se sigue
de esto?
D.—Se sigue que el cielo, con todo lo que hay
en él, está sostenido en la substancia espiritual, y
que ésta es la sustinente de él.
M.—Declara también el orden de las formas unas
con otras, y comienza como antes comenzaste.
D.—Como dijimos de las materias, así decimos
aquí que las formas partículas naturales subsisten
en la forma universal ?iatural, la forma universal na-
tural en la universal celeste, la forma universal celes-
te en la forma universal co?poral, y ésta en la forma
universal espiritual.
M.—Volvamos atrás y comencemospor lo inteligible.
D.—Ya me ha enseñado la indagación que la
materia espiritual sostiene la materia corporal, la
materia corporal la materia celeste, la materia ce-
leste la natural universal, y ésta la natural particu-
lar, y lo mismo hay que decir de la forma.
M.—Bien lo has entendido; ¿pero qué se sigue de
lo dicho?
D.—Se sigue que la materia que sostiene todas
las cosas sensibles, esto es, la cantidad y demás acci-
dentes que la acompañan, sea una materia de aque-
llos accidentes (i) que son por ella, en ella, sobre ella
y de ella, suyos de ella y para ella.
(i) Así los códices Colombino y el de la Biblioteca
Nacional de París, los otros á que sigue Baeumker suiieci*
accidcntalibus illis.
IIO LA FUENTE DE LA VIDA

M.—¿Por qué es necesario que la materia sea


una?
D.—Porque todas las cosas sensibles se resuelven
en ella, porque las cosas sensibles son accidentes,
y el entendimiento los separa de su substancia y los
resuelve en ella.
M.—¿Por qué has creído que, porque las cosas
sensibles se resuelvan por el entendimiento en uña
substancia, tengan una materia universal que sea
substancia?
D.—Porque encontré que los sentidos, cuando
ven diversidad de cosas sensibles, aunque compues-
tas y conjuntas, indican, sin embargo, que la una
no es la otra, y por esta consideración digo, que
cuando la inteligencia sorprende la distinción de
las cosas inteligibles, aunque estén juntas y com-
puestas en el ser, juzga también que la una no es la
otra, y por esto dije que las cosas sensibles se sepa-
ran de la substancia y se resuelven en ella, porque
la inteligencia las separa aunque estén unidas en
el ser.
M.—Luego ya has decidido que es necesario que
las cosas inteligibles estén separadas en su ser, aun-
que estén juntas y compuestas, porque la inteligen-
cia ha decidido su separación.
D.—Llegué, aunque ya estaba preparado á con-
cederlo; pero cuando hube considerado las cosas
inteligibles de las sensibles, como había dicho.
M.—¿No te es preciso saber lo mismo que las co-
sas inteligibles son distintas en cuanto á la inteli-
INB-GEBIROL

gencia, como saber que las sensibles están separa-


das en cuanto al sentido?
D.—Dime la razón y dame tina regla para com-
prender la separación de las cosas, qué necesidad
nos lleva á que queramos estar dispuestos á la reso-
lución de los que son y á la separación de unos de
otros, máxime en las substancias inteligibles, por-
que veo que conocer su separación, siendo en su
ser continuas y conjuntas, es dificilísimo.
M. — Así es, pero yo te daré una regla que te lo
haga fácil; estame atento.
D.—Atiendo; comienza, pues.
M.—Si la substancia intelectiva (i) sé conoce á sí
misma, preciso es que la forma de la verdad subsis-
ta en ella, y por esto la inteligencia conoce esta
forma de conocimiento y no duda de ella, y puesto
que esta forma subsiste en ella, no está lejos para
conocerla, por lo cual la substancia del alma cono-
ce alguna vez la forma de la verdad, porque su na-
turaleza es vecina de la naturaleza de la inteligen-
cia y á ella semejante; pero el alma del animal n o
conoce esta forma perfecta de cognición sino la ima-
gina y le aparece (2), y por eso es semejante á la
visión que está lejos de lo sensible, que aun cuando
le da forma no lo comprende, y siendo como deci-
mos, que la inteligencia alcanza la forma de la ver-

il) Así el códice colombino, los demás de la inteligen^


cia; aquí el sentido es el mismo.
(2J Esta es la estimativa de los escolásticos.
112 LA F U E N T E D E LA VIDA

dad por si misma, porque subsiste en ella, y la


aprehensión es ciencia de cosas; es menester que
las abrace (i) y las comprenda, por lo que no la es
permitido aprender lo que está sobre ella, lo que
no decimos de un modo absoluto, porque la inteli-
gencia aprende lo que está sobre ella, según lo
que es fijo en sí y permanente por sí, y esta es la
aprensión de la causa por lo causado; pero no lo
aprende comprendiéndolo, como es la aprehensión
de lo causado por la causa; pero si la inteligencia
aprehende todas las substancias, es preciso que sea
superior á ellas.
D.—Preciso es que así sea.
M.—Si la inteligencia está sobre todas las subs-
tancias, preciso es que las comprenda, y si las com-
prende, que todas estén en ella y que ella las con-
tenga .
D.—Ya he entendido por lo que has dicho, que
la inteligencia aprende todas las cosas porque las
abraza; ¿hay todavía otra manera de que lo ex-
planes?
M.—Lo que es más sutil de la esencia y más es-
clarecido de la substancia, es lo más perceptible é
inteligible de las cosas; pero la inteligencia es más
perceptible é inteligible que las cosas que están
bajo ella; luego es necesario que su esencia sea más

( i ) La inteligencia contiene y comprende todas las


substancias, como la razón al alma y el alma al cuerpo; he
aquí la teoría de Liciniano y Severo, de Albaro de Córdo-
ba, y del Abad Samsom,
INB-GEBIROL

sutil y esclarecida que la de todas las cosas que es-


tán bajo ella.
D.—Ya es llano para mí, por esta explicación
que la inteligencia aprende todas las cosas; ¿hay
todavía otra que me lo explane?
M.—Puesto que la ciencia de la inteligencia de
las formas de las cosas, no es sino porque ellas le
están unidas y la unición (i) no es sino que ella las
recibe; ¿qué se sigue de esto?
D.—Se sigue que la inteligencia es receptibie de
las formas de todas las cosas.
M.—Puesto que la inteligencia es receptible de
las formas de todas las cosas y las formas de las co-
sas son diversas, ¿qué se sigue?
D.—Se sigue que la inteligencia sea receptible de
formas de cosas diversas.
M.—Puesto que la inteligencia es receptible de
formas de cosas diversas, y todo lo que lo es de una
forma en acto no es receptible en acto de diversas
formas, ¿qué se sigue de esto?
D.—Se sigue que la inteligencia no es receptible
de una sola forma en acto.
M.—Luego la inteligencia en sí no tiene forma
apropiada.
D.—Así es.
M.—Puesto que la inteligencia no tiene en sí

(i) Conservamos, dándola terminación castellana, á


esta palabra tomada del autor, y que ha pasado al latín es-
colástico, porque la de unión no expresa con exactitud el
pensamiento.
8
114 LA FUENTE DE LA VIDA

propia forma y es la que aprehende siempre las for-


mas de todo, preciso es que la forma de todas las
cosas sean para ella forma de esencia, y puesto que
las formas de todas las cosas son formas de la esen-
cia de la inteligencia y son distintas en la inteligen-
cia, preciso es por esto que sean ellas distintas en
sí mismas. Lo mismo de otro modo: Siendo la esen-
cia de la inteligencia conocedora de la distinción
de las formas de todas las cosas, y siendo las for-
mas de las cosas distintas en sí mismas, necesario
es por esto que la esencia de la inteligencia sea co-
nocedora de la distinción de las formas de las cosas
en sí mismas, y por esto es necesario que las for-
mas de las cosas sean distintas en sí mismas, su-
puesto que la inteligencia juzga de la distinción de
las cosas entre sí.
D.—Cierto que así es, y creo que ya he entendi-
do que la inteligencia y los sentidos son la causa
de aprehender la distinción de las formas de las
cosas.
M.—¿Cuál es la causa de esto?
D.—La causa de esto es, que el ser de la inteli-
gencia es ser que se conoce á sí mismo con certeza
de todas las cosas sabidas, y lo mismo hay que de-
cir del sentido.
M.—¿Cómo es eso?
D.—Cuando las formas sensibles imprimen algo
en la cosa sintiente se produce la sensación, y pues-
to que la forma de la impresión es proviniente de
la forma en sí de la cosa sentida, es menester por
INB-GEBIROL «5

esto que la forma de la impresión del sintiente por


lo sentido, sea como la forma en sí de lo sentido, y
habiendo sido la forma de la impresión del sintien-
te por lo sentido según la forma en sí de lo sentido,
y la forma de la sensación la impresión del sintien-
te por la forma sentida; menester es por esto que
lo forma de la sensación sea como la forma sentida
en sí.
M.—Bien has ordenado tu consideración respec-
to del sentido; ordena también esta forma de con-
sideración respecto de la inteligencia.
D.—La inteligencia tiene por sí la certeza de toda
cosa sabida, y el que tiene por si la certeza de toda
cosa sabida, sabe la cosa sabida por ciencia igual
á la certeza de sí misma; luego la inteligencia sabe
toda cosa sabida por ciencia igual á la de la certe-
za de sí misma, y puesto que la inteligencia sabe
toda cosa sabida por ciencia igual á su certeza de
si misma y es sabedora de la separación de las for-
mas, es menester que la inteligencia conozca las
formas de las cosas por una ciencia igual á la cer-
teza de su separación en sí mismas.
M.—Bien has dispuesto la explanación de 'estas
consideraciones; ¿pero qué se sigue de ellas?
D.—Se sigue que todas las cosas que comprenden
los sentidos y la inteligencia de las formas de los que
son, están separadas en sí mismas, como lo están en
el sentido y en la inteligencia, aunque no estén sepa-
radas en el ser, porque todas las cosas que son es-
tán unidas y conjuntas.
Il6 LA FUENTE DE LA VIDA

