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ARTÍCULOS DE NELSON MANRIQUE SOBRE CARLOS MARX

Breve presentación.-

El historiador Nelson Manrique publicó una serie de nueve artículos sobre Marx y la
evolución del capitalismo. Los nueve artículos fueron publicados en el diario La
República, entre el 24 de abril y el 03 de julio del presente año.

Estos documentos han sido incorporados, como material de referencia complementario, en


el Seminario virtual sobre El Capital. Seminario que venimos desarrollando un grupo
de estudiosos de la obra de Carlos Marx, en conversatorios realizados semanalmente desde
el mes de febrero.

A continuación reenvío agrupados los nueve artículos. Para facilidad de la búsqueda, y de


la lectura, he numerado los artículos, respetando el orden cronológico de su publicación
original.

Adicionalmente, también como material de referencia complementario, estamos leyendo y


comentado el libro La cuarta revolución industrial escrito por el profesor Klaus Schwab,
director general del Foro Económico Mundial

A continuación los nueve textos escritos por Nelson Manrique. Recomiendo su lectura,
estudio y comentario (Miguel Aragón, 28 de agosto de 2018).

(01)El mundo de Carlos Marx (1818-2018)


24 Abr 2018

Carlos Marx, cuyas ideas han influido como pocas en la historia de la humanidad, nació en
Treveris, Alemania, el 5 de mayo de 1818.

El mundo al que Marx llegó estaba inmerso en muy profundos cambios económicos,
políticos y sociales. Con la gran revolución francesa de 1789 las ideas de la Ilustración se
difundieron, sentando las bases para la emergencia de la democracia moderna. Éstas fueron
llevadas en ocasiones autoritariamente, por las campañas militares de Napoleón para
conquistar Europa, hasta su derrota final en Waterloo, en 1815. La invasión de la Península
Ibérica por las fuerzas napoleónicas en 1807 y la destitución del monarca reinante
provocaron una crisis de legitimidad terminal. La soberanía del reino del cual Perú formaba
parte se encarnaba en el cuerpo del soberano y este estaba cautivo en poder de los
franceses. Al no reconocer a estos como gobernantes legítimos, con el rey depuesto,
posiblemente para siempre, el poder había quedado vacante. Se abrió el ciclo de las guerras
de independencia en América Latina.
El sistema capitalista mundial que surgió en el siglo XVI tenía un carácter mercantil.
Gracias a los descubrimientos geográficos, la conquista y colonización se creó un mercado
mundial, se impuso una división planetaria del trabajo, con México y Perú produciendo el
oro y la plata que permitirían la enorme expansión de los intercambios mercantiles
característicos de esta fase del capitalismo, Centroamérica y las Antillas fueron
especializadas en los cultivos agroindustriales, África a su vez fue convertida en un
cazadero de mano de obra esclava y Europa aseguró su hegemonía al reservarse la
producción manufacturera.

Ese orden mundial llegó a su límite en el siglo XVIII y una nueva fase, el capitalismo
industrial, vino a remplazarlo. Con la revolución industrial británica se desplegaron fuerzas
productivas antes no soñadas, se impuso la hegemonía de la sociedad urbana sobre la rural
y aparecieron nuevos actores sociales: la burguesía y el proletariado.

Un año antes del nacimiento de Marx la caballería británica cargó en Manchester contra
una manifestación de 65,000 trabajadores textiles que, aparte de sus reivindicaciones
laborales, reclamaban que los de abajo también tuvieran representación en el parlamento.
La fábrica, uno de los más grandes aportes de la revolución industrial, había transformado
profundamente el mundo del trabajo, desatando una revolución en la productividad que
cambiaría rápidamente la forma de consumo y de vida de cientos de millones de humanos.
La forma de producir dominante anterior, en el feudalismo, era la pequeña unidad
productiva individual-familiar (parcela manejada por la familia en el campo, pequeño taller
artesanal en la ciudad).

Con la gran revolución industrial surgieron las grandes unidades productivas. La fábrica
que surgió hacia fines del siglo XVIII era una unidad productiva constituida por decenas,
primero, cientos, miles y decenas de miles de trabajadores, después, asociados
orgánicamente en la producción, actuando al unísono de tal manera que el producto final
era el resultado no del trabajo de una persona (como sucedía en la producción artesanal)
sino de la combinación del trabajo de miles de personas que actuaban como si fueran un
único trabajador colectivo.

La producción industrial era social por su naturaleza. Al articular a los trabajadores, al


mismo tiempo, creaba colectivos de cientos de miles de personas que tenían
reivindicaciones comunes (derecho al trabajo, control de la jornada, condiciones sanitarias,
seguridad, derechos laborales), que coexistían día a día lo largo de décadas trabajando
juntos, articulados orgánicamente desde la fábrica, y que junto con sus demandas podían
identificar enemigos comunes a los cuales enfrentar para lograr sus reivindicaciones (el
personal técnico, los capataces, gerentes, propietarios, etc.). Estas características
convertirían a los trabajadores de la sociedad industrial en el sujeto político por excelencia
de la política como esta existió durante el siglo XX: la política de masas.

