Está en la página 1de 383

homenaje

Elogio de la Sabiduría

Ensayos en Homenaje a
Mario Bunge
en su 95° Aniversario

Guillermo M. Denegri
Compilador
Elogio de la sabiduría : Ensayos en homenaje a Mario Bunge en su
95° aniversario / José Luis Pardos Pérez ... [et.al.] ; compilado por
Guillermo M. Denegri. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires
: Eudeba, 2014.
390 p. ; 24x17 cm. - (Homenajes)

ISBN 978-950-23-2339-8

1. Epistemología. I. Pardos Pérez, José Luis II. Denegri, Guillermo


M., comp.
CDD 121

Eudeba
Universidad de Buenos Aires

Primera edición: septiembre de 2014

© 2014
Editorial Universitaria de Buenos Aires
Sociedad de Economía Mixta
Av. Rivadavia 1571/73 (1033) Ciudad de Buenos Aires
Tel.: 4383-8025 / Fax: 4383-2202
www.eudeba.com.ar

Diseño de colección: Mariana Piuma


Diagramación y corrección general: Eudeba

Impreso en la Argentina
Hecho el depósito que establece la ley 11.723

No se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su


almacenamiento en un sistema informático, ni su transmisión
en cualquier forma o por cualquier medio, electrónico, mecánico,
fotocopias u otros métodos, sin el permiso previo del editor.
Índice

Prólogo.................................................................................................................7
Pardos Pérez, José Luis

Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y la longevidad)..............................15


Denegri, Guillermo M.

La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría.............................27


Agazzi, Evandro

El Sistemismo como una alternativa de investigación posible


a la problemática del delito..............................................................................39
Amado Yannarella, Ana María

Prospectiva científica y tecnológica: una aproximación no-hegemónica........73


Bosch, Marcelo

El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge.......................99


Botteri, José David y Coste, Diego

Naturaleza y dignidad humana.....................................................................121


Cela Conde, Camilo J.; Fernández Neto, Atahualpa; Fernández,
Marly; Fernández, Manuella María y Burges, Lucrecia

Mario Bunge y la etnografía...........................................................................143


Crivos, Marta

Fiat scientia nec pereat mundus....................................................................149


Domenech, Antoni y Bertomeu, María Julia
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague........................161
Gómez, Ricardo

Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología............................185


González del Solar, Rafael, Marone, Luis y López de Casenave, Javier

Médicos y pacientes, la evolución de la relación...........................................209


Laborda Molteni, Jorge

La ontología y la filosofía de la mente de Mario Bunge................................221


Mahner, Martín

La ontología de Mario Bunge.........................................................................235


Mosterín, Jesús

Algunos retos filosóficos de la política científica............................................251


Quintanilla Fisac, Miguel Ángel

Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender


la tecnología: reglas, fines, acciones racionales, diseños...............................269
Scarano, Eduardo

Nota histórica sobre la noción de causa.........................................................291


Torretti, Roberto

¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la mecánica cuántica.........309


Vucetich, Héctor

Breves consideraciones sobre parasitismo animal........................................323


Yannarella, Francisco Gerardo

Profesor Mario Bunge. Curriculum Vitae .....................................................337

Sobre los autores ............................................................................................383


Prólogo

José Luis Pardos Pérez

Es especial que el Profesor y Maestro Mario Bunge no solo cumpla 95


años sino que en torno a su persona, a su obra y a sus enseñanzas nos
juntemos un grupo de amigos, discípulos y fervientes admiradores, así
como decididos defensores de su pensamiento, su manera de actuar y
sus formas de enseñar. Pero aquí estamos, y yo tengo el gran honor y
distinción de poner las primeras líneas que anticipan los textos de un
conjunto de personas sabias que queremos hagan y hablen en este Elo-
gio de la Sabiduría, del Profesor y Maestro Mario Bunge.
Permítanme que al inicio de este Prólogo cite dos valiosísimas de-
dicatorias de don Mario al libro Ciencia y Desarrollo que para mí fue no
solo el descubrimiento del bungismo/sistemismo, sino que me convirtió
a él, hace ya más de treinta largos años. Permítanme, a su vez, que lo
relate brevemente y que refiera cómo se sucedieron los acontecimientos.
En la España de los años ochenta, bien entrado el gobierno so-
cialista, se tuvo por el poder, a la sazón en La Moncloa, la feliz idea de
traer a España a muchos de aquellos intelectuales latinoamericanos,
que no habían estado aquí durante los largos y complejos años del
Franquismo. Dicho y hecho.
Yo a la sazón estaba con el Ministro de Asuntos Exteriores Fer-
nando Morán, como Director General de Cooperación Técnica Inter-
nacional y me cupo la honrosa labor de organizar tal encuentro. Fue
para mí una de las más gratas misiones diplomáticas que he debido
hacer en mi vida. Pensé el lugar, Toledo; pensé en el sitio aquel en el
que El Greco había pintado la ciudad, en el Parador Nacional, y me
dispuse a llevar a cabo la convocatoria.

7
Prólogo

De ella, y aparte del propio don Mario cuyo encuentro ya referi-


ré más tarde, recuerdo a personajes bien conocidos tales como Raúl
Prebisch. Felipe Herrera era otro de los más asiduos, más distinguidos,
y de los más empeñados en participar en el encuentro de Toledo. De
hecho don Felipe asistía siempre acompañado por unas muletas en
las que apoyaba su cuerpo, tras un percance cardiovascular que no
le impedía ni asistir ni participar, con todo empeño, tesón e ilusión.
Aprendimos mucho de él y de unos cuantos más, que durante unos tres
días dedicamos nuestro “encuentro” a pensar cuál era y debía ser el
papel de España en las Indias que habían adquirido su merecida in-
dependencia, hacía menos de un siglo en el caso de Cuba o de Puerto
Rico y algo más en las diversas Repúblicas latinoamericanas.
En todo caso mantuvimos, alertados y aleccionados grandemente
por don Raúl Prebisch, quien con frecuencia me empujaba a que fue-
ra más animoso y a que planteara con más realismo los términos de
las relaciones bilaterales y multilaterales con Latinoamérica, en los
procesos que vivíamos en los años ochenta: “Dele Ud. bien y duro... y
no nos deje perder el tiempo”, recuerdo que me decía con permanente
insistencia.
Hubo muchos participantes españoles como Xavier Ruber de
Ventos y Rafael Correra que aportaron sus sabidurías, su buen hacer
y sobre todo su experiencia en el mundo bilateral hispanoamericano.
El “encuentro” se clausuró con la asistencia y participación del
Ministro Fernando Morán, y así como quien no lo quiere, uno de sus
participantes, enjuto y decidido al pasar junto a mí, me dijo: “Tome
ese libro mío para que lo lea en cuanto tenga un hueco”. Era un librito
de unas 160 páginas, llamativamente editado en color amarillo y bajo
un gran título que decía: Mario Bunge, Ciencia y Desarrollo, de la
editorial Siglo Veinte.
Pasaron varios días, quizás creo recordar que hasta una sema-
na desde que terminamos el “encuentro” en Toledo, cuando inicié
su lectura. Me ocurrió algo que nunca me ha sucedido... y es que no
podía parar de leerlo, de reflexionarlo y sobre todo de ir recibiendo
unos efectos tan positivos, y un impacto tan importante y decidido
que, cuando al fin y apresuradamente lo terminé, sucedió algo que
nunca me había pasado antes: Mario Bunge y su libro sobre Ciencia
y Desarrollo iba cambiando sencillamente mi forma de pensar. Su
lectura me había impactado a fondo, tan a fondo que desde el día
en el que lo leí, posiblemente en torno a fines de febrero de 1983,
mi manera de reflexionar, de pensar y hasta de actuar eran senci-
llamente distintas.

8
José Luis Pardos Pérez

Creo firmemente que con la primera lectura del libro del Profe-
sor y Maestro Bunge me estaba adentrando en la Filosofía Sistémi-
ca, sin ni siquiera saberlo. Especialmente en el modo de concebir el
mundo y hasta el universo como un conjunto de sistemas, cuando el
Profesor y Maestro Bunge afirma en la página 19 de su fundamental
librito que “hay cinco concepciones principales del desarrollo de una
sociedad humana: la biológica, la económica, la política, la cultural y
la integral”. Y recuerden ustedes que a la sazón yo era, modesta pero
intensamente, Director General de Cooperación Técnica Internacional
y el “desarrollo” era mi tema central y preferido. No había pues terreno
más apropiado para que esa sencilla, aquellas sencillas, claras, densas
e intensas afirmaciones y concepciones del Profesor y Maestro Mario
Bunge cayeran en un terreno más apropiado y más dispuesto a que
germinaran, crecieran y se propagaran con toda la fuerza con la que
“la Sabiduría” del Profesor y Maestro Mario Bunge; lo ha hecho en mi
vida, en mi pensamiento y en mi manera de hacer, de gestionar y de
desarrollar mi actividad intelectual, humana y de todo orden.
A él se lo debo, y voy a tratar de describirlo un poco más en este
modesto Prólogo en retribución a sus años de enseñanza, a su manera
de relacionarse humanamente y a su gestión sabia, directa y llena de
savoir faire de su trato con las personas y de la eminencia del Profesor
y Maestro Mario Bunge “felizmente reinante” (sic) en el mundo de la
enseñanza, de la sabiduría y de las prácticas humanas y de las científicas.
Pero hay algo que debo decir, muy firmemente, en el inicio de
estas líneas o Prólogo a Elogio de la Sabiduría. Ensayos en Homenaje
a Mario Bunge en su 95º Aniversario y es lo siguiente. El citado librito
(por decirlo modestamente) del grandioso Profesor y Maestro Mario
Bunge, el que me obsequiaron en el Parador Nacional de Toledo, en
1983.02.20 –como siempre fecha don Mario todos sus escritos, y un
día me lo dijo abiertamente: “mirá, JoLu, lo que te interesa saber en
primer lugar es el año en el que vivís, luego el mes y finalmente el
día”– no me ha abandonado nunca, nunca, nunca. Quiero reafirmar,
este librito debidamente subrayado en azul, luego en rojo, negro,
verde, naranja y/o amarillo, nunca me ha abandonado o nunca yo me
he alejado de él, porque siempre ha sido para mí fuente de Sabiduría,
compendio de Ciencia, y conjunto de bienes que –repito– siempre me
han sido, no solo útiles sino extremadamente benéficos, para todas
mis andanzas por el mundo, que han sido muchas, y para todos mis
quehaceres, que igualmente han sido muy variados también.
Mi Maestro y permanente Profesor Mario Bunge me ha acompaña-
do a lo largo de toda mi vida, y ya pasan más de treinta años desde que

9
Prólogo

tuve la fortuna de conocerle y tratarle en Toledo, más de tres décadas


en las que su Ciencia y Desarrollo me ha acompañado, por supuesto
en mi Dirección General de Cooperación Técnica Internacional, en Ma-
drid, en el Ministerio, y por esos mundos de Latinoamérica, por Santo
Domingo, cuando en Los Altos del Chavón hicimos varios cursillos
sobre la descontaminación de los Océanos; o en Canadá, en mi Emba-
jada en Ottawa, cuando don Mario fue recibido en la Real Academia
de las Ciencias; o en mis mismas tierras de Murcia y Cieza, cuando
en el 2008 nos visitó en la Fundación Los Álamos y en la Universidad
de Murcia. Siempre, siempre, su libro no solo me ha acompañado sino
instruido, aleccionado y, sobre todo, me ha impulsado a seguir adelante
en esta sabia senda que el Profesor y Maestro Mario Bunge inició en
su Argentina natal allá por el 1919.
Permítanme ustedes que cite una modesta pero para mí muy
importante anécdota. La familia Bunge, con Marta, Eric, Mimí y sus
hijos, nos invitaron a pasar varios días con ellos en su deliciosa casa en
Taormina, en Sicilia a orillas del Mediterráneo, y yo pensé que nada
mejor, después de tantos años, no solo de volver a viajar con su primer
libro de Ciencia y Desarrollo, sino rogarle que muchos años después
me lo volviera a dedicar y he aquí el resultado: en la primera dedica-
toria cuando yo descubrí al gran Profesor y Maestro Mario Bunge, en
Toledo 1983.02.20, me decía escuetamente “A Don José Luis Pardos
cordialmente, Mario Bunge” pero en la segunda dedicatoria, en un libro
ya añejo pero nuevo, viejo pero permanentemente vivo, desmadejado
pero perfectamente integrado, lleno de notas y de subrayados, me es-
cribió este párrafo, para mí de un valor inestimable: “A mi queridísimo
amigo JoLu, con quien he tenido incontables discusiones interesantes
y racionales. Con mi afecto. Mario Bunge. 2012.07.06 Taormina”.
Es imposible que una persona, un científico, un sabio, haya po-
dido hacer y tener mayor impacto intelectual y humano en mi propia
vida, baste el modo como la casi totalidad de la familia Bunge me
llama JoLu (apócope de José Luis) salvo Eric que realmente hace el
apócope total, JoLuPaPe (José Luis Pardos Pérez).
Esto es la vida, la obra y el espíritu que ha permeado a la Ciencia
y al Desarrollo del Profesor y Maestro Mario Bunge en mi vida. Pero
hay más, mucho más, que modestamente quiero dejar constancia en
estas primeras líneas del Elogio de la Sabiduria del Profesor y Maestro
Mario Bunge. Se trata de los siguientes extremos que hacen referen-
cia a la Filosofía y a la Política, quizás dos de los extremos de los que
la humanidad anda más necesitada de fundamentos, de teorías y de
concepciones. Helas brevemente aquí:

10
José Luis Pardos Pérez

1º) El Profesor y Maestro Mario Bunge ha producido un importan-


tísimo Tratado de Filosofía Sistémica Básica, que se ha distin-
guido especialmente en el ámbito de la filosofía profesional en el
extenso Treatise on Basic Philosophy del que deseamos extraer
solo lo que la Wikipedia dice de esa magna y monumental obra.
Se trata de un esfuerzo por construir un sistema que abarque to-
dos los campos de la filosofía contemporánea, enfocados especial-
mente en los problemas que suscita el conocimiento científico. La
semántica (de la ciencia) está tratada en los primeros dos tomos
(Semantics 1. Sense and Reference y Semantics 2. Interpretation
and Truth) y la ontología en los siguientes dos (Ontology 1.
The Furniture of the World y Ontology 2. A World of Systems). 
La noseología ocupa los tres volúmenes posteriores (Epistemo-
logy and Methodology 1. Exploring the World,  Epistemology
and Methodology 2. Explaining the World y Epistemology and
Methodology 3. Philosophy of Science and Technology). Final-
mente, el volumen 8 del Tratado se ocupa de la ética (Ethics.
The Good and the Right).
2º) El Profesor y Maestro Mario Bunge ha tratado exhaustivamen-
te, y como viene relacionado en los trabajos que se presentan
a continuación de estas modestas líneas a modo de Prólogo, de
materias tan importantes como la Filosofía Política, pero bajo
el importante encabezamiento de FACT, Fiction and VISION.
No creo que el lector necesite más. Es un volumen en el que se
recogen ampliamente los Hechos de la Filosofía Política, las Fic-
ciones y especialmente la Visiones. Se trata de un libro –como
tantos de los otros casi más de cincuenta que ha producido el
Profesor y Maestro Mario Bunge– que analiza la teoría política,
la filosofía política y especialmente la política en sí, cuando
termina con su coherente Visión de la Democracia Integral.
3º) En España y con el patrocinio de varias entidades entre las
que me cuento y mi FLAdJLP (www.fundacionlosalamos.es)
se están publicando, y en algunos casos reeditando, lo que
llamamos la BB (Biblioteca Bunge) que a modo muy asequible
pone al alcance del público las obras más importantes del Pro-
fesor y Maestro Mario Bunge. Las edita una selecta editorial,
Laetoli de Pamplona.

A continuación y como complemento a este modesto Prólogo tengo


el gusto de presentar estas cinco ideas de Serafín Senosiaín, el Director
de la Editorial Laetoli:

11
Prólogo

a) Razón.  Bunge utiliza la razón. No le interesa la filosofía


como mera palabrería, cuanto más oscura mejor. No cree que
cuanta más oscuridad y menos sentido hay más profundidad.
Detesta a Hegel, a Husserl, a Heidegger y a toda la manada
posmoderna. Él es un nuevo ilustrado y se siente heredero de
los ilustrados franceses del siglo XVIII, y particularmente de
los ilustrados radicales como Holbach, Diderot, Helvétius y
otros. La mayor parte de la filosofía posterior, especialmente
la alemana, ha sido una filosofía de la contrailustración; un
“olvido de la razón”, como dice el título del filósofo argentino
Sebreli. Debemos olvidar a quienes han olvidado la razón y
retomar la modernidad y el proyecto ilustrado.
b) Materia. Bunge es materialista, naturalista. No cree en seres
sobrenaturales, ni en fantasmas, ni en espíritus, ni en dioses.
Somos materia evolucionada, materia pensante. Por tanto, es
ateo. La religión puede ser un consuelo en algunos momentos,
pero poco más. Con las debidas excepciones, las religiones no
han hecho gran cosa por mejorar la suerte ni el conocimiento
de los hombres. Todo lo conseguido en los últimos siglos se ha
hecho contra ellas.
c) Ciencia. La ciencia es nuestro mejor camino para conocer el
mundo. Podemos aproximarnos a él gracias al arte, la literatura
y otros medios (Bunge es un gran conocedor de la literatura
contemporánea) pero la ciencia es nuestro método por exce-
lencia. Un método, además, racional, no dogmático, universal
(no hay ciencia nacional o nacionalista). En contrapartida, las
pseudociencias, esos supuestos conocimientos, las supercherías
y falsedades, llenan los medios de comunicación. Es vital ha-
cerles frente y desenmascararlas.
d) Sistema. La filosofía de Bunge se organiza de forma lógica en
un sistema, como queda reflejada en su Tratado. Hay en él
una ambición de sistema, de totalidad, de omni-comprensión
del mundo. Esa ambición es apabullante y sorprende que no
tenga mayor influencia. Está claro que Bunge no es un filósofo
a la moda, como Žižek o el sobrevalorado Foucault. Pero eso
significa que algo grave sucede en la filosofía contemporánea.
e) Política. Los hombres vivimos en sociedad y nuestro deber es
hacer el mundo más habitable para todos. Siguen vigentes
más que nunca los valores de la Revolución Francesa: libertad,
igualdad, fraternidad. Hay que acabar con las dictaduras y con
cualquier sistema opresivo y luchar por sistemas democráticos

12
José Luis Pardos Pérez

reales. Hay que reformar profundamente un sistema económico


que parece favorecer solo al 0,01% de la población y dejar a gran
parte de ella a su suerte. Hay que promover redes de solidari-
dad, como las cooperativas, que fomenten valores solidarios y
sean el principio de reformas económicas profundas. 

Una última reflexión, para ir terminando esta modesta introduc-


ción a una obra tan gigantesca como la del Profesor y Maestro Mario
Bunge: hay actuaciones muy concretas en el marco de la política ge-
neral, que se substraen y amplían en los sectores político, económico y
cultural, como aquellos tres subsistemas a los que nos hemos referido
al inicio. El Profesor y Maestro Mario Bunge creó en la década de los
ochenta una Fundación Euro-Latinoamericana de cooperación inter-
nacional, cuyos miembros más destacados, incluyendo a la ex Primer
Ministra de Portugal, Maria Lourdes Pintasilgo, se reunieron con
SM la Reina en la Universidad Complutense de Alcalá de Henares,
y redactaron un proyecto de Declaración de Alcalá sobre la Coopera-
ción internacional, que fue la base de mis trabajos durante muchos
años. Pero, a su vez, el Profesor y Maestro Mario Bunge ha hecho
una fulgurante aparición por Madrid, hace unos meses, en el mes de
mayo, primero en el Colegio de Registradores de la capital, en donde
estuvo interviniendo, sin un solo papel, en relación a la función de la
propiedad y su afianzamiento en materia registral. Al día siguiente,
en el paraninfo de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad
Complutense, hasta la bandera, pronunció una Conferencia de tres
cuartos de hora, en la que mantuvo un lúcido diálogo con muchos de
los concurrentes. Yo no sé si descansó o no, pero por la tarde de ese
mismo día, y en la Facultad de Derecho de la UNED, pronunció otra
muy lúcida disertación, en la que hubo un amplio coloquio y un buen
intercambio de ideas.
Don Mario, a sus 94 y bien cumplidos años, tuvo tiempo para que
el diario El País, el día viernes 2 de mayo, en su completa página 23 y
bajo las siglas de Cultura y con el fascinante título de “Hoy en día, la
ciencia asusta tanto a la izquierda como a la derecha”, mantuvo una
entrevista con Antonio Calvo Roy que me ha parecido tan importante,
interesante y lúcida que la he reproducido por completo en este blog,1
al día siguiente de publicarse. Creo que dicha entrevista, de hace solo
un par de meses, es el mejor colofón que puedo poner a estas líneas

1. El autor se refiere a su blog: https://joseluispardosperez.blogspot.com

13
Prólogo

del prólogo al Elogio de la Sabiduría. Ensayos en Homenaje a Mario


Bunge en su 95º Aniversario, rescatando dos citas de la actualidad y
vigencia del pensamiento bungiano, contenidas en la entrevista citada
anteriormente:

¿Aprendemos algo de esta crisis?

“Los golpes no enseñan nada, no creo que aprendamos de esta crisis,


sobre todo si los gobiernos siguen pidiendo consejo a los economistas que
contribuyeron a crearla, a los partidarios de políticas sin regulación”.

¿Qué les diría a quienes consideran que la historia, la sociología


o la psicología no son ciencias?

“La historia es mucho más científica que la cosmología. El buen histo-


riador busca y da evidencia de prueba, a diferencia de los cosmólogos
fantasistas, como Hawking. La historia es la más científica de las cien-
cias sociales”.

Y una afirmación final sobre  la Educación: “Se enseñan ideas,


pero no a discutirlas; la enseñanza sigue siendo dogmática”.

Amen alleluia don Mario et ¡¡¡Laus sapientia et senectute!!!.

14
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría
(y de la longevidad)

Guillermo M. Denegri

No sé por qué desde pequeño siempre he tenido una especial predi-


lección (afecto) por las personas que sabían mucho y además estaban
entradas en años. Claro está que para mis años adolescentes donde la
muerte era algo demasiado lejano y casi inconcebible (excepto si se ha
tenido una desgracia familiar como perder un hermano casi mellizo
como fue en mi caso) la dimensión de los años es muy diferente. Tengo
grabado a fuego el día que leí en los diarios de la época la muerte del
Prof. Bertrand Russell (1872-1970) que había fallecido casi centenario
y enterarme de las dimensiones intelectuales y sus contribuciones
al pensamiento contemporáneo. Para un adolescente de solo quince
años que estaba en una búsqueda constante de identidad y queriendo
identificarme (quizás parecerme algún día) con algún personaje de
la cultura, este primer contacto con un pensador de la trascendencia
de Russell fue el inicio de una constante fascinación por la sabiduría
y por querer conocer los pormenores de las vidas de esos personajes
que para mí eran inaccesibles y que vistos desde la perspectiva de un
jovencito viviendo en un pueblo de cinco mil habitantes en la pampa
argentina (Puan, provincia de Buenos Aires), imaginaba que nunca
podría llegar a conocer a uno de ellos y debía solo conformarme con leer
sus biografías y admirar sus contribuciones. Debo reconocer que un
compañero de la escuela secundaria fue quién me motivó e incentivó
a la lectura de todo lo que caía en manos, sus excelentes comentarios

15
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y de la longevidad)

de libros de ciencia ficción y mi deseo de imitarlo sobre todo porque lo


consideraba que “sabía un montón” hicieron de mi desde ese momento
un lector empedernido y debo reconocer que la lectura me ayudó y me
ayuda a vivir. Es por eso que hace un tiempo hice mías las palabras
de Adolfo Bioy Casares “parte de mi amor a la vida se la debo a mi
amor a los libros”, me las apropié rápidamente y me dije: “es tal cual
lo que me pasa”. No me imagino una vida sin libros, sin lectura y creo
que no tenerlos y disfrutarlos seria no encontrarle “sentido a la vida”.
Por lo tanto la tríada sabiduría-longevidad-libros es la perfecta
conjunción que quiero rescatar para homenajear a este fenómeno del
saber (y su larga vida) que es Mario Bunge. Estoy convencido que la
figura de Mario se agiganta con el paso de los años y sus jóvenes 95 años
es la muestra elocuente que el paso del tiempo vivido con intensidad es
la prueba irrefutable que vale la pena vivir dedicado al conocimiento
y a entrenar constantemente a nuestras neuronas.
Cuando hablo de Bunge me viene rápidamente a la mente per-
sonajes que como él han influido de manera decisiva en mi vida y que
sin conocerlos personalmente (solo unos pocos) he admirado de una
manera casi religiosa. Me estoy refiriendo a Florentino Ameghino,
José Ingenieros, Bertrand Russell, Albert Schweitzer: Albert Einstein,
Louis Pasteur, Marie Curie, Jorge Luis Borges, Rita Levi-Montalcini.
Eugenia Sacerdote de Lustig, Miguel Eduardo Jörg, Karl Popper, entre
otros. Varios de ellos pasaron la barrera de los noventa años y Rita
Levi-Montalcini y su prima Eugenia Sacerdote de Lustig los cien años.
Ahora ¿por qué esta fascinación y obstinación casi existencial en
mi por la sabiduría y la longevidad? ¿porque me llevo tan bien con esta
pareja que me hace vibrar en lo más profundo y necesito encontrar
argumentos racionales que me expliquen que ambas pueden ir de la
mano tan juntas y unidas? Una de las razones seguramente tiene que
ver con mi familia paterna que ha sido muy longeva. Mi padre tenía
diez hermanos y todos superaron los ochenta años y dos los noventa
(uno de ellos, mi padre); pero quizás esto no sea lo más relevante sino
lo que me contaba mi padre de uno de sus bisabuelos que superó los
110 años y en mi casa siempre se repetían las anécdotas de su lon-
gevidad e increíble lucidez. Lo que siempre me llamo la atención era
que este señor (es decir uno de mis tatarabuelos) desayunaba con vino
tinto, panceta y huevos fritos…, y cómo se llevaba con el colesterol, el
ácido úrico, los triglicéridos… y demás parámetros hemáticos…¡bien
gracias! porque vivió hasta los 116 años con una lucidez… decía mi
padre… envidiable para cualquier joven de veinte años. Íntimamente
debo confesar que me gustaría llegar a esa edad y creo que vivo con

16
Guillermo M. Denegri

ese impulso natural a la longevidad (y a la perfección diría Lamarck,


que para mí es la sabiduría).
Estoy firmemente convencido en un impulso natural a que el
conocimiento y el entrenamiento constante de nuestras neuronas pre-
anuncian una vida más larga y rica (claro está en términos de calidad
de vida). Un ejemplo de ello es la prolífica vida de la ya cita Rita Levi-
Montalcini (Italiana, Premio Nobel de Medicina 1986 por el descubri-
miento del Factor de Crecimiento de las Células Nerviosas -NGF-) que
murió a los 103 años (1909-2012) demostrando que es posible mejorar
cada día de nuestra vida la potencialidad creativa de nuestro cerebro,
fomentando nuevas y novedosas conexiones nerviosas que permiten un
mejor conocimiento del mundo y una vida plena. En un reportaje que le
hicieron a Rita Levi próxima a cumplir los 100 años le preguntaron si no
se jubilaba a lo que respondió: “¡Jamás! La jubilación está destruyendo
cerebros. Mucha gente se jubila y se abandona. Y eso mata su cerebro.
Y se enferma”.1 ¿Cómo anda su cerebro?: “¡Igual que a mis 20 años!
No noto diferencia en ilusiones ni en capacidad. Mañana vuelo a un
congreso médico…..”; ¿Pero algún límite genético habrá?, le pregunta
el periodista, a lo que Rita contesta: “No. Mi cerebro pronto tendrá un
siglo… pero no conoce la senilidad. El cuerpo se me arruga, es inevi-
table, ¡pero no el cerebro!”. En otra parte del reportaje se le pregunta:
¿Cuál es hoy su gran sueño?: “Que un día logremos utilizar al máximo
la capacidad cognitiva de nuestros cerebros”; y ¿Qué ha sido lo mejor
de su vida?: “Ayudar a los demás”; ¿Qué haría hoy si tuviese 20 años?:
“¡Pero si estoy haciéndolo!”. La verdad que no deja de fascinarme cada
vez que leo y releo este reportaje y claro que lo remito y digo: “esto es
lo que diría y suscribiría plenamente Mario Bunge”. De hecho la vida
de Mario ha sido así y sigue siendo, sin dejar de trabajar un solo día,
apostando al conocimiento, al trabajo duro de aprender y no dejarse
engañar por falsos profetas travestidos de luminarias intelectuales y
por sobre todo generando nuevos conocimientos y reflexiones trasmi-
tidas en un lenguaje claro y preciso. Como decimos en la Argentina
que “Gardel cada día canta mejor”, podemos decir sin lugar a dudas
que “Bunge cada día piensa mejor y aún más, cada día escribe mejor”.
Con motivo de la celebración de sus 95 años y trabajando para
este libro homenaje estuve en permanente contacto con Marta Bunge,
la esposa de Mario, exquisita y cultivada mujer que no dejó de contes-
tar rápidamente un solo mail que le envié. Estando ambos en Génova

1. Levi-Montalcini (2013:87-89).

17
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y de la longevidad)

durante los meses de mayo y junio de este año, en uno de los mensajes
les deseaba que pasaran unas buenas vacaciones, a lo que Marta res-
pondió: “No estamos de vacaciones. Ayer mismo di un seminario en la
Universidad de Génova y estuve trabajando diez horas por día desde
que llegamos, ídem Mario. Hay una playa magnifica debajo de nuestro
departamento y el mar Mediterráneo es una maravilla pero aunque
sea difícil de creer no he bajado las escaleras a nadar ni una vez…”.
Recuerden que estamos hablando de Mario de 95 y de su mujer de 76
años… ¡¡¡no es admirable, reconfortante y sobre todo ejemplar cuando
con muchísimos años menos nos flaquean las fuerzas y creemos que ya
no tenemos nada más por hacer y producir en nuestras vidas!!!
La producción escrita de Mario es abrumadora en cantidad y
calidad. El primer trabajo publicado data de 1939 con apenas veinte
años y se titula: Introducción al estudio de los grandes pensadores.
Conferencias (Buenos Aires) III: l05-109, 124-126; su último trabajo
es del 2013 (Nº 532) se titula Bruce Trigger and the philosophical ma-
trix of scientific research. In S. Chrisomalis and A, Costopoulos (eds.),
Human Expeditions Inspired by Bruce Trigger, pp. 143-159. Toronto:
University of Toronto Press, 2013, más cinco publicaciones aceptadas
durante el 2014 que dan la friolera cifra de una producción de 537
trabajos publicados en muchísimas revista de prestigio internacional
en las áreas más disímiles (Nature, Philosophy & Phenomen. Res., Brit.
J. Phi. Sc., Am. J. Physics, Rev. Metaphysics, Phil. of Sc., Mind, J.
Philosophy, Technology & Culture, Rev. Mod. Physics, Synthese, Revue
Internat. de philosophie, Internat. J. Theoretical Physics, Gen. Systems,
J. Philos. Logic, Theory and Decision, Rev. Latinoam. de Filosofía,
Social Indicators Res., Crítica, Teorema, Diánoia, The Monist, Intern.
J. of Quantum Chem., Behav. & Brain Sc., Appl. Mathem. Modelling,
Tech. in Society, Neuroscience, J. Social & Biol. Struct., Nature and
System, Erkenntnis, Current Anthropology, Annals of Theor. Psych.,
Médecine psychosomatique, Annals New York Acad. of Sc., Phil. Soc.
Sc., J. of Socio-Economics, Science & Education, J. Physiol., Internat.
Rev. Victimology, Internat. J. of Health Serv., Foundations of Science,
entre otras).
Lo que llama poderosamente la atención es la diversidad de te-
mas estudiados y la solvencia y seriedad intelectual con la que están
abordados. No estamos contando los libros, cuya producción supera los
ciento cuarenta con traducciones a muchísimas lenguas y reimpresiones
permanentes. Es decir que don Mario Bunge ha publicado ininterrum-
pidamente durante setenta y cinco años (y lo sigue haciendo) de una
hermosísima y larga vida de 95 años cuyo cumpleaños se celebra el 21

18
Guillermo M. Denegri

de septiembre de 2014. Pero hay un dato que quiero resaltar especial-


mente para dimensionar aún más la obra de Mario y es que del total
de 537 trabajos publicados solo 12 artículos son en co-autoria (2,23%)
lo que significa que el 98% de sus papers han sido escritos por él sólo.
Y qué decir de los libros: ha publicado 73 libros y hay uno en prensa,
que con traducciones a diversas lenguas (portugués, italiano, inglés,
francés, alemán, japonés, chino, entre otras) y reediciones suman 148.
Aquí nuevamente aparece esa característica que apunté en los artículos
científicos y es que solo tres libros de los 74 están escritos con un solo
co-autor (4%). Estos datos no son menores si analizamos la producción
actual de trabajos científicos y filosóficos que se publican donde figuran
muchos (a veces muchísimos) autores sin saber claramente el nivel de
compromiso tanto intelectual como de escritura que cada uno asume
en la publicación. La actual ”industria del conocimiento” como bien
lo analiza el Prof. Quintanilla en este mismo volumen, creo que está
desvirtuando peligrosamente la generación de conocimiento original
y provocativo ya que las valoraciones bibliométricas apuntan directa-
mente a priorizar la cantidad (papermania) y los factores de impacto
(impactolatría) en detrimento de la calidad. En Bunge no solo llama
la atención la producción cuantitativamente hablando sino la calidad
y la influencia que tienen sus trabajos y la senda que ha trazado en la
constitución y armado de un novedoso y creativo enfoque de la filosofía
como es la filosofía científica, materialista en lo ontológico y realista
en lo epistemológico, sin desconocer su sistemismo y emergentismo,
como características sobresalientes de esta nueva corriente filosófica,
que sin lugar a dudas se recordará y en el futuro se estudiará como la
Filosofía Científica de Mario Bunge. No es casual que su autobiografía
a publicarse próximamente se titule: Dos Mundos: memorias de un
filósofo científico. Buenos Aires: EUDEBA; Barcelona: Gedisa. (2014).
Cuando en el año 2000 publicamos junto a la Prof. Gladys Mar-
tínez el libro homenaje a Mario conmemorando sus 80 años2 insistí
y ahora también lo hago, en la necesidad de incluir su Curriculum
Vitae completo para valorar, dimensionar y tener disponible para las
generaciones futuras toda la producción del último intelectual y filó-
sofo sistemático viviente que todavía tenemos el inmenso privilegio de
seguir escuchando, disfrutando de su inteligente humor y fina ironía y
por sobre todo que sigue teniendo esa fuerza titánica de continuar la
batalla inclaudicable contra los (psico)macaneadores, posmodernos y

2. Denegri y Martínez (2000).

19
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y de la longevidad)

oscurantistas intelectuales que nos han querido vender gato por liebre.
Claro que hemos tenido la infinita fortuna de contar con este gladiador
lúcido e inteligente para defendernos y por sobre todo enseñarnos que
el “alimento es más provechoso que la basura”.
Y como un obsesivo de la longevidad (y a la que siempre vuelvo)
quiero recordar un acontecimiento que para mí fue uno de los más vívi-
dos y emocionante que he tenido la suerte de disfrutar. En oportunidad
de la visita de Mario a Mar del Plata (año 2000) para dictar un curso
de “Sociologia de la Ciencia” en el marco del Seminario Permanente
de Biofilosofía en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la
UNMdP, entre las múltiples actividades que desarrolló en su estadía
de una semana (reportajes en radio y televisión, charla para chicos
de escuela municipales, etc.) una sobresalió por los protagonistas en
cuestión y fue la charla que compartió con mi entrañable y queridísimo
amigo, ya desaparecido, Dr. Miguel Eduardo Jörg3 (1909-2002) des-
tacadísimo científico argentino en salud pública del siglo XX, último
de los discípulos vivientes del Dr. Salvador Mazza, co-descubridor de
la Enfermedad de Chagas. Bunge y Jörg no se conocían así que nos
reunimos en un bar céntrico de Mar del Plata para hacer la presenta-
ción formal e intercambiaran opiniones, anécdotas, historias y de paso
organizar una charla conjunta con tema a definir. Don Miguel tenía en
ese momento 90 años y Mario 80, rápidamente hicieron “buenas migas”
y en un momento notamos que estaban simpáticamente hablando en
alemán… y riéndose a carcajadas de lo que nosotros no podíamos sa-
ber ya que no teníamos idea del idioma… Se acordó rápidamente una
conferencia conjunta a realizarse en la Biblioteca Municipal Osvaldo
Soriano (MPGP), definimos los detalles y la difusión y a sala repleta
con gente sentada en el piso se desarrolló uno de los eventos quizás
más importantes entre estos dos “monstruos intelectuales”, donde la
lucidez, la simpatía, el conocimiento y el don de ubicación fueron los
ejes de una tarde-noche que los que tuvimos el privilegio de compartir
nunca olvidaremos y por sobre todas las cosas nos dejaron una clara
enseñanza como es que el cultivo del conocimiento y del saber nos
hace cada día mejores personas, plenas y libres y que el paso de los
años no es una desventaja, todo lo contrario el cerebro funciona cada
día mejor si lo hemos usado, trabajado, exigido y desarrollado. Don
Miguel Jörg murió unos años después con casi 94 años con una lucidez
y memoria intacta.

3. Denegri y Sardella (2000).

20
Guillermo M. Denegri

Para los que “hemos dejado atrás el soborno del cielo” en pala-
bras de Bernard Shaw, una vida plena en la tierra apostando por el
conocimiento es una de la alternativas que pueden hacer que tengamos
instantes (momentos… como diría Borges) de felicidad plena y por sobre
todo potenciar ese mecanismo extraordinario que es nuestro cerebro
que cada día que pasa sin tener en cuenta los años, puede generar
nuevas y creativas conexiones nerviosas que no tengo duda influyen
decididamente sobre otras funciones orgánicas mejorándolas. Para que
esto suceda es necesario educar a nuestros niños en un ambiente de
estímulo intelectual permanente y con la firme convicción de que solo
el trabajo duro y constante puede llevarnos a buen puerto. Es frecuente
ver en nuestros días un relativismo pedagógico influido muchas veces
por pseudocorrientes posmodernistas que desconocen algo elemental
como es inculcar en los educandos el esfuerzo permanente o, como
decía con su fino humor Don Miguel Jörg, “síndrome ísqueo-púbico (es
decir “glúteos en la silla” o en términos del barrio: “c… en la silla”).
Nuestro primer Premio Nobel en Ciencias (Medicina y Fisiología, 1947)
Bernardo Houssay en su libro La investigación científica decía algo
así: “frecuentemente escucho a muchos padres que dicen… ‘mi hijo es
muy inteligente, lástima que es un haragán’… yo les digo: si fueran
inteligentes se darían cuenta que para llegar a algo hay que trabajar
mucho y bien”. Y esto que es tan cierto en Mario Bunge se ejemplifica
no solo analizando su rica trayectoria intelectual como filósofo científico
sino en su constante y a veces solitaria lucha contra la pseudo-ciencia
y las posturas posmodernistas que desprecian y acusan a la ciencia de
(casi) todos los males. Estudiar ciencias es un camino duro y sinuoso,
que requiere un esfuerzo constante y a veces sacrificado, con más
derrotas que triunfos y que no todos están dispuestos a enfrentarlo.
Los macaneadores de turno han visto a Mario Bunge como el ene-
migo cientificista a derrotar, denostándolo con argumentos falaces y
discursos oscuros y nada entendibles. Y vaya… si Bunge ha hecho de
la claridad conceptual su arma de lucha permanente con argumentos
sólidos y contundentes recibiendo como respuesta supuestos insultos
(tales como cientificista, materialista, realista, etc., etc…) que estos
fabuladores le han proferido creyendo que confundirían y desalentarían
al contrincante. Y esto a Mario lo ha hecho más fuerte y su coherencia
intelectual le ha granjeado el respecto y la admiración de miles de se-
guidores que leen sus artículos y libros en todo el mundo. Al respecto
recuerdo que hace muchos años (1989) cuando estábamos terminando la
carrera de filosofía en la Universidad Nacional de La Plata con mi gran
amiga Marta Crivos (autora de una de las contribuciones de este libro)

21
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y de la longevidad)

le enviamos a Mario un trabajo monográfico que habíamos elaborado


para la asignatura Lógica II que trataba de analizar las implicancias
de la tesis Duhem-Quine para la lógica. Al poco tiempo recibimos una
carta amabilísima pero demoledora del trabajo, leímos atentamente
las lapidarias críticas de Mario y los consejos recibidos… pero uno de
ellos fue esclarecedor y nos serviría para el futuro, remataba la carta
con una última frase que decía: “Creo que ustedes están siguiendo la
moda. Recuerden que, en filosofía, la moda rara vez concuerda con la
verdad”.
El nombre de Mario Bunge es para mí familiar desde la escuela
secundaria en el Instituto Secundario Almafuerte de mi querido pue-
blo (1970-1974). Creo recordar que uno de mis excelentes profesores
lo mencionó en una sus clases y tuve acceso rápidamente a un libro
que me sigue acompañando y utilizo frecuentemente en mis clases
de Introducción a la Biología de la licenciatura y profesorado en Bio-
logía y en los cursos de doctorado en ciencias de la FCEyN-UNMdP.
Me estoy refiriendo a La Ciencia. Su Método y su filosofía que tiene
tanta vigencia como cuando se publicó hace más de medio siglo, y su
contenido, al releerlo, me sigue subyugando y moviendo a la reflexión.
El genial Jorge Luis Borges decía: “la mejor lectura es la relectura”, y
si le sumamos a que “Los mejores libros no son los que más dan sino
los que más exigen: los que le fuerzan a uno a trabajar más y mejor”
(Bunge, 1980), tenemos el combo completo.
Precisamente en la reedición del libro Epistemología, diecisiete
años después de la primera edición, y que Mario me obsequió con una
cálida dedicatoria (“Para Guillermo, científico y filósofo, con amistad
y agradecimiento. MB”) en el prefacio dice: “En esta edición he intro-
ducido algunos agregados y correcciones, casi todos ellos menores, a la
primera edición de 1980. Desde entonces he aprendido mucho, pero sigo
siendo un realista, cientificista, materialista y sistemista convicto
y confeso. No me ha hecho mella la contra-revolución anticientificista
iniciada por Tomas S. Kuhn y Paul K. Feyerabend” (Bunge, 1997) (ne-
grita y cursiva mía). Esto demuestra las convicciones íntimas de Bunge
y la argumentación que sostiene a lo largo de los años de una posición
filosófica que lo ha tenido como precursor, sostenedor y exponente a
nivel mundial, enfrentando valiente y claramente a todos aquellas
posiciones que defienden el sociologismo-constructivismo-relativismo
de la actividad científica. Y una de las razones que expone Bunge (y
que comparto plenamente) de porque muchos intelectuales defienden
y propagandizan (y dogmatizan a sus alumnos en las Facultades de
Humanidades… y a veces en las de Ciencias) las bondades de estas

22
Guillermo M. Denegri

ideas, es una ignorancia supina de alguna ciencia, o porque nunca la


han estudiado y menos aun mínimamente practicado. Quiero reafir-
mar siguiendo a Bunge algunos conceptos que expresé precisamente
en el anterior libro homenaje por sus 80 años: “…De la misma manera
para opinar sobre ciencia hay que haberla practicado (No se opina con
fundamento sino lo que se hace y quién no investiga no puede opinar
y analizar el proceso de investigación y menos aún normativizar la
actividad). Y en eso voy a sostener y defender una tesis que segura-
mente me ganará más de una enemistad entre mis amigos filósofos que
hacen filosofía de la ciencia. Pero también seré crítico de mis colegas
científicos cuando se quieren adentrar sin competencia filosófica en los
intrincados laberintos de la filosofía de la ciencia. Es posible que mi
objetivo sea demasiado ambicioso, pero si queremos crear algo intere-
sante en ciencia como en filosofía debemos inexorablemente conocer y
practicar ambas actividades. En esto Bunge nos ha enseñado mucho
y machacado durante varias décadas con su incisiva pluma sobre qué
es la ciencia, cómo practicarla y cómo reflexionar en filosofía cientí-
ficamente. ¿Será esta la causa de la persistente furia antibungeana
entre algunos filósofos de dudosa identidad?” (Denegri, 2000:79-80).
El último aspecto que quiero resaltar en la personalidad de Ma-
rio Bunge es su actitud ética ante la vida y su enorme generosidad.
Lo definiría como una persona buena y como digno representante del
socialismo democrático que heredó de su padre Augusto Bunge (médico
sanitarista, sociólogo, legislador, profesor, periodista y poeta), siempre
ha estado dispuesto a ayudar a los demás, feliz coincidencia con Rita
Levi-Moltalcini, con la mano extendida para brindar el consejo fraterno
y solidario. Sus enseñanzas en la academia y en la vida han forjado el
espíritu y el talento de muchísimas generaciones de hombres y mujeres
que seguramente han sido mejores después de recibir y aprender las
lecciones de este MAESTRO INIGUALABLE. Perdón por ser autorre-
ferencial al momento de querer rememorar anécdotas con Mario, pero
esta lo pinta de cuerpo entero preocupado y ocupado POR EL OTRO.
Hace unos años cuando estaba en una conflictiva situación personal y
me estaba divorciando, con discusiones tremendas con mi única hija
Laura que llegaron a cortar la relación por espacio de casi un año, los
atinados consejos y recomendaciones de Mario me ayudaron a sobre-
llevar una tristísima etapa de mi vida y a recomponer nuevamente
ese acontecimiento doloroso como es recibir el desprecio y menosprecio
de un hijo, pensando que al tomar una decisión que involucra a los
padres estamos sin querer (obviamente) afectando los sentimientos
más profundos de los hijos y que cuesta mucho explicarles que uno

23
Mario Bunge o el elogio de la sabiduría (y de la longevidad)

se separa (en este caso) de la madre y no de ellos. Mario aportó con


sus palabras desde la distancia ese bálsamo que uno necesita para no
decaer y me ayudó (¡vaya si me ayudó!) a aclarar las ideas y mejorar
las cosas. Tal cual me lo había dicho Mario, el paso del tiempo fue el
que aportó su granito de arena para recomponer mi relación con mi
querida hija y reconstruir lo que seguramente de ambas partes nunca
estuvo en duda pero los acontecimientos impredecibles e imprevisibles
pueden seriamente dañar. En su momento le agradecí a Mario sus
consejos pero ahora quiero hacerlo explícito en este libro homenaje en
su cumpleaños número 95, como muestra de mi profunda admiración
y respeto y decirle que su AMISTAD es uno de los privilegios más
preciados que tengo.
Cuanto desearía que Mario superara en años a mi tatarabuelo
de 116 (no desayunando precisamente huevos fritos, panceta y vino
sino brindándonos sus siempre sabios y creativos conocimientos, es-
critos y libros) para corroborar plenamente que esta amistad con él de
muchos años y mi admiración permanente encontrara finalmente esa
explicación existencial (que lleva años inquietándome) de porque mi
devoción y la intimísima convicción que la sabiduría, la longevidad y
los libros seguirán entendiéndose para contar y disfrutar de una vida
tan rica y maravillosa como la del queridísimo y apreciado Maestro y
Profesor Mario Bunge.
Un último comentario a modo de sugerencia: el Profesor Bunge
debiera estar propuesto y recibir el Premio Nobel de Literatura; qui-
zás entre algunas de las razones por las cuales debiera ser premiado
es “en reconocimiento de sus variados y significativos escritos en los
que defiende ideales humanitarios y la libertad de pensamiento”,
justificación textual al otorgamiento del Premio Nobel de Literatura
de 1950 a Bertrand Russell, eminente matemático, filósofo, escritor,
entre otras cosas. Algunos de los párrafos de la Academia Sueca en
alusión a Russell son extrapolables claramente a Mario Bunge, cito:
“La Academia Sueca considera que actúa en el espíritu de la intención
de Nobel cuando, con motivo del quincuagésimo aniversario de la Fun-
dación, quiere honrar a Bertrand Russell como uno de los brillantes
portavoces de nuestro tiempo de la racionalidad y de la humanidad,
como un intrépido defensor de la libre expresión y el libre pensamien-
to en Occidente”. En el banquete en honor a todos los Premios Nobel
de 1950, Robin Fahraeus, miembro de la Real Academia de Ciencias,
hizo el siguiente comentario: “Querido Profesor Bertrand Russell: le
saludamos como uno de los más grandes e influyentes pensadores de
nuestro tiempo, dotado de esas cuatro características que en otra

24
Guillermo M. Denegri

ocasión usted ha considerado como los criterios a tener en cuenta de


los hombres prominentes; a saber, la vitalidad, el coraje, la receptivi-
dad y la inteligencia”. Sobran las palabras: Mario Bunge es uno de los
grandes pensadores de nuestro tiempo y por eso merece ser reconocido
por la Academia Sueca. Esperemos ver concretado este anhelo…

Referencias Bibliográficas

Bunge, Mario: Epistemologia. Curso de Actualización, Barcelona,


Ariel, 1980.
Bunge, Mario: Epistemologia. Curso de Actualización, México D.F.,
Siglo Veintiuno Editores, 1997.
Denegri, Guillermo: “Hacia un entendimiento fructífero entre científi-
cos y filósofos de la ciencia: un acuerdo civilizado sin exabruptos”,
en Denegri, Guillermo y Martínez, Gladys (comps.), Tópicos ac-
tuales en filosofía de la ciencia. Homenaje a Mario Bunge en su
80º aniversario, Editorial Martin-UNMdP, 2000.
Denegri, Guillermo y Martínez, Gladys (comps.): Tópicos actuales en
filosofía de la ciencia. Homenaje a Mario Bunge en su 80º aniver-
sario. Editorial Martin-UNMdP, 2000.
Denegri, Guillermo y Sardella, N.: Elogio de la Integridad. Conversa-
ciones con Miguel Eduardo Jörg, Editorial Martin, 2000.
Levi-Montalcini, Rita: “El cerebro no debe jubilarse nunca”, en Atrévete
a saber, Barcelona, Crítica, 2013.

25
La filosofía de la ciencia como introducción
a la sabiduría

Evandro Agazzi

La filosofía de la ciencia ha ocupado un gran espacio en la filosofía del


siglo XX, ya que, después de haber caracterizado la filosofía del Circulo
de Viena, ha inspirado y alimentado la parte tal vez más influyente de
la filosofía de los Estados Unidos, es decir la filosofía analítica, y no es
exagerado afirmar que la mayoría de los filósofos más importantes de
aquel país o han sido especialistas de la filosofía de la ciencia, o por lo
menos tuvieron familiaridad con ella. Hay razones de este hecho y no
residen principalmente en el gran prestigio social del cual vino más y
más gozando la ciencia, acompañada por los grandes avances de la tec-
nología. Más importante resultó el impacto de la profunda crisis de las
ciencias exactas (matemática y física) que sacudió el mundo científico
entre finales del siglo XIX e inicio del siglo XX. Y esto porque las crisis
obligan a pensar, a aplicar el espíritu crítico, a revisar convicciones
que parecían intocables.

La ciencia y el espíritu crítico

Es opinión común que la ciencia es de por sí misma una escuela


y un ejercicio continuo del espíritu crítico. Pero se trata de una visión

27
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

demasiado idealizada, así como lo es la de Popper quien (después de


haber indicado en la “falsificación” el criterio de demarcación entre
ciencia y no-ciencia) pretendía a veces que los científicos auténticos de-
diquen sus esfuerzos a intentar falsificar sus propias “conjeturas”. No es
así: la tarea principal del científico de calidad es la de proponer nuevas
ideas que resulten capaces de solucionar ciertos problemas abiertos y, si
piensa haber encontrado la “idea justa”, intenta “corroborarla” a través de
observaciones o experimentos oportunos, aunque quede abierto a consi-
derar las críticas y tomarlas en serio. Pero estas críticas son típicamente
la obra de sus estimados colegas y no de él. Pasando de lo idealizado a lo
concreto, cada uno de nosotros probablemente encontró entre los científicos
algunas de las personas más dogmáticas e intolerantes, a veces respecto
a cuestiones internas a la misma ciencia, y más a menudo acerca de cues-
tiones no científicas (por ejemplo éticas, ideológicas, políticas).
Todo esto no sorprende si pensamos en la manera según la cual
se transmite la ciencia en nuestras culturas “avanzadas”, es decir en
la educación escolar de todos los niveles. La educación científica se
imparte dividida en ciertas disciplinas cuyos contenidos tienen que
ser “aprendidos” por los alumnos así como están presentados en los
libros de texto, los manuales, los cursos. Se da por descontado que estos
contenidos “son lo que son” y, aunque a veces uno no se atreve a decir
que son “verdaderos”, así se piensa. El viejo dicho “En matemática no
hay opiniones” se generaliza prácticamente a todas las materias de
la enseñanza científica y si un alumno tiene una duda, o si le parece
que algo que se encuentra en su libro o que le ha dicho su maestro
no es correcto, el diagnóstico inmediato es que él no ha sido capaz de
entender, que el límite (o la “culpa”) es suya. Sólo con mucha dificultad
y después de muchas dudas y perplejidades se podrá algunas veces
llegar a reconocer que una afirmación impresa en un libro de texto es
errónea. Por consiguiente, las disciplinas en las cuales los alumnos
están más acostumbrados a la discusión, a la comparación de puntos
de vista diferentes, de interpretaciones a veces opuestas, pertenecen
al campo de las humanidades que por tanto brindan las posibilidades
y oportunidades más favorables para el desarrollo del espíritu crítico
(siempre bajo la condición que sus maestros aprovechen estas posibi-
lidades y oportunidades). ¿Por qué todo esto? Porque nuestra cultura
queda todavía bajo la influencia del positivismo, que ha elevado la
ciencia al nivel de la forma más perfecta del saber (o como mínimo la
más “segura”, si uno está dispuesto a tomar en cuenta las concepciones
menos ambiciosas de la ciencia actual). Es la postura que a menudo
se llama “cientificismo”.

28
Evandro Agazzi

La crisis de las ciencias exactas

Fue precisamente la crisis de las ciencias exactas que ya hemos


mencionado el hecho histórico que en un cierto sentido “despertó del
sueño dogmático” a los científicos, haciendo manifiesto que, no obstante
los resultados impresionantes que se habían alcanzado en la geometría,
en el análisis infinitesimal, en la teoría de conjuntos, nuevos problemas
se presentaban que obligaban a repensar los planteamientos funda-
mentales de las disciplinas matemáticas, y en particular la relación
entre intuición matemática y coherencia lógica. Algo parecido pasaba
en el campo de la física, en el cual la mecánica “clásica” había alcanza-
do una unificación poderosa de los diferentes sectores de la física y se
presentaba como una clave de lectura idónea para el conjunto de todos
los fenómenos naturales. Pero los fenómenos cuánticos y la teoría de la
relatividad presentaban datos empíricos incontestables y argumentos
teóricos perfectamente coherentes que sin embargo no se enmarcaban
dentro de las teorías clásicas y hasta resultaban incompatibles con
ellas. En ambos casos estos problemas no preocupaban mucho a los
científicos “al trabajo” quienes (salvo algunas excepciones) seguían
investigando y produciendo “resultados” en los campos que se habían
vuelto problemáticos, sin prestarle atención a cuestiones que nunca
tocaban directamente a los aspectos técnicos de su trabajo y podían a
la mejor considerarse como digresiones “filosóficas” inocentes.
Sin embargo la situación que podía dejar tranquilos a los “especia-
listas” que cultivaban su pequeño huerto no podía dejar indiferentes a
los mejores ingenios, que veían amenazada la imagen de la ciencia que
(bajo formas diferentes) había constituido el patrón del conocimiento
para toda la civilización de Occidente y, al final de la cuenta, seguía
siendo una especie de modelo de perfección también para ellos mis-
mos, los “modernos”. Estos ingenios se encontraban entre los grandes
científicos así como entre varios filósofos, pero los problemas que se
planteaban eran de naturaleza filosófica, en cuanto no concernían a
contenidos específicos de las disciplinas matemáticas o físicas, y no
se esperaba que su solución pudiese producir avances importantes en
ellas, sino que correspondían a una exigencia puramente intelectual
de entender qué significado podían tener los nuevos resultados inespe-
rados y a veces sorprendentes para una manera correcta de entender
la naturaleza de la ciencia y su verdadera capacidad de ofrecernos
conocimientos. Es esta la razón por la cual este tipo de problemas, aun
cuando fueron reconocidos como “serios” por los científicos de profesión,

29
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

recibieron una calificación especial, fueron llamados problemas de los


“fundamentos” (una denominación casi oficial en el campo de la mate-
mática, pero adoptada a menudo también en el campo de la física y de
las ciencias empíricas). Ahora bien, la investigación del fundamento
se puede considerar como uno de los marcos distintivos de la filosofía,
que se encuentra de forma implícita en varias otras maneras de de-
finirla (por ejemplo, como búsqueda de los principios primeros, como
determinación de las condiciones de posibilidad, como exigencia de
criticidad radical, como explicitación total de las presuposiciones, etc.).

La filosofía de la ciencia como rama especializada


de la filosofía

Por consiguiente es correcto reconocer que el efecto de la crisis de


la que estamos hablando fue el nacimiento de la filosofía de la ciencia
como rama especializada de la filosofía. Es una precisión importante,
ya que no estamos afirmando que anteriormente la filosofía nunca se
había ocupado de la ciencia, sería una completa tontería afirmarlo,
ya que uno de los primeros problemas que se planteó la filosofía occi-
dental fue precisamente el de precisar en qué consiste la ciencia (la
episteme) tomando el concepto en su sentido más general, es decir cómo
saber. Además, desde la antigüedad los filósofos dedicaron un examen
profundizado a varias de las que nosotros llamamos hoy “ciencias”
(matemáticas y naturales), empezando por Platón y Aristóteles para
llegar por lo menos a Kant, el cual hasta tomó las ciencias exactas
como paradigma para elaborar su teoría general del conocimiento. La
novedad consiste en el hecho de que las reflexiones sobre la ciencias
anteriormente eran “parte” de consideraciones generales, sobre todo
acerca de la naturaleza del conocimiento, o de temáticas ontológicas,
mientras que a partir del inicio del siglo XX, constituyen una rama
especializada y reconocida de la enciclopedia filosófica, según el mismo
proceso de (relativa) autonomización que ya había llevado a reconocer
una filosofía del derecho, una filosofía del arte, una filosofía de la reli-
gión, una filosofía de la historia y otros ámbitos particulares. Se trata
de un fenómeno cuyas raíces se encuentran en la “profesionalización”
de la filosofía casi impuesta por la estructura académica, así como del
hecho de haber imitado el modelo de especialización imperante en el
campo de las ciencias, a tal punto que hoy hay una cantidad enorme

30
Evandro Agazzi

de “filosofías de…” y que prácticamente es suficiente tomar cualquier


tema y organizar acerca de ello un debate más o menos bien argumen-
tado por parte de un cierto grupo de personas que funden una sociedad
y posiblemente una revista, para acuñar una nueva “filosofía de…”.
No interesa a nuestro discurso examinar los aspectos positivos y
negativos de este fenómeno de atomización de la filosofía, sino subra-
yar que, cuando ello se presenta como una empresa seria, tiene que
satisfacer dos condiciones fundamentales, es decir basarse en un co-
nocimiento suficientemente preciso del campo que se quiere investigar
filosóficamente, y también en un conocimiento y un manejo adecuado
de los conceptos y métodos filosóficos. En pocas palabras: no se puede
hacer filosofía de lo que no se sabe, y también creer que baste conocer
un determinado campo para filosofar adecuadamente sobre ello. Des-
afortunadamente, en el sector de la filosofía de la ciencia hay mucha
producción que no cumple con estas condiciones, es decir que falla por
basarse en un conocimiento de segunda o tercera mano de los temas
científicos que debate, o que cree filosofar utilizando sólo razonamientos
de sentido común y vagos recuerdos del aprendizaje escolar de la filoso-
fía en los años juveniles. Con eso no se pretende la perfección o la total
falta de errores, lo importante es que la defensa de una determinada
tesis filosófica no se base en un conocimiento erróneo o insuficiente de
los contenidos científicos aportados (pensamos, por ejemplo, en cuantas
tonterías “inteligentes” se han dicho basándose en una presentación
distorsionada del teorema de Gödel, o a las ingenuidades filosóficas
contenidas en ciertos comentarios “competentes” de teorías o resultados
científicos). El caso de Mario Bunge es ejemplar a propósito de cómo
hacer una buena filosofía de las ciencias, ya que en su obra siempre se
percibe la competencia científica necesaria y suficiente para sustentar
sus tesis y al mismo tiempo se aprecia no sólo un estilo metodológico
de gran claridad de análisis y rigor de argumentación, sino también
la posesión y el manejo de varios conceptos e instrumentos del vasto
arsenal filosófico. Por esto en su amplísima producción destacan tanto
los libros fundamentales de filosofía de la física, como el monumental
Treatise on Basic Philosophy.
Regresemos ahora a la crisis de las ciencias exactas de que he-
mos hablado. Nos parece lícito afirmar que, dentro del amplio debate
filosófico que ella suscitó, raramente se encuentra la presencia com-
plementaria de las dos “competencias”, científica y filosófica. Hay que
hacer una distinción entre la filosofía de la matemática y la filosofía de
la física. En el caso de la primera encontramos grandes matemáticos
(como Hilbert y Poincaré) que propusieron también tesis filosóficas

31
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

precisas y argumentadas, así como importantes filósofos (como Frege


y Russell) que conocían adecuadamente la matemática. Con ellos se
encaminó la filosofía de la matemática en sentido especializado y en
esta la complementación de los dos aspectos nunca se ha perdido. Todo
esto por otro lado se entiende bien si pensamos que la “exigencia del
rigor” y la investigación de los “fundamentos” ya había caracterizado
la matemática del siglo anterior.
Pasando a la física, notamos que el horizonte filosófico de los cien-
tíficos era relativamente pobre, en cuanto su ambiente cultural estaba
bajo el influjo del positivismo, una filosofía muy pobre en cuanto tal,
que se presentaba como paladín de la ciencia y por lo tanto gozaba de la
simpatía implícita de muchos científicos. Varios de ellos (como Planck,
Heisenberg, Schrödinger, Pauli, Bohr) tenían una cultura filosófica más
amplia, que probablemente eran los recuerdos de una buena compo-
nente de sus estudios juveniles, pero esta se percibe esporádicamente
en sus escritos, mientras que la perspectiva fundamental queda del
positivismo que ahora iremos a considerar. Pasando a los filósofos
generales, podemos decir que, con pocas excepciones, sus reflexiones
sobre la “nueva ciencia” no revelan una penetración adecuada de sus
contenidos concretos. La situación cambió con la creación especializa-
da de la filosofía de la ciencia y los primeros de estos representantes
fueron los empiristas lógicos, también conocidos como neo-positivistas,
y esto ya nos dice que, al final de la cuenta, el positivismo constituyó
el marco filosófico inicial (y también de larga duración) de la filosofía
de la ciencia.

El marco positivista

Las perspectivas fundamentales del positivismo no cambiaron


mucho con respecto a las de su fundador Augusto Comte y se reducen
a una oposición a la religión y a la metafísica, y a una celebración de la
ciencia que es entendida de una manera particular, es decir según un
planteamiento de empirismo radical. Es decir, se atribuye la capacidad
de conocer únicamente a las percepciones sensibles, y se desconoce
totalmente la contribución de la razón a la construcción del conocimien-
to. Una ciencia “positiva” es aquella en la cual el científico se limita a
registrar datos empíricos y como máximo a registrar “regularidades”
entre los datos, sin añadir ni interpretaciones ni explicaciones. La

32
Evandro Agazzi

razón hace su aparición en la ciencia como en la vida ordinaria. Pero


sólo con funciones prácticas, es decir ordenando las percepciones bajo
conceptos, leyes y teorías que sirven para ahorrarnos esfuerzos intelec-
tuales y hacer ciertas previsiones útiles para que la práctica científica
sea de la vida diaria, pero no dicen nada acerca de la realidad, no son
ni verdaderas ni falsas, sino puras convenciones útiles que se cambian
cuando no sirvan más. Esta era la filosofía de Mach, que de hecho fue
el primer filósofo de la ciencia en sentido especializado ya en los últi-
mos años del siglo XIX y quien, en parte debido a esta circunstancia,
influyó muchísimo sobre los primeros filósofos de la ciencia oficiales, es
decir los miembros del Círculo de Viena (que no por casualidad llevaba
inicialmente el nombre de “Asociación Ernst Mach”).
El positivismo quería presentarse como el paladín de la ciencia,
pero en realidad era su parásito, ya que de hecho la concepción de la
ciencia que proponía era, paradójicamente, la menos idónea para dar
cuenta de la ciencia que estaba desarrollándose al final del siglo XIX
y que podemos llamar “contemporánea” para distinguirla de la ciencia
“moderna” nacida con Galileo y Newton. Esta es una ciencia de los
inobservables y se ha reforzado más en el siglo XX. Por consiguiente,
una filosofía de las ciencias que admite el aporte cognoscitivo única-
mente de las percepciones (o, como dirán los empiristas lógicos, de
las observaciones) de entrada es incapaz de dar cuenta de la ciencia
contemporánea, y fatalmente se configura como una concepción instru-
mentalista y anti-realista de la ciencia, como de hecho pasó con Mach,
quien no aceptó la existencia de las moléculas hasta su muerte que
ocurrió en 1916. Pero no nos debemos sorprender, ya que las posturas
anti-realistas siguen siendo presentes en mucha de la filosofía de la
ciencia analítica actual y, si uno indaga las razones, descubre que
se trata de una consecuencia de la adhesión a un empirismo radical.
Esta falta de reconocimiento del papel fundamental que la razón (es
decir el interpretar y el explicar) tiene en la ciencia, y que impulsa la
construcción de modelos y teorías, mucho más que una incapacidad
de dar cuenta de la ciencia actual, significa desconocer la naturaleza
profunda de la ciencia en cuanto tal, significa no poder explicar porque
conocemos mucho más y mucho mejor que nuestros antepasados, y no
gracias al hecho de haber observado más ,sino por haber pensado más
y haber encontrado, gracias al pensamiento, caminos para descubrir
la existencia de niveles de la realidad que la observación pura y simple
no puede captar.
El empirismo lógico daba aparentemente una gran importancia
al razonamiento, y sus publicaciones ostentan el uso de instrumentos

33
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

complicados de la lógica matemática y sus aplicaciones, pero a esta


lógica no se le reconoce la capacidad de proporcionar nuevos conocimien-
tos, se le atribuye un papel exclusivamente analítico de rigorización
metodológica, y esto, en realidad, no es arbitrario pero se convierte en
un mecanismo estéril si no se atribuye también al intelecto la capa-
cidad de conocer. Pero con esto se debería reconocer un cierto tipo de
realidad a “algo” que no es el contenido de percepciones, y aquí resurge
la postura anti-metafísica del positivismo, ya que este “algo” no cabe
dentro de su ontología. Por consiguiente la filosofía de la ciencia de los
neopositivistas se reduce a un análisis da la única cosa a la cual puede
correctamente aplicarse la lógica así entendida, es decir al lenguaje. En
esto el empirismo radical se conjuga con el “giro lingüístico”, y de toda
la riqueza de la ciencia queda como objeto de la filosofía de la ciencia
sólo un análisis lógico del lenguaje de las teorías científicas, además
esquematizadas según un esqueleto que nunca se encuentra realizado
en la ciencia concreta.
Muy a menudo se inculpan algunas filosofías del siglo XX (como
el existencialismo y el neo-idealismo) de haber despreciado la ciencia,
pero no se toma en cuenta que aquellos filósofos pronunciaban sus juicios
basándose explícitamente (como hace por ejemplo Benedetto Croce) en
las declaraciones y publicaciones de los “epistemólogos” de su tiempo,
quienes atribuyen a la ciencia un mero valor práctico-convencional. Y,
como ya hemos dicho, si la epistemología de los positivistas limitaba el
papel cognoscitivo de la ciencia al hecho de “anotar datos” excluyendo la
contribución cognoscitiva de la razón, ¿cómo podrían ellos escandalizarse
frente a la afirmación de Heidegger que “La ciencia no piensa”?
Frente a todo esto la filosofía de la ciencia de Mario Bunge se
presenta como una propuesta alternativa bien articulada. En la cual el
factor empírico de la ciencia encuentra su debido lugar, pero al mismo
tiempo se reconoce en pleno el papel de la razón en su función no exclu-
sivamente analítica y se defiende una concepción realista de la ciencia.
Bunge no ignora los instrumentos formales y simbólicos y los utiliza
con frecuencia, pero nunca como aparatos para apantallar el lector y
cubrir las dificultades conceptuales. Por esto creo que no sería fácil
criticar a sus tesis mostrando fallas en sus planteamientos metodoló-
gicos, pero él no pertenece al main stream de la filosofía de inspiración
analítica, precisamente porque no es víctima de un empirismo radical
y por esto puede abordar temas “clásicos” de la filosofía (por ejemplo
de tipo ontológico y ético) que aquellos filósofos o ignoran, o manejan
con mucha más dificultad. En particular no se puede pasar por alto
el gran espesor y el grado de articulación que encuentra en Bunge el

34
Evandro Agazzi

tema del realismo, que se presenta fundamentalmente como problema


del realismo científico, pero se desarrolla articulándose como realismo
ontológico, gnoseológico, semántico, metodológico, axiológico y moral.

La segunda crisis de la ciencia moderna:


una crisis de confianza

Hemos visto que la filosofía de la ciencia surgió al inicio del


siglo XX como reacción a una profunda crisis de la ciencia moderna,
que marcó la transición a la ciencia contemporánea y que podemos
calificar como crisis epistemológica. Por esto debemos reconocer que
esta filosofía de la ciencia, tomada globalmente, puede considerarse
como una epistemología de la ciencia, aun sin ignorar los cambios de
óptica que ocurrieron. Por ejemplo, es verdad que ciertos desarrollos
de la filosofía del lenguaje influyeron en la filosofía de la ciencia, cómo
la tesis del holismo semántico de Quine que contribuyó a la extinción
del debate acerca de la reducibilidad de los términos teóricos a los
términos observacionales que rápidamente pareció implicar la tesis
de la “inconmensurabilidad” de las teorías y la imposibilidad de com-
pararlas. Pero, al final de la cuenta, esta conclusión se convirtió en la
tesis que ni la coherencia lógica, ni el control experimental son criterios
suficientes para escoger entre teorías rivales y esto significa quitarle a
la ciencia cualquier alcance cognoscitivo. De la misma manera, el “giro
sociológico” inaugurada por la obra de Kuhn y ampliamente desarro-
llada por otros, mientras que por un lado subrayaba correctamente la
contextualización social de la ciencia, por otro lado hacía depender tan
radicalmente la aceptación de los problemas y de las teoría científicas
de su contexto social (sea este el micro-social de la comunidad científica
o el macro-social de la comunidad general) que otra vez se perdía la
posibilidad de atribuirle un valor cognoscitivo auténtico a la ciencia.
Por lo tanto no parece exagerado decir que el resultado final de la tra-
yectoria de esta epistemología de la ciencia fue una “devaluación” de
la misma que, entre otras cosas, explica la menor consideración que
los científicos tienen a la filosofía de la ciencia hoy (en comparación
con su fase inicial), la menor estimación pública de la misma ciencia,
la facilidad con que alcanzan a calificarse como “científicas” varias
formas de pseudo-ciencia, la fortuna que encuentran varias filosofía
más o menos anti-científicas.

35
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

Afortunadamente, para así decirlo, una llamada a la filosofía vino


de otra crisis que la ciencia moderna encontró a mediado del siglo XX
y que podríamos llamar una crisis de confianza. Una vez más, se trata
del fracaso de una visión central del positivismo. Como bien se sabe,
todos los positivistas identificaban el progreso de la humanidad con el
progreso científico y tecnológico, como si el primero fuese una conse-
cuencia lógica más o menos automática del segundo. Nadie ignoraba
que los resultados de la tecno-ciencia se pueden utilizar tanto para el
bien como para el mal, así como un cuchillo se puede usar para cortar
una rebanada de jamón o para matar a una persona, pero el uso de la
bomba atómica al final de la segunda guerra mundial planteó el pro-
blema de manera diferente, ya que ese había sido el resultado intencio-
nalmente perseguido por un gran sistema de personas e instituciones,
y en particular por un notable equipo de científicos que sabían que en
aquel momento el único objetivo de su investigación era la realización
de un arma de destrucción de masa destinada no a matar soldados en
el campo de batalla, sino centenas de miles de civiles inermes. Como
lo dijo Oppenheimer, la bomba atómica fue como el “pecado original”
que hizo salir la ciencia de su ilusión de inocencia (lo que significa que
despertó la conciencia moral de los científicos en cuanto tales). De hecho
se discutió mucho si la decisión de realizar y usar la bomba atómica
podía o no podía “justificarse” en base a varios tipos de consideración,
que aquí no nos interesa examinar. Lo que sí interesa es notar que
todos estos debates no fueron de carácter científico, sino ético, políti-
co, jurídico y, en general, filosófico, pero no “epistemológico”. Era sólo
un síntoma, pero importante: se estaba viendo que la filosofía puede
ocuparse de la ciencia también fuera del plano gnoseológico y meto-
dológico y, además, que esta llamada a la filosofía venía directamente
de lo que la ciencia había hecho y estaba haciendo. A partir de aquel
momento muchos otros hechos han impulsado esta nueva relación de
ciencia, tecnología y filosofía. Cuando se pasó del uso militar al uso
pacífico de la energía atómica, los desastres de las centrales como
Chernobil despertaron muchos debates, pero también desastres de
menor tamaño como los de Seveso y Bhopal en el sector de la industria
química, o fenómenos menos localizados como el deterioro del medio
ambiente, la contaminación, la destrucción de las energía no renovables
y muchos otros temas que todos conocemos han empezado a poner en
tela de juicio el mismo planteamiento que hace del progreso científico
el factor fundamental del progreso humano y se ha llegado hasta a
afirmar que hay un riesgo serio de que el desarrollo incontrolado de la
tecno-ciencia pueda llevar a la extinción futura del género humano. De

36
Evandro Agazzi

aquí la transición de una postura general de optimismo cientificista a


una generalizada actitud de anti-ciencia, la cual va mucho más lejos
de ciertas expresiones críticas acerca de la ciencia que ya expresaba,
por ejemplo, Husserl en su Crisis de las ciencias europeas, que al final
de la cuenta subrayaba la insuficiencia del enfoque cognoscitivo de las
ciencias occidentales frente el conocimiento del “Mundo de la vida” y
por eso abocaba la causa de la fenomenología transcendental.

La ética de la ciencia y tecnología

Además de estos problemas para así decirlo “globales”, que tienen


que ver con el miedo que despierta la tecnología, se plantean hoy otros
problemas que conciernen al impacto que la ciencia y la tecnología tienen
sobre la manera de considerar y tratar al hombre individualmente consi-
derado o considerado en su naturaleza. Estos problemas surgen especial-
mente en el campo de las biotecnologías o ingeniería genética, que permite
intervenir artificialmente sobre el genoma de los seres vivos y modificarlo
según fines bien determinados. Aquí se encuentran problemas análogos a
otros planteados por las aplicaciones tecnológicas en general, es decir, la
evaluación de los riesgos que estas aplicaciones pueden comportar para el
medio ambiente o la salud de los humanos, pero hay también problemas
más exquisitamente éticos, como el de la admisibilidad moral de modificar
el mismo genoma humano, el qué implicaría una modificación de la mis-
ma naturaleza humana. Otros problemas surgen en el sector médico, en
donde decenas de novedades tecnológicas permiten hacer cosas que hace
unas décadas parecían imposibles y con esto se abre el amplio campo de
la bioética. La novedad no consiste tanto en el nivel asombroso de com-
plejidad y eficacia que las nuevas tecnologías han alcanzado, como en el
hecho que gracias a estas el hombre se encuentra hoy frente a elecciones
que antes no existían y para las cuales, por consiguiente, tampoco existían
normas éticas que las reglamentaran. Cada una de estas posibilidades
de elección suscita prácticamente un debate de tipo ético, en el cual se
confrontan principios éticos generales, teorías éticas enteras, concepciones
de antropología filosófica y de filosofía social, etc. Parece correcto afirmar
que el “renacimiento de la ética” a partir de las últimas décadas del siglo
XX ha sido impulsado por (para no decir que ha sido la consecuencia de)
los nuevos y urgentes problemas planteados por el desarrollo científico
y tecnológico.

37
La filosofía de la ciencia como introducción a la sabiduría

Hacia la sabiduría

¿Qué significa todo esto? Significa que la filosofía ha sido llamada


otra vez a ocuparse de la ciencia, y que por tanto se ha configurado
otra forma de la filosofía de la ciencia. Esta no excluye la forma más
tradicional, sino implica que la filosofía de la ciencia no puede redu-
cirse a una epistemología de la ciencia que podría limitarse a utilizar
algunas partes de la filosofía, como la lógica, la metodología, la filosofía
del lenguaje y tal vez unos capítulos de la ontología. Hay mucho más
en la filosofía que se puede y debe utilizar para entender la ciencia,
desde la ética a la antropología filosófica, a la metafísica, a la filosofía
política, social, del derecho. Recurrir a esta riqueza nos es impuesto por
el hecho fundamental que la tecno-ciencia se ha convertido en el mundo
en el cual y del cual vivimos, es decir, es parte integral del “mundo de
la vida” y por tanto no puede evitar de ser involucrada en el problema
de darle un sentido a este mundo y a nuestro actuar en este mundo.
Reducido a lo esencial, este problema consiste en saber cómo debemos
elegir en las diferentes situaciones que se nos ofrecen, y desde la Ética
a Nicómaco de Aristóteles la solución de este problema es confiada
a la sabiduría, la cual no se reduce a la habilidad de encontrar los
medios más eficaces para alcanzar un fin, sino en escoger los medios
buenos para alcanzar eficazmente fines buenos. Como Mario Bunge
ha correctamente observado, la teoría matemática de las decisiones
no ofrece soluciones al problema de la “mejor” estrategia, ya que las
respuestas pueden variar mucho dependiendo de las atribuciones de
valor que cada sujeto asigna a ciertos fines. Aquí se requiere una ver-
dadera reflexión filosófica y, tomando en cuenta la urgencia que estos
problemas presentan para el hombre de hoy y de mañana, la nueva
función que debemos atribuirle a la filosofía de la ciencia es la de ser
una introducción a la sabiduría. Aquí se abre un debate genuinamente
filosófico, acerca de los métodos y principios admisibles en esta empresa
y sobre este punto es legítimo decir que hay en Bunge una herencia
positivista, es decir su declarado cientificismo y materialismo, que
pueden no compartir los que comparten y admiran tanta parte de su
pensamiento y de su labor académica y cultural.

38
El Sistemismo como una alternativa
de investigación posible a la problemática
del delito

Ana María Amado Yannarella

Para Mario Augusto Bunge

Prolegómenos

Crimen, causalidad y castigo constituyen realidades en el hacer huma-


no que históricamente desafían su interpretación generando posturas
disímiles frente a su presencia y tratamiento
Se dijo en la década del cincuenta que la criminología estudiaba
el ser del delito, su realidad, la conducta delictiva y sus efectos. Poste-
riormente se perfila la criminología como una ciencia empírica e inter-
disciplinar cuyo objeto alcanza el crimen, el victimario, la víctima y el
modo de controlar socialmente la conducta delictiva; considerando que
muchos hechos cotidianos, son susceptibles de constituirse en delitos,
observables y factibles de ser analizados sistemática y ordenadamente.
La criminología discurre sobre las diferentes realidades mencio-
nadas buscando en el intrincado conjunto de variables intervinientes,
determinantes y contextuales al fenómeno, aproximaciones válidas en
los planos teóricos y prácticos, que favorezcan un orden adecuado para
la sana convivencia en las sociedades humanas; más allá del enfoque
adoptado en esta búsqueda.
Su primera etapa fue positiva, su preocupación fue el criminal
en sus aspectos biológicos y sociales; luego habrá de preocuparse por
el desvío social que produce el delito. Actualmente pretende esclarecer

39
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

el fenómeno ocupándose del delincuente, el delito, las causas del delito


y la actitud a tomar frente a ellos.
En su discurrir adoptó el método deductivo e inductivo experimen-
tal; por su carácter interdisciplinario; por la complejidad del objeto de
estudio; podría considerarse la triangulación de métodos y metodología
como un recurso valioso para la investigación criminológica.
Esta ciencia, en su preocupación por atender el problema del de-
lito, del criminal, sus causales y conductas a adoptar en consecuencia,
transitó por diferentes orientaciones, localizaciones y posturas desde
la criminología clásica con antecedentes en Becaría y Lardizábal y
Uribe, la criminología Positiva, la escuela Positiva italiana, Lombroso,
Garófalo, Ferri; la criminología biológica; la criminología psicológica;
la criminología sociológica; la criminología clínica; la criminología Ge-
neral, específica, comparada, de acuerdo al tipo de taxonomía aplicada
(Virgolini, 2005).
Se manifiesta actualmente como un conjunto ordenado o sistema-
tizado de conocimientos relacionados con los acontecimientos anteriores
al delito, sus causas y conductas consecuentes en relación a la pena y
prevención, e implicancias sobre el propio delincuente, sobre la víctima
y sobre la realidad.

Una mirada al pasado sobre el estudio de la


problemática del delito. Crimen, causalidad y penalidad

Si nos remontamos al pasado histórico-social del siglo XVIII y XIX,


podríamos manifestar que el movimiento que produjo el pensamiento
de la ilustración y el hecho político social cultural de la revolución
francesa, representaron una ruptura contra el estamento judicial es-
tablecido por el antiguo régimen donde las leyes penales emitidas por
el monarca enumeraban casos y posibilidades delictivas y los jueces
estaban autorizados a la interpretación analógica para la aplicación
de las penas y la idea de delito aparecía próxima a la idea de pecado y
la pena se aproximaba más a una venganza que al castigo.
La aparición de las ideas de prevención y corrección, permite
apreciar una cuota de humanismo y mayor respeto por la persona del
delincuente más allá de lo cruento que haya sido el delito y más allá
incluso de la aplicación de la pena máxima, porque puede apreciarse
que se pretende hacerlo con mayor justicia y menor arbitrariedad.

40
Ana María Amado Yannarella

La concepción del estado republicano condujo sin dudas a poner el


derecho penal al servicio y protección de los ciudadanos, resaltando la
dignidad de las personas. Y su igualdad ante la ley, lo que le costaría
la censura a Becaría por atreverse a sostenerlo cuando aún no todos
estaban preparados para interpretarlo a pesar de que el proceso de
secularización ya estaba en marcha.
En la obra de Montesquieu se encuentran las bases de estas
ideas de que el objeto de la organización del Estado redunda en la
preservación natural del hombre planteando una idea más acabada
de libertad, la que tal vez subyace en la obra de Lardizábal y Uribe,
Discurso sobre las penas, a pesar de la tendencia iusnaturalista del
penalista mexicano-español en puja con su aprecio por el contrato
social y la más franca adhesión de Cesare Becaría, de nacionalidad
italiana, De los delitos y las penas con su mayor radicalismo. Respecto
a la pena, manifiesta Becaría que los hombres se unieron en sociedad
en un marco de condiciones expresado en leyes, cediendo una porción
de su libertad en función de pactar su propia defensa; de la sumatoria
de cada aporte surge entonces el derecho a infligir castigo. Por lo tanto
toda pena que sobrepase esta necesidad será injusta.
Lardizábal expresa que la pena es un mal que se sufre por encima
de la propia voluntad, con arreglo a un mal llevado a cabo con mali-
cia o por culpa; visto de este modo la pena precedería al pacto social,
entonces por el pacto los hombres obtienen un medio de defensa que
debe provenir de autoridad superior. Tanto Becaría como Lardizábal
concuerdan en sus apreciaciones con Montesquieu en este punto. Sin
embargo, al ir desarrollando sus planteos, el primero seguirá las ideas
de Rousseau y el segundo del pensamiento iusnaturalista (Fernández
de Moreda, 1989; Becaría, 1993: 11-64, 1998; Betegón, 1985).
Puede advertirse una constante, a un cierto acontecimiento
disvalioso le sigue un consecuente penoso, transgresión, corrección,
crimen, castigo, desviación, tratamiento, delito, sistema penal se busca
la etiología de la conducta delictiva, su explicación y erradicación; se
justifican acciones coactivas del Estado para mantener el orden (vio-
lencia estatal). Se establece una práctica social del castigo. Foucault
piensa que la ley y el respeto por ella está fuera de nosotros, que si
estuviera presente en el fondo de nuestro ser, la ley no sería ya la ley
sino la suave interioridad de nuestra consciencia, entonces, la ley está
afuera y es ordenadora por encima de lo individual y es privilegio de
quien ostenta el poder de hacerla cumplir. Por lo tanto, si la ley no
prohíbe, entonces no hay delito, hay delito si el Derecho penal así lo ha
establecido, creándolo como delito. La ley penal no está construida para

41
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

reprimir sino para mantener el orden social. Foucault se pregunta por


qué el discurso ilustrado del XIII ha sido necesario para la penalidad
del XIX. Piensa que a fines del siglo XVIII se soñaba con una sociedad
sin delincuencia hasta que se comprueba que la delincuencia es útil
y está instalada en la trama social, sin delincuencia no habría, por
ejemplo, necesidad de policía.
La criminología, como práctica social del castigo, tiende a dar
nombre a los acontecimientos descriptos, es una suerte de discurso
mental que trata de buscar científicamente la causa y el efecto de los
fenómenos, predecir la conducta del hombre aunque esta puede ser
pasible de imprevisibilidad. Busca trabajar sobre realidades, expli-
cando, orientando, porque en toda sociedad es necesario un orden, una
jerarquía donde hay quien manda y quien obedece; esta relación se
torna más política que científica, el que castiga realza su autoridad.
El ámbito actual de la criminología aparece más político que científico
(Foucault, 2001).
El concepto es claro y clave, la obediencia política y la desobedien-
cia. La capacidad de mandar vinculada con la de obedecer, vinculada
a su vez con un determinado tipo de estado. Se pueden diferenciar dos
épocas, la de la política penal pre moderna y la de la política liberal
clásica. El delincuente comete actos de desafío personal contra el poder
del soberano y la manera en que se castiga tiene que ver con la época,
la cultura, el poder y la política. La violencia forma parte de la vida
cotidiana, entonces, se castiga con violencia y esta acción se relaciona
con la supremacía del poder. El Poder es el eje de la supremacía de
la violencia. El adversario debe ser destruido; la política penal pre-
moderna es desmesurada, paralela a la jerarquía política y a la forma
de adquisición del poder político. El castigo a la desobediencia forma
parte de la estructura del poder político, que es fruto de las tradiciones,
de la historia y de la evolución de las sociedades naturales; donde la
relación de mando y obediencia también es natural; en clave de conti-
nuidad desde la familia al emperador implicando jerarquías por prin-
cipio de autoridad; el poder real, el poder tradicional, hereditarios y los
conceptos de ordenamiento divino que explicaban el lugar de cada uno.
El estado de naturaleza se contrapone al estado político que
implica movimiento y cambio, donde la clave es la ruptura, no la
continuidad; el poder político se construye; Hobbes sostiene que hay
que salir del estado de naturaleza buscando un poder común, por los
pactos (Hobbes, 1651). Los pactos como elementos de ruptura, fuentes
de legitimidad del poder, donde ceden los individuos el derecho a la
defensa por mano propia y se comprometen a cumplirlos.

42
Ana María Amado Yannarella

Francisco de Victoria (Dominico, 1492-1546)1 responde a su propia


pregunta “¿Cuál es el origen de la sociedad civil?” elaborando una teoría
que explica el poder político y la sociedad política: “El origen pactado del
poder”; doble es su propósito: a) el origen del poder y su legitimidad; b)
el origen de la sociedad; “Pactum Ssubjetionis” y “Pactum societatis”.
Con implicancias jurídicas políticas, El contrato gobernantes, gober-
nados, con fijación de límites y donde el poder responde a una realidad
cambiante. Los pasos fueron: muchedumbre amorfa, Pacto de sociedad,
Sociedad civil, Sin relaciones jurídicas, Pacto de sujeción. Ya que la
sociedad sin poder político resulta impensable e impracticable. La ley
positiva encierra un acto de voluntad cuya sustancia es el bien común.
Mientras que Francisco Suárez, (Jesuita, 1548-1617)2 autor de Tratado
de Dios Legislador desarrolla en esta obra la parte de la Suma Teológica
de Santo Tomás de Aquino consagrada a la ley y el derecho; ley como
regla y medida según la cual uno es llevado a obrar o retraído de obrar;
diferenciando ley positiva de ley natural. La primera refiere al problema
de la moral y la segunda al problema del poder político. Los hombres en
un cuerpo político y con relaciones de poder generadas por un orden y
un gobierno se diferencian de un simple agregado o masa (mob) que no
es lo mismo que un pueblo (volk) quien conlleva la necesaria presencia
del poder político. Suárez piensa que el poder no reside en la voluntad
de la comunidad, por ejemplo, la pena de muerte; donde la potestad de
aplicarla si bien reside en la comunidad, no por cierto en los singulares
que la componen, por lo tanto no pueden delegarlo en el pacto de socie-
dad. Igualmente el poder político no existía antes del pacto, surge con
el pacto, como atributo necesario de la sociedad, una parte natural de
ella y si el poder está en la naturaleza, (Para Suarez no viene de Dios

1. Primer obispo de Tucumán. Nació en Portugal; llegó a Perú donde estudió y


se ordenó fraile dominico; fue enviado a Roma por los dominicos de Perú como
su representante legal; ganó el respeto de las autoridades eclesiásticas y fue
nombrado obispo de Tucumán.
2. Francisco Suárez nació en Granada el 5 de enero de 1548; murió en Lisboa
el 25 de septiembre de 1617. Ingresó a la Compañía de Jesús en Salamanca el
16 de junio de 1564; en esa ciudad estudió filosofía y teología desde 1565 hasta
1570, donde fue ordenado en 1572. Enseñó filosofía en Ávila y Segovia (1571), y
más tarde, teología en las mismas ciudades (1575) y en Valladolid (1576), Roma
(1580-85); Alcalá (1585-92), Salamanca (1592-97) y Coimbra (1597-1616). Sus
biógrafos dicen que era un excelente religioso, practicante de la mortificación,
laborioso, modesto y dado a la oración. Sobre las leyes (1612) cristaliza su
pensamiento jurídico-político, de posiciones avanzadas en su tiempo (posibilidad
de derrocar al gobernante, derecho de gentes, sociedad internacional).

