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J.M.

Coetzee: "El mundo es un lugar de


horror inimaginable"
La Esfera de Papel

John Maxwell Coetzee. MICHELINE PELLETIER DECAUX


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Entrevista con el Nobel de Literatura sudafricano, quien cree que «sólo una pequeña
minoría» percibe la situación. El autor aborda el maltrato animal y la vejez, temas de su
último libro, 'Siete cuentos morales'

La intrahistoria de esta entrevista bien puede reflejar la personalidad del escritor


sudafricano. Envié un cuestionario a J. M. Coetzee el pasado julio a través de su
editorial en España (Literatura Random House) consciente de que las posibilidades eran
casi nulas. Y hasta mediados de este mes, silencio; nada que no estuviese previsto en el
guión. Mas surgió la sorpresa. Coetzee respondió pero lo hizo a su modo, es decir:
reescribió las preguntas recibidas, obviando algunas, y las contestó. Esta es, según
se afirma desde su editorial, la primera entrevista literaria en siete años. El autor de
Desgracia tiene muy claro lo que quiere decir y cómo lo quiere decir.

Al Premio Nobel de Literatura John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica,
1940), que es profesor, traductor, ensayista, crítico literario y excepcional novelista, lo
que le interesa es comentar su último libro, Siete cuentos morales (Literatura Random
House/El hilo de Ariadna), editado en mayo. Y nítido queda en la primera
pregunta/respuesta:
Por favor, háblenos sobre su nuevo libro, Siete cuentos morales. ¿Por qué escogió este
título?
En su mayor parte estos cuentos continúan con la historia de Elizabeth Costello,
a quien ya dediqué un libro con el título de Elizabeth Costello: Ocho lecciones.
El subtítulo ya sugería un cierto propósito moral o didáctico. Esas lecciones
tenían que ver con cuestiones como la manera en la que el escritor de ficción
debería representar el mal (¿existe, por ejemplo, una pornografía del mal por la
cual el lector experimenta un perverso placer al contemplar actos malvados en
una página? Y el escritor, ¿es consciente de esta perversión?). Dos de las
lecciones versan sobre el trato que damos a los animales en el mundo moderno,
y en concreto sobre la ganadería industrial.

J. M. Coetzee es beligerante en esto. El 30 de junio de hace dos años pronunció una


conferencia en el Museo Reina Sofía de Madrid invitado por la asociación Capital
Animal, que vela por la defensa y la concienciación de los derechos de los animales.
Sólo habló de este tema. Nada raro, dentro de su peculiar personalidad, si tenemos en
cuenta que su defensa se ha convertido en una cruzada.

En el texto El matadero de cristal, incluido en Siete cuentos morales, se puede leer: «La
gente tolera la matanza de animales porque no ve nada de lo que pasa (...) Si hubiera
un matadero en funcionamiento en medio de la ciudad, donde todos pudieran ver y oler
y oír lo que pasa adentro, la actitud de la gente podría cambiar».

No se para en tablas el Premio Nobel de 2003, pues páginas después detalla con
minuciosidad el calvario que sufriría un cabrito en un mercado. «Estoy en Yibuti, África
nororiental (...) El joven del cabrito le hará un gesto a uno de los hombres del matadero,
que agarrará el cabrito y lo sujetará manteniendo unidas con fuerza las cuatro patas.
Entonces el joven extraerá un cuchillo de la vaina que cuelga contra su muslo y, sin
preámbulos, cortará de un tajo la garganta del cabrito; después se quedará mirando los
estertores y la sangre que brota a borbotones. Cuando el animal por fin quede inmóvil,
le cortará la cabeza, abrirá en canal el abdomen y extraerá las vísceras...».

Nada, por otra parte, que no sepa quien se haya criado en el campo o conozca las
tradicionales matanzas de cerdos o corderos en la España rural. Pero Coetzee quiere
más, pretende que esa solución final de los animales se reconsidere. Por supuesto, él es
vegetariano. Y abstemio. Un hombre de 78 años que quiere tener todo controlado. En
un acto celebrado en la Fundación Telefónica, el pasado 26 de mayo, respondió en una
charla ante un centenar largo de personas (que no respiraron durante una hora) a una
serie de preguntas de Soledad Costantini, editora de El Hilo de Ariadna, sin posibilidad
de que algún asistente pudiera intervenir.

