Está en la página 1de 111

El arte de tener razón

E x p u e s to e n 3 8 e s tra ta g e m a s
Ciencias sociales
Arthur Schopenhauer

El arte de tener razón


Expuesto en 38 estratagemas

E d ició n , estu d io y n o tas de F ra n co Volpi

El libro de bolsillo
Filosofía
Alianza Editorial
T ítulo original : Die Kunst, Recbt zu bebdten. In 38 Kunstgriffen
dargesteüt
Traductor: Jesús Albores Rey

Primera edición en «El libro de bolsillo»: 2002


Tercera reimpresión: 2006

Diseño de cubierta: Alianza Editorial


Ilustración: Angel Uñarte

Reservados todos los derechos. El contenido de esta obra está protegido por la
Ley, que establece penas de prisión y/o multas, además de las correspondientes
indemnizaciones por daños y perjuicios, para quienes reprodujeren, plagiaren,
distribuyeren o comunicaren públicamente, en todo o en parte, una obra litera­
ria, artística o científica, o su transformación, interpretación o ejecución artística
fijada en cualquier tipo de soporte o comunicada a través de cualquier medio,
sin la preceptiva autorización.

© 1991 Adelphi Edizioni s.p.a. Milano


© De la traducción: Jesús Aíborés Rey, 2002
© Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A ., Madrid, 2 0 0 2 ,2 0 0 3 ,2 0 0 4 ,2 0 0 6
Calle Juan Ignacio Lúea de Tena, 15;
28027 Madrid; teléfono 9 1 393 88 88
www.alianzaeditorial.es
ISBN: 84-206-7348-X
Depósito legal: M. 49.308-2005
Impreso en Fernández Ciudad, S. L .
Printed in Spain
Advertencia

El arte d e ten er razón es un op ú scu lo que S chop en h auer


dejó en u n a v ersión casi d efin itiva, aunque n o llegó a p u ­
b licarlo. Fue red actad o , co n to d a p rob ab ilid ad , a finales
del período berlinés, en to m o a 1 8 3 0 -1 8 3 1. El texto m an u s­
crito , caren te de títu lo , com p ren d e o ch o folios, m ás un
folio adjunto y o tro s dos m edios folios, en total 4 4 p ágin as;
está encuadernado y se en cu en tra en la ob ra p ostu m a del
filósofo. El con ten id o p erm ite relacion ar este texto co n los
tem as tratad o s en las lecciones berlinesas sobre «d ian olo-
gía», es d ecir, la «teoría de to d o el p en sar», en p articu lar el
capítulo sob re ló g ica (P hibsophische Vorlesungen, ed ición
de Franz M ockrauer, P iper, M ú nich , 1 9 1 3 ). P o r lo d em ás,
esta relación es co rro b o rad a p o r in d icios m ateriales, co m o
el tipo de papel utilizado, id én tico en am b os caso s.
Se en cu en tran alusiones a la d ialéctica, y p o r tan to o b ­
servaciones, n o tas y m ateriales sob re el tem a que después
se recogerían en este pequeño tra ta d o , en n u m erosos luga­
res de la o b ra d e S chop en h auer: en lo s m an u scritos ju ven i­
les (a p a rtir de 1 8 1 7 ), p osteriorm en te en El m undo com o
voluntad y representación, en las leccion es b erlinesas y en
8 FRANCO VOLPI

sus escritos p ostu m os. La m en ción m ás significativa se en­


cu en tra en Parerga y paralipóm ena, en cuyo capítulo sobre
«Lógica y dialéctica» (tom o II, cap. 2 , § 2 6 ), Schopenhauer re­
p roduce la p arte inicial de este tratad o exponiendo las nue­
ve p rim eras estratagem as. D espués de haber relatado la gé­
nesis de su interés p o r el tem a, Schopenhauer indica aquí
tam bién las razon es que le llevaron a desistir de publicar el
opúsculo ya p rácticam en te conclu id o: «R ecogí, pues, tod as
las estratagem as de m ala fe que tan frecuentem ente se utili­
zan al d iscu tir y expuse claram en te cad a una de las m ism as
en su esencia m ás propia, aclarada m ediante ejem plos y de­
signada p or un nom bre propio, y añadí finalm ente los m e­
dios que se pueden ap licar co n tra ellas, lo que p odríam os
denom in ar las p aradas co n tra estas fintas, de lo cual resul­
tó una verdadera dialéctica erística [...]. En la revisión que
he em prendido ah ora de aquel antiguo trab ajo m ío ya no
en cuen tro adecuado a m i tem peram ento el exam en ex­
haustivo y m inucioso de los subterfugios y ardides de los
que se sirve la naturaleza hum ana com ún p ara o cu ltar sus
faltas, p o r lo que lo dejo a un lado» (Parerga und P aralipo -
m ena , tom o II, pp. 3 3 -3 4 , D iogenes Verlag, Z úrich , 1 9 7 7 ).
Y un p o co m ás adelante: «H e recopilado y desarrollad o,
pues, unas cuaren ta estratagem as sem ejantes. Pero ahora m e
repugnan la ilum inación de todos estos escondrijos de la in­
suficiencia y la in cap acid ad , h erm anadas con la ob stin a­
ció n , la vanidad y la m ala fe; p or tan to, m e doy p o r satisfe­
ch o con este ensayo y con tan ta m ayor seriedad rem ito a la s
razones arrib a expuestas p ara evitar d iscu tir con el tip o de
gente que suele ser la m ayoría» (ibid., pp. 3 8 -3 9 ).
E ste p eq u eñ o tra ta d o fue p u b licad o p o r p rim e ra v ez,
con el títu lo de E ristik , p o r Julius Frau en stád t en A rthur
Schopenhauers handschriftlicher N achlass [Legado m anus­
crito d e A rthur Schopenhauer] (B rock h au s, Leipzig, 1 8 6 4 ).
ALWERTENCIA 9

D ebem os a A rth ur H übscher una edición posterior, que es la


de referencia; está incluida en su edición de los escritos iné­
ditos del filósofo: D er handschriftlicher N achlass [El legado
m anuscrito], 5 vols., K ram er, Frankfurt am M ain, 1966-1975
(posteriorm ente editada p o r D eutscher Taschenbuch Verlag,
M unich, 1985), v o l III, pp. 6 6 6 -6 9 5 . Hay, finalm ente, una
tercera edición, aligerada de algunas n otas de carácter erudi­
to y adaptada a las exigencias de facilidad de lectu ra, publica­
da por G erd H afim ans según ese m ism o m odelo (Eristische
P ialektik oder D ie Kunst, R ed a zu behalten, in 38 Kimstgriffe
dargestellt, H afim ans, Z ürich, 1983). Las variantes en el título
del opúsculo se deben al h echo de que, com o se ha señalado,
el m anuscrito carece de él. Este, sin em bargo, se deduce del
texto m ism o y de lo que Schopenhauer afirm a en el m encio­
nado pasaje de Parergay paralipóm ena, en el cual recuerda el
opúsculo una p rim era vez co m o D ialéctica erística y una
segunda co m o B osquejo d e lo esen cial d e toda discusión
(Umriss des W esentlkhenjeder Disputation).
La presente ed ición se b asa en la d e A rth u r H ü b sch er,
con una sola m od ificación . A rth u r H übscher, en su edi­
ción crítica , situ ó al in icio d e texto , co m o un exo rd io , las
hojas sep arad as y n o n um erad as (las d enom in adas N eben-
bogen) adjuntas al p rim ero de lo s o ch o folios n um erad os
de los que co n sta el m an u scrito. D ichas h ojas con tien en
referencias h istó ricas al origen y p rin cip ales con cep cio n es
de la d ialéctica y con stituyen los m ateriales recop ilad os
por Schopenhauer con vistas a una verd ad era in tro d u c­
ción al opúsculo. El ca rá cte r fragm en tario e in com p leto de
estas referencias n os h a d ecid id o a situ arlas d e d istin to
m odo en la actu al ed ició n , n o crítica ; p o r eso v an al final,
con la in d icación exp lícita d e que se tra ta d e un «an exo ».

F r a n c o V o lpi
El arte de tener razón
Expuesto en 38 estratagem as
La dialéctica erística* es el arte de discutir, y de dis­
cutir de tal m odo que uno siempre lleve razón1, es
decir, p er fas et nefas [justa o injustam ente]**. Uno
puede, pues, tener razón objetiva en el asunto mis­
mo y sin embargo carecer de ella a ojos de los pre­
sentes, incluso a veces a los propios ojos. Ese es el
caso cuando, por ejemplo, el adversario refuta mi
prueba y esto se considera una refutación de la pro­
pia afirm ación, para la cual puede no obstante haber

* Entre los antiguos, lógica y dialéctica solían utilizarse com o si­


nónim os; lo m ism o ocu rre con los m odernos.
* 4 La de erística no sería sino una palabra m ás dura para decir lo
mismo. A ristóteles, según D iógenes Laercio, V, 2 8 , consideró
conjuntam ente retórica y dialéctica, cuyo fin es la persuasión, τό

1. Utilizo p or convención las expresiones «tener razón» y «llevar


razón» para trad u cir, respectivam ente, «Recht haben» y «Recht
behalten». Schopenhauer em plea la prim era p ara expresar el
hecho de tener objetivam ente razón; la segunda, p ara referirse a
la técnica de im ponerse en la discusión, con independencia de
que se tenga o no razón en d asunto discutido. [N. del T.]

13
14 ARTHUR SCHOPENHAUER

o tr a s p ru e b a s; e n cu y o c a s o , n a tu ra lm e n te , la s itu a ­
c ió n se in v ie rte p a ra e l a d v e rs a rio : sig u e lle v a n d o r a ­
z ó n a u n q u e o b je tiv a m e n te n o la te n g a . P o r ta n to , la
v e rd a d o b je tiv a d e u n a p ro p o s ic ió n y su v a lid e z e n la
a p ro b a c ió n d e lo s q u e d iscu te n y su s o y e n te s so n d o s
co sa s d istin ta s. (D e e sto ú ltim o se o cu p a la d ia lé c tic a .)

π ιίΐα νόν, y por otro lado la analítica y la filosofía, cuyo fin es la


verdad. Δ ια λεκ τικ ή 8 έ έ σ τ ι τέχνη λόγω ν, δι* ής άνασ-
κευάζομέν τ ι ή κ α τα σ κ ευ ά ζο μ εν, έξ έροίτήσεω ς κ α ί ά-
π οκ ρίσεω ς των κροσδιαλεγομ ένω ν [La dialéctica es el arte del
discurso, según el cual, y por medio de preguntas y respuestas, dis­
ponem os la argum entación o la refutación de un argum ento].
(D iógenes Laercio, III, 48, en Vita Platonis.)
Aristóteles distingue, pues, 1) la lógica o analítica, com o teoría o
instrucción para llegar a los silogismos verdaderos, los apodícticos; 2)
la dialéctica o instrucción para llegar a los silogism os que se consi­
deran verdaderos, que generalm ente pasan por serlo -έν δ ο ξα , pra-
babilia (Tópicos, 1 ,1 y 1 2 )-; silogism os que no está dem ostrado que
sean falsos, pero tam poco que sean verdaderos (en sí y por sí), silo­
gism os en los que no es esto lo que im porta. ¿Pero qué es esto sino
el arte de llevar razón, independientemente de que en el fondo se
tenga o no? Se trata, pues, del arte de alcanzar la apariencia de ver­
dad sin que im porte el asunto. Por tanto, com o se ha dicho al prin­
cipio, Aristóteles divide realm ente los silogism os en lógicos y dia­
lécticos, com o ya hem os dicho, y adem ás 3) en erísticos (Erística),
en los que la form a del silogism o es la correcta, pero las propias
proposiciones, la m ateria, no lo son, sino que solo parecen verda­
deras y, finalmente, 4) en sofísticos (Sofistica), en los cuales la form a
del silogism o es falsa, aunque parezca correcta. Los tres últim os ti­
pos en realidad form an parte de la dialéctica erística, pues todos
ellos tienen com o objetivo no la verdad objetiva, sino su apariencia,
sin que im porte la propia verdad, es decir: tienen com o objetivo lle­
var razón . Por otra parte, el libro sobre los silogism os sofísticos fue
editado solo posteriorm ente: era el últim o libro de la dialéctica.
Π ARTE DE TENER RAZON 15

¿A qué se debe esto? A la natural maldad del géne­


ro humano. Si no existiera esta, si fuéram os por na­
turaleza honrados, en todo debate no tendríam os
otra finalidad que la de poner de manifiesto la ver­
dad, sin im portarnos en nada que esta se conform a­
ra a la prim era opinión que hubiéramos expuesto o a
la del otro; esto sería indiferente, o por lo menos com ­
pletamente secundario. Pero ahora es lo prindpaL La
vanidad innata, especialmente susceptible en lo tocan­
te a las capacidades intelectuales, se niega a admitir que
lo que hemos empezado exponiendo resulte ser falso y
cierto lo expuesto por el adversario. En este caso, todo
lo que uno tendría que hacer sería esforzarse por juzgar
correctamente, para lo cual tendría que pensar prime­
ro y hablar después. Pero a la vanidad innata se añaden
en la mayoría la locuacidad y la innata mala fe. Hablan
antes de pensar y al observar después que su afirma­
ción es falsa y que no tienen razón, deben aparentar
que es al revés. El interés por la verdad, que en la mayo­
ría de los casos pudo haber sido el único motivo al ex­
poner la tesis supuestamente verdadera, cede ahora del
todo a favor del interés por la vanidad: lo verdadero
debe parecer falso y lo falso verdadero.
Sin embargo, incluso esa mala fe, el persistir en
una tesis que ya nos parece falsa a nosotros mismos,
aun tiene una disculpa: muchas veces, al principio
estamos firmemente convencidos de la verdad de
nuestra afirm ación, pero el argumento del adversa­
rio parece desbaratarla; si nos dam os de inmediato
por vencidos, frecuentemente descubrim os después
¡6 ARTHUR SCHOPENHAUER

que éram os nosotros quienes tem am os razón: el ar­


gumento salvador no se nos ocurrió en ese m om en­
to. De ahí surge en nosotros la m áxim a de que aim
cuando el contraargum ento parezca correcto y con­
vincente, no obstante hay que oponerse a él en la
creencia de que esa corrección no es sino aparente y
que durante la discusión ya se nos ocurrirá un argu­
mento para rebatirlo o para confirm ar de algún otro
m odo nuestra verdad: por ese motivo nos vemos casi
forzados, o al menos fácilmente tentados, a la mala fe
en la discusión. De tal manera se amparan mutua­
mente la debilidad de nuestro entendimiento y lo tor­
cido de nuestra voluntad. A esto se debe que general­
mente quien discute no combate en pro de la verdad,
sino de su tesis, actuando com o pro ara et focis [por el
altar y el hogar] y p er fas et nefas; y, com o se ha m os­
trado, tam poco puede hacer otra cosa.
Generalmente, pues, cualquiera desea im poner su
afirm ación, incluso aunque de m om ento le parezca
falsa o dudosa*. A cada cual su propia astucia y m al­

* M aquiavelo prescribe al príncipe que aproveche todo m om en­


to de debilidad de su vecino para atacarle, pues de lo con trario
este podrá utilizar alguna vez el m om ento en el que aquel sea dé­
bil. Si reinaran la confianza y la buena fe, la cosa sería distinta;
pero com o no podem os confiar en ellas uno tam poco puede ejer­
cerlas, porque reciben m al pago. Lo m ism o ocu rre al d iscutir: si le
doy la razón al adversario tan pronto com o parece tenerla, difícil­
m ente hará él lo m ism o si se vuelven las tornas: m ás bien actu ará
per nefas y por tanto yo tengo que hacer lo m ism o. Nada cuesta
decir que se debe atender únicam ente a la verdad sin preferencia
p or la propia tesis: pero com o uno no puede dar p or supuesto que
lil. ARTE DE TENER RAZÓN 17

dad le facilitan hasta cierto punto los medios para ha­


cerlo: esto se aprende de la experiencia cotidiana al dis­
cutir. Todos tienen, pues, su propia dialéctica natural,
del mismo modo que tienen su propia lógica natural.
Sin embargo, aquella no le guía ni mucho menos con
tanta seguridad com o esta. Nadie pensará o inferirá tan
fácilmente en contra de las leyes lógicas: los juicios fal­
sos son frecuentes, los silogismos falsos sumamente
raros. No es fácil, pues, que un hom bre muestre falta
de lógica natural, al contrario de lo que ocurre con la
falta de dialéctica natural: esta es un don natural de­
sigualmente repartido (y sim ilar en esto a la facultad
del juicio, que está repartida de form a muy desigual,
en tanto que la razón lo está por igual). Pues es fre­
cuente dejarse confundir y refutar mediante una
mera argum entación aparente cuando uno tiene en
realidad razón, o al revés: y el que sale vencedor de
una discusión muchas veces no se lo debe a la correc­
ción de su facultad de juzgar al exponer su tesis, sino
más bien a la astucia y habilidad con las que la defien­
de. Lo innato es aquí, com o en todos los casos, lo m e­
jor*. Sin embargo, el ejercicio y la reflexión sobre los
ardides con los que se derriba al adversario o que este

el otro vaya a hacerlo, tam poco él debe hacerlo. A dem ás, si tan
pronto com o m e p areciera que el o tro tiene razón renunciara a
mi tesis, que previam ente he pensado con detenim iento, fácil­
mente puede suceder que renuncie a la verdad y adopte el error,
engañado p or una im presión m om entánea.
4 Doctrina sed vim prom ovet insitam [Pero la educación desarro­
lla la fuerza in nata]. (H orad o , Carm ina IV, 4 ,3 3 .)
18 ARTHUR SCHOPENHAUER

sude utilizar para derribar pueden ayudar mucho a


convertirse en maestro de este arte. Por tanto, aunque
la lógica quizá no tenga una auténtica utilidad prácti­
ca, la dialéctica sí que puede tenerla. En mi opinión,
también Aristótdes planteó su lógica en sentido propio
(analítica) principalmente com o base y preparación de
la dialéctica, siendo esta lo prindpal para él. La lógica
se ocupa de la m era forma de las proposiciones, la dia­
léctica de su contenido o materia: por consiguiente, la
consideración de h forma, en tanto que general, tema
que preceder a la dd contenido, en tanto que particular.
A ristóteles no determ ina el fin de la dialéctica
con tanta nitidez com o yo lo he hecho: aunque
m enciona com o fin principal el discutir, tam bién se
refiere al descubrimiento de la verdad (Tópicos, 1 ,2 ).
Más adelante vuelve a decir: trátense las proposicio­
nes filosóficam ente conform e a la verdad, dialécti­
cam ente conform e a la apariencia o aprobación, la
opinión de otros (δόξα) (Tópicos, I, 12). Es d erto
que es consciente de la distinción y separación de
la verdad objetiva de una tesis del hacer valer la mis­
m a o del obtener la aprobación: sin em bargo, no
distingue ambas cosas de form a tan nítida com o
para confiar esta última únicamente a la dialéctica*.

* Y, por otro lado, en el libro Sobre las refutaciones sofisticas


vuelve a ocuparse en exceso de distinguir ía dialéctica de la son
fistica y la erística; se supone allí que la distinción debe estribar en
que los silogismos dialécticos son verdaderos en la forma y en el
contenido, en tanto que los erísticos o sofísticos (que solo se diáj

!
FL ARTE DE TENER RAZÓN iv

Por esa razón, es frecuente que las reglas que aplica


para este últim o fin se entrem ezclen con las del
prim ero. Por consiguiente, en m i opinión, A ris-

tinguen p or su finalidad, que en los prim eros -e rís tic a - es el tener


razón en sí> y en los segundos -so fistica - es el reconocim iento
que se consigue p or ello y el dinero que puede obtenerse a través
de este) son falsos. £1 que las proposiciones sean verdaderas o no
respecto a su contenido es siem pre dem asiado incierto com o para
tomar esto com o fundam ento de la distinción: y quien m enos
puede tener plena seguridad de esto es el que discute; incluso el re­
sultado de la discusión no ofrece m ás que un indicio in cierto al res­
pecto. Por consiguiente, en la dialéctica de A ristóteles debem os
incluir la sofistica, la erística y peirástica y definirla com o el arte
de llevar razón al discutir, para lo que, sin duda, el m ejor m edio es
tener de antem ano razón en el asunto. Sin em bargo, dadas las in­
clinaciones de los hom bres, esto no basta p or sí solo, y p or otro
lado, dada la debilidad de su entendim iento, tam poco es absolu­
tamente necesario: form an pues parte de las m ism as estratage­
mas que, precisam ente al ser independientes del hecho objetivo
de que se tenga razón, tam bién pueden utilizarse cuando de for­
ma objetiva se carece de ella: y tam p oco se sabe casi nunca a cien­
cia cierta si éste es el c a s a
Kn mi opinión, es preciso sep arar la dialéctica de la lógica
más nítidam ente de lo que lo hizo A ristóteles, dejando a la lógi­
ca la verdad objetiva en la m edida en que ésta sea form al y lim i­
tando la dialéctica al llevar razón al discutir. Por el con trario, la
sofística y la erística no pueden separarse de esta últim a tal com o
lo hizo A ristóteles, puesto que esta d istinción se basa en la verdad
materia] objetiva, respecto a la que no podem os estar seguros
previamente, sino que tenem os que decir con Pondo Pilato: ¿qué es
la verdad? Pues, com o dice D em ócrito, ventas est in puteo: έν
βυθω ή α λή θεια [la verdad está en lo profundo] (D iógenes L aer-
cio, IX, 72). Es fácil decir que cuando se discute no se debe tener
más fin que el poner de m anifiesto la verdad: lo que ocu rre es que
no se sabe dónde está; uno es induddo a error por los argum entos
20 ARTHUR SCHOPENHAUER

tó te le s n o r e s o lv ió c o n lim p ie z a s u ta r e a e n e s te
caso *.
E n lo s TópicoSy A ris tó te le s a b o r d ó la o rd e n a c ió n
d e la d ia lé c tic a c o n el e s p íritu c ie n tíf ic o q u e le e ra
p ro p io , d e fo r m a e n e x tr e m o m e tó d ic a y s is te m á tic a ,
lo q u e m e re c e a d m ir a c ió n , si b ie n n o lo g ró d e fo rm a
d e s ta c a d a e se fin , q u e en e s te c a s o e s m a n ifie s ta m e n ­
te p rá c tic o . D e sp u é s d e q u e e n lo s A n a lític o s h u b ie ra
c o n s id e ra d o lo s c o n c e p to s , ju ic io s y silo g is m o s s e ­
g ú n su fo r m a p u r a , p a s a a h o r a a l c o n ten id o , el c u a l en
re a lid a d ú n ic a m e n te tie n e q u e v e r c o n lo s c o n c e p to s ;
p u e s es e n e s to s d o n d e re s id e e l c o n te n id o * * . L a s

