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GILBERT DURAND

LAS ESTRUCTURAS
ANTROPOLÓGICAS
DE LO
IMAGINARIO
Introducción a la arquetipología general

Versión castellana
de
Mauro A rmiño

taurus
Título original: U s structures anthropologiques de / ’imaginaire. (Introduction
‘ ^ à l ’archétypo/ogte generale.)
© 1979, B o r d a s , Paris.
ISB N : 2-04-008001-5.

S ócrates: Por tanto, acerca de las mismas cosas que uno


ignora, ¿puede tener en sí opiniones verdaderas?
MenóN: Parece evidente que sí.
S ócrates: En estos momentos, las opiniones verdaderas
han brotado en él como un sueño...

Platón, Menón, 85 c.

Reducir la imaginación a esclavitud, aunque se trate de lo


que burdamente se llamada felicidad, es sustraerse de todo
cuanto hay, en el fondo de sí mismo, de justicia suprema.
Sólo la imaginación me da cuenta de lo que puede ser, y eso
basta para levantar un poco la terrible prohibición. Basta para
que me abandone a ella sin temor a engañarme...

A. B reton, M anifeste du Surréalisme.

© 1981. TAURUS EDICIONES, S. A.


Príncipe de Vergara, 81-1.“ - M a d r id -6
ISBN: 84-306-1202-5
Depósito Legal: M. 33.951-1982
PRINTED IN SPAIN
INTRODUCCIÓN

Una antropología entendida en el sentido más amplio; es


decir, un conocimiento del hombre que asocie diversos méto­
dos y diversas disciplinas, y que nos revele un día los secretos
resortes que mueven a este huésped, presente sin haber sido
invitado a nuestros debates: el espíritu humano...

Cl. Lévi-Strauss, Anthropologie structurale,


p. 91.

Aunque el documento escapa con demasiada frecuencia a


la historia, no puede escapar a la clasificación.

A. Leroi-G ourhan, V homme et la matière,


p. 18.

Las im á g e n e s d e «c u a t r o c u a r to s»

El pensamiento occidental, y especialmente la filosofía francesa,


tiene por tradición constante devaluar ontològicamente la imagen y
psicológicamente la función de imaginación «maestra de error y de fal­
sedad». Con justo motivo se ha señalado ’ que el vasto movimiento de
ideas que, desde Sócrates y a través del agustinismo, la escolástica, el
cartesianismo y el siglo de las luces, desemboca en la reflexión de
Brunschvicg, de Lévy-Bruhl, de Lagneau, de Alain o de Valéry, tiene
por consecuencia poner en cuarentena todo lo que considera como va­
caciones de la razón. Para Brunschvicg, toda imaginación —¡aunque sea
platónica!— es «pecado contra el espíritu»^ Para Alain, más tolerante.

^ G usdorf, Mythe et métaphysique, p. 174.


2 B runschvicg, Héritage de mots, héritage d'idées, p. 9 8 .

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«los mitos son ideas en estado naciente» y lo imaginario es la infancia de ser cosas...»”. Se trata de preguntarse ahora sì V Imaginaire de Sartre
de la concienciad ha mantenido las promesas críticas de L'Im agination.
Podía esperarse que la psicología general fuera más cleniente con la Para evitar «cosificar» la imagen, Sartre preconiza el método feno­
«loca de la casa». Nada de eso. Sartre ha dem ostradoque los psicólo­ menològico, que ofrece la ventaja de no dejar aparecer del fenómeno
gos clásicos confunden la imagen con el doblete mnésico de la percep­ imaginario más que intenciones purificadas de toda ilusión de inma­
ción, que enriquece el espíritu con «miniaturas» mentales que no son nencia^. El carácter de la imagen que revela la descripción fenomenolò­
más que copias de las cosas objetivas. En última instancia, la imagina­ gica, es que es una conciencia, y por consiguiente es, como toda con­
ción es reducida, por los clásicos, en esta franja más acá del umbral de ciencia, ante todo trascendente El segundo carácter de la imagen que
la sensación, y que se denomina imagen remanente o consecutiva. So­ diferencia la imaginación de otros modos de la conciencia, es que el
bre esta concepción de un imaginario devaluado es sobre lo que florece objeto imaginado viene dado inmediatamente por lo que es, mientras
el asociacionismo d esfuerzo loable desde luego para explicar las cone­ que el saber perceptivo se forma lentamente por aproximaciones y acer­
xiones imaginativas, pero que comete el error de reducir la imaginación camientos sucesivos. Sólo el cubo imaginado tiene de entrada seis ca­
a un puzzle estático, romo, y la imagen a una mezcla muy equívoca a ras. Por tanto, la observación de semejante objeto por la imaginación
medio camino entre la solidez de la sensación y la pureza de la idea. no me enseña nada, y en última instancia no es más que una «cuasi-
Bergson ^ dio el primero de los golpes decisivos al asociacionismo ahon­ observación»“ . De ahí resulta al punto un tercer carácter“ ; la concien­
dando dimensiones nuevas en el continuum de la conciencia. Sin em­ cia imaginante «plantea su objeto como una nada»; el «no ser» sería la
bargo, Bergson no liberó completamente la imagen del papel subalter­ categoría de la imagen, lo cual explica su carácter último, es decir, su
no que la obligaba ocupar la psicología clásica. Porque, en él, la imagi­ espontaneidad la imaginación traga el obstáculo que es la opacidad
nación se resuelve en memoria, en una especie de contador de la exis­ laboriosa de lo real percibido, y la vacuidad total de la conciencia co­
tencia, que se estropea en el desinterés del sueño y se regulariza por la rresponde a una total espontaneidad. Es, por tanto, a una especie de
atención perceptiva a la vida. Ahora bien, Sartre objeta que no se pue­ nirvana intelectual a lo que llega el análisis de lo imaginario, que no es
de confundir lo imaginado y lo rememorado. Y, si bien la memoria co­ más que un conocimiento desengañado, una «pobreza esencial».
lorea la imaginación de residuos a posteriori, no es menos cierto que En los capítulos siguientes, Sartre tratará de hacer un censo comple­
existe una esencia propia de lo imaginario que diferencia el pensamien­ to de la «familia de la imagen» no podrá impedir que esta última sea
to del poeta del pensamiento del cronista o del memoralista. Hay una considerada como un pariente pobre mental, ni que las tres partes fina­
facultad de lo posible que es necesrio estudiar por medios distintos a la les de su obra“ , en las que por otra parte abandona el método feno­
introspección bergsoniana, siempre sospechosa de regresión. No insisti­ menològico, no estén sobreentendidas por el leiv motiv de la «degrada­
mos más en la sólida crítica que Sartre dirige a la vez contra la teoría ción» del saber que representa la imagen. A la pluma del psicólogo
clásica de la imagen miniatura y contra la doctrina bergsoniana de la vuelven sin cesar epítetos y apelaciones degradantes la imagen es una
imagen recuerdo ^ reprochando a ambas posiciones el «cosificar» la «sombra de objeto» o también «no es siquiera un mundo de lo irreal»;
imagen y romper con ello el dinamismo de la conciencia alienando su la imagen no es más que un «objeto fantasma», «sin consecuencia»; to­
función principal, que es más conocer que ser: «Indudablemente se das las cualidades de la imaginación son sólo «nada»; los objetos imagi­
han reemplazado las pesadas piedras de Taine por ligeras brumas vivas narios son «turbios»; «vida ficticia, estereotipada, aminorada, escolástica,
que se transforman sin cesar. Pero no por ello esas brumas han cesado que en la mayoría de las gentes no es más que un remedio para salir

^ Alain , Vingt leçons sur les beaux arts, 7.* lección, cfr. Prélim inaires à la mytholo-
gie, pp. 89-90: «Y es claro que nuestra mitología está exactamente copiada sobre estas ® Cfr. S artre, op. cit., p. ó9.
ideas de infancia...» Sobre la posición de los clásicos, cfr. D escartes, VI" M éditation, 9 Cfr. S artre, op. cit., p. 146, y L'Im aginaire, p. 14.
principio; Pascal, Pensées, fragm. 82, edición Brunschvicg; Malebranche, Entretiens Cfr. S artke, L'Im aginaire, p. 16.
Cfr. S artre, op. cit., p. 20. Aquí está la noción de «trabajo» cara a Alain, que va
sur le méthaphysique, V, § 12, 13; cfr. J . Bernis, ^Im agin ation , cap. I, «Aperçu histori­
que» sobre el problema de la imagen. a distinguir lo «real» perceptivo de la pereza o de la infancia de las imágenes. Cfr. A lain,
^ S artre, L ’Im agination, pp. 115 y ss. Préliminaires, pp. 47-49, 90-91.
5 Cfr. H. T aine, D e l'Intelligence; B ain , L'Esprit et le corps considérés au poin t de ^2 Cfr. S artre, op. cit., p. 23.
vue de leur relation; H. H offding, Esquisse d'une psychologie fondée sur l'expérience. Cfr. S artre, op. cit., p. 27.
Cfr. S artre, op. cit., pp. 30 y ss.
^ Cfr. Sartre, op. cit., pp. 41 y ss. y 58; cfr. Bergson , Matière et Mémoire, cap. I y
II, páginas 180 y ss.; cfr. Lacro2E, La fonction de l'im agination, pp. 46 y ss. Cfr. S artre, op. cit., pp. 76 y ss.
Op. cit., pp. 82, 85, 91, 137, 138, 171, 174, 175, 181, 185, 186, 187, 190, 209,
7 Cfr. S artre, op. cit., pp. 47, 62, 68, 85 y ss.
214, 231.

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del paso, es lo que precisamente desea un e s q u iz o f r é n ic o ...F i­ creta, a no ser por una «experiencia privilegiada» cuyo secreto encubre
nalmente, esa «pobreza esencial» constituye la imagen y se manifiesta la sedicente fenomenología psicológica, nos parece contradictorio. Ca­
especialmente en el sueño «que también se parece al error en el spino- be preguntarse, pues, por qué razones Sartre ha marrado hasta tal pun­
zismo»’^, y la imagen se encuentra así «maestra de error», como entre to a la imagen en sus dos volúmenes consagrados a la imaginación.
los metafísicos clásicos. Es más, el papel de la imagen en la vida psíqui­ En principio, y en nuestra opinión, por una incapacidad del autor
ca queda rebajado al de una posesión cuasi demoníaca, tomando la del ensayo sobre Baudelaire para captar el papel de la obra de arte y de
nada una especie de consistencia «mágica» por el carácter «imperioso e su soporte imaginario. El mismo arte sartriano oscila constantemente
infantil» de la imagen que se impone con obstinación al pensamien­ entre el juego hábil e insignificante de la comedia de bulevar y la pesa­
to. Por último, y de un modo absolutamente paradójico, en su conclu­ da tentativa de reintegración total de lo real, en la que se encuentra un
sión Sartre parece desmentir súbitamente el dualismo, que cuidadosa­ hipernaturalismo a lo Zola acompañado de una filosofía al estido de
mente se había molestado en establecer a lo largo de doscientas treinta Paul Bourget^L Jamás es considerado el arte como una manifestación,
páginas, entre espontaneidad imaginaria y esfuerzo de conocimiento original de una función psicosocial, jamás la imagen o la obra de arte
verdadero, y vuelve a una especie de monismo del cogito. Lejos de ex­ es captada en su sentido pleno, sino siempre tenida por mensaje de
traer las conclusiones lógicas de la negatividad constitutiva de la ima­ irrealidad. De ahí el carácter a menudo inautèntico de la obra noveles­
gen, se limita a confundir en un aniquilamiento general la afirmación ca y teatral de Sartre, que tan pronto es un brillante pastiche del teatro
perceptiva o conceptual del mundo, así como las fantasías irrealizantes burgués o de la novela americana, como sale pesadamente de los mar­
de la imaginación. Precisamente por el proceso general de aniquila­ cos estéticos para abordar las interminables riberas de la pedante des­
miento se reconcilian conciencia de lo real y conciencia de lo irreal, y la cripción fenomenològica. Por último, también la estética sartriana es
obra concluye con esta trivial conclusión: «esta conciencia libre... que una «cuasiestética» y no hay que sorprenderse de que un autor cerra­
supera lo real a cada instante, ¿qué es, en efecto, sino simplemente la do a tal punto a la poética haya marrado hasta ese punto la esencia de
conciencia tal como se revela a sí misma en el cogitoh>^^. Esta afirma­ la imagen.
ción va seguida de un post scriptum muy discutible constituido por Pero, sobre todo, en nuestra opinión Sartre ha marrado la imagina­
consideraciones estéticas, en el que Sartre echa mano de la tesis de la ción por haber querido limitarse a una aplicación restringida del méto­
irrealidad del arte y el tema del resentimiento contra la poesía. El autor do fenomenològico, reducido por el solipsismo psicológico. En efecto,
de Vlm aginaire se acuerda de que ha sido detractor de Baudelaire parece paradójico haber intentado el estudio del fenómeno de imagi­
igual que de Camus y de Faulkner^'. nación sin dignarse consultar el patrimonio imaginario de la humani­
El mérito que nadie puede negarle a Sartre es el de haber hecho un dad que constituyen la poesía y la morfología de las religiones. La obra
esfuerzo por describir el funcionamiento específico de la imaginación y que Sartre consagra a Vlm aginaire podría titularse perfectamente
por distinguirla —al menos en las doscientas primeras páginas de la «Conciencia-de-la-imagen-en-Jean-Paul-Sartre». Por este psicologismo
obra— del comportamiento perceptivo o mnésico. Pero a medida que tan estrecho como parcial, Sartre peca contra la fenomenología. Porque
progresan los capítulos, la imagen y el papel de la imaginación parecen una fenomenología de lo imaginario debe, ante todo, prestarse con
volatilizarse y desembocar, en definitiva, en una total devaluación de complacencia a las imágenes y «seguir al poeta hasta la extremidad de
lo imaginario, devaluación que no corresponde en modo alguno al pa­ sus imágenes sin reducir jamás ese extremismo que es el fenómeno mis­
pel efectivo que juega la imagen en el campo de las motivaciones psi­ mo del impulso p o é t i c o » E n nuestra opinión, Sartre ha confundido
cológicas y culturales. Finalmente, la crítica que Sartre dirigía a las po­ reducción fenomenològica con restricción psicológica debido al com­
siciones clásicas en Llm agination, al reprocharles «destruir la imagen» promiso con una estrecha y timorata situación dada, y por faltar, debi­
y «hacer una teoría de la imaginación sin imágenes», se vuelve contra el do a ello, a esa modestia sistemática que Bachelard exige con motivo
autor de Vlm aginaire. Afirmar, en efecto, al mismo tiempo que «la del fenomenólogo 2^. Para poder «vivir directamente las imágnes» es
imagen es una realidad psíquica cierta» y que la imagen nunca puede
ser alcanzada por una «inducción» de los hechos de experiencia con-
23 Cfr. J . Laurent, Paul et Jean-Paul, en Table ronde (febrero 1950); cfr. asimismo
la crítica que H. Bonnet hace de la estética utilitaria y semiológica de J . P. Sartre en Ro­
Op. cit., p. 87. man et poésie, pp. 238 y ss.
18 Op. cit., p. 209. 24 Es decir, subordina la obra de arte a un «compromiso» utilitario que está muy ale­
19 Op. cit., p. 16 1 , Cfr. A lain , op. cit., pp. 30, 40, 46, 49. jado de ella, repudia las concepciones del arte por el arte e incluso la génesis del arte a
Cfr. S artre, op. cit., p. 236. partir de sus fuentes antropológicas: la religión y la magia.
^1 Op. cit., pp. 339 y ss. Cfr. Sartre, Baudelaire y Situations, I. 25 B achelard, Poétique de TEspace, p. 198.
S artre, Im agination, p. 138. 26 Op. cit., p. 8.

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preciso además que la imaginación sea lo bastante humilde para dig­ to. En resumen, las posiciones asociacionistas, bergsonianas o sartrianas
narse llenarse de imágnes. Porque si uno se niega a esta primordial hu­ tendían igualmente en sentidos diferentes a un monismo de la con­
mildad, a este originario abandono al fenómeno de las imágenes, ja­ ciencia psicológica del que Ip imaginario no era más que una ilustra­
más podrá realizarse —por falta de elemento inductor— ese «eco» que ción dialéctica. Monismo mecanicista, metafórico o aniquilador, poco
es el inicio mismo de todo paso f e n o m e n o l ò g i c o En Sartre, una psi­ importa: la imaginación, bien haya sido reducida a la percepción debi­
cología introspectiva domina rápidamente sobre la disciplina fenome­ litada, al recuerdo de la memoria o, por el contrario, a la «conciencia-,
nològica, sobre la voluntad de someter a la «experiencia de la concien­ de» en general, no se distinguía —a pesar de las vacilaciones sartria­
cia» el patrimonio imaginario de la humanidad. Muy rápidamente la nas— de la corriente homogénea de los fenómenos de conciencia. Por
conciencia, que no es más que «resonancia» tautológica, se agota y, el contrario, la Denkpsicología, prolongando el cartesianismo, se vale
desde la página setenta y seis, Sartre^® abandona deliberadamente la resueltamente del dualismo de James —y del que a veces dio pruebas
fenomenología para entregarse a hipotéticas construcciones explicati­ Bergson— que separa la «corriente de conciencia», es decir, la con­
vas. En realidad, incluso, sólo las treinta primeras páginas de la obra ciencia únicamente válida, del polipero superficial de las imágenes. Pa­
utilizan la descripción fenomenològica, y las cuarenta y seis siguientes radoja, decimos, porque el «pensamiento sin imágenes», caro a la
sólo están constituidas por variaciones sobre el mismo tema descriptivo Denkpsicología, parece acercarse más morfológicamente a las relaciones
de la «familia de la imagen». formales de las «imágenes-ideas» del asociacionismo que a las riquezas
Nos parece que el fracaso sartriano para describir un modelo psico­ flotantes de la corriente de conciencia. No obstante, lo que Bradley
lógico de la imaginación no es más que el caso límite de la búsqueda descubre, aproximadamente por la misma época que James, es la pri­
general de cierta psicología bastarda de postulados fenomenológicos y macía de los elementos transitivos del lenguaje y del pensamiento so­
varada en una perspectiva metafísica preconcebida. Por este motivo he­ bre los elementos sustantivos y estáticos, mientras que W u n d t d i s t i n ­
mos reservado la crítica de las posiciones de la Denkpsicología, posicio­ gue de la percepción productora de imágenes la apercepción de un
nes que sin embargo son anteriores a la tesis sartriana, pero que en «sentido» intelectual. Pero es, sobre todo con Brentano y con Husserl ^\
nuestra opinión ponen en evidencia, en un caso más matizado, en una cuando la actividad del espíritu va a oponerse radicalmente a los «con­
observación más limítrofe, las causas profundas de la devaluación radi­ tenidos» imaginarios y sensoriales, la «intención» o acto intelectual del
cal que Sartre hace sufrir a lo imaginario. Desde luego, existen diferen­ espíritu, es decir, el sentido organizador de estados o de colecciones de
cias profundas entre la Denkpsicología y la psicología de Sartre. Mien­ estados de conciencia, es afirmada como trascendente a esos estados
tras que en Sartre, en efecto, lo imaginario no es descrito en definitiva mismos. Y Sartre, como hemos visto, no se ha perdido la lección de es­
más que como ejemplo significativo de la vacuidad esencial de la con­ ta trascendencia constitutiva de la conciencia. Desde ese momento, los
ciencia humana, en otros pensadores menos directamente obsesionados psicólogos de la Denkpsicología aceptan, como Sartre, la dicotomía
por la metafísica encontramos una minimización semejante de la ima­ metafísica cara a los clásicos entre conciencia formal y residuo psicológi­
ginación, pero esta vez en provecho de un pensamiento que se querría co y «material» del pensamiento. Paralelamente a estas conclusiones
válido, purificado de la polución de las imágenes En esta perspectiva que de nuevo separaban la actividad lógica de lo psicológico, los psicó­
hay un retorno a la cosificación de la imagen denunciada por Sartre. logos de la Escuela de Würtzburg que verifican «sobre el terreno de la
Mientras que en éste y sus predecesores asociacionistas y bergsonianos, introspección experimental el antipsicologismo de Husserl» llegaban a
lo imaginario era en el fondo el símbolo de todo pensamiento: prototi­ nociones psicológicas muy próximas a la de «intención», tales como
po de las relaciones mecánicas en los asociacionistas o de la totalidad «conciencia de reglas», «tensiones de conciencia», «actitudes de concien­
mnésica de la conciencia en Bergson, prototipo ejemplar del aniquila­ cia», pensamientos puros de imágenes y constitutivos del concepto. Por
miento en Sartre; por el contrario, en los pensadores a los que ahora ser el concepto un «sentido» que la imagen y la palabra pueden simple­
aludimos no hay minimización de la imaginación más que con el sólo mente evocar, pero que preexiste tanto a una como a otra, la imagen
fin de privilegiar, por antítesis, los elementos formales del pensamien­ no es más que un «impedimento» para el proceso ideativo.

27 op, cît., p. 7. Cfr. J ames, Précis de Psychologie, pp. 206, 210, 214. Cfr. B ergson , Essai, pp. 6,
28 S artre, V Im aginaire, pp. 76, 30, 46. 8, 68, 127.
29 Cfr. B uhler, Tatsachen un d Probleme zu einer Psychologie des Denkvorgange, Cfr. B achelard, Principles o f Logic, I, pp. 10 y ss.
I, p. 321, en Arch, f Ges. Psycho., 1907, p. 321, y Burloud , La Pensée d'après les re^ ^2 Cfr. WUNDT, Über Ausfrage, p. 81.
cherches experimentales de Watt, Messer, Bühler, pp. 65 y ss.; cfr. B inet, Étude expéri- Cfr. B rentano, Psychologie, pp. 17, 27, 38. Cfr. H usserl. Id ées..., pp. 53, 64,
mentale de l'intelligence, p. 309; cfr. B inet, «La Pensée sans images» {ß^ev. phil. 1903, I, 75 y SS.
p. 138). S aktke, L'Im agination, p. 74.

22 23
En estas teorías intelectualistas, Io que sorprende ante todo es el más que ser un sentido sucio. Pero es capital observar que, si en el len­
equívoco de la concepción de la imagen, estrechamente empirista y guaje la elección del signo es insignificante porque este último es arbi­
tanto más empirista cuanto que se la quiere desacreditar a fín de sepa­ trario, no ocurre nada parecido en el terreno de la imaginación donde
rar de ella un pensamiento puramente lógico. Lo que luego salta a la la imagen —por degradada que se la pueda concebir— es portadora en
vista es el equívoco de las fórmulas y de las nociones empleadas «to­ sí misma de un sentido que no ha de ser buscado fuera de la significa­
mando a la letra esta expresión de pensamiento sin imágenes» que ho­ ción imaginaria. Finalmente, es el sentido figurado el único significati­
nestamente no puede significar, según escribe Pradines^^ «más que vo, no siendo el sedicente sentido propio más que un caso particular y
un pensamiento no hecho de imágenes, se ha querido que el pensa­ mezquino de la vasta corriente semántica que drena las etimologías.
miento no fuera siquiera acompañado de imágenes... lo que conducía De ahí el necesario regreso, más allá de la pseudofenomenología sar-
a buscar un pensamiento incapaz de ejercerse...». La Escuela de Würt- triana, a una fenomenología ingenua, preparada por un largo desinte­
zburg, como la Denkpsicología, postula un pensamiento sin imágenes rés c i e n t í f i c o E l analogon que constituye la imagen no es jamás un
sólo porque la imagen es reducida de nuevo a un doblete remanente signo arbitrariamente escogido, pero siempre está intrínsecamente
de la sensación y porque entonces es lógico que tales imágenes no aña­ motivado, es decir, es siempre símbolo. Finalmente, dado que han
dan nada al sentido de las nociones abstractas. marrado la definición de la imagen como símbolo, las teorías citadas
Pero, sobre todo, la crítica general que puede hacerse de las teorías anteriormente han dejado evaporarse la eficacia de lo imaginario Y
reseñadas hasta ahora, es que todas ellas minimizan la imaginación, aunque Sartre ve perfectamente que hay una diferencia entre el signo
bien pervirtiendo su objeto, como en Bergson, donde se resuelve en re­ convencipnal, «no posicional» y que no «da su o b j e t o » y la imagen, se
siduo mnésico, bien depreciando la imagen como un vulgar doblete equivoca al no ver en la imagen más que una degradación del saber,
sensorial que prepara así el camino al nihilismo psicológico del imagi­ más que una presentación de un cuasiobjeto, y al remitirla de este mo­
nario sartriano. La psicología general, aunque sea tímidamente feno­ do a la insignificancia'‘L
menològica, esteriliza la fecundidad del fenómeno imaginario recha­ Otros psicólogos se han dado cuenta afortunadamente del siguiente
zándolo pura y simplemente, o también reduciéndolo a un torpe esbo­ hecho capital: que en el símbolo constitutivo de la imagen hay homo­
zo conceptual. Ahora bien, en este punto es donde, con Bachelard, geneidad del significante y del significado en el seno de un dinamismo
hay que reivindicar para el filósofo el derecho «a un estudio sistemático organizador, y que por ello la imagen difiere totalmente de lo arbitra­
de la representación»^^’ sin exclusiva alguna. Dicho en otros términos, y rio del signo. Pradines, pese a algunas restricciones, observa ya que el
a pesar de su etimología hegeliana, la fenomenología psicológica siem­ pensamiento no tiene otro contenido más que el orden de las imáge­
pre ha separado el número significado del fenómeno significante, con­ nes. Si la libertad no se resuelve en una cadena rota, una cadena rota
fundiendo la mayor parte de las veces el papel de la imagen mental representa sin embargo la libertad, es el símbolo —es decir, una hor­
con los signos del lenguaje tal como los define la escuela saussuriana mona del sentido— de la l i b e r t a d } u n g " ‘\ siguiendo al psicoanálisis,
El gran malentendido de la psicología de la imaginación es, por últi­ ve perfectamente asimismo que todo pensamiento descansa sobre imá­
mo, entre los sucesores de Husserl e incluso de Bergson, haber confun­ genes generales, los arquetipos, «esquemas o potencialidades funcionales»
dido, a través del vocabulario mal elaborado del asociacionismo, la que «modelan inconscientemente el pensamiento». P i a g e t consagra
imagen con la palabra. Sartre^®, que sin embargo había tenido cuidado toda la parte tercera de una larga obra a mostrar, mediante observa­
de oponer el signo escrito «oficina del subjefe» y el «retrato» de Pedro, ciones concretas, la «coherencia funcional» del pensamiento simbóli­
llega poco a poco, en capítulos de títulos ambiguos, a malcasar la ima­ co y del sentido conceptual, afirmando con ello la unidad y la solidari­
gen con la familia semiológica. Por último, para Sartre la imagen no es dad de todas las formas de la representación. Expone que la imagen
siquiera, como para HusserP^, un «rellenado» necesario del signo arbi­ juega un papel de significante diferenciado «más que el indicio, puesto
trario, no es más que un signo degradado. La genealogía de la «familia que éste está separado del objeto percibido, pero menos que el
de la imagen» no es más que la historia de una turbia bastardía. Lo
contrario del sentido propio, el sentido figurado, no puede entonces ^0 La Poétique de l'espace, p. 3.
S artre {pp. cit., pp. 148-149) ve bien que la imagen es símbolo, pero símbolo de-
Pradines, Traité de Psychol., II, 2, p. 162. valuado, «insuficiente» y que debe ser superado por el concepto.
La Philosophie du non, p. 75. ^2 S artre, op. cit., pp. 37-39.
Cfr. F. DE S aussure, Cours de linguistique génércUe, p. 100. S artre, op. cit., p. 175.
S I m a g i n a i r e , p. 35. Pradines, Traité, II, 2, pp. 47, 160 y ss.
^9 Citado por S artre, op. cit., p. 46; cfr. Logische Unters., t. II, cap. I; t. III, Cfr. J ung , Types psychol., pp. 310 y ss.
cap. I. Cfr. Piaget, La form ation du symbole, pp. 172-179, pp. 227 y ss.

24 25
signo.puesto que éste sigue siendo imitación del objeto y, por tanto, no en que se sitúa —como confirma la psicología genética— el lengua­
signo motivado (por oposición al signo verbal arbitrario)». Los lógicos je del niño. La evolución al plano delocutorio, es decir, a la expresión
mismos llevando más lejos aún la crítica de una dicotomía entre el sig­ centrada en las percepciones y las cosas, es mucho más tardía. Es este
nificante y el sentido han reconocido que era prácticamente imposible di­ plano locutorio, plano del símbolo mismo, el que asegura cierta uni­
sociar el esquema de las relaciones axiomáticas y el contenido intuitivo del versalidad en las intenciones del lenguaje de una especie dada y el que
pensamiento. Por último, Bachelard hace descansar su concepción ge­ sitúa la estructuración simbólica en la raíz de todo pensamiento. La
neral del simbolismo imaginario sobre dos intuiciones que haremos nues­ psicología patológica de Minkowski^^ llega incluso a invertir el esque- -
tras; la imaginación es dinamismo organizador, y este dinamismo organi­ ma clásico y sartriano del empobrecimiento del pensamiento por la ima­
zador es factor de homogeneidad en la representación. Según el episte- gen y, uniendo la concepción de los grandes románticos alemanes” y
mólogo, lejos de estar facultada para «formar» imágenes, la imaginación del surrealismo contemporáneos ” (que nosotros haremos nuestra en el
es potencia dinámica que «deforma» las copias pragmáticas proporciona­ curso de esta exposición), considera el paso de la vida mental del niño,
das por la percepción, y este dinamismo reformador de las sensaciones se o del primitivo al «adulto-centrismo»” , como un estrechamiento, como
convierte en el fundamento de la vida psíquica entera porque «las leyes de un rechazo progresivo del sentido de las metáforas. Es este «sentido» de
la representación son homogéneas» —por ser la representación metafórica Jas-metáforas,, este gran se n u a tism o ..d c Ja jm ^ la matnz'origt-
en todos sus niveles— , y dado que todo es metafórico, «en el nivel de nal a, partir.de J a que-todo pensamiento racionalizado y su cortejo ie '
la representación, todas las metáforas se igualan». Desde luego, esta despliegan. Por tanto, hemos querido situarnos resultamehte en la
«coherencia» entre el sentido y el.símbolo no quiere decir confusión, ^perspectiva simbólica para estudiar los arquetipos fundamentales de la
porque esta coherencia puede afirmarse en una dialéctica. La unidad ifnagihacíón humana.
del pensamiento y de sus expresiones simbólicas se presenta como una
constante corrección, como un afinamiento perpetuo. Pero un pensa­
miento afinado, un pensamiento «de cien mil francos» no puede pres­ Los SÍMBOLOS Y SUS MOTIVACIONES
cindir de las imágenes «de cuatro c u a r t o s » y , recíprocamente, el brote
lujuriante de las imágenes, incluso en los casos más confusos, está Esta semántica de las imágenes entraña sin embargo una segunda
siempre encadenado por una lógica, aunque sea una lógica empobreci­ consecuencia. En efecto, al adoptar semejante posición se invierten los
da, una lógica «de cuatro cuartos». Puede decirse que el símbolo no hábitos corrientes de la psicología clásica, que consistían, bien en calcar
pertenece al dominio de la semiología, sino que es incumbencia de una la imaginación sobre el desarrollo descriptivo de todo pensamiento,
semántica especial, es decir, que posee más de un sentido artificalmen- bien en estudiar la imaginación a través de la óptica del pensamiento
te dado, pero cuenta con un poder esencial y espontáneo de reso­ rectificado, del pensamiento lógico. Ahora bien, rechazar para lo ima­
nancia ginario el primer principio saussuriano de lo arbitrario del signo entraña
La primera consecuencia importante de esta definición del símbolo el rechazo del segundo sentido, que es el de la «linealidad del signi­
es la axiterioridad, tanto cronológica como ontològica, del siriíbolisíno ficante»” . Al no ser ya de naturaleza lingüística el símbolo, no se des­
sobre, cualquier significancia audiovisual. Es lo que el grarhático^^ pare­ arrolla en una sola dimensión. Las motivaciones que ordenan los sím­
ce haber descubierto cuando define la «factividad» como el carácter co­ bolos ya nò forman, por tanto, no sólo largas cadenas de razones, sino
mún de todas las formas de expresarse, «es decir, de enunciar que el es­ ni siquiera «cadena»” . La explicación lineal del tipo deducción lógica o
píritu del sujeto hablante es la sede de un fenómeno y que éste debe
reaccionar sobre el espíritu de otro ser... el grito se ha vuelto lenguaje 52 Cfr. Minkowski, Vers une cosmologie, p. 82.
cuando ha tomado un valor factivo». El plano primitivo de la expre­ 53 Cfr. H erder, S. W., VIII, p. 189; N ovaus , Schrif., III, pp. 15, 143, 147; Von
sión, del que el símbolo imaginario es la cara psicológica, es el vínculo Schubert,, Symholik, p. 24.
54 Cfr. A lquié, Philos, du Surréalisme, p. 173; B reton, Point du jour, p. 250.
afcctivo-representativo que une a un locutor con un receptor, y que los 55 El neologismo es de Piaget , op. « / ., p. 158.
gramáticos denominan «el plano locutorio» o también interjectivo, pla- 56 F. DE Saussure, op. cit., p. 103- Ya en la semantica lingüística la noción de «en­
crucijada» establecida por Belin -Miuleron (en La réforme de la Connaissance, pp. 10-15,
Cfr. M athématiques et Réalitét p. 10. 42, 49 y ss.) no implica la sucesión lineai del sentido de las palabras, sino la convergencia
B achelard, V A ir et les songes, pp. 7-9; cfr. Philo, du non, pp. 75-76; Poétique en red de las significaciones.
de l'espace, p. 7. 57 ídem , p. 103. Reemplazaremos este término de «cadena» por el de «constelación
^9 Cfr. B inet, Année Psychol., t. XVII, 1911, p. 10. simbólica». Esta terminología nos viene sugerida tanto por el término de «paquete» que
50 Cfr. B achelard, Poétique de l'espace, p. 6. Leroi-Gourham utiliza para caracterizar la acumulación iconográfica de símbolos, como
51 D amourette, D es Mots à la pensée, I, pp. 69, 73. por el término de «enjambre» de imágenes que Soustelle innova para significar el espesor

26 27
relato instrospectivo no sirve ya al estudio de las motivaciones simbóli­ imaginación literaria. Tan pronto escogen como norma clasificadora un
cas. Esto permite entender que la clasificación sartriana^® de los diversos orden de motivación cosmológico y astral, en el que están las grandes
modos de lo imaginario —que se atiene a los caracteres lógicos y su­ secuencias de las estaciones, de los meteoros y de los astros que sirven
perficialmente descriptivos de las motivaciones imaginarias— , no reco­ de inductores a la fabulación, como son los elementos de una física pri­
ja más que vanas intenciones pobremente bautizadas de intenciones mitiva y sumaria los que, por sus cualidades sensoriales, polarizan los
«de ausencia», «de alejamiento», «de inexistencia». Cediendo una vez campos de fuerza en el continuum homogéneo de lo imaginario. Por
más a lo que podría llamarse la ilusión semiológica, Sartre refiere las último, también se puede suponer que los datos sociológicos del micro-
clases de motivación imaginaria a las clases de la experiencia perceptiva grupo o de grupo extendidos hasta los confines del grupo lingüístico
o de la prevención lógica. Para suplir al determinismo de tipo causal proporcionan marcos primordiales a los símbolos, ya sea que la imagi­
que la explicación utiliza en las ciencias de la naturaleza, sólo hay que nación estrictamente motivada, tanto por la lengua como por las fun­
encontrar un método comprensivo de las motivaciones. Ya había obser­ ciones sociales, se modele sobre estas matrices sociológicas, o bien que
vado R e n á n q u e la motivación no tenía la rectitud de las relaciones genes raciales intervengan bastante misteriosamente para estructurar los
«necesarias», ni el completo arbitrario de las intuiciones azarosas. La conjuntos simbólicos que distribuyen tanto las mentalidades imagina­
motivación forma una categoría masiva, si es que puede decirse así, de rias como los rituales religiosos, ya sea incluso que, con un matiz evo­
determinación; como las «señales» que Saussure^° opone a los signos lucionista, se intente establecer una jerarquía de las grandes formas
del lenguaje y que ya presentan «complicaciones simultáneas en varias simbólicas y de restaurar la unidad en el dualismo bergsoniano de Les
dimensiones». En la conclusión de este libro veremos que este carác­ deux sources, o ya sea, por último, con el psicoanálisis, que se trate de
ter pluridimensional, y por tanto «espacial», del mundo simbólico es encontrar’ una síntesis motivante entre las pulsiones de una libido en
esencial. Por ahora no nos ocupamos más que de método y nos pregun­ evolución y las presiones inhibidoras del microgrupo familiar. Son estas
tamos cuál es el medio de escapar a la esterilidad de la explicación li­ diferentes clasificaciones de las motivaciones simbólicas las que hemos
neal sin volcarnos — ¡sería el colmo!— en los impulsos intuitivos de la de criticar antes de establecer un método firme.
imaginación. La mayoría de los analistas de las motivaciones simbólicas, que son
La clasificación de los grandes símbolos de la imaginación bajo cate­ los historiadores de la religión, se han detenido en una clasificación de
gorías motivantes distintas presenta, en efecto, debido incluso a la no los símbolos según su parentesco más o menos nítido con una de las
linearidad y al semantismo de las imágenes, grandes dificultades. Si se grandes epifanías cosmológicas. Así es como Krappe^^ subdivide los mi­
parte de objetos bien definidos por los marcos de la lógica utensiliar, tos y los símbolos en dos grupos: los símbolos celestes y los símbolos te­
como hacían las clásicas «claves de los sueños» uno se vuelca rápida­ rrestres. Cinco de los primeros capítulos de su Genese des mythes están
mente, debido a la masividad de las motivaciones, en una confusión consagrados al cielo, al sol, a la luna, a los «dos grandes lumbreras» y a
inextricable. Más serias nos parecen las tentativas de repartir los símbo­ las estrellas, mientras que los seis últimos capítulos se ocupan de los
los según los grandes centros de interés de un pensamiento, desde lue­ mitos atmosféricos, acuáticos, crónicos, cataclísmicos y, por último, de
go perceptivo, pero también completamente impregnado de actitudes la historia humana y de su simbolismo. Eliade^’^, en su notable Traite
asimiladoras en las que los sucesos perceptivos no son más que pretex­ d'histoire des religions, sigue aproximadamente el mismo plan de se­
tos para la ensoñación imaginaria. Esas son las clasificaciones más pro­ paración de hierofanías, pero con más profundidad consigue inte­
fundas de analistas de las motivaciones del simbolismo religioso o de la grar los mitos y los símbolos cataclísmicos, volcánicos y atmosféricos
en categorías más generales; lo cual nos vale amplios capítulos consa­
grados a los ritos y símbolos uranios, al sol, a la luna y a la «mística lu­
semántico que domina el relato mítico mismo: «Ya no nos encontramos en presencia de
largas cadenas de razones, sino de una imbricación recíproca de todo en todo a cada instan­
nar», a las aguas, a las cratofanías y a la tierra. Pero a partir del séptimo
te.» SousTELLE, La Pensée cosm ologique des anciens Mexicains, p. 9. Cfr. Leroi- capítulo el pensamiento del mitólogo parece interesarse de repente
G ourhan, La Fonction des signes dans les sanctuaires paléolitiques, op, cit., p . 308, por los caracteres funcionales de las hierofanías y los estudios de los
Cfr. infra, p. 319. símbolos agrarios se polarizan en torno a las funciones de fecundidad,
58 S artre, Im agination, p. 104.
59 R enan , De l'origine du langage, cap. VI, pp. 147-149. de los ritos de renovación y de los cultos de la fertilidad, que insensi-
^ S aussure, op. cit., p. 103. Estas «complicaciones 8» son formuladas matemática­
mente por la teoría de la información; cfr. P. G uiraud, «Langage et communication», en
Bull. soc. ling, de Paris, 1954. 63 Krappe, Genèse des mythes; cfr. índice de materias, pp. 287 y ss.
Cfr. infra, pp. 387 y ss. 64 Mircea Éliade, Traite d'histoire des religions; cfr. índice de materias, pp. 332
62 Cfr. la Symbolik der Träume de Von Schubert , pp. 8-10, y Aeppu , Les rêves et y siguientes.
leur interprétation. 65 ÉLIADE, O p . cit., p. 211.

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blemente conducen, en los últimos capítulos, a meditar sobre el Gran tido que las aguas compuestas y profundas, el agua tranquila significa
Tiempo y los mitos del Eterno R e t o r n o S e ve, pues, que estas clasifi­ lo contrario del agua violenta. De ello resulta que la clasificación ele­
caciones, que pretenden estar inspiradas en normas de adaptación al mental no parece que haga aparecer los motivos últimos que resolve­
mundo objetivo, tanto sideral como telúrico y meteorológico, parecen rían las ambivalencias. Reconocer explícitamente que «las imágenes
orientar irresistiblemente a consideraciones menos objetivas: en sus úl­ más hermosas son a menudó’ fós fó0$:.“d ^ es, en
timos capítulos, Eliade lleva insensiblemente el problema de las moti­ úlu'ima’Íñstáhc de semejante clasificación? Si la
vaciones en el plano de la asimilación de las imágenes al drama de una clasificación por elemc nros es inadecuada, por otro lado es insuficiente,
duración íntima y lo separa del positivismo objetivo de los primeros ca­ como hemos tratado de demostrar en otra parte-', porque la percep­
pítulos, mientras que Krappe^’' termina bastante confusamente su libro ción humana es rica en tonalidades elementales mucho más numerosas
con consideraciones sobre muy «diversas» cosmogonías y «mitos de ori­ que las consideradas por la física aristotélica. Para la sensorialidad, el
gen» que implícitamente le remiten también a una motivación psicoló­ hielo y la nieve no se resuelven en agua, el fuego es distinto de la luz,
gica de las imágenes por la apercepción completamente subjetiva del el barro no es la roca o el cristal. Sólo en la obra capital, V air et le son­
tiempo. ges, Bachelard entrevé la revolución copernicana que consistirá en
~ Bachelard^®, en nuestra opinión, se ciñe más de cerca al problema abandonar las intimaciones objetivas, que inican la trayectoria simbóli­
dándose cuenta de entrada de que la asimilación subjetiva juega un pa­ ca, para no ocuparse más que del movimiento de esta trayectoria mis­
pel importante en el encadenamiento de los símbolos y de sus motiva­ ma. No por ello deja de ser cierto que los tres hermosos libros consa­
ciones. Supone que es nuestra sensibilidad la que sirve de médium entre grados por Bachelard a los cuatro elementos presentan, por el principio
el mundo de los objetos y el de los sueños, y se atiene a las divisiones mismo adoptado en la clasificación, cierta fluctuación, cierta sinuosidad
de una física cualitativa y en primera instancia de tipo aristootélico. en el análisis de las motivaciones simbólicas: paradójicamente parece
O mejor dicho, se detiene en lo que puede encerrar de objetivo semejan­ que el epistemólogo y el teórico del no cartesianismo se niega a pene­
te física, y en lugar de escribir monografías sobre la imaginación de lo trar en la complejidad de motivos y se repliega en una poética perezosa
cálido, de lo frío, de lo seco y de lo húmedo, se limita a la teoría de los tras el bastión precientífico del aristotelismo.
^ cuatro elementos. Son estos cuatro elementos los que van a servir En lugar de buscar ejes de referencia perceptivos o cósmicos a las ca­
de axiomas clasificadores a los estudios poéticos, tan finos, del episte- tegorías simbólicas, se pueden descubrir sus motivaciones sociológicas e
incluso filológicas. Es lo que Dumézil'^ y Piganiol'^ han intentado im­
mólogo, porque estos «cuatro elementos son las hormonas de la imagi­
n a c i ó n » N o obstante, Bachelard se da cuenta de que esta clasifica­ plícitamente, haciendo hincapié el uno sobre el carácter funcional y social
ción de las motivaciones simbólicas es, por su simetría, demasiado ra­ de las motivaciones del ritual, de los mitos y de la terminología incluso,
y el otro sobre la diferencia entre las mentalidades y los simbolismos
cional, demasiado objetivamente razonable para calcar exactamente los
que se derivan del estatuto histórico y político de ocupante o de ocu­
caprichos de la loca de la casa. Con un instinto psicológico muy seguro
pado. La idea central de la tesis duméziliana es que los sistemas de
rompe, pues, esa simetría cuaternaria escribiendo cinco libros, dos de
representaciones míticas y la expresión lingüística que los señalan de­
los cuales están dedicados a los aspectos antitéticos del elemento terres­
penden en las sociedades indoeuropeas de una tripartición funcional.
tre. Se da cuenta de que la materia terrestre es ambigua, tanto blandu­
Entre los indoeuropeos sería la subdivisión en tres castas o en tres esta­
ra de gleba como dureza de roca, porque «incita —dice— tanto a la in­
mentos: sacerdotal, guerrero, productor, la que nuclearia todo el siste­
troversión como a la extraversión»Nosotros añadiremos que, con esta
ma de las representaciones y motivaría tanto el simbolismo laico como
ambigüedad, Bachelard toca una reglaJundameatal^de la motivación,
el religioso. Pero además de que esta tripartición no es absolutamente
sim bóUca.caJaj 5uc ,tpdq c a la vez invitación a la
estable y admite, por ejemplo, cierta confusión entre la soberanía má-
conquista adaptativa y rechazo que motiva un repliegue asimilador.
gicorreligiosa por un lado, y la realeza guerrera por otro, como Duzémil
Asimismo, en VEau et le réves^\ el elemento acuáticd se divide contra
admite por los d e m á s e l filólogo no ha explicado en nuestra opinión
sí mismo: porque el agua clara no tiene completamente el mismo sen-
las razones profundas de la tripartición de las castas mismas. Esta tri-
66 Op. cit., pp; 312-333. 72 B achelard, Terre et volonté, p. 10; cfr. p. 126.
67 Krappe, op. cit., pp. 253, 287, 328. 73 Cfr. G. D urand , «Psychanalyse de la neige», en Mercure de France, I, VIII, 1953,
68 Cfr. B achelard , L 'A ir et les songes; Psychanalyse du fe u ; L'Eau et les rêves; La páginas 615 y ss.
Terre et les rêveries du repos; La Terre et les rêveries de la volonté. 74 Cfr. D umézil, L'H éritage indo-européen à Rome.
69 EtKOm.K»x^,L'Air et les songes, p. 19. 75 Cfr. PiGANlOL, Essai sur les origines de Rome.
76 B achelard, Terre et rêveries de la volonté, p. 9. 76 Cfr. D umézil, Les D ieux des Germains, pp. 36-39.
71 Cfr. B achelard, Eau et rêves, pp. 126, 213.
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partición y las funciones a ellas vinculadas nos parecen tan secundarias fica decididamente*®, en un perfil evolucionista, la mentalidad simbó­
en la motivación simbólica como las proyecciones naturalistas sobre ob­ lica que progresa del esbozo de la «Diosa madre» a la realización del
jetos o elementos celestes y terrestres, tal como acabamos de criticarlos. «Dios padre». Además de que esta jerarquización nos parece mancilla­
Si Dumézil, por ejemplo, observa acertadamente la curiosísima conver­ da en su raíz por la devaluación racionalista de lo imaginario que he­
gencia de mitos y leyendas del mundo indoeuropeo relativos al tuerto y mos denunciado más arriba, no podemos aceptar esta valoración a prio­
al manco, percibe mal, en la perspectiva puramente sociológica, cuál ri de un sistema simbólico en detrimento del otro, valorización motiva­
pueda ser la relación entre estas dolencias, su simbolismo, y las tres da por preocupaciones apologéticas poco compatibles con un estudiio
funciones sociales fundamentales científico de los hechos. Y sobre todo, cualquier postulado evolucionis­
En cuanto a Piganiol, apela a la motivación histórica en auxilio de ta y especialmente progresista para explicar la relación de sistemas sim­
la sociología. Observa con qué facilidad los mitos, costumbres y símbo­ bólicos procede, en nuestra opinión, tautológicamente: los esquemas
los se ordenan en el mundo mediterráneo bajo dos rúbricas sociológi­ progresistas son susceptibles, como demostraremos*', de una motiva­
cas: mientras que ciertas poblaciones pastoriles o ciertas capas étnicas ción simbólica.
elevan altares, rinden un culto al fuego macho, al sol, al pájaro o al En nuestra opinión, todas estas clasificaciones pecan de un positi­
cielo otros, por el contrario, llevan una vida sedentaria de labradores, vismo objetivo que trata de motivar los símbolos únicamente con ayu­
se contentan con piedras untadas de sangre a guisa de altar, invocan da de datos extrínsecos a la conciencia imaginante y están obsesiona­
a divinidades femeninas y telúricas. Esta segregación de las menta­ dos, en el fondo, por una explicación utensiliar de la semántica imagi­
lidades de base se debería a la supervivencia de las poblaciones indíge­ naria. Fenómenos astrales y meteorológicos, «elementos» de una burda
nas «asiánicas» sometidas por los invasores indoeuropeos. Pero el estu­ física de primera instancia, funciones sociales, instituciones de etnias
pendo estudio de Piganiol, como el de Dumézil, no explica el origen diferentes, fases históricas y presiones de la historia, todas estas explica­
de la sensibilización de las conciencias a dos modos de simbolismo di­ ciones que, en rigor, pueden legitimar tal o cual adaptación del com­
ferentes y, sobre todo, no legitima las numerosas anastomosis que portamiento, de la percepción y de las técnicas, no explican ese poder
han podido formarse entre las dos mentalidades. fundamental de los símbolos que es el de unirse, más allá de las con­
Przyluski, en su estudio La Grande Déesse^"^ trata de dar cuenta de tradicciones naturales, de los elementos inconciliables, de los tabica-
estas dos series de fabulaciones mediante un evolucionismo de la con­ mientos sociales y las segregaciones de los períodos de la historia. Parece
ciencia humana muy cercano del contenido implícitamente en la tesis entonces que hay que buscar las categorías motivantes de los símbo­
de Piganiol. El simbolismo de la imaginación religiosa evolucionaría los en los comportamientos elementales del psiquismo humano, reser­
normalmente de las motivaciones que gravitan en torno al culto de la vando para más adelante el ajuste de ese comportamiento a los comple­
genitrix y de la fecundidad, a las motivaciones más elevadas que hacen mentos directos de objeto o incluso a los juegos semiológicos.
figurar la contemplación de un Dios padre. Sería mediante un progreso En esa búsqueda de motivaciones parece haberse detenido el psi­
a través de tres estados de la espiritualidad y de la sociedad como ha­ coanálisis, dando deliberadamente la espalda a las explicaciones dema­
bría llegado el hombre a una concepción monoteísta más o menos ex­ siado racionales y lineales de la psicología clásica o fenomenològica. No
purgada de la frondosidad de las imágenes. Hay en la obra de Przyluski perderemos el tiempo, por ser de sobra conocidos, con los postulados
una perspectiva de valores bastante cercana a la defendida por Bergson de la psicología de Freud *^ para quien el símbolo está motivado por el
en Les deux sources; un conjunto simbólico es devaluado en relación Lustprinzip que genéticamente se desarrolla a lo largo de las localiza­
a otro, aquí el ginecocentrismo imaginario en relación al androcen- ciones jerarquizadas de arriba abajo del eje digestivo, luego se fija en el
trismo, como lo estaba en Bergson la religión cerrada, fabuladora, nivel urinario y, por último, en el genital. En nuestro itinerario halla­
mitológica, en relación a la apertura del misticismo depurado de los remos la importancia que Freud concede a las motivaciones de la libido
cristianos. Pero mientras que Bergson no cedía más que por razones a través de las fijaciones orales, anales, sexuales. No obstante, hemos
axiológicas a la subordinación de lo cerrado a lo abierto, Przyluski uni- de hacer nuestra la crítica que Piaget dirige al mecanismo mismo de la
fijación, es decir, al proceso más o menos traumatizante del rechazo.
77 Soustellc ha mostrado perfectamente, a propósito de los atributos del Oeste entre
los antiguos mexicanos, la interacción de los elementos geográficos y sociales y de la ins­ 80 Cfr. op. cit., p. 159.
piración puramente mítica. Cfr. SOUSTEU.E, La Pensée cosmolog. des anc. Mexicains, 81 Cfr. infra, pp. 306, 315 y ss.
p. 6 í. 82 Cfr. Freud, La Science des rêves, pp. 113 y ss.; Trois essais sur la sexualité, pp. 80
78 Piganiol, op. cit., p. 140. y SS. Cfr. D albiez, La méthode psychanalytique et la doctrine freudienne, I, p. 147; I,
79 Cfr. Przyluski, l a Grande Déesse, pp. 22 y ss. y p. 204. pp. 197 y SS.

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Porque es evidente que el simbolismo supera con mucho, en su rique­ estructuras o la génesis del simbolismo, pecan demasiado frecuente­
za, el angosto sector de lo rechazado y no se reduce a los objetos con­ mente de una secreta estrechez metafísica: unas, queriendo reducir el
vertidos en tabú por la censura El psicoanálisis debe liberarse de la proceso motivador a un sistema de elementos exteriores a la conciencia
obsesión del rechazo, porque existe, como puede comprobarse en la ex­ y exclusivos de las pulsiones; otras, ateniéndose exclusivamente a las
periencia de los sueños provocados, todo un simbolismo independiente pulsiones o, lo que es peor, al mecanismo reductor de la censura y a su
del rechazo. producto: el rechazo. Es decir, que implícitamente se vuelve a un es­
Junto a la eflorescencia simbólica motivada por el principio del pla­ quema explicativo y lineal en el que se describe y se cuenta la epopeya
cer, Adler^"* trata de hacer hincapié en un principio de poder, motiva­ de los indoeuropeos o las metamorfosis de la libido, cayendo nueva­
ción de todo un vasto sector simbólico que se formaría gracias al meca­ mente en ese vicio fundamental de la psicología general que denunciá­
nismo de sobrecompensación que borra gradualmente los sentimientos bamos y que consiste en creer que la explicación da cuenta completa de
de inferioridad experimentados durante la infancia. Veremos que esta un fenómeno que por naturaleza se libra de las normas de la semio­
nueva aportación, a condición de no dar muestras de imperialismo, logía.
puede asimilarse parcialmente a otras motivaciones compensatorias de Parece que para estudiar in concreto el simbolismo imaginario hay
la imbecilidad de la infancia. Por último, Jung^^ nos muestra cómo la que adentrarse resueltamente por la vía de la antropología^”, dando a
libido se complica y metamorfosea bajo la influencia de motivaciones esta palabra su pleno sentido actual —es decir: conjunto de ciencias
ancestrales. Porque, ante todo, cualquier pensamiento simbólico es to­ que estudian la especie homo sapiens— sin tener exclusivas a priori y
ma de conciencia de los grandes símbolos hereditarios, especie de «ger­ sin optar por una ontologia psicológica que no es más que espiritualis-
men» psicológico, objeto de la paleopsicología. Desde luego, puede mo camuflado, o una ontologia culturalista que por regla general no es
criticarse de entrada la apelación hecha a una doctrina de la herencia más que una máscara para la actitud sociologista: ambas actitudes se
psíquica que no está nada bien establecida, pero, sobre todo, al con­ resuelven, en última instancia, en un intelectualismo semiológico. Para
junto del psicoanálisis se le puede hacer el reproche de imperialismo estudiar las motivaciones simbólicas y tratar de dar una clasificación es­
unitario y de simplificación extrema de las motivaciones: en Freud, los tructural de los símbolos, querríamos rechazar a un tiempo el proyecto
símbolos se clasifican demasiado fácilmente según el esquema de la bi- caro a los psicólogos fenomenologistas y los rechazos o intimaciones
sexualidad humana, y en Adler según el esquema de la agresividad. sociófugas caras a los sociólogos y a los psicoanalistas. Quisiéramos so­
Hay ahí, como ha visto Piaget®^, un imperialismo del rechazo que re­ bre todo liberarnos definitivamente de la querella que periódicamente
suelve siempre el contenido imaginario en una tentativa vergonzosa de alza a unos contra otrosculturalistas y psicólogos, y tratar de aplacar,
engañar la censura. Dicho en otros términos, según los psicoanalistas, situándonos en un punto de vista antropológico para el que «nada hu­
la imaginación es resultado de un conflicto entre las pulsiones y su re­ mano debe ser ajeno», una polémica nefasta a base de susceptibilidades
chazo social, mientras que la mayoría de las veces, por el contrario, en ontológicas, que en nuestra opinión mutila dos puntos de vista meto­
su impulso mismo aparece como resultante de un acuerdo entre los de­ dológicos igualmente fructíferos y legítimos mientras se acantonen en
seos y los objetos del ambiente social y natural. Lejos de ser un produc­ la convención metodológica. Para ello hemos de situarnos deliberada­
to del rechazo, veremos en el curso de este estudio que la imaginación mente en lo que llamaremos el trayecto antropológico; es decir, el ince\
es, en cambio, origen de una liberación. Las imágenes no valen por las sante intercambio que existe en el nivel de lo imaginario entre la \
raíces libidinosas que ocultan, sino por las flores poéticas y míticas que pulsiones subjetivas y asimiladoras y las intimaciones objetivas que ema-\
revelan. Como dice muy bien Bachelard®^ «para el psicoanalista, la nan del medio cósmico y social. Esta posición apartará de nuestra bús;'
imagen poética tiene siempre un contexto. Al interpretar la imagen, la queda los problemas de anterioridad ontològica, puesto que postulare­
traduce a otro lenguaje distinto al logos poético. Nunca puede decirse, mos de una vez por todas que hay génesis recíproca'^^ que oscila del
con motivo más justo, lo de traduttore, traditore^.
En resumen, podría escribirse que todas las motivaciones, tanto so­ 88 Cfr. Lévi-Strauss, Antrhop. structurale, pp. 91, 319. Cfr. G usdorf, op. cit.,
ciológicas como psicoanalíticas, propuestas para hacer comprender las pp. 196, 202: «Para llegar al hombre, hay que pasar por la mediación de una psicología y
de una cultura.*
89 Neologismo utilizado por H euse, en Éléments de psychol. sociale, pp. 3-5.
Cfr. Piaget, La Formation du symbole, p. 205. 90 Cfr. Articles de Lagache y de Friedmann, en Eull. de psychol., I, X,^ 10 de no­
Cfr. Adler, Connaissance de l'hom m e, p. 33; cfr. H. Qrgler, A. A dler et son viembre de 1956, pp. 12, 24; cifr. idea muy cercana a la nuestra en Piaget {Épistém olo­
œuvre, pp. 88, 155 y ss. gie génétique, I, p. 15) que exige una estrecha colaboración entre los métodos psicogené-
85 Cfr. J ung , Métamorphoses et symboles de la libido, pp. 25 y ss., 45. ticos y los métodos sociogenéticos.
86 Cfr. Piaget, op. cit., pp. 196, 213. 91 Cfr. Piaget (épistém ologie génétique, I, p. 36) define la noción de génesis recí­
87 B achelard, Poétique de l'espace, p. 7, cfr. pp. 12-13. proca por «el equilibrio móvil* y (p. 37) por la «reversibilidad*.

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gesto pulsional al entorno material y social, y viceversa. En este interva­ Kardiner inscribe en las nociones de «primariedad» y de «secundarie-
lo, en esta marcha reversible debe instalarse, en nuestra opinion, la in­ dad», poniendo límites al más allá y más acá de la personalidad de ba­
vestigación antropológica. Por último, lo imagjnarja.ni3._es_.nada más se, el hecho por el que el individuo y sus pulsiones, aunque reciben
. que ese trayecto en el que la representacióñ"^el objeto se deja asimilar una huella normativa del medio ambiente, comunican a su vez, en un
; y modelar por losTmpëfàtîvôrpursionâTe£^^^^^^ efecto «secundario», modificaciones profundas al ambiente material y a
' procaménte, ”c o ^ Piaget las représeñ- las instituciones. Y Bastide’®’, al término de un minucioso estudio so­
r tációhés subjetivas se explican «por las acomodaciones anteriores del su- bre las relaciones de la libido y del medio social, concluye demostrando
jetos> aPmedio objetivo. En el curso de nuestro estudio veremos cuán^ el papel piloto que juega la sociedad en función de la libido. La pul­
... justificada está la tesis del gran psicólogo: no que el pensamiento sim­ sión individual tiene siempre un «lecho» social en el que discurre fácil­
bólico sea anárquica asimilación, sino siempre asimilación que en cierta mente o, por el contrario, contra el que se empecina contra obstáculos,
forma se acuerda de las actitudes acomodadoras y que, si «aparta toda aunque «el sistema proyectivo de la libido no es una mera creación del
acomodación actual» excluyendo con ello «la conciencia del yo y la to­ individuo, una mitología personal». En ese encuentro es donde se for­
ma de conciencia de los mecanismos a s i m i l a d o r e s » n o olvida sin em­ man estos «complejos de cultura» que van a relevar los complejos psi-
bargo las intimidaciones acomodadoras que en cierta forma le dan su coanalíticos. De este modo, el trayecto antropológico puede partir
contenido semántico. Parafraseando la ecuación de Lewin^^ puede de­ indistintamente de la cultura o de la naturaleza psicológica, estando con­
cirse que el símbolo es siempre eLp.roducto de los imperativos biopsí- tenido lo esencial de la representación entre estos dos límites rever­
quicos por ráTintimaciones del medio. Y es ese producto el que nosotros sibles.
hemos denominado trayecto antropológico, porque la reversibilidad Semejante posición antropológica, que no quiere ignorar nada de
de los términos es lo propio tanto del producto como del trayecto las motivaciones sociópetas o siciófugas del simbolismo y que dirigirá la
Esta teoría del trayecto antropológico se encuentra implícitamente búsqueda además hacia el psicoanálisis, las instituciones rituales, el
contenida en el libro Z 'air et les songes, de B a c h e l a r d así como en las simbolismo religioso, la poesía, la mitología, la iconografía o la psico­
reflexiones de Bastide sobre las relaciones de la sociología con el psico­ logía patológica, implica una metodología que vamos a elaborar segui­
a n á l i s i s P a r a Bachelard, los ejes de las intenciones fundamentales de damente.
¡ la imaginación son los trayectos de los gestos principales del animal hu-
; mano hacia su contorno natural, prolongado directamente por las insti-
Vtuciones primitivas tanto tecnológicas como sociales del homo faber, M ÉTODO DE CONVERGENCIA Y PSICOLOGISMO METODOLÓGICO
Pero este trayecto es reversible: porque el medio de los elementos es re­
velador de la actitud adoptada ante la dureza, la fluidez o el ardor. Po­ Para delimitar los grandes ejes de estos trayectos antropológicos que
dría decirse que todo gesto apela a su materia y busca su herramienta, constituyen los símbolos, nos hemos inclinado por jjtilizar el método
y que toda materia extraída (es decir, abstraída del entorno cósmico, no totalmente pragmátko. Y relativista de convergencia, qué '
importa qué utensilio o no importa qué herramienta) es el vestigio de tiende a señalar vastas constelaciones dé imágenes, constelaciones más
un gesto fenecido. La imaginación de un movimiento reclama-la imagi­ o menos constantes y que parecen estructuradas por cierto isomorfismo
nación de una materia, dice Bachelard: «A la descripción puramente ci­ de los símbolos convergentes No queriendo rendir sacrificio à las |>rr-
nemática de un movimiento... hay que unir siempre la consideración concepciones metafísicas, estamos obligados a partir de una investiga­
dinámica de la materia trabajada por el m o v i m i e n t o » E s t a génesis re­ ción pragmática que no habría que confundir con el método analógico.
cíproca del gesto y del entorno, del que el símbolo es el foco, ha sido La analogía procede por reconocimiento de similitud entre relaciones
puesta de relieve perfectamente por la psicología social americana: diferentes en sus términos, mientras que la convergencia encuentra
cqnsteladones_de^^i^ semejantes,términos a térníiñó en domi-
92 Cfr. Piaget, Formation du symbole, p. 219. niqs diferentes de pensamiento. La convergencia es una homología más
93 Cfr. Piaget, op. cit,, p. 219.
9"^ Terminología tomada de H euse {pp. cit., p. 5) que distingue entre los imperativos
que una ánalógíá^^®'*. La analogía es del tipo: A es a B lo que C es a D,
biopsicológicos de las intimaciones sociales.
95 Cfr. Lewin, Principies ofTopologicalPsychology, p. 5. 199 Cfr. K ardiner, The in dividual..., pp. 34, 96, 485.
96 Cfr. Piaget, Epistem ologie, I, p. 37. Cfr. D urand, Les Trois niveaux de form a­ 191 Cfr. B astide, op. cit., p. 278.
tion du symbolisme. 192 B achelard, Eaux et rêves, p. 26.
97 B achelard, op. cit., p. 300. 193 Cfr. PxKGEi, Épistém ologie génét., I, p. 25.
98 Cfr. B astide, Sociologie et psychanalyse, pp. 207, 208. 194 Cfr. nociones de homología y de contemporaneidad en S pengler, Déclin de T Oc­
99 B achelard, op. cit., p. 300. cident, I, p. 119; cfr. asimismo Lévi-Strauss, Anthrop. struct., p. 98.

36 37
mientras que la_cQnyjer^enxia^sería.más. bien Çs a 5 lo que sa, tienen un ritual sacrificial y ven el culto invadido por una pulula-
A[ t S 2i B \ También ahí encontramos ese carácter de semanticídád que ción de ídolos...» Pero es sobre todo el psicoanálisis literario el que nos
está erí lá báse de todo símbolo y que hace que la convergencia juege permite esbozar un estudio cuantitativo y cuasi estadístico de lo que
más sobre la materialidad de elementos semejantes que sobre una sim­ Baudouin llama el «isomorfismo» o también la «polarización» de las
ple sintaxis. La homología es equivalencia morfológica, o mejor estruc­ imágenes. En la poesía hugoliana, por ejemplo, aparece la polarización
tural, más que equivalencia funcional. Si se quiere una metáfora para constante de siete categorías de imágenes que, por su convergencia, pa­
hacer comprender esta diferencia, diremos que la analogía puede com­ recen definir una estructura de imaginación. Día, claridad, azur, rayo,
pararse al arte musical de la fuga, mientras que la convergencia debe visión, grandeza, pureza son isomorfos y son el sujeto de transforma­
ser comparada al de la variacióin temática. Veremos que los símbolos ciones bien definidas: día puede dar, por ejemplo, «luz» o también
constelan porque son desarrpn mismo tema arqiiëtîpicôT por- «iluminar», y por ahí vincularse a la claridad que se modulará en «res­
qüe son v^ un arquetipo. Es este método ef que dejaba plandor», «llama», «lámpara», mientras que azur dará «blanco», «auro­
\ entrever Bergson en un artículo de La Pensée et le mouvant, cuando ra», «rubio», y rayo remitirá a «sol», «astro» «estrella», la visión atraerá
I preconizaba para el escritor filósofo la selección de imágenes «tan dis- «el ojo» y la grandeza se disversificará en un riquísimo vocabulario: «al­
I pares cuanto sea posible», a fin, según decía, de que no se detenga uno to», «cénit», «delante», «subir», «levantar», «inmenso», «cima», «cielo»,
jien el signo, de que «el signo eche al signo» hasta la significación, y de «frente», «Dios», etc., mientras que la pureza se metamorfoea en «án­
/¡que las metáforas «se acumulen intelectualmente para no dejar lugar gel», Baudouin“ ®va incluso más lejos y se relaciona con los hermosos
/ jmás que a la intuición de lo real». No obstante, a través de esta dispari­ trabajos de P. Guiraud“ ^ esbozando una estadística de imágenes y
d a d semiológica, Bergson se daba cuenta de que era necesario conservar subrayando la frecuencia de diversas polarizaciones: por ejemplo, de
un isomorfismo semántico cuando recomendaba hacer que las imáge­ 736 imágenes, 238 tienen que ver con la dialéctica luz-tinieblas, 72 con
nes «exigen todas de nuestro espíritu, pese a sus diferencias de aspecto, las dos direcciones verticales, veintisiete de ellas con «grande» y pe­
la misma especie de atención y, en cierta forma, el mismo grado de queño; en resumen, dice Baudouin, 337 imágenes «polarizadas» de
tensión...», definiendo de este modo verdaderos conjuntos simbólicos. 736, cosa que más o menos da la mitad de las imágenes. Desde luego,
Son estos conjuntos, estas constelaciones donde van a converger las en el presente trabajo, dada la dispersión antropológica de los materia­
imágenes en torno a núcleos organizadores que la arquetipología antro­ les, no se trataba de utilizar una estricta estadística “ 2. Nos hemos ateni­
pológica debe ingeniarse en descubrir a través de todas las rfianifesta- do a un simple acercamiento que permita hacer emerger, por un méto­
ciones humanas de la imaginación. Por otro lado, esta convergencia ha do que podría tacharse de microcomparativo de las series, los con-
sido perfectamente puesta de relieve por la experimentación. Experi­
mentando despiertos sobre los sueños, D e s oi l le o bs er va la «cohesión 108 Decimos cuasi estadístico; en efecto, como ha establecido Lévi-Strauss, la bús­
queda antropológica y especialmente la investigación estructuralista sólo tiene que ver se­
psíquica» de ciertas imágenes que en las ensoñaciones tienen tendencia cundariamente con las matemáticas cuantitativas. Los «modelos mecánicos», en los que se
• a anastomosarse en constelaciones. Por ejemplo, los esquemas ascensio- estudian las conexiones estructurales sobre un caso particular o incluso singular, prevale­
nales van acompañados siempre de símbolos luminosos, de símbolos cen sobre los «modelos estadísticos». Cfr. Levi-Strauss, Anthropologie, pp. 315-317.
tales como la aureola o el ojo. El psicólogo ha quedado sorprendido Cfr. infra, p. 194, nuestro estudio sobre la antífrasis con el ejemplo singular del icono ci­
nocéfalo de San Cristóbal.
por el carácter de rigor y de universaïïdàd de imágenes vinculadas a los ^®9 B audouin , Psychan. de V. Hugo, p. 202. Lo hemos escrito en un prefacio, más
esquemas de lá aseen comparación, ha encon­ valdría decir «isótopo».
trado las mismas convergencias simbólicas en la obra de Dante. Asimis­ “ ® B audoin , op. cit., p. 210.
Cfr. p. G uiraud, Langage et versification d'après l'œ uvre de P. Valéry e Index
mo, PigánioP‘^"ópórié'lás constelaciones rituales «pastoriles» a las cons­ du vocabulaire du Symbolisme, 3 fascículos consagrados a Apollinaire, Mallarmé y Va­
telaciones «agrícolas»: «Los nómadas tienden hacia un monoteísmo, léry. Cfr. Leroi-G ourhan («Répartition et groupement des animaux dans l ’Art pariétal
adoran el espacio azulado, su organización patriarcal les dicta el culto paléolithique», en Bull. Soc. préhistorique française, t. LV, fascículo 9, p. 515) que utili­
de Dios padre..., por el contrario los agricultores rinden culto a la dio- za un estricto método estadístico de convergencia para el estudio de las figuras y de los
símbolos grabados y pintados en las paredes de las cavernas. Llega a una repartición bina­
^05 Además es Bergson quien se convierte en promotor del nombre mismo de este ria de los signos iconográficos centrada en grandes «arquetipos» (cfr. «La fonction des sig­
método cuando escribe: «Estas imágenes diversas, tomadas de órdenes de cosas muy di­ nes dans les grands sanctuaires paléolithiques», en Bull. Soc. préhist. franç., t. LV,
ferentes, podrán, por la convergencia de su acción „dirigir la conciencia en el punto pre­ n .°'5 - 6 ,p . 318)
ciso donde hay cierta intuición a captar...» {Pensée et Mouvant, p. 210); cfr. asimismo “ 2 Sobre el estado «híbrido», «intermediario» de la investigación antropológica que
método de búsqueda de los «grupos de afinidades» recomendado por S pengler, Le Dé- no manipula más que hechos en «número medio», a igual distancia de los grandes núme­
clin de l'Occident, I, p. 59. ros de la estadística y de la singularidad el solipsismo introspectivo, cfr. Lévi-Strauss,
106 Cfr. D esoille, Exploration de l'affectivité, p. 74. op. cit., p. 350. Cfr. P. SOROKIN, Social an d cultural Dynamics.
107 Piganiol, op. cit., p. 140; cfr. asimismo J ung , Psychol. und Religión, p. 9. Cfr. G. D umézil, Héritage indo-européen, pp. 31-32.

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juntos de imágenes, y nos hemos dado cuenta rápidamente de que estas un desarrollo más «rizado» sobre sí mismo, lo que ofrece facilidades
convergencias evidenciaban los dos aspectos del método comparativo: su metodológicas que no tienen las posiciones culturalistas. La preceden­
aspecto estático y su aspecto cinemático, es decir, que las constelacio­ cia de los imperativos biopsicológicos sobre las intimaciones sociales
nes se organizaban al mismo tiempo en torno a imágenes de gestos, de sólo será afirmada aquí, por tanto, por sus comodidades metodológi­
esquemas transitivos e igualmente en torno a puntos de condensación cas. Más simple, el punto de partida psicológico es asimismo más gene­
simbólicos, de objetos privilegiados donde van a cristalizar los símbolos. ral. Es lo que ha visto perfectamente el etnólogo Lévi-Strauss cuando
Es ahí precisamente donde aparece una de las dificultades de la in­ constata que la psicología de cualquier niño constituye un «fondo uni­
vestigación antropológica. Para exponer los resultados y describir estas versal infinitamente más rico que aquel de que dispone cada sociedad
constelaciones, uno se ve llevado a utilizar obligatoriamente el discur­ particular». Cada niño «aporta al nacer, y bajo la forma de estructuras
so. Ahora bien, el discurso tiene un hilo, un vector que va a añadirse a mentales esbozadas, la integridad de los medios de que la humanidad
los sentidos de las intuiciones primeras. Metodológicamente se ve obli­ dispone desde toda la eternidad para definir sus relaciones con el mun­
gado a reintroducir lo que se había preocupado de eliminar ontològica­ do...». El medio cultural puede, por tanto, aparecer a la vez como una
mente: a saber, un sentido progresivo de la descripción, un sentido complicación, pero sobre todo como una especificación de ciertos esbo­
que está obligado a escoger un punto de partida bien en el esquema zos psicológicos de la infancia, y el etnólogo encuentra la expresión fe­
psicológico, bien en el objeto cultural. Pero, cuidado: si metodológica­ liz cuando califica al niño de «social polimorfo». Polimorfia en la que
mente uno se ve forzado a comenzar por un comienzo, de hecho esto las coacciones y las censuras culturales van a seleccionar las formas de
no implica absolutamente que ese comienzo metodológico y lógico sea acción y de pensamiento adecuadas a tal o cual género de vida. De
antològicamente primero. Conservaremos, pues, esta firme voluntad donde resulta que desde el punto de vista metodológico se puede ha­
de «psicoanálisis objetivo»"^ que nos prohibirá confundir el hilo de blar de imperativos naturales, mientras que nos contentamos con el
nuestro discurso o de nuestra descripción con el hilo de la ontogénesis y término «intimación» para caracterizar lo social Aquí, como por lo
de la filogénesis de los símbolos. Y si escogemos deliberadamente un demás en otras partes, la necesidad es de orden cronológico y no de or­
punto de partida metodológico «psicologista», no es en modo alguno den ontològico.
para sacrificarlo a un psicologismo ontològico. Simplemente nos ha pa­ Es en el dominio psicológico donde va a ser preciso descubrir los
recido más cómodo partir del psiquismo para descender hacia lo cultu­ grandes ejes de una clasificación satisfactoria, es decir, capaz de inte­
ral, siendo esta comodidad más que la «simplicidad» preconizada por grar todas las constelaciones que encontremos en el camino. Queda por
Descartes. Ante todo nos prece que se trata de una simple comodidad saber en qué sector de la psicología hay que buscar estas «metáforas
gramatical: es más fácil ir del sujeto — ¡aunque sea un sujeto pensan­ axiomáticas» Bachelard ha tenido la intuición de que estas metáfo­
te!— a los complementos directos de objeto, luego a los complementos ras son las indicativas del movimiento. Y vuelve a menudo sobre esta
indirectos. El cogito reviste un alcance metodológico ejemplar simple­ teoría que supera y anula la simple clasificación sustancialista de las
mente porque es un modelo de buen sentido gramatical. El cogito —y obras que ha consagrado a las imágenes. En VEau et les rêves a propó­
el idealismo o incluso el psicologismo que implica— sólo tiene valor sito de E. Poe, en La Terre et les rêveries du repos, Bachelard precisa
real si se considera como método de acción mental y no como modelo que «los símbolos no deben ser juzgados desde el punto de vista de la
constitutivo de lo real. Es Kant quien completa adecuadamente a Des­ forma..., sino de su fuerza» y concluye valorizando al máximo la ima­
cartes y no Hegel. El culturalismo que parte de un pluralismo empíri­ gen literaria «más viva que cualquier diseño» porque trasciende la for­
co es decir, del complejo, y es siempre más difícil como método que ma y porque es «movimiento sin materia» Esta forma cinemática de
el psicologismo. El psicologismo —y el psicoanálisis, según el propio reconsiderar el esquema clasificador de los símbolos es confirmada por
Friedmann— presentan siempre un punto de partida más sencillo y numerosos psicólogos. Para algunos la «constancia de los arquetipos»
no es la de un punto en el espacio imaginario, sino la de una «direc-
Cfr. G . D umézil, op. cit., pp. 36, 41. Contrariamente a Lévi-Strauss, {op. cit.,
p. 317), pensamos que el método comparativo no es exclusivo de los procedimientos
«mecánicos» de una tipología o de una arquetipología estructural. Desde luego, el descu­ Lévi-Strauss, Structures élémentaires de la parenté, pp. 120-122.
brimiento se hace sobre un caso estudiado a fondo, pero la prueba puede hacerse me­ 119 Cfr. H euse, op. cit., p. 5.
diante la convergencia comparativa, cuyo modelo ejemplar constituye el caso privilegia­ 120 A ir et songes, p. 18.
do. Es esta combinación de los dos métodos, estructural y comparativo, lo que hemos 121 B achelard, Eau et rêves, p. 161; Terre et repos, p. 60, Cfr. la noción de «decora­
querido entender en el término de «micro-comparativo». do mítico» tal como nosotros la utilizamos en nuestro estudio Le décor mytique de la
B achelard, Form, esprit scient., p. 239. Chartreuse de Parme.
Cfr. Piaget, Epist., genêt., I, p. 25. 122 Cfr. B audouin , De Tinstinct à l'esprit, p. 197; cfr. pp. 60, 63. Cfr. Pradine,
G. Friedman, «Psychanalyse et sociologie», en Diogène, n .° 14. Traité de psychol., II, 2, p. 5, y Piaget, Format, du sym b., p. 197.