43
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

creador) entonces, para que la sociedad surja, se tiene que dar esta ecua-
ción: “elemento humano-elemento natural y/o sobrenatural-sociedad,
poder: propiedad natural-propiedad moral”. Y recurre a la analogía
del matrimonio: “No se contrae sin la voluntad de sus miembros” La
voluntad no depende de ellos sino de la naturaleza misma de la institu-
ción, para él existe una creciente autonomía de lo político cuando trata
la doctrina del fin del poder como equivalente al bien común, iguala la
felicidad de los ciudadanos, pasando entonces el poder a ser un bien
subjetivo de la comunidad política; bien común según el cual se regula
la propia acción (democracia de origen sobrenatural) actividad natural
de la sociedad equivalente a legislar por sí misma democráticamente
del disenso al consenso, en cambio la subordinación a un soberano y el
poder hereditario es para él alienación. El poder de castigar reside en
el poder político (Locke) y el fin es lograr el bien público y según Weber
el Estado tiene la pretensión del ejercicio monopólico del poder político.
Puede apreciarse que se destaca en los antecesores del período de
las luces la lucha contra el absolutismo, las penas crueles y despropor-
cionadas relacionadas en general al antiguo régimen. Que el hombre al
reunirse en sociedad, cede parte de sus derechos al pactar, legitimando
el poder e incluyendo a todos, volcando esta exigencia en las prácticas
de castigo; buscando por objeto evitar la anarquía, amparándose en el
contractualismo. En opinión del Dr. Eugenio Raúl Zaffaroni, Becaría
ha de ser ubicado dentro del pensamiento revolucionario con ciertas
reservas, porque no todo contractualismo fue revolucionario y ni si-
quiera liberal (Zaffaroni, 2007:87-90).
Como en los pactos están representados los ciudadanos (inclusión),
entonces, se ha legitimado el poder y esta exigencia tiene reservas,
porque no todo contractualismo fue revolucionario y ni siquiera liberal.
Como en los pactos están representados los ciudadanos (inclusión),
entonces, se ha legitimado el poder y esta exigencia tiene que volcarse
con las prácticas del castigo. El objeto de la pena es predisponer al hom-
bre a la obediencia. El Derecho define las conductas que se consideran
delitos y dicta las leyes bajo penas por su incumplimiento.
El fenómeno se acompaña con la teoría de la conducta criminal y la
teoría de la conducta de la pena. Quienes rompen el pacto manifiestan
una conducta irracional, pero que les resulta ventajosamente racional
a sus motivos e intereses. Las penas deben ser limitadas, racionales,
análogas a las faltas cometidas; la teoría de la ley penal ejerce preven-
ción general negativa; la amenaza de la pena es tanto mayor disuasiva
si es parecida, análoga a la transgresión cometida. El contractualismo
se basa en el contrato que equivale a un modelo de interpretación de

44
Ana María Amado Yannarella

las relaciones sociales. La burguesía requiere límites, entre ellos, la


relación de proporcionalidad, la adecuación de la pena al delito (pena
análoga). El delincuente tiene que pagar la pena medida en el tiem-
po, permitiendo modular con mayor estrictez el que esta se adecue al
delito. Si la pena es útil, puede no ser justa, si es alta, disuade, si es
baja, difícilmente sirva.3 La pena útil combate con la pena justa; si la
pena se mide en tiempo (cárcel) se genera una utilidad diferente; donde
reeducar es la tendencia; se controla y estudia su conducta y se genera
así en una cárcel reeducadora, transformadora, que da surgimiento a
la criminología, entonces, se pergenió: el criminal y la criminología.
Las corrientes fundamentales de la Ilustración reaccionaron en
contra de la sola idea de la prevención general o intimidación, que
tomaba al delincuente como un ejemplo para los demás. En efecto, la
Teoría de la Prevención General, ve el fin de la pena no en la retribución
ni en actuar sobre el autor, sino en la influencia sobre la generalidad,
a la cual se le debe enseñar a través de las amenazas penales y de
la ejecución de las penas lo relativo a las prohibiciones legales. Se la
denomina Teoría de la Prevención General porque no actúa en forma
especial sobre el condenado, sino, sobre la generalidad.
El Derecho penal nace enfundado en el Liberalismo Clásico,
garantista, o que da garantías, el poder político no puede imputar si
todo no está dispuesto para ello (Criterio filosófico político). La Escuela
Clásica o Criminología Clásica completa el cuadro de ideas sobre el
problema criminal, originadas en las ciencias del espíritu. Bajo la eti-
queta de “clásicos” se han agrupado autores y tendencias divergentes
en muchos puntos de vista, incluso contradictorias en algunos, pero
que presentan una serie de concepciones comunes sobre postulados
fundamentales, que es precisamente lo que permitió a los positivistas
reunirlas con propósitos discursivos (Correa Salamé, 2006). Hay algo
muy significativo en la escuela clásica, como es, la defensa de las ga-
rantías individuales y su reacción contra la arbitrariedad y los abusos
de poder. Las de naturaleza empírica (perteneciente, relativo o fundado
en la experiencia) y el aporte desde otros campos, representan un con-
junto de contribuciones heterogéneas que no son meramente filosóficas
o políticas, sino que, cuentan con algún respaldo en la realidad.
Los pioneros de la ciencia penitenciaria, basados en la observación
directa y en el rico conocimiento de la realidad carcelaria; y la experiencia

3. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad de


Derecho. UBA, 2010.

45
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

empírica y criminológica que los cultivadores de sus respectivas disci-


plinas acumulan en torno al delito y al delincuente, como la fisonomía
por ejemplo. En la ciencia penitenciaria, sobresale Howard, que dio
prioridad al método de trabajo del contacto directo con el hombre que
delinque. Destaca, también, Bentham, como pionero de la ciencia peni-
tenciaria y como teórico de la concepción utilitaria de la pena. Propone
un nuevo diseño para la arquitectura carcelaria buscando el control y
del tratamiento de los reclusos: el panóptico que será objeto de estu-
dio para Foucault. El nuevo edificio se planea circular, con una torre
de vigilancia en el medio, desde la que un guardián ejerce el control
total y permanente de los reclusos, quienes no lo ven, pero están a su
alcance visual en todo momento, sintiéndose observados. Para su buen
ordenamiento y eficaz funcionamiento, deben seguirse tres criterios:
ausencia de sufrimiento corporal; severidad, pues el recluso no debe
sentirse mejor que en libertad; y economía, es decir, eficiencia.
Al referirse a la pena, Bentham formuló la teoría utilitaria del
castigo: el delincuente debe experimentar como por su crimen se vuel-
ven en su contra consecuencias más negativas que positivas (Correa
Salamé, 2006).
Existen campos del saber que, por su método y algunas hipótesis,
deben ser considerados como antecedentes del positivismo criminológi-
co; cabe señalar que antes de Lombroso ya se habían llevado a cabo las
más diversas investigaciones sobre el delito y el hombre delincuente.
La fisonomía, variable ya citada en este trabajo, versa sobre la
apariencia externa del individuo y la interdependencia de lo somático
y lo psíquico; el cuerpo y la personalidad; lo interno y lo externo.
Se trata de una vieja idea: alma y cuerpo se hallan en estrecha
relación, de modo que las deformidades somáticas se corresponden con
vicios defectos anímicos. Se asocia la belleza física con la bondad y la
maldad, con la fealdad corporal. El origen de la palabra “malhechor”
puede significar no sólo a una persona que hace el mal, sino también,
una persona maltrecha.
Diferentes investigadores elaboraron técnicas y parámetros de
observación, señalando algunos caracteres como de índole criminal:
anomalías en la cabeza, frente, orejas, nariz, dientes, etc. La fisonomía
permitió en el siglo XVIII decir que, al momento de decidir la culpa-
bilidad de uno u otro acusado, ante la duda, se condenará al más feo.4

4. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad de


Derecho. UBA, 2010.

46
Ana María Amado Yannarella

José Ingenieros, profesor de la Universidad de Buenos Aires,


Director del Instituto de Criminología en su época, explica en su obra
“Criminología” estas cuestiones diciendo:

La aplicación de criterios científicos al estudio del delito tiende a


reemplazar el Derecho Penal clásico por otro fundado en los datos de
la criminología. Salida ya de su fase empírica e intuitiva –iniciada por
los estudios de Lombroso–, la criminología comienza a definir algunos
principios generales. Un programa completo para e1 estudio del delito,
presenta tres aspectos fundamentales: 1. Sus causas (etiología criminal);
2. Los caracteres de los delincuentes (clínica criminológica); 3. La profi-
laxis y represión de la criminalidad (terapéutica criminal). La etiología
criminal debe estudiar: 1. Los factores propios de la constitución físico-
psíquica del delincuente (antropología criminal); 2. Los factores propios
del ambiente en que actúa (nosología criminal). La antropología criminal
comprende: 1. La morfología criminal (estudia los caracteres morfológicos
de los delincuentes); 2. La psicopatología criminal (estudia las anorma-
lidades psicológicas). La nosología criminal comprende: la sociología
criminal (estudia los factores sociales del delito) la meteorología criminal
(estudia sus factores meteorológicos). Estos factores pueden combinarse
en proporciones muy variables, pero son siempre concurrentes en la
determinación del delito. La criminología es el estudio de las causas
determinantes del delito evidencia que junto a los factores sociales y
físicos existen siempre factores antropológicos del delito, representados
por anormalidades de los delincuentes. El estudio de sus anomalías
morfológicas basta para referir esa anormalidad; la degeneración en
general no tiene valor específico como exponente de criminalidad. El
estudio específico de los delincuentes y, por lo tanto, el más fundamen-
tal, es el de las anormalidades de su funcionamiento psicológico. Si se
pudiera hablar de escuelas para designar las tendencias científicas, la
nueva debería llamarse: escuela psicopatológica. Los hombres forman
su personalidad dentro de la sociedad (Ingenieros, 1913).

Hobbes expresaba que el remedio contra la inseguridad era la


anticipación. Dos son los caminos de anticipación, la ciencia derivada
de la filosofía política del liberalismo clásico que explica científica-
mente el comportamiento criminal para: anticipar, corregir, eliminar.
Y el Derecho Penal que anticipa, el que establece, un sitio de conse-
cuencias necesarias por si el hecho ocurre en la sociedad organizada.
La tensión Derecho-Ciencia es secundaria con respecto a la tensión
Política-Ciencia. La pena aparece como freno, como moderadora del

47
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

delito, como un contramotivo que opera como el súper yo que controla


los impulsos e impide las malas acciones. Hobbes expresa que el indi-
viduo se somete, transfiriendo la coerción de la razón en razón jurídica,
una vez que se han establecido los pactos (primer giro de la conducta),
volviendo a la dinámica de los deseos naturales recurriendo a una base
científica para ello (segundo giro) (Pacto fundacional como aseguro de
la obediencia política).
Aparece el concepto de racionalidad como trama de relaciones,
como capacidad subjetiva de pensar (Liberalismo clásico). El sujeto
quiso, decidió. ¿Por qué causa? Ya responde la metáfora del artefacto
descompuesto o la del organismo enfermo, la criminología posibilitada
por la cárcel, como ciencia instrumental, útil, aporta respuestas.5
Resulta muy ilustrativa y moviliza a la reflexión con referencia a
la historia del crimen y las penas la palabra de Lugi Ferrajoli (1997:385-
386): La historia de las penas es sin duda más horrenda e infamante
para la humanidad que la propia historia de los delitos: porque más
despiadadas, y quizás más numerosas, que las violencias producidas por
los delitos han sido las producidas por las penas y porque mientras el
delito suele ser una violencia ocasional y a veces impulsiva y obligada,
la violencia infligida por la pena es siempre programada, consciente,
organizada por muchos contra uno a la fabulada. Frente a la fabulada
función de defensa social no es arriesgado afirmar que el conjunto de
las penas conminadas en la historia ha producido al género humano
un coste de sangre, de vida y de padecimientos incomparablemente
superior al producido por la suma de todos los delitos.
Si procedemos a ordenar el recorrido de la criminología en una
curvatura temporal (Virgolini, 2005) podría pautarse en los siguientes
momentos:

- Fundamentación y justificación del poder político: “Las leyes


son las condiciones por las cuales los hombres se reúnen en
sociedad y obligan a un pacto” (Becaría, 1998); visión política
vinculada a la necesidad de asegurar garantías a los ciudada-
nos y límites al poder político y las ambiciones de la burguesía
de llegar al poder político. Coerción jurídica, amenaza de la
implementación de la pena. ¿Cuál medio podría dar mayor
efectividad a la pena? ¿Cómo es el hombre? ¿Cómo reacciona el

5. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad de


Derecho. UBA, 2010.

48
Ana María Amado Yannarella

hombre ante la pena? ¿El criminal es un sujeto social cuya con-


ducta se potencia negativamente en la cárcel? En este primer
momento se genera una disciplina criminológica con pretensión
científica para buscar respuestas válidas y explicaciones sobre
la conducta delictiva y orientación sobre cuál será la reacción
frente a la conducta criminal.
- Homo delincuente: Positivismo criminológico original. Lom-
broso (1876); Garofalo, Ferri y José Ingenieros (generación
del 80) en Argentina. Bases y premisas fundamentales de la
criminología que provienen del momento primigenio (Becaría)
y pasan y se reorganizan en el positivismo. Se proponen buscar
rasgos atávicos y respuestas sobre qué hacer con los sujetos
criminales (¿Encierro-Tratamiento?) (¿Encierro perpetuo?).
- Ideología del déficit: (1940-1950) ser viviente carente de “algo”
(Psicopatías-educación, desarrollo genético, hormonal, cromo-
sómico, etc.). Mayor función típica en la búsqueda del déficit; de-
lito como infracción a la ley, como ruptura del pacto (Sociología
de la desviación en EE.UU.). Crimen como conducta desviada,
respecto a las reglas, incorpora conductas como alcoholismo,
noción de sociedad en lugar de a los individuos. La búsqueda
de las causas pasa a ser el rol social de la criminología (Merton,
Durkheim, entre otros).
- El comportamiento desviado se considera igual a otros: luego,
no hay déficit; la realidad es diferente al crimen, este se per-
cibe por los sentidos como hecho/s groseramente diferentes al
comportamiento habitual. Interrogantes sobre la ontología,
la etiología y la patología de la conducta criminal. Crimen y
criminal se presentan como una pareja indisociable. (Interac-
cionismo simbólico-Estructural funcionalismo) (1960).
- Constructivismo social-relativismo-fenomenología: (1960 en
adelante) teorema de Thomas (1763); si defines como real
un fenómeno entonces será real en sus consecuencias. Por
ejemplo, si un hecho es delictivo, entonces, sus consecuencias
serán delictivas. Según la definición del fenómeno, serán las
consecuencias. En este momento se origina el concepto de
desviación oculta (Efecto de algo en relación a algo: una con-
ducta que no fue detectada como desviada no se toma como tal.
Por ejemplo, un joven que se droga); etiquetamientos (adicto,
alcohólico, etc.); desviación secundaria (proceso por el cual un
etiquetado acepta la etiqueta y se siente como se lo describe).
La criminología se manifiesta como una ciencia correctora

49
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

del desorden y el Sistema Penal sobre esta base y tomando el


Derecho como discurso regulador busca reducir el fenómeno.6

Cabe aclarar que lejos de haber agotado el estudio de la proble-


mática del delito y el tratamiento del crimen, el criminal y el castigo; a
pesar de la heterogeneidad de enfoques citados; confío haber aportado
una mirada que busca la objetividad del relato, justamente, a través
de la propia heterogeneidad trabajada. Disímiles son los planteos de
cada corriente y en particular disiento con algunos de ellos; pero no se
trata aquí de practicar un análisis crítico, sino de considerar los rastros
del pasado para detectar sus huellas en el presente en un intento de
reflexionar sobre la etiología del fenómeno en estudio a partir de sus
propios indicios.

Reflexiones sobre el estudio de la problemática


del delito. Análisis del discurso criminológico:
de las conductas a las causas

El crimen se presenta como realidad diferente, visible por el


hecho y por su ejecutor, perfilado como persona de bajos recursos con
mayores signos de desventura y de exclusión, “L’uomo delinquente”,
la imagen del mundo mecanicista busca explicar el universo a través
de las causas eficientes; donde se reconoce la validez al conocimiento,
en tanto sea comprobable a partir de cuantificables y de análisis de
relaciones de causalidad, mecánica u orgánica.
La criminología adoptó los mismos criterios y como ya hemos
podido apreciar en el desarrollo del apartado anterior, fija su objetivo
en la búsqueda de la causa del comportamiento criminal como núcleo
de su discurso.
Como el fenómeno causal es un fenómeno complejo, y existen
diferentes significados del término causalidad intentaré esclarecer sus
connotaciones antes de continuar la crítica del discurso criminológico,
siguiendo algunas consideraciones del Dr. Mario Bunge sobre este
tópico, en su obra sobre la causalidad donde diferencia causación de
causalismo expresando:

6. Virgolini (2005).

50
Ana María Amado Yannarella

Causación y determinación, causalismo y determinismo se corresponden


con tres significados posibles de la palabra causalidad: a) causación,
conexión causal en general o nexo causal particular. b) principio de
causalidad o causal, enunciado de la ley de causación, la misma causa
siempre produce un mismo efecto. c) determinismo causal o causalismo,
doctrina que afirma la validez universal del principio causal. El principio
causal enuncia la causación y el determinismo causal afirma que todo
actúa de acuerdo a la ley causal (Bunge, 1978:15-16).

Referente a Causalidad… determinismo, se colige que: si frente


al fenómeno causalidad consideramos un tipo de determinismo en
sentido amplio donde se puede suponer que todos los acontecimientos
ocurren de forma determinada, no arbitrarias, sino legales y donde los
procesos por los cuales los objetos cobran sus caracteres se producen
de acuerdo a relaciones preexistentes. En sentido amplio el condiciona-
miento determinista cuando se presenta regularmente según modelos
definidos, pero no necesariamente inmutable, actúa de conformidad a
regulaciones y esta legalidad es la que la ciencia busca explicar. Sin
embargo, la regularidad solamente no basta para justificar el deter-
minismo general, científico; otro componente necesario es el principio
genético o de productividad, según el cual nada puede surgir de la nada
ni convertirse en nada; entonces podemos pensar en una combinación
de legalidad con productividad que llamaremos genética.
De este modo específico que cuando se habla de determinismo
general, se piensa en el determinismo en sentido amplio, como teoría
ontológica donde son componentes necesarios y suficientes la legalidad,
de acuerdo con la cual nada sucede irregularmente o incondicional-
mente y la productividad (principio genético) de acuerdo al cual nada
puede emanar de la nada ni transformarse en nada. Que al unificar
estos dos factores podríamos llamar al factor resultante principio de
determinación (comprobable mediante la investigación científica) y
que el principio causal, visto el determinismo de este modo, pasa a
ser un caso particular del principio de determinación y no la única
categoría de determinación como sostiene el causalismo.7 Manifiesta
que la causación (eficiente y extrínseca) no es más que una categoría
entre muchas sobre el fenómeno de la determinación, mientras que la
causación pura es solo ideal; en la realidad existen varias categorías
de determinación y la categoría de la causación se vincula a ellas, así

7. Bunge (1978).

51
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

cuando hablamos de causación múltiple, en fenómenos complejos, se


relaciona con determinaciones estadísticas que pueden conducirnos a
fenómenos de autodeterminación cuantitativa, y la causación recíproca
que se manifiesta como interacción e interdependencia (Bunge, 1978).
Cuando analiza el espectro de la delincuencia al retomar su
esquema NBEPC sostiene que todo hecho social tiene cinco aspectos
disímiles pero, vinculados: ambiental (N), biopsicológico (B), económico
(E), político (P) y cultural (C); De su propio esquema se desprende el
concepto de causalidad múltiple al que hicimos referencia anterior-
mente. Sugiere que no hay en la sociedad un primer motor, pues estos
cinco factores dan lugar a multiplicidad de combinaciones. Interesantes
posibilidades para su aplicación a la comprensión del delito como hecho
moral, desde este punto de vista, a la vez como conducta antisocial
(Bunge, 2003 y 2008).
Considero que la criminología, con arreglo a su preocupación en
la búsqueda de la causa del comportamiento criminal como núcleo
de su discurso, debiera reflexionar sobre estos principios y creo que se
impone como necesario difundirlos y debatirlos en ámbitos jurídicos.
Sin embargo, en sus orígenes, las explicaciones en relación a las
leyes de la herencia buscaron causales en un hombre que nace criminal,
con alguna incapacidad que le impide ajustarse a las normas. Ya sea,
física o psíquica o mixta, lo cierto es que estas determinarían rasgos
anormales en su comportamiento.
Otro intento hizo la frenología que pretendió descubrir y funda-
mentar la existencia de zonas localizables en el cerebro que gobernarían
potencias morales e intelectuales del hombre (Mapa de Gall; señalando
las diferentes regiones de origen de las facultades mentales).8
Concepciones similares pretendieron establecer relaciones entre
fenómenos celulares, bioquímicos, neurológicos, orgánicos de diferentes
tipos y posibles conductas antisociales.
Otros modelos de búsqueda de las causas del delito pusieron
énfasis en psicopatologías de la conducta, relacionando locura y de-
lincuencia, el psicoanálisis y la caracterización de las psicopatías hace
también su aparición.
Como se puede apreciar el núcleo causal para estas teorías es
propio de la persona física o psíquica del delincuente que se caracteriza
por ser un ser diferente al individuo normal.

8. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad de


Derecho. UBA, 2010.

52
Ana María Amado Yannarella

Otro tipo de explicaciones buscó las causas en las explicaciones


sociales, la problemática se traslada al ambiente.
Ya en su obra Lombroso cita los factores ambientales como poten-
ciadores de las características personales psicofísicas y predisponentes
a los actos antisociales.9
Ferri señaló tres categorías de variables determinantes del com-
portamiento delictivo: antropológicas o individuales, físicas o telúricas
y sociales. Ferri propone el método inductivo-experimental para el
estudio de los actos delictivos, para que sobre la base de los resultados
obtenidos se pueda pergeñar una política criminal.
Las teorías ambientales se multiplicaron y para su estudio se
agruparon en dos tipos: del control y de tensión o inducción social. La
primera reguladora de la sociedad al estilo Hobbesiano (Estado del
Leviatán); las segundas inculpan de la inducción al delito a la sociedad,
no son contenedoras (Anomia Mertoniana: La sociedad no contiene,
sino que induce al delito).
Pertenecen al primer tipo de teorías:
Una teoría, como la de la desorganización social, que es repre-
sentada por la Escuela ecológica de Chicago, encuentra el factor deter-
minante del desvío de la conducta normal a la conducta delictiva en
la desorganización social; plantea que una sociedad desorganizada no
podrá organizar la conducta de sus miembros, por lo que el principio
de base será necesariamente el control.
La anomia en Durkheim; con su aporte teórico él va a desmentir
y demostrar que las causas del delito no son patológicas e individua-
les, sino que responden a la consciencia colectiva. La violación de los
códigos, sentimientos y creencias compartidos por los ciudadanos
(Solidaridad mecánica, Solidaridad orgánica).
La solidaridad aparece en Durkheim como un hecho moral, y
considera que cobra existencia como un hecho social externalizado en
las formas de las penas y estas obran en las formas del Derecho.
En las sociedades primitivas, con sólidos estados de consciencia
el crimen es una ofensa a la sociedad toda (Solidaridad mecánica) y
requiere de duras penas. Mientras que en las sociedades modernas,
donde se ha instalado la pena restitutiva que pretende devolver las
cosas a su estado original o previo, la ofensa se interpreta como un
problema entre las partes y no afecta a la sociedad toda (Solidaridad
orgánica, División del trabajo social) La pena aparece como una forma

9. Virgolini (2005:47-128).

53
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

pasional y natural de ejercicio de la venganza por parte de la sociedad


que busca asegurar sus creencias y forma de vida.
Durkheim describe a la anomia como el mal que sufre una socie-
dad donde existe ausencia de reglas morales y jurídicas, ausencia de
normas, o bien su desconocimiento e incumplimiento; con motivo del
debilitamiento de las instituciones y el deterioro del grado de integra-
ción social (Durkheim, 1897, 1997, 2006).
Durkheim como globalista, al igual que Parsons o Bourdieu,
trata las acciones individuales como reacciones a presiones que ejerce
la sociedad como a un todo, mientras los individualistas como Weber,
Homans, Popper, tienden a culpar al delincuente, los holistas acusan
a la sociedad como responsable de los delitos (Bunge, 2008). Ambas
posturas guardan una parte de verdad, pero ninguna de las dos com-
prende que el individuo pertenece al mismo tiempo a varios sistemas
sociales; según lo plantea el sistemismo, para el cual:

…los actos de un individuo no pueden entenderse sin tener en cuenta


los sistemas de los que forma parte; a su vez, estos no pueden enten-
derse sino como compuestos por individuos que mantienen, refuerzan o
debilitan los vínculos que los mantienen en sus sistemas (Bunge, 2008).

Se hace necesario aclarar que cuando se utiliza el término siste-


mas o la concepción del sistemismo, en el campo del derecho, suelen
confundirse con determinados versiones globalistas, como por ejemplo
Talcott Parsons, algunos seguidores, como Niklas Luhmann, entre
otros.
Cuando en realidad se trata de una visión no globalista de sis-
temas, propia del campo de las matemáticas y las ciencias fácticas e
ingenierías, donde Bunge entiende por sistema “…un objeto complejo,
concreto o abstracto, compuesto de elementos relacionados entre sí y
que posee alguna propiedades (emergentes o sistémicas) de las que
carecen sus constituyentes” (Bunge, 2008).
Sistemismo implica la idea de que el concepto de sistemas es
central en el estudio y la comprensión de toda ciencia y técnica social
y en toda ciencia y técnica en general. La ontología sistémica sostiene
que el universo es un sistema y su gnoseología indica que la mejor
manera de conocer y comprender las totalidades es el análisis y la
mejor manera de comprender a los individuos es la síntesis: arriba-
abajo-abajo-arriba (Bunge, 2008).
Por lo tanto, se desprende que en esta concepción no se atribu-
yen las causales del delito ni al individuo ni a la sociedad, individuo y

54
Ana María Amado Yannarella

sociedad se consideran dos caras de la misma moneda social, donde el


delincuente es víctima y victimario a la vez, no se tratan a los individuos
“sueltos” ni a los sistemas sociales como “culpables” de predisponer al
delito, no se habla de delincuentes en sí ni de sociedades que les pre-
ceden (Bunge, 1999, 2004), luego, puede apreciarse que esta tesitura
no encaja en ninguna de las tipologías analizadas, por el contrario da
lugar a un nuevo enfoque, que considero de particular interés para su
aplicación a la investigación socio jurídica.
Al segundo tipo de teorías pertenecen:
La anomia Mertoniana, donde la anomia no está relacionada
con la ausencia de las normas o su incumplimiento, sino con variables
contextuales que determinan un desvío entre las “metas culturales”
exitosas y aceptadas y la posición real que el individuo ocupa en la
estructura social (Ser real de la persona moral-social y deber ser
valorado por la sociedad [Statu quo]); este desvío ejerce para Merton
una fuerza sobre el sujeto y lo induce a revelarse adoptando una con-
ducta desviada. Es muy común escuchar en reportajes de actualidad
efectuados a delincuentes jóvenes de ambos sexos como justificación
de actos de agresión y robo a sus pares: “La chabona o el chabón tenía
todo lo que yo no puedo tener, por eso lo golpeé y le robé”. ¿Explicación
Mertoniana?
El individuo persiguiendo las metas culturales impuestas por el
modelo, no pudiendo alcanzarlas, entonces, genera acciones criminales.
Merton ubica la causa de la conducta desviada en la discrepancia
entre el ser real de la persona moral-social y el deber ser valorado por
la sociedad (Statu quo).
Cabe reflexionar que si esta tesitura fuera acertada el delito
sería patrimonio exclusivo de determinados sectores sociales, pero, la
realidad no es coincidente; las desviaciones afectan a miembros de las
diferentes estructuras sociales.10
Otras teorías que son llamadas subculturales también están com-
prendidas en la segunda tipología.; su tesitura sostiene la existencia
de adaptaciones colectivas a situaciones de tensión entre estructuras
culturales y sociales. A estas estructuras pertenecen grupos margi-
nales, especialmente conformados por jóvenes; quienes generan sus
propios criterios de conducta en relación a su autoestima, los modelos
culturales y sus imposibilidades de alcanzarlos.

10. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad


de Derecho. UBA, 2010.

55
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

Otra escuela pertenece a la sociología estadunidense de los años


sesenta que encuentra en la obra de Talcott Parsons el concepto de
sociedad concebida como un sistema autosuficiente, autorregulado y
normativamente ordenado. En él existen roles esperados, lugares en la
estructura y acción social con arreglo a la nomotética vigente. Cualquier
desvío produce disfuncionalidad sistémica y debe ser corregido. Este
pensamiento se corresponde con la ideología del tratamiento rehabili-
tador. Se ha vuelto a poner énfasis en los defectos del individuo como
causal del desvío.11
El auge del estructural funcionalismo se produce en el marco del
Estado de Bienestar norteamericano.
Según Giddens (1993:160-166) el funcionalismo busca estable-
cer relaciones entre la acción intencional y el análisis institucional,
contemplando los valores morales como soportes de la solidaridad
y motivantes de la personalidad; en su opinión el punto de partida
parsoniano respecto al problema Hobbesiano del orden, resulta capaz
para tratar las asimetrías del poder y la división de intereses sociales.
Las producciones sociales dependen de la participación activa de sus
miembros, aun cuando estos no sean conscientes de ellas. Giddens dis-
tingue tres aspectos de la producción de la interacción: la constitución
del significado, la moralidad y las relaciones de poder; en esta última,
existen asimetrías a nivel de los significados y la moral que pesan sobre
la interacción y producen divisiones de intereses, orientadas a luchas
sobre interpretaciones divergentes. La producción y reproducción social
no puede ser meramente mecánica y otra tarea a desempeñar por el
análisis sociológico, es para este sociólogo contemporáneo, la explicación
de la producción y reproducción social como resultado alcanzado por la
acción humana. En el análisis de las acciones sociales, se tendrán en
cuenta explicaciones y mediaciones hermenéuticas de formas diver-
gentes en el marco de los metalenguajes descriptivos de las ciencias
sociales. Estas reflexiones podrían aportar un núcleo causal diferente
respecto al delito, de base interpretativa, potencialmente subjetiva, en
el marco del “estructurismo” que Giddens aplica a asuntos sociales, sin
mediar el uso de recursos formales.
También se encuentran sesgos parsonianos en la teoría desa-
rrollada por Luhmann que nos conduce a una estructuración social
abstracta donde prima el componente comunicacional.

11. Derecho Penal. Cuestiones Fundamentales (Curso Intensivo). Facultad


de Derecho. UBA, 2010.

56
Ana María Amado Yannarella

En su crítica al estructural funcionalismo, Daniel Rafecas plantea


que la certeza de Luhmann sobre la supervivencia del sistema social
tiene prioridad sobre intereses particulares de los ciudadanos, a los
cuales, ni siquiera se les pide el consenso; reaparece en el pensamiento
de Jakobs, al referirse a la culpa y la pena. Critica la concepción de
Luhmann quien parece a las personas sociales como “…Máquinas tri-
viales y sacrificables en beneficio del sistema…” (Rafecas, 1985) y no
encuentra la fundamentación o demostración de sus argumentaciones,
opinión con la cual estoy totalmente de acuerdo.

De las reflexiones sobre el estudio de la problemática


del delito y el análisis del discurso criminológico

Hacia la búsqueda de una: Alternativa sistémica


como herramienta heurística de posible aplicación
en el campo del Derecho

En el transitar histórico se han diseñado múltiples métodos de


investigación jurídica los cuales llevan implícitos planteos filosóficos,
epistemológicos, e incluso ideológicos en el arduo camino de la búsqueda
de conocimiento, la interpretación correcta y su aplicación efectiva.
Si resumimos lo que hemos vislumbrado hasta este momento,
podríamos decir que el conocimiento y la interpretación del Derecho,
como disciplina científica necesita del uso de métodos racionales,
los cuales le permiten alcanzar la finalidad gnoseológica a la que se
orienta, determinando la metodología y el uso de técnicas adecua-
das. Mientras que por sus alcances socio técnicos, el Derecho puede
dar lugar a diversas consideraciones técnico metodológicas, con
distintas pretensiones de validez. Desde el momento en que alguna
de tales pretensiones podría ser puesta en cuestión, se manifiestan
procesos discursivos que requieren respuesta cierta desprendiéndose
la posibilidad de concurrencia de diferentes corrientes filosóficas
como sustento teórico y la existencia de diversas posibilidades téc-
nico instrumentales para ejercer el acto jurídico, el cual requiere
máxima efectividad del proceso de toma de decisiones a aplicar.
Luego la solución del problema aparece directamente relacionada
con filosofía y praxis.
De lo expresado se desprende que la interpretación resulta
una labor técnico científica aplicada a principios y normativas que

57
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

se originan en fuentes diversas, aunque interrelacionadas, de carac-


terísticas complejas. En el transitar histórico se han diseñado múl-
tiples métodos de investigación jurídica los cuales llevan implícitos
planteos filosóficos, epistemológicos, e incluso ideológicos en el arduo
camino de la búsqueda de conocimiento, la interpretación correcta y
su aplicación efectiva.
También apreciamos que en el estudio de los fenómenos jurídicos
tradicionalmente se han utilizado teorías y metodologías propias de las
ciencias sociales en general, separando estas del derecho, ignorando
que pertenecen a un mismo sistema complejo, donde están necesaria-
mente vinculadas.
Se desprende que en el terreno metodológico para la investigación
socio-jurídica quedan muchos espacios por construir, muchos interro-
gantes por responder (Kunz y Cardinaux, 2003) que debe desarrollarse
un campo autónomo, con métodos propios que trasciendan la metodo-
logía general de base.
Actualmente el sentimiento de inseguridad frente al crimen
ocupa un lugar central y se relaciona con aspectos político sociales en
diferentes países del mundo. No está resuelta aún la problemática del
crimen, su causalidad y el castigo; constituyen realidades en el hacer
humano que históricamente desafían su interpretación generando
posturas disímiles frente a su presencia y tratamiento. Un ejemplo lo
brinda la no resolución de la cuestión carcelaria, la cárcel tradicional,
lejos de cumplir su función de corrección inserción, es deshumanizante
y proclive a multiplicar la delincuencia.
El criminólogo debe tratar con conjuntos de variables entrete-
jidas de alta complejidad, que debe analizar e identificar como paso
previo a la toma de decisiones. ¿Existen acaso otros caminos a los ya
transitados?
La tendencia interdisciplinaria en el análisis criminológico es
evidente, pero con independencia del discurso que la sustente, la crimi-
nología se comporta como una ciencia con aplicaciones técnicas sociales;
es correctora del desorden y con el sistema penal sobre sus bases, más
el soporte regulador del derecho busca soluciones al fenómeno de la
delincuencia y su incidencia.
Me pregunto; ¿Qué otros procedimientos podrán ser de utilidad
para aportar al campo de la investigación socio jurídica nuevas alter-
nativas metodológicas?
Entonces, el enfoque sistémico, particularmente el sistemismo
desarrollado por el Dr. Mario A. Bunge, ya citado; propuesto como
una alternativa sistémica a filosofías tradicionales para el estudio

58
Ana María Amado Yannarella

del delito (Bunge, 2008) emerge como una respuesta concreta a los
interrogantes planteados.
El sistemismo, no globalista, como ya hemos señalado, planteado
por Bunge, se diferencia de las teorías individualistas en sus estudios
sobre el delito, las que pusieron énfasis en su corrección, y de las globa-
lista a quienes les preocupa su prevención, presentando una alternativa
superadora e integradora, no excluyente de dichas posturas.
Mientras que el holista (globalista) considera a las acciones in-
dividuales como producto de imposiciones sociales donde las acciones
de los individuos están coaccionadas por el macro nivel; interpretando
al delito como resultante de las presiones que la sociedad ejerce sobre
los individuos; los indivudualistas, contrariamente, consideran que el
camino es inverso, desde el micro nivel, donde se desarrolla la acción
individual, se direccionan las acciones hacia el todo social; considerando
al delito como resultado de las acciones individuales sobre los sistemas
sociales (Bunge, 2008). En tanto que la propuesta sistemista, para su
estudio, puede partir del macro como del micro nivel social, poniendo
énfasis en la totalidad que posee propiedades emergentes, no distribu-
tivas, de las cuales las partes carecen; preocupándose a la vez por las
causas distales y próximas del delito. Considera que los actos de un
individuo no pueden comprenderse si no se tienen en cuenta los siste-
mas en los que participa; los cuales no podríamos entender sino como
compuestos por estos individuos y sus vinculaciones (Bunge, 2008).
Bunge al estudiar la estructura de la sociedad desarrolla una on-
tología sistémica, que como ya hemos expresado anteriormente, concibe
al universo como sistema, antes que como una colección de individuos
o un bloque uniforme; luego todo individuo indefectiblemente es un
sistema o un componente de un sistema (Bunge, 2008).
Entonces, es atinente pensar que las causales del delito no debe-
ríamos buscarlas en la sociedad, ni en los individuos, quizás tendríamos
que poner énfasis en las totalidades, el estudio de las vinculaciones
entre los componentes, los mecanismos, las intrincadas redes sociales,
emergencia y convergencia.
Efectivamente, para la explicación de un hecho deben conocerse
los mecanismos12 ellos no siempre son observables, pero dado que
sin sistema no hay mecanismos y sin mecanismos no hay explicación
(Bunge, 2003) debemos emprender su búsqueda.

12. “Colección de procesos que le permiten a un sistema desempeñar sus


funciones específicas” (Bunge, 2008).

59
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

Si no hay reglas, si no lo solucionamos aún en el devenir histórico


de la criminología, con sus múltiples corrientes y diferentes opciones,
creo que ante el delito, que ya es un hecho cotidiano, vale la pena
improvisar ensayar, buscar caminos metodológicos alternativos y o
complementarios de los tradicionales, nuevos modelos sistémicos como
herramientas heurísticas de aplicación en el terreno jurídico, que per-
mitan proseguir las investigaciones en el contexto social cultural actual,
analizar la repercusión del fenómeno como factor de riesgo, generador
de incertidumbre, temor y sensación de inseguridad e indefensión;
intentando nuevos modelos de prevención y control.
Toda anomalía en la sociedad es compleja y por lo tanto constituye
un entramado sistémico compuesto por multiplicidad de variables, el
tema es cómo analizarla para lograr desagregarla y comprenderla.
La teoría de sistemas en conjunción con el método científico será
de utilidad. Sin embargo no excluyente de otros métodos y metodologías.
Concebir a la sociedad en términos de sistemas permite comprender
individuo y sociedad y los hechos y problemas sociales como sistemas.
Enfocarlos a la vez. Intenta comprender todos los aspectos intervinien-
tes y los vinculados con ellos.
Sin embargo, creo que existe otra cuestión a tener en cuenta antes
de avanzar en el proceso heurístico; al preguntarme por la problemática
del delito, resolver si lo trataré como problema. ¿Directo o inverso?
Los problemas inversos, involucran la inversión de la corrien-
te, lógico causal, (por ejemplo, de la conducta a la intención y a
las circunstancias) mientras qué los problemas directos van de las
causas a los efectos (de las premisas a conclusiones).13 De hecho, los
problemas inversos son más difíciles de resolver en el campo de las
ciencias sociales, considerando que estas se enfrentan a problemas
inversos de dos clases: los que tratan de inferir la conducta individual
a partir de la sistémica social y los que pretenden indagar sobre las
creencias, acciones, sentimientos, a partir de las conductas indivi-
duales (Bunge, 2008). Los problemas inversos adoptan las formas:
efecto a causa, propiedades a cosa, comportamiento a mecanismo o
macro nivel a micro nivel, tanto en las ciencias naturales, como en
las ciencias sociales (Bunge, 2004).
Retomando la pregunta sobre en qué tipo de problemas ubicaré al
delito, antes de aventurar la respuesta, me parece oportuno recordar
que Bunge manifiesta:

13. Bunge (2004).

60
Ana María Amado Yannarella

…el problema de los problemas inversos es de gran interés teórico, porque


se refiere a las investigaciones más difíciles en todos los campos y porque
sus aspectos filosóficos aún no han sido explorados y que si advertimos
que el problema que nos interesa es inverso dudaremos antes de propo-
nerlo como tema de tesis y le daremos preferencia a la hora de asignar
subsidios de investigación…14

Recordando también que es todo un desafío elegir ahora la


respuesta adecuada, la cual de momento quedará en suspenso,
considerando que actualmente transito el tramo final de mi tesis
doctoral en el campo del Derecho en relación a la problemática del
delito. Respecto a si: ¿Hay dudas? Sí, las hay. ¿Hay subsidios? No,
no los hay.
¿Cuál será el tipo de sistema que debemos investigar, cuáles
serán sus mecanismos? Recordemos que ya se ha planteado que hay
variedades de tipos de delitos y que por lo tanto también deberán variar
sistema y mecanismos y consideración del problema.
El tratamiento de los problemas inversos recurre al ensayo y
error, a la inventiva y la creatividad en la formulación de hipótesis y
sucesivas contrastaciones, mientras se examinan y discuten soluciones
a los correspondientes problemas directos (Bunge, 2007); así resulta
que si recurrimos a esta estrategia un problema inverso equivaldrá
a un conjunto de problemas directos, transformándose un problema
inductivo en un grupo de problemas deductivos (Bunge, 2008). Procu-
rando así transformar problemas inductivos insolubles en deductivos
con posibles soluciones.
El delito, como parte del entramado social, no es un problema
superfluo ni trivial, y si le consideráramos inverso, entonces se podrían
evaluar diversas soluciones. Además, pueden abordarse problemas
sociales inversos con método sistémico y procedimiento científico, si
tenemos el recaudo de considerar a la sociedad en términos de siste-
mas, atentos a sus propiedades, características y relaciones; todo hace
suponer que existen posibilidades de incursionar en estas metodologías
de posible aplicación en terreno socio jurídico.

14. http://grupobunge.wordpress.com/2006/07/20/max-weber-y-los-
estudiossociales/

61
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

Considerando a la sociedad en términos de sistemas.


Y al Derecho y la administración de justicia, entre sus
componentes

Definición previa de términos:


Sistemismo: (Vertida en apartado anterior). Entendido como la
idea de que el concepto de sistemas es central en el estudio y
comprensión de toda ciencia y técnica social y en toda ciencia
y técnica en general (La ontología sistémica sostiene que el
universo es un sistema y su gnoseología indica que la mejor
manera de conocer y comprender las totalidades es el análisis
y la mejor manera de comprender a los individuos es la síntesis
arriba-abajo, abajo- arriba).
Derecho: El derecho puede considerarse como una práctica social.
Una socio-técnica. Está diseñado como medio para el ejercicio
del poder. Implica un sistema de normas, con su propia lógica,
que se distingue de la moral y de los hechos, aunque se ocupe
de ellos. Podemos decir que el Derecho es el ordenamiento
normativo e institucional de la conducta del hombre para su
vida en sociedad (conjunto nomotético que regula la conviven-
cia en sociedad y facilita la resolución de conflictos entre los
hombres).15
Sociedad: Conjunto de individuos que interactúan entre sí, que
comparten territorio, cultura, forma de gobierno, conductas
y fines. Se conforma por entidades poblacionales cuyos ha-
bitantes y entorno se interrelacionan en un proyecto común,
el cual les otorga identidad y pertenencia. Sistémicamente
puede definirse a la sociedad humana como un sistema abierto
y complejo compuesto por el subsistema cultural, económico,
político y biológico, donde el derecho y la administración de
justicia son componentes del subsistema político. Mientras que
si optamos por definir a la sociedad como sistema metaviviente
(Hombre en tanto ser biológico, sociedad como metaviviente,
no biológica) consideraríamos a la sociedad como un sistema
abierto de control cerrado (a este organismo regulador le lla-
maríamos gobierno).16

15. Guibourg (2008).


16. Bunge (2009).

62
Ana María Amado Yannarella

Teoría general de los sistemas: (TGS) Enfoque multidisciplinario.


Ludwig Von Bertalanffy (1901-1972), desarrolla esta teoría
que se difunde a mediados del siglo XX: “Ciencia general de
la totalidad. Disciplina lógico matemática puramente formal
en sí misma, pero aplicable a varias ciencias empíricas”.17 Es
característico de esta teoría concebir los objetos en términos de
totalidades complejas o como componentes de ellas. Entre sus
metas se encuentran la búsqueda de leyes isomórficas, reglas
de valor general aplicables a diferentes tipos de sistemas y
áreas del conocimiento científico y la unificación del lenguaje
de la ciencia.

La sociedad como sistema

En un enfoque sociológico acorde con la teoría sistémica, se


pueden expresar conceptos sociológicos concordantes. Todo grupo
humano desde los primarios hasta el sistema mundial puede conce-
birse como sistema humano.18 La sociedad puede ser comprendida
como un conjunto de individuos que interactúan entre sí, que com-
parten territorio, cultura, forma de gobierno, conductas y fines. Se
conforma por entidades poblacionales cuyos habitantes y entorno se
interrelacionan en un proyecto común, el cual les otorga identidad y
pertenencia. Sistémicamente puede definirse a la sociedad humana
como un sistema abierto y complejo compuesto por el subsistema
cultural, económico, político y biológico. Esta sociología sistémica
diferencia en la sociedad los cuatro subsistemas mencionados que
interactúan entre sí. El biológico se caracteriza por las relaciones de
parentesco, el económico se centra en el trabajo y el intercambio, el
político se caracteriza por relaciones de administración de poder; en
él incluimos al derecho y la administración de justicia, el cultural está
unido por relaciones de creación y de intercambio de información. Su
existencia ocurre en un entorno dado (interactúan y se influyen entre
ellos). Luego el desarrollo sostenido de una sociedad es integral y
cualquier enfoque sectorial como el que lamentablemente continúan

17. Von Bertalanffy (1968).


18. Bunge (1999).

63
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

adoptando la mayoría de los políticos y expertos en general resulta


unilateral y disfuncional. No comprenden que la sociedad es una to-
talidad sistémica que debe ser tratada como tal. Además como todos
los individuos pertenecemos a varios sistemas deben combinarse los
niveles macro sociológicos y micro sociológicos y recíprocamente. De
este modo se supera el individualismo, se propone el sistemismo y se
refuta el totalismo u holismo social (Sistemismo se ubica, como ya se
planteó anteriormente, como una posición superadora que no excluye
holismo o globalismo e individualismo).
En la segunda parte de la definición de sociedad se expresa: que
si optamos por definir a la sociedad como sistema metaviviente (hom-
bre en tanto ser biológico, sociedad como metaviviente, no biológica)
consideraríamos a la sociedad como un sistema abierto de control
cerrado (a este organismo regulador le llamaríamos gobierno).19 En
este caso se presenta una variante respecto a la inclusión o no de una
variable, pero se comparte el enfoque sistémico. Se presenta el Derecho
como perteneciente al sistema regulador. Una de sus funciones es la
de remover incertidumbre del sistema de gobierno, en tanto le aporta
información, también se ocupa, entre otras funciones, de adsorber
energía de la sociedad (esquema de variabilidad sistémica, por ejemplo,
el derecho tributario) administrar (Organización Estatal) y aplicación
de las normas (Administración de Justicia, Policía, Fuerzas Armadas)
y de hecho es el que establece el equilibrio que la sociedad estima con-
veniente (Código Civil y Código Penal, etc.; Normas y sanciones). Si
la forma de Gobierno es la democracia, a pesar de sus problemáticas
y contradicciones, la voluntad popular y la influencia de las ONG y
grupos de oposición aportan a la retroacción favoreciendo el equilibrio
dinámico y el control.
En tanto que el derecho y la moral en el positivismo lógico la
justicia se define por la ley, pero la ley es una creación humana. En el
legalismo la moral debe ser sometida a la ley y en el moralismo (Escuela
idealista) se pretende que la ley proceda con arreglo a los preceptos
morales, pero la ley debe observar restricciones sociales y desde el
sistemismo se considera que el derecho y la moral son dos componen-
tes sistémicos en intersección parcial; a la zona de intersección se la
llama nomoética (disciplina que estudia la presencia o ausencia de los
fundamentos morales de la jurisprudencia).20

19. Guibourg (2008).


20. Bunge (2000).

64
Ana María Amado Yannarella

Suele afirmarse que el razonamiento jurídico difiere del razo-


namiento científico, un sistemista no lo ve de este modo, tampoco lo
pensaron así Cesare Beccaría y Lardizábal y Uribe21 en el siglo XVIII.
El Derecho puede verse y comprenderse desde diferentes pers-
pectivas, pero, es importante distinguirlo de la moral, juzgarlo desde
ella, diferenciarlo de los hechos, determinar la influencia de los mismos,
conservar el razonamiento normativo que le es propio, no depender
de juicios valorativos o morales, entre otras variables a considerar,
posicionarse para poder descubrir dónde se encuentra el derecho
(Guibourg, 2002).
Al presentar su libro sobre Filosofía Política plantea como te-
sis central de esta obra que “la política responsable no se basa en la
ideología sino en la filosofía, especialmente en la ética, así como en
la tecnología social, la cual resulta efectiva únicamente cuando está
sustentada en ética social seria” (Bunge, 2009).
Al concebir la a la sociedad como sistema, y pensar una heurística
sistémica para desarrollar y aplicarla como una alternativa sistémica
a filosofías tradicionales; tomo consciencia de que sorprendentemente
el enfoque sistémico no es lo suficientemente conocido y difundido en
las ciencias sociales, particularmente en el campo del Derecho, donde
ya se ha hecho referencia a ciertas confusiones con otras posturas.
Tampoco se habla de una filosofía de sistemas y hasta se niega su
existencia. Sin embargo entre los rasgos característicos de la TGS
podemos distinguir, no separalos, que esta ciencia es aplicable a todo
tipo de sistemas, que existe una tecnología propia de los sistemas y
una filosofía de los sistemas, reorganizadora de la mirada hacia la
comprensión del mundo circundante y de nosotros mismos como especie
e individuos (Von Bertalanffy, 1968).

Reflexiones finales

Finalizo estas argumentaciones recordando que cuando el Dr.


Bunge terminó su brillante exposición en la Facultad de Derecho,
UBA, al ser investido como Doctor Honoris Causa en el año 2008, logré
por un momento, un feliz intercambio de ideas. Don Mario me instó a

21. Lardizábal y Uribe (2002). Becaría (1998).

65
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

continuar con mis investigaciones, probarlas y difundir sus resultados


en el ámbito jurídico. Si bien, se presentaba ardua la tarea, resultaba
interesante. Inmediatamente su sugerencia se transformó en mandato
ineludible, al que no iba a renunciar y sentí que había adquirido un
singular compromiso; que trascendía mi propio hacer. Actualmente
me encuentro culminando mis investigaciones y deseo manifestar a
“Don Mario”, como le llamamos entre sus seguidores con respeto y
máximo afecto, mi agradecimiento por la atención que siempre me ha
dispensado, por la riqueza de su obra y de sus enseñanzas y por su
fascinante Humanidad.
Al ser convocada a participar de estos ensayos en homenaje a
sus jóvenes 95 años, por el Dr. Guillermo M. Denegri, agradeciendo
su interés, inmediatamente me sentí comprometida y feliz de poderlo
hacer desde mi cotidianeidad académica.

Referencias Bibliográficas

Anitua, Gabriel Ignacio: Justicia penal pública: un estudio a partir


del principio de publicidad de los juicios penales, Buenos Aires,
Del Puerto, 2003.
Aniyar de Castro, Lolita: “El regreso triunfal de Darwin y Lombroso”,
Conferencia en Simposio Internacional de Criminología, Esto-
colmo, 2005.
Baigún, David: Estudios sobre justicia penal: Homenaje al Profesor
Julio Maier, Buenos Aires, Del Puerto, 2005.
Becaría, Cesare: Hacia una ciencia del Homo criminalis. De los delitos
y las penas, Albany, University of New York Press, Albany, 1993.
—De los delitos y las penas, Bogotá, TEMIS, 1998.
Bentham, Jeremías: El Panóptico, Madrid, La Piqueta, 1979.
Bergalli, Roberto: Crítica a la Criminología. Hacia una teoría crítica del
control social en América Latina, Bogotá, TEMIS, Bogotá, 1982.
—Contradicciones entre derecho y control social, Barcelona, Editorial
M. J. Bosch, 1998.
—Criminología en América Latina, Buenos Aires, Pannedille, 2000.
—Sistema penal y problemas sociales, Valencia, Tirant Lo Blanch, 2003.
—Un sistema penal en un estado pretendidamente social y en una socie-
dad poco democrática, Barcelona, Universidad de Barcelona, 2009.
—Crimicons, (O de como el fundamentalismo ha pervertido el conoci-
miento criminológico), Barcelona, Observatori del Sistema Penal
i els Drets Humans-OSPDH, Universidad de Barcelona, 2009.

66
Ana María Amado Yannarella

Bertoni, María: “La criminología cautelar según Zaffaroni”, Periodis-


mo/Medios, 2011, acceso en febrero 2012.
Betegón, Jerónimo: Lardizábal: Discurso sobre las penas, México D.
F., Porrúa, Méjico, 1985.
Bertalanffy, Ludwig von: Teoría general de los sistemas, México D. F.,
Fondo de Cultura Económica, México, 1984.
Blasco Fernández de Moreda: Don Manuel de Lardizábal y Uribe, el
jurista hispanoamericano, semi olvidado e incomprendido, Buenos
Aires, La Ley, 1989.
Bunge Mario A.:
—Causalidad. El principio de causalidad en la ciencia moderna, Bue-
nos Aires, Eudeba, 1978.
—Ciencia y desarrollo, Buenos Aires, Siglo XX, 1982.
—“El Derecho como técnica social de control y reforma”, en Isonomía
Nº 13, 1986.
—Intuición y razón, Buenos Aires, Sudamericana, 1996.
—Ética, Ciencia y Técnica, Buenos Aires, Sudamericana, 1997.
—Sociología de la ciencia, Sudamericana, Buenos Aires, 1998.
—Buscar la filosofía en las ciencias sociales, México D. F., Siglo XXI,
1999a.
—Sistemas sociales y filosofía, Buenos Aires, Sudamericana, 1999b.
—Las ciencias sociales en discusión. Una perspectiva filosófica, Buenos
Aires, Sudamericana, 1999c.
—“El derecho como técnica social de control y reforma”, en Isonomía,
N° 13, octubre 2000, pp. 121-137.
—La relación entre la sociología y la filosofía, Madrid, EDAF, 2001.
—Mitos, hechos y razones, Buenos Aires, Sudamericana, 2004.
—Emergencia y convergencia, Buenos Aires, Gedisa, 2004.
—Filosofía y sociedad, México D. F. Siglo XXI, 2008.
—Filosofía Política, solidaridad, cooperación, y democracia integral,
Barcelona, Gedisa, 2009.
—La ciencia, su método y su filosofía, Buenos Aires, De Bolsillo, 2009.
—Treatise on Basic Philosophy, Barcelona, Gedisa, 2009-2012.
Creazzo, Giuditta: El positivismo criminológico italiano en la Argen-
tina, Buenos Aires EDIAR, 2007.
Correa Selamé, Jorge D.: “Fundamentos de Criminología”, disponible
en http://correalex.blogdiario.com, (visto el 22/09/2011), 2006.
D’Auría, Aníbal: Rousseau: su crítica social y su propuesta política,
Buenos Aires, La Ley, 2007.
Christie, Nils: “Los Conflictos como Pertenencia”, en AA.VV. De los
Delitos y de las Victimas, Buenos Aires, Ad-Hoc, 1992, pp. 157-182.

67
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

De Giorgi, Raffaele: Sienza del diritto e legittimazione (Critica del


epistemología giurídica tedesca, da Kelsen s Luhmann), De Do-
nato Bari, 1979.
Domingo, R. (ed.): Juristas universales modernos, Manuel de Lardizá-
bal y Uribe, Madrid, 2004.
Durkheim, E.: La división del trabajo social, México D. F., Colofón, 1997.
—“La evolución de dos leyes penales”, en Delito y Sociedad, Revista de
Ciencias Sociales, Nº 13, Buenos Aires, 1999.
—Las reglas del método sociológico, Buenos Aires, Centro Editor Ar-
gentino, 2006.
Ferrajoli, Luigi: Derecho y razón. Teoría del garantismo penal, Madrid,
Trotta, 1997.
Foucault, Michel: Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1992.
—La verdad y las formas jurídicas, Buenos Aires, Gedisa, 1999.
—Vigilar y castigar, Nacimiento de la prisión, Buenos Aires, Siglo
XXI, 2001.
Giddens, Anthony: Las nuevas reglas del método sociológico, Buenos
Aires, Amorrortu Editores, 1993.
Gómez-Jara Diez, Carlos (coord.): Teoría de sistemas y derecho penal,
Universidad Externado, Colombia, 2007.
Grün, Ernesto: “Teoría general de sistemas y derecho, apuntes para
una visión sistémica del derecho”, en Lecciones y Ensayos, 1993.
—Una visión sistemática y cibernética del derecho, 2006.
—“El Paradigma Sistémico, una epistemología y una metodología
para nuestro tiempo”, disponible en http://lists.isss.org/mailman/
listinfo/alas., 2012.
—“La necesidad de un enfoque sistémico-cibernético de la gestión de
la administración de justicia”, disponible en http://lists.isss.org/
mailman/listinfo/alas, 2012.
Guibourg, Ricardo A.: El fenómeno normativo, Acción, norma y sistema.
La revolución informática. Niveles de análisis jurídico, Buenos
Aires, Astrea, 1987.
—Introducción al conocimiento científico: guía de estudio, nuevos
enfoques metodológicos: ciencia, cibernética y sistema, Buenos
Aires, Eudeba, 1988.
—Deber y saber, México D. F., Fontamara, 1997.
—Pensar en las normas, Buenos Aires, Astrea, 1999.
—Provocaciones en torno al derecho, Buenos Aires, Astrea, 2002.
—Teoría general del derecho, Buenos Aires, Astrea, 2003.
—La construcción del pensamiento: decisiones metodológicas, Buenos
Aires, Colihue, 2004.

68
Ana María Amado Yannarella

—“Escuela Analítica. Una concepción analítica del derecho”, en Botero


Bernal, Andrés (comp.), Filosofía del Derecho Argentina, Buenos
Aires, Temis, 2008.
—Derecho Sistema y Realidad, Buenos Aires, Astrea, 2010.
Hendler, Edmundo S.: Las raíces arcaicas del derecho penal, Buenos
Aires, Editores del Puerto, 2009.
Hobbes, Thomas: Del Leviatán o la materia, forma, y poder de una
república eclesiástica y civil, 1651.
Hospers, John: Introducción al análisis filosófico, Buenos Aires, Macchi,
Buenos Aires, 1961.
Ingenieros, José: Criminología, Buenos Aires, Elmer, 1957.
Jakobs, Günther: La imputación objetiva en el derecho penal, Buenos
Aires, Ad-Hoc, 1996.
—Fundamentos del derecho penal, Buenos Aires, Ad-Hoc, 1996.
—Derecho Penal, Parte general, Fundamentos y teoría de la imputación,
Madrid, Marcial Pons, Ediciones jurídicas, 1997.
Jakobs, Günther y Cancio Meliá, Manuel: Derecho penal del enemigo,
Madrid, Thomson, 2006.
Katz, D. y Kahn, R. L.: Las organizaciones y el concepto de sistemas,
México D. F., Trillas, 1970.
—Psicología de las Organizaciones, México D. F., Trillas, 1977.
Kelsen, Hans: Teoría pura del derecho, Introducción a la ciencia del
derecho, Buenos Aires, Eudeba, 1994.
Kunz, Ana y Cardinaux, Nancy: Investigar en Derecho. Guía para estu-
diantes y tesistas, Buenos Aires, Departamento de publicaciones,
Facultad de Derecho, UBA, 2005.
Lardizábal y Uribe, Manuel de: Discurso sobre las penas: contraído a
las leyes criminales de España para facilitar su reforma, Alicante,
Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes. 2002.
Levaggi, A.: La pena de muerte en el Derecho Argentino Precodificado,
RIHDRL, 23, 1972.
Luhmann, Niklas: Teorías sobre los sistemas sociales, Barcelona,
Barral, 1975.
—Fin y racionalidad en los sistemas, Editorial Nacional, Madrid, 1983.
—Sociedad y sistema, la ambición de la teoría, Barcelona, Paidós, 1990.
—Sistemas sociales: lineamientos para una teoría general, Madrid,
Alianza, 1991.
—Sociología del riesgo, México D. F., Universidad Iberoamericana,
2006.
Maier, Julio B. J. (comp.): De los delitos y de las víctimas, Buenos
Aires, Ad Hoc, 1992.

69
El Sistemismo como una alternativa de investigación posible a la problemática...

Maier, Julio B. J. y Binder, Alberto M. (comps.): El Derecho Penal


Hoy, Homenaje al Prof. David Baigún, Buenos Aires, Editores
del Puerto, 1995.
Merton, Robert K.: Sociological ambivalence and other Essays, Nueva
York, The free Press, 1976.
—Teoría y estructura sociales, México D. F., Fondo de Cultura Eco-
nómica, 1992.
Nino, Carlos: Ética y derechos humanos, Buenos Aires, Astrea, 1989.
—Derecho, moral y política, Buenos Aires, Gedisa, 2007.
—“Presentación de Delito y Sociedad”, en Revista de Ciencias Sociales,
Nº 23, Ediciones de UNL, 2007.
—Introducción al análisis del derecho, Buenos Aires, Astrea, 2012.
Parsons, Talcott: La estructura de la acción social, Madrid, Guada-
rrama, 1968.
—El sistema social, Madrid, Alianza, 1988.
Pérez Barberá, Gabriel: “Teoría social de sistemas y Derecho penal de
mínima intervención”, en Revista de Derecho Penal, 2008.
Prigogine, Ilya: El fin de las certidumbres, Santiago de Chile, Andrés
Bello, 1997.
Rafecas, Daniel: “Crítica actual al concepto funcionalista sistémico de
culpabilidad”, en Cuadernos de Doctrina y Jurisprudencia Penal,
Vol. 11, 2001.
—“Una aproximación al concepto de garantismo penal”, en Lecciones
y Ensayos, 2004.
—Hablemos del delito y de la Sociedad, en Violencia y Sistema Penal,
Buenos Aires, Editores del Puerto, 2008.
—“Las paradojas del control social punitivo, en Criminalidad, evolución
del Derecho Penal y crítica al Derecho Penal en la actualidad”, en
Hans-Jörg, Albrecht; Ulrico Sieber; Jan-Michael Simon y Felix
Schwarz (comps.), Buenos Aires, Ediciones Del Puerto, 2009.
—La tortura y otras prácticas ilegales a detenidos, Buenos Aires, Edi-
tores del Puerto, 2010.
Roxín, Claus: Política criminal y sistema del Derecho Penal, Buenos
Aires, Hammulabi Depalma, 1970.
—Derecho Penal, parte general, 1997.
—Fundamentos político criminales del Derecho Penal, Buenos Aires,
Hammulabi Depalma, 2008.
Scribano, Adrián Oscar: “Realismo y Post-Empirismo, algunas notas
desde la Obra de Roy Bhaskar”, Actas de las quintas jornadas
de epistemología e Historia de la Ciencia, Argentina, U.N. de
Córdoba, CIFFYH, Escuela de Filosofía, en Estudios Sociológicos,
Septiembre-Diciembre de 1997.

70
Ana María Amado Yannarella

—“Reflexiones Epistemológicas sobre la Investigación Cualitativa en


Ciencias Sociales”, en Cinta de Moebio, N° 8, Septiembre 2000.
—“Epistemología y teoría crítica: Reflexiones en torno a su impacto en
la filosofía de las ciencias sociales en la actualidad”, en Analogía
Filosófica, Vol. 14, N° 1, 2000.
—Introducción al proceso de investigación en ciencias sociales, Buenos
Aires, Copiar, 2002.
—“Algunas notas sobre problemas filosóficos de la investigación en
ciencias sociales”, en Revista Investigaciones Sociales, Año VI,
N° 9, 2002.
—El proceso de investigación social cualitativo, Buenos Aires, Prome-
teo, 2008.
Virgolini, Julio E. S.: La razón ausente. Ensayo sobre criminología y
crítica política, Buenos Aires, Del Puerto, 2005.
Zaffaroni, E. R.: Teoría del delito, Buenos Aires, EDIAR, 1973.
—En busca de las penas perdidas. Deslegitimización y dogmática penal,
Buenos Aires, EDIAR, 1998.
—Tratado de Derecho Penal, Buenos Aires, EDIAR, 2002.
—Apuntes sobre el pensamiento penal en el tiempo, Buenos Aires,
Hammulabi Depalma, 2007.
—La Palabra de los muertos. Conferencias de criminología cautelar,
Buenos Aires, Ediar, 2011.
—“La cuestión criminal”, en Suplemento Especial de Página12, fas-
cículo 21, 2011.
—“La cuestión criminal”, en Suplemento especial de Página12, fascí-
culo 24, 2011.
— “Zaffaroni pidió por una nueva teoría para la lucha contra el crimen”
entrevista Sociedad-Infobae.com, 3 de mayo de 2011, acceso en
febrero de 2012.

71
Prospectiva científica y tecnológica:
Una aproximación no-hegemónica

Marcelo Bosch

…el hombre no puede concentrarse sino en el preciso instan-


te de su vuelo; se aferra a un fragmento de tiempo desgajado del
pasado y del porvenir;
ha sido arrancado a la continuidad del tiempo; está fuera del tiem-
po, está en estado de éxtasis y por lo tanto no tiene miedo, porque
la fuente del miedo está en el porvenir, y el que se libera del porve-
nir no tiene nada que perder.
La velocidad es la forma de éxtasis que la revolución técnica
ha brindado al hombre, una velocidad que es intemporal, inmate-
rial, velocidad en sí misma, velocidad éxtasis.
Curiosa alianza: la fría impersonalidad de la técnica y el fuego
del éxtasis.
La Lentitud, Milan Kundera

Prólogo

Mario Bunge es un pensador, lo ha sido desde su niñez y nos ha legado


una obra gigantesca que contiene los frutos de sus cavilaciones, mu-
chas de ellas premonitorias y anticipadas a su época, de manera que
mantienen plena vigencia varias décadas después. Podríamos decir
que Mario hizo prospectiva sin proponérselo, así como se hizo filósofo
sin haber pasado por las aulas correspondientes. Valga su trayectoria
como ejemplo de que se pueden invadir territorios profesionales y
disciplinarios con todo éxito.
Animado por el bagaje conceptual acumulado durante el estudio
de la formidable obra de Bunge acerca de la Ciencia, la Tecnología, el
desarrollo social y la praxis política, y siendo observador y partícipe

73
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

del sistema de Ciencia y Tecnología nacional, intentaré reflexionar y


compartir algunas ideas acerca de la actividad prospectiva, al sólo efec-
to de cuestionar algunas creencias y posicionamientos bien instalados
en las comunidades profesionales correspondientes.
Perspectiva, prospectiva, pronóstico, visión de futuro, predicción,
probabilidad de eventos, estudios de futuro, tendencias globales, esce-
narios probables, sociedad del futuro, gestión del riesgo y tantas otras
expresiones pueblan las librerías y ocupan gigabytes en servidores web
de todo el mundo. Casi todas se han instalado en la cultura moderna y
han dado origen a diversas profesiones, industrias culturales, narra-
tivas y áreas o programas en instituciones y empresas.
La prospectiva social –el esfuerzo de caracterizar los distintos
sentidos y magnitudes del cambio social– es un componente estándar
de la administración privada y pública y se realiza a todo nivel orga-
nizacional, desde la pequeña empresa hasta los gobiernos nacionales
y organismos internacionales. Dicho esfuerzo puede ser conducido de
manera intuitiva, tal como lo hacían los oráculos de la antigüedad y los
tecno-profetas modernos, o de manera algo más profesional, tal como lo
hacen los encuestadores políticos, los economistas, los científicos y los
tecnólogos, entre muchos otros. No obstante, ambas formas tienen en
común un alto porcentaje de subjetividad y un bajo porcentaje de acierto.
Para peor, la prospectiva, como actividad cognitiva tendiente a
aplicar los conocimientos acumulados acerca de los procesos sociales a
la predicción de estados futuros de un sistema social, va siempre acom-
pañada de recomendaciones acerca de las modificaciones que habría
que introducir en el presente para mejorar la posibilidad de alcanzar
un estado deseable. Modificar cualquier aspecto de cualquier sistema
social es una actividad socio-técnica y diferente a la investigación so-
cial; distinguir estos dos aspectos es esencial, puesto que los diseños
sociales y las estrategias de cambio no se deducen del conocimiento
social. La relación entre un objetivo y las formas de alcanzarlo es “de
uno a muchas”, una cuestión que generalmente no se explicita en los
documentos de prospectiva.1
Otro punto importante es que tanto la investigación social (inclu-
yendo la prospectiva) como las estrategias e intervenciones sociales,
están atravesadas de ideología y se desprenden de una cosmovisión
general del mundo y la sociedad. Y dado que hay diferentes cosmovi-
siones e ideologías, debe haber muchas y diferentes visiones actuales

1. Más sobre la confusión entre ciencia social y socio-técnica en Bosch (2011).

74
Marcelo Bosch

y del futuro, así como infinidad de maneras de alcanzarlo. Pero todos


sabemos que algunas cosmovisiones priman en este mundo y se las
llama hegemónicas, porque lideran el rumbo global de la sociedad
planetaria.
Aceptado esto, la prospectiva científica y tecnológica que nos ocupa
en este texto, no puede escapar a este fenómeno cultural, lo que nos
impulsa a explorar la hipótesis de la existencia de una “prospectiva
hegemónica”, así como la posibilidad de construir visiones de futuro
“no-hegemónicas”. Intentémoslo.

Introducción

El hombre en tanto sujeto inteligente y como actor social, se de-


sarrolla y contribuye a la evolución del colectivo que integra, tomando
infinidad de decisiones de corto y largo alcance. Se suele llamar “con-
ducta” a la forma en que actuamos basados en decisiones del primer
tipo, mientras que cuando tomamos decisiones que impactan en el largo
plazo a través de procesos racionales y participativos de evaluación
y selección de alternativas, solemos decir que pensamos y actuamos
“estratégicamente”.
En este último caso numerosos procesos intelectuales y he-
rramientas cognitivas entran en juego, tales como el modelado, la
simulación, la investigación, la experimentación, la planificación, la
discusión, la puesta a prueba y por último, la especulación acerca de
la evolución de los procesos que resultan de interés. Así especulamos
acerca de la evolución del tiempo (clima), de la distribución de una
enfermedad o plaga, del crecimiento poblacional, del desarrollo tec-
nológico, de un conflicto armado, del crecimiento de una economía, de
la desigualdad social, de la producción y consumo de energía, de las
creencias religiosas, de los ataques xenófobos, de la criminalidad, del
cultivo de marihuana, de la recaudación impositiva, de las intenciones
de voto, del valor de las acciones en la bolsa, de quién ganará la Copa
Mundial y hasta de la posibilidad de enamorar a la vecina.2

2. Nótese que siempre hablamos aquí de procesos reales en sistemas reales,


puesto que “el futuro” en sí mismo no existe, tan solo podemos imaginar estados
futuros de un sistema concreto. Cuanto más sepamos de dicho sistema, más
certeras serán nuestras especulaciones acerca de su evolución. El realismo

75
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

La especulación es una actividad mental continua que barre pro-


blemas triviales o complejos y que abarca cuestiones casi inmediatas
(como la de estimar los segundos que faltan para que el semáforo pase
de amarillo a rojo y problemas de tan largo plazo cuyo impacto es nulo
para la generación actual (como el enfriamiento del Sol), pasando por
los que impactarán según los casos, en los próximos años y generaciones
(como el calentamiento global). Otras veces las especulaciones se hacen
sobre problemas poco conocidos para la mayoría de la gente (como el
riesgo de introducir nano-partículas en los alimentos o el descenso de la
napa freática en zonas de regadío) o sobre procesos que se desarrollan
en regiones remotas del planeta (como la migración rural-urbana en
China o el derretimiento del permafrost en el ártico).
Las especulaciones de tipo social son igualmente activas y pueden
responder a intenciones nobles (como la de anticiparse al curso de las
necesidades de los sectores sociales más vulnerables) o bien a intere-
ses egoístas y sectarios (como la de corromper las clases dirigentes de
naciones subdesarrolladas a efectos de llevar adelante negocios lucra-
tivos para unos pocos). Las tareas de “inteligencia” que se potenciaron
a partir de la segunda gran guerra y la guerra fría para nunca más
declinar, son del último tipo. Los especuladores sociales, económicos,
políticos y militares constituyen la base de “expertos consultores” de
los gobiernos que elaboran sus estrategias con el mayor grado de anti-
cipación posible, de manera de prepararse mejor que sus contrincantes,
adversarios o competidores.
Dado que la especulación es pariente cercano de la adivinación,
los especuladores profesionales han inventado diversos nombres para
su trabajo rentado y sus productos “técnicos” de alto valor estratégico y
monetario. Así surgen denominaciones tales como: estudios de futuro,
prospectiva, visión de futuro, anticipación, inteligencia competitiva, etc.
Con el correr de las décadas se han ido “perfeccionando” las herramien-
tas técnicas, los dispositivos de recolecta y análisis de información, las
metodologías, los formatos de reportes, su basamento científico (¿?) y
los “descubrimientos” resultantes. Del mismo modo se profesionaliza
la actividad, se institucionaliza la disciplina y se genera la industria
académica correspondiente, así como un abultado negocio de consultoría.
La demanda no deja de crecer, puesto que las personas están cada
vez más preocupadas por su seguridad personal y por conservar su

filosófico nos separa netamente de idealistas y subjetivistas, quienes prefieren


hablar de entidades inexistentes, procesos desmaterializados, representaciones
simbólicas o reificaciones.

76
Marcelo Bosch

estilo de vida, de tal manera que “conocer el futuro” interesa cada vez
más. Las empresas desean expandirse y sacar del juego a sus compe-
tidores, los gobiernos necesitan logros de distinto tipo para legitimarse
y permanecer en el poder y los ejércitos ambicionan el triunfo tanto
como las guerrillas o las mafias. La clientela parece estar asegurada y
alimenta mercados genéricos o específicos, como por ejemplo, el de la
prospectiva científica y tecnológica, actividad nuclear de los sistemas
actuales de CyT relativamente desarrollados.
En este trabajo intentaremos brindar una visión no convencional
acerca de una actividad tan importante y necesaria como incomprendi-
da y sobreestimada; y en ocasiones también falseada; nuestro objetivo
consiste en imaginar alguna forma de racionalidad politizada de la
prospectiva. A la racionalidad aportaremos mediante una mirada crí-
tica de métodos,3 instrumentos y productos de la prospectiva actual,
así como de las fuentes de información. A la politización racional de
los estudios prospectivos aportaremos mediante la identificación de las
cosmovisiones subyacentes y de la filiación ideológica de los analistas
(y sus patrones y mecenas) y a la deducción de los valores implícitos
en los ejercicios. Combatiremos de esta manera una mirada ingenua
sobre los documentos que circulan en el ambiente de la prospectiva
y estimularemos la crítica constructiva, en el convencimiento que los
países de Latinoamérica pueden desviarse de la corriente principal
y construir desde hoy un futuro alternativo con identidad, valores,
objetivos e instrumentos propios.

El marco organizacional de la prospectiva en CyT

Todas las actividades y formas posibles de prospectiva están


interrelacionadas, puesto que el desarrollo social es un sistema de
procesos que se influencian recíprocamente: la ciencia pone a dispo-
sición conocimientos algunos de los cuales puede ser utilizados por la
tecnología, la industria y el gobierno; este último aplica conocimientos

3. La consultora Shaping Tomorrow, por ejemplo, ofrece más de “100 métodos


robustos de pensamiento” para detectar y responder al cambio emergente,
además del acceso a 100.000 documentos, 3.500 bases de datos y más de 1.600
estrategas internacionales. Ver Datismo y otras exageraciones (Bosch, 2011)
para una disquisición sobre la (in)utilidad de acumular datos.

77
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

técnicos y sociales para promover la innovación en áreas estratégicas,


la industria presiona sobre los consumidores y sobre la clase política,
esta última reclama a los científicos nuevos conocimientos con impacto
social y así sucesivamente.
De tal manera que la visualización del futuro de una familia de
tecnologías va de la mano de una mirada sobre la evolución social (in-
cluyendo sus componentes biológico, político, cultural y económico); de
hecho no existen tecnologías en sí mismas, sino sistemas socio-técnicos
(Buch, 1999). Pero también la prospectiva tecnológica necesita indagar
acerca de la provisión de recursos naturales, el consumo de energía, el
deterioro ambiental, la urbanización, la violencia y la gobernabilidad,
por citar sólo algunos aspectos de la vida social, puesto que el desarrollo
tecnológico no se da en un vacío social y ambiental.
La mirada sobre el devenir de la ciencia (en el sentido más puro)
es asimismo compleja puesto que incluye el seguimiento de los avances
globales y la determinación de las áreas de interés local. La diversifi-
cación, profundización y entrecruzamiento del conocimiento científico
hace que esta tarea sea cada vez más difícil y constituye todo un desafío
para los organismos públicos que se dedican a la planificación y gestión
de la CyT.4 Qué, para qué y cómo investigar, seguirán siendo las pre-
guntas básicas a responder en todo sistema científico y es allí donde la
prospectiva ha sumado su mirada a las discusiones correspondientes.
El circuito parece sencillo: elegimos algunos problemas (cognitivos
o prácticos) y estudiamos y/o diseñamos para obtener soluciones. El
conjunto de problemas puede dividirse de acuerdo a la vigencia tem-
poral, desde problemas urgentes, como el de disminuir el consumo de
drogas o aumentar la producción de alimentos, a problemas que pueden
llegar a presentarse en el futuro como la elevación del nivel de agua
oceánica o el agotamiento del petróleo. El carácter de urgente de un
problema práctico es, como se sabe, relativo; puede ser urgente para
sectores sociales vulnerables (como el combate de la vinchuca) o para
clases medias de las grandes ciudades (como la falta de estacionamiento
y la congestión del tránsito).
De la misma manera un problema puede ser estratégico para un
gobierno que ha decidido desarrollar alguna infraestructura o industria,
mientras que para otro puede ser exactamente a la inversa. De hecho,
para los países más aventajados, la estrategia puede ser precisamente
desalentar el desarrollo de la competencia en el resto del mundo. Para

4. Ver Bunge (2004), para un panorama de fusiones y fisiones disciplinarias.

78
Marcelo Bosch

los países con abundancia de materias primas puede ser estratégico


desarrollar formas de agregar valor, para los países compradores será
estratégico desarrollador mejores métodos de extracción y logística,
así como de lobby político y manipulación para obtener las mejores
condiciones de negocio y las menores regulaciones posibles.5
Nada que no sepamos, pero que solemos olvidar cuando leemos
prolijos informes de consultoría de prestigiosas universidades ex-
tranjeras o firmas que indican qué le conviene hacer a los países, en
vista del rumbo (tendencia) del mundo actual (según la visión/interés
dominante).6
En cuestiones científicas, por otra parte, los problemas cognitivos
más puros son en general no-urgentes, como la búsqueda de algoritmos
más eficientes, el estudio de agujeros negros, la detección de ondas gra-
vitacionales, la dilucidación del mecanismo de apoptosis o la vida sexual
del calamar gigante. Sin embargo la historia de la ciencia demuestra
que en el largo plazo, numerosos descubrimientos científicos (sin apa-
rente valor estratégico) han revolucionado tecnologías, industrias y
formas de vida. Determinar cuánto esfuerzo se dedica a la ciencia pura
es más arte que ciencia, si bien puede hacerse de manera “inteligente”
y sin subirse al slogan mundial actual de “ciencia con impacto”. Este
slogan confunde ciencia con tecnología, una tradición cultivada desde
Heidegger (tecno-ciencia), confusión que permea toda la concepción del
sistema de CyT, al que se le agrega hoy en día el concepto de proceso
de innovación. La distinción de ciencia, tecnología y producción no es
sólo una necesidad epistemológica sino también práctica, como saben
todos aquellos que han participado de las mesas de discusión estraté-
gica, donde se suelen mezclar peras con tomates.
Sea como fuere, la discusión sobre el rumbo de la CyT para el
desarrollo social, debe realizarse en un marco conceptual que le dé
pleno significado. El siguiente cuadro muestra una conceptualización
organizacional desarrollado por el autor para el Instituto Nacional de
Tecnología Agropecuaria, pero que aplica a cualquier otra institución.

5. La desarticulación de los componentes de I+D de empresas públicas


privatizadas en nuestro país confirma el nulo interés por la construcción de
capacidades locales en las filiales de compañías multinacionales. Y el grado
de extranjerización de la economía argentina sigue siendo uno de nuestros
principales problemas estructurales.
6. Véase el reciente informe del chileno Sergio Bitar (2013) para el Inter-
American Dialogue, un think tank basado en Washington con el objetivo explícito
de generar nuevas ideas y políticas para influenciar a los decisores políticos
del hemisferio.

79
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

Dicho modelo incluye tres miradas que lo sobrevuelan: el enfoque filo-


sófico sistémico, el enfoque evolutivo y la visión prospectiva.
El primer enfoque brinda los conceptos y relaciones más generales
para interpretar los procesos científicos y tecnológicos más allá de lo
operativo e instrumental; el segundo nos recuerda que las organiza-
ciones evolucionan en sociedad y que son construcciones humanas que
pueden quedar obsoletas ante cambios sociales y ambientales; la visión
prospectiva nos ayudará a balancear la mirada hacia atrás (histórica)
con la preocupación por el devenir. Las tres miradas deberían influir
sobre cuatro componentes institucionales: a) el conjunto de las políticas
que la guían hacia las metas, b) el conjunto de estrategias para lograr
los objetivos, c) las formas que adopta dinámicamente la organización
y d) la gestión de todos los recursos disponibles.
Bajo este marco, la prospectiva, como mirada, no puede ser un
documento, un grupo o un programa, sino una actitud y una capacidad
distribuida en la organización y en sus redes, pero particularmente
en los estratos estratégicos de reflexión y decisión. Dicha distribución
multiplica las visiones y permite a su turno construir visiones compar-
tidas (en algún grado), pero fundamentalmente permites el cruce de
visiones desde infinidad de perspectivas disciplinarias, profesionales,
filosóficas, ideológicas y políticas.
Tanto la prospectiva social, como la económica, la científica y la
tecnológica, deben desarrollarse en forma permanente y en una danza
de influencias mutuas (Senge, 2000). Sólo así tiene una oportunidad
para convertirse en una herramienta útil para la planificación y para
la toma de decisiones, y siempre y cuando esta última sea participativa,
educada y democrática, antes que autocrática.7

7. Se suele confundir firmeza para sostener un rumbo político con certeza en


los conocimientos necesarios para hacer buenos diagnósticos e intervenciones.
El vaciamiento intelectual de las instituciones sociales y políticas ha sido una
estrategia del autoritarismo que no acepta críticas y que finalmente provoca la
pérdida del rumbo. El dogmatismo, recordemos, afecta a todas las ideologías
y afecta la evolución socio-cultural. Ver Bunge (2009).

80
Marcelo Bosch

Marco Institucional y Modelo de Pensamiento

La prospectiva según esta concepción, no tiene un rol central,


lo cual no le quita importancia, la cual surge, por el contrario, de su
ubicuidad. Esto debe tenerse muy en cuenta para tratar de prevenir
los “monopolios” institucionales de la prospectiva puesto que inhiben
la proliferación del pensamiento estratégico, creativo y disruptivo.
En resumen: no dejar la prospectiva sólo en manos de prospectólogos
profesionales; más bien embeber su trabajo en la vida institucional y
convertirlos en formadores de profesionales capaces de integrar equi-
pos que miren juntos hacia adelante y que imaginen y monitoreen el
cambio social.

La relación de la prospectiva con la planificación

Analicemos brevemente estás dos actividades típicas de toda


acción organizada, y en particular de la gestión de la CyT. Los líderes
políticos, los planificadores de la ciencia y la tecnología, los empresarios

81
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

y la gente común, desean saber hacia dónde se dirige el cambio social y


tecnológico. Los futurólogos atienden esa necesidad y supuestamente
estiman las direcciones más plausibles del cambio, conocimiento que,
si es correctamente utilizado por los decisores políticos, productores
y consumidores, puede reforzar o bien frenar una tendencia real. Un
ejemplo del primer caso es el fenómeno de la “profecía autocumplida”
(bien conocido y explotado por los expertos en marketing industrial,
político, tecnológico o académico) cuya lógica es: si la corriente va (o
se desea fuertemente que vaya) en x sentido, difúndase, exagérese y
promuévase dicho sentido.
Ejemplos del segundo tipo (oposición a una tendencia) son: a) las
estrategias de inteligencia e intervención política y económica de los
países dominantes para revertir los movimientos populares que vayan
contra sus intereses y b) las proyecciones que alertan e inducen la toma
de decisiones políticas para mitigar el cambio climático. En resumen: los
estudios de futuro pueden servir ya sea para acelerar o frenar un cambio
social, independientemente del valor económico, social y ético de dicha
acción. Como siempre, la información es necesaria pero no suficiente para
una estrategia exitosa, mucho menos para garantizar su valor moral.
Utilizando el modelo organizacional de la sección anterior pueden
explorarse las muchas relaciones y actividades que se requieren para
garantizar un “rumbo correcto” de un colectivo social, entre ellas la
reflexión crítico-creativa (investigación), la planificación, la evaluación,
la gobernanza y la participación, todas ellas construyendo dinámica-
mente las políticas, las estrategias, el modelo de gestión y la propia
organización. La particularísima relación entre planificación y pros-
pectiva debe analizarse bajo este marco complejo, si no se quiere caer
en la simpleza de creer que la última es la proveedora de información
para la primera.
Mientras tanto hagamos algunas observaciones acerca de la
prospectiva tecnológica. Existe una exagerada creencia en las po-
sibilidades y fundamentos de la predicción socio-técnica, que tiene
de por sí, límites cognitivos. Según Bunge “hay que distinguir entre
predicción científica, tanto de la predicción intuitiva como de la pro-
fecía” (1999:226), algo obvio aunque necesario dada la proliferación
de profetas modernos capaces de influenciar mediáticamente a millo-
nes de personas. En cuanto a la predicción tecnológica, es necesario
también considerar que:

A diferencia de la explicación, la predictibilidad no es sólo cuestión de


conocimiento, algunos procesos son inherentemente impredictibles.

82
Marcelo Bosch

(…) La invención es un ejemplo clásico de impredictibilidad inherente. La


razón de que una invención radicalmente original no pueda predecirse,
es que predecir una idea original es tenerla.
(…) La conducta humana nunca es completamente predecible.
(…) El porcentaje de éxito en las predicciones sociales es notablemente
bajo (Bunge, 1999:229-233).

Por lo tanto nadie puede predecir cuándo la creatividad de un


cerebro dará a luz una idea nueva, pero sí podemos hacer generaliza-
ciones vagas respecto a ciertas tendencias tecnológicas y hasta hacer
suposiciones acerca de las oportunidades de que, tal o cual conjunto
(familia) de tecnologías, se instale o adueñe de un mercado (aunque
sólo sea por un tiempo).
Ese tipo de generalizaciones predictivas se conocen como estudios
de prospectiva tecnológica, y tienen en cuenta no sólo la evolución de
un cierto grupo o familias de tecnologías vinculadas, sino también los
aspectos socio-económico-culturales que limitarán o potenciarán su
emergencia, establecimiento y consolidación. Así fue posible hipotetizar
que la telefonía celular superaría a la telefonía fija en x cantidad de años,
o que el precio de los celulares caería hasta “comoditizarse” y que sería
necesario reinventar el dispositivo, sus aplicaciones y todo el negocio
de las telecomunicaciones. Las empresas también utilizan modelos de
ciclos tecnológicos para adecuar sus estrategias de I+D que les permiten
mantener o suavizar la curva de caída de los precios de sus productos, por
ejemplo, mediante el agregado de valor y de servicios, para lo cual deben
crear nuevas necesidades (no siempre necesarias) a través de formidables
inversiones en marketing, publicidad e informes de prospectiva!
En general muchas de las predicciones tanto tecnológicas como
socio-económicas, son meras extrapolaciones de tendencias pasadas
cruzadas y sesgadas mediante visiones de “expertos” de la academia,
la industria y el gobierno; pero dado que no se dispone de modelos cer-
teros de la innovación y como no es posible anticipar eventos azarosos
ni accidentales, las predicciones suelen fracasar, y las que no lo hacen
suelen ser ambiguas, triviales o de muy corto plazo. Primer ejemplo:
las primeras proyecciones de la penetración de telefonía celular en el
sector rural no consideraron que el cambio en las redes, primero de
analógica a digital y luego de frecuencias dentro del espectro, haría
que el alcance de las redes se redujera antes que ampliarse. En conse-
cuencia, hay cada vez más celulares y más localidades enlazadas, pero
con menos alcance fuera de los “tendidos” de red. A su vez los diseños
y servicios se orientaron a la población urbana y son de escasa utilidad

83
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

en el medio rural. Sin embargo cientos de trabajos de investigación en


todo el mundo que pregonaron a la telefonía rural como “pegamento”
para cerrar la brecha digital, combatir la pobreza rural y democratizar
la información, no anticiparon este fenómeno. Tampoco se aventuraron
a ponderar el efecto contrario: los jóvenes se ven atraídos por los dispo-
sitivos tecnológicos y la socialización que les ofrece la vida urbana y la
migración se ha acelerado junto con la disponibilidad de comunicación.
Fuera de la trivialidad del crecimiento en cantidad global de teléfonos
móviles, y más allá de numerosos experimentos sociales, poco se ha
cumplido de lo profetizado, en particular acerca del verdadero impacto
social de la tecnología en cuestión en educación, salud, democratización,
trabajo, desarrollo, etc. Más bien la realidad sugiere efectos duales y
contradictorios.
Nuestro segundo ejemplo se refiere a las profecías del canadien-
se Stephen Downes8 en el ámbito de los usos educativos de Inter-
net; a fines del 2003 profetizó que para el año 2004 se solucionaría
el correo basura y que “cada uno de nosotros podrá recibir y leer
aquella información que realmente le interesa”. Nada de eso se ha
cumplido, pero lo más interesante es el fundamento de su yerro, a
saber: a) a cada principio de solución se agrega una ampliación o
modificación de la problemática, b) los enfoques puramente tecno-
lógicos están siempre “rengos”, y c) los problemas mal planteados
nunca tienen solución. En particular “recibir sólo lo que a uno le
interesa” es un objetivo vago, al menos debido a que nuestro inte-
rés cambia constantemente y porque es difícil de precisar para la
mayoría de las personas.
Otros famosos ejemplos de profecías tecnológicas incumplidas
son: la oficina sin papeles que la era digital traería, la educación a
distancia que haría innecesaria la escuela tradicional o el libre co-
mercio que llevaría no sólo prosperidad sino democracia al mundo
subdesarrollado. Quizás la última moda en prospectiva TICs (tecno-
logías de información y comunicación) sea el fenómeno del BigData,
que fogoneado por toda la corporación informática multinacional,
promete desde diagnósticos médicos sin necesidad de doctores hasta
decisiones de negocios automatizadas, pasando por democracias di-

8. Stephen Downes trabaja para el National Research Council de Canadá,


donde se ha desempeñado como Investigador Senior, con sede en Moncton,
New Brunswick, desde 2001, http://portal.educ.ar/debates/sociedad/stephen-
downes-en-argentina-ed.php

84
Marcelo Bosch

gitales libres de corrupción9, a tal punto que Forbes indica que en el


2014 BigData será mainstream. Todo esto prueba que los estudios
de prospectiva, además de fallar, suelen estar teñidos de negocio
global y establece una necesidad de estudios (y posiblemente de ac-
ciones políticas) independientes, tanto ex ante como a posteriori de
los procesos de desarrollo, y ponen de manifiesto que los fallos son
de dos tipos: a) el pronóstico del hecho en sí y b) el pronóstico de sus
consecuencias e impactos.
La prospectiva tecnológica está llena de ejemplos de errores
fatales y de aciertos proféticos; así los afortunados se convierten en
gurúes hasta su inevitable yerro. No obstante, los tecnólogos (en espe-
cial los que cargamos con una función pública) tenemos la obligación
de ser escépticos con las profecías tecnológicas y ampliar la mirada
hasta abarcar el cambio social global (o desarrollo), incluyendo las
consideraciones éticas, políticas, culturales y económicas.10
Digamos dos palabras acerca de la planificación, una tarea
crítica en la gestión de la CyT, ya sea a nivel de institución (como
la que realiza el INTA), de país (como la que lidera el Ministerio de
Ciencia y Tecnología de la Argentina) o de región, como el caso de la
Unión Europea, quizás el más amplio y complejo sistema de coordi-
nación de tareas y estrategias de investigación del mundo, conocido
como el UE Frame Program y que se ha renombrado en esta edición
como Horizon 2020.11 Por razones históricas en Latinoamérica y no
existe todavía una coordinación fuerte de las actividades de I+D,
aunque se dispone de una constelación de instituciones y acuerdos
que sientan las bases de una cooperación científica y tecnológica
de profundidad y alcance variables. La reciente constitución de la
UNASUR y el énfasis político en la cooperación Sur-Sur, refuerza
la necesidad de poner en discusión la esencia y la eficacia de todos y
cada uno de los instrumentos actuales (muchos de ellos creados en
la posguerra y bajo una ideología dominante); en definitiva, merecen
una meticulosa revisión.12

9. El propio responsable de la Agenda Digital Europea, Neelie Kroes, afirmó


en diciembre del 2013, que “los datos serán el motor de la economía europea”
http://europa.eu/rapid/press-release_SPEECH-13-1059_en.htm.
10. Más sobre ética y profecías tecnológicas en ¿Yo robot? Acerca de post humanos
y otras tonterías (Bosch, 2011).
11. http//ec.europa.eu/programmes/horizon2020/
12. Véase por ejemplo el documento del 2013 “Institucionalidad para el Desarrollo de
la Ciencia y la Tecnología” de la Universidad de Concepción de Chile, www.cefop.cl/
cyt2013/libro.pdf.

