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Castigo y reinserción:

una pareja antagónica


(Resumen)

Introducción
1.- La pena
2.- La cárcel
¿Para qué sirve el fracaso de la prisión?
3.- Las condiciones de detención
4.- Una clave para comprender lo incomprensible
5.- Cursillos y reinserción
6.- El ambiente esquizofrénico
7.- Espacio y tiempo.
- Una olla a presión donde se cuecen los
sentimientos
8.- Posibles alternativas

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Castigo y reinserción: una pareja antagónica
CASTIGO Y REINSERCIÓN: UNA PAREJA ANTAGÓNICA

Introducción
El presente trabajo, aunque pudiera parecerlo, no es el resultado de un estudio
teórico de la problemática de la prisión. Por el contrario, tiene su base en una experiencia
personal de más cinco años de -podría decirse- “observación participante”. En efecto han
sido más de cinco años preso en dos cárceles francesas, inmerso y atrapado en un
universo kafkiano, donde la normalidad viene caracterizada por una sucesión de
situaciones absurdas –nada divertidas- a las que prácticamente nadie se molesta ni
siquiera en buscar explicación. No obstante, este trabajo trata de aproximarse a las
conclusiones fundamentales de tipo teórico que se desprenden de esa práctica de más de
cinco años, y en ese sentido pretende ir más allá de los meros hechos y ejemplos para
desentrañar algunas claves que nos orienten en la interpretación de esa normalidad
irracional, del porqué de los hábitos y actitudes de tipo esquizofrénico, o el motivo de la
gran sensibilidad sentimental y de los saltos emocionales bruscos.
La observación se extiende necesariamente más allá de un objeto específico. He
creído conveniente comenzar con las teorías sobre la justificación de la pena y continuar
con el marco general del sistema penitenciario antes de exponer el objeto de observación.
Así, he ido desde la práctica a la teoría para volver a la práctica con alguna herramienta
explicativa que me sacara de la inopia para saber a qué atenerme en algunas de esas
situaciones absurdas.
El caso de estudio se refiere a un ala de una planta de un centro de detención
francés destinada a la realización de cursillos de formación. Esta ala podría considerarse
un modelo ejemplar en lo que se refiere a las técnicas de reinserción. Las críticas y
denuncias a la prisión se producen siempre por la relegación de sus objetivos
resocializadores y por el desprecio y la violación de derechos fundamentales. Pero, ¿qué
ocurre cuando no se dan tales violaciones y encontramos el objetivo formativo en un
primer plano? ¿Estamos en este caso ante la prisión ideal y maravillosa que por fin va a
reincorporar los delincuentes a la sociedad? ¿Puede en realidad la prisión cumplir esa
función social a la que se dice está destinada? ¿Existe alguna alternativa? Este trabajo
trata de responder en lo esencial a esas preguntas.

1.- La pena
¿Cómo se justifica la imposición de la pena al infractor de la ley? A lo largo de la
historia se han dado tres tipos de teorías principales al respecto. Las teorías absolutas
encuentran la justificación de la pena en el delito. La pena es retribución o compensación
por el mal causado. Para Kant, la ley penal es un imperativo categórico que implica
actuar conforme a la máxima que quiero que sea ley general. La pena es una necesidad
ética y una exigencia de la justicia y, por lo tanto, los efectos preventivos son ajenos a su
esencia. Para Hegel -también en la línea de la teoría de la retribución jurídica- la pena es
la negación del delito y la afirmación del Derecho. Y va más allá afirmando que la pena
es un derecho del delincuente que le honra como ser racional. Ambos parten de que el
infractor de la ley es dueño absoluto de su voluntad y actúa bajo su libre arbitrio y así la
pena es resultado de la propia voluntad del infractor. En caso de que se justificara la pena
por sus fines preventivos del delito, se estaría utilizando al delincuente como instrumento
para la consecución de fines sociales, lo que supondría un menoscabo de su dignidad.

