Está en la página 1de 7

Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

theclinic.cl

Neruda, el profeta inconsciente


Daniel Hopenhayn
15-19 minutos

Suele decirse que Marx restauró, a su pesar, la tradición de los


profetas bíblicos, sólo que adaptada a los tiempos modernos: sus
fuentes de iluminación ya no eran cósmicas ni divinas, sino
estrictamente racionales. Su profecía, por lo mismo, no apuntaba
tanto a recuperar el aliento originario de la creación como a
organizar la construcción de un nuevo mundo, sometido a los
designios de la razón humana.

Gastón Soublette, como Marx, se resiste a la sociedad egoísta y


alienada que surgió de la Revolución Industrial. Pero a la hora de
imaginar mundos mejores, milita en el bando de los antiguos.
Todas sus indagaciones en la cosmovisión cristiana, mapuche o
china se han inscrito en la valoración de una sabiduría primigenia,
respetuosa del “orden dado” o natural, y en la crítica a la
desmesura del “orden construido”, centrado en la dominación y el
cálculo, que disocia al ser humano de su entorno, de sus
semejantes y, finalmente, de sí mismo. El “don profético” que ahora
redescubre en Neruda también apunta en esa dirección. La tesis
de La ciudad amarga es que el poeta habría sabido escuchar,
como quien presiente un terremoto, “los primeros crujimientos de la
ruina a que estaba destinado el mundo que lo vio nacer”.

Para descifrar esas intuiciones, Soublette debe recurrir


directamente a los poemas. Porque de sus largas conversaciones
con Neruda, sostenidas entre 1965 y 1969, sólo pudo concluir que
él era incapaz de poner en perspectiva filosófica lo que había

1 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

escrito. “Jamás pude llevarlo a una conversación sobre su poesía


que trascendiera lo puramente anecdótico. […] Incluso llegué a
imaginar que su inspiración poética, en relación con el hombre
amistoso y dialogante de fácil entrega que yo veía en él, era el
producto de una especie de esquizofrenia”.

La explicación sería esta: lo que Neruda intuyó, guiado por el


pensamiento poético, fue la crisis del propio pensamiento poético.
Crisis que a su vez explicaría, en palabras de Soublette, que hoy
“nadie o casi nadie lee poesía […] La atención a una obra lírica
supone en el hombre una cierta actitud que el modelo de
civilización vigente, puramente económico y tecnológico, va
excluyendo gradualmente hasta su desaparición. Así, nuestros
patrones de pensamiento van siendo determinados
inconscientemente por una mecánica que agrede y atrofia la matriz
de pensamiento intuitivo que genera la visión poética del mundo.
Contra esa parte de nuestra psique arremete hoy, y desde hace ya
mucho tiempo, la lógica unidimensional del intelecto utilitario que
se impone generando en la sociedad una mentalidad promedio”.

Desde luego, esa mentalidad promedio no refleja una saludable


abolición de las jerarquías entre personas: lo que en realidad ha
abolido son las jerarquías entre valores. Y de ese modo, remarca
Soublette, “hemos quedado aturdidos y cretinizados, carentes de
principios, discutiendo acaloradamente sobre puras cuestiones de
procedimiento”. En respuesta a semejante panorama es que ha
decidido releer a Neruda y escribir sobre él. En parte, dice, porque
volver a esa poesía “equivale a mirarse en un espejo reminiscente
y nostálgico que nos muestra la cara que teníamos antes de la
catástrofe”. Y en parte, también, “como un modo de oponerme a
que esta sea una sociedad de poetas muertos”.

LA VORÁGINE

Para mí todo era nuevo. Y caía

de puro envejecido este planeta.

Soublette se figura a Neruda como un hombre perseguido por una


permanente noche enemiga. Su demorada sensualidad es el
antídoto de una herida existencial que, pese a sus esfuerzos,
nunca cerrará, y por eso “todo lo que este poeta toca, aun la
felicidad y la plenitud misma, adquiere un acento lacerante”. De ahí
esa retórica tremendista, abultada por adjetivos que “son siempre
los mismos y su uso es impúdico, por decir lo menos”. La página
22 de este libro ofrece un hilarante compendio de ejemplos, la
mayoría extraídos de Memorial de Isla Negra. Unos pocos: agua
insepulta, arroz huracanado, pescados nupciales, naranjo
enlutado, traje agonizante, miel sangrienta, honor iracundo, verano
insepulto, hierro sangriento, umbral ferruginoso, oídos

2 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

hambrientos, pelo sanguinario, verde insepulto, progenitura


ensangrentada.