85
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

En el INTA (www.inta.gob.ar) la planificación es parte de su tradi-


ción y está bien instalada, con una dirección de segundo nivel (Dirección
Nacional Asistente) y una red nacional de asistentes de planificación
en cada una de las unidades de investigación y experimentación. No
obstante algunos creen que la planificación científica y tecnológica está
en crisis, quizás porque sus fundamentos empiezan a ser cuestionados,
a veces con razón, a veces sin ella, y la mayor de las veces en el marco
de la omnipresente confusión entre ciencia y tecnología. Según nuestro
punto de vista, no pueden mejorarse los sistemas de planificación, se-
guimiento y evaluación si no se tiene en cuenta qué se planifica y qué se
evalúa. Actualmente con pocas variantes, casi los mismos procedimientos
se utilizan para proyectos científicos, para proyectos tecnológicos o para
programas de desarrollo social. Peor aún muchos ejercicios de planifi-
cación unifican todos estos aspectos bajo el paraguas de la innovación,
lo cual convierte a la tarea en compleja y confusa.
Puede sostenerse lógicamente que no hay casos puros de ciencia
y de tecnología y que las actividades de investigación y desarrollo
tecnológico están siempre entremezcladas. Pero aun aceptando esa
situación, no tenemos por qué aceptar que, si dos (o más) actividades
se desarrollan juntas, no podamos distinguirlas y analizarlas por sepa-
rado. Por ejemplo: muchos proyectos incluyen tareas de investigación
(propiamente dicha), tareas de diseño, tareas de comunicación, acti-
vidades de transferencia, extensión y acciones de capacitación. Otros
proyectos no contemplan actividades de investigación sensu strictu,
pero son necesarias como facilitadores del trabajo científico-tecnológico,
o constituyen el núcleo de programas de extensión (por ejemplo desa-
rrollos de sistemas de información y de estrategias de comunicación).
Por las mismas razones, el debate acerca de la “libertad de inves-
tigación” se enturbia al mezclarse los conceptos de ciencia y tecnología,
puesto que, al menos idealmente, se puede defender su conveniencia
en el primer caso (en particular en ciencia pura), pero nunca en el se-
gundo, pues la investigación tecnológica está siempre orientada a fines
sociales que requieren: amplio debate (especialmente ético), racionali-
dad económica y algún grado de consenso para tener sustento político.
De manera similar, las políticas científicas que imponen a la tota-
lidad del sistema de CyT el imperativo de obtener resultados sociales
en todas las etapas, convalida la confusión mencionada, e impide la
mejora de los sistemas e instituciones científicas, que deben ajustar
su cultura y organización para producir resultados “visibles” que a su
vez aseguren financiación y puestos de trabajo. Obviamente que de
esta manera la visión de largo plazo suele enturbiarse y los proyectos

86
Marcelo Bosch

oportunistas quedan en posición ventajosa para seducir a los funcio-


narios y evaluadores: ayer la biotecnología, hoy los biocombustibles,
mañana las TICs y pasado las Nano. Nótese que las ciencias básicas
y los estudios de fundamentos (filosóficos) no logran estar a la moda
en las agendas científicas, salvo como “soporte” de las tecnologías más
prometedoras.
Parece invertirse la relación clásica (primero conocemos, después
inventamos soluciones y por último aplicamos) quedando el camino di-
bujado en la política científica como (apliquemos el conocimiento que ya
tenemos a algo útil y si de paso aprendemos algo nuevo, mucho mejor).
Algunos griegos se resistieron al empellón empirista de la época, tal
como Euclides, que eligió despegarse de la realidad concreta y hacer
volar su intelecto lo suficiente como para hallar las mejores soluciones
geométricas de su época, sin recurrir a cuerdas y trazos (Levi, 2003).
Cuánto tiempo puede desarrollarse la tecnología de frontera si la
ciencia básica y su filosofía se ralentiza o se deja de lado? ¿Podemos,
en particular, desarrollar más y mejores sistemas de información sin
preguntarnos qué es, como “fluye” en la sociedad y cuál es su “ciclo de
vida? ¿Cuál es la meta científica, acumular datos o producir sistemas
teóricos?
En realidad, las encrucijadas desaparecen cuando se vuelve a
las fuentes epistemológicas y se analizan por separado las cuestiones
científicas, tecnológicas y productivas. La integración de dichas acti-
vidades en un modelo de desarrollo social integral no se ve impedida
por esta separación, sino todo lo contrario, dado que para integrar
se necesitan individuos. Esto va en contra de la moda, instalada en
algunas escuelas epistemológicas, de contraponer el modelo lineal de
ciencia-tecnología-producción contra el modelo de innovación, carica-
turas que apenas se asoman a la compleja multi-dimensionalidad de
dichos sistemas (Bunge, 1998, 1999).
En ese contexto, las consultas a expertos, sea para ejercicios de
prospectiva, sea para mesas de planificación estratégica, resulta frágil
puesto que se convoca a gente con ciertas capacidades y conocimientos
(en general muy específicos) y se les consulta sobre aspectos fuera de
sus dominios y experiencia profesional. La verdadera planificación
debe también “autoregularse y aprender” sin subordinarse a las modas
culturales y a los huracanes del mercado global. Más aún, cuando el
dominio de las discusiones se recorta, la profundidad de los resultados
también lo hace; cuando las grandes decisiones se toman a puertas
cerradas; cuando los errores se tapan en vez de convertirse en la
palanca de la mejora permanente; cuando se cuestionan las personas

87
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

antes que las ideas; y cuando se decide a priori lo que es estratégico;


entonces la planificación, aunque venga retóricamente engalanada y
supuestamente “deducida” de la prospectiva”, se convierte en ideología.
Lo mismo sucede con la prospectiva que pretende iluminar a la
planificación estratégica, si lo que se hace es interpretar la historia
próxima pasada, a la luz de alguna cosmovisión y arriesgar de manera
intuitiva algunos escenarios “probables”. Como sabemos, la probabi-
lidad no tiene nada que ver con la construcción de escenarios13 y sólo
sirve para vestir de cientificidad la opinión del futurólogo, bajo el errado
supuesto filosófico de que el cambio social es azaroso o peor aún bajo la
presuposición de que se puede asignar valores (subjetivos) a las creen-
cias. Sin embargo algunos “prospectólogos” afirman que sus estudios

…se proponen orientar las acciones necesarias en el presente, en fun-


ción de las alternativas de futuro que se logren avizorar. Generan en su
desarrollo instrumentos analíticos y recomendaciones de políticas y/o
acciones. También ayudan a clarificar cosmovisiones y valores, ponen a
prueba límites del pensamiento convencional y pueden proveer un marco
de referencia común que defina preocupaciones críticas y alternativas,
así como un foro de discusión y debate.14

La pretensión es, como se ve, bastante amplia; abarca la visión


de alternativas futuras, la elaboración de recomendaciones, la elabo-
ración de herramientas analíticas y la revisión de cosmovisiones y de
sistemas de valores, además de desafiar el “pensamiento convencio-
nal”. Así planteado el trabajo de dicha unidad es de carácter: científico
(predice), técnico (dicta normas), metodológico (elabora herramientas),
filosófico (revisa cosmovisiones), cognitivo (cambia el pensamiento) y
moral (revisa el sistema de valores). Pero tal rejunte de tareas, requiere
de capacidades y discusiones que se escapan de la modesta15 e incierta

13. Para una revisión del mal uso de la “probabilidad subjetiva” en economía,
ver Bunge (1982).
14. Prospectiva Agropecuaria: Espíritu, Concepción y Apuntes. Documento
interno de la Unidad de Coyuntura y prospectiva del INTA, 2010.
15. La creencia popular le asigna a los economistas una suerte de estatus
privilegiado entre los investigadores sociales y aún más a los que se dedican
a la prospectiva. Gozan del beneficio de la popularidad, basada ésta en
la hipótesis de cientificidad de los estudios del futuro. Las prospectivas y
análisis de coyuntura que elaboran la mayoría de los economistas, son en
general economicistas, esto significa que la visión, así como los análisis e
interpretaciones de la realidad social y su devenir son fundamentalmente

88
Marcelo Bosch

tarea de prospectiva, la cual debe siempre tomarse “con pinzas” y como


ya hemos expresado en un marco analítico bien amplio y participativo.
Otro error semántico en el que suelen caer los “expertos en pros-
pectiva” es la reificación16 del “futuro”, el cual como es obvio no tiene
existencia real. Así, en sus expresiones (afirmaciones o interrogaciones)
incluyen cosas como: conocer el futuro, predecir el futuro y construir
el futuro; todo lo cual desvía la atención del foco de estudio a saber:
algún sistema social, por cierto, lo único que podemos conocer, predecir,
construir, reparar o desintegrar.
Todos los tecnólogos y científicos están naturalmente llamados a
participar en ejercicios de prospectiva, pero la confusión de categorías,
objetivos, métodos y resultados esperables no puede ayudar a llevar a
cabo dicha tarea con la seriedad que requiere. Por el contrario, difundir
la creencia de que hay algo como “escenarios probables” o “evolución
socio-política probable”; que la evolución social (cultural, política y
económica) es científicamente predecible; y que hay métodos científi-
cos para diseñar las mejores acciones, es tan engañoso como infértil
y peligroso.
Más productivo parece ser el ejercicio de diseño estratégico de
sociedades adaptables, ágiles e inteligentes para responder rápida y
eficientemente a los cambios impredecibles. Esto tiene que ver con el
desarrollo de una sociedad democrática, justa, culta y participativa y,
en particular, con la mejora de la calidad institucional. Tal es la utopía
que aun hoy puede seguir soñándose.
Curiosamente muchos consultores y expertos en prospectiva
evitan hablar de ciertos factores impredecibles o no (políticos, am-
bientales, económicos y culturales), quizás porque su inclusión haría

económicos. Es mucho más que un detalle metodológico, cambia los “anteojos”


con que se mira el mundo (pasado, presente y futuro), tarea que se les suele
encomendar, erróneamente, a los economistas. Este error es doblemente grave
puesto que la mayoría de los economistas ignoran los aspectos psicológicos,
sociales, culturales ideológicos y morales de la acción política, así como los
descubrimientos recientes de la economía experimental y la psico-economía
(Bunge, 2009b). La moraleja es clara: la prospectiva, además de sistémica,
debe ser interdisciplinaria, multicultural y quizás también inter-generacional,
puesto que los viejos y los jóvenes suelen “ver” mundos futuros bastante
diferentes. Algo más, como bromean los mismos prospectólogos: los viejos
tienen impunidad garantizada al pronosticar a largo plazo, ya que no estarán
para ser demandados por mala praxis.
16. Según Bunge (2001) consiste en: “El tratamiento de una propiedad, relación,
proceso o idea como si fuera una cosa”.

89
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

franca y evidentemente cuestionables sus modelos, o quizás porque su


empleador de turno no lo vería con agrado.
Otra visión de la relación entre prospectiva y la planificación
es que la primera puede brindar un tipo de información especial a la
segunda, y esta a su vez puede modular la primera, puesto que un
plan que involucra decisiones de acción a largo plazo, está de alguna
manera anticipando el futuro y acotando (preseleccionando) los esce-
narios (conjunto de funciones de estado de sistemas) posibles. Por ello
no creemos que la prospectiva sea “el faro” para la planificación; más
bien pensamos que ambos ejercicios anticipatorios se influyen mutua-
mente (tanto en sus aciertos como en sus errores). Por ejemplo: si el
prospectólogo concluye que la crisis petrolera pondrá en el centro de la
escena a los biocombustibles, el planificador estratégico tomará como
meta promocionarlos; pero ninguno mirará otras opciones igualmente
posibles, como la energía eólica o solar. Se convierten así en una suerte
de “socios del futuro”: uno “ilumina y orienta”, el otro diseña el mejor
trayecto. Es evidente que muchos estudios de prospectiva encargados por
las grandes corporaciones multinacionales y gobiernos, tiene una clara
intención de provocar ese efecto: construir y asegurar el futuro (negocio).
De tal manera que, numerosos ejercicios de prospectiva y plani-
ficación estratégica, parten de supuestos no discutidos ni validados,
viciando de nulidad los resultados obtenidos (diagnósticos y reco-
mendaciones). Se sabe, por ejemplo que el Banco Mundial ha usado
frecuentemente tácticas de este tipo, conocidas como “investigación de
apoyo” o advocacy research, para fundamentar sus recomendaciones
de políticas neoliberales (Bunge, 2009b:248). Esto sucede cuando se
determinan a priori necesidades y objetivos, lo cual constituye una
decisión política antes que estratégica. En definitiva, se disfraza de
estrategia una política de promoción dirigida desde arriba, la cual siem-
pre conlleva el riesgo de convenir a intereses económicos sectoriales.
Existe un conjunto de organizaciones, documentos, antecedentes, bases
de datos, expertos, métodos y bibliografía prospectiva que responde a
esta forma de trabajo, y la llamamos entonces prospectiva hegemónica.
Pero desde el punto de vista técnico, aún falta un elemento en el
cuadro que hemos caracterizado, se trata de la explicación social, esto
es, la búsqueda, invención y prueba de mecanismos sociales que den
cuenta de los procesos en marcha y que permitan hacer proyecciones
en base a su dinámica. Dicho en negativo: sin explicación, la prospec-
tiva será en el mejor de los casos intuitiva y la planificación basada
en ella será al menos arriesgada y errática. Y dado que existe también
una “explicación hegemónica” de la sociedad y de la economía global,

90
Marcelo Bosch

es lógico que la prospectiva hegemónica se derive y a la vez influencie


a la cosmovisión dominante y que los planes resultantes sean bien
coherentes con ella.
En suma: la planificación implica tanto a la explicación como
a la predicción y las tres están atravesadas por alguna cosmovisión.
Un corolario de lo anterior es que la planificación, sea de em-
presas, de organizaciones gubernamentales o de naciones enteras,
no puede ser mejor que el estado del arte de la ciencia social y de la
filosofía social que la sustente. En general, el techo suele ser mucho
más bajo: la ideología.17
En nuestra opinión, la prospectiva socio-técnica, lejos de ser una
ciencia (los mismos prospectólogos hablan de “arte y ciencia”), es una
familia de métodos artesanales y semi-técnicos de predicción y diseño
socio-técnico, por cuanto no se basan en leyes socio-históricas y por que
el diseño pertenece a la dimensión tecnológica. Si fuese una ciencia
podríamos predecir con certeza la evolución social y tecnológica, no
necesitaríamos hacer demasiada futurología y la planificación sería
más sencilla y menos arriesgada de lo que es. Para desazón de muchos,
la prospectiva a largo plazo tiene más semejanza con la crónica y la
adivinación que con el método científico; se basa más en la experiencia
pasada que en la supuesta “visión” del futuro; en la consulta de expertos
de algún sector, antes que en la utilización de modelos.18
Por tal razón algunos prefieren practicar la “vigilancia tecnológi-
ca” que lejos de pretender adivinar el futuro, consiste en monitorear de
cerca el presente, el cual es un buen indicador de lo que puede pasar
en el corto plazo. Estos estudios, si bien menos pretenciosos, son más
confiables que los de largo plazo (diez o veinte años), como sucede

17. El neoliberalismo desdeña la mayor parte del corpus de conocimiento social


acumulado en el siglo XX, y sus cultores siguen prediciendo la mejora social
de la mano del crecimiento ilimitado de las corporaciones y del derrame de
riqueza, democracia y bienestar. Cinco siglos de acumulación en los países
ricos no ha sido suficiente para que tal derrame alcanzara al resto del mundo.
La credulidad de los liberales es resistente al paso del tiempo.
18. Ver por ejemplo la metodología utilizada para elaborar la Prospectiva TIC
2026. Grupo Markess International. España. La consulta de expertos, uno de los
métodos más tradicionales, tiene sus propios defectos. Quizás el más grave
es que algunos expertos no pueden tener una visión amplia del sistema social
al que pertenecen, ni tampoco una visión de largo plazo; cualquiera que haya
trabajado con especialistas sabe que muchos sólo pueden ver a través de un
estrecho túnel. Es poco creíble que recetas acerca del número óptimo de expertos
a consultar, solucione este problema metodológico.

91
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

también con los pronósticos meteorológicos. De hecho, los estudios de


este tipo suelen aparear el análisis de coyuntura19 con la prospectiva.
En síntesis: una prospectiva socio-técnica acotada y de corto y
mediano plazo, que sea periódicamente contrastada con la realidad,
que explicite los desvíos, y que hipotetice los mecanismos involucrados
en ellos, puede generar conocimiento no trivial, si y sólo si es parte de
una estrategia de investigación social “con mayúsculas” y se enmarca
en un modelo organizacional (del nivel que sea). De otra manera nunca
se podrá afirmar que el acierto no se debió a la fortuna, o que el error se
debió a cambios en las variables; bien puede ser que ambos se deban a
métodos, estimaciones, datos y enfoques errados.20 También habrá que
diferenciar claramente lo que algunos llaman “prospectiva normativa”
(lo que deberíamos hacer) de los ejercicios anticipatorios, puesto que
los primeros caben mejor en lo que se llama diseño socio-técnico, algo
que puede hacerse con o sin prospectiva. Los prospectólogos suelen
saltar de una dimensión a la otra sin previo aviso, desconociendo (u
ocultando) el hecho de que los métodos y las propiedades de ambas
son muy distintos.

El mundo conocido y por conocer

La noción de “mundo” puede variar mucho. Todas las personas


nacen en una familia, que es integrante de diversos sistemas sociales y
que puede ubicarse en un nivel social, en un barrio, de alguna ciudad,

19. “Coyuntura” es una desafortunada metáfora utilizada en economía para


la caracterización de la situación económica actual. Como metáfora sugiere
que el estado actual es de “quiebre” o de inflexión, lo cual no siempre es así.
Algunos economistas distinguen al análisis de coyuntura (corto plazo) del
análisis estructural (mediano y largo), pero la metáfora “estructural” también
es engañosa, puesto que los sistemas económicos y los procesos que sufren,
requieren de análisis sistémico, en especial de los mecanismos, que son los
únicos que pueden explicar algo, no las estructuras por sí mismas. Jerga
económica hecha tradición, tolerable, mientras no creamos que existe realmente
algo como “coyuntura económica” ni tampoco expertos en coyunturas (salvo
por supuesto en traumatología).
20. Más sobre las desventuras y estado actual de la prospectiva argentina en
“Prospectiva y Prospectiva Tecnológica en Argentina”, Marí (2008),
http://www.eulaks.eu/attach/II_Prospectiva_Argentina.pdf

92
Marcelo Bosch

país y región. Todas pertenecen de nacimiento a una cultura, la cual


incluye un conjunto de creencias (sociales, económicas, religiosas, etc.),
y adoptan escalas de valores, modos de relacionamiento y patrones
de consumo propios de dicha cultura. Todas conformarán durante su
crecimiento una cosmovisión o visión del mundo, una ideología y un
modo de ser en el mundo.
Las personas verán el pasado, el presente y el futuro “desde ese
lugar” y con esa visión se conducirán por la vida y tomarán decisiones
que afecten a otros (según su grado de responsabilidad social).
Se suele decir “todo el mundo” para expresar una conducta general
o global, como cuando alguien dice: “todo el mundo hoy en día tiene un
celular y sabe googlear”. Pero tales expresiones se refieren en general
al “pequeño y próximo mundo” del que tenemos noticia, de nuestra
realidad más próxima, no de la realidad planetaria. Simplemente
extrapolamos desde nuestra experiencia y lo que vemos a diario, a lo
que suponemos que es el resto del mundo.
Pero ¿cuántos “mundos” hay? ¿Y a cuáles de todos ellos se refieren
los análisis y visiones de los documentos de prospectiva?
Por ejemplo, alguno de ellos afirma que la nanomedicina, la medicina
bio-molecular, los fármacos inteligentes, los robots cirujanos y los diagnós-
ticos por inteligencia artificial y big-data elevarán el nivel de salud de todo
el mundo. Otras investigaciones, por el contrario, afirman que mil millones
de personas no verán jamás a un médico.21 Dos visiones y dos mundos.
Una puede alentarnos a invertir en laboratorios de diversa naturaleza y
de alta complejidad, la otra podría sugerir la inversión de recursos para la
formación de técnicos en salud, para la construcción de centros de atención
primaria de baja complejidad y para la educación sanitaria.
Otro ejemplo. En un encuentro internacional sobre cambio climá-
tico, se presentaban estudios sobre modificación de la microbiología del
rumen de bovinos con el objetivo de disminuir la contribución de la pro-
ducción de carne al efecto invernadero. Loable intención que estimulan
y aplauden los países más contaminantes del planeta, sin que realicen
compromisos de significación para detenerse ellos mismos. ¿Debemos
abrazar esas líneas de trabajo o simplemente ignorarlas entendiendo
que hay muchos otros problemas que atacar antes, empezando por los
despilfarros de energía?
Tercer ejemplo: la prospectiva urbana nos dice que para el 2050
un 60% de la población vivirá en ciudades, lo que lleva a algunos

21. http://100people.org.

93
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

planificadores a recomendar elevar la densidad poblacional a 12.000


hab/km2. Pero la gran cuestión la plantea el Director del Centro para
Ciudades Sustentables de Asia, no se trata solamente de cuánta gente
se puede alojar en una ciudad, sino con qué calidad de vida.22 Nueva-
mente, los esfuerzos pueden dirigirse de dos maneras: mediante un
enfoque económico-ingenieril cuyos valores supremos son la economía
de escala y la eficiencia, o bien mediante un enfoque más humanístico
y social, que cuestione todas y cada una de las tendencias y estilos de
vida, así como los mecanismos psico-sociales que las promueven, o que
eventualmente ayudarían a desviarlas.
Cuarto ejemplo: los futuristas Jack Uldrich y Simon Anderson
anticipan las diez tendencias que delinearán el “mundo” en el 2020, y
en materia de agricultura despliegan un par de visiones basadas en una
serie de desarrollos tecnológicos. Deslizan que las preocupaciones por
la alimentación de la población mundial van desapareciendo y que, si
para el 2020 hay pobreza y desnutrición, será por regímenes políticos
corruptos e ineficaces, no debido a la falta de alimentos. Semejante
afirmación sociológica se reduce a un párrafo entre paréntesis; tal es
la impunidad para opinar de estos gurúes del futuro.23
¿Qué hacer? ¿De qué criterios disponen los funcionarios públicos
que toman decisiones estratégicas o al menos conducen las discusiones
pertinentes? ¿Todos los problemas han de solucionarse con más dosis
de tecnologías cada vez más complejas? ¿Hay que hacer de todo un
poco (la estrategia de máxima cobertura) o extremar la selectividad
(máximo oportunismo)?
La metodología de escenarios apuntala la primer estrategia en
base al criterio de que conociendo varias alternativas posibles pode-
mos prepararnos adecuadamente para todas, pero ¿qué metodología
estamos usando para identificar y seleccionar los problemas más es-
tratégicos? ¿Qué metodología existe para re-inventar nuestro mundo?
¿De qué manera pacífica se puede revolucionar la historia? ¿Es cohe-
rente pretender cambiarla proyectando tendencias y consultando a los
mismos expertos que forman parte del sistema de “conservación” del
statu quo? ¿Es capaz el “primer mundo” de marcar el rumbo a seguir
al resto de “los mundos”?
Por otra parte, el mundo-sociedad crece, se complejiza y cambia
aceleradamente, de manera que cada vez conocemos menos por menos

22. http://www.sde.nus.edu.sg/csac/.
23. http://jumpthecurve.net/agriculture/growing-up-everywhere-the-future-
of-farming/.

94
Marcelo Bosch

tiempo. Así el mundo-sociedad se hace cada vez más desconocido, por


más que la acumulación de información nos dé la sensación contraria.
Y los efectos de la intervención del hombre en el planeta se hacen cada
vez más impredecibles, haciendo imposible construir modelos de largo
plazo de alguna utilidad.
Y si esta tesis es aceptada, ¿cuál es el grado de utilidad de la
creciente actividad de prospectiva mundial? Más aún, ¿ayuda o impi-
de pensar y construir un mundo diferente y mejor? ¿Replica o desafía
nuestros modelos de pensamiento? Y en todo caso, ¿cómo podemos
hacer prospectiva de mundos alternativos que desconocemos? ¿Cómo
navegar hacia la Terra Incognita?
Estas deberían ser las metas de un sistema de generación de
estrategias sociales a largo plazo, ya sea a nivel de empresa, de orga-
nismo público, de países o de bloques de éstos. Y por obvio que resulte,
es necesario resaltar que estos sistemas deben componerse por seres
humanos pensantes, de diversas profesiones, disciplinas, regiones,
culturas y generaciones, para asegurar: el desafío y provocación per-
manente al statu quo, la revisión de los principios, la vigilancia ética
y la diversidad de formas de pensamiento.
Una prospectiva no-hegemónica es imprescindible para un mundo
mejor que el que se construyó desde hace cinco siglos de dominación
europea-norteamericana sobre Latinoamérica, en sus dimensiones
militar, económica y cultural.
Entrenar ojos y cerebros independientes, creativos y audaces
parece ser un camino más estimulante que el de compilar información
estadística, viralizar acríticamente documentos por la red, proyectar
tendencias y delegar en motores predictivos, unos análisis que sólo
personas inteligentes, éticas y educadas pueden llevar adelante.24
Y ese nuevo mundo tendrá que pensarse sobre una ontología y una
epistemología de lo real, quebrando la tendencia actual de ocuparse de
los modelos antes que de los sistemas. En palabras de Enrique Leff:

Los estudios de prospectiva se enfrentan a un problema tanto teórico


como metodológico en un mundo en el cual la realidad ha sido sustituida
por el modelo.

24. Nótese que el desarrollo ético es uno de los ejes principales de esta
estrategia, puesto que sin ello, esta propuesta podría servir para objetivos tan
distintos como devastar el planeta, solventar genocidios, esclavizar sociedades
o salvar las ballenas francas.

95
Prospectiva Científica y Tecnológica: Una aproximación no-hegemónica

(…) La prospectiva se inscribe así en estas estrategias de simulación de


un futuro desprovisto de un proyecto político (Leff, 2008:50).

La visión economicista (o de negocios) que subyace a gran parte


del corpus de prospectiva, en particular el generado en el hemisferio
Norte, nos quiere hacer creer que el fuego se puede combatir con nafta;
en otras palabras: que más tecnología (en particular la que controlan
allí) es la solución a todos los problemas sociales (en particular los
de los países pobres/dependientes).25 El desafío entonces, para las
nuevas generaciones de investigadores sociales y socio-técnicos que se
dediquen a esta importante actividad de mirar al futuro para diseñar
estrategias sociales de largo plazo, será formidable; tanto como para
los decisores políticos que usen la información y las recomendaciones
así generadas. Formar esa nueva generación es una necesidad urgente
y una responsabilidad política de máximo nivel.26
Concluyendo: una mejora de los sistemas de CyT y su orientación
de mediano y largo plazo, requerirá una reflexión y superación de los
esquemas y métodos actuales de observación, planificación y diseño
de políticas, que a nuestro juicio deberá basarse en una epistemología
adecuada a la realidad y en una historia de la ciencia (lo más objetiva
y completa posible). Las políticas, como todo diseño humano, deben
revisarse periódicamente, para corregir las malas decisiones, para
adecuarse a la realidad social cambiante y para alojar los nuevos
descubrimientos genuinos (así como desprenderse de los nichos pseu-
docientíficos).
Y por último: las organizaciones grandes tienen la posibilidad de
registrar sus procesos dirigidos de cambio, de manera de generar cono-
cimiento (o al menos datos), para que los sucesivos rediseños puedan
capitalizar no sólo la experiencia de algunos líderes, sino el trabajo
organizado de actores y científicos sociales. Esto sienta las bases para
el enfoque evolutivo de las organizaciones de CyT, que comentáramos
más arriba.

25. Ver, por ejemplo, los documentos del World Economic Forum y su
Global Agenda Council on Emergent Technologies que dice “identificar” diez
tecnologías clave para el cambio tecnológico y el remodelado social, aunque
nos quede la duda de para quiénes son “clave”, si para la gente o para la
industrias seleccionadas.
26. La expresión “prospectiva tecnológica latinoamericana” apenas arroja tres resultados
en Google para lo que va del siglo XXI.

96
Marcelo Bosch

Referencias Bibliográficas

Bitar, Sergio: “Why and how Latin Amerca should think about the
future. Inter American dialogue”, disponible en http://www.the-
dialogue.org/page.cfm?pageID=32&pubID=3441, 2013.
Bosch, Marcelo: Tesis de Doctorado, disponible en https://independent.
academia.edu/MarceloBosch, 2011.
—“Datismo y otras exageraciones”, disponible en https://independent.
academia.edu/MarceloBosch, 2011.
—“¿Yo robot? Acerca de post-humanos y otras tonterías”, disponible en
https://independent.academia.edu/MarceloBosch, 2011.
Buch, Tomas: Sistemas Tecnológicos. Contribuciones a una Teoría
General de la Artificialidad. Buenos Aires, Aique 1999.
Bunge, Mario: Ciencia, técnica y desarrollo, Buenos Aires, Sudame-
ricana, 1997.
—Sociología de la Ciencia, Buenos Aires, Sudamericana, Buenos
Aires, 1998.
—Ciencias Sociales en Discusión, Buenos Aires, Sudamericana, Buenos
Aires, 1999.
—Diccionario de Filosofía, Buenos Aires, México D. F., Siglo XXI
Editores, 2001.
—Emergencia y Convergencia, Barcelona, Gedisa, 2004.
—Filosofía política, Barcelona, Gedisa, 2009.
Cereijido, Marcelo: Ciencia sin seso. Locura doble, México D. F., Siglo
XXI Editores, 1994.
Leff, Enrique: Discursos sustentables, México D. F., Siglo XXI Editores,
2008.
Senge, Peter: La danza del cambio, Bogotá, Editorial Norma, 2000.
Van der Steen, Martin y Van Twist, Mark: Beyond Use: foresight that
fits, Elsevier, 2012.
Ulla, Higdem: “The co-creation of regional futures: facilitating action
research in regional foresight”, disponible en http://www.scien-
cedirect.com/science/article/pii/S0016328714000093
WEF: “Top 10 Emergent Technologies 2014”, disponible en http://www.
weforum.org/reports/annual-meeting-2014-report

97
El derecho societario argentino y la filosofía
de Mario Bunge

José David Botteri (h)


Diego Coste

Las contribuciones de Mario Bunge a la filosofía y a las ciencias han


sido enormes. Pero sus aportes más efectivos se encuentran en el ámbito
de las disciplinas técnicas. Y no sólo en el área médica, donde uno de
sus últimos libros constituye una saludable guía para quienes deben
lidiar con las enfermedades. Su pensamiento también ha influido el
ámbito del derecho y en nosotros que somos abogados.
El lector de estas líneas puede considerar que una de las pro-
fesiones más denostadas de este planeta, que lidia con los aspectos
humanos socialmente más miserables, que autodenomina doctores a
quienes sólo tienen un título de grado y que sostiene históricas disputas
entre cultores del derecho natural y del positivismo, sea refractaria a
las ideas del profesor Bunge. Permítasenos decir que eso sería sólo un
prejuicio, tan censurable como todo acto de prejuzgamiento que no se
aguarda de un buen juez, probo y moral.1
Una filosofía realista conjugada con enfoque sistémico sobre una
ontología materialista, con una base epistémica respetuosa del método
científico y con concepción moral agatónica, ofrece soluciones a muchas
de las cuestiones que se presentan en el derecho como insuperables,

1. Con lúcido humor, Gilbert K. Chesterton calificó de oficio raro, al del juez
sostenido en normas morales en su entretenido cuento El club de los oficios
raros.

99
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

vivero de combates entre mitades de bibliotecas y protagonistas de eter-


nos debates retóricos en incontables congresos, seminarios y jornadas.
No lo decimos por el compromiso de escribir estas páginas en un
homenaje tan bien merecido y al que nos sumamos por lo que repre-
senta Mario Bunge en nuestra vida personal, profesional y académica.
Intentaremos mostrar a continuación cómo la aplicación de esas ideas
permite avanzar en materia del derecho de sociedades comerciales.
Se trata de un área donde conviven el poder regulatorio estatal,
la libertad creadora y destructora de los empresarios, la búsqueda
capitalista de maximizar ganancias a perpetuidad, la satisfacción de
las necesidades y las exigencias de los consumidores y trabajadores, el
mercado de competencia necesaria o impiadosa y la ubicua cooperación
solidaria o cartelizada.
Intentaremos explicarnos con la misma sencillez y claridad de
Mario Bunge. Hemos adoptado sus ideas luego de naufragar en muchos
de los puertos que ofrecía la filosofía del derecho, inerme para atacar
los problemas prácticos directos que ofrece la cotidianeidad conflictiva
de las sociedades comerciales.2

Breve introducción al idealismo en las personas jurídicas

Estamos rodeados de personas jurídicas: universidades, labora-


torios, hospitales, industrias, sindicatos, clubes deportivos, mutuales,
obras sociales y hasta, quizás, el modesto kiosco de la esquina se en-
cuentre a nombre de un sujeto de este tipo.
Por nuestra especialidad, haremos foco en una clase de personas
jurídicas: las sociedades comerciales, que son los instrumentos usua-
les empleados para acumular capitales con destino a la producción e
intercambio de bienes y servicios, con reglas establecidas para socios y

2. A lo largo del presente trabajo, recurriremos a ideas, reflexiones y analogías


extraídas de las siguientes obras de Mario Bunge: Buscar la filosofía en
las ciencias sociales; A la caza de la realidad; Crisis y reconstrucción de
la filosofía; La Investigación científica; La relación entre la sociología y la
filosofía; El derecho como técnica de control y reforma; Las ciencias sociales en
discusión; La ciencia, su método y su filosofía; Sociología de la ciencia; Ética,
Ciencia y Técnica; Sistemas Sociales y filosofía; Desigualdad y Globalización
- Cinco Conferencias; Filosofía Política; Ontología II; Filosofía para médicos;
Epistemología; Intuición y Razón; entre otros.

100
José David Botteri (h) y Diego Coste

público en general. En consecuencia, cuando nos referimos a personas


jurídicas, lo haremos siempre limitando el objeto de análisis en este
trabajo a las sociedades comerciales argentinas que están reguladas
en la Ley 19.550.
El reconocimiento jurídico de la condición de personas a sujetos
que no son de carne y hueso, fue motivo de profundos debates que
oscilaron entre el idealismo y el realismo ingenuo. Durante siglos,
estanques de tinta y bosques de papel fueron gastados para responder
una mal formulada pregunta: ¿qué es una persona jurídica?
La propia interrogación sugiere que existe un objeto concreto
y material detrás de ese término creado por los juristas. El derecho
suele nutrirse de ficciones que condensan en sí numerosas y complejas
normas para facilitar su comprensión y aplicación, pero que carecen de
correlato material. ¿El lector abrazó alguna vez una hipoteca? ¿Conoció
la patria potestad? Sin embargo, se intuye que esos objetos de alguna
manera, existen.
Más allá de la objeción a esa pregunta, efectuada por Bentham y
refrendada por H.L.A. Hart (1962), diversas posiciones han intentado
responderla con éxitos momentáneos y avalados por intereses políticos
y económicos de la época, destacándose entre ellas la doctrina negato-
ria de la personalidad jurídica, la doctrina de la ficción, la teoría de la
institución, la doctrina de la realidad social y la doctrina normativista.
No aburriremos al lector con un debate cuyo análisis, aún super-
ficial, comprendería todo un volumen de enciclopedia. Nos basta con
señalar al respecto que:

(a) Al no encontrar un correlato real exacto para el término


persona jurídica, los representantes de la doctrina negatoria
sostuvieron que sólo los seres humanos son personas y que la
personalidad jurídica no existe, tratándose solamente de un
patrimonio administrado por seres humanos y afectado a un
emprendimiento específico;
(b) Algo similar ocurrió con los seguidores de la doctrina de la
ficción. Sostuvieron también la inexistencia de una entidad
real que se identifique con el término persona jurídica, pero
la solución que ofrecieron fue, paradójicamente, hacer como si
ese objeto existiese bajo el argumento que ello era útil para la
comunidad en general.
(c) La idea de la realidad social fue inventada en una época en
la que se pretendía evitar los caprichos de los gobiernos para
autorizar o no la creación de personas jurídicas. Se fundaba

101
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

en la supuesta existencia de grupos de individuos que, unidos,


conformaban una entidad con voluntad propia diferente a la
de sus integrantes y que era preexistente al Estado, quien sólo
las debía reconocer y aceptar. Se trata de una postura holista
que tampoco se condice con la realidad, porque los individuos
no se fusionan en un nuevo sujeto corpóreo.

La tesis que actualmente acepta la mayoría de los países occi-


dentales es la denominada normativista. Fiel reflejo del positivismo
jurídico que el profesor Mario Bunge tanto ha criticado, la persona
jurídica es concebida como un tipo de realidad normativa, un recurso
instrumental creado y regulado por el derecho a los fines de facilitar
objetivos importantes para la comunidad en general que no podrían
ser logrados individualmente.3
En nuestra opinión, todas las posturas mencionadas contienen
aciertos y errores, pero ninguna de ellas arroja claridad suficiente por-
que han sido construidas desde el aislado orbe jurídico. Para superar
ese ostracismo y favorecer el diálogo entre el derecho y las ciencias
sobre la base de criterios de verdad, resulta de gran utilidad el enfoque
sistémico y realista del profesor Bunge, porque permite clarificar el
resultado del debate y de sus importantes consecuencias.
El intento de explicar qué debe entenderse por persona jurídica
se caracteriza por un marcado idealismo, ajeno a la practicidad con
que estos objetos conceptuales hicieron su necesaria aparición. Los
seres humanos cooperan y compiten entre sí desde su origen. De he-
cho, las hipótesis más aceptadas por la comunidad científica indican
que el homo sapiens surgió a partir de un salto evolutivo motivado
por la necesidad de cooperar, que exigían las extremas condiciones
climáticas de la época prehistórica. Los seres humanos se embarcaron
en emprendimientos conjuntos sin preguntarle a nadie si tripulaban
una persona jurídica.
El derecho fue detrás de los negocios y no al revés, regulándo-
los, para bien o para mal. Tanto quienes sostienen que las personas

3. La exposición de motivos de la Ley 19.550 (ley de sociedades comerciales)


de 1972, afirma que se ha adoptado la más evolucionada posición en cuanto
a la personalidad jurídica y, de este modo, la sociedad resulta así no sólo una
regulación del derecho constitucional de asociarse con fines útiles y una forma
de ejercer libremente una actividad económica, sino que constituye una realidad
jurídica, esto es, ni una ficción de la ley ni una realidad física en pugna con
una ciencia de valores.

102
José David Botteri (h) y Diego Coste

jurídicas no existen, como quienes afirman que hay que “hacer como
que existen” porque nos conviene, o quienes están convencidos que tan
sólo se trata de normas jurídicas, omiten vincular adecuadamente la
técnica jurídica con la realidad que se pretende controlar y mejorar,
favoreciendo las confusiones mencionadas con anterioridad y aislando
al derecho de las ciencias sociales.
La doctrina normativista, con vigencia en la actualidad, ha pro-
piciado un campo fértil para la expansión del capitalismo, porque a
través de ella se logró que las sociedades comerciales se consolidaran
como herméticos vehículos de inversión de capitales orientados a la
producción de bienes y servicios.
Fortalecidas por el influjo del neoliberalismo, durante décadas las
sociedades comerciales se desenvolvieron en el mercado sin riesgo para
sus socios, quienes mantenían inmunes su patrimonio personal bajo
la valla protectora de la limitación de responsabilidad (en el caso de
los tipos societarios más utilizados, como la S.A. y la S.R.L. en nuestro
país) y de la personificación societaria.
Luego de la crisis económica argentina iniciada en el año 2001, de
la escalada de quiebras empresariales ocurridas como consecuencia y
de algunos casos catastróficos y escandalosos (como el incendio del local
República Cromagnon que fue un trágico símbolo, junto al desastre de
la aeronave de LAPA en el aeroparque de la ciudad de Buenos Aires),
la comunidad jurídica se vio forzada a reconocer que siempre, detrás
del sello de goma de una sociedad comercial, existen seres humanos
con sus virtudes y sus defectos, su patrimonio y su buena o mala fe.
A partir de ese momento se comenzó a destacar en los congresos
societarios, con gran énfasis, la necesidad de observar la realidad más
allá de las normas jurídicas. Pero la realidad observada se limitaba a la
mirada del abogado o la del juez desde su despacho. No se impuso una
convergencia de disciplinas ni respeto alguno por la labor de auténticos
científicos sociales. La realidad que se comenzó a exaltar se redujo a
intuiciones elegantes pero desprovistas de datos y de comprobación
empírica, ya que muy pocos artículos y ponencias se sostuvieron en
trabajos que aplicaban el método científico.
El enfoque sistémico y realista del profesor Mario Bunge ofrece
un camino para comenzar a analizar la realidad concreta que subya-
ce a las sociedades comerciales, armonizándola con el sistema ideal
que es el ordenamiento jurídico que busca regularla para favorecer
el bien común.

103
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

Las sociedades comerciales como sistemas sociales

La técnica societaria ha pendulado entre la protección de los


intereses colectivos sobre los individuales (holismo) y la primacía de
los intereses de los socios por sobre la sustentabilidad de la sociedad
(individualismo).
El equilibro entre ambos intereses sólo puede lograrse a través de
una perspectiva sistémica materialista que armonice las necesidades
individuales con las del conjunto. La mayor utilidad del enfoque de
Bunge en este sentido no es el aporte de soluciones sino, fundamen-
talmente, el modo correcto de plantear los problemas.
El ámbito del mercado y de los negocios presenta actualmente
los siguientes problemas societarios que no tienen soluciones jurídi-
cas definitivas y que, haciendo un breve repaso de los últimos fallos y
artículos, son los siguientes:

i) la existencia mayoritaria de socios que están vinculados por lazos


familiares o conyugales, donde el envejecimiento, divorcio o muerte
de genera toda clase de trastornos, porque se superponen las normas
jurídicas que regulan las relaciones familiares, con las que regulan los
vínculos societarios;
ii) la proliferación de sociedades constituidas en el extranjero en paraísos
fiscales y su actuación en nuestro país, cuando su creación respondía
generalmente a intereses particulares de ciudadanos argentinos;
iii) las cuestiones que plantean los grupos de sociedades y la existencia o
inexistencia del denominado interés de grupo por sobre el interés social
o del individual de los socios;
iv) las dificultares que propone la génesis y desarrollo de los conflictos
internos de los socios y sus posibles soluciones sin aniquilar la empresa
que se creó la que, tal vez, dé trabajo a decenas o cientos de trabajadores;
v) los conflictos que plantea la existencia de sociedades cuyo único fin es
limitar la responsabilidad de un socio particular;
vi) las cuestiones derivadas de la responsabilidad profesional de los fun-
cionarios sociales.

Como el derecho no ha dado respuesta satisfactoria a esta clase


de cuestiones, se necesita el abordaje desde una perspectiva científica
más amplia que el de la mera técnica jurídica y las herramientas con-
ceptuales diseñadas por la legislación societaria tradicional que son
su consecuencia.

104
José David Botteri (h) y Diego Coste

Si un estudioso del derecho societario se coloca frente a las ideas


de Mario Bunge, detecta inmediatamente que la búsqueda de limitar
la responsabilidad jurídica por riesgos que impone el mercado moder-
no, la necesidad de minimizar las barreras de entrada y salida de un
emprendimiento, la conveniencia de enmascararse y ocultar a terceros
en un negocio con causa lícita o ilícita, hacen olvidar que las sociedades
se constituyen para convivir en el desarrollo de una actividad comercial
común, incluso cuando se piensa en grandes corporaciones.
Siguiendo esas ideas se concluye que la causa originaria o factor
cohesivo por el cual los socios deciden unirse, es siempre la cooperación,
pues se unen para realizar algo que no pueden o no quieren intentar
individualmente.
El factor cohesivo cooperación parece simple, pero el análisis
de Bunge lo transforma en un complejo que permite la apertura de
la visión jurídica y la convergencia de otras disciplinas. La raíz de
la cooperación puede ser económica (el aporte presente o futuro del
socio); biológica (como por ejemplo en las sociedades de familia que
incorporan a socios por razones de parentesco); política (sostenida en
las relaciones de poder, sea para la dirección de la sociedad o por vín-
culos de esa naturaleza); o finalmente cultural (por los conocimientos
y técnicas que pueda aportar el socio).
Bunge presenta claramente la evidencia de que todas las personas
que conviven cooperan unos con otros, en ciertos aspectos, y compiten
en otros. Una vez instalada la cooperación, los socios competirán por
bienes que siempre son escasos, sean estos dividendos, posiciones de
poder, afecto, reconocimiento, etc. Para que un sistema se mantenga
estable, es menester que la cooperación sea más intensa que la com-
petencia interna. La eficiencia de todo sistema social mejora con la
competencia, a condición que no se permita a esta deshacer los vín-
culos que mantienen unido al sistema. Todos los sistemas sociales se
estancan o declinan si sus miembros dejan de competir o de cooperar.4
En el ámbito de las sociedades comerciales, los socios pueden com-
petir de acuerdo con las reglas legales para ocupar cargos en la admi-
nistración social, por una mayor o menor distribución de utilidades, por
aprobar o no los estados contables presentados por los administradores

4. Etcheverry (1989) menciona la organización y la competitividad, como


factores imprescindibles de la existencia de empresas, no de las sociedades,
situando la competitividad de modo externo en el mercado y definiendo la
organización sobre la base de la división del trabajo y la sustitución del
personal.

105
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

o para que la sociedad haga o no haga algo que involucre sus intereses;
sin embargo, dicha competencia no puede jamás exceder o eliminar la
cooperación entre los socios pues, de otro modo, la sociedad comienza
su desintegración. El Derecho (normativo o judicial) debería siempre
custodiar que la competencia entre los socios no destruya la cooperación
y, por ende, la sociedad.
Las Sociedades Comerciales pueden explicarse sólo a partir de
aquí a través de un enfoque realista sobre sistemas. Un sistema es sólo
un objeto complejo que emerge de la composición de varios elementos.
La sociedad comercial puede analizarse entonces como un sistema,
pues en ella interactúan varios elementos, personas y cosas, configu-
rando un objeto complejo. Un sistema social humano, pues involucra
a varias personas que actúan directa o indirectamente sobre otros
miembros del sistema y cooperan entre sí, en algunos aspectos, en tanto
que compiten en otros, compartiendo el mismo entorno. Multifacético,
pues puede verse desde distintas perspectivas: por ejemplo, se la puede
considerar desde su aspecto puramente económico prescindiendo de sus
restantes fases (como las sociológicas o las jurídicas). Y artificial, toda
vez que está formado y se mantiene de acuerdo con políticas, planes
y reglas explícitos de diseño y no a partir de la libre reproducción o la
espontaneidad, como sucede en los casos de la familia o la amistad,
respectivamente.
La sociedad comercial es, asimismo, un sistema dinámico, pues se
encuentra sujeto a variaciones tanto propias como de sus componentes,
quienes pueden envejecer, morir o incapacitarse. Las sociedades, como
las cosas y las personas, están expuestas a un estado de flujo perma-
nente, pues también se enfrentan a cambios (para el análisis jurídico:
transformación; fusión, disolución, liquidación, etc.).
Los sistemas, en el aporte del profesor Bunge deben abordarse
conforme su composición, estructura, mecanismos y su entorno, para
tener un análisis completo.
En la composición de una sociedad comercial como sistema, que
es la colección de todos sus componentes, los elementos principales
son los socios (hay otros según se verá más adelante), que pueden ser
personas físicas u otros sistemas representados también por perso-
nas físicas en caso que la estructura del sistema lo permita, quienes
se encuentran unidos por los factores de cohesión que mencionamos
antes y que cooperan, en ciertos aspectos, así como compiten en otros.
Para formar parte de una sociedad comercial como sistema, los
socios deben realizar aportes o adquirir participaciones de quienes
lo hubieran hecho con anterioridad. Tanto en la modesta sociedad

106
José David Botteri (h) y Diego Coste

colectiva personalista como en una sociedad anónima, las decisiones


se toman por mayoría de capital (ver art. 132, Ley 19.550).
Tales aportes consistirán en un conjunto de bienes que conforma-
rán el denominado capital social, que podrá ser modificado a través de
ciertos mecanismos. Los aportes ingresan al sistema a través de las
personas que lo integran pues, como dijimos, no hay sistemas sociales
ajenos a un entorno que provea recursos y determine necesidades.
El volumen de las aportaciones y su relación con los aportes totales
determina ciertas calidades de cada elemento “socio”. Los elementos
del sistema no son iguales por el sólo hecho de denominarse de idéntica
manera: no es lo mismo ser socio mayoritario de una sociedad que ser
uno minoritario.
Es que también las sociedades comerciales como sistemas pueden
ser vistas de acuerdo con las calidades de sus componentes, pues las
condiciones de estos últimos son relevantes para el sistema concebido
en su totalidad. Las sociedades al 50% de dos socios tienen una difícil
condición para tomar decisiones; las sociedades de miles donde cada
uno aportó muy poco tienen otra; es distinta una sociedad controlada
al 99%, que una donde el capital social se encuentra repartido equita-
tivamente en cinco partes. Cada uno de estos sistemas, analizado en
función de las calidades de sus componentes, será diferente.
También pueden ser elementos del sistema los administradores,
cuando se trate de personas que no ostentan la calidad de socios (pues
de lo contrario configurarían un único elemento con dos funciones:
accionista y director) y en su caso contingente, pueden existir también
personas que ocupen el rol de fiscalizadores, como los síndicos.
Todos los elementos forman parte de un sistema social concreto y
no conceptual, encontrándose sujetos a los cambios producidos por las
alteraciones en los cuatro factores de cohesión previamente mencio-
nados. Por ejemplo, Pedro, al unirse con la hija del socio mayoritario
(cambio cultural), fue elegido Director por su suegro (cambio político),
pero al realizar malos negocios (cambio económico), fue desplazado
(cambio político), derivando tal circunstancia en su divorcio (cambio
cultural) y su posterior reemplazo por un nuevo Director (Juan), que
era el hijo menor del socio mayoritario (cambio biológico), accediendo
al cargo luego de haber estudiado en una Escuela de Negocios (cambio
cultural).
La estructura de la sociedad es la colección de relaciones entre
los elementos. Una multitud de personas carece de estructura. Una
organización como sociedad comercial, sí la tiene. Básicamente cual-
quier sistema es un objeto complejo con una estructura vinculante.

107
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

En nuestro caso de análisis (sociedades comerciales), la estructura


que dispone cómo deben llevarse a cabo la cooperación y competencia
está dada por el contrato social, que se integra con otros actos (ley
y reglamento, que rigen supletoriamente con excepción de algunas
normas imperativas).
El contrato determina vínculos que hacen que el sistema concreto
y material perdure en la unión de sus elementos, lo cual no sucede
con el caso de la multitud atraída por un acontecimiento cualquiera.
Cuando hablamos de la voz contrato, debe tenerse presente que no lo
identificamos con el papel que lo soporta, sino que le damos el sentido
estricto del art. 1137 del Código Civil, esto es del acuerdo de volunta-
des destinado a regir derechos con objeto en prestaciones económicas.
En especial, el contrato fijará cual es la función específica del
sistema, que se denomina objeto social y que determina una serie
de actividades comerciales. Dichas actividades comerciales deben
desarrollarse mediante la aplicación de los bienes que constituyen el
patrimonio social en los negocios que configuran su objeto, por parte
de las personas que se encuentran facultadas para ello.
Ese contrato tiene relaciones con la Ley de Sociedades Comer-
ciales, que es también un sistema pero de nivel conceptual general, en
base a proposiciones que son normas jurídicas de alcance no particular.
En un sistema conceptual sus elementos no están sujetos a variaciones
materiales, puesto que son conceptos, tales como los números.
En el caso de la Ley, establece las condiciones de validez o de inva-
lidez de los vínculos entre los elementos del sistema, o establece dentro
de qué pautas pueden producirse los cambios dentro de aquel o en sus
elementos, o prohibiciones. Otorga soluciones también conceptuales,
en caso en que no se prevea en el contrato algún supuesto particular.
Es necesario remarcar que dentro de la estructura total del
sistema puede reconocerse: la endoestructura, que es el conjunto de
vínculos entre los elementos sin relación alguna con el entorno (in-
tegran la endoestrucura el contrato social, reglamentos internos del
Directorio, o pactos de socios y resoluciones sociales que carecen de
trascendencia con el exterior); y la exoestructura, que es la colección
de vínculos inputs y outputs del sistema con su entorno, (franquicias,
concesiones, distintos elementos del contrato social que se inscriben
en organismos públicos, etc.).
Todo sistema dinámico tiene mecanismos. Se denominan meca-
nismos a los procesos que determinan o impiden cambios en el sistema.
La sociedad comercial, como sistema, tiene mecanismos propios. Por
ejemplo: las asambleas o reuniones de socios, a través de las cuales se

108
José David Botteri (h) y Diego Coste

adoptan cierto tipo de decisiones que generan o impiden toda clase de


cambios. Lo mismo sucede con las reuniones de Directorio.
Una asamblea que determina un aumento de capital es un meca-
nismo para que los socios realicen nuevas aportaciones al patrimonio de
la sociedad. La reunión de Directorio que decide celebrar un contrato
ventajoso o desventajoso para la sociedad, también lo es, al igual que
un proceso judicial iniciado por un elemento (socio) para obligar al
Directorio a que le entregue información.
El entorno de la sociedad está determinado en el plano real por
otras sociedades, cosas o sujetos individuales (competidores, consu-
midores, proveedores, por ejemplo) y por el Estado, que es un sujeto
particular, puesto que puede modificar el sistema conceptual y esta-
blecer alteraciones en la estructura del mismo.
La sociedad interactúa con su entorno (inputs y outputs), pero esas
interacciones son más débiles que las interacciones internas entre los
componentes del sistema. Ejemplo: dentro de un conflicto societario no
hay ninguna acción que permita a un socio adquirir compulsivamente
la participación social de otro. Tiene que ser tolerado hasta que ceda
su participación, decida operar un receso (derecho a retirarse de la
sociedad cuando se cumplen circunstancias especiales) o resulte ex-
cluido frente a graves incumplimientos de sus obligaciones en algunos
tipos societarios. Sin embargo, la sociedad puede comprar y vender
libremente acciones de sociedades anónimas con terceros e incluso
incumplir sus compromisos.
También es necesario decir que todo sistema está sujeto a selec-
ción por su entorno. Una sociedad puede ganar o perder una licitación
pública y ello puede determinar su desaparición por no poder cumplir,
por ejemplo, con su objeto social en caso que haya sido exclusivamen-
te realizar la obra licitada; o reglas cambiarias del mercado pueden
determinar por ejemplo, que sea más rentable comprar dólares que
acciones de sociedades anónimas.
Considerar a una sociedad comercial desvinculada de su entorno,
es un análisis fragmentario e incompleto. Como el que haría alguien
leyendo el contrato social, sin conocer otro dato. Las interacciones
del sistema con su entorno son siempre determinantes, y eso impide
desde el vamos, segmentar la mirada desde el despacho del abogado
o del juez.
Una visión realista es la que pregona la filosofía de Bunge, pero
también es la que reclama la noción de culpa en los términos de nuestro
Código Civil, que no remite a territorios morales o ideales, sino a la
omisión concreta de las diligencias que corresponden a la naturaleza

109
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

de la obligación que se trate, conforme las circunstancias de personas


tiempo y lugar.5
Esta muy breve síntesis de las ideas centrales que surgen de la
filosofía de Mario Bunge aplicadas a cuestiones societarias, permite
desanudar muchas cuestiones. Algunas son meramente conceptuales
y otras precisan de la convergencia de otras disciplinas y de alguna
ciencia. Dado este paso, es necesario también despejar el siguiente.

Los vínculos entre el sistema conceptual general


de la ley de sociedades comerciales y el sistema social.
La personificación y la limitación de la responsabilidad
como propiedades emergentes

Como vimos en el punto anterior, el sustrato real de una sociedad


comercial es un sistema social concreto de personas físicas cuyas rela-
ciones entre sí determinan su estructura interna. Uno de los problemas
habituales del derecho societario consiste en la errónea identificación
entre ese sistema material, con el sistema conceptual que lo regula.
El lector atento habrá advertido que los componentes del sistema
son seres humanos que deciden, para el logro de ciertos objetivos, ad-
herirse a las formalidades que impone un complejo conjunto de normas
jurídicas (el derecho de sociedades comerciales-tecnología social) que
atribuyen derechos y obligaciones a varios individuos como si fueran
uno solo, siempre que se respeten ciertas condiciones establecidas en
la ley, siendo esta última un sistema conceptual general y normativo.
La personificación jurídica de la sociedad es una propiedad de
ese sistema, pues ninguno de los componentes puede atribuírselo, al
punto tal que si se redujera a uno el número de componentes, la per-
sonificación desaparecería junto a la sociedad.
La ley otorga entonces una propiedad emergente a ese sistema
social, que es la posibilidad de considerar como un único sujeto a varios.
Se trata de una necesidad social de orden práctico, por el engorro que
supone la actuación en el mercado de varias personas en un negocio
común y que permite blindar los bienes aportados al negocio de la
posible acción de los acreedores de los socios, otorgando estabilidad al

5. Art. 512 del Código Civil de Velez Sarsfield.

110
José David Botteri (h) y Diego Coste

emprendimiento lícito que es socialmente deseable por su potencial


generador de empleo y de riqueza (Kraakman y otros, 2009).
El todo (la sociedad como sistema) es un objeto que posee pro-
piedades de las cuales carecen los componentes (socios, por ejemplo)
individualmente considerados. La emergencia es la aparición de una
novedad cualitativa. De hecho, como dijimos al principio, el sistema
emerge de la unión –con vínculos de cooperación– entre más de dos
elementos.6
Debe tenerse presente que no hay propiedades en sí mismas, esto
es, sin que sean poseídas por algún objeto. No hay personalidades ju-
rídicas como se pretenden, orbitando en un platónico mundo de ideas,
de allí que no hay ficciones posibles en el asunto.
Debemos tener siempre presente que la unión de los componentes
es artificial, no natural (como lo sería en un sistema social familiar)
y modular. Al ser artificial, la unión se denomina ensamblada. La
emergencia de una unión artificial es también artificial. La vida es la
propiedad emergente natural de las células. La personificación jurídica
es el emergente artificial de ciertos tipos de sociedades que surge de
la relación entre el sistema conceptual jurídico y el sistema sociedad
comercial.7 Pero se trata siempre de una propiedad de una cosa, pero
no es una cosa en sí, como muchas veces se presenta erróneamente
dentro del derecho de sociedades.
A partir de allí la ley concede dos propiedades emergentes más
de acuerdo a las formalidades que se cumplan:

a) la posibilidad de que los socios tengan una responsabilidad


subsidiaria, que significa que los socios responden por las
deudas de la sociedad, pero después de que se hayan agotados
los bienes sociales, como sucede con los socios de las socieda-
des colectivas, los socios comanditados en las sociedades en
comandita simple o por acciones y los socios capitalistas en
las sociedades de capital e industria.
b) la posibilidad de que tengan una responsabilidad limitada al
aporte, esto es, que los socios sólo respondan por lo aportado
o comprometido a aportar a la sociedad, como sucede con los
socios de las sociedades de responsabilidad limitada, de las

6. Según el principio de Lucrecio Ex nihilo, nihil fit (nada surge de la nada).


7. Decimos “ciertos tipos de sociedades”, porque hay sociedades comerciales sin
personificación, como sucede en el caso de las accidentales y en participación
Arts. 361 y ss., Ley 19.550.

111
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

sociedades anónimas, el socio comanditario en las sociedades


en comandita por acciones, etc.

También debe tenerse presente que los socios de un sistema


ensamblado, como lo es una sociedad comercial, pierden propiedades
individuales por su adhesión al sistema. Por ejemplo, no pueden ya
disponer de los bienes que aportaron como capital, como si fueran pro-
pios. Así como emergen propiedades sistémicas, ciertas propiedades
individuales se pierden.
Si las condiciones legales de otorgamiento de esas propiedades
emergentes se vulneran, la ley considera que ese tipo de actos ilícitos
deben personalmente atribuirse a quien los realizó y responsabiliza
solidaria e ilimitadamente a quienes cometieron esos actos.
La Ley argentina dice textualmente en su art. 54: “…inoponi-
bilidad de la personalidad jurídica. La actuación de la sociedad que
encubra la consecución de fines extrasocietarios constituya un mero
recurso para violar la ley, el orden público o la buena fe o para frustrar
derechos de terceros, se imputará directamente a los socios o a los
controlantes que la hicieron posible, quienes responderán solidaria e
ilimitadamente por los perjuicios causados”.
Son los casos que en el derecho societario se han denominado con
poética elocuencia no exenta de error, como de abuso de la personalidad
jurídica, descorrimiento del velo societario, disregard of legal entity, etc.
El enfoque sistémico del profesor Bunge, permite entender cómo
la personificación y la responsabilidad subsidiaria o limitada son pro-
piedades estructurales del sistema que pueden adquirirse o perderse,
conforme se cumplan o no con las normas de la ley que los concede, que
impone comportamientos materiales que suponen, en prieta síntesis,
un obrar de buena fe.
Para el lector de estas líneas, quizás familiarizado con el pensa-
miento bungeano, el tema puede resultar sencillo, pero no lo es ni lo ha
sido durante décadas en nuestro derecho societario por carecer de bases
realistas y de una ontología coherente. Véase por ejemplo, la siguiente
frase extractada del voto reciente en un caso del Sr. Presidente de la
Corte Suprema Nacional, Dr. Ricardo Lorenzetti:

…La doctrina de la desestimación de la personalidad jurídica debe em-


plearse en forma restrictiva y su aplicación requiere la insolvencia de la
sociedad, pues ante la inexistencia de un perjuicio concreto a un interés
público o privado no se advierten razones que justifiquen su aplicación,
siendo necesario acreditar el uso abusivo de la personalidad, pues no

112
José David Botteri (h) y Diego Coste

cabe descartar que la impotencia patrimonial haya obedecido al riesgo


propio de la actividad empresaria…8

Como puede advertirse, la insolvencia empresaria parece ser una


condición de pérdida de la propiedad emergente, pero resultaría ser
también, su causa. Para colmo la ley transcripta no dice una palabra
respecto a insolvencia ni a restricciones de ningún tipo y piénsese en las
dificultades que encierra la expresión uso abusivo de la personalidad
en combinación con la idea legal de fines extrasocietarios.
Estas nociones invitan a prescindir del mundo material y las
relaciones causales, para involucrarse en verdaderas galimatías,
generando incertidumbre en lo que se debe probar y en lo que debe
ser esperable como sanción para quienes violan la ley y se benefician
personalmente con ese tipo de conductas.
La filosofía del profesor Bunge permite no encerrarse en miste-
riosas cuestiones metafóricas, colocando en su lugar las cuestiones
en debate para acreditar y probar lo que corresponda, distinguiendo
adecuadamente el sistema legal conceptual del sistema social material
y la interacción entre ambos.

El interés social como propiedad emergente del sistema,


su influencia como factor de cohesión y parámetro para
resolver conflictos entre los componentes

Otro tema arduamente debatido en materia societaria, es el


relativo a la noción de interés social, que en términos prácticos
permite valorar las conductas de los socios y funcionarios sociales
respecto del sistema social. Su contenido, como en otros aspectos
se ha transformado en disputa recurrente tanto en pleitos como en
eventos académicos.
Bajo el enfoque que estamos aplicando, los sistemas sociales
personificados en una sociedad comercial carecen de interés propio
porque, claro está, no son seres humanos. Los intereses sólo pueden
anidar en individuos particulares con capacidad de pensar y desear.

8. “Bresciani, José Felipe c/Expreso San Antonio S.R.L. y otros”, sentencia


del 26 de febrero de 2008, publicada en “Fallos de la CSJN”, T. 331, p. 281.

113
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

Sin embargo, el origen cohesivo de los sistemas sociales también


permite rechazar la idea de que el sistema social funciona a partir de
un simple agregado de intereses individuales y egoístas. Tales intereses
no se suman, en una organización, como simples vectores de un eje
cartesiano, acumulándose unos sobre otros.
Desde nuestra práctica profesional, ofrecemos los siguientes
enunciados acerca de la realidad a la que nos exponemos:

a) Todo sistema social tiene una idea común rectora de su fun-


cionamiento. Esto no significa que el sistema tenga un interés
propio o capacidad de sentir y pensar. Esta idea consiste en
una creencia compartida por todos los integrantes del siste-
ma en un momento determinado. Se trata de una propiedad
emergente del sistema social como tal, que no es aportada por
nadie en particular ni puede ser poseída individualmente por
sus integrantes, ni siquiera por la mayoría. Es una novedad que
surge del conjunto, a la que podrán adherir quienes ingresen
a la sociedad con posterioridad;
b) Si bien cada ser humano tiene diversas necesidades multifacé-
ticas, en el caso de las sociedades comerciales, la idea común
rectora puede describirse en los siguientes términos: al momen-
to de decidirse la constitución de un sistema social económico,
todos los integrantes creen que sus necesidades individuales
serán satisfechas a través del éxito del emprendimiento común,
que sólo se logrará por intermedio de la cooperación;
c) La idea rectora inicial suele variar cuando los integrantes del
sistema sufren cambios como por ejemplo deudas personales,
problemas de salud, divorcio, muerte, etc.; o bien, cuando
perciben un abuso injustificado por parte de otros integrantes
del mismo sistema, perdiendo interés en la cooperación para
el logro de la actividad común.

Sobre la base de tal descripción, no valorativa, acerca de lo que


sucede en la realidad que subyace al conflicto societario en sociedades
cerradas, formulamos estos axiomas:

1. Todo sistema social económico tiene una idea rectora de su


funcionamiento, creencia compartida por todos sus integrantes
al momento de su constitución, que exige:
1.1. La satisfacción adecuada de los intereses individuales de
sus componentes; y

114
José David Botteri (h) y Diego Coste

1.2. Una necesaria flexibilidad para que el sistema se pueda


adaptar a los estímulos de su entorno, que es el mercado en
que se desenvuelve.
2. En caso de no cumplirse la condición 1.1., la idea común rec-
tora del funcionamiento del sistema se modifica, dando lugar
al denominado conflicto societario como consecuencia de una
competencia interna entre socios que supera en intensidad a
la cooperación que exige la cohesión del sistema para el logro
del objetivo común, pudiendo causar su desintegración;
3. En el supuesto de incumplimiento de la condición 1.2., el sis-
tema podría desintegrarse, no por disolución de su estructura
interna, sino como consecuencia del desplazamiento provocado
por sus competidores en el mercado.
4. En ambos supuestos, el desequilibrio no resuelto equitativa-
mente produce un efecto indeseado por el Estado, toda vez que
la desaparición de esta clase de sistemas sociales, en tanto
constituyen subsistemas de sistemas más complejos como por
ejemplo el económico o social de un país, impacta negativamen-
te en estos últimos y, de modo especial, en los seres humanos
que los integran.

El interés social es, entonces, un valor (una propiedad valiosa de


la estructura del sistema) que proviene de una necesidad. En este caso,
se trata de un objetivo a cumplir que contribuye a la cohesión social y
evita el desmembramiento de la organización.
La descripción de la realidad y su axiología desarrolladas previa-
mente sólo tienen relevancia si se logra el diseño de una acción racional
que resuelva, en la práctica, los conflictos de intereses dentro de las
sociedades comerciales.
La idea es encontrar una solución coherente con las caracterís-
ticas biológicas y culturales humanas para favorecer la cooperación y
que permita a la sociedad generar riquezas sustentables en el tiempo
respetando, en simultáneo, los derechos esenciales de los socios.
Consideramos que la solución puede encontrarse en la teoría de
la acción (praxiología), también propuesta por Bunge:
Un medio M para un objetivo O es, a priori, instrumentalmente
racional si y sólo si M es necesario y suficiente para O. Pero debe tenerse
en cuenta que en virtud de los efectos colaterales imprevisibles (positi-
vos o negativos) que puede generar la acción, el resultado R puede no
coincidir con O. Entonces la fórmula debe corregirse en los siguientes
términos: M resulta ser, a posteriori, un medio instrumentalmente

115
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

racional de O si y sólo si M es necesario y suficiente para O, y R es más


valioso que C (que es el efecto colateral indeseado).
De este modo un concepto indescifrable, motivo de mil debates
académicos, se transforma en una acción concreta y material, que es
útil para evitar los múltiples conflictos que se observan en este terreno
societario. Por eso el derecho societario necesita de la obra del profesor
Bunge.

El enfoque sistémico y el futuro de los problemas


actuales del derecho societario

Sin perjuicio de los breves temas considerados hasta aquí, un so-


mero repaso de las cuestiones que debaten actualmente los cultores del
derecho argentino de sociedades comerciales permite delinear cuáles
son las fronteras actuales de la disciplina. Citaremos, sin extendernos,
algunas de aquellas cuestiones que exigen solución:

a) Se debate si la noción de sociedad implica un contrato, una


institución, una organización, una realidad económica o si es,
apenas, un desprendimiento del patrimonio individual de los
socios que adquiere autonomía propia; si debe comprender o
no a más de una persona y, en su caso, si una participación
extremadamente mayoritaria de capital (99% o similar) es
admisible dentro del concepto.
b) La situación de las sociedades irregulares o de hecho, su tole-
rancia o severidad en su tratamiento, vinculado a la tipicidad
societaria como exigencia y como beneficio para las sociedades
regulares.
c) Se discute el concepto de personalidad jurídica y las condiciones
de su oponibilidad e inoponibilidad.
d) Qué es el interés social y si este se identifica con el interés del
grupo mayoritario, del contrato o de la ley; incluso es objeto
de debate si verdaderamente existe un interés tutelable en
materia de grupos de sociedades.
e) El problema de la actuación de las sociedades extranjeras
en nuestro país, las condiciones de permisión del “acto
aislado” sin necesidad de registración y en qué consistiría
este último.

116
José David Botteri (h) y Diego Coste

f) Los límites a la responsabilidad de administradores y de socios,


sus funciones y derechos dentro de cada uno de los órganos de
actuación; si las decisiones colegiales pueden ser judicialmente
impugnadas y en qué condiciones.
g) Qué decisiones asamblearias son actos de nulidad absoluta, de
invalidez relativa y si a dicha acción le es aplicable la caducidad
o la prescripción.
h) Los problemas de integración del derecho societario con el
derecho civil, de familia, de las sucesiones, el derecho fiscal y
el del trabajo, en la medida en que ciertos hechos y personas
puedan ser absorbidos por ese tipo de normas.
i) Los límites de uso y abuso de derechos de mayorías y de mino-
rías en las decisiones asamblearias y en la actuación judicial
precautoria y decisoria en materia de conflictos, comprendiendo
las cuestiones de colisión entre los derechos individuales de los
socios y los derechos de la sociedad.
j) La posibilidad de debatir o no en el ámbito judicial la razona-
bilidad en materia de aumentos de capital y constitución de
reservas y los limites de dicha discusión.
k) Las condiciones por las cuales los socios puede disolver parcial-
mente su relación con la sociedad, regularizarla, reconducirla
o liquidarla.
l) La existencia o no de un “orden público en materia societaria”
y sus alcances.
m) La protección de terceros ajenos al contrato social y las fun-
ciones, responsabilidad y actuación de los organismos de con-
tralor externo o interno de la sociedad o de su documentación
relevante.

El abordaje de estas cuestiones desde un punto de vista realista


y sistémico aporta como primera etapa de análisis la siguiente:
Los puntos a) y b) se relacionan principalmente con la ontología de
las sociedades, qué son y los efectos de su tipicidad y sus consecuencias.
El aspecto ontológico tradicional sigue la línea de la idea de sociedad
que nace de un contrato, que constituye un sujeto de derechos al cual
se le atribuye personalidad y que funciona de manera orgánica.
La aplicación de un enfoque sistémico realista prescinde de este
tipo de enigmas, porque ve en las sociedades a un grupo de personas
sostenido por lazos de cooperación en función de ciertas actividades
comerciales y sobre esas bases elaborará soluciones, que no serán di-
vertidas, pero sí útiles, parafraseando al jurista Sergio Le Pera (1974).

117
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

Los puntos c), d) y e) se vinculan con la intención y extensión


de ciertos conceptos, a los cuales pueden agregarse otros derivados:
“personalidad jurídica”, “fines extrasocietarios”, “acto aislado”, “inte-
rés social”; también puede incluirse “buen hombre de negocios”, por
ejemplo, que pertenece evidentemente al punto f). Cada uno de esos
conceptos son “cajas negras” del Derecho Societario en el sentido que,
dependiendo de la posición del intérprete y su ideología, variará la
intensión o la extensión del concepto.
Un análisis sistémico y realista permite descubrir que ese tipo de
términos –sincategoremáticos, como dice Umberto Eco–9 sólo tienen
solución cuando se vinculan con la realidad concreta del negocio socie-
tario que se analice: no puede entonces equipararse desde el punto de
vista de la responsabilidad a un directorio con posibilidad de asesores,
etc., con un gerente solitario de una S.R.L.
El enfoque del profesor Bunge nunca prescinde del entorno y
circunstancias de personas, tiempo y lugar, que como dijimos antes
postula sabiamente el art. 512 del Código Civil para analizar cada caso
y despejar oscuridades de los conceptos legales, pues en la interpreta-
ción de las normas o cláusulas siempre se exigiría contrastación con
la realidad que le tocó vivir a cada cual.
Los puntos f), g) y h) están vinculados principalmente con la
relación entre el Derecho societario y otras disciplinas jurídicas que
sí definen ciertos conceptos, como la “nulidad absoluta o relativa”
del derecho civil, “prescripción y caducidad” y otros son también de
aplicación principal o contingente en materia de responsabilidad
(por ej. arts. 512, 902, y 909 del C.C.), la solidaridad y el fraude en
materia laboral y fiscal, o las normas consideradas como de orden
público familiar.
Estos temas tienen que ver con la convergencia del derecho socie-
tario con otras disciplinas y los ámbitos de actuación de cada una, como
sistemas conceptuales que son. Una perspectiva realista y sistémica
permite ver al derecho societario de manera integrada con otras disci-
plinas; todas confluyen en las personas y cosas analizadas en función
de sus circunstancias reales y concretas, lo cual permite indagar en la
realidad para establecer qué norma es la justa y aplicable en el caso
específico: los problemas de una sociedad anónima integrada sólo por
esposos frente a un divorcio no pueden ser regidos en sus soluciones
exclusivamente por el derecho societario.

9. Eco (1998:10).

118
José David Botteri (h) y Diego Coste

También es posible considerar que, en cierto tipo de sociedades,


sea justa la caducidad de acciones, mientras que en otras lo sea su
prescripción, atendiendo al grado y factores de cooperación debidas
entre los socios, haciendo una interpretación realista del contrato que
los vincula (art. 218 inc., 4to. C.Com).
Los puntos i), j) y k) atienden a un problema frecuente del De-
recho Societario que es la consideración de las hipótesis de conflicto
entre los derechos del todo (la sociedad) y los de la parte (los socios
individualmente considerados). Los problemas del todo/parte, son vis-
tos normalmente desde una perspectiva holista (desde el todo), la cual
es consecuente con la concepción tradicional biológica/organicista en
materia de sociedades. Dentro de la idea sistémica la parte (el socio)
integra el todo (la sociedad): el interés social no prescinde del interés
individual del socio al que debe satisfacer, en la medida en que sea
legítimo.
Por último los puntos l) y m) involucran cuestiones vinculadas a
la relación entre las sociedades en el entorno en que les toca existir.
En este sentido, los contratos y la legislación societaria no pueden ser
considerados de manera aislada del entorno económico y en la creación
de normas o en la interpretación de las mismas debe buscarse cierta
consistencia: por ejemplo una política estatal que disponga dividendos
obligatorios (como en la Ley de Sociedades Anónimas Brasilera, Art.
202 Ley 6.404 y sus modificatorias), no es consistente una política
cambiaria laxa que favorezca la transferencia de capitales al exterior;
al mismo tiempo una política de acumulación de fondos vía reservas
(incremento de niveles de reservas legales), no es consistente con tasas
de interés negativas respecto de la inflación.

Epílogo

Agradecemos profundamente la generosa invitación a participar


de este homenaje a quien tanto ha influido en nuestra formación. Mario
Bunge dijo una vez “la buena filosofía guía, la mala extravía”. En ese
camino, que encontramos en sus obras, se sintetiza nuestro respeto
y admiración a quien nos permitió salir del encierro intelectual de la
dogmática jurídica. Desconocemos si el lector no jurista puede tener
cabal comprensión de ello, pero podemos atestiguarlo: supone libertad.

119
El derecho societario argentino y la filosofía de Mario Bunge

Referencias Bibliográficas

Bentham, Jeremy: A fragment of Goverment, Oxford, The Clarendom


Press, 1891.
Boudon, Raymond: La racionalidad en las ciencias sociales”, Buenos
Aires, Nueva Visión, 2010.
Bunge, Mario: Ética, Ciencia y Técnica, Buenos Aires, Sudamericana,
1996.
—Intuición y Razón, Buenos Aires, Sudamericana, 1996.
—Sociología de la ciencia, Buenos Aires, Sudamericana, 1998.
—Sistemas Sociales y filosofía, Buenos Aires, Sudamericana, 1999.
—Las ciencias sociales en discusión, Buenos Aires, Sudamericana,
1999.
—La Investigación científica, Madrid, Siglo XXI, 2000.
—La relación entre la sociología y la filosofía, Buenos Aires, Edaf, 2000.
— “El derecho como técnica de control y reforma”, en Isonomía, N° 13,
Octubre de 2000.
—Crisis y reconstrucción de la filosofía, Barcelona, Gedisa, 2002.
—La ciencia, su método y su filosofía, Buenos Aires, De Bolsillo, 2005.
—Buscar la filosofía en las ciencias sociales, Buenos Aires, Siglo XXI,
2007.
—A la caza de la realidad, Barcelona, Gedisa, 2007.
—Filosofía Política, Barcelona, Gedisa, 2009.
—Epistemología, Buenos Aires, Siglo XXI, 2009.
—Ontología II, Buenos Aires, Gedisa, 2012.
—Filosofía para médicos, Buenos Aires, Gedisa, 2012.
Bunge, Mario; Touraine, Alain; Giddens, Antonhy; Ianni, Octavio y
Castel, Robert: Desigualdad y Globalización - Cinco Conferencias,
Buenos Aires, Manantial, 2003.
Chesterton, Gilbert K.: El club de los oficios raros, Barcelona, Círculo
de lectores, 2003.
Eco, Umberto: Los límites de la interpretación, Barcelona, Lumen, 1998.
Etcheverry, Raúl A.: Derecho Comercial y Económico - Formas Jurídi-
cas de organización de la empresa, Buenos Aires, Astrea, 1989.
Hart, H. L. A.: Derecho y Moral, Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1962.
Kraakman, Reiner y otros: The anatomy of corporate law. A comparative
and functional approach, Oxford, Oxford University Press, 2009.
Le Pera, Sergio: Cuestiones de Derecho Comercial moderno, Buenos
Aires, Astrea, 1974.

120
Naturaleza y dignidad humana

Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fer-


nández, Manuella María Fernández y Lucrecia Burges

No nos ocupemos de menudencias. En entrevista concedida a Juan


Claudio de Ramón para el sexto número de la revista Jot Down pu-
blicado en 2013, Mario Bunge se quejaba ya en los titulares de que la
mayoría de los filósofos actuales cae en esa tentación, o desatino si se
quiere. No lo hagamos.
Sería una menudencia el discutir en el contexto de un homenaje
al filósofo Bunge acerca de la naturaleza o la dignidad humana sin
aclarar de antemano de qué estamos hablando. Respecto de la pri-
mera, Mario Bunge ha sido siempre muy preciso; incluso al tratar,
como hizo en Social Sciences under Debate (Bunge, 1998), los aspectos
(¿naturales?) que se derivan de la condición del primate humano: el
construir sociedades que emanan de las relaciones entre individuos.
Unos entes, no por invisibles como los electrones menos reales que
ellos, entes que tienen problemas y que plantean la necesidad de
ser resueltos. El pensamiento jurídico entra de lleno en el objeti-
vo de resolver algunos de esos problemas sociales de gran calado.
Como homenaje a Mario Bunge intentaremos dar algunas claves
a tal respecto que respetan, según creemos, sus puntos de partida
esenciales de la teoría de la mente y de la ciencia partiendo del más
básico de todos: el de la consideración de la mente, de la mano de las
neurociencias actuales, como un estado funcional del cerebro y, por
tanto, la necesidad del estudio del cerebro y sus constructos como un
resultado de la evolución.

121
Naturaleza y Dignidad Humana

No hace falta, pues, precisar más de lo que lo ha hecho el propio


Bunge el concepto de naturaleza humana. Pero, ¿y el de dignidad?
Por “dignidad” se entiende, en el contexto filosófico-jurídico, una
determinada condición del ser humano que le distingue de cualquier
otro animal y fundamenta ciertos derechos indiscutibles al estilo de
tener que ser considerado, a la manera kantiana, como un fin en sí
mismo y no como medio para otros propósitos. Ese es el punto de partida
que nos lega Kant en su Metafísica de las costumbres (Kant, 1785) al
sostener que el humano no tiene precio sino dignidad, valor intrínseco.
Un planteamiento así, referido a un “ser humano” genérico, sin
distinción de sexo, edad, clase social, etnia, saber, nacionalidad u oficio,
parece llevar de manera necesaria a la condición común de cualquier
persona, a la naturaleza biológica humana derivada de los rasgos de la
especie. Pero el proceso de construcción del concepto, antes y después de
Kant, ha conducido en realidad a la meta opuesta: la de negar viabilidad
alguna a las características biológicas del ser humano siempre que se
trate de llevar a cabo la justificación filosófico-jurídica de la dignidad.
La filosofía de la Grecia clásica –la Etica a Nicomaco, por ejem-
plo–, atribuyó la dignidad no a cualquier ser humano sino sólo a una
parte reducida de nuestros congéneres, a aquellos pocos a los que cabía
considerar como miembros de la polis. Es esclarecedor, a tal respecto, el
capitulo 8º de la ética nicomáquea que Aristóteles dedica a la amistad.
En sentido estricto, Aristóteles no estaría trasgrediendo la con-
dición universal humana. Lo que se hace por medio de esa reducción
es identificar “ser humano” y “miembro de la polis”, equiparando, por
ejemplo, los esclavos a los no-humanos. Si los esclavos no se conside-
ran humanos, tampoco estamos negándoles valor moral alguno; se
encuentran en la misma situación en que quedaría cualquier simio
u otro animal. De hecho, pues, el carácter universal se mantiene: el
error es de tipo antropológico, al constatar lo que es y lo que no es un
Homo sapiens, y no filosófico-jurídico. El mismo error, por cierto, que
se cometió en los Estados Unidos cuando la Convención de Filadelfia
discutió en 1787 si los esclavos debían ser considerados o no personas.
El llamado “Compromiso de los 3/5” estableció que, a algunos efectos,
un esclavo era tres quintas partes de una persona. El ejemplo es bien
oportuno porque indica de manera muy clara los riesgos que se corren
cuando se utilizan criterios de universalización de la dignidad que no
procedan de una consideración contrastada de la naturaleza biológica
humana.
Tales riesgos pasan de continuo factura en el trayecto histórico
de ampliación de la dignidad a partir de la inicial, exclusiva de los

122
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

miembros de la polis. Lo que sucede es algo semejante a la operación


que Peter Singer (Singer, 1981) describe como una expansión del círculo
moral. Sin embargo la semejanza es sólo relativa, porque el proceso no
significa que se dé la razón a Singer entendiendo que es la naturaleza
biológica humana la que cuenta. De hecho, sucede lo contrario porque
apelar a los “derechos naturales” no es lo mismo que aceptar la condi-
ción biológica humana. Desde la dignidad clásica griega se pasa a la
dignidad cristiana, de raíz teológica. Y su conversión en un valor laico
de la mano de la dignidad ilustrada hasta llegar a la dignidad actual
–a la que cabría llamar republicana–, queda sometida a la barrera de
la falacia naturalista.

Enunciados descriptivos y enunciados valorativos

Como es sabido, la falacia naturalista –atribuida en su formu-


lación inicial a David Hume– tilda de error lógico el fundamentar en
enunciados de hecho –cualquier descripción de la naturaleza biológica
humana– las proposiciones morales –es decir, tanto el sentido profundo
filosófico-jurídico de la dignidad como sus contenidos prácticos (ver,
por ejemplo, Muguerza, 1977)–. Como consecuencia de esa negativa a
tener en cuenta enunciados descriptivos de cariz biológico, la operación
de análisis de los valores morales que termina imponiendo conceptos
universales como el de “derechos humanos” se realiza en términos de
sociedad, por contraposición a naturaleza.
Los resultados de un planteamiento así son harto conocidos.
Abundan las propuestas que, desde la ciencia jurídica o la filosofía,
han ofrecido conceptos, criterios y principios destinados a establecer
una definición acerca de lo que es la dignidad humana y hacia dónde
conduce. En la mayor parte de ellas, la idea que subyace a las teorías
disponibles presenta al ser humano como poseedor de una dignidad a
la que cabría llamar trascendental, ajena por completo a su historia
evolutiva. El ser humano se considera como una persona racional y
moral que, por lo que hace al menos a esa doble condición, resulta
autónoma e independiente de las leyes de la naturaleza. Por añadi-
dura, tal condición de autonomía es exclusiva. De manera implícita
–y a menudo explícitamente– se postula la existencia de una gran
diferencia cualitativa entre los humanos y los demás seres vivientes,
un plus humano derivado de la condición moral de nuestra especie.

123
Naturaleza y Dignidad Humana

En realidad se trata de distintas caras de la misma moneda: son las


mismas razones las que sustentan que se es autónomo y libre y que
se tiene una superioridad sobre cualquier otro ser.
Pese a que esa idea forma parte, como decimos, de la mayor parte
de las propuestas, cuando los operadores jurídicos abordan el estudio
de la dignidad humana suelen sostener la presencia de diversos tipos
de explicaciones –como las sociológicas, antropológicas, normativas o
axiológicas–, ajustadas a las perspectivas de cada una de las respectivas
disciplinas. Es decir, salvo que se apele a valores últimos de carácter
cuasireligioso, no se considera siquiera la posibilidad de que exista
una sola clase de explicación para justificar el valor de la dignidad en
su proyección ético-jurídica.
Pero tal explicación unitaria de base existe. Desde el punto de
vista teórico, es posible imaginar una fundamentación que atraviese
las escalas del espacio, del tiempo y de la complejidad, uniendo los
hechos aparentemente irreconciliables de lo social y lo natural. Basta,
para ello, con entender:

1. que parte de nuestra naturaleza –lo que cabría llamar en tér-


minos técnicos “rasgos primitivos”– ha aparecido gracias a la
evolución por selección natural millones de años antes de que
apareciera nuestra especie
2. que otras características exclusivas de los humanos –los “ras-
gos derivados”– se añadieron o perfeccionaron a lo largo de
nuestra historia evolutiva separada, dentro del linaje que nos
incluye a nosotros y a nuestros antecesores no compartidos
con ningún simio.
3. que la hipótesis más razonable sostiene que las condiciones
que corresponden a nuestra psicología moral, aquellas que sus-
tentan la dignidad humana, deben darse por moldeadas como
rasgos o bien primitivos o derivados. En caso de negarlo, es
preciso ofrecer explicaciones creíbles, alejadas de la invocación
de valores supremos, acerca de cómo podrían haber aparecido.
4. que sólo la comparación con las actitudes y valoraciones morales
de otros seres pueden dar pistas acerca del carácter primitivo
o derivado de la condición moral y la dignidad humana.

El propósito de nuestra contribución a este libro es el de indicar los


principales rasgos de un programa así de naturalización de la dignidad.
Eso no significa el intento de sustituir la condición social humana por
su condición biológica. Dejando aparte los aspectos lógico-formales de

124
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

la falacia naturalista –resueltos ya por Hare (Hare, 1979)– el mayor


error de un concepto de dignidad ciudadana apartado de nuestra condi-
ción biológica como especie es el del uso de un planteamiento dualista
cartesiano de res cogitans frente a res extensa. Por razones que vamos
a abordar de inmediato, carece de sentido plantear la fundamentación
moral en términos de “lo natural” frente a “lo social”, ni de “lo innato”
frente a “lo adquirido”.

El problema de la naturaleza humana

Como los demás antropoides africanos, la naturaleza del ser hu-


mano es esencialmente social: nuestra condición es la de un primate
que nació para vivir en comunidad. La expresión latina unus homo,
nullus homo expresa bien esa naturaleza que nos caracteriza como
especie social. La interpretación más común de ese hecho en términos
de evolución por selección natural es la de entender que, para nuestros
antepasados, representó una ventaja adaptativa la constitución de una
vida socialmente organizada. El humano aislado, sin una comunidad
social en la cual pueda plasmar su existencia –por no hablar de su dig-
nidad–, no es tal. Hemos sido diseñados por la selección natural para
desarrollarnos, aprender a vivir y prosperar en un entorno social, en
el marco de las restricciones de un mundo natural. El fenómeno de la
competencia lingüística pone muy bien de manifiesto esa integración
de naturaleza y sociedad.
En el modelo presentado por Chomsky (1966, 1968, 1980, 1985),
la competencia lingüística es un rasgo innato que debe actualizarse
mediante la pertenencia a una familia, a una tribu o a una sociedad.
La capacidad humana para desarrollar un lenguaje no se consigue sin
las señales fonético-semánticas procedentes de un grupo social.
Las consecuencias de esa suma de competencia y actuación –o,
mejor dicho, de su integración complementaria– son importantes para
entender la necesidad de desechar el dualismo. Por razones que tie-
nen que ver con la aparición, hace cerca de siete millones de años, del
único rasgo derivado humano compartido por todo el conjunto de los
homínidos, la bipedia, las caderas de los miembros de nuestro linaje
se transforman. El incremento del volumen craneal en el genero Homo
que se produce a medio camino en la evolución de la familia de los
homínidos, a partir de dos millones y medio de años atrás, convierte

125
Naturaleza y Dignidad Humana

en un problema el nacimiento de seres con cerebros cada vez más


grandes cuyas madres tienen un canal pélvico estrecho. La solución
que la selección natural impone es la de nacer con el cerebro muy poco
desarrollado. Así que, durante su infancia, cada nuevo ser humano
aumenta y completa su cerebro mediante un proceso que necesita de
las señales procedentes del grupo para poder realizarse. No es sólo el
lenguaje el que faltaría si un niño creciese alejado de cualquier grupo.
Es el propio cerebro el que no podría madurar.
¿Y qué decir de otros elementos pertenecientes a nuestra consti-
tución como individuos?
La hipótesis más razonable establece que la naturaleza humana
y, consecuentemente, el sentido del yo, es en gran medida el resultado
de una mezcla similar a la del caso del lenguaje: una amalgama en la
que genes y neuronas por una parte, y experiencias, valores, apren-
dizajes e influencias procedentes de nuestra vida socio-cultural, por
otra, confluyen para dar el resultado final de un individuo inseparable
de la sociedad. Cuando se habla de dignidad y de sus efectos prácti-
cos, es, pues, viable –e incluso exigible– el planteamiento de nuevos
criterios para que los sectores del conocimiento propios del derecho
sean revisados a la luz de los estudios provenientes de la ciencia
cognitiva, de la neurociencia, de la genética del comportamiento,
de la antropología, de la primatología y de la psicología entre otras
disciplinas que buscan entender en que consiste nuestra naturaleza
como especie.
Ese conjunto de ciencias puente, basadas todas ellas en la pers-
pectiva doble individuo-sociedad, nos enseña que el comportamiento
humano se origina a partir de la intercesión de nuestro sofisticado
programa cognitivo de raíz filogenética con el entorno socio-cultural
en que transcurre nuestra ontogénesis. También nos indica que las
representaciones culturales deben ser vistas como algo que se sustenta
en mecanismos propios de nuestra arquitectura cognitiva innata. La
estructura y el funcionamiento de esos mecanismos regulan de qué
modo las representaciones específicas se transmiten de un individuo
a otro, distribuyéndose dentro de la comunidad como respuesta a con-
diciones sociales y ecológicas distintas. En síntesis, es la naturaleza
humana la que impone constricciones significativas para la percepción,
transmisión y almacenamiento discriminatorio de representaciones
culturales, limitando las variaciones sociales posibles.
A un nivel más profundo, la existencia de esos mecanismos tam-
bién implica que existe en nuestra especie una considerable carga de
contenido mental universal. Como sostienen las primeras intuiciones

126
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

de Darwin acerca de la naturaleza humana (Darwin, 1871), hemos


nacido con determinados instintos morales, en un marco en que la
educación interviene para graduar los parámetros y guiarnos hacia
la adquisición de sistemas morales y jurídicos particulares. Hay algo,
pues, en el cerebro humano que nos permite adquirir un sistema de
valores y principios ético-jurídicos y que permite sostener la existencia
de universales morales en un sentido fuerte del término (Tugendhat,
1979; Hauser, 2006). Si es así, también habrá que aplicar al caso de
los valores humanos más apreciados –justicia, libertad, autonomía,
dignidad– la idea de que sólo a través del conocimiento de la mente,
del cerebro y de la naturaleza humana, podemos tener la esperanza de
hacer una contribución significativa a la compresión del ser humano
y de la cultura por él producida (Zeki, 1993). No es posible compren-
der el sentido profundo de la dignidad humana sin abordar antes la
complejidad de nuestra mente y del cerebro que la habilita y que la
sostiene, un conjunto que gestiona y genera el sentido de la identidad
y personalidad, la percepción del otro y la intuición de nuestra auto-
nomía propia.
Pero, ¿existe de hecho una naturaleza humana capaz de hacer
todo eso? Y, de ser así, ¿en qué consiste a los efectos de la manera
como cabe entender la dignidad? ¿No podría ser que diera igual,
que cualquier programa iusnaturalista, incluso de cariz religioso,
se bastase para establecer el principio de igualdad y dignidad para
todos los humanos?
La respuesta es negativa. Cualquier concesión ideológica
está amenazada de los errores producidos por el desconocimiento.
El ejemplo anterior de la Convención de los 3/5 indica bien que la
condición humana, y sus atributos ligados a la posesión de valores,
debe ser definida en términos antropológicos y no políticos ni reli-
giosos. El proceso de expansión del “círculo moral” (Singer) pasa por
devolver a los humanos su condición universal pero no termina ahí.
Esclavos primero, pobres sin tierras más tarde, mujeres por último
ganaron carta de naturaleza humana. ¿Dónde termina el proceso?
¿Qué dignidad tienen los niños, los enfermos, los disminuidos físicos
y mentales? ¿Cuál es la dignidad de psicópatas y criminales? ¿Qué
decir de los demás seres vivos? ¿Y de los que aún no han nacido? Las
respuestas menos arriesgadas son las que puedan llegarnos gracias
a esos enunciados descriptivos procedentes de las ciencias que la
falacia naturalista quiso descalificar.