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ción»; y declaran que estas «realidades dinámicas» son las «categorías todos los demás reflejos cuando, por ejemplo, se alza verticalmente el
del pensamiento». Pero es sobre todo Desoille quien parece relacio­ cuerpo del niño. Según Betcherev, estaría vinculada a la sensibilidad
nar más nítidamente las «imágenes motrices» con los modos de repre­ estática clásicamente localizada en los canales semicirculares. Luego se
sentación visuales y verbales, mostrando incluso que esta cinemática ha mostrado'^* que estos reflejos posturales eran comportamientos su-
simbólica es dinámicamente medible, puesto que en los actos mentales prasegmentarios vinculados al sistema extrapiramidal; por último, al­
de imaginación del movimiento hay una diferencia del orden del 15 al gunos de estos reflejos de enderezamiento son reflejos óptimos relacio­
20 por 100 con el metabolismo del reposo mental. Son, pues, estas nados con la integridad de las áreas visuales del córtex. Desde luego,
«imágenes motrices» lo que podemos tomar como punto de partida psi­ nuestra intención no es dejar pasar así estas dominantes fisiológicas a
cológico de una clasificación de los símbolos. Queda por saber en qué título de dominantes de la representación simbólica, y P i a g e t tiene
dominio de la motricidad encontraremos esas «metáforas de base», esas razón al pretender que el recién nacido o el niño «no saca ninguna in­
grandes «categorías v i t a l e s » d e la representación. tuición generalizada» de las actitudes posturales primordiales, pero el
Es a la reflexología betcheveriana a la que tomaremos prestado el psicólogo genético reconoce no obstante que la verticalidad y la. hori­
principio de nuestra clasificación y la noción de «gestos dominantes» zontalidad son percibidas por el niño «de forma privilegiada». Poco nos
Sólo la reflexología presenta, en nuestra opinión, una posibilidad de importa que sea una verticalidad «física» e intuitiva que se percibe, más
estudiar este «sistema funcional» que es el aparato nervioso del recién bien que una clara idea de la verticalidad matemática... Porque es la
nacido y en particular el cerebro, «ese viejo instrumento adaptado a fi­ topología de la verticalidad lo que entra aquí en juego más que sus ca­
nes bien d e t e r m i n a d o s » L a reflexología del recién nacido pone en racterísticas geométricas. Puede decirse que en tal dominante refleja
evidencia, a nuestro parecer, la trama metodológica sobre la que la ex­ se acumulan el analogon afectivo y el analogon cinestésico de la
periencia de la vida, los traumatismos fisiológicos y psicológicos, la imagen
adaptación positiva o negativa al medio, vienen a adornar sus rñotivos La segunda.dominante aparece todavía con más nitidez: dominante
y a especificar el «polimorfismo» tanto pulsional como social de la in­ de nutricio^ en los recién nacidos se manifiesta por los reflejos de
fancia. Las «dominantes reflejas» que Vedenski, luego Betcherev y su succión labial y de orientación correspondiente de la cabeza. Estos re­
e s c u e l a d e b í a n estudiar de forma sistemática no son nada más que flejos son provocados bien por estímulos externos, bien por el hambre.
los más primitivos conjuntos sensorimotores que constituyen los siste­ En el perro ya había observado Oukhtomsky una dominante digesti­
mas de «acomodaciones» más originarios en la ontogénesis y a los que, va, especialmente en el acto de deglución y en el acto de defecación,
según la teoría de Piaget’^‘\ debía referirse toda representación de baja que tiene por resultado concentrar «las excitaciones procedentes de
tensión en los procesos de asimilación constitutivos del simbolismo. Al fuentes lejanas y suprimir la capacidad de los demás centros de respon­
estudiar los reflejos primordiales, Betcherev ’ aprovechando los traba­ der a las excitaciones directas». Como en el caso exterior, todas las reac­
jos y la terminología de Oukhtomsky, descubre dos «dominantes» en el ciones extrañas al reflejo dominante se encuentran retardadas o inhibi­
recién nacido humano. das. A estas dos dominantes pueden asociarse reacciones audiovisuales
La primera es una dominante de «posición» que cQQirdena o inhibe que Betcherev estudia. Si luego estos órganos sensoriales pueden a su
vez, por condicionamiento, convertirse en dominantes, no es menos
123 cfr. D esoille, op. cit., p. 65. cierto, como observa Kostyleff que la nutrición y la posición «son
124 E. La Schizophrénie, p. 248. reacciones innatas de carácter dominante». La dominante actúa siempre
125 Cfr. M. Minkowski, V état actuel de I*étude des réflexes;]. D éjerine, Sém iologie con cierto imperialismo, puede ser considerada ya como un principio
dy système nerveux, cap. IX, «Sémiologie des réflexes», en Traité de Pathologie générale de organización, como una estructura sensorimotriz.
de Ch. B ouchard, t. V.
126 Cfr. A. OuKHROMSKY, en Novoie v Reflexologuii (Betcherev), I, pp. 24 y ss., 31-
En cuanto a una tercera dominante natural, no ha sido estudiada a
65. Cfr. Betcherev, General Principles o f Human Reflexology, y K ostyleff, La Réflexo- decir verdad más que en el animal adulto y macho por J. M. Oufland^^^
logie, p. 39; véase asimismo T ieck \Sàm . Werke, I, p. 354): tuvo la intuición de que ha­ en su artículo: «Une dominante naturelle chez la grenouille mâle dans
bía una relación entre las imágenes y las «mímicas instintivas». Cfr. también G usdorf
{op. cit., p. 15), para quien las estructuras míticas son «adhérentes... a las vecciones bio­
lógicas constitutivas del ser en el m undo...» Cfr. Betcherev, La Psychologie objective, y ^31 Cfr. Morgan , Pyscho. physiologique, t. II, pp. 431-435.
en K. G oldstein {îm Structure de ^organism e, pp. 130-138), una concepción molecular ^32 Piaget, lui Représentation de P espace..., p. 447.
del reflejo muy cercano a la noción de «dominante». 133 Cfr. S artre, Im aginaire, pp. 96, 97, 109. Cfr. infra., pp. 338 y ss.
134 Cfr. K ostyleff, op. cit., pp. 72, 73, 79.
127 J ung , Types psychologiques, 310.
135 K ostyleff, op. cit., p. 34.
128 K ostyleff, op. cit., p. 70.
136 J . M. OuRAND, en Novoie v Reflexologuii (Betcherev), pp. 80 y ss. Cfr. K osty ­
129 Cfr. Piaget, Form, sym b., p. 219.
leff, op. cit.. pp. 35, 45 y ss.
130 B etcherev, op. cit., pp. 221 y ss.

42 43
le réflexe copulatif». Esta dominante se manifiesta por una concentra­ puede decir que numerosos juegos y ejercicios de la infancia presentan
ción de las excitaciones en el refuerzo del abrazo braquial. Oufland su­ un carácter rítmico, ecolálico o estereotipado, que no sería más que
pone que esta dominante sería de origen interno, desencadenada por una prefiguración coreográfica en cierta forma del ejercicio de la sexua­
secreciones hormonales, y que sólo aparece en período de celo. lidad. En este sentido, habría un interesante estudio a hacer sobre el
Betcherev^^^ afirma de nuevo, de una forma más vaga, que el «íefkjp onanismo infantil, preejercicio directo, según Jung, de la sexualidad
sexual es una dominante». Pese a la falta de informaciones en este te­ plena Es más, si adoptamos el análisis freudiano de los desplaza­
rreno relativas al animal humano, podemos recordar, sin embargo, de mientos genéticos de la libido, constatamos que, en su origen, esta rít­
las conclusiones de Oufland el carácter cíclico e interiormente motivado mica sexual está vinculada a la rítmica de la succión y que hay una
de la dominante copulativa. Por otro lado el psicoanálisis nos ha habitua­ anastomosis muy posible entre la dominante sexual latente en la infan­
do a ver en la pulsión sexual una dominante todopoderosa de la conducta cia y los ritmos digestivos de la succión Chupar de la teta sería tam­
animal. Morgan aporta algunas precisiones sobre el carácter natural bién un preejercicio del coito. Veremos que esta relación genética de
dominante y cíclico del acto copulativo: «Los esquemas motores de acopla­ fenómenos sensorimotores elementales se encuentra en el nivel de los
miento no se constituyen, gracias a la experiencia, escribe, sino... depen­ grandes símbolos: los símbolos del tragamiento que tienen a menudo
den de la maduración de conexiones nerviosas hasta entonces latentes prolongaciones sexuales.
en la estructura innata del organismo... el comportamiento del acopla­ En cuanto a la relación entre esta motricidad primaria y al parecer
miento aparece como completamente provisto en diversos animales.» inconsciente y la representación, no plantea más dificultades para la
Y Morgan concluye que «hemos de admitir que los esquemas motores psicología contemporánea. Desde 1922, Delmas y BolD'^'^ habían obser­
del acoplamiento son organizaciones innatas», que dependen no de loca­ vado el carácter normativo, para el contenido global de la psique, de
lizaciones nerviosas, sino de «la erotización del sistema nervioso» las grandes propiedades biológicas primordiales, tales como la nutri­
Pero lo que aquí es notable, sobre todo, es que las motivaciones ción, la generación y la motilidad, y Pieron escribía en el Nouveau
hormonales del acoplamiento siguen un ciclo y que el acto sexual mis­ traité de Psychologie que el «cuerpo entero colabora a la constitución
mo, en los vertebrados superiores, está acompañado de movimientos de la imagen», y las «fuerzas constituyentes», que él sitúa en la raíz de
rítmicos y en ciertas especies procede de auténticas danzas nupciales. la organización de las representaciones nos parece muy cercanas a las
por tanto, bajo el signo del ritmo como se desarrolla el acto sexual. «dominantes reflejas», Piaget^'^^ pone de manifiesto «que se puede se­
Morgan distingue incluso tres ciclos superpuestos en la actividad se­ guir de una forma continua el paso de la asimilación y de la acomoda­
xual: el ciclo vital, que en realidad es una curva individual de potencia ción sensorimotriz... a la asimilación y a la acomodación mental que
sexual; el ciclo estacional, que puede afectar a la mujer sola o al macho caracterizan ios inicios de la representación», no siendo la representa­
solo de una especie dada o incluso a los dos a la vez; por último, los ci­ ción —y especialmente el símbolo— más que una imitación interiori­
clos de estro que no se encuentran más que en la hembra de los mamí­ zada, y no manifestándose los fenómenos de imitación, sino a partir
feros. Morgan subraya, por otra parte, que estos procesos cíclicos, en del primer mes, sistemáticamente al menos a partir del sexto en que la
particular el estro, tienen profundas repercusiones de comportamiento. imitación del cuerpo propio se convierte en regla constante. Por últi­
En el chimpancé, por ejemplo, el ciclo de estro es ocasión de una «in­ mo, no sólo Max ha puesto de relieve la vinculación de la motricidad
versión» de la jerarquía social entre los dos sexos, y las motivaciones en­ de los músculos del lenguaje y del pensamiento, sino que Wyczoikows-
docrinas que están en la base del estro «modifican un comportamiento ki y Jakobson han mostrado, mediante métodos mecánicos o eléc­
social que supera por su alcance el simple comportamiento sexual». Re­ tricos, que una motricidad periférica extendida a numerosos sistemas
tengamos de pasada esta instructiva extrapolación sociológica de un in­ musculares estaba en estrecha relación con la representación. Sin pre-
cidente puramente fisiológico y concluyamos que esta «dominante se­
xual» aparece en todos los niveles con caracteres rítmicos provocados. cfr. Jung , p. 137.
Por otro lado, si se admiten las teorías del preejercicio de Groos''‘^ se 1^3 Cfr. asimismo el artículo de P. G ermain, «Musique et psychanalyse», en Rev.
franç. de psychanalyse, 1928.
Cfr. D elmas y B oll, La personnalité humaine, p. 81.
B echerev, General Principles, pp. 118, 119. ^^3 D umas, N ouv. Traité de Psychol., II, p. 38.
Morgan , op. cit., II, pp. 553, 560. Cfr. Estermarck, History o f Human Marria­ Piaget, Format, sym., p. 177.
ge, I, cap. 2, y H avelock Ellis, Sexual Periodicity, I Cfr. Max , «An experimental Study of the Motor Theory of Conciousness», en
139 Op, cit., pp. 562, 563. Jour. com. psych., 1935, pp. 409-486. Cfr, asimismo la noción de «reflejo semántico» en
1^9 Cfr. op. cit., pp. 566-570. A. K orzybski, Science an d Sanity, pp. 19, 54-58.
“" Cfr. G roos, /¿»AT des anim aux, pp. 305-313. Cfr. G riaule, ]eux dogons, pp Cfr. W yczoikowski, art. en Psych. Rev., n .° 20, p. 448.
123, 149, 212. * 1^9 Cfr. J akobson , art. en A m eric.Joum . Psych., n .° 44, p. 677.

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tender mediar entre los partidarios de una teoría puramente central y del sujeto y su medio donde arraigan de una forma tan imperativa las
los de una teoría ampliamente periférica del mecanismo de la simboli­ grandes imágenes en la representación y las lastra con suerte suficiente
zación, adoptemos como hipótesis de trabajo que existe una estrecha para perpetuarlas.
concomitancia entre los gestos del cuerpo, los centros nerviosos y las re­ En esta investigación cultural nos inspiraremos frecuentemente en
presentaciones simbólicas. los hermosos trabajos de Leroi-Gourhan no sólo porque nuestra bús­
En resumen, podemos decir que admitimos las tres dominantes re­ queda coincide con algunas grandes clasificaciones tecnológicas, sino
flejas, «eslabones intermedios entre los reflejos simples y los reflejos también porque el tecnòlogo ha dado a su estudio un carácter pruden­
asociados», como matrices sensori motri cesen las que las representa­ temente ahistórico: la historia de las representaciones simbólicas, como
ciones van a integrarse de forma natural, con mayor motivo si algunos la de las herramientas, es demasiado fragmentaria para que pueda ser­
esquemas perceptivos vienen a enmarcar y asimilarse a los esquemas virse uno de ella sin cierta temeridad. Mas, «aunque el documento es­
motores primitivos, si las dominantes posturales, de tragamiento o rít­ capa con frecuencia a la historia, no puede escapar a la clasificación»
micos se encuentran en concordancia con los datos de ciertas experien­ Por otro lado, así como Leori-Gourhan equilibra los materiales técnicos
cias perceptivas. A este nivel, los grandes símbolos van a formarse me­ mediante «fuerzas», así nosotros hemos de equilibrar los objetos simbó­
diante una doble motivación que va a darle ese aspecto imperativo de licos por la oscura motivación de los movimientos dominantes que he­
sobredeterminación tan característico. mos definido. No obstante, y contrariamente a ciertas necesidades de
la teoría tecnológica, aquí no concederemos jamás una prelación a la
materia sobre la fuerza Porque nada es más maleable que una mate­
In t im a c io n e s a n t r o p o l ó g ic a s , p l a n y v o c a b u l a r io ria imaginada cuando las fuerzas reflexológicas y las pulsiones tenden-
ciales siguen siendo más o menos constantes. Leroi-Gourhan parte, en
En el entorno tecnológico humano es donde vamos a buscar un efecto, de una clasificación material muy próxima a la que hemos criti­
acuerdo entre los reflejos dominantes y su prolongación o confirmación cado en Bachelard Se puede incluso encontrar un esbozo de clasifi­
cultural. En términos pavlovianos, cabría decir que el entorno humano cación elemental en el tecnòlogo: al ser la primera categoría de la
es el primer condicionamiento de las dominantes sensorimotrices, o en tierra, material de percusiones, lugar de gestos tales como «romper, cor­
términos piagetianos que el medio humano es el lugar de la proyección tar, modelar», y ser la segunda la del fuego que suscita los gestos de ca­
de los esquemas de imitación. Si como Lévi-Strauss'^* quiere, lo que lentar, cocer, fundir, secar, deformar, la tercera nos es dada por el agua
corresponde a la naturaleza y tiene por criterios la universalidad y la es­ con las técnicas del desleimiento, de la fuente, del lavado, etc.; y, por
pontaneidad, está separado de lo que pertenece a la cultura, dominio último, el cuarto elemento es el aire que seca, limpia, a v i v a P e r o
de la particularidad, de la relatividad y de la coacción, no es menos ne­ pronto el tecnòlogo enuncia una gran ley que corrige el materialismo
cesario que haya un acuerdo entre la naturaleza y la cultura, so pena de rígido que dejaba presentir esta clasificación elemental: «Si la materia
ver al contenido cultura no ser vivido jamás. La cultura válida, es decir, manda inflexiblemente sobre la técnica, dos materiales tomados de dos
aquella que motiva la reflexión y la ensoñación humana, es por tanto cuerpos diferentes, pero con las mismas propiedades físicas generales,
la que, mediante una especie de finalidad, provoca el proyecto natural tendrán inevitablemente la misma manufactura.» Esto es reconocer que
proporcionado por los reflejos dominantes que ocupan el papel de tu­ la materia es actuada por detrás de los caracteres conceptuales que reve­
tor instintivo. Desde luego los reflejos humanos, que pierden como los la la clasificación aristotélica, es confesar la importancia del gesto. Y si
grandes simios «esa nitidez y esa precisión» que se encuentra en la ma­ el cobre y la corteza tienen por instrumento común de manufactura la
yoría de los mamíferos, son capaces de un condicionamiento cultural matriz y el percutor, si el hilo de cáñamo, de rota o de hierro se trata
amplísimo y variadísimo. No es menos cierto que este condicionamien­ por procedimientos idénticos es, al parecer, porque la iniciativa técnica
to debe estar orientado, al menos en líneas generales, por la finalidad vuelve al gesto, gesto que no se preocupa de las categorías de un mate-
misma del reflejo dominante, so pena de provocar una crisis neurótica
de inadaptación. Por tanto, se exige un minimum de conveniencia en­ 152 Cfr. Leroi-G ourhan, L 'Homme et la matière y Milieu et technique.
tre la dominante refleja y el entorno cultural. Lejos de ser una censura 153 LH om m e et la matière, p. 18. Cfr. Lévi-Strauss, Anthropol. struct., pp. 240,
273.
y un rechazo los que motivan la imagen y dan su vigor al símbolo, pa­ 154 Cfr. E spinas, Les origines de la technologie, pp. 13, 14.
rece por el contrario que es en un acuerdo entre las pulsiones reflejas 155 Cfr. supra, pp. 30 y ss.
156 Cfr. Leroi-G ourhan, op. cit., p. 18. Lévi-Strauss, habla con mucha razón de la
«inestabilidad lógica de un objeto manufacturado», cfr. La Pensée Sauvage, p. 188.
150 Piaget habla de «matrices de asimilación», Form. symb. chez enfant, p. 177.
151 Cfr. Lévi-Strauss, op. cit., pp. 8, 9, 10. 157 LH om m e et la matière, pp. 165 y ss.

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Tialismo completamente intelectual fundado sobre afinidades aparen­ mienta diremos que cada gesto apela a la vez a una materia y a una
tes. Los objetos no son finalmente, como anota el tecnólogo'^^ más técnica, suscita un material imaginario, y si no una herramienta, al me­
que complejos de tendencias, redes de gestos. Una vasija no es más que nos un utensilio. Así es como el primer gesto, la dominante postural,
la materialización de la tendencia general a contener los fluidos, sobre exige materias luminosas, visuales y técnicas de separación, de purifica­
la que vienen a converger las tendencias secundarias del modelado de ción, cuyos frecuentes símbolos son las armas, las flechas, las espadas.
la arcilla o del corte de la madera o de la corteza: «Se tiene algo así co­ El segundo gesto, vinculado al descenso digestivo, apela a las materias
mo una red de tendencias secundarias que cubren numerosos objetos al de la profundidad: el agua o la tierra cavernosa suscitan los utensilios
particularizar las tendencias generales.» Por ejemplo, las tendencias a continentes, las copas y los cofres, e inclina a las ensoñaciones técnicas
«contener», a «flotar», a «cubrir», particularizadas por las técnicas del de la bebida o del alimento. Por último, los gestos rítmicos, cuyo mo­
tratamiento de la corteza dan el vaso, la barca o el techo. Si este vaso delo natural realizado es la sexualidad, se proyectan sobre los ritmos es­
de corteza está cosido, implica inmediatamente otra separación posible tacionales y su cortejo astral anexionándose todos los sustitutos técnicos
de tendencias: coser para contener da el vaso de corteza, mientras que del ciclo: tanto la rueda como el torno, tanto la mantequera como el en­
coser para vestir da el vestido de pieles, coser para alojar, la casa de ta­ cendedor, sobredeterminan cualquier frotamiento tecnológico median­
blas c o s i d a s E s t a «doble entrada» que proponen los objetos concre­ te el ritmo sexual en última instancia. Nuestra clasificación tripartita
tos otorga, por tanto, una gran libertad a la interpretación tecnológica concuerda, por tanto, entre otras, con una clasificación tecnológica que
de los utensilios. Este carácter de polivalencia de interpretación se acen­ discierne los útiles percutientes y contundentes por un lado, y los con­
tuará más en las trasposiciones imaginarias. Los objetos simbólicos, más tinentes y recipientes vinculados a las técnicas de la excavación por
aún que los utensilios, nunca son puros, sino que constituyen redes otro; por último, las grandes prolongaciones técnicas de esa herramien­
donde varias dominantes pueden imbricarse en el árbol: por ejemplo, ta tan valiosa que es la rueda: tanto los medios de transporte como las
puede ser, como veremos’^’*', símbolo a la vez del ciclo estacional, y industrias del textil o del fuego.
también de la ascensión vertical; la serpiente está sobredeterminada Asimismo, a ese entorno tecnológico inmediato se puede reintegrar
por el tragamiento, el ouroboros, y los temas resurreccionales de la re­ lo que Piaget llama los «esquemas afectivos» y que no son nada más
novación, del renacimiento: el oro es a la vez color celeste y solar, pero que las relaciones, caras a los psicoanalistas, del individuo y de su me­
también quintaesencia oculta, tesoro de la i^itimidad. Mucho más: dio humano primordial. Como una especie de herramienta, en efecto,
constataremos que el objeto simbólico está sometWota menudo a inver­ es como aparecen el padre y la madre en el universo infantil, no sólo
siones de sentido, o al menos a redoblamientosjque desembocan en como herramientas con una tonalidad afectiva propia según su función
procesos de doble negación: como el tragador tragado, el árbol derriba­ psicofisiològica, sino también herramientas rodeadas a su vez de un
do, la barca-cofre que encierra todo sobrenadando, el cortador de ata­ cortejo de utensilios secundarios: en todas las culturas, el niño pasa na­
duras que se convierte en maestro atador, etc. Ésta complejidad básica, turalmente del seno materno a los diferentes recipientes que durante el
esta complicación del objeto simbólico, justifica nuestro método que es destete sirven de sustitutos del seno. Asimismo, si el padre aparece la
partir de los grandes gestos reflexológicos para desembrollar las redes y mayoría de las veces como obstáculo acaparador de la herramienta
los nudos que constituyen las fijaciones y las proyecciones sobre los ob­ nutricia que es la madre, es venerado al mismo tiempo como una mani­
jetos del entorno perceptivo festación envidiada del poder, cuyos atributos son las armas, los instru­
Los tres grandes gestos que nos vienen dados por la reflexología mentos de caza y de pesca. Nos encontramos, pues, con que es econó­
desarrollan y orientan la representación simbólica hacia materias de mico integrar las motivaciones del medio familiar en las motivaciones
predilección que no tienen más que lejana relación con una clasifica­ tecnológicas. Piaget ha tenido cuidado de subrayar, por otra parte, que
ción ya demasiado racionalizada en cuatro o cinco elementos. Y según estos «esquemas afectivos» se salían de la demarcación de simples es­
la ecuación que establece Leroi-Gourhan: Fuerza + materia = herra- quemas personales y constituían ya especies de categorías cognitivas.
«Es evidente —escribe el psicólogo— que el inconsciente afectivo, es
158 Op. cit., p. 310. decir, el aspecto afectivo de la actividad de los esquemas asimiladores,
159 Cfir. op. cit., pp. 340 y ss. nada tiene de privilegiado desde el punto de vista inconsciente: sólo el
160 Cfr. infra, pp. 323 y ss. halo místico que rodea la intimidad de la persona ha podido engañar a
161 Lévi-Strauss ha insistido en el carácter no sustantivo y «epitético» de los grandes
axiomas de clasificación del pensamiento «salvaje» {Pensée sauvage, pp. 76-79), pero nos
parece que va demasiado lejos en su prudencia antiarquetípica cuando escribe que «el 162 Leroi-G ourhan, op. pp. 331, 332.
principio de una clasificación no se postula nunca». Para nosotros los cualificativos son 163 Cfr. op. cit., pp. 89, 93, 100. Cfr. Piaget, Form, sym b., p. 222.
a priori clasificables. 164 Piaget, op. cit., p. 223.

48 49
los psicólogos a este respecto.» Sin ir hasta esa toma de posición contra guerrera, y es la segunda dominante reflexológica la que integra la ter­
el psicoanálisis y sus motivaciones personalistas, reconocemos sin em­ cera función nutricia que establece Dumézil. Por el contrario, la bipar­
bargo que los personajes parentales se dejan clasificar singularmente en tición sociológica y simbólica cara a Piganiol, y que permanece muy
los dos primeros grupos de símbolos definidos por los reflejos postura- cerca de las biparticiones habituales de los historiadores de la religión,
íes y digestivos. El enderezamiento, el equilibrio postural irá acompa­ coincide por su primer parte «uraniana» con las constelaciones de la pri­
ñado la mayoría de las veces de un simbolismo del padre con todos los mera dominante refleja, por su segunda parte «ctónico-lunar» con las
armónicos, tanto edípicos como adlerianos, que puede comportar, constelaciones polarizadas por las dos últimas dominantes reflejas. Co­
mientras que la mujer y la madre se verán anexionar por el simbolismo mo observa Dumézil la bipartición no es nada contradictoria con la
digestivo con sus armónicas hedonísticas. Sea como fuere, la clasifica­ tripartición y no es «molesta para la interpretación funcional». Tampo­
ción que nosotros proponemos tiene el privilegio de integrar, junto a la co lo es para el análisis estructural.
tecnología, la clasificación sexual y parental que los psicoanalistas dan Por otra parte, la bipartición, tal como la concibe Piganiol'^’”, per­
la mayoría de las veces a los símbolos. mite extender, legítimamente, fuera del dominio del simbolismo in­
Todavía aparece una notable concordancia entre las tres categorías doeuropeo, el hiato ctónico-uraniano constatado por el historiador en las
simbólicas definidas por la reflexología y las tripartición y bipartición costumbres y los hábitos romanos, porque «el libro de la historia de ca­
funcionales tal como las consideran Piganiol y Dumézil. Es preciso en­ si todos los pueblos se abre con el duelo del pastor Abel y del labrador
tendernos bien, porque podrían acusarnos de extrapolar considerable­ Caín»‘^’^. Y Piganiol esboza la aplicación de este principio en los chi­
mente conclusiones sociológicas que no se aplican, en esos dos autores, nos, en el África Negra igual que entre los semitas. Trabajos tan diver­
más que a los indoeuropeos o incluso nada más que a los romanos, pero sos como** los de Dumézil y de Piganiol resaltan siempre esta funda­
si las tres funciones dumézilianas o las dos estratificaciones funciona­ mental bipolaridad. En cuanto a Przyluski, ya lo hemos observado'"',
les de la Roma antigua, según Piganiol, no se encuentran netamente se las ingenia para encontrar un paso evolutivo de un término al otro y
en otras culturas, es simplemente porque sociológicamente están más de justificar así la supremacía de Abel sobre Caín. Por último, como
depejadas. ¿No reconoce explícitamente DumeziP^^ que es porque las veremos, la bipartición y la tripartición coinciden con la repartición del
civilizaciones indoeuropeas han sabido discernir y reforzar la triparti­ espacio sagrado tal como Soustelle la ha descubierto entre los antiguos
ción funcional, por lo que han alcanzado una supremacía y un incóYn- mexicanos aspecto polémico y guerrero de las divinidades del Norte
parable equilibrio sociológico? ¿No puede concebirse que el triunfo y del Sur; aspecto vencedor del sol naciente, del Este; aspecto misterio­
temporal de las civilizaciones indoeuropeas, y de Occidente en particu­ so e involutivo del Oeste; por último, papel mediador y sintético del
lar, sea debida en gran parte a la adecuación armoniosa, en los grandes Centro del espacio, abarcan bien las implicaciones de los reflejos domi­
períodos de la historia, entre las funciones sociales y los imperativos nantes: polémica y sursum son, en dominante postural, involución
biopsicológicos? La diferenciación de las funciones y luego, en el seno nocturna del Oeste en dominante digestiva; por último, el Centro pa­
de esas funciones mismas, la discriminación de poderes bien definidos, rece dar la clase rítmica y dialéctica del equilibrio de los contrarios.
como, por ejemplo, el ejecutivo, el legislativo y el judicial en el seno Desde ese momento, podemos establecer el principio de nuestro
de la función real, ¿no serían la señal de un acuerdo óptimo entre las plan que, teniendo en cuenta estas notables convergencias de la refle­
aspiraciones biopsicológicas y las intimaciones sociales? Si nos permiti­ xología, de la tecnología y de la sociología, se fundará a la vez sobre
mos extrapolar la tripartición dumeziliana, es porque nos parece que una amplia bipartición entre áos^Regímenes át\ simbolismo, el uno
converge en numerosos puntos con la repartición psicotecnológica que diurno, el otto nocturno, y sobre la tripartición reflexológica. Hemos
hemos tomado como base de trabajo. Es más, esta convergencia nos optadó por una bipartición de esta clasificación empírica de las conver­
permitirá dar cuenta de ciertas relaciones entre ritos y símbolos de las gencias arquetípicas por dos razones: en primer lugar, como acabamos
diferentes funciones, relaciones que han permanecido misteriosas e de indicar, porque este doble plan a la vez bipartito y tripartito no es
inexplicads en Dumézil
Hay que señalar, sin embargo, que la tripartición reflexológica no *67 Op. cit., p. 181.
recubre término g término la tripartición duméziliana: el primer grupo *68 Cfr. Piganiol, op. cit., p. 93. Cfr. en Alain , en Préliminaires, pp. 96 y ss., 100
de dominante postural subsume, como veremos, las dos primeras fun­ y ss., 132 y ss., una división bastante parecida entre las «religiones de la naturaleza» y las
ciones sociológicas que son la realeza bajo sus dos formas y la función «religiones de la ciudad».
*69 Piganiol, op. cit., p. 319.
*70 Cfr. op. cit., pp. 322-324.
165 G. D umézil, Indo-Europ., pp. 40-47. *7* Cfr. supra, p. 32.
166 cfr. op. cit., p. 319. *72 Cfr. S oustelle, op. cit., pp. 67 y ss.; cfr. infra, p. 394.

50 51
contradictorio y abarca admirablemente las diferentes motivaciones an­ En efecto, numerosos autores han observado con razón la extrema­
tropológicas a las que han llegado investigadores tan alejados entre sí da confusión que reina en la riquísima teminología de lo imaginario:
como Dumézil, Leroi-Gourhan, Piganiol, Éliade, Krappe o los reflexó- signos, imágenes, símbolos, alegorías, arquetipos, shémas, esquemas,
logos y los psicoanalistas. Luego, porque la tripartición de las dominan­ ilustraciones, representaciones esquemáticas, diagramas y sinepsias son
tes reflejas es fundamentalmente reducida por el psícoanálisis clásico a términos empleados indiferentemente por los analistas de lo imagina­
una bipartición; en efecto, la libido; en su evolución genética, valoriza rio. Tanto Sartre como Dumas o Jung*'^ consagran muchas páginas a
y vincula efectivamente, de una forma sucesiva, pero continua, las pul­ precisar su vocabulario. Es lo que nosotros vamos a intentar por nuestra
siones digestivas y las pulsiQnçs sexuales. Por consig^^ puede ad­ parte, ayudados en ello por el esbozo de clasificación y de metodología
mitirse, al menos metodológicamente, que existe un parentesco, si no que acabamos de establecer. Sólo nos quedaremos con el minimum es­
una filiación, entre dominante digestiva y dominante sexual. Ahora tricto de términos aptos para esclarecer los análisis que vamos a em­
bien, es tradicional en Occidente —y veremos que esta tradición des­ prender.
cansa sobre los datos mismos de la arquetipología— dar a los «placeres Ante todo, dejaremos de lado todo lo que no tiene que ver más
del yientre» una afectación más o menos tenebrosa, o al menos líoctur- que con la pura semiología. Cuando utilicemos la palabra «signo», no
na; por consiguiente, nosotros proponemos oponer este «Régimen NÓ'c-^' será sino en un sentido muy general y sin querer darle su sentido preci­
íumo» del simbolisrno al «Régimen Diurnoh estructundo por la domi­ so de algoritmo arbitrario, de señal contingente de un significado. Asi­
nante postural, por sus implkaciones manuales y visuales, y quizá tam-' mismo, no utilizaremos el término «emblema», que en el fondo no es
bién por sus implicaciones adlerianas de agresividad. Él «Régimen más que un signo, y aunque Dumas admite que los emblemas pue­
Diurno» concierne a la dominante postural, a la tecnología de las ar­ den llegar a la vida simbólica, nosotros negaremos este punto de vista y
mas, a la sociología del soberano mago y guerrero, a los rituales de la' mostraremos, por ejemplo, que el emblema crístico no se transforma
elevación y de la purificación; el «Régimen Nocturno» se subdivide en en símbolo de la cruz, sino que se produce lo inverso. Dejaremos asi­
^dominantes digestiva y eíclica: la primera subsume las técnicas del con­ mismo de lado la alegoría, «símbolo enfriado», como observa H egeP '\
tenido y del hábitat, los valores alimenticios y digestivos, la sociología semántica desechada en semiología y que sólo tiene un valor de signo
matriarcal y nutricia; la segunda agrupa las técnicas del ciclo, del calen­ convencional y académico.
tedario agrícola así como de la industria textil, los símbolos naturales o Por el contrario, hemos adoptado el término genérico de «schéme»
\ artificiales del retorno, los mitos y los dramas astrobiológicos. [«esquema»] que hemos tomado prestado de Sartre, Burloud y Revault
- Estas dos partes de análisis en que hemos agrupado, según el méto­ d ’Allonnes, que lo han recibido de la terminología kantiana El es­
do de convergencia, las grandes constelaciones simbólicas, constituyen quema es una generalización dinámica y afectiva de la imagen, consti­
los dos primeros libros de nuestro trabajo y serán seguidos por un terce­ tuye la factividiad.y general de lo imaginario. El es-'
ro en el que trataremos de despejar filosóficamente la motivación gene­ quema está emparentado con lo que Piaget, siguiendo a Silberer'^^
ral del simbolismo. Sin olvidar, en efecto, que hasta ahí habremos de­ denomina el «símbolo funcional» y con lo que Bachelard llama «sím-
jado a un lado sistemáticamente toda presuposición ontològica, tanto bolp motor». ËÎ hace la unión, no ya como quería Kant, entre la ima­
del psicologismo como del culturalismo, entonces nos será lícito consta­ gen y el concepto, sino entre los gestos inconscientes de la sensorimo-
tar, a partir de los resultados de nuestra investigación, cuál es la con­ tricidad, entre las dominantes reflejas y las representaciones. Son estos
vergencia suprema que vienen a dictar los múltiples semantismos con­ esquemas los que forman el esqueleto dinámico, el cañamazo funcio­
tenidos en las imágenes. Recordemos, en efecto, para concluir, que el nal de la imaginación. La diferencia que existe entre los gestos reflexo-
desarrollo de este estudio sólo ha sido posible porque hemos partido de lógicos que hemos descrito y los esquemas es que estos últimos no son
una concepción simbólica de la imaginación, es decir, de una concep­
ción que postula el semantismo de las imágenes, del hecho de que no
173 Cfr. S artre, Im aginaire, pp. 33, 96, 141; D umas, Traité, t. IV, pp. 266-268;
son signos, pero contienen materialmente en cierta forma su sentido. J ung , Types psych., p. 491.
Ahora bien, podemos pretender que, agrupando positivamente las 174 Cfr. D umas, op. cit., p. 268.
imágenes, habremos condenado con ello sus sentidos múltiples, lo que Cfr. Hegel, Estética (primera lección), p. 16$, Cfr. G. D urand , «L’Occident ico­
nos permitirá abordar la teoría del sentido supremo de la función sim­ noclaste», en Cahiers intern, de symbolisme, n .° 2.
176 Cfr. K ant , Critique Raison pure, I, p. 102; Revault d ’Allonnes, art. Rev.
bólica y escribir nuestro tercer libro sobre la metafísica de la imagina­ p h il., septiembre-octubre 1920, p. 16$; B urloud, Pensée conceptuelle, pp. 10$ y ss., y
ción. Antes de emprender nuestro estudio, nos queda sin embargo dar, Psycho, des tendances, p. 200; S artre, op. cit., p. 137.
a la luz de lo que acabamos de establecer, algunas precisiones sobre el 177 Piaget, Form, sym bol., p. 178.
vocabulario que pensamos emplear. 178 B achelard, Terre et rêverie du repos, p. 264.

52 53
solamente engramas teóricos, sino trayectos encarnados en representa­ tema de razones lleve en sí sus propios fantasmas. Como dice Jung, «las
ciones concretas precisas; de este modo, al gesto postural corresponden imágenes que sirven de base a las teorías científicas se mantienen en los
dos esquemas: el de la verticalización ascendente y el de la división mismos límites... (que aquellas que inspiran cuentos y leyendas)»
tanto visual como manual; al gesto del tragamiento corresponde el es- Subrayaremos por nuestra parte la importancia esencial de los arqueti­
qüeima del descenso y del acurrucamiento en la intimidad. Segunda pos que constituyen el punto de unión entre lo imaginario y los proce­
frase de Sartre el esquema aparece comò el «presentificador» de los sos racioniales. Baudouin ha insistido sobre esta relación, demostran­
textos y las pulsiones inconscientes. do que había dos conexiones posibles entre las imágenes y los pensa­
Los gestos diferenciados en esquemas van a determinar, en contacto mientos: una horizontal, que agrupa varias imágenes en una idea; otra
con el entorno natural y social, los grandes arquetipos, más o menos vertical, en la que una imagen suscita varias ideas. Según Baudouin*®^
como Jung los ha definido Los arquetipos constituyen las^sustantifi- el concepto estaría constituido por una especie de inducción arquetípi-
caciones de los esquemas. Jung toma prestada esta noción de Jacob ca. No obstante, el lenguaje de este psicoanalista está mal fijado, con­
Burckhardt y de hecho el sinónimo de «imagen primordial», de «engra­ fundiendo a menudo arquetipos y esquemas o arquetipos y simples
ma», de «imagen original», de « p r o t o t i p o » J u n g ha puesto perfecta­ símbolos. Por otra parte, contrariamente a sus afirmaciones, hay una
mente en evidencia el carácter de trayecto antropológico de los arqueti­ gran estabilidad de arquetipos. Así es como a los esquemas de la ascen­
pos cuando escribe: «La imagen primordial debe estar en relación irre­ sión corresponden inmutablemente los arquetipos de la cima, del jefe,
futablemente con ciertos procesos perceptibles de la naturaleza que se de la luminaria, mientras que los esquemas diairéticos se sustantifícan
producen sin cesar y son siempre activos, pero por otra parte es asimis­ en constantes arquetípicos, tales como la espada, el ritual bautismal,
mo indudable que se refiere también a ciertas condiciones interiores de etcétera; el esquema del descenso dará el arquetipo de lo hueco, de la
la vida del espíritu y de la vida en general...» Este arquetipo, interme­ noche, del «Guilliver», etc., y el esquema del acurrucamiento provoca­
dio entre los esquemas subjetivos y las imágenes proporcionadas por el rá todos los arquetipos del seno y de la intimidad. Precisamente lo que
entorno perceptivo sería, «para hablar el lenguaje de Kant, como el diferencia el arquetipo del simple símbolo es generalmente su falta de
nóumeno de la imagen que la intuición p e r c i b e . . . » D e s d e luego, ambivalencia, su universaUdad constante y su adecuación al esquema:
Jung insiste sobre todo en el carácter colectivo e innato de las imágenes la rueda, por ejemplo, es el gran arquetipo del esquema cíclico, porque
primordiales, pero sin entrar en esta metafísica de los orígenes y sin ad­ no se ve qué otra significación imaginaria podría dársele, mientras que
herirnos a la creencia en «sedimentos mnésicos» acumulados en el curso la serpiente no es más que el símbolo del ciclo, símbolo muy polivalen­
de la filogénesis, podemos hacer nuestra una observación capital del te como veremos.
psicoanalista que ve en estos sustantivos simbólicos, que son los arque­ Es que, en efecto, los arquetipos se vinculan a imágenes muy dife­
tipos del estadio preliminar, la zona matricia de la idea»*®\ Lejos de renciadas por las culturas y en las- que van a imbricarse varios esque­
primar la imagen, la idea no sería más que el compromiso pragmático mas. Uno se encuentra entonces en presencia del símbolo en sentido
del arquetipo imaginario, en un contexto histórico y epistemológico estricto, símbolos que revisten tanta más importancia cuanto que son
dado. Lo que explica a la vez que «... la idea, a causa de su naturaleza ricos en sentidos diferentes. Es, como ha visto Sartre^®®, una forma in­
racional, está mucho más sometida a las modificaciones de la elabora­ ferior por ser singular del esquema. Singularidad que se resuelve la ma­
ción racional que influyen fuertemente el tiempo y las circunstancias y yoría de las veces en la de un «objeto sensible», una «ilustración» con­
le procura expresiones conformes al espíritu del momento Lo cual creta tanto del arquetipo como del esquema Mientras que el arqueti­
estaría dado, por tanto, ante rem en la idea, sería su molde afectivo- po está en la vía de la idea y de la sustantificación, el símbolo está sim­
representativo, su motivo arquetípico; es lo que explica asimismo que plemente en la vía del sustantivo, del hombre, e incluso a veces del
el racionalismo y los pasos pragmáticos de las ciencias jamás se liberen nombre propio: para un griego, el símbolo de la Belleza es el Doríforo
completamente del halo imaginario, y que todo racionalismo, todo sis­ de Policleto. De este compromiso concreto, de este acercamiento se-
miológico, el símbolo hereda una fragilidad extrema. Mientras que el
179 S artre, op. c à., p. 137.
Cfr. J ung , Types psych., pp, 387, 454 y ss. Para nosotros, por el contrario, los
grandes sustantivos no son más que secundarios en relación a los esquemas «verbales». ^85 J ung , op. cit., pp. 310-311.
Cfr. G. D urand, Les Trois niveaux de form ation du Symbolisme. 186 Cfr. B audouin, De Tinstinct à Tesprit, p. 191.
i®i J ung , op. cit., p. 310. 187 Cfr. op. cit., pp. 197, 200.
182 Op, cit., p. 411. 188 Cfr. S artre, op. cit., p. 144.
183 Op, cit., p. 456. 189 Cfr. D umas, Traité, IV, p. 265. Cfr. noción de «sintcma», en R. A lleau, D e la
184 Op. cit., p. 450. nature des symboles, pp. 17, 38.

54 55
esquema ascensional y el arquetipo del cielo permanecen inmutables, detención, una cierta fidelidad, un cierto estatismo La estructura,
el símbolo que los desmarca se transforma de escala en flecha volante, por el contrario, implica cierto dinamismo transformador. Lo sustanti­
en avión supersónico o en campeón de salto Puede decirse incluso vo de estructura, unido a epítetos de sufijos tomados en préstamo a la
que al perder su polivalencia, al despojarse de ella, el símbolo tiende a etimología de la palabra «forma» y que, a falta de otra cosa mejor, uti­
devenir en simple signo, tiende a emigrar del semantismo al semiolo- lizaremos metafóricamente, significará simplemente dos c o sa s:,^ p ri-
gismo: el arquetipo de la rueda da el simbolismo de la cruz que, a su meclu^ar,.que. estas «fqrpas» son dina es decir, que están soïnçr
vez, se convierte en simple signo de la cruz tal como es utilizado en la tidas a transfgrmadones por Ja mqdf^^^ y
suma o en la multiplicación, simple sigla o simple algoritmo perdido constituyen los «modelos» toinómicos y pedagógicos, es decir, que sir­
entre los signos arbitrarios de los alfabetos. ven cómodamente a la clasifícációri7'peró q^^ servir, por ser
En la prolongación de los esquemas, de los arquetipos y de los sim­ transformables, para modificar el campo imaginario. En seguridoL.lu-
ples sírnbolos puede retenerse el mito. No tomaremos este término en gar, por acercarnos en este punto más a Radcliffe-Brown que a Lévi-
la acepción restringida que le dan los etnólogos, que no hacen de él Strauss*^^, estos «modelos», no son Guaiítitativos, sino síntoma^ las
más que el envés representativo de un acto ritual Nosotros entende­ estructuras tanto como los síntomas médicos son modelos que permiten
remos por mito un sistema dinámico de símbolos, de arquetipos y de el diagnóstico tanto como la terapéutica. Su aspecto matemático es se­
esquemas, sistema dinámico que, bajo el impulso de un esquema,^ cundario en relación a su agrupación en síndromes, por eso estas es-
"tiende a componerse en relato. El mito es ya un esbozo de racionaliza­ tructuras se.desciiben com modelos etiológicos más que formularse al­
ción, puesto que utiliza el hilo del discurso, en el que los símbolos se gebraicamente. Estas agrupaciones de estructuras vecinas definen lo
resuelven en palabras y los arquetipos en ideas. El mito explicita un es­ que nosotros llaniarenios. un lo imaginario. Volveremos
quema o un grupo de esquemas. Así como el arquetipo promovía la más adelante sobre esta primacía cualitativa de las estructuras semán­
idea y el símbolo engendraba el nombre, puede decirse que el mito ticas Por ahora, contentémonos con definir una estmctur^ una
. promueve la doctrina religiosa, el sistema filosófico, como bien ha visto forma. traiisfoimaW^ que juega el papel de protocolo motivadór para
B r é h i e r e l relato histórico y legendario. Es lo que enseña de forma toda una agrupación de imágenes y susceptible a su vez de agrupación
notable la obra de Platón en la que el pensamiento racional parece en una estructura más general que nosotros llamaremos
constantemente despertarse de un sueño mítico y en ocasiones lamen- Al no ser estos regímenes agrupacionales rígidas de formas inmuta­
tarlo. Además, constataremos que la organización dinámica del mito bles, nos plantearemos por último la cuestión de saber si están a su vez
corresponde a menudo a la organización estática que hemos denomina­ motivados por el conjunto de rasgos caracterológicos o tipológicos del
do «constelación de imágenes». El método de convergencia pone en individuo, o incluso cuál es la relación que une sus transformaciones a
' evidencia el mismo isomorfismo en la constelación y en el mito. las presiones históricas y sociales. Una vez reconocida su relativa auto­
\ Por último, este isomorfismo de los esquemas, de los arquetipos y nomía —relativa porque todo tiene un límite relativo en la compleji­
jde los símbolos en el seno de los sistemas míticos o de constelaciones dad de las ciencias del hombre— , nos quedará por esbozar, fundándo­
; Astáticas nos llevará a constatar la existencia de ciertos protocolos nor- nos en la realidad arquetípica de estos regímenes y de sus estructuras,
/mativos de las representaciones imaginarias, bien definidas y relativa- una filosofía de lo imaginario que se interrogue sobre la forma común
j mente estables, agrupadas en torno a esquemas originales y que noso- que integra estos regímenes heterogéneos y sobre la significación fun­
tros denominaremos estructuras. Desde luego, este último es muy am­ cional de esta forma de la imaginación y del conjunto de las estructuras
biguo y flotante en la lengua f r a n c e s a N o obstante, pensamos con y de los regímenes que subsume.
Lévi-Strauss que, a condición de ser precisado, puede añadir a la no-
ción de «forma» concebida bien como residuo empírico de primera ins­
tancia, bien como abstracción semiológica y e s t e r e o t i p a d a q u e resul-
^ ta de un proceso inductivo. La forma se define como una especie de

^95 Cfr. E. SouRiAU, Pensée vivante et perfection form elle, p. 273. «Mantener esta for­
190 cfr. B audouin , op. cit., p. 200. ma a todo riesgo, a todo azar, es en adelante el acto fundamental de esta vida: su nom­
i9iCfr. Van der Leeuw , Homme p rim itif et religion, p. 120, y G usdorf, op. cit., bre es también Fidelidad...» Sobre la diferencia entre estructura y función, cfr. B ergson ,
p. 24. Cfr. infra, pp. 317 y ss. Les deux sources, pp. I l l y 112; Lacroze, Fonction de l'Im agination, pp. 11, 12.
192 Cfr. B réhier, en Kev. psychol. et morale, 1914, p. 362. 196 Cfr. R adcliffe-Brown, On Social Structure, pp. 4, 6, 10; cfr. Lévi-Strauss,
193 Porque traduce a la vez G estalt y A uß au, es decir, «forma intuitiva» y «principio op. cit., p. 335.
organizador». Cfr, G oudstein, La structure de l'organism e, pp. 18, 24. 197 Cfr. infra, p. 341.
194 Cfr. Lévi-Strauss, Anthropologie structurale, p. 306.

56 57
: í^ í''r ' '

LIBRO PRIMERO

EL RÉGIMEN DIURNO DE LA IMAGEN


:^,_SeniàfttdGamente -hablando,, puede decirse qu no hay luz sin tinie­
blas mientras que -lo contrario no es cierto : la noche tiene una existen-
Diurno de la imagen se defíne,
^ gor tanto, de una formfegTencraljrqiTO
rihariiqüeísmo de las imágenes diurnas no ha escapado á han
abordado el estudio profundo de los poetas de la luz. Con Baudouin •
ya habíamos observado la doble polarización de las imágenes hugolia-
nas en torno a la antítesis luz-fíñieblá§?®fflísm
ingènia'parà éhcóffiráf el düálisim metáforas de la noche y del
día entre los trovadores, los poetas místicos del sufismo, la novela bre­
tona de la que Tristan et Isolde es una ilustración y, por último, en la
poesía mística de San Juan de la Cruz. Según Rougemont, este dualis­
mo de inspiración càtara estructuraría toda la literatura de Occidente,
irremediablemente platónica. Asimismo, Guiraud^ pone de manifiesto
de forma excelente la importancia de las dos palabras-clave más fre­
cuentes en Valéry: «puro» y «sombra», que constituyen «el sustentador
de la decoración poética». Semánticamente estos dos términos «se opo­
nen y forman los dos polos del universo valéryano: ser y no ser...
ausencia y presencia... orden y desorden.» Y Guiraud observa esa fuer­
za de polarización que poseen estas imágenes axiomáticas: en torno de
la palabra «puro» gravitan «cielo», «oro», «día», «sol», «luz», «grande»,
«inmenso», «divino», «duro», «dorado»..., mientras que junto a «la
sombra» están «amor», «secreto», «sueño», «profundo», «misterioso»,
«triste», «pálido», «pesado», «lento».,. El fonético opone incluso

^ Cfr. Baudouin , Psychanalyse de V. Hugo, p. 202. Cfr. supra, p. 33.


2 Cfr. D. DE Rougemont, Lam ou r et VOccident, pp. 34, 88, 157. Cfr. J. B édier,
Le Roman de Tristan et Iseut.
3 P. G uiraud, op. cit., p. 163.

61
las sonoridades de estos dos términos: «u», o bien «i», es la más aguda PRIMERA PARTE
de las vocales, mientras que «on» es la más grave. Al obligarle el ins­
tinto fonético del poeta a buscar por predilección estos dos sonidos *, LOS ROSTROS DEL TIEMPO
confirma la vocación de las imágenes. Es por tanto completamente na­
tural que los capítulos consagrados Régimen Diumo^ á^^^ se
dividan en dos.grandes partes antitéticas: la primera —cuyo sentido deP
título será dado por la convergencia semántica misma— esta consagra­
da al fondo de las tinieblas sobre las qué sé perfila el resplandor victo­
rioso de la luz; el segundo manifiesta la reconquista antitética y metó­
dica de las valoraciones negativas de la primera.

Tiempo de labios de lima, en rostros sucesivos te aguzas, te


enfebreces...

R. C har, A une sérénité crispée.

I. L o s SÍMBOLOS TERIOMORFOS

De primera intención, el simbolismo animal parece ser muy vago


por estar demasiado extendido. Parece que puede remitir a valorizacio­
nes tanto negativas con los reptiles, las ratas, las aves nocmrnas, como
positivas con la paloma, el cordero y, en geñcrálpíóPáhimales domésti­
cos. No obstante, pese a esta dificultad, toda arquetipología debe
abrirse con un Bestiario y comenzar con una reflexión sobre la universa­
lidad y la trivididad del Bestiario.
En efecto, de todas las imágenes son las imágenes animales las más
frecuentes y comunes. Puede decirse que nada nos es más familiar, des­
de la infancia, que las representaciones animales. Incluso en el pequeño
ciudadano occidental, oso de peluche, gato con botas, Mickey, Babar
vienen a vehicular extrañamente el mensaje teriomorfo. La mitad de
los títulos de libros para la infancia están consagrados al animaP. En
los sueños infantiles referidos por Piaget^ de una treintena de observa­
ciones más o menos nítidas, nueve se refieren a sueños con animales.
Es notable además que los niños no hayan visto nunca la mayoría de
los animales con que sueñan, ni los modelos de las imágenes con que

^ Cfr. P. G riraud, Langage et versification d'après l'œ uvre de P. Valéry^ p. 86. ^ De 60 libros de la colección infantil «Les petits livres d ’or», ediciones «Cocorico»
Cfr. Reichard, J akobson y W erth, «Language and Synesthesia», en Word, V, n .° 2, (París), 26 llevan el nombre de un animal; en la colección «Albums roses», 28 de 50, etc.
1949, pp. 226 y SS.; cfr. Lévi-Strauss, «Langage et parenté», en Anthrop. struct., 2 PiAGET, La form ation du symbole chez l'enfant, p. 188; cfr. Marie B onaparte,
Psychanalyse et anthropologie, p. 174.
pp. 106 y SS.

62 63
juegan. Asimismo se comprueba que existe toda una mitología fabu­ que la serpiente comparte con la semilla, la ascensión y el vuelo que el
losa de costumbres animales que la observación directa no podrá sino pájaro comparte con la flecha. Este ejemplo nos permite ver una difi­
i contradecir. Y, sin embargo, para nuestra imaginación, la salamandra cultad esencial de la arquetipología: el enmarañamiento de las motiva­
\ seguirá vinculada al fuego, el zorro a la astucia, la serpiente continúa ciones, que provoca siempre una polivalencia semántica en el nivel del
' «picando» pese al biólogo, el pelícano se abre el corazón, la cigarra nos objeto simbólico. Bochner y Halpern^ observan justamente que en la
enternece mientras el gracioso ratoncillo nos repugna. Es decir, esta interpretación del test de Rorschach, el tipo del animal escogido es tan
orientación teriomorfa de la imaginación forma una capa profunda, significativo como la elección de la animalidad como tema general: las
que la experiencia no podrá jamás contradecir: tan refractario es lo interpretaciones son diferentes cuando se trata de la elección de anima­
imaginario al mentís experimental. Podría pensarse incluso que la ima­ les agresivos que reflejan «sentimientos poderosos de bestialidad y de
ginación enmascara todo aquello que no la sirve. Lo que desencadena agresión» o, por el contrario, cuando se trata de animales domésticos.
el lirismo de un Fabre, no son descubrimientos inéditos, sino las confir­ En este capítulo consagrado a los símbolos teriomorfos, se trata, por
maciones aproximadas de leyendas animales. Algunos pueblos primi­ tanto, de buscar el sentido de lo abstracto espontáneo que representa el
tivos \ los Kurnais de Australia, por ejemplo, saben distinguir nítida­ arquetipo animal en general y no de dejarse arrastrar por tal o cual im­
mente entre el arquetipo imaginario y el animal objeto de la experien­ plicación particular.
cia cinegética. Llaman jiak a este último, mientras que reservan el Hay que liberarse ante todo de las explicaciones empiristas que ge­
nombre de muk-jiak, «animales notables», a los arquetipos teriomorfos neralmente son dadas como motivos por la zoolatría y por la imagina­
de los cuentos y leyendas. El animal se presenta, por tanto, en tales ción teriomorfa. Esas explicaciones tratan de hacer derivar estos últimos
pensamientos, como un abstracto espontáneo, el objeto de una asimi­ de rituales en que los humanos ocupan el papel de animales. Como
lación simbólica: de este modo testimonia la universalidad y la plurali­ observa Krappe^, eso es lo mismo que empezar la casa por el tejado. El
dad de su presencia tanto en una conciencia civilizada como en la men­ animismo se vuelve naturalmente hacia el símbolo animado, es decir,
talidad primitiva. La etnología ha demostrado claramente el arcaísmo y hacia el animal. De este modo, el hombre se inclina a la animalización
la universalidad de los símbolos teriomorfos que se manifiestan en el de su pensamiento y por esta asimilación se realiza un intercambio
totemismo o sus supervivencias religiosas teriocéfalas. La lingüística constante entre los sentimientos humanos y la animación del animal.
comparada ^ ha observado, asimismo, hace tiempo, que la repartición No obstante, la explicación de Krappe sigue siendo muy vaga, conten­
de los sustantivos se hace primitivamente según las categorías de lo ani­ tándose con jugar con la etimología de la palabra animal.
mado y lo inanimado. En náhuatl, en algonquino, en las leguas draví- Más precisa pretende ser la explicación psicoanalítica desarrollada
dicas e incluso en las lenguas eslavas, los sustantivos se reparten en gé­ por Jung^ en Métamorphoses e^^^^^^^ de la libido. El símbolo ani­
neros según esas categorías primitivas. Según BréaP, el neutro de las mal sería la-figura dé la h sexual: Indistintamente, «d.^áiáro., .el
lenguas indoeuropeas respondería a una primitiva división entre inani­ pez, la serpiente eran^entre los antiguos símbQlos.fálk escribe Jung.
mado y géneros animados. La repartición de los géneros sexuiaparentes Añade a esta enumeración el contenido casi completo del bestiario: to­
sería mucho más tardía. El Bestiario parece, pues, sólidamente instala­ ro, chivo, morueco, jabalí, asno y caballo. Los hieródulos que se prosti­
do tanto en la lengua y en la mentalidad colectiva como en el ensueño tuían a chivos, y el Leviatán o el behemoth del Libro de Job, «atributo
individual. Ahora se trata de preguntarnos de qué esquema general es fálico del creador», serían prueba de esta sexualización de la teriomor-
proyección asimiladora el arquetipo teriomorfo y sus variaciones. fia La Esfinge constituye el resumen de todos estos símbolos sexua­
Antes hemos de precisar este punto: además de su significación ar- les, «animal terrible, derivado de la madre»’*, y vinculada al destino
quetípica y general, el animal es susceptible de estar sobredeterminado incestuoso de Edipo. Jung vuelve a trazar la genealogía del monstruo,
por caracteres particulares que no se vinculan directamente a la animali­ hijo de Echidna, a su vez serpentiforme e hija de Gea, la madre uni­
dad. Por ejemplo, la serpiente y el pájaro, cuyas significaciones capita­ versal. El animal en general y la Esfinge en particular serían «una masa
les estudiaremos más adelante^, no son, por así decir, animales más de libido incestuosa»
que en segunda instancia; lo que en ellos prima son las cualidades que Esta tesis nos parece a un tiempo demasiado vaga en cuanto a la ela-
no son propiamente animales: el sepultamiento y el cambio de piel
1 B ochener y H alfern, Application clinique du test de Rorschach, pp. 62 y ss.
® K rappe, op. cit., p. 36.
^ Cfr. K rappe, op. cit., p. 37. 9 J ung , op. cit., p. 26; cfr. B astide, op. cit., p. 46.
Cfr. L. Adam, Le Genre dans les diverses langues. J ung , op. cit., 173; d t.Jo h , X X X X , 10.
5 Cfr. B real, art. en Mém. soc. linguist., Paris, t. VII, p. 345. J ung , op. cit., p. 205.
6 Cfr. infra, pp. 121 y ss., 301 y ss. ^2 Op. cit., p. 174; cfr. P. G rimal, Dictionnaire de mythologie.

64 65
boración de su material, demasiado precisa y demasiado limitada en senda formal o material. El pescador de truchas sabe muy bien que só­
cuanto a su interpretación. Demasiado vaga porque Jung recoge sin or­ lo sus gestos demasiado bruscos parecerán insólitos al pez. El test de
den, y sin análisis isomórfíco o funcional, los datos diversos de su enor­ Rorschach confirma este parentesco en el psiquismo humano entre el
me cultura, mezclando animales reales con monstruos compuestos, sin animal y su movimiento. Generalmente, los porcentajes de respuestas
tener en cuenta importantes bifurcaciones funcionales como las que animales y de respuestas cinestésicas son inversamente proporcionales,
inspiran el simbolismo del pájaro o de la serpiente. Pero paralelamente compensándose unas con otras: el animal no es más que el residuo
a esta confusión, la interpretación queda demasiado limitada por el muerto y estereotipado de la atención al movimiento vital. Cuanto más
pansexualismo que viene a restringir aún una observación clínica única­ alto es el porcentaje de respuestas animales, más viejo es el pensamien­
mente localizada en la personalidad del europeo contemporáneo. Sin to, más rígido, más convencional o más invadido por un humor depresi­
embargo, no se tiene derecho a extrapolar ni en el tiempo ni en el es­ vo. La gran proporción de respuestas animales es el signo de un blo­
pacio la libido incestuosa. Ilegitimidad de la extrapolación en el espa­ queo de la ansiedad. Pero sobre todo, cuando las respuestas cinestésicas
cio porque el complejo «es una formación social, relativa a las diversas se acumulan con las de animales, tenemos la indicación de una inva­
civilizaciones, a los diversos medios sociales en el interior de una misma sión de la psique por los apetitos más gastados, accidente normal en el
c i v i l i z a c i ó n » E l complejo es fenómeno de cultura al que legítima­ niño, pero que en el adulto es sinónimo de inadaptación y de regresión
mente no se debe aplicar la fórmula explicativa más que en el seno de a las pulsiones más arcaicas. La aparición de la animalidad en la con­
una civilización dada. Ilegitimidad asimismo de la extrapolación en el ciencia es, por tanto, síntoma de una depresión de la persona hasta los
tiempo, puesto que la libido incestuosa no es más que una experiencia umbrales de la ansiedad. Ahora nos quedan por distinguir diversas es­
relativamente tardía: el propio Freud ha demostrado que esta libido no pecificaciones dinámicas del esquema de lo animado. .
se fija, sino después de numerosas metamorfosis digestivas del princi­ Una de las primitivas manifestaciones de la animalización es el
pio de placer. Es por tanto necesario vincular la imaginación terioforma fourmillement [bormiguepl, Mmsigen fugaz pero primera» í i No aten­
a una capa ontogenética más primitiva que el Edipo y, sobre todo, a damos por la etimología francesa de la palabra ni el trabajo de las hor­
una motivación más universalizable. La imaginación teriomorfa supera migas [fourmis] que emparenta la imagen de esta últimas con la de la
con mucho tanto en el espacio como en la ontogénesis, la era de la cri­ serpiente fouisseur (cavadora). No conservemos del honaigueo mas que
sis edipica y la zona de la burguesía vienesa de la belle epoque. Desde el esquema de la agitación, del p u lu l^ ien to . Dalí*^ ha vinculado di-
luego, el Edipo, que viene a introducirse en las constelaciones terio- rectamcfrte en numerosas obras d tíórmigueo de la hormiga al pulula-
morfas preexistentes, puede reforzar y orientar perfectamente estas miento de la larva. Es este movimiento anárquico el que, de entrada,
imágenes hacia significaciones tendenciosas, y al término de estos capí­ revela la animalidad a la imaginación y rodea de un aura peyorativa la
tulos consagrados a los Rostros del tiempo subrayaremos las implicacio­ multiplicidad que se agita. Es a este esquema peyorativo al que está
nes libidinosas y sexuales que oculta la constelación que agrupa, al lado vinculado el sustantivo del verbo pulular, la larva Para la conciencia
del simbolismo teriomorfo, los símbolos de la caída y del pecado. No común, todo insecto y todo parásito es larva. Schelegel coincide con
es menos cierto que el sentido primero de la imagen teriomorfa es más Hugo cuando ve en el saltamontes un conjunto pululante y pernicio­
primitivo y más universal que la estrecha especificación freudiana de la so. Tema que Hugo no hace sino tomar prestado del Apocalipsis, don­
libido. Es este sentido primitivo el que tratamos de descrifrar, al tratar de saltamontes y ranas — ¡esas antiguas plagas de Egipto!— se turna­
de descubrir, contrariamente a Jung, los imperativos dinámicos de se­ ban para simbolizar el mal, dirigidas por Abaddón «el exterminador»,
mejante forma. el ángel del abismo Asimismo, el gusano es una imagen terrorífica,
muy frecuente en Hugo, en la que Baudouin quiere ver un monstruo
fálico complementario del monstruo feminoide que es la araña. La ser­
piente, cuando sólo es considerada como movimiento serpenteante, es
Lo abstracto espontáneo del animal, tal como se presenta a la ima­ decir, como fugaz dinamismo, implica también una «discursividad» re-
ginación sin sus derivaciones y sus especializaciones secundarias, está
constituido por un verdadero esquema: el esquema de lo animado. Cfr. B ochner y H alpern, op. cit., pp. 60 y ss.; cfr. Rorschach, Psychodiagnostic,
Para el niño pequeño, como para el animal mismo, la inquietud es pro­ páginas 36, 38; cfr. Bohm , op. cit., I, p. 145; cfr. Piaget , Format, symb. pp. 325 y ss.
vocada por el movimiento rápido e indisciplinado. Todo animal salva­ B achelard, La Terre et les rêveries du repos, pp. 56, 60.
je, pájaro, pez o insecto, es más sensible al movimiento que a la pre­ Cfr. Film de D alí-Buñuel, Un chien andalou; cfr. cuadro: F l gran Masturbador.
1' Bachelard, op. cit., p. 77.
1® Schlegel, Philo, de la vie, 1 . 1, p. 296; cfr. B audouin , V. Hugo, p. 141.
*5 R. B astide, Social, e tpsychan., p. VIII, cfr. pp. 38, 191, 194, 207, 278. Cfr. Langton , Dem onologie, p. 216; A poc., IX, 3 y 7; XVI, 13.

66 67
pugnante que está unida a la de los pequeños mamíferos rápidos, rato­ que constituye el núcleo mismo de lo que el psicoanalista denomina el
nes y ratas «complejo de Mazeppa». Es la cabalgada fúnebre o infernal la que es­
Esta repugnancia primitiva ante la agitación se racionaliza ante la tructura moralmente la huida y le da ese tono catastrófico que se en­
variante del esquema de la animación que constituye eLarxjuetipo del cuentra tanto en Hugo como en Byron o en Goethe. El caballo es iso­
caos. Como observa Bachelard, «no hay en la literatura un solo caso in­ morfo de las tinieblas y del infierno:
móvil... y en el siglo XVII se ve la palabra chaos [caos] ortografiada ca-
hot [traqueteo]» El infierno es imaginado siempre por la iconografía Son los negros caballos de la carrera de la sombra^^^.
como lugar caótico y agitado; lo testimonian tanto el fresco de la Capi­
lla sixtina como las representaciones infernales de Jerónimo Bosco o la
Dulie Griet de Breughel. En el Bosco, además, la imaginación va a la
par con la metamorfosis animal. El esquema de la animación acelerada Los poetas no hacen más que recuperar el gran símbolo del caballo
que es la agitación hormigueante, pululante o caótica, parece ser una infernal tal como aparece en innumerables mitos y leyendas en rela­
proyección asimiladora de la angustia ante el cambio, no haciendo la ción bien con constelaciones acuáticas, bien con el trueno, bien con los
adaptación animal en la huida más que comprensar un cambio brusco infiernos antes de ser anexado por los mitos solares. Pero estas cuatro
por otro cambio brusco. Ahora bien, el cambio y la adaptación o asimi­ constelaciones, incluso la solar, son solidarias de un mismo tema afecti­
lación que él motiva es la primera experiencia del tiempo. Las primeras vo: el terror ante la fuga del tiempo simbolizada por el cambio y por el
experiencias dolorosas de la infancia son experiencias del cambio: ya ruido.
sea el nacimiento, o las bruscas manipulaciones de la comadrona y lue­ Examinemos primero el semantismo tan importante del caballo ctó-
go de la madre, o más tarde el destete. Estos cambios convergen hacia nico. Es la montura de Hades y de Poseidón. Este último, en forma de
la formación de un engrama repulsivo en el niño de pecho. Puede de­ semental, se acerca a Gaia la Tierra Madre, Demeter Erinnys, y engen­
cirse que el cambio está sobredeterminado peyorativamente tanto por dra a las Erinnias, dos pupilos demonios de la muerte. En otra lectura
el «complejo de Rank» como por el traumatismo del destete, que vie­ de la leyenda es el miembro viril de Urano, cortado por Cronos el
nen a corroborar esta primera manifestación del temor que Betcherev, Tiempo, el que procrea dos demonios hipomorfos Y vemos perfilar­
igual que María Montessori2^ han puesto de manifiesto en las reaccio­ se detrás del semental infernal una significación sexual y terroráica a la
nes reflejas del recién nacido sometido a bruscas manipulaciones. vez. El símbolo parece multiplicarse a placer en la leyenda: es en un
Con esta valoración negativa del movimiento brusco hay que rela­ abismo consagrado a las Erinnias donde desaparece Erion, el caballo de
cionar el tema del Mal en Víctor Hugo que Baudouin muy justamen­ Adrasto. Asimismo Brimo^'^, la diosa feraiana de la muerte, es repre­
te denomina el «Zwang», la violencia que se manifiesta igualmente en sentada en las monedas montada sobre un caballo. Otras culturas rela­
la huida rápida, en la persecución fatal, en la errancia ciega de Caín cionan de forma más explícita aún el caballo, el Mal y la Muerte. En el
perseguido, de Napoleón vencido o de Jean Valjean, el eterno fugitivo. Apocalipsis, la muerte cabalga el caballo macilento Ahrimán, como
Esta imagen reviste una característica obsesiva en el poeta. Según el los diablos irlandeses, rapta a sus víctimas a lomos de caballos; entre los
psicoanalista^^ existiría una raíz edipica en ese fantasma, que se mani­ griegos modernos, como en Esquilo, la muerte tiene por montura un
fiesta en los poemas célebres de La Conscience, Le Petit roi de Calice y corcel negro El folklore y las tradiciones populares germánicas y an­
V A igle du casque. Desde luego, una educación edipica viene como glosajonas han conservado esta significación nefasta y macabra del ca­
siempre a reforzar tales esquemas; pero no es menos cierto que este es­ ballo: soñar con un caballo es signo de muerte próxima
quema de la huida ante el Destino tiene raíces más arcaicas que el te­ Hay que examinar más de cerca ese demonio hipomorfo alemán, la
mor del padre. B a u d o u i n t i e n e razón al relacionar este tema de la mahrt, cuya etimología es comparada por Krappe con el paleoeslavo
errancia, del judío errante o del maldito, con el simbolismo del caballo
2^ H ugo , Légende des siècles, «L’Aigle du casque».
27 Cfr. Malten, «Das Pferd im Totenglauben» {Jahr, deutsch. Archeo. Inst., t.
20 B achelard, op. cit., p. 270. XXIX, 1914), pp. 181 y ss. Queremos subrayar que no se trata más que de un símbolo.
21 Bachelard, op. cit., p. 21Q\C î ï . V . Ricœur , Finitude et culpabilité, II, La symbo­ 28 Cfr. op. cit., p. 201.
lique du mal, p p . 167 y SS. 29 Cfr. op. cit., p. 197; cfr. P. G rimal, Dictionnaire, artículo «Erinnycs». Estas últi­
22 B etcherev, op. cit., pp. 221 y ss. Cfr. K ostyleff, op. d t., p. 72; Montessori, mas son asimismo comparadas a «perras» que persiguen a los mortales.
L'Enfant, pp. 17, 22, 30. 30 Apoc., VI, 8.
23 B audouin, op. cit., pp. 198-199. 31 Malten, op. cit., p. 126; cfr. E squilo, Agamenón, V, 1660.
2^1 Cfr. op. cit., p. 101. 32 Cfr. K rappe, Genèse des Mythes, p. 228.
25 Cfr. op. cit., p. 113; cfr. J ung , Libido, p. 183. 33 Op. cit., p. 229.

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mora; la bruja, con el antiguo ruso mora; el espectro, con el polaco almas. La parihuela mortuoria es llamada en la Edad Media «caba­
mora y con el checo mora, que no son otra cosa que nuestra pesadilla. llo de San Miguel»; el ataúd se dice en persa «caballo de madera», y
Por último, puede relacionarse con la misma etimología el mors, mor- P. M. Schuhl, según Ch. Picard hace interesantísimas observaciones
tis latino, el antiguo irlandés marah que significa muerte, epidemia, y' sobre el caballo cenotafio en la antigüedad clásica. Observemos que en el
el lituano maras que quiere decir peste. Krappe^"^ llega incluso a expli­ Apocalipsis el caballo de la muerte presenta un notable isomorfismo
car por eufemización el acercamiento etimológico con las seductoras con el león y las fauces del dragón. En efecto, los caballos de los ánge­
«hijas de Mara», personificaciones indias del desastre y del mal. Pero es les exterminadores tienen cabezas «como cabezas de león» y su poder
Jung sobre todo quien insiste en el carácter hipomorfo de cauche-mar reside «en su boca y en su cola, ésta semejante a una serpiente y provis­
[pesadilla] y de los súcubos nocturnos. Motiva la etimología de cauche- ta de una cabeza, y con ella es con la que causan el daño...»'^'. Vemos,
mar por calcare latino —que en francés da la expresión cocher la poule, pues, cómo se esboza bajo el esquema de lo animado el arquetipo del
es decir, a la vez copular y pisotear— y con el antiguo alto alemán Ogro que estudiaremos inmediatamente. Pero ahora, examinemos to­
mahra que significa semental y que viene a confundirse con la imagen davía las constelaciones simbólicas que gravitan en torno del simbolis­
de la muerte en el radical ario mar, morir. El psicoanalista anota de mo hipomorfo.
pasada que la palabra francesa mère está muy cercana a la raíz en cues­ Pese a las apariencias, el caballo solar se deja asimilar fácilmente al
tión sugiriendo con ello que la madre es el primer utensilio que ca­ caballo ctónico. Como constataremos a propósito del signo zodiacal del
balga el niño, y asimismo que la madre y la vinculación a la madre león, el sol no es un arquetipo estable y las intimaciones climáticas
pueden revestir un aspecto terrorífico. Una vez más añadiremos que el pueden darle a menudo un neto acento peyorativo. En los países tropi­
sentido psicoanalítico y sexual de la cabalgada aparece perfectamente en cales, el s’ol y su cortejo de hambre y de sequía es nefasta. El Surya
la constelación hipomorfa, pero que viene simplemente a sobredeter­ védico el sol destructor, está representado por un corcel. Los múlti­
minar el sentido más general que es el de vehículo violento, de corcel ples caballos solares de la tradición europea conservan más o menos
cuyas zancadas superan las posibilidades, humanas y que Cocteau, con eufemizado el carácter temible del Surya védico. Leucipo es un caballo
un instinto muy seguro, sabrá modernizar —en su película Orphée— blanco, antiguo dios solar, y los rodios sacrifican caballos a Helios
transformándolo en motocicletas mensajeras del Destino. Freyr, el dios solar escandinavo, se ve consagrar los caballos; su sustitu­
Krappe^^ añade además a la etimología en cuestión una observa­ to cristiano, San Esteban, es asimismo protector de estos animales. Jo-
ción que abstrae el símbolo de toda sugerencia caballera: en suizo- sías hace desaparecer los caballos consagrados al sol por los reyes de
alemán more es una injuria que quiere decir cerda, y mura en bohemio Judá^^ Pero no es al sol en tanto que luminaria celeste como se vincula
es la especie nocturna de mariposa que significativamente nosotros en el simbolismo hipomorfo, sino al sol considerado como temible movi­
francés denominamos «Esfinge de la calavera». En todos los casos se tra­ miento temporal. Esta motivación por el itinerario es lo que explica la
ta, por tanto, del esquema muy general de animación doblada de an­ indiferente relación del caballo con el sol o la luna: las diosas lunares
gustia ante el cambio, la partida sin retorno y la muerte. Estas signifi­ de los griegos, de los escandinavos, de los persas viajan sobre vehículos
caciones vienen a polarizarse en la divinidad psicopompa y guardiana tirados por caballos. El caballo es, portahto, símbolo dcLtiempo, por­
de los infiernos Hécate, diosa de la luna negra y de las tinieblas, fuer­ que está ligado a los grandes relojes naturales. Eso es lo que ilustra de
temente hipomorfa, súcubo y pesadilla a la que Hesíodo^® hace patro­ forma admirable el UpañishadBrihad-Aranyaka^^, en el que el caballo
na de los jinetes, dueña de la locura, del sonambulismo, de los sueños es la imagen misma del tiempo, siendo el año el cuerpo del caballoel
y especialmente de la Empusa, fantasma de la angustia nocturna. Más cielo su espalda, la aurora su cabeza. Pero en esta figuración hipomorfa
tarde, Hécate será confundida en el panteón griego con Artemis, la del zodíaco se introduce una posible valorización positiva, con mayor
«diosa de los perros». Continuando en el mismo campo de polarización razón cuanto que en los países templados el sol estará vinculado a Febo
negativa, Jung^^ une las Valkirias, mujeres centauros que raptan las y perderá poco a poco los sombríos valores negativos que lo animaban.

Op. cá., p. 229. o P. M. S chuhl, La Fabulation platonicienne, p. 75; cfr. Ch. Picard, «Le Cénota­
J ung , Libido, pp. 242 y ss. phe de Midéa», en Rev. Philolog., 1933, pp 341-354
Cfr. Q p . cit., p, 224. Op., IX, 17 - 19 .
K rappe, op. «■ /., p. 251. 42 gig Véd., V il, 77; cfr. el Sol guerrero Uitzilopochit de los antiguos mexicanos,
Citado por J ung , op. cit., p. 349. Cfr. P. G rimal, op. cit., artículo «Hécate». SousTELLE, op. cit., pp. 24, 64. El Sur es llamado «Uitzlampa»: «el lado de las espinas»
«Ella se aparecía a los magos y a las brujas... bajo la forma de diferentes animales, ju­ 45 Cfr. K rappe, op. cit., p. 85.
mento, perra, loba, etc.» 44 U Reyes, XXIII, II.
59 Cfr. J ung , op. cit., p. 272. 45 Brihad-Arany, Upan, I, 1.