Hasta ahí el bullying al poeta. Porque “no todo lo tremendo”, aclara


Soublette, es necesariamente “falso o afectado”. Lo fue quizás en
su obra tardía, cuando ya era un tic, pero no en las “Alturas de
Machu Picchu” y mucho menos en Residencia en la tierra (1933),
obra que considera la más valiosa de Neruda; porque fue ahí que
ese lenguaje descentrado, arbitrario, le permitió dar cuenta de “un
proceso de decadencia y descomposición del entorno social y
urbano” cuyos alcances históricos ni él mismo era capaz de
dimensionar.

Soublette sigue entonces el itinerario poético y biográfico que llevó


a Neruda a crear ese libro premonitorio. Todo comienza en la
Estación Central, en marzo de 1921, cuando Neftalí Reyes llega a
Santiago proveniente de Temuco. Así lo recordará en 1964, en el
Memorial de Isla Negra:

Entró el Tren fragoroso / en Santiago de Chile, capital, / y ya perdí


los árboles, / bajaban las valijas / rostros pálidos, y vi por vez
primera / las manos del cinismo: / entré en la multitud que ganaba
o perdía, / me acosté en una cama que no aprendió a esperarme, /
fatigado dormí como la leña, / y cuando desperté / sentí un dolor de
lluvia: algo me separaba de mi sangre.

El problema es que Soublette, nacido en 1927, recuerda que


Santiago fue hasta los años 40 “una hermosa ciudad”, con jardines
en todos los barrios y “sin bloques habitacionales amenazantes y
de vulgar apariencia”. Nos cuenta que una casa, en aquella época,
“siempre reflejaba en su estética la identidad personal de su dueño
y la de los miembros del clan. Los espacios cívicos centrales
reunían edificios de noble apariencia, en los que la estética no era
sacrificada por la mera utilidad”.

¿Por qué Neruda, entonces, se obstina en ver una ciudad


crepuscular? Porque su relación con el mundo –propone
Soublette– ha sido modelada por el paisaje del sur, “viviendo al
ritmo del orden natural”, lo cual le impone un rechazo del artificio y
un doloroso apego al “paradigma de la cósmica perfección, cuya
experiencia desde la infancia es como el mito fundante de toda su
obra”. Por eso ya vislumbra, en ciertos gestos cotidianos, en
ciertas casas cuyas puertas y ventanas no parecen hechas para
mirar a la calle, los síntomas de “la tempestuosa vorágine que se
avecina”, la crisis de un espíritu colectivo que se desvanece y
empieza a ser expulsado del territorio por “la férrea ley de la
eficiencia y el rendimiento”. En definitiva, un nuevo hábitat en el
que conviven “seres que están juntos, pero que no son
comunidad”.

Sé que ahora no hay nadie, / en la casa, en la calle, en la ciudad


amarga. / Soy prisionero con la puerta abierta.

En la memoria de Soublette, aquella bruma espesa que Neruda


percibió en el Santiago de los años 20 comenzó a invadir el ánimo
general de la ciudad en el transcurso de los años 40. Su evocación
de esa década comunica una misteriosa perplejidad: “Se sentía o
presentía que, a pesar de la luminosidad del ambiente, una cierta
cosa sombría e indefinible pesaba sobre todo. El Chile tradicional,
con su natural agrado de vivir, parecía detenerse […] parecía que
en el habla de los ciudadanos se agotaba toda la historia acaecida
antes”.

Para entonces, Neruda ya ejercía de poeta consagrado (éxito que


“suscitó una enconada envidia en tantos”, recuerda Soublette),

3 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

pero también había sabido lo que es quemarse las alas y caer de


golpe en tierra baldía.

LA MÍSTICA DEL CAÍDO

En 1935, Federico García Lorca definió a Neruda como “un poeta


empapado de voces místicas que felizmente no puede revelar”.
Soublette suscribe esa definición, siempre y cuando se entienda
que esa mística no es lo quien eleva su espíritu y se emancipa de
la materia, sino “la mística del ángel encadenado a la forma del
mundo y sus límites duros, como los muros de una prisión”.

Y su primera prisión era él mismo. Por eso la aventura “de alto


vuelo cósmico y pasional” que emprendió en sus libros previos a
Residencia en la tierra (Veinte poemas de amor y una canción
desesperada, Tentativa del hombre infinito, El hondero entusiasta)
no fue sino un intento desesperado de desdoblarse en alturas que,
sin embargo, lo dejaban a la deriva, incapaz de hacer pie: “Es la
mística del caído que no puede vencer el sino de sus estrellas y en
vano pretende combatirlas desde su pequeñez y su furioso
desvalimiento”. Por eso, también, el erotismo de esos poemas lo
condena de antemano a la soledad del náufrago, volcado como
está hacia una mujer que es más bien una creación suya, la
protagonista del ritual que él oficia sobre ella (Soublette sospecha
de una inconsciente inclinación al vampirismo), antes que un otro
real al cual entregarse. La impotencia resultante queda registrada
en numerosos fragmentos.

