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J. DRAGUNS

PROBLEMAS DE LA DEFINICIÓN Y COMPARACIÓN DE


LA CONDUCTA ANORMAL ENTRE CULTURAS DIFERENTES*

Hace veinte años, Devereux[1] señaló a la distinción entre conducta nor-


mal y anormal como el problema fundamental que tiene el intento de aplicar
el conocimiento psiquiátrico más allá de nuestras fronteras culturales. Desde
entonces, el interés, la investigación y las formulaciones teóricas relativas a
la psicopatología comparada entre culturas han tenido una tremenda expan-
sión. Es sorprendente que este crecimiento del trabajo empírico y teórico no
haya estado acompañado de una atención equivalente hacia el problema de
delimitar en culturas distintas a aquellas en las que solemos trabajar qué seg-
mento de población es el afectado y cuál hay que tomar como unidad com-
parativa transcultural. Parece que hay tres soluciones, expuestas de forma
implícita, al problema de definir operativamente la anormalidad dentro de
un contexto cultural determinado.
La primera es típica de las investigaciones comparadas de psicopatología
que versan sobre las culturas. Suele ser característico de estos estudios que
se hagan basándose en un conjunto reducido de sujetos y que se ponga énfa-
sis, al menos en las versiones modernas de este tipo de investigación, en equi-
parar al máximo a los sujetos de dos o más culturas utilizando varios pará-
metros sociales y de diagnóstico relevantes[2,4], o bien restringiendo la
comparación a una categoría homogénea de diagnóstico[5,6], o bien buscando
la contrapartida exacta, en términos sociales y demográficos, del conjunto de

* En in Cross-cultural Research, N.Y., The N.Y. Academy of sciences, 1977, pp. 664-675.
Traducción de VELASCO, M. H. En VELASCO, M. H. (Comp.). 1993. Lecturas de Antropología
Social y cultural. La cultura y las culturas. Cuadernos UNED. Madrid.
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sujetos estudiados de otra cultura[7]. En todos estos casos, se obvia la obliga-


ción de definir qué es lo normal y lo anormal en un contexto cultural deter-
minado y se deja al arbitrio de aquellos que viven con los pacientes, los
miembros de sus comunidades y familias que han tachado su conducta como
aberrante y que se ven en la necesidad de acudir a la intervención de un
experto. Dicho de otro modo, este tipo de estudio parte de una definición de
anormalidad que ya ha sido aplicada en un contexto determinado. Es así
como llegamos a lo que en otro lugar se ha llamado «una comparación trans-
cultural que parte de los miembros más perturbados de una cultura»[2].
Hablando claro, tal estrategia de investigación también puede ser denomi-
nada la del criterio de último recurso. Desde un punto de vista práctico, si no
ya conceptual y metodológico, este tipo de estudio trata de estimular y en
cierto modo de facilitar que se siga ese criterio. Después de todo, los sujetos
son o pacientes psiquiátricos hospitalizados o miembros de poblaciones clí-
nicas identificadas que suelen vivir, aunque no siempre sea así, en peceras
psiquiátricas, sometidos a observación continuada y a numerosos registros
de conducta como parte de la rutina de trabajo de tales instituciones. Ade-
más, mi propia experiencia me indica que los sujetos proclives a una com-
paración transcultural de psicopatología suelen ser más fáciles de obtener
que su contrapartida normal. Las investigaciones tratan con una población
cautiva, en varios de los sentidos de la palabra, cuya conducta viene siendo
material bruto de medidas no obtrusivas, según la terminología de Webb y
otros[8], es decir, conductas que ocurren espontáneamente sin haber sido esti-
muladas por el experimentador. Existen en la actualidad varios tipos de esca-
las sofisticadas de síntomas[9] que únicamente hay que aplicar, y es posible
superar objetiva y transparentemente el vacío que se da entre las observa-
ciones de síntomas y los juicios de diagnóstico utilizando diversos procedi-
mientos computerizados recientemente desarrollados[10,12].