En 1818 un barco a vapor, el Savanna cruzó el Océano Atlántico. Las locomotoras


conquistaban los continentes. Ese mismo año se publicó el libro de una joven escritora
inglesa de 19 años de edad, Mary Shelley, Frankenstein, o el Prometeo moderno, la primera
gran crítica romántica a la sociedad industrial y sus promesas y su primera gran distopía.
Los trabajadores fabriles se agrupaban y eran reprimidos en Inglaterra. Italia y Alemania
vivían revoluciones en pos de la unificación nacional. En América Latina en 1818 las
luchas por la Independencia entraban en su fase final.

Marx fue un hijo pleno de la sociedad industrial y se convirtió en su mejor intérprete y


crítico. A dos siglos de su nacimiento sus ideas, cuya muerte ha sido anunciada infinidad de
veces, siguen despertando pasiones y suscitando debates. Hablaremos de ellas.

(02)Carlos Marx y la revolución


1 May 2018

El punto de partida de Carlos Marx para proponer la necesidad de una revolución socialista,
fue que la gran Revolución Francesa de 1879 había quedado inconclusa. El enfrentamiento
entre los tres Estados (la nobleza y el clero contra “el pueblo”) había encubierto la
existencia de dos clases antagónicas que venían desplegándose al interior de este último: la
burguesía y el proletariado.

La burguesía no puede existir sin el proletariado ni el proletariado sin la burguesía. Sólo se


puede contratar fuerza de trabajo asalariada cuando existen trabajadores “libres”
(proletarios, con libertad jurídica para vender su fuerza de trabajo y sin medios de
producción para poder producir por su propia cuenta), y los proletarios sólo pueden
convertirse en tales cuando encuentran un burgués dispuesto a comprar su fuerza de
trabajo.

El triunfo de la Revolución Francesa, que proclamaba la conquista de los “derechos


universales”, terminó siendo el triunfo de la burguesía. Las demandas “universales” de la
revolución -libertad, igualdad, fraternidad- terminaron convertidas en conquistas de clase:
libertad de comercio, la creación de un mercado donde pudieran equipararse como iguales
los propietarios de mercancías de igual valor excluyendo a quienes no tuvieran dinero para
comprarlas, y la fraternidad convertida en la unión mundial de la burguesía contra sus
trabajadores.

Superado el feudalismo la burguesía impuso su dominación en el terreno político con la


democracia representativa y la expansión capitalista le permitió extender su dominación
económica por el mundo. Pero el fortalecimiento de la burguesía consolidaba al mismo
tiempo a su par antagónico, el proletariado, y sus intereses cada vez hacían más claramente
antagónicos. Las décadas que siguieron a la gran revolución serían jalonadas por la
conquista de nuevos mercados por la burguesía y por el desarrollo de la conciencia de clase,
la expansión de sus sindicatos y la gestación del socialismo como un orden alternativo al
orden capitalista.
El capitalismo que Marx conoció fue el de la era industrial, y desde su estudio él se
proyectó hacia el pasado, buscando comprender los procesos históricos que hicieron posible
su gestación, y hacia el futuro, tratando de avizorar las tendencias fundamentales del
desarrollo del capital.

Una primera constatación a la que Marx arribó fue que el rasgo característico de la
expansión capitalista era la universalización de la forma-mercancía: la conversión de todos
las relaciones sociales en relaciones mercantiles. Esto sucede en primer lugar en la
economía: todo lo que en los modos de producción anterior era producido para el
autoconsumo pasaría a ser producido en adelante como una mercancía: un bien o servicio
producido para venderlo en el mercado. A medida que el capitalismo triunfante iba
destruyendo los modos de producción anteriores, los campesinos dejaban de producir sus
alimentos, su vestido, su vivienda, y pasaban adquirirlo todo en el mercado.

Esto incluía a los propios seres humanos: en el proceso los propios individuos se convertían
en una mercancía: campesinos expulsados del agro se veían transformados en “fuerza de
trabajo libre” colocada en el mercado para ser comprada por los empresarios para producir
plusvalía. Pero la mercantilización de las relaciones sociales no se limitaba a la esfera de la
economía. Marx constataba que también se convertían en mercancías puestas a la venta las
opiniones, el prestigio y hasta la propia conciencia. Medítese la expresión: “¿Cuál es tu
precio?”. Llegado a este límite, el capital alienaba radicalmente a los seres humanos, en
tanto es una creación humana (más propiamente una relación social) que se vuelve contra
sus creadores y se erige como un poder objetivo que los extraña, oprime y degrada.

Marx creyó ver en el proletariado la fuerza revolucionaria capaz de acabar con el


capitalismo, con la explotación del hombre por el hombre y con las propias clases sociales.
Para Marx la desaparición de la burguesía (el objetivo del comunismo) debería suponer
también la desaparición de su par antagónico, el proletariado. Supondría pues la
desaparición de la estructura de clases sociales misma. El proletariado sólo podía
emanciparse provocando la emancipación de toda la humanidad.

Las previsiones de Marx, es obvio decirlo estas alturas, no se realizaron. Las revoluciones
socialistas realizadas en nombre del proletariado a lo largo del siglo XX dieron sin
excepción el poder a las burocracias y la implosión de la Unión Soviética y la desaparición
de los socialismos realmente existentes a fines del siglo sellaron el fracaso del modelo del
socialismo de la era industrial.

Para hacerle justicia al viejo Marx, cuyo bicentenario se conmemora el 5 de mayo, se debe
pensar y analizar sus aciertos y errores y los horrores perpetrados en su nombre. Propondré
algunas reflexiones al respecto en la próxima entrega.

