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1.

USO Y DIFUSIÓN DE LA COLECCIÓN:


II. INFORMACIÓN Y REFERENCIA
Se escribe a veces sobre los circuitos de circulación en la biblioteca y se distingue el circuito del
usuario y el circuito del personal con sus respectivas áreas de circulación, pero, en realidad, sí
prescindimos de los espacios estrictamente administrativos, no hay más que un sólo circuito, el del libro
en busca del lector o en su encuentro con él. Y a lo largo de todo este circuito, la presencia del
bibliotecario.
En nuestro tiempo, cuando las bibliotecas no son ya para minorías de iniciados que se mueven en
ellas como pez en el agua, que conocen los secretos de su utilización y que llegan hasta a familiarizarse
con los fondos de que constan, la misión del bibliotecario no termina en la catalogación. La biblioteca
pública para todos, la biblioteca escolar o universitaria como base de la enseñanza, la biblioteca
especializada Imprescindible para la investigación en un campo determinado o para el funcionamiento
de una determinada entidad, la biblioteca nacional obligada a reunir y difundir la cultura escrita de un
país, necesitan mucho más. Necesitan salir al encuentro del usuario, asistirlo y orientarlo una vez
hallado, satisfacer sus necesidades informativas, abrirle en la medida de sus necesidades el ancho
mundo del conocimiento humano. En una palabra, la biblioteca debe estar pendiente del lector antes, en
y más allá de la presencia de éste en el emplazamiento físico de la biblioteca. Antes, para atraerle;
durante su estancia en la biblioteca, para guiarle y asistirle consiguiendo que obtenga el uso y
aprovechamiento máximos de los servicios de la misma; más allá, para ofrecerle su mediación
especializada capaz de utilizar todos los recursos que ofrece la cooperación entre las bibliotecas y los
servicios bibliotecarios.

1.1. Publicidad y relaciones públicas


Publicidad y relaciones públicas parten de un convencimiento: la biblioteca no es para los que la
usan, sino para los que pueden utilizarla. Para los que la necesitan, que, en el caso de la biblioteca
pública, no son ya todos los que saben leer, sino quienes la necesitan y pueden aprovecharse de algunos
de sus servicios.
Para hacerse necesaria, la biblioteca deberá mostrarse como soporte esencial de todas o, al menos,
de las más importantes actividades culturales (y éste es uno de los fines de la extensión cultural, de la
que hablaremos más adelante), pero antes que nada debe hacerse conocer, presentarse en público con
las posibilidades que ofrece y no como mercancía precisamente, pero sí como un servicio público que
debe justificar su costo. Puesto que es una parte importante de ella, la biblioteca debe hacerse ciudad.
No faltan los intentos de vivificar la biblioteca pública para que lo que ya suele ser un servicio público
sea públicamente demandado o pedido. La biblioteca pública como «supermercado del libro» era ya un
camino. La biblioteca abierta o integrada casi en la realidad cultural de la calle de Emunds, un nuevo
esfuerzo. Francia da un ejemplo continuo de inquietud, a veces acaso un poco frenética, pero siempre
aleccionadora para los españoles, cuya inmovilidad y falta de imaginación en la animación bibliotecaria,
salvando las excepciones que haya que salvar, no permiten augurar un incremento espectacular en el
uso de la biblioteca pública por parte de los ciudadanos. El informe Pingaud-Barreau aboga por unas
«casas de la cultura y del libro» de estructura bastante difusa que no se han realizado y que serían lugar
de encuentro prácticamente de todos los creadores y usuarios de la cultura, sobre todo a través del libro.
Los centros de documentación social, situados o no en una biblioteca, intentan hacer descubrir la
importancia del libro y de otro tipo de publicaciones, para conseguir que el interés por el libro se
convierta en necesidad de lectura.
Dejando aparte estos recursos que podríamos llamar estructurales, la atracción del lector se ejerce
desde otras acciones más o menos eficaces, según quién y cómo las realice.
La publicidad debe estar apoyada (por sus mayores posibilidades económicas y técnicas y para evitar
el caos) en órganos centrales o al menos regionales, pero queda un ancho margen para la iniciativa local.
Logotipos, carteles, hojas y trípticos; utilización de los medios de comunicación social para anuncios y
para colaboraciones; vitrinas y tableros de anuncios; exposiciones y todo el conjunto de actividades
culturales que pueden tener lugar en una biblioteca y que despiertan la atención pública hacia ella, que
hacen que sea conocida. Todo eso es necesario. Y el ciudadano debe encontrar información sobre la
biblioteca pública en los mismos espacios radiofónicos o columnas de periódicos en que busca y
encuentra las farmacias de guardia. Lo realizado durante los últimos diez años en la Red de Bibliotecas
Populares de Madrid, llevando a cabo todo tipo de actividades de promoción y con una serie de
elementos gráficos que van desde la pegatina y el impreso de bolsillo hasta el cartel mural, es una buena
muestra de lo que puede y debe realizarse con medios limitados y luchando con acciones de choque no
ya sólo contra la enorme falta de servicios bibliotecarios que padece, como buena parte de las ciudades
españolas, la capital de España, sino, sobre todo, contra la falta de demanda social de los servicios

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bibliotecarios por parte de los españoles en general.
No es fácil llegar a la TV ni se ha estudiado suficientemente el valor que pueda tener para promover
el uso de la biblioteca. La TV es medio de extrema voracidad y sólo centros bibliotecarios nacionales
pueden disponer de medios adecuados para ir por su medio a la conquista de la opinión pública para la
biblioteca. El medio más apto y fácil de usar sigue siendo la prensa. La presencia constante en ella sigue
resultando el mejor medio de estar presente en la opinión pública y de mejorar las prestaciones de una
biblioteca que quiera acercarse a las necesidades informativas (que se supone conocidas de antemano)
de una comunidad.
A las relaciones públicas pertenece también el contacto con grupos e instituciones. Se da por
supuesto el contacto con los responsables políticos y administrativos que debe ir orientado en dos
direcciones: conseguir despertar su interés por la biblioteca, primero, y trabajar por una coordinación de
los esfuerzos, después. El trabajo con grupos o instituciones de carácter religioso, político, sindical,
cultural, recreativo o científico es un camino fácil para llegar también a posibles usuarios de la
biblioteca.

1.2. Recepción y orientación del usuario


Al llegar el usuario a la biblioteca, lo primero que debe recibir es información sobre la misma
biblioteca: qué es lo que puede obtener de ella y cómo lo puede alcanzar.
La orientación puede haber comenzado ya fuera de la biblioteca. Guías, listas de adquisiciones,
catálogos generales y especiales pueden llevar muy lejos la noticia de lo que una biblioteca tiene y
puede dar. La información impresa es esencial en las bibliotecas nacionales y en todas aquellas
(universitarias, especiales y públicas) que tengan encomendadas responsabilidades dentro de una red o
de un sistema bibliotecario y en las que, por consiguiente, esté prevista la provisión del documento a
distancia, pero es también importante en la biblioteca pública.
El lector debe encontrarse ya desde el principio, si no con un edificio elocuente por sí mismo, al menos
con un rótulo lo suficientemente llamativo, con un vestíbulo en el que se encuentre la información
completa sobre la biblioteca y un sistema de señales interiores que complete y concrete la información
general. La biblioteca debe ofrecer al lector la información necesaria para llegar al libro: plano del
edificio, servicios, horarios, derechos y obligaciones, actividades, normas de uso de los instrumentos
bibliográficos, responsabilidades de la biblioteca y de los servicios...
Pero la acción de acogida y orientación del lector puede implicar oompromisos mayores.
El primero es el de que todo trabajo de comunicación, todo servicio directo al público debe estar en
manos del bibliotecario. No hay biblioteca sin este requisito. El enorme peso que, por la extremada
penuria de personal, han tenido en las bibliotecas españolas a la hora de actuar con el público
empleados sin formación bibliotecaria es probablemente una de las causas del escaso uso de nuestras
bibliotecas, cuando las hay. No bastan empleados bienintencionados y simpáticos, es preciso la
mediación profesional desde el momento en que el usuario pisa la biblioteca y es instruido sobre las
condiciones de acceso a la misma, sobre la utilización de los distintos servicios, sobre el manejo de los
catálogos, sobre el modo de llegar al conocimiento de un dato o de una información bibliográfica. Sólo
el bibliotecario, con el convencimiento de que ninguna biblioteca termina en sí misma y con la
especialización que confieren la formación y la experiencia juntas, es capaz de conseguir que ningún
lector salga de la biblioteca sin haber resuelto de alguna manera su problema informativo. Sólo el
bibliotecario es capaz, en última instancia, de conseguir que un lector se sienta de verdad en una
biblioteca.
El otro compromiso es el de la formación de usuarios. Es probable que en una biblioteca pública la
formación no pueda ir más allá de la información impresa y gráfica y de la orientación personal en los
distintos servidos. En una biblioteca nacional, además de la publicidad e información impresa, la tarea
de orientación personal debe comenzar desde antes de que el usuario entre en la biblioteca; la
complejidad y variedad de sus servicios, además de otras razones de difusión de sus fondos, hacen muy
recomendable la existencia de una publicación periódica que oriente de forma permanente al usuario.
En la biblioteca escolar, universitaria y especial no basta todo esto. Son precisas además las visitas
colectivas a la biblioteca, la utilización de medios audiovisuales didácticos, la presencia del bibliotecario
en el aula y, por último, la realización de cursillos (en horas lectivas, claro está, o de trabajo, según los
casos) que en ocasiones equivaldrán a una introducción en los métodos del trabajo intelectual en
general o por especialidades.
Puesto que la misión de la biblioteca parece terminar en proporcionar al usuario el documento que
busca dentro de su colección, el bibliotecario debe asistirle con todo lo necesario para que esta
búsqueda no sea infructuosa y, en consecuencia, inútil la presencia del documento en la biblioteca; en
la biblioteca de la que es bibliotecario o en la biblioteca de la que podría haberío obtenido. Se es más -
sobre todo en algunos tipos de bibliotecas - bibliotecario de personas que de libros.

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1.3. Referencia
La formación de usuarios no basta. Es preciso llegar a la información personalizada. Más allá de la
provisión de un documento, la biblioteca debe servir a la comunicación del conocimiento. El usuario no
necesita sólo noticias sobre libros existentes en la biblioteca, sino también datos concretos. La
biblioteca tiene que estar preparada para responder de manera rápida y segura a preguntas sobre
hechos y personas de actualidad, sobre nombres y conceptos de países y de ciudades, de animales y de
plantas; a preguntas sobre datos numéricos y estadísticos...
No es que la biblioteca deba constituirse en agenda universal de información, pero si debe tratar de
resolver los problemas informativos de los usuarios que, además, pueden acudir a ella por teléfono o
por carta o por cualquier otro medio de los que en la actualidad hacen posible la comunicación a
distancia. La biblioteca -unas más y otras menos, según los tipos- es también un centro de información,
además de ser un centro proveedor de documentos. Si la biblioteca no acepta esta tarea, que supone
aceptar la información sea cual fuere el soporte en que se encuentra, pronto aparecerán otro tipo de
profesionales y de centros que irán desplazando a los bibliotecarios y a las bibliotecas.
Para que esto no suceda son precisas al menos dos cosas: formar una colección de referencia y
disponer de bibliotecarios especializados.
La coleccióndereferencia sirve tanto para los bibliotecarios como para los lectores, puesto que aquéllos
la necesitan no sólo para su trabajo de comunicación con los lectores, sino para la organización de la
colección principalmente en los trabajos de catalogación. Claro está que el dato que interesa puede
referirse a un documento (año de edición de un libro, número de ediciones, editor del mismo, etc.) y que,
por consiguiente, también los repertorios bibliográficos son obras de referencia. Pero, dado que de este
tipo de obras hablaremos en el apartado siguiente, nos limitaremos ahora a las obras que no contienen
información sobre libros.
Las obras de referencia están hechas para contener muchas informaciones autónomas y para
organizarías de suerte que tengan fácil acceso. La autonomía supone que el conocimiento de una de
ellas no implica el de otras, y la facilidad de acceso, una organización generalmente muy formalizada y
poco discursiva. Las obras de referencia concentran en una fuente de información noticias cuyo
conocimiento detallado o científico exigiría la lectura de muchas páginas. Pueden hallarse sobre
distintos soportes y hasta constituir bancos de datos con posibilidades de acceso en línea. Bowker
ofrece ya en línea algunas de sus grandes obras de consulta. Lo mismo hacen con sus índices algunos
grandes diarios del mundo. Pero el camino de la microforma estaba ya abierto para los grandes editores
de obras de referencia, desde los años setenta. Se consiguen así verdaderas bibliotecas, obras que
aprovechan la nueva técnica para reunir con facilidad noticias no sólo bibliográficamente muy
dispersas, sino dispersas también físicamente por no existir ninguna biblioteca que las conserve todas.
La importancia de los bancos de datos económicos, estadísticos, jurídicos, médicos, etc., no necesita
ponderación, como tampoco la necesidad de su presencia en las bibliotecas especiales. Por lo demás,
la teleinformática va a condensar y sistematizar todo el conocimiento noticioso en verdaderas obras de
referencia electrónicas con acceso, primero, en la biblioteca pública y, finalmente, a domicilio.
Además de distinguirse por razón de la materia, comenzando por la división básica en generales y
especiales, hay una tipología de las obras de referencia universalmente aceptada y a ella nos atenemos.
Pero el bibliotecario debe saber que la riqueza de índices y la abundancia de noticias bibliográficas
confieren a muchos grandes manuales y hasta a estudios monográficos una capacidad considerable en
los trabajos de referencia que no puede ser dada de lado, supuesto que otro de los caracteres de la
referencia debe ser la seguridad de la noticia. Y cualquiera puede ver que es más fácil la reedición y
puesta al día de un manual que la de una gran endclopedia.
Los tipos básicos de obras de referencia son los siguientes:

a) Diccionarios

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Son listas de palabras ordenadas alfabéticamente y con su significación. El mayor o menor detalle en
la explicación de las palabras, en su historia, en las formas de utilización de las mismas, en las muestras
de uso, así como la presencia o no de formas equivalentes en otros idiomas determinan las muchas
formas que un diccionario puede adoptar (etimológico, histórico, bilingüe, políglota, etc.). Aunque
teóricamente los diccionarios son listas de palabras con su significación, es decir, con la definición del
concepto que representan, el hecho es que a veces se definen directamente cosas. Nada tiene, pues, de
extraño que numerosos diccionarios vayan acompañados de ilustraciones de las cosas «significadas» por
las palabras.

b) Diccionarios enciclopédicos
Son diccionarios en los que a la definición del significado de la palabra se une la de la cosa
significada. Así son definidos a veces. En realidad puede ser que no sea ésta la principal característica,
sino el hecho de que mientras al diccionario le interesan las palabras como envoltura de conceptos y
sobre ellos da noticia, al diccionario enciclopédico le interesan más directamente las cosas significadas
y, dado que éstas existen individualmente, la descripción de las mismas incluye también la de muchos
seres individuales designados con nombres propios. El diccionario enciclopédico es diccionario por
definir las palabras y enciclopédico porque su descripción se extiende a todos los conocimientos y,
consiguientemente, alcanza a «todas» las «cosas». Su universalidad y el hecho de que su ordenación se
base sobre algo tan conocido por todos como es el idioma («Admiróse un portugués ... »), hacen de esta
forma documental la principal entre las obras de referencia.

