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C.l3. La Florida.

La Iglesia antillana 465


F r a n c is c o de Borja el 19 de junio de 1 569 — , una vez que estaba
rada Ja puerta a la predicación del Evangelio en las dos provin-
°?r ( alus y Tequesta, acudir todos a las de Guale y Santa Elena,
C ra que, mediante el favor divino, se diera algún principio a la
c o n v e r s ió n de la gentilidad flóridana43.

Misiones septentrionales. G u a le y Santa E len a.— En esta


misma carta, aludiendo a las dos provincias situadas en la parte
oriental d e los actuales estados de Georgia y Carolina del Sur,
añadía e l viceprovincial se habían mantenido siempre en amistad
y buen trato con los cristianos, y ellos las consideraban por entonces
las mejor dispuestas para la predicación del Evangelio44.
La indicada zona territorial había atraído la atención de france­
ses y españoles, y Menéndez de Aviles, por sí y sus delegados,
había desarrollado allí actividad pacificadora, colonial y evangeli­
zados, y establecido guarniciones españolas45.
Pertenecían los habitantes de Guale a la tribu de los yamasinos,
radicada en la extensa familia muscogeana, y los de Santa Elena a
la de los cusabos, probablemente de la familia ucheana. Cultural­
mente rudos, cubiertos con escasísimos vestidos, vivían bajo la
omnímoda y no pocas veces despótica autoridad del cacique. A d o ­
raban el sol y la luna, veneraban también especialmente el fuego;
sus creencias materialistas se manifestaban con deletéreos efectos
en una moral sin freno. El territorio, generalmente pantanoso, de
er :guo cultivo y pobre, permitía pueblos muy pequeños. Orista,
acaso el principal de la región de Santa Elena, tenía unos veinte ve­
cinos; los había con seis y aun cuatro. La provincia de Guale estaba
aún menos poblada; esparcidos por la región bohíos de construc­
ción rudimentaria: estacas recubiertas de barro y tejado de palmas
0 paja46.
Rogel, después de un sondeo explorador en aquellas regiones,
daba este informe epistolar prematuramente optimista: la provincia
de Guale era tierra de promisión, «alba ad messem»; de los indios,
carácter bondadoso, los más serían cristianos si hubiese entre ellos
un catequista celoso consagrado a su conversión. En Santa Elena
nabia encontrado disposición análoga; pero había de ir allá emente
le g a d a y buena 4?.

L o s jesuitas en Santa Elena: Orista. A m bien te etnológico y


ígioso.— Por junio de 1569 los jesuitas fijan allí sus residencias:
el ^ °£ cl con tres mancebos, en Orista; el padre Sedeño con
le’ roano Váez y varios catequistas, en Guale; posteriormente se les
D iUíl ^ hermano Villarreal; el padre Dcl Alamo con los hermanos
$'.e a.^‘arrcra y Linares y algunos muchachos de la doctrina, en
anía kl^na. F~ü padre Segura recorrería las dos provincias para coor-

<< m av s r z l f 35°-

1'.itniK , o1 American Indians North o f México: «Guale», «Saint Helena», fMuskogean


47 vi a rNNlNt1, The Spanish Missions o f Georgia 9-32; M A F 471-479; Z L F 362S.
M A1' .Km; Z L F 363-365.
*66 La Iglesia en la América del Norte española

diñar la labor. G u ale abarcaba aproximadamente la región


prendida entre el actual estrecho de St. Andrew y el río Sav' ^
Santa Elena, desde el norte del último río hasta la isla de E d iT I1'
R o gel con los suyos dispone en Orista (Santa Elena) de ca° *’
capilla construidas por españoles. El misionero, después de
de ministerios, demuestra franco optimismo: si permanecían T '8
se convertirían los nativos, pues, dotados de magnífico carácte*'
no conocían las abominaciones canonizadas de la Florida, y H ^ ’
ban vida tan concertada que, aun convertidos, nada habrían de
cam biar de sus costumbres; se contentaban con sólo una mujer 4»
eran consagrados al trabajo; el padre, aun viviendo entre ellos, no
veía cosa notable digna de reprensión, fuera de aquellos vicios pro­
pios aun de países cristianos: así, por ejemplo, eran tahúres y juga­
ban todo cuanto poseían en un juego de dados, arrastrados tal
vez por su espíritu mercantil.
El régimen de los de Santa Elena— lo deducimos de los datos
que deja caer el misionero navarro— era casi idéntico al de las pro­
vincias meridionales: la casa del ayuntamiento, habitación segura­
mente del cacique o mico, reunía a los más ancianos para determi­
nar el orden o gobierno de la provincia; resolver definitivamente
tocaba al cacique, que actuaba muchas veces con absoluta indepen­
dencia. En el campo religioso, el materialismo lo invadía todo.
Cuando el jesuita les hablaba de Dios, lo interrumpían con pregun­
tas— lo dice Rogel— «muy rateras, como si tenía Dios mujer y otras
cosas semejantes»50.

L a b o r apostólica infructuosa. Final deprim ente. — Los ope­


rarios se dan prisa a aprender la lengua; a los cuatro meses pueden
explicar en ella la unidad de Dios, los premios y castigos ultrate-
rrenos y las propiedades del alma; los nativos se aterrorizan con el
infierno, y, pensando podían estar allí sus almas como un tizón
ardiendo, prorrumpían en lágrimas.
La penuria de víveres corta toda actividad misional; los niños
piden pan, y los misioneros no pueden darles ni siquiera bellotas.
Para remedio de la urgente necesidad dicen misas y organizan
procesiones. Afortunadamente una nave de provisiones que anca
en Santa Elena soluciona por entonces la dificultad, aunque no
definitivamente.
Los jesuitas, en los seis primeros meses, desarrollan un program
de fe fundamental: unidad de Dios, su poder y majestad, creacl°s
del mundo, inmortalidad del alma, resurrección de los muer •
La recolección de la bellota interrumpe las explicaciones, pues to *
los oyentes se desperdigan por los montes. Aprovechan los na i -
aquel período de tiempo para sus fiestas y francachelas, con reU
nes bimestrales en diversos parajes. Intentan los m is io n e r o » ap^_
vechar esta coyuntura para desarrollar su programa catequ^

48 Z L F 366. . |„ noliía,n'íl
*'•> M A F 400. Adviértase que entre los nativos estaba permitida y en uso i<* i
C f L a n n j n g , o .c ., 30; Z L F 3 6 7 J6-
JO M A F 473; Z L F 366
C.13. La Vlorida. La Iglesia antillana 467
la iniciativa la acogen los nativos hostilmente, y la instrucción
^ a m o n e s ta c io n e s de los misioneros, con burla y desdén. Corno
ame
Mtimo r e c u r s o para salvar la misión, les prometen los jesuitas maíz
* 4 4 4 4 14
, a ¡a siembraI_ - - ^ /I *
e instrumentos /V M » /S I á I^ «« rA A
para el cultivo: con la cosecha anual A M IA A A. L» ^ ^ ■^ d I

^lucionaban la problemática del sustento. Hay titubeos y amagos


de a c e p t a c i ó n ; dos de los veinte vecinos que se someten inicial-
mente al plan propuesto, inconstantes, vuelven a su vida nómada
y a b a n d o n a n a los misioneros 51.
Rogel, pertinaz en su empeño apostólico, busca a los caciques;
la p ro p u e sta es categórica: se quedará con ellos si prometen hacerse
cristianos. Las respuestas de jefes y súbditos son poco satisfactorias.
A p u ra n d o medios, se presenta a una reunión de cristianos con
idéntica declaración. La actitud mustia de los nativos infunde miedo
al je su ita , que cree por un momento van a terminar allí sus días.
C am bia conversación y comienza a halagarlos como niños; puede
así, fin a lm e n te , sosegar los ánimos.
Vuelve en seguida a su casucha para informar por carta al vice­
provincial de lo que pasa. Además, otra circunstancia agrava la
situación. Delegados de la guarnición de Santa Elena vienen a in­
timar a los caciques lleven maíz a aquella fortaleza. Los nativos,
condenados así a privaciones y hambre, saben los misioneros que
descargarán su animosidad y odio contra ellos. Con tan fatal pre­
sentimiento, los jesuitas, ante la inminente llegada de los soldados,
se acogen a la consigna del viceprovincial: antes la retirada que la
muerte, y derriban casa y capilla; recogen su mísero hatillo y,
advirtiendo tristemente a los indígenas que, si desean convertirse,
los llamen, se retiran a Santa Elena. Rogel, amargamente resignado,
pero tranquilo al mismo tiempo por el deber cumplido, escribe a
Menéndez el 9 de diciembre de 1570 que, despedidos, salieron de
la misión. Los pronósticos del misionero navarro se cumplen pun­
tualmente, pues la presencia de los soldados amotina a los nativos
de Orista y Escamacu y es menester la intervención de Menéndez
Marqués y Esteban de las Alas para aplacarlos 52.

Guale. Cam po mísero y costumbres depravadas. Insuceso


niisional.— En Guale iniciaban sus faenas apostólicas, la cuaresma
e *569, el padre Antonio Sedeño, el hermano Agustín Váez y algu-
\rn mancebos. Después de algún tiempo se les aerregaría el hermano
Villarreal.
La tierra— nos informa Sedeño — era la más mísera de las descu­
r t a s hasta entonces; unas treinta leguas por el interior toda
^l(jna, llena de ríos y pantanos y tan pobre que producía iónicamente
‘ n^ os y nueces silvestres, casi desaprovechables por lo ruines;
par CS P*nares y bosques infructuosos e inútiles por falta de medios
g a r lo s y cultivarlos servían de guarida a ciervos y osos; los
t i c t e s vivían dispersos y vagaban a la rebusca de un poco de
Ul<l u°nde plantar maíz. En distancia de quince leguas ejercitá­
M a pis •7 T T? _
468 La Iglesia cu la América del Norte española

ban su hegemonía unos treinta caciques, de tal suerte disem’


entre selvas y pantanos, que ninguno de ellos mandaba a
veinte vecinos; se veían poblaciones con cuatro o cinco chozas ** i*'
que había que ir por agua y lodo hasta la rodilla. Los cacín*
adem ás, mantenían entre sí continuas guerras para extencl S’
conservar su exiguo patrimonio. er 0
Por todas partes reinaba corrupción de costumbres y háb't
de maldad inveterados. Contra el juicio ingenuamente optimls?
de Rogel, que los suponía tan buenos, el padre Sedeño, después de
un año de convivencia con los nativos, los describe «como bestias
y dados a vicios y pecados enormes», y en esto iban a la cabeza los
caciques; si Dios no los cambiaba «in alios homines», era inútil tra­
bajar por su conversión, pues, anegados en su sensualidad y ciega­
mente obstinados en sus vicios y pecados abominables, sólo se
preocupaban de lo que veían y palpaban.
Los misioneros, impuestos en la lengua, con inmensa fatiga
para hacerla asequible a la rudeza indígena, dan instrucción cate­
quística: existencia de Dios con los atributos de criador, remunera-
dor, etc. La asistencia la obtienen con donecillos, y, faltando éstos,
escasea el público. Los oyentes no muestran ningún deseo ni de
mejorar costumbres ni convertirse. A un la actividad desplegada por
los jesuitas con ocasión de una enfermedad contagiosa entre los
indios, la interpretan desfavorablemente y la muerte de cuatro
bautizados en el último trance la atribuyen a supercherías que
decían haber hecho los misioneros con los enfermos. Los operarios
apostólicos tienen que dejar, finalmente, aquel campo misional.
La Compañía de Jesús no podía gastarse en zona herméticamente
cerrada a conversiones 53.
El hermano Agustín Váez, conocedor de la lengua gualeana y
señalado por el viceprovincial para catequizar la tierra firme, había
-nuerto en diciembre de 1569 54.

E n la isla de Santa Elena. Repliegue. Nuevos misioneros.--


D e la labor apostólica efectuada por los jesuitas en la isla de Santa
Elena, al norte del actual río Savannah, e n la que r e s id ie r o n e
padre Del Alamo pocos meses y los hermanos D e la C a rre ra y
Linares un período de tiempo más largo, no tenemos noticias algu­
nas. Distribuirían sus ocupaciones en el aprendizaje de la lengua,
análoga, según parece, a la de Cuale, y en ministerios con los espa
ñoles de la guarnición y los escasos nativos de la i s l a 55.
Los jesuitas, al palpar la inaccesibilidad y rebeldía de las pro­
vincias floridanas, se van replegando sistemáticamente; los re
tados de la lucha son dolorosos; los indígenas continúan su 1jalo
ritmo idolátrico, y las filas de los misioneros cuentan s e n s ib le s p ^
didas: el padre Pedro Martínez, muerto por los florldan0{S’tipias
hermano Váez, víctima de privaciones y fatigas; otras vi

53 M A F 422-42 6; Z L F 371-373.
5 4 M A F 422; Z L F 3 7 3 -
55 Z L F 3 7 4 *.
C .l3. La Florida. La Iglesia antillana

erán también dentro de poco tiempo; el padre Gonzalo del Alam o,


c¿ )llddaptibilidad a aquel clima misional, ha vuelto a España56.
Ante las instancias de Menéndez de fundar colegio en La H a­
bana, señalan tres más para Ultramar. El padre Avellaneda, rector
e n t o n c e s de Sevilla, escribe a San Francisco de Borja el 10 de fe­
brero d e 1570 que el martes 7 había partido para la Florida la
armada del adelantado, a quien acompañaban el padre Luis Q u i-
rós el hermano Gabriel Gómez, que enseñaba en Sevilla la tercera
clase, y el hermano Ceballos, maestro de escuela en Cádiz 57.

A la provincia de A jacán . M uertes. Los jesuitas abandonan


la Florida.— Después de los malogrados puestos misionales abiertos
en las provincias floridanas, optan los jesuitas por extender el
experimento a zonas más septentrionales. Oportuna ocasión de
nuevo ensayo se les brinda con el nativo Luis, oriundo de la pro­
vincia de Ajacán, actual Virginia, y hermano del cacique, hecho
a las costumbres españolas durante su permanencia en Méjico y
conocedor de la lengua. Había éste acompañado en 1566 desde
Nueva España una expedición de dominicos que querían fundar
misión en los dominios de su hermano. Desalentados por las priva­
ciones de los primeros días, todos, incluso el guía e intérprete,
toman la ruta de España y desembarcan en Sevilla58.
En 1570, el ajacano se encuentra en La Habana. Allí se embar­
can con él los nuevos jesuitas recientemente llegados de España
para dirigirse a Santa Elena y unirse allí a sus demás compañeros.
Bastaron pocas deliberaciones para hacer la distribución del
personal. El viceprovincial, con el padre Quirós y los hermanos
Gabriel Gómez, Ceballos y Linares, y los catequistas Juan Bautista
Menéndez, Gabriel de Solís, Cristóbal Redondo y Alonso Méndez,
ayudados por el indígena Luis, comenzarían sus trabajos en la in­
explorada provincia de Ajacán; el padre Sedeño recogería en el
fuerte de San Agustín los niños que habían prometido dar los
caciques de Saturiba y Tacaturucu para el colegio de La Habana,
de cuyo planeamiento y organización se encargaría Rogel; los her­
manos Francisco Villarreal y Juan de la Carrera continuarían por
entonces en Santa Elena.
La atmósfera de enemistad y guerra entre españoles y nativos
que se respira en San Agustín obliga a los padres Sedeño y Rogel
a PIQseguir su ruta hasta la capital cubana, donde trabajarían con
morenos y españoles, toda vez que faltaban por entonces candidatos
Pr°yectado colegio, y esperarían los resultados de la expe-
•Klon a Ajacán, pues, de ser favorables, estaban dispuestos a mi-
1l°nai aquellas zonas.
no 11 arnesSada empresa a Ajacán, ardua y oprimente, envilecida
ni°' 1 traición del indígena Luis, finalizó con la violenta muerte, a
‘ nos de los nativos, de todos los participantes, con excepción del

'? 387-'.',90-393.445.460; Z L F 382.410.


M yV r 4i2s; zlf 39*; los datos biográficos en M A F 4 1 3 Z L F 392S.
/AA' 3 9 4 .
470 La Iglesia en la América del Norte española

catequista Alonso Méndez, posterior informador del herh^


mado 59. necn° oonsu.
Todavía los jesuitas tuvieron ocasión de visitar algunas d
guarniciones de la Florida; pero en septiembre de 1572 se aleik
definitivamente de aquellas provincias. ari
L a situación de máxima tirantez creada en la Florida por i-
guarniciones de soldados, sometidos a privaciones y penalidad ^
en territorio excesivamente pobre, imposibilitaba la labor paclfi?
de los misioneros; y, por otra parte, el temperamento belicoso de
los nativos hacía necesaria la defensa eficaz del operario apostólico6
L a Compañía, que sacrificó no pocas víctimas en la inhospitalaria
tierra, se vio obligada a trasladarse a países de porvenir misional
más estable.

B re v e perm anencia jesuítica en L a H abana.— Menéndez de


Avilés había ideado en La Habana un colegio-seminario de indíge­
nas para la Florida y todo el Mundo Nuevo: convertidos estos indios,
se casarían con hijas de españoles, y cada uno de ellos sería en su
provincia predicador 60. Los jesuitas quieren tantear la posibilidad
de estos planes.
Su permanencia en la capital cubana fue muy breve. Pensar
entonces en fundar colegio de nativos floridanos en Cuba era
utópico. El 12 de diciembre de 1572, Francisco de Briceño comu­
nicaba por carta a Felipe II que a los cuatro jesuitas allí residentes
les había mandado su general trasladarse a Nueva España, alegando
como principal motivo la falta de renta para sostenerse; él les había
procurado doscientos ducados de interés anual y algún cazabe y
carne, que comenzarían a pasarles cuando hicieran el colegio. El
fruto de sus ministerios— continúa el informador— era grande en
la villa y prometía serlo en toda la isla y en la de Santo Domingo;
asimismo, los negros confiados al cuidado de los jesuitas mejoraban
en doctrina y costumbres; el pueblo con clamores lamentaba la ida
de los celosos operarios; él les había amonestado y rogado se que­
dasen; aseguraban ellos que, por el bien de la tierra, permanecerían
en su puesto, pero por la obediencia a los superiores debían partir.
Suplicaba, finalmente, Briceño al rey los ayudara con alguna renta
y los mandara volver. Algunos años más tarde, por orden de Feli­
pe II, volverán los jesuitas a La Habana y a fines de 1577 se ret1'
rarán definitivamente de la isla61.

Isla de C uba. Población. D iscrim inación. — En la seSun.^


mitad del siglo xvi, muertos los primeros c o n q u i s t a d o r e s , o
nativos blancos representan el factor más importante de la P°
ción cubana. La inmigración española se orienta casi toda a
ricos virreinatos del continente; a Cuba se dirigen sólo funcl° n* joS
de gobierno, muy pocos aún, y soldados de la guarnición reci^ c
en diversas partes, muchos de ellos en Nueva España. 0

5 9 M A F 4 7 7 8 . 5 2 4 - 5 3 i - 5 3 6 - 5 3 8 .5 7 o -603; Z L F 306-400.
Cf . M A F 217-334.361.381s. 417; Z L F 3 1 2. 314. 391s . 4n-
Cf . M A F 6/7- 627.
C.13. La Florida. La Iglesia antillana 471

Cüb'd s o s tie n e algún comercio con las islas Canarias, oriundos de


ta región tornan residencia en la isla antillana. En este mismo
es iodo figuran entre la población blanca cubana portugueses y
flam encos, súbditos entonces de España. La población india, nota­
blem ente disminuida, llegaba a unos cinco mil. No sometidos ni
a e n c o m ie n d a s ni a esclavitud, sus libertades, principalmente polí­
ticas, estaban bastante limitadas: no podían elegir ni regidores ni
fu n cio n a rio s locales ni ser elegidos para esos cargos; considerados
c o m o m enores de edad, necesitaban amparo y protección.
L o s indígenas, y mucho más los negros, estaban discriminados
de la población blanca en el orden religioso: sus bautismos, defun­
ciones y demás actos se anotaban en libros especiales. El mestizaje
frecu en te d e indio y blanco va poco a poco fundiendo la raza indí­
gena en la blanca. Los negros, desde mediados del siglo xvi, aumen­
tan le n ta m e n te . Los matrimonios entre españoles y negras o mulatas,
aunque libres y permitidos por la ley, no abundan, y así los negros
form an grupo homogéneo. El acta del cabildo habanero de 28 de
enero d e 1569 nota que los negros libres son numerosos, gozan de
entera libertad y tienen casas62.

Autoridad civil y eclesiástica.— La isla seguía dependiente de


la jurisdicción de la Audiencia de Santo Domingo, tribunal de alzada
o apelación contra los fallos del gobernador cubano, dictados por
éste en el ejercicio de sus facultades judiciales y como organismo
encargado de investigar la gestión de dicho gobernador mediante
los juicios de residencia. Durante el mandato de Menéndez de
Avilés (1568-1574), Florida jurisdiccionalmente dependía del go­
bierno cubano.
C u an do el mismo M enéndez, cumpliendo instrucciones de F e ­
lipe II, asume la defensa militar de las Antillas y establece fuerte
guarnición en L a Habana, existe subdivisión de mandos en la ca­
pital, pues el jefe militar de la guarnición quedaba fuera de la ju ris­
dicción del gobernador general. Si, durante la gestión del gobierno
de M en én dez, la escisión no presentó dificultades, aparecen poste­
riormente, y el nuevo gobernador, capitán de tercios don G abriel
de M o n talvo (1574-1577), ejerce también poderes militares.
Todavía la autoridad de los gobernadores de esta época está
limitada por la independencia del clero, no sometido a su patronato.
^°s obispos, por su parte, que, a pesar de hallarse la catedral en
^antiago de Cuba, residen ordinariamente en La Habana, tienen
H'nsdicción propia sin sumisión alguna a los gobernadores. El
Poder del gobernador resultaba también limitado por los fueros e
in fin idad es eclesiásticas. A n te muchas faltas de clérigos y frailes:
|0lUrabando, exacciones, etc., el gobernador tenía las manos atadas.
n conflictos que pudieron suscitarse entre gobernadores y obispos,
'u H kH 1o s llevaban a veces la peor parte, castigados, además, con
P*- ñas eclesiásticas 63.

U 01-102.i u - 1 1 8 .
° 'c . 1 344-363; C D U i •348-351-388-399.4448; 4,30; 21,185.
472 t i Iglesia en la América del Norte española

V ida eclesiástica lánguida.— La historia eclesiástica dp


período del 500, en lo que se refiere a organización y función
clero y de religiosos, no acusa alteración notable. Aunque las^'
sísimas rentas del obispado cubano, que sigue sufragáneo del ***'
bispado de Santo Domingo, no bastan para cubrir los gastos^
necesarios del culto ni sostener el reducido número de eclesiást^^
que hay en la isla, mucho menos para erigir templos, hospital
e instituciones de enseñanza y de beneficencia, sin embargo, en?
época del cartujo tray Juan de Sarmiento (1536-1547)— 10 hern<d
indicado ya— , todas las parroquias llegan a tener iglesias de piedra
— las primeras construcciones de este género en la isla— , y algunas
como Santiago, Bayamo y La Habana, su hospital anexo.
En medio de la pobreza general, de las luchas intestinas entre
autoridades y vecinos, de alzamientos, ataques de franceses a las
costas, de ocasionales violencias en las encomiendas y de la escla­
vitud, los esfuerzos de Sarmiento, de los franciscanos y de algunos
sacerdotes en favor de los enfermos y desamparados y de la instruc­
ción de indios y negros, constituyen una manifestación de noble des­
interés, casi excepcional, en bien del prójimo. Defensores acérrimos
de los derechos indígenas cubanos fueron Las Casas y el provincial
de los franciscanos fray Pedro Mejía de Trillo.

E l obispo U ran ga. D ecaim iento social y moral.— La va­


cante producida por la muerte de Sarmiento en 1547 fue cubierta
con la elección del licenciado Fernando de Uranga, natural de
Azcoitia (Guipúzcoa) y colegial de San Bartolomé de Salamanca.
Elegido obispo el 25 de noviembre de 1549, llega a Cuba en 1552
y muere en la isla en 1557. Buen prelado, de costumbres puras y
muy amado de sus fieles, que lamentaron mucho su temprana
muerte 64.
La vida ruda, aislada y casi bárbara de los colonos en sus aldeas,
minas y hatos, en lucha con el calor, la humedad, los insectos y las
enfermedades endémicas de los países tropicales, sin más ley que
sus propios instintos naturales, era ya forzosamente embrutecedora;
además, desde los principios de la colonización fue desm oralizada
por el régimen de las encomiendas, casi incontroladas por la auto­
ridad, y la implantación de la esclavitud. Desde 1525, la vida se
había hecho más dura, estrecha y peligrosa bajo la triple amenaza
de la miseria, los indios alzados y los corsarios franceses. La bru a-
lidad, iracundia, las pasiones más bajas, frutos de la ignorancia, t
egoísmo, el miedo y la sensualidad, se desbordan sin freno en mul­
titud de vecinos y surgen impetuosamente el e s p ír it u de bandeja
y la corrupción administrativa en sus peores formas, vicios Pr°P ‘
de una comunidad que va perdiendo el respeto a la ley, la noc
de justicia, la fe religiosa y los principios morales.
Rencillas y pleitos, frecuentes y casi continuos e n tr e vec
invaden también el campo de las autoridades. L a c o r r u p c ió n
nistrativa, con graves atentados contra la humanidad y la Jus

* 4 G S H C H 344, Sc h a f e r , E l C o n sejo Ií 596.


C .l3. La Florida. La Iglesia antillana 473
,, p/lCjj en Ultramar por la tardía e irrisoria sanción a que estaba
nia^ - se desarrolla pronto en proporciones verdaderamente escan-
f losas. Juanes Dávila, que ejerció el mando desde 1544, desti­
tu id o e n 1546 P o r l ° s innumerables abusos y atropellos que cometió,
fue c a l i f i c a d o por el obispo Sarmiento de «injusto, ladrón y entera­
m en te malo en su persona y oficio»; ni su sucesor, licenciado Chaves,
trozó d e mayor reputación por su avaricia y falta de probidad65.
~ La moral privada seguía el depravado ritmo de la pública.
Manuel Rojas, que por mandato regio había inspeccionado la
isla aludiendo a las villas de Trinidad, Sancti-Spiritus y Puerto
Príncipe, escribe al monarca en 1537: «En todas las dichas tres villas
había personas amancebadas y abarraganadas con sus propias na­
borías algunas de ellas, y otras con sus esclavas, y otros con hijas de
españoles y mujeres de esta tierra, con tanta paz y sosiego como si
estuvieran a ley de bendición».
El clero, no siempre factor de moralidad, contribuye a veces
a promover conflictos y aun escándalos 66.

Obispos. R establecim iento eclesiástico. Franciscanos y d o ­


minicos en L a H ab an a.— A la muerte del obispo Uranga, 1557,
la mitra queda vacante hasta 20 de abril de 1559, fecha en que fue
electo y consagrado obispo de Cuba don Bernardo de Villalpando.
Imitador de su predecesor, se muestra interesadísimo de la con­
quista de Florida, adscrita a la diócesis cubana, tan pobre en aquella
época que sólo por obediencia la aceptaban los obispos, y esperaban
la había de levantar de su indigencia aquel casi desconocido terri­
torio entonces, pero que se suponía muy rico, poblado por tribus
salvajes, entre las que no se habían predicado aún los principios
de la fe.
Se ocupa también en terminar la fábrica de la primera catedral
de Santiago. Promovido a la sede de Guatemala en 1565, le sucede
el doctor Juan del Castillo, natural de Burgos, que llega a La Haba­
na. por la vía de Santo Domingo y Santiago, en 1570. En Santo
Uomingo había reclamado ante el arzobispo de aquella diócesis,
fray Andrés de Carvajal, O. F. M . (1568-1579), los derechos del
obispado de Cuba sobre la abadía de Jamaica, y en La Habana no
taidó en indisponerse con el cabildo, los oficiales reales y el gober­
nador. Acaso dio pie a la animosidad con el cabildo la negación de
auxüiOS necesarios para la visita episcopal que proyectaba a Jamaica
y a disconformidad del prelado con la manera de recaudar los diez-
m° s' Nos ocuparemos más adelante de su visita a Jamaica. Se dis­
gusta con los oficiales reales porque le pagaban parte de sus emo-
nientos en plata depravada de Panamá, y con los gobernadores
^ onta^vo (T5 7 4 - I5 7 7 ) Y Francisco Carreño (1577-1580),
rlSp también por motivos económico-administrativos,
la ' orre Ia isla y fija su residencia en Bayamo, a pesar de hallarse
catedral cn Santiago, ciudad decadente e indefensa. Se interesa
474 La Igleiia en la América del Norte española

vivamente por que se cumpla la voluntad testamentaria de Francisco


de Parada de edificar iglesia y crear escuela de gramática. En SUs
diez años de pontificado realiza obras de importancia y se estable­
cen en la capital isleña varias comunidades religiosas. Gomo sabe-
mos, los jesuitas, durante sus permanencias esporádicas, ejercitaron
algunos ministerios en la capital.
En 1574, al retirarse los jesuitas de La Habana, empiezan allí
los franciscanos la erección de convento, favorecida por los vecinos
con donativos y limosnas, no obstante la oposición del párroco,
que preve con la nueva residencia disminución en los ingresos deí
curato. Planteada una cuestión legal ante la Audiencia de Santo
Domingo, el siguiente año el tribunal sentencia a favor de los reli­
giosos, que pueden continuar la construcción y cuentan para ella
con la ayuda real. La residencia, incorporada a la provincia de Yu­
catán, toma a su cuidado las misiones floridanas de la Orden, pro­
bablemente también a los indios de Guanabacoa y a los habitantes
del barrio habanero de Campeche.
Cuatro años más tarde de iniciarse el convento de San Fran­
cisco, los dominicos dan principio al de Santo Domingo, titulado
de San Juan de Letrán, cerca de la plaza de Armas y la Fuerza.
Con fondos de la Orden y ayudas de la corte y de particulares, le­
vantan rápidamente el edificio, centro de irradiación espiritual, de
enseñanza y alojamiento, aun para religiosos de otras Ordenes que,
obligados a hacer escala en la capital cubana de paso para su defini­
tivo destino de Ultramar, tenían que hospedarse antes en casas
particulares y en posadas a veces de dudosa reputación. Alojados
durante la forzosa y muchas veces prolongada espera en uno de
los dos conventos, sacerdotes y religiosos pueden ejercitar cómoda­
mente sus ministerios apostólicos 67.

Clérigos y religiosos transeúntes. Hospital en L a Habana.—


Los grupos de clérigos y religiosos transeúntes por la isla son
nutridos, p'ies incoada en España, sobre todo después de la cele­
bración deí concilio Tridentino, una severa reforma e c le s iá s tic a ,
muchos sometidos a represión austera y a una vida de sujeción y
reclusión en sus conventos, y contagiados, por otra parte, del espí­
ritu andariego y aventurero de la época, escogen la libertad nave­
gando al Nuevo Mundo. Por tal motivo, la afluencia de e c le s iá s tic o s
y religiosos a Indias en ese período es mayor: abigarrada mezcla
de misioneros de ardiente celo y elementos de condición indisci­
plinada, dudosas costumbres y escasa cultura. Estos ministros evan­
gélicos, obligados a viajar por meses con gente a veces de vida ro|a
y depravada, no podían por menos de sufrir el pernicioso influj0
de compañía tan poco recomendable. Al descender en los puertos
e i j6^0 ^ undo> incógnitos, manifestaban a veces todo menos
moralidad y buenas costumbres. En 1577, el g o b e r n a d o r cubano
rancisco Carreño (1577-1580) avisa a Felipe II que, en las
de Nueva España y Tierra Firme y en galeones p r o c e d e n t e s d
,n O .c , f 14',-1 v-;.
C.l3. La Florida. La Iglesia antillana 475

as partes, habían entrado en la ciudad más de ochenta reli-


sos que regresaban a España; había también entre los visitantes
a quienes embarcó para su destino, Santo Domingo, porque
° daban por el pueblo «jugando muchos dineros y haciendo otras
cosas no dignas de su hábito». Creía también el aludido gobernador
n0 se debían enviar más frailes a Indias, porque había tantos, que
no cabían en los conventos, y el fruto de algunos era tan exiguo que
hubiese sido mejor evitarles el v i a j e 68.
Obra también del emprendedor obispo Castillo fue la extensión
y mejora del único y mísero hospital existente desde los primeros
años de la fundación de La Habana, conocido más tarde con el
nombre de San Felipe y Santiago, destruido por Jacques Sores
en 1555* Ampliado algo por Menéndez de Avilés para la asistencia
de la guarnición habanera y para los enfermos y heridos de la F lo ­
rida, en tiempo del prelado tenía dos cuartos y una capilla algo des­
tartalada. Sostenido primero con multas impuestas en la ciudad por
transgresiones de poca monta, algunos descuentos en los haberes
de los oficiales, tropa y marineros, y limosnas recogidas por el A y u n ­
tamiento para sostener en el mencionado centro benéfico los pobres
de la vecindad, sometido después al Patronato Real, contaba con
un administrador, algunos empleados y un sacerdote encargado de
recoger limosnas los domingos. En 1603 tomaban posesión del re­
ducido establecimiento cuatro religiosos de San Juan de Dios, y
se llamó posteriormente con el nombre de este santo 69.

Autoridades civiles y eclesiásticas: contrastes. Catedral de


Santiago.— Porque las disposiciones de la corona para hacer efec­
tivo el patronato en la isla no se comunicaron a los gobernadores,
la autoridad eclesiástica cubana permaneció autónoma e indepen­
diente de la de Santo Domingo. La intervención en la recaudación
de diezmos de la autoridad civil y eclesiástica suscitó entre el pre­
lado y gobernador rozamientos frecuentes y aun apasionados cho­
ques, que terminaban con la consabida excomunión. El obispo
Rastillo excomulgó al gobernador Carreño en 1577; su sucesor,
“ ay Antonio Díaz de Salcedo, O . F. M . (1580-1598), a los gober­
nadores Gabriel de Luján (1581-1599) y Juan de Tejada (1589-
!594) por oponerse a alguna providencia del mitrado. Por el me­
nudeado castigo, y refiriéndose a Castillo, escribía el citado Tejada
a Felipe II: «Trae a esta tierra el obispo tan desasosegada con sus
^comuniones, que más parece lobo que pastor de almas». Los
ceñios, para librarse de las excomuniones lanzadas o alejar las
conminadas, tenían que versar cuantiosas sumas, que ingresaban
a >a caJa episcopal: expediente menos costoso que apelar a la
d¡U ,enc*a de Santo Domingo. No dejaba de ser aliciente muy insi-
^ oso para el prelado este método de recaudar dinero. Tejada
du' 1 a ^ °k*sP0 Que por este procedimiento tenía más de seis mil
no ? ° S de hacienda «sin haber cobrado de su sueldo un real»
' tstar exhausta la caja regia70.

ll,ul ■'608. 68 l b l d . , 1 5 5 - 1 5 8 . 6* I bí d. , i s 8 s .
476 l-a Iglesia en la América del Norte española

El mitrado franciscano giró visita a las parroquias de la diócesis


llegando hasta Santiago y Bayamo, residencia de su provisor Ribero’
que se mantenía frecuentemente en abierta lucha con el teniente
gobernador y las autoridades locales. Nombrado en 1597 obispo
de Nicaragua, quedaba vacante la sede cubana 71.
Los franciscanos fray Bartolomé de la Plaza y fray Esteban de
Alzúa, designados prelados cubanos en 1597 y 1 598 respectiva­
mente, declinan el nombramiento72.
En 1602 ocupa la sede vacante fray Juan de las Cabezas Alta-
mirano, O. P., superior antes de la provincia de Santa Cruz y cate­
drático de la Universidad de Santo Domingo, y la rige hasta 1611,
que lo designan obispo de Guatemala. Mantiene las mejores rela­
ciones con el gobernador, hace la visita pastoral de su diócesis,
y durante ella queda algún tiempo prisionero de los piratas fran­
ceses de Richard; restaura la catedral de Santiago, visita las misiones
de la Florida encomendadas a los franciscanos, construye un modesto
palacio episcopal en La Habana y con su ejemplo y amonestaciones
mejora la conducta del clero73.

La Iglesia en la isla Española. Alonso de Fuenmayor.—


Dominicos, franciscanos y mercedarios, ocupados principalmente
en la predicación, compartían los trabajos apostólicos de la isla
Española; los mercedarios fueron siempre más escasos en número.
Santo Domingo, puerto de escala para muchos veleros de Ultramar,
ve descender en su atracadero a religiosos que navegan hacia otras
regiones. Hemos encontrado allí a los jesuitas Rogel y Villarreal,
de paso para La Habana, actuando fructuosamente en los pueblos
de la isla. En análogas circunstancias tomaba también tierra en
aquel muelle, en 1537, el trinitario fray Antonio de Mendoza,
predicador de fama, eficaz catequista de indios y niños, altamente
elogiado por el almirante Gaspar de Astudillo y oidores, que ase­
guraban ?’udiéndolo: «De ninguna Orden se ha visto religioso
má; útil*74.
El licenciado Alonso de Fuenmayor, que se hace cargo de la
sede dominicana en 39, promotor de actividades materiales, cul­
turales y religiosas, da impulso a los paralizados trabajos de las
iglesias; en 1540 consagra la catedral de Santo Domingo, erigid3
ya en 1512; solicita y obtiene su elevación a metropolitana por bula
de Pau.o III, en 1547, y la independencia de la archidiócesis, sufra'
gánea hasta entonces de la de Sevilla. Como presidente de la Audiefl
cía dominicana y gestor de asuntos eclesiásticos de la diócesis e
intereses espirituales de su grey, navega a la Península y regresa
a su sede como arzobispo primado de las Indias 75.

Universidad de dom inicos.— Quiere ante todo funda* urt


centro de estudios donde formar los futuros sacerdotes de la ar.
íocesis y seglares selectos. Encuentra ya en la isla a p r o p i a d o cltff1

ü ¡ yS a , A F F ' " ’ i b , d ’ 507. 74 N H E 1 5 3 ; C D A O 1 ,5 4 6 *'


C.l3. La Florida. La Iglesia antillana 477

la ejecución de sus designios. El colegio de dominicos, frecuen­


to desde antiguo por religiosos de la Orden y alumnos externos,
3 1537 1° er*£en en estudío general o universitario, sin facultad
ciar grados a estos últimos. Los mismos dominicos, para ampliar
la proyección del plantel docente, proponen a Roma fundar en
Santo D o m i n g o universidad al estilo complutense, con su rector
ál frente y prerrogativa de que todo alumno, de cualquier proce­
dencia, pudiese optar a los grados de su facultad respectiva, previos
los cursos, juramento y examen ante cuatro doctores de la misma,
comisionados al efecto por el prior dominico y el rector de la U ni­
versidad, que tendrían poder de conferírselos y entregarles las
insignias rituales, o este último en defecto del anterior, o el obispo
de Santo Domingo. Piden también licencia, en el documento remi­
tido a Roma, de traer profesores de cualquier parte, a quienes se
les daría la congrua remuneración que fuese posible, y de fijar
estatutos al modo de las universidades hispánicas y reformarle»76.
Exponen los peticionarios los motivos principales de la pro­
puesta: la lejanía de aquellas tierras, donde se desconocían en abso­
luto las letras sagradas; la prestancia de la ciudad, ya insigne, que
de continuo veía llegar multitud de negociantes o de nuevos habi­
tantes de las islas próximas; el engrandecimiento que supondría
para aquella ciudad si en su estudio surgía universiadd como las
de la metrópoli, en especial como la de Alcalá y otras similares de
los reinos hispanos; favorecería también notablemente la instruc­
ción de naturales o moradores de la isla y de las demás adyacentes
y sería grande estímulo para la creciente actividad cultural y reli­
giosa de la Orden 77.
Paulo III, con la bula de 28 de octubre de 1538, erige y funda
la Universidad dominica de Santo Tomás con las facultades pedidas,
y otorga a los graduados en ella los privilegios concedidos a las de
Alcalá, Salamanca y demás hispanas 78.
Tiene sabor anacrónico el recurso inmediato de los dominicos
a R°ma sin pasar por la corte española, tan escrupulosa en controlar
a Ia política de Ultramar, sobre todo en asuntos de importancia,
como era la fundación de universidad. Los religiosos creyeron
acaso innecesaria la intervención del G>nsejo de Indias en una
actividad que afectaba directamente a la vida íntima de la Orden,
0 o con irradiaciones externas marginales y periféricas. Esta pre-
ncion tendrá algunas consecuencias engorrosas— lo veremos des-
3 ue se superarán airosamente.

]a .^e8unda universidad en Santo D om ingo.— Santo Domingo,


ls, a> tiene también ambición de universidad; lo ha manifestado
las ,f ant’Ruo. Las primeras gestiones en plan de estudio general
su CVa °hispo Ramírez de Fuenleal (1527-1530), pidiendo a
IT|ajestad, en 1529, un estudio general «do fuesen enseñados en
^(l A | +-v
77 iKí1 '^ síor*<* de las universidades hispanas II 133*-
U íc••
478 la Iglesia en la América del Norte española

la fe los naturales, y los hijos de los que han venido tendrían maes.
tros de todas ciencias», sin resultado inmediato. El acaudalado
Fernando (Hernando) de Gorjón deja en testamento, año
todos sus bienes con objeto de fundar cátedras «para que en ellas,,
se lea gratis, sin interés alguno, ni por ello se dé o pague cosa algu­
na, todas las ciencias que fueren necesarias para reedificación de
nuestra santa fe católica». En i 538. la ciudad de Santo Domingo
anuncia que está construyendo edificio bueno donde explicar gra­
mática, para que los de las islas adyacentes no tuvieran que ir a
estudiar a España, y el siguiente año, 15 3 9 » pide «que a un estudio
que la ciudad ha comenzado a edificar se concedan las libertades
que gozan los estudios generales y se le haga alguna merced para
su sustentación»79.
A pesar de tan respetables peticiones no parece que la corte está
dispuesta a redactar el documento de fundación. La ciudad domi­
nicana no ceja en sus demandas, hasta que el 23 de febrero de ISS8
Felipe II, con cédula real, autoriza oficial y definitivamente la fun­
dación de universidad con todos los privilegios, libertades y exen­
ciones de! Estudio y Universidad de Salamanca. El documento regio
añade algunas restricciones: la Universidad dominicana no ejercitaría
jurisdicción alguna y los allí graduados no gozarían de la libertad de
no pechar, y concreta las razones de la concesión: peticiones ante­
riores de los isleños y de otras personas; la instrucción de naturales
y españoles de aquellas partes en la fe católica y en las demás facul­
tades y el beneficio consiguiente para toda la isla.
La base económica de la institución— ordena el monarca— sería
la dote que en su testamento de 1537 había dejado F e r n a n d o de
Gorjón, y con ella se pagarían los salarios de las cátedras, construc­
ción de las escuelas y demás gastos.
Meses después (24 de diciem bre de 1559), el rey, desde Toledo,
encomienda a la Audiencia dominicana redactar ordenanzas u n iver­
sitaria que remitirían al Consejo de Indias para examinarlas; había
también acordado enviar dos catedráticos, los dom inicos fray Juan
de Bustamante y fray Reginaldo de Salazar, que comenzarían a
enseñar en seguid;- teología y Sagrada Escritura. C om o la A u d ie n c ia
y ei cabildo de la ciudad reclamaban para sí el derecho de nombrar
catedráticos y señalarles salario, el rey opta por una comisión con­
junta 80.
Dada la existencia de algunas cátedras universitarias que re^a
saban la competencia doctrinal de seglares, Felipe II, a petición de
cabildo eclesiástico, por cédula de 23 de noviem bre de 1561» conce e
al arzobispo la facultad de visitar la U niversidad, y ocho años rn1 s
tarde (18 de octubre de 1569) nombra visitador e x t r a o r d i n a r i o ^
a Universidad al licenciado Juan de Valdivia, con encargo de c®n
trolar cómo se gastaba y distribuía la renta y si existían en la
cion las cátedras y prebendas establecidas por los estatutos; si
pro.esores leían sus lecciones debidamente y en los tiem pos señala a
y si todo procedía regularmente .
’ , ‘1' 80 N'l'l.. M 7 s. 81 I b í d . , n 8 s . 5 5 3 -5 7 »s-
C.13. La Florida. La iglesia antillana 479

js¡o conocemos ni el número ni la calidad de alumnos que asistían


I dos Universidades. Por más coordinada que se desarrollara la
a f'vidad de ambas instituciones, no podían faltar pequeños con-
aC tes. En J570* el fiscal de la Audiencia dominicana, en carta a
J ,• e jf ( acusa a la Universidad de los dominicos de conferir grados;
de el cese de ese ejercicio y anulación de los conferidos, pues el
ínonarca no había dado cédula para la ejecución de la bula pon-
tificia. El delegado dominico del convento-universidad, fray A n ­
drés López, alegó que en el ejercicio de letras y otorgamiento de
grados habían seguido la concesión pontificia y la costumbre de las
universidades españolas.
El rey avoca la causa al Consejo de Indias y pide a la Audiencia
de Santo Domingo copia notarial del documento pontificio y el pa­
recer del mismo fiscal sobre si convenía o no que los dominicos die­
ran grados; el expediente se pasaría al Consejo para ulterior infor­
mación al rey 82.
Desconocemos la decisión real sobre la concesión de grados;
sabemos que se conferían regularmente a principios del 600, y, según
parece, el hecho siguió inalterable en años posteriores 83.

Actividad del obispo Fuenmayor. Monjas clarisas. Lista


decepcionante.— El expeditivo prelado tampoco dejó desatendida
la educación de las jóvenes. Hace venir de la Península diez monjas
clarisas, que se establecen en la ciudad de Santc Domingo y aumen­
tan al poco tiempo la comunidad con dieciséis de la isla, y paga gran
parte de los gastos de construcción de la iglesia y de los claustros 84.
Ayuda también a la erección del convento y templo merceda-
n o s y de otros similares edificios. Prodiga análogamente su activi­
dad a otros campos. Expuesta la ciudad, de la que era gobernador
el prestigioso cronista e historiador Gonzalo Fernández de Oviedo,
a evasiones y asaltos de propios y extraños, para defenderla por
mar y tierra empieza la construcción de murallas y fortalezas, y so­
licita y obtiene del rey artillería gruesa. Después de diecisiete años
de ministerio pastoral, muere en 1554 85.
La sede dominicana había de quedar vacante por bastante tiem-
P°- L1 doctor Diego de Covarrubias, designado para ella, no la acepta
V es presentado para el obispado de Ciudad Rodrigo. El doctor
Juan de Salcedo, canónigo de Granada, nombrado para la archidió-
('es*s ultramarina en 1562, muere en el viaje marítimo. Durante
, s e Interregno, 2 de noviembre de 1564, un gran terremoto des­
o y e l a ciudad Vega Real; los pocos habitantes que se salvan del
' lsmo se acogen a otros pueblos. Un tal maestro Solórzano,
di^ f de Zamora, señalado para aquella dignidad en 1565, de­
es na r •llombramiento 86> La decepcionante lista de renunciantes
i 1 , ció bastante sintomático de la prevención con que se mira-
b'm '•« sedes antillanas.

!kn ’ ‘ 36.576*. «3 O.c., 163S.


M J36; III 2,st. 86 O.c., 165-168; SchXfer, E l Consejo II 590.
480 La Iglesia cn la América del Norte española

Fray Juan de Arzolares, O. S. Hiei., electo en 1566, antes 4,


ocupar la sede recibe el obispado de Canarias, 1568. Finalmente
fray Andrés de Carvajal, O. F. M., elegido en 1568 para el 0|¿
pado de Puerto Rico, pasa aquel mismo año al arzobispado de San-
to Domingo 87.
En las varias visitas que gira por la ai chidiócesis se empeña a
tondo en el restablecimiento de la disciplina eclesiástica, resentida
por la prolongada vacancia. Muere el 7 de abril de 1 5 7 9 ! su suce­
sor, el doctor Alonso López de Avila, racionero de Córdoba, da
principio a su pontificado en 1581. Dos años después de su muerte,
en 1591, pasa a la sede arzobispal fray Nicolás Ramos, O. F. M.’
y muere aquel mismo año de 1593» sigue la sede vacante por siete
años, hasta la venida al arzobispado de fray Agustín de Avila Pa­
dilla, en 1600

Parroquias en la Española.— La Iglesia dominicana ha des­


arrollado con ritmo bastante fluctuante sus habituales ocupaciones
y ministerios. Cada parroquia tiene, según orden de la corona, casa
cural destinada exclusivamente a vivienda de sacerdotes encarga­
dos de su administración espiritual, con prohibición de enajenarlas
o aplicarlas a otro uso.
Las parroquias de la archidiócesis, al finalizarse el 500, además
de la catedral, eran las siguientes: Azúa, Bánica, Bonao, Buenaven­
tura, Concepción de la Vega, población destruida en 1564 y recons­
truida poco después en otro lugar; Cotuy, Hincha o Nueva-Gua-
hala, Lares de Guahaba, Montecristi, Puerto Plata, Puerto Real,
Salvatierra de Sabana, Salva León de Higuey, Santa Cruz de Icaya-
gua, Santa María de la Vera Paz, Santiago de Caballeros, San Juan
de la Maguana y Villa Nueva de Jaquino 89.

Puerto Rico. Población.— Puerto Rico, como las demás islas


antillanas, descubiertas las regiones de Nueva España y despues
las de Perú, pierde gran parte de su interés colonial, político y ecle­
siástico. y constituye casi exclusivamente escala para l a s n a v e s des­
tinadas al continente más lejano. Don Rodrigo Bastidas, obispo de
Venezuela (1532-1542), sucesor desde 1542 d e l obispo p u e r to r r i q u e ­
ño don Alonso Manso, muerto en 1543, escribía al e m p e r a d o r e
primero de septiembre de 1548: «Los que de España vienen Pr°'
curan pasar adelante»; y el gobernador interino, capitán Juan Me
garejo (1580-1582), explicando la carencia de sacerdotes en la isa
durante su mandato, afirma: «se han ido muchos a Tierra Firme.
España y otras partes» 9(\
Gran parte del 500 y todo el 600 la población de la isla s e rn^n
tiene paralizada. El primer censo, de 1530, señalaba 369 españ°cS^
A mediados del siglo x v j , l o s vecinos eran unos 150, o sea de 7o
a 00 habitantes, según el documento de Bastidas a n t e r i o r m ^ 110
87 S lh áfer, I.l.

89 NHE2H-213.
M endoza, llh t u n a de la educación en Pu erto R ico 2 i s ; S c h á f e r , ibld**
C.l3. La Florida. La Iglesia antillana ASI

ncionado. En un alarde efectuado en San Germán el 30 de no-


^mbre de 1541, no pudieron reclutarse más de 20 defensores de
^ ca b a llo y 45 de a pie.
El padrón de habitantes efectuado por el sacerdote Juan de
G a lla r t e en 1673 daba 820 blancos y 304 pardos libres en la capi-
tal Al final de la segunda centuria, la población blanca total de la
isla o s c i l a b a entre 3.000 y 4.000 blancos; la de color, al final del
siglo xvi, entre 1.000 y 2.000, y al término del x v i i esta cifra per­
m a n e c ía más o menos invariable 91,

Nativos. Organización social. Númenes venerados.— Los na­


tivos de Puerto Rico, de 20 a 30.000 a la primera venida de los es­
pañoles, denominados borinqueños, procedían de los tainos de la
isla Española y de los caribes antillanos 92. Sus casas se presentaban
como las de la isla Española: gruesos postes de buena madera hin­
cados a la redonda, distanciados entre sí; sobre ellos la solera y,
a su alrededor, varas que se juntaban en sus extremos superiores
a manera de pabellón. Sobre las varas ponían de través cañas o la­
tas, de dos en dos o sencillas, cubiertas con paja delgada y larga;
a veces sustituían la paja cogollos de cañas, hojas de palmas, etc.
Debajo de la solera y entre los postes entreveraban cañas hincadas
en tierra y atadas con bejucos. Estas casas las llamaban caney. U n
poste o mástil central, fijado en tierra cuatro o cinco palmos de pro­
fundidad, y que llegaba hasta la punta o capitel del bohío, le daba
solidez y consistencia 93.
Las casas de nativos principales y caciques eran mayores y de
mejor elaboración, a dos aguas, de postes y paredes de cañas más
macizas y fuertes, y maderas. Los españoles adoptaron para sus ca­
sas no pocas veces esta estructura 94.
En la organización social, el jefe de clan, llamado por los espa­
ñoles cacique, era líder en paz y guerra y muchas veces sacerdote.
El campo político, íntimamente vinculado al religioso, dependía
también del cacique. De la jurisdicción civil y religiosa estaban in­
vestidas autoridades jerárquicamente distribuidas: cabezas de clan,
jefes de fratrías, gobernadores de provincial y soberano supremo.
Los antillanos veneraban sus deidades ultraterrenas y las supo­
rtan dotadas de poder para el bien y el mal, controlable por los
sacerdotes, que podían orientarlo en provecho o perjuicio del indi­
viduo y de la comunidad. Los dos supremos númenes, zemis, dios
y diosa del cielo y de tierra, respectivamente, progenitores de los
ernás inferiores, principio de hombres y animales, personificaban
, a potencia terrena y celestial, y los representaban con ídolos
e piedra, madera o arcilla, invocados por los nativos y honrados
Con ccremonias litúrgicas para tenerlos propicios. Númenes infe-
l°ics, denominados también zemis, representantes de los antepa-

«2 ^ l:NnozA, l.c,; cf. o.c., 22-31 las causas de paralización y disminución demográfica,
cas v WKES* Th? Aborígenes o f Porto Rico 24-28; cf. o.c», 28-32, las propiedades somáti-
^3Cí|v,aCtCl ^st i° as m e n ta le s y m o ra le s d e e so s n a tiv o s .
04 ]!,e r n A n d e z d e O v i e d o , Historia general y natural de Indias I.5 c . i ; F e w k e s , o .c., 4 1 - 4 7 .
F e r n á n d e z d e O v i e d o , l.c .

^ 0 de la Iglesia en América 16
482 la Iglesia en la Aniérna tiel Norte española

sados del clan, tutelaban a los nativos, l'igurados en ídolos de |


casa del cacique destinado a esto, teciblan culto sólo en el ambien(>
familiar 95.
Organización eclesiástica. Los nativos, atendidos social
religiosamente.—El gobernador de la Española, Nicolás de Ovando
en las primeras capitulaciones firmadas con Ponce de León, 13 ^
junio de 1508, para la exploración y pacificación de Puerto Rico
le manda construir en cada población una iglesia y una casa adjun­
ta, donde el capellán juntase a todos los niños, dos veces al día,
para enseñarles a leer, escribir y santiguarse, y dijesen la confesión,
el Pater noster, el Credo y la Salve Regina 96.
El 25 de julio de 15 1 1 previene el rey a Juan Cerón, alcalde ma­
yor de Puerto Rico, que reúna, para mayor servicio de Dios, los
más nativos posibles para doctrinarlos e instruirlos, pues éstos se­
rían los más aptos para la enseñanza de los connacionales 97.
A los nativos se les atiende desde el principio social y religiosa­
mente. La granja real del río Toa 98 ocupa muy pronto a unos 200,
cuidados, en los primeros años de la exploración insular, por Pon-
ce de León, que dimidiaba las ganancias con el monarca. El licen­
ciado Antonio de la Gama, justicia mayor de la isla (1517-1529),
les agrega otros 600, quitándoselos a encomenderos ausentes y a
poseedores en número exagerado, incluyendo en la disminución
aun al mismo monarca, en cuyo nombre detentaban 80 indios.
Protector de indios. Los nativos, doctrinados.—Para actuali­
zar las disposiciones de la corte emanadas a favor de los nativos,
recomendaban los padres jerónimos al rey instituyera el cargo de
protector o visitador de indios: «En el buen trato de los dichos in­
dios—afirman los mencionados padres—se trabaja ahora harto, y
se tiene mucho cuidado así en industriarlos en las cosas de nuestra
fe, como en sus mantenimientos y vestuario»
La Gama, a quien encargan la protectoría, en carta al monarca
115 de febrero de 1521), le propone la conveniencia de conceder al
cargo poder para castigar civil y criminalmente a quienes tratasen
mal a los indios; había dado—añade en la misma carta— lib e rta d a
los de la granja del Tao, concediéndoles por pueblo la misma granja
del rey, para que tuviesen trato con cristianos *00.
Cuando siete años después pasa por la isla el licenciado Ramírez
de Fuenleal, obispo de Santo Domingo y la Concepción ( 1 527“1 53 1)f
en su informe de la Española y Puerto R ico al monarca concreta.
*En lo tocante a los indios, entiendo en saber cuántos hay y cófí>°
son tratados; los que en esta ciudad están encom endados —alucte a
. uerto Rico van los domingos desde septiembre al monasterio de
oanto Domingo, a las dos de la tarde, y los viernes van solas las mu
55 F'. w k e s , o . c . , 5 v 6 o
M e n d o za , o . c ., , 4 s .
97 O . c . , 1 5 .

II
''
1)K o . c .,
M f .n u o z a ,
V f ‘: í ' A S ( : o '
r js .
,í'1 O.c.
C.l3. La Florida. La Iglesia antillana 483

V no los indios; los que están fuera de la ciudad no pueden ser


A d o c tr in a o s y es gran dificultad proveer el cómo se conserva*

rán»101*
Iglesias parroquiales. Libertad a los nativos. Vida eclesiás-
tica m ezquina.— Recogemos también alguna desperdigada noticia
j e la la b o r eclesiástica del obispo Bastidas, que aludiendo en un es­
c rito a l rey (25 de abril de 1548) a los ingenios hechos a gran costa
oor G r e g o r io de Santolalla: uno poderoso de agua con dos edificios
de p ie d ra y otros dos de caballos, con grandes ventajas para Puerto
Rico, n o tific a haber levantado en las mencionadas fincas dos iglesias
p a r r o q u ia le s con los respectivos títulos de Nuestra Señora de Valle
H erm oso y Santa Ana, encomendados, a costa de los diezmos, a
dos curas 102.
El mismo Bastidas, comunicando por escrito al emperador la
plena libertad concedida en 1544 a 60 naturales de la isla y el agra­
decimiento de los interesados, añade que el gobernador y él querían
viviesen juntos en pueblo, independientes, cerca de la ciudad «para
que estuviesen recogidos, visitados y doctrinados»; pero ellos— pro­
sigue el prelado— «gustan de vivir donde nacieron, y por no desabrir­
les, les dejamos a toda su libertad, con tal que vivan cerca de po­
blado, para que puedan ser visitados» 103.
La labor eclesiástica de la isla, muy escasa, dirigida por el pre­
lado diocesano, la desarrollaron principalmente algunos sacerdotes
y los dominicos; los indicios de erección de casa franciscana en los
primeros decenios son muy inseguros 104, y si la hubo, su labor
permanece aún incógnita. López de Velasco, que redacta su obra
entre 1571 y 74, presenta este mísero cuadro de la Iglesia puertorri­
queña: «hay un obispado... que tiene por distrito la dicha isla y la
isla de la Mona y la Margarita, y en toda su diócesis hasta diez o
doce clérigos, porque, a causa de ser todo tan pobre, no quieren
parar, y sólo un monasterio en todo el obispado» 105.
De los nativos de la isla de la Mona, unos cincuenta y ningún es­
pañol, informa el licenciado Echagoyan (Ochagoyan) en su memoria
'de 1571: «Son indios entendidos, y en cuanto a lo espiritual, están
a cargo del obispo de Puerto Rico; no tienen capellán, salvo que
,cle tarde en tarde los visitan; es poco o ningún cuidado que de éstos
se tiene» 106%
La enseñanza, iniciada por el obispo don Alonso Manso con la
‘-lase de gramática 107, la ampliaron los dominicos 108.

Jamaica. Isleños. Iglesia desatendida.— Jamaica, nombre in-


c *Scna que significa probablemente «tierra fértil», isla situada en la

*0.1 ra ’ ---
»««o
ios 1 .
’, 82-s -5 0 .81-83.
io„ iT1o p k z nE V e l a s c o , Geografía 12 6.
>«7 , T Ni’oza, Historia de la educación en Puerto Rico 10.
1UR ví C’-S-
M eni ioza , O.c ., 76-81.
484 La Iglesia en la América del Norte española

parte septentrional del mar Caribe, unos 167 kilómetros al sur de


la isla de Cuba, descubierta por Colón en 1494, tiene unos 267 ki.
lómetros de longitud de este a oeste y de 58 a 91 kilómetros de
norte a sur.
Los isleños, tainos racialmente, unos 30.000 al iniciarse la expío,
ración española, veneraban como númenes los zemis. Unos ocho
o diez caciques, de los que sólo dos nombres se nos han conservado:
Ameyro y Huareo, gobernaban la isla a la venida de los españoles 1 09
Conocemos las dos principales iglesias de la región, Sevilla y
Oristano l l °. En 1534 el gobierno deja Sevilla por insalubre y se
establece en La Vega, la actual Spanish Town, arrastrando en pos
de sí la autoridad directiva eclesiástica y c iv il1U .
El primer abad que visita la isla es el dominico fray Miguel Ra­
mírez, hacia 1535; más atento en sus cuidados a la Iglesia cubana que
a la de Jamaica, designan abad al licenciado Amador de Samano, pres­
bítero. Ya en su sede, tiene que enfrentarse con el teniente-gober­
nador, don Pedro Cano, que invade el campo de la jurisdicción
abacial, porque el electo se presenta sin las credenciales de su oficio.
Advierte la corte que, aun sin los expresados documentos, le dejen
ocupar su abadía. El verdadero motivo de la injerencia y oposición
era porque el abad había iniciado una acción contra el presbítero
Juan Cano, homónimo del gobernador y probablemente pariente
suyo, por ejercitar funciones eclesiásticas sin la debida autoriza­
ción.
No sabemos el tiempo que Samano administró la abadía, ni de
los casi cuarenta años posteriores tenemos información eclesiásti­
ca. Durante ese incógnito período levantan probablemente la capital
de La Vega, la iglesia y monasterio de franciscanos, y el almirante,
propietario de la isla, designaba abades sin aprobación ni de la co­
rona ni de la Santa Sede 112.

Matrimonios de esclavos.—El licenciado Mateo de Santiago


desembarca en territorio de su sede abacial en 1573 o el siguiente,
y el 5 de octubre de 1574, en breve carta al monarca, califica su
abadía nullius dioecesis, subordinada inmediatamente al papa; lle­
gado apenas a la isla—continúa el escrito— , se entera que jamás
se había administrado el sacramento de la confirmación; había in­
vitado al obispo de Cuba a venirse a la isla para conferirlo y espera­
ba respuesta; sugiere en seguida la conveniencia de pedir a la Santa
Sede para el abad de Jamaica facultad de administrar este sacramen­
to. Describe en el mismo escrito los métodos empleados para arreglar
los matrimonios de los esclavos, que vivían en descarado concubina­
to; sus amos se le habían opuesto enérgicamente y presentaban pf°'
testas y quejas a la corte. El abad— lo asegura en el informe—puede
presentar pruebas de la cristiandad y legalidad de su conducta y

0/ South A m erican Indians IV 5439.


1J c.6.
VA.

11 2 q ^ W ^tory o f (Jie Cathnlic C h u rch in Ja m aica 8s.


C.l3. La Florida. La Iglesia antillana 485

mienda al monarca aparte a los amos todo derecho sobre sus


^clavos; él les exigía en cada caso documentos comprobantes de
sus derechos 113.
El abad M árquez de Villalobos. Visita del obispo de C u ba.
F .tado mísero de la Iglesia.— El rectilíneo abad, después de redac-
el documento reseñado, no sabemos si espontáneamente o in ­
ducido a ello, deja la sede, que queda vacante los ocho años siguien-
tes En abril de 1581 Felipe II designa sucesor al licenciado Francis­
c o Márquez de Villalobos, que llega a su sede en agosto de 1582

con un sacerdote, libros por valor de 200 ducados, joyas de oro y


plata, otros artículos valorados en más de 500 ducados y tres escla­
vos negros.
Su primer informe a la corona es de 8 de noviembre de 1582.
Recibido cordialmente por el vicario y población de L a Vega, todos
se alegraban de saber que les venía prelado enviado por su majestad,
porque habían estado sin él y sin pastor más de ocho años, y esta
vacancia había creado indocilidad y errores no fáciles de extirpar com ­
pletamente. Había encontrado sólo— continúa el abad— el registro
bautismal, aunque en condiciones deplorables. D on Juan de C a sti­
llo, obispo de Cuba (1568-1569), visitador de la abadía por mandato
del rey— expone el abad en son de queja— , se entretuvo en averi­
guaciones marginales a su delegación, y, vuelto a Cuba, envió a
Jamaica a su vicario general, Diego de Bivero, para indagar asuntos
exclusivos de la abadía. La visita— observa M árquez de Villalobos— ,
a su juicio, había sido nociva. Distribuyó también el visitador los
600 ducados de ios diezmos que no eran de su incumbencia— sigue
exponiendo el prelado— arbitrariamente en tres grupos: uno para el
abad; el segundo, para la conservación de la iglesia, y el tercero, para
dos canónigos, un sacristán y niños de coro. Para ciudad tan peque­
ña como ésta— nota el informante— , servida los años anteriores por
dos sacerdotes, bastaban dos curatos y un abad.
En esta ciudad de La Vega— detalla M árquez de V illalobos—
ay una iglesia de estructura muy modesta, estilo antiguo, de azule­
jos y madera, muy pobre, sin otros ingresos que los diezmos anua-
?s- xiste también— prosigue el abad— un monasterio de dominicos
on uno o dos religiosos; viven muy pobres, sin más bienes que las
cía ° Snas ^ue ^es dan. Había también dos ermitas, una de Santa L u -
y otra de Santa Bárbara, sin ninguno que cuidara de ellas 114.
Ioloc Cj CITt0 abaciai refleJa el estado mísero y valetudinario de la
" Sla de Jamaica.

de l t ! nbUC10rí eSw el obisP ° dc Cuba en Jam aica— A propósito


cubano 1 ^ Márcluez de Villalobos sobre la visita del prelado
guel Ránví PrT S10n de ,24 de febrero de *5 7 4 » que encargaba a M i-
dieho ohi V1Slta abadía, ordena que las apelaciones del
Española T , ° Proyisor se presentasen ante el arzobispo de la
• V la cédula de 26 de octubre del mismo año subordina Ja-

114 O .c ., 1 1 -1 3 .
486 Lt Iglesia en la América del Norte española

maica a Cuba y manda al obispo cubano ejercer allí su oficio paslo.


ral como en las demás partes de su obispado, sin que el dicho arzo-
bispo ni el obispo de Puerto Rico se entremetan en la jurisdicción
de dicha isla.
I'l arzobispo antillano, desconocedor acaso de la orden real,
prohibe al obispo cubano visitar Jamaica ni hacer allí auto alguno
jurisdiccional como obispo ni prelado, dejando mano libre al abad;
si el obispo cubano se creía con algún derecho, lo expondría ante ei
arzobispo. Con estas resoluciones despachó la Audiencia dominica­
na cédula real.
Aunque el obispo cubano pidió revocación de la orden, la rati­
fican con auto de 29 de junio de 1588. Se remite la causa al Consejo
dc Indias. Insiste el obispo cubano que está en la pacífica posesión
vel quusi de visitar Jamaica y poner allí «vicarios y provisores que
en su nombre ejercitasen todos los actos de jurisdicción eclesiástica
temporal, y él y su antecesor la espiritual de consagrar y confirmar
y lo demás que suelen hacer los prelados en los distritos sufragá­
neos».
Decide el Consejo de Indias con cédula de 9 de junio de 1592 ó
93 se observen la provisión y cédula anteriormente emanadas, «sin
perjuicio del derecho que el dicho don Francisco Márquez pretendía
0 podía tener acerca de la exención y jurisdicción» 115.

El abad M árquez de Villalobos. Corsarios y huracán.—


Márquez de Villalobos, durante su largo régimen, un cuarto de
centuria— muere en La Vega el 3 de agosto de 1606— , querido de
sus feligreses, amigo de gobernadores, que lo consultaban en asun­
tos de reforma judicial y defensa de la isla, dio a la Iglesia isleña,
dentro de su clima restringido, notable impulso.
Desgraciadamente, los diez últimos años de su abadía, después
de la sorprendente victoria inglesa sobre la Armada Invencible
('1588), naves potentes de aquella nación la hacen sentir agobiante
en las Antillas y en las costas orientales del imperio ultramarino
español. A principios de 1597 una flota de siete naves, a las órdenes
de sir Anthony Shirley, toca en Jamaica; sus ocupantes se apoderan
de La Vega y permanecen allí saqueando e incendiando casas; la
abadía lo pierde todo: dinero, joyas, mobiliario y ornamentos.
En agosto del mismo año, un huracán destruye parcialmente los
muros de la iglesia y deteriora el tejado, de manera que en octubre,
época de lluvias, no pueden decir misa. El mismo huracán reduce
a ruinas el monasterio dominico, y los religiosos, sin medios para
su reconstrucción, están en trance de dejarlo. En 1599 el nuevo go_
bernador, don Fernando Melgarejo, expone a la corte las apremia11'
tes n.ec(-sidades^ y obtiene dos mil ducados para reconstruir y apr0"
visi'.nar la iglesia. Márquez de Villalobos inicia la obra, que la m^ei'
1 no le permite terminar 11<\
Durante la sede vacante queda al frente de aquella iglesia d
vicario Juan de Cueto, oriundo de la isla.
11 ^ (l \)[ ] 1 7 ; 2 X/>s
1 16 I )j;i.ANY, O.C., 14,
C.13. La Piarida. La Iglesia antillana 487

Cabeza» A ltam irano, visitador de Jamaica. La Iglesia, des-


dacla._invitado por las autoridades de L a Vega, que le expo-
CÜ1 los graves inconvenientes, desórdenes y necesidades espiritua-
í1,^1 c o n s e c u e n c i a de l a muerte del abad, viene a visitar Jamaica
i rio de 1608) el obispo de Santiago de Cuba, el dominico Juan
Mas Cabezas Altamirano (1602-1611). Permanece en la isla cuatro
e>ses ocupado en asuntos eclesiásticos, y administra el sacramento
de la confirmación, que hacía siete años no se había dado.
Desde La Habana (20 de julio de 1608) remite a la corte detalla­
do informe de la visita, del que entresacamos los puntos más salien­
tes El primer domingo de cuaresma, ante la población reunida en
la iglesia, por encargo del obispo, predica fray Juan Fusteros, su­
perior del recién establecido convento franciscano, y lee después
el secretario y notario del obispo el edicto de la visita. Inquiere el
prelado las prácticas y conducta principalmente del clero, m uy
escaso en la isla; castiga pecados públicos y provee remedio de abu­
sos. Uno muy notable era que algunos sacerdotes, desprovistos de
facultad, habían asistido al matrimonio eclesiástico de unas doce
personas que vivían después con mucho escrúpulo y con no p e ­
queño escándalo. Lo habían hecho por ignorancia, creyéndose con
jurisdicción de curas, mientras la abadía se encontraba acéfala. E l
visitador lo remedia todo observando las normas tridentinas de los
matrimonios y restableciendo la paz y el orden ,17.
El jueves santo, el prelado consagra los óleos, hace la ceremonia
del lavatorio de los pies y predica el sermón del mandato, rito d evo ­
tamente conmovedor para los nativos, que nunca lo han visto. Por
primera vez en la isla, aquel mismo día, por la tarde, confiere el
visitador las órdenes mayores y menores a algunos estudiantes que
consiguen de diversas partes dimisorias. El domingo de Pascua cele­
bra de solemne pontifical y los días siguientes administra la confirma­
ción a más de seiscientos; bendice también la ermita y el monasterio
franciscano de San Diego.
Inventaría las propiedades de la Iglesia: limosnas, entradas y ta ­
sas; determina, después de acaloradas contiendas, el orden de anti­
güedad, y averigua que las capellanías por él fundadas ninguno se
había preocupado de regularizarlas.
Como término de la visita concreta cn escrito algunas órdenes:
istnbución de diezmos, según la norma del obispado; registro de
ntos Y de entierros, diligentemente llevado; los honorarios de los
¡'ervie.Kxs eclesiásticos y los estipendios de misas, bien determinados;
1 ?n° *lestas de guardar y de misas que se debían celebrar por el
Pueblo; un libro de asistencia, otro para las capellanías fundadas,
_lsc rcc°nocimiento de tasas fijadas a las cofradías y capellanías,
<sPccto administrativo de la Iglesia enteramente olvidado 118.
visit; a multiforme actividad que el obispo cubano desarrolla en la
Iplofii 1 Tcntr.ever algo del torpor e incuria en que vegetaba la
' ,l de Jamaica. Los dos monasterios: el franciscano, recién fu n ­
488 La Iglesia en la América del Norte española
dado, y el dominico, más antiguo, en grande pobreza, reducidos a |a
mínima expresión de residentes, probablemente con sendas capilla
adjuntas, serían notable ayuda para el ministerio eclesiástico, ejercido
por escasísimo clero.
D on Juan de Cueto queda confirmado por el obispo cubano
superior eclesiástico de la isla durante la sede vacante, y don An­
drés Gallego, párroco de la iglesia de L a Vega. D on Bernardo de
Balbuena ocupa la abadía en mayo de 1609 119.

