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INFOBAE 18 de junio de 2018

OPINIÓN
Lenguaje inclusivo, esa piedra en el zapato de tantos
Por Santiago Kalinowski *
La Academia Argentina de Letras no ha emitido un dictamen acerca del uso de las fórmulas de inclusión (el "todos
y todas", la @, la x, la e). Desde su Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas, sin embargo, surgió
la necesidad de consensuar una postura para dar respuestas a la comunidad, dada la creciente visibilidad del
fenómeno.
La cuestión gramatical y la pregunta sobre el origen
El primer punto es fácil de resumir. En español, el género se estructura de la siguiente manera: el femenino
solamente designa a un grupo de mujeres; el masculino designa tanto a un grupo de hombres como a un grupo
mixto. A este último caso se lo conoce como masculino "genérico" o "no marcado". De esa manera está codificado
en la mente de los hablantes de español del mundo, sin excepción, puesto que se aprende naturalmente desde el
nacimiento.
En contra del uso de las fórmulas de inclusión, se suele argumentar que el origen del masculino genérico es
puramente convencional. Ante esto, hay que señalar dos cosas:
– Primero, el hecho de que algo sea puramente convencional (las lenguas son básicamente códigos convencionales)
no impide que pueda tener los efectos denunciados por quienes no se ven incluidos en ese masculino. En estos
casos, la discusión debe ser acerca de qué percepciones están asociadas a determinado uso lingüístico, más que si
ese uso es o no inherentemente discriminatorio o invisibilizador. Por otra parte, esas percepciones no son
caprichosas: están fuertemente atadas al contexto social e histórico de nuestras sociedades, en las que la
desigualdad entre el hombre y la mujer es un hecho consumado, sostenido a lo largo del tiempo y defendido por
sus beneficiarios.
– Segundo, el hecho de que esta desigualdad es prácticamente un universal humano no puede disociarse
creíblemente de que haya sido el género masculino el que se codificó como no marcado, en español y en tantas
otras lenguas, con la indudable ventaja cultural o ideológica que eso comporta. Es decir, la realidad social e histórica
configura la lengua, luego la lengua refuerza esa configuración.
Herramienta de la acción social
La lengua es el principal medio que tenemos para interactuar con la realidad. Es, consecuentemente, la principal
herramienta para intentar modificarla. Por lo tanto, en el contexto de las luchas actuales, nada hay más esperable
que la intensa atención prestada al masculino genérico y el surgimiento de diferentes propuestas para cambiarlo.
Estas fórmulas de inclusión, algunas de las cuales surgieron hace al menos una década, son recursos de intervención
del discurso público (y este carácter de público es un rasgo central) que persiguen el fin de denunciar y poner en
evidencia una injusticia de la sociedad. Es decir, no son fenómenos de orden gramatical sino retórico (y de
extraordinaria potencia), puesto que se usan para crear un efecto de toma de conciencia sobre un problema social
y cultural. Criticarlas con argumentos puramente gramaticales sería como haberle objetado a Oliverio Girondo que
el verbo "enlucielabismar" o el sustantivo "trasfiebre" —ambas de En la masmédula, de los poemas "Mi lumía" y
"Alta noche", respectivamente— no figuran en ningún diccionario. El gesto de apropiarse de las posibilidades que
brinda la lengua para perseguir un fin (formal y estético en un caso, social y político en el otro) no es una verdadera
novedad.
Su funcionamiento es claro. Cada vez que aparece alguno de estos recursos, se inaugura una segunda capa de
sentido que expresa un posicionamiento político del enunciador ante una realidad social, echa luz sobre ella, la
actualiza, la denuncia, la hace presente y anima su reconocimiento por parte del auditorio o del lector.
Proyección a futuro
Vemos que muchos hablantes están considerando necesario adoptar alguna de estas fórmulas, en declaraciones
que son públicas en algún sentido, como un modo de pronunciarse contra algo que repudian, porque sienten la