del adversario y p or los propios. P or lo d em ás, re intellecta, in ver­


bis simus fáciles [entendido el asu n to, e x p re sa rlo resulta fácil]; y
puesto que se acostum bra en gen eral a co n sid e ra r el nom bre de
dialéctica com o sinónim o de lógica , q u erem o s denom in ar nues­
tra disciplina D ialéctica erística.
* U no siem pre debe distinguir lim p iam en te el objeto de una dis­
ciplina del de tod as las dem ás.
** Los con cep tos pueden, sin em b arg o , sub su m irse en ciertas
clases, com o gén ero y especie, cau sa y e fe cto , una cualidad y su
opuesto, ten encia y caren cia, etc.; y p a ra e sta s clases rigen algunas
n orm as generales: estas son los loci, τ ό π ο ι. P o r ejem plo, un locus
de causa y efecto es «la causa de la cau sa es cau sa del efecto», que
se puede ap licar así: «la causa de m i felicid ad es m i riqueza: p or
tan to, quien m e dio la riqueza es el ca u sa n te d e m i felicidad». L oci
de opuestos: 1) se excluyen, com o p o r ejem p lo lo recto y lo to rci­
d o; 2 ) se en cu entran en el m ism o su jeto , co m o p o r ejem plo: d
am o r tien e su sede en la volun tad (ε π ι θ υ μ η τ ι κ ό ν ), p o r tan to
el odio tam bién; pero si este reside en el sentim ien to (θυ μ ο ειδ ές)^
tam bién el am o r; o bien: el alm a n o p u ed e se r b lan ca, p o r tan to
tam p oco n egra; 3 ) falta el grado in ferio r, p o r lo que tam bién falta
el su p erior: si el hom bre no es ju sto , ta m p o c o es benevolente. Se
F.L ARTE DE TENER RAZÓN 21

proposiciones y silogismos son, considerados única­


mente en sí m ism os, form a pura: los conceptos son
su contenido. Su form a de proceder es la siguiente.
observa aquí que los loci son ciertas verdades generales válidas
para clases enteras d e conceptos, a las que p or tanto se pu ede volver
en los casos concretos qu e se presenten para extraer d e ellos sus ar­
gumentos y tam bién p ara apelar a ellos com o um versalm ente evi­
dentes. Sin em bargo, la m ayoría de los loci son m uy engañosos y
están sujetos a num erosas excepciones. Por ejem plo, un locus es:
las cosas opuestas tienen relaciones opuestas: la virtu d es bella, el
vicio feo; la am istad es benevolente, la enem istad m alevolente.
Ahora bien: el d erroche es un vicio, y p or tanto la avaricia es una
virtud; los locos dicen la verdad, p or tanto los sabios m ienten: no
os así. La m uerte es perecer, p or tanto la vida es nacer. Es falso.
Kjemplos del carácter engañoso de tales topoi: en el lib ro D eprae-
clestinatione, cap. 3 , E scoto Erígena quiere refutar a los herejes
que ven en Dios dos praedestinationes (u na, la de los elegidos, a la
salvación, otra, la de los réprobos, a la condenación) y utiliza con
ese fin el siguiente topus (tom ado de Dios sabe d ón d e): Omnium ,
quae sunt inter se contraria* necesse est eorum causas inter se esse
contrarias; unam enim eandem que causam diversa» inter se contra­
ria efficere ratio p roh íb et [Todo lo que es con trario entre sí,
requiere causas con trarias entre sí; pues la razón prohíbe que una y
la misma causa obre cosas diversas y contrarias e n tre s !] ¡Bien! Pero
experíentia docet [la experiencia enseña] que el m ism o calor endu­
rece la arcilla y ablanda la cera y d en cosas parecidas. Y, sin em bar­
go, el topus parece plausible. Escoto construye tranquilam ente su
dem ostración, que por lo dem ás no nos interesa, sobre ese topus.
Bacon de Verulam io recopiló tod a una colección d e locis con
sus refutaciones bajo el títu lo Colores boni et m ali. L os utilizare­
mos aquí com o ejem plos. Bacon los llam a Sophism ata.
Como locus puede considerarse tam bién el argum ento m e­
diante el cual Sócrates, en el Banquete, refuta a A gatón su
atribución al am or de tod as las cualidades excelentes, com o la be­
lleza, la bondad, e tc.: «uno busca lo que no tiene: si el am or busca
lo bello y lo bueno, no los tiene». Tiene algo de plausible el que pu-
22 ARTHUR SCHOPENHAUER

Toda discusión tiene una tesis o problema (am bos


difieren tan solo en la form a) y proposiciones que de­
ben servir para resolverlo. Aquí se trata siempre de la
relación m utua entre conceptos. Estas relaciones son
en principio cuatro. Se busca en un concepto l)su de­
finición, 2) su género, 3) lo que le es propio, su caracte­
rística esencial, dproprium , οίδιον, o 4) su accidens, es
decir, cualquier cualidad, con independencia de que le
sea propia y exclusiva o no; un predicado, en suma. El
problema de toda discusión puede reducirse a cual­
quiera de estas relaciones. Esta es la base de toda dialéc­
tica. En los ocho libros de los Tópicos, Aristóteles ex­
pone todas las relaciones mutuas que pueden tener los
conceptos entre sí en estos cuatro aspectos e indica las
reglas para toda relación posible; esto es, cóm o debe re­
lacionarse un concepto con otro para ser su proprium,
su accidens, su genus, su definitum o definición: qué

dieran existir ciertas verdades de validez general aplicables a todo


p or m edio de las cuales fuera posible decidir los casos singulares
que se ofrecieran, p or diferentes que fueran, sin en trar en lo que
tuvieran de específico. (L a ley de com pensación es un locus m uy
bueno.) Pero esto no funciona, precisam ente porque los concep­
tos surgen de la ab stracción de las diferencias y p or tanto com ­
prenden las cosas m ás diversas, diversidad que vuelve a ponerse
de m anifiesto cuando p or m edio de los conceptos se relacionan
cosas singulares de las m ás diversas especies y solo se decide con ­
form e a los conceptos superiores. Incluso puede decirse que es
natural en el hom bre salvarse tras un topus general cualquiera
cuando se ve acorralado al discutir. También son loci la lex parsi-
m oniae naturae [ley de econom ía de la naturaleza] y natura nihil
fa cit frustra [la naturaleza no hace nada en van o]. Y así m ism o to ­
dos los refranes son lo a de orientación p ráctica.
t i. ARTE DE TENER RAZÓN 23

errores es fácil com eter en la exposición y a qué se debe


atender cuando se establece una relación de este tipo
(κατασκευάζειν) y qué puede hacer uno para refutar­
la (άνασκευάζειν) cuando otro la establece. Aristóte­
les denomina τόπ ος, locus, a la exposición de todas es­
tas reglas o a la exposición de la relación general de
aquellos conceptos-dase entre sí, y m endona 3 8 2 de ta­
les τόποι: de ahí el nombre de Tópicos. A dios añade al­
gunas otras reglas generales sobre d discutir en general
que sin embargo no son ni mucho menos exhaustivas.
El τόπ ος no es por tanto puram ente m aterial, no
se refiere a un objeto determ inado, o concepto, sino
que se refiere siempre a una rd ad ó n de dases enteras
de conceptos que puede ser com ún a innumerables
conceptos en tanto que se consideren en su reladón
mutua en uno de los cuatro aspectos m encionados,
lo que ocurre en toda discusión. Y estos cuatro as­
pectos tienen a su vez dases subordinadas. El trata­
miento, pues, sigue siendo aquí hasta d erto punto
formal, aunque no tan puram ente form al com o en la
lógica, ya que esta se ocupa d d contenido de los con­
ceptos, pero de m anera form al, es decir, la lógica in­
dica cóm o ha de relacionarse d contenido d d con­
cepto A con d d d concepto B para que este pueda
presentarse com o su genus o su proprium (caracterís­
tica propia) o su acádens o su definidón, o conform e
a las clases, subordinadas a estas, de opuesto, ά ντι-
κείμενον, causa y efecto, propiedad y ausencia, etc.:
y en torno a una rd ad ó n de este tipo debe girar toda
discusión. La m ayoría de las reglas que él presenta
24 ARTHUR SCHOPENHAUER

com o τόποι, de estas relaciones son las propias de la na­


turaleza de las relaciones entre conceptos de las que to­
dos son conscientes por sí solos y a cuyo seguimiento
obligan a su oponente, igual que en la lógica. Es más fá­
cil observar tales relaciones -o hacer notar que se pasan
por alto- en el caso especial, que recordar los τόποι
abstractos que se refieren a ellas, por lo que la utilidad
práctica de esta dialéctica no es grande. Casi todo lo que
afirma son cosas que se entienden por sí solas y a las que
el sentido común llega por sí mismo. Por ejemplo: «Ya
que es necesario que, de las cosas de las que se predica el
género, se predique también alguna de las especies,
también lo es que todas aquellas que poseen género, o se
dicen parónimamente a partir del género, posean algu­
na de las especies o se digan parónimamente a partir de
alguna de las especies [...]; si, pues, se sostiene algo que
se dice, del modo que sea, a partir del género, v. g.: que
el alma se mueve, m irar si cabe que d alm a se mueva de
acuerdo con alguna de las especies del movimiento,
v. g.: el aumentar, el destruirse, d generarse y todas las
demás espedes de movimiento: pues, si no se mueve de
acuerdo con ninguna, es evidente que no se mueve».
«Por tanto, aquello que no conviene a ninguna especie,
no conviene tampoco al género: eso es el τόπος» [ Tópi­
cos, II, 4 ,1 1 la 33-b 11]'. Este τόπος sirve para d plan­
teamiento y para la refutación. Es d noveno τόπος. Y al
contrario: cuando no conviene d género, tampoco una1

1. En A ristóteles, Tratados de Lógica, edición de M iguel Candel


Sanm artín, Editorial C redos, M adrid, 1982, p. 130. [N. d el T.j
EL ARTE DE TENER RAZON 25

especie. Por ejemplo: se dice que alguien ha hablado mal


de otro. Si demostramos que no ha hablado en absolu­
to, no puede ser que haya hablado mal de alguien, pues
cuando no existe d genus, no puede existir la especie.
Bajo la rúbrica de lo propio (proprium ) se afirm a
en el locus 215 lo siguiente: «el que refuta [ha de ver]
si se ha dado com o explicación un propio tal que no
es manifiesto que se dé si no es mediante la sensa­
ción: pues no estará bien establecido lo propio. En
efecto, todo lo sensible, al quedar fuera de la sensa­
ción, se torna imperceptible; pues no está claro si to­
davía se da, por ser conocido tan solo mediante la
sensación. Y esto será verdad para lo que no necesa­
riamente acom paña siempre a la cosa. V. g.: supuesto
que, el que ha sostenido com o propio del sol el astro
más brillante que se desplaza sobre la tierra, ha em ­
pleado en lo propio algo tal com o el desplazarse sobre
la tierra, que se conoce mediante la sensación, no es­
tará bien dado lo propio del sol: pues, cuando el sol
se ponga, será imperceptible si se desplaza sobre la
tierra, por faltam os entonces la sensación. El que es­
tablece, en cam bio, [ha de ver] si se ha aplicado un
propio tal que no ha de manifestarse mediante la sen­
sación, o que, siendo sensible, es evidente que se da
de m anera necesaria: pues entonces estará bien esta­
blecido lo propio. V. g.: supuesto que, el que ha soste­
nido com o propio de la superficie aquello que prim e­
ro se colorea, ha empleado, sí, algo sensible, el colo­
rearse, pero de tal m anera que es manifiesto que se da
siempre, estará bien dado com o explicación lo pro­
26 ARTHUR SCHOPENHAUER

pió de la superficie» [Tópicos, V, 3, 131b 20-36, op.


cit., pp. 197-198). Con esto basta para ofrecerles una
idea de la dialéctica de Aristóteles. Me parece que no
alcanza su propósito, por lo que lo he intentado de
otro m odo. Los Tópicos de Cicerón son una im ita­
ción m em orística de los aristotélicos, sumamente su­
perficiales y pobres: Cicerón no tiene en absoluto un
concepto claro de qué es y qué finalidad tiene un to-
pus, por lo que entremezcla ex ingenio todo tipo de
ocurrencias, adornándolas ricam ente con ejemplos
jurídicos. Uno de sus peores escritos.
Para plantear con limpieza la dialéctica es preciso
considerarla únicamente com o el arte de llevar razón
(sin preocuparse por la verdad objetiva, que es asun­
to de la lógica), cosa que, sin duda, será tanto más fá­
cil cuando se tenga razón en el asunto mismo. Sin
embargo, la dialéctica com o tal únicamente debe en­
señar cóm o defenderse frente a ataques de todo tipo,
especialmente frente a los de mala fe, y cóm o uno
m ismo puede atacar lo que el otro afirm a sin contra­
decirse a sí m ismo y, en general, sin ser refutado.
Debe separarse limpiamente el descubrimiento de la
verdad objetiva del arte de hacer valer com o ciertas las
propias tesis: esto es objeto de una π ρα γμ α τεία [tra­
tamiento] completamente distinta, es tarea de la facul­
tad del juicio, de la reflexión, de la experiencia, y para
esto no hay arte propia; lo segundo, sin embargo, es el
objeto de la dialéctica. Se ha definido esta ultima com o
lógica de la apariencia. Esto es falso, pues en ese caso
sería útil únicamente para la defensa de tesis falsas.
EL ARTE DE T EN ER RAZON 27

Pero incluso cuando se tiene razón se necesita la dia­


léctica para defenderla, y uno debe conocer las estra­
tagemas de m ala fe para enfrentarse a ellas; es m ás,
uno m ismo debe utilizarlas con frecuencia para ata­
car al adversario con sus propias arm as. Por lo tanto,
en la dialéctica hay que dejar a un lado la verdad, o
considerarla accidental, y atender únicamente a cóm o
defiende uno sus afirm aciones y refuta las del otro: al
considerar las reglas a este efecto uno no debe tener
en cuenta la verdad objetiva, porque por lo general se
ignora dónde está. M uchas veces ni uno m ismo sabe
si tiene razón o no, muchas veces cree tenerla y se
equivoca, m uchas veces lo creen ambas partes: pues
ventas est in puteo (έν β υ θ φ ή α λ ή θεια ), D em ócri-
to, según Diógenes Laercio, IX, 72. Al surgir la discu­
sión, generalmente todos creen tener la razón de su
parte; en su transcurso, ambas partes empiezan a du­
dar: es el final el que debe establecer, confirm ar la
verdad. La dialéctica, pues, no tiene que entrar en
esto, del m ismo m odo que el m aestro de esgrim a
tam poco considera quién tenia realmente razón en la
discusión que originó el duelo: tocar y parar, de eso
se trata en la dialéctica. Es una esgrim a intelectual:
solo así entendida puede plantearse com o disciplina
por derecho propio, pues si nos propusiéramos
como finalidad la pura verdad objetiva, tendríam os
la simple lógica; por el contrario, si nos propusiéra­
mos com o finalidad la im posición de tesis falsas, ten­
dríamos la simple sofistica. Y en ambas se daría por
supuesto que ya sabíamos qué es objetivamente ver-
28 ARTHUR SCHOPENHAUER

dadero y falso: pero raras veces se tiene certeza de


esto de antemano. El verdadero concepto de dialécti­
ca es, por tanto, el expuesto: esgrim a intelectual para
llevar la razón en la discusión. Aunque el nombre de
erística sería más adecuado, el más exacto quizá sea
el de dialéctica erística. Y es muy útil: en los tiempos
recientes se ha descuidado injustamente.
Como la dialéctica en este sentido no debe ser más
que un resumen y exposición, reducidos a sistema y re­
glas, de aquellas artes de que nos dota la naturaleza y de
las que se sirven la mayoría de los hombres para llevar
la razón pese a observar que en la discusión la razón no
está de su parte, sería muy contraproducente que en la
dialéctica científica se consideraran la verdad objetiva y
su esclarecimiento, puesto que no es esto lo que sucede
en aquella dialéctica originaria y natural, cuyo fin no es
sino el de tener razón. La dialéctica científica en nues­
tro sentido tiene por tanto como tarea principal esta­
blecer y analizar aquellas estratagemas de la mala fe en
la discusión, para reconocerlas y aniquilarlas de inme­
diato en los debates reales. Precisamente por eso en su
exposición debe tomarse com o finalidad el mero tener
razón por sí solo, no la verdad objetiva.
Hasta donde yo sé, nada se ha adelantado en este
sentido, pese a que he buscado por doquier*. Es por

* Según D iógenes Laercio, entre los num erosos escritos retóricos


de Teofrasto, perdidos en su totalidad, había uno cuyo título era
’Α γω νισ τικ όν τη ς π ερ ί τούς έρ ισ τικ ο ύ ς λό γο υ ς θεω ρία ς
[Discusión sobre la teoría de los discursos erísticos]. Ese sería nues­
tro asunto.
EL ARTE DE TENER RAZÓN 29

tanto un campo todavía sin roturar. Para lograr nuestra


finalidad, sería preciso recurrir a la experiencia, obser­
var cóm o se emplea por una u otra parte esta o aque­
lla estratagem a en los debates frecuentes en el trato
corriente, así com o reducir a su form a general aque­
llas estratagem as que se repitan bajo otras form as,
que serían entonces provechosas tanto para el propio
uso com o para desbaratarlas cuando el otro las utilice.
Lo que sigue debe considerarse un prim er ensayo.
La b ase de tod a dialéctica

En prim er lugar hay que considerar lo esencial de


toda discusión, qué es lo que realmente ocurre en ella.
El adversario (o nosotros m ismos, da igual) ha
planteado una tesis. Para refutarla hay dos m odos y
dos vías.
1) Los modos: a) ad rem, b) ad hom inem o ex con-
cessis. Es decir, o m ostram os que la tesis no concuer­
da con la naturaleza de las cosas, de la verdad objeti­
va absoluta, o que no lo hace con otras afirm aciones
o concesiones del adversario, esto es, con la verdad
subjetiva relativa: esto último no es más que una de­
m ostración relativa y no prueba nada respecto a la
verdad objetiva.
2) Las vías: a) refutación directa, b) indirecta. La
indirecta ataca la tesis por sus principios, la indirecta
por sus consecuencias: la directa m uestra que la tesis
no es verdadera, la indirecta que no puede ser verda­
dera.
30
EL ARTE DE TENER RAZON 31

a) En el caso de la directa, podem os proceder de


dos m aneras. O m ostram os que los principios de su
afirm ación son falsos (negó majorem; m inorem ) o
adm itim os los principios pero m ostram os que la
afirm ación no se sigue de ellos (negó consequen-
tiam), esto es, atacam os la consecuencia, la form a de
la conclusión.
b) En el caso de la refutación indirecta utilizamos
la apagoge o la instancia.
a ) Apagoge: tom am os com o cierta su tesis y m os­
tram os a continuación qué se sigue de ella cuando la
utilizamos com o premisa para un silogismo en com ­
binación con cualquier otra tesis reconocida com o
cierta, silogismo del que se sigue una conclusión que
es patentemente falsa bien porque contradice la natu­
raleza de las cosas, bien porque contradice las demás
afirmaciones del propio adversario, es decir, es falsa
ad rem o ad hom inem (Sócrates en el Hipias mayor y
en otros lugares): por consiguiente, también es falsa
la tesis, puesto que de premisas verdaderas solo pue­
den seguirse proposiciones verdaderas, si bien de
premisas falsas no siempre se siguen proposiciones
falsas. (Si contradice abiertamente una verdad del
todo indudable, hemos reducido ad absurdum al ad­
versario.)
β ) La instancia (ένσ τα σ ις, exemption in contra-
rium ), la refutación de la tesis general m ostrando de
torm a directa algunos de los casos comprendidos en
su afirm ación en los que no es cierta, por lo que la te­
sis misma tiene que ser falsa.
32 ARTHUR SCHOPENHAUER

Esta es la estructura básica, el esqueleto de toda dis­


cusión. Tenemos, pues, su osteología. Pues a ello se re­
duce en el fondo todo discutir, si bien todo esto puede
ocurrir de forma real o solo aparente, con razones au­
ténticas o inauténticas: los debates son tan prolongados
y tenaces porque a este respecto no es fácil determinar
algo con seguridad. En estas instrucciones tampoco po­
demos separar lo verdadero de lo aparente, porque ni si­
quiera los que discuten lo saben nunca de antemano:
por eso ofrezco estratagemas sin tener en cuenta si se tie­
ne o no razón objetiva, ya que esto ni siquiera uno mis­
mo puede saberlo con certeza y debe determinarse a tra­
vés de la disputa Por lo demás, en toda disputa o argu­
mentación es preciso estar de acuerdo sobre alguna cosa
si se quiere juzgar la cuestión debatida conforme a un
principio: contra negantem principia non est disputan-
dum [no cabe discusión con quien niega los principios].

Estratagem a 1

La ampliación. Llevar la afirm ación del adversario


más allá de sus Emites naturales, interpretarla del
m odo más general posible, tom arla en el sentido más
amplio posible y exagerarla; la propia, por el contra­
rio, en el sentido más limitado posible, reducirla a los
límites más estrechos posibles: pues cuanto más ge­
neral se hace una afirm ación, tanto m ás expuesta
queda a los ataques. El antídoto es la estipulación
exacta de los puncti o status controversiae [puntos en
discusión o estado de la discusión].
EL ARTE DE TENER RAZÓN 33

Ejemplo 1. Yo afirm é: «Los ingleses son la prim e­


ra nación dram ática». El adversario pretendió inten­
tar una instantia y replicó: «Es sabido que en la m ú­
sica, y por tanto en la ópera, no han logrado nada».
Yo le atajé recordándole que «la m úsica no está com ­
prendida en lo dramático, que se refiere únicam ente
a la tragedia y a la com edia», cosa que él sabía muy
bien, intentando generalizar mi afirm ación de tal
m anera que com prendiera todas las representacio­
nes teatrales, y por tanto la ópera, y por consiguien­
te la m úsica, para poder después vencerm e con se­
guridad.
Al contrario, salve uno su propia afirm ación res­
tringiéndola m ás de lo que se pretendía en prim era
intención si la expresión utilizada lo perm ite.

Ejemplo 2. A afirma: «La paz de 1814 también res­


tituyó su independencia a todas las ciudades hanseá-
ticas alem anas». B aporta la instantia in contrarium
de que Danzig perdió por aquella paz la independen­
cia que le había concedido Bonaparte. A se salva del
siguiente m odo: «He dicho todas las ciudades han-
seáticas alemanas: Danzig era una ciudad hanseática
polaca».
Ya Aristóteles (Tópicos, lib. V III, c. 1 2 ,1 1 ) enseña
esta estratagem a.

Ejemplo 3. Lam ark (Philosophic zoologique, vol. 1,


p. 203) niega a los pólipos toda sensación porque
no tienen nervios. Sin em bargo, es indudable que
34 ARTHUR SCHOPENHAUER

perciben, puesto que siguen la luz al avanzar hábil­


m ente de ram a en ram a, e intentan atrap ar a sus
presas. Por esto se ha supuesto que en ellos la m asa
nerviosa está hom ogéneam ente distribuida en la
totalidad de la m asa corporal, fundida con ella, por
así expresarlo, ya que es evidente que tienen per­
cepciones sin órganos sensoriales especializados.
Com o esto refuta su hipótesis, Lam ark argum enta
dialécticam ente del siguiente m odo: «En ese caso,
todas las partes de los cuerpos de los pólipos ten­
drían que ser capaces de todo tipo de sensación, y
tam bién de m ovim iento, de voluntad y de p en sa ­
m iento: pues si el pólipo tuviera en todos y cada
uno de los puntos de su cuerpo todos los órganos
del anim al m ás com pleto, todos y cada uno de sus
puntos podrían ver, oler, gustar, escuchar, etc., in­
cluso pensar, juzgar, razonar: toda partícula de su
cuerpo sería un anim al com pleto, y el pólipo esta­
ría por encim a del hom bre, puesto que cualquiera
de sus partículas tendría todas las facultades que el
hom bre solo tiene en su totalidad. No habría ade­
m ás ninguna razón para que lo que se afirm a de los
pólipos no pudiera extenderse a la m ónada, el más
incom pleto de todos los seres, y finalm ente a las
plantas, que tam bién tienen vida, etc.». M ediante el
uso de tales estratagem as dialécticas un escritor re­
vela que en el fondo sabe que no tiene razón. Com o
se afirm ó: «Todo su cuerpo tiene percepción de la
luz, y por tanto es sim ilar a un nervio», Lam ark
hace que piense el cuerpo entero.
EL ABTE DE T E N S E RAZON 35

Estratagem a 2

Utilizar la homotiimia para extender la afirmación


planteada a aquello que, fuera de que la palabra sea la
m ism a, tiene poco o nada en com ún con la cosa de
la que se trata, después negar esto triunfalmente para
dar así la impresión de que se ha refutado la afirma­
ción.