c) Enciclopedias

De suyo prescinden de los aspectos lingüísticos (hasta donde se puede prescindir, ya que hay «cosas»
que sólo son palabras) y contienen el conjunto de todos los conocimientos humanos ordenados
metódicamente. Este orden puede ser también alfabético. Los asientos pueden ser muchos o pocos.
Cuando el conjunto de los conocimientos se reduce a una selección de términos, el estudio de cada uno
de ellos es más detallado y los artículos suelen ir firmados y hasta contener una breve información
bibliográfica; puede ser suficiente para el arranque de una investigación. En este tipo de enciclopedias
el fácil acceso a la información, característica esencial de la obra de referencia, se asegura o bien con
un índice alfabético más detallado o bien con el procedimiento de las referencias abundantes. El índice
alfabético es esencial también, y con mucha mayor razón, en las enciclopedias sistemáticas que son un
intento de reflejar la estructura (y no sólo el contenido) de todo el conocimiento humano. La enorme
movilidad del conocimiento humano, sobre todo del científico, que ha entremezclado y al mismo tiempo
diferenciado tanto los campos del conocimiento, han restado importancia a este tipo de obras que, en el
fondo, equivalen muchas veces a un conjunto de manuales o tratados. Esto se ve claramente en otro tipo
de obras cercanas a las enciclopedias que son las colecciones enciclopédicas, que, dotadas de un tomo
de índices, resultan de suma utilidad.
Las enciclopedias (de relativamente fácil venta como signo cultural y al ser vendidas frecuentemente
en fascículos) constituyen un recurso al que acude con frecuencia la industria editorial española. El
problema es, pues, de selección entre la abundancia. El formato acertado de los volúmenes, la calidad
gráfica del texto y de las ilustraciones, la normalización (por ejemplo, en la transcripción de nombres o
en la transliteración de otros alfabetos), la cantidad de información, la calidad de la misma garantizada
por la autoridad de los colaboradores, su actualidad, el equilibrio entre las distintas materias y entre los
distintos artículos entre sí, todas estas y otras características deben tenerse en cuenta a la hora de la
selección, en el caso de que las peculiaridades de cada una de ellas no sea motivo para la adquisición
de varias como obras que mutuamente se complementan.

e) Diccionarios biográficos

Aunque los nombres propios forman parte de las palabras contenidas en los diccionarios
enciclopédicos, los diccionarios biográficos son esenciales para la solución de preguntas por parte de
los lectores. Los diccionarios biográficos contienen resúmenes biográficos ordenados alfabéticamente
por el nombre del biografiado. Hay mucha variedad de ellos, ya que pueden ser nacionales o
internacionales, generales o especiales, en curso o retrospectivos. Los en curso equivalen a los famosos
«Who is who» y retrospectivamente serían «Who was who», cuya importancia es considerable, ya que,
aunque la muerte haya fijado definitivamente una vida, las biografías son perpetuamente in fieri y
revisables. Son obras de suma importancia informativa que a veces pueden servir de arranque a
verdaderos trabajos de investigación. La dificultad, en general y sobre todo para
España, estriba en la gran dispersión de este tipo de obras, si prescindimos de un cúmulo de datos tan
inmenso como es el Espasa. Provincias, ciudades, órdenes religiosas, cuerpos y profesiones han solido
preocuparse de recoger las biografías de sus paisanos, vecinos o miembros más o menos ilustres. Pero
falta el gran diccionario biográfico, sobre todo retrospectivo. La idea de Saur (a la que nos referíamos
más arriba) de juntar en una sola secuencia de ordenación centenares de obras de referencia biográficas,
por obra de la fotocopia y después de la microfotografía, es tan simple como afortunada. Preparado el
archivo biográfico británico y alemán, se halla en preparación el español. Vamos hacia un panteón
universal en microficha, más tarde en videodisco, etc.

f) Cronologías y anuarios
Son otra fuente de datos muy buscados. Las cronologías son listas de datos, más o menos
comentados, ordenados cronológica y sinópticamente. Los anuarios de carácter general son cronologías
en curso o dentro de un año, es decir, ordenadas por períodos inferiores al año. Suelen ser publicados
por editoriales especializadas. En el fondo, equivalen a anuarios, los suplementos de las grandes
enciclopedias cuando se publican con periodicidad anual, aunque este tipo de publicaciones no tiene
ordenación cronológica. Como tampoco la tienen las colectáneas de información general que suelen ser
publicadas por los grandes medios o agencias de comunicación social.

g) Anuarios estadísticos

Son tablas de datos cuya fiabilidad depende del organismo y del sistema de recolección. Suelen ser
publicadas por organismos internacionales (ONU, Unesco, OCDE) y por las entidades oficiales. Pueden
ser equiparables a ellas las publicaciones no periódicas o de periodicidad superior ai año, como sería el
caso del último censo oficial.

h) Diccionarios de abreviaturas y de siglas

Todos estos tipos de obras de referencia existen también con carácter de especializados. Es más,
como obras de referencia especializada existen algunas formas que no pueden tener carácter general.
Tales son los directorios y guías que, como es natural, no pueden tener carácter universal. Tanto este
tipo de obras como los anuarios pueden llegar a ser hasta de una entidad concreta.
La colección de referencia debe comprender, cuando menos, las obras de referencia generales. Una
colección de este tipo es una introducción al resto de la colección bibliográfica y su lugar está en las
primeras estanterías en las bibliotecas de libre acceso o en la sala de lectura de carácter más general
en las que no son de libre acceso. En todo caso, se trata siempre de una colección de libre acceso tan
abierta como los catálogos mismos de la biblioteca.
Las obrasdereferenciaespecializadas por limitarse a una parte de la realidad o a un campo del saber tienen
un doble destino: en las bibliotecas de libre acceso, las obras de consulta pueden ir al principio de la
sección correspondiente, aunque procurando que no se dispersen en demasía. Todo depende de la
abundancia de fondos en la biblioteca, que determina el que un diccionario de pintores se halle al
comienzo de la colección de obras sobre arte o de la colección de obras sobre pintura. Pero en las
bibliotecas que no son de libre acceso, las obras de referencia especializadas deben ser de libre acceso
y pasar a constituir una parte de la sección de referencia. Sólo en aquellas bibliotecas, como las
nacionales, que tienen la colección dividida en distintas secciones cada colección de referencia ocupará
la sala en la que son consultadas las distintas clases de obras. En las bibliotecas universitarias, la
biblioteca central suele tener la gran colección de referencia y las bibliotecas de facultad o de instituto
las correspondientes a sus materias. En casos de bibliotecas universitarias muy dispersas, difícilmente
se podrá evitar el que muchas obras de referencia especializadas hayan de estar también en la biblioteca
central, mientras que, viceversa, las bibliotecas no centrales no pueden prescindir de algunas obras de
referencia de carácter general. Además de los tipos de obras ya enumerados, pertenecen al grupo de las
obras de referencia especializada las colecciones de fuentes, tan importantes en historia, derecho,
literatura, filología, música, etc. Colecciones de fuentes como los Monumenta..., la Biblioteca de Autores
Españoles, las colecciones de textos legales o el RépertoireInternationa!dessourcesmusicales, deben hallarse
también entre las obras de referencia.

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CUADRO 1.1 ObrasdeReferencia

1. Bibliografías.
2. Catálogos.
3. índices.
4. «Abstraéis» o resúmenes.
5. Diccionarios.
6. Enciclopedias.
7. Directorios.
8. Anuarios.
9. Estadísticas.
10. Manuales/Libros de Texto.
11. Legislación.
12. Libros para enseñanza programada
13. Otros.

Formar una colección de referencia no es difícil para un bibliotecario . Cuando se parte de cero,
hay que acudir a los repertorios siguientes:
Tampoco es difícil mantenerla al día. Y no ya porque algunos de los repertorios antes citados se vayan
actualizando, sino porque las editoriales se apoyan comercialmente en este tipo de obras y no dejarán
de tener puntualmente informado al bibliotecario de sus novedades.
La formación y mantenimiento de estas colecciones de referencia, la introducción en su uso y el
señalar la fuente para la respuesta concreta, la búsqueda de la respuesta buscada cuando no basta o no
es posible la simple orientación del usuario, necesitan la presencia de bibliotecarios especializados en
referencia. Su trabajo no terminará aquí: podrán además examinar y seleccionar los materiales de su
especialidad, colaborar en la clasificación bibliográfica, crear ellos mismos fuentes de orientación.
En muchas bibliotecas públicas, el encargado de esta misión tendrá que ser el mismo que orienta en
el uso de la biblioteca. Cuando sea posible, será conveniente tener especialistas en artes y letras,
ciencias sociales, ciencias y técnica... La especialización
en obras de carácter general se le supone a todo bibliotecario. La biblioteca especial determina por
sí misma la especialidad de quienes trabajan en ella. En las bibliotecas nacionales la especialización
está exigida por las distintas secciones o departamentos de la misma. En las bibliotecas universitarias,
por fin, es imprescindible el bibliotecario de referencia, cuya especialidad, sin llegar nunca a ser tan
ajustada como la de los profesores, debe atenerse a los planes de estudio del centro y a la estructura de
la biblioteca, pero sabiendo que ni en los casos de máxima centralización de la biblioteca universitaria
puede faltar el bibliotecario de referencia.

ObrasdeReferencia

(De acuerdo con la Biblioteconomia anglosajona. Según ella, se incluyen todos los libros que se
prestan, es decir, aquellos que deben ser consultados necesariamente dentro de la biblioteca)
CUADRO 1.2.

1. Diccionarios:
de la lengua, por
materias/técnicos» especiales
(por su finalidad)^ bi- o
plurilingües.
2. Enciclopedias:
generales,
especiales.
3. Biografías:
Universales:
generales,
en curso,
nacionales:
retrospectivas,
en curso, especiales,

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bibliografías de biografías;
4. Directorios y guías.
5. Información de actualidad (Anuarios, etc.).
6. Revistas y publicaciones seriadas.
7. Informes- tesis - Conferencias, etc. Normas y patentes...
8. Mapas y atlas.
9. Publicaciones oficiales.
10. Estadísticas
11. Estudios locales.
12. Bibliografías:
nacionales,
retrospectiv
as, por
materias.
13. Publicaciones oficiales internacionales.
14. Sistemas en línea.

A cargo de estos mismos bibliotecarios correrá también el servicio del que hablamos a continuación.

1.4. La información bibliográfica


La información bibliográfica es actividad bibliotecaria muy variada en modalidades y en intensidad.
Desde la simple orientación personal o colectiva (por medio de guías de lectura) al lector propia de la
biblioteca pública, hasta la búsqueda bibliográfica selectiva o exhaustiva en el bibliotecario de biblioteca
especial integrado en un equipo de investigación, pasando por la asistencia pedagógica en la biblioteca
universitaria, las posibilidades son infinitas.
En una biblioteca el usuario busca muchas veces, como hemos visto, datos concretos, información
digerida, pero lo que busca de ordinario es información para digerirla él, información sobre información,
información bibliográfica. Se trata de identificar documentos para poder localizarlos después. El
disponer de ellos será ya función de otro servicio bibliotecario.
La información bibliográfica en la biblioteca es tarea que va más allá de la misma biblioteca, puesto
que no se trata de localizar una obra en la biblioteca para lo cual bastaría la consulta de sus catálogos (y
el saber hacer esto pertenece a la formación de usuarios) o, en el caso de libre acceso, acercarse
sencillamente a la parte correspondiente de la estantería.
El usuario trata de identificar uno o varios documentos. El punto de vista puede ser muy variado (autor,
editor, título, asunto o tema, campo del saber, etc.) y la extensión de la respuesta pedida también (dato,
documento, conjunto de documentos, idioma, límites cronológicos, forma del documento, etc.). Varía
asimismo la forma de la pregunta (oral, escrita, por teléfono, etcétera). Así que no es fácil establecer una
táctica uniforme para este tipo de servidos.

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En realidad toda la biblioteca es información y desde que se comienza a anotar datos en la hoja de
pedido de un libro se está allegando elementos de información. Información es también la tarea de
difusión de los fondos tendente a crear la necesidad de información. Son información el trabajo agresivo
de la biblioteca pública, cuando expone sus nuevas adquisiciones o publica guías de lectura; el acoso a
que están obligadas, para provocar a sus usuarios, tanto la biblioteca universitaria como la especial por
medio de boletines de sumarios de revistas, listas de nuevas adquisiciones y difusión selectiva de la
información; la acción de una biblioteca nacional, obligada a difundir toda una cultura escrita por medio
de la bibliografía nacional y de innumerables catálogos impresos.
Pero además debe existir la información bibliográfica a petición. Deben realizarla los mismos
bibliotecarios que llevan el servicio de referencia, íntimamente unido siempre a éste otro de la
información bibliográfica. Hasta dónde debe llegar depende del tipo y reglamento de la biblioteca. En
principio la labor del bibliotecario termina en proporcionar el acceso a los fondos de la propia biblioteca,
pero la biblioteca puede no ser más que la puerta de acceso a una red o a un sistema y, por consiguiente,
participar de responsabilidades más amplias. Por otro lado, en las grandes ciudades han surgido nuevas
necesidades (alumnos de universidades a distancia, opositores, profesionales sin bibliotecas
especiales, etcétera) que la biblioteca pública debe satisfacer. Para todo esto, debe contar con medios
de información que le permitan ir más allá de sus propios fondos. Es la función de un servicio de
bibliografía.
Como complemento que es de la información sobre los propios fondos, el servicio debe estar cerca de
los catálogos de la biblioteca. Y disponer de una colección de repertorios bibliográficos.
Los repertorios son muy variados y son documentos secundarios, es decir, documentos cuyo
contenido se agota en dar noticia de otros documentos. Pueden estar sobre distintos soportes (impresos
sobre papel, impresos en microficha bien sea por fotografía directa de los asientos bien en sistema COM
por trascripción de datos elaborados electrónicamente, etc.) y se dividen en dos clases fundamentales:
las bibliografíasyloscatálogos.
Las bibliografías buscan, identifican, describen -siempre bajo algún punto determinado de vista-
conjuntos de libros que no forman una colección determinada y cuyas noticias se presentan debidamente
ordenadas por medio de algunos de los elementos de la noticia. Los catálogos identifican y describen
libros que forman una colección concreta (de una editorial, de una librería, de una biblioteca). Los
catálogos no buscan -puesto que ya están en una determinada colección- los libros que describen y en
cambio ofrecen datos para su localización. En realidad, buena parte de las bibliografías actuales que
aprovechan, como es natural, las descripciones de los catálogos tienden a ofrecer también los datos
necesarios para la localización del documento descrito. La profundidad de la descripción (que puede
incluir trabajos de investigación sobre la identidad del documento o del ejemplar concreto, añadir juicios
de valor, resumen del contenido, etc.), la existencia o no de elementos complementarios de búsqueda, la
ordenación de los asientos, la forma de presentación, el principio de selección de los asientos y otros
muchos elementos determinan la existencia de innumerables formas de bibliografías. De ellas tratan los
manuales de bibliografía, así como de la técnica de su composición y de su evaluación.
Todas son interesantes en la información bibliográfica, pero las más importantes son las siguientes:

Bibliografías de bibliografías
Bibliografías universales en curso
Bibliografías nacionales acumulativas

{
generales retrospectivas
universales por la forma del
especiales documento por la materia
Bibliografías especiales por el tiempo
topobibliografías
biobibliografías

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Toda pesquisa bibliográfica termina por lo general en la búsqueda del documento. Para esta
búsqueda son necesarios los catálogos. Estos pueden ser:

Catálogos comerciales l . f en curso


acumulativos
{individuales •

nacionales A
nacionales
regionales
colectivos locales
Catálogos de bibliotecas -< especializados

de grandes bibliotecas (colecciones


enciclopédicas) de bibliotecas
individuales

En la actualidad, la información bibliográfica puede incluir además el acceso directo o en línea a las
bases de datos bibliográficos tanto nacionales como de bibliotecas o de redes bibliotecarias concretas.
En este campo la información comienza por disponer de un plano fiable de los servicios ya existentes.
La habilidad del bibliotecario en la información bibliográfica se manifiesta sobre todo en el arte de
controlar lo difícil, como son las publicaciones periódicas, las tesis doctorales y trabajos académicos, las
publicaciones oficiales, las actas de congresos, reuniones, etc., los informes de empresas; en fin, todo lo
que se llama «literatura gris».
Para la identificación de publicacionesperiódicas resultan imprescindibles las listas internacionales y los
índices del ISSN, para las publicaciones que llevan este número. Para la identificación y mejor localización
hay que acudir a los catálogos comerciales de distribuidores o libreros especializados y a los de
editoriales especializadas en reproducciones anastáticas o en ediciones en microficha que permiten
localizar las publicaciones con fines de adquisición. Con fines informativos, deben estar en la biblioteca
los muchos catálogos colectivos impresos tanto nacionales (dividido en el de publicaciones extranjeras y
en el de nacionales o fundido en uno sólo) como locales o de redes bibliotecarias. Para el descubrimiento
de nuevas publicaciones son imprescindibles los anuarios de prensa y las bibliografías nacionales de
publicaciones periódicas.
Hay dos condiciones básicas que valoran las colecciones de publicaciones periódicas en las
bibliotecas en que deben ser conservadas: el que las colecciones individuales sean completas y el que
sea posible el acceso a su contenido sin necesidad de búsquedas extenuantes. Para conseguir lo primero,
ya hemos hablado de las posibles fuentes bibliográficas; para lo segundo, la sección de bibliografía debe
disponer del mayor número posible de índicesanalíticos tanto de las publicaciones periódicas presentes en
la biblioteca como de otras que no se hallan en ella. Estos índices pueden ser de distintas clases por razón
de su profundidad de análisis, en curso, retrospectivos, de carácter general o especializado, de
publicaciones individuales.
El control de los títulos y de los números o volúmenes de publicaciones periódicas existentes en un
país es uno de los principales compromisos de los sistemas bibliotecarios. El uso del ordenador permite
en la actualidad superar la tradicional división entre «publicaciones periódicas nacionales» y
«publicaciones periódicas extranjeras» y la constitución de una única base de datos.
El control de las nuevas publicaciones periódicas, favorecido, por cuanto se refiere a las que tienen
interés científico, por el ISSN, suele correr a cargo de los organismos encargados de la bibliografía
nacional.
Estos mismos organismos se encargan de difundir la catalogación analítica o análisis del contenido de
las publicaciones periódicas. Pero la bibliografía nacional de artículos de revistas no puede ser más que
selectiva referida únicamente a la cultura propia de cada país o a las publicaciones más

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importantes. Lo normal es que cada publicación se preocupe de que existan sus propios índices, mientras
que centros de documentación, ligados a grandes bibliotecas o a institutos de investigación, se ocupan
de hacer índices para campos determinados del saber.
Los medios de información sobre publicaciones oficiales son las bibliografías nacionales que suelen
incluirlas en una de sus series y los catálogos publicados por los mismos órganos responsables de su
publicación. A pesar de que en la actualidad se consideran publicaciones oficia/es todas las sufragadas con
dinero público, las publicaciones que aquí consideramos como oficiales son las que resultan de la
actividad administrativa, ya que otra buena parte de publicaciones hechas por entidades públicas siguen
el curso normal del control bibliográfico.
Los instrumentos para la información sobre tesis doctorales no son fáciles de allegar. Muchos países
(como Bélgica y Francia) tienen organizado un servicio nacional y publican las bibliografías respectivas.
Como es natural, las tesis publicadas aparecen en la bibliografía nacional de cada país. Las distintas
universidades suelen publicar los índices de las tesis presentadas en ellas.
La información sobre actasde congresos, asambleas, etc o sobre trabajos presentados en ellos no es nada
fácil. Buena parte serán publicados y seguirán los cauces normales de información. Otros muchos
documentos entrarán a formar parte de lo que se llama «literatura gris». La información sobre estos
materiales, cuando no existen centros especializados en esta tarea, como es la hasta hace poco British
library Lending División y ahora British Library Document Supply Center de Boston Spa, cuyos productos
editoriales y bases de datos resultan imprescindibles, consistirá fundamentalmente en el
almacenamiento de medios que permitan seguir la celebración de estas reuniones y los directorios que
permitan obtener la dirección de los organizadores.
Por otra parte, conviene hacer observar que la información bibliográfica en la biblioteca es tarea
profesionalmente nada complicada y humanamente agradecida. La profesionalidad confiere fácilmente
al bibliotecario conocimientos bibliográficos superiores aun a los de verdaderos especialistas en una
materia y el lector, el estudiante o el investigador que se marchan provistos de información abundante y
pertinente no dejarán de mostrar su satisfacción dentro y fuera de la biblioteca.
Como acontece con la colección de referencia, formar y mantener una buena colección no es difícil.
Abundan tanto las bibliografías y bases de datos bibliográficos (los documentos secundarios) que su
abundancia ha provocado el nacimiento de las bibliografías de bibliografías y de las guías o diccionarios
de bases de datos (documentos terciarios), respectivamente.

1.5. Técnicas de la información


Dado que las consultas pueden ser muy variadas por su forma y por su contenido, las técnicas
informativas son también muy variadas. Todo bibliotecario debe conocer las necesidades informativas de
los usuarios, hacer que éstos tomen conciencia de ellas y tratar lüego de satisfacer estas necesidades,
aunque cada biblioteca debe hacerlo de distinta manera. Pero la fundón primaria de una biblioteca es
siempre formar una colección (de la cual forman parte también los medios electrónicos y las colecciones
conectadas con ella), organizaría debidamente y hacerla servir. Toda tarea bibliotecaria, ya lo hemos
dicho, debe terminar en proveer al usuario del documento que necesita, en el aprovechamiento y
explotación de unos fondos entre los cuales se encuentran también los que constituyen la sección de
bibliografía y referencia. Así que esta sección no es sólo para que la utilice el bibliotecario como
instrumento de trabajo, sino también para que la utilíce el lector. Sólo en algunas bibliotecas especiales
en las que el bibliotecario realiza trabajos de documentación o, si queremos, de informador científico y
hasta forma parte (también está ya dicho) de verdaderos equipos de investigación, la biblioteca estará al
servicio del usuario sobre todo a través del uso del bibliotecario. Lo mismo acontece cuando una
biblioteca en todo o en parte tiene un papel directamente informativo.
De ordinario, las consultas pueden ser orales, telefónicas o escritas y en general se interesan por
hechos y datos, por la bibliografía fundamental sobre un tema, por la bibliografía selecta (generalmente
la más reciente) sobre un tema o por la bibliografía exhaustiva sobre un tema (o de una determinada
procedencia: autor, imprenta/editor, ciudad, etc.).
Siempre que la consulta haya de provocar una búsqueda directa del bibliotecario y una respuesta
escrita, la pregunta debe terminar en forma escrita sobre formularios que faciliten la búsqueda, la
respuesta y el trabajo de archivarlos.
En la biblioteca pública la forma de la consulta será oral las más de las veces. Nada impide tampoco
que, cuando se cuente con el personal adecuado, se admitan consultas telefónicas siempre sobre hechos
o datos bibliográficos concretos. Ante la consulta oral, el bibliotecario se limitará a fijar la pregunta y a
dirigir al lector hacia la fuente primaria (enciclopedia, anuario, etcétera) o secundaria (catálogo o
bibliografía) donde puede encontrar la respuesta. Acaso tenga que orientarle todavía en el uso de ia
fuente escogida. En todo caso, no parece que haya que ir más lejos ni olvidar que la biblioteca tiene
también como misión el introducir en la cultura del libro.
La misma tarea sólo orientadora y pedagógica debe ejercerse en la biblioteca escolar y universitaria
(cuando no se trata de bibliotecas verdaderamente especiales dentro de la universidad). En este caso

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hay algo más. La tarea de información puede llegar a colaborar con los programas docentes en la
confección de bibliografías selectas o básicas para orientación de los alumnos o acaso para préstamos
colectivos de aula.
En la biblioteca especial y en algunas de las científicas que funcionen con sus técnicas se utilizan ya
formas de información propias del documentalista o del informador científico, como puede ser la DSI, y,
siempre que haya medios, como es natural, la información puede protocolizarse más en los siguientes
pasos: consulta, diálogo de fijación y reducción de la consulta a términos de recuperación, formalización
por escrito, búsqueda, respuesta y archivo de las respuestas. Este archivo sirve para fines estadísticos,
para estudios de usuarios, para no repetir el trabajo, para la memoria de la biblioteca. El cómputo de
tiempos empleados en la respuesta debe servir para otras muchas cosas, como es la evaluación de
costos y la selección del personal (cuadro 1.3).
Las bibliotecas nacionales tienen abierto tanto campo cuantos sean los medios de que dispongan y
el papel que jueguen en un sistema nacional de información. Lógicamente deben tener un campo propio
en todo lo que se refiere a la cultura nacional y en algunos campos de las humanidades y de las ciencias
del espíritu. Buena parte de sus secciones debieran funcionar como bibliotecas especiales, pero con
normas reglamentarias daras, para establecer el número y calidad de sus usuarios. Y lo que debe estar
muy claro es que la principal tarea informativa de la biblioteca consiste en la creación de documentos
secundarios (catálogos y bibliografía nacional) y hasta terciarios.

CUADRO 1.3

Difusiónodiseminaciónselectivadeiainformación(=DSI)

1) Es un mismo sistema de información permanente y no ocasional.


2) Es un sistema de información actualizada y no retrospectiva.
3) Es un sistema de información colectiva, como son:
a) La información sobre las nuevas adquisiciones.
b) Los boletines de sumarios
c) Los índices en curso de «Abstracts» o críticos.
4) Necesita como presupuestos:
a) Conocer individualmente al usuario en:
■•¿¿pin sus intereses,
intereses del organismo al que sirve,
- . sus limitaciones por razón del:
idioma,
grado de profundidad, dase de
información,
• forma del documen to,
país origen de la información.
b) Dibujar el perfil informativo del usuario:
en términos de información, redactado una ficha,
manteniéndola al día,
y utilizándola para controlar la eficacia del servicio.

1.6 Información bibliotecaria


Ninguna biblioteca, ni siquiera formando parte de una red, es autosuficiente no ya en la provisión de
documentos, pero ni siquiera en la información. Pero el usuario no debe marcharse nunca fracasado. En
última instancia, cuando no puede darse información sobre hechos (por ejemplo, sobre

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el año de una rara edición o sobre las miniaturas de un códice), cuando no puede darse información
sobre libros, puede darse información sobre bibliotecas. Es también información sobre información.

2.EXTENSIÓN BIBLIOTECARIA Y EXTENSIÓN CULTURAL


EN LA BIBLIOTECA PUBLICA
2.1. La extensión bibliotecaria
La extensiónbibliotecaria es un esfuerzo que hace la biblioteca para llegar a sus usuarios, en los casos en
que, por razones de marginaclón topográfica, física o social, el usuario no puede llegar a la biblioteca. Se
trata de una obligación, a la vez que de un medio sumamente eficaz, para cubrir (cosa que no pueden hacer
los medios de comunicación de masas) la sima cultural existente entre campo y ciudad, suburbio y centro
urbano, y para borrar la marginación de quienes por estar impedidos físicamente (ciegos, minusválidos,
enfermos hospitalizados, etc.) o sociaimente (presos, trabajadores con determinados horarios o lugares
de trabajo, como los marinos, etc.) no pueden hacer uso normal de la biblioteca. Estamos hablando, claro
está, de la biblioteca pública.
La biblioteca pública proporciona medios de formación, de información y de entretenimiento a una
comunidad. De ordinario, sirve también para introducir en algunos campos de la investigación, sobre todo
en temas locales. Edificio e instalaciones, servicios, personal y fondos no tienen más remedio que estar
ubicados en un lugar determinado y éste debe ser céntrico. Se trata de servicios culturales
imprescindibles y caros que no pueden multiplicarse injustificadamente, pero a los que todo ciudadano
tiene derecho. En realidad, pues, toda biblioteca pública digna de tal nombre es un verdadero organismo
cultural compuesto de dos partes:
Una bibliotecacentral (metropolitana, provincial o comarcal) que asegura la dirección y la administración
comunes, la centralización de la mayor parte de los trabajos bibliotecarios y técnicos, la prestación de
todos los servicios bibliotecarios, la inspección y el asesoramiento comunes y el préstamo común.
Una seriedeservicios irradiantes que aseguran los servicios bibliotecarios básicos a todos los usuarios.
Estos servicios, que constituyen la extensión bibliotecaria, pueden ser los siguientes:
a) Bibliotecas sucursales

Son bibliotecas que no constituyen unidades administrativas independientes, sino puntos de servicio
bibliotecario y que, a pesar de poder contar con el número adecuado de volúmenes por habitante (dos a
tres), con las instalaciones y personal adecuados para proporcionar los servicios bibliotecarios básicos y
con posibilidades de acción cultural, no pueden proporcionar a sus usuarios servicios bibliotecarios
completos ni, por consiguiente, tienen autonomía funcional y administrativa. Préstamo personal, consulta
en sala, orientación del lector, lectura de periódicos y revistas de información general, sección infantil y
la posibilidad de tener acceso directo o indirecto a la biblioteca central son los servicios mínimos que
deben prestar las sucursales. Todos los demás trabajos y servicios, incluida buena parte de los exigidos
por la gestión del préstamo, estarán centralizados. En todo caso una biblioteca sucursal no puede serio a
menos que existan no sólo una central de trabajos técnicos bibliotecarios, sino también una verdadera
biblioteca central.
Ésta es la manera habitual de proporcionar servicios en barrios urbanos y en zonas industriales de
población relativamente concentrada. Niños y jubilados (los barrios de nuestras ciudades están llenos de
ellos, sobre todo en los meses de otoño-invierno) suelen vivir allí donde habitan y no les es fácil
desplazarse sin perder demasiado tiempo y dinero a una biblioteca distante. 15.000 habitantes y una
distancia superior a 1,5 km. (según los tratadistas alemanes) y de 8.000 a 18.000 habitantes en situación
parecida (según el plan francés) justifican la existencia de una sucursal, para las que el plan últimamente
citado exige un espacio de 500 m2.
En zonas con núcleos de población densos pero distantes se deberá acudir a bibliotecas municipales. En
estos casos el precio de los servicios bibliotecarios sube considerablemente, pero no hay más remedio
que afrontarlo, si queremos eliminar zonas de marginación cultural. Como es natural, el servicio es caro,
no sólo por tener que disponer de una colección adecuada (dos-tres volúmenes por habitante y un mínimo
de 9.000, según las conocidísimas Normas de la IFLA), sino porque la colección debe estar animada por el
personal adecuado (un bibliotecario al menos por unidad administrativa, un empleado por cada 2.000
habitantes) y a disposición de los usuarios durante un tiempo mínimo de apertura (treinta horas
semanales). El precio del servicio resulta todavía más elevado si, como es el caso de España, hemos de
colocar en 3.000 el número mínimo de habitantes que justifica la existencia de una biblioteca municial (y
no en 5.000 como ocurre en otros muchos países europeos en circunstancias demográficas distintas).
Las bibliotecas municipales no son estrictamente extensión bibliotecaria, sino verdaderas bibliotecas
públicas que deben contar con servicios completos, pero, en ei caso de las bibliotecas municipales más
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pequeñas, difícilmente podrán prestar servidos apreciables y a precios soportables, si no disponen de un
sistema cooperativo o centralizado (tal es el caso de nuestros Centros Provinciales Coordinadores) de
trabajos y de una biblioteca bien dotada en la que apoyar sus servicios.