127
Naturaleza y Dignidad Humana

El riesgo del determinismo

A los efectos de lo que aquí interesa, la tarea más urgente e im-


portante sería la de poder indicar qué universales éticos confluyen en
la dignidad humana de la mano de la selección natural.
Conviene, antes de adentrarse por esos derroteros, entender de
qué estamos hablando puesto que se corre el peligro de confundir las
propuestas naturalistas. Algo así sucedió cuando la sociobiología, de
la mano de Edward Wilson, propuso apartar la ética de la mano de los
filósofos y situarla en la de los biólogos (Wilson, 1975). La obra posterior
de Wilson está llena de propuestas filosóficas que se sostienen mal a la
luz de los conocimientos científicos. Por ejemplo, al utilizar el compor-
tamiento altruista de los insectos sociales como modelo para entender
la moralidad humana, Wilson (1978) cometió el error de confundir lo
que es probable que no sean sino una homoplasia –un rasgo sólo en
apariencia similar, fijado por separado en dos linajes distintos sin re-
lación genética entre ellos–, dándola por una plesiomorfia –un rasgo
que se comparte porque lo fijó un antepasado común. En la medida en
que el sistema altruista de termitas, hormigas, avispas y abejas está
completamente determinado, cabe entender las barbaridades que se
derivan de trasladar ese esquema a la ética humana.
¿Cuál es entonces, si hay alguno, el alcance de la determinación
genética que preside la moralidad humana?
A estas alturas es pertinente llevar a cabo una precisión en el
análisis de la conducta moral. La distinción entre motivo para actuar y
criterio aplicado a cualquier acción a la hora de calificarla moralmente,
es muy común en la literatura especializada anglosajona (ver Cela
Conde, 1985) pero suele ser ignorada en el ámbito filosófico-jurídico
ajeno a esa tradición. Cabe ignorarla si cualquier amago de fundamen-
tación naturalista de la moral se desecha de antemano al considerarse
determinista. Pero resulta tan necesario como obvio indicar ya que
ese supuesto determinismo dista mucho de ligar de manera necesa-
ria la posesión de ciertas características propias de la especie y toda
conducta relacionada con el juicio moral. Ningún sujeto tiene por qué
ajustarse, a la hora de comportarse, a sus creencias acerca del bien y
del mal. Es del todo posible creer, por ejemplo, que uno está obligado
a prestar ayuda a una persona asaltada por maleantes y, por miedo
a las consecuencias, abstenerse de hacerlo. De no ser así, de actuar
siempre en consonancia con nuestros criterios éticos, no existiría el
remordimiento. Pues bien, los universales que se pueden deducir de

128
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

la naturaleza humana se refieren tanto a las motivaciones como a la


estructura del juicio moral, a la manera como se plantea el juicio ético,
y no a su contenido (Cela Conde, 1986; Ayala, 1987). La condición de
ser moral implica no el seguir ciertas reglas, sino el utilizarlas como
baremo para juzgar conductas. Darwin (1871) utilizó el concepto
ilustrado de moral sense para describir ese rasgo humano distintivo,
y nos lo atribuyó en exclusiva. Si bien otros animales podrían llegar,
con la evolución de sus facultades cognitivas, a alcanzarlo, ninguno
dispone de él. Somos sentimiento moral por naturaleza y, gracias a él,
valoramos, apreciamos y llevamos a cabo conductas que corresponden
a la posesión de ciertos valores compartidos. Pero no lo hacemos de
manera automática.
Hasta aquí, pocos filósofos y juristas dispuestos a discutir los
términos naturalistas podrían encontrar argumento alguno para
desechar el planteamiento darviniano. Carece de riesgo, en términos
de posible falacia, el decir que nuestra naturaleza nos lleva a juzgar
pero no indica las pautas del juicio. De hecho, cabría considerarlo una
trivialidad ¿de qué, si no es así, estaríamos hablando? ¿Qué le quedaría
a la ética si no compartiese nuestra especie la tendencia a juzgar los
comportamientos morales?
Pero hay más. Cabe sostener que el rastreo de universales éticos
no termina en nuestra naturaleza como agentes morales. De alguna
manera, existen también universales que se refieren no a las motiva-
ciones en esta ocasión sino a los criterios.

El sentimiento moral

El planteamiento de Darwin al aplicar a la evolución humana sus


principios de la selección natural incluye extensos comentarios acerca
del tipo de ser que esta habría modelado respecto a los instintos sociales
y al comportamiento ético. Las páginas del Descent of Man (Darwin,
1871) nos parecen hoy un tanto sesgadas por la ideología victoriana
como, por ejemplo, cuando habla de la condición casi pre-humana de
los indios fueguinos. Conviene recordar que Darwin no contó con una
teoría de la herencia adecuada y que, mediante el mecanismo de la
pangénesis, siguió de cerca los esquemas lamarckianos de herencia de
los caracteres adquiridos. De tal suerte, Darwin creía que un compor-
tamiento más civilizado de los pueblos primitivos los convertiría con

129
Naturaleza y Dignidad Humana

el paso del tiempo, por selección natural, en seres humanos de una


naturaleza igual a la de los británicos. Como se ve, tampoco Darwin
se libró de un inadecuado diagnóstico antropológico a la hora de con-
siderar la dignidad humana. Pero la descripción implícita que hace de
los instintos sociales es adecuada para situar el contenido naturalista
del comportamiento moral.
Como hemos dicho antes, Darwin utiliza el concepto del moral
sense, que tiene una larga historia en la filosofía anglosajona. Shaf-
tesbury, Hutcheson y Hume consideraron el moral sense como una
fuerza innata ligada a la simpatía que lleva a cada persona a actuar
en favor de los otros. El comportamiento moral sería, pues, una especie
de suma algebraica de fuerzas gravitacionales –de inequívoca refe-
rencia a Newton– gracias a la cual un sentimiento moral centrípeto
se combinaría con el instinto egoísta centrífugo para dar ese mundo
de equilibrios precarios que es tanto la naturaleza como la sociedad
humana. Darwin podría ser tenido por el último autor de esa tradición
intelectual que procede de la Ilustración escocesa pero, en su obra, el
moral sense adquiere un carácter más general. En el Descent of Man
se dice que cualquier animal con bien marcados instintos sociales como
puedan ser los afectos paterno-filiales, “would inevitably acquire a mo-
ral sense or conscience, as soon as its intellectual powers had become
as well, or nearly as well developed, as in man” (Darwin, 1871:472).
Se trata de una cuestión hipotética: ningún animal ha alcanzado el
nivel de las facultades mentales humanas. Pero si lo lograse, entonces
también adquiriría el mismo nivel de moral sense que nosotros.
He aquí, pues, descrita la idea darwiniana acerca de la condición
moral humana: afectos simpáticos, por una parte, propios de un animal
de vida social, y unas facultades intelectuales altas que permiten eva-
luar los riesgos y las consecuencias de nuestras acciones. El conjunto
da el moral sense. Y este permite alcanzar el grado de la conducta ética.
Es ése el fundamento naturalista de la dignidad humana.
Gracias al moral sense, damos el carácter de actos heroicos a acciones
como la de salvar la vida de otra persona poniendo en riesgo la nuestra.
En el Descent of Man se incluyen referencias a actos parecidos que llevan
a cabo otros primates como los babuinos. Pero Darwin concluye que no son
actos morales porque los monos no cuentan con la capacidad de entender la
consecuencia de sus acciones: se comportan así por instinto, mediante una
determinación genética fuerte. Pero nosotros observamos, anticipamos,
meditamos y evaluamos. Llevamos a cabo no sólo conductas morales sino
juicios morales de las conductas ajenas. Se trata de un conjunto en el que
es difícil establecer la frontera entre los afectos simpáticos y los cálculos

130
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

evaluativos pero es probable que, en buena medida, la evolución de nuestro


cerebro se debiera a la necesidad de llevar a cabo esas complicadísimas
operaciones que permiten entender la relación social, el papel de cada
uno y la conducta que cabe esperar de cada miembro del grupo. Nicholas
Humphrey (1976) sostiene que otros simios como los chimpancés cuentan
también con ese “pensamiento maquiavélico”. Súmese la evaluación ética,
y tenemos el moral sense.
El comportamiento moral humano, que incluye, por cierto, la
atribución de dignidad a las personas, tiene por tanto como compo-
nente esencial –aunque no único– un complejo esquema de evaluación
y anticipación de las conductas ajenas. Una “teoría de la mente” de
los otros.
Como recuerda Pinker (2002), todo el mundo tiene una teoría
implícita sobre la naturaleza humana. Todos nos afanamos en prever
el comportamiento de los demás, lo que significa que todos necesitamos
entender qué es lo que mueve a las personas a adoptar determinadas
conductas. Se trata de la perspectiva de los “sistemas intencionales”
que propuso Dennett (1971), en la que los humanos somos consi-
derados como sujetos intencionales de tercer orden: contamos con
una teoría de la mente del otro en la que se incluye el que ese otro
sujeto también tiene una teoría de mi propia mente, y sabe que yo
la tengo respecto de él. Así, las acciones encaminadas a lograr mis
deseos en la vida social se ajustarán a lo que mi teoría de la mente
del compañero o el contrincante incluye acerca de la mente ajena.
Es una situación parecida a la de un juego de ajedrez en el que mi
adversario me ofrece un gambito, un sacrificio en principio absurdo
que va a beneficiarme. ¿Por qué lo hace? ¿Me beneficia en realidad o
se trata de que yo crea que me beneficia cuando va a perjudicarme?
Aunque puede que me beneficie, sí, pero el otro intenta que yo sospe-
che que no es así y rechace el gambito… La cadena del “yo creo-que
tú crees-que yo creo-que tú crees” puede extenderse indefinidamente.
Los mejores jugadores de ajedrez son los que, ya sea por intuición o
por reflexión, pueden llevarla más lejos.
La teoría de la mente del otro es una teoría tácita de la naturaleza
humana, que procede de la experiencia que tenemos acerca de nosotros
mismos. Veamos en qué consiste por lo que hace a la evaluación de
las acciones ajenas.
Se trata de un conjunto en el que intervienen deseos, creencias
y acciones. Atribuimos a los demás un comportamiento que obedece
a los objetivos que mantienen –los deseos– y a la visión del mundo
de que disponen –las creencias– para deducir las acciones que cabe

131
Naturaleza y Dignidad Humana

prever que llevarán a cabo. Como ha mostrado Antoni Doménech


(2002), en el sistema cualquiera de los tres componentes –deseos,
creencias y acciones– puede ser deducido en función de los otros dos.
Si conocemos (o intuimos) los deseos de alguien y sus creencias, es-
tamos en condiciones de predecir su conducta. Pero si contemplamos
su conducta, y sabemos sus creencias, deduciremos cuáles son sus
objetivos; así en todos los casos. Es cierto que para que la ecuación
funcione es preciso dar por garantizada una condición especial de la
naturaleza humana: en qué medida estamos dispuestos a alcanzar
lo que son nuestros deseos. La idea central de la teoría darwiniana
de la selección natural establece que cada organismo maximiza sus
intereses propios –identificados en ese caso con la obtención de la
progenie–. Pues bien, el comportamiento altruista parece escapar a
esa regla. Quienes actúan en beneficio de otro emplean sus recursos
para favorecer la adaptación ajena, no la propia. ¿Cómo pudo fijarse
por selección natural un comportamiento así?
Ni Darwin ni los neodarwinistas pudieron explicarlo. La socio-
biología logró hacerlo a través de modelos como los de la selección de
grupo (Wynne-Edwards, 1962) y de parentesco (Hamilton, 1964). Es
dudosa la aplicación de esos modelos al caso humano (ver, por ejemplo,
Cela-Conde y Ayala, 2004) pero a lo que íbamos es a la manera par-
ticular como los miembros de nuestra especie satisfacen sus deseos.
¿Mediante una maximización de los intereses personales?
Es este el terreno en el que aparece la conexión más profunda
entre naturaleza humana y comportamiento moral, esa misma que
buscamos para ofrecer una fundamentación naturalista de la dignidad.
Si nos remontamos también, como hacíamos antes, a la época griega,
los humanos nos atribuimos la condición de seres racionales. Somos,
pues, preferidores racionales, dispuestos a maximizar nuestros inte-
reses de acuerdo con nuestras creencias. ¿O no es así?

La aparición de los universales: el sentido de la justicia

La teoría de juegos, la neurociencia cognitiva y la primatología nos


han proporcionado ya los primeros indicios acerca de si esa idea de la
naturaleza humana como propia de un preferidor racional es acertada.
La intuición acerca de nuestro comportamiento racional ha funda-
mentado buena parte de los estudios tanto científicos como humanísticos

132
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

acerca del ser humano, incluyendo la mayor parte de la economía


neoclásica. Pero fenómenos como el del castigo altruista ponen en duda
la premisa de nuestra racionalidad perfecta.
El castigo altruista (Fehr y Gächter, 2002) es un comportamien-
to en el que un sujeto A, al ver cómo otro B se salta las reglas de la
convivencia, está dispuesto a poner algo de su parte con tal de que
el trasgresor B sea castigado pese a que su “delito” no afecte a A de
manera personal. El castigador altruista no recibe ningún beneficio
pero sí sufre una pérdida –de bienes o de cualquier otro tipo–, así
que una maximización de sus intereses impediría que aceptase tal
pérdida. La teoría de juegos ha estudiado a fondo los posibles modelos
de castigo altruista –mediante el juego del ultimátum, por ejemplo–.
Pero también sabemos algo acerca de la manera como otros primates
se comportan en este dominio. Los monos capuchinos son, al igual
que los humano, castigadores altruistas (Brosnan y De Waal, 2003).
Los chimpancés, no; se comportan como preferidores racionales
(Jensen, Call y Tomasello, 2007). Eso significa al menos dos cosas.
La primera, que nuestro grupo hermano, el linaje animal más cer-
cano evolutivamente a nosotros, difiere en ese aspecto. La segunda,
que no sabemos cuál pudo ser el rasgo fijado antes. O bien el linaje
común a capuchinos + chimpancés + humanos tiene como rasgos
primitivo el del castigo altruista, con los chimpancés desarrollando
una apomorfia de preferencia racional, o bien el rasgo primitivo es
esta racionalidad firme, con lo que los comportamientos de castigo
altruista de capuchinos y humanos son homoplasias, rasgos fijados
de manera independiente.
La diferencia es importante porque, de la mano del castigo
altruista, lo que aparece en realidad es el sentido de la justicia. Si
estamos dispuestos a sacrificar una parte de nuestro patrimonio con
tal de que la equidad se imponga, eso significa que nuestros instintos
sociales contienen esa particular manera de sentirnos bien. Es ese
sentido de la justicia el que subyace a la idea de John Rawls (1975)
acerca de la capacidad para lograr compromisos por medio del velo de
ignorancia, planteando en términos de justicia universal y no de in-
tereses particulares las reglas del juego. Ese lazo ha sido mencionado
por Nicholas Humphrey (2006) en un volumen en el que científicos de
diversa extracción analizan el fenómeno de la justicia. Por más que
resulte imposible sintetizar siquiera aquí su contenido, se trata de
un ejemplo de las posibilidades que brinda la naturalización de los
valores humanos. Puede que, a estas alturas, la idea antropológica de
lo que es un ser humano haya alcanzado una universalidad superior

133
Naturaleza y Dignidad Humana

a la griega clásica, a la escolástica y a la ilustrada pero ¿no existen ya


fronteras que ampliar? Claro que las hay. Las dudas acerca de la dig-
nidad no se detienen en la consideración de los ciudadanos-promedio.
Sin olvidar que, con nuestras leyes y nuestras conductas, podemos
estar manteniendo todavía la calificación de cuasi-personas (¿un nuevo
“Compromiso de las 3/5 partes”?) para los emigrantes que llegan en las
pateras a nuestras costas, las fronteras siguen abiertas. ¿Mantienen
su dignidad los delincuentes convictos, los psicópatas, los genocidas?
¿Debe concederse a los embriones? ¿Y a partir de qué momento? ¿Tienen
dignidad los chimpancés? ¿Y los monos verdes, que usan la semántica
para advertir de la presencia de un predador? Más allá de los primates,
¿la tienen los mamíferos, las aves, los peces? ¿También las cucarachas,
las amebas y las bacterias?
La apuesta menos arriesgada consiste en basarse en el conoci-
miento científico, en las evidencias que vayan obteniéndose desde el
funcionamiento del cerebro humano al carácter del ecosistema, para
acotar y definir la dignidad. Será siempre, por lo que sabemos ahora,
una tarea reservada a la actividad filosófica humana. Pero dar la es-
palda a las justificaciones naturalistas es, sin más, un riesgo que no
podemos permitirnos, por no decir un disparate.

Principios y valores jurídicos:


naturaleza humana, libertad y dignidad

Si se acepta la necesidad de un cambio de paradigma, parece ra-


zonable sostener que toda forma jurídica operativa destinada a evaluar
el problema de la dignidad humana bajo la perspectiva “naturalista”
debería empezar por una pregunta: ¿En qué medida los planteamientos
acerca de la relación que existe entre naturaleza y dignidad humana
podrán arrojar luz sobre como concebimos la bioética y, de manera más
general, los derechos humanos? Es decir, ¿en qué medida es posible y
útil la plasmación jurídica de la concepción naturalista de la dignidad
humana en el contexto de la Declaración universal sobre Bioética y
Derechos Humanos?
La idea de que la dignidad se asienta en nuestra biología va contra
las creencias jurídicas habituales y a menudo entra en conflicto con
las directrices dictadas por la ley, la moral o la religión. En ningún
ámbito ha tenido eso más importancia que en el de la bioética y, en

134
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

especial, dentro de algunas de las recientes batallas en relación con


el libre albedrío, la igualdad, la eutanasia y el aborto. Sin embargo,
parece haber una evidente preocupación por parte de la Declaración
Universal de Bioética y Derechos Humanos en el sentido de eliminar
el funcionamiento de esa dinámica conflictiva, favoreciendo la libertad
y la autonomía del individuo. Por ejemplo, entre sus objetivos figura el
de “proporcionar un marco universal de principios y procedimientos”
destinados, a partir de un “dialogo multidisciplinario”, a “promover
el respeto de la dignidad humana y proteger los derechos humanos,
velando por el respeto de la vida de los seres humanos y las libertades
fundamentales, de conformidad con el derecho internacional relativo
a los derechos humanos”.
Se establece, así, una evidente conexión entre principios, normas
y valores jurídicos: no parece razonable concebir la dignidad humana
sin libertad, autonomía, igualdad y pluralismo jurídico, y esos valores,
a su vez, resultarían inútiles si no redundasen en favor de la dignidad
humana. Los principios inspiradores de la Declaración constituyen
su propio fundamento y, como tal, configuran y delimitan su propio
sentido en todo el proceso, tanto el de la elaboración normativa como el
de su aplicación práctico-concreta. Esos principios son los parámetros
condicionantes y vinculantes para la interpretación y aplicación de
derecho y, al mismo tiempo, un límite para el orden jurídico interno
de los Estados.
También como principio fundamental, el concepto de la dignidad
humana va más allá de la mera funcionalidad normativa. La idea de
la libre constitución y el pleno desarrollo del individuo bajo el manto
de instituciones justas (igualitaria y fraterna) se caracteriza por ser
un elemento axiológico objetivo de carácter indisponible. Junto con
los derechos inviolables que le son inherentes, el respeto a la ley y
los derechos de los demás, constituye el fundamento último del orden
jurídico-político internacional. La dignidad de la persona humana, por
tanto, no es una simple idea valorativa (lo mejor) en el modelo nor-
mativo, sino que expresa uno de los criterios condicionantes del orden
establecido. Su colocación en la Declaración como principio normativo
(lo debido) le da un significado en especial relevante como elemento
universal fundamental, inviolable e indisponible y, en consecuencia,
como un criterio axiológico-normativo, vinculante e irrevocable de la
praxis judicial.
Pero a pesar de ese cuidadoso diseño, la Declaración contiene a
nuestro entender un vicio de origen que lastra sus posibles resultados:
el del énfasis en el individuo como criterio esencial.

135
Naturaleza y Dignidad Humana

¿Por qué se insiste en situar el problema de la dignidad en función


del hombre singular, encerrado en su esfera individual y exclusiva-
mente moral? ¿Continúa siendo razonable concebir un concepto de la
dignidad humana que pretenda ser digno de crédito en la actualidad
manteniéndolo al margen de un modelo darwiniano acerca de la na-
turaleza humana?
No parece ni razonable, ni oportuno. La cristalización de una
existencia individual, separada y autónoma –digna, por tanto– es
un elemento mucho más complejo y gradual que la simple y obvia
asunción del principio de la dignidad como mera directriz normativa.
La caracterización de la dignidad humana que hemos desarrollado
a lo largo de este artículo nos lleva a admitir que tenemos buenas
razones para suponer como correcta la afirmación de que no cabe in-
ferir gran cosa acerca de la dignidad humana a partir de enunciados
meramente lógico-formales, filosóficos o normativos. La investigación
de la dignidad está vinculada de forma estrecha a la noción de la
naturaleza humana, que, a su vez, es una cuestión tan fáctica como
la medida del perihelio de Mercurio (Mosterín, 2006). Y la idea de
nuestra naturaleza que se deriva de la concepción biológica del ser
humano parte de la situación básica de relación que existe entre cada
uno de los seres humanos con otros seres humanos. La naturaleza
humana ni se agota ni queda bien descrita en función del individuo
moral singular, encerrado en su esfera individual, que ha servido
hasta ahora para caracterizar como valor básico la construcción del
Estado liberal. Hoy sabemos que lo que denominamos naturaleza
humana tiene cualidades y predisposiciones físicas y morales innatas.
Sabemos que algunas propiedades fijas de la mente son innatas, que
todos los seres humanos poseen ciertas destrezas y habilidades de las
que carecen otros animales, y que ese conjunto de rasgos conforman
la condición humana. Sabemos, más allá de toda duda razonable, que
somos el resultado del proceso evolutivo que, para bien o para mal,
ha moldeado nuestra especie. Y el resultado es una especie interde-
pendiente, ética y social.
De hecho, la idea misma de la libertad –condicio sine qua non en
la que se arraigan la autonomía y la dignidad humana– no se puede
concebir al margen de la relación con otras personas, porque la forma de
ser del hombre en el mundo es de por sí una forma de ser interpersonal.
La autonomía de ser y de hacer está inscrita en la misma esencia del
hombre; de ella surge la posibilidad y capacidad de actuar de manera
libre y digna. Pues bien, esa autonomía no puede tener lugar más que
en el diálogo y la interacción con otros (con el “otro”). Dicho de otro

136
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

modo, no hay libertad humana que no se plasme en la capacidad de


sentir la llamada del otro. No existe una libertad lograda y completa
que luego, de forma posterior y secundaria, se vea revestida de una
dimensión ética. Dimensión libre y dimensión ética son los mismos,
y también es ésa una constatación que cobra su sentido a la luz del
naturalismo.
Darwin presento el “hombre moral” basándose en que su capaci-
dad cognitiva para comprender, evaluar y elegir complementa el moral
sense para dar lugar a la naturaleza humana evolucionada. Nada de eso
es posible en una situación de aislamiento. La más íntima esencia y la
medida de la libertad en el ser humano son la posibilidad y la capacidad
para sentir la llamada del otro y responder a ella. Desde el momento
en que el otro aparece como un otro libre y autónomo, nace también
la dimensión ético-jurídica, relacional e intersubjetiva de la dignidad.

La autonomía personal

Dado que los humanos no nos creamos a nosotros mismos en un


sentido absoluto, tiene que haber algo en nosotros de lo que no somos
la causa. Pero el problema central con respecto a nuestro interés por
la libertad y la dignidad humana no estriba en cuáles de los aconteci-
mientos en nuestra vida volitiva están determinados causalmente por
condiciones externas a nosotros. Lo que en verdad cuenta, en aquello
concerniente a la libertad y la dignidad, no es la independencia causal.
Es la autonomía. Y la autonomía es en esencia una cuestión acerca de
si somos activos o pasivos en nuestros motivos y elecciones; de si, con
independencia del modo en que los adquirimos, son motivos y eleccio-
nes que realmente queremos y que, por tanto, no son ajenos a nosotros
(Frankfurt, 2004). El sujeto autónomo, en tanto que sujeto libre, no
se encuentra ni por debajo ni por encima del sujeto de carne y hueso
(genes, mente y cerebro) y tampoco requiere, para salvar la libertad y
la dignidad, de un “agente moral autónomo” como alternativa a una
explicación causal en términos biológicos y evolutivos. Ser fiel a la
naturaleza no es, por tanto, recusar en su nombre a la libertad (ele-
mento constitutivo de la dignidad y, a su vez, efecto de la naturaleza).
Para la perspectiva naturalista, ser fiel a ella consiste en extender
este gesto a la categoría de principios fundamentales para la bioética
y los derechos humanos.

137
Naturaleza y Dignidad Humana

Es ese sentido relacional de dignidad humana el que debe estar


anclado en un derecho destinado a favorecer la libertad y la autono-
mía de la persona. No se trata de un problema de poca importancia,
de un mero ejercicio mental para los filósofos académicos y juristas.
La elección del modo de abordar el problema de la dignidad humana
supone una importante y gran diferencia en la forma en que nos vemos
a nosotros mismos como especie. Por añadidura, establece una medi-
da tanto para la legitimidad y la autoridad del derecho como de los
enunciados normativos. Determina, en última instancia, la dirección
y el sentido del discurso jurídico y político.
Desde esta perspectiva, el interés humano por la dignidad como
valor prioritario en el orden de los valores viene a convertirse, desde la
idea de la libertad humana, en una invitación a vivir de forma genui-
namente humana nuestra existencia a partir del reconocimiento del
“otro”. De hecho, la responsabilidad por los demás, que emana de su
mera existencia, es una dimensión necesaria para la autodeterminación
de la autonomía, la libertad y la dignidad humana. El fundamento del
derecho no está en la dignidad abstracta, sino en el plasticidad concreta
de nuestro cerebro, genéticamente programado para la libertad y la
vida en sociedad (Magistretti, 2004). Lejos de ser un principio contrario
o separado a nuestra naturaleza, es esta, nuestra naturaleza, la que
da sentido a nuestra idea de la dignidad humana.

Por un nuevo modelo de derecho: normativa y aplicación

La idea de dignidad fundada en una teoría fuerte de la naturaleza


humana nos lleva a adoptar como premisa un modelo de derecho soste-
nido, entre otras cosas, en la moral de respeto mutuo. Somos nosotros
mismos los que otorgamos derechos morales a todo hombre, por más
que busquemos sus fundamentos en instancias trascendentes al ser
humano como puedan ser un ente sobrenatural, la selección natural
o la Historia. No existen, pues, derechos que no sean otorgados para
resolver problemas adaptativos relacionados con nosotros mismos. En
el caso del principio de la dignidad, la asignación de la calidad de ser
digno de algo –que implica tener en cuenta las necesidades, deseos y
creencias de los demás– tiene por objeto garantizar las condiciones
mínimas de una vida satisfactoria y plena, que es, en verdad, el bien
mayor que podemos esperar. En eso reside, de hecho, la dimensión in-

138
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

tersubjetiva, relacional o coexistencial de la dignidad humana: actuar


bajo el supuesto implícito de significados otorgados y compartidos en
un conjunto de acciones coordinadas de conductas recíprocas.
En consecuencia, parece que la mejor manera para explicar, com-
prender y aplicar el principio de la dignidad es a partir de la idea del
ser humano en su triple configuración: a) en su existencia individual,
separada y autónoma (y, por tanto, principio del derecho); b) como fin
de su mundo (y, como tal, también del derecho); y c) como sujeto de
vínculos sociales elementales a través de los cuales construye, a partir
de las reacciones de los demás, los estilos aprobados de una vida socio-
comunitaria digna de ser vivida en su plenitud (es decir, como titular
de derechos y deberes que proyectan en la colectividad su existencia
como ciudadano).
El objetivo esencial en una operación así, recuerda Chomsky
(2006), debe ser siempre el de intentar crear la visión de una sociedad
donde impere la justicia. Eso significa crear una teoría social basada,
si es posible, en una concepción humanista y firme de la naturaleza
humana –o, si se quiere, de la esencia humana– es decir, intentar
establecer las conexiones entre un concepto de la naturaleza humana
que dé lugar a la libertad, la dignidad, la creatividad y otras carac-
terísticas humanas fundamentales, y una noción de estructura social
donde estas propiedades pueden realizarse para que la vida humana
adquiera un sentido pleno.
Pero el principio de la dignidad no sólo tiene importancia en el
proceso político-legislativo de elaboración de un diseño normativo.
También, y muy en especial, en el momento tan problemático como
concreto de su aplicación. En ese sentido, la primacía que desempeña
el principio de la dignidad humana como un criterio clave de las nor-
mas, valores y principios contenidos en el orden jurídico se convierte
en garantía contra un peligroso relativismo moral, ya proceda del
iusnaturalismo transcendental o del positivismo jurídico. A menudo
los jueces deben tomar decisiones en función de intereses arbitrarios,
o de una injustificada interferencia del Estado o de cualquier otro
agente social. Tales decisiones conducen al sacrificio de derechos de
todo punto inalienables, que son los que habilitan la existencia de los
ciudadanos como individuos plenamente libres. Para evitarlo, un sis-
tema axiológico-normativo fundado en la dignidad humana debe exigir
que las normas, tanto internacionales como internas de cada Estado,
sean interpretadas y aplicadas de un modo que no choquen con los
valores y principios superiores. La práctica jurídica ha de servir para
promover su efectiva realización.

139
Naturaleza y Dignidad Humana

A titulo de resumen, la Declaración Universal sobre Bioética y


Derechos humanos constituye un instrumental normativo muy útil
para dar cauce a una mediación pragmático-normativa de aplicación de
las leyes que sea eficaz para evitar que el individuo quede interferido
en su plano vital por los demás agentes sociales. Pero como condición
necesaria para que suceda eso, para poder huir de las imposiciones
arbitrarias, la propia actividad hermenéutica de la Declaración debe
ser formulada a partir de una posición antropológica capaz de explicar
la fenomenología de la acción humana. Sólo desde el punto de vista del
ser humano y de su naturaleza le será posible al juez captar el sentido
y la función del principio de la dignidad humana como unidad de un
contexto vital, ético y cultural.
En realidad no se trata de pretender imponer grandes novedades. Lo
que se intenta mediante la concepción naturalista de los valores humanos
es vincular de forma prioritaria la concepción de la dignidad humana a las
virtudes ilustradas de libertad, igualdad y fraternidad. Esas tres virtudes,
que componen el contenido de la justicia, sólo son diferentes aspectos
de la misma actitud humanista fundamental destinada a garantizar el
respeto sin condiciones de la dignidad humana. No se puede realizar en la
práctica el principio de la dignidad de la persona si este no se materializa
en las condiciones de vida de cada ciudadano, garantizándole libertad e
igualdad de oportunidades en una sociedad solidaria.
Es sabido que la norma jurídica, cualquiera que sea su grado de
imperatividad, debe promover la justicia. El modo más decisivo de
hacerlo es garantizar de forma incondicional la libertad, la igualdad
y la autonomía del ser humano que, en su conjunto, configuran su
dignidad. Nada de eso habría resultado posible, ni lo sería nunca, si
la naturaleza humana no hubiese adquirido a través del camino de
nuestra evolución las bases necesarias para alcanzar la dignidad, en-
tenderla y hacer de ella el sentido mismo de nuestra existencia como
(que diría Bunge) unos primates peculiares.

Referencias Bibliográficas

Ayala, F. J.: “The Biological Roots of Morality”, en Biology & Philoso-


phy, N° 2, 1987, pp. 235-252.
Brosnan, S., y De Waal, F.: “Monkeys reject unequeal pay”, en Nature,
N° 425, 2003, pp. 297-299.
Bunge, Mario: Social Sciences under Debate, Toronto, University of
Toronto Press, 1998.

140
Camilo J. Cela Conde, Atahualpa Fernández Neto, Marly Fernández...

Cela Conde, Camilo J.: De genes, dioses y tiranos, Madrid, Alianza


Editorial, 1985.
Cela-Conde, Camilo J., y Ayala, F. J.: “Evolution of Morality”, en F.
M. Wuketits y C. Antweiler (eds.), Handbook of Evolution Vol.1:
The Evolution of Human Societies and Cultures, Weinheim, John
Wiley & Sons, 2004, pp. 171-189.
Chomsky, Noam.: Cartesian Linguistics, New York, Harper & Row, 1966.
—Language and Mind, New York, Harcourt, Brace, & World, 1968.
—Rules and Representations, Oxford, Blackwell, 1980.
—Knowledge of Language, New York, Praeger, 1985
Chomsky, Noam y Foucault, Michael: La naturaleza humana: justicia
versus poder, Buenos Aires, Katz Editores 2006.
Darwin, Charles: The Descent of Man, and Selection in Relation to Sex,
London, John Murray, 1871.
Dennett, D. C.: “Intentional Systems”, en Journal of Philosophy, N°
8, 1971, pp. 87-106.
Doménech, A.: “Algunos enigmas de la racionalidad económica”, en
García-Albea, J. E. (ed.), Llenguatge, Ciència i Societat, homenaje
a Noam Chomsky, Tarragona, Universitat Rovira i Virgili. 2002.
Fehr, E., y Gächter, S.: “Altruistic punishment in humans”, en Nature,
N° 415, 2002, pp. 137-140.
Frankfurt, H. G.: The Reasons of Love, NJ, Princeton, Princeton Uni-
versity Press, 2004.
Hamilton, W. D.: “The Genetical Evolution of Social Behavior”, en
Journal of Theoretical Biology, N° 7, 1964, pp. 1-52.
Hare, R. M.: “What Makes Choices Rational?”, en Review of Metaphy-
sics, N° 32, 1979, pp. 623-637.
Hauser, M. D.: Moral minds. How nature designed our universal sense
of right and wrong, New York, HarperCollins Publishers, 2006.
Humphrey, N.: “Introduction: science looks at fairness”, en Social
Research, N° 73, 2006, pp. 345-348.
Humphrey, N. K.: “The social function of intellect”, en Bateson, P. P.
G. y Hinde, R. A. (eds.), Growing Points in Ethology, Cambridge:
Cambridge University Press, 1976.
Jensen, K.; Call, J., y Tomasello, M.: “Chimpanzees Are Rational
Maximizers in an Ultimatum Game”, en Science, N° 318, 2007,
pp. 107-109.
Kant, I.: Grundlegung zur Metaphysik der Sitten, Riga, Johann Frie-
drich Hartknoch, 1785.
Magistretti, P. y Ansermet, F.: À chacun son cerveau. Plasticité neu-
ronale et inconscient, Paris, Odile Jacob, 2004.

141
Naturaleza y Dignidad Humana

Mosterín, J.: La naturaleza humana, Madrid, Editorial Espasa Calpe


S.A., 2006.
Muguerza, J.: La razón sin esperanza, Madrid, Taurus, 1977.
Rawls, J.: A Theory of Justice. Cambridge, Harvard University Press,
1975.
Singer, P.: The Expanding Circle, New York, Farrar, Strauss & Gi-
roux, 1981.
Tugendhat, E.: “La pretensión absoluta de la moral y la experiencia
histórica”, en U. N. d. E. a. Distancia (ed.), Actas de las 1as. jor-
nadas de Ética e Historia de la Ciencia, Madrid, UNED, 1979.
Wilson, E. O.: Sociobiology: The New Synthesis, Cambridge, Harvard
University Press, 1975.
—On Human Nature, Cambridge, Harvard University Press, 1978.
Wynne-Edwards, V. C.: Animal Dispersion in Relation to Social Beha-
viour, Edinburgh, Oliver and Boyd, 1962.
Zeki, S.: A Vision of the Brain, Oxford, Blackwell, 1993.

142
Mario Bunge y la etnografía

Marta Crivos

Nuevamente la figura de Mario Bunge es motivo de reconocimiento.


Mucho más allá de su longevidad hallamos buenas razones para ce-
lebrar su presencia atenta y su trabajo constante dirigido a elucidar
cuestiones que, a lo largo de la historia intelectual de occidente, han
conducido a conflictos que frecuentemente han tenido consecuencias
desmesuradas. Su claridad, que resulta de la convicción fundada en
el trabajo intelectual de aportar razones de la existencia de posturas
y debates, es lo que convierte a Bunge en un referente insoslayable
para quienes nos movemos en la interface de investigación y docencia,
un altísimo porcentaje de trabajadores de los sistemas de ciencia y
tecnología argentinos.
Su monumental obra es estimulo permanente para la reflexión
crítica en distintos campos de la actividad científica y la consideración
de sus proyecciones políticas (Bunge y Gabetta, 2013). Por mi parte,
quiero compartir –como modesto homenaje al maestro– un conjunto de
afinidades y complicidades que me han acercado a su obra a lo largo de
mi trayectoria como trabajadora en el campo de la etnografía.
En primer término su alusión al trabajo de campo antropológico
–ergo, a la etnografía– como expresión del “sistemismo más concienzudo
y coherente” de todas las ciencias sociales. En sus palabras: “cuando
hace trabajo de campo el antropólogo (etnógrafo) estudia hábitos sexua-
les y relaciones de parentesco, producción de alimentos y fabricación
de herramientas, organización social y modos de hacer la guerra (si los
hay), lenguaje y folklore, modos de pensamiento y sistemas de valores,

143
Mario Bunge y la etnografía

aptitudes y creencias, normas y ceremonias y mucho más. Investiga el


comportamiento individual para descubrir la estructura social, y esta
para entender aquel. Va y vuelve entre lo micro y lo macro, la acción
y la estructura” (Bunge, 1999:67).
Es a este enfoque sistémico al que nos aproximamos en nuestras
investigaciones etnográficas del modo de vida de poblaciones con
una larga historia de asentamiento en ambientes específicos.1 “Los
sistemistas consideran que toda sociedad está imbricada en un medio
ambiente natural” (Bunge, 1999:299). En ellas, abordamos la relación
hombre-entorno natural tomando como unidad de referencia las activi-
dades cotidianas. Si bien la delimitación de actividades, como sistemas
de principios y conductas interrelacionados, es un problema empírico
que debe ser abordado en cada caso (Howard, l963); en nuestro trabajo
privilegiamos su significado funcional (Hill, l966). Esto es, concebimos,
en principio, la actividad como unidad pertinente a la caracterización
de las estrategias para la resolución de distintos tipos de problemas,
en particular aquellos que involucran la subsistencia de un grupo en
un determinado ambiente. Desde esta perspectiva, delimitadas por su
carácter rutinario, generadas por expectativas desarrolladas a lo largo
del tiempo y realizadas en asentamientos diseñados y organizados por
ellas, las actividades cotidianas se ofrecen como campos adecuados a la
consideración de los aspectos materiales, sociales, cognitivos y simbóli-
cos de modos de vida humanos en diferentes enclaves (Lave, 1995:190).
El foco en las trayectorias individuales y grupales con relación a
las actividades de subsistencia del grupo doméstico permite reconocer
y mapear espacios físicos y sociales configurados y/o afectados por ellas
y trazar redes de relaciones que vinculan el nivel micro (decisiones y
acciones individuales) con el nivel macro (proyección de esas acciones
a escala local, regional, global).
En segundo término, la convicción de que la investigación an-
tropológica requiere de la etnografía en su versión “naturalista” como
instancia empírico-descriptiva, en su rol heurístico y de prueba de
conceptos y enunciados de valor teórico en distintas áreas de especia-
lización de la disciplina –paleoantropología, antropología biológica,
arqueología, folklore–. La discusión sobre el orden empírico como
insoslayable instancia de contrastación del conocimiento antropoló-
gico remite a la etnografía, sea cual fuere el área de especialización

1. “Caracterización antropológica del modo de vida. Implicancias teórico-


empíricas de las estrategias de investigación etnográfica”. Proyecto Incentivos
a docentes investigadores SECYT-UNLP. Iniciado en 1995 y continúa.

144
Marta Crivos

antropológica. Así, el modo de vida de grupos humanos en el pasado


y en el presente, la descripción de las interrelaciones entre sus carac-
terísticas biofísicas, sociales y psicológicas, conciernen a diferentes
disciplinas antropológicas y la expresión fáctica de estas interrelaciones
al objeto de la etnografía como descripción actualística y sistémica de
sus particularidades. En este contexto, las versiones “interpretativas”
de la etnografía no resultan “otra cosa que conjeturas o hipótesis no
comprobadas” (Bunge, 1996).
Al respecto viene a mi memoria un episodio que tuve el privilegio
de presenciar hace unos años como Profesora Visitante en The London
School of Economics and Political Science.2 En 1999, poco antes de su
muerte, Sir Raymond Firth asistía puntualmente a los seminarios orga-
nizados por el Departamento de Antropología. En una ocasión un joven
antropólogo exponía su trabajo “etnográfico” en Australia haciendo gala
de un fluido manejo del “modo de hablar” asociado a la comunidad de
antropólogos “continentales” posmodernos. Con los ojos entrecerrados
Sir Raymond parecía sufrir con estoicismo los rebuscados y a veces
incomprensibles giros en la argumentación del disertante cuando de
repente, abriendo muy grandes los ojos y dirigiéndose a él disparó: “La
etnografía concierne a la evidencia. ¿Qué es lo que hace usted, joven?”.
Más allá del efecto paralizante (y para muchos tranquilizador) de esa
expresión sobre la audiencia y en particular sobre el disertante, a todos
nos impresiono el valor de síntesis del enunciado “La etnografía con-
cierne a la evidencia”. Como si de repente la etnografía como disciplina
antropológica hubiera perdido súbitamente autonomía para ocupar un
rol crucial en la construcción del conocimiento antropológico desde y
sobre los hechos. Los hechos concebidos como estímulo y prueba de las
ideas antropológicas, en el mejor de los casos prudentes hipótesis, en
el peor, consagrados dogmas.
Creo que Mario Bunge hubiera disfrutado esta expresión de Firth
y probablemente acordado con él. Su obra exhibe la convicción de que
es posible una antropología científica y que el ruedo en que pueden
ser reconocidas y eventualmente dirimidas las polémicas en torno a
esa posibilidad es el ruedo empírico cuya expresión más genuina la
constituye el trabajo de campo etnográfico.
Sin embargo, este rol de la etnografía no es reconocido ni dentro
ni fuera de la comunidad antropológica. En términos generales las

2. Proyecto FOMEC 734 para el mejoramiento de la Enseñanza del Postgrado


en Antropología de la Facultad de Ciencias Naturales y Museo - Universidad
Nacional de La Plata.

145
Mario Bunge y la etnografía

investigaciones en este campo exploran menos la interacción entre


las disciplinas antropológicas –intradisciplinariedad– que los inter-
cambios con otras disciplinas de las ciencias naturales y humanas
–interdisciplinariedad–. Así, son escasos los intentos de intercambio
entre arqueólogos, etnógrafos y antropobiólogos tendientes a delimitar
y abordar problemáticas inherentes al enfoque antropológico cuyo tra-
tamiento se vería beneficiado con el aporte de la dimensión empírica y
sistémica del trabajo de campo etnográfico. Muy por el contrario, y a
través, por ejemplo, de la configuración del nuevo dominio disciplinar
de la etnoarqueología, los arqueólogos intentan incorporar el quehacer
propio de la etnografía a su propio territorio eludiendo, de este modo, el
intercambio con etnógrafos supuestamente entrenados y competentes
en estrategias para acceder a información actualística relevante a la
interpretación del registro arqueológico. Una prueba reciente de este
estado de cosas lo constituye la decisión, por parte del CONICET, de
escindir la comisión asesora de pertenencia de la Antropología. La
Arqueología y la Antropología Biológica por un lado y la Antropología
Sociocultural (incluída la Etnografía) por el otro.3 Resulta obvio que a
esta decisión subyace la convicción de que poco tiene que ver la Etno-
grafía con algún tipo de evidencia de interés a investigaciones arqueo-
lógicas o antropobiológicas; y, en última instancia, que poco tienen que
ver estas áreas de especialización antropológica entre sí. Una apuesta
a la pérdida de un objeto común abordado desde una perspectiva in-
tradisciplinar y el preocupante retorno de la “Dicotomía natural/social
como artefacto de la filosofía idealista cuya principal función es obstruir
el estudio científico de la realidad. La dicotomía está en discrepancia
con la unidad metodológica de las ciencias así como con la existencia
de un conjunto de disciplinas que son tanto naturales como sociales,
como es el caso de la antropología” (Bunge, 1999).
Al mismo tiempo, y ya fuera del campo de la antropología, asis-
timos a la apropiación de una versión empobrecida de la etnografía,
limitada al uso errático de técnicas de entrevista y encuestas por parte
de las llamadas etnociencias –etnobotánica, etnozoología, etnoecología,
etc.–. Estas últimas versiones, que han invadido el mercado profesional,
no solo desde la antropología sino desde disciplinas que aspiran a dar
cuenta de la versión “emic” de los dominios de conocimiento que abor-
dan, se caracterizan por la utilización en terreno de algunas técnicas de

3. http://web.conicet.gov.ar/web/conicet.acercade.evaluacion/lista-de-miembos-
informes-promociones-y-proyectos

146
Marta Crivos

investigación cualitativa lo cual convierte a quienes las implementan,


aún sin ningún tipo de entrenamiento ni habilitación profesional como
etnógrafos, en “expertos” en el estudio de las concepciones locales acerca
de un amplio espectro de dominios de conocimiento que “casualmente”
corresponden a los delimitados por la ciencia occidental.
El uso del prefijo “etno” en una serie de disciplinas de las ciencias
naturales, en particular de las ciencias biológicas, supone, a mi juicio,
algo más que un relevamiento a modo de inventario de los saberes de
grupos humanos particulares acerca de los componentes de su medio
natural y su correlación, más o menos forzada, con el saber científi-
co. Sin embargo, y de modo creciente, la apropiación por parte de la
comunidad de biólogos de este campo de investigación, ha resultado
en un cercenamiento en términos del alcance y profundidad de la in-
dagación acerca de las estrategias de distintos pueblos con relación al
uso y manejo de los recursos de su ambiente. La investigación de las
interacciones humano/otras especies constituye un emprendimiento
interdisciplinario o transdisciplinario complejo que, en lo que concierne
a la Antropología, requiere de un conjunto de condiciones y aptitudes
que constituyen el foco y contenido de los programas de formación
del etnógrafo con una orientación naturalista. Lamentablemente en
los últimos tiempos se ha desestimado esta línea de investigación
etnográfica y sobrevaluado aquella que, usufructuando el rotulo de
etnografía, se ocupa de generar o reproducir modos de hablar acerca de
entidades cada vez más intangibles e inabordables. La pérdida de esa
línea de investigación antropológica ha derivado en el fortalecimiento
de su apropiación por parte de profesionales de la Biología, lo cual
ha conducido a la reconfiguración de este campo de conocimiento en
función del interés y perfil profesional de quienes tienen como objeto
de estudio otras especies y no la nuestra. En este sentido se aprecia
cierto desequilibrio en la consideración de las interacciones humano/
distintos componentes del medio natural, actualmente centrada en
la recuperación de los aspectos simbólicos reconocibles en el corpus
lingüístico obtenido mediante la realización de entrevistas como he-
rramienta central, sino la única, accesible a los biólogos –o a cualquier
etnógrafo amateur– para el relevamiento de información en terreno.
De este modo, al convertir las etnociencias en un dominio de
especialización de los biólogos y no en un campo de interacción de la
Biología y la Etnografía –un campo interdisciplinario–, se pierden to-
dos los beneficios del aporte del enfoque etnográfico a la consideración
de esta interacción. Volviendo a Bunge, “La sistematicidad implica
una creciente interdisciplinariedad... poner el acento en las fronteras

147
Mario Bunge y la etnografía

(entre las disciplinas científicas) obstruye el progreso, porque bloquea


el flujo de diferentes perspectivas sobre una única materia” (Bunge,
1999:321-322).
No sé si Mario Bunge estará de acuerdo con este intento de apli-
cación de algunas de sus ideas al estado del arte de la gestión acadé-
mica y científica de la antropología en Argentina. Lo que sí sé es que
sin tenerlo como referente –como intelectual y profesional íntegro y
coherente, atento a la proyección de sus ideas en todos los ámbitos–,
no me hubiera aventurado a esta reflexión que concierne al desarrollo
de la antropología científica en mi país y a la que, aún sin quererlo y
una vez más, Mario Bunge ha contribuido.

Referencias Bibliográficas

Bunge, Mario: Finding Philosophy in Social Science, New Haven, Yale


University Press, 1996.
—Las ciencias sociales en discusión. Una perspectiva filosófica, Buenos
Aires, Sudamericana, 1999.
Bunge, Mario y Gabetta, Carlos: ¿Tiene porvenir el socialismo?, Buenos
Aires, Eudeba, 2013.
Hill, J. N.: “A prehistoric community in Eastern Arizona”, en Southwes-
tern Journal of Anthropology, N° 22 (1), 1966, pp. 9-30.
Howard, A.: “Land, activity systems and decision-making models in
Rotuma”, en Ethnology II (4), 1963.
Lave, Jean: Cognition in Practice, Cambridge University Press, 1995.

148
Fiat scientia nec pereat mundus

Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

A la memoria del físico argentino Ernesto Jorge Bertomeu,


que siempre hizo ciencia amoris causa

Si hiciéramos una encuesta entre filósofos y, más en general, entre


académicos ligados de una u otra forma a las humanidades, lo más
probable es que fueran ampliamente mayoritarias las siguientes opi-
niones, que también hoy –huelga decirlo– lo son entre publicistas y
columnistas de periódicos:

1) Que ya no tiene sentido, si alguna vez lo tuvo, la distinción


entre ciencia básica y ciencia aplicada o técnica: hoy habría
que hablar de “ciencia/técnica”.
2) Que la motivación y los incentivos de quienes trabajan en esa
área de la “ciencia-técnica” no son substancialmente distintos
de los de quienes trabajan en cualquier otra actividad social: la
codicia de la libido possidendi, la libido dominandi de la volun-
tad de poder o cualquier otro afán instrumental de este tipo.
3) Que el grueso de las innovaciones en esa pretendida área de la
“ciencia/técnica” se dan en el sector privado de la economía, y
que el sector público carece del dinamismo capaz de fomentar-
las, desarrollarlas y sustentarlas: antes al contrario, como en
cualquier otra área de la vida social y económica, la actividad
del sector público tendría un efecto de “expulsión” (crowding
out) de la “creadora” iniciativa privada.

La aceptación de estas tres afirmaciones no se correlaciona ya


hoy muy bien con las posiciones políticas de la derecha y del grueso

149
Fiat scientia nec pereat mundus

de la actual izquierda académicas: son en buena medida, como se dice


ahora, tesis “transversales”. Sobre todo las dos primeras: pero eso se
debe sólo al hecho de que buena parte de la izquierda académica actual
–postmoderna, relativista y hostil al legado ilustrado de la izquierda
clásica– ignora las realidades económicas, y no se percata muy bien
de que la tercera afirmación se sigue de forma bastante natural de
las dos primeras. Son tesis, en cualquier caso, y como dicho, amplia-
mente mayoritarias que suenan a modo de canto de sirenas. Entre los
muchos méritos filosóficos y políticos de nuestro querido amigo Mario
Bunge está el de haber resistido siempre con buen humor y excelentes
argumentos a esos melifluos cantos sin necesidad siquiera de atarse
a un mástil.
Las tesis tienen muchas más consecuencias filosóficas de lo que
sus valedores suelen creer. Lo que aquí nos proponemos sumariamen-
te es, primero, explicar que no son independientes entre sí; segundo,
probar que las tres son falsas; y tercero, mostrar algunas de sus impli-
caciones políticas, no por menos evidentes menos perniciosas.

Sobre la distinción entre ciencia básica y ciencia aplicada

Por lo pronto, las tres tesis comparten la idea de fondo de que la


ciencia es una “empresa”, en el sentido socialmente más o menos neu-
tro de actividad humana organizada para perseguir un fin o propósito
colectivo (público o privado). Aceptemos, por mor del argumento, esa
caracterización general.
¿Cuál sería el propósito de esa empresa? Obviamente, aumentar
nuestro conocimiento para liberar nuestra acción de restricciones
informativas.1
Ahora bien; la información es un bien económicamente muy sin-
gular. A diferencia de todos los demás bienes, es lógicamente imposible
saber su valor (para nosotros) hasta que lo poseemos. Lo que tiene la
siguiente y muy importante implicación: a la hora de empeñarnos en

1. A fines de los setenta y comienzos de los ochenta se convirtió en una pequeña


moda académica la idea de aplicar la teoría de la racionalidad bayesiana
al estudio de la actividad científica, que supuestamente consistiría en una
“empresa” maximizadora de algo llamado “utilidad epistémica”. Puede verse
una muestra de eso en, por ejemplo, Levi (1983).

150
Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

una “empresa” de búsqueda de conocimiento, no podemos observar la


regla básica de la racionalidad bayesiana normal; no podemos, esto
es, realizar análisis coste/beneficio. ¿Cuánto vale la pena “invertir”,
qué coste, c, es racional asumir, en la realización de una actividad, a,
tendente a conseguir la información I, cuyo beneficio sería b? No se
puede responder a esta pregunta ex ante, porque no podemos deter-
minar el beneficio, b (la utilidad), que podría reportarnos la actividad
de “producir” I.
Peor aún: lo dicho hasta ahora valdría para el mejor y más idea-
lizado de los casos; es decir, para cuando pudiéramos suponer que,
realizando la actividad a con coste c, con toda seguridad conseguiría-
mos I. No es el caso, obviamente. Puesto que nuestra “empresa” es la
de liberarnos de restricciones informativas, es obvio que no podemos
garantizar que la ejecución de a nos llevará con probabilidad 1 a conse-
guir I. Tenemos, pues, que formular nuestro problema en términos de
beneficio o utilidad esperados: b•X (siendo X la probabilidad de conse-
guir I, dada la realización de a). Así pues, no sólo no podemos conocer
el valor de b, tampoco el de X: es imposible estimar racionalmente la
probabilidad de que, dada la actividad “empresarial” a, obtengamos I.
Resultado: la “empresa” consistente en librarnos de nuestras
restricciones informativas y obtener conocimiento, la empresa que se
propone –para decirlo un poco más técnica y precisamente– maximizar
una supuesta utilidad epistémica esperada, es de todo punto ruinosa. Y
no es de “esperar” que nadie bayesianamente racional la “emprenda”.
Ahora podemos distinguir entre tres clases de “empresas” de este
tipo. Una “empresa-1” que se propone remover restricciones informa-
tivas básicas o estructurales, I, con costes y beneficios, c y b, total-
mente ignotos. Una “empresa-2” que se propone remover restricciones
informativas secundarias o coyunturales, I’, con costes, c’, estimados
muy altos y beneficios prácticos, b’, relativamente ignotos, a lo sumo
intuidos. Y finalmente, una “empresa-3” que se propone remover
restricciones informativas secundarias o coyunturales, I’, pero con
unos costes estimados relativamente accesibles, c’’, y unos beneficios
esperados, b’’, mínimamente perfilados.
Precisemos:
La “empresa-1” se enfrenta a situaciones de incertidumbre radi-
cal: no sólo desconoce totalmente ex ante el valor, b, del posible producto
I, sino que, además, ni siquiera puede definir el abanico de posibilidades
o de caminos (con sus correspondientes costes) de “producir” I.
La “empresa-2”, en cambio, se enfrenta a una situación de incerti-
dumbre clásica: puede definir el abanico de posibilidades o de caminos

151
Fiat scientia nec pereat mundus

–“método” es camino– que con distintos costos (siempre muy elevados),


c’, llevan a producir I’, pero no puede asignar valores probabilísticos
definidos a ese abanico de posibilidades. Tampoco puede hacer una
estimación satisfactoria del valor práctico, b’, de I’.
Y finalmente, la “empresa-3” se enfrenta a situaciones, no de
incertidumbre, sino de riesgo más o menos radical. Aunque desconoce
ex ante el posible valor práctico (industrial, militar, financiero, etc.)
preciso, b’’, del posible producto I’’, puede: (i) saber que ese valor, b’’,
es alto; y (ii) asignar valores numéricos probabilísticos definidos al
abanico que cubre todos y cada uno de los posibles “métodos” (con sus
respectivos costes, c’’) de “producir” I’’, siendo así que los costes de
algunos de esos “métodos” se estiman relativamente bajos.
Lo que tradicionalmente llamamos “ciencia básica” sería una “em-
presa-1”, es decir, una “empresa” que, como maximizadora de utilidad
epistémica, sería todo punto imposible. La “empresa-2” y la “empresa-3”
pertenecen al sector de lo que tradicionalmente se llamaría “ciencia
aplicada”. La “empresa-2” es también imposible por la combinación de
costos presumiblemente elevados e incertidumbre de resultados. La
“empresa-2” es posible, pero de alto riesgo.
La negativa a distinguir entre ciencia teórica básica y ciencia
aplicada significa, por lo pronto, pasar por alto todas estas distinciones,
que, como veremos a continuación, tienen implicaciones filosóficas,
políticas y económicas profundas.

Sobre motivaciones e incentivos


de la “empresa” científica

La Escuela de Francfort popularizó en los años cuarenta la idea


de que habría algo así como una “ciencia-técnica” que vendría a ser el
epítome de una “racionalidad instrumental” convertida en pretendido
nervio de la “modernidad” (o, tal vez más precisamente, de la progresiva
colonización capitalista del grueso de la vida social en los últimos siglos).2
Si seguimos utilizando la teoría bayesiana estándar de la raciona-
lidad, acaso consigamos arrojar un poco de luz sobre lo que esto puede

2. El inicio de esa tradición, en T. W. Adorno y M. Horkheimer (1944). Dialektik der


Aufklärung, con múltiples ediciones en varias lenguas (incluida la castellana), tuvo la
primera edición en 1944, en Los Ángeles, en el exilio norteamericano de los autores.

152
Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

querer decir. Esta concepción de la racionalidad es “instrumental” en


el preciso sentido siguiente. Se dice de un agente, A, que es “racional”,
si y sólo si:

(i) es posible representar cardinalmente las creencias subjetivas,


c, de A como una distribución de probabilidades sobre los po-
sibles estados del mundo, y esas creencias son mínimamente
congruentes o no contradictorias (la suma de las probabilidades
tiene que ser igual a 1);
(ii) A dispone de una escala de preferencias mínimamente con-
gruente (que respeta la relación de transitividad), y es posible
representar cardinalmente las preferencias de A como una fun-
ción de utilidad [f(u)], que vincula sus preferencias subjetivas
con los bienes y servicios que A cree a su alcance;
(iii) A valora subjetivamente el abanico de las posibles acciones
que considera a su alcance (a1, a2… an) sólo por sus conse-
cuencias, es decir, por el impacto “instrumental” que cree que
esas acciones pueden tener en el mundo: las acciones no pueden
valorarse “por sí mismas”;
(iv) A actúa de acuerdo con sus creencias (c1, c2… cm), a fin de
promover del mejor modo sus preferencias, lo que quiere decir
que la acción finalmente emprendida por A maximiza su fun-
ción de utilidad (cuando A actúa en situación de certidumbre)
y se limita a maximizar la utilidad esperada (cuando A actúa
en situación de riesgo).

Pero en situaciones de incertidumbre clásica, y no digamos de la


incertidumbre que aquí hemos llamado radical, la racionalidad bayesia-
na, sencillamente, quiebra, y ya sabemos por qué: no es posible aplicar
el análisis coste/beneficio al singularísimo bien que es la “información”.3

3. En la interpretación de Savage de la teoría de la decisión, la incertidumbre


no existe, porque los agentes siempre asignarían probabilidades subjetivas
a los Estados del mundo (Savage, 1954). Esa interpretación es insostenible:
fue completamente demolida por la “paradoja de Ellsberg” (Ellsberg, 1961),
anticipada muchos años antes en el célebre tratado de la probabilidad de Keynes.
Pero incluso en el caso de que fuera correcta, los agentes, para poder actuar
racionalmente, deberían conformarse con la distribución de probabilidades
subjetivas que tienen en el momento presente, y no tratar de informarse mejor
para corregir esa distribución. En la teoría económica neoclásica (en cuyo centro
está la teoría bayesiana de la racionalidad) los agentes pueden ser racionales
sólo porque: 1) viven en un mercado perfectamente competitivo con precios de

153
Fiat scientia nec pereat mundus

Se ha dicho a veces que la teoría matemática de la decisión o ra-


cionalidad bayesiana viene a ser una idealización o una reconstrucción
formal de nuestras intuiciones más básicas sobre la acción intencional
humana, al modo como la geometría euclidiana sería una reconstrucción
formal de nuestras intuiciones cognitivas básicas sobre la estructura
del espacio. Sin embargo, eso dista por mucho de la verdad.
Pues nuestras intuiciones fundamentales sobre la acción in-
tencional humana “racional” no son estricta o estrechamente “con-
secuencialistas”. No sólo no estamos dispuestos a reducir la bondad
o maldad, la adecuación o inadecuación, la corrección o incorrección
de nuestra acciones a las meras consecuencias estimadas de estas (a
su posible impacto en el mundo), sino que buena parte de las accio-
nes humanas que más valoramos, las valoramos por sí mismas, con
independencia de sus consecuencias o del posible impacto que puedan
tener en el mundo. Estimamos superlativamente las acciones amoris
et honoris causa. Y no sólo individualmente –honrar una promesa,
por ejemplo–, sino también institucional y colectivamente: un dere-
cho fundamental es inalienable y universalmente exigible, traiga
las consecuencias que traiga, y no, como se limitaron a decir Kant
y la Ilustración dieciochesca, “aunque perezca el mundo”, sino –eso
hemos aprendido en el siglo XX– nec pereat mundus, precisamente
“para que no perezca el mundo”.
La investigación teórica existe y progresa por el sencillo motivo,
reconocido por Aristóteles hace casi dos mil quinientos años, de que

equilibrio; 2) toda la información que necesitan está contenida en esos precios


de equilibrio, y por lo tanto, el acceso a la misma tiene coste cero, lo que quiere
decir que los agentes económicos son omniscientes, saben todo lo que hay que
saber y no necesitan “emprender” ulteriores búsquedas de información. La
“racionalidad” instrumental no es, propiamente, un atributo de los agentes
individuales maximizadores en una teoría económica neoclásica supuestamente
“individualista metodológica”, ¡sino una propiedad estructural o institucional
de una institución imaginaria, el “mercado perfectamente competitivo”! (véase,
por ejemplo, Arrow, 1975). En general, hay que decir que incluso el grueso de los
economistas ortodoxamente neoclásicos suelen ser más cautelosos con la teoría
estándar de la racionalidad que los filósofos que se enamoraron de ella en los
setenta y los ochenta para “aplicarla” incautamente a la epistemología o a la
filosofía política. Rawls, por ejemplo, llegó a comprender que la incertidumbre
no era reducible al riesgo, pero adoptó tan terne, en su Teoría de la justicia
como equidad (Rawls, 1991), un criterio de racionalidad en condiciones de
incertidumbre más que discutible: el criterio maximin (que en su caso invita
a elegir como justa, ceteris paribus, aquella sociedad en la que los que menos
tienen, tienen más). Véase, Keynes (1921).

154
Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

satisface la curiosidad humana. La “empresa-1”, la organización social


de la ciencia básica moderna, es sólo posible porque (y cuando) logra
diseñar entornos institucionales satisfactorios de cooperación –no de
competición– y de deliberación –no de negociación–4 colectivas encami-
nadas a satisfacer la necesidad públicamente reconocida de satisfacer
la curiosidad: de lograr explicaciones teóricas causales –respuestas
a preguntas de “por qué”– profundas, universales, informativas y
(aproximadamente) verdaderas.
Como no podía ser de otra manera, nunca se ha hecho investi-
gación científica básica animada por propósitos instrumentales, con
vistas a un resultado práctico, militar, industrial, financiero o de

4. Para la institucionalización de la investigación científica, sigue siendo


un libro muy recomendable el clásico de Robert K. Merton (1973). El tipo de
“sociología de la ciencia” que está de moda ahora lo que hace, en el fondo (en
general sin saberlo), es convertir a la sociología de la ciencia en una pequeña
provincia de la teoría de la negociación. Las comunidades científicas no
estarían institucionalmente organizadas como comunidades de deliberación
con razones exclusivamente públicas en las que se tratara, entre otras cosas,
de convencer a lo otra parte para que altere sus preferencias iniciales (como
ocurre también, por ejemplo, en los jurados en un proceso penal, o en los
parlamentos y las cámaras legislativas), sino mesas de negociación en las
que las partes actuarían con razones privadas y en las que las preferencias
iniciales de los agentes se mantendrían congeladas durante todo el proceso:
la “verdad” no sería entonces el fruto (provisionalmente) arrojado por una
deliberación, sino, simplemente, el resultado de una negociación entre las
partes, resultado perfectamente predecible conociendo los recursos iniciales
de los agentes y sus preferencias “epistémicas”; lo que terminara aceptándose
como “verdad” (conforme a la teoría estándar de la negociación de Nash)
sería lo que maximizara el producto de las distintas utilidades epistémicas de
todas las partes negociadoras. La sociología relativista de la ciencia que está
ahora de moda viene a ser el equivalente de una grotesca sociología política
que nos dijera que un parlamento es una institución en la que cualquier
politicastro puede subir a la tribuna y proponer una ley con el “argumento”
de que, si es aprobada, le beneficiará mucho personalmente a él y a sus
sobrinos. O de una no menos grotesca sociología del derecho que nos dijera
que en un proceso penal vale, por lo pronto, lo mismo el testimonio de un
forense genetista y el de un astrólogo y que, además, en las deliberaciones
del jurado cualquier miembro puede “argumentar” que el acusado le parece
culpable porque él no tiene ya más tiempo que perder deliberando, dado
que tiene que irse corriendo a atender a sus negocios particulares o a su
mamá gravemente enferma. De una “teoría sociológica” que es incapaz de
entender siquiera la diferencia crucial entre instituciones que organizan
socialmente espacios de deliberación (con razones publicas) e instituciones
que organizan socialmente espacios de negociación (con razones privadas)
no queda ya nada por decir.

155
Fiat scientia nec pereat mundus

otro tipo. Sería pedir lo imposible. Una buena parte de las teorías
científicas existentes carecen de cualquier aplicación práctica: por eso
mismo suelen ser ignoradas por la opinión pública (y por los filósofos
que, totalmente ajenos al mundo de la ciencia básica y aplicada, fan-
tasean sobre la “racionalidad instrumental” de la “ciencia-técnica”).
La teoría científica más famosa del siglo XX (la teoría general de la
relatividad de Einstein) se mantuvo durante tres cuartos de siglo sin
tener la menor aplicación práctica tecnológica, y sólo recientemente
ha encontrado una (los sistemas de navegación GPS). Cuando Ja-
mes Watson, Francis Crick y la injustamente olvidada cristalógrafa
Rosalind Franklin descubrieron las bases químicas de la vida y la
estructura de doble hélice del ADN a comienzos de los cincuenta,
nadie podía suponer que eso iba a tener consecuencias tecnológicas
e industriales importantes.5 Y todavía no habría llegado a tenerlas,
de no ser por el descubrimiento puramente casual, en 1969, en un
laboratorio de Passadena, del llamado “bisturí enzimático”, que per-
mite “cortar” precisamente el material genético por sus articulaciones
informativas.
Resumiendo: la organización de la investigación científica básica
o fundamental no puede tener otro propósito que la búsqueda del
conocimiento por sí mismo, con independencia de las consecuencias
que el éxito –o el fracaso– de la búsqueda traiga consigo. Ni puede
tener otra motivación social que la de satisfacer la curiosidad huma-
na. Y buena parte de las teorías científicas que consideramos buenas
y (aproximadamente) verdaderas no tienen (¿todavía?) aplicación
práctica alguna.
Eso no quiere decir que, una vez lograda una “conquista” cien-
tífica fundamental en un campo de estudio, no puedan aparecer o
buscarse aplicaciones tecnológicas con consecuencias prácticas (indus-
triales, militares, financieras, ecológicas, etc.). Y cuando eso ocurre,
huelga decirlo, las consecuencias suelen ser de gran calado: no hay
tecnología práctica más potente que la basada en descubrimientos
teórico-científicos profundos y fundamentales. Sin embargo, es im-
posible “planear” la rentabilidad de las inversiones en investigación
científica básica en función de esas totalmente inciertas consecuencias
prácticas.

5. Véase, por ejemplo Watson (1968) y Crick (1988).

156
Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

Sobre la innovación científica y tecnológica, el sector


privado y el sector público

Puesto que la “empresa-1” no es instrumentalmente rentable


de ninguna de las maneras, no puede ser financiada y emprendida
por el sector privado ni regulada con mecanismos de competencia de
mercado. La ciencia básica sólo puede ser financiada a fondo perdido
con recursos públicos. Y sólo logrará financiación pública en una
sociedad culturalmente dispuesta a considerar la curiosidad como
una necesidad humana fundamental y en una vida política predis-
puesta a organizar institucionalmente, como un propósito público
primordial, la satisfacción de esa necesidad. La Unión Europea de
Jacques Delors consideró digno de financiación el multimillonario
proyecto del acelerador de partículas en el CERN de Ginebra, que
está permitiendo descubrimientos fundamentales en el mundo de
las partículas subatómicas (el bosón de Higgs, reciente y celebérri-
mamente). Los EE.UU. de los Bush bloquearon los fondos públicos
necesarios para el desarrollo de un proyecto paralelo en el otro lado
del Atlántico.
Es verdad que la investigación en las fronteras actuales de la
ciencia básica suele requerir el uso masivo de tecnología. La menciona-
da construcción del acelerador de partículas del CERN es un ejemplo
obvio en la física fundamental. Y algo parecido ocurre en la ciencia
social seria y en las humanidades. La mejor investigación teórica
reciente sobre la relación entre inestabilidad financiera e incremento
exponencial de la desigualdad económico-social en el capitalismo de
nuestro tiempo ha requerido el manejo y la computación de inmensas
bases de datos procedentes de registros fiscales y de registros sala-
riales a escala local, regional y mundial, así como la introducción de
técnicas métricas totalmente novedosas.6 Nuestra imagen de la vida
económica y social de la República y el Imperio romanos ha cambiado
radicalmente en los últimos años, también gracias a la capacidad
para explotar tecnológicamente, conjugar y modelar de forma nueva
inmensas bases de datos arqueológicos, demográficos, epigráficos y
aun filológicos (tareas que podían ser hasta hace muy poco la obra de
una vida entera de erudición especializada, como estudiar la noción
de “esclavitud” en Agustín de Hipona o en Lactancio, pongamos por

6. Galbraith (2012). Véase también Piketty (2014).

157
Fiat scientia nec pereat mundus

caso, pueden resolverse ahora en cuestión de minutos gracias a la


digitalización de los textos).7
Pero eso no invalida la distinción clásica entre ciencia básica o
fundamental, destinada a remover restricciones informativas estruc-
turales en condiciones de incertidumbre radical, y ciencia aplicada,
destinada a remover restricciones informativas secundarias o coyun-
turales en condiciones o de incertidumbre clásica o de riesgo: la com-
plicada y costosa tecnología del acelerador de partículas es condición
necesaria, pero no suficiente, para identificar el bosón de Higgs, como
en determinadas circunstancias un lápiz –o un modesto trozo de tiza o
un complejo programa de computación– puede ser condición necesaria
para probar un teorema matemático de existencia.
De lo que llevamos dicho, si es verdad, se infieren varias conclu-
siones políticamente interesantes. La primera, ya se ha apuntado: la
ciencia básica (la “empresa-1” de incertidumbre radical) es incompa-
tible con un sector privado movido y regido por el ánimo de lucro o,
en general, por cualesquiera afanes “instrumentales”. La segunda:
la “empresa-2” (investigación aplicada con incertidumbre clásica en
sus resultados, así como costos de “producción” estimados muy altos)
es asimismo incompatible con un sector privado que busca la renta-
bilidad de la inversión. La tercera: sólo la “empresa-3”, que actúa en
condiciones, no de incertidumbre, sino de riesgo, y siempre con costes
de “producción” relativamente modestos, podría resultar vividera
en un sector privado animado por el motivo de la rentabilidad. Esto
es lo mismo que decir que sólo el sector público puede financiar la
ciencia básica y que sólo el sector público puede financiar la innova-
ción tecnológica muy costosa. Para el sector privado quedaría, a lo
sumo, la innovación tecnológica menor, siempre y cuando resultara
relativamente barata.
¿Es así? En efecto, es así. Tomemos uno de los productos estrella
de la innovación tecnológica privada en los últimos años, el célebre
teléfono inteligente iPhone de la empresa Apple. Todas y cada una de
las “revolucionarias” innovaciones que incorpora el iPhone (Internet,
localizador GPS, la pantalla táctil o las tecnologías de comunicación)
son resultado de inversiones públicas masivas.
Otro tanto podría decirse de las empresas de capital riesgo que
han entrado en las últimas décadas en el mundo de la biotecnología:
sólo entraron luego de que la inversión pública hubiera hecho (a fondo

7. Harper (2011).

158
Antoni Domenech y María Julia Bertomeu

perdido) el masivo trabajo de base fundamental.8 Y otro tanto, y acaso


más escandalosamente, de las empresas farmacéuticas: un mercado
cautivo en manos de la Big Pharma (básicamente, cuatro grandes
transnacionales) que despilfarran en publicidad comercial más de un
50% de su “inversión”, y apenas dedican un 12% a la “investigación” (en
la que se incluyen normalmente gastos de promoción comercial entre
la profesión médica de los resultados de sus laboratorios, que hacen
básicamente investigación secundaria, dependiente, en lo principal,
de la investigación públicamente financiada).9

Referencias Bibliográficas

Adorno, T. W. y Horkheimer, M. : Dialektik der Aufklärung, New York,


Social Studies Association, 1944.
Arrow, Kenneth J.: “Vertical Integration and Communication”, en Bell
Journal of Economics, The RAND Corporation, Vol. 6(1), 1975,
pp. 173-183.
Crick, F. What mad pursuit. A personal view of scientific discovery,
New York, Basic Books, 1988.
Ellsberg, Daniel: “Risk, Ambiguity and Savage Axioms”, en Quarterly
Journal of Economics, N° 75, 1961, pp. 643-679.
Galbraith, James K.: Inequality and Instability: A Study of the World
Economy Just Before the Great Crisis, Oxford, Oxford University
Press, 2012.
Harper, Kyle: Slavery in the Late Roman World, Cambridge, Cambridge
University Press, 2011.
Keynes, J.M.: A Treatise on Probability, London, Macmillan, 1921.
Levi, Isaac: The Enterprise of Knowledge. An Essay on Knowledge,
Credal Probability and Chance, MIT Press, 1983.
Mazzucato, Mariana: The Entrepreneurial State. Debunking Public vs.
Private Sector Myths, Londres, Anthem Press, 2013.

8. Con contadas excepciones, las famosas “patentes” siguen siendo en el


mundo de la tecnología actual lo que fueron en sus inicios, bajo las monarquías
absolutas europeas: privilegios excepcionales arbitrariamente concedidos por
un poder político sectario a un particular para ganar dinero en un mercado
cautivo y saquear el erario público.
9. Para una brillante investigación teórica y empírica de muchos de estos
problemas, cfr. el gran libro The Entrepreneurial State. Debunking Public vs.
Private Sector Myths, recientemente publicado por Mariana Mazzucato (2013).

159
Fiat scientia nec pereat mundus

Merton, Robert K.: The Sociology of Science. Theoretical and Empirical


Investigations, Chicago, University of Chicago Press, 1973.
Piketty, Thomas: Capital in the 21th Century, Harvard, Harvard Uni-
versity Press, 2014.
Rawls, John: Teoría de la justicia como equidad, México D. F., Fondo
de Cultura Económica, 1991.
Savage, Leonard: The Foundations of Statistics, Nueva York, Wiley,
1954.
Watson, J. D.: The double hélix, New York, Atheneum, 1968.

160
Mario Bunge y el mito de la interpretación
de Copenhague

Ricardo J. Gómez

Kristian Camilleri (2009:26-57) ha argumentado que la llamada “inter-


pretación de Copenhague” es un mito.1 Ello es así porque la expresión
misma, según él, es referencialmente vacua.
Si bien se reconoce que existen representantes mayores de dicha
interpretación, como Bohr, Heisenberg, Pauli, Dirac y Rosenberg, se
argumenta que ellos no compartieron una perspectiva consensuada
pues, las tesis-pilares que comparten, como el principio de indeter-
minación, la tesis de complementariedad, etc., son entendidas por
cada uno de ellos de manera distinta. Luego, según Camilleri, no hay
nada que constituya una clara, única y determinada “interpretación
de Copenhague”.
Además, se argumenta que la expresión “interpretación de Co-
penhague” fue utilizada por primera vez por Heisenberg en 1957. Los
físicos citados se consideraron miembros de dicha interpretación más
que nada por compartir el rechazo de la interpretación dialéctica por
parte de varios físicos soviéticos de las tesis de la mecánica cuántica.
Por ende, históricamente hablando, el rótulo “interpretación de Co-
penhague” fue supuestamente acuñado y aceptado para abarcar bajo
el mismo a aquellos que renegaban de las acusaciones de idealismo y

1. Véase también Howard (2004).

161
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

positivismo llevadas a cabo por los que proponían dicha interpretación


dialéctica.
Sin embargo, creemos que si bien es cierto que se produjo tal
reacción por parte de los miembros de la supuesta interpretación de
Copenhague contra los ataques dialecticistas, existe algo más impor-
tante que hace que la interpretación de Copenhague no sea un mito,
es decir no sea referencialmente vacua. Más precisamente, hay algo
compartido, desde al menos 1927, por Bohr, Heisenberg, Pauli, Dirac,
Rosenberg y sus acólitos: su abierta oposición, aunque a veces desde
distintas perspectivas, a las propuestas de Einstein sobre las tesis pi-
lares, y mucho más aún, a la postura ontológico-epistemológica acerca
del objetivo de la física, el tipo de conocimiento que provee acerca de
la realidad física y la naturaleza de dicha realidad.
En consecuencia, consideraremos la postura de Einstein y la
oposición a la misma por parte de la interpretación de Copenhague
acerca de: (1) Principio de Indeterminación, (2) Tesis de Complemen-
tariedad, (3) Completicidad, (4) Objetivo de la física, (5) Metafísica,
(6) Objetividad, y (7) Finalismo y exclusividad de la interpretación
de Copenhague.

Principio de Indeterminación

En su discurso de aceptación del Premio Nobel, Heisenberg


sintetiza lo más relevante acerca del así por él llamado principio: El
formalismo de la mecánica cuántica muestra que hay una relación entre
la exactitud con que puede ser medida la posición de una partícula y
la exactitud con que puede ser conocido el momento de la misma. Es
una relación de acuerdo a la cual “el producto de los errores probables
en la medición de la posición q y el momento p de una partícula es
invariablemente mayor que la constante de Planck dividida por 4pi
donde p y q son variables conjugadas” (Heisenberg, 2007:195). O sea,
en mecánica cuántica “el conocimiento exacto de una variable excluye
el conocimiento exacto de la otra” (Heisenberg, 2007:198). Como conse-
cuencia, “las leyes de la mecánica cuántica son básicamente estadísti-
cas” (Heisenberg, 2007:197) y, por ende se “abandona el determinismo”
(Heisenberg, 1976:32). No sólo ello porque resulta imposible ignorar la
influencia que cada observación tiene sobre el objeto a ser observado
y, debido a ello, “la mecánica cuántica hace posible el tratamiento de

162
Ricardo J. Gómez

los procesos atómicos by partially foregoing su descripción espacio-


temporal y objetivación” (Heisenberg, 2007:199).
Bohr reconoce ya en 1927 el carácter crucial del principio de in-
determinación, y utiliza a modo de ejemplo el célebre “experimento de
pensamiento” de Heisenberg con rayos gamma: “cualquier medición de
la posición de un electrón mediante un microscopio, haciendo uso de
radiación de alta frecuencia, estará conectada con un intercambio de
momento entre el electrón y el aparato de medición, que es mayor cuan-
to mayor sea la precisión de la medida de la posición” (Bohr, 1998:208).
Einstein, a su vez, desde 1927 a 1930 descreía de la validez del
principio de indeterminación porque veía que significaba una ruptura
inaceptable con ideales de la física: la objetividad (por ingerencia de
la interacción objeto-aparato de medición en la caracterización del
objeto estudiado), la imposibilidad en principio de predicción precisa,
así como la desaparición de toda representación o descripción visual
de la trayectoria de partículas y la necesidad de limitar la validez del
principio de causalidad. De ahí que trató de proponer contraejemplos
experimentales que culminaron con el célebre experimento de la caja
con reloj en la Conferencia Solvay de 1930. Supongamos que dispone-
mos de una caja con un agujero abierto en una de sus paredes cubierto
por una ventanita corrediza en una de sus paredes. La ventana puede
abrirse o cerrarse bajo el control de un reloj dentro de la caja que está
llena de radiación. En un momento determinado la ventana se abre y
deja escapar un fotón, luego se cierra. Se pesa la caja antes y después
de que escape el fotón; la diferencia entre ambos pesos de la caja nos
informa de la energía del fotón (por la equivalencia de masa y ener-
gía). En consecuencia, en un determinado instante preciso sabemos
le energía exacta que pasa por el agujero, en oposición al principio de
indeterminación de Heisenberg. Sin embargo, la respuesta de Bohr
mostrando lo inconclusivo de tal experimento si se tomaran en cuenta
los efectos relativistas en la medición del tiempo (porque el ritmo del
reloj se altera en la dirección de la fuerza gravitacional cada vez que
se pesa la caja) convencieron a Einstein de la validez del principio de
indeterminación.
Pero entonces, la tarea teórica científica y filosófica para Eins-
tein al respecto consistió en poder defender los ideales de causalidad,
descripción espacio-temporal y objetividad, aceptando el principio de
indeterminación qua auténtico principio físico. La llave, según él, que
abría las puertas de tal defensa era la cuestión de completicidad. La
discusión de la misma, sin embargo, requiere la previa consideración
de la tesis de complementariedad.

163
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

Complementariedad

El principio de indeterminación establece límites a la aplicabilidad


de los conceptos clásicos como, por ejemplo, de espacio, movimiento,
causalidad en los fenómenos atómicos y sub-atómicos porque dichos
conceptos, de acuerdo a Bohr, son imprescindibles para la comunica-
ción no ambigua (resultan del refinamiento de los conceptos de la vida
cotidiana); un discurso que prescindiera de ellos sería ininteligible.
El problema es pues cómo podemos describir, usando tales con-
ceptos, lo que acaece en ese dominio. La respuesta de Bohr es “por
complementariedad”. Bohr usó la expresión “complementariedad”
aplicándola a descripciones, imágenes, informaciones, explicaciones,
conceptos y fenómenos. Además, para hablar consistentemente de la
dualidad onda-partícula, la descripción espacio-temporal y la descrip-
ción causal, y, desde el comienzo, para las mediciones de posición y
momento, realizadas en situaciones experimentales determinadas.
La tesis de la necesidad de hablar de descripciones, mediciones,
etc. complementarias es consecuencia ineludible del quantum de acción
(h) a nivel atómico y subatómico (que encuentra su expresión en el
formalismo de la mecánica cuántica en las relaciones de indetermina-
ción de Heisenberg) lo cual genera la inevitabilidad de tener en cuenta
la interacción entre todo el dispositivo de observación-medición y el
objeto investigado: “en la física cuántica esta interacción forma parte
inseparable del fenómeno” (Bohr, 1963:4).
Decir que las descripciones D1 y D2 son complementarias significa
afirmar que cada una de ellas es incompleta e incompletable. Pero ambas,
en conjunto, son exhaustivas, es decir, agotan todo conocimiento expre-
sable representativamente y sin ambigüedad acerca de, por ejemplo, el
movimiento (D1) y el momento (D2) de una partícula “que no pueden
ser abarcables dentro de una descripción única” (Bohr, 1963:12). Bohr
sostiene que “la interacción entre los instrumentos de medición y los
objetos forman parte integral de los fenómenos” (Bohr, 1963:3). Y agrega
que los fenómenos mismos referidos en D1 y D2 son complementarios.
Se trata de una integralidad (wholeness) tal que no es posible escin-
dirla sin alterarla: no hay un fenómeno “interacción aparato-objeto” y
un fenómeno “objeto”; la interacción aparato-objeto es inescindible del
objeto investigado. Nada de ello implica el rechazo de la física clásica
que continúa siendo válida a nivel macroscópico. Tal como el principio de
correspondencia de Bohr propone, la teoría cuántica es concebida como
una generalización racional de la teoría clásica. Por eso es que “el punto

164
Ricardo J. Gómez

de vista de complementariedad constituye en verdad una generalización


consistente del ideal de causalidad” (Bohr, 1958:27). Heisenberg, a su
vez, señala que “este dualismo entre descripciones complementarias” [por
ejemplo, ondas y partículas] tiene su analogía, a nivel del formalismo
de la mecánica cuántica “en las distintas transformaciones del esquema
matemático [las ecuaciones del movimiento para las coordenadas y el
momento de las partículas …pueden ser re-escritas bajo la forma de una
ecuación de onda para una onda material tridimensional] por lo que “no
conduce a ninguna dificultad en la interpretación de Copenhague de la
teoría cuántica” (Heisenberg, 2007:24).
Einstein expresó, desde el comienzo, su desacuerdo con la tesis
de complementariedad. La razón fundamental es que le pareció “un
error permitir que la descripción teórica dependiera de los actos de
afirmaciones empíricas, como parece ser el intento en el principio de
complementariedad de Bohr. Desde mi punto de vista tales enunciados
o mediciones sólo pueden ocurrir como un caso especial, o sea, como
partes de una descripción física, a la cual no se le puede adscribir una
posición excepcional sobre el resto” (Einstein, 1988b:674). O sea, las
descripciones complementarias no pueden ser sólo y todo lo que puede
establecerse teóricamente en física.
Además, Einstein creía que la renuncia a un modo causal de des-
cribir los procesos físicos era sólo un alejamiento provisorio de las ideas
a ser reivindicadas posteriormente y no, como Bohr lo reconoce, como
algo irrevocable para obtener “la armonía apropiada entre análisis y
síntesis de los fenómenos físicos” (Bohr, 1988:202).
Por lo tanto, mientras que para Einstein, continuidad espacio-
temporal descriptiva y causalidad eran ideales a no ser abandonados,
para Bohr, tal abandono era el único modo de coordinar coherentemente
distintos tipos de fenómenos.

Completicidad

Einstein en su discusión con Bohr acerca de completicidad, ha-


blaba de completicidad descriptiva-representacional (en el sentido de
elementos de la realidad física representados en la descripción de la
misma). O más precisamente, hay completicidad descriptiva si a todo
elemento de la realidad física le corresponden elementos en el sistema
descriptivo (o teoría física).

165
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

En verdad, la incompleticidad de la que habla Einstein es la de


un sistema físico individual (por ejemplo, de un electrón): “la teoría
cuántica estadística es en principio incapaz de producir una descrip-
ción completa de un sistema físico individual” por lo que concluye que
“dentro del marco de la mecánica cuántica estadística no hay tal cosa
como una descripción completa del sistema físico individual” (Einstein,
1988b:671).
Esto queda aún más claro en su trabajo en colaboración con
Podolsky y Rossen (1935), en donde se intenta demostrar la incom-
pleticidad de la mecánica cuántica. El argumento está basado en una
condición suficiente de realidad: Si, sin perturbar en modo alguno un
sistema, podemos predecir con certeza el valor de una cantidad física,
entonces existe un elemento de la realidad física que corresponde a
esta cantidad física. Como es sabido, si dos partículas A y B interac-
túan por un tiempo, y luego se mueven separadamente, se pueden
predecir (usando el formalismo de la mecánica cuántica) los valores de
la posición y el momento de B, midiendo, separadamente, la posición
y el momento de A. Por lo tanto, existe un elemento B de la realidad
física que, contra lo que se afirma en la mecánica cuántica, puede ser
descripto completamente (en principio, sin incertezas). La partícula
B debe haber tenido una posición y momento precisos, previamente a
cualquier medición. La partícula B es pues un elemento de la realidad
física. Pero, la teoría cuántica no permite que haya valores precisos
para ambos, su momento y su posición. De acuerdo al criterio de com-
pleticidad, Einstein, Podolsky y Rossen concluyen que la mecánica
cuántica no da una descripción completa de la realidad física.
Es obvio que en la propuesta de Einstein, Podolsky y Rossen hay
involucradas dos situaciones de medición: hay una disposición experi-
mental para medir la posición de A para luego predecir la posición de B,
y otra disposición experimental para medir el momento de A y, de ahí
predecir el momento de B. Einstein, Podolsky Rossen son conscientes
de ello, y afirman en el penúltimo párrafo de su trabajo que “no se
arribaría a nuestra conclusión si se insistiera que dos o más cantida-
des físicas pueden ser consideradas como elementos simultáneos de la
realidad sólo cuando son predichas simultáneamente… Esto hace a la
realidad de la posición de B y del momento de B depender del proceso
de medición llevado a cabo en A que no perturbe a B de modo alguno.
[Pero] ninguna definición razonable de realidad puede esperarse que
permita ello”.
Esto muestra que la conclusión real del trabajo de Einstein,
Podolsky y Rossen no es que la mecánica cuántica es incompleta, sino

166
Ricardo J. Gómez

que lo es bajo el supuesto de localidad, en el sentido de que lo que se


hace en una parte del experimento (medición de A) no influye lo que
sucede en la otra, algo que Einstein enfatizó en su correspondencia
con M. Born (1971).
Bohr responde poniendo en evidencia una concepción distinta
de completicidad y de realidad física. Según Bohr, durante el proceso
de medición “hay una influencia en las condiciones mismas que defi-
nen los posibles tipos de predicción acerca de la conducta futura del
sistema. Como las condiciones constituyen un elemento inherente de
la descripción de cualquier fenómeno al cual se le adscribe el término
‘realidad física’, vemos que el argumento no justifica su conclusión de
que la mecánica cuántica es esencialmente incompleta”. La realidad
física que estudia la física es pues, de acuerdo a Bohr, la realidad
fenoménica, de las cosas tal como aparecen bajo determinadas situa-
ciones de medición (y no de las cosas en si independientemente de
las mediciones). Ello no es así para Einstein, que siempre sostuvo la
separabilidad de los objetos de observación de su interacción con los
aparatos de medición.
Bohr continúa el último párrafo citado agregando “por el contra-
rio, esta descripción… puede ser caracterizada como una utilización
racional de todas las posibilidades de interpretación no ambigua de
las mediciones compatibles con las interacciones finitas e incontrola-
bles entre los objetos y los instrumentos de medición en el dominio
de la teoría cuántica”. Es obvio que para Bohr, la descripción que la
mecánica cuántica hace de la realidad fenoménica es en el sentido de
representación de todo lo que podemos comunicar no ambiguamente,
es decir en términos del lenguaje de la física clásica que aparece, otra
vez, como condición sine qua non para la comunicación inteligible.
Einstein jamás aceptó esta respuesta. Al final de su vida, seguía
considerando a la mecánica cuántica como meramente un medio para
dar cuenta de la conducta promedio de un largo número de sistemas
atómicos, insistiendo en su creencia de que debe ofrecer una descripción
exhaustiva (no meramente probabilística) de los fenómenos individua-
les. De ahí que insista en la necesidad de buscar una concepción más
completa. Para Einstein, la incompleticidad de la mecánica cuántica
iba en contra de toda la tradición física anterior mecánica o de campo
porque “en lugar de dar una descripción modelo de los hechos reales en
espacio y tiempo, da la distribución probabilística de medidas posibles
en el tiempo” (Einstein, 1982:333). Esto es así, según Einstein, porque
el objetivo de la mecánica cuántica es determinar la probabilidad de
los resultados de medición de un sistema en un momento determinado.

167
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

Sin embargo, ninguno de los miembros de la interpretación de


Copenhague aceptaría nada de ello. Bohr, por ejemplo, encontraría su
postura de completicidad de representación de los fenómenos como uno
de los aspectos que se complementa con el tipo de representación de la
mecánica clásica, concebida como caso límite de la mecánica cuántica.
Sin duda, subyaciendo a todos los desacuerdos acerca de comple-
ticidad-incompleticidad hay profundas diferencias acerca del objetivo
de la física.