Nota: sinónimas son dos palabras que expresan el


mismo concepto; homónimos, dos conceptos desig­
nados por la misma palabra. Véase Aristóteles (Tópi­
cos, lib. I, cap. 13). Profundo, cortante o alto, emplea­
dos bien sea para cuerpos, bien para sonidos, son ho­
mónimos. Leal y sincero son sinónimos.
Puede considerarse esta estratagem a idéntica al
sofisma ex homonymia: sin embargo, el sofisma evi­
dente de la hom onim ia nunca engañará seriamente:

Omne lumen potest extinguí;


Intellectus est lum en;
Intellectus potest extinguí1.

Aquí se observa de inmediato que existen cuatro


termini: lumen en sentido propio y lumen en sentido fi­
gurado. Pero en algunos casos sutiles logra engañar a
pesar de todo, a saber, cuando los conceptos que se

1. Toda luz puede extinguirse.


La inteligencia es luz.
La inteligencia puede extinguirse.
36 ARTHUR SCHOPENHAUER

designan mediante la misma expresión están em pa­


rentados y se superponen.

Ejemplo 1. (Los casos inventados a propósito no


son nunca lo bastante sutiles com o para poder enga­
ñar; por tanto, es preciso tom arlos de la propia expe­
riencia real. Estaría muy bien que se pudiera dar a
cada estratagem a un nombre conciso y certero me­
diante el cual, llegado el caso, se pudiera rechazar en
el acto el uso de esta o aquella estratagem a.)
A: «Usted no está iniciado en los misterios de la
filosofía kantiana».
B: «Ah, no quiero saber nada de algo donde hay
misterios».

Ejemplo 2. Yo criticaba por irracional el principio


del honor, conform e al cual una ofensa recibida des­
honra a no ser que se conteste con una ofensa mayor
o que se lave con sangre, sea la del contrario o la pro­
pia; com o razón aduje que el verdadero honor no
puede ser herido por lo que uno sufra, sino única­
mente por lo que uno haga, pues a cualquiera puede
ocurrirle cualquier cosa. El adversario atacó directa­
mente mi razón: me m ostró triunfalmente que cuan­
do se acusa en falso a un com erciante de engaño,
falta de honradez o negligencia en su negocio, esto es
un ataque a su honor, que en este caso es herido ex­
clusivamente por lo que padece y solo puede ser re­
parado si consigue castigar y fuerza a retractarse a
semejante agresor.
EL ARTE DE TENER RAZÓN 37

Aquí, pues, mediante homonimia, suplantó el honor


burgués, que por lo demás se conoce com o buen nom­
bre y que puede ser manchado por la calumnia, por el
concepto de honor caballeresco, que por lo demás tam ­
bién se denomina point d ’honneur y que puede ser
manchado por ofensas. Y com o no puede dejarse pasar
un ataque al primero, sino que debe ser rechazado
consiguiendo la retractación pública, con el mismo de­
recho no puede dejarse pasar un ataque al último, sino
que debe rechazarse mediante una ofensa mayor y el
duelo. Es decir, se mezclan dos cosas esencialmente dis­
tintas mediante la homonimia de la palabra honor: de
ahí una mutatio controversiae [cambio del tema en
discusión], obtenida a través de la homonimia.

Estratagem a 3

Tomar la afirm ación* planteada de m odo relativo,


κατά τ ι , relative, com o si fuera general, simpliciter,
απλώς, absolute, o al menos entenderla en un respec-

* Sophisma a dicto secundum quid ad dictum simpliciter [Sofism a


que pasa de algo dicho en sentido relativo a algo dicho en sentido
absoluto; Refutaciones sofísticas, 5, 166 b 3 8 -1 6 7 ]. Este es el se­
gundo elenchus sophisticus de A ristóteles: ίξ ω τη ς λ έξεω ς: τ ο
απλώ ς ά λ λ α π η ή π ο ϋ , ή π ο τ έ ή π ρ ό ς τ ι λ έ γ ε σ θ α ι [las
especies de razonam iento desviados, al m argen de la expresión,
son decir de m anera absoluta, o no absoluta, sino bajo algún
aspecto, o en algún sitio, o en alguna ocasión o respecto a algo]:
Refutaciones sofísticas, cap. S [4 ,1 6 6 b 2 2 ].
ARTHUR SCHOPENHAUER

to completamente distinto y refutarla a continuación


en ese sentido. El ejemplo de Aristóteles es el siguien­
te: el m oro es negro, pero blanco en cuanto a sus
dientes: por tanto, es a la vez negro y no negro. Este es
un ejemplo inventado que no engañará en serio a
nadie: tom em os, por el contrario, uno de la expe­
riencia real.

Ejemplo. En una conversación sobre filosofía,


adm ití que mi sistem a defiende y ensalza a los quie-
tistas. Poco después se pasó a hablar de Hegel, y yo
afirm é que, en gran parte, había escrito cosas absur­
das o, al m enos, m uchos pasajes de sus escritos eran
de aquellos en los que el autor ponía las palabras y el
lector tenía que poner el sentido. Mi adversario no
em prendió una refutación ad rem de esto, sino que
se contentó con plantear el argum entum ad homi-
nem : que tam bién yo había «elogiado a los quietis-
tas, y tam bién estos han escrito m uchas cosas ab­
surdas».
Admití esto, pero le corregí en cuanto a que yo no
elogio a los quietistas com o filósofos y escritores, es
decir, no por sus logros teóricos, sino solo com o
hombres, por sus acciones, únicam ente en un aspec­
to práctico: en el caso de Hegel, sin embargo, se ha­
blaba de logros teóricos. Así se paró el ataque.

Las tres prim eras estratagem as están relacionadas:


tienen en común que en realidad el adversario habla
de algo distinto a lo que se ha planteado, por lo que
EL ARTE DE TENER RAZÓN 39

uno incurriría en una ignoratio elenchi [ignorancia de la


refutación] si permitiera que le despacharan de este
modo. Pues en todos los ejemplos expuestos, lo que dice
el adversario es cierto: sin embargo, no está en contra­
dicción real, sino solo aparente, con la tesis, por lo que el
atacado niega la consecuencia de su conclusión, es decir,
que de la verdad de su proposición se siga la falsedad de
la nuestra. Se trata, pues, de una refutación directa de su
refutación p er negationem ccmsequentiae.
No adm itir premisas ciertas porque se prevé la
consecuencia. Contra esto, utilícense los siguientes
dos medios, reglas 4 y 5.

Estratagem a 4

Cuando se quiere llegar a una conclusión, no ha de per­


mitirse que se anticipe, sino que debe dejarse que en la
conversación se admitan inadvertidamente las premi­
sas de forma aislada y dispersa, porque de lo contrario
el adversario intentará todo tipo de triquiñuelas; o
cuando sea dudoso que el adversario las admita, plan­
téense las premisas de estas premisas, háganse prosilo­
gismos; hágase que se admitan desordenadamente las
premisas de varios de estos prosilogism os, esto es,
ocúltese el propio juego hasta que haya adm itido
todo lo que se necesita. Lléguese al asunto, pues, par­
tiendo de lejos. Aristóteles (Tópicos, VIII, cap. 1) ofrece
esta regla.
No requiere ejemplos.
w ARTHUR SCHOPENHAUER

Estratagem a 5

Com o prueba de su tesis, uno puede utilizar premi­


sas falsas en el caso de que el adversario no adm itiera
las verdaderas, bien porque no perciba su verdad,
bien porque vea que la tesis se seguiría inmediata­
mente de ellas: tómense entonces tesis que en sí mis­
m as son falsas pero verdaderas ad hominem, y argu­
méntese ex concessis a partir del m odo de pensar del
adversario. Pues lo verdadero puede seguirse de pre­
misas falsas, si bien nunca lo falso de verdaderas.
Aun así, se pueden refutar tesis falsas del adversario
mediante otras tesis falsas que él, sin embargo, tom a
por verdaderas, pues uno tiene que vérselas con él y
debe utilizar su m odo de pensar. Por ejemplo, si es
partidario de una secta con la que no estam os de
acuerdo, podem os utilizar contra él las m áxim as
de esa secta com o principia (Aristóteles, Tópicos, VIII,
cap. 9). (Form a parte de la estratagem a anterior.)

Estratagema 6

Se hace una petitio principa encubierta postulándose


aquello que uno tendría que dem ostrar, bien 1) bajo
un nombre distinto, com o por ejemplo buen nombre
en vez de honor, virtud en vez de virginidad, etc., o
también conceptos intercambiables, com o por ejem­
plo animales de sangre roja en lugar de vertebrados,
bien 2) lográndose que se conceda en general lo que
EL A RTF. DE TENER RA7.ÓN 41

es discutible en particular, por ejemplo, afirm ar la in­


certidum bre de la medicina postulando la incerti­
dumbre de todo saber humano; 3) cuando vice versa
dos cosas se siguen una de otra y hay que dem ostrar
una, se postula la otra; 4) cuando hay que dem ostrar
lo general y uno hace que se admita cada uno de los
particulares (lo contrario del núm ero 2). (A ristóte­
les, Tópicos, VIII, cap. 11).
El último capítulo de los Tópicos de Aristóteles con­
tiene buenas reglas sobre el ejercido de la dialéctica.

Estratagem a 7

Cuando la discusión se lleva a cabo con cierto rigor y


formalidad y uno quiere que ambas partes se entien­
dan con toda claridad, quien ha formulado la afirma­
ción y debe demostrarla procede interrogativamente
contra su adversario para concluir la verdad de su afir­
mación a partir de las concesiones del propio adversa­
rio. Este modo erotemático se utilizaba especialmente
entre los antiguos (también se denomina socrático): a
él se refiere la presente estratagema y algunas de las que
siguen. (Todas ellas desarrolladas libremente conforme
a Aristóteles, Sobre las refutaríones sofisticas, cap. 15.)
Preguntar detalladamente muchas cosas a la vez,
para ocultar lo que uno realmente quiere que se ad­
mita. Por el contrario, exponer rápidamente la pro­
pia argumentación a partir de lo que se ha adm itido:
pues quienes son lentos de entendimiento no pueden
42 ARTHUR SCHOPENHAUER

seguir con precisión ia dem ostración y pasan por


alto sus eventuales errores o lagunas.

Estratagema 8

Suscitar la cólera del adversario, ya que, encoleriza­


do, no está en condiciones de juzgar de form a correc­
ta y percibir su ventaja. Se le encoleriza no haciéndo­
le justicia, enredándole abiertam ente y, en general,
m ostrándose insolente.

Estratagema 9

No plantear las preguntas en el orden que requiere la


conclusión a extraer, sino con todo tipo de desorden:
en ese caso, el adversario ya no sabe adónde quiere uno
llegar y no puede prevenirse. También pueden utilizar­
se sus respuestas para conclusiones diversas, incluso
opuestas, según se vayan produciendo. Esto está rela­
cionado con la estratagema número 4, en el sentido en
que uno debe enm ascarar su forma de actuar.

Estratagema 10

Cuando uno advierte que el adversario niega inten­


cionadam ente las preguntas cuya afirm ación habría
que utilizar para nuestra tesis, ha de preguntarse lo
EL ARTE DE TENER RAZÓN 43

contrario de la tesis a utilizar, com o si uno quisiera


ver que se afirm a eso, o al menos presentar ambas
cosas a la elección del adversario, de m odo que no
se dé cuenta de cuál es la tesis que uno quiere que se
afirme.

Estratagem a 11

Si efectuamos una inducción y nos concede los casos


particulares mediante la que debe ser formulada, no
debemos preguntarle si también admite la verdad ge­
neral que se sigue de esos casos, sino introducirla
más adelante com o algo dem ostrado y adm itido:
pues en ocasiones él m ismo creerá haberlo adm itido
y así se lo parecerá a los oyentes, puesto que recuer­
dan las numerosas preguntas por los casos particula­
res que han debido encam inar a ese fin.

Estratagema 12

Si el discurso trata de un concepto general que no tie­


ne ningún nombre propio sino que, mediante un tro­
po, debe ser designado a través de una com paración,
debemos elegir la com paración de tal m odo que fa­
vorezca a nuestra afirm ación. Así, por ejemplo, en
España los nombres mediante los que se designa a
ambos partidos políticos, serviles y liberales, sin duda
han sido elegidos por los últimos.
44 ARTHUR SCHOPENHAUER

El nombre protestante ha sido elegido por estos, y


también el nombre de evangélicos: el de hereje por
los católicos.
Esto se aplica a los nombres de las cosas incluso
cuando son más apropiados: por ejemplo, si el adver­
sario ha propuesto un cambio cualquiera, denomíne­
selo innovación, pues esta palabra es odiosa. Al revés
cuando es uno mismo el proponente. En el primer
caso, menciónese com o antónimo «el orden estableci­
do», en el segundo «arcaísm o». Lo que alguien ente­
ramente carente de intencionalidad y partido denomi­
naría «culto» o «doctrina pública de la fe», alguien que
quiere hablar a su favor lo denominaría «piedad», «de­
voción» y un adversario «beatería», «superstición». En
el fondo, se trata de una sutil petitio principii: uno ex­
presa de antemano en la palabra aquello que pretende
demostrar, y después procede a partir de esa denomi­
nación mediante un simple juicio analítico. Lo que
uno denomina «hacerse cargo de su persona», «poner
en custodia», su adversario lo llama «encarcelar».
Un orador muchas veces delata ya de entrada su
intención mediante los nombres que da a las cosas.
Uno dice «los sacerdotes», el otro «la clerigalla». De
entre todas las estratagem as, esta es la más frecuente­
mente utilizada, de form a instintiva. Fervor religioso
== fanatism o; desliz o galantería = adulterio; equívo­
cos s indecencias; desajuste = bancarrota; «m e­
diante influencias y relaciones» = «mediante sobor­
nos y nepotism o»; «sincero agradecim iento» =
«buen pago».
EL ΛΕΤΕ DE TENER RAZÓN 45

Estratagema 13

Para lograr que el adversario acepte una tesis, debe­


mos presentarle su opuesto y dejarle la elección, y ex­
presar de forma bien estridente ese opuesto, de modo
que, para no ser paradójico, tenga que avenirse a nues­
tra tesis que, en contraste, parece sumamente proba­
ble. Por ejemplo, el adversario ha de adm itir que uno
tiene que hacer todo lo que le diga su padre, de modo
que preguntamos: «¿Se debe ser obediente o desobe­
diente a los padres en todas las cosas?». O si se afirma
de una cosa cualquiera que es «frecuente», pregunta­
mos si por «frecuente» se entienden pocos o muchos
casos: dirá que «muchos». Es com o cuando se contra­
pone el gris al negro, que puede llamarse blanco; si se
contrapone al blanco, puede llamarse negro.

Estratagema 14

Una triquiñuela descarada es que, después de haber


contestado varias preguntas sin que las respuestas se
hayan decantado a favor de la conclusión que perse­
guíam os, se plantee y proclam e triunfalmente la tesis
concluyente que se quería extraer, a pesar de que no
se deduzca en absoluto de ellas. Si el adversario es tí­
mido o estúpido y uno mismo posee mucho descaro
y una buena voz, esto puede resultar bien. Es un caso
de fallaría non causae ut causae [filiada de hacer pasar
por causa lo que no es].
46 ARTHUR SCHOPENHAUER

Estratagem a 15

Si hemos expuesto una tesis paradójica que no sabe­


m os cóm o dem ostrar, proponem os a la aceptación o
rechazo del adversario cualquier tesis correcta, cuya
corrección no sea, sin em bargo, en exceso manifies­
ta, com o si quisiéramos extraer de ella la dem ostra­
ción: si la rechaza por desconfianza, le reducim os ad
absurdum y triunfam os: si la acepta, por lo pronto ya
hem os dicho algo razonable, y luego ya veremos. O
añadim os la estratagem a anterior y afirm am os que
mediante lo dicho ha quedado dem ostrada nuestra
paradoja. Esto requiere la desvergüenza más extre­
m a: pero de hecho ocurre, y hay gente que practica
todo esto instintivamente.

Estratagem a 16

Argum enta ad hom inem o ex concessis. Ante una


afirm ación del adversario debemos buscar si no
está de algún m odo en contradicción, en caso de
necesidad siquiera aparente, con cualquier otra
cosa que haya dicho o adm itido antes, o con los pre­
ceptos de una escuela o secta que haya elogiado y
aprobado, o con las acciones de los partidarios de
esa secta, aunque sean falsos o fingidos, o con su
propia form a de actuar. Si, por ejem plo, defiende
el suicidio, se exclam a de inm ediato «¿por qué no
te ahorcas tú?». O si afirm a, por ejem plo, que Ber­
EL ARTE DE TENER RAZON 47

lín es un lugar incóm odo para estar, se exdam a de


inm ediato: «¿Por qué no te m archas con el prim er
coche?».
De cualquier m odo se podrá entresacar un ardid.

Estratagem a 17

Cuando el adversario nos asedia con una contra­


prueba, muchas veces podrem os salvarnos mediante
una distindón sutil en la que anteriorm ente no ha­
bíamos reparado cuando el asunto adm ita cualquier
doble significado o doble caso.

Estratagem a 18

Si observamos que d adversario ha recurrido a una ar­


gumentación con la que nos derrotará, no debemos
perm itir que la lleve hasta d final, sino que oportuna­
mente le interrumpiremos, haremos divagar o desvia­
remos d curso de la discusión y la llevaremos a otras
cuestiones: en suma, procurarem os una mutatio con-
troversiae. Véase sobre esto la estratagema 29.

Estratagem a 19

Si el adversario nos apremia expresamente a aducir


algo contra un punto determ inado de su afirm adón
48 ARTHUR SCHOPHMJAUER

pero no tenem os nada adecuado, tenem os que llevar


el asunto a un terreno general y hablar en contra de
esto. Si queremos decir por qué no hay que confiar en
una determ inada hipótesis física, hablam os sobre el
carácter ilusorio del saber hum ano y lo ejemplifica­
mos de múltiples m odos.

Estratagema 20

Cuando le hemos preguntado por las premisas y él


las ha concedido, no tenem os que preguntar también
por su conclusión, sino extraerla nosotros mismos
directam ente: es m ás, incluso cuando falta una u otra
cosa en las premisas, la tom am os igualm ente p or ad­
mitida y extraem os la conclusión. Lo que es una apli­
cación de la fallada non causae ut causae.

Estratagema 21

Ante un argum ento del adversario m eram ente apa­


rente o sofistico que hemos reconocido com o tal, po­
demos desbaratarlo m ostrando su naturaleza cap­
ciosa e ilusoria; pero es m ejor oponerle un contraar­
gumento igualmente ilusorio y sofístico. Pues no se
trata de la verdad, sino de la victoria. Si, por ejemplo,
recurre a un argum entum ad hominem, basta con in­
validarlo mediante un contraargum ento ad homi­
nem (ex concessis): y en general, si se tercia es más
EL ARTE DE TENER RAZON 49

breve dar un argum entum ad hom inem y no una lar­


ga exposición de la verdadera naturaleza del asunto.

Estratagema 22

Si nos apremia a admitir algo de lo que se seguiría in­


mediatamente el problema en discusión, nos negare­
mos, presentándolo com o una petitio principii; pues
será fácil que él y los oyentes consideren idéntica al pro­
blema una proposición estrechamente relacionada con
el problema, y así le privamos de su mejor argumento.

Estratagem a 23

La contradicción y la discusión incitan a la exagera­


ción de la afirm ación. Podemos pues, mediante la con­
tradicción, incitar al adversario a enfatizar más allá de
la verdad una afirm ación que en sí misma y en sus de­
bidos límites es en todo caso cierta: y cuando hayamos
refutado esa exageración, parecerá que hemos refuta­
do también su tesis original Por el contrarío, nosotros
mismos debemos cuidarnos de que al contradecim os
nos induzcan a la exageración o a la desmedida exten­
sión de nuestra tesis. Muchas veces el propio adversa­
rio buscará directamente extender nuestra afirmación
más allá de los límites en los que la habíamos expuesto
nosotros: debemos ponerle coto de inmediato y re­
conducirle a los térm inos de nuestra afirmación con
«esto es todo lo que he dicho, nada m ás».
50 A «T H UR SCHOPENHAUER

Estratagema 24

Forzar consecuencias. De la tesis del adversario, m e­


diante falsas conclusiones y tergiversaciones de los
conceptos, se fuerzan tesis que no están en la suya y
que no se corresponden en absoluto con su opinión,
sino que, por el contrario, son absurdas o peligrosas:
y puesto que parece que de su tesis se desprenden te­
sis semejantes, contradictorias consigo mismas o con
verdades reconocidas, se hace pasar esto por una re­
futación indirecta, apagoge, lo que es otra aplicación
de la fallaría non causae ut causae.

Estratagema 25

Se refiere a la apagoge mediante una «instancia», exem ­


ption in contrarium. La επαγω γή, inductio, requiere un
gran número de casos para formular su tesis general; la
απαγωγή no requiere m ás que formular un único caso
al que no se conforma la tesis y esta queda refutada: un
caso semejante se denom ina «instancia», ένστα σις,
exemplum in contrarium, instando. Por ejemplo, la pro­
posición: «todos los rumiantes tienen cuernos» queda
rebatida por la única instancia del camello.
La instancia es un caso de aplicación de la verdad ge­
neral en el que se subsume, bajo el concepto principal
de esta última, algo para lo que dicha verdad no es vá­
lida, quedando así enteramente refutada. Sin embar­
go, de aquí pueden derivarse engaños, por lo que en
EL ARTE DE T EN ER RAZON 51

las instancias que plantea el adversario tenemos que


observar lo siguiente: 1) que el ejemplo sea verdadera­
mente cierto; existen problemas cuya única solución
verdadera es que el caso no es verdadero, por ejemplo,
num erosos m ilagros, historias de aparecidos, etc.;
2 ) que verdaderamente pueda subsumirse bajo el con­
cepto de la verdad formulada; muchas veces eso solo
ocurre en apariencia y puede resolverse mediante una
distinción sutil; 3) que esté realmente en contradic­
ción con la verdad formulada; muchas veces también
ocurre que eso solo es así en apariencia.

Estratagem a 2 6

Una jugada brillante es la retorsio argum enti [dar la


vuelta al argum ento] cuando el argumento que el ad­
versario quiere utilizar en su favor puede utilizarse
m ejor en contra de él: «Es un niño, hay que tener pa­
ciencia con él»; retorsio: «precisamente porque es un
niño hay que corregirle para que no se empecine en
sus malas costum bres».