M.—Bien has entendido la aprehensión por los


sentidos y por la inteligencia de la certeza de las
cosas; pero,ya lo entenderás de un modo más am-
plio cuando hablemos de la forma de la inteligen-
cia particular y universal, y cuando examinemos la
cualidad de su aprehensión de las formas de las co-
sas á causa de la subsistencia en ellas, esto es, en
las inteligencias de las formas de aquellas cosas.
Y puesto que lo has entendido ya, mira un ejemplo
de la división de las substancias y de los accidentes
de los inteligibles y de su diversidad en sí mismos
y en el sentido, aunque estén unidos en el ser,
como, v. gr., de la separación de los cuerpos y de
los accidentes sensibles, y de la diversidad de ellos
en sí mismos y en el sentido, aunque estén unidos
en el ser, como el color, la figura y el cuerpo, y lo
mismo se dice de la cantidad y de la substancia
que la sostiene.
D.—¿Cómo es eso?
M.—Porque la cantidad es diversa de la substan-
cia que la sostiene en sí y ante la inteligencia, aun-
que estén unidas en el ser; el ejemplo de la aduna-
ción de la cuantidad con la substancia, es como el
ejemplo de la unión del color y la figura con la
cuantidad, aunque esté separada de la substancia
en sí y en la inteligencia, como la separación de
cada uno de los colores'y de la figura de la cuanti-
dad en sí y en el sentido, aunque no sea así en
el ser.
D.—Buena semejanza has inducido para la sepa-
INK-GEBIROL 117

' ración de las substancias inteligibles, cuando la asi-


milaste á la separación del color, de la figura y de
la cuantidad á la substancia, y conozco que has ilu-
minado mi entendimiento con tu dicho, pues veo
sustentarse enteramente la cantidad en la substan-
cia, y del mismo modo veo á las substancias inteli-
gibles sustentarse unas en otras, como se sustentan
el color y la figura en la cantidad y la cantidad en
la substancia.
M.—Es verdad, y luego verás también que todas
las formas se sostienen en la materia primera, como
el color, la figura y otros accidentes semejantes, se
sostienen en la cantidad y la cantidad en la subs-
tancia, y entonces te será patente que lo manifiesto
de los que son, es ejemplo de lo oculto de ellos, y
también que todas las cosas sustentadas en la ma-
teria primera universal son partes de ella, y verás
lo que la materia primera universal es en sí, y que
algunas de estas cosas son partes de ella, hasta que
conozcas plenamente que la materia primera que
sostiene todas las formas, es como libro pintado ó
como volumen rayado, y verás entonces á tu inteli-
gencia abrazando todas las cosas y elevada sobre
ellas, según la posibilidad del hombre.
D.—Grande será para mí la benignidad del se-
ñor, si en mí se cumpliera lo que me has prometi-
do; volvamos, pues, á lo en que estábamos, esto es,
á tratar de la materia y de la forma.
M.—¿Qué has entendido por fin de las cosas sen-
sibles?
IÍ8 LA FUENTE DE LA VIDA

• D . — L a 7>iateria\universal, la que sostiene y es


sujeto de ellas, y ésta es por la que subsisten las co-
sas sensibles, en la que se encuentran, en la que
mudan, á la que se refieren, por la que comienzan
y á la que vuelven.
M.—Bien lo has entendido; pero sabe también
que esta materia universal es la misma substancia
que sostiene los nueve predicados, y que los nueve
predicados son la forma universal subsistente en
ella.
D.—Ya lo he entendido; pero quiero que me ma-
nifiestes lo que dices de esta substancia, con osten-
sión suficiente, para que funde en mi inteligencia
algo firme de que yo no pueda ser apartado, pues
veo que esta substancia que sostiene los nueve
predicados es de gran nobleza y de alta alcurnia,
porque ella es la que sostiene todo lo que los senti-
dos alcanzan de las formas del mundo, y porque la
veo apartada de la comprensión de los sentidos,
juzgo que es el término que separa lo sensible de lo
inteligible, y que es esta substancia lo primero por-
que debe comenzarse la especulación de lo inteli-
gible.
M.—Cierto es que la substancia que sostiene los
nueve predicados, es la clave para especular acerca de
las cosas apartadas de los sentidos, y porque ella si-
gue en orden á las substancias sensibles y porque
está formada de los nueve predicados, es ejemplo
presente de la significación de un sujeto de cosas
no sensibles.
INB-GEWBOL "9

D.—Muéstrame cómo es eso.


M.—Te daré aquí algo general, suficiente para
significarte lo que sigue después; digo que, puesto
que el alma está privada de la ciencia de los segun-
dos accidentes y de las segundas substancias por-
que está ligada con el cuerpo, pero que la recupera
cuando toca los primeros accidentes y las primeras
substancias, y medita acerca de ellos y entiende, es
manifiesto que no por otra cosa se le ponen á la
vista los primeros accidentes y las primeras substan-
cias (esto según el mundo de la naturaleza), y se le
adaptan sentidos, para que por ellos alcance los
accidentes primeros y las substancias primeras, sino
para que después que el alma las aprehenda,
aprehenda también por ellos los accidentes segun-
dos y las substancias segundas, y á causa de esto el
hombre que haya aprendido la ciencia de lo sen-
sible desde su nacimiento en esta vida, acreciente
por ella su inteligencia y salga de potencia á efec-
to, porque las formas de lo sensible se sellan en los
instrumentos porque le son semejantes, y las for-
mas que se sellan en los instrumentos se sellan tam-
bién, más sutil y simplemente, en la imaginación,
3' de igual modo más sutil y simplemente en la esen-
cia del alma que fueron sellados en la imaginación,
y por esto la relación de las formas sensibles al
alma, es como la del libro al lector, porque cuando
la vista siente las figuras, el alma recuerda la signi-
ficación de esas figuras, y su verdad y esta explica-
ción te certificará de la verdad de mis palabras an-
120 LA FUENTE DE LA VIDA

teriores, de que la substancia que sostiene los nue-


ve predicados, es ejemplo eficaz para el objeto de
la significación de las cosas insensibles.
D.—Muéstrame de qué modo reciba esta subs-
tancia formada ejemplo en su significación de los
ausentes, para que por esto sea para mí raíz en que
me apoye para la ciencia de los ausentes ocultos.
M.—Puesto que nuestra intención fué el elevar-
nos desde el extremo ínfimo al sumo de los que son,
y toda cosa que tiene ser en el extremo inferior, es
proviniente del extremo más elevado, cada cosa
que encontramos en el extremo inferior la ponemos
como regla para su asignación á los que están en
el extremo superior, porque lo inferior es ejemplo de
lo más elevado, puesto que los que vienen de otros
son ejemplo de aquellos de que provienen; de don-
de, porque lo inferior desciende de lo superior, pre-
ciso es que de lo superior sea ejemplo, y como sea lo
que decimos y encontremos el término conveniente
de uno y otro extremo, será verdadera la ciencia
de lo oculto por lo manifiesto; conviene que ponga-
mos un ejemplo universal de lo que decimos, sea
éste la substancia que sostiene los nueve predica-
dos: digo que, puesto que nuestra intención fué le-
vantarnos hasta el supremo fin de lo que es, esto es,
á la materia universal que lodo lo sostiene y á la
forma universal en ella sostenida, que son fin del
ser por parte de los inferiores y principio por parte
de su creador, cuyo nombre es excelso, miremos el
extremo inferior, esto es, la materia que sostiene los
INB-GEBIROL 121

nueve predicados, y hallémosla conferible á él y


ejemplo suyo. Encontremos igualmente también la
forma de la cantidad sustentada en esta substan-
cia, ejemplar de la forma universal, esto es, de la
forma de la inteligencia que se sostiene en la pri-
mera materia universal, como si su término supre-
mo fuera el sol, y el ínfimo su rayo difuso sobre la
esfera terrestre.
D.—Preséntame el lugar de la semejanza entre
estos extremos; maravilloso es que asi juntes los ex-
tremos de las cosas y ligues lo más remoto con lo
más cercano.
M.—Fíjate en las propiedades de la materia uni-
versal y las encontrarás en la materia inferior,
v. gr., que sea existente por sí, una, sustinente de la
diversidad y las demás propiedades que tiene.
D.—La asimilación de las dos materias no es lar-
ga; pero ¿cómo puedo entender la asimilación de
las dos formas?
M.—Sepas que, así como la primera forma cuan-
do se junta, á la materia más elevada constituye la
especie de la inteligencia y la lleva á ser, de igual
modo cuando la forma de la cantidad se junta con
la materia inferior, constituye la especie del cuerpo
y la lleva á ser; luego la forma de la cantidad es
comparable á la forma de la inteligencia; declara-
ción de esto es, v. gr., que la forma de la inteligen-
cia es una, simple, la de la cuantidad compuesta d e
muchos unos, que así como la forma de la inteli-
gencia es la más cercana de todas las otras formas.
122 LA F U E N T E D E LA VIDA