b) Bibliotecas móviles

Poblaciones urbanas o rurales dispersas justifican el servicio por medio de bibliotecas móviles. La
movilidad puede estar conferida por cualquier clase de vehículo (automóvil, barco, tren, avión, etc.), pero
su forma habitual en España es la del bibliobús. La biblioteca móvil no es forma de servido habitual para
población urbana en barrios residenciales o comerciales. Difícilmente, dentro de un diámetro de 3 Km,
dejará de alcanzarse en ciudad el número de habitantes (unos 15.000) que justifican la existenda de una
sucursal. Pero puede suceder que así sea, como puede suceder también que, mientras distintas
entidades públicas o privadas amontonan esfuerzos en una misma zona, haya otras desamparadas. La
biblioteca móvil no es un servicio adecuado para la ciudad más que en situaciones de emergencia y
provisionalmente. Y eso por dos razones fundamentales: por su alto costo y por la imposibilidad «a priori»
de cumplir en este caso los mínimos exigidos por las normas bibliotecarias.
Como servicio rural el bibliobús resulta imprescindible. Sus inconvenientes (alto costo, presencia
limitada, cortas posibilidades de elección, etc.) deben salvarse con la frecuencia de las visitas (al menos
quincenal, como los plazos del préstamo), la fijeza y amplia duración de las paradas, la situación
estratégica de las mismas (junto a centros docentes o comerciales), los medios de reclamo, la presencia
en el bibliobús de personal bibliotecario que suple con su orientación y un sistema de peticiones
antiapadas las limitaciones del sistema y la utilización de sistemas de servicio lo más homogéneos que
sea posible con los utilizados en la biblioteca.
Importa la capacidad del vehículo, pero el estado de las carreteras en unos casos y la intensidad del
tránsito rodado en otros dan preferencia al sistema de autotracción sobre el de remolque.
Un fondo que quiera ofrecer alguna variedad no puede ser inferior a los 3.000 volúmenes, induyendo
libros para niños y ejemplares repetidos. La variedad debe estar garantizada en cada nuevo viaje por un
fondo de reserva, al menos cinco veces mayor que la carga del vehículo, que permita no repetir la oferta
con demasiada frecuencia.
La no excesiva uniformidad en las rutas (siempre que esté prevista para evitar las variaciones inútiles)
evitará la discriminación que supone el hecho de que sean siempre los mismos quienes pueden escoger
por delante, aunque la discriminación puede y debe evitarse también con el sistema de reservas.

c) Préstamo colectivo

En España hay dos experiencias notables: las llamadas «agencias de lectura» y el préstamo colectivo
de las Bibliotecas Populares de Madrid.
La primera fue una especie de préstamo colectivo rural por el que lotes de libros -en parte fijos y en
parte renovables- eran puestos a disposición de los usuarios en locales convenientemente preparados y
bajo la responsabilidad de alguna institución. Su personal encargado solía ser voluntario y la
responsabilidad última de preparación y de inspección del funcionamiento recaía -sobre personal
estrictamente profesional, el director del Centro Provincial Coordinador.
Creo que las dificultades en el transporte, que eternizaban y envejecían los lotes en un lugar, la falta
de aliciente en los encargados y la no mucha responsabilidad de los «responsables» no dejaron fructificar
a este sistema de difídl fruto. Municipio, parroquia y escuela fueron las entidades responsabilizadas de
ordinario. Dados los cambios introducidos en lo docente y en lo eclesiástico en nuestro mundo rural, no
parece aconsejable renovar este sistema.
La experiencia de las Populares mucho más elocuente. Como es natural, esta forma de extensión
bibliotecaria es más viable en ciudad que a distancia, aunque hoy el sistema de transporte se halle
notablemente simplificado. Lo que importa ante todo es que el préstamo sea préstamo y no una
encomienda, es decir, que el usuario, de alguna manera (por sí mismo o por delegación en quien conozca
de verdad el ambiente) escoja lo que le prestan.
La clave del éxito descansa en la posibilidad de elegir libremente cada lote dentro de un fondo mayor
que constituya una colección fundamental y viva de biblioteca pública.
En el préstamo colectivo una entidad o asociación se constituye en usuario: solicita y recibe su carnet
de entidad inscrita, nombra a su delegado, hace la selección, se responsabiliza del préstamo y del
cumplimiento del reglamento que lo rige, recibe las reclamaciones, etc.
Hay algunas novedades. El libro, en el caso de los sistemas de préstamo Newark o Brown, deberá tener
doble ficha y de distinto color para facilitar el trabajo: una con la que se queda la biblioteca y que se
ordenará por entidades inscritas y signatura y otra que va con el libro para que el depositario pueda
realizar su propio servicio de préstamo. A la devolución, las fichas que no puedan ser insertadas en su
libro indicarán la falta de éste. Es conveniente que sea la biblioteca y no la entidad depositaría la
encargada de hacer las reclamaciones, por su mayor anonimato.

d) Préstamo por correo


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Se trata de una forma de extensión bibliotecaria extrema por su alto precio, complicación y lentitud
de servicio. En realidad estamos bordeando el mundo de la asistencia social.
Es un intento de vencer toda forma de marginación: la del enfermo no hospitalizado y solo, la de los
habitantes de zonas rurales de población sumamente dispersa. El problema está en saber si es éste el
camino para evitar dicha marginación.
En todo caso, este tipo de servicios debe ser objeto de programas especiales bien diseñados, contar
con el apoyo de la biblioteca pública, alcanzar el grado de centralización y al mismo tiempo de
descentralización que las razones económicas aconsejen, disponer de una colección propia para este fin
(con ejemplares preferentemente en encuadernación blanda) y no pretender suplir a otro tipo de servicios
más rentables y que tienen además la ventaja de su función pedagógica como medios de inserción en la
comunidad, frente al lector concebido como un lobo solitario.

e) Servicios especiales: biblioteca infantil y juvenil

Es el servicio bibliotecario destinado a los más jóvenes. Una edad indeterminada por abajo, suficiente
para poder hacer uso de los libros de imágenes y para no convertir la biblioteca en jardín de infancia, y
los catorce años por arriba parecen señalar los límites cronológicos extremos de los usuarios.
El servicio a este tipo de usuarios debe constituir una sección de la biblioteca pública. Así lo aconsejan
la función social de integración de este tipo de bibliotecas, la elasticidad de los límites cronológicos en
los usuarios y el hecho de que las españolas (y no sólo ellas) hayan de servir también de bibliotecas
escolares. Hay otras razones prácticas, como es el hecho de que los niños puedan ir acompañados de sus
mayores en busca de sus libros.
Cuando no constituye una sección de la biblioteca, se inscribe dentro de una forma de extensión ya
conocido: un bibliobús especializado en servicio a niños con paradas en centros docentes, préstamos
colectivos a centros con miembros infantiles y juveniles, o una biblioteca infantil (concebida generalmente
con fines experimentales y de formación profesional) en edificio propio que viene a ser una biblioteca
sucursal para un público determinado.
En todo caso hay dos hechos básicos: la importancia creciente de la sección infantil y la necesidad del
personal especializado capaz de formar la colección y de vivificarla con trabajos de animación cultural
específicos.
La biblioteca infantil tiene funciones que la trascienden, como son la creación del hábito lector,
aprovechando la natural curiosidad y fantasía infantiles, y la introducción en la vida social, pero la lectura
infantil tiene también fines autónomos, como la misma infancia. Entre ellos resaltan: dar respuesta a las
preguntas que se plantea el niño dentro de su mundo de intereses, formar el carácter y la libertad por la
selección lectora y por el aprovechamiento de su tendencia a crearse sus propios modelos en los
personajes que encuentra en sus lecturas, despertar y desarrollar el sentido estético, excitar y educar la
fantasía, iniciar en el aprecio del testimonio documental frente a las puras impresiones o intuiciones...
Para conseguir todo esto el servicio bibliotecario para este tipo de lectores debe disponer de su propio
espacio, sus propios fondos, su propio personal.
El personal debe estar especializado en conocimientos de literatura y de psicología infantiles, tener lo
que llamamos «vocación» por este tipo de trabajo y capacidad para el mantenimiento de una seria
actividad de animación cultural en la que, más que en ninguna otra sección de la biblioteca, caben las
actividades permanentes del tipo de talleres. La mayor o menor intensidad de este tipo de actividades
depende, en este como en otros casos, de la dotación cultural de la comunidad en que se trabaja.
f) Servicios especiales: bibliotecas de hospitales

Las bibliotecas de hospital, para alcanzar un servicio eficaz, deben ser equivalentes a una biblioteca
sucursal con personal especializado.
Puesto que el usuario se halla en una situación especial, la función de este servicio es también
especial. El enfermo es un hombre con mucho tiempo, en especiales circunstancias psicológicas y
especialmente necesitado.
Dada la interacción alma-cuerpo en la persona humana, la lectura y los demás medios que utiliza la
biblioteca pueden ser medios curativos utilizables en determinados casos de psicoterapia y de
psiquiatría. Pero Don Quijote es un caso de todo lo contrario. Para ejercer una verdadera biblioterapia
haría falta una clasificación de los enfermos desde el punto de vista lector, una clasificación de los libros
desde el punto de vista del enfermo, una experiencia de acciones planificadas, realizadas y vigiladas
científicamente, la determinación de los papeles de los distintos sujetos que han de intervenir y la fijación
de un determinado método terapéutico que en modo alguno puede suponer la sustitución de las personas
por el libro. En todo caso la biblioterapia se halla aún en pañales y es una tarea de equipo, en el que el
bibliotecario tiene un papel. Mas no puede ejercer de curandero, de la misma manera que debe abstenerse
de actuar como padre espiritual.
Pero con unos conocimientos psicológicos básicos se puede conseguir (sin necesidad de constituir
equipo con médicos y psicólogos) que la lectura ayude a la recuperación del enfermo distrayendo del dolor
no lancinante, vinculando con el mundo habitual más allá de los muros del hospital, confiriendo el gusto

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por la vida, abriendo a los problemas ajenos, librando de la vida pasiva y del tiempo vacío, dando validez
a un tiempo (para el recreo, cuando es corto; para la lectura estimulante, cuando es un tiempo medio; para
la programación, cuando la lectura va para largo). Hay que saber captar, adaptarse a la situación de cada
enfermo.
Para ello, como siempre, es preciso contar con instalaciones, fondos y personal adecuados.
Las instalaciones son dobles-, una sala de lectura que resume el contenido de una biblioteca sucursal y un
local para depósito y preparación de los medios móviles (generalmente carritos suficientemente
silenciosos y aptos para que el enfermo pueda hacer su selección desde la cama) necesarios para el
servicio por las salas. No menos de 50 m2 son precisos para ello.
La sala de lectura debe cuidar atentamente su emplazamiento, acceso y equipos porque va destinada
a usuarios muy especiales. Con ella desaparecerán muchos fantasmas errantes de los pasillos, pero
muchos tendrán dificultades para llegar. Tampoco hay inconveniente en que pueda ser utilizada por el
personal sanitario en sus largas guardias. Las ventajas de que este local se halle cercano al destinado a
los servicios bibliotecarios especializados del personal sanitario son evidentes, desde el punto de vista
de las necesidades de personal bibliotecario.
Los equipos especiales incluyen carros de transporte y exposición, atriles especiales para impedidos
(seguros, estables y fáciles de retirar por el mismo enfermo), proyectores y aparatos ópticos para
cecucientes o débiles de la vista, material sonoro... En los casos dudosos siempre habrá que atenerse a
las recomendaciones del personal sanitario. Es imprescindible asegurar la visita semanal, buscar los
horarios que no coincidan ni con las visitas médicas ni de los familiares y mantener con relativa fijeza el
horario y el personal. Los sistemas de control deben ser los habituales en la biblioteca y un cuaderno o
fichero ayudará a tomar nota sobre la situación del enfermo o sobre sus peticiones. El orden normal de
los ficheros de control debe ser por salas y camas.
La colección será de carácter general con posibilidades de atender a determinadas minorías
(extranjeros -más solos acaso cuando enfermos-, sobre todo), con abundancia de libros ilustrados y de
letra grande y con publicaciones periódicas abundantes que pueden ser repartidas por distintos puntos
del hospital en ejemplares múltiples y frecuentemente renovados con puntualidad. Los forros de plástico
renovables resuelven buena parte de los problemas sanitarios, pero, además, existen en el mercado
europeo máquinas que lavan los libros. La cantidad de libros dice relación con el número de camas y del
personal. La IFLA establece un mínimo de ocho libros por cama, proporción que va descendiendo hasta
cinco por cama al llegar a 1.000 usuarios posibles, contando con que no se trate de enfermos de larga
estancia. Esta cifra es lo suficientemente elocuente como para hacemos ver que sólo en hospitales
pequeños (por debajo de las 100 camas) puede resolverse el problema bibliotecario con préstamos
colectivos. Por lo que se refiere al contenido de los libros, no faltan manuales que hacen ver lo nada
conveniente que pueden resultar determinados libros con protagonistas enfermos para el estado de
ánimo de los hospitalizados. Sería arriesgado decidirse, también aquí, a ejercer alguna forma de censura.
Un hospital de 500 camas y el personal de servicio correspondiente necesita la presencia de un
profesional que puede estar ayudado por empleados del hospital convenientemente adiestrados y
colaboradores voluntarios. Dentro de sus preocupaciones debe estar la de la información médica discreta
sobre los enfermos y su especialidad consistirá en conocimientos de psicología del enfermo y de la
literatura profesional especializada. En cualquier caso, siempre debe haber un profesional que, cuando
menos, inspeccione y asesore.
Hacia el futuro inmediato, tanto los nuevos medios electrónicos como las nuevas orientaciones
sanitarias deben alertar al bibliotecario. La presencia del vídeo o de la TV por cable puede salvar muchas
horas vacías del enfermo. La tendencia general a abreviar la estancia del asistido en el hospital debe
orientar buena parte de los esfuerzos bibliotecarios hacia otra clase de centros, como pueden ser las
residencias más o menos asistenciales.

g) Servicios especiales: bibliotecas de prisiones


Hablamos de prisiones por dar un nombre elocuente y clásico a lo que puede recibir el de centros
penitenciarios o cualquier otra denominación más o menos maquillada.
La verdad es que las bibliotecas de prisión, más que ninguna otra, han surgido históricamente más de
impulsos educativos o de caridad que de planes culturales y sociales y han solido ser encomendadas a la
custodia de los responsables de los servicios religiosos o educativos en estos centros. España, hasta el
momento, no constituye una excepción. Y, sin embargo, los datos proporcionados por las Memorias
publicadas por el Patronato Central hace poco citado, primero, y por la Dirección General de Instituciones
Penitenciarias, después, demuestran, dentro de la penuria lectora de España y hasta donde sean fiables
los datos ofrecidos, que los habitantes de nuestros centros penitenciarios constituyen un número de
usuarios de biblioteca nada desdeñable. El camino para robustecer y hacer eficaz este servicio pasa por
su profesionalización. Para conseguir esto, por medio de los procedimientos administrativos que sean
precisos, parece que el camino más fácil es ligarlo a la biblioteca pública como biblioteca sucursal en
algunos casos y como préstamo colectivo en muchos otros.

