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Iván Krilov - Fábulas

El burro y el campesino

Un verano en la huerta el campesino


contrató a un burro y lo puso a espantar
a la prole insolente del cuervo y el gorrión.
Era un burro de principios muy honrados,
no conocía el robo y la rapiña,
no abusaba del amo ni el contrato
mas - ¡pecado es decirlo! –
se mostraba complaciente con las aves.
La huerta no daba ganancia al campesino.

El burro, al intentar
las aves ahuyentar,
con su pata de burro,
por todos los bancales,
a lo largo y a lo ancho
tal carrera realizó
que todo en la huerta
aplastó y pisoteó.

Al ver que el trabajo se había perdido,


el campesino en el lomo del burro
con un palo la pérdida se cobró.
“¡Tú te lo mereces! – gritaban todos –
 ¡por bruto! ¿Ponerlo a hacer ese trabajo
Al burro, con su inteligencia?”

Y yo les diré que se debe


tomar partido por el burro;
por supuesto, él es culpable
(que se le pague y despida),
mas me parece que razón ni hay
en quien confió a un burro su huerto vigilar.

El cisne, el bagre y el cangrejo

Cuando entre camaradas no hay acuerdo


su asunto nada bien ha de marchar
más que asunto, de allí saldrá sólo sufrimiento.

Una vez un cisne, un bagre y un cangrejo


se dispusieron a tirar de un carro bien cargado
y a él los tres juntos se engancharon;
¡Se desviven por tirar pero el carro no avanza!
La carga no parecía pesada para ellos:
pero el cisne tira hacia las nubes,
el cangrejo hacia atrás,
y el bagre hacia el agua.
Quién es culpable y quién no,
no lo vamos a juzgar.

Pero eso sí, el carro sigue allí. 

El gato y el cocinero

Cierto Cocinero, que leer y escribir sabía,


dejó corriendo su cocina
y se fue hacia la taberna
(era de costumbres muy devotas
y ese día era el funeral de su compadre),
y a cuidar de los ratones la comida
dejó al gato.
Pero al volver ¿qué ve? En el suelo,
restos de pastel; y Vaska, el gato, en un rincón,
detrás del barrilito del vinagre,
gruñía y ronroneaba
mientras con el pollo se afanaba.
“¡Ah, glotón, malhechor!
le reprocha a Vaska el Cocinero,
¿no te da vergüenza de estas paredes,
no decir ya de la gente?
(Pero así y todo Vaska
con el pollo dale que te dale).
¡Cómo! Fuiste hasta ahora un Gato honrado,
te muestran como ejemplo de humildad,
¡pero tú… tú… qué vergüenza!
Los vecinos… ¿qué diran?:
“¡El gato Vaska es un vivo!
¡El gato Vaska es un ladrón!
Y a Vaska no sólo a la cocina,
siquiera al patio hay que dejarlo entrar,
como a un lobo hambriento al corral:
¡es lo peor, la peste, la lacra del lugar!”
(Y Vaska escucha… y come.)
Tras darle rienda suelta a sus palabras,
mi orador no hallaba final a su sermón.
¿Y qué? Mientras él canturreaba,
el Gato Vaska del asado cuenta dio.

Yo a algunos cocineros
los mandaría castigar
para no gastar hueras palabras
cuando hay que imponer la autoridad.

El espejo y el mono

Martishka, al verse en el espejo reflejado ,


llamó despacito al Oso con la pata:
“¡Mira – le dijo, – querido compadre!
¿Qué tiene esa cara?
¡Qué gestitos y saltitos!
Yo me ahorcaría de la angustia
si fuese apenas parecido.
Bueno, admitámoslo, hay cinco o seis
de mis comadres que hacen esos gestos,
es más, podría contarlos con los dedos”.

“¿No cuesta más contar, compadre,


que mirarse a uno mismo?”
le respondió Mishka,
Pero el consejo osuno cayó en el vacío.

Hay muchos ejemplos semejantes en el mundo:


nadie quiere en sátiras reconocerse.
Ayer mismo pude verlo:
que Juan no tiene las manos limpias,
todos lo saben,
de las coimas de Juan hasta se lee,
pero él lo culpa a Pedro de ladrón. 

El mosquito y el pastor

El pastor dormía a la sombra, confiado en sus perros,


cuando una serpiente, al verlo, salió de los arbustos
se arrastró hacia él y su lengua preparó.

Y ya el pastor no sería de este mundo


pero un Mosquito de él de apiada,
y con fuerza lo pica al dormilón.
Despierta el Pastor y mata a la serpiente;
pero antes al Mosquito lo alcanza entre sueños
y del pobre ni huella quedó.

Cuántos casos así existen:


por más que el débil, movido por el bien,
al fuerte trate de mostrarle la verdad,
verás que lo mismo que al Mosquito
a él le pasará.

La libélula y la hormiga

Una libélula saltarina


cantó y cantó el bello verano,
y no pudo ver alrededor
cómo el invierno fue llegando.
El campo se heló por completo,
y días luminosos ya no hay,
ya no tiene debajo de las hojas
servidas la mesa y el hogar.
Todo pasó; el frío invierno
es ápoca de penuria, de hambre,
La libélula ya no canta,
¡a quién se le ocurrirá cantar
con tanto hambre en la panza!
Abatida por terrible angustia,
consigue arrastrarse hasta la hormiga:
- ¡No me abandones, querida!
Ayúdame a recuperar mis fuerzas,
aliméntame y dame abrigo
hasta que llegue la primavera.
- Amiga, me parece raro:
¿acaso trabajaste en el verano?
- le dice la hormiga.
- ¿Para qué, palomita, hacerlo?
Para nosotros las canciones,
la alegría de cada instante,
está en los pastos tiernos,
y con eso perdemos la cabeza.
- Así que tú… - En todo el verano
no paré de cantar.
- ¿Así que cantaste? Eso es,
¡pues entonces  ahora ve a bailar!