á la materia más elevada, igualmente es la forma de


la cantidad la más propincua á la materia inferior
de todas las otras formas; que así como la forma de
la inteligencia no se separa de la materia más ele-
vada, tampoco la forma de la cantidad se separa de
la materia inferior; que. así como la forma de la in-
teligencia penetra toda la materia más elevada, la
forma de la cantidad está difundida por toda la
esencia de la materia inferior; que así como la for-
ma de la inteligencia viste y circunda la materia
más elevada, la forma de la cuantidad viste y circun-
da la materia inferior; que así como la forma de la
inteligencia sostiene todas sus formas y todas sus
formas están sostenidas en ella, la forma de la can-
tidad sostiene todas las formas del cuerpo y sus ac-
cidencias toman su ser en ella; que así como la
figura es el fin de la forma de la cantidad y el tér-
mino que la circunda, la ciencia es el fin de la inte-
ligencia y su término circundante, y aunque la cien-
cia de la inteligencia no es figura sino porque es
término que la circunda, es semejante á la figura
del cuerpo circundado; y así como el cuerpo no se
junta con el cuerpo más que por su figura, la inte-
ligencia no se junta con la inteligencia más que por
su ciencia; y así como la forma de la cantidad se
resuelve en el punto y en la unidad, la forma de la
inteligencia se resuelve en la materia "y en la uni-
dad; y así como cuando la inteligencia inspecciona
la materia de la cantidad encuentra que ella es la
más elevada de todas las formas y la más cercana á
INli GECIROI. 123

la substancia, y encuentra en ella sus demás acci-


dencias y formas inferiores; cuando á si misma se
inspecciona, se encuentra la más elevada de todas
las formas y la más cercana á la materia, y halla
todas las demás bajo de sí, y así como hay algunas
formas inherentes á la materia é inseparables de
ella, como las formas de la inteligencia y la de las
substancias simples, y hay otras que no le son in-
herentes, como la forma de los elementos y los ele-
mentos; así también de las formas de la substancia,
unas no le son inherentes, como el color, la figura
propia y demás accidentes semejantes, y otras le
son inherentes, como la forma de cantidad, que es
inherente á la substancia; y como las formas de la
materia son las que se ofrecen á la inteligencia, las
formas de las substancias son las que se ofrecen al
sentido, y así se hallan que son una á otra seme-
jantes entre los dos extremos.
D.—Ya he aprendido de ti lo que me has mani-
festado de la equidistancia del extremo inferior al
más elevado de lo que es, y me acrecentaste con
ello gran satisfacción y contento para especular
acerca de la substancia que sostiene los nueve pre-
dicados, porque esta substancia, con todas las for-
mas que en ella hay, es ejemplo presente para la
significación de lo oculto y por ser la primera de
las substancias inteligibles, y si es menester tratar
de esa substancia, ¿acaso no te parece que no lo
será también tratar después de los nueve predicados,
que son las formas en ella subsistentes?
124 LA F U E N T E D E LA VIDA

M.-—Para saber aquello á que nos encaminamos,


y para investigar la ciencia de la materia y de la
forma, no necesitas de la ciencia de los predicados,
sino de la de los géneros y de las especies, y de sus
diferencias y propiedades, comunión y diversidad,
y que sepas que todos estos géneros son forma de
una substancia sujeto de ellos; sea también objeto
de tu especulación las substancias que ella sostiene,
y se muy solícito en guiar tu inteligencia á ella, por-
que es inteligible y no sensible, y porque su cien-
cia precede á la ciencia de todas las substancias in-
teligibles; y aunque lo sea esta substancia, no es,
sin embargo, de tanta dignidad como la de las
otras substancias inteligibles, porque está colocada
en el extremo inferior de las substancias, y porque
es pasiva cuando las demás substancias son activas.
D.—¿Qué señal hay de que esta substancia es
pasiva y no activa?
M.—Todo autor, excepto el autor primero, nece-
sita para su obra un objeto que sea susceptible de
su acción; pero por bajo de esta substancia no hay
otra que sea receptible de su acción, porque es el
último ser, y su fin el fin ínfimo, siendo como el
centro de las demás substancias inteligibles. Y tam-
bién porque la cantidad que la circunda es causa
que le impide hacer nada.
D.—¿Cómo es eso?
M.—Porque la cantidad le detiene el movimien-
to y le impide el progreso, porque la abraza y la
sumerge en ella, y por eso es semejante á la llama
1NB-GEBIR0L 125

del fuego que está obscura á causa de la humedad


mezclada con ella y le quita la ligereza del movi-
miento, y como el aire nublado que impide que pe-
netre la luz, y por esto la pasividad de esta substan-
cia se hace manifiesta; además, habiendo tenido
complexión sutil y dispuesta para recibir, esto es,
para que puedan penetrar en ella las substancias
inteligibles, aparecerá la acción espiritual de las
substancias en el cuerpo, porque lo penetran y lo
fuerzan á semejanza del sol cuando penetra algún
obstáculo y lo atraviesa. Además, no sólo la canti-
dad la impide obrar, sino que también su esencia
está impedida para moverse, porque está muy apar-
tada del origen y raíz del movimiento, y porque no
desciende hasta ella la virtud del que todo lo hace
y todo lo mueve, para que ella se hiciera moviente
y agente; sucede por esto ser quieta, no moviente,
y cuando es movida padece.
D.—¿Cuál es la señal de que la cantidad impide
el movimiento de la substancia en que subsiste?
M.—Esta señal la encontrarás patente en las co-
sas, porque todo cuerpo, cuanto más aumenta en
cantidad, será más grave para moverse y más pesa-
do, y es manifiesto que lo que crece con el incre-
mento de otra cosa distinta de ella, es preciso que
sea por esta cosa, y puesto que la pesadez del cuer-
po aumenta por el incremento de su cantidad, cons-
ta por ello que la cantidad es la causa eficiente del
peso y la que impide el movimiento.
D.—¿Qué contestarías si te dijera que si fuera la
126 LA F U E N T E D E LA VIDA

cantidad la causa impediente del movimiento y de


la acción ningún cuerpo llegaría á ser móvil ni se-
ría la substancia del cielo y de los elementos mo-
viente ni agente?
M.—Si no hubiese una fuerza espiritual agente
que puede penetrar estos cuerpos, ni se moverían
ni harían; señal de esto es que, alguno de estos
cuerpos, se está quieto é inmóvil.
D.—Patente es para mí, que esta substancia no
es agente, sino paciente, por los dos modos que me
has dicho; ¿hay todavía un tercero por el que me
manifiestes lo mismo?
M.—Si la disposición de los que son está orde-
nada por lo opuesto, y el primero de los seres es el
actor no hecho, el motor no movido, será su opues-
to el último de los seres, acto que no hace, movi-
do que no mueve. Y también de este modo se en-
cuentra plenamente el conocimiento de que esta
substancia no es agente; porque ella, ó es sólo
agente, ó sólo paciente, ó agente y paciente al par,
ó ni agente ni paciente; pero cuando hayas exami-
nado, aunque sea por poco tiempo, tres miembros
de esta división, y hayas visto lo que sigue á ellos,
los verás incongruentes y te quedará un cuarto
miembro, esto es, esta substancia, que es pacien-
te y no agente.
D.—Quiero informarme de qué es esa substan-
cia y de su naturaleza; pero también quiero que an-
tes me distingas por qué unas veces la nombras
substancia y otras materia.
INB-GEBIROL 127

M.—La diferencia entre el nombre de substancia


y de materia, es que el nombre de materia sólo
conviene á lo que está dispuesto á recibir forma,
aunque todavía no la reciba; pero el nombre de
substancia conviene á la materia cuando ya recibe
alguna forma, y por esta forma se hace propiamen-
te substancia.
D.—¿Cuál de estos nombres es más conveniente
para que con él discutamos acerca del sujeto que
sostiene la forma del mundo?
M.—El nombre más conveniente para el que sos-
tiene la forma del mundo, es el de materia ó hyle (1),
porque no la consideramos sino despojada de la
forma del mundo que se sostiene" en ella, y porque
así la recibimos en nuestra inteligencia; como dis-
puesta á recibir la forma del mundo, es convenien-
te que la llamemos materia; como el oro despojado
de la forma del sello, pero preparado para recibir-
la, es materia del sello, ínterin no recibe la forma
del sello; pero cuando la recibe se llama substancia,
mas en esta discusión no hay que cuidarse de la-
imposición del nombre porque llamamos á esta
cosa;.sujeto que sostiene la forma del mundo, unas
veces substancia, otras materia, otras hyle, y no nos
cuidamos de la propiedad de estos nombres, por-

(1) Aunque el más propio, ó por lo menos el más filo-


sófico es el de hyle, usaremos en adelante el primero, salvo
caso de estricta necesidad, para huir, en lo posible, de todo
tecnicismo.
128 LA F U E N T E D E LA VIDA

que con ellos significamos una misma cosa: el su-


jeto que sostiene la forma de la cuantidad.
D.—Dime lo que es esa substancia.
M.—Esta cosa es la que sostiene la forma de la
cuantidad.
D.—Yo busco lo que es para saber su naturaleza
y su esencia, no si sostiene la cantidad; ¿cuál es,
pues, la naturaleza de esa substancia?
M.—La naturaleza de esa substancia proviene de
otra substancia más elevada que ella, que es la subs-
tancia de la naturaleza, esto es, que, su esencia pro-
viene de la esencia de la naturaleza, ó si quieres di
que es el grado inferior de la naturaleza ó de sus
fuerzas, la fuerza inferior.
D.—Aclárame esa proposición para que me cer-
ciore de ella.
M.—Ella te será más tarde manifiesta, cuando te
haga ver que lo inferior proviene de lo superior;
pero ahora te descubriré lo que me preguntaste
acerca del origen de esta substancia de este modo:
digo que todo lo que se hace por otro, es preciso
que tengan entre sí alguna conveniencia; si, pues,
fueren substancias de la misma naturaleza, es pre-
ciso que tengan entre sí alguna conveniencia.
D.—Preciso es que así sea.
M.—Supongamos que la substancia de la natura-
leza produzca los accidentes de las cosas sensibles y
los cimente en la substancia, lo que después se cer-
tificará cuando tratemos de las substancias simples.
D.—Supongámoslo.
INIi-GEIUROL 129

M.—Pondré, pues, la argumentación de este


modo, y diré: Todo lo que sella y pinta algún signo
en otra cosa, tiene en sí este signo de algún modo;
pero la naturaleza sella|y pinta figuras en la subs-
tancia; luego las figuras y les signos que llegan á la
substancia, tienen de algún modo su ser en la subs-
tancia. Asimismo decimos que toda cosa que reci-
be de otra algún signo que tiene su ser en ella, pre-
ciso es que tenga con ella alguna conveniencia;
pero la substancia recibe de la naturaleza figuras y
pinturas; luego preciso es que haya alguna conve-
niencia entre la naturaleza y la substancia, y cuan-
do hubiere alguna conveniencia entre la naturaleza
y la substancia, preciso será que la esencia de la
substancia sea de la esencia de la naturaleza, ó de
la misma naturaleza.
D.—Manifiesto es para mí, por esta argumenta-
ción, que el origen de la substancia es de la misma
naturaleza, por la conveniencia que hay entre ellas;
esto lo digo siguiéndote en la suposición de la na-
turaleza; por lo demás, si quisiera contradecirte,
diría que no hay cosa que tenga ser, sino la subs-
tancia que sostiene los nueve predicados y su crea-
dor bendito y excelso, y que el creador bendito
hizo y creó esta substancia, y los accidentes que le
están unidos, juntamente como son.
M.—La respuesta de esto irá después que haya-
mos investigado la ciencia del ser de las substan-
cias simples; ahora pregunta acerca de la substan-
cia lo que te venga en mientes.
9
130 LA F U E N T E DE LA VIDA