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Esas posiciones que denominaremos conservadoras equivalen a consagrar las
leyes de la sociedad existente ofreciéndoles un soporte teórico-filosófico. No se puede
reducir el ser humano, el individuo, a su libre voluntad en abstracto, hay que
comprenderlo en todas sus relaciones sociales, en sus motivos reales que son los que van
a formar su personalidad incluyendo su supuesta libre voluntad de actuar, que en realidad
no es tan libre. Mientras este tipo de conflictos se sigan tratando como contradicciones
entre el individuo aislado y la sociedad y no como contradicciones en el seno de la
sociedad o de la sociedad consigo misma, no habremos escapado de la aplicación de la
ley del talión, de la venganza del ojo por ojo, diente por diente y sangre por sangre, por
mucho que se dulcifique esa versión del ius talionis.
En definitiva, la pena no es más que un medio para la sociedad de defenderse
contra la violación de sus condiciones de existencia. Pero ¡pobre de aquella sociedad
que haga de la represión el fundamento de su defensa, que clame venganza, que el
instrumento para defenderse sea la brutalidad, el castigo, la pena! La venganza a veces se
disfraza de victimismo, como decía Unamuno desde un punto de vista próximo al
cristianismo: “Abel no perdona. ¡Abel es malo! Sí, sí; si no le mata Caín, él habría
matado a Caín. (…) El que se hace víctima es tan malo como el que se hace verdugo.
Hacerse víctima es diabólica venganza” Mientras una sociedad se empeñe en defenderse
de esa forma, seguirá instalada en la barbarie; para civilizarse, no le queda más remedio
que resolver las contradicciones que yacen en su seno; tiene que cambiar el sistema que
engendra las infracciones, los crímenes, los delitos…
La crítica que acabo de formular puede aplicarse en lo fundamental, no sólo a las
teorías absolutas, sino también a las teorías relativas y las unitarias, que a lo largo de este
trabajo nos referiremos a ellas como reformadoras. Las teorías relativas parten de
concepciones utilitarias que justifican la pena por sus efectos preventivos. Tiene que darse
una prevención general que se basa en la intimidación, la ejemplaridad de la pena y su
función formativa, y una prevención especial por la que se actúa sobre la persona del
delincuente para que no reincida, cuyos aspectos son la intimidación, la enmienda o
reinserción y la separación o inocuización social. Por último, las teorías unitarias tratan
de integrar las teorías absolutas y las relativas. De modo que, para ellas, la retribución es
la esencia de la pena, pero ésta, a su vez, debe perseguir los fines de la prevención general
y de la prevención especial. A lo largo de la historia, estas teorías unitarias han sido las
dominantes y siguen siéndolo en todo el mundo. Ninguna de estas teorías pretende ir a la
raíz del conflicto, son sólo formas de justificar la pena dentro del orden social existente, al
cual ayudan a apuntalar. No obstante, al no absolutizar la libre voluntad individual en la
comisión del delito e introducir la influencia de condicionamientos sociales en dicha
voluntad y, por tanto, en todas las acciones humanas en general, abre una rendija a la
solución del problema y ayuda a humanizar las penas.

2.- La cárcel
La cárcel se ha convertido en la pena por antonomasia en las sociedades actuales.
En correspondencia con las teorías unitarias de justificación de la pena que predominan
actualmente y que se ponen de manifiesto en la mayoría -si no en todos- los códigos
penales vigentes, se ha repetido hasta la saciedad que la prisión tiene una doble función
fundamental:

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La primera de esas funciones es la jurídico-económica (como la llamaba
Foucault) y consiste en la retribución, en pagar la deuda contraída con la sociedad,
cumplir el castigo. Para llevar a cabo esta misión, la prisión precisa de seguridad, orden,
vigilancia, disciplina, sanciones… y guardias que la cumplan; en suma, se trata de una
función puramente represiva.
La segunda función, que Foucault llamaba técnico-disciplinaria y de la que hoy
día se habla como función social, se corresponde con las ya citadas prevención general y
prevención especial y consiste en reinsertar, en corregir y volver dócil para evitar la
reincidencia. Se aplican para ello las técnicas penitenciarias que Foucault recoge en siete
principios que, muy resumidamente, son los siguientes:
1) Principio de corrección, cuyo cometido esencial es la transformación del
infractor para que se adapte a la sociedad.
2) Principio de clasificación de los infractores: según la gravedad y el tipo del
delito, la edad, disposiciones, biografía, evolución…, para lo que hay que observar la
conducta y centralizar toda la información.
3) Principio de modulación de las penas conforme a los resultados obtenidos en
la aplicación individualizada de todas las técnicas: progresos, recaídas, posibilidad de
permisos, grados, libertad condicional. Así, la duración de la pena no está establecida
rígidamente sino que el condenado saldrá antes o después (o disfrutará de un régimen
menos riguroso) según responda al tratamiento individualizado que se le aplique.
4) Principio del trabajo como obligación y como derecho, que debe ser elemento
esencial para la transformación y socialización.
5) Principio de educación por el que hay que llevar la instrucción general y
profesional a los presos.
6) Principio de control técnico de la detención, que debe llevarse a cabo con
criterios de racionalidad, científicos, por profesionales bien cualificados, desde los
médicos y psicólogos hasta los guardianes.
7) Principio de instituciones anexas que se encargan de implementar medidas de
control y asistencia para la reinserción.
En la actualidad, a esta segunda función, por su pretensión dirigida a reconstruir la
capacidad de las personas para reinsertarse en la sociedad, suele denominársela social. El
fracaso de la prisión para cumplir esta misión es clamoroso y archiconocido. Lejos de
conseguir la reinserción social, la cárcel, no sólo es escuela de delincuentes, sino que
agudiza el odio a la sociedad al enseñar a los presos a considerar a la sociedad, que les
margina, les separa y les encierra, como una enemiga. Si a ello añadimos las draconianas
condiciones que, por lo común, tienen que afrontar los liberados de prisión, no hay que
extrañarse de que la tasa de reincidencia tienda a aumentar.
A lo largo del tiempo, se repiten una y otra vez las mismas críticas al sistema
penitenciario en todos los países. Desde las posiciones más conservadoras se atacan las
medidas correctoras de contenido más social alegando que el afán corrector hace perder
fuerza al factor principal, que debe ser la intimidación y el castigo, y se afirma que la
mejor técnica penitenciaria es el rigor, “la mano dura”, la disciplina, el orden, las
sanciones…
Por su parte, las críticas reformadoras inciden en desplegar más y mejores técnicas
de carácter social que ayuden a la completa socialización de los delincuentes. Sin
embargo, por mucho empeño que pongan en ello, por mucho que en algunos aspectos la
prisión se haga progresivamente menos brutal, el objetivo fundamental, que reside en la
prevención del delito, está cada día más lejos de lograrse. No obstante, a pesar del
evidente y reiterado fracaso de la prisión, no parece existir ninguna alternativa a ella y se