Objetivo de la física

En su autobiografía Einstein afirma que “la física es un intento


de captar conceptualmente la realidad tal cual es independientemente
del acto de ser observada”. Esto está íntimamente vinculado con lo ya
señalado al referirnos a completicidad, porque, al decir de Einstein, “el
objetivo de toda física es la descripción completa de cualquier situación
real individual tal como se supone que existe independientemente de
todo acto de observación…” (Einstein, 1988b:667).
Bohr, por supuesto, jamás podría aceptar ambas propuestas de
Einstein porque (i) es imposible, sin distorsionar la comunicación, ir
más allá de las descripciones fenoménicas complementarias, (ii) ha-
cerlo, para Bohr, implicaría además la introducción de presupuestos
metafísicos, (iii) no se respetaría el carácter estadístico último de las
leyes de la física.
Por todo ello, tendremos que ocuparnos de los desacuerdos entre
Einstein y la interpretación de Copenhague acerca de metafísica, ob-
jetividad y carácter final de la mecánica cuántica.
Heisenberg, a su vez, sostiene que la física clásica puede ser con-
siderada como esa idealización en la cual hablamos del mundo como
enteramente separado de nosotros, agregando que la teoría cuántica
no permite una descripción completamente objetiva de la naturaleza.
Estas diferencias acerca de la física no son más que un caso
particular de las respectivas concepciones de la ciencia. Así, Einstein
afirma que “el objetivo de la ciencia es, por una parte, el abarcamiento
comprehensivo lo más amplio posible de las experiencias sensibles en
su totalidad, y por otra parte, el logro de tal objetivo primario por el
uso de un mínimo de conceptos y relaciones buscando tanto como sea
posible la unidad lógica de la visión del mundo…” (Einstein, 1982:293).

168
Ricardo J. Gómez

Ello, según Einstein, se evidencia en el desarrollo histórico de la


física donde se enfatiza tal doble objetivo desde Newton, pasando por
el mecanicismo corpuscularista, Faraday, Maxwell, Hertz, relatividad
y mecánica cuántica, aunque reconociéndose que en el presente aún
no se ha logrado la para él imprescindible y alcanzable unificación.
La respuesta de la interpretación de Copenhague es que tal
objetivo es meramente ilusorio porque es imposible: “La ontología del
materialismo descansa en la ilusión de que el tipo de existencia, la
realidad directa del mundo alrededor nuestro puede ser extrapolada
al dominio atómico. Sin embargo tal extrapolación es imposible” (Hei-
senberg, 2007:119).
Llegamos aquí a un desacuerdo crucial: Einstein cree que es po-
sible, basándose en los siempre logrados intentos de abarcamiento y
unificación del pasado. Por supuesto, ello requeriría pasar a un nivel
subyacente al cuántico de realidad, por lo que la mecánica cuántica
no sería final, algo, otra vez, que quasi-postulacionalmente niegan
unánimemente los miembros de la interpretación de Copenhague.

Metafísica

Einstein reconoce que cuando él propone sus tesis sobre el objetivo


de la física, la realidad a conocer y el tipo de conocimiento posible de
alcanzar, el físico “con intención “positivista”… se sonreiría y agrega-
ría que “tal manera de proceder es un prejuicio metafísico, vacío de
contenido” (Einstein, 1988b:667).
Además, dichos físicos supuestamente positivistas creían que la eli-
minación de presupuestos metafísicos era uno de los logros mayores de la
interpretación de la mecánica cuántica de Bohr, Heisenberg y Pauli para
los cuales el mero objetivo “realista” para la física involucraba metafísica.
Einstein manifestó que tal actitud básicamente positivista era
para él insostenible pues “conduce a lo mismo que el principio de
Berkeley esse est percipii” (Einstein, 1988b:667). O sea, a un reduccio-
nismo de la ontología a la epistemología, mientras que para Einstein,
la ontología es la que tiene primacía.
Además, negar la pertinencia de la metafísica en la actividad
física teórica es, tal como él afirma en su crítica a Mach, es negar “el
carácter esencialmente constructivo y especulativo del pensamiento, y
especialmente del pensamiento científico” (Einstein, 1988a:21).

169
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

Einstein explicitó algunos supuestos metafísicos que él asumía.


Así, afirmó que creer que el físico tiene acceso a la estructura de lo real
a través de sus teorías presupone lo “que Leibniz describió como una
armonía pree-establecida” entre el mundo de las cosas y el de nuestras
construcciones teóricas.
Es más, Einstein visualizó el progreso en la marcha de una teoría
y del desarrollo histórico entre teorías como íntimamente relacionado
con el aumento de la presencia de conceptos constructivo-especulativos,
lo que creía era acompañado por un aumento en la unidad de los fun-
damentos.
El otro gran supuesto metafísico que Einstein siempre menciona
es el de la simplicidad de la naturaleza, lo que justifica su reiterada
decisión de adoptar como criterio de selección de hipótesis y teorías a la
más simple entre las empíricamente viables. De ahí que Einstein afirme
que “todo verdadero teórico es una suerte de metafísico domesticado,
no importando cuan ‘puro positivista’ él se imagine ser” (Einstein,
1982:337). El metafísico domesticado cree que “lo lógicamente simple
es también lo real, sin por ello creer que todo lo lógicamente simple
está corporizado en la realidad experienciada” (Einstein, 1982:337).
Lo que es importante relevar es que “la totalidad de las experiencias
sensibles pueden ser abarcadas sobre la base de un sistema conceptual
construido sobre premisas de gran simplicidad” (Einstein, 1982:337).
Es obvio que la actividad científica del físico, el mundo capaz de
abarcar a través de ella, y las características de los constituyentes
de una teoría guía o resultado de tal actividad son diametralmente
opuestas de acuerdo a Einstein a la de los físicos de la interpretación
de Copenhague quienes unánimemente rechazaron todas y cada una
de las propuestas de Einstein al respecto. Ello ha llevado a afirmar a
varios comentadores que la interpretación de Copenhague era bási-
camente anti-realista. Para evitar problemas con todo tipo de “ismo”,
preferimos decir que era “básicamente anti-einsteniana”.

Objetividad

La versión einsteniana del estatus cognitivo de la física (capacidad


de conocer el mundo real, más allá de las apariencias) subyace a su
fuerte adscripción a la objetividad de la física o del conocimiento que
ella proporciona.

170
Ricardo J. Gómez

Hay dos sentidos obvios de objetividad en las propuestas de Eins-


tein al respecto, (1) objetividad, con fuertes connotaciones ontológicas:
la física nos da acceso al mundo de los objetos tal cual son, y (2) objeti-
vidad como independencia de la interacción sujeto cognoscente-mundo.
En verdad, (1) es el más fuerte, mientras que (2) es el más presente en
las discusiones con Bohr y Heisenberg.

(1) La posibilidad de conocimiento objetivo como conocimiento de


los objetos tal cual son reside en la presencia de los conceptos
especulativo-teóricos a los que Einstein llama “factores objeti-
vos” (Einstein, 1982:674). El conocimiento físico es reconocido
“por su habilidad de captar intelectualmente la experiencia y es
considerado por nosotros como ‘conocimiento de lo real’” (Eins-
tein, 1982:674). Como tal conocimiento puede ir avanzando y/o
cambiando, “lo real –en física- ha de ser considerado como un
tipo de ‘programa’” (Einstein, 1982:674). Este programa, según
Einstein, jamás debe ser abandonado. En tal sentido, Einstein
parece tener la idea de que nuestra concepción de la realidad
mientras cambia en el tiempo “converge, sin embargo, hacia
un objetivo que jamás puede ser alcanzado, pero que funciona
como un límite” (Einstein, 1988a:256).
(2) El conocimiento es objetivo o ciertas proposiciones son objetivas
si “son independientes del observador”. Esta es la garantía de
que el conocimiento es conocimiento del objeto tal cual es más
allá de los modos de conocerlo o de las perspectivas desde las
que se lo conoce. Einstein cree que esto es posible, tanto en el
mundo macroscópico como en el subatómico.

Por supuesto Bohr, Heisenberg y otros piensan que ello es im-


posible. Bohr, el más extremo al respecto, sostiene que no hay mundo
cuántico… sólo una descripción cuántica abstracta. Es erróneo pensar
que la tarea de la física es describir cómo es la naturaleza. La física
versa sobre lo que podemos decir acerca de la naturaleza. Heisenberg
agrega consistentemente que la física no es conocimiento del mundo
sino conocimiento de nuestro conocimiento del mundo.
Hay aquí, en primer lugar, una obvia diferencia acerca del objetivo
de la física y, funcional a ella, una diferencia de corte metafísico y otra
de tipo epistemológico.
La interpretación más caritativa de la expresión “no hay mundo
cuántico” es que propiedades como posición, momento, orientación del
spin, están indeterminadas. Las cosas en el mundo cuántico existen en

171
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

estado de superposición; estas propiedades indeterminadas devienen


determinadas por nuestros actos de observación, por la interacción
entre los objetos cuánticos, nosotros y los aparatos de medición. Lo que
se está diciendo no es que no existan cosas en el mundo cuántico, sino
que sus propiedades no son independientes de nuestras actividades
de observación-medición.
Sin embargo, no todas las cosas son indeterminadas (carga eléc-
trica, magnitud del spin, masa); no hay pues razón para decir que toda
la realidad depende de las actividades del observador. Más apropiado
hubiera sido afirmar que el mundo cuántico es totalmente distinto
del macro-mundo. Pero esto es muy diferente a afirmar que el mundo
cuántico no existe.
Bohr ha afirmado reiteradamente que no podemos afirmar una
realidad física autónoma a escala atómica. Ello es consistente con su
tesis de complementariedad que supone que la teoría cuántica no habla
de objetos reales sino sólo de disposiciones experimentales. Por eso es
que Bohr, a diferencia de Heisenberg, no aceptaba que las relaciones de
indeterminación afirmaran que era imposible medir simultáneamente
la posición y la velocidad de una partícula: ello es así porque hablar
de tal manera implicaría que velocidad y posición son atributos bien
definidos del objeto, mientras que lo que debemos renunciar es a hablar
de “atributos autónomos del objeto”.2
Análogamente, la razón principal para rechazar el determinismo
es que los estados de un sistema físico no constituyen una secuencia
autónoma: la secuencia de estados es sustituida por una secuencia de
intervenciones del experimentador.
Es cada vez más claro que la postura no-realista de Bohr se basa
en última instancia en “la imposibilidad de establecer una clara se-
paración entre la conducta independiente de los objetos atómicos y su
interacción con los instrumentos de medición que sirvan para definir
las condiciones en las cuales ocurren los fenómenos” (Bohr, 1988:218).
Debe recordarse que Bohr limitó el uso de ‘fenómeno’ para refe-
rirse a observaciones bajo determinadas circunstancias incluyendo a
la totalidad del dispositivo experimental. Luego, nuestro conocimiento
no es mero conocimiento de las apariencias, es que las apariencias
percibidas son sólo y toda la realidad. Por lo tanto, ‘objetividad’, en
ambos sentidos (1) y (2), desaparece de la interpretación de Bohr de
la mecánica cuántica.

2. Véase Bunge (1959:177).

172
Ricardo J. Gómez

Sin embargo, Bohr, después de 1935, introdujo una noción de


objetividad (de las descripciones) identificándola con un método de
reportar los hechos que pueda ser entendido claramente por los demás,
es decir que objetividad es identificada con comunicación no ambigua
y, en cierto sentido requiere intersubjetividad.
Tal comunicabilidad no ambigua supone la indispensabilidad
de los conceptos clásicos que subyace también a la tesis de comple-
mentariedad. Pero, la imposibilidad de usar conceptos distintos de
los clásicos es harto discutible, y lo fue para Einstein. Tal requisito
ignora el tremendo hiato entre nuestra intuición (y la de Aristóte-
les) y el esquema abstracto de la física galileano-newtoniana que es
contra-intuitiva. Además, Bohr indicaba que “los viejos conceptos de
la experiencia están inseparablemente conectados con el fundamento
del poder del hombre de visualizar”.3 Pero esto es más que discutible:
tiene reminiscencias kantianas acerca de la imprescindibilidad de la
geometría euclidiana para visualizar el mundo empírico, algo rebatido
rigurosamente por von Helmholtz.
Es interesante que la posición de Heisenberg difiera también de la
de Bohr acerca de objetividad. Heisenberg reconoce que “la objetividad
ha devenido el primer criterio para valorar cualquier resultado científico”
(Bohr, 1988:29) y sostiene que la teoría cuántica satisface a este objetivo
“tanto como sea posible”. Por una parte, “no introduce la mente del físico
como parte del hecho atómico” pero para describir el resto del mundo (en
la división entre objeto estudiado y el resto del mundo) usamos conceptos
clásicos, uso que es una consecuencia del modo humano de pensar lo cual
es ya “una referencia a nosotros mismos y, por ende, nuestra descripción
no es completamente objetiva” (Bohr, 1988:30).
En resumen: no hay consenso unánime entre Bohr y Heisenberg
acerca de objetividad, pero ambos se oponen a las versiones de Einstein
de la misma.
Es pertinente agregar que H. Margeneau cree que en la teoría
de la Relatividad, “la objetividad deviene equivalente a la invariancia
de las leyes de la física” (Margeneau, 1988:253). Esto hace, por una
parte, que el término ‘objetividad ‘se aplique a las leyes de la física.
En tal sentido, para obtener tal objetividad, “la teoría debe conferir
relatividad al dominio de las observaciones” (Margeneau, 1988:253).
Por ejemplo, la constancia de la velocidad de la luz en distintos sis-
temas inerciales requiere la contracción en longitud de los objetos

3. N. Bohr: Carta a Schrodinger (23 de mayo de 1927).

173
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

en movimiento, el retarda miento de los relojes, la no existencia de


instante universal.
En mecánica cuántica, Rosenfeld afirma que el contenido objetivo
de la física está representado por las ecuaciones que conectan entre si
los operadores (por ejemplo, la de no conmutatividad de las operaciones
de medición de posición y momento) porque son invariantes a través
de las transformaciones canonícas.
Sin embargo, Mario Bunge se opone a tal identificación de “obje-
tivo” con “invariante” que en relatividad se identifica con “absoluto”,
porque supone, a su vez, la correlación de “subjetivo” y “relativo” .
En relatividad, por ejemplo, el incremento relativista de masa con
la velocidad, es relativo pero es también objetivo porque tiene lugar
independientemente de que sea observado o no. Por eso, no solo las
entidades invariantes sino también las relativas pueden ser objetivas.
Análogamente para la mecánica cuántica. La afirmación de Ro-
senfeld contradice tesis básicas de la interpretación de Copenhague
porque involucra que “las leyes refieren a objetos existiendo indepen-
dientemente de nuestros actos de observación… y esto contradice la
propuesta básica que no es ni siquiera concebible tal separación del
sujeto respecto del objeto” (Bunge, 1959:188).
En resumen: no es conveniente identificar invariante u absoluto
con objetivo porque conduce a conclusiones inadecuadas tanto en re-
latividad como en mecánica cuántica.
Nada de ello puede hacernos olvidar que en los sentidos (1) y (2)
Einstein sostuvo persistentemente la objetividad de la física, siendo
esta una de las razones de su constante rechazo de la interpretación
de Copenhague que renegó explícitamente de ambos sentidos de ob-
jetividad.

Finalismo e inevitabilidad

Mientras que para Einstein no hay modo alguno de asegurar el


carácter final o último de teoría o interpretación alguna, los miembros
de la interpretación de Copenhague, al sostener la completicidad des-
criptiva de la mecánica cuántica inferían de ello la inevitabilidad de
no necesitar ni ser posible una descripción más básica, una explicación
ulterior en términos que refiriesen a un nivel subyacente de los hechos
descriptos por la mecánica cuántica.

174
Ricardo J. Gómez

Einstein tiene varias razones para oponerse a tal finalismo in-


evitable:
(1) Si la teoría cuántica es meramente estadística como lo afirma
la interpretación de Copenhague, entonces Einstein concluye
que “no pretende describir el sistema individual de manera
completa…por lo que parece inevitable buscar en otra parte
la descripción del sistema individual…” (Einstein, 1988b:671).
Einstein agrega que “tal esquema [de la mecánica cuántica] no
podría servir de base para la física teórica” y “no ofrece un punto
de partida útil para desarrollos futuros” (Einstein, 1988b:87).
(2) La descripción incompleta del sistema individual involucra,
según la interpretación de Copenhague, la imposibilidad de
una descripción espacio-temporal causal de dicho sistema indi-
vidual. Einstein sostuvo que el hecho de que la teoría cuántica
según dicha interpretación no permitiera ello, no era razón
para abandonar el ideal de una descripción espacio-temporal
continua en términos causales.
En su respuesta a Einstein, en el volumen Schilpp, la primera
discrepancia de Bohr es justamente acerca de ello: “la renun-
cia a un modo causal de descripción de los procesos ¿debe
ser considerada como un distanciamiento temporario o nos
enfrentamos a un paso irrevocable…?”. Bohr opta por esta
última alternativa al afirmar que “no estamos renunciando
arbitrariamente a un análisis más detallado de los fenómenos
atómicos sino que reconocemos que tal análisis es en principio
excluido” (1988:235).
(3) Al afirmar Einstein que la idea de “realidad física” es un pro-
grama a ser proseguido acercándose a dicha idea, se sigue que
nuestra noción de realidad física nunca puede ser final y va
avanzando con el desarrollo de nuevas teorías constructivas.
El corolario obvio es que no hay ni puede haber teoría final de
la realidad física.
Para Bohr y sus seguidores, la completicidad de la mecánica
cuántica va acompañada por el carácter exhaustivo insuperable
de la versión de la realidad física por descripciones complemen-
tarias, jamás subsumibles en nuevas propuestas unificadoras.
Esto no es solo anti-realismo sino fenomenalismo exclusivista
y final.
(4) Einstein, además, consideró el avance de la física como hacia
teorías más unificadoras aunque “no sabemos si esta ambición
dará como resultado un sistema definitivo… Pero uno nunca

175
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

abandonará la esperanza de que el mayor de todos los obje-


tivos sea realmente alcanzado en muy alto grado” (Einstein,
1982:294). Por lo tanto, Einstein jamás podía hacer la más
mínima concesión al carácter final de una teoría física como
la mecánica cuántica. Einstein reconoce que ni la mecánica
cuántica ni la teoría del campo han tenido éxito al respecto.
La teoría cuántica porque cree inadecuado por imposible pre-
tender alcanzarlo, y la teoría del campo porque “se ha mostrado
incapaz de explicar la estructura molecular de la materia y de los
fenómenos cuánticos” (Einstein, 1982:23). Pero nada de ello es
razón válida para no proseguir intentando alcanzar tal unidad.
Tal carácter final no puede, en opinión de Einstein, ser atribuido
siquiera a la Teoría de la Relatividad: “no puede ser afirmado que
aquellas partes de la Teoría de la Relatividad que hoy pueden ser
consideradas como finales nos hayan dado una fundamentación
completamente satisfactoria” (Einstein, 1982:330).

Para Bohr, Heisenberg y Rosenfeld la interpretación de Copen-


hague no era meramente una entre las posibles sino la única plausible
y realizable. De ahí que las alternativas eran directamente ridiculiza-
das. Expresiones como “no puede ser de otra manera”, “no hay modo
alternativo”, “esto ha de permanecer por siempre” abundan en los
escritos de, por ejemplo, Bohr lo que enfatiza que la interpretación de
Copenhague no era sólo final sino también inevitable, de la cual “no
podemos desviarnos, sea lo que sea que el futuro nos depare”.4
¿Por qué esta actitud? Se han mencionado entre otras a las siguien-
tes razones (a) por su tozudez en no generar conceptos distintos de los de
la física clásica para expresarse en mecánica cuántica. Así Heisenberg
afirma que “no podemos ni debemos reemplazar estos conceptos clásicos
por otros… no podemos ni debemos tratar de mejorarlos” (Heisenberg,
2007:44), (b) su compromiso con el positivismo, con su rechazo a aceptar
propiedades inobservables, (c) como estrategia retórica pues no hay nada
más efectivo como un argumento pro-finalidad e inevitabilidad para con-
mover acerca de la ineludibilidad de algo a ser aceptado, (d) la acusación de
“carecer de significado” a todo aquello que no satisfaga al criterio empirista
del significado, caricaturizando in extremis las propuestas de Einstein y
Schrodinger como no significativas, (e) la versión operacionalista de Bohr
luego de 1935 según la cual “lo que no es medible, no existe”.

4. Carta a Born (2 de marzo de 1953).

176
Ricardo J. Gómez

Todo ello conduce a negar la existencia de un nivel más profundo


de realidad que el de la mecánica cuántica desde el cual explicarla. Por
supuesto, de acuerdo a Einstein, entre otros, ninguna de las razones
(a)-(e) es aceptable. No extraña pues que David Bohm señale que tal
finalismo-inevitabilista “se sigue solamente si se asume de antemano
que tal nivel no existe” (Bohr, 1957:55).
Nos parece sensato concluir que ambas partes, Einstein-Interpre-
tación de Copenhague ejemplifican claramente el dictum einsteniano
que propone que “por una parte hay una relación recíproca entre
epistemologia y ciencia”[es obvio que las cuestiones epistemológicas
están fuertemente basadas en los problemas que presentaba la ciencia
del momento] y ellos mismos los científicos puestos a filosofar deben
parecer al epistemólogo sistemático, como oportunistas usurpadores
[por ir adoptando posturas epistemológicas que van variando según
las necesidades “científicas” del momento]”.5 Ello es factualmente co-
rrecto si se piensa, por ejemplo, los cambios de postura de Einstein de
un empirismo quasi-machiano a un realismo desde 1927 en adelante,
así como el cambio de Bohr posterior a 1935 no usando las mismas
razones para defender sus tesis.
Pero, principalmente la cita de Einstein es un llamado a la cau-
tela para evitar rotular con “ismos” incambiables a las posturas de los
contendientes en la polémica.
Más importante aún, lo que creemos haber mostrado con alto
grado de verosimilitud es que el consenso básico entre los miembros
de la interpretación de Copenhague fue su oposición a las tesis de
Einstein acerca de los temas (1)-(7).

Bunge, Einstein y la interpretación de Copenhague

Sin duda, Einstein fue el máximo responsable de que la interpre-


tación de Copenhague no sea un mito. Todo aquel lector consecuente
de los escritos de Bunge acerca de Einstein y de la interpretación de
Copenhague coincidirá en que Bunge también enfatizaría las oposi-
ciones 1-7 y reconocería la existencia de un grupo de acuerdos entre
los físicos cuánticos en contra de la postura de Einstein que daría

5. Einstein (1988b:683).

177
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

sentido a la expresión “interpretación de Copenhague” en contra de


la propuesta de Camilleri.
En donde Mario Bunge es ejemplar es en su indeclinable actitud
de defender por razones físico-filosóficas una propuesta realista de la
mecánica cuántica muy particular que difería incluso de la de Einstein
consistente con su incambiable postura realista acerca de las ciencias,
siempre y sin concesiones, sin importar las modas o las posturas mayo-
ritarias. Además, Bunge también usó la expresión “interpretación de
Copenhague” para referirse a aquella interpretación del formalismo de
la mecánica cuántica que tuvo a Bohr, Heisenberg, Born y Rosenfeld
entre otros a sus más conspicuos representantes y contrapuso a la
misma su propia interpretación realista.6
Esto no implica negar la existencia de importantes diferencias
entre Bunge y Einstein, en particular, acerca de su rechazo de la in-
terpretación de Copenhague.
Para ser más sistemáticos abordemos una síntesis de las dife-
rentes áreas (1) - (7) que consideramos anteriormente para enfatizar
los desacuerdos centrales entre la interpretación de Copenhague y las
interpretaciones heterodoxas de la mecánica cuántica, pero ahora para
subrayar el carácter muy particular de la postura de Bunge al respecto.
Comencemos por las notas distintivas de la posición realista de
la física, y de la mecánica cuántica, en especial. Bunge defendió una
forma de realismo científico. En el caso de la teoría cuántica ello sig-
nifica en primer lugar que el formalismo de la mecánica cuántica debe
interpretarse como siendo acerca de entidades muy particulares de la
naturaleza que existen independientemente del sujeto cognoscente.
Bunge llama quanton a dichas entidades.7 Su característica principal
es que son entidades fuzzy.
Ello significa que el mundo físico no está compuesto únicamente
de entidades cuyas propiedades tienen siempre valores precisos. Por
ejemplo, los valores de la carga eléctrica son definibles en todo momento
con precisión, pero posición, momento y energía de los quantons son
normalmente indefinidos (fuzzy) en el sentido de que sus valores son
rangos numéricos en vez de números únicos.
Bunge sostiene que la postura del trabajo de Einstein-Podollsky-
Rosen no es estrictamente realista, porque si bien Einstein y sus
co-autores estaban en lo cierto al afirmar que el mundo existe sin

6. Véase, Bunge (1985:165-218).


7. Bunge (1985:171): “Los referentes centrales de la teoría cuántica son
entidades sui generis que merecen un nombre específico para ellas: quantons”.

178
Ricardo J. Gómez

nuestra ayuda, al sostener que todas las entidades en él son siempre


mensurables precisamente no podrían abarcar a los quantons como
parte de la realidad. Por ello Bunge considera que Einstein y los que
piensan como él sostienen una postura no realista sino clasicista pues
creen que en última instancia todas las entidades son describibles por
teorías clásicas o neoclásicas.
En resumen, Bunge se considera realista pero no clasicista
acerca de la mecánica cuántica y, por supuesto, a pesar de aceptar la
mecánica cuántica “no [acepta] sus interpretaciones semi-subjetivas,
en particular la de la escuela de Copenhague” Bunge (1985:176). Es
decir que para Bunge la mecánica cuántica tiene un mundo especial
(en oposición a Bohr) compuesto por entidades reales desconocidas a
la física clásica cuyos estados describe mediante funciones de estado
que no son directamente observables.
Luego, resulta comprensible la profunda diferencia de Bunge con
la interpretación de Copenhague acerca de los principios de indeter-
minación y de complementariedad.
Acerca del primero, Bunge propone que la fórmula de Heisenberg
que lo expresa “relaciona la desviación standard de la posición y del
momento de un quanton en cualquier estado arbitrario y en cualquier
momento del tiempo” Bunge (1985:181). Nótese que para Bunge “el
observador no se encuentra entre los referentes de la teoría cuántica
y el aparato aparece sólo cuando está explícitamente representado en
la función de estado del sistema” Bunge (1985:191). Por lo tanto, de
acuerdo al principio enunciado por Heisnberg, no necesitamos saber
nada acerca del quanton cuyas desviaciones estándar están expresadas
por el principio sino sólo que obedece a las leyes de la mecánica. Esta
es una interpretación de dicho principio carente de toda dimensión
subjetivista; es pues totalmente distinta a la interpretación de Co-
penhague del mismo. Acerca del quanton referido en la desigualdad
de Heisenberg está expresa una propiedad objetiva no clásica del
mismo “que no tiene nada que ver con medidas o estados mentales…
[poniendo de relieve] que los quantons no son partículas puntuales… [y
por ende] no tienen trayectorias precisas” Bunge (1985:182).8 El modo
en que Bunge expresa finalmente su interpretación del principio de
indeterminación es retóricamente brillante: “Nuestra interpretación
realista da vuelta patas arriba la interpretación de Copenhague… no

8. Bunge agrega que a pesar de no tener trayectorias precisas, los quantons


tienen trayectorias-promedio que coinciden con las clásicas.

179
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

es que la medición impide encontrar valores definidos simultáneos,


sino que la no existencia de estos últimos nos impide medirlos” Bunge
(1985:184). Por lo tanto, lo que el principio hace es revelar un nuevo
modo de comportamiento en el orbe de lo físico.
Acerca del principio de complementariedad, Bunge lee a Bohr
como sosteniendo que el principio de complementariedad exhibe la
complementariedad entre tipos diferentes de situaciones (set-ups) ex-
perimentales, mientras que Bunge sostiene que el principio estatuye
que las representaciones de los quantons intervinientes son mutua-
mente complementarias. Esto es así porque el estado de un quanton es
extremadamente sensible a las variaciones del entorno “ya sea natural
o artificial, que puede ahora enfatizar su ‘aspecto corpuscular’ y ahora
su ‘aspecto ondulatorio” Bunge (1985:191).
Como consecuencia, acerca de la completicidad de la mecánica
cuántica cabe señalar que (1) Bunge no aceptaba la respuesta de Bohr
al trabajo de Einstein-Podolsky-Rossen porque dicha respuesta asumía
la interpretación de Bohr del principio de complementariedad algo que
Einstein rechazaba. (2) En relación a dicho célebre trabajo de 1935,
Bunge no aceptaba su conclusión porque esta presuponía la tesis de
localidad y el principio de realidad y Bunge era escéptico acerca de
ambos. (3) Dicho escepticimo era consistente con su aceptación del
valor probabatorio de las desigualdades de Bell y de su célebre teorema
estatuyendo que ninguna teoría física de variables ocultas locales puede
reproducir todas las predicciones de la mecánica cuántica.
Aclaremos un poco más, Las teorías asumiendo variables ocultas
eran la salida realista a la respuesta de Bohr al trabajo de 1935. Pero
en 1964 John Bell mostró que (a) toda teoría con variables ocultas
debía cumplir con un par de desigualdades, y (b) la mecánica cuán-
tica violaba dichas desigualdades. Por lo tanto, (c) ninguna teoría de
variables ocultas locales puede reproducir todas las predicciones de la
mecánica cuántica. El notable corolario de todo ello es que la mecánica
cuántica aceptaba la no-localidad o que acciones que acaecían en un
lugar podían tener efectos inmediatos (estuvieran correlacionadas con)
en otros lugares no relacionados causalmente con el primero.9

9. Hubo una serie de tests experimentales que violan las desigualdades de


Bell, o sea que certifican lo afirmado por el teorema de Bell. Entre las más
notables cabe citar las de J. F. Clauser, A. Aspect y Dr. Gisin más recientemente
en Ginebra. Sin embargo, para varios miembros de la comunidad física
la validez del teorema de Bell para la negación de variables ocultas en la
mecánica cuántica no es asunto concluido. Por ejemplo, hay quienes sostienen

180
Ricardo J. Gómez

Bunge sostiene que el trabajo de Bell muestra que el objetivo de


una teoría de variables ocultas de restituir el realismo fracasó, pero,
dicho objetivo puede ser alcanzado sin apelar a dichas variables. El
realismo dejado fuera de escena es aquel que como en el EPR supone
localismo (las cosas distantes se comportan siempre independiente-
mente unas de otras) y determinismo.
Sin embargo, Bunge afirma que la obra de Bell y en particular
el fracaso de sus desigualdades en las teorías de la mecánica cuánti-
ca no ha refutado al realismo filosófico según el cual el mundo físico
existe sin la ayuda de aquellos que quieren conocerlo. O sea no apo-
yan ni a la interpretación de Heisenberg o de Bohr, o de la llamada
interpretación de Copenhague, que consideraba fuera de lugar para
siempre tal realismo para dar cuenta del estatus epistemológico de
la mecánica cuántica.
Además, puede darse una versión aceptable de las correla-
ciones distantes garantizadas por el teorema de Bell, sin apelar a
variables ocultas. Dados dos quantos que sean inicialmente partes
de un sistema, por ejemplo, que interrelacionan fuertemente al
comienzo, entonces “la función de estado del todo no puede estar
representada por el producto de las respectivas funciones de esta-
do individual, incluso cuando los componentes se hayan separado.
Ontológicamente se da una suerte de holismo sistémico. O sea,
que el estado de cada componente no sólo está determinado por las
condiciones locales sino también por pertenecer aún a un sistema.
En verdad, la separación física implica separación espacial, pero la
conversa no es cierta”.
Ahora resulta más obvio que el realismo de Bunge es no clasicista,
no einsteniano pues rechaza la necesidad y pertinencia de asumir va-
riables ocultas y es consistentemente no local en relación a la realidad
física referida por el formalismo de la mecánica cuántica. A diferencia
de Einstein, Bunge acepta las correlaciones distantes por lo que si
dados ciertos cuantos ellos son parte de un sistema, siempre lo serán.
Queda por agregar que, al rechazar a la interpretación de Copen-
hague, especialmente del principio de complementariedad y su rol para
rechazar toda forma de realismo, Bunge rechaza también el carácter
final de la mecánica cuántica.

que se pueden aceptar variables ocultas no locales y con ellas interpretar


adecuadamente la mecánica cuántica. Por ejemplo, la interpretación de Bohm
de la mecánica cuántica requiere que todas las partículas en el universo sean
capaces de intercambiar información instantáneamente con todas las demás.

181
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

Por ello, no nos cabe duda de que Bunge estaría en desacuerdo


con Camellieri acerca de que la interpetación de Copenhague de la
mecánica cuántica es un mito, aunque concidiría con nosotros acerca
de la notable oposición de los miembros de la llamada interpretación
de Copenhague respecto de Einstein y de él mismo acerca de (1) - (7).
A tal actitud de permanecer fiel más allá de modas y nuevos
“ismos” a una postura defendida con argumentos siempre rigurosos e
incisivos es a la que nosotros pretendemos rendir nuestro agradecido
homenaje en este breve estudio.

Referencias Bibliográficas

Beller, Mara: Quantum Dialogue. The Making of a Revolution, Chicago


y London, The University of Chicago Press, 1999.
Bohm, David: Causality and Chance in Modern Physics, London,
Routledge, 1957.
—Quantum Theory, New York, Dover, 1989.
Bohr, Niels: “Can Quantum Mechanical Description of Physical Reality
Be Complet?”, en Physical Review, vpl. 48, 1935, pp. 696-702.
—Atomic Physics and Human Knowledge, New York, Wiley, 1958.
—Essays 1958-1962: On Atomic Physics and Human Knowledge, New
York, Interscience Publs, 1963.
—“Discussions with Einstein on Epistemological Problems in Atomic
Physics”, en Schilpp, P. (ed.), Albert Einstein. Philosopher-Scien-
tist, La Salle, Illinois, Open Court-London, Cambridge University
Press, 1988, pp. 201-241.
Born, Max: Physics in my Generation, London, Pergamon, 1956.
Bunge, Mario: Metascientific Queries, Springfield, Illinois, Charles C.
Thomas Publishers, 1959.
—“The Turn of the Tide”, en Bunge, Mario (ed.), Quantum Theory and
Reality, Berlin, Springer-Verlag, 1-6, 1968.
—Treatise on Basic Philosophy. Volume 7, Dordrecht/Boston/Lancaster,
D. Reidel Publishing Company, 1985.
Camilleri, Kristian: “Constructing the Myth of the Copenhaguen Inter-
pretation”, en Perspectives on Science, Vol. 17, N° 2, 2009, pp. 26-57.
Cohen, Robert y Stachel, J. (eds.): Selected Papers of León Rosenfeld,
Dordrecht, Holland, Boston, D. Reidel, 1979.
Cushing, James: Quantum Mechanics: Historical Contingency and the
Copenhagen Hegemony, Chicago, University of Chicago Press, 1994.

182
Ricardo J. Gómez

Einstein, Albert: Ideas and Opinions, New York, Crown Publishers, 1982.
—“Autobiographical Notes” en Schilpp, P. (ed.), Albert Einstein.
Philosopher-Scientist, La Salle, Illinois, Open Court-London,
Cambridge University Press, 1988, pp. 3-94.
—“Reply to Criticisms”, en Schilpp, P. (ed.), Albert Einstein. Philoso-
pher-Scientist, La Salle, Illinois, Open Court-London, Cambridge
University Press, 1988, pp. 665-668.
Einstein, Albert; Podolsky, B. y Rosen, L.: “Can Quantum Mechanical
Description of Physical Reality Be Complete?”, en Physical Re-
view, Vol. 47, 1935, pp. 777-780.
Fine, Arthur: The Shaky Game: Einstein, Realism and the Quantum
Theory, Chicago, University of Chicago Press, 1986.
Folse, Henry: The Philosophy of Niels Bohr: The Framework of Com-
plementarity, Amsterdam, North Holland, 1985.
Frank, Philip: Modern Science and Its Philosophy, New York, Arno
Express, 1975.
Graham, Loren: “The Soviet Reaction to Bohr’s Quantum Mechanics”,
en Fesbach, H.; Matsui, T. y Oleson, A. (eds.), Niels Bohr: Physics
and the World. Proceedings of the Niels Bohr Centennial Sympo-
sium, London, Harwood Academic Publishers, 1988, pp. 305-317.
Hanson, Norwood: “The Copenhagen Interpretation of Quantum
Theory”, en American Journal of Physics, 27 (1), 1959, pp. 1-15.
Heisenberg, Werner: Philosophical Problems of Nuclear Science, New
York, Pantheon, 1952.
—Physics and Philosophy: The Revolution in Modern Science, New
York-London-Toronto-Sydney, Perennial Harper, 2007.
—Physcs and Beyond, London, G. Allen & Unwin, 1971.
Howard, Don: “Who Invented the Copenhagen Interpretation? A Study
in Mythology”, en Philosophy of Science, 71, 2004, pp. 669-682.
Jammer, Max: The Philosophy of Quantum Mechanics: The Interpre-
tations of Quantum Mechanics in Historical Perspective, New
York, Wiley, 1974.
Margenau, Henrri: “Einstein’s Conception of Reality”, en Schilpp, P.
(ed.), Albert Einstein. Philosopher-Scientist, La Salle, Illinois,
Open Court-London, Cambridge University Press, 1988, pp.
245-268.
MacKinnon, Edward: Scientific Explanation and Atomic Physics, Chi-
cago & London, The University of Chicago Press, 1982.
Murdoch, Dugald: “The Bohr-Einstein Dispute”, en Faye, Jan y Folse,
Henry (eds.), Niels Bohr and Contemporary Philosophy, Dordre-
cht, Kluwer Academic Publishers, 1994.

183
Mario Bunge y el mito de la interpretación de Copenhague

Pauli, Wolfgang: Collected Scientific Papers. Vols. 1-2, Koning, R. y


Weiskopf, V. (eds.), New York, Wiley, 1964.
Schrodinger, Erwin: “The Meaning of Wave Mechanics”, en Louis de
Broglie: Physicien et Penseur, Paris, Albin Miche, 1953, pp. 16-32.
von Weizsacker, Carl: “The Copenhagen Interpretation”, en Bastin,
T. (ed.), Quantum Theory and Beyond, Cambridge, Cambridge
University Press, 1971, pp. 25-31.

184
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación
en ecología

Rafael González del Solar, Luis Marone


y Javier López de Casenave

Introducción

La búsqueda y descripción de mecanismos con fines explicativos y pre-


dictivos ha sido y sigue siendo una práctica común en la investigación
científica, aun tras la declinación del mecanicismo clásico (Machamer
et al., 2000). Con todo, a partir de la crítica empirista de la causali-
dad y, especialmente, durante el segundo tercio del siglo XX, otras
perspectivas pasaron al primer plano de la discusión sobre la filosofía
de la explicación científica. En particular, el enfoque deductivista del
“modelo de cobertura legal” (Hempel y Oppenheim, 1948) dio forma al
debate sobre la naturaleza de la explicación en la ciencia durante las
tres décadas siguientes (Salmon, 1989), pese a las insistentes críticas
de autores como Michael Scriven (1962) quienes señalaban la impor-
tancia de la descripción de las causas pertinentes en la comprensión
de un hecho. La hegemonía del enfoque deductivista de la explicación
científica menguó de forma significativa con la admisión de la existencia
de hechos irreduciblemente aleatorios, la cual suscitó una oleada de in-
tentos fallidos de construir un modelo inductivo de explicación (Salmon,
1989). El sostenido esfuerzo de autores tales como Mario Bunge (1959)
y Wesley Salmon (1984) contribuyó a devolver a la relación causal la
respetabilidad que había perdido a manos del ala radical del empiris-
mo, primero merced a la crítica humeana y más tarde con el rechazo

185
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

general de la metafísica que profesaron los empiristas lógicos. Con el


ocaso del empirismo lógico, los intentos de desarrollar una perspectiva
causal de la explicación científica prosperaron –en particular gracias a
los denodados esfuerzos de Salmon (1984) y su especial atención a las
objeciones opuestas por los empiristas– y la explicación causal pasó a
compartir el protagonismo hasta entonces exclusivo de la perspectiva
deductivista de la explicación.
En la actualidad, la filosofía de la explicación científica ha vuelto
a prestar atención a la descripción de mecanismos, especialmente de
mecanismos causales, como un aspecto central de la investigación en
diversas áreas de la ciencia. Este enfoque ofrece soluciones viables a
las diversas objeciones ontológicas y metodológicas opuestas a los dos
enfoques tradicionales –el puramente deductivista y el puramente
causal– por lo cual, en las páginas siguientes, revisaremos las carac-
terísticas básicas de dos propuestas que destacan la descripción de
mecanismos como un elemento central de la explicación en ciencia y
discutiremos brevemente su adecuación en el ámbito de la ecología.

El movimiento mecanísmico contemporáneo

Como hemos dicho, en las últimas tres décadas ha vuelto a cobrar


impulso la idea de que la descripción de mecanismos constituye uno de
los pilares de la práctica científica, particularmente en las llamadas
ciencias especiales y más concretamente en las ciencias de la vida. En
efecto, aunque la propuesta mecanísmica abarca todas las ciencias
(Bunge, 1964, 2003; Pickel, 2004; Gerring, 2007; Glennan, 2010),
su importancia ha sido reconocida especialmente en el ámbito de la
biología (Wimsatt, 1972; Bechtel y Richardson, 1993; Glennan, 2002;
Mahner y Bunge, 1997; Machamer et el., 2000). En rigor de verdad,
el enfoque mecanísmico siempre ha desempeñado un papel decisivo
en las ciencias biológicas, en particular a partir de su triunfo sobre el
vitalismo y el advenimiento de la teoría evolutiva por selección natu-
ral (Darwin, 1859), cuyo principal mérito es el de haber descrito uno
de los mecanismos que impulsan la evolución de los organismos vivos
(Marone et al., 2000).
Más aún, la idea de que las explicaciones científicas consisten
en la descripción del mecanismo que produce el hecho que se desea
explicar se ha difundido tanto que un comentador se ha referido a

186
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

la “manía de los mecanismos” (Weiskopf, 2011). Esta interpretación


seguramente es excesiva, pero es cierto que la importancia de los me-
canismos en la metaciencia ha ganado partidarios gracias a la obra
de un puñado de filósofos1 que algunos autores han agrupado bajo el
nombre de “nueva filosofía mecanicista” o neomecanicismo, acuñado
por Skipper y Milstein (2005). Este nombre no es del todo erróneo, si se
lo matiza adecuadamente. Aquí, sin embargo, nos referiremos al “mo-
vimiento mecanísmico contemporáneo”, con el doble objetivo de evitar
las fuertes connotaciones reduccionistas del adjetivo ‘mecanicista’2 e
incluir en el conjunto a autores que –como en el caso de Mario Bunge,
William Wimsatt, Peter Railton, William Bechtel, Robert Richardson
y James Woodward– vienen defendiendo el papel fundamental de los
mecanismos en la investigación científica, especialmente en el ámbito
de la explicación, desde antes incluso de su regreso triunfal al discurso
filosófico convencional (González del Solar, no publicado).

El regreso de los mecanismos

Según la versión on line del Diccionario de la Real Academia


Española,3 un mecanismo puede ser tanto el “[c]onjunto de las partes
de una máquina en su disposición adecuada”, como un proceso. Esta
dualidad se ha mantenido en la filosofía de la ciencia contemporánea,
aunque la referencia maquinista ha perdido su peso casi por completo.
En efecto, la palabra ‘mecanismo’ aludía originalmente a una entidad
compuesta por objetos y propiedades mecánicas, según la comprensión
propia del mecanicismo clásico.
Esta corriente filosófica tuvo su auge en el siglo XVII, de la mano
de científicos como William Harvey y Robert Boyle, y filósofos como René

1. Especialmente el tándem formado por Peter Machamer, Lindley Darden


y Carl Craver –autores del ensayo que puso los mecanismos otra vez en el
centro de la discusión filosófica sobre la ciencia, y que pronto se convirtió en
el artículo más citado en la historia de la revista especializada Philosophy of
Science– y Stuart Glennan.
2. Este esfuerzo diferenciador es, si cabe, aun más pertinente en inglés, lengua
en la cual los conceptos diferentes de “mecanismo” y “mecanicismo” se designan
mediante la misma palabra: mechanism.
3. DRAE, 22ª ed. URL: http://lema.rae.es/drae/?val=mecanismo (acceso 10 de
mayo de 2014).

187
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

Descartes. Se la puede caracterizar mediante un par de tesis: una on-


tológica –que el mundo es una máquina inmensa compuesta de objetos
relacionados entre sí por fuerzas físicas, más precisamente mecánicas– y
una metodológica consistente en que la forma de comprender un fenómeno
dado es descomponerlo en sus partes y describir las interacciones que
existen entre esos componentes. En términos estrictos, estas dos tesis son
reduccionistas. La primera reduce todo lo que existe a los objetos físicos
(y sus relaciones mecánicas) y la segunda afirma que explicar es reducir
la descripción de la totalidad a la descripción de su composición y las
interacciones entre sus partes. La tesis ontológica, a su vez, comprende
dos subtesis. Una de ellas, que suele llamarse “maquinismo”, afirma que
el universo y sus componentes son máquinas o como máquinas y la se-
gunda, relacionada con la primera, es la que conocemos como fisicismo (o
fisicalismo): solo las entidades físicas tienen existencia real. Desde luego,
el paradigma del mecanicismo clásico es el reloj analógico, con sus ejes y
engranajes en contacto íntimo, vinculados por fuerzas mecánicas.
En la actualidad el término ‘mecanismo’ se ha independizado
parcialmente de su connotación reduccionista tradicional, especialmen-
te en el ámbito de la filosofía de la ciencia en el cual el fisicismo y el
maquinismo han perdido preeminencia. En general, los autores del mo-
vimiento mecanísmico admiten que no solo hay mecanismos mecánicos
–o sea físicos–, sino que también los hay químicos, biológicos, sociales,
etc. De ahí nuestra preferencia por el adjetivo ‘mecanísmico’ –neológico
en español y de uso habitual en la obra de Bunge, quien lo toma del
inglés mechanismic– para referirnos a lo perteneciente o relativo a
los mecanismos, con independencia de la filosofía mecanicista clásica.
Los autores de esta corriente filosófica proponen que la explicación
científica del comportamiento de un objeto cualquiera equivale a una
descripción del mecanismo que produce dicho comportamiento. Ese
mecanismo, a su vez, se describe habitualmente en términos de una
generalización robusta o de una ley científica. También es usual entre
ellos el referirse a los mecanismos como sistemas o como aspectos de
los sistemas, aunque no todos ofrecen definiciones precisas de qué es
un sistema.
Como suele ocurrir en filosofía, las ideas sobre los detalles de
la naturaleza de los mecanismos, así como sobre las condiciones que
debe cumplir una explicación mecanísmica varían según el autor de
que se trate. Gerring (2007), por ejemplo, llega a distinguir al menos
nueve conceptos designados por la palabra ‘mecanismo’ en ciencias
sociales y filosofía, algunos de ellos ontológicos (concebidos como
objetos o procesos) y otros gnoseológicos (entendidos como partes de

188
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

las explicaciones científicas). Algo semejante ocurre en las ciencias na-


turales (por ejemplo, Nichols, 2012). Pero aquí no estudiaremos todas
esas formas de entender los mecanismos, sino solo dos de las que nos
parecen más prometedoras. En particular, revisaremos las perspectivas
que consideran (a) que los mecanismos son sistemas o cosas complejas
(Jeffreys, 1969; Wimsatt, 1972; Baskhar, 1978; Railton, 1978; Bechtel y
Richardson, 1993; Glennan, 1996, 2005) y (b) que son procesos (Bunge,
1959, 2004; Salmon, 1984; Glennan, 2002, 2010).
Pese a su importancia histórica en el regreso de la concepción me-
canísmica, dejaremos fuera de esta exposición otras importantes perspec-
tivas que a nuestro entender forman parte del movimiento mecanísmico
contemporáneo. Una de ellas es el conocido enfoque causal de Salmon,
y los motivos de su exclusión son su singular ontología de procesos, su
enfoque de la explicación más puramente causal que mecanísmico y su
escasa o nula atención a los sistemas, características todas ellas que dis-
tancian este enfoque de los demás del movimiento. También dejaremos
para otra oportunidad la opinión que considera a los mecanismos objetos
duales constituidos por entidades y actividades (Machamer et al., 2000).
La justificación de esta decisión es que sus desarrollos posteriores tienen
mucho en común con las perspectivas que trataremos.

Los mecanismos considerados como cosas

En su forma más reciente, la propia del enfoque de descomposición


de sistemas, la idea de que los mecanismos son sistemas fue propuesta
primeramente por Bechtel y Richardson (1993) y desarrollada después
por Bechtel y Abrahamsen (2005), Craver (2007) y Glennan (1996, 2002,
2005) entre otros. Este último ofrece la siguiente definición:

El mecanismo de un comportamiento es un sistema complejo que produce


ese comportamiento en virtud de la interacción de sus diversas partes,
donde las interacciones entre las partes se pueden caracterizar mediante
generalizaciones invariantes que relacionan cambios (Glennan, 2005,
p. 445).4

4. Salvo indicación en contrario, las traducciones de los fragmentos citados


son nuestras.

189
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

En ella se pueden distinguir las siguientes tesis ontológicas:

(i) Los mecanismos son sistemas complejos.


(ii) El comportamiento de un mecanismo es producto de las inte-
racciones que se establecen entre sus partes y
(iii) las interacciones que producen el hecho de interés –o sea, el
comportamiento del mecanismo– son causales y regulares. Esto
Glennan lo expresa haciendo uso de una condición metodológi-
ca, ya que un requisito para que una cosa pueda considerarse
un mecanismo es que las mencionadas interacciones puedan
describirse mediante generalizaciones que (a) relacionen cam-
bios y (b) sean invariantes, es decir mediante generalizaciones
invariantes causales, en la línea de la concepción contrafáctica
y manipulativa de la causación desarrollada por James Wood-
ward (2000), otro protagonista del movimiento mecanísmico
contemporáneo.

Otra tesis gnoseológica de la definición es que los mecanismos


lo son siempre de un comportamiento, es decir que para reconocer
un mecanismo es necesario identificar el comportamiento que el
mecanismo produce, lo cual a su vez hace necesario disponer de una
descripción de las partes y sus interacciones, es decir del sistema de
interés.
En resumen, un mecanismo es un sistema complejo cuyo com-
portamiento global es causal e invariante, y producto a su vez de las
interacciones causales e invariantes de las partes que lo componen.
Aquí resulta pertinente una objeción semántica. La conceptua-
ción de los mecanismos como sistemas complejos parece presuponer
la existencia de sistemas simples, los cuales no cumplirían las condi-
ciones para ser sistemas complejos. Sin embargo, Glennan no aclara
qué hace que un sistema sea complejo, ni sus ejemplos permiten con-
jeturar cuál pueda ser la diferencia entre uno complejo y otro simple.
Baste mencionar que esos ejemplos incluyen un cinturón para detener
las balas (Glennan, 1996) –un caso admitidamente imaginario–, una
máquina expendedora y el sistema de descarga de un inodoro, todos
ellos objetos complejos, pero sistemas bastante simples –si se entien-
de que un sistema es un objeto complejo (compuesto)– en especial si
se los compara con los organismos y los grupos sociales que el autor
menciona en otras ocasiones (Glennan, 2005:S345). En todo caso, la
característica ontológica más importante de los mecanismos según esta
perspectiva es que se trata de sistemas, vale decir de cosas –y no, por

190
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

ejemplo, de procesos– que se caracterizan por ser complejas, o sea por


estar compuestas por diversas partes, y que estas están dispuestas
según una configuración espaciotemporal estable e interactúan entre
sí de formas repetitivas.
Por su parte, las llamadas explicaciones “mecanicistas” se com-
ponen según Glennan de:

(a) un explanandum constituido por una descripción comporta-


mental o descripción del comportamiento regular del mecanis-
mo-sistema de interés y
(b) un explanans consistente en una descripción mecanicista o
descripción de las interacciones que producen dicho compor-
tamiento en términos de las ya mencionadas generalizaciones
invariantes causales.

Según lo anterior, un modelo “mecanicista” posee capacidad expli-


cativa respecto del comportamiento regular de un tipo de mecanismos.
La explicación de hechos (singulares) se realiza de forma indirecta,
por ser estos casos particulares del tipo de mecanismo que el modelo
en cuestión explica.
La condición de incluir invariantes causales acerca un paso la
explicación mecanicista de Glennan al modelo de explicación por cober-
tura legal.5 Sin embargo, en la explicación deductivista clásica (Hempel
y Oppenheim, 1948) la capacidad explicativa de una teoría o un modelo
depende de la capacidad predictiva de las leyes científicas que aparecen
en el explanans como premisas del argumento. Ahora bien, mientras
que, al menos en su sentido tradicional, las leyes científicas son gene-
ralizaciones universales irrestrictas que no admiten contraejemplos,
las invariantes causales son robustas, pero no necesariamente carecen
de excepciones. Su característica principal es que describen relaciones
entre cambios que no varían como resultado de una intervención (o
sea, un tipo especial de cambio que modifica el valor de las variables
de interés). Pese a su nombre, una intervención no es necesariamente
producto de un comportamiento humano, aunque las causas son causas
porque (en principio) ofrecen la posibilidad de realizar intervenciones
manipulativas con el fin de controlar sus efectos (Woodward, 2003).

5. En una versión temprana (Glennan, 1996) la condición era que la descripción


mecanicista estuviera constituida por leyes, aunque ya entonces el autor
matizaba el concepto de ley científica para distinguirlo del propio de la
concepción heredada.

191
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

Dos elementos finales sobre la explicación mecanicista de Glen-


nan, merecen ser mencionados. Primero, que la capacidad explicativa
de un modelo radica en la descripción mecanicista, es decir en el
conjunto de generalizaciones invariantes causales que describen la
forma en que cierto comportamiento regular (y global) del sistema es
producto de las interacciones (causales) que hay entre sus partes. En
segundo lugar, una importante consecuencia del requisito de invarian-
tes causales es que la relación entre la descripción comportamental y
la descripción mecanicista no es unívoca, por lo cual es posible expli-
car un tipo de comportamiento determinado mediante descripciones
mecanicistas alternativas.

Los mecanismos como “procesos efímeros”

Según Glennan, la perspectiva de los mecanismos considerados


como sistemas no consigue capturar las particularidades de las expli-
caciones históricas, vale decir explicaciones que intentan dar cuenta de
sucesos realmente singulares, dependientes de contingencias históricas
tales como la extinción de los dinosaurios o la muerte de un filósofo
en particular. Su respuesta al problema de la explicación histórica es
una variante de la explicación mecanicista de la sección anterior, que
se apoya en un concepto ligeramente diferente de “mecanismo”. Ahora
un mecanismo ya no es un sistema estable, con un comportamiento
repetitivo, sino un sistema en el que se dan interacciones entre partes
cuya configuración espaciotemporal es efímera. Más precisamente,
según esta perspectiva un mecanismo es

…una colección de partes interactuantes en la cual:


1. las interacciones entre las partes pueden caracterizarse mediante
generalizaciones directas e invariantes, que describen cambios;
2. la configuración de las partes puede ser producto de factores aleatorios
o exógenos;
3. la configuración de las partes es efímera e inestable, además de lo cual
no es un caso de un tipo de realización múltiple (Glennan 2010:260).

Lo primero que llama la atención de esta caracterización de los


mecanismos entendidos como procesos efímeros, es que en realidad
se los concibe como “una colección de partes”, es decir de objetos y

192
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

no estrictamente de procesos (i.e., cambios de los objetos). Quizá


más preciso habría sido llamarles sistemas efímeros, pues la gran
diferencia entre esta conceptuación –la de los mecanismos-“procesos”
efímeros– y aquella de los mecanismos-sistemas (i.e., cosas), está
dada no por su diferente acento en los procesos o los objetos, sino
por lo breve de la duración de la configuración de las partes que
componen el mecanismo. En lo demás, las dos propuestas de Glen-
nan son muy semejantes entre sí. Por ejemplo, tanto en los modelos
que recurren a mecanismos-sistemas como aquellos que recurren a
mecanismos-“procesos”, una explicación es una narración, vale decir
la descripción de una secuencia temporal de sucesos encadenados por
vínculos causales. La diferencia con otras formas de narración causal
está en que las explicaciones mecanicistas incluyen generalizaciones
invariantes causales à la Woodward en el explanans. Sin embargo,
mientras que en aquellas basadas en mecanismos(-sistemas) robustos
la configuración espaciotemporal de las partes del sistema es estable
y el propio comportamiento global del sistema es regular (describible
mediante generalizaciones woodwardianas), en las explicaciones
basadas en mecanismos efímeros la configuración de las partes es
contingente y el comportamiento global no será regular o repetitivo,
sino singular.
Uno de los ejemplos que ofrece Glennan para ilustrar este enfo-
que es el de la explicación de la muerte del famoso crítico literario y
semiótico Roland Barthes, quien fue atropellado por una furgoneta en
París al cruzar una calle mientras regresaba de un almuerzo con el
presidente Miterrand. Las partes del mecanismo que causó el deceso
del pensador francés –el propio Barthes, la furgoneta, Miterrand,
etc.– interactuaron entre sí de forma regular, pero en virtud de una
configuración contingente, inestable y de corta duración que hizo que
el resultado global de esas interacciones fuera singular. En palabras
de Glennan (2010:261): “la forma en que esas partes llegan a interac-
tuar es aleatoria o impredecible, cómo interactúan entre sí no lo es”.
Es este aspecto de los mecanismos efímeros, es decir la robustez de
las interacciones entre las partes, lo que para Glennan justifica darles
el nombre de “mecanismos” y las distingue de las secuencias causales
que no constituyen mecanismos.
Pasemos ahora a nuestra última concepción sobre la naturaleza
de los mecanismos.

193
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

Los mecanismos como procesos específicos


de los sistemas

Mario Bunge ha defendido desde mediados del siglo pasado


(por ejemplo, Bunge, 1964), y con insistencia, el papel central de los
“conceptos mellizos de sistema y mecanismo” (Bunge, 2004:190) en
la práctica científica. En su Tratado de filosofía, Bunge propone una
caracterización dual de los mecanismos:

Definición B3 Sea σ un sistema. Luego, un mecanismo de σ es o bien


(i) un componente m de σ tal que m actúa en σ, o bien
(ii) un proceso m de σ tal que otros procesos de σ dependen de m
(Bunge, 1979:282).

Sin embargo, todos los ejemplos que ofrece en la obra citada


(entre ellos el autoensamblaje de los sistemas concretos, los dife-
rentes mecanismos morfogenéticos y de adaptación biológica, las
interacciones de cooperación y competencia, y la síntesis de ciertas
enzimas) se refieren claramente a procesos, no a subsistemas o com-
ponentes de un sistema. Lo mismo ocurre en su artículo sobre los
modelos fenomenológicos o de caja negra (no explicativos) y modelos
representativos o de caja traslúcida (explicativos), escrito con más de
una década de anterioridad (Bunge, 1964), y de ahí en adelante en
toda su obra. En efecto, esta conceptuación de los mecanismos como
procesos, más particularmente como procesos específicos que tienen
lugar en los sistemas concretos (reales) es la que ha caracterizado la
filosofía de la explicación de Bunge en el último medio siglo (por ejem-
plo, Bunge, 1967, 1998, 2003, 2004, 2006, 2010). Desde luego, como
veremos a continuación, no hay mecanismos sin sistemas, es decir
no hay procesos independientes de las cosas que los experimentan,
por lo cual tampoco puede haber mecanismos sin sistemas concretos
ni sistemas concretos sin mecanismos.
Antes de continuar con el análisis de la explicación mecanís-
mica, conviene señalar brevemente algunos aspectos distintivos de
la obra de Bunge. Puede que las características más importantes de
la filosofía bungeana, relativamente al contexto de la filosofía de la
ciencia contemporánea, sean su decidido compromiso ontológico, su
particular cientificismo y su fuerte sistemismo (tanto ontológico como
metodológico). En efecto, Bunge es un realista y materialista acérrimo,
y su realismo es una variedad de realismo crítico científico, es decir

194
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

una posición gnoseológica que afirma que la ciencia puede conocer


la realidad, por lo menos de forma indirecta, simbólica y parcial, y
que, de hecho, es la mejor manera de hacerlo. De ahí la exigencia
de que el pensamiento filosófico esté arraigado en la investigación
científica tanto en lo metodológico como en lo sustancial. En otras
palabras, para Bunge la filosofía debe buscar su fundamento en la
ciencia: formular con precisión sus ideas –preferentemente de forma
“exacta” (o matemática)– y ponerlas a prueba, dentro de lo posible,
constatando su congruencia con el conocimiento científico. Además,
dado que la ciencia sugiere que todo lo que existe es un sistema o
parte de él (Bunge, 1979), el estudio de la realidad también ha de
ser sistémico (Bunge, 2006) y la unidad de análisis de la filosofía
bungeana es el sistema, sea este concreto o conceptual, y la propia
forma de su filosofía es sistémica.
Ahora bien, para Bunge un sistema concreto es una unidad, vale
decir una totalidad, pero a la vez se trata de un objeto complejo anali-
zable, que puede caracterizarse mediante la descripción sus principales
aspectos, a saber su

• composición (C), es decir de las partes que constituyen la tota-


lidad;
• entorno (E), o sea los objetos propios del ambiente que mantie-
nen relaciones con el sistema de interés;
• estructura (S), vale decir las relaciones que las partes del
sistema establecen entre sí (endoestructura), así como con los
objetos del entorno (exoestructura), y
• mecanismo (M): la colección de procesos específicos en virtud
de los cuales el sistema (con sus propiedades globales) emerge,
subsiste, cambia y, finalmente, se extingue (deja de existir como
tal, descomponiéndose). En un trabajo sobre la explicación
mecanísmica, Bunge ofrece la siguiente caracterización de la
naturaleza de los mecanismos y exhibe con claridad la relación
entre los sistemas y de sus mecanismos:

Definición 1: Si σ denota un sistema de la clase Σ, luego (1) la totalidad de


los procesos (o funciones) pertenecientes a σ durante el período T es π(σ) =
la secuencia ordenada de estados de σ durante T; (2) el mecanismo esencial
(o función específica) de σ durante el período T, o sea M(σ) = πS(σ) ⊆ π(σ),
es la totalidad de los procesos que suceden exclusivamente en σ y en sus
conespecíficos durante T (Bunge, 2004:193).

195
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

En efecto, pese a la conveniencia de distinguir en el análisis los


cuatro aspectos de todo sistema, Bunge hace hincapié en la unidad
ontológica de los mismos, comenzando por la unidad de las cosas y
sus cambios, que sin ser lo mismo no existen de forma mutuamente
independiente (Bunge, 1959, 1979). Desde su punto de vista todas las
cosas reales son cambiantes y todo lo que cambia es una cosa real; en
palabras del propio Bunge (2006:29), “ser (real, material) es devenir”.
Además, no hay cosas aisladas; todas están relacionadas con otras cosas
(aunque no con todas), las cuales constituyen su entorno (Bunge, 1979).
Los mecanismos, entonces, son procesos de cierta clase. Bunge
define los procesos como una secuencia de sucesos y cada suceso, a su
vez, como un cambio de estado de una cosa. Dado que estos cambios
pueden ser causales (producidos por un cambio en el entorno o en una
parte del sistema de interés) o aleatorios (espontáneos o no causados),
los mecanismos pueden ser causales, aleatorios o mixtos. Aquí resulta
pertinente mencionar que para Bunge las causas no son propensiones
y, por ende, no pueden dilucidarse como probabilidades, algo que lo
distingue de la generalidad de los autores del movimiento.
En los mecanismos causales –o en los tramos causales de los
mecanismos mixtos– pueden distinguirse, a su vez, dos tipo de cau-
sación según la transferencia de energía sea importante o pequeña.
En el primer caso la producción del suceso es completa, puesto que la
gran cantidad de energía transferida hace todo el trabajo de generar el
efecto. Esto es lo que ocurre, por ejemplo, en los mecanismos abióticos
de dispersión de semillas, en los cuales el viento o el agua empujan
las semillas y las transportan lejos de la planta madre, un ejemplo de
proceso mecánico al uso de los mecanicistas clásicos.
En el segundo caso, muy difundido en los sistema biológicos, la
cantidad de energía transferida es pequeña, pero basta para desen-
cadenar un efecto. Bunge ofrece el siguiente ejemplo: la visión de un
león dentro de la distancia crítica –un suceso en el cual la cantidad de
energía involucrada es escasa– es el estímulo que provoca la repentina
huída de una cebra (Mahner y Bunge, 1997). Aquí se ve con claridad la
imbricación, así como la diferente naturaleza de los diferentes procesos
que intervienen en la producción de un hecho. El mecanismo de huída
de la cebra incluye una porción de procesos (mecanismos) puramente
físicos relacionados con el comportamiento de la luz, así como procesos
(mecanismos) bioquímicos, fisiológicos y (más precisamente) neuroló-
gicos en diferentes niveles de organización. Como la mayoría de los
autores del movimiento mecanísmico contemporáneo, Bunge resalta
la naturaleza anidada del común de los mecanismos.

196
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

Volviendo a la explicación, lo que explica un hecho –el comporta-


miento global de un sistema o de sus partes– es la descripción de los
mecanismos (causales, aleatorios o mixtos) que producen el hecho en
cuestión. Y si bien los hechos, y por ende los mecanismos, son siempre
particulares, podemos reconocer tipos, clases y hasta clases naturales
de ellos. De ahí que las descripciones de mecanismos deban hacerse
siempre mediante leyes científicas. Los enunciados legales (o leyes2;
Bunge, 2003) son proposiciones bien construidas que representan
ciertas propiedades de las cosas reales, más precisamente describen
sus pautas de cambio objetivo.6 En otras palabras, los sistemas con-
ceptuales explicativos son las teorías y modelos dinámicos, como lo
son los modelos hamiltonianos que les sirven de paradigma (Bunge,
1979, Apéndice B).
Para Bunge (1998b) la explicación de hechos y sus pautas es la
principal razón de la invención y puesta a prueba de hipótesis, leyes
y teorías en la investigación científica.
Con respecto a la naturaleza de la explicación científica, Bunge
ofrece primero la siguiente definición preliminar, que corresponde,
más exactamente, a lo que él llama “explicación racional” –de la cual
la explicación científica es un tipo (Bunge, 1998):

Una explicación científica de una fórmula q es una respuesta a un pro-


blema científico bien formulado de la clase que comienza con “por qué”,
que consiste en un argumento que demuestra que q se sigue lógicamente
de una teoría científica (un fragmento de una teoría científica o un con-
junto de ellas), hipótesis auxiliares y datos científicos que no contienen
q (Bunge, 1998:19, Vol. 2).

En otras palabras, para Bunge, como para los deductivistas clá-


sicos, una explicación científica debe ser un argumento.
Aquí caben un par de precisiones. Primero, una explicación cientí-
fica no explica hechos así sin más, sino fórmulas, es decir proposiciones

6. Esta pauta objetiva, o ley1, se define como una relación de inclusión del
alcance de una propiedad perteneciente a una cosa o entidad en el alcance de
otra propiedad perteneciente a una cosa o entidad de la misma clase. Bunge
profundiza este concepto mediante la siguiente definición de enunciado legal
(o ley2): “Sea Xm = (M, F) un esquema funcional de la cosa X. Llamaremos
enunciado legal a toda restricción de los valores posibles de los componentes
de F y toda relación entre dos o más de esos componentes sii (i) esta pertenece
a una teoría consistente acerca de los X y, además, (ii) ha sido confirmada
empíricamente en una medida satisfactoria” (Bunge, 1979:129).

197
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

que describen hechos. Estos, siempre particulares, se explican de forma


indirecta mediante la explicación del explanandum, el cual es una
proposición general que describe una clase de hechos. Es importante
resaltar que las fórmulas del explanandum no proporcionan una des-
cripción completa de la clase de hechos a explicar, sino una represen-
tación parcial, indirecta y simbólica (preferentemente cuantitativa) de
ciertos aspectos escogidos del hecho de interés.
Otro rasgo de las explicaciones científicas, ahora de índole prag-
mática, es que son respuestas a preguntas que comienzan con ‘por qué’
y que una pregunta de esta clase suscita la búsqueda de una explica-
ción científica solo si la propia pregunta es científica, vale decir si está
bien formulada y se la plantea en el contexto de un sistema conceptual
científico (teoría, modelo) dado. Este requisito elimina parte de la
ambigüedad de la pregunta (cf. van Fraassen, 1980) y está pensado
para impedir el uso de recursos genuinamente científicos con el fin de
explicar generalizaciones que carecen de suficiente justificación o son
plenamente pseudocientíficas.
Hasta aquí, la propuesta de Bunge se parece a la de los deductivis-
tas tradicionales: una explicación científica es una explicación racional,
vale decir un argumento deductivo cuyas premisas incluyen leyes y
datos. Y es posible ofrecer explicaciones racionales de una diversidad
de objetos: hechos singulares, regularidades empíricas, leyes, reglas,
preceptos y teorías. A su vez, el explanans puede incluir diferentes tipos
de generalizaciones –nunca el explanandum– según sea el ámbito de
la explicación; leyes fácticas en el caso de la ciencia, leyes no fácticas
en el caso de la matemática, reglas en el caso de la tecnología (Bunge,
1998). En todo caso, la explicación racional, se caracteriza por mostrar
que las fórmulas del explanandum constituyen un caso particular de las
fórmulas del explanans, en las que quedan “subsumidas” (incluidas).
Ahora bien, aunque todas las explicaciones científicas son ra-
cionales, una explicación racional solo se convierte en explicación
científica –“interpretativa” o “expretación” (Bunge, 1967:26)– cuando
el modelo o teoría que da cuenta del hecho dado incluye la descripción
del mecanismo que lo produce. En consecuencia, el núcleo de una
explicación bungeana lo constituyen las leyes que describen el me-
canismo –causal, aleatorio o mixto– que produce el hecho de interés.
La cobertura legal del hecho explicado por las leyes del explanans es
importante en ambos casos, pues se trata de la condición que aporta
inteligibilidad a la explicación. Sin embargo, de la legalidad de las
premisas, de la estructura deductiva del argumento, de la capacidad
predictiva del mismo se consigue un grado menor de inteligibilidad

198
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

que solo puede incrementarse con la descripción del proceso específico


responsable de la ocurrencia del hecho investigado (Bunge, 1998:34).
En pocas palabras, los sistemas conceptuales (modelos, teorías) son
explicativos cuando son “cajas traslúcidas” o semitraslúcidas, y no
cuando son “cajas negras” (Bunge, 1964). He aquí la razón de que si
bien las explicaciones científicas pueden conceptuarse como cierto tipo
de respuesta a preguntas que empiezan con “por qué”, una manera aún
más precisa de caracterizarlas es como respuestas a preguntas del tipo
“cómo funciona” (Bunge, 2004).
Las explicaciones científicas (mecanísmicas) presentan diversas
ventajas respecto de las meramente deductivas. Entre ellas, su mayor
riqueza semántica (contenido), su mayor exigencia desde el punto de vista
metodológico a causa del esfuerzo de conjeturar los mecanismos y poner-
los a prueba y, de ahí, su ventaja heurística. En efecto, la investigación
de mecanismos avanza en dirección opuesta a la de la deducción, o sea
desde el explanandum –el generador del problema– hacia algún conjun-
to de proposiciones con potencial explicativo para el caso en cuestión,
la solución tentativa al problema planteado. Lo interesante de esto es
que, por lo general, al inicio de una investigación con fines explicativos,
las premisas –en particular las leyes mecanísmicas– son desconocidas
y deben ser conjeturadas y puestas a prueba antes de pasar a formar
parte del explanans. Este aspecto gnoseológico otorga a las explicacio-
nes científicas o, mejor dicho, al intento de procurarlas, una gran cuota
de su poder heurístico y de capacidad para proporcionar estímulo a la
investigación científica. En palabras del propio Bunge (1998:8, Vol. 2):

…por ello los problemas, especialmente los problemas que empiezan con
“por qué”, son el origen de la ciencia […] por ello, además, la exigencia
de dejar de intentar explicar para concentrarse en la descripción o con-
tentarse con lo que ya se ha explicado conduce a acabar con la ciencia.

Otra ventaja fundamental de las explicaciones representativas


sobre las fenomenológicas es que las primeras son más profundas, dado
que ofrecen una representación del modus operandi –descrito, a su vez,
por las “variables intervinientes”– del sistema en el cual se produce el
hecho explicado, y no solo de las entradas (inputs) y salidas (outputs)
del mismo. Al describir el funcionamiento íntimo del sistema, al incor-
porar análisis de lo que ocurre en los diferentes niveles (ontológicos)
involucrados en el hecho de interés, las explicaciones mecanísmicas
describen un nivel más profundo de la realidad que sus correlatos
puramente deductivos (Bunge, 1967).

199
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

El autor ofrece un convincente ejemplo ilustrativo de esta ven-


taja, la explicación de la muerte de un hombre por la ingestión de
una dosis alta de estricnina. Una explicación deductiva afirmaría
que cuando se la ingiere en dosis altas la estricnina es mortal para
los seres humanos y que puesto que el hecho es un caso de esta ge-
neralización (se trata de un humano que ha ingerido una dosis alta
del veneno), ya ha quedado explicado. Desde luego, esta explicación
supone el trabajo previo de establecer de forma cuantitativa cuáles son
las dosis mortales para los seres humanos. Una explicación mecanís-
mica del hecho, por otra parte, ofrecería además una representación
de los diferentes procesos que producen la parada respiratoria y la
muerte de los individuos afectados. Esta explicación implica el trabajo
previo de investigar no solo la relación precisa entre dosis y efecto,
sino también las rutas bioquímicas y los mecanismos moleculares que
hacen que esta droga inhiba los centros respiratorios del cerebro y
con ello produzca el fallo respiratorio mortal. Como queda claro aquí,
las ventajas de la explicación mecanísmica no se reducen a lo pura-
mente cognitivo, sino que se extienden al ámbito de los práctico, más
precisamente de lo tecnológico. El conocimiento de los mecanismos
moleculares que hacen de la estricnina un veneno no solo explica
la muerte en humanos envenenados, sino que también estimula la
investigación y sugiere explicaciones de sus efectos en otras especies
(p. ej., en los carroñeros que se alimentan de animales envenenados).
Y no solo eso, sino que además puede sugerir técnicas farmacológicas
y médicas antitóxicas, algo que un modelo fenomenológico no hace
(Bunge, 1967:28).
Por último, si bien las explicaciones científicas aportan una
comprensión científica del hecho explicado, para Bunge explicación y
comprensión no son lo mismo. La segunda es el aspecto psicológico –y
es en gran medida independiente– de la primera. En efecto, es posible
que –por falta de formación, por ejemplo– un individuo dado no com-
prenda una explicación científica genuina, pero eso no la hace menos
explicativa en términos científicos.

Los mecanismos en la ecología

Como las demás ciencias, la ecología tiene una diversidad de obje-


tivos cognitivos, entre ellos el de explicar los hechos que estudia. Desde

200
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

luego, hay opiniones en sentido contrario que consideran la complejidad


de los sistemas ecológicos, la multiplicidad de sus causas y su “con-
tingencia” histórica (dependencia de acontecimientos singulares que
cambian la trayectoria previa de los sistemas), obstáculos insuperables
para el intento de explicarlos científicamente. Para quienes defienden
esta opinión (por ejemplo, Peters, 1991) la clave de la investigación
ecológica radica en la búsqueda de predicciones precisas mediante la
descripción de patrones lo más generales posibles. Ya hemos tratado en
otra parte (Marone y Bunge, 1998; Marone y González del Solar, 2001)
algunas de las razones para objetar esta perspectiva, por lo que aquí
daremos por sentada la importancia de la explicación en la ecología.
Esta, como en otras ciencias, tiene diferentes finalidades, entre ellas
las puramente cognitivas, es decir satisfacer la curiosidad intelectual
del investigador y aumentar el conocimiento humano, pero también
constituye un paso hacia la consecución de objetivos más prácticos, es
decir hacia la manipulación eficaz de los sistemas ecológicos, mediante
su enriquecimiento de los modelos predictivos, respecto de los cuales
proporciona una comprensión más profunda (Tilman, 1990; Marone
y Bunge, 1998; González del Solar, no publicado) a la par que ofrece
herramientas eficaces de manipulación, ausentes en muchos modelos
predictivos (Bunge, 1967:28).
Ha llegado el momento de analizar cómo se adaptan las propues-
tas de explicación mecanísmica que hemos estudiado al contexto del
conocimiento ecológico. Para ello utilizaremos como caso de estudio la
competencia interespecífica por recursos, un tipo de interacción biótica
en la cual individuos de especies diferentes afectan mutuamente de
forma negativa sus respectivas eficacias biológicas. Esta interacción,
a la cual los ecólogos se refieren habitualmente como “mecanismo”,
ha tenido tradicionalmente un papel central en la explicación de la
abundancia y distribución de los organismos vivientes, así como la
estructura de las comunidades ecológicas, aunque en la actualidad
se considera que la depredación, el parasitismo y otros mecanismos
ecológicos contribuyen igualmente al ensamblaje y mantenimiento de
las comunidades (Tilman, 2004, 2007).
Volviendo a la competencia, ahora con mayor precisión:

La esencia de la competencia interespecífica es que los individuos de una


especie sufren una reducción de fecundidad, crecimiento o supervivencia
como resultado de la explotación de un recurso por individuos de otra
especie (Begon et al., 2006:227).

201
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

Existen diversos procesos ecológicos a los que cabe el nombre de


interacción competitiva. Uno de ellos es la competencia por interferen-
cia, en la cual un individuo de una especie ataca de forma más o menos
directa –química o física– a otro individuo de una especie diferente y
con ello lo aleja de un recurso potencialmente disponible. Este tipo de
interacción se ha invocado, por ejemplo, para explicar la coexistencia
de dos especies de cánidos en el Parque Nacional de Torres del Paine
(Chile), donde el zorro colorado o culpeo (Lycalopex culpaeus) excluye
activamente, mediante la agresión directa, a su congénere de tamaño
mucho menor, el zorro gris o chilla (L. griseus), de las parcelas más
ricas en los micromamíferos que ambos prefieren como alimento (Jimé-
nez et al., 1996). Otra explicación de la coexistencia de estos zorros en
Chile central también recurre a la competencia o, más precisamente,
a la relajación de la misma a través de la hipótesis de diferenciación
de ciertos caracteres morfológicos que implican una segregación en
el tipo de alimento elegido por ambos zorros (Fuentes y Jaksic, 1979;
González del Solar y Rau, 2004).
Otro tipo de proceso competitivo, la competencia por explotación,
es indirecto y se presenta cuando uno de los organismos que compiten
utiliza ciertos recursos (por ejemplo, alimento, agua, refugio, espacio)
de tal forma que su disponibilidad disminuye para el otro organismo
en competencia y, con ello, reduce su eficacia biológica.
Todos estos procesos pueden usarse para explicar fenómenos
descritos por los diversos modelos basados en las ecuaciones de Lotka-
Volterra, aunque tradicionalmente ha habido una preferencia por la
competencia por explotación (por ejemplo, Tilman, 1986, 2007). En
todo caso, sea cual fuere el tipo de interacción invocado, todas ellas se
consideran habitualmente mecanismos ecológicos, y lo mismo ocurre
con los procesos de origen abiótico (cambios de temperatura, insolación,
composición del suelo, etc.) a cuya descripción se recurre para expli-
car los diversos fenómenos (hechos) que estudia la ecología. De ahí la
pertinencia de la pregunta por el desempeño, en esta ciencia, de las
distintas versiones de la explicación mecanísmica que hemos descrito.
Tomemos como ejemplo de hecho a explicar la coexistencia de dos
especies con necesidades parecidas (aunque no idénticas) de recursos
alimentarios. Se trata, pues, de un caso de coexistencia pese a que las
especies compiten entre sí por ciertos recursos.
Existen varios modelos mecanísmicos que pueden explicar la
coexistencia, entre ellos los que se basan en la diferenciación del nicho.
Esto, a su vez, puede ocurrir mediante la diferenciación de caracteres
morfológicos como el tamaño (y sus consecuencias), de hábitat, de

202
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

horarios de actividad, de composición de la dieta, etc. Los modelos


teóricos de este tipo tienen en común suponer que se puede descri-
bir la dinámica poblacional de una especie mediante un conjunto de
ecuaciones diferenciales como las que siguen, aplicables al caso que
usaremos como ejemplo:

dN/dt = Ni(fi1ai1R1 + fi2ai2R2 – d)

dR1/dt = c1[S - R1] – Σ[fi1NiR1]


dR2/dt = c2[S - R2] – Σ[fi2NiR2]7

En ellas, Ni representa la población bajo estudio (parte del sis-


tema), R denota el recurso (parte); fij representa la tasa de consumo
per cápita del consumidor i relativamente al recurso j (interacción-
proceso); aij se interpreta como la eficiencia con la que el consumidor i
transforma el recurso de tipo j tras consumirlo (interacción-proceso);
d por su parte simboliza la tasa de pérdida per cápita del consumidor
i , que incluye la respiración metabólica y la muerte (propiedad de la
parte-proceso) y cj[S - R] representa la tasa de renovación del recurso
j (interacción-proceso).
A partir de estas ecuaciones es posible construir diversos mo-
delos gráficos que representan regiones en las cuales las isoclinas de
crecimiento neto nulo (ICNN) describen situaciones de coexistencia
entre las dos poblaciones. Más precisamente, tal como lo expresan
Chase y Leibold (2003:47) “la especie con una necesidad más modesta
del recurso 1 debe ser relativamente menos eficiente en el consumo y
transformación del recurso 2 (vale decir, debe haber un compromiso)”
y viceversa.
Ahora bien, esta descripción somera alcanza para dejar claro
que si bien este modelo incluye descripciones de diversos elementos
del sistema ecológico que pretende representar, son las interacciones
–es decir los procesos en los cuales las cosas que forman el sistema
participan– las que soportan el peso de la capacidad explicativa del
mismo. En efecto, en nuestro ejemplo, la posibilidad –porque de eso se
trata– de coexistencia de dos poblaciones se explica por el particular
efecto de cada una en la eficacia biológica de la otra y ese efecto es
producto de una combinación de procesos que incluye la disminución de
la disponibilidad de cada recurso al ser consumido por cada individuo

7. Chase y Leibold (2003:46).

203
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

de cada población y la eficiencia con que se transforma ese consumo


en nuevos individuos. Dicho de otro modo, el núcleo de la explicación
mecanísmica es la colección de procesos que produce el hecho.
Esto se ajusta mejor a la concepción de mecanismo como modus
operandi (Bunge, 2004) de un sistema que a la de mecanismo como
sistema [de configuración estable (Glennan, 2002) o inestable (Glen-
nan, 2010)]. La propuesta de Bunge parece captar mejor la importan-
cia central del proceso en la explicación. Por su parte, estos modelos
también cumplen el requisito de Bunge de describir los mecanismos
(observados o conjeturados) mediante enunciados legales. Y como quien
puede lo más puede lo menos, los enunciados mecanísmicos legales de
los modelos teóricos de competencia interespecífica también pueden
acomodarse en la concepción de la explicación de Glennan. Podría
pensarse que la situación cambiaría si en lugar de tener en cuenta
un modelo teórico de la competencia interespecífica usamos como
ejemplo un caso concreto. Podría pensarse que la propuesta de Bunge,
mucho más ambiciosa, se toparía con que el requisito de leyes en el
explanans –el mismo que Glennan evitó recurriendo a la propuesta
intervencionista de Woodward– es un obstáculo para una ciencia como
la ecología, que encuentra en la búsqueda de leyes una de sus mayores
dificultades. Sin embargo, este obstáculo desaparece al prestar aten-
ción a la concepción bungeana de las leyes2. En efecto, para Bunge las
leyes no son generalizaciones universales irrestrictas, como quiere la
concepción heredada, sino proposiciones que describen la inclusión del
alcance de una propiedad en el alcance de otra propiedad. Las leyes
ecológicas podrán ser estocásticas y tener un alcance reducido –y con
ello ofrecer menor capacidad predictiva que las leyes de otras ciencias
como la física–, pero eso no las hace menos legales desde el punto de
vista de Bunge, ni menos explicativas porque describen mecanismos.

Contribución N°90 del Grupo de Investigación en Ecología de


Comunidades de Desierto (Ecodes), IADIZA-CONICET y FCEyN-UBA.

Referencias Bibliográficas

Bechtel, W. y Abrahamsen, A.: “Explanation: a mechanist alternative”,


en Studies in History and Philosophy of Biological and Biomedical
Sciences, N° 36, 2005, pp. 421-441.
Begon, M., Harper, J. L. y Townsend, C. R.: Ecology: From Individuals
to Ecosystems, Oxford, Blackwell Science, 2006.

204
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

Bunge, M.: Causality: The place of the causal principle in modern


science, Cambridge, MA, Harvard University Press, 1959.
— “Phenomenological theories”, en Bunge, M. (ed.), Critical Approaches
to Science and Philosophy. New Brunswick, NJ, Transaction, pp.
234-254, 1999.
—Scientific research, Nueva York, Springer-Verlag, 1967.
—Philosophy of science. Vol. 2, From explanation to justification, New
Brunswick, NJ, Transaction, 1998.
—Emergence and convergence. Qualitative novelty and the unity of
science, Toronto, University of Toronto Press, 2003.
—“How does it work? The search for explanatory mechanisms”, en
Philosophy of the Social Sciences, N° 34, 2004, pp. 182-210.
—Chasing reality. Strife over realism, Toronto, University of Toronto
Press, 2006.
—Matter and mind. A philosophical inquiry, Dordrecht, Springer, 2010.
Chase, J. M. y Leibold, M. A.: Ecological Niches. Linking Classical
and Contemporary Approaches, Chicago y Londres, University
of Chicago Press, 2003.
Craver, C. F.: Explaining the brain: Mechanisms and the mosaic unity
of neuroscience, Oxford, Oxford University Press, 2007.
Darwin, C.: On the origin of species by means of natural selection, or
the preservation of favoured races in the struggle for life, Londres,
John Murray, 1859.
Gerring, J.: “The mechanismic worldview: Thinking inside the box”,
en British Journal of Political Science, N° 38, 2007, pp. 161-179.
Glennan, S. 1996. Mechanisms and the nature of causation. Erkenntnis
44(1): 49-71.
—“Rethinking mechanistic explanation”, en Philosophy of Science,
69(S3), 2002, pp. S342-S353.
—“Modeling mechanisms”, en Studies in History and Philosophy of
Biological and Biomedical Sciences, N° 36, 2005, pp. 443-464 .
—“Ephemeral mechanisms and historical explanation”, en Erkenntnis
72(2), 2010, pp. 251-266.
González del Solar, R.: “Understanding and control. The roles of
explanation in ecological science”, proyecto de tesis doctoral,
Universidad Autónoma de Barcelona (sin publicar).
González del Solar, R. y J. Rau.: “Chilla. Pseudalopex griseus”, en
Sillero-Zubiri, C., Hoffman, M. y Macdonald, D. (eds.), Canids:
Foxes, wolves, jackals and dogs, Gland, Suiza, IUCN/SSC Canid
Specialist Group, 2004, pp. 56-63.
Hempel, C. G. y Oppenheim, P.: “Studies in the logic of explanation”,

205
Dos enfoques mecanísmicos de la explicación en ecología

en Philosophy of Science, N° 15, 1948, pp. 135-175.


Jiménez, J. E.; Yáñez, J. L.; Tabilo, E. L. y Jaksic, F. M.: “Niche-
complementarity of South American foxes: reanalysis and test
of a hypothesis”, en Revista Chilena de Historia Natural, N° 69,
1996, 113-123.
Machamer, P.: “Activities and causation: the metaphysics and episte-
mology of mechanisms”, en International Studies in the Philoso-
phy of Science, 18(1), 2004, pp. 27-39.
Machamer, P.; Darden, L. y Craver, C.: “Thinking about mechanisms”,
en Philosophy of Science, N° 67, 2000, pp. 1-25.
Marone, L. y Bunge, M.: “La explicación en ecología”, en Boletín de la
Asociación Argentina de Ecología, 7(2), 1998, 35-37.
Marone, L. y González del Solar, R.: “Homenaje a Mario Bunge, o por
qué las preguntas en Ecología deberían comenzar con ‘por qué’”,
en Denegri, G. y Martínez, G. (eds.), Tópicos Actuales en Filosofía
de la Ciencia. Homenaje a Mario Bunge en su 80 aniversario, Mar
del Plata, Editorial Martín, 2000, pp. 153-178.
Marone, L.; Milesi, F.; González del Solar, R.; Mezquida, E. T.; López
de Casenave J. y Cueto, V.: “La teoría de evolución por selección
natural como premisa de la investigación ecológica”, en Intercien-
cia, 27(3), 2002, pp. 137-142.
Nichols, D. J.: “The concept of mechanism in biology”, en Studies in
History and Philosophy of Biological and Medical Sciences, N°
43, 2012, pp. 152-163.
Peters, R.: A critique for ecology, Cambridge, Cambidge University
Press, 1991.
Salmon, W. C.: “Four decades of scientific explanation”, en Kitcher, P.
y Salmon, W. C. (eds.), Scientific explanation. Minnesota Studies
in the Philosophy of Science Vol. XIII, Minneapolis, University of
Minnesota Press, 1989, pp. 3-219.
Scriven, M.: “Explanations, predictions, and laws”, en Feigl, H. y
Maxwell, G. (eds.), Scientific explanation, space and rime, Min-
nesota Studies in the Philosophy of Science Vol. III, Minneapolis,
University of Minnesota Press, 1962, pp. 170-230.
Skipper, R. A. y Millstein, R. L.: “Thinking about evolutionary mecha-
nisms: natural selection”, en Studies in History and Philosophy
of Science Part C: Studies in History and Philosophy of Biological
and Medical Sciences, N° 36, 2005, pp. 327-347.
Tilman, D.: “Resources, competition, and the dynamics of plan com-
munities”, en Crawley, M. (ed.), Plant ecology, Oxford, Blackwell
Scientific Publications, 1986, pp. 51-75.

206
Rafael González del Solar, Luis Marone y Javier López de Casenave

—“Constraints and tradeoffs: towards predictive theory of competition


and succession”, en Oikos, N° 58, 1990, 3-15.
—“Niche tradeoffs, neutrality, and community structure: A stochastic
theory of resource competition, invasion, and community assem-
bly”, en PNAS, 101(30), 2004, pp. 10854-10861.
—Interspecific competition and multispecies coexistence, en May, R.
M. y McLean, A. R. (eds.), Theoretical ecology. Principles and
Applications, Oxford, Oxford University Press, 2007, pp. 84-97.
van Fraassen, B.: The scientific image, Oxford, Clarendon Press, 1980.
Weiskopf, D. A.: “Models and mechanisms in psychological explana-
tion”, en Synthese, DOI 10.1007/s11229-011-9958-9, 2011.
Woodward, J.: Making things happen, Oxford, Oxford University
Press, 2003.

207
Médicos y pacientes, la evolución de la relación

Jorge Laborda Molteni

Cuando Guillermo Denegri me invitó a participar del libro Elogio de la


Sabiduría. Ensayos en Homenaje al Profesor y Maestro Dr Mario Bunge
en sus primeros 95 años de intensa y productiva vida intelectual, ade-
más de gran satisfacción, fui consciente del desafío y responsabilidad
que asumía dentro de este significativo marco.
Con mi modesto aporte, la evolución de la relación médico-pa-
ciente, me permito unas reflexiones acerca de esta relación especial,
intentando así ofrecer un análisis actual del papel del médico en esta
sociedad contemporánea de cambios profundos y acelerados, deman-
dante, consumista, violenta y medicalizada de necesidades ilimitadas,
cuyos integrantes están cada vez más preocupados por su seguridad
personal y conservar sus estilos de vida. Verdadera metamorfosis
social y cultural.
Elegí este tema luego que Mario Bunge nos ofreciera en 2012 su
iluminadora obra Filosofía para Médicos, donde analiza algunos proble-
mas que plantea la investigación y la práctica médica, y muestra hasta
qué punto los especialistas de la salud, aún sin saberlo, filosofan todo
el tiempo: “Cuando razonan bien, practican la lógica, cuando prestan
su ayuda aún sin tener la seguridad de cobrar, practican una filosofía
moral humanista”, asegura Bunge (2012).
Desde tiempos de Hipócrates, la relación entre los pacientes y
los médicos ha recibido atención filosófica, sociológica y literaria, y es
tema de numerosísimos artículos, monografías, capítulos y libros de
la literatura médica moderna. Hipócrates consideró, hace más de dos

209
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

mil años, que el médico debía reunir cualidades fundamentales, es-


pecialmente cuatro: conocimiento, sabiduría, humanidad y probidad.
Cuánta verdad la suya, cuánta vigencia.
Esta relación, en el ámbito clínico, históricamente se ha enmarca-
do en términos de un acentuado paternalismo benevolente, en ocasiones
teñido de hegemonía autoritaria. Hasta 1960, aproximadamente, la
mayoría de los códigos de ética médica se basaron en la tradición hi-
pocrática, que enmarcaba las obligaciones de los médicos en términos
de promover el bienestar de los pacientes pero sin profundizar en sus
derechos. Esta relación, a través de los tiempos, ha variado de acuerdo
con los cambios que ha experimentado la conciencia entre los hombres,
desde la mentalidad mágica dominante en las sociedades primitivas
hasta la mentalidad técnica que prevalece en los tiempos actuales.
Ser médico hoy, implica, al menos en nuestro país, además del
arte de curar, saber que la práctica de la medicina se inscribe en una
atmósfera poco amigable, cuando no hostil, donde el impacto perma-
nente de los sistemas y anti-sistemas de salud propuestos a la sociedad,
cambiaron para siempre la arquitectura del encuentro entre el médico
y el paciente. Se habla académicamente del reemplazo de un modelo
médico hegemónico imperante por un modelo basado en la autonomía
de los pacientes. La crisis vincular que existe entre ellos, médicos y
pacientes, es hoy un dato inocultable de una compleja realidad que no
podemos ignorar.
Y en este cambio copernicano, aparece la bioética como espacio in-
terdisciplinario de discusión. Con la metodología filosófica se privilegió
y favoreció la autonomía de la decisión de los pacientes y participó, en
oportunidades, la justicia en la distribución de los recursos aplicados
a la salud en defensa de la equidad.
Karl Jaspers, médico y filósofo que describió como pocos los
avatares de la profesión médica, a comienzos de los años setenta del
pasado siglo, decía: “en la medicina moderna, todo parece estar en el
mejor de los órdenes, día a día se logran grandes resultados en muchos
pacientes. Pero, lo asombroso es, que aumenta la insatisfacción en
algunos enfermos y también en los médicos”.
Vivir en el siglo XXI tiene sin dudas condiciones extraordinarias
desde algunos puntos de vista. Nos encontramos en la denominada
sociedad del conocimiento y de la información. Hoy el conocimiento,
curiosamente y no su carencia, genera una nueva forma de ignorancia.
Podemos prolongadamente discutir qué es conocimiento, qué es verdad
y qué es ignorancia, pero tenemos problemas más urgentes. La igno-
rancia mata, ha matado y seguirá matando gente en todo el planeta.