D.—Ya me manifestaste lo que es esta substancia;


explícame ahora su cualidad.
M.—¿No sabes que la cualidad de esa substancia
son los nueve predicados, porque son sus represen-
taciones?
D.—Bien sabía que los predicados eran cualida-
des de la substancia; pero no es de eso de lo que te
pregunto, sino de ¡a cualidad de la substancia en sí
misma.
M.—La substancia en sí misma no tiene cuali-
dad, porque todas las cualidades se contienen en
los predicados que subsisten en ella; pero si alguien
dijera que la simplicidad de la substancia y la sus-
tentación de los accidentes sea cualidad suya, no
andaría muy lejos de la verdad, porque aunque es-
timáramos la substancia despojada de sus acciden-
tes, no podría ser que no tuviera alguna forma ade-
más de los accidentes que se le asignan, y por la
cual discrepe de ellos.
D.—Manifiéstame por qué es esa substancia.
M.—Si tú sabes lo que es substancia, ya con eso
sabes por qué es substancia, pues que saber por qué,.
es entrar en saber qué es, y, además, porque la de-
claración científica de por qué son las cosas que son,
no pertenecen al lugar en que estamos, sino á la
ciencia de la voluntad.
D.—¿Cómo es eso?
M.—Porque el que busca saber por qué son las
cosas que son, busca la causa por la que sale cada
uno de los géneros, de las especies, de los individuos
INB GEBIROI. 131

de potencia á acto, y el fin en que subsiste cada uno


de ellos, y puesto que la voluntad es la que mueve
toda forma subsistente en la materia y la introduce
hasta en el último extremo de la materia, y la vo-
luntad es la que todo lo penetra y todo lo contie-
ne, y la forma es la que la sigue y la obedece, ne-
cesario fué que el sellamiento (1) de la división de
la forma, esto es, de las diferencias que constituyen
las especies y las dividen, y su colocación en la
materia, fuesen según lo que hay de esto en la vo-
luntad.
D.—Mucho me has hecho entender el gran secre-
to y me has revelado una alta cosa: que todas las
cosas que son están delimitadas por la voluntad y pen-
dientes de ella, porque cualquiera de las formas de
los que son, necesitan formarse en la materia y se-
llarse igualmente en ella, y, en general, la igualdad

(1) La palabra sigillatio no se encuentra en los clásicos,


aunque sí las raiceó de que se ha formado s i g i l l u m , figuri-
ta ó estatuita, sello; sigillaius, grabado cincelado; sigillator,
el fabricante de sellos; sigillaria, juguetes, figuritas de con-
fitura ó de otras materias, que se regalaban á las fiestas de
este nombre añadidas á las Saturnales; sigillarius, el que
hace estas figuritas, ó sellos, ó marcas; sigillatim, particu-
larmente; rara vez sigillo, sellar y también grabar ó cincelar
figuritas, tiene aquí una significación análoga á la de la im-
posición del sello chirogruhus divino con que los patriar-
cas marcaban las almas que venían á este mundo, según
Prisciliano y otros gnósticos. Según Ibn Gebirol, expresa
la acción de imprimir la Voluntad, la Forma en la Materia,
para sacarla de potencia á acto, para determinarla, particu-
larizarla, individualizarla.
13? LA F U E N T E D E LA VIDA

de oposiciones de las formas en la materia y su


equilibrio en ella, son de la voluntad que las limita
y las hace permanecer, según términos y fines, como
los que en ella hay; luego las formas son ordenadas
al arbitrio de la voluntad, esto es, correspondientes
á la materia, y son también limitadas por ella y res-
tringidas por ella.
M.—Bien lo has entendido; pero pon un ejemplo
de esto para que conozca por él cuál ha sido tu
atención á este asunto.
D.—Ejemplo de esto es la división de las subs-
tancias en simples y compuestas, y la división de
las simples en inteligencia y alma, y forma é hyle;
y de las compuestas, en crescibles y no crescibles, y
en vivas y no vivas, y en todas las oposiciones de las
diferencias que dividen la materia y conducen á ser.
M.—Bien has entendido lo de la voluntad; pero
no basta para que conozcas el secreto de ella y su
certeza lo que te he dicho, pues no es posible que
conozcas plenamente la voluntad, sin que conozcas
primero la universalidad de la materia y de la for-
ma, porque la voluntad es la creadora de la mate-
ria y de la forma y la que las mueve, y lo que se
.dice de la voluntad tiene la misma relación á lo
que se dice de la materia y de la forma, que tie-
ne lo que se dice del alma á lo que se dice del
cuerpo, y que tiene lo que se dice de la. materia y
de la forma primera, á lo que se dice de la inteli-
gencia; vuelve, pues, adonde estabas, esto es, á
preguntar acerca de la substancia.
INB-GEBIROL 133

D.—¿Dime cuál es el ser de esa substancia y en


dónde lo imaginaré!'
M.—No toda cosa necesita de lugar corpóreo
para su estado ó para su ser, porque lo que no es
cuerpo y es substancia simple, no está sino en la
causa que lo sostiene, y esta causa debe ser simple
y adecuada á ella; además, la substancia en sí no
es cuerpo que necesite lugar, sino que ella es lugar
de la cantidad, en la cual está el lugar evidente-
mente.
D.—Si el lugar no está más que en la cantidad,
¿cómo puede ser que la substancia sea lugar de la
cantidad? Además, el lugar no es más que la apli-
cación de la superficie de un cuerpo á la superficie
de otro, y la substancia no tiene superficie á que se
aplique la cantidad, porque la substancia en sí no
es cuerpo.
M.—Menester es, en verdad, que en la represen-
tación de la realidad de las cosas, para que no mu-
des, confundas ó perviertas las formas de algunos
de los inferiores en las de sus superiores, que cuan-
do encuentres alguna forma en individuos, especies
ó géneros muy cercanos para nosotros, no creas en-
contrar aquella forma en los que están sobre estos
individuos, especies ó géneros, y que estimes tam-
bién que las formas infusas en las inferiores se in-
funden por los superiores, y no les llegan en la
misma forma en que están en ellos, y esto es raíz
común de todo lo que viene de superior á in-
ferior.
134 LA F U E N T E D E L A VIDA

D.—¿Cómo esta forma del lugar viene de supe-


rior á inferior.
M.—Como la subsistencia de los que son está en
nueve órdenes, el primero de éstos es la subsistencia
de todas las cosas en la ciencia del creador; bajo
esto la subsistencia en la forma universal y en la
materia universal; bajo esto la subsistencia de las
substancias simples de unas en otras; bajo esto la
subsistencia de los accidentes simples en las subs-
tancias simples; bajo esto la subsistencia de la can-
tidad en la substancia, y bajo esto la subsistencia de
las superficies en el cuerpo, de las líneas en la su-
perficie y de los puntos en la línea; bajo esto la
subsistencia de los colores y las figuras en la super-
ficie (i); bajo esto la subsistencia de algunas partes
de los cuerpos en las partes de lo semejante en
otras partes, y bajo esto la subsistencia de algunos
cuerpos en otros cuerpos, y este es el lugar conoci
do; ¿no será además, por esta razón, lo que descien-
de de lo más simple á lo más compuesto, más den-
so y craso, y lo que más asciende, más sutil y
tenue?
D.—Esto es bastante llano.
M.—Luego no disputes que porque los cuerpos
compuestos están en un lugar, por eso las substan-
cias simples están en un lugar, tal cual es el lugar
de los cuerpos compuestos; ni que los cuerpos corn-

i l ) Lo subrayado no existe en ninguno de los cuatro


códices; pero está tomado de Fralaquera.
I N B GKBIROL '35

puestos estén en un lugar, tal cual es el de las subs-


tancias simples; no te extrañe, pues, nuestro dicho,
de que la substancia sea el lugar de la cantidad,
porque esto no lo decimos sino porque la sostiene
y porque la subsistencia de ella, esto es, de la can-
tidad, está en ella; no es, pues, ilícito decir que la
substancia que no es cuerpo sea lugar del cuerpo,
porque es sustinente de él; como tampoco es ilícito
decir que el cuerpo sea lugar de lo que no es cuer-
po, como color y figura, línea, superficie y demás
accidentes corporales, porque la determinación del
lugar conocido, es la aplicación de dos cuerpos, y
•estos accidentes no son cuerpos.
D.—Lo que hemos sacado de lo dicho es, que el
lugar se dice de dos modos: uno corporal y otro es-
piritual.
M.—Así es, porque como la substancia es de dos
modos, á saber, simple y compuesta, é igualmente
el cuerpo compuesto es susceptible de división y es
subsistente uno en otro, como los elementos, el cie-
lo y todas las partes de ellos, y la razón de lugar
que hay en esta substancia, es la subsistencia de
unos cuerpos en otros, y la existencia de unas par-
tes de los cuerpos en otras, y también el género de
las substancias simples se divide en muchas espe-
cies que existen unas en otras, necesario es por eso
también que una especie de estas substancias sea
lugar de otras, lo que las sostiene; y cuando quieras
imaginar de qué modo ésta es ia existencia simple de
la substancia en la substancia simple, y de qué modo
136 LA FUENTiS D E LA VIDA

la una es lugar de la otra, imagina (i) la existencia


de los colores y de las figuras en las superficies, y
la existencia de las superficies en los cuerpos, y lo
que es más sutil, la existencia de los accidentes sim-
ples en las substancias simples, como los acciden-
tes que subsisten en el alma, porque el alma es i u -
gar de ellos, y haz aquí como en la raíz que prece-
de, de la que antes hablamos, esto es, que lo mani-
fiesto de las cosas es ejemplo de lo oculto de ellas,
y según esta raíz, el lugar manifiesto inferior debe
ser ejemplo del lugar oculto superior, é igualmente
los demás que están en medio de los extremos del
orden; pero esto lo haremos más manifiesto todavía
cuando tratemos de las substancias simples.
D.—De la existencia de las substancias simples
en la substancia simple, me basta por ahora la
ciencia de su certeza con los ejemplos que propu-
siste, ínterin se manifieste más ampliamente; pero
todavía no entiendo el ser de esa substancia que sos-
tiene los nueve predicados y su existencia en la subs-
tancia simple que la sigue según tu intención, ni
cómo es, si mediando la esencia de su substancia
entre la cantidad y la substancia misma, y por esto
su esencia está fuera de la cantidad, pero la sigue
como el cielo sigue á los elementos, ó si su esen-
cia está dentro de la esencia de la cantidad y n a
fuera de ella.