C A P I T U L O X I V

La Iglesia de Yucatán *
Territorio de Yucatán. Fracciones geográficas y culturales
mayas.— Yucatán, territorio ocupado por los mayas, abarcaba a
principios del siglo xvi, al iniciarse la conquista española, toda la
parte septentrional de Mesoamérica, la actual República de Guate­
mala, con excepción de las tierras bajas a lo largo del Pacífico;
algunas regiones occidentales de Honduras y E l Salvador; la actual
Belice y Honduras Británica, toda la península de Yucatán, el estado
de Tabasco, menos la zona occidental, y en el estado de Chiapas, la
porción oriental entera. L a extensión máxima del suelo maya, de
este a oeste, alcanzaba unos 560 kilómetros; de norte a sur, desde
las costas septentrionales del actual Yucatán hasta la latitud 14o o',
su extremo meridional, 850 kilómetros aproximadamente *.
Geográfica y culturalmente destacan en el vasto territorio tres
fracciones diversas: septentrional, central y meridional.
L a última, la altiplanicie de Guatemala y sectores adyacentes de
la República de E l Salvador, con elevadas montañas de picos que
recuerdan su pasado volcánico, ofreció sus valles y extensas mesetas
a las poblaciones mayas. L a tierra, rica de escona, estimulada y re­
animada por un clima templado, se presentaba fecunda en plantas
y animales. Esa exuberancia brindó a los mayas ventajas notables
para su cultura: la tierra lávica, con sedimentos de obsidiana, les
facilitó elementos para construcción y para elaboración de cuchillos
y puntas de lanza; tufo y piedra esponjosa utilizables en la manu­
factura de la cerámica; marcasitas de hierro para sus espejos; Ia
hematites para el tinte rojo con que teñían sus rostros. E n las riberas
fluviales rebuscaban piedrecitas de oro y algo de cobre.
Las plumas del quetzal, ave de colores brillantes y vistosos,
codiciosa de grandes alturas, que alegraba la altiplanicie noroeste de
# Siglas y abreviaturas:
G Í M C B = G a r c í a I c a z b a l c e t a , Bibliografía mejicana. .. N ueva edición p o r A . M il1-*
r e s C ap lo .
* ^ rLEGRE» Historia de la provincia... N . España, ed. Burrus-Zubillaga.
H ernáez, Colección de bulas.
p k Jm v ^ C o o o lu jd o , Historia de Yucatán.
119 Q r Nolas y acotaciones a la Historia de Yucatán .

1 RMHY 8.
C.l4. La Iglesia de Yucatán 489

mala y partes adyacentes de Chiapas, constituían la industria


^ua erclQ preferente de los mayas; eran las mantas de armiño de
^ Cella época y servían a los nativos como ornamentación simbólica
a lU c a r a c t e r i z a b a la categoría de los jefes. Artículos apetecidos de
qUe e r c io maya eran también el cacao y el jade, algo así como el
c° m a n t e d e entonces, existente en los cauces de los ríos, muy apre-
iado en los mercados de Mesoamérica 2.
C Fn la zona central alcanzó la cultura maya su nivel más alto.
Abarcaba esta porción las tierras bajas del norte y noroeste de la
altiplanicie d e Guatemala hasta las altas comarcas de Chiapas, situa­
das en su mayor parte, de 30 a 180 metros sobre el nivel del mar,
cruzadas por ríos caudalosos, como el Usamacinta y sus afluentes
San Pedro, la Pasión, el Candelaria y el Mamantel, que desembocan
en la laguna d e Términos, y el Belice, que se desliza hacia el mar
Caribe. Los muchos lagos y lagunas de la antigüedad son actual­
mente pantanos.
En el interior del actual distrito de Petén, jurisdicción ahora de
Guatemala, limitado por las orillas del Usamacinta y el Belice britá­
nico, florecieron las mayores ciudades mayas y los monumentos con
textos jeroglíficos. El paludismo, las fiebres intestinales, el avance de
la selva tropical, que, en su irrefrenable invasión, cerraba caminos,
destruía recursos naturales y se entraba en la población, fueron ale­
jando a los habitantes de la comarca 3.
Fue precaria la situación de la cultura maya en las tierras altas
de Chiapas, que llegan a 1.500 metros, cubiertas de pinos y sabanas
de encinas; y en la pequeña zona montañosa del sudeste, con eleva­
ción de unos 600 metros, exceptuada la gran ciudad maya Copán
y algunas partes de Belice. El centro de toda esta región, cubierta
generalmente de bosques, es pobre de recursos naturales, si exceptua­
mos los valles. La piedra calcárea era el elemento más usado en las
construcciones y esculturas. Aparecen depósitos de pedernal y varie­
dad de piedra sílice, que sustituyeron a la obsidiana. El granito exis­
tente en una pequeña zona de Belice lo utilizaron los mayas para sus
metates; el artículo más codiciado era el cacao, transportado por la
ruta que atravesaba el centro de Petén a la altiplanicie de Guatem ala
y a los puertos de embarque para exportarlo 4.
La cultura maya, fenómeno no fácilmente explicable, alcanzó
Precisamente el ápice de su progreso en esta porción central pobre,
nativo podía disponer allí sólo de aperos de piedra y del fuego
la Una lucha constante contra la irreducible selva, que se lanzaba
mponente contra sus sembrados ?.
t|e fracción septentrional se extendía por toda la parte saliente
honv PCninSU^a de Yucatán, que actualmente comprende el estado
Quintmm°p y la mayor parte del de Campeche y del territorio de
^ional1111 Clima muy seco, sobre todo en la zona más septen­
io p[ y vegetac.ión mezquina conforme se avanza hacia el norte.
a calcárea que cubre toda esta comarca hace que las lluvias
490 La Iglesia en la América del Norte española

se rezumen hasta lo más hondo, faciliten un sistema de avenamiento


muy curioso a cenotes esparcidos por la zona y Yucatán no carezca
de agua. A pesar de todo, la región estuvo muy poblada de mayas,
que cultivaban el algodón, con que tejían y decoraban mantas, qUg
exportaban extensamente b.
Aunque los mayas de la región central alcanzaron mayor des­
arrollo y progreso, los septentrionales dejaron huellas más profun­
das de su existencia y cultura.
Los centros más importantes de las tres zonas fueron Kaminal-
iuvo, cercano a la ciudad de Guatemala, en la meridional; Copán,
Quirigua, Bonampak, Palenque, Tayasal, Uaxactun, Tikal y Y ax-
chilán, en la central; Uxmal, Kabah, Sayil, Labná, Oxkintok, Maya-
pán. Tzamal, Chichén Itza, Cobá y Tulum, en la septentrional 7,

Lengua. Cacicazgos.— La mayoría de los habitantes de Ta­


basco, de raza maya, hablaban el chontal, lengua afín al maya de
Yucatán y más semejante aún al cholti y chorti. Estas dos últimas
lenguas, con el chontal, tan parecidas entre sí que pueden conside­
rarse variantes de un solo idioma, se extendían, al tiempo de la
conquista española, a través de la base de la península de Yucatán,
hasta Copán, occidente de Honduras. D e los tabascanos, seis pobla­
ciones próximas a la sierra de Chiapas hablaban el zoque, y ocho pue­
blos al sur y sudeste de la Chontalpa y en Xicalango, cerca de la
laguna de los Términos, el náthuatl. Con excepción de estos dos
últimos idiomas, todos los demás: el chontal, el chol y el chorti y
otros, formaban la familia filológica de los mayas 8.
El territorio de Yucatán, a la venida de los españoles, se hallaba
desintegrado en diecinueve cacicazgos independientes, resultado de
la dispersión seguida a la caída de Mayapán y de la división creada
por la guerra civil al desmoronarse el poder central. L o s jefes mayas
retenidos como rehenes huyen, se refugian en diversas zonas de la
península y crean las indicadas jurisdicciones independientes. Cada
jefe de cacicazgo, seccionado en distritos, denominado Halach Uinic,
tenía un subalterno, batab, con su lugarteniente, kulel. P r e d o m i n a b a
entre ellos un clima de inquietud y de conflictos bélicos 9.

Clases sociales. Indumentaria.— Tres clases constituían la so­


ciedad maya: nobles, plebeyos y esclavos. A los primeros les e sta b a n
reservados los derechos de gobernar, acaudillar y poseer las m ayor#»
riquezas y ias profesiones sacerdotales y mercantiles, explotai a
agrupaciones más débiles, especialmente a los esclavos, botín
guerra. Se consideraban plebeyos— el gremio más numeroso de a
población maya los trabajadores no sujetos a esclavitud, los arte­
sanos, pescadores, agricultores y comerciantes al por menor. L°s
eslavos, muchos en las comunidades mayas, generalmente prisión^
r o s de guerra, pertenecían a los nobles y a plebeyos ricos.

(i O . C . , 1 2.
7 L.c
9 r í i i 2 |- f j ' RARi'- L "'' ya I ! i 85.
ante el probletna niciy,
L.x distribución d< los cacicazgos en HM 1 IY i 0 7 - 1 1 7 .
C .l4. La Iglesia de Yucatán 491

Los pueblos mayas de una provincia, aunque admitían algún de-


I o de propiedad privada, poseían tierras y salinas comunes, sin
Sminos ni mojones de división 10.
En la indumentaria, asegurada con vendas de hilo de algodón
Vio de un palmo de ancho, ceñidas con varias vueltas al cuerpo,
briéndo el pudor más elemental, traían una jaquetilla sin mangas,
de muchos colores, y mantas pintadas, por capa, con un nudo al
hombro; en la cabeza, cortada la cabellera, dejaban una como co­
rona, y sobre la frente, un mechón, que levantado con una venda de
papel, parecía cresta; el pelo del cogote, largo, o lo entrenzaban o lo
cogían a la cabeza; calzaban unas como sandalias de cuero de venado
o de henequén.
Las mujeres llevaban mantas de colores sujetas a la cintura; a los
pechos, una redecilla, que muchas veces les servía de toca, y con
ella recogían la cabellera; con una manta suelta cubrían el cuerpo
desde los hombros abajo; andaban generalmente descalzas u .

Panteón m a y a .— En el panteón maya Itzamná era la deidad


principal, simbolizada como monstruo en forma de lagarto. Cuatro
Bacabs, que figuraban los cuatro puntos cardinales y divinidades de la
lluvia, las llamaban Chacs; algunas representaciones de estos núme­
nes, semejantes a cruces, pero que sólo eran árboles convencionales
pintados de verde, engañaron a no pocos españoles, que imaginaron
ver en ellas el signo cristiano. Tributaban también culto los mayas
a la deidad del viento (Pauahtunes) y a diosas. Las principales activi­
dades indígenas: cazadores, cantores, danzantes, pescadores, agri­
cultores y hasta los borrachos, tenían su numen protector. Trece
cielos daban morada a todas las deidades; el genio del mal: Cumhau
o Hunhau, ejercía su poder en nueve infiernos; había también otros
númenes malignos: A h Puch, Xibalba y Cizin.
Sacrificaban también víctimas humanas a las deidades y practi­
caban moderado canibalismo. Bautizaban a los niños, ayunaban,
observaban continencia y consumían licor fermentado, sin que en
estos ritos se pueda reconocer procedencia cristiana 12.

El convento franciscano de C am p ech e. Padre Villalpando.


scuela. B autism os.— Finalizada la tercera y última etapa de la
conquista de Yucatán (1535-1546), los franciscanos erigen convento
er>Campeche, con el título de San Francisco, en 1547. Residen en
^ los padres fray Luis de Villalpando, comisario; fray Juan de A l-
lyj ^ray Angel Maldonado, fray Lorenzo de Bienvenida y fray
te ° r de Benavente, y el lego fray Juan de Herrera. Con intérpre-
lr»ician la catequesis y la predicación; muchos se preparan al
bautismo y lo reciben.
por 1 padre Villalpando, bastante impuesto en la lengua, se lanza
as ser,‘anías a reducir y congregar indios; a sus ruegos y amones-
10 ('i -
11 (^ • >17-119.
1.' 119-121.
0 •, II L anda, Relación cíe las cosas de Yucatán i ts-1.27.138-157; G ir a r d ,
492 La Iglesia en la América del Norte española

taciones, muchos nativos descienden a los llanos y van surgiendo


poblaciones más o menos numerosas en el distrito de Campeche
v por las inmediaciones del camino que conduce a Mérida. Ya todos
ios franciscanos de Campeche misionan: fray Melchor de Benavente
y fray Angel de Maldonado, ocupados por algún tiempo en el apren-
dizaje de la lengua, ayudados por intérprete, pueden usarla en la
predicación. El lego fray Juan de Herrera levanta escuela donde los
niños entregados gustosamente por sus padres aprenden las oraciones
y muchos a leer, escribir y cantar. Las primicias recogidas son nu­
merosas; en menos de ocho meses— anotan las crónicas francisca­
nas— todos los habitantes de la región de Campeche, llamados Chi-
kin Cheles, habían recibido el bautismo; adultos, más de veinte mil,
sin los niños y niñas, que eran muchos más 13.

En Mérida. Catequesis. Caciques convertidos.— El padre co­


misario con fray Juan de Herrera pasan a Mérida. Acogidos efusi­
vamente por el adelantado Francisco de Montejo, gobernador y
capitán general de 1546 a 1549, escogen para erigir convento una de
las eminencias donde se levantaba un templo pagano. Convocados
todos los caciques y señores principales de la región, el padre Villal-
pando les expone en su lengua los designios de su venida y les pide
sus hijos para instruirlos y enseñarlos. Los convocados, a pesar de
la inicial promesa generosa, atemorizados después por sus sacerdotes
paganos, que les hacen ver en la demanda del misionero malévolos
fines, no quieren entregarlos. Con ingente trabajo puede el padre
Villalpando reunir más de mil muchachos, muchos de los cuales
ayudarían posteriormente a los religiosos en la catequesis e instruc­
ción de sus connacionales. La educación de estos niños correría a
cargo de fray Juan de Herrera 14.
El padre Villalpando y el padre Benavente, que, mientras tanto,
ha pasado de Campeche a Mérida, catequizan en la ciudad y pueblos
vecinos. Convertidos dos caciques, uno del pueblo de Zicilpach o
Zicipach y otro de Caucel, distantes dos leguas, dice Cogolludo,
de la ciudad de Mérida, les confieren el bautismo solemnemente y les
imponen el nombre de Francisco por el adelantado que actúa de
padrino en la ceremonia. El cacique de Caucel, Francisco Euan, con
su ejemplo, atrae a muchos al bautismo, aprende a leer y escribir, es
fidelísima ayuda de los misioneros y muere cristianamente en 15^°

Por los pueblos de la sierra. Catequesis. Bautismos. Indios


absueltos.— Los religiosos se dispersan por los pueblos de la sierra,
acogidos hostil o benévolamente— en una ocasión corren inminente
peligro de ser quemados— , y convierten a no pocos. Unos dos mu
indios se juntan para hacerles convento e iglesia y los erigen rápida*
mente. Muy pronto funciona la escuela. Adultos y niños a s i s t e n a la
instrucción prebautismal; de los segundos bautizan m u c h o s . ExiseI1
en lo s a d u l t o s para la recepción del sacramento libertar los esclavos
C.14. La Iglesia de Yucatán 493

mente retenidos. Los nativos, ante aquella decisión, se rebe-


matar a los misioneros y resueltos a ejecutar sus desig-
>nJu s * ¡ p r e n
k,n■ ^cercanles la casa. L a oportuna venida de soldados españoles
n'0S a los acosados de segura muerte. Pueden identificar a los princi-
les responsables y a 27 de ellos los llevan a M érida para ser juzga-
íf oor el adelantado. Los reos confiesan su culpa y oyen la senten-
°. jian ¿e Ser quemados. En el momento en que, encendida la h o ­
guera los condenados van a ser lanzados en ella, el padre Villalpando,
según consigna anteriormente ideada, ruega y suplica al adelantado

mente a los ruegos del misionero y se los entrega absueltos y libres.


El cariño con que los acoge el franciscano suscita en los perdonados
y entre los indígenas grande veneración y amor por los misioneros.
Villalpando se vuelve a Maní, 20 kilómetros al este de T i c u l 16,
con los casi interfectos para recoger los frutos de su acción lib erta­
dora; muchos se bautizan, y entre ellos el señor de la comarca 17.

Nuevos misioneros. C o n ven tos erigidos.— Seis misioneros, a


las órdenes del comisario y futuro prelado de Yucatán, fray D ie g o
de Landa, llegan a Campeche para asociarse a la labor efectuada por
sus hermanos de hábito en pueblos y montañas. Villalpando deja
en Maní al padre Benavente y parte a Campeche para dar el saludo
de bienvenida a los recién llegados 18.
Reunido? todos en Mérida, celebran por pascua de Pentecostés
do 1549 capítulo. Villalpando recibe el nombramiento de custodio.
Meses después (29 de septiembre), en capítulo custodial reparten
los cargos definitivos y confirman a Villalpando en su oficio. L o s
conventos erigidos son cinco: Mérida, Campeche, M aní, C u m k ai
(Concal), norte del actual Yucatán, Itzamal (Izamal) a unos 40 k i­
lómetros al este de Mérida 19, regidos por sus respectivos guardia -
nes: fray Juan de la Puerta, fray Diego de Béjar, fray Juan de A lb a -
late, fray Luis de Villalpando y fray Lorenzo de Bienvenida. L o s
mencionados conventos forman la custodia de San Tosé de Y u catán
dependiente de Méjico 20.

eidMaS Tmisí?ncros ? uc Uegan. E l padre Landa. Pueblos eri-


m eT VaS CÍnC° residencias no bastan para atender satisfactoria-
relig a 1
grandes necesidades del campo apostólico. L o s pocos
giosos del convento meridense no pueden visitar m uchos nut»
de convento E V?Uadoiid' de P°blac‘° n numerosa, está desprovista
Piiot-f Envían a España, en la flota de 1550, a fray Tuan de la
5ta- fray Angel Maldonado, a reclutar m isioneros^
r X
' S r 5 apostólic° s <lue van »egando a Yucatán
V para facn?, " V lla lPandl° aPrcndan c u a n to " « e s la lengua maya,
tacihtai su labor ha compuesto una gramática. E l padre
lft n ^
n Cubas, Diccionario I V i8.
18 l hw ’ 1 5 c -7-8 p.262-266.
19 p * ’ ,C Q P 267- 269.
20 L p h v9 ubas. Diccionario III 285.
21 Ihiri ’ 5 C-9 P 269.
l b i d -. P 26qs.
494 La Iglesia en la América del Norte española

Landa explora las tierras de Itzamal; funda pueblos en sitios ase­


quibles, donde puede predicar y administrar los sacramentos más
fácilmente. Los nativos han intentado matarlo. Convence a indíge­
nas serranos que desciendan al asiento preparado en Oxcutzcab (Ox-
cutzcab), a 18 kilómetros al noroeste de Tecax 22, y allí los cate­
quiza y bautiza a muchos. Incansable operario y caminante, se
interna por la comarca de Valladolid, catequizando, bautizando e
instruyendo, y erige algunos pueblos 23.
El segundo capítulo custodial, reunido en 15 5 3 » elige como pri­
mer guardián del convento de Valladolid, apenas fundado, a fray
Fernando de Guevara 24.

Ordenanzas reguladoras.— El licenciado Tomás López, oidor


de Guatemala (1548-1552) 25, después de visitar Yucatán, promul­
ga, en nombre del emperador, ordenanzas para regular la convi­
vencia justa y pacífica entre españoles, encomenderos y nativos.
Recogemos algunas que pueden interesar al clima eclesiástico. Los
caciques, gobernadores, principales y alguaciles de aquellas pro­
vincias residirían en sus respectivos pueblos; la ausencia injustificada
de sus puestos y oficios de más de cuarenta o a lo más cincuenta
días, se castigaría en sus personas y bienes. Para evitar confusión
y discordias, pueblos de cincuenta o menos vecinos los regiría un
cacique, asistido por un principal, el más anciano y virtuoso de
los habitantes; los demás serían maceguales; los de cincuenta hasta
cien vecinos, un cacique con dos principales; los de ciento cincuenta
hasta doscientos, tres principales ayudantes del cacique; para cua­
trocientos vecinos podían señalarse cuatro o cinco principales con
el cacique, pero nunca más, aunque fueran más los vecinos26.
Insisten las ordenanzas en la obediencia de maceguales y ple­
beyos a la autoridad. Los nativos se reunirían en pueblos, fundados
en sitios cómodos y convenientes; cada vecino dispondría de casa
de piedra, según la traza que se le diera. Dentro del pueblo, para
que todo estuviese muy limpio, no prepararían milpas ni plantarían
arboledas; sólo algunos árboles frutales. Otras ordenanzas prohíben
emigraciones de nativos, juntas nocturnas, la esclavitud y el abuso
de poder bajo cualquier forma 27.
El oidor aborda plenamente el aspecto espiritual. Cada pueblo,
dentro de dos años inmediatos a la promulgación de las o r d e n a n z a s ,
tendría su buena iglesia, única, de adobes y de piedra, y a d e re za d a
como convenía ai culto divino; y en su construcción trabajarían
todos; iglesia, oratorio o ermita que hubiese de antes, por la PaZ
y comodidad de los vecinos, los destruirían. A los nativos que inS*
truidos obligatoriamente en la doctrina cristiana y ley de Dios las
aceptaban voluntariamente y deseaban ser cristianos, los bautiza
rían Pam facilitar esta enseñanza erigirían escuelas de doctri^3
cristÍ3r en sitios señalados por los religiosos, y los caciques y Prin"
,j.

25 ScmXf f . r , El Consejo II 437-


26 LGHY, 1s c.ió p.292-294'
27 Ibid., p . 2 9 4 -2 9 6 .
C .l4. La Iglesia de Yucatán 495

se encargarían de la ejecución, de sustentarlas y de la asis-


c'Pa jos naturales, según las directivas de los misioneros.
tCT ia a u to r id a d e s negligentes o reacias las castigarían con cárcel 28.
^ í s días señalados por los operarios apostólicos— continúan las
, anzas_todos los del pueblo, reunidos detrás de una cruz o
°f dón alzados, irían a oír la explicación de la doctrina y volverían
penei mismo orden. Si algún nativo, después de bautizado y haber
en otado la ley de Dios, persistiendo en la infidelidad, im pedía la
d e d ic a c ió n del evangelio y se mostraba hostil a la nueva fe, escan­
daloso y dañino a los indígenas cristianos con sus ceremonias e
idolatrías, lo conducirían preso a pueblo de españoles, donde sería
castigado con todo rigor para eliminar así el ejemplo perjudicial
de los nativos 29. Los religiosos, como tendremos ocasión de in d i­
carlo, se atuvieron fielmente a la severidad de esta ordenanza.
Ningún indio— preceptúa el oidor— erigiría ni tendría escuela
para enseñar la doctrina cristiana ni predicar el evangelio ni p ú blica
ni privadamente. N o erigirían iglesias, ni pintarían ni pondrían
imágenes en ellas, ni bautizarían ni casarían a ningún indio sin li­
cencia ni expresa instrucción del prelado de la provincia o de los
religiosos encargados de la doctrina.
Los nativos cristianos— van concretando las ordenanzas— deja­
rían sus ritos e idolatrías antiguas; no poseerían ídolos ni consen­
tirían que otros los poseyeran y les sacrificaran animales u h olo ­
caustos algunós, ni sangre propia «horadándose las orejas, narices
o otro miembro alguno», ni les encendieran copal ni les hicieran
honra. N o observarían ayunos, ni celebrarían fiestas como lo acos­
tumbraban antes.
Indio que hubiese recibido una vez el bautismo no se volvería a
bautizar, ni consentiría que otros se acercasen dos veces al sagrado
rito. A los niños o párvulos los llevarían sus padres a bautizar, no
escondiéndolos por temores supersticiosos, cuando los religiosos lo
disponían o se los pedían 30.
Nativos bautizados que tuviesen varias mujeres— seguimos es­
pigando las ordenanzas— lo declararían al obispo o religioso de su
°ctrina, y averiguada por éste la legítima, dejarían las demás bajo
pe,na/ e azotes y de ser entregados, en caso de obstinación, a las auto-
los S CSPai as- ^ culpables de adulterio les darían cien azotes y
soltremitlrían tribunal español. Caciques y principales indios
' ° anan las esclavas con quienes vivían amancebados. N o se casa-
ciem U! CSCOn<^ ^ a 11i clandestinamente, ni los contrayentes ni los
L0 UjS ° cu^ai'ían dolosamente impedimento matrimonial existente,
con i ^ amos scrían castigados públicamente y herrados en la frente
bienesT0 ° f lcntc a manera de cuatro; perderían la m itad de sus
y se obligarían a vivir con la primera mujer 31.
birh lnSUn indi° — continuamos reseñando las ordenanzas— reci-
aséate por su hija del que pretendía casarla, ni después del
-8 UMd.
496 La Iglesia en la América del Norte española
casamiento impediría al yerno sacarla de su casa. N i el casado ven-
dería a su mujer por culpa que reconociera en ella o en el suegro.
Los aborígenes— concreta el oidor de Guatemala— no pondrían
a sus hijos nombres paganos ni divisas o señales que indicaban con­
sagración al demonio 32.
El celoso y preceptista oidor invade también el ambiente más
reservado de los nativos. Todos los indios se hincarían de rodillas
dondequiera que encontrasen el Santísimo; al toque del Avemaria
rezarían la oración acostumbrada y harían reverencia a la cruz y a
las imágenes del Redentor y de su bendita Madre. Todos también,
dos veces al día, una por la mañana, al iniciar sus labores, y otra a
la tarde, al acabarlas, irían a la iglesia de sus propios pueblos a
rezar el Ave Marta, Pater noster y lo demás y encomendarse a Dios;
y siempre que entraban en la iglesia y mientras estaban rezando, y
en los divinos oficios, y al signarse y santiguarse y oír misa, y en to­
dos los demás actos religiosos se atendrían a las ceremonias, reveren­
cia y humildad que les enseñaban sus doctrineros, so pena de ser,
por la primera vez, gravemente reprendidos 33.
Sus comidas y cenas domésticas— continúa el detallista regula­
dor— las harían sentados en mesas con manteles, esmerándose en
la limpieza, con su familia, acompañándolas, puestas las manos, de
la bendición y acción de gracias enseñadas por los religiosos; al
tiempo de acostarse y de levantarse se signarían y santiguarían, se
encomendarían a Dios y rezarían las preces aprendidas en la doctrina.
Van desgranándose las ordenanzas en minuciosos preceptos:
prohibición de agüeros y hechicerías, de labrarse el cuerpo hombres
y mujeres, mandato de socorrerse mutuamente en necesidades y
enfermedades corporales— en los ambientes yucatecos ni la familia
misma se preocupaba de la enfermedad de uno de sus miembros—,
de avisarlo, cuando se agravaba la enfermedad, al cacique o a la
pers ;na designada por los religiosos en cada pueblo, para la oportu­
na administración de los auxilios espirituales; obligación de preve­
nir a los enfermos para que arreglasen su alma y dispusiesen de sus
bienes por testamento. Insiste el oidor que desarraiguen la esclavitud
bajo cualquier forma, los convites celebrados por todo el linaje o
todo un pueblo, con el consiguiente barullo y desenfreno, los mito­
tes nocturnos y los brebajes con que se emborrachaban los nativos34-
Capítulo relevante también de las ordenanzas que r e s e ñ a m o s ,
con las de vigencia social, económica y aun higiénica. Para evitar
hambres, no raras en aquella tierra, cuidarían los c a c iq u e s de
los maceguales sembrasen, para no verse desprovistos de víveres.
Erigirían haciendas de labranza y cría de ganados y enseñarían a los
nativos oficios mecánicos y les obligarían a practicarlos y enseñarlos
también a otros. C o m o el tejido de mantas de algodón, principa
industria de la tierra, cargaba sobre las mujeres, lo enseñaría a l°s
maceguales, v ¿stos ayudarían después a las indias en la manuftc*

-¿ \y , p.2go.
' * .id., 1.5 C . í 8 p.2998.
Ibíd., p .300-304.
C.14. La Iglesia de Yucatán ^
i ios vestidos. Para remediar la desnudez femenina no dejarían
tara- a a* de vestir una camisa larga y encima su vaipil, y los indios
iaS m 1 ■ v zaragüelles, y todos procurarían traer calzado, a lo
sUS Ca alnareatas. Les recomendarían la máxima limpieza en sus
^^especialm ente en tiempo de enfermedades y crianza de sus
'* 35
hlJ°Como los nativos— concretan las ordenanzas— , entretenidos en
i caza con arcos y flechas y distraídos por los montes, descuidaban
us haciendas, les quemarían esas armas; para caza de entretenimien­
to o matar algún animal fiero, el cacique tendría en depósito tres
docenas de arcos con sus flechas, utilizables según la necesidad que
se presentase. . . . . . , • .
Para facilitar la comunicación de unos pueblos con otros abrirían
caminos anchos y capaces, con calzadas y reparos, y las autoridades
se encargarían de arreglarlos todos los años. Cuidarían el buen trato
de los maceguales y de cualquier vejación inferida a ellos darían
cuenta a los protectores de indios señalados por el oidor. N o exigi­
rían de los indios sino tributos justos, productos debidamente paga­
dos y su trabajo libre y honradamente remunerado.
A los caciques, por su administración y gobierno, les propor­
cionarían cada año una milpa de maíz y otra de fríjoles 36.
Sobre todo en la proyección eclesiástica y religiosa de las orde­
nanzas, parte la más destacada del documento, tendrían los fran­
ciscanos influencia y aun intervención no insignificante, pues Y u ­
catán era entonces campo apostólico casi exclusivo de los hijos de
San Francisco.

Expedición de m isioneros. Y u c a tá n y G u a te m a la , p r o v in c ia
independiente.— Los ministros del Evangelio, atentos a la organ i­
zación interna de la Orden y al ministerio con los indios, van co n ­
vocando asiduamente congregaciones custodíales y ordinariamente
ca a cuatro años capítulos custodíales. E l quinto lo celebraban en
en a el 12 de noviembre de 1560, presidido por el conocido fray
Uiego de Landa, futuro obispo 37. >
mism ef a una expedición de diez nuevos misioneros y, al
do pn A emP0’ determinación, tomada en el capítulo general reuni-
Provinciam l01! I?-59, d! y Guatemala anidas form en
la decisión * P-‘j Cnte Ia de M éjico. Quieren ejecutar en seguida
rida capítulo^ enSe, yi ,13 sePtiembre de ^ 6 1 juntan en M é -
presidido nor f e V1F ia P a n e ro congregado allí con este título,
? fray Diego d r L n d a nCF COH ? i*""' EUgen PrÍmer Provindal
los seis tomvnf,, !' Funda,n también en esta junta, además de
s«<fcsle de AcancdTí» ***’ • Hornún, a unos 15 kilómetros
*eK y el de n. • . ' con su Prirner guardián, fray Andrés de Bru-
^ m pech e^ ? unos 88 ^lómetros al nordeste de la ciudad
^ * Vera como guardián'"». ° l" “ « “ fra>"
■'ft ll-.r}’’ C-19 P-30¿"304 -to „

37 l b ¿ ’ K f p 306 , 0 8 39 < * ^ : C^ ^ 6 Ü8AS, D kci0nari0 111 2 l 7-


3 8> 40 L G H Y , 1.6 C.I p.308.
498 La Iglesia en la América del Norte española
La nueva provincia, con muchos de sus miembros conocedores
de la lengua y aclimatados al ambiente étnico y moral del territorio,
va consolidándose e innovándose y mejorando sus métodos de*
apostolado.

Proceso contra nativos idólatras. Uno de tantos hechos ve­


nidos a la luz por casualidad descubre a los misioneros la sinceridad
que podía haber en las conversiones indígenas e influye no poco en
ei rumbo posterior de la actividad franciscana. Yendo de caza, un
domingo, con sus perrillos, Pedro Che, indio, portero del convento
de Maní, los animales, entrando en una cueva, arrastran fuera un
venado pequeño, acabado de matar y arrancado el corazón. Se
asoma el indio a la caverna y percibe aroma de copal. Entre curioso
y perplejo avanza, y encuentra altares y mesas con muchos ídolos
rociados poco hacía con la sangre del venado. Corre a casa a noti­
ficárselo a los religiosos. El padre Landa, provincial, puesto a la
búsqueda, da muy pronto con los autores del culto idolátrico y,
constituyéndose inquisidor, procede contra ellos a información ju­
rídica. Comprueban de presto que el sacrificio idolátrico de la cueva
de Maní no es caso único; bautizados de otros pueblos: los cupules
de la comarca de Valladolid, cochauaxes de Zotura, los canules y
otros lo practicaban también. Enterado el padre Landa que cristia­
nos, muertos pertinaces en su idolatría, habían sido sepultados en
sagrado, los hace desenterrar y echar sus huesos por los montes.
Sustanciadas las informaciones de los idólatras de Maní, decide
Landa celebrar en el pueblo auto público, como de inquisición,
para atemorizar a los nativos, y pide, para ejecutarlo, la ayuda del
alcalde mayor. El delegado, además de dársela, quiere estar presen­
te al acto, acompañado de lo más distinguido de toda la tierra.
Quieren con esto solemnizar el juicio, dar prestigio a los misione­
ros y reprimir desórdenes y alborotos que podrían suscitarse. La
novedad del espectáculo atrae enorme multitud de indios. Mien­
tras, en nombre de la autoridad real, se lee la sentencia y castigos
de los idólatras, pesa en el ambiente emoción profunda. El cronista
relator pasa por alto la pena que se aplica a los reos, probablemente
no muy dura, pues intentan sobre todo infundir miedo por el apa'
rato judicial. Algunos de los culpables, sin esperar el auto público,
temiendo algún castigo cruel, se han ahorcado; sus huesos los es­
parcen por los montes.

Libros y esculturas mayas destruidas.— Para prevenir ulte­


riores idolatrías, Landa, animador de todo este proceso, con gesto
trágicamente inconsecuente, ignaro del terrible golpe que asestaba
a la historia de la cultum maya, hace juntar todos los libros y escul­
turas de jeroglíficos üguos, «y por quitarles— nos dice con profe *
sional mdiforenc’: d cronista— toda ocasión y memoria de sus anti­
guos ritos, n ,¡atos se pudieron hallar se quemaron p ú b l i c a m e n t e
el día de! mto, y a las vueltas con ellos, sus historias de antigüe­
dades i ue ocasión esto-continúa el mismo relator— de que por
iQA
(2,14. La iglesia de Yucatan

uchos años no se hallase ni supiese de idolatría alguna entre los

indios»41 * , historiador la reacción m u y desfavorable, a la q u e


Hace no • ente suscitada por la actitud de L an da. Sin
aludiremos p . gevero se refería al castigo o a la destrucción
concretar d o c u m e n to s yucatecos, afirma: «aunque los ém ulos
incendiaria d d j b i e n diferentem ente

ttó d fla a c c tó n el doctor Pedro Sánchez de Aguilar « - s u mfcr-


¡ne de los idólatras de esta tierra» 43 .

Provisiones y cédula real a favor de los indios. Nativos con-


^regados en pueblos.— Una de las mayores dificultades del apos­
tolado franciscano era la dispersión de las moradas indígenas por
montes y sierras. Aunque las ordenanzas del oidor Tom as L ó p e z
— lo hemos señalado ya— mandaban la congregación de los nativos
en pueblos, las autoridades civiles no habían dado para ello decisiva
colaboración. L a Audiencia de Guatemala, a petición de los fran­
ciscanos yucatecos, despacha provisión, con fecha 5 de febrero
de 1560, mandando al alcalde mayor ejecute cuanto convenga a la
cristianización, vida civil, aumento y conservación de los indios
para que se reduzcan a mejor estado y forma, y a facilitar la ense­
ñanza cristiana de los religiosos. Otras provisiones del mismo mes
y año, remitidas a las autoridades yucatecas, recomiendan la ins­
trucción de la doctrina cristiana a los nativos y su buen tratamiento.
La misma Audiencia, con documentos anteriores, 1560, salvaguar­
daba tam bién los derechos de los encomenderos44.
La necesidad de reducir los nativos a pueblos la habían e x p u e s­
to los religiosos también al rey con los procuradores enviados a
España a reclutar misioneros para Yucatán. Felipe II, con cédula
re?.l a la Audiencia de M éjico, 9 de enero de 1560, insiste en q u e
jos m ígenas de Yucatán se congreguen en pueblos como lo esta-
an os e Nueva España. C on provisión de 8 de noviem bre del
tprrTT a i’ a ^ u<T^enc^a niejicana notifica al alcalde m ayor y u c a -
nativa j 0, 1! monarca, mandándole su cum plim iento: los
difícilmeiftí»1^ ?,asar Ja zo.na montañosa que habitaban, don de
Para sus labran^1^ .doctnnados-. a lugares más llanos y aptos
anzas y fácilmente accesibles a los religiosos 45 .

brados^ort?^ev — n nCÍ! f ania ‘ A }caldcs y gobernadores nom -


las provisiones m e n cio riríí < J f ü promotor m uy probable de
cución— así lo cree ^ ♦ / documento re§ io Y de su fiel eje-
religiosos el disgusto v ° * .franciscano— se atrae sobre sí y los
actitud severa y algo ? a T Pr°C° S* P ° r 0tra parte’ la
> al§ ° independiente de los franciscanos con los in -
41 ib íd .
42 o ‘U >P-30QS.
4J o - biográficos
del

W. 16 o 8--- v ' culturK


4S lb«:. P 33?.p'329'332-
498 La iglesia en la América del Norte es Inmola
La nueva provincia, con muchos de sus miembros conocedores
de la lengua y aclimatados al ambiente étnico y moral del territorio,
va consolidándose e innovándose y mejorando sus métodos de
apostolado.

Proceso contra nativos idólatras.— Uno de tantos hechos ve­


nidos a la luz por casualidad descubre a los misioneros la sinceridad
que podia haber en las conversiones indígenas e influye no poco en
el rumbo posterior de la actividad franciscana. Yendo de caza, un
domingo, con sus perrillos, Pedro Che, indio, portero del convento
de Maní, los animales, entrando en una cueva, arrastran fuera un
venado pequeño, acabado de matar y arrancado el corazón. Se
asoma el indio a la caverna y percibe aroma de copal. Entre curioso
y perplejo avanza, y encuentra altares y mesas con muchos ídolos
rociados poco hacía con la sangre del venado. Corre a casa a noti­
ficárselo a los religiosos. El padre Landa, provincial, puesto a la
búsqueda, da muy pronto con los autores del culto idolátrico y,
constituyéndose inquisidor, procede contra ellos a información ju­
rídica. Comprueban de presto que el sacrificio idolátrico de la cueva
de Maní no es caso único; bautizados de otros pueblos: los cupules
de la comarca de Valladolid, cochauaxes de Zotura, los canules y
otros lo practicaban también. Enterado el padre Landa que cristia­
nos, muertos pertinaces en su idolatría, habían sido sepultados en
sagrado, los hace desenterrar y echar sus huesos por los montes.
Sustanciadas las informaciones de los idólatras de Maní, decide
Landa celebrar en el pueblo auto público, como de inquisición,
para atemorizar a los nativos, y pide, para ejecutarlo, la ayuda del
alcalde mayor. El delegado, además de dársela, quiere estar presen­
te al acto, acompañado de lo más distinguido de toda la tierra.
Quieren con esto solemnizar el juicio, dar prestigio a los misione­
ros y reprimir desórdenes y alborotos que podrían suscitarse. La
novedad del espectáculo atrae enorme multitud de indios. Mien­
tras, en nombre de la autoridad real, se lee la sentencia y castigos
de ios idólatras, pesa en el ambiente emoción profunda. El cronista
relator pasa por alto la pena que se aplica a los reos, probablem ente
no muy dura, pues intentan sobre todo infundir miedo por el apa­
rato judicial. Algunos de los culpables, sin esperar el auto público,
temiendo algún castigo cruel, se han ahorcado; sus huesos los es­
parcen por los montes.

Libros y esculturas mayas destruidas.— Para prevenir ulte­


riores idolatrías, Landa, animador de todo este proceso, con gesto
trágicamente inconsecuente, ignaro del terrible golpe que asestaba
a la historia de la cu!* ira maya, hace juntar todos los libros y escul­
turas de jeroglífKv, antiguos, «y por quitarles— nos dice con profe­
sional indifer^ ua el cronista— toda ocasión y memoria de sus anti­
guos rito' cuantos se pudieron hallar se quemaron públicam en te
'-! día ;i auto, y a las vueltas con ellos, sus historias de an tigü e­
dad Fue ocasión esto— continúa el mismo relator— de que p°l
C.14. La Iglesia de Yucatán 499

uchos años no se hallase ni supiese de idolatría alguna entre los

)ndltfarí> notar el historiador la reacción muy desfavorable, a la que


i ,airemos posteriormente, suscitada por la actitud de Landa. in
r¿>tar si el juicio severo se refería al castigo o a la destrucción

CÜÍlnfiiaria de los documentos yucatecos, afirma: «aunque los émulos
inc<e n a ia r id u c . j ______ i
a i hpndito padre le dieron título de cruel, pero bien diferentem ente

s in tió de la acción el doctor Pedro Sánchez de A gu ilar 42 en su infor­


me de los idólatras de esta tierra» 43.

cédula real a favor de los indios. N ativos con­


P r o v is io n e s y
gregados e n pueblos.— Una de las mayores dificultades del ap os­
tolado franciscano era la dispersión de las moradas indígenas por
montes y sierras. Aunque las ordenanzas del oidor T o m ás L ó p e z
_lo hemos señalado ya— mandaban la congregación de los nativos
en pueblos, las autoridades civiles no habían dado para ello decisiva
colaboración. La Audiencia de Guatemala, a petición de los fran­
ciscanos yucatecos, despacha provisión, con fecha 5 de febrero
de 1560, mandando al alcaide mayor ejecute cuanto convenga a la
cxistianización, vida civil, aumento y conservación de los indios
para que se reduzcan a mejor estado y forma, y a facilitar la en se­
ñanza cristiana de los religiosos. Otras provisiones del mismo mes
y año, remitidas a las autoridades yucatecas, recomiendan la in s­
trucción de la doctrina cristiana a los nativos y su buen tratamiento.
La misma Audiencia, con documentos anteriores, 1560, salvaguar­
daba también los derechos de los encomenderos 44.
La necesidad de reducir los nativos a pueblos la habían exp u es­
to los religiosos también al rey con los procuradores enviados a
España a reclutar misioneros para Yucatán. Felipe II, con cédula
rpil a la Audiencia de Méjico, 9 de enero de 1560, insiste en que
jos indígenas de Yucatán se congreguen en pueblos como lo esta-
an los de Nueva España. Con provisión de 8 de noviem bre del
mismo año, la Audiencia mejicana notifica al alcalde mayor y u ca -
eco a voluntad del monarca, mandándole su cumplimiento: los
a ívos debían pasar de la zona montañosa que habitaban, donde
oara i ? podían ser.doctrinados, a lugares más llanos y aptos
sus labranzas y fácilmente accesibles a los religiosos 4?.

bradó’si^ id? d antifS>nciscana. Alcaldes y gobern adores n o m -


las provisión^ r®y i padre Landa, promotor muy probable de
cución _-iq, i mencl°nadas y del documento regio y de su fiel eje-
religiosos el h; Cree. cronlsta franciscano— se atrae sobre sí y los
a«itud Sewra ? “ ,St° ? m°JS,dad í r P0005'. Por otra Pa«e. la
y algo independiente de los franciscanos con los in-

verse en o c.. P .X L V II.X L IX .L IIs .L X X I.


alud,do documento: Informe contra idolorurn cultores
500 La Iglesia en la América del Norte española
dios va adensando a su alrededor ambiente algo hostil, del que §e
harán eco aun las autoridades eclesiásticas46.
Hasta 1560 administran Yucatán civil y políticamente alcaldes
mayores enviados por la Audiencia de Méjico o Guatemala. El
doctor Diego Quijada, de nominación regia, conferida en Toledo
a 19 de febrero de aquel año, inicia la lista de alcaldes y goberna­
dores designados directamente por el monarca. Llegado a Yucatán
por junio de 1561, está al frente de la región hasta noviem­
bre de 1563. En sus sucesores desde Luis de Céspedes y Oviedo
(1565-1571) el título de alcalde mayor se cambiará en el de gober­
nador 47.

Erección de la diócesis de Yucatán.— Poco después de Qui­


jada llega a la sede yucateca el primer obispo, fray Francisco To­
ral, O. F. M. (1560-1571). Con esta ocasión, vamos a historiar su­
mariamente la erección de la diócesis.
El 13 de noviembre de 1518, Carlos I firma en Zaragoza las
capitulaciones para la colonización de Yucatán, concediéndosela al
gobernador de Cuba, Diego Velázquez, y casi contemporáneamen­
te solicita de León X (1513-1521) obispado para aquellas tierras.
El 24 de enero del siguiente año, Roma, con la bula Apostolatus
ministerio, erige la diócesis solicitada con el nombre de Cárdense,
en honor al rey de España, y por catedral la supuesta iglesia del
establecimiento español, mencionado en el documento de súplica.
Santa María de los Remedios. El documento pontificio otorgaba ai
emperador la determinación de los límites diocesanos y el derecho
hereditario de presentar persona idónea para la dignidad episcopal,
dentro del año de la vacante; y al obispo, que se llamaría también
cárdense, la facultad de fundar dignidades y beneficios, y disponer
lo conveniente para el culto.
No pudieron, por entonces, actualizar la erigida diócesis. León X,
a petición del monarca, el 5 de diciembre de 1520 funda otro obis­
pado en una de las provincias que se creía pertenecer a Yucatán :
la tierra Florida, erección— lo hemos dicho ya 48— que ta m p o c o se
llevó a efecto.
Después de repetidas demandas y negociaciones, decide el mo­
narca que la sede se establezca en Tlaxcala (fines de 1526), pues
llegaban halagadores informes de su progresiva evangelización. Pos*
teriormente reanudan gestiones para la erección de la diócesis yu­
cateca. Una cédula real de 23 de febrero de 1552 ordena a fray
Juan de San Francisco, residente en Nueva España, trasladarse a
aquella provincia, de donde había sido electo. El franciscano renun­
cia a la dignidad propuesta.
Varias cédulas rea.les redactadas entre 1555 y 1557 aluden al
viaje de fray Juan ie la Puerta, O. F. M., desde España a su nueva
diócesis Y 1 dtán, para la que había sido presentado, y una
1557 .ontK orden de emprender viaje sin las bulas, pues no aca-
46 f
47 v í H Y 461-464.
C. 10.
C.14. La Iglesia de Yucatan
U n Ae expedirlas. El presentado muere aquel año, i 5 5 7 >en S evi-
m Para sustituirlo, en 1560, propone el rey a fray Francisco de
al O . F . M . P ío con b u la de 16 d e n o v ie m b r e d e I 5 ÓI >
fonda' la diócesis yucateca *<>.
pl obispo Francisco dc Toral. Prevención antifranciscana.
nrí>lado franciscano, oriundo de U beda (provincia de Jaén), m u y
JL toma el hábito religioso. Misionero en M éjico, aprende el
irimero de los de su Orden el popolaca, lo enseña a otros frades y
escribe «arte, vocabulario y doctrina cristiana» en esta lengua .
Conocedor también del mejicano, operario apostólico de la p ro vin -
c a y comarca de Tecamachalco (valle de Puebla de los A n geles),
emplea ambas lenguas, y es el primero y esclarecido apóstol de
aquella región. Designado custodio de la provincia mejicana del
Santo Evangelio para el capítulo general celebrado en Salamanca,
1553» recorre los conventos españoles buscando operarios para N u e ­
va España. A l año siguiente vuelve a su puesto misional en co m ­
pañía de 36 religiosos. Pocos años después, 1557, lo designan m i­
nistro provincial del Santo Evangelio y, acabado su oficio, electo
de Yucatán; acepta el cargo por obediencia. Em prende nuevam ente
viaje a España para consagrarse obispo y despachar negocios que
podían interesar a su futura sede, y en 1562 está ya preparado para
su jornada atlántica 51.
. Acompaña al nuevo obispo en su travesía marítima un español
que, siendo alcalde de un pueblo yucateco, acaso en el distrito de
Maní, y fray Diego de Landa, custodio, había tenido serio alterca­
do con el franciscano por haber hecho sacar de la iglesia violenta­
mente un retraído que tenía el derecho de inmunidad eclesiástica.
El antiguo alcalde tiene en el viaje oportunidad de informar al o b is­
po sobre la engorrosa polémica y le prevendría no m uy favorable­
mente contra la actuación de Landa.
enterado el provincial franciscano de la llegada del prelado a
arnpeche, se va a darle la bienvenida al convento de la O rd e n
on e se hospedaba. A los primeros saludos, observa el provincial
el obispo una actitud de disimulada rigidez que le sorprende.
vecpta empresas misionales de los suyos, sus intervenciones a
s episcopales e inquisitoriales, y el obispo mantiene su ademán
y a^n dc franca desaprobación. Sc despide el provincial
de Pnfnr extraJ ña.do del desabrimiento prelaticio, fruto seguram ente
dos de- -s p? r Pe.rsonas P ° co simpatizantes con los méto-
ae ios operarios franciscanos.

Palacio episconaf v , n ^a' donde t° davla ,no han construido


noticias o ^ Ü Í ' V f hosPeda en casa de Particulares. Ulteriores
rabie a la a c t l v i T T f '* recoger n° n?odlfican su opinión poco fevo-
IMl a U na» v franciscana, de la que supondría fautor princi­
pa,ida. En carta al rey alude a alteraciones de la diócesis v

,a 'W i “ >' * <«


11 ' ^ ’V ! V ^ v P w .
502 La Iglesia en la América del Norte española
pide saquen de allí al provincial, causante de la inquietud y re.
vuelta
Landa, en España. Proceso cortesano. Toral, pesaroso del
yerro cometido.— Landa, consciente de su posición insegura e in-
consistente, renuncia al provincialato y, sabedor de las acusaciones
que el obispo ha remitido a la corte contra él y los religiosos, parte
para España, donde expondría ante el Consejo de Indias su punto
de v¡sta, trataría de remediar la situación indígena, cuyos derechos
ante la arbitrariedad de los colonos los defendían resueltamente los
religiosos, motivo principal, según Landa, de aquella agitación 53.
Para informe más exhaustivo de la situación yucateca, Toral,
después de partido Landa, concreta al rey en otro escrito los cargos
que se hacían al antiguo provincial: había ejercido oficios de inqui­
sidor y obispo, castigado con rigor a los idólatras, de los que algu­
nos, estando presos, se habían ahorcado, e inquietaba la provincia54.
Felipe II, conocedor hasta entonces sólo parcialmente del con­
flicto yucateco, pero con visión clara de su trascendencia, para que
una contienda marginal no desbaratase o debilitase el esfuerzo evan-
gelizador que se estaba desarrollando, el 16 de junio de 1566, res­
ponde por carta al obispo: Considerados los espléndidos resultados
de conversiones obtenidos por los franciscanos entre los nativos, el
prelado había de proporcionarles todo favor, honra y ayuda, para
que el rendimiento futuro fuese igual o mayor que el pasado55.
El amonestado obispo cede y se humilla, y compartiendo con
los franciscanos residentes de Mérida— recogemos esta página mo­
nástica del cronista franciscano— , pesaroso del yerro cometido, «se
levantó de la silla, y, de rodillas, como si fuera un fraile, dijo su
culpa, confesando haber hecho mal en escribir de aquel modo por
sólo informe de apasionados; que se dolía mucho que, por su causa,
faltase a esta tierra un varón santo como el padre Landa y a los in­
dios un tan gran ministro; de todo pidió perdón y prometió la sa­
tisfacción necesaria al descargo de su conciencia» 56.
Landa, que se presenta a corte antes de que los consejeros de
Indias hubiesen tenido satisfactorias referencias de su caso, por or­
den real va a residir al convento de Ocaña (provincia de T o le d o ).
Convocado más tarde a juicio de corte, se le formula la conocida
denuncia: había hecho oficio de inquisidor, ejercitado actos e p isco ­
pales y castigado en acto público. El ex provincial alega a su favor
principalmente la Omnímoda de Adriano VI: Exponi Nobis fecisti,
9 de mayo de 1522^, que concedía a los prelados de las órdenes
religiosas de Indias, donde faltasen obispos, plena autoridad eñ
todo lo que se refería al mayor bien espiritual de los nativos y de­
más fieles.

Landa, rehabilitado. Sacudida provechosa. Capítulo pro­


vincial. í ,, cuatro teólogos y dos canonistas del tribunal exarni"

j , p. 1 24. 55 Ib íd ., P.326S.
56 ib id , , p . 3 2 7 .
O.c., 1.6 c.7 p.325.
57 I I C B I 382-389.
¿.14. La iglesia de Yucatán 503
j a ren tan la explicación del acusado y lo absuelven de los car­
d a d o s ; juzgan, sin embargo, excesivo el rigor usado con los
?°i a nlantas no robustas como recientemente convertidas a la re.
C I M V Consejo ratifican la sentencia del tribunal, y ocupados
/nrps en otorgar algunas concesiones a indios, retienen a Landa
tn
por
°un tiempo en la corte 58. _
El a n tig u o provincial permanece por entonces en Lspana, resi-
, nte p rim ero del convento de Guadalajara, maestro de novicios
después en San Juan de los Reyes, de Toledo, donde lo había sido,
v más tarde guardián del convento de San Antonio, de La Cabrera,
casa recoleta. Invitaciones de pasar otra vez a Yucatán que le hace
la corte, las declina, temeroso de que su presencia allí fuese ocasión
de renovadas alteraciones 59.
El sacudión que sufre la misión franciscana de Yucatán en su
cabeza directiva es, sin duda alguna, oportuno y provechoso, pues,
incontrolada en sus métodos, un poco autocráticos, aunque orien­
tados siempre con celo ardiente y desinteresado, fácilmente podía
adoptar una tónica de austeridad no muy favorable a la formación
de los nativos y menos aún al establecimiento gradual y pacífico
de la Iglesia. Desde este momento también— hecho muy significati­
vo— la misión franciscana yucateca entraba en el engranaje de la
diócesis ocupada por el obispo Toral, portador de la tradición fran­
ciscana de Nueva España, bien avezado al complejo campo misio­
nal de los nativos, en el que necesariamente se alternaban pruebas
e insucesos.
Después del agitado período de la partida de Landa e intercam­
bio de escritos entre la corte y el obispo Toral, se va serenando el
clima yucateco. Los religiosos siguen laboriosos en sus conventos
y doctrinas. En Guatemala— no en Mérida, sede episcopal, como
lo hacían hasta entonces, acaso para evitar la fastidiosa situación
que íes suscitaba en aquellas circunstancias la presencia de Toral—
sale electo provincial fray Gonzalo Méndez. Contaba la Orden en
^uatemala c5 n los conventos de la capital, el de Concepción de
mo onga, San Juan Bautista de Comalapa, Santiago de Atitlán,
TotonTcíp01^ 0 Nuestra Señora de Tccpanatitlán y San M iguel dé

obil'i03*?" V, Guate,mala' provincias independientes. L anda,


DorT°'~ 7 f , c,aPlh,1° general convocado en Valladolid en u ó ?
C'uatemili’ T ^ de gobernarse con superior único Y u catán y
Jo, ’ .,an d’sfemciadas entre sí, deciden dividirlas y formar

S T C o N oCt n>MCO? d títA Ú° de * • » * * V G -te ^ X


tán celebré Nombre de Jesús. Como provincia separada, Yuca-
abril dc « M énS.
c°nvento cL \ i n T í '0 Torre* guardián entonces del
^ aquella ciudad, que queda electo provincial. T am bién
504 La Iglesia en la América del Norte española
en este capítulo erigen los conventos de Santa Clara de Zizamtum,
a unos 8o kilómetros al nordeste de la ciudad de Mérida61, y San
Juan Bautista de Motul, a 50 kilómetros también al nordeste de
la capital6-, con sus guardianes, fray Diego Zazo y fray Tomé de
Arenas63.
Toral pasa a Méjico, probablemente para tratar de su obispado
y ponerse en contacto con los inquisidores que habían de llegar a
aquella capital a fines de 1571, y muere allí en abril de 1571. El
designado para sucederle— virajes imprevistos de la historia es fray
Diego de Landa. En la entrevista que tiene éste con Felipe II para
agradecerle el ponderoso cargo, le declara el rey que ha querido
restituirlo a los indios, sus hijos, honrado como príncipe de la
Iglesia 64.
Se consagra obispo en Sevilla y parte de aquel puerto acompa­
ñado de un grupo de franciscanos para desembarcar en Campeche
en octubre de 1573, de donde se traslada muy pronto a la sede
de Mérida65.

Tirantez latente entre el obispo y el gobernador.— Casi al


mismo tiempo que Landa el episcopado, inicia su mandato el cuar­
to gobernador de Yucatán, Francisco Velázquez Gijón (1573-1577).
El obispo, en funciones de sus obligaciones pastorales, entrevista al
gobernador y al cabildo para pedirles no carguen a los indios, pues
había bestias para ello y era ésta la voluntad del rey; compensen
también el servicio personal de ellos con paga justa y moderen el
excesivo señorío ejercitado sobre ellos. La propuesta del prelado
tiene desfavorable acogida, y las hablillas de los descontentos lo se­
ñalan como revoltoso que, con sus enredos, comenzaba ya a alte­
rar la tierra, y aun alguno grotescamente desacata su persona 66.
Con ocasión de un severo castigo que aplica el delegado del
obispo, fray Antonio de Fuenteovejuna, por culpas graves, a na­
tivos del territorio de Campeche, presentan querella a la A u d ien ­
cia mejicana culpándolo de haber castigado, por mandato del pre­
lado, sin causa ni razón a caciques, alcaldes y otros oficiales; sabe^
dores los indios— añadía el querellante— que el obispo quería visi­
tar sus provincias, asustados de los castigos de su delegado y de
los que aplicaría el mismo obispo, de natural severo, se querían
fugar a los montes; esperaban del monarca remedio, pues los nati­
vos, faltos de entendimiento, se hallaban indefensos.
L a Audiencia atiende la querella, y en el aviso que remite al
prelado franciscano le incluye la cédula real, fechada en T o le d o el
4 de septiembre de 1570, con la orden de que los relig io so s no
aprisionen a los irv’ os, ni tengan cepos, ni cárceles, ni los trasqui­
len, ni azotan, m encargan su fiel cumplimiento; s i m u l t á n e a m e n t e
recorrí' -nd?! di gobernador que todos se atengan exactamente a esta

61 , K c f A , C l J B A s, Diccionario V 271: «Temax*. 64 l b i d 1 6 <• 1 q n

^ r r H Y I 'r 5 % * 65
LCHY, 1.5 C 7 p.326. <¡6 Ih(d pp . ,1sss
S2S.
605
C.14. La iglesia de Yucatán
i, v si había algunos nativos encarcelados, los libertase, lo
Cé mo aue a los penitenciados por el obispo 67
Fstos golpes lejanos crean tirantez latente y clima de guerra fría.
tti nhisoo denuncia atropellos cometidos contra nativos, y pide por
Aín del provisor ayuda a la primera autoridad para prender al-
1110(1
gunos esp añ ~ oles. T71
El gobernador c¿> la m
se la Vcra oronHp
niega, prende^ al
al ^nrovisor----- Ig-
oramos la causa de tan severa medida— y encepado lo encierra en
no
“ cárcel pública. Landa hace información del atropello y excom ul-
la
ai g o b ern a d o r. Convienen en un pronto arreglo: el provisor sale
desterrado a Méjico y el gobernador, humillado, recibe perdón del
obispo 68.
Landa, a M é jico . L u c h a sorda en Y u c a tá n .— Landa, que se
siente poco apoyado por la autoridad civil yucateca, emprende la
ruta de Méjico para obtener de la Audiencia provisiones en favor
de los indios y tratar acaso con el arzobispo M oya de Contreras
(i573"1591 )* inquisidor anteriormente, y el entonces inquisidor,
Alonso Hernández de Bonilla, asuntos de su diócesis y puntualizar
sus poderes inquisitoriales. Nos induce a creerlo la carta que el
22 de marzo de 1574 escribe a los inquisidores mejicanos agrade­
ciéndoles la que de ellos ha recibido de 4 de enero de aquel año,
invitación probablemente para que asistiera al proceso inquisito­
rial público celebrado en Méjico el 28 de febrero de 1574. Espera
Landa— lo manifiesta en su carta— que D ios ayudará mucho a la
Iglesia de Indias con la Inquisición; desearía hallarse presente al
anunciado auto, pero, no siéndole posible, promete oraciones.
«Por acá— continúa Landa— se ofrecen algunas vezes culpas que
holgaría yo harto las corrigiesen vuestras señorías, y como es tanta
la distancia que ay desta provincia a esa ciudad de M éjico, paré-
ceme cosa algo dura hazer remisión a vuestras señorías si no fuese
de cosa grave, y para Isto recibiré particular merced que vuestras
señorías demanden avisar qué cosas son las que huelgan les remita,
porque en los demás que no fuere de tanta graveza, pueda yo acá
poner remedio, porque no se haga alguna molestia escrupulosa a
1QS próximos» 69 ^
no no asistió al primer proceso inquisitorial m ejica-
inrii a , ro de I S7 4 » intervino como predicador— lo hem os
ca o en el capitulo X II— en el segundo público de 1575 70
trae Ü a ^ óces^s’ a Pesar de las provisiones y poderes que
dor ’nn ua la ™ utua desconfianza y la lucha sorda. E l go bem a-
mdios- X T e ° ? ar a la severidad Punitiva del obispo con los
el alcaldt .?a uV° pres° por el fiscal del P e la d o es libertado por
que in te r r o r U ° 1SP° rea *rre a ^a excomunión; el gobernador tiene
arr°dillado F espectacularmente P ° r el oficial y pedir perdón
pl

esacuerdo de las dos máximas autoridades de Yucatán Ilesa


¡ & p . « 6 , s

L td - P- 3 S 7 S.
70 d a c i ó n de los cosas de Yucatán 290S.
506 Lt Iglesia en la América del Norte española
a noticia de la corte, y Felipe II, con cédula real de 25 de ag0stü
de 1578, se apresura a recomendar al gobernador conformidad con
el obispo v religiosos, supeditando sus intereses privados al servicio
de Dios y de 8. M . 71

Muerte de Landa. El austero prelado.— El obispo sigue ac­


tivo en su ministerio pastoral y en contacto con la Inquisición me­
jicana 7~. Siempre en la vanguardia apostólica, la muerte lo acecha
allí. Probablemente la semana santa de 1579, después de predicar
sobre la pasión y muerte del Redentor, siente fuerte resfriado con
calentura. que el enfermero del convento diagnostica dolor de cos­
tado y le somete al recurridísimo remedio de la sangría. El prelado
se agrava y muere el 29 de abril de aquel año 73 ,
Infatigable misionero y vigilante pastor. Su personalidad vigo­
rosa se entrevé a través de la espaciosa frente, ojos profundamente
sombreados, nariz de agudo filo, boca inclinada hacia la derecha,
en gesto resignado o algo amenazador; fuerte mentón abierto en
dos. Carácter impetuoso, tenaz en sus decisiones, en ocasiones atro­
pelladas; sus choques estruendosos con las autoridades civiles lo
dan a indicar. No pocas veces lacerante en sus expresiones: en colo­
quio con el gobernador, a la alusión que el obispo hace al rey de
Francia y respuesta del gobernador, evidentemente equivocado: «no
soy rey de Francia, sino de España», replica Landa: «que ni era de
Francia, ni de España, ni aun de bastos». Temperamental y ascéti­
camente austero— en su última enfermedad le encuentran un áspero
cilicio que siempre trajo— , en ocasiones hace sentir a los demás
inflexibilidad e intransigencia. Por los cargos d e responsabilidad
que le confió la Orden deducimos que sus hermanos d e sayal lo
estimaban y admiraban; pero no sabemos si en ig u a l medida sin­
cronizaba el amor. De los indios, muchos, por el enorme interés
con que cuidaba sus derechos y formación cristiana, lo veneraban
y amaban, y lo demostraron con la profunda tristeza que exteriori­
zaron a su muerte y mucho después; otros, maliciosamente claudi­
ca. íes o pertinaces en sus idolatrías después d e l bautismo, temían
sus inexorables castigos. Los pobres con su desaparición— lo de­
cían clamorosamente— perdían su refugio y remedio. En su Pr°*
yección de preiado mantuvo rigidez conventual, falto d e elasticidad)
de acomodabilidad al medio ambiente, y esto hacía que las autori
dades civiles negociasen con él generalmente a disgusto. En el carn
po misional, del que se interesó principalmente, impuso o r d i n a r i a ­
m e n te m é to d o s d e severidad y punitivos que suscitaron a veces
desazón y querellas no poco justificadas ™

El nuevo obispo Montalvo. Sistema arancelario.— A la


te d e L a n d a q u e d a el g o b ie r n o d e la d ió c e s is en el deán, don Cristo
a d e M ira n d a , y c a b ild o se d e v a c a n te , h a s ta que en 1581 ocupa
la sed e fray G r e g o r io d e M o n ta lv o , O. P. (1581-1586).

71 l ' O I Y , 1.6 c. 17 >/>1 7 ' LCH Y, l.6"c. 18 p.i 6 i- 365 '


¿^ANDA, O.C ., p. 2 9 J - ¿ 9 3 .
7 4 Cf. ibkl., p . 360-363.
C.l4. La Iglesia de Yucatán 607
Visita tres veces el obispado y en más de una ocasión tiene que
strar mano fuerte con nativos idólatras75. Para evitar abusos
lucrativos en los entierros y funerales, determina los aranceles de
curas d e españoles y ministros doctrineros, con menoscabo de las
residencias franciscanas, principalmente de Mérida y villas de espa­
ñoles, pues español que eligiera sepultura en esos conventos, ade­
más de los gastos locales, había de pagar a la catedral y curas de ella
veinte pesos, y si el cadáver era pequeño— especificaba el detallista
prelado — , cuatro de minas, la cuarta funeral y el beneficio de las
misas.
Apelan los franciscanos a la Audiencia mejicana, alegando a su
favor privilegios pontificios. El tribunal mejicano, con provisión
de i de septiembre de 1584, encarga al prelado se atenga fielmente
al sistema de aranceles observado hasta entonces, y al mismo tiempo
comisiona al gobernador o a su lugarteniente no permita modifica­
ción alguna en aquel sector administrativo ni consienta hagan a
religiosos ni a sus conventos o monasterios vejación alguna76.
Aun después de esta intimación categórica, las modificaciones
arancelarias continúan invariables, y lamenta el cronista francis­
cano que sus conventos, con la falta de entierros, perdían muchas
limosnas, pues los fieles, obligados a doble impuesto, no podían
hacérselas 77.

Montalvo y el tercer concilio provincial m ejicano. D o c tr i­


nas franciscanas pasadas al clero.— Contraste de mayor amplitud
empeña al obispo y religiosos. Montalvo interviene en el tercer
concilio mejicano (1585), del que tendremos ocasión de hablar.
El 7 de octubre, firmados los estatutos y decretos conciliares, la
autoridad civil, aduciendo para ello cédulas reales, prohibe su pu­
blicación antes de la aprobación real. Replican los padres conciliares
que los documentos regios se refieren a sínodos diocesanos, no a los
provinciales, y obtienen la deseada promulgación de los decretos
aprobados en la catedral metropolitana los días 18, 19 y 20 de o c­
tubre de 1585. *
Bastantes de estos decretos, como los referentes a doctrinas de
regulares, no encuentran unánime aprobación, y los descontentos
exponen por escrito sus reparos a don Alvaro Díaz de Manrique,
esignado virrey de Nueva España (1585-1589). Manrique, todavía
e camino para su sede, escribe el 22 de octubre de 1585 al presi­
ente y oidores, encargándoles, caso de haberse publicado el dicho
COnalio, despachen real provisión para suspender su cumplimiento,
01norme a la cédula real de 13 de mayo de 1585 que para esto
<fc> y recojan todas las actas, decretos v decisiones del mismo
c°nc.ili0 78 ,
de M onta^vo vuelve a su diócesis resuelto a aplicar los decretos
'l magna asamblea. Fray Diego de Castro, en nombre de los

70 l h u " 1, 7 C'9 P- 394S.