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La función de este tipo de bibliotecas no está clara. Por supuesto, le alcanza la función de cualquier
biblioteca pública. Ir más allá es difícil. La asimilación de toda suerte de alimentos depende también del
cuerpo que los recibe y la lectura encaminada a vencer el aislamiento social puede despertar todas las
nostalgias y todas las iras más o menos dormidas. Lo que para el lector normal es contemplación de vida
para un preso puede ser visión de un «más allá» imposible.
Si la biblioteca de prisión ha de tener algún fin propio, debe inscribirse en los fines no de punición y
de segregación, sino de rehabilitación, de los centros penitenciarios. Aquí la biblioteca puede cumplir un
papel importante como medio de reeducación y de ocupación programada de acuerdo con la duración de
la estancia -corta, media o larga- del recluso en el centro. Esta colaboración en los programas de
rehabilitación parece obligada en la biblioteca, aun a sabiendas de que, cuando menos, tenemos pocos
datos sobre el poder transformador de la lectura en estos ambientes y no muchas esperanzas de poder
orientar demasiado los intereses lectores de los reclusos. Por supuesto, la petición de libros de derecho,
sobre todo penal, y la de libros de contenido más o menos violento son algunos de los problemas que
deberá acertar a resolver el bibliotecario.
Los problemas técnicos no son invencibles. Razones de seguridad suelen impedir a veces que el
recluso haga la selección por otro procedimiento que no sea el de listas. Los fondos son los normales en
la biblioteca pública, con algunas discretas y acaso inevitables ausencias obligadas también por razones
de seguridad y -lo acabamos de decir- de rehabilitación. No será difícil contar en el servicio con la ayuda
de «voluntarios».
Frente a una situación socialmente extrema, como es la de los usuarios de las prisiones, la biblioteca
debe intentarlo todo menos brillar por su ausencia. Probablemente será mucho más fácil y eficaz
conseguir acuerdos locales que pretender planes nacionales.

h) Otros servicios especiales

No parece que la biblioteca pública haya de renunciar a su papel de integración social, de plaza
cultural del pueblo. Un servicio de extensión bibliotecaria excesivo puede llegar a acentuar determinadas
formas de aislamiento y hasta a la creación de ghettos culturales. Razones de horarios y de distancias
justifican muchas veces las bibliotecas de empresa que de ordinario se surtirán de préstamos colectivos,
funcionarán casi siempre con personal voluntario a cargo del comité de empresa y rara vez estarán
administradas por personal profesional. Asegurar la conexión con la biblioteca pública local es un medio
de conseguir no sólo la eficacia, sino la liberación de fines que no sean estrictamente culturales. En el
mismo sentido hay que orientar las bibliotecas para las Fuerzas Armadas. Sólo los destacamentos y
acuartelamientos aislados justifican su existencia, cuando esta justificación no se halla en el hecho de
no existir servicios de biblioteca pública adecuados en las cercanías.
Con los mismos criterios hay que juzgar el servicio a emigrantes, cuyos centros sociales no pueden ser
centros de segregación, pero deben ser aprovechados bibliotecariamente.
El servicio personal a domicilio, que sustituye al préstamo por correo en los núcleos que disponen de
punto de servicio bibliotecario, también se practica a veces con buenos resultados.
Mucha mayor importancia tienen, por la excepcional situación de sus usuarios, las bibliotecasparaciegos.
Esta importancia está atestiguada por el hecho de que algunos países, con los Estados Unidos de América
a la cabeza, tengan una biblioteca nacional especializada a cuyo cargo corre el estudio de los problemas
y la búsqueda de las soluciones necesarias para proporcionar servicio bibliotecario a una clase de
usuarios mucho más numerosa de lo que pudiera parecer.
Libros manuscritos e impresos por el sistema Braille (inventado en 1829) y el libro hablado (inventado
desde que Thomas Edison realizó la primera grabación en 1877) constituyen -y lo son un poco para todos-
los verdaderos ojos de tos ciegos. Cintas, discos, cartuchos y casetes de gran capacidad de registro por
su baja velocidad y gran número de pistas de grabación permiten la reproducción de grandes libros en
pequeños soportes y la fácil difusión de los mismos utilizando los servicios públicos de comunicación y
transporte. La UPC (Unión Postal Universal) concede notables franquicias para materiales de lectura para
los ciegos. El Acuerdo de Florencia, concede también importantes exenciones aduaneras a los mismos
materiales.

2.2. La extensión cultural


Se llama extensión cultural al conjunto de actividades encaminadas a insertar el libro en el ámbito total
de la cultura. Dado el uso de hecho minoritario de la biblioteca por parte de los ciudadanos, una biblioteca
de carácter general, como es la pública, corre el riesgo de ser considerada un mundo aparte y distinto de
los usos culturales de la mayoría. La extensión cultural trata de suprimir este riesgo que amenaza a la
biblioteca en sí y, por consiguiente, tanto al usuario como al no usuario de la biblioteca. Con una
orientación acertada de las actividades culturales se consigue no sólo disipar cierta sensación de
monopolio sobre la biblioteca que a veces parecen sentir y ejercer grupos determinados de usuarios, sino
el ir convirtiendo en reales a buen número de lectores potenciales. Y, aun cuando no tuviera esta
proyección proselitista, la extensión cultural seguiría siendo necesaria en la biblioteca como tarea de

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profundización en las posibilidades culturales de los fondos que en ella se utilizan. La orientación hacia
el usuario o hacia el que no lo es nos permitiría acaso distinguir en la extensión cultural los dos aspectos
de acción y de animación cultural. Acaso podríamos decir que la extensión cultural consiste en las formas
de utilización colectiva de la biblioteca.
Claro es que toda biblioteca puede realizar actividades culturales complementarias de sus funciones
estrictamente dichas. Fechas y efemérides cuentan para todos. En España es muy frecuente la presencia
de fondos riquísimos en bibliotecas especiales (como la de la Academia de la Historia) o universitarias
(Barcelona, Granada, Madrid, Salamanca, Valencia, Valladolid, etc.) y una política acertada de acción
cultural por parte de la biblioteca puede contribuir considerablemente a facilitar esa forma de acceso a
sus fondos por el que instituciones más o menos cerradas en sí mismas entran a formar parte de la cultura
general y hasta popular.
El tesoro bibliográfico no sirve precisamente por sus contenidos informativos, sino por otras muchas
razones. Libros y autores no están encerrados en un panteón, Sino en un laboratorio vivo. Las colecciones
riquísimas, la documentación variadísima recibida por el depósito legal, no se reúnen por el capricho de
un coleccionista loco. Lo que constituye la memoria de la cultura de un pueblo, y en buena parte la cultura
misma, no debe estar sólo al servido de especialistas, sino de todo el pueblo. Exponer los múltiples
caminos por los que una biblioteca nacional puede y debe hacer valer culturalmente sus colecciones
sobrepasan las intenciones con que se emprendió la redacción de este Manual.
No puede considerarse extensión cultural el conjunto de actividades que podríamos llamar internas
por estar dirigidas a la formación del personal bibliotecario propio o ajeno. Tales son los congresos,
conferencias, encuentros, prácticas, presentaciones, etc. de carácter profesional o técnico que forman
parte de la formación o educación permanente del bibliotecario.
También es distinto de la extensión cultural el caso de las Casas de Cultura, que fueron algo más y,
también, algo menos. Algo más, porque su acción cultural iba más allá de la posible para una biblioteca;
algo menos, porque la biblioteca quedaba diluida en una entidad de contornos nunca bien dibujados cuya
eficacia cultural resultaba cuando menos discutible, siquiera sea por el hecho de que difícilmente -y
salvando honrosas excepciones- podíamos soñar los bibliotecarios españoles con tener personal en
cantidad y con preparación suficientes para constituirse en sostenedores absolutos de la vida cultural
de una ciudad.
La extensión cultural en la biblioteca pública no proviene del hecho de que hayan cambiado sus fines
o la importancia de los distintos soportes documéntanos, sino de un hecho, cuyo desconocimiento puede
haber sido uno de los, acaso inevitables, errores básicos en la concepción de las Casas de Cultura: la
biblioteca pública no es la fuente de toda la cultura, pero sí que es el pilar de la misma. La biblioteca
pública no puede intentar monopolizar ni siquiera presidir el foro cultural, pero sí que tiene que dotarle de
solidez.
Sencillamente: no hay cine sin mucho texto de guión, ni gran pintor sin mucha crítica y exégesis, ni gran
político sin muchas palabras, ni gran deportista sin mucha prensa hablada o escrita, ni gran obra músical
sin partitura, ni cultura en general sin un antes de apoyo y un hacia adelante de proyección. Cualquier
forma cultural, cualquier ejercicio fruitivo o creador de la cultura, necesitan un apoyo textual, libresco.
La extensión cultural en la biblioteca pública no debe abandonar este convencimiento. No es que toda
su actividad cultural deba descansar sobre libros, no. Disponer de espacios polivalentes obliga a ponerlos
al servicio de la cultura común cuando esto no entorpece la propia acción. Es más, el bibliotecario debe
tener larga la palabra para salir cuando sea preciso de su propia biblioteca. Pero el secreto consiste en
meter el libro en la vida introduciéndolo en el conjunto de las formas culturales. Y, por supuesto, que, al
hablar del libro, nos referimos a toda clase de medios utilizados por la biblioteca. El libro no es el
compañero de cama del solitario, ni el compañero molesto del estudiante, ni la herramienta del estudioso;
es bastante más. Conferencias, debates, presentaciones, mesas redondas, encuentros, audiciones,
lecturas poéticas, lecturas comentadas, exposiciones, proyecciones, representaciones, recitales,
conciertos...., todo puede apoyarse o terminar en los medios que utiliza la biblioteca.

CUADRO 2.1

Extensióncultural¡abiblioteca

20
1) Por medio de los fondos bibliográficos: Exposiciones.
a) Del tesorero bibliográfico. Historia del libro y de la escritura.

b) Conmemorativas:
De acontecimientos. De personas.

c) Informativas:
Por temas.
Por géneros (poesía, teatro, viajes, bibliografía, etc.). Por
formas (libros ilustrados, infantiles, etc.).
Por elementos (Papel, impresión, encuadernación, etcétera.).

2) Por medio de la palabras.


a) Conferencias.
b) Mesas redondas, debates.
c)
Presentaciones: De obras. De autores.

d) Representaciones teatrales (hora del cuento, etc.).


3) Por medio de materiales audiovisuales:
a) Proyecciones.
b) Audiciones.
c) Conciertos.
4) Colaboración con otras entidades culturales públicas y privadas.
5) Acciones de integración cultural.

Acertar a incluir este tipo de actividades dentro de la vida, diríamos, normal de la biblioteca es muy
importante. Disponer de apoyos de ámbito regional o nacional resulta también imprescindible. Siquiera
sea para tener información y posibilidades de conseguir determinados equipos (que van desde aparatos
de proyección hasta simples vitrinas o paneles de exposición) sin los cuales no es fácil la acción cultural.
Muchas veces el bibliotecario debe convertirse también en diseñador, cuando no en inventor (cuadro 2.1).

3.EL BIBLIOTECARIO. EL PERSONAL EN LAS


BIBLIOTECAS
El personal como elemento integrante de la biblioteca y la organización del mismo como parte esencial
de la administración de una biblioteca, constituyen puntos doctrinales cuyo conocimiento es
imprescindible para la organización de un servicio bibliotecario. Fijar el concepto de bibliotecario (como
prototipo del personal que trabaja en la biblioteca) y ofrecer alguna orientación para organizado
debidamente no parecen tareas tan evidentes como para no merecer alguna consideración.

3.1. ¿Qué es un bibliotecario?


Como dice Lancaster, para la gente «un bibliotecario es alguien que trabaja en una biblioteca». Esta
aparentemente verdad de Perogrullo puede llevar implícitas algunas afirmaciones importantes: que todo
el que trabaja en la biblioteca es de alguna manera bibliotecario y, por consiguiente, que todo el personal
ha de recibir alguna formación específica; que sólo el que trabaja en una biblioteca es bibliotecario, lo
que trae como consecuencia la posibilidad de que existan otros profesionales (antes documentalistas,
ahora informadores científicos) que utilicen algunas de las técnicas que utiliza el bibliotecario,
complementadas o no con otras nuevas, para la prestación de determinados servicios; que el porvenir del
bibliotecario y su imagen pública están indisolublemente ligados a los de la biblioteca. La biblioteca es,
pues, la clave para definir el quehacer del bibliotecario. La función de la biblioteca define
específicamente el trabajo del bibliotecario, es decir, lo distingue de cualquier otra forma de actividad
con proyección social; la calidad de las actividades necesarias para que la biblioteca realice su función
determina el nivel (y, con ello, el «status») profesional del bibliotecario. Ser bibliotecario -podríamos decir
en palabras bien sencillas- consiste en ejercer una actividad encaminada a que una biblioteca sea una
biblioteca. La acción del bibliotecario (y, por extensión, la de todos los que trabajan en la biblioteca) es
la fuerza vital por la que esta institución social de la que nos venimos ocupando cobra movimiento y
orientación, eficacia y sentido. Una biblioteca es un cuerpo inerte, carente de circulación, sin la presencia
en ella del personal adecuado, en cantidad suficiente y debidamente organizado.
21
La conexión, primaria y evidente, biblioteca-bibliotecario ha hecho depender la imagen de este último
de la de su lugar de trabajo. La imagen «literaria» del bibliotecario ha estado teñida de un cierto patetismo
adherida a una figura, en los mejores casos, de erudito. Mientras las bibliotecas han sido lugares de
conservación o, cuando más, santuarios para iniciados, biblioteca y sociedad no se encontraban y el
bibliotecario trabajaba un poco «fuera de la ciudad».
Los abundantes conocimientos culturales, sobre todo en el campo de la Literatura y de la Historia, la
familiaridad con algunas lenguas, preferentemente clásicas, y algunas rutinas teóricoprácticas con las
que ayudarse en la ordenación de los libros, bastaban para la tarea que tenía encomendada. Su nombre
adquiría algún lustre cuando sus trabajos de erudición le llevaban a la cátedra o a las academias. La falta
de conciencia profesional estaba presente ya en la ausencia de cualquier movimiento de tipo asociativo
«inter pares» y las primeras formas de enseñanza profesional (Ecole des Chartes en Francia, 1848 -y
Escuela de Diplomática en España, 1856-), iban dirigidas a la creación de este tipo de bibliotecarios, ios
cuales necesitaron conocer, además, algunas rutinas administrativas, cuando los centros en que
trabajaban fueron elevados a ia condición de establecimientos públicos servidos por funcionarios. Tal es
el caso de España, al crearse en 1858 el Cuerpo Facultativo. Una de las consecuencias de ello sería el
acumularse de las cargas burocráticas sobre las espaldas del bibliotecario hasta el punto de que, en 1933,
terminaría por nacer el Cuerpo Auxiliar de Archivos, Bibliotecas y Museos no ya como un Cuerpo
claramente bibliotecario, sino más bien como un medio de aliviar los trabajos burocráticos del
Facultativo.
Mientras tanto había nacido la biblioteca pública como servicio social, es decir, para todos, el
concepto de lectura pública y una visión más agresiva del quehacer del bibliotecario. En el mundo
anglosajón había ocurrido en pleno siglo XIX. En 1876 nace la ALA en Filadelfia; en 1885 se crea por