El cuervo y el zorro

Cuántas veces le dicen a la gente


que la lisonja es vil, dañina; pero no todos lo entienden,
y en el corazón de la gente el adulón
siempre encuentra un rincón.

Una vez Dios le envió al cuervo


un buen pedazo de queso;
subió a la copa de un abeto,
listo para desayunar, sosteniendo
pensativo, en el pico su trozo de queso.
Para su desgracia, andaba por ahí cerquita un zorro;
y el olor del queso la detuvo así, de pronto;
el zorro divisa el queso,
el queso cautiva al zorro,
y el pícaro se acerca al árbol, sigiloso;
su cola da vueltas y más vueltas
sus ojos no quita del cuervo,
y le dice dulcemente, respirando apenas:
“Querido, ¡qué linda ave eres!
¡Qué cuellito, qué ojitos!
¡Seguro que sabes contar lindas historias!
¡Qué plumitas! ¡Qué naricita!
¡Seguro que tienes la voz de un ángel!
¡Canta, estrella, no tengas vergüenza!
¡Hermanito, con tu belleza no dudo
que cantes como un maestro,
pues eres para nosotros
de las aves el rey!”
Al ave agorera, por el elogio,
le daba vueltas la cabeza,
de la alegría en el garguero
se cortó su respiración,
y respondiendo a las palabras elogiosas
del zorro graznó el cuervo
con toda su voz de cuervo
y el queso de su boca se cayó…
ya lo tenía el zorro en su poder.

 El cuarteto

El travieso Martishka, el burro, la cabra y el torpe Misha


decidieron un cuarteto organizar.
Consiguieron partitura, bajo, viola, dos violines
y al prado, debajo de los tilos, se fueron a sentar
para al mundo con su arte cautivar.

Frotaron los arcos, los desgarraron, mas sin sentido.


“Alto, hermanos, alto – gritó Martishka.
-Esperen. ¿Cómo va a salir música?
Debemos sentarnos diferente.
Tú con el bajo, Misha, frente a la viola,
yo, primer violín, me sentaré frente al segundo;
así la música sonará mejor,
haremos bailar al bosque y la montaña”.
Se acomodaron y comenzó el cuarteto.
Sin embargo, el asunto no marchaba.
“Esperen, ya descubrí el secreto –
gritó el burro. – Ya nos entenderemos,
sentémonos en fila”.
Le hicieron caso al burro: se sentaron junto al otro,
mas de nuevo el asunto no marchaba,
y peor que antes opiniones, discusiones
sobre quién debe sentarse frente a quién.
Un ruiseñor escuchó el ruido y llegó volando.
Entonces, todos le pidieron que resolviese la duda:
“Por favor – decían – aguántanos por una hora,
Y ordena nuestro cuarteto:
Tenemos la partitura, tenemos los instrumentos:
¡Sólo dinos cómo sentarnos!”
“Para ser músico, es necesario tener arte
Y oídos más delicados –
Les respondió el ruiseñor.
- Pero ustedes, amigos, se sienten como se sienten,
Para músicos no sirven”.

 Martishka y los anteojos

De viejo a Martishka la vista se le debilitó;


Y escuchó que decía la gente
Que ese mal no era importante:
Sólo había que usar anteojos.
Se consiguió media docena de anteojos;
Los miraba del derecho y del revés,
Se los ponía en la mollera, los enganchaba en la cola,
Los olfateaba y los lamía;
Los anteojos no se movían para nada.
“¡Caramba – decía – qué tonto es
El que escucha los bolazos de la gente:
Todos me mintieron sobre los anteojos;
Y no tienen un pelo de utilidad”.
Martishka, enojado y triste,
Los tiró contra una piedra,
Y las astillas empezaron a brillar.
Lamentablemente, le ocurre a la gente:
Por más útil que algo sea, por no saber su valor,
el ignorante pensará que es algo malo;
y por más notable que sea el ignorante ,
de todos modos lo va a tirar.

 Moska y el Elefante
Paseaban al Elefante por la calle
al parecer para exhibirlo.
Se sabe que para nosotros
el Elefante es un animal salvaje,
así que una multitud boquiabierta lo seguía.
No se sabe de dónde, Moska fue a su encuentro.
Al ver al Elefante, se le puso adelante y empezó 
a moverse y a ladrar,
a aullar y a gruñir;
así buscaba pelear con él.
“Vecino, deja ya de hacerte el tonto –
le dijo Shavka, -
¿acaso pelearás al Elefante?
Mira, tú ya estás ronco y él avanza
y tus ladridos lo tienen sin cuidado”.
“Eh, eh – le contesta Moska,
- ese me tanto ánimo me infunde
que yo puedo, sin pelear en absoluto,
atacar a los matones más grandotes.
Y así los demás perros dirán:
‘¡Ah, Moska! No saben qué fuerte es,
tan fuerte que le ladra al Elefante!’”

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