(03)Marx, la información y la revolución


8 May 2018

La totalidad de las revoluciones socialistas inspiradas por Marx, realizadas en nombre del
proletariado, terminaron entregando el poder no a los trabajadores sino a poderosas
burocracias, en muchos casos creadas por la propia revolución. ¿Fue esto el resultado de
“errores de interpretación” de la doctrina de Marx o de “restauraciones capitalistas”
realizadas por camarillas de contrarrevolucionarios, como se ha dicho? Que éste fuera un
resultado virtualmente unánime permite sospechar que hubo cuestiones más profundas.

La revolución no entregó el poder al proletariado sino al burocracia porque elementos


estructurales de la organización industrial de la producción hacían a esta no sólo necesaria e
inevitable, sino le daban los instrumentos para el control del poder. Voy a sostener que tras
el inevitable triunfo de la burocracia había una contradicción fundamental en la propia
doctrina de Karl Marx.

La organización industrial del trabajo divide procesos productivos complejos en una


multitud de pequeñas tareas que se encomiendan a diversos trabajadores. Estos se
constituyen así en una especie de órganos parciales de lo que Marx denominó un
“trabajador colectivo”. Cuanto más complejo es el producto a elaborar más división social
del trabajo se requiere. La división del trabajo a su vez condena a los trabajadores a ejecutar
tareas cada vez más parciales, especializándolos y limitando crecientemente su capacidad
de entender el proceso productivo global en el cual participan, sustrayéndoles así la
posibilidad de controlarlo.

Esta es una dimensión fundamental de lo que Marx denominó la “alienación (o


enajenación) del trabajo”. Para el proletario, la fábrica y la máquina con la cual trabaja se le
presentan como entidades externas que lo objetivan; anulándolo como sujeto creador. Esto
es evidente si se compara un artesano y un obrero. En la producción artesanal la
herramienta es una prolongación del trabajador, que la pone en marcha, la manipula y le
impone su ritmo de trabajo. En la producción industrial en cambio el obrero termina
convertido en una prolongación de la máquina; un apéndice producido al cual esta somete a
su ritmo y demandas, despojado del conocimiento, el poder y la capacidad para controlar el
proceso productivo del cual forma parte.

Este análisis fue desarrollado originalmente por Marx en los Cuadernos Económico-
Filosóficos de 1844 y retomado en el tomo I de El capital, en los capítulos sobre la
organización industrial del trabajo. El problema es que esta tesis es abiertamente
contradictoria con aquella otra tesis del propio Marx que sostiene que el proletariado, desde
sus condiciones materiales de existencia, es capaz de generar un orden social superior
alternativo. Si un obrero es incapaz de controlar -y aún comprender- el proceso productivo
de la mercancía particular en el cual participa, mucho menos podrá gestar y controlar un
orden social global. Por eso no ha habido grandes teóricos proletarios ni tampoco una
presencia significativa de obreros en la dirección de los partidos revolucionarios que
tomaron el poder.

Pero hay otra fracción social que si tiene una visión global del proceso productivo. Es la
burocracia, cuya función social consiste en recomponer los procesos productivos
previamente fragmentados por la división social del trabajo. Los procesos y productos
fragmentarios tienen que recomponerse para que proceso productivo culmine. A medida
que el proceso productivo se hace más y más complejo y se incrementa continuamente la
división social del trabajo se requiere aparatos administrativos cada vez más grandes para
cumplir esta tarea. Surgen así gigantescas pirámides burocráticas que acumulan
crecientemente más y más poder.

Las diversas unidades de una organización burocrática (oficinas, departamentos,


direcciones, etc.) producen, manipulan, distribuyen y procesan la información que fluye por
los canales administrativos: órdenes, instrucciones, supervisión, evaluación, control,
articulación de procesos fragmentarios, retroalimentación, datos de oferta, demanda,
tendencias de la moda, señales del mercado, etc. La base del poder de la burocracia es el
control de la información; de ahí que en los países socialistas ésta (que no contaba con la
legitimidad de ser la propietaria de los medios de producción, como la burguesía) ejerciera
habitualmente un control despótico sobre ésta, defendiendo así la fuente de su poder.
Información es poder.

Por eso la confiscación de los medios de producción a la burguesía por las revoluciones no
transfirió el poder al proletariado sino a la fracción social que tenía la capacidad de
controlar el orden social naciente: la burocracia. Que esta terminará controlando el poder en
todas las revoluciones socialistas no fue pues un resultado accidental sino un producto
necesario de la propia doctrina de Karl Marx. Por eso los socialismos así construidos
terminaron siendo frágiles, como lo mostró la historia.

(04)Marx y el capitalismo informacional


15 May 2018

La vida de Karl Marx (1918-1883) trascurrió en medio del despliegue de la revolución


industrial inglesa. Su crítica del sistema capitalista, la que mayores consecuencias ha tenido
en la historia, debe ser situada históricamente en el horizonte de una fase particular del
desarrollo del capitalismo: la fase industrial. No era un profeta revelando verdades divinas
sino un estudioso que buscaba en la investigación de la realidad concreta las claves para
comprender las tendencias fundamentales del desarrollo del sistema.