77 , d." P-3 9 5 ».
7 S y id - P-3 9 6 .
,:Ua. Apuntam ientos 8 2 -8 6 .
508 La Iglesia en la América del Norte española
franciscanos yucatecos, recurre a la Audiencia mejicana, que remi­
te al prelado la cédula real traída por el virrey con orden de suspen­
der la ejecución del mencionado concilio; otras provisiones de la
misma Audiencia mandan al gobernador y demás autoridades yuca-
tecas observar la voluntad del monarca sobre el concilio
La cesión espontánea de algunas doctrinas franciscanas a sacer­
dotes seculares, a las que el prelado, de propia iniciativa, añade
alguna otra de los mismos religiosos, separándola de su anexa, sus­
cita otra contienda con recurso a la Audiencia mejicana, que ter­
mina a favor del prelado 80.

Excom uniones intimadas a nativos.— El obispo, no muy ha­


bituado al clima nativo, castiga con excomunión a algunos indios.
Temerosos los franciscanos de que medidas tan rigurosas, despro­
porcionadas a la culpabilidad admisible en los indígenas, aplicadas
a gente nueva en la fe, podían tener consecuencias desastrosas,
suplican primero al obispo, aunque en vano, perdón o conmuta­
ción de la pena, y recurren después a la Real Audiencia mejicana,
que remite al prelado yucateco la cédula real fechada en Toledo a
27 de agosto de 1560 y dirigida al arzobispo y sufragáneos de Nueva
España, recomienda el documento no impongan a seculares, y mu­
cho menos a nativos, por motivos livianos, pena de excomunión o
pecuniaria, por inconvenientes que de ello resultaban en tierra don­
de nuevamente se plantaba la fe y era necesaria gran moderación
en el campo punitivo. Sobre todo con los indígenas, insistía la
Audiencia, dejadas aparte esas medidas, adoptarían remedios más
convenientes al servicio de Dios y de S. M . 81.
Esta intervigilancia del obispo y religiosos favorecía notable­
mente al establecimiento y consolidación de la iglesia yucateca,
que va adquiriendo fisonomía y personalidad.

Naves inglesas en las costas de Yucatán.— Naves francesas


que muy al principio de la colonización de Indias acechan a las es­
pañolas en sus rutas ultramarinas y que a mediados del siglo xvi,
más organizadas y temibles, hacen incursiones en las costas atlán­
ticas del continente norteamericano, en los dos últimos decenios
del 500, juntamente con veleros ingleses que, después de abatir la
Armada Invencible, pueden desafiar la potencia marítima española,
penetrando en el golfo mejicano, amenazan las costas de Yucatan.
Así la lucha contra España que van intensificando en E u ro p a sus
potencias émulas, Francia e Inglaterra, la extienden a Ultramar
con demoledora vigencia.
Durante el gobierno yucateco de Francisco de Solís (1582-1583)
corren nuevas por la región de que potente armada inglesa, después
de saquear Cabo Verde y Santo Domingo, trae derrota a Yucatan-
El gobernador, para que el enemigo no encuentre c o l a b o r a d o r a s
entre los indios, manda quitarles las armas y envía al capitán GómeZ
C.l4. La Iglesia de Yucatán 009

, c astrillo con gente de guerra a la defensa de Campeche. Los


oleses, que están a la vista de la ciudad, suponiéndola acaso m uy
d e f e n d id a , se alejan sin hacer daño alguno 82 .
En Campeche mismo y por esta época descubren planes cons-
iradores d e un cacique. Las naves enemigas que merodean por
aquellos puertos envalentonan sin duda alguna a los nativos. El
conspirador y dos indios cómplices, hecha información jurídica,
son ahorcados 83 .
La muerte de Felipe II, 13 de septiembre de 1598, señala para
Ultramar, lo mismo que para España, nueva etapa histórica. L a
hegemonía ibérica va cediendo poco a poco, mientras sus conten­
dientes europeos, principalmente Francia e Inglaterra, imponen su
potencia en Europa y en las rutas marítimas de Indias.
A fines de 1597, el inglés Guillermo Parker, con un navio gran­
de, un patache y un lanchón, barloventea por la costa de Yucatán.
Se introducen en Campeche, de noche, por parte segura, guiados
por un indio; siembran confusión y desorden y se dan al saqueo.
Hacia el amanecer pueden reunirse las fuerzas defensoras. L a ba­
talla con los asaltantes dura por más de dos horas. Herido gravemente
el jefe inglés, hace señal a los suyos de retirarse a la playa y allá se
dirigen, dejando parte del botín perseguidos por los campechanos.
Muchos ingleses quedan muertos por las calles de la villa. El indio
traidor muere atenaceado 84.
En 1599 dan fondo cerca de la isla de Cozumel cuatro naves
inglesas. Rápidamente pueden los españoles juntar allí fuerte de­
fensa. Lanza el enemigo en lanchas hasta 70 hombres por el canal
que conduce al puerto y tienen que detenerse sorprendidos por los
arcabuces españoles y las flechas indias. Aquella noche atacantes y
defensores permanecen en vela. A la mañana siguiente, las naves
adversarias bajan costa abajo en dirección de Mérida y Campeche.
Todavía en febrero del siguiente año de 1600, los cuatro veleros
que intentaron asaltar Cozumel u otros en igual número vagan por
las costas yucatecas con intento, s<jgún se decía, de entrar en M é ­
rida. Se aperciben los navegantes de la fuerte defensa reunida en
aquella costa y se retiran 85 .
Yucatán, tomada de mira por las potencias europeas, entra de
eno en la constelación de la política internacional, y ahora más
^ue nunca conviene a España plantar allí sólidamente la Iglesia.
Posposición real contra el culto idolátrico.— A l dominico G re-
ñ°ri°rv e ^ ontalvo> nombrado obispo de Cuzco en 1586, sucede
ento s° Izquierdo, O . F. M ., oriundo de Hueiva, misionero
d e lT '°S Guatemala, que toma posesión de la sede por medio
He '^nciado Marcos de Segura, presbítero, el 13 de abril de 1590;
v i^ i A s p a d o en 1591 y lo gobierna hasta su muerte, 17 de no-
Vlembre de 1602 86.
8í }bld - P-399.
lo
85 I n i v í ' 1 P-4 I 7 -4 2 0 ; cf. AB Z II 13.
S V ' P 42I - 42T.
suiaff.r, E\ Consejo II 605; LCH Y, ibíd., c.1 4 p.409.
5 10 La IgUsiu en la América del Norte española
Con la provisión real dada en ocasión de la actitud severa del
obispo Landa para moderar los castigos de los idólatras y ponerlos
prácticamente bajo la jurisdicción de los gobernadores, el culto de
los númenes mayas crece en proporción notable. D e Yucatán co­
munican por escrito a la corte el preocupante progreso. El rey, con
cédula de 24 de abril de 1605, encomienda al obispo yucateco no-
tiñcarle la causa del aumento creciente de idólatras, y si el motivo
de la reincidencia era, a juicio del prelado, la suavidad en castigar
estas culpas y el remedio que convenía aplicar al mal.
Diego Vázquez de Mercado (1603-1609), sucesor de Izquierdo,
hace notar en su respuesta la audacia de los indios, que, sin temor de
Dios ni de los hombres, pues sabían las normas de moderación
punitiva recomendadas a las autoridades competentes en el campo
idolátrico, veneraban sus ídolos en las cuevas de los montes y los
llevaban en hombros procesionalmente; bien manifiestas habían
sido estas demostraciones, añadía el prelado, en las provincias de
Bakhalal y de Valladolid en 1606.
Felipe III, en carta de 9 de diciembre de 1609, ruega y encarga
al informante impedir, por los medios que crea convenientes, todas
las idolatrías y procurar que los clérigos de las doctrinas tengan las
cualidades necesarias para una labor eficiente 87.
El campo eclesiástico yucateco de iglesias, parroquias, doctrinas
y misiones está ya ocupado por clérigos y religiosos. Las residencias
franciscanas se van propagando por toda la región. En el capítulo
provincial de 27 de abril de 1591, en que eligen provincial segunda
vez a fray Fernando de Sopuerta, fundan el convento de la doctrina
de San Antonio de Ticul, a unos 50 kilómetros hacia el sur de Mé­
rida 88, adjudicándole los pueblos de Mina, Zaclum y Ppuztunich, y
el de San Miguel de Timax (Temax), a unos 86 kilómetros al nordes­
te de Mérida g9, del que dependía el pueblo de Buctzotz. En este
mismo capítulo incorporan a la provincia yucateca franciscana el
convento habanero de San Francisco y las misiones de la Florida.
Los conventos erigidos eran 25 90.

Pueblos indígenas regidos por nativos.— Para habituar a los


nativos a una convivencia pacífica con españoles, órdenes reales ha­
bían prohibido los gobernadores poner al frente de pueblos indios,
que debían administrarse con régimen autóctono, c o r r e g i d o r e s y
alcaldes mayores e pañoles. Alonso Ordóñez de Nevares, goberna­
dor (1593-1595), vuelve a restituirlos, y se repiten contra los indíg6
ñas los daños y vejámenes que habían ocasionado el cambio efec
tuado por voluntad real. Los doctrineros palpan los desastrosos
efectos del cambio y se lo comunican al provincial, fray J e r ó n i m 0
-xón, que recurre por remedio a la Audiencia mejicana. L a pr°vl
sión de 10 de junio de 1595 redactada por aquel tribunal, r e c o r d a r ^
( o cuanto a este respecto habían ordenado a los gobernadores Ciiii
C.l .5. Junta Magna de 1568 511
II n de las Casas (1577-1582), Francisco de Solís (1582-1583) y A n ­
tonio de Vozmediano (1586-1593), manda al actual, Alonso O rdó-
ñez í ¡5 9 3 - 1595)* removcr de aquellos oficios a españoles, y dentro
de n o v e n ta días de la fecha de este documento, enviarles testimonio
de su ejecución 91 .

Doctrinas franciscanas en manos de clérigos.— Insuficientes


en número los religiosos para atender debidamente a todas las d o c­
trinas, ya fray Diego de Landa durante su provincialato (1561-1563)
encargó a clérigos y a algunos religiosos de otras órdenes, dispersos
por la región e ignorantes del maya, decir misa a los nativos y bau­
tizar niños; los franciscanos completaban los ministerios que re­
querían conocimiento lingüístico. Durante la sede vacante que si­
gue a la muerte del obispo Landa (1591), el deán, don Cristóbal de
Miranda, mueve pleito para que las indicadas doctrinas se adjudi­
quen a los sacerdotes colaboradores, presenta de ello información
al Consejo de Indias y navega a España para abogar la causa. M i­
randa encuentra en la península a fray Alonso de Ortega, O . F. M .,
enviado allá como custodio delegado de la provincia yucateca, y
concierta con el franciscano, destituido de poder para ello por con­
veniencias de un futuro emparentamiento al casarse sus parientes,
la entrega de cuatro doctrinas franciscanas y la consiguiente cesa­
ción del litigio. El Consejo de Indias, con auto de 29 de enero
de 1602, ratifica el pacto, y entra el clero, con cédula real que se
libra para eflo, en posesión de las doctrinas de Hocaba, a unos
48 kilóm etros al oeste de Sotuta 92; Tixcocob, a unos 32 kilómetros
al este de Mérida 93; Ichmul, a unos 30 kilómetros al este de Peto 94,
y Tixchel (Tichel), en el partido del Carmen, estado de Cam pe­
che 95, Aun después de muchas alegaciones y réplicas de francis­
canos siguieron éstas y otras doctrinas en manos de clérigos 96.
Tendremos ocasión de seguir historiando la obra de la iglesia yu­
cateca.

C A P I T U L O X V

Junta Magna de 1568. V ida eclesiástica. E n las diócesis n o vo ­


hispanas *

Junta m agna de 1568. Pío V .— Mientras la Iglesia de Indias


se va imponiendo como docente y reformadora, el año 1568, tras­
cendental y céntrico en el reinado de Felipe II (concurren en él la
Prisión y muerte del príncipe don Carlos, el levantamiento de los
^ouscos en las Alpujarras, la primera enérgica acción del duque
r y en Flandes y el conflicto sobre la bula In caena Domini
an Pío V), lo es igualmente para Ultramar con el afianzamien-
o\ P-41.V*.
o1 C u b a s , Diccionario III 216.
n:,C," V 3 2 7 8 .
512 La Iglesia en la América del Norte española

to y casi definitiva organización del gobierno temporal y eclesiás


tico. Respondía a un clima histórico la petición dirigida en ise¿
por el bachiller don Luis Sánchez al presidente del Consejo de Cas­
tilla, Diego Espinosa, de que se convocase con ese objeto una jUnta
general, presidida por S. M ., con participación del Consejo de In.
dias y otros ministros principales, y pidiesen información a los que
por residencia duradera en el Nuevo Mundo, tenían de él exacto
conocimiento l.
El pontificado de San Pío V (1566-1572) parece va a cambiar el
rumbo histórico de Indias, pues suscita una nueva corriente cuya
mayor fuerza y eficacia pertenecen al año 1568, cuando el papa,
el 21 de abril cíe aquel año, notifica a su nuncio en Madrid, Casta-
gna, su deseo y propósito de enviar nuncio a Ultramar, y le manda
comunicarlo al monarca; entretanto en Roma, a iniciativa del es­
pañol San Francisco de Borja, general de los jesuitas, instituyen
una congregación permanente para asuntos de conversión de in­
fieles. Esta nueva estructura, de haberse efectuado, hubiese cam­
biado la proyección de las misiones americanas, situándolas en las
de ¿poca moderna 2.
La noticia transmitida de Roma al nuncio Castagna, y la actua­
ción de éste ante Felipe II y su prepotente ministro, cardenal Es­
pinosa, coinciden con un proyecto que parece réplica a la propuesta
romana, y acaba de dar vigencia capital a aquel año para la historia
de las misiones: reorganizar y encauzar debidamente todas las ins­
tituciones de las inmensas colonias ultramarinas. Nadie acaso lo
deseaba más que Felipe II, espíritu temperamentalmente ordenado y
metódico, justo y minucioso hasta la escrupulosidad, centralizador
inexorable tanto en lo civil como en lo eclesiástico. El aviso dado
por el nuncio de nueva pauta de gobierno misional ideada en Roma,
si no motivó la junta de 1568, aceleró su celebración.
Felipe II y Espinosa, al mismo tiempo que se oponen al envío
de nuncio a América, convocan en la casa del segundo la Junta
magna de Indias, a la q u e asisten los consejeros de aquellas provin­
cias, con el presidente, Luis Méndez Quijada; p robablem ente el
licenciado Juan de Ovando, consejero de la Inquisición, futuro pre"
sidente del Consejo, acaso guiador ideológico de la asamblea; l°s
principales ministros residentes en Madrid, como Ruigómez, pnn"
cipe de Evoli, y Suárez de Figueroa, conde de Feria; teólogos tan
eminentes como fray Diego de Chaves, O. P., confesor de S. M-*
y jurisconsultos del renombre del doctor Velasco 3 .
La importancia dada en la corte a aquellas reuniones aparcce
patente en la correspondencia epistolar del nuncio Castagna, y n0
menos en la decisión del monarca de enviar a Méjico y Lima
* Su'laí y abreviaturas:
p ” Descripción del arzobispado de M éxico. . Xlí:ra|lcs
j ,v j — Cjarcía Ica zb a lceta , B ib lio g ra fía m e x ica n a . .. N u e v a edición por A.
r*°
r = d a c ió n de los obispados de Tlaxcala...
’ L e t u r ja , Felipe II y el pontificado 6r.
i-kturia, Misiones hispanoamericanas 2o8s.
* U . C . , 20QS.
C.l.5. Junta Magna de 1568 513

vos y selectos virreyes, con encargo de poner en práctica los pro-


V amas civil, militar, eclesiástico y misional concretados en ella.
La acción de los dos virreyes, don Martín Enríquez de Almansa
en Méjico y, sobre todo, de don Francisco de Toledo en el Perú,
donde la labor colonizadora es bastante posterior a la de Nueva
España, abre nueva época en la historia de los virreinatos4.
P ío V , que ve frustrado el plan de intervención directa en U l ­
tramar por medio de nuncios, inalterable, a pesar del desairado
rechazo, en su actitud oficial, se congratula con sendas cartas a los
dos n u e v o s virreyes por las decisiones adoptadas y remite por m e­
dio d e la Congregación de Infieles una instrucción misionera com ­
petente y señera en sus orientaciones 5.

Instrucciones a T o led o . R egio vicariato d c Indias.— La Jun­


ta de 1568 consigna al virrey Toledo un documento de organización
eclesiástica redactado por Juan de Ovando 6, en el que se distinguen
dos partes: instrucciones secretas y reales cédulas dirigidas al virrey
sobre determinados puntos de las instrucciones, ostensibles en caso
de necesidad. En las instrucciones destacan tres aspectos diversos
entre sí: el primero, organización general de las iglesias, patriarca­
do, diócesis, provisión de obispados, facultades de los obispos, vi­
sitas pastorales, celebración de concilios provinciales, erección y
provisión de parroquias, presentación real, jurisdicción de los pá­
rrocos; el segundo, misiones y Ordenes misioneras; el tercero, el
problema económico regulado por diezmos.
La organización complexiva, inmutable en su tónica de rígido
centralismo tradicional, prohíbe dar pase a cualquier intervención
del nuncio residente en Madrid, generalizando órdenes emanadas
por Fernando el Católico y Carlos V. Como las instrucciones de
esta proyección revelaban intromisión laica en asuntos eclesiásticos,
optaron los asambleístas por una fórmula oportunista: la erección
de patriarca de Indias, no de mero título, como el que desde 1524
llevaba en España este nombre, sino efectiva realidad, tal como ya
en 15 13 la había ideado Fernando el Católico, sometido al sumo
pontífice, lo decían los consejeros, y elegido por éste a presentación
de S. M., residente en corte, con jurisdicción de legado para las
Indias, vigilante del gobierno de las diócesis misionales y en con­
tacto epistolar con ellas. Tramitaría también el delegado pontificio
a presentación de mitras y beneficios grandes y chicos, procuraría
a rápida partida de los obispos a sus sedes, recibiría de éstos rela­
ción anual del estado de las diócesis y reducciones de indios; ro-
ead° y asistido en Madrid por los cuatro comisarios de francisca-
nos’ dominicos, agustinos y jesuitas, elegidos también a presenta­
ción regia, movería y regularía desde allí el intercambio de misio-
nci°s de las diversas Ordenes. Era como se ve una especie de Con-
4 fv ,
5 o ' ’ 2 I0 S ‘
6 j c‘» 2i2s; L o p e t e g u i , San Francisco de Borja y el plan misional de San Pío V 1-26.
L o ha d e m o s tr a d o c o n e v id e n c ia D e l a P e ñ a , Las redacciones del libro de la gobernación

^ 9 ¿e la Iglesia tm América 17
514 La Iglesia en la América del Norte española
gregación de Misiones, pero de caiácter nacional con delegad^
pontificia7. , ,
El proyecto no pudo actualizarse. Las instrucciones secretas
Toledo lo preveían, al afirmar que, aunque urgía la erección de
patriarca, las dificultades de tramitación obligarían a esperar opor.
tunidad más congruente, que en vida de Pío V, muerto el primero
de mayo de 1572, no se presentó. Madrid, que creyó hallarla al
advenimiento de Gregorio XIII (1572-1585), al proponer su fun­
dación obtuvo del papa canonista esta respuesta tajante y paraliza­
dora: no podían admitirlo, porque se convertiría fácilmente en una
monarchia sicu'u1 8.
Las consecuencias de todos estos hechos están patentes en los
treinta últimos años del reinado de Felipe II y en la formulación
durante ellos de la teoría del regio vicariato de Indias 9, tan funda­
mental en los tratadistas posteriores y en toda la historia de las mi­
siones: en vez de nuncio con propaganda y en vez de patriarca con
la vieja tradición, reguló en muchos asuntos las iglesias y misiones
«el rey nuestro señor». El motivo genético de esta fórmula y de sus
consecuencias está en ia naturaleza y circunstancias de la Junta
de 1568 10.

Reducción de indígenas. Las O rdenes religiosas.— Suponen


las instrucciones dadas a Toledo— hacemos notar la proyección de
su organización en general— que el sistema de evangelización ha de
ser el adoptado desde los orígenes del descubrimiento: reducir a los
indios dispersos a pueblos de vida política y poner en cada pueblo
o grupo de pueblos un doctrinero que los traiga a la fe e instruya
en ella, y el virrey había de procurar lograrlo por todos los medios;
impedir el excesivo trabajo y vejación de los nativos.
Las instrucciones aludidas prestan también atención especial al
personal misionero, a su reclutamiento y repartición y a su modo de
vivir y evangelizar. Quejas amontonadas contra las Ordenes desde
diversos puntos de vista y que habían llevado a la in sp e c c ió n en
Nueva f paña del visitador Valderrama 11 deciden a la a s a m b l e a
a deliberar a fondo sobre la selección y métodos d e relig io so s. So
pretexto de proteger a los nativos, favorecerlos y d e fe n d e rlo s , tra­
taban en pulpitos, r . uniones y pláticas materias de justicia, gobier­
no y estado y aun tocaban en el derecho y señorío de las Indias*
Preocupa también a la asamblea el choque de los religiosos con la
jerarquía ordinaria de obispos y curas. Desavenencias muy fáciles de
entender, pues hasta el concilio de Trento los religiosos, con plena
exención de obispos, aun en la cura de almas d e sus d o ctrin a s, an
tiguo privilegio de sus misiones acoplado a la e v a n g e liz a c ió n de
América por la célebre Omnímoda de Adriano VI, se m anten an
intangi bles en sus derechos por la escasez de obispados en Ultraja1"

7 LetuR/'a, Misiones novohispanas 2n s


* O.c., 214.
10 r
f^FTnpía’ w-
m • v¿car'al° n(¡e n a i a s ; iujan
e iIndia',; Ecaña, La teoría del regio vicariato de
11 r c r ^ ,A’ l i s t o n e s hispanoamericanas 214a.
Cf. Cuevas, Historia II 182-102.
C.l y Junta Magna de 1568 515
su o r g a n iz a c ió n y delimitación no muy definidas. Con el desplie­
gue y r e a lid a d vital de las diócesis y con la implantación gradual en
ellas de las reformas tridentinas, surgen las dificultades expuestas
en el n.19 de las instrucciones: en los distritos adjudicados a los
monasterios pretendían los frailes seguir con su exención en la pre­
dicación, sacramentos y aun administración de justicia; «y dicen
—continúan las instrucciones— que se afirman en esto de tal manera
que, haciéndoseles novedad alguna en ellos, lo dejarán del todo, y
que los que están allá, se vernán, y de acá no irán más». Muestran
también temor las instrucciones de que los religiosos, acostumbrados
al sistema de tributación y sínodos introducidos en sus doctrinas

para el propio sustento y al trabajo impuesto a los indios en la cons­


trucción de iglesias, se opondrían a la implantación férrea y univer­
sal de los diezmos, ideado por Fernando el Católico para las Indias
y que Felipe II quería imponer a todo trance como reforma econó­
mica para reducir los gastos del real erario en el sostenimiento de
las misiones y para respaldar y asegurar definitivamente el sistema
económico de Ultramar 12.
A pesar de las indicadas prevenciones, algunos de los apartados
del documento entregado a Toledo, que reseñamos, son uno de los
testimonios más laudatorios que pueden aducirse de las Ordenes
misioneras del siglo xvi y del criterio del Consejo que tan certera­
mente enjuició la realidad histórica. Ayudó sin duda alguna al elo­
gio la atinada observación del n.19 del referido documento: «en el
estado presente sería dificultoso haber clérigos en el número que
es menester, ni con la suficiencia y cualidades que se requieren para
proveer todas las dichas iglesias, y el ministerio de los dichos reli­
giosos que les están tan introducidos e instructos es muy conve­
niente» ! 3 .

Las cuatro O rdenes. Procuradores generales.— Las instruc­


ciones, de carácter ordenancista y durable, señalan los religiosos
que merecían la protección »egia: franciscanos, dominicos, agusti­
nos y mercedarios, y se enfrentan con uno de los problemas más
trascendentales para la historia eclesiástica de Indias: la admisión
de jesuitas. Diríase que prepara la solución para no romper el n ú ­
mero de cuatro, un previo aviso sobre los mercedarios, que misio­
neros en Ultramar desde el principio «se va acabando— afirman las
jnstrucciones— con no recibir allá de nuevo frailes, ni de acá dárse­
os licencia para que pasen». De hecho, los mercedarios, aunque
ueron disminuyendo en Nueva España, en el Perú contaron con
varones insignes, predicadores, sabios y obispos, más bien que
misioneros. De todos modos, la cláusula de la Junta era acaso re-
c.uiso trámite contra la táctica tradicional del Consejo de no mul-
’P icar las Ordenes misioneras, para facilitar la admisión de jesui-
'2 1
11 k U 'R'A.O. C., 21 7 - 210 .
U<■
". 21Q.
516 La Iglesia en la América del Norte española
tas que, con permiso parcial, habían navegado a la Florida en 1565
y siguientes años 14, y en 1568 al Perú 15.
Fijado el número y calidad de los misioneros, planea la Junta
reglamentar e intensificar el envío de los mismos y asegurar su se­
lección. Concretan las instrucciones que para tal fin el monarca
había ordenado residiese en la corte un procurador general de cada
una de las Ordenes misioneras de Indias con «particular cargo y
continuo cuidado de hacer diligencia en toda la provincia para en­
tender los frailes que en ella hay que sean a propósito para enviar
a aquellas partes, y que usando de todos los medios que convenga
y comunicándolo con los del Consejo de Indias, se procure de per­
suadir, mover y prevenir a los tales religiosos, y que para ello sean
favorecidos por nos y por el Consejo, dándoles las cartas y recomen­
daciones que convengan y que haga al Consejo relación de los tales
religiosos y nombres dellos, para que, con la primera disposición,
puedan enviarse. Y otrosí, habernos mandado se procure bula y
breve de Su Santidad y mandatos y patentes de los generales, diri­
gidas a los provinciales, para que ellos tengan este cuidado particu­
lar y continuo, y vayan eligiendo y deputando los frailes que para
este efecto parecieren idóneos y quisieren ir; y dé luego dello aviso
a procurador y, por su medio, al Consejo»16.
Planteles para form ación de misioneros. Colegios y semina­
rios.—La Junta diligenció también la adecuada distribución y for­
mación de los operarios apostólicos en el campo misional. Sugiere
el documento dado a Toledo que cada Orden tenga en Méjico y
Lima un monasterio numeroso y bien montado, seminario y plantel
donde se recogiesen los nuevos misioneros llegados de España, y
antes de ir a los puestos de doctrina y avance se iniciasen en la lengua
y necesidades de los indios con personas muy conocedoras de la
lengua, condición y naturaleza de los indios. Para el desarrollo de
ese plan orgánico procurarían enviar más religiosos de España y
el virrey removería allí el asunto, y para facilitar a esas casas toda
posibilidad de progresivo desenvolvimiento, derogaban la ordenan­
za que prohibía a los monasterios tener rentas, y les permitían la
posesión en común de «algunas heredades y pastos para sus semen­
teras y gafados limitadamente, cuanto para su mantenimiento fuese
necesario», y prohibían de nuevo a los particulares apropiarse ni
oro ni riquezas, como por especiales breves de Su Santidad esta­
ba mandado, y se obtendría nuevo mandato. Pequeños monasterios
o prioratos diseminados en las comarcas procuraría el virrey aumen­
tasen el número de religiosos, enviándolos de España, y haría se
fundasen también en parajes estériles y no tan cómodos, pues de
otro modo quedaba deficiente la doctrina, formación y conversión
de los indios 17.
14 L a documentación c historia de aquella misión las recoge ZuBiLLACtA, Monumfnta rtrt-
tiquo* F lo rid ae y La Flo rid a.
^ La documentación de aquella misión la recoge E g a ñ a , Mnnumenta peruana; cf. L R'
TUR JA, O.C., 2 2 0 - 2 3 3 .
16 L k t l p í a , O.C., 2 2 3 S.
1 7 O C , 222S.
C.l5. Junta Magna de 1368 617
p e los métodos misionales, no pudiendo la instrucción detallar-
lns e n c a rg a a l virrey los discuta con los prelados en particular, o
ando se juntasen en sínodo provincial, e insistiesen en dos puntos:
prim ero, que ios religiosos se den a curatos y tengan ellos mismos
para más instrucción y
CUId a p a lm a s ,' sr s ahondamiento de la fe en
los nativos ya convertidos, pero siempre sometidos, en su jurisdic­
ción y oficio de curas, a la autoridad y visita de los obispos. El segun­
do de vigencia vital, se refiere a escuelas y seminarios. Transcribi­
mos literalmente el párrafo:
«Para la instrucción de los indios y para plantar en ellos la doc­
trina cristiana con más fundamento y más raíz se tiene por medio
muy .sustancial el de las escuelas donde aprenden los niños y el de
los seminarios y colegios donde se críen, y el de los estudios donde
aprendan. Y así ha parecido se debe dar orden cómo las dichas
escuelas las haya en todos los lugares y repartimientos, donde sean
enseñados los niños en cartillas y libros a propósito de la doctrina
cristiana; y que en los lugares principales haya colegios y semina­
rios; y que también se mire en lo de los estudios [universidades];
y vos trataréis asimismo y conferiréis esto con los dichos prelados y
procuraréis se dé la mejor orden que se pueda, para que se haga lo
de las dichas escuelas, colegios y seminarios, mirando por qué orden
esto se pueda asentar y cómo y de qué se puedan sostener, y prove­
yendo en el entretanto lo que se pudiere, nos daréis aviso con vues­
tro parecer, visto lo cual se podrá con más fundamento ordenar» 18.
Si íás escuelas se habían generalizado casi en todos los pueblos
indígenas y había surgido algún que otro colegio, y algunas univer­
sidades, sobre todo los colegios adquirirán personalidad más des­
tacada en Nueva España con la venida de los jesuitas.

Diezmos. Diócesis de religiosos.— Los diezmos ocupan en las


instrucciones once números, del 25 al 36, que, según el documento,
habían de apoyar la erección, dotación y funcionamiento de cate­
drales, iglesias y doctrinas. Fernando el Católico había concebido
como única solución del problema económico-religioso del Nuevo
Mundo la institución medieval del diezmo, aplicado, por una parte,
en toda su amplitud y extensión, facultad donada para siempre a 1a
corona por Alejandro VI y redonada por él a los obispos, como
undación y dotación de las iglesias, con excepción de los novenos
en señal de poderío real. N i los gastos de flete y viaje de misioneros,
techos por el erario real, constituían pasivo de los diezmos, ni éstos
Se recaudaban con la regularidad deseada, sobre todo en las parro­
quias rurales y doctrinas, aliviadas económicamente por el tributo
Prodoctrinero sobre los tributos ya recaudados por los oficiales rea-
es- Las instrucciones vuelven al diezmo directo, diverso de los tri-
l! 0s- como solución general del problema económico-eclesiástico,
cabían de darlo españoles e indios sin distinción, de los frutos del
d^ ü Y de ganados, no de la industria y el comercio; había también
t7-rnos personales. De este modo podía desaparecer el tributo
516 La Iglesia en la América del Norte española
tas que, con permiso parcial, habían navegado a la Florida en i5f)(j
y siguientes años l4, y en 1568 al Perú 15*
Fijado el número y calidad de los misioneros, planea la JUnta
reglamentar e intensificar el envío de los mismos y asegurar su se-
lección. Concretan las instrucciones que para tal fin el monarq
había ordenado residiese cn la corte un procurador general de cada
una de las Ordenes misioneras de Indias con «particular cargo y
continuo cuidado de hacer diligencia en toda la provincia para en­
tender los frailes que en ella hay que sean a propósito para enviar
a aquellas partes, y que usando de todos los medios que convenga
y comunicándolo con los del Consejo de Indias, se procure de per-
suadir, mover y prevenir a los tales religiosos, y que para ello sean
favorecidos por nos y por el Consejo, dándoles las cartas y recomen­
daciones que convengan y que haga al Consejo relación de los tales
religiosos y nombres dellos, para que, con la primera disposición,
puedan enviarse. Y otrosí, habernos mandado se procure bula y
breve de Su Santidad y mandatos y patentes de los generales, diri­
gidas a los provinciales, para que ellos tengan este cuidado particu­
lar y continuo, y vayan eligiendo y deputando los frailes que para
este efecto parecieren idóneos y quisieren ir; y dé luego dello aviso
al procurador y, por su medio, al Consejo»16.

Planteles para formación de misioneros. Colegios y semina­


rios.— La Junta diligenció también la adecuada distribución y for­
mación de los operarios apostólicos en el campo misional. Sugiere
el documento dado a Toledo que cada Orden tenga en Méjico y
Lima un monasterio numeroso y bien montado, seminario y plantel
donde se recogiesen los nuevos misioneros llegados de España, y
antes de ir a los puestos de doctrina y avance se iniciasen en la lengua
y necesidades de los indios con personas muy conocedoras de la
lengua, condición y naturaleza de los indios. Para el desarrollo de
ese plan orgánico procurarían enviar más religiosos de España y
el virrey removería allí el asunto, y para facilitar a esas casas toda
posibilidad de progresivo desenvolvimiento, derogaban la ordenan­
za que prohibía a los monasterios tener rentas, y les permitían la
posesión en común de «algunas heredades y pastos para sus semen­
teras y ganado^ limitadamente, cuanto para su mantenimiento fuese
necesario», y prohibían de nuevo a los particulares apropiarse ni
oro ni riquezas, como por especiales breves de Su Santidad esta­
ba mandado, y se obtendría nuevo mandato. Pequeños monasterios
o prioratos diseminados en las comarcas procuraría el virrey aumen*
tasen el número de religiosos, enviándolos de España, y haría sc
fundasen también en parajes estériles y no tan cómodos, pues de
otro modo quedaba deficiente la doctrina, formación y conversé1'
de los indios 17.
.. h ? documenudón e historia de aquella misión las recoge Z u b i l l a o a , Monumentoíin
tiquae Flondae y La Florida.
'"ocu rn en tad ó n d<; a q u e lla m isió n la r f c o g e F .o a ñ a , Monumenta peruana; cf. ^
ruRiA, o . c . , 220-233.
1 0 L ,K T U J» IA , O . c . , 2 2 3 S .
i 7 Oc.,222S.
C .l}. Junta Magna de 1)68 517
p e los métodos misionales, no pudiendo la instrucción detallar -
I e n c a rg a al virrey los discuta con los prelados en particular, o
liando se juntasen en sínodo provincial, e insistiesen en dos puntos:
prim ero, que los religiosos se den a curatos y tengan ellos mismos
cura de almas, para más instrucción y ahondamiento de la fe en
los nativos ya convertidos, pero siempre sometidos, en su jurisdic­
ción y oficio de curas, a la autoridad y visita de los obispos. El segun­
do de vigencia vital, se refiere a escuelas y seminarios. Transcribi­
mos literalmente el párrafo:
«Para la instrucción de los indios y para plantar en ellos la doc­
trina cristiana con más fundamento y más raíz se tiene por medio
muy sustancial el de las escuelas donde aprenden los niños y el de
los seminarios y colegios donde se críen, y el de los estudios donde
aprendan. Y así ha parecido se debe dar orden cómo las dichas
escuelas las haya en todos los lugares y repartimientos, donde sean
enseñados los niños en cartillas y libros a propósito de la doctrina
cristiana; y que en los lugares principales haya colegios y semina­
rios; y que también se mire en lo de los estudios [universidades];
y vos trataréis asimismo y conferiréis esto con los dichos prelados y
procuraréis se dé la mejor orden que se pueda, para que se haga lo
de las dichas escuelas, colegios y seminarios, mirando por qué orden
esto se pueda asentar y cómo y de qué se puedan sostener, y prove­
yendo en el entretanto lo que se pudiere, nos daréis aviso con vues­
tro parecer, visto lo cual se podrá con más fundamento ordenar» 18.
Si las escuelas se habían generalizado casi en todos los pueblos
indígenas y había surgido algún que otro colegio, y algunas univer­
sidades, sobre todo los colegios adquirirán personalidad más des­
tacada en Nueva España con la venida de los jesuitas.

Diezm os. Diócesis de religiosos.— Los diezmos ocupan en las


instrucciones once números, del 25 al 36, que, según el documento,
habían de apoyar la erección, dotación y funcionamiento de cate­
drales, iglesias y doctrinas. Fernando el Católico había concebido
como única solución del «problema económico-religioso del Nuevo
Mundo la institución medieval del diezmo, aplicado, por una parte,
en toda su amplitud y extensión, facultad donada para siempre a la
corona por Alejandro VI y redonada por él a los obispos, como
Undación y dotación de las iglesias, con excepción de los novenos
?n señal de poderío real. N i los gastos de flete y viaje de misioneros,
lech°s por el erario real, constituían pasivo de los diezmos, ni éstos
Se recaudaban con la regularidad deseada, sobre todo en las parro­
quias rurales y doctrinas, aliviadas económicamente por el tributo
Prodoctrinero s°bre los tributos ya recaudados por los oficiales rea-
s- Las instrucciones vuelven al diezmo directo, diverso de los tri-
yl{ °iS', como solución general del problema económico-eclesiástico,
e ^bían de darlo españoles e indios sin distinción, de los frutos del
d¡?^X' y de ganados, no de la industria y el comercio; había también
/m° s personales. De este modo podía desaparecer el tributo
18 (\
U 22.SS.
518 La Iglesia en la América del Norte española
para los curas, y la corte no había de subsanar sus déficits. Las ins.
trucciones proponen distribución tripartita de los diezmos: una pai­
te para el prelado, la catedral y beneficiados de ella; la segunda para
las iglesias, curas y beneficiados, y la tercera para construcción, a
la que ayudaría la corte con dos novenos de todos los diezmos. Esta
repartición diezmal, favorable a los curas, no prevaleció en Ultra-
mar, sino la cuadripartita, aunque con ella salían perjudicados los
novenos de su majestad y la dotación de los curatos a beneficio de
la mitra y el cabildo catedral
Proyectó también la Junta de 1568, aunque no alude a esto el
documento dado a Toledo, entregar a religiosos las diócesis de mi­
siones. Fuera de las grandes metropolitanas, como Méjico, Lima,
Bogotá, etc., donde prevalecía personal español, las demás catedia-
les e iglesias las servirían religiosos y obispos, también religiosos, que
vivirían en comunidad y poseerían sólo en común las rentas de la
Iglesia. Motivo principal de estas disposiciones era evitar roces
entre ambos cleros y economizar gastos 20. Si las diócesis religiosas
no se actualizaron en Ultramar, el sistema característico de los diez­
mos se fue estableciendo desde entonces, lenta pero seguramente,
en todas tas iglesias, parroquias y misiones de las Indias españolas.
La junta de 1568 actuó audazmente en la estructuración de la Igle­
sia ultramarina.

El virrey Enríquez. Relaciones de las diócesis.— En abril


de 1568 habían nombrado virreyes del Perú y Nueva España, res­
pectivamente, a Francisco de Toledo y Martín Enríquez de Alman-
s a 21, y el documento dado a Toledo lo recibiría también el dele­
gado novohispano.
Enríquez, según órdenes recibidas, hizo compilar relaciones muy
detalladas de las diócesis novohispanas, que, remitidas a la corte,
suministraban a los consejeros de Indias pleno conocimiento del
estado eclesiástico ultramarino. Así, p.ej., el prelado antequerense
rotula de este modo el documento enviado a la península: «Relación
de la gente que hay en todo este obispado de la ciudad de Anteque-
ra, del vaü e de Oaxaca (Guaxaca), desta Nueva España, así de es­
pañoles como mestizos e indios, para enviar al Consejo de Indias
de su majestad, fecha por su mandato en esta dicha ciudad por e
muy ilustre y reverendísimo señor don fray Bernardo de Albur'
querque (1560-1579), obispo desta dicha ciudad e su obispado»
Vamos a adentrarnos, a la luz de los datos más salientes de este in
forme, en la vida eclesiástica de la diócesis antequerense.
Oaxaca. Región. Pueblos.— Oaxaca, llamada por los esparto
les Antequera, Huaxyacac en idioma mejicano, confinaba al ñor e
con los estados de Puebla y Veracruz, al oeste con Puebla y Gueirc
ro; hacia el sur está limitado por el Pacífico, y hacia el este p°r e
estado de Chiapas. Su mayor extensión de norte a sur era de ’
«eguas y 79 de este a oeste, con una superficie de 4.288 leguas cua

2 1c e ¿2() 22,> 2, SciiX ff.r , E l Gmsejo II 439-


' 22y 22 R O T 68s.
C.l5. Junta Magna de 1568 519

a-das. £1 obispado antequerense era superior en extensión al ac­


tual estado de Oaxaca.
La sierra que recorre Puebla y Méjico con picos de inmensa al­
tura se abate y extiende en Oaxaca ocupando casi toda su extensión,
v da a la región el carácter de extrema fragosidad y se divide en dos
r a m a le s que se dirigen separados, el uno directamente al norte, con
el nombre de sierra de Cuasimulco, y el otro, San Felipe del Agua,
que pasa cerca de la capital, hacia el noroeste, y vuelven a reunirse
otra vez en el estado de Colima.
Aunque Oaxaca, situada en zona tórrida, debería tener clima
abrasador, gracias a la cordillera de montañas que lo atraviesan
goza de clima por lo general benigno. Desde el estado de Puebla el
calor comienza a subir gradualmente hasta Tehuantepec, en que
llega a ser excesivo; en las costas el aire que se respira es ardiente y
malsano; los demás puntos del estado ofrecen temperatura diferente,
según su elevación sobre el nivel del mar, desde la templada y ca­
liente hasta la fría 23.
En la época que historiamos, idiomas de Oaxaca eran el cuica-
teco, mixteco, mixe, zapoteco, netzicho, chocho, chontal, maza-
teco, chinanteco, chatino, mejicano, huave, tehuantepecano, zoque,
trique y otros.
El cuicateco se hablaba en el departamento de Teotitlan; el
mixteco, en los del Centro, Jamiltepec y Teposcolula. Los mixes
ocupaban porciones de los departamentos de Tlacolula, Villa Alta
y Tehuantepec. El reino zapoteco se extendía desde el valle de
Oaxaca hasta Tehuantepec; el nexitza o nethicho (netzicho), al
norte de Oaxaca, en el departamento de Villa Alta; el chocho, en
parte del departamento de Huajuapan; el chontal (como sabemos,
de familia maya), en el de Tlacolula; el mazateco, en el de Teotitlan,
formando una pequeña fracción en el límite con el estado de V e­
racruz; el chinanteco, también en el de Teotitlan; el chatino, en
los del Centro y de Jamiltepec; el mejicano, en el de Teotitlan; el
huave, en el departamento de Tehuantepec; el tehuantepecano, de
Ia familia zapoteca, al este efe la capital, en el istmo; el zoque, por
labasco y Chiapas, llegaba hasta Tehuantepec; el triqui (trique),
•dioma no clasificado, en el departamento de Tehuantepec 24.

^oblaciones españolas e indígenas. Conventos dominicos.


Amigos.— En el obispado a que aludimos, refiere la relación de
burquerque, habían erigido cuatro poblaciones españolas: A n ­
quera, con unos trescientos cuarenta vecinos, casi todos gente
rnuy pobre y necesitada, los dos tercios españoles y los demás
mestizos y mulatos casados; la villa del Espíritu Santo, en la antigua
Provincia de Guazacualco, probablemente en el actual departamento
cl^ nalá, estado de Chiapas; San Ildefonso, entre los zapotecos,
c unos treinta vecinos, probablemente en el actual distrito de Villa
Ua*cz, «en unas sierras muy altas— dice la relación de Alburquer-

24 r'n Y.\ tlistoriú de Oaxaca \ 1,19-24.


ibíd., 2 5 -28 ; O r o z c o y B e r r a , Geografía de las lenguas 1 7 3 - 1 9 7 .
520 La Iglesia en la América del Norte española
que— , muchas y m u y fragosas, donde no hay granjerias algUnas
ni se crían ganados, ni tienen otra cosa de que se sustentar, sitió
de los tributos que dan los naturales, que son unas mantas de
algodón y un poco de maíz»; y Santiago de Nexapa (Nejapa),
veinte a treinta vecinos, en el actual distrito de Yautepec, sur de
la capital. Había también algunos españoles— «no se sabe el número
de ellos», dice ¿Alburquerque— diseminados por el territorio, co­
merciantes sin residencia fija 2~.
«El número de los indios naturales de todo este dicho obispado
— dice el obispo informante— , según la cuenta y noticia que se ha
tenido los años pasados, serán cien mil indios tributarios». Tributario
era, concreta Alburquerque, el marido y mujer, el viudo o viuda,
con los hijos que tienen debajo de su dominio paternal. Dos terceras
partes aproximadamente de estos nativos estaban al cuidado de los
dominicos, que desarrollaban su apostolado en veinticuatro casas
que habían diseminado por el obispado.
Vamos a presentar panorámicamente algunas de ellas. El conven­
to de Guaxaca (Antequera), casa de estudios con unos cuarenta re­
ligiosos residentes, era el principal que tenía la Orden en el obispado.
Probablemente admitían también estudiantes externos, y trabajaban
espiritualmente con unos dos mil tributarios habitantes de la ciu­
dad y alrededores.
Cuilapan, población al sudoeste de la capital, a 1.656 metros de
altura sobre el nivel del m ar26, con sus 5.000 tributarios más o
menos, tenía plenamente ocupados a los cinco o seis religiosos del
convento dominico; Ixtepixi (Ixtepiji: Santa Catarina), pueblo en el
actual distrito de Villa Juárez 27, y otros de los alrededores, con
1.800 tributarios, a cuatro religiosos. Ocotlan, distrito homónimo,
servido por pocos operarios apostólicos; Titiquipaque, con Tlacolula
y otras poblaciones, en el distrito de Cuicatlán 28; Nejapa, en el
distrito de Yr:ttepec 29; Tequisistlan, en el distrito de Tehuante­
pec 30; Jalapa, en el partido homónimo, estado de Tabasco 31, y Ia
villa española de San Ildefonso, son centros de actividad apostólica
en catecismos, escuelas y misiones. En esta última provincia— obser­
va la relación que espigamos— hay mucha necesidad de casas reli'
giosas, «porque es tierra muy fragosa, de muchas y muy grandes
sierras y de diversas lenguas», y así los dominicos estaban decididos
a erigir otras dos, una en los mixes y otra en los benicichcis (acaso los
benexonos o cajones, tribu zapoteca) 32, para doctrinar mejor a l°s
nativos y aprender lenguas 33.
Eran también conventos de irradiación apostólica el de Etla» 611

21 R O T 61,69.
W G a r c í a C u b a s , Diccionario II 406.
27 O.c., III 282.
29 O.c., V 330.
29 O.c., IV 172.
30 O.c., V 300.
31 O.c., III 29r.

Mismos <^ f k n e x o n o » V ( i ':,^ raí ia de las lenguas 1 8 5 ; S a n t a m a r í a , Diccionario de


33 R O T 69-73.'
C.l.5. Junta Magna de 1568 621
>1 distrito homónimo, con unos mil seiscientos tributarios; Huajo-
e itian (H u axo lo titlan ), en el distrito de Jamiltepec, con unos mil
u i n i e n t o s tributarios; Teutiia, en el distrito de Cuicatlán 34>con
unos mil cuatrocientos tributarios; Nochixtlan, en el distrito homó­
nimo, con unos mil cuatrocientos tributarios; Jaltepec, en el distrito
je Choapan 35, con unos mil quinientos tributarios; Yanhuitlan,
distrito de Teposcolula, con unos siete mil tributarios. La vasta dió­
cesis la habían ocupado en gran parte los activos misioneros.
Zonas también de nutrida población indígena, presididas por
casas dominicas, con sus correspondientes iglesias y escuelas, eran
Coixtlahuaca, distrito homónimo, con cuatro mil tributarios poco
más o menos; Tamazulapan (Tamazolapa), en el distrito de T ep o s­
colula, con unos mil setecientos tributarios; Tlaxiaco, en el distrito
homónimo, con unos cuatro mil doscientos tributarios; Tecomax-
tlahuaca, en el distrito de Juxtlahuaca, con unos mil seiscientos
tributarios, y Achiutla, en el distrito de Tlaxiaco, con unos dos mil
doscientos tributarios 36.
Las cifras de nativos dadas en el informe de Alburquerque, de
valor indiscutible, como transcritas de las tasaciones hechas en el
obispado de los pueblos aplicados a la real corona, y de los encomen­
dados, no incluían a personas exentas de pagar tributos: ciegos,
tullidos, enfermos, viejos e impedidos con otras enfermedades 37.
No deja de anotar el obispo informador la limosna anual que el
real erario pasaba a cada religioso doctrinero de los pueblos adjudi­
cados a la real corona: cien pesos de tepuzque, cincuenta fanegas de
maíz y arroba y media de vino de misa; los doctrineros de las enco­
miendas recibían de los encomenderos y de las casas encargadas de
las poblaciones idéntica limosna, excluido el vino, que proveía siem­
pre la corona 38.
La población restante del obispado: españoles, mestizos, mula­
tos, negros e indios, en la doctrina y administración de los sacra­
mentos, estaba a cargo de clérigos, treinta y siete por todos, y de
ellos sólo dos, rectores de Antequeraf percibían salario de los diezmos
del obispado; los demás estaban a merced de las primicias, muy esca­
sas de ordinario, ofrecidas espontáneamente; el nombramiento y
remoción de los curas usufructuarios de las primicias dependían
del prelado 39 .

Diócesis de T laxcala-P uebla de los A ngeles.— De la situa­


ción eclesiástica en la diócesis de Tlaxcala, cuya sede inicial fue la
Vl ia homónima, trasladada en 1539 a Puebla de los Angeles, posee­
mos una relación, redactada hacia 1570, durante la sede vacante,
PQl Cristóbal de Orduna, notario público apostólico, y firmada por
°n Alonso Pérez de Andrada, chantre, juez provisor, oficial y vica-
10 Scneral del obispado 4Í).
rustían por esta época en Puebla— la mayoría de los edificios
522 La Iglesia en la América del Norte española
todavía en fase constructiva— la catedral; dos hospitales, uno de la
catedral, que se edificaba en una casa donada por el arcediano don
Francisco de León, residente de la misma catedral, y otro de |a
Concepción, capilla de San Juan de Letrán, destinado a enfermos
pobres venidos de Castilla, mísero en construcción y renta; tres
monasterios de religiosos: agustinos, dominicos y franciscanos, y uno
de Santa Catalina de Siena; cuatro iglesias comenzadas: una de Nues­
tra Señora de los Remedios, otra de San José, la tercera de la Vera
Cruz y la última de San Sebastián; había, además, oratorios y sitios
señalados para iglesias de nativos residentes en los barrios de San
Pablo41 y Santiago, donde en 1550 iniciaran la construcción déla
iglesia consagrada al apóstol42. Los dominicos levantaban junto a su
monasterio un colegio43.

Franciscanos, dominicos, agustinos y clérigos.— El campo


apostólico se lo habían repartido clérigos y religiosos. Los francisca­
nos, además del monasterio poblano, habían erigido seis en Tlaxcala,
donde misionaban a mejicanos y otomíes; en Zacatlan, unos 106 ki­
lómetros al norte de la capital; en Jalapa, unos 310 kilómetros al
oriente de la capital, de donde servían también a poblaciones limí­
trofes; adjunto al convento tenían hospital; en Cuautinchan, sudeste
de Puebla; en Tepeaca, convento y hospital; en Acatzingo, distrito
de Tepeaca; en Tecamalchaco, distrito homónimo, donde el pueblo
había fundado hospital; en Quecholac, distrito de Chalchicomula;
en Tehuacán, unos 119 kilómetros al este de Puebla; en Totimehua-
can, distrito de Tecali, a 10 kilómetros al sur de Puebla; en Tecali;
en Acapetlauaca, distrito de Atlixco; en Cholula, ciudad del distrito
homónimo; en Huejotzingo y en Calpan, distrito de Cholula44.
Constituían también centros de apostolado los conventos domini­
co s de Tepeji, distrito homónimo; Chile, distrito de Acatlán, con
expansión para bastantes poblaciones limítrofes; el de las minas
de Tonala42; el de Huehuetlán, distrito de Chiautla; Izúcar, distrito
hoiru limo, unos 65 kilómetros al oeste de la capital, con asistencia
a pueblos de las inmediaciones 46.
Los agustinos, operarios apostólicos también de estas zonas, ha­
bían levantado conventos en Pahuatlán, distrito de H u a u c h in a n g O t
y trabajaban con unos 2.500 nativos extendidos en doce leguas; en
Chietla, distrito de Chiautla, monasterio con hospital; en Chiautla»
igualmente convento y hospital; en Tlapa, distrito de Morelos, ac
tualmente estado de Guerrero47.
Las demás poblaciones de la ingente diócesis, bastante superioreS
en número a las de los religiosos, las administraban clérigos, instru
yendo a los nativos en sus propias lenguas: Acasuchitlan— enurt^
rarnos sólo algunas , habitada por mejicanos y otomíes, el clerig0

1*1' O.C
k EK HT’
, J S.
4 4
ca^e'- de Puebla 417-420.
45 R O T I*.
9 c~í v 2S• 8.
46 R f Uí V,| , ASC0' CengrafUt 224; Vázqijfz de E spinosa, Compendio n.39 *
47 Ox„ 8-;s2!'
C.15. Judía Magna de 1568 523
v dro R om ero, conocedor de ambas lenguas; Ilamatlan, cantón de
Chicont<‘Pc c > estado de Veracruz, con nativos mejicanos y mixtéeos,
el vicario F ra n c isco de Zorita; Xonotla, cantón de Huastuco, estado
V eracru z, residencia de mejicanos y totonacos, con otros indígenas
de bastantes poblaciones puestas a su cuidado, el vicario Pedro
Ortiz de Zúñiga; Atzitzintla, distrito de Izúcar de Matamoros, Pue­
bla, Juan de Corres; Misantla, cantón del estado de Veracruz, Juan
Ramírez. La ciudad de Veracruz, residencia de españoles, estaba
a cargo del clérigo Juan Ruiz Flórez; el hospital, sin renta fija, se
sostenía co n limosnas. Campo de apostolado del vicario Cristóbal
de R ibera era Tlacotepec, cantón de Huatusco, estado de Veracruz,
con n u m ero sas estancias de popolacas y mejicanos. El clero secular,
atendidos convenientemente por religiosos los estados de Puebla y
Tlaxcala, misionaba preferentemente el estado de Veracruz 48.
En todos los pueblos, los nativos seguían análogo esquema de
formación: aprendían a leer y escribir y la doctrina por la cartilla
impresa en diversas lenguas; además, todos los domingos y fiestas
de guardar, con muy raras excepciones, antes de la misa y sermón, en­
señándoselos los mismos curas o catequistas e intérpretes debida­
mente instruidos, las cuatro oraciones: Pater noster, Ave Maria,
Credo y Salve en latín, y en su lengua, todos los artículos de la fe,
mandamientos y todos los puntos de la cartilla49.

Diócesis de Michoacán. Franciscanos, agustinos y clérigos.


La relación de la diócesis de Michoacán, recopilada hacia 1570 por
el notario público Juan Fernández Madaleno, es análoga a las dos
que acabamos de reseñar de Oaxaca y Tlaxcala 50. Ocupaba la sede
michoacanense aquel año el licenciado Antonio Ruiz de Morales
Molina (1566-1572) 51.
La ciudad de Michoacán, actual Morelia, sede diocesana, poseía
la catedral con cinco dignidades y siete canonjías y un cura, y anexo
a ella el colegio de San Nicolás, fundado por Vasco de Quiroga, con
unos treinta colegiales; un hospital para españoles y nativos, y un
convento franciscano con flos religiosos residentes 52.
Los franciscanos habían erigido en la región numerosos conven­
ís : Tzintzuntzan, Erongarícuaro, distrito de Pátzcuaro; Uruapan,
tancítaro, distrito de Uruapan; Tarímbaro, distrito de Morelia;
Ambaro, partido homónimo en el estado de Guanajuato; Zina-
Pencuaro, distrito homónimo; Tajimaroa, distrito de Zinapécuaro;
.uquilpan, distrito homónimo; Periban, distrito de Uruapan; Tere-
cuato, distrito de Zamora, y otros muchos 53.
Los agustinos no les van a la zaga ni en laboriosidad ni en número
k®, m°nasterios: Cuitzeo, distrito de Morelia, del que dependía tam-
(!e,\el de Santiago, con sus correspondientes barrios de asistencia;
/ ^ andar°, Tacámbaro, Tiripitío, distrito de Morelia; Matalzingo
atlalzinco), antiguo valle de Tolula 54; Jacona, distrito de Zamora;
4«, X C• .V 2 8 . 51 O.C., 3 1 .
so rV c ' 2 9 *. 52 O-C., 3 is .
54 1 ' • SS- 5J O.c., 33-49-
'n,' K/ de V e l a s c o , Geog)afia 246; V á z q u e z de E s p in o s a , Compendio 11.478.503.854.
524 La Iglesia en la América del Norte española
U c a r e o , distrito de Zinapécuaro; Huango, distrito de Puruándiro
y Puruándiro, por citar sólo los principales 55.
Los clérigos se han adjudicado también una notable porción del
campo apostólico: Ario, distrito homónimo, con don Juan Diez p0r
vicario; Huaniqueo, distrito de Puruándiro, con don Simón Páez-
Comanja, distrito de Puruándiro, y muchos otros56.
Los operarios apostólicos emplean en sus ministerios el tarasco;
con los chichimecos de Zinapéncuaro probablemente el otomí; en
Tajimaroa, de jurisdicción franciscana, el tarasco y otomí 57 .
Añade la relación que estamos siguiendo que todas las cabeceras
de la diócesis estaban provistas de hospitales fundados por Vasco
de Quiroga; además, Uruapan, Tajimaroa, Tarecuato, Acámbaro
y Tiripitío, de «solemnes espítales y bien adornados para el servicio
de los enfermos naturales»58.

Informe del arzobispado mejicano. Cédula real. Esquema


de Ovando. Documentos remitidos.— El informe que poseemos
del arzobispado mejicano 59 es mucho más exhaustivo que los ante­
riormente considerados. El hecho es muy explicable y vamos a tra­
tar de aclararlo.
Una cédula real de 23 de enero de 1569 encargaba al arzobispo
mejicano Montúfar que, apenas recibiera el presente documento,
con brevedad, diligencia y secreto efectuara las averiguaciones que
le concretaba por escrito el licenciado Juan de Ovando, consejero de la
Inquisición, que, por orden suya, visitaba el Consejo de Indias, exi­
giéndolas a las personas interesadas y enteradas. Categóricamente
manda la cédula «que así lo hagan y cumplan y que guarden secreto,
so las penas que de nuestra parte les pusiéredes»; los despachos re­
sultantes los remitiría duplicados en diferentes navios de la misma
flota 6°.
El documento de Ovando, plasmado, según lo hemos indicado,
del programa de las asambleas de 1568, presentaba un esquema
detallado y concreto de las indagaciones que el arzobispo había de
llevar a cabo.
«Con mucha diligencia, secreto y cuidado se informará de algunas
personas, ansí eclesiásticas como seglares, de los más expertos, anti­
guos y discretos de su Iglesia y diócesis de lo que saben, creen y en­
tienden, ovieren visto, oído decir, que en cualquier manera perte­
nezca a la vista del Consejo de las Indias y de las personas visitadas,
igualmente de las cosas y negocios que en el dicho Consejo se han
tratado y se tratan, proveído y proveen, si son como co n vien e a
servicio de Dios y de S. M. y bien de aquella república de las Indias-
si hay o ha habido alguna falta, descuido o malicia»6*. Especifica en
seguida los puntos que el informante ha de abordar, de l°s ^UC
seleccionamos los de carácter eclesiástico: ,
«En materia de provisión de obispados, dignidades, preben as

'« 59 R A M .
C.l.5. Junta Magna de 1568 525
otros beneficios y oficios eclesiásticos y cerca de las personas pro­
veídas y de la doctrina de los indios; ... enviará por escrito y testimo­
nio auténtico la erección de su Iglesia y testimonio della; ... los
límites de su arzobispado y abadías y jurisdicciones eclesiásticas que
hay en su diócesis y con quién y por qué autoridad se dividieron;
lista de los prelados que sucesivamente han sido en su Iglesia;
lista y descripción de todos los pueblos de españoles que hay en
su diócesis, y el número de los vecinos pobladores y casas que hay
en cada uno, y el orden que han tenido y tienen los prelados y curas
de la dicha diócesis para los empadronar para las confesiones y hacer
cumplir los preceptos de la Iglesia; ... lista y descripción de todos los
pueblos de indios y número de los caciques y señores y principales
que hay en la dicha diócesis y de los pueblos que cada uno tiene
debajo de su gobernación, y las personas que hay en cada pueblo
y los que han admitido la doctrina cristiana y los que no, y los que
están doctrinados o por doctrinar; ... número y descripción de todas
las iglesias, ansí catedral y matriz, parroquiales, monasterios e igle­
sias votivas, hospitales, colegios y lugares píos que hay en su dióce­
sis; ... lista y número de los beneficios y oficios eclesiásticos que
hay en su iglesia catedral, y los que sucesivamente de ellos se han
proveído, y los que al presente están proveídos o vacantes; ... lista y
número de todos los beneficios simples y curados que hay en cada
iglesia de su diócesis, y de las personas que en ellos se han proveído,
cómo y por quién, y los que están vacantes; ... lista y descripción de
todas las doctrinas que hay en su arzobispado y diócesis, ansí de las
personas que en ellos se han proveído y proveen, y cómo y por
quién; ... número de los clérigos que hay en su diócesis, con qué
licencia pasaron y las calidades que tienen; ... número de religiosos
y sus calidades; ... copia de los sínodos provinciales y diocesanos que
se han celebrado por el dicho señor arzobispo y de sus anteriores
y de las personas que en ellos asistieron, y en qué lugar se celebra­
ron; ... copia de las provisiones que se hacen a los clérigos y religio­
sos para administrar la doctrina cristiana y sacramentos, y la instruc­
ción que se les da; ... copia del catecismo de la doctrina cristiana que
se enseña y orden que se tiene en enseñarse; ... copias de las actas de
ios capítulos de las Ordenes; ... copias de las instrucciones que lle­
van los visitadores de las Ordenes para visitar sus provincias, y lo
que han ordenado en las dichas visitas en la dicha diócesis» 62. Rem i­
t í a también testimonio de lo demás que entendiese convenir para
que en la visita del Consejo de Indias se proveyese todo por testimo-
j^o autorizado sacado de los libros y escrituras existentes en la
glesia y diócesis ultramarinas63.
El documento transcrito manifiesta claramente el puesto promi­
nente que sigue ocupando Ovando en la reorganización de la Iglesia
Ultramarina.
. . La iniciativa ovandina suscita información inapreciable para la
lstoria eclesiástica de Indias. El arzobispo mejicano, en la Relación
526 La Iglesia en la América del Norte española
con que responde al memorial de Ovando, aludiendo a los documen
tos que remite, afirma: «Item, van listas y descripciones de los pueblos
españoles» y «setenta y cinco listas y descripciones de los pueblos in.
dios que están a cargo de los clérigos, y numero de los caciques y prini
cipales dellos». Información y listas de pueblos evangelizados por
religiosos no habían podido obtenerlas, «porque, aunque se les pi­
dieron— explica el prelado— , no las han dado, porque dicen tener
ellos cédulas reales para que envíen lo que es a su cargo, según se
puede ver por la diligencia que con ellos se hizo, que va con ésta» 64
Esas descripciones dan la proyección completa de la vida eclesiástica,
Presentamos sólo algunas para apreciar el ritmo de esa actividad.

Tizayuca. Pueblos y estancias. Vida eclesiástica.— Tizayuca


(Tetzayucan), distrito de Pachuca, estado de Hidalgo— recogemos
el informe juramentado del cura Pedro Felipe— , tiene quinientos
sesenta tributarios casados, y cincuenta viudos, medio tributarios;
penitentes varones, de catorce años arriba, seiscientos ochenta y
siete, y mujeres, de doce años arriba, seiscientas cuarenta y siete.
La advocación de la iglesia era la Transfiguración. Habitaban la
población mejicanos y otomíes; muchos de los últimos conocían el
mejicano. Gobernaba el pueblo el indio don Melchor de Peñas,
oriundo de él, asistido por diez o doce principales. Dependían de
Tizayuca cuatro pueblos, veinte estancias y seis barrios. Todos los
tributarios llegaban a 4.471; los penitentes: varones de catorce años
y mujeres de doce arriba, a 9.888.
Todos estos pueblos y estancias— asegura el relator— «han admi­
tido la doctrina cristiana y palabra divina, según que por los actos
exteriores veo, porque vienen todos los domingos y fiestas a oír misa
y la doctrina cristiana y los sermones, ... y todos los más se confiesan
y están obedientes a los preceptos de nuestra madre la santa Igle­
sia» 65.
Concretando su actuación apostólica, «el modo que tengo de visi­
tarlos— prosigue el ministro del Evangelio— es que todos los domin­
gos y fiestas de guardar de todo el año digo la misa en este pueblo de
Tetzayucan ¡.Tizayuca], porque aquí acude la mayor parte de la
gente del partido, por estar casi en medio de todas estas estancias
y pueblos»; como tenía facultad de binar los días de precepto, la
segunda misa la celebraba en otra cabecera— así en quince días las
recorría todas— , adonde podían asistir residentes de otros pueblos-
Las pascuas y festividades del Santísimo, todos venían a Tizayuca
con sus andas y cruces para oír primero la misa y sermón y participa1
después en la solemne procesión, indispensable en aquellas solern
nidades. Entre semana visitaba las poblaciones donde decía mlsa
y administraba sacramentos. En territorio tan vasto— observa el in
formante serían necesarios otros dos ministros para asistir mej°l
a los nativos.
T o d a s las fiestas p r in c ip a le s d e p r e c e p t o — p r o s ig u e e l relatoi >

64 O.c., 17.
6 5 O.c , 59.
C.l.5. Junta Magna de 1568 527
■ nos domingos entre año y de cuaresma les predicaba en mejicano,
h sán d ose en algún pasaje evangélico, sobre la ley de Dios, obras de
• tr ic o r d ia , exhortándolos siempre al servicio de Dios Nuestro
y a huir vicios.
A d vien to, septuagésima y cuaresma, épocas destinadas a confe­
siones d e nativos, a los que se habían de acercar al sacramento, los
preparaba en el día al dolor y arrepentimiento; los examinaba en las
cuatro oraciones y en la doctrina, notando a los que las ignoraban
para enseñárselas después; hacía la lista de los confesados para ver
después por los padrones los rezagados.
El matrimonio no podían contraerlo los indígenas sin saber toda
la doctrina cristiana; «y antes que los case— son palabras del relator—
los confieso y les exhorto se ofrezcan a Dios en ofrenda y sacrificio,
para que lo reciban en gracia, y son interrogados si se casan de su
libre voluntad o si son forzados; y visto que no hay ningún impedi­
mento, y después de se haber hecho todos los requisitos que el
sancto concilio [Tridentino] manda, los desposo y les digo su misa y
les echo las bendiciones, y desto tengo libro donde los asiento»66.
Concreta la manera que tiene de bautizar, la regularidad y mé­
todo con que lleva los libros de bautismo. Para bautismos de ur­
gencia tenía enseñados cuatro o cinco indios de los cantores y de
los más diestros.
Había dado orden en todo el partido que, en cayendo algún
indio enfermo, lo vinieran a llamar para confesarlo. No negaba la
comunión a quien se la pedía y recomendaba su frecuencia.
Para la asistencia a la misa y a la doctrina había señalado nativos,
y cada uno de ellos tenía cuenta de 20 casados, con resultado sa­
tisfactorio; la negligencia culpable de cualquiera de las partes se
castigaba debidamente 67.
La doctrina cristiana la enseñaba con una cartilla en mejicano
y otomí hecha en Méjico. Ocho o diez indios cantores la voceaban
al pueblo reunido en el patio de la iglesia, y éstos iban respondiendo
en coro, ayudados por los cantores distribuidos a trechos. Trece
o catorce indios cantores solemnizaban también la misa de los do­
mingos y fiestas y los instrumentos musicales se regulaban según
la solemnidad.
Ocho o diez sacristanes se encargaban del servicio del altar, y los
uias laborables enseñaban la doctrina cristiana a los niños congre­
gados en el patio de la iglesia; ocho o diez ancianos, cada uno en su
arri°. se encargaban de reunirlos y traerlos a la iglesia para la
catcquesis, que duraba dos horas.
Ln una escuela anexa a la iglesia todos los niños aprendían a
Cer y escribir; de los más hábiles seleccionaban algunos para
cantores o sacristanes y un maestro los enseñaba y doctrinaba; los
cantores se ejercitaban, según sus aficiones, en canto llano y de
T f n o 0 en instrumentos musicales, «todo para ornato y servicio
culto divino»68.

*7 sc>-6i. 68 O .c ., 62.
6is.
528 La Iglesia en la América del Norte española

Régimen y gobierno. Obstáculos a la evangelización.— Cada


pueblo cabecera tenía gobernador y dos alcaldes cadañeros, elegidos
por los cabildos locales; regidores, mayordomos y alguaciles, qUe
administraban justicia con jurisdicción recibida del virrey, reco­
gían los tributos de S. M. y de encomenderos y cuidaban la asisten­
cia a misa de los nativos. El operario apostólico debía vigilar no se
cometieran injusticias.
Regían el partido tres corregidores o alcaldes mayores designa­
dos por el virrey. El misionero se veía obligado a evitar vejaciones
y velar por la aplicación de la ley y podía sólo reprender desde el
pulpito abusos que los principales cometían contra los maceguales.
Si los ministros del Evangelio no eran hombres de bien y temerosos
de Dios— afirma el relator— los indios se escandalizaban y se des­
vergonzaban en pecar; había conocido durante su ministerio ante­
rior ministros que alborotaban a los nativos y por intereses perso­
nales los azuzaban a levantar pleitos 69.
Calamidad general y estorbo notable para la evangelización lo
constituían las borracheras del gobernador, alcaldes y principales
en bailes y mitotes celebrados por las pascuas y otras solemnidades
delante de los maceguales que hacían el mitote y estaban presentes;
con prohibir semejantes francachelas se evitaban muy grandes ofen­
sas, consecuencia de las borracheras.
La opresión del fuerte contra el débil era despiadada entre los
nativos: pesos, maíz y otros productos destinados en las comuni­
dades indígenas para pascuas y fiestas, no bastaban muchas veces
y echaban mano de las sobras de tributos, y si no las había, el re­
sarcimiento caía sobre el macegual; el informante había visto en un
pueblo dar por descargo más de cien fanegas de maíz que gastaron
solamente para hacer cacao, y, con excusa de dar algo a los minis­
tros, robaban la sangre de los miserables maceguales y los forzaban
y encarcelaban si se oponían a darlo; los pleitos eran también bue­
na exrusa para robarlos. Cometían igualmente otros vejámenes con­
tra la oprimida clase 70.