70 71
En esta eufemización reside un típico ejemplo de la vida de los símbo­ nos, lleva el tridente hecho primitivamente con los dientes del mons­
los, que bajo las presioines culturales transmigra y se carga de significa­ truo (pronto subrayaremos este isomorfismo entre esquema de la ani­
ciones diferentes. Por la mediación solar se ve incluso evolucionar al ca­ mación y arquetipo de las fauces dentadas). Es el dios «salvaje, descon­
ballo de un simbolismo crónico y fúnebre a un puro simbolismo ura­ tento, p é r f i d o » E s asimismo el dios de los terermotos, el que les da
nio, hasta convertirse en el doble pájaro en la lucha contra la serpiente un aspecto infernal. El correlativo celta del Poseidón griego es «Nech-
c r ó n i c a P e r o en nuestra opinión, esta evolución eufemizante hasta la tan», demonio que frecuenta las fuentes, pariente etimológico del
antífrasis no se debe más que a las intimaciones históricas y general­ Neptuno latino” .
mente a las rivalidades de dos poblamientos sucesivos de una misma Por fin, último avatar, el caballo se ve vinculado al fenómeno me­
región: las creencias del invasor y del enemigo tienden siempre a ser teorológico del trueno. Y Pegaso, hijo de Poseidón, demonio del agua,
sosprechosas para el indígena. Esta inversión simbólica está, como vere­ lleva los rayos de Júpiter” . Quizá haya que ver en este isomorfismo
mos, muy extendida, y en el caso del caballo parece proceder de un una confusión, en el seno del esquema de la animación rápida, con la
imperialismo arquetípico urano-solar"*^ que, poco a poco, convierte be­ fulgurancia del relámpago. Es lo que Jung deja entender a propósito
néficamente los atributos primitivos vinculados al simple simbolismo de los Centauros, divinidades del viento rápido, y añadir, como un
del sol: se pasa de la huida del tiempo al sol nefasto y tropical, luego freudiano, «del viento furioso mujeriego»” . Por otra parte, Salomón
de la carrera solar a una especie de triunfo apolíneo del sol templado, Reinach ” ha mostrado que el rey mítico Tíndaro es un antiguo dios ca­
triunfo en el que el caballo continúa participando Pero primitiva­ ballero y que su nombre se confunde con el vocablo onomatopéyico del
mente el caballo permanece como símbolo de la fuga del tiempo, liga­ trueno, tundere. Es por tanto bajo el aspecto de un caballo ruidoso y
io al Sol Negro tal como lo encontraremos en el simbolismo del león. espantadizo como el folklore, así como el mito, imagina el trueno. Es
2n lineas generales, cabe asimilar, pues, el semantismo del caballo so- lo que significa la creencia popular que pretende que, cuando truena,
ar al del caballo crónico. El corcel de Apolo no es más que tinieblas «el Diablo está herrando su caballo»” . A propósito del grito animal,
domadas. encontraremos este aspecto ruidoso de la teriomorfia. El galope del ca­
El caballo acuático se reduce asimismo, en nuestra opinión, al caba­ ballo es isomorfo del rugido leonino, del mugido de la mar tanto como
llo infernal. No sólo porque el mismo esquema de movimiento es su­ del de los bóvidos.
gerido por el agua corriente, las olas que saltan y el rápido corcel, no Antes de pasar a este doblete bovino del caballo indoeuropeo, reca­
sólo porque se impone la imagen folklórica de «la gran yegua blan­ pitulemos la convergencia del semantismo hipomorfo. Hemos descu­
c a » s i n o también el caballo es asociado al agua debido al carácter bierto una notable concordancia con nuestro propio análisis en el her­
terrorífico e infernal del abismo acuático. El tema de la cabalgada fantás­ moso trabajo de Dontenville sobre La Mythologie frangaise^^. Este
tica y acuática es corriente en el folklore francés, a l e m á n o anglosa­ último circunscribe bien las significaciones complementarias que adopta
jón. Leyendas semejantes se encuentran entre los eslavos y los livonios, el símbolo hipomorfo; primero, un aspecto terrorífico monstruoso, cual el
igual que entre los persas. En el folklore de estos últimos, es el rey sasá- del caballo de la metopa de Selinonte que se lanza desde el cuello cor­
nida Yezdeguerd I quien es muerto por un caballo misterioso salido de tado de la Gorgona; luego interviene toda uña serie de valorizaciones
un lago, como es muerto en Occidente Teodorico el Ostrogòtico’ *. En negativas. El «Caballo blanco», el caballo sagrado de los germanos que
Islandia, es el demonio hipomorfo «Nennir», hermano del «Nykur» de en nuestros días es confundido en la baja Sajonia con el «Schimmel
las islas Feroe, y del «nok» noruego, hermano del «Kelpi» escocés y del Reiter», símbolo de la catástrofe marina, que se manifiesta por la inun­
demonio de las fuentes del Sena’^ que frecuenta los ríos. Por último, dación y la ruptura de los diques, pariente próximo de la pérfida «ye­
Poseidón da el tono a toda la obra simbólica griega del caballo. No só­ gua blanca» del Pas-de-Calais, del «Buen Caballo» de Celles-sur-Plaine,
lo toma la forma de este animal, sino que incluso es él quien dona a del «Cheval Malet» vendeano, o de ese «Cheval Gauvin» del Jura que
los atenienses el caballo’L No olvidemos que Poseidón es hijo de Cro-
Cfr. PiGANiOL, op. cit., p. 108, nota 6. 54 Cfr. ÊLIADE, op. cit., p. 182.
Cfr. infra, p. 127. Cfr. Soustelle, op. cit., pp. 65-66. 55 Cfr. K rappe, op. cit., pp. 205-206. Cfr. P, G rimal, Dictionnaire, artículo «Poséi­
"^8 El sol bienechor es el Apolo hiperbóreo que parece haber sido impuesto a las cul­ don». Este último es el padre del caballo Pegaso y del caballo Areión.
turas subtropicales y tropicales por los invasores indoeuropeos. 56 Cfr. K rappe, op. cit., p. 169.
Cfr. S ébiuot , Folklore de France, II, pp. 10-12. 52 J ung , Libido, p. 269- Sobre la «celeritas», cfr. G. D umézil, Mitra-Varuna, pp. 19
50 Cfr. W olf, Deutsche Marchen, pp. 351, 580. y ss.
51 Cfr. K rappe, Op. cit., p. 204. 58 Cfr. S. Reinach , Cuites, Mythes, Religions, t. V, p. 124.
52 Cfr. Sébillot, op. cit., II, p. 207. 59 Cfr. J ung , Libido, p. 267, y H oracio, Oda, I, 34-37, «tonantes equos».
53 Cfr. Éliade, op. cit., p. 181. 60 D onteí^ wle. Myth. franç., p. 154.

72 73
ahoga en el Loue^’’ a los transeúntes que se demoran. En tercer lugar, tación de los valores hipomorfos —que contrariamente a la teoría histó­
Dontenville discierne el aspecto astral de la «Gran Yegua» o del «Ba- rica de Dontenville es una transmutación en el sentido positivo— está
yart» folklórico que se despla2a de Este a Oeste en saltos prodigiosos: simbolizada por el cambio de color de Bayart naturalmente blanco,
mito solar cristianizado bajo la forma del caballo de San Martín o de pero teñido de bayo por las necesidades del caso. Vemos, pues, asomar
San Gildas, cuyos cascos se han grabado por casi todas partes en Fran­ en la leyenda de los Quatte fils Aymon el proceso de eufemización que
cia. De estas huellas nacen las fuentes y el isomorfismo del astro y del subrayábamos a propósito del caballo solar y que volveremos a encon­
agua se encuentra constituido: el caballo es a la vez curso solar y curso trar a lo largo del curso de este estudio. El caballo pérfido, espantadi­
fluvial. Por último, y éste es el punto de concordancia más interesante zo, se transforma en una montura domada y dócil, uncido al carro del
para nuestro estudio, Dontenville^’^ observa una inversión dialéctica del héroe victorioso. Es que ante el vencedor, como ante el tiempo, no hay
papel de Bayart, semejante a la eufemización del caballo solar que noso­ más que una sola actitud posible. Desde luego, se puede resistir y he­
tros hemos discernido. Por una especie de antífrasis sentimental, el ca­ roicamente hipostasiar los peligros y los maleficios que el invasor o el
ballo Bayart, demonio maléfico de las aguas, es invocado para el paso tiempo hacen sufrir al vencido. Se puede también colaborar. Y la his­
de los ríos. Dontenville^’^ da de este fenómeno una explicación históri­ toria, lejos de ser un imperativo, no es más que una intimación ante la
ca y cultural: el invasor germánico, jinete y nómada, que introduce el que la elección y la libertad son siempre posibles.
culto al caballo mientras el celta vencido habría considerado al caballo Nos hemos detenido en este ejemplo dado por el folklore para mos­
del vencedor como un demonio maléfico y portador de muerte: las dos trar la notable convergencia antropológica de nuestro estudio con la del
valoraciones subsisten luego juntas. Sin refutar el papel de estas inti­ historiador de la mitología francesa, pero también para subrayar la ex­
maciones históricas, vamos a ver y confirmaremos más adelante que trema complejidad, sin cesar amenazada de polivalencias antitéticas,
juegan un papel inverso del que ha presentido Dontenville en la inver­ que reina a nivel del símbolo stricto sensu, del símbolo dispuesto a pa­
sión de los valores simbólicos, y que hay que buscar motivaciones más sar, como decíamos del plano semántico al de la pura semiología.
imperativas, y en el dominio psicológico, a estas actitudes axiológicas y Nos queda por completar el simbolismo del caballo examinando el
semánticas tan contradictorias. Pronto encontraremos, a propósito del simbolismo corolario de los bóvidos y de otros animales domésticos.
Héroe arador y del Héroe cortador, idénticos procesos de transforma­ Los símbolos bovinos aparecen como dobletes precarios de la ima­
ción A partir de este momento hagamos hincapié en las etapas de gen del caballo*^®. El toro juega el mismo papel imaginario,queel caba­
esta transformación y señalemos que el «Caballo hada», «engendrado llo. La palabra sánscrita «ge» presenta en síntesis el isomorfismo del
por el dragón» de la novela caballeresca Renaud de Montauban es pri­ animal y del ruido, porque significa toro y tierra tanto como ruido
sionero del monstruo y no es conquistado sino en reñida lucha por el Si, en primera instancia, el toro es crónico como el caballo, asimismo es
héroe Maugis, que usa para ello al principio procedimientos mágicos y como este último símbolo astral, ^ero es más in diferente^
luego un combate singular. Conseguida la victoria, Maugis «rompe las lunar que este último. No solamente se encuentran dioses lunares de
cadenas de Bayart» y este último, domado, se convierte en la fiel mon­ forma taurina bien caracterizados, como Osiris, o Sin, el Gran Dios me-
tura del buen caballero, montura benéfica que volará en socorro de los sopotámico, sino también las diosas lunares taurocéfalas llevan entre
«Cuatro hijos Aymón» así como de los Siete Caballeros. Esta transmu­ sus cuernos la imagen del sol Los cuernos de los bóvidos son el sím­
bolo directo de los «cuernos» de la luna creciente, morfología semántica
que se refuerza por su isomorfismo con la guadaña o la hoz del Tiempo
Cfr. D 0 NTENVIU.E, op. cit., pp. 156-157.
Cfr. D ontenville, op. cit., pp. 158, cfr. p. 168. En contextos folklóricos amerin­ Cronos, instrumento de mutilación, símbolo de la mutilación de la lu­
dios, americanos y africanos, donde el aspecto teriomorfo es valorado muy negativamen­ na que es el creciente, el «cuarto» de luna. Como el león, el toro
te, S. CoMHAiRE-Sylvain (Les Contes haïtiens) rastrea también la insólita valorización po­
sitiva del caballo (II, pp. 159-212). El caballo Domangage del cuento haitiano parece ser ^ Cfr. D ontïnville. op. cit., p. 165.
el tipo del caballo benéfico, tan pronto sabio consejero como medio mágico de locomo­ Cfr. supra, p. 48.
ción y que permite a la hermosa Gamariseel y a su hermano Dianacoué superar todas las Cfr. R. Lowie, M anuel d'anthrop. culturelle, pp. 55-56. No obstante, parece que
emboscadas. Pese a esta eufemización de Domangage, este último conserva sin embargo desde la época paleolítica, el caballo y los bóvidos (buey, bisonte) eran utilizados correla­
los caracteres meteorológicos tradicionales del caballo mítico demonio de la tormenta: tivamente en la iconografía de las cavernas; es más, Leroi-Gourhan ha mostrado estadísti­
«Dianacoué, a lo largo del camino de la ruta, vaciaba el vientre del caballo que tragaba camente que en los acomplamientos de animales en las paredes de las cavernas, «el caba­
viento para reemplazar sus entrañas»; cfr. op. cit., p. 172. llo es, por excelencia, el elemento complementario de los acomplamientos porque reúne
Cfr. D ontenville. op. cit., II, p. 156. siete de los doce temas de acomplamiento» («Répartition et groupement des animaux
^ Cfr. infra, p. 144. dans l ’art pariétal paléolithique»), en Bull. soc. prehist. firanç., t. LV, fase. 9, p. 517.
^5 Cfr. Kenaud de M ontauban, edit. F. Castets, 1906. Cfr. D ontenville, op. cit., ^9 Cfr. el chino «ghen», la tierra.
pp. 162-163. 70 Cfr. K rappe, op. cit., p. 86.

74 75
Nandin^^ es el monstruo de Shiva o de Kali Durga, es decir, de la fase y otro, y especialmente una angustia an t^ xodo-^mbìò^ tanto.ante la
destructora del tiempo. A través del simbolismo teriomorfo, el astro huida de tiempo» metegrológico. Esta ah- '
I —sol o luna— no es tomado más que como símbolo del tiempo; el gustia està SQbre^deterniinada^.pojribdoiI^^
i Surya védico; el Sol Negro, es también llamado «toro» como en Asur el muerte, la guerra, la inundación, la fuga de astros y de los días, el
; dios Toro es hijo del sol, así como Freyr, el Gran Dios de los escandina- gruñido del trueno y del huracán... Su vector esenciáf es éf esquema de
Wos^^ Las significaciones acuáticas son las mismas para el toro que para la animàción. Caballo y toro no son más que símbolos, culturalmente
el caballo: el toro de las aguas existe en Escocia, en Alemania igual que soprendentes, que remiten a la alerta y a la fuga del .animal humano
en los Países Bálticos. Aquelao, dios del río, tiene una forma taurina ante lo animado en general. Es lo que explica qué"estos símbolos sean
Poseidón conserva la forma asiánica del toro, y bajo este aspecto es co­ fácilmente intercambiabliés y que puedan siempre, en el Bestiario, dar­
mo se manifiesta a Fedra en la tragedia de Eurípides o de Racine''^. Por se sustitutos culturales o geográficos. Krappe^^ observa que los astros
ahí es por donde hay que explicar el carácter cornudo de numerosos —nosotros diremos el curso temporal de los astros— adoptan numero­
ríos: el Tíber de Virgilio, como el Eridan o el Océano griego tienen ca­ sas formas animales: perro, morueco, jabalí, mientras que Éliade
beza taurina. Monstruo de las aguas furiosas, el toro tiene quizá la mis­ observa que Verethragna, el Indra iranio, aparece en Zaratustra indistin­
ma etimología que nuestra T ara sca T arasc ó n da, en efecto, Tarusco tamente bajo forma de semental, de toro, de chivo o de jabalí. En últi­
en Strabón y Taruscus en Ptolomeo. «El toro, en su tipología, se rela­ ma instancia se puede comprobar con Langton que la creencia univer­
ciona quizá con (la palabra) far (que significa roca en preindoeuropeo) sal en las potencias maléficas está unida a la valorización negativa del
de Tarascón...; por lo demás, en Bretaña, en La Hague, en Tunigon, simbolismo animal. El especialista de la demonologia constata que nu­
etcétera, el monstruo es un toro completamente neutro salido de la ro­ merosos demonios son espíritus desencadenados de animales, especial­
ca.» Y Dontenville subraya con ello el isomorfismo ctónico-acuático mente de animales temidos por el hombre, o incluso de criaturas hí­
del símbolo taurino. En cuanto al toro^^ del trueno, nada es más uni­ bridas, mezclas de parte de animales reales. En el Antiguo Testamen­
versal que su simbolismo: desde la actual Australia a la antigüedad fe­ to se pueden encontrar muchas huellas de esta demonologia
nicia o védica se encuentra siempre al toro vinculado al desencadena­ teriomorfa La demonologia semítica nos da todas la variedades de
miento atmosférico. Como el «bull roarer» de los australianos, cuyo la teriomorfia. En primer lugar los Se'irim o demonios velludos, co­
mugido es el del huracán en furia. Predravidianos y dravidianos honran mo en las creencias babilónicas, árabes y hebraicas que —una vez más
al toro del rayo e Indra —llamado por los Vedas^^ el «toro de la tie­ nos encontramos con las ambivalencias señaladas por Dontenville —
rra»— es, con sus auxiliares los Maruts, el poseedor de Vajra, el rayo. fueron objeto de adoración entre los asirios, los fenicios e incluso los
Todas las culturas peleorientales simbolizan el poder meteorológico y hebreos. El sentido corriente de la palabra sa'ir (plural) se'irim es,
destructivo por el toro. Los sobrenombres sumerios de Enlil significan: según L a n g t o n bove y etimológicamente el «velludo». Azazel, el
«Señor de los vientos y del huracán», «Amo del huracán», «Dios del gran chivo de la gran tradición cabalística, era el jefe de los Se'irim^^.
cuerno», cuya paredra es Ningalla «La Gran Vaca». El dios Min, proto­ Forman el cortejo de estos demonios velludos los Ciyyim, «los ladrado­
tipo del Ammon egipcio, es calificado de toro y posee el rayo como res, los gritadores», que frecuentan el desierto; luego los Ochin, «los
atributo, su paredra es la vaca Hator; por último, Zeus tonante rapta a aulladores», que pueden emparentarse con Ahu, el chacal asirio, o
Europa, se une a Antiope y trata de violar a Deméter bajo la forma de también con los búhos. Veremos que los avestruces, los chacales y los
un toro fogoso lobos son las otras encarnaciones semíticas de los espíritus nefastos, pe­
Constatamos, pues, el estrecho parentesco del simbolismo taurino ro estos animales nos llevan a examinar otra implicación de los símbo­
con el simbolismo ecuestre. Es siempre una angustia lo que motiva-uno los teriomorfos que vienen a valorizar más aún en un gesto negativo el

Cfr. H. Z immer, Mythes et symboles dans l'art et la civilisation de l'Inde y p. 71; 80 K rappe, op. cit., p. 87.
cfr. K rappe, op. cit., p. 82. 8^ Éliade, Traite, p. 84.
^2 Cfr. K rappe, op. cit., p. 87. 82 Langton , op. cit., p. 229.
73 Cfr. P. G rimal, op. cit. «Podía revestir la forma que le placía: tan pronto la de un 83 Isaías, XIII, 21, y XXXIV, 14.
toro como la de un dragon.» 84 Cfr. supra, p. 66.
74 Cfr. K rappe, op. cit., p. 201. 85 Langton , o/>. «>., p. 50.
75 Cfr. D ontenviijue, op. cit., p. 135. Cfr. L. D umont, La Tarasque, p. 105. 86 Sobre Azazel y el Chivo emisario, cfr. Langton , op. cit., pp. 53 y ss. Se puede
76 DONTENVIIXE, Op. cit., p. 138. encontrar la misma teriomorfia demoníaca en la mitología de los indios Aimara y Kicua,
77 Cfr. É liade, Traité, pp. 85-88. Rig Veda, II, 34-2; VII, 59-9. que también tienen un demonio caballo y vampiro, «Kiciri», un demonio gato, un dia­
78 At. Veda, XII, I, 6. blo cornudo «Ancacu», un diablo acuático, etc. Cfr. Métraux, «Contribution au folklore
79 Cfr. É liade, op. cit., p. 88. andin», en Joum . Soc. Am erican., XXVI, 1934, pp. 72-75.

76 77
esquema de la animación terrorífica y sus símbolos, y a obstaculizar el mente edípicas rechazamos, querrían ver el origen de la música primi­
camino hacia la eufemización. tiva, tan próxima del ruido «concreto», en la imitación del mugido del an­
tepasado totèmico Bastide*^^ observa que todos los héroes músicos
(Marsias, Orfeo, Dionisos y Osiris) mueren la mayoría de las veces des­
garrados por el diente de las fieras. En la iniciación mitriática pueden
Como escribe Bachelard tomando prestado su vocabulario a los encontrarse rituales de mugido, y esta iniciación es conmemorativa de
alquimistas, asistimos al deslizamiento del esquema teriomorfo hacia un sacrificio B a c h e la r d muestra cómo el grito inhumano está vincu­
un simbolismo «mordicante». El pululamiento anárquico se transforma lado a la «boca» de las cavernas, a la «boca de sombra» de la tierra, a las
en agresividad, en sadismo dentario. Quizá sea su carácter adleriano®^ voces «cavernosas» incapaces de pronunciar vocales suaves. Por último,
el que hace las imágenes animales y los mitos de lucha animal tan fa­ en la exploración experimental del sueño, se encuentran sujetos aterro­
miliares al niño, compensando así progresivamente sus legítimos senti­ rizados por los gritos de seres semianimales que aúllan, sumidos en una^
mientos de inferioridad. A menudo, en efecto, en el sueño o la enso­ charca f a n g o s a P o r tanto, es en las fauces animales donde vienen al
ñación infantil, el animal devorador se metamorfosea en justiciero. concentrarse todos los fantasmas terroríficos de la animalidad: agitación, \
Pero la mayor parte del tiempo, la animalidad, tras haber sido el sím­ manducación agresiva, gruñidos y rugidos siniestros. No hay que extra- l
bolo de la agitación y del cambio, endosa de forma más simple el sim­ ñarse, por tanto, si en el Bestiario de la imaginación ciertos ani- ■
bolismo de la agresividad, de la crueldad. Nuestra química científica males mejor dotados de agresividad son evocados más frecuentemente
ha conservado desde su infancia alquímica el verbo «atacar». Bache­ que otros. La lista de demonios semíticos que habíamos esbozado al fi­
lard®^ escribe una página muy pertinente sobre el Bestiario alquímico, nal del párrafo anterior se prolonga, por ejemplo, con la evocación de
^mostrando como una química de la hostilidad, pululante de lobos y de los Benoth Ya'anah, «las hijas de la glotonería», que para los árabes no
[leones devoradores, existe paralelamente a la dulce química de la afi­ serían más que los avestruces, cuyo estómago ha conservado en Occi­
nidad y de las «Bodas Químicas». Por transferencia, son las fauces las dente incluso una sólida reputación; los Setenta traducen más clásica­
que llegan a simbolizar toda la animalidad, que se convierte en el ar­ mente por « s i r e na s » Luego vienen los lyyrriy los lobos, palabra salida,
quetipo devorador de los símbolos que vamos a examinar. Notemos según Langton^®, de una raíz que significa «aullar» a las que se unen
bien un carácter esencial de este simbolismo: se trata exclusivamente de naturalmente los Tannim, los chacales.
tas facuces armadas de dientes acerados, dispuestas a ladrar y a morder, Para la imaginación occidental, el lobo es el animal feroz por exce­
y no de la simple boca tragadora y chupadora que —y ya lo vere- lencia. Temor de toda la Antigüedad y de la Edad Media, viene perió­
fmpos— es la exacta inversión del presente arquetipo. El esquema pe­ dicamente en los tiempos modernos a encarnarse en una bestia cual­
yorativo de la animación se ve reforzado, al parecer, por el traumatis­ quiera del Gévaudan, y en las columnas de nuestros diarios constituye
mo de la dentición, que coincide con las ensoñaciones compensadoras el compañero mítico e invernal de las serpientes de los mares estivales.
de la infancia. Por lo tanto, son unas fauces terribles, sádicas y devasta­ El lobo es, todavía en el siglo X X , un símbolo infantil de miedo páni­
doras lo que constituye la segunda epifanía de la animalidad. Un poeta co, de amenaza, de castigo. El «Gran Lobo Malvado» viene a relevar al
Inspirado encuentra de forma natural el arquetipo del ogro Cronos inquietante Ysengrin. En un pensamiento más evolucionado, el lobo
¿uando toma al pie de la letra la expresión figurada «la mordedura del se asimila a los dioses del’ tránsito y a los genios infernales. Igual que el
ítiempo» escribe Mor mol ykéde los griegos del que el vestido de Hades, hecho de una
piel de lobo, es una supervivencia^®^, como también lo es la piel de lo-
Tiempo de labios de lima, en rostros sucesivos, tú te aguzas, te enfebreces.
92 Cfr. art. P. GERMAiNy P. B ugnardin , tnR ev. frane, psychan., 1928, 1934.
Podría servir de transición entre el esquema de la animación y la 93 B astide, op. cit., p. 57.
94 C it.]\m G ,IJh id o, p. 90.
voracidad sádica, el grito animal, mugido que las fauces armadas vie­ 95 Bachelard, Rév. repos., pp. 194-195.
nen a sobredeterminar. Los psicoanalistas, cuyas conclusiones estricta- 96 Cfr. D esoille, op. cit., p. 94.
97 Michée, I, 8.
98 Langton , op. cit., p. 51.
B achelard, La terre et les rêveries du repos, p. 62.
Cfr. A dler, op. cit., cfr. pp. 52, 150, 163, 176. Cfr. Madeleine G anz , La Psycho­ 99 Cfr. G rimal, op. cit., artículos «Mormo», «Mormolycé»: «La loba Mormolicc es co­
logie d'A . A dler et le développem ent de l'enfant. mo Mormo, un demonio femenino con el que se amenazaba a los niños. Se la acusaba de
89 B achelard, op. cit., pp. 62-63. morder a los niños malos... y de dejarles cojos. Pasaba por ser la nodriza de Aque-
ronte...»
90 Cfr, infra, p. 196.
190 cfr. K rappe, op. cit., p. 226; cfr. O. G roppe, Griechische M ytholog., p, 769.
9* R. C har, A une sérénité crispée.

78 79
lobo Se relaciona la etimología de leo, de slei, «desgarrar» —que se
bo que se pone el demonio de Temese o el dios ctónico galo que César encuentra en el slizam, «hender», del antiguo alemán— Vinculado
indentifica al Dis Pater^^^ romano. Para los antiguos Etruscos, el dios en el zodíaco al sol ardiente y a la muerte, se dice de él que devora a
de la Muerte tiene orejas de lobo. Muy significativa del isomorfismo sus hijos; es la montura de Durga, entra en la composición de la famo­
que examinamos ahora es la consagración romana del lobo, dedicada al sa imagen de la Esfinge. Pero es en el N risinha-púrva - tdpaniya Upa-
dios Mars gradinus, al Marte «agitado» que corre, o también a Ares, la
nisad y en la Nrisinha-uttara-tdpaníya Upanishad, o «Upanisad del
violencia destructora cercana a la de los Maruts, compañeros de ' hombre León» (sinah significa león), donde el rey de los animales es
Rudra"’^ En la tradición nórdica, los lobos simbolizan la muerte cós­ asimilado al terrible poder omnímodo de Visnú «Visnú el Terrible,
mica; son devoradores de astros. En los Eddas, son dos lobos, Skóll y el Todopoderoso, el inmenso, lanza llamas en todas las direcciones,
Hali, hijos de una giganta, y asimismo el lobo Fenrir, quienes persi­ gloria al hombre-león espantoso.» El Dios Visnú es el dios de los avata-
guen al sol y a la luna. Al fin del mundo Fenrir devorará el sol, mien­ res: el zodíaco se denomina «disco de Visnú» es decir, el sol medi­
tras que otro lobo, Managamr, hará otro tanto con la luna. Esta creen­ dor del tiempo. La raíz de la palabra sinha no deja de tener relación,
cia reaparece tanto en Asia septentrional, donde los Yakutos explican por otra parte, con la luna sin, reloj y calendario por excelencia. El león
las fases lunares por la voracidad de un oso o de un lobo devorador, co­ es, por tanto, un animal también terrible, emparentado con el Cronos
mo en nuestras campiñas francesas donde se dice indiferentemente que astral. Krappe señala numerosas leyendas, tanto entre los Hons como
un perro «aúlla a la luna» o bien «aúlla a la muerte». En efecto, el do­ entre los Bosquimanos, en las que el sol más o menos leonino devora a
blete más o menos doméstico del lobo es el perro, asimismo símbolo
la luna; otras veces es la divinidad del rayo la que se entrega a esa car­
del tránsito. Lo atestigua el panteón egipcio tan rico en figuras cino- nicería. En la Croacia cristiana, es San Elias quien cumple el papel de
morfas: Anubis, el gran dios psicopompo, es llamado Impu, «el que comedor de luna. Los eclipses son casi universalmente considerados co­
tiene la forma de un perro salvaje», y en Cinópolis es venerado como mo destrucciones por mordedura del astro solar o lunar. Los mexicanos
dios de los infiernos. En Licópolis es al chacal Upuahut a quien corre- precolombinos empleaban la expresión tonatiuh qualo y m etztli qualo,
ponde ese papel, mientras que Kenthamentiu tiene también el aspecto o sea: «devoración» del sol y de la luna. Las mismas creencias se en­
de un perro salvaje. Anubis nos remite al Cerbero grecoindio. Los pe­ cuentran entre los Caribes y los moros; y entre los indios Tupí es un ja­
rros simbolizan igualmente a Hécate la luna negra, la luna «devora­ guar el animal devorador, mientras para los chinos es indiferentemente
da», a veces representada, como Cerbero, bajo la forma de un perro tri­ un perro, un sapo o un dragón; entre los Nagas de Assam es un tigre y
céfalo. Por último, desde el estricto punto de vista de la psicología, entre los persas es el diablo mismo quien se entrega a ese funesto fes­
Marie Bonaparte ha mostrado en su autoanálisis la relación estrecha ’ tín. Ya se ve, pues, la ambivalencia del astro devorador-devorado que
que existe entre la muerte —en este caso la madre muerta— y, el lobo va a cristalizarse en la agresión teriomorfa del león o del animal devora­
ctónico asociado al temblor de tierra y, finalmente, a Anubis. Esta «fo- dor. Ese sol es, a la vez, león y es devorado por el león. Lo cual explica
bia de Anubis», más explícita que el temor del gran Lobo Malvado, la curiosa expresión del Rig Vieda^^^ que cualifica al sol de «negro»: Sa-
aterrorizó la infancia de la psicoanalistas, uniéndose, durante el análi­ vitri, dios solar, es al mismo tiempo la divinidad de las tinieblas. En
sis, por un notable isomorfismo, al esquema de la caída en el mar y a China encontramos la misma concepción del sol negro H o, que se rela­
la sangre. Hay, pues, una convergencia muy nítida entre el mordisco ciona con el principio Yin, con el elementomocturno, femenino, hú­
de los cánidos y el temor al tiempo destructor. Cronos aparece aquí con mero y paradójicamente lunar Vamos a encontrar dentro de breves
el rostro de Anubis, del monstruo que devora el tiempo humano o ata­ instantes este color moral del desastre. Observemos, por ahora, que es­
ca incluso a los astros medidores del tiempo. ta «oscura claridad» del sol negro, ya esté asimilada a Visnú el León o a*
El león, y a veces el tigre y el jaguar, cumple en las civilizaciones
tropicales y ecuatoriales aproximadamente la misma función que el *06 Cfr. K rappf, op. cit., pp. 135-136.
*07 Cfr, B oisacq, Dictionnaire étymologique de la langue greque.
*08 Cfr. Z immer, op. cit., p. 42.
Cfr. G rimal, op. cit.y artículo «Dis Pater»: «El Padre de la Riquezas es un dios del
mundo subterráneo... desde muy pronto identificado con Plutón...» *09 Cfr. S enard, Le Zodiaque, p. 148; cfr. infra, p. 289-
102 Cr. K rappe, op. cit., p. 173. **o Cfr. K rappe, op. cit., pp. lio , 134. Los antiguos mexicanos se representaban la
10^ Cfr. G orge y Mortier, Hist, génér. des religions^ I, p. 218. Sobre el dios «perro» tierra bajo la forma de un ser monstruoso de mandíbulas ampliamente abiertas, Tlaltecu-
de los antiguos mexicanos, «Xolotl», que guía las almas hacia los infiernos, cfr. SouSTEL- tli, «el Señor de la Tierra». Es él quien traga el sol a la caída del día así como la sangre de
LE, op. cit., p. 54. los sacrificados. Cabalga sobre un gigantesco cocodrilo, Cipactli, nadando sobre las aguas
primordiales. Cfr. Soustelle, op. cit., p. 34.
104 Cfr. H arding , Mystères de la fem m e, p. 228; cfr. G rimal, op. cit., artículo «Hé­
cate». *** Cfr. ÉUADE, Traite, p. 136; cfr. Kig Veda, I, 1115-5, y II, 38-1-6.
105 M. Bonaparte, Psych, anthr., p. 96. **2 Cfr. G ranet, Pensée chinoise, p. 104, y Tchouang Tseu, CXLIII, p. 383.

80 81
Savitri, es denominada pasavita-niveçanah, «el que hace entrar y salir», mutiladoras, «cráter de mil dientes, boca abierta de abismo...» y el sa­
es decir, el gran cambio, el tiempo dismo del inquisidor hará del quemadero el doblete terrestre de este
Este animal que devora el sol, este sol devorador y tenebroso nos infierno ^
parece pariente muy próximo del Cronos griego, símbolo de la inestabi­ Terror ante el cambio y ante la muerte devoradora, tales nos pare­
lidad del tiempo destructor, prototipo de todos los ogros del folklore cen ser los dos primeros temas negativos inspirados por el simbolismo
europeo. Macrobio nos dice de Cronos que es el Deusleontocephalus^^^. animal. Estos dos temas teriomorfbs han sido puestos de manifiesto
En zona céltica, así como entre los Amerindios o los Filisteos, el sol ctó- particularmente, en nuestra opinión, en más de 250 cuentos y mitos
nico pasa por antropófago Dontenville ha analizado las característi­ americanos, amerindios, europeos y africanos analizados por S. Com-
cas de nuestro ogro occidental, doblete folklórico del diablo. Orco cor­ haire-Sylvain i^4, y consagrados al matrimonio nefasto de un ser humano
so o bien Ourgon de los Cevennes, «alto como un mástil de navio, con con un ser sobrenatural. En un centenar de casos, el ser sobrenatural
fauces armadas de trozos afilados de roca...»^^^, Okkerlo de los herma­ nefasto es un animal o un ogro. En cinco casos solamente, este animal
nos Grimm, Orcón del Morbihan, Ougernón del antiguo Beaucaire frente es un pájaro, mientras que en 13 casos el pájaro es un mensajero bené­
a Tarascón, todos estos avatares son la epifanía multiforme del gran ar­ fico. En 21 casos, el demonio es un reptil: cobra, pitón, culebra o boa,
quetipo del ogro que hay que asimilar, según el folklorista, el Orcus y en 28 casos un monstruo ogresco: ogro, duende, trasgo, bruja o mu­
subterráneo, al occidente tragador del soP^^ Este ogro sería la valoriza­ jer con cola de pez. En los 45 casos restantes, el diablo adopta general­
ción negativa, «negra» como acabamos de ver por el Savitri védico y Ho mente la apariencia de una bestia feroz: león, leona, hiena, toro, etc.;
chino, de Gargan-Gargantúa, el sol céltico. Sería el sentido activo de por el contrario, el caballo parece eufemizarse al modo del caballo Ba-
engullir, de comer, el padre de todas las Gorgonas habitantes de las oc­ yart en 17 casos. Toda esta teriomorfia etá integrada en cuentos y mitos
cidentales Górgadas^^®. Subrayando el isomorfismo existente entre el donde el mqtiyq^de la caída y de la salvación es p^ticularmente níti­
arquetipo devorador y el tema de las tinieblas, Dontenville escribe de da. Ya sea que el demonio teriomorfo triunfe, o que sus artirhañaá se
modo excelente: «Tenemos la noche, la noche de la tierra y de la tum­ descubran, el tema de la muerte y de la aventura temporal y peligrosa
ba en Orcus y en el ogro...»*^^. A menudo es bajo este aspecto ogresco permanece subyacente a todos estos cuentos en los que el simbolismo
como la diosa Kali se representa: tragando glotonamente las entrañas teriomorfo es tan aparente. El animal es, por tanto, lo que pulula, lo
de su víctima o también antropófaga y bebiendo la sangre incluso en un que huy se puede coger, pero también es el que devora, el
cráneo^^®, sus dientes son ganchos horribles. La iconografía europea, es­ que roe. Tal es el isomorfismo que une en Durerò al Caballero y a la
pecialmente la medieval, es rica en representaciones de estas «fauces Muerte y hace pintar a Goya, en la pared de su comedor, un atroz
del infierno» engullendo a los condenados, y que todavía resplandecen Saturno *^^ devorando a sus hijos. Sería muy instructivo poner de mani­
en El sueño de Felipe II del Greco. En cuanto a los poetas, muchos son fiesto en este último pintor todos los jemas dcf^^^ y de la cruel­
sensibles al satanismo canibálico. Para asegurarse de ello, no hay más dad devoradora. De los Caprichos a Íos Desasares de la guerra, el pintor .
que recorrer el hermoso estudio que Bachelard consagra a Lautréa­ español ha hecho un insuperable análisis iconográfico de la bestialidad, ^
mont Hugo no escapa tampoco a la obsesionante imagen del mal símbolo eterno tanto de Cronos como de Thánatos. Vamos a ver super­
devorador. Baudouin se complace en recoger los motivos canibálicos ponerse a este primer rostro teriomorfo del tiempo, la máscara tenebro­
en la obra del poeta, motivos encarnados por el personaje de Torque- sa que dejaba presentir, en las constelaciones estudiadas hasta ahora,
mada. El analista subraya que los complejos de mutilación están vincu­ las alusiones a la negrura del sol y de sus devastaciones.
lados en Hugo a los temas del abismo, de las fauces y de la cloaca. Tor-
quemada, acosado por el infierno, pinta este último como unas fauces
II. Los SÍMBOLOS NICTOMORFOS
Cfr. Rig Veda^ I, 248, y Br. Upanishad, I, 3-1.
14 Citado por J ung , Libido, p. 270. El poeta alemán Tieck^^^ nos ofrece un hermoso ejemplo de este
15 K rappe, op. cit., p. 132. isomorfismo negativo de los símbolos animales, de las tinieblas y del*
16 D ontenviuæ, op. cit., p. 117.
17 Cfr. op. cit., p. 129.
18 Op. cit., pp. 119-120. ^23 B audouin, op. cit., pp. 94-95; cfr. H uguet, Métaphores et comparaisons dans
19 Op. cit., p. 126. l'œ uvre de V. Hugo, I, pp. 216 y ss.
20 Cfr. ZiMMER, op. cit., p. 202 y figura 68, p. 177: «Kali dévorante», p. 204. ^24 S. Comhaire-Sylvain , Les Contes haïtiens, vol. I, pp. 248 y ss.
21 B achelard, Lautréamont, pp. 10, 20, 27 y ss, ^25 Cfr. Malraux, Saturne.
22 B audouin, V. Hugo, p. 71. *26 Citado por B éguin , Le rêve chez les rom antiques allem ands, II, p. 140.

82 83
mido: «Tuve la impresión de que mi habitación era llevada conmigo a
un espacio inmenso, negro, terrorífico, todos mis pensamientos choca­
ban..., una alta barrera se desmoronó ruidosamente. Ante mí vi enton­ una reaorióí^depresiva. Como dice también Bachelard*^\ «una sola
ces una llanura desierta hasta perderse de vista; las riendas se me mancKa negra, íntimamente compleja, desde que es soñada en sus pro­
escaparon de las manos, los caballos arrastraron mi coche en una loca fundidades, basta para ponernos en situación de tinieblas». Por ejem­
carrera, sentí mis cabellos erizarse sobre mi cabeza y yo me precipité au­ plo, el acercamiento de la hora crepuscular ha puesto siempre al alma
llando en mi habitación.. .» Hermoso espécimen de pesadilla en la que el humana en esa situación moral. Refirámonos a Lucrecio pintándonos
ambiente terrorífico parece motivado por ese arquetipo tan importan­ en versos célebres el terror de nuestros antepasados a la caída de la no­
te, por ese abstracto espontáneo tan negativamente valorizado en el che, o a la tradición judía, cuando el Talmud nos muestra a Adán y
hombre y que constituyen las tjniebjas. Eva viendo «con terror la noche cubrir el horizonte y el horror de la
Los psicodiagnosticadófes que utilizan el Rorschach conocen bien el muerte invadir los corazones temblorosos» Esta depresión del véspe­
«choque negro» provocado por la presentación de la plancha IV: «Per­ ro es común, por otro lado, a los civilizados, a los salvajes e incluso/a
turbación repentina de los procesos racionales» que produce una im­ los animales En el folklore la hora de la caída de la luz, o incluso
presión disfórica general. El sujeto se siente «abrumado» por la negmra la medianoche siniestra, deja numerosas huellas aterrorizadoras: es(la
de la plancha y no puede sino repetir: «la oscuridad es mi impresión hora en que los animales maléficos y los monstruos infernales se apode­
dominante... y una especie de tristeza»’^®; la disminución depresiva de ran de cuerpos y almas. Esta imaginación de las tinieblas nefastas pade­
las interpretaciones acompaña este sentimiento de abatimiento. ce ser un dato primero, que duplica la imaginación dcJa-luz..y^del.dia.
Rorschach atribuye estas respuestas «choque negro» al tipo depresivo, Las tinieblas nocturnas constífuy^^en el ^ ím er símbHojIel tiem^ y en
indolente y estereotipado. O b e r h o l z e r q u e ha estudiado la universa­ casi todos'los primitivos, como entre los indoeuropeos o los semitas, «se
lidad del choque negro y su constancia, incluso entre los primitivos de cuenta,el j:iempo por noches y no por días»^^^. Nuestras fiestas noctuf- ^
Insulindia, le atribuye el valor sintomático muy general de «angustia ñas, la noche dé San Júárí,“ N a^dá3 y'Pascua, serían la supervivencia de
de la angustia». Habría que ver aquí la esencia pura del fenómeno de los primitivos calendarios nocturnos La noche negra aparece, pues,
angustia. Bohm añade que este choque al negro provoca experimen­ como la sustancia misma del tiempo. En las Indias, el tiempo se llama
talmente una «angustia en miniatura». Esta angustia estaría fundada Kala —pariente muy próximo etimológicamente de Kali— : ambos sig­
psicológicamente en el miedo infantil a lo negro, símbolo de un temor nifican «negro, sombrío», y nuestra era secular se llama ahora el Kali-
fundamental del riesgo natural, acompañado de un sentimiento de Yuga, «la edad de las tinieblas». Y Éliade constata que «el tiempo es
culpabilidad. La valorización negativa de lo negro significaría, según negro porque es irracional, despiadado» Por eso mismo la noche
I I Mohr'^^ pecado, angustia, rebeldía y juicio. En las experiencias del está sacralizada. La helénica, como la N ótt escandinava, arras­
I sueño despierto se observa incluso que los paisajes nocturnos son carac­ tradas en un carro por corceles sombríos, no son vanas alegorías, sino
terísticos de los estados de depresión. Es interesante señalar que un temibles realidades míticas.
Ì
choque al negro se produce igualmente en las experiencias de De- Es este simbolismo temporal d e .i^ .finieblas^l que asegura su iso-
soille una «imagen más sombría», un «personaje vestido de negro», morfismo con los jsxhibó^^ ahora estudiados. La noefié viene a
un «punto negro» emergen súbitamente en la serenidad de las ensoña­ reunir en su sustancia maléfica t o d a s n e g a t i v a s prece-
ciones ascencionales, formando un verdadero contrapunto tenebroso y ^ n t e s . Las tinieblas son siempre caos-yLj¿cIi^f de dientes, «el sujeto
provocando un choque emotivo que puede ir hasta la crisis nerviosa lee en la mancha negra [del Rorschach]... la agifacíóTTdésordenada de
Estas experiencias diversas verifican el buen fundamento de la expre­ las larvas» ‘"‘L San Bernardo compara el caos con las tinieblas inferna-
sión popular: «tener ideas negras», siendo siempre la visión tenebrosa
^35 Bachelard, p. 76.
136 Cfr. Lucrecio, De N at., V, 973-974. Véase asimismo E stacio , Theb. IV, 282, y
127 B ohm, Traüé, I, p. 168; cfr. B ochner y H alfen , op. cit., pp. 81 y ss.
Manilio, I, 66; Talmud, Avoda Sara, fol. 8 a.
128 B ochner y H alfen , cop. cit., p. 94.
137 Cfr. K raffe, op. cit., p. 161.
129 Rorschach, op. cit., p. 20.
138 Cfr. S ébillot, op. cit., p. I, 143; II, pp. 132-134.
1^9 Citado por B ohm, op. cit., I, P. 169.
139 Cfr. d ’ A rbois deJ ubainville, Le Cycle mythique irlandais, p. 104.
1^1 B ohm, op. cit., p. 170.
140 ÉUADE, Traité, p. 143; cfr. infra, pp. 269 y ss. Sobre la noche de San Juan,
132 Peter Mohr , en Psychiatrie und Rorschach'sehen Formdeut. Versuch, pági­
cfr. J. B ayard , Le Feu, cap. XIX, pp. 235 y ss.
nas 123-133.
141 ÉUADE, op. cit., p. 163.
133 D esoille, op. cit., pp. 72, 158.
142 Cfr. G rimal, op. cit., aniculo «Nyx»: «... ella es hija del Caos... tiene su morada
134 D esoille, op. d t., p. 159.
en el extremo Oeste.»
143 B achelard, Rêv. repos, p. 76; cfr. p. 175.
84 144 Citado por M. D avy, op. cit., p. 100.

85
les, mientras que el poeta Joë Bousquet apostrofa a la noche «viviente y al otro. El ogro, como el diablo, es a menudo de pelo negro, o de bar­
voraz». ¿No llama el sentido común popular a la hora popular, la hora ba profundamente oscura^” . Es sobre todo notable constatar que esta
del «lubicán»? Nosotros mismos hemos mostrado cómo a la negrura «negrura» del mal es admitida por las poblaciones de piel negra: más
están vinculadas la agitación, la impureza y el ruido. El tema del mugi- adelante volveremos sobre el hecho de que el Gran Dios bienhechor de
ído, del grito, de la «boca de sombra» es isomorfo de las tienieblas, y los Bambara, Faro, tiene «una cabeza de mujer blanca», mientras que
Bachelard cita a Lawrence para quien «el oído puede oír más profun­ el mal Mousso Koroni «simboliza todo lo que se opone a la luz: oscuri­
damente de lo que pueden ver los ojos». La oreja es entonces el sentido dad, noche, b r u j e r í a » A la lista de los réprobos podemos añadir a
de la noche. Durante tres páginas, Bachelard nos muestra que la os­ los «jesuítas», de quienes R o s e n b e r g hacía la encarnación cristiana
curidad es auT^lifícadora del rui¿p, que es resonancia. Las tinieblas de del espíritu del mal. El anticlericalismo popular se inspira asimismo en
la caverna retienen eli sTimTsmas el gruñido del oso y el aliento de los Francia en el odio al «cuerpo» y al «oscurantismo». El teatro occidental
monstruos. Es más, las tinieblas son el espacio mismo de toda dinami- viste siempre de negro a los personajes reprobados o antipáticos: Tartu­
zación paroxística, de toda agitación. La negrura es «la actividad» fo, Basile, Bartolo, así como Mefistófeles o Alcestes. La ferocidad de
misma, y toda una infinidad de movimientos se desencadena por la Otelo se une a la perfidia de Basile. Son estos elementos engramáticos
ilimitación de las tinieblas, en las que el espíritu busca ciegamente el los que explican en gran parte el éxito insensato de la apología racista
nigrum, nigrius nigro del Sigfrido blanco, gigante y rubio, vencedor del mal y de los hom­
I De esta solidez de las relaciones isomórficas resulta que la negrura bres negros.
j siempre es valorada negativamente. El diablo es casi siempre negro u Por último, como las tinieblas entrañan la ceguera, vamos a encon­
oculta alguna negrura. El antisemitismo quizá no tenga más fuente trar en este linaje isomórfico^jngs o menos referzado pordos-s
que esta hostilidad natural hacia los tipos étnicos pardos. «Los negros 4e-4a.jnutila^ la inquietahtejRgufO^^ La simbólica cristiana
en América asumen también una función semejante de fijación de la nos ha tranfinmdbl“lTímbórísmo dialéctico de la Iglesia enfrentada a la
agresión de los pueblos huéspedes —dice Otto Fenichel— como en­ ciega Sinagoga, representada siempre con los ojos vendados tanto
tre nosotros los zíngaros, los bohemios... con razón o sin ella se les car­ en la fachada de Notre-Dame de París como en el Rubens E l Triunfo
ga toda suerte de fechorías.» Hay que relacionar con estas observaciones de la Iglesia del Museo del Prado. E. Huguet que se ha complacido
el hecho de que Hitler confundía en su odio y su desprecio al judío y a en catalogar las imágenes del chirlo y de la mutilación en Víctor Hugo,
los pueblos «negroides». Añadiremos que así se explica en Europa el observa cuán frecuente es la mutilación ocular o la ceguera. Como la
odio inmemorial al moro, que en nuestros días se manifiesta por la se­ notable constelación que se encuentra en el poema D ieu: «Sin ojos, sin
gregación espontánea de los norteafricanos residentes en Francia pies, sin voz, mordido y desgarrado...» En Les Travailleurs de la mer
Dontenville ha observado la asimilación constante de los paganos y son las descripciones de la Jacressarde, de las casas de la corte, las que
los impíos a los «Sarracenos» por la opinión pública cristiana, y esto en unen el epíteto «tuerto» a los epítetos «herpético, arrugado». Se consta­
lugares donde el estandarte del profeta no ha ondeado jamás. Lo testi­ ta además que numerosas valoraciones negativas son añadidas espontá­
monian puertas y torres sarracenas de la comarca de Gex y de las dos neamente por la conciencia popular a calificativos tal como «tuerto» o
Saboyas. El Moro se convierte en una especie de diablo, de coco, tanto «ciego». El sentido moral viene a duplicar semánticamente el sentido
en la figuras grotescas que adornan las iglesias de España como en An­ propio. Por esta razón en las leyendas, como en las ensoñaciones de la
jou, donde el «gigante Maury se agazapa en una roca junto a Angers y imaginación, el inconsciente es representado siempre bajo un aspecto
acecha a los bateleros que bogan por el Maine para tragarlos con sus -tejlicbroso, turbio o ciego Desde el Eros-Cupido de los ojos vendá-^"
barcos» Y por ello vemos que no hay mucha distancia de ese Maury dos, precursor de nuestros modernos libido, hasta ese «Viejo Rey» que

Cfr. G. D urand , artículo en Mercure de France, agosto 1953.


B achelard , op. cit., p. 194. 153 Cfr. Barba Azul. Es muy significativo que en el tema mítico del Cónyuge animal
147 Cfr. B achelard, op. cit., pp. 27 y ss. o de demonio disfrazado que analiza S. C omhaire-S ylvain {pp. cit., II, pp. 122, 125), el
148 B achelard, op. cit., p. 27. personaje nefasto adopte indistintamente los rasgos teriomorfos o los de Barba Azul:
149 Conferencia dada en Praga en 1947, citada por M. B onaparte , Mythes de guerre, príncipe turco (en la baja Bretaña) o moro (Portugal).
p. 145. Cfr. H itler, Mein Kam pf, I, cap. II. 154 G . D ieterlen, Religión des Bambara, pp. 39-40.
150 Cfr. Baudouin , Triomphe du héros, p. 230: «Los musulmanes son a los cristia­ 155 Cfr. A. Rosenberg , Le mythe du XX^ siècle, pp. 20,4 3 , 47.
nos lo que Troya es a los griegos, lo que el temible abismo del inconsciente es a la con­ 156 Cfr. M. Davy, op. cit., p. 168.
ciencia clara.» 157 Cfr. E. H u g uet , Métaph. et comparaisons dans Tœuvre de V. Hugo, I, cap. V,
151 D ontenville, op. cit., p. 206. p. 216.
152 DONTENVILLE. 0/>. p. 209. 158 Cfr. Ch. B audouin , La découverte de la personne, pp. 10, 16, 24.

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constela el folklore de todos los países, pasando por el tan célebre y te­ que perpetúa la tradición pictórica desde Van Eyck a Picasso, así co­
rrible Edipo, la parte profunda de la conciencia se encarna en el perso­ mo la tradición literaria desde Ovidio a Wilde o a Cocteau. Un hermo­
naje ciego de la leyenda. Leia ha subrayado con justicia la triparti­ so ejemplo de isomorfismo de la mutilación y del espejo nos es propor­
ción psicológica de los personajes de la Gttà. Al lado del cochero y del cionado por la mitología del tenebroso dios mexicano Tezcatlipoca
combatiente, está ese famoso «Rey ciego», Dhritaráshtra, símbolo del El nombre del dios significa espejo (tezcatl) que echa humo (popoca):
inconsciente, al que la conciencia clara y ágil, el narrador lúcido y clari­ es decir, espejo hecho con la obsidiana volcánica, espejo que mira el
vidente adjudica el combate de Arjuna. Este personaje borrado de la destino del mundo. No tiene más que una sola pierna y un solo pie,
^ epopeya hindú debe relacionarse con todos los «viejos reyes» modestos los otros han sido devorados por la tierra (este dios es asimilado a la
y subalternos que dormitan en la memoria de nuestros cuentos: en La Osa mayor, cuya «cola» desaparece bajo el horizonte durante una parte
Biche au bois tanto como en Riquet el del Copete, en Cenicienta igual del año). Pero este simbolismo del espejo nos aleja suavemente de
que en E l Pájaro azul^^^. Sin ocultarnos la ambivalencia que enmarca la aquel del viejo rey ciego para introducir una nueva variación nictofor-
persona burlesca del viejo rey, muy cercana aún de la majestad y del ma: el agua, al mismo^tiernpp que b^ dur-
poder, es sin embargo la caducidad, la ceguera, la impotencia, incluso
la locura, lo que aquí prevalece, y la que, a ojos del Régimen Diurno
de la imagen, tiñe el inconsciente^de un matiz degradado, lo asimilsi-a.
^_uria concienc^^ Caída como el Rey Lear que ha perdido el poder
porque ha perdido la razón. La ceguera, como la caducidad, es una Este símbolo del agua hostil, del agua negra, es a todas luces el que
Iisiadux^_d<?J^^ Y es este arquetipo del rey ciego el que, mejor puede captar la fragilidad de las clasificaciones simbólicas que
inconscientemente, acósabá a los pensadores racionalistas cuyas interpre­ desean limitarse a referencias puramente objetivas. El propio Bache­
taciones de la imaginación nosotros hemos criticado. Los términos sar- lard, en su notable análisis abandona su principio elemental de clasifi­
trianos mismos, «turbia», «loca», «degradada», «pobre», «fantasma», ve- cación —que no era más que pretexto— para hacer valer axiomas clasi­
hiculaban con ellos ese tono peyorativo del que siempre está teñida la ficadores más subjetivos. Al lado del reír del agua, del agua clara y jo­
ceguera que se enfrenta a la clarividencia Pero en nuestros cuentos vial de las fontanas, sabe hacer sitio a una inquietante «estinfalización»
de hadas, mucho más que en los austeros racionalistas, la ambivalencia del agua’^’\ Este complejo, ¿se ha formado al contacto de la técnica de
subsiste: el viejo rey está siempre dispuesto a transigir con el joven hé­ la embarcación morturaria, o bien el miedo al agua tiene un origen ar­
roe de luz, príncipe encantador que se casa con la hija del regio ancia­ queológico bien determinado, que procede del tiempo en que nuestros
no. Si el carácter de caducidad y de ceguera es la mayor parte del tiempo primitivos antepasados asociaban los cenagales de los pantanos a la
valorada negativamente, la veremos sin embargo eufemizarse y rea­ sombra funesta de los bosques? «El hombre, que no puede prescindir
parecer con la solarización benéfica de las imágenes. Odín en su omni­ del agua, se ve contrariado inmediatamente; la inundación, tan nefas­
potencia permanece tuerto como para dejar presentir un misterioso pa­ ta, es todavía accidental, pero el cenagal y el pantano son permanentes
sado, poco claro, terrorífico, propedèutico de la soberanía. Los poetas y crecientes» Por ahora, sin responder a estas cuestiones y sin optar
vienen una vez más a confirmar el psicoanálisis de las leyendas, todos por esas hipótesis, contentémonos con analizar el aspecto tenebroso del
han sido sensibles a este aspecto nocturno, ciego e inquietante que re­ agua. Bachelard, utilizando el hermoso estudio de Marie Bonaparte, ha
viste el forro inconsciente del alma. Mefistófeles, el confidente tene­ mostrado perfectamente que el mare tenebrum^ había tenido su poeta
broso y el consejero sombrío, es el prototipo de un abundante linaje de desesperado en Edgar Poe El color «de tinta» se encuentra relaciona­
estos «extranjeros vestidos de negro» y que se nos parecen «como un do en este poeta a un agua mortuoria, completamente empapada de
hermano». los terrores de la noche, preñada de todo el folklore del miedo que he­
De la sombra que ha perdido Peter Schlemihl, al rey o al soberano mos estudiado hasta aquí. Como dice Bachelard, en Poe el agua es «su­
de que nos hablan René Char o Henri Michaux todos son sensibles a perlativamente mortuoria», es doblete sustancial de las tinieblas, es la*
la vertiente íntima, tenebrosa y a veces satánica, de la persona, a esa
«translucidez,.c^ que sirnboliza instrumento de Psique, *63 Gfr. VAN Eyck , Portrait d ’A m olfini et de sa fem m e, N. Gallery, Londres. Cfr.
C octeau, Le Sang d'un poète; cfr. O. W ilde, E l retrato de Dorian Gray.
^^9 Leía, Contes de fées, pp. 13-14, 41. *64 Cfr. SOUSTELLE, Op. cit., p. 29-
Leía, op. cit., p. 67. *65 Cfr. B kcwelmld, L'Eau et les rêves, p. 137.
161 Cfr. supra, p. 19. *66 D ontenville. Op. cit., p. 133-
162 Cfr. A ldebert von C hamisso, Peter Schlem ithl; R. C har, A une sérénité crispée, *67 Cfr. B achelard, op. cit., p. 138; cfr. M. B onaparte: E. Poe, étude psychanalyti­
y H. Michaux, Mon roi. que.

88 89
«sustancia simbólica de la m u e r t e » E l agua se convierte incluso en rio, palmípedo y a veces alado, se conserva con rara constancia desde su
una directa invitación a morir: de estinfálica que era, se «ofeliza». Va­ primera representación iconográfica en Noves, en la baja Durance. El
mos a detenernos algo en las diferentes resonancias fantásticas de esta recuerdo del Dragón céltico está muy vulgarizado, es muy tenaz: Taras­
gran epifanía de la muerte. cón, Provins, Troyes, Poitiers, Reims, Metz, Mons, Constance, Lyon y
La primera cualidad del agua sombría es su carácter heracliteo El París tienen sus héroes sauróctonos y sus procesiones conmemorativas.
agua sombría es «devenir hídrico». El agua que corre es amarga invita­ Las gárgolas de nuestras catedrales perpetúan la imagen de esta voraci­
ción al viaje sin retorno: jamás se baña uno dos veces en el mismo río, dad acuática. Nada es más común que la relación entre el arquetipo
y los riachuelos no remontan nunca hacia su fuente. El agua que corre saurio y los símbolos vampíricos o devoradores. Todas las relaciones'^"
es la figura de lo irrevocable. Bachelard insiste en este carácter «fatal» legendarias describen con horror las exigencias alimenticias del Dragón:
del agua en el poeta americano'^®. El agua es epifanía de la desgracia en Burdeos, el monstruo devora una virgen por día, lo mismo que en
del tiempo, es clepsidra definitiva. Este devenir está cargado de terror, Tarascón y en Poitiers. Esta ferocidad acuática y devoradora va a popu­
\ es la expresión misma del terror**"'. El pintor Dalí ha encontrado ade­
larizarse en todos los Bestiarios medievales bajo la fórmula del fabuloso
más, en un cuadro c é l e b r e e s a intuición de la licuefacción temporal coquatrix e innumerables cocadrilles y cocodrilles [cocodrilos] de nues­
representando relojes «blancos» y fluyentes como el agua. El agua noc­ tros campos. Este Dragón, ¿no es la horrorosa Echidna'^® de nuestra
turna, como permitían presentirlo las afinidades isomorfas con el caba­ mitología clásica, media parte serpiente, media parte pájaro palmípedo
llo o el toro, es, por tanto, el tiempo. Es el elemento mineral que se y mujer? Echidna, madre de todos los horrores monstruosos: Quimera,
anima con la mayor facilidad. Por eso es constitutiva de ese universal Esfinge, Gorgona, Escila, Cerbero, León de Nemea; en ella Jung'79
arquetipo, a la vez teriomorfo y acuático que es el Dragón quiere encarnar —puesto que se acopló con su hijo el Perro de Gerión
La intuición del poeta sabe unir el monstruo universal con la muer­ para dar a luz a la Esfinge— una «masa de libido incestuosa» y hacer
te en el espantoso La caída de la casa Usher^"^. El Dragón parece resu­ por ello incluso el prototipo de la Gran Prostituta apocalíptica. Porque
mir sombólicamente todos los aspectos del régimen nocturno de la en el Apocalipsis, el Dragón está vinculado a la Pecadora, y recuerda a
imagen que hemos considerado hasta ahora: monstruo antediluviano, los rahab, Leviatán, Behemot y diversos monstruos acuáticos del Anti­
bestia del trueno, furor del agua, sembrador de la muerte, es, como ha guo Testamento Es ante todo el «Monstruo que está en el mar», la
observado Dontenville, una «creación del m i e d o » E l folklorista estu­ «Bestia de la fuga rápida», la «Bestia que sube del mar»'®'. Sin decir
dia minuciosamente las epifanías del monstruo a través de la toponi­ nada por adelantado sobre las feminizaciones psicoanalíticas del Mons­
mia céltica. El Dragón tiene «un nombre genérico común a muchos truo de las aguas mortuorias, contentémonos con subrayar la evidencia
pueblos, dracs del Delfinado y del Cantal, Drache y Drake germánico, que se deriva del método de convergencia. Parece que, psicológicamente
Wurm o Warm que recuerda el hormigueo de nuestro <iven [gusano] hablando, el Dragón existe como llevado por los esquemas y los arque­
o de nuestro «vermine» [miseria (parásito)]. Sin contar los antiguos Ge- tipos de la bestia, de la noche y del agua combinadas. Nudo donde
rión y Gorgona, nuestra Tarasca, toro acuático, y el Máchecroúte [Mas- convergen y se mezclan la animalidad vermídea y pululante, la voraci­
ticacortezas] —cuyo nombre es todo un programa— que frecuenta los dad feroz, el estrépito de las aguas y del rayo, así como el aspecto visco­
remolinos de La Guillotiére en Lyon o La Coulobre oculta en la Fonta­ so, escamoso y tenebroso del «agua espesa». La imaginación parece
na de V a u c l u s e L a morfología del monstruo, la de un Gigante sau- construir el arquetipo del Dragón o de la Esfinge a partir de terrores
fragmentarios, de repugnancias, de pavores, de repulsiones tan instin­
^68 B achelard, op. a t., pp. 65, 7')-76, 122. Sobre el pantano, la cloaca en Spittelcr. tivas como experimentadas y, finalmente, erguirlo espantoso, más real
cfr. B audouin, Le Triomphe du héros, p. 211. que el río mismo, fuente imaginaria de todos los terrores de las tinie­
169 B achelard, op. cit., p. 79. Fragmento 68, Heráclito, citado.
170 B achelard, op. cit., p. 66.
171 B achelard, op. cit., pp. 140-144. ^77 Cfr. D ontenville, op. cit., pp. 145-153; cfr. G ranet, Danses et légendes de la
172 Cfr. S. D alí, Los relojes blandos. Chine ancienne, II, p. 154.
*78 Cfr. G rimal, op. cit., artículo «Echidna». La lección escita del mito de la «mujer-
173 Cfr. ÉUADE, Traite, p. 183; K rappe, op. c it.,p . 330; cfr. G ranet, Pensée chinou
se, pp. 135, 356-357. serpiente» es un hermoso ejemplo de eufemización, como Melusina es la antepasada epó-
174 E. POE, Historias extraordinarias. nima de los Lusignan. Escitas, hijo de Echidna, es el antepasado de los escitas.
175 Dontenville, op. ctt., pp. 134 y ss. Cfr. F. d ’Ay2^ c , «Iconographie du Dragon» *79 J ung , Libido, p. 174; cfr. B erger de X ivrey, Traditions tératologiques, pp. 60
{J^evue d'art Chrétien, 1864), pp. 75-95, 169-194, 333-361; cfr. L. D umont, op. cit., pá­ y ss., 122 y ss.
ginas 190 y SS., 209 y ss. *80 Apoc., XII, 7-9; Isaías, LI, 9; Salmos, LXXXIX, \í)\ ]o b, XXVI, 12-13, IV, I;
176 D ontenville, op. cit., p. 143. Cfr. D umont, op. cit., pp. 155 y ss., 164 Ezequiel, XXIX, 2, XXXXII, 7, etc. Sobre la relación del Dragón y de la femineidad en
y ss., 197. K. Spittler, cfr. B audouin, Le triomphe du héros, pp. 207 y ss.
*8* Cfr. Isaías, XXVII, 1 y Apoc., XXIII, 1.
90 91
sueña con ahogarse en un «baño de trenzas de Annie» Podríamos
añadir que es la misma composición la que inspiran las trenzas de Me­
blas y de las aguas. El arquetipo viene a resumir y clarificar los seman- lisenda o la de L / Muchacha de los cabellos de lino, pero también los
tismos fragmentarios de todos los símbolos secundarios. múltiples Reflejos en el agua que pueblan la obra del cantor de La
Nos detendremos asimismo algunos instantes en un aspecto secun­ Mer. Bachelard, en una perspectiva dinámica, subraya que no es la for­
dario del agua nocturna, y que puede jugar el papel de motivación su­ ma de la cabellera lo que suscita la imagen del agua fluyente, sino su
balterna: las lágrimas. Lágrimas que pueden introducir indirectamente movimiento. Desde el momento en que ondula, la cabellera entraña la
el tema del ahogamiento, como lo señala perfectamente la boutade de imagen acuática, y viceversa. Hay, pues, una reciprocidad en este iso­
Laertes en Hamlet: «No tienes sino demasiada agua, pobre Ofelia, por morfismo, cuya bisagra forma el verbo «ondular». La onda es J a anima-
eso yo me prohíbo l l o r a r . . . » E l agua estaría vinculada a las lágrimas ción íntima-dei agua. Es también la figura del jeroglifo egipcio más an­
por un carácter íntimo, una y otras serían «la materia de la desespera­ tiguo, que se encuentra asimismo en los casos neolíticos^®®. Además,
ción» Es en este contexto de tristeza, cuyo signo psicológico son las anotemos de pasada y sin tomarlo demasiado en serio, que la noción
lágrimas, donde se imaginan ríos y estanques infernales. El sombrío de onda en las ciencias físicas, cuyo signo es la ondulación sinusoide, se
Stix o el Aquerón son moradas de tristeza, la morada de la sombras de apoya en la ecuación de la frecuencia y viene a recordarnos que es tam­
pesadilla. Baudouin analizando dos sueños de niñas relativos al bién el tiempo el que regenta las ondulaciones en el laboratorio. La on­
ahogamiento, observa que están acompañados de un sentimiento de da del físico no es más que una metáfora trigonométrica. Asimismo en
algo incompleto que se manifiesta por imágenes de mutilación: el poesía, la onda de la cabellera al tiempo, a ese tiempo irre­
«complejo de Ofelia» va acompañado de un «complejo de Osiris» o «de vocable que es el pasado ^®^. ¿No tenemos en Occidente numerosas
Orfeo». En la imaginación ensoñadora de la niñita, la muñeca es rota, creericiás pdpulares que hacen con los bucles de la cabellera talismanes
descuartizada antes de ser precipitada en el agua de la pesadilla. Y la recuerdos? Si esta temporalización de la cabellera puede ser compren­
niñita adivina el isomorfismo del Dragón devorador cuando pregunta: dida fácilmente, sea que el sistema piloso y la cabellera constituyen la
«¿Qué es lo que pasa cuando uno se ahoga? ¿Se queda uno entero?» marca de la temporalidad y de la mortalidad, como entre las represen­
Cerbero es, como vemos, el vecino inmediato de Cocito y del Stix, y el taciones de los antiguos Bambara sea por el contrario que el tiempo
«campo de los llantos» está contiguo al río de la muerte. Es lo que apa­ aparezca como el gran arrancador de cabellos, como lo atestigua la fa­
rece muchas veces en Hugo, para quien el interior de la mar, donde bula de La Fontaine, lectura occidental de un apólogo universaP^^ no
numerosos héroes terminan sus días mediante un brutal ahogamiento obstante es más difícil dar cuenta de forma directa de la feminización
—como los de Les Travailleurs de la mer y de Z 'Homme qui rit— , se de la cabellera, porque sólo en Occidente la cabellera es patrimonio del
confunde con el abismo por excelencia: «colmena de Hidras», «análogo, sexo femenino
de la noche», «océano nox», donde los bocetos de vida, las larvas «se Sin embargo, antes de adentrarnos por la vía de la verdadera expli­
dedican a las feroces ocupaciones de la sombra...» cación, es decir, del isomorfismo que une por los menstruos la onda
Otra imagen frecuente, y mucho más importante en la cons­ con su símbolo piloso por un lado y con la feminidad por otro, hemos
telación del agua negra, es la cabellera. Esta última va a inclinar insen­ de detenernos en una convergencia secundaria en la que vamos a en­
siblemente los símbolos negativos que estudiamos hacia una feminiza­ contrarnos con el espejo sobredeterminado por la onda y la cabellera >
ción larvada, feminización que se verá reforzada definitivamente por Porque el espejo no sólo es procedimiento de redoblamiento de las
ese agua femenina y nefasta por excelencia: la sangre menstrual. A pro- imágenes del yo, y por tanto símbolo del doblete tenebroso de la con­
; pósito del «complejo de Ofelia», Bachelard insiste en la cabellera flo­ ciencia, sino que también está vinculado a la coquetería. Al parecer, el
tante que poco a poco contamina la imagen del agua. La crin de los ca­ agua constituye el espejo originario. Lo que nos sorprende tanto como
ballos de Poseidón no está lejos de los cabellos de Ofelia. A Bachelard no
le cuesta mucho mostrarnos la vivacidad del símbolo ondulante en los
autores del siglo XVIII, como en Balzac, D ’Annunzio o Poe: este último
B achelard, op. cit., pp. 115-117.
1®® Cfr., ÉUADE, Traite, p . 169.
Citado por B achelard , L'Eau et les rêves, p. 89.
i®9 Cfr. B achelard, op. cit., p. 116.
B achelard, op. d t., pp. 124-125. 190 Cfr. G. D ieterlen , op. cit., p. 66.
191 Cfr. Krappe , op. cit., pp. 114-116.
Cfr. Baudoin , Analysis des rêves, p. 89. Cfr. cl cuento Batlaping contado por
S. CoMHaire-Sylvain {pp. cit,, I, p. 95) en él se describe un «infierno acuático» del que 192 Cfr. R. Lowie, op. cit., p. 94.
el ogro Dimo es el rey. 193 Cfr. supra, p. 89.
Cfr. Baudouin , V. Hugo, p. 147; cfr. Travailleurs de la mer, I, cap. VI.
B achelard, Eau et rêves, p. 114. 93
92
el simbolismo lunar en las imágenes que Bachelard pone de mani­ Lo que constituye la irremediable feminidad del agua es que la li­
fiesto en Joachim Gasquet o en Jules Laforgue, es que el reflejo en el quidez es el elemento mismo de los menstruos. Puede decirse que el
agua va acompañado del complejo de Ofelia. Mirarse es ya un poco arquetipo del elemento acuático y nefasto es la sangre menstrual. Es lo
ofelizarse y participar en la vida de las sombras. La etnografía viene que confirma la frecuente relación, aunque parezca insólita al princi­
una vez más a confirmar la poesía: entre los Bambara, el cuerpo del pio, del agua y de la luna. Éliade explica este constante isomorfismo,
doble femenino, el dya, es «la sombra sobre el suelo o la imagen en el por un lado debido a que las aguas están sometidas al flujo lunar; por
agua». Para remediar el vuelo siempre nefasto de su sombra, el bamba­ otro, debido a que por ser germinativas se relacionan con el gran sím­
ra ha recurrido al espejo acuático, «se mira en el agua de una calabaza, bolo agrario que es la luna. No nos ocuparemos más que de la primera
y luego cuando la imagen es nítida la revuelve moviendo el recipiente, afimación: las aguas están vinculadas a la luna porque su arquetipo es
lo que envía al d'^a bajo la protección de Faro (el dios benéfico)» menstrual; en cuanto al papel fecundante tanto de las aguas como de
Ahora bien, la cabellera está vinculada al espejo en toda la iconografía la luna’ no es más que un efecto secundario de esta motivación primor­
del «tocado» de diosas o de simples mortales. El espejo es, en numero­ dial. La mayor parte de las mitologías confunden las aguas y la luna en
sos pintores, elemento líquido e inquietante. De ahí la frecuencia en la misma divinidad, tanto los iroqueses y los mexicanos como los babi­
Occidente del tema de Susana y los viejos en el que la cabellera des­ lonios o en el Ardvisúra Anáhita iraní Los maories y los esquima­
trenzada se une al reflejo glauco del agua, como en Rembrandt, que les, así como los antiguos celtas, conocen las relaciones que existen en­
repitió cuatro veces ese motivo, y como en Tintoretto, donde se alian el tre la luna y los movimientos marinos. El Kig Veda afirma esta solidari­
adorno femenino, la carne, la preciosa cabellera, el espejo y la onda. dad entre la luna y las aguas Pero pensamos que el historiador de
Este tema nos remite a dos mitos de la antigüedad clásica en los que las religiones se equivoca al no buscar a este isomorfismo otra expli­
nos detendremos un instante porque subrayan admirablemente la fuer­ cación qué la cosmológica corriente. Porque vamos a ver que bajo el
za de las imágenes míticas engendradas por la convergencia de los es­ simbolismo lunar convergen dos temas que van a sobredeterminarse re­
quemas y de los arquetipos. El primero de estos mitos es el menos ex­ cíprocamente, inclinando este simbolismo entero hacia un aspecto ne­
plícito: es el de Narciso, hermano de las Náyades, perseguido por Eco, fasto que no siempre conserva. La luna está unida indisolublemente a
la compañera de Diana, y al que estas divinidades femeninas hacen su- la muerte y a la feminidad, y es por la feminidad por la que se vincula,
^ frir la metamorfosis mortal del espejo. Pero es sobre todo en el mito de al simbolisnio acuático. |
Acteón donde vienen a cristalizar todos los esquemas y los símbolos En efecto, tendremos ocasión de volver ampliamente sobre este i
\ dispersos de la feminidad nocturna y temible. Acteón sorprende el aseo tema2®^: la luna aparece como la gran epifanía dramática del tiempo. ]
\ de la diosa que, sueltos los cabellos, se baña y se mira en las aguas pro- Mientras que el sol permanece semejante a sí mismo, salvo durante ra­
\ fundas de uria grutas-asustada por los clamores de las Ninfas, Artemis, ros eclipses, y que no se ausenta más que un corto lapso de tiempo del
la diosa lunar, metamorfosea a Acteón en animal, en ciervo, y, dueña paisaje, humano, la luna es un astro que crece, que mengua, que des­
de los perros, lanza la trailla al encarne. Acteón es despedazado, lacera­ aparece, un astro caprichoso que parece sometido a la temporalidad y a
ndo, y sus restos dispersos sin sepultura dan nacimiento a lamentables la muerte. Como subraya Éliade gracias a la luna y a las lunaciones
Nombras que frecuentan las breñas. Este mito reúne y resume todos los se mide el tiempo: la raíz indoaria más antigua que se refiere al astro
elementos simbólicos de la constelación que estamos ahora estudiando. nocturno, me, que da el sánscrito mas, el avéstico mah, el mená gótico,
Ñada falta en él: teriomorfia en su forma fugaz y bajo su forma devo- el mene griego y el mensis latino, quiere asimismo decir medir. Por es­
rádora, agua profunda, cabellera, aseo femenino, gritos, dramatización ta asimilación con eh destino, la «luna negra» está considerada-la mayor
negativa, todo envuelto en una atmósfera de terror y de catástrofe. Nos parte del tiempo como el primer muerto. Durante tres noches se borra
qfueda ahora profundizar el papel nefasto que vemos jugar a la mujer y desaparece del cielo, y los folklores imaginan que entonces está engu­
de las tinieblas, a la ondina maléfica que, bajo la apariencia de la Lore- llida por el m o n s t r u o P o r esta razón isomorfa, numerosas divinida-
lei, viene a sustituir con su feminidad embrujadora el poder atribuido
hasta aquí al animal rapaz. ^97 ÉUADE, Traité, p. 145; cfr. B achelard, VEau et les rêves, p. 111.
^98 Cfr. ÉuADE, op. cit., p. 148; para los mexicanos la luna es hija de Tlaloc, el Dios
de las aguas; cfr. S oustelle, op. cit., p. 26 y ss.
194 c f r . B achelard , Eau et rêves, pp. 120-121.
‘99 Rig Ved. I, 105-1.
195 D ieterlen, op. cit., p. 59.
299 ÉLIADE, Op. cit., pp. 145-148.
196 Cfr. P. G rim ai , Dictionnaire, artículos «Narcisse», «Acteón». El tema del «doble» 291 Cfr. irifra, pp. 271 y ss.
subyace en toda la leyenda de Acteón: el centauro Chirón modela una estatua a imagen 292 ÉUADE, Op. cit., p. 142.
de Acteón para consolar a los perros desesperados por haber devorado a su amo. 293 Cfr. ÉLIADE, Op. cit., p. 155; K rappe, o p . cit., p. 166; H arding o/?, cit., p. 37.