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discriminación en carne propia o se solidarizan con quienes consideran víctimas de discriminación. Esto provoca
que exista una tensión entre la variante tradicional, más económica pero asociada a la perpetuación de una
injusticia social, y las nuevas propuestas, con diversos problemas estilísticos, morfológicos o de pronunciación pero
sin esa carga. El hecho de que esta tensión se resuelva en numerosos casos a favor de las nuevas fórmulas y que su
uso se esté extendiendo visiblemente habilita la hipótesis de que se trata de una necesidad comunicativa real de
muchos hablantes.
Es, por último, frecuente la pregunta, formulada tanto por quienes adoptan las novedades como por quienes las
resisten, acerca de si este fenómeno terminará cambiando la gramática de la lengua. La respuesta nunca satisface
a ninguno de los dos grupos: nadie puede saber cómo evolucionará una lengua en el futuro. El flujo natural de
cambio y adaptación de las lenguas es más impredecible e incontrolable de lo que muchos están dispuestos a
admitir en este tipo de debates. Especialmente, cuando se trata de algo tan profundo como la manera en que se
estructura el género gramatical. Como siempre, la última palabra la tendrán, con el tiempo, los 500 millones de
hablantes de español del mundo.
* Lingüista y lexicógrafo. Director del Departamento de Investigaciones Lingüísticas y Filológicas de la Academia
Argentina de Letras.

INFOBAE - 29 de junio de 2018

Lenguaje inclusivo: ¿un nuevo género o moda pasajera?

La aparición de un grupo de adolescentes del Pellegrini hablando por televisión y reemplazando por “e” los
masculinos genéricos encendió la discusión en torno al lenguaje inclusivo. Negativas de la RAE, lingüistas a favor y
en contra se cruzaron en redes sociales y medios de comunicación. ¿Estamos ante el nacimiento de un nuevo
género? ¿Se puede pretender la evolución del lenguaje por decreto o imposición?
Buscando la inclusión. Primero reemplazamos el masculino genérico por las formas femenina y masculina; después,
se optó por l a “x” y e l @. Hoy, l a “e” se presenta como la nueva alternativa, pronunciable y neutral.
"Hay poques diputades que están indecises. Queremos demostrarles que a nosotres no nos va a pasar por al lado
que decidan que sigan muriendo mujeres", dijo la vicepresidente del centro de estudiantes del colegio Pellegrini a
un notero en un móvil de TN.
Faltaban horas para la votación de la ley del aborto en la Cámara de Diputados y los pañuelos verdes invadían uno
de los secundarios universitarios más prestigiosos del país, que había sido tomado por un grupo de estudiantes
en apoyo a la despenalización.
En ese contexto, la estudiante salió a defender la decisión y eligió hacerlo haciendo uso de una nueva modalidad: el
leguaje inclusivo que remplaza las "o" de los masculinos genéricos por la "e", una vocal neutra que no se
identifica con ningún género y –a diferencia de la "x" o el @– puede trasladarse al habla sin inconvenientes.
El debate por el lenguaje inclusivo ganó territorio con explicaciones y posturas enfrentadas.
¿LENGUAJE QUE REFLEJA O CONSTRUYE?
"Creo que es conveniente tomar lo que sucede con el lenguaje como síntoma de una demanda que excede a la
lengua", dice el ensayista, poeta, traductor, filósofo y miembro correspondiente de la Real Academia
Española, Santiago Kovadloff, y completa: "La cuestión central es la demanda que se lleva adelante mediante
estas propuestas experimentales. Esa demanda no es otra que la de ser considerados como iguales, la de ser
estimados como pares por parte de quienes se sienten excluidos", explica.
Para Kovadloff, la lógica de apelar al masculino en referencia a los grupos mixtos tuvo que ver con que durante
años, muchos de los ámbitos profesionales o relacionados con la vida pública eran casi exclusivamente de ese
género. Modificada esa realidad y sumergidos en un contexto en el que las mujeres habitan la mayoría de los

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ámbitos, el cuestionamiento de la regla le parece válido y razonable, independientemente de sus posibilidades
de éxito.