Tepotzotlán. Sacramentos. Vida mariana. Españoles.—-El


reseñado informe nos introduce muy dentro d e la vida eclesiástica
de Ultramar, desarrollada, con variantes locales más o menos peri­
féricas, en todos los pueblos de nativos. Recojamos otra página his­
tórica igualmente sugestiva.
Fepotzotlán— testimonia c o n juramento e l vicario d e l pueblo,
don Francisco Ronán, el 9 de octubre de 1569— , población del par­
tido de Cuautitlan, situada a 37 k iló m e tr o s al nordeste d e la capita
mejicana71, con cinco estancias dependientes, distante alguna dos
leguas, con el gobernador don Martín de Ribas, principal y natura
del pueblo, dos alcaldes y cuatro regidores, seis principales, contaba
con 719 hombres casados tributarios, 78 mancebos y 78 doncellas
de catorce años para arriba; inferiores a esta edad, 750. Las iglesias
69 O.C , 633.
70 O . r . f 6 4 S.

^ G a r c í a Cíubas, Cr€Q%T(if{ci V 297.


C.15. Junta Magna de 1568 629
erm ita s del grupo, erigidas generalmente por franciscanos, excep­
tuada I** iglesia de la cabecera, por la pobreza de los nativos, perma­
necían descubiertas. La destrucción de algunas— observa el vicario—
evitaría gastos económicos de los nativos las fiestas de ellas y los
congregaría en las estancias principales 72 .
Los residentes de la zona, mejicanos y otomíes, en mayoría los
segundos, aunque menos instruidos que los primeros, habían reci­
bido y a c e p ta b a n bien la doctrina cristiana. Los primeros se confe­
saban una vez al año, para cumplir con el precepto de la Iglesia,
y la m a y o r parte de los mejicanos dos, por pascua de Navidad y
cuaresm a. Cuarenta mejicanos comulgaban dos veces al año.
En la época de las confesiones, el vicario, recorriendo las casas
m ejicanas, hacía la lista de los que se habían de acercar al tribunal
de la penitencia. Con los otomíes, derramados por cerros, montes
y quebradas, y sus casas muy apartadas unas de otras, imposibili­
tado de compilar lista alguna, se atenía al personal que los capitanes
y mandones le decían tener en sus capitanías y barrios: estando
juntos y congregados, como lo estaban en otras partes, los padrones
los llevarían sistemáticamente, e igualmente la asistencia a los en­
fermos. Las listas recopiladas hasta entonces señalaban 6.149 con­
fesiones anuales, a las que había que añadir otras fluctuantes 73.
Las estancias más cercanas— seguimos el relato del vicario— las
visitaba cada ocho días, y las más apartadas cada quince, de manera
que le bastaba una quincena para recorrer el partido. Celebrar misa
en las estancias suponía confesar enfermos y bautizar niños. La
misa celebrada los domingos y fiestas principales de todo el año,
en la cabecera venían a oírla los de las estancias más próximas; de
las más apartadas, sólo los hombres, pues las mujeres, retenidas por
los ríos y otros impedimentos, la oían en sus estancias cada quin­
cena, cuando él iba a visitarlas. Todos, hombres y mujeres, se re­
unían en la cabecera los primeros días de pascua, jueves y viernes
santo, el día del Corpus y de Santiago, patrón del pueblo.
En las reuniones tenidas los domingos y fiestas principales en la
iglesia de la cabecera, los mandones y capitanes daban cuenta de
*os hombres y mujeres que tenían en sus capitanías y barrios y de
Jas ausencias justificadas. Juntos todos en dos grupos, y separados
|os hombres de las mujeres, aprendían la doctrina cristiana, siguien­
do el texto de fray Alonso de Molina, O. F. M . 74, en sus lenguas
mejicana y otomí 7~.
Ei vicario percibía un salario de ciento ochenta pesos de minas.
as iglesias, sin renta ni propiedades, tenían que contar con la ge­
nerosidad de los fieles, y aun en la principal— indicio sintomático
e su pobreza— tuvieron que sustituir la campana, que se había
r° to> P °r otra muy pequeña que apenas se oía, y esto ocasionaba
r^t asos a las funciones religiosas. Los nativos, pobres, y más los
0 oiviíes, confiaban sus escasos haberes a la labranza.
72
73 DAM 81-84.

74 tV0'* ®
4s.
75 lernos hablado de este catecismo en el c .n ; cf. G IM C B 70-74.
IMM 858.
530 La Iglesia en la América del Norte española
Todos los mejicanos, con candelas y rosarios nota mariológiQ
peculiarmente atendida en la Iglesia ultramarina76— , los sábados
oían misa cantada de Nuestra Señora, y con limosnas que pasaban
a un mayordomo procuraban no faltara nunca la cera, y querían
fundar para ello, con licencia del arzobispo, una cofradía.
Familias españoles diseminadas por la región, unas diez, posee-
doras de alguna hacienda caballar, de labores de pan y estancias
de ganado menor, frecuentaban Tepotzotlán para sus prácticas re­
ligiosas; llevaban adelante el proyecto de un obraje de tejidos, aun­
que, por carencia de casas, no habían reclutado gente, y buscaban
un sacerdote para la asistencia de los nativos que no podían aban­
donar el trabajo 77.

Jalatlaco. Instrucción religiosa. Sacramentos.— La diversidad


de lenguas en partidos y pueblos dificultaba notablemente la obra
apostólica. Jalatlaco (Xallatlauhco), p.ej., distrito de Tenango, esta­
do de Méjico— recogemos el informe juramentado del cura local
Juan de Segura, de 14 de noviembre de 1569— , con sus cinco estan­
cias, de los 3 370 indígenas que se confesaban, 1.800 mejicanos en­
tendían y hablaban sólo su lengua, 1.200 la suya otomí y los restan­
tes la matlatzinca, radicada en la otom í78. El cura tenía también
a su cargo la cabecera de Coatepec, distrito de Tenango, con dos
estancias dependientes: 1.120 nativos de confesión, procedentes de
las tres familias lingüísticas poco ha mencionadas.
Para la instrucción religiosa, que había de hacerse en los idiomas
aludidos, y en la que los mejicanos aventajaban a los demás por sus
mejores aptitudes, ayudaban al ministro evangélico un fiscal de con­
fianza y conciencia, conocedor de las tres lenguas; dos alguaciles
de la iglesia e indios más dispuestos, encargados en cada barrio de
traer a todos a la iglesia los domingos y fiestas de guardar. Reuni­
dos todos en el patio de la iglesia de Jalatlaco, y divididos en gru­
pos segur» la lengua, tres indígenas previamente aleccionados vocean,
cada uno en su sección, las preguntas de la doctrina, primero en
latín y después en la correspondiente lengua, y los grupos van res­
pondiendo también en alta voz.
E l esquema de enseñanza abarcaba: persignarse, Pater noster,
Credo, Ave María y Salve Regina, los catorce artículos de la fe»
los diez mandamientos de la ley de D io s y lo s c in c o d e la Iglesia,
ios siete pecados mortales y las catorce obras d e m is e r ic o r d ia y otios
puntos catequísticos. A este diálogo, que duraba u n a h o ra , seguía
algunos domingos y fiestas principales y los domingos d e cuaresma
un sermón del cura en mejicano y después la m i s a 7 **.
A la misa que se celebra tres domingos sucesivos en la cabecera
de Jalatlaco aseguraban la asistencia de todos los nativos del partid0»
además de los indicados anteriormente, cien indios de todo el dis

, 7’ Jjayi.c, Sania María i;n Indias 241-284; VARfiA'i Ugartk, Historia di'l culto de
na en Hispanoamérica.
77 l)AM 86s.
iü ^ A<’co Pizana, Los otomíes 12s.
C.l5. Junta Magna de 1368 531
to e n c a r g a d o s de evitar ausencias que no fueran por enfermedad
ti otro motivo razonable; a los culpables se les castigaba el domingo
siguiente.
El c u a r to domingo, Coatepec es el puesto señalado para el santo
s a c r ific io . Entre semana, el cura visita las estancias y enseña en la
iglesia la doctrina a los niños de siete años para arriba, controlando
diligentemente la asistencia de todos, y bautiza a todas las criaturas
recién nacidas.
Desde septuagésima, el operario apostólico confiesa a los meji­
canos, según las listas que llevan diligentemente el fiscal y los capi­
tanes de los barrios; a los otomíes, cuya lengua estaba aprendiendo,
esperaba poderlos confesar la próxima cuaresma; a los matlatzincas
los enviaba a Calimaya (Callimayan), distrito de Tenango, donde
los confesaba un religioso conocedor de su lengua.
A la comunión admitía a algunos mejicanos principales que creía
capaces de recibirla, disponiéndolos primero con muchas pláticas
y amonestaciones para que se acercaran dignamente 80.
A los que se habían de casar los llamaba y apuntaba sus nom­
bres, lugar de origen y residencia; hacía después las proclamas en
tres días feriados o festivos, una cada día, en su propia lengua.
Asegurada la ausencia de legítimo impedimento, los casaba y ve­
laba en día apropiado, según las normas del concilio Tridentino,
cuidando no estuvieran ni vivieran juntos antes de finalizarse todos
estos requisitos.
Cada estancia del partido tenía su iglesia levantada por los na­
tivos, donde diariamente enseñaba la doctrina a los niños 81.

Rem edios. Plaga funesta.— Respecto a avisos o sugerencias


que se le piden para mejoramiento temporal o espiritual de la Igle­
sia y arreglo de faltas que pueden existir en ella, cree el informante
de la máxima necesidad el conocimiento en el ministro de lenguas
indígenas— en el caso de Jalatlaco, la mejicana y otomí— , pues ha
de cuidar continuamente nativos movedizos e inconsistentes en la
fe, «que, en dejándolos de la*mano y descuidándose con ellos», ol­
vidaban la doctrina aprendida y se daban a supersticiones.
Esta vigilancia y atención constantes al indígena— discurre el re­
lator— sólo eran posibles si el operario apostólico tenía suficientes
medios de subsistencia señalados por su majestad, «y, no haciéndo­
se esto— prosigue Segura— , no se remedian desasosiegos e inquie­
tudes que a los sacerdotes se dan con las innovaciones que cada
la los encomenderos y ministros de su majestad hacen y ordenan
^n los salarios que a los ministros señalan para su sustentación,
rayéndoles arrastrados y deshaciendo su honor y reputación», de
a manera que los nativos, favorecidos por los primeros, tenían en
P°co a los ministros, y aun les reclamaban las limosnas que espon-
aneamente les habían dado. Perdidas así la reverencia y el prestigio,
e Poco servía la predicación del sacerdote. Soluciones insustitui­
53*2 La Iglesia en la América del Norte española
bles eran que el monarca designara una parte de los tributos p ^
el culto eclesiástico y erigiera en el partido beneficio al qUe S6|0
pudiesen aspirar conocedores del mejicano y otomí, y así los fra¡_
les— añade Segura— no desasosegarían «a los naturales persuadién-
doles e importunándoles que procuren por todas vías desechar el
ministro clérigo que tienen y que los admitan a ellos; porque se
sigue de esto tanta confusión a estos naturales que, por bueno que
sea el clérigo, vienen a pensar no ser su doctrina la verdadera, sino
la de los frailes, y de aquí se sigue gran cizaña y confusión» 82,
Estas desavenencias proselitistas, mencionadas con alguna fre­
cuencia en los documentos de la época, desfavorecían no poco la
colaboración de los misioneros, tan necesaria en campo tan vasto
como Ultramar.
Mantenían, además, en la Iglesia de Indias opresión molesta las
vejaciones y robos manifiestos con que autoridades y principales
nativos se ensañaban en los maceguales, haciéndoles traer leña, za­
cate y carbón, y exigiéndoles servicio personal sin compensación
ni paga, y tributos anuales conforme a sus tasaciones 83.
La piara más funesta de los indígenas, a juicio de Segura, «son
las grandes borracheras que todos en común tienen, de que proce­
den grandes ofensas de Dios Nuestro Señor, como son adulterios,
muertes, heridas, con otros muchos males que cada día se ven».
Estas borracheras daban oportunidad a los jueces nativos para
sacar d’nero a maceguales culpables, pero también inocentes. El
informante prefiere al dinero castigo corporal y público para esa
culpa. Desaconseja también la residencia de los encomenderos en
los pueblos de sus encomiendas «por las grandes molestias que a
los naturales dan con sus tratos y granjerias» ®4.

D ocum ento inapreciable. D ignidades eclesiásticas. Visita de


obispos.— Las respuestas de vicarios y curas al cuestionario de Ovan*
do constituyen un documento de inapreciable valor para el conoci­
miento de la actividad que la Iglesia desarrolla en Ultramar.
También el arzobispo mejicano fray Alonso de Montúfar, O. P-.
que podía alegar su larga experiencia de pontificado— fue presenta­
do a la sede metropolitana en 1551— , después de c o n c ie n z u d a in­
vestigación redacta el informe pedido. Avala así sus a f ir m a c io n e s :
«habiéndonos informado de personas de crédito y antiguos en esta
tierra, y de quien tenemos c o n fia n z a nos han d i c h o verdad, y reci*
bido de cada uno juramento en forma que nos informarían cierta
y verdaderamente lo que por Nos les fuese preguntado y cofliuni*
cado, con el secreto que por la dicha real cédula y memorial d e sus
nombres de cada uno en particular, y sin que los unos su p ie se n de
los otros». Recoge en seguida la proyección resultante d e todos esos
testimonios. Interesa a nuestra historia su carácter ecle siá stic o .
• ° ^ provisiones de obispados, dignidades, prebendas, bene
cios y oficios eclesiásticos y personas proveídas—-expone el arl‘ ov®
* z O.c., í 18-120.
83 O.C., 17,0.
84 O .c r 20 $.
C.l.5. Junta Magna de 156$

los informes, sin poner tacha en ellas, íbflbwlemente d es& í


ban fuesen señalados «hombres muy probadcm doctrina,
letrados, teólogos o juristas, en los cuales se coqoqpese noSfefcarien-
te mucha caridad y amor con los prójimos, por¿J^<rnás fácilnfeá^
acudiesen a las necesidades espirituales y temporaw^ga¡|sus ovejas,
V que pasasen de cuarenta años, si no fuese persoraPlfejn & t l etn
menos edad se conociese consumación y perfección d e^ fi 6 6 B 5 6
años»
Sugerían algunos—sigue relatando Montúfar—se redactasen ins­
trucciones para las visitas de obispados, para que los prelados redu­
jesen al mínimo el acompañamiento de gente y no diesen trabajo
a los nativos, ordinariamente muy pobres; aludían también a pre­
lados infamados en parte a beneficios, señalando claramente al de
Guatemala, don Bernardino de Villalpando, y a otros pocos letra­
dos; estas provisiones defectuosas— indicaban los informantes— se
deberían acaso a recomendaciones de personas influyentes aun del
Consejo de Indias, o a otras vías tortuosas; estas provisiones, dada
su importancia, se debían hacer con equidad. Prebendados los ha­
bía de poco mérito, ciencia y doctrina; algunos que apenas sabían
leer, y lo manifestaban en la pronunciación y acentos de las misas
cantadas y rezadas, y surgía espontánea la sospecha de que hubie­
sen conquistado aquellos puestos con dinero; entre los capitulares
de la catedral sólo dos o tres tenían nombre de letrados. Si estos
puestos se obtuvieran por oposición—observa el prelado— y se aqui­
latara en los opositores la virtud y ciencia, se seguirían grandes
ventajas a la Iglesia de Indias y a los obispos, que tendrían así bue­
nos consejeros.

Escasez de ministros. Tributos de nativos. Agrupaciones


españolas.—La instrucción religiosa del nativo— prosigue Montú-
fer—era insuficiente por falta de ministros, y escaseaban éstos por
el exiguo estipendio que percibían; la responsabilidad del monarca
añade el prelado—era grave en este punto; los diezmos generales
podían asegurar adecuada solución 86.
En pueblos de indios—sugiere el prelado—habrían de residir
«españoles casados y conocidos, de buena vida y ejemplo, porque
se seguirían muchos provechos, especialmente que muchos mulatos
y mestizos que maltratan a los indios y se andan por los pueblos
bellos vagabundos, se refrenarían y no osarían molestarlos, ni ha­
cerles agravio, y los indios que naturalmente son inclinados a vicios,
se C01‘regirían mucho con el buen ejemplo de los españoles, y así,
0 de vergüenza o de temor, no se harían tantos delitos y pecados
entre ellos, a lo menos públicos» 87.
Facilitaría la evangelización de Ultramar la propuesta hecha por
a Runos informantes de que los nativos no tributasen en dinero
"solución propuesta por la Junta de 1568—, sino en lo que cose-
53^ ,, * '-Áj-'lflesiA América del Norte española
chaban y criaban, pues así labrarían y cultivarían la tierra y paga
rían el tributo más fácilmente y la región abundaría en bastimentos
En eL., actual régimen de tributos, el indígena no residente en co­
marca de españoles, obligado a buscar dinero en otras partes, tra-
bajaba má$- fatigosamente y perdía su casa. Este método tributario
habrían seguirlo al menos los que vivían apartados de comuni­
cación Española 88.
Las agrupaciones más numerosas de españoles, que alternaban
con el indio la vida eclesiástica novohispana, se habían aglomerado
en la diócesis de Puebla, y principalmente en el arzobispado meji­
cano. En Huehuetoca, distrito de Cuautitlán— recogemos los datos
del informe de Melchor López de Avalos, cura del mencionado
pueblo— , unos sesenta de confesión se habían distribuido por cua­
tro estancias de ganado y labor; todos acudían al mencionado pue­
blo para la misa y recepción de sacramentos. Frecuentaban tam­
bién Huehuetoca para sus prácticas y deberes religiosos los pocos
españoles, unos veinte, establecidos en cuatro haciendas del pueblo
de Covotepec, distrito de Cuautitlán 89.

E n ia capital mejicana. Parroquias e iglesias. Proselitismo.


A ctitud exclusiva.— En la capital mejicana pertenecían en 1570 a
la parroquia de Santa Catalina, fundada en 1537 90, doscientos ve­
cinos: de confesión unos trescientos varones de catorce años para
arriba, y unas trescientas cincuenta mujeres superiores a doce años,
la .Ttavoría carreteros, algunos labradores, comerciantes y oficiales:
Se distribuían para la misa y sacramentos los domingos y fiestas
entre la citada parroquia y la iglesia de los dominicos, adonde acu­
dían los más. En la zona de esta parroquia habían fundado los nati­
vos, por encargo del obispo Zumárraga, dos ermitas, de San Sebas­
tián 91 y de Santa Ana, respectivamente 92.
A la Y era Cruz 93, declarada parroquia el 5 de diciembre de 1568,
cuando se colocó el Santísimo, ubicada fuera de la ciudad en la
épc _a que consideramos, pertenecían unas novecientas cincuenta
personas de confesión: españoles, mestizos, mulatos y negros, casi
todos o los más pobres, con una cofradía de disciplinantes que des­
filaban, en número superior a ochocientos, en la procesión nocturna
de jueves santo 94.
Dentro de este distrito parroquial se levantaban cuatro iglesias
o capillas: la del colegio instituido por su majestad para la doctrina
de niños pobres, entonces más de sesenta; la del hospital del rey»
destinada a nativos; la de San Juan, poco distante del convento de
los franciscanos y administrada posteriormente por ellos; vivían en
sus inmediaciones unos cinco mil indios de confesión; la de Santa
María la Redonda, de unos dos mil setecientos indígenas, de la QuC
88 O. c , 16
89 O.c 261-263.
<31 t e d ia s y conventos coloniales en la ciudad de M éxico 35-37.
<vj.c., 57-00.
^ O c., 44-46; D A M 267S.
93 POSELL, o.c, 25-29.
94 D A M 2693.
C.l y Junta Magna de 1)68 535

habían apoderado los franciscanos y excluían de ella, aun por la


fuer/.1, a sacerdotes seculares.
ge vio esto claramente el 15 de agosto de 1569, fiesta de la A su n ­
ción cuando los nativos celebraban allí su fiesta. Mandados por el
rovisor del arzobispado, doctor Esteban de Portillo, que previa­
mente avisó a los franciscanos se desentendiesen ellos de la fiesta,
habían ido a celebrar los oficios divinos sacerdotes seculares. Antes
de iniciarlos llegan los franciscanos como en procesión acompaña­
dos de multitud de indios que, nerviosos y alborotados, quieren
penetrar en la iglesia. Aunque el provisor intenta calmarlos, asaltan
el santuario y con palos y piedras descalabran malamente a algunos
sacerdotes, los aporrean y acocean, hasta ponerlos a peligro de muer­
te; la misma suerte cabe a algunos seglares. Cogen capas, espadas
y manteos de clérigos, con las demás ropas que llevaban vestidas,
y los hacen pedazos; lo apedrean y casi lo matan al alcalde de corte
venido para asistir a la ceremonia litúrgica. En la conducta de los
nativos atribuían también culpa a los frailes. La iglesia no tenía
capellanía ninguna, y lo peor del caso era que los indígenas, por
indicación de los religiosos, salían con cruz y andas a enterrar a
sus colegas difuntos, sin acompañamiento de ningún clérigo, ha­
biendo tantos en la ciudad; los franciscanos se encargaban de su­
plirlos.
Este clima de animosidad imposibilitaba toda visita de clérigos a
indios, y el consiguiente aislamiento, según el provisor del arzobis­
pado, Portillo, y el cura de la Vera Cruz, Toribio de Brizuela, favore­
cía las borracheras de pulque con las fatales consecuencias de deli­
tos y pecados feos y enormes, pues los nativos, inscritos en el mo­
nasterio de San Francisco, se sentían protegidos por los religiosos
y libres de las visitas e intervención de las autoridades eclesiásticas.
Esa independencia encontraba la aprobación de no pocos religiosos.
El mandato escrito del provisor a los franciscanos de que no saliesen
de su convento la fiesta de la Asunción para evitar alborotos y con­
flictos, un franciscano lengua de indios lo arrojó al suelo y lo pisoteó
«diciendo que el arzobispo ni provisor no tenían que les mandar ni
vedar, ni les conocían por prelados, ni para nada que les mandasen,
sino sólo al papa» 95.
Los nativos, en medio de tan desconcertante exacerbación, tan
opuesta a la misión pacificadora de la Iglesia, secundaban ciega e
incondicionalmente la causa de los franciscanos.
Esta actitud exclusivista, prepotente e invasora, la había ya de­
nunciado el mismo Montúfar en una relación remitida al Consejo
e Indias (15 de mayo de 1556). Aludiendo a las zonas misionadas
P°r religiosos convertidas en cotos cerrados, añade: «Ni en esto ni
'■ n otras algunas cosas somos más prelados que lo que las Ordenes
quieren que seamos, ni los indios nos obedecen más de lo que ellos
quieren; y es por demás mandar nosotros una cosa si los frailes
,r>¿ndan que no nos obedezcan, como algunos lo hacen, que aun
^5 ( \
U-c.. 271- 27 3.
536 La Iglesia en la América del Norte española
aquí cn. Méjico, donde habían dc ser mejores cristianos los indios
son los peores... Ellos hacen alcaldes y regidores y prenden y sueltan’
y aun quiebran las varas de vuestra justicia real cuando les parece
Y no ha muchos meses que diciendo vuestro fiscal al dicho visorrev
[Luis de Velasco] habían quebrado unos frailes varas de vuestra
justicia en dos pueblos, ¿que por qué sufría tanto a los religiosos, que
qué quedaba que hiciesen?, respondió: no queda sino que con los
pedazos de las varas me den a mí de palos. Y el provincial de San
Francisco, sobre cierta provisión santísima que hice, me dijo que
él me había de pedir cuenta de lo que hacía y proveía. En presencia
del obispo de Tlaxcala [fray Martín de Hojacastro, O. F. M.] y
cerca de esta ciudad de Méjico, no ha muchos días, se dio pregón
haciendo justicia de un indio: Esta es la justicia que mandan hacer
el prior y el alcalde» 96.
Aneja a la parroquia de la Vera Cruz estaba la iglesia ermita de
San Hipólito, con hospital de convalecientes, de vida religiosa muy
escasa 97.

Españoles y nativos en Méjico. Ministerio apostólico. Solu­


ciones.— La catedral 98 reunía en torno a sí unas 1.180 casas de
moradores y 7.825 personas de confesión: 4.200 españoles y los de­
más negros, mulatos e indios " .
A la iglesia y casa mejicana de la Santísima Trinidad— dato in­
teresante para la vida religiosa de la capital— se habían recogido
algunas personas honestas, hijas de vecinos de la ciudad, que toma­
ron el título y hábito de Santa Clara; en 1570 había doce hábitos
para profesar 10°.
En el barrio de San Pablo, oriente de la ciudad, con unos doce
barrios pequeños, residían en 1570 unos 3.773 indígenas de confe­
sión, comerciantes, tratantes, oficiales, pescadores y algunos labrado­
res, todos cristianos; «aunque en la visita que he hecho en San Pablo
— refiere el bachiller Fernández de Segura, visitador general del
arzob’'pado mejicano y encargado del barrio— y la que voy hacien­
do en San Juan de la ciudad de Méjico, he hallado muchos indios
e indias que no saben persignarse, ni ninguna de las cuatro oracio­
nes que manda la Iglesia, y muy muchos que saben una, otros saben
dos, otros tres y no más. La causa puede ser— añade el visitador-—
la inobediencia de no querer acudir a las parroquias que les están
señaladas en esta ciudad, y ansí en ninguna parte son c o m p e t i d o s ,
y e'los no suelen hacer virtud si no es por fuerza» 101. Parece aludir
el visitador al poco entusiasmo de los religiosos por la vida parro­
quial.
<Voy a casa de los enfermos a confesarlos— prosigue el inforrnan-
te cada que me llaman, aunque sea lejos; si me dan un tomín o
96 O.c., 424S.
97 O.c., 273.
¿ w_V*/^ en >530 y derribada en 1626 para ceder el puesto a la actual. TotissAiNT,
M e colonial en México ¡01.
99 DAM 275S.
100 O.c., 2768.
101 O.c,, 2778.
C.l.5. Junta Magna de 1568 537
¿os en limosna, los recibo, no siendo pobres; porque cuando lo
son, no lo recibo, antes mando que con ello le compren algún regalo
al tal enfermo. También les administro los demás santos sacramen­
tos cada que los piden. Los domingos de adviento, septuagésima y
jos demás, hasta la pascua, les declaro el Evangelio en su lengua
vulgar (el mejicanoJ lo mejor que puedo y Dios me da a entender,
y algunas veces entre año» 102
T am b ién el vicio ingénito de estos nativos era la borrachera,
«como es m u y notorio— refiere el visitador— , y después de borra­
chos se m atan unos a otros, y cometen muchos incestos, adulterios
y otras ofensas de Dios».
A u n q u e la mano severa del operario apostólico— observa el v i­
sitador— p od ía moderar ese desenfreno, sin embargo, lo sabía por
relación de religiosos fidedignos y de mestizos más próximos a ellos
«que no tienen ya por afrenta ser azotados, ni trasquilados por pe­
nitencia y castigo, antes se precian más y se honran de ello; y el
que más veces ha sido castigado de esta manera, se tiene entre ellos
por más valiente y esforzado». Cree muy oportuno el visitador echar
mano en semejantes casos de castigos más temidos por ellos 103.
Para el progresivo y metódico desarrollo de la Iglesia propone
el visitador dos soluciones. Primera, señalar a cada clérigo o reli­
gioso el partido y cantidad de feligreses que cómodamente pueda
atender, pues la escasez de ministros hacía que muchas criaturas
muriesen sivk bautismo y muchos adultos sin confesión. Segunda,
congregar a los nativos dispersos, sobre todo a los habitantes de
regiones inaccesibles, pues así la acción del operario apostólico
abarcaba más con menos fatiga 104.
Fundamentalmente eran éstas las soluciones propuestas por los
ambientes eclesiásticos y regulares para el establecimiento sistemá­
tico de la Iglesia ultramarina.
El barrio mejicano de San Pablo abarcaba otras cinco pequeñas
estancias, con unos 250 indios tributarios, encomendadas a fran­
ciscanos 105 .
Toda la archidiócesis’ mejicana contaba en 1570 unos 77 sacer­
dotes, de los que unos 33 eran lenguas mejicanas; dos lenguas m e­
jicanas y otomíes, y una lengua mejicana y tarasca; estudiantes, ge­
neralmente diáconos, unos 18, y de ellos tres sabían el mejicano 106.
Los informes de la archidiócesis mejicana manifiestan las nece­
sidades de la Iglesia de Ultramar para su arraigo: aumentar el nú-
rnero de operarios apostólicos para limitar su actuación a un campo
arcable Y proporcionarle un conveniente estipendio para que,
Sln Preocupaciones pecuniarias, pudiese atender exclusivamente a
Su ministerio. La dispersión de los nativos a la que aluden también

i»í a*»-
104 o 2™-
>oj o V12?r
10 U - c . t 278.
ROT V ’c • 3 i 7 “3 9 9 . Las dos obras que hemos espigado abundantemente en este capítulo:
jc 1 .Y D AM , no mencionadas por B a y l e , E l clero secular y la evangelización de América,
lescn dado abundante material para esa monografía.
538 La Iglesia en la América del Norte española
los documentos— lo hemos visto anteriormente ha ido di&minu
yendo en algunas zonas, con pueblos fundados por misioneros, y
los ministros del Evangelio continuaran siempre esta labor reduc­
cionista. En una palabra, la exigencia vital de la obra apostólica
era ir transformando la mentalidad indígena para que arraigasen
en ella los nuevos principios de la Iglesia, y esto se podía obtener
únicamente formando al nativo muy poco a poco, metódica e indi­
vidualmente.

C A P I T U L O XVI

Nueva Orden religiosa a Nueva España *

Tradición de las cuatro Ordenes en Am érica. — El permiso


parcial concedido inicialmente a la Compañía de Jesús para ir a la
Florida y al Perú era consecuencia de la petición que Felipe II,
con cédula real de 3 de marzo de 1566, había hecho al padre Araoz
de 24 jesuitas, «personas doctas, de buena vida y exemplo» para las
regiones ciue les señalaran los del Consejo l . Así se interrumpía y
aun cesaba la tradición de las cuatro Ordenes reservadas para Ul­
tramar 2.
Las razones que movían a la corte para preferir en la Iglesia
ultramarina Ordenes religiosas a sacerdotes seculares y seleccionar
entre tas mismas Ordenes sólo algunas, las manifiesta claramente
Felipe II en carta a su embajador romano, 9 de septiembre de 1572:
lo que se pide que todas iglesias catedrales que se erigieren en ade­
lante sean de religiosos, «y las que hasta aquí están erigidas que
cómodamente no se pueden sustentar en forma de iglesias secula­
res, se reduzcan y hagan regulares... es único remedio para que la
Iglesia en las Indias se pueda fundar, porque en haberse fundado
en forma de iglesias seculares, con ser la Iglesia tan nueva y mucha
la pobreza de ella y grande la codicia de eclesiásticos seculares, no
se ha podido poner ni sustentar número de eclesiásticos en las igle­
sias catedrales, porque todos quieren vivir con grande fausto, pro­
curando apropiar para sí en particular el oro de las iglesias»; si las
iglesias fuesen de regulares— sigue discurriendo el monarca con
poco más de lo que se daba a los obispos, se podrían su ste n ta r los
prelados y religiosos, e irían aumentando los bienes y la renta en
común. Era también necesario— afirma el rey— fuesen m iem bros
de las cuatro Ordenes de dominicos, franciscanos, agustinos y Je'
suitas, o de las tres primeras, pues estaban en todos los distritos y

# S '¡'las y abreviaturas:
/' ^r\ "" /*V>Eí;PE» de la provincia. ... N. España , cd. B u r r u s - Z u b i l l a g a .
r tKsr'tj ~ (jEPAPn Ofc^oPMrc, La obra. da los jesuítas mexicanos. . . AnFs
-j LA A j C ^ r c í a I c a z h a u j e ta , Bibliografía mexicana ... N u e v a ed ición por A . M i L ‘
C a r lo .
MAI< M onum enta anliquae Florida*.
M M --- Monumenta Mexicana.
SBJ- Sánchez BAo.ur.Ro, Fundación dc la Compañía de Jesús en Nueva España,
> MAt- 4 i # .
2 O c.,
C.l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 539
en las principales doctrinas, y quitarlos sería de mucho escándalo;
h a c ie n d o las iglesias regulares de la Orden que más doctrinas
tuviere en la provincia, fácilmente se les sujetarían los demás reli­
giosos y los clérigos 3 .
La insistencia de la Junta magna de 1568 para que se fundasen
colegios y seminarios en Indias hacía muy oportuna la presencia
de la C o m p a ñ ía de Jesús en aquellas regiones.

Jesuitas a Nueva España. Instrucciones de San Francisco


de Borja.— Hacia fines de 1570, la ciudad de Méjico pide por escri­
to a Felipe II jesuitas que, «cumpliendo con las obligaciones de su
apostólico instituto— concreta el documento— , serán de mucha u ti­
lidad en las ciudades recién fundadas, en particular en esta gran
ciudad de Méjico, cabeza de todo el reino, que necesita de maestros
de leer y escribir, de latinidad y demás ciencias, cuales, sabe muy
bien V. M., son los de ella, en Europa y en la cultura de los natu­
rales y reducción de las naciones gentiles, importantísimos»4.
El monarca, con sendas cédulas reales al padre Manuel López,
provincial de Toledo, 26 de marzo de 1571, y al general de la O r ­
den, San Francisco de Borja, 4 de mayo del mismo año, les encarga
envíen a Nueva España para la conversión y doctrina de los nativos
doce jesuitas 5, y obtenida no mucho después, por parte de los su­
periores, la promesa de los misioneros pedidos 6, el 6 de agosto del
mismo año comunica al virrey Martín Enríquez de Almansa la ida
de ios nuevos operarios apostólicos, encomendándole los acoja con
la mayor benevolencia, «y porque mi voluntad es— continúa el mo­
narca— que se les dé para ello el favor necesario, vos mando, pues
esta obra es para servicio de Dios y exaltación de la santa fe católi­
ca, luego que llegaren a esa tierra, los recibáis bien, con amor, y
les deis y hagáis dar todo el favor y ayuda que viéredes convenir
para fundación de la dicha Orden en esa tierra, porque, mediante
ella, hagan el fruto que esperamos» 7.
Convenientemente atendidos por el erario real en los gastos de
transporte desde su puest» residencial al puerto de embarque, du­
rante el período de espera hasta emprender el viaje marítimo, en
la impedimenta y matalotaje para el mar 8, y superadas no peque­
ñas dificultades, todavía a principios de junio de 1572, la primera
expedición jesuítica destinada a Nueva España espera flota para
emprender viaje. Los componentes eran nueve sacerdotes: padres
| edro Sánchez, Diego López, Pedro Díaz, Alonso Camargo, Diego
úpez de Mesa, Pedro López de la Parra, Francisco Bazán y Her-
nan Suárez de la Concha; tres hermanos estudiantes: Juan Curiel,
l O .c.. I -js.
4 MM 1- 1S.
;* í,bM
">(<1.,- 6-12.
a~6-
8 Jbfd, 18-20.
• *os gastos hechos por la corona con los misioneros destinados a Ultramar en B a y l e ,
(, Pulimenta de misioneros; M e r i n o , Viáticos a los misioneros españoles en Jos pasados siglos;
Ki'l'i' v ' Seoank> Vestuario, cama y entretenimiento; Id., La traída de libros y vestuarios en el
van" tu misioneros; Id., Matalotaje, pasaje y cámaras. Cf. «Lo que se da jesuitas que
a Nueva Hspaña* (MM 1 29-31.35-43)-
640 La Iglesia en Li América del Norte española
Juan Sánchez Baquero y Pedro de Mercado, y cuatro hermano
coadjutores: Lope Navarro, Bartolomé Larios, Martín González
Martín de Matilla 9. y
El superior de la expedición y designado provincial de Nueva
España, padre Sánchez, había sido tiempo atrás alumno, profesor
y rector de la Universidad de Alcalá y rector posteriormente del
colegio jesuítico salmanticense, conocedor de la tradición literaria de
las dos célebres Universidades.
Antes de hacerse a la vela, el ex rector de Alcalá se entrevista
en Madrid con el general de la Orden, San Francisco de Borja, com­
pañero entonces del cardenal Alejandrino, enviado por su tío San
Pío V en misión diplomática a las cortes de Francia, España y Por­
tugal, y recibe del ex duque instrucciones escritas para la debida
coordinación y aseguramiento de la labor que había de iniciar en
las remotas tierras 10.
«Llegando a Nueva España— recogemos algunos apartados del
documento borgiano— el padre provincial ofrezca el servicio de
nuestra Compañía, según su instituto, al señor virrey, y siempre
procure tener a su excelencia contento, en cuanto se pudiere, y
también al señor arzobispo de Méjico ofrezca todo el servicio que,
según nuestro instituto y fuerzas, se puede ofrecer» n . Supone Bor­
ja que uno de los sectores fundamentales del ministerio jesuítico
ha de ser la enseñanza, y así previene a Sánchez: «Acéptese sola­
mente por el principio un colegio en Méjico, y aunque se ofrezcan
otros, puede tratar de ellos y escribirme; mas no concluya cosa nin­
guna antes de consultarme. No acepte por el principio— insiste el
general— escuelas en el colegio; pero si le pareciere que conviene,
avíseme; y no hará poco el nuevo colegio predicando y enseñando
la doctrina cristiana y ayudando en los ministerios de nuestro ins­
tituto, dentro y fuera de la ciudad. Pasados los dos años, podrá sin
nueva consulta aceptar las escuelas, si le pareciere que así conviene
pa^a mayor servicio divino; todavía reservando al beneplácito del
general la continuación de las dichas escuelas». No habían de acep­
tar—-encarga el ex duque— ni repartimientos que llamaban de la
doctrina cristiana, ni cura de almas, sino ayudar con misiones, se­
gún norma institucional de la Compañía 12.

Viaje a Ultram ar. E n Veracruz. L os jesuítas llegan a


jico. Parten los expedicionarios jesuitas del puerto de Sanlúcar el
13 de junio de 1572 y desembarcan en San Juan de Ulúa el 9 ?e
septiembre 13, La antigua ciudad, alcaldía mayor bajo la ju risd ic­
ción de la Audiencia mejicana, distante un cuarto de legua del mar»
había extendido sus casas, bastante destartaladas, a la orilla de un
río poco profundo y lleno de arena movediza, adonde no podían
llegar barcas grandes cargadas, que confiaban su m e rc a n c ía , en a

10 h a\ / ? peletas „bio8ráficas de los expedicionarios pueden verse en M M , «índex».


i, j 2^'s2^’ ^,JBiU-ACA>Instrucción de San Francisco de Borja.
C.l6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 541
d e se m b o c a d u ra del río, a otras más pequeñas y planas, capaces de
subjr al puerto sin peligro de encallamiento. Unos cien vecinos se
habían distribuido en otras tantas casas, con prohibición de techar­
las con paja para evitar estragos como los sufridos en el incendio
de 1567- L a iglesia» primitivamente de paja, la estaban construyen­
do de ladrillo, modesta y pobre; el cura beneficiado que la servía
había muerto y lo reemplazaba un vicario. La casa capitular era de
teja y había casa de contratación.
Los trabajos del puerto habían llevado a la ciudad a unos 600 ne­
gros, los más esclavos. Moradores de la ciudad eran también los
factores de los comerciantes españoles, unos 400, que permanecían
allí el período en que los barcos descargaban y cargaban, ordinaria­
mente desde fines de agosto hasta principios del siguiente abril,
y se retiraban después, por lo malsano del sitio, a Jalapa. El comer­
cio era activísimo alimentado por las flotas. El alcalde mayor de la
ciudad designaba su alguacil mayor y alguaciles menores, y la ciu­
dad contaba con dos alcaldes para administrar justicia 14.
En Veracruz reciben a los jesuitas algunos enviados del virrey
y del inquisidor mejicano Pedro Moya de Contreras, que se encar­
gan de agasajarlos y acomodarlos, por voluntad de los expediciona­
rios, en el hospital. Después de pocos días de espera emprenden
viaje a Méjico y llegan a Puebla de los Angeles el 18 del mismo
mes, recibidos por distinguidas representaciones de la ciudad 1S.
Don Fernando Pacheco, primer comisario del Santo Oficio y
arcediano de la capital, hospeda en su casa a los recién llegados e
insta al provincial, ofreciéndosela como residencia, deje algunos de
sus compañeros para los ministerios de la ciudad. Aunque por el
momento el padre Sánchez no puede acceder a la petición, le da
esperanzas de posterior envío.
Hasta Ayotzinco prosiguen en cabalgaduras, y desde allí, en
barca, para entrar en la capital a las nueve de la noche del 28 de
septiembre. El padre Sedeño y el hermano Salcedo, llegados allá
desde La Habana por encargo del padre Sánchez, les han preparado
alojamiento en el hosfíital de la Concepción de Nuestra Señora,
conocido más comúnmente con el nombre de Jesús Nazareno 16.

Hospitalizados. Residencia jesuítica. L a iglesia construida


P°r indios.— Los primeros tres meses de Méjico apenas pueden
*0s jesuitas desarrollar actividad apostólica. Incómodamente insta-
ados en el hospital, enferman todos. Cuidados y regalados por
eclesiásticos, religiosos y seculares se reponen todos, menos el pa­
re Francisco Bazán, descendiente de los marqueses de Santa Cruz,
ecido el 28 de octubre. Por su estado valetudinario los trasladan
a todos al hospital de Santa Fe, fundado por don Vasco de Quiroga,
en 'as cercanas lomas homónimas, hasta que, restablecidos, vuelven

1! T * ENs>Historia de Veracruz II io8s.


u MM 1 60-62.
1 ia 6¿s; A B Z I 1 0 V I 1 4 ; C a r r i ó n , Historia de la ciudad de Puebla de los Angeles
1°9 172.
542 la Iglesia en ¡a América del Norte española
nuevamente al hospital de Jesús Nazareno, y pueden ejercitar a|.
gunos ministerios l7.
Finalmente, se concretan las esperanzas y ofertas de donación
que se vislumbran por varias partes y, hacia mediados de cüciem-
bre, los operarios nómadas pueden ocupar los solares donados á
las afueras de la capital por el caballero acaso más rico de Nueva
España, don Alonso dc Villaseca. Arreglan muy pronto una redu­
cida capilla con Santísimo para el ejercicio de sus ministerios, y
vinos incómodos locales para regularizar la vida de comunidad i».
Fue ésta la célula inicial de la amplia construcción que allí
mismo se irá desarrollando en años posteriores, y centro, al mismo
tiempo, de la actividad más vasta y trascendental que los jesuitas
desplegaron en Nueva España: residencia del provincial a lo menos
hasta 1592, en que se abrirá la casa profesa; noviciado, juniorado
y casa de tercera probación, hasta que los jóvenes, en 1585, se tras­
ladarán a Tepotzotlán, y los tercerones a Puebla de los Angeles,
acaso algunos años más tarde; ordinario asiento de las aulas de gra­
mática, filosofía y teología para jóvenes jesuitas y seculares; centro
de ministerios, congregaciones, misiones rurales y doctrinas para
españoles y nativos, y desde 1603, separadamente, para españoles
en la nueva iglesia de San Pedro y San Pablo, y para los indígenas
en la iglesia y colegio de San Gregorio; residencia de teólogos y
filósofos jesuitas— estos últimos, en 1625, se pasarán al colegio po­
blano de San Ildefonso— ; sede ordinaria de los profesores del co­
legio máximo y de los encargados de los diferentes seminarios que
indicaremos en seguida, hasta que éstos, menos el de San Gregorio,
que tuvo gobierno aparte, se reunirán posteriormente en el de San
Ildefonso 19.
Reajustes y ampliaciones del edificio puede decirse se continua­
ron casi por todo el tiempo que residieron allí los jesuitas.
De los primeros que prestaron eficaz ayuda a los jesuitas fueron
los nativos. El cacique y gobernador del pueblo de Tacuba, incor­
porado en la actualidad a la capital mejicana, acompañado de sus
principales, se presenta al provincial para asegurarle que, a imita­
ción de sus mayores, que, en agradecimiento al Señor por haberlos
traído a la fe, edificaron ¡a iglesia catedral, ellos, por el mismo mo­
tivo, construirían la primera iglesia jesuítica. Acepta Sánchez la
generosa oferta y le promete que la Compañía agradecida se con­
sagrará especialmente a los nativos. Más de 3.000 indios empren'
den la obra; abren en seguida cimientos para un templo de tres na­
ves y cerca de 50 varas de fondo en la esquina sudeste. En tres me
ses quedó concluida la iglesia que se llamó Jacalteopan, magnificó
por dentro, aunque por fuera cubierta de paja. Colocan en ella c
Santísimo el 29 de marzo de f 573, dominica «in albis» 2Í).

Colegio máximo. Limosnas y donaciones.— Dan principio a


la construcción del colegio máximo, el más importante de la P*°
C.16. Nueva Orden religiosa a Nueva España 543
viiuia jesuítica, en 1575. En 440 varas de circunferencia y 110 de
tr a v e s ía — nos informa Alegre— se delinearon cuatro patíos; en el pri­
mero y principal, al sudoeste, colocan el general de teología; a orien­
te las clases de filosofía; al norte, el refectorio; y al oeste, varias
piezas de portería y bodegas; arriba tránsitos y aposentos, desti­
nando a biblioteca el lado norte; en el segundo patio, al sudeste,
jas clases de gramática; al sur, el general para los actos literarios y
clase de retórica; al norte, algunas piezas para servidumbre y sur­
timiento de haciendas; arriba, tránsito y aposentos a ambos lados;
al norte, la grande y hermosa capilla de San Ignacio. En los otros
dos patios, al norte y en la parte superior se distribuyeron aposen­
tos y abajo piezas necesarias de sacristía, despensa, procura, etc.; al
extremo sudeste estuvieron las primitivas iglesias y después el co­
legio de San Gregorio, y al extremo sudoeste se construyó la iglesia
de San Pedro y San Pablo, y a los extremos norte, huertos y patios 21.
La erección y sostenimiento de institución tan vasta, cuyas aulas
y ministerios se brindaban gratuitamente al público, los jesuitas,
desprovistos absolutamente de medios económicos, no podían cos­
tearlos sin donaciones en dinero, casas y haciendas. Para conseguir­
las tuvieron que llamar a muchas puertas, que se abrieron con ge­
nerosidad, y otras de insignes bienhechores se franquearon sin ser
llamadas. Con las limosnas del fundador más generoso que los nue­
vos operarios tuvieron entonces en Nueva España, el reservado y
un tanto arisco don Alonso de Villaseca, anteriormente menciona­
do, pueden ir edificando el colegio máximo y, en 1582, comenzar
la construcción de la iglesia de San Pedro y San Pablo, que se de­
dicó en 1603, la más suntuosa entonces de la capital 22, centro prin­
cipal del ministerio apostólico de los jesuitas, hasta que en 1610
se abrió el templo de la casa profesa. Rico sepulcro construido allí
recogió los restos de Villaseca, muerto a fines de 1580 23.
Las donaciones del insigne bienhechor ascendieron a 156.690
pesos y se emplearon, fuera de los edificios indicados, en muebles,
ornamentos y haciendas 24.
El monarca, cuando los jesuítas, en 1583, por el gran número
e alumnos que tenían, hubieron de ampliar el edificio con enor­
mes gastos, dio 10.000 ducados y 1.000 cada año, por espacio de
diez 25 Lorenzo López, labrador rico, les donó muy a los princi­
pas la hacienda llamada por los favorecidos Jesús del Monte, dis­
tante tres leguas de Méjico, valuada en 14.000 pesos, que, además
e servir a los estudiantes como casa de campo, producía trigo, leña
y madera de construcción y criaba unos quinientos carneros 2<).
Ministerios en M éjico.— Atentos a los edificios que dan a los
Jcsu'tas permanencia duradera en Nueva España y son centros de
SUs ’ahores y ministerios, casi los hemos perdido de vista.
l\ I i82s; G D O I 6s.
M ÓVx’SSAINT' Arte colonial en Méjico 115.
>4 x 1
^ ^5s.2i j.209.372; SI3 F 52-54; ABZ I índice: «Villaseca»; G D O , ibid., 7.
ih ■,l)° .
MM 1 103,3533; ABZ I 1373.182; G D O , ibld., 7«-
544 La Iglesia en la América del Norte española
Instalados en su primera y mísera vivienda, erigen modesta
pilla e inician el ministerio apostólico. L o s que vienen a oírlos so
muchos y van siempre creciendo en número. n
La contienda con amenaza de pleito suscitada por los domini.
cos, que se quejan a la Audiencia porque la residencia jesuítica in'
vade el terreno de sus canas, la disipa pronto el padre Sanche?
explicando al procurador dominico, fray Pedro Pravia, que la Coml
pañía, no percibiendo estipendio alguno ni por misas, ni por ser­
mones, ni por ministerios, tenía privilegio de edificar intra cannas
de las otras Ordenes religiosas 27.
Los nuevos operarios salen del ámbito estrecho de su rústica
casa y se hacen sentir por la ciudad. El padre Diego López predica
en la iglesia del hospital de Jesús Nazareno y en otras a numeroso
público que manifiesta la eficacia de aquella predicación en confe­
siones generales, frecuencia de sacramentos, reforma de costum­
bres; abundan también consultas de jueces y comerciantes que
quieren evitar injusticias 28.
También en la capital mejicana pueden los jesuitas, fieles a sus
métodos tradicionales de misiones y predicación, encontrar incon­
dicionales colaboradores de su labor apostólica. En determinados
días sale por las calles de la ciudad numerosa tropa de niños can­
tando la doctrina cristiana. La gobierna y dirige o el padre Diego
López o el provincial. El lugar de convenio es la plaza Mayor. Allí
se agolpa nutrida muchedumbre atraída por la curiosidad. El padre
explica un punto doctrinal y finaliza con una exhortación moral, y
la reacción se concreta visible en la reforma de costumbres 29.
La cuaresma de 1573 da oportunidad de conocer más plena­
mente a los padres que, constantes en dirigir las manifestaciones
religiosas callejeras, ocupan también las cátedras de algunas iglesias
y se distinguen por su elocuencia densa, ferviente y llena de doctri­
na: los padres Pedro Díaz, Hernando Suárez de la Concha y Diego
López; el padre Pedro Sánchez predica la Semana Santa en la ca­
tedral 9 .
Construida la iglesia por los nativos de Tacuba, ocho sacerdotes
tienen a llí continua ocupación en la administración de sacramentos,
doctrina, predicación, visitas de enfermos, cárceles y hospitales^-

Pátzcuaro. Los jesuitas a Guadalajara. E n las zonas mine*


ras de Zacatecas.— Pátzcuaro, futuro centro de actividad jesuítica*
tiene las primicias del ministerio de la Compañía. T r a s l a d a d o al a
para ordenarse de sacerdote, a principios de 1573, por Antonio
Ruiz Morales, obispo michoacanense, el padre Juan Curiel, y hospe
dado en el colegio de San Nicolás, fundado por Vasco de Quirog*»
explica gramática, pues faltaba maestro. Por invitación del señor
obispo, antes de ser sacerdote, ocupa e l púlpito de la catedral, y e
C .l6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 545

bispo ordenante quiere ser su padrino en la primera misa y pie-


°licar en ella, alabando al ahijado y preparando el terreno para la
Cr ó x i m a fundación jesuítica patzcuarense 32.
Este mismo año de 1573, con ocasión de pasar por la capital
m ejicana para su nueva diócesis de Tlaxcala el obispo de Michoa­
cán, Ruiz Morales, se ordenan sacerdotes los padres Pedro de Mer­
cado y Juan Sánchez Baquero 33.
Designado obispo de Guadalajara don Francisco Gómez de
Mendiola (1574-1579), oidor de aquella Audiencia, uno de sus pri­
meros actos es invitar a los jesuitas a predicar en su diócesis. Se
dirigen allá los padres Juan Sánchez y Suárez de la Concha, recién
ordenados sacerdotes; atraviesan Michoacán catequizando, predi­
cando y confesando. Ya en Guadalajara, inician sus ministerios:
doctrina a niños y esclavos por calles y plazas, visita a cárceles
—siendo la ciudad sede de Audiencia eran muchos los detenidos— ,
sermones en la catedral, «donde— nos refiere Sánchez Baquero, pro­
tagonista de estos hechos— , con ser cabeza de obispado y haber
cancillería, no había quien la hiciese, y aunque estaba un convento
del seráfico padre San Francisco dentro de la ciudad, no tenía nin­
gún predicador, ocupados por ventura con los indios como gente
más necesitada» 34. Las confesiones fueron numerosísimas. Tam ­
bién a los prebendados— nos lo asegura el citado cronista— les llega­
ron los efectos de la sacudida religiosa, pues «renovaron la oración
y ejercicios que tuvieron cuando estudiaban en Salamanca y Alcalá»,
y en sus múltiples contactos recogieron los diligentes operarios el
fruto de la semilla que la Compañía sembraba en aquellas Univer­
sidades 35.
El padre Suárez de la Concha, con ocasión de decir misa los do­
mingos y días de fiesta, visita pueblos cercanos de nativos, y aunque
desconocedor de la lengua (mejicana, tarasca...), sube al púlpito
para leerles en ella puntos de catequesis con palpable fruto. Obispo
y prebendados, con limosnas que reúnen, quieren detener a los
jesuítas y aun deliberan sobre la posibilidad de un futuro colegio.
El plan es inaceptable, alegan los jesuitas, porque ellos eran escasos
para todo el reino y residían en la ciudad escasos españoles 36.
Después de mes y medio de ministerios dejan la ciudad; pasan
^ Zacatecas, zona minera la más rica entonces de Nueva España,
bien escoltados de soldados, por temor a los agresivos y guerreros
chichimecas, que, indomables al yugo español, impiden el paso a
cuantos indefensos aventuran asomarse por aquella región. Tierra,
segun el cronista que seguimos, casi la «más poblada del reino des­
pués de Méjico, y no poco de vicios que acompañan a las riquezas
legalo» 37. Faltos de ministros que pusieran freno a los abusos,
a 'ncuria se hacía sentir en el ambiente moral y religioso. Los je­
r t a s , llegados la cuaresma de 1574, se muestran codiciosos de
renovación y la gente reacciona favorablemente. Se ven muy concu-

l] ¡bld.. 70: SBF 61. 3* L .C .


oUb 6s, »« L.c.
4 O.c., 67. O.c., 68.
^ dt Ja Iglesia en América 18
546 La Iglesia cn la América del Norte española
rridos los sermones predicados en la iglesia y plaza; esclavos
indígenas acuden también a los que se predican en haciendas mi-
^ r'Ai-
ticuuires.
Publican los misioneros el jubileo concedido por Gregorio Xllj
al mundo católico el primer año de su pontificado (1572). Las nu.
morosas confesiones son indicio bastante claro del grande fruto
recogido. «Los días y las noches— afirma Sánchez Baquero—ocu­
paban en confesiones, que por la mayor parte eran generales, en
que hubo restituciones de importancia y se desenmarañaron mu­
chos frutos y conciencias, y no fue el menor trabajo responder a la
muchedumbre de casos; porque, advertidos del engaño en haciendas
y almas en que tropezaban, por maravilla se hacía contratación que
no la preguntasen» 38.
Análogos ministerios en el real de Pánuco, dos leguas distante
de allí, y en otros cercanos ocupan a los operarios apostólicos aque­
lla cuaresma. Observan la posibilidad de fundar colegio y aun re­
ciben promesas de ofertas concretas. Llaman al padre provincial
para una decisión definitiva, y mientras esperan su venida, trabajan
en los reales de Sombrerete, San Martín, Nombre de Dios, Gua­
diana.
Las deliberaciones tenidas por el provincial con los misioneros
ponen en claro estas deducciones: no era lugar apto para colegio,
pues las poblaciones de minas duraban sólo el tiempo de su explo­
tación; sus habitantes vivían sin residencia fija y las mandas eran
pocas y muy inciertas. Así, sin tratar más de fundación, predicados
todavía algunos sermones, se vuelven los tres jesuitas a Méjico. Los
años siguientes, durante la cuaresma, el padre Suárez de la Concha,
solo o acompañado, vuelve a aquellos reales para dar misiones,
hasta que en 1591 erigen residencia fija39.

Am biente cultural de M éjico.— Faltaba a las a ctiv id a d es je­


suíticas la proyección de los estudios. Las condiciones señaladas
por las instrucciones de Borja para su establecimiento se habían
cumplido y ios deseaban el virrey y la ciudad. Para la r e n o v a c ió n
cultural y religiosa de Nueva España eran también de n e c e s id a d
vital.
Algo conocemos del clima científico mejicano, al que h a b í a dado
realce la erección de la Universidad. Pero la institución académica
había dejado una vasta zona desatendida; tenía sólo una clase e
gramática preparatoria, y la ciudad escuelas de primeras letras muy
pocas. Concreta así los hechos el cronista jesuita Sánchez Baquer°
al señalar la perspectiva literaria de Méjico: los misioneros de Nue
va España, ocupados en los ministerios que consideraban de may0*-
necesidad y trascendencia: conversión de nativos, cateq u esis de o.
convertidos y aprendizaje de lenguas, habían dejado a un lado
nueva juventud, nacida en la tierra, «de ingenios delicados y
hábiles- afirma Sánchez Baquero— , acompañados con una gra11
ciudad y propensión para el bien o mal, cuales son las ocasiones

n L,C- 35 O . C . / 6 8 S .
C.l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 547
«molares que se les ofrecen, cuya experiencia se ve en esta tierra
' S en Ia que más» *0
«Críanse en el regalo y abundancia de las casas de sus padres
^ co n tin ú a el cronista— y en la benignidad de este cielo y tempera­
mento con mucha ociosidad..., y en esta tierra estaba en todo su
cunto.. •> y Ia ocupación en oficios mecánicos ni tenía lugar ni había
para qué se admitiese... Sólo parece hallaba entrada— añade Sán­
chez Baquero señalando el remedio— otra ocupación que llenase el
vacío de las demás y no sólo [no] disminuyese el valor de esta gente,
sino le acrecentase como el esmalte al oro, que era el ejercicio de las
letras, para el cual faltaban maestros y cuidado». Aunque en la ca­
pital habían erigido universidad— continúa el cronista— , «cuyas cá­
tedras tenían maestros y doctores religiosos y seglares de conocidas
letras y suficiencia, en aquella sazón estaban violentados y como
de los cabellos, con el gran deseo de emplearse en la conversión y
enseñanza de los indios, como negocio más propio de la vocación
y fin que los trujo a la India. Juntábase de éste otro no menor in­
conveniente, como las letras humanas son de tanta molestia y tra­
bajo, casi faltaban del todo quien las enseñase. Y la juventud de­
seosa de subir a las facultades superiores pasaba a la filosofía y
teología mal fundados, y así era su trabajo sin fruto y con mucha
pesadumbre de sus maestros, con que estaban muy decaídas las
letras y más pobladas las plazas que las escuelas»41.
Atestaciones como la transcrita sobre la dejadez en que vivía
la juventud criolla de Nueva España no son escasas en los docu­
mentos de la época. La Compañía, sin descuidar el campo misio­
nal de los nativos— tendremos ocasión de verlo— , presta atención
particular a los colegios de criollos y también de indígenas.

Colegio de San Pedro y San Pablo. Erección de colegios:


San Gregorio, San Bernardo, San M iguel, San Lucas. — El vi­
rrey, con documento firmado en Méjico, 12 de agosto de 1573, fa­
culta erigir el colegio jesuítico pedido y compilar reglas y constitu­
ciones para su régimen 42. *
No pueden los jesuitas el primer año (1573-1574), por falta de
Personal y de local, iniciar cursos propios, y el padre Pedro Sánchez
Promueve
Q 1
la erección de convictorio
^
a . semejanza
. .
de los de Alcalá
y Salamanca, donde algunos jóvenes, dirigidos espiritualmente por
a Compañía, viviesen y estudiasen reunidos. Siete caballeros ricos,
^ 1Tlás tarde otros 25, dan 2.000 pesos de capital para otras tantas
ecas o pensiones, y algo para la construcción de la vivienda, si-
uada cn el ala derecha del colegio máximo. Los donantes eran pa-
,10nos y administradores de la institución. El primero de noviem-
?re T573 inauguran solemnemente el llamado colegio de San Pe-
Cr° y San Pablo. Los alumnos favorecidos tienen que oír los cursos
10 ‘a Universidad. La solución, que no remediaba la necesidad dis-
548 La l¿le íu en la América del Norte española
ciplinal ni administrativa ni literaria, no fue satisfactoria y 8U8c¡r
no pocos enredos y disgustos43. 0
A las repetidas instancias del arzobispo M oya de Contrera»
( 1573-1591), del virrey y pueblo, decide el provincial, 18 de octu­
bre de 1574, abrir estudios o clases en el colegio máximo, con la
asistencia de todas las autoridades del virreinato. El primer rector
fue el malogrado padre Diego López, de prestantes cualidades
muerto el 9 de abril de 1576 44 Los externos pasaban de 300. De
la enseñanza de gramática se encargaron los padres Juan Sánchez y
Pedro de Mercado, a los que se les juntó muy pronto como profe-
sor de retórica el padre Vicente Lenoci, llegado a la capital el otoño
de aquel año45. Entre los discípulos se contaban también 30 cole­
giales, pagados por los patronos anteriormente mencionados, y
50 convictores 46. Indicaremos después las asignaturas que estudia­
ban y los ejercicios literarios que practicaban.
El segundo currículo de 1575 a 1576» a la enseñanza de huma­
nidades se agregó la de filosofía, bajo la dirección del padre Pedro
López de la Parra4'.
Ante el notable crecimiento de alumnos, muchos de ellos foras­
teros, provenientes de zonas remotas, que tienen que buscar hospe­
daje entre parientes y amigos, determinan los jesuitas fundar otros
seminarios bajo su dirección, pagando las familias o bienhechores
una pensión suficiente para la manutención de los colegiales48.
El primero de estos seminarios fue acaso el de San Gregorio,
en el que pudieron instalarse 50 internos, la mayoría pobres. Diri­
gió desde el principio este plantel, bajo la dependencia jesuítica,
acaso don Jerónimo López Ponce, futuro jesuita 49.
Casi contemporáneamente con el anterior fundan el colegio de
San Bernardo, con capacidad para 20 colegiales, procedentes de
países muy remotos. Al frente de esta institución había también
un sacerdote secular. Los dos edificios se levantaban junto al cole­
gio máximo, a ambos lados de él, de manera que los días de fiesta,
par^ las funciones litúrgicas, acudían todos a la capilla del colegio
máximo - 0.
A l iniciarse el currículo de 1576-1577 aparece, al lado norte del
colegio máximo, el de San Miguel, con 16 colegiales, y junto a él
el hospicio de San Lucas, sostenido con limosnas de alum nos y
destinado para colegiales enfermos que, por su pobreza o lejanía
de sus padres, no encontraban asistencia en otra parte51.

H um anism o renacentista en N ueva España. ZumarragBi


don Vasco de Quiroga, Las Casas, Julián G arcés.— Antes e
describir el clima cultural, preferentemente humanista, de estos co
legios, vamos a proyectar esquemáticamente el existente anterior
mente en Nueva P.spaña, intenso, aunque bastante disgregado.
C.l6. Nueva Orden religiosa a Nueva España
Los más destacados representantes del humanismo renacentis­
ta• E rasm o, Luis Vives y Tomás Moro, ejercen marcado influjo en
los orígenes del humanismo mejicano. La simpatía por Erasmo
c u n d ió en el Nuevo Mundo, aunque siempre con carácter específico,
or el mero hecho de ensancharse allí el área de la cultura española.
Rem itidos por libreros, pasan a Ultramar muchos libros del huma-
nista holandés: Enquiridio, Adagios, Familiarium colloquiorum fo r -
mulae, Epitome colloquiorum, etc., en su lengua original latina o
traducidos al castellano. Los procesos inquisitoriales señalan a ve­
ces reos acusados de luteranismo, que en realidad no era sino claro
erasmismo, como los procesados en la isla Española, Lázaro Beja-
rano, confederado con el mercedario fray Diego Ramírez 52.
El erasmismo de las Doctrinas cristianas, del obispo fray Juan de
Zumárraga 53, corresponde al sentido profundo de la evangelización,
tal como la entendían él y los misioneros franciscanos de Nueva
España54. El programa ele cristianización adoptado por Erasmo
encuentra también aplicación práctica en las escuelas de doctrina
para niños y niñas y en el colegio de Tlaltelolco 55. No deja de ser
también significativa la utilización por Zumárraga de la parte mo­
ral del Enquiridión. Los insinuantes análisis detallados por Erasmo
en la lucha contra los pecados, y de manera particular contra la co­
dicia, soberbia e ira, le parecen inmejorables a Zumárraga, adap­
tándolos para moralizar a los pobladores españoles de las Indias 56.
Y cuando en 1545-1546 publicó otro catecismo, suma «de todo
lo principal y necesario que el cristiano debe saber y obrar*, y «lo
que más conviene predicar y dar a entender a los indios», reprodujo
la Suma de doctrina cristiana, del doctor Constantino (Ponce de la
Fuente), destacado erasmista, sin quitar ni añadir cosa alguna y sin
nombrar siquiera al autor, prestigioso predicador de la catedral de
Sevilla, confeso y convicto después de herejía, encarcelado en las
prisiones sevillanas del castillo de Triana, donde murió; en el auto
de fe de 22 de diciembre de 1560 salió su estatua y fueron quema­
dos sus huesos 57.
En su apéndice al tratado del cartujano Dionisio Rickel58 sobre
as procesiones, censuraba Zumárraga severamente los «profanos
triunfos» con que se solemniza el Corpus, «no a pequeña costa de
l°s naturales y vecinos oficiales y pobres, compeliéndoles a pagar
P°r la fiesta», «aunque en otras tierras y gentes se pudiese tolerar
esta vana y profana gentílica costumbre, en ninguna manera se debe
sufrir ni consentir entre los naturales desta nueva Iglesia*, y «por la
costumbre que estos naturales han tenido de su antigüedad de so-
emnizar las fiestas de sus ídolos con danzas, sones y regocijos... lo

5, Batm llon, Erasmo y España II 440-442.


[)i)n r '• The Doctrina breve in Fac-simile; GIM CB 40.57.62-65; G a r c ía Icazbalceta,
s< u de ¿"márraga II 17-28.
M ,, T1A ,U -°N . ib id ., 4 4 S -4 4 8 .
56 449.

PaBnl V FN^NnKZ Y Pela yo, Heterodoxos españoles V 93-104; B ataillon , Erasme et l’ Es~
5b 1°-* Erasmo v España II 450S.
‘ UMCBóós. ’
550 La Iglesia en la América d el Norte española
tomarían por doctrina y ley que en estas tales burlerías consiste I*
santificación de las fiestas» 5V).
Los pueblos, hospitales santafereños, ideados por el futuro obis­
po de Michoacán, Quiroga, y las ordenanzas que redactó para l0j
hospitales por él fundados, están inspirados en la Utopía, de MoroW
Don Vasco, al estudiar la organización ideal situada por la fantasía
de Moro en las islas nuevamente descubiertas, se maravilla de ha­
llarla tan conforme a la inocencia de los nativos novohispanos. En
esos pueblos, que tienen algo de falansterios, la mera agrupación
orgánica ha de salvar a los indígenas de la miseria aneja a la disper­
sión y a la tiranía, permitiendo encauzar la vida económica de la
comunidad a base de agricultura, con seis horas de trabajo, y pro­
mover su vida religiosa. Aspiraba Quiroga a fundar una sociedad
cristiana con bases económicas firmes, incorporar los nativos a Cris­
to sin echar a perder sus buenas cualidades, así se fundaría en tí
Nuevo Mundo una «Iglesia nueva y primitiva»61.
Simultáneamente aparecen en la Información en derecho, de Qui­
roga, huellas erasmistas 62.
Moro y Erasmo influyen en Bartolomé de las Casas en su in­
tento de cristianizar pacíficamente la Vera Paz, y en su traslado
Del único modo de atraer a todos los pueblos a la verdadera religión63.
Vives, en su probable discípulo Francisco Cervantes de Salazar
(C.1515-C.1575), que tradujo al castellano el Camino por la Sabidu­
ría, del humanista y filósofo español y nombrado primer maestro
de retórica de la Universidad mejicana (1535), introduce en sus
aulas los Diálogos latinos de su preferido maestro, com entándolos
y adicionándolos con otros siete compuestos por é l 64.
Humanista fue también el primer obispo de Tlaxcala, fray Ju­
lián Garcés, O . P. (1526-1542), discípulo de Nebrija, que pone su
clásico latín al servicio de la justa libertad de los indígenas y de la
defensa de sus derechos humanos, y el infatigable y apasionado
fray Bartolomé de !-j s Casas, O . P. (c. 1547-1566), que, para corro­
borar sus ditirambos, apela a su no vulgar conocimiento de Aris­
tóteles y de otros pensadores clásicos, como Cicerón y Plutarco65-

El humanismo en los planteles de enseñanza.— El humants*


mo mejicano de los primeros tiempos pone también cátedra, aun*
que todavía no decididamente, en algunos planteles de enseñanza.
Aun antes de fundarse la Universidad en la capital de Nueva Es­
paña ('1553), existen no pocos maestros de latín para nativos y crio­
llos. El primero de quien se tiene noticia, maestro Blas de Busta-
mante, llegó a Méjico hacia 1528, y abrió en seguida escuela de
gramática latina. De sus sucesores, Diego Díaz, Aguilar y Martínez»
se conocen sólo los nombres. El franciscano fray Arnaldo de

Don. fray Juan de Zumárraga II


J Jmtaillon, íirasmo y España Jí 446 »!
'i] Ibíd., 448.
Dnn Vasto dfj Quiroga 291-406.
03 H a t a i u .o m , I. c .
^ ^ y ^ l m i a n i s m o mejicano del siglo X V I p.VII-XI.
( . P.AJ XXVÍÍ; Cuevas, Orígetie s drl humanismo en M ijit o 28-3o*
C.l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 551

saccio* antes de 1536, enseñaba latín a los nativos cn la escuela de


San José de los Naturales, fundada por fray Pedro de Gante. El
m e n c i o n a d o año se erige el imperial colegio de Santa Cruz en San­
tiago Tlaltelolco, y el latín forma parte del programa docente, en­
señado sucesivamente por el citado fray Arnaldo de Basaccio, fray
Bernardino de Sahagún y fray Andrés de Olmos. Fray Juan de
Gaona d i o , además, clase de retórica, que suscitó oradores latinos
indígenas66.
Al fundarse la Universidad mejicana se encomienda la cátedra
de retórica al esclarecido humanista toledano, antes mencionado,
Francisco Cervantes de Salazar, y la desempeña durante once años,
hasta 1564. Su sucesor, por otros once, fue el bachiller Diego de
Frías, y en 1589, después de breve suspensión, se establece nueva­
mente en manos de otro bachiller, Jerónimo de Herrera. Entre los
primeros profesores de la Universidad, concretándonos al aspecto
humanista, hallamos al doctor Bartolomé Melgarejo, traductor de
Persio, primer catedrático de derecho canónico67.
Una aclaración necesaria para justipreciar el primitivo humanis­
mo mejicano. Los religiosos que en sus institutos de enseñanza,
amén de otras disciplinas, cultivaban la lengua de Cicerón y de Virgi­
lio, trabajaban casi exclusivamente con indígenas y su intento pri­
mordial era el misional. El teatro, por ejemplo, representado para el
indio y con participación de sólo indígenas, tiene finalidad exclusiva­
mente edificante. En las escuelas, casi todas de nativos, se enseña
preferentemente a leer y escribir; y en la de niñas indígenas se quiere
preservar a las alumnas del ambiente deletéreo de sus hogares y
formarlas para el matrimonio. Los institutos técnicos, fundados por
los mismos religiosos, pretenden dar al indio posibilidad de trabajo 68.
Dato bastante sintomático: el colegio seminario de San N ico­
lás, fundado por Quiroga en Pátzcuaro, plantel de sacerdotes que
se diseminaban por Nueva España, en 1573, cuando va allá a
ordenarse el padre Juan Curiel, no tenía maestro de gramática, y
el ordenando la enseña; y cuando, al jiguiente año, llegan los je ­
suítas a aquella ciudad para establecerse y regentar el citado semi­
nario, nos dice el padre Sánchez Baquero, testigo presencial, que
sus alumnos eran cincuenta, «sin rector ni maestro que los gober­
nase y leyese» 69.