94 95
des lunaes son ctonicas y funerarias. Tal sería el caso de Perséfone, de i
Hermes y de Dionysos. En Anatolia, el dios lunar Men es también el por miedo a encontrarse «lunadas»^'*. A veces es la serpiente la que, en
de la muerte, y lo mismo el legendario Kotschei, el inmortal y maligno tanto que animal lunar, pasa por acoplarse con las mujeres. Esta le­
genio del folklore ruso, la luna es considerada a menudo como el país yenda, todavía viva en los Abruzzos, era corriente entre los antiguos, si
de los muertos, tanto entre los polinesios Tokalav, entre los iranios o creemos Plutarco, Pausanias y Dion C a s i o e s universal, porque con
los griegos, como en la opinión popular de Occidente en la época de pocas variantes se la encuentra entre los hebreos, los hindúes, los per­
Dante Más notable es aún desde el punto de vista de la convergen­ sas, los hotentotes, tanto en Abisinia como en Japón En otras leyen­
cia isomorfa esta creencia de los habitantes de las Cotes-du-Nord, se­ das, el sexo de la luna se invierte, se transforma en hermosa joven, se­
gún la cual la cara invisible de la luna oculta unas fauces enormes que ductora por excelencia Se convierte en la temible virgen cazadora
sirven para aspirar toda la sangre vertida en la tierra. Esta luna antropó- que lacera a sus amantes, y cuyos favores, como en el mito de End-
faga no es rara en el folklore europeo Nada hay más temible para el ymión, confieren un sueño eterno, al margen de las heridas del tiem­
campesino contemporáneo que la famosa «luna roja» o «luna quemada» po. Ya en esta luna menstrual se esboza la ambivalencia del ser «hijo
más ardiente que el sol devorador de los trópicos. Lugar de la muerte, enfermo y doce veces impuro». Reservamos para más adelante el estu­
signo del tiempo, es por tanto normal ver atribuir a la luna, y especial­ dio completo de las epifanías lunares eufemizadas^*^ por ahora no ten­
mente a la luna negra, un poder maléfico. Esta maligna influencia está dremos en cuenta más que el salvajismo sanguinario de la cazadora,
censada en el folklore hindú, griego, armenio, igual que entre los in­ asesina de las hijas de Leto así como de Acteón, prototipo de la femini­
dios del Brasil. E l Evanlio de San Mateo utiliza el verbo séléniaszesthai dad sangrante y negativamente valorizada, arquetipo de la mujer fatal.
«estar lunático» cuando alude a una posesión demoníaca Para los sa- A este isomorfismo hay que unir ese símbolo que los psicoanalistas
moyedos y los dayak, la luna es el principio del mal y de la peste, en la vinculan con una exasperación de Edipo, la imagen de la «Madre Terri­
India se la denomina «Nirrti», la ruina Casi siempre la catástrofe lu­ ble», ogresa que viene a fortalecer la prohibición sexual. Porque la mi­
nar es diluviaP^^. Si a menudo es un animal lunar —una rana, por soginia de la imaginación se introduce en la representación por esta asi­
ejemplo— el que degurgita las aguas del diluvio, es porque el tema milación al tiempo y a la muerte lunar de los menstruos y de los pe­
mortal de la luna está estrechamente vinculado a la feminidad. ligros de la sexualidad. Esta «Madre Terrible» es el modelo inconsciente
Porque el isomorfismo de la luna y de las aguas es al mismo tiempo de todas las brujas, viejas terribles y tuertas, hadas malignas que pue­
una feminización. El término medio lo constituye el ciclo menstrual. | blan el folklore y la iconografía. La obra de ,Goya.,=.mu.y-mB^ en su^
La luna está vinculada a los menstruos, es lo que enseña el folklore ; conjunto, abunda en caricaturas de viejas decrépitas y^amenaza3oras,
universaP^’'^ En Francia, los menstruos se llaman «el momento de la lu- \ simples coquetas pasadas de moda y ridiculas, pero tambiéa
na», y entre los maories la menstruación es la «enfermedad lunar». Muy venm n a^^ Leonardo», el granjQhivq,^^¿J^^
a menudo, las diosas lunares (Diana, Artemis, Hécate, Anaitis o Freyja) i guisotes. Cuarenta plánéhas^'dr fas och& de la sene 3 F lof iíS^-
tienen atribuciones ginecológicas. Los indios de América del Norte di­ T^TT^^ror^+^épresentan viejas mujeies.Garieaturizadas y brujas^..y,,eri la
cen de la luna menguante que tiene «sus reglas». «Para el hombre pri­ «Quinta i d e r S l d o i lá^^OíribleS" Parcas-acompañan . al ogró^^^
mitivo —observa Harding— el sincronismo entre el ritmo mensual Léon Cellier ha observado acertadamente que el pesonaje de Lakmi era
de la mujer y el ciclo de la luna debía parecer la prueba evidente de en Lamartine el prototipo romántico de la vamp fatal, que une a una
que existía un vínculo misterioso entre ellas.» Este isomorfismo de la apariencia encantadora una esencial crueldad y una gran deprava­
luna y de los menstruos se manifiesta en numerosas leyendas que hacen ción^*®. La obra de Víctor Hugo es igualmente rica en epifanías de la
de la luna o de un animal lunar el primer marido de todas las mujeres; «Madre Terrible». Es Guanhuarma e Les Burgraves, a quien el psico­
entre los esquimales, las jóvenes vírgenes no miran nunca a la luna por analista^*'^ asimila con la madrastra corsa a la que el poeta fue confiado
miedo a quedar encinta, y en Bretaña las muchachas hacen lo mismo en su infancia, pero que para nosotros ha quedado como el gran arque-

204 Cfr. D ante, Paraíso, III, 56-57. 211 Saintyves, Les Saints successeurs des dieux, p. 274.
205 SÉBIU.OT, Folklore, I, pp. 38 y ss. 212 Citados por Ê liade , op. cit., pp. 150-151.
206 M att„ IV, 25; XVII, 15; cfr. Salm os XCXL. 213 Cfr. ÊLIADE, op. cit., p. 151.
207 Cfr. I^P P E , op. cit., p. 119. 214 Cfr. K rappe, op. cit., p. 107.
208 Cfr. ÊUADE, op, cit., p. l47. 215 Cfr. infra, pp. 102 y ss.
209 Krappe , op. cit., p. 105; cfr. S. Ica rd , La Femme pendant la période mens­ 216 Cfr. H arding, op. cit., p. 63.
truelle, pp. 261 y SS. 217 Cfr. Les Caprices, edit. Hazan, 1948.
210 H arding , op. cit.', p. 63; cfr. K rappe , op. cit., p. 108. 218 Cfr. L. C ellier, L'Epopée rom antique, p. 176.
219 Cfr. B audouin , V. Hugo, pp. 132-134.
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tipo colectivo símbolo del destino, y que Baudouin relaciona muy jui­ que un juego de palabras: en Le Titan, en Eviradnus, en Notre-Dame
ciosamente con la Lilith-Isis de La Fin de Satan. Es ella la que declara: de Fans, donde Claude Frollo compara la lucha del hombre contra el
«Ananké soy yo», ella es la vampiro, el alma negra del mundo, el alma destino con la de una mosca cogida en la tela, en La Fin de Satán don­
del mundo y de la muerte. «En la filosofía de Hugo, la Fatalidad viene de sólo se evoca la antítesis de la mosca, el poeta apela al pequeño ani­
a coincidir con el Mal, con la m a t e r i a » Y Baudouin subraya el siste­ mal amenazador, que condensa todas las fuerzas maléficas. La araña se
ma etimológico «mater-matriz-materia». Antes de volver a estas «aguas convierte incluso en el prototipo sobre el que se forman personajes an­
madres» que son los menstruos, tenemos que considerar todavía las tropomorfos: en Les Miserables es tan pronto Javert quien juega el pa­
manifestaciones teriomorfas de la vampiresa, de la mujer fatal. pel de araña policíaca, como la gargotte de la Thénardier, «tela donde
En primer lugar, podemos constatar con los lingüistas que la repar­ Cosette estaba cogida y temblaba...»^^\ de la que la Thénardier, la
tición de los sustantivos en género animado e inanimado, tal como madrastra, es la clave simbólica. La araña reaparece en Masferrer, en
existe en ciertas lenguas primitivas, es reemplazada en otras lenguas Les Derniers jours d'un condamné y en L'Homme qui rit, donde la
por una repartición de género ándrico y género metándrico. Este últi­ imagen emerge explícitamente de su contexto psicoanalítico cuando
mo género comprende las cosas inanimadas, los animales de ambos se­ Gwynplaine percibe en el «centro de la tela una cosa formidable, una
xos y las mujeres. La feminidad lingüísticamente, entre los caribes y los mujer desnuda...»^^^’. Desde luego nosotros no daremos a este símbolo
iroqueses, es rechazada al lado de la animalidad, semánticamente es con­ la interpretación narcisita que le atribuye el psicoanalista para quien «la
natural al animaP^^ Asimismo, la mitología feminiza monstruos terio- araña amenazadora en el centro de su tela es además un excelente sím­
morfos tales como la Esfinge y las Sirenas. No es inútil observar que bolo de la introversión y del narcisismo, esa absorción del ser por su
Ulises se hace atar al mástil de su navio para escapar a un tiempo del propio centro...»2^L Nosotros nos atendremos a la interpretación
lazo fatal de las sirenas, de Caribdis, y de las mandíbulas armadas de clásica para la cual la araña «representa el símbolo de la madre arisca
una triple hilera de dientes del dragón Escila. Estos símbolos son el as­ que ha conseguido aprisionar al niño en las mallas de su red». El psi­
pecto negativo extremo de la fatalidad más o menos inquietante que coanalista relaciona juiciosamente esta imagen donde domina «el vien­
personifican, por lo demás, Circe, Calipso o Nausicaa. Circe, la maga, tre frío» y las «patas velludas» sugerencia horrible del órgano femenino,
a medio camino entre las sirenas y la encantadora Nausicaa, Circe la de con su complemento masculino, el gusano, que desde siempre ha esta­
los hermosos cabellos, maestra de los cantos, de los lobos y de los leo­ do relacionado también con la decadencia de la carne Hermoso
nes, ¿no introduce a Ulises en los infiernos, y no le permite contemplar ejemplo de sobredeterminación ontogenética de un símbolo de la mi­
a la madre muerta, Anticlea? La Odisea^^^ entera es una epopeya de la soginia, que, como esperamos demostrar, parece descansar sobre bases
victoria sobre los peligros tanto de las olas como de la feminidad. En filogenéticas más amplias. Baudouin observa asimismo que el terror
Víctor Hugo es un animal negativamente sobredeterminado por estar edípico de la fuga ante el padre y la atracción incestuosa por la madre
oculto en lo negro, feroz, ágil, que ata a sus presas con un lazo mortal, y vienen a converger en el símbolo arácnido: «Aspecto doble de una mis­
que juega el papel de la vampiresa: la araña. Este animal obsesiona a Víc­ ma fatalidad» La araña que entra en composición con el gusano de
tor Hugo, que llega incluso a dibujarlo Desde luego, el elemento fo­ la hidra, «especie de gusano resplandeciente» a menudo isomorfo del
nético juega un papel en esta elección del símbolo: araignée^ arachné, elemento femenino por excelencia», el Mar. Es en la hidra gigante de
tiene una sonoridad cercana a ananké. Pero el tema vuelve con tanta Les Travailleurs de la mer, el pulpo, símbolo directo de la fatalidad del
constancia a la imaginación del poeta que hay que ver en ello algo más océano donde la totopoderosidad nefasta y feminoide se manifiesta

220 B audouin, op. cit., p. 136. 225 Citado por B audouin , V. Hugo, p. 138.
221 Cfr. D amourette, D es mots à la pensée, I, 306 y 308, pp. 365-367, y B audouin, 226 Citado por B audouin , op. c it.,p . 137.
Le Triomphe du héros, pp. 208 y ss. Leroi-G ourhan («Répartition et groupement des , 227 B audouin , op. cit., p. 137.
animaux dans l ’art pariétal paléol.»; op. cit., p. 521) observa que «63 representaciones 228 Cfr. Rank , Traumatisme de la naissance, pp. 30 y ss. Entre los antiguos mexica­
femeninas de 89, o sea, más de los 2/3, están asociadas a figuras animales. De 46 casos de nos la araña es el animal emblema del dios del Infierno del Norte Mictlantecutli, el que
asociación, en 32 aparece el caballo y en 27 el bisonte: «La agrupación normal, represen­ lleva sobre su espalda el «Sol negro», patrón del día «perro», quinto señor de la noche.
tada por los 2/3 de los casos, es por tanto la siguiente: figuraciones femeninas-caballo, fí- i Cfr. SousTEiXE, op. cit., pp. 55 y ss. Cfr. infra, p. 106. Cfr. el importante papel que jue­
guraciones femeninas-bisonte, figuraciones femeninas de bisonte y caballo...». ; ga la «Mujer-araña», abuela de los gemelos de la guerra en la mitología Hopi. Cfr. D on
222 Cfr, la concepción tenaz de la inferioridad del sexo femenino en todos los dualis- -' T alayesva, Soleil Hopi, Apéndice A, pp. 425 y ss.
mos: pitagórico, platónico, valentiano y gnóstico, elkasaíta, etc. Cfr. Simone P étrement, ! 229 Cfr. Poema de Hug o , La chauve-souris. Ce que dit la bouche d'om bre, La rose de
Le Dualism e chez Platon, les Gnostiques et les Manichéens, p. 207, nota 101. l'infante; cfr. asimismo, B audelaire , Les Pleurs du Mal, LXXIII, X X X , etc.
223 Cfr. B audouin , Le Trimphe du héros, pp. 36-50. 230 Cfr B audouin , op. cit., p. 142.
224 Baudouin , V. Hugo, p. 137; cfr. R. Eschouer , Victor Hugo artiste, p. 64. 231 Cfr. B audouin , op. cit., p. l43.

98 99
La escena del combate con el pulpo es el episodio central de esta nove­ ataduras» Por ahora no nos ocupamos más que del sentido funda­
la, y Jules Verne volverá a tomar cuidadosamente esta imagen arquetí- mental, que es negativo, del lazo y de las divinidades atadoras. Éliade
pica en Vingt mille lieues sous les mers, imagen siempre activa como concluye que entre los Yama y Nirti, las dos divinidades védicas de la
lo demuestra la impresionante secuencia que Walt Disney ha imagina­ muerte, estos «atributos de atador son no sólo importantes, sino consti­
do en la transcripción cinematográfica de la obra de Jules Verne. Por tutivos», mientras que Varuna sólo accidentalmente es un dios atador.
sus tentáculos, el pulpo es el animal atador por excelencia. Se ve que el Asimismo Urtra, el demonio, es aquel que encadena tanto a los hom­
mismo isomorfismo corre a través de los símbolos de Escila, de las sire­ bres como los elementos: «Los lazos, las cuerdas, los nudos caracterizan
nas, de la araña o del pulpo Y el simbolismo de la cabellera parece a las divinidades de la muerte» Este esquema de la atadura es uni­
venir a reforzar la imagen de la feminidad fatal y teriomorfa. La cabe­ versal y se encuentra entre los iranios, para quienes Ahriman es el ata­
llera no está vinculada al agua por femenina, sino feminizada por jero- dor nefasto, entre los australianos y los chinos, para los cuales son, res­
glifo del agua, agua cuyo soporte fisiológico es la sangre menstrual. Pe­ pectivamente, la demonia Aranda o el demonio Pauhi quienes ocu­
ro lo arquetípico del lazo viene a sobredeterminar subrepticiamente la pan esta función. Entre los germanos, para quienes el sistema ritual de
cabellera, porque la cabellera es al mismo tiempo signo microcósmico ejecución es la horca, las diosas funerarias halan de los muertos con una
de la onda y tecnológicamente el hijo natural que sirve para trenzar los cuerda Por último, hi Biblia abunda en alusiones diversas a las «ata­
primeros lazos. duras de la muerte» Éliade establece además una importante co­
Más tarde volveremos a encontrar las imágenes aplicadas de los rrelación etimológica entre «atar» y «embrujar»: en turco-tártaro bag,
tornos y de las ruedas; las hilanderas son siempre valorizadas y las ruecas bog, significa atadura y brujería, como en latín fascinum, el maleficio,
feminizadas y ligadas, en el folklore, a la sexualidad. La vieja canción es próximo pariente de fascia, el lazo. En sánscrito yukli, que significa
de Fernette, o en el Delfínado de Forcheronne, y un rondel del si­ uncir, quiere decir también «poder mágico», de donde deriva precisa­
glo XVIII: mente el «Yoga». Más tarde veremos que ataduras y procedimientos
mágicos pueden ser captados, anexados por los poderes benéficos, do­
pon la espada en la mano, y yo en m i rueca tando así el simbolismo del lazo de cierta ambivalencia. Esta ambiva­
y nos batirem os en duelo sobre la hierba. .. lencia, en el camino de la eufemización, es más especialmente lunar:
las divinidades lunares son a la vez factores y dueños tanto de la muer­
son su testimonio. Pero no nos detendremos por ahora más que en el \ te como de los castigos Tal es el sentido de un hermoso himno de
producto del hilado: el hilo, que es el primer vínculo artificial. En La | Ishtar citado por Harding: la diosa es dueña de la catástrofe, ella ata o
Odisea, el hilo es ya símbolo del destino humano Como en el con­ desata el hilo del mal, el hilo del destino. Pero esta ambivalencia cícli­
texto micènico, Éliade^^^ relaciona muy acertadamente el hilo con el la- ; ca, esta elevación del lazo simbólico a una potencia «al cuadrado» de lo
berinto, conjunto metafisico ritual que contiene la idea de dificultad, imaginario, nos hace anticiparnos a las eufemizaciones de los símbolos
de peligro de muerte. El lazo es la imagen directa de las «ataduras» terroríficos. Por ahora, contentémonos con el aspecto primero del vín­
temporales, de la condición humana ligada a la conciencia del tiempo culo y del simbolismo de primera instancia. Este simbolismo es pura­
y a la maldición de la muerte. Muy a menudo en la práctica del sueño , mente negativo: el lazo es la potencia mágica y nefasta de la araña, del
despierto, el rechazo de la ascensión, de la elevación, es representada pulpo y también de la mujer fatal y mágica Nos queda por exami­
por una constelación notable: «Lazos negros que atan al sujeto por detrás nar, volviendo al tema de la fcmnidad-^eiJUÜblc»^^
hacia abajo» lazos que pueden ser reemplazados por el enlazamien- ' mediación^ECaguCnHaHr^^
to de un animal, y por supuesto por la araña. Más adelante volveremos ^ símbplos.mctonaorfos a^KOÍmbolos yisceraies...«^^
a examinar el problema, tanto a Dumézil como a Éliade, de la uti-^ La sangre menstrual, vinculada como hemos dicho a las epiTahíá?
lización antitéticamente valorizada del «atador» y del «cortador de j

237 Cfr. infra., p. 156, y Éliade, Im ages et Symboles, p. 133.


232 Tanto Escila, mujer cuyo bajo vientre está armado con seis mandíbulas de perros, 238 ÉUADE, op. cit., pp. 134, 138.
como la Hidra, son amplificaciones mitológicas del pulpo. Cfr. G rimal op. cit., artículos 239 Cfr. o p . cit., p. 139.
«Scylla», «Hydre de Lerne». Todos estos monstruos son dragones plurales. 240 Cfr. II, Samuel, XXII, 6; Salm os, XVIII, 6; CXVI, 3-4; Oseas, VII, 12; Ezequiel,
233 Cfr. infra, pp. 306 y ss. XII, 13;^XVII, 26; XXIII, 3; Lucas, XIII, 16.
234 Odisea, VII, 198. 241 ÉLIADE, Op. cit., p. 151.
235 Cfr. ÉUADE, Im ages et Symboles, p. 149. Cfr. P. R icceur, op. cit., p. 144, el con­ 242 Cfr. H arding, Op. cit., p. 114.
cepto de «servo-arbitrio». 243 Sobre el ¡somorfismo de la cabellera y de las ataduras, de las cadcn ^.efr. los cuen­
236 Cfr. D esoilueo/^. cit., p. 161. tos chilenos y dominicanos referidos por S. Comhaire-Sylvain , o p . «>.„.^¿^31..

100 101
de la muerte lunar, es el símbolo perfecto del agua negra. En la mayor; dos tenebrosos, porque, como observa B a c h e l a r d «la sangre no es ja­
parte de los pueblos, la sangre menstrual, y luego cualquier otra san­ más feliz». Y si la «luna rojiza» es tan nefasta es porque la luna «tie­
gre, es tabú. El Levítico^^^ nos enseña que la sangre del flujo femenino ? ne sus reglas» y porque las heladas que resultan de ella son «la sangre
es impura y prescribe minuciosamente la conducta que debe seguirse del cielo». Esta valorización excesivamente negativa de la sangre sería
durante el periodo menstrual. Entre los Bambara, la sangre menstrual incluso, si se presta crédito a la célebre anécdota referida por James
es el testimonio de la impure2a de la Bruja-Madre primitiva Mousso- un arquetipo colectivo, filogenèticamente inscrito en el contexto somá­
Koroni y de la infecundidad momentánea de las mujeres. Es «la prohi­ tico de la emoción, y se manifestaría espontáneamente ante toda toma
bición principal de las potencias sobrenaturales creadoras y protectoras de conciencia clara. Sin prejuzgar este origen cuasirreflejo del temor de
de la vida»^‘^\ El principio del mal, el wanzo, ha penetrado en la san­ la sangre, contentémonos con concluir en el isomorfismo estrecho que
gre del género humano por una circuncisión original hecha por los une la sangre como agua sombría a la feminidad y al tiempo «mens­
dientes de la ogresa Mousso-Koroni. De ahí la necesidad recíproca de trual».
un sacrificio sangriento, excisión o circuncisión, a fin de liberar al niño J La imaginación, gracias a esta constelación, va a encaminarse insen­
de su wanzo Es de observar que este tabú imperialista tiene un ca­ siblemente por el concepto de la mancha sangrienta y de la mancilla
rácter más ginecológico que sexual: no sólo en la mayoría de los pue­ hacia el matiz moral de la falta que precipitará, como veremos en el
blos las relaciones sexuales están prohibidas en periodo de reglas, sino , apartado siguiente, el arquetipo de la caída. P r z y l u s k i h a establecido
que también está prohibido permanecer en el entorno de una mujer - notablemente la correlación lingüística que podía existir entre Kali o
con las reglas. En las épocas menstruales se aísla a las mujeres en cho- ■ Kala, divinidad de la muerte, y K ala por un lado, que significa «tiem­
zas, y la mujer no debe tocar siquiera el alimento que absorbe. En ■ po, destino», kalaka por otra parte, derivado de Kala y que significa
nuestros días aún, los campesinos europeos no permiten a una mujer «manchado, mancillado» tanto en lo físico como en lo moral. La misma
«indispuesta» tocar la mantequilla, la leche, el vino o la carne, por mie- : familia de palabras sánscritas da además kalka, suciedad, falta, pecado
do a que estos alimentos se vuelvan impropios para el consumo. Prohi­ y kalusa, sucio, impuro, turbio. Además, kali significa la «mala
biciones semejantes pueden verse en la Biblia, en las leyes de Manú o suerte», el lado del dado que no tiene ningún punto. Así es como la
en el Talmud^^'’. Este tabú es esencial, y Harding nota que el tèrmi-J raíz prearia kal, negro, oscuro, se devana filológicamente en sus com­
no polinesio tabú o tapü está emparentado con tapa, que significa puestos nictomorfos. Por una vez concuerdan semiología y semantis-
«menstruos». El famoso Wakan de los Dakota significa asimismo «m u- 1 mo, trazando en resumen la constelación que une las tinieblas a la san­
jer indispuesta» y el Sabbat babilonio tendría asimismo un origea gre tal como acabamos de describirla. La diosa Kali es representada ves­
menstrual. El sabbat^^"^ era respetado durante las reglas de la diosa lu-^ tida de rojo, llevando en sus labios un cráneo lleno de sangre, de pie
nar Ishtar, «el sabbat no era observado al principio más que una vez aj en una barca que navega sobre un mar de sangre, «divinidad sanguina­
mes, luego en cada parte del ciclo lunar», y sabattu significaría «mal^ ria cuyos templos se parecen hoy a los mataderos»^” . El psicoanálisis se
día de Ishtar». En todas estas prácticas se hace más hincapié en el suce¿ hace eco de la semántica religiosa cuando Marie Bonaparte^’^ escribe:
so ginecológico que en una «falta» sexual, significación que sólo será,; «¿Cuántas veces no he gemido bajo esa pesadilla en que la mar, eterno
dada por el esquema de la caída. La sangre menstrual es simplemente símbolo materno, me fascinaba para engullirme e incorporarme a
el agua nefasta y la feminidad inquietante que hay que evitar o exorcin ’ ella... y en que la gota salada del agua que me llenaba la boca era qui­
sar por todos los medios. Asimismo, en el poeta E. Poe, el agua mater­ zá el recuerdo inconsciente, imborrable de la sangre insulsa y sucia
na y mortuaria no es nada sino sangre. El propio Poe escribe: «Y estât, que, durante mi hemoptisis, había estado a punto de costarme la
palabra sangre, esta palabra suprema, esta palabra reina siempre tan ri­ vida...?» Finalmente, otro ejemplo de este isomorfismo de los arqueti-
ca de misterio, de sufrimiento y de terror, esa sílaba vaga, pesada y he­
lada» Es este isomorfismo terrorífico, de dominante feminoide, el v 251 B achelard, Eau et rêves, p. 89.
que define la poética de la sangre, poética del drama y de los malefi- 252 Cfr. supra, p. 96, y Harding op. cit., p. 63.
253 J ames, Précis, p. 500; cfr. artículos del cMind» (1884), cLa théorie de TÉmotion».
254 P rzyluski, Grande déesse, p. 195; cfr. P. Ric œ u r , op. cit., p. 39, Le Sim bolism e
244 LevUico, XV, 19-33. de la tache.
245 DiETERLEN, Op. cit., p. 65. 255 Przyluski, op. cit., p. 196; cfr. Z immer, op. cit., p. 202. Habría que estudiar asi­
246 DiETERLEN Op. C it., p. 64; cff. infra, p. 160. mismo el demonio hembra de los semitas Lilith, cuyo nombre viene de la raíz «lai lah»,
247 cfr. H arding, op. cit., pp. 64-66. la noche, descrito en la literatura rabínica como portadora de una larga cabellera. Cfr.
248 H arding, op. cit., p. 70. Langton , op. cit., pp. 56, 82.
249 op. cit., p. 72. 256 M. B onaparte, Psych, anthr., p. 99.
250 Poe, Aventures de Gordon Pym, p. 47; cfr. M. B onaparte, Ed. Poe, p. 418.

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pos y símbolos tenebrosos encarnados por la mujer nefasta nos es pro­ genes caída aparece incluso como la quin­
porcionado por el mito de la Kali de los Bambara: Mousso-Koroni «la taesencia vivida de toda la dinámica de las tinieblas, y Bachelard tie­
viejecita». «Ella simboliza —escribe Germaine Dieterlen— todo lo ne razón al ver en este esquema catamorfo una metáfora realmente
que se opone a la luz: oscuridad, noche, brujería. Es también la ima­ axiomática. Además constataremos que esta metáfora es solidaria de los
gen de la rebelión, del desorden, y de la impureza.» Y vemos en ella la símbolos de las tinieblas y de la agitación. Incluso si se rechaza la reali­
mancha, la mancilla convertirse en caída y en falta, asegurando así la dad de engramas imaginarios preexistentes a toda experiencia, uno se
vinculación con los símbolos catamorfos que pronto vamos a estudiar. ve obligado a constatar con Betcherev o María Montessori que el re­
Mujer de vida desordenada y agitada, no ha podido conservar la pureza cién nacido está sensibilizado de entrada por la caída: el cambio rápido
que procedía de Pemba y que le confería la «cabeza blanca». Ella es la de posición, tanto en el sentido de la caída como en el sentido del en­
impureza y la infidelidad que traiciona al demiurgo Pemba y «dejando derezamiento, desencadena una serie refleja dominante, es decir, inhjb
de cooperar en la obra de creación, comienza a p e r t u r b a r l a » E x p u l ­ bidora de reflejos secundarios. El movimiento demasiado brusco que la)
sada por el creador, se convierte en furia, y la violencia sanguinaria de comadrona imprime al recién nacido, las manipulaciones y desnivela-i
sus actos determina en ella la aparición de los primeros menstruos. El dones brutales que siguen al nacimiento, serían al mismo tiempo que\
Bambara reúne menstruos, sadismo dentario y locura nefasta en una la primera experiencia de la caída «la primera experiencia del mie-|
atractiva fórmula: «la sangre salió de Mousso-Koroni en el momento en do» Habría no sólo una imaginación de la caída, sino una experien-v
que ella circuncidó con las uñas y los dientes» Desde entonces man­ eia temporal, existencial, lo que hace escribir a Bachelard que «noF
cha cuanto toca e introduce el mal en el universo, es decir, el sufri­ imaginamos el impulso hacia lo alto y conocemos la caída hacia
miento y la muerte. Se la representa bajo los rasgos de una bruja de­ a b a j o » D e este modo la caída estaría del lado del tiempo vivido.
mente, vieja vestida de harapos, calzados los pies con sandalias desca­ Son los primeros cambios desniveladores y rápidos que suscitan y forti­
baladas «que corre por los campos y simula la locura». fican el engrama del vértigo. Quizá incluso, en ciertas poblaciones
Los símbolos nictomorfos están animados, pues, en lo más recóndi­ donde el parto debe ser ritualmente caída del recién nacido sobre el
to, por el esquema heracliteano del agua que huye, o del agua cuya suelo, se forma en la imaginación del niño un refuerzo del traumatis­
profundidad, por su negrura misma, se nos escapa, el reflejo que du­ mo de Rank, siendo asociado ipso facto el nacimiento a una caída El
plica la imagen como la sombra duplica el cuerpo. Este agua negra no es sueño despierto pone también en evidencia el arcaísmo y la constancia
finalmente más que la sangre, el misterio de la sangre que huye en las del esquema de la caída en el inconsciente humano: las regresiones psí­
venas o escapa con la vida por la herida cuyo aspecto menstrual viene quicas se acompañan frecuentemente de imágenes brutales de la caída,
a sobredeterminar todavía la valoración temporal. La sangre es temible caída valorizada negativamente como pesadilla que desemboca a me­
a la vez porque es dueña de la vida y de la muerte, pero también por­ nudo en la visión de escenas infernales. La negativa de la ascensión
que en su feminidad es el primer reloj humano, el primer signo huma­ adopta la apariencia de la pesadez o de la gravedad de atracción negra,
no correlativo del drama lunar. Ahora vamos a asistir a una nueva so­ y el paciente de Desoille^^^ declara: «He conservado gruesos zapatos ne­
bredeterminación de la temporalidad sangrienta y nocturna por el gran gros en los pies, esto es lo que me entorpece.» El engrama de la caída
esquema de la caída que transformará la sangre femenina y ginecológi­ es reforzado, en efecto, desde la primera infancia, por la prueba de
ca en sangre sexual o,jrnás exactamente, en carne con sus dos valoriza­ \z gravedad que el niño experimenta durante el penoso aprendizaje de la
ciones negativas posibles: sexual y digestiva. marcha. Esta última no es nada más que una caída correctamente utili­
zada como soporte de la manera de estar erguida y, por tanto, el fraca­
so es sancionado con caídas reales, con choques, con heridas ligeras que
agravan el carácter peyorativo de la dominante refleja. Para el bípedo
III. Los SÍMBOLOS CATAMORFOS
vertical que nosotros somos, el sentido de la caída y de la gravedad
La tercer graa epifanía imaginaria de tá angustia humana ante la-
temporalidad debe ser proporcionada, en nuestra opinión, por las imá.-„_ 261 B achelard , pp. 105, 110-111, 120.
262 Cfr. B etcherev, op. cit., p. 72 y M. Montessori, pp, 20-22.
263 Montessori, op. cit., p. 21.
257 D ieterlen, op. cit., p. 16; cfr. p. 39. 264 B achelard, op. cit., p. 108.
258 D ieterlen, op. cit., p. 18. 265 Cfr. ÉUADE, Traite, p. 218. Para los antiguos mexicanos, nacer es descender del
259 D ieterlen, op. cit., p. 18, nota 1. cielo. Cfr. SouSTELLE, La Pensée cosm ologique des anciens Mexicains, p. 11; cfr. D on
260 Sobre la herida símbolo de la desarmonía, cfr. J uno , Les Typespsychologiquest T alayevsva , op. cit., p. 2.
p. 79, y Libido, pp. 277, 278, 283. 266 E>esoille, Exploration, p. 152.

104 105
acompaña todas nuestras primeras tentativas autocinéticas y locomotri­ de ver en la tradición griega, es lo que asimismo puede percibirse en la
ces.,.Estando además vinculada la caída —como observa Bachelard— tradición judía: la caída de Adán se repite en la caída de los ángeles
a la rapidez del movimiento, a la acelm tinieblas' malvados. E l Libro de Henoch^^^ nos cuenta cómo los ángeles, «seduci­
podría resultar que fuera la experiencia-dolofosa fundamental y consti­ dos por las hijas de los hombres», descienden a la tierra, se unen con
tuye para la conciencia la. componente dinámic^^^ iqda. tiepreseritaa^ sus seductoras y engendran enormes gigantes. Estos ángeles rebeldes
”'del movimien^^^ y,de ktem poralidad. La caída resume y condensa los son mandados por Azazel y Semiazas. Rafael, por orden de Dios, casti­
aspectos temibles del tiempo, «nos da a conocer el tiempo fulminan­ ga a los tránsfugas, los aplasta bjo pesadas rocas antes de precipitarlos
te» Al analizar tanto en Balzac como en Alexandre Dumas lo que él al fin de los tiempos en un abismo de fuego. El abismo, leit motiv del
denomina el «complejo de Anteo», complejo definido por el malestar castigoJpacalípticc^..tendría por prototipo, segúnXahgtóh^^^^él epi^^^^^
vertiginoso que crea el alejamiento de un punto de apoyo estable y te­ dio del Eundehesh, donde se ve a Ahrimán precipitado en tierra por
rrestre, Barchelard confirma las observaciones de Desoille sobre el fenó­ haber intentado asaltar los cielos, y su caída hacer un precipicio que
meno del vértigo. Tanto para uno como para el otro^^’‘\ el inconsciente habitará en el futuro el Príncipe de las Tinieblas. Como bien han su­
parece sensibilizado, de antemano y funcionalmente, para recibir el brayado los etnólogos este esquema de la caída no es nada más que
choque producido por la imagen de una tribial ascensión en un alto el tema del tiempo nefasto y mortal, moralizado en forma de castigo.
edificio. Tanto para uno como para el otro, el vértigo es imagen inhibi­ Se introduce en el contexto físico de la caída una moralización e inclu­
dora de toda ascensión, un bloqueo psíquico y moral que se traduce so una psicopatología de la caída: en ciertas apocalipsis apócrifas, la
por fenómenos psicofisiológicos violentos. El vértigo es una llamada caída es confundida con la «posesión» por el mal. La caída se convierte
brutal de nuestra humanidad y presenta condición terrestre. entonces en el emblema de los pecados de fornicación, de celos, de có­
Numerosos mitos y leyendas hacen hincapié en el aspecto catastrófi­ lera, de idolatría y de asesinato Pero esta moralización se desarrolla
co de la caída, del vértigo, de la gravedad o del aplastamiento. Es ícaro sobre un fondo temporal: el segundo árbol del jardín del Edén, cuya
quien cae, aniquilado por el sol al que ha querido acercarse demasiado, caída será determinada por el consumo del fruto, no es el del conoci­
y se ve precipitado en el mar, mito en el que convergen espontánea­ miento como pretenden lecturas recientes, sino el de la muerte. La ri­
mente las pesadillas de vuelo interrumpido y de caída en «el agua vis­ validad entre la serpiente, animal lunar, y el hombre, parece reducirse
cosa» es Tántalo quien, después de haber osado hacer devorar la car­ en numerosas leyendas a la rivalidad de un elemento inmortal, regene­
ne de su hijo Pelops a las divinidades del Olimpo, es engullido en el rado, capaz de cambiar de piel, y del hombre caído de su inmortalidad
Tártaro. Es Faetón, hijo del sol, quien por haber usurpado las prerroga­ primordial. El método comparativo nos muestra que el papel de roba­
tivas paternas, es fulminado por Zeus, luego precipitado contra la dura dor de inmortalidad lo tiene asimismo la serpiente en la epopeya babi­
tierra; son Ixión, Belerofonte y muchos otros los que terminan sus días lónica de Gilgamesh, o en una leyenda, parásita de la de Prometeo,
en la catástrofe de la caída. Con cierto matiz, es Atlas, aplastado eter­ del compilador Elien^^L En numerosos mitos, es la luna, o un animal
namente por el fardo terrestre, héroe de la lucha por la verticalidad^^'. lunar, quien engaña al primer hombre y trueca el pecado y la caída por
Un hermoso isomorfismo catamorfo nos es proporcionado por la mito­ la inmortalidad del hombre primordial. Tanto entre los caribes como
logía del antiguo México. Mictlantecutli, el dios del infierno del Norte en la, 4a-^-uert#>€S-el resukado”d^lfciCto^dl^^^
(Mictlán), es llamado Tzontemoc, «el que cae primero con la cabeza», En numerosas tradiciones, a este primer resultado catamorfo se une
como el sol poniente, el sol negro. Mictlantecutli está acompañado de otra consecuencia que confirma el carácter antagónico de la luna nefas­
sus animales familiares: la lechuza y la araña, es el patrón del día «pe­ ta y las aspiraciones humanas y que amenaza con hacerlo zozobrar (co­
rro» de la semana así como del día «muerte». El Norte, morada de los mo se produce en el contexto judeocristiano) en una interpretactón pu­
infiernos y sede del sol «caído», es asimismo el país negro, la región del ramente sexual de la caída. En efecto, los menstruds lü ’fí'a^metiudo
frío, del infiernoEsíe«,tie;ma,/^^^^ como el signo del consider^dos-xomo láOgOTelas secundarias..3jZI^^ Se desemboca
castigp y se ye misma cultura; es lo que acabamos así en una^fcminización del pecado otigij[ial^u^vi.en<^
kjmsoginiíque~3éjabgltrahsi5ar^
267 Cfr. B achelard, La Terre et les rêveries de la volonté, pp. 350, 400.
268 B achelard, op. cit., p. 352. 273 Henoch, VI. I; VII, 2; IX, II; cfr. Apoc., IX, 1.
269 B achelard, op. cit., pp. 344-346; D esoille, op. cit., p. 153. 274 Langton o/^. «>., p. 217.
270 Cfr. D iel, Le Symbolisme dans la mythologie grecque, pp. 64 y ss. y M. BONAPAR­ 275 Cfr. K rappe, op. cit., p. 287.
TE. ?sych., p. 99. 276 Cfr. L angton , op. cit., pp. 144, 147.
271 Cfr. B achelard, pp. 361-366. 277 Citado por K rappe, op. cit., pp. 288-290.
272 Cfr. SousTELLE, La Pensée cosmologique des anciens Mexicains, pp. 55-62. 278 Cfr. V an G enepp , Myth., p. 79; K rappe, op. cit., p. 204.

106 107
bríag V de la sangre,. La mujer, de impura que era por la sangre mens­ fácilmente asimilada al tema fálico y puramente sexual. La explicación
trual, se convierte en responsable del pecado original. En la mecánica de los menstruos como violación primordial refuerza también
aunque la serpiente no provoque directamente la menstruación, no por las implicaciones sexuales de este símbolo, y el engrama de la caída se
ello su intervención deja de provocar consecuencias ginecológicas: halla tribializado y limitado a un incidente carnal, singularizado, y que
«Multiplicaré los sufrimientos de tu embarazo, parirás con dolor.» por eso se aleja de su sentido arquetípico primitivo que afecta al desti­
Otras tradiciones son mas explícitas: entre los algonquinos, igual que no mortal del hombre. Quizá haya que ver en este proceso una eufemi-
entre los indios, las mujeres tienen las reglas para expiar una falta. Esta zación de la muerte, transferida de un arquetipo de tipo jungiano, y
feminización de la caída moral se encuentra de nuevo en las tradiciones por tanto colectivo, a un incidente traumatizante de tipo freudiano y,
tanto amerindias como persas, esquimales, rodesianas o melanesias, por tanto, puramente individual. La feminización de la caída sería al
nutre igualmente el mito griego de Pandora. Pero hay que insistir en el mismo tiempo su eufeminización. El incoercible terror del abismo se
contrasentido sexual que puede resultar de esta feminización de la caí­ minimizaría en venial temor del coito y de la vagina.
da. Krappe, siguiendo a Baule y a Frazer^^’, no hace de esta sexualiza- La eufemización constitutiva, como veremos, de la imaginación es
ción más que una lectura tardía debida a un teólogo moralista. En un procedimiento que todos los antropólogos han observado y cuyo
efecto, como hemos observado a propósito de la feminidad lunar y caso extremo es la antífrasis, en la que una representación se debilita
menstrual, la simbolización feminoide de la caída sólo primitivamente utilizando el nombre o el atributo de su contrario. Tanto en alemán
parece escogida por razones de fisiología ginecológica y no por razones como en francés, prostituta se eufemiza en filie o en vierge; en la mito­
sexuales. En ciertas culturas hubo un desplazamiento del fenómeno logía griega las Erinnias son reemplazadas por las Euménides; las enfer-'"
menstrual hacia consideraciones de moral sexual. Se ha sustituido el co­ medades mortales o graves son universalmente eufemizadas, epilepsia,
nocimiento de la muerte y la toma de conciencia de la angustia tempo­ lepra, viruela se convierten en haut mal, beau mal, bénédiction. La pa­
ral, como catástrofe fundamental, por el problema más anodino del labra «muerte» misma es reemplazada por una abundancia de eufemis-.^
«conocimiento del bien y del mal» que poco a poco se ha sexualizado mos y, lejos de ser siempre la: pelona, las divinidades mortícolas se
burdamente. Esta inflexión hacia la sexualidad ha sido introducida en transforman en hermosas y sediictoras jóvenes: hijas de Mara, seducto­
una época relativamente reciente, bajo la influencia de una corriente ras y danzarinas, hermosa Calipsó^de la leyenda de Ulises, hadas de le­
ascética pesimista que parece venir de la India y haberse esparcido en yendas nórdicas, hermoso Ravana del Ramayana^^^. Ahora bien, esta
gran parte de Oriente Próximo antes de llegar a Occidente. Se mani­ eufemización del tiempo mortal, este esbozo de antífrasis, ¿no sería
fiesta en el orfismo, en los escritos milesios, por último en el platonis­ uno de los elementos que sobredeterminan la trivialización de la caída,
mo. La Iglesia no había hecho más que heredar, a través de San Agus­ una motivación de su sexualización? Hay ahí un movimiento inverso al
tín, la fobia sexual de los gnósticos y de los maniqueos^^^ Esta modifi­ que ha estudiado Rougemont a propósito de la leyenda de Tristán^^L
cación —que es una trivialización— del esquema de la caída original El amabam amare, la doctrina del puro amor, se funde bien sobre un
en un tema moral y carnal ilustra sobradamente la doble valencia de nu­ am or fa ti c incluso sobre un «amor de la muerte»; pero por una conta­
merosos temas psicoanalíticos que son a la vez «sub» conscientes y a la minación recíproca se esboza en él la eufemización de la muerte que
vez indicativos de un «sobre» consciente, que es un esbozo metafórico nos dirige hacia otro régimen totalmente distinto de la representación
de grandes concepciones filosóficas. Es probable, por ejemplo, que el imaginaria que el que ahora estudiamos: la eufemización del Destino,
emblema cosmológico de la serpiente, cuyas ricas significaciones estu­ por el erotismo, es ya tentativa al menos verbal de dominio de los peli­
diaremos a su debido tiempo vinculado por su simbolismo cíclico a gros del tiempo y dé la muerte, está ya en el camino de una inversión
la luna y a los menstruos, haya sido trivializado por su forma oblonga radical de los valores de la imagen. Como sugiere profundamente la
tradición cristiana, si por el sexo femenino se ha introducido el mal en
el mundo, es que la mujer tiene poder sobre el mal y puede aplastar a
279 Gen., III, 16. la serpiente. Dentro de pocas páginas volveremos a ver la profimdiza-
280 cfr. K rappe, op. cit., p. 293.
281 Citados por K rappe, op. cit., p. 297. Para la mayoría de los primitivos la caída o
ción de esta inversión de los valores; por ahora nos contentaremos con
la catástrofe diluvial fue provocada por una polución ginecológica más que por una falta . subrayar que los sistemas de imágenes que dan amplio espacio al es-
sexual. Cfr. Métraux, Histoire du m onde..., p. 517. Para los Matakos el diluvio, y su
demiurgo el gran Pitón, es ordenado por la ruptura del tabú menstrual por parte de una 284 Cfr. infra, pp. 184 y ss., 385 y ss.
mujer que deja caer algunas gotas de sangre impura en el agua del pozo. 285 Cfr. M. B onaparte, Fsych et antrhrop., p. 86; K rappe, op. cit., p. 228; cfr. K.
282 Cfr. K rappe, op. cit., p. 297, y S. Pétrement, op. cit., pp. 177, 184; S. R einach, N yrop, Grammaire historique de la langue française, IV, p. 279.
CMR, III, pp. 348-359; R. B erthelot, Astrobiologie, p. 328. 286 Cfr. G untert, Kalypso, pp. 69, 148, 154-155.
283 Cfr. infra, pp. 301 y ss. 287 Cfr. D. DE Rougemont, op. cit., p. 205.

108 109
quema de la caída están siempre en vías de eufemización: sea entre los tentación, como observa Bachelard la palabra abismo no es un nom­
^valentianos, en Orígenes, entre los neoplatónicos, igual que entre los bre de objeto, es un «adjetivo psíquico»; nosotros añadiremos incluso
pseudoclementinos, el mal, por la caída y sus armónicas morales, se que es un verbo moral. Y el abismo corre el riesgo de componer armó­
convierte siempre por algún lado en auxiliar del Bien, orientando el nicas empedocleas y como en Baader mudarse en tentación, «en llama­
dualismo estricto, el Régimen Diurno, hacia una teoría de los contrarios da del abismo» En Baader, la caída no es solamente destino, sino
de tipo hegeliano, en que la noche juega un papel positivo^®®. Antes que se exterioriza y deviene carnal. El vientre es el microcosmos eufe-
de concluir esta primera parte consagrada a los Rostros del Tiempo, nos mizado del abismo.
queda por examinar esta eufemización larvada del abismo y de la caída Bachelard cita además un pasaje del William Shakespeare de Víc­
que constituyen, en notable continuidad freudiana, la carne sexual y la tor Hugo en el que el vientre está considerado en general como «el
“ carne digestiva. odre de los vicios». El psicoanálisis del poeta viene a confirmar el pa­
pel negativo que juega en Hugo la cavidad, vientre o cloaca. Es la fa­
mosa cloaca de la novela Les Miserables, vientre de la ciudad donde
cristalizan las imágenes de la repugnancia y del espanto, «pólipo te­
Desde Freud se sabe explícitamente que la glotonería se encuen­ nebroso, tortuoso... de donde derivan las pestes..., fauces de dragón
tra ligada a la sexualidad, siendo lo bucal el emblema en regresión de soplando el infierno sobre los h o m b r e s » L a Corte de los Milagros, en
lo sexual. En la anécdota de Eva mordiendo la manzana descubrimos N oire-Dame de París, es la cloaca de la capital, de igual modo que en
imágenes que remiten a los símbolos del animal devorador, pero tam­ los Travailleurs la corte infecta y pululante de la Jacressarde. En toda la
bién interpretamos la anécdota teniendo en cuenta la relación freudia- obra de Hugo, los bajos fondos morales apelan al simbolismo de la
na entre el vientre sexual y el vientre digestivo. No sólo es esto el asce­ cloaca, de la inmundicia y a las imágenes digestivas y anales. El labe­
tismo, sino que es además sobrio y vegetariano. La masticación de la rinto, siguiendo el isomorfismo teriomorfo de las imágenes negativas,
j carne animal está siempre vinculada a la idea de pecado, o al menos de tiene tendencia a animarse convirtiéndose en dragón o en «escolopen­
\ prohibición. La prohibición del Levítico relativa a la sangre menstrual dra de quince pies de largo». El intestino, esa cloaca viviente, se une a
1 va seguida, pocos versículos más adelante, de una prohibición relativa la imagen del Dragón mítico y devorador en un capítulo de Les Misera­
\al consumo de la sangre: «Porque el alma de la carne está en la san- bles que se titula «L’intestin de Léviathan», lugar del pecado, odre de
;gre»2^°. Es la ruptura de esta prohibición lo que provocaría la segunda los vicios, «aparato digestivo de Babilonia». L'Homme qui rit vuelve a
catástrofe bíblica, el d i l u v i o E n el Bundehesh^"^^, sexualidad y mas­ tomar el isomorfismo anal del abismo; en esa novela, la cloaca es des­
ticación de la carne se unen en un curioso mito: Ahrimán, el Mal, es el crita como un «tubo tortuoso», y el novelista, muy consciente de los te­
cocinero del rey Zohak y seduce a la primera pareja humana haciéndo­ mas imaginarios que le impulsan, observa: «todas las entrañas son tor­
les comer carne. De ahí nace la costumbre de la caza y paralelamente el tuosas». Por último, si pasamos de la novela a la p o e s í a v e r e m o s el
uso de la ropa, porque el primer hombre y la primera mujer cubren su río infernal, símbolo elevado a la segunda potencia del agua negra y
desnudez con la piel de los animales muertos. El vegetarianismo se en­ nefasta, asimilado «a la cloaca Estigia donde llueve la eterna inmun­
cuentra unido a la castidad: es la matanza del animal lo que hace cono­ dicia».
cer al hombre que está desnudo. La caída se ve, pue¿, simbolizada por El olfato emparejado a la cenestesia viene a reforzar el carácter ne­
la carne^ ^ carne que se coníé, BíeñTa fasto de las imágenes dej^intestino-abismo. «La palabra miasma —escri­
■ "de la sangre unifica ambos. Desde entonces lo temporal y lo cáfnaLse be Bachelard— es una onomatopeya míTda de la repugnancia.» Los
vuelven sinóniniós. Hay un deslizamiento de lo especulativo a lo mo­ inconvenientes carnales estarTyTeri la carne como d tn inmanente
ral. La caída se transforma en apelación del abismo moral, el vértigo en de la falta. Vienen entonces a la imaginación todos los epítetos desa-
288 cfr. S. Pétrement, op. cit,, p. 205.
289 Cfr. YYiEüD,Jenseits des Lusíprinzips, pp. 45 yss. 293 B achelard, La Terre et les rêveries de la volonté, p. 352.
290 Levit., XVII, 10-11. 294 Citado por B achelard, op. cit., p. 353.
291 Gen., IV, 3. 295 Bachelard, Rêv. repos, p. 168.
292 Cfr. E. Lenormant, Les Origines de l'histoire d'après la B ib le..., I, pp. 70 y ss. 296 Cfr. B audouin, V. Hugo, p. 73.
Cfr. cl mito aún más explícito de los indios matakos según los cuales las mujeres poseen 297 Cfr. B achelard, op. cit., p. 253: «La cloaca literaria es creación de la repugnan­
dos bocas, una arriba, la otra —la vagina— abajo; esta boca vaginal dentada y temible cia.» Cfr. dibujo de la cloaca por V. Hugo, en R. E schouer, V. Hugo artiste, p. 76.
está desarmada debido a todo un proceso mítico, en Métraux, «Histoire du monde et de 298 Citado por B audouin , op. cit., p. 83.
l’homme, textes indiens de l'Argentine» (N. K. F., 1 de septiembre 1936, pp. 520-524). 299 V. H ugo , «Dieu», Le vautour.
Cfr. sobre la «vagina dentata»: V errier Elwin, Maisons des jeu n es..., pp. 239 y ss. Bachelard, Rêv. repos, p. 68. Cfr. Fau et rêves, p. 77.

110 111
gradablemente olorosos: «sofocante», «mefítico», «pestilencia». Hay en ancestralmente el río rojo que animaba a la masa de todas aquellas bes­
este isomorfismo de la repugnancia todos los matices de vergüenza y de tias acosadas». Este vientre ensangrentado e interiorizado es también
abominación que la literatura exegética atribuye a Belcebúi, que la Vul­ vientre digestivo, porque esta carne es «carne de carnicería» y recuerda
gata ha transformado en Beelzebub, pero que originariamente, según la imagen intestinal que nos entrega su contenido: «Un largo río de fi­
Langton vendría del hebreo zebel y significaría «el Príncipe de la in­ letes de buey y de verduras mal cocidas corría...» Ahí se encuentra el
mundicia». El vientre, bajo su doble aspecto digestivo y sexual es, por simbolismo carnal completo, centrado en el tubo digestivo, que remite
tanto, un microcosmos del abismo, es símbolo de una caída en minia­ hacia significaciones anales que no escapan al poeta: «Es tu tubo di­
tura, es también indicativo de una doble repugnancia y de una doble gestivo el que hace comunicar tu boca, de la que estás orgulloso, y tu
moral: la de la abstinencia y la de la castidad. ano, del que sientes vergüenza, horadando a través de tu cuerpo una
Desde una perspectiva freudiana, parece que pueden discernirse zanja sinuosa y viscosa.» En última instancia, y desde luego secundaria­
\ dos fases en el estadio de fijación bucal: la primera corresponde a la mente, en estas imágenes puede leerse el simbolismo de la intimidad y
succión y al tragamiento labial, la segunda a la edad dentaria en la que de la casa como hace Bachelard pero nos parece que, ante todo, es el
se mastica. Nosotros insistiremos aquí en el hecho de que la valoriza­ color sombrío de los grandes arquetipos del miedo el que prevalece so­
ción negativa del vientre digestivo y de la manducación está vinculado bre el lado «mullido» de la aventura interior, pese a la eufemización
al estadio más evolucionado que es el de la masticación. A propósito carnal y al intimismo corporal. En efecto, aunque el tubo digestivo sea
del arquetipo del ogro ya hemos sugerido que el traumatismo del creci- el eje del desarrollo del principio de placer, es asimismo, en nosotros,
,¿ liento dentario, traumatismo ineludible, doloroso y más brutal que el la reducción microcósmica del Tártaro tenebroso y de los meandros in­
destete, reforzaba la negatividad de la masticación. Por otro lado, al fernales, es'el abismo eufèmico y concretizado. La boca dentada, el
aparecer en mitología la valorización negativa de la carne como un fe­ ano, el sexo femenino, sobrecargados de significaciones nefastas por los
nómeno tardío, sostenido por un esbozo de racionalización moral, es traumatismos que diversifcan en el curso de la ontogénesis el sadis­
i normal que sea la masticación lo que se fusiona con la fobia del vientre mo en sus tres variedades, son, desde luego, las puertas de este labe­
jdigestivo. Bachelard confirma este punto de vista cuando, apoyándose rinto infernal reducido que constituyen la interioridad tenebrosa y san­
en Jung, declara que el «tragamiento no es una auténtica desgracia» grante del cuerpo.
y que no tiene más que un aspecto negativo. Por tanto, nosostros sólo

Í ios quedaremos, de estas constelaciones peyorativas, con el tragamien-


o nefasto, la masticación más o menos sádica, en la que las fauces den­
tadas del monstruo animal vienen a reforzar el temor del abismo, reser­ Como resumen y conclusión de los capítulos que acabamos de ter­
vando para más tarde las imágenes positivamente valorizadas No só­ minar, podemos decir que un isomorfismo continuo reúne toda una se­
lo el vientre nefasto está armado de unas fauces amenazadoras, sino rie de imágenes dispersas a primera vista, pero cuya constelación permi­
que él mismo es también laberinto estrecho, garganta difícil, y por es­ te inducir un jé g im e a m u M C p i m e . e l tiempo. He­
tas armónicas angustiadas es por lo que se diferencia de las dulzuras de mos visto sucesivamente al tiempo ponerse"1?rfostro^éfíÓliK)rfo y la
la succión o del simple tragamiento. Tal es el infierno de los amantes agresividad del ogro, aparecer a la vez como lo animado^lnqmctánte y
concebido por W. Blake, «torbellino» formado por un intestino con 1q devoxador-terferífíco, símbolos de la animalidad quéTémiteh b^^^ el
meandros Bachelard cita, por último, un notable texto de Michel aspecto irrevocablemente fugaz, bien a la negatividad-insaciable del
Leiris que resume en su intuición poética el isomorfismo entre la ani- destino y de la muerte. La angustia ante el devenir nos ha parecido lue­
malización, la caída, el terror laberíntico, el agua negra y la sangre. go como proyectando imágenes^nictomorfas, cortejo de símbolos bajo
Durante una pesadilla que tiene por esquema el descenso, el poeta pa­ el signo de las tinieblas en que el viejo, ciego se conjuga con el ^ u a ne-
rece hollar «animales heridos, de sangre muy roja, y cuyas tripas forma­ gxá.y, finalmente, donde la sombra se rnírá"éiri la sangre, principio de
ban la trama de un mullido tapiz... en el interior de mis venas circula vida cuya epifanía es mortal, coincidiendo_e^n la mujer, en el flujo
raeíistxual,. con la muerte mensual dcLastro.lunárTEn este nivel hemos
Langton , op. cit., p. 176; cfr. asimismo el nombre judío del invierno, gehin-
constatado que la feminización del simbolismo nefasto constituía el es­
non, «el valle de los detritus». Cfr. D uchesne y G uillemin, Ormadz et Ahriman, p. 83. bozo de una eufemización que iba a jugar plenamente cuando el tercer
^02 B achelard, Rev. repos, p. 239; cfr. J ung , Vhomme à la decouverte de son âme, esquema terrorífico, el de Ja ca^^^^ se reducía al microcosmos de la caí-
p. 344; cfr. infra, p. 191 y ss.
^0^ Cfr. infra, Libro, II, primera parte, I.
^04 Cfr. B achelard, Kêv. repos, p. 240. ^06 Cfr. B achelard , op. cit., p. 128.
^05 M. Leiris, Aurora, p. 9, citado por B achelard, op. cit., p. 126. Cfr. M. B onaparte , Chronos, Eros, Thanatos, p. 130.

112 113
da en miom ura, d la caída interior y coenesitesica
SEGUNDA PARTE
"sexíiiaií y digestiya. Transferencia gracias a la cual la acmud angustiad
■ dél'Kdmbrc muerte y ante el tiempo ira acompañada síem EL CETRO Y LA ESPADA
--de una inquietud rnoraLante ia carae sexual incluso <ü La car-^
ac, éise animal que vive en nosotros, refiere todo a la meditación del
1 iempo. Y cuando la muerte y el tiempo sean rechazados ó combatidos
(ín nombre de un deseo polémico de eternidad, la carne, en todas sus
formas, especialmente la carne mestrual que es la feminidad, será temi­
da y reprobada como aliada secreta de la temporalidad y de la muerte.
No obstante, como la miniaturización de la angustia por la carne nos
permitía suponer, más tarde veremos que la feminización eufemizante
^jpstá ya en vías de una redención de las imágenes nocturnas Pero el
¿égimen estrictamente diurno de la imaginación desconfía de las seduc­
ciones femeninas y se aparta de ese rostro temporal que ilumina una
sonrisa femenina. Es una actitud heroica la que adopta la imaginación
diurna, y lejos de dejarse conducir hasta la antífrasis y la inversión de
valores, engrosa hiperbólicamente el aspecto tenebroso, ogresco y malé­
fico del rostro de cronos, a fin de endurecer más sus antítesis simbóli­ • ¡No pierdas, oh Partha, la virilidad del luchador y del hé­
cas, de bruñir con precisión y eficacia las armas que ella utiliza contra roe! Es indigno de ti. ¡Deshazte de esa cobardía! ¡En pie, o
Ja amenaza nocturna. Son estas armas del combate contra el destino y Parantapa!...
jconstitutivas victoriosas del Régimen Diurno de la conciencia lo que Bhagavad-Gita, I, 3
¡ahora vamos a estudiar.
A los esquemas, a los arquetipos, a los símbolos valorados negativa­
mente y a los rostros imaginarios del tiempo podría oponérseles punto
por punto el simbolismo simétrico de la huida ante el tiempo o de Isu
victoria sobre el destino y sobre la muerte. Porque las figuraciones del
tiempo y de la muerte no eran más que excitación al exorcismo, invita­
ción imaginaria a emprender una terapéutica por mediación de la ima­
gen. Aquí es donde se trasluce un principio constitutivo de la imagina­
ción y del que esta obra no será más que la elucidación: imaginar un
mal, representar un peligro, simbolizar una angustia es ya, mediante el
dominio del cogito, dominarlos. Toda epifanía de un peligro en la re­
presentación lo minimiza. Con mayor motivo, toda epifanía simbólica.
Imaginar el tiempo bajo su aspectos tenebroso, es ya someterlo a una
posibilidad de exorcismo mediante las imágenes de la luz. La imagina­
ción atrae el tiempo al terreno en que puede vencerlo con toda facili­
dad. Y mientras proyecta la hipérbole espantosa de los monstruos de la
muerte, en secreto aguza las armas que derribaron al Dragón. La hipér­
bole negativa no es más que un pretexto de antítesis. Esto es lo que de­
ja transparentar tanto la imaginación de un Víctor Hugo como la de un
Descartes L
Tres grandes temas, con las interferencias a que nos tiene acostum­
brados el estudio de los pasos imaginarios, no sólo constituyen en nues­
tra opinión los homólogos antitéticos de los rostros del tiempo, sino

3®* Cfr. infra, pp. 207 y ss. Cfr. infra, pp. 398 y ss.

114 115
que además establecen una çsUUctuisi.-4jroj^da-Je>4^
/Ju id a - de u m aetitu d -ii^ ^ El j ^ u çma rweda-denario constituyen los puntos cardinales del espacio arquetipo
I el arquetipo de la luz uraniajia y el esquema "diairético parece que nógícóTYút razones de simetría con los tres capítulos de los Rostros del
I son el fiel contrapunto de la caída, de las tinieblas y del compromiso- tiempo habríamos podido añadir la «antorcha luminaria» a los dos sím­
l \ animal o^cafñaHrEstos.temas corresponldénTa 15?“^ |estgs,xúnsti- bolos taróticos que hemos escogido. Pero los temas de la verticalización
/tutiyos jde JosxeflejQ^ posturales : vçrtiçajizaœ soberana, de la luz y de la «espada de justicia» erguida son tan isomor-
i^ ieato deLbusto,.yisión"porotfa parte, por ük fos que nos ha parecido indiferente sacrificar uno en el título, con
_|permitido por la liberación postqal,..de,.^^,J^^^ Estos gestos riesgo de dejar de lado una rigurosa simetría. En efecto, la luz nos ha
son fëâcabnëF'féïrëjàr^^ naturales, cuyos símbolos negativos parecido, bajo su forma simbólica de lo dorado y de lo llameante, un
queJajemos^studiado-aL prindpio.-,npJ5i^ razones diclictkas, más simple atributo natural del cetro y de la espada. Pronto veremos que
qu^e,Jas contrapartidas. afeetivasv losxom pleiSiniôsIH ï^ Estos todos estos símbolos se constelan en torno a la noción de Potencia^ y
temas son, por otra parte, más delimitables con nitidez que los anterio­ que la verticalidad del cetro, la agresividad eficiente de la espada son
res. Precisamente porque son anuieíkos-de laxonfudojo^ t^^ los garantes arquetípicos de la omnipotencia benéfica. Cetro y espada
sitúan los tres a-lo4argo de'un esfuerzo de separación,. de~segre^ son los símbolos culturales de esta doble operación por la que la psique
Este èisfuëfzo prerracional está ya en el cámino dé los procedimientos más primitiva se anexa el poder, la virilidad del Destino, separa de
habituales de la razón, de las dominantes visuales —dominantes de la ella la traidora feminidad, al reeditar por cuenta propia la castración de
sensorialidad más intelectual— que se unen cada vez más estrechamen­ Cronos castra a su vez al Destino, se apropia mágicamente de la fuerza,
te a las dominantes motrices. A partir del segundo mes, en el niño la abandonando al mismo tiempo, vencidos y ridículos, los despojos tem­
reacción visual adquiere a todas luces el carácter de una dominante: es porales y morales. ¿No es ése el sentido profundo del mito de Zeus que
uno de los primeros reflejos asociados a la dominante posturaP. El sue­ a su vez saca el trofeo del poder del cuerpo de Cronos, como éste lo ha­
ño despierto ’, por su lado, nos muestra que el esquema de la elevación bía robado a Urano, y restablece de este modo, mediante esa purifica­
y del arquetipo visual de la luz son complementarios, lo cual confirma ción del poder, la realeza uraniana?
la intuición de Bachelard cuando declara: «Es la misma operación del
espíritu humano la que nos lleva hacia la luz y hacia la altura»“^. La
convergencia isomorfa de los símbolos que vamos a estudiar parece, por !. L o s SÍMBOLOS ASCENSIONALES
tanto, bien establecida para pensadores de horizontes muy diferentes,
y delimita una estructura de imaginación y de representación en gene­ El esi^maxidla.,c]evación y los sím bQlosj^xnkalkaa^ son por ex­
ral, visión de un «mundo de la visualidad-defínición-racionalización»\ celencia «metáforas axiomáticas», son ellas las que «comprometen» más
dominado por el mecanismo mental de la separación, cuya degenera­ que cualquiera otra —dice Bachelard— el psiquismo entero. «¿No es
ción es la Spaltung bleuleriana. acaso toda valoiacionv uiia -vefticali^^^tó Para confirmar la impor­
Si hemos escogido como título general para abarcar los tres temas tancia axiomática del vector vertical, el filósofo de los e l e me nt o s s e
que contiene esta segunda parte sólo dos símbolos, «el cetro y la espa­ complace viendo converger el pensamiento del romántico Schelling y
da'», recíprocamente indicativos de los esquemas ascensionales y diairé- del «prudente» Wallon. El primero magnifica la verticalidad ascendente
ticos, es porque hemos querido subrayar de pasada la concordancia de como la única dirección con significación «activa, espiritual»; el segun­
nuestra propia clasificación simbólica con la clasificación cuaternaria de do formula la hipótesis, que nosotros hemos desarrollado aquí, de que
los juegos de naipes, especialmente del juego del T a r o t En efecto, es quizá la noción de verticalidad como eje estable de las cosas está en
notable que esta baraja utilice como signo cuatro símbolos que se en­ relación con la postura erguida del hombre, cuyo aprendizaje tanto le
cuentran entre los más importantes arquetipos que vamos a poner de cuesta». Sobre este eje fundamental de la representación humana
manifiesto en nuestro estudio: el cetro-bastón, la espada, la copa y la bre esta bipartición primera del J i Q . t k p n t e D e s o i í í e ha esta­
blecido toda una terapéutica de elevación psíquicaFsi no moral, muy
2 Cfr. K ostyleff, op, cit., p. 230.
próxima de la que había presentido el poeta romántico Jean-Paul en su
3 Cfr. D esoille, op. cit., p. 55.
^ V air et les songes, p. 24.
7 Cfr. M. B onaparte , Psych. anthrop., p. 67.
3 Cfr. M. Minkowska , De Van Gogh et Seurat, p. 104, p. 43; cfr. V olant , Art
8 Cfr. M. B onaparte , op. cit., p. 71.
psychopath., p. 54.
9 BKC\m.hSSS,L A ir et les songes, p. 18.
6 Cfr. sobre el juego del Tarot: Maxw ell , Le Tarot, Alcan, 1923; Papus , Le Tarot
^0 B achelard, La Terre et les reverles de la volonté, p. 364; cfr. S chelling, Philo, de
des Bohémiens, Carré, 1885, y número agosto-septiembre de 1928 del Voile dTsis.
la Mytologie, II, p. 214, que remite a A ristóteles, De Cáelo, IV, 4; II, 2.

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ensayo Coup d'œ il sur le inonde des rêves^^. Esta terapéutica nos hace interpretación de los movimientos, que estructuran el espacio postural.
captar incluso la vinculación directa entre las actitudes morales y meta­ Es por tanto natural que estos esquemas axiomáticos de la verticali­
físicas y las sugestiones naturales de la imaginación. Desoille se niega, zación sensibilicen y valoricen positivamente todas las representaciones
con razón, a separar el símbolo ascensional de la idea moral y de la de la verticalidad, de la ascensión a la elevación. Es lo que explica la
completitud metafísica. Es un catarismo y un donquijotismo provocado gran frecuencia mitológica y ritual de las prácticas ascensionales sea
y terapéutico al que somos invitados y que prueba de forma eficiente el durohana, la subida difícil, de la India védica, sea el clímax, escala
que los conceptos de verdades y de valores «elevadas» y las conductas iniciática del culto de Mitra, o incluso la escalera ceremonial de los Tra-
prácticas que acompañan su aparición en la conciencia están motivadas cios, la escala que permite «ver a los dioses» de que nos habla E l libro
por las imágenes dinámicas de la ascensión Koffka^^ utilizando mé­ de los muertos del antiguo Egipto, sea la escala de abedul del cha­
todos totalmente distintos a los de los reflexólogos y a los de los psico­ mán siberiano. Todos estos símbolos rituales son medios para alcanzar
analistas, pone de relieve la primacía del esquema verticalizante, o lo el cielo. El chamán, escribe Éliade'®, al escalar los peldaños del poste,
que es lo mismo, del «nivel» horizontal, nivel que domina en las per­ extiende las manos como un pájaro sus alas» —esto denota el vasto iso-
cepciones visuales puesto que de entrada se restablece cuando una si­ a estudiar aquí en urST"
tuación accidental viene a perturbarlo: la impresión de percepción «in­ pocas líneas— y llegado a la cima, exclama: «He alcanzado el cielo, soy
clinada» que se siente al mirar a través de la ventanilla de un tren de inmortal», señala bien la preocupación fundamental de esta simboliza­
montaña que sube una pendiente pronunciada se disipa inmediata­ ción verticalizante, ante toda escala levantada contra el tiempo y la
mente si se pone la cabeza en la portezuela. Existe por tanto en el muerte. Esta tradición de la inmortalidad ascensional común al chama­
hombre una cqnstant.e.OltDgonafque ordena^Ja percepcÍQn_puramente nismo indonesio, tártaro, emerindio y egipcio, se encuentra en la ima­
v i s i ^ Es lo que implica la reacción «dominante» del recién nacTdó que gen para nosotros más familiar de la escala de Jacob Es de notar que
fesj^nde al brusco paso de la vertical a la horizontal, o viceversa, por este último está dormido sobre un bethel, un lugar alto, cuando imagi­
liinhibición de todos los movimientos espontáneos. Este problema de na el famoso sueño. Es la misma escala sobre la quq Mahoma ve alzarse
la dominante vertical ha sido metódicamente estudiado por J. Gibson y el alma de los justos y que también se encuentra en el Paraíso de Dan­
O. H. Maurer^"^. Estos autores ligan ese «reflejo de gravitación» no sólo te, «el más verticalizador de los poetas» como en la ascensión mística
a las excitaciones que parten de los canales semicirculares, sino también de San Juan de la Cruz, La subida del Monte Carmelo. Por lo demás,
a las variaciones bilaterales de la presión táctil sobre la planta de los este tema es muy trivial en la mística cristiana: es el anabathmon de
pies, sobre la caderas, los codos y probablemente también las presiones siete grados de que habla Guillaume de Saint-Thierry^*; luego, Hil-
«internas y viscerales». Sobre este cañamazo cinésico y conestésico vie­ degarde de Bingen, Honorius Augustodunensis, Adam de Saint-Victor
nen a tejerse la segunda clase de factores, y, como por condicionamien­ llaman a la cruz de Cristo «escala de pecadores» o «divina escala», y
to, los factores visuales. La jerarquía de estas dos motivaciones, siendo San Bernardo lee a través de las líneas del Cantar de los cantares una
la verticalización la dominante a la que se subordina la visión, está técnica de la elevaicón Tradición reforzada entre los cristianos por la
constatada por el hecho de que «líneas retínales inclinadas pueden pro­ literatura paulina y neoplatónica, porque todos los dualismos han
ducir líneas fenoménicamente percibidas como rectas cuando la cabeza opuesto la verticalidad espiritual a la llaneza de la carne o a la caída
está inclinada» Por último, la psicología genética viene a confirmar Por último, la poesía hereda este «complejo de Jacob». B a u d o u i n ob-
este acento axiomático y dominante que entraña la verticalidad, cuan­
do descubre en el niño «grupos», especie de a priori necesarios para la Cfr. E li ADE, Traité, pp. 96 y ss.
Éliade, Le Chamanisme, pp. 122-125; cfr. Kai D onner, La Sibérie, pp. 222 y ss.
Cfr. D esoille, op. cit., y te Rêve éveillé en psychotérapie, pp. 297-300. Cfr. «Añadamos que se cree que los chamanes de los Ostiaks del Yenisei habitan en los cabe­
J ean -P aul {Sam. Werke, XVII, pp. 164-165) presintió el carácter aximomático de las dos llos ( = los rayos) del sol, así como los piojos en la cabeza de los hombres. El chamán uti­
polarizaciones verticales: «No se puede obtener o impedir por la fuerza el ascenso de cier­ liza, asimismo, como talismán de magia simpática, una ardilla voladora.»
tas imágenes fuera del tenebroso abismo del espíritu.» 19 Gen., XXVIII, 12.
12 Cfr. experiencia del doctor Arthus , en Le Test du village, p. 210; la verticalidad en 29 B achelard, Air, p. 53; cfr. Paradiso, XXI-XXII.
la construcción del test es interpretada com o «equivalente de la actividad espiritual y de 21 Citado por M. D avy, op. cit., p. 165.
la separación de sí mismo». 22 M. D avy, op. cit., p. 175. Cfr. la pl. XIII, que reproduce una miniatura del
1^ K offka , Principies o f G estalt psycho., p. 219. Hortus Deliciarum que representa la escala de las virtudes, sobre la cual juegan dialécti­
G ibson y M aurer, Determ inants o f perceived vertical an d horizontal, en Psychol, camente los temas de la ascensión y de la caída, los pecadores que tropiezan en los esca­
Review, julio de 1938, pp. 301-302. lones negros de la escala.
15 K ostyleff, o/^. « / ., p. 103. 2^ Cfr. San Pablo, /// Corintios, XII, 2.
16 Cfr. Piaget, La Construction du réel chez l'enfant, pp. 18, 95 y ss. 24 B audouin, V. Hugo, p. 192.

118 119
serva que este tema está en Hugo en relación directa con el superyo y se significan, según G. de Saint-Thierry, «vigilancia y espera de la unión
agrupa en una notable constelación con el simbolismo del águila, del divina» Pero la introducción de estos matices no hace sino subrayar
emperador y de lo que el psicoanalista llama el «complejo espectacu­ una vez más la primacía del gesto dinámico sobre el material que lo
lar». Les Burgraves manifiestan una característica escala de Jacob que encarna. Toda piedra sólo es uraniana y fálica si está erguida Lo cual
hay que relacionar con el escalonamiento de Ce que dit la bouche es evidente en la decisión adoptada de verticalización de las montañas
d'ombre, símbolos del valor moral que Dios lleva a su cima^\ Por su­ en la pintura china. En la cultura china, la pintura, que tiene un senti­
puesto, en este maniqueo que es el gran poeta romántico, la ascensión do filosófico profundo y sirve de soporte material a la meditación cos­
se apoya en el contrapunto negativo de la caída. Garganta, abismo, sol mológica, se define como chan-chouei^'^, es decir, «montaña y agua»,
negro, tumba, cloaca y laberinto son los cinceles psicológicos y morales símbolos ambos que remiten, respectivamente, a los dos principios se­
que ponen en evidencia el heroísmo de la ascensión. La característica xuales constitutivos del universo: el Yang y el Ying. La montaña, en el
de todas estas^^scalas es ser Qckstcs, e incluso a veces celestes en sentido papel vertical y estrecho del pintor chino o en el kakemono japonés, es
propio, es decir, astronómicas: los siete o nueve escalones corresponden el sursum Yang, al que se asocian la idea de sol y la de corriente aérea
a los planetas, estando consagrado el último, luminoso y dorado, al (fong). Este isomorfismo solar, macho, celeste, que gravita en torno de
sol. Como Éliade ha visto perfectamente^^’, «la escalera, la escala, repre­ los berilos y de las cimas, es el que descubre Dontenville en la tradi­
sentan plásticamente la ruptura del nivel que hace posible el paso de ción céltica, en la que las montañas y las rocas están consagradas al
un mundo a otro». La ascensión constituye, por tanto, el «viaje en sí», Apolo celta, al dios Belén. Los topónimos estelares «Bailan», «Balan»,
el «viaje imaginario más real de todos» con que sueña la nostalgia in­ «Ballon» y que se contraen en «Balaon» fueron primitivamente «Bala-
nata de la verticalidad pura, del deseo de evasión al lugar hiper, o su- dunum», e s’decir, cueva de Belén. Toda la toponimia francesa viene a
pra, celeste, y no por azar Desolile ha puesto en la base de su terapéu­ reforzar esta tesis: todos los montes Beillard, Billaard, Bayard, todas las
tica de los estados depresivos la meditación imaginaria de los símbolos Bellegarde de France. Pero el nombre de dios solar va a asociarse aún más
ascensionales. estrechamente al nombre mismo de la piedra y del monte. El nombre
Vamos a encontrar el mismo esquema bajo el ¿uaabolismtr^d»4ar^ del gigante divino y solar del folklore francés, «Gargán o Gargantúa»,
o por lo menos del cerro sagrado o del betilo. «Para no deriva en efecto de la imagen raíz garg que significa gaznate, sino
quien toma sus sueños de la naturaleza la menor colina es inspirada» de una raíz más primitiva, preindoeuropea según Dauzat, kar o kal^"^,
y eso es precisamente lo que empuja a los hombres a construir colinas gar o gal, que significan la piedra y que Dontenville descubre hasta en
artificiales que son la Kaaba, el ziqqurat o el templo de Barabudur. el nombre de la Gorgona petrificante o en el del sustituto cristiano de
Como las pirámides, los tum uli funerarios de la civilización nórdica, Gargantúa, San Gorgón. En bretón, la roca se llama todavía karrek y la
tumbas además de sacerdotes-reyes, están consagrados al culto del cie­ raíz reaparece asimismo en la geografía física de Inglaterra con los
lo, al culto de Odín^‘^ En el estudio de las cratofanías líticas, pueden montes Cormelin y Cormorin, como en el Karkali Dagh de Bitinia, el
introducirse desde luego matices y distinguir cuidadosamente, por famoso Djebel Carmel, el monte Kalkhani micènico y, por último, en
ejemplo, los altares elevados: cerro, montículo, túmulo céltico, obelis­ los múltiples topónimos franceses que indican elevación: Cormeille,
co que soportan un fuego encendido o un faro, de las piedras llanas Charmeil, Corbel, Corbeil, Corbaille, el Caramel arriba de Menthon y
frotadas de sangre: los primeros están consagrados a las divinidades el Charamel de la llanura de Thorens, todos ellos lugares sacros de
uranianas, los segundos a las divinidades terrestres ^®. En la simbólica culto solar señalados por piedras o rocas que el folklore denomina gra­
cristiana puede distinguirse la piedra no tallada, andrógina, la piedra váis, excrementos, o «despatarramientos» del buen gigante Gargan­
cuadrada, feminoide o, por el contrario, el cono, la piedra «alzada» túa Pero lo que sobre todo interesa a nuestro propósito es la doble po­
masculina. Esta última se encuentra en la aguja y en el campanario de laridad que Dontenville detecta en el isomorfismo que revela la topo­
la iglesia, obelisco cristiano, realmente solar y en cuya cima está el ga­ nimia de los lugares célticos altos. El cristianismo ha rebautizado, en
llo, el ave de la aurora. Betilo, piedra elevada, aguja del campanario
3Ï Citado í>orM. D kstí op. cit., p. 13.
32 Cfr. en É liade, Traité, p. 1919, la confusión que reina en una tentativa de síntesis
25 Cfr. B audouin , op. cit., p. 194.
de las cratofanías líticas.
26 ÉuADE, Imanes et symboles, p. 63.
27 B achelard, A ir et songes, p. 33; cfr. cl platonismo subyacente a esta imagina­ 33 Cfr. W. CoHN, La Peinture chinoise, p. 15; cfr. G ranet, Civilization chinoise,
p. 278; Pensée chinoise, pp. 118, 141.
ción, Fedón, 80c; Fedro, 247c, 248a; Rep., VII, 529d.
3^ Cfr. D ontenville, Mythologie française, pp. 94 y ss.
28 B achelard, Terre et rêveries de la volonté, p. 384.
35 Cfr. D aüZAT, Toponymie française, pp. 80 y ss.
29 Cfr. ËUADE, Im ages et symboles, p. 53; cfr. D umézil, Dieux des Germains, p. 54.
36 Cfr. D ontenville, op. cit., pp. 47, 203.
30 Cfr. PiGANiOL, Origines, p. 95.