210
Jorge Laborda Molteni

Origina prejuicios y prácticas absurdas. Su antídoto es, precisamente,


el acceso a la información de manera oportuna.
La relación médico-paciente hoy es más compleja. El adveni-
miento de internet, maravilloso invento del siglo XX, unido a un
impresionante avance de la ciencia y del conocimiento, es tal, que a
manera de ejemplo, la fisiopatología de las enfermedades se entiende
cada vez mejor, la posibilidad de realizar estudios crece día a día y las
modalidades terapéuticas aumentan encontrando cada vez nuevos
fármacos, nuevos elementos para combatir la enfermedad, y nuevas
estrategias mini-invasivas.
La Web, el “Dr Google” y la “Dra. Wikipedia”, entre otros, repre-
sentan un serio desafío para el área de salud. Un estudio realizado por
IMS Health (IMS Institute for Healthcare Informatics) confirma a la
enciclopedia virtual Wikipedia como un espacio de constante consulta.
También destaca la variedad y el alto grado de actualización de los
artículos de la enciclopedia referidos a temas médicos. La gran cantidad
de información que se encuentra a disposición de los usuarios puede
ser una gran herramienta para mejorar la atención y los tratamientos
en salud, pero también, una fuente de constante ruido entre el médico
y el paciente. El acceso a internet ha dado también, a muchos pacien-
tes, la falsa impresión que pueden manejar gran parte de sus propios
asuntos de salud con los médicos solo de consultores.
Ahora, el diálogo, las preguntas y el intercambio de información
comienzan a formar una parte sustancial de la consulta médica, y no
es casual que así sea. Es parte de un proceso de transformación de
las relaciones sociales que viene de la mano de la introducción de las
tecnologías de la información en la vida cotidiana. También contri-
buyó a este nuevo escenario, la masificación del uso de dispositivos
móviles, como teléfonos celulares de la generación inteligente (iPhone
y smartphones) y las minicomputadoras sin teclado, conocidas como
tablets (iPads y similares), junto con la presencia de una nueva genera-
ción de médicos y pacientes informatizados, usuarios de las tecnologías
de la información en medicina.
El rápido acceso a la información y la posibilidad de aprendizaje
permanente implicó un cambio en el modo en que se relacionan los
profesionales médicos con sus pacientes, que hoy saben que el cuidado
de su salud les pertenece empezando a asumir un rol más activo. Hay
cientos de estudios que muestran que el protagonismo del paciente es
uno de los factores clave en su recuperación.
La gran cantidad de información disponible para los pacientes y
sociedad toda, ha demostrado ser tan útil como peligrosa, por lo tanto

211
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

es clave el papel y la función del médico. Dilucidar dudas, hacer saber


si la información obtenida por el paciente es de buena calidad o errónea,
identificar lo cierto de lo incierto, lo permanente de lo fugaz, lo válido de
lo no válido. En suma, ayudarlos a discernir entre información tomada
de fuentes confiables de aquellas que no lo son tanto.
Lo cierto es que la e-salud llegó para quedarse y la cuestión es
cómo vamos a hacer para que todos, pacientes y médicos, podamos
beneficiarnos con las posibilidades que nos brinda.
Los teléfonos móviles, en otro claro ejemplo, hoy se han convertido
en un aliado de la salud, fenómeno apodado mobile health o mHealth.
En la actualidad, las aplicaciones médicas (apps) disponibles para ser
descargadas a los smartphones ofrecen una gran variedad de herra-
mientas sencillas e intuitivas para el cuidado de su salud y su calidad
de vida. Así, hoy existen aplicaciones que permiten usar el celular para
recordar cuándo uno debe tomar un medicamento, llevar un registro
personal del tratamiento de enfermedades crónicas como la diabetes
mellitus o la hipertensión arterial, calcular cuántas calorías uno ha
quemado durante el día, estimar cuándo ocurrirá la próxima ovulación
o, entre muchas otras, controlar el ritmo cardíaco con el teléfono.
Los médicos también cuentan con aplicaciones (apps) diseñadas a
la medida de sus necesidades, que les permiten acceder vía smartphone
a prestigiosas bibliotecas médicas, recibir las noticias más relevantes
de su especialidad e incluso resolver sin más que un celular tareas
cotidianas como calcular la dosis de un medicamento, determinar
sus posibles interacciones con otras drogas o visualizar un estudio de
diagnóstico por imágenes. En muchos casos, los smartphones se con-
vierten en el dispositivo que, Internet mediante, les permite controlar
o monitorear la salud de sus pacientes a distancia. La telemedicina
móvil se encuentra en franca expansión.
M2M es la sigla de una de las tecnologías que emplean las redes
inalámbricas para permitir el monitoreo a distancia de los pacientes.
M2M o machine to machine (máquina a máquina) son aplicaciones que
interconectan dispositivos médicos a través de las redes de celular, y que
sirven para dar seguimiento de muchos aspectos de salud de los pacientes.
Parecidas a un celular, existen en la actualidad computadoras
móviles que permiten a médicos y enfermeras identificar a los pacientes
internados y medicar o realizar chequeos sin errores, basándose en la
lectura mediante sencillos escáneres de códigos de barra colocados en
pulseras en los pacientes.
Internet puede ser una fuente de información para el paciente,
pero siempre es recomendable entender que la Red no es un consultorio

212
Jorge Laborda Molteni

médico y tampoco puede sustituir el consejo de un médico o profesional


de la salud.
“El médico debe estar siempre alerta para filtrar la información
a que lo someten el periodismo, la prensa médica y los visitadores
médicos”, afirma Bunge (2012).
En la actualidad, el desafío tanto para los pacientes como para
los médicos, está en poder encontrar un equilibrio saludable a través
de un proceso de decisiones clínicas compartidas que incluyan la
consideración de los valores y preferencias del paciente. No estamos
tratando un conjunto de células organizadas de tal o cual manera,
sino una persona comprendida en su integridad como ser humano,
en su malestar, en su desasosiego, en su incertidumbre de futuro.
En suma, ser clínicamente tratado, pero también sanado y contenido
anímicamente, para poder ubicarse en una actitud de esperanza frente
al sufrimiento que le toca vivir.
La creciente complejidad de la medicina desplazó una relación que
originariamente fue entre dos, médico y paciente, hacia la organización
de un sistema de atención médica en la que el médico participa como
un eslabón imprescindible pero cuantitativamente minoritario dentro
de un equipo de salud interdisciplinario constituido por bioquímicos,
enfermeros, trabajadores sociales, instrumentadores, psicólogos,
kinesiólogos, secretarios, auxiliares y técnicos. Todos ellos tienen un
contacto con el paciente que se puede manifestar desde un mínimo
gesto hasta una relación afectiva que puede constituirse junto al del
médico, en el vínculo más importante que el paciente puede encontrar
en todo el equipo multidisciplinario de salud.
Hoy, además, se presentan condiciones diferentes que han repercutido
negativamente en esta relación, entre ellas, la política neoliberal imperante en
muchos países en que el Estado curiosamente reduce la salud pública, entregándola
a consorcios privados que introducen la comercialización en la atención médica.
Sus cultores, cuya credulidad es resistente al paso del tiempo, siguen prediciendo
la mejora social de la mano del crecimiento ilimitado de las corporaciones. Los
norteamericanos lo llaman eufemísticamente managed health care, el negocio de
la salud. Esta situación ha convertido al paciente en un cliente con exigencias y a
los médicos en “vendedores”. Esta situación ha afectado profundamente la relación
médico-paciente, incrementando los errores médicos, alterando principios de la
bioética y favoreciendo la participación de otros profesionales especializados en
reclamos y/o demandas.
Hay niveles de responsabilidad, y los profesionales de la salud
están primeros en este sentido; también hay una falta de comprensión
de parte de la sociedad sobre los valores que están en juego: la salud,

213
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

el bienestar y la calidad de vida de cada uno. Hay una enorme tarea


por delante para cambiar esta cultura de la desaprensión y el aprove-
chamiento comercial, que nos corresponde a todos como comunidad.
El Estado de Bienestar que reina en los países escandinavos, a
manera de ejemplo, es el que mejor combina libertad individual con
bienestar general. Las ventajas de la medicina socializada son eviden-
tes, nadie queda excluido, o casi nadie. En esos países, así como en
Canadá y en Europa occidental, la atención médica ha sido socializada
total o parcialmente: el Estado paga la totalidad o la mayor parte de
los gastos médicos, Estados presentes, verdaderamente asistenciales.
Hoy la clínica y su vástago predilecto, la relación médico paciente,
se encuentra amenazada. La indagación más profunda de este cambio
nos lleva a preguntarnos si es inevitable o razonable que el precio de
esta situación sea la despersonalización del acto médico, y si las nuevas
generaciones de pacientes, que pertenecen a una sociedad con otra
cultura en esta materia, requerirán el establecimiento de este vínculo
singular y unipersonal que hoy está riesgo. Pareciera que la confian-
za en una persona que es el médico comienza a desplazarse hacia un
sistema impregnado sólo de ciencia y técnica.
El inadecuado o incompleto empleo de los elementos estructura-
les de la entrevista personal, también afectan la relación terapéutica.
Escuchar también, no sólo preguntar. El “escuchatorio” puede articu-
larse con el interrogatorio. La gente tiene cosas valiosas para decir,
sus historias que dan sentido a sus vidas y expectativas, no obstante
sus dolencias. Lo razonable sería alentar en el paciente el interés cre-
ciente por su propia circunstancia, induciéndolo a explorar también
sus emociones y a proseguir la tarea de auto-reconocimiento constante
dentro de su contexto clínico.
La palabra es eje fundamental de nuestra vida de relación. De
palabras están hechos nuestros compromisos afectivos, políticos, vita-
les. Pero la palabra que se intercambia en la entrevista médica aparece
rodeada de ansiedades y dudas. Los ejemplos de los malentendidos
que circulan en el lenguaje de la salud acuden en cantidad. La palabra
cáncer se encuentra tan expuesta a un ominoso tabú, que un cáncer
de colon resulta difícil de anunciar, cuando la hiperglucemia y la hi-
pertensión arterial inadecuadamente tratadas, en porcentajes, tienen
un riesgo de muerte más alto. Se trata de representaciones atávicas,
productos de la mala información, que es urgente despejar.
Se trata de un sistema difícil de cambiar. Pero en el estado actual
de la medicina, es imperioso preguntarnos qué pierde el médico y qué
pierde el paciente cuando pierde la palabra.

214
Jorge Laborda Molteni

Los antiguos hablaban de la curación por la palabra, una noción


que es urgente recuperar, transformada, claro está, por lo que hemos
aprendido a través de los siglos acerca de los poderes y los repliegues
de las palabras. Pero del mismo modo que se cuidan los instrumentos
antes de una operación quirúrgica, debemos estar dispuestos a cuidar
y a curar las palabras del intercambio médico, para preservar sus
poderes terapéuticos.
Los diálogos y la capacidad para interpretarlos son herramientas
invaluables en la profesión médica. Aunque es factible adentrarse en
ese arte, es difícil, al igual de lo que sucede con la empatía, fomen-
tar esa habilidad si no se cuenta con el deseo y la predisposición de
sumergirse en el maravilloso mundo de la escucha. Escuchar es una
palabra bien definida en los diccionarios, conlleva obligaciones, pero
mal reproducida en la vida diaria.
Es importante, entonces, para todos nosotros, que los médicos se
pregunten acerca del lugar desde donde hablan, y puedan averiguar
qué efectos pueden tener sus palabras en la vida de sus pacientes con
sus temores y expectativas al igual que en sus familiares. Es impor-
tante para los pacientes sentir que pueden compartir el lenguaje de
los médicos, transmitir con fuerza y claridad el suyo propio y medir el
alcance de sus palabras. Y es necesario para todos nosotros reflexio-
nar acerca de cómo términos tales como prevención, prepagas, estado
terapéutico, etc., se han ido instalando de un modo tan paulatino como
poderoso en el vocabulario colectivo, sin que se examinen muchas veces
los supuestos beneficios y progresos que estas nociones, no siempre
saludables, implican.
“Una vez en posesión de la hipótesis más plausible y de los datos
supuestamente pertinentes, el médico formulará una diagnosis más o
menos provisional y, después, prescribirá un tratamiento. Pondrá así en
práctica la máxima ‘Conocer antes que actuar’ (praxiología científica) y
dudar cuando algo falle (escepticismo metodológico)” afirma Bunge (2012).
Otra condición que está interfiriendo la relación médico-paciente
por momentos negativamente, es el abrumador desarrollo tecnológico
ocurrido en las últimas décadas, que ha distorsionado el ejercicio de
la medicina con la falsa idea que los nuevos recursos diagnósticos y
terapéuticos pueden sustituir el método clínico. Esta tecnificación
moderna y su mistificación, promovida por intereses económicos, está
distorsionando por completo la mencionada relación en sus aspectos
fundamentales.
Esta situación ha ido cambiando la habilidad de diagnosticar por
la realización de procedimientos y técnicas no siempre necesarias, con

215
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

la disminución alarmante de la autonomía de los médicos. La creciente


frustración y desencanto con una medicina que ofrece una tecnología
deslumbrante que, al mismo tiempo, deshumaniza en proporción
creciente, son factores que seriamente están amenazando la práctica
médica. La tecnología no es sorda, quien la hace sorda es el médico
que la usa mal y le confiere poderes desmesurados.
Hans Jonas, filósofo alemán conocido por su influyente obra, El
Principio de la Responsabilidad, realiza una evaluación crítica de la
ciencia moderna y de su “brazo armado”, la tecnología. Considera,
además, la necesidad que el ser humano tiene que actuar con pru-
dencia frente al enorme poder transformador de la tecno-ciencia, una
invitación a la sensatez.
Es sabido que la relación entre medios y fines no es lineal en un
solo sentido, es circular. Los objetivos producen técnicas y estas, a su
vez, nuevos objetivos que llevan a modificar la tecnología anterior,
aunque sea escasamente, generando una dinámica que sólo finaliza
cuando el proceso deja de ser rentable.
No obstante, en este proceso de avance inusitado de la ciencia y
la tecnología, no es sencillo diferenciar lo bueno de lo malo, muy espe-
cialmente cuando se persiguen objetivos legítimos que pueden presen-
tar efectos indeseables y de alto costo a mediano y a largo plazo. Hoy
todos son algoritmos, estadísticas, scores predictivos de morbilidad y
mortalidad y rutas críticas de diagnóstico y tratamiento. Información
esta que se publica on line en prestigiosas revistas de medicina y en
todos los diarios del mundo.
Todo indicaría que el consenso es hacer todo a todos y el impera-
tivo tecnológico, que responde al apotegma “porque se puede, se debe”
se ha apoderado de la medicina, como resultante del adiestramiento
desencarnado que nos ha hecho creer que tratamos pantallas, variables,
scores, algoritmos. De una educación enfática y hemipléjica.
Cito nuevamente a Hans Jonas (1995), quién dejó una profunda
reflexión filosófica: “En aras de la autonomía humana, de la dignidad
que exige que nos poseemos a nosotros mismos y no nos dejemos poseer
por nuestra máquina, tenemos que poner el desarrollo tecnológico bajo
control extra-tecnológico”.
En medicina es imprescindible encontrar vías para revitalizar la
escucha y sus cualidades afines. Motivo aparte para darle espacio a la
escucha es la lúgubre realidad de los tiempos modernos. La tecnología
sin coto despersonaliza, rompe la privacidad y desvirtúa muchos valores
humanos. Infiero que no existe oposición entre el arte de la escucha y
los avances de la tecnología. Oír con atención facilita la lectura de la

216
Jorge Laborda Molteni

enfermedad y coadyuva en la selección de exámenes adecuados para


llegar a un diagnóstico preciso y oportuno.
La realidad también hoy muestra, además, que a un grupo de
pacientes no les importaría ser atendidos en forma personal, para
ellos ir al médico sería parecido a ir al shopping. Como la consulta
es gratuita, son cada vez más las personas que van a los consultorios
médicos, guardias de hospitales y/o clínicas. Muchos eligen el lugar
de atención fascinados por la aparatología y el confort de la hotelería,
sin evaluar la presencia o no de excelencia médica.
Sin habernos dado cuenta, casi sin mencionarse, hemos ido
creando entre todos, paulatinamente, una nueva clase de pacientes,
principalmente en las personas mayores. Los hemos parido a fuerza de
tecnología y encarnizamientos terapéuticos, sobrevivientes maltrechos
de nuestras intervenciones. Hoy son una multitud recostada sobre
camas inteligentes, marginados de la vida misma, encerrados dentro
de sus cuerpos vacíos, condenados a una insípida periferia donde se
los induce nada más que a subsistir malviviendo un tiempo muerto
con acentuados deterioros cognitivos que no encuentra su final, en
instituciones colapsadas, en sus casas y/o en unidades de cuidados
paliativos. Bien lo señala Serrat cuando canta que a los viejos se los
aparta después de habernos servido bien. Otra arista, de las inconta-
bles, de nuestra cruda realidad.
Si bien no hay respuestas absolutas y definitivas, cualquier mi-
rada sólida sobre la medicina debe incorporar, al lado de la ciencia, el
arte del juicio humano frente a la incertidumbre y los valores humanís-
ticos. La pérdida progresiva de estos valores esenciales en la profesión
médica durante los últimos cincuenta años, es un proceso complejo,
multifactorial. Es muy probable que los efectos desfavorables sean
debido, en gran parte, al inadecuado uso de las nuevas tecnologías y
no por el propio desarrollo técnico.
Insisto, la clínica es la morada obligada a la cual deben siempre
recurrir los médicos, es el instrumento que le permite al galeno en-
tender lo que dice el enfermo. En ese espacio, la tecnología no irrumpe
ni manda.
“La medicina es parte ciencia básica, parte ciencia aplicada y
parte tecnología. El ejercicio de la medicina es una artesanía de alto
fuste y servicio. La medicina moderna es una multidisciplina”, asegura
Mario Bunge (2012).
Resulta estimulante que distintas escuelas discutan cómo
se plantea científica, intelectual y metodológicamente uno de los
desafíos más fascinantes de nuestra profesión: la actual relación

217
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

médico-paciente. Poder además explicar los alcances y límites de la


tecno-ciencia en la actual sociedad medicalizada, sin ignorar, que en
oportunidades, la ciencia y la tecnología se transforman en una im-
postura, en una grotesca estrategia de marketing.
Es posible lograr progresos significativos en el cuidado de la
salud de la población sin técnicas demasiado complejas, tal como lo
hizo Pasteur hace más de un siglo y como hoy en día se hace a través
de múltiples estrategias consensuadas, principalmente orientadas a
la prevención de la muerte prematura y las enfermedades.
Si bien es cierto que el cuidado de la salud no depende predomi-
nantemente de los médicos y que la desmitificación de la figura del
médico ha resultado un hecho favorable, ya que contribuyó a reducir
su omnipotencia y su paternalismo, es innegable que la profesión
médica tiene un importante lugar en la sociedad. El papel de los
médicos es indispensable en la mejora de la calidad de la atención
médica oportuna, eficiente y justa, en pacientes ricos y en pacientes
pobres, sin distinción alguna. Albert Camus dijo: “el artista debe
estar siempre con aquellos que padecen la historia, no con los que
la hacen”.
Ante las múltiples amenazas que en la actualidad han deformado
el espíritu de la medicina, es urgente encontrar las herramientas que
resarzan y fortalezcan el valor de la escucha, de la empatía, de la ética,
de la lealtad y el compromiso, todas ellas piedras angulares de la tan
vilipendiada relación médico-paciente. Descubrimos que algunos pa-
cientes al escucharlos no se curan pero se sanan.
Ahondar la relación entre médico y paciente a través de una
conciencia más plena del lenguaje hoy es mandatorio, de modo que su
contacto no se restrinja exclusivamente a la enfermedad ni a la salud,
sino también a un conocimiento y crecimiento mutuo, algo que nos
vaya llevando a todos a una transformación vital.
Alguna vez leímos que los mejores profesores de los médicos son
los propios pacientes. Los que tienen enfermedades crónicas y/o se los
acompaña hasta la muerte son verdaderos maestros, suelen hablar con
el corazón. Aguzar el oído permite recuperar el valor de las palabras
y en particular, de las palabras cargadas de dolor.
Sensibilidades innatas del ser humano como la capacidad de
mirar, de escuchar o de significar la voz del otro (en este caso, la del
paciente) son atributos de la profesión y valores imprescindibles en
los cuales se sustentó, se sustenta y deberán seguir sustentándose
las partes fundamentales del ser médico como base para ejercer con
tintes humanos el poder del conocimiento. Propiciar un marco de

218
Jorge Laborda Molteni

contención al paciente, ya que quien consulta busca una respuesta a la


problemática que presenta y una actitud contenedora para la angustia
que le genera su enfermedad, brindada en un clima de comunicación
empático y eficaz.
¿Cómo podríamos reaccionar ante la crisis del humanismo? La
respuesta nos la dio Karl Jaspers (1988), psiquiatra, teólogo y filósofo
alemán hace unos cincuenta años: “Seguir con la idea de que la medicina
se basa en la ciencia y en el humanismo. Esta asociación es eterna,
pero no existe por sí misma, necesita constante renovación”.
Nada sustituye ni supera el alcance de la palabra y la voz humana
cuando nos encontramos al borde del sufrimiento y de la muerte. Pero
una cultura tan negadora del sufrimiento y de la muerte, como la
nuestra también niega, necesariamente, ese alcance y esa relevancia,
situados más allá de las fronteras del imperio tecnológico. Sin embargo,
es posible avanzar en ese territorio, disputándolo a las tinieblas del
avasallamiento brutal al que estamos expuestos.
La medicina es ciencia y arte, así como el lenguaje es poesía y
conocimiento. Que medicina y lenguaje se sienten juntos en el ban-
quete del entendimiento; es una de esas ignoradas prioridades que
necesitamos actualmente restablecer en la relación médico-paciente,
hoy amenazada.

Referencias Bibliográficas

Appleyard Bryan: Ciencia vs Humanismo, un desacuerdo imprevisible,


Buenos Aires, El Ateneo, 2004.
Bordelois, Ivonne: A la escucha del cuerpo, Buenos Aires, Zorzal 2009.
Bunge Mario, Filosofía para Médicos, Barcelona, Gedisa, 2012.
Burdette Steven D; Herchline, Thomas E. y Oehler, Richard: Practicing
Medicine in a Technological Age: Using Smartphones in Clinical
Practice, CID, 1 de julio de 2008.
Cassel, Eric J. M.D.: The Nature of Suffering and the Goals of Medi-
cine, N Engl J Med 1982, 306, 18 de marzo de 1982, pp. 639-645.
Clark W.; Lipkin M. Jr.: Graman H. y Shorey J.: Improving physi-
cians’ relationships with patients, J Gen Intern Med, 14 (suppl
1):S45-50, 1999.
Emanuel E. J. y Dubler N. N.: Preserving the physician-patient relation-
ship in the era of manage care, JAMA, 273(4), 1995, pp. 323-329.
Fidalgo Maitena, María: Adiós al derecho a la salud, Buenos Aires,
Espacio, 2008.

219
Los pacientes y los médicos, la evolución de la relación

Fuchs, Victor R. Ph.D.: The Doctor’s Dilemma - What Is “Appropriate”


Care?, N Engl J Med 2011, 365, 18 de agosto de 2011, pp. 585-587.
Jaspers, Karl: La práctica médica en la era tecnológica, Barcelona,
Gedisa, 1988.
Jonas, Hans: El principio de la responsabilidad: ensayo de una ética
para la civilización tecnológica, Barcelona, Editorial Herder, 1995.
Lipkin M. Jr,; Putnam S. M. y Lazare A. (eds.): The Medical Interview:
Clinical Care, Education, and Research, New York, Springer
Verlag, 1995.
Manes, Facundo y Niro, Mateo: Usar el Cerebro, Buenos Aires, Planeta
2014.
Sontag, Susan, La enfermedad y sus metáforas, El sida y sus metáforas,
Buenos Aires, Taurus, 2005.
Truog, Robert D, M.D.: Patients and Doctors - The Evolution of a Re-
lationship, N Engl J Med 2012, 366, 16 de febrero de 2012, pp.
581-585.

220
La ontología y la filosofía de la mente
de Mario Bunge1 2

Martin Mahner

Desde una perspectiva bungeana, la metafísica del mainstream de


la filosofía de la mente es un desastre. Muchos debates y discusio-
nes han sido infructuosos ya que la filosofía de la mente carece de
una teoría metafísica general aceptada. Los filósofos de la mente
trabajan con las herramientas comunes de la lógica general y el
análisis lingüístico, así como también con algunos supuestos onto-
lógicos fragmentados, que no llegan a formar una teoría ontológica
en sí. Sin embargo, no sólo se trata de que la filosofía de la mente
podría mejorar con una metafísica más adecuada (Mahner, 2014):
el problema es también que, si bien la mayoría de los filósofos de la
mente son de alguna manera materialistas, las discusiones anti-
materialistas internas y externas nunca cesaron, como se ve en el
ejemplo más reciente de Thomas Nagel (2012). No es de extrañar,
por lo tanto, que el anti-materialismo no se rinda y muera, ya que
la fragmentación e incoherencia de la metafísica utilizada por los
filósofos de la mente los deja vulnerables al ataque. Bunge se ha
ocupado de la filosofía de la mente en varios libros propios (Bunge

1. Partes de este texto, en particular la mayoría de los aportes de las dos


últimas secciones, provienen de Mahner (2014) gracias a la gentileza de John
Benjamins Publishing Company, Ámsterdam.
2. Traducción de F. Scelzo.

221
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

1979, 1980, 2010; Bunge y Ardila 1987), así como numerosos artícu-
los. Sin embargo, en lugar de entablar discusiones sobre los temas
de interés para el mainstream de la filosofía de la mente en cada
momento, se dedicó a exponer sus puntos de vista sobre el tema. En
este aporte haré una revisión de algunas de las cuestiones metafí-
sicas en la filosofía de la mente que resultan ser no-problemas en
la ontología de Mario Bunge, o que se pueden responder fácilmente
desde su perspectiva.

Algunos conceptos básicos

Por supuesto, este no es el lugar para resumir el sistema ontológi-


co de Mario Bunge. Debemos asumir que el lector de un Festschrift como
este está familiarizado con los conceptos básicos de su metafísica. Sólo
recordaremos algunos conceptos que son importantes para el análisis
que sigue, a saber, “ley” y “emergencia”. A diferencia de muchos otros
filósofos, Bunge distingue propiedades legalmente relacionadas (leyes
ónticas) de los enunciados legales (representaciones conceptuales de
leyes ónticas). Todas las cosas poseen ciertas propiedades legalmente
relacionadas, que son las propiedades esenciales de las cosas. Estas
propiedades legalmente relacionadas son las que determinan el com-
portamiento de las cosas, específico para cada clase. Como las leyes
ónticas están in rebus, este punto de vista puede ser llamado esencia-
lismo nomológico (Bunge, 1977a).
Las cosas evolucionan y se combinan para formar sistemas de ni-
vel más alto (Bunge, 1977b, 1979). De este modo, los sistemas de nivel
superior poseen nuevas propiedades que sus componentes carecen. Por
consiguiente, poseen nuevas propiedades legalmente relacionadas. El
proceso por el cual las innovaciones cualitativas se originan se deno-
mina emergencia, y las propiedades cualitativamente nuevas son las
propiedades emergentes. La emergencia es una categoría ontológica
y por lo tanto no debe ser definida en términos epistemológicos como
ocurre a menudo, como por ejemplo en términos de propiedades que
no pueden explicarse a partir de propiedades de nivel inferior. Pero la
innovación explicada sigue siendo una novedad. Lo que importa para
lo que sigue es: la emergencia es legal y por lo tanto las propiedades
emergentes de un sistema de nivel superior dependen de las propieda-
des legales de sus partes inferiores. En otras palabras, la emergencia

222
Martin Mahner

no es arbitraria en cuanto que podríamos conseguir las mismas pro-


piedades emergentes a partir de cualquier propiedad base arbitraria.3

 Propiedades mentales y causalidad mental

¿Qué son las propiedades mentales? En el materialismo de Bunge,


las propiedades mentales no son, por supuesto, propiedades de una
mente inmaterial, sino propiedades emergentes de sistemas neuro-
nales altamente complejos que llevan a cabo ciertas actividades. Las
propiedades mentales son, por tanto, propiedades materiales, aunque
no son propiedades físicas como muchos de los así llamados fisicalistas
sostienen. La ontología de Bunge permite el pluralismo propietario:
además de las propiedades físicas básicas existen propiedades quími-
cas, biológicas, mentales y sociales.
Un argumento común antimaterialista es que si las propiedades
mentales fueran propiedades materiales, deberíamos ser capaces de
detectarlas en los sistemas neuronales desde afuera. Sin embargo,
visto que el neurocientífico sólo sabe o siente sus propias propiedades
mentales y falla en observarlas en los sistemas neuronales de otras
personas, las propiedades mentales no pueden ser propiedades mate-
riales. Además, para que haya una propiedad material, una propiedad
tendría que mostrar “poderes causales”. Esta es una manera poco feliz
de decir que una propiedad material intrínseca debe marcar la diferen-
cia con en el sistema que posee: una cosa con la propiedad x debería
comportarse de manera diferente en determinadas situaciones de lo
que haría sin x. Si las propiedades mentales no están implicadas en
la causalidad mental, según dicen los antimaterialistas, entonces no
son propiedades de materiales.4 Y si no existiera la causalidad mental,
el cerebro funcionaría bien sin propiedades mentales en absoluto. De
ahí que la evolución de lo mental se considera un misterio, ya que las
propiedades mentales sin poderes causales no podrían ser determinan-
tes. Al final, hay dos opciones: la mente tiene que ser un no-material
misterioso, aunque también una entidad causalmente eficaz (dualismo
de sustancias), cuya existencia sigue siendo inexplicable, o podemos

3. Para una historia del concepto de emergencia ver Blitz (1992).


4. Para un resumen de la cuestión de la causalidad mental ver Robb y Heil
(2013).

223
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

deshacernos de lo mental porque no tiene, en cualquier caso, poder


explicativo (eliminativismo). Demasiada metafísica mala.
Mientras que en la ontología de Bunge sólo los acontecimientos
(cambios de estado de las cosas) pueden estar conectados causalmente,
no las propiedades, es cierto que en muchos casos la presencia de una
propiedad intrínseca tendrá alguna consecuencia en lo que una cosa
dada es capaz de hacer. Esto no necesariamente se mantiene para las
propiedades relacionales, y no tiene por qué mantenerse si hay pro-
piedades epifenoménicas. Si la aparición de propiedades mentales es
lo que sucede qua brutum factum cuando los sistemas neuronales de
un cierto tipo y complejidad se desarrollan y funcionan de una manera
determinada, simplemente no hay ningún escenario evolutivo alter-
nativo donde los mismos sistemas neuronales podrían evolucionar sin
propiedades mentales. La única opción es que los sistemas neuronales
de cierta complejidad no evolucionen en absoluto. Aun así, ¿qué hace “lo
mental”, entonces? Respuesta corta: nada. Esta misma pregunta pre-
supone una visión dualista de la interacción mente-materia. La mente
podría hacer algo sólo si se tratara de una cosa en sí, tal vez conectada
a un sistema neuronal. Las propiedades mentales, sin embargo, son
sólo concomitantes de las demás propiedades de los sistemas neurona-
les. Podemos llamar a esto epifenomenalismo de propiedades (Bunge
y Mahner, 2004). A diferencia del epifenomenalismo de substancias
tradicional, el de propiedades no asume que la mente es producida
por el cerebro como una cosa propia. Únicamente establece que las
propiedades mentales son propiedades legales, emergentes de ciertos
sistemas neuronales que funcionan de una manera determinada de tal
forma que se produce un aspecto fenomenal interior o experimental.
Si reorganizamos o desmantelamos el sistema, las propiedades men-
tales dadas desaparecerán. Observemos también que la noción de una
propiedad epifenómena no implica que esas propiedades son de alguna
manera menos reales que otras propiedades: todas las propiedades de
una cosa son reales, es sólo que hay diferentes tipos de propiedades
(intrínsecas, relacionales, esenciales, accidentales, manifiestas, de
disposición, etc.).
Mi propuesta es que el epifenomenalismo de propiedades encaja
bien con el pluralismo de propiedades de Bunge, y explica por qué las
propiedades mentales son diferentes de otras propiedades superiores,
como las propiedades biológicas y sociales. Si bien hay cosas biológicas
(o más bien los sistemas), como los organismos, y sistemas sociales como
las familias y clubes deportivos, no hay cosas mentales, sino sólo bio-
lógicas, más precisamente, sistemas neuronales cuyo funcionamiento

224
Martin Mahner

implica un aspecto mental emergente, las propiedades mentales. Por


esta razón, existe un nivel biológico y social, pero no un nivel mental.
Blitz (1992:172) ha argumentado que debemos tener en cuenta el
conjunto de todos los organismos que poseen propiedades mentales
como el nivel de lo mental. Sin embargo, esta propuesta no coincide
con la conceptualización de Bunge de los niveles, ya que requiere la
existencia de sistemas mentales apropiados.
A la luz de este concepto de emergencia y el epifenomenalismo
de propiedades, también podemos resolver el llamado problema de
otras mentes. Si sólo la persona que llegara tener un cerebro con
propiedades mentales supiera a ciencia cierta que tiene propiedades
mentales, ¿cómo puedo discernir que otras personas a mi alrededor
también poseen propiedades mentales? No puedo conectar mi cerebro
al de ellos para experimentar directamente su “vida mental”. Todo
lo que puedo hacer es sacar conclusiones de su comportamiento.
Este problema de otras mentes es un problema sólo en una filosofía
ignorante del esencialismo nomológico. Si las propiedades emergen-
tes, epifenoménicas o no, son productos legales de la formación o el
desarrollo de ciertos sistemas con una determinada composición y
estructura, sus propiedades emergentes aparecen siempre con el
propio sistema. Así que todos los cerebros normales deberían exhi-
bir propiedades mentales similares, aunque habrá, por supuesto,
variaciones biológicas, así como diferencias debidas al desarrollo
individual y la experiencia.
Vamos a echar un vistazo a la obra de un filósofo de la mente que
ha intentado hacer un uso más explícito de los conceptos ontológicos
en lugar de permanecer al nivel del lenguaje ordinario.

  Como no hacer ontología: el ejemplo


de Jaegwon Kim

Uno de los principales actores de la filosofía de la mente es


Jaegwon Kim, quien utilizó consideraciones ontológicas en su trabajo
al lidiar con los conceptos de acontecimiento, sustancia, estado, etc.
Kim es también uno de los padres del concepto de superviniencia en
la filosofía de la mente. La “superviniencia” es utilizada por todos
aquellos que creen que la noción de emergencia es “demasiado mis-
teriosa” para ser útil. Si bien es cierto que la “emergencia” se concibe

225
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

a menudo erróneamente, por ejemplo, definiéndola epistemológica-


mente en lugar de ontológicamente, no podemos concluir que no se
puede formular un concepto de emergencia útil. Antes de echar un
vistazo a la versión de Kim de superviniencia, empecemos por la
visión ontológica general de Kim.
Kim adopta la denominada cuenta de acontecimientos de ejempli-
ficación de propiedades (Kim, 1993:34). En consecuencia, caracteriza
un acontecimiento así: “Pensamos en un acontecimiento como un
objeto concreto (o n-tupla de objetos) que ejemplifica una propiedad
(relación o n-ádica) a la vez. En este sentido de ‘acontecimiento’, los
acontecimientos incluyen estados, condiciones y similares, y no sólo
los acontecimientos estrictamente concebidos que implican cambios”
(Kim, 1933:8, 33 y ss.). Además aprendemos que “por ‘sustancia’ me
refiero a cosas como mesas, sillas, átomos, los seres vivos, pequeñas
cantidades de cosas como agua o bronce, y similares...” (Kim, 1933:33), y
“[un] cambio en una sustancia se produce cuando la sustancia adquiere
una propiedad que no tenía previamente, o pierde una propiedad que
tenía anteriormente” (Kim, 1933: 33).
Desde una perspectiva Bungeana este enfoque es un gran lío me-
tafísico. En primer lugar, es extraño y confuso no considerar el aspecto
del cambio como esencial para el significado de “acontecimiento”. Una
cosa que posee una propiedad en algún momento es un hecho, pero no
es un acontecimiento. Y no todos los hechos son acontecimientos. En
segundo lugar, una n-tupla de objetos concretos, no es en sí misma
un objeto concreto, sino una representación matemática (un conjunto
ordenado) y por lo tanto un objeto conceptual. Por supuesto que hay
objetos concretos complejos, compuestos de varias partes, pero estos
son sistemas de cosas, que forman una entidad de nivel superior. La
noción importante de un sistema no está cubierta por la noción de
una n-tupla. Tercero, hablar de la ejemplificación de propiedades es
ciertamente un mal hábito común en la filosofía. Para un materia-
lista es una reliquia del platonismo. Parecería que las propiedades
merodearan en un reino inmaterial de ideas y cada muerte de obispo
cayeran del cielo, para que los objetos concretos pudieran definirlas
o ejemplificarlas. En cuarto lugar, tradicionalmente, una sustancia
no es un objeto concreto, sino el “portador de propiedades”. Pero ya
que no hay tales individuos simples sin propiedades, una sustancia
es en el mejor de los casos un concepto ontológico, no una cosa real.
Una vez más, el concepto de sistema concreto, necesario para com-
prender el concepto de emergencia, está notoriamente ausente de la
ontología de Kim.

226
Martin Mahner

 En quinto lugar, la adquisición o la pérdida de una propiedad


es un cambio cualitativo. Sin embargo, más frecuentemente, los obje-
tos concretos cambian sólo cuantitativamente. Por ejemplo, crecer o
envejecer no implica la adquisición o pérdida de una propiedad, sino
sólo un cambio en el valor de la propiedad respectiva. De hecho, en la
ciencia las propiedades cuantitativas son representadas como funciones
de valores reales, de modo que el cambio de una propiedad puede ser
ilustrado gráficamente como una curva en un sistema de coordenadas
(Bunge, 1977). Una idea equivocada de la noción de cambio cuantitativo
puede ser la razón por la cual Kim adopta el enfoque de ejemplificación
de propiedades: si tenemos en cuenta sólo una propiedad general, como
la edad, pareciera que un objeto concreto que envejece ejemplifica la
propiedad de envejecimiento. Pero esto no es así: tiene la propiedad
general de la edad, pero los valores individuales de esa propiedad
cambian. Así que tenemos un cambio de estado, en este caso, no sólo
la posesión de una propiedad. Sin embargo, para entender todo esto,
necesitamos una teoría metafísica adecuada.
Vamos a echar un vistazo ahora a la noción de superviniencia. En
un marco materialista, lo mental es una propiedad de un cerebro que
funciona bien. En términos de lenguaje ordinario, nuestras propiedades
mentales dependen de las propiedades neuronales (materiales) del ce-
rebro. Lo mental es un “resultado” o, mejor, una propiedad emergente
de un sistema neuronal altamente complejo. Sin embargo, la mayoría
de los filósofos de la mente dicen que lo mental “superviene” en lo ma-
terial y, como veremos, por lo general no quieren decir “emerge”, sino
sólo “depende de alguna manera”.
Desde la formulación inicial de Kim (1978), se han propuesto di-
versas mejoras conceptuales supuestas, como la superviniencia débil,
fuerte, y global. Sin embargo, hasta hoy (ver por ejemplo, Harbecke,
2014) adolecen del defecto de no distinguir propiedades (característi-
cas de cosas reales) de predicados (representaciones conceptuales de
propiedades reales), y que a menudo tratan propiedades separadas
de los sistemas que las poseen. Como las propiedades reales no son
ni negativas ni disyuntivas, no puede utilizarse el álgebra booleana
para formalizar teorías de las propiedades (Bunge, 1977). Sin embargo,
la mayoría de los autores utilizan el álgebra de Boole para elucidar
la noción de superviniencia y tratan las relaciones de dependencia y
determinación como si fueran relaciones lógicas en vez de ontológicas
(véase de nuevo Harbecke, 2014). Además, tienden a hacer uso de la
lógica modal y metafísica de mundo posible, ambas más bien inútiles
a efectos ontológicos (Bunge 1977a, 2006).

227
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

Veamos ahora por qué el análisis de Kim (1978) es defectuoso


desde el punto de vista ontológico. En nuestro libro sobre la filosofía de
la biología, Mario Bunge resume el problema de la siguiente manera:

Sea M un conjunto de propiedades unarias (en realidad, predicados) y


M* el superconjunto formado al sumar a M los complementos de todos
los miembros de M, así como las disyun­ciones y conjunciones de cuales-
quiera dos miembros de M. Tómese un segundo conjunto N de propie-
dades unarias de entidades en algún dominio D de objetos y fórmese
el superconjunto N* de la misma manera que M*, o sea, sumando los
complementos, disyunciones y con­jun­ciones. (Puede pensarse en M y N
como predi­ca­dos mentales básicos y neuro­fisioló­gicos...) Se dice que M es
superviniente sobre N sólo en caso de que los objetos en D que com­parten
todas las propiedades en N* también compartan todas las propiedades en
M*. (La concepción original de Kim es mucho más complicada: involucra
dos conjuntos más, uno derivado de M* y el otro de N*. Pero no hace uso
de ellos para definir “superviniencia”. Es más, Kim mismo admite que
la noción de necesidad que aparece en su definición no es clara. Podría
tratarse de necesidad lógica, tal como en la deducción, o necesidad na-
tural, tal como en legalidad).
Kim afirma que su concepto aclara la borrosa noción de Donald Davidson
de que “las características mentales son en algún sentido dependientes,
o supervinientes, de las carac­terís­ticas físicas”. Sin embargo, esto no es
así, ya que el mencionado N no se construye a partir de M. De hecho, de
acuerdo con la definición de Kim, la relación de superviniencia es una
relación atemporal entre dos conjuntos distintos que, después de haber
sido definidos independien­te­mente uno del otro se descubre que se refle-
jan entre sí. En otras palabras, todo lo que sabemos cuando nos dicen que
M es super­viniente sobre N es que N* refleja M* y viceversa (...). Como la
relación de super­viniencia es simétrica, también podría decirse que N es
superviniente sobre M  antes que la recíproca. En otras palabras, no hay
involucrada ninguna dependencia unilateral en la superviniencia, mucho
menos alguna idea de proceso o tiempo. En consecuencia, el concepto de
superviniencia de Kim podría usarse para exactificar la idea de para­
lelis­mo psico­físico pero no la de emergencia de funciones mentales como
concomi­tante de la organización o reorganización de sistemas neurales
(Mahner y Bunge 2000:49-50).5

5. En español en el original (N. del T.).

228
Martin Mahner

 A diferencia de la noción paralelista de Kim de superviniencia,


el concepto de emergencia de Bunge hace que lo mental dependa
legalmente de las propiedades de base de las neuronas y subsistemas
neuronales que constituyen un (súper) sistema neuronal que tiene un
aspecto mental interno.

Máquinas pensantes o Inteligencia


Artificial Fuerte

Los filósofos que carecen o rechazan el concepto de emergencia y


esencialismo nomológico, tienden a caer en la trampa del funcionalismo
y la noción asociada de realizabilidad múltiple. Estas ideas presuponen
que la materia no importa porque la estructura es, sencillamente, la
“vida mental”, por lo que podría ocurrir en muchas cosas distintas al
cerebro, incluso en los artificiales como en las computadoras. Una de las
discusiones hipotéticas de este enfoque es lo que se llama “reemplazo
de neuronas”. Imaginemos que sustituimos una neurona de un cerebro
humano con una neurona electrónica artificial funcionalmente equiva-
lente (el adjetivo “electrónica” es importante aquí, porque no estamos
interesados en
​​ neuronas biológicas sintetizadas artificialmente, ya que
sería el equivalente material de las neuronas naturales originales).
¿Cambian las funciones cerebrales del paciente y por lo tanto su “vida
mental” después de eso? Probablemente no. Continuemos ahora con
este reemplazo de neuronas hasta que todo el cerebro se componga
de neuronas artificiales. De acuerdo a los funcionalistas, este cerebro
artificial podría funcionar igual de bien que el original y por lo tanto
exhibir conciencia, ya que todo lo que importa es la organización fun-
cional del comportamiento de entrada/salida, y no la materia de que
los cerebros están hechos.
Según el materialismo emergentista cum esencialismo nomoló-
gico, la conciencia o, más precisamente, el tener conciencia es una pro-
piedad emergente de ciertos sistemas neuronales complejos sometidos
a determinadas actividades coordinadas. Qué propiedades sistémicas
son legalmente posibles se determina mediante las propiedades de base
esenciales de las partes del sistema dado. Es por ello que no podemos
obtener una propiedad sistémica dada de ninguna propiedad de base,
es decir, a partir de diferentes clases de piezas. Lo que vale para los
componentes del sistema, también se aplica a los procesos que puede

229
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

llevar a cabo. Ser consciente no es una propiedad de un sistema estático,


sino una propiedad emergente de un sistema complejo: se trata de las
funciones de proceso, no sólo algunas funciones de roles de entrada/
salida. Pero las funciones de proceso son cambios de estado del sistema
dado con una composición y estructura dada, lo que no puede ocurrir
en sistemas que tienen propiedades legales completamente diferentes.6
Es por esto que para un bungeano, la realizabilidad múltiple
de lo mental se limita a una variedad de sistemas neuronales de la
misma clase. Por ejemplo, tu cerebro y el mío están probablemente
programados de manera algo diferente, por lo que tu forma de pensar
de “2 + 2 = 4” puede implicar sistemas y procesos neuronales algo
diferentes a mi forma de pensar en la misma proposición. Pero esto es
sólo una variación dentro de la misma clase de materia, a saber, los
sistemas neuronales. Tal variación en “realizabilidad” no es múltiple,
en el sentido en que se aplica a diferentes tipos (por no decir todo tipo)
de sistemas. Este punto de vista es a veces ridiculizado como neuro-
chovinismo, pero es un compañero natural del esencialismo nomológico.
Por estas (y muchas otras) razones, el funcionalismo, como en la Vida
Artificial e Inteligencia Artificial Fuertes, resulta ser insostenible a
la luz de la metafísica de Bunge (Mahner y Bunge, 2000, 2001; Kary
y Mahner, 2002; Bunge y Mahner 2004).

Zombis

Veamos por último el infame problema zombi. Este “problema”


se basa en la postura de que la posibilidad lógica es todo lo que hay
en cuanto a posibilidad. Si algo es concebible, es lógicamente posible,
y todo lo que es lógicamente posible también es realmente posible.
Este enfoque viene a menudo ligado a la semántica de los mundos
posibles, la metafísica de los mundos posibles, la lógica modal, etc.
–para los que la ontología de Bunge nunca tuvo ningún uso (Bunge,
1977a, 2006)–.
Así, los discípulos de Hilary Putnam nos dicen, por ejemplo, que
ya que no es lógicamente necesario que el agua sea H2O, podría estar

6. Más información sobre la diferencia entre el proceso y funciones de rol en


Mahner y Bunge (2000, 2001).

230
Martin Mahner

compuesta por diferentes moléculas en otros mundos (lógicamente)


posibles. En cambio, los kripkeanos sostienen todo lo contrario: visto
que “H2O” es un “designador rígido”, se cumple en todos los mundos
posibles, por lo que el agua es necesariamente H2O. Aquellos que
poseen el conocimiento asombroso de mundos posibles afirman que,
en cualquier caso, “mente” o “mental” no designa rígidamente, por lo
que no es lógicamente necesario que los cerebros humanos (normales)
posean conciencia. Y por lo tanto es lógicamente posible que haya
zombis en el sentido de seres humanos que funcionen igual que no-
sotros, pero no tengan ninguna “vida mental” en absoluto (Chalmers,
1996). Así que no hay ninguna conexión necesaria o legítima entre los
sistemas neuronales y “estados” mentales conscientes o de otra índole,
y la existencia de propiedades mentales se convierte en un misterio.
Supuestamente, la brecha explicativa y metafísica es tan amplia que
el materialismo es incapaz de cerrarla.
Ahora, posibilidad lógica es la única posibilidad que es válida en
la lógica y las matemáticas, pero en la ciencia la posibilidad relevante
es posibilidad nómica o real (a veces, la posibilidad real también se
conoce como “posibilidad metafísica”, pero a menudo no está claro qué
se supone que es exactamente una posibilidad metafísica). Por supues-
to, lo lógicamente imposible no es realmente posible, pero no todo lo
que es lógicamente posible es realmente posible. Lo que es realmente
posible está determinado por las propiedades esenciales de las cosas en
cuestión. Un sistema dado compuesto de partes de ciertas clases viene
necesariamente con todas sus propiedades sistémicas, donde la necesi-
dad en cuestión es real o nómica, no lógica (Bunge y Mahner, 2004). Así
que si la conciencia, o lo mental en general, es una propiedad sistémica
de sistemas neuronales de un cierto tipo (o, si se prefiere, de cerebros
enteros) funcionando normalmente, estos sistemas vendrán siempre
y necesariamente con sus propiedades sistémicas –en las condiciones
dadas–. En consecuencia, no tiene sentido preguntar por qué existe la
conciencia como si un determinado sistema de un cierto tipo tuviera
la opción de no venir con todas sus propiedades legales. La existencia
de propiedades sistémicas es ante todo un hecho (omnipresente) de la
naturaleza, y una explicación de la conciencia sólo puede consistir en
la descripción correcta de los estados especiales o más bien los cambios
de estado (mecanismos) del cerebro que consisten en ser consciente.
Buscar una explicación de por qué nuestros cerebros vienen con con-
ciencias en lugar de ser cerebros zombis es como preguntar por qué
hay algo en lugar de nada: es una pseudo-pregunta. Por todas estas
razones, la discusión sobre el zombi se pierde a la luz de la ontología

231
La Ontología y la Filosofía de la Mente de Mario Bunge

de Bunge o la luz de esencialismo nomológico, respectivamente (véase,


por ejemplo, también Garrett, 2009).
Por supuesto, se podría argumentar que las propiedades mentales
son diferentes de otras propiedades emergentes, ya que son subjetivas,
es decir, uno tiene que ser ese sistema neuronal en un cerebro en un
cuerpo en un cierto estado para “detectar” o “acceder a” (o más bien te-
ner) propiedades mentales. Sin embargo, teniendo en cuenta la ubicui-
dad de las propiedades sistémicas y de la legalidad en el mundo entero,
tenemos buenas razones para suponer que las propiedades mentales no
son diferentes de otras propiedades sistémicas, excepto por el hecho de
que estas propiedades mentales pueden ser experimentadas sólo por
el sistema en sí. Es decir, aunque el neurólogo puede estudiar otros
cerebros, sólo puede experimentar sus propias propiedades mentales.
Mediante la adopción de una metafísica de orientación científica
y materialista, como la de Bunge, la filosofía de la mente podría evi-
tar muchos debates estériles y centrarse en problemas importantes,
más que en pseudo-problemas autoinfligidos basados en metafísicas
fragmentarias.

Referencias Bibliográficas

Blitz, D.: Emergent Evolution, Dordrecht, Kluwer, 1992.


Bunge M: Treatise on Basic Philosophy, Vol. 3. Ontology I: A World of
Systems, Dordrecht, Reidel, 1977a.
—“Emergence and the Mind”, en Mahner, M. (ed.), Scientific Realism
- Selected Essays of Mario Bunge, Amherst, NY, Prometheus
Books: 1977b (2001).
—Treatise on Basic Philosophy, Vol. 4. Ontology II: A World of Systems,
Dordrecht Reidel, 1979.
—The Mind-Body Problem, Oxford, Pergamon Press, 1980.
—Chasing Reality. Strife over Realism, Toronto, University of Toronto
Press, 2006.
—Matter and Mind. A Philosophical Inquiry, Dordrecht, Springer,
2010.
Bunge, M. y Ardila, R.: Philosophy of Psychology, Berlin-Heidelberg-
New York, Springer-Verlag, 1987.
Bunge, M. y Mahner, M.: Über die Natur der Dinge. Materialismus
und Wissenschaft, Stuttgart, Hirzel-Verlag, 2004.
Chalmers, D.: The Conscious Mind: In Search of a Fundamental Theory,
Oxford, Oxford University Press, 1996.

232
Martin Mahner

Garrett, B. J.: “Causal Essentialism versus the zombi Worlds”, en


Canadian Journal of Philosophy, N° 39, 2009, pp. 93-112.
Harbecke, J.: “The Role of Supervenience and Constitution in Neuros-
cientific Research”, en Synthese, 191, 2014, pp. 725-743.
Kary, M. y Mahner, M.: “How Would You Know If You Synthesized
a Thinking Thing? Minds and Machines”, 12, 2002, pp. 61-86.
Kim, J.: “Supervenience and Nomological Incommensurables”, en
American Philosophical Quarterly, 15, 1978, pp. 149-156.
—Supervenience and Mind., Cambridge, Cambridge University Press,
1993.
Mahner, M.: “The Philosophy of Mind Needs a Better Metaphysics”, en
Miller, S. (ed.), The Constitution of Phenomenal Consciousness:
Toward a Science and Theory, Amsterdam, John Benjamins
Publishing Company, 2014.
Mahner, M. y Bunge, M.: Fundamentos de biofilosofía, México D. F.,
Siglo XXI Editores, 2000.
—Function and Functionalism: “A Synthetic Perspective”, en Philoso-
phy of Science, 68, 2001, pp. 75-94.
Nagel, T.: Mind and Cosmos. Why the Materialist Neo-Darwinian Con-
ception of Nature Is Almost Certainly False, New York, Oxford
University Press, 2012.
Robb, D. y Heil, J.: “Mental Causation. Stanford Encyclopedia of Philo-
sophy”, 2013, http://plato.stanford.edu/entries/mental-causation
(visto el 4 de mayo de 2014).

233
La ontología de Mario Bunge

Jesús Mosterín

Etimología del término ‘ontología’

Aunque la pregunta por lo que es y lo que existe es tan antigua como


la filosofía misma, la consideración sistemática de esta cuestión que
ahora llamamos ontológica comenzó en serio con Aristóteles, en el
siglo -IV. Sin embargo, la palabra latina ontologia es mucho más
reciente; fue creada a principios del siglo XVII por los neoescolásti-
cos alemanes a partir de los vocablos griegos óntos (de lo existente)
y lógos (tratado). A finales de ese siglo se tradujo y empezó a usarse
en inglés como ontology y en francés como ontologie. Más tarde pasó
al español como ‘ontología’.
La noción de ontología fue definitivamente aceptada y difundida
en el vocabulario filosófico por Christian Wolff, el filósofo alemán más
influyente entre Leibniz y Kant. Wolff dividía la filosofía en práctica y
teorética. A su vez, la teorética se articularía en una rama propedéutica,
la lógica; una ontología general, que se ocuparía de las características
comunes a todos los seres, y tres ontologías particulares: la cosmología,
la psicología racional y la teología natural, que tratarían específica y
respectivamente del universo, del alma y de Dios. Según Wolff, el méto-
do de la ontología sería deductivo, partiendo de un principio indudable,
el de no contradicción. Wolf pretendía deducir el principio leibniziano
de razón suficiente a partir del principio de no contradicción, pero no
lo consiguió, pues no es una consecuencia suya.

235
La ontología de Mario Bunge

En el siglo XX, y dejando de lado los galimatías de los epígonos


del idealismo alemán, la ontología ha sido cultivada por filósofos como
Peter Strawson, Willard Quine y Mario Bunge. Bunge es uno de los
pocos ontólogos del siglo XX y aquí nos ocuparemos brevemente de
comentar algunos de sus temas y contribuciones a la ontología.

Desarrollo de la ontología bungiana

Aunque casi todas sus obras está salpicadas de apuntes y opi-


niones ontológicas, la mayor y más sistemática contribución de Bunge
en este campo está representada por los dos volúmenes (el tercero y
el cuarto) de su monumental Treatise on Basic Philosophy, titulados
Ontology 1: The Furniture of the World y Ontology 2: A World of Sys-
tems. Bunge empezó a escribir el tomo tercero en 1973 en Dinamarca
y Suiza y lo acabó tres años después en México. En efecto, entre
1975 y 1976 Mario Bunge estuvo en el Instituto de Investigaciones
Filosóficas de la Universidad Nacional Autónoma de México, invitado
por Fernando Salmerón, que por entonces dirigía el Instituto y que
también me invitó a mí en verano de 1977. Según me contó Mario, el
primero en leer el tomo tercero fue José Ferrater Mora, al que visitó
en la primavera de1976. “Ferrater se lo tragó en una noche, mientras
yo dormía emparedado entre dos bibliotecas”. Ese volumen tercero del
Treatise se publicó en 1977 en la editorial Reidel, y el cuarto, dedicado
a los sistemas, dos años después, en 1979. Esos dos tomos de ontología
han sido también traducidos al español y publicados por la editorial
Gedisa en 2011 y 2012.
Mario ha pretendido desarrollar una ontología a la altura de
nuestro tiempo, que trate las cuestiones tradicionales de un modo
preciso y compatible con los resultados de la ciencia actual. Con inde-
pendencia de cualesquiera críticas de detalle, no cabe sino admirar la
noble ambición del empeño. En sus propias palabras,

Nuestra meta consiste en recoger el rico legado de ideas y problemas


ontológicos que hemos heredado de la metafísica tradicional, añadirles
los presupuestos ontológicos de la investigación científica contemporánea
y algunas nuevas hipótesis compatibles con la ciencia de nuestros días y
elaborarlo todo con la ayuda de algunas herramientas matemáticas. […]
La ciencia y la ontología no emergerán separadamente, sino solapán-

236
Jesús Mosterín

dose. Las ciencias son ontologías regionales y la ontología es ciencia


universal. Después de todo, cada problema científico sustantivo es un
subproblema del problema de la ontología, a saber, ¿cómo es el mundo?
(Bunge, 1977:XIII).

El materialismo

Mi primer encuentro personal con Mario Bunge tuvo lugar du-


rante el Tercer Coloquio Nacional de Filosofía en Puebla (México),
en diciembre de 1979. El ambiente estaba caldeado por la previa pu-
blicación por Ulises Moulines de un artículo titulado “Por qué no soy
materialista”, en el que argüía que no podía ser materialista pues no
entendía el significado de la palabra ‘materia’. En el Coloquio había
una sección dedicada al concepto de materia en las ciencias natura-
les, en la que pronuncié una conferencia sobre “Materia y atomismo”.
Intervine junto a Tomás Brody, Rom Harré y Moulines en una mesa
redonda sobre materia y materialismo, que moderaba Mario Bunge.
Fue un moderador poco moderado. No permitió replicar a las objeciones
planteadas, al parecer porque no había tiempo, pero luego se reservó los
últimos quince minutos para una intervención suya no prevista en el
programa, en la que expuso una contundente y poco matizada defensa
de su materialismo, que fue mal recibida por el público.
Los dos rasgos fundamentales con los que Bunge caracteriza su
filosofía son el materialismo y el realismo. Desde luego, también hay
otros, como el sistemismo y el emergentismo, pero su autodefinición
filosófica más frecuente consiste en decir que en ontología es materia-
lista y en epistemología es realista. “Yo soy materialista, me considero
materialista, más aún creo que gracias a que no creo en la dialéctica
puedo ser materialista cien por cien. En cambio encuentro que muchos
marxistas son medio idealistas...”.
El materialismo puede ser criticado desde un punto de vista reac-
cionario por los defensores de los espíritus, los fantasmas, los dioses
y las almas descarnadas, pero también puede ser criticado desde un
punto de vista más razonable en el sentido de que no está claro lo que
entendamos por materia y, por tanto, lo que afirme el materialista.
Bunge lo define así: “El materialismo es la doctrina ontológica que
afirma que todo lo que existe en el mundo externo es material o, para
decirlo negativamente, es no-mental. […] El materialismo dinámico

237
La ontología de Mario Bunge

afirma que cada existente está en proceso de cambio en algún respecto.


[…] Cada existente es un sistema material. El mundo es un sistema
de sistemas materiales. El mundo es uno y es todo lo que hay” (Bunge,
2001:30).
Aparte de caracterizarlo en términos generales, Bunge ejem-
plificó el materialismo en diversos contextos particulares, incluida
la psicología y los estudios sociales: “La mente es la actividad del
sistema nervioso central –por tanto, no una prerrogativa de los
humanes. La sociedad es un sistema de organismos. No existe una
mente incorpórea y no hay nación […] más allá de la sociedad”
(Bunge, 2001:31). Sin embargo, y a pesar de su cerrada defensa del
materialismo en filosofía, Bunge reconoce que no es imprescindible
en la práctica científica: “El materialismo no es un ingrediente del
método científico. […] No es indispensable para hacer ciencia nor-
mal” (Bunge, 2001:31).

¿Qué es la materia?

El concepto de ‘materia’ no es un concepto científico, sino filosófico.


No es un concepto primitivo ni derivado de ninguna teoría científica,
como lo son, en cambio, los de masa, entropía, carga eléctrica o leptón.
El concepto de materia fue introducido en la filosofía por Aristóteles.
Este concepto aristotélico de materia fue abandonado en la Edad Mo-
derna, época en la que la palabra ‘materia’ pasó a designar lo que los
antiguos habían llamado ‘cuerpo’, que para ellos era algo muy distinto.
El atomismo corporeísta jugó un importante papel en el desarrollo de
la ciencia en el siglo XIX y principios del XX, pero actualmente está
en crisis (debido a su excesivo éxito, por así decir).
La palabra latina mater, de inequívoco origen indoeuropeo,
significa ‘madre’ y se aplica tanto a los humanes como a los animales
en general e incluso a las plantas. En este último caso –aplicada a las
plantas y en especial a los árboles– mater designa el tronco principal
del que brotan las ramas. De este sentido de mater deriva la palabra
latina materia (o materies), que designa la sustancia de que está hecho
el tronco y también el tronco mismo del árbol, en contraposición a la
corteza y a las ramas. Este es el sentido primitivo de materia en latín.
Puesto que es de la parte dura del árbol –el tronco libre de corteza y
ramas– de donde se saca la madera que se emplea en la carpintería y

238
Jesús Mosterín

la construcción, materia pasó a significar madera, en especial madera


de construcción, en oposición a lignum, madera de quemar, leña. En
la jerga filosófica, el latín ‘materia’ se usó como traducción del griego
hýlē, madera, bosque, arbusto, leña, material.
Lo que ahora pensamos que es la materia, esa “madera” de que
están hechas todas las cosas, es el resultado de la conversión de la hi-
pótesis metafísica del atomismo en una hipótesis científica verificable,
que tuvo lugar en el siglo XIX, sobre todo por obra de químicos como
Joseph Proust, que empezaron a hacer una química cuantitativa. La
hipótesis especulativa de los átomos pasó a ser algo que podía compro-
barse empíricamente. Algo más tarde se empezó a entender lo que son
los átomos y a caracterizar los átomos por el número de protones que
tienen en su núcleo. Si decimos que dos átomos son equivalentes si y
solo si tienen el mismo número de protones en su núcleo, esta relación
de equivalencia da lugar a una partición del conjunto de todos los áto-
mos en clases de equivalencia que son, precisamente, los elementos
químicos. Así, un átomo con seis protones en su núcleo es un átomo
de carbono; con siete es un átomo de nitrógeno; con ocho es un átomo
de oxígeno. Todos los átomos pertenecen a algún elemento químico.
Nosotros pensamos que esto vale para todo el Universo, no solo para la
Tierra. En esto estriba una gran diferencia entre la biología y la física:
pensamos que lo que decimos en la biología vale solo para la Tierra,
mientras que lo que decimos en la física vale para todo el Universo.
Los átomos, cuando nos pusimos a investigarlos, resulta que eran
cosas muy distintas de las habituales; la mecánica clásica no funciona
cuando se aplica a los átomos. Hubo una gran revolución en los años
1920, que fue la revolución de la mecánica cuántica, que nos enseñó a
entender y a describir cómo funcionan los átomos. Anteriormente hubo
otra revolución científica, la de la teoría especial de la relatividad. La
teoría especial de la relatividad es una teoría muy bien contrastada
empíricamente; es la más segura que hay. En todos los aceleradores
de partículas del mundo, continuamente se hacen experimentos y se
realizan millones de mediciones que confirman las predicciones de la
teoría especial de la relatividad.
El problema que había, después del desarrollo temprano de la
mecánica cuántica, es que la mecánica cuántica inicial era incompatible
con la Teoría especial de la relatividad. Hubo una serie de personas,
empezando por Dirac, que le dieron vueltas a este problema. Final-
mente se vio que solo hay una manera de hacer compatible la mecánica
cuántica con la teoría especial de la relatividad, que es desarrollando
lo que ahora se llama la teoría cuántica de campos. Esto, que es muy

239
La ontología de Mario Bunge

bueno, al mismo tiempo complica nuestra visión de la materia y nuestra


visión del mundo. La teoría cuántica de campos invita a una visión del
mundo un poco distinta de la que se tiene habitualmente. Diríamos
que el Universo tiene una serie de características básicas, que son
los campos, y estos campos están en todas partes, con intensidades
distintas. Por ejemplo, las partículas son simplemente excitaciones de
estos campos; así un electrón no está en un lugar determinado, sino
en todas partes.
Se han realizado muchos avances y se han hecho muchas especu-
laciones en la teoría cuántica de campos, tratando sobre todo de unifi-
car fuerzas diversas. Al final de los años 1970 más o menos, se acabó
de construir lo que sigue siendo el último grito de la física que tiene
comprobación empírica, el Modelo estándar de la física de partículas.
El último cabo suelto de este modelo, el bosón de Higgs, que confiere
su masa a las otras partículas, fue propuesto hipotéticamente en 1964
y finalmente detectado experimentalmente en el CERN en 2012.
Aunque a finales de la Edad Media y hasta Isaac Newton se habla-
ba de quantitas materiae (cantidad de materia = volumen x densidad),
esta noción fue luego desplazada por dos conceptos más precisos, el
de masa inercial y el de masa gravitacional. La masa inercial de un
cuerpo es su resistencia a ser acelerado. Aplicando una misma fuerza,
la aceleración obtenida es inversamente proporcional a la masa inercial
del cuerpo. Despejando la masa en la segunda ley del movimiento de
Newton, obtenemos que masa inercial = Fuerza/Aceleración. La masa
gravitacional es proporcional al peso, es decir, a la fuerza gravitacio-
nal ejercida por la Tierra (si estamos en la superficie terrestre) sobre
el cuerpo; es el valor que se obtiene con la balanza. Masa inercial y
masa gravitacional son dos conceptos distintos, definidos indepen-
dientemente, que sin embargo coinciden de hecho (aplican siempre el
mismo número al mismo cuerpo). El principio de equivalencia de la
relatividad general explica esta coincidencia.
Según Bunge, la materia es el conjunto de las cosas materiales,
definición que roza la circularidad, de la que se salva definiendo el ad-
jetivo ‘material’ sin hacer uso del sustantivo ‘materia’. De todos modos,
este tipo de definiciones no son muy iluminadores. Si no entiendo lo
que significa la palabra ‘espíritu’ y se me responde que el espíritu es el
conjunto de las cosas espirituales, no avanzo mucho en mi comprensión.
A veces Bunge complica innecesariamente su propia definición. Así, en
su Diccionario de Filosofía (2001), define la materia como “la colección
de todas las entidades materiales reales o posibles”. El problema viene
con las entidades “posibles”. Está claro que los hijos reales de Mario

240
Jesús Mosterín

son entidades materiales. Más oscuro está el tema de sus hijos posibles.
Quizá son los elementos del producto cartesiano de los espermatozoides
producidos por Mario en su larga vida con el conjunto de los óvulos
de sus dos mujeres sucesivas (o de todas las mujeres de su tiempo o
incluso de todas las mujeres posibles).
¿Qué es una cosa material? Según Bunge, una cosa material es
una cosa mutable, una cosa cambiante, algo que cambia. Todo lo ma-
terial cambia y todo lo que cambia es material. Esta definición ha sido
criticada por poco específica. En efecto, los espiritualistas consideran
que también los espíritus cambian, que Dios monta en cólera o perdo-
na, que un día crea el agua y otro día descansa, que las almas pecan y
luego se arrepienten, que los fantasmas de vez en cuando salen de las
tumbas, arrastran sus cadenas o meten ruido. Bunge podría replicar
(con razón) que tales espíritus no existen, y que para cambiar hay que
empezar por existir. Además, a veces Bunge caracteriza lo material
como lo no-mental. Supongo que lo mental son los sentimientos y
pensamientos conscientes, que obviamente son cambiantes y cambian
constantemente; incluso desaparecen cada noche. Tomándonos en
serio la definición bungiana, habría que concluir que lo mental tam-
bién es material. Pero, entonces, ¿cómo identificar lo material como
lo no-mental?
Una objeción quizá más grave es que no acabamos de entender
de qué hablamos cuando hablamos de la materia, ya que el estudio
de la materia por la física actual todavía está rodeado de sombras.
Los físicos piensan que la materia que conocemos (la constituida por
átomos) representa solo el 5 % de la materia-energía del Universo. Se
calcula que el 27 % es materia oscura, que es otra manera de decir que
no sabemos lo que es, aunque sabemos que existe, pues ejerce atracción
gravitatoria. Todavía más oscura, si cabe y valga la redundancia, es la
energía oscura, cuya contribución a la materia-energía del Universo
se estima en un 73 % y que parece ser responsable de la aceleración
de la expansión cósmica, inferida de las mediciones de distancias a las
supernovas lejanas de tipo Ia.
Sin duda, uno de los conceptos más generales de la física es el
concepto métrico de energía y uno de sus principios más generales es el
de conservación de la energía, que sirve como un criterio de contaduría,
que nos ayuda a descubrir si nos hemos olvidado algún factor en nues-
tros cálculos y descripciones de procesos físicos. Según Bunge, se trata
de un principio filosófico: “El principio general de conservación de la
energía pertenece más a la filosofía que a la física” (Bunge, 2001: 55).
También el concepto mismo de energía es filosófico: “La introducción

241
La ontología de Mario Bunge

del concepto general de energía está justificada por el principio general


de conservación de la energía. […] El concepto de energía es filosófico
y en particular metafísico (ontológico). Está en la misma liga que los
conceptos de cosa y propiedad, evento y proceso, espacio y tiempo,
causación y azar” (Bunge, 2001:52).
Bunge piensa que lo material, lo concreto, lo mutable es lo mis-
mo que lo que tiene energía. Incluso pretende identificar la propiedad
cualitativa de la mutabilidad con el concepto métrico de la energía:
“Empezamos por identificar la energía con la mutabilidad. Definición:
Energía = Mutabilidad” (Bunge, 2001:52-53). Como él mismo señala,
“la energía es una propiedad, no una cosa”. Pero la energía no es una
propiedad cualquiera, meramente cualitativa, sino una función métrica,
que asigna números, cosa que no hace la mutabilidad. Bunge comenta
que “La fórmula E = mc2 no dice que la masa y la energía son lo mismo
módulo c2. E y m son propiedades muy diferentes. Por un lado, E es
la capacidad de cambiar, mientras que m es la inercia o disposición a
resistir el cambio en el estado de movimiento” (Bunge, 2001:56), iden-
tificando así a la masa con la masa inercial. De todos modos, tanto la
energía como la masa, tanto E como m, son conceptos métricos, cosa
que no es la mutabilidad.
Según Bunge, decir que algo es material, o que es concreto, o
que es mutable o cambiable, o que tiene energía, o que ocupa una po-
sición en el espaciotiempo, es decir lo mismo; y todas las cosas reales
son materiales, concretas, mutables, etc. Si ello es así, entonces estas
nociones son tan generales y universales, que apenas sirven para dis-
tinguir unos casos de otros, unas cosas de otras. La única importante
excepción, como más adelante veremos, son las entidades ficticias de
la matemática.

Individuos concretos

El mundo es un continuo, pero no es un continuo homogéneo:


tiene propiedades distintas en lugares diferentes. Por eso, para poder
hablar del mundo sin contradecirnos, lo segmentamos en cosas dis-
cretas, de tal modo que podamos afirmar de unas lo que negamos de
las otras, siguiendo así los contornos de la realidad. La capacidad de
hablar y pensar como nosotros lo hacemos presupone una ontología de
cosas individuales distintas que sin embargo comparten similitudes,

242
Jesús Mosterín

características o formas. Platón creía que había formas separadas, pero


Aristóteles sostenía que las formas existen como formas de algo, de
una cosa concreta material. Estas nociones aristotélicas son relativas:
lo que es materia en un contexto es forma en otro. La materia de una
cosa son sus componentes; su forma, la estructura o disposición de esos
componentes. En cualquier caso, un individuo es real, pero no es toda
la realidad, sino una parte delimitada de ella. Un individuo es siempre
concreto, un pedazo del mundo, un trozo del universo.
Del 29 al 31 de mayo de 1981 participé en un Simposio sobre el
pensamiento de Mario Bunge, organizado por Manuel Garrido en Pe-
ñíscola, a orillas del Mediterráneo, con la presencia del propio autor.
Presenté una ponencia sobre “El mundo se nos escurre entre las mallas
de nuestras teorías”, en la que insistí en las dificultades de caracterizar
formalmente nuestras nociones intuitivas, como la de individuo concreto.
También participaban en el Simposio los físicos José Manuel Sánchez
Ron y César Gómez, con los que Bunge siempre discrepaba. Recuerdo
una conversación con Bunge, caminando por la playa, en la que se que-
dó sorprendido de que le hiciera ver la diferencia entre las golondrinas
(Hirundo) y vencejos (Apus) que revoloteaban a nuestro alrededor.
En 1985 publiqué el artículo “Bunge sobre individuos concretos”,
en el que criticaba su presunta caracterización formal de los individuos
concretos. Bunge defendió su postura ese mismo año en otro artículo,
“¿Qué es un individuo concreto?”. Yo repliqué con la pequeña nota
“Bunge sobre individuos concretos”, a la que y él contrarreplicó con
otra, titulada “Individuos, conjuntos y sistemas (réplica a Mosterín)”,
ambas aparecidas en el N° 2 de Theoría.
En mi opinión, que algo sea o no un individuo es en gran medida
una cuestión convencional. Pragmáticamente depende del contexto y de
nuestras intenciones el que una cierta manera de considerar las cosas
sea más o menos conveniente que otra. En definitiva un in-dividuo es
aquello que nosotros decidimos no dividir con el escalpelo de nuestro pen-
samiento. El mundo, por sí mismo, no está dividido de un modo unívoco
con independencia de nuestra intervención. Si la noción de individuo,
en general, ya es suficientemente problemática, la cosa se complica aún
más si tratamos de caracterizar exactamente, teóricamente, lo que sea
un individuo concreto. Bunge tiene la fuerte intuición (que yo compar-
to) de que el perro de su vecino es algo muy distinto del número pi. Al
perro lo llama individuo concreto, al número pi, constructo. Está claro
que los perros son muy distintos de los números reales. Pero, ¿a qué
se parece más una partícula virtual, o una tendencia, o un programa
de computador, o un crédito bancario, al perro o al número real? No lo

243
La ontología de Mario Bunge

sé. Me temo que nuestras intuiciones al respecto solo son claras en los
casos extremos.
En el tomo tercero de su Treatise, Bunge presentó una teoría
ontológica que pretendía (entre otras cosas) caracterizar de un modo
axiomático la noción de individuo concreto. Si su intento hubiera sido
exitoso, dispondríamos de un instrumento eficaz con el que superar
la vaguedad de nuestras intuiciones sobre lo que sea un individuo
concreto. Me habría encantado que Bunge hubiera encontrado una
caracterización teórica de la noción de individuo concreto que solo
fuese satisfecha por los (que Bunge considera) individuos concretos.
Pero la caracterización que ofrece Bunge del conjunto de los individuos
concretos es satisfecha por una infinidad de constructos que (según su
propia intuición) no son individuos concretos. En el capítulo 1 se trata
de caracterizar axiomáticamente lo que es un individuo concreto o,
mejor dicho, el conjunto de todos los individuos concretos, junto con su
composición, etc. Desgraciadamente, todas las condiciones especificadas
por Bunge son satisfechas por cualquier álgebra de Boole atómica, y
en especial por cualquier álgebra de Boole de partes de un conjunto
cualquiera dado, la cual (según Bunge) siempre es un conjunto de
constructos, no de individuos concretos. Por tanto, la caracterización
no funciona (al menos no funciona como instrumento para separar
individuos concretos de constructos). Ese fracaso no es casual, sino
debido a una limitación intrínseca del método axiomático, relacionada
con el teorema de Löwenheim-Skolem.
En su réplica, Bunge parece atribuir el problema a que nos
quedamos en el capítulo 1 y no llegamos a los capítulos 2 y 3, donde
está la solución, basada en la definición de las nociones de propiedad
sustancial y de cosa concreta. Ojalá fuera así de simple, pero esas
definiciones presuponen la de individuo concreto, y hacen agua con
ella. En efecto, el capítulo 2 define propiedad sustancial como propie-
dad poseída por algún individuo concreto (pág. 71). Por tanto, si no
sabemos lo que es un individuo concreto, tampoco entenderemos lo
que sea una propiedad sustancial. El capítulo 3 define cosa concreta
como par ordenado formado por un individuo concreto y la totalidad
de sus propiedades sustanciales (pág. 110‑111). Si no sabemos lo que
es un individuo concreto ni una propiedad sustancial (y mucho menos
lo que sea la totalidad de las propiedades sustanciales de un individuo
concreto), esta definición de cosa concreta no nos resultará muy ilu-
minadora. En cualquier caso, hay modelos matemáticos –expansiones
triviales de cualquier álgebra de Boole atómica– que satisfacen todas
esas definiciones y postulados. Todavía en 1985 hizo otro intento y

244
Jesús Mosterín

reconoció su fracaso: “Una manera de caracterizar el concepto de in-


dividuo concreto cualquiera es estipulando que es aquello que puede
combinarse con otro individuo del mismo tipo para formar un tercer
individuo del mismo tipo. Pero, aunque correcta, esta caracterización
no es unívoca, porque también la satisfacen constructos”. En efecto,
cualquier conjunto provisto de una operación binaria – por ejemplo,
cualquier grupo– la satisface.
Coincido plenamente con Mario Bunge en la gran diferencia
intuitiva que captamos entre las cosas concretas materiales y los
meros constructos matemáticos. Nuestra única discrepancia estriba
en si, con los alfileres de su teoría, él ha logrado atrapar (caracterizar
unívocamente) esa diferencia que ambos (que todos) intuitivamente
captamos. Me temo que no. Hélas!

Ficcionalismo matemático

Uno de los aspectos más interesantes y originales de la ontología


bungiana es su ficcionalismo matemático. La filosofía de la matemática
es un territorio abrupto plagado de dificultades y de posicionamientos
opuestos e inconciliables. Lógicos y matemáticos tan eminentes como
Kurt Gödel han sostenido un platonismo extremo, negando que haya
diferencia alguna entre la existencia matemática y la física. Otros, por
el contrario, han pretendido reducir los objetos matemáticos a fenó-
menos mentales o han sostenido tesis nominalistas o intuicionistas.
Mario Bunge ofrece una posición flexible y original considerando que
los entes matemáticos son ficciones útiles, aunque carentes de arbitra-
riedad alguna. Así, al comienzo de su tratado de ontología, nos dice:
“Nos abstendremos de hablar de objetos que no sean ni cosas concretas
ni propiedades, estados o cambios de cosas concretas. Cualesquiera
ficciones que entren en nuestro sistema serán artilugios útiles para
dar cuenta de la estructura de la realidad” (1977:XIV).
Bunge expone su doctrina del ficcionalismo matemático también
en otros lugares, por ejemplo, en el capítulo 8 de Chasing reality: Stri-
fe over Realism, traducido al español como A la caza de la realidad
(2006). Allí leemos: “El ficcionismo, a la vez que completamente falso
con respecto a la ciencia fáctica, es bastante verdadero en lo concer-
niente a la matemática pura... Los objetos matemáticos… no son solo
entia rationis, son ficta. […] Los matemáticos tratan con ficciones. […]

245
La ontología de Mario Bunge

Nuestro ficcionismo… es del tipo moderado, no del radical. El moti-


vo de ello es que a) no comprende la ciencia fáctica y b) considera la
matemática como una ciencia, no como un juego y mucho menos una
fantasía arbitraria” (2007:268-269).
La mayoría de los lógicos ofrecen un análisis uniforme de la
existencia (del cuantificador existencial), tanto si nos referimos a
entidades matemáticas como a cosas materiales y concretas. Pero
aunque, en efecto, la sintaxis del cuantificador existencial es siempre
la misma, su interpretación intuitiva es muy diferente; en unos casos
implica localización espaciotemporal, en otros no. Si decimos que
hay una cerveza en el refrigerador, estamos indicando dónde está.
Si afirmamos que hay una función continua en todos sus puntos y
no diferenciable en ninguno, no pretendemos que esté en algún sitio.
Solo pretendemos que sería imposible negarlo sin contradecirnos.
Por tanto, ambas nociones de existencia, la matemática y la real,
tienen un uso distinto. Bunge ha señalado repetidamente que mu-
chas confusiones pueden evitarse mediante “la distinción explícita
de dos tipos de existencia: conceptual y real” (2007:276). Por tanto,
“el concepto de existencia que aparece en los teoremas de existencia
matemáticos es radicalmente diferente del concepto de existencia
real o material” (2007:269).
Bunge distingue claramente entre los constructos conceptua-
les y las cosas concretas materiales, entre lo formal y lo fáctico. Su
ficcionalismo matemático, que él mismo califica de “moderado”, es
una posición intelectual matizada y plausible: “La matemática no es
ni subjetiva como el arte ni objetiva como la ciencia fáctica. No está
comprometida ontológicamente, pero el proceso de invención matemá-
tica es subjetivo y el de demostración (o refutación) es intersubjetivo”
(2007:284). También es consciente de sus límites, tales como que “la
distinción formal/fáctico deja fuera la ficción artística” (2007:270).
A pesar de la fuerte tendencia materialista del autor, en este caso
Bunge concede que “el ficcionismo matemático es neutral con respecto
a la discusión entre materialismo e idealismo. De hecho, esta pers-
pectiva solo trata acerca de objetos matemáticos, no hace ninguna
afirmación sobre la naturaleza del mundo” (2007:288). En definitiva,
el ficcionalismo bungiano ofrece una base madura y atractiva para
la filosofía de la matemática, que todavía no ha sido suficientemente
apreciada y explotada.

246
Jesús Mosterín

La noción de sistema

Un individuo concreto no tiene por qué ser monolítico ni homo-


géneo. Puede ser un todo compuesto de partes que son a su vez indivi-
duos y estas partes pueden ser diferentes unas de otras. Una página
es parte del libro, una hoja es parte del árbol, una estrella puede ser
parte de un cúmulo globular, que a su vez es parte de nuestra galaxia,
que a su vez es parte del grupo galáctico local. Un individuo arbitrario
como el formado por mi pie derecho y la estrella Alpha Centauri carece
de cohesión alguna, pues sus partes no tienen nada que ver entre sí
ni son interdependientes. Por el contrario, las estrellas de la galaxia
se mantienen unidas por la atracción gravitatoria que cada una de
ellas ejerce sobre todas las demás (y sobre las nubes de polvo y gas,
la materia oscura y otros componentes). Y la hoja está íntimamente
conectada con el resto del árbol, del que recibe el agua y los minerales
y al que contribuye los azúcares que produce por fotosíntesis. Ni el
árbol podría vivir sin hojas, ni las hojas sin el árbol. La galaxia tiene
cierta cohesión y el árbol es un individuo muy cohesivo.
La impresión de cohesión interna acompaña con frecuencia a la
observación de la interacción entre las partes. Supongamos que un
camión transporta un contenedor cargado con objetos heteróclitos. Las
partes del camión (el motor, la batería, el embrague, el diferencial, las
ruedas con los neumáticos, la caja de cambios) interactúan de un modo
organizado como no lo hacen los objetos que casualmente coinciden
en el contenedor. El camión es un sistema interactivo; el contenedor
contiene un montón de cosas separadas.
Aristóteles pensaba que la entidad en sentido primario es el
individuo concreto, el sýnolon, compuesto de materia y forma. En jer-
ga aristotélica, la materia de algo son sus componentes; la forma, la
estructura que adoptan esos componentes. Materia y forma (en este
sentido) son nociones relativas. Las sílabas que componen la palabra
son materia de la palabra, pero son forma (estructura) respecto a sus
propias letras (o fonemas) componentes. Esta noción aristotélica es el
precedente lejano de la más reciente noción de sistema.
Un sistema contiene varias cosas como componentes, pero no es un
mero conjunto de cosas, sino que abarca también ciertas interacciones
entre esas cosas. Ya en el siglo xx, pensadores como Norbert Wiener
estudiaron la estructura de ciertos sistemas dinámicos, analizando sus
procesos de realimentación, control y autoorganización. La jerga de
los sistemas fue promovida inicialmente por Ludwig von Bertalanffy

247
La ontología de Mario Bunge

y luego adoptada por diversos autores, como Kenneth Boulding, Ana-


tol Rapoport y Mario Bunge. Von Bertalanffy definió el sistema como
“un conjunto de elementos interrelacionados y que interactúan entre
sí”. Casi todas (quizá todas) las cosas de las que hablamos pueden
ser descritas como sistemas. Un protón es un sistema que tiene como
componentes tres quarks (dos quarks up y uno down), enlazados entre
sí por la interacción nuclear fuerte, que le proporciona su estructura.
El átomo es otro sistema en que la fuerza electromagnética mantiene
unidos al núcleo positivo con los electrones eléctricamente negativos
que lo rodean. Una célula, un animal, un ecosistema, una estrella,
una galaxia, un cúmulo galáctico, un camión, una empresa, una uni-
versidad, todo puede caracterizarse como un sistema que consta de
componentes organizados conforme a cierta estructura interactiva
o constitución. Una noción tan general tiene un carácter claramente
ontológico.
La noción de sistema desempeña un papel central en la ontología
de Bunge, como muestra el título de A World of Systems que dio al se-
gundo tomo de su Ontología (y cuarto de su Treatise). Bunge contrapone
el mero agregado de cosas sueltas e independientes al sistema cohesivo
formado por componentes que interactúan entre sí e influyen unos en
otros: “Un agregado o ensamblaje es una colección de átomos que no
se mantienen unidos por enlaces y que por tanto carece de integridad
o unidad. Un agregado conceptual es un conjunto. […] Un sistema es
un objeto complejo, cuyos componentes están interrelacionados más
bien que sueltos” (1979:4). El sistema es conceptual o material según
lo sean sus componentes.
Como señala Javier Aracil, Bunge nos ha proporcionado la clasi-
ficación más completa de los conceptos involucrados en el tratamiento
de los sistemas así como un marco general en el que encuadrarlos.
Bunge intenta caracterizar la cohesión de un sistema por la influencia
que ejercen unos componentes en otros. Incluso introduce un símbolo
especial para esa relación. De todos modos, no logra establecer una
medida uniforme de la cohesión de sistemas, que se mantiene a un
nivel intuitivo. Como él mismo reconoce, “no hay una medida universal
del grado de integración o cohesión de un sistema” (1979:35). También
concede que el concepto mismo de sistema sigue siendo dudoso.
Un sistema está caracterizado por sus componentes, su estructura
y su entorno: “Un sistema tiene una composición definida, un entorno
definido y una estructura definida. La composición de un sistema es
el conjunto de sus componentes; el entorno, el conjunto de las cosas
con las que está conectado; y la estructura, las relaciones entre sus

248
Jesús Mosterín

componentes y entre estos y el entorno” (1979:4). Los componentes (la


materia aristotélica) y la estructura (la forma) ya estaban en la noción
clásica de sýnolon o cosa concreta. Lo que es nuevo es la consideración
del entorno, que, por otro lado, es difícil de delimitar. José Ortega y
Gasset solía decir: “Yo soy yo y mi circunstancia”, pero nunca fue capaz
de definir la circunstancia, que venía a ser algo así como el entorno de
mi vida en sentido biográfico.
Bunge nos ofrece la siguiente definición: “El entorno de un siste-
ma en t es el conjunto de todas las cosas que no son componentes del
sistema y que actúan sobre los componentes del sistema o son actuadas
por ellos en el tiempo t” (1979:7). Y poco después añade: “Nuestra de-
finición del entorno de un sistema como el conjunto de todas las cosas
que están acopladas con componentes del sistema ya indica claramente
que se trata del entorno inmediato, no del entorno total –es decir, el
conjunto de todas las cosas que no son parte del sistema–. Excepto en
la astronomía extragaláctica y en la cosmología, no estamos interesados
con las transacciones del sistema con el resto del universo, sino solo
con la porción del mundo que ejerce una influencia significante en la
cosa en cuestión. […] En otras palabras, el entorno inmediato de una
cosa es la composición de su siguiente supersistema” (1979:9). Estoy de
acuerdo en que lo que nos suele interesar es el entorno inmediato, pero
no veo que esté siempre unívocamente determinado cuál es el siguiente
supersistema de un sistema dado. ¿Cuál es el siguiente supersistema
del planeta Tierra? ¿El sistema solar entero? ¿O más bien el sistema
formado por la Tierra y la Luna? ¿Cuál es el supersistema inmediato
del estómago, el animal entero o solo el sistema digestivo?
La teoría general de sistemas inició su andadura con una ambición
quizá desmesurada; enseguida se puso de moda y muchos se embarca-
ron en ella, aunque luego no lograron sacarle suficiente jugo, con lo que
acabó produciendo una cierta decepción y cansancio entre sus mismos
seguidores. De todos modos, parece un enfoque muy adecuado para la
ontología general. Bunge es el exponente más completo y riguroso de
la teoría de sistemas; y es el autor que más ha contribuido a fundir on-
tología y teoría de sistemas en un solo proyecto. Hay que felicitarle por
su noble ambición intelectual y por el vigor, la valentía y la constancia
con la que ha llevado a cabo su tarea. Ciertos presuntos ontólogos son
tan confusos que su propia oscuridad los inmuniza frente a la crítica
detallada. Afortunadamente, Bunge siempre ha buscado la claridad
y la precisión. Sus definiciones son lo suficientemente precisas como
para poder ser criticadas, pero no tan precisas como para estar por
encima de toda crítica. Las ideas de Bunge son importantes y merecen

249
La ontología de Mario Bunge

ser tomadas en serio, lo que incluye algunas críticas, como las que aquí
se han hecho y que no tienen otro sentido que homenajear a este gran
filósofo y gran amigo mío que es Mario Bunge.