Los colegios jesuíticos y el hum anism o.— Las letras humanas


e Nueva España adquieren renovado vigor y cohesión más metó-
t >ea con los colegios de la Compañía. La carta annua de 1577 70
n°s da el escenario escolar jesuítico de Méjico. Vamos a presen­
tarlo sucintamente.
t'-n 1576 pasan de trescientos los alumnos externos que frecuen-
,ln las aulas del colegio jesuítico. Por otra parte, el colegio dc San

fr 7 k'1i.Ni)i:z P l a n c a r t e , o.c., p.XXXs.


l-.L\
<,«) ' La «Conquéte spirituelle* du Mexiquc 238*259.
7o ( ir J^ussaint, Pátzcuaro 32; SBF 34S,
^ r. MM I 247-276.
562 la Iglesia cn la América del Norte española

Pedro y San Pablo, situado al lado derecho del máximo, cuent


con treinta colegiales internos, excluidos los fámulos, gramáticos
y estudiantes de lógica. Proveen a su manutención los interese8
de los capitales donados por ciudadanos. Usan el uniforme del
colegio ovetense de Salamanca: manto de paño pardo oscuro v
una beca o faja larga de paño iino azul, con su rosca en el faldón
del ramal, que colgaba del hombro izquierdo. Ejercía el cargo de
rector un sacerdote, probablemente don Jerónimo López, que des­
pués se hizo jesuita. Tenían los alumnos un profesor de música 71,
Los colegiales de San Gregorio, cuarenta internos, gramáticos
y dialécticos, procedentes de Puebla, Tlaxcala, Zacatecas, Jalisco,
CGuatemala, Oaxaca, Michoacán y Chiapas, llevaban el uniforme
del colegio conquense de Salamanca: manto de paño fino morado,
con su cuello de lo mismo, unido a él, y encima una beca del mismo
paño y color, que bajaba por los hombros hacia la espalda72.
Los convictores del colegio de San Bernardo, más de cuarenta,
la mayoría huérfanos y nobles, con profesor de música como los
anteriores, habían adoptado como uniforme el de los alumnos de
San Bartolomé, de Salamanca: manto pardo o de buriel; la beca,
del mismo color, pendía desde los hombros hasta los pies. En estos
dos últimos colegios bastantes habían seguido la vida religiosa 73,
Los alumnos del colegio de San Miguel, dieciséis, más algunos
fámulos, pobres y destituidos de todo auxilio, aspiraban a la vida
religiosa. Vestían el uniforme del seminario romano: como el de
los clérigos seculares y honestos, color celeste74.
Todos estos colegios, parcialmente autónomos y con sus co­
rrespondientes directores, tenían barbero, zapatero, sastre, biblio­
tecario y librero común; las fiestas de las diversas comunidades las
celebraban directores y alumnos reunidos75.
En los estudios humanistas, la Compañía seguía los métodos
del Ratio studiorum, recogidos de la experiencia de los colegios
jesuíticos > probados con particular cuidado en el colegio romano16■
En Nueva España se aplicó la tradición romana. El último de marzo
de 1576, el padre general, Everardo Mercurián, en com en d ab a por
carta al provincial de Nueva España: «En los estudios de letras
humanas deseo mucho se guarde el orden, quanto se pudiere, <3ue
aquí en Roma se tiene, que es el más útil y más compendioso de
todos. El padre Vicencio Lanoche (Lenoci) tiene práctica desto,
Y podrá ayudar a que así se efectúe; porque destos principios de
latinidad importa mucho el ejercicio y el buen orden que acá se
tiene»77.
Los estudios humanistas del colegio máximo seguidos en los
seminarios reseñados poco ha estaban distribuidos en tres o cuatro

W líw ’ ^ ° 1AS Y C o n t h k h a s , Historia del colegio viejo de San Bartolomé I 2° ^ ‘


7t w w Í K ' R o j a s y C o n t k e h a s , ib l d ., 8 is. ,
74 v i Y / J ’ df, V r r g a r a , / í/storia del colegio viejo de San Bartolomé 54
7 MM I 27 r; Palana G m p l. I S72.
M M , ibíd., 272. if
la. ohra fle K a r r e m ., The Jesuil Code o f Liberal Education Develop’nel
and no>pe ,,[ the RaUo Stwliorum.
77 MM I 20fj.
C. 16. Nueva Orden religiosa a Nueva España 008
clases de gramática y una dc retórica, encomendada esta última
al padre Lenoci, organizador de aquella proyección cultural. T od o
el método estaba fundado en una preceptiva sistemática, frecuentes
re p e tic io n e s , estudio gradual de autores latinos y griegos: Cicerón,
Virgilio, Ovidio, Marcial, Horacio, César, Salustio, Livio, Hesíodo,
Homero, Eurípides, Sófocles, Jenofonte, y ejercicios prácticos. Estos,
en el colegio mejicano, como en todos los de la Compañía, eran
análogos a los del romano ?8.
Los retóricos, cada ocho días, recitaban ante sus condiscípulos
panegíricos en verso y prosa, y cada dos meses— sobre todo cuando
intermediaban algunas vacaciones— , dos oradores improvisaban en
lenguaje selecto, sobre un tema que les proponían, un discurso
polémico, o apologético, o exhortatorio, o disuasivo, o acusador, o
defensivo, y un tercero desde un estrado lujosamente adornado
emitía sentencia; en seguida se levantaban dos poetas para cantar
rítmicamente la vida de algún santo del día sacado a suerte.
Representaciones escénicas en castellano o latín de aconteci­
mientos generalmente eclesiásticos: persecuciones, herejías, mar­
tirios, etc., enriquecían la formación cultural de los alumnos; cer­
támenes literarios de prosa y verso con premios a los vencedores 79.
La ciudad mejicana tomaba parte en estos concursos literarios
y distribución de premios fastuosamente barrocos. El 18 de octu­
bre de 1576, fiesta de San Lucas, día señalado para la distribución
de premios, representan los colegiales una tragicomedia con asis­
tencia de las autoridades civiles y eclesiásticas y numeroso público.
Días atrás, el cabildo mejicano había intimado con inusitada so­
lemnidad siete certámenes literarios con tres premios cada uno.
Para dar especial esplendor al acto habían de presidirlo el presi­
dente de la Audiencia y un oidor, y designaron para el tribunal al
señor arzobispo, al cancelario de la Universidad y un profesor de
filosofía y dos jesuitas, uno de ellos secretario. Recibieron corona de
laurel dos oradores y dos poetas, pertenecientes, respectivamente,
a los colegios de San Pedro y San Pablo y San Gregorio 80.
La formación cultural y religiosa de los colegios jesuíticos tenía
su faceta mar iana característica. Las fiestas principales marianas:
-“Oncepción, Natividad, Purificación, Encarnación, Visitación y
Asunción, en la misa solemne con sermón, presidida por la imagen
1 Ia Virgen, los colegiales se acercaban a la comunión con la cande-
a en la mano. Después de comer, antes de entonar las preces acom­
pañadas con instrumentos musicales, según costumbre romana, uno
Ce los colegiales pronunciaba un sermón latino de circunstancias y
°ír° uri panegírico en verso81.
Así, el humanismo informaba plenamente la vida colegial. O tro
role humanista clásico de los colegios jesuíticos mejicanos adquirió
n°tal;>le resonancia, porque sc efectuó en las calles de la capital en
78
7* (.'j\ Monumento Paedagogica Societatis Iesu 3 3 8 - 4 5 4 ; F a r r e l l , o .c ., 1 6 6 -1 8 7 .
KU n ,! 1 2Sfi-2S«. '
*u
I, 258 ¿60.
' U'M., 261.
554 La Iglesia en la América del Norte española

presencia de inmenso gentío. Dieron ocasión a la exhibición artística


las solemnes fiestas y procesiones celebradas en honra de las insignes
reliquias, generosamente cedidas por Gregorio X III y enviadas por
el general de la Compañía 82. Las urnas y tecas para la colocación
de los venerados restos se estuvieron elaborando durante todo un
año, y se ultimó la labor para la fiesta de T od os los Santos de 15^
Los festejos, que duraron ocho días, fueron litúrgico-literarios.
«Publicó el cabildo de la ciudad— citam os a Sánchez Baquero--
un cartel literario con siete certámenes y veintiún prem ios ricos, que
los más eran piezas de plata de valor, para todo género de versos
latinos y españoles...; donde tuvieron los estudiantes que estaban
muy floridos bien en qué mostrar su fe en este género, y así fueron
sus composiciones de no poca adm iración y dieron en qué entender
a los jueces» 8-\
Iglesias y calles donde habían de formarse o desenvolverse las
procesiones se adornaron con tapicería y doseles de oro y seda, arcos
triunfales, flores y gallardetes y banderas: todo ello amenizado con
música.
«Para las funciones de la tarde— apunta A legre— se dispuso una
especie de tablados, y en medio un teatro levantado para las repre­
sentaciones y coloquios. Los cuatro primeros días hicieron por su
orden los colegios seminarios de San Pedro y San Pablo, San Bernar­
do, San Gregorio y San Miguel. El quinto los estudiantes seglares.
El sexto, con innumerable concurso y aplauso, se leyeron las piezas
de retórica y poesía sobre los asuntos que se habían señalado en los
certámenes. Los jueces, en un tribunal majestuosísimo que se había
erigido a este fin, reconocieron las piezas y repartieron los premios.
El séptimo día se representó la tragedia de la Iglesia perseguida por
Diocleciano; y el octavo, su triunfo bajo el glorioso reinado de Cons­
tantino el Grande, c o n tanta propiedad y viveza que, encantado el
pueblo, exclamó muchas veces al concluirse que se repitiera el do­
mingo siguiente, como se hubo de hacer con mucha mayor asistencia
y extraordinaria conmoción de afectos piadosos. Estas dos piezas
eran composiciones de los maestros de latinidad y retórica» 84.
El mismo Alegre, previendo el juicio desfavorable que los censo­
res podían hacer de la prolija descripción que inserta en su Historia
de la Compañía de Jesús en N ueva España — abarca desde la página 291
hasta la 329— , sobre los festejos de las reliquias, justifica así su
desahogo literario: «Suplicamos a los censores adviertan que, si pa-
rece bien en la grave pluma de Plutarco la elocuente pintura de
triunfo de Paulo Emilio, tan menudamente descrito, ¿por qué PaIT
cerá mal en un erscrito eclesiástico la descripción del primer triun 0
que tuvo la gloria de los mártires en esta Iglesia de Indias, acaba J
de nacer, y en donde con este espectáculo acabó de abatirse la anti
quísima idolatría de la América? M ucho más cuando esta misrr>a
función fue ia época del nacimiento del buen gusto mejicano par<1
82 SBF 116.
Oc„ rj6s.
84 ABZ f 22O-227
C.l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 555
I • bellas artes y bellas letras. Orígenes que no deben callarse en la
r inria de un cuerpo religioso dedicado por instituto a la profesión
* este gusto bello. «5.
Así empezaba oficialmente la era humanística de Nueva España,
¡ante y vigorosa. Ordenes religiosas, clérigos, seglares, universi­
dades, colegios, instituciones docentes, contribuyeron a su mayor
esplendor y florecimiento. En esta labor humanista tuvieron decisi­
vo influjo los colegios de la Compañía de Jesús, que muy pronto se
fueron extendiendo por toda Nueva España. Las circunstancias que
favorecieron en los colegios jesuíticos de la capital mejicana este
arranque inicial y definitivo del humanismo clásico fueron las reco­
mendaciones del padre Mercuriano, general, para que se aplicasen
desde el principio los métodos tradicionales de la Compañía, escru­
pulosamente experimentados en el colegio de la Ciudad Eterna, fu n ­
dado por San Ignacio; la presencia en ellos del provincial padre Pedro
Sánchez, profesor y rector en tiempos anteriores de la Universidad
complutense y rector después de Salamanca, Universidades las más
célebres entonces de España, y la del acicalado humanista padre V i­
cente Lenoci, fiel intérprete del humanismo del colegio romano 86.

Estudios de filosofía y teología. P ro yecció n religiosa.— E n ­


tre los jesuitas que iban llegando a Nueva España los había quienes,
terminados los estudios de humanidades, tenían que iniciar la filo­
sofía, y en las mismas condiciones se hallaban alumnos no jesuitas.
En 1575 comenzó a leerla el padre López de la Parra, y el siguiente
año, el padre Pedro de Ortigosa, futuro profesor insigne de teología
en el mismo colegio. Pero el verdadero fundador del curso filosófico
en 1577* 1578 fue el padre Antonio Rubio, que lo leyó por espacio
de veinte años con singular competencia. Enviado por la provincia
de la Orden procurador a Roma, en 1599, quedó en España, donde
publicó libros filosóficos, que se adoptaron como textos en la U n i­
versidad de Alcalá y perpetuaron también en Méjico la trayectoria
de su enseñanza 87.
El padre Ortigosa, al termin&r con sus primeros discípulos el
curso de filosofía, continuó el de teología, señalándose en los cuarenta
anos de su profesorado— anteriormente había sido maestro de la
jnisma facultad en Plasencia y en la Universidad de Alcalá— uno de
° s teólogos más célebres de Nueva España 88.
Los colegios jesuíticos que se irán extendiendo por Ultramar no
ueron solamente trascendentales por su proyección cultural, sino
fmucho más por la religiosa, pues en ellos se formaron legión de
|U.turos operarios apostólicos, sacerdotes seglares y religiosos y de
aic°s que ocuparon puestos directivos en la sociedad civil $9, £ ra
s a la aspiración jesuítica. La enuncian claramente las constitucio-
85 w
Co/ s‘ cn Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia (M éjico).
U lfA 375 (ant.594) f.TSOV.
8 7 ( Y niw x ACiA’ ^ as humanidades del Colegio Romano 35 is.
l07s* A n v i «index», índice: L ópez de Parra, O rtigosa (H ortigosa), R u b io ; S B F
205; GDQI i 3.
8q pr I o 8 ¡ A B Z , i b í d. , 1 0 4 ; G D O , l .c.
• O s o r e s , N o ticia s bio-bibliográficas.
556 La Iglesia cu la América del Norte española

nes del colegio de San Pedro y San Pablo, redactadas hacia 1582 9o
Se expresa así uno de sus apartados: «Primeramente es nuestro Señor
muy servido en esta obra, porque cn ella se trata de criar ministros
para su servicio, en su Iglesia, para todos los oficios así espirituales
como temporales; pues de los tales colegios han de salir personas
tales que tengan el régimen espiritual y temporal, así como de la
ollería o horno de vidrio salen todos los vasos para el humano
ministerio. Lo segundo es la república, mucho honrada y servida
con la tal obra, pues le crían hijos doctos y virtuosos, y es como cosa
cierta que no hay mayor riqueza en una república que haber mu­
chas y doctas y buenas personas, aunque todo lo demás faltase; y
por el contrario, no hay mayor pobreza en una república que haber
falta de las tales personas, aunque tenga gran riqueza y prosperi­
dad» 91.
Los jesuitas en Pátzcuaro. Escuela. Peste. C olegio de San
Nicolás.— Bien afianzados los jesuitas en la capital y reforzado su
número con la llegada de nuevos misioneros, puede el provincial
atender, al menos parcialmente, a las peticiones de otras ciudades
que instan por jesuitas. En 1574, a las demandas del deán y cabildo
de Pátzcuaro, sede vacante, reflejo de los apremiantes deseos del
primer prelado Quiroga, reavivados más tarde por la actuación en
la ciudad del padre Juan Curiel, ordenado, el padre provincial,
acompañado del padre Curiel y del hermano Juan de la Carrera,
toma posesión personalmente de la iglesia, casa y huerta donadas
a la Compañía 92.
Se encargan poco después de la fundación patzcuarense los pa­
dres Juan Curiel, superior, y Juan Sánchez, rector del seminario de
San Nicolás; el hermano escolar Pedro Rodríguez, recién llegado de
España, maestro de gramática de San Nicolás, y el hermano coadju­
tor Pedro Ruiz de Salvatierra, maestro de escuela.
E1 edificio de la pequeña residencia jesuítica, perteneciente anti­
guamente a Vasco de Quiroga, quedaba muy cerca de la catedral,
cedida posteriormente a la Compañía; del colegio de San Nicolás
y del hospital de Santa Marta, construido por Quiroga. Unos noven­
ta vecinos españoles y algunos más nativos formaban entonces Patz*
cuaro. Servían espiritual mente a la población el clero de la catedral
unos doce, y varios franciscanos residentes de un pequeño monas-
te: io 93.
Los dos padres jesuitas, además de los ministerios ordinarios
ejercitados en su iglesia, que había servido antes de catedral, y Por a
ciudad, atienden, los días festivos por la mañana, a la predicación etl
la catedral, y por la tarde, en su iglesia, con concurso siempre ere
cíente; inculcan la frecuencia de sacramentos, m uy descuidada,^#®1
olvidada, y visitan a los hospitalizados españoles y nativos. A a
escuela dirigida por el hermano Ruiz de Salvatierra, primer jesuia
90 MM. ÍI 109-127.
91 Ib- i., J12.
^2 M M I r 28 -r 33.
9J «elación de h-> ■jhi .pnd; de 'Tlaxcala, Michoacán 32.
C . l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 557
ue a p r e n d ió el tarasco, gran maestro y catequista de indígenas y es-
añoles hasta su muerte, en 1603, acuden unos trescientos niños,
españoles, nativos y mulatos 94.
Al año (1575) el padre Juan Sánchez pasa a Méjico para la aper­
tura de los cursos, y queda el padre Curiel rector de San Nicolás y
superior del colegio incoado. En 1576 estalla la peste (cocolixte),
que mata en el espacio de dos o tres años más de la mitad de los na­
tivos. Los jesuitas, aunque desconocedores todavía de la lengua, se
prodigan con los enfermos que mueren de enfermedad o de hambre,
y con ellos todos los operarios apostólicos de la ciudad y los españo­
les. El obispo, Juan de Medina Rincón, O. Er. S. A . (1575-1588), se
muestra magnánimo, dadivoso y heroicamente sacrificado en la asis­
tencia a los apestados. Pedro Caltzontzin, nieto del último rey de
Michoacán, alumno por dos años del colegio incoado, intérprete e
inseparable colaborador de los jesuitas, atendiendo a los enfermos,
sucumbe víctima del contagio 9S. D e los continuos trabajos y fatigas
muere también, por la cuaresma de 1577, el padre Curiel. En 1579
dejan los jesuitas la dirección del colegio de San Nicolás 96.

En O axaca. T em p estad sosegada. C olegio de San Juan.—


Pedidos por el canónigo Santacruz, pasan a Oaxaca los padres Diego
López y Juan Rogel para ver la posibilidad de fundación jesuítica,
e instalados en casa del solícito canónigo, situada dentro de las canas
reservadas a los dominicos, ejercitan ministerios apostólicos con
aceptación del pueblo, que asiste numeroso a los sermones predica­
dos en la plaza. La oposición de los dominicos, dueños del campo
apostólico y malhumorados por la vecindad jesuítica, mantiene al
obispo, fray Bernardo de Alburquerque (1560-1579), también domi­
nico, indeciso y un poco alejado de los jesuitas, calurosamente acep­
tados por el pueblo. El canónigo Santacruz, desconcertado por la
actitud prelaticia, casi se arrepintió de haberles cedido su casa. Los
dos jesuitas, excomulgados por el obispo, se ven condenados al
ostracismo e incomunicación. El padre Diego López, una noche, de­
jando a su compañero, emprende secretamente el camino de Méjico
para dar cuenta de todo al virrey y Audiencia. Comisionado por
el cabildo de Oaxaca, se va también a Méjico Francisco de Alabés,
regidor, procurador e insigne benefactor de la Compañía, para pre­
sentar querella al virrey y abogar la causa jesuítica.
Virrey y Audiencia adoptan una actitud resuelta y la tormenta se
Ca ma muy pronto. El obispo, más propenso a la comprensión que
j a dureza, compra magníficas casas con jardín de naranjos para
onarselas a los jesuitas; absuelve al padre Rogel y envía a Méjico
5?r padres, dispuestos a recibirlos con benevolencia y agasajo.
ambién entre dominicos y jesuitas, a las pasadas estridencias, sus-
^uirán concordia y amistad. El engorroso incidente da ocasión a
,rcgorio XIII para confirmar ampliamente a los jesuitas con breve

«5 Jy'k'l 1-II, «index*, índice: Ruiz de Salvatierra; G D O I 15.


p IRRUs> Pedro Caltzontzin ( 1576) Grandson o f the last Tarascan King, a Jesait?
K amíuf .z , N o ticia s c.3-6 p.32-39.
558 La Iglesia en la América del Norte española

de 30 de octubre de 1576, la facultad que tenían de construir in(ra


carinas 97.
Sale destinado para Oaxaca el padre Pedro Díaz; celoso op erari
y activo predicador, no defraudó la grande expectación de la ciudad
por la Compañía. Devuelven los jesuitas a Santacruz la casa que le
había dado y ocupan las donadas por el obispo.
Al poco tiempo se presenta el provincial, acompañado del padre
Mercado, futuro maestro de escuela, para concretar los proyectos
oaxacanos de erigir plantel docente. Con los bienes que el deán
Juan Luis Martínez deja a su muerte para levantar colegio jesuítico
casas de morada situadas junto al colegio para residencia de la co­
munidad y trescientos pesos de renta perpetua en censos, fundan el
seminario de San Juan, del que designan rector al padre Juan Rogel,
que recogerá prácticamente, como lo había hecho el de Méjico, toda
la juventud de la ciudad y del obispado, colegiales externos y convic­
tores. Dificultades que surgen muy pronto: censos mal pagados, des­
moronamiento de las casas, la gente de la tierra poco propensa a
estudios, hacen clausurar el colegio. Su renta la distribuyen los pa­
trones entre el convento de la Concepción y la Compañía, que sigue
en l.i ciudad muy ocupada en ministerios, y erigirá después, con
bases más firmes, colegio 98.
Congregación provincial. Estado de la provincia. Valora­
ción. Respuesta rom ana.— Los jesuitas, después de su metódica
expansión por Nueva España y múltiples ocupaciones, quieren exa­
minar oficialmente su actuación para enviar detallado informe a
Roma y recibir de allí orientaciones programáticas. Del 5 al 15 de
octubre celebran en Méjico lo que en la nomenclatura de la Orden
llaman congregación provincial, con participación del padre Pedro
Sánchez, provincial, y los padres Pedro Díaz, Alonso Camargo y Pe­
dro de Morales, consultores del provincial, para designar represen­
tante informador que han de enviar a Roma " .
Los convocados evocan el estado de la provincia ultramarina:
el colegio mejicano, residencia de Pátzcuaro (M ichoacán), aprobada
por el padre general para convertirla en colegio, m isión de Oaxaca,
26 sacerdote- , 8 estudiantes, 30 hermanos coadjutores y n novicios.
Piden al general envíe «dos o tres personas de m ucha virtud y autori­
dad para que persuadiesen oración y m ortificación y humildad, y
que en esto y en regir se ocupasen más que en predicar a l o s de
fuera», y que los designados a U ltram ar no fuesen los indeseados
de las provincias, sino gente virtuosa que recibiera el destino e
buena gana 100.
El colegio de Méjico, por depender de la capital la vida política
y religiosa de Nueva España y estar erigida allí universidad, cree a
Junta oportuno tenerlo bien atendido de personal y fundar allí no
viciado, estudios generales y casa profesa. Era de primera n e ce sid a *
ól om^ * 154-156-I7IS. 190.199.217.240.264-266.369.440a;
„ ^ 7 9 - 8 2 ; ABZ f 170s.r73-175.r94 269; G D O I 16-19.
100 Ibíd: 2r^erSe actas de esta congregación provincial en MM I 287-343*
C .l6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 559
,n los congregados, cambiar la actual iglesia de paja por otra más
según i” »
dicrv V
Ei 8 de octubre de 1577, en una de las reuniones, abordan los
a rn b leísta s la problemática de los colegios, de importancia vital
a! ra la Iglesia ultramarina: si convenía al servicio de D ios y bien
com ún d e aquellas provincias que la Compañía cuidase más particu­
larm en te los colegios de españoles y de qué manera, y que algunos
jesuítas viviesen en ellos, como se acostumbraba en el Germ ánico
de Roma. L a Com pañía— opinaban los congregados— debía nece­
sariam en te mantenerlos y gobernarlos más inmediatamente que has­
ta entonces, pues, residiendo en ellos algún padre y hermanos, los
resu lta d o s espirituales, culturales y disciplinares serían mejores que
confiándolos sólo a sacerdotes seculares.
Señalan en seguida los asambleístas las ventajas de ese régimen
más inmediato, pues los sacerdotes dirigentes decaían del ideal que
se quería en ellos, ni obedecían debidamente a los jesuitas y su
ejemplo y cuidado dejaban algo que desear; irregularidades que se
hacían sentir visiblemente en la ciencia y virtud de los alumnos y en
la deficiente administración temporal.
Si, por el contrario, los jesuitas cuidaban la formación religiosa
y literaria de los colegiales, se evitarían «infinitos pecados que en
tierra tan aparejada como ésta se suelen hacer desde la niñez»— con­
creta la Junta— , y les enseñarían a vivir, según lo esperaban todos,
cristiana v virtuosamente.
En estos colegios— expresa la Junta— se formaban futuros reli­
giosos seculares, que ocuparían después puestos oficiales, sacerdotes
y rectores de las iglesias, y así la Compañía establecía contactos
universales, m uy útiles a sus fines apostólicos, «para tener entrada
con todos y en todos los estados para los aprovechar» 102.
Entre los colegiales— prosiguen los congregados— podían form ar­
se muchos jesuitas, «y niños indios y españoles pobres», y así estos
colegios serían prenoviciados para la Compañía y las demás Ordenes.
Después de alegar otras razones, concluye la Junta: «y porque
en todo Nuevo M undo fio hay cosa semejante ni jamás la ha habido»,
convenía que la institución se fundase permanente y duradera; si la
experiencia descubría fallas incompatibles con el carácter de la
Compañía, podría dejarse 10-\
Reconoce la Junta los inconvenientes de los colegios: exigían
IT>ucha gente, bien experimentada y de virtud, no fácil de hallarla;
suponían ocupaciones que podían ocasionar relajamiento, y, en caso
1 e escándalo, la culpa recaía sobre los educadores; los azotes y casti­
gos aplicados a los colegiales suscitaban odiosidad contra la dirección.
1 s inconvenientes de los colegios— deduce la Junta— significa-
an P°co ante su resultado positivo y se podían evitar o dism inuir
ton la vigilancia y prudencia de los educadores 1(*4.
en 1 ma. aPrueba oficialmente el celo de los jesuitas novohispanos
d mstitución de los colegios para ayuda de la juventud y, «yendo
Í02 ü 5,d- 298. 103 I b i d , 308S.
•Wd., 308. I b í d , 309.
560 La Iglesia en la América del Norte española

tan adelante esta obra— concreta— y con tanta edificación, no pUed


dejar de tenerse especial cuidado de la dirección» de ellos; el coleo*
de San Pedro y San Pablo, por no hallarse personas de fuera aptal°
lo gobernaría interinamente, por dos o tres años, la Compañía; unpa
dre de confianza, como rector, con un hermano, subordinado al rector
del colegio mejicano. L a administración temporal la llevaría persona
seglar con dependencia del rector. Dirigirían los demás colegios
sacerdotes seglares designados y controlados por el provincial; en
caso de necesidad podrían designar rector «ad tempus» algún je­
suita 105.

A dm isión de criollos en la C om pañ ía. C olegios de indios


y propuesta de clero indígena. Respuesta rom an a. — Recogemos
de estas actas de la congregación apartados que interesan a la historia
eclesiástica. Quiere tener la Junta criterio definido para recibir y for­
mar criollos; comprenden que los han de admitir con recato y adver­
tencia y que su formación de noviciado ha de ser deficiente, pues las
circunstancias locales 110 consentían los experimentos de peregrina­
ción, hospitales y algunos otros.
Antes de recibirlos— responde Rom a— probarían y examinarían
bien los deseos del candidato de no menos de veinte años, que habían
de tener la garantía de un año; en las pruebas del noviciado se aten­
drían escrupulosamente al orden enviado de Roma 106.
Interesante y sugestiva la problemática indígena abordada por la
congregación provincial. El ministerio de los nativos— discurre la
Junta— , gente la más necesitada de aquella tierra, era el que conve­
nía a los jesuitas que habían de residir entre ellos, pues la experiencia
enseñaba que sólo las misiones no bastaban. Por otra parte, gente
pusilánime y de poca inteligencia, se obtenía algo con ellos obligándo­
los a asistir a la doctrina, corrigiéndolos y castigándolos paternalmen­
te. El medio más eficaz para su formación, a juicio de la Junta, eran
los colegios de niños indios, hijos de principales, de buena índole
y habixidad; vivirían éstos en los colegios jesuíticos para enseñarles
a leer y escribir y doctrina cristiana, para que, si el Señor hacía a
algunos de ellos capaces de la perfección, fuesen dignos ministros
de sus connacionales, y uno de ellos que emprendiese esa vía, haría
mas que cien extranjeros. Las causas para erigir colegios de españoles
tenían fuerza más persuasiva tratándose de indígenas.
Si todas las naciones— arguye la Junta— que han abrazado a
nueva ley tienen ministros de predicación y de sacramentos, ¿cómo
los nativos, si alguno trabajase con ellos y los instruyese, no los posee
rían igualmente, pues Dios hace al hombre capaz de sí?; y si ellos en
su gentilidad se gobernaron sin luz de lo alto, ahora, con la gracia
divina, ¿carecerán de esa posibilidad? •
Además—-insiste la Junta— , los concilios eclesiásticos, y el Tri
dentino sobre todo, claman por seminarios, principio necesario pa,a
renovar el mundo. Si la Compañía— recalcan los asambleístas ensené
C.l6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 561
Jos nativos la vida común y ordinaria que ahora llevan, poca ayuda
re cib irá de estos ministerios; pero si los orienta hacia la perfección,
el provecho para ella será muy grande y con sus discípulos convertirá
otros m u c h o s . Por otra parte— afirma la Junta— , los instrumentos
de conversión más eficaces para los nativos han de ser sus connacio­
nales, y así, los jesuitas con pocos harán más que con muchos y ten­
drán m e n o s encuentros con obispos, clérigos y autoridades. D e esta
manera también los hijos colaborarían en la conversión de sus padres
y los niños atraerían bendiciones celestiales y pondrían la base de la
perfección.
Recopilan los asambleístas las dificultades que podían objetarse
a este plan indigenista. A muchos se les hará acaso indigno enco­
mendar la predicación y sacramentos a gente tan bárbara y rústica.
Así era, en efecto— responde la Junta— , si a los nativos se los deja­
ba en su estado actual; «pero si desde niños se crían en leer y escrevir
y contar y doctrina cristiana, y después en sus estudios, claros y
llanos a su modo; y si se les leiessen unas artes fáciles y una teología
clara, de manera que con la edad les crezca la cristiandad, y en com­
pañía de los nuestros, y a los 40 años de su edad, gastados en mucho
estudio y exercicio de virtud, y enseñados a hazer pláticas y doctrinas
a los de su nación, no ay que dubdar sino que se podrían ordenar
y ser muy aptos ministros»107.
Notan los congregados que la mayor dificultad de estos semi­
narios era su base económica; «lo qual se puede proponer a el rey
nuestro señor, y a los prelados y a los otros fieles cristianos, y Dios
levantará algún fundador»; con pedir alguna estancia de ganado,
y tierras de las muchas que había, y que los nativos hiciesen alguna
sementera para sus hijos, el monarca lo concedería con facilidad y
quedaba así asegurada su subsistencia 108.
Señala en seguida la Junta los puestos donde se podrían erigir
esos seminarios: Méjico, para los náhuatls; Michoacán, para los
tarascos, y Oaxaca, para los mixtéeos y zapotecos; Zumpango San­
tiago, distante unos 52 kilómetros de Méjico, para los otomíes, y,
además, donde el virrey y* arzobispo designasen; partiendo de estos
puestos, los jesuitas misionarían y visitarían otros pueblos para
colaborar con los clérigos, que se moverían así a ayudar a los se­
minarios 109.
Roma toma actitud decidida ante la propuesta de la Junta:
j^ntiendan todos los nuestros que el fin principal de la ida de la
mpañí a a las Indias es ayudar a los naturales, y así conviene que
todos sc animen a esto y se pongan los medios para alcanzar este
Para nuestro instituto»; además de las misiones, medio tan propio
e la Compañía, erigirían entre los nativos residencias de propiedad
c, (°°legio más cercano y dependientes jurídicamente del superior
•e y sus moradores vivirían puramente de limosna, sin renta ni
'"enes raíces. Estas residencias, de no menos de seis jesuitas, las
1,lan construyendo poco a poco en zonas de las principales lenguas

107 ib íd ., 3 j o . 10» L.c. *•» L.c.


562 La Iglesia en la América del Norte española

indígenas y donde pudiesen tener ayuda de españoles, pues a lo


nativos ni habían de pedirles nada ni aun aceptar de sus oferta*
espontáneas, si no eran insignificantes. En esas mismas residencias"
los operarios aprenderían lenguas y las ejercitarían trabajando con
indios; pondrían también escuelas de leer y escribir para niños na­
tivos; a los hábiles los enviarían a colegios jesuíticos establecidos
en ciudades para comprobar su máximo rendimiento espiritual.
La experiencia enseñaría si era tactible la propuesta de la congre­
gación de erigir colegios-seminarios de indígenas 11().

Excluidos curatos jesuíticos. L os colegios jesuíticos y la Uni­


versidad m ejicana. — Propone también la Junta mejicana convertir
«ad experimentum» alguna de las futuras residencias indígenas en
doctrina, para ver la eficacia de este método de apostolado practicado
habitualmente por los demás religiosos; no se arriesgaba nada en
el experimento, pues el actual arzobispo mejicano, M oya de Con­
treras, era amigo incondicional de la Compañía.
Roma, porque el sistema incluía cura permanente de almas,
prohibida a la Compañía, excluye todo curato jesuítico m .
La actuadóíi clamorosa con que los jesuitas iniciaban en Méjico
ei período humanista pudo suscitar alguna animosidad en las aulas
universitarias, que se apresuran a recurrir a la corte para reclamar
sus derechos. Felipe II, con cédula real dirigida a la Audiencia
mejicana, 2 de noviembre de 1576, obliga a los alumnos de los cole­
gios jesuíticos a matricularse todos los años en la Universidad y
prestar obediencia al rector de ella, «so pena de no gozar de los pri­
vilegios e inmunidades de la dicha Universidad y de no admitírseles
cursos»; igualmente todos los estudiantes no pertenecientes a la
Universidad acudirían a los actos y conclusiones de ella, conforme
a las disposiciones del rector universitario 112.
Con otro documento de idéntica fecha remitido al mismo desti­
natario, prohibía a los jesuitas dar grados en sus colegios, facultad
exclusiva d?. la Universidad 113.
La decisión real podía significar serio contratiempo para los cole­
gios jesuíticos. La congregación provincial, deseosa de colaborar en
el campo cultura! con la Universidad mejicana y evitar rivalidades
y oposiciones, presenta al padre general, entre otras súplicas, ésta,
que podía remitirse a la corte española; Puesto que la Com pañía
había fundado en Méjico tres o cuatro colegios de estudiantes espa-
ñoles «con grande fruto y provecho común», y la U n iv e r s id a d , sin
tener casa propia, andaba por algunas de alquiler, pedían al monarca
mandase a dicha Universidad establecerse junto a los colegios je'
suíticos para posibilitar una eficaz colaboración de las d o s institu
ciones en servicio de Dios y provecho de las almas; s u p lic a b a n tam
bién al rey recomendase a los de la Universidad no consid erar ex
traños a los jesuitas, sino como gente que los sirve, y, por consi
guíente, decidiesen que los estudios de gramática y filosofía dados
110 íbí d. , 3 2 1 .
; 11 íbíd. , 322
I 12 Ibíd., 326S.
II 3 íbíd., 327S.
C .l 6. Nueva Orden religiosa a Nueva España 563
or la Compañía fuesen parte de la Universidad y gozasen de todos
sus p r i v i le g i o s , «y que no sólo los estudiantes— prosiguen los asam ­
bleístas— , bino también nosotros nos matricularemos, para aumento
dc su U niversidad; y que no queremos nosotros que nuestras le c­
ciones de teología concurran con las horas de prima y vísperas de la
U n iv e r s id a d ; y que así, de esta manera, nuestros estudiantes puedan
oír las lecciones de la Universidad, y los de la Universidad las de
nuestros estudios, y así seremos todos a una en el servicio de nues­
tro Señor y de su majestad»1l4.
Conviene observar que la Compañía, por breve de Pío V, io de
marzo de 1571, podía, aun en partes donde había universidad,
erigir en sus colegios clases públicas de humanidades, filosofía y
teología o cualquiera otra facultad, siempre que no empleasen las
dos horas matutinas y una vespertina señaladas por la Universidad
para las mismas materias, y esas clases las podían frecuentar alum ­
nos externos, y sus discípulos de filosofía y teología conservaban el
derecho de ser admitidos a los grados de la Universidad, previos
los exámenes exigidos por los profesores de ella 115.
Años después, el 7 de mayo de 1578— las cédulas de Felipe II se
habían promulgado poco antes— Gregorio XIII, con breve ponti­
ficio, confirmó y amplió a los colegios jesuíticos con clases de filoso­
fía y teología, aun en partes donde existía universidad, la potestad
de conceder grados en estas facultades, siempre que, a petición de
los profesores de dicha universidad, respetasen las horas, una por
la mañana y otra por la tarde, que las mismas materias se explicaban
en ella 116.
Felipe II, con cédula de 14 de abril de 1579 dirigida al virrey
novohispano, M artín Enríquez de Almansa, para evitar los incon­
venientes que podrían seguirse del desacuerdo entre la Universidad
y los colegios jesuíticos, manda que la Compañía, leyendo gratis y
sin estipendio alguno en sus colegios latín, griego, retórica y filoso­
fía, en forma de seminario para la Universidad y matriculándose
y graduándose todos los estudiantes en ella y acudiendo a sus actos
públicos, «de manera que tocfo redundase en aumento suyo», p u ­
diesen oír en los planteles de enseñanza jesuíticos las lecciones que
se explicaban en la Universidad; habían de procurar concordia y
conformidad entre los dos centros docentes 117.
Posteriores documentos no hablan de contrastes existentes entre
la Universidad y los colegios de la Compañía, que siguieron inalte­
rables su misión cultural y religiosa.

1IS !bíd" 338s\ .


11 f. Societatis Iesu I 45.
! Ibíd., 76.
MM I 453-455.
564 La Iglesia cu la América del Norte española

C A P I T U L O X V I I

Restauración eclesiástica. T e rc e r concilio m ejicano (1585) *


E l cabildo eclesiástico.— En la estructura de la Iglesia novo­
hispana, que vamos presentando bajo todas sus múltiples proyec-
ciones, constituye elemento vital el cabildo eclesiástico o catedral
consejero nato y apoyo principal del prelado. L o componían eí
deán, primera dignidad después de la episcopal, encargado de cuidar
el oficio y culto divino: coro, altar, procesiones, etc.; el arcediano,
a quien pertenecía examinar a los clérigos ordenados, la adminis­
tración de la diócesis si el obispo se la encomendaba y la visita
de ella; debía ser bachiller en derecho; el chantre, doctor y experto
en música, con oficio de cantar, enseñar y corregir en ella; el maes­
trescuela, bachiller necesariamente en derecho o filosofía, con obli­
gación de enseñar gramática latina a todos los que estaban al ser­
vicio de la catedral y a todos los diocesanos deseosos de oírla; donde
había universidad era incumbencia suya recibir ante el secretario
de ella a los graduandos en cualquier facultad y señalar los días en
que se habían de tomar puntos y repetir lecciones y quodlibetos,
y en estos actos y acompañamientos ocupaba siempre el primer
lugar; el tesorero, que debía cerrar y abrir la iglesia, hacer tocar
las campanas y guardar los objetos de la iglesia, vigilar la luz de las
lámparas y proveer de incienso, candelas, harinas, vino y todo lo
necesai io para celebrar, gastos controlados por el cabildo y que en­
traban en el pasivo de la fábrica de la iglesia. Existía también un
número determinado de canónigos, separados enteramente de las
anteriores dignidades; presbíteros, con obligación de asistencia co­
tidiana al coro y misa diaria por turno. F u e r o n igualmente creán­
dose los cargos de lectoral: teólogo del cabildo; magistral: encar­
gado del púlpito; doctoral: asesor jurídico y penitenciario o con­
fesor 1.
La orporación se reunía ordinariamente dos veces por semana;
la junta del viernes se dedicaba a corrección y enmienda de costum­
bres y debida celebración del culto, para conservar en todo y pof
todo, así en la iglerwa como fuera de ella, la castidad de los clérigos •
Elementos indeseables de los cabildos. — Alcanzaban a veces
estos puestos, a presentación de la corona, personas indeseables.
Zurnarraga se queja por carta al emperador, 17 de abril de 154o'
porque tiene que admitir a beneficios gente desconocida que daban
# Siglas y abreviaturas:

r 'i jm Í ? ~ A l e g r e , H istoria de ¡a p ro v in cia . .. N . E spa ñ a, e d . B u r r u s - Z u b i l l a g a .


^ £ (JEVAS' H istoria de la Iglesia en M é x ic o .
~ C on cilios p ro v in cia les... y segundo.
^ £ e b a b d D f x o r m e , L a obra de los jesu íta s m exicanos.
M M = M onum enta m exicana.
c p í< 1 B a q u e r o , F un dación de la C o m p a ñ ía de Jesús en N u ev a España*
r/rr r '\ A í >anctum provinciale concilium M e x ic i celebratum .
i r J i u ? a A G A ' Tercer conalio mejicano.
<J i J M Jí 1 0 9 - 1 1 1 ,
2 Ibíd , j 1 j ,
C.l 7- Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 565
en los ojos con una cédula real, obligándolo a aceptarlo si no se
nuería desagradar a su majestad. Uno de los recomendados traía
su manceba con nombre de hermana. Había tenido que desterrar
al provisor o vicario general, Juan Rebollo, porque en Méjico y otras
partes «ha tenido una Rebolla» y cometido otros excesos y era in­
corregible 3.
M enciona el austero fraile a un Cristóbal Torres, por cuyas
deshonestidades un marido mató a su mujer a puñaladas; a un
Francisco de Alegría, que se llevó a Sevilla cuatro indias mozas en
hábito de muchachos; a un Vargas con un hermano que había sido
fraile, poco mejor que el anterior, y a un Pernia, que se jugó una
vez más de dos mil pesos, y a otro que poseía minas y tiendas, peni­
tenciado tres veces, incorregible, y a otros tres o cuatro que habían
sido fra iles4.
Si los obispos— continúa Zumárraga— no echaban de la tierra
semejante ralea, «será recetáculo de cuantos perdidos apóstatas
allá hubiere, ni bastan cuantas guardas V. M. ponga, porque en
hábito seglar se pasan». Habían de llevar allá buenos clérigos de
Castilla, escogidos, virtuosos, buscados y sacados de las iglesias,
y no los atraídos por la concupiscencia de los ojos y de la carne;
menos mal era que hubiera «pocos clérigos buenos que muchos
no tales»; los frailes son los que nos hacen al caso— continúa
Zumárraga— , que, donde ellos no pisan, no hay cristiandad».
Sólo S. M .— termina el prelado— podía remediarlo, y no quería él
arrostrar esta responsabilidad 5.
A abusos e infiltración de elementos nada codiciables alude tina
carta del cabildo de Guadalajara a Felipe II, 20 de enero de 1570;
los designados para beneficios han de ser buenos eclesiásticos, no
«por favores que tengan en estas partes ni allá*; conjeturaban que
Pedro de Merlo, canónigo, había remitido dineros a la corte para
obtener el deanazgo vacante de aquella iglesia, «y dicen ser de los
prohibidos de quien hemos hablado antes de ahora; y así creemos que
proveen muchos de estas partes por favores, cuyas provisiones no
Pueden ser acertadas» 6. *
«Duros de domeñar» califica el obispo de Nueva Galicia, fray
Domingo de Alzóla, O. P. (1582-1590), a sus canónigos; «casi todos
los capitulares que de presente están— observa— no han tenido
prelado que los pusiese en el oficio y obediencia que deben; y pues
lo que yo en las ordenaciones he mandado parece que es justísimo,
S1 se les permite salir con su desobediencia con frívolas apelaciones,
muy mal se les podrá mandar otras cosas»7.
Refiriéndose a la codicia con que los mismos capitulares aspira­
ban a la porción de diezmos señalada para los beneficiados y curas
las parroquias del obispado, afirma el prelado: D e todo se de-

2 lbíd- «n.
J)on r V l I 4s ; C uevas, Documentos inéditos del siglo X V I 103; G arcía Ic a z b a l c e t a ,
pmV* n Zumárraga III 187-206.
7 II 11c;.
'Md., 1158. '
566 Li Iglesia cn la América del Norte española

tendían con apelaciones, pleitos y alegatos perpetuos; empen^


casi toda la vida en contiendas, el obispo había de renunciar a m?
nistcrios sustanciales como la predicación y conversión de ló
nativos s.
En 1570, acaso el arzobispo Montúfar, pasaba oficialmente al
Consejo de Indias este juicio sintético del arzobispado mejicano-
«Fuera de la iglesia [catedral], por la inquietud de los prebendados
de ella, está muy quieto y muy pacífico con el calor, favor y ayuda
que de ello me han dado y me dan vuestro presidente y oidores y
visorrey; aunque ni él ni la Audiencia han sido parte para refrenar
la insolencia de los prebendados» 9.
El tercer arzobispo mejicano, Pedro M oya de Contreras (1573.
1591), inquisidor antes de Nueva España y virrey interino de 1583
a 1585, enérgico y que se enfrentó victoriosamente con los tribuna­
les del reino, hubo de capitular ante la ingeniosa arbitrariedad de
sus canónigos, que sacaban a flote sus intentos contra la expresa
voluntad del prelado. El arcediano don Juan Zurnero alardeaba de
ser opuesto a los preiados, su contradictor y defensor del cabildo,
y en las deliberaciones y votaciones de las juntas salían siempre fa­
vorecidos sus intereses 10.
El doctor Anguis, clérigo secular, escribiendo a Felipe II, re­
procha así a los canónigos: «no llevan medio las niñerías que pre­
tenden cada día introducir en disminución de su coro y de su oficio
y del culto divino»n.
El segundo concilio mejicano, celebrado en 1555, delata este
abuso de la iglesia metropolitana y sufragáneas: Algunos capitula­
res entraban al coro al principio de la hora, y luego, con permiso,
se salían de él para volver a la oración y ganarse toda la hora sin
descontar la ausencia, y esto lo hacían habitualmente, con detri­
mento del culto divino. Manda el aludido concilio que, «al entrar
en el coro, se guarde lo que hasta aquí; que si no entrase al tiempo
instit'údo, pierda la hora», etc. 12
Indicio bastante significativo de la irreverencia en la iglesia
de algunas capitulares es la orden dada por el arzobispo mejicano.
«Ninguno hable en el coro en la silla delante o detrás del facistol.
A ninguno sea lícito hablar de un coro a otro. Enteramente se exter­
minen del coro las chanzas, las bufonadas todas y cualesquiera gestos
que provocan la risa» 13.
Un informe del arzobispo M ontúfar a la corte, 31 ^e ener0
de t 558 , alude a catedrales donde el obispo, por asistir al coro uno
o dos clérigos, no podía decir misa pontifical ni aun con ministros»
sino como en la más mísera aldea de Castilla; en alguna catedra
nunca se había reservado el Santísimo 14.
% Ibíd., xi6. ,.j0
in Í l M ' 1 I I 7 ; en ibíd., 1 í 4, los disgustos q u e el m ism o M o n t ú f a r sufre de su ea i
’ Jbíd., 1 175;.

1 i fjs. En 1565, f ríe marzo, nos encontrai


naestr<r;cuda de Méjico sobre quejas que
C.l 7- Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 567
abundantemente el clero capitular con el cuarto
E s t ip e n d i a d o
de los diezmos* que aumentaba a medida que crecían éstos: distri­
bu ción inadecuada contra la que protestaron el visitador Jerónimo
j e V a ld e rr a m a ( 1 5 6 3 - 1 5 6 4 ) y el obispo de Guadalajara, fray Do-
mingo de Alzóla, O. P., para nada sirvieron sus desaprobaciones
frente a los intereses creados de los capitulares, descontentos todavía
de las pingües asignaciones; y buena parte de la historia de los cabil­
dos del siglo xvi, como lo comprueban multitud de documentos,
son pleitos sobre honorarios y pagas de prebendados 15. Nada tiene,
pues, de extraño que Felipe II, en 1572, según lo hemos expuesto
en el capítulo anterior, quisiera consignar a r e lig io so s las iglesias
centrales de Ultramar.
Individuos ejem plares en los cabildos.— En esa proyección
general de los cabildos, poco eclesiástica si se quiere, rebelde y mer-
cantilizante, la historia ha mantenido inéditos a no pocos individuos
que, aun sin virtud extraordinaria, se mantenían en un clima de
honradez, honestidad y ejemplaridad a toda prueba, y ha dado pu­
blicidad a otros ávidos de ganancia pecuniaria. Así, el virrey Luis
de Velasco (1589-1595), en carta al monarca, 5 de junio de 1590,
elogia las designaciones hechas del maestro don Juan de Cervantes,
para arcediano de la iglesia mejicana; y de don Alondo de la Mota,
para deán de Tlaxcala, ambos letrados y virtuosos; del doctor Juan
Alcedo, catedrático de prima de cánones y secretario que había sido
del lercer concilio mejicano, para canónigo; del doctor Dionisio
de Rivera, para cura de la catedral y predicador; del doctor Ortiz,
catedrático de prima de teología, también para canónigo; «y, además
de haberse hecho muy buena elección— continúa el virrey— y a
ellos merced, la ha hecho V. M. a todo el reino con servirse de na­
turales de él, con que todos se animan a seguir letras y virtud, en
que estaban muy desmayados por falta de premios»16.
Honor del cabildo del 500 fue también el canónigo Francisco
Rodríguez Santos, llamado vulgarmente De Santos, insigne en ca­
ndad y prudencia, fundador del colegio de Todos los Santos, insti­
tución que tendremos ocasión de mencionar, y el canónigo de la
Iglesia mejicana Juan González, que renunció a esta dignidad para
vivir pobre y apostólicamente, y emprendió finalmente vida ere­
mítica, consagrado a ministerios con nativos hasta su santa muerte
en enero de 1590 17.
Clero secular y parroquial: pauperismo cultural y religioso.
:n el clero secular y parroquial, aun con la prestancia de numerosos
j-Jemplos de vida íntegra y digna, no pocos en ilustración, costura­
res y religiosidad decayeron de su carácter y excelencia sacerdotal.
* icndo cada día la descompuesta y desordenada vida de ios cléri-
& paña X 7 3 ; cf. ibld., 220-225). E l arzobispo mejicano, por su parte, e n carta del
i g l^ L t^ ! c:m brc 15^5, pide al rey sean corregidos el deán y m aestrescuela de aquella
Tsa £,bíd - 8 7 - 8 q).
t - H T M 11 120-1 24
568 La Iglesia en la América del Norte española

g o s— escribe Zumárraga al emperador— y los malos ejemplos qi


todos comúnmente, por la mayor parte, dan y han dado por
tierra, por donde las cosas divinas vienen en gran oprobio y ^
nosprecio, yo he trabajado en los enmendar y reformar cuando h¿
podido; pero al cabo no puedo estorbarles sus delitos, como ellos
sean muchos y en muchas partes divisos y yo ser uno y no poder
estar sino en un lugar. Pensando noches y días»— prosigue el pre­
lado— , de acuerdo con todos los obispos, y para ello pedía encare­
cidamente el favor del emperador, estaba decidido a iniciar la re­
forma de todos los clérigos, obligándolos a comer en un refectorio
y dormir debajo de una clausura y no permitirles salir por la ciudad
sin compañero 1S.
Esta aspiración de reforma clerical la había manifestado Zumá­
rraga en la instrucción dada a sus procuradores ante el concilio de
Trento (febrero de 1537): «Lo octavo, que los clérigos de estas parte,
vivan todos con el prelado suyo en comunidad, según y de la ma­
nera de los primeros clérigos o canónigos regulares. Que moren
dentro de un claustro e duerman en un dormitorio y coman en un
refectorio y vistan de un vestuario común y honesto, y no salgan
fuera sin compañero y sin licencia de su prelado»19.
Para controlar la ida de clérigos a Ultramar se exigió a todos los
pasajeros de Indias permiso de embarque otorgado con cédula real.
No fue difícil defraudar la precaución legislativa. Notificaban los
obispos a Carlos V: «Pasan algunos disimulados en hábitos de se­
glares o como mejor pueden, y éstos siempre son los peores; por­
que los buenos no se ponen en tales afrentas y atrevimientos». Ya
en el campo apostólico, los obispos, ante la inopia de ministros,
tenían que aceptar aun a indeseables, «porque tenemos por menos
malo— explican— que haya sacerdotes que administren los sacra­
mentos..., que faltalles del todo a estos naturales, mayormente el
santo sacramento del bautismo» 20.
Categórico y deprimente es el juicio del virrey Mendoza, 20 de
junio de 1544, en las notas y avisos que redacta para su sucesor
Luis de Velasco. El carácter reservado del documento añade valor
a s u objetividad: «los clérigos que vienen a estas partes son ruines
y todos se fundan sobre interés; y si no fuese por lo que S. M. tiene
mandado y por el bautizar, por lo demás estarían mejor los indios
s in ellos. Esto es en general, porque, en particular, algunos buenos
clérigos hay»21.
Fray Martín de Hojacastro, O. F. M ., obispo de Tlaxcala (154^'
1 557)» escribía al final de su pontificado al monarca: «En los cléri­
gos que a estas partes pasan, por la mayor parte, se ven grande*
flaquezas, grandes escándalos, porque o han sido frailes o vienen
huyendo de sus prelados. Por maravilla hay quien de todos ello*
entienda medianamente gramática; y lo peor es que todos vienen

] 3 íbíd., 130-132.
9n ^ (¿ E,V
w ’,,Documér" 0i del siglo X V I 66.
y* ^rlIM II 1323.
21 Instrucciones 1 1 .
C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 500
óvidos d e la desordenada codicia, y no los trae el celo de la fe:
je d o n d e se sigue que, siendo idiotas y fugitivos y en gran manera
co d ic io so s, no tratan las cosas de la fe con la fuerza que se requiere,
I con la limpieza y libertad apostólica necesaria» 22.
H acia 1575» fray Diego de Landa, O. F. M., obispo de Y u ca­
tán (1572-1579)* envía a la corte este informe: «De los clérigos ten­
go que a v isa r a V. M. que hallé en esta provincia algunos, aunque
muy pocos, y casi todos gente muy ignorante y que ha vivido con
mucha licencia»23.
El clima sacerdotal, a pesar de honrosas excepciones, ciertamen­
te bastantes, se mantenía a un nivel de deficiencia y de vulgaridad
notables. N i podía ser de otra manera, pues faltaban instituciones
para su elevación cultural y religiosa. Sin seminarios ni plan de es­
tudios, el clérigo se formaba intelectualmente sin método, sin dis­
ciplina y muchas veces sin maestro. Los aspirantes a prebendas
cursaban gramática, filosofía y teología o derecho, de manera que
la teología, antes del concilio Tridentino, no obligaba al sacerdote.
Fray Domingo de Alzóla, O. P., obispo de Guadalajara o N ue­
va Galicia (1582-1590), después de visitar la diócesis, escribe al
monarca, 7 de abril de 1584— nótese que estamos en período pos-
tridentino— : «a los clérigos los mandé examinar luego que vine y
todos los de la comarca de esta ciudad se examinaron, y hallé en
ellos grandísimo idiotismo, porque los obispos pasados, así de esta
iglesia como de otras de estas Indias, por la necesidad que tenían
de ministros, ordenaban a muchos ignorantes 24.
De los 185 clérigos de la archidiócesis mejicana en 1575— reco­
gemos el informe del arzobispo Pedro Moya de Contreras— , muy
pocos sabían derecho canónico; buen número de ellos, a lo que
parece, sólo gramática, y uno, ni siquiera leer. El padre Bartolomé
Saldaña, cura beneficiado de la parroquia mejicana de Santa Cata­
lina, que había tenido otros beneficios en el arzobispado, admitido
en la Compañía en 1573, dio tan escasas pruebas de formación y
capacidad intelectual, que en los ocho año^que permaneció en la O r­
den hasta su muerte, en 1581, no pudieron los superiores darle ni
siquiera licencia de confesar y lo ocuparon en oficios de hermano
coadjutor 25.

Brotes de elevación cultural y espiritual.— Desde la segunda


mitad del 500, la elevación cultural que se inicia, principalmente
c°n la erección de la Universidad mejicana, 1553, realza visiblemen­
te el progreso intelectual y religioso de seglares y también del clero:
e'npiezan a apreciar más el saber que la vagabundería y las espadas,
a maestros y doctores más que a hacendados y ganaderos. El clero
Participa más que nadie, activa y pasivamente, de la ilustración
11ni versitaría, factor de reforma moral.
* a también para entonces no pocos oriundos de la región, pro-
ai l ? Í lM H 133.
, <]•• >34 .
lbíd., 1^5,
Ibld., 136; S B F 59; ABZJI 13 5 M 3 6 .
570 La Iglesia en la América del Norte española

cedentes de familias honorables radicadas en N ueva España, Cdu


cados y dirigidos espiritualmente por religiosos selectos, conócedo
res no pocas veces de alguna de las lenguas del país, hacían ventai
en aptitudes y moralidad a clérigos inmigrantes que llegaban a Ul­
tramar no precisamente con ideales apostólicos.
Control y estímulo de la reforma del clero fue también la In.
quisición, erigida oficialmente en 1571. A la primera noticia de que
venía para presidirla el enérgico Pedro M oya de Contreras, diéron-
se a huir a la desbandada muchos de los curas relajados y frailes
apóstatas que infestaban el país 26.
La legislación de los concilios mejicanos, hecha respetar por el
tercer metropolitano, M oya de Contreras, más que por sus predece­
sores, contribuyó igualmente al mejoramiento moral de los clérigos.

Los colegios jesuíticos, factores de renovación espiritual.—


Promovieron también la reforma del clero y la rehabilitación y
rejuvenecimiento de la vida cristiana entre los fieles los colegios
jesuíticos y las congregaciones establecidas en ellos. Escribía al mo­
narca el arzobispo mejicano M oya de Contreras, 28 de marzo de
1576: «La Compañía de Jesús hace en estas partes notable fruto en
servicio de Dios y de vuestra majestad, especialmente en tres cole­
gios que tienen en esta ciudad, donde están recogidos grande can­
tidad de hijos de vecinos, así de M éjico como de fuera de ella, de
todos estados, enseñándoles virtud, doctrina y latinidad, y ocupán­
dolos en ejercicios santos y honestos, harto ajenos de la libertad y
ociosidad con que solían criarse, de que por la mayor parte estaban
informados, con sólo el nombre de hijos de la tierra, el cual se va
trocando, de manera que espero en Dios han de salir de aquí suje­
tos que dignamente ocupen los lugares que otros tuvieren, care­
ciendo de sus buenas partes» 27.
Dos años después, 30 de marzo de 1578, escribe n u e v a m e n te el
arzobispo a Felipe II: «La Compañía de Jesús continúa con mucho
c .nato sus buenos efectos con evidentes muestras de ap ro vech a­
miento en ia juventud mejicana y de otras partes, por la gran fre'
cuencia y ejercicio de letras y virtud que hay en los cuatro colegios
que tienen fundados: de donde espero en nuestro Señor han de sa­
lir muchos clérigos doctos y virtuosos c o n quien mejor se descargue
la real conciencia de vuestra majestad» 2®.
Ca ;i con los primeros estudios de gramática establecieron l°s
jesuitas en Méjico la Congregación Mariana, 1575, colegiales selec
tos consagrados especialmente a la Virgen Santísima, que se o 1
gaban al ejercicio de una vida cristiana más perfecta y al apostola o.
Los afiliados a ella, aun después de terminados sus estudios, con 1
nuaban la asistencia a las reuniones y funciones de la Congregad n
Así lo hicieron, por citar algunos, don Diego de Guevara y E stra
chantre un tiempo de la catedral mejicana, elegido después obisj^
de Santo Domingo, muerto en 1646 antes de entrar en la sede,

26 CH,M 11 ' 3 7 . 27 M M [ 200> 2 » Ibíd., 374-


C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 571
B a r t o l o m é González Soltero 19, inquisidor de Méjico, su patria, y

obisp0 de Guatemala (1641-1643); don Nicolás de la Torre, deán


de la iglesia metropolitana de Méjico y obispo de Cuba (1650-1653);
Juan (Alonso) de Cuevas Dávalos, deán de la misma Iglesia mejica­
na, después obispo de Oaxaca (1657-1664) y nombrado, finalmente,
arzobispo de Méjico (1664); Miguel de Poblete, deán de la Iglesia
de Méjico 3°.
Los sacerdotes, además de las prácticas comunes de la Congre­
gación, se reunían a conferencias de casos de moral y de liturgia,
de que, para común utilidad, editaron en nombre de la Congrega­
ción un tratado. Imprimieron también un catecismo de la doctrina
cristiana para instrucción de la juventud y gente ruda, y libros pia­
dosos, uno de ellos Sacra Poesis, con rimas de los más destacados
poetas de los colegios jesuíticos sobre asuntos sagrados, como an­
tídoto a obras poéticas de malsano influjo que corrían por Nueva
España, brote ulterior del humanismo religioso de Ultramar 31.
Todos estos factores de regeneración y reconstrucción moral
penetraban también el ambiente familiar: muchos colegiales eran
miembros y futuros cabezas de hogares. Los clérigos, ya bastantes
en número y mejor formados cultural y religiosamente, eran valio­
sos elementos de depuración ambiental. Los religiosos también,
que, escasos en un principio, habían dirigido su principal actividad
a los indígenas, creciendo en número con las expediciones venidas
de Europa y los candidatos reclutados en Ultramar, generalmente
hijos de españoles, pueden atender espiritualmente en sus escuelas
e iglesias a españoles y criollos.
Posiciones jesuíticas:M ichoacán.— En estos años culminantes
y trascendentales para la historia eclesiástica novohispana, hemos
de ojear algunas de las posiciones jesuíticas erigidas o establecidas
posteriormente, pues el campo apostólico de las demás Ordenes re­
ligiosas nos es ya conocido.
Al trasladarse de Pátzcuaro a Valladolid la catedral de Michoa-
can, 1578, pasa también allá el*colegio de San Nicolás y con él los
jesuítas, que aquel año eran el padre Juan Sánchez, superior o rec­
tor; el padre Pedro Gutiérrez, maestro de gramática, y un herma­
no coadjutor, director de la escuela. Los demás miembros de la
comunidad, a instancias de los indios, se quedaron en Pátzcuaro,
residencia dependiente del colegio vallisoletano.
Hospedados en una casa antigua y ruinosa, arreglan una capilla.
^0n algunas limosnas iniciales, suficientes para vivir, que aumen-
an después, y otras donaciones pueden edificar casa y pequeña
'glesia y adquirir huerta capaz y productiva. Con una estancia de
4 000 cabezas de ganado que les regalan se sustentan las dos com u-
ni ades de Valladolid y Pátzcuaro 32.
1-os jesuitas, reducidos a vida casi inactiva porque los españoles
Jo V n °RKs’ Noticias bio-bibliográficas I 285.
'i n 7 1 3:Í2S-
1. 1 ,, ; • 333 - 335 .
N,M 11 1 ÍQ; 0 1 ) 0 1 25.
572 Líi Iglesia en la América del Norte española

y nativos de Valladolid, escasos en número, están atendidos


hcientemente por clérigos, franciscanos y agustinos, y ante el téa''
men difícil del colegio de San Nicolás, dependiente inmediatament
del obispo y prebendados, hacia 1584 dejan parcialmente el colegio6
Cinco o seis jesuitas estudiantes de retórica, dedicados ai aprendí
zaje de la lengua tarasca, pasan a Pátzcuaro, y con ellos el rector
padre Diego López de la Masa 33. Quedan en Valladolid para mi'
nisterios apostólicos y atender al colegio de San Nicolás el padre
Martín Fernández y un hermano coadjutor al cuidado de la hacien­
da de ganado 34. Proyectos posteriores de erigir escuela vallisoletana
de niños no se efectúan. En 1594 establece allí la Compañía una
lección semanal de casos de moral para los clérigos de la ciudad y,
posteriormente, en el 600, colegio 35.
En Pátzcuaro la actividad jesuítica es más intensa y amplia, es­
pecialmente desde 1579, con uno de los más insignes misioneros
de los tarascos, el padre Juan Ferri, italiano, y el padre Francisco
Ramírez, primero ayudante del padre Ferri, superior después de
la residencia patzcuarense, e igualmente destacado operario apos­
tólico de los mismos tarascos 36.
En abril de 1585 residían en aquella casa tres sacerdotes: los
padres Francisco Ramírez, superior; Ferri y Cristóbal Bravo; dos
hermanos estudiantes, consagrados especialmente al aprendizaje del
tarasco, y cinco hermanos coadjutores 37. El superior y el padre
Ferri— éste, además del tarasco, sabía el mejicano— trabajaban den­
tro y fuera de la ciudad sobre todo con indios; Bravo, mientras es­
tudiaba el tarasco, cultivaba espiritualmente a los españoles 38. Vi­
sitas de enfermos y encarcelados eran ministerios habituales de los
operarios apostólicos. En la catequesis ayudaban también los estu­
diantes. Un hermano coadjutor atendía en la escuela de leer y es­
cribir a los muchos niños españoles e indígenas que acudían a él
Pátzcuaro fue también en años posteriores centro de irradiación
de la acti idad jesuítica a los españoles e indios de Michoacán. Los
residentes jesuitas atendían continuamente a los indígenas y espa­
ñoles de la ciudad y pueblos vecinos, mientras algunos de los pa­
dre:;— muchísimas veces el padre Ferri— recorrían las poblaciones
de la provincia misionando 40.
Los jesuitas en Puebla: colegio.— En Puebla de los Angeles
surge la idea de colegio jesuítico con la predicación c u a r e s m a ,
1 578, del padre Hernando Suárez de la Concha. El canónigo Alón
so Gutiérrez Pacheco, que había alojado a los jesuitas en 157^ y
en 1 579» les vende ahora solares no lejos de la catedral4*. La ciuda
* 5 MM, i b í d . , 322S.
35 307S; cf. ibíd., índice: «Valladolid*.
Tí * 26; A B Z 1 2 í o s .2 1 5 . 2 3 1 . 263s.270s.299.441,463.
R am írez, t'-iiticias 30S
M M II 477.
V* JbW-, 477 - 479 -
Ibíd., 480S. (
„ , . 40 íb¿d -’ írKÍiCr : «Pátzcuaro.., «Ramírez, Franc.*; ADZ I índice: «Ferri*, •
cuaro'i, ♦Ramírez. Franc.».
C.l 7- Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 573
poblada principalmente de españoles. Muchos nativos, aban­
e s ta b a

donando la ciudad, se habían establecido en la localidad que en 1574


se llam ó Atlixco, a unos 35 kilómetros de Puebla42.