No es amor, es deseo que se agota y se extingue.

Es como una marea rompiéndose en sus ojos / y besando su boca,


sus senos y sus manos. / Ternura de dolor, y dolor de imposible.

Soy el desesperado, la palabra sin ecos, / el que lo perdió todo, y


el que todo lo tuvo.

Lo que Soublette quiere mostrar con esto es que Residencia en la


tierra captura el momento en que Neruda, tras agotar sus fuerzas
en esa elevación imposible, cae ferozmente a la realidad, obligado
a lidiar con la evidencia de “un mundo marchito, envejecido, de
gente alienada y embrutecida, aprisionado entre muros, objetos y
desechos de una realidad que se desintegra”. Libro de extrema
sensibilidad visual, en que las imágenes interactúan siguiendo “la
dialéctica de la luz y la oscuridad, lo agudo y lo grave, lo suave y lo
áspero”, Residencia… sigue siendo la tragedia de quien no puede
salir de sí mismo, pero ya no perdido entre las estrellas sino
atrapado en la náusea del sinsentido que se ha apoderado de la
materia, en la forma de “una saturación angustiosa de
percepciones y estímulos”.

La lectura biográfica de esos poemas suele atribuir el desasosiego


a la pesadilla solitaria que Neruda vivió en el Lejano Oriente
(1927-1932), mientras ejerció como cónsul chileno en Birmania,
Ceylán, la isla de Java y Singapur. Pero a Soublette esa
explicación no lo satisface. Las dos primeras Residencias
contienen poemas escritos en Chile antes y después de ese
periplo, lo cual refuerza su presunción de que el ostracismo
diplomático sólo agravó una crisis existencial incubada durante sus
primeros años en Santiago: la de estar siendo “cosificado” por la
lógica productiva de la modernidad. Crisis de alcance mundial, por
cierto, y que habría tenido una manifestación artística temprana en
el cuadro El grito, de Edvard Munch (imagen de portada de este
libro).

En el grito de Neruda también están los ecos de los poetas


malditos franceses, si bien Soublette hace notar que, a diferencia

4 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

de ellos, el poeta de Residencia en la tierra no resuelve su hastío


por la vía del cinismo o del sacrilegio: “Acepta humildemente su
derrota. Su fuerza no es orgullosa ni desafiante”. En “Galope
muerto”, poema que abre el libro:

Por eso, en lo inmóvil, deteniéndose, percibir,

entonces, como aleteo inmenso, encima,

como abejas muertas o números,

ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar.

En esa resignación a no poder abarcar la realidad, precedida de la


palabra “inmóvil”, Soublette encuentra sintetizada una intuición
fundamental del siglo XX: la inutilidad del movimiento; la amarga
suspicacia de que tras la aceleración moderna se esconde una
matriz inmóvil, un principio de lo inmutable que vuelve estériles las
tentativas. Lo había anunciado Nietzsche, advierte Soublette: es “la
hiperactividad insensata” que sobrevendría como resultado de la
muerte de Dios, y que Neruda padece en poemas como “Débil del
alba”, donde la invasión del espacio natural por parte del “caos
mecanizado” le impone a la vida “un esquema de funcionamiento
que absorbe su vigor, su sangre, su gloria”.

Yo lloro en medio de lo invadido, entre lo confuso,

entre el sabor creciente, poniendo el oído

en la pura circulación, en el aumento

[…]

el tejido del día, su lienzo débil,

sirve para una venda de enfermos, sirve para hacer señas

en una despedida, detrás de la ausencia:

es el color que sólo quiere reemplazar,

cubrir, tragar, vencer, hacer distancias.

De Nietzsche, que anunció el problema en el siglo XIX, Soublette


salta al filósofo Han Byung-Chul, que describió en La sociedad del
cansancio sus consecuencias en el XXI: la extenuante libertad de
vivir para rendir, acusada por Neruda en poemas como
“Desespediente”.

Ven conmigo a la sombra de las administraciones,

al débil, delicado color pálido de los jefes,

a los túneles profundos como calendarios,

a la doliente rueda de mil páginas.

[…]

Lloremos la defunción de la tierra y el fuego.