Estas ventajas, sin embargo, no llegan a compensar las complejidades
metodológicas y conceptuales que tiene el interpretar los resultados de tales
comparaciones. Muchos autores reconocen que las diferencias transcultura-
les de síntomas, que constituyen comúnmente las variables dependientes de
tal estudio, pueden ser atribuibles a varias fuentes, entre las que destacan: el
paciente, el experto, la situación en la que se hicieron las observaciones y la
comunidad en general[13]. Hay numerosos datos, resumidos en otro lugar[13,14]
que apuntan a la influencia de estas cuatro variables tanto en las manifesta-
ciones discretas de los síntomas como en las pautas que siguen. Se conoce
bien el peso relativo, el modo o el grado de interacción de estas variables,
intra e interculturalmente. Ya pasó el tiempo en el que se escribían fórmulas
matemáticas que especificaran y delimitaran la contribución de cada uno de
estos factores al producto final de la manifestación de los síntomas. En cual-
quier caso, los estudios comparativos de este tipo se basan en una definición
mínima de anormalidad o de psicopatología, predeterminada por considera-
ciones que llevan a la hospitalización psiquiátrica voluntaria o involuntaria,
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o a la decisión, tomada por el cliente o por otros, de solicitar ayuda psiquiá-


trica o psicológica. Es un hecho bien documentado en la literatura (p.e. en la
referencia 15) que sólo parte de la población total de individuos perturbados
—aunque estén definidos como tales— está bajo el cuidado de profesionales
de la salud mental. Todos los resultados que emergen del tipo de compara-
ciones descrito se refieren sólo a esa parte del espectro total de la perturba-
ción psicológica. Aumenta la ambigüedad de interpretar estos tipos de datos
transculturales el hecho de que las líneas entre las pautas de conducta nor-
mal y anormal, lo mismo que las líneas entre la conducta perturbada públi-
ca e individual, no escapan a la variación y a la conformación cultural. Ade-
más, la aplicación de este mínimo criterio de anormalidad descansa sobre la
existencia de instituciones y servicios psiquiátricos comparables en uno y en
otro lugar de la comparación transcultural, un criterio que probablemente
no pueda ser empleado en referencia a lugares de contraste cultural marca-
do o extremo. No existen tales instituciones en muchas culturas tradiciona-
les no occidentales, aun cuando en la literatura sobre psicología transcultu-
ral (ver referencias 16-18) hay consenso en cuanto a que todas, o casi todas
las sociedades humanas están provistas explícitamente de formas de segre-
gar, influir socialmente e intentar cambiar a aquellos de sus miembros más
irremediablemente desviados. En muchas otras culturas con diferentes tra-
diciones sociales e históricas, puede haber instituciones terapéuticas o de
custodia, pero son más limitadas en la atención, la función y el significado
que sus prototipos occidentales[13,14]. Suele ocurrir que el hospital psiquiátri-
co funcione como institución de último recurso, reservada para aquellos
casos de perturbación cuando fallan los modos indígenas de tratamiento. En
consecuencia, la comparación entre individuos hospitalizados y psiquiátri-
camente identificados queda como única opción práctica para grados de
contraste cultural moderado o medio, pero, incluso mantenida en esos nive-
les, los resultados obtenidos son más útiles por las preguntas que suscitan
que por las respuestas que proporcionan.
La segunda solución al problema de definir operativamente la anormali-
dad en la investigación transcultural encuentra sus mejores ejemplos en los
estudios de los censos epidemiológicos o psiquiátricos del país (referencia n.
19) o de fuera[20,21]. Los estudios del tipo anterior implicaban una aceptación
implícita de un criterio limitado y restrictivo de anormalidad, pero la inves-
tigación epidemiológica en psiquiatría tiene como objetivo básico sacar a la
luz los casos de desorden psiquiátrico que aún no han sido identificados.
Una vez más la cuestión está en dónde trazar la línea. En la práctica, los
investigadores epidemiológicos suelen echar sus redes a voleo. La conse-
cuencia es que se identifica perturbación con presencia del síntoma, o que se
emite un juicio acerca de la severidad de la perturbación basada en los sín-
tomas registrados. Estos procedimientos nos han permitido saber que sólo el
18 por ciento de la población de Manhattan está libre de perturbación psi-
cológica.[19]
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Tales datos y otros tales en muchas otras partes del mundo pueden llegar
a ser útiles e incluso pueden constituir la única información de la que se dis-
pone. Sin embargo, esta información versa sobre algo que es cualitativa-
mente distinto de lo que se entiende por «desorden psicológico», «enferme-
dad mental» y sus equivalentes semánticos cuando son socialmente
aplicados y comprendidos. No sólo es que las definiciones operativas de
anormalidad sean amplias e inclusivas en tales estudios sino que también
varían de un proyecto a otro y es extraordinariamente difícil interpretarlas
dentro de algún tipo de esquema universal y comparativo. Dohrenwend y
Dohrenwed[2] han revisado este cuerpo de investigación y han aclarado las
dificultades que presenta el intento de sintetizar principios generales a par-
tir de los datos acumulados. Mariátegui y otros[23] llegaron a conclusiones
cautelosas y exploratorias similares al revisar el trasfondo de estas investiga-
ciones relativas a una parte más homogénea y limitada del mundo, las repú-
blicas de América Latina. Es claro que falta hoy día un criterio transcultu-
ralmente aceptable y universal de anormalidad, aunque las diversas
investigaciones epidemiológicas parecen partir de la asunción implícita de
que los conceptos de equivalencia psiquiátrica y de los variados síndromes
de diagnóstico tienen realidad substantiva y constancia transcultural. El
rechazo, o al menos el desafío a este supuesto proviene de las enormes dis-
crepancias en los resultados obtenidos. Nadie se inclina por referir todas
estas diferencias a las poblaciones estudiadas. La única cuestión que queda
concierne qué proporción de estas diferencias se debe a los sujetos y cuál al
investigador o a la interacción entre ambos. Así, los estudios epidemiológi-
cos son un buen ejemplo del uso de criterios máximos, superinclusivos de
psicopatología, y muestran el alto potencial que tiene el sobreestimar el
desorden psicológico.