22
ia LA en Gran Bretaña el primer diploma profesional; en 1887 Dewey da el primer curso para la
formación de bibliotecarios en el Columbia College de Nueva York, En muchos países y, por supuesto, en
España, esta transformación no se producirá hasta que «biblioteca pública» (la conservadora de los
fondos bibliográficos históricos en Institutos de Segunda Enseñanza y en Universidades) y «biblioteca
populap> (ligada de ordinario a la escuela y de tendencia eminentemente pedagógica) no se fundan en
una única corriente y en una única institución. El movimiento de bibliotecas populares en Madrid y en
Cataluña, en el primer cuarto de nuestro siglo, los planteamientos doctrinales de algunos teóricos en la
II República y las realizaciones de la Dirección General de Archivos y Bibliotecas en la posguerra, harán
que vaya naciendo esta nueva forma de bibliotecario. Si no «de derecho», como veremos al hablar de la
formación profesional, al menos de hecho. Esto supone el convencimiento de que el bibliotecario ejerce
una profesión autónoma, es decir, que necesita disponer de un bagaje de conocimientos específicos, que
para ser quien es no tiene por qué buscar el apoyo de trabajos de erudición, que pertenece a un campo
social determinado y que debe aceptar un cuerpo de obligaciones (es decir, una ética) que no tienen otros
profesionales.
Este tipo de bibliotecario, característico de los finales de la galaxia Gutenberg, constituye un efecto
de la conciencia que toma la sociedad de necesitar una correa de transmisión entre el libro para todos y
el lector, es el mediador técnico entre los fondos bibliográficos de una biblioteca y el usuario. Los libros
Públicos tienen una vía para llegar al lector que no puede tenerlos propios. El bibliotecario está siempre
presente: él selecciona la colección, él la organiza, él la difunde. En todo momento no puede dejar él de
ser él ni de tener en cuenta a sus usuarios. El bibliotecario es el encargado de que -como quería
Ranghanatan- cada libro tenga su lector y cada lector su libro. En esta visión de la biblioteconomía
«moderna» la biblioteca es una pieza esencial de la sociedad y el bibliotecario lo es de la biblioteca. Ella
es la que ha hecho nacer las asociaciones profesionales nacionales e internacionales, los centros de
enseñanza profesional propiamente tales y la abundante bibliografía profesional especializada tanto de
carácter seriado como monográfico. A este tipo de bibliotecario, que podríamos llamar muy profesional
y agresivo, le cuadran también las actitudes profesionales que suelen exigirse como características del
bibliotecario de nuestro tiempo: la actitud de servido que acepta que la biblioteca y los trabajos que en
ella se realizan son para los usuarios; el convencimiento de que la biblioteca es socialmente indispensable,
la libertadintelectualque evite toda veleidad censora y la actitud de aperturaa!cambioqué supone conocimiento
y aceptación de todo cuanto lleve consigo mejora en las técnicas de la comunicación del conocimiento
social.
Es precisamente por esta última actitud por donde asoma una nueva visión del bibliotecario que ya
tenía Ortega y Gasset en su célebre discurso Misióndel bibliotecario, al presentar a éste como «filtrador» de
la información. En realidad, el bibliotecario no es un mediador entre los fondos de una biblioteca y el
lector, sino entre la información (la enorme marea ascendente de la información) y el usuario. Esto quiere
decir dos cosas fundamentales: qué el bibliotecario debe hacer y hace la biblioteca, que ésta es lo que
quiera el bibliotecario, que el usuario puede no ser estrictamente un «lector». Es sencillamente la
consecuencia de que el suministro de información (sin dar completamente de lado otros fines culturales
y educativos y teniendo siempre en cuenta que la evolución bibliotecarla avanza con distinto paso en
distintos lugares) se haya convertido en el fin primario de la biblioteca. La existencia de nuevos medios
y soportes ha cambiado sustancialmente la naturaleza de la colección bibliográfica; la utilización de
nuevas técnicas afecta al proceso de organización de la misma; los nuevos instrumentos modifican
radicalmente los trabajos de difusión. Todo ello afecta de forma evidente no sólo al mobiliario y equipos,
sino al mismo edificio. Y el bibliotecario, que no es una pieza más dentro de la biblioteca, antes de
resignarse a desaparecer con ésta por falta de función, toma conciencia de su verdadera misión y se
apresta a hacer frente a los nuevos tiempos. La biblioteca al servicio de la información es móvil como
ésta misma. Los cambios no exigen la desaparición, sino la agilidad de la biblioteca. No parece que nunca
haya de resultar innecesaria la presencia de mediadores técnicos entre los productores y los
consumidores de información, sobre todo si se quiere conseguir un cierto equilibrio social que evite
injustas desigualdades en las oportunidades de acceso a la información suficiente. Como testimonio de
este último concepto del bibliotecario puede aducirse el convencimiento, ya casi universal, de la ya
prácticamente inútil distinción entre bibliotecario y documentalista. Lo que sí es cierto es que el viejo
bibliotecario erudito, que se había convertido más tarde en un exquisito conocedor y cultivador de
técnicas y normas bibliotecarias, tiene que terminar por imponerse en las ciencias y técnicas de la
información y de la comunicación.
Desde esta perspectiva general, debemos entender tanto las orientaciones, sobre el personal de la
biblioteca que da la IFLA, como la lista de posibles tareas concretas que pueden atribuirse
profesionalmente al bibliotecario.
Las orientaciones se refieren a la biblioteca pública, pero pueden acomodarse, por su carácter general,
a cualquier tipo de biblioteca. Al publicar la Sección de Bibliotecas Públicas de la IFLA. sus Pautas para
Bibliotecas públicas como tercera edición de Standards for public librarles introduce un elemento evidentemente
casi revolucionario, al matar el fervor por las cifras que tan esencial se ha creído por parte de muchos

23
bibliotecarios y planificadores españoles en los últimos años. El afán por lamentarse del escaso número
de bibliotecarios en España y por comparar la situación real española con la «ideal» de las Normas, ha
llevado a más de uno a despreciar a muchos profesionales que no trabajan enmarcados en los Cuerpos
estatales y a casi todos a olvidarse de la verdadera orientación profesional de nuestros bibliotecarios.
Por eso, considero de utilidad avisar de este cambio de actitud de la IFLA y resumir lo más importante de
sus Pautas referido al personal de la biblioteca:
a. El bibliotecario debe estar siempre presente de una u otra forma en una biblioteca.
b. Cualquier empleado de una biblioteca debe poder contar en todo momento con la ayuda directa de un
bibliotecario.
c. Deben existir especialistas para los distintos servicios, pero teniendo siempre en cuenta que su
actividad está al servicio del conjunto y que no va en desdoro de la profesión el acudir al
asesoramiento de especialistas en determinadas materias.
d. Para determinar la cantidad de personal necesario no basta con tener en cuenta sólo criterios
cuantitativos y mucho menos reducirse a consideraciones demográficas. Lo que importa es fijar la
cantidad y calidad de los servicios que ha de prestar una biblioteca y evaluar de forma continuada los
resultados obtenidos y por obtener. Es imprescindible el análisis de las condiciones locales.
e. Además de las actitudes fundamentales enumeradas más arriba, el bibliotecario debe poseer una
serie de cualidades más o menos específicas. Es imprescindible la capacidad de comunicación social
y una preparación científica por encima de la simple cultura general.
f. Es admisible la existencia de personal sin plena dedicación o «de tiempo parcial», pero sin que este
hecho dispense de la debida preparación.
g. Es necesaria la formación profesional para todo el personal de la biblioteca. Esta formación no tiene
por qué ser superior a los servicios que debe prestar y a los trabajos que tiene que realizar. Entre los
conocimientos imprescindibles para todos se halla el del sistema bibliotecario (local, regional o
nacional) al que se pertenece, el de la propia biblioteca y e| de las condiciones laborales que le
afectan.
h. Debe existir siempre estrecha conexión entre centro de formación profesional y biblioteca.
i. La formación incluye las prácticas profesionales, pero éstas deben realizarse de forma programada y
bajo la dirección técnica de bibliotecarios.
j. El personal debe actuar organizadamente. La organización incluye la fijación de los objetivos de la
biblioteca y de sus servicios, el organigrama de la misma, la descripción de los puestos de trabajo y
de sus relaciones con otros, la existencia de un manual de normas interiores de procedimiento y el
uso de medios (partes de trabajo o equivalentes) con los cuales evaluar los resultados del trabajo.
k. La buena información del personal, sus posibilidades de promoción, de participación y de crítica y las
oportunidades de formación permanente son partes importantes de la gestión del personal.

Las tareas profesionales han sido analizadas detenidamente por distintos tratadistas y reducidas a
subsistemas, dentro de los cuales es posible un agrupamiento ulterior por módulos, separables o no
funcionalmente de acuerdo con la importancia y la cantidad de personal de que dispone la biblioteca.
Myrl Ricking y Robert E. Both, citados por Garoogian han establecido una lista de trabajos profesionales,
reducidos a los siguientes siete subsistemas:

1. Formación de la colección.
2. Organización de la colección.
3. Preparación y mantenimiento de la colección.
4. Almacenamiento y recuperación de la colección.
5. Circulación.
6. Interpretación y uso de la colección.
7. Administración bibliotecaria:
a) Planeamiento.
b) Gestión económica.
c) Personal.
d) Relaciones públicas.
e) Recursos físicos (edificio, mobiliario, instalaciones y equipos).
Otro aspecto general de la profesión bibliotecaria es, por fin, su código de normas éticas que pueden
ir desde las amplias enunciaciones de los códigos norteamericanos hasta ese sucinto y ajustado decálogo
a que reducía las obligaciones específicas del bibliotecario el proyecto de «Código de ética profesional».

3.2. Clases de personal en las bibliotecas


Por de pronto, está bien claro que en una biblioteca es necesario un personal no estrictamente
bibliotecario, aunque también es verdad que todos los que trabajan en las bibliotecas deben tener algún
conocimiento de las mismas, puesto que el hecho de trabajar en una biblioteca confiere a todos los
trabajos (y a veces hay que extender esta afirmación hasta a los trabajos de mantenimiento de edificio e
24
instalaciones) una determinada orientación final que los hace distintos de otros análogos realizados en
centros de distinta naturaleza. Por otro lado, es preciso no olvidar nunca que todo trabajo de
comunicación realizado en la biblioteca debe tener como protagonista a personal bibliotecario. Tenemos,
pues, ya una primera división del personal:

a) Personal con funciones de información (personal bibliotecario).


b) Personal con funciones de apoyo, que, a su vez, se divide en personal administrativo,
especialistas técnicos y personal de oficios.

Como es natural, ninguna biblioteca -ni siquiera las nacionales más grandes o las universitarias de
mayor importancia- aspiran a la total autosuficiencia funcional. Es corriente tener que acudir a
prestaciones externas para trabajos de carácter administrativo (encuestas, estadísticas, diseños de
identidad gráfica, etc.), de carácter técnico (encuademación, impresión, etc.) o simplemente de
mantenimiento del edificio, instalaciones y equipos. Pero es absolutamente imprescindible la existencia
de personal capaz de realizar tanto las más simples rutinas de carácter administrativo como trabajos más
complicados de naturaleza jurídica o económica. En cuanto a los especialistastécnicosse reducen en concreto
tanto a los que han de tratar con fines de conservación los fondos de carácter tradicional
(encuadernadores, conservadores, restauradores) como a los que se ocupan de los nuevos medios y de
los equipos necesarios para su uso, así como a los responsables de aplicar las distintas técnicas, viejas
y nuevas, a los servicios bibliotecarios (fotógrafos, operadores de reprografía, especialistas en
microfotografía, informáticos, impresores, etc.). Como persona!de oficios hay que considerar tanto a mozos
y vigilantes como a los encargados del mantenimiento y reparación de las distintas partes del edificio,
mobiliario, instalaciones y equipos.
Toda esta gama de personal constituye la garantía del buen funcionamiento y de la eficacia de una
biblioteca en la medida en que es necesario en ella. La acción del bibliotecario se apoya sin remedio no
sólo sobre una serie de operaciones bibliotecarias, sino sobre un conjunto de condiciones físicas que
afectan tanto a la colección (y no olvidemos que «colección» son también los posibles terminales de
conexión con bases de datos) como a los medios para su conservación y difusión. De todo esto, son
responsables los tipos de personal de que venimos hablando y ese conjunto de condiciones físicas sirve
también en última instancia para determinar la cantidad y calidad del personal necesario.
Tampoco el personal con funciones informativas o bibliotecario es homogéneo. Puede tratarse de un
personal no estrictamente profesional, pre-profesional o profesional. El personal no profesional se puede
encargar de tareas propiamente bibliotecarias, como puede ser el mantenimiento de los depósitos y de
distintos trabajos en el proceso bibliográfico y físico del libro, sin necesitar para ello una formación
profesional específica, aunque sí precisen de alguna forma de preparación por medio de cursillos
debidamente programados. En España, por desgracia, esta clase de personal no sólo no dispone por lo
general de la debida preparación, sino que ocupa demasiados espacios que debieran ser ocupados por
bibliotecarios profesionales. Ni para las bibliotecas ni para los bibliotecarios es bueno este mal ya
endémico.
El personal pre-profesionales el personal en prácticas. La colaboración a la formación profesional es una
obligación estricta de las bibliotecas y una manera de facilitar la existencia de bibliotecarios. Esto
supone, en una buena organización, la presencia casi constante de este tipo de personal que trae consigo
tanto una ayuda como una carga para la biblioteca. Como es natural, su presencia será más asidua en
aquellos centros que realizan toda suerte de trabajos técnicos y que ofrecen completa o casi completa la
gama de servicios bibliotecarios.
El personal bibliotecario profesional es el encargado de realizar todo el conjunto de trabajos, rutinarios o
no, directa o indirectamente relacionados con la comunicación, es decir, con la transmisión de la
información ai usuario. Pero ni todos los trabajos encierran la misma dificultad ni todos pueden ser
realizados por bibliotecarios dotados de una formación homogénea. Ya las Pautas

*
de la IFLA nos previenen de la necesidad de distintos grados en la formación profesional y la experiencia
enseña que no funciona bien una organización bibliotecaria, tanto si su personal tiene niveles bajos como
si los tiene excesivos. Debe existir personal bibliotecario profesional encargado de realizar los múltiples
trabajos de rutina necesarios en una biblioteca aun después de su automatización, de dirigir bibliotecas
sucursales o servicios de menor responsabilidad y de realizar tareas informativas dentro de la dimensión
cultural que tienen sobre todo las bibliotecas públicas. Este tipo o categoría profesional está
universalmente aceptado y hasta recibe sin más el nombre de «bibliotecario» en muchos países. Su figura
está prevista en los planes de estudio y equivale a nuestro Ayudante de Bibliotecas.
Por encima de él se halla el bibliotecariocientrñco, capaz de realizar, en principio, cualquier tipo de trabajo
bibliotecario en cualquier tipo de biblioteca. Digo «en principio», porque muchas veces será preciso,
además, disponer de una serie de conocimientos especiales o de una experiencia profesional específica
imprescindible para la realización de algunas de estas tareas. Así que el bibliotecario científico, además

25
de su formación profesional, puede necesitar una especialización, sobre todo para trabajos de dirección,
para el análisis documental y para mantener el diálogo informativo. En el primer caso es necesaria la
especialización por clases de bibliotecas y de servicios, en el segundo por materias e idiomas, en el
tercero por materias o por áreas culturales.
Resumamos: El personal necesario en la biblioteca debe ser de las siguientes clases:
a) De investigación, diseño y dirección en mayor o menor escala (sistema, centro, servicio,
subsistema, módulo, etcétera) = Personal bibliotecario científico.
b) De ejecución = Personal bibliotecario profesional y personal bibliotecario no profesional.
c) De apoyo técnico, administrativo o físico.

