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LA JORNADA CATEQUÉTICA EN EL PLAN DE PASTORAL

Las Jornadas Catequéticas son espacios que permiten vivenciar la fe desde un espacio
privilegiado para la reflexión teológica y la vivencia comunitaria, es decir, dan razón de la fe
desde el afecto o las sensaciones y no sólo desde el conocimiento, desarrollando los valores
propuestos por Jesús en el Evangelio.

Las jornadas ayudan a que los estudiantes tengan un conocimiento realista del mundo para
que lo valoren críticamente y acepten que son capaces de llevar una transformación social que
favorezca a los más excluidos.

El trabajo vivencial de las jornadas está encaminado a despertar el diálogo con el Dios de la
Vida. Este proceso reflexivo, espiritual y comunitario ha de desembocar en una praxis solidaria
a través de la formación en acción social (FAS), que pretende alcanzar el fin último de la
educación: formar jóvenes para los demás y con los demás.

El educador ignaciano es el responsable de propiciar momentos de encuentro con y entre los
jóvenes, espacios de diálogo y conocimiento mutuo, para interesarse por su vida y por la de los
demás. Se debe tener en la mente que cada estudiante necesita de acompañamiento y de un
testimonio de vida cristiana que pueda ser una luz en el camino de crecimiento integral. Al
final el educador es un espectador de la experiencia de Dios en nuestros jóvenes.

Dinámica de las jornadas

En esta tarea el educador ignaciano propicia distintos momentos, cada uno de vital relevancia
para la Jornada Catequética, misma que no podría iniciar sin la oración. ORAR es disponerse a
escuchar a Dios, acercarse a Él, dejarlo que nos hable y nos diga hacia dónde ir en las cosas
más cotidianas y sencillas. Los cuarenta minutos de oración, la reflexión de la propia vida, el
escuchar y compartir las resonancias de los compañeros, hacen de la oración es una vivencia
interna que es como miel que se derrama sobre el alma y lo endulza todo (S. Juan Ma.
Vianney).

El segundo momento es el trabajo personal en la jornada catequética, mismo que hace
referencia al componente reflexivo del Paradigma Pedagógico Ignaciano; es un espacio que
permite al estudiante gustar los conocimientos adquiridos y expresarlos de forma personal e
individual a través de ensayos, composiciones gráficas, poemas, oraciones, arcilla, plastilina,
yeso, etc. Esta introspección es compartida y fortalece la integración, los ayuda a aceptarse, a
compartir sus conocimientos y a dialogar e interactuar con sus compañeros desde el respeto.

La presentación teórica, requiere tomar en cuenta varios elementos que facilitarán al
estudiante comprender el conocimiento religioso-personal-comunitario esperado. El educador
ignaciano la planifica la Jornada desde varios enfoques: pedagógico, facilitando los
conocimientos desde lecturas complementarias, consultas, dinámicas y otras formas de
trabajo personal y comunitario; pastoral, logrando una praxis liberadora y cercana con Jesús;
bíblico, poniendo la Sagrada Escritura como una herramienta que de primera fuente nos
acerca al Dios actuante en la historia; eclesial, colocándonos como una comunidad abierta al
mundo, y a sus problemas, con especial predilección por los pobres y marginados, al estilo de
Jesús; y finalmente con la intención de mover el afecto para sentir y gustar de las cosas desde
la puesta en obra de servicios apostólicos concretos.

Finalmente la evaluación. Dentro de la jornada la cultura evaluativa pretende evidenciar la
consecución del Magis Ignaciano que nos invita a “ser para los demás”. Una evaluación
personal y comunitaria, que necesita de una pausa para responder a las preguntas ¿A dónde
voy?, ¿qué hago?, ¿por qué, para qué o para quién lo hago?, ¿qué sentido tiene? Esta
evaluación realizada al final de la Jornada invita a los jóvenes a valorar sus experiencias en
cada momento (oración, trabajo personal, trabajo comunitario), reflexionar les permite ser
sinceros en sus apreciaciones y ser honestos con su valoración.

La experiencia de la Jornada Catequética desde la Formación Cristiana, pretende lograr que los
jóvenes tengan una visión más cercana de Dios, no como algo separado de sus vidas sino como
un Dios presente en la experiencia. Sensibilizando su preferencia por los pobres
despertándolos a realidades desconocidas para ellos. Lo que pretende al fin y al cabo el colegio
es formar verdaderos cristianos “hombres y mujeres para los demás”.