Estratagem a 27

Si ante un argumento el adversario se enfada, se le


debe acosar insistentemente con ese argumento: no
solo le ha encolerizado porque es bueno, sino porque
hay que suponer que ha tocado el punto débil de su ra-
52 ARTHUR SCHORRNHAUtR

zonamiento y es probable que en ese punto se le pueda


atacar más de lo que uno mismo ve de momento.

Estratagem a 28

Esta es aplicable sobre todo cuando personas cultas


discuten ante oyentes incultos. Si uno no tiene un ar-
gum entum ad rem, ni siquiera uno ad hominem, se
hace uno ad auditores, es decir, una objeción sin vali­
dez cuya invalidez solo reconoce el conocedor de la
materia: tal es el adversario, pero no los oyentes. Por
lo tanto, a los ojos de estos aquel es derrotado, espe­
cialmente cuando la objeción hace que su afirm ación
parezca de algún m odo ridicula: la gente es muy
pronta a la risa, y uno tiene de su parte a los que ríen.
Para m ostrar la inanidad de la objeción el adversario
tendría que hacer una larga exposición y rem ontarse
a los principios de la ciencia o de otro asunto: no es
fácil que encuentre audiencia para eso.

Ejemplo. El adversario dice: al form arse las moni-


tañas primigenias, la masa a partir de la cual cristali­
zó el granito y el resto de las rocas se encontraba en
estado líquido debido al calor, es decir, fundida: el ca­
lor debía de ser de unos 200° R: la m asa cristalizó
bajo la superficie del m ar, que la cubría. Hacem os el
argum entum ad auditores de que con esa tem peratu­
ra, e incluso a 80° R, el m ar hubiera hervido hace
tiempo y habría quedado disipado en el aire com o
vapor. Los oyentes se ríen. Para derrotarnos, el ad­
EL ARTE DE TENER RAZÓN 53

versarlo tendría que m ostrar que el punto de ebulli­


ción no depende únicam ente de la tem peratura, sino
también de la presión atm osférica: y esta, tan pronto
com o se hubiera evaporado la m itad del agua del
m ar, se elevaría tanto que ni siquiera a 200° R tendría
lugar la ebullición. Pero no lo intenta, porque para
quienes no son físicos se requiere un tratado. (M it-
scherlich, Abhdl. <L BerL Akad., 1822.)

Estratagem a 29

Si uno se da cuenta (véase la estratagem a 18) de que


le están derrotando, se realiza una diversión: es decir,
se empieza a hablar de repente de algo com pletamen­
te distinto com o si estuviera relacionado con el asun­
to y fuera un argum ento contra el adversario. Esto se
hace con cierto comedim iento cuando la diversión
aún tiene algo que ver con el thema quaestionis; des­
vergonzadamente cuando sólo ataca al adversario y
no atañe en absoluto al asunto.
Por ejemplo, yo elogiaba el hecho de que en China
no existiera una nobleza de cuna y que los cargos solo
se proveyeran en virtud de examina. Mi adversario
afirmó que la erudición capacitaba para los cargos tan
poco com o las prerrogativas del nacimiento (que él es­
timaba). Las cosas se le pusieron difíciles. Inmediata­
mente, introdujo la diversión de que en China se apli­
caban castigos corporales a todos los estamentos, cosa
que relacionó con el hecho de que se bebiera mucho té,
54 ARTHUR SCHOPENHAUER

y recrim inó ambas cosas a los chinos. Quien entrase


en todo esto se dejaría desviar y perm itiría que le qui­
taran de las manos la victoria ya conquistada.
La diversión es desvergonzada cuando abando­
na por completo el asunto quaestiottis y empieza di­
ciendo: «Sí, pero por otro lado hace poco usted afir­
maba etc., etc.». Este caso se incluye en cierta medida
en el «personalizan», del que hablaremos en la última
estratagem a. Tomado en sentido estricto, es un paso
intermedio entre el argum entum ad personam , que
exam inarem os allí, y el argum entum ad hom inem .
Toda disputa entre gente vulgar muestra hasta qué
punto es, digamos, innata esta estratagema: cuando,
por ejemplo, uno le hace a otro recriminaciones per­
sonales, este no responde refutándolas, sino haciendo
a su vez recriminaciones personales al prim ero e igno­
rando las que le han hecho a él mismo; lo que es tanto
com o admitirlas. Actúa com o Esdpión, que no ataca a
los cartagineses en Italia, sino en África. Es posible que
en la guerra a veces sea apropiada una diversión seme­
jante. Al disputar es mala, puesto que se dejan sin res­
puesta las recriminaciones recibidas y los oyentes co­
nocen cuanto de malo tienen ambas partes. Al discutir
se puede utilizarfaute de m ieux [a falta de algo m ejor].

Estratagema 30

El argum entum ad verecundiam [argum ento basado


en el respeto]. En vez de razones, empléense autori­
EL A RTF. DE TENER RAZON 5*

dades según la medida de los conocimientos del adver­


sario. Dice Séneca: Unusquisque mavult credere quam
ju d ica re [Todo el m undo prefiere creer antes que
juzgar] (D e vita beata, 1 ,4 ); uno tiene fácil la partida
cuando está a su favor una autoridad a la que respeta
el adversario. Pero para él habrá tantas más autorida­
des válidas cuanto m ás limitados sean sus conoci­
mientos y facultades. Si estos son de prim er orden,
habrá para él escasísimas autoridades, prácticam ente
ninguna. En todo caso, adm itirá la validez de las per­
sonas expertas en una ciencia, arte u oficio que cono­
ce poco o nada: e incluso estas con desconfianza.
Por el contrario, la gente corriente tiene un profundo
respeto por los expertos de cualquier tipo. No saben
que quien hace profesión de una cosa no am a a la
cosa, sino a su ganancia, ni que quien enseña una cosa
raras veces la conoce a fondo, pues a quien la ha estu­
diado a fondo generalmente le queda poco tiempo
para enseñar. Pero para el vulgos hay numerosísimas
autoridades que gozan de respeto: por tanto, si uno
no dispone de una enteramente adecuada, tómese
una que lo es en apariencia, cítese lo que alguien ha di­
cho en otro sentido o en otras circunstancias. Las au­
toridades que el adversario no entiende en absoluto
suelen ser las más eficaces. Los incultos tienen un pe­
culiar respeto por las fórmulas griegas y latinas. En
caso de necesidad, también se puede no solo tergiver­
sar las autoridades, sino falsificarlas sin más, o citar al­
gunas que sean de nuestra entera invención: la m ayo­
ría de las veces ni tiene el libro a m ano ni tam poco
56 ARTHUR SCHOREN1IAUFR

sabe manejarlo. El más herm oso ejemplo a este res­


pecto es el del cura francés que, para no pavim entar
la parte de la calle que estaba ante su casa, com o esta­
ban obligados a hacer los demás ciudadanos, citó
una falsa sentencia bíblica: paveant illi, ego non pa-
vebo [que tem an los dem ás, yo no tem eré]1. Eso
convenció al responsable municipal. También pue­
den utilizarse com o autoridades prejuicios generales.
Pues la mayoría piensan, con Aristóteles, ά μεν π ολ-
λοίς δοκεΐ τα υτα γ ε είναι, φαμέν [decim os que
es justo lo que a m uchos les parece justo] (Ética
a Nicómaco, X , 2, 1172 b 36): ciertam ente, no hay
una sola opinión, por absurda que sea, que los
hom bres no hagan suya con facilidad tan pronto
com o se ha conseguido persuadirles de que es g e­
neralm ente aceptada. El ejemplo actúa tanto sobre
su pensamiento com o sobre su conducta. Son borre­
gos que siguen al m anso allí donde les lleve: les re­
sulta m ás fácil m orir que pensar. Es muy extraño
que la universalidad de una opinión tenga tanto
peso en ellos cuando pueden ver en sí mismos cóm o
se aceptan opiniones sin juicio alguno y por la m era
virtud del ejemplo. Pero no ven esto porque carecen
de cualquier conocim iento de sí m ism os. Solo los es­
cogidos dicen con Platón τοΧς π ολλόίς π ολλά δο-
κ εϊ [los muchos tienen muchas opiniones, Repúbli­
ca, IX, 576 c], es decir, el vulgos tiene muchas patra­

1. La anécdota se encuentra en Claude Adrien Helvétius, De ¡’es­


prit, II, cap. XVII. [N. del £ ./
EL ARTE DE TENER RAZÓN 57

ñas en la cabeza y si uno quisiera ocuparse de ellas


tendría mucho que hacer.
La universalidad de una opinión no es, hablando
en serio, ninguna prueba, ni siquiera una razón para
hacerla m ás verosímil. Quienes afirman eso tienen
que admitir 1) que el alejamiento en el tiempo priva de
su fuerza probatoria a esa universalidad: de lo contra­
río, tendrían que rehabilitar todos los viejos errores
que en tiempos pasaron universalmente por verdades:
por ejemplo, habría que restablecer el sistema ptole-
maico o el catolicismo en todos los países protestantes;
2) que el alejamiento en el espacio produce lo mismo: si
no, les pondrá en un apuro la universalidad de opinión
de quienes profesan el budismo, el cristianism o y el is­
lam. (Según Bentham, Tactique des assem bles legisla­
tives [Ginebra-París, 1816], vol. II, p. 76.)
Lo que se llama opinión universal es, considerado
claram ente, la opinión de dos o tres personas; nos
convenceríamos de ello si pudiéram os observar la
formación de una de estas opiniones universalmente
válidas. Veríamos entonces que son dos o tres perso­
nas las que al principio la adoptan o plantean y afir­
man, y con quienes se fue tan benévolo de suponer
que la habían exam inado bien a fondo: sobre el pre­
juicio de la capacidad suficiente de estos, otros fue­
ron a su vez adoptando la opinión; y, por su parte, a
estos les creyeron muchos otros cuya indolencia les
aconsejó m ejor creer sin m ás que com probar fatigo­
samente. Así creció día a día el núm ero de tales par­
tidarios indolentes y crédulos: pues com o la opinión
58 ARTHUR SCHOPENHAUER

ya tenía un buen núm ero de voces a su favor, los si­


guientes partidarios pensaron que solo lo podía ha­
ber conseguido gracias a lo bien fundado de sus ra­
zones. Los que quedaban fueron viéndose obligados
a adm itir lo que era generalmente admitido para no
pasar por cabezas inquietas que se rebelaban contra
opiniones de universal validez y sujetos impertinentes
que pretendían ser más listos que el mundo entero.
En este punto el asentimiento se convierte en una
obligación. De ahí en adelante, los pocos capaces de
juzgar se ven obligados a callar: y a quienes les está
perm itido hablar son aquellos que son totalm ente in­
capaces de tener opiniones propias y un juicio pro­
pio, que no son m ás que el m ero eco de opiniones
ajenas, no obstante lo cual son defensores tanto más
celosos e intolerantes de las mismas. Pues lo que
odian en el que piensa de otro m odo no es tanto la
opinión distinta que éste profesa com o el atrevim ien­
to de querer juzgar por uno mismo: cosa que ellos ja­
más se resuelven a hacer y de la que en el fondo son
conscientes. En suma, son muy pocos los que pueden
pensar, pero todos quieren tener opiniones: ¿qué otra
cosa cabe hacer entonces sino tom arlas de otros, ya
del todo listas, en vez de forjarlas por sí mismos?
Siendo así las cosas, ¿de qué vale la voz de cien millo­
nes de personas? Tanto com o un dato histórico, por
ejemplo, que se encuentra en cien historiadores pero
que, com o acaba dem ostrándose, todos han tom ado
unos de otros, por lo que, en último térm ino, todo se
reduce a la afirm ación de un solo individuo. (Según
EL ARTE DE TENER RAZON 59

Bayie, Pettsées sur les cometes [4.a edición, 1704], voL


I, p. 10.)

Dico ego, tu diets, sed denique dixit et Ule:


Dictaque post toties, nil nisi dicta vides1.

No obstante todo lo cual, en la discusión con gen­


te ordinaria puede utilizarse la opinión general com o
autoridad.
En general, se hallará que cuando discuten dos ca­
bezas ordinarias, la mayoría de las veces las arm as
que am bos utilizan son autoridades con las que se
golpean mutuamente. Si una cabeza m ejor tiene que
habérselas con una de éstas, lo más aconsejable es
que se am olde a esta arm a, eligiéndola conform e a las
debilidades de su adversario. Pues con tra las ar­
mas de las razones éste es, ex hypothesi, un Sigfrido
invulnerable, inm erso en las aguas de la incapacidad
de pensar y de juzgar.
Ante un tribunal, en realidad solo se discute con
autoridades, la autoridad de la ley establecida: la fa­
cultad de juzgar se ocupa de encontrar la ley, es decir,
la autoridad que se aplica al caso dado. La dialéctica,
sin embargo, tiene el margen suficiente para, si así se
requiere, poder tergiversar la discordancia entre el

1. «Lo digo yo, lo dices tú, pero finalmente también lo dice aquel: /
Cuando se ha dicho tantas veces, no ves sino lo que se ha dicho.»
Cita al margen de la «parte polémica» de la Farbenlehre [Teoría de
los colores] de Goethe. [N. del K ]
60 ARTHUR SCHOPENHAUER

caso y la ley hasta que se consiga presentarlos com o


concordantes: también al revés.

Estratagem a 31

Cuando uno no sabe qué objetar a las razones ex­


puestas por el adversario, declárese incompetente
con fina ironía: «Lo que dice usted desborda mi débil
com prensión; puede ser muy acertado, pero yo no al­
canzo a entenderlo y renuncio a cualquier juicio».
Con esto se insinúa a los oyentes de cuya estim a uno
goza que lo que se ha dicho es absurdo. Así, cuando
apareció la Crítica de la razón pura, o más bien cuan­
do empezó su clam orosa notoriedad, muchos profe­
sores de la antigua escuela ecléctica declararon: «No
la entendemos», creyendo que así la habían despa­
chado. Pero cuando algunos partidarios de la nueva
escuela les m ostraron que sí, que tenían razón y que,
efectivamente, todo lo que ocurría era que no la en­
tendían, se pusieron de muy mal humor.
Esta estratagema solo puede utilizarse cuando uno
está seguro de gozar ante los oyentes de una estima cla­
ramente superior a la del adversario: por ejemplo, un
profesor contra un estudiante. En realidad, esto forma
parte de la estratagema anterior, y consiste en hacer va­
ler la propia autoridad, en vez de las razones, de forma
especialmente maliciosa. El contragolpe es: «Permíta­
me, con su gran penetración tiene que resultarle fácil
entender, y solo mi mala exposición puede tener la cul­
EL ARTE DE TENER RAZON 61

pa», poniéndole las cosas tan claras que nolens volens


[quiera o no] tenga que entenderlas y quede claro que
lo único que pasaba antes era que no entendía. Así se le
da la vuelta. Quería insinuar que decíamos un «absur­
do»: le hemos demostrado «falta de inteligencia». Am­
bos con la más exquisita cortesía

Estratagem a 32

Podemos descartar, o al menos hacer sospechosa de


forma rápida, una afirm ación que nos opone el ad­
versario subsumiéndola en una categoría aborreci­
ble, aun cuando no esté relacionada con ella más que
por similitud o de modo vago. Por ejemplo: «Eso es
maniqueísmo, eso es arrianism o; eso es pelagianis-
m o; eso es idealismo; eso es espinosismo; eso es pan­
teísmo; eso es brownianismo; eso es naturalism o; eso
es ateísm o; eso es racionalism o; eso es esplritualis­
m o; eso es m isticism o; etc.». Con lo que suponemos
dos cosas: 1) que su afirm ación es realmente idéntica
a, o al menos está contenida en aquella categoría, y
así exclam amos «¡Ah, eso ya lo conocem os!»; y 2)
que esa categoría ya está enteramente refutada y no
puede contener ni una sola palabra verdadera.

Estratagem a 33

«Eso puede ser cierto en la teoría, pero en la práctica


esfalso.» Mediante este sofisma uno admite las razo-
62 ARTHUR SCHOPENHAUER

nes pero niega las consecuencias; en contradicción


con la regla a ratione ad rationatum valet consequen-
tia [es válido extraer la consecuencia a partir de sus
prem isas]. Esa afirm ación supone una imposibili­
dad: lo que es cierto en teoría tiene que serlo también
en la práctica: si no lo es, hay un fallo en la teoría, se
ha pasado algo por alto y no se ha tenido en cuenta, y
por consiguiente también es falso en la teoría.

Estratagem a 34

Cuando el adversario no sabe dar una respuesta o ré­


plica a una pregunta o argum ento, sino que se evade
mediante una contrapregunta o una respuesta indi­
recta o incluso con algo que no atañe en absoluto a la
cuestión y pretende llegar a otro lado, esto es una se­
ñal segura de que (a veces sin saberlo) hem os tocado
un punto flaco: es un enmudecimiento relativo por
su parte. Hay, pues, que insistir en el punto que he­
m os suscitado y no dejar escapar de él al adversario;
incluso cuando todavía no veamos en qué consiste
realm ente la debilidad con la que hemos topado.

Estratagem a 35

la cual, tan pronto com o puede practicarse, hace super-


fluas todas las demás: en lugar de actuar mediante ra­
zones sobre el intelecto, actúese mediante m otivos
EL ARTE DE TENER RAZON 63

sobre la voluntad, y el adversario, com o también los


oyentes, si com parten el mismo interés con él, queda­
rán ganados de inmediato para nuestra opinión, aun­
que la hubiéramos sacado del m anicom io: pues la
mayoría de las veces un adarm e de voluntad pesa más
que un quintal de perspicacia y convicción. Induda­
blemente, esto solo puede usarse en circunstancias es­
peciales. Uno puede hacer sentir al adversario que su
opinión, de ser válida, supondría un notable que­
branto para su interés; de este m odo la abandonará
tan presto com o soltaría un hierro ardiente que hu­
biera cogido por descuido. Por ejemplo, un religioso
defiende un dogm a filosófico: se le hace observar que
está indirectam ente en contradicción con un dogm a
fundamental de su iglesia, y lo abandonará.
Un hacendado afirm a la excelencia de la maquina­
ria en Inglaterra, donde una máquina de vapor hace
el trabajo de muchos hombres: désele a entender que
las máquinas de vapor pronto tirarán de los carruajes,
por lo que el precio de los caballos de sus numerosas
cuadras bajará mucho, y ya se verá. En tales casos, el
sentimiento de todo el mundo suele ser quam tem erein
nosmet legem sanrímus iniquam [con qué temeridad
sancionamos una ley que va contra nosotros mismos]
(Horario, Sátiras, 1,3 ,6 7 ).
Lo mismo ocurre cuando los oyentes pertenecen a
una secta, grem io, oficio, club, etc., pero el adversario
no. Por muy correcta que sea su tesis, tan pronto
com o insinuemos siquiera que contraría a los intere­
ses comunes del m encionado grem io, etc., todos los
64 ARTHUR SCHOPENHAUER

oyentes encontrarán débiles y deplorables los argumen­


tos del adversario, por excelentes que sean, en tanto que
los nuestros, aunque carezcan de todo fundamento, les
parecerán correctos y certeros; el coro se hará oír bien
alto a nuestro favor y el adversario tendrá que abandonar
el campo avergonzado. Es más, por lo común los oyentes
creerán haber asentido por pura convicción. Pues lo que
nos es desventajoso suele parecer absurdo al intelecto.
Intellectus lumirtis sica non est rerípit infusionem a
volúntate et affectibus [el intelecto no es una luz que arda
sin aceite, sino que es alimentado por la voluntad y las
pasiones.] (Francis Bacon, Novum Organon, 1 ,49). Esta
estratagema podría denominarse «atacar al árbol por la
raíz»: por lo común, se llama argumentum ab utili

Estratagema 36

Aturdir, desconcertar al adversario mediante pala­


brería sin sentido. Se basa en que:

«Suele creer el hombre cuando solo oye palabras,


que deberían, sin em bargo, tener algún sentido»1.

Cuando es consciente en secreto de su propia debi­


lidad, cuando está acostum brado a escuchar cosas

1. J. W. Goethe, Fausto , en J. W. G, Obras com pletas, ed. de Ra­


fael Cansinos Assens, tom o Til, p. 1334, Aguilar, Madrid 1992.
IN .d elT .j
EL ARTE DE TENER RAZON 03

que no entiende y, sin em bargo, a hacer com o si las


entendiera, uno puede apabullarle diciendo con ges­
to grave un disparate que suene erudito o profundo y
con el que pierda oído, vista y pensam iento1, y hacer
pasar esto por la prueba m ás irrefutable de la propia
tesis. Com o es sabido, en tiem pos recientes algunos
filósofos han aplicado esta estratagem a ante todo el
público alemán con el éxito m ás brillante. Pero com o
son exempla odiosa, tom arem os un ejemplo más an­
tiguo de Goldsmith, The Vicar o f Wakefield, [Cap. V II].

Estratagema 37

(que debería ser una de las prim eras). Cuando el ad­


versario tiene razón en la cuestión, pero por desgra­
cia para él elige una m ala prueba, nos resultará fácil
refutar esa prueba y harem os pasar esto por una re­
futación de la cuestión. En el fondo, esto se reduce a
que hacem os pasar un argum entum ad hominem por
uno ad rem . Si a él o a alguno de los presentes no se le
ocurre una prueba m ejor, habrem os vencido. Por
ejemplo, cuando uno plantea el argum ento ontológi-
co para probar la existencia de Dios, que es muy fácil
de refutar. Esta es la vía por la que los malos aboga­

l. Probablemente Schopenhauer piense aquí de nuevo en el


Fausto de Goethe, en la escena de la que cita las palabras: [«Y en
estas salas y estos bancos, / pierdo oído, vista y pensamiento»]
(J. W. Goethe, cp. cit, p. 1322). [N. del E,]
66 Ar t h u r sc: h o p h n h a u e r

dos pierden una buena causa: pretenden defenderla


mediante una ley inadecuada, y la adecuada no se les
ocurre.