Habría que mencionar un tercer tipo de criterio de anormalidad, aunque
no sea paralelo a los dos anteriores ni conceptual, ni metodológicamente.
Tiene sobrados merecimientos para ser incluido dada su importancia histó-
rica en la empresa de la investigación transcultural sobre psicopatología. Es
una aproximación que implica la descripción, el análisis clínico e incluso, en
algunos estudios recientes[24], la investigación epidemiológica de pautas cul-
turalmente distintivas de desajustes adaptativos de síndromes ligados a con-
textos culturales específicos[25,26]. Bajo este título caen las extrañas psicopa-
tologías de tierras remotas y exóticas: Amok y Latah en el Sudeste de Asia,
Wiitiko en los Indios Ojibwa, Susto en los Andes sudamericanos y muchos
otros. En lugares geográficamente más reducidos y más vinculados con fac-
tores culturales hay otros casos, como el mal de ojo[27]. Yap[28], que es uno de
los investigadores más generales y más persistentes sobre esta materia, llega
a sugerir que en vez de ser identificados con algunos de los desórdenes que
aparecen en el Manual de Diagnóstico y de Estadística (DSM-II), basándonos
en el análisis transcultural habrían de ser tomados como síndromes muy
difundidos ligados a determinantes culturales occidentales. Ninguno de los
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investigadores de estas manifestaciones psicopatológicas pautadas cultural-


mente concluye que sean variantes psicopatológicas exclusivas de sus res-
pectivos medios culturales. Sin embargo, la gran atención que han suscitado
estos síndromes y que se refleja en la bibliografía puede haber sesgado de
forma inadvertida (aunque inevitable) la visión de la psicopatología de sus
respectivos lugares de ocurrencia en una línea de exotismo. Así, a diferencia
de los sesgos que se aprecian en las dos aproximaciones anteriores, la inves-
tigación de los síndromes ligados a contextos culturales empuja a los crite-
rios de anormalidad hacia lo no familiar y lo extraño.
Tomadas en conjunto, y en síntesis, las tres aproximaciones minimizan,
maximizan y dramatizan los criterios de psicopatología en otras culturas.
Históricamente cada una de estas aproximaciones ha tenido un papel impor-
tante y valioso que jugar enriqueciendo nuestro conocimiento de la psicopa-
tología en relación con la cultura. Si bien, la relatividad y ambigüedad de
estos criterios no nos permite contestar a una pregunta que es básica en la
investigación psicopatológica comparada: ¿Difieren las culturas en cuanto a
la incidencia y prevalencia de los desórdenes psiquiátricos y en cuanto a la
representación de categorías específicas dentro de estos desórdenes? Hay
demasiadas discrepancias en los índices de hospitalización y en la propor-
ción de diversas categorías prominentes de diagnóstico, tal y como se pre-
sentan en países cultural e históricamente relacionados, como para estar
seguros de ello[28]. Al repasar la investigación, sin embargo, se ha demostra-
do que algunas de estas diferencias dependen más de las actuaciones de los
psiquiatras que de la conducta de los pacientes[29,30].
Las tres aproximaciones descritas sólo nos proporcionan una visión par-
cial de las vicisitudes culturales de los desajustes adaptativos. Necesitan ser
apoyadas con tipos de investigación diseñados para trascender las limitacio-
nes. Quien escribe esto se ha dedicado a intentar señalar algunos de los ras-
gos y de los requisitos de tales investigaciones.