Hasta Marx, el capitalismo pasó por dos fases históricas diferenciadas: 1) la fase mercantil,
de una acumulación originaria que se inició en el siglo XVI con los descubrimientos
geográficos, el saqueo colonial y la unificación del mundo; y 2) una fase capitalista
industrial que se inició a fines del siglo XVIII y entró en crisis a fines del siglo XX. El
horizonte histórico de Marx corresponde al capitalismo industrial. Las propuestas políticas
de Marx respondían a lo que eran las condiciones sociales imperantes de esa fase histórica
particular, pero éstas han dejado de tener vigencia en la nueva fase que está actualmente en
despliegue y que Marx no pudo prever: el capitalismo informacional.
A fines del siglo XX comenzaron a manifestarse signos de que el capitalismo industrial se
agotaba y entraba en una crisis terminal. Lo que nos interesa aquí es que la crisis general de
la organización industrial del trabajo provocó una profunda crisis social y política que
cambió completamente el panorama de las luchas sociales en el mundo.

La crisis del capitalismo industrial detonó la crisis de la sociedad industrial de masas, de las
organizaciones, los partidos y la política de masas y del horizonte de la revolución como
epopeya de las masas proletarias. A medida que avanzaba el tiempo las grandes
movilizaciones populares fueron cediendo crecientemente el paso a los espectáculos
televisivos y los partidos políticos fueron perdiendo importancia mientras crecía el poder de
los medios de comunicación. A nivel planetario se vive hoy la decadencia de los partidos
proletarios, la migración de amplios sectores de la clase obrera a posiciones conservadoras
y a una involución política en los países desarrollados marcada por el éxito del populismo
conservador, al estilo de Sarkozy en Francia, Berlusconi en Italia o Trump en los Estados
Unidos.

Para Marx, la victoria de la revolución provocaría no sólo la desaparición de la burguesía


sino la del proletariado –su par antagónico- y así el fin de la sociedad dividida en clases
sociales enfrentadas. A la caída del capitalismo le sucedería la sociedad sin clases, el
comunismo y el fin de la explotación del hombre por el hombre. Como sabemos, su
predicción no se realizó; vivimos no el fin del capitalismo sino su transición a una nueva
fase: el capitalismo informacional.

Las propuestas políticas de Marx se agotaron junto con la sociedad industrial a la que
pertenecen. La consigna de expropiación de los medios de producción para acabar con la
explotación del hombre por el hombre, por ejemplo, tiene poco sentido en las condiciones
de capitalismo informacional. Durante la fase industrial la riqueza era tangible y las
empresas más importantes del mundo se concentraban en dos ramas fundamentales: la
industria del petróleo y la industria automotriz.

Pero, de acuerdo a la información producida por Forbes, para el año 2017, entre las 20
empresas más importantes del mundo, según su valor de mercado, no hay ni una
automotriz. En la rama del petróleo recién en el 7° puesto figura la Exxon Mobil, seguida a
bastante distancia por la Royal Dutch Shell, en el puesto 19°. Y mientras se esfumaba el
poder de las empresas industriales la hegemonía de las empresas información, cuyo valor
está formado de intangibles, no expropiables, era absoluta: los cuatro primeros puestos
entre las empresas más poderosas del mundo son ocupados hoy por compañías impulsoras
del capitalismo informacional: Apple, Alphabet (Google), Microsoft y Amazon.com. El
quinto puesto lo ocupa Berkshire Hathaway, financiera del multimillonario Warren Buffett,
y el sexto, en un virtual empate con la anterior, Facebook. Sólo a partir del séptimo puesto
aparecen empresas tradicionales: Exxon Mobil, Johnson & Johnson, J.P. Morgan Chase,
etc.

El proletariado industrial clásico vive también una profunda involución. Para el 2016, el
sector primario ocupaba el 1.3% de la PEA en los EEUU, el sector secundario (manufactura
e industria) apenas el 17.5% y el sector terciario, cuyo corazón es la economía de la
información, un contundente 81.2%. El proletariado, que hacia 1957 constituía la mitad de
la PEA, representa ahora apenas algo más que la sexta parte, mientras que más de las cuatro
quintas partes de la fuerza de trabajo total labora en el sector servicios. Se trata de un
escenario completamente nuevo que requiere respuestas igualmente novedosas.

(05)La teoría del valor y la información


22 May 2018

Marx consideró que la categoría “mercancía” era la fundamental para entender la economía
mercantil y el capitalismo; para explicar su origen y sus leyes generales de funcionamiento.
De ella deriva la teoría del valor, a partir del cual es posible entender la producción de
plusvalor en la fase industrial y toda la lógica de la acumulación capitalista.

Marx dio la mayor importancia a la mercancía en el nacimiento y el funcionamiento del


capitalismo. Sin embargo la mercancía tenía, al decir del propio Marx, “una existencia
antediluviana”: había mercancías, dinero y capital, en su forma comercial, en el antiguo
Egipto y la antigua Roma, y desde entonces la mercancía ha acompañado el desarrollo de la
economía. Sin embargo sólo en la fase capitalista ha sido posible entender cabalmente su
naturaleza.

En su extraordinario texto “El método de la economía política” Marx afirma que sólo
cuando una categoría analítica e histórica despliega plenamente sus potencialidades es
posible comprender su esencia. La comprensión de la naturaleza de la mercancía que se
alcanza en el estadio capitalista permite entender su naturaleza y su función en las
formaciones histórico sociales menos evolucionadas, como la esclavista o la feudal.