Los operarios apostólicos inician ministerios: confesar, predicar


en su iglesia y en la catedral y enseñar la doctrina cristiana por ca­
lles y plazas; de quince en quince días, hacia el atardecer, cuando
justicias y escribanos dejan el trabajo, reúnen a los niños de las es­
cuelas en la plaza principal para explicar algún punto de religión
a la multitud que se agolpa atraída por la curiosidad. Algunas per­
sonas y un sacerdote, dirigidos por los padres, hacen los ejercicios
espirituales. Organizan misiones a españoles y nativos de los alre­
dedores con extraordinario fruto— nos lo dice la carta annua de
1580— , pues los indígenas, por falta de ministros, desde hacía sie­
te años no se confesaban 43. El fruto recogido en las confesiones es
notable. El obispo Diego Romano (1578-1607) los favorece y ayuda
con limosnas; el cabildo de la ciudad se muestra también generoso
con ellos.
Abren dos clases de gramática y desde el principio se presentan
más de 60 estudiantes44.
Erigen el colegio de San Jerónimo y reciben en seguida 18 cole­
giales, «de mantos morados y becas de grana»45; su método de vida
será análogo al de los colegios de Méjico. Establecen también la
Congregación de la Anunciación; patrón y protector de ella es el
prelado diocesano, que asiste a todos los actos literarios e inicios
de estudios.
Para la colocación en la iglesia jesuítica de las reliquias, las lle­
van bajo palio en solemne procesión dignidades y prebendados de
la catedral, acompañados de todas las cofradías, con andas doradas
y variedad de música; las calles se presentaban ricamente tapizadas.
«Hubo un gracioso coloquio y grande concurso de toda la ciudad»
concreta la relación que seguimos— porque había reliquia de San
José, elegido patrón contra rayos y tempestades, muy frecuentes
en la ciudad
La casa jesuítica era estructuralmente la mejor de la provincia 47.
Su influjo se hace sentir en la ciudad; ingresan en la nueva Orden
un sacerdote, tres estudiantes y dos hermanos coadjutores. El pa­
dre Pedro Morales, que pronto se da a conocer por su elocuencia
Persuasiva, suscita tal conmoción con un sermón de penitencia que
muchos no quieren dejar la iglesia sin antes confesarse48.
La imagen de la Virgen, atribuida equivocadamente a San Lu-
j'.as’ enviada de Roma, la colocan solemnemente en la iglesia jesuí-
lca> y con esta ocasión presentan los colegiales un acto literario
COu cornposiciones en prosa y verso49.
A los nativos que trabajan en obrajes de telas, «desamparados

ciVm!2 C Í KR1ÓN> H istoria de la ciudad de ¡a Puebla de los Angeles I ?6 s; G a r c í a C u b a s , D ic -


ü I 200. AHZ ! a88
<7 L.C.
*» M M II 82 .
«* Ibid., 83 .
574 La Iglesia en la América del Norte española

de toda doctrina y enseñanza», los atiende espiritual y materialmei


te el padre Francisco Vázquez, conocedor del mejicano 50t v
Sigue a este ritmo acelerado el trabajo jesuítico poblano. En
1584, a instancias del obispo, ponen lección de casos de conciencia
para clérigos ordenados y ordenandos. Ese mismo año, los alumnos
externos ascienden a 100 y los convictores a 3 0 51.
En el colegio de San Jerónimo erigen capilla para nativos que
en diversos tiempos dirigieron los padres Francisco Vázquez y An
tonio Rincón. Domingos y fiestas les predicaban en náhuatl y Se
encargaban de ayudarlos en sus múltiples necesidades52. M elchor
de Covarrubias, insigne bienhechor de la Compañía, deja heredero
de sus bienes al colegio jesuítico, que quiso se llamara del Espíritu
Santo, 1586 5-\

L a C om pañía de Jesús en V eracru z. — Enviados por el pro­


vincial pasan a la antigua Veracruz, por vía de misión, el padre
Alonso Guillén y el hermano Esteban Rizo. Tom an casa apartada
del comercio, y por los grandes calores de la región y arenoso ca­
mino, poco a pronósito para los ministerios de la Compañía, con
limosnas que recogen y ayuda de algunos negros, en los ratos que
les dejan libres sus trabajos apostólicos construyen una buena casa.
Los vecinos, viéndola casi inaccesible, les compran otra, la mejor
y más acomodada de la ciudad, que pagan con la venta del otro
edificio y limosnas que se procuran. Levantan iglesia muy capaz
y fresca, que muy pronto es la más concurrida de la región54.
Conocemos la Veracruz de aquella época con sus mercaderes y
negros 55. Predica el padre Guillén en la iglesia mayor de la ciudad
y el hermano hace la doctrina a negros y niños. El hermano Juan
Pérez de Landesa, enviado para ayudar en la construcción de la
casa e iglesia, muere al poco tiempo. Sacerdotes y religiosos se
disputan en su entierro la honra de llevar su cadáver, hasta que los
franciscanos obtienen este privilegio, y lo entierran «en la mejor
parte de su iglesia»56. Franciscanos y jesuitas unidos— a éstos se les
ha añadido el padre Juan Rogel— trabajan en la calurosa y enfer­
miza ciudad57.
Va el padre Rogel al puerto de San Juan de Ulúa, donde a n c la n
las naves, y allí instruye, predica y confiesa a españoles y negros.
Los jesuitas, ocupados a fondo con la muchedumbre f l o t a n t e , no
pueden visitar las estancias de la región n i desplazarse a l o c a l i d a d e s
comarcanas de donde les piden insistentemente 5^.
Predican en la iglesia parroquial. A los negros que d o m in g ° s V
fiestas se juntan espontáneamente en una de la iglesias veracruzanas
un jesuita, probablemente un hermano coadjutor— la r e s id e n c ia en
la época de que hablamos la formaban tres padres y dos hermanos
L .c .
II 3 <>S.4 9 . T S r -•*54.
'3 r-r u u ’ C^' ^ 2 1 9 2 2 8 . 2 3 ir¡.2 1 7 - 2 7 9 . 304S.
M M Jí 3* 3 - S9 í 605 6 0 8 Y>i7 s . 6 6 5 . 7 0 1 S . 74is;
ABZ I
74ís;
5ft M M I 529.565•
57 M M II 148.S.
58 Ib íd ., 154.
C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 575
c o a d ju to r e s 59— , antes de la misa les explica la doctrina cristiana y
jurante ella les predican sobre el Evangelio. O tro día de la sem ana,
a la misma gente de color reunida, les hacen análoga explicación. L a
re acció n es favorable «porque frecuentan muchos— añade el d ocu ­
mento que nos proporciona estos datos— con devoción grande los
santos sacramentos de la confesión y comunión, y en lo público no
se ven tan notables pecados como antes solía haber»60.
«En los españoles también— concreta el aludido documento— se
ha visto notable enmienda en sus vidas después que la Com pañía
está aquí. A cuden a los nuestros con dudas que tienen para descar­
gar sus conciencias. Hanse hecho restituciones grandes de m ucha
cantidad». Todas las semanas hacían una plática en la grúa, lugar en
que los encomenderos recogían la mercancía de las flotas y m enu­
deaban los robos. «Vase echando de ver— afirma el informe que se­
guimos— el fruto de este ejercicio, porque muchos abusos que has­
ta ahora ha habido se han quitado». Visitan también los jesuitas a
los enfermos del hospital61.
Misionan lugares desiertos y desamparados— informa el padre
Rogel— e instruyen en los misterios de la fe a gentes que viven como
animales del campo, y los confiesan 62.
Era ésta la labor de los jesuitas veracruzanos. En 1599 trasladan
la ciudad al puerto; donde actualmente se halla.
Los jesuitas co n lo s nativos: H u itzq u ilu ca .— Los jesuitas de
Nueva España, según consigna de Roma, consideran a los nativos
principal motivo de su ida a Indias. Para imponerse en las lenguas
indígenas piden en 1579 la administración, aunque sin rentas, del
beneficio entonces vacante de Huitzquiluca, cuatro leguas al oeste
de Méjico y poco más de una de la hacienda jesuítica de Jesús del
Monte, de lengua otomí, adonde fueron enviados los padres H er­
nán Suárez, superior; Hernán Gómez, conocedor de las lenguas m e­
jicana y o to m í63, y unos ocho estudiantes para aprender el otomí,
del que por la dificultad de la lengua había escasez de ministros, y
misionar por los pueblos 64. Dedicados especialmente al estudio de
la difícil lengua, componen en ella gramática y diccionario, útilísi­
mo para todos los misioneros 65.
De dos en dos, con grande pobreza y privaciones, recorren los
Pueblos comarcanos de la misma lengua; juntan a los niños y cantan
con ellos la doctrina cristiana, predican, visitan enfermos, muchos
como consecuencia de la reciente epidemia del cocol ixte 66.
El colegio jesu ítico d e T e p o tzo tlá n .— A l año, provista la v a ­
cante de Huitzquiluca, el arzobispo mejicano M oya de Contreras
señala a los jesuitas, para administrarlo y aprender la lengua otomí,
P Pueblo de Tepotzotlán, del que hemos hablado anteriorm ente67.
. 'dían en una casa no propia, situada junto a la iglesia donde
clc»'eitaban ministerios. Abren escuela de leer y escribir para niños
50
Iklct, 147. 62 M M T 255.566. 65 C f. ibid., 184-188.421$.
:: í« ; <■.' mm i f 37.j ... ** c .iS.'
456. A B Z I 242»7. 67 M M II 60.
576 la Iglesia en la América del Norte española

nativos. Sin renta alguna, reciben del colegio mejicano y de españ0


les limosnas 68. Entre los enviados, cinco trabajan con otomíes, cua
tro con mejicanos y los demás estudian lenguas. De los residentes
los padres Hernán Gómez y Juan Tovar eran insignes en las lengua^
otomi, mazagua (mazahua, mazaua) y mejicana69.
Organizan su actividad: instrucción cuidadosa de la doctrina
cristiana a los indios, haciéndosela entender a pequeños y grandes
La población responde, pues aun los ancianos, de quienes no sé
tenía esperanza alguna, la aprenden. Recitan ya los nativos, enten­
diéndolo, el catecismo más extenso y se evidencian los efectos de
una devoción especial y enmienda de costumbres: moderación en
beber y emborracharse, lo que antes no significaba entre ellos afren­
ta alguna. Uno había vendido sus magueyes, de donde sacaban el
pulpe que los emborrachaba 70.
Se ven conversiones notables. India, conocida antes por su mal
vivir, provocada, después de su cambio, e importunada por sus
galanteadores, mantiene constante su buen propósito71.
Reunidos en la iglesia e hincados de rodillas, rezan sus rosarios,
acompañados de un padre, que «les trae a la memoria— dice la rela­
ción a que nos estamos refiriendo— los misterios de Cristo nuestro
Señor con sus peticiones, con que ellos se enseñan a orar y cobrar
mucha devoción»72.
La carta annua de 17 de abril de 1582 señala casi a título de
crónica la existencia en Tepotzotlán de un seminario, donde enseñan
a los nativos «toda policía y virtud. Consuela ver— prosigue el docu­
mento— los buenos naturales que cada día van descubriendo, con
los cuales, en su humildad, esperamos podrán mucho agradar al
Señor»73.
Este colegio-seminario, en los designios jesuíticos, había de ad­
quirir amplio desarrollo. A co gía — espigamos en los estatutos que se
redactaron para su régimen74— a todos los muchachos del partido
de Tepotzotlán— el gobernador había de cuidar que los alcaldes los
enviasen— y todos los forasteros que quisieran venir. Distribuían
a los alumnos en tres clases: en la primera enseñaban la doctrina
cristiana a todos; e n la segunda, a los más hábiles y virtuosos, espe­
cialmente si eran de familias destacadas, a escribir; después a «cantar
y tañer para el culto divino»; éstos serían los futuros oficiales de la
región; los que de estos últimos mostraban propensión a oficios mas
honrosos: pintores, escultores y plateros, procuraban ocuparlos en
ellos. Macevales (plebeyos) que sabían escribir medianamente, joS
dedicaban, según sus inclinaciones, a oficios mecánicos; y de el os
algunos de mayor disposición y buena voz, a cosas de iglesia; y oS
de mucha virtud y capacidad, a gramática y a los demás estudios,sC
gún su talento. Los ocupados en oficios eclesiásticos vestían unu°j’
me de colegiales. Todos debían hablar castellano y conocer bien es
lengua 75.
'■s Ibíd., 8 6 .x5a. 72 L , c .
69 Ibid.. 8 7 3 MM II 661-663: ABZ I 541-543-
70 Ibfd., 875.
7< MM, ibíd., 66is.
71 Ibíd., 88. ” Ibíd., 6628.
C . l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 577
La gramática y ulteriores estudios propuestos para los nativos
a rece n indicar en los jesuitas intentos de conferirles órdenes sa­
gradas, a i menos las menores.
Todos los alumnos— determinan los estatutos que reseñamos—
aprenderían la doctrina cristiana y catecismo breve, y los mayores,
eI más largo, «declarándoselo de manera que lo entiendan*. Diaria­
mente oían misa y rezaban el rosario de rodillas; los más capacitados
se habían de confesar mensualmente. Prohibiciones señaladas a los
colegiales eran no jurar ni mentir, no reñir ni enojarse unos con
otros ni injuriarse de palabra ni de obra, no hablar de cosas desho­
nestas, no hurtar ni tomar cosa ajena, no murmurar ni decir mal unos
de otros. A todas estas faltas acompañaba su correspondiente correc­
ción o castigo. Recomiendan los estatutos, como virtudes principales,
mucha obediencia y sujeción a los que tenían cargo de ellos, amor
y caridad mutuos, paz entre sí, sufrimiento por amor de Dios ante
ofensas que podían recibir de palabra o por obra, honestidad no
tratando con mujeres ni mirándolas 76.
Bajo el aspecto humano y social recomendaban a los alumnos
mucho aseo y limpieza en sus personas y cosas, recibir con mani­
fiesto amor y reverencia a sus padres cuando venían a verlos al cole­
gio, mucho respeto a los ancianos, obedeciéndolos y manteniéndose
modestos ante ellos; respeto y obediencia al fiscal de la iglesia, ejecu­
tando con diligente alegría cuanto les mandaba. En el refectorio co­
merían en mesa alta con lectura. Cuando salían de casa o al campo
no irían uno tras otro, sino de dos en dos o de tres en tres, uno ai lado
del otro. Una vez a la semana leerían en el refectorio estas reglas, en
castellano y en su lengua, para entenderlas mejor y retenerlas en la
memoria 77.
A la formación literaria de los alumnos contribuían no poco las
representaciones escénicas en castellano, mejicano y otom í78.
Martín Maldonado, gobernador nativo de Tepotzotlán, de sus
bienes había dotado y fundado el colegio y asegurado el sustento de
más de cien alumnos: así todos los indígenas destacados de la región
podían enviar sus hijos al cotegio 79.
El padre provincial Antonio de Mendoza (30 de noviembre
de 1585) recopila así el programa e intentos de aquel colegio: «Lo
primero que aquí se ha de enseñar es la doctrina cristiana y luego
leer y escribir, luego cantar, para que haya quien sirva en las igle­
sias, que es oficio en esta tierra de la gente principal. A otros se ense­
raran oficios en el mismo colegio como pintores, escultores, torneros,
Pm ajeros, etc.; los que fueren notablemente hábiles se pondrán a
e stu d ia r. Los que acá conocen el natural de estos indios— añade—
esp e ra n grandísimo provecho de este modo de criarlos, y se tiene
Por el único» 80.
Indica también Mendoza que el padre Pedro de Ortigosa, enviado
a Roma como delegado de la provincia, llevaría información más

h Ibid,, 663,
77 7’ L.c.
7 , Ibíd, '
l ! * ! - . 346. »° L.c.
’ b íd ., 72 r.

^ " de la Iglesia en A m érica 19


578 La Iglesia en la América del Norte española

particular de este seminario, pues la congregación provincial habí


abordado la problemática muy ex profeso81. a

Colegios de nativos en los planes jesuíticos.— Las actas de I


congregación mencionada, celebrada en Méjico del 2 al 9 de noviern**
bre de 1585, resumen las deliberaciones tenidas por los asambleísta
y el memorial redactado por la misma congregación para el pa(jr¿
general formula así la petición: «Por ser muy importante y necesario
para la instrucción de los indios en doctrina y policía cristiana que
se hagan colegios o seminarios de los niños, donde los nuestros les
enseñen y gobiernen, se pide licencia a nuestro padre para que se
hagan en los lugares de indios donde la Compañía tuviere residencia,
y especialmente en Méjico; se pide que se haga en lugar apartado deí
colegio nuestro y casa profesa, por ser mayor y más universal el
fruto que de él resultará» 82.
En maye de 1587, Roma responde a la propuesta de la congre­
gación: «Considerada la penuria que tenemos de operarios y que
los niños indios de los seminarios comúnmente no se criarían para
ordenarlos y hacerlos curas de almas, no conviene tomar a cargo
de estos seminarios, cuyo fin no es más de una corta institución y bien
particular de los mozos que allí se criarían. Pues que esto no sólo
sería dar tan gran trabajo y riesgo a la Compañía, como lo es el que la
experiencia enseña; mas sería ocupar en cosa menos necesaria los
sujetos que podrían emplearse en la conversión y ayuda de tanta
infinidad de indios que están en tanta necesidad espiritual de quien
les predique el Evangelio y administre sacramentos, de lo cual de­
pende la salud de muchas almas que se pierden. Por lo cual se ve que
no conviene tomar éste ni en Méjico ni en otra parte. Otra cosa sería
si el rey fundase en Méjico o en otra parte algún seminario de buen
número de hijos de caciques, y pidiese su majestad que la Compañía
se encargase de él, que, en tai caso, se podrían dar dos o tres sujetos,
porque el fin de este seminario no se acabaría en la utilidad de los
mozos, sino ?n la común de los pueblos, pues esos mozos son los que
los han de gobernar» 83.
La respuesta romana refleja la opinión, muy difundida en los
ambientes eclesiásticos y religiosos de Nueva España, de que los
nativos aún no estaban suficientemente preparados para aspirar a
órdenes sagradas, opinión que veremos ratificada por el concilio pr°'
vincial de 1585. Quedaba así decidida la suerte de Tepotzotlán.
Los jesuitas, iniciados en las lenguas de la región, y algunos muy
competentes en ellas, con dificultades enormes originadas principa
mente po- la dispersión de los poblados, misionaban las desperdiga
das aldeas. Obtienen de la autoridad decreto para reducir a cuatro as
dieciocho localidades sujetas a Tepotzotlán. «Pusieron los indios a
principio muchas dificultades- relata la carta annua de 20 de a
de 1583 por ser cosa nunca usada ni vista en este reino; pero con.
grande deseo que tienen de su salvación y de gozar de la doctri

\\ J J j - *3 Jbíd., 142; cf. A D Z I 266.2891.


C.l 1. Restauración eclesiástica, Tercer concilio mejicano 670
je los nuestros, se han resuelto de hacerlo; y así se ha dado ya prin­
cipio y se pondrá presto, con el divino favor, cn perfección; y , según
creo, será este principio para que en los demás pueblos de indios
se procure hacer otro tanto» 84

T ercer concilio mejicano. Participantes. Fin del concilio.


Así se hallaba el ambiente religioso y social de Nueva España cuan­
do, hechas las acostumbradas convocatorias, el 20 de enero de 1585
se daba principio a la asamblea sinodal mejicana, presidida por el
a r z o b i s p o -virrey, Pedro Moya de Contreras, legado y representante

del rey y metropolitano (1573-1591). Participaban también en la


distinguida Junta Diego Romano, obispo de Tlaxcala (Puebla) (1578-
1606), doctor por Salamanca, antiguo inquisidor de Granada y visi­
tador de los tribunales de la Inquisición de Llerena y Barcelona;
Femando Gómez de Córdova, O . S. Hier., obispo de Guatemala
(1575-1598); Juan Medina Rincón, O . S. A ., obispo de Michoacán
(1545-1588), antes activo misionero entre los indios mejicanos y
otomíes, conocedor de ambas lenguas; Gregorio de Montalvo, O . P.,
obispo de Yucatán (1581-1586); Bartolomé de Ledesma, O. P., obis­
po de O a xa ca (i 584-1604), doctor por la Universidad de Méjico y allí
mismo profesor de teología y después en Lima; Pedro de Feria, O . P.,
obispo de Chiapas (1574-1588), herido e imposibilitado de asistir
por la caída de la cabalgadura en que viajaba, delegó a Juan Ramí­
rez, O. P., futuro pbispo de Guatemala (1600-1609), pero envió
informe al concilio. El primer obispo y arzobispo de Manila (Filipi­
nas era también sufragánea de Méjico), Domingo de Salazar, O. P.
579-1594), profesor anteriormente de teología, misionero de indios
oaxacanos y calificador de la Inquisición mejicana, designó represen­
tante suyo a don Diego Caballero85.
Intervienen también en la selecta asamblea los representantes de
los cabildos eclesiásticos de Méjico, Guatemala, Puebla, Guadalajara
y Oaxaca; el comisario franciscano de Nueva España, fray Alonso
Ponce; el provincial dominico, fray Domingo de Aguiñana, y el v i­
cario agustino, fray Juan Adriana*6.
Teólogos consultores del concilio fueron el dominico fray Pedro
de Pravia, profesor un tiempo de teología en Avila, doctor en teología
Por la Universidad mejicana y profesor de ella allí mismo; el agustino
iray Melchor de los Reyes, profesor de Sagrada Escritura y misionero
e °tomíes; el jesuita padre Juan de la Plaza, de cuyos memoriales
tendremos ocasión de hablar, y Fernando Ortiz de Hinojosa, doctor
en filosofía, teología y cánones y profesor de filosofía y teología,
Rogado y consultor de la Inquisición mejicana, que presentó al
s nodo varios opúsculos; consultores canonistas: el doctor Juan Zur-
ncr°' arcediano de la metropolitana de Méjico y visitador que había
0 de la diócesis de Michoacán; el doctor Fulgencio Vich (Vique),
Provisor del arzobispado mejicano; el jesuita Pedro Morales, doctor
M
Hs f I-M c;uno, La personalidad jurídica del indio 4O8; Z T C M i86s.
«66 -U uijno, o. c. , 187; Z T C M 187.
acjuno, o.c., 187»; Z T C M 187».
580 La Iglesia en la América del Norte española

en ambos derechos por Salamanca, rector un tiempo de pUe^


profesor de casos de moral (asistía también como teólogo del obistvi
de Tlaxcala), y el doctor Juan Salcedo, canónigo, arcediano y deá
de Méjico, doctor en teología por la U niversidad mejicana, donde ¿
enseñó y ejerció el cargo de rector de ella, era secretario del sínodo
El arzobispo mejicano escogió como teólogo y consultor suyo ai
jesuita Pedro de Ortigosa, profesor algún tiempo del mismo arzobis­
po, graduado en la Universidad mejicana, profesor de teología y rector
del colegio máximo. Promotor fiscal del concilio fue el doctor Dio-
nisio Rivera Flores, escritor y canónigo de la metropolitana 87,
Intento principal del concilio era hacer observar y poner en prác­
tica los decretos tridentinos. Aunque el anterior sínodo novohispano,
convocado en 1565, juró y recibió el Tridentino y los veintiocho ca­
pítulos decretados en él se ajustaban en todo a las normas de aquel
magno concilio; sin embargo, por la proximidad de fechas— el Triden­
tino se clausuró en diciembre de 1563— no había podido asimilarse
todo el vasto programa restaurador de la junta ecuménica. Por el
contrario, al sínodo mejicano de 1585 quedaba relativamente fácil,
después de los años transcurridos, reproducir en el ambiente de
Indias todo el vigor reformador de T r e n to 88.

M em orial del obispo de Chiapas. Cristianos viejos y nuevos.


Los memoriales que presentan al concilio algunos de sus participan­
tes esclarecen de manera admirable el clima religioso de Nueva
España.
En esta Nueva España— expone Feria, obispo de Chiapas, no
presente al sínodo, según lo hemos indicado— hay dos diferencias de
cristianos: viejos los unos, los españoles y los demás de los diversos
reinos y provincias de Europa, y los otros, cristianos nuevos, los
naturales de Ultramar. Por la diversidad de las dos naciones: los
cristianos viejos, levantados y aventajados en lo natural, y los nuevos,
recortos y bajos naturales, el gobierno de unos y de otros ha de ser
también diferente; igualmente la administración, aplicación y ense­
ñanza de la fe y ley cristiana, y diversos también los medios para regir­
los y gobernarlos 89.
Si a los bier fundados y arraigados en la fe— continúa el prelado—
parece más necesario hacerles guardar las leyes dadas, ayudándolas
y reforzándolas con otras penas, que darles otras de nuevo, a los
nuevos cristianos, siéndoles todo peregrino y advenedizo, es muy
difícil trazar, ordenar y proveer lo que conduce a su buen regime*1
y administración de la religión cristiana. , .
Supuesta esta diferencia— deduce Feria— , se ha de organizar a
nueva Iglesia no para bien, autoridad, regalo o sustento de los jthbis
tros, sean superiores o inferiores, sino para bien de ella en común
y en particular 90.
Lo expuesto demuestra— afirma el obispo— que es grande err0
y engaño creer a los nuevos cristianos suficientemente p ro v e c to s .
87 7.T C M 188. 89 O .c ., 184S.
81 L ; . a g i , ' n o , o . c , 1 830
-><> O .c ., i8 ss.
C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 681
r o v e c h a d o s en la religión cristiana «y que ya no tienen necesidad
je ministros d e tanta suficiencia y letras como ios que hasta aquí
han te n id o , y que de aquí adelante basta un ministro que sepa ense-
. arles e l Pater noster, A ve Maria y el Credo, y que con esto se cumple
v satisface a su necesidad y descargan sus conciencias los prelados».
Nada de esto, puntualiza el prelado: los nativos eran muy bozales
con muy poca estabilidad y dispuestos para «que cualquier tor­
menta y, aun sin tormenta, cualquier viento contrario lo s arranque
y dé con ellos al través» 91.

Nativos idólatras.— Además de lo que pocos años antes— con­


tinúa Feria para confirmar su aserto— se descubrió en la Misteca,
que el culto y religión de los dioses antiguos estaban tan en pie como
antes de ser bautizados los indígenas, cuando los ministros pensaban
estar todo esto tan olvidado que ni siquiera en las confesiones lo
indagaban; en el obispado de Chiapas, «que ha tenido ministros muy
escogidos en ciencia y en santidad de vida», región, según pública
fama, la más atendida y cultivada religiosamente, el obispo, mientras
visitaba la diócesis en septiembre de 1584 y se preparaba para ir al
concilio, recibe aviso «de que algunos naturales tenían ídolos y los
adoraban y hacían cosas muy graves de sus ritos antiguos. Hice in­
formaciones— refiere el prelado— y averiguóse ser ansí y mucho más
de lo que se había denunciado». Entre los acusados había «un indio
de los más principales del pueblo y aun de todo el obispado que ha
mas de cuarenta años que se bautizó y más de treinta que confiesa
y comulga, a quien los religiosos [dominicos] y yo teníamos por
aventajado en la cristiandad», por las razones indicadas y porque
había estado todo este tiempo, «de ordinario, en el monasterio de los
religiosos, tratando con ellos y oyendo cada día su doctrina», a quien
se le probó «con muchos testigos legales, nueras, cuñadas, criados
y criadas y familiares de su casa que nunca ha dejado la idolatría,
sino que es tan idólatra el día de hoy y lo ha sido siempre como antes
que se bautizase, y que siempre ha tenido y tiene un ídolo en su casa
Y le adora y reverencia Ae ordinario, de noche v de día, como su
dios») 92. '
. ^Del sintomático hecho y de circunstancias que va describiendo
innere el prelado que aquella Iglesia nueva necesita, ahora más que
nunca, ayuda y se han de escoger para ella operarios los más idóneos
en ciencia, costumbres y ejemplo de vida. El obispo subraya la prefe­
rencia de estas cualidades en agustinos, dominicos y franciscanos,
Principales ejecutores de la evangelización de Ultramar, sobre los
j ei ,&os seculares, y a ellos se había de encomendar la continuación
la empresa apostólica 9\
I La Junta mejicana reaccionó fuertemente ante la pertinacia ido-
d rica de no pocos nativos: «Considerando este santo concilio cuán
lave Pecado sea faltar y retroceder de nuestra santa fe católica de
1)>J’
pi-c., i86s.
<U o p 0," >87-101.
1 ' 1-5 tít. 4: «De haereticis» § i f.87s; Concilio 111 provincial 43S; L la g u n o , o.c., 286.
582 La Iglesia en la América del Norte española

aquellos que por la divina misericordia habían sido apartados d*


idolatría y gentilidad, y traídos a la luz del Evangelio, y profesado I
ley cristiana en el santo bautismo, y especialmente de aquellos n
siendo guías y maestros de los demás, pervierten y apartan del cult*’
debido al verdadero Dios y los inducen a adorar ídolos y servir a 1 °
demonios, sintiendo con no pequeño dolor la afrenta que en esto $
hace a nuestra santa fe y la perdición de tantas ánimas, y deseando
entrañablemente el remedio de los naturales indios, nuevas plantas
en la santa Iglesia; viendo, por otra parte, que el haber usado los
prelados hasta ahora de piedad paternal y templado el rigor de
derecho, pretendiendo con esta blandura e indulgencia atraerlos al
camino de su salvación, no solamente no les ha sido de provecho
antes les ha sido ocasión y atrevimiento para volver sin temor a sus
errores y ritos antiguos, como se ha experimentado en muchas par­
tes de esta provincia, y temiendo el grave daño que se podrá seguir
en la conversión y conservación de estos naturales en la fe cristiana
no reprimirse con penas y castigo aqueste atrevimiento, ordena y
manda a todos los prelados que con suma vigilancia inquieran y sepan
de los tales idólatras, principalmente de los dogmatistas y enseñado-
res de los demás; y si, habiéndolos amonestado y corregido con pie­
dad, se hallare que todavía perseveran en su error, procedan contra
ellos con medios rigurosos, aplicando las penas que vieren que con­
vienen paia enmienda de éstos y reparo de los demás, a cuya paternal
providencia deja este santo concilio el arbitrio de la calidad de las
personas, encargando como encarga no se impongan penas pecu­
niarias, porque no son dignas a la gravedad del delito ni propor­
cionadas a la pobreza de los indios, sino penas corporales, en que
muestre que no se pretende más que el bien y remedio de sus almas,
el cual se encomienda grandemente a los prelados, pues de ellas
han de dar cuenta a Dios nuestro Señor» 94.

Pueblos de nativos.— Para Feria es apremiante congregar a


1os nativos en pueblos sanos, airosos y de abundante agua, pues
dispersos y derramados no se les podía ni visitar, ni vigilar, ni doc­
trinar, ni conferirles sacramentos 95.
Esta necesidad la manifestarían también otros a s a m b l e í s t a s , pues
el concilio inculca seriamente la urgencia de reunir a los nativos en
poblaciones por los enormes inconvenientes de su dispersión y P°r
las insistentes recomendaciones de los monarcas. Si esto no tiene
efecto— concluye la Junta— , ni el rey podrá satifacer a lo Qu,e/ex*F(j
el real patronato, ni los ministros que retardasen la ejecución e
mandado serán excusables ante Dios, ni los obispos podrán tranqui i
zar sus conciencias si no hiciesen todo lo posible para no diferir po
más tiempo el remedio de un mal tan grave entonces y mucho m
en lo futuro

Í-^ a c (;n ° , o. c . , ^ f5V-6r¡


r- / ^ 1: 0 i r n p e d i me n t i s p r o p r i a e s a l u t i s ab indis removendis» § 3
U n a Un IJJ 4 3s; L l a g i j n o , o.c. , 286.
-J. agijno, L a p erson a lid a d ju ríd ica d el ind io I Q 2 S ,
C.l 7- Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 583
f o r m a c i ó n religiosa y civil dcl nativo.— Cree también Feria
■capital importancia que el concilio encomiende a religiosos y clé-
cos doctos, experimentados en el trato con naturales y conocedores
[le su talento, capacidad y modo de instruirlos, redactar sendos tra­
tados sobre «las cosas más necesarias para su instrucción y para la
s a l v a c i ó n de sus almas», sobre confesión, comunión y extremaunción,

sobre diezmos y oblaciones, para darles a entender bien su significado.


Estos escritos castellanos, reunidos en un volumen, en opinión del
prelado, habían de tenerlos obligatoriamente todos los ministros de
indios para explicárselos a sus fieles en su lengua, ni habían de exigir
a los indígenas más ofrendas de las que espontáneamente daban,
y administrarían los sacramentos, especialmente el bautismo y con­
fesión, gratuitamente 97.
D ism inuye la población indígena. T oros. Castigos a nati­
vos.— La creciente disminución de indios— nota el prelado que en
los treinta y tres años que vive en Ultramar se habían reducido a
menos de la mitad— convenía notificársela al monarca para que acti­
vase la erección de pueblos españoles 98.
Debían los conciliares— según Feria— procurar, una vez que la
extirpación era imposible, la disminución de las corridas de toros,
pues en ellas morían muchos indios, y urgir a los clérigos la prohibi­
ción de Su Santidad de no asistir ni a éstos ni a similares espec­
táculos
El sínodo, recordando la prohibición de San Pío V y los atenuan­
tes de la concesión de Gregorio XIII, establece y manda que ningún
clérigo ordenado «in sacris» o beneficiado concurra a la diversión
de toros, bajo las penas decretadas en las letras apostólicas, y se
proceda contra los infractores, cuando se presente la ocasión de
corregir este vicio, imponiendo penas muy severas 10°.
Convenía que los asambleístas, después de consultarlo con reli­
giosos experimentados, determinasen castigos contra algunas in­
fracciones de indígenas más graves, pues, de índole baja y muy
imperfecta, influían en ellos más los motivos de temor que de amor.
<(Yo—-añade Feria— , aunque entiendo poco de esto, por la larga
experiencia y noticia que tengo del ser de los indios, no tendría
Por errado, sino por muy acertado que, por delitos graves de los
arriba referidos y por otros semejantes, hubiese de cuando en cuan­
do algunos castigos ejemplares y rigurosos, mayormente en los
mdios principales y en los vecinos de los pueblos que están en co­
marca de españoles, los cuales están ya muy ladinos y demasiado
bachilleres» 101.

Iglesias míseras. E l trabajo de los nativos en días festivos.—


*uuc también el memorial de Feria a iglesias catedrales pobrísi-
9f n „
11 \-f ’ 94’
C omí íi; Su F ' ’ 1;í *D c evitandis spcctaculis vanis et actionibus prophanis» § i f-5 3 v -5 4 r ;
i oo°r Py°vincia¡ 24OS.
101 o.c., 195.
196.
584 La Iglesia en la América del Norte española

mas que escasamente disponían de lo necesario para aceite y


y para salario de sus ministros, sin clérigos que las sirviesen "0
figura de catedrales, sino de hospitales robados; a iglesias na’ ni
quiales de poblaciones indígenas tan míseras que ni poseían rent°
ni lo más indispensable para el culto y servicio divinos, y para teñe*
una candela y un petate habían de recurrir al corregidor o al alcakf
mayor por dinero. Habría de implorar la magna asamblea al re
alguna ayuda para esas iglesias 102.
El obispo toma en su memorial la defensa de los nativos, obliga­
dos por los españoles a trabajar los domingos y otros días de pre.
cepto para ellos, sin darles tiempo para oír misa, y al reclamarles
los indígenas: «Señor, ¿yo no soy cristiano?; ¿por qué no me dejas
oír misa?», le responden: «Anda, perro, que tú no has menester
misa». Invoca Feria de los conciliares remedio competente para los
nativos
La asamblea, después de señalar menor número de fiestas de
precepto a los indígenas que a los españoles 104, deja la guarda de
los demás días de fiesta a la voluntaria devoción de los indios, «y
para que los españoles no tomen ocasión de trabajar ellos o sus
esclavos en las tales fiestas por trabajar en ellas los indios, se ordena
que no trabajen los indios en estos días en hacienda alguna de espa­
ñoles si no fuere con licencia del ordinario»105.
Jurisdicción de religiosos. Teoría del vicariato regio. Deci­
sión conciliar.— Franciscanos destacados y doctos— expone Feria-
afirmaban, y él se lo había oído y temía estuviesen todos en el mismo
error, que los obispos de Indias no tenían ninguna jurisdicción ni
autoridad, fuera de confirmar en las poblaciones de indígenas con­
fiadas a ellos, y alegaban como razón que el monarca, vicario del
papa en Ultramar, se la había restringido. A la réplica de Feria de
que un poder espiritual, otorgado por Dios y el papa, no podía
limitarlo el rey, ellos perseveraban en su porfía. Ruega el prelado a
los asambleístas pongan la verdad en claro «y sean convencidos
los que la contradicen, de manera que quede esto muy llano Paia
adelante» 106.
Al erigirse las diócesis de Ultram ar surgió la duda si todavía
perduraban las facultades omnímodas, concedidas por Adriano V .
I 5 23 >a los misioneros, pues el concilio Tridentino sometía a todos
los regulares en su actividad cural con los fieles a la jurisdicción e
los obispos diocesanos. Los obispos defendían la sumisión; los re|
giosos, su autonomía. Ante el conflicto jurisdiccional, el canonis »
franciscano Juan Focher, muerto en 1572, en su Itinerariuin, ° ra
jurídico-pastoral escrita en Méjico e impresa en Sevilla en 1574-
sostenía: «Puede el Romano Pontífice enviar misioneros a conver
\l?: l ; 2 t í t . 3 : « D e f eriis» § i - q f . 3 3 r - 3 5 r .
.... [oíd., § 9 f .35r; Concilio III provincial rsó,
L l a g u n o , o . c ., i q 6 s . # . ,,,¿<1-
J° 5 F o c h e r , Itinerario del misionero en América 95S; cf. E g a ñ a , La teoría d d 1*8*
nato 60-76. 7:5 _ jslAi
'*« E g a ñ a o . c . , 7 6 - 8 7 ; F.mnís, Fray Alonso de la Vera C r u z 147; cf. BOLAÑO *
Amin mcum al estudio biobibliográfico de fray Alonso de la Vera Cruz 75-116.
C.17. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 585
infieles no sólo por sí propio, sino por medio de otro que haga
en esto sus veces. Este segundo puede ser un eclesiástico... o puede
también ser un secular. Así, Alejandro V I encomendó la conversión
de las Indias occidentales a los Reyes Católicos de España, exigiendo
seriam en te que enviaran misioneros idóneos... Por esta razón, los
misioneros, enviados inmediatamente por el rey, lo son mediata­
mente por el papa... En definitiva, es idéntica la situación de los
que tienen la delegación inmediata del pontífice y la de quienes la
han re cib id o del monarca católico, ya que unos y otros se consi­
deran enviados por el papa, y gozan aquéllos de los mismos privile­
gios que éstos a quienes nominalmente envía el pontífice»107.
Según el agustino fray Alonso de la Veracruz, destacada perso­
nalidad de la Universidad mejicana (1507-1584), los religiosos reci­
bían sus facultades y privilegios del papa a través del rey, que los
enviaba a Ultramar, y era absolutamente falso negar que la potestad
regia no bastaba para la administración de los sacramentos, aun sin
tener en cuenta todos los demás privilegios 108.
Firmas de tan elevado prestigio eran espléndido aval para la
teoría vicarialista 109.
El concilio no titubeó en mandar a los obispos: «Visiten... las
iglesias y doctrinas o condiciones, como suelen llamarse, en que
habitan de ordinario los religiosos, informándose, durante su per­
manencia en aquellos lugares, del estado en que se conservan el
sacramento de la Eucaristía, la fuente bautismal y la fábrica de la
iglesia, así como del importe de las limosnas que se han distribuido
en ella, y de todo cuanto pertenece a las iglesias y al culto divino;
aunque respecto de la fábrica de la iglesia se entienden exceptuadas
de la visita las casas que se hubieren construido a expensas de los
propios regulares. Visiten también a los religiosos que viven en
las predichas doctrinas o condiciones en cuanto a la cura de almas
que ejercen, corrigiéndolos con celo paternal, y consulten al honor
y buena fama de ellos mismos. Cumplan, en fin, con su obligación
en todo lo que fuere necesario para este efecto, con arreglo a lo
que previene el sacrosanto concilio de *Trento, de que se hace
mención en el título D e los regulares» 110.
Memoriales de Ortiz de Hinojosa. Instrucción a los nativos.
1 memorial de Feria da una proyección sugestiva y penetrante de
a Iglesia novohispana. Fernando O rtiz de Hinojosa se fija en otra
Vertiente del campo eclesiástico. Antes de reseñar sus documentos
0 varnos a presentar.
Oriundo de Méjico, hijo de conquistadores, maestro en filosofía,
pctor en teología y cánones, catedrático de prima de filosofía y de
de teología en la Universidad de Méjico, interviene en el
er concilio mejicano como teólogo consultor. Conocedor de las
111¡ pf p
108 'AKA' °'C-’
1s.>s Ki V • 1,1 tít>1 : (<^ e visitatione propriae provineiae* § 3 f-42v; C o n cilio 111 provincial
<lt'nrta . ■'idmtmo trató «De regularibus et monialibus» en su sesión última 25. C án on es et
loo Y* U)sancfi oecumenici conciUi ¿oyss.
) 10 K U w N O , O . C . , 5J7S.
584 La Iglesia en la América del Norte española

mas que escasamente disponían de lo necesario para aceite v y


y para salario de sus ministros, sin clérigos que las sirviesen ^
figura de catedrales, sino de hospitales robados; a iglesias p^/11
quiales de poblaciones indígenas tan míseras que ni poseían rent°"
ni lo más indispensable para el culto y servicio divinos, y para ten^
una candela y un petate habían de recurrir al corregidor o al alcalá
mayor por dinero. Habría de implorar la magna asamblea al re
alguna ayuda para esas iglesias 10~.
El obispo toma en su memorial la defensa de los nativos, obliga-
dos por los españoles a trabajar los domingos y otros días de pre­
cepto para ellos, sin darles tiempo para oír misa, y al reclamarles
los indígenas: «Señor, ¿yo no soy cristiano?; ¿por qué no me dejas
oír misa?», le responden: «Anda, perro, que tú no has menester
misa». Invoca Feria de los conciliares remedio competente para los
nativos 10~.
La asamblea, después de señalar menor número de fiestas de
precepto a los indígenas que a los españoles 104, deja la guarda de
los demás días de fiesta a la voluntaria devoción de los indios, «y
para que los españoles no tomen ocasión de trabajar ellos o sus
esclavos en las tales fiestas por trabajar en ellas los indios, se ordena
que no trabajen los indios en estos días en hacienda alguna de espa­
ñoles si no fuere con licencia del ordinario» 105.
Jurisdicción de religiosos. Teoría del vicariato regio. Deci­
sión conciliar.— Franciscanos destacados y doctos— expone Feria-
afirmaban, y él se lo había oído y temía estuviesen todos en el mismo
error, que los obispos de Indias no tenían ninguna jurisdicción ni
autoridad, fuera de confirmar en las poblaciones de indígenas con­
fiadas a ellos, y alegaban como razón que el monarca, vicario del
papa en Ultramar, se la había restringido. A la réplica de Feria de
que un poder espiritual, otorgado por Dios y el papa, no podía
limitarlo el rey, ellos perseveraban en su porfía. Ruega el prelado a
los asambleístas pongan la verdad en claro «y sean convencidos
los que la contradicen, de manera que quede esto muy llano Para
adelante»106.
A l erigirse las diócesis de Ultramar surgió la duda si todavía
perduraban las facultades omnímodas, concedidas por Adriano V .
r 5 23 >a los misioneros, pues el concilio Tridentino sometía a toaos
los regulares en su actividad cural con los fieles a la jurisdicción c
los obispos diocesanos. Los obispos defendían la sumisión; l o s re*
giosos, su autonomía. Ante el conflicto jurisdiccional, el canonis a
franciscano Juan Focher, muerto en 1572, en su Itinerarium, 0 ra
jurídico-pastora’ escrita en Méjico e impresa en Sevilla en 1574'
sostenía: «Puede el Romano Pontífice enviar misioneros a conver
iri [:2 ^ -3* f eriis» § r - 9 f . 3 3 r - 3 5 r .
11 Jkídf § 9 f. 35r; C o ncilio í l l provincial 156.
j4 L l a g u n o , o . c ,, 196S. ‘ . vji;<i*
05 F o c h e r , itinerario del misionero en Am érica 953; cf. E g a ñ a , La teorlci del ttS*
nato 60-76. Í9lAi
106 Eqana o . c ., 76-8 7; E n n is, Fray Alonso de la Vera C r u z 14 7 ; c f* B o l a c o *
>on nbucion a estudio biobibliográfico de fray Alonso de la Vera C r u z 75-116.
C .l7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 585
infieles no sólo por sí propio, sino por medio de otro que haga
t r esto sus veces. Este segundo puede ser un eclesiástico... o puede
también ser un secular. Así, Alejandro V I encomendó la conversión
Je las Indias occidentales a los Reyes Católicos de España, exigiendo
s e r i a m e n t e que enviaran misioneros idóneos... Por esta razón, los
misioneros, enviados inmediatamente por el rey, lo son mediata­
mente por el papa... En definitiva, es idéntica la situación de los
que tienen la delegación inmediata del pontífice y la de quienes la
han re cib id o del monarca católico, ya que unos y otros se consi­
deran enviados por el papa, y gozan aquéllos de los mismos privile­
gios que éstos a quienes nominalmente envía el pontífice» 107.
Según el agustino fray Alonso de la Veracruz, destacada perso­
nalidad de la Universidad mejicana (1507-1584), los religiosos reci­
bían sus facultades y privilegios del papa a través del rey, que los
enviaba a Ultramar, y era absolutamente falso negar que la potestad
regia no bastaba para la administración de los sacramentos, aun sin
tener en cuenta todos los demás privilegios 108.
Firmas de tan elevado prestigio eran espléndido aval para la
teoría vicarialista 109.
El concilio no titubeó en mandar a los obispos: «Visiten... las
iglesias y doctrinas o condiciones, como suelen llamarse, en que
habitan de ordinario los religiosos, informándose, durante su per­
manencia en aquellos lugares, del estado en que se conservan el
sacramento de la Eucaristía, la fuente bautismal y la fábrica de la
iglesia, así como del importe de las limosnas que se han distribuido
en ella, y de todo cuanto pertenece a las iglesias y al culto divino;
aunque respecto de la fábrica de la iglesia se entienden exceptuadas
de la visita las casas que se hubieren construido a expensas de los
propios regulares. Visiten también a los religiosos que viven en
las predichas doctrinas o condiciones en cuanto a la cura de almas
que ejercen, corrigiéndolos con celo paternal, y consulten al honor
y buena fama de ellos mismos. Cumplan, en fin, con su obligación
en todo lo que fuere necesario para este efecto, con arreglo a lo
que previene el sacrosanto concilio de *Trento, de que se hace
mención en el título D e los regulares» 110.
Memoriales de Ortiz de Hinojosa. Instrucción a los nativos.
memorial de Feria da una proyección sugestiva y penetrante de
a Iglesia novohispana. Fernando O rtiz de Hinojosa se fija en otra
yei tiente del campo eclesiástico. Antes de reseñar sus documentos
0 vamos a presentar.
Oriundo de M éjico, hijo de conquistadores, maestro en filosofía,
°ctor en teología y cánones, catedrático de prima de filosofía y de
t^ eras de teología en la Universidad de Méjico, interviene en el
ter concilio mejicano como teólogo consultor. Conocedor de las
107 ( Y P
1 08 o,'; y O.c., 6 0 8q.
iS js ) 1 r ^ : «De visitatione propriae provinciae» § 3 f-42v; Concilio III provincial
i/(( )ría 1 ' Klentino trató «De regularibus et monialibus» en su sesión última 25. Cánones et
io‘q \í7‘ '"w ncti oecumenici conciln 207SS.
Uo a AUI:N° , o.c., 578.
586 La Iglesia en la América del Norte española

lenguas mejicana, griega y hebrea, uno de los primeros abogados


consultores de la Inquisición mejicana, vicario general del arzob^
pado y canónigo de la catedral de Méjico. Electo para la diócesi'
de Guatemala en 1596, muere el siguiente año antes de ocupar J
sede. Además de varios opúsculos escritos para el concilio mejicano
tercero ll1 , presenta a los asambleístas tres amplios memoriales, casi
exclusivamente sobre nativos, de los que seleccionamos alg’unos
apartados que más pueden interesar a la historia eclesiástica.
A todos los naturales de la provincia mejicana, pequeños y gran,
des, y más a los indiezuelos de las escuelas, pues las había en todos
los pueblos de indios, se había de obligar a aprender el castellano,
y particularmente a los del colegio del Tlaltelolco, dotado por e[
monarca con la competente renta, adonde acudían tantos indios, <y
no hay para qué se les lea latinidad ni ciencia alguna, porque sería
de ningún efecto» 112.
No deja de ser sintomática la alusión de Hinojosa a Tlaltelolco
y su decidida opinión de excluir a los nativos de las órdenes sagradas,
Explica en seguida las ventajas de una lengua común para la
instrucción religiosa y aun para el comercio y trato de los nativos
con españoles 113.
La Junta inculca a todos los curas de indios, tanto seculares como
regulares, procurar con toda diligencia en los pueblos, aldeas y ran­
cherías donde ellos mismos residen se erijan escuelas para que los
niños sean instruidos en la doctrina cristiana y aprendan a leer y
escribir y la lengua castellana, muy conveniente para su educación
cristiana y c iv il114.
Oportunamente también la asamblea, para uniformar la ense­
ñanza de la doctrina, adopta un «catecismo universal» para todo el
arzobispado con este esquema ampliamente explicado: suma de lo
que ha de saber el cristiano, y manda, bajo pena de excomunión,
que por él y no por otro se enseñe la doctrina en las iglesias, escuelas
y colegios de niños, y habían de ir preparando traducciones de el
en las lenguas indígenas más generalizadas 115.
Adm inistración sacram ental a nativos. — Quiere Hinojosa que
los sacramentos, especialmente el de la comunión y extrem aunción,
los confiriesen a los nativos como a los demás cristianos, y si rehúsa
ban recibir la Eucaristía, como solían hacerlo, se les había d e imP°
ner su recepción. La razón del alejamiento era no verse obligados3
cambiar de vida 116.
La extremaunción, prescribe el concilio a párrocos seculares y
reculares, la administren a indios y esclavos enfermos en peligr0
muerte, pues debe conferirse a todos los fieles que se hallen en £•

111 L .c .
11 •• S P C , I.' t í t . j : «IJe d o c t r in a c h r i s tia n a r u d i b u s tradenda» § 5 f-4 r ¡ C oncilio ¡ H P
cial 35S
113 SPC, ibíd., § 1 f.3r ; Concilio ¡II provincial 29S. Se encarga_ al padre Plaza la redaccin0
Pi 14 r A t c u s m o - rjs, The Author of the Mexican Council Catechism.
Ca
J ^ ■ 1 a r%
I íKf/ v / » /. « ^
-i.A O ljN o , O .C. f ZOOS.

!!< 11 u ,;6: "í) e sacra unctione» § 4 f.i2v. .


fanones et decreta sacrosancti oecumenici concilii ses.22: «De sacrificio tu íssa
C.l 7- Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 587
nce y 1° pidieren devotamente, pues la instituyó el Señor para co-
{X\ n salu d d etodos sin privilegio ni exclusión de personas 1 1 7 .
111 Los asambleístas recurren al concilio Tridentino para fijar las
normas de la comunión. Dado el frecuente uso de la Eucaristía, ali­
mento y vida del alma, fortaleza de los que peregrinan en este mun­
do y considerando que el concilio de Trento desea que los fieles
ué asisten a misa comulguen no sólo con el afecto espiritual, sino
también con la recepción sacramental de la Eucaristía 118, no puede
bajo este aspecto— afirma el concilio mejicano tercero— aprobarse
el celo imprudente de algunos que quieren impedir la reciban los
indios y los esclavos, que, como niños nacidos en la fe cristiana,
necesitan de tan saludable alimento. Instruirían los párrocos cuida­
dosamente a los indios y siervos en la virtud y excelencia de tan alto
sacramento y en la pureza de intención y reverencia con que se
habían de preparar para acercarse al divino banquete, y no permi­
tirían que los así dispuestos careciesen de la Eucaristía y no saliesen
de esta vida sin haber recibido el viático 119.

Eliminación del culto idolátrico. Mitigación de leyes.— Im­


presionado Ortiz de Hinojosa por el gran número de nativos de di­
versas naciones y lenguas idólatras que conservaban sus cúes e
ídolos, casi para cada casa el suyo: el dios de la caza, el de las semen­
teras, el de la pesquería, «y de esto están sospechosísimos toda la
Teotlapa, en este arzobispado, y toda una provincia entera de to-
tonacas» y otras, la de Tlaxcala y toda la Misteca Alta en la de Oaxa­
ca, y, según había oído decir, muchos pueblos de Yucatán, se debían
enviar visitadores— prosigue Hinojosa— para cerciorarse del hecho
y decididamente «derriben los dichos cúes y pregunten la doctrina
cristiana a los dichos y castiguen ejemplarmente a las cabezas, re­
cluyéndolas en monasterios e iglesias para que allí les enseñen nues­
tra santa fe católica. Porque es cosa cierta que, si por este camino
no se remedia, siempre esa mala raíz de las cabezas irá cundiendo
y brotarán infinitos idólatras, ^in que haya en esto después lugar de
remedio; y éstas piensan que Cristo nuestro Redentor es Dios, pero
rjo solo, sino acompañado con sus demonios y recibido en el número
de SUS dioses» 120.
. El sínodo que reseñamos, resuelto a eliminar de los indios los
^pedimentos de su salvación, recomienda a los gobernadores y
ministros de su majestad vigilar con todo cuidado para que los na-
lv°s ni en sus casas ni en otros edificios diesen culto a los ídolos,
^Uej habían de destruir y aniquilar enteramente, y echar abajo y
so ai los lugares altos en que aquellas miresables gentes inmola-
ari a los demonios, y que vulgarmente llamaban cúes, no fuera que
enemigo del género humano, que siempre busca modo de dañar,
^1) opf^ .
iQ7$ 1*3 tít. 2 : «De administratione sacramentorunv» § 3 f-46v; Concilio III provincial
11Rr
119 o p ^ U N o , La personalidad jurídica del indio 201 s.
l i o /// ’ T. tít l : im ped im en tis propriae salutis ab indis removendis* § 2 f- S r -v;
120 1 Pr°vincial 42S; L l a g u n o , o.c., 285.
1- a g u n o , o .c ., 202.
588 La Iglesia cn la América del Norte española

encontrase algunas imágenes de la antigua impiedad, con la» cu. i


tienda de nuevo el lazo a los recién convertidos del gentilismo,
engañarlos Ui. . . .
Quiere también Hinojosa para los nativos limitación en los uv
nos y abstinencias obligatorias, en las misas de precepto, reducidas
sólo a los domingos y fiestas, como basta entonces, y la del trabajo
estos últimos días hasta mediodía, para que pudiesen asistir a misa 122
Los conciliares, considerando al nativo subdesarrollado, le ¿
viaron, en estos campos, el peso de la ley *23,

Valoración de las acusaciones indígenas.— Propone también


Hinojosa a la consideración de la Junta asuntos que podían suscitar
fastidiosas reyertas y menoscabar la fama de los operarios apostó­
licos: «Sería de grandísima importancia— discurre el prelado~que
raras veces los indios se recibiesen por testigos contra religiosos,
clérigos y seglares, especialmente habiendo españoles y otros que
no sean indios que lo puedan ser, porque verdaderamente se per­
juran a cada paso y certifican de vista lo que no vieron ni oyeron;
por sólo una vez de vino que les den, dicen cuanto les dicen; y aun
respecto de los que tenemos alguna experiencia, dos indios testi­
gos no hacen plena probanza, y sería lástima y conciencia condenar
a nadie, especialmente en cosa grave, por dicho de los indios»124.
Análoga la advertencia que sugiere el informador en seguida:
«no conviene por ninguna vía que se admitan capítulos que indios
presentaren contra sus ministros y que luego se conozca de ellos,
sino que se remitan a la vista que cada año se debe hacer». ¿Motivos
de esta desconfianza con el nativo? «Lo uno— explica Hinojosa—,
porque no quieren los indios más ocasión para comer y beber por
las derramas que luego se echan en todo el pueblo, que dan ocasión
a pleitos*), y se llevaban la peor parte los macevales, «y lo otro, por­
que al fiel ministro que les va a la mano a sus latrocinios y pecados,
luego le arman una zancadilla» 125.
El concilio, consciente de la irreflexión indígena, redactó este
apartado- Precauciones que se han de tomar para resguardar a ¡os
ministros de las calumnias que contra ellos pueden suscitar los in-
dios, cuyo perjurio debe castigarse 126,

Rem uneración salarial de eclesiásticos. Participación indi


gena. — Cree necesario Hinojosa asignar a los ministros de los in
digerías salarios suficientes para su sustento y comida, pues podiian
así prescindir aun de las ofertas espontáneas de los nativos, gene
ralizadas en Nueva España; porque los operarios apostólicos,
tánciolas por no enojar a los oferentes, de ordinario gobernador®
y principales, gente comúnmente la más viciosa, no osaban cuiflp

c I¿ ,1 ‘’ PO, 1. 2 Ut.-j: «De feriis* § 9 f-lS r; o.c., I.3 tít.2 1: ‘ U e observationc ic*un'or
j .7%v 6 or.
L laguno o .c ., 2 0 1 .
, . . ,65»-
12* ^ 2 tfr-5 : (/De teslibus el probationibus» § jo f..3 7 v; Concilio III provine**1
1 ¿J J , r . A W N o , o . c . , 204.
1/f) O .c , 20^.
C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 689
jempre con su <^e^er castigar vicios y remediar pecados por
represalia que éstos podían tomar en la comida que voluntaria-
mente les daban. . .
Ademas— prosigue Hinojosa— , aquellas donaciones esponta­
neas eran no pocas veces ocasiones de robos, pues para dar al m inis­
tro, p.ej., cuatro pesos, recogían doscientos, y el superávit se lo
comían y bebían, y la recaudación beneficiosa se repetía muchas
veces durante el año 127.
Insiste también Hinojosa en que sed é arancel a los ministros, uno
en toda la provincia, donde se fijaran los derechos «por entierros y
vigilias, misas cantadas y lo demás, porque conste también a los
indios y españoles lo que han de dar de limosna en cada cosa y no
se llevan m ás»128*
La asamblea mejicana, para que ni los indios fuesen vejados o
molestados con exacciones de los ministros ni éstos inquietados
por los pleitos de los nativos, manda a los curas «no lleven ni pidan
a los indios otro salario alguno o comida más de lo que estuviese
tasado, y lo que así recibieren harán que se asiente y escriba en un
libro con día, mes y año, firmándolo ellos y los mayordomos del
pueblo, de manera que pueda constar la razón de todo ello y se
cierre la puerta a falsos testimonios y calumnias. E cuando fueren
a visitar donde se les da de comer, no llevarán cosa alguna del pue­
blo donde residen a título de comida o sustentación, de manera que
no lleven dos comidas cuando dijeren misa en dos pueblos * 129.
Para aliviar económicamente al nativo, desciende la Junta a
pormenores como éste: «No tendrán en sus partidos más de dos
caballos— alude a los curas de indios— por evitar el gasto y trabajo
que los indios habrían de pasar en sustentarlos si fuesen en más
número, si no fuese cuando el prelado, vista la aspereza de la tierra
y la anchura del distrito, juzgare ser necesario más y diere licencia
para ello» 130.

P ro m o ció n a ben eficios.— En adelante— sugiere Hinojosa— no


fuese admitido a oposición* ningún clérigo «sin que primero haya
sacramentado un año, porque es cosa averiguada que la práctica
en cualquier cosa es diferente de la teórica»131.
El sínodo dio forma decretal a la insinuación de Hinojosa: «Los
que han de ser promovidos a beneficios curados estén muy instrui­
dos en la doctrina moral y sean aptos para explicar el Evangelio» 132.

Proyección social y eclesiástica de Nueva España. Nativos


^al retribuidos, rufianes, obrajes, vino de Castilla.— Aunque la

127 SI’ G, I.3 tft.2 : «De his quae ad parochos ¡ndorum attinent» § 1 f. 49 v ; Concilio III pro-
'"‘■
J"*65s.22.1s.
SPC. I.3 tít.2 : «De his quae ad parochos indorum attinent* § 9 f. 49 v - 5or; Concilio III
224 s ; L i.a g u n o , l.c.
1 ^0 ' AG^N°, O.C., 205.
f . Qr S P C , l.T tít.4: «D e scientia ad sacros ordines et curam anim arum necessaria* § 7
iV i( ¡()nn^n IH provincial 54.
132 ‘;', AGUN°* I a personalidad jurídica del indio 2o6s.
,jaJ M V . . 1. 1 t f t . i : «De doctrina christiana rudibus tradenda* § 6 f.4r; C o n c i l i o I I I p r o v i n -
](r>l i ac;dno, o.c., 279.
590 La Iglesia en la América del Norte española

asamblea no decretó directamente sobre bastantes de las observ-


cienes de Hinojosa, son altamente significativas para recoger dc
talles de la vida social y eclesiástica novohispana estas que reseña
mos a continuación: «Es lástima hacer trabajar a estos naturales
una semana entera y darles al fin de ella sólo cuatro reales y a las
veces tres, trayendo ellos lo que han de comer, y aunque sean oficia
les carpinteros, sastres, zapateros, etc., no les dan conforme a lo que
ellos ganan si para sí trabajasen».
«No se permita— añade párrafos después— que los chirrioneros
lleven en sus carros indias que no sean casadas, por evitar las mu­
chas y grandes ofensas que se hacen a Nuestro Señor, y que no se
atrevan a llevar indias huidas de sus maridos..., porque es ordinario
traerlas cinco o seis años y más tiempo, sin que sus maridos sepan
de ellas, y traen por refrán los dichos: que indias no falten, porque
no faltarán indios, haciéndolas reclamo y señuelo a que los indios
se abatan; y lo mismo pasa en panaderías y obrajes de sombreros
y casas de trato».
Recomienda también el diligente vicario «que se visiten los
obrajes, estancias y labores, porque hay en estos lugares gran nú­
mero de indios que muchos años no han habitado con sus mujeres,
y mujeres con sus maridos, y que están perpetuamente en deservi­
cio de Dios con otros y con otras, afirmando ser casados, y así vi­
ven en perpetuo adulterio, y para que se remedien otros grandes
males y deservicios de Dios Nuestro Señor que en los dichos lu­
gares se usan, y no se confiesan, ni conocen a Dios, ni saben doc­
trina» 133.
La incuria religiosa con que se llevaban los obrajes, y análoga­
mente las minas, preocupó a la Junta mejicana: «En muchas partes
de este arzobispado y provincia— deploran los asambleístas— hay
cantidad de esclavos aherrojados, y indios encerrados en obrajes
y mmas, los cuales están destituidos de la enseñanza necesaria, con
mucho daño ck- las conciencias de los que así los tienen, cosa que
tanto debe lastimar, especialmente a los prelados, a cuya cura pas­
toral incumbe su remedio y amparo. Lo cual, deseando remediar
este santo concilio, les encarga sumamente que atiendan al remedio
de esta gente desamparada, dando orden cómo haya quien allí les
enseñe, y manda a los señores de minas u obrajes semejantes que
por su parte procuren el bien y reparo de las ánimas de aquellos
que por su utilidad temporal tienen forzados e impedidos de bus­
car su remedio» 134,
Nuestro Señor será muy servido— asegura el informador 8i a
los nativos en general se les prohíbe el vino de Castilla: «lo primero,
porque, como vale caro, se destruyen de tal suerte que beben en un
día lo que ganan en un mes y empeñan sus vestidos y los de sus
mujeres, y ellas los de ellos, y los dejan por muy poco precio» y
otras por olvido; porque como salen fuera de juicio por ser bebí a
fuera de su natural, no se acuerdan; y los indios oficiales empeñan &
1JJ L / . A WNO , O.C., 207$
1)4 Oc„ i(,4«
C.l 7. Restauración eclesiástica. Tercer concilio mejicano 691
opas que les dan y las pierden, y después les piden sus dueños
[nucho más de lo que valían, y por no tener con qué pagar los ven­
den o ponen a servicio»; emborrachándose cometían «notables de­
lito» y desatinos», y con tales brebajes enfermaban y aun perdían la
vida. Su vino natural no los embriagaba con tanta facilidad y a veces
jes servía de medicina. A los que vendían vino a los nativos— afirma
Hinojosa— debían aplicárseles severas penas 1
El obispo de Chiapas, fray Pedro de Feria, en el memorial re­
señado anteriormente, insiste por que a los nativos se Ies quitase la
libertad de beber vino de Castilla, por los fatales estragos físicos y
espirituales que produce en ellos 136.

Clérigos livianos. M u jeres arrebozadas.— Recogemos de otro


memorial que Hinojosa presentó a los asambleístas el 9 de febrero
de 1585, en el que aborda cuestiones principalmente jurídico-sociales,
algunas observaciones de carácter eclesiástico:
«Que se ordene en todo caso que los estudiantes que no son
ordenados de orden sacro no traigan sotanas, porque algunos de
ellos andan por los tiangues arrebatando a las indias lo que tienen,
las cuales piensan que son clérigos, e acompañan mujeres y andan
vestidos no con la decencia que se requiere al hábito, el cual pierde
mucho con esto» 137.
Muchos de los decretos conciliares aluden a la indumentaria y
conducta de los clérigos 138.
No consientan— advierte Hinojosa— anden las mujeres «por la
calle arrebozadas y sin chapines, especialmente en las procesiones
del día de Corpus Christi y en las iglesias, porque verdaderamente
son causa de grandes males, incitando a los hombres, y aun a los
eclesiásticos, a muchos males y ofensas de Dios»

Religiosos autonomistas. Aspirantes a beneficios.— Extraña


también a Hinojosa el celo invasor de algunos religiosos, y observa
se examinen en todo caso los privilegios de ellos, «particularmente
para que se vea si pueden meteráfe tanto en la jurisdicción de vues­
tras señorías ilustrísimas y reverendísimas, y si pueden tener cárcel
y librar sus mandamientos y proceder jurídicamente contra los de­
lincuentes, depositar, azotar, trasquilar, etc., como lo hacen en Mé-
Jlco* en la capilla de San José, Santiago y San Pablo; e no puedo
encarecer lo que en esto pasa, porque faltan palabras. Sólo digo
que no conocen los indios a vuestra señoría ilustrísima por su pas­
tor y prelado, ni saben quién es. Y así toda la vida estarán en esta
'ignorancia si no se remedia. Y lo mismo debe de pasar en los terri-
'■0| los de los reverendísimos señores que están presentes»
(-<(>ntra estos métodos autonomistas, en los que se habían seña-

2(1. 1*3 tIt.5: «De vita ct honéstate clcricorum» f.5 iv -s6 r; Concilio l l ¡ provincial

1 ji !•' Anv'N° . o.c., a ig .