Ú ltim a estratagem a

Cuando se advierte que el adversario es superior y


que uno no conseguirá llevar razón, personalícese,
séase ofensivo, grosero. El personalizar consiste en
que uno se aparta del objeto de la discusión (porque
es una partida perdida) y ataca de algún m odo al
contendiente y a su persona: esto podría denom inar­
se argum entum ad personam, a diferencia del argu-
mentum ad hom inem : este parte de un objeto pura­
mente objetivo para atenerse a lo que el adversario ha
dicho o admitido sobre él. Al personalizar, sin em ­
bargo, se abandona por completo el objeto y uno di­
rige su ataque a la persona del adversario: uno, pues,
se torna insultante, maligno, ofensivo, grosero. Es
una apelación de las facultades del intelecto a las del
cuerpo, o a la animalidad. Esta regla goza de gran pre­
dicamento porque cualquiera es capaz de ejercerla,
por lo que se utiliza con frecuencia. Cabe preguntarse,
pues, qué contrarregla es válida entonces para la otra
parte. Pues si la otra parte quiere utilizar esta misma,
se acabará en pelea, duelo o proceso por injurias.
Mucho se equivocaría quien pensara que basta
con que uno m ism o no personalice. Pues si uno
m uestra al otro con toda tranquilidad que no tiene
EL ARTE DE TENER RAZON 67

razón y que por tanto juzga y piensa erróneam ente,


lo que es el caso en toda victoria dialéctica, se le en­
cona m ás que mediante una expresión grosera, ofen­
siva. ¿Por qué? Porque com o dice Hobbes en D e cive,
cap.l [par. 5 ]: Omnis anim i voluptas, omnisque ala-
critas in eo sita est, quod quis habeat, quibuscum con-
ferens se, possit magnifice sentiré de seipso [Todo
placer del ánim o, toda alegría reside en que haya
alguien en com paración con el cual uno pueda tener
un alto concepto de sí m ism o]. Nada le im porta al
hombre m ás que la satisfacción de su vanidad y nin­
guna herida le duele más que cuando se golpea ésta.
(De ahí dichos com o el de «vale más el honor que la
vida», etc.) Esta satisfacción de la vanidad se deriva
principalmente de la satisfacción de uno con los de­
m ás, en cualquier aspecto, pero principalmente en
relación con las capacidades intelectuales. Ahora
bien, esto ocurre effective y de form a muy notoria al
discutir. De ahí el encono del vencido con el que no
se ha com etido una injusticia, y de ahí que acuda al
último recurso, a esta últim a estratagem a: a la que
uno no puede sustraerse mediante la m era cortesía
de su parte. No obstante, una gran sangre fría tam ­
bién puede ser de ayuda aquí si uno contesta tran ­
quilam ente, tan pronto com o el adversario em pie­
za a personalizar, que eso no hace al asunto, se
vuelve de inm ediato a este y se prosigue dem os­
trándole aquí que le falta razón sin reparar en sus
ofensas, es decir, com o dijo Tem ístodes a Euribia-
des: π ά τα ξο ν μ έν, άκουσον δέ [golpéam e pero
68 ARTHUR SCHOPENHAUER

escúcham e) (Plutarco, Temistocles, 1 1 ,2 0 ). Pero esto


no está al alcance de cualquiera.
Por tanto, la única contrarregla segura es la que ya
ofrecía Aristóteles en el último capítulo de los Tópicos:
no discutir con el prim ero que se presente, sino úni­
cam ente con aquellos a quienes se conoce y de los
que se sabe que tienen el suficiente entendimiento
para no plantear algo demasiado absurdo y tener que
quedar por ello expuestos a la vergüenza; para discutir
con razones y no con sentencias inapelables; para escu­
char las razones y atenerse a ellas; y, por último, que es­
timen la verdad, escuchen de buena gana buenas razo­
nes, también de labios del adversario, y que tengan la
ecuanimidad suficiente para poder soportar no llevar
razón cuando la verdad está de la otra parte. De esto
se sigue que de entre cien apenas hay uno digno de
que se discuta con él. Déjese al resto decir lo que
quiera, pues desipere est juris gentium [delirar es un
derecho com ún], y considérese lo que dice Voltaire: La
paix vaut encore mieux que la vérité [la paz es preferible
aun a la verdad], y hay un refrán árabe que afirma que
«del árbol del silencio cuelgan los frutos de la paz».
En cualquier caso, el discutir, com o roce de cabe­
zas, muchas veces es de provecho mutuo para la rec­
tificación de los propios pensamientos y también
para el alum bramiento de nuevas opiniones. Sin
em bargo, ambos contendientes deben ser bastante
similares en cuanto a erudición e inteligencia. Si uno
carece de la prim era, no lo entenderá todo, no estará
au niveau. Si carece de la segunda, el encono que eso
EL ARTE DE TENER RAZÓN 69

le causará le inducirá a la m ala fe y a las añagazas o a


la grosería.
Entre la discusión in colloquio private sivefam i-
liari [en conversación familiar o dom éstica] y la dis-
putatio sollemnis publica, pro gradu [solemne dispu­
tación en público, para la obtención de un título ], etc.,
no hay una diferencia esencial. Quizá sólo que en la úl­
tim a se requiere que el respondens [defensor de la
tesis] lleve siempre la razón frente al opponens [crítico
de la tesis] y que, por ello, en caso de necesidad, el
praeses [presidente] le apoye; o también que uno ar­
gum enta con m ayor formalidad en esta última,
procurando revestir sus argum entos de una form a
silogística rigurosa.
A nexo

Lógica y dialéctica ya fueron utilizadas com o sinóni­


mos por los antiguos, si bien λ ο γ ίζεσ θα ι [reflexio­
nar, meditar, calcular] y δια λέγεσΑ α ι [conversar]
son dos cosas muy distintas. Platón, según inform a
Diógenes Laercio, fue el prim ero en utilizar el nom ­
bre dialéctica (δια λεκ τικ ή , δ ια λεκ τικ ή π ρα γμ α -
τέια [tratado d ialéctico],δια λεκ τικ ός άνήρ [hom ­
bre dialéctico]) y vemos que en el Fedro, en el Sofista
y en La República (libro 7, etc.) entiende por ella el
uso regular de la razón y el estar ejercitado en el mis­
mo. Aristóteles utiliza τα δ ια λεκ τικ ά en el mismo
sentido, pero según Lorenzo Valla prim ero utilizó
λο γικ ή [lógica] en ese sentido: encontram os en él
λ ο γικ α ί δυσχερείαι [dificultades lógicas], es decir,
argutiae, π ρότασις λογική [lógica prim era], άπο-
ρία λο γικ ή [dificultad lógica]. Según esto, δ ια ­
λ εκ τικ ή sería más antiguo que λο γικ ή . Cicerón y
Quintiliano utilizan en el mismo significado general
70
EL ARTE DE TENER RAZÓN 71

dialéctica y lógica. C icerón afirm a en el Lucullo


[Academ icorum libri, II, 28, 91]: Dialecticam inven­
tara esse, veri et falsi quasi disceptatricem [La dialéc­
tica se inventó com o árbitro de lo verdadero y lo fal­
so]. Y en los Tópicos, 2: Stoici enim judicandi vías dili-
genter persecuti sunt, ea scientia, quam Dialecticen
appellant [Pues los estoicos han indagado con gran
diligencia los m étodos de juzgar, mediante la ciencia
que llaman dialéctica]. Quintiliano, D e institutione
oratoria [X II, 2 ]: itaque haec pars dialecticae, sive
illatn disputatricem dicere malimus [Así pues, a esta
parte de la dialéctica preferim os llamarla disputati­
va]: esta última, pues, le parece el equivalente latino
de δια λεκ τικ ή . (H asta aquí según Petri Rami dialéc­
tica, Audom ari Talaei paraelectionibus ülustrata,
1569). Este uso de las palabras lógica y dialéctica
com o sinónimos se ha mantenido también en la Edad
Media y en la época m oderna hasta hoy. Sin embargo,
en la época moderna, especialmente en Kant, se ha
utilizado más frecuentemente «dialéctica» en un senti­
do más peyorativo, com o «arte sofistico de discutir», y
por tanto se ha preferido la denominación, más ino­
cente, de «lógica». Sin embargo, originalmente ambas
cosas significan lo mismo y en los últimos años se han
vuelto a utilizar com o sinónimos.

II

Es una lástim a que dialéctica y lógica se vengan utili­


zando com o sinónim os desde los tiempos m ás anti-
72 ARTHUR SCHOPENHAUER

g u o s , p o r lo q u e n o te n g o e n te ra lib e rta d p a r a d is tin ­


g u ir su sig n ifica d o , c o m o m e g u s ta ría h a c e r, y definir
la lógica (d e λ ο γ ί ζ ε σ θ α ι , re fle x io n a r, c a lc u la r , d e
λ ό γ ο ς , p a la b ra y r a z ó n , q u e s o n in s e p a ra b le s ) c o m o
«la c ie n c ia d e las leyes d el p e n s a r, es d e c ir, d el m o d o
d e p r o c e d e r d e la r a z ó n » , y la dialéctica (d e δ ι α λ έ -
γ ε σ θ ο α , co n v e rs a r, si b ien to d a c o n v e rs a c ió n p a r tic i­
p a h e c h o s u o p in io n e s : es d e cir, es h is tó r ic a o d e lib e ­
r a tiv a ), c o m o «el a r t e d e d is c u tir» (d a n d o a e s ta p a la ­
b r a su s e n tid o m o d e r n o ). E v id e n te m e n te , la ló g ic a
tie n e e n to n c e s u n o b je to p u r a m e n te a priori, d e te r­
m in a b le sin in te r v e n c ió n e m p ír ic a , las ley es d e l p e n ­
s a r, el p r o c e d e r d e la razón (d e l λ ό γ ο ς ), ley es q u e e s ta
sig u e lib ra d a a sí m is m a y sin p e r tu r b a c ió n , es d e c ir,
e n el p e n s a r s o lita rio d e u n s e r ra c io n a l a l q u e n a d a
in d u je ra a e rr o r. L a dialéctica, p o r el c o n tr a r io , tr a ta ­
ría d e la c o m u n id a d d e dos se re s ra c io n a le s q u e , p o r
ta n to , p ie n sa n ju n to s , lo q u e , ta n p ro n to c o m o n o
c o n c u e r d e n c o m o d o s relo je s s in c ro n iz a d o s , d a r á lu ­
g a r a u n a d is c u s ió n , es d e c ir, u n a lu c h a in te le ctu a l.
C o m o razón pura, a m b o s in d iv id u o s d e b e r ía n c o n ­
c o rd a r. Sus d ise n sio n e s su rg e n d e la d iv e rs id a d q u e
e s e s e n c ia l a la in d iv id u a lid a d ; s o n , p u e s , u n elem en­
to empírico. L a lógica, la cie n c ia d el p e n s a r, es d e c ir,
d el p r o c e d e r d e la r a z ó n p u r a , s e ría p o r ta n to e n te ra ­
m e n te c o n s tru ib le a priori; la dialéctica, e n g r a n p a r ­
te , s o lo a posteriori, a p a r ti r d el c o n o c im ie n to e m p í­
ric o d e las p e r tu r b a c io n e s q u e p a d e c e el p e n s a r p u ro
d e b id o a la d iv e rsid a d d e la in d iv id u a lid a d c u a n d o
d o s se re s ra c io n a le s p ie n sa n ju n to s , y a p a r t i r d e lo s
FI. ARTE P F TFNER RAZÓN 73

m e d io s q u e lo s in d iv id u o s u tiliz a n u n o s c o n t r a o tr o s
p a r a h a c e r v a le r to d o s ello s su p e n s a m ie n to in d iv i­
d u a l c o m o el p u r o y o b jetiv o . P u e s la n a tu ra le z a h u ­
m a n a llev a c o n s ig o q u e c u a n d o al p e n s a r c o n ju n ta ­
m e n te , δ ι α λ έ γ ε σ θ ο α , es d e cir, al c o m p a r t ir o p in io ­
n e s (e x c lu y e n d o las c o n v e rs a c io n e s h is tó r ic a s ), A se
d a c u e n ta d e q u e lo s p e n s a m ie n to s d e B s o b re el m is ­
m o o b je to d ifieren d e lo s su y o s p ro p io s , n o e m p ie z a
p o r re v is a r s u p ro p io p e n s a m ie n to p a ra e n c o n t r a r el
e rr o r, sin o q u e p re s u p o n e este e n el p e n s a m ie n to a je­
n o ; es d e cir, el h o m b re , p o r n a tu ra le z a , siem p re q u ie­
re ten er ra z ó n : y lo q u e se sig u e d e e s ta c a r a c te r ís tic a
es lo q u e e n s e ñ a la d iscip lin a a la q u e y o q u e r ría d e ­
n o m in a r d ia léc tic a , p e ro q u e , p a r a e v ita r m a le n te n ­
d id o s, d e n o m in a ré d ia lé c tic a erística . E s ta s e ría ,
p u e s, la te o r ía q u e e s tu d ia c ó m o p ro c e d e la n a tu ra l
te n d e n c ia h u m a n a a q u e re r te n e r ra z ó n s ie m p re .
S c h o p e n h a u e r y la d ia lé c tic a
por Franco Volpi
1. ¿Qué dialéctica?

«Ó rgano» de la natural m aldad hum ana, instrum ento in­


dispensable p ara afrontar con éxito las discusiones y p o ­
d er satisfacer de ese m o d o la natural prepotencia hum ana,
en sum a, la voluntad de llevar razón independientem ente
del hecho de que se tenga: esto, y nada m ás, es p ara Scho­
penhauer la dialéctica. D e ahí la d enom in ación de su
opúsculo, D ialéctica erística, es decir, técnica de la argu ­
m entación orientada al ú nico objetivo de lograr la v icto ria
en la disputa (έ ρ ίζ ε ιν ) sin ten er en cu enta la verdad. Scho­
penhauer expuso las ideas que m ás tarde recogería en este
opúsculo inédito en las lecciones que dio en calidad de
profesor n o titular [Privatdozent] en la Universidad de B er­
lín. P o sterio rm en te volvería a exp o n erlas en P arerga y
paralipóm en a.
En los m ism os añ os y en la m ism a ciudad, y tam bién en
la m ism a universidad, desde lo alto de su fam a y la autori­
dad de su cáted ra, Hegel sostenía una idea de la dialéctica
diam etralm ente opuesta. P ara él, la d ialéctica e ra la form a

77
78 FRANCO VOLPI

m ism a del desplegarse y desarrollarse del espíritu según


un proceso que a través de los mil m od os de lo real se ele­
va hasta lo Absoluto, y precisam ente en form a de aquel sa­
b er que se autocom prende co m o despliegue de la totalidad
misma. Sin embargo, su éxito quedó truncado al m orir pre­
m aturam ente en 1831 debido a una epidem ia de cólera
que se desató en la ciudad. Schopenhauer, p o r su parte,
creyó conveniente evitar cualquier riesgo abandonando
apresuradam ente Berlín p or Frankfurt.
A m bos, cad a uno a su m o d o , tuvieron y llevaron
razó n . La idea hegeliana de d ialéctica, sea con la escuela
hegeliana o en los diversos hegelianism os, sea a través de
su d esarrollo en el ám bito del m a rxism o , h a gozado de
un éxito y de una difusión sin par, hasta el punto de c o n ­
vertirse no en un sistem a filosófico, sino en una auténti­
c a visión del m undo. Todavía hoy, cuando en filosofía se
habla de dialéctica se piensa en la con cepción de Hegel o
en su derivación m arxista, es decir, la dialéctica entendida
no solo com o estructura del pensam iento sino tam bién de
la realidad que co n o ce el p ensam iento. U na co n cep ció n
de la dialéctica que ha predom inado durante casi dos si­
glos, ocu pan d o en filosofía el valor sem ántico de la pala­
b ra m ism a.
La idea schopenhaueriana de dialéctica, p o r o tro lado,
no tiene especial necesidad de seguidores, ni de cátedras o
escuelas filosóficas p ara afirm arse; retom a, a fin de cu en ­
tas, una con cep ción de la d ialéctica m ás an tigu a que
cualquier escuela, y sus raíces se rem o n tan a los orígenes
del pensam iento occid en tal, al m u n do griego: ad em ás de
esto, rad ica en la con d ición h u m an a m ism a, hasta el
punto de haber sedim entado en el lenguaje co m ú n , donde
aún hoy seguim os encontrándola. También p ara n osotros,
en nuestra habla cotidiana, «dialéctica» significa en gene­
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 79

ral habilidad p ara discutir» es decir, precisam ente aquello


que postula Schopenhauer. ¿C óm o ha sido posible tod o
esto? ¿C óm o es posible que Schopenhauer y Hegel, que,
entre otras cosas, p arten del m ism o pensador, Kant, hayan
llegado a dialécticas tan diferentes y, adem ás, am b os con
buenas razones?

2. Las bod as d e M ercurio y F ilología

L a historia había com en zad o h a d a m u ch o tiem po y había


atravesado innum erables y com plejas fases y vicisitudes,
en las cuales n o siem pre se puede reco n o cer el hilo co n ­
d u cto r unitario. P ara p od er arro jar algo de luz podem os
reco rd ar al m en os algunas de las etapas esendales de esta
historia. Un punto de p artida ó p tim o es un texto latino del
siglo v cLC., cuya im portan cia es fundam ental p o r la fun­
ción de bisagra que ejerce en la m ed iad ó n entre la cultura
pagana de la Antigüedad tardía, de la cual fue m anifesta­
ción, y la cultura incipiente del O ccidente cristiano, en la
cual tuvo una profunda influencia, gozando de vasta y
prolongada fortuna durante toda la E dad M edia. Se trata
del D e nuptiis M ercurii et P hilologiae del retórico n ortea-
ff icano M arciano Capella, donde en co n tram o s, en los al­
bores de nuestra era, una exposición representativa de la
dialéctica y p o r tanto un testim onio relevante de la tran s­
m isión del corpus dialecticum de la Antigüedad tardía al
O ccidente latin o1.

1. Puede consultarse la obra en la edición de Adolf Dick, Teubner, Stut-


gardiae, 1925 (con addenda de Jean Préaux, ibid., 1969, y con addenda y
corrigenda también de J. Préaux, ibid, 1978), o bien en la edición m ás re­
ciente de James Willis, ibid, 1983.
80 FRANCO VOI.PI

Se trata de un texto que, en una form a literaria m ixta de


verso y prosa según la trad ició n satírica de M enipo, re ­
presenta la últim a tentativa em prendida p o r la Antigüe­
dad pagana de ofrecer un com pendio sistem ático del co n ­
junto de las siete artes liberales según el m odelo que ofre­
ció M arco Terencio V arrón en su D isciplinarian libri IX , es
decir, aquella articulación del saber que representa la vía
m ás im portante p ara la transm isión de ese saber durante
todo el Medievo hasta el Renacim iento y la M odernidad,
cuando, con la irrupción del nuevo ideal de ciencia m o d er­
na, esta tradición entra en crisis. M arciano Capella retom a
el ideal varroniano de una enciclopedia del saber articula­
da según «artes» o «disciplinas» autónom as, cada una con
un m étodo y un objeto propios, pero lo expone insertán­
dola en un cu adro m itológico-religioso, lo que probable­
m ente explique la fortu na de la que gozó esta ob ra tam ­
bién en el Medievo cristiano.
Los dioses del Olim po -rela ta M arciano C ap ella- esta­
ban preocupados p or el hecho de que M ercurio, dios del
lenguaje y de la palabra, todavía no hubiera en contrad o
una esposa idónea. Para poner fin a su prolongado celiba­
to, con certaron su b od a con una virgen m ortal, Filología,
sím bolo del am o r p o r el logos, la cual, tras la unión con
M ercurio, fue acogida entre los inm ortales. La cerem onia
nupcial tuvo lugar en presencia de las divinidades olím pi­
cas congregadas en torn o a Júpiter. La esposa acude aco m ­
pañada de siete dam as de honor, que personifican las siete
artes liberales: las tres del discurso, es decir, la gram ática,
la dialéctica y la retórica (el trivium ), y las cu atro del nú­
m ero, es decir, la geom etría, la aritm ética, la astronom ía y
la m úsica (el quadrivium ). C ada una de estas dam as exp o ­
ne los contenidos del saber que representa y al final de los
esponsales es consagrada la unión entre la poten cia infini­
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA SI

ta del lenguaje con su exposición en un saber ordenado de


form a científica.
Lo que a n o so tro s nos interesa es la ap arició n , en el li­
bro c u a rto de la o b ra, de la D ialéctica, p ersonificada p o r
la segunda d am a, que viene después de la G ram ática.
M arcian o C apella d escrib e co n precisión su asp ecto,
p o rte y atributos. Su tez es pálida, su m irad a huidiza y
p enetran te; su cabello, espeso p ero bien trenzad o, a d o r­
na p o r com p leto y esm erad am en te su cabeza; lleva las
vestiduras y el palio de A tenea, y en la m an o p o rta los
sím bolos de su p o d er: en la izquierda, una serpiente e n ­
ro scad a en en orm es espirales; en la d erech a, unas tabli­
llas con representaciones espléndidas y variopintas, uni­
das p o r un gan ch o ocu lto, y m ien tras que la m a n o iz­
quierda escon de bajo el p alio sus insidias vip erinas, la
derech a, p or el co n trario , se m u estra a to d o s. El asp ecto
de la D ialéctica es en con ju nto agresivo y am en azan te, y
profiere en voz alta, en to n o sacerd otal y o racu lar, fó r­
m ulas incom prensibles p a ra la m ayoría: que la universal
afirm ativa se co n trap o n e en m o d o ob licuo a la p a rticu la r
negativa, y que am b as son convertibles; habla adem ás de
univocidad y equivocidad y asegura ser la ú nica cap az de
distinguir lo verd ad ero de lo falso.
Una en trad a en escena llena de tensión, que suscita cier­
ta zozobra entre los dioses, que Brom io, es decir, el «albo­
rotador» D ioniso-B aco, desdram atiza, observando hasta
qué punto la recién llegada se parece a una bruja ch arlata­
na y p rovocando así en los espectadores cierta hilaridad.
Pero la diosa Palas, que co n o ce bien la dialéctica, intervie­
ne p ara d ecir que no es este un personaje risible, co m o se
verá en cu anto haya expuesto sus enseñanzas. Júpiter e x ­
h orta entonces a la joven a exp on er en latín su saber. En un
exordio, la D ialéctica declara que tiene orígenes griegos,
82 FRANCO VOLFI

p ero que puede expresarse igualm ente en latín gracias al


valioso trabajo de m ediación realizado p o r V arrón, pri­
m er trad u ctor a la lengua de los rom anos de sus enseñan­
zas, aprendidas en los textos de Platón y Aristóteles. Sin
em bargo, ha conservado en griego su propio n om bre, D ia­
léctica, por lo que este sigue siendo idéntico en Atenas y en
R om a. C om ienza entonces la exposición de sus enseñan­
zas, que com prenden, según el orden habitual en las es­
cuelas griegas, transm itido p o r V arrón, tod o el corpus
d octrinal de la lógica clásica, articulado del siguiente
m od o:
1) d e loqu ead o, es decir, la d o ctrin a del sign iñ cad o de
los térm in os, que com p ren d e los cin co predicables (g é­
nero, especie, definición, propio, accid en te), los an tepre -
d icam en ta o instrum enta categoriarum (es decir, la dis­
tinción entre diversos tipos de d enom in acion es: equívo­
ca, unívoca, plurívoca, propia, ajen a), las categorías
(su stan cia, can tid ad , cualidad, relación, esp acio, tiem p o,
acció n , pasión, estado, situación) y postpraedicam en ta
(es decir, las cu atro form as de op osición : co n trad icto rie-
dad, p rivación, co n traried ad , relatividad), la definición y
la división;
2) d e eloqu en do, es decir, la d o c trin a del d iscu rso y
de sus p artes (nom en y verbum que fo rm an la oratio);
3) de proloqu en do, que com prende la d o ctrin a de la
proposición predicativa o juicio (proloquium ), la cual, en
cuanto síntesis o diairesis de representaciones, tiene la c a ­
racterística de p oder ser verdadera o falsa, la diferen tiae
proloquiorum (esto es, la cualidad afirm ativa o negativa y
la cantidad universal o particular del ju icio), la p roloqu io­
rum affection es y la conversión de las proposiciones;
4 ) d e proloquiorum sum m a, o, lo que es lo m ism o, la
d o ctrin a del silogismo en tanto que con caten ación de pro­
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 83

posiciones y sus diversas form as (categórico, hipotético o


m ixto )2.
Tiras la exposición de sus enseñanzas, la Dialéctica se
apresta a proseguir ilustrando la d o ctrin a de los sofismas,
de los razonam ientos cap ciosos, de las falacias y de los en ­
gaños que es posible p erp etrar p o r m ed io de la palabra,
tem a tratad o en las R efutaciones sofisticas de Aristóteles.
Pero en este p un to interviene Palas, que interrum pe a la
D ialéctica, n o solo p ara n o can sar a la audiencia, sino ta m ­
bién p orque n o conviene la exposición de los engaños so ­
físticos en presencia de Júpiter y de los dem ás dioses. Dice
Palas, dirigiéndose a la D ialéctica p a ra interrum pirla: «Ya
basta, noble fuente de la ciencia profunda (profu n daefan s
decens scien tiae) que desvela la realidad ocu lta disertando
sin dejar nada p o co claro ni o m itir n ad a ignoto»3.
D os son los apuntes de este texto que habrán quedado
patentes al final de nuestra historia: el p rim ero es que la
dialéctica se considera co m o la fuente m ism a del saber
científico (fans scien tiae) y se tiende a identificarla co n la
lógica entendida co m o el conjunto de las reglas del co rre c­
to razon ar y argu m en tar con el fin de distinguir lo verda­
dero de lo falso. £1 o tro es que la dialéctica, precisam ente
por su n aturaleza de fuente del saber, se considera rigu ro­
sam en te separada de la sofística y de la erística, que n o tie­
nen m ás que la ap arien cia del saber.