Necesitamos:
1. un criterio claro, no ambiguo, de perturbación que sea aceptable trans-
culturalmente, al menos para poder hacer investigación comparativa;
2. medidas operativas que incorporen este concepto y que puedan ser
aplicables en las diversas culturas;
3. demostraciones de equivalencia de estas medidas en los diferentes
lugares.
El primer requisito es más fácil de enunciar que de forjar. Incluso en un
medio culturalmente unitario, la anormalidad es un concepto flexible y elu-
sivo, convertido en enigmático a base de excepciones, fácil presa de explica-
ciones múltiples y responsable de desacuerdos irremediables. Las dificulta-
des se multiplican al hablar de medios culturalmente diversos. Los criterios
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de salud mental elaborados por Jahoda[31] bien conocidos por todos, incluyen
la autoaceptación, la capacidad de crecimiento, desarrollo y autorrealiza-
ción, la capacidad de integración, el sentido de autonomía, la percepción de
la realidad y el dominio del medio. Todos estos criterios parecen indispensa-
bles y aplicables a nuestro propio contexto cultural occidental, pero, ¿cuán-
tos siguen siendo válidos tras un análisis transcultural? En otra situación
algo diferente, un psiquiatra indio, Chakroborty[30], ha expuesto su critica
hacia unos criterios similares de enfermedad o de salud mental advirtiendo
que dependen encubiertamente de visiones de la naturaleza y de la condición
humana, propias de los occidentales y culturalmente limitadas a ellos.
Ante esto caben dos posibles reacciones. Una, la ha propuesto Misra[33]
que aboga por dejar a un lado los criterios de salud y enfermedad mental
relativos a investigación transcultural para concentrarse en cambio en la
comparación entre los factores que inducen a frustración o a satisfacción
mediadas por la cultura, ya sean reales o percibidas. La otra, representada
por las recientes contribuciones de Fabrega[34,35] y Yap[36], consiste en buscar
los rasgos transculturales constantes en los conceptos de enfermedad. Estos
análisis han llevado de forma independiente a sus respectivos autores a
determinar el equilibrio entre el individuo y su entorno social y físico como
elemento central en la experiencia y conceptualización de la enfermedad.
Este elemento básico tiene aún que ser incorporado a medidas concretas,
aplicables individualmente.
La aplicación de este criterio, sin embargo, requiere solventar las dos dis-
tinciones subsidiarias, aunque importantes, que tanto han complicado la deli-
mitación de la anormalidad y la perturbación en la comparación transcultu-
ral. Nos estamos refiriendo a la demarcación de la perturbación personal
frente al desajuste adaptativo social, una distinción que asoma ampliamente
en los escritos de Kluckhohn[36] y de DeVos[37] y nos referimos también a la
localización exacta de la línea que separa a los desórdenes físicos y psíquicos.
Respecto a la primera distinción, los juicios sobre la adecuación e inadecua-
ción del ajuste personal están basados en absolutos o en ideales, el estableci-
miento de la cualidad de la adaptación social es relativa e inextricablemente
dependiente de las consideraciones de tiempo, lugar y circunstancia. Según
DeVos[37], se solapan, pero no hay correspondencia entre estos dos criterios. Si
se acepta esta distinción, podrían diferenciarse cuatro grupos de individuos:
1. los que están libres tanto de desajuste personal como social;
2. los que sufren desajuste social, pero no personal;
3. los que sufren desajuste personal, pero no social;
4. los que sufren desajuste tanto social como personal.
El área principal de ambigüedad y de controversia estaría en la clasifica-
ción de los individuos en las categorías 2 y 3. Para establecer distinciones
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prácticas entre los individuos simplemente en relación a su estado de insatis-


facción con su sociedad y los personalmente perturbados, habría que resolver
cuestiones conceptuales y de definición. Lo que aquí se aborda es la plastici-
dad de los roles sociales en relación a la psicopatología. ¿Pueden ser los enfer-
mos de una sociedad profetas en otra? Una pregunta de importancia históri-
ca en relación con el problema general del relativismo cultural[1,38,] que ha sido
clarificada recientemente por los cuidadosos estudios empíricos de los sha-
manes en relación a la adecuación de su ajuste[39,40]. Los resultados de estos
estudios sugieren en términos amplios que, teniendo en cuenta los indicado-
res directos e indirectos de su ajuste, estos individuos no son la contrapartida
de los psicóticos del patio trasero de nuestras instituciones psiquiátricas
públicas. La idea de la plasticidad infinita de roles sociales y de un relativis-
mo cultural no vinculado ha sido disipada con estos datos, a pesar de que las
negativas son notoriamente difíciles de probar de forma concluyente. Así,
aunque puede haber un grupo en el que esquizofrénicos crónicos estén desa-
rrollando funciones curativas, tal grupo aún no ha sido hallado.