!*•
40 Li.AOUNO, l.c.
592 La Iglesia en la América del Norte española

lado particularmente los franciscanos en el arzobispado mejicano 141


el concilio— lo hemos indicado anteriormente— adoptó actitud de’
cidida.
Para conocer el nivel cultural del clero que administraba bene
ficios y curatos, es bastante expresivo el párrafo que el mismo Hi­
nojosa incluye en el memorial que comentamos: Los aspirantes a
beneficios que se presentaban a oposiciones, fuesen examinados so­
bre la misa, «y sepan ejercitar la clave de ciencia que les fue dada
en el sacerdocio, de esta manera: que crean y sepan explícitamente
los artículos de la fe, y que estén instruidos en todos los sacramen­
tos, y que sepan casos de conciencia, y que sepan distinguir entre
lepra y lepra, entre pecados y no pecados, entre veniales y mortales,
y sepan las circunstancias que mudan la especie de pecado y las
que agravan «in infinitum» y las que no, y las que necesariamente
se han de confesar, y los casos reservados, y en qué casos se ha de
iterar la confesión y en qué casos se incurre la irregularidad y sus­
pensión, y si puede él dispensar en ellos o no, y ha de tener habili­
dad, como el santo concilio lo dispone, para enseñar todo lo nece­
sario a la salud de las almas, y sobre todo ha de saber la lengua que
se usa en el beneficio a que se opone» 142.
C o n o cim ien to de lenguas in d ígen as.— Hemos indicado poco
antes la instrucción que el concilio deseaba en los que habían de
ser promovidos a beneficios curados. Los asambleístas— lo expon­
dremos más adelante— concretaron también la disposición y for­
mación de los aspirantes a las diversas órdenes menores y mayores.
Del conocimiento de la lengua apremian a los ministros de nativos
pongan diligencia en aprender la de sus súbditos, para hacerles in­
teligibles las verdades de la fe y los recursos sacramentales para sus
almas. Amonestan también encarecidamente a los prelados que,
seis meses después de la publicación de los decretos conciliares,
examinen a los curas de indios si saben la lengua de sus feligreses,
y, si no la conocen suficientemente, les obliguen a aprenderla, dán­
doles para ello termino de seis meses, y si, después de ese tiempo,
todavía la desconocen, ipso facto declaren vaco el curato y 1° P1®'
vean coa otro. Si la lengua de que se trata es muy difícil o hay al­
guna otra causa excusante, podrá el prelado conceder sólo una pro-
rroga de otros seis meses como plazo perentorio 143.
El concilio, para estimular el aprendizaje de esas lenguas, de­
creta que los que supieren alguna de ellas «sean promovidos a las
sagradas órdenes, aun cuando no tengan beneficio, patrimonio o
pensión que les dé lo suficiente para mantener la vida» 144-
l *,u '• > r'f -1 : doctrinan cura» § 5 f-42r; Concilio III provincial I 79 s '> L lAG,jN1'
O.v,., 2o3 j. 1 JI
1X2 S P C , 1.; t.ít.4: «De t it u lo b e n e íic ii aut patrirnonii» § i f . i o r - v ; C o ncilio IJÍ p^üV^ c
59; L lacuno , o c., 284.
144 [ ] Ut I: drjctrinae <^ura» § 5 f ,4 2 r : C o n c i l io 1ÍÍ provincial I 79s* . :a¡ c,
> .* J 1 til 4: «Jje titu lo b e n e fic i i aut patrirnonii» § 1 i. r o r - v ; Concilio W l ” 01'1
C .l8. El tercer concilio mejicano y la rejorma tr¡dentina 503

CAPITULO XVIII
El te r c e r concilio mejicano y la reforma trídentina (1585) *
El padre Plaza, colaborador eficaz del sínodo. Datos bio­
g rá fic o s. — Entre los participantes y colaboradores del tercer con­
cilio mejicano, uno de sus fautores más eficaces y de iniciativas más
orientadoras para su empalme programático con el concilio T riden­
tino fue el jesuita Juan de la Plaza. Con la trayectoria de sus activi­
dades en Ultramar conoce, acaso mejor que ninguno de los concu­
rrentes al sínodo, el campo social y religioso de aquellas extensas
provincias l .
En octubre de 1574, Plaza, nombrado visitador de los jesuitas
del Perú, puede partir con sus compañeros del puerto de Sanlúcar.
El 31 de marzo del siguiente año están en el colegio de Lima. Ei
visitador queda un año en aquel colegio, esperando la celebración
del tercer concilio limense, convocado para junio de 1573, que se
había de ir retardando, y ni aun entonces se llevó a efecto por la
muerte del arzobispo de Lima, Jerónimo de Loaysa, O . P., 24 de
octubre de 1575; quería también entrevistarse con el virrey, Fran­
cisco de Toledo, para tratar con él sobre doctrinas de indios, mi­
nisterio ejercitado por los jesuitas peruanos. Aprovecha la demora
para hacer la visita del colegio.
Parte de allí, 16 de mayo de 1576, al colegio jesuítico de Cuzco,
donde se habían reunido el célebre padre José de Acosta, provin­
cial, y los padres convocados para la segunda congregación provin­
cial de la Orden. Deja Cuzco para dirigirse a Potosí, 14 de enero
de 1577, y el 17 de febrero, después de breve permanencia en la
doctrina jesuítica de Juli, llega a su destino. Potosí lo tiene ocupado
hasta el 4 de septiembre. Decide pasar por La Paz y Arequipa,
donde ofrecían fundación a la Compañía.
El diligente Plaza enriquece su experiencia ultramarina con el
largo trato de los jesuitas peruanos activos en su apostolado sacer­
dotal y docente de catequesis, doctrinas, residencias, misiones v
colegios 2.
Se aleja del virreinato sudamericano para entrar en Nueva E s­
paña en febrero de 1580. Ejercerá allí los cargos de visitador y pro-
uncial.
, Inicia la visita por la residencia y colegio de Oaxaca, y en no-
Vlcmbre de aquel mismo año recibe el nombramiento de provin-
011 Sigue recorriendo todas las casas jesuíticas del virreinato: los
^Icgios de la ciudad de Méjico, de Oaxaca y Puebla de los Angeles;
d 1esidencia de Pátzcuaro, campo fecundo del apostolado jesuítico
Cnt,e l°s tarascos; el colegio de Valladolid, actual Morelia. A bre la
‘''¿Wd.s y abreviaturas:
A l e g r e , Historia de la provincia... N. España, ed. B urrus- Z u b i l l a g a .
/ ;r (\\ ~ Sonctum provinchle concilium.
* Al Z ü b i l l a g a , Tercer concilio mejicano.
2 Kn ^ ^Glvl i 8 o l dam os la bibliografía sobre Plaza; cf. ox», 180*183.
° c . t 8 3s.
594 La Iglesia en la América del Norte española

residencia de T. epotzotlán para una labor sistemática de los jesuiv


con indios mejicanos y otomíes, y los operarios apostólicos aprejf
derán allí estas dos lenguas, que los pondrán en contacto ministerial
con los nativos. Dato significativo: Plaza, aunque tan ocupado en
el ajetreo de su cargo, estudia el mejicano. Las experiencias perua­
nas le facilitaron grandemente el conocimiento más profundo del
campo social y religioso novohispano
Él provincial, de prestancia ascética innegable, encarnaba, den­
tro de la espiritualidad jesuítica española del siglo xvi, enraizada
en los Ejercicios, la tendencia contemplativa y mística, cuyos repre­
sentantes más destacados eran los padres Baltasar Alvarez y Anto­
nio Cordeses; participa también de la rigidez claustral, personificada
en el padre Bartolomé Bustamante y en algunos discípulos del Bea­
to Juan de Avila, con quien tuvo Plaza no pocos contactos, y sus
criierios de conducta traducían en la práctica austeridad y depre­
sión. Sus escritos presentan la base polifacética y firme de su espi­
ritualidad 4.
Terminado el trienio de su provincialato lo exoneran del cargo
y lo designan pronto rector de Tepotzotlán, donde puede saciar
sus ansias de labor con indios. En vísperas de partirse al pueblo
indígena, escribe a Roma desde la capital mejicana, 28 de octubre
de 1584, notificando su pena por ser aquel lugar el «de mayor re­
creación temporal que hay en este reino»; temía, además, le corta­
ran «el hilo de esta ocupación de trabajar entre los indios, por cosas
que se ofrecen en estos pueblos de españoles»5.
Los dos meses que permaneció en Tepotzotlán había comenza­
do a catequizar a los nativos en su lengua, y allí hubiese continuado
en sus ministerios sacerdotales si, como lo observa en su carta a
Roma, 17 de enero de 1585, «no me hubieran divertido con traerme
aquí, a Méjico, con ocasión de un concilio provincial que aquí se
celebra, por el engaño que algunos tienen de que podré yo ayudar
aP:o en este negocio»6.
En Plaza, además, su madura experiencia ultramarina rimaba
con su cultura científica nada vulgar. Los anales de los concili°s>
y principalmente los del Tridentino, en los cuales había espigado
profusamente— lo deducimos de los documentos que p resen ta a
tercer concilio mejicano— le proporcionarán determinaciones y nor
mas adaptables a la estructura de la Iglesia novohispana; muy fam*
liarizado con la Sagrada Escritura en sus dos T e s t a m e n t o s (8a11
Pablo se lleva acaso sus preferencias), los Santos Padres lo acompa
naban en sus largas horas de lectura y de estudio y, según creemos'
de meditación; doctor en teología, se dedicaría con e s p e c i a l i d a a
esta ciencia sagrada, y hemos de añadir con notable aprovec
miento, pues el doctor Bartolomé Torres, para su erudita
ción De Trinitate, se valió de los originales de su discípulo I &
Con tan completo atuendo, el antiguo visitador de los dos v*rrc.in¡.
tos ultramarinos estaba capacitado para orientar hábilmente a
O. C. , I84S. 3 Q
C.l ti. El tercer concilio mejicano y la reforma tridenttna 595
odo m e j ic a n o en la ideología tridentina. Los participantes sino­
dales f uv i e r o n sin duda ocasión de comprobar lo que con expresión
gráfica decía el arzobispo granadino Pedro Guerrero (1546-1576)
del a n t ig u o rector de aquella ciudad: «En esta plaza hallo yo cuanto
he m e n e ste r» . Además, su integridad ideológica con tendencia rigo­
rista, n o ta muy oportuna para el sínodo reformador, no admitía
tacha; acaso podría insinuarse algún ribete de exageración en las
p ro p u e s ta s del jesuita. Expositor escueto y leal de la verdad, que
busca sin rodeos. Descubiertos el abuso y la injusticia, los presenta
s e re n a m e n te al tribunal del concilio 7.

M em oriales del padre Plaza. Sem inarios en N ueva E spaña.


Plaza presenta al sínodo mejicano siete memoriales 8; el primero,
6 de mayo de 1585, Sobre el seminario 9.
Recordando la erección y restauración del templo de Jerusalén,
afirma el jesuita que, para la edificación del templo vivo y espiritual
de la Iglesia cristiana, las piedras principales, que son los sacerdo­
tes, antes de colocarlos en los oficios y ministerios de ella, se han
de labrar y perfeccionar en virtud, y así el Tridentino, para la re­
novación y reparación del estado eclesiástico y el resurgir de sus
primeros principios de santidad y doctrina, ordenó en la sesión 23
c.i 8 (De reformatione) se hiciese en cada obispado un seminario,
donde los futuros sacerdotes y ministros se formasen en virtud y
letras.
«Y aunque éste parece que es largo remedio— añade Plaza— ,
porque tarde podrían ser obreros los que aquí entraren pequeños»,
podrían ingresar al principio «la mitad de ellos personas que estu­
viesen ya comenzadas a ordenar o clérigos ya ordenados, para que
dentro de dos años pudiesen salir a trabajar y gozasen los prelados
presentes del fruto de sus ministros» 10.
Abordando después el aspecto práctico, propone Plaza las po­
sibilidades que había en Nueva España de erigir estos seminarios !1.
La asamblea mejicana, atenta al decreto tridentino señalado por
^Jaza, de que cada diócdfeis erigiese un colegio en que los niños se
educasen religiosamente y se dedicasen a los estudios de esa ver­
tiente, ordena a los obispos activar con el máximo empeño la fun­
dación de esta clase de seminarios y hacerlos después duraderos,
aprovechando las posibilidades de sus diócesis y cumplidores exac­
tos del decreto tridentino 12.
El ordenando cn el ideario dc Plaza. E l sínodo m ejicano.—
n su segundo memorial, De los que se han de ordenar, decidida­
mente exige Plaza en el verdadero candidato del sacerdocio uso de
01ación, «pues el oficio del sacerdote es orar»; una vida santa y
Pura, «y no debe bastar que no haya sido escandaloso, sino conocido

8 oTCM l88'
9 (V1"' ' 9 2 -2 4 4 .
10 r\ c - «92-196.
,, y-£-' 102-195.
1J Q>’ l95s'
1-3 t l t . 1 : «De doctrinae cura» § 2 f.4 iv ; Concilio 111 provincial 178.
596 La Igleúa en la América del Norte española

por virtuoso entre la gente con quien ha tratado y conversado


ejercitado en obras de caridad y misericordia». Si se replica— obserJ
el jesuita— que de este modo pocos serán sacerdotes, prefiere
San Clemente, la selección al número ’ 0n
Estaba muy puesta en razón— prosigue Plaza— la suficiencia de
doctrina requerida por Trento a los ordenandos, pues veía a l0s
clérigos, después de la ordenación, descuidados en consagrarse al
estudio necesario para su ministerio: así se explicaban también lo-
funestos yerros, desastrosos al pueblo y a las almas que les confia­
ban. Pues eran tantos los candidatos al sacerdocio— prosigue Pla­
za— , rigurosamente se les había de pedir lo necesario para él; de
este modo la codicia del grado les obligará a superar el obstáculo
de la ignorancia. Para asegurar esta formación adecuada, al orde­
narse de epístola, se les debería hacer saber que no les conferirán
el diaconado si el año de intervalo no lo consagran cuidadosamente
al estudio, y lo mismo antes del sacerdocio, sin admitir excepción
alguna con la esperanza, confiando que después estudiarán 14.
La permanencia en colegio por dos o tres años— insiste Plaza-
para formar a los ordenandos en virtud y letras debía ser obligato­
ria; pues si el grado de bachiller en cánones se confería al cabo de
cuatro o cinco cursos, dos años de casos de conciencia para los futu­
ros sacerdotes bien poca cosa eran; y los oyentes de teología esco­
lástica— así lo hacían en la Compañía— deberían oír obligatoria­
mente el cuarto año una lección de casos 15.
Con una base cultural mísera exigida a los sacerdotes— lamenta
el jesuita— , la Iglesia difícilmente dispondría de una porción selecta
de ministros del altar 16. Los colegios de la Compañía brindaban al
futuro operario apostólico amplia formación humanista, filosófica y
teológica.
Quiere Plaza revalorar también al sacerdote e n funciones de
su c¿ 2°- Propone dos medios para ello: obligar a todos los de su­
ficiencia dudosa a oír dos años de casos y presentar, al cabo de ellos,
al obispo testimonio de asistencia; esto supone— lo observa Plaza—■
que los prelado- establezcan estas lecciones de casos en todas las
ciudades donde hay catedral. El segundo, más apto para la virtud
y santidad de los clérigos, que el prelado, una vez al mes, en su casa
o en la iglesia, por sí o por delegado, dirigiese una plática de cir­
cunstancias a todos los sacerdotes reunidos. El fruto seria mu)
grande y los prelados podrían así tranquilizar su c o n c ie n c ia
El sínodo mejicano, sincronizando con las observaciones exp u es
tas por Plaza, exhorta a los obispos no impongan de lig ero las mi
nos, faltando al precepto del Apóstol, s in o que, con toda diügell<j7
y detenimiento, examinen las cualidades d e lo s o rd en a n d o s y Jus ^
precien ^us méritos, y, bajo pretexto de escasez de ministros# n
admitan a órdenes sagradas a gente m e n o s idónea, persuadidos _
que el divino culto y la salud de las almas salen más aventaja
con pocos ministros dignos que con muchos indignos. Nmgu
15 ZT C M 197. 15 O.c,, 199. 17 O .c., I90S-
14 O.c., j 98. 16 Cf. o.c,, ig8s.
C .l8. El tercer concilio mejicano y la rejorma tridentina 597
por tan to, se admitirá ni a órdenes mayores ni menores si examinado
no se viera en é l las cualidades exigidas por los decretos tridentinos
ara el correspondiente grado I8.
Concretan los asambleístas en apartados sucesivos las condi­
ciones requeridas para la admisión a órdenes: ninguno que no ase­
gure con juramento la permanencia en el estado eclesiástico sea
p ro m o vid o a la tonsura 19.
¡ Lástima que el sínodo mejicano, aludiendo al nivel cultural de
los ordenandos, dé esta proyección tan mísera! El candidato de
órdenes menores— dice el concilio— debe estar instruido, cuanto
sea posible, en los rudimentos del canto eclesiástico. Los aspiran­
tes al subdiaconado sean peritos en el canto eclesiástico y estén
ejercitados en el rezo de las horas canónicas. Los futuros diáconos
serían examinados en lo anteriormente indicado y en las ceremonias
propias de aquel orden. Los presbíteros no celebrarían la primera
misa sino después de aprobados por el maestro de ceremonias y
conociendo la forma del sacramento de la penitencia 20. Los obis­
pos, según mandato del sínodo, no promoverían a órdenes a ninguno
que en su vida, fama y costumbres no fuese bien morigerado, ni
al que tuviese costumbre de jugar o fuese reo de crimen capital 21.
La asamblea enuncia también resuelto dictamen en un problema
de vital importancia para la historia eclesiástica ultramarina. Los
indios y mestizos no sean admitidos a las sagradas órdenes sino con
muy cuidadosa selección; pero de ningún modo los que están nota­
dos d e alguna infamia 22.
Aleccionados los conciliares con el experimento de Tlaltelolco
y las informaciones de numerosos misioneros participantes del sí­
nodo sobre la endeblez moral de los nativos, no podían adoptar
actitud más indulgente.
O tro memorial de Plaza, genéticamente unido con los demás,
se refiere a los curas. Curas son, explica el jesuita, aquellos a cuyo
«cargo está inmediatamente el pueblo cristiano, con quien los obis­
pos descargan sus conciencias, para lo cual conviene que sean tales
que las puedan descargar, y no añadirle nuevo cargo; de cuya bue­
na administración depende la salud espiritual del pueblo cristiano;
Y así hay obligación de elegirlos tales que tengan las buenas partes
que para este ministerio son tan necesarias» 23.
Los curas, como sacerdotes y confesores— según Plaza— , han de
recorrer los pueblos y casas de su parroquia, buscando los enfermos
Para curarlos; poner tanto cuidado y diligencia con los buenos como
c°n los malos; con los primeros para conservarlos y acrecentarlos
virtud; con los malos, para enmendarlos y traerlos a que sean
buenos.

' * SPC, l.i tlt.4: *De scientia ad sacros ordines et curam animarum necessaria» § i f.8v;
ig c n ' í 5is.
J0 qn^'’ § 2 f.8v-9r; Concilio III provincial 52.
? , ^ i b f d . , § ,v 6 f-9r; Concilio III provincial 53S.
(| |( ^ v., I.i tlt.4: «De vita, fama et moribus ordinandorum» § 1 f.Qv; Concilio III provin-

, \ ?/*(■'. ibíd., $ f.io r ; Concilio III provincial S^s.


¿ t c m aoos;
598 La Iglesia en la América del Norte española

Primer cuidado y solicitud del cura— concreta el jesuita— ser-


catequizar en la doctrina cristiana, con el m áxim o empeño, a lo*
rudos e ignorantes y a los que se han de bautizar, por tratarse del
fundamento de la vida cristiana. E l T rid en tin o — nota Plaza— , para
desarraigar la ignorancia general en la fe y buenas costumbres
ordena que a todo el pueblo se enseñe y predique el catecismo y
doctrina cristiana 24.
C onviene m ucho— insiste el antiguo visitador— que el sínodo
asegure en particular la enseñanza de la doctrina cristiana a niños
y niñas, más necesitadas de ayuda que los niños, pues, siendo mu­
jeres, no pueden acudir sin peligro a donde se enseña; a ignorantes,
negros, esclavos y gente de servicio, abandonados en un estado de
incuria lastimoso. «Pues gente de cam po— expone el informador—
y hom bres que están por las estancias com o salvajes, sin conoci­
miento de D ios, viviendo vida bestial, sin ayuda de doctrina ni
quien les exhorte a bien morir, ni quien adm inistre los sacramentos,
debe poner en mucho cuidado a los prelados para remediarlo, ni
sólo en este santo concilio, pero m ucho más a cada uno en su iglesia
particular» 25.
L a doctrina la han de exponer los curas al pueblo— prosigue el
jesuita— de manera inteligible, y esto exige del maestro competen­
cia, instrucción y ejemplo de buenas costum bres y, por consiguien­
te, consagración al oficio. L o s culpables de la ignorancia general
son más b ;en los ministros y curas. Indicio de descuido en los mi­
nistros es la escasez de conocedores de lenguas indígenas.

E re c c ió n d e se m in a rio s. L a d o c trin a cristia n a e n el minis­


terio cu ral.— Suficiencia de operarios apostólicos únicamente es
posible— sigue observando Plaza— , según los deseos del concilio Tn-
dentino, erigiendo seminarios en los obispados; fácilm ente se po­
dían desde ahora fundar de criollos, criados entre nativos y cono­
cedores de lenguas. U na docena de ellos, que cederían de buena gana
sus padres, reunidos en alguno de los hospitales existentes en las
ciudades, encomendados a algún clérigo honrado y devoto, alimen­
tados con pocos gastos, pues, nacidos en am biente indígena, se
contentarían con tortillas de m aíz y algo de vaca, solucionaban el
porvenir de la Iglesia novohispana 2(\
El ministerio cural atrajo preferentem ente la atención del con­
cilio. «Cuiden particularmente los curas párrocos— enuncia la asam­
blea en uno de sus apartados— que se ilustre el e n t e n d im ie n t o ele
sus súbditos, dirigiéndolo en honor y obsequio de D ios por medio
de la predicación de la palabra divina y de los preceptos de la doc­
trina cristiana»27; y en la sección «De la doctrina cristiana que se
ha de enseñar a los rudos» 2& desarrolla el tem a en siete sendos apar
tados y en el siguiente orden: N o se ha de adm inistrar los sacramen*
tos a los que ignoran la doctrina cristiana 2^.
24 O.C., 20 IS. 25 O.C., 202 . 26 O.C., 2048.
2> c o r ’ 1 ^ offido recloris et. plebani>> § 2 f.4Ós; Concilio III provincial IQS-
29 c o r ' -i!, í^'c l ' 7 ^ r 4 r: f -'>™jilio III provincial 28-37.
j , ibíd., § 1 f 4V; Concilio l[ ¡ provincial 373.
C .l8. FJ tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 6 66

La decisión conciliar es categórica: Como vanamente se retiene


en la memoria la doctrina si de ella no entiende cada uno lo nece­
s a rio p a r a la salvación: qué es lo que ha de creer y obrar, este sínodo,
siguiendo en todo la autoridad del concilio Tridentino, manda, en
virtud de santa obediencia, que todos los curas de almas, todos los
d o m i n g o s , por sí o, si están impedidos legítimamente, por medio
d e v a r o n e s idóneos aprobados por el ordinario, enseñen la doctrina
c r is t ia n a y la expliquen durante una hora siguiendo la estructura
d el catecismo aprobado por este sínodo 30.
H e m o s visto anteriormente la acuciante recomendación del con­
c ilio a los obispos de que erigiesen en sus respectivas diócesis se­
m in a r io s .

Predicación y residencia de los obispos.— Tema íntimamente


vinculado con el ministerio cural es la predicación. De la prescrip­
ción tridentina hecha a los obispos de predicar por sí mismos o
por delegados, deduce Plaza la inconsecuencia de algunos prelados,
que, escrupulosos en el cumplimiento de residencia, dejan, al pare­
cer sin suficiente excusa, la predicación, siendo así que el mismo
Tridentino declaró de derecho divino la predicación de los prelados,
y en la residencia, aunque la mandó absolutamente, no adoptó posi­
ción tan resuelta 31; y el mayor argumento aprovechado por el T r i­
dentino— discurre el jesuita— «para probar que la residencia de ios
o b is p o s es de derecho divino, es serlo tan claro el oficio de predicar,
con otros ministerios; porque no pueden cumplir con el derecho
divino que les obliga a predicar sino residiendo en sus iglesias y
obispados» 32.
«Siendo tan ordinario— propone Plaza— cesar los prelados de
este ejercicio principal suyo, parece necesario que en este concilio
se declare cuáles son las causas y legítimos impedimentos por los
cuales los puedan dispensar sin culpa; pues el que lo dejare sin
causa bastante ha de ser castigado en el concilio provincial, como
determinó el de Trento» 33. Añade el jesuita a los prelados de la
asamblea: «No se puede alegar por excusa que los obispos no tienen
suficiencia de doctrina para predicar por sus personas, pues los
más de ellos son buenos letrados y teólogos» 34.
La asamblea mejicana se limitó a recomendar insistentemente la
prescripción tridentina: Por tanto, este sínodo provincial, estribando
en la autoridad del concilio Tridentino y de los antiguos Padres,
exhorta en el Señor a los obispos y demás prelados de la provincia
mejicana a que se dediquen con el mayor esfuerzo a este cuidado,
V ellos mismos apacienten con la palabra de Dios a las porciones
de la grey qUC jes es^¿n encargadas, principalmente en su propia
'glesia. Pero si algunas veces estuviesen verdaderamente impedidos,

3? "’ ibld., § 3 f.3v; Concilio III proinncial 328.


j2 /T C .M 208.
u íVC" 207-2og.
s ■' '°-i 20QS. Son óstas las palabras del Tridentino: «districtae subiacet ultioni*: queda
' V« * severo castigo (o.c., 210).
° c .( 210.
600 Im Iglesia en la América del Norte española

cumplan diligentemente con este deber para con el pueblo nor


medio de varones idóneos que elijan, según lo prevenido en el misirv
concilio 35. '

Visita episcopal de la diócesis,— A l problema residencial de


los obispos estaba vinculado el de la visita a la diócesis. En la sesión
conciliar de 8 de agosto cié 1585 examinaron los asambleístas el
memorial de Plaza: «El modo que los obispos deben guardar en
visitar sus obispados y ovejas»3ó, y decidieron que cada prelado lo
copiase y pasase -'7.
El prelado— enuncia Plaza— con la visita, alma de su gobierno,
asiste a todas partes para remediar las enfermedades y necesidades
de sus ovejas y procurarles lo necesario para la salud espiritual.
La Iglesia la ha considerado siempre de capital trascendencia, los
concilios antiguos la han preceptuado con encarecimiento, y el
Tridentino, a los obispos, la anual de su diócesis, de manera que en
dos años la recorran toda; el prelado que no pudiese hacerla total
o parcialmente ha de encargar la suplencia al vicario general38.
Ante ventajas tan grandes de la visita personal prelaticia, oportu­
namente el sínodo mejicano— afirma Plaza— determinaría los moti­
vos que justifican el nombramiento de delegado que visite o su
omisión, pues los concilios provinciales han de hacer cargo a los
que en esto faltaren 39.
La Junta mejicana, sin detallar impedimentos, se atuvo a las
disposiciones tridentinas. Nada debe considerarse— concreta la asam­
blea— más adecuado a la salud del rebaño del Señor que la presencia
dei propio pastor; pero como el obispo no puede recorrer personal­
mente toda la diócesis encomendada a su cuidado y desvelos y pro­
veerla de cuantos cuidados necesita, es preciso que llene semejante
vacío por medio de la visita ordinaria. Por esto, este concilio, adhi­
riéndose al de Trento, establece que los obispos visiten por sí mis­
mos su prv;>ia diócesis todos los años, o a lo menos cada dos años;
pero, si están legítimamente impedidos, elijan visitadores de notoria
sabiduría y vida ejemplar, que no sean codiciosos, y, en fin, de ta
naturaleza, que pued?' esperarse de ellos la reforma del clero y del
pueblo 40.
Las visitas serán eficazmente provechosas— añade el jesuíta—
si los prelados, en vez de limitarse—-así lo acostumbran o rd in a ria ­
mente a conferir la confirmación, atienden más bien a reform ar
las costumbres del pueblo, y especialmente de los clérigos, instru
yéndolos y animándolos para que desempeñen bien su oficio, tan
importante para la salud espiritual de los fieles41. .
Con erudición escritural y patrística va detallando Plaza
características que ha de tener la visita episcopal: castigar peca
públicos; controlar la actuación de gobernantes, predicado!es )
confesores; dar nuevo vigor a instituciones pías existentes en ig e

w ví!v!r! 1 ' it: 1 <Í JT' Co nc i l i o III pr ovi nc i al -ms.


3 9 0 .c . , 2 i 9 8.
j, o C ’ 40 1-3 t í t . 1 § 1 f . 4 2 r - v ,
O.C., /ir). 4 I Z T C P 220.
C.l 8. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina #01
sias y parroquias, visitar cárceles, ejercitar actos de misericordia,
visitar enfermos, ayudándolos material y espiritualmente, y recon­
ciliar entre sí enemigos. Sanciones ejemplares— advierte el jesuita—
que se aplicaran durante la celebración del concilio a algunos peca­
dos públicos de clérigos serían acogidas satisfactoriamente; lo sabía
él por personas fidedignas que había en la capital amancebados,
tratantes, negociadores y jugadores, tanto que en casas de tablajeros,
entre seis seculares, había dos clérigos jugando 42.
Prelados desconocedores de las lenguas indígenas de su diócesis
- -advierte el antiguo visitador— podrían comunicarse con los nati­
vos haciéndose acompañar por religiosos que las conociesen 43.
La visita de nativos tendría éxito, según Plaza, sólo con esta tri­
ple aspiración: desarraigar borracheras, total impedimento de su
cristianización; procurarles la suficiente instrucción en doctrina cris­
tiana y buenas costumbres; animar a los curas a desempeñar bien
su oficio, con caridad y cuidado, no mostrando ni de palabra ni
de obra tantas ansias de enriquecerse, vejando y maltratando a los
indígenas, con menoscabo de su bien temporal y espiritual44
Muchas de las sugerencias de Plaza las incluye el sínodo en los
párrafos que dedica a la visita episcopal de la provincia 45. Vejáme­
nes cometidos contra nativos— lo veremos después— el concilio los
trata sobre todo en el capítulo que dedica a repartimientos.
Los confesores vistos por Plaza en su múltiple actividad.—
El 18 de julio de 1585 pasaba Plaza al examen de los asambleístas
su escrito sobre confesores. A los confesores de la Iglesia los con­
ceptúa Plaza como redes en que se cazan y ganan almas para Dios
con más eficacia y más numerosas que en ningún otro ministerio,
pues en este sacramento manifiestan los hombres aun sus actuacio­
nes más íntimas, y las pláticas y exhortaciones del confesor preparan
circunstancialmente al penitente para recibir la gracia sacramental.
La confesión, designada por los Santos Padres y el Tridentino «se­
gunda tabla de salvación», era también el medio más universal para
recobrar la gracia perdida después del bautismo46.
Como los confesores, en el ejercicio de su ministerio, dependían
del examen y aprobación de los obispos, incurrían éstos— deduce
Plaza— en grave culpa admitiendo aun a los dudosamente idóneos,
y asumían la responsabilidad de los dislates cometidos en su oficio
Por los así aprobados y del daño ocasionado a los penitentes no
ayudándolos bastantemente en la santificación de sus almas47.
La asamblea mejicana, sincronizando con las apreciaciones de
laza, afirma categóricamente: Es cierto que la ignorancia de sacer­
dotes y ministros de la Iglesia está sostenida por la incuria de los
obispos en examinarlos convenientemente. Por lo cual, según deci-
s'ones tridentinas y normas de este sínodo, los prelados ni conferirían
M o C" 22° '226.
u 226,
4s \} 227S.
1 § f ‘42r-44v; Concilio III provincial 1 8 1 -19 2 .
602 La l$l esta en la América del Norte española

órdenes ni concederían licencia de confesar a ningún sacerdote n*


secular ni regular, sin que previamente con cuidadoso examen sé
asegurasen de su idoneidad4**.
Con doctores y sumistas exige Plaza del buen confesor cinco
atributos: poder, ciencia, bondad, prudencia y secreto. En cuanto
al poder, opina el jesuita que no conviene dar a todos los confesores
facultad para todo género de personas, pues carecen de competencia
para ello.
Pues la ciencia era indispensable al confesor, juez muchas veces
en materias delicadas y graves, el concilio, según Plaza, debía pres­
cribir no se diese licencia de confesar a quien no hubiese oído un
año materia de sacramentos y otro de mandamientos, y recuerda a
los prelados la grave responsabilidad de esta obligación.
Si la bondad, como inmunidad de reato grave— discurre Plaza—,
la necesitaba el confesor para administrar el sacramento, la había
de poseer destacada para conferirlo con fruto del penitente. Más
perjudicial y peligrosa que la misma deshonestidad— continúa el
jesuita— era para el confesor la ambición y codicia, y los prelados,
por consiguiente, se habían de fijar especialmente en esas faltas y
no dar licencia de confesar a codiciosos de dinero y hacienda, escán­
dalo del penitente. Además, los confesores habían de ser amantes de
Dios y del prójimo más de lo ordinario y personas de oración49.
La Junta, resuelta a alejar del tribunal de la penitencia todo ama­
go de codicia y dar al confesor plenísima libertad en el desempeño
de sus deberes de juez, médico y padre, bajo pena de excomunión
latae sententiae y con obligación en el foro de la conciencia de resti­
tuir a la fábrica de la iglesia donde confesó lo que haya recibido, le
prohíbe recibir don alguno del penitente cuando viene a confesarse,
o después de confesado, de manera que parezca haberlo dado por
ese motivo 50.
Para ayudar a almas temperamentalmente tan diversas y m uch as
veces tan necesitadas y complejas, y curarlas al mismo tiempo in­
siste Plaza— , nunca será exagerada la prudencia del confesor51.
Del secreto, observado comúnmente, advierte Plaza, poco hay
que decir; no convenía que el confesor hablara aun en general de
cosas oídas en confesión, «porque no son pocas las ocasiones— añade
el jesuita— por donde, andando el tiempo, se vienen a conocer las
personas en particular» 52.
N o podía pretender el ex visitador que los decretos sinodales
recogiesen muchas de sus advertencias particulares. Deseo- obser­
va él mismo— no que se hagan muchas leyes escritas, sino que l°s
prelados, :omo cosa tan necesaria, las reduzcan a la práctica; <(Por
que, puesta en uso, los sucesores la continúen, lo cual no hadan’
por muchas leyes que vean escritas, si de sus antepasados no as
ven guardadas y ejercitadas» 53.

! ! S P ít’ lj1,1 i 4 f 4 i v ; C o n cilio I I I p ro vin cia l 179.


v-Jr 2 }3S.
vnrv-tI '5 *ít r> p ae n ite n tiis ct re m ission ib us» § 4 f.9 7 r ; C o n cilio I I I provin cial ^
¿ TCP 234. 52 L.c. 53 L.c.
C .l8. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 603
La predicación y la catequesis. Insistencia conciliar. C ate ­
cismo aprobado por el sínodo.— Los memoriales presentados a
la asam b lea mejicana y reseñados en párrafos anteriores expresan
fielmente la proyección religiosa y social de la Iglesia de Ultramar
y esbo zan la trayectoria seguida por ella. Añadiremos algunas otras
p ersp ectivas para describir sistemáticamente la estructuración del
mencionado concilio.
La Junta, después de enunciar solemnemente su profesión de fe,
manda a obispos y párrocos, según orden del concilio Tridentino,
predicar por sí mismos, de no estar legítimamente impedidos, la
palabra de Dios— los curas y párrocos habían de hacerlo todos los
domingos y días festivos— ; y, basándose en la Sagrada Escritura,
conforme al sentido de la Iglesia, o tomando argumento de algún
episodio evangélico, dilucidarían siempre algún misterio de la fe,
para que los oyentes, familiarizados con la palabra divina, fuesen
conociendo las cosas más necesarias para la salud de las alm as54.
La instrucción adecuada en la doctrina cristiana de la gente ruda,
innumerable en Ultramar según la Junta, de toda edad y condición,
la facilitaría el catecismo aprobado por el sínodo— lo hemos men­
cionado anteriormente— y los encargados de la enseñanza religiosa
en iglesias, escuelas y colegios de niños habían de tenerlo y seguirlo
en sus explicaciones, bajo pena de excomunión mayor, no obstante
cualquier costumbre en contrario, y los obispos procurarían su
traducción a lenguas indígenas55.
Curas seculares y regulares conservarían, además, escrito en
una tabla el texto de la doctrina cristiana: oración dominical, salu­
tación angélica, el símbolo de los apóstoles, Salve Regina, los doce
artículos de la fe, los diez mandamientos de la ley de Dios, los cinco
de la Iglesia, los siete sacramentos de la fe y los siete pecados capi­
tales, y lo harían rezar todos los domingos de Adviento y el de Sep­
tuagésima hasta el de Pasión inclusive para arraigar en la memoria
de todos los fundamentos de la f e 56.
Con esa repetición más bien mecánica, los mismos curas perso­
nalmente, ateniéndose a las orfentaciones tridentinas, o, si impe­
didos legítimamente, por delegados que aprobara el ordinario, si­
multanearían la explicación de las fórmulas coreadas en el ejercicio
matutino por una hora, sin apartarse del método seguido en el cate­
cismo del sínodo 5^.
Los maestros, en las escuelas, se adaptarían a la misma didác­
tica, y Jos párrocos tratarían de introducirla en cárceles y minas 5S.
B autism os de adultos. Clim a religioso.— Facilitando así la
base doctrinal, puede el sínodo adoptar esta posición decidida:
Nmgún cura secular o regular daría el sacramento del bautismo a
f, . 4 l.i t lt .i : «Do summa T rinitate ct fide catholica. D e praedicatione verbi Dei»
' 55Vó n ,),l(^,0 ^ provincial 23*27.
r . „ i '' 1 ( -' t í t . i : «De doctrina christiana rudibus tradenda» f.3r ; Concilio III pravin-
""27-30.
5 7 q o ^ ’ |kUl> § 2 f-3r-v; Concilio III provincial 30-32.
Jg oh ,• , § 3 f.3v; Concilio III provincial 3 2s.
C , ibld,, § 4-6 f,3v-4r; Concilio III provincial 33 *3 &.
604 La Iglesia en la América del Norte española

adultos no instruidos en la fe católica, ni los párrocos conferirla


bendiciones nupciales a ningún español, ni nativo, ni esclavo, des*
conocedores de los puntos de doctrina anteriormente méncio
nados5<).
No cree la asamblea poder mantener en el pueblo una fe Jn.
contaminada sin controlar autoritariamente las publicaciones, y as¡
preceptúa: ningún libro se imprimirá sin licencia del obispo; escri­
tos de argumento religioso no se editarán en lengua indígena sin
previo examen del ordinario, y ninguno retendrá en su poder libros
obscenos 60.
Deseosa también la Junta de proteger al nativo de un clima es-
piritualmente nocivo, regula sus danzas y juegos, eliminando de
ellos todo vestigio pagano o supersticioso, mandando destruir sus
ídolos y templos y sujetándolos a vida civil y social en pueblos eri­
gidos para ellos61.
Ordenandos, curas, administración de sacramentos.—La
asamblea— seguimos su trayectoria pastoralmente eclesiástica—ex­
horta al obispo que examine las cualidades del candidato de órdenes
sagradas y cura de almas, valúe sus méritos con diligencia y deteni­
miento y no admita a órdenes a los menos idóneos o faltos de las
cualidades requeridas por los decretos tridentinos 62.
La ciencia que concretamente exigen los asambleístas a los
aspirantes de las diversas órdenes— lo hemos hecho notar en el
capítulo anterior— es verdaderamente decepcionante63; ni se mues­
tran demasiado exigentes en la vida, fama y costumbres del orde­
nando, adoptando una fórmula positiva no m uy comprometedora:
que por aquel tiempo y por muchos meses antes haya vivido con la
pureza y honestidad que corresponde64; algo más en los preten­
dientes a curados, que habían de tener práctica en la administración
de sacramentos, principalmente de la confesión, competencia en
casos de conciencia, según la forma dispuesta por el sínodo y apro­
bada por el Directorio de confesores y penitentes, y aptitud para ex­
poner a sus súbditos el Evangelio, haciendo resaltar las cosas mas
necesarias para la salud de las almas65.
En la administración de sacramentos— nota el sínodo— se aten­
drían escrupulosamente a la tasa determinada por el obispo, y
las ceremonias, al ritual mejicano hasta la publicación del romano
La extremaunción— señalamos las determinaciones más salientes
de la asamblea— la administrarían a los i n d i o s in d e f e c t ib le m e n t e
59 SPC, ibíd., t í t .i : “ D e sacramentis doctrinae christianae ignaris non administrando
9 i f-4 v ; Concilio I I I provincial 37.S.
m qdp f-4 v- 5r; Concilio IIJ provincial 39-41. . f cr-6r¡
r , '... ^» ibíd., -;ít. 1: «De irnpedimentis propriae salutis ab indis removendis» § 1*3
Concibo III provincial 41-44. f g v;
r , ° 2, íbíd., tít.4: «De aetate et qualitate o rd ina nd orum et praeficiendoruin* § 1
Concilio III provincial $ís.
II ibíd., f . 3 v - b r ; C oncilio I I I provincial 528. ... jjr pro-
or.>, ibid., tít.4: <<De vita, fama et m oribu s ordinandorum» § 1 f. 9 Ví Conctlt
vincial 55.

66 c o r W " \ 7 ^ r~v; C oncilio III provincial 54, rw i/ io fll


• *. .-y ^ í d . , t í t . 5 : «t >e sacramentarum E c d e s ia e administratione» § 1-2 f . Co
prorinf ial n^s.
S P C , ibíd,, tít.6: "De sacra unctione» § 4 f. i2 v ; C o n cilio I I I provincial 67.
C .l8. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 605
T ra scen d en cia eclesiástica del obispo. Múltiples deberes.
Visita episcopal.— L a restitución de la disciplina eclesiástica a su
antjgu° esplendor— afirman los asambleístas, sincronizando con las
o r i e n t a c i o n e s tridentinas— y la enmienda de costumbres depravadas

del clero y pueblo cristianos estribaban en la integridad y pureza de


los obispos, en los que debía armonizarse la inocencia de costumbres
con la humildad, benignidad, mansedumbre, caridad: personifica­
ción d e la santidad típica de la Iglesia. Los obispos— sigue obser­
vando el sínodo— , acordándose siempre de su alta dignidad, esta­
blecerían un método de vida conforme a su estado, ministros de
Jesucristo y sucesores de los apóstoles. Estas prerrogativas los obli­
gaban a rogar incesantemente por su grey, a velar por el pueblo como
ángeles d e la guarda y a exponer su vida, como buenos pastores, por la
salvación d e sus ovejas. Soportarían carga tan formidable aun para
los ángeles, muy superior a las fuerzas humanas, ayudados única­
mente por la gracia divina obtenida en la oración, a la que dedica­
rían diariamente una hora68.
Enseñar el Evangelio al pueblo y procurar que los párrocos y
varones eclesiásticos proporcionasen a sus súbditos, especialmente
a la gente ruda, la doctrina saludable de la palabra de Dios, eran
deberes ineludibles de su ministerio; trabajarían también por la
erección de seminarios— lo hemos observado poco antes— , asegu­
rando así el número necesario de confesores peritos en doctrina y
versados en la administración de sacramentos y evitando al mismo
tiempo los errores y perjuicios provocados por la ignorancia de
ministros eclesiásticos. Si la diócesis carecía de estos elementos,
abrirían los obispos clase de casos de conciencia y administración
de sacramentos e impondrían la asistencia a ella a todos los clérigos
de sus respectivas diócesis que no tuviesen grado en teología o en
cánones o no fuesen de la aprobación del prelado. La asistencia a
esa clase sería requisito indispensable para las órdenes y aun para
la administración de sacramentos, y prescribirían riguroso examen
para los que habían de confesar
En la visita a la diócesis, que haríéffcl obispo por sí o por delega­
do, cada año o cada dos, ni él ni su comitiva pretenderían de sus
súbditos más que los víveres y sólo el tiempo necesario, con frugali­
dad y moderación. Pasarían también visita— anteriormente hemos
■ndicado su limitación— a las parroquias servidas por regulares;
cada tres años, a los oficiales, vicarios, visitadores, fiscales, notarios
y dem ás empleados de los tribunales eclesiásticos, exigiéndoles
Pureza y rectitud en su conducta, indemnización de los daños y
Perjuicios ocasionados por su administración, y aun exoneración
e cargo si el delito lo merecía; y cada mes, a las cárceles eclesiás-
juus y a los presos para cerciorarse si estaban debidamente atendi-
Uos espiritualmente 70.
Prn!,8, ' ' 3 t í t . i : «De o fficio episcoporum et vitae púntate* § 1 - 3 f.40r-v; Concilio III
>73-175.
7o §££• 'bíd.j t f t . i : «De doctrinae cura» § 1-3 f-4ir-v; Concilio III provincial 177- 179-
M'in-iüi , 8 , ’ '8b(d • tft 1 : <(De visitatione propriae provinciae» § 1-6 f.42r-43r: Concilio III pro-
606 Li Iglesia en la América del Norte española

Visitadores. Ministerio eclesiástico.— Dedica también el co


lio algunos párrafos a los visitadores en general, que, en su recorrí *
por la diócesis, procurarían, según normas del Tridentino, introdu °
la doctrina santa y ortodoxa, extirpar las herejías, proteger las b^
ñas costumbres, corregir las depravadas e inflamar al pueblo c<T
exhortaciones y amonestaciones a la religión, paz e inocencia.
Buscaría el libro de las visitas pasadas— recogemos sólo algunas
de las obligaciones impuestas por la asamblea— y averiguaría si
habían cumplido lo establecido en ellas; deficiencias que hallase
procuraría subsanarlas luego, y reprendería y corregiría a los cum­
plidores negligentes o infractores.
Secretamente se informaría de la vida y honestidad de los clé­
rig o s , si habían sido fieles a su oficio y ejecutores exactos de los
decretos sinodales; si habían reincidido en delitos o recibido algo
que les estaba prohibido por derecho o por este sínodo. Clérigos o
seglares autores de pecados públicos o escandalosos, concubinarios,
blasfemos, usureros, dados a juegos prohibidos u otros vicios aná­
lo g o s serían objeto de sus averiguaciones. En pecados ocultos evitaría
pesquisas que pudiesen ocasionar infamia.
Todo *o que merecía arreglo o corrección y cuanto hiciere y
proveyere durante su visita, lo apuntaría en su libro, y luego, lle­
gado a la residencia episcopal, dentro de tres días, daría cuenta de
todo al obispo.
Nada absolutamente recibiría el visitador por sus gestiones, sino
únicamente lo preciso para el sustento y hospedaje de su persona y
comitiva, que debía ser reducida, según la disposición del obispo:
esto le daría más libertad para proceder a la reforma de costumbres,
punto que les estaba particularmente encargado. Y aunque por
derecho, y conforme al decreto del concilio Tridentino, el arzobis­
pado mejicano y la provincia había seguido esta costumbre y las
iglesias y pueblos visitados suministraban gratis a los obispos y
visitadores suyos y a su respectivo acompañamiento tamemes e
indios de carga y bagajes, en adelante, conforme a la distancia de
un pueblo a otro y usanza de la región, remunerarían todos estos
servicios 71.
Curas de almas y de nativos. L a b o r desinteresada. A todos
los párrocos y ministros seculares y regulares responsables de la cura
de almas les recuerda la Junta entre sus principales deberes la Pre
dicación de la divina palabra y de los preceptos de la doctrina cris
tiana, la administración solícita de sacramentos, alimento y medicina
de las almas, la asistencia inmediata a los enfermos cuando eran ^
mados, la instrucción a nativos y esclavos de la virtud y excelenci^
de la Eucaristía, inculcándoles la pureza de intención y reverencia a co
que debían prepararse a su recepción y de sus frutos sa lu d a •
y la vigilancia y cuidado con que habían de procurar en sus fe
ses la metódica frecuencia de los sacramentos 72.
•77 c w " ' ^ tít I: v ¡sitationibus* § 1-13 f. 8 4 r-8 s v; C oncilio I ¡ ¡ Pr0Vj nF ^ sacra-
• J ^ iít.2: «De officio parochi et doctrinae cura» § 1-2: «De administia
men.orurn $ 1- 3 f.4Or-v; Concilio III provincial 194-198.
C.l 8. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 607
E n apartados lógicamente distribuidos manifiesta la Junta a
jos curas de nativos sus deberes. Seleccionamos los principales.
E n su ministerio no exigirían cantidad alguna que excediera de la
s e ñ a la d a en el arancel público; huirían la codicia y avaricia en la
c e l e b r a c i ó n de las fiestas; no venderían objeto alguno a indígenas;
no hospedarían en sus casas a vagos y tahúres y a los de dudosa fama,
p e r n ic io s o s a los indígenas, y tratarían a estos últimos suave y b e ­
n ig n a m e n t e , conforme a su tim idez y pusilanimidad; visitarían los
pueblos de su jurisdicción por lo menos dos veces al año 73.
Resueltamente se enfrenta la asamblea con muchos curas y be­
n e fic ia d o s de indios que aspiraban a estos cargos más por codicia
de ganar— los indígenas labraban sus haciendas y beneficiaban sus
m in a s — que por instruirlos, y preceptúa que ningún cura ni secular
ni regular pueda cultivar dentro de su jurisdicción ni en diez leguas
a la redonda cortijos, rancherías o haciendas, aunque fuesen patri­
moniales o propiedad de la Iglesia, siempre que hubiese quien q u i­
siese tomarlos en arriendo. N o encontrándose arrendadores, podrían
los curas labrarlos por su cuenta aun con nativos, pero sin forzarle»
y pagándoles el debido jornal o salario del trabajo y tratándolos
suave y afablemente, D e lo contrario, el obispo, a los curas seglares,
los privaría del beneficio, y a los regulares los apartaría del régimen
de la iglesia y los suspendería para siempre de voz activa y pasiva.
I d é n t ic a obligación gravaba el sínodo a los ministros regulares que
no querían percibir estipendio del rey ni de los encomenderos,
con que podrían satisfacer a los nativos que trabajasen por ellos “4.

P recep to d e refo rm a . C lim a m o ral d c los clérigos.— A to­


dos los ordenados «in sacris» se dirige el concilio con amonestación
insistente para que, no contentos con arreglar su alma internamente,
usen en lo exterior traje que manifieste honestidad, modestia y
comedimiento, y describe minuciosamente la hechura de toda la
indumentaria 75. N o asistan a corridas de toros— sigue amonestando
la Junta— , bajo las penas decretadas en las letras apostólicas; no
salgan enmascarados a la call5 ; no canten cancioncillas deshonestas
o profanas, ni bailen para celebrar una primera misa o boda u otra
fiesta, ni profieran chocarrerías o refieran cuentos de amoríos, ni
prediquen jocosamente en visitas y tertulias, ni lleven armas en la
ciudad, ni salgan de noche a la calle con traje secular, ni las recorran
a esas horas con instrumentos músicos, ni entren en casas sospecho­
sas ni al servicio de seglares, y mucho menos de mujeres 7t>.
Sacerdotes que, excediéndose en la intemperancia, se embriaga-
an con vino— dictamina la asamblea— , la primera vez, si gozaban
e algún beneficio, quedaban suspendidos de la administración de

lio m S P C ' ibíd • tít. 2 : «Dc his quae ad parochos indorum attinent» § 1-13 f.49v-sov; Conci-
74 223-229.
f 7Xr * r d ’ *Ne clerici vel monachi negotiis saecularibus sc immisceant» § 5-6
' y sV¿ p ^ nc. l ,io provincial 34OS.
n'n/ ‘ 1 *-3 t i t .s : «De vita et honéstate clericorum» § 1 - 1 0 f-52v-53v; Conctho III proxnn-
y^.v-240,
dol ibíd • t í t .s : «De evitandis spectaculis vanis» § 1-6 f.53v-54v; Concilio III provin-
<40-246
608 L i Iglesia en la América del Norte española

sacramentos por cuatro meses; el reincidente, por un año, y a .


tercera vez, privados de su beneficio e inhábiles para cuaíqu 3
otro; al que no tenía beneficio, a la primera caída se le condena!?
a cárcel dos meses; si recaía, a doble tiempo de prisión, y a laterce *
se le desterraba de la diócesis el tiempo que pareciere al obispo n
La junta, después de especificar los juegos prohibidos y permití
dos a los clérigos 78, manda a los ordenados «in sacris», bajo precepto
de obediencia, recibir la comunión en la misa solemne de Navidad
Resurrección, Pentecostés, Corpus Christi, Anunciación, festividad
de San Pedro y San Pablo, del primer domingo de adviento y
de cuaresma, y recuerda a los presbíteros la obligación de celebrar
frecuentemente el sacrificio de la misa, concretándosela— según
las normas tridentinas— a los domingos y días solemnes, como la
Conmemoración de los Fieles Difuntos y diariamente en la cua­
resma 7°,
Siniestra luz sobre el clima moral de clérigos, acaso pocos, derra­
man algunos decretos sinodales. T odos los clérigos de la provincia
enmendarían su conducta de jurar en vano y sin necesidad, no incu­
rrirían en la enorme abominación de blasfemar a cada paso, como
locos, de la Majestad divina y de los santos. Para los culpables seña­
lan los asambleístas puniciones muy severas 80. Concreta también
la Junta penas contra los clérigos concubinarios, adúlteros, amance­
bados; y para quitar al pueblo toda ocasión, aun aparente, de man­
cillar la fama de sacerdotes, manda que ningún clérigo, de cualquier
estado y condición que sea, asista personalmente al bautismo, bodas,
misa nueva o exequias de hijo, hija o nieto suyo que no sean de
legítimo matrimonio, ni pueda educarlos ni hospedarlos a ellos m
a sus yernos en su casa, ni llevarlos en su compañía; pero, sobre todo,
no había de tenerlos en la iglesia en que poseía beneficios y pre­
bendas 81.

Prob%_mas conciliares. L o s ch ich im ecas. Solución antibé­


lica.— La asamblea mejicana se ha vinculado plenamente a los idea­
les de reforma señalados por el concilio Tridentino. P r o b l e m a s vitales
de Nueva España y cuya solución requería estudio más prolijo fueron
tema de varias consultas propuestas por la Junta mejicana a los
asambleístas. Seleccionamos de ellas las que pueden influir más de
cerca en la historia eclesiástica. U na de ellas rezaba así: «Sobre 3
licitud de la guerra contra los chichimecas»82.
Este nombre, usado a veces en sentido despectivo, lo aplica a*1
a varias tribus dispersas por el norte de la ciudad de Méjico: parnés,
guarnares, guachichiles y otras. Radicados en la familia otomí, vivían

'I ibíd., § 9 f-SS; Concilio 111 provincial 248. ...


5PC, ibíd., tít.5: «De ludis clericis prohibida» § 1-5 f.55r-5ór; Concilio III P
249 252. .
7> SPC, ibid., tit.5: *De usu frequenti Eucharistiae* § 1-2 f.561*; Concilio I I I Pr0V
2^2' .
Ti « D r 'i 3 V1 7: ma'e' ' ‘cis" § i-4 f.g o v -g ir; Concilio IIJ provincial 379s‘ Q f^ r-
1 tft.jo : *De concubinatu et paenis concubinariorum lenonum* 1
94r; Concilio I I I provincial 384-390.
* 2 L u g u n o , La personalidad jurídica del indio 70-87.
C. l 8. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 609
en chozas primitivas, cuevas ocultas, quebradas y barrancas de d i­
fícil acceso y fáciles de defender en caso de imprevistos ataques 83.
Belicosos y agresivos, dificultaron la expansión española septen­
trional. L os franciscanos bautizaron algunos. Con el descubrimiento
de los yacim ientos de plata en Zacatecas (1546) y posterior explota­
ción aumenta el tráfico entre aquella ciudad y Méjico, y a goberna­
dores, com erciantes y mineros preocupaban seriamente las continuas
asechanzas y asaltos de los chichimecas, que casi siempre finalizan
con víctimas.
Hacia 1550 se agitan y rebelan los inquietos nativos. Las primeras
escaram uzas coinciden con la llegada a M éjico del virrey don L u is
de Velasco (1549-1564), que inicia la pacificación de la agitada
provincia 84. Períodos revueltos y de relativa calma se alternan has­
ta 1570, en que, empeorando la situación, pues los chichimecas, refor­
zados con la alianza de otros pueblos indígenas, multiplican ataques
y tropelías, los colonos españoles acuden al virrey pidiendo guerra
«a fuego y a sangre» contra los temibles nativos 85.
Comprueban la imposibilidad de pacificar la frontera chichimeca
por métodos militares o de fuerza, que exacerban la agresividad in­
dígena con resultados más funestos.
Las fracasadas intentonas no acallaron las aspiraciones combati­
vas. En 1585, la ciudad mejicana pregunta oficialmente al concilio
que allí se celebra sobre la licitud de la guerra a los chichimecas,
que, envalentonadps con sus fuerzas y métodos, cometían tropelías
a corta distancia de la capital. E l cabildo, preocupado seriamente
por el ambiente bélico, pide a los asambleístas declaren lícita esa
guerra 86.
La relación, base de ulteriores deliberaciones, la redactó don
Hernando de Robles, oidor de M éjico (1574-1580), nombrado en
1580 presidente de la Audiencia de Guadalajara 87, y experimentado
en la lucha con los chichimecas. Después de referir la historia del
conflicto, las diversas soluciones adoptadas y sus resultados más bien
negativos, no halla otra solución sino la guerra a sangre y fuego. L os
asambleístas se encargarían d a juzgar sobre la licitud de esta m e­
dida 88.
El concilio mejicano, después de examinar y confrontar detenida­
mente los pareceres de las órdenes religiosas y de algunos miembros
participantes, enuncia definitivamente el suyo en carta al rey (16 de
octubre de 1585).
El medio más eficaz para cortar los robos y muertes de los chi-
°h imecas exasperados es erigir poblaciones en número que vayan
ocupando la latitud de la región, habitadas por españoles e indígenas
mejicanos enseñados en la fe católica, «y que viven y se sustentan a

¡ 81 s °L>rc los chichim ecas cf. P o w e i x , Soldiers, Indians and Silver; C a r r a s c o y P i z a n a ,


" -'¿’J0?*,rs 1 2 - 1 4 ; L i .a g u n o , o.c., 223-230.
«■» AGUN° . o.c., 71-73.
Rfi Spanish Warfare Againsi the Chichimecas 580-604.
87 |rl AC:uNO, o.c., 74 - 77 -
R(| y e n a f e r , El Consejo II 445.453.459-492.
Alaguno, o.c., 223*230.
^ 9 ¿ r ¡a Ig le sia en A m érica 20
610 La Iglesia en U América del Norte española

nuestro modo políticamente, honrándolos y exentándolos de trib


y obligaciones». Y así lo que se había de gastar en guerras se emple°'
en estas poblaciones aprobadas concordemente por los conciliar3
v el resultado será paz y quietud de estos reinos. Por faltar mud^’
cosas esenciales a la licitud de esta guerra— añade la carta-
adoptando el medio indicado, remedio insustituible al mal, «no ha°
llamos justificación para hacerla abierta, a fuego y a sangre, como
se ha pretendido y se pretende» 89.
Los chichimecas, no hostigados ya, sino tratados cauta y dipl0.
máticamente, con el intercambio comercial iniciado y establecido
con ellos, se fueron pacificando y convirtiendo, y hacia 1 6 0 0 , gracias
a la incesante labor de las órdenes religiosas, se incorporaron a la
vida cristiana y civil Q0.
R epartim ientos. Injusticias perpetradas. Solución sinodal.
Plan de reform a.— Tema más trascendental que el anterior, abor­
dado por el concilio, fue el trabajo obligatorio de los indios en su
forma más ordinaria: los repartimientos. En capítulos anteriores
hemos indicado la trayectoria de las encomiendas, vital por sus con­
secuencias para la historia eclesiástica, en cuya erección y regulariza-
ción intervinieron mediata o inmediatamente personas eclesiásticas
y religiosas.
Los repartimientos, consecuencia de las encomiendas, adjudica­
ban cierto número de indígenas, por tiempo limitado, a determina­
das personas, generalmente españoles, que realizaban obras necesa­
rias o útiles al bien común. Se suponía que en los repartimientos
pagaban al nativo el salario justo y proporcionado al trabajo que
desempeñaba. En más de una ocasión atropellaban los derechos
indígenas. La asamblea conciliar tenía que tomar cartas en el asunto
para evitar o disminuir esos perjuicios que suscitaban en los nativos
mentalidad anticristiana, considerando a los operarios apostólicos
solidarios de aquellas injusticias 91.
"recuentes habían sido las protestas en el campo e c le s iá s t ic o
contra el sistema y sus abusos. El concilio plantea a b i e r t a m e n t e el
problema, y las órdenes religiosas y clérigos, teólogos y c a n o n is ta s
lo estudian a f-.ndo 92, £[ sínodo recopila breve y c o n c i s a m e n t e las
observaciones y orientaciones expresadas por sus componentes.
Reprueba la realización efectiva de los repartimientos: eran
justos, porque obligaban a trabajar en ellos a hombres libres, retri
buyendoles con menos de la mitad de lo que su trabajo merecí
y a oficiales que podían ganar mucho más empleándose por su cuen
ta, con un salario mínimo. Eran dañosos a la salud y vida de los indios»
empeñados en faenas no propias de su edad, debilidad y enferme a
des. Resultaban, además, fatales a los nativos, que para ir a cs^
repartimientos habían de abandonar sus casas y familias
darlas a enfermos o a sus mujeres e hijas, con gran peligro de s
V ) O . C . , 3 I 2 ■>.
90 O . C . , 7 4 S.
V. °/c- ' 87s.
242-244; L l a g i j n o , o . c ., 8 7-114 .
C.1H. El tercer concilio mejicano y la reforma tridentina 611
i e s t i d a d y de sus bienes, y muchas veces sus tierras cuando m ás

¿sitaban su atención y trabajo, con la consiguiente pérdida d e


c o s e c h a s . Era tam bién improcedente la repartición de la faena, pues

mientras los amigos de los españoles o del repartidor quedaban ali-


iados, el peso principal caía sobre algunos desgraciado». Igualm en­
te a g r a v i a b a n a los indios palpablemente no pagándoles los días que
tardaban en llegar al lugar del trabajo, descuidando su bien espiri­
tual, pues les forzaban a trabajar domingos y días de fiesta, im posib i­
litándoles así la asistencia a la misa y a la doctrina. A veces los n ati­
vos, maltratados y vejados, tenían que huir sin percibir salario y aun
abandonando sus mantas y comida.
Otras injusticias perpetradas contra los indígenas: los repartido­
res, por ejemplo, daban muchos nativos a sus amigos, quitándoselos
a labradores o favoreciendo a los labradores que les prometían d i-
midiar los frutos de sus milpas. Vendían indios a quien querían por
un tostón a la semana, lo que suponía para ellos la ganancia del tra ­
bajo del indio toda una semana, y entregaban a sus amigos indígenas
que les trabajasen en su especialidad con una retribución mísera 93.
Estos vejámenes y agravios y otros muchos cometidos con los
nativos, la asamblea se siente con responsabilidad grave de procurar
remediarlos; y pues estos repartimientos— advierte la Junta— no es­
taban hechos con orden ni cédula del rey, sino por los virreyes y
gobernadores, según sus atribuciones, el gobernador podía y debía
quitarlos «o moderarlos y ordenarlos— sugieren los asambleístas—
de modo que cesen los inconvenientes dichos, que tanto im piden la
buena edificación y cristiandad de los indios» 94.
Así la Iglesia de N ueva España escribía esta página gloriosa en
su historia social.

Religiosos au tón om os. D o ctrin a s cedidas a clérigo s.— R e ­


sueltamente abordó también el concilio la casi incontrolada activi­
dad de los religiosos en Ultramar. Toda o la mayor parte de la región
novohispana— dice la carta de la asamblea al rey, 16 de octubre
de 1585— «ha sido administrada por religiosos que, con el reparo
de sus privilegios e indultos, con absoluto imperio, sin reconoci­
miento ni dependencia de los obispos, cuyas ovejas ministran, han
procedido por el orden y medio que les ha parecido, sin poder los
Prelados conocer quiénes son sus ministros, su bondad y partes,
ni el fruto que sus ovejas consiguen, aumento o falta».
L o s religiosos en defensa de esta actitud— nota la citada carta—
a egaban sus privilegios y exenciones, limitadas, según parecía, por
e concilio Tridentino, que sometía a los religiosos con curas de al-
n?ns a los obispos. Esperaban los asambleístas del monarca el arre­
cí o del intrincado asunto.
. ‘de la Junta al rey en la carta que reseñamos— resolución de
^nmensa trascendencia para la Iglesia de Ultram ar— : C om o la
nur^ U^*ma d-e confiar las doctrinas de Indias a religiosos, la pe-
1,1<l de sacerdotes seculares, ya no existía, pues en el arzobispado
9 1-l-A(UlNO, O.C., 97- QQ, $4 O . c . , 260,
612 La Iglesia en la América del Norte española
y obispados había muchos clérigos vacantes y otros se formaban
la Universidad mejicana y en los colegios jesuíticos, unánimemente
opinaban los conciliares que los dominicos, franciscanos, agustino
y mercedarios cediesen la mitad de sus casas y doctrinas que a|
presente tenían en cada obispado, no pudiesen tomar otras de nue­
vo ni edificar más, y en las restantes casas se redujesen y viviesen
conservando el rigor de su regla e instituto y sujetos en lo que era
doctrina y ministerio cural, como lo ordenaba el Tridentino a los
ordinarios. Los asambleístas esperan la decisión real en asunto de
tanta monta 98.

Dictam en real. Religiosos parcialmente sometidos al obis­


po.— La opinión del monarca en este punto era muy clara. Escribía
a los conciliares reunidos y les encargaba, aludiendo a su cédula
de 6 de diciembre de 1583, que, habiendo clérigos idóneos y su­
ficientes, los proveyesen en los beneficios curados y doctrinas, pre­
firiéndolos a los frailes de las órdenes mendicantes que al presente
los administraban 99.
Representantes de órdenes religiosas venidos de Ultramar ex­
ponen en corte los inconvenientes de la cédula mencionada, y el rey
manda juntar algunos de sus Consejos «y otras personas de muchas
letras, prudencia e inteligencia» que estudien el asunto en sus múl­
tiples proyecciones. El monarca, para ulterior información, quiere
tener el parecer de los conciliares y les ruega que juntos en sínodo
debatan el delicado tema y envíen las conclusiones, «para que, vis­
tas las dichas relaciones y las demás que se esperan y los papeles
que acá están», y oídas las opiniones de los consejeros de Indias
«y las demás personas que me pareciere nombrar para ello, provea
lo que más convenga»; mientras tanto— añade Felipe II— suspen­
derían la ejecución de la cédula y los religiosos, libre y pacífica­
mente, seguirían al frente de las doctrinas. Los obispos, cada uno
en su distr ro, personalmente, sin designar sustituto, visitarían las
iglesias de las doctrinas de regulares y a los mismos religiosos, y
los corregirían como a curas, fraternalmente, mirando por el honor
y fama de los mismos en infracciones ocultas; cuando hubiesen
de recurrir a medidas más rigurosas, lo notificarían a sus prelados
para el conveniente castigo, y si ellos no lo hacían, tomarían la m1*
ciativa los obispos, porque— continúa el rey— lo que tanto iiflp°r
taba como era la cura de almas, y más la de los nativos nuevos en
la fe, no había de quedar sólo a voluntad de los religiosos, sino que
se habían de preocupar de ella todos los curas y beneficiados de as
doctrinas, «y los prelados y sus súbditos— prosigue la cédula rea
han de hacer el oficio de curas no «ex voto charitatis», como e os
dicen, .sino de justicia y obligación, administrando los santos sa

O .c , w .
90 O.c., í o l ativo*
n O . c . , í o í 103 E x p o n e t a m b ié n el s í n o d o o tra s i n ju s t ic i a s c o m e t id a s contra na
(o.c 10 7-í í 4).
O.c ,
AJiZ J 30{.
C .l9- Ampliación del campo de apostolado 613
* mentos no solamente a los indios, sino también a íos españoles
Cue se hallaren vivir entre ellos; a los indios, por los indultos apos­
tólicos sobredichos, y a los españoles, por comisión de los pre-

^ El docum ento regio, de mentalidad vicarialista, reconociendo


la posición autónom a de los religiosos en su ministerio con los in­
dios, los declara dependientes de los obispos para su jurisdicción
con españoles y en toda su actividad curaí, y acatando las orienta­
ciones tridentinas, los somete al control de los obispos.
El tercer sínodo mejicano daba por terminada su labor, alta­
mente constructiva y reformista. Convocados todos con público
pregón en la catedral para la solemne publicación de las decisiones
conciliares los días 18, 19 y 20 de octubre, el secretario de la magna
asamblea, Juan Salcedo, presentes la Real Audiencia, cabildos, pre­
lados, religiosos y clérigos y nutrida muchedumbre, lee en alta voz
los importantes documentos. A l acatamiento inicial siguen después
—lo hemos indicado en el capítulo X IV — quejas y reclamaciones
contra algunas determinaciones del sínodo, preferentemente las re­
ferentes a religiosos 101. Estos contrastes— lo hemos dicho ya— irán
desapareciendo con las normas señaladas por el concilio Tridentino
y oportunamente interpretadas por las autoridades civiles y ecle­
siásticas.
Así quedaba, con las consiguientes dificultades de orden prác­
tico, convenientemente estructurada la organización de la Iglesia
ultramarina.

C A P I T U L O XIX

A m p lia ció n del cam po de apostolado *

La Iglesia en las regiones septentrionales: Querétaro, G u a ­


najuato, San L u is Potosí, Zacatecas.— Durante todo el siglo xvi
y primera mitad del siguiente, España va extendiendo la ocupación
de sus dominios de Ultramar, y «atas nuevas regiones son campo de
’ntensa actividad eclesiástica. Vamos a presentar la proyección pa­
norámica de todas estas tierras.
Para proteger las poblaciones septentrionales novohispanas con-
t-ra ataques e invasiones chichimecas, erigen en la zona amenazada,
c°n pueblos otomíes y tarascos, una línea de presidios que se va
^tirando hacia el norte. Surgen así en 1554 los presidios de San
^ 'Ruel el Grande y San Felipe (hoy Allende y Ciudad González,
^spcctivamente), ^ cn 1 57 ° l ° s de Concepción de Celaya y del
aUe de San Francisco (éste junto al futuro San Luis Potosí).
entj° de ese mismo territorio aparece Matehuala (155°)» San
- e,()nimo de Agua Hedionda (1552) y Charcas (después de 1570).
101 !h,d: S04-S06.
# vj. La personalidad jurídica del indio 43S.
AIV/ ÚS Va^rvv*aturas:
A u ^ r e , Historia de la provincia... N . España, ed. B u rru s-Z u b il l a g a .
1 °RTi II. OY D \ F/¿ S o lla n o , Descubrimientos y exploraciones en las costas de C a lifo rn ia .
614 La Iglesia en la América del Norte española
Las minas atraen también nuevas poblaciones: Santa F
Guanajuato (1554). San Luis Potosí (1592), Nuestra Señora d
Zacatecas (1548), y seis años después, localizadas las minas de ni 1
de San Martín, Sombrerete, Chalchihuites, Nieves, Aviño y $
Lucas, las tres villas de Sain Alto, El Bautismo y San Miguel?
Francisco de Ibarra, nombrado gobernador de Nueva Vizca
en 1562, comisionado para colonizar algunas zonas mineras y agr¡
colas de la comarca de Zacatecas y finalizar la conquista de la región
situada al norte de aquella provincia, con unos cien españoles y
algunos indios y los franciscanos fray Pedro de Acevedo y el leg0
Juan de Herrera, emprende su primera expedición en 1555. Cruza
los valles de Súchil y Poanas, y después de algunas escaramuzas con
los naturales, ocupa San Juan del Río, que considera centro de sus
posteriores descubrimientos y conquistas. Sojuzga a los nativos con
procedimientos humanos y encuentra entre ellos favorable acogida.
Descubre la rica mina del Tajo en el mineral de Aviño, recorre el
valle de Guadiana, la comarca de Cuencamé y llega por el oriente
hasta Saltillo y por el norte a Chihuahua, dejando en algunos pues­
tos por donde pasa residencias misionales. Encarga a Alonso Pa­
checo echar los cimientos de la villa de Guadiana, fundada formal­
mente en julio de 1563.

Durango, Sinaloa, Cohahuila, Chihuahua, Sonora.— Desig­


nado el año anterior gobernador de Nueva Vizcaya 2, región por él
descubierta y denominada entonces con este nombre, se dedica con
talento y energía a su conquista y organización. Funda Durango
y Nombre de Dios (noviembre de 1563), explora Guatimapé, Indéy
Santa Bárbara y ataca y conquista definitivamente Tapia, pobre de
recursos y habitada de antropófagos.
E n la abandonada Sinaloa erige en 1566 las villas de San Felipe
y Santiago (hoy Sinaloa), San Juan Bautista de Carapoa (hoy El
F u e rte ), y el siguiente año la de San Sebastián (hoy Concordia). In­
cluye Sinaloa, perteneciente entonces a Nueva Galicia, al territorio
de N ueva Vizcaya. Muere Ibarra en el mineral de Pánuco (Sinaloa)
en agosto de 1 5 7 5 3.
Nueva Vizcaya se extiende lentamente hacia el sur de Coahuila,
hacia Chihuahua y Sonora. Parte del sur de Coahuila (actual Parras
y Patos, hoy General Cepeda) la había descubierto el f r a n c i s c a n o
fray Pedro Eapinareda, en su excursión apostólica de 15 ^5 * V e
alcalde mayor de Mazapil (Nueva Galicia), Francisco C a n o ; Per0
el gobernador de Nueva Vizcaya, Martín López de Ibarra 4, se apre'

B r a v o C o a r t e , H istoria de M é jic o II 5 5s

Gom;
n a io a :
de j
] Í’í ^ z á í . e z D á v i l a , l.c .; R o u a i x , l .c .; B r a v o U g a r t e , i b í d ., 563. VT v/iz^V3
1 e m e n t e g o b e r n a d o r in te r in o p r i m e r o y en propiedad después /.. de
-1- la
« «1* la
cié 1565 a í 575, en q u e o c u r r e el f a l l e c im ie n t o de don Francisco, con quien c^ \ ! j a| ¿e (a
C¿rg^ ni j aci jn P rov,rrrti> m e r e c ie n d o su a b s o lu ta confianza. Fue P r *nrier0o0 t.<>re siguió
. H a cien d a y teso re ro de a d m in is tra c ió n m u n ic ip a l de la v illa de Durango. l a jfarra>
esern p en an do el carf.jo d e te n ie n te g o b e r n a d o r d u r a n t e el p e r ío d o d e don Diego
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 015
ró a ocupar lo descubierto y repartirlo con mercedes de aguas y
,'erras ( I 5 6 9 - I 5 7 8 ) -
Santa M aría de las Parras, erigida definitivamente en 1598 por
c| je s u ít a Juan Agustín de Espinosa 5 y el justicia mayor de dicho
paraje, M artín Zapata; consolidó el dominio hispano en la región de
P arras el capitán guipuzcoano Francisco de Urdiñola6 y extendió
sus conquistas hasta la provincia de Charcas. Nombrado en 1591
ten ie n te d e gobernador y capitán general, fundó el pueblo de San
E ste b a n , d e Nueva Tlaxcala (junto al Saltillo); San Isidro de las
palomas (hoy Arteaga), Concepción del Oro, Patos y otros y orga­
nizó la explotación agrícola y ganadera en las estancias de San Fran­
cisco d e los Patos, Parras y Santa Elena 1.
Mientras los jesuitas se adentran en la Tarahumara Baja (1607
y 1673) y reúnen a los nativos en poblaciones, se van poblando las
villas de San José del Parral (1600), capital de Nueva Vizcaya
de 1633 a 1739; San Felipe el Real de Chihuahua (octubre de 1709),
Nuestra Señora del Pilar del Paso del Río del Norte, hoy Ciudad
Juárez (1659); Ysleta (Tejas) (1683) y San Felipe y Santiago de
Janos (1718).
En Sonora actualizan los jesuitas sus m étodos apostólicos des­
de 1614.