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presenta siempre como su propio remedio. De modo que, ante tanta insistencia
aparentemente contra-productiva, siguiendo a Foucault, debemos preguntarnos:

“¿para qué sirve el fracaso de la prisión?”.


El castigo recae sobre un acto, mientras que la técnica punitiva tiene en cuenta
toda la biografía del delincuente: posición social, educación, inclinaciones,
antecedentes… Hace existir al criminal antes que el crimen. El infractor es el correlato de
la justicia penal. El delincuente es el correlato del aparato penitenciario. Delincuente y
técnicas penitenciarias son complementarios, aparecen juntos y se desarrollan como un
conjunto tecnológico. En el delincuente se superponen el infractor y el objeto de la
técnica penitenciaria. La prisión, al fabricar la delincuencia, ha procurado a la justicia
criminal un campo de objetos unitario, autentificado por las “ciencias” y que le ha
permitido funcionar sobre un horizonte de “verdad”, “científico”. La prisión no está
destinada a suprimir las infracciones sino a clasificarlas y administrarlas para poder
controlar y utilizar la delincuencia: la orienta hacia formas menos peligrosas, la margina,
la cerca, la infiltra, la desarma y la utiliza como medio para controlar a toda la población
y como excusa para establecer normas y métodos cada vez más represivos.
Prisión y policía se complementan: garantizan la diferenciación, el aislamiento y
la utilización de la delincuencia. La policía suministra infractores a la prisión y ésta los
transforma en delincuentes, que son, a su vez, el blanco y los auxiliares de la policía,
formando un circuito por el que vuelven en buena parte de nuevo a la prisión.
Pero el efecto más importante del sistema carcelario y de su extensión mucho más
allá de la prisión, es que logra volver natural y legítimo el poder de castigar. Las
crueldades más atroces parecen normales. La prisión, que conecta la disciplina con la ley,
ha sido históricamente clave para que se acepte el poder de castigar. La prisión está
hundida en medio de dispositivos y estrategias de poder y opone a quien quiera
transformarla una gran fuerza de inercia. La prisión no es hija de las leyes ni del aparato
judicial, no está subordinada al tribunal como un instrumento dócil, es el tribunal el que
es, por relación a ella, exterior y subordinado. La prisión forma parte indivisible del
aparato represivo del Estado y está, por tanto, ligada a los mismos planteamientos
políticos y a la misma suerte que los Estados y los gobiernos. De ahí que raramente puede
haber una reforma de carácter progresista en las condiciones de detención si no viene
precedida de algunas conquistas de tipo democrático a nivel de toda la sociedad. Y, por
igual motivo, son frecuentes las contrarreformas penitenciarias que priman la función
represiva cuando anteriormente se ha producido una regresión social de los derechos y
libertades democráticas. Las alternativas y los cambios en la prisión están ligados o
dependen de las alternativas y cambios sociales. No existe alternativa a la prisión sin una
profunda transformación social. Eso no significa que no puedan darse reformas
progresistas que alivien la vida en la prisión, o que haya que renunciar o aplazar la lucha
contra el sistema penitenciario hasta lograr avances sociales generales. Esas luchas van
ligadas y repercuten una en la otra; además, sin duda pueden lograrse mejoras importantes
aun dentro del sistema actual.