La distinción entre disfunción psicológica y disfunción física a primera
vista parece ser menos importante y menos obtrusiva. También ha recibido
menos atención en la literatura transcultural. Tiene la complicación, sin
embargo, de que en muchas culturas no occidentales la dicotomización de lo
mental y lo físico no existe[41]. Pero hay una categoría de enfermedad que
concierne a lo físico, lo psicológico y lo social. Por el contrario, las investi-
gaciones occidentales han sido criticadas recientemente por su «sesgo cultu-
ral» mostrado al asimilar fácilmente a factores psicológicos cualquier mani-
festación de trastornos desconocida, ligada a la cultura[35], y por dicotomizar
falsamente las influencias culturales frente a las biológicas[42]. La cultura
puede influir en la biología y a su vez ser influida por ella, como Leighton y
Hughes[43] han indicado en su temprana, pero aún valida, revisión de los
mecanismos por los cuales la psicopatología y la cultura interactúan. Se trata
el mismo punto con mayor extensión en el cuidadoso análisis de Wallace[42]
sobre los aspectos biológicos y culturales del desorden psicológico ligado a
la cultura de los Esquimales, el pibloktoq. Recientemente, las formulaciones
teóricas de Dawson[44], Diaz Guerrero[45] y Berry[46], son lo suficientemente
poderosas como para desenredar estas interacciones y convertirlas en
secuencias universales ordenadas etapa por etapa. Habría que repetir ahora
que las diferentes sociedades trazan las líneas entre el desorden físico y psi-
cológico en puntos diferentes y con diferentes grados de precisión.
Incluso en sociedades tan comparables como Japón y Estados Unidos, la
cuestión genera problemas. En nuestra propia investigación, mis colegas y yo[2]
nos quedamos sorprendidos al descubrir en un amplio conjunto de pacientes
de cuatro hospitales psiquiátricos del área de Tokio un número considerable
de individuos con diagnósticos psicofisiológicos. Estábamos comprometidos
con los requisitos metodológicos de equiparación de diagnóstico y de biogra-
fías en una línea transcultural, con lo que quedamos más irritados que fasci-
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nados con tan adventicio descubrimiento. Ahora que nos podemos beneficiar
tanto de una mayor claridad como de una mayor flexibilidad metodológica,
me impresiona más la posible significación de esta observación, especialmen-
te al no haber encontrado ni un solo ejemplo de diagnosis psicofisiológica en
la cohorte disponible de pacientes psiquiátricos americanos.
Los investigadores transculturales de psicopatología deberían tomar nota
y analizar estas distinciones de categorías antes de intentar desarrollar crite-
rios universalmente aceptables de la conducta anormal que pudieran ser usa-
dos para distinguirla de la conducta psicológicamente normal y del desajus-
te social y aquellos aspectos de desorden físico a los que suele darse escasa o
ninguna relevancia respecto al stress y al conflicto psicológico. Una vez
resueltos estos temas en el plano conceptual, podrían engancharse en la
cuestión del desarrollo de medidas. La discusión de estos temas es notoria-
mente parca en la literatura transcultural sobre psicopatología[47,48]. De los
variados escritos metodológicos recientes sobre las áreas «en boga» de la psi-
cología transcultural pertinentes a la variación de la conducta humana en su
rango normal entre las culturas puede tomarse algo[49,51]. Sin intención de
recapitular toda esta literatura, las medidas desarrolladas deberían ser cons-
picuas en significatividad, aceptabilidad y equivalencia, tres criterios que tie-
nen formas de ejercer presión en direcciones diferentes, incluso opuestas. El
estudio piloto de la Organización Mundial de la Salud sobre esquizofrenia en
nueve países y el proyecto anglo-americano sobre diagnosis de las psicosis
afectivas y esquizofrénicas en algunos de los principales centros psiquiátri-
cos de ambos países prueba que se puede lograr alta precisión en todas estas
características simultáneamente[52,67]. Se necesita un criterio pancultural o
etic de anormalidad. Si bien, cualesquiera que sean sus detalles, debería
estar abierto a recibir una carga condicional y relativa. Es el destino de cual-
quier intento de romper un contínuum en segmentos cualitativamente dis-
tintos. Si a primera vista la naturaleza condicional de tales distinciones pare-
ce un retroceso, puede tornarse en ser una ventaja.