(i) Así todos los códices. Baeumker imaginare*


INB-GEBIROL '37

M.—Pon ejemplos de esta cuestión para que te


responda.
D.—Ejemplo dé esto es, que veo la cantidad in-
fundida en la superficie del primer cielo, y exten-
diéndose cielo por cielo, y elemento tras elemento
hasta el término central, y considero al mundo en-
teramente como un cuerpo continuo, como una
manzana cuyo término sea la superficie superior
del primer cielo circundante; ¿qué decís después de
la substancia del mundo? ¿su esencia es interiormen-
te toda su cantidad, y está difundida en cada una
de sus partes, ó está fuera de la cantidad y nada hay
de ella dentro del cuerpo del mundo, ó la esencia
de la substancia está dentro de todo el cuerpo del
mundo, pero quedando algo de ella fuera de este
cuerpo?
M.—¿Cómo puede ser que la substancia esté fue-
ra del cuerpo del mundo que tenga la existencia de
cantidad?
D.—Porque unas partes de la cantidad existen en
otras, por donde se llega á un último término; lue-
go todas existen en la esencia de la substancia que
está fuera.
M.—Ahora te mostraré que la esencia de la subs-
tancia está dentro de la esencia de cantidad y dentro
de todas sus partes; sentemos la raíz de esto y sea
ésta nuestra argumentación: Lo que de los com-
puestos la inteligencia divide y resuelve en otro, es
compuesto de aquello en que se resuelve, lo que ya ?

por lo antedicho, es evidente para ti, pero la inteli-


138 LA F U E N T E D E LA VIDA

gencia divide la cantidad de la substancia del mun-


do y la resuelve en sus partes, luego la cantidad de
la existencia del mundo tiene que estar compuesta
de sus partes, y puesto que las partes de la cantidad
de la substancia del mundo son semejantes entre sí,
no se diferencian entre sí en el concepto de canti-
dad, tomemos una de las partes de que hablamos,
¿podrás decir de esta parte, que es una de las partes
de la cantidad de la substancia, que puede dividirse
en potencia, aunque es indivisible de hecho, ó que es
en potencia indivisible?
D.—La parte que designas al hablar de esa, es
el término simple en que el cuerpo se resuelve, esto
es, el punto; si por esta parte entiendes el punto, es
indivisible, porque si se dividiera, no sería la míni-
ma parte de la cantidad.
M.—No entiendo que el punto sea parte de la
cantidad porque es indivisible, porque si lo hicié-
ramos parte de la cantidad, como la parte de la
cantidad tiene que ser cantidad, el punto sería can
tidad, y si el punto fuera cantidad, sería divisible.
E igualmente si supusiéramos que el punto fuera
parte del cuerpo, como el cuerpo está compuesto
de sus partes, esto es, de puntos, como te parece,
preciso es que la totalidad del cuerpo no sea divi-
sible, puesto que sus partes son indivisibles.
D.—No digo que el cuerpo esté compuesto de
partes que no se dividan de hecho como los puntos,
para que se siga de ello que el cuerpo no es divisi-
ble; ni digo tampoco que el cuerpo, de hecho, se
INB GEBIROL 139

resuelva en sus partes, sino digo que en potencia.


M.—Veo que la ambigüedad del nombre te ha des-
viado del concepto de parte propuesto por nosotros
en otro lugar, porque pensaste que el nombre pun-
to é indivisible, deben tomarse en el mismo sentido
que la propuesta mínima parte de la cantidad, pues
las parte?, aunque convengan en nombre, son dife-
rentes en la significación, esto es, que no se dice
que el punto es parte del cuerpo y el cuerpo se re-
suelve en él, sino accidental, no natural ni esencial-
mente, porque el punto es un accidente subsistente
en el cuerpo y no de su naturaleza, como ni el co-
lor que se. dice parte del cuerpo, porque el cuerpo
se divide en superficie, color, figura y demás acci-
dentes que se sostienen en él y que no son de la
naturaleza del cuerpo; pero no es lo mismo la parte
de las partes de la cantidad que propusimos, por-
que es parte de la naturaleza de la cantidad seme-
jante á ella, como ninguna de las partes del agua
deja de ser de la naturaleza del agua. Vuelve, pues,
tu atención de la parte accidental á la parte natu-
ral que propusimos de las partes de la cantidad de
la substancia del mundo; ¿qué dices de esta parte:
es divisible ó ñor
D.—Si dijera que era indivisible, preciso serla
que las otras partes fueran indivisibles, y si todas
fueran indivisibles no habría cantidad, y si no hu-
biera cantidad no se continuarían las unas con las
otras; por esto digo que la parte propuesta de la
substancia del mundo no puede ser indivisible.
I40 LA F U E N T E D E LA VIDA

M.—Di, pues, si esta parte divisible es substancia


simple, accidente simple ó accidente compuesto con
substancia.
D.—Digo que esta parte es substancia simple.
M.—¿No dijiste que esa parte era una de las par-
tes de la cantidad de la substancia del cuerpo del
mundo? ¿cómo, pues, ha de ser sólo substancia? má-
xime cuando, si fuera solamente substancia, no se-
ría sensible ni divisible, ni las demás partes serían
divisibles, y sería preciso que este cuerpo compues-
to de partes, no fuera sensible ni divisible.
D.—¿Por qué negaste que la cantidad se haga de
la conjunción de las partes y que cada una en sí sea
substancia, y que, reuniéndose las partes se hacen
sensibles, aunque cada una de por sí sea insensible?
M.— Si la cantidad fuera solamente la reunión de
partes que en sí son substancias, preciso será que,
uniéndose la substancia con la substancia, de aquí
provenga la cantidad, y también seiá preciso enton-
ces que cuando la cantidad se junte con la canti-
dad, de allí provenga la substancia. Y también que
si las partes de la cantidad fuesen substancias, no
hubiese substancia que las sostuviera, y preciso que
todo el cuerpo del mundo fuese substancia que no
tuviera cantidad, porque la cantidad era de las
substancias conjuntas.
D.— Diré, pues, que esta parte, una de las partes
:

de la cantidad de la existencia del mundo que pro-


pusimos, es accidente simple que no tiene quien
lo sostenga.
INB-GEBIROL 141

M.—Si dijeres que esta parte es accidente simple


que no tiene quien lo sostenga, sentarías entonces
que el accidente se sostendría en no-substancia que
sostiene.
D.— Necesariamente me has llevado á conceder
que esta parte es substancia y accidente.
M.—Pues que esta parte es substancia y acciden-
te, ¿lo es de un modo, ó de dos modos diversos?
D.—No, sino de dos diversos modos.
M.—Luego ya paraste en que esta parte está
compuesta de substancia y accidente, y en que su
substancialidad está fuera de su accidentalidad.
D.—Según lo que me propusiste en esta parte, la
accidentalidad es manifiesta, porque es parte de la
cantidad: ¿pero qué razón daremos de la substan-
cialidad que pusimos en esta parte?
M.—Fuerza simple que sostiene la cantidad de la
parte antes señalada, eso es la substancia y, si quie-
res, materia simple que sostiene la forma de la
parte.
D.—¿Qué es esa fuerza que has llamado ma-
teria?
M.—Esencia simple es de la esencia de la subs-
tancia universal que sostiene la cantidad simple,
simplemente.
D.—¿Qué dirás si insistiese en decirte que no veo
más que la forma de la parte y nada más que ella?
M.—Si lo manifiesto de la parte es la forma, me-
nester es materia sustinente, aunque no esté suje-
ta al sentido, y si esto es materia, aquella parte no
142 LA F U E N T E D E LA VIDA

tiene forma, y si no tiene forma, no cae bajo el sen-


tido; pero si fuere juntamente materia y forma, pre-
ciso sería que la materia fuera juntamente materia
y forma, si la parte es materia del mismo modo que
forma, y si parte no fuere materia del mismo modo
que forma, y fuere en parte materia más allá de la
forma, preciso será que esta parte esté compuesta
de substancia y accidente.
D.—Que sea compuesta de substancia y acciden-
te, ya lo he comprendido desde la primera y la se-
gunda explicación; sin embargo, alguna duda queda
aún en mi ánimo, porque aunque veo la cantidad
infundida en la totalidad de las partes de la esen-
cia, no veo el lugar en otra parte más que en ésta.
M.—Tu cuestión de que no veas el lugar en par-
te alguna más que en la cantidad, es como si bus-
caras si era la misma cantidad, porque lo que tú
ves, la cantidad infundida en la totalidad de sus
partes, no le quita la substancia que la sostiene; te
presentaré un ejemplo, v. gr., del color y de la can-
tidad, porque cuando ves el color infundido en la
totalidad de la esencia de la cantidad y difundido
por todas sus partes, concedes por eso que no ves
la cantidad del cuerpo de ningún modo, sino su co-
lor- ¿más por ventura impedirá eso que el color sea
cantidad, aunque esté infundido y sobre ésta, que
no aparece al sentido? y no opongas, desde luego,
que es posible descubrir la cantidad por algún sen-
tido además de la vista; porque me concediste que
no llegas á la cantidad sino por Ja aprehensión del
IN3-GEBIR0L 143