A partir del siglo XVI el capitalismo generalizó la circulación de las mercancías en una
escala nunca antes vista. El sistema capitalista lo convertía todo en mercancías: los bienes y
servicios, pero también las opiniones, la conciencia, el honor, los principios, la salud, los
auxilios religiosos. Todo terminaba siendo transable, todo tenía un precio y todo terminaba
siendo absorbido por la avasalladora forma-mercancía. Recién en este punto fue posible
desentrañar la naturaleza y la complejidad de la simple operación de comprar y vender; el
enfrentamiento en el mercado de dos valores de cambio idénticos con valores de uso
diferentes y las complejas implicaciones que esta simple transacción entrañaba.

Algo similar podría decirse hoy de la “información”, como categoría analítica e histórica.
La información no sólo es anterior a la categoría “mercancía” sino hasta a la propia especie
humana. La protocélula que surgió hace 3500 millones de años, de la cual descendemos
todos los seres vivos de la Tierra, contenía ADN: información codificada, el código
genético, que permite que los organismos vivos sean capaces de auto replicarse; sacar
copias idénticas de sí mismos, el principio de la evolución de la vida.

Cuando se habla de “sociedad de la información” o de la “economía de la información”


suele asumirse que es algo reciente que la información juegue un papel en la economía,
pero esto es profundamente equivocado. La información nos acompañó desde nuestros
orígenes como especie, contribuyendo a hacernos humanos. La manera de romper una
piedra de una manera determinada, para construir un hacha, por ejemplo, pudo compartirse
con los demás miembros de la tribu y con los descendientes gracias a la información. La
información forma parte de la economía desde los albores de la humanidad y desde
entonces añade valor a la producción. Nos convertimos en humanos manejando cantidades
crecientes de información y hoy usamos tecnologías de la información para operar sobre la
información, un rasgo distintivo de la sociedad informacional.

Sólo cuando la información, en tanto categoría histórica y analítica, puede desplegar


plenamente sus potencialidades es posible entenderla, teorizarla, comprender su función
histórica. La economía política inglesa y la asimilación crítica que de ella hizo Marx
relegaron a las actividades con uso intensivo de la información a una función subsidiaria:
facilitar la rotación del capital, y así elevar la masa de ganancias, al poder usarse más veces
el mismo capital, gracias a la aceleración de su rotación. El procesamiento de la
información fue así relegado por la economía marxista a una función subsidiaria. Hoy, con
el despliegue de la economía informacional y la reducción continua de la participación del
trabajo industrial en la generación de riqueza es imposible sostener que la información no
genera valor.

La economía política sigue dividiendo hoy las actividades económicas en tres grandes
sectores: sector primario, de extracción (agricultura, ganadería, silvicultura, petróleo,
minería etc.); sector secundario o transformativo (manufactura e industria); sector terciario,
de servicios. La casilla del sector terciario, “servicios”, se ha convertido en un gran cajón
de sastre en el cual se incluye desde los servidores domésticos y los chóferes de combi
hasta los analistas financieros de Wall Street, pese a las evidentes diferencias que los
separan.

Incorporar el factor información como creador de valor obliga a redefinir la valoración de


los trabajadores simbólicos, aquellos de las nuevas ramas laborales que se han abierto con
la revolución de la información. Eso, entre otras cosas, supone revisar la teoría de las clases
sociales. El tema da para bastante más.

(06)La teoría del valor y la información


22 May 2018

Marx consideró que la categoría “mercancía” era la fundamental para entender la economía
mercantil y el capitalismo; para explicar su origen y sus leyes generales de funcionamiento.
De ella deriva la teoría del valor, a partir del cual es posible entender la producción de
plusvalor en la fase industrial y toda la lógica de la acumulación capitalista.

Marx dio la mayor importancia a la mercancía en el nacimiento y el funcionamiento del


capitalismo. Sin embargo la mercancía tenía, al decir del propio Marx, “una existencia
antediluviana”: había mercancías, dinero y capital, en su forma comercial, en el antiguo
Egipto y la antigua Roma, y desde entonces la mercancía ha acompañado el desarrollo de la
economía. Sin embargo sólo en la fase capitalista ha sido posible entender cabalmente su
naturaleza.
En su extraordinario texto “El método de la economía política” Marx afirma que sólo
cuando una categoría analítica e histórica despliega plenamente sus potencialidades es
posible comprender su esencia. La comprensión de la naturaleza de la mercancía que se
alcanza en el estadio capitalista permite entender su naturaleza y su función en las
formaciones histórico sociales menos evolucionadas, como la esclavista o la feudal.

A partir del siglo XVI el capitalismo generalizó la circulación de las mercancías en una
escala nunca antes vista. El sistema capitalista lo convertía todo en mercancías: los bienes y
servicios, pero también las opiniones, la conciencia, el honor, los principios, la salud, los
auxilios religiosos. Todo terminaba siendo transable, todo tenía un precio y todo terminaba
siendo absorbido por la avasalladora forma-mercancía. Recién en este punto fue posible
desentrañar la naturaleza y la complejidad de la simple operación de comprar y vender; el
enfrentamiento en el mercado de dos valores de cambio idénticos con valores de uso
diferentes y las complejas implicaciones que esta simple transacción entrañaba.