120 121
efecto, los topónimos estelares consagrándolos a San Miguel Arcángel, de un Shelley, de un Balzac o de un Rilke'^^ E l^jáfarancs^saniinjyi^
y la inflexión cor de la raÍ2 céltica es ambivalente y remite, bien al beti- do en-benefício de la función. Una vez más, no es al sustantivo a lo
lo, bien al pájaro cuervo. San Miguel, vencedor del demonio acuático que nos remite un símbolo, sino al verbo. El ala es el atributo de volar,
de los peligros del mar, gran matadragones, es el sucesor alado del gi­ no^eLpIjaXQ Los psicólogos quFiítífeíffrérK o)^^
gante Gargantüa También se le encuentra tanto en la célebre penínsu­ nos informan de que las interpretaciones de pájaros y de mariposas for­
la francesa como en la comarca del Tarentais, en diferentes cumbres sa­ man un grupo muy diferente de los demás símbolos teriomorfos, salvo
boyanas o incluso en el famoso monte Gargano de Apulia, llamado quizá el caso de las aves nocturnas y del murciélago, simples productos
también Monte San Angelo. A través de un «kalkas» griego, el arcángel de las tinieblas. Todas las imágenes ornitológicas remiten al deseo di­
sangrado no sería otra cosa que el Apolo pregriego y precéltico Asi­ námico de elevación, de sublimación. Bachelard ha sabido mostrar per­
mismo, la raíz cr, y su inflexión cor, que significa piedra, remite a la fectamente, según Michelet, Eichendorff y Jules Renard, que el pájaro
vez al Bel solar y al pájaro solar, el cuervo Corbel, Corbeil, Corbelin desencarnado típico era la alondra, pájaro difícil de ver, que vuela muy
«tienen todas las posibilidades de ser, como la Roque Balan, piedras so­ alto y muy rápido, pájaro uraniano por excelencia del que Renard dice
lares, y a ese respecto ocurre que los Corbeil, Corbel toman la forma que «vive en el c i e l o » L a alondra es «pura imagen espiritual que no
Corbeau [cuervo] sin significar por ello un pájaro» Nosotros añadire­ halla su vida más que en la imaginación aérea como centro de las metá­
mos que, por el contrario, dado lo que se sabe del culto solar del cuer­ foras del aire y de la a s c e n s i ó nVe mo s diseñarse, bajo la imagen tan
po entre los celtas y los germánicos, las dos polarizaciones pueden su­ poco animal de este puro pájaro, el isomorfísmo con la pureza misma y
perponerse semánticamente. El cuervo está sobredeterminado por la con la flechg que examinaremos dentro de poco. Bachelard esboza una
vinculación al vuelo solar y por la onomatopeya de su nombre que lo «pteropsicología» donde convergen el ala, la elevación, la flecha, la pu­
vincula a las piedras del culto solar. Hermoso ejemplo de isomorfismo reza y la luz
en el que el fonetismo juega un papel y nos remite al símbolo tan im­ Otras aves, aunque en menor grado, están desanimalizadas: Jigui-
portante del pájaro. la^ cuervo, gallo, buitre, palom aD esen carn ación que explica la faci-
Tldadrcon que estos volátiles se convierten en emblemas y alegorías y
son utilizados en heráldica. Por ejemplo, el águila, vinculada al arte
La herramienta ascensional por excelencia es, <^sd£^luego,«.cL^2¿x4e augural de origen indoeuropeo, es reservada en Roma a los nobles y a
la quFlar*eseab>-deL^h«fííáfín5ik^HnnaHlle^ no es más que los patricios, de donde será heredada por los nobles medievles y los
un burdo sucedáneo. Esta extrapolación natural de la verticalización emperadores, y no debe ser comprendida entre los pájaros de carácter
postural es la razón profunda que motiva la facilidad con que la enso­ puramente sexual, como el pájaro carpintero, de los cultos ctónicos de
ñación volante, técnicamente absurda, es aceptada y privilegiada por el la plebe me di t e r r á n e a El águila romana, como el cuervo germanocél-
deseo de angelismo. El deseo de verticalidad y de su fin supremo aca­ tico, es esencialmente el mensajero de la voluntad de allá arriba. Así lo
rrea la creencia en su realización al mismo tiempo que la extremada fa- interpreta la intuición poética. En Víctor Hugo existe un fuerte «com­
cilidad de las justificaciones y de las racionalizaciones. La imaginación plejo del águila» que viene a reforzar un «complejo de la frente» que
continua en el ímpetu postural del cuerpo. Bachelard'*^ lo ha visto con . pronto volveremos a encontrar. «El águila del casco —escribe Bau-
mucha profundidad siguiendo a los chamanes místicos: el ala ps y a„m e - douin— conserva la incorruptible virtud del padre ideal» En La Fin
dip-'Simbólico^'die-pur^cadóa.a^^ De ahí resulta paradójicamente de Satán se asiste a un proceso de angelización del pájaro: Lucifer será
que el pájaro casi nunca-es consieradocomo.^ un animal, sino como un redimido por una sola pluma que permanece blanca. Esta pluma se
..simple.^cesaÜPjÍ5l ala: «No se vuela porque se tiene alas, sindique las metamorfosea en ángel victorioso «del viejo monstruo fatalidad». La
alas crecen porque sé ha v o l a d o » P o r este motivo, el emplazamiento causa final del ala, como la de la pluma, en la perspectiva de una «pte-
anatómico de las alas nunca se adecúa mitológicamente a la ornitolo­
gía: el ala imaginaria la llevan en el talón los místicos tibetanos, igual 43 Cfr. op. cit., pp. 71, 78, 65.
que nuestro Mercurio occidental, como en la imaginación de un Keats, 44 Cfr. B ochner y H alpen , op. cit., p. 62; cfr. D esoille, L'Exploration de l'activité,
p. 174.
45 Citado por B achelard , op. cit., p. 99.
37 Cfr. D ontenville, op. cit., pp. 67-69. 46 Op, cit., p. 103.
38 Cfr. op, cit., pp. 78, 83. 47 B achelard, op. cit., p. 83.
39 Cfr. op. cit., pp. 246, 302. 48 Sobre el cuervo demiurgo, cfr. G. F. CoxwEU, Siberian A nd Other Folk-Tales,
49 D ontenviue , op. cit., p. 91. p. 77. Cfr. H arding , op. cit., p. 60. Cfr. Arnould de G rémilly , Le Coq, pp. 23, 48, 82.
41 Cfr. B achelard, A ir et songes, pp. 29-30, 32. 49 Cfr. PiGANiOL, Orig. de Rome, pp. 105-107.
42 B achelard, op. cit., p. 36. 50 B audouin, V. Hugo, pp. 35-36.

122 123
sopsicología», es el angelismo. En cuanto a la paloma, pájaro de Ve­ das culturales del cisne, del pelícano, etc. Pero no es menos cierto que,
nus, aunque a menudo parece implicada en un contexto sexual, inclu­ en general, el pájaro es la coronación de la Obra, mientras que la ser­
so ctónico^\ no deja de ser por ello el pájaro del Espíritu Santo, «la pa­ piente es su base, y los otros animales son el centro. El ave, bajo su for­
labra de la madre de allá arriba, la Sophia»^^ Aunque juega un papel ma mítica y etérea, el Fénix, es el resultado trascendente de la Gran
sexual en la mitología cristiana, este papel está nítidamente sublimado: Obra. La imagen química es lección de moral: volátil, observa Bache-
el falismo con que a veces está cargado el ave no es más que un falismo lard, está muy cerca de puro y asimismo de esencial. Una vez más, es el
i del poder, de la verticalización, de la sublimación y, aunque el vuelo sentido figurado el que funda e incluso precede históricamente al sen­
\ vaya acompañado de voluptuosidad, es, como observa Bachelard ” , una tido propio, que no es más que un sentido muerto. Según Bachelard” ,
voluptuosidad purificada: «Al volar, la voluptuosidad es bella... contra sería esta aspiración psíquica a la pureza, a lo volátil, a lo «sutil» la que
todas las lecturas del psicoanálisis clásico, el vuelo onírico es una volup­ reconocería la figura aérea del pájaro; nuestro moderno vocabulario
tuosidad de lo puro.» Por este motivo, la paloma, y el pájargM ga.gen^ químico no ha hecho más que desmitificar — ¡matándolo!— el símbo­
jiaL^^purq.símbolo del Eros sublijriiad^ como lo manifiesta el célebre lo. Este isomorfismo de las alas y de la pureza es flagrante en el poeta
pasaje del Fecíro o la miniatura del Hortus deliciarum donde se ve a la de Donner d voir^'^ que, al contarnos la experiencia juvenil de la pure­
paloma del Espíritu Santo sobredeterminada por el angelismo del vue­ za, escribe: «No fue más que un aleteo al cielo de mi eternidad.» Si, en
lo, sobrecargado de alas en la cabeza y en las patas” . Por estos motivos el hinduismo, la multiplicación de brazos y de ojos es signo de poder,
atribuimos nosotros tantas cualidades morales al pájaro, sea de azur o la tradición semitocristiana nos muestra que la multiplicación de las
de fuego, y por ellos descuidamos la animalidad en beneficio del poder alas es símbolo de pureza; las alas son los galones de las milicias celes­
de vuelo. Lo que la mitología conserva es el ala del halcón o del escara­ tes como atestiguan los serafines de alas séxtuples de la visión de
bajo, que une a la imagen del poder: querubín, ángel o arcángel I s a í a s L a pureza celeste es, por tanto, el carácter moral del vuelo, co­
San Miguel. Porque el ala es, según Toussenel” , «el sello ideal de per­ mo la mancilla moral era el carácter de la caída, el carácter moral del
fección en casi todos los seres». Y esta constatación se aplica igualmente vuelo, como la mancilla moral era el carácter de la caída, y se compren­
al ala artificial del avión o de la cometa. Para la conciencia colectiva, el de perfectamente la reversibilidad terapéutica de este principio en De-
aviador —Mermoz o Guynemer— es un «arcángel» dotado de poderes soille, para quien toda representación psíquica de la imagen de vuelo
tan sobrenaturales como el chamán siberiano. Podría hacerse un inte­ es inductora a la vez de una virtud moral y de una elevación espiritual.
resante estudio sobre la mitología aeronáutica que se desarrolla en las Aunque se puede decir, en última instancia, que el arquetipo profun­
sociedades industrializadas: vuelo a vela, modelos reducidos, paracai­ do de la ensoñación del vuelo no es el ave animal, sino el ángel, y que
dismo, parecen expresar sin duda la liberación de un viejo sueño de toda elevación es isomorfa de una purificación por ser esencialmente
poder y pureza. El tecnòlogo”’ constata que la importancia de las prác­ angélica.
ticas del vuelo imaginario va unida, en todas las culturas del Pacífico, a Más adelante veremos por qué coherentes razones todo ángel es un
las realizaciones técnicas, bien imaginarias, bien puramente estéticas, poco militar^’’; contentémonos con examinar por qué motivos todo án­
que consisten en hacer volar o flotar cometas y banderas. La ensoñación gel es a menudo sagitario. En muchas ocasiones, la imagen tecnológica
del ala, del vuelo, es experiencia imaginaria de la materia aérea, del de la flecha viene a relevar al símbolo natural del ala. Porque la altura
suscita más que una ascensión, pero un impulso, y parece que de la es­
aire — ¡o del éter!— , sustancia celeste por excelencia.
calinata a la flecha, pasando por el ala, hay una amplificación de esbel­
La imaginería alquímica, tan rica en representaciones ornitológicas,
tez. Mas este impulso es reversible, y a la flecha responde el rayo, el ra­
nos permite situar perfectamente el ala y el vuelo en su voluntad de
yo es flecha invertida puesto que en el descenso sabe conservar «rapidez
trascendencia. En un grabado de la Alchemia recognita^\ se pueden
y derechura» La etimología indoeuropea pone en evidencia la identi­
enumerar múltiples aves: en el centro un cisne, un fénix, un pelícano,
dad de inspiración entre el antiguo alemán Straía, flecha, el ruso Strela
abajo un cuervo. Desde luego, en este complejo contexto del microcos­
y el alemán moderno Strahl que significan rayo^’\ Pero, sobre todo.
mos alquímico intervienen otras intenciones simbólicas: colores, leyen-
58 B achelard, Air, p. 83.
51 Cfr. PiGANIOL, op. cit., p. 108.
59 Citado por B achelard, L A ir et les songes, p. 191.
52 J ung , Libido, p. 26.
60 ¡satas, VI, 2.
53 B achelard , Air, pp. 28-29.
61 Cfr. infra, pp. 149 y ss.
54 Pedro, 251b y ss.; cfr. M. D aby , op. cit., p. 168.
62 B achelard, {L A ir et les songes, pp. 72, 92) señala que la flecha es la imagen in­
55 Citado por B achelard, Air, p. 82. ductora de Séraphita de Balzac.
56 Leroi-G ourhan, Homme et matière, pp. 80 y ss. 63 Cfr. J ung , p. 278.
57 Reproducido en G rillot de G ivry, Musée des sorciers, p. 393.
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por su asimilación al rayo, la flecha une los símbolos de la pureza a los de miento el que organiza los símbolos e incluso los signos. El dinamismo
de las imágenes, el «sentido» figurado es lo que importa en primer lu­
la luz, la rectitud y la prontitud van a ir siempre unidas a la ilumina­
ción. Por ahora, dejando a un lado estas armónicas, atengámonos a la gar para el desciframiento, no sólo de los símbolos, sino también de
ciertos signos sobrecargados de semantismo y del sentido propio de los
dominante y constatemos en los escritos upanishédicos la correlación de
conceptos.
la balística y de la trascendencia. La Kena se abre por la imagen de lo
mental «lanzado» hacia el blanco trascendente, y la Mandaja es aún
más e x p l í c i t a « Co g e el arco del Upanishad, ese arma poderosa, mon­
ta en él una flecha aguzada por la adoración, tensa el arco con una zam­
bullida mental en el sentimiento de la unidad y penetra en el Eterno La meta del arquero, como la intención del vuelo, es siempre la as­
como dispararías a un blanco... la sílaba OM es el arco y el arma es la censión. Es lo que explica que el valor primordial y benéfico por exce­
flecha y el Eterno es el blanco...» También ahí, como en el caso de la lencia sea concebido por la mayor parte de las mitologías como el «Altí­
escala chamanista, el tiro al arco se convierte en un medio simbólico de simo». «Lo alto —escribe Éliade— es una categoría inaccesible al
trascendencia. El héroe tirador emérito viene a sustituir ai hombre pá­ hombre como tal, pertenece por derecho propio a los seres sobrehuma­
nos.» Es lo que explica el proceso religioso j^ipanúzación de^i^ /Uvi^
jaro: Guillermo Tell ocupa el puesto de Icaro o de Guynemer^’\ Se es­
tablece entonces, en el seno de un pensamiento propenso a la mística, nidad. Este gigantismo alcanza no sólo a nuestro dioThación^alGargán,
toda una dialéctica, o más bien un intercambio entre la flecha media­ sflíü~fámbién a nuestros «grandes» hombres políticos cuyas imágenes
dora y el rayo que es gracia. Pero es sobre todo en la celeridad y la igni­ son giantificadas como lo era la de Cristo en la iconografía bizantina, o
ción fulgurante en lo que insiste el lJpanishd^"^\ la flecha, la sagitta, la de Atenea Criselefantina. En nuestro folklore, la supervivencia de gi­
¿no es de la misma raíz que el verbo sagire, que significa «percibir rápi­ gantes es tenaz, bien en los asientos, marmitas, escudillas gargantuinas
damente»?, y también, etimológicamente hablando, el sentido propio que amenizan la toponimia francesa, ya sea que el héroe de las Gran­
¿no es la concreción de un sentido figurado? La flecha —cuya manipu-' des crónicas se sobreviva en nuestros Gaíants y Reuzes de los departa-
lación implica la puntería— sería símbolo del saber rápido, y su doble­ mentps nórdicos, o bien se cristianice en Auvernia y en la comarca de
te es, pues, el rayo instantáneo que es el relámpago. En cuanto al signo Gex bajo el vocablo de San Sansón; bien, por último, que se convierta
zodiacal del «Sagitario», los ocultistas le atribuyen siempre el sentido en el gigante San Cristóbal protector de las rutas terrestres amenazadas
de un rebasamiento, de una sublimación de la naturaleza animal ex­ por las aguas, tras haberlo sido del trayecto solar Esta gigantización
presada por la flecha tanto como por la doble naturaleza del centauro etnológica no deja de hacer pensar en el proceso psicológico de las imá­
sagitario, «emergencia de lo humano a partir de lo animal», y los caba­ genes que acompaña a la desrealización esquizofrénica. A menudo,
listas asimilan la constelación del Sagitario o la letra hebraica vau, que, la esquizofrenia se parece, en sus alucinaciones, a una imaginación de
según Fabre d ’01ivet^^^ se refiere «a la luz, al resplandor, a la limpi­ la trascendencia caricaturizada. Los enfermos experimentan el senti­
dez». Por último, en el límite extremo de esta simbología del arma­ miento de que un objeto del campo perceptivo crece desmesuradamen­
mento del arquero, en el punto de inflexión de los símbolos de la tras­ te. Tienen conciencia de que «algo crece», ya sea un objeto, un perso­
cendencia hacia los de la composición, de los mixtos y de la inmanen­ naje o un recinto Hay en ellos una exageración hiperbólica de las
cia, cabe destacar el simbolismo del arco iris, signo de la alianza para imágenes, una obsesión del engrandecimiento que provoca crisis de an­
los judíos, puente lanzado hacia la trascendencia, símbolo que se de­ gustia. Veremos qué esta gigantización mórbida se constela muy exac­
tecta en Homero, en las tradiciones populares escandinavas, en el folk­ tamente con las imágenes de la luz y con la nitidez anormal de las for­
lore hindú y chino mas. El esquizofrénico está angustiado porque se siente alienado por
A través de estos avatares tecnológicos u ornitológicos del simbolis­ éste poder gigantesco que transmuta todas sus percepciones.
mo ascensional, se evidencia una vez más que es el esquema del movi- Elevación yjpoder son en efecto sinónimos. Esto es lo que se puede
constatar, con Eliade en los dialectos amerindios: oki en iroqués sig­
nifica a la vez potente y elevado; en cuanto al wakan sioux, nombre de
Kena Upan., I, \\ M undakaU pan., I, 3.
65 Cfr. G ranet, Pensée chinoise, pp. 367 y ss. El jefe es un arquero, hermoso ejem­ la fuerza suprema, debe relacionarse con el waken dakota que significa
plo de isomorfismo en el seno del principio Yang o confluyente; la soberanía, lo alto, la
masculinidad, la victoria, el arco y las flechas.
66 Mundaka Upan., II, 4-6. 69 ÉUADE, Traité, pp. 17 y ss.
67 Citado por S enard, op. cit., p. 338 ; cfr. p. 334. 70 Cfr. DoNTTNvnxE, Myth, franç., pp. 34-36.
68 Cfr. K rappe, op. cit., pp. 180-182; cfr. G ranet, op. cit., p. 145; cfr. Gen., IX, 71 Cfr, Journ al d*une schizophrène, pp. 4-6.
13-17, e litada, XVII, 547 y ss. 72 ÉUADE, op. cit,, p. 68.

126 127
«arriba». Entre los maoríes, los negros akposo, los australianos del Su­ re, «Khan muy misericordioso»; entre los ainou, «Jefe divino»®^ Así,
doeste, los kulin, los andamán, los fueguinos, el Poder supremo es de­ vemos cómo la actitud imaginativa de la elevación, originalmente psi­
nominado con un nombre que quiere decir el Altísimo, el Elevado. Los cofisiològica, no solamente inclina hacia la purificación moral, hacia el
historiadores de las religiones insisten en el notable carácter mono­ aislamiento angélico o monoteísta, sino que incluso está vinculada a la
teísta del culto al cielo o al Altísimo. Sólo el cielo es divino, y al solita­ función sociológica de soberanía. El cetro es la encarnación sociológica
rio Uranos le sucede el politeísmo olímpico. Los dioses superiores de la de los procesos de elevación. Pero este cetro es asimismo verga®^ Por­
antigüedad indoeuropea (Dyaus, Zeus, Tur, Júpiter, Varuna, Urano, que parece evidente que es preciso unir a la elevación monárquica la
Ahura-Mazda) son los amos todopoderosos del cielo luminoso. Yaveh noción edipica de Dios Padre, de Dios gran-macho. Sabemos desde
incluso, como el Anu semítico, sería un dios del c i e l o E s un acciden­ luego que es temerario universalizar el complejo de Edipo, pero bioló­
te gramatical exclusivamente el que supone la feminización del cielo gicamente hablando, incluso entre los trobriandeses®^ el macho pro­
entre los egipcios y entre los indochinos. En los chinos, el cielo, creador tiene siempre un papel familiar. Este papel de protector del
está completamente unido a toda la constelación masculina del poder grupo familiar viene a sublimarse y a racionalizarse más o menos fuerte­
omnímodo, y aunque Granet se niega a ver en ello una trascenden­ mente en el arquetipo del monarca paterno y dominador. Y las con­
cia el cielo sin embargo tiene una constitución muy específica, ha­ cepciones del psicoanálisis clásico ®"^, lejos de ser originariamente causa­
llándose ligada entre los chinos la noción de verticalidad, de arriba, a les, no vienen sino a inscribirse de camino como sobredeterminación
la de pureza, de separación. Por último, entre los mongoles y los ura- social y sexual de la finalidad de los grandes gestos reflexológicos pri­
loaltaicos, la misma palabra quiere decir cielo y decir Dios, así como en mitivos.
el Upanishd el Brahmán es denominado cielo Piganiol ha analizado De esta 'asimilación del cielo con el monarca derivarían todas las fi­
bien la psicología de los dioses celestes de los latinos cuando escribe: liaciones heroicas de los «hijos del cielo» y del sol. Éliade®^ muestra so­
«Los Uranios, dioses de la voluntad clara, son objeto de una therapéiay St bradamente en las culturas finougrias la estrecha relación que existe en­
les rinde honores en espera de un beneficio.» Es el elemento olímpi­ tre el Khan celeste, el Khan terrestre y los atributos paternos. El Kan
co^®, septentrional, el que entra en constelación con el culto de la luz, terrestre es, en efecto, como lo serán los emperadores de China, «hijos del
del cielo, del fuego purificador, al que se honra en los lugares elevados cielo». Esta vinculación entre cielo y paternidad se manifiesta universal­
cuyas significaciones ascensionales hemos analizado: Monte Meru de los mente tanto entre los finougrios, los chinos, las tribus del lago Victo­
indios; Monte Sumir de los uraloaltaicos; Montes Tabor, Gerizim, G òl­ ria, los indios de Massachusetts como en la tradición semítica y egip­
gota de los judíos y los cristianos. cia®^. Este simbolismo, al dramatizarse, se metamorfoseará en el del
La frecuentación de los lugares sacros, el proceso de gigantización o Esposo celeste, paredro fecundador de la diosa madre, y se le verá con­
de divinización que inspira toda altitud y toda ascensión, dan cuenta fundirse poco a poco con los atributos de la paternidad, de la soberanía
de lo que Bachelard denomina con mucho tino una actitud de «con­ y de la virilidad. Es lo que se produce en Occidente con el cetro que
templación monárquica» vinculada al arquetipo luminoso-visual por tiene sobre su autoritaria verticalidad una «mano de justicia» o una
un lado, por otro al ^quetipo psrcosQci3í%ico>.d£Ía domiinSc sobe- «flor de lis», atributos netamente fálicos®L Parece que hay deslizamien­
rana. «La contemplación desde lo alto de las cumbres traduce el sentido to de la paternidad jurídica y social a la paternidad fisiológica y confu­
3eTin repentino dominio del universo»®®. El sentimiento de soberanía sión entre la elevación y la erección. Baudouin®® ha mostrado cómo
acompaña naturalmente los actos y las posturas ascensionales. Es lo que Hugo, sin ir hasta la explícita sexualización de los símbolos, reúne en
hace comprender en parte por qué el Dios celeste es asimilado a un so­ un notable isomorfismo edipico el «complejo de la frente», símbolo de
berano histórico o legendario. Entre los koryak, pueblo fino-ugrio, el la elevación ambiciosa, las imágenes ascensionales y montañesas, y por
cielo es denominado el «Amo de arriba», el «vigilante»; entre los belti- último las representaciones sociales del padre. Toda la ambivalencia

73 Cfr. K rappe, op. cit.y p. 68; cfr. .Piganiol , op. cit., p. 140; cfr. M auss , Année 81 ÉUADE, Traité, p. 63.
sociol.y IX , p. 188; XII, p. 111. 82 C fr. L eenhardt , N otes d'ethnologie, plancha X IX , 4.
74 Cfr. D umézil, Indo-Europ., p. 61; K rappe, op. cit., p. 69. 83 Cfr. L o w ie , op. cit.y pp. 262-263.
75 Cfr. G ranet, Pensée chinoise y pp. 511, 522. 84 F reud , Le je et le tu, cap. III, pp. 162 y ss.
7<5 Cfr. M und. U pan., I, 1-2; II, 2-5. 85 ÉLIADE, pp . 63 y SS.
77 P iganiol , op. cit.y p. 93. 86 Cfr. K rappe, op. cit., pp. 71 y ss.; cfr, G ranet , Pensée chinoise, pp. 354, 458-
78 Cfr. ÉUADE, op. cit.y p. 94. 471.
79 B achelard, Rêv. volonté, p. 385. 87 Cfr. infra, pp. 133, 135.
80 op. cit.y p. 380. 88 Cfr. B a u d o u in , V. H ugo, pp. 14-15, 29-30, 33-34.

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edipica se ejerce en el poeta respecto al simbolismo del Emperador. Las la tripartición funcional, no puede dejar de reconocer en el soberano
invectivas del principio de la obra poética ocultan una veneración que latino o germano una nítida propensión a convertirse en guerrero: el
se irá desarrollando. Esta ambivalencia se explicita por el contraste en­ mensaje mismo de Rómulo es la virtus, el valor guerrero, y no hay
tre los dos Napoleories, y en la verticalización monárquica del auténti­ nunca gran distancia psíquica entre el cetro y la espada. Existe una am­
co emperador viene a insertarse la imagen del ave, del águila, «símbolo bivalencia fundamental psicosocial del ejecutivo. Júpiter y sus rayos,
colectivo, primitivo, del padre, de la virilidad y del p o d e r » I m a g e n símbolos de su poder, es Stator que protege los combates, pero al mis­
que también se diversifica en la del águila rapaz, del águila de majes­ mo tiempo Latiaris, Arcanus, Anxurus, sacerdotes y adivino en majes­
tad o del águila libre de los Alpes. Se ve, pues, a través de todos estos tad El mismo Marte, el guerrero por excelencia, ¿no será invocado
ejemplos, cuál es la coherencia de esta constelación monárquica y pa­ incluso bajo el vocablo de Thincsus, «amo de las asambleas», soberano
ternal, sobre todo cuando está reforzada por el Edipo en las civilizacio­ jurista? Porque la espada guerrera es también espada de justicia.El po­
nes de estructura patriarcal; pero DuméziL^®, en sus célebres conclusio­ der judicial no es más que una agresividad ejecutiva codificada y domi­
nes sobre la tripartición social de los indoeuropeos, es quien, en nues­ nada. Y aunque Odín, el gran rey divino de los germanos, combate
tra opinión, mejor poner en evidencia la virilización monárquica del con armas distintas a la espada, pese a la sutil argumentación dumézi-
poder. liana’'^hay que reconocer una colusión guerrera entre Odín y las armas,
El poder aparece ante todo como real. Es el simbolismo del Rómulo las espadas o las lanzas. En definitiva, todo poder soberano es poder
latino, a la vez protegido de Júpiter y de Marte, portador del lituus, vara triple: sacerdotal y mágico por un lado, jurídico por otro, y por último
augurai y cetro; Rómulo, antítesis legendario de las riquezas feminoi- militar.
des y sabinas. D i et virtus son lo que separa de las opes. Los sabinos A través de estructuras sociales tan distantes como las de la India
desprecian, por otro lado, la inopia latina. Hay que establecer una se­ antigua, el Imperio romano, Germania o Escandinavia, DuméziP^ ha
paración funcional nítida entre Jípiter y Marte por un lado, asociados mostrado cabalmente la bipartición del soberano en flamen-brahman
en la persona del rey Rómulo, y por otro la tercera función simbolizada por un lado, en rex-raj por otro. El flamen posee las mismas insignias
por la aportación sabina, Quirino. Rómulo invoca a Júpiter Stator, el que el rex; las dos castas r¿/y brahmán son inseparables, y el filólogo
Júpiter en quien poder mágico y poder guerrero se hallan indiferencia­ justifica mediante un erudito estudio lingüístico esta dualidad funcio­
dos contra el oro de los sabinos adoradores de divinidades agrarias y lu­ nal de la soberanía. Volvemos a encontrarlo en el desdoblamiento ger­
nares. La misma separación simbólica se encuentran entre los Vanes y mánico de Odín el mago y de Tir el jurista. Es asimismo el desdobla­
los Ases de los germanos, bien en el seno de la tríada gala de los carnu- miento de Varuna como sacerdote y de Mitra el jurista. Odín, Varuna,
tes. Esus, Taranis y Teutates se separan en dos grupos nítidamente di­ Urano son reyes sacerdotes, reyes brujos, reyes chamanes. Y detrás de
ferenciados: los dos primeros son divinidades reales y combatientes este vocablo hallamos nuevamente las técnicas ascensionales a las que
(Esus debe relacionarse con el latín erus, «amo», del sánscrito asura, Éliade^^ ha consagrado un importante libro. Además, Odín parece ser
«dios mago», y con el iranio abura, «dios suprem o»)opuestos a Teu­ el prototipo del monarca terrestre, es llamado el «Dios del jefe», es una
tates, el dios de la masa, del todo social, el dios nocturno y feminoide. divinidad aristocrática reservada a ciertas capas sociológicas rarificadas y
Este esquema separador se reduplica en cierta forma en el seno mismo comparables a los brahmanes de la India. El monarca es, por tanto, a la
de la divinidad mayor de la teología funcional, porque el Gran Dios vez mago inspirado, de prerrogativas ascensionales, soberano jurista y
mismo se presenta bajo dos aspectos matizados que pronto se volverán ordenador monárquico del grupo, y nosotros añadiremos que no pue­
antitéticos. El Gran Dios es Mitra el soberano benévolo, sacerdotal, den deslindarse de estas dos funciones los atributos ejecutivos y guerre­
dueño del razonamiento claro y regular, pero es también Varuna, el ros. Los dobletes Rómulo-Numa, Varuna-Mitra, el triplete Odín-Ullin-
guerrero terrible, el violento, el héroe inspirado. Es Numa el jurista, el Tyr enmascaran en realidad la indisoluble triplicidad funcional de la
senador, el rey blanco escoltado de su flamen dialis, sectario de Fides, monarquía y del poder soberano, siendo el ejecutivo difícilmente diso­
pero al mismo tiempo es Rómulo, el violento acompañado de los cele­ ciable del judiciario en la conciencia común. Más adelante veremos có­
ri, arrojándose al rapto de las Abinas e invocando a Júpiter Stator el ma­ mo la espada, al tiempo que adquiere prerrogativas simbólicas nuevas,
go de los combates. DuméziT^% pese a su riguroso cuidado por respetar
xico, el sol es a la vez Quetzalcoatl, el rey-sacerdote que se sacrifica, y Uitzilopochtli, el
héroe guerrero. Cfr. S oustelle op. cit., p. 24.
89 B audouin, op. cit., p. 34. 93 Cfr. D umézil, Mitra Varuna, p. 60.
90 Cfr. D umézil, Mitra-Varuna, p. 130. Cfr. Incto-Europ., p. 206. 94 Cfr. D umézil, Les D ieux des Germains, p. 27.
91 Cfr. D umézil, Tarpeia, pp. 113 y ss. 95 Cfr. D umézil, Germ ., p. 20; Indo-Europ., pp. 21-22.
92 Cfr. D u m é z il , índo-Eutopéens, p. 198. Asimismo, en el panteón del antiguo Mc- 96 Cfr. Éliade, Les Chamanisme et les techniques archaïques de l'extase.

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sigue estando siempre bajo la dependencia de los arquetipos monár­ ses en América del Norte en el siglo XVIII y los alemanes guardianes del
quicos, sigue vinculada siempre al cetro del que no es más que una acti­ Lager de Buchenwald en el siglo X X A decir verdad, los etnólogos
vación polémica. disciernen dos rituales distintos según se trate de parientes o de enemi­
gos, pero la veneración del símbolo cabeza es la misma en ambos casos,
sea entre los andamanes, los papúes, los indios de Bolivia que conser­
van piadosamente los huesos craneales de sus parientes en un cesto o
Podemos preguntarnos si no es jugar con las palabras hacer seguir el entre jíbaros, los dayak de Borneo, los mundurucu del Brasil que prac­
estudio del arquetipo del soberano monarca, del jefe político, por el del tican la conservación de las cabezas cortadas del enemigo Desde lue­
chef ¡je fe ] en su acepción anatómica y occipital. No obstante, para el go, el objeto craneano, venerado en el conjunto como el «jefe» del
psicólogo los juegos de palabras no son nunca completamente gratui­ cuerpo, puede cargarse de acepciones secundarias y parásitas, como lo
tos. Si los esquemas verticalizantes desembocan en el plano del macro­ hace, por ejemplo, la copa craneana, tan frecuente; pero aquí no ten­
cosmos social en los arquetipos monárquicos como desembocan en el dremos en cuenta más que el símbolo general en el que participan to­
macrocosmos natural en la valorización del cielo y de las cumbres, va­ dos los elementos craneanos: madíbula inferior, caja occipital, arcos su­
mos a constatar que en el microcosmos del cuerpo humano o animal, la perciliares, matanzas de animales cornudos; sentido general que los
verticalización induce varias fijaciones simbólicas de las que no es la bambara han puesto perfectamente de relieve en su cosmología: la ca­
menor la cabeza. Los místicos de la ascensión celeste asimilan natural­ beza es a la vez el signo, el resumen abstracto de la persona, y asimis­
mente la cabeza con la esfera celeste cuyos ojos son las luminarias y mo la yema por la que el individuo crece tanto en edad como en sabi-
para la tradición védica y búdica, la columna vertebral es identificada dura Es éste sentido general el que confirma un gran poeta civilizado
con el Monte Meru, el eje del mundo Como observa Bachdard, hay para quien la imagen de la frente, símbolo de la elevación orgullo-
deslizamiento de la verticalidad a la vertebralidad^^. Finalmente la et­ sa, de la individuación más allá del rebaño de hermanos y frente a la
nografía ha subrayado la importancia, tanto en el tiempo como en el persona divina misma, es tan frecuente que a su respecto ha podido
espacio, del culto de los cráneos. El cráneo humano y animal, especial­ hablarse de un auténtico «complejo de frente»
mente la masacre de los cérvicos, juega un papel de primer plano en el Una vez que la imaginación se adentra en la vía de la «microcosmi-
sinántropo de Chu-Kun-Tien, igual que en el europeo de Weimar, de zación» no se para en el camino y, anatómicamente, por un proceso de
Steinheim o de Castillo Los vestigios craneanos parecen haber sido «gulliverización» vicariante que estudiaremos más tarde va a buscar
preparados cuidadosamente y conservados mediante putrefacción pre­ suplencias anatómicas al casquete craneano. La simbólica nos muestra
via, ampliación de agujero occipital, coloración y orientación rituales, que el poder microcósmico está indiferentemente representado por la
en suma, de una manera bastante cercana a la practicada en nuestros cabeza erguida o el pene en erección, a veces también por la mano, co­
días por las tribus de las Célebes. Wernert observa que para el primi­ mo hemos dicho al hablar de la mano de justicia. En efecto, no sólo en
tivo, la cabeza es centro y principio de vida, de fuerza física y psíquica, el trofeo de caza, la cola —cuyo sentido argótico muy viril subraya el
y asimismo receptáculo del espíritu. El culto de los cráneos sería, por doctor Pichón— puede reemplazar en ciertos casos a la cabeza, sino
tanto, la primera manifestación religiosa del psiquismo humano. No que incluso M. Bonaparte hace la importante observación de que los
sólo esta preeminencia axiológica atribuida al «jefe» se encuentra en trofeos guerreros de cabezas excluyen los trofeos genitales. Por consi­
nuestros días entre los «cazadores de cabezas» oceánicos o filipinos, en guiente, hay transferencia normal y reciprocidad simbólica entre el
los cultos craneanos de Dahomey, de Alaska y de Borneo, sino que miembro viril en erección y la cabeza. La castración guerrera practicada
también el «civilizado» regresa fácilmente a la práctica de cortar la cabe­ por los musulmanes del Magreb, así como por los cristianos de Abisi-
llera (scalp) y de la caza de cabezas, como lo hicieron franceses e ingle­ nia, equivale por tanto a la caza de cabezas y a los scalps de las culturas

Cfr. Hidclgarde de Birgen y Honorius Augustoduncnsis, citados por M. D avy , 102 Cfr. W ervett, op. cit., p. 68; cfr. M. B onaparte, Psych. Anthr., p. 71.
op. cit.f pp^ 107-108. 10^ Cfr. W ernet, op. cit., p. 67.
98 Cfr. ÉUADE, Le Yoga, p. 238. 10^ Cfr. D iterlen op. cit., p. 65, nota 3; cfr. la importancia atribuida a la cabeza du­
99 B achelard, Rêv. volonté, pp. 363-364. rante las ceremonias iniciáticas entre los Vaudou, nociones de pot-téte de m ai'tete y
Cfr. H. B reuil, «Le Feu et l'industrie lithique et osseuse à Chou-kou-Tien» {Bull, práctica del «lavado de cabeza», en Métraux, Le Vaudou haïtien, pp. 188-197.
soc. géol. Chine, XI, 1931, p. 147), y P. Wernert, «Le culte des granes à l ’epoque pa- 105 B audouin , V. Hugo, pp. 14-15.
léolidîique», en Hist. Gén. R elig., I, pp. 53 y ss. 106 Cfr. infra, pp. 202 y ss.
^01 W ernert, op. cit., p. 71; cfr. E. Long -Falck, Les Rites de chasse chez les peuples 107 Citado por M. B onaparte op. cit., p. 71, nota 1; cfr. p. 73; cfr. Lot-Falk , Les
sibériens, pp. 209 y ss.; 213, 218. Rites de chasse, pp. 173, 205 y ss., 209 y ss.

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amerindias y oceánicas. En la anatomía animal es la cuemUy imputres­ hazaña, de la proeza. Podría relacionarse el ritual de la caza francesa
cible y cuya forma oblonga es directamente sugestiva, la que va a sim­ con el de la corrida de las culturas hispánicas, en la que el isomorfismo
bolizar de modo excelente el poder viril, tanto más cuanto que entre del héroe luminoso luchando contra el animal tenebroso y la concesión
los animales son los machos los que llevan los cuernos. M. Bonaparte de la oreja al matador victorioso se destaca aún más explícitamente
observa que en hebreo queren significa a la vez cuerno y poder, fuerza, No obstante, nos parece que M. Bonaparte""* se equivoca al reducir el
así como en sánscrito sm ga y en latín comu El cuerno no es sólo su­ triunfo cinegético al esquema freudiano de la muerte del padre. Esta
gestivo de poder por su forma, sino que también su función natural es interpretación es, en efecto, una hipóstasis injustificada del Edipo.
imagen del arma potente. En este punto preciso es en el que la Omni­ Nosotros constatamos más bien en estas prácticas cinegéticas o guerre­
potencia viene a unirse a la agresividad: Agni posee cuernos impere­ ras un proceso de abstracción violenta, mediante el robo, el rapto, el
cederos, armas aceradas, aguzadas por el propio Brahma^®^, y todo desgarramiento o la mutilación, del poder y de sus símbolos sustraídos
cuerno termina por significar poder agresivo tanto del bien como del mal: a la feminidad terrible. En efecto, como hemos mostrado anteriormen­
Yama, lo mismo que su adversario el bodhisattva Manjusri, tienen te, no es el tabú lo que hay que hacer depender del tótem, sino lo con­
cuernos; Baal o Ramaan, igual que Moisés, los ríos griegos y el Baco la­ trario: es el tabú el que manifiesta una angustia primitiva. El trofeo to­
tino, las divinidades de los dakota y de los hopi; el jefe indio iroqués lo tèmico o emblemático no es más que el resultado de la captación,
mismo que el rey Alejandro, los chamanes siberianos igual que los sa­ siempre peligrosa, del poder del tabú, es su desfeminización, su dcsani-
cerdotes de Marte Salió En esta conjunción de los cuernos animales malización, como podrá constatarse en las prácticas bautismales con
con el jefe político o religioso descubrimos un procedimiento de ane­ ellas relacionadas El bautismo, lo más a menudo es por circuncisión,
xión del poder por apropiación mágica de objetos simbólicos. La cuer­ es la puesta en orden de un mundo y de funciones perturbadas por una
na, el degüello del bóvido o del cérvido es trofeo, es decir, exaltación y caída que era captación de poder. Zeus arrebata la virilidad al usurpa­
apropiación de la fuerza. El soldado romano valeroso añade un comi- dor feminoide, el ogro Kronos. En la veneración del tótem, y especial­
culum a su casco, y mediante esa contaminación simbólica se compren­ mente del tótem craneano y del talismán, es decir, en el esfuerzo de
den la función del amuleto o del talismán: «La representación de cier­ captación de una cratofanía, hay una intención de «descronización»
tos animales provistos de armas naturales, como también de partes ca­ fundamental. Y más que una perspectiva freudiana, es un punto de
racterísticas aisladas de éstos, sirven a menudo de medio de defensa vista jungiano el que adoptamos: es la feminidad terrible, es la libido
contra la influencia de los demonios...», y M. Bonaparte acumula des­ destructora, cuyas epifanías hemos estudiado, lo que se exorciza aquí
cripciones de amuletos cornudos tanto africanos como europeos, asiáti­ mediante la reconquista de los símbolos de la virilidad"^. El pensa­
cos, americanos y australianos, a los que podrían unirse los colgantes miento adopta un estilo heroico y viril a partir del acto guerrero o la
grabados de Les Eyzies y de Raumonden*’^ Estos amuletos captan el hazaña cinegética. Por tanto, puede decirse que tótem y talismán están
poder bienhechor separándolo de la animalidad. De igual modo, la constituidos por la discriminación práctica del símbolo abstracto, privi­
posesión del trofeo enemigo, de su cabellera, de su falo, de su mano o legiado y separado de su contexto temporal. En este punto preciso es
de su cabeza, confiere al guerrero un incremento de poder. en el que la función simbólica del psiquismo humano viene a separar
Se puede reprochar a esta investigación del trofeo y del culto de los los poderes de la desgracia, y a apropiarse del poder mediante un acto
cráneos o de los talismanes anatómicos el acto mismo de la agresividad ya diairético exorcizando todo y reduciendo a la impotencia la necesi­
cinegética, especialmente en la caza de montería francesa y en el pirs- dad natural simbolizada por la hostilidad y la animalidad. Este simbo­
chen de la Europa central, que se practica especialmente en la época lismo del talismán o del tótem, esencialmente vicariante, es decir, que
del celo^^^ Ya Pascal había hecho una observación profunda sobre el procede mediante la selección de una parte que vale por el todo, es un
sentido metafísico de la caza: hay que añadir que no es siquiera la per­ medio de acción sobre la necesidad temporal aún más adecuado que los
secución lo primordial en la liebre que se persigue, sino el sentido de la procedimientos antifrásicos cuyo paso hemos esbozado Hay en la uti­
lización del talismán o del tótem una masculinización de poder, una
108 Cfr. M. B onaparte, op. cit., p. 62; cita Seligman: en argot italiano el pene se captación de las fuerzas naturales que puede detectarse a través de un
denomina «corno»; cfr. op. cit., pp. 51-54; d i. Jo b , XVI, 15; Amos, VI, 13, Salmos,
CXLVIII, 14;XCII, 11. Cfr. ViALAR, La Grande Meute, y Reglem ent taurin, texto ofìcial traducido por
109 Cfr. Kig Veda, VII, 86-6. M. L. Blancou; cfr. SiciUA de A renzana (F.), Las Corridas de toros, su origen...
110 Cfr. M. B onaparte o/^. cit., p. 52; cfr. L ot -F auc, op. cit., planchas II, VIL M. B onaparte , op. cit., p. 80.
111 Cfr. M. B onaparte op. cit., p. 56; cfr. 57-60; cfr. B reuil , op. cit., p. 427; W er- Cfr. infra, pp. 160 y ss.
NERT, op. cit., pp. 61-63. Cfr. Long -Falk, op. cit., p. 97, especialmente p. 128: «La Femme et la chasse».
112 Cfr. M. B onaparte, op. cit., pp. 76-79. Cfr. supra, p. 109.

134 135
trayecto que va del estado de la ostentación y de la agresividad viril
hasta la utilización de la palabra mágica y del verbo racional. La palabra
mágica y luego el lenguaje profano son el resultado de un largo proeso II. Los SÍMBOLOS ESPECTACULARES
de magia vicariante cuya práctica ritual del trofeo de cabezas o del ta­
lismán de cuernos es la manifestación primitiva. La conquista y el Así como el esquema de la ascensión se opone punto por punto, en
arrancamiento del trofeo es la primera manifestación cultural de la abs­ sus desarrollo simbólicos, al de la caída, de igual modo a los símbolos
tracción. Podría situarse como término medio en este trayecto que va tenebrosos se oponen los de la luz, y especialmente el símbolo solar.
del objeto natural y talismànico al signo ideal, la práctica del gesto ta­ Un notable isomorfismo une universalmente la ascensión a la luz, cosa
lismán, del que la cuerna o la mano nos proporcionan precisamente que hace escribir a Bachelard que «es la misma operación del espíritu
numerosos ejemplos: mano comuta^^^ de los italianos o mano fica que humano la que nos lleva hacia la luz y hacia la altura». Este isomorfis­
conjuran la mala suerte o que sirven para echar un maleficio; amuleto mo se le evidencia al psicólogo tanto en sujetos normales, que descri­
islámico en forma de mano abierta, o también gesto de la bendición y ben automáticamente los horizontes luminosos en la práctica de la ele­
del exorcismo judeocristaino, innumerables posturas corporales o sim­ vación imaginaria, horizontes «resplandecientes», «azulados y dora­
plemente manuales de la áscesis tántrica del Yoga, igual que el teatro d o s » c o m o en psicóticos, donde los procesos de gigantización imagi­
chino o japonés**^. Mediante el proceso de la vicariante, el símbolo se naria van siempre acompañados de «luz implacable... destelleante...
transforma primero en signo, en palabra luego, y pierde la semantici- enceguecedora... d e s p i a d a d a » « U n a vez (cuenta la esquizofrénica
dad en beneficip de la semiología. tratada por Séchehaye) me encontraba en la rsidencia y vi súbita­
\ En conclusión, los símbolos ascensionales nos parecen marcados por mente que la sala se tornaba inmensa y como iluminada por una luz
üa preocupación de la reconquista de un poder perdido, de un tono de- terrible, eléctrica y que no daba auténticas sombras...» En este caso pa­
) gradado por la caída. Esta reconquista puede manifestarse de tres formas tológico tenemos que vérnoslas con una obsesión angustiada de la luz,
/ muy próximas, y unidas por numerosos símbolos ambiguos e interme- de lo brillante y de lo liso, pero siempre unidos a la señalización de los
i diarios: puede ser ascensión o erección hacia un más allá del tiempo, objetos, de los seres y de los elementos. «El Esclarecimiento —confía la
\hacia un espacio metafisico cuyo símbolo más corriente es la verticali­ enferma— era la percepción de la irrealidad.» El hospital psiquiátrico,
dad de la escala, de los betilos y de la montaña sagrada. Se podría decir lugar de las revelaciones de este irreal, se convierte en «la casa de las
que en este estadio hay conquista de una seguridad metafísica y olím­ gentes iluminadas» y también: «yo le llamaba el país de la Ilumina­
pica. Puede manifestarse ésta, por otra parte, en imágenes más fulgu­ ción, a causa de la luz restallante, deslumbradora y fría, astral, y del es­
rantes, sostenidas por los símbolos del ala y de la flecha, y la imagina­ tado de tensión, extrema en que se encontraban todas las cosas, inclui­
ción se colorea entonces de un matiz ascético que hace del esquema del da yo misma»
vuelo rápido el prototipo de una meditación de la pureza. El ángel es La mayor parte de las religiones reconocen asimismo este isomorfis­
el eufemismo extremo, casi la antífrasis de la sexualidad. Por último, el mo de lo celeste y de lo luminoso: San Agustín o San Bernardo, el mís­
poder reconquistado viene a orientar esas imágenes más viriles: realeza tico anónimo autor de la Queste du Graal^^’’ , subrayan el isomorfirmo
¿eleste o terrestre del rey jurista, sacerdote o guerrero, o también cabe­ con tanta nitidez como los sujetos analizados por el psicólogo: «En lo
zas y cuernos fálicos, símbolos en segundo grado de la soberanía viril, más alto de la ciudad santa se yergue un templo prodigioso... ningún
: ímbolos cuyo papel mágico saca a la luz los procesos formadores de los viviente habita esas altas torres tan brillantes que parecen hechas de ra-
ignos y de las palabras. Pero esta imaginación del cénit trae a la mente
de modo imperioso, como bien ha mostrado Éliade*^®, a las imágenes ^21 B achelard, A/r, p. 55.
complementarias de la iluminación en todas sus formas. 122 Cfr. D esoille, Eploration; cfr. 70-74, 29-30; cfr. p. 31: «A medida que se repiten
las sesiones, las imágenes se vuelven cada vez más brillantes e inmateriales hasta no ser
más que UR*. impresión de luz intensa en la que formas muy simples y armoniosas apa­
recen como un juego de luz destacándose sobre un fondo deslumbrante de claridad... Es­
tas imágenes van acompañadas de un estado eufórico notable que el sujeto traduce por
las palabras de serenidad, felicidad.»
“ 8 Cfr. M. B onaparte, op. cit., p. 65. 123 Stcnm xYE, Jo u rn a ld ’une schizophrène, pp. 4, 5, 20, 21.
^^9 cfr. asimismo S. DE G ana Y, Una Graphie soudanaise du doigt du créateur, en 124 S échehaye o/;, cit., p. 6.
An Musée Guimet, t. CXXXIV, n .° 1, 1951, p. 46. El autor muestra la importancia de 125 o p , cit., p. 38.
la mano derecha a la que, por ejemplo, le está prohibido tocar el sexo, por que es sagra­ 126 Op. cit., p. 21.
da y en cierta forma m caria de Dios». 127 Citados por M. D avy op. cit., p. 100; cfr. B achelard, La Formation de FEsprit
120 Cfr. ÉUADE, Im ages et symboles, pp. 97-98. scientifique, p. 84.

136 137
yos de oro del sol.» En mesopotàmico, la palabra dingir, que significa dad .sin fenómeno», especie de nirvana visual que los poetas asimilan,
claro y brillante, es también el nombre de la divinidad celeste, lo mis­ ya sea al éter, al aire «purísimo», o bien, con Goethe, el Uphdnomen,
mo que en sánscrito la raíz div, que significa brillar y día, da Dyaus, o ya sea, con Claudel, al vestido de la «purissima» La psicología con­
dios y deivos o divus latino Los Upanishads, tan ricos en imágenes temporánea confirma, además, este carácter privilegiado del azur, del
de la flecha y de la ascensión rápida, están realmente llenos de símbo­ azul pálido. En el Rorschach, el azul .es el color que provoca menos
los luminosos; dios es llamado en ellos el «Brillante», «Destello y Luz choq.ues emocionales contrariamente al riégró e incluso al rojo y al
de todas las luces y lo que brilla no es más que la sombra de su brillan­ amarillo. Como han mostrado Goldstein y RoserithaD^^ los colores
t e z . . . » P o r último, para los bambara, que sin embargo son de raza fríos, entre ellos el azul, actúan en el sentido de un «alejamiento de la j
negra, el Dios bienhechor y supremo. Faro, está considerado como excita^^^^^ el azul realiza por tanto las condiciones ópticas para'cLre.:..^^_
«perteneciente a la raza b l a n c a » y su cuerpo es un compuesto de al­ poso y sc^re ^ d o para el netirq^ 1
bino y de cobre, metal brillante; su color emblemático es el blanco, y A esta tonalidad de azur de la luz uraniana, hay que añadir el ma- '
blancos son los bonetes de purificación de los circuncisos. Por otro lado, tiz dorado No obstante, téngase cuidado con este simbolismo de lo
el mito de Faro explica perfectamente el isomorfismo de los símbolos dorado que corre el riesgo de hacer bifurcar la imaginación hacia los
que estamos estudiando: Faro, al rehacer la creación manchada por la sueños alquímicos de la intimidad sustancial. No se trata aquí más que
nefasta Musso-Koroni, se dirige primero hacia el este, «el lugar de la del oro visual en cierta forma, del oro fenoménico, ese «oro color» del
blancura», y al comparar esta blancura luminosa con la que la edad que DieP^^ nos declara que es representativo de la espiritualización y
confiere a los cabellos, sólo por esta razón le da el nombre de «viejo», que tiene un carácter solar marcado. Hay, en efecto, dos significaciones
puesto que recorriendo el ciclo solar va hacia el Oeste, «país de las gen­ opuestas del oro para la imaginación, según sea reflejo o sustancia pro­
tes del sol c a í d o » E n esta cosmogonía inspirada por la luz. Faro se ducida por la Gran Obra pero estas significaciones se mezclan y dan
consagra a jerarquizar el cielo en siete cielos superpuestos, muy próxi­ a menudo símbolos muy ambiciosos. Tratemos de no tomar en consi­
mos a los imaginados por los chamanes o la tradición dantesca, siendo deración más que el oro como reflejo, y vemos que constela con la luz y
el más bajo el más impuro, aún manchado por las huellas de Musso- la altura, y que sobredetermina el símbolo solar. En este sentido es en
Koroni, mientras que el séptimo cielo es la morada real de Faro, donde el que hay que interpretar las numerosas imágenes de luz dorada que
reside el agua bautismal y purificadora y donde se refugia el sol. Desde abundan en La Chanson de Roland y que han inspirado a G. Cohén el
luego. Faro es por necesidad geográfica un «dios de agua»'^^ pero su título de su libro: La grande ciarte du Moyen Age. Además del notable
valorización positiva determina una constelación simbólica donde con­ isomorfismo del sol, de los cabellos y de las barbas blancas que no de­
vergen lo luminoso, lo solar, lo puro, lo blanco, lo real, lo vertical, jan de hacernos pensar en los atributos de Faro, no se trata más que de
atributos y cualidades que en última instancia son los de una divinidad riachuelo de sol, de jóvenes mujeres de cabellos de oro, de jinetes res-
uraniana.
Lo notable es que, en todos los casos citados, la luz celeste sea inco­ 135 Lamartine,' Hólderun , Goethe , Claudel, citados por Bachelard, op. cit.,
lora o poco coloreada. Frecuentemente, en la práctica del sueño despier­ pp. 197, 199, 201. Cfr. Simbolismo de la turquesa asimilada al fuego solar entre los an­
to, el horizonte se vuelve vaporoso y brillante. El color desaparece a tiguos mexicanos, S oustelle, op. cit., p. 71.
medida que el sujeto se eleva en el sueño y le hace decir: «Experimento 136 BoCHNER op: cit., p. 47. Contrariamente a lo que piensa Bohm (pp., cit., I,
p. 176). Este último, aunque reconociendo la grandísima rareza del «choque azul» decla­
entonces una gran impresión de p u r e z a » E s t a pureza es la del cielo
ra sin explicación: «En cierto sentido parece ser la réplica del choque negro.» Ahora bien,
azul y del astro brillante, y Bachelard ha mostrado perfectamente hay que tener en cuenta la saturación, y precisamente las planchas X y VIII del Rorschach
que este cielo azul, privado del tornasol de los colores, es «fenomenali- están tintadas de un azul medio que puede ser visto bien como azur y decolorado por la
luz, bien «azul noche». La lengua alemana no indica, como la francesa, estos matices de
^28 Cfr. Éliade, Traite, pp. 62, 68. intensidad, contrariamente a lo que pasa en los casos del «rojo» y del «rosa».
129 Mundaka Upan., II, 2 (7, 9, 10); III, 1 (4); III, 1 (7-8); III, 2 (1). 137 Cfr. K. Goldstein y O. Rosenthal, Zum Problem der Wirkung der Parben a u f
130 Cfr. D ierterlen op. cit., p. 27. der Organismus, pp. 10, 23 y ss.; cfr. D . I. Mason , Synesthesia an d Sound Spectra*, en
131 Op. cit., p. 29. Incluso en la simbólica de los antiguos mexicanos, donde el blan­ Word, vol. 8, n .° 1, 1952, pp. 4 l y ss.; cfr. R. L. Rousseau, Les Couleurs, pp. 42 y ss.,
co es el color del Oeste, la blancura está asociada, sin embargo, al color «de las primeras sobre el azul «color de la Sabiduría» y de la sublimación. Cfr. el poema del Mallarmé,
luces del día» y las víctimas de sacrificios humanos o de los dioses resucitados, como L 'Azur.
Tlauizcalpantécutli, son representados con ornamentos blancos; cfr. S oustelle op. cit., 138 Cfr. L. R ousseau, op. cit., pp. 128 y ss., el «dorado» en tanto que color cercano
pp. 7 2, 73, 75. al amarillo.
132 Cfr, G riaule, Dieu d'eau, pp. 20 y ss. 139 Cfr. D iel, Le symbolisme dans la mythologie grecque, p. 176.
140 Cfr. infra, p. 2 4 9 . Sobre el simbolismo del «amarillo» solar, cfr. So u S T E L L E , op.
133 D esoille op. cit., pp. 70-74; cfr. B achelard, Kev. volonté, p. 399.
134 Cfr. '?iK C W U .K »B ,L'air et les songes, p. 194. cit.. p. 70.

138 139
plandecientes, de trajes y de barbas «blancos como flores en espi­ que el sol significa ante todo luz y luz suprema. En la tradición medie­
nos» Lo dorado es, por tanto, sinónimo de blancura. Esta sinonimia val, Cristo es comparado constantemente al sol, es llamado «sol
es aún más nítida en el Apocalipsis^ donde la imaginación del apóstol salutis», «sol invictus» o también, es una clara alusión a Josué, «sol oc-
visionario une a una notable constelación los cabellos blancos como la casum nesciens», y según San Eusebio de Alejandría los cristianos, has­
nieve, como la lana, los ojos resplandecientes y los pies brillantes del ta el siglo V, adoraban al sol levante El sol naciente es además com­
Hijo del hombre, su faz «resplandeciente como el sol» y la corona dora­ parado frecuentemente con un pájaro. En Egipto, el dios Atum se llama
da, la espada y las diademas Los dioses uranianos de los buriatos y «el gran Fénix que vive en Heliópolis» y tiene a gala haberse «ceñi­
de los aitai, tanto del Upanishad como del culto mitriático, poseen do él mismo su cabeza con la corona de plumas». Rá, el gran dios solar,
atributos d o r a d o s ¿No toma acaso Zeus la apariencia de una lluvia tiene cabeza de gavilán, mientras que para los hindúes el sol es un
dorada para engendrar al héroe sauróctono Perseo? La conquista de las águila, y a veces un cisne El mazdeísmo asimila el sol a un gallo que
manzanas doradas de la Hespérides es una hazaña solar, realizada por anuncia el alba del día, y nuestras campanas cristianas llevan todavía
un héroe solar, y la diosa del «casco de oro», la viril Atenea, es hija de ese pájaro que simboliza la vigilancia del alma a la espera de la venida
la frente de Zeus*'^'^. Por último, en la simbólica alquímica se pasa del Espíritu, el nacimiento de la Gran Aurora Es aquí donde está el
constantemente de la meditación de la sustancia oro a su reflejo, el poder benéfico del sol naciente, del sol victorioso de la noche que es
oro, por mediación de su resplandor, que posee «las virtudes dilatadas magnificada, porque no hay que olvidar que el astro puede tener en sí
del sol en su cuerpo», y el sol que por eso se convierte de modo com­ mismo un aspecto maléfico y devorador'” , y en este caso ser un «sol
pletamente natural en el signo alquímico del oro*'*^ Gracias a lo dora­ negro». La ascensión luminosa valoriza positivamente el sol. E l Oriente í
do, el oro es «gota de luz» es un término cargado de significacionies bienhechoras en el lenguaje |
El sol, y especialmente el sol ascendente o levante, será, por tanto, del joyero, que califica con ese nombre el resplandor de la perla, como I
por las multitudes, sobredeterminaciones de la elevación y de la luz, en la terminología cristiana o masónica. Egipcios, persas y cristianos se '
del rayo y de lo dorado, la hipóstasis por excelencia de los poderes ura­ vuelven hacia el Oriente para rezar porque, según dice San Agustín,
nianos. Apolo sería el dios «hiperbóreo» tipo, dios de los invasores in­ «el espíritu se mueve y vuelve hacia lo que es más excelente». En
doeuropeos, la heliolatría triunfante en la época hallstatiana al mismo Oriente se sitúa el paraíso terrestre, y es allí donde el salmista sitúa la
tiempo que el culto del fuego y del cielo Bajo el nombre de Apolo ascensión de Cristo, y San Mateo el retorno de Cristo‘^4 Como escribe
(Appellón), Dontenville detecta la idea, si no el fonetismo, del Bel M. Davy al comentar la orientación a d orientem del templo cristiano,
céltico. Bel, Belen o Belinus significaría «brillante, resplandeciente», el oriente designa la aurora y posee el sentido de origen, de despertar:
que da el bretón balan que denomina la retama de flores de oro. Sería «en el orden místico, Oriente significa iluminación»
la vieja palabra Belen la que inequívocamente designaría el sol, mien­ La tradición de los antiguos mexicanos confirma esta tradición me­
tras que la raíz sol sería ambigua, divinidad femenina (cfr. alemán: die diterránea. El Levante es el país del nacimiento del sol y de Venus, el
Sonne)f dea sulis anglosajón. Habría habido asimilación por mediación país de la resurrección, de la juventud. Es allí, «del lado de la luz»
de la raíz si entre la luna (selène) y el replandor solar (sélas) Esa va­ (Tlapcopa), donde el dios Nanauatzin y el Gran Dios Quezalcoatl, re­
cilación y esa asimilación muestran nítidamente el fenómeno de conta­ sucitados después de su sacrificio, reaparecieron el uno en sol, el otro
minación posible de las imágenes, que pondremos de relieve en los ca­ bajo el aspecto de planeta Venus. Es allí igualmente donde se sitúa el
pítulos consagrados a la medida del tiempo. Sea como fuere, parece paraíso terrestre (Tlalocan). Mediante este ejemplo del Oriente mexica­
no, puede mostrarse la diferencia que hay entre arquetipo y un simple
E. Bruyne, Études d'esthétique médiévale, III, pp. 13, 14.
simbolismo debido a un incidente local: el color arquetípico del Orien­
142 Apocal., I, 12; XIV, 14; X IX , 12-13; XIX, 22. Cfr. Marc., IX, 2, 3 ,4 . te es en México, como en otras partes, el rosa o el amarillo de la aurora,
143 c í r . ÉUADE, Traité, p. 62; M undaka Upan., II, 25 y ss., y cfr. J ung , Libido, pero por una razón geográfica, la situación del golfo al Este de México
p. 97.
144 Cfr. D iel op. cit., pp. 102, 209; Cfr. L. Rousseau, op. cit., p. 131; Le Jardin des
Hespérides. 150 Cfr. D avy, op. cit., pp. 40, 111 \Josué, I, 13; cfr. J ung , Libido, p. 99.
145 Cfr. Bachelard, La Formation de l'esp rit scientifique, pp. 135, 143; cfr. Hutin , 151 J ung , Ltbtdo, p. 82; cfr. IÓiappe, op. ctt., p. 83; cfr. el sol y el águila entre los
V Alchimie, pp. 25-71. antiguos mexicanos, Soustelle op. cit., p. 2 \.
1^^ Lanza DEL Vasto, Commentaires des évangiles, p. 137. 152 Cfr. M. D avy op. cit., pl. XI, p. 143; cfr. J ung , op. cit., p. 330; cfr. Arbould de
147 Cfr. PiGANIOL, op. cit., pp. 101-104. G rémilly, Le Coq, pp. 48 y ss.
148 Cfr. D ontenville o/^. cit., p. 90. 153 Cfr. supra, p. 71.
14S> op. cit., p. 94; cfr. J ung , Libido, p. 82. El autor se complace en relacionar 154 Cfr. Gén., II, 8; Salmos, LXVIII, 34; M at., XXIV, 27.
«Schwan», el cisne, pájaro solar, con «Sonne». 155 M. D avy, op. cit., p. 142.

140 I4l
y las montañas lluviosas al Este de la ciudad de México, el Este es deno­ psicològica que Freud llama el «superyo», es decir, mirada inquisidora
minado también «el.país verde»; de este modo, como dice Soustelle^^^ de la conciencia moral. Este deslizamiento de la luz, del halo luminoso
«la imagen solar y la imagen acuática vegetal... vienen a coincidir, a la mirada, nos parece muy natural; porque es normal que el ojo, ór­
abarcando esa región del golfo que es a la vez el país del sol rojo en su gano de la vista, se asocie al objeto de la visión, es decir, a la luz. No
levante y el del agua verde y azul...». En cuanto al sol en el Cénit, to­ nos parece útil separar, como hace Desoille, la imagen del ojo del sim­
ma el nombre del gran dios guerrero de los aztecas, Uitzilopochtli, que bolismo de la mirada. Según este autor la mirada sería el símbolo
aniquiló a la diosa de las tinieblas Coyolxauhqui y las estrellas Él del juicio moral, de la censura del «superyo», mientras que el ojo no se­
mismo fue engendrado por la diosa tierra y el alma de un guerrero sa­ ría más que un símbolo debilitado, significativo de una vulgar vigilan­
crificado convertida en c o l i b r í D e este modo se encuentran unidos cia. Pero nos parece que una mirada se imagina siempre más o menos
en un emocionante isomorfismo el sol, el Este y el cénit, los colores de en forma de ojo, aunque sea de ojo cerrado. Sea como fuere^^ojojjmL^
la autora, el pájaro y el héroe guerrero alzado contra las potencias noc­ rada csiátL-SÍ£mpi£,.aiQÍdQs..a la trasccnd^iaeia. eso es lo que constata
turnas. tanto la mitología universal como el psicoanálisis. Un filósofo como Al-
Al simbolismo del sol se une finalmente el de la corona solar, la co­ quié capta bien esta esencia de la trascendencia que subtiende la vi­
rona de rayos, atributo de Mitra-Helios que aparece en las monedas ro­ sión: «Todo es visión: ¿quién no comprende que la visión sólo es posi­
manas desde el momento en que César adopta el título de comes solis ble a distancia? La esencia misma de la mirada humana introduce en el
invicti y culmina en la iconografía francesa del «Rey Sol» Desde lue­ conocimiento visual alguna separación...»^^L Y Baudouin, al analizar
go, la imagen de la corona y de la aureola se anastomosará en la conste­ lo que él denomina el «complejo espectacular», muestra que este últi­
lación simbólica del círculo y del Mandala^^^'^ en numerosas tradiciones. mo reúne «ver» con «saber» en el seno de una intensa valorización del
Pero en su origen, la corona, como la aureola cristiana o búdica, parece superyo que no deja de recordar la «contemplación monárquica» cara a
ser solar. De igual modo, la tonsura de los clérigos y la corona de las B a c h e l a r d El superyo es ante todo el ojo del Padre, y más tarde el
vírgenes (la primera existía ya entre los sacerdotes egipcios del sol), tie­ ojo del rey, el ojo de Dios, en virtud del vínculo profundo que estable­
nen una significación s o l a r Bachelard descubre perfectamente el ce el psicoanálisis entre el Padre, la autoridad política y el imperativo
auténtico sentido dinámico de la aureola que no es sino «la conquista moral. Así es como la imaginación de Víctor Hugo, a pesar de polariza­
del espíritu que toma poco a poco conciencia de su claridad... la aureo­ ciones maternas y panteístas poderosas, vuelve sin cesar a una concep­
la realiza una de las formas del éxito contra la resistencia a la subida» ción teológica paternal de Dios «testigo», contemplador y juez, simbo­
En conclusión, el isomorfismo de la luz y de la elevación se habría con- lizado por el ojo famoso que persigue al criminal Caín. Y a la recípro­
densado en el simbolismo de la aureola, así como en el de la corona, y ca, el engañador, el malvado, el perjuro debe ser ciego o cegado, como
estos últimos, tanto en la simbólica religiosa como en la simbólica polí­ lo atestiguan los versos célebres de L 'Aigle du Casque o de Les Châti­
tica, serían la cifra manifiesta de la trascendencia. ments"^^^. Pero sabemos que no es preciso apelar al arsenal edipico pa­
ra asociar el ojo y la visión al esquema de la elevación y a los ideales de
la trascendencia; recordamos que es de una forma completamente fisio­
lógica como los reflejos de gravitación y el sentido de la verticalidad
Durante los experimentos de sueño despierto aparecen muy a me­ asocian los factores cinésicos y coenestésicos a los favores visuales
nudo imágenes de la aureola. Los personajes imaginados, durante su Una vez que la orientación está establecida en relación con la gravita­
imaginaria ascensión, tienen un rostro que se transforma, se transfigura ción, los signos visuales, por suplencia condicional, pueden servir a la
en «halo de luz intensa» y al mismo tiempo la impresión constante­ vez para determinar la posición en el espacio y el equilibrio normal.
mente experimentada por el paciente es la de la mirada. Mirada que, Sobre este punto, como sobre tantos otros, las motivaciones edípicas
según Desoille'^’\ es representativa justamente de esa trascendencia vienen a constelar con los engramas psicofisiológicos.

^56 SOUSTELLE op. cit., pp; 58 y ss. ^64 Op, cit,, p. 91.
^57 o p , cit,, p. 59. ^65 Alquié, Philosophie du Surréalisme, p. 185; cfr. G. D urand, Le Décor mythi­
op. cit., pp. 23-24. que.
159 Cfr. J ung , Libido, pp. 84, 97. 166 B audouin, V. Hugo, pp. 47, 179; cfr. del mismo autor: Psychanalyse de l'A rt,
1^® Cfr. infra, p. 235. primera parte, capítulo V, y Le Triomphe du héros, pp. 42 y ss., 49, 101, 121, 150 y ss.;
161 Cfr. M. D aby, op. cit., p. 181; J ung, op. cit., p. 84. supra, p. 128.
162 V>kCtm.ssxy,VAir et les songes, pp. 67-68. 167 Cfr. B audouin, V. Hugo, p. 180.
163 Cfr. D esoille, Explor., p. 90. 168 Cfr. supra, pp. 115 y ss.

142 143
La mitología confirma asimismo el isomorfismo del ojo, de la vi­
sión, y de la trascendencia divina. Varuna, dios uraniano, es denomi­ queado por Tur el manco, y Horacio Coclés, el cíclope, el mago que
nado sahasraka, que significa «el de los mil ojos» y, como el dios hugo- lanza con su único ojo terribles miradas, es inseparable de Mudo Scé-
liano, es a la vez el «que lo ve todo» y el que está «ciego» Asimismo, vola el de la mano sacrificada. Dumézil '77 pretende que Odín ha acep­
Odín el clarividente —que es asimismo tuerto, y dentro de poco vamos tado perder uno de sus ojos carnales, materiales, para adquirir el verda­
a explicar esa singularidad— es el dios « e s p í a » E l Yaveh de los Sal­ dero saber, la gran magia, la visión de lo invisible. Ha entregado su ojo
mos es aquel al que no se puede ocultar nada: «Si subo a los cielos, tú al brujo Mimir, que cada día le permite beber de la fuente de habili­
estás allí; si me acuesto en el más allá, allí estás t ú .,.» ‘''. Entre los fue- dad. El sacrificio del ojo, que se encuentra también en las leyendas de
ginos, los bosquimanos, los samoyedos y numerosas poblaciones, el sol Dhritaráshtra y Yudhishtika o de Savitri y Bhaga, es el medio de refor­
está considerado como el ojo de Dios. El sol Surya es el ojo de Mitra y zarla visión y de conseguir la visión mágica. Comprobamos que la extre­
de Varuna; entre los persas, es el ojo de Ahura-Mazda; entre los grie­ mada valorización intelectual y moral del órgano visual entraña su
gos, Helios es el ojo de Zeus; en otras partes, es el ojo de Ra, el ojo de oblación, dado que el órgano carnal se sublima y que una segunda vis­
Alá Krappe observa muy oportunamente que uno se desliza fácil­ ta, arquetípica en el sentido platónico de este término, viene a substi­
mente del «ojo que ve los crímenes» al de quien venga los crímenes; así tuir a la visión común. El sacrificio oblativo del ojo, que se encuentra
como se deslizaba de la altura del Altísimo a la función social del sobe­ en los Evangelios es una sobredeterminación de la visión en viden­
rano, se pasa de la imagen del clarividente a la función del juez, y qui­ cia. Volveremos detalladamente'7‘^ sobre este proceso de inversión de
zá a la del mago. El Prometeo de Esquilo llama al disco solar «el que lo valores por el sacrificio, que está muy cerca del procedimiento lingüísti­
ve todo», y Krappe cita numerosos casos en los que el ojo solar es al co; de eufemización que se denomina litote. En el seno de este proceso
mismo tiempo el justiciero. En Babilonia, Shamash es el gran juez, de sublimación que sacrifica el soporte material de la metáfora para
mientras que entre los koriak y los japoneses, el cielo es, o bien el gran conservar únicamente el sentido puro, captamos una especie de plato­
«vigilante», o el testigo de los crímenes más secretos'^**. Por tanto, el nismo anterior a Platón, y es en esta perspectiva idealista donde la pa­
isomorfismo del sol uraniano y de la visión suscita siempre intenciones labra y el lenguaje, herederos del vocabulario simbólico de la vista, van
intelectuales, cuando no morales: la visión es inductora de clarividencia a sustituir en cierta forma a la visión en tanto que videncia, intuitus su­
y sobre todo de retitud moral. En óptica, el rayo luminoso es directo y premo y suprema eficacia. La misma inclinación idealista es la que dota
derecho en toda la acepción de estos términos. La nitidez, la rapidez, a la contemplación iluminada y al discurso de un efectivo poder: en
la rectitud de la luz, tanto como de la soberana rectitud moral. La in­ Platón, la visión mítica es el contrapunto de la dialéctica verbal; de­
tuición poética encuentra este isomorfismo cuando, invocando a «Me­ mostrar es sinónimo de mostrar
diodía el Justo», escribe con nitidez: En los cinco primeros versículos del Evangelio platónico de San
Juan la palabra está explícitamente asociada a la luz «que luce en las
... admirable justicia tinieblas», pero el isomorfismo de la palabra y de la luz es mucho más
de la luz la de las armas sin piedad... primitivo y universal que el platonismo de San Juan. Los textos upanis-
hádicos asocian constantemente la luz, en ocasiones el fuego, con la
Este isomorfismo da cuenta en nuestra opinión, parcialmente, de la palabra, y en las leyendas egipcias, como entre los antiguos judíos, la
singularidad de numerosas leyendas indoeuropeas en las que la Omni­ palabra preside la creación del universo. Las primeras palabras de
potencia es tuerta. Ya hemos insistido en las valencias peyorativas de la Atoum, como las de Yaveh, son un «fiat lux»"'^ Jung muestra que la
c e g u e r a P e r o aquí, en el proceso de eufemización de esta lisiadura, etimología indoeuropea de «lo que luce» es la misma que la del térmi­
lo que sorprende es que el personaje tuerto nunca está solo, y perma­ no que significa «hablar»: esta similitud se encontraría en egipcio.
nece intacto en sus demás cualidades físicas. Odín el tuerto está flan- Jung, relacionando el radical sven con el sánscrito svan que significa
zumbar, concluye incluso que el canto del cisne (Schwan), pájaro solar,
no es más que la manifestación mítica del isomorfismo etimológico de
169 Cfr. K igV eda, V ili, 34-10, y É uade ,, Im ages et sym boles, p. 127.
170 Cfr. D umézil, D ieux des Germ ains, pp. 21, 29; cfr. A t. Ved., IV, 16.
171 Salm o, C X X X IX , 7-8. ^77 D umézil, Indo-Europ., p. 160; c f r ./. Ai. Q ., IV, p. 81, y M. V., p. 149
172 Cfr. É uade , Traité, pp. 119-120. 178 Cfr. M a t.,V , 29-30.
173 K rappe, op. cit., p. 89. 179 Cfr. infra, pp. 292-293.
174 Cfr. op. cit., p. 90. 186 C íi.P ^sm Q m , Les M ythes de Platon, pp. 11, 144, 168-169.
175 V aléry, Poésies, p. 147. 181 Ju an , I, 1-18.
176 Cfr. supra, p. 87. 182 Gen, I, 3; cfr. en H ist. Gen. R elig., I, artículo de D esroches-N oblecourt,
p. 253; cfr. K ena U pan., I, 1; I, 7.
144
1 45
la luz y de la palabra Es que la palabra, como la luz, es hipóstasis trantrismo para el cual la meditación puede apoyarse indiferentemente
simbólica de la Omnipotencia. En el Kalevala, es el bardo eterno Wai- en la contemplación de iconos divinos o en la recitación de los mantra.
namoinen quien posee las runas y por ello ostenta el poder, del mismo En última instancia, estos mantra pueden ser puras fórmulas mágicas
modo que Odín, el Varuna tuerto de los germanos, obra por la magia reducidas a la proporción de un talismán, como en la práctica lamaica
de las Junas El nombre mismo de Varuna sería del mismo origen que de las banderas y de los molinillos de rezo^^^ Ahí incluso se constata
el vocablo runa (wr-u-na); en finés, runo significa «canto épico»; en le­ una dicotomía de intención intelectualista: porque mantra y dharani
tón, runat quiere decir «hablar», y en irlandés, run significa «secre­ tienen un segundo sentido oculto, y sólo revelan su secreto bajo cier­
t o » L a s runas son a la vez signos y fórmulas que el Gran Dios in­ tas condiciones. Éliade^^^ compara además este doble sentido con el
doeuropeo habría obtenido tras una iniciación de tipo chamánico, es lenguaje «secreto» de los chamanes e incluso con el proceso metafisi­
decir, que implicaba prácticas ascensionales y sacrificiales Odín es co de toda poesía, tanto de la palabra evangélica como del «error» se­
llamado a veces «el dios del bien decir», y el desdoblamiento del rex, mántico grato a Verlaine. Cada divinidad posee un btga-mantra, un
caro a las tesis dumézilianas, deja aparecer una especialización de una soporte verbal que es su ser mismo y que uno puede conseguir recitan­
mitad del poder real en facultad de decir bien, de llamar correctamen­ do el mantra. Como subraya Éliade un mantra es un símbolo en el
te a las cosas. El flam en latino y su homólogo sánscrito el brahmán^ do­ sentido arcaico del término: es al mismo tiempo la realidad simboliza­
blete del rex, significa «fórmula sagrada» Este isomorfismo de la da y el signo simbolizante. Es, en cierta forma, un condensado semán­
omnipotencia celeste y de la utilización del verbo es manifiesto en cul­ tico y ontològico. De ahí la omnipotencia del nombre, del vocablo,
turas tan alejadas como la cultura hindú y la de los bambara. En la tra­ que llega incluso hasta la utilización del retruécano que se encuentra
dición upanishádica. Brahmán se manifiesta primero como nombre sa­ en numerosas culturas y especialmente en el antiguo Egipto Por
grado; esa palabra eterna sería sphota, causa real del universo. Según otro lado, este símbolo puede ser indiferentemente visual o fonético:
M. Choisy Sphota, el Logos hindú, vendría de sphout, que significa «Entre el mantrayana y la iconografía hay una correspondencia perfec­
crujir, estallar, pariente próximo del adjetivo sphonta que quiere decir ta» Aquí volvemos a encontrar el isomorfismo de la visión y de
abierto, florido, puesto en evidencia, y el sentido de sphota sería final­ la palabra. Se puede partir, bien del soporte iconográfico, bien del
mente «estallar bruscamente como un grito». Sphota sería por tanto el vehículo» audiofónico que constituye el mantra para asimilar el jugo
Brahmán en persona bajo la forma del Nada-Brahman, del Brahman- ontològico contenido en el semantismo.
palabra. Y según M. Choisy*®^, el Logos indio puede reducirse a su pri­ Sin detenernos en el parentesco del mantra indio y tibetano con el
mordial Qabda, que es el propio Brahmán, ^.abda está unido en su dhikr musulmán, encontramos una valorización homóloga del isomor­
producción misma al aire vital, prana, y el dominio d e pràna que ense­ fismo entre lo visual y el sonido hablado o cantado en las culturas
ña el yoga es al mismo tiempo dominio de ^abda. Aquí volvemos a africanas de los dogon y de los bambara Entre los bambara, por
encontrar el isomorfismo de las imágenes aéreas y neumáticas y de los ejemplo, las divisas tienen un poder efectivo, cuando son pronunciadas
atributos del poder, tal como lo han estudiado Jung y Bachelard De por el jefe. Es el aire «al salir de la boca... el que se transforma en un
ahí la técnica tan importante de la recitación de los mantra, palabras buen nyama [fuerza]» que penetra el cuerpo del dios «por las pupilas y
dinámicas, fórmulas mágicas que por el dominio del aliento y del ver­ las orejas». La divisa y su pronunciación transforman el tere [fuerza
bo domeñan el universo. Esta recitación conduce asimismo a fenóme­ unida al cuerpo] en nyama. Con malas palabras, los hechiceros pueden
nos de videncia, encontrando de esta forma la imaginación el isomor­ provocar la muerte, mientras que las buenas fórmulas, correctamente
fismo aire-palabra-visión Este isomorfismo es aún más notorio en el pronunciadas, curan las enfermedades. Asimismo, como muy bien dice

punto de vista de la arquctipología; sphn se descompondría según la Cabala en s, «ima­


gen del arco»; en ph, «boca, palabra»; en phov, «aliento».
Cfr. J ung , Libido, pp. 155 y ss. ^92 cfr. Éliade, Yoga, pp. 218, 252, y Chamanisme, p. 99.
^84 Cfr. Kalevala, canto V I I I . y Leía , Contes, p. 95. 193 Éliade, Yoga, p. 219.
Cfr. D umézil, Germains, p. 24, nota 3. 194 ÉLIADE, op. cit., p. 220.
186 D umézil, D ieux des Germains, p. 25; cfr. G ranet, Pensée chinoise, p. 32 y ss., 195 Por ejemplo, cuando la mitología egipcia hace nacer a los hombres de las lágri­
sobre la concepción china de la palabra-emblema dotada de eficacia real. mas de Ra, no hay más que un juego de palabras entre remytl (lágrima) y rómet (hom­
187 D umézil, op. cit., p. 30; cfr. D umézil, Indo-Europ., p. 21. bre). Cfr. en Hist. Gén. R eli., I, p. 253. Cfr. Z immer, Mythes et symboles dans l'art de
188 M. Choisy, M étaphysique du Yoga, I, p. 219; cfr. Maitrayana Upan., VI, 28. la civilisation de l'Inde, p. 196; sobre el calembour Çiva, Çava; cfr. M at., XVI, 13-19-
189 Op. cit., I, p. 220. 196 Éliade, op. cit., p. 220.
190 Cfr. J ung , Libido, pp. 95-96, y B achelard, Air, pp. 19-20 y 146. 197 Cfr. artículo de S. de G anay, «Les Devises des Dogons» {Tr. et m. Inst. Ethnog.,
191 M. CoHiSY op. cit., I, p. 89, da una etimología muy curiosa de sphota propuesta XLI, 1942).
por Fabre d ’Oliver, etimología que, pese a su fantasía lingüística, es muy seria desde el
147
146
G. Gieterlen «la institución de la divisa tiene por efecto confirmar a te»? Esta contaminación del intercambio lingüístico por el comercio
los seres en su estado corporal y social». La perennidad del símbolo sexual nos parece, no obstante, secundaria, y derivativa de los ideales
confirma la perennidad de las cosas. Antes de tomar una acepción mo­ de poder, incluido el poder sexual, que implica la constelación espec­
ral de fidelidad, la palabra dada posee la acepción lógica más general tacular que acabamos de estudiar.
de identidad. Y, al humilde nivel de la emblemática de los bambara, Como conclusión de este capítulo, podemos escribir que hemos
se constata con total nitidez que el verbo es constitutivo de un cierto constatado una gran homogeneidad en esta constelación espectacular,
ser según un orden de rectitud cuyo arquetipo sigue siendo la luz. Es vinculada a su vez al verticalismo ascensional. El mismo isomorfismo
demasiado afirmar que las palabras pasan y lo escrito queda, puesto semántico agrupa los símbolos de la luz y los órganos de la luz, es de­
que uno y otras son los prototipos isomorfos de la constancia y de la cir, los atlas sensoriales que la filogénesis ha orientado hacia el conoci­
identidad. En efecto, hay completa reciprocidad entre la palabra y un miento a distancia del mundo. Mas si los preceptos visuales y audiofó­
signo visual. Una especie de prealfabeto aritmético existe entre los ba­ nicos son dobletes vicariantes y mágicos del mundo, hemos constatado
mbara, la primera cifra, «la cifra del dominio y de la palabra», que es­ que rápidamente son duplicados a su vez por el potencial de abstrac­
tá asimilada al jefe, a la cabeza, a la conciencia, al Gran Dis Faro*‘^‘\ ción que vehiculan. La palabra pictográfica o fonética es sublimación
Y tan cierto es, que la semiología a duras penas puede separarse de la abstracta del precepto. Es este proceso de desdoblamiento, lo que ya
rsçînântica de la que procede. habíamos visto actuando a propósito de los símbolos de la soberanía tal
Se ve por tanto que la palabra, homólogo del Poder, es isomorfa en como la concibe D um éziP°\ y lo que una vez más acabamos de consta­
numerosas culturas de la luz y de la soberanía de arriba. Este isomorfis- tar con ocasión del fenómeno lingüístico en su conjunto y de la magia
mo se traduce materialmente por las dos manjjfataciones posibles del vicariante de los mantra y de las runas: ese proceso es el que hay que \
j¿erj3jo:.ia. esefi al menos el emblema pictograficcTpoï lJfi'lado, el examinar ahora. Incluso en el dominio de lo imaginario, la claridad va '
lónetismo por otro. La intelectualización de los símbolos y la lenta acompañada por los procedimientos de la distinción La espada viene
transTónnacÍoírde lo semántico en semiológico sigue por tanto el cami­ a acompañar al cetro, y los esquemas diairéticos vienen a consolidar los
no de la filogénesis evolucionista que privilegia en la especie humana esquemas de la verticalidad. Toda trascendencia va acompañada de
los (^os-atlas'^ensoriales: visüál' y”audiofónÍGO^°°. No obstante, al lado métodos de distinción y de purificación. Esto es lo que ya nos permitía
de este isomorfismo intelectualizante del verbo, hemos de señalar una entrever la ascesis catártica de la ascensión alada y la propensión del pá­
anastómosis posible del lenguaje y de la sexualidad. En efecto, a me­ jaro a transmutarse en ángel, es lo que va a confirmar el estudio de los
nudo eWerbo es asimilado al simbolismo del hijo, por mediación del procedimientos de separación, de los «distingo» clasificadores y jerar­
simbolismo.-^ dios del fuego mismo, Gibil asirio o quizantes, en cuyo esquema radican tanto los rituales de purificación
simplemente diosa masculinizada como Atenea. Esto es lo que legitima como los rudimentos de clasificación gramatical y lógica.
el acercamiento que Lévi-Strauss puede establecer entre el lenguaje y
la reglamentación de la sexualidad conyugal en la práctica universal de
la exogamia. Aunque este antropólogo no tiene en cuenta más que el III. Los SÍMBOLOS DIAIRÉTICOS
aspecto formal y sintáctico de estos dos medios de comunicación social,
nos parece sin embargo una vez más que el fondo y el semantismo Esquemas y arquetipos de la trascendencia exigen un procedimien­
pueden hacer comprender la sintaxis. En Nueva Caledonia, «la mala to dialéctico: la segunda intención que los guía es segunda intención
palabra» es también el adulterio; numerosas tribus clasifican los abusos polémica que los enfrenta a sus contrarios. La ascensión es imaginada
del lenguaje entre los crímenes relativos a la infracción sexual; «lengua­ contra la caída y la luz contra las tinieblas. Bachelard ha analizado per­
je y exogamia presentan dos soluciones a una misma situación funda­ fectamente este «complejo de A t l a s » c o m p l e j o polémico, esquema
mental»: ¿no cabe, pues, discernirse asimismo una motivación semánti­ del esfuerzo verticalizante, del sursum, que va acompañado de un sen­
ca de este isomorfismo, dado que la psicopatología, la historia de timiento de contemplación monárquica y que disminuye el mundo pa-
las religiones, nos muestran numerosos casos donde la palabra está
pura y simplemente asimilada al poder sexual y el verbo a la «simien- 202 Cfr. JU N G , lib id o , p. 46, sobre el origen sexual de Pneuma, pp. 95-96; cfr. Hist.
gen. relig., I, p. 253.
203 Cfr. supra, pp. 130 y ss.
198 G. D ieterlen, op. cit., pp. 77-79. 204 Subrayairios aquí que el cartesianismo, como el platonismo, puede poseer una co­
199 cfr. D ieterlen, op. cit., p. 211. herencia isomórfíca. Para Descartes y para Platón el Régimen diurno se ha convertido en
200 Cfr. Pradines, Traite, II, I, pp. 206-207. la mentalidad piloto de Occidente; cfr. infra p. 171.
201 Lévi-Strauss, Struct., parenté, pp. 611 y ss. 205 Cfr. B achelard, Rév. volonté, p. 390.