color, por el sentido de la vista, y que para esto no


necesitas más sentido que la vista, de donde, así
como la infusión del color por las partes de la can-
tidad, no impide aprehender la cantidad mediante
el color, de la misma manera la infusión de la canti-
dad por toda la esencia de la substancia, no impide
aprehenderla mediante la cantidad, y por esto digo
que la relación de la cantidad á la substancia, es
como la del color á la cantidad, y que la una
es ejemplo de la otra, que la publica y la mani-
fiesta.
D.—Ya noto que la parte de las partes de la can-
tidad del mundo que propusimos, es divisible, y me es
manifiesto, porque se divide en substancia y acciden-
te; pero, ¿qué dirás si, revolviéndome, dijere que
esta parte se divide otra vez en otras partes meno-
res que ella en cantidad?
M.—La parte que propusimos, ¿no fué la parte
mínima del cuerpo? menor que esta parte, ó si esta
parte pudiera dividirse en otras, se diría lo mismo
de esta misma única parte, ó de cada una de las
muchas partes, lo q u e de la parte asentamos más
arriba, esto que no puede ser que sea divisible ó no
divisible, ya sea sólo substancia material ó sólo ac-
cidente formal, ó compuesto juntamente de subs-
tancia material y accidente formal.
D.—Puesto que supusimos que esta parte era la
mínima de las partes, ¿cómo será divisible?
M.—No admitimos la división de esta parte en
cantidad, sino en substancia y accidente, y según esto
144 L A
F U E N T E D E LA VIDA

asentamos la división que hizo necesario que esta


parte sea compuesta de substancia y cantidad, por
lo que no es imposible que esta parte sea la míni-
ma de las partes para el sentido no en si; divisible
es, pues, porque es imposible que sea alguna parte
de la cantidad y no lo fuera.
D.—¿Cómo puede decirse que la parte mínima
de las partes sea divisible?
M.—Necesario es decirlo, porque es imposible
llegar á parte que no se divida, pues que todas las
longitudes de los cuerpos son divisibles hasta lo
infinito, y es preciso que todas las longitudes de
los cuerpos sean divisibles al infinito, porque es
imposible que algo se resuelva en un género que no
es el suyo; si, pues, la parte de la cantidad propues-
t a se resolviera en partes que no se dividan, preciso
es que esa parte, ó no fuese, ó fuese substancia sim-
ple, y una ú otra cosa de éstas que dijera, sería re-
pugnante. . .
D.—Me admira que una parte que se divide puede
llamarse mínima, cuando se imagina otra menor.
M.—Propongamos, pues, una parte que no se di-
vida y sea absolutamente la mínima de las partes,
esta parte propuesta no puede, ser más que parte ó
no parte.
D.—Así es.
M.—Si es parte, es parte de otra parte, que
reuniéndose á ella, será mayor que antes era sola;
de esta segunda parte que se junta á la primera,
•¿qué dices? ¿es divisible ó indivisible? Si dijeras que
INB- GEBIROL '45

TiO era divisible, como la primera no lo era tampoco


la parte compuesta de ellas no puede ser divisible,
y si las dos partes unidas no fueran divisibles, estas
dos partes y una de ellas serían iguales; luego dos
sería igual á uno, lo que es incongruente; lo mismo
hay que decir de la tercera y de la cuarta parte, has-
ta lo infinito; pero si el compuesto de todas fuera
una parte no divisible, esto es, si muchas partes
fueran iguales á una parte, todo el cuerpo del mun-
do serla igual á una de sus partes, que es indivisible;
luego la segunda parte añadida á la primera, tiene
•que ser divisible, y si la parte segunda añadida á la
primera, fuera divisible, necesario es que la prime-
ra parte sea también divisible, por lo que fué preci-
so que la segunda parte fuera divisible, y era impo-
sible que no lo fuera, é igualmente será necesario
que todas las partes del cuerpo sean divisibles, por
lo que es imposible llegar á una parte que sea indi-
visible, y en esto no hay diferencia entre todas las
partes del cuerpo. Si además dijeres que la parte
mínima propuesta no es parte, no se podría encon-
trar una parte mayor que ella, porque si se encon-
trara esta parte mayor, sería preciso que la parte
mínima propuesta fuera parte suya, y que, juntán-
dose á otra cada una de las partes del cuerpo, fuera
mayor la i parte conjunta que las simples que la
componen; luego la parte mayor propuesta, parte
con la mínima parte, no es (parte), lo que es incon-
gruente; luego la parte mínima de las partes pro-
puesta, no es no-parte, luego es parte, y siendo
10
146 LA F U E N T E DE LA V I D A

parte, es necesario que sea divisible, como hemos


demostrado más arriba.
D.—Ya es manifiesto para mí que la parte,
mínima parte de las partes propuestas, no es no-
divisible porque no puede encontrarse par:e in-
divisible, y también es manifiesto que la pro-
puesta, parte de las partes de la cantidad de la
substancia del mundo, está compuesta de subsiaiuia
y de accidente.
M.—También te presentaré esto de otro modo, y
he aquí nuestra exposición: Toda forma para sub-
sistir necesita de una materia que la sostenga, y
como la cantidad es forma de la substancia y la
parte de la cantidad es cantidad, preciso es tam-
bién que su parte sea forma de la substancia. For-
mulemos, pues, de este modo la argumentación: La
menor parte de la cantidad es forma, y toda forma
para existir necesita de una materia que la sosten-
ga-, luego la menor parte de la cantidad necesita de
una materia que la sostenga. Lo mismo de otro
modo: La forma en la no-materia no es sensible;,
pero la menor parte de la cantidad es forma sensi-
ble; luego la menor parte de la cantidad no existe
en la no-materia. Lo mismo de otro inodo: Si
• no hubiere forma subsistente en la materia, no
se sentiría; pero se siente la forma de la menor
parte de la cantidad; luego es subsistente en la
materia.
D.—Ya es manifiesto para mí, con clara mani-
festación, que la parte de las partes de la substan-
INB-GEBIROL 147

cia del mundo que propusimos, no puede existir en


la no-materia.
M.—No hay diferencia entre la parte, de las par-
tes de la substancia del mundo que propusimos y
las demás en la necesidad de materia que las sos-
tenga.
D.—Así es.
M.—Luego es preciso que cada una de las partes
de la cantidad de la substancia del mundo subsista
en materia.
D.—Es preciso.
M.—Y puesto que todas las partes de la canti-
dad de la substancia del mundo son semejantes en
naturaleza y esencia, es preciso por esto que la
esencia de la substancia esté infundida en la totalidad
de la esencia de la cantidad.
D.-—Así es necesario; pero es difícil de entender
que sea y continua la esencia de la substancia, exis-
tiendo muchas partes del cuerpo del mundo, y nos-
otros asentamos una substancia que sostenga cada
una de estas partes.
M.—La parte mínima de las partes del cuerpo
que suponemos y las demás partes, no están de he-
cho separadas unas de otras, y por esto quien pue-
de dudar de que sea una la substancia que las sos-
tiene, cuando las partes juntas y continuas del cuer-
po total no tienen separación entre sí, ni hay entre
ellas vacío ó concavidad, y lo que lo prueba es el
movimiento de los cuerpos á la parte contraria de
su movimiento natural, con lo que es imposible ha-
148 LA FUENTE DE LA VIDA

ber vacío; luego existiendo cada una de las partes


del cuerpo total en la substancia, y siendo todas es-
tas partes continuación de una, preciso será que la
substancia que las sostiene sea continua con una
sola continuación.
D.—Ya es evidente para mí la continuación de
la totalidad de la substancia con la totalidad de la
cantidad; ponme, pues, de manifiesto lo que es esta
cantidad, cuál es la verdad de su ser y en dónde nace
en esta substancia.
M.—No es de aquí esta investigación, porque
para hacerla, necesitas la ciencia de la primera
forma universal, que es origen de toda la forma y
fuente de toda especialidad, en la que se inquiere,
de la que se deduce y en la que se resuelve la cien-
cia de toda forma, y cuando hayamos de hablar de
esta forma, entonces hablaremos particularmente
de su naturaleza y esencia, y sabrás la verdad de la
cantidad y de todas las formas que en la materia se
sostienen.
Ahora te daré una breve suma de la ciencia de la
cantidad, que junte esto con lo que luego ha de se-
guir. Digo, pues, que la forma existente en la mate-
ria que perfecciona la ciencia de toda cosa, y por
la que es hecho cada uno de los que son, es la uni-
dad proviniente de la primera unidad que la creó, por-
que la primera unidad que es unidad para sí mis-
ma, fué creadora de otra unidad que está bajo ella,
y porque esta unidad fué creada por la primera,
verdadera unidad que no tiene principio ni fin, ni
INB-GEBIROL 149

mutación ni diversidad, necesario fué que la unidad


creada tuviera principio y fin en ella, y que le so-
breviniera la mutación y la diversidad, y por esto
se hizo desemejante de lá unidad perfecta que la
hizo, y porque, según lo dicho, esta unidad es
opuesta á la unidad perfecta verdadera, y le alcan-
za la multiplicidad, la diversidad y la mutabilidad;
fué preciso que fuera divisible, teniendo varios ór-
denes, y que la unidad que fuere más cercana á la
unidad primera verdadera, como materia formada
por ella, fuere más una y más simple, y, por el con-
trario, cuanto más lejana estuviere de la primera
unidad, fuera más múltiple y compuesta, y por esto
la'unidad que lleva á ser la materia de la inteligen-
cia es una, simple, no divisible, ni multiplicable
esencialmente, y si es divisible, es accidentalmen-
te; luego esta unidad es la más simple y la más una
de las que llevan á ser las demás substancias, y esto
porque está apegada á la primera unidad que la
hizo, y por esto la substancia de la inteligencia ha
sido hecha comprendedora de todas las cosas, por
la unidad de la esencia que la lleva á ser, porque
esta unidad es comprendedora de todas las unida-
des que constituyen la esencia de todas las cosas,
esto es, que las esencias de las unidades que subsis-
ten en las partes de la materia (digo unidades),
v. gr., como las formas de todos los géneros y todas
las especies é individuos tienen ser y existir en la
esencia de la unidad primera, porque todas las uni-
dades se engendran de la primera unidad creada, y
150 LA F U E N T E D E LA VIDA