Algo similar podría decirse hoy de la “información”, como categoría analítica e histórica.
La información no sólo es anterior a la categoría “mercancía” sino hasta a la propia especie
humana. La protocélula que surgió hace 3500 millones de años, de la cual descendemos
todos los seres vivos de la Tierra, contenía ADN: información codificada, el código
genético, que permite que los organismos vivos sean capaces de auto replicarse; sacar
copias idénticas de sí mismos, el principio de la evolución de la vida.

Cuando se habla de “sociedad de la información” o de la “economía de la información”


suele asumirse que es algo reciente que la información juegue un papel en la economía,
pero esto es profundamente equivocado. La información nos acompañó desde nuestros
orígenes como especie, contribuyendo a hacernos humanos. La manera de romper una
piedra de una manera determinada, para construir un hacha, por ejemplo, pudo compartirse
con los demás miembros de la tribu y con los descendientes gracias a la información. La
información forma parte de la economía desde los albores de la humanidad y desde
entonces añade valor a la producción. Nos convertimos en humanos manejando cantidades
crecientes de información y hoy usamos tecnologías de la información para operar sobre la
información, un rasgo distintivo de la sociedad informacional.

Sólo cuando la información, en tanto categoría histórica y analítica, puede desplegar


plenamente sus potencialidades es posible entenderla, teorizarla, comprender su función
histórica. La economía política inglesa y la asimilación crítica que de ella hizo Marx
relegaron a las actividades con uso intensivo de la información a una función subsidiaria:
facilitar la rotación del capital, y así elevar la masa de ganancias, al poder usarse más veces
el mismo capital, gracias a la aceleración de su rotación. El procesamiento de la
información fue así relegado por la economía marxista a una función subsidiaria. Hoy, con
el despliegue de la economía informacional y la reducción continua de la participación del
trabajo industrial en la generación de riqueza es imposible sostener que la información no
genera valor.

La economía política sigue dividiendo hoy las actividades económicas en tres grandes
sectores: sector primario, de extracción (agricultura, ganadería, silvicultura, petróleo,
minería etc.); sector secundario o transformativo (manufactura e industria); sector terciario,
de servicios. La casilla del sector terciario, “servicios”, se ha convertido en un gran cajón
de sastre en el cual se incluye desde los servidores domésticos y los chóferes de combi
hasta los analistas financieros de Wall Street, pese a las evidentes diferencias que los
separan.

Incorporar el factor información como creador de valor obliga a redefinir la valoración de


los trabajadores simbólicos, aquellos de las nuevas ramas laborales que se han abierto con
la revolución de la información. Eso, entre otras cosas, supone revisar la teoría de las clases
sociales. El tema da para bastante más.

(07)Marx, la máquina y la alienación


19 Jun 2018

La crítica radical de Marx al capitalismo industrial cuestiona el carácter deshumanizante


que adopta el proceso productivo capitalista, que aliena a los trabajadores, los despoja de
sus facultades creativas y los somete al dominio de entidades que los propios seres
humanos crean, que se objetivan como potencias independientes y dominadoras, que se
vuelven contra sus creadores. Es lo que sucede con la maquinaria en el capitalismo
industrial.

La teoría de la alienación fue descalificada por el filósofo francés Louis Althusser como
una elaboración juvenil de un Marx inmaduro, pre marxista, que éste abandonó a llegar a su
madurez. Pero el Marx maduro realizó el mejor desarrollo de su teoría en los Grundrisse…,
en la plenitud de su madurez.

El proceso de producción capitalista, dice Marx, desarrolla a la máquina como el medio de


trabajo adecuado a sus objetivos, y esta se plasma en “un sistema automático de maquinaria
… puesto en movimiento por un autómata, por fuerza motriz que se mueve a sí misma; este
autómata se compone de muchos órganos mecánicos e intelectuales, de tal modo que los
obreros mismos solo están determinados como miembros conscientes de tal sistema” (Marx
1973: 218). Dicho en otras palabras, los obreros se convierten en una pieza de la máquina,
equiparables a cualquier pieza mecánica inerte, con la misma carencia de voluntad e
iniciativa que estas.

A diferencia de la herramienta en manos del artesano, la máquina no es un instrumento a


través del cual el trabajador aplica su trabajo a la materia prima que quiere transformar. El
obrero “no hace más que trasmitir a la materia prima el trabajo o acción de la máquina, [a
la] que vigila y preserva de averías. No es como en el caso del instrumento, al que el obrero
anima, como a un órgano, con su propia destreza y actividad, y cuyo manejo depende por
tanto de la virtuosidad de aquel. Sino que la máquina, dueña en lugar del obrero de la
habilidad y la fuerza, es ella misma la virtuosa, posee un alma propia presente en las leyes
mecánicas que operan en ella, y así como el obrero consume comestibles, ella consume
carbón, aceite, etc. … con vistas a su automovimiento continuo” (Marx 1973: 218-219).

La alusión al “automovimiento continuo” ha llevado a leer este párrafo como una


anticipación genial de Marx de la era de la automatización y de ingenios productivos
autónomos, manejados por una inteligencia artificial, como los robots. Esto es un error. De
lo que Marx habla es de la apropiación por la burguesía de un capital social de
conocimiento acumulado históricamente, en forma de ciencia y tecnología, que se
incorpora a la maquinaria en su construcción, que utiliza las leyes de la naturaleza de
acuerdo con los intereses del capital: “La acumulación del saber y de la destreza, de las
fuerzas productivas generales del cerebro social, es absorbida así, con respecto al trabajo,
por el capital y se presenta por ende como propiedad del capital, y más precisamente del
capital fixe [capital fijo, específicamente la maquinaria]” (Marx 1973: 220).