2. No se tratan otras dos doctrinas inicialmente anunciadas co m o com pe­


tencia de la Dialéctica, a saber, la d octrina d d discurso poético (quinta de
mdicanda, quae pertinet ad huücationem poetarum et carminum [la quin­
ta, acerca del juicio, que se refiere a la crítica d e poetas y poem as]) y la de
la dicción retórica (sexta de dictione, quae dicenda rhetoribus commodata
cst [la sexta, acerca de la dicción, que se ajusta a los oradores]).
3. M arciano Capella, De nuptiis, op. cit, IV, p. 4 2 3 ( 2 0 8 ,1 4 -1 6 Dick; 146,
7 9 Willis).
84 FRANCO VOLPI

La presencia de esta idea de dialéctica entre el final del


m undo antiguo y el in id o de nuestra era, docum entada de
form a tan plástica en el De nuptiis, es confirm ada posterior­
m ente p or otros textos m u y difundidos en la Edad Media en
los que es posible reencontrarla, co m o en las Institutiones
(cap. 3 ) de Aurelio Casiodoro, las Etymologiae (libro 11,
caps. 2 2 -3 1 ) de Isidoro de Sevilla, o el De dialéctica de A la li­
no. Y se puede recordar tam bién el De dialéctica (o Principia
dialecticae), ob ra bastante difundida de dudosa atrib ud ón a
san Agustín, que define la dialéctica co m o la disciplina disd-
plinarum o la scientia veritatis*.
Tenem os p o r tan to en la tra n sid ó n del m u n do antiguo
al de la «edad interm edia» u na idea d ed d id am en te positi­
v a de la dialéctica entendida co m o fuente de ciencia, lo
que n o deja de sorp ren d er tras la lectura del texto de Scho­
penhauer. Tenem os, pues, que p regu n tam os: ¿cóm o ha
sido posible tod o esto? ¿C óm o se ha llegado a v er en la dia­
léctica la fuente de la d en cia?

3. La dialéctica en la Antigüedad

N uestra historia debe rem ontarse todavía m ás atrás, a los


orígenes m ism os de la dialéctica. G ra d a s a los resultados
ya consolidados de tod a una serie de estudios, p odem os
afirm ar que la dialéctica nace co n la d e m o cracia ateniense
del siglo v a.C ., es decir, cuando con la libertad política se
dieron las condiciones que hicieron posible la libertad de

4. San Agustín sostiene también la congruencia de la dialéctica con la


teología cristiana. De hecho, dado que la estructura de la dialéctica es dispu-
tutoría, quien discute es un dialéctico: p or Canto, también lo es san Pablo
en cuanto que discute con los judíos y paganos p ara defender el verbo; in­
cluso la palabra m ism a de Dios lo sería, según lo que está escrito en Is 1,
18: venite, disputemos, didt Dominus [Venid, discutam os, dice el Señor].
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA o5

pensam iento y de expresión. L a igualdad de los ciudada­


nos ante la ley (ισ ο ν ο μ ία ) tiene, co m o recu erd a H eródo-
to, p artidario de la d em ocracia (V, 7 8 ), su principal reali­
zación en la igualdad de derecho al uso de la palabra en las
discusiones públicas (Ισ η γ ω ρ ία ), un derecho, pues, que
p ara los críticos de la d em ocracia, co m o Isócrates (Sobre el
A reópago, 2 0 ), h a degenerado en la facultad de decir cual­
quier tipo de cosas, en el hablar p o r hablar (π α ρ ρ η σ ία ). El
autorizado testim onio de Platón (G orgias, 461 e; Leyes, I,
641 e) con firm a que la libertad de palabra (έ ξ ο υ σ ία τ ο υ
λ έ γ ε ι ν ) era m ayor en Atenas que en el resto de las ciuda­
des de G recia, tan to que se le podía atribuir justificada­
m ente el apelativo de ciudad «am ante del discurso» (φ ιλό ­
λ ο γ ο ς ) o «de los m uchos discursos» (π ο λ ύ λ ο γ ο ς ). E n este
con texto h istórico-p olítico se produce, co m o es sabido, el
nacim iento de aquel m ovim iento cultural que fue la sofis­
tica, y de él la filosofía de Sócrates, Platón y A ristóteles, en
los cuales la dialéctica adquiere una im portan cia decisiva.
En lo que respecta al térm in o en cuanto tal, sabem os que
el verbo δ ια λ έ γ ε σ θ α ι está atestiguado ya en H om ero, pero
solo en Platón es utilizado en una acepción propiam ente fi­
losófica, esto es, en el sentido de discutir atendiendo a la
cosa m ism a, es decir, atendiendo a defender o atacar una te­
sis con el fin de establecer su verdad o falsedad, y en cuanto
tal se contrapone a έρ ίζειν , al discutir p o r discutir. En Pla­
tón tam bién se utiliza p or prim era vez en sentido técnico el
adjetivo δ ια λ ε κ τ ικ ό ς p ara caracterizar el arte del discurso
y a aquel que lo practica. Pero la dialéctica había nacido an­
tes de que se le encontrara nom bre. Aristóteles, según un
fragm ento que h a llegado hasta nosotros de su diálogo de
juventud perdido, el Sofista, consideraba descubridor o in­
ventor (εύ ρ ετή ς) de la dialéctica a Zenón de Elea (cff. 6 5
Rose; 1 Ross; 3 9 Gigon). Un testim onio que es confirm ado
86 FRANCO VOLPÍ

p or lo que Platón dice de Zenón, que en el Fedro recibe el


apelativo de «Palamedes de Elea», puesto que, com o el per­
sonaje hom érico, «hablaba con tanto arte que a quien le es­
cuchara las m ism as cosas le parecían similares y disimilares,
u n ay m u ch as, q uietasy en m ovimiento» (Fedro, 261 d); y el
arte de Zenón se define m ás adelante co m o «arte de la anti­
logia», es decir, del procedim iento contradictorio.

4. La sofística

En lo que respecta a la dialéctica, los dos exponentes de la


sofística que cabe record ar son Protágoras y Gorgias. Pro-
tágoras p ractica lo que Platón denom inaría después m éto­
do dialéctico, es decir, la confrontación y la discusión de
dos opiniones contrapuestas a través del diálogo que tiene
lugar entre dos interlocutores que tratan de refutarse alter­
nativam ente, y que se distingue en cuanto «discurso bre­
ve» (β ρ α χ υ λ ο γ ία ) del «discurso largo» (μ α κ ρ ο λ ο γ ία ),
«m onologante», de la retórica. P rotágoras era con ocid o en
la Antigüedad co m o el prim ero que afirm ó que sobre
cualquier tem a es posible sostener opiniones opuestas
(D iels-K ran z, 8 0 A 1); ten em os n o ticia de una de sus
ob ras perdidas, titulada A ntilogia, es decir, precisam ente
«d iscu rsos op uestos», que inauguró una trad ició n litera­
ria de la que se co n serv a un d estacad o ejem plo en los de­
n om in ad os D issot lógoi, escrito an ó n im o que desarrolla
«discursos dobles», es decir, opuestos en tre sí, sobre te ­
m as fundam entales (¿Q ué es bueno y qué es m alo? ¿Qué
es justo y qué injusto? ¿Qué es decente y qué indecente?). La
posición filosófica de Protágoras, basada en la convicción
de que «todas las opiniones son ciertas» (Platón, Teeteto,
166 d y ss.), es que «el hom bre es la m edida de todas las co ­
SCHOPENHAUER Y ΙΑ DIALÉCTICA 6/

sas» (D iels-Kranz, 8 0 B 1), que culm ina, com o es sabido, en


la valoración de la opinión (δ ό ξα ) y de la dem ocracia.
E n cu anto a G orgias, m erece ser recordado porque ar­
gum entaba según un m éto d o dialéctico m uy sim ilar al
que seguía Z enón , p ero con la finalidad filosófica opuesta,
es decir, n o p ara sostener la inmutabilidad del ser, sino
p ara e x tra e r una especie de nihilism o ante litteram en el
cu al se niegan la existen cia y la posibilidad de exp resar
el ser. M ás que filósofo, G orgias fue sobre tod o m aestro de
retórica y de erística, es decir, del arte del discurso practi­
cad o con el fin exclusivo de persuadir a los oyentes o de al­
can zar la victoria en las discusiones sin preocuparse de la
verdad. Efectivam ente, G orgias entiende el discurso co m o
un «gran señor» (δ υ ν ά σ τη ς μ έ γ α ς ) porque en él es posi­
ble sostenerlo tod o y lo co n trario de tod o, es m ás, tiene en
su p o d er la creación de la realidad que eso significa: puede
incluso d a r a entender a los griegos la inocencia de Helena,
cosa que el propio Gorgias intenta h acer en su Elogio de
Helena. D esde un punto de vista filosófico, aplicando el
m étodo dialéctico refutativo p racticad o tam bién p or Z e­
nón, que consiste en red u cir a con trad icción las tesis
opuestas a las que se intenta sostener, G orgias llega a for­
m ular en su tratad o Sobre el no ser, o sobre la naturaleza
(Π ε ρ ί τ ο υ μ ή δ ντο ς ή π ε ρ ί φ ύσεω ς) sus tres célebres
tesis: el ser n o es, si fuese, n o sería cognoscible, si fuese
cognoscible, n o sería com unicable (ά ν ερ μ ή ν ευ το ν ).

5. Sócrates

El o tro g ran padre fundador de la dialéctica es Sócrates,


quien, con su m agisterio original, expuesto en los testim o­
nios de Platón, A ristóteles y Jenofonte, p one en práctica el
88 FRANCO VOLPI

m étodo dialéctico ya utilizado p or P rotágoras, pero con fi­


nalidad y resultados diferentes. Form alm ente, Sócrates
practicaba el m ism o m étodo de discusión dialéctica, por
m edio de preguntas y respuestas, que tam bién habían u ti­
lizado los sofistas (la única diferencia notable, al m en os
en apariencia, era que los sofistas cobraban p or sus ense­
ñanzas, m ientras que Sócrates n o). Sócrates llevó este m éto­
do a una mayor perfección técnica mediante una serie de
procedimientos lógicos, el prim ero de ellos el de la «refuta­
ción» (έ λ ε γ χ ο ς ), cuyo objetivo era dem ostrar la contradic-
toriedad y por tanto la insostenibilidad de una determ inada
opinión exam inada. Es un procedim iento dialéctico que
tiene lugar en el diálogo, puesto que consiste en intentar que
el interlocutor reconozca, p or m edio de las preguntas ade­
cuadas, determ inadas premisas de las que se infieren con ­
clusiones que contrastan con las tesis sostenidas p o r el ad­
versario para lograr que se contradiga consigo m ism o.
En realidad, con Sócrates se produce una transform a­
ción decisiva en la configuración de la dialéctica, que de­
pende de la distinta actitud que adopta en la con fron ta­
ción de las opiniones. Del hecho de que estas últimas se
m uestren todas igualm ente refutables o sostenibles S ócra­
tes no deduce, co m o Protágoras, la convicción de que la
dialéctica tiene una tarea análoga a la de la retórica, a sa­
ber, persuadir o disuadir respecto a unas u o tras con inde­
pendencia de su verdad, es decir, no deduce la tesis de que
todas las opiniones son verdaderas, sino, p o r el con trario,
que son todas falsas, o m ejor dicho: en la m edida en que
pueden ser tanto verdaderas co m o falsas, no tienen aquel
ca rá cter de saber estable propio de lo universal (τ ό χ α χ ό ­
λ ο ν ), es decir, de la ciencia (έ π ι σ τ η μ η ). La tarea de la dia­
léctica se convierte en una tarea crítica: n o debe ponerse#al
servicio de esta o aquella opinión p a ra sostenerla o p ara
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 89

demolerla, sino que debe poner a prueba todas las opinio­


nes intentando refutar su pretensión de hacerse pasar co m o
verdadero saber sin serlo. Partiendo de las opiniones, pues,
la dialéctica socrática origina la exigencia de algo que n o sea
ya u na opinión, un parecer o punto de vista particular, pers-
pectivista y subjetivo, sino que constituya la superación de
todo perspectivism o y subjetividad, es decir, la exigencia de
lo universal, de la ciencia. La dialéctica socrática queda p or
tanto libre de cualquier interferencia con la retórica y es cla­
ram ente practicada con m iras a la ciencia, aunque en reali­
dad no llegue a una auténtica com prensión y a una auténti­
ca form ulación del saber, sino que se atenga a la exigencia,
radicalmente crítica, del «saber que no se sabe». Será Platón
quien la desarrolle en el sentido del saber epistém ico.

6. Platón

Ilustrar, aunque solo fuera a grandes rasgos, el desarrollo sis­


tem ático que hace Platón del m étodo dialéctico de Sócrates
-llegando, con la doctrina de las ideas, a formular el univer­
sal que buscaba Sócrates de form a no aporética, sino siste­
mática, e identificando por tanto la dialéctica con la filoso­
fía- requeriría todo un tratado. Bien es cierto que en nuestro
contexto -e n el que interesa sobre todo la relación entre dia­
léctica y erística- Platón, con su dialéctica, no parece consti­
tuir un punto de referencia p ara Schopenhauer, que sin em ­
bargo le adm iraba com o «divino», al contrario de lo que pro­
bablemente o cu rra con Aristóteles. Esto es debido a que - y
es esto lo que interesa resaltar- Platón sostiene una concep­
ción de dialéctica opuesta a la redescubierta por Schopen­
hauer: Platón critica de form a radical la concepción sofistica,
retórica y erística de la dialéctica, porque esta no es para él
90 FRANCO VOLPJ

una m era técnica argumentativa desvinculada de la verdad


del asunto en cuestión sino, por el contrario, el m étodo rigu­
roso para la búsqueda de la verdad.
Aunque puede decirse que en general esto es así, un
exam en m ás atento m uestra que la con cepción platónica
de la dialéctica no es la m ism a en todos los diálogos. En
efecto, dicha concepción atraviesa una evolución en el
transcurso de la cual se desarrolla progresivam ente a p artir
de la concepción socrática, que es aquella que se encuentra
en los diálogos de juventud, hasta llegar a un auténtico m é­
tod o sistem ático del filosofar, que es la que caracteriza los
diálogos «dialécticos», así denom inados porque en ellos la
teorización de la dialéctica llega a su cénit.
Una prim era referencia a la d ialéctica se en cuen tra en el
M enón (75 d ), un diálogo que refleja la exigencia de desa­
rrollar de m od o positivo la enseñanza so crática y que pue­
de considerarse co m o la introducción a la filosofía d e Pla­
tón, pero en el cual sigue prevaleciendo la concepción so ­
crática según la cual aunque el m étodo dialéctico se ejerza,
ciertam ente, con m iras a la verdad, a la definición del uni­
versal, lo determ inante es lograr un acuerdo (ο μ ο λ ο γ ία )
con el interlocutor.
La su peración de la co n cep ció n so crá tica y la m ad u ra­
ción de la con cep ción típicam ente p latón ica están d o c u ­
m entadas en la R epública , donde la d ialéctica, que es el
saber que deben p oseer los gob ern antes del Estad o ideal,
se identifica co n el grad o m á x im o del co n o cim ien to .
H acia el final del libro sexto, Platón ilustra los grados del
conocim iento com parándolos con una línea dividida en
cu atro segm entos que se corresponden respectivam ente a
los cuatro grados del conocim iento: los prim eros dos son los
que constituyen la opinión (δ ό ξ α ), es decir, la im agina­
ción y la creencia (ε ικ α σ ία , π ισ τ ό ς ), y los o tro s dos son
SCHOPENHAUER V LA DIALECTICA 91

los que constituyen la ciencia (ε π ισ τ ή μ η ), es decir, el razo­


n am ien to y la inteligencia (δ ιά ν ο ια , ν ό η σ ις ). Pues bien,
la d ialéctica se identifica con el saber auténticam ente cien­
tífico del últim o segm ento de la línea, el cual n o se detiene
en las hipótesis, sino que las utiliza co m o m edios p ara lle­
gar a un principio no hipotético (ά ν υ π ό θ ε τ ο ν ), represen­
tado p o r la idea del Bien. Sin em bargo, dado que el tem a
del diálogo n o es la dialéctica en cuanto tal, sino la n atu ra­
leza y la organización del estado ideal, Platón n o especifi­
ca ulteriorm ente en qué consiste el procedim iento p ara lle­
gar desde las hipótesis hasta el principio no hipotético, ni
cuál es el que se utiliza para descender de este último a las de­
más ideas: sí alude, sin embargo, en un pasaje significativo
(R epública, V il, 5 3 4 b y ss.) al h echo de que la dialéctica
llega a ese principio a través de refutaciones de to d o tipo
(διά πάντω ν έλ έγ χω ν δ ιε ξ ιώ ν ), y que tales refutaciones
no se llevan a cab o con form e a la opinión, sino según la
cosa m ism a (μ ή κ α τ ά δ ό ξα ν α λ λ ά κ α τ ’ ο υ σ ία ν ).
La estru ctu ra del procedim iento dialéctico se precisa en
los diálogos posteriores a la R epública. En el Fedóti Platón
afirm a que es preciso verificar la coherencia de las hipóte­
sis, es decir, las ideas que se form ulan p ara d a r razó n de
proposiciones particulares, y tal verificación se lleva a
efecto en p rim er lugar exam inando las consecuencias que
se derivan d e ellas p ara ob servar si se co n trad icen o n o en­
tre sí, y p osteriorm en te reduciendo to d a hipótesis a una
hipótesis superior, m ás universal, hasta llegar a algo que
sea suficiente p o r sí solo ( ι κ α ν ό ν ) , es decir, irreductible ya
a hipótesis ulteriores (Fedótt, 101 d -e ). E n el Parm éttides,
Platón sigue desarrollando el m étod o dialéctico, no limi­
tándolo ya a la verificación de una determ inada hipótesis
para ob servar si de ella se derivan consecuencias que se
contradicen en tre sí o con otras tesis aceptadas, sino e x ­
92 FRANCO VOLPI

tendiéndolo tam bién a las hipótesis opuestas. Se tienen así


dos hipótesis contrad ictorias, es decir, dos hipótesis tales
que una niega lo que afirm a la o tra y la refutación de una
dem uestra p or sí sola la otra. Según esto, la estructura for­
m al del m étodo dialéctico que teoriza Platón es identifica-
ble, m ás que con el de Sócrates, con el de Z enón, en cu an ­
to que, al igual que este últim o, exam ina dos hipótesis
contradictorias, si bien, en continuidad con el m étodo so­
crático, es aplicado a la búsqueda del universal. Esta co n ­
cepción de la dialéctica tam bién está presente en sus últi­
m os diálogos, es decir, el Pedro, el Sofista y el Filebo, en los
cuales la dialéctica se define co m o el m étodo de clasifica­
ción sistem ática de ideas m ediante el criterio de reducción
(σ υ ν α γ ω γ ή ) de lo p articular a lo universal y de división
(δ ια ίρ ε σ ις ) de lo universal en lo particular. E sto im plica,
co m o puede entenderse fácilm ente, una contraposición
entre la dialéctica, p or un lado, y la erística, la sofística y la
retórica, p or otro, que representan las diversas form as en
las que el uso de la dialéctica conduce a la negación o a la
sim ulación de la verdad y del saber. Una contraposición
que se sostiene con plena consciencia de la profunda se­
mejanza entre la filosofía, es decir, la auténtica dialéctica, y
la sofística, en la m edida en que am bas utilizan el arte de
co n trad ecir y la técn ica de la refutación . La v alo ració n
de la refutación co m o núcleo de la dialéctica y su d esarro­
llo en sentido co n stru ctiv o son tam bién atestigu ados en
la C arta séptim a , donde se ilustra el p roceso a través del
cual se llega a cap tar los principios, afirm ando que solo «si
se refuta mediante refutaciones benévolas (έν εύμενέσ£.ν
ελ έγ χ ο υ ς ε λ ε γ χ ό μ ε ν α ), utilizando sin hostilidad pregun­
tas y respuestas, brillan la com prensión y la inteligencia
respecto a cualquier cosa (έ ξέλ α μ ψ ε φ ρ ό νη σις π ε ρ ί
έκ α σ τ ο ν κ α ί ν ους)» (3 4 4 b ).
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 93

