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Sólo se que no se nada.

Una de las características del conocimiento humano es que a menudo se enfrenta con
el misterio. La mayor parte de los temas filosóficos como la vida o la muerte, el origen
de lo real, la existencia de Dios o la esencia del hombre, nos presentan un contenido
inteligible que no podemos agotar. En cualquier rama de la ciencia nos topamos con lo
indescriptible y descubrimos nuestra ignorancia.
Detrás de todo lo creado se encuentra la mano de Dios, que le da un toque de
infinitud. Todos los seres participan de la luz creadora que les da su entidad, alejándolas
de las tinieblas de la nada. Esto hace que sea imposible agotar la esencia de las cosas. Es
así que el físico Albert Einstein nos dice que: “Lo más incomprensible en la naturaleza
es su comprensibilidad”. Toda la realidad conserva un rasgo de abundancia inteligible,
que la hace incomprensible para nuestro intelecto humano. Hay un gran número de
realidades, que nuestro lenguaje no puede traducir ni explicar de manera alguna.
Por ello es importante reconocer nuestra ignorancia, para poder comenzar el camino
de la filosofía. Descubrir nuestra ignorancia y admirarnos con la plenitud de lo creado,
son dos actitudes que están en el origen del conocimiento filosófico. La admiración que
nos provoca lo desconocido, hace que comencemos a buscarle alguna explicación. Este
fenómeno permite que algunos científicos se pasen largos años, experimentando en
busca de explicaciones. Para el común de los mortales ellos pueden parecernos unos
trastornados o desquiciados. Pero el valor de la verdad que buscan, tiene más poder que
cualquier dificultad. Tal vez sus conocimientos puedan parecer inútiles y sin sentido.
Pero la aventura del conocimiento, tiene un valor muy superior al de nuestras vanidades
mundanas. Así Bertolt Brecht hace decir a Galileo: “Alteza, en estas noches, por toda
Italia se enfocan anteojos al cielo. Las lunas de Júpiter no abaratan la leche. Pero nunca
fueron vistas y, sin embargo, existen”1. Galileo con un ferviente amor por la verdad
permitió el progreso del que hoy gozamos. Con su esfuerzo por aclarar la verdad,
permitió un gran paso para la humanidad. Abandonar la teoría geocéntrica y permitir un
nuevo paradigma en la física, permitió mejorar nuestro estilo de vida.
Todas las cosas presentan para nosotros un cierto abismo de luz. Siempre hay algo
que desconocemos y no podemos explicar. Somos como una especie de ave nocturna
que busca comprender algo en medio de las penumbras. No somos capaces de agotar en
su totalidad ni siquiera la esencia de una mosca. Pero esto hace que podamos desarrollar
la nota más propia del ser humano que es conocer. Tal como dice Aristóteles: “Todos
los hombres desean saber”. Pero este deseo se topa a menudo con lo insondable e
inagotable. La misma luz que brota de las cosas, hace que no las podamos comprender
de manera absoluta, debido a las limitaciones de nuestro intelecto.
Esto hace que una de la tareas más vitales y nobles que pueda emprender el ser
humano se la búsqueda del conocimiento. El hombre es un ser hambriento de sentido,
que sólo sacia su ansia cuando descubre algún vestigio de verdad. No hay nada más
doloroso, absurdo y superficial que la ignorancia. Encontrarse con la verdad nos calma
y nos brinda una cierta satisfacción. Pero esta verdad nos deja una serie de dudas en las
que debemos seguir ahondando. El conocimiento humano nunca encuentra un límite.
Por ellos la frase más destacada que Sócrates ha legado a la humanidad ha sido: “Sólo
se que no se nada”. Quizá reconocer nuestra ignorancia, sabernos limitados, pequeños y
débiles sea una de las notas más comunes que enaltezcan al ser humano. Saber que
poseemos la grandeza del intelecto que nos aleja del resto de los animales; pero también
nuestras limitaciones es un dato de franqueza filosófica. Es importante reconocernos
mortales, sometidos al dolor y la enfermedad. Como también entender que somos
1
Bertolt Brecht, Vida de Galileo, Alianza editorial, Buenos Aires, 2008, pág 49.

1
superiores a los demás seres de la creación y capaces de encontrarnos con la verdad.
Comprender con Pascal, que hay en el hombre ciertas contradicciones que lo hacen
grandioso y miserable al mismo tiempo es una actitud filosófica fundamental. Por ello,
el noble proverbio socrático, nos indica que todos los seres humanos somos filósofos en
potencia. Hasta el más limitado de los hombres, oculta en su interior un gran filósofo.

Horacio Hernández.

http://horaciohernandez.blogspot.com/

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