la primera unidad creada hace subsistir sus esen-


cias, porque la esencia de las unidades de los múl-
tiples no comenzaron sino en la esencia de la uni-
dad de lo uno, y por esto las formas de todas las
cosas tienen el ser en la forma de la inteligencia,
son subsistentes en ella y conjuntas con ella, y la
forma de' la inteligencia es la sostenedora y la con-
juntura de ellas, porque la unidad simple de ella
es por sí la que junta todas las unidades y las for-
mas de todas las cosas no son más que unidades
aumentadas. La prueba es ésta: Lo que es inteligi-
ble ó sensible, es uno ó múltiple, y porque la uni-
dad subsistente en la materia de la inteligencia, es
unidad y simplicidad, según se ha dicho; necesario
fué que se aumentara la unidad subsistente en la.
materia del alma y se multiplicara, porque el orden
de su unidad está por bajo del orden de la unidad
subsistente en la materia déla inteligencia, y por eso
fué también necesario que se aumentara esta unidad
y se multiplicara, y que le alcanzara la mutación y
l a diversidad entre los demás órdenes de la materia
substinente de ella, según el descenso de los gra-
dos de la materia hacia abajo y su alejamiento de
lo superior, por donde llegó á la materia que sos-
tiene la cantidad, esto es, á la substancia de este
mundo, y en ella es aumentada y dividida, y angos-
t a d a y condensada en la materia que la sostiene, y
todo esto por su obediencia y sujeción á la unidad
creadora, y por esto esta substancia es condensada
y corpulentada é incorporada en sí, por donde esta
INB-GEBIROL 151

substancia inferior en su espesura y densidad fué


opuesta á la substancia más elevada con su sutileza
y simplicidad, porque esta substancia es sujeto, prin-
cipio y origen de la unidad, y aquella otra sujeto, fin
y extremidad de ella, y por esto el fin no puede
juntarse con el principio, porque no es llamado fin
sino el desfallecimiento de la virtud del principio y
su terminación; esto lo explicaremos cuando trate-
mos de la diversidad de las formas en las substan-
cias y de las oposiciones de sus órdenes. Ejemplo
además de lo que dije de la simplicidad de la subs-
tancia, desde que comienza hasta la naturaleza, y
de la corporeidad de la substancia desde la natura-
leza hasta el último centro, es el agua que corre y
se precipita, haciéndose con otro otra, que en prin-
cipio delgada y límpida, se condensa lentamente en
la laguna y se obscurece, y como el plomo cuando
se extrae del horno, en parte lúcido y accesible á la
vista, y parte lo contrario; igualmente podemos ver
al descubierto la diversidad de unidades en la ma-
teria que las sostiene, porque vemos á las partes del
fuego extremadamente unidas, simples é iguales,
por lo que su forma parece una sin multiplicidad;
pero á las partes del aire y del agua las encontra-
mos más diversas y separadas, por lo que sus partes
y sus unidades son más manifiestas. Y el resumen
de esta doctrina es, que la cantidad subsistente en la
substancia, está formada por la conjunción de unida-
des que se han de multiplicar, y por eso se ha dicho
que la composición del mundo no proviene sino
152 3JA F U E N T E D E LA VIDA

del delineamiento de los números y de las letras en


el aire (i).
D.—Haz accesibles para mí los modos de asig-
nación, porque la cantidad de la materia subsisten-
te en la substancia, no es sino un conjunto de uni-
dades.
M . — L a expresión de esto se hace de muchos
modos, porque la forma inferior que subsiste en la
materia inferior, es recibida de la forma más eleva-
da, subsistente en la materia más elevada, y puesto
que la forma superior no es más que unidad, la.
forma inferior no es más que unidad, y también
porque cualquiera de las partes que señalares preci-
so es que sea una ó muchas, y la pluralidad no es
más que la multiplicación de lo uno. Y también el
número compuesto de unidades está repartido con
la cantidad continua en la materia, porque son del
mismo género y no se diversifican sino por la con-
tinuación y la disgregación-, luego entre las unida-
des del número discreto y las unidades de la canti-
dad continua subsistente en la materia, no hay más
diferencia que aquéllas son disgregadas, éstas con-
tinuas; luego lo continuo no es sino de lo disgrega-
do, porque el concepto de la continuación en lo
continuo, no es sino la continuación de la disgre-
gación en los disgregados, y por esto es preciso que
la cantidad continua sea proviniente de las unida-

(i) Esto es lo único en que puede apoyarse la opinión


de Meyer acerca de la doctrina cabalística de las letras en
Ibn Gebirol, y á la vista está cuan poco es.
1NB-GEBIR0L

des de la substancia. Y también, como el número


disgregado no se encuentra sino en lo numerado
por él, la cantidad continua no se encuentra sino en
la substancia que la sostiene. Y también, porque la
cantidad separa las substancias y las mide, como el
número separa la cosa numerada y la mide. Y tam-
bién, porque el número se resuelve en unidades, y
la cantidad que subsiste en la substancia se resuel-
ve en puntos, y los puntos son unidades que, en ver-
dad, se sostienen en la materia que es substancia;
pero las unidades no subsisten en la materia, por-
que son inteligibles. Y también, porque al cuer-
po en su composición es comparable al número en
la suya, porque para componer el número princi-
pias por uno, y multiplicando por su multiplica-
ción se hace el dos, y duplicando el dos, el cuatro,
y duplicado el cuatro, se hace el ocho; é igualmente
en el cuerpo comienzas por el punto, que es com-
parable á la unidad, y cuando lo alargares á otro
punto, por la duplicación del punto que es compa-
rable á la de la unidad, se hace la línea que tiene
dos puntos y que es comparable al número dos, y
de su duplicación se hace la superficie, que tiene
cuatro puntos y que es comparable al número cua-
tro, y de su duplicación, el cuerpo que tiene ocho
puntos y es comparable al número ocho; asimilarás,
pues, el número discreto y la cantidad continua en
composición y resolución, porque la composición
de cada uno no nace sino de perfectas duplicacio-
nes, y por. esto se significa que una es la raíz de
LA FUENTE DE LA VIDA

•ellos, porque son compuestos de una cosa y se re-


suelven en una. Y también, porque cuanto el cuer-
po tuviere sus partes más juntas y comprimidas,
será más denso y tendrá más cantidad, como la pie-
dra (i), y, por el contrario, cuanto más esparcidas
y sueltas las hubiere, será más sutil y de menos can-
tidad, como el aire, con lo que se significa que no
viene á la substancia sino por la unión y compre-
sión de sus unidades en ella.
D.—Ya es manifiesto para mí que la cantidad
subsistente en la substancia Gonsta de unidades;
¿pero qué dices de estas unidades, tuvieron primero
ser por sí y después se compusieron y se juntaron en la
materia?
M.—La explicación de estas unidades que subsis.
ten en la substancia compuesta y perfeccionan el
ser de la substancia, es como la explicación de las
demás unidades que subsisten en las materias de las
•substancias simples y perfeccionan su ser, y, en ge-
neral, como la explicación de la forma subsistente
en la materia; á saber: que no es posible que la for-
ma se separe de hecho de la materia que la sostiene
(la forma substancial digo, no la accidental), por-
que la forma accidental puede separarse de hecho
de la materia que la sostiene, y las formas substan-

( i ) La palabra lapis, piedra, no se encuentra en ningu-


no de los cuatro códices y está añadida por Baeumker,
tomándoia del tratado De Unüate, del Arcediano de Se-
-govia.
INB-GEBIROL

ciales no pueden separarse de las materias que las


sostienen, sino por el entendimiento, resolviendo y
componiendo, y por esto consta que la forma es
otra que la materia, según la antedicha manifesta-
ción de ello.
D.—Ya se aclara para mí, con tu explicación,
que lo uno compuesto y multiplicado, provino y
salió de la duplicación del primer uno simple; dime,
pues, ¿cuál es la causa de la mutación del uno simple,
de su simplicidad y espiritualidad á la composición y
corporeidad?
• M.—La causa de esto es el alejamiento del origen
de la unidad y la imposibilidad de la substancia
para recibir una forma fuera de esta forma; ejemplo
de esto es el antedicho del agua y del plomo que
aquí encuentras sutil y lúcido, allí denso y obscuro,
y lo mismo hay que decir de la materia que sostie-
ne la forma, porque de ella algo es espiritual y su-
til, algo corporal y denso.
D.—Habiendo dicho que la forma de la substan-
cia, esto es, la cantidad, está compuesta de mu-
chos unos, ¿podríamos decir también que las formas
de las substancias simples están compuestas también
de muclios irnos?
M.—Toda forma de las formas de las substancias
simples, es una que no admite división, y, en gene-
ral, ningún uno admite división; ¿cómo admitirá di-
visión siendo una cosa y no habiendo sido lo uno
en cantidad, sino por la substancia que es sujeto de
ella? ¿no ves que todos los unos en que se divide la
LA F U E N T E D E LA VIDA