Su literatura son latigazos; sus párrafos, escalofrío. No hace concesiones. Su palabra es


bisturí que saja. Nos quita el aliento porque sabe dónde herir. Y cuando el lector cree
que se ha repuesto, de nuevo se verá abrumado por otra frase que no esperaba. Como el
oleaje que tumba una y otra vez al náufrago en la mar hasta que ésta lo abandona
derrotado en la playa.
J. M. Coetzee habla en su último libro, y en otros, por boca de un alter ego: Elizabeth
Costello, una escritora australiana anciana que ha publicado siete novelas, dos libros de
poemas, otro sobre ornitología y «bastante obra periodística», casada dos veces y madre
de dos hijos. Esta mujer habría logrado el reconocimiento internacional con una novela
sobre la mujer de Leopold Bloom, el protagonista de Ulises de James Joyce. La voz de
Elizabeth Costello es la que aborda los temas que inquietan a Coetzee, y no sólo sobre
la peliaguda cuestión de los animales sino también sobre la relación entre padres e hijos,
la soledad o la vejez. Este personaje va envejeciendo a medida que aparece en sus
libros.

Coetzee, en Madrid, en 2016 BERNARDO DÍAZ


En El matadero de cristal, el último de los Siete cuentos morales, parece que se prueban
ciertas nociones de forma. No es ni un sermón ni una historia de ficción, pero, sin
embargo, utiliza bastante los recursos y las características de ambos. Es ficción
didáctica al estilo de su novela de 2003 Elizabeth Costello. La pregunta es: ¿por qué
insistir en esto por medio de la ficción, en lugar de hacerlo directamente a través de una
disertación? ¿Por qué escribir ficción didáctica?
Es una pregunta importante, o al menos lo es para mí. Soy lo suficientemente
aristotélico como para considerar mis ficciones representaciones de un mundo
real, y preguntarme a mí mismo qué es lo que estoy representando. En El
matadero de cristal represento a una mujer que pasa por una crisis que, en
bastante medida, tiene que ver con el hecho de que su muerte está a la vuelta de
la esquina.
La crisis tiene dos aspectos. En primer lugar, es una crisis moral: cómo se tiene
que comportar -cómo tiene que vivir en el mundo, de hecho- sabiendo lo que
sabe del mundo, y en concreto, lo que sabe de las vidas que los animales se ven
forzados a llevar. En segundo lugar, es una crisis psicológica: está en lo cierto al
pensar que el mundo es un lugar de horror inimaginable que sólo ve una
pequeña minoría de personas, mientras los demás están ciegos; o sufre de
alucinaciones paranoides que le hacen detectar una malvada conspiración de
silencio a su alrededor cuando en realidad no la hay. Me pregunta cuál es la
diferencia entre escribir una historia sobre ganadería industrial y escribir una
disertación sobre ganadería industrial. La respuesta es que El matadero de
cristal no trata sobre ganadería industrial como tal, sino sobre el estado mental
de alguien a quien el tema de la ganadería industrial le importa profundamente.

La literatura de Coetzee es inquietante. Y perturbadora. Y rabiosamente personal. Tanto


como su biografía, que sólo en parte se puede rastrear en Infancia (1997). En esas
páginas evoca los años en que vivía en una urbanización con «extensas parcelas de
arcilla rojiza donde nada crece y separadas con alambre de espino»; y en Juventud
(2002), libro ambientado ya en Londres y donde aspira a ser escritor, para dejar este
comentario con el que marca territorio: «¿Qué ha ocurrido con las ambiciones de los
poetas en Gran Bretaña? ¿No han digerido la noticia de que Edward Thomas y su
mundo han desparecido para siempre? ¿No han aprendido la lección de Pound y Eliot,
por no hablar de Baudelaire y Rimbaud, de los epigramas griegos, de los chinos?». Una
de las cumbres de su producción es, sin duda, Desgracia (1999), novela galardonada
con el prestigioso Premio Booker y en la que se enfrenta, con toda su crudeza, al pavor
del apartheid, al miedo que aturde a una mujer violada por unos hombres negros,
víctima (¿como una gallina a punto de ser degollada?) de un hachazo en el desamparo
más absoluto.