3.3. La formación profesional dei bibliotecario


La profesión de bibliotecario no es sólo el ejercicio de unos trabajos que consisten en poner en
práctica una serie de fórmulas asimiladas por el aprendizaje, es decir, por la imitación y la repetición. Es
también un conjunto de conocimientos que justifican la acción. El bibliotecario profesional debe saber
qué hay que hacer en una biblioteca, cómo hacerlo y por qué hacerlo. Esta conjunción de teoría y de
práctica es lo que hace a la profesión de bibliotecario una profesión liberal y lo que convierte a las
distintas denominaciones del sistema de los conocimientos profesionales (biblioteconomía, si nos
fijamos en su carácter práctico; bibliotecología, si atendemos, sobre todo, a los aspectos descriptivos e
históricos; ciencia de las bibliotecas, si nos referimos, más que a nada, a su carácter global y científico)
en denominaciones que siempre se refieren a una ciencia aplicada. Por otro lado, como acontece siempre
que un quehacer está iluminado por una teoría o base doctrinal, la forma de evitar que los trabajos
profesionales se conviertan en inútil y rutinaria repetición de gestos aprendidos es la posibilidad de
valorar el ajuste entre teoría y práctica y la de someter a critica la teoría para comprobar en qué grado se
acomoda a la realidad cambiante. En última instancia se trata de la posibilidad de hacer avanzar la
profesión y en el poder de acomodar a lo ancho del espacio y a lo largo del tiempo la actividad profesional
a la realidad. Este último aspecto es el que confiere carácter científico a la profesión.
Con todo esto tenemos adquirido lo siguiente: que la profesión de bibliotecario tiene dos vertientes, una
técnica y otra científica y que, mientras la primera sirve para conferir homogeneidad - «profesionalidad»- a la
acción, la segunda sirve para evitar el anquilosamiento y para abrir nuevos caminos. Siendo esto así, una
consecuencia ulterior es que la formación profesional admite distintos grados y que las posibilidades de
avance se ven favorecidas con la especialización. La vertiente técnica libra de la improvisación; la
científica, del estancamiento.
Tanto la Unesco como la IFLA se han ocupado con interés de la formación profesional del bibliotecario.
El conjunto forma ya un cuerpo de doctrina relativamente bien estructurado que se apoya en la
experiencia de los países con más larga tradición en la formación profesional de bibliotecarios (que, por
lo general, han sabido ajustar su producción de profesionales, en cantidad y en niveles, a la demanda
social previsible) y que constituye una orientación segura para los países que aún tienen mucho camino
por andar en esta rama de la formación profesional.
Dentro de este cuerpo doctrinal, ocupan lugar preferente el análisis de las características de los
centros de enseñanza, el de los planes de estudio y el de los procedimientos y formas didácticas Los
centrosdocentes han de reunir la siguientes condiciones:

a) Ser de nivel universitario tanto en la dimensión técnica como en la dimensión científica de las
enseñanzas.
b) Tener objetivos y metas propios.
c) Tener sede o lugar propio.
d) Disponer de medios financieros propios, es decir, asignados específicamente al centro.
e) Disponer de los recursos pedagógicos (sobre todo de una biblioteca especializada) y
administrativos necesarios para su funcionamiento.
f) Estar servido por personal docente adecuado en cuanto a número y preparación. Una parte al
menos del mismo debe ser de dedicación plena.
g) Tener posibilidades para atender a la educación permanente o continuada de ios profesionales.
h) La culminación de los estudios y pruebas requeridos debe desembocar en el otorgamiento de un
título que garantiza la formación profesional de quien ha recibido las enseñanzas.
i) La gestión de los centros debe seguir las normas de otros centros docentes de igual nivel.
j) Los centros deben disponer de archivo administrativo propio.
k) Para poder hacer frente a las transformaciones necesarias o inevitables, los centros deberán
elaborar planes (tan orientadores como flexibles) a corto, a medio y a largo plazo.

El espíritu que anima todas estas orientaciones de la IFLA se basa en una doble exigencia: por un lado,
la exigencia de que la necesidad social de una profesión con características propias, como es la de
bibliotecario, lleve consigo el reconocimiento adecuado en el orden de la enseñanza; por otro lado, la de
que tales enseñanzas tengan la misma consideración académica que las otras de su mismo rango.
26
Los planes de estudio, además de las disciplinas de carácter general (entre las que se encuentran los
idiomas, la misma metodología general o introducción en las técnicas de la investigación) necesarias para
aquellos que hacen los estudios profesionales sin formación universitaria previa, comprende:

a) Disciplinas básicas técnicas que son aparentemente las tradicionales. Sólo aparentemente, por
los cambios introducidos en casi todas ellas y porque la irrupción ya comúnmente aceptada de
las nuevas técnicas en los trabajos bibliotecarios ha hecho prácticamente inútil distinguir entre
la formación del documentalista y la del bibliotecario, tema que tanto daba que hablar y escribir
diez años atrás. Estas materias son la catalogación y la clasificación «bibliográficas», la referencia
y bibliografía generales, la administración de bibliotecas y la historia del libro y de las bibliotecas,
a las que suele añadirse una introducción a la biblioteconomía (de carácter muy abierto por su
contenido y por el método) y un mayor detenimiento en las técnicas para la selección de los
materiales.
b) Disciplinas de especialización tanto por razón de los distintos tipos de materiales (fondos
antiguos, publicaciones seriadas, microformas, audiovisuales, grabados, etc.), como por los
distintos tipos de biblioteca (infantil, pública, universitaria, especial según las necesidades de
cada país) o por las distintas materias más o menos detalladamente (referencia y bibliografía en
humanidades, ciencias sociales, medicina y biología, ciencia y técnica, etc.).

Los distintos planes de estudio posibles se orientan hacia dos ciclos académicos:

a) Un primer grado universitario (nivel de diplomado) que admitiría dos formas: un único año de
enseñanzas técnicas para postgraduados en cualquier materia en el que se impartirían las
enseñanzas bibliotecarias básicas, o bien tres años de enseñanza de distintas áreas del
conocimiento (literatura, historia, lenguas, sociología, etc.) compartida con la de las materias
técnicas básicas. Este primer nivel no confiere la categoría de lo que nosotros llamamos
licenciado (el que sigue estos estudios puede serlo en cualquier otra materia), es decir, no
garantiza que el que ha realizado estos estudios tenga categoría de lo que hemos llamado
bibliotecario científico.
b) Un segundogrado (nivel de licenciado) en el que los ya en posesión del primer grado profesional (es
decir, diplomados en ciencia de las bibliotecas o campo equivalente) pueden convertirse en
bibliotecarios científicos en un ciclo de estudios cuya duración va de uno a tres años. En ellos se
profundiza en las materias técnicas básicas, se estudia alguna materia de carácter general -entre
las que no debe excluirse el aprendizaje de algún idioma complementario-, se ofrecen distintas
posibilidades de especialización y se inicia al alumno en los trabajos de investigación con la
redacción de un trabajo escrito (tesis o tesina).
La enseñanzaprofesional bibliotecaria se basa en estructuras tradicionales, como la «clase» y adopta los
procedimientos o formas didácticos habituales, pero se necesita aplicar el procedimiento adecuado y en
la medida justa a cada disciplina y no puede olvidarse la importancia de las prácticas que en algunos
planes de estudio llega casi al 50 por 100 del tiempo programado para los estudios. Los procedimientos
habituales son:
a) El expositivo o lección, que no tiene por qué ser precisamente «lección magistral», sino
presentación crítica y al día de un campo determinado de los conocimientos profesionales.
b) Expositivo-activo en el que participa también el alumno (en demostraciones, discusiones,
conversaciones, etc.) y en el que el papel expositor del docente se complementa con el de
moderador.
c) Activo, que discurre desde la simple observación hasta la investigación. Son todos los
procedimientos que implican la experiencia o la búsqueda directa. Tales son:
Las visitas a centros con la preparación y guía adecuadas.
Los trabajos prácticos o de «laboratorio» (estudio y análisis de supuestos y de casos,
solución de casos, consultas bibliográficas, comentario y crítica de obras profesionales).
Los seminarios que, dotando de medios de crítica y de las técnicas de la investigación,
preparan para la producción de pensamiento «propio».
Los trabajos escritos que pueden desembocar en el trabajo de investigación necesario
para obtener un grado académico.
Las prácticas, es decir, las estancias prolongadas en centros bibliotecarios donde se pueda
realizar y ver realizado cuanto se aprende en las enseñanzas teóricas* La importancia de
este procedimiento didáctico no depende tanto de su duración, cuanto de la existencia o no
de responsables de las mismas en el lugar en que se realizan y, sobre todo, de la existencia
o no de centros suficientes en número y calidad para poder realizarlas.

Históricamente la formación profesional del bibliotecario, donde existe, ha caído bajo la


responsabilidad de distintos organismos, aunque de ordinario son los organismos de la Administración

27
responsables de las bibliotecas, las asociaciones profesionales y los centros docentes los más
comprometidos en esta tarea. Con todo, aunque se observa una tendencia hacia la adopción de unos
ciertos módulos organizativos homogéneos, las prácticas en los distintos países son todavía muy variadas
y se está ya de acuerdo en que no es suficiente el recurso de los cursillos o de los cursos por
correspondencia.
En Gran Bretaña -por comenzar por donde existe una actividad más antigua y fecunda de formación
profesional estrictamente tal en Europa- el peso de la asociación profesional, la Library Association, ha
sido durante mucho tiempo de casi monopolio y sigue siendo importante en la actualidad. Para obtener
empleo era preciso ser «profesional» y para ser profesional era necesario estar inscrito en la Asociación
que se encargaba de que sus miembros demostrasen de forma adecuada su competencia profesional, sin
preguntarle dónde ni cómo la había adquirido. El predominio absoluto de la LA en la primera época se
explica por la falta de centros docentes especializados estrictamente tales, suponía la ausencia de los
«docentes» al valorar la preparación profesional y tenía como consecuencia la constitución de una
profesión muy compacta y fuertemente unitaria. Las necesidades de personal de la post guerra
provocaron un cambio en la situación a finales de los años cuarenta: brotan centros de formación
profesional en los institutos tecnológicos, brota el profesorado con dedicación plena y presencia en los
exámenes. Con todo, la LA sigue controlando los exámenes y los planes de estudio y, aunque se
establecen cursos ya de dos años, todo ello no es más que la preparación para un examen por el que se
obtiene un diploma que permite ejercer la profesión. Es decir, no se ha superado el estadio en el que,
como diríamos en España, la formación profesional no es mucho más que un período, que hay que olvidar,
conducente a aprobar una «oposición». Evidentemente, la formación profesional como ingreso en un
mundo de conocimientos en continua expansión del que ya no puede salirse es muy otra cosa. La creación,
en 1965, del CNAA (Council for National Academic Awards) tiene como efecto la posibilidad de organizar
cursos de doctorado fuera de la universidad. La biblioteconomía fue una de las ciencias que se acogió a
esta posibilidad y en los años setenta brotaron este tipo de estudios tanto en ciclos de tres o cuatro años
en muchas universidades, con la posibilidad de obtener un título en biblioteconomía, como en cursos más
rápidos que permiten a titulados en otras materias disponer de un diploma de especialización en
biblioteconomía. La LA ha terminado por ceder su predominio en la formación profesional, limitándose a
su papel de representación y de control.
En Alemania existe una gran variedad de procedimientos con mayor o menor antigüedad, desde que
en 1893 se estableció en Prusia el examen profesional. Existen escuelas ligadas a bibliotecas (Frankfurt,
Stuttgart), unidas a universidades (Colonia, Hamburgo) o bajo la responsabilidad de órganos de la
administración responsables de las bibliotecas (Baviera). Las enseñanzas preparan para las distintas
especialidades (bibliotecarios científicos y bibliotecarios de biblioteca pública) y para los distintos
niveles (superior y medio en ciclos de cuatro y de tres años, respectivamente). En la Universidad de Colonia
se mantiene una cátedra de Biblioteconomía, ofrecida como una de las materias de especialización para
postgraduados y que trata de fomentar la investigación en el campo de las bibliotecas. Para
documentalistas existen cursos de doce semanas para postgraduados. En general se concede gran
importancia al tiempo dedicado a prácticas que, en algunos casos, llega al 50 por 100 del total dedicado
a la formación profesional.
En Francia sigue existiendo, con alguna excepción, como vamos a ver, fuerte separación entre la
formación de bibliotecarios y la de documentalistas. Los orígenes en la formación de bibliotecarios se
remontan a la Ecole des Chartes creada en 1839, reorganizada en 1846 y con cursos formales para
bibliotecas desde 1869. En 1932 se crea el Diplome Technique de Bibliothécaire. Ante la falta de iniciativas
oficiales Gabriel Henriot crea en 1935 la escuela de bibliotecarios-documentalistas en el Instituto Católico
de París, orientada a la formación en los aspectos más modernos de la profesión. Sólo a partir de la mitad
de nuestro siglo se encargarían de esta tarea los organismos responsables de las bibliotecas públicas en
Francia, creando en 1963 la École Nationale Supérieure de Bibliothécaires en París, que sería trasladada
en 1974 a Lyon-Villeurbanne. El hecho de ser única constituía ya una dificultad por sí mismo. Por eso se
ha dado la posibilidad de obtener también el «Certificat d'aptitude aux fonctions de bibliothécaire» en
provincias con la colaboración de un grupo de bibliotecas escogidas, como comienzo de una
regionalización de la enseñanza. Con todo, los franceses consideran que sus enseñanzas en este campo
son a veces «benévolas» y siempre cortas y que la falta de personal docente de plena dedicación es un
obstáculo para enfrentarse profesionalmente con el futuro y estar abiertos a las innovaciones.
Esta condición muy «vocacional» de la profesión presente ya en Francia, se halla acentuada en Italia y
mucho más en España, países donde se «nace» bibliotecario o donde la profesión es más bien erudición,
oficio o rutina. Ni los órganos de la Administración pública italiana ni la AIB intervienen en la formación
profesional. Hay cursos de biblioteconomía y de bibliografía en algunas universidades, pero de
orientación preferentemente histórica, al estilo de las cátedras existentes en España después de la
desaparición de la Escuela de Diplomática. En la Universidad de Roma funciona desde 1926 una Escuela
Especial de Archiveros y Bibliotecarios, que organiza cursos de actualización profesional y sobre todo uno
de dos años de duración (completados con la redacción de una tesina) que confiere el diploma de
archivero, bibliotecario o conservador de museos. Enseñanzas análogas se imparten en la Universidad de

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Parma. Aunque abiertos a licenciados en cualquier materia, el hecho de que se exija en Roma el
conocimiento del griego y la formación en tres campos que constituyen actualmente tres profesiones tan
distintas, permiten la sospecha de que los aspectos históricos pesen en exceso en la formación, cosa por
lo demás perfectamente disculpable en Italia dada la riqueza del fondo antiguo en su patrimonio
bibliográfico. Por otra parte, la falta de formación para bibliotecarios de nivel profesional, aunque, no
científico, hace correr el peligro de que las bibliotecas públicas sin demasiados compromisos de
conservación puedan ser encomendadas a manos convencidas erróneamente de que la tarea principal del
bibliotecario es la animación cultural.
En Holanda se combinan formas de enseñanza típicas en otras partes: cursos no oficiales, escuelas
especiales con cursos de dos años más otro de especialización y cátedras de biblioteconomía y de historia
del libro en la Universidad de Amsterdam.
La organización bibliotecaria danesa tiene una escuela especial en Copenhague (con rama para
bibliotecas públicas en Aalborg, Jutlandia) que en cuatro años de enseñanza confiere la especialidad en
bibliotecas públicas o en bibliotecas de investigación.
La formación en Suiza descansa sobre tres pilares: la importancia de las estancias de prácticas, el
trabajo para la obtención del diploma y el control ejercido por la Association de Bibliothécaires Suisses.
La ABS organiza cursos de dos años y otros de cuarenta semanas (con un solo día docente por semana)
en Neuchátel, Berna y Zurich. La Ecole de Bibliothécaires de Ginebra es lo que nosotros llamamos una
escuela universitaria que imparte enseñanzas de tres años desde 1918.
En Estados Unidos existe la posibilidad de obtener los títulos tanto de Master of Library Science (MLS)
como de Doctor of Philosophy (PHD) en ciencia de las bibliotecas y de la información con distintas
especialidades: ciencia de la información, administración de bibliotecas, archivos- manuscritos-
colecdones históricas, bibliotecas especiales. El MLS se obtiene con tres años de estudio. El PHD, con los
mismos estudios más la redacción de una tesis.
La situación no varía en exceso en los países del área socialista ni en los menos desarrollados, sobre
todo del mundo de lengua española, algunos de los cuales (México, Argentina, Venezuela, Colombia)
cuentan con una más que apreciable tradición de actividades docentes. En todo caso, cualquier intento
de comparación y mucho más de trasplante debe tener primordialmente en cuenta las necesidades
sociales urgentes en cada caso.