3.- Las condiciones de detención


El grueso de las críticas a la prisión provienen de los sectores reformadores más
humanitarios, y están dirigidos contra el fiasco de su función social. La base de estas

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críticas se encuentra en la falta de aplicación de los principios penitenciarios y sus
técnicas correlativas; vienen a denunciar las deplorables condiciones de detención, la falta
de medios… Veamos algunos ejemplos de denuncia en prisiones francesas de las
deficiencias más comunes que se repiten como una lacra, en mayor o menor grado, a lo
largo del tiempo y en todos los países.
El Comité para la Prevención de la Tortura (CPT) dependiente del Consejo de
Europa, en su informe de marzo de 2004 relativo a la visita efectuada a varias prisiones
francesas, denuncia que los detenidos están “sometidos a un conjunto de factores nefastos
–hacinamiento, condiciones materiales deplorables, condiciones de higiene que suponen
un innegable riesgo sanitario... que pueden describirse legítimamente como
emparentados con un tratamiento inhumano y degradante”, y continúa más adelante: ”el
nivel de ocupación situado por encima del 200% impedía el funcionamiento de todos los
sectores de actividades y ponía en peligro tanto la calidad de vida de los detenidos como
las condiciones de trabajo del personal”. Así, “la enorme mayoría de personas detenidas
pasaba casi toda la jornada... en una completa ociosidad, confinadas en celdas en una
promiscuidad y unas condiciones materiales intolerables”. Estas deficiencias endémicas
se intentan atajar invariablemente a través de la construcción de nuevas prisiones y la
introducción de más medidas de seguridad. De este modo, nos instalamos en una espiral
sin fin: las nuevas prisiones desbordan de clientela nada más ser estrenadas. Ante esta
situación se producen críticas e iniciativas variadas, pero las mejoras son escasas y más
teóricas que prácticas. Por ejemplo, la Comisión Nacional Consultiva de Derechos
Humanos en Francia (CNCDH) presentó en marzo del 2004 al gobierno un “Estudio
sobre los derechos humanos en la prisión”. Este estudio se proponía responder a la
cuestión: “¿Cómo sacar la prisión de una situación de excepción jurídica contraria a las
exigencias de una sociedad democrática y garantizar el respeto de los derechos
fundamentales de la persona encarcelada?”. El Estudio establece varios principios
rectores. Primero, “una profunda reforma en el dominio de los derechos de las personas
privadas de libertad” no puede enfocarse más que en “la perspectiva de los derechos
humanos”. Segundo, “para resolver la paradoja que consiste en reinsertar a una
persona y, a la vez, en separarla de la sociedad, no hay mas solución que la de acercar lo
más posible la vida en prisión a las condiciones de vida en el exterior, aproximar la
sociedad penitenciaria a la sociedad civil”. (Podría afirmarse Tercero, “la pena no puede
privar a quien la padece del ejercicio de sus derechos fundamentales…” La conclusión
final de este Estudio es que es indispensable la aprobación de un estatuto jurídico del
detenido que acabe con las frecuentes violaciones de los derechos humanos en las
cárceles. Pero todas estas propuestas, a pesar de provenir de altos organismos oficiales,
quedan una y otra vez en papel mojado; se impone la lógica de la seguridad y no hay
voluntad política para tomar medidas reales y prácticas que respeten los principios
mencionados.
No vamos a insistir en otras deficiencias y sus correspondientes críticas. Baste
mencionar que a los problemas de hacinamiento se suman la adicción a diversas drogas,
la imposibilidad de trabajar o realizar una actividad remunerada para la mayoría de presos
-y los que tienen esa oportunidad trabajan en condiciones muy precarias- la falta de
actividades educativas, culturales y deportivas, el alejamiento de las familias, problemas
médicos, psíquicos, etc.
La enorme mayoría de estudios, críticas y denuncias sobre las condiciones de
detención, violaciones de derechos, injusticias, arbitrariedades, etc., persiguen acabar con
los abusos, humanizar las cárceles, mejorar las condiciones de vida en prisión… En el
fondo y en última instancia esas denuncias tratan de compatibilizar las dos funciones que

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se supone debe cumplir la pena de cárcel. Pretenden que la represión, el castigo, no
impida y no afecte a la socialización o a la reinserción. Intentan, como hemos visto, salvar
la “paradoja” que consiste en reinsertar socialmente a alguien a quien previamente se le
ha separado a la fuerza de esa sociedad. Se empeñan en casar la lógica del orden y la
seguridad, basada en la restricción de derechos y en el mantenimiento de un poder
discrecional, con la lógica de la libertad y de la democracia que implica el reconocimiento
y el respeto de todos los derechos. La pregunta que se impone es evidente: ¿Se pueden
hacer compatibles o armonizar o articular esas dos funciones?

