A mi madre, que tiene mala memoria

Colesterol y un poquito de azúcar, a partir de ahora modere la ingesta de azúcares y grasas, haga una dieta rica en verduras y coma muy poquito pan en las comidas. Éste fue el diagnostico que mi apenada madre escuchó el otro día de boca del médico de cabecera. Mi madre nació en el seno de una familia en la que el pan era un bien escaso, el azúcar ni qué decir tiene y las grasas, o sea, el chorizo, el salchichón, el tocino, las carnes en general, el aceite de oliva, .. simplemente inexistentes. Mi abuela era una mujer apocadita, prudente, con poca fuerza, temerosa y con poca seguridad en sí misma, con baja autoestima que se diría ahora. En el pasado, y en concreto en tiempos de guerra, la poca seguridad o la fuerza se derrochaban en esquivar las balas y el hambre, las balas con cintura y suerte y el hambre con tesón, paciencia y agua. En aquellos tiempos el agua en los pueblos era gratis y se vertía libre de los caños y las fuentes, seguramente era lo único libre que corría por entonces, correr era sinónimo de escapar y escapar era inherente a los que tenían algo que esconder y por lo tanto eran susceptibles de ser detenidos, lo dicho, el agua era libre, el resto tenían el cuerpo y la mente presos y atemorizados. Mi abuelo no era un hombre brillante, era más bien borrachín y tozudo, siempre fiel a sus ideas, era un hombre “echao p´adelante” que se decía entonces, un punto bocazas y fanfarrón....., esta manera de ser alguna vez le pasó factura, pero... a quién no la suya?. Me cuenta mi madre que cuando mi abuelo fue denunciado por su pareja de trabajo en el 36, era guardia de asalto y siempre iban en parejas, toda la familia tuvo que huir a un pueblo cercano, que era zona republicana, para estar más seguros. Con el tiempo cayó Batena y toda la familia volvió a Torrenueva del Río sabiendo lo que más tarde o más temprano les esperaba: cárcel para uno y hambre para todos. Fue más temprano que tarde cuando detuvieron al abuelo por rojo, lo recluyeron nueve meses en la cárcel del pueblo en la que, mal que bien, estaba cerca de la familia y algo le llegaba de vez en cuando a la boca, sobre todo por María, la hija mayor, que por prometerle amor al carcelero le dejaba pasar algún que otro mendrugo que no siempre llegaba a la barriga de su padre: hay que tener en cuenta que en aquella época todo el mundo tenía hambre,

también los carceleros, y era bastante frecuente que la comida que las familias llevaban a los presos, acabara en los aviesos estómagos de los carceleros. Como fuere, María consiguió que su padre se mantuviera vivo durante aquellos nueve largos meses. Después llegaron otros nueve meses. Lo trasladaron a la cárcel de Villanueva del Terrible, pronosticando el propio nombre la etapa que le esperaba: cárcel, hambre y cómo no, trabajos forzados en las minas del pueblo. Cada mañana antes de despuntar el sol levantaban a la tropa y los conducían como a los cabestros en los San Fermines, con la cabeza gacha, los pies descalzos y ligeros, ,siguiendo la turba por inercia, con la decisión perdida, en manos del verdugo que lleva el capote y la espada. Camino de la mina como si del matadero se tratara iban los hombres de la media España que sufría de pena, derrota, hambre e injusticia. Eran tan numerosos que no había espacio en las celdas para todos, dormía cada preso en su zanja, con agua hasta los tobillos y masticando la dura humedad que se metía en las entrañas. El abuelo sufrió mucho y fue por entonces cuando empezó a crecer dentro de él aquello que le decían “el reuma” y que años más tarde le impediría prácticamente andar y ser útil por sí mismo. Durante los largos meses que duró el cautiverio del abuelo, la abuela Carmen tuvo que enfrentarse al hambre de sus hijos e ir de acá para allá buscando qué echar a la boca de sus siete criaturas: María, Miguel, Carmela, Encarna, Antonio, Anita y el Pepico. Pero también pasaron los segundos nueve meses y el resultado fue la vuelta del abuelo a su pueblo. A partir de entonces, con un pasado reciente de rojo, con dieciocho meses de cárcel a la espalda, siete hijos y esposa que alimentar, y el reuma haciendo mella en sus articulaciones, todo fue mucho más fácil. El abuelo consiguió trabajo de matarife, ya en la cárcel había hecho lo propio y tenía experiencia, así que, lo contrataban de aquí y de allá para que sacrificara a los cerdos en época de matanza, así, y con la gabardina de bolsillos internos que le había confeccionado la abuela, se fue haciendo con alguna porción de carne que tomaba prestada a los cerdos que mataba y que posteriormente era cambiada por patatas, alubias, albaricoques o lo que pudiera, siempre con el pensamiento puesto en conseguir la mayor cantidad posible de comida en el intercambio, de esta forma hubo épocas en las que se comían sólo habichuelas, o solo patatas, o sólo lo que hubiera. Por entonces la abuela colocó a Miguel en un horno de pan para que aprendiera el oficio y a cambio de su trabajo le pagaban dos panes diarios, benditos panes que llenaban la tripa y saciaban igual que vacas rellenas de pajarillos.

Pasaron los duros años del hambre y llegó la escasez , un período en el que se tenía hambre pero no se moría por ello, se moría por venganza, por desprecio, por rencor o por fusilamiento. Haciendo muchos sacrificios el abuelo consiguió salvarse y casi tres décadas más tarde, allá por el 75, más concretamente un 20 de noviembre, estando el abuelo en casa, postrado en su sillón de patriarca con el reuma campando a sus anchas por su dolorido cuerpo, nos despertamos con la noticia : Franco a muerto. A pesar de haberle condenado a muerte en doce ocasiones sobrevivió al dictador y la mañana del 20 de noviembre de 1975, tras saberse la noticia, el abuelo tomó posesión de su sillón, que no abandonaría en todo el día ni para comer, sacó del bolsillo de su chaqueta su última condena de muerte escrita, que aún conservaba, la extendió amarillenta y temblorosa sobre la mesa y miró la televisión con los ojos llenitos de ayer como dice Serrat en una canción. El papel rezaba: “D. Fernando Pérez García es condenado a la pena capital por ser comunista de los llamados rojos”, (esto último escrito con tinta roja y saña), etcétera, etcétera, etcétera”. El día 20 de noviembre de 1975 mi abuelo Fernando sólo despegó sus labios con una letanía que fue repitiendo de cuando en cuanto durante todo el día, rezaba: “Has caído tú primero cabrón, has caído tú primero cabrón”. Yo, que entonces era una niña de doce años veía cómo sus ojos se humedecían pero sin dejar escapar ni una sola lágrima, mi madre, Anita, le insistía al abuelo: -anda papa, come algo,¿ te preparo un cafelito con pan migao?,...., pan, ese pan que en la guerra faltaba, el 20 de noviembre de 1975 mi abuelo lo despreciaba, tal vez despreciando en ese acto todo el sufrimiento, la agonía, el miedo que aquel muerto en su féretro le había perpetrado a él y a tantos como él durante tantos años. Hoy por hoy en mi casa nunca falta el pan, auque mi madre no pueda comer más que un poquito en las comidas, y tampoco falta memoria para recordar. De cuando en cuando recordamos como obligación y como afición, y recordamos con alegría de que todo haya cambiado y con melancolía también por los que faltan y ya no pueden comer ni pan, ni nada.

Mayo 2010 Autor: Sinse Udónimo

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