“La cuestión central es la demanda que se lleva adelante mediante estas propuestas experimentales. Esa demanda
no es otra que la de ser considerados como iguales, la de ser estimados como pares por parte de quienes se sienten
excluidos”, explica Santiago Kovadloff.
En la misma línea, la profesora de la Univeridad Torcuato Di Tella y doctora en Lenguas y Literaturas Romances de
la Universidad de Harvard, Karina Galperín, prefiere evitar interpretaciones ideológicas al analizar el fenómeno:
"Estamos en dos ámbitos dinámicos que son la realidad y la lengua, y en esto, la lengua necesita responder a una
realidad que ya cambió. Para mí, esto no es ideológico: si sólo fuera una cuestión reivindicatoria, nunca hubiera
llegado a donde llegó", dice Galperín.
Lejos de las posturas más reaccionarias de las instituciones como la Real Academia Española, para Galperín, la
modificación de la lengua nos acercaría a un lenguaje más preciso y adecuado.
"El uso de la letra «e» como supuesta marca de género es ajeno al sistema morfológico del español, además de
ser innecesario, pues el masculino gramatical funciona como término inclusivo en referencia a colectivos mixtos o
en contextos genéricos o inespecíficos", es la respuesta con la que la RAE se refiere al tema en todas las consultas
a través de las redes sociales.
NECESIDAD O CAPRICHO. "La discusión del lenguaje inclusivo no es algo nuevo: hace más de veinte años que la
UNESCO sugirió que se hablase de niños y niñas en vez de apelar al masculino genérico, algo que desde entonces
llegó incluso a cuestionarse por sexista", explica la licenciada en Letras y profesora de Lingüística en la Universidad
del Salvador Nuria Gómez Belart. y agrega: "La realidad es que en los últimos años, hemos tenido tantos intentos
de modificar el lenguaje que a mí me cuesta no ver a éste como uno más", analiza.
"Yo creo que es difícil que esto se sostenga en tanto no tiene que ver con un sentimiento, sino con un fundamento
político y una declaración de principios: dos cosas que cuesta más que se sostengan en el tiempo, sobre todo, en
grupos de adolescentes", explica.
Gómez Belart entiende la necesidad de buscar un lenguaje más inclusivo que contemple a una nueva realidad más
compleja. "Si me preguntan, lo que mejor soluciona el problema –por lo menos en este momento– es reformular
las oraciones evitando el género", opina.
"Yo prefiero decir 'quienes trabajan' que hablar de 'los trabajadores y las trabajadoras' o 'les trabajadores',
porque siento que es lo más inclusivo. Excluir a quien es más conservador, que seguramente va a rechazar este
modo de hablar, es igual de poco inclusivo que usar un masculino plural", reflexiona.
Entre reacciones y aceptación, el tiempo tendrá la última palabra.
Textos: Lucía Benegas (lbenegas@atlantida.com.ar)

Página/12 - 30 de junio de 2018


Idioma y género
Por Daniel E. Novak
Esta es una nota escrita por un economisto que de idioma entiende poco y con el género va tratando de adaptarse
a las construcciones imaginarias colectivas (Yuval Noah Arari dixit) de nuestro tiempo.
Los iberoamericanos heredamos un idioma muy rico que, entre otras peculiaridades y a diferencia de otros idiomas
como el inglés, califica sus sustantivos, adjetivos y artículos con género. De dónde viene esa peculiaridad y por qué
no lo sabemos, pero lo cierto es que en castellano podemos hacer el chiste de cómo hacemos para saber si un can
es perro o perra (le hacemos mover la cola y si se pone contento es perro, pero si se pone contenta es perra) y los
angloparlantes no.
Si buscamos el significado del género en las palabras nos encontramos con explicaciones como esta:

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“En castellano (el género) es una discriminación formal que posee capacidades contrastivas diversas. El sustantivo,
el adjetivo y el artículo (así como algunos pronombres) llevan marcas de género. Sirve para establecer concordancia
entre un adjetivo y el sustantivo al que califica y entre un artículo y el sustantivo al que actualiza”.
O esta otra:
“El género masculino es la forma no marcada o inclusiva: si decimos ‘los alumnos de esta clase’, nos referimos a
alumnos de sexo masculino y femenino; el género gramatical femenino es la forma marcada y exclusiva o
excluyente: si decimos ‘las alumnas de esta clase’, no nos referimos también a los de sexo masculino, sino
solamente a las de sexo femenino”.1
Es más que comprensible que esta “forma no marcada o inclusiva” del género masculino provoque una sensación
de discriminación en las mujeres, sobre todo en casos extremos, como si en una reunión de 49 mujeres y un varón
alguien dijera, correctamente en castellano, “nosotros estamos aquí reunidos...”.
Esto ha llevado, con bastante justificación, a afirmar que el idioma castellano lleva implícita una fuerte
discriminación de género, no ya por el significado de esta característica en el idioma en sí sino por la desigualdad
que se percibe en muchos otros órdenes de la vida entre varones y mujeres en perjuicio de estas últimas.
El problema es que la reacción ante esta situación está llevando a propuestas y prácticas que están haciendo del
idioma castellano una suerte de adefesio indefendible aun para mujeres que viven del idioma, como es el caso de
algunas escritoras que admiten el problema pero no están dispuestas a escribir de una manera poco menos que
ridícula y desarticulada.
Veamos un par de ejemplos de esta reacción, que no por entendible puede ser defendible. El primero es la
deformación de los participios activos:
En castellano existen los participios activos como derivados de los tiempos verbales. El participio activo del verbo
atacar es “atacante”; el de salir es “saliente”; el de cantar es “cantante” y el de existir, “existente”.
¿Cuál es el del verbo ser? Es “ente”, que significa “quien tiene identidad”, en definitiva “quien es”. Por ello, cuando
queremos nombrar a la persona que denota capacidad de ejercer la acción que expresa el verbo, se añade a éste
la terminación “ente”.
Así, a quien preside, se le llama “presidente”, y nunca “presidenta”, independientemente del género (masculino o
femenino) de quien realiza la acción. De manera análoga, se dice “capilla ardiente”, no “ardienta”; se dice
“estudiante”, no “estudianta”; se dice “independiente” y no “independienta”; “paciente”, no “pacienta”;
“dirigente”, no dirigenta”; “residente”, no “residenta”, “ausente” y no “ausenta”.
Explicación que termina con una frase irónica que pone de manifiesto lo desatinado de intentar calificar con género
a los participios activos:
Lamento haber aguado la fiesta a un grupo de hombres que se habían asociado en defensa del género y que habían
firmado un manifiesto. Algunos de los firmantes eran: el dentisto, el poeto, el sindicalisto, el pediatro, el pianisto,
el golfisto, el arreglisto, el funambulisto, el proyectisto, el turisto, el contratisto, el paisajisto, el taxisto, el artisto,
el periodisto, el taxidermisto, el telefonisto, el masajisto, el gasisto, el trompetisto, el violinisto, el maquinisto, el
electricisto, el oculisto, el policío del esquino y, sobre todo, ¡el machisto!2
La otra reacción/propuesta lesiva del idioma castellano y del sentido común es la que propicia el reemplazo de las
vocales que identifican el género de un sustantivo, adjetivo o artículo por el símbolo @ o las letras x o e. Por
ejemplo:
L@s alumn@s de esta clase han sido aprobad@s en su mayoría.
Lxs alumnxs de esta clase han sido aprobadxs en su mayoría.
Les alumnes de esta clase han sido aprobades en su mayoría.
Seamos sensatis: la lucha por la igualdad de género en la sociedad no justifica estas ridiculeces en la forma de hablar
y escribir, ni estos adefesios idiomáticos van a resolver el problema de la desigualdad en sí mismo. Pero alguna
solución hay que buscar porque también es indiscutible la incomodidad, por no decir la indignación, y la falta de
equidad implícita en tener que pluralizar en masculino.