4.- Una clave para comprender lo incomprensible


Concluíamos la primera parte preguntándonos sobre la posibilidad de conciliar la
represión o el castigo a través de la cárcel con la socialización o reinserción del preso.
Creo que no es nada difícil darse cuenta de la imposibilidad de esta tarea, y la experiencia
lo ha demostrado hasta el colmo de los colmos. Cualquier medida que se tome en este
contexto tendente a la resocialización del preso, se encuentra condicionada y limitada al
estrecho marco que le permiten las necesidades del orden y la seguridad. La lógica de la
función social se encuentra supeditada e incluso prisionera de la lógica represiva. Esa
función de reinserción social nunca ha sido tal, salvo en las ilusiones y buenas intenciones
de algunos sectores humanitarios que, en el mejor de los casos, sólo han conseguido
suavizar el régimen de detención. En realidad ha sido un gran engaño, un artificio
tendente a legitimar el castigo que impone la separación social y el encierro. Responde y
obedece al carácter o a la idiosincrasia o al espíritu, o como se le quiera llamar, de una
sociedad farisaica, hipócrita, que tras crear todas las condiciones objetivas que la
desgarran desde dentro y amamantar en su seno a los sujetos capaces de atacarla para
satisfacer intereses egoístas, se defiende vengándose de sus sujetos cuando estos se
atreven a agredirla. Ha sido la evolución histórica positiva de los derechos fundamentales,
las libertades políticas y concretamente el incremento progresivo del rechazo a la
crueldad de las penas y su consiguiente exigencia de humanización la que ha obligado a
disimular la venganza y a hacer algo más llevadero el castigo.
Podría afirmarse incluso que los infractores de la ley están plenamente socializados,
pues son un producto bastante habitual en nuestras sociedades. Evidentemente, entre los
infractores también existen clases; los que acaban siendo carne del circuito penitenciario,
los delincuentes, suelen ser los más pobres y desgraciados, los que la sociedad ha
desahuciado previamente y la cárcel ha marginado definitivamente. Mientras que los
infractores que se encuentran relativamente bien instalados económica y socialmente, y
que probablemente sean los que infringen la ley con mayor frecuencia, ni siquiera suelen
ser acusados de cometer ningún delito, y en caso de serlo es más probable que escapen
impunes, y si llegan a ser condenados y van a la cárcel, su estancia será sin duda mucho
más breve y soportable. Esas gentes parece que están plenamente socializadas, integradas
en una sociedad en la que pueden ser hasta personas de prestigio. No existe una relación
directa entre infracción a la ley y socialización. La cárcel es un reflejo de la sociedad, un
reflejo que desvela y denuncia sus entresijos, su fracaso, su crueldad, su podredumbre… y
la sociedad reacciona hipócritamente cubriendo sus vergüenzas, haciéndolas menos
escandalosas, dándose golpes de pecho, declarando sus propósitos de enmienda. Pero, no
sólo no se enmienda ella, sino que tampoco hay manera de enmendar al delincuente con
la cárcel. La re-socialización es por excelencia el propósito hipócrita e imposible que
persigue la cárcel. Claro está que habría que ver qué entendemos por socialización; si lo

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que se pretende es convertir al delincuente marginado y rebotado con la sociedad en un
buen delincuente que respeta y se muestra dócil ante las convenciones sociales y ha
aprendido a ser falso e hipócrita como mandan los cánones, pues puede que sí, en ese
sentido quizás hayan conseguido la socialización.

5) Cursillos y reinserción
Una prueba palmaria del desfase que existe entre las bonitas teorías sobre la
reinserción y la amarga práctica, puede comprobarse en el hecho de que, salvo que se
tratara de una escena hilarante de cine cómico, a nadie que conozca el percal se le puede
pasar por la cabeza preguntarle a un preso si se va a reinsertar o algo parecido, y mucho
menos por participar en un cursillo. Entre otras razones, porque en nuestras sociedades
infringir la ley no es ninguna excentricidad marginal, muy al contrario es tan habitual que
puede considerarse como una “profesión” más. La enorme mayoría de condenados por
robo y tráfico de drogas que por lo general son casi la mitad de los presos –y en nuestra
ala lo son prácticamente todos- se declaran profesionales y no piensan renunciar a su
profesión. Las respuestas de nuestros cursillistas respecto a los motivos que los han
llevado a inscribirse en el cursillo, no se refieren en ningún caso, ni de lejos, a la
posibilidad de formación con vistas a buscar trabajo y reinsertarse. Todos ellos coinciden
en que están en el cursillo fundamentalmente porque 1) el ambiente suele ser más
tranquilo en las relaciones entre los presos y con los guardianes; 2) obtienen una
remuneración que les permite no depender en ese aspecto de la familia; 3) se benefician
de tres meses anuales de reducción de pena suplementaria, y 4) ocupan el tiempo. Por otra
parte, todos afirman que la capacitación que obtengan del cursillo no piensan utilizarla y
añaden que si a alguien se le ocurriera buscar trabajo, no le serviría de nada esa
capacitación.
Cabe preguntarse si los sectores más marginados entre los presos podrían alcanzar
un grado más elevado de socialización a través de la formación en la cárcel, y ciertamente
se dan casos de alfabetización y aprendizaje de personas que no habían tenido
oportunidad ni de ir a la escuela en la calle, pero la cárcel no puede ser el sustituto de la
escuela; no va a ser la cárcel la que integre en la sociedad a aquellos que no se hayan
integrado fuera.