El criterio «ético» de psicopatología puede usarse con total conciencia de
su naturaleza condicional y puede yuxtaponerse al criterio acostumbrado de
anormalidad propio de una cultura determinada. Es así como el curso futu-
ro de la investigación sobre psicopatología puede quedar establecido por
referencia a las distinciones entre criterios de anormalidad emic, ligados a
una determinada cultura, y criterios etic, universalmente aceptables. Los
indicadores del desajuste personal y del desajuste social podrían ser incor-
porados a este esquema y las discrepancias entre ellos quedarían explícitas.
Las variaciones entre estos dos índices no sólo se convertirían en fuentes adi-
cionales de información, sino que proporcionarían medios potencialmente
valiosos de caracterizar a la cultura.
Un artículo publicado hace algún tiempo, el de Arsenian y Arsenian[52],
proponía que se clasificaran las culturas en un contínuum de dureza a faci-
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lidad, refiriéndose con estos términos a grados de presión de las demandas


de la sociedad sobre los individuos. Tanto el grado de stress social impues-
to como la rigidez de la respuesta social permitida o tolerada caracterizan
a una sociedad dura. Su opuesto está marcado por un bajo grado de pre-
sión y un amplio margen de conducta socialmente tolerada. Dentro de este
esquema uno puede esperar un alto grado de contraste entre los criterios
emic y etic de anormalidad en culturas duras, siendo los primeros mucho
más amplios que los segundos. E invirtiendo la relación, tal contraste sería
un indicador de la dureza de la cultura, en el sentido en que Arsenian y
Arsenian formularon el concepto.
Otro problema que podría ser clarificado por la aplicación de este crite-
rio dual es el de la «sociedad enferma». Hace tiempo que se usa este térmi-
no y sus variados equivalentes para caracterizar a las culturas. Fue Bene-
dict[38] quien inauguró la tradición de aplicar etiquetas de diagnóstico a los
grupos culturales reales, aunque ella era muy consciente de las limitaciones
y pifias de esta práctica. Otros (ver, por ejemplo. las referencias 53-55) con
menos cautelas, lo blandieron para referirse a grupos y a diagnósticos cul-
turales con el calor emocional de la Segunda Guerra Mundial y sus postri-
merías, olvidando a menudo la diferencia que hay entre un uso descriptivo
y un uso metafórico de estos conceptos de diagnóstico. Abusos que acaba-
ron dando mala reputación al concepto de una sociedad enferma, con lo que
ganó amplia aceptación en las ciencias de la cultura y del comportamiento
la idea de que una sociedad compuesta por neuróticos era imposible (ver,
por ejemplo, la referencia 16). Jacoby[56] ha, intentado rescatar el concepto
de una sociedad enferma proponiendo criterios concretos para especificar
tanto la disfunción individual como social en una perspectiva transcultural.
Dentro de este esquema, se diagnostica la anormalidad de un grupo social
cuando todo el grupo social muestra una aberración según los criterios uni-
versales de salud mental y de adaptación. Jacoby se apresuró a admitir que
tales criterios no habían sido desarrollados en la época en la que escribía y
no puede decirse que la situación haya cambiado desde entonces. Vayamos
más allá de la propuesta de Jacoby y distingamos cuatro usos del término
«sociedad enferma»:
1) La sociedad en cuestión muestra conflictos y contradicciones insolu-
bles, se involucra en elaborados mecanismos de autoengaño y, generalmen-
te, maneja sus problemas reales de una manera no realista e irracional que
recuerda las operaciones de individuos psicóticos, neuróticos, o perturbados
psicológicamente de alguna otra forma. Así usado, el concepto es controver-
tido y su utilidad cuestionable. Ya se sabe que el modelo médico incluso en
su aplicación a la perturbación psicológica, ha sido poderosamente vapulea-
do. Al extenderlo de los individuos a las unidades sociales acarrea más pro-
blemas sobre su espalda. La especificación de los criterios objetivos de tal
enfermedad social no es el menor de estos dilemas. Además, el evaluador se
sitúa fuera y por encima de la sociedad que está evaluando, una posición que
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le convierte en un polemista social, pero que cualquiera que la haya experi-


mentado puede darse cuenta de que es especialmente incómoda para cientí-
ficos sociales de orientación empírica. En el plano individual, poner etique-
tas psiquiátricas es uno de los abusos de la empresa legítima de la diagnosis
psiquiátrica. Su ocurrencia se hace virtualmente inevitable cuando las eti-
quetas de diagnóstico se elevan hasta las entidades sociales supraindividua-
les. Quizás el recurso a la metáfora de la sociedad enferma sea justificable
como rasgo retórico en la critica social, pero es una caracterización dema-
siado subjetiva y lastrada con valores como para ser de utilidad en la ciencia
social empírica.