7. Aristóteles

L a dialéctica de Aristóteles h a sido objeto de tantos estu­


dios, y de tal im portan cia, que no p o d em o s aquí siquiera
in ten tar ilustrarla. B aste co n re c o rd a r los rasg o s que c a ­
ra cte rizan su in sp iración de fondo, so b re to d o p ara p o ­
d er v alorar m ejor la erística que retom a Schopenhauer.
C o m o se sabe, A ristóteles dedica al estudio de la dialéctica
dos escritos del Organon, a saber, los Tópicos, en o ch o li­
bros, y Sobre las refutaciones sofisticas, que en algunos m a­
nuscritos aparecen co m o el noveno libro de los Tópicos.
D istanciándose de Platón, Aristóteles devuelve la activi­
dad dialéctica al ám bito de las opiniones, volviendo en
este sentido a la con cep ción de P rotágoras, co n la preci­
sión de que si bien es cierto de que p ara A ristóteles la opi­
nión n o es ciencia, esta n o es tam p o co u n p arecer m era­
m ente subjetivo y arbitrario, co m o en sus d egeneraciones
sofísticas y erísticas, sino un punto de p artida susceptible
de consenso. La dialéctica es, pues, un m éto d o que sirve
para discutir bien sobre cualquier tem a posible p artiend o
de opiniones plausibles (έν δ ο ξ α ), es decir, opiniones co m ­
partidas p o r tod os, p or la m ayoría o p o r los sabios y, entre
estos, p o r los m ás con ocid os y reputados (Tópicos, 1 , 1 ,1 0 0
a 1-20). E sto quiere decir que n o solo los filósofos o los sa­
bios, ni p o r tanto quienes desean llegar a serio, sino todos
los hom bres ejercen de algún m o d o la dialéctica, puesto que
todos llegan a verse en situación de tener que defender o
atacar, es decir, p oner a prueba una tesis. Bien es cierto que,
mientras que los hom bres corrientes p ractican la dialéctica
sin un m étodo, el auténtico dialéctico lo h ace m ediante una
técnica y una capacidad argum entativa específicamente
ejercitada y desarrollada (Sobre las refutaciones sofisticas,
11 >172 a 2 3 -3 6 ). Aristóteles, p o r su p arte, se ja cta de haber
94 FRANCO VOLPI

ap ortad o el prim er tratado jam ás escrito sobre los m éto ­


dos de la buena argum entación (Sobre las refu taáon es sofis­
ticas, 3 4 ,1 8 3 b 16-184 b 7 ), m ientras que en otros casos, p or
ejemplo en la retórica, ya existían tratadistas anteriores.
C o m o se explica ya al principio m ism o del tratado, la
característica específica del silogism o o razonam iento dia­
léctico consiste, pues, en inferir a p artir de prem isas «en-
doxales», es decir, opiniones plausibles en el sentido indi­
cado, m ientras que el razonam iento científico, apodíctico,
infiere a p artir de prem isas verdaderas y p rim eras, es de­
cir, evidentes p or sí m ism as y no en virtud de alguna o tra
cosa, y el erístico de prem isas que se presentan engañosa­
m ente co m o opiniones plausibles p ero que en realidad n o
lo son (Tópicos, 1 , 1 ,1 0 0 a 27-101 a l ) . Aristóteles m en cio ­
na o tra form a m ás de razonam iento falaz, a saber, el «pa­
ralogism o», cuya in corrección no procede del engaño,
sino de un error, y que por tanto se considera distinto del
silogismo erístico. Y trata tam bién de un tipo de razon a­
m iento ulterior, el retórico o «entim em a», que se distingue
de los dem ás por su form a abreviada, generalm ente por la
om isión de una prem isa que se da p o r sobreentendida.
Esta distinción entre las diversas form as de razona­
m iento se retom a al final del tratado, donde Aristóteles
propone llam ar «filosofema» al silogism o ap odíctico,
«epicheirém a» (es decir, argum entación directa co n tra un
interlocutor) al silogism o dialéctico, «sofism a» al silogis­
m o erístico y «aporem a» al silogism o dialéctico que co n ­
cluye con una con trad icción y p o r tanto con una refuta­
ción (Tópicos, V III, 1 1 ,1 6 2 a 1 2 -1 8 ). Y tam bién es retom a­
d a posteriorm ente en Sobre las refutaciones sofisticas,
donde se afirm a que «H ay cu atro géneros de argum entos
en la discusión: didácticos, dialécticos, críticos « Peirasti-
koi» y erísticos. Son didácticos los que prueban a p artir de
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 95

los p rin cip ios peculiares de cad a disciplina y n o a p a rtir


de las opiniones del que responde (pues es preciso que el dis­
cípulo se convenza); d ialécticos los que prueban la co n tra­
d icción a p artir de cosas plausibles; críticos, los construi­
dos a p artir de cosas que resultan plausibles p a ra el que
responde y que es necesario que sepa el que presum e de te­
n er un con ocim iento (d e qué m an era, em pero, se h a preci­
sado en otros textos); erísticos, los que, a p artir de cosas
que parecen plausibles, p ero n o lo son, prueban o parece
que prueban» (Sobre las refutaciones sofisticas, 2 ,1 6 5 a 3 8 -
b 8; Aristóteles, op. rít ., p. 3 1 1 ).
D istinguiendo las respectivas form as de razonam iento,
Aristóteles separa claram ente la dialéctica de la ciencia, la
erística o la retórica. Pero la especificidad de la dialéctica
es d eterm inada p osteriorm ente en el segundo capítulo del
prim er libro de los Tópicos indicando sus usos posibles,
que son tres: 1

1) L a dialéctica es útil en relación con el ejercicio (π ρ ο ς


γ υ μ ν α σ ία ν ), es decir, sirve p ara entrenarse en la práctica
de la argum entación.
2 ) E s útil en relación con las conversaciones (π ρ ο ς τ ά ς
έ ν τ ε ύ ξ ε ις ), es decir, sirve p ara conducir bien las discusio­
nes que u n o se vea en el caso de trabar.
3 ) E s útil, en fin, en relación con las ciencias filosóficas
(προς τ ά ς κ α τ ά φ ιλοσοφ ίαν ^ u m f y jw ^ )y e s to e n d o s
sentidos:
3 .1 ) Sobre tod o, porque aprendiendo a d esarrollar las
aporías en am bas direcciones (π ρ ο ς ά μ φ ό τε ρ α δ ια -
π ο ρ ή σ α ι) nos resulta m ás fácil d iscernir lo verdadero y lo
falso en cualquier alternativa.
3 .2 ) L o es tam bién porque siendo inquisitiva (έ ξ ε -
τ α σ τ ι κ ή ) , «es útil p ara las cuestiones p rim ord iales p ro -
96 FRANCO VOI.P1

pías de cada con ocim ien to», es decir, ayuda a en co n trar


aquellas proposiciones p rim eras de las que, en cada una
de las ciencias particulares, p arte la d em o stració n ap o-
d íctica, la cual, en cu anto principio de d em o stració n , no
puede a su vez ser d em ostrad a, aunque sí buscada de for­
m a dialéctica.
Aunque aquí dejarem os en este punto la aclaración del
significado de estos posibles usos de la dialéctica, está cla­
ro que Aristóteles sitúa la dialéctica en el ám bito de la opi­
nión, de las en doxa , y p or tanto rehabilita, con tra Platón,
el valor de la opinión; a diferencia de Protágoras, sin e m ­
bargo, Aristóteles n o considera que la opinión tenga que
estar en conflicto con el saber científico, sino, al con trario,
m uestra que puede resultar útil para la adquisición del sa­
b er en la m edida en que ap orta el terren o del que parten
las d em ostraciones científicas.
D icho esto, está claro que tam bién p ara Aristóteles,
pese a su rehabilitación de la opinión, la erística no puede
representar m ás que una degeneración de la dialéctica,
dado que esta p arte solo en apariencia, es decir, engañosa­
m ente, de opiniones plausibles. En el estudio de los silogis­
m os erísticos (ε ρ ισ τ ικ ο ί, ά γ ω ν ισ τ ικ ο ί) contenido en
Sobre las refutaciones sofísticas -P la tó n los había tratad o
en el Eutidem o - Aristóteles intenta d esenm ascarar los en ­
gaños erísticos y p rop orcion ar instrum entos para defen­
derse de ellos en las discusiones. C on ese fin ilustra las cin ­
co tram pas que tienden los sofistas: la con trad icción y
posterior refutación (έ λ ε γ χ ο ς ), la falsedad (ψ ευδός), la
paradoja (π α ρ ά δ ο ξο ν ), el erro r lingüístico (σ ο λ ο ικ ισ ­
μ ό ς) y la palabrería van a (ά δ ο λ ε σ χ η σ α ι), y m uestra des­
pués có m o evitarlas, detallando trece tipos de silogism os
erísticos falsos (seis derivados de la fa lla d a dictionis, siete
de la falla ría extra dictiones, es decir, de los vicios lógicos).
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA V7

También en este contexto, en p articu lar en los capítulos 1,


2 y 9 del tratad o, Aristóteles subraya la diferencia entre la
dialéctica y la erística.
Schopenhauer, prescindiendo com pletam ente de la uti­
lidad científica que Aristóteles atribuía a la dialéctica, y
p o r tanto desatendiendo sus diferencias con la erística,
identifica sim plem ente la dialéctica co n esta últim a y, rete­
niendo tan solo el aspecto técn ico-form al, la reduce a un
conjunto de estratagem as, es decir, a m ero instrum ento
argum entativo al servicio bien de lo verdadero, bien de lo
falso, a a rm a p a ra p revalecer sob re el in terlo cu to r con
independencia de que se tenga o n o razón. A tal efecto,
Schopenhauer, con la sólida co n v icció n de que la d ialéc­
tica, in stru m en to al servicio de la n aturaleza p erversa y
prepotente del h om b re, no puede ser sino erística, exp lo ­
ta los m ateriales que p one en ab un d an cia a su d isposi­
ció n el tra ta d o aristotélico, p e ro se lam en ta de la fo rm a
insuficientem ente erística que A ristóteles ha d ad o a la
d ialéctica. En efecto, p ara S ch op en h au er la d ialéctica
tiene c o m o tarea prin cip al la de «aten d er ú n icam en te a
có m o u no defiende sus afirm acio n es y refuta las del
o tro » (cfr. supra, p. 2 7 ), y p o r tan to la de «estab lecer y
an alizar aquellas estratagem as de la m ala fe en la d iscu ­
sión» (cfr. supra, p. 2 8 ). Y afirm a posteriorm ente: «En mi
opinión, es preciso separar la dialéctica de la lógica m ás n í­
tidam ente de lo que lo hizo Aristóteles, dejando a la lógica
la verdad objetiva en la m edida en que esta sea formal y li­
m itando la dialéctica al llevar razón al discutir: Por el co n ­
trario, la sofística y la erística n o pueden separarse de esta
última tal co m o lo hizo Aristóteles [...] y puesto que se
acostum bra en general a considerar el nom bre de dialécti­
ca co m o sinónim o de lógica, querem os d enom inar nues­
tra disciplina Dialéctica erística, dialéctica erística» (cfr.
98 FRANCO VOL FI

supra, p. 19-20, nota). A este respecto, es significativo que


Schopenhauer, a p esar de A ristóteles, afirm e que no ha en­
con trad o ningún tratam ien to de este tem a antes de él. Dice
haber «buscado p or doquier», probablem ente sirviéndo­
se, sobre todo, de las Vidas d e los filósofos de Diógenes
Laercio y de las D ialecticae institutiones de Pedro R am o,
aunque el único escrito que m enciona es una ob ra perdida
de Teofrasto cuyo título (en form a, p or lo dem ás, proble­
m ática) conservó Diógenes Laercio: 'Α γ ω ν ισ τικ ό ν τ η ς
π ε ρ ί το ύ ς έ ρ ισ τ ικ ο ύ ς λόγους θεω ρ ία ς [D iscusiones
sobre la teoría de los discursos erísticos]5.

8. D espués d e A ristóteles

En este punto sería interesante hacer alguna referencia a


las dem ás concepciones dialécticas im portantes de la A n­
tigüedad, p or ejemplo a las de la escuela de M egara, en al­
gunos de cuyos autores se desarrolla de form a particular la
erística y la d o ctrin a de los sofismas, o a la de los estoicos,
que identifican la dialéctica con la totalidad de la lógica, o,
en fin, a C icerón, con su com pendio de los Tópicos de
Aristóteles y su con cepción retórica de la dialéctica. Pero

5. Ya M. Schm idt, De Theophrasto rhetore commentarius, diss., Hallae,


1839, y posteriorm ente H. Usener, Analecta Theophrasteae, diss., Bonnae,
1858, hacían n otar la problem ática form ulación gram atical del título, es­
pecialmente el neutro singular ’Α γω ν ισ τικ ό ν [β ιβ λ ίο ν ?]. Los estudios
m ás recientes propenden por un doble título en genitivo (sobreenten­
diéndose «libro de»): Α γ ω ν ισ τ ικ ώ ν ή τ η ς π ε ρ ί τ ο ύ ς έ ρ ισ τ ικ ο ύ ς
λ ό γ ο υ ς β εω ρ ία ς, es decir, Libro de los discursos agonísticos o de la teoría
de los discursos erísticos (cfr. Michael G. Sollenberger, Diogenes Laertius
5.36-57: The «Vita Theophrasti», en Theophrastus ofEresus. On His Life
and Work, William W. Fortenbaugh ed., TVansaction Books, New Bruns-
w ick-Oxford, 1985, pp. 1-62, en particular pp. 4 6 -4 7 ).
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 99

aquí p odem os d ejar a un lado tod o esto, porque Schopen­


h au er n o p arece ten er en cuenta estas concepciones de la
dialéctica; p o r el con trario, critica abiertam ente a la ú nica
de ellas en la que gasta algunas palabras, la ciceroniana. Y,
p o r o tra p arte, ya parecen ad e ra d o s, al m en os en lo que se
refiere a la A ntigüedad, aquellos aspectos oscu ros de nues­
tra historia que pretendíam os iluminar, es decir, la rela­
ción de la dialéctica c o n el saber d entífico, p o r u n a p arte,
y co n el engaño erístico, p o r o tra.
Sin em bargo, debem os reto m ar la pregunta a lo largo de
la cual se desarrolla nuestra historia. Si esto es la dialéctica
p ara los antiguos, ¿qué es la dialéctica, la d e n d a y la erísti-
ca p ara los m odernos? ¿C óm o h a sido posible llegar a las
dialécticas de Schopenhauer y de Hegel?

9. La dialéctica en ¡a Modernidad

No es este el lugar p ara intentar ilustrar la historia de la dia­


léctica en la tran sid ón del m undo antiguo al medieval -e l
m ito n arrado p or M arciano Capella puede bastar co m o tes­
tim onio p arad igm ático- ni p ara dem orarse en las discusio­
nes medievales en to m o a la dialéctica y su relación con la
teología, o sobre el desarrollo del género literario de los so-
fism ata y de las disputationes. Lo d e rto es que este último
aspecto sería especialmente interesante p ara una com p ara­
ción con la dialéctica erística de Schopenhauer, pero com o
este, excep d ón hecha de una alusión a Escoto Erígena y o tra
a Francis B acon, n o parece tom ar en consideración este gé­
nero literario, perm ítasenos seguir adelante6.

6. Me lim itaré aquí a recordar, a título de ejemplo, el estudio, todavía útil,


de Martin Grabmann, Die Sophismatatiteraiur des 12. und ¡3. Jahrhun-
100 FRANCO VOLPI

Lo m ism o puede decirse del desarrollo de la dialéctica


en el hum anism o y en el R enacim iento, donde sin em b ar­
go podrían encontrarse interesantes desplazam ientos en la
idea de dialéctica: la neta y exacerbada oposición a la co n ­
cepción aristotélico-escolástica de dialéctica, que de todos
m od os pervive durante un prolongado período, hasta fi­
nales del siglo x v ii, donde se la encuentra en los com en ta­
rios In universam dialecticam A ristotelis de la Escuela de
C oim bra; posteriorm ente la rehabilitación de la dialéctica
ciceroniana entendida com o ars disserendi in utram que p a r­
tem en referencia a la praxis jurídica; posteriorm ente, el na­
cim iento del «retoricism o», fenóm eno desarrollado bien
debido al conocim iento de C icerón, bien a causa de la en­
señanza paralela de la lógica y la retórica, que de ese m o d o
acabaron influyéndose m utuam ente. Todos estos fenóm e­
nos están vinculados a nom bres de ilustres hum anistas,
co m o Lorenzo Valla (D ialéctica , Venecia, 1 4 9 9 ), Rodolfo
Agrícola (en realidad R oelof Huysman, D e inventione d ia­
léctica, Lovaina, 1515), Luis Vives (Adversus p seu d od ialec-
ticos , Sélestat, 1520), Pedro R am o (D ialecticae partition es
[posteriorm ente: institutiones], París, 1543; A ristotelicae
anim adversiones, París, 1543), Philipp M elanchthon (Ero-
tem ata dialectices, W ittenberg, 1547).
Para nuestra historia, el aspecto interesante es la mayor
im portancia que se atribuye a la inventio, es decir, a la recupe­
ración de los loci com o puntos de partida de la argum enta-

dertSy Beitráge zu r Geschichte d er Philosophie und Theologie des Mitte-


lalters, vol. 36, tom o 1, Aschendorff, Münster, 1940, y los textos recopila­
dos en Die mittelalterliche Traktate «De modo opponendi et respondent
R. De Rijk ed., Beitrage zur Geschichte der Philosophie und Theologie
des Mittelalters. Neue Folge, vol. 17, Aschendorff, M ünster, 1980, que
com prenden, entre otros, la edición del Thesaurus philosophorum de Ag-
nafat y el De modo opponendi et respondendi, del pseudo A lberto Magno.
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 101

d ó n (sedes argumentarían), frente ai otro m om ento de la dia­


léctica, el iudkium, es decir, frente a la form a correcta de la
conclusión silogística. Precisamente en la distinta valoradón
de la reladón entre inventio e iudkium, entre tópica y analíti­
ca, estriba la diferencia prindpal entre la con cepd ón aristoté-
lico-escolástica y la hum anístico-dceroniana. En efecto, para
esta última, la tópica, o dialéctica, no es una form a particular
de razonamiento quizá inferior al analítico, en la medida en
que solo es probable, sino el presupuesto necesario de la ana­
lítica, ya que aporta los loa communes de los que debe partir
todo razonar y argumentar, induido el analítico. Cristaliza de
este m od o la distindón entre analítica y dialéctica que, a tra­
vés de una tradidón latente, llega hasta K a n t
Pero posteriorm ente habría que analizar la crisis de la
dialéctica en la Edad M oderna tras el nacim iento del nuevo
paradigm a del saber representado p or la d en cia m od ern a y
basado en el m étodo m atem ático: la dialéctica se refiere
ahora a u na «dialéctica natural», la cual p ro p o rd o n a el úni­
co ordo, el único m étodo posible de indagadón dentífica,
que es predsám ente el que va de lo c o n o d d o a lo d esco n o d -
do -q u e es el que aparece ya en Pedro R am o ( Quod sit úni­
ca doctrínete instituendae methodus, París, 1 5 5 7 )- o se re­
chaza cad a vez m ás co m o un saber ilusorio y aparente.

10. Kant

Kant es el p ensador que en la M odernidad vuelve a ab o r­


dar de m o d o filosóficam ente riguroso el problem a de la
dialéctica y que le da un planteam iento que conservaría
una im portan cia d edsiva, tam bién p a ra Schopenhauer y
Hegel. C om o es sabido, la arquitectónica de la Crítica de la
razón pura está articulada en «estética» y «lógica», y la ló-
102 FRANCO VOLPI

gica se divide a su vez en «analítica» y «dialéctica». A n o ­


sotros nos interesa sobre tod o esta últim a distinción, en la
m edida en que de ella se deriva la específica con cepción
kantiana de la dialéctica. Kant define la analítica co m o
aquella parte de la lógica que descom pone la actividad for­
m al del intelecto y de la razón en sus elem entos constituti­
vos, esto es, conceptos, juicios e inferencias, y que la exp o ­
ne co m o criterio form al p ara evaluar la coherencia de todo
co n o cer7.
Sin em bargo, la form a p ura del pensam ien to n o basta
p o r sí sola p ara p ro d u cir un au téntico co n o cim ien to ,
sino que solo perm ite co n e cta r los objetos en un to d o c o ­
herente con form e a las leyes de la lógica. «N o obstante
-o b s e rv a en este punto K a n t-, hay algo tan ten tad or en la
posesión de ese arte ficticio que sum inistra a todos nues­
tros conocim ientos la form a del entendim iento [...] que
aquella lógica general, que constituye sim plem ente un ca­
non destinado a enjuiciar, es em pleada co m o organon des­
tinado a la producción efectiva, al m enos en apariencia, de
afirm aciones objetivas. C on lo cual se com ete, de hecho,
un abuso. Em pleada de esta form a, co m o presunto orga­
non, la lógica general recibe el nom bre de d ialéctica »8.
C abe h acer dos observaciones al respecto. Ante tod o,
subrayar que con la articu lación de la lógica en analítica y
dialéctica, Kant -d esd e un punto de vista general, es decir,
sin atender de m om ento a lo que él entiende p o r analítica
y d ialéctica- parece seguir la tradición aristotélica. C o m o
hem os m encionado, esta consideraba de hecho a la dialéc­
tica co m o una parte de la lógica, junto a la analítica, frente

7. Im manuel Kant, Crítica de la razón pura, ed. de Pedro Ribas, Alfagua­


ra, M adrid, 1978.
8. Ibid., p .9 9 .
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 103

al «retoricism o» o «ciceronism o», que p o r el con trario


veía en la dialéctica el presupuesto que sirve de fundam en­
to a to d o argum entar, y co n tra el «ram ism o», que identifi­
cab a d ialéctica y lógica9. Una con firm ación del h echo de
que en este punto Kant se refiere a Aristóteles se encuentra
tam bién en sus lecciones de Lógica, publicadas p o r G ott­
lob B enjam in Jásche (K ónisberg, 1 8 0 0 ), donde Kant afir­
m a que «la lógica actu al se deriva de la an alítica de A ristó­
teles. Puede considerarse a este filósofo co m o el padre de
la lógica. Él la exp uso co m o organon y la dividió en an alí­
tica y d ialéctica »10. P or lo dem ás, la intención de Kant de
to m ar a A ristóteles co m o punto de referencia p a ra su p ro ­
pio tratad o se deduce claram ente del h echo de que, al pre­
sentar su propio trabajo en el Prólogo a la segunda edición
de la C rítica d e la razón pura, afirm a que la lógica «no ha

9. Giorgio Tonelli, en el estudio Der historische Ursprung der kantischen


Termini «Anaiytik» und «Dialektik», en «Archiv ftbr Begrifísgeschichte»,
VII, 1962, pp. 120-139, h a docum entado la presencia de la distinción entre
analítica y dialéctica en la tradición alem ana anterior a Kant, sosteniendo
que en Alem ania, después de la extinción del ram ism o a principios del si­
glo x v m , d ialéctica significaba, en conform idad con la tradición escolás­
tica, tod a la lógica aristotélica. Solo posteriorm ente, p or la influencia de
aristotélicos extranjeros co m o Jacopo Zabarella y Philippe Canaye, se fue
afirm ando la distinción entre analítica y dialéctica, que vuelve a en con ­
trarse en manuales de la época. Entre estos, Tonelli señala co m o fuentes
de Kant el tratado del ecléctico Joachim G eorg D aijes, Introductio in Ar-
tem Inveniendi, seu Logicam theoretico-practicam, qua Anafytica atque
Dialéctica in usum et iussu auditorum suorum methodo iis commoda pro-
ponuntur, Jena, 1732, en el cual la analítica se define com o scientia irrve-
niendi veritates cum certitudine [la ciencia de descubrir verdades con cer­
teza] y la dialéctica co m o scientia inveniendi veritates probabÜiter [ciencia
de descubrir verdades con probabilidad]. En o tro lugar, D aijes traza una
breve historia de la lógica a p artir de Zenón (sobre el cual se sirve de Gas­
sendi com o fuente). También Kant utiliza esa referencia.
10. Immanuel Kant, Logik en Werke, edición de W ilhelm Weischedel,
Suhrkamp, Frankfurt am M ain, 1982, tom o VI, pp. 4 4 2 -4 4 3 .
¡04 FRANCO VOLP1

necesitado d ar ningún paso atrás desde Aristóteles» y que


«lo cu rioso es que tam p o co haya sido cap az, hasta hoy, de
avanzar un solo p aso »1K
Pero una vez aclaradas estas referencias a la tradición
aristotélica, hay que h acer n otar que Kant, co n tra esa tra­
dición a la que él sin em bargo se adscribe, atribuye a la
dialéctica un significado negativo, co m o se ve claram ente
en la definición que da de ella en el pasaje citado. En efec­
to, basándose en su concepción filosófica, según la cual el
pensam iento solo garantiza a nuestro co n o cer la organiza­
ción formal correcta, m ientras que únicam ente la sensibi­
lidad puede ap ortar su contenido m aterial, Kant denom i­
na dialéctica la pretensión ilusoria de prod ucir el co n o cer
m ediante la sola actividad de la razón: «La lógica general,
considerada com o organon, es siempre una lógica de la apa­
riencia, esto es, una lógica dialéctica. La lógica no nos su­
m inistra inform ación alguna sobre el contenido del co n o ­
cim iento, sino sólo sobre las condiciones form ales de su
conform idad con el entendim iento, condiciones que son
com pletam ente indiferentes respecto de los objetos. Por
tal m otivo, la pretensión de servirse de ella co m o de un
instrum ento (organon) encam inado a exten d er o ampliar,
al m enos ficticiam ente, los conocim ientos desem boca en
una pura charlatanería, en afirm ar, con cierta plausibiü-
dad, cuanto a uno se le antoja, o en negarlo a cap rich o »1112.
Y sin m en cion ar nom bre alguno, ni siquiera el de A ristó­
teles, Kant parece atribuir esa con cepción negativa de la
dialéctica al pensam iento griego en su conjunto: «Por m uy
diferente que haya sido la acepción en que los antiguos to­

11. Kant, Crítica de la razón pura, op. cit., p. 15.


12. Ibid., pp. 9 9-10 0 .
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 105

m aró n la ciencia o el a rte de la dialéctica, se puede colegir,


partiendo de la form a en que efectivam ente la empleaban,
que n o significaba p ara ellos sino la lógica de la apariencia.
Se tratab a de un arte sofistico p ara d ar ap arien cia de ver­
dad a la ignorancia y a sus ficciones intencionadas, de
m o d o que se im itaba el m étod o del rigor que prescribe la
lógica en general y se utilizaba su tópica p ara encubrir
cualquier pretensión vacía»13. La m ism a definición nega­
tiva de la dialéctica co m o lógica de la apariencia o de la ilu­
sión, co m o ars sophistica, disputatoria, se rem a ch a en la
Lógica, d ond e K ant dice: «E n tre los griegos, los dialécti­
co s eran los ab ogados y o rad o res, que p odían co n d u cir al
pueblo ad ond e quisieran p orq ue el pueblo se deja en ga­
ñ a r p o r la ap arien cia. La d ialéctica e ra en ton ces, pues, el
a rte de la ap arien cia. L a lógica tam bién se exp u so d u ran ­
te un tiem p o b ajo el n o m b re d e arte de discutir, y d u ­
ran te ese tiem p o to d a lógica y filosofía fueron cultivadas
p o r cierto s ch arlatanes con objeto de sim u lar cu alquier
ap arien cia»14.
Kant lleva a cab o, pues, u n a reducción com pleta de la
dialéctica a la erística. Pero esto significa que, a pesar de
sus referencias a la distinción entre analítica y d ialéctica en
la tradición aristotélica, Kant d a a la dialéctica una acep­
ción peyorativa que se enfrenta explícitam ente a la de
Aristóteles. H ay que h acer notar, p o r lo dem ás, que Kant
tam bién rechaza explícitam ente la idea d e dialéctica esta­
blecida en la tradición aristotelizante de la E d ad M oderna,
de la cual él retom a la distinción entre an alítica y dialécti­
ca y p or tan to la idea de que la dialéctica es u na lógica pro-

13. ¡bid., p. 99.