6) El ambiente esquizofrénico
Todos los cursillistas coinciden en que el ambiente en los cursillos, por lo general,
es relajado, hay poca disciplina, las relaciones con los profesores son buenas y entre los
alumnos predomina el compañerismo por encima de piques y rivalidades. Por otra parte,
también en el pasillo del ala, en las horas libres de los cursillos y en los fines de semana,
puede apreciarse un clima distendido e incluso alegre. Habitualmente se forman grupitos
que charlan, pasean, se reúnen en alguna celda, sacan una mesa a algún extremo del
pasillo para jugar a las cartas o al ajedrez, otros juegan al ping-pong, etc. Las relaciones
se estrechan con la convivencia, se forman grupos de amigos que, a su vez, mantienen
buenas relaciones con otros grupos.
Curiosamente, se sale muy poco al patio. Entre semana, no sale prácticamente
nadie, ni siquiera cuando no hay clases. En un ala cerrada, casi nadie se pierde la hora de
patio por la mañana ni las dos horas de la tarde. Si se les pregunta por qué salen, siempre
contestan que para charlar, pasear y tomar el sol. El hecho de que en un ala semi-abierta

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apenas se salga al patio demuestra que la razón principal por la que se sale al patio es la
de relacionarse con los demás. En nuestra ala, al estar las puertas abiertas buena parte del
día, no hay necesidad de salir al patio para charlar, la razón para salir sería la de estar
fuera, tomar el aire y el sol, pero a nadie le interesa salir por esos motivos. (Puede sobrar)
La impresión que cualquiera podría retener del ambiente es muy favorable, y sin
duda sorprendería a quienes lo observaran con los prejuicios más comunes sobre la
prisión: como un purgatorio en el que se achicharran los pecadores a fuego más o menos
lento. Pero, de todo hay, y tan falsa puede resultar una mirada superficial que no vea la
procesión que va por dentro, como la visión del purgatorio.
Ese ambiente distendido hace que muchos detenidos, sobre todo los más jóvenes y
los primerizos, tiendan a olvidarse de que están en la cárcel. Eso no tendría que ser
negativo, sin duda es una buena receta para que los esquemas teóricos que persiguen los
cursillos se vean cumplidos. El escaso margen que queda a la reinserción, no puede
abrirse paso más que en ese ambiente distendido; sin que otras interferencias vengan a
frustrar esa posibilidad. Pero eso es, precisamente, lo que ocurre invariablemente; ese
clima adecuado para la formación y para una mejor preparación a la salida en libertad,
choca permanentemente con las normas de seguridad, el reglamento, la arbitrariedad
reinante, y hasta con el mero hecho de estar encerrado. Así, por un lado, se intenta hacer
sentir al preso que está en la normalidad de la calle, se le intenta aproximar a la sociedad
de la que se le ha separado y, por otro lado, se le vigila, se le registra, se le dan órdenes
arbitrarias, se le deniegan peticiones básicas, se le sanciona…, y se producen a menudo
momentos críticos. Pongamos por caso –bien real- un registro al salir del cursillo de
cocina, para comprobar que los alumnos no se llevan ni una patata a la celda. Ahí se
produce la indignación de los alumnos, y si la protesta va más lejos, vienen las sanciones.
Las ilusiones que se habían creado los cursillistas de estar “como en la calle” se
desmoronan; al preso se le recuerda de vez en cuando, para que lo tenga bien presente,
que está en la cárcel, y se da cuenta de que la formación, el ambiente distendido, etc., es
todo una farsa que sólo sirve para tenerlos tranquilos. No obstante, las ilusiones y el
choque que se producen son inevitables, como lo son la indignación y la frustración que
suele provocar muchas dimisiones de cursillistas. Pero estas dimisiones, decididas en
caliente, suelen reconsiderarse pasados un par de días del incidente. El preso se da cuenta
de que es preso antes que cursillista, y si no, ahí está todo el aparato para recordárselo; e
intenta no olvidarse de este hecho insoslayable.
Sin embargo, la doble naturaleza de las circunstancias objetivas: el ambiente
relajado de aparente libertad, frente a la disciplina estricta, provoca a su vez una especie
de esquizofrenia, una doble forma de las actitudes, una división de la personalidad que
tiene como consecuencia continuos desequilibrios emocionales, cambios bruscos de
humor, estallidos de cólera, desesperación, tristeza… Esa esquizofrenia se corresponde
con toda la realidad absurda y kafkiana que envuelve la cárcel, que es resultado
primordial de la contradicción antagónica e irresoluble entre el castigo y la reinserción y
que actúa sumergiendo a las personas presas en un mundo en el que no saben a qué
atenerse, un mundo donde reina la arbitrariedad, la injusticia, la impunidad. Por suerte o
por desgracia, el aparato disciplinario acaba ganando la batalla. Es posible que la salud
mental del preso sienta una “liberación” al echar por la borda las ilusiones de estar en un
lugar donde se le comprende y se le trata bien. Así pues, para desembarazarse de esa
esquizofrenia, es preciso previamente haber asimilado el mazazo del lema del infierno de
Dante: hay que abandonar toda esperanza; toda ilusión es engañosa y acaba haciendo
sufrir; hay que hacerse de piedra, si se puede. Cuando alguien consigue avanzar en ese
propósito y “comprender” la cárcel, transformando en carne, sangre y pensamiento las