2) La sociedad consta de individuos a quienes, si fueran sometidos a los
criterios de nuestra propia categorización de diagnóstico occidental, se les
diagnosticaría con propiedad que sufren un desorden psicológico, aún cuan-
do en su propio dominio cultural ocupen adecuadamente sus respectivos
nichos sociales y lo hagan, aparentemente, sin un grado indebido de inefica-
cia funcional o de trastorno personal. Viene al caso la aplicación que hizo
Benedict[38] de los términos megalomaníaco y paranoide a los Kwakiutl. Hay
dos casos recientes de descripciones etnográficas y psicológicas de grupos
culturales que se desvían notablemente de nuestros conceptos de relaciones
interpersonales adecuadas y de lo que consideramos «vivir bien», que, en
general, pueden servir para ilustrar las potencialidades y limitaciones del uso
de este concepto. Uno es el informe de Turnbull[57] sobre la fábrica social de
los Ik de Uganda, una sociedad con un mínimo de empatía, confianza y soli-
daridad social, donde la hostilidad y la sospecha son moneda común en la
interacción social. El otro es el informe del equipo psicoanalítico-antropoló-
gico suizo compuesto por Parin, Morgenthaler y Parin-Mathey[58] sobre los
Agni de Costa de Marfil. Subraya la ubicuidad del miedo social, la anticipa-
ción del daño y la pervasividad de la desconfianza. Cabe la tentación de
caracterizar a los miembros típicos de estas sociedades como ejemplos de
perturbación paranoide de la personalidad, pero, si hemos de creer a estos
autores, ellos se han resistido a la tentación. El informe de Turnbull carece
de referencia o de interpretación psicopatológica, aunque incluye una des-
cripción detallada y específica de las tramas subjetivas de referencia, carac-
terísticas de los Ik, sus formas de ver el mundo.
Parin y otros incluyen en su monografía un número de estudios de caso
de individuos que, según criterios intraculturales, se encontrarían psicoló-
gicamente perturbados. Desgraciadamente, no continúan hasta poder arti-
cular las distinciones entre esta minoría de individuos con el modo cultural
de los Agni. Según el esquema que ellos proponen, es objeto de debate que
el miembro típico de estas sociedades pueda ser o no legítimamente diag-
nosticado como desajustado personalmente o anormal. Los autores de
ambas monografías subrayan que la personalidad modal de los Agni y de los
Ik está en gran medida en equilibrio con la situación social en la que debe
funcionar.
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3) También se usa el concepto de sociedad enferma en referencia al


fenómeno que describe a un grupo o sección social compuesto por indivi-
duos que muestran claramente conductas que normalmente se tienen como
sintomáticas por parte de la sociedad en general, pero que se aceptan como
razonables por parte de los miembros del subgrupo. Uno de los casos[59] lo
constituyó el rechazo de una considerable sección de la comunidad de emi-
grantes japoneses lingüística y socialmente aislados en Sao Paulo, Brasil, a
creer las noticias que llegaron sobre la rendición del Japón al final de la
Segunda Guerra Mundial. Una convicción que sobrevivió una década o más,
reforzada por la creencia igualmente indestructible de que los japoneses en
realidad habían salido victoriosos en el conflicto. Parece ser un caso de
engaño colectivo y, en efecto, es presentado así por los autores del artículo
en cuestión. Es verdad que, a diferencia de muchos individuos no colectiva-
mente engañados, las personas que alimentaban esta creencia continuaron
ganándose la vida y manteniendo sus relaciones sociales, limitando la
expresión de su engaño a la comunidad de compatriotas comprometidos
igualmente con convicción. Es una pena que este informe, que emplea libre-
mente nomenclatura y conceptos psiquiátricos, se detenga poco en la carac-
terización específica del estado psiquiátrico de los miembros de este grupo
socialmente aberrante. Por inferencia, se admite un sentido de la encapsu-
lación de la creencia engañosa socialmente compartida en el contexto de un
funcionamiento por otra parte normal y adecuado social e individualmente.