Referencias Bibliográficas

Aracil, Javier: “Mario Bunge y la teoría de sistemas”, en Congreso-


Homenaxe Internacional a Mario Bunge, Vigo, Aletheia, 2005,
pp. 35-71.
Bunge, Mario: “The Relations of Logic and Semantics to Ontology”, en
Journal of Philosophical Logic, Nº 3, 1974, pp. 195-219.
—“El ser no tiene sentido y el sentido no tiene ser: Notas para una
conceptología”, en Teorema, Nº. 6, 1976, pp. 201-212.
—Treatise on Basic Philosophy. Vol. 3, Ontology: The Furniture of the
World, Dordrecht, Reidel, 1977.
—Treatise on Basic Philosophy. Vol. 4, Ontology: A World of Systems,
Dordrecht, Reidel, 1979.
—“¿Qué es un individuo concreto?”, en Theoría, Nº. 1, 1985, pp. 121-128.
—“El concepto de cosa concreta”, en Racionalidad y realismo, Madrid,
Alianza Editorial, 1985, pp. 175-183.
—“Moderate Mathematical Fictionism”, en Agazzi y Darvas (eds.),
Philosophy of Mathematics Today, Dordrecht, Kluwer, 1997, pp.
51-72.
—“Energy: Between Physics and Metaphysics”, en Science & Educa-
tion, Nº 9, 2000, pp. 457-461.
—Scientific Realism: Selected Essays by Mario Bunge, Amherst, NY,
Prometheus Books, 2001.
—A la caza de la realidad: La controversia sobre el realismo, Barcelona,
Gedisa, 2007.
Mosterín, Jesús: “Materia y atomismo”, en Otero, Mario (comp.), Ma-
terialismo y ciencias naturales, México, UNAM, 1984, pp. 11-28.
—Conceptos y teorías en la ciencia, Madrid, Alianza Editorial, 1984.
Moulines, Ulises: “Por qué no soy materialista”, en Crítica, Nº 26,
México D. F., 1977.
Strawson, Peter: Individuals: An Essay in Descriptive Metaphysics,
London, Methuen, 1979.

250
Algunos retos filosóficos de la política científica

Miguel Ángel Quintanilla Fisac

La filosofía de la ciencia es una de las ramas de la filosofía académica


que más se desarrollaron en el siglo XX: desde el empirismo lógico a la
explosión de enfoques “post-kuhnianos” en filosofía, historia y sociología
de la ciencia y de la técnica, no hay otro campo de reflexión filosófica
que iguale a la riqueza y calidad de las aportaciones que encontramos
en este. La situación actual sin embargo no es halagüeña. La riqueza
de aportaciones, enfoques y matices ha dado lugar a un panorama casi
caótico en el que es difícil saber si cada uno de los actores está realmente
jugando el mismo juego y con el mismo reglamento.
Creo que esta situación actual de los estudios sobre la ciencia
y la tecnología es heredera de dos tradiciones. Por una parte está la
tradición filosófica cuya pretensión fundamental es entender el valor
de la ciencia como la forma más depurada de conocimiento fiable acerca
del mundo. Dentro de esta tradición caben múltiples enfoques, desde el
empirismo lógico de los clásicos del Círculo de Viena hasta la concepción
estructuralista de las teorías, el empirismo constructivo de Van Frassen
o incluso el realismo de Giere o Churchland. Lo que caracteriza a esta
corriente de pensamiento no es tanto, o tan solo, el contenido de sus
teorías filosóficas, cuanto el tipo de problemas que consideran centrales
en la reflexión filosófica sobre la ciencia. A este respecto son herederos
no solo de la problemática consagrada por los miembros del Círculo de
Viena, sino también del enfoque general (compartido por el propio Cír-
culo) de su epistemología, un enfoque que esta tradición comparte con
el núcleo fundamental de la epistemología moderna, desde Descartes.

251
Algunos retos filosóficos de la política científica

Podríamos llamarlo enfoque justificacionista o fundamentalista. De


lo que se trata es de fundamentar el valor del conocimiento, es decir
de encontrar una forma de justificar de forma sólida la pretensión de
que nuestro conocimiento científico es verdadero o fiable. En realidad
toda la historia de la filosofía occidental de la Edad Moderna podría
reconstruirse como el empeño continuado por encontrar el fundamento
último o la justificación definitiva de la pretensión de que el método
científico nos conduce al conocimiento verdadero y completo de la rea-
lidad. Desde esta perspectiva se puede detectar, en efecto, una línea de
continuidad en los enfoques filosóficos predominantes en la epistemolo-
gía moderna y actual. El fenomenalismo de Mach o del primer Carnap
tiene el mismo aire de familia que el empirismo de Berkely o Hume;
y el racionalismo crítico de Popper se presenta a sí mismo como una
revisión del racionalismo clásico, aunque pretendidamente liberado de
la tentación fundamentalista. La problemática más característica de
esta tradición gira en torno a la naturaleza de las teorías y conceptos
científicos, la relación entre observación y teorización o explicación en
el conocimiento científico, la justificación de la aceptación o rechazo de
una teoría, la racionalidad o irracionalidad de los procesos de decisión
en la investigación científica, etc.
La otra tradición en los estudios sobre la ciencia y la tecnología
proviene del campo de la historia y la sociología de la ciencia, y más
recientemente se ha visto enriquecida con la aportación de la eco-
nomía de la innovación, y de la politología. Se trata de un campo de
investigación amplio y diverso, poco estructurado, pero de influencia
creciente, desde mediados del siglo XX. Los historiadores internalistas
de la ciencia, como Koyré, ya habían puesto el énfasis en el dinamismo
historicista del conocimiento científico, resaltando tanto la continui-
dad general del desarrollo del conocimiento (e incluso su carácter
progresivo) como la existencia de rupturas y discontinuidades locales
que era preciso entender. La tradición de la filosofía de inspiración
marxiana contribuyó decisivamente tanto a resaltar el carácter his-
tórico del conocimiento científico, como a primar la importancia de los
factores sociales y económicos externos para explicar la naturaleza
del cambio y el progreso científicos (Bernal 1939). Esta tradición in-
telectual, ya presente en los enfoques históricos de los estudios de la
ciencia, se vio enriquecida, a mediados del siglo XX, por otros factores
que propiciaron el desarrollo de los estudios de sociología, economía y
politología de la ciencia. La experiencia de las dos grandes guerras del
siglo XX, en las que las aplicaciones técnicas derivadas de la ciencia
moderna tuvieron un papel importante aunque desdichado, y sobre

252
Miguel Á. Quintanilla Fisac

todo la experiencia de la organización industrial de la investigación


científica, tal como se vivió en la segunda guerra mundial, hicieron
que los estudios sociales de la ciencia y la tecnología empezaran a
plantear cuestiones que hasta entonces habían quedado fuera del
foco de atención de las reflexiones filosóficas. Se acuñó por ejemplo,
la expresión big science (Weinberg, 1961; de Solla Price, 1968) para
referirse a las nuevas formas de organización industrial-militar de
la investigación científica, se desarrollaron normas y métodos de
medición precisa de las actividades y resultados de la ciencia y la
tecnología (OCDE, 1993), se analizó la estructura institucional de
la ciencia, y se descubrieron fenómenos nuevos, como la formación
de “colegios invisibles”, o la descripción mertoniana del ethos de la
ciencia, pero también los modelos de distribución del mérito científico
y su afectación por el llamado “efecto Mateo” (Merton y Storer, 1977).
Curiosamente toda esta “revolución” en los estudios de la ciencia se
produce prácticamente al mismo tiempo que los estudios de la tradi-
ción filosófica a la que hemos aludido, están en plena ebullición, sin
que sin embargo se aprecie, ningún cruce significativo entre ambas
tradiciones. Al menos hasta la emblemática fecha de 1962.
En efecto, la publicación por Th. Kuhn de La estructura de las
revoluciones científicas puede tomarse como el punto de referencia para
localizar el cruce de las dos tradiciones.1 ERC es un libro de historia y
de filosofía de la ciencia al mismo tiempo. Y además su autor se propone
explícitamente resolver o al menos abordar problemas clásicos de la
filosofía de la ciencia con sus análisis e interpretaciones históricas de
procesos de cambio científico. Las aportaciones de Kuhn eran funda-
mentalmente de historia interna, pero sus explicaciones incorporaban
elementos de carácter sociológico externalista. En efecto, tanto la
noción misma de paradigma o matriz disciplinar, como la dinámica
de las revolucionadas científicas que propone Kuhn están formuladas
en términos de tipos de disciplinas científicas, normas metodológicas,
ejemplos paradigmáticos, procesos de investigación normal, etc. Pero
al mismo tiempo la dinámica de la ruptura de un paradigma y su sus-
titución por otro apela ineludiblemente a estructuras y propiedades
psico-sociales, como la constitución de comunicadles científicas, el
cambio generacional, las prácticas de formación y creación de grupos
de investigación, etc.

1. En sentido estricto: la obra de Kuhn se publicó de hecho como una monografía


de la Enciclopedia Internacional de la Ciencia Unificada, impulsada por el
positivismo lógico.

253
Algunos retos filosóficos de la política científica

El choque de las dos tradiciones tuvo resultados decisivos para la


evolución de la epistemología del siglo XX. Por una parte, el núcleo de la
tradición positivista saltó por los aires: de pronto el problema que había
que abordar no era ya el de cómo definir y medir el grado de confirma-
ción o de verosimilitud de una teoría a la luz de un conjunto de hechos,
o el de la naturaleza de las leyes científicas, porque la aceptación o no
de una teoría, o de una ley no dependía de factores lógicos, racionales o
empíricos, sino de la efectividad o desgaste de un paradigma e incluso
de las relaciones de poder entre los miembros de una comunidad cien-
tífica. Por otra parte, los estudios sociales de la ciencia y la tecnología
abandonaron cualquier pretensión de mantenerse fieles a algunos de
los principios de la tradición positivista y se entregaron al desarrollo de
visiones relativistas e incluso irracionalistas de la ciencia. El hecho de
que el propio Kuhn reivindicara la compatibilidad de su teoría de las
revoluciones científicas como cambios de paradigma con los valores de
objetividad y racionalidad en el desarrollo de la ciencia (Pérez Ransanz,
1995), no impidió el aumento de la nueva deriva irracionalista de los
estudios sociales de la ciencia y la tecnología (Otero, 1995).
Los nuevos enfoques en los estudios de la ciencia han dado lu-
gar a diversas propuestas de visiones alternativas de la ciencia y la
tecnología que intentan captar no solo nuevas ideas filosóficas, sino
también las nuevas formas de organización social de la ciencia. Tal
es el caso del llamado “modo 2” de producción de la ciencia (Gibbons
et al., 1997), el modelo de “ciencia postacadémica” (Ziman, 2003) o la
ciencia postnormal (Funtowicz y Ravetz, 1996) (un balance esclarece-
dor en Jiménez-Buedo y Vielba, 2009). En todos estos casos asistimos
a un proceso de difuminado de los rasgos de la visión académica de la
ciencia sin que quede claro que las nuevas imágenes sean compati-
bles con principios básicos de la tradición científica. Si abandonamos
la pretensión de comprender los procedimientos y resultados de la
ciencia como productos del pensamiento racional, resultará imposible
diferenciar la ciencia de otros campos de la cultura o de la experiencia
humana. Por otra parte, a falta de teorías generales sobre el cono-
cimiento científico, nos veremos inermes para analizar críticamente
visiones de la ciencia que en otro momento habríamos considerado
distorsionadas por intereses económicos o políticos, como las que a
veces se introducen en los estudios sobre economía de la innovación,
la economía industrial, etc. Y por último, la toma de decisiones en
política y gestión de la ciencia y la tecnología, que cada vez tienen
mayor relevancia económica, social y cultural, se ve desprovista de
referencias intelectuales y científicas sólidas.

254
Miguel Á. Quintanilla Fisac

La filosofía de la ciencia de Mario Bunge siempre ha estado vin-


culada a las corrientes más vivas y fructíferas a nivel internacional y,
al mismo tiempo, significativamente alejada de las turbulencias que
afectan a este campo de investigación debido seguramente a algunas de
sus características diferenciales (Bunge, 1983a, 2013). En primer lugar,
la teoría del conocimiento científico que nos propone Bunge incorpora
desde el principio problemas, teorías y métodos tanto filosóficos como
científicos, formales y factuales. La sociología de la ciencia no puede
verse, desde su perspectiva, como una alternativa a la filosofía de la
ciencia, sino como uno más de los componentes de una ciencia de la
ciencia (o mejor, de una investigación científica sobre la ciencia) que
incorpora también la reflexión filosófica y la metodología formal y otras
ciencias factuales como la psicología e incluso la biología. En segundo
lugar el trasfondo filosófico de la epistemología de Bunge es el realismo
científico (Bunge, 1983b, 2001), lo que constituye una vacuna eficaz
contra la infección de relativismo epistemológico y sociológico. En tercer
y último lugar el enfoque de Bunge no es justificacionista, sino analítico,
sistémico y explicativo: su objetivo no es encontrar la piedra filosofal que
garantice que nuestras teorías científicas se pueden reducir a conjuntos
infinitos de enunciados empíricos, o que permita interpretar un cambio
de teorías como un progreso hacia la vedad completa y definitiva. En
lugar de asumir estos objetivos de la epistemología tradicional, que han
contaminado a la corriente principal de la filosofía de la ciencia y que han
saltado por los aires frente al relativismo sociológico post-kuhniano, la
epistemología de Bunge se propone comprender el funcionamiento de la
ciencia y ofrecer un marco conceptual que nos ayude a precisar nuestras
ideas sobre el método científico, el valor de las leyes y teorías científicas,
el interés social de la ciencia, las relaciones entre investigación científica
y diseño tecnológico, etc. Estas características del enfoque bungeano le
permiten afrontar con naturalidad y originalidad problemas que rara
vez encontramos en la tradición justificacioncita de la filosofía de la
ciencia (ética de la ciencia, ciencia y desarrollo, problemas conceptuales
de la política científica, ciencia e ideología, ciencia y pseudociencias,
etc., Bunge y Borgoñoz, 2010) y al mismo tiempo, mantener, frente al
relativismo sociológico, los principios normativos de la epistemología
realista, sin renunciar a valores centrales de la ciencia, como el de la
objetividad científica o el de la verdad del conocimiento.
A continuación desarrollamos algunos ejemplos de problemas
de interés filosófico que se plantean en la gestión de la ciencia actual,
cuyo tratamiento es coherente con una visión bungeana de la ciencia:
las relaciones entre ciencia y poder político, el apoyo a la investigación

255
Algunos retos filosóficos de la política científica

básica y el abuso de indicadores bibliométricos para la gestión de la


investigación.

El poder y la ciencia

En la filosofía de Bunge, la ciencia es considerada como una acti-


vidad social, específicamente como una parte del subsistema cultural de
determinado tipo de sociedades. Así que es completamente natural que
esta parte de un sistema social interactúe con los otros subsistemas de
la sociedad en diferentes medidas y modalidades. Podemos contemplar
dos tipos de relaciones entre el subsistema científico y el resto del sis-
tema social: relaciones de comunicación o intercambio de información
y relaciones de interacción y transformación material. Ambos tipos de
relaciones son bidireccionales. Así, el subsistema científico de una socie-
dad proporciona conocimientos, aplicaciones y desarrollos tecnológicos
que resultan valiosos para la sociedad desde el punto de vista económico,
cultural, biológico y político. Y recíprocamente el sistema económico, polí-
tico y biológico (población) proporciona recursos materiales y humanos al
sistema científico, así como indicaciones (información) sobre prioridades
y valores para el desarrollo científico y tecnológico.

256
Miguel Á. Quintanilla Fisac

Podemos agrupar todas las relaciones de transmisión de informa-


ción entre el subsistema científico y el resto de una sociedad, como la
cultura científica de esa sociedad. En el gráfico hemos señalado algunos
de los procesos característicos de la cultura científica: en una dirección,
la educación y la divulgación de la ciencia, y en la otra la fijación de
prioridades y valores sociales que pueden afectar a los objetivos de la
investigación científica. Por otra parte, podemos considerar la econo-
mía de la ciencia como el conjunto de actividades de valor económico
(producción e intercambio de bienes y servicios) que se solapan con
las actividades científicas. Estas se producen también en las dos di-
recciones. Desde el subsistema científico al subsistema económico de
una sociedad se produce transferencia de bienes de valor económico
(conocimientos aplicados de interés industrial, diseños tecnológicos,
innovaciones que repercuten en el bienestar de los miembros de la
sociedad, como las innovaciones médicas y farmacológicas, etc.). Al
mismo tiempo, desde el subsistema económico se proporcionan recursos
materiales y humanos a sistema de la ciencia y la tecnología.
Uno de los grandes problemas que se plantean en la gestión de la
ciencia en las sociedades complejas actuales tiene que ver con la adop-
ción de decisiones por parte del poder político respecto a los objetivos,
prioridades y valores de las actividades científicas que se llevan a cabo
en esa sociedad. En efecto, quien detenta el poder político (independien-
temente de que haya accedido a él o lo ejerza de forma democrática o
tiránica) tarde o temprano se va a enfrentar con problemas del tipo:
cuánto debo gastar en promover la investigación científica, cuánto
en investigación básica y aplicada, en qué áreas de la ciencia es más
urgente, necesario o provechoso invertir más dinero. O también: qué
nivel de educación científica debe proporcionarse a los ciudadanos,
cómo debe potenciarse (o no) la cultura científica. Qué criterios y pro-
cedimientos deben seguirse para evaluar el rendimiento de las activi-
dades científicas. Casi todas estas cuestiones solo se pueden resolver
aceptablemente si el responsable político dispone de la información
suficiente acerca del funcionamiento interno y la situación efectiva
de la investigación científica en la sociedad que tiene que gestionar.
Esta es una situación normal en casi todos los ámbitos de la política.
Quien detenta el poder político necesita disponer de conocimientos y
recursos que no dependen de él.
¿Qué puede aportar la filosofía de la ciencia en tales circunstancias?
Desde luego puede aportar criterios acerca del tipo de conocimientos que
se pueden considerar científicos y cómo distinguirlos de las patrañas
pseudocientíficas o las especulaciones ideológicas. Podrá ayudar también

257
Algunos retos filosóficos de la política científica

a comprender las diferencias y relaciones entre investigación básica,


aplicada y tecnológica, a comprender los procesos de evaluación interna
de la ciencia y a analizar las interacciones entre investigación científica,
innovación económica y social, etc. Pero para que todo esto tenga sentido
es preciso que el filósofo de la ciencia mantenga el compromiso con el
realismo científico. Es decir el principio que sostiene que la actividad de
investigación que llevan a cabo los científicos tiene por objeto mejorar y
aumentar el conocimiento objetivo de la realidad a través de procedimien-
tos racionales y controlables que enlazan con la tradición de la ciencia.
Cuando un político pide consejo a un científico acerca de cualquier tema
de su especialidad científica o de la gestión global de la ciencia, lo último
que quiere oír es que le digan que las cuestiones científicas son ellas
mismas cuestiones de poder, que lo importante no es saber qué teoría
es verdadera sino quién tiene el poder para “construir” esa verdad. El
político ya sabe que tiene cierto poder para promover el estudio de una
rama de la ciencia o de otra alternativa, y ya sabe que eso puede influir
en el rendimiento del subsistema científico de una sociedad, pero cuando
pregunta al científico o al filósofo de la ciencia espera que le den razones
objetivas y de peso a favor de una u otra decisión, no que le digan que él
tiene el poder para inclinar la balanza en un sentido o en otro. Si fuera
verdad, como quiere Latour, que “la ciencia es la política perseguida
por otros medios” (apud Otero, 1995), perdería su valor cognitivo e ipso
facto dejaría de tener interés para la política.
Decir que la construcción del conocimiento científico es el resul-
tado de las relaciones de poder en el espacio social de un laboratorio
o en el sistema social de un país o de una comunidad en su conjunto
equivale a renunciar a la existencia de ese mismo espacio, es decir a la
existencia de la ciencia. Es como si a un entrenador de fútbol, intere-
sado en mejorar el rendimiento de su equipo, le diéramos el consejo de
cambiar el reglamento para evitar que le penalicen las faltas o reducir
el tamaño de las porterías para que disminuya la probabilidad de que
entre un balón. No podemos cambiar las reglas del juego de la ciencia,
aunque tuviéramos el poder para ello. Porque el resultado no sería una
ciencia más rentable, productiva o exitosa, sino la invención de otro
juego. La filosofía de la ciencia no puede responder a los problemas que
se plantean en la política científica diciendo que “todo vale” y que es el
propio poder político el que define lo que debe hacerse, el que impone
las reglas del juego. El realismo científico parte de que las reglas del
juego ya están dadas, y de lo que se trata de es jugar cada vez mejor con
esas reglas enriquecidas con las que la propia ciencia vaya generando,
no con las que imponga el ministro del ramo o el dueño del laboratorio.

258
Miguel Á. Quintanilla Fisac

La deuda de la investigación básica

Durante mucho tiempo se ha considerado que la investigación


básica es la fuente principal de aumento de nuestros conocimientos
científicos y el soporte más importante para la investigación aplicada y
el desarrollo tecnológico. Pero a lo largo de los años se ha ido acumulan-
do evidencia empírica suficiente para poder afirmar que la transferencia
de la investigación científica a la economía no es un proceso lineal, de
forma que no basta con tener un sistema potente de investigación básica
para garantizar una repercusión positiva de la ciencia en la riqueza y
el bienestar de una sociedad (Freeman y Soete, 1997). Este problema
no se ha detectado solamente en los países en desarrollo en los que es
posible que coexistan instituciones académicas de cierto nivel científico
internacional, junto a sistemas económicos e industriales totalmente
desconectados del sistema científico. También ha alcanzado un elevado
protagonismo en los debates en torno a la política científica e industrial
de la Unión Europea y de todos los países de la OCDE. A mediados de
los años noventa la Comisión Europea emitió un informe (European
Commission, 1995) en el que se acuñó la expresión “la paradoja euro-
pea”. Esta paradoja consistiría precisamente en que, siendo Europa
una potencia científica de primer orden en el ámbito académico, sin
embargo se encuentra retrasada en su capacidad para transformar el
conocimiento en riqueza, es decir en innovación industrial y económi-
ca en general: Europa genera conocimiento, pero no consigue hacerlo
económicamente rentable.
A partir de aquí se ha impuesto en la política europea una especie
de moda que incluso se ha trasladado al lenguaje burocrático cotidiano
de las comisiones gubernamentales e intergubernamentales. Lo que
hace treinta años eran discursos encendidos sobre la necesidad de
apoyar al sistema científico y tecnológico, ahora se han transformado
en elogios hacia las políticas de incentivos a la innovación. En algunos
casos incluso se ha alterado el uso normal del lenguaje administrativo y
en vez de hablar de Ciencia y Tecnología o de Investigación y Desarrollo,
se ha consagrado el triplete Ciencia, Tecnología e Innovación, o como
suele decirse en España I+D+i (Investigación+Desarrollo+innovación).
En la esfera política, siempre expuesta al escrutinio mediático,
es frecuente la aparición de temas estelares que ocupan la actualidad
durante un tiempo, o de modas mediáticas, que se mantienen durante
periodos más largos como referencias indiscutibles para organizar y
entender la información política. La “i pequeña” de innovación, como

259
Algunos retos filosóficos de la política científica

parte de las políticas científicas puede ser una de esas modas que po-
drían pasar sin mayor trascendencia, salvo la de haber contribuido a
supeditar por completo la política científica y tecnológica a la política
económica. Puede ser, pero también puede ser que estemos asistiendo
a una crisis profunda que tiene raíces culturales más amplias y que
plantea retos importantes a la reflexión filosófica.
Veamos. Si la investigación científica en sí misma no tiene un
valor intrínseco y diferenciado que merezca la pena preservar y au-
mentar, entonces solamente será objeto de atención por parte del poder
político de forma vicaria y subordinada a otros objetivos, por ejemplo
de carácter ideológico o económico. Ahora bien, si desde la economía
se nos dice que la innovación solo muy remota e indirectamente de-
pende de la investigación básica, ya solo quedan motivos ideológicos
para mantener el apoyo público a la investigación básica. Y aquí de
nuevo nos encontramos, o bien con una filosofía para la que todo vale
y la investigación básica tiene el mismo valor cognitivo que cualquier
otro sistema de conocimientos, o bien con una filosofía inspirada en el
realismo científico para la que el conocimiento científico es una parte
irrenunciable y prioritaria del patrimonio cultural de la civilización
moderna.
A los filósofos relativistas les debería parecer normal que en tiem-
pos de crisis económica una de las primeras partidas que sacrifican
los gobiernos sea la que se dedica a investigación y desarrollo en la
instituciones académicas, prioritariamente dedicadas a la investigación
básica, que se considera como un objeto de consumo de lujo al que se
debe renunciar para atender otras prioridades. En cambio, un filósofo
realista puede proporcionar al político argumentos muy diferentes que
le permitirán sopesar el nivel de apoyo a la investigación básica de
forma más equilibrada. Para empezar el filósofo realista explicará que
los resultados de la investigación básica, aunque siempre tentativos e
incompletos, proporcionan conocimientos del máximo nivel de calidad
acerca de la realidad en la que se desenvuelven nuestras vidas. Por
lo tanto, independientemente de las coyunturas por las que atraviese
nuestra sociedad, el conocimiento científico debe considerarse siempre
parte del patrimonio conseguido con el esfuerzo de toda la humanidad
a lo largo de su historia. Hay otras muchas tradiciones que se desarro-
llan a lo largo de siglos y que llegan hasta nuestros días, en el campo
de las religiones o las artes o la política, pero la tradición científica es
la única que presenta un incesante dinamismo, debido a su carácter
creativo y acumulativo: gracias a la ciencia sabemos hoy más que ayer
y podemos confiar en que seguiremos aumentando nuestra capacidad

260
Miguel Á. Quintanilla Fisac

para conocer y controlar la realidad. Generalmente cuando heredamos


del pasado algún bien cultural de extraordinario valor, aceptamos
el compromiso de preservarlo para legarlo de nuevo a generaciones
futuras, aunque eso requiera algún sacrificio por nuestra parte. Pues
bien, tal es el caso de la ciencia básica: es el producto de siglos de in-
vestigación y de acumulación de resultados, pero su legado es frágil,
porque la única forma de conservarlo es haciéndolo crecer. Si recibimos
de nuestros antepasados un monumento genial y extraordinario, como
por ejemplo el acueducto romano de la ciudad de Segovia, nos parece
natural asumir el compromiso de su conservación, aunque ya no tenga
utilidad práctica. Con la ciencia básica deberíamos adoptar una actitud
semejante: se trata de un patrimonio que hemos heredado y nuestros
esfuerzos para mantenerlo vivo y conservar su valor deben entenderse,
como dice el premio Nobel de física, León Cooper (Cooper, 2007) como
el pago de una deuda del pasado y no solo como una inversión para el
futuro. Pero hay una premisa en todo este razonamiento que es preciso
mantener: la que supone que el conocimiento científico tiene un valor
intrínseco, básico e irreemplazable.

La industria del conocimiento

La sociedad avanzada actual se suele caracterizar como una socie-


dad de la información o del conocimiento porque en ella la obtención,
procesamiento y comunicación de conocimientos (actividades caracterís-
ticas del subsistema cultural de cualquier sociedad) se han convertido
en actividades de un elevado valor económico tanto por sí mismas como
por el papel que desempeñan en la realización de casi cualquier otra
actividad de producción de bienes y servicios. La producción, gestión y
transmisión del conocimiento, en especial del conocimiento científico, ha
pasado de ser una actividad complementaria y auxiliar de la actividad
industrial a ser ella misma una industria central para el conjunto del
sistema económico: la industria del conocimiento.
Podemos considerar la industria del conocimiento científico como
una forma de incorporar a la actividad científica algunos rasgos y
componentes característicos de la actividad industrial. Por ejemplo,
las comunidades científicas por lo general regulan autónomamente la
evaluación del mérito de sus componentes. En la ciencia actual estos
sistemas de autorregulación se basan en dos premisas: un sistema de

261
Algunos retos filosóficos de la política científica

comunicación científica interna a la propia comunidad y un sistema


de reconocimiento del mérito basado en los principios del ethos de la
ciencia. Para que el sistema funcione se requieren algunas condiciones
en el entorno social. Por ejemplo, debe haber garantías de accesibilidad
a la información científica y debe preservarse como valor supremo la
honradez en la comunicación de resultados científicos, especialmente
por lo que se refiere a la veracidad de las comunicaciones y a la honesti-
dad en el reconocimiento del mérito y del trabajo de cualquier miembro
de la comunidad. En la industria del conocimiento estos principios
fundamentales del ethos de la ciencia están siendo sustituidos por los
de la “ciencia postacadémica” (Ziman, 2003).
Una de las características más notables de la organización de la
ciencia actual es la extensión y diversidad del sistema de publicaciones
científicas. El número de revistas científicas que se publican regular-
mente se cuenta por millares y el número de artículos científicos por
millones al año. A esto se añaden los canales de información on line,
en especial los repositorios de archivos de preprints o de publicaciones
electrónicas. Esto ha planteado retos de gestión de la información
científica que no tienen precedentes en ningún momento anterior de la
historia de la ciencia. Y la respuesta ha sido la industrialización de esta
parcela de la actividad científica. El proceso se compone de dos partes:
por una parte se han desarrollado poderosas técnicas informáticas
aplicadas al procesamiento de la información científica para facilitar
su gestión y su utilización por los investigadores y los administradores
de instituciones científicas. Por otra parte los nuevos sistemas de datos
así obtenidos se aplican a la gestión de las actividades científicas (de-
finición de campos de investigación, evaluación de méritos científicos,
análisis de la productividad de los investigadores o las instituciones,
etc.) para conseguir el máximo rendimiento. Se produce así una situa-
ción curiosa: la ciencia ha proporcionado conocimientos provechosos a
la industria y la industria ha impuesto sus propios métodos de gestión
para el control de la ciencia. Queda por ver si este resultado final no
pondrá en peligro la pervivencia de la ciencia y con ello la ruina de
todo el sistema. Veamos cómo funciona el sistema en algunos usos de
las técnicas bibliométricas.
Se supone que toda nueva publicación científica debe reconocer las
aportaciones en las que se basa, no solo para ubicar la propia investiga-
ción en su contexto, sino también para cumplir con la obligación moral
de reconocer el mérito de los colegas o identificar el objetivo de la crítica
que se vaya a realizar. Como resultado del cumplimiento de esta norma,
cada artículo científico va acompañado de una lista de referencias a

262
Miguel Á. Quintanilla Fisac

otros artículos y obras relacionadas con el tema del que se trate. El


análisis masivo de estas citas puede utilizarse para describir el mapa
de la ciencia en un determinado momento. Por ejemplo, podemos saber
la importancia de un autor en un campo determinado viendo el número
de citas que recibe de otros autores. O clasificar las revistas científicas
de un área de investigación por su factor de impacto (numero de citas
que se hacen en el año n a los artículos publicados por la revista R en
los años n-1 y n-2 dividido por el total de artículos publicados en esos
años por esa revista). O podemos detectar el surgimiento de un grupo
de investigación o de un nuevo tema o enfoque en una ciencia que puede
dar lugar a un nuevo campo de investigación, analizando las redes de
citas entre autores. Los mismos instrumentos se pueden utilizar para
caracterizar la actividad científica de una institución o de un conjunto
de instituciones, del sistema científico entero de un país o una región
(Quintanilla y Maltras, 1992), o de las redes de colaboración interna-
cional en la ciencia (Maltras, Vega, y Quintanilla, 1995). El uso de estos
datos bibliométricos ha permitido construir indicadores sofisticados que
han tenido un gran éxito en un doble plano, científico y administrativo.
Desde el punto de vista científico la bibliometría se ha constituido en un
campo de investigación especializado y un apoyo para la sociología de
la ciencia. Desde el punto de vista de la gestión industrial de la ciencia,
la bibliometría es también un instrumento sumamente útil. Pero el
efecto combinado del uso de técnicas bibliométricas y de la presión de
los métodos de gestión industriales en la comunidad científica puede
tener consecuencias indeseadas. Veamos un caso.
Por una parte la presión por publicar hace que los científicos,
especialmente los científicos jóvenes que tienen que hacerse un hueco
y ser aceptados en la comunidad científica, para poder acceder a plazas
estables de investigadores en universidades y laboratorios, apenas dis-
pongan de tiempo para madurar sus ideas, depurar sus datos y mejorar
sus resultados de investigación. Como consecuencia es posible que la
mayor parte de su tiempo se dedique a publicar un artículo que nadie
o muy poca gente va a leer y menos aún a comentar. Por otra parte,
las instituciones científicas y los propios comités de pares (iguales) que
evalúan el trabajo de sus colegas a lo largo de la carrera de estos, están
sustituyendo los mecanismos de evaluación y crítica entre iguales, por
procedimientos de cómputo de publicaciones, factores de impacto y otros
indicadores derivados. Es inútil que desde todas las esferas posibles se
hayan lanzado voces y señales de alarma en contra de estas prácticas:
la tentación de calcular el mérito de un colega sin necesidad de leer su
trabajo es demasiado grande. El resultado final puede ser un círculo

263
Algunos retos filosóficos de la política científica

de fallos que se realimentan y que pueden terminar sacrificando la


creación de conocimiento científico relevante en el altar de la industria
de la comunicación científica provechosa.
Rara vez los filósofos de la ciencia se han ocupado de analizar el
valor y las consecuencias que estas prácticas pueden tener para el de-
sarrollo del conocimiento científico.2 Y sin embargo hay aspectos de esta
situación que plantean problemas filosóficos interesantes, no solo desde
el punto de vista moral sino también estrictamente epistemológico.
La presión por publicar y el uso de indicadores de productividad en
términos de número de publicaciones, factores de impacto, número de
citas, etc. está propiciando la extensión de pautas de comportamiento
entre los científicos orientadas directamente a maximizar el rendimien-
to de su investigación en términos de la “industria del conocimiento”,
es decir de número de publicaciones, nivel de calidad virtual medida
por el factor de impacto, citas recibidas, etc. Hay muchas estrategias
orientadas en esta dirección. Por ejemplo, las propias revistas científi-
cas, al decidir el material que van a publicar, pueden priorizar aquellas
contribuciones que, por sus características, temática, autoría o “actua-
lidad” son susceptibles de recibir más citas en los próximos años, con-
tribuyendo así a subir el factor de impacto de la revista. Otra de estas
estrategias de optimización del rendimiento de la actividad científica
consiste en parcelar la comunicación de información en porciones lo
más pequeñas posible, de modo que los resultados de una investiga-
ción se puedan presentar troceados en diferente artículos publicados
quizá en diferentes revistas, aumentando así no solo la productividad
del autor, sino también la probabilidad de ser citado por alguien. Se
ha desarrollado así la idea de una “unidad mínima publicable” (LPU:
Least Publishable Unit; Broad, 1981) como un estándar ideal que todo
investigador (sobre todo los jóvenes) debe intentar optimizar. Todavía
no se ha analizado en profundidad cuáles pueden ser las repercusiones
de estas prácticas para el desarrollo del conocimiento. Y desde luego
el filósofo de la ciencia debería poder decir algo relevante respecto a
qué relación puede existir entre el contenido publicable en una revista
y una posible “unidad elemental de novedad y relevancia científica”
como propuso Maltrás en su tesis doctoral (Maltrás y Quintanilla,

2. Aunque sí lo han hecho reiteradamente los científicos. Por ejemplo, la


Declaración sobre la Evaluación de la Investigación (DORA: http://am.ascb.org/
dora/files/SFDeclarationFINAL.pdf) firmada por miles de científicos de todo el
mundo, alerta claramente sobre el peligro de sustituir los mecanismos internos
de evaluación de las comunidades científicas por indicadores bibliométricos.

264
Miguel Á. Quintanilla Fisac

1996; Maltrás, 2003:129). La primera unidad (LPU) es un asunto de


estrategia de publicación, la segunda debería entenderse como un
criterio fundamental para evaluar los resultados de cualquier proceso
de investigación científica. Pero para poder utilizar este criterio, se
necesita disponer previamente de una caracterización independiente
del concepto de unidad elemental de novedad y relevancia científica que
pueda servir de referencia para el proceso de evaluación por los pares.
Se puede avanzar en esa dirección usando como guía la caracte-
rización que hace Bunge de “campo de investigación científica”. Recor-
demos: un campo I de investigación científica (factual) se compone de
los siguientes elementos (Bunge, 2014:35-41; 1983b:197-200):

1. Una comunidad C de investigadores.


2. Una sociedad S que apoya o al menos tolera las actividades
de C.
3. Un trasfondo filosófico o visión general G compatible con una
ontología de cosas concretas, una epistemología realista crítica
y una ética que valora la búsqueda de la verdad en libertad.
4. Un trasfondo formal F de teorías lógicas y matemáticas rele-
vantes.
5. Un trasfondo especifico E de conocimientos científicos externos
(teorías, hipótesis y datos) bien confirmados (aunque no defi-
nitivos) pertenecientes a otros campos de investigación pero
relevantes para el campo I.
6. Un fondo de conocimientos K propios del campo I obtenidos en
etapas anteriores, actualizados y razonablemente confirmados.
7. El dominio D de I, es decir el conjunto de cosas reales o pre-
tendidamente reales a las que se refieren los conocimientos de
E y K.
8. La problemática P consistente en los problemas cognitivos
relativos a los miembros de D, o a los otros componentes del
campo de investigación (G, F, E, K, P, O, M).
9. Los objetivos O de la investigación que incluyen el descubri-
miento de leyes en los miembros de D, la sistematización en
modelos y teorías de las hipótesis relativas a los miembros de
D y el refinamiento de los métodos M.
10.La metódica M o conjunto de métodos utilizados en la investi-
gación que tendrán que ser de carácter analizable y criticable
(no ocultos ni dogmáticos), empíricamente contrastables, y
teóricamente justificables.

265
Algunos retos filosóficos de la política científica

Además de estos componentes, para que un campo de investiga-


ción sea considerado científico debe cumplir otras condiciones: la de no
aislamiento y la de no estancamiento. La primera significa que todo
campo de investigación científica tiene que compartir algunos de sus
elementos constitutivos con algún otro campo de investigación cien-
tífica: la ciencia es un sistema no una suma de campos inconexos. La
segunda condición es que los componentes del campo de investigación
científica cambian con el tiempo, como resultado de la propia investi-
gación en el propio campo o en otros relacionados.
Para evaluar la aportación de lo que podríamos llamar una pieza
de información científica PIC (publicada a no) a un campo de investi-
gación determinado debemos utilizar dos criterios: el de relevancia y
el de novedad, que ahora podemos definir en los siguientes términos:

Una PIC es relevante en un campo de investigación I si PIC puede


formar parte de alguno de los componentes 3-10 de I.
Una PIC es novedosa (original) en un campo de investigación científica
I si contiene al menos un elemento que no formaba parte previamente de
ninguno de los componentes 3-10 del campo I (lo que implica que su acep-
tación introduce al menos un cambio en al menos un componente de I).

A partir de estos criterios se podría intentar construir una métrica


de la relevancia y originalidad de las piezas de información científica y
definir posibles límites inferiores y superiores. El límite inferior podría
estar en aquellas PIC que solo aportan información nueva y relevante a
uno de los componentes de I distintos de K. El nivel máximo lo alcanza-
ría una PIC que resulta relevante para el campo I e introduce una serie
potencialmente infinita de novedades en muchos de sus componentes,
incluido el fondo K. Estaríamos entonces en una situación parecida a
la de las revoluciones científicas de que habla Kuhn. A partir de aquí
podría quizá definirse operativamente una unidad mínima publicable
(LPU) como, por ejemplo, aquella PIC que incluye al menos un conte-
nido informativo relevante y nuevo susceptible de ser incorporado al
fondo K de contenidos previos del campo de investigación. Una revista
o institución científica que usara este criterio para aceptar o valorar
un artículo, un proyecto de investigación o el rendimiento de un inves-
tigador o de un grupo, estaría indicando que la condición mínima para
aceptar un resultado científico es que aporte algo relevante y nuevo al
fondo K de conocimientos establecidos en ese campo; pero que la valo-
ración de la contribución mejorará o bien si hace varias aportaciones
de este tipo (troceando los resultados para publicarlos en diferentes

266
Miguel Á. Quintanilla Fisac

artículos) o bien si la aportación es importante porque afecta a varios


de los componentes del campo de investigación.
Sin duda esta propuesta planteará nuevos problemas. Pero per-
mite ver cómo podemos usar la epistemología de Bunge para mejorar
nuestros instrumentos de gestión y evaluación de las actividades
científicas sin renunciar a la visión académica de la ciencia. Y tam-
bién permite ejemplificar un tipo de problemas que se plantean en los
nuevos sistemas de gestión de la ciencia y que están esperando que
los filósofos se pongan a trabajar en ellos.

Referencias Bibliográficas

Bernal, John Desmond: The Social Function of Sciencie : What Science


Does, What Sciencie Could Do, London, Routledge, 1939.
Broad, William J.: “The Publishing Game: Getting More for Less”, en
Science, 211 (4487), 1981, pp.1137-39.
Bunge, Mario: Epistemology and Methdology I: Exploring the World.
Vol. 5. Treatise on Basic Philosophy, Dordrecht, D. Reidel Publis-
hng Company, 1983a.
—Epistemology and Methodology II: Understanding the World. Vol.
6. Treatise on Basic Philosophy, Dordrecht, D. Reidel Publishng
Company, 1983b.
—“Scientific Realism”, en Mahner, M., Selected Essays by Mario Bunge,
Amherst (NY), Prometheus Books. 2001.
—La Ciencia, Su Método Y Su Filosofía, Biblioteca Bunge, Pamplona,
Laetoli, 2013.
—Ciencia, Técnica Y Desarrollo, Pamplona, Laetoli, 2014.
Bunge, M. y Borgoñoz, A. L.: Las Pseudociencias! Vaya Timo!, Pam-
plona, Laetoli. 2010
Cooper, Leon N.: “The Unpaid Debt”, en Nature Physics, N° 3, diciem-
bre 2007, pp. 824-25.
De Solla Price, Derek John: Little Science, Big Science... and beyond,
Nueva York, Columbia University Press New York, 1968.
European Commission: “Green Paper on Innovation”, en European
Commission, http://europa.eu/documents/comm/green_papers/
pdf/com95_688_en.pdf, 1995.
Freeman, Christopher y Soete, Luc: The Economics of Industrial In-
novation, Psychology Press, 1997.
Funtowicz, Silvio y Ravetz, Jerry: “La Ciencia Postnormal: La Ciencia

267
Algunos retos filosóficos de la política científica

En El Contexto de La Complejidad”, en Ecología Política, N° 12,


1996, pp. 7-8.
Gibbons, Michael; Limoges, Camille; Nowotny, Helga; Schwartzman,
Simon; Scott, Peter y Trow, Martin: “La Nueva Producción Del
Conocimiento”, en La Dinámica de La Ciencia Y La Investigación
En Las Sociedades Contemporáneas, Barcelona, Pomares, 1997.
Jiménez-Buedo, María y Ramos Vielba, Irene: “¿Más Allá de La Ciencia
Académica?: Modo 2, Ciencia Posnormal Y Ciencia Posacadémica”,
en Arbor, 185 (738), http://arbor.revistas.csic.es/index.php/arbor/
article/view/326/327, 2009.
Maltrás, Bruno, y Quintanilla Fisac, Miguel Ángel: “Los Indicadores
Bibliométricos. En El Estudio de La Ciencia: Fundamentos
Conceptuales Y Aplicación En Política Científica: Tesis Docto-
ral”, Salamanca, Universidad de Salamanca, Departamento de
Filosofía, Lógica y Filosofía de la Ciencia, 1996.
Maltras, Bruno; Vega, Jesus y Quintanilla, Miguel A.: “Measuring
Multinational Cooperation in Science & Technology: Different
Methods Applied to the European Framework Programs”, en
International Society for Scientometrics and Informetrics. Inter-
national Conference, 1995, pp. 303-312.
Maltrás, Bruno: Los Indicadores Bibliométricos. Fundamentos y Apli-
cación Al Análisis de La Ciencia, Gijón, Trea, 2003.
Merton, R. K. y Storer, N. W.: La Sociología de La Ciencia: Investiga-
ciones Teóricas y Empíricas, Alianza Editorial, 1977.
OCDE: Propuesta de Norma Práctica Para Encuestas de Investigación Y
Desarrollo Experimental (Manual de Frascati), Paris, OECD, 1993.
Otero, Mario H.: “La racionalidad disuelta en la explicación sociológica
del conocimiento: de Fleck a Latour”, en Racionalidad epistémica,
edited by Olivé, León, 9:245-65, Enciclopedia Iberoamericana de
Filosofía, Madrid, Trotta, 1995.
Pérez Ransanz, Ana Rosa: “Racionalidad y Desarrollo Científico”, en
Racionalidad Epistémica, 9:171-2001, Enciclopedia Iberoameri-
cana de Filosofía, Madrid, Trotta, 1995.
Quintanilla, M. A. y Maltras, B.: “THE STRUCTURE OF SCIENTIFIC
PRODUCTION IN SPAIN (1981-1989) AND THE PRIORITIES
OF THE NATIONAL-PLAN”, en Arbor-Ciencia Pensamiento Y
Cultura, N° 141, 1992, pp. 107-130.
Weinberg, Alvin M.: “Impact of Large-Scale Science on the United
States”, en Science, 21 de julio de 1961.
Ziman, John: “Ciencia Y Sociedad Civil”, en Isegoría 0 (28), http://isego-
ria.revistas.csic.es/index.php/isegoria/article/view/503/503, 2003.

268
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para
comprender la tecnología: reglas, fines, acciones
racionales, diseños

Eduardo R. Scarano

Bunge ha sido pionero en la reflexión sobre la filosofía de la tecnología.


Su pensamiento ha evolucionado a lo largo de su extensa obra epis-
temológica, aunque su filosofía de la ciencia se mantiene dentro del
empirismo anglosajón. Especialmente dentro de la tradición neoposi-
tivismo-Popper-Kuhn, que compatibiliza con sus posiciones filosóficas
más abarcativas: realismo, cientificismo, materialismo y sistemismo.
Estas posiciones filosóficas respaldan toda su obra y su defensa más
explícita se encuentra en el monumental Treatise on Basic Philosophy.
Sin lugar a dudas es una de las epistemologías más claras acerca
de la tecnología. Además, desarrolla una de las pocas epistemologías
sistemáticas entre las filosofías de la tecnología contemporáneas.1
Su concepción de la tecnología se caracteriza por el estrecho vín-
culo simétrico con la ciencia. La tecnología utiliza la ciencia y provoca
nuevos problemas científicos. En sus primeros escritos, al final de la
década de los cincuenta, publicó en 1958 el artículo “Qué es la ciencia”

1. La ciencia o la tecnología se pueden considerar desde las ciencias particulares,


por ejemplo, la sociología o la historia de la ciencia (de la tecnología), o bien
desde cada uno de los capítulos de la filosofía, una ontología/epistemología/
ética/etc. de la ciencia (la tecnología). Entendemos por Epistemología o Filosofía
de la Tecnología una especialidad análoga a la Epistemología o Filosofía de
las Ciencias.

269
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

incluido como primer capítulo de su popular La ciencia su método y


su filosofía (1980b), en el que especifica el vínculo de la ciencia con la
tecnología.
Define la ciencia de la manera clásica, enunciando y explican-
do una serie de características que posee el conocimiento científico.
Enuncia quince características, entre otras, el conocimiento científico
es comunicable, verificable, sistemático, general, útil.
Al dilucidar esta última expone su primera caracterización de
la tecnología que se ha detectado en su obra (Bunge, 1980b:34-35).
Comienza con la distinción entre la técnica precientífica, basada en
recetas pragmáticas, y la tecnología. Esta última es más que ciencia
aplicada pues tiene sus propios métodos específicos; además se basa en
principios empíricos que si se confirman son absorbidos por la ciencia.
La tecnología se diferencia de la técnica por el uso que hace del cono-
cimiento científico y cómo procede de acuerdo con el método científico,

La tecnología viva es, esencialmente, el enfoque científico de los pro-


blemas prácticos, es decir, el tratamiento de estos problemas sobre
un fondo de conocimiento científico y con ayuda del método científico
(Bunge, 1980b:35).

Están in nuce los elementos básicos de los desarrollos posterio-


res: la ciencia es un componente básico de la tecnología, y esta última
posee constituyentes que no forman parte de la ciencia; el empleo del
método científico es característico de la tecnología tanto aplicado a sus
insumos de ciencia básica como a los elementos que no pertenecen a
la ciencia básica.
A lo largo de su obra se encuentran principalmente cuatro pro-
puestas acerca de la tecnología, no necesariamente incompatibles, y
que se entrecruzan e imbrican en distintas obras: a) por los fines que
persigue (utilitarios); b) por la clase de acción (máximamente racional);
c) por el fundamento de las reglas (enunciados nomopragmáticos); y
finalmente, d) por la clase de diseños (basados en la ciencia).

La distinción ciencia y tecnología por los fines

Los fines de la ciencia son puramente cognitivos y los de la


tecnología son fines útiles. Cuando se desea aclarar un fin último o

270
Eduardo R. Scarano

explicitar cómo alcanzarlo se especifican subobjetivos sucesivamente


hasta alcanzar las acciones que al realizarlas nos permiten conseguir
el fin deseado. Es la conocida cadena de medios a fines. En cada paso
hay teorías que especifican el significado de cada subobjetivo; no se
encuentra nada semejante cuando se expresa que el fin perseguido es
la utilidad del conocimiento, excepto vaguedades del saber ordinario.
Esta aproximación se asemeja más a bautizar lo desconocido que a
obtener realmente comprensión del concepto.

Ciencia básica, ciencia aplicada y tecnología

En una pequeña obra dirigida principalmente a la difusión,


Ciencia y Desarrollo (1982) introduce, por primera vez, una distin-
ción conceptual que es intrínsecamente interesante desde el punto
de vista epistemológico, es la tricotomía entre ciencia básica, ciencia
aplicada y técnica. No presenta novedades en el concepto de ciencia ni
en el de técnica, tampoco en la distinción entre los diferentes tipos de
conocimientos por los fines que persiguen. La novedad se encuentra
en el concepto de ciencia aplicada que hasta aquí lo usaba de manera
imprecisa y con varios significados, a veces incluso como sinónimo de
tecnología.
La ciencia aplicada no investiga leyes, no se ocupa de conocimien-
tos básicos y generales, los emplea con el fin de obtener conocimientos
más específicos que resultan de la aplicación de las leyes generales. A
diferencia de la ciencia básica, la ciencia aplicada no tiene un objetivo
puramente cognoscitivo sino útil, en vista de posibles aplicaciones prác-
ticas que el tecnólogo realizará. Así por ejemplo, el estudio de la flora
y fauna es parte de la Botánica, quien estudia los recursos vegetales
de un país es un científico que hace ciencia aplicada, quien utiliza un
principio activo de un vegetal para diseñar y producir una droga es
un tecnólogo. Entonces,

La diferencia estriba en que uno y otro aplican el método científico a


problemas de tipo diferente. El científico aplicado utiliza (habitualmente
sin cuestionar) resultados de la investigación básica, y busca nuevos
conocimientos en vista de posibles aplicaciones prácticas, aun cuando
él mismo no emprenda ninguna investigación técnica (por ejemplo, el
problema de diseñar una planta piloto para extraer y elaborar drogas
medicinales) (Bunge, 1982:33-4).

271
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

La utilización de los fines de una manera más refinada conduce a


la tricotomía mencionada pero sin cambiar las bases sobre las que se
realiza la distinción entre uno y otro tipo de conocimientos.

Tecnología: acciones máximamente racionales

Este punto de vista supone recurrir a la teoría intencional de la


acción, describir una acción a partir de los objetivos que se propone un
individuo y los medios que utiliza para conseguir esos objetivos. Intenta
elucidar la noción de tecnología mediante la extensión a este campo de
la racionalidad aplicada exitosamente en economía y administración,
la teoría de la elección.
Dado un conjunto de opciones, por ejemplo, de bienes, el agente
es capaz de definir una función de utilidad en el conjunto y aplica para
actuar un criterio de elección, el de maximización. Es decir, ordenado
el conjunto de opciones la maximización es un criterio para elegir el
de mayor utilidad. Se utilizan tres modelos para aplicarlo al campo
económico o administrativo, el de certeza, el de riesgo y el de incerti-
dumbre. La probabilidad de los resultados de un curso de acción dado
un estado del mundo en el caso de riesgo es la probabilidad objetiva
o frecuencial, y en el de incertidumbre la probabilidad subjetiva.
Se aplica usualmente para elegir entre tecnologías, por ejemplo,
para curar una enfermedad el tratamiento A o el tratamiento B; las
opciones para producir energía eléctrica, A mediante centrales nuclea-
res con uranio enriquecido o B, con uranio natural.
En La investigación científica dedica el capítulo 11, Acción, a la
tecnología (1969:683-710). El fin útil de la tecnología lleva al control
de la realidad, en consecuencia a acciones para procurarlo. De esta
manera relaciona, aunque de manera implícita, tecnología y acción.
Comienza estudiando qué tipo de acción racional es la tecnología. Una
acción es racional si cumple dos condiciones:

1. es máximamente adecuada al objetivo; y


2. tanto el objetivo2 como los medios empelados para obtenerlo se
han seleccionado de acuerdo al mejor conocimiento disponible.

2. Obsérvese que en el marco de la teoría de la elección o acción racional no se


considera la discusión de los objetivos. Simplemente están dados, cada sujeto
los propone.

272
Eduardo R. Scarano

El conocimiento que emplea la acción racional puede consistir en


el conocimiento que se encuentra en un amplio espectro que abarca
desde el conocimiento común hasta el científico.
No cualquier acción racional es tecnológica. Esta última es una
subclase de las acciones racionales,

Nos interesa aquí una clase especial de acción racional: la guiada, al


menos en parte, por la teoría científica o tecnológica. La clase de estos
actos pueden considerarse máximamente racionales, porque se basan en
hipótesis fundamentadas o contrastadas y en datos precisos, no en el
mero conocimiento práctico o en la tradición acrítica (Bunge, 1969:685).

Las acciones tecnológicas son entonces, máximamente racionales.


Así como el conocimiento científico no garantiza la obtención de la
verdad, tampoco las acciones máximamente racionales, en particular
las tecnológicas, implican alcanzar el objetivo parcial o completamente,
una fundamentación de esa clase “no garantiza que la acción tendrá
éxito completo, pero suministra los medios para el perfeccionamiento
gradual del acto” (Bunge, 1969:684). La acción máximamente racional
es el medio más eficaz para conseguir los objetivos y también para
mejorar los medios para alcanzarlos.
Sin embargo, se debe notar que esta definición e intento de dar
cuenta de la tecnología mediante las acciones racionales tiene poco
efecto tanto en la obra que consideramos como en la posterior inme-
diata a esta. Perfectamente podemos olvidar estas consideraciones
y la caracterización de la tecnología que realiza. Bunge naturaliza
su epistemología importando de la economía y la administración
una teoría de la decisión que intenta aplicar en teorías científicas
y tecnológicas. Pero no avanza mucho aparte de suministrar la de-
finición de acción racional. Faltan dos elementos claves, primero,
cómo se ordenan los medios, segundo, qué significa maximizar en
este contexto. Finalmente, reduce la atribución de racionalidad a
una acción si emplea el método y el conocimiento científico para
realizarla.
Esta manera de entender racionalidad consiste en preguntar por
las razones que tiene una persona para actuar. Se evalúan los medios
para obtener un fin, es decir, la clase de evidencia para decidir lo que
se va a hacer. De una manera más explícita, para considerar a una
acción de deben mostrar elementos de juicio (datos o teorías) sólidos
para volver razonable la creencia que con determinados medios se
alcanzará el objetivo. La evidencia o el apoyo teórico desempeñan un

273
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

papel crucial en la racionalidad. Si la acción se apoya en datos o en


teorías científicas tendrá el mayor grado de racionalidad.
Finalmente, la noción de acción racional, sin importan cómo se
entienda, dejará de desempeñar un papel en su obra. Bunge en una
entrevista concedida a fines de los ochenta afirma:

Toda mi esperanza acerca de la teoría de la decisión se esfumó hace


tiempo. Antes fui un gran hincha, pero después me di cuenta que no sirve
para nada. (...) ¿Por qué no creo ya en la teoría de la decisión de la que
fui entusiasta hace unos quince años (fines de los sesenta y principios
de los setenta) Por dos motivos o tres. El primero es que sólo trata las
utilidades o valores subjetivos; no se ocupa de los valores objetivos y eso
es bastante arbitrario. El segundo es que las probabilidades que emplea
son también subjetivas, estimaciones puramente subjetivas, de manera
que no hay manera de poner a prueba esa teoría. Dicen que es una teoría
normativa, pero tampoco sirve para guiar la decisión porque –aunque no
pudiera asignar utilidades objetivas a los diferentes resultados de una
acción- no es razonable maximizar siempre el provecho o la utilidad o
el valor que uno saca de una acción. Al contrario, es irracional. Hay que
optimizar, no maximizar; hay que buscar un valor intermedio entre el
mínima y el máximo. De lo contrario, uno se convierte en un jugador
o en un explotador y en un opresor. Lo que desde luego no resulta,
además de ser inmoral (Serroni-Copello, 1989:35; cfr. también Bunge,
1985a:303-306).

Lo citamos extensamente porque es una respuesta clarificadora


de las razones para abandonar la teoría de la decisión –de las accio-
nes racionales– para explicar la tecnología y para evaluar las teorías
científicas (ver Bunge 1968:685). Estas razones constituyen a su vez
críticas muy precisas a la teoría de la decisión racional.
Quintanilla (1998) inspirado en Bunge intenta elucidar la tecno-
logía sobre la teoría de la acción aunque sobre otras bases.

Tecnología y la acción guiada por reglas

La ley científica es a las teorías de ciencia básica lo que la regla es


a las teorías tecnológicas. Mediante las leyes se expresan los esquemas
objetivos de la realidad, mediante las reglas las normas estables del

274
Eduardo R. Scarano

comportamiento humano con éxito. El estudio de las reglas es el tema


central de la Filosofía de la tecnología (ver Bunge, 1969:694).
Una regla en general prescribe un curso de acción. Indica los pa-
sos, mediante un conjunto de instrucciones, que deben seguirse para
obtener un objetivo determinado. La diferencia básica entre una ley
y una regla es que la primera es un enunciado informativo, mientras
la segunda es una norma.
Inmediatamente de aquí se deduce una consecuencia manifiesta:
el campo de validez de una ley es la realidad, el universo, incluyendo
los hombres que formulan la ley científica. En cambio, el campo de va-
lidez de una norma es sólo la humanidad. Solamente el hombre puede
obedecer a las normas o puede violarlas, sólo el hombre puede crearlas
o eliminarlas. Mientras podemos asignarles valores veritativos a las
leyes, o sustitutos veritativos de verdad y falsedad como confirmación,
corroboración, etc., a las reglas sólo se le puede aplicar la categoría de
eficiencia. Las reglas son más o menos eficientes.
Hay diferentes clases de reglas: reglas de conducta; reglas de
expertos; reglas lingüísticas; reglas de la ciencia y la tecnología. Es-
tas últimas no son convencionales como las primeras sino que poseen
un tipo especial de fundamento, “Una regla es fundada si y sólo si se
basa en un conjunto de fórmulas de leyes capaces de dar razón de su
efectividad” (Bunge, 1969:695). Así, dar la mano para saludar no está
fundada, mientras engrasar periódicamente las partes metálicas que
rozan unas con otras sí está fundada.
Una regla es efectiva cuando ha tenido éxito en un gran número
de casos. Pero el éxito podría deberse simplemente a una casualidad.
Por consiguiente, esta es una condición necesaria pero no suficiente
de efectividad. La única fundamentación válida de una regla es mos-
trar que se basa en una o un sistema de leyes porque mediante estas
podemos explicar los hechos.
Una regla puede ser efectiva sin que podamos establecer su
fundamento, sin embargo, si deseamos estimar si puede ser exitosa, o
mejorarla o sustituirla por otra más eficiente, la estrategia más racional
será descubrir las leyes en la que se basa. Ahora bien, ¿en qué consiste
la fundamentación? En un extremo tenemos las leyes que forman parte
de las teorías científicas básicas y en el otro extremo las reglas. Las
leyes generalmente serán leyes teóricas, es decir, uno o más de sus
términos hará referencia a entidades teóricas, no observables. Por otra
parte, las reglas al prescribir cursos de acción deben estar constituidas
por términos que hacen referencia a la experiencia puesta en juego en
una acción. Es evidente que debe haber un enunciado intermediario

275
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

que permita el paso del nivel teórico a términos de operaciones huma-


nas; esta conexión la realiza el enunciado nomopragmático. Y luego un
tercer paso, desde un enunciado a nivel informativo a uno prescriptivo
(la regla). Veamos un ejemplo de Bunge (1969:696),

1. Ley: Si la temperatura de un cuerpo rebasa su punto


de Curie, entonces pierde su imantación.

2. Enunciado Si se calienta un cuerpo imantado por encima de


nomopragmático: su punto de Curie entonces pierde su imantación.

3. Regla: R1 Para desimantar un cuerpo caliéntesele por


encima de su punto de Curie.
R2 Para evitar la desimantación, no se lo caliente
por encima de su punto de Curie.

Una prescripción puede funcionar en dos sentidos, favoreciendo


un objetivo (R1) o impidiéndolo (R2). Ambas reglas tienen el mismo
fundamento.
1 y 2. tienen la misma estructura, A → B, y la relación entre ambos
enunciados es lógica. Hay una diferencia, mientras el antecedente de
1. se refiere a un hecho objetivo, el antecedente de 2. se refiere a una
operación humana. La relación entre 2. y 3. no es lógica sino pragmá-
tica. 1. y 2. tienen valores veritativos, 3 tiene valores de efectividad.
Por ser pragmática la relación entre 2. y 3., la regla sólo puede
recomendar intentar con una acción u operación para conseguir un fin,
pero no prueba la conexión. La ley y la regla basada en ella, toman
en consideración sólo dos variables en este caso, la imantación y la
temperatura. A nivel pragmático, de las operaciones, entran muchas
otras variables que pueden distorsionar el resultado. Así, la construc-
ción del horno puede dar lugar a que contribuyan al efecto final otros
elementos no tomados en cuenta en la ley ni en el enunciado pragmá-
tico y estos pueden anular la eficiencia de la regla. Como hemos visto
antes, la verdad de una ley no garantiza la efectividad de las reglas
basadas en ella.
La regla tecnológica pierde centralidad para explicar la tecnología
por varias razones. La primera, no todo caso de tecnología posee una
regla explícita o se puede proponer una para dar cuenta del caso. La
segunda, las correspondencias entre los términos de la ley científica
y los del enunciado nomopragmático parecen reintroducir todas las
complejidades análogas a las de las correspondencias entre términos

276
Eduardo R. Scarano

teóricos y observacionales. La tercera, la mayoría de los casos tecno-


lógicos incorporan además de conocimiento científico, conocimiento
experto, conocimiento común, prácticas profesionales, que no contempla
la regla y es difícil considerar cómo las incorporaría. La cuarta, además
de las leyes, la tecnología porque es exclusiva del dominio humano,
tiene aspectos desde éticos hasta políticos que la hacen aceptable (o
rechazable) según los objetivos éticos o políticos que contemple quien
diseña o utiliza la tecnología; los cuales no son reflejados por las reglas.
La quinta, además de conocimiento legal de las ciencias más sólidas
las tecnologías blandas utilizan de manera relevante conocimientos
científicos de las ciencias sociales que difícilmente puedan encuadrarse
en el el esquema de regla tecnológica.
En la próxima y última propuesta de Bunge acerca de la tecno-
logía, dentro del ámbito de lo artificial, no abandona las reglas pero
aparecen de modo completamente marginal.

La tecnología o Filosofía de lo artificial

Bunge a partir de su Treatise on Basic Philosophy se aproxima


de manera predominantemente filosófica a la tecnología, ahora está
preocupado por elaborar un sistema filosófico más que reducir el aná-
lisis de los problemas a un enfoque meramente epistemológico. Todo
el Treatise manifiesta este espíritu.
El análisis filosófico lo sistematizará según las grandes ramas de
la filosofía (la ontología, la epistemología, la axiología y la ética de la
tecnología) (Bunge, 1985c:219). El concepto central del análisis será el
problema ontológico de lo artificial, en consecuencia, la clave está en
la noción de artefacto en sentido amplio. Un artefacto puede consistir
en objetos concretos –por ejemplo, máquinas– o predominantemente
mentales –una terapia psicológica–, y puede tener realidad física,
química, biológica, psicológica, o correspondiente a cuantos niveles se
reconozcan en la realidad.
Define el término artificial de la siguiente manera, “anything
optional made or done with the help of learned knowledge and uti-
lizable by others” (Bunge 1985c:222). Todo artefacto, sea una cosa
un proceso o un estado, supone una opción u elección; esta exigencia
excluye las conductas instintivas (por ejemplo, la construcción de una
tela de araña o de un nido). La condición que lo artificial sea producto

277
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

del conocimiento aprendido, por lo menos la primera vez que fue ejecu-
tado, circunscribe lo artificial exactamente a los productos de los seres
racionales o sus sustitutos, como los robots. La característica final, ser
utilizable por otros, alude a la necesidad de que lo artificial manifieste
un valor social, actual o potencial. Es una definición tan amplia que
incluye tanto la técnica como la tecnología; y también producciones
muy diversas desde máquinas a organizaciones sociales pasando por
virus modificados genéticamente, objetos, computadoras, procesos,
(los servicios o la enseñanza), o manifestaciones culturales (teoremas
o programas de computación).
La técnica y la tecnología se manifiestan siempre en artefactos,
es decir, en objetos artificiales. Utiliza distinciones ontológicas que
realiza en el Treatise. Aquí distingue tres categorías de hechos: cosas,
estados de cosas y cambios en una cosa. Consecuentemente se pueden
distinguir los siguientes tipos de artefactos: cosas artificiales, o artefac-
tos en sentido estricto, como nuevos materiales, máquinas o una casa;
estados artificiales, es decir, los estados alcanzados por cosas naturales
o artificiales como resultado de acciones, como erradicación del sida o
la pobreza, la elevación del nivel de vida; y cambios artificiales, o sea,
los cambios producidos por el trabajo, como el aprendizaje de la lectura
o escritura, el voto no calificado en un sistema político.
El nivel ontológico de lo artificial siempre es producto del tra-
bajo manual o cerebral de los hombres o sus sustitutos. ¿No está
tan ampliamente definido que se superpone con lo artístico y con
lo ético y coincide con toda conducta humana? Efectivamente, toda
manifestación cultural es obviamente artificial, y la conducta huma-
na no instintiva resultado de una opción es artificial. Siempre en la
conducta humana hay un artefacto que es el propio cuerpo humano.
Normalmente se utiliza de manera implícita un sentido restringido
de artefacto que coincide con los técnicos-tecnológicos. Son la subclase
de artefactos cuya generación supone conocimiento aprendido. En
adelante, salvo mención explícita contraria, nos referimos al sentido
restringido de artefacto.
Las diferencias entre ambos ámbitos natural y artificial no signifi-
ca caer en la antigua antinomia por la cual los artefactos estaban fuera
del orden natural, como ocurrió, por ejemplo, entre los griegos. Cada
uno de los componentes elementales de un artefacto está sujeto a las
leyes naturales, es decir, pueden ser analizados desde las regularidades
a las que obedecen. Tanto, que justamente la virtud del tecnólogo es
utilizar mediante el conocimiento científico las leyes naturales para
obtener los artefactos. La conexión es tan íntima entre artefacto y na-

278
Eduardo R. Scarano

turaleza que la tecnología puede contribuir a la emergencia de nuevas


regularidades, de manera que

Every artificial thing is a system with emergent properties, and possi-


bly also emergent laws; and every artificial process is a change in such
system. However, the elementary components of an artificial thing are
natural things satisfying laws of nature; likewise the elementary com-
ponents of an artificial process are natural (Bunge, 1985c:225).

Diseño y planificación

Los objetivos o propósitos para los cuales fueron diseñados y


producidos los artefactos, en la medida que siempre hay una media-
ción humana, constituyen un aspecto esencial para comprenderlos.
La perspectiva conceptual que mejor atrapa los dos componentes,
naturaleza e intervención humana deliberada, es la noción de diseño.
Diseño es la representación anticipada de una cosa o proceso (posible
o imposible); si el diseño es tecnológico y no meramente técnico la
representación se consigue con la intervención, al menos parcial, del
conocimiento científico (cfr. Bunge, 1985c:225). Normalmente un diseño
está compuesto por una colección de diagramas sean o no icónicos, y
por un texto. Incluye un código que permite decodificar los símbolos del
diagrama y el texto puede incluir fórmulas matemáticas, fórmulas y
diversas expresiones. En lugar de diseño algunos prefieren utilizar el
término síntesis para sugerir que para obtener el artefacto hay tanto
descripción como prescripción.
La función es el objetivo último del diseño tecnológico; los
insumos que se utilizan para conseguirlo son solo medios para
obtener funcionalidad, o sea, utilidad satisfactoria, en lo posible,
óptima: “the aim of technhological design is to create functional
systems, i. e. systems discharging effectively and efficiently certain
functions useful to some people.” (Bunge, 1985c:226). El requisito
de funcionalidad implica restricciones en el diseño tecnológico: a)
no debe violar leyes naturales; b) debe ser realizable, o sea, poder
manufacturarse con los medios actuales; c) comportarse efectiva y
confiablemente; e) el costo del diseño del artefacto no debe exceder
cierta cifra; e idealmente, f) los beneficios esperados deben ser ma-
yores a los efectos indeseables.
La especificación de un diseño es la determinación de estas condi-
ciones interrelacionadas que tienen una dimensión científica, técnica

279
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

y social. Usualmente las especificaciones de un diseño se manifiestan


en un contrato entre las partes.
Podría pensarse que el avance realizado hasta ahora es muy
prometedor. Sin embargo, Bunge se esmera en ponerle un límite
muy severo: no hay una teoría general del diseño: “it is doubtful
that a unified science of design, capable of tackling any problem –as
imagined by Simon– could ever be built. (…) In other words, there
can be no general design method enabling one to execute designs
in a rule-directed manner and without any substantive knowledge”
(Bunge, 1985c:227-228).
Es cierto que esta idea es tan absurda como afirmar que basta
saber en qué consiste el método científico para ser un científico, o co-
nocer la pauta del método científico para ser un físico o un economista.
De cualquier manera sería tan bueno conocer el método general del
diseño como lo es conocer el método en general de las ciencia fácticas,
y al cual le ha dedicado tanto tiempo y obras. Si bien combate esta
idea absurda que nadie reivindica, sin embargo nada agrega a la no-
ción de diseño; solo agrega esta generalidad que intenta aclarar qué
es el diseño: “design cannot be made into a rule-directed activity, nor
must it count exclusively on the designer’s imagination: like scientific
research, design is a creative process that can be guided by the found
of knowledge” (Bunge, 1985c:228).
Una vez generado el diseño, el próximo paso es el plan para im-
plementarlo; noción que implica interesantes, según afirma, problemas
filosóficos. Define un plan o programa como una sucesión de ideas que
describen operaciones o acciones sobre ciertas cosas que serán ejecu-
tadas por seres racionales o sus sustitutos con el propósito de causar
ciertos cambios específicos en esas cosas (ver Bunge, 1985c:228). La
planificación es el problema inverso al problema de la previsión. En
este último, con ayuda de leyes, condiciones iniciales y los estímulos
del entorno, se anticipa el estado del sistema en un momento futuro.
En el caso de la planificación, con el conocimiento de las leyes y los
estados inicial y final, tenemos que concluir los estímulos o los pasos
a seguir para conseguir el estado final deseado. De una manera más
simple, la planificación es una respuesta a la pregunta cuáles son los
medios para alcanzar una meta.
Tener un plan no implica alcanzar los objetivos o las consecuen-
cias que se esperaban, por consiguiente los planes deben ser evaluados
antes, durante y luego de su implementación. Aunque es una obviedad,
no siempre se hace científicamente,

280
Eduardo R. Scarano

Only experiment can tell with some certainty whether a new artifact
brings a gain, a loss, or neither, relative to possible alternatives. When
experiments are preformed on artifacts, surprising results are often
obtained: for example, social programs that had been carefully designed
prove to be total failures (Bunge, 1985c:231).

El estudio científico de lo artificial: la tecnología

De acuerdo a lo expuesto anteriormente es razonable la defi-


nición que propone Bunge de la tecnología: es el estudio científico
de lo artificial. Una definición que recoge los conceptos anteriores
puede enunciarse de la siguiente manera: es el campo del conoci-
miento que se refiere al diseño de artefactos, a su planificación,
operación, ajuste, mantenimiento y seguimiento a la luz del conoci-
miento científico (cfr. Bunge, 1985c:231). Incluye una metódica que
consiste en procedimientos criticables y justificables, en particular:
i) el método científico; ii) las técnicas peculiares de la tecnología
como la inmunización y la contabilidad (cfr. Bunge 1985c:236); iii)
el método tecnológico:

Reconocimiento y formulación de un problema práctico → Diseño –que


es semejante a resolver un problema con alguna aproximación– → Cons-
trucción a escala de un modelo y un prototipo → Prueba → Evaluación
→ Revisión del diseño (reformulación del problema).

Las características enumeradas constituyen de hecho una de-


finición, y más fuerte que las precedentes del Treatise, “Any field of
knowledge that fails to satisfy even approximately all of the preceding
conditions will be said to be nontechnological. (…) A field of knowledge
that shares the utilitarian aims of technology but satisfies some of
the other conditions only approximately (partially) can be said to be
a prototechnology” (Bunge, 1985c:233). Un ejemplo de la primera lo
constituyen las humanidades, de las segundas, las ciencias de la salud
o la administración.
Ciencia y tecnología se parecen tanto que algunos las confun-
den. Sin embargo, un escrutinio más profundo diferenciará no tanto
personas o entornos, por ejemplo, laboratorios e investigadores,
sino expresiones diferentes en ambas comunidades (cfr. Sabato).
Así entre los tecnólogos se escuchará frecuentemente términos que
rara vez se encontrará mencionados o expresados por científicos

281
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

básicos o aplicados: factibilidad, tolerancia, diseño, maquinabili-


dad, productividad, política, plan. Esta diferencia terminológica
se corresponde con una conceptual, la diferencia de objetos, medios
y metas. La ciencia básica y la aplicada procuran conocimiento, la
tecnología realiza artefactos.

Familias de tecnologías

Bunge realiza una distinción con amplias consecuencias, aunque


no las destaca especialmente. Es muy obvio que un artefacto puede
estar diseñado con mayor o menor respaldo en el método y en la o las
ciencias respectivas en las que se basa. Un barrilete, un ultraliviano y
un avión comercial destinado a transportar personas están diseñados
con funcionalidades parcialmente distintas y los requisitos de diseño a
los que se tienen que ajustar son mucho mayores y más extremas en el
caso del avión. Las familias tecnológicas reflejan una gradación creciente/
decreciente con los insumos científicos y con otras variables de diseño.
Como se verá a continuación en la especificación de este concep-
to, casi constituye una definición ampliada de tecnología en la que se
caracteriza no solo por la unilateralidad del vínculo con la ciencia y
su método sino también con otros aspectos o variables que sirven para
diferenciarla de la ciencia y de otras tecnologías relacionadas.
Una familia de tecnologías (Bunge, 1985c:231-32) es un sistema
de componentes σ especificable en algún momento por la siguiente
tupla: <C, S, D, G, F, B, P, K, O, M, V >

C es una comunidad profesional que tienen vínculos entre sus


integrantes y comparten valores, están insertos en una tradi-
ción de investigación en el diseño, planeamiento o evaluación
de artefactos;
S es la sociedad con sus aspectos políticos, culturales, económicos,
técnicos, científicos, etc. que contiene a C;
D es el dominio de σ compuesto por entidades reales algunas
naturales y otras artificiales;
G la perspectiva general o supuestos filosóficos compuesto por,
a)una ontología, b) una gnoseología realista con un toque de
pragmatismo, y c) un ethos de la utilización de los recursos
naturales o humanos;
F los supuestos formales consistentes en conceptos y teorías
lógicos y matemáticos;

282
Eduardo R. Scarano

B consiste en un conjunto de datos, hipótesis y teorías, de mé-


todos de investigación razonablemente efectivos, y de diseños
y planes eventualmente de otros campos de conocimientos
científicos y tecnológicos relacionados con σ ;
P la problemática consistente en problemas respecto de los miem-
bros del dominio D, y a problemas de los restantes componentes
de la tupla;
K un conjunto de conocimientos compuestos por datos, hipótesis
y teorías tanto como diseños, planes y métodos compatibles
con B y obtenidos por miembros de C anteriormente;
O un conjunto de objetivos de los integrantes de C respecto de
los artefactos;
M una metódica que consiste en un conjunto de procedimientos
criticables y justificables;
V consiste en juicios de valor acerca de los artefactos o la natu-
raleza, en particular, de las materias primas, los productos
terminados y las organizaciones sociotécnicas.

Para que haya una familia de tecnologías tiene que haber otra
tecnología contigua y parcialmente superpuesta con las mismas carac-
terísticas generales que σ .
A continuación se realizan algunas observaciones más abarcati-
vas puesto que se han expuesto cada una de las cuatro concepciones.
La primera, determina la tecnología por los fines, es la más limitada y
sirve especialmente para distinguir si se está frente a la ciencia o a la
tecnología y no brinda mayor guía para profundizar la cuestión. La se-
gunda, la considera como una acción máximamente racional, compromete
con una idea de racionalidad que Bunge ha abandonado a partir de las
críticas a la teoría de la incertidumbre y de manera más general, de la
teoría estándar de la acción. La tercera, la regla tecnológica, parece más
prometedora puesto que traduce tradicionalmente mediante la función
directiva del lenguaje, el debiera ser en lugar del es, pero deja sin desa-
rrollar otros conocimientos no científicos y aspectos éticos y políticos que
son cruciales para comprender la tecnología misma y diferenciar aquellas
dirigidas a lograr el mismo objetivo. Finalmente, el diseño de artefactos
basados en el método y el conocimiento científicos es la concepción más
articulada, abarcativa y específica para comprender la tecnología y en
la que supera algunas limitaciones anteriores.
Es interesante señalar un hilo común en las cuatro concepciones,
se resalta y se analiza la conexión del conocimiento científico con la tec-
nología pero se diluye el análisis de los conocimientos no científicos, los

283
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

aspectos legales, políticos, éticos. No se puede entender cabalmente la


tecnología sin estos insumos; la noción de funcionalidad esencialmente
se construye con estas dimensiones. Como Bunge señala acertadamen-
te, mientras el dominio de la ciencia es el universo, el de la tecnología
es el mundo humano; y en esta esfera la tecnología no es esencialmente
una manera de comprender mejor el universo sino de satisfacer sus
necesidades, alcanzar sus objetivos, de realizar su humanidad. Por
esto mismo, esas otras dimensiones cognoscitivas y praxis diversas
que lo distinguen como ser humano son tan importantes para definir
la tecnología o elegir entre ellas.
Finalmente, su análisis privilegió el examen de la conexión co-
nocimiento científico y tecnología, y lo encontramos desarrollado espe-
cialmente en la concepción de las reglas tecnológicas en las relaciones
ley científica → enunciados nomopragmáticos → reglas tecnológicas.
También en la concepción de los artefactos basados en el conocimiento
científico a partir de la noción clave de diseño. Pero en ambas, la ma-
nera de articular el conocimiento científico para construir tecnología
no consigue asemejarse a una epistemología de la ciencia.
A continuación se ilustrará la aplicación de estas perspectivas
en el campo de la gestión.

La administración científica

El primer texto en el que trata sobre la administración es en


la ponencia a unas Jornadas de 1980 (incluidas en la compilación
1999b) en la que parte del problema acerca de si es una ciencia o una
técnica (científica), es decir, se pregunta por su estatus científico.
La elucida mediante la tricotomía analizada arriba, por los fines,
pero en un marco general, por una parte, sistémico, y por la otra,
en términos conceptuales que apela incipientemente a los conceptos
de artefactos y diseños. Por los fines la administración puede consi-
derarse una ciencia básica, e investigar las leyes administrativas; o
una ciencia aplicada, e indagar las posibles aplicaciones de las leyes
administrativas; o bien una técnica, y poner el saber en acción para
crear o controlar cosas concretas. Es este último fin el que persigue la
administración y, en consecuencia, diseña modelos de organizaciones
eficientes utilizando como insumos las ciencias básicas y aplicadas así
como de conocimien­tos obtenidos en la investigación y la experiencia

284
Eduardo R. Scarano

administrativa. De esta manera, “la ciencia se propone explicar el


mundo, la técnica se propone forjar las herramientas necesarias para
transformarlo” (Bunge 1980c:353).
Todo sociosistema humano, es decir, la composición de agentes,
el ambiente natural o social en el que interactúan y la estructura que
resulta, siempre ha sido administrado no importa su grado de com-
plejidad. El control y diseño de los sociosistemas locales, nacionales o
supranacionales, no es una ciencia sino una técnica. Actualmente es
un técnica científica.
En síntesis, la administratecnia

a) estudia las actividades y relaciones administrativas que tienen


lugar dentro de y entre los sociosistemas;
b) emplea el método científico así como resultados de investiga-
ciones científicas en psicología y ciencias sociales básicas y
aplicadas;
c) se propone optimizar en algún aspecto (por ejemplo, producti-
vidad, bene­ficio social o lucro) el funcionamiento de los socio-
sistemas (Bunge, 1980c, p.355).

La administración está incluida en la tecnología social, o indistin-


tamente, en la sociotecnología que “estudia las maneras de mantener,
reparar, mejorar o reemplazar sistemas (…) y procesos (…) sociales
existentes; y diseña o rediseña unos y otros para afrontar problemas
sociales” (Bunge, 1999a:323). De esta manera, y a mero título ilustra-
tivo, la administración, el trabajo social, la macroeconomía normativa,
la planificación económica, la educación, las políticas públicas, son
sociotecnologías. Están a la par de la ingeniería por su naturaleza:
todas son tecnologías.
Los sociosistemas de cualquier tipo requieren continuos ajustes
y mantenimiento tanto como autocontrol y el control de terceros (de
otros). Este último tipo de control, por parte de otros, se denomina
administración o gestión. Las relaciones administrativas son tan am-
plias y generales que están incluidas en cualquier estructura social
por simple o compleja que fuera, de las familias a las naciones, y las
encontramos en todas las sociedades a lo largo del tiempo. La admi-
nistración es necesaria:

to keep social systems going: to discover or produce alternatives, make


choices, administer resources, coordinate activities, and keep records; to
plan, budget, evaluate performance, resolve conflicts, and much more.

285
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

Without management, sociosystems would become anarchical and break


down (Bunge, 1985c:274).

La administración puede tener por objeto la sociedad entera


o restringirse a un subsistema de la sociedad. La primera coincide
con el gobierno (municipal, provincial, nacional o supranacional) y
la denomina ingeniería social –comúnmente llamada administración
pública–. La segunda se dirige a unidades productivas, organizaciones
sin fines de lucro, la familia, etc., la denomina ciencia administrativa
(Bunge, 1985c:275).
Cualquiera sea la rama de la sociotecnología que se considere la
administración difiere en muy gran medida según se la construya y se
la guíe desde el punto de vista tradicional –técnica o mera práctica–,
o como una tecnología. En este último sentido si bien es diferente de
la ciencia hace uso de los resultados de la investigación de las ciencias
sociales –economía, psicología, sociología–; implica investigar científica-
mente para resolver sus problemas; utiliza tanto conocimiento científico
básico como principios ideológicos y morales para diseñar y rediseñar los
sistema; intenta evaluar objetivamente el desempeño de los sistemas.
De la misma manera que en las restantes tecnologías, en las sociotecno-
logías su núcleo está constituido por diseños y planes, no por tradición o
rutinas como en la administración tradicional –no científica–. Hay que
reconocer que la mayor parte de la administración “es una técnica que
lucha por convertirse en sociotecnología” (Bunge, 1999a:410).
Así considerada la administración científica estudia científicamen-
te su objeto mediante principios y datos obtenidos principalmente de
las ciencias sociales básicas; utiliza el método científico para contrastar
hipótesis y el método tecnológico para contrastar cosas y procedimien-
tos; utiliza procedimientos científicos, por ejemplo, recolección y trata-
miento estadístico de datos, simulación. Sobre esta base la pregunta
clásica: ¿la administración es ciencia, arte o técnica? Se responde de la
siguiente manera: no es ninguna de las tres, es una tecnología (social),
de otra manera, una sociotecnología.
Ahora bien, ¿cuál es el estatus de los principios de la gestión?, ¿son
leyes, hipótesis o reglas? La escuela clásica sostiene que son leyes, pero
no lo son porque “Such principles can be altered almost ad limitum”
(Bunge, 1985c:280). Tampoco hipótesis porque no describen lo que es
sino prescriben lo que debiera ser para alcanzar ciertas metas. Por
lo tanto, son reglas (sociales) que deben concordar con la teoría y la
experiencia. Es decir, deben ser exitosas en la práctica pero fundadas
en una teoría sólida.

286
Eduardo R. Scarano

Implicaciones del enfoque tecnológico

Esta sección se dedicó al examen de la gestión como tecnología y


siguiendo el pensamiento de M. Bunge. Es el primero que propone y
argumenta metodológicamente con detalle por qué la gestión es una
tecnología y no una ciencia básica.
Aplicando su definición de tecnología en general a la administra-
ción se puede decir que es el campo del conocimiento que se refiere al
diseño de artefactos generalmente conceptuales (toma de decisiones,
planificación, selección de personal, estrategias financieras), a su
planificación, operación, mantenimiento y seguimiento a la luz del
conocimiento científico para conseguir de manera eficiente los objetivos
organizacionales.
Una de las consecuencias más notables de este enfoque es que
releva a la gestión de la tarea de encontrar leyes administrativas,
búsqueda que caracteriza a cualquier ciencia básica. Consecuentemen-
te, barre con el pesimismo de los magros o nulos resultados de esta
búsqueda que impulsaron enfoques metodológicos diferentes ante la
magra cosecha, como lo ilustra el programa retoricista moderado de
Hood y Jackson (1997:67-77).
La gestión puede ser científica sin constituir una ciencia básica. Los
dos aspectos fundamentales para poder aplicarle el calificativo científica
es utilizar en sus diseños el método científico e incorporar como insumos
el conocimiento básico de otras disciplinas. Uno de esos insumos, sino el
más importante contemporáneamente, es la economía como en el siglo
pasado fue la sociología. Este apoyo resulta natural pues ambas tratan
básicamente con el mismo tipo de organizaciones –la gestión se interesa
también en aspectos no puramente económicos–. La economía a su vez,
es la más madura de las ciencias sociales y, por consiguiente, suministra
los insumos más sólidos para resolver sus problemas.
También resulta fácilmente explicable desde el punto de vista
metodológico cómo una escuela económica condiciona la gestión, es
decir, sus diseños tecnológicos. Para Bunge las teorías científicas no
son neutrales, defienden una manera de ver la realidad y la asocian
con una metodología compatible (ver a título ilustrativo, Bunge,
1982, cap. 3). Normalmente hay varias teorías que compiten entre
sí y los desajustes terminan por eliminar a algunas y a su vez hacen
surgir a otras que pretenden explicar y predecir con mayor precisión
la realidad. Esta sucesión de teorías no tiene un fin último. Es fácil
vincular la teoría particular desde la que se diseña con diferentes ‘res-
tricciones’ que impondrá al diseño. No será lo mismo evidentemente

287
Propuestas epistemológicas de Mario Bunge para comprender la Tecnología

diseñar artefactos de gestión en base a la teoría neoclásica que a la


teoría institucionalista u otra incompatible. Por ejemplo, se verá muy
claramente en la cuestión de la teoría de la decisión, la ‘competencia’
entre la teoría de la decisión neoclásica, y la teoría de la racionalidad
limitada y distintas teorías de la decisión inspiradas en teorías sub-
yacentes diferentes o incluso en estrategias diferentes para salvar la
TD (véase especialmente 1985a:29 o 1985c:278-280).
Bunge ha señalado la estrecha simetría entre ciencia y tecnolo-
gía, esta la utiliza como insumo y provoca a su vez nuevos problemas
científicos. De la misma manera su filosofía de la tecnología se nutre
de las tecnologías específicas y las ilumina al analizarlas desde su epis-
temología. Plantea caminos a seguir, propone conceptos explicativos,
sugiere marcos para enfocar el problema; pero su obra muestra, y se
manifiesta una vez más como auténtico filósofo, que hay que continuar
profundizando las galerías para elucidar el concepto.

Referencias Bibliográficas

Bunge, M.: La investigación científica, Barcelona, Ariel, 1969.


—Treatise on Basic Philosophy. I: Sense and reference, Dordrecht,
Reidel, 1974.
—“The Philosophical Richness of Technology”, en Suppe, F. y Asquith,
P. D. (eds.), Proceedings of the 1976 Bienal Meeting of the Philo-
sophy of Science Association, Vol. II, 1977, pp.153-172.
—Treatise on basic philosophy. IV: Ontology: A world of systems, Dor-
drecht, Reidel, 1979.
—“Philosophical Inputs and Outputs of Technology”, en Bugliarello, G.
y Donner, D. B. (eds.), The History and Philosophy of Technology,
University of Illinois Press, 1979, pp. 262-281.
—Epistemología, México D. F., Siglo XXI Editores, 1980a.
—La ciencia su método y su filosofía, México D. F., Ediciones Siglo
Veinte, 1980b.
—Ciencia y Desarrollo, México D. F., Ediciones Siglo Veinte, 1982.
—Racionalidad y realismo, Madrid, Alianza Universidad, 1985a.
—Treatise on basic philosophy. VII: Epistemology and methodology III:
Philosophy of science and technology. Part I. Formal and physical
sciences, Dordrecht, Reidel, 1985b.
—Treatise on basic philosophy. VII: Epistemology and methodology III:
Philosophy of science and technology. Part II. Life science, social
science and technology, Dordrecht, Reidel, 1985c.

288
Eduardo R. Scarano

—Las ciencias sociales en discusión, Buenos Aires, Sudamericana,


1999a.
—“Status epistemológico de la administración”, en Scarano, E.R.
(comp.), Metodología de las Ciencias Sociales - Lógica, lenguaje
y racionalidad, Macchi, 1999b, pp.351-357.
Hood, Ch. y Jackson, La argumentación administrativa, México D. F.,
Fondo de Cultura Económica, 1997.
Quintanilla, M. A.: Tecnología: un enfoque filosófico, Fundesco, 1989.
Sabato, J. A.: “¿Laboratorios de investigación o fábricas de tecnología?”,
Editorial Ciencia Nueva, 1972, pp.1-45.
Serroni-Copello, R.: Encuentros con Mario Bunge, Buenos Aires, Edi-
ciones ADIP, 1989.

289
Nota histórica sobre la noción de causa

Roberto Torretti

Para Mario Bunge

Una tendencia casi irresistible mueve a los humanos a atribuir a un


culpable cualquier alteración en el estado o desarrollo del entorno
reputados normales. Si no es razonable atribuírsela a una persona o
a un animal, será entonces obra de un dios.1 En griego, ‘culpable’ se
dice αἴτιος, de dónde se deriva el adjetivo femenino αἰτία, que Cicerón
tradujo al latín como causa.
Aristóteles hizo lo posible por desantropomorfizar el concepto de
αἰτία. Por un lado, lo reemplaza con la expresión descriptiva ἡ ἀρχὴ τῆς
κινεσέως, el comienzo –o principio– del cambio. Por otro, le yuxtapone
otros tres tipos de αἰτία –ἡ ὕλη (la materia), ἡ μορφή (la forma) y τὸ οὗ
ἕνεκα (el para qué)–, no identificables con la acción espontánea de agen-
tes vivos, con los que configura una panoplia de recursos explicativos
presuntamente capaz de saciar a la larga el deseo humano de entender.
El pensamiento científico moderno, pendiente de asegurar y ex-
pandir mediante el conocimiento el dominio humano sobre el entorno
natural, busca deslindar los factores que producen cambios favorables
en el estado o el curso de las cosas o que frenan los desfavorables, y
se desentiende de los últimos tres tipos de causa considerados por
Aristóteles. Pero tampoco le interesa imputar los cambios del entorno

1. Como es sabido, los actos de culto cuya ejecución correcta ha dado de comer
durante milenios a miríadas de sacerdotes buscan principalmente propiciar el
favor de los dioses o aplacar su ira y sus celos (el θεῶν φθόνος que menciona
Esquilo, Persae 362).