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normas de comportamiento carcelario, desparecen las ilusiones y queda la prisión
desnuda. La tendencia de ese proceso es hacia la paranoia a pensar que entre esas cuatro
paredes todo está diseñado y planificado para destruirle. Las medidas más suaves, la
zanahoria, forma parte de ese plan. Esta paranoia, en mayor o menor grado, acompaña
invariablemente al proceso de interiorización de las normas de vida carcelaria, donde la
vigilancia constante, con sus rondas visuales y de escucha, la opacidad y el secreto (que
hacen multiplicar los bulos y las actitudes paranoicas) tienen el papel principal en la
evolución de ese fenómeno. He aquí otra de las barreras que levanta la cárcel contra la
socialización. Esa paranoia que extiende la desconfianza en todas las relaciones y que
crea actitudes defensivas frente a la sociedad, cala psicológicamente, se interioriza y no
queda entre las cuatro paredes sino que permanece tras la liberación y obviamente va a
actuar agudizando el choque con la sociedad.

7) Espacio y tiempo.
Una olla a presión donde se cuecen los sentimientos.

El preso se encuentra en un espacio reducido, cerrado y opresivo creado


artificialmente para extraerle de su ámbito geográfico, cultural, social, familiar… y para
hacerle sentir la solidez de los muros. Los muros comprimen física y espiritualmente, el
encierro físico comporta el encierro emocional, sentimental, mental, por mucho que se
pueda volar con la imaginación. Las emociones bullen y brotan incontenibles como la
lava de un volcán. La mínima contrariedad –y también los motivos alegres, por leves que
sean- desatan los sentimientos y conmueven, o irritan o crispan a toda persona
encarcelada. Al espacio constreñido se le suma un tiempo interminable, agobiante,
enemigo de quien desea por encima de todo acelerar las agujas del reloj. El tiempo se
convierte en una obsesión; hay que ocuparlo como sea para no sufrir el tic-tac de los
segundos golpeando el pecho cada vez más angustiado con un transcurso temporal denso
y pesado. Unos se pasan todo el tiempo libre limpiando la celda, otros juegan al ajedrez o
a ping-pong, todo el día, obsesivamente. Ver la televisión no es suficiente para calmar la
ansiedad que provoca esa densidad temporal. La combinación de este tiempo y este
espacio, en los que se desenvuelven las personas presas, supone por sí misma –sin
penalidades adicionales- una imposición violenta, inhumana, absolutamente incompatible
y antagónica con la socialización de cualquier persona. La reclusión es inhumana y, no
solamente no puede socializar, sino que sólo puede inspirar y provocar el odio a la
sociedad. La verdadera socialización, -yendo más allá de que esencialmente es sinónimo
de humanización- que a mi entender significa la toma de conciencia de la realidad social
en la que vivimos, de sus conflictos y contradicciones y de la necesidad de resolverlos
conforme a los intereses de la enorme mayoría de la población, la socialización, repito, de
las personas que se han visto desplazadas socialmente y no sienten más que odio o
desprecio por la sociedad, no puede producirse más que en libertad, en un complejo
proceso de educación social. Pero eso, hoy por hoy, es una utopía; para que pueda
llevarse a efecto son precisos previamente considerables avances sociales.