El otro ejemplo está mejor estudiado[60]. Cae dentro del interesante estudio
de observación participante de la comprobación de una profecía sobre la
inminente destrucción del mundo en la que estaba basado el lazo común de
los miembros de una emergente secta religiosa. Este estudio se llevó a cabo
en el contexto de una prueba sobre planteamientos de la teoría de la diso-
nancia cognitiva. Por esta razón, todo detalle descriptivo individual es esca-
so en este estudio y arroja poca luz sobre las características de estas gentes,
tan poco inclinadas a aceptar o tener experiencias no realistas. Otro infor-
me de France[61] sugiere, sin embargo, que, a la luz de los inventarios de per-
sonalidad y de los datos de entrevista psiquiátrica, los miembros de una
secta similar, comprometidos con creencias socialmente desviantes y apa-
rentemente peregrinas, tienen un funcionamiento psicológico no destacable
y no patológico. Los datos de estos tres informes son pertinentes para dos
consideraciones. Primera, el hecho de que los miembros de estos grupos
desviantes no fueran automáticamente clasificados como locos, enfermos,
legalmente insanos o patológicamente perturbados es prueba de la amplitud
de los límites de la desviación permisible de las tres culturas en cuestión y
de su tolerancia hacia variadas expresiones de excentricidad. Segunda, estos
fenómenos también pueden ser puestos en relación con el establecimiento
de áreas sensibles o vulnerables. Tradicionalmente, la religión en el occi-
dente moderno ha sido un dominio en que se ha tolerado un amplio rango
de desacuerdo y en el que el techo de lo peregrino y lo inaceptable ha esta-
do muy alto. Algo más sorprendente es la tolerancia a la creencia desviada
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128 TEMAS DE ETNOLOGÍA REGIONAL

socialmente no compartida en el área de la comunicación de masas. ¿No


son los medios de comunicación de masas los proveedores y árbitros de la
realidad mas allá del limitado rango de experiencia individual? Observacio-
nes sobre estos temas vienen de Brasil y hay que preguntarse si los resulta-
dos habrían sido idénticos en una sociedad aún más saturada de medios
como la de Estados Unidos.
4) Finalmente, la sociedad enferma en un sentido concreto se refiere a
un agregado de individuos que tiene una proporción inusualmente elevada
de perturbación psicológica real. Cawte[62,63] ha usado este término en este
sentido operativo, y sus equipos interdisciplinares de campo han localizado
varios grupos que presentan un porcentaje desproporcionado de individuos
psiquiátricamente singulares e incapacitados entre los aborígenes australia-
nos. Un grupo que habita en una de las islas del norte de Australia[ó3], los
Kaiadlit de la isla Mornington, geográficamente desplazados, socialmente
marginales en relación con sus vecinos, muestran una tasa inusualmente
alta de perturbación moderada o más severa que alcanza, casi al 20 por
ciento de su número total, bastante magro. Es importante notar que, en este
caso, para ponerse a salvo de la posible critica de imposición de normas
extrañas, occidentales, los juicios de perturbación fueron emitidos basán-
dose en un consenso entre opiniones externas e indígenas, una salvaguarda
también adoptada en algunos otros estudios epidemiológicos modernos
(ver, por ejemplo, la referencia 64). Estos datos plantean la cuestión de cuál
sea el límite superior de perturbación psicológica que una sociedad, grande
o pequeña, puede tolerar sin desintegrarse. Cawte piensa, en consonancia
con la bien conocida posición de Leighton[65], que la psicopatología hace flo-
recer la desintegración social y la nutre. La desintegración social engendra
psicopatología, que a su vez engendra más desintegración. Este sentido de
sociedad enferma es el que parece más defendible y real y puede benefi-
ciarse de la aplicación de los dos criterios de anormalidad propuestos, en
condiciones de aislamiento.
La formulación y la aplicación de estos dos criterios de conducta anor-
mal aparecerían entonces como el vehículo apropiado para trascender las
limitaciones de las perspectivas mínimas, máximas y exóticas de la psicopa-
tología que han caracterizado desde hace tiempo gran parte de la investiga-
ción sobre psicopatología transcultural. En otro lugar[66] se ha apuntado que,
aún habiéndose realizado grandes adelantos en nuestro conocimiento de la
patoplasticidad —el modo y manera en el que los factores culturales confor-
man la expresión psicopatológica— la información de la que disponemos
sigue siendo fragmentaria en lo relativo a la patogénesis, es decir, a la con-
tribución de la cultura como causa del desorden psicológico. El estableci-
miento de criterios operativos conceptualmente sólidos de lo que es normal
y lo que no lo es constituye un prerrequisito para rellenar esta importante
laguna que aún tiene la forma como comprendemos la interrelación entre
cultura y psicopatología.
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