291
Nota histórica sobre la noción de causa

a agentes sobrenaturales, en definitiva incontrolables, (aparte de que


para una cultura monoteísta resulta banal y muy poco iluminador
atribuir todo cuanto ocurre a Dios).
Newton y sus sucesores atribuyen cualquier cambio en el estado
de movimiento de un cuerpo a una fuerza impresa en este. Las fuerzas
en cuestión son agentes impersonales e incorpóreos, que actúan sobre
cada cuerpo desde otros o sencillamente –en las teorías de campos–
desde los mismísimos puntos que ese cuerpo momentáneamente ocupa.
En todo caso, la causalidad se entiende como una relación entre el
agente, una fuerza, y su obra, una variación instantánea del momento
cinético de un cuerpo.2
Sin embargo, Hume y Kant, los dos pensadores del siglo XVIII
cuya interpretación de la causalidad será canónica para los filósofos
hasta mediados del siglo XX, la conciben como una relación entre
eventos: lo que ocurre en una región y un momento dados causa lo que
ocurre en un momento posterior en la misma o en otra región (en la
literatura científica y filosófica del siglo XX suele hablarse de eventos
puntuales, cada uno de los cuales consiste en lo que acontece en un pun-
to del espacio en un instante del tiempo). Hume llama a la causalidad
“el cemento del universo”, pero rebaja su virtud adhesiva a la de un
mero hábito mental. Kant retiene la idea de que los vínculos causales
atan fenómenos enlazados entre sí por la mente humana, pero no en
cuanto esta es sede y presa de hábitos, sino en cuanto legisladora y
constructora del orden de la naturaleza.
Hume llega a su peregrina conclusión porque presume que toda
noción humana procede por recuerdo directo o por combinación de
recuerdos de una impresión simple de los sentidos o de la reflexión.
Ha caracterizado la causalidad como la conexión necesaria entre dos
eventos contiguos en el espacio y sucesivos en el tiempo. Esta caracteri-
zación, evidentemente, no excluye sino más bien posibilita la existencia
de cadenas causales, cuyo primer y último eslabón no sean contiguos,
con tal que lo sean los eslabones intermedios, cada uno con el que le
sigue. La necesidad de la conexión se traduce en la repetición infalible
del segundo evento cada vez que ocurre el primero. Como los eventos
individuales no se repiten, la relación así descrita solo puede existir
entre eventos concebidos como ejemplares de una clase o tipo: el evento

2. Newton (1687, Præfatio ad lectorem) dice que toda la tarea de la física


(philosophia) consiste en investigar las fuerzas de la naturaleza a la luz de
los fenómenos del movimiento para luego inferir de esas fuerzas el resto de
los fenómenos.

292
Roberto Torretti

singular a, concebido como perteneciente a la clase de eventos A es la


causa del evento singular b, concebido como perteneciente a la clase de
eventos B, si y solo si cualquier evento de la clase A es, ha sido o será
sucedido por un evento contiguo de la clase B. No pudiendo detectar
una impresión sensorial simple capaz de ser la fuente de esta noción
de necesidad, Hume concluye que nuestra idea de conexión necesaria
entre eventos contiguos y sucesivos deriva de una impresión de la
reflexión, a saber, la conciencia de nuestra inclinación irresistible a
esperar que un evento percibido como perteneciente a cierta clase A, tal
que en nuestra experiencia cada evento de esa clase A ha sido sucedido
por un evento contiguo de la clase B, irá seguido nuevamente por un
evento de clase B la próxima vez que ocurra.
Kant supera la confusión entre particulares y universales que
turba y extravía a Hume y distingue, en nuestra vida mental, entre la
receptividad o “sensibilidad” que accede a aquellos, y la espontaneidad o
“entendimiento” que maneja estos. Bajo esta perspectiva, la causalidad
concebida como conexión necesaria entre fenómenos cae redondamente
bajo la jurisdicción del entendimiento. El par de conceptos causa-efecto
se cuenta entre las doce categorías o conceptos primordiales del en-
tendimiento humano, que no proceden de una impresión del sentido
externo o interno, pero regulan la actividad de síntesis requerida para
que el flujo subjetivo de las apariencias sensibles pueda leerse como
una experiencia objetiva. Específicamente, la categoría de causalidad
juega un rol imprescindible en la constitución del orden temporal del
acontecer: la síntesis de dos eventos como términos de una relación
causal certifica que el evento identificado como causa precede objetiva-
mente al evento identificado como efecto. Arguyendo que no hay otra
vía para establecer el orden objetivo en que los fenómenos se suceden
unos a otros, el cual a su vez es una condición de posibilidad de la propia
conciencia subjetiva, Kant cree haber demostrado el siguiente princi-
pio universal: Todos los cambios ocurren conforme a la ley del enlace
de la causa y el efecto (KrV, B 232). Su innovadora propuesta habría
logrado, a juicio de muchos, vindicar efectivamente la descripción de
la causalidad por Hume como “cemento del universo”.3

3. A diferencia de Hume, Kant no exige que la causa sea contigua al efecto; antes
bien, recurre a la acción a distancia –como la ejercida por la fuerza gravitacional
newtoniana– para fundamentar la simultaneidad objetiva entre fenómenos no
contiguos. Para jugar este papel, claro está, la causa debe coincidir en el tiempo
con su efecto, no precederlo. Ello genera un rompecabezas para los apologistas
de Kant (cf. Paton 1936:310-331, Vol. 2). Afortunadamente, la física del siglo

293
Nota histórica sobre la noción de causa

Durante el siglo y medio que sigue a la publicación de la Crítica


de la razón pura, se ha solido ver a la categoría kantiana de causa-
lidad como un concepto homogéneo, que opera del mismo modo en el
habla cotidiana y en el discurso científico, y que a través del referido
principio universal funda y sustenta el determinismo profesado ge-
neralmente por los científicos de la época (cf. Laplace, 1814:2-3). Sin
embargo, no es verdad que juegue el rol exclusivo que Kant le asignó
en la constitución de una cronología objetiva del acontecer. No disputo
que, tal como sostiene Kant (KrV, B 237), juzgamos la presencia de
un leño río arriba objetivamente anterior a su presencia río abajo
porque percibimos que la presión del agua empuja al leño de allá
hacia acá. Pero ello no excluye la posibilidad de comprobar por otros
medios que un objeto flotante llega objetivamente desde un punto
río abajo a otro punto río arriba. En tal caso, claro, postularíamos
–e intentaríamos constatar– la existencia de una fuerza que vence
la presión del agua y empuja ese objeto contra la corriente. Dejando
a un lado estos ejemplos de cronología local y de corto plazo, no es
difícil convencerse de que la noción de causa no es, ni en la vida diaria
ni en la ciencia, la principal –para no decir la única– herramienta
intelectual de que disponemos para ordenar los sucesos en el tiempo.
Sé que el niño contrajo el coqueluche antes que su hermanita porque
trascurrieron varios días entre la manifestación de la enfermedad en
él y en ella. Ahora bien, no es dable sostener –en ninguna acepción
conocida del término ‘causa’– que un día es la causa del próximo,
o, dicho con más precisión, que el tránsito del sol por el meridiano
local el día lunes es la causa de su tránsito por el mismo meridiano
los días martes, miércoles, etc. (la astronomía conoce, por cierto, un
mecanismo causal que asegura ceteris paribus que el sol pasará una
y otra vez sobre el meridiano indicado cada 86.400 segundos, más o
menos; pero esto no implica que cada uno de los fenómenos ópticos
sucesivos en que dichos tránsitos consisten cause los siguientes). Por
último, los métodos utilizados para datar los hechos de la historia de
la Tierra, de la humanidad, de las primeras civilizaciones, ni siquiera
dependen de la disponibilidad de mecanismos causales subyacentes.
Datamos las señales provenientes de fuentes luminosas muy leja-
nas por el corrimiento de su espectro hacia el rojo, el cual –según la
teoría estándar del fenómeno, debida a Einstein y Friedmann– no

XX ha cortado este nudo gordiano al sostener que la acción instantánea a


distancia es imposible y que, por ende, no hay una relación objetiva universal
de simultaneidad entre los eventos que ocurren en el mundo.

294
Roberto Torretti

es un efecto de alguna causa (ni mucho menos la causa de que las


emisiones más recientes del mismo tipo exhiban un espectro similar
pero corrido hacia el azul), sino una manifestación necesaria de la
geometría del universo. Juzgamos una determinada vasija olmeca más
antigua que otra tolteca no porque creamos que la primera tuvo un rol
causal en la fabricación de la segunda, sino porque la radiactividad
debida a desintegración de carbono-14 medida en aquella es menor
que la medida en esta; ahora bien, la desintegración de los átomos
radioactivos ha eludido hasta ahora todo intento de entenderlo como
proceso causal.4
Por otra parte, la causalidad como la entiende Kant –una re-
lación temporalmente asimétrica entre eventos discretos– no debe
confundirse con la conexión necesaria entre los estados sucesivos de
un sistema dinámico regido por ecuaciones diferenciales (sdred), que
es la base y sustento del determinismo propio de la física clásica. Si
E es el estado dinámico de cierto sdred Σ en un instante dado t, el
conocimiento completo de E permite predecir el estado dinámico de Σ
en cualquier instante posterior a t y retrodecir el estado dinámico de Σ
en cualquier instante anterior a t. Por tanto, si E′ y E″ son dos estados
sucesivos de un mismo sdred, la conexión necesaria entre ambos es una
relación simétrica y su mera existencia no basta para establecer cuál
de los dos estados precede y cuál sigue al otro en el tiempo.5 Además,
tanto en el uso ordinario como en el de Kant (y Hume), causa y efecto
son eventos designables, unidos directamente por la relación causal o
indirectamente por una cadena de relaciones causales entre eventos
designables. En otras palabras, un evento A puede ser causa de un
evento B (y B efecto de A) solo si (i) A es causa inmediata de B, esto es,

4. Por tanto, aunque lo fuese (y un futuro seguidor de David Bohm descubriera


el mecanismo causal subyacente a la radioactividad), no sería en cuanto proceso
causal que la disminución paulatina del carbono-14 encerrado en un depósito
arqueológico presta servicio a la cronología.
5. Obsérvese que la simetría temporal de que hablo aquí no supone la invariancia
bajo la inversión del tiempo (esto es, bajo la transformación t  →  –t) de las
ecuaciones diferenciales de las que la referida conexión necesaria depende.
Falkenburg reiteradamente sugiere lo contrario y llega a decir que “en la física
no hay una sola ley natural que sea a la vez determinista y temporalmente
asimétrica” (2012:377; cf. pp. 218, 236, 237, 245). El aserto vale para las
ecuaciones de Hamilton y de Maxwell, las ecuaciones de campo de Einstein y
la ecuación de Schrödinger, vale decir, para todas las principales ecuaciones
diferenciales de la física; pero la ecuación de la difusión del calor de Fourier
ciertamente no es invariante bajo la transformación t → –t y sin embargo, como
cualquier ecuación diferencial, gobierna un proceso determinista.

295
Nota histórica sobre la noción de causa

si la ocurrencia de A suscita la ocurrencia de B sin la intermediación


de otros eventos; o (ii) si A es causa mediata de B, esto es, si hay una
secuencia de eventos e0, e1,… em, tal que e0 = A, em = B y, para cualquier
otro subíndice n (0 < n < m), en–1 es causa directa de en y en es causa
directa de en+1. Ahora bien, esta ciertamente no es una relación que
pueda existir entre dos estados sucesivos E′ y E″ de un sdred Σ. Por
pequeño que sea el intervalo temporal que los separe, tiene que exis-
tir siempre un conjunto no numerable de estados sucesivos de Σ cada
uno de los cuales es posterior a E y anterior a E″, pues de otro modo
la evolución de Σ no podría estar regida por ecuaciones diferenciales.
Obviamente, en tal conjunto es imposible designar ni un solo estado
U que sea causa o efecto directo de otro estado V, ya que entre U y V
también se erguiría un conjunto igualmente no numerable de estados
sucesivos intermedios.
Bertrand Russell vio y expuso con lucidez la discrepancia entre
la noción de causa que se maneja en la vida diaria y en la filosofía, y
el determinismo de las ecuaciones diferenciales propuesto por la física
matemática. En sus palabras, “la ley de causalidad es […] una reli-
quia de una edad pasada, que sobrevive, como la monarquía, porque
se supone erróneamente que no hace daño” (1913, p. 1). Muchos años
antes, Auguste Comte había manifestado análoga lucidez al contrastar
la inmadura mentalidad metafísica, que pretende hallar las causas de
los fenómenos, con la mentalidad científica o “positiva” que investiga
sus leyes.6
Con todo, el grueso del establishment académico, durante el siglo
XIX y buena parte del XX, ha persistido en el típico discurso que tomó
forma entre los lectores de Hume y Kant: la noción de causa en defini-
tiva es una sola, que el vulgo comparte con las ciencias más avanzadas;
denota propiamente una relación entre eventos –en último término
localizados en un punto del espacio y un instante del tiempo–, pero
connota agencia productiva de la causa sobre su efecto; el acontecer
universal está atado por cadenas causales que le impiden desenvolver-
se de otro modo que como efectivamente se desenvuelve. Tales ideas
presiden el tratamiento de la noción de causa por John Stuart Mill en
su influyente Sistema de lógica raciocinativa e inductiva: una visión
conexa de los principios de la prueba y los métodos de la investigación

6. “La révolution fondamentale qui caractérise la virilité de notre intelligence


consiste essentiellement à substituer partout, à l’inaccessible détermination des
causes proprement dites, la simple recherche des lois, c’est-à-dire des relations
constantes qui existent entre les phénomènes observés” (Comte, 1844:13).

296
Roberto Torretti

científica, publicado en 1843 y revisado y reeditado siete veces en vida


del autor. Cito según la última de estas versiones.7
“Hay hechos que están tan perpetua y familiarmente acompa-
ñados por ciertos otros que la humanidad aprendió a esperar el uno
donde encontraban el otro, como lo aprenden los niños, mucho antes
de que sepan expresar su expectativa en palabras aseverando en
una proposición la existencia de una conexión entre esos fenómenos”
(Mill, 1974:318). Si al pasar revista a tales regularidades se encon-
trasen algunas que “en la medida en que cualquier propósito humano
requiere certeza, pudiesen considerarse bien ciertas y bien universa-
les”, podríamos usarlas como palancas para alzar al mismo nivel la
certeza de otras (Mill, 1974:322). Para nosotros, las regularidades más
importantes son las que conciernen al orden de sucesión de los fenó-
menos (Mill, 1974:324). Entre ellas, muy pocas tienen una pretensión,
siquiera aparente, de rigurosa irrevocabilidad, y solo una es capaz de
sostener tal pretensión enteramente. “En ella, empero, reconocemos
una ley que también es universal en otro sentido: es coextensiva con
todo el campo de los fenómenos sucesivos, todos los casos de sucesión
son ejemplos de ella. Esta ley es la Ley de Causalidad. La verdad de
que todo hecho que tiene un comienzo tiene una causa es coextensiva
con la experiencia humana” (Mill, 1974:325). “No hay cosa alguna que
se produzca, ningún evento que ocurra en todo el universo conocido,
que no esté conectado por una uniformidad o secuencia invariable con
uno o más de los fenómenos que le precedieron, hasta el punto de que
ocurrirá de nuevo tan a menudo como sucedan de nuevo esos fenóme-
nos, salvo que coexista con ellos otro fenómeno que posea el carácter
de causa contraproducente” (Mill, 1974:346). “Todo hecho o fenómeno
que tiene un comienzo, surge invariablemente cuando existe cierta
combinación de hechos positivos, con tal que no existan ciertos otros
hechos positivos” (Mill, 1974:330).
Mill subraya que, cuando habla de causas, no se refiere a algo
que no sea ello mismo un fenómeno. “No investigo la causa última u
ontológica de nada” (Mill, 1974:326). El juicio de Comte, según el cual la
búsqueda de las causas es un signo de inmadurez intelectual, superada
por las ciencias positivas, obedece a la injustificada e inconveniente
negativa del filósofo francés a emplear la palabra ‘causa’ para desig-
nar eventos (Mill, 1974:342), un uso ya establecido por Hume y Kant.

7. La 8ª edición difiere de la primera en 3.934 pasajes; cf. John M. Robson,


“Textual introduction” a Mill 1974:lxxix.

297
Nota histórica sobre la noción de causa

“La Ley de Causalidad, cuyo reconocimiento es el principal sostén de


la ciencia inductiva, es solo la siguiente verdad familiar, comprobada
por la observación: la invariabilidad de la sucesión impera entre todo
hecho de la naturaleza y algún otro hecho que lo precede, independien-
temente de toda consideración relativa al modo último de producción
de los fenómenos y de cualquier otra cuestión relativa a la naturaleza
de las ‘cosas en sí’” (Mill, 1974:326-327).
“Ciertos hechos siempre suceden a ciertos otros y, según creemos,
seguirán sucediéndoles. El antecedente invariable se llama la causa;
el consecuente invariable, el efecto” (Mill, 1974:327). “Filosóficamente
hablando, la causa es la suma total de las condiciones positivas y nega-
tivas, tomadas conjuntamente, la totalidad de las contingencias de toda
índole que, si están realizadas, el consecuente sigue invariablemente”
(Mill, 1974:332). Esta caracterización permite hacer frente a quien
pudiera objetar que la noche no es la causa del día, aunque este inva-
riablemente la sigue. Obviamente no la seguiría si no saliera el sol. “La
secuencia invariable no es pues sinónimo de causalidad, a menos que
la secuencia, además de invariable, sea incondicional” (Mill, 1974:339).
De este modo, se desarman objeciones como la propuesta, pero a un
costo altísimo. Para que la sucesión invariable de un consecuente B
tras un antecedente A pueda reputarse incondicional, la descripción
de A tiene que incluir explicita o implícitamente todas las condicio-
nes necesarias para que B suceda. La exigencia de incondicio­nalidad
impone pues una incertidumbre insuperable a cualquier enunciado
que asevere la existencia efectiva de una relación causal (así definida)
entre dos hechos; pues no es posible completar el inventario de todas
las condiciones positivas y negativas que tomadas conjuntamente
aseguran la invariabilidad de la sucesión entre ellos.
Impertérrito, Mill no titubea en reiterar, basándose en su Ley
de Causalidad, la fantasía determinista que había difundido Laplace:
“Creemos que el estado del universo entero en cualquier instante es la
consecuencia de su estado en el instante previo; al punto que alguien
que conociera todos los agentes que existen en el momento presente,
su colocación en el espacio, y todas sus propiedades, en otras palabras,
las leyes de su acción (the laws of their agency), podría predecir toda
la historia subsiguiente del universo […]” (Mill, 1974:346-347).8 Dos

8. Los puntos suspensivos reemplazan el sorprendente caveat que cierra el


pasaje: “al menos si no sobreviene una nueva volición de una potencia capaz
de controlar el universo (at least unless some new volition of a power capable of
controlling the universe should supervene)”. Esta advertencia de Mill subordina

298
Roberto Torretti

detalles de este pasaje merecen atención inmediata (fuera del caveat


trascrito en la nota 8). Como se puede ver, aquí Mill no tiene empacho
en describir como agentes a los antecedentes invariables que llama
causas, olvidando al parecer que para él las causas son solo eventos
caracterizados por existir antes de los eventos llamados efectos, al
margen de toda consideración relativa a la génesis o producción de
estos. Además, nombra “el instante previo (the previous instant)” a
un instante dado de la historia del universo, utilizando sin escrúpulos
el artículo definido el (the), que carece de todo sentido si no hay cómo
identificar a aquello a lo que se refiere. Sin embargo, conforme a la
concepción de la sucesión temporal aceptada por la física tanto aris-
totélica como moderna, entre un instante dado A y cualquier instante
B anterior a A hay un conjunto infinito de instantes intermedios,
ninguno de los cuales se deja identificar como el instante previo a A.
(Si solo tenemos en cuenta la divisibilidad infinita del intervalo que
separa los instantes B y A, el referido conjunto es numerable; pero
si, siguiendo a Aristóteles y a los inventores del cálculo infinitesimal,
suponemos que ese intervalo es continuo, el referido conjunto no es
ni siquiera numerable).
A comienzos del siglo XX, la ortodoxia filosófica patrocinada por
Mill con respecto a la noción de causa se tornó insostenible debido
a la renovación de la física. Desde luego, la teoría de la relatividad
propuesta por Einstein (1905), apoyándose en su crítica del concep-
to newtoniano de tiempo, privó de toda significación objetiva a la
expresión “estado del universo entero en un instante cualquiera”,
empleada por Mill en el último pasaje citado, pues la simultaneidad
entre eventos instantáneos distantes entre sí resulta ser relativa al
sistema inercial voluntariamente escogido como marco de referencia
para la descripción de los fenómenos. La misma relatividad afecta al
orden de sucesión entre los eventos, a menos que estén tan próximos
en el espacio que puedan coincidir respectivamente con el envío y
la recepción de una señal luminosa in vacuo. Esta última condición
ratifica la íntima conexión entre causalidad y sucesión temporal
objetiva, postulada por Kant y aprobada por Mill; pero a la vez pone
coto a la pretendida universalidad de la relación causal, ya que hay
pares de eventos que no pueden coincidir respectivamente con el
envío y la recepción de una señal luminosa o de otra clase alguna

el pretendido determinismo científico universal a los caprichos de cualquier


deidad milagrera pasablemente poderosa (no tiene que ser omnipotente).

299
Nota histórica sobre la noción de causa

(pues la velocidad de la luz en el vacío es finita y la física einsteiniana


no admite señales de velocidad superior a la de la luz). En aras de
la concisión, diré que dos eventos puntuales A y B son causalmente
conectables si uno de ellos puede coincidir con la emisión y el otro con
la recepción de una misma señal luminosa in vacuo. El concepto de
conectabilidad causal desempeña un rol central en la construcción
de la cronogeometría relativista (Robb, 1914; Mehlberg, 1935). No es
raro entonces que, no obstante el daño irreversible infligido a ingre-
dientes capitales de la ortodoxia causal por la crítica relativista de
la noción clásica de tiempo, la idea de una relación causal universal
y uniforme, “cemento del universo”, ocupe un lugar destacado en el
pensamiento de filósofos como Hans Reichenbach (1927) y Wesley Sal-
mon (1984), que estudiaron atentamente las teorías de Einstein. Sin
embargo, no hay que perder de vista que el predicado cronogeométrico
‘causalmente conectable’ designa una relación entre dos elementos
de una estructura matemática; la designación se eligió con vistas al
empleo de esta estructura para representar –“modelar”– fenómenos
físicos; pero de ningún modo conlleva que exista una relación causal
efectiva entre los eventos a los cuales este predicado diádico se aplica
en tales representaciones (modelos).
Sea de ello lo que fuere, no fue el advenimiento de la Relatividad
lo que hizo estallar la bullada crisis –o quiebra– de la causalidad,
sino el descubrimiento de la constante de Planck h y el estudio de los
fenómenos “cuánticos”, cuyo curso se ve afectado por el valor peque-
ño, pero positivo, de h (llamada inicialmente “el cuanto de acción”).
Entre estos, el que más notoriamente desafía la “ley” o “principio”
de causalidad de que hablaban Kant y Mill es la desintegración de
los átomos de elementos radioactivos. Aunque esta obedece a una
ley estadística precisa, en virtud de la cual se puede asignar a cada
elemento radioactivo una “media vida” característica (esto es, un
intervalo de tiempo al cabo del cual se habrá desintegrado la mitad de
cualquier masa m de ese elemento), ha sido imposible establecer nin-
guna combinación de hechos positivos cuya presencia conjunta dé lu-
gar invariablemente a la desintegración de un átomo de tal elemento.
Muy iluminador es también el experimento de Stern y Gerlach (1922).
No cabe explicarlo aquí, pero recomiendo calurosamente la descripción
del experimento por Sakurai (1994:2-10), la cual tiene el mérito de
no estar subordinada a la eventual explicación teórica del mismo
(cf. asimismo Weinert, 1995). La incompatibilidad de la nueva física
con el clásico determinismo causal se consolida con la fundación de
la mecánica cuántica a partir de las propuestas separadas pero en

300
Roberto Torretti

efecto convergentes de Heisenberg (1925) y Schrödinger (1926); su


corolario, el Principio de Indeterminación de Heisenberg (1928), y
su interpretación probabilista por Born (1926). No han faltado los
intentos para resucitar de sus cenizas al determinismo físico (Bohm,
1952; de Broglie, 1956), pero no responden al hallazgo de nuevos
resultados experimentales, sino más bien a un afán de preservar el
valor científico de las creencias metafísicas de sus autores.
El indeterminismo cuántico dio alas a la hostilidad positivis-
ta hacia la noción de causa, manifiesta ya a fines del siglo XIX en
los escritos de Mach y fomentada por los seguidores del Circulo de
Viena. En 1959, dando inicio a la gran marejada intelectual que
acabaría con la preponderancia del empirismo lógico en los países
de habla inglesa, apareció el libro señero de Mario Bunge (3ª ed.,
1979), que revive el interés filosófico en la noción de causa –en la
vida real, por cierto, la gente nunca había dejado de usarla–, pero
sin restaurar la pretensión totalizante del causalismo decimonónico.
“Las cadenas causales son válidas a lo largo de trechos limitados;
su validez se ve arruinada tarde o temprano por la ramificación,
la convergencia, o la discontinuidad. La continuidad es esencial a
la causalidad, pero no más esencial al mundo que la discontinui-
dad, con la que está íntimamente conectada” (1979:147). Bunge
critica severamente la pretendida interacción causal de todo con
todo (1979:98-101), e insiste en las limitaciones de la causalidad
(1979:351), a la que caracteriza como una de las muchas formas de
determinación de lo real (1979:17-19), entre las cuales se cuenta
asimismo el azar (1979:17), cuya presencia insoslayable Bunge re-
conoce en diversos contextos.9 Combate asimismo con originalidad
y acierto, la opinión común según la cual la causalidad natural se
refleja en las ecuaciones diferenciales de la física (1979:74-88). La
causalidad es un tipo especial de producción pues hay cosas que
se producen u originan de un modo no causal (1979:47). Según la
formulación preferida por Bunge, un evento C se dice causa de un

9. Véase el índice analítico, s.v. ‘chance’ (1979:381). Sin embargo, Bunge


(1979:348-350) se manifiesta encantado con la jugada de Bohm (1952) para
eliminar el azar de la física cuántica mediante la postulación de “variables
ocultas”. Tal entusiasmo era comprensible en 1959, cuando los artículos de
Bohm eran aún una novedad, pero yo habría esperado que en la 3ª edición
revisada de 1979 Bunge lo moderase en una nota precautoria, puesto que
en más de un cuarto de siglo no se había diseñado un solo experimento que
revelara una diferencia empírica entre la teoría de Bohm y la mecánica cuántica
estándar y redimiera a aquella de su estatus de parásito de esta.

301
Nota histórica sobre la noción de causa

evento E cuando está satisfecha la siguiente aseveración condicional:


si ocurre un evento de la clase de C, entonces (y solo entonces) un
evento de la clase de E es siempre producido por él (1979:47). Queda
abierta la cuestión de establecer los atributos característicos de las
clases C y E; pero ella no es un problema para el filósofo, sino para
el investigador científico que debe aplicar su ingenio a resolverlo
cada vez que dicha cuestión se suscite. Por mi parte, me declaro
incapaz de reconocer la diferencia entre producir un evento y me-
ramente precederlo o acompañarlo, excepto en dos casos: cuando la
producción es un acto mío o de otro agente voluntario y cuando lo
producido es una afección mía o de otro paciente sensitivo. Uno de
los aspectos más atrayentes del libro de Bunge es su insistencia en
la capacidad de las causas para producir lo nuevo, imprescindible
si ellas son justamente los motores del cambio, pero oscurecida en
la filosofía tradicional e implícitamente negada por el adagio causa
aequat effectum (véase el capitulo 8; 1979:198-219). Con todo, no me
parece fácil conciliar la capacidad innovadora de la acción causal con
la definición de causa arriba citada. Esta permite ciertamente que
la causa C y su efecto E sean del todo heterogéneos, de modo que E
puede muy bien aportar una novedad a la situación que incluye a
C; pero la definición exige que el efecto E de la causa C pertenezca
a un tipo de evento que siempre es producido por un evento del tipo
C si y solo si este ocurre, y esta exigencia solo puede tenerse por
cumplida si E, en cuanto efecto de C, no es una novedad, sino una
repetición de otros efectos de la misma clase, de los que consta que
son producidos siempre y exclusiva­mente por eventos de la clase
ya establecida a la que pertenece C. Finalmente, Bunge ofrece este
epítome de sus enseñanzas sobre las limitaciones de la causalidad:
“La causalidad pura y estricta no opera nunca ni en parte alguna.
La causalidad opera aproximadamente en ciertos procesos limitados
en el espacio y en el tiempo –y aun entonces solo en respectos parti-
culares–. Las hipótesis causales no son más (ni menos) que recons-
trucciones toscas, aproximadas, unilaterales de la determinación;
suelen ser enteramente prescindibles, pero a veces son adecuadas e
indispensables” (1979:337-338; en cursiva en el original).
En el último tercio del siglo XX se suceden las publicaciones
filosóficas sobre la noción de causa, generando una bibliografía
abrumadora. Como guía para el lector, menciono las principales:
G.E.M. Anscombe (1971), David Lewis (1973), Rom Harré y Edward
H. Madden (1973), Georg Henrik von Wright (1974), John L. Mac-
kie (1974), Wesley C. Salmon (1984), Michael Tooley (1987, 1997),

302
Roberto Torretti

Nancy Cartwright (1989), D. H. Mellor (1995) y Judea Pearl (2000).


Les precedió en 1969 la reedición ampliada del incisivo libro de Curt
John Ducasse (1924). A comienzos del siglo XXI aparece la obra de
James Woodward (2003), a la que me referiré para terminar.10 Pero
antes de abordarlo, creo oportuno decir dos palabras sobre las teo-
rías probabilistas de la causalidad que ha inspirado la importancia
creciente de las regularidades estadísticas en las ciencias sociales y
naturales. Están calculadas para que sea lícito decir, por ejemplo,
que fumar tabaco causa cáncer pulmonar, por cuanto la probabili-
dad de contraer esta enfermedad es apreciablemente mayor entre
quienes lo fuman que en la población total, y el riesgo aumenta con
la cantidad fumada. Como la probabilidad toma valores reales en
el intervalo no numerable [0,1], mientras que las atribuciones de
causalidad toman valores veritativos en el conjunto binario {V,F},
la coordinación entre ambas nociones ineludiblemente acaba siendo
arbitraria. Si la ingeniería genética crease un tabaco menos riesgoso
que el corriente, ¿a cuánto exactamente debería llegar la referida
probabilidad para que admitiéramos que fumar este tabaco no causa
cáncer pulmonar? Las teorías probabilistas de la causalidad han
procurado ocupación y prestigio a muchos profesores de filosofía,
pero dudo que hayan contribuido a la inteligibilidad del acontecer.
Por otra parte, el empleo de una noción probabilista de causa por
médicos u otros expertos, sin excluir formalmente las connotaciones
de la noción tradicional familiar al público en general, ha facilitado
sin duda la introducción de medidas que pacientes, periodistas y
legisladores quizás se resistirían a adoptar si se argumentara más
perspicuamente en su favor.
James Woodward titula su libro con una frase –Making Things
Happen, “Hacer que las cosas ocurran”– que aun un niño pequeño en-
tenderá en el acto, sin explicaciones en términos de algo diferente.11 De
hecho, hacer que algunas cosas ocurran y otras no es nuestra principal
ocupación de cada día, desde el momento en que echamos a correr el

10. A mi “guía para el lector” debo añadir el estimulante libro colectivo editado
por Huw Price y Richard Corry (2007), que bien puede servir de base a un
curso universitario sobre el estado de la cuestión.
11. La frase elegida por Woodward elimina pues de una plumada la exigencia
tradicional de elucidar la supuestamente oscura noción de causa y con ello,
espero, la práctica de aducir con este propósito otras francamente más oscuras,
como la conexión necesaria entre impresiones sensibles contiguas y sucesivas
(David Hume) o la evolución imaginaria de un mundo distinto del nuestro pero
muy similar a él (David Lewis).

303
Nota histórica sobre la noción de causa

agua para la ducha matinal hasta que apagamos las luces por la noche
para ponernos a dormir. Woodward no pretende poseer una noción más
perspicua a la que los conceptos de causa y efecto puedan “reducirse”,
sino que desenfadadamente elucida la causalidad mediante la noción
indisimulablemente causal de intervención. Más significativamente
quizás. Woodward supone que cada aseveración causal es siempre
relativa a un conjunto de variables pertinentes. En sus términos, dado
un conjunto de variables V = {F, G, H,…, Q}, cada una de las cuales
admite cierto número de valores (dos o más, y posiblemente un conti-
nuo), una condición necesaria y suficiente para que F sea una causa
directa de G con respecto al conjunto V es que haya una intervención
posible sobre F que alteraría a G o a la distribución probabilística de
G si todas las otras variables H,…, Q  Π V se mantienen fijas, cada
una en un valor determinado. Una condición necesaria y suficiente
para que F sea una causa contribuyente de G con respecto a V es que
haya (i) un conjunto de variables Z1,…, Zn  ΠV tal que Z1 = F, Zn =
G y, para cada k tal que 1 ≤ k < n, Zk sea la causa directa de Zk+1 con
repecto a V, y (ii) una intervención posible sobre F que alteraría G o la
distribución probabilística de G si todas las variables en V\{Z1,…,Zn}
se mantienen fijas.
La selección del conjunto de variables relativamente al cual se
asevera que existe una relación causal dependerá ciertamente de las
circunstancias del caso, pero también del contexto en que la aseveración
se hace, y específicamente del proyecto humano en interés del cual se la
hace. Así pues, el concepto de causalidad es estrictamente pragmático.
Desde este punto de vista filosófico no hay ninguna esperanza de en-
contrar el llamado “orden causal del universo”, ni siquiera de hallarle
un sentido a la idea de que tal orden existe. Judea Pearl (2000:350) lo
ha visto y descrito con gran lucidez: “Si usted quiere incluir el universo
entero en el modelo, la causalidad desaparece, porque desaparecen las
intervenciones –se borra el distingo entre el manipulador y el mani-
pulado–. Sin embargo, los científicos rara vez consideran la totalidad
del universo como objeto de investigación. En la mayoría de los casos,
el científico escinde un trozo del universo y proclama que ese trozo
está dentro –a saber, del foco de la investigación–. El resto del uni-
verso se considera entonces fuera, o trasfondo, y se resume en lo que
llamamos condiciones de frontera. Esta selección de dentros y fueras
(ins and outs) introduce asimetría en nuestro modo de considerar las
cosas y esta asimetría es lo que nos permite hablar de ‘intervención
externa’ y por ende de causalidad y de la dirección que va de la causa
al efecto”. El análisis causal pende pues de “la manera como trozamos

304
Roberto Torretti

el universo”, y “este trozado se da tácitamente por supuesto en toda


investigación científica”.12
En la brillante elucidación de la noción de causa propuesta por
Woodward, el aspecto más bienvenido para mí reside en que desliga
esta noción, espero que definitivamente, de la conexión necesaria en-
tre estados sucesivos de un sistema dinámico regido por ecuaciones
diferenciales (sdred) con que los filósofos de la ciencia –con la señalada
excepción de Bunge– han solido confundirla. No es posible analizar
un sdred en términos de redes causales como las explica Woodward.
Consideremos un sistema dinámico clásico que evoluciona desde el
tiempo t1 hasta el tiempo t2. ¿Es correcto aseverar que el estado S1 del
sistema en el instante t1 es la causa de su estado S2 en el instante
t2? Sabemos que la aseveración solo tiene sentido si es relativa a un
conjunto V de variables. Si el conjunto V = {S1,S2} la respuesta a la
pregunta es: sí, por cierto, S1 es una causa directa de S2, puesto que S2
será alterado por cualquier intervención sobre S1 que deje intocadas
todas las demás variables pertinentes (esto es incuestionable­mente
así, dado que las variables mencionadas son todas las que hay). Pero,
claro está, este enfoque no presta ninguna atención al modelado del
sistema como un sdred, sino que lo trata como una “caja negra” con
input S1 y output S2. Un genuino análisis causal de la evolución de
nuestro sdred debe incluir en el conjunto de variables pertinentes V
los estados del sistema en instantes t entre t1 y t2. Ahora bien, debido a
la unicidad de las soluciones de las ecuaciones diferenciales de la me-
cánica clásica, ninguno de estos estados puede mantenerse fijo cuando
se interviene en S1. Por tanto, según Woodward, S1 no es una causa
directa de S2, con respecto al conjunto así enriquecido de variables
V. Ni es S1 una causa indirecta o contribuyente de S2, pues ninguna
secuencia finita Z0,…, Zn de estados sucesivos del sistema tales que
S1 = Z0 y S2 = Zn puede satisfacer la condición de que, para cada k,
Zk sea la causa directa de Zk+1 con respecto a V (0 ≤ k < n). Esto se
comprueba fácilmente si reemplazamos S1 con Z k y S2 con Zk+1 en el

12. Dicho trozado resuelve la cuestión de establecer los atributos característicos


de las clases C y E que mencioné a propósito de la definición de causa propuesta
por Bunge. Como dije arriba, este no es un problema filosófico, sino científico,
y el investigador ha de resolverlo cada vez que se presente, recurriendo a su
leal saber y entender y a las luces que le procure la tradición dentro de la
cual trabaja. Platón (Fedro 265e2) reclama que trocemos la realidad en sus
coyunturas; pero en el flujo del acontecer solo aparecen las coyun­turas que
traza, según sus intereses, la inteligencia discursiva y práctica.

305
Nota histórica sobre la noción de causa

argumento anterior. También se puede ver que es así si recordamos


que los estados instantáneos de un sistema mecánico clásico no tie-
nen sucesores inmediatos (si los tuviesen, la evolución del sistema no
podría estar regida por ecuaciones diferenciales). En un ensayo sobre
“La causalidad en un mundo físico”, Hartry Field (2003) sugiere que
la evolución de un sistema de esta clase puede considerarse como el
caso límite de una red causal discreta como las admitidas por Spirtes,
Glymour y Scheines (2000), por Pearl (2000), o por Woodward (2003).
Pero esta sugerencia no vale de nada: si los términos de una cadena
causal Z0,…, Zn se aumentan indefinidamente podremos obtener una
secuencia infinita pero numerable, con un orden que podría ser denso
en sí mismo, y que quizás nos allanemos a llamar ‘causal’, pero que de
ningún modo es continuo, como tiene que serlo una curva lisa t → St
en el espacio de las fases de un sistema mecánico clásico, que asigne
un estado St a cada instante t.
De este modo, tal como sostuvo Russell (1913), la física teórica ha-
bría descartado, mediante la invención de los sdreds, la venerable noción
de causa para beneficiarse con las ventajas incomparables del análisis.
Pero las otras ciencias no pueden seguir su ejemplo, ni siquiera la física
experimental. Subsistiría entonces una tensión permanente entre la físi-
ca teórica y las demás ciencias, a menos que aquella, en esta edad de las
computadoras, aprenda a arreglárselas con la matemática finita. Por otra
parte, se ha hablado últimamente de “mecanismos causales” (Machamer
et al., 2000; Woodward 2002, 2011), una noción que permitiría conjugar
las redes causales discretas de Woodward, Pearl, etc. con la evolución
continua de los sdreds. “Un mecanismo consiste en un conjunto particu-
lar de partes que llevan a cabo operaciones específicas, organizadas de
modo que produzcan un dado fenómeno” (Bechtel 2008:4). Bien podemos
figurarnos que cada parte de un mecanismo se deje modelar como un
sdred (u otra estructura matemática atada interna­mente por relaciones
de necesidad lógica), mientras que el funcionamiento conjunto de estas
partes en un mecanismo operante depende de vínculos causales. Pero
esta reflexión tendrá que quedar para otro trabajo.

Referencias Bibliográficas

Anscombe, G. E. M.: Causality and Determination: An Inaugural Lec-


ture, Cambridge, Cambridge University Press, 1971.
Bechtel, William: Mental Mechanisms: Philosophical Perspectives on
Cognitive Neuroscience, New York, Routledge, 2008.

306
Roberto Torretti

Bohm, David: “A suggested interpretation of the Quantum Theory in


terms of ‘hidden variables’”, en Physical Review, Vol. 85, 1952,
pp. 166-179, 180-193.
Bunge, Mario: Causality, Cambridge MA, Harvard University Press,
1959.
—Causality and Modern Science, Third revised edition, New York,
Dover, 1979.
Broglie, Louis de: Une interprétation causale et non linéaire de la
mécanique ondulatoire: la théorie de la double solution, Paris,
Gauthiers-Villiars, 1956.
Cartwright, Nancy: Nature’s Capacities and Their Measurement,
Oxford, Clarendon Press, 1989.
Comte, Auguste: Discours sur l’esprit positif, Paris, Carilian-Goeury
et Von Dalmont, 1844.
Ducasse, Curt John: Causation and the Types of Necessity, Seattle,
WA, University of Washington Press, 1924.
—Causation and the Types of Necessity, supplemented with four ar-
ticles by the author, New York, Dover, 1969.
Falkenburg, Brigitte: Mythos Determinismus, Wieviel erklärt uns die
Hirnforschung, Heidelberg, Springer, 2012.
Field, Hartry: “Causation in a Physical World”, en Loux, M. y Zimmer-
man, D. The Oxford Handbook of Metaphysics, Oxford, Oxford
University Press, 2003, pp. 435-460.
Harré, Rom y Madden, Edward H.: Causal Powers: A Theory of Natural
Necessity, Oxford, Basil Blackwell, 1973.
Kant, Immanuel (KrV, B): Critik der reinen Vernunft, Zweyte hin und wie-
der verbesserte Auflage, Riga, Johann Friedrich Hartknoch, 1787.
Lewis, David: “Causation”, en Journal of Philosophy, Vol. 70, 1973,
pp. 556-567.
Machamer, Peter; Darden, Lindley y Craver, Carl F.: “Thinking about
Mechanisms”, en Philosophy of Science, Vol. 67 2000, pp. 1-25.
Mackie, John L.: The Cement of the Universe: A Study of Causation,
Oxford, Clarendon Press, 1974.
Mehlberg, Henrik: “Essai sur la théorie causale du temps”, en Studia
philosophica, Vol. 1, 1935, pp. 119-260; Vol. 2, 1937, pp. 111-231.
Mellor, D. H.: The Facts of Causation, London, Routledge, 1995.
Mill, John Stuart: A System of Logic Ratiocinative and Inductive, Being
a Connected View of the Principles of Evidence and the Methods
of Scientific Investigation, Collected Works of John Stuart Mill,
Vol. VII, Editor of the text: J.M. Robson, Introduction by R.F.
McRae, Toronto, University of Toronto Press, 1974.

307
Nota histórica sobre la noción de causa

Newton, Isaac: Philosophiæ naturalis principia mathematica, Londini,


Jussu Societatis Regiae ac Typis Josephi Streater, 1687.
Paton, Herbert James: Kant’s Metaphysic of Experience: A commen-
tary on the first half of the Kritik der reinen Vernunft, London,
George Allen & Unwin, 1936.
Pearl, Judea: Causality, Models, Reasoning and Inference, Cambridge,
Cambridge University Press, 2000.
Price, Huw y Corry, Richard (eds.): Causation, Physics, and the Consti-
tution of Reality, Russell’s Republic Revisited, Oxford, Clarendon
Press, 2007.
Reichenbach, Hans: Philosophie der Raum-Zeit-Lehre, Berlin, W. de
Gruyter, 1928.
Robb, A. A.: A Theory of Time and Space, Cambridge, Cambridge
University Press, 1914.
Russell, Bertrand: “On the notion of cause”, en Proceedings of the
Aristotelian Society, Vol. 13, 1913, pp. 1-26.
Sakurai, J. J.: Modern Quantum Mechanics, San Fu Tuan, editor,
Revised Edition, Reading, MA, Addison-Wesley, 1994.
Salmon, Wesley: Scientific Explanation and the Causal Structure of
the World, Princeton, NJ, Princeton University Press, 1984.
Spirtes, Peter; Glymour, Clark y Scheines, Richard: Causation, Pre-
diction and Search, Cambridge MA, MIT Press, 2000.
Tooley, Michael: Causation, A realist approach, Oxford, Clarendon
Press, 1987.
—Time, Tense, and Causation, Oxford, Clarendon Press. 1997.
Weinert, Friedel: “Wrong theory-Right experiment, The significance
of the Stern-Gerlach experiments”, en Studies In History and
Philosophy of Modern Physics, Vol. 26, 1995, pp. 75-86.
Woodward, James: “What is a mechanism? A counterfactual account”,
en Philosophy of Science, Vol. 69, 2002, pp. 366-377.
—Making Things Happen, A Theory of Causal Explanation, Oxford,
Oxford University Press, 2003.
—“Mechanisms revisited”, en Synthese, Vol. 183, 2011, pp. 409-427.
Wright, Georg Henrik von: Causality and Determinism. New York,
Columbia University Press, 1974.

308
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos
en la mecánica cuántica

Héctor Vucetich1

Homenaje a Mario Bunge,


maestro y amigo

Introducción

La Mecánica Clásica (Vucetich, 2008) es una de las teorías más exitosas


de la Física: desde el movimiento planetario al diseño de automóviles,
aviones y heladeras describe correctamente todos los fenómenos me-
cánicos que ocurren a escala macroscópica.
En escala microscópica, por otra parte, la aplicación de la Mecá-
nica Clásica plantea problemas insolubles: no es posible describir la
estabilidad de la estructura atómica o molecular y hay muchos proble-
mas donde no se obtienen resultados concordantes con la experiencia.
La Mecánica Cuántica (Dirac, 1958; Messiah, 1995) resolvió todos
estos problemas a cambio de introducir una serie de serios problemas
ontológicos, tales como los que planteamos aquí.

1. El autor desea agradecer a S. E. Pérez Bergliaffa, G. E. Romero y P. D.


Sisterna por sus comentarios sobre el trabajo. También a G. M. Denegri por
su invitación a redactar este trabajo.

309
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

Las dos teorías

Describamos la estructura conceptual de ambas teorías, que difie-


ren profundamente entre sí. Lo haremos describiendo los modelos de cosa
introducidos por ambas teorías, en el caso particular del “problema de
un cuerpo” primero y algo sobre el “problema de muchos cuerpos” luego.

La mecánica clásica

El objeto básico de la Mecánica Clásica se modela como un punto


masa: un objeto caracterizado por tres propiedades: su masa m y su po-
sición r y velocidad v respecto de un sistema de referencia que a su vez
se modela como un sistema de coordenadas cartesianas y un eje temporal
(Fig. 1). Mientras que la masa es una propiedad escalar, que se representa
como un número real, tanto la posición como la velocidad de representan
como vectores, que indican intensidad y dirección del la misma.2
El estado de un sistema está definido como la lista de sus propie-
dades (Bunge, 1977) y, en el caso de una partícula, está determinado
por el valor de la masa m y de las componentes de los vectores posición
r y velocidad v.

Figura 1: Esquema de un Sistema de Referencia

2. Desde ahora en adelante, por abuso de lenguaje, no distinguiremos entre


una propiedad y su representación en el modelo. Hablaremos, al estilo físico,
de la “posición r” en lugar de “posición representada por r”.

310
Héctor Vucetich

Es conveniente introducir una propiedad dinámica de la partícu-


la, la cantidad de movimiento p=mv. En la versión newtoniana de la
mecánica clásica es una cantidad derivada (pero que representa otra
propiedad del cuerpo) pero en la versión hamiltoniana la cantidad de
movimiento pasa a ser una propiedad básica mientras que la veloci-
dad es una propiedad derivada. Tanto es así que en esta versión de la
teoría se llama impulso.
La ley dinámica se representa como una ecuación diferencial: la
Segunda Ley de Newton
(1)

Lo característico de esta ley es que dada la fuerza F y las con-


diciones iniciales 〈r0v0〉 existe una única trayectoria de la “partícula”
r(t) para todo tiempo t, pasado y futuro. Se dice que la evolución del
sistema está determinada.
En Mecánica Clásica, un sistema de n puntos masa tienen tra-
yectorias determinadas por las fuerzas externas F que actúan sobre
cada una de las “partículas” y por las fuerzas internas Fij y la ley de
movimiento (1) se aplica a cada una de las partículas

(2)

El estado de este sistema queda determinado por las n séptuplas


que describen el estado de cada una de las partículas 〈mi, ri, vi〉.
Esta ley involucra que cada partícula sigue una trayectoria
determinada por las leyes (2) y las correspondientes condiciones ini-
ciales. Esto implica que el estado presente del sistema determina sus
estados futuros (y también los pasados) en forma única. En palabras
de Laplace (1902)

Podemos mirar el estado presente del universo como el efecto del pasado
y la causa de su futuro. Un intelecto que en cualquier momento dado
supiese todas las fuerzas que animan la naturaleza y las posiciones de
los seres que la componen, y si este intelecto fuera lo suficientemente
vasto para someter los datos al análisis, podría condensar en una simple
fórmula el movimiento de los grandes cuerpos del universo y del átomo
más ligero; para tal intelecto nada sería incierto y el futuro así como el
pasado estarían frente sus ojos.

311
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

Mecánicacuántica

El objeto básico de la Mecánica Cuántica es un cuantón.3 El mo-


delo de objeto básico un paquete de ondas: una superposición de ondas
planas cuya interferencia modela el objeto (Fig. 2). Esta noción está
tomada del Electromagnetismo o de la Mecánica del Continuo, donde se
exige que sea una función de cuadrado integrable para garantizar que
su energía sea finita. Esto garantiza que las funciones sean elementos
de un Espacio de Hilbert apropiado.

Figura 2: Un paquete de ondas

Las nociones de sistema de referencia y tiempo se toman de la


mecánica clásica. Las propiedades de las “partículas”, en cambio, se
representan como operadores hermitianos que actúan sobre los paque-
tes de onda. La representación estándar es

(3)

3. Usamos este nombre “neutro”, propuesto por Mario Bunge, como alternativa
a otros como “partícula” u “onda”. De vez en cuando, por abuso de lenguaje,
los usaremos en lugar de cuantón.

312
Héctor Vucetich

y la energía de un sistema cuántico sencillo se representa en la forma


(4)

La ley dinámica que reemplaza la segunda ley de Newton es la


ecuación de Schrödinger

(5)

que es lineal y permite a aplicación del Principio de Superposición para


construir paquetes de ondas a partir de soluciones sencillas de (5). Para
el caso de un cuantón libre, las ondas planas son tales soluciones y se
obtiene la forma

(6)

que describe la propagación del paquete durante el tiempo.


Si el paquete de ondas está normalizado

(7)

es posible interpretar a |ψx| como la densidad de probabilidad de que


el cuantón “esté”4 en el intervalo dx. Esta es la interpretación de Born5
de la función de onda, por la que recibió el premio Nobel en 1954.
Observemos que en Mecánica Clásica las propiedades x(t) y p(t) se
representan como funciones reales del tiempo. En Mecánica Cuántica
los operadores hermíticos ̂x y ̂p no tienen valores numéricos y no son

4. La palabra “esté” tiene un significado técnico aquí.


5. Más precisamente: una versión realista de la interpretación de Born,
introducida por Bunge [5], donde se introduce una interpretación rigurosa
del paquete de ondas.

313
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

funciones del tiempo.6 Los cambios en las propiedades se describen a


través de los valores medios de los operadores que las representan.
Por ejemplo


(8)


(9)

en donde hemos suprimido algunos signos para simplificar las ecuacio-


nes. Las ecuaciones (8) muestran que en general los valores asignados a
las propiedades por la regla de promedios son dispersivos: la desviación
estándar de la propiedad (que en Mecánica Cuántica suele llamarse
incerteza) por lo general no se anula.
Finalmente, mencionemos que el estado de un sistema cuántico
no está dado por los valores de las coordenadas (ya que los operadores
no tienen valores numéricos), sino que está determinado por el paquete
de ondas. Este último actúa, pues, como un descriptor de estado.

Dos rendijas

Este “experimento mental” enfatiza las diferencias entre ambas


teorías y Feynman (1965) ha afirmado

…a phenomenon which is impossible…to explain in any classical way,


and which has in it the heart of quantum mechanics. In reality, it con-
tains the only mystery.

Tomaremos el caso “clásico”, en que el cuantón es un fotón que


incide sobre dos rendijas en una pantalla. La luz que las atraviesa
incide sobre otra pantalla. La imagen que se forma sobre esta muestra
bandas alternadas, claras y oscuras, que se deben a la interferencia
de las ondas que provienen de ambas rendijas.7

6. Esta formulación se conoce como descripción de Schrödinger. Otras


formulaciones, (tales como la descripción de Heisenberg), con analogías más
fuertes con la Mecánica Clásica, pueden verse en los libros de texto.
7. La idea de una “función de onda (plana) del fotón” usada aquí está explicada
en las referencias (Feynmann, 1961; Bjorken, 1964).

314
Héctor Vucetich

Existen numerosos análisis del fenómeno (Sommerfeld, 1956) que


está descripto cualitativamente por las figuras.

Figura 3: Esquema del experimento de Young

Figura 4: Explicación del experimento de Young [17]

Figura 5: Imagen de difracción por dos y cinco rendijas

Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/Diffraction.

La figura 3 muestra los trayectos esquemáticos de los trenes de


ondas que inciden sobre la segunda pantalla, la figura 4 muestra el
dibujo de Young (1804) que explica la formación de dichas bandas y la
figura 5 muestra la imagen formada por dos y cinco rendijas.
El experimento se ha repetido con luz tan débil que los foto-
nes cruzan las rendijas de a uno por vez, y la mecánica cuántica

315
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

predice que el mismo fenómeno va a ocurrir con “partículas” como


los electrones.
Para interpretar estos fenómenos vale la pena preguntarse ¿qué
“tamaño” tiene un fotón? Imaginemos un átomo aislado en el espacio
interestelar. ¿Qué tamaño típico tiene un fotón emitido en el espacio?
Sean Te el tiempo típico de emisión del fotón y c la velocidad de la luz.
Entonces

(10)

En las condiciones usuales, el tiempo de emisión es mucho más


corto debido a los choques del átomo que emite con sus hermanos, que
son mucho más frecuentes y “achican” el tamaño del cuantón y para
observarlo hay que tomar precauciones especiales (Sommerfeld, 1956;
Born, 1970).
El mismo experimento puede repetirse usando electrones, constru-
yendo rendijas lo suficientemente pequeñas ya que los correspondientes
paquetes de onda son muy chicos (Bach, et al., 2013), y en este caso
también se observan las líneas de interferencia. Además, el experi-
mento se ha repetido con átomos y aun con “buckyballs”, consideradas
como objetos “clásicos” debido a su masa.

Reducción de la Función de Onda

Nuestras consideraciones sobre el “tamaño” del paquete de ondas


sugieren que esto explica el fenómeno analizado, pero no es así. El
extraño comportamiento del cuantón cuando incide sobre la segunda
pantalla contradice esta esperanza ingenua. Por ejemplo, es posible
hacer el experimento con luz tan débil que los fotones incidan sobre la
pantalla separados por intervalos muy largos: “uno por uno”. Aunque
cada fotón atraviese ambas rendijas, ilumina una región puntiforme en
la segunda pantalla y su energía se concentra en la misma. Los puntos,
sin embargo se distribuyen con la frecuencia que indica la distribución
de probabilidad (Bach, et al., 2013).

316
Héctor Vucetich

Figura 6: Formación de una imagen de interferencia

Fuente: http://en.wikipedia.org/wiki/Double-slit-experiment.

El proceso de “desaparición” de la función de onda durante la


transición de un estado al otro se llama “reducción” (o “colapso”) del
paquete de ondas y suele interpretarse como el pasaje de un estado
cuántico a uno “cuasiclásico”, en que el cuantón se comporta como un
objeto puntiforme. Como el modelo de objeto básico en Mecánica Clá-
sica, cuya posición está bien definida, es muy distinto del objeto básico
en Mecánica Cuántica el proceso de “colapso” no está bien definido y
no hay enunciados de ley que lo representen.

“Partículas idénticas”

De Leucipo y Demócrito hemos heredado la idea de “átomos”


cuyas propiedades intrínsecas, tales como masa m, carga eléctrica e o
spin s tienen exactamente el mismo valor. Estas “partículas” se llaman
usualmente “idénticas”.8

8. Este es un abuso de lenguaje, ya que “idéntico” significa que todas sus


propiedades son iguales, ya sean intrínsecas o relacionales. Un nombre mejor
podría ser cuantones equivalentes.

317
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

La equivalencia de cuantones implica una nueva simetría en la


ecuación de Schrödinger que produce resultados sorprendentes, sin
analogía con la Mecánica Clásica. Por ejemplo, todas las “partículas”
del mismo tipo se tratan en forma igualitaria. En particular, su inte-
racción con el campo electromagnético es la misma.
La combinación de “identidad”, delocalización de cuantones y es-
pacio tridimensional fuerza que la función de onda debe ser totalmente
simétrica o antisimétrica bajo una permutación de los cuantones. Este
teorema se llama Principio de Simetrización (Messiah, 1995).9

Fotones en la pantalla

Apliquemos esas ideas para describir el comportamiento del fotón


durante una colisión con la segunda pantalla. Puesto que los electrones
son “partículas idénticas” el campo electromagnético debe interactuar
con ellos en forma “igualitaria”. Si el operador corriente eléctrica para
cada electrón es

(11)

el hamiltoniano de interacción es “democrático” en la corriente electrónica

(12)

y, más aún, el fotón interactúa con cada electrón como si los demás
no existiesen.
Consideremos, por ejemplo, la interacción de un fotón con una
“pantalla de gas”. Si bien el hamiltoniano (12) describe la interacción
del fotón con todos los electrones presentes sólo uno es capaz de absorber
el fotón y ese electrón (¿cuál? ) está localizado en un átomo. La teoría
no describe cuál de los electrones es excitado primero.
Pero los electrones de la pantalla (si no es conductora) están
ligados a un átomo en una región cuya escala es del orden de un

9. Para una demostración a partir de un sistema axiomático, véase Romero,


et al., (1996).

318
Héctor Vucetich

Ångström, y la energía absorbida transferirá al electrón a un estado


excitado que puede pertenecer a la banda de conducción en un semi-
conductor o incluso arrancarlo del metal en un efecto fotoeléctrico. La
probabilidad por unidad de tiempo para esta transición entre el estado
“fundamental” y el “excitado” es

(13)

en donde el último factor es el elemento de matriz del operador posición


entre los estados. Esta es una cantidad microscópica, del “tamaño”
del átomo.
Consideremos ahora la interacción entre el fotón y la pantalla.
Aunque el operador Hamiltoniano describe la interacción entre todos
los electrones y el campo, sólo uno va a absorber el fotón (¿cual?) y ese
electrón está localizado en un átomo de la pantalla. Esto explica el
comportamiento “tipo partícula” del cuantón. Pero el cálculo teórico no
puede predecir cual de los electrones será excitado, por el tratamiento
“democrático” de la interacción.

Conclusiones

El modelo clásico de cosa no permite interpretar algunos fenóme-


nos del mundo microscópico. El modelo cuántico: un paquete de ondas
cuyas propiedades se representan como operadores que actúan sobre
el espacio de Hilbert, permite una interpretación. Este modelo, sin em-
bargo, no es intuitivo para nosotros. Las propiedades del cuantón, como
lo muestran las ecuaciones (8), son dispersivas tanto para la posición
como para el impulso. Más aún: la dispersión de esas variables canó-
nicas conjugadas debe satisfacer la relación de incerteza de Heisenberg

(14)

que implica que ninguna puede anularse para un paquete de tamaño


finito y ancho de banda limitado.
Pero lo que es más importante, incluso cantidades conservadas,
tales como la energía, son dispersivas en un estado general

319
¿Partículas u ondas? Problemas ontológicos en la Mecánica Cuántica

(15)

(16)

La noción de posición precisa está tan arraigada entre nosotros


como la de tiempo newtoniano absoluto, independiente del espacio.
Tal vez estas nociones tuvieron un valor de supervivencia hace al-
gunos miles de años, lo que dificulta aceptarlas como “cosa natural”.
Pero una ontología moderna debe partir de una interpretación de los
hechos experimentales y el modelo cuántico de cosa es un buen punto
de partida para esta indagación.

Referencias Bibliográficas

Bach, R.; Pope, D.; Liou, S.-H. y H. Batelaan: “Controlled double-slit


electron diffraction”, en New Journal of Physics, 15(3):033018,
marzo de 2013.
Bjorken, J. D. y Drell, S. D.: Relativistic Quantum Mechanics, New
York, McGraw Hill, 1964.
Born, Max y Wolf, Emil: Principles of Optics, Pergamon Press, 4 edi-
tion, 1970.
Bunge, Mario A.: Foundations of physics. Springer, Berlin, 1967.
—Ontology I: The furniture of the World. Treatise of Basic Phylosophy,
Reidel Publishing Company, Dordrecht, Holland, 1977.
Dirac, P. A. M.: The Principles of Quantum Mechanics, Oxford, Oxford
University Press, 4 edition, 1958.
Feynmann, R. P.: Quantum Electrodynamics. Frontiers in Physics,
Benjamin, 1961.
Feynman, R. P. ; Leighton, R. y Sands, M.: The Feynman Lectures in
Physics, volume 3, New York, Addison-Wesley, 1965.
Messiah, A.: Mécanique Cuantique. Dunond, Paris, 2 edition, 1995.
Laplace, marquis of Pierre Simon: A philosophical essay on probabili-
ties, New York, Wiley, 1902.
Romero, G. E.; Pérez Bergliaffa, S. E. y Vucetich, H.: “Axiomatic foun-
dations of Quantum Mechanics revisited: the case for systems”,
en Int. J. Theor. Phys., 35:1805, 1996.
Sommerfeld, A.: Optics. Lectures in Theoretical Physics, New York,
Addisson-Wesley, 1956.
Vucetich, Héctor: Introducción a la Mecánica Analítica, Buenos Aires,
Eudeba 2008.

320
Héctor Vucetich

Young, T.: “The Bakerian Lecture: Experiments and Calculations Rela-


tive to Physical Optics”, en Royal Society of London Philosophical
Transactions Series I, 94:1–16, 1804.

Internet

http://en.wikipedia.org/wiki/Diffraction.
http://en.wikipedia.org/wiki/Double-slit-experiment.
http://en.wikipedia.org/wiki/Young-interference-experiment.

321
Breves consideraciones sobre
parasitismo animal

Francisco Gerardo Yannarella1

La prodigiosa personalidad del Dr. Bunge unida al talento de su pen-


samiento lo convierte en un virtuoso “provocador” epistémico y conse-
cuentemente en uno de los más preclaros filósofos contemporáneos de
las ciencias. A él nuestro profundo respeto y consagrada admiración.

Introducción

La presente contribución va dirigida a todo aquel que esté interesado


en incursionar sobre los fundamentos teóricos de la parasitología ani-
mal y ser partícipe de la discusión que plantean las diferentes visiones
conceptuales sobre el tema en cuestión.
Sirva entonces esta breve introducción para dejar planteada nues-
tra propuesta: promover espacios de debate sobre diferentes aspectos
que interesen al desarrollo de la teoría sobre el Parasitismo animal
en adelante “El Parasitismo”.
En más de una oportunidad nos hemos interrogado acerca de:
¿Qué es el Parasitismo? ¿Dónde radican los límites entre Parasitismo
y Parasitosis? ¿Cuál es nuestra visión sobre el fenómeno relacional
que pesa sobre el Parasitismo? ¿Es la Parasitosis la meta de El Pa-
rasitismo?

1.Deseo agradecer muy especialmente al Dr. Guillermo M. Denegri por


concederme la posibilidad de participar del homenaje al Dr. Mario A. Bunge
en su nonagésimo quinto aniversario.

323
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

Estas son algunas de las preocupaciones que nos mueven a


reflexionar sobre los interesantes problemas que encierra el aconteci-
miento biológico que ocupa nuestra atención.
Desde el umbral teórico resulta un fuerte desafío epistemológico
intentar desentrañar los procesos que encierra El Parasitismo en su
complejidad fenoménica. Sabemos que el intento puede arrastrarnos y
hacernos caer en la trampa de la imprudencia especulativa. El riesgo
siempre está presente, sobre todo cuando se discurre usando como
única herramienta supuestos discutibles, sobre una disciplina que
nutre su cuerpo de conocimientos sobre la observación experimental
como hecho definitorio de la realidad.
Sin embargo la verificación de un fenómeno por la practica expe-
rimental no representa un acontecimiento científico consumado, por
el contrario, es el comienzo de nuevas expectativas que movilizan la
crítica especulativa, práctica necesaria para el desarrollo de nuevas
hipótesis de trabajo.
Históricamente la Parasitología clásica y en especial aquella rama
que se ocupa de El Parasitismo en los animales domésticos han desarro-
llado su contenido centrando su atención en el propio parásito como foco
de interés. Se ha estudiado su morfología, ubicación sistemática, biología
y patogenia e incidencia en sanidad animal y al propio tiempo su reper-
cusión en la salud humana en aquellas Parasitosis de carácter zoonótico.
Esta visión focalizada en el parásito y sus efectos, ha descuidado
la observancia del parasitismo como fenómeno biorrelacional o mejor
dicho, fenómeno que relaciona de una manera interactiva los térmi-
nos parásito-huésped-entorno, conformando una unidad funcional de
arquitectura compleja.
Según nuestra crítica cualquier tendencia que sintetice en el
parásito y sus efectos el cuerpo conceptual del conocimiento disciplina-
rio, nos permitirá conocer en detalle su morfología, fisiología y acción
sobre el hospedador, etc. Pero nos resultará insuficiente para percibir
el parasitismo en su esencia fenoménica. Una visión parcializada nos
conducirá hacia una interpretación fragmentada de la realidad, des-
dibujando el panorama de contextualidad.
Por el contrario, si ensayamos abordar el fenómeno a partir de su
propia naturaleza, tendremos una integración relacional estructurada
por una sucesión de eslabones como componentes de una secuencia
dinámica organizada con características funcionales propias, una
verdadera y compleja entidad funcional.
La parasitología como todo conocimiento científico consagra
su estudio a partir de construcciones teóricas que fundamentan su

324
Francisco Gerardo Yannarella

estructura conceptual o cuerpo de doctrina. De esta manera el desarro-


llo del saber parasitológico irá formalizando pautas conceptuales que
pueden resultar hipótesis compatibles con la realidad, promoviendo
avances cognoscitivos de interés disciplinario.
En síntesis, podríamos decir que teorizar sobre parasitología,
resulta una práctica apriorística fundamental y necesaria para cual-
quier intento empirista. Sin un adecuado soporte teórico es factible el
enfrentamiento con dificultades en cuanto a la interpretación global
del fenómeno relacional, debido a las intrincadas interacciones de
procesos mediante los cuales entran en juego complejos mecanismos
biofísicos y bioquímicos entre organismos pertenecientes a especies
diferentes y alejadas en cuanto a su ubicación zoológica, fenómeno en
sí que demanda una mirada contextual.
Encuadrados en esta corriente de pensamiento, consideramos
que las construcciones teóricas especulativas abren un espacio discur-
sivo donde se dan las condiciones necesarias para analizar y debatir
posiciones conceptuales que nos permita acceder a nuevas líneas
interpretativas que contribuyen al progreso del conocimiento en pa-
rasitología. Esta sería en definitiva la misión, si se quiere, pródiga de
la parasitología teórica encargada de profundizar la indagación en
cuanto a la intimidad del Parasitismo como una necesidad epistémica.
La práctica reflexiva que nos propone la parasitología teórico-
especulativa apunta a ensayar visiones no convencionales en cuanto
a la interpretación del Parasitismo como fenómeno relacional relativo
a su particular naturaleza biológica.
En este sentido queremos hacernos eco del pensamiento del distin-
guido parasitólogo argentino Prof. Juan José Boero, cuando se refiere
al mundo de los parásitos y nos dice:” Este mundo constituye, tal vez,
uno de los capítulos más apasionantes de la biología porque introduce
al lector en el vasto campo de las reflexiones filosóficas” (Boero, 1967).
Obrar reflexivamente sobre el parasitismo nos ayudará a superar
rigurosidades disciplinarias que como pautas estáticas obran desfa-
vorablemente ante cualquier intento analítico con miras a promover
discusiones de carácter valorativo o plantear construcciones conceptua-
les desde la especulación teórica con fines interpretativos. Es bastante
frecuente observar como prejuicios de esta índole se comportan como
factores restrictivos, afectando de manera condicionante la vocación
de pensar con sentido crítico.
En otro orden de cosas, es sabido que el conocimiento científico,
en general, aspira a conocer en profundidad los hechos de la realidad
y las relaciones que guardan entre ellos. Es así que nuestro enfoque

325
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

intenta desarrollar un proceso analítico fundado en el concepto bajo


el cual consideramos El Parasitismo como un hecho biorrelacional de
carácter sistémico (Bunge, 1979, 2012a, 2012b). Resulta pertinente
no perder de vista que el conocimiento debe maximizar su esfuerzo en
aspiraciones cada vez más exigentes en cuanto a la búsqueda de flu-
jos conceptuales que encausen ideas y proposiciones hacia un espacio
incondicional de discusión

Parasitismo - Parasitosis

Con bastante frecuencia observamos como el parasitismo animal


es interpretado casi unánimemente a partir de los efectos injuriosos
e indeseables que bajo determinadas circunstancias los parásitos oca-
sionan a sus hospedadores.
Este particular punto de vista tiene sus razones en la relevancia
que significa la enfermedad parasitaria tanto en salud humana como
animal. Tal es así que desde esta visión restringida los parásitos solo
expresan enfermedad. Este modo de interpretar el fenómeno genera
un clima de perturbación conceptual sobre la idea de parasitismo y
parasitosis.
Desde el punto de vista etimológico Lombardero en su glosario
de términos parasitológicos establece las diferencias de significado
que dan identidad a cada uno de los términos (Lombardero, 1971).
Así tenemos que: parasitiasis es igual a estado de tolerancia mutua;
parasitismo es igual a asociación relacional y parasitosis es igual a
enfermedad parasitaria.
Sin embargo los términos parasitismo, parasitiasis y parasitosis
son tomados como equivalentes asignándoseles un significado común y
dejando de lado la naturaleza conceptual que encierran sus diferentes
contenidos.
Nuestro afán crítico apunta a poner las cosas en su debido lugar
con el fin de recuperar la formalidad conceptual subestimada.
El planteo crítico implica retornar a la naturaleza y recapitular
la historia del proceso fenoménico en acuerdo con los datos registrados
en comentarios bibliográficos.
Según nuestro criterio los conceptos parasitiasis y parasitismo
son complementarios y bien pueden fundirse en uno solo porque entre
ambos conjugan las dos propiedades básicas de la relación: tolerancia

326
Francisco Gerardo Yannarella

y estabilidad. Optamos entonces por reunir bajo el concepto parasitis-


mo las condiciones que identifican un modo de vida relacional entre
organismos diferentes -­ la estabilidad dinámica asimétrica.
Para dar claridad al concepto conviene desagregar los juicios que
lo estructuran y tendremos que; la estabilidad expresa la tolerancia
recíproca entre los miembros; la dinámica expresa la actividad inte-
ractiva y la asimetría está referida a la unilateralidad del beneficio
relacional en absoluto provecho del parásito.
La conjugación de los tres juicios determina la diferencia con otras
categorías de vida asociadas de características simbióticas.
La tolerancia recíproca que expresa el parasitismo como sostén
de la estabilidad dinámica ha sido comentada por varios autores,
entre ellos; Baer (1971) nos dice que “En condiciones normales nunca
matan los parásitos a sus huéspedes, porque significaría para ellos a
privarse del alimento y los conduciría al suicidio”. Boero cuando trata
en su obra la inmunidad de los ‘parásitos expresa:” Si examinamos los
innumerables ejemplos que ofrece la parasitología nos encontramos
con casos en los cuales el hospedador alberga diferentes especies de
parásitos en distintos órganos sin que demuestren mayores actitudes
patógenas” (Boero, 1967). Lombardero (1981) como resumen de su
pensamiento dice “Podemos afirmar que los parásitos buscan vivir en
equilibrio con sus huéspedes para pasar inadvertidos”. También nos
parece oportuno recordar la simpática y no menos elocuente frase de
Johnstone cuando da cuenta de haber observado en patagónia en varias
oportunidades la situación que llama “Gusanos felices en huéspedes
felices” (Johnstone, 1971).
Por otra parte es sabido que la gran mayoría de animales silves-
tres exhiben mayores niveles de tolerancia; generalmente la presencia
de parásitos en estos animales no se acompaña de efectos deletéreos
lo que habla de verdaderos ejemplos de parasitismo.
En cuanto al estado de parasitosis solo diremos que etimológi-
camente el significado de su contenido encierra el antagonismo dia-
léctico de la relación parásito - huésped. Los componentes se vuelven
antitéticos configurando una asociación-disociativa y sintetizando su
interacción en un comportamiento disfuncional.
La amenaza de la disfuncionalidad está siempre presente por la
sensibilidad del parasitismo frente a la influencia de factores deses-
tabilizantes.
Se ha observado que los cuadros de mayor sensibilidad se dan
en los animales domesticados por el hombre en los que el estado de
parasitosis se constituye en factor dominante del fenómeno relacional.

327
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

De lo comentado se desprende que la controversia instalada en


cuanto al verdadero significado de los términos parasitismo y parasito-
sis va más allá de las diferencias etimológicas. Se trata de un particular
fenómeno con identidad funcional propia sujeto a variación de estado.

El Parasitismo animal como biosistema

Esta sección la dedicaremos al análisis del comportamiento del


parasitismo como un proceso relacional dinámico susceptible de va-
riación de estado.
Tomamos a la variación de estado como respuesta del efecto
causado por la influencia de estímulos interferentes. Frente a esta
situación nos resulta interesante enfatizar las características de las
posibles transformaciones a las que está sometido el proceso. En este
sentido el enfoque sistémico del parasitismo brinda el marco contextual
adecuado para su examen.
Partiendo de la consideración de que todas las especies vivien-
tes están relacionadas de una u otra manera entre sí respondiendo
al desiderátum organicista de la naturaleza, convenimos en aceptar
que el parasitismo es uno de los tantos modos de vida relacional entre
organismos diferentes.
El proceso evolutivo de la naturaleza nos brinda un extraordinario
espectáculo multirrelacional, en un escenario donde el intervencionis-
mo de la aleatoriedad como evento no previsto y la oportunidad como
ocasión témporo-espacial coinciden en posibilitar acciones vinculares
de todo tipo.
Cabe advertir que hemos asociado arbitrariamente la casualidad
con la oportunidad como preludio de causación en función de la vida
de relación entre organismos diferentes.
Este tipo de disquisición podría ser ejemplificado con aquel hos-
pedador intermediario que se infesta con embriones como hecho casual
y luego los incuba y almacena como evento oportuno témporo-espacial
a la espera del hospedador definitivo. La relación causal surge cuando
entran en juego condicionamientos interactivos que se generan en
un marco espacial con posibilidades causales (por ejemplo, hábitos
tróficos).
Ontológicamente, los diferentes modos de vida parasitaria im-
plican, de facto, una multicausalidad adaptativa en función de la

328
Francisco Gerardo Yannarella

diversidad asociativa. Admitir la multicausalidad del proceso adap-


tativo evita el encasillamiento en planteos dialécticos restrictivos. En
este sentido, casi siempre la parcialidad interpretativa resta claridad
cuando intentamos un enfoque sistémico del parasitismo.
Del complejo proceso adaptativo seguido por el parasitismo,
emerge la interacción asimétrica autorregulada entre parásito-
huésped. La conducta de autorregulación hace comprensible la
estrategia de supervivencia y constituye el soporte teórico que nos
permite considerar a priori la negación de la parasitosis como meta
del parasitismo.
Establecida la tolerancia mutua se modifica la naturaleza de
los componentes costitutivos y se plasma una unidad de vida con
identidad propia, o sea, funcionalmente autónoma: “El biosistema”
Parasitismo.
Resulta obvio que cuando hablamos de fenómeno biológico
relacional estamos admitiendo intuitivamente una integración de
características biosistémicas. Considerar entonces el parasitismo
como un biosistema será en adelante el propósito central del presente
comentario crítico.
Según nuestro criterio la observancia del parasitismo bajo el en-
foque sistémico nos facilita la interpretación de la relación porque nos
permite examinar y describir, desde una visión contextual, la compleja
estructura que lo caracteriza.
Funcionalmente el parasitismo, libre de toda interferencia
desestabilizante ajena a su propia naturaleza se nos presenta como
un subsistema dependiente de un sistema mayor, el organismo hués-
ped que lo contiene o biosistema hospedante, sistema que a su vez
es dependiente del suprasistema ambiental o biotopo como entorno
inmediato.
El encadenamiento de los procesos intersistémico constituye el
circuito estructural necesario para la circulación de materia y energía
entre los componentes activos involucrados (ver Gráfico 1).
Observar el parasitismo como subsistema dependiente nos impone
la necesidad de establecer límites entre este y el sistema orgánico que
lo contiene. Hipotéticamente el límite se aviene a la idea de frontera
abstracta, que con propósito ilustrativo hemos decidido llamar “Sus-
trato interfásico”. Seguramente el término interfase no sea el más
apropiado pero de alguna manera deja entrever una frontera activa
donde se movilizan intereses contrapuestos que se conjugan adversa-
tivamente para generar un estado relacional sustentable.

329
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

Representación simbólica del subsistema

A) P y H

donde

P es el Parásito y H el Hospedador. (Componentes potenciales)

B) P1+P2+Pn… x H1+ H2+ Hn…

donde

P y H representan los procesos de los componentes.

C) P1 x H1

donde

P y H representan la interacción entre procesos Parásito-


Huésped. (Estructura)

D) P ≥ H

donde

La relación P y H representa la asimetría de la entidad autó-


noma emergente: “Parasitismo”

La movilización y conjugación de intereses es causa determinante


del nicho ocupacional. Por lo tanto el sustrato interfásico se constituye
en el lugar específico para los diferentes tipos de parásitos ya sean en-
docelulares, tisulares o cavitarios.
El concepto de relación asimétrica, como ya hemos señalado, es
utilizado para destacar que la dependencia relacional es funcional a
la unilateralidad del beneficio a favor del parásito, en circunstancias
normales la desproporción debe ser compensada por el hospedador.
Cuando hablamos de circunstancias normales pensamos en aquellas
situaciones donde rige, sin traba alguna, el potencial adaptativo de
las especies frente a las necesidades vitales. Un ejemplo que podemos
tomar como modelo es el caso de la pulga Spinopsyllus cunículi que
realiza la postura de huevos solo cuando ha ingerido sangre de una

330
Francisco Gerardo Yannarella

coneja gestante. El ejemplo nos muestra el grado de compromiso inte-


ractivo como expresión de beneficio adaptativo unilateral.
El concepto de estabilidad dinámica, que usamos repetidamente,
está referido al estado de equilibrio entre parásito y huésped.
En la estabilidad dinámica juegan un rol determinante aquellas
acciones de corte homeostático que los organismos despliegan para
mantener el equilibrio del biosistema. Dobzhansky (1959)2 con sensible
sentido ilustrativo conceptúa a la homeostasia como “La sabiduría de la
vida”. Un ejemplo que podríamos encuadrar bajo el concepto de conducta
homeostática es el fenómeno conocido como premunición. La naturaleza
del fenómeno hace pensar en un estado de equilibrio recíproco entre
parásito y huésped; mientras el parásito regula la actividad el huésped
regula los mecanismos defensivos. En tanto dure está equilibrada si-
tuación la estabilidad dinámica de la relación parece estar asegurada.
Las estrategias de autorregulación en cualquier tipo de relación
descansan sobre la habilidad innata de los organismos de generar
conductas de reacomodamiento en circunstancias comprometedoras
de supervivencia.
De lo comentado hasta el presente se puede inferir que el pa-
rasistismo como entidad funcional autónoma se manifiesta como un
comportamiento ordenado de procesos. El concepto intuitivo de orden de
procesos es el que lo identifica como biosistema abierto. Resulta entonces
un subsistema negentrópico que interactúa con el entorno inmediato
sujeto a variación de estado.
El concepto de negentropía deriva del segundo principio de la ter-
modinámica y expresa el grado de orden de un sistema en contraposición
al concepto o función entropía que los físicos utilizan para caracterizar
el estado de desorden de un sistema. Nos parece oportuno señalar que
el desorden es consecuencia de la transformación de energía potencial
en energía cinética. En termodinámica se considera a la energía poten-
cial como de alto orden y a la energía cinética molecular (energía de
movimiento molecular desordenado o calor) de reducido grado de orden.
Resulta entonces que a medida que la energía potencial se convierte en
energía cinética el desorden aumenta, o sea aumenta la entropía. Como
vemos la energía potencial tiende a degradarse como energía cinética.
De la transformación de una en otra resulta trabajo efectivo y calor,
parte del cual se pierde por disipación (energía calórica no utilizable).

2. El concepto “Sabiduría de la vida” fue tomado por Dobzhansky de Claude


Bernard y Walter B. Cannon.

331
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

De todo lo dicho se desprende que para realizar el mismo trabajo


debemos compensar la pérdida de energía calórica. Esta compensación
solo es posible en los sistemas abiertos negentrópicos, condición de todos
los seres vivientes. En estos sistemas la compensación energética se
establece mediante los diferentes mecanismos de captación de materia
y energía del entorno. La principal fuente de abastecimiento es la ener-
gía radiante del sol, energía potencial de bajo contenido entrópico. De
esta manera los sistemas vivientes cualquiera sea su jerarquía logran
mantener el balance energético que se traduce en ordenamiento y efi-
ciencia funcional para el mantenimiento de la vida, aun así debemos
tener en cuenta que en la naturaleza el estado de desorden es mucho
más probable que el estado de orden por consiguiente la entropía tiende
a aumentar en forma permanente.
Después de lo comentado cabe la posibilidad de que el lector se
pregunte ¿Qué tiene que ver el enunciado de la segunda ley de la termodi-
námica con el parasitismo animal? Para encontrar respuesta a este lícito
interrogante debemos en primer lugar tener presente el carácter universal
de la referida ley. Dicha universalidad puede resultarnos un sólido ar-
gumento para avanzar en la interpretación del fenómeno que nos ocupa.
En segundo lugar conlleva conceptos predisponentes a intuir el
parasitismo como fenómeno que se encuadra dentro del marco sistémi-
co. Las dos razones expuestas sostienen nuestra visión del parasitismo
como subsistema negentrópico.
Como ya se ha expresado el funcionamiento ordenado del proceso
relacional entre parásito y huésped dependerá de la capacidad del hos-
pedador de mantener el balance energético que demandan las sucesi-
vas transformaciones metabólicas y acciones interespecíficas entre los
componentes. Desde una perspectiva sistémica, en el equilibrio entre
la oferta y la demanda energética que requiere el proceso relacional,
radica la sustentabilidad del parasitismo como subsistema negentrópico.
En sentido opuesto operan los factores desestabilizantes. El para-
sitismo como entidad funcional dinámica y compleja se manifiesta sus-
ceptible frente a circunstancia de esta naturaleza. Situación que admite
presuponer que desestabilizar el equilibrio relacional conlleva a una trans-
formación de estado. En este sentido cualquier variación que sucede en
un proceso sistémico va acompañada de alteraciones en sus propiedades.
De lo dicho se puede inferir que el parasitismo como subsistema
negentrópico resulta vulnerable ante aquellos factores que atentan
contra el orden funcional; hecho que repercutirá sobre el estado de to-
lerancia mutua entre los componentes parásito-huésped. En estos casos
la disfuncionalidad es el estado más probable.

332
Francisco Gerardo Yannarella

Discusión

Esta sección está destinada a discutir los fundamentos de nuestra


argumentación crítica:

a) en primer término hacemos hincapié en el hábito incorporado al lenguaje


parasitológico con relación a los conceptos parasitismo y parasitosis.
Conceptos que por lo general se los utiliza como equivalentes cuando
se hace referencia a la enfermedad parasitaria. Sobre este asunto nuestra
crítica apunta a discutir la identidad significativa que expresan cada uno
de los términos en cuestión.
Literalmente la expresión parasitismo significa asociación
entre un parásito y su huésped. La característica de tal aso-
ciación expresa un proceso dinámico entre los componentes de
la relación regida en condiciones naturales por la estabilidad
interactiva asimétrica.
La expresión parasitosis etimológicamente significa enferme-
dad producida por parásitos y desde el punto de vista sistémico
es manifestación de disfuncionalidad relacional. Vale decir en-
tonces que ambos estados parasitismo y parasitosis representan
dos caras de una misma moneda; el estado de parasitismo es
el fenómeno natural, o sea un estado relacional asimétrico en
estabilidad dinámica. En la cara opuesta el estado de parasi-
tosis se manifiesta como relación inestable y disfuncional ante
la acción de impactos desestabilizantes.
b) el planteo crítico precedente nos indujo a replantearnos el concepto
de parasitismo a partir del análisis de sus propiedades asociativas
naturales. Es decir como proceso relacional asimétrico en esta-
bilidad dinámica. En esta línea de pensamiento nos propusimos
abordar el parasitismo desde una perspectiva biosistémica.
c) dada la condición de dependencia por parte de uno de sus
componentes (el parásito) concebimos el parasitismo como un
subsistema negentrópico emergente y como tal con capacidad
de interactuar a través de una secuencia ordenada de procesos
que sugieren una finalidad predeterminada en beneficio de la
estabilidad dinámica relacional.
d) bajo la perspectiva sistémica nos resulta inexcusable considerar
la parasitosis como la meta inexorable del parasitismo, salvo
que obren circunstancias desestabilizantes que comprometan
el accionar sistémico como estado organizado. Frente a hechos

333
Breves consideraciones sobre parasitismo animal

de esta naturaleza nos resulta coherente pensar en la incapaci-


dad del subsistema de evitar el creciente contenido entrópico.
e) por todo lo expresado estimamos que considerar el parasitismo
como sub sistema puede resultar una atractiva alternativa de
indagación como hipótesis de trabajo. El desafío consiste en
proponer y ensayar nuevas estrategias de análisis (modelos)
que permitan comprender el fenómeno relacional.

GráficoRepresentación gráfica
1: Representación de de
gráfica la estructura funcional
la estructura funcional del pa-
del Parasitismo como Subsistema Negentrópico
rasitismo como subsistema negentrópico

FUENTE
DE INSUMOS

Parásito

Huesped

BIOTOPO

UNIVERSO
SUSTRATO INTERFASICO (Tisular o cavitario o celular)
Materia
Energía
Biocomponentes ontogénicos (hospedadores, huevos, embriones, larvas,
quistes, etc.)

*Elaboración: María Catalina Yannarella - Diseño y Comunicación Visual.

334
Francisco Gerardo Yannarella

Glosario

Componente: cada uno de los elementos que configuran el sistema


(fuente de materia y energía- entorno-proceso-estructura).
Desideratum organiscista: concepto que expresa la tendencia espon-
tánea de la naturaleza hacia el orden estructural de la materia.
Desorden sistémico: estado caótico de desestructuración.
Entropía: variable de estado utilizada en física y química para cuan-
tificar el grado de desorden de un sistema dinámico (Segunda
Ley de la Termodinámica).
Estructura: relaciones interactivas.
Estabilidad dinámica: estado de tolerancia recíproca entre los com-
ponentes del subsistema Parásito-Huésped.
Homeostásis: recurso de los seres vivientes mediante el cual el orga-
nismo trata de mantener el equilibrio dinámico.
Proceso: sucesión de estados del sistema.
Relación asimétrica: concepto relacional que implica la uniteralidad
del beneficio asociativo,
Subsistema: categoría dependiente de un sistema mayor que lo con-
tiene y con el cual interactúa.
Sustrato interfásico: espacio funcional específico en el cual se dan las
condiciones para la interacción entre las fases: Parásito-Huésped.
Variación de estado: en los sistemas abiertos cualquier interferencia
sobre las variables relevantes, puede modificar las propiedades
del sistema.

Referencias Bibliográficas

Baer, J. G.: El parasitismo animal, Madrid, Guadarrama, 1971.


Boero, J. J.: Parasitosis animales, Buenos Aires, Eudeba, 1967.
Bunge, Mario: Tratado de Filosofía. Ontología II, Un mundo de siste-
mas, Buenos Aires, Gedisa, 2012.
—Filosofía para Médicos, Gedisa, 2012.
Dobzhansky, T.: La evolución genética y el hombre, Buenos Aires,
Eudeba, 1959.
Johnstone, I. L.: Enfoque ecológico para el control de la parasitosis
ovina, Buenos Aires, INTA, 1971.
Lombardero. O.: Glosario de términos parasitológicos, Buenos Aires,
Eudeba, 1971.
—“Conferencia en la Academia Nacional de Agronomía y Veterinaria”,
27 de octubre de 1981.

335
Profesor Mario Bunge
Curruculum Vitae

1. PERSONAL

Nació el 21 de septiembre de 1919 en Buenos Aires, Argentina. Es


Ciudadano Canadiense desde 1975.
Estudiante de Física. Universidad Nacional de la Plata, 1938-44.
Doctor en Ciencias Física-Matemáticas. Universidad Nacional
de La Plata, 1952.
Casado con la Prof. Marta C. Bunge. Dept. of Mathematics, Mc-
Gill University.
Dos hijos del primer matrimonio (Carlos F. y Mario A. J.) y dos
del actual matrimonio (Eric R. y Silvia A.)

2. DISTINCIONES

Fellow, Conselho Nacional de Pesquisas, São Paulo, Brazil, 1953.


Fellow, Fundación Ernesto Santamarina, Buenos Aires, Argentina,
1954.
Research fellow, Alexander von Humboldt-Stiftung, Freiburg i. Br.,
1965-66.
Killam fellow, 1969-70.
Fellow, John Guggenheim Memorial Foundation, 1972-73.
Award of merit, University of Wisconsin, 1979.

337
Curriculum Vitae

Doctor of laws Honoris Causa, Simon Fraser University, 1981.


Guest of honor, symposium “Ciencia y filosofía en la obra de Mario
Bunge”, Peñíscola (Spain), 1981.
Premio Príncipe de Asturias de Humanidades y Comunicación. 1982.
Honorary professor, Universidad Pedro Henríquez Ureña, Santo Do-
mingo, 1984.
Fellow, American Association for the Advancement of Science, 1984.
Humanist Laureate, Academy of Humanism, 1985.
Fellow, Committee for the Scientific Investigation of Claims of the
Paranormal, 1984-.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de Rosario, 1985.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de la Plata, 1987.
Doctor Honoris Causa, Universidade Federal de Santa Catarina, 1991.
Profesor Honorario. Universidad de Buenos Aires, 1991.
Fellow, Royal Society of Canada, 1992.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de Córdoba, 1995.
Profesor Honorario. Universidad de Lima, 1996.
Doctor Honoris Causa, Universidad Cayetano Heredia, Lima, 1996.
Laureate Researcher, Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología del
Perú, 1996
Doctor Honoris Causa, Universidad Inca Garcilaso de la Vega, Lima, 1996.
Distinción de Primer Grado del Libertador Simón Bolívar, Trujillo,
Perú, 1996.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional del Sur, Argentina, 1996.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de San Agustín de Are-
quipa (Perú), 1997.
Doctor Honoris Causa, Universidad de Palermo (Argentina), 1998.
Profesor Honorario, Universidad Nacional de Mar del Plata, 1998.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de Cuyo (Argentina). 2002.
Doctor Honoris Causa, Universidad de Salamanca (España). 2003.
Doctor Honoris Causa, Universidad de Buenos Aires, 2008.
Doctor Honoris Causa, Universidad Nacional de Educación, Lima, 2008.
Honorary Professor, Instituto Tecnológico de Buenos Aires, 2012.
Member, Academia Argentina de Ciencias Exactas, Físicas y Natu-
rales, 2013.
Doctor Honoris Causa, Universidad Iberoamericana, Asunción, Pa-
raguay, 2013.
Bertalanffy Prize, Vienna, 2014.

338
Profesor Mario Bunge

3. CARGOS ACADÉMICOS

Fundador y Secretario Honorario de la Universidad Obrera Argentina,


1938-43.
Profesor de Física Experimental. Universidad Nacional de la Plata,
1941.
Secretario General de la Federación Argentina de Sociedades Populares
de Educación, 1942-43.
Profesor de Físico-Matemática. Universidad de Buenos Aires, 1947-52,
in charge of special courses (Laplace transforms, Deltas, Anten-
nas, and Wave Guides).
Subdirector del Laboratorio de Biofísica. Dirección de Medicina Tecno-
lógica, Ministerio de Salud Pública de la Nación, Buenos Aires,
1949.
Conferencista Invitado. Inter American Course on Modern Physics.
Organizado por UNESCO, Universidad Mayor de San Andrés,
La Paz, Bolivia, 1955.
Conferencista Invitado. Departamento de Física e Instituto Pedagógico,
Universidad de Chile, 1955.
Editor, Asociación Física Argentina, 1956-63.
Profesor de Física Teórica. Universidad de Buenos Aires, 1956.
Profesor de Física Teórica. Universidad de La Plata, 1956.
Profesor de Física Teórica. Universidad de Buenos Aires, 1956-58.
Profesor de Física Teórica. Universidad de la Plata, 1956-59.
Profesor de filosofía. Universidad de Buenos Aires, 1957-62.
Consejero. Facultad de Filosofía y Letras, Universidad de Buenos
Aires, 1958.
Profesor Visitante de Filosofía. University of Pennsylvania, 1960-61.
Conferencista Invitado. Universidad de la República, Montevideo,
Uruguay, 1962.
Conferencista Invitado. Universidad Central, Quito, Ecuador, 1962.
Profesor Visitante. University of Texas, Spring, 1963.
Profesor Visitante de Física y Filosofía. Temple University, 1963-64.
Profesor Visitante Distinguido en Física y Filosofía. University of
Delaware, 1964-65.
Profesor Visitante de Física. Universität Freiburg, Summer semester,
1966.
Profesor de Filosofía. McGill University, 1966-81.
Investigador especial, Universidad Nacional Autónoma de México,
Summer, 1969.

339
Curriculum Vitae

Catedrático. Foundations and Philosophy of Science Unit,