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es símbolo del sentimiento de poder y no es sentida como enfermedad
ra exaltar mejor lo gigantesco y la ambición de las ensoñaciones ascen-
o vergonzosa ausencia por el hombrecillo. En este sentido es en el que
sionales. El dinamismo de tales imágenes prueba fácilmente un belico­
se unen en una especie de tecnología sexual las armas cortantes o puní
so dogmatismo de la representación. La luz tiene tendencia a hacerse
tiagudas y las herramientas aratorias. Unas y otras son la antítesis diaii
j rayo o espada, y la ascensión a pisotear a un adversario vencido. Ya se
rética del surco o de la herida feminizada. Como lo muestra una vasija
dibuja en filigrana, bajo los símbolos ascensionales o espectaculares, la
del Museo de F l o r e n c i a y la etimología misma, el arado de los anti­
figura heroica del luchador afianzándose contra las tinieblas o contra el
guos griegos es, como el garrote de los australianos, un instrumento fá-
abismo. Esta dicotomía polémica se manifiesta frecuentemente en las
lico. En las lenguas austroasiáticas, la misma palabra significa falo y
experiencias del sueño despierto en las que el paciente inquieto decla­
azada, y Przyluski^^^ ha sugerido que ese vocablo mismo sería el origen
ra: «Yo estoy en la luz, pero mi corazón está totalmente negro»
del sánscrito làngulà, que significa mango, azada o cola, y de Unga, que
Asimismo, las grandes divinidades uranianas están siempre amenaza­
simboliza el falo. Eliade llega a citar incluso, junto a textos asirios, la
das y por eso permanecen siempre alerta. Nada es más precario que
expresión rabelesiana «miembro que se denomina labrador de la natu­
una cima. Estas divinidades son por tanto polémicas, y PiganioP®^
raleza» y la lengua ruda como el patois de nuestros campos viene a con­
quiere ver en esta divina animosidad el origen histórico, para la cuenca
firmar esta asimilación recíproca de los instrumentos aratorios con la se­
del Mediterráneo, del mito de la victoria del caballero alado sobre el
xualidad masculina. Más interesante aún es ese ritual australiano que
monstruo hembra y crónico, la victoria de Zeus sobre Crpnos. El héroe
marca el isomorfismo del falo, la flecha y la reja. Armados con flechas
solar es siempre un guerrero violento y se opone en esto al litroe lunar
que blanden a la manera de falo, los australianos danzan alrededor de
que, como veremos, es un r e s i g n a d o E n el héroe solar, son las haza­
una fosa,* símbolo del órgano femenino, y al final hincan los palos en
ñas las que cuentan más que su sumisión a la orden de un destino. La
tierra ¿No se debería a este isomorfismo del arma y de la herramien­
revuelta de Prometeo es arquetipo mítico de la libertad de espíritu. El
ta aratoria y fecundante las interferencias culturales frecuentes entre «la
héroe solar desobedece de buen grado, rompe sus juramentos, no pue­
fuerza combatiente y la fecundidad» que Dum éziP’^ subraya refirién­
de limitar su audacia, como Hércules o el Sansón semita. Podría decirse
dose a Marte-Quirino? A este respecto, Dumézil da el sabio consejo de
que la trascendencia exige este descontento primitivo, este movimiento
distinguir bien entre el modo de la acción marcial, irrefutablemente
' de humor que traduce la audacia del gesto o la temeridad de la haza-
guerrera, y los numerosos puntos de aplicación de esta acción. Dicho
^ña. La trascendencia esta por tanto siempre armada, y ya hemos encon­
en otros términos, explicar por el esquema más que por el compromiso
trado ese arma trascendente por excelencia que constituye la flecha,
concreto del esquema en tal o cual contexto histórico-simbólico. El se­
y habíamos reconocido que el cetro de justicia apela a la fulguración de dicente Marte agrario no sería primitivamente más que un meseguero,
líos rayos y a lo ejecutivo de la espada o del hacha. siendo las cosechas un punto de aplicación de la modalidad combatien­
Son las armas cortantes lo que vamos a encontrar unidas primera­ te. Pero no es menos cierto que, tanto en el caso de Marte como en el
mente a los arquetipos del Régimen Diurno de la fantasía. En el nota­ de Indra, el armamento en sí mismo, por su simbologia sexual, puede
bilísimo caso analizado por Desoille^^‘\ a consecuencia de imágenes in- prestarse a equívocos y hacer asimilar la espada al arado común o com­
ductoras ascensionales y de imágenes inducidas luminosas, aparece en puesto Hay un «complejo de Cincinnato» inherente a la espada. Pa­
la conciencia del soñador experimental el arquetipo de la «espada de ra nosotros, es el mismo isomorfismo que une la verticalidad con la
oro» nimbada de una aureola luminosa, sobre la que está grabada la trascendencia y la virilidad que ahora se manifiesta en el simbolismo de
palabra «justicia». El paciente se abisma entonces en la contemplación las armas alzadas y erguidas, pero que esta vez se colorea de un sentido
mística de esa hoja. El psicólogo subraya muy justamente que la acep­ polémico y agresivo muy marcado por el símbolo mismo.
ción fálica del arma, cara al psicoanálisis, sólo es secundaria, mientras El arma _dj£,x|ue--ye encuentra provisto dcL.hér;Qe_C3,.p.pr taato ^ a la
que la noción de justicia, el esquema de la separación tajante entre el ve?^ nimbóla de^pbder y-depuíeza. Él combate reviste mitológicamen­
bien y el mal, posee la primacía y colorea sentimentalmente toda la te un carácter espiritual, cuando no intelectual, porque «las armas sim­
conciencia del soñador. Sin embargo nos parece que el simbolismo bolizan la fuerza de espiritualización y de s u b l i m a c i ó n » E l prototipo
diairético, lejos de excluir la alusión sexual, no hace más que reforzar­
la. Porque la sexualidad macho no es «doce veces impura», al contrario. 210 Citado por J u n g , p. \A^ \ d i. aurora = campo, abismo, seno.
211 Citado por É liade , Traité, p. 227.
212 É liade , Traité, p. 227.
206 D esoille, Explor., p. 70. 215 D umézil , Les D ieux des Germains, pp. 127, 131; cfr. Indo-Europ., p. 94, 100.
207 c fr . PIGANIOL, Origine, p. 119. 214 Cfr. D umézil , Indo-Europ., p. 89, y Tarpeia, p. 128.
208 Cfr. infra, p. 285. 215 D ielo/>. cit., pp. 21, 176.
209 D esoille 0 ^ cit., p. 76.
151
150
de todos los héroes, todos ellos más o menos solares, parece ser Apolo prototipos cristianos del buen combate son un arcángel y un príncipe
atravesando con sus flechas a la serpiente Pitón. Minerva también es mítico: San Miguel y San Jorge, en cuyo nombre serán armados los ca­
una diosa armada. Esta espiritualidad del combate es lo que el psicoa­ balleros de la Edad Media. El primero, verdadero apolo cristiano, mata
nálisis pone de relieve en una notable constelación hugoliana^'^ donde al dragón y reina en Gargano junto al Monte Tom be“ “ el segundo,
vienen a confluir, en torno a la actividad intelectual, la espada, el pa­ cual Perseo, libera a una joven a la que un dragón va a devorar y lo
dre, el poder y el emperador. Hugo, que compensa sus deficiencias atraviesa con su lanza. Estos prototipos se ven repetidos en numerosos
físicas con este doblete de la espada que constituye la inteligencia, con­ sucedáneos regionales, todos ellos requeridos contra el dragón y movili­
fiesa explícitamente: «Yo habría sentido la necesidad de volverme pode­ zados contra las tinieblas: es San Armentaire en Draguignan, San Agrí­
roso por la espada como mi padre y Napoleón, si no hubiera descubier­ cola en Avignon, San Bertrán en Comminges, San Marcial en Burdeos,
to este admirable ersatz de volverme poderoso por el espíritu como San Donato en Sisteron, San Marcelo en París y San Hilario en Potiers.
Chateaubriand.» No hemos de extrañarnos, por tanto, de ver en la mi­ El folklorismo muestra que cada obispado, si no cada parroquia —tanto
tología a la espada revestir siempre un sentido apolíneo. El arma de prestigio y vigor psíquico tienen el arquetipo— , reivindica un santo
Perseo es el disco solar mismo que mata al rey Acriso, libera de sus ata­ patrono sauróctono, e insiste sobre San Hilario de Poitiers, a quien asi­
duras a Andrómeda, decapita a la Medusa, y de esta última hazaña, mila con Hércules y que se convierte en el especialista francés de la vic­
desdoblándose en cierta forma el arma misma, nace Crisaor, «el hom­ toria contra el dragón El tema del héroe combatiente se encuentra
bre de la espada de oro», símbolo de e s p i r i t u a l i z a c i ó n Teseo, gran por último en los cuentos populares bajo la forma eufeminizada del
especialista vencedor de monstruos, mata con una espada mágica a Sci- «Príncipe encantador» que aleja y deshace los maleficios, suelta, descu­
rón. Procusto y Peripethes. Y si Heracles utiliza a menudo la clava, usa bre y despierta. Príncipe encantador que se observa también en la le­
el arco para abatir a los tenebrosos pájaros del lago Estínfalo, y liberar yenda nórdica de Sigur y Brunilda, en un cuento tártaro, o en la Bella
así al sol, y es también con flechas como combate con Nesso, mientra durmiente del bosque: todos ellos ilustran este tema «tan viejo como
que, para vencer a la Hidra, recurrió a la espada y a la llama purifica- los Argonautas»
dora. En la tradición germánica e indoeuropea, los héroes matadores No sólo el prestigio del dios combatiente ha contaminado la hagio­
de monstruos son innumerables. Su paladín parece ser claramente el grafía católica, sirio que parece haber inspirado a todas las instituciones
Indra védico, y Thorr su primo hermano, vencedor del gigante Hrung- de caballería, todas las «sociedades de hombres» o de guerreros. Ya
nir. Igual que el Vritrahan védico, mata al «gigante terrestre», monstruo sean el Komo o el Kwore bambara cuyo jefe es un herrero y cuyos em­
tricéfalo que intenta comer el festín de los dioses Veremos que esta blemas no deben ser vistos por las mujeres, ya sean los berserkir germá­
triplicidad de Hrungnir y de Tricirah, sobre la que insiste DuméziP*^ y nicos o los luceres latinos, o sean finalmente las órdenes cristianas de
que se encuentra tanto en el Azhi Dahaka iranio como en el Gerión caballería, todos parecen modelarse por la acción mitológica del héroe
griego o en el Mech irlandés de corazón formado por tres serpientes, no combatiente primordiaP^\ En uno de los capítulos de su libro sobre Les
es nada más que el gran símbolo del tiempo lunar que estudiaremos en Dieux des Germains, Duzémil se ha extendido ampliamente sobre
nuestro segundo libro“ ®. Estos dioses combatientes que se relacionan las constituciones de estas «sociedades de hombres» de las que las armas
con nuestro más familiar Marte latino y sus lanzas —hastae Mariis— son una sublimación y una segregación vicariante del poder teriomorfo
son también dioses fulgurantes que utilizan indiferentemente armas de las garras y los colmillos, ya sea entre los «hombres osos» u «hombres
humanas o rayos cósmicos. Innumerables dobletes folklóricos de Thorr lobos» de la cultura nórdica, o bien entre los «hombres panteras» de
llenan las leyendas germánicas, matadores de monstruos, de osos, de África central“ ®. Todos los miembros de estas sociedades son, ante to­
dragones, como Barco o Bjarki y su protegido Hottr que no dejan de re­ do, guerreros, poseen amplios derechos sexuales, practican duras nova­
cordar a Marutah y los compañeros belicosos de Indra“ '. La cristiandad tadas iniciáticas que constituyen quizá un doblete litúrgico de las haza­
hereda por supuesto de este arquetipo del héroe combatiente. Los dos ñas del héroe primordial. En Occidente, los berserkir se humanizan y
se transforman en vikingos, que por sí mismos tenderán a una especie
216 Cfr. B audouin , V. Hugo, p. 34.
217 Cfr. D iel, op. cit., p. 185; cfr. Grimal op. cit., artículos «Chrysaor», «Persée», 222 Cfr. D ontïville, op. cit., pp. 137-138.
«Méduse». 223 Cfr. D ontenville, op. cit., pp. 138-140 y ss.
218 Cfr. D umézil, Indo-Europ., p. 69; Germains, pp. 97, 102. 224 Cfr. Leía, Contes, pp. 79-81. Cfr. B audouin , Le Triomphe du héros, pp. 117
219 Cfr. D umézil, Germains, p. 103; sobre los tres Horarios, cfr. D umézil, Indo- y SS., 130 y ss.
Europ., p. 154. 225 Cfr. D ieterlen op. cit., pp. 143, 146, 169; cfr. D umézil, Indo-Europ., p. 196;
220 Cfr. infra, pp. 274 y ss. J . M. Q., II, p. 91.
221 Cfr. D umézil, Germains, pp. 93, 165; Indo-Europ., pp. 62, 69; Tarpeia, p. 113. 226 D umézil, Germ ., pp. 79, 88, 90.

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de caballería donde la sexualidad, bajo la presión catártica de esta cons­ de las herramientas ^ rcu tien te s.f^ sea la percusión pausada del cuchi­
telación de arquetipos militares, quedará muy reglamentada. Las gran­ llo o ‘■ dc^a cspá3aTiTr]percus^ lanzada del hacha o de la maza^^^ Es
des órdenes de caballería medievales, y en particular la famosa orden
más, son los primeros instrumentos de percusión los que sirven para
de los Templarios con su ascetismo militar y homosexual a la vez no
modelar las primeras hojas de sílex. Y porque las armas son clasificadas
sólo nos parecen la secuela de las «sociedades de hombres» primitivos,
sino que incluso los círculos de estudiantes de la Alemania bismarckia- —sean cortantes, contundentes o punzantes— por el tecnòlogo bajo la
na con su ritual belicoso y las novatadas practicadas en nuestros días en misma rúbrica de la percusión, nosotros no dudamos en situar, bajo
todo grupo masculino cerrado, heredan en nuestra opinión las costum­ el mismo esquema psíquico, la división brutal, la separación de un ob­
bres lejanas de los berserkir. Por último, se puede llevar aún más lejos jeto de su ganga informe o la penetración por horadamiento. ¿Es aca­
esta filiación del héroe solar y afirmar con Gusdorf que «la misma no­ so, una vez más, el esquema psíquico el que inspira lias ténicas de la
vela policiaca, que constituye uno de los aspectos más singulares del percusión y sus variantes.^ Es completamente evidente que para el niño
folklore contemporáneo, prolonga, bajo las apariencias del duelo entre de gestos bruscos y estereotipados, el golpe está vinculado al primer pa-
el detective y el criminal, la inspiración de las novelas de capa y espada ^ o objetivo. En este gesto muy primitivo de la percusión están estrecha-
que fue más antiguamente la de las novelas de c a b a l l e r í a » D o n Qui­ ^jmente unidas tanto una intuición de la fuerza como la satisfacción que
jote no pasa de moda, llevado como es por la psique eterna, y Sherlock ’i^esulta de ellas, y la primera segregación de un objeto más o menos
Holmes se convierte de este modo en el sucesor directo de San Jorge, hostil en sí. No hay por tanto ninguna distinción moral que establecer
igual que Maigrct recoge la herencia de San Hilario. ,^ntre el uso de la maza, del estoque o de la hoja. Sólo mucho más tar­
Ahora tenemos que examinar el problema de la naturaleza misma de, bajo las presiones culturales y las contingencias de la historia, las
de las armas del héroe, naturaleza que a primera vista no aparece ex­ imodalidades del arma se diversifican y se valoran de forma diferente, y
presamente como cortante. DieP^^ establece una nitidísima distinción la espada se convierte en «el arma de los pueblos conquistadores» y es
simbólica entre las armas cortantes y las armas contundentes; las prime­ cel arma de los jefes», arma sobredetermináda por el carácter diarético
ra son fastas, y sirven para vencer efectivamente al monstruo; las segun­ que lleva en su filo, porque «la espada de los pueblos septentrionales
das son impuras y corren el riesgo de hacer fracasar la empresa libera­ está destinada a golpear no con la punta, sino con el corte...»^^'*. La es-
dora: Jasón, utilizando los encantos de la bruja Medea, fracasará en su
tarea de héroe al negarse a decapitar al monstruo. Según DieH^®, los Ï iada es por tanto el arquetipo hacia el que parece orientarse la signifi-
ación profunda de todas las armas, y por este ejemplo se ve cómo se
encantos mágicos, igual que la maza, serían los símbolos de la ani­ nudan inextricablemente en un sobredeterminismo las motivaciones
malidad, y la victoria de Teseo sobre el Minotauro muerto con una ma­ psicológicas y las intimaciones tecnológicas.
za de cuero «no es más que una hazaña perversa», una traiciór> a la mi­ Cuando se estudia la naturaleza de las armas del héroe, es preciso
sión heroica. Teseo termina por eso miserablemente clavado a la roca abrir el informe, admirablemente formado por Dumézil y por Eliade,
infernal. No obstante, esta sutil distinción no nos convence apenas y relativo a la dialéctica de las armas divinas y al problema mitológico de
nos parece que es una pura ordenación de la simbólica para las necesi­ la a t a d u r a Dumézil, acumulando un grandísimo número de obser­
dades de una causa moral, distinción inspirada por un postulado evolu­ vaciones documentales, trata de mostrar que las funciones del atador-
cionista que quiere que las armas contundentes hayan sido anteriores a mago son irreductibles con las del guerrero-cortador de ataduras. Varu­
las armas cortantes. Todo lo más puede observarse un incidente cultu­ na el atador es antítesis de Indra, el manejador de espada. Pero nos pa­
ral que iría en el sentido de esta distinción: en las culturas de la edad rece que Éliade elimina juiciosamente esta dialéctica considerando que
de hierro persiste la creencia en el origen celeste de este metaP^^ Esta atadura y desatadura se subordinan a la actividad dominante de un so­
creencia sería debida al origen efectivamente meteòrico de los primeros berano atador. Porque primitivamente el símbolo de las ataduras es,
minerales tratados y podría haber valorizado más las técnicas de la ma­ como ya hemos indicado, patrimonio de las divinidades fúnebres y
za de madera o del hacha manual de sílex. Pero tecnológicamente ha­ nefastas^^^. Ahora bien, parece que en la persona de Varuna hubo colu­
blando, las dos especies de armas se agrupan fácilmente en la categoría sión psicológica entre el miedo al maleficio de las ataduras y la esperan-

227 Cfr. A. O llivier, Les Templiers. Sobre el ritual masónico, cfr. las obras de
P. N audon . 232 Cfr. Leroi-G ourhan, Homme et matière, p. 46.
228 Cfr. G usdorf, op. cit., p. 243. 233 Cfr. op. cit., pp. 61-63.
229 Cfr. D iel, op. cit., pp. 176-178. 234 Pig ANIOL, op. cit., p. 188.
230 D iel, o/>. cit., p. 187. 235 E)UMÉaL, Germains, pp. 21-27; J . AÍ. Q., pp. 79-81; Mitra Varuna, pp. 33, 79
231 Cfr. E liADE, Forgerons, p. 27. y siguientes; É liade , Im ages et symboles, p. 120 y ss.
236 Cfr. supra, pp. 91 y ss., 100.
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za en un soberano remedio contra la atadura mortal. Paradójicamente, aparece nítidamente en Roma y entre los g e r m a n o s A s i m i s m o , en la
Varuna se convierte en el atador supremo, es decir, en aquel que tiene leyenda de Tyr el manco, la mano cortada es asociada dialécticamente
plenos poderes para atar a los demonios, a su vez aradores. Pero, si a la atadura: es por haber atado la crueldad del lobo Fenrir por lo que
bien Varuna parece contaminado por la función de atador que lleva Tyr deja en prenda su brazos en las fauces del lobo
anexa, permanece fundamentalmente en su papel de separador urania­ El mismo copromiso se observa en la mitología francesa y cristiana.
no, de justiciero El mismo Éliade admite esta ambivalencia cuando, Para vencer al monstruo, el héroe cristiano no siempre utiliza los me­
a propósito de la etimología de la palabra Yoga, que viene de Yug, dios expeditivos de la espada: Santa Marta «enlaza» a la Tarasca con
que significa «atar junto», añade paradójicamente, invirtiendo por an­ su cinto, lo mismo que San Sansón de Dole anuda su cinturón al cuello
tífrasis simbólica la motivación etimológica: «Aunque, en efecto, eti­ de la serpiente mientras que San Véran ata con una cadena de hierro a
mológicamente Yug quiere decir atar, es sin embargo evidente que el la «culebra» de la fuente de Vaucluse, y según Dontenville el Apolo
lazo al que esta acción debe llevar presupone como condición previa la sauróctono del Museo del Vaticano «doma» al reptil y no lo mata. El
ruptura de los lazos que unen el espíritu al mundo» Esta reflexión mitólogo indica en este procedimiento de la atadura una bifurcación
del historiador de las religiones subraya una vez más, para nosotros, la muy importante —que él califica de no cristiana— de la actitud heroi­
importancia de los procesos eufemizantes, y especialmente de la antí­ ca respecto al mal fundamental, a saber: una eufemización del mal. El
frasis en los pasos de la imaginación. Vemos que la antífrasis se consti­ monstruo aparece como «enmendable» y se abre así de nuevo la vía de
tuye desde los primeros pasos diairéticos de la dialéctica, y la ambiva­ la antífrasis a la inversión de los valores imaginarios, cuyo símbolo mis­
lencia que de ello resulta —en este caso para la noción de Yoga— marca mo sería la serpiente con cabeza de carnero de los druidas (que no deja de
la secreta inclinación del pensamiento humano, que es ante todo ne­ evocar para nosotros la serpiente emplumada amerindia»): «La cabeza de
gar lo existencial y lo temporal. Unificar, «poner bajo el yugo», supone carnero es protectora... debe aplicarse a dirigir a la serpiente, a dirigirla
ante todo una separación, una purificación del dominio profano. Pero inteligentemente, es decir, en un sentido favorable al h o m b r e » N o s
también esta ambivalencia de la atadura es el principio de un desliza­ parece que la misma inflexión ha dado la literatura apocalíptica,
miento de los mitos y de las imágenes de la trascendencia y de la in­ para la cual la destrucción definitiva de los demonios se diferencia cui­
transigencia uraniana hacia los mitos y los símbolos monistas en los que dadosamente de su captura. Esta última, hecha con la ayuda de ligadu­
la temporalidad viene a integrarse, subyugada por el eufemismo y la ras o de cadenas, no es por otra parte más que un castigo temporal y,
antífrasis, y que estudiaremos más adelante El mismo Indra, el gue­ como dice Langton, «el encadenamiento de Satán por un período que
rrero por excelencia, no le hace ascos a utilizar lazos: los utiliza para atar varía según los diferentes textos era un rasgo habitual de las concepcio­
a aradores, y Bergaigne^^® admite este redoblamiento cuando escribe nes demonológicas que florecían entre los judíos de aquella época»
que Indra «vuelve contra el demonio sus propias artimañas», triunfa de Se encuentra la misma distinción en las concepciones del zoroastrismo.
los Máyin por medio de los Máyá. Éliade pone de manifiesto numero­ Al final de este período de cautiverio. Satán es «desencadenado» para
sos casos en los que Indra es atador, pero atador por «contaminación», servir de auxiliar a la justicia divina, para servir de ejemplo general de
por «imperialismo mítico que impulsa a una forma religiosa victoriosa a la destrucción definitiva del maU"^®. Es asimismo en este sentido de
asimilar toda suerte de atributos divinos...»^'^^ El mismo Dumézil, por compromiso por subordinación como Jung ve en las monturas animales
último, admite que la incompatibilidad entre el atador y el manejador del héroe el símbolo de los instintos sometidos: Agni montado en su
de espada no es tan absoluta como afirmaba, que hay deslizamiento carnero, Wotan en Sleipnir, Dioniso en el asno. Mitra en el caballo,
del dios mágico y atador al manejador de armas contundentes y cortan­ Freyr en el jabalí. Cristo en su jumento, igual que Yaveh en el serafín
tes, que hay transformación del Rex en Es más, la primitiva monstruoso, son símbolos de un compromiso «con». Pero todos estos
asamblea legislativa es al principio guerrera, presidida por Marte compromisos, estos esbozos de antífrasis, estos héroes que desdoran el
Thincsus. Es la sociedad militar la que funda la sociedad civil, como
243 Cfr. op. cit., p. 155.
237 Cfr. Athar. Véd., VI, 121-4; Kig Ved., VIII, 87-2. 244 Cfr. D umézil , Indo-Europ., p. 162, 166; Mit. Var., p. 179; Tarp., p. 126.
238 ÉLIAD E, Yoga, pp. 18-19. 245 Cfr. D ontenville, M ytL frang., pp. 141-142; cfr. L. D umont , La Tarasque,
239 Cfr. infra, p. 109. pp. 92, 163.
240 Cfr. B ergaigne, La Religión védique d'après les hymnes du Rig-Véda, Paris, 246 Un hermoso ejemplo de transformación por antífrasis nos es dado en el pasaje de
1883.III, p. 115. la leyenda de Santa Marta en el ritual de la Tarasca; cfr. L. D umont , op. cit., pp. 244
241 É liade, în et sym b., p. 131. Sobre la «participación homeopática» del héroe y de y ss.; cfr. infra, p. 355.
su adversario, cfr. B audouin, Le Trihomphe du héros, p. 224. 247 Cfr. Langton op. cit., p. 225; cfr. Isaías, XXIV, 91; A poc., XX, I.
242 D umézil, Germ., p. 154. 248 Cfr. Apoc., X X , 7 y ss.

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heroísmo tomando las armas del adversario, aunque ocultan una secre­ presta a confusión de las fuentes arquetípicas: son, desde luego, «sepa­
ta inclinación de la imaginación humana y del pensamiento, aunque ración» de la exterioridad, pero también inclinan, como veremos des­
anuncian ya el Régimen Nocturno de las fantasías, no por eso dejan de pués al hablar de la cáscara, a ensoñaciones de la intimidad que per­
estar en los peldaños del heroísmo diairético. tenecen a una familia arquetípica completamente distinta. Hay que
El puro héroe, el héroe ejemplar sigue siendo el matador de drago­ hacer un esfuerzo real para separar los símbolos del reposo, de la insulari­
nes. Pese a este compromiso de la espada con la ligadura, esta última, dad tranquila, de los del «universo contra»^^^ que edifican la muralla o
aunque sea rebajada a metáfora jurídica, sigue siendo esencialmente el el baluarte. Bachelard no consigue nunca discernir completamente de
instrumento de las divinidades de la muerte y del tiempo, de las hilan­ la quietud interior y protegida de la ciudad el aspecto polémico y de­
deras, de demonios como Yama y Nirrti. Toda apelación al Soberano fensivo de la muralla. Además, se niega a este análisis en nombre de
celeste se realiza contra las ataduras, todo bautismo o toda iluminación «la llamada de los contrarios que dinamizan los grandes arquetipos»,
consiste para el hombre en «desatar», en «desgarrar» los lazos, y los ve­ constatando que el arquetipo de la casa, fuertemente terrestre, registra
los de irrealidad y, como escribe Éliade^^°, la situación temporal y la las llamadas celestes del régimen diurno de la imagen: «La casa bien
miseria del hombre «se expresan con palabras clave que contienen la arraigada gusta tener una rama sensible al viento, un desván que tiene
idea de atadura, de encadenamiento, de vinculación». El complejo de ruidos de hojas» Nosotros añadiremos que la casa que abriga es
la atadura no es por tanto más que una especie «de arquetipo de la siempre un albergue que defiende y protege, y que continuamente se
propia situación del hombre en el mundo». Por tanto, podemos afír- pasa de su pasividad a su actividad defensiva. No obstante, Bache­
\ mar que desde esta perspectiva del Régimen Diurno, dualista y polé- lard como René Guénon, apela, para diferenciar estas dos intencio­
Imica, la soberanía reviste los atributos del desatamiento más que los de nes simbólicas divergentes, a una diferencia de forma en la estructura
Mas ligaduras, y sólo por un deslizamiento hacia otras intenciones el hé- del recinto: la forma circular, la «redondez plena» es más o menos asi­
poe toma prestadas las artimañas del tiempo y las redes del Mal. Es en milación a un vientre, mientras que la construcción en cuadrado hace
este contexto heroico donde se nos aparece la mitología de Atenea, la alusión a un refugio defensivo más definitivo. René Guénon nos se­
diosa armada, la diosa de ojos resplandecientes, tan poco femenina y ñala que la «ciudad», la Jerusalén celeste tiene un plano cuadrado,
ferozmente virgen, brotada del hacha de Hefaistos y de la frente de mientras que el Jardín del Edén era circular: «Tenemos, pues, una ciu­
Zeus, dueña de las armas, dueña del espíritu, pero asimismo dueña del dad del simbolismo mineral, mientras que al principio teníamos un jar­
tejido La rivalidad entre Atenea y Aracne, ¿no resuelve el problema dín de sirnbolismo vegetal.» Pese a estas sutilezas, es muy difícil, en un
que planteaba Dumézil? Hay un claro imperialismo conquistador en la contexto imaginario de la muralla o de la ciudad, discernir las intendo^
diosa de la sabiduría al querer enfrentarse con la hilandera mítica, con nes de defensa y las de intimidad. En este isomorfismo de las armas no
la Parca. Pero es la lanza, como en Parsifal la espada, la que sigue sien­ nos centraremos más que en el carácter defensivo de las murallas, de
do su arma preferida. Nobleza de la espada o de la lanza subrayada por los fosos y de los muros, porque en estos aparejos hay una voluntad
toda la tradición medieval que hacía de la espada y de la ceremonia de diairética que no se puede despreciar, pero que sólo un contexto militar
investidura de armas el símbolo tanto de una transmisión de poder co­ viene a precisar mediante la espada o la almena. La coraza, el recinto for­
mo de rectitud moral. tificado señalan una intención de separación, de promoción de lo discon­
Si bien en el dominio de las armas ofensivas se puede delimitar to­ tinuo, y por este único motivo se pueden conservar estas imágenes que
davía con bastante facilidad lo que le corresponde a la actitud heroica compartimentan sin invadir el terreno de los simbolismos de la intimidad.
propiamente dicha y lo que es usurpado por el imperialismo de lo ima­
ginario, esta distinción es más delicada cuando se trata de las armas 254 Cfr. infra, p. 240.
protectoras del héroe Desde luego la espada, arma de los jefes, de 255 B achelard , repos, p. 112.
los conquistadores victoriosos, va siempre acompañada de la lorica, de 256 B achelard , La Poétique de Pespace, p. 62. Son estas posibilidades de torcimien­
la coraza de láminas de oro o del escudo de Atenea Pero la ambiva­ to y de transformación las que instauran los resortes de lo imaginario en «estructuras»
más que en «formas»; cfr. supra, p.
lencia de las envolturas protectoras, murallas, corazas, cierres, etc., se 257 Aquí la «forma» no parece ser más que un epíteto de la estructura. Cfr. B ache ­
lard , Rév. repos., p. 148; cfr. La poétique de Pespace, p. 210.
258 R. Gu én o n , Le Règne de la quantité et le signe des temps, p. 138; cfr. infra,
249 Cfr. Salm os, XVIII, y Sam uelY JH l, 6. p. 236; sobre la oposición de la «ciudad» a la naturaleza, en Lamartine, Verhaeren, Se-
250 Éliade, Im. €t sym b., p. 155. gantini, Rousseau, Tolstoi, cfr. B audouin , Le Triomphe du Héros, pp. 484 y ss. P. Ru-
251 Cfr. G rimal, op. cit., artículo «Athéna». YER ha demostrado perfectamente (L'Utopie et les utopies) el carácter ^esquizoide» de la
252 Cfr. Desoille, Reve éveillé, p. 149, sobre el papel protector del círculo mágico. República de Platón como de cualquier otra ciudad ideal. Cfr. Muchielu , op. cit., p.
253 Cfr. PiGANIOL, O ñg., p. 188. 101, este «universo contra».

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dora y de la antítesis de los lazos del cual esta última purifica. Creemos
Al lado de los medios belicosos de separación como la espada, la co­ que en ese contexto simbólico es donde deben interpretarse los ritos de
raza o la muralla, existen procedimientos mágicos que se incorporan a excisión y de circuncisión. Entre los bambara^^"*, por ejemplo, toda la
un ritual. Ya habíamos observado que todos los símbolos que gravitan operación tiene por meta hacer pasar al niño del dominio impuro de
en torno a la ascensión o a la luz, siempre van acompañados de una in­ Musso-Koroni al bienechor poder de Faro. Desde luego el rito, en esta
tención de purificación. La trascendencia, como la claridad, parece exi­ cultura fluvioagraria, se sobrecarga de significaciones secundarias, pero
gir siempre un esfuerzo de distinción. Además, todas las prácticas as- insistamos por ahora en tres elementos muy significativos del conjunto
censionales a las que hemos hecho alusión, bien sea en el chamán o en isomorfo de los arquetipos que estamos estudiando. Es, ante todo, el
el psicoterapeuta, son técnicas de trascendencia a la vez que prácticas de sentido purificador de la hoja, separadora del wanzo, luego el papel
purificación. En estos esquemas que tienen la característica de oponer protector del bonete en tanto que cubrecabezas, y, por último, la vica-
valores utópicos, considerados como positivos, a las negatividades de la riedad deJ gído, rprpptácidQ-.d£Ja_QrqmpQtencia del vptbo. El cuchillo
existencia, puede decirse, con Bachelard, que todos los valores podrían es llamado «cabeza-madre de la circuncisión»; y el E^ho de desenvai­
ser simbolizados «por la p u r e z a » E l hecho de privilegiar (es decir, de narlo simboliza al purificado abandonando su prepucio. Aunque la
evaluar) es ya purificador. La unicidad clara y distinta de los objetos operación esté vinculada a un simbolismo sexual del fuego, no se puri­
privilegiados es la prenda de su pureza, porque «a las miradas del in­ fica menos mediante el lavado del cuchillo y el pene antes del acto ope­
consciente, la impureza es siempre múltiple, a b u n d a n t e » L a pureza ratorio, y esto con un agua en la que se ha templado el hierro de un
confina con la nitidez de una separación tajante. Todo esfuerzo axioló- hacha El hierro del cuchillo está hecho para «atacar», «purificar» del
gico es ante todo una catarsis. wanzo, y gracias al cuchillo, en cuya hoja está grabada la imagen del pá­
Por lo tanto, es naturalmente en los ritos de corte, de separación, jaro Tatugu-Koroni, la sangre cargada de wanzo impuro vuelve a
en los que la espada minimizada en cuchillo juega todavía un papel Musso-Koroni, la tierra. El acercamiento al lugar de la ceremonia está
discreto, donde encontraremos las primeras técnicas de purificación. prohibido por contaminante: se corre el riesgo de contraer el wanzo. La
Eso es lo que nos parecen ante todo las prácticas como la depilación, la purificación se remata mediante seis días de retiro, un lavado en el río
ablación de los cabellos, las mutilaciones dentales. Estas últimas, por y un triple salto por encima de una hoguera, a fin de estar seguro de
ejemplo, practicadas por los Bagogo, son hechas explícitamente «para que se ha quitado uno hasta las parcelas más pequeñas de impureza
no tener los dientes como los de los a n i m a l e s » S i n lugar a dudas, to­ Se ve, pues, en el acto mismo de la circuncisión, converger en un nota­
das estas prácticas de ablación —que no son forzosamente ablaciones ble simbolismo purificador la hoja, el fuego y el agua. Pero la cabeza
sacrificiales— significan una voluntad de distinguirse de la animalidad. del paciente es asimismo objeto de cuidados particulares: la cabeza que
Este es también el sentido de la tonsura de los sacerdotes y los monjes se excinde está revestida de un turbante blanco «color de Faro»^^’\ el
cristianos, de los santos yogis, de los monjes budistas o jainitas: estos circunciso lleva el gorro de circuncisión, tejido de lana blanca, que pro­
últimos practican la depilación completa del cuerpo, depilación que no tege al circunciso durante su retiro ritual, que se encuentra situado de
es sino una tonsura llevada a su límite extremo La tonsura y sus de­ este modo «en la luz protectora y purificadora de Faro»^^’^, porque la
rivados son signos de renuncia a la carne, porque «esa práctica significa cabeza es la parte «capital» del individuo, y tiene que recibir cuidados
el desafío, el desdén de la fascinación, del impulso procreador de la especiales. Por último, a este complejo simbólico se une el oído, recep­
Maya con su ciclo vital». Y Zimmer añade estas observaciones significa­ táculo del verbo, cuyos adornos son confeccionados, para «molestar a
tivas a propósito de un Lohan chino: «Es el retrato imaginario de un los portadores de malas palabras», y que sobre el cadáver de los circun­
hombre que ha cortado todos sus lazos mundanos, haciendo caso omi­ cisos son cortados en lugar del prepucio «a guisa de circuncisión» La
so de la esclavitud de la vida sin fin... de un hombre que ha blandido ceremonia de la circuncisión es, por tanto, toda ella, una ceremonia de
la espada cortante del conocimiento discriminador y se ha liberado de diairesis catártica, una ordenación, mediante la espada, del mundo
todas las cadenas que ligan a la humanidad a los impulsos y a las nece­
sidades del mundo vegetal y animal...»^^L La institución del historia­ 264 DiETERLEN Op. cit., pp. 179 y ss.; cfr. G riaule , Nouvelles recherches sur la notion
dor de las religiones converge con el isomorfismo de la espada purifica- de personne chez les Dogons» {Joum . psych. norm. et path ol., octubre-diciembre
de 1947, p. 428).
265 Cfr. D ieterlen, op. cit., pp. 181-183.
259 B achelard , Eau, p . 181.
266 Cfr. op. cit., p. 187.
260 o p , cit., p. 189. 267 Op, cit., p. 181.
261 Cfr. Lowie, op. cit., p. 96. 268 Op. cit., p. 65.
269 Op. cit., p . 187.
262 Cfr. Z immer, op. cit., p. 159.
263 op. cit., p. 152 .
161
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comprometido y confuso; cada sexo se purifica por la circuncisión o la el agua que hace vivir más allá del pecado, de la carne y de la condi­
excisión de los elementos perturbadores del sexo adverso simbolizados ción mortal. La historia de las religiones viene una vez más a completar
por el prepucio y el clitoris. Frente a los psicoanalistas clásicos vemos el análisis psicológico: «el agua viva», «el agua celeste» se encuentra
en la circuncisión un acto más urgente que el famoso rescate de la cas­ tanto en los Upanishads como en la Biblia o en las tradiciones célticas y
tración o que la novelesca tesis de Tótem y Tabü^"'\ para la cual el ri­ romanas
tual de circuncisión es la reminiscencia debilitada de la castración de El otro elemento más comúnmente utilizado en los ritos de purifi­
los machos jóvenes por los viejos. La circuncisión, como lo prueba el es­ cación es c\ fuego, bautismo por excelencia según cierta tradición que
tudio antropológico, es ya una filosofía ritual de la purificación por la se encuentra en el cristianismo La palabra puro, raíz de todas las
distinción de los contrarios sexuiaparentes: tiene por misión separar lo purificaciones, significa fuego en sánscrito. Sin embargo, debemos te­
masculino de lo femenino, zanjar literalmente los sexos como zanja ner cuidado al señalar cuán polivalente es el símbolo del fuego, como
entre la pureza masculina y el wanzo feminoide y corrompido. La cir­ quizá da cuenta de ello la tecnología la producción del fuego está
cuncisión es, por tanto, un bautismo por arrancamiento violento de la ligada a gestos humanos y a herramientas muy diferentes. Hay dos ma­
mala sangre, de los elementos de corrupción y de confusión. neras esenciales manifiestamente antitéticas de obtener fuego: por per­
El segundo arquetipo en el que van a condensarse las intenciones cusión y por frotamiento. Ahora bien, sólo el primer método nos inte­
purificadoras es la lim pidez del agua lustral. Bachelard señala la re­ resa aquí, porque el fuego purificador es psicológicamente pariente de
pugnancia espontánea por el agua sucia y el «valor inconsciente atribuido la flecha ígnea, del golpe celeste y resplandeciente que constituye el re­
al agua pura». No es en cuanto sustancia —contrariamente a la interpre- lámpago. Los múltiples encendedores de batería, o incluso el curioso
:ación elemental de Bachelard— , sino en cuanto limpidez antitética, encendedor a pistón de los indonesios son reducciones utensilitarias
:omo ciertas aguas juegan un papel purificador. Porque el elemen- de la brutal fulguración del rayo; mientras que el procedimiento por
:o agua es en sí mismo ambivalente, ambivalencia que Bachelard reco- fricción se vincula a una constelación psíquica completamente distinta,
:ioce de buena fe cuando denuncia el «maniqueísmo» del agua^'\ Ese que Bachelard ha estudiado perfectamente en su Psycbanalyse du feu,
igua lustral tiene de entrada un valor moral: no actúa por lavado cuan- y sobre la que volveremos en su momento El fuego de que nos ocu­
itativo, sino que se convierte en la sustancia misma de la pureza y al­ pamos exclusivamente por ahora es el que utiliza la incineración in­
gunas gotas de agua bastan para purificar un mundo: para Bachelard doeuropea, fuego celeste ligado a las constelaciones uranianas y solares
es la aspersión la operación purificadora primitiva, la gran y arquetípica que acabamos de estudiar, prolongación ígnea de la luz. Según
imagen psicológica de la que el lavado no es más que el doblete grose­ PiganioP®^ la incineración correspondería a la creencia en la trascen­
ro y exotérico. Se asiste incluso ahí al paso de un sustancia a una fuerza dencia de una esencia, en la inmortalidad del alma: «Del mundo de los
«irradiante», porque el agua no sólo contiene la pureza, sino que «irra­ incinerantes son exiliados los muertos», y estas preocupaciones relativas
dia la p u r e z a » ¿ N o es la pureza en quintaesencia rayo, relámpago y a la trascenencia se opondrían a las prácticas de la inhumación, a la
.deslumbramiento espontáneo? El segundo carácter que duplica senso- conservación terrestre de todo o parte del cuerpo. Piganiol, alzando
malmente la limpidez del agua lustral y refuerza su pureza es el frescor. quizá algo imprudentemente a Vulcano, «dios uraniano» (de volca,
teste frescor juega en oposición a la tibieza cotidiana. La quemadura del fuego, que procede del sánscrito ulka, incendio), contra Saturno cróni­
fuego es también purificadora, porque lo que se exige de la purifica- co, asimila el fuego purificador al sol, fuego de elevación, de sublima­
ición es que, por sus excesos, rompa tanto con la tibieza carnal como ción de todo lo que se encuentra expuesto a sus ardores La incinera-
icón la penumbra de la confusión mental. En otra parte hemos mostra-
I do que ese agua lustral por excelencia que es la nieve purifica tanto C aseneuve, Les D ieux dansent à Cibola, p. 98. Cfr. la ceremonia del lavado nupcial en­
¿por la blancura como por el frío. También Bachelard observa que ante tre los Hopi, en D on T alayesva. Soleil Hopi, p. 228 y ss.
todo el agua de juventud «despierta» el o r g a n i s m o E l agua lustral es 278 Cfr. ÉUADE, Traite, p. 172; cfr. Apoc., XXII, 1-2; Ezeq., XXXVII; Zac., XII, 1;
cfr. Sébillot, FolÁl., II, pp. 256 y ss., 460; y cfr. E. L ong -F alck , Les rites de chasse chez
les peuples sibériens, pp. 135 y ss.
270 cfr. M. B onaparte, Psych, anthr., p. 183. 279 Lucas, III, 16 .
271 Cfr. Freud, Totem et Tabou, pp. 60, 68, 83 y ss. 280 Cfr. Leroi-G ourhan, Homme et m at., p. 66.
272 B achelard, Eau, p. 182. 281 Cfr. Leroi-Gourhan, op. cit., p. 68.
273 B achelard, op. cit., p. 191. 282 Cfr. B achelard , Psych. du feu; cfr. infra, p. 314 y ss. Cfr. J. P. B ayard , Le Feu,
274 B achelard, op. cit., p. 192. especialmente cap. VI: «Purification», p. 50; cap. VII, «La Lumière», p. 59; cap. X: «Feu
275 op. cit., p. 195. et eau», p. 115.
276 Cfr. D urand, «Psych. de la neige», en Mercure de France, agosto de 1953. 283 Piganiol, op. cit., p. 87.
277 B achelard, Eau, p. 198. Sobre la práctica del lavado lustral de los cabellos, cfr. 284 Cfr. op. cit., p. 96.

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ción, los sacrificios por cremación y las preocupaciones espiritualistas
que desprecian la geografía crónica han sustituido a los sacrificios san­ tanto a San Buenaventura como a Dante. El fuego sería ese «dios vi­
grantes de las religiones agrarias. En Roma sería incluso el héroe solar viente y p e n s a n t e » q u e , en las religiones arias de Asia, ha llevado el
Hércules quien ha realizado míticamente esta reforma Existe por nombre de Agni, de Athar, y entre los cristianos el de Cristo. En el ri­
tanto un «fuego espiritual» separado del fuego sexual, y el propio Ba­ tual cristiano el fuego juega además un papel importante: fuego pas­
chelard reconoce la ambivalencia del fuego que, al lado de alusiones cual, fuego conservado durante todo el año; y las letras mismas del tí­
eróticas, implica y transmite una intención de purificación y de luz. El tulo de la cruz significarían Igne Natura Renovatur Integra^"^^. No obs­
fuego puede ser purificador o, al contrario, sexualmente valorizado, y tante, en el cristianismo, como en otras religiones, el símbolo del fuego
la historia de las religiones confirma las constataciones del psicoanalista está cargado de significaciones ambivalentes: veremos que el elemento
de los elementos: Agni es tan pronto un simple doblete de Váyú el pu­ fuego, interpretado por un régimen completamente distinto de la ima­
rificador como —Burnouf lo ha demostrado perfectamente— el resi­ gen, está íntimamente vinculado a los mitos de la resurrección, bien
duo de un ritual de fecundidad agraria. Asimismo, en el culto de Ves­ por su origen xílico entre las tribus que utilizan los encendedores de
ta, un ritual de purificación muy acentuado, cargándose con un viejo fricción, bien por el papel que juega en la cocción de numerosas
fondo agrario, hace paradójicamente que la diosa se confunda en nu­ alquimias Reteniendo por ahora solamente de las representaciones
merosos puntos con las divinidades de la fecundidad, tales como Ana­ del fuego su simbolismo purificador, no olvidamos sin embargo que
hita Sarasvati y Armati £1 fuego es llama purificadora, pero también una imagen soldada natural o tecnológicamente a una constelación
centro genital del hogar patriarcal. No hay que ir a buscar, como hace perfectamente delimitada puede emigrar subrepticiamente, gracias a
Bachelard siguiendo a Frazer^®^, el sentido purificador del fuego en la una cualidad secundaria; en el caso que nos interesa aquí, vemos el
cocción culinaria, sino que «siguiendo la dialéctica del fuego y de la fuego de origen percutiente anexado por su calidad luminosa a un iso­
luz» es como se forma la verdadera virtud sublimante del fuego, y Ba­ morfismo uraniano, igual que el agua nos pareció depender, por lo
chelard cita la admirable expresión novalisiana de esa intuición de la que a su semantismo se refiere, de sus accidentes: limpidez, turbiedad,
esencia catártica del fuego: «La luz es el genio del fenómeno ígneo.» profundidad, etc., más que de sus caracteres sustanciales. Una vez más
El fuego, ¿es acaso, en el mito de Prometeo, algo más que un simple constatamos que no es mediante una física de los elementos como se
sucedáneo simbólico de la luz-espíritu? Un mitólogo puede escribir organiza la imaginación, sino más bien mediante una fisiología que se
que el fuego «es muy apto para representar el intelecto... porque per­ podría llamar verbal, y por los restos adjetivales y pasivos de estos ver­
mite a la simbolización representar, por un lado, la espiritualización bos que expresan esquemas y gestos. Contrariamente a lo que afirman
(por la luz); por otro, la sublimación (por el calor)». los gramáticos el adjetivo aparece en su génesis psicológica como
Ciertas consideraciones antropológicas vienen a confirmar el simbo­ epicatateto, es decir, mentalmente prendido ante la sustancia, ante el
lismo intelectual del fuego: el empleo del fuego señala, en efecto, «la sustantivo, por la sencilla razón de que el adjetivo es más general que
etapa más importante de la intelectualización» del cosmos y «aleja cada el sustantivo, es decir, está emparentado con los grandes esquemas ver­
vez más al hombre de la condición animal». Por esta razón espiritualis­ bales que constituyen la subjetividad de lo imaginario. El isomorfismo
ta, el fuego es casi siempre «regalo de Dios» y se ve siempre dotado de de la pureza ígnea ilustra esta clasificación epicatatética de las cualida­
un poder «apotropeico»^‘^^. Bajo el aspecto ígneo, la divinidad se revela des imaginarias.
en sus manifestaciones uranianas a los apóstoles el día de Pentecostés, y Este isomorfismo se refuerza aún debido a que, para numerosas po-|
blaciones, el fuego es isomorfo del pájaro. No sólo la paloma de
285 Cfr. op. cit., p. 101. costés, sino también el cuervo ignífero de los antiguos celtas, de los in­
286 B achelard , op. cit., p. 2 00. dios y australianos actuales, el halcón o el reyezuelo son pájaros esen­
287 B urnouf , Le vase sacré, p. 115. Cfr. cl curioso mito Matako referido por Mé ­
traux (Histoire du monde et de l'hom m e. Textes indiens de T Argentine, N. R. F.,
cialmente pirógenos Con frecuencia es la coloración de un pico, de
1936) y que evidencia perfectamente esta ambivalencia del fuego, a la vez sexual y puri­
ficador: antes de que los hombres descubrieran el fuego, no podían separarse de la mujer, 293 Burnouf, op. cit., p. 119; cfr. D uchesne-G uillemin, op. cit., pp. 50 y ss.; cfr.
durante el parto. En resumen, entre los matako, el fuego juega el mismo papel que el
Underhill, Mysticism, p. 421.
cuchillo de circuncisión entre los dogon y los bambara. 294 Cfr. B urnouf , op. cit., pp. 130-131; cfr. C lavel, Le Gnosticisme, p. 112.
295 Cfr. infra, pp. 315 y ss. Por esta razón un estudio profundo del fuego es siempre
288 Cfr. D umézil, Tap., p. 107.
plural, el adjetivo cualificativo «luminoso», «caliente», «dulce», «vegetal», «central», etc.,
289 Citado por B achelard , op. cit., p. 205.
tiene, una vez más, más importancia fantástica que el sustantivo; cfr. A. J. P erney , D ic­
290 Op, cit., p. 209.
tionnaire mytho-hermétique, artículo «Feu».
291 D iel, op. cit., p. 234.
296 D amourette, Op. cit., II, 84, p. 490. Cfr. G. D urand , Les Trois niveaux de la
292 K rappe , op. cit., p. 203.
form ation du symbolisme.
297 Cfr. K rappe , op. cit., pp. 303-304.
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una cresta, de un plumaje el que decide la elección del pájaro de fue­ ción angélica es más signo de trascendencia que de compromiso, es lo
go, y por estas razones probablemente el piconegro con chorrera roja y que deja transparentar nítidamente el panteón egipcio. En efecto, si el
el petirrojo están mezclados a las leyendas del fuego. Cuando son peces dios Chou representa el aliento vital, ese principio que permite a los
los que traen el fuego en lugar del pájaro, sólo cumplen ese oficio por hombres vivir y a los muertos renacer, si puede decirse en cuanto dios
usurpación o rapto, como el lucio del Kalevala. Por último además, pa­ primordial: «hago subsistir (a las criaturas) y las mantengo en la vida
ra comprender el cuadro de este isomorfismo del fuego y de los demás por la acción de mi boca, la vida que se encuentra en su nariz, llevo mi
elementos diaréticos y espectaculares con los que constela, el fuego se aliento a su garganta...», no es menos cierto que Chou es el gran «sepa­
asimila frecuentemente a la palabra, como en el Upanishad, donde el rador» de la tierra y del cielo, la esencia de la luz ^®\ Evidentemente, la
isomorfismo religa notablemente la cima, el fuego y la palabra: «¿Cuál doctrina del pruna se resiente de esta ambivalencia del lazo, y Éliade,
es la divinidad de Cénit? — ¡Agni!— . Y Agni, ¿sobre qué reposa? en una obra capital sobre el Yoga^®^, al hacer hincapié en la kumbha-
— ¡Sobre la Palabra!»^‘^^ En la Biblia igualmente, el fuego está relacio­ ka, en la restricción respiratoria, considera ante todo el Yoga como una
nado con la palabra de Dios, y con la palabra del profeta cuyos labios técnica de involución que se acerca más bien a las prácticas vitalistas del
son «purificados» con un a s c u a P o r lo tanto, constarxtemej[ite encon­ Tao y de un Régimen Nocturno de la imagen centrada en meditaciones
tramos bajo el simbolismo complejo d d fu^ de la economía vital, del reposo y de la larga vida. Pero al lado de esta
m^jgado y que permite relacionar parcialmcntc.xl elementQ4gneo^ por significación «retensiva» y «enstática»^®^ del prdnáyáma, la acepción po­
lá ju z que comporta^ con el de la j.TO pular y tántrica da perfectamente a las prácticas respiratorias el sentido
El aire resume todas las calificaciones catárticas de los epítetos ele­ principal de purificación. El prdndydma destruye los pecados y purifica
mentales que acabamos de estudiar: traslucidez, luz, receptibilidad los nadi. El aire conserva ese poder lustral en las operaciones de limpie­
tanto a la quemadura como al frío. Es una de las razones por la que za (dhduti) de la vejiga, completadas por inyecciones de agua. El méto­
■ ^achelard, en uno de sus estudios más fructíferos, ha podido hacer del do de respiración total que es el prandydma es al mismo tiempo disci­
elemento aéreo la sustancia misma del esquema ascensionaP®°. Ya he­ plina de purificación total: «El aliento retenido recoge todos los restos
mos observado cómo en la tradición india el aire está estrechamente y actúa como una purga... purificación general de todo el sistema, se
asociado a la palabra. Volvamos ahora sobre esa famosa teoría del pru­ tiene la impresión de tener un cuerpo nuevo» Por lo tanto, en el
na. Váyú (de va, que significa moverse, respirar) es el Dios primordial Hata-Yoga, el aire es imaginado como técnica lustral.
por el que se inaugura toda la mitología. DuméziP®^ ha mostrado que Esta concepción se relaciona con una creencia universal que sitúa en
Váyú (reemplazado a veces por su homólogo guerrero Indra) era, en las el aire respiratorio la parte privilegiada y purificada de la persona, el al­
listas teológicas sacrificiales de la India, un Dios inicial. Es el «esclarece- ma. Es inútil insistir sobre el anémos griego o sobre la psiché, cuya eti­
dor», «el impulsor». Es también el purificador: a él corresponde, tras la mología es completamente aérea. Tampoco sobre la doctrina hebraica
victoria de su compañero Indra sobre Urta, «limpiar con su aliento una de la nephesh, símbolo del alma universal, principio misterioso que el
materia infecta» Entre los iranios existe asimismo un dios del viento Levítico asimila al aliento; según Fabre d ’Olivet, Moisés se serviría de
que puede situarse también en el panteón guerrero: el viento es la este término para designar el alma, uniendo explícitamente esta última
principal de las diez encarnaciones de Verethragna. El Jano latino des­ al aliento y a la palabra Entre los bambara encontramos una repre­
empeñaría en Occidente el mismo papel de iniciador, y su carácter do­ sentación semejante: el alma ni reside en el aliento; la respiración es
ble —como el de Váyú— hace de él un modelo de dicotomía: puerta llamada ni na klé, literalmente «alma que sube y desciende», términos
abierta o cerrada, especie de divinidad de las «corrientes de aire»^°^ que describen el movimiento mismo de la vida^^°. Entre esa tribu afri­
Váyú es asimilable al movimiento del pruna, soplo de vida, es el me­ cana se encuentra incluso una doctrina de localización del aliento en el
diador sutil, «es por el aire como por un hilo por lo que este mundo y plexo solar, «ojo del pecho», muy cercano a la fisiología mágica de los
el otro mundo y todos los seres están unidos» Pero que nadie se en­ gakra de la India, alas unidas a prácticas respiratorias y a la recitación
gañe una vez más sobre la ambivalencia del lazo: porque esta medita-
305 Cfr. H. G. R. /., p. 120.
298 Brhad. Aran. Up., II, 15. 306 ÉLIA D E, Yoga, pp. 68, 70; cfr. M. C hoisy, op. cit., II, pp. 107, 118, y Maspero,
299 Isaías, VI, 6-7; cfr. Éxodo, III, 2. Joum . asiat., abril-septiembre 1937, pp. 177, 252, 353, 430.
300 Cfr. B a c h e l a r d , Air, pp. 15, 17, 27. 307 ÉLIAD E, op. cit., p. 234.
301 D umézil, Indo-Europ., p. 66; Tarp., 67. 308 C hoisy, op. cit., II, p. i i4 ; cfr. p. 125.
302 VIII, 100. 309 Cfr. Levit., XVII, 11, y Fabre d ’Olivet, La Langue hébraique restituée, II, pp.
303 D u m é z i l , Tarp., pp. 70-71, 98-99. 52, 53; cfr. ibidem , I, pp. 88, 132.
304 Brhad. Aran. Upan., citado por D umézil,; Tarp., p. 50. 310 DiETERLEN Op. cit., p. 66.

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de los mantra'^^^. Es notable que estas doctrinas de fisiología pneumáti­ nal de los símbolos diairéticos de que la imaginación dispone para cor­
ca, en las cuales el aliento está relacionado con un plexo, tienen ten­ tar, salvar, separar y distinguir de las tinieblas el luminoso valor. Sólo
dencia a esquematizar verticalmente los gakra: de siete, tres de estos úl­ la tierra no es jamás inmediatamente pura y sólo se vuelve pura tras
timos se sitúan en la cabeza, en particular el séptimo, que incluso no una lenta operación alquímica o metalúrgica que la instaura en la dig­
tiene ya nada de corporal. Este isomorfismo del aliento y de la verticali­ nidad del metal o de la sal.
dad se encuentra en la doctrina de ni de los bambara; el ni del hom­
bre se localiza en gran parte en la cabeza, en los cabellos incluso, y el
de las plantas en los brotes terminales IV . « R é g im e n D i u r n o » y e s t r u c t u r a s e s q u iz o m o r f a s
Se ve, pues, cómo estas técnicas simbólicas de purificación por la DE LO I m a g i n a r i o
espada, por el fuego, por el agua o por el aire subsumen obligatoria­
Llegado al término de estos seis capítulos de nuestro primer libro,
mente una metafísica de lo puro. Una espiritualización viene a dupli­
no podemos sino constatar el notable isomorfismo que une los diversos
car los procesos purificadores tanto como los esquemas ascensionales.
s\mho\os tn un Régi:í^e^ esf)S5ñco"de^a"^rma caracterizado por
La esencia de la purificación, como de la ascensión, es por último el
akashuy el éter sustrato simbólico de todas las esencias, gün’^ a de los Ve­ constelaciones simbólicar qué" vlenen^L po^^ los dos
grand^es iesquémás'’^HialretK:q^^ En
das y del tantrismo, hü-kung del taoísmo. Los medios de purificación y
efecto, es él gesto diairético lo que parece subtelídéf todo este régimen
las cualidades catárticas de los elementos que acabamos de examinar no
de representación, y parece incluso que si reflexológicamente se eleva
son en efecto más que soportes de una especie de quintaesencia de pu­
uno al principio es para tener la facultad de separar mejor, de discernir
reza que se manifiesta en ellos por uno de sus caracteres: corte de la
mejor, y de tener las manos libres para las manipulaciones diairéticas y
hoja, limpidez del agua, luz del fuego, inmaterialidad, ligereza y ca-
analíticas. En el dominio-de la-s-imbólica.- como en j^l^de la^política,
siubicuidad del aire. Una ensoñación diairética de estos materiales rela­
^aunque la idea del cetro precede como intención^ ja de^^^ sue-
ciona los grandes esquemas ascensionales para desembocar en un esplri­ le je r mediante la espada como se actualiza e s a Y se puede
tualismo que abstrae y separa el espíritu de todas las cualificaciones ac­ decir que la acjtua]h:ación del
cidentales. Una vez más constatamos que la cualidad adjetiva importa mediante la espada y jas actitudes imagijna^^^ diairéíieas. EÍ Régimen
más a la imaginación diurna que el elemento sustancial, y que el adje­ Diurno ts, por tanto, esepcialjneate pQlériyco.T^^
tivo mismo se elimina siempre en el gesto homocéntrico, en el acto que es la antítesis, y hemos visto quejsu-gejometría uraniana^]ooJ:eníar-$€nti"
traduce el verbo y que lo soporta. do más qué como oposición a los rostros del tiempo: el ala y el^ájaro ^
En un divertido artículo consagrado a la importancia adquirida en la se oponen a la teriornqrfíá temporal, esbozan los süenolldeiálripid^
vida moderna por la publicidad mitológica de los «sapónidos y deter­ dé ía ubicuidad y del vuelo contra la fuga roedorajdel t^^^^
gentes», Roland Barthes^*^ ha mostrado perfectamente que en el meo­ calidad definitiva y masculina contradice y domina a la. negata y^^^t^^
llo de un complejo de la purificación, había ósmosis entre los elemen­ ral feminidad ;Ja^eleyacjón_^^^^^^^ antítesis d eJa.’^ mientras que la...
tos, con acentuaciones cualitativas según que se quiera elogiar un líquido luz solar eraTa antítesis del agua triste y de los t e n e ^
purificador «especie de fuego líquido» de la fenomeiiología mordi­ mientos de losjazos del devenir. Es, por tanto, cori tra los.rostros-^del
cante y militar y que «mata la suciedad» o, por el contrario, polvos ja­ tiempo enfrentados a lo imaginario en, upa hi^^ pcsadill^om o
bonosos y detergentes que simplemente «echan» la suciedad. «En la restablece el Régimen Diurno rnediante la espada y las pun^^
imaginería Orno, la suciedad es un pequeño enemigo enclenque y ne­ _j:gino de los pensamientos trascendentes. Nosotros hemos seguido en su
gro que huye a todo correr.» Así, en el esquema diairético, la lejía, los materialidad antropológica el juego de estas antítesis, y por ahora po­
sapónidos y los detergentes dialogan sobre sus virtudes. Pero es preciso dríamos subtitular el Régimen Diurno de la imagen como régimen
ver bien que «Orno» o «Persil» no son más que los últimos avatares pu­ la^antítesis, Pero conviene buscar todavía con mayor precisión a qué es­
blicitarios del arquetipo policial y justiciero del puro arcángel triunfan­ tructuras de la representación imaginaria en general corresponde el iso­
te sobre los negros demonios. Espada, espada de fuego, llama, agua y morfismo de los esquemas, de los símbolos y de los arquetipos estudia­
aire lustral, detergentes y quitamanchas constituyen, pues, el gran arse- dos en los capítulos anteriores.

Cfr. É l ia d e , Yoga, pp. 237 y ss., 243 y ss.


^12 DiETERLEN, op. cit., pp. 59-60; cfr. É l i a d e , op. cit., pp. 244, 246; cfr. en
H. G. R. /., p. 303. Parece, en efecto, que este isomorfismo supera con mucho el cam­
Cfr. B a r t h e s , Mythologies, pp. 38-39. po de lo imaginario, y subrepticiamente se extiende a sectores de la

168 169
representación que, en Occidente, pretenden ser puros y no estar conta­ esencial de la meditación filosófica de Occidente se sitúa ahí desde la
minados por la loca de la casa, Al Régimen Diurno de la imagen co­ difusión del poema parmenídeo. Y, ¿cómo no ver que este régimen de
rresponde un régimen de expresión y de razonamiento filosófico que se la representación va a arrastrar en su profundo surco a todo Platón y a
podría tachar de racionalismo espiritualista. En el plano de las ciencias, todo el Platonismo? No está entre las intenciones de este libro estudiar
la epistemología descubre que, desde Descartes, este racionalismo ana­ directamente las incidencias de la imaginación sobre el pensamiento fi-'j
lítico ha servido en los métodos físicoquímicos, e incluso se ha introdu­ losófico, pero, ¿cómo no observar de pasada que este régimen de la re­
cido, como vamos a mostrar con un ejemplo, en los pasos científicos de presentación estructura dos de las principales filosofías de Occidente, a
la biología. Toda la inspiración de un sistema filosófico como el Samk- saber, la de Platón y la de Descartes Simone Pétrement ha consa­
hya parece estar orientada, como la etimología de su nombre indica grado todo un libro a circunscribir el régimen dualístico del pensa­
por el esuferzo de «discriminación», «de disociación» entre el espíritu miento, el régimen de las antítesis en Platón, los gnósticos y los mani-
parusa y la materia prakriti. Si se opta por otra etimología, siguiendo a queos^^\ No hay más que espigar algunos títulos de capítulos en ese
Garbe y 01denberg ^’\ para quienes este término significa «cálculo», bellísimo libro para darse cuenta de cuán modelado está el perfil histó­
«censo por enumeración de los elementos constitutivos», el esquema in­ rico de nuestro pensamiento occidental por esas dos corrientes, una
ductor de la noción no deja de ser el de una separación, el de una dis­ oriental, otra helénica, una cargándose durante el trayecto del aporte
tinción. Y a esta obsesión de la distinción, como algo más tarde hará el semítico siendo la otra la prolongación directa del parmineidismo.
dualismo platónico, es a la que se une el gran problema espiritualista, Los títulos de los capítulos de la obra de S. Pétrement pueden servir in­
a saber: «lo que subsiste del hombre después de la muerte, lo que cluso de títulos a las diferentes orientaciones de los contenidos de la re­
constituye el verdadero sí mismo, elemento inmortal del ser huma­ presentación, porque este contexto en que se enfrentan «necesidad» o
no» Como añade Éliade, comentando el Neti, Neíi, «el camino de «contrario del bien» y divinidad del «otro lugar», «el alma y el cuerpo»,
la libertad conduce necesariamente a una desolidarización con el cosmos «los dos reinos», esta dialéctica cuyo arquetipo central es el de la «barre­
y la vida profana» En toda la filosofía india se encuentra el leit mo- ra» que separa las tinieblas y la luz^^^ nos resultan también familiares.
tiv soteriológico estrechamente unido a los métodos de discriminación Parece que nuestra buena comprensión de Platón y de la gnosis procede
lógicos: el anuiksakt, ciencia de la controversia, es homólogo del atma- de que nosotros somos platónicos y gnósticos antes de Platón y antes de
vidyp^^, ciencia del alma. Vedanta, Sámkhya y Yoga se resumen como los escritos mándeos. La historia y sus documentos filosóficos vienen a
dialécticas decididas para separar el Espíritu, el Sí mismo, de lo que acostarse en el lecho eterno de las estructuras mentales Y, ¿qué de­
Éliade denomina «la experiencia psicomental»^^^. Experiencia que no es cir de los temas de la filosofía cartesiana? Todo el dualismo cartesiano,
nada más que el contenido psíquico de los avatares, de los compromi- toda la inspiración del método de claridad y de distinción es en nuestra
•s y situaciones temporales. imaginación occidental «la cosa mejor compartida del mundo». El
No es muy difícil ver cómo este Régimen filosófico de la separa­ triunfo del racionalismo es prefigurado siempre por una imaginacioa
ción, de la dicotomía, de la trascendencia, se encuentra en la historia diabética, y como dice profundamente Gusdorf^^^ «el racionalismo)
del pensamiento occidental: se siguen sus huellas a través de las prácti- triunfante desemboca en una filosofía del doble: el espíritu es el dobleí
as purificadoras del pitagorismo acusmático. El eleatismo parmenídeo, del ser, como el mundo inteligible es el doble más auténtico del mun-\
«punto de partida de toda la dialéctica griega»’^®, parece condensar, a do real...». ^
medio camino entre el concepto y las imágenes, el isomorfismo consti- Por último, si nos volvemos hacia la epistemología, veremos que la
jtutivo del Régimen Diurno de la representación; estatismo de la tras­ marcha científica misma se somete a tal o cual régimen de la represen-
cendencia opuesto al devenir temporal, distinción de la idea finita y
J)recisa, maniqueísmo originario del día y de la noche, de la luz y de la 322 E. SOURIAU no se ha engañado cuando escribe {Pensée vivante, p. 270, nota 1);
Sombra, mitos y alegorías relativas a la ascensión solar Una parte «Platónico el gran siglo de la Edad Media, el xii, el de Abelardo y de Notre Dame de Pa­
rís; platónica también la filiación que comienza en Ramus, pasa por Descartes y llega
Cfr. É l ia d e , p . 21. hasta Montesquieu.»
Citados por ÉLIADE, op. cit., p. 360. 323 Cfr. S. Pétrement, Le Dualism e chez Platon, les gnostiques et les manichéens;
Cfr. S. PétrEMENT, Le Dualism e, pp. 1 5 7,210y ss. cfr. pp. 138 y ss.
ÉLIADE, op. cit., pp. 20, 24. 324 Cfr. op. cit., pp. 208, 216.
Op. cit., p. 27. 325 Qp, cit., pp. 39, 48, 160, 164, 170, 175.
Op. cit., p. 29. 326 Cfr. op. cit., p. 344; cfr. D uchesne G uillemin, op. cit., pp. 104 y ss.
320 B rehier, H ist. Philo., I, 1, p. 63; cfr. D uchesne-G uillemin, Ormazd et A hú­ 327 GuSDORF, Mythe et M étaphysique, p. 179; cfr. p. 258. En un contemporáneo co­
man, Vaventure dualiste dans TAntiquité, pp. 85 y ss. mo Lévi-Strauss el viejo Esquema polémico juega plenamente todavía (cfr. La Pensée
321 Cfr. B réhiero/?. cit., pp. 63-65. sauvage').