En esta historia [El matadero de cristal], los síntomas del declive físico experimentado
por Elizabeth incluyen momentos en los que ni siquiera recuerda quién es, algo que
describe como «una experiencia espeluznante». Aun así es capaz de narrar la
experiencia. Temiendo que su muerte esté cerca, y queriendo evitar que su vida y sus
pensamientos desaparezcan en el olvido, esta escritora le da sus escritos a su hijo, que se
identifica como «no escritor». ¿Puede explicarnos el papel del hijo en esta historia?
El hijo es simplemente un hombre bueno e inteligente que ama a su madre y
quiere lo mejor para ella. Al mismo tiempo, es incapaz de entender el estado de
ánimo en el que se encuentra. Es verdad que, de algún modo, piensa o sospecha
que algo va mal con su madre; por ejemplo, está hipersensible, o desconectada
de la realidad. Aun así ella le está haciendo una petición a corazón abierto, que
no permita que sus pensamientos mueran con ella. Es evidente que, hasta cierto
punto, todos los autores comparten la esperanza de que lo que dejan atrás
perviva. Pero la cuestión ardiente para Elizabeth no es que sus escritos como tal
pervivan tras su muerte, sino que su visión del mundo, que se da cuenta de que
es minoritaria y quizás la de una loca, no se extinga. Así que lo importante para
ella no es tanto el ¿me recordarán? como el ¿quién tomará el relevo tras mi
muerte?
Algunas posturas representadas en 'El matadero de cristal' y también en Siete cuentos
morales son controvertidas, como la experimentación animal en la ciencia. ¿Podría
comentar estos posicionamientos?

Entre la clase media urbana existe un amplio consenso sobre el hecho de que, a
grandes rasgos, la ganadería industrial es una práctica vergonzosa y que se
debería hacer algo al respecto. Sin embargo, para esa misma clase urbana acabar
con la ganadería industrial no es una prioridad. Por eso, el punto controvertido
aquí no es tanto la explotación industrial de animales como la apatía moral del
público a la hora de utilizar los productos de esa industria. Lo que sí es más
claramente controvertido es la experimentación con animales en un laboratorio
con el objetivo de aliviar el sufrimiento humano o prolongar la vida humana.
Aquí creo que la opinión mayoritaria entre los seres humanos es que las vidas de
los animales no son lo suficientemente importantes como para que se tenga que
prohibir la vivisección.

Está claro. Pero a J. M. Coetzee no sólo le interesa el trato hacia los animales. Sus
preocupaciones literarias a lo largo de su ya larga trayectoria le han llevado a adentrarse
en la obra de muy distintos autores. Como vértice está Samuel Beckett, que le
deslumbró durante su estancia en Estados Unidos, país del que desde las protestas
contra la guerra de Vietnam (llegó a ser detenido por participar en ellas) se encuentra
alejado. En los estudios Costas extrañas. Ensayos 1986-1999 (2002) y los dos
volúmenes de Las manos de los maestros. Ensayos selectos (2016) da cuenta de una
pléyade de nombres nada desdeñable.

De Walt Whitman a Dostoievski (memorable su novela El maestro de Petersburgo


(1994), en la que recrea a su modo al autor de Crimen y castigo, quien regresa a esa
ciudad -desde el exilio- para descifrar las circunstancias en que han asesinado a su
hijastro); del García Márquez de Memoria de mis putas tristes a Kafka y sus traductores
(con qué fría pasión hace hincapié en la importancia de una fallida o acertada
versión de lo que el autor quiso decir); de Sándor Marai a Amos Oz. Y no olvidemos a
Lessing, Borges, Rushdie, Rilke, Musil. Nadie le resulta ajeno.

Y en esa nómina figura Juan Ramón Jiménez a través de Platero y yo. Coetzee acerca
al burro a su particular molino: «Platero cobra existencia como individuo -como
personaje, de hecho-, dotado de vida y de un mundo de experiencias propias, en el
momento en que el hombre al que yo llamo su dueño, el loco, ve que Platero lo ve a él,
y en el acto de verlo lo reconoce como a un igual».

¿Tendremos que releer Platero y yo? Prefiero Desgracia y Verano (2009), su desolación
de la inquietud y su desasosiego, el paisaje árido; una segunda piel invisible incómoda y
asfixiante.
¿Tengo que ir a recoger el Nobel?

Ni siquiera la concesión del Nobel quebró su modo de ser. Se negó a recibir a las
cámaras de la televisión sueca y ese día preguntó si su presencia sería imprescindible en
la ceremonia. Acudió a Estocolmó, sí, pero habiendo pactado que no habría séquito
alguno que lo esperara en el aeropuerto ni, por supuesto, periodistas. «Llegó en silencio
y medio a escondidas, tal como se podía esperar», escribió Claudio Lopez Lamadrid en
EL MUNDO días después, muy lejos del ruido y la algarabía con que García Márquez
celebró el galardón. El colombiano se llevó hasta Suecia una orquestina de cumbia.
Coetzee apareció con una mujer, agentes literarios, editores y una librera amiga de
Ciudad del Cabo. Su discurso lo convirtió en un relato en el que imaginaba la peripecia
de Robinson Crusoe en su regreso a Gran Bretaña.

Fuente:
http://www.elmundo.es/cultura/laesferadepapel/2018/09/30/5baba973ca47411f518b457b.h
tml