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La única solución que me parece viable y rápida, en el sentido de la inmensa cantidad de tiempo que le puede llevar
a un idioma cambiar aspectos liminares de su lógica interna, es la de cambiar la titularidad en la inclusividad de
género, pasándola, por lo menos por tres siglos, del masculino al femenino. En otras palabras, hacer que el género
inclusivo deje de ser el masculino y pase a ser el femenino, y digo por tres siglos como resarcimiento de la situación
inversa que rige durante la existencia de la Real Academia Española desde 1713; de paso le daríamos tiempo para
que pueda ir diseñando una solución definitiva más inclusiva y equitativa para el idioma.
Si esto se llevara a cabo, cosa que la RAE podría decidir de un día para otro, podríamos decir en una reunión de 49
varones y una mujer: “nosotras nos encontramos aquí reunidas...”; el idioma castellano seguiría siendo tan rico y
expresivo como siempre y la lucha por la equidad de género obtendría otro gran logro sin arruinar el lenguaje.
Así como hace más de diez años iniciaba reuniones de trabajo en una agencia de Naciones Unidas agradeciendo la
presencia a “todes”, con cierta ironía de la que hoy me arrepiento, también hice el ensayo más recientemente de
pluralizar en femenino en un curso virtual de maestría de una fundación de alcance continental, y la reacción de
los maestrandos masculinos de varios países fue muy positiva, adoptando de manera entusiasta esa modalidad
reparadora.
De todos modos me queda una gran duda sobre si la RAE sería capaz de dar un paso tan “revolucionario”, no sólo
por la tendencia conservadora y tradicional típica de una institución encargada de preservar el idioma a lo largo de
los siglos, sino porque, además, de los 29 directores que tuvo desde 1713 ninguno fue mujer y de los académicos
de número actuales las mujeres representan tan sólo el 15 por ciento (7 sobre 46). Pero algo van a tener que hacer
porque la presión de género sobre el idioma es muy fuerte y cada día más irresistible.
* Docente de la Universidad Nacional Arturo Jauretche.
1 http://www.wikilengua.org/index.php/G%C3%A9nero_gramatical
2 Carta anónima de una profesora en https://esnoticia.co/noticia-16757-carta-de-una-profesora-para-los-
ignorantes-e-ignorantas

Redundancias del lenguaje inclusivo


Si queremos que la sociedad sea más igualitaria, usemos el lenguaje inclusivo con mesura y aportemos soluciones
imaginativas.
María del Carmen Horno Chéliz 25 julio 2018, Letras Libres (revista mensual de crítica, España)

Como tantas otras veces, este verano nuestro querido país ha vuelto a sentir la vorágine de las dos Españas. En esta
ocasión, la excusa ha sido el informe que la vicepresidenta del Gobierno ha pedido a la RAE sobre el lenguaje
inclusivo en la Constitución. Y así, de igual modo que Moisés dividió las aguas, este tema ha creado una brecha
infranqueable: a la derecha, los que entienden en el lenguaje inclusivo una nueva moda inconsistente y superflua;
a la izquierda los que miran con recelo a los que se niegan a crear una realidad más igualitaria a través del lenguaje.
Y aquí vengo yo, a defraudar a unos y a otros y hablar de las bondades, los peligros y las redundancias de hablar
siempre en femenino.
Empecemos por las bondades. Si mis estudiantes hablan de su profesor de Lingüística en la sobremesa, no creo que
sus familiares tengan una imagen de una mujer como yo. Hay quien me dirá que no quiere especificar mi sexo, que
solo le interesa marcar mi profesión y que por eso utiliza el “masculino-genérico”. Pero es que le interese o no, su
interlocutor se va a hacer una imagen de mí. Y como no es posible tener una imagen asexuada de los referentes
humanos, utilizará su prototipo de profesor, que siempre es masculino. Únicamente utilizando el femenino se
conseguirá una imagen de profesora mujer. Lo mismo podemos decir, claro está, cuando nos referimos a un grupo
de personas concretas que son todas mujeres. No tiene ningún sentido hablar en masculino en estos contextos,
pues nos interese o no marcar el sexo de los referentes, lo cierto es que lo tienen y no es bueno invisibilizarlo. Lo
que no se nombra, no se imagina y por tanto, para nosotros, primates semióticos por excelencia, simplemente no
existe. Si queremos que la sociedad sea más igualitaria, hablemos en femenino cuando nos refiramos a referentes