170 171
de la célula, servía de refugio frente a motivaciones culturalistas. Ahora
tación y que los conceptos más puros y las nociones m ás austeras no queda por saber si la psicología puede darnos precisiones sobre la sinto­
pueden liberarse completamente del sentido figurado original. Bache­ mática de este régimen de la representación humana.
lard ha escrito todo un libro para mostrar cómo a la ciencia le costa­
ba liberarse de sus mantillas de imágenes y de sueños. Tomemos un
ejemplo preciso al fisósofo de la biología G. Ganguilhem, quien en un
excelente artículo muestra que las querellas científicas no son a menu­ Reservamos para después el estudio de las relaciones entre la ar-
do más que el resultado de las diferencias de régimen de la imagen quetipología y la tipología psicológica, de igual forma que nos hemos
El antagonismo tradicional entre citologistas más o menos mecanicistas contentado con constatar en el párrafo anterior las relaciones entre cier­
e histologistas adeptos de lo continuo no se debe, al parecer, más que a tas fases históricas del pensamiento humano y el Régimen Diurno de la
la valorización positiva o negativa dada a la imagen de una membrana representación. De igual forma que hemos subrayado de pasada un pa­
celular. La representación de la célula viva, ambigua como la de la ciu­ rentesco irrefutable entre los arquetipos estudiados en los capítulos an­
dad, de la muralla, etc., es de aquellas en las que la imaginación pue­ teriores y las representaciones del platonismo y del gnosticismo, vamos
de jugar, bien sobre el aspecto diairético de un sueño de lo disconti­ a destacar ahora, y ya lo hemos observado el parentesco irrefutable
nuo, bien sobre el aspecto nuclear, centrípeto de lo infinitamente pe­ entre el Régimen Diurno de la imagen y la representación de los es-
queño y adentrarse entonces en una ensoñación de la intimidad. No quizofrénicós.
consideraremos más que el primer régimen de la imagen celular, el ré­ Evidentemente, desde ahora hay que comprender bien la diferencia
gimen diairético. Nos dice Canguilhem que Hooke, habiendo practica­ que haremos entre estructuras esquizomorfas características del Régi­
do un fino corte en un trozo de corcho, observa su estructura comparti- men Diurno de la representación y tipologías esquizofrénicas o esqui­
mentada. Y el epistemólogo insiste sobre la «sobredeterminación afec­ zoides. Y ante todo, debemos subrayar los errores de los diagnósticos y
tiva» de tal imagen y busca bajo ese tabicamiento, que hace derivar los procedimientos rutinarios que encontramos entre los psiquiatras en
de la contemplación del pastel de miel, coordenadas sociológicas: valor la definición de la esquizofrenia. El error más célebre es en nuestra opi­
de la cooperación constructiva, de la asociación. Pero nosotros creemos nión el de Jaspers, a propósito del diagnóstico de esquizofrenia que esta­
que hay que insistir sobre todo en el valor tabicante en sí mismo, en el blece para Van Gogt, diagnóstico prohibido, con justo motivo, tanto
esquematismo diairético que precede a todo sueño de lo tabicado. por la doctora Minkowska, Leroi y Doiteau, como por Riese Asimis­
Porque este valor señala la selección de toda la representación para un mo, uno puede preguntarse si la esquizofrenia descrita y cuidada por la
régimen exclusivo, para una opción definitiva más allá de las dos pul­ doctora Séchehaye no se opone radicalmente a la estudiada por Min-
siones imaginarias entre las que ha «oscilado»: ya sea la imagen «de una kowski^^^: la una es angustia ante la visión esquizomorfa del universo;
sustancia plástica fundamental, ya sea una composición de parte de la otra, por el contrario, euforia, delectación mórbida ante la Spaltung,
átom os...»” \ estancos e individualizados. Dicho en otros términos, ve­ Una quiere curar, la otra parece estar perfectamente a gusto en las alu­
mos aquí triunfar un régimen de representaciones biológicas «celular» cinaciones de la enfermedad. Pero no tendremos en cuenta esta varia­
que se opone a un régimen protoplásmico y citoblastémico. Canguil­ ción de actitud tipológica del enfermo ante las formas arquetípicas de
hem muestra incluso que, a través de los avatares «fibrilares», hay la enfermedad. Desde luego, si el rechazo de estas formas, si la volun-
también una estructura celular que sigue apareciendo en la representa­
ción de un Buffon, un «atomismo biológico» calcado sobre la mecánica
newtoniana, pariente próximo del atomismo psicológico de Hume. De Cfr. infra, pp. 361 y ss.
Cfr. supra, p. 137. E. SOURIAU, en las conclusiones de su hermosa y ferviente ple­
este modo, la imagen del compartimento, el esquema diairético que la garia por la perfección formal y la estilización, después de haber rendido homenaje al
estructura y constituye con ella el Régimen Diurno, es verdaderamente platonismo, establece los criterios de la iconografía estilizada. Aquellos que anuncian de
axiomático de todo un sector de representaciones que reúne pensa­ una forma sorprendente las estructuras esquizomorfas que nosotros distinguimos aquí
mientos tan variados como los del biólogo, del físico mecanicista, del por otras vías completamente diferentes. La utilización de la cemure de las figuras, la
«frontalidad», la simplificación del rasgo, la simetría, la dialéctica simétrica de los plenos
psicólogo o del filósofo. Acabamos de ver rápidamente que cierta pe­ y de los vacíos, todas estas cualidades formales están muy cerca de las cinco estructuras
rennidad de este régimen, de la filosofía Samkhya a la epistemología que nosotros vamos a inducir del isomorfismo de los símbolos del Régimen Diurno. Cfr.
E. SouRiAU, Pensée vivante, pp. 256-263.
^28 C f r . B a c h e l a r d , La Formation de l'esp rit scientifique. 335 Cfr. J aspers, Strindberg y Van Gogh, p. 2 1 8 , y M inkowska , D e Van Gogh et
^29 C anguilhem, Connaissance de la vie, p. 56.
C fr. Seurat aux dessins d'enfants, p. 22.
Op, cit., p. 56. 336 Cfr. S échehaye, Jo u rn al d\une schizophrène, pp. 4, 17, 22 y Minkowski, La
Op. cit., p. 57. Schizophrénie, p. 203.
^^2 Op, cit., p p . 67, 69.

173
172
tad de combatir «el país del esclarecimiento» si los gritos y las gesti­ CO», «pérdida de la función de lo real», «autismo»^'^^ Bleuler define
culaciones concebidas como gestos de defensa están ya en el camino de el autismo como el despego de la realidad, no revistiendo el pensa­
la curación, no es menos cierto que, incluso en este caso límite en que miento y sus intimaciones más que una significación subjetiva. Por
el enfermo parece aborrecer las formas y las imágenes vehiculadas por ejemplo, una enferma sitúa los puntos cardinales según sus preferen­
la enfermedad, esta última presenta un conjunto de formas y de estruc­ cias personales: el norte se localiza ante ella. Asimismo, un enfermo
turas que constituyen un coherente síndrome de la esquizofrenia, que orina confunde este acto con la lluvia e imagina toda una ensoña-i
síndrome en el que encontramos, bajo un aspecto caricaturesco, los ción en la que él «rocía al mundo» Este retroceso, esta distancia
elementos simbólicos y esquemáticos del Régimen Diurno de la imagina­ puesta entre el enfermo y el mundo, crea esa actitud de representación
ción. No se trata para nosotros de describir el tipo de personalidad es­ que hemos denominado «visión monárquica», y el psiquiatra puede haA
quizoide o esquizofrénica, sino simplemente, en el seno del isomorfís- blar por su parte respecto a la actitud de su enfermo de «torre de mar-\
mo de las constelaciones de imágenes del Régimen Diurno, de poner fil»; este último se aleja por completo del mundo, «para mirar desde!
en evidencia estructuras esquizomorfas de la representación. Más tarde arriba, como aristócrata, debatirse a los demás...»^'‘^. El Rorschach tra­
veremos que la personalidad puede convertirse de un régimen al otro, duce este autismo en un síndrome descrito por Monnier^"^^: en particu­
y en este caso hay curación, como ha mostrado Séchehaye Pero las lar, uno queda sorprendido por el pequeño número de respuestas tri­
estructuras arquetípicas y sus relaciones isomorfas permanecen sin cam­ viales, por el cruzamiento inverso de buenas o malas respuestas origina­
bio, intangibles en una especie de objetividad nouménica de los regí­ les, por la ausencia o la escasez de grandes detalles normales, por la
menes de representación. A decir verdad, incluso el retrato que Min- ausencia o la escasez de respuestas forma-color. Según Bohm^^®, la pér­
kowski^^^ nos traza de lo «racional» es un síndrome de régimen de la dida de la función del «-yo-aquí-ahora» se manifestaría por referencias
personales y por asociaciones espontáneas. De este modo, la estructura
R epresentación más que un tipo caracterológico.
En efecto, pueden reconocerse en esta descripción los rasgos esuuc-
esquizomorfa primera no sería otra cosa que este poder de autonomía y
de abstracción del medio ambiente, que comienza desde la humilde
urales más típicos del Régimen Diurno de la imagen. «Lo racional autocinesis animal, pero que se refuerza en el bípedo humano por el
-escribe Minkowski— se complace en lo abstracto, en lo inmóvil, en hecho de la posición vertical liberadora de manos y de herramientas
D sólido y lo rígido; lo moviente y lo intuitivo se le escapan; piensa que prolongan estas últimas.
fiás de lo que siente y no capta de forma inmediata; es frío respecto al
La segunda estructura que encontramos unida precisamente a esta
Imundo abstracto; discierne y separa, y por ello los objetos, con sus con-
facultad de abstraer que es la señal del hombre que reflexiona al mar­
(tornos cortantes, ocupan en su visión del mundo un puesto privilegia-
gen del mundo, es la famosa Spaltung. Esta última no es, como obser­
i do; de este modo llega a la precisión de la forma...»^^®. Ahí está el va Minkowski Zerspaltung, es decir, disgregación. Es la prolonga­
«síndrome de la espada» que con perspectiva nos es descrito, sostenien­
ción representativa y lógica de la actitud general autística. En la Spal~
do el proceso diairético, toda la labor paciente de métodos que por lar­
tung, nosotros haremos menos hincapié en la actitud caracterológica de
gas cadenas de razones quieren dar cuenta de la trascendencia. Este «separarse» que en el comportamiento representativo de «separar». El
racionalismo extremo, y, en última instancia, «mórbido»^^^ pone de re­ Rorschach pone en evidencia perfectamente la Spaltung. Así, la plan­
lieve las estructuras esquizomorfas del Régimen Diurno de la represen­ cha III, donde parece completamente natural ver a camareros, gentes
tación.
La primera estructura esquizomorfa que saca a la luz el crecimiento 343 MiNKOSWKY, Schizophrénie, pp. 67, 69; cfr. asimismo, «L’autisme ct les attitu­
patológico es una acentuación de ese «retroceso» en relación al dato des schizophréniques», tn jo u m . Psycol., 1927,1, p. 237.
que constituye la actitud reflexiva normal. Este retroceso se convierte 344 Citado por Minkowski op. cit., p. 110; cfr. Lacroze, op. cit., p. 121 y ss.
entonces en «pérdida del contacto con la realidad», «déficit pragmáti- 345 Cfr. S échehaye, op. cit., pp. 54, 89.
346 Minkowski op. cit., p. 42; cfr. E. S ouriau op. cit., p. 257, que opone muy jui­
ciosamente la fron talid ad de una obra estilizada, como el Grifo del Campo Santo de Pisa
o los Kheroubim del Louvre a los resúmenes de las formas movientes y barrocas del «Galo
337 S échehaye, op. cit., pp. 20, 17, 66, 80. matándose» de la Colección Ludovisi.
338 cfr. infra, p. 245. Monnier, «Test psychologique de Rorschach», en Encéphale, vol. 29, 1934; cfr.
339 Minkowski, Schizophrénie, p. 203. Bohm, op, cit., II, p. 436. E. S ouriau {op. cit., p. 258) da cuenta perfectamente de que
340 Op, cit., p. 203; cfr. Séchehaye , op. cit., p. 28, para quien el enfermo tiene una la estilización puede volverse exagerada y caer en el autismo; cfr. en Malraux (Voix du
representación «fijada» del universo; véase asimismo J ames , Pragmatisme, p. 27. Silence, pp. 129 y ss.) la noción de «regresión» de un estilo en signos puramente for­
341 Cfr. Rogues de Fursac y E. Minkowski, «Contribution à l ’étude de la pensée et males.
de l ’attitude autiste», en Encéphale, 1923, y Schizoph., p. 80. 348 Cfr. op. cit., II, p. 439.
342 Cfr. A lquié, Philo, du Surréalisme, p. 182. 349 Cfr. Minkowski, op. cit., pp. 212-213.

174 175
gantizacioD:
■ '/

I*
tremos», y debido a ello, «vive... en una atmósfera de conflicto cons­ la que el enfermo se pregunta si el grado más alto de belleza no consis­
tante con el ambiente» Esta fundamental actitud conflictiva rebasa, tiría en tener el cuerpo en forma de esfera. Esta ensoñación se complica
sobre todo, el plano de la representación, y las imágenes se presentan entonces con una visión cubista del mundo: «Yo busco la inmovili­
por parejas en una especie de simetría invertida que Minkowski deno­ dad... tiendo al reposo y a la inmovilización. Por eso amo los objetos
mina la «actitud antitética» La antítesis no es más que un dualismo inmutables, las cajas y los cerrojos, las cosas que están siempre ahí y no
exacerbado, en la que el individuo rige su vida únicamente según las cambian jamas.» Esta visión cézanniana del universo se profundiza en
ideas y se convierte en «doctrinario a ultranza». Todas las representacio­ meditación de la sustancia del ser: «La piedra es inmóvil, la tierra por
nes y todos los actos son «considerados desde el punto de vista de la an­ el contrario se mueve, no me inspira ninguna confianza...» Por último,
títesis racional del sí o del no, del bien y del mal, de lo útil y de lo per­ la meditación petrificante atrae naturalmente la imagen de la monta­
judicial... »^^"*. Minkowski traza un cuadro completo de estas antítesis ña, la dialéctica de la cima y del abismo, y descubre nuevamente técni­
esquizomorfas, en las que el pensamiento se opone al sentimiento, el cas purificadoras muy cercanas a las prácticas sabáticas y que permiten
análisis a la penetración intuitiva, las pruebas a la impresión, la base a separar los dos términos antitéticos: «El pasado es el precipicio, el futu­
la cima, el cerebro al instinto, el plan a la vida, el objeto al aconteci- ro es la montaña. Así es como se me ha ocurrido la idea de dejar un
náiento y, por último, el espacio al tiempo. Estas antítesis conceptuales día-tampón entre el pasado y el futuro. Durante ese día trato de no ha­
ij|o son más que la prolongación de las antítesis imaginativas que seña­ cer nada de nada. Me he quedado así una vez veinticuatro horas sin
lábamos al principio de este libro en la obra de algunos grandes orinar...»
poetas Y por último, todas se resumen en la antítesis constitutiva de Hemos tenido que citar esta larga página a fin de subrayar su para­
1^ dos partes de este primer libro: es la antítesis del tiempo, de sus dójica coherencia. Parece que el enfermo, más que nadie, se abandona
¿núltiples rostros, y del Régimen Diurno de la representación, lastrado por completo al dinamismo de las imágenes. Entonces todas sus repre­
pe sus figuraciones verticalizantes y de su semantismo diairético, ilus- sentaciones están sometidas a un régimen único. No obstante, volve­
J:rado por los grandes arquetipos del Cetro y de la Espada. mos a repetir que este régimen no se confunde con la modificación ca­
^ Para concluir este cuadro de las estructuras esquizomorfas exaspera­ racterial aportada por la enfermedad, porque este régimen no tiene en
das por la enfermedad, es necesario dejar al propio enfermo que resu­ sí mismo nada de patológico, sostenido como está por los grandes ges­
ma el isomorfismo rígido del régimen general de sus representación. tos naturales que gravitan en torno a los reflejos posturales dominantes
En este monólogo de esquizofrénico referido por Minkowski vamos y de sus condicionamientos normales. Las estructuras esquizomorfas no
a ver converger una Weltanschauung geométrica que se podría tachar son, por tanto, la esquizofrenia; siguen siendo y subsisten en represen­
de cartesiana, con acentos parmenídeos aquí y allá, y ensoñaciones an- taciones calificadas de normales. Por eso veremos que no se confunden
tibergsonianas de la solidez como ideal; por último, lo sólido apela a la ni con la tipología de un carácter psíquico particular ni con una presión
imaginación de la roca y de la montaña. «A ningún precio quiero estro­ cultural cualquiera. Por ahora, tras haber mostrado que el Régimen
pear mi plan —dice el enfermo— , antes prefiero estropear mi vida que Diurno, el régimen de la antítesis, estaba nítidamente caracterizado
el plan. Es el gusto por la simetría, por la regularidad lo que me lleva por estructuras esquizomorfas que se podían estudiar desmesurada­
hacia mi plan. La vida no muestra ni regularidad ni simetría, y por eso mente agrandadas por la lupa de la enfermedad, nos queda por mos­
es por lo que yo fabrico la realidad.» Para reforzar este intelectualismo trar cómo la imaginación puede invertir los valores atribuidos a los tér­
triunfante, el enfermo precisó: «... mi estado de espíritu consiste en no minos de la antítesis. Cómo el espíritu puede curarse de la exclusiva es-
prestar fe más que a la teoría. No creo en la existencia de una cosa más quizoforma que es la esquizofrenia^^®, cómo puede pasar de un régi­
que cuando la he demostrado...» Y tomando por su cuenta el viejo men al otro y convertir su visión filosófica del mundo, es lo que vamos
sueño cartesiano de la «Mathesis universalis»: «Todo será remitido a las a estudiar ahora en la constitución de los temas principales del Régi­
matemáticas, incluso la medicina y las impresiones sexuales...» Luego, men nocturno de lo imaginario. Para concluir esta primera parte, debe­
la voluntad de geometrizar se simplifica en una visión parmenídea en mos decir que hemos verificado nuestro postulado de partida, según el
cual el sentido propio, y que se cree conceptual, sigue siempre al sentí-^
3^2 Minkowski, «Troubles essentiels de la schizophrénie», en Evol. psychiatr., p. 28. do figurado. Mediante actitudes de la imaginación se llega a las estruc-1
Cfr. infra, pp. 397 y ss. turas más generales de la representación, y es la imagen de la espada y ¡
363 Minkowski, op. cit., p. 83. sus coordenadas espectaculares y ascensionales, las que anuncian las es-/
364 O p , cit., p. 83; cfr. S é c h e h a y e , o p . cit., p. 24.
365 Troubles essentiels, p. 30.
tructuras esquizomorfas: a saber, la desconfianza por lo que se refiere/
366 Cfr. supra, p. 39.
367 Minkowski, op. cit., pp. 90-92. 368 S échehaye, op. cit., pp. 22, 45, 52.

178 179
al dato, a las seducciones del tiempo, la voluntad de distinción y de
análisis, el geometrismo y la búsqueda de la simetría y, por último, el
pensamiento por antítesis. Podría definirse el Régimen Diurno de la LIBRO SEGUNDO
representación como el trayecto representativo que va de la primera y
confusa glosa imaginativa injertada en los reflejos posturales, hasta la EL RÉGIMEN NOCTURNO DE LA IM AGEN
jargumentación de una lógica de la síntesis y hasta el «huir de aquí»,
^platónico

369 P. Ricœur, op. cit., p. 261, cap. IV, «Le Mythe de l’ame exilié et le salut par la
connaissance».

1 80
El estudio precedente nos ha hecho ver de cerca la fundamental di­
ferencia que presenta la exclusiva prosecución de la trascendencia y la
polémica dualista que de ella se deriva. «Se cansa uno de ser platónico»
—escribe Alain— o, si uno no se cansa, se aliena. Es que la represen­
tación que se confina exclusivamente en el Régimen Diurno de las imá­
genes desemboca, bien en una vacuidad absoluta, una total catarofilia
de tipo nirvánico, es decir, en una tensión polémica y una constante vi­
gilancia de sí mismo que fatiga la atención. La representación no pue­
de permanecer constantemente en su lugar descanso y vigilante, so pe­
na de alienación. El propio Platón sabe de sobra que se debe bajar de
nuevo a la caverna, tomar en consideración el acto mismo de nuestra
condición mortal y hacer, hasta donde sea posible, un buen uso del
tiempo. Asimismo, el psicoterapeuta^ recomienda, en la práctica ascen-
sional del sueño despierto, no «soltar» al soñador en la cumbre de su
ascensión, sino hacerle descender progresivamente a su nivel de parti­
da, llevarle suávemente a su altura mental habitual. Por último, la
esquizofrénica^ tratada por Séchehaye está en vías de curación cuando
siente horror por el mundo exclusivo del esclarecimiento y se aferra a
un ritual y a un simbolismo nocturno.
Frente a los rostros del tiempo se esboz^
imaginativa3 pc' ConsÍsfé en captar fuerzas vitales^ del devenitr eñf
<íX(orcizaf ídolos asesinos dé C r o iíd s;:^
benéfi^cos, en iñcór^^^ a la ineluctable dependencia del
, tieñtípo las" tranquilizantes figuras d é .constantes, de ciclos que en el
seno mismo del devenir parecen cumplir un diseño eterno, Él antídoto

^ A lain Icíées, p. 104. Y añade: «Eso es lo que significa Aristóteles.»


2 D esoille, Explor., pp. 27, 68.
^ StQHEHA'YE, Jo u rn al d'une schizophrène, pp. 66, 74, 84.

183
del tiempo ya no se seguirá buscando al nivel sobrehumano de la tras­ de la mujer exorcizada y sublimizada. S. Pétrement® ha puesto de re­
cendencia y de la pureza de las esencias, sino al de la tranquilizante y lieve un movimiento idéntico en las «tentativas para superar el dualis­
cálida intimidad de la substancia o cn las constantes rítmicas que mo gnóstico», especialmente entre los pseudoclementinos que reempla­
acompasan fenómenos y accidentes. Al régimen heroico de la antítesis zan el catarismo dualistico de la gnosis por una teoria de los contrarios
ya a sucederle el régimen plenario del eufcmÍ5mo. La noche, no sola- concebidos como acoplados en la sicigia, en la cual el principio femeni­
rricnte sucede al día, sino también y sobre todo a las tinieblas nefastas. no es necesario para el cumplimiento del Pléroma: el Salvador viene a
Ya habíamos señalado ^ cuando estudiábamos los tenebrosos rostros «formar», y con ello a salvar, la Sophia femenina, figura de nuestras al­
del tiempo, Ja^mndencia progresiva a la eufemización de los terrores mas incompletas. En todos estos ejemplos, tanto psicológicos como his­
brutales, y mortales en simples temores eróticos yl caíríales. Habíamos tóricos, se ve cómo el imperialismo de lo imaginario, añadiendo símbo­
observado cómo se había producido un deslizamiento progresivo del lo tras símbolo, añadiendo, como hemos mostrado, la feminidad
<(tnal metafisico al pecado moral mediante el juego sugestivo de las imá­ menstrual a la temporalidad lunar, inicia una eufemización indicativa
genes misinas. Y el psicoanálisis ha puesto genialmente en evidencia por sí misma de una ambivalencia a partir de la cual pueden invertirse
^qiié Crónos y Thánatos se combinan con Eros^ las actitudes ante el tiempo y ante la muerte.
Querríamos insistir en esta ambivalencia esencial de Eros, no para Veamos más de cerca este proceso imaginario de inversión de los va­
interrogarnos sobre la duplicidad de la pulsión primitiva, sino para ter­ lores. Como escribe M. Bonaparte^, «uno de los rasgos más constantes
minar y encerrar en sí mismo el estudio de la valorización negativa de de Eros es arrastrar a su lado a su hermano Thánatos». Ya hemos estu­
las imágenes nocturnas. La ambivalencia Eros-Cronos-Tánatos, de la diado cómo para la representación imaginaria, este arrastre se llevaba a
pulsión y del destino mortal, marca el límite mismo a partir del cual cabo al sesgo de la impureza femenina constituida por la sangre mens­
los grandes temas de la simbólica que acabamos de estudiar sólo pue­ trual. Pero también es verdad lo recíproco de la fórmula de la psicoana­
den invertir su valor. Si Eros tiñe de deseo el destino mismo, hay algún lista, aunque los símbolos descansan sobre una ambivalencia funda­
medio de exorcizar de otro modo que por la antítesis polémica e impla­ mental. Esto explica la ambivalencia de ciertas divinidades feminoides:
cable el rostro amenazador del tiempo. Junto al proceso metafisico que, De Kali, que es a la vez Parvati y Durga, de la Venus libitina, «Venus
mediante los símbolos antitéticos, la huida o la espada, combate los romana —escriben Bréal y Bailly — , cuyo nombre viene de libitum , de­
monstruos hiperbólicos engendrados por la angustia temporal, junto a seo; pero que por razones que se ignoran, los objetos relativos a las exe­
una actitud diabética y a una ascesis trascendente, la duplicidad que quias se vendían en su templo..., cambió luego su papel y se convirtió
permite la eufemización de la muerte misma abre a lo imaginario y a en diosa de los funerales»./^hora bien, estas son las razones que revela
las conductas que motiva un camino completamente distinto. Esta in­ la arquetipología: la venustidad acompaña a la diosa ctónica; en torno
versión de los valores simbólicos, gracias a la ambigüedad del Eros, es a la muerte y a la caída del destino temporal se ha ido formando una
lo que Denis de Rougemont^ ha descubierto en la evolución histórica constelación femenina, después sexual y erótica. La jibidg^sería siem­
de la «revolución» càtara en el siglo XII. Al ascetismo dualistico exacer­ pre, por tanto, ambivalente, y ambivalente de muchas maneras, no só­
bado en el que el entusiasmo, el Eros divino, llega al amor del amor, a lo porque es un vector psicológico con polos de rechazo y de atracción,
un deso vacío de objeto que, por odio a la carne se encuentra frente a sino también por una duplicidad fundamental de estos dos mismos po­
frente con la muerte, viene a incorporarse poco a poco una doctrina del los. Esta ambigüedad es lo que ya señalaba Platón en el famoso pasa­
amor que eufemizará el contexto carnal e invertirá progresivamente los je del Banquete en que Eros es definido como hijo de Recurso y de Po­
valores ascéticos promulgados por los perfectos. Del «huir de aquí» pla­ breza. Pero hay aún otra ambigüedad que cimenta las dos anteriores*^
tónico al Eros platónico y finalmente a la cortesía y al culto a la Dama, es que el amor puede, al tiempo que ama, cargarse de odio o de deseof
el trayecto psíquico es continuo ^ La ortodoxia católica misma no podrá de muerte, mientras que recíprocamente la muerte podrá ser amada enj
permanecer al margen de esta «evolución psíquica» inaugurada ppr la una especie de amor fa ti que imagina en ella el fin de las tribulaciones i
herejía, y terminará por instaurar el culto de la Vigen-Madre, estulto temporales. La primera de estas actitudes la subrayaba Platón por boca
de Alcibíades, deseando el aniquilamiento del objeto amado; tal acti-

4 Cfr. supra, p. 109. 8 S. Petrement, op, cit., pp. 160, 2-5, 207.
5 Cfr. M. Bonaparte, Eros, Chronos et Thanatos, p. 67. 9 Op. cit., p. 120.
6 D enis DE Rougemont, op. cit., pp. 98 y ss, Bréal y Bailly, Dict. étym. langue latine. Cfr. G rimal, op. cit., artículo «Libiti­
7 ^Scrà quizá este mismo trayecto el que, en la creación literaria tanto como en la na», explica su relación con Venus «por el juego de la falsa etimología lihidino-libitina».
historia de la literatura, define el «momento novelesco»? Cfr, nuestro trabajo sobre Le Pero para la psicología no hay etimologías falsas.
Décor mytique de la Chartreuse de Parme; conclusión:. «Le moment romanesque». Platón, Banquete, 203 b.

184 185
tud es la que metódicamente ha estudiado el Psicoanálisis mientras ra de la pulsión más que su agresividad masculina y su combatividad,
que Freud dedicaba a la segunda dos estudios célebres a cuyo termino que sazona de purificaciones ascéticas y bautismales. Otras veces, por el
diferenciaba una libido puramente edónica de un «instinto de contrario, la libido se adaptará a las dulzuras del tiempo, trastrocando
muerte», separación no radical puesto que en el sadismo es la libido la desde dentro el régimen afectivo de las imágenes de la muerte, de la
que se apoderaría de los instintos de muerte y los proyectaría sobre el carne y de la noche: entonces es cuando el aspecto femenino y materno
objeto del deseo, dando así un tinte macabro al placer mismo. El ins­ de la libido se valorizará, cuando los esquemas imaginarios se inclinen
tinto de muerte residiría en el deseo que cada ser vivo tiene de volver a hacia la regresión y cuando bajo este régimen la libido se transfigure en
lo inorgánico, a lo indiferenciado. un símbolo materno*^. Otras, por último, el deseo de eternidad para
Contrariamente a Freud, nosotros no llegaremos hasta la distinción querer superar la totalidad de la ambigüedad libidinosa y organizar el
de los dos principios libidinales; con Marie Bonaparte conservaremos devenir ambivalente de la energía vital en una liturgia dramática que
la unidad ambigua de la libido a través de sus avatares eróticos, sádi­ totaliza el amor, el devenir y la muerte. Entonces es cuando la imagi­
cos, masoquistas o mortícolas. Entonces la libido puede ser asimilada a nación organiza y mide el tiempo, lo enriquece con los mitos y las le­
un impulso fundamental donde se confunde deseo de eternidad y pro­ yendas históricas, y por la periodicidad, llega a consolarse de la huida
ceso temporal tal como esa «voluntad» tan impropiamente llamada por del tiempo
Schopenhauer necesidad tan pronto padecida y amada, como detes­ Advertimos que por estas dos últimas modalidades —que en el tér­
tada y combatida. Si examinamos con Jung la etimología de la pala- mino medio de Eros prestan cierta sonrisa a los rostros de Cronos— se
ibra libido, vemos que el latín debilita y racionaliza el sentido etimoló- define un nuevo régimen de la imagen que agrupa dos grandes fami­
¡g k o sánscrito que signifícaba^íexperimentar un violento deseo». La lias de símbolos; que, una y otra, participan de modo directo en las
libido tiene por tanto el sentido de desear en general, y de sufrir la incli- imágenes temporales que ellas mismas conforman. El Régimen Noctur­
! nación de ese deseo. Jung asimila este deseo fundamental al Eros pla­ no de la imagen estará constantemente bajo el signo de la conversión y
tónico, al Dionisos tebano, a Fanes, a Príapo y a Kama en tanto que del eufemismo. El primer grupo de símbolos que vamos a estudiar está
«energía en general». Pero es la ambigüedad de esta libido lo que le compuesto por una pura y simple inversión del valor afectivo atribuido
permite diversificarse y también invertir las valorizaciones de la conducta a los rostros del tiempo. El proceso de eufemización esbozado ya al ni­
según que se separe o se una a Thánatos. La libido aparece de este modo vel de una representación del destino y de la muerte, sin embargo sin
como la intermediaria entre la pulsión ciega y vegetativa que somete el ilusiones, se irá acentuando para acabar en una verdadera práctica de
ser al devenir y el deseo de eternidad que quiere suspender el destino la antífrasis por inversión radical del sentido afectivo de las imágenes.
mortal, almacén de energía del que se sirve el deseo de eternidad o El segundo grupo estará centrado en la búsqueda y el descubrimiento
contra el cual, por el contrario, se irrita. Los dos Regímenes de la ima­ de un factor de constancia en el seno mismo de la fluidez temporal y se
gen son, por tanto, los dos aspectos de los símbolos de la libido. En esforzará por sintetizar las aspiraciones más allá de la trascendencia y
efecto, el deseo de etenidad unas veces se acomoda con la agresividad, las intuiciones inmanentes del deyenir. En ambos grupos hay valoriza­
con la negatividad transferida y objetiva del instinto de muerte para ción del Régimen Nocturno de las imágenes, pero en un caso la valori­
combatir el Eros nocturno y feminoide, y hasta ahora hemos clasificado zación es fiindamental e invierte el contenido afectivo de las imá­
estos símbolos antitéticos, purificadores y militantes. En este caso po­ genes: entonces, en el seno de la noche misma, es donde el espíritu
demos observar, con Ju n g **®, una coincidencia de una parte de la libido busca su luz y la caída, se eufemiza en descenso y el abismo se minimi­
con la prohibición del incesto, la lucha contra la revolución incestuosa za en copa, mientras que en el otro caso la noche no es más que la ne-j
y sus símbolos femeninos o teriomorfos. La energía libidinal se sitúa cesarla propedéutica del día, promesa indudable de la aurora. Nosotros
entonces bajo la autoridad de un monarca divino y paternal, y no tole­ vamos a empezar nuestro estudio por la inversión radical del Régimen
Diurno de las representaciones, reservando para una segunda parte el
^2 Cfr. K. Abraham, Essai d'une histoire de l'évolution de la libido, Intern. análisis de los mitos y de los símbolos constitutivos de una dialéctica
Psychan. Verlag, 1924, y Minkow ski, op. cit., pp. 67-69. del retorno.
S. F reud , Au-delà du principe du plaisir y Le problèm e économique du masochis­
m e; cfr. R. Neixi, L 'am our et les mythes du cœur, pp. 107 y ss.
M. Bonaparte , op. cit., p. 119; cfr. J u n g , Libido, p. 406.
*5 S chopenhauer, Le Monde, I, § 54.
*6 J ung , op. cit., p. 122.
*7 J un g , op. cit., pp. 130-131. Cfr. op. cit., pp. 404, 406; cfr. B audouin , Le Triomphe du héros, pp. 228-229.
^8 Cfr. op. cit., p. 217. 20 Cfr. P. Auger, «Deux temps, trois mouvements, en Diogène, julio de 1957, p. 3-

186 187
PRIMERA PARTE

EL DESCENSO Y LA COPA

El espíritu de las profundidades es imperecedero; se le lla­


ma la hembra misteriosa...

Tao-Te-King, VI

La ceniza de las rosas terrestres es la tierra natal de las rosas


celestes... y nuestra estrella de la tarde, la estrella matutina
para las antípodas...

N ovaus, Schrifften, III, p. 189

I. Los s ím b o l o s d e l a i n v e r s i ó n 1

En los capítulos que vienen a continuación, volveremos a encontrar


todos los rostros del tiempo, pero como exorcizados de los terrores que
vehiculaban, transmutados por haber abandonado el régimen de la an­
títesis. No obstante, el lenguaje no debe engañar: con mucha frecuen­
cia continuará utilizando el vocabulario de las técnicas de purificación,
pero haciéndole ábarcar un contexto imaginario completamente distin­
to. Por ejemplo, el término «puro» ocultaba para la imaginación meta­
física de la trascendencia símbolos de la ruptura, de la separación; por
el contrario, la imaginación ontologista de la inmanencia leerá en este
epíteto los sustantivos simbólicos de la ingenuidad, de la inmemoriali-
dad, de la inmediatez originaria. La pureza, según Bergson o Rous­
seau, no tiene el mismo contenido semántico que en Platón o en Des­
cartes. Además, la eufemización de los iconos temporales se hace siem­
pre con prudencia, por etapas, de modo que las imágenes conserven, a
pasar de una fuerte intención de antífrasis, un resto de su origen terro-

1 B audouin utiliza el término de «reversión»; cfr. Le THomphe du Héros, pp. 124-


130 .

1 89
rífico o, por el contrario, se anastomosen curiosamente con las antítesis de retorno como aclimatación o consentimiento a la condición tempo­
imaginadas por la ascesis diairética. Por ejemplo, la meta que se propo­ r a l . Se trata de «borrar el miedo»^. Es una de las razones por la que la
nen las constelaciones que nosotros vamos a estudiar, no va a ser ya la imaginación del descenso necesitará más precauciones que la de la as­
ascensión de la cumbre, sino la penetración de un centro, y a las técni­ censión. Exigirá corazas, escafandras o, incluso, el acompañamiento de
cas ascensionales van a suceder las técnicas de excavación; pero ese ca­ un mentor; todo un arsenal de artefactos y mecanismos más complejos
mino hacia el centro será a la vez, o alternativamente, según los casos, la que el ala, atributo tan sencillo del vuelo ^ Porque el descenso corre el
vía más fácil, la más accesible, que conserva como un acento del entu­ riesgo en todo instante de confundirse y de transformarse en caída. D e­
siasmo ascensional, pero también el sendero difícil, lleno de meandros be ir constantemente acompañado, como para tranquilizarse, por los
y laberintos, el dürohana que dejan presentir las imágenes angustiosas símbolos de la intimidad. Incluso, en las precauciones tomadas en el
del precipicio, de la garganta y del abismo. Del mismo modo las Gran- descenso, como veremos a propósito del complejo de Jonás, existe una
des Diosas que, en estas constelaciones, reemplazarán al Gran Sobera- sobredeterminación de las protecciones: uno se protege para penetrar
i no macho y único de la imaginación religiosa en la trascendencia, serán en el corazón de la intimidad protectora. Con su sagacidad habitual,
I a la vez benéficas, protectoras del hogar ^ dispensadoras de la materni- Bachelard, al analizar una página de Aurora, de Michel Leiris, ha de­
í dad; pero llegado el caso conservan una secuela de la feminidad temi­ mostrado que toda valorización del descenso iba unida a la intimidad
ble y son al mismo tiempo diosas terribles, belicosas y sanguinarias. digestiva, al gesto de deglución. Si la ascensión es una llamada a la ex­
Además, otras veces, al adentrarse por una exploración de las prufndi- terioridad, a un más allá de lo carnal, el eje del descenso es
dades, la ensoñación de Régimen Nocturno conservará de la técnica po­ mo, frágil y delicado. El retorno imaginario es siempre una «vuelta»
lémica la preocupación por la coraza, la precaución de la defensa y del más o menos coencstésica y visceral. Cuando el hijo pródigo arrepenti­
alarde. do traspasa de nuevo el umbral paterno, es para banquetear. Se conci­
El proceso de eufemización que habíamos visto en germen en la be que en esas profundidades oscuras y ocultas no subsista sino un lí­
.ambivalencia de la femineidad nefasta, y en esbozo en el dominio y la mite muy delgado entre el acto temerario del descenso sin guía y la caí­
apropiación de los lazos por los Grandes Dioses uranianos ^ va a intensi­ da hacia los abismos animales. Pero lo que afectivamente distingue el
ficarse, pues, hasta la antífrasis, pero sin excluir del todo las supervi­ descenso de la fulguración de la caída, así como del vuelo, es su lenti­
vencias del otro régimen de la representación y utilizando la mayor tud. La duración es reintegrada, contenida por el simbolismo de la caí­
parte del tiempo el procedimiento de compromiso. No obstante, pese da gracias a una especie de asimilación del devenir por el interior. La
a estos compromisos y a estos matices, hemos de subrayar ante todo el redención del devenir se hace, como en la obra de Bergson, por el inte­
notable isomorfismo de los símbolos que vamos a estudiar. Isomorfis- rior, por la duración concreta. Aunque todo descenso es lento, «se to­
mo que Dumézil^ pone de relieve, por ejemplo, en los Vedas y en los ma su tiempo» hasta lindar algunas veces con la penetración laboriosa.
textos mazdeos y que relaciona la idea de riquezas, la noción de plura­ A esta lentitud visceral se une, por supuesto, una cualidad térmica. Pe­
lidad con las figuras femeninas de la fecundidad, de la profundidad ro se trata aquí de un calor dulce, diríamos, de un calor lento alejado
acuática o telúrica. Como los Agvins unidos a Púshan, dios de la vida, de todo resplandor demasiado fuerte. Y si el elemento pastoso es el de
«donador de riquezas», «masa divina», que se aglutinan en la figura fe­ la lentitud®, si el descenso no admite más que la pasta, el agua espesa y
menina de Sarasvati, diosa de las aguas madres, donadora de vida y de durmiente no retiene del elemento ígneo más que sustancia íntima: el
posteridad, portadora del alimento, de la leche, de la semilla y de la calor. En su obra consagrada al fuego, ese mismo autor diferencia per­
miel, asilo a toda prueba, inviolable refugio. fectamente, siguiendo a Novalis, el calor que arde y que brilla y el ca­
lor de las profimdidades y de los regazos: «La luz ríe y juega en la su­
perficie de las cosas, pero sólo el calor penetra... El interior soñado es
cálido, nunca ardiente... Por el calor todo es profundo, el calor es el
Como escribe Bachelard, todo movimiento explorador de los secre­ signo de una profundidad, el sentido de una profundidad...»^. Y es
tos del devenir comienza por una gestión «involuntaria», y Desoille, en
su segunda obra, estudia los sueños de descenso que son tanto sueños
5 Cfr. B achelard, Kêv. repos, p. 5, y D esoille, Le rêve éveillé en psycothérapie,
p. 150.
2 Cfr. D umézil, y. M. Q., I, p. 144; Tarpeia, pp. 59, 61; efr, Soustelle, op. cit., 6 B achelard, Kèv. volonté, p. 398.
pp. 35 y ss., sobre la ambigüedad de la diosa Tlazoltéotl. 7 Cfr. D esoille, op, cit., pp. 151, 211, 336.
^ Cfr. supra, pp. 156 y ss. ® Cfr. B achelard , Eau et rêve, p. 146.
^ D umézil, Tarpeia, p. 56. 9 B achelard, Eeu, p. 84. Cfr. Repos, p. 52. Cfr. J.-P. B ayard, Le Feu, especial-

190 191
que en esta imagen de la «cálida intimidad» se conjugan, en efecto, la
dónico de la caída feliz, libidinosamente sexual y digestiva a la vez. Por
penetración blanda y el acariciador reposo del vientre digestivo y del
otra parte, puede observarse de pasada que lo digestivo es con frecuen­
vientre sexual. La imaginación del descenso confirma la intuición freu­
cia eufemización elevada a la segunda potencia: el acto sexual es sim­
diana que hace del tubo digestivo el eje de la libido antes de su fija­
bolizado a su vez por el beso bucal. Atengámonos a la sola imagina­
ción sexual. Puede decirse incluso que los arquetipos del descenso van
ción del descenso visceral, al «complejo de Jonás» tan difundido y que
a seguir bastante fielmente el trayecto genético de la libido tal como lo
se manifiesta tanto en la leyenda del Caballo de Troya como en el com­
describe el análisis freudiano, y será siempre lícito a un psicoanalista
portamiento de todos los gigantes comilones de la mitología céltica, en
ver en la aparición de esta imaginería digestiva, bucal o anal, un sínto­
el ensueño de un Hugo que aloja a su Gavroche en la estatua del Ele­
ma de regresión al estado narcisista^®. El «complejo de Novalis», que
fante, igual que en las fabulaciones espontáneas de niños de escuela
asimila el descenso del minero a la tierra a una copulación, se une al
primaria
«complejo de Jonás». Tanto el uno como el otro tienen por símbolo el
El descenso nos invita a una transmutación directa de los valores de
vientre, ya sea digestivo o sexual, y por su mediación se inicia toda una
imaginación, y Harding cita a los gnósticos para quienes «subir o ba­
fenomenología eufemizante de las cavidades El vientre es la primera
jar equivale a lo mismo», asociando a esta concepción de la inversión la
cavidad valorizada positivamente, tanto por la higiene como por la die­
doctrina mística de Blake para la cual el descenso es también un cami­
tética. La confusión puesta de manifiesto por Freud entre lo sexual y lo
no hacia lo absoluto. Paradójicamente, se desciende para remontar el
digestivo está por lo demás tan estimulada que el descenso al vientre tiempo y volver a encontrar la calma prenatal. Detengámonos, pues,
incubador se hace indiferentemente —en los cuentos folklóricos— por sobre este proceso tan importante de inversión y preguntémonos por
la boca o por la vagina Desde luego este vientre polivalente puede qué mecanismo psicológico se constituye el eufemismo que tiende hasta
engullir fácilmente valores negativos, como ya hemos observado y la antífrasis misma, puesto que el abismo transmutado en cavidad se
llegar a simbolizar el abismo de la caída, el microcosmos del pecado. convierte en una meta y la caída convertida en descenso se transforma
Pero quien dice microcosmos, dice ya minimización. La etiqueta epité- en placer. Podría definirse tal inversión eufemizante como un proceso
tica de «dulce», de «tibio», nos hace ese pecado tan agradable, constitu­ de doble negación. Proceso cuyos pródomos habíamos encontrado a
ye un término-medio-tan precioso para la eufeminización de la caída, que propósito de la dialéctica de la ligadura y del personaje del autor atado.
esta última se frena, se retarda al descender y, finalmente, convierte los Proceso que revelan numerosas leyendas y fábulas populares en las que
valores negativos de angustia y de terror en delectación de la intimidad se ve al robador robado, al engañador engañado, etc., y que señalan los
lentamente penetrada. centones de repetición como, por ejemplo: «El cazador cazado...», «A
Podría decirse que la toma en consideración del cuerpo es el sínto­ pillo, pillo y medio», etc. El procedimiento reside esencialmente en que
ma del cambio de régimen de lo imaginario. Como ha advertido muy mediante lo negativo se restablece lo positivo; por una negación o un
bien Séchehaye el interés y la afección llevadas al cuerpo marcan, pa­ acto negativo se destruye el efecto de una primera negatividad. Puede
ra el esquizofrénico, una etapa positiva en la vía de la curación. Cuan­ decirse que la fuente del retroceso dialéctico está en este proceso de la
do los sentimientos de culpabilidad carnal son alejados es cuando el doble negación vivida en el plano de las imágenes antes de ser codifica­
enfermo entra en el proceso de mejora y declara: «Entonces comencé a do por el formalismo gramatical. Este procedimiento constituye una
tomar en consideración y a amar mi cuerpo.» Es notable además que en transmutación de valores: yo ato al atador, yo mato a la muerte, yo uti­
este proceso la imaginación del cuerpo sea a la vez sexual, ginecológica lizo las armas propias del adversario. Y por eso mismo, simpatizo con el
y digestiva: el simbolismo de la leche, de las manzanas y de los alimen­ todo, o con una parte del comportamiento del adversario. Este procedi­
tos terrestres alternando con fantasmas de involución en el cuerpo ma­ miento es por tanto indicativo de toda una mentalidad, es decir, de to­
terno. En las páginas que siguen no consideraremos en esta ocasión do un arsenal de procesos lógicos y de símbolos que se opone radical­
más que la imagen del vientre valorada positivamente, el símbolo he- mente a la actitud diairética, al fariseísmo y al fatalismo intelectual y
moral del intransigente Régimen Diurno de la imagen. Puede decirse
mente capítulo XI, p. 124, «Le feu des alchimistes», y cap. XIV, p. 168, «Chaleurs magi­ que la doble negación es el criterio de una total inversión de actitud
ques». representativa.
Cfr. Reik , D er eigene un d der frem de Gott, en Intern, psychoanal. Verlag,
número 2, p. 234, Viena, 1923.
11 Cfr. B achelard , Kepos, pp. 129 y ss.; Feu, p. 85. 15 Cfr. André Ba y , Histoires racontées p a r des enfants; cfr. Bachelard, Repos, pági­
12 Bachelard, Repos, p. 142; cfr. Verrier Elwin , Maison des jeu n es,,., pp. 239 y ss. nas 132, 178; cfr. Baudouin , Le Triomphe du héros, pp. 18, 24, 49.
13 d l . supra, 110. Harding , op. cit., p. 165; cfr. D esoille, Fxplor, p. 74: «El proceso psicoanalitico
14 Séchehaye , Schizoph., pp. 70, 84. corresponde a un descenso»; cfr. M. Carrouge, A. Breton et les données fondam entales
du surréalisme, pp. 24 y ss.

192
193
Un notable ejemplo de esta inversión por sobredeterminación de lo nebres del gigante. Es un símbolo de inversión semántica lo que repre­
negativo nos es dada en el estudio que M. Bonaparte^^ consagra al senta la «conversión» del gigante cinocéfalo. A través de este último lo
San Cristóbal cinocéfalo del museo bizantino de Atenas. En este icono, que se pide es la «buena muerte», porque ante todo, en la Edad Media
que data de finales del siglo XVII, San Cristóbal está representado con San Cristóbal es invocado contra la «mala muerte», es decir, la muerte
una cabeza de perro, conforme a ciertas lecciones de la tradición orien­ súbita que priva a la víctima del viático de los sacramentos. Existe, por
tal. Como señala^® la psicoanalista, convergen dos mitos en la figura tanto, por la intercesión del cristóforo, una «buena muerte» que no es
del cristóforo: el mito del barquero y el del gigante pagano con cabeza más que paso, transición tranquilizadora. San Cristóbal, como el Jonás
de perro. Ahora bien, se invoca a San Cristóbal contra la muerte súbita bíblico, significa que la muerte, que el proceso mismo de la muerte
y los accidentes fatales. El atributo cinocéfalo no sería más que una su­ puede ser invertido en cuanto a su valor y a su significado. Podrían sa­
pervivencia y una transposición del atributo principal del Anubis egip­ carse de la gesta cristiana y de la hagiografía legendaria numerosos
cio; de ahí la alusión, en la leyenda, a un origen y a un nombre paga­ ejemplos de semejante conversión: sólo recordaremos la anécdota fa­
no de Cristóbal: Repro&afus^^, «el rèprobo». Numerosos rasgos vie­ mosa del «camino de Damasco» que transforma al perseguidor Saúl en
nen a confirmar esta filiación: la leyenda pinta al Reprobatus bajo los protector de los perseguidos. Toda conversión es siempre, ante todo,
rasgos de un gigante cruel, devorador de hombres, con dientes de pe­ una transfiguración. Y todo el isomorfismo de los símbolos que esta­
rro... Asimismo su papel de barquero es un papel ctónico-funerario: el mos estudiando en estos capítulos está centrado en esa reduplicación
dios Anubis, como su doble griego Caronte, pasa a los muertos de una eufèmica, está constituido esencialmente por la doble negación. Pare­
orilla a otra del río infernal. M. Bonaparte^° cuenta muy bien cómo ese ce que antes de entablar dialécticas sintéticas, la representación imagi­
ogro cinocéfalo se «convirtió», y esto en un contexto legendario y religio­ na procesos de antífrasis, y el procedimiento de doble negación aparece
so explícito. Es Cristo «llevado» por la muerte, que transforma e invier­ al nivel de la imagen como primera tentativa de domesticación de los
te el sentido de la muerte misma. Cristo acompaña a los mortales en el avatares temporales y mortales al servicio de la vocación extratemporal
viaje, se obliga al mismo pasaje peligroso, y la imagen del cinocéfalo de la representación. Puede decirse que la antífrasis constituye una ver­
domado, convertido en cristóforo, invierte su sentido, se vuelve protec­ dadera conversión que transfigura el sentido y la vocación de las co­
tora, talismán contra la violencia de la muerte. Esta inversión queda sas y de los seres, a la vez que conserva el ineluctable destino de las
subrayada simbólicamente por el bastón que lleva el gigante y que en cosas y de los seres.
la leyenda florece milagrosamente tras la conversión del rèprobo. Por Por último, sería interesante confrontar este proceso de doble nega­
tanto, en el mito de San Cristóbal, y especialmente en esta curiosa y ción eufemizante con el procedimiento freudiano de la Verneinung,
explícita figuración del mito del museo de Atenas, es la muerte misma término que J . Hyppolite traduce por «denegación» Procedimiento
la que se invoca contra la muerte en una notable doble negación reli­ que consiste en que la negación del lenguaje traduce una afirmación
giosa. Como quiere M. Bonaparte^^ no sólo se trata de una invocación del sentido íntimo: «Presentar lo que se es mediante el modo de no
eufèmica al barquero de los muertos, del «todavía no» que implora el serlo.» Como observa Hyppolite esta función de denegación está
barquero fúnebre, sino, aún mejor de una victoria total de la antífrasis: muy cerca del Aufhebung que funda la dialéctica hegeliana: «La dene­
la muerte de Cristo resucitado ha vencido, ha sometido los poderes fú­ gación es una Aufhebung del rechazo, pero no es sin embargo una
aceptación de lo rechazado.» Añadiremos que la doble negación mani­
fiesta un progreso en la aceptación de lo rechazado. La denegación no
M. Bonaparte , Psychanalyse et biologie, pp. 124 y ss. es más que un tímido esbozo de la negación doble. La denegación es el
18 Op. cit., pp. 130-135. término medio psicológico entre la total negación del régimen antitéti­
19 Lo propio del discurso mítico y legendario, contrariamente al objeto ritual, es sin­
tetizar «sincrónicamente», distinguiendo «diacrònicamente». Es lo que se deduce tanto de co y la doble negación del régimen de la antífrasis. Hyppolite observa
la leyenda de San Cristóbal como de la de Santa Marta; cfr. D umont, La Tarasque, con mucha razón que la «negación de la negación» era el perfecciona­
pp. 223-225. miento «intelectual», representativo, de la denegación. No obstante,
20 Op. cit., p. 138. nos guardaremos bien de dar un juicio de valor o de antecedencia entre
21 Op. cit., p. 139. Un fenómeno semejante de eufemización lo pone de relieve
A. Métraux («Contribution au folklore andin», en Joum . Soc. Am êricanistes, XXVI,
la Aufhebung y la doble negación, observando simplemente de pasada
1934, p. 70) entre los indios aimara, que asimilan su antiguo dios del rayo a la imagen
convencional de Santiago. Asimismo, entre los vuduistas haitianos, Santiago se confunde
con el loa Ogou-hierro; cfr. A. Mé tra u x , Le Vaudou haïtien, pp. 288-289, y pl. pági­ 22 J . H yppolite , «Commentaire parlé sur le “ Verneinung” de Freud» en La bs^cha-
na 320; cfr. Bastide , «Immigration et métamorphose d'un dieu», en Cah. intern. socioL, 1953-55, I, p. 29. ’
X X , 1956, pp. 45-60; cfr. igualmente, sobre la asimilación del dios eslavo del trueno y 23 Op. cit., p. 31.
del profeta Elias, G. F. C o xw ell , Siberian an d Other Folk Taies, pp. 989, 1022. 24 Op. cit., p. 33.

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que la denegación cara al psicoanalista constituye un esbozo incomple­ ción de la negación es generadora de un proceso indefinido de redupli­
to de la anttfrasis. La antítesis no se contenta ya con una censura que no cación indefinida de imágenes. La reduplicación de la doble negación
deja filtrar más que la expresión y rechaza la afección: exige un acuerdo parece extrapolada por la representación y ampliada a todo el conteni­
total entre el significante y el significado. do imaginario. Así es como se llega a los fantasmas tan frecuentes del
tragador tragado. Esto consiste primero en una simple inversión de pa­
peles, en la que esta vez es el hombre el que se traga al animal, como
lo revela la legendaria fauna estomacal donde pululan sapos, lagartos,
Es esta inversión la que inspira toda imaginación del descenso y es­ peces, serpientes y ranas, fauna que Bachelard enumera en Colin de
pecialmente el «complejo de Jonás». El Jonás es eufemización de la de­ Plancy tanto como en Cardan o Raspail. En un grado más, es el traga­
glución, luego antífrasis del contenido simbólico de la deglución. Trans­ dor quien es explícitamente tragado. André Bay^^ detecta la formación
figura el desgarramiento de la voracidad dentaria en un dulce e inofen­ espontánea de este mito en el niño: el león traga al pastor, cae en el
sivo suckingy como Cristo resucitado transformaba al irrevocable y cruel mar, es atrápado en una red, por último una ballena se sorbe el barco
barquero en benéfico protector de un viaje de placer. Bachelard2^ si­ y su cargamento. En uno de los capítulos más logrados de su libro
guiendo el psicoanálisis freudiano, distingue con justo motivo el esta­ Bachelard se complací en buscar este «complejo de super-Jonás», del
dio original de la deglución del estadio secundario de la masticación: <Jonás al cubo», tanto en las Mémories de A. Dumas como en Barba­
este último corresponde a una actitud agresiva de la segunda infancia: rin, Louis Pergot o V. Hugo. La iconografía de este tema es asimismo
«La Ballena de Jonás y el Ogro de Pulgarcito podrían servir de imáge­ muy rica: nos limitaremos a evocar la ilustración que Breughel y el Bos-
nes a esos dos estadios... la víctima engullida por la primer imagen es co hicieron del proverbio flamenco: «El pez grande se come al chico.»
apenas terrorífica cuando se la compara con la s e g u n d a . . . H a y por Veremos en pocas líneas que este tema de la deglución al cubo es fun­
tanto coeficientes axiológicos distintos en las imágenes cuyo contenido damental en el Kalevala y que su arquetipo es el pez. Por ahora tene­
estático puede pasar superficialmente por semejante. La deglución no mos que insistir todavía en el sentido profundo de esta facultad indefi­
deteriora, incluso, con mucha frecuencia, valoriza o sacraliza: «El traga­ nida de redoblamiento de imágenes.
do no sufre un daño verdadero, no es necesariamente el juguete de un Dontenville después de haber resaltado en el nombre de Gargan­
suceso miserable. Conserva un v a l o r » L a deglución conserva al héroe túa la repetición onoptopéyica de gar, nos muestra que el gigante tra­
tragado, como el «pasaje» del cristóforo salvaguarda a los pasajeros. gador es tragado a su vez. Asimilado al sol, se hunde en el horizonte,
Puede descubrirse esta transmutación de los valores de la deglución en bien detrás de las montañas, bien en el mar, en el lugar de Occidente
dos temas folklóricos, uno negativo y terrorífico, el otro amable, el del donde los antiguos situaban las Islas Afortunadas. Tiene su tumba, sus
Ogro y el de Gargantúa^®. El ogro de los Cuentos de Mamá Oca, como tumbas, ellas lo absorben, lo tragan, lo ingurgitan. El castillo de Ava­
el gigante de las Grandes Crónicas, tienen rasgos comunes, de igual lon, consagrado al dios Gargantúa, es un lugar en el que utilizando el
modo que San Cristóbal conserva el rostro cinocéfalo de Reprobatus. El antiguo francés «li soleil avaloit», es decir, «bajaba al valle». Y Donten­
ogro en cuya casa está Pulgarcito «tiene un cordero entero en la parrilla ville se hace esta reflexión capital: el doble sentido activo-pasivo del
para cenar», y Gargantúa es un glotón insaciable. Todas las leyendas
gargantuélicas referidas por Dontenville insisten en la capacidad de 31 Cfr.B achelard, Terre et repos, p. 143.
tragar del gigante: engulle ríos, carretas, barcos con su tripulación. Mas 32 Cfr. B a y , op. d t., p. 45, citado por B a c h e l a r d , Repos, p. 133.
33 Cfr. B achelard, op. d t., p. 135.
la semejanza se detiene ahí porque todas las leyendas insisten por igual 34 Cfr. D ontenville d t., pp. 120, 129.
en la afabilidad del buen g i g a n t e Ga r g a n t ú a es un simpático bebedor 35 Op. d t., p. 130; cfr. S o u s t e u e , La Pensée cosmol. des andens Mexicains, p. 20.
de «crecidas» y de tempestades, y, cosa notable por lo que a nosotros se Hermoso ejemplo de una reduplicación y de una confusión del sentido activo-pasivo en
refiere, como el San Cristóforo cristiano, es también «patrón» de nume­ la persona del dios Quetzalcoatl quien, después de habersé^crificado bajo Ja forma de
rosos vados cuyo censo está haciendo la toponimia.. Nanauatzin, se persigue y se da muerte bajo la forma de Xolotl. Pero sobre todo es
L. D u m o n t quien, en las conclusiones de su obra dedicada a La Tarasque (pp. 223-224)
Pero hay más todavía: esta inversión estructurada por la reduplica­ njuestra que en la ambivalencia benéfico-maléfica del ritual de las fiestas de la Tarasca
vienen a totalizarse el maleficio de la Tarasca legendaria y la beneficiencia de la legenda­
25 Cfr. B achelard , Terre et repos, p. 156. ria Santa Marta. Estamos ante el proceso inverso de aquél del desdoblamiento diairético
26 Op. d t., p. 157. que pone en evidencia el combate del béroe con el monstruo (cfr. H u b e r t y M a u s s , Essai
27 Op. d t., p. 157. sur la nature et la fonction du sacrifice, pp. 112, 113, 115). Aquí, la «santa participa en
28 Cfr. D o n t e n v il l e , op. d t., p. 120. cierta medida en el monstruo al que doma». Hay por ello confusión del sentido activo y
29 Op. d t., pp. 51, 57, 59. del sentido pasivo entre el monstruo y el sauróctono bienhechor; hay «entre ambos algo
36 Op. d t., pp. 61 y SS. más que una oposición pura y simple, lo cierto es que los favores que se piden a la efigie

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verbo hace que el objeto símbolo tenga dos aspectos, un monte Gargán la vigilia», mientras que Carus"^* insiste en el tema caro a los gnósticos
es absorbente, el dios Gargán es absorbido, y à su vez se convierte en segün el cual hay inversión del punto de vista humano al punto de vis­
un tragador. Asimismo, para la simbólica cristiana. Cristo es a la vez el ta divino, y que a los ojos de Dios los valores están invertidos. Nova-
Gran Pescador y el pez. En el doble sentido activo-pasivo del verbo es lis vuelve con frecuencia sobre esta idea de que «todo descenso en sí
donde hay que buscar las huellas del mecanismo semántico que ordena es al mismo tiempo asunción hacia la realidad exterior», y Tieck"*^ pien­
tanto la doble negación como la inversión del valor. De este sincretis­ sa que el sueño duplica el mundo de la apariencia de un universo in­
mo de lo activo y de lo pasivo puede inducirse una vez más que el sen­ vertido y más hermoso. Si pasamos al romanticismo francés, vemos que
tido del verbo importa más a la representación que la atribución de la redoblamiento e inversión son un tema constante en Hugo. Sea de ma­
acción a tal o cual sujeto. La diferenciación gramatical de los dos mo­ nera explícita como en esa r ef l exi ónen que el isomorfismo de las imá­
dos, activo y pasivo, constituye una especie de integración gramatical genes del descenso y de la profundidad están admirablemente sentidas
de la denegación: soportar una acción es desde luego diferente a reali­ por el poeta: «cosa inaudita... es dentro de uno mismo donde hay que
zarla, pero en cierto sentido también es participar en ella. Para lo ima­ mirar lo de fuera. El profundo espejo sombrío está en el fondo del
ginario fascinado por el gesto indicado por el verbo, el sujeto y el com­ hombre. Ahí está el claroscuro terrible... es más que la imagen, es el
plemento directo pueden invertir sus papeles. Así es como el tragador simulacro, y en el simulacro hay algo de espectro... Al inclinarnos so­
se convierte en tragado. Dentro de esta conciencia inversora por redu­ bre ese pozo... vemos allí, a una distancia abisal, en un círculo estre­
plicación, todas las imágenes que por sí mismas se prestan a la redupli­ cho, el mundo inmenso». A esta admirable constelación donde la am­
cación serán privilegiadas: Bachelard observa en E. Poe inversiones bigüedad se mezcla a la profundidad, al abismo revalorizado, al círculo
constantes a propósito de las metáforas acuáticas: el agua dobla, desdo­ y la inversión, hacen eco los dos versos del poema Dieu^'^.
bla, reduplica el mundo y los seres. El reflejo es naturalmente factor de
reduplicación, el fondo del lago se convierte en el cielo, los peces son Yo volaba en la bruma y en el viento que llora
hacia e l abism o de arriba, oscuro como una tum ba.
en él los pájaros. Hay en esta perspectiva una revalorización del espejo
y del doble. Igualmente B a c h e l a r d pone de manifiesto en Keyserling O bien, que el poeta recurra de forma implícita a la reduplicación como
imágenes del «laberinto reduplicado»: la tierra devorada camina en el en Los Miserables y £ / Hombre que ne. Baudouin'*^ ha señalado esta
interior del gusano «al mismo tiempo en que el gusano camina por la reduplicación de situaciones en Gavroche —el Jonás huérfano de los
tierra». Miserables refugiado en el vientre de piedra del Elefante de la Basti­
Por eso no hay que extrañarse de ver a la reduplicación y la inver­ lla— que recoge y sirve de madre a los tres niños perdidos, de igual
sión utilizadas constantemente por la literatura de imaginación, desde modo que el huérfano Gwynplaine adopta a Dea, hallada la nieve.
los confidentes y confídentas de la tragedia griega, hasta el golpe tea­ Por último, en su postrer desenlace, el surrealismo, el romanticismo in­
tral de la novela policiaca en el que se invierten los papeles del asesino tensifica aún su búsqueda de la reduplicación y de la inversión: para
sádico y del tranquilo y libre de sospechas hombre bueno. Un hermoso convencerse de ello no hay más que releer las páginas del Second Manu
ejemplo de reduplicación nos lo proporciona la novela faulkneriana feste^’’ en las que el autor del Poisson soluble [Pez soluble] trata de de­
donde la redundancia de nombres de personajes de una misma familia terminar ese famoso punto de retroceso, que es la fuente del espíritu:
crea una extraña confusión y una impresión de perennidad y de fatal «... punto del espíritu en que la vida y la muerte, lo real y lo imagina­
vuelta a empezar. Pero es sobre todo en la literatura romántica donde rio, el pasado y el futuro, lo comunicable y lo incomunicable, lo alto y
inversión y reduplicación ocupan un lugar privilegiado^^. Steffens lo bajo dejan de ser percibidos contradictoriamente...» Así, toda una
alude a ese discurso ahogado que dobla «el claro discurso que llamamos literatura se esfuerza por invertir los valores diurnos instaurados por el
régimen diairético de la representación y por ahí rehabilita al doble y a
los símbolos de la reduplicación.
ritual no son de naturaleza diferente de los que se puede conseguir de la santa protec­
tora».
Cfr. B achelard, Eaux et rêves, pp. 68 y ss. Cams; citado por B éguin , op. cit., I, 264.
B achelard, Terre et repos, p. 245. N ovalis, Schriften, II, 323; cfr. Ill, p. 162.
Cfr. W. Faulkner, E l ruido y la fu ria; Sartoris; La invicta; Absalom, Absalom, et­ 43 Citado por Béguin , op. cit., p. II, § 323; cfr. Ill, p. 162.
cétera. 44 V. H ugo , en Contem plation suprême, «Post scripmm dc ma vie», p. 236.
Cfr. B réhier, H ist, ph il., II, 3, p. 164, y A. Béguin , Le rêve chez les rom antiques 45 V. H ugo , «Dieu», en Leg. des siècles.
allem ands, I, p. 270; cfr. D urand , «Le Décor mythique», op. cit., cap. I, § 3, Epimé- 46 Cfr.B audouin , Psych, de V. Hugo, p. 167; cfr. igualmente B audouin ,, Le
thée ou les frères opposés. Triomphe du héros, pp. 4, 12, 33, 70, 94.
^0 S teffens, Caricaturen, II, p. 697. 47 A. B reton, Second M anifeste, p. 11.

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Esta reduplicación que sugiere todo descenso parece estar en el ori­ interpretarse como perteneciente a un pequeño dragón figurado por
gen de todos los fantasmas de acoplamiento. P. M. Schuhl dedica un cada oreja de la máscara principal». Así el fa o fie h nos da un ejemplo
perspicaz e s t u d i o a este «tema del acoplamiento», en el que la dialéc­ muy nítido de gulliverización y de acoplamiento por reduplicación de
tica del contenido y del continente es, en nuestra opinión, la dialéctica un tema.
de base. Aquí captamos en vivo el proceso de inversión que pasa por El liliputiense y los «Pulgarcitos» de nuestras leyendas no son otra
una «relativización» de los términos y que llega incluso a invertir el sen­ cosa que la vulgarización folklórica de un tema eterno que la doctrina
tido común y la lógica haciendo «entrar lo grande en lo pequeño». paracelsiana del homúnculo, había difundido ampliamente en los me­
SchuhH^ reúne los modelos artificiales y utensiliares de este acopla­ dios cultivados, homunculus «encajado» en el licor espermático y luego
miento: huevos de pascua y mesas nido, juegos de espejos como los encajado en el huevo filosófico de los Alquimistas Esta gulliveriza­
descritos en E l Gabinete de Cristal de W. Blake. Pero Schuhl nos ción parte siempre de una fantasía de la deglución. Bachelard cita el
muestra, al igual que Pascal y Malpighi que el descubrimiento del mi­ ejemplo de un enfermo que fabula y construye toda una ensoñación
croscopio, lejos de destruir esta mitología del acoplamiento microscópi­ sobre el interior del vientre de una giganta, vientre cuya cavidad tiene
co hasta el infinito, no hará más que activarlo frenéticamente y servirá más de diez metros de alto. El enano y la gulliverización son por tanto
de catalizador a este desencadenamiento de fantasmas de «miniaturiza- constitutivos de un complejo de inversión del gigante. Por otro lado,
ción»; y esto hasta el célebre postulado de Laplace, pasando por pensa­ esta ensoñación de la deglución reúne los fantasmas de la interioridad
mientos poco favorables para la «loca de la casa» como los de Malebran­ protectora, como aparece en Dalí^^. El isomorfismo de la gruta, de la
che, Condillac o Kant^°. Lo que nos muestra una vez más la prioridad concha, del huevo y de Pulgarcito se manifiesta en la imaginación del
ontològica de la imaginación y de sus estructuras sobre el llamado niño que juega bajo una mesa cubierta por un paño «a la gruta», o a
a priori de un sentido común racional o utilitario. De ahí la eflorescen­ «Patufet», héroe legendario de Cataluña, que era «tan pequeño que un
cia de esas teorías pseudocientíficas del acoplamiento de gérmenes, de día, perdido en el campo, fue tragado por un buey que quería prote­
la preformación, del animalculismo, y ante este desbordamiento «verti­ gerle». Dalí insiste en el juego infantil en el que se pone en posición fetal
ginoso»^^ de la imaginación habrá que esperar a 1759 para que Wolf «enroscándose», posición que adopta de adulto para dormirse bien^L
haga admitir la teoría de la epigénesis. Este esquema de la reduplica­ Esta «miniaturización» la detecta Jung en la «Escena de las madres» del
ción por acomplamientos sucesivos nos lleva directamente a los proce­ Fausto de Goethe^®, mientras que Bachelard la descubre no sólo en
dimientos de «gulliverización»” , procedimientos donde vamos a ver Swift, sino en H. Michaux y Max Jacob. Son esos «sueños liliputienses
que se opera la inversión de los valores solares simbolizados por la viri­ los que nos dan todos los tesoros de la intimidad de las cosas» y que
lidad y el gigantismo. En la iconografía, este redoblamiento gulliveri- son inductores de numerosas leyendas de Pulgarcito y Pulgarcita, de
zante nos parece uno de los rasgos característicos de las artes gráficas y Patufet, de El Hada de las Migajas y de Alicia en el País de las Maravi­
plásticas de Asia y de América. En un artículo capital, Lévi-Strauss” , llas. S. Comhaire-Sylvain nos ofrece un notable isomorfismo de la de­
después de Léonhard Adam y Franz Boas, observa que en los motivos glución y de Gulliver en la serie de cuentos afro-americano-indios que
chinos de t'ao t'ieh, igual que en la pintura kwakiutl, no sólo juega la recopila. El personaje compasivo y bienhechor que ciertos cuentos asi­
reduplicación simétrica, sino que aún ciertos detalles, contaminados milan a Dios, a San Juan o a la Virgen, es en la mayoría de los casos el
por el conjunto, se transforman «ilógicamente» y redoblan el conjunto hermano o la hermana pequeños. En el cuento haitiano Domangage el
a la vez que lo gulliverizan. «Así una pata se convierte en un pico, un hermanito Dianacoué abre la barriga del caballo encantado y «como era
motivo de ojos es utilizado para señalar una articulación, o lo contra­ muy pequeño, se instaló allí con un pan y una calabaza». El hermano
rio.» Especialmente en un bronce chino reproducido en ese artículo, pequeño es minimizado a veces hasta el límite: está achacoso, es «sarno­
Lévi-Strauss muestra que las orejas de la máscara fa o t'ieh forman una so», e intenta ser servicial pese a los bufidos (Islas Mauricio) En otras
segunda máscara gulliverizada, «cada ojo de la segunda máscara puede
Cfr. H utin, L'Alchim te, p. 89; cfr. S chuhl, op. ctt., p. 65. Sobre el homunculus
y la «muñeca» de Mandrágora, cfr. A. M. Schmidt, La Mandragore, pp. 53 y ss., 71 y ss.
^8 P. M. S chuhl, Le Merveilleux, p. 68; cfr. B achelard, Form, esprit scient., pp. 55 B achelard, Terre et repos, p. 151; cfr. Poétique de l ’espace, cap. VII: «La minia­
99-100, y Poétique de l'espace, cap. VII, pp. 140 y ss. ture», p. 140; cfr. G. P aris, Le p etit Poucet et la Grande Ourse, 1875.
^*9 S chuhl O/?, cit., p. 69. 5<5 S. D ali, Ma vie secrète, pp. 34 y ss.
50 Cfr. op. cit., p. 74. 57 Op. cit., p. 37.
51 o p . cit., p. 73; cfr. B achelard, Terre et repos, p. 61. 58 Cr. J ung , Libido, p. 114; cfr. B achelard, Repos, p. 13.
52 Cfr. ^ kchÈlakd, La Poétique de l ’espace, p. 142. 59 B achelard, op. cit., p. 14; cfr. S chuhl, op. cit., p. 62.
55 l£\n-STKA\}SS, Anthropologie structurale, pp. 271 y ss.: p. 276, fig. 19 ; p 279, <50 S. C omhaire-Sylvain O/?, cit., II, pp. 45, 121, 141, 143, 147,
fig. 20. 01 Op. cit., p. 158.

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lecturas del cuento, el niño minimizado es reemplazado por un animali- Es interesante poner también de manifiesto, en este estudio de los
11o: cucaracha, piojo, mosca, saltamontes (Fjort o Hausa), loro esquemas de la inversión gulliverizante, que los diferentes Pulgarcitos
(Ashanti),ratón (Isla Mauricio), perrito (Haití); o también, el bienechor o dáctilos se asocian frecuentemente al símbolo freudiano del sombre­
Pulgarcito se reduce a un objeto minúsculo, un anillo o un alfiler (Samu­ ro, del «cubre-cabezas». Dioscuros y Cabires llevan el gorro puntiagudo
go, República Dominicana). De cualquier modo, el proceso de gulliveri- —el pileus — que se transmite como un emblema secreto en ciertos
zación está ligado a la benevolencia y a veces al acoplamiento del Jonás. misterios religiosos y se convierte en el tocado de Attis, de Mitra, y des­
Estas figurillas de la imaginación que realizan la inversión requeri­ pués de los gnomos, de los duendes y de los siete enanos de la leyen­
da permitiéndonos penetrar y entender el reverso de las cosas, suelen es­ da Algunos animalculistas pretenden incluso haber visto en un es­
tar muy sexualizadas, como Jung^^ observado. El psicoanalista rela­ permatozoide un homunculus tocado «con una especie de capuchón»^®.
ciona la leyenda de Pulgarcito con la de los Dáctilos, haciendo resaltar Este sombrero sobre los Pulgarcitos parece poner en evidencia al mismo
el parentesco etimológico que existe entre pais^ el niño, especialmente tiempo un esquema muy freudiano de penetración, y constituir un
el niño divino personificando el falo de Dionisos, con peos, poste (del proceso de minimización del jefe, es decir, como hemos v i s t o d e la
sánscrito, pása, en latín penis, alemán medio viset). Por otra parte, virilidad. Porque estas formas liliputienses, tanto el Bes egipcio como
Jung refiere sueños en que los dedos desempeñan un papel netamente los duendes, gnomos, trasgos, gobelinos, duendecillos y hannequets de
fálico^^ Pero hay que observar que se trata de falos «gulliverizados», la mitología francesa y germánica, son seres «por los que Sienten predi­
miniaturizados a su vez. Es lo que muestra el papel del enano Bes en la lección las mujeres divididas entre el temor y la esperanza» El folklo­
mitología egipcia, que bajo esta forma panteista es un Horus itifálico re insiste en el papel casero, doméstico de todo este «pequeño mundo»:
en miniatura^. Esta gulliverización es, por tanto, una minimización los enanos legendarios cocinan, cultivan el huerto, atizan el fuego, etc.
invirtiente de la potencia viril. Hay una «potencia de lo pequeño» Estas «figuritas reducidas, llenas de gentileza y de delicadeza», como
que hace que Visnú mismo sea llamado a veces «el enano», mientras dice Schuhl pese a las valorizaciones negativas que trata de darles el
que los Upanishads, dan el epíteto de «alto como un pulgar» a Purus- cristianismo, perviven en la conciencia popular como pequeñas divini­
ha, «presencia de Dios en nosotros» La potencia tiende entonces a dades maliciosas, sí, pero bienhechoras. Dontenville^*^ se las ingenia
volverse misteriosa y a veces maligna. Esta gulliverización es una espe­ para descubrir las vinculaciones etimológicas de este pequeño mundo.
cie de infantilización de los órganos masculinos y denotaría un punto Relaciona a Korrigan con Gargán por medio del bretón karrek, que sig­
de vista psicoanalíticamente femenino expresando el miedo al miem­ nifica «piedra». Korrigan es un Gangantúa invertido, lo mismo que el
bro viril y la efracción del coito. Tanto, que este fantasma minimizador duende sería un «Netum», un Neptuno minimizado, isomorfo fonéti­
se proyecta a veces en el símbolo del pájaro privado de alas, materiali­ camente, con luiton, nuiton, y las cualidades nocturnas de este voca­
zado, reducido a su puro aspecto teriomorfo de animal pequeño y que blo. Los trasgos, los duendes son hadas, miniaturas feminizadas del
ya no está muy lejos de los muchos ratones malignos que pueblan to­ mundo solar, como Auberon, el «pequeño rey de imaginería», hermoso
dos los folklores. Tal es el sentido fálico-maternal que Baudouin^^ da a como el sol, que lleva un cuerno de marfil que cura, alimenta y quita
su análisis de los deniquoiseaux en V. Hugo; escenas de buscadores de la sed, lo que nos remite a los arquetipos alimentarios y a los recipien­
nidos de pájaros que coincidirían, según el analista, cón los primeros tes cuyo simbolismo vamos a estudiar al final del siguiente capítulo
sueños sexuales del joven Hugo. Hay que unir esta imagen del pájaro En cuanto al famoso Gobelino que se aparea en el río con las culebras,
áptero, todavía huevo y siempre nido, a un complejo sexualizado de la es el Kobold germánico, hermano de los Coboli sármatas y de los Co-
incubación. El mismo esquema de gulliverización se repite en el poeta baloi griegos, pequeños enanos risueños del séquito del dios feminoide
en las relaciones desproporcionadas entre la cuerda masculina y el pozo D i o n i s o s L a gulliverización se integra, pues, en los arquetipos de la
femenino inversión, sobreentendida como está por el esquema sexual o digestivo
de la deglución y sobredeterminada por los símbolos de la reduplica-
62 lib id o , p. 118.
63 o p , Cit., p. 122. 69 Cfr. JUNG. U bido, pp. 103, 118.
64 Cfr. H ist. Gen. R elig., I, p. 327. 70 Citado por Schuhl, op. cit., p. 71.
63 B achelard, espace, p. 154. 71 Cfr. supra, pp. 133 y ss.
66 Çvetâçvatara et Katha Up., citadas por J ung , Libido, p. 114; cfr. Parábolas evan­ 72 DONTENVILLE, Op. cit., p. 179-
gélicas del «grano de mostaza», de la «semilla arrojada», etc. Mat., XIII, 3; X X X I, 33. 73 S chuhl o/^. cit., p. 62.
67 B audouin , V. Hugo, p. 156; cfr. R. N eixi op. cit., p. 239. 74 Cfr. op. cit., p. 179.
68 Cfr. Fin de Satan; le Gibet, III; Pitié Suprème, XIV; cfr. B audouin , op. cit., 73 Cfr. op. cit., p. 182; cfr. infra, pp. 243 y ss.
página 159. 76 Cfr. op. cit., p. 180.