El encarcelamiento no sólo no reinserta socialmente, sino que es profundamente


antisocial, y uno de sus síntomas manifiestos es que provoca estragos psicológicos y en la
salud. La angustia o ansiedad y la depresión son una verdadera plaga en las prisiones. En

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Castigo y reinserción: una pareja antagónica
mayor o menor grado son muy pocas las personas presas que no se ven afectadas por la
congoja crónica de la depresión o por la opresión angustiosa de la ansiedad y, en el mejor
de los casos, nadie se libra de los momentos críticos, los berrinches inevitables que
desequilibran y que hay que gestionar lo mejor posible respirando hondo para oxigenarse
bien y no acabar asfixiado en esa carrera de fondo. La cárcel es difícil hasta para los que
tienen experiencia y la saben sobrellevar. Nadie está libre de vivir una crisis que le haga
cometer una locura. Ciertamente, estos problemas no son exclusivos de la cárcel, son
también muy frecuentes en la calle, pero es indudable que entre cuatro paredes los casos
se multiplican (por tres según las estadísticas), además de golpear sobre alguien que se
encuentra más indefenso, más débil emocionalmente, sin nadie a quien pedir ayuda.
Porque una característica de estos problemas en la cárcel es que suelen vivirse en
solitario, en la celda, a escondidas de los demás, disimulándolos para no poner de
manifiesto una debilidad; se llora a solas; en compañía y en grupo no existe la tristeza,
está desterrada al ámbito de lo personal. Los presos no se cuentan sus penas más sentidas,
todo lo más se habla de los reveses judiciales y penitenciarios. Las conversaciones giran
normalmente sobre asuntos triviales, más bien alegres. Naturalmente, los malos
momentos, las crisis emocionales están vinculadas a la esquizofrenia de la que hablaba
antes: una petición denegada, un registro, una sanción, etc., sin ninguna justificación,
provocan alteraciones brutales en el estado de ánimo; normalmente esos mazazos se
pasan en soledad. Eso, mientras no sobreviene una conmoción que arrasa todas las
barreras y descarga un huracán de emociones contenidas. Aquí intervienen masivamente
los tranquilizantes, recetados por los servicios médicos, como una camisa de fuerza para
reducir las tensiones provocadas por el encierro, y como un medio idóneo para matar el
tiempo; las horas de sueño son horas de paz, de ausencia de ansiedad.

8.- Posibles alternativas


La cárcel representa una institución y un sistema insertos en el núcleo del aparato
del Estado. El Estado es un instrumento de represión de clase, encargado de mantener el
orden social existente. Las agresiones contra su modo de existencia y sus normas, son
castigadas a través de la pena de cárcel. Así, cualquier reforma de la cárcel afecta al
núcleo del Estado, que evidentemente se opone a toda reforma que ponga en cuestión el
carácter esencialmente represivo y punitivo de la cárcel. Como apuntaba anteriormente,
no pueden haber cambios importantes en la cárcel si no van acompañados de una
transformación social de un nivel correlativo a los cambios en la prisión. Puede decirse
que transformar la sociedad sirve para cambiar la cárcel, y cambiar la cárcel sirve para
transformar la sociedad. La forma en que reprime una sociedad los ataques a su modus
vivendi, y, en particular, la situación o las condiciones de detención en sus cárceles, es un
buen indicador del grado de humanización de una sociedad, así como del nivel de sus
derechos y libertades democráticas. Una sociedad no merece, no ya el título de
democrática, sino ni siquiera el de humana mientras siga utilizando un modelo de
resolución de conflictos que se base en la venganza y el castigo a través del encierro y la
violencia bajo custodia del Estado. No se puede considerar humanizada ninguna sociedad
que aplique o justifique la pena de cárcel tal como se aplica o justifica hoy día en todo el
mundo.

La alternativa es, pues, en general, la transformación social, la conquista de plenos


derechos democráticos y de libertades políticas. Pero no podemos limitarnos a tal

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generalidad; es preciso plantear alternativas concretas que ayuden a avanzar y que
redunden en un impulso de la lucha general. Desde colectivos que centran sus esfuerzos
en la lucha contra el sistema carcelario, vienen proponiéndose medidas cuya aplicación se
hace cada vez más necesaria. Por ejemplo, limitar la privación de libertad exclusivamente
a quienes cometen delitos contra las personas. Es decir sólo a quienes representen un
peligro para la integridad física de otras personas. Esta separación social no puede
implicar menoscabo en ningún otro derecho que no sea su libertad de movimientos. Eso
supone que no podrá salir de un recinto determinado, pero no hay ningún motivo para que
sus familiares y amigos no puedan entrar y salir del recinto libremente. Esa detención
debe ir acompañada de una batería de otras medidas: procurar la reparación del daño en la
medida de lo posible; trabajos para la comunidad; terapia; educación, etc. Esas medidas,
en cierto modo, ya existen hoy en día, pero se encuentran relegadas y son inútiles
mientras estén supeditadas al castigo y en función de él y sean puestas en práctica dentro
de un sistema carcelario inhumano.

José Antonio Peña Quesada


Mayo de 2005

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