cantidad se reúnen en la forma de uno y no se d i -


versifican sino en el sujeto de ellos? y el significado
de esto es, que lo uno lleva la materia á ser y se
unen en ella y es lo que la retiene, por lo que, cuan-
do la materia fuere sutil, simple, muy apartada de
la discordia y de la separación, lo uno se apareará
y se unirá con ella, y una y otra se harán una cosa
de hecho indivisible; pero cuando la materia fuere
densa, débil, lo uno no le es adecuable, sino que se
debilitará al unirse á ella y al juntarse á su esencia,
por lo que entonces se separa la materia y no es re-
tenida por lo uno, sino que discordan, y así lo uno
es multiplicado y dividido. La forma de la argu-
mentación es ésta: Toda cosa que hace algo contra-
rio al agente, hace lo contrario de la cosa hecha;
pero la materia es lo contrario de lo uno, es su for-
ma; luego la materia hace lo contrario que lo que
hace lo uno; pero lo uno hace la unidad, luego la
materia hace la separación, que es lo contrario de
la unidad, de donde, si alguno dijera que la materia
hace la unidad y que lo uno hace la unidad, los con-
trarios harían lo uno io que es contradictorio. Lo
mismo de este modo: Lo uno tiene por sí materia
que es unida con él, y lo que tiene por sí no puede
separarse, y testimonio de que lo uno tiene materia
unida con él, es que, cuando lo uno se separa de lo
unido con él, se destruye la unión y se hace no-uno,
y acaso se destruye la materia por la destrucción de
la forma que es una. Lo mismo también de otro
modo: La materia necesita tener lo uno para su
INB-GEBIROL 157

unión, lo que tiene necesidad de uno para su unión


no está unido por sí, luego la materia no está uni-
da por sí, y porque la materia no está unida por sí,
estará separada por sí.
D.—Ya me es manifiesto, por lo propuesto, que
la substancia del mundo está infundida en toda la
cantidad que subsiste en ella, y que se extiende
desde el término superior que contiene el cielo,
hasta lo último del centro, y me ha sido manifesta-
da la verdad de lo que es la cantidad; di, pues, ¿de
esta substancia queda algo simple fuera del mundo
que no reciba la cantidad?
M.— ¿Cómo puede encontrarse algo de esta subs-
tancia simple que no sostenga la cantidad, puesto
que la cantidad es su forma que la comprende, la
lleva á ser y la hace distinguirse de otra? Si sobre
el cielo hay substancia simple, recibirá otra forma
que la cantidad, y cuando esta substancia reciba
otra forma que la cantidad, entonces ella y la subs-
tancia que recibe la forma de cantidad, no serán
una substancia. Además, no es posible que haya
una substancia sobre el cielo que reciba la cantidad
porque este término, esto es, la superficie más alta
y continente del cielo, es principio de la generación
de su naturaleza y de su ser, y quien opinare lo con-
trario de esto, es como si opinara que la tierra es
lugar del aire, ó el aire lugar del cielo, lo que es
absurdo.
D.—De todo lo que hasta al presente hemos ade-
lantado en nuestra indagación, he aprendido la
i 8
5
LA F U E N T E D E LA. VIDA

ciencia de la substancia que sostiene los nueve pre-


dicados, y con ella la ciencia que buscábamos des-
de el principio, esto es, que en las substancias sensi-
bles en su universalidad y en su particularidad, fio
hay más que materia y forma, y es lo que quería-
mos hacer patente.
M.—Considera igualmente los inteligibles univer-
sales y particulares, y no encontrarás en ellos más
que materia y forma.
D.—¿Qué son estos inteligibles universales y par-
ticulares?
M.—Son substancias espirituales que contienen
la substancia que sostiene los nueve predicados,
que son la naturaleza, las tres almas y la inteli-
gencia.
D.—Puesto que vamos á considerar lo que sigue
á la substancia que sostiene los nueve predicados,
menester es que sepamos cómo existe esta substan-
cia en la substancia espiritual que la sigue, y cómo
difiere la substancia espiritual de la corporal, no
teniendo aquélla fin corporal, y si en ello hay cone-
xión ó no.
M.—Debes comparar la existencia de la substan-
cia corporal universal en la substancia espiritual uni-
versal, con la existencia del cuerpo en el alma, por-
que como el alma contiene y sostiene al cuerpo, así
la substancia espiritual universal contiene y sostiene
el cuerpo universal del mundo, y como el alma es
por sí distinta del cuerpo y está unida, no conti-
nuada con él, la substancia espiritual es también
INB-GEBIROL 159

distinta por sí del cuerpo del mundo, y si está uni-


da con él, no es continuación suya.
D.—Hazme patente la verdad de la aplicación
de la substancia espiritual á la substancia cor-
poral.
M.—Razón conocida de la aplicación de la subs-
tancia espiritual á la substancia corporal, y en ge-
neral de la aplicación de las substancias espiritua-
les unas con otras, y de la existencia de unas en
otras, es como la aplicación de la luz ó del fuego
al aire, y la aplicación del color y de la figura con
la cantidad, y de la cantidad con la substancia, y la
aplicación de los accidentes espirituales con las.
substancias espirituales, esto es, que siendo preciso
que las cosas manifiestas fueran ejemplo de lo ocul-
to de ellas, preciso será que la aplicación de las
substancias espirituales y su subsistencia de unas en
otras, sea como la aplicación de las partes de las
substancias corporales, esto es, del color, de la figu-
ra, de la cantidad y de la substancia, y de la sub-
sistencia de unas en otras.
D.—Por lo que me dices, ya está declarado que
en los inteligibles universales y particulares no hay-
más que materia y forma; muéstrame, pues, la cien-
cia verdadera de esto, y pruébame primero que hay
esas substancias inteligibles que te gloriabas me ha-
bías de mostrar, porque me parece difícil esta ex-
plicación, pues tengo para mí que en todo lo que
es no hay más que la substancia que sostiene los
nueve predicados, y su hacedor sublime y excelso;
l60 LA F U E N T E D E LA VIDA

pero que sean las otras substancias medias entre el


primer hacedor elevado y santo, y la substancia que
sostiene los nueve predicados, necesita de mucha
prueba y de larga declaración, entremos, pues, en
el tercer tratado, con el auxilio de Dios y su acaba-
miento (i).

(i) Nos apartamos aquí de la lección de Baeumker, y


seguimos la del códice de la Biblioteca Nacional de París.

FIN DEL TRATADO SEGUNDO


ÍNDICE

Páginas.

ESTUDIO PRELIMINAR, por D. Federico de


Castro 5
TRATADO PRIMERO.—De lo que debe prece-
der á la asignación de la materia y de la
forma universal, y á la asignación de la
materia y de la forma en las substancias
compuestas 77
TRATADO II.— De la substancia que sostiene
la corporeidad del mundo 105
OBRA NOTABLE

D'MYTRI DE MEREJKOWSKY

LA MUERTE DE LOS DIOSES


(LA REACCIÓN PAGANA EN ROMA)

NOVELA

Tomo en 8.° de 400 páginas de nutrida lectura, 3 ptas.

Es esta obra, en la que se describe con escrupu-


losa fidelidad histórica la lucha entre cristianos y
paganos en Roma, durante el reinado de Juliano,
llamado el Apóstata, una de las más bellas recons-
trucciones de la decadencia del imperio romano, y
una noyela de tanto mérito literario como histórico.
Cata editorial de ES. RODRÍGUEZ SERRA, Flor baja, 9, Madrid.

. Biblioteca de Filosofía y Sociología.


Tomos de 250 á 350 páginas, DOS y TRES pesetas.
I. A . Sehopenhauer.—Sobre l a v o l u n t a d e n l a N a t u -
raleza, traducción del alemán por M. de Unamuno. 2 ptas.
II. Carlos A l b e r t . — E l a m o r l l o r e . 2 ptas.
III. Baltasar G r a o i á n — E l h é r o e . E l u i s c r e t o . 8 ptas.
IV. Emerson.—El h o m b r e y e l m a n d o . 2 pesetas.
V. Nietzsche.—El o r i g e n d e l a t r a g e d i a . 2 peseta.
VI. Inb-Gebirol.—lia f u e n t e d e l a v i d a . 2 pesetas.

ofriBlioleca eflí/ignon
OBR.AS D E L O S M E J O R E S E S C R I T O R E S
MAGNÍFICAMENTE ILUSTRADAS

P r e c i o del tomo, 0,75 p e s e t a s . '


I. Vicente M e d i n a . — A i r e s m u r c i a n o s (poesías).
II. A. P a l a c i o V a l d é s . — ¡ S o l o ! (novela).
III. C l a r í n — I . a s d o s c a j a s (no-vela).
IV. Eicardo W a g n e r . — H i s t o r i a d e u n m ú s i c o e n P a -
r í s (novela).
V. U. González S e r r a n o . — S i l u e t a s , c o n r e t r a t o s y autó-
g r a f o s de varios autores.
VI. Juan V á l e r a . — E l p á j a r o v e r d e .
VII. Luis B o n a f o u x . — R i s a s y l á g r i m a s .
V I H . Jacinto O. P i c ó n , C u e n t o s .
I X . R. Becerro de Bengoa.— E l r e c i é n n a c i d o .
X . J. Ortega M u n i l l a . — T r e m i e l g a .
X I . José M. P e r e d a . — P a r a s e r b u e n a r r i e r o . . .
XII. A. D a u d e t . — U n a a n é c d o t a d e l s e g u n d o i m p e r i o .
XIII. V. Blasco I b á ñ e z . — l i a - c e n c e r r a d a (novela).
X I V . G. Martínez S i e r r a . — A l m a s a u s e n t e s (novela).
X V . E. Menéndez y P e l a y o . — A l a s o m b r a d e u n r o b l e .
X V I ! Gaspar Núñez de A r c e . — S a n c h o G i l .
X V I I . Blanca de los R í o s . — S l e l i t a P a l m a .

COLECCIÓN D E LIBROS PICARESCOS


EDICIONES DE BIBLIÓFILOS
Precio del tomo, 5 pesetas.
I. Francisco Delicado.—lia l o z a n a a n d a l u z a .
II. Aretino.—Coloquio de las damas.—lia cortesana
(en u n volumen, con grabados).
III. A g u s t í n de R o j a s . — E l v i a j e e n t r e t e n i d o (primera
y s e g u n d a parte).
EN'PRENSA
I V . Agustín, de R o j a s . — E l v i a j e e n t r e t e n i d o ( t e r c e r a
y c u a r t a parte.)