14. Kant* Logik, op. cit., p. 4 38.
106 FRANCO VOLP1

babilium , es decir, el tipo de racionalidad adecuado al es­


tudio de las cosas que no son necesarias, sino m eram ente
contingentes y que p or tanto solo admiten un conocim ien­
to probable. En efecto, al definir la dialéctica co m o «lógica
de la ap arien cia» o «lógica de la ilusión», es decir, la lógi­
ca de aquello que parece verdadero pero que no lo es (schein-
bar, verosím il), Kant rechaza la idea de que la dialéctica
puede ser una lógica de lo probable, es decir, aquello que
parece verdadero en el sentido de que lo es sólo probable­
m ente (w ahrscheinlich , probable); el cálculo de probabili­
dades, en tanto que no es un conocim iento ilusorio, sino
verdadero, com pete para Kant a la analítica: «Antes h em os
llam ado a la dialéctica en general lógica d e la ilusión. Esto
no significa que sea una d octrin a de la p robabilid ad , ya
que esta es verdad, si bien una verdad con ocid a p o r m edio
de razones insuficientes, cuyo con ocim iento es, p o r tanto,
defectuoso, pero no falaz. C onsiguientem ente, no debe se­
pararse de la p arte analítica de la lógica»15.
M ás allá de la curiosidad historiográfica de identificar
la fuente inm ediata de la que Kant to m a la acepción peyo­
rativa de la dialéctica, es evidente que, en este aspecto, es
hijo de su tiem po. C on esto quiero decir que to m a parte en
aquella polém ica con tra la dialéctica -q u e a p artir de Des­
cartes es frecuente en los pensadores de la M o d ern id ad -,
que se opone a ella co m o un arte que pretende enseñar a
discutir de tod o y que, en vez de ah ond ar en el tem a en dis­
cusión, se pierde en lugares com unes. Y esa polém ica no es
sino la polém ica con tra el saber escolástico de los «aristo­
télicos» en nom bre de la nueva ciencia y de su m étodo,
donde tantas veces se m enciona equivocadamente el n o m -

15. Kan t, Critica de la razón pura , op. c i t p. 297.


SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 107

bre de Aristóteles en vez del de los «aristotélicos». Y en lo


que respecta a Kant, este parece atribuir a Aristóteles -e n
realidad, en patente contraste con los te x to s- la propia co n ­
cepción peyorativa de la dialéctica co m o sofística y erística:
«Podem os denom inar lugar lógico a todo concepto, a tod o
título, que incluya m uchos conocim ientos. En esto se basa
la tópica lógica de Aristóteles, de la que podrían servirse
los m aestros y los oradores p ara b uscar en ciertos títulos
del pensam iento lo m ás apropiado p ara el tem a de que se
trate y p ara sutilizar o hablar am pulosam ente sobre él con
apariencias de rigor»16.
También es interesante ten er presente la explicación
histórica de la identificación de dialéctica y erística que el
m ism o Kant propone en las lecciones de L ógica . Aquí, al
bosquejar un rápido com pendio de la historia de la filoso­
fía, Kant alude a un significado originario positivo de la
dialéctica en Z enón -p en sad o r que tam bién en la C rítica
d e la razón pura es valorado co m o «sutil dialéctico» y de­
fendido de la acusación que le lanza Platón de ser un «so­
fista petulante»17- y habla después de una degeneración
debido a la cual la dialéctica habría decaído hasta asum ir el
significado negativo que él ha descrito: «La proposición
fundamental de la filosofía eleática y de su fundador Jenófa-
nes era: en los sentidos hay engaño y apariencia, solo en el en­
tendim iento reside la fu en te d e la verdad. Entre los filósofos
de esta escuela destacó Zenón, co m o hom bre de gran en­
tendimiento y agudeza y tam bién co m o sutil dialéctico. La
dialéctica significaba al principio el arte del uso puro del en­
tendimiento respecto a conceptos abstractos, desligados de
toda sensibilidad. De ahí los num erosos elogios a este arte

16. 7fr¿¿,p.281.
17. Ibid., p.444.
108 FRANCO VOLPI

entre los antiguos. P osteriorm en te, cu an d o aquellos filó­


sofos que rechazaban p o r com pleto el testim on io de los
sentidos se vieron ab ocad os a m últiples sutilezas, la d ia­
léctica degeneró en el arte de afirm ar y d iscu tir cualquier
tesis. Y se con virtió así en un m ero ejercicio p ara los so ­
fistas, que p retendían razon ar sobre tod o y pusieron su
em p eñ o en d ar visos de verdad a la ap arien cia y en h acer
blanco lo n eg ro »18.
En este punto estam os ya en con dicion es de resp on der
a la pregunta que nos habíam os planteado: ¿có m o ha
sido posible llegar a las dialécticas de Schopenhauer y de
Hegel?

11. En lugar de una conclusión: Schopenhauer versus Hegel

En este punto, está claro que la reducción kantiana de la


dialéctica a «lógica de la apariencia» o «lógica de la ilu­
sión», es decir, su interpretación en un sentido sofistico y
erístico, representa la fuente inm ediata de Schopenhauer,
aunque en apariencia este la critique. En efecto, Schopen­
hauer observa, refiriéndose con claridad a Kant, aunque
sin n om brarle, que la dialéctica se ha definido «co m o lógi­
ca de la apariencia», y añade: «Esto es falso, pues en ese
caso sería útil únicam ente p ara la defensa de tesis falsas»
(cfr. supra , p. 2 6 , tam bién p. 7 2 ). Se tra ta , evid en tem en ­
te, de una crítica que ataca solo al significado e x te rn o
del térm in o «apariencia» (Schein), n o a aquello que en ­
tiende Kant, y que tam p oco discute la acepción negativa
de la dialéctica sostenida por Kant. C on esta últim a dispo­
nem os de las coordenadas p ara entender las razones de la

18. K an t, Logik, op. cit, pp. 451-452.


SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 109

ecuación de dialéctica y erística que da siem pre p or su­


puesta Schopenhauer, presuponiendo a Kant e ignorando
a Hegel: «La dialéctica, pues, no tiene que en trar en esto [la
verdad del asunto], del m ism o m o d o que el m aestro de es­
grim a tam p o co considera quién tenía realm ente razón en
la discusión que originó el duelo: to ca r y parar, de eso se
trata en la dialéctica. Es una esgrim a intelectual: solo así
entendida puede plantearse co m o disciplina p o r derecho
propio, pues si nos propusiéram os co m o finalidad la pura
verdad objetiva, tendríam os la simple lógica; p o r el co n ­
trario , si nos propusiéram os co m o finalidad la im posición
de tesis falsas, tendríam os la sim ple sofística . Y en am bas
se daría p or supuesto que ya sabíam os qué es objetiva­
m ente verdadero y falso: pero raras veces se tiene certeza
de esto de antem ano» (cfr. supra , pp. 2 7 -2 8 ).
Se ha afirm ado que Hegel (que Schopenhauer soslaya,
tam bién en este punto) parte igualm ente de Kant. Pero el
de «Hegel y la dialéctica» es un tem a tan vasto y tan estu­
diado que no p odem os siquiera abordarlo. Para justificar
la afirm ación expresada debem os únicam ente añadir un
breve apéndice de nuestra historia referido a Kant, apéndi­
ce que p erm ite entender m ejor la transición a Hegel. Des­
pués de haber introducido la dialéctica en el significado
negativo que con ocem os, Kant afirm a que, si bien la ense­
ñanza de este arte ilusorio «está en absoluto desacuerdo
con la dignidad de la filosofía», él lo puede aco g er en su
sistem a solo p ara d em oler las ilusiones que p rod uce (al
p retender co n o ce r la idea del alm a in m ortal, del m u n do
y de D ios), y p o r tan to llam a d ialéctica en sentido p ositi­
vo a esta dem olición , a la «crítica d e la ap arien cia d ia léc­
tica» 19.

19. K an t, Crítica de la razón pura, op. cit., p. 100.


110 FRANCO VÜLPI

C om o es sabido, Kant desarrolla esa tarea m o stran d o el


surgim iento inevitable de la ilusión dialéctica que impulsa
a la razón a querer con ocer objetivam ente aquellas cosas
que no son m ás que ideas, es decir, co n cep to s v acío s a
los que no corresponde ninguna intuición capaz de llenarlos:
se trata del alm a in m ortal, del m undo y de Dios, ideas que
la psicología, la cosm ología y la teología de los sistemas ra ­
cionalistas de la M odernidad pretendían co n o cer en tanto
que objetos. La p arte de la dialéctica trascendental espe­
cialm ente relevante p ara n osotros es la relativa a la co sm o ­
logía racional, puesto que en ella Kant m uestra có m o la ra ­
zón d esarrolla n ecesariam en te una «an titética», un sis­
tem a de antinom ias, de proposiciones opuestas, am bas
dem ostrables (o refutables) sin que en apariencia se vis­
lumbre una vía de salida de los dilem as que se plantean: la
p rim era antinom ia consiste en la d em ostración de la tesis
según la cual el m undo es finito y, sim ultáneam ente, de la
antítesis según la cual es infinito; la segunda, en la dem os­
tració n de que tod a sustancia com puesta consta de partes
simples y, sim ultáneam ente, la d em ostración de que nin­
guna sustancia com puesta consta de p artes simples; la ter­
cera, en la dem ostración de que junto a la causalidad de las
leyes naturales es preciso adm itir una causalidad p o r la li­
b ertad y en la dem ostración sim ultánea de que tod o suce­
de conform e a la necesidad de las leyes naturales; la cu ar­
ta, en la d em ostración de que el m undo im plica co m o su
causa, o com o p arte de él, un ser necesario y en la dem os­
tración de que, p or el con trario, no existe ningún ser nece­
sario.
Pues bien, en su significado positivo de crítica de la ilu­
sión trascendental, la lógica debe resolver estas antino­
mias de la razón, y lo hace ejerciendo el m étodo que Kant
denom ina «m étodo escéptico» -e n el sentido de escepti­
SCHOPENHAUER Y LA DIALECTICA 111

cism o crítico, no d o g m á tico -, esto es, poniendo en p rácti­


ca la indagación y la duda, o la crítica, con el fin de desen­
m ascarar verdades aparentes e ilusorias co m o son, preci­
sam ente, las tesis y las antítesis de las antinom ias. Y este
era tam bién el m étod o de Z enón , tal co m o lo interpreta
Kant. E so explica p or qué Kant le aprecia y le defiende de
las acusaciones que le lanza Platón de ser un «sofista petu­
lante» (FedrOy 261 d ). La acusación había sido prom ovida
«porque, p ara d em ostrar su habilidad, trataba de d em os­
tra r con pseudoargum entos una proposición que rebatía
luego con argum entos igualm ente fuertes. Z enón afirm a­
ba que Dios (probablem ente, éste no era p ara él m ás que el
m u n do) no era ni finito ni infinito; que no estaba en m ovi­
m iento ni en reposo; que no era sem ejante ni desem ejante
a o tra cosa. Quienes lo juzgaban sobre el particular tenían
la im presión de que pretendía negar enteram ente dos pro­
posiciones opuestas entre sí, lo cual es absurdo»20. Y Kant
añade inm ediatam ente: «Pero no creo que sea justo atri­
buirle tal intención»21. En efecto, él no entiende el m étodo

20. Ibid., p. 444. Incidental mente, harem os notar que aquí Kant, basán­
dose en el escrito pseudoaristotélico De Melisso, Xenophane, Gorgia, c o ­
nocido entonces por el título errón eo De Xenophane, Zenotie et Gorgia,
atribuye a Zenón una doctrina de Jenófanes.
21. Loe cit. Con esto Kant, además de defender a Zenón de las acusaciones
de Platón, se enfrenta conscientemente a una tradición interpretativa de la
cual era un autorizado representante Pierre Bayle. Este, en su conocidísim o
Dictionnaire historique et critique (Rotterdam , 1697, muchas veces reedita­
do), en la voz Zenón escribía: «El designio de esta dialéctica zenoniana pa­
rece ser más bien el de confundirlo todo antes que el de aclarar algo. Zenón
se servía de él únicamente para discutir con cualquiera y para reducir al ad­
versario al silencio, sostuviese éste blanco o negro (...) Se saca la impresión
de un hombre que todo lo criticaba, que destruyó muchísimas opiniones y
que conservaba poquísimas para sí» (P. Bayle, op. cit.). Este nadar contra co­
rriente de Kant es una prueba más de cuán consciente era su intención de
recuperar el m étodo dialéctico de Zenón com o crítica de la ilusión.
112 FRANCO VOLF1

practicado p or Z enón com o la negación absurda de dos


proposiciones contradictorias (de las cuales una es necesa­
riam ente verdadera y la o tra falsa, puesto que entre p rop o­
siciones contradictorias tertium non datur), sino en el sen­
tido de la negación de dos proposiciones contrarias , las
cuales adm iten un tertium y que, p o r tanto, si no pueden
ser am bas verdaderas (p o r el principio de n o con trad ic­
ció n ), pueden ser am bas falsas y la verdad, p o r tanto, estar
contenida en una tercera proposición. Kant denom ina a
este tipo de oposición «oposición dialéctica», y la distin­
gue de la «oposición analítica» (p o r con trad icción) y de la
«incom patibilidad real» u «oposición real» (sin con trad ic­
ció n ). H abiendo establecido así en su argum entación esta
sutil distinción entre la oposición p o r con traried ad y la
oposición por con trad icción, Z enón se m anifiesta a los
ojos de Kant com o un dialéctico sutil, capaz de argu m en ­
tar según el «m étodo escéptico» apreciado y p racticado
p or él m ism o.
R efiriéndose a la d ialéctica trascen d en tal de K ant,
Hegel le reconoce el m érito de haber cap tad o la necesidad
de las antinom ias de la razón, que él, sin em bargo, no in­
terpreta com o proposiciones con trarias, sino co m o autén­
ticas contradicciones; sin em bargo, le im puta el erro r de
haber considerado las antinom ias co m o m eram ente sub­
jetivas, com o el p rod ucto de una razón finita incapaz de
co n o cer la totalidad. El hecho de que la razón desarrolle
una antitética (que p ara Hegel está gobernada p o r el p o ­
d er de la negación y de la con trad icción, y que debe ser ex­
tendida, adem ás de a la cosm ología, a todas las ideas, a to­
dos los conceptos y a todos los objetos) significa que la ra ­
zón con oce el infinito, la totalidad, puesto que esta últim a
no puede expresarse sino a través de la contradicción. De
este m odo, tom ando com o referencia la dialéctica kantiana
SCHOPENHAUER Y LA DIALÉCTICA 113

en su sentido positivo, Hegel llega a desarrollarla co m o ló­


gica de la contradicción y h ace de ella el alm a de su siste­
m a, es m ás, la expresión m ism a de la vida del espíritu.
Por tanto, con Hegel la dialéctica adquiere su m áxim o
relieve filosófico. Schopenhauer, p o r las razones que ha
ilustrado la historia que hem os bosquejado, contesta con
una op eración de fuerza igual y opuesta, y la reduce a su
m ínim a expresión en tanto que arte de llevar razón, «a la
teoría que estudia có m o procede la natural tendencia hu­
m an a a q u erer ten er razón siem pre» (cfr. supra , p. 7 4 ).
U n a op eración que desde un punto de vista filosófico p ro ­
bablem ente sea m enos profunda, pero que al cabo del
tiem po ha term inado resultando m ás flexible: porque Scho­
penhauer vinculó la dialéctica no a una filosofía, sino a la
condición m ism a del h om bre en cuanto anim al d otad o de
lenguaje, es decir -c o m o ob servó, m ás o m enos en aque­
llos m ism os años, un m aestro de lu cid ez-, en cuanto aquel
ser al que los dioses le d otaron de palabra para que pudie­
ra ocu ltar su pensam iento.
Apuntes bibliográficos

P ara profu n dizar en la h istoria aquí b osquejada m e li­


m itaré a re m itir a algu n os estu d io s esen ciales. Se h an
ten id o p resen tes, sob re to d o , los n u m e ro so s tra b a jo s de
E n rico B erti d ed icad os a la d ia lé ctica , d o n d e n o solo h a
p ro p u esto u n a co n v in cen te re c o n s tru c c ió n c rític a d e
su h isto ria, en la que m e he b asad o p a ra los ap un tes
que aq uí o frezco , sin o en los que a d em ás ha so sten id o
la actu alid ad c o m o lógica p rop ia del d iscu rso filosófi­
co. E n tre ellos re co m e n d a ré aquí los d os fu n d a m e n ta ­
les: C on traddizion e e d ialettica negli an tich i e nei m od er -
ni, L’Epos, P alerm o, 1987; Le ragion i d i A ristotele, L ater-
za, R o m a-B ari, 1989.
Para un cu ad ro general de la teoría del problem a, co n ­
súltese la m onografía de Livio Sichirollo, D ialettica, Isedi,
M ilán, 1973 (con bibliografía) [trad, esp., D ialéctica, La­
bor, B arcelona, 1976], adem ás de las contribuciones de Ni­
cola A bbagnano, Enzo Pací, C ario A. Viano, Eugenio G a­
rin, Pietro C hiodi, Pietro Rossi y N orberto Bobbio, reuni­
das bajo el título de Studi sulla dialettica, Taylor, Turin,
1 9 6 9 , que ofrecen u na reco n stru cció n a retazos, p ero

114
APUNTES BIBLIOGRAFICOS ÜO
í^kJUAUkUU.
•■nwrmoE xjotec« jum>*
com pleta, de los principales m om entos de la historia de la
dialéctica desde Platón hasta M arx.
R especto a la transm isión del corpus dialecticum anti­
guo a la Edad M edia, véase Giulio D O n o frio , Fons scien -
tiae. L a d ialettica nellO ccidente tardo-antico, Liguori, N á-
poles, 1986, y para la erística, Sten Ebbesen, Com m entators
an d C om m entaries on A ristótelesy Sophistici ElenchL A
Study o f post-A ristotelian A ncient an d M edieval Writings
on F allacies, 3 vols., Brill, Leiden, 1981; tam bién Niels
Jorgen G reen-Pedersen, The Tradition o f the Topics in the
M iddle Ages, Philosophia, M únich, 1984.
Para la dialéctica en el h um anism o y el Renacim iento,
rem ito al estudio clásico de C esare Vasoli, La d ialettica e la
retorica delVUmanesimo. «Invenzione» e «m étodo» nella
cultura del x v e x v ¡ secólo, Feltrinelli, Milán, 1968, y para
la M odernidad, a W ilhelm Risse, D ie Logik d er N euzeit, 2
vols., From m an n-H olzb oog, Stuttgart-B ad C annstatt,
1 9 6 4 -1 9 7 0 , y Wolfgang R ód, D ialektische P hilosophie der
N euzeit, 2 .a ed. com pletam ente revisada, Beck, M únich,
1986 (1.a ed. 1974) [tra d esp., La filosofia dialéctica m oder­
na, Eunsa, 1977]. La recon strucción global m ás com pleta
de la historia de la dialéctica en el período que transcu rre
desde Kant hasta M arx es la de W olfgang Janke, H istoris-
che D ialektik. D estruktion dialektischer G rundform en von
K ant bis M arx, de G ruyter, Berlín, 1977 (que he reseñ a­
do en «R ivista critica di storia della filosofia», 3 6 , 1981,
pp. 1 9 6 -2 0 6 ). Sobre la dialéctica contem poránea, consúl­
tese La dialettica nel pensiero contem poráneo, Valerio Verra,
ed., II M ulino, Bolonia, 1976.
Finalm ente, consúltese el artículo de Ludwig Heinrich
Heydenreich, D ialektik, en R eallexikon zur deutschen
Kunstgeschichte, vol. III, Drückenm üller, Stuttgart, 1954,
cois. 1 3 8 7 -1 4 0 0 , que contiene una interesante ilustración
de la iconografía de la dialéctica, tom ada en su totalidad de
dos fuentes literarias, la d escrip ció n de M arcian o C ap e-
11a arrib a m encionada y la de Alanus ab Insulis, A nticlau-
dianus, libro III, cap. 1.
ín d ice

A dvertencia................................................................................ 7

E l a rte d e t e n e r r a z ó n .................................................... 11

La base de toda d ialéctica..................................................... 30


A n e x o ........................................................................................... 70

Sc h o pen h a u e r y la d ia léc tic a , por Franco Volpi

1. ¿Qué d ialéctica?................................................................ 77
2. Las bodas de Mercurio y Filología............................. 79
3. La dialéctica en la A ntigüedad.................................... 84
4. La so fística ......................................................................... 86
5. S ó cra te s............................................................................... 87
6. P la tó n .................................................................................. 89
7. A ristóteles.......................................................................... 93
8. Después de A ristóteles................................................... 98
9. La dialéctica en la Modernidad .................................. 99
10. K a n t..................................................................................... 101
11. En lugar de una conclusión:
Schopenhauer versus H eg el......................................... 108

Apuntes bibliográficos........................................................... 114

117