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concretos de mujeres. Sea en la sobremesa o en la constitución: la vicepresidenta que pidió el informe, las abogadas
que llevaron mi caso.
¿Cómo debemos hablar en femenino? ¿Necesitamos hacer que todo termine en –a? Obviamente no. Lo importante,
ya sabemos, es que quede claro que son mujeres. Cómo se haga dependerá del hablante: es suficiente, por
supuesto, utilizar el artículo: la vicepresidente es tan femenina como la vicepresidenta. Dejemos libertad a los
hablantes para decidir qué terminación utilizar y que sea, como siempre, el tiempo el que dicte sentencia.
Otro asunto distinto es el uso de las expresiones que se usan para generalizar, tanto si están en singular (cada
español), como en plural (los trabajadores). Utilizar el masculino en estos contextos para hablar de todos (hombres
y mujeres) no invisibiliza del mismo modo que el singular, pues uno puede imaginar un grupo con personas de
ambos sexos. Ahora bien, no nos engañemos, tampoco ayuda a visibilizar. Cuando está claro que existen referentes
femeninos (como en los españoles), el problema no es grave, pero si estamos hablando de un ámbito en el que
antes no había mujeres (como en los ministros), el problema es mayor porque no ayuda a normalizar que las
mujeres tengamos puestos de responsabilidad. De ahí que sea en estos contextos en los que, en ocasiones, y como
medida puntual, sea interesante utilizar el doblete en los nombres o especificar el género en las expresiones
singulares (todo miembro, hombre o mujer).
¿Por qué el doblete solo en los nombres? Porque el sexo del referente se vincula a la expresión como totalidad.
Queridos y queridas amigos y amigas tiene el mismo poder visibilizador que queridos amigos y amigas, y es
sensiblemente más cansado.
¿Y por qué solo de manera puntual? Porque aunque utilizar el doblete ayuda a la visibilización de la mujer, es un
arma de doble filo. Y aquí llegamos a los peligros del lenguaje inclusivo. Es evidente que el uso constante de doblar
los sustantivos requiere de una persistencia y una consciencia que difícilmente perdura en el tiempo. Por tanto,
doblar va a convivir, muy probablemente, con los usos genéricos. Esto es, a veces diremos las ministras y los
ministros y otras veces diremos los ministros para referirnos a un grupo igualmente mixto. Sin embargo, un uso
continuado del doblete implica que, poco a poco, el uso del masculino no nos incluya. En mi generación, si un
profesor decía “que levante la mano el niño que quiera salir”, las niñas nos sentíamos aludidas; hoy en día no, o no
siempre. Y es esta una consecuencia nefasta de doblar constantemente el masculino y el femenino. Máxime en
algunos contextos, como el legal.
Hemos llegado a un aparente callejón sin salida: si doblamos, nos excluimos; si no lo hacemos, no visibilizamos
nuestra presencia. Tal vez la respuesta esté en utilizar soluciones más imaginativas. En la lengua cotidiana,
doblemos con mesura, usemos el femenino como genérico en los contextos en los que las mujeres seamos mayoría
y hagamos explícito el uso no genérico del masculino (“Los trabajadores hombres”) para reivindicar nuestro lugar
en el uso genérico. En los textos legales, seamos cautos con las implicaciones de los usos lingüísticos. Y, sobre todo,
conozcamos las posibilidades reales del sistema. Solo así podremos usarlo como un arma eficaz.

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Se habla demasiado del famoso “lenguaje inclusivo”: “les persones”, “le mer
estebe serene, serene estebe le mer”, y otras expresiones que más que
lenguajes inclusivos, son estupideces idiomáticas.
¿Querés aprender el verdadero lenguaje inclusivo?
 Hablale con respeto a un anciano
 Con dulzura a un niño
 Con firmeza a un infractor
 Con amor a tu pareja
 Con ilusión cuando hablás del futuro de tu comunidad
 No califiques ni descalifiques al que es o piensa diferente de vos.
¿Querés otro verdadero lenguaje inclusivo?
 Aprendé Braille, para comunicarte con un no vidente;
 Usá el lenguaje de señas, para hablar con un sordomudo;
 Practicá la paciencia, para comunicarte con un autista
 Hablá con pasión de los éxitos del mundo
 Hablá con dolor por el sufrimiento ajeno
 Aplicá la moderación para hablar con y de tu prójimo
Incluir no es cambiar letras, es cambiar el modo como nos comunicamos.
(Publicación anónima aparecida En Facebook)