La maquinaria no es pues un instrumento que el obrero utiliza, sino éste es utilizado por
aquella y puesto a su servicio. La actividad del obrero “está determinada y regulada en
todos los aspectos por el movimiento de la maquinaria, y no a la inversa. La ciencia, que
obliga a los miembros inanimados de la máquina -merced a su construcción- a operar como
un autómata, conforme a un fin, no existe en la conciencia del obrero, sino que opera a
través de la máquina como poder ajeno, como poder de la máquina misma, sobre aquel”.

El trabajador es despojado así de su intervención pensante, creativa, y se convierte en un


simple apéndice de la máquina: “El trabajo se presenta, antes bien, solo como órgano
consciente, disperso bajo la forma de diversos obreros vivos presentes en muchos puntos
del sistema mecánico, y subsumido en el proceso total de la maquinaria misma, solo como
un miembro del sistema cuya unidad no existe en los obreros vivos, sino en la maquinaria
viva (activa), la cual se presenta frente al obrero, frente a la actividad individual e
insignificante de este, como un poderoso organismo” (Marx 1973: 219).

Es la máquina y no el obrero quien incorpora la potencia del conocimiento en la


producción: “En la maquinaria, la ciencia se le presenta al obrero como algo ajeno y
externo, y el trabajo vivo aparece subsumido bajo el objetivado, que opera de manera
autónoma” (Marx 1973: 221).

Continuaré.

(08)Artesanos medievales y operadores


simbólicos
26 Jun 2018 | 6:15 h

Giambattista Vico (1668-1744), importante filósofo de la historia italiana, formuló a


inicios del siglo XVIII una visión del tiempo histórico cuyo eco puede encontrarse en la
doctrina de Marx. Vico rechazaba la idea de que el tiempo de la historia fuera lineal, como
sostenía la mayoría de los historiadores después de René Descartes; consideraba más bien
que ésta se movía en círculos, como pensaron importantes civilizaciones de la Antigüedad.
Pero él introdujo una modificación decisiva: según su concepción luego de completar un
ciclo la historia retornaba a su punto de partida original, pero en otro nivel cualitativamente
distinto. Su movimiento no era pues circular sino más bien en espiral.

La proposición de Vico es sugerente para examinar un fenómeno que se está desplegando


ante nuestros ojos, que involucra a los artesanos de la era preindustrial y a trabajadores del
conocimiento de la era postindustrial.

Obsérvese el entorno de trabajo del artesano medieval. Este labora no en un local apartado
de su domicilio (oficina o fábrica, por ejemplo) sino en una habitación que forma parte de
su vivienda, que él ha convertido en su taller. Allí el artesano tiene las herramientas de su
oficio y con ellas ejerce su labor. La vida del hogar y el proceso productivo no están
definidamente separados, y no se ha producido la neta distinción, característica de la
sociedad industrial, entre la economía doméstica y la economía política: la primera, el reino
de la mujer y la segunda, el espacio de dominio y hegemonía de los varones (por eso
cuando se pregunta a un niño por su papá suele contestar: “Ha salido al trabajo”). Las
implicaciones desde un análisis de género son profundas.

Obsérvese ahora el entorno productivo de un trabajador del conocimiento. Buena parte de


su trabajo puede desarrollarse en el estudio que éste ha montado en su hogar: una
habitación donde ha reunido sus medios de trabajo, la computadora, la impresora, el
escáner, periféricos diversos y por supuesto las redes electrónicas con las cuales pueden
conectarse con el mundo, a través de Internet. Casi un taller medieval.

En la sociedad de la información se reconoce que el trabajo productivo desde el hogar tiene


varias ventajas: ahorra horas diarias de desplazamiento entre el hogar y el centro de trabajo
con el subsiguiente ahorro de combustible y tiempo, aparte del ahorro del estrés que
acompaña la vida en las grandes ciudades. Para un trabajo creativo, por otra parte, puede
resultar más conveniente un ambiente apacible y cómodo, del cual se tiene pleno control,
donde se vienen acumulando cantidad de insumos y herramientas que facilitan la tarea. A
las empresas el trabajo desde el domicilio les ahorra dinero en locales, mantenimiento,
seguridad, limpieza, agua, luz, y demás servicios. No es por eso extraño que este tipo de
trabajo venga creciendo. Buena parte de los trabajadores simbólicos hacen al menos una
parte de su jornada desde su domicilio, y el desarrollo de un amplio software de soporte –
como las oficinas virtuales– facilita el avance de esta tendencia. Por supuesto, esto supone
muy profundos cambios en la organización de la lógica productiva, como calcular el trabajo
no por el tiempo que se le dedica sino por sus resultados: tareas cumplidas.

Las similitudes entre el escenario de trabajo de los operadores simbólicos y el taller del
artesano medieval son obvias, y el paralelo tiene su punto de partida en la naturaleza de la
computadora en cuanto se la usa como medio de trabajo. La computadora no es una
máquina que impone su ritmo y controla al trabajador, sino una herramienta sometida al
dominio y control de este. La computadora es el medio de producción principal del
capitalismo informacional; la importancia del tema es evidente.
Para Marx, la herramienta es una extensión de las facultades humanas. Un martillo cumple
la misma función que el puño cerrado al golpear un objeto. Un alicate o unas pinzas
trabajan de una forma similar a los dedos pulgar e índice cuando toman un objeto y lo
presionan. Un telescopio o un microscopio son extensiones de las facultades del ojo
humano, etc. La computadora como herramienta constituye una extensión del cerebro
humano, con memoria, sensores para introducir y extraer la información (input/output),
operadores lógico-matemáticos, instrumentos de búsqueda y análisis, mecanismos de
creación de simulaciones, etc.