Tanta sensación de pérdida despertó en Neruda anhelos de tierra


natal y, más aún, de calor materno. Al menos eso sostiene
Soublette. Lo detecta en un verso de “Walking around” (“sólo
quiero un descanso de piedras o de lana”) y lo desarrolla en un
bello análisis del “Tango del viudo”, poema que evoca su turbulento
romance en Rangún con Josie Bliss. La lectura algo lineal de ese
texto describe al poeta jactándose de ser acosado, cuchillo en
mano, por una celópata que no lo deja respirar. Soublette, sin
embargo, vislumbra que en esos versos, como muy pocas veces,
Neruda se deja ver como “un niño grande que aún no se curaba
del trauma de la ausencia de la madre […] y, evidentemente,
necesitado de alguien que lo ame”. Por eso encuentra en la
pantera birmana, no obstante su violencia, un fondo acogedor que
lo retrotrae a “substancias extrañamente inseparables y perdidas”

5 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

(último verso del poema), que son los fantasmas y refugios de la


infancia, “todo lo cual esta mujer maligna y dulce, erótica y
maternal, tierna y furiosa, ha despertado otra vez en él, justamente
por su bondad oculta bajo el disfraz de una bruja asesina”.

***

Aunque La ciudad amarga es un ensayo sobrio, apegado al


formato tradicional de la exégesis literaria, Gastón Soublette
consigue en más de una ocasión lo que parecía improbable: darle
nueva vida al carácter “telúrico” de la poesía de Neruda. Y quizás a
toda su obra, al liberarla por un rato del juicio moral sobre la vida
privada del poeta. Poco interesa a este autor determinar si Neruda
fue un buen padre, como tampoco se preocupó de discernir, en sus
textos sobre Violeta Parra, si la artista había sido una buena
madre.

Entre las preguntas que plantea este libro, una difícil de responder
es esta: ¿se produjo entre los años 20 y 50 del siglo pasado una
mutación especialmente crítica del hábitat humano, cuyo saldo fue
la pérdida de toda una manera de sentir el mundo? Si Soublette lo
recuerda así es porque algo de eso hubo, pero también es cierto
que ser testigos de esa pérdida es lo que han creído los habitantes
de la modernidad en casi todas sus etapas. Cada generación ha
extrañado la armonía del paisaje que conoció en su juventud,
reemplazado siempre por uno más grande y frenético que
desgarraba los tejidos originales de la buena vida.

Soublette, por ejemplo, constata que al merodear las viejas casas


del centro “ya no se oye la tonada tradicional, o el apasionado
tango de Gardel, ni la canción de amor chilena, púdica y sincera;
se oye la violencia acústica de la guitarra eléctrica y el falso trueno
del bajo de entorchado grueso”. Una o dos generaciones más
abajo, sin embargo, la catástrofe sería fechada en el paso de las
guitarras eléctricas a las bases de reggaetón. ¿Se puede perder
tantas veces lo mismo? ¿O cada vez estamos perdiendo una

6 de 7 25-10-2018 14:18
Neruda, el profeta inconsciente about:reader?url=http://www.theclinic.cl/2018/10/25/neruda-el-profeta-i...

versión más pálida de algo que ni siquiera podemos precisar?

En el caso de Neruda, como recuerda Soublette, fue la conciencia


política –forjada entre la Guerra Civil española y su adscripción al
comunismo− lo que “exorcizó su dolor egocéntrico” al volverlo más
sensible al sufrimiento ajeno. “Así, el mundo real y sus habitantes,
para este hombre doliente de sí mismo, entró también por la vía del
dolor”. En otras palabras, fue la profecía de Marx, constructora de
un nuevo orden artificial, lo que le abrió un camino de regreso a la
pureza de lo elemental, transfigurada ahora en el pueblo. Pero el
paraíso perdido no se recupera con industrias y Neruda, con el
timing que siempre lo benefició, dejó este mundo a los pocos días
de que la pasión del pueblo fuera derrotada y su cansancio de ser
hombre reconquistara el aura profética: cuatro décadas después, el
término de moda para definir el espíritu de la época sería “la
sociedad del cansancio”.

Para arreglarnos mientras tanto, Soublette rescata del Memorial de


Isla Negra estos versos menos utópicos, menos dramáticos:

Lo bello fue aprender a no saciarse

de la tristeza ni de la alegría,

esperar el tal vez de una última gota,

pedir más a la miel y las tinieblas.

La ciudad amarga. Relectura personal de Neruda

Gastón Soublette

Ediciones UC, 2018, 139 páginas

7 de 7 25-10-2018 14:18