3.4. Organización dei personal


En última instancia, la eficacia de una biblioteca depende del personal de que disponga. Disponer,
pues, de él y organizarlo debidamente es la condición de posibilidad de toda acción bibliotecaria
verdaderamente importante. Para ello, es preciso tener en cuenta las siguientes observaciones:
a) La biblioteca necesita distintas clases de personal no sólo bibliotecario. Además de las distintas
categorías de personal bibliotecario, es preciso el personal administrativo, el personal técnico y el
personal de vigilancia, transporte y conservación. El personal bibliotecario, como hemos dicho, puede ser
titulado universitario o no y hasta tener o no formación profesional estrictamente dicha. La formación
profesional que no supone titulación superior universitaria suele crear, en algunos campos profesionales
(sobre todo en aquellos en los que bibliotecarios «superiores» trabajan codo a codo con bibliotecarios «de
grado medio»), situaciones inestables, ya que pocos profesionales se resignan a no subir a la categoría
superior; tal es el caso de las bibliotecas universitarias o nacionales. La situación es mucho más
apreciable en países como España, en los que la profesión de bibliotecario no ha nacido hasta muy
recientemente. Entre nosotros, además, los Cuerpos de bibliotecarios del Estado vieron nacer primero al
de superior categoría, mientras que el hoy llamado de Ayudantes de Archivos, Bibliotecas y Museos y
antes Auxiliar, ha sido de hecho un estribo donde apoyarse para pasar al Cuerpo Facultativo. El que pueda
existir un personal bibliotecario sin formación profesional estrictamente tal, pero dotado siempre de
alguna formación, es consecuencia del principio inamovible de que toda tarea de comunicación en la
biblioteca debe ser realizada por personal bibliotecario. La simple gestión de un puesto de control del
préstamo es muy distinta cuando se halla en manos de personal con algún entrenamiento profesional. El
personal técnico (Informáticos, fotógrafos, impresores, encuadernadores, etc.) debe tener la formación
adecuada para poder aplicar acertadamente su técnica a cada centro y a cada situación, además de para
poder mantener el diálogo necesario con el personal bibliotecario. Ya lo hemos dicho: bibliotecario es el
que trabaja en la biblioteca y, en cierta medida, el que trabaja en la biblioteca es bibliotecario.
b) La biblioteca necesita una determinada cantidad de personal. Los manuales orientan sobre este
particular tomando como base la población o los fondos de la biblioteca y aceptando siempre ios
márgenes de relatividad propios de las distintas clases y tamaños de las bibliotecas. Las Pautas de la IFLA
apuntan una persona al menos para trabajos de información y, a partir de ahí, una persona (siempre con
las mismas funciones de información) más el personal complementario adecuado para cada 2.000/2.500
habitantes. Los tratadistas en bibliotecas científicas piden una persona para cada 10.000 documentos
que se adquieran y una persona también para cada 2.500 títulos que se cataloguen. En el mundo de las

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bibliotecas escolares no son pequeñas las variaciones entre los distintos autores. La verdad es que la
cantidad del personal en una biblioteca no se determina sólo en virtud de la demografía o de la colección
bibliográfica, sino también en virtud de los servicios que la biblioteca deba prestar. Y esto depende no
sólo de la situación bibliotecaria general de la comunidad cuya es la biblioteca (si hay otras bibliotecas o
no, si hay bibliotecas escolares o no, etc.), sino también de la organización de ésta, de los papeles que
haya de desempeñar dentro del sistema bibliotecario al que pertenezca y, como es natural, de los medios
económicos y humanos de que se dispone. Como es evidente, los medios son un elemento importante en
la planificación.
c) Es necesario fijar la calidad del personal en función de las necesidades de la biblioteca, que
equivale a decir de los usuarios. Estamos englobando aquí todos los problemas que se refieren al
reclutamiento del personal. En la medida en que no existe una verdadera profesión o en la medida en que,
existiendo, no interviene en modo alguno no ya en el hecho concreto del reclutamiento, pero ni siquiera
en el establecimiento de las condiciones necesarias para ser reclutado o sencillamente para el ejercicio
de la profesión, la selección del personal se convierte en una simple tarea burocrática para allegar
funcionarios o en una puerta para la satisfacción de aficionados. Entre ambos extremos, el tradicional
sistema español de oposiciones, con todas sus ventajas e inconvenientes, ha servido para nutrir los
Cuerpos Facultativo y de Ayudantes, en los que el carácter «facultativo» o especializado acallaba un tanto
la condición de funcionario, al mismo tiempo que la presencia o intervención corporativa en el
establecimiento y resolución de las pruebas, aseguraba una cierta presencia de lo profesional en el
reclutamiento.
La selección del personal incluye los siguientes pasos, muchos de los cuales se saltan, cuando el
reclutamiento se hace por fórmulas excesivamente burocráticas: análisis o definición del puesto por
razón de su función (y consiguiente de su situación en un sistema y en su correspondiente organigrama);
descripción del mismo con las exigencias para cumplir la función; especificación o determinación de las
condiciones del candidato; oferta del puesto y proceso de selección propiamente dicho basado siempre
en alguna forma de «entrevista», es decir, de contacto directo (personal) o indirecto (curriculum), individual
o colectivo (ejercicios o pruebas). Puesto que sólo la práctica puede conferir el grado de ajuste necesario
entre puesto y candidato, toda selección debe ir seguida en alguna medida de un período de adaptación
al puesto. Como es natural, los puestos de máxima responsabilidad en los que importa la iniciativa y
resulta imprescindible la capacidad creadora y directiva, tienen un sistema de selección con
características propias.
d) Ni la cantidad ni la calidad bastan por sí solas. El bibliotecario debe saber además organizar
debidamente el personal, darle la estructura adecuada. El problema se plantea en cualquier biblioteca, pero
crece a medida que aumenta la complejidad del centro o del sistema bibliotecario y, con ella, el número y
la diferenciación del personal empleado. En una pequeña biblioteca pública se tiene la impresión de que
el bibliotecario debe saber hacerlo todo, aunque su tarea principal debe consistir en la comunicación.
Pero bien pronto surge la necesidad -sin salir de la biblioteca pública- de contar con especialistas en
bibliotecas infantiles, en los distintos medios y en grandes campos del conocimiento (humanidades,
ciencias y técnica, ciencias sociales....). En la biblioteca universitaria hemos de contar al menos con
especialistas por materias. En las bibliotecas nacionales la especialización debe ser además por áreas
geográficas (y lingüísticas) culturales. Por otro lado, la complicación de los trabajos bibliotecarios ha
obligado a dividir la biblioteca en secciones técnicas y ha traído como consecuencia la
departamentalización de la misma, cuando menos en los tres departamentos típicos de adquisiciones,
catalogación y difusión o circulación. Inevitablemente se ha producido también una
compartimentalización del personal, sobre todo del bibliotecario que, muchas veces, se convierte más en
un especialista que en un encargado de transmitir la información.
Thomson, recogiendo las corrientes más actuales y mirando a la biblioteca universitaria ha analizado
este hecho y nos habla de una doble posible estructura del personal bibliotecario. Por un lado está la
estructurapiramidal. En ella, como ocurre tradicionalmente, por debajo de un director y de un subdirector, se
hallan unos departamentos básicos que, a su vez, se dividen en unidades menores más o menos
independientes funcionalmente. La razón fundamental de este hecho ha solido ser la preponderancia de
los trabajos del departamento de proceso en la biblioteca y, mientras que, desde el punto de vista de la
administración bibliotecaria ha solido garantizar una buena organización y funcionamiento de la
biblioteca, desde otro punto de vista, puede aislar al bibliotecario de su papel informativo y resultar
personalmente frustrante.
Por eso se propone ahora una estructuración del personal enarco. En este arco, el personal directivo es
la clave y el resto de los bibliotecarios las dovelas. En este caso, la organización de la biblioteca se haría
teniendo en cuenta la especialización no por funciones, sino por materias. El bibliotecario, especialista
en una materia o familiarizado al menos con una materia o grupo de materias, intervendría en la selección,
en la catalogación (sobre todo por materias), en la referencia y en los trabajos y servicios bibliográficos
de su especialidad; en algunos casos (especialistas en economía, derecho, etc.) podrían intervenir
también en otros aspectos de la gestión bibliotecaria. Esta forma de organizar el personal bibliotecario
favorecería la visión positiva del bibliotecario por parte del usuario y haría más atractiva la profesión.

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Es indudable que, además de estas posibilidades, fundadas en la misma evolución de la biblioteca
hacia una orientación más informativa, el desarrollo provocado por las nuevas técnicas y por las formas
de cooperación bibliotecaria, obligan a cuestionar en la actualidad algunas viejas formas de organizar el
personal en la biblioteca.
e) La biblioteca debe establecer unas condicionesadecuadasdetrabajo. Ni la selección ni la organización
del personal lo son todo. En su trabajo, el bibliotecario necesita la información previa suficiente para
conocer el centro y sus posibilidades laborales, así como los instrumentos de trabajo que ha de utilizar y
los aspectos estrictamente laborales. Es una introducción necesaria que, según la importancia y
naturaleza de la biblioteca, va desde una simple visita al centro hasta la formación en servicio por los
distintos departamentos, pasando por las explicaciones que sean necesarias. La realización del trabajo
necesita unas normas de procedimiento o «manual del personal» en el que, de una u otra forma, se
describan los distintos trabajos y la forma concreta de realizarlos. Las reuniones de trabajo, generales o
por secciones, permiten no sólo la información, sino también la participación en la gestión y planificación
del centro. La formación permanente, que garantiza el conocimiento de las nuevas doctrinas y técnicas
bibliotecarias exige disponer del material bibliográfico necesario y estar presente en las reuniones
nacionales e internacionales. Toda biblioteca debe tener alguna forma de

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acceso a una buena colección bibliográfica profesional y la posibilidad de informarse sobre las
reuniones profesionales. La evaluación tanto del nivel del puesto como del rendimiento de quien lo ocupa,
las posibilidades de promoción y el respeto a los aspectos humanos del trabajo (realización personal,
estima, grado adecuado de libertad o autonomía, seguridad, condiciones fisiológicas y físicas, etc.) son
otros tantos aspectos relacionados con el personal que deben ser tenidos en cuenta. Como es natural,
muchos de tales aspectos están ya legalmente establecidos, pero nada que esté relacionado con los
resultados deja de ser materia estrictamente bibliotecaria, además de sindical. La eficacia de la
biblioteca descansa también esencialmente sobre factores personales. Frente a cierta fiebre pasada por
los números y las normas, que son sobre todo medios de planificación, los problemas relacionados con
los bibliotecarios son radicalmente cualitativos, de búsqueda de la propia identidad (cuadro 3.1).
Como en cualquier otra profesión, el círculo de la profesionalidad del bibliotecario se cierra con la
pertenencia a una comunidad profesional (que va mucho más allá de la pertenencia a un Cuerpo o Escala y
que rebasa las propias fronteras nacionales), con el reconocimiento social, manifestado en la exigencia de
sus servicios y en un «status» determinado, y con el conocimiento y aceptación de una éticaprofesional. Las
obras sobre esta última, aludidas anteriormente, suelen fijarse en la obligación de ejercer la profesión al
servicio de los usuarios, de formarse y mantenerse formado profesionalmente, de no aceptar otras formas
de remuneración fuera del salario por el trabajo considerado normal, de no ejercer ninguna forma de
discriminación ni aprovechar con fines extrabibliotecarios la información adquirida sobre los usuarios, de
mantener un honor profesional.
La misión del bibliotecario sólo puede cumplirse si es él el que encara los trabajos más comprometidos
de la biblioteca (selección, catalogación por materias, información y referencia), si permanece siempre
abierto a nuevos soportes y técnicas de comunicación del conocimiento y si sabe no aburrirse ni aburrir
con la repetición de viejas técnicas y fórmulas en ninguna manera sagradas, encerrado en los habitáculos
de una galaxia que, si no se aleja para desaparecer, sí que está siendo envuelta por otras nuevas.

CUADRO 3.1 Organizacióndelpersonalenlabibliotecapública

I. Cinco instrumentos para la organización del personal:


1. Fijación de los objetivos del servicio en general y de cada una de las ramas y
departamentos del mismo.
2. Organigrama que muestre las responsabilidades y conexiones de todo el
personal en cada rama, departamento y equipo o grupo de trabajo.
3. Descripción de las tareas de cada puesto con indicación en términos
generales de sus obligaciones y de sus relaciones con otros.
4. Un manual de personal con instrucciones precisas sobre materias de interés
común, revisado y actualizado convenientemente.
5. Hojas de tiempo y fichas de tareas preparadas dentro de cada departamento
y hasta donde sean necesarias.
II. Medios de carácter psicológico y social:
1. Manual del personal.
2. Boletines o circulares con información administrativa o social.
3. Equipos de personal dedicados al estudio, durante el horario laboral, de
problemas específicos. Comités representativos en cada gran departamento.
4. Reuniones ocasionales de carácter general sobre materias de interés común,
reuniones sociales de carácter informal, una reunión anual al menos de
carácter formativo y para el conocimiento mutuo del personal de los distintos
centros y servicios.
5. Un equipo directivo capaz de delegar responsabilidades y de aceptar
sugerencias y críticas.
ANEXO:

Examen del módulo:

TECNICAS DE INFORMACION, PROGRAMAS DE EXTENSION Y CUALIDADES


DEL PERSONAL EN LAS BIBLIOTECAS

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1. ¿ P o r qué es necesario la publicidad y las relaciones públicas para el uso óptimo de la
biblioteca?

2. ¿ Cómo se debe recepcionar y orientar al usuario ?

3. ¿ Para qué sirve la colección de referencia ?

4. Describa los tipos básicos de obras de referencia .

5. ¿ En qué consiste la actividad de información bibliográfica y la de información bibliotecaria ?

6. Explique las técnicas de información que debe conocer todo bibliotecario.

7. ¿ Qué es la extensión bibliotecaria y qué servicios se esta naturaleza se pueden desarrollar ?


8. ¿A qué se denomina extensión cultural y qué actividades de este tipo estarían en condiciones de
llevar a cabo las bibliotecas públicas?

9. Determine las clases de personal que se requieren en las bibliotecas.

10. ¿ Cómo debe ser la formación profesional del bibliotecario?


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