202 203
ción y del acoplamiento. Es inversión de la potencia viril y confirma el tes; ¿no ha sido él el primer tragado por el agua que le r o d e a y cuyo
tema psicoanalítico de la regresión de lo sexual a lo bucal y a lo digesti­ simbolismo abisal estudiaremos poco más adelante? No obstante, la so­
vo. Pero el gran arquetipo que acompaña estos esquemas de la redupli­ bredeterminación de la deglución puede deslizarse, —como en el
cación y los símbolos de guilliverización es el arquetipo del continente y Kalevala— hacia una ritmización cíclica de la deglución y remitirnos a
del contenido. los arquetipos cíclicos propiamente dichos. Podría encontrarse una hue­
E l p ez es el símbolo del continente redoblado, del continente con­ lla de este deslizamiento en la etimología indoeuropea que subraya
tenido. Es el animal encajado por excelencia. No se ha puesto suficien­ Jung®®: el sánscrito val, vaiati significa a la vez cubrir, envolver, ence­
temente de relieve hasta qué punto el pez era un animal en quien se rrar, pero también enrollarse: valli es la planta que se enrolla, de ahí el
piensa a todas las escalas, desde el minúsculo gobio hasta el enorme volutus latino, que sugiere tanto la imagen de la serpiente enrollada
«pez» ballena. Geométricamente hablando, la clase de los peces es como la que significa membrana, huevo, vulva. Ciertamente, los sím­
aquella que mejor se presta a las infinitas manipulaciones de ajuste de bolos son hábiles, hemos tenido ocasión muchas veces de observarlo,
las similitudes. El pez es la confirmación natural del esquema del tra- pero nos parece que en el caso de la deglución, la sobredeterminación,
gador tragado. Bachelard^^ se detiene ante la meditación maravillada además de un juego de repeticiones que fácilmente podía dar elemen­
del niño que asiste por primera vez a la deglución del pez pequeño por tos rítmicos, contribuye sobre todo a reforzar las cualidades eufémicas
el grande. Esta admiración es parienta próxima de la curiosidad que de la deglución, y en particular esta propiedad de conservar indefinida
hace buscar en el estómago del pez los objetos más heteróclitos. Las y milagrosamente intacto lo tragado. Por eso la deglución se diferencia
historias de tiburones o de truchas que ocultan en su estómago objetos del masticamiento negativo. El simbolismo del pez parece hacer hinca­
insólitos son tan vividas que las revistas científicas o piscícolas no consi­ pié en el carácter involutivo e intimista de la deglución, mientras que
guen escapar del todo a esta maravillosa engullidura. Y cuando la geo­ la serpiente se presta más al simbolismo del ciclo. El pez es casi siempre
grafía pone obstáculos a esta confirmación ictiológica, es el reptil o el significativo de una rehabilitación de los instintos primordiales. Esta
batracio quienes toman el relevo^®; la deglución de la culebra, o me­ rehabilitación es la que indican las figuras en que una mitad de pez
jor aún la de la boa, es uno de los grandes momentos del sueño infan­ completa la mitad de otro animal o de un ser humano. En numerosas
til, y el niño encuentra, como a un viejo amigo, en su libro de historia mitologías, la diosa luna tiene a menudo una cola de En la le­
natural, el hocico del reptil distendido por un huevo o por una rana. yenda sagrada de Isis, el complejo percador-pez tiene un importante
La mitología y las leyendas están cargadas de este simbolismo engu- papel: es el niño que, al asistir a la unión de Isis y del cadáver de Osi­
llidor. En el Kalevala hay un refinamiento de acoplamientos sucesivos ris, cae desvanecido y muere en la barca sagrada; es también, en la mis­
de peces tragadores: el tímalo es tragado por el salmón que a su vez es ma leyenda, el pez oxirrinco que se traga el catorceavo trozo, el falo,
engullido por el lucio, «el gran tragador»; previamente el salmón se ha­ del cuerpo de O s i r i s De nuevo, el vientre sexual y el vientre digesti­
bía tragado una bola azul que encerraba ya una bola roja y esta última vo se encuentran aquí en simbiosis. Un himno medieval, que recuerda
tenía dentro «la hermosa chispa»; esta chispa se escapa, y es atrapada el apelativo gnóstico de Cristo ichtus^^, dice de éste que es «el pececillo
por un herrero que la guarda en un cofre tallado en una raíz. A su que la Virgen cogió en la fuente», uniendo así el tema del pez al de la
vez, en un verdadero delirio claustrofílico, este cofre es introducido en feminidad materna®^. Pero el tema inverso pescador-pez es asimismo
un caldero de cobre que, por último, se encuentra bajo la corteza de importante en la tradición ortodoxa, donde los juegos de palabras lo
un abedul. En esta notable serie de degluciones se advierte el isomor- anuncian desde el E v a n g e lio Una miniatura del Hortus deliciarum^^
fismo estricto de los contienentes de todos los órdenes, tan inertes co­ representa a Cristo pescando un monstruo marino con ayuda de una
mo animales. El pez es aquí el símbolo general de los demás continen- caña cuyo anzuelo es una cruz. La mitología babilónica insiste aún más

V Cfr. B achelard, Terre et repos, p. 134. 79 Cfr. B achelard, Terre et repos, p. 136.
J ung , lib id o , p. 236; cfr. velu indogermánico.
78 En cienos mitos se encuentra afirmada dentro del esquema de la deglución la re­
81 Cfr. H arding o/>. cit., p. 62.
lación del reptil y del pez. Siguiendo a Métraux, Lévi-Strauss encuentra en las leyendas
82 Cfr. op. cit., p. 187.
Toba o en la cerámica peruana el tema de la serpiente Lik llena de peces. Esta serpiente
puede ser sustituida, según los casos, por un pez gigante, el Orea gladiator, o entre los 83 Citado porjARDiNG, op. cit., p. 62; cfr. JuNG, Libido, p. 413. Este último recuer­
iroqueses por una «madre de bisontes» con la crin cargada de peces. Lévi-Strauss pone de da que el sobrenombre «Ichtus» se le daba a Atis.
Cfr. J ung , {lib id o, p. 241) compara la etimología griega de delphis, el delfín y de
relieve el isomorfísmo de la cabellera, del río, de la abundancia, de la feminidad y de los
peces tal como se puede encontrar en ciertos frescos mayas y en ciertos mitos del sudeste delphus, el útero, y recuerda que el trípode dèlfico, delphinis, se apoyaba en tres pies en
forma de delfines.
de los Estados Unidos, que nos muestran al héroe multiplicando íos peces al lavar su ca­
85 Mat., IV, 19; cfr. Corán, sura 18.
bello en el río. Cfr. Lévi-Strauss, «Le Serpent au corps rempli de poisson», en Anthropo­
logie structurale, pp. 295 y ss. 86 Reproducido pl. XV, en D avy, op. cit., p. 176.

204 205
en el carácter primordial del símbolo ictiológico Ea u Oannès, terce­ madre La fecundación es también cosa del siluro que se «pone en
ra persona de la trinidad babilónica, es el tipo mismo del dios-pez, él forma de bola» en el útero de la madre, siendo comparada la «pesca del
es quien ayuda a Ishtar, la gran diosa, también ella sirena con cola de siluro» al acto sexual: el marido emplea de cebo su sexo. El siluro estará
pez, que habita las aguas originales y que bajo esa forma ictiomorfa se asociado, pues, a todo ritual de la fecundidad tanto del nacimiento co­
llama Derkéto. Ea-Oannès es el océano primordial, el abismo de donde mo del renacimiento funerario: se viste el muerto con ropas (gorro y
han salido todas las cosas. En Egipto le corresponde el dios Noun, «se­ mordaza) que simbolizan el pez originaP^. Asimismo, como en el mito
ñor de los peces»®®, el elemento acuático primordial. Asimismo se asis­ indio citado más a r r i b a u n curioso isomorfismo une el siluro y la ca­
te a la transformación de Visnú en un pececillo Matsya que salva del bellera a través de un contexto melusino: las mujeres Dogon utilizaban
diluvio a Vaivasvata, el Noé védico. Varuna también es representado a antaño las «clavículas» del siluro como escarpidores y los clavaban en
veces cabalgando un pez. Por último, Jung®^ insiste en la figura de Me- sus cabellos: toda mujer era asimilada a un pez, cuyas agallas serían las
lusina, cuya iconografía ictiomorfa se encuentra tanto en la India como orejas adornadas, los ojos las cuentas rojas que adornan las aletas de la
entre los indios de América del Norte. Para el psicoanalista, esta Melu- nariz, las barbillas simbolizadas por el labro fijado al labio inferior
sina sería el símbolo ambivalente del subsconsciente, lo que confirma Soustelle, por su parte, pone en evidencia, entre los antiguos mexicanos,
un análisis onírico hecho por Harding que considera el revestimiento un isomorfismo muy notable, polarizado en torno del símbolo del pez.
escamoso de los personajes de ciertos sueños como signo de una inva­ El pez está en relación con el Oeste, que es a la vez la región de los
sión de la persona por las fuerzas nocturnas del inconsciente. Por el muertos, «puerta del misterio», y también «Chalchimichuacán», «el lu­
momento dejemos a un lado las prolongaciones melusinianas, femeni­ gar de los peces de piedra preciosa», es decir, el país de la fecundidad
nas y acuáticas, del simbolismo ictiomorfo, y no nos fijemos más que en en todas sus formas, «lado de las mujeres» por excelencia, de las diosas
su extraordinario poder de encajamiento. Sin olvidar que este poder de y de las divinidades del maíz. En Michuacán, el país de los peces, se
redoblamiento es, por la confusión del sentido pasivo y activo que im­ encuentra Tamoanchán, el jardín regado donde reside Xochiquetzal, la
plica, como la doble negación, poder de inversión del sentido diurno diosa de las flores y del amor.
de las imágenes. Es esta inversión la que vamos a ver en la práctica, me-
tamorfoseando los grandes arquetipos del miedo y transformándolos,
como desde el interior, por integración prudente de los valores bené­
ficos. Asistimos ante todo a una inversión de los valores tenebrosos atri­
Antes querríamos recoger todas las imágenes que forman constela­ buidos a la noche por el Régimen Diurno. Entre los griegos, los escan­
ción en torno al simbolismo del pez gracias, por un lado, al estudio dinavos, los australianos, los tupi, los araucanos de América del Sur, la
minuicioso que ha hecho Griaule del papel de un pez senegalés, el si­ noche es eufemizada por el epíteto «divina» La Nyx helénica, tal co­
luro Ciarías senegalensis, en los mitos de la fecundidad y de la procrea­ mo la Nott escandinava, se convierte en la «Tranquila», la Stille Nacht,
ción y, por otro, al isomorfismo ictiológico que Soustelle pone en evi­ la «Santa», el lugar del gran reposo. Entre los egipcios, el cielo noctur­
dencia en la mitología del antiguo México El africanista hace notar no, asimilado al cielo de abajo, la D at o Douât, manifiesta explícita­
que el pez, y generalmente el pez de especies pequeñas, es asimilado a mente el proceso de inversión: ese mundo nocturno es la exacta imagen
la semilla por excelencia, la de la Digitaría. Entre los Dogones, es el si­ invertida, como en un espejo, de nuestro mundo: «Las gentes caminan
luro el que se considera como un feto: «La matriz de la mujer es como en él con la cabeza para abajo y los pies para arriba» Este proceso es
una segunda charca en la que es introducido el pez» y durante los últi­ aún más claro entre los Tunguses y los koriaks, para quienes la noche es
mos meses del embarazo el niño «nada» dentro del cuerpo de su ma­ el día mismo del país de los muertos: en ese reino nocturno todo está
dre. De ahí un ritual de nutrición del feto por los peces comidos por la invertido. «El mundo de los muertos —escribe Lewitzky— ^®es en cier­
to modo la contrapartida del mundo de los vivos», lo que se suprime
Cfr. CoNTENAY, D éluge babylonien^ pp. 44-47; cfr. sobre Oannès, J ung , Libido, en la tierra reaparece en el mundo de los muertos, «... pero el valor de las
p. 189; cfr. H arding; op. cit., pp. 175-177.
p 210. Según Fabre d ’OIivet la letra noun significa pez pequeño y
niño pequeño; cfr. Langue hébraïque, p. 34. 92 Op. cit., pp. 302-305.
OXi.]\stiQ,?aracel5Íca, pp. 159-161. 93 Op. cit., p. 308.
90 H arding « / ., p. 125. 94 Cfr. supra, p. 204, nota 78.
91 Cfr. G riaule, «Rôle du silure “ Clarias scnegalensis” dans la procréation au Sou­ 93 Op. cit., p. 302.
dan français*, en Deutsch. Akad. der ÎVissens. zu Berlin Im tit, fu r Orientforschung, 96 Cfr. K rappe, op. cit., p. 159.
n.® 26, 1955, pp. 299 y ss., y J . Soustelle, La Pensée cosmol. des anciens Mexicains, 97 H. G. R., I ,p . 211.
p. 63. 98 A. Lewitzky, art. en H. G. R ., I, p. 158.

206 207
cosas se invierte: lo que en la tierra era viejo, estropeado, pobre y tro día es nuestra noche.» Para el mismo Hugo, tan sensible a los valo­
muerto, allí se vuelve nuevo, sólido, rico, vivo...». La cadena isomorfa res diairéticos, por una vez la condenación no es nocturna, sino que,
es por tanto continua y va de la revalorización de la noche a la de la por el contrario, es el insomnio lo que castiga a Satán y lo condena a
muerte y de su imperio. La esperanza de los hombres espera de la eufe- «ver siempre huir como una isla inabordable el sueño y el ensueño, os­
mización nocturna una especie de retribución temporal de los pecados curos paraísos azules». En Novalis es donde el eufemismo de las imáge­
y de los méritos. Esta eufemización, este cambio de régimen de la ima­ nes nocturnas está captado con mayor profundidad. La noche se opone
ginación es sensible en la evolución de la escatologia egipcia: mientras ante todo al día que ella misma minimiza, puesto que no es más que
que en las doctrinas heliopolitanas el reino de los muertos es una mora­ el prólogo de ella; luego, la noche se valora como «inefable y misterio­
da infernal y temida, poco a poco se ve cómo ese reino se convierte en sa» porque es la fuente íntima de la reminiscencia. Porque Novalis
la simple réplica invertida de la morada terrestre, Egipto ideal donde capta bien, como los psicoanalistas más modernos, que la noche es sím­
reinaba primordialmente Osiris bolo del inconsciente y permite a los recuerdos perdidos «tornar al cora­
En la metáfora tan célebre de la «noche oscura» de San Juan de la zón», semejantes a las brumas del atardecer. La noche introduce asimis­
Cruz, se advierte con claridad la fluctuación del valor negativo al valor mo una dulce necrofilia que entraña una valorización positiva del luto
positivo concedido al simbolismo nocturno. Como ha indicado E. Un- y de la tumba. La noche es la bien amada muerta «Sofía»: «Con un ju­
derhill la «noche oscura» tiene dos sentidos contradictorios y funda­ biloso terror, veo inclinarse hacia mí un rostro grave..., jqué pobre me
mentales en el poeta del Càntico espiritual. A veces no es más que la parece la luz! Más celestes que las estrellas que relucen nos parecen los
muestra de las tinieblas del corazón y de la desesperación del alma ojos que abre en nosotros la noche...» Y esta profunda confesión refe­
abandonada, tema con el que Santa Teresa rivaliza, diciendo que el al­ rente al papel exorcisante de la noche con relación al tiempo: «El tiem­
ma está entonces sometida a los grillos y que sus ojos están cubiertos de po de la luz se mide, pero el reino de la noche no conoce el tiempo ni
una nube espesa. Es este aspecto el que San Juan canta en el poema: el espacio...» Béguin*97 observa que en el tercer Himno, la noche se
¡Q ue bien sé yo la fuente que mana y corre!..., donde explica que vuelve para Novalis lo que es para Eckhart o San Juan: el reino mismo
«aunque es de noche» el alma sacia su sed en la fuente eucaristica de la sustancia, de la intimidad del Ser. Tal como Novalis la canta en
Otras veces, y este es el sentido principal que da el célebre poema N o­ el último Himno, la noche es el lugar donde esmaltan el sueño, el re­
che oscura, la noche se vuelve, por el contrario, el lugar privilegiado de torno al hogar materno, el descenso a la feminidad divinizada: «Des­
la incomprensible comunión; es júbilo dionisiaco que deja presentir a cendamos hacia la dulce prometida, hacia el bien amado Jesús, valor!
Novalis y los Himnos a la noche. Es además interesante observar de pa­ El crepúsculo desciende para quien ama y llora. Un sueño rompe nues­
sada hasta qué punto, en pleno siglo XVI, tanto San Juan de la Cruz como tras ataduras y nos lleva al seno de nuestro padre.» Vemos, pues, tanto
Santa Teresa, son defensores de una mística de la naturaleza que nada en las culturas donde se desarrolla el culto a los muertos y a los cadáve­
tiene que envidiar a la del Vicario saboyano o a la de Rene. Por otro la­ res, como entre los místicos y los poetas, rehabilitarse la noche y la cons­
do, los poemas de San Juan son un hermoso ejemplo del isomorfismo telación nictomorfa entera. Mientras los esquemas ascensionales tenían
de las imágenes del Régimen nocturno: la noche está vinculada al des­ por atmósfera la luz, los esquemas del descenso íntimo se colorean con
censo por la escala secreta, al disimulo, a la unión amorosa, a la cabe­ la densidad nocturna.
llera, a las flores, a la fuente, etc. Mientras que en el régimen diurno de la imagen los colores se redu­
Son, en efecto, los prerrománticos y los románticos quienes han ex­ cen a algunas pocas blancuras azuladas o doradas que prefieren al
presado incansablemente esta revalorización de los valores nocturnos. tornasol de la paleta la clara dialéctica del claroscuro, en el régimen
Goethe, Hölderlin, Jean Paul observan el bienestar que trae la «Santa nocturno se desplegará toda la riqueza del prisma y de las gemas. En la
penumbra» Tieck encuentra la intuición de la gran inversión noctur­ cura de realización simbólica y de terapéutica mediante imágenes anti­
na cuando hace decir a las hadas de La Copa de oro «Nuestro reino téticas a que la doctora Séchehaye somete a la joven esquizofrénica,
se anima y florece cuando la noche se extiende sobre los mortales, vues­
195 V. Hugo , Fin de Satan.
196 Cfr. N ovalis, Hymnes a la N uít, trad. A. Béguin , pp. 160-178; y Schriften, I,
99 Cfr. en H. G. R ., I, pp. 307 y ss., art. G. Desroches-Noblccourt. pp. 54-67; II, pp. 373 y ss.
199 Cfr. E. U nderhill, Mysticism, pp, 25, 32. 197 B eguin, Le Reve chez les rom antiques, II, p. 125.
191 Cfr. Milner, Poésie et vie mystique, p. 185. 198 Cfr. supra, p. 138. Soustclle observa la importancia de los colores en todos los
192 Cfr. poema Noche oscura, estrofas 2 .*, 1 8.*^, 10.*; cfr. M. R orissone, Esthé­ pueblos que tienen una representación sintética del mundo, es decir, organizada como
tique et mystique d'après Ste. Therese d 'Avila et St. Jean de la Croix. los puntos cardinales en torno a un centro (chinos, puebla, aztecas, mayas, etc.). Cfr. La
193 Cfr. Béguin , op. cit., II, p. 33. pensée cosmologique, pp. 68 y ss.
19^ Cfr. Béguin , op. cit., II, p. 33. 199 S échehaye, op. cit., pp. 110-111.

208 209
la doctora logra que la paciente abandone el terrible «País del Esclareci­ diferente juego de los regímenes de la imagen en ambos pensadores.
miento» mediante una «puesta en verde» y una inyección de morfina. Como Schopenhauer, fiel a la tradición química, Goethe considera el
El «verde» desempeña isomórficamente un papel terapéutico porque se color como un tinte inscrito en la sustancia, constituvivo del «centro de
asimila a la calma, al reposo, a la hondura materna. Terapéutica refor­ la materia» El sueño ante la paleta o ante el tintero es un sueño de
zada por el hecho de que la analista cuida de oscurecer las ventanas de sustancia, y Bachelard**® apunta ensoñaciones en las que las sustancias
la habitación donde reposa la paciente“ ®. comunes, vino, pan, leche, se transforman directamente en colores. Se
De los clásicos a los románticos, la paleta fantástica se enriquece concibe que el análisis espectral de los colores y su prolongación estéti­
considerablemente. Beguin“ * señala en Jean Paul, el cantor de la no­ ca, «la mezcla óptica» cara a los impresionistas, hayan constituido para
che y del sueño, la extraordinaria diversidad de los colores. En el autor algunas imaginaciones románticas él escándalo de los escándalos. No
de Sueños de un sueño abundan las joyas, las perlas, los crepúsculos, sólo el newtonismo y sus derivados estéticos atentaban contra la emi­
los arcoiris negros o coloreados, el aire salpicado de plumas multicolo­ nente dignidad de la luz, sino que atacaban incluso al color local, al
res. El poeta se ve rodeado por «una pradera de un verde sombrío, bos­ color como absoluto simbólico de la sustancia.
ques de un rojo ardiente y diáfanas montañas todas ellas recorridas por El agua misma, cuyo propósito primordial debe ser lavar, se invier­
venas de oro, detrás tras los montes de cristal resplandecía una aurora te bajo el empuje de las constelaciones nocturnas de la imaginación: se
donde se suspendían las perlas de los arcoiris». Para Tieck“ ^ «todas las vuelve vehículo del tinte por excelencia. Tal es el caso del agua profun­
cosas se funden en el oro y la púrpura más suave» y se complace en un da que Bachelard estudia, siguiendo a M. Bonaparte, a través de las
palacio de fantasía «de oro, de piedras preciosas, de movibles arco- metáforas de E. Poe**®. Al mismo tiempo que el agua pierde su limpi­
iris...». Y añade: «Los colores son mágicos... ¡qué cosa tan maravillosa dez, «se concentra», ofrece a los ojos «todas las variedades de la púrpu­
sumirse en la contemplación de un color considerado como simple co­ ra, como tornasoles y reflejos de seda cambiante». Está formada por ve­
lor...!» Las ensoñaciones del descenso nocturno traen naturalmente a la nas de diferentes colores, como un mármol; se materializa hasta tal
mente la imaginería coloreada de los tintes. El tinte, como ha observado punto que se puede cortar con la punta de un cuchillo *^®. Y los colores
Bachelard“ ^ a propósito de la alquimia, es una cualidad íntima, sus­ que le gustan son el verde y el violeta, «colores de abismo», esencia
tancial. La «piedra» está dotada de un infinito poder de tintado y toda misma de la noche y de las tinieblas, tan caras a Poe como a Lermontov
la alquimia va acompañada por una paleta simbólica que pasa del ne­ o a Gogol, acuñación simbólica de la negrura*“ adoptada por la litur­
gro al blanco, del blanco al cetrino, del cetrino al rojo triunfante“ '*. La gia. Este agua densa, coloreada, que obsesiona a la sangre, está unida
Piedra filosofal, símbolo de la intimidad de las sustancias, tiene todos en el poeta americano al recuerdo de la madre desaparecida. Este agua,
los colores: «entiéndase: todos los poderes»*“ . La operación de alqui­ geográfica, que sólo se concibe en vastas extensiones oceánicas, este
mia no es más que una transmutación objetiva, sino subjetivamente, agua cuasi orgánica a fuerza de ser densa, a medio camino entre el ho­
una maravilla que se manifiesta en todo su esplendor. El mercurio está rror y el amor que inspira, es el tipo mismo de la sustancia de una ima­
revestido con una «hermosa túnica roja»; los colores son «fondos de sus­ ginación nocturna. Pero ahí también el eufemismo deja transparentar
tancia» que se tienen en cuenta incluso en la manipulación química la feminidad.
más utilitaria: para dar nacimiento al rojo de la explosión, la pólvora Resulta bastante sorprendente comprobar a este propósito que
misma de cañón debe someterse a la paleta alquímica. El rojo del fue­ M. Bonaparte, en su autoanálisis, no haya deducido el arquetipo de la
go es posible porque sale del blanco salitre, del amarillo de azufre y del madre a partir de la visión tan tenaz y tan capital «del gran pájaro del
negro de carbón**^. Bachelard indica que la famosa oposición entre color del arcoiris» que inquieta su infancia de huérfana *^^ Este pájaro,
Goethe y Ncwton en el terreno de la óptica procede precisamente del tan poco volátil, de colores irisados y maravillosos, sólo se asimila a la
madre por el rodeo de la anamnesis individual, por medio de un ópalo
110 Sobre el carácter «centrípeto» del color verde, cfr. L. Rousseau, op. cit., pp. 30 y regalado en realidad por una amiga a la madre de la analista. Tanto que
siguientes.
111 Cfr. Béguin , op. cit., II, pp. 46-47. Op. cit., p. 35; cfr. G kay , Goethe the Alchimist, y A . von Bernus , Alchimie
112 T ieck, La coupe d'or, citado por B éguin , op. cit., II, p. 152. und Heilkunst, pp. 165 y ss.
115 B achelard, Repos, p. 34.^ 118 Op. cit., p. 38.
ii"! Sobre la «nigredo», «albedo», «citrinitas» y «rubedo», cfr. Éliade, Forgerons et
119 B achelard, Eau, p. 82.
Alchimistes, p. 167, y J. Evola, l a Tradizione ermetica, pp. 156 y ss. Cfr. sobre todo
120 Op. cit., p. 83.
B asile V alentin, Révélation des Mystères des teintures des Sept métaux, edición de 121 Cfr. B achelard , Terre... volonté, p. 400; sobre cl violeta, cfr. Rousseau ,
E. Savorel.
np. cit., p. 171.
115 B achelard, op. cit., p. 44.
122 M. Bonaparte , Psych. et Anthrop., p. 90.
110 Op. cit., pp. 46-47.
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210
no parece ser necesario recurrir a una incidencia biográfica: al estar la oriente» De igual modo, la Fortuna, doblete etrusco de la Gran
multicoloración directamente unida en las constelaciones nocturnas al Diosa, está revestida con una capa colorada que plagian los reyes roma­
engrama de la feminidad maternal, a la valoración positiva de la mu­ nos como prenda de prosperidad. Por último, el Kaunakes es pariente
jer, de la naturaleza, del centro, de la fecundidad Quizá haya que del Zaimphy el manto milagroso de Tanit, prototipo de todos los velos
ver en esta laguna, en una analista tan perspicaz como M. Bonaparte, milagrosos de la Virgen-Madre En todos estos casos el arquetipo del
la superioridad de las concepciones jungianas sobre las de Freud. Estas color aparece estrechameate asociado a la tecnología del tejido, cuya
últimas se limitan demasiado a la imagen individual, a los accidentes eufemización encontraremos también a propósito de la rueca que valo­
de la biografía, mientras que la arquetipología toma en consideración riza positivamente a la hilandera. Observemos, por ahora, que el color
estructuras imaginarias que, más allá de la ontogénesis, interesan y «re­ aparece en su diversidad y su riqueza como la imagen de las riquezas
suenan» en toda la especie. Para la arquetipología, el «goce»*^"* que sustanciales, y en sus matices infinitos como promesa de inagotables re­
aporta a la joven la visión del animal coloreado —«el recuerdo más ra­ cursos.
diante de mi infancia», insiste ella— reforzando su caso particular, co­ El eufemismo que constituyen los colores nocturnos en relación con
mo en el de E. Poe, por el isomorfismo de la sangre y el incidente he- las tinieblas, parece constituirlo la melodía con relación al ruido. Así
moptísico, es un símbolo directo del culto y de la veneración a la ma­ como el color es una especie de noche disuelta y el tinte una sustancia
dre difunta. El color, como la noche, nos remite, pues, siempre, a una en solución, puede decirse que la melodía, que la suavidad musical tan
especie de femenidad sustancial. Una vez más la tradición romántica o cara a los románticos, es el doblete eufemizante de la duración existen­
alquímica y el análisis psicológico convergen para evidenciar una es­ cia!. La música melodiosa juega el mismo papel eustàtico que la noche.
tructura arquetípica, y se unen a la inmemorial tradición religiosa. Para el romántico, mucho antes de las experiencias mescalínicas de
Este tornasolado de la sustancia profunda se encuentra, en efecto, Rimbaud, los colores y los sonidos se corresponden. Y no podemos de­
en las leyendas hindúes, egipcias o aztecas. Es el velo de Isis, el velo de jar de citar, según Béguin, la traducción de este pasaje de Phantasien
Máyá, que simboliza la inagotable materialidad de la naturaleza, lo über die Kunts de Tieck «La música obra el milagro de tocar nuestro
que las diferentes escuelas filosóficas valoran positiva o negativamente, núcleo más secreto, el punto de arraigo de todos los recuerdos y de ha­
es el vestido de Chalchiuhtlicue, diosa del agua, paredra del Gran Dios cer de él por un instante el centro del mundo maravilloso, comparable
Tlaloc^^\ Juíig compara a Máyá con nuestra Melusina occidentaU^^; a semillas embrujadas; los sones arraigan en nosotros con una rapidez
Máyá-Melusina que, valorizada por una imaginación diurna, sería la mágica... en un abrir y cerrar de ojos, percibimos el murmullo de un
«Qakti falaz y seductora», pero que para el Régimen Nocturno de los boscaje sembrado de flores maravillosas...» En tanto que Novalis preci­
fantasmas es el símbolo de la inagotable multiplicidad, cuyo reflejo es sa el lugar isomorfo entre la música y el retorno sustancial: «... en el fo­
la variedad de matices coloreados La imagen del suntuoso vestido de llaje de los árboles, nuestra infancia y un pasado todavía más remoto se
la diosa madre es por otro lado muy antigua. Przylyski la señala en el ponen a bailar una danza alegre... Los colores mezclan su centelleo.»
Avesta y en ciertos sellos babilónicos. En este último caso es el Kauna- Por último, el poeta alcanza un énstais que no deja de estar emparen­
kéSf manto que simboliza el poder fecundo de la diosa, símbolo de la tado con la intuición mística o bergsoniana: «...n os sentimos derretir
vegetación y de la naturaleza. El Kaunakes estaba hecho de una tela de placer hasta lo más profundo de nuestro ser, transformarnos, disol­
de gran valor, cálida, «cuya lana caía en largas mechas rizadas y que vernos en algo para lo cual no tenemos ni nombre, ni pensamien­
pertenecía al mismo grupo de tejidos que el tapiz», fabricado en los ta­ to...»^^^ Mientras que el pensamiento solar nombra, la melodía noc­
lleres «donde se unían los más bellos tintes a las lanas más finas de turna se contenta con penetrar y disolver; es lo que Tieck no para de
repetir: «El amor piensa en tiernas sonoridades, porque los pensamien­
^23 Cfr. SouSTELLE, op . cit., p. 69: «En cuanto al centro, no tiene un color particu­ tos están demasiado lejanos.» Estas ensoñaciones sobre la «función me­
lar. Síntesis y encuentro, puede ser multicolor, como se lo representan también los Pue­
blos...»
lódica» que se encuentran tanto en Jean Paul como en Brentano no
^24 Op , cit., p. 96. dejan de estar emparentadas con la tradicional concepción china de
125 Cfr. H arding , op . cit., p. 193 , y H. G. R., I, p. 186. Cfr. Soustelle, op . cit.,
p. 50. Chalchiuhtlicue, «la que tiene una falda de piedra verde», es verde como el bos­ 129 Cfr. P rzyluski, op. cit., p. 55.
que y el agua a la vez, y también verde como la sangre de las víctimas sacrificadas (Chal- ^^9 Cfr. o p cit., p. 57; cfr. sobre el tema psicoanalítico del manto en la Odisea, B au ­
chiuatl). douin , Le Triomphe du héros, pp. 42-43.
126 JuNG, Paracelsica, p. 136 y ss. 131 Citado por A. B éguin , op. cit., II, p. 137.
127 Sobre el papel desempeñado por los colores cardinales en las religiones agrarias, 132 Citado por B éguin , op. cit., II, p. 137.
cfr. H. G. R., I, p. 187. 133 Cfr. B éguin , op. cit., I, p. 48; II, pp. 50, 264.
128 Cfr. Przyluski, La Grande Déesse, pp. 53-54; cfr. SouSTELLE, op . cit., p. 50. 134 Cfr. G ranet , op. cit., pp. 126, 400.

212 213
la música. Esta última está considerada como unión de los contrarios, deformaciones escitas y célticas de un nombre antiquísimo de la diosa
en particular, del cielo y de la tierra, y sin entrar ahora en consideracio­ madre análoga de Tanais. Przyluski une a esta constelación etimológi­
nes aritmológicas y ritmológicas puede decirse que entre los anti­ ca la leyenda de las Danaides, leyenda a la vez agraria y acuática, que
guos chinos como entre los poetas románticos la sonoridad es sentida en el seno de la eufemización recuerda el aspecto negativo y temible de
como fusión, comunión del macrocosmos y del microcosmos. El simbo­ la feminidad acuática: las Danaides exterminan a sus esposos y en cier­
lismo de la melodía es, por tanto, como el de los colores, el tema de tos aspectos son vecinas de las brujas de las aguas que la imaginación
una regresión hacia las aspiraciones más primitivas de la psique, pero es diurna combate. Por último, ¿habrá que recordar que en numerosas
también el medio de exorcizar y de rehabilitar mediante una especie de mitologías el nacimiento está como instaurado por el elemento acuáti­
eufemización constante la sustancia misma del tiempo. co? Mitra nace cerca de un río, y es en un río donde renace Moisés; en
el Jordán es donde renace Cristo, nacido por primera vez de la pége^
sempiterne fons amoris. ¿No escribe el profeta de los judíos que «provie­
nen de la fuente de Judá»?
Estas fusiones melódicas, estas confusiones coloreadas y estos énsta- Przyluski reduce los nombres semíticos de la gran diosa, Astarte
sis nocturnos no deben sin embargo hacernos perder de vista el gran es­ siria, Athar árabe, Ishtar babilonia. Tank cartaginesa, a una forma,
quema de tragado, de deglución que los inspira; gran esquema que lle­ «Tanais» estrechamente unida a «Nanai», que sería un antiguo nombre
va constantemente los símbolos coloriformes, melódicos y nocturnos, del agua y del río, deformado más tarde en «Nana» para parecer un
hacia un arquetipo de la feminidad, hacia una radical antífrasis de lallname. Habría, pues, una profunda atracción del lallname nana-
la mujer fatal y funesta. Vamos a ver cómo el esquema del tragado, de la mama en el nombre propio de la diosa. Leia da una solución ligera­
regresión nocturna, proyecta en cierta forma la gran imagen materna mente diferente a esta asimilación lingüística de la madre y del agua:
por mediación de la sustancia, de la materia primordial tanto marina el glifo representativo del agua, línea ondulada o quebrada, sería uni­
como telúrica. versal y la pronunciación estaría universalmente vinculada a este
El primordial y supremo tragador es, por supuesto, el mar como glifo, de ahí la frecuencia de la onomatopeya «nana», «mama», unida
nos lo deja presentir el encajamiento ictiomorfo. Es el abismo femini- al nombre de la Gran Diosa acuática: Máyá o Máhal es la madre mítica
zado y maternal el que, para numerosas culturas, es el arquetipo del de Buda, y la diosa egipcia Marica, «el agua madre», «el vientre de la
descenso y de retorno a las fuentes originales de la felicidad. A los cul­ naturaleza», eternamente virgen y eternamente fecundo, no deja de
tos de las grandes divinidades ictiomorfas que hemos señalado inciden­ evocar a la Myriam judeocristiana Llevando a mayor profundidad
talmente añadamos el culto chileno y peruano de la ballena «Mama- aún el análisis etimológico, Przyluski muestra que los dos tipos de
cocha», es decir, «Mama-mar», la más poderosa de las divinidades que nombre de la Gran Diosa, Artemis-Ardvi por una parte, y Tanai-Danaí
se encuentran bajo la forma de «Mama-quilla», diosa de las mujeres ca­ por otra, se resuelven en una realidad común prearia y presemítica,
sadas, entre los antiguos Incas, gran diosa luna, hermana y esposa del diosa que personifica a la vez la tierra fecunda y las aguas fertilizado-
sol que más tardíamente será asimilada a «Pacha-mama», la tierra ma­ ras, «Tierra madre y Venus marina», Thetis, «madre de veinticinco ríos
dre Entre los bambara. Faro, el gran dios del Niger, tiene a menudo y de cuarenta océanidas» que se unen etimológicamente a la raíz «The»
forma femenina, su cuerpo lleva dos aletas en las orejas y acaba en una que significa chupar, mamar. Jung^^^ queda igualmente sorprendido
cola de pez En la tradición hindú hay asimilación frecuente de la por esta presión semántica del gran arquetipo sobre la semiología del
Gran Madre a un río: el Ganga celeste, depósito de todas las aguas te­ lenguaje: subraya el parentesco latino entre mater y materia^ así como
rrestres. En la tradición avéstica Ardvi significa tanto «El Río» como «La la etimología de la ule griega que primitivamente significa «madera»,
Dama». En persa, Ardvisúra o Anahita es el «manantial de agua de vi­ pero que en mayor profundidad remite a la raíz indogermánica su, que
da» mientras que los Véalas llaman a las aguas matritamahy «las más ma­ se encontraría en üo, «mojar, hacer llover», (uetos, la lluvia). En iranio,
ternales». Esta asimilación reaparece en Occidente, ya que el río Don de­ suth significa a la vez «jugo, fruto y nacimiento, sutus, en latín quiere
bería su nombreala diosaTanais. Dony Danubio son, según Przyluski^^^, decir embarazo. En babilonio, el término pü singifica a la vez fuente

Cfr. JUNG, Libido, p. 208. Cfr. Isaías, XLVIII, 11.


Cfr. infra, pp. 318 y ss.
P rzyluski, op. d t., pp. 36-37 y ss.
Cfr. supra, p. 705. Cfr. Leía, Contes, p. 84.
Cfr. H. G. R., I, p. 201 y Leía , op. d i., p. 84; cfr. D on T alayesva, op. d t., *^*3 o p , cit., p. 148.
p. 425, la plegaria a la «Señora del Océano del Este».
Cfr. P rzyluski, op. d t., pp. 39-41.
138 DiETERLEN o/?, d t., p. 4 l.
J C is.]\m Q , Libido, pp. 208, 226.
139 Cfr. P rzyluski, Grande Déese, pp. 26-27.

214 215
de río y vagina, mientras que nagbu, fuente, está emparentado con el revalorizar lo que está devaluado, hacer pasar el mercurio mediante un
hebreo negeba, hembra Por último, si se apela a la etimología de verdadero retroceso, de su aspecto aquáster a su aspecto yliáster. La su-
los nombres occidentales de las diosas madres, encontramos tanto en blimacióin alquímica, rematando una completa filosofía del ciclo acce­
Melusina como en la «Mermaid» inglesa o en la «Merewin» de los nibe- de, pues, a una simbólica ascensional que, superando las premisas in-
lungos, que la feminidad y la lingüística del agua no son más que uno volutivas que consideramos en estos capítulos, hace de la alquimia una
en la denominación de la «Marfaye» primordial. Vemos, pues, que simbólica completa, que funciona sobre los dos regímenes de la
cualquiera que sean la filiación y el sistema etimológico que se escoja, imagen
siempre se encuentran los vocablos del agua emparentados con los Volvamos, pues, al aquáster melasino. Como hada de las aguas, es­
nombres de la madre o de sus funciones y con el vocablo de la Gran tá estrechamente emparentada con Morgana, «nacida de la mar», con­
Diosa. trapartida occidental de Afrodita, «quien a su vez está en estrecha rela­
En la tradición occidental moderna, que ilustra la doctrina alquími- ción con la Astarté preasiática» Lo mismo que los César invocaban a
ca, la madre Lousine habitante de las aguas es el nombre propio del la Madre venusina, muchas familias francesas pretenden descender de
aquaster de los alquimistas Este último es el principio de la «materia la madre Lousine, tal como los Sassenage, los Luzignan, los condes de
cruda, confusa, grossa, crassa, densa». Principio del alma vital que, de Toulouse y los P l a n t a g e n c t E s t e personaje primordial, que el cristia­
todas las concepciones de Paracelso, sería aquella «que más se acerca a nismo medieval tratará de valorizar negativamente apoyándose en el
la noción de inconsciente» La imagen de la Madre Lousine sería, Régimen Diurno y los ideales de la trascendencia, reaparece en nume­
pues, una proyección del inconsciente abisal, indiferenciado y original, rosas leyendas minimizado, devaluado o simplemente ridiculizado, con
teñido, en la doctrina jungiana, por la feminidad propia del ánima «patas de oca». Mama Oca o Reina Pedauca, tJi-matronae convertidas
masculina. Este aquáster melusino no sería en la Gran Obra otra cosa en «estorninos». Pero la Iglesia no llegará nunca a desacreditar comple­
que el mercurio de los alquimistas, representado a menudo bajo los tamente a las «buenas damas» de las fuentes, las hadas. Lourdes y las
rasgos del viejo Hermes, «unión del arquetipo del ánima y del sabio innumerables fuentes consagradas a la Virgen Madre testimonian esta
antiguo». Según Basile V a l e n t i n ^g^e mercurio es el «huevo de la na­ resistencia fantástica a las presiones del dogma y de la historia. Los vo­
turaleza», madre de «todos los seres engendrados por la bruma tene­ cablos que la ortodoxia otorga a María están, por lo demás, muy cerca
brosa». El mercurio tiene el doble significado de plata viva, es decir, de de los que se dispensaron antaño a la Gran Diosa lunar y marina La
metal, y de alma cósmica. «El trabajo de la alquimia consistía princi­ liturgia la llama «luna espiritual», «estrella del mar», «reina del océano»
palmente en separar la prim era materia, es decir, el caos, en un princi­ y Barrow nos cuenta la estupefacción de los jesuítas que evangeli­
pio activo, el alma, y un principio pasivo, el cuerpo y luego a volverlos zaron China cuando observaron que estos vocablos eran los mismos que
a unir bajo el aspecto de personajes por medio de la conjunción de las los chinos aplicaban a Shing-Moo, la Stella maris china. O t r o s h a n
Bodas Químicas... de esta alianza nacía el Filius sapientiae o philosop- subrayado el sorprendente paralelismo que existe entre la esposa real
horum, es decir, el mercurio transmutado» Desde luego, Jung pare­ Máyá, la madre de Buda y la Virgen Madre del catolicismo. Por últi­
ce coniFundir en el mismo vocablo de Hermes, tanto el viejo símbolo mo, en nuestro propio folklore, la «serpiente» Melusina y las Sierpes,
del inconsciente ciego como el ánima feminoide, y el Hermes reali­ wivres o voivres, sus parientes próximos, no tienen necesariamente un
zado, el Trimegisto, hijo de sabiduría del que volveremos a hablar^” . papel nefasto. Tomando los textos de Jean de Arras y de Couldrette,
Del interesante estudio del arquetipólogo solo nos quedaremos aquí Dontenville ha demostrado la valorización positiva de la Madre Lou­
con el aspecto feminoide del mercurio protoplàstico, auténtica agua sine, mujer de Raimondain, casada muy católicamente. Aunque la his­
metálica y primordial. Además, la alquimia tiene por misión esencial toria de esta pareja termina bastante mal, Melusina no deja de ser por
ello un testimonio de prosperidad y de fecundidad. Por otra parte, la
Cfr. ÉLIADE, Forgerons et alchimistes, p. 42.
Cfr. D o n t e n v il l e , op. cit., p. 198.
‘48 Cfr. JUNG,, Paraceisica, p. 95; cfr. artículo «Eau», en Dictionnaire Mytho- ‘ 54 Cfr. J. V. A n d r e a e , Les noces Chymiques, pp. 42-64, 89, 120, etc.; cfr. L. F i ­
hermétique, de Dom A. J . Pernéty. g u ie r , L 'Alchimie et les alchim istes.
‘49 J ung , op. cit., p. 130. ‘ 55 J ung , op. cit., p. 167.
‘ ^0 Citado por J ung , op. cit., p. 108; cfr. Basile Valentín , Les Douze clefs de la ‘ 56 Cfr. D o n t e n v il l e , op. cit., p. 185.
philosophie, pp. 22-26, 37, 49; cfr. Pacelso, Schriften, pp. 127, 169, 314. Sobre Para­ ‘57 Cfr. B r if f a u t , The Mothers, III, p. 184.
celso, cfr. R. Allendy, Paracelse, le médecin m audit. ‘ 58 Citado por Harding , op. cit., p. 107.
‘ 5‘ J u n g , op. cit., p. 63. ‘ 59 Cfr. B urnouf, Vase sacré, pp. 105 y ss., 117.
‘52 Cfr. supra, p. 87. ‘ 60 D o n t e n v il l e op. cit., p. 192; sobre la mujer-pez, prenda de riquezas, cfr.
‘53 Cfr. infra, p.288. L e e n h a r d t , Documents néo-calédoniens, p. 470.

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toponimìa nos ha conservado numerosos Lusigny, Lésigné, Lézignan, la conciencia imaginante, en la Gran Diosa cíclica del drama agrícola,
Lesigney, secuela de un fervor melusino antaño muy extendido. Esta cuando Demeter sustituye a Gea
rehabilitación del eterno femenino entraña naturalmente una rehabili­ Primitivamente la tierra, como el agua, es la primordial materia del
tación de los atributos feminizados secundarios: las Melusinas tienen lar­ misterio, aquello que se penetra, aquella que se excava y que se dife­
ga cabellera, el Faro bambara lleva cabellos lisos y negros «como de crin rencia simplemente por una resistencia mayor a la penetración Élia­
de caballo»^^\ y el culto a Venus no sólo está ligado, bajo el reino de An- de cita numerosas prácticas telúricas que no son directamente agrícolas,
cus Martius, al de la cortesana Larentalia y al flamen de Quirinus, sino
en las que la tierra se considera simplemente como circundante gene-
que también se le atribuye la protección de la cabellera de las damas raP^°. Algunas de estas prácticas son incluso francamente antiagrícolas:
No obstante, si se estudia en toda su amplitud el culto de la Gran dravidianos y altaicos consideran que es un gran pecado arrancar las
Madre y su referencia filosófica a la materia prima^ se advierte que osci­ hierbas corriendo así el riesgo de «herir a la madre». Esta creencia en la
la entre un simbolismo acuático y un simbolismo telúrico. Si la Virgen divina maternidad de la tierra es ciertamente una de las más antiguas;
es Stella maris, también se le llama en un viejo himno del siglo xil en cualquier caso, una vez consolidada por los mitos agrarios, es una de
«terra non arabilis quae fructum parturit». PiganioP^ observa que si el las más estables La práctica de p^ ir en el suelo extendida en China,
culto a Venus está vinculado en Roma a la gens Cornelia, fiel al rito en el Cáucaso, entre los maori, en África, en la India, en Brasil, en Pa­
de la inhumación, esta valencia telúrica está en continuidad con la va­ raguay, lo mismo lo hacían los antiguos griegos y romanos, permite
lencia acuática, puesto que las diosas de la tierra son protectoras en Ita­ afirmar la universalidad de la creencia en la maternidad de la tierra
lia de los marineros: «Fortuna sostiene un gobernalle y Venus, como Por otra parte, la pareja divina cielo-tierra es un leiv motiv de la mito^^
Afrodita, protege los puertos» Piganiol da una explicación histórica logia universal. Éliade enumera en toda una página las leyendas relati­
y tecnológica de esta curiosa ambivalencia. Los mediterráneos rechaza­ vas a la pareja divina, espigadas desde el Ural a las Montañas Roco­
dos hacia el mar por los indoeuropeos se habrían transformado, de sas En todos estos mitos la tierra desempeña un papel pasivo, aun­
agricultores que eran al principio, en piratas y marinos. O también, que sea primordial. En el vientre «materno del que han salido los hom­
puede suponerse que en las riberas italianas los Pelasgos difundieron bres», como dicen Iso armenios Asimismo, las creencias alquímicas y
cultos ctónicos que se fusionaron con los cultos indígenas de las diosas mineralógicas universales afirman que la tierra es la madre de las pie­
marinas. Resulta además curioso que este culto a las diosas agrícolas y dras preciosas, el seno donde el cristal madura en diamente. Éliade
marítimas se encuentre en las costas de España e incluso en el litoral muestra que esta creencia la comparte el chamán cheroqui y los indíge­
atlántico de la Galia Para otro historiador de las religiones extis- nas del Transvaal, así como Plinio, Cardan, Bacon o Rosnel. La alqui­
tiría una diferencia sutil entre la maternidad de las aguas y la de la tie­ mia, por otra pane, no sería sino una aceleración técnica de esa lenta
rra. Las aguas se hallaban «al comienzo y al fin de los acontecimientos gestación en el Athanor. Muchos pueblos localizan la gestación de los
cósmicos», mientras que la tierra estaría «en el origen y el fin de toda niños en las grutas, en las hendiduras de las rocas, así como en las
vida». «Las aguas preceden a toda creación y a toda forma, la tierra pro­ fuentes. La tierra, como la ola, está tomada en el sentido de continente
duce formas vivientes.» Las aguas serían, pues, madres del mundo, general. El sentimiento patriótico (habría que decir matriótico) no sería
mientras que la tierra sería madre de los seres vivos y de los hombres. más que la intuición subjetiva de este isomorfismo matriarcal y telúri­
Nosotros, sin detenernos en las explicaciones históricotecnológicas ni en co. La patria está representada casi siempre con características feminiza-
la sutil distinción de Éliade, nos contentaremos con insistir en el iso­ das: Atenas, Roma, Germania, Mariana o Albión. Muchas de las pala­
morfismo completo de los símbolos y de la iconografía de la Madre su­ bras que designan la tierra tienen etimologías que se explican por la
prema donde se confunden virtudes acuáticas y cualidades terrestres. intuición espacial del continente: «Lugar», «zona», «provincia», o por im-
Pero sólo más tarde la «materia» primitiva, cuyo simbolismo está cen­
trado en la profundidad ctónica o abisal del regazo, se transforma, en ‘68 Cfr. É l ia d e , Traité, p. 211.
‘69 Cfr. ÉUADE, Forgerons, p. 42. En egipcio b i signifìca a la vez útero y galería de
D ie t e r l e n cit., p. 4 1 . mina.
‘62 Cff, D umézil , Indo-Europ.y p . 158; sobre el im portante papel atribuido a la cabe­ ‘ 70 ÉUADE, Traite, p. 217.
llera y al peinado en la erótica de los Muría, cfr. V errier E lwin op. cit., pp. 204-205 y ‘ 71 Cfr. la im portante obra de D ietrich , M utter Erete, ein Versuch uber Volksre-
320-321. ^ r'F
ligion.
‘63 Citado por ÉLIADE, Traite, p. 226. ‘ 72 Cfr. ÉLIADE, Traité, p. 218.
‘64 Cfr. P i g a n i o l cit., pp. iio - l l l. ‘ 73 Cfr. ÉUADE, Traité, p. 213.
‘65 Op. cit., p. 112. ‘ 74 Op, cit., p. 215 .
‘66 Cfr. P ig a n io l p . 1 13 . ‘ 75 É liade , Forgerons, pp. 4 6 , 4 8 , 4 9 ; cfr. B achelard , Formation de T esprit scienti­
‘67 Cfr. ÉLIADE, Traite, p. 222. fique, p. 247.

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presiones sensoriales primarias, «fírme», «lo que queda», «negro», que puede dormitar a salvo en su seno...»^®'^. En Brentano, el arquetipo de
confirman las relaciones isomorfas que estamos estudiando Esta pa­ la Virgen Madre está curiosamente unido al estanque y a las tinieblas,
sividad primordial incita a las ensoñaciones del «reposo» que tan bien así como a la tumba de la heroína Violeta. En una carta a Sofía el
ha sabido detectar Bachelard en la imaginación telúrica de los escrito­ isomorfísmo está reforzado más por el tema de la bienamada desapare­
res. Henri de Regnier cuando escribe que la mujer «es la flor nacida cida y por el recuerdo personal de la propia madre del poeta. Brentano
a la entrada de las vías subterráneas y peligrosas... fisuras hacia el más pone de manifiesto que el culto de la Virgen está mágicamente unido a
allá por donde se abisman las almas», coincide con la intuición primor­ su propio nombre de Clemens y al recuerdo de su madre.
dial de la Biblia ydel Coran yasí como con las leyes de Manu y del Veda Pero el isomorfísmo nocturno presenta la mayor intensidad y cohe­
para quien surco fértil y vulva femenina son una sola cosa^^®. Asimis­ rencia en Novalis y en Tieck. Desde el principio de Heinrich von
mo, Baudouin descubre tanto en Hugo como en Verhaeren esa unidad Ofterdingen el poeta sueña con que penetra en una estrecha gargan­
de la constelación que relaciona la madre, la tierra y la noche. El culto ta que desemboca en una pradera en la vertiente de una montaña en la
de la naturaleza en Hugo y los románticos no sería otra cosa que una que se entreabre una gruta «donde brota un chorro de agua luminoso
proyección de un complejo de retorno a la madre. como el oro fundido». Las paredes de la gruta están revestivas de ese
En efecto, esta madre primordial, esta gran materialidad envolven­ «líquido luminoso». El poeta moja su mano en el estanque y humedece
te a la que se refiere la meditación alquímica y los esbozos de racio­ sus labios. De pronto se ve asaltado por un irresistible deseo de bañar­
nalización legendarios del folklore popular y de las mitologías, se con­ se, se desnuda y desciende al pilón. Entonces tiene la impresión de es­
firma como arquetipo en la poesía. El romanticismo francés señala ya tar envuelto en una «bruma enrojecida por el crepúsculo», cada onda
una clara propensión al mito de la mujer redentora cuyo tipo lo consti­ «del adorable elemento se ceñía contra él como una garganta amorosa».
tuye Eloa. Ése es el papel que desempeña la Antígona de Ballanche, la El raudal parece formado por el cuerpo de «jóvenes encantadoras di­
Raquel de Edgar Quinet, el mito que recobra espléndidamente La chu­ sueltas en él». Ebrio de delicias, el poeta nada voluptuosamente entre
te d'un ange la vasta epopeya «religiosa y humanitaria» que el abate las estrechas paredes de la caverna y se duerme beatíficamente. Enton­
Constant (alias Eliphas Lévi) consagra a la madre de Dios mientras las ces tiene un sueño en el que una misteriosa flor azul se metamorfosea
páginas de Lacordaire dedicadas a María Magdalena hacen pareja con en mujer y que acaba con una visión de la madre. Más adelante la
Aurelia. Pero nada mejor que el romanticismo alemán ha tenido la in­ «madre-flor-azul» se convertirá en Matilde, la prometida, encontrada
tuición de la femineidad bienhechora. Todos los escritores del otro la­ otra vez en el sueño, en el fondo del río, «bajo la bóveda de la corrien­
do del Rhin de principios del siglo XIX se clasifican, como decía Jean te azul». Al analizar este pasaje es imposible no advertir el isotopismo
Paul de Moritz y de Novalis, entre los «genios femeninos» Todos na­ del agua y de la nochey del hueco y de los coloresy de la tibieza y de la
cen bajo el signo faustiano de Margarita. El isomorfísmo de casi todos feminidad"^^^. Todas estas imágenes gravitan en una especie de dinámi­
los símbolos que estudiamos en estos capítulos se encuentra en los ca bastante incestuosa en torno al esquema de la penetración viviente;
principales escritos de Moritz —especialmente en su novela Anton siendo el arquetipo de la onda materna inseparable de los esquemas de
Reiser—, de Prentano, de Novalis, en su célebre Heinrich von Ofter- la deglución sexual o digestiva.
dingen y en el Runenberg de Tieck Para Moritz la imagen de la ma­ En el Runenberg de Tieck se descubre un texto muy parecido a
dre está unida al acontecimiento de la muerte de la hermana y el todo ese comienzo de la novela novalisiana. También en él el isomorfísmo está
constituye el tema del refugio que manifiesta el sueño y el inconscien­ muy acentuado y resume esta constelación que invierte los valores feme­
te: «Pequeña isla afortunada sobre un mar tormentoso, feliz quien ninos eufemizándolos. Los símbolos de h^grutUy de h grieta de la roca, de
los coloresyde la cabelleray de la música están unidos al de la mujer que se
176 Cfr. ÉUADE, Traité, pp. 211, 216. desnuda. Pero nos vemos obligados a citar el pasaje entero, por lo im­
177 Citado por B achelard, Repos, p. 207. portante que es cada palabra en la constitución del isomorfísmo que es­
178 Cfr. ÉuADE, Traité, p. 227. tudiamos: «...ella se quitó de la cabeza una tela dorada, y una larga
179 Cfr. ÉUADE, Forgerons et alchim istes, p. 218; la alquimia china que recoge ciertas
prácticas del Yoga tántrico recomienda «extraer la esencia de la hembra misteriosa, el va­
lle de donde el mundo ha salido». Citado por B éguin, op. cit., II, p. 229.
189 Cfr. CEum i, V Epopée rom antique, pp. 55-62. Citado por B éguin , op. cit., II, p. 232.
181 En esta larga epopeya vemos aparecer el tema de la cabellera femenina; cfr. C el­ 186 Cfr. N ovalis, Schriften, vol. I, pp. 101-103.
lier , op. cit., p. 178, y B audouin , Le Triomphe du héros, p. 182. Sobre las imágenes 187 N ovalis, op. cit., I, pp. 181-183.
de la madre acuática en Michelet, Quinet, Balzac y Renan, cfr. B achelard, Eau, p. 178. 1®® Cfr. B achelard, Eau, p. 172.
182 Citado por B éguin, op. cit., I, p. 46. i®9 T ieck, Runenberg, trad. Béguin, II, pp. 69-112.
183 cfr. B éguin, op. cit., I, pp. 29-30.
2 21
220
cabellera negra desplegó la magnificencia de sus bucles hasta más abajo surrealismo enumera las múltiples metáforas acuáticas que pueblan la
de sus caderas; luego se desabrochó el corpiño... al fin desnuda empe­ obra de André Bretón: fuentes, barquillas, ríos, navios, lágrimas, espe­
zó a caminar por la sala; su pesada y oscilante cabellera formaba en tor­ jo del agua, cascadas, toda la imaginería de las aguas es rehabilitada
no a ella un sombrío mar ondulante... al cabo de un instante sacó, de por el poeta, sometida al arquetipo supremo, al símbolo de la mujer^"^^.
un arcón precioso y dorado, una placa toda chispeante de gemas in­ Porque la mujer «ocupa en la tabla de valores surrealistas el lugar de
crustadas: rubíes, diamantes y otras... fulgores tornasolados azules y Dios» y los textos «donde se expresa esa adoración arrebatada son innu­
verdes... en el seno del joven se había abierto un abismo de formas y de merables» y puede citarse un largo episodio del Paysan de Paris
armonías, de nostalgia y de voluptuosidad, melodías melancólicas y donde Aragón vuelve a descubrir el fervor novalisiano: la mujer es ante
alegres pasaban por su alma, que se conmovía hasta lo más hondo...». todo la luz nocturna; en ese fragmento volvemos a encontrar también
No puede darse un isomorfismo más completo, y Tieck no nos permite la expresión misma de Novalis a propósito del baño de feminidad:
sentir del todo la ambigüedad de los valores que ocultan los símbolos «Mujer sin límites, en la que estoy enteramente bañado...», pues la in­
feminoides que, pese a la seducción que de ellos se desprende, conser­ mensidad femenina va acompañada del normal e isomorfo fenómeno
van siempre su regusto de pecado. No obstante, pese a esta vacilación de gulliverización tan caro a Baudelaire: «Montañas, no seréis más que
moral heredada del Régimen Diurno, todas las imágenes de la tierra y la lejanía de esa mujer... he aquí que yo no soy más que una gota de
del agua contribuyen a modelar un ambiente de voluptuosidad y de fe­ lluvia sobre su piel, el rocío...» Finalmente, la poesía surrealista, ahon­
licidad que constituye una rehabilitación de la feminidad. dando el arquetipo hasta el fondo, encuentra el gran esquema de la
Eterno femenino y sentimiento de la naturaleza van unidos en lite­ deglución: las fluideces del modem style de un Gaudi o la fascinación
ratura. No cuesta ningún trabajo demostrarlo en la obra de E. Poe de Dalí por lo «blando» en oposición a lo «duro», definen esa «belleza
donde «el agua superlativa»^^, verdadero aquáster poético, nos remite comestible», base de la estética daliniana
a la obsesión por la madre moribunda. Cierto que, como ya hemos di­ Si, para terminar, entramos en el plano de la franca psicopatologia,
cho la imaginación de Poe es profundamente mórbida, impresiona­ vemos que la constelación maternal coloreada y acuática, orientada por
da por la muerte de la madre; sin embargo, a través de la lúgubre y el esquema del descenso, desempeña el mismo papel lenificante que
morosa delectación acuática se adivina el gran tema reconfortante del en la poesía. El esquizofrénico obsesionado por el esclarecimiento entra
agua materna. Tanto que la analista de la obra del poeta americano en la vía de la curación al tiempo que se efectúa una realización simbó­
puede insistir, con razón, en la virtud eufemizante de la ensoñación lica del retorno al vientre materno, y la poesía de la psicosis se une en­
acuática: «El mar es... esa criatura refugio, esa criatura nutricia... el tonces a la del romanticismo novalisiano y del surrealismo en una visión
elemento acuñador.» Y esto explica tanto las imágenes novalisianas co­ donde se mezclan inextricablemente el vientre materno, la feminidad,
mo las «barquillas» lamartinianas. El poeta del Lago escribe en sus el agua y los colores: «...m e sentí deslizar en una paz maravillosa. Todo
Confidences: «El agua nos lleva, el agua nos acuna, el agua nos duer­ era verde en mi habitación. Creía estar en una charca, lo que venía
me, el agua nos devuelve a nuestra m a d r e . . . » T a n cierto es que la a ser para mí como estar dentro del cuerpo de mamá... me encon­
imaginación acuática llega siempre a exorcizar sus terrores y a transfor­ traba como en el Paraíso, en el seno materno». Este «descanso en el ver­
mar toda amargura heracliteana en cuna y en reposo. de» está además ligado al gran arquetipo del alimento primordial que
Es entre los surrealistas, esos románticos exacerbados, donde el estudiaremos más adelante
mundo del agua es también «en muchos aspectos objeto de una espe­ En todas las épocas, pues, y en todas las culturas los hombres han
ranza fundamental» Muy agudamente Alquié observa que ese agua imaginado una Gran Madre, una mujer maternal hacia la que regresan
poética no está relacionada con la purificación, «lo está más bien con la los deseos de la humanidad. La Gran Madre es, con toda seguridad, la
fluidez del deseo, y opone al mundo de materia sólida cuyos objetos se entidad religiosa y psicológica más universal, y Przyluski puede escri­
pueden construir en máquinas, un mundo cercano a nuestra infancia bir: «Aditi es el origen y la suma de todos los dioses que están en ella.»
donde no imperan las constrictivas leyes de la r a z ó n » E l filósofo del Astarté, Isis, Dea Syria, Máyá, Marica, Magna Mater, Anaitis, Afrodi-
B achelard, Eau, p. 64.
Cfr. supra, p, 89. *96 Cfr. A. B r e t o n , Le Poisson soluble, pp. 77, 83. Bretón observa en esas páginas la
192 M. Bonaparte E. Poe, p. 367. intuición fundamental del taoísmo. Cfr. L a o -T s ú , Tao-Tei-King, cap. 8 , p. 78; cfr.
193 Lamartine, Confidences, p. 51; citado por B achelard, Eau, p. 178. Sobre el te­ COHN, op. cit., p. 16.
ma del lago y de la barquilla en Stendhal, cfr. D urand , Le Décorm ythique, II, 3. *97 A lquié, op. cit., p. 117.
194 A lquié, Philo, du surréalisme, p. 104. «El surrealismo hijo del frenesí y de la *98 Cfr. S. Dalí, «De la beauté terrifiante et comestible de l’architecture modem'sty­
sombra», escribe A ragón {Le Paysan de Parts, p. 40). le, en Minotaure, n.®* 3-4 (1933).
195 A lquié, op. cit., p. 105. *99 Cfr. Journal, pp. 82 y ss.; cfr. infra, p. 229.

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ta, Cibeles, Rea, Gea, Demeter, Myriam, Chalchiuhtlicue o Shing- sidad de volver a la propia casa», escribe Eliade poniendo de esta
Moo son sus nombres innumerables que tan pronto nos remiten a forma de manifiesto profundamente, en el seno del simbolismo de la
atributos telúricos, como a epítetos acuáticos, pero que son siempre intimidad, el isomorfismo del retorno, de la muerte y de la morada.
símbolos de un retorno o de una nostalgia. Podemos comprobar, pues, Los Vedas, igual que numerosas inscripciones sepulcrales latinas, con­
para acabar, el perfecto isomorfismo, en la inversión de los valores diur­ firman esta eufemización del «polvo eres»^°^. Corolario de estos rituales
nos, de todos los símbolos engendrados por el esquema del descenso. de enterramiento de los muertos que confirma la concepción antifrásica
El masticamiento se eufemiza en deglución, la caída se frena en des­ de la muerte, es el enterramiento terapéutico de los enfermos. En nu­
censo más o menos voluptuoso, el gigante solar se ve mezquinamente merosas culturas, en Escandinavia, por ejemplo, al enfermo o el mori­
reducido al papel de pulgarcito, el pájaro y el vuelo son reemplazados bundo se le revigoriza mediante el enterramiento o mediante el simple
por el pez y el acoplamiento. La amenaza de las tinieblas se transforma paso por el agujero de una roca^°\ Por último, muchos pueblos entie-
en una sanidad bienhechora mientras que los colores y tintes sustituyen rran a los muertos acurrucados en posición fetal, poniendo de manifies­
a la luz pura, y el ruido, domesticado por Orfeo^oo, el héroe nocturno, se to nítidamente de este modo su voluntad de ver en la muerte una in­
cambia en melodía y viene a reemplazar por lo indecible la distinción versión del terror naturalmente experimentado y un símbolo del reposo
del habla y de las palabras. Por último, las sustancias inmateriales y primordial. Esta imagen de un retroceso de la vida y de la asimilación
bautismales, el éter luminoso, son suplantadas en esta constelación por de la muerte a una segunda infancia se encuentra no sólo en la expre­
las materias que se excavan. El impulso activo invocado a las cimas, el sión popular «volver a la infancia», sino que hemos podido comprobar
descenso magnifica la gravedad y exige la excavación o la zambullida que es concepción frecuente entre los niños de cuatro a siete años que
en el agua y la tierra hembra. La mujer —acuática o terrestre— noctur­ reinventan el mito del Folítico'^^ y creen que a partir de una edad
na, de adornos multicolores, rehabilita la carne y sus cortejo de cabelle­ avanzada los viejos se vuelven progresivamente niños
ras, de velos y de espejos. Pero la inversión de valores diurnos, qüe Es esta inversión del sentido natural de la muerte la que permite el
eran valores del escalonamiento, de la separación, de la partición analí­ isomorfismo sepulcro<una, isomorfismo que se produce por medio de
tica, entraña como corolario simbólico la valorización de las imágenes la cuna crónica. La tierra se convierte en cuna mágica y bienhechora
de la seguridad cerrada, de la intimidad. Ya el acoplamiento ictiológi­ porque es el lugar del último reposo. El historiador de las religiones^®®
co y el apelotonamiento materno nos hacían presentir esta simbólica de no tiene que hacer gran esfuerzo para poner de manifiesto, tanto entre
la intimidad que vamos a estudiar a continuación. los pueblos más primitivos, australianos, altaicos, como entre los incas
civilizados, la práctica corriente de acostar al bebé en el suelo mismo.
Práctica de la cuna telúrica con la que se relacionan los rituales de
abandono o de exposición de los recién nacidos sobre el elemento pri­
II. Los SÍMBOLOS DE LA INTIMIDAD
mordial, agua o tierra. Al parecer, en todos los folklores este abandono
sobredetermina aún el nacimiento milagroso del héroe o del santo con­
El complejo de retorno a la madre viene a invertir y a sobredetermi­
cebido por una virgen mítica. El abandono es una especie de reduplica­
nar la valorización de la muerte misma y del sepulcro. Podría dedicarse
ción de la maternidad y una especie de consagración a la Gran Madre
una amplia obra a los ritos de enterramiento y a las ensoñaciones del
elemental. Zeus, Poseidón, Dionisos, Atis han compartido el destino
reposo y de la intimidad que los estructuran. Incluso pueblos que utili­
de Perseo, de lón, de Atlante, de Amfión, de Edipo, como el de Pó­
zan la incineración, practican el entierro ritual de los niños. «Terra
mulo y Remo: el de Wainamoinen como el de Massi, el Moisés mao-
clauditur infans» escribe JuvenaP®\ y las leyes de Manú prohíben inci­
rí^®®. En cuanto al Moisés judío, la cuna arco, cofre y barca a la vez, le
nerar a los niños. Numerosas sociedades asimilan el reino de los muer­
sitúan naturalmente en ese encajamiento fantástico donde la reduplica­
tos con aquel del que vienen los niños, como el Chicomoztoc, «lugar de
ción sólo cede ante la obsesión del reposo que confiere la inmortalidad.
las siete grutas» del antiguo México 202. «La vida no es nada más que la
separación de las entrañas de la tierra, la muerte se reduce a un retorno
al hogar... el deseo frecuente de ser enterrado en el suelo de la patria 203 É liade, Op. cit., p. 222.
no es más que una forma profana del autoctonismo místico, de la nece­ 204 Cfr. qp. cit., p. 221, y Ath. Ved., XII, 1-14; XVIII, 4-48; Rig Veda, X , 18.
205 Cfr. Eliade, Traité, p. 220.
200 Cfr. G rimal op. cit., artículo Orphée; cfr. L. C eluer, «Le Romantisme et le my­ 206 Política, 270, d-c.
207 Cfr. SCHUHL, Tabulation platón ., p. 98, y Merveilleux, p. 67.
the d ’Orphée», en Communie, du I X Congrès de VAssociation Internationale des É tu­
des françaises. 208 Éliade, Traité, p. 219-
201 Citado por Euade , Traité, p. 220. 209 Cfr. ÉLIADE, Traité, p. 219; cfr. B audouin , Le Triomphe du héros, pp. 11, 43.
202 Cfr. S oustelle op. cit., p. 51. 125.

224 2 25
Para el analista del reposo y sus s u e ñ o s v i e n t r e materno, sepulcro y beración, al margen de la madre, de la materialidad, de la aspiración al
sarcófago, están vivificados por las mismas imágenes: las de la hiberna­ reposo. El rito de la inhumación, practicado en las civilizaciones agríco­
ción de los gérmenes y del sueño de la crisálida. Se trata de un «Jonás las y especialmente en la cuenca mediterránea está vinculado a la creen­
de la muerte», y el acoplamiento de las tumbas responde al de los gér­ cia en una supervivencia larvada, doblemente encerrada en la inmovili­
menes. Edgard Poe, reforzando con tres ataúdes la protección de la dad del cadáver y la paz del sepulcro; por eso se atiende al cadáver, al
momia ya fajada con cintas, no hace más que acertar con la intuición que se rodea de alimentos y de ofrendas y al que a menudo se inhuma
ritual de los antiguos egipcios que multiplicaban las garantías de repo­ en la casa misma de los vivos El isomorfismo de estos símbolos del
so y de intimidad del despojo mortal: mortaja, vendas, máscaras mor­ reposo y de la intimidad funeraria se concreta por las divinidades LareSf
tuorias, vasos canopes para las visceras, acoplamiento de sarcófagos an- divinidades familiares, encarnación de los Manes, que habitan en casa
tropoides, de habitaciones y de habitáculos funerarios. Y, ¿qué decir de los vivos y exigen su parte diaria de alimentos y de atenciones.
de los chinos que taponan los siete orificios del cadáver? Como la Esta eufemización del sepulcro y la asimilación de los valores mor­
crisálida, la momia es a la vez tumba y cuna de promesas de supervi­ tuorios con el reposo y la intimidad, se encuentra en el folklore y en la
vencia. Nuestra misma palabra «cementerio» nos lo indica con su eti­ poesía. En el folklore, la intimidad de las cámaras secretas oculta a las
mología, koimêtêrion, que quiere decir cámara nupciaP^^ Al parecer, bellas dormidas de nuestros cuentos El modelo ejemplar de estas
es en la tumba misma donde funciona la inversión eufemizante: el ri­ durmientes ocultas es nuestra Bella durmiente del bosque. En la ver­
tual mortuorio es antífrasis de la muerte. Todas esas imágenes «insec- sión escandinava de los nivelungos, Brunilda, la joven Walkiria, es la
toides» tienen la misma intención que las estructuras, según observa que duerme, cubierta con una coraza, en el fondo de un castillo solita­
Bachelard: la de sugerir la seguridad de un ser encerrado, de un ser rio. Símbolos claustromorfos donde es fácil reconocer una eufemización
«blandamente oculto y fajado», de un ser «devuelto a la profundidad del sepulcro. En cuanto al sueño, no es más que promesa de despertar
de su misterio» Hay una claustrofilia profunda en la raíz de toda vo­ que vendrá a realizar en el milagro de la intimidad nupcial, Sigur o el
luntad de conservar el cadáver. Príncipe encantador. El mismo mito se encuentra en los hermanos
El sepulcro, lugar de la inhumación, está unido a la constelación Grimm, en B l cofre volador de Andersen igual que en el cuento orien­
ctónico-lunar del Régimen Nocturno de la imaginación, mientras que tal Historia del caballo encantado, Al ver el psicoanalista en la imagen
los rituales uranianos y solares recomiendan la incineración Hay en de estas durmientes el símbolo del recuerdo que dormita agazapado en
las prácticas de la inhumación, e incluso en las de la doble inhuma­ el fondo del inconsciente, recupera un simbolismo grato a Carus^‘^.
ción, una intención de conservar al máximo el despojo carnal, cierto Pero estas leyendas de la hermosa durmiente, ¿no serán simplemente el
respeto por la carne o la reliquia, o sea, que no conoce apenas el cata- resultado del progreso popular del eufemismo, supervivencias de mitos
rismo uraniano ni el esplritualismo solar, los cuales, como hemos visto, ctónicos que poco a poco han ido perdiendo toda alusión funeraria?
se contentan con el trofeo craneano. La diferencia de los ritos funera­ Para los poetas, por el contrario, la muerte es valorizada explícitamente
rios implica, como ha mostrado PiganioH^^ una profunda diferencia al mismo tiempo que el crepúsculo y la noche, como hemos visto
cultural. Por ejemplo, los cananeos practicaban un rito de inhumación De ahí la delectación mórbida que se encuentra a menudo en la poe­
ctónica y fueron perseguidos por los israelitas nómadas, iconoclastas de sía, tanto en la leve necrofilia baudelaireana como en el culto lamarti-
feroz monoteísmo uraniano. Asimismo, la estatuaria egipcia, la esta­ niano del otoño, en la afición romántica por la «ultratumba» y, por úl­
tuaria india o mexicana, están vinculadas con el complejo del naci­ timo, en la atracción que ejercen, la muerte y el suicidio sobre Goethe,
miento y con los ritos de reinvolución fetal, mientras que según Novalis o Nodier22i. En Moritz, a quien cita Béguin, se ve claramente a
Rank^^^ la estatuaria griega persigue un proyecto de emancipación y de la muerte invertirse, transformarse en el dulce despertar del mal sueño
restablecimiento de formas significativo de un esfuerzo cultural de li­ que sería la vida terrena: «¡Nos resultan tan confusas tantas cosas de
aquí abajo!, es imposible que éste sea el verdadero estado de vigilia...»
210 Cfr. B achelard, La Terre et les rêveries du repos, pp. 179 y ss.
211 Cfr. G ranet op. cit., pp. 375 y ss.; cfr. H. G, H ., I, pp. 312-316. 1:1 claustro, la tumba, «la tranquilidad de la muerte» aparecen tanto en
212 Cfr. J ung , Llfido, p. 208.
213 B achelard, op. cit., p. 181. 2'7 Cfr. PiGANIOL, Op. cit., p. 90.
214 Cfr. PIGANIOL, op. cit., y H. G. H ., I, pp. 142, 153. 218 Cfr. Leía op. cit., pp. 70, 77, 83. El autor vincula intuitivamente el tema de la
213 Op: cit., p. 91. bella dormida al «Simbolismo del agua», título de uno de sus capítulos.
210 Cfr. R ank , Traumat. naiss., pp. 176-178. Es notable que la estatuaria egipcia 2>‘7 Cfr. Leía, op. cit., p. 78; cfr. B audouin , op. cit., I, p. 244; cfr. el tema de la be­
produzca la misma impresión en V. Hugo; para el poeta es el emblema del secreto, de la lla dormida en Stendhal, en Le Décor mythique, op. cit., II, 3.
máscara, del escondrijo, todo ello dotado de cierto sentimiento de horror rebuscado; cfr. 220 Cfr. supra, p. 249.
B audouin , V. Hugo, p. 150; cfr. Malraux, Métam. des Dieux, I, p. 9. 221 Cfr. B audouin , op. cit., pp. 79, 88; II, p. 307.

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el relato de Antón Reiser como en el de HartknopP^^. Para G. von del Régimen Diurno en una antífrasis verdadera y múltiple del destino
Schubert^^^ la muerte es también un alba y la paz del sepulcro «un ani­ mortal. Extrapolando las conclusiones del hermoso estudio de M. Bona-
quilamiento bienhechor», al estar el alma en la muerte y en el sueño parte. Duelo^ necrofilia y sadismo podría pensarse que hay conti­
«como en el seno materno». A Novalis es la muerte dramática de su joven nuidad entre la manifiesta necrofilia de un Bertrand y de un Ardisson,
prometida la que le revela el esquema de la inversión: «La ceniza de las la necrofilia inhibida o sublimada de un E. Poe, tal como M. Bonaparte
rosas terrestres es la tierra natal de las rosas celestes, y nuestra estrella la ha estudiado magistralmente y las rehabilitaciones más o menos
de la tarde la estrella matutina para los a n t í p o d a s » P o r último, Bren- explícitas de la muerte, de la noche y del tiempo tal como las expre­
tano resume el gran isomorfismo de la muerte y de la intimidad mater­ sa toda la poesía romántica. Entre nosotros, pese a algunos estremeci­
nal cuando describe: «Madre, protege a tu hijo, el mundo es demasia­ mientos de sagrado terror, heredado del Régimen Diurno, la muerte se
do claro y demasiado frío; ponle dulcemente en tu brazo, muy cerca eufemiza hasta la antífrasis a través de las imágenes innumerables de la
del umbral de tu corazón...»^^\ Asimismo podrían descubrirse entre intimidad.
los románticos franceses frecuentes isomorfísmos de la tumba, de la
amada y de las dichas de la intimidad. Por ejemplo, para la Antígona
de Ballanche, la tumba es la morada nupcial: «La muerte es por tanto Estos dos polos psíquicos, estos dos hitos fatales de la representa­
la suprema iniciación a la vida inmortal —escribe Cellier—, por eso la ción que son el sepulcro y el vientre materno, nos invitan a un estudio
muerte de Antígona es dulce como una ceremonia nupcial» En la sistemático de los continentes. Jung^^^ ha jalonado el trayecto etimoló­
obra de Hugo pululan las imágenes de sepulcros, de enclaustramiento, gico que, en las leguas indoeuropeas, va de la oquedad a la copa.
y de emparedamiento asociados al tema de la intimidad: en La Cons­ Kusthos griego significa la cavidad, el seno, mientras que keuthos
ciente el panteón es refugio, en Les Miserables un convento de clausura quiere decir el seno de la tierra, mientras que el armenio K ust y el vé-
de mujeres sirve de lugar de asilo. No obstante, en Hugo el motivo del dico Kostha se traducen por «bajo-vientre». A esta raíz se unen kutos,
panteón tiene una valoración dudosa, ya que es temido y deseado a la la bóveda, la cimbra; kutis, el cofre, y finalmente kuathos, el cubilete,
vez^^L A este complejo ambiguo del enclaustramiento, Baudouin^^® el cáliz. Por último, Jung interpreta de un modo audaz kurios, el se­
vincula, en el gran poeta, el tema de la insularidad. La insularidad se­ ñor, que habría que entender como el tesoro arrancado al antro. La
ría una especie de «Jonás» geográfico; para ciertos psicoanalistas este en­ oquedad, como admite fundamentalmente el psicoanálisis, es ante to­
grama de la isla bastaría para separar psicológicamente a la Irlanda cató­ do el órgano femenino Toda cavidad está sexualmente determina­
lica del «continente» inglés y protestante. Porque la isla es la «imagen da, e incluso el hueco de la oreja no escapa a esta regla de la represen­
mítica de la mujer, de la virgen, de la m a d r e » H u g o estaría ontoge­ tación El psicoanalista tiene perfecta razón al mostrar que hay un
néticamente marcado por su estancia en las islas: la Córcega de su in­ trayecto continuo del regazo a la copa. Uno de los primeros jalones de
fancia, la isla de Elba, la isla por último de su exilio donde curiosa­ este trayecto semántico está constituido por el conjunto caverna-casa,
mente el poeta parece residir voluntariamente. Esta vocación de exilio tanto hábitat como continente, tanto refugio como granero, estrecha­
insular no sería más que un «complejo de retiro», sinónimo del retorno mente ligado al sepulcro materno, ya se reduzca el sepulcro a una ca­
a la madre De ahí el gran valor atribuido por el poeta de los Chati- verna como entre los antiguos judíos o en el Cro-Magnon, ya se cons­
mens a Santa-Elena, la isla del exilio y de la muerte. truya en forma de morada, de necrópolis, como en Egipto o en México.
Esta afición por la muerte, este entusiasmo romántico por el suici­
dio, por las ruinas, por el panteón y la intimidad del sepulcro se rela­ 231 M. Bonaparte, Psychan. et antrhop., p. 113.
cionan con las valorizaciones positivas de la noche y remata la inversión 232 o p , cit., p. 114. M. Bonaparte ha demostrado que casi todas las mujeres a las
(|iic Poe amó efectivamente estaban enfermas, incluso moribundas. La legítima esposa
<1(1 poeta era una niña de trece años, retrasada mental, minada por la hemoptisis.
222 Cfr. op. cit., I, p. 190.
233 J ung , Libido, pp. 353 y ss.
223 Cfr. op. cit., I, p . 194; cfr. S c h u b e r t : Geschichte der Seele, p. 7.
234 Baudouin (Triomphe du héros, pp. 57, 58, 61) ha demostrado claramente có­
224 N ovalis , Schriflen, III, p. 189. En una carta a Schiller, Novalis expresa un ansia