Comprender la función productiva de la computadora requiere pues entender la naturaleza


de la herramienta, en cuanto medio de trabajo; su relación con el trabajador, las diferencias
que la separan de la máquina, y las relaciones de producción que fundan unas y otras.
Continuaré.

(09)Máquinas y herramientas
3 Jul 2018

La relación entre los seres humanos y sus medios de trabajo tiene profundas implicaciones
en la definición no sólo de la estructura económica sino del orden social que la acompaña.
Los principales medios de trabajo son las máquinas y las herramientas.

Las herramientas son objetos inertes hasta que el hombre las toma para realizar su trabajo y
vuelven a su estado inerte cuando él las abandona. El hombre anima a la herramienta y ésta
es su instrumento, que en sus manos adquiere vida.

El manejo de la herramienta puede alcanzar un enorme grado de virtuosismo, dependiendo


del oficio, de la habilidad y la sensibilidad de quien la usa. Un fabricante de violines,
Antonio Stradivari, fabricó hace más de tres siglos instrumentos tan perfectos que con toda
la ciencia y tecnología acumulada desde entonces ha sido imposible crear instrumentos
iguales, ni menos superiores. Los violines Stradivarius son invaluables y siguen
produciendo música en manos de grandes maestros.

Para Marx, el artesano, con la herramienta sometida a su dominio y su voluntad, produce


obras que objetivan sus cualidades personales y su genio creativo. La herramienta es su
instrumento, y él le imprime su ritmo, su respiración, la sensibilidad de su tacto. La acción
del artesano mismo es una objetivación de lo propiamente humano. El artesano se realiza
en su producto, que exterioriza su personalidad, sus cualidades, su singularidad, su
creatividad, su genio.

Es distinta la situación en la sociedad industrial donde el obrero es sometido por la


máquina. No es él quien marca el ritmo de trabajo sino debe adecuarse al ritmo de esta. La
máquina por otra parte le expropia su capacidad creativa. No hay nada de aporte personal,
intelectual o de sensibilidad en el manejo de las palancas y los botones de la máquina
industrial que maneja el obrero, ni sucederá nada imprevisible o extraordinario, fruto de un
chispazo de su genio. El obrero es mutilado en sus facultades creativas y reducido a la
condición de ejecutor de tareas simples, monótonas y repetitivas, continuamente, por días,
meses, años.

Para Marx, el trabajo es la actividad humana por excelencia y a través de ella el trabajador
objetiva su humanidad. Pero el trabajo del obrero en la sociedad industrial es un trabajo
alienado, ajeno. Su trabajo no es suyo, le ha sido enajenado y se erige ante él como una
potencia externa. Por eso el trabajador ve su tiempo de trabajo como una maldición,
impuesta por la necesidad de obtener el dinero con qué adquirir los medios de vida que
necesita para reproducirse social y biológicamente, comprando con su trabajo –la actividad
en la que debiera objetivar su humanidad– los medios de su deshumanización (alcohol,
tabaco, prostitutas; inevitable pensar en los campamentos mineros de oro de Madre de
Dios).

La máquina, por otra parte, lo objetiviza; el trabajador deja de ser un sujeto, un


individuo creativo, pensante, con iniciativa, y es convertido en una pieza más,
fácilmente reemplazable, junto con las otras herramientas y piezas que componen el
sistema de la maquinaria. La alienación del trabajo resultante es una de las razones más
poderosas por las cuales Marx considera que hay que acabar con el capitalismo y abrir el
camino a un orden más humano, donde el trabajo sea desalienado, en tanto trabajo libre,
realizado por el trabajador como una forma de expresar su humanidad, y no obligado. El
trabajo liberado de la compulsión de la necesidad constituye para Marx la oportunidad de
expresar la humanidad de los seres humanos, su creatividad, su ingenio, su inventiva, su
alegría.

Varias cosas están cambiando hoy y las ciencias sociales deben tomar nota. La transición al
capitalismo informacional trae interesantes cambios: 1) el medio de trabajo fundamental de
esta fase histórica es la computadora, 2) esta no es una máquina sino una herramienta, y 3)
la relación entre ésta y los trabajadores que la usan se asemeja más a la del artesano con su
herramienta que a la de un obrero industrial con la maquinaria de su patrono.

La computadora constituye una extensión del cerebro humano: tiene una memoria en la
que puede ingresarse una cantidad de información cada día mayor y mecanismos para
organizarla, procesarla, recuperarla, realizar operaciones lógico-matemáticas, construir
representaciones, simulaciones, modular procesos (manejando una máquina, por ejemplo),
etc. Es una herramienta multifunción (como lo es la célebre navaja del ejército suizo) con
una flexibilidad inagotable. Su uso exige iniciativa, creatividad, ingenio, atributos distantes
de lo que el capitalismo industrial demanda a los obreros.

De ahí derivan cambios en la estructura de las clases sociales que es importante analizar.