N u e v o L e ó n , C o a h u ila , T e ja s .— En 1580 volvía a N ueva E s­


paña el ju d ío portugués don L u is de Carvajal, provisto con cédula
real de 14 de ju n io de 1570 para poblar el N u evo Reino de León,
que debería form arse contando 200 leguas al norte y otras tantas
al poniente, desde la desem bocadura del río Pánuco, inmenso te ­
rritorio que incluía porciones de N u eva G alicia y N u eva Vizcaya.
Tres fundaciones efím eras fueron el resultado de la empresa de 1582
a 159 °: la ciudad de L eón (Cerralvo) y las villas de San L uis (M on ­
terrey) y N u evo A lm adén (M onclova). D espués de la luctuosa
muerte de C arvajal (1590), por conflictos de jurisdicción con el
virrey Suárez de M endoza, conde de L a C oruña (1580-1583), y el
proceso de la Inquisición referido anteriorm ente8, su sucesor en
el gobierno de N u evo León, G aspar Castaño, abandonó en j u ­
lio de 1590 N u evo A lm adén y las demás poblaciones, pues la tierra
era pobre y los m edios de subsistencia habían de procurárselos v e n ­
diendo nativos 9 .
Diego de M ontem ayor, capitán, vecino de San Luis, quiere res­
taurar en 1596 el N u evo Reino de L eón repoblando la m encionada
villa. Lleva doce vecinos del Saltillo y funda con ellos el m ism o año
Muestra Señora de M onterrey. M artín de Zabala, sucesor suyo,
Puebla nuevam ente en 1626, con el nombre de Cerralvo, la ciudad
^oclinientos firmados por él, con este carácter, en 1578 y 1580 (R o u a ix , o .c ., 207;
'• fHAFER, E l Consejo II 544).
6 KOUAIX, O.C., I47.
('S7ül valle de Oyarr.un, 1552-1618. valiente, activo y enérgico; en la expedición a Indc
|as panficcS a los indígenas alzados y sofocó la insurrección del Saltillo; sc distinguió en
7 dc M azapil y contra los indios huachichiles y chontalcs (o.c., 474 ^*
8 ,c^ 4 7 4 s; Bravo U garte, Historia de M éjico II 57-

B ra v o U garte, ib í d ., 58.
616 La Iglesia cn la América del Norte española
de León v funda en agosto de 1637 la villa de San Juan Bautkf
Cadercvta H). Sta
La fundación de la provincia de C oah u ila y su primera v il-
N ueva Alm adén, frustrada en tiem po de C arvajal, empieza are ]1’
zarse con las m isiones de M apim í, San L orenzo, San Pedro y Cu*
tro Ciénagas, establecidas por el franciscano Juan de Larios y el *
pitán A ntonio Balcárcel. C abecera de la provincia designaron en di
ciem bre de 1Ó74 N u evo A lm adén, aunque con el nombre de Núes
tra Señora de G uadalupe de N u eva Extrem adura. Adjuntos a lá
villa quedaron el presidio de San Francisco de Coahuila y los pue-
blos de San M igu el de L un a y San Francisco de Tlaxcala.
E n ju lio de 1687 nom bran prim er gobernador de la Nueva Ex­
tremadura de Coahuila a don A lon so de L eón, que erigió definiti­
vam ente (agosto de 1689) la capital, Santiago de la Monclova, e
inició la población de T ejas, fundando (m ayo de 1690) en las már­
genes del río N eches la m isión de San F rancisco de los Tejas n
L a primera fundación tejana era una réplica al establecimiento
francés en la bahía de M atagorda (o de San Bernardo o del Espíritu
Santo), que desde 1686 preocupaba a los virreyes. Desde la parte
occidental de N ueva Francia querían los ocupantes penetrar en Mé­
jico. La indisciplina, enferm edad y ham bre de los soldados y los
indios acabaron con la gente, y el jefe francés, Roberto Cavalier,
señor de La Salle, m urió asesinado por sus compañeros en marzo
de 1687.
Los españoles, capitaneados por A lon so de León, después de
varias empresas infructuosas (1686-1690), capturan algunos sobre­
vivientes franceses y llegan al desam parado puerto de San Luis
para fundar en aquella región la m isión de San Francisco de los
Tejas o Asinais y otras, que abandonan tres años después (1693,1
por la falta de provisiones, los excesos de los soldados y el descon­
tento de los indios 12.
El peligro de la expansión francesa, que había provocado los pii-
meros intentos de poblaciones españolas en T ejas, ocasionó también
establecimientos definitivos. Intercam bios com erciales iniciados des­
pués de los viajes franceses (1714 ) entre las provincias septentriO"
nales novohispanas y la Luisiana alarmaron al gobierno virreina,
que dispuso la restauración de las misiones de T ejas, e n c o m e n d a d a
a las expediciones de D om ingo Ram ón (1716 ) y M artín de Alar
cón (1718). Poco después (1719), declarada la guerra franco-espa
ñola, los franceses atacan la m isión de San M igu el de Adais y 0 '
gan a los españoles a retirarse hasta el presidio de San Antonio
Béjar, fundado en mayo de 1718 por M artín de Alarcón. J°se .
A zlor y Virto de Vera, m arqués de A gu ado, puesto al servicio ^
la corona y designado gobernador de C oahuila y Tejas, rea 1Z^
sus expensas, en circunstancias tan problem áticas, una afortufl'^
empresa (1721-1722), y deja la últim a provincia bajo el don111

10 L.c.
1 1 ibíd., 58S.
12 Ibíd., c;q.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 617
1 ispano, aunque de los cuatro presidios y diez misiones fundados
y r e s ta b le c id o s por el marqués no todos subsistieron 13.

Tam aulipas.— Desde que el conquistador de Nuevo León,


Luis de Carvajal, poco después de 1576 hizo su entrada en Nuevo
S an ta n d er o Tamaulipas, recorriéndolo desde Tampico (Veracruz)
hasta el sitio en que fundó la villa de León, de donde llegaba a la
costa del golfo mejicano para apresar indios que vendía a bajo pre­
cio, sus sucesores continuaron el tráfico de esclavos a pretexto de
defender las haciendas, principalmente de ovejas, que se multiplica­
ban rápidamente, y los pastos de Tamaulipas hacia 1620 eran lugar
co d icia d o para los ingentes rebaños.
Intentos de conquista efectuados aquellos años, por la exaspera­
ción indígena quedaban frustrados. Con objeto de humanizar proce­
dimientos y atraer a los nativos a vida civil, comienzan desde 1625
a ensayar en el Nuevo Reino de León congregas patrocinadas por
su gobernador, Martín Zabala, para aplicarlas después en Tamauli­
pas. Eran las congregas pueblos de indios mandados por un español,
con título de protector, que se encargaba de enseñarles el cultivo
de plantas alimenticias y el cuidado y cría de ganados. Erigían estos
pueblos y dotaban a sus habitantes de tierras de siembra, de aperos
y animales de labranza y de reses y caballada, medios que podían
asegurar su porvenir. Est^s congregas sirvieron a no pocos españo­
les para tratar arbitrariamente a los nativos, que, soliviantados, de­
clararon guerra, a principios del siglo xvm , a las provincias comar­
canas, en la que hubo muchas víctimas humanas, pérdida de unas
cuarenta mil ovejas de las que entraban a pastar al Nuevo Reino
de León y a Tamaulipas, y la destrucción consiguiente de muchas
misiones: Jaumave, Palmillas, Monte Alberne, Santa Clara y el pue­
blo de San Antonio de los Llanos; el de Linares estuvo también a
punto de ser liquidado.
En la segunda década del seiscientos nuevamente proyectan es­
tablecer pueblos indígenas provistos «te tierras, aperos y animales,
sometidos a la doctrina de religiosos; pero su funcionamiento duró
pocos años, pues la intervención española, que aspiraba a la forma­
ron de congregas y al mercado de esclavos, ahuyentó a los nativos.
Los anteriores fracasos, la escasez de minas, la inactividad de
os tamaulipanos y su dispersión dificultaban enormemente la ex-
P °tación de la tierra, y suscitaron el plan de una penetración reli­
giosa. Colaboraron los misioneros generosa y desinteresadamente,
Pet° l°s resultados obtenidos fueron muy escasos. Acompañaban a
?s °Pcrarios apostólicos soldados presidíales que mantenían el or-
en. hacían respetar las disposiciones del ministro y en ocasiones
(Cenaban a los nativos el manejo de los instrumentos de labranza
P,ulti.vo de la tierra.
^ hl reino de León, impotente para sosegar y organizar la región
or 1 maul'Pas> acudió a Méjico y a Madrid, que en julio de 1539
u 'nó la pacificación y designó al coronel del regimiento de Que-
SQS.
618 La Iglesia en la América del Norte española
rétate, Juan de Escandón, para ejecutar una exploración concienz
da y localizar los parajes mejores para fundar pueblos. El delegji
húrgales planea detenidamente la empresa y, llegado el momento
moviliza los jefes de las escuadras de Tampico (Veracruz), Villa dé
los Valles (San Luis Potosí), Linares y Cerralvo (Nuevo LeónV
de acuerdo con los jefes militares de Coahuila y Tejas destacamen-
tan tropas de Coahuila y de la bahía del Espíritu Santo; cada grupo
seguiría determinada ruta y las instrucciones de un plan previamen­
te elaborado.
Mientras tanto Escandón organiza sus tropas en Querétaro e
inicia en 1747 su expedición hacia San Luis Potosí; sigue de allí
a Tula, Palmillas y Jaumave; atraviesa la Sierra Madre, sale por la
boca de San Marcos con una parte de su gente; la otra, enviada a
explorar las riberas del río Guayalejo, había de reunírsele hacia el
norte. La misma orden se impartió a las demás columnas expedi­
cionarias.
Méjico aprueba el proyecto y Escandón parte a su cuartel gene­
ral. De junio a diciembre de 1748 se dedica a notificar el proyecto
de establecer pueblos en la costa y las ventajas que se otorgarían
a los colonizadores: de cien a doscientos pesos por una vez a cada
familia, solares para construir sus casas y tierras de siembra y pasto.
La propaganda hecha en Querétaro, San Luis Potosí, Char­
cas, Huaxteca, Nuevo León y Coahuila suscita, a los pocos meses,
candidatos para poblar cada uno de los lugares señalados en el
mapa o levantar las indicadas villas. Nuevo León y Huaxteca pro­
porcionan los mayores contingentes para erigir las villas al norte y
sur respectivamente.
Bajo la dirección personal del coronel salió de Querétaro un
convoy de más de tres mil personas con destino a la nueva colonia.
Diseminadas en cuatro cordilleras surgen veintidós poblaciones
(1748-1753), ocho más de las presupuestadas: Tula, Palmillas, Jau­
mave y Santa Bárbara, en la Sierra Gorda, para asegurar los cami­
n o s d e entrada a la colonia; Altamira, Horcasitas, Escandón, Llera,
Aguayo, Hoyos y Real de los Infantes, en las faldas de la Sierra
Madre, para que sirvieran de baluarte e impidieran las salidas de
lo s in d io s que se refugiaban en ella, o bien para reducirlos y congre­
garlos en s u s cercanías; Güemes, Padilla, Santander, S a n t i l l a n a , Soto
de Marina, Burgos y San Fernando, dispuestas entre las Sierras d o s

Tamaulipas, para evitar la mutua comunicación nativos c


d e l o s

una y otra y procurar su conversión; Reynosa, Camargo, Mier» e.


v illa y Laredo, en las márgenes del río Bravo, para educar e instruí
a lo s n u m e r o s o s indígenas d e aquella comarca e impedir al
t ie m p o su contacto c o n los apóstatas de Nuevo León y los rebe
d e T am au lip as. ,
Esta labor urbanizadora la completó Escandón abriendo caní\^
para regar las tierras vírgenes, introduciendo ganado en 8ran.j()í;
proporciones par í fomentar su cría y abriendo caminos neces<u
al desenvolvimiento comercial ''.
Saldívap, f Ivtoriü com pendiada d i Ta ma ul i p a s 75-/01.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 619
Nayarit*— A la conquista de Nuevo Santander precedió la de
Nuevo Toledo o Nayarit (1722). A fines de 1721 una cédula real
e n c a r g a b a a l virrey novohispano, Baltasar de Zúñiga y Guzmán,
marqués de Valero Ayamonte (1716-1722), tomase todas las provi­
dencias posibles para reducir a Jesucristo y a la obediencia de los
reyes católicos las serranías de Nayarit. Gran Nayar, situada entre
lo s 21o 20' y 23o de latitud y 50 y 6o de longitud occidental de M éji­
co, ocupaba la sierra que se extiende al noroeste-sudeste, de anchura
desigual, unas treinta leguas en su mayor latitud, no calculadas en
su proyección horizontal, sino siguiendo las sinuosidades de los ca­
minos. H asta 1722 sus habitantes vivieron independientes en los
barrancos y quebradas de sus montañas. Hablaban la lengua chora
o cora, llamada también nayarita, y estaban divididos en tribus di­
ferentes: los choras o coras, los nayaritas y los tecualmes o gecual-
mes, que fueron los últimos a rendirse.
La escabrosa zona ofreció durante mucho tiempo seguro asilo
a forajidos y apóstatas de toda Nueva España, y singularmente de
los obispados de Guadalajara y Durango. Por más de un siglo, ex­
pediciones militares y apostólicas, y éstas aun por ministros tan re­
nombrados como el franciscano fray Margil de Jesús, misionero de
Zacatecas, intentaron vanamente establecerse en aquella provincia.
La respuesta de los nativos, poco temerosos de ios soldados españo­
les, era siempre la misma; retendrían a toda costa sus prácticas pa­
ganas y jamás aceptarían el Evangelio 15.
Ellos mismos, sin embargo, hubieron de recurrir a los españoles
cuando después de atacar a todos los pueblos comarcanos no pudie­
ron obtener de ellos ni el maíz ni la sal que necesitaban. Acudieron
a su amigo Juan de la Torre (1720), rico hacendado de Jerez (Za­
catecas), y, por indicación de éste, al virrey, marqués de Valero.
Formaban la comisión veinticinco nativos con su cacique Hueytlá-
catl o Tonati. El virrey les prometió toda ayuda, pero con la condi­
ción de que aceptasen misioneros. A pesar de las respuestas ambi­
guas de los nayaritas, designaron misioneros a ios jesuitas, por quie­
nes los nativos habían manifestado simpatía.
Mas en el camino huyeron los indígenas y luego (octubre
e i 72i) recibieron hostilmente al capitán don Juan de la Torre,
ciuien del disgusto enfermó, «quedando tocado de demencia». Juan
‘°re, sustituto de De la Torre, y su capitán Nicolás de Escobedo
l'eron finalmente (enero de 1722) un vigoroso y afortunado asalto
a baluarte de la Mesa de Tonati. Así pudieron comenzar los jesui-
as su labor apostólica nayaritana 16.

Nuevo M éjico .— Las Siete Ciudades y el estrecho del Norte


¿ ICr° n cn la América septentrional la aventura por excelencia de
cho^T 1*U8tres exploradores españoles del siglo xvi, en la cual mu-
° s de ellos perecieron y todos fracasaron, pues no se trataba sino
IJi ( y
I»S ,v„ y 1; ' • ' h t f . o a - F l u v i á , A p o stólicos afanes 9 - 9 0 ; A B Z I V 2 7 8 - 2 8 2 ; D e c o r m e , L a obra de
M. r ‘!s 11 5 4 5 ; O r o z c o y B e r r a , G eog rafía de las lenguas 279S.
° k t r c . a - F l u v i á , l . c . ; Cunetas de M é x ico 1 u s . 1 6 - 1 8 ; S a n t o s c o y , N a y o n t 7 - 2 7 -
620 La Iglesia en la América del Norte española
de ilusiones creadas por la fantasía de la época. En Nuevo M'“
cristaliza la última expresión del mito de las Siete Ciudades. ej'C°
La corte ordena la entrada en aquella provincia, abril de di
L a capitulación para ejecutar la empresa se la disputan céleb -
conquistadores, hasta que, finalmente, en enero de 159 8 , Juan?
Oñate puede ponerse en camino. A unque el decidido jefe escribí
eufóricamente al virrey, 2 de marzo de 1 5 9 9 , que trece provinci
habían sido reducidas, los resultados no fueron duraderos, pues 1^
nuevos colonos, despreocupados de sembrar, acabaron pronto las
provisiones llevadas, y exigiéndoselas a los nativos, no abundante­
mente provistos, suscitan en breve ruidosas sublevaciones. La pri­
mera capital de San Juan de los Caballeros la tienen que trasladar
a San Gabriel, al otro lado del Río Grande, y muchos de los colonos
abandonan la región.
Se agudiza la crisis colonial, pues Oñate, en sus dos expedicio­
nes, una hacia el este, por los llanos de Cíbola, en busca de la Gran
Quivira, 1601; la otra hacia el oeste, para hallar el estrecho de
Anián 17, 1604, nada descubre. Decepcionado presenta su renuncia
en el verano de 1607. A su tercer sucesor en el gobierno se debela
fundación de la capital definitiva, Villa Real de Santa Fe de San
Francisco, 1610.
La dominación española no se consolidó en aquel territorio has­
ta después de 1692, pues una formidable insurrección de indios en
la que fueron asesinados más de 400 españoles— 32 de ellos fran­
ciscanos— les hizo retirarse hasta El Paso (hoy Ciudad Juárez), con
su gobernador Antonio de Otermín. D e allí partió la reconquista
en 1692, dirigida hábilmente por don Diego de Vargas Zapata y
Pedro Ponce de León 18.

Las Californias. Expediciones de Hernán Cortés.— La bús­


queda infructuosa del estrecho del Norte, que siguió llam ándose de
Anián, está íntima:viente relacionada con el d e s c u b r im ie n t o y
ploraciones reiteradas de las Californias, cuya posesión fue el resu-
tado real del mito. Fracasaron por lo menos doce expediciones, a
pesar de los enormes gastos y del talento y la energía de muc os
de los participantes. Cuatro fueron costeadas por Hernán Coi ^
la primera en 1532 y la segunda en 1533 dieron como desenlace ,
primera noticia, aunque vaga, de la actual California, el rec° nOÍ,e
miento hasta los doce grados y el descubrimiento d e las ls'as
Santo Tomás y Revillagigedo 19. . oS
Cortés, superior a todas las desgracias, zarpa con tres nav
exploradores, que penetran en la bahía de La Paz y la llaman» su^
niéndola isla, Puerto y bahía de Santa C ruz. Determ inan erig1ir
lonia, y Cortés envía dos de las naves por gente y víveres. ^ naprll7,
fraga en las costas de Jalisco y la otra puede volver a Santa
de
1 7 J \or r>rirnera vez se menciona acaso el fabuloso estrecho de Anián en el W&P
C° mi°« W a g m e r , Sp an ish Voyages to the N o rth w est C o a s t 358-359* ** 62'^
j r o z c o y B e r r a , H istoria de la dom inación española en M é jic o IH 4 3 s , 5
2 J Íi V d A V Á r a v o E c a r t e , H istoria de M é jic o II 61-64.
i i J t C í 4 r - r 46,
C .l9- Ampliación del campo de apostolado 621
Cortés mismo y Grijaíva parten con sendos veleros por víveres.
£n el viaje de vuelta, Grijalva naufraga y Cortés tiene que tim o­
near, porque se le ha muerto el piloto de una caída. A l anclar en
Santa Cruz, 23 hombres habían perecido por inanición y los demás
estaban extenuados; muchos otros murieron después por la excesi­
va comida. El conquistador, dejando a Francisco de Ulloa al frente
de la colonia, parte rumbo a Acapulco para preparar armada y se­
guir el descubrimiento de aquellos países.
Durante la prolongada ausencia de Cortés, el virrey Antonio
de Mendoza, a instancias de la mujer de Cortés, envía en su auxilio
dos naves, que, aunque no lograron encontrarlo, posibilitaron la
vuelta a Méjico de los que habían quedado en California. Mientras
tanto, a principios de 1537, llegaba a la capital el jefe extremeño.
Cortés, tenaz en sus propósitos, despacha a Tapia, mayo de 1537,
nuevamente a Santa Cruz. Recorren los expedicionarios el golfo
hasta los 23 grados, paraje denominado por ellos Rincón de San
Andrés. Doblando el cabo de San Lucas, suben hasta los 29 grados,
inspeccionan cabos, puertos e islas, y vuelven a Méjico después de
un año de navegación 20.
Desastres tan ruidosos como explorador y colonizador— su au­
reola de caudillo quedaba también deslustrada— no abaten a Cor­
tés, que el 8 de julio de 1539 manda nueva expedición a California:
los veleros Santa Agueda, Santo Tomás y Trinidad a las órdenes del
gran U lloa. M uy pronto va a pique el navio Santo Tomás. Los dos
restantes comprueban en el golfo que Santa Cruz no era isla, sino
península. Por el mar exterior ascienden hasta los 28 grados, isla
de Cedros 21, donde pasan tres meses. En los 29 grados descubren
el cabo del Engaño. El barco Santa Agueda parte para notificar el
prodigioso hallazgo, y a fines de marzo fondea en el puerto de A ca ­
pulco. D e U llo a no se tuvo ulterior noticia.
El conquistador de M éjico, figura de relieve en la cartografía
califomiana— aunque estos m éritos no se le reconocieron— , con los
insucesos m arítim os perdió autoridad y prestigio. Para reafirmarlo
vuelve a España en 1540, y las tierras de*Ultramar pierden sus a m ­
biciones c o n q u is ta d o r a s y o rg a n iza d o ra s. S iete años d e s p u é s
muere 22,
Por esta m ism a época, 1540, Hernando de Alarcón penetra por
el golfo de C alifornia y sube por el río Colorado hasta la localidad
onde actualm ente se encuentra Y um a 23.

Viaje patrocinado por M en doza.— Antonio de Mendoza, pri­


mer virrey de Nueva España, 1535-1549. intuyendo en la nebulo-
Sldad de los descubrimientos califomianos esperanzas halagüeñas,
encomienda a Juan Rodrigues Cabrillo, portugués de nacimiento
y hábil m arino, la expedición a aquella provincia. Zarpan los expe-
,cl°narios con dos navios, San Salvador y Victoria, del puerto de

21 u.c., 146-149.
20 o .

2 ¡ p í' e* via¡e de U lloa c n W a g n e r , Sp anish Voyages to the N o rth u v st C o a st 45.


^ >UEC 149-151,
2-' \v<a g n e r , o . c . , q.
622 la Iglesia en la América del Norte española

Navidad, el 27 de junio de 1542. Va por piloto Bartolomé Ferrel0


del Levante español. Suben hasta los grados 38 y 41 minutos, cab!'
que llaman de la Posesión (Alta California)— zona la más alta al°
canzada hasta entonces— , después de explorar la bahía de la
dalena y los cabos del Engaño, 32 grados; Cruz, 33 grados; Gal¿
ra, 36 grados y 30 minutos, y las sierras por ellos denominadas de
San Martín, 37 grados.
Muere Cabrillo suplicando a Ferrelo no abandone la empresa
En jornada todavía ascendente, junto a los 40 grados, encuentran
un gran cabo, al que, en nombre del virrey, sostén de la empresa,
llaman Mendocino, y la ensenada, que designan de los Pinos, y más
arriba, a los 40 grados, el cabo de la Fortuna. Arrastrados por los
vientos y sufriendo fríos horribles, el 10 de marzo de 1543 tocan
los 44 grados, límite último de la afortunada expedición 2*

Expedición de Sebastián V izcaíno.— Mendoza pasa al go­


bierno del Perú en 15 50 25 y durante muchos años se suspenden
los viajes californianos. En 1596, el octavo virrey novohispano, Gas­
par de Zúñiga y Acevedo, conde de Monterrey, 1595- í 603 26, re­
cibe de Felipe III orden de continuar el descubrimiento y penetra­
ción de California; venía nombrado capitán de la empresa Sebas­
tián Vizcaíno. Intento principal de la travesía era explorar las costas
norteamericanas del Pacífico para asegurar la ruta comercial entre
Nueva España y Oriente 27.
En tres navios bien provistos parte Vizcaíno de Acapulco con
gente reclutada en Nueva España. Lo acompañan también los fran­
ciscanos Francisco de Balda, comisario; Diego Perdomo, Bernardi-
no de Zamudio y Nicolás Saravia, sacerdotes, y el lego Cristóbal
López. En las islas de Mazatlán desisten de la empresa 50 soldados
V el padre Francisco de Balda, comisario.
Toman tierra en altura de 24 grados: espléndida bahía, grandes
islas y puerto limpio. Los reciben pacíficamente muchos indios, que
permanecen con ellos. Improvisan un altar e inician así la labor
apostólica californiana. Sacan del navio la imagen de Nuestra Seño­
ra y la llevan en procesión hasta ponerla sobre el altar. Llegan du­
rante la ceremonia un indio principal y más de 800 nativos con
arcos y flechas, y sigue un amigable encuentro entre e s p a ñ o l e s e
indios. E l capitán avanza hasta la imagen y de rodillas besa sus
pies y las manos del íraile que la sostiene. El indio principal besa
también los pies de la imagen y, mirando al sol, pregunta pof senas
si la efigie viene de allí. Por señas también, los españoles les exphc351
su procedencia. A las voces del jefe, los nativos desfilan para ve
nerar la imagen, «de que todos los españoles que allí íbamos-''^01}
tinúa Vizcaíno— sentimos el contento que era razón, y llevando
dicha imagen en procesión a poner en el altar, siempre fue el dic
indio principal danzando a su usanza delante de ella» 2^>

24 PD EC 151 -157. 27 PDEC 163-166.


/5 S c h a f e r , E l Consejo l í
26 Ibíd., 440.
439. 2* O.c., 1693.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 623
«fin este paraje— seguimos la relación del capitán español-tom é
de la tierra ante los dichos indios quieta y pacíficamente»,
o s e s ió n

jos nativos, «dándoselo a entender por señas— lo nota ingenuamen-


[(>_-, lo tuvieron por bien. Puse por nombre— sigue informando—
a provincia la Nueva Andalucía; al puerto, San Felipe...; a la
l a *

una, la isla de San Francisco, y a la otra, San Sebastián» 29.


Más al noroeste entran en una ensenada, que denominan L a Paz.
^jjí— nota Vizcaíno— comienzan el trato pacífico con los naturales
y su evangelización y echan los cimientos de la futura ciudad de
La Paz. En aquel puesto quedan la nao capitana desarbolada— ha­
bía encallado poco antes— y la gente más cansada, al mando del
capitán Rodrigo de Figueroa. Ataque de nativos, falta de víveres
por un incendio que les destruyó los almacenes, defección de sol­
dados, que, apoderándose del navio San Francisco y de una lancha,
se vuelven desde La Paz a Nueva España, y exploraciones hasta
los 29 grados, fueron el coronamiento de un viaje no falto de re­
sultados positivos y que añadió nuevo valor a la ruta de las Cali­
fornias 30.

Segunda expedición de Vizcaíno. Resultados.— Después de


las primeras exploraciones de Vizcaíno, Felipe III, en carta de 27 de
septiembre de 1599, aprueba la demarcación y descubrimiento de
la costa y puertos califomianos hechos por el marino y le encarga
continuar su labor sin ocuparse de la colonización de aquellas tie­
rras 31.
El valiente marino parte desde Acapulco el 5 de mayo de 1602
con tres naves: Capitana, Almiranta y Tres Reyes. Acompañan a
Vizcaíno, entre otros, el piloto mayor, Francisco de Bolaños; el cos­
mógrafo mayor, Jerónimo Martín Palacios, y los carmelitas descalzos
fray A ndrés de la Asunción, comisario; fray Tomás de Aquino y
fray Antonio de la Ascensión como cosmógrafo.
Antes de levar anclas confiesan y comulgan todos los tripulan­
tes. Desde el cabo San Lucas exploran minuciosamente la costa.
la isla de Cerros, «bien conocida de los navegantes de China»,
7 de septiembre, sábado, sacan la imagen de la Virgen, saludada
con salvas de arcabucería y mosquetería, y al día siguiente, domin­
go, celebran misa cantada y procesión.
En el puerto de San Diego, 19 de noviembre, reúnen junta para
trazar el plan de su ulterior navegación. Diez días más tarde arri-
■an a la isla de Santa Catalina, hacia los 34,5 grados, y a los 37 gra-
j,(?s, 1(> de diciembre, reconocen el célebre puerto de Monterrey.
1 12 de enero de 1603 anclan en el cabo Mendocino y alcanzan
asi U nieta terminantemente fijada en las instrucciones 32.
h . cavíos amainan velas. La corriente arrastra a la Capitana
as,a las inmediaciones de los 43 grados. El 20 de enero puede con
O *

'« o V- '?'■
M >71-174.
.12 o Y " >7 5 .
v rein v cstc viaje véase la relación hecha por el mismo Vizcaíno en Colección de diarios
c,onp* IV 41-68. P D E C 184-199.
624 La Iglesia en la América del Norte española
los demás veleros, dejando atrás la fragata, em prender el regr
desde el cabo M endocino. eso
Recogem os de la relación de viaje esta pincelada de la vid
de a bordo: «era tanta la necesidad de salud y los enfermos cía"1
maban sin m édico ni m edicinas ni regalos que podelles dar
más de un tasajo podrido y m azam orra, habas y garbanzos
pasados de gorgojo, todos con las bocas dañadas... que apenas po­
dían pasar el agua, que parecía el dicho navio hospital y no navio
de armada, y estaba el negocio en tal extrem o que el que en su vida
había tom ado el tim ón, gobernaba y subía a la gavia y hacía las de­
más faenas; y los que podían andar, acudían al fogón a hacer maza­
morra y polladas para los enferm os, y sobre todo nos daba mucho
cuidado la fragata Tres Reyes, que no parecía, y temerosos que con
el viento pasado no se hubiese perdido, mas era tanta nuestra ne­
cesidad, com o está dicho, que no la pudim os esperar» 33, Durante
la navegación habían muerto 48 personas.
El 7 de abril de 1603, jubilosos, em prenden el viaje de Acapul­
co a la capital novohispana. «Llegaron sanos y buenos— refiere la re­
lación— a M éjico, y a diez y nueve del dicho mes, que fue un sá­
bado por la m añana..., dijeron los dos religiosos misa en la ermita
de San A ntón, que es a la entrada de M éjico, por habérsele hecho
esta promesa a este Santo estando en altura de 42 grados en el cabo
M endocino»34.
En M éjico encontraron a la tripulación de la fragata Tres Re­
yes, reducida a m uy pocos por la m uerte de sus compañeros.
Resultados trascendentales de esta expedición, que duró cerca
de once meses, fueron abundantes noticias del país d e s c u b ie rto , de
sus posibilidades y habitantes, de su productividad y de los méto­
dos que convenía adoptar para pacificarla y poblarla 35.

A California en busca de perlas. Indecisión de la c o r t e . — La


corte de España, desesperanzada de h a l la r e l deseado tránsito para
China por el estrecho que con tanto em peño habían buscado todas
las naciones europeas, y conocedora de la situación ventajosa de
California para abrir nuevo rum bo al com ercio de Asia, deseaba
algún buen puerto en la costa exterior para asegurar la re ca la d a de
los navios de China. Repitiéronse la s órdenes del rey, partieron su­
cesivamente algunos navios para poblar la costa, con resultados
escasos o nulos, ocasionados por corsarios extranjeros que corrían
libremente aquellos mares, y los exploradores, valiéndose de ese
pretexto, se dedicaban al buceo de p e r l a s y a c a m b a la c h e a r con
los nativos del G olfo, sin verificar la población. , , .
Inician así las expediciones a C alifornia una nueva fase histórica)
caracterizada por la preocupación dom inante de las perlas •U).
Nicolás de Cardona sale de A capulco, 21 de marzo de 1 ^
con el capitán Juan de Iturbe, tres navios y una lancha, gent.«-

20o s ’ de diarios y relaciones, ibíd., 65.


P D E C 204.
” L.c .
36 O.c., 211-215.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 825
niar y tierra y negros, que eran hábiles buzos. Desembarcan en la
unta de California con ios dos franciscanos que los acompañaban
y plantando en tierra la cruz, toman posesión de ella. Recorren
después hasta los 27 grados la costa interior de California, descu­
briendo ostiales de perlas, y, penetrando tierra firme, descubren m i­
nas de plata y oro de alta riqueza, según el mismo Cardona37.
Suben hasta los 34 grados y, pasando a la otra banda, bordean la
tierra firme hasta llegar a la costa del río Mayo (Sinaloa), poblada
por indios de las misiones jesuíticas. Cardona con la capitana y la
lancha se dirige a Acapulco para continuar a Méjico y dar al virrey
cuenta de la empresa.
Juan de Iturbe carga en Sinaloa sus dos naves con bastimentos
y parte para California a ranchear en las pesquerías. Las andanzas
de esta expedición iturbiana nos son desconocidas 38.
No satisfacen a la corte los resultados de las expediciones ca-
lifornianas. Felipe III, en carta a la Audiencia mejicana (agosto
de 1628), confiesa francamente la indecisión del Consejo de Indias
sobre la población de California, porque «siempre se ha tenido el
dicho descubrimiento por de poca consideración, por no haberse
sacado sustancia de él las veces que se ha intentado, y resultado
tan malos sucesos»; quería el monarca que, informada la Audiencia
por personas que tenían noticia de aquella tierra, le notificase muy
particularmente la forma y manera de hacer el dicho descubrimien­
to, «caso de que convenga ponello en ejecución para que, visto en
el dicho mi Consejo, se tome la resolución que más parezca conve­
nir» 39.

Com ercio de perlas y evangelización.— El virrey, marqués


de Cerralbo, después de concienzudo sondeo, contesta al rey (20 de
marzo de 1632) que había hecho «las diligencias posibles y, juzgan­
do que ningunas podían tener certeza», había buscado personas que
fuesen con gusto a reconocerlas, y así, con este intento había par­
tido a las costas de California Francisco de Ortega40.
Llevaba la expedición (20 de marzo* de 1632) en una fragatilla
de setenta toneladas al piloto Esteban Carbonel y al vicario ecle­
siástico Diego de la Nava, designado por el obispo de Guadalajara,
doctor Leonel de Cervantes (1630-1636). Etapas de la travesía fue­
ron el cabo de San Lucas, la costa occidental del Golfo hasta los
27 grados, reconocimiento especial de la bahía de San Bernabé
y del puerto de La Paz. Consiguen también perlas.. Los nativos se
Muestran en ocasiones acogedores y a veces irreductibles. Hacia
, nes de junio, desde Sinaloa notificaban al virrey los resultados de
,a exploración.
Inmediata información del virrey al monarca (29 de noviembre
1632): había vuelto Francisco de Ortega «con relación y derro-
tor° las islas», por lo cual tenía «por cierto que, llevando orden
y rccados para la pesquería, se hallará mejor género de ellas, y se­

is n ! ' ° -C-' a »8u . 3* 0 c - 23 IS.


o.c., 215-222. O.c., 232-235-
626 La Iglesia en la América del Norte española
gún la relación que daban del buen natural de los indios y de i.
apacibilidad con que recibieron a los nuestros, será fácil el disn *
nerlo»41.
Segundo viaje de O rtega (8 de septiem bre de 1633), con arribo
a L a Paz el 7 de octubre. L o acom pañaban dos sacerdotes: el vica
rio eclesiástico N ava y don Juan de Zú ñiga. L os nativos, con vi­
tuallas que reciben de los españoles, aceptan la evangelización y
hacen esperar fundadam ente feliz éxito de la colonia que se erigiera
entre ellos.
L a convivencia pacífica duró poco y los planes de Ortega se
vieron frustrados. A su regreso a M éjico hace al virrey doble por-
puesta: prim era, m udar el presidio de A capon eta (Caponeta, provincia
de Tapia), actualm ente en el estado de N a y a r it42, ya inútil allí, por
estar la tierra pacificada, a la costa de C alifornia, para defender la
conquista y adentrarse con seguridad en la tierra; segunda, con
fondos recogidos en N u eva España, enviar alim entos a colonos de
California, im posibles de obtener al principio en las comarcas re­
cién pobladas 43.
T ercera expedición de Francisco de O rtega a California (11 de
enero de 1636), con naufragio cerca del cabo de San Lucas; los tri­
pulantes se salvan nadando sobre tablas. A s í llegan a L a Paz, donde,
a pesar de las instancias de los nativos, no quieren detenerse. El
15 de mayo se termina la fatídica em presa, cuyos supervivientes, no
obstante la ruidosa desgracia, aseguran en N u eva España haber di­
visado muchos bancos de perlas 44.

P o rte r C assan ate. C o n o c im ie n to s c a rto g rá fic o s d e Califor­


nia.— La conquista de California es ya idea obsesionante. Después
de cuidadosa preparación (23 de octubre de 1648), Porter Cassanate
parte de Sinaloa con dos bajeles: Nuestra Señora del Pilar y San
Lorenzo, para explorar el golfo californiano. L leva gente de mar y
guerra y a los jesuitas Jacinto C ortés y A n d rés V áez, que en 1642
habían visitado aquella provincia con L u is C estín de C a n a s45. Du-
rante setenta y seis días, en condiciones m eteorológicas difíciles,
desde el extremo meridional van costeando detenidam ente el h'
toral del Golfo. Porter, con sus conocim ientos matemáticos, náuti­
cos y militares 46, ayudado por la pericia del cosm ógrafo de la expe­
dición, elabora un diario de observaciones y datos, incompleto a su
juicio, segura base de un futuro mapa. Por los tem porales no puede
alcanzar el fondo del G olfo. El persistente mal tiem po decide su
viaje de vuelta desde las inm ediaciones de la actual ciudad de R^'
sana para c.nclar en la provincia de Sinaloa el 7 de enero de 1649
41 O.c., 236.
42 A B Z II 7612.
43 P D E C 236S. , ,v
44 O.c., 240$. Sobr^ las expediciones de Ortega cf. C o lecció n de diarios y r e l a d ^ f 1
72-110. Del capellán jesuita padre Roque de la Vega, del que afirma Ortega lo ®colflP*
>u tercera e x p e d ic ió n (ibld., 1 0 2 - r 10), no hallamos huella alguna en los d o c u m e n t o s coi
poraneos.
V, 1,1 , 2 ° r , 3 14 2-144.
P D EC 2 5 o -2 jí.
47 O.c., 279 283.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 627
Aunque Porter, en su viaje por el interior del Golfo, avanzó muy
al norte, no vio, sin embargo, su término. Con la esperanza de alcan-
zarlo o de hallar un estrecho que demostrara la insularidad de C ali­
fornia, o quizá de encontrar el famoso estrecho del noroeste, em ­
p r e n d i ó sus travesías de 1649 y 1650. Vuelto de este último viaje
el 8 de agosto del siguiente año, comunica por carta al virrey Luis
Enríquez de Guzmán, conde de Alva, su seguridad de que el estre­
cho era navegable por el mar del Norte. N o quiso, sin embargo,
por falta de medios, iniciar la obra de colonización, aunque creía
que los nativos de la costa se agruparían gustosos en aquella zona
para defenderse de los agresivos enemigos del interior, y, por otra
parte, el abastecimiento de estas posibles agrupaciones era m uy
factible con la agricultura, pesca y, sobre todo, con las pesquerías
de perlas de la región.
Los viajes de Porter revisten principalmente interés cartográ­
fico por el conocimiento más exacto y amplio del litoral mejicano y
califomiano del Golfo 48.

Conatos de evangelización. A to n d o y los jesuitas.— Es de


mayores consecuencias la proyección colonial de las dos expedicio­
nes californianas del almirante Isidro de Atondo y Antillón (1683),
principalmente por sus participantes jesuitas, que poco tiempo des­
pués habían de fundar misiones en aquellas regiones. La cédula
real de 29 de diciembre de 1679 encomendaba a Atondo la conquista
y poblacion de California y a los jesuitas la conversión y adminis­
tración espiritual de aquel país 49.
E l 1 7 de enero de 1683 zarpan de Chacala, pequeño puerto
junto a Compostela 50, primera capital del reino de Nueva Galicia,
la Capitana, Almiranta y una balandra destinadas a California.
Entre los tripulantes están los jesuitas Eusebio Francisco K in o 51,
nombrado cosmógrafo mayor, y Matías Goñi. Las corrientes, aún
no bien conocidas, y la irregularidad de los vientos, todavía inver­
nales, retardan el fondeo de la flota en el puerto califomiano de La
^az, no muy distante del anterioP, hasta el primero de abril; el 5 del
mismo mes, sin haber encontrado nativo alguno, toman posesión
de é l . Fortifican el real. Algunos indios que aparecen armados y
pintado el cuerpo de colores, actitud bélica, conquistados con do-
necillos y agasajados, alternan sin recelo con los españoles.
Alentados los expedicionarios con esta sociabilidad indígena,
acen entre los guaicuros y coras52 algunas exploraciones. Los
Padres Kino y Goñi inician el contacto con los indígenas. Con
muestras de cariño, regalillos y comida atraen a los más ariscos y
^an ganándoles el afecto. Se informan por los nativos que a poca

A B Z T V ' 283'
so p • IV 55 - 57 -
don, 1 ,m c r » capital del reino de Nueva Vizcaya. Cf. mapa en B o l t o n , R im o f C h n s te n -
Me n 'rC P - U 2 - I I 3 .
i ° Rtt“r'ormcnte tendremos ocasión de encontrarlo nuevamente.
°h o 7 - os nativos de California cf. D u n n e , B la c k Robes in L o u v r C a lifo r n ia 443-446;
r° )' Hekra, G eo g ra fía de las lenguas 375-367: S w a n to n . T h e In dian T ribes o f N o r th
" 614.620.639-641: ‘ Coras y Waicuros*.
628 La Iglesia en la América del Norte española
distancia, al sudeste, habitan sus adversarios los coras. Los vi/
el padre Goñi y comprueba que su carácter es más suave y trat í
que el de los guaicuros del oeste y de La Paz. Pueden los jesuit
algo iniciados en la lengua, enseñarles algunas oraciones. as’
L a fructuosa catequesis se interrumpe bruscamente, pues des
cubren los españoles manifestaciones sospechosas. Un grum ete cn
faltó dcl real, según indicios, lo habían muerto los nativos. Cuadré
lias de guaicuros asaltan el 6 de junio el real. El almirante, como
represalia, hace prender al capitán indio. Los guaicuros, no pudien-
do obtener con ruegos la libertad de su jefe, recurren a amenazas
y buscan para vengarse la alianza de los coras, sus tradicionales
enemigos. Notifican éstos a la guarnición los designios acomete­
dores de los guaicuros. El ataque no se hace esperar. Un pedrero
colocado estratégicamente hiere y mata con su disparo a algunos
que se acercaban lenta y hostilmente y ahuyenta a los demás X,
Esta reacción de fuerza no aseguró la posición española.
Casi deshechos de hambre y de miseria, pues no parecían la
balandra que debía seguirlos ni la Capitana, que el mes de abril se
había enviado por bastimentos a la desembocadura del Yaqui, y
acometidos por una psicosis de decaimiento y temor, imaginan
huestes de feroces nativos que vienen a vengar sus muertos. El 14
de julio dejan la inhospitalaria costa para el viaje de vuelta. Sobre
el cabo de San Lucas encuentran la Capitana, que volvía de Yaqui.
Juntas las dos naos siguen el rumbo de Sinaloa, donde se refuerzan
hasta fines de septiembre para hacerse nuevamente a la vela.
El día de San Bruno (6 de octubre), después de ocho días de
navegación, arriban a una ensenada, a que dio nombre la festividad
del día. El almirante con los jesuitas se adentran en la tierra y ha­
llan a unas tres leguas y media un paraje con suficiente agua y abun­
dante pasto para las bestias, que llaman San Isidro, en honor del
almirante. Pe; la amenidad del sitio erigen allí otro real para la
agricultura y para el ganado que se fuera trayendo de Sinaloa, y ^
28 de octubre pueden trasladarse allá los expedicionarios con la
ayuda indígena 54.
Levan anclas: la Almiranta, para llevar al virrey cartas y pedir e
dinero y soldados, y la Capitana, para traer del río Yaqui b a s t i r á n
tos. El 20 de noviembre vuelve la Capitana con alimentos, cabras,
muías y caballos.
Colocan en la pequeña iglesia acabada a principios de noviem ^
un crucifijo. Los jesuitas aprovechan la presencia de la imagen, Qj1
suscita en los nativos curiosidad, veneración y miedo, para eX^
caries el misterio de la redención.
Célebre la expedición en que Kino y Atondo (diciembre de 1 ^
atravesando por primera vez la península a lo largo del río e .
Purísima, que llamaron de Santo Tomás, llegan hasta la cosa
Pacífico.
Los catorce meses que permanecen en California los emp
” A B Z IV 59-61.
D e c o r m e , J,a obra de los j e s u ít a s mexicanos II 481.
C.l9- Ampliación del campo de apostolado 629
los españoles en explorar la tierra, civilizar a los nativos, aprender
sus lenguas y cristianizarlos; aunque previendo lo precario de su
establecimiento, no bautizaron sino a unos trece enfermos y mori­
bundos. Los nativos se muestran más sociables y sumisos que los
guaicuros del sur. Atraídos por la comida, a todas horas están dis­
puestos para la doctrina, y los niños no se apartan de la choza del
padre.
Con arduo trabajo aprenden los dialectos, que eran dos, a la
puerta del real: al sur el edú, llamado noe, a que se dedicó el padre
Goñi, y al norte el didiu, llamado neve (guinu o cochimi), a que se
aplicó el padre Kino.
Prestó no poca ayuda para fijar el lenguaje y las oraciones el
padre Juan Bautista Copart, llegado el 10 de agosto de 1684 en el
barco San José con el padre Goñi, que había partido al Yaqui por
provisiones. En los cuatro meses de estancia califomiana, hasta el
14 de diciembre, redactó, con los papeles del padre Goñi, un diccio­
nario y una doctrina en edú o lauretano, que sirvió después de gran­
de ayuda a los futuros misioneros.
Cerca de 4.000 nativos tenían ya sometidos y medio instruidos,
cuando el desabrimiento de la guarnición por la miseria de la tierra,
comprobada por el mismo Atondo en sus viajes de exploración, y
las enfermedades manifestaron la imposibilidad de permanencia
duradera. Informado el virrey y habida junta de capitanes, deciden
la vuelta a Nueva España, y el 7 de mayo se hacen a la vela 55.
Reinos de N u eva España.— A mediados del siglo xvii estaba
ya explorada toda la extensión de Nueva España, dividida en
cinco reinos: Nueva España propiamente tal, Nueva Galicia,
Nueva Vizcaya, Nuevo León y Nuevo Méjico, con dos provincias:
Yucatán y las Californias.
Nueva España comprendía aproximadamente los estados actua­
les: Coahuila sin Parras, ni Patos, ni Saltillos, pertenecientes a N u e ­
va Galicia; Colima, distrito federal de Méjico; de Durango, sólo
Nombre de Dios, Guanajuato, Qtierrero, Hidalgo; de Jalisco, sólo
la provincia de Avalos (Sayula), Autlán, Amula, Tenamaztlán y
Etzatlán, sin la villa de la Purificación, estado de Méjico, M ichoa­
cán, Morelos, Oaxaca, Puebla, Querétaro, San Luis Potosí, sin
Catorce, Charcas ni Salinas; Tabasco, Tamaulipas, Texas, T la x ­
cala y Veracruz.
Nueva Galicia lo formaban los estados de Aguascalientes, Ja­
lisco, excepto las poblaciones sometidas al reino de Nueva España;
Nayarit; de San Luis Potosí sólo Catorce, Charcas y Salinas; de
Sinaloa sólo Culiacán y Zacatecas.
A Nueva Vizcaya pertenecían de Coahuila sólo Parras, Patos
(hoy General Cepeda) y Saltillo; Durango, sin Nombre de Dios;
Chihuahua, Sinaloa, sin Culiacán y Sonora.
Nuevo León se extendía al actual estado homónimo, como Nue-
vo Méjico.
o f ru ^ I V 1452. 55- 62. 72- 74; D e c o r m e , ib íd ., 3 7 4 - 3 7 8 - 4 7 8 - 4 8 3 ; B o l t o n , The Rim
'to isten d o m 606-610; B u r r u s , K in o R eports to H eadquarters 22-84.
630 La Iglesia en la América del Norte española
En la provincia de Yucatán se agrupaban los actuales estados d
Campeche, Quintana Roo y Yucatán, y en las Californias, todo
territorio que allí se iba descubriendo 56. e
]
La Iglesia, que hasta ahora ha desarrollado su actividad princ¡
pálmente en el reino de Nueva España propiamente tal y en la pl0^
vincia de Yucatán, va paulatinamente ocupando los demás reinos
Diócesis novohispanas.— Las diócesis— ocho en N ueva Es­
paña cuando en 1620 se erigió la de Durango— , al principio del
seiscientos, han fijado sus zonas geográficas y confines, evitando así
fastidiosas contiendas de límites.
El arzobispado de M éjico, que llegaba de mar a mar: desde la
Huaxteca, en el golfo mejicano, hasta Acapulco, bañado por el Pa­
cífico, comprendía los actuales estados de Méjico, Morelos, Hidal­
go, Querétaro, con excepción de la sierra habitada entonces pe* in­
dios que se habían de reducir más tarde; la Huaxteca de San Luis
Potosí y la veracruzana, y una porción de los estados de Guanajuato
y Guerrero.
El obispado de Tlaxcala, con sede en Puebla— se llamaba tam­
bién obispado de Puebla de los Angeles— , tocaba, como el arzobis­
pado, dos mares: en el Atlántico con la costa veracruzana, desde
Aivarado y Tamahua, y en el Pacífico con la de Ayutla o de la pro­
vincia llamada antiguamente Jalapa, Cintla y Acatlán de la Costa, en
el actual estado de Guerrero. Tenía bajo su jurisdicción los actua­
les estados de Tlaxcala y Puebla, casi todo el de Veracruz y exten­
sas regiones en los de Oaxaca y Guerrero.
La diócesis de Michoacán , cuya sede pasó de Tzintzuntzan a
Pátzcuaro, y en el último cuarto del quinientos a Valladolid (hoy
Morelia), se asomaba a través del estado homónimo y de Guerrero
al Pacífico. Abarcaba completamente los presentes estados de Mi­
choacán y Colima, casi todo el de Guanajuato, parcialmente los de
Jalisco y Guerrero y gran parte del de San Luis Potosí.
El obispado c-- Antequera o de Oaxaca distribuía su territorio
hasta los aos mares: casi todo el estado actual de Oaxaca y partes
de Puebla, Guerrero, Veracruz y Tabasco.
La diócesis de Chiapas ocupaba desde el siglo xvi el estado ho­
mónimo; la de Yucatán, la provincia maya con la vicaría de Tabasco.
En el obispado de Nueva Galicia se erigió en 1620— lo hemos
indicado anteriormente— el de Durango (Nueva Vizcaya) con sede
en la antigua Guadiana, capital de Nueva Vizcaya, que se comenzó
a llamar Durango. Nueva Galicia aparece generalmente con el n0lTI
bre de Guadalajara.
La línea Acaponeta (estado d e Nayarit), Nieves ( Z a c a t e c a s ) .
se prolongaba indefinidamente hacia el noroeste, formaba el con n
fluctuante meridional de la jurisdicción d e Durango. Los
septentrionales, tanto de la diócesis de Guadalajara como de LW
rango, oscilaban con los descubrimientos norteños de n u e v a s 1
rras 57.
Bravo U g a r t e , H istoria de M é x ic o Ií 72-75,
- Coevas, Ilu ta r ía de la Iglesia en M é jic o III 105-108.
C.20. Arte eclesiástico: s.XVJ y XVII 631

CAPITULO XX
A rte eclesiástico: siglos X V I y X VII *

Las primeras iglesias. Capillas de indios. Posas.— Terminada


la conquista de las Antillas y de Nueva España, erigen al principio
iglesias sólo provisionales, verdaderos cobertizos. Ante la necesidad,
muy poco después, de construir iglesias permanentes, los improvi­
sados arquitectos, recordando los numerosos templos de planta ba-
silical y aparato mudéjar dispersos por Andalucía ], adoptan fun­
damentalmente este estilo. Surgen así la catedral vieja de Méjico,
terminada antes de 1532, y en cuyos pilares ochavados, que reve­
laban ascendencia mudéjar, utilizaron monolitos prehispánicos 2.
Estructura semejante, planta basilical de tres naves y techos de
madera, presentaba la antigua catedral de Puebla de los Angeles,
concluida en 1539. Adoptan también forma basilical las iglesias de
las primitivas Ordenes mendicantes: agustinos, dominicos y fran­
ciscanos en Méjico.
La primera bóveda construida en Nueva España coronaba la
iglesia vieja de San Francisco de Méjico (mediados del siglo xvi) 3.
Para contener los muchos nativos que se convierten continua­
mente y resolver la problemática espacial, recurren los misioneros
a las llamadas capillas abiertas, denominadas por algunos autores
capillas de indios4. Constaban de una o varias naves perpendicula­
res al eje del templo, y en el centro de ella el presbiterio. En estas
capillas no sólo los sacerdotes oficiantes, sino también parte de ios
fieles se encontraban bajo techo. Algunas de estas capillas, con nu­
merosas naves paralelas, recuerdan en su estructura las famosas
mezquitas musulmanas, y, cómo éstas, resolvían problemas semejan­
tes.
El empleo de capillas abiertas se prolonga hasta el siglo xvm .
Las capillas situadas en los ángulos de los patios se denominaban
posas 5, por suponerse que se hicieron para la estación de las pro­
cesiones 6.

Arquitectura monástica.— En menos de cuarenta años, los re­


ligiosos levantan crecido número de grandes monasterios, cuya
m°le, no pocas veces, domina a los minúsculos pueblecillos, que
parecen tributarles homenaje. Miraban sin duda en esto a la men­
talidad indígena, muy preocupada siempre de apariencias exterio-
rcs- Al disculparse los dominicos en 1564 de la suntuosidad de sus
Siglas y abreviaturas:
Al A 1 ^ l e g k e , H istoria de la p ro v in cia ... N . E sp a ñ a . ed. B i t o r u s - Z u b i l l a g a .
KM \ ^ NcnjLo, H istoria del arte hispanoam eiicano.
p\P K ü r l e r , M e x ic a n A rch itectu re.
* í o u s s a i n t , A r t e colonial en M é jico .
’ ^ OZoya. H istoria del arte hispánico II 469-486.
^ • A C 20.
Cf. M F N n i r r i , J : 'toria eclesiástica indiana I.4 c.13.

21 24; AHA I 181-192.


632 La Iglesia en la América del Norte española
construcciones, advierten que era a los nativos a quienes gustaba?
Los mismos indígenas— lo testimonia Mendieta— rogaban a lo
frailes que les dejasen hacer iglesias aún mayores y que «la dev 8
ción y limosnas del pueblo de Cholula no se pueden ponderaros
Influía también en esta magnificencia lo económico de la mano dé
obra, a veces absolutamente gratuita.
En honor a la verdad, estos monasterios e iglesias, salvo conta-
dísimas excepciones, como los conventos agustinos de Acolm an y
Yuririapúndaro comparados con los peninsulares, no se pueden
considerar excesivamente lujosos. Los templos conservan una tó­
nica sencilla: construcción de manipostería, o a lo más de sillarejo
no de sillares; las bóvedas de crucería, rara vez complicadas, sin
decoraciones ni en los plintos ni en las claves; las cresterías de sus
muros se reducen a almenas y las portadas se mantienen bastante
sobrias. Los claustros rehuyen las dimensiones extraordinarias y
el lujo, y gran número de los conventos de la tierra caliente son
simplemente enlucidos, en los que se abren las arquerías sin mol­
duras de ninguna especie 10.
Los agustinos frecuentemente manifestaron en sus edificios afi­
ción a la monumentalidad, a las grandes proporciones y a subrayar
en los monasterios la apariencia de fortaleza, aun dentro del tipo
general del templo mejicano del quinientos, de iglesia fortificada.
Ei cronista de la Orden, Grijalva, afirma que eran «tan soberbios
edificios, tan fuertes, tan grandes, tan hermosos y de tan perfecta
arquitectura», que no nos dejan más que desear, y que acumulaban
en ellos «tantos y tan grandes retablos, tanta riqueza en las sacris­
tías, tantos instrumentos músicos en los coros, que cada uno re­
presenta la majestad de una muy rica y antigua catedral»11.
También los dominicos buscaron en sus edificios lujo y vastas
proporciones, aunque no tanto como los agustinos. La fisonom ía
especial de s u s casas refleja en buena parte la fecha tardía de su
construcción, ” a ello se debe no poco la peculiaridad dentro del
tipo corriente mejicano del siglo xvi i2.

T e m p lo s co n v e n tu a le s. — Los monasterios novohispanos del


quinientos, precedidos ordinariamente por un gran patio, se atienen
a una distribución tradicional. El convento ocupa el lado de la epís­
tola de la iglesia, es decir, generalmente el sur, y alrededor de un
claustro. La escuela se halla en la parte norte del patio, y a veces el
conjunto se completa con el hospital.
El tempío casi siempre es de una sola nave bastante larga, con
testero poligonal y a veces plano, generalmente sin crucero. Iglesias
con crucero, como la de los agustinos de Yuririapúndaro 13 y *as

7 A H A , ibíd., 1 45 -r48.
b Cf. ibíd., 148.
() Cf. T A C 89-91.
10 Cf. A H A I t45-149. ,)0
W. C:rónUa rle O rden de N . P . S . A u g u stín 1.2 c.6; cf. A ITA , ibíd., ¡ 5?''
f w\/f a o í(,° ; T A C 70-/00, re s e ñ a lo s conventos de las órdenes relifi
cr. K M A JI 283-359.
13 Cf. K M A 63 7.358.248.350S.
C.20. Arle eclesiástico: s.XVl y XVII 633
j e los dominicos de Oaxtepec 14 y Oaxaca, son casos verdaderamen­
te i n s ó l i t o s . El coro lo tienen en alto y carecen generalmente de

capiHas laterales1*.
Casi la totalidad de las iglesias conventuales construidas fuera
de la capital, al menos las que se conservan, están cubiertas con
bóveda de crucería gótica.
Los agustinos, en sus conventos, reemplazan con frecuencia la
c r u c e r í a por bóveda de cañón, si bien usan no pocas veces, al mis-
mo tiempo, los dos métodos de cubierta 16.
Los templos de las misiones riman la grandeza de proporcio­
nes con la sencillez estructural y prefieren la obra de mampuesto.
Las construcciones conventuales novohispanas compaginan frecuen­
temente el orden estético con su aspecto de fortaleza 17.
Junto a esos monasterios monumentales del siglo xvi, existen
otros mucho más modestos, erigidos con fines fundamentalmente
evangelizadores, capaces de albergar sólo una media docena de re­
ligiosos que, reservando a la vida conventual el tiempo imprescin­
dible, desenvuelven su actividad apostólica preferentemente en el
gran patio que precede al templo y en el campo. La decoración
interna de esos conventos se confía a la pintura mural de estilo re­
nacentista, y los colores empleados casi exclusivamente son el ne­
gro y el rojo 18.

Arquitectura novohispana.— En Nueva España es difícil en­


contrar edificios concebidos en estilo gótico hasta que hacia el
séptimo decenio del 500 inician las catedrales. Las iglesias de las
órdenes religiosas tienen concepción gótica; su planta y cubierta
son esencialmente medievales; los testeros presentan comúnmente
forma poligonal y las cubiertas son de crucería. Como constan sólo
de una nave y los claustros de columnas o de pilares renacentistas,
el pilar gótico apenas se emplea, y los mismos nervios de las bóve­
das, de baquetones, se apoyan en medias columnas adosadas o mue­
ren en la cornisa.

Renacimiento.— El Renacimiento, que desde el principio apa­


rece en Nueva España entreverado con el gótico, se introduce en
Ultramar en el período de su curva ascendente, y deja en la arqui­
tectura novohispana huellas de su vida evolutiva. Se insinúa pri­
mero en el campo puramente decorativo y entra decididamente en
la estructura arquitectónica cuando, en el último tercio del si­
glo xv t, se levantan, juntamente con las grandes catedrales, algunos
templos que rompen con el modelo medieval 1Q.
Manifestaciones renacentistas se inician en una serie de porta­
das mezcladas con motivos y estructuras góticas: la portada lateral
de Xochimilco 20 y los destacados conjuntos de Calpan 21, Tlahue-
upa 22t Huejotzingo 2-\ etc.
i< 2 47 . 256 . 290 .202 .<;30 S. 19 Ibíd., ^ i s ­
la O • 23I-282. 20 K M A 402-415-
. Cf. ibíd., 27is. 21 Ibíd.,2708.384.39S-39Q.415-453•
1» A H A 1 170-173. 22 Ibíd., 400.478.
‘ W<1 , 17 5-1 77. 23 Ibíd., 250.269.385.387-400.
634 La Iglesia en la América del Norte española
En 1560 el Renacimiento se hace sentir en N ueva España
el plateresco depurado de formas góticas y cargado de barronC°n
mo, en monumentos tan de solvencia como las portadas de A T
m an-4, 1560; Yuririapúndaro, 1566, o Cuitzeo 25.
Con el comienzo de las catedrales, el Renacimiento adopta
veste de sobria austeridad. Precisamente el mismo año 1563 se Cúa
locan las primeras piedras del monasterio escurialense 26 y ^
catedral mejicana. A pesar de las bóvedas góticas de las catedrales
de "Méjico y Guadalajara y de que los soportes se idearon acaso
primitivamente con solución plateresca, la riqueza del capitel co­
rintio se sustituye por la sencillez del dórico, y las múltiples mol­
duras de su pedestal por sobrio plinto, dispuesto, como en el edi­
ficio escurialense, directamente sobre el pavimento. La catedral de
Puebla se proyecta con cuatro torres, a semejanza del templo va­
llisoletano trazado por Juan de Herrera 27, y las puertas con sobrie­
dad extraordinaria.
Esta moderación herreriana renacentista impone su criterio con­
temporáneamente en las portadas de las iglesias conventuales. Se
multiplican las hornacinas hasta formar una cuadrícula, salpicada
aún de un sinnúmero de florones, y tanto en la región de Oaxaca
como en la meseta son casi decoración obligada de basas, arcos y
paramentos sencillos, casetones a veces de escasísima profundidad,
El Renacimiento novohispano, lo mismo que el peninsular, termi­
na así con el triunfo de un tardío estilo bramantesco, mezclado con
fórmulas del bajo Renacimiento, sobre las exuberantes decoracio­
nes platerescas que con vestiduras barrocas habían de resurgir a su
vez en el 60c 28.
Durante los primeros cincuenta años de labor arquitectónica
novohispana la aportación estética de los nativos debió de reducirse
fundamentalmente al aspecto decorativo 29.

La isla Española.— La vida artística de la isla Española se con­


centra en la capital de Santo Domingo. El gótico fue el estilo domi­
nante. Actúa esta proyección la catedral de tres naves, más dos de
capillas y ábside en la nave mayor, de grande portada a los Pies
con parteluz. Los soportes lisos, de sección circular, están corona­
dos por dos molduras góticas con hilo de perlas entre ellas. El g°'
tico conserva toda su pureza en la cubierta. Las bóvedas de cruce
ría de la nave central son creaciones típicas del último m o m e n to e
este estilo.
Toma también sus formas del gótico el hospital de San NicoláSi
fundación del célebre gobernador de la isla Nicolás de Ovan
(1502-1509), hoy en ruinas, uno de los m o n u m e n t o s d e mayor in
teres de la primera etapa de la arquitectura española en Ultrama

24 Ibíd., 3H4.405.4f3.503.
?( T3 2 -r34; T A C 1 0 8 - i u ; K M A II 4 1 3 - 4 1 5 . 5o8s.
tlÍ í ? YA) H i s t o r i a d e l a r te h is p á n i c o III 4 7 4 -4 8 4 .
C.20. Arte eclesiástico: s.XVl y XVII 635
O p t a n t a m b i é n por el gótico con influencia mudejar los grandes
•o n v e n to s de San Francisco, La Merced y Santo Domingo, erigidos
d u ra n te e i período de 1547 a 1566 30.

C a te d r a le s . — El xvi es el siglo de las grandes catedrales novo-


h isp a n a s. Salvo alguna de planta excepcional, como la de Pátzcuaro,
casi todas las de Ultramar de esta primera etapa son consecuencia
de la de Jaén 31, cuya primera piedra se colocó en 1540. Planta rec­
ta n g u la r, y a lo sumo la capilla mayor ochavada, llevan en efecto
las de Méjico, Puebla, Guadalajara, Mérida, Oaxaca y dos de los
p r o y e c to s hechos para la de La Habana en 1608.

Catedral m ejicana.— Derribado el templo mayor azteca de


Méjico, conquistado ya, se terraplenó el centro de la población y
se dedicó el solar a la catedral. El edificio provisional tuvo que ser
en 1584 objeto de sustanciales reparaciones. El rápido crecimiento
de la ciudad obligó pronto a idear la erección del templo definitivo,
una de las obras maestras de la arquitectura americana, la empresa
magna del período virreinal. Los cimientos se comenzaron en 1563,
y aunque en 1615 se habían cerrado algunas bóvedas, la estatua de
la fe no se colocó en la fachada hasta 1813, en plena guerra de la
independencia 32.
La catedral, por su enorme masa, es seguramente el edificio más
grandioso construido en América hasta principios del siglo xx. M e ­
nos esbelto en su exterior que el de Puebla, se impone por sus pro­
porciones cuadradas, por la sensación de estabilidad que produce
y por el suave contraste que la gracia neoclásica de los campanarios,
la cúpula y la fachada crean en el severo conjunto. Bajo ese exterior
reposado y señorial, el interior sorprende, en cambio, por la ele­
gancia de sus proporciones y por el alargamiento de sus fustes.
Consta de tres naves longitudinales, más dos de capillas horna­
cinas, nueve naves transversales y nave de crucero. Carece de g i­
róla. Tiene tres puertas en la fachada de los pies, una en cada bra­
zo del crucero y dos en la cabecera, en la terminación de las naves
laterales. Las bóvedas del testero y de los pies son de tipo gótico.
El autor de la traza fue Claudio de Arciniega 33.

Catedral de Puebla.— M uy semejante a la de Méjico. M ás pe­


queña de proporciones, se concluyó más rápidamente, y debido a
e *° mantiene mayor uniformidad de estilo.
A pesar de su extraordinaria semejanza interior con la de M éji-
c;°> se diferencia fundamentalmente de ella. Edificada sobre terreno
rme y no en suelo pantanoso, como la mejicana, sus torres pudie­
ron elevarse con ímpetu casi gótico y, gracias a ellas, el perfil del
e m p lo e s u n a c s b e i t e z y elegancia de proporciones que faltan

* su compañera. La majestuosidad y grandiosidad de ésta se trans-


° rman en Puebla en movimiento ascendente. Si las torres no se

.11 ibíd., 85- qq . -'2 AHA, ibíd., 397 *4 *3 .


■-0 ZOYA, i b ( cl., 42. J-1 lbld., 397-424; T A C 103-104.
636 La iglesia en la América del Norte española
dibujaron en esas proporciones hasta el siglo x v i i , forman desd
entonces parte inseparable de la catedral, y su influencia en l 6
torres barrocas mejicanas fue decisiva. 8
Como la de Méjico, consta de tres naves longitudinales y dos
más d e capillas hornacinas y naves de crucero, y una nave trans­
versal menos, y así el número de naves a ambos lados del crucero
es igual. La capilla de los Reyes es de planta cuadrada, a diferencia
de la mejicana, trapezoidal.
Comenzada a construirse hacia 1556, entre 1585 y 1590 consta
que se trazó un cuarto. Avanzaron los trabajos por parte de las ca­
pillas que se encontraban cubiertas en 1618. Suspendida la obra
no se reanudó hasta que, al hacerse cargo de la diócesis el empren­
dedor don Juan de Palafox (1631-1649), con decidido impulso, en
brevísimo tiempo terminó lo mucho que faltaba. El arquitecto
constructor fue probablemente, como en Méjico, Arciniega34

Catedral de G uadalajara.— En Guadalajara, ciudad la más


importante de la región occidental, parece se puso la primera piedra
del magno edificio en 1571, y en 1618 se dedicó el templo.
Es de tre s naves y seis tramos. Carece de capillas laterales, aun­
que los muros presentan arcos rehundidos y tiene capilla mayor
cuadrada. Los pilares son cruciformes con medias columnas de
fuste estriado y capilla toscana. La cubierta, contra lo que sucede
en Méjico y Puebla, es puramente gótica y de la misma altura en
las tres naves. Las bóvedas de la nave central son de terceletes y
las ventanas están formadas por un vano rectangular y dos óculos.
Las absurdas torres que coronan su fachada pertenecen al siglo xix
y nada tienen que ver con el proyecto primitivo 35.

Catedral de M érida.— La catedral de Mérida se distingue ex-


teriormente de las demás mejicanas por su austeridad. Sus muros,
de sillares pequeños e irregulares— tipo corriente en Yucatán , con
superficie-, lisas y no rematadas, le dan más aspecto de fortaleza
que de lujoso templo. La fachada principal, que adolece de excesi­
va sencillez, oculta buena parte del templo, y sus delgadas torres,
en vez de imprimirle esbeltez ascendente, aparecen in co rp o ra d a s
en su masa de proporciones sencillas. El interior es de fina sillería,
que casi tiene que pasar inobservada ante la masa. D e s p r o v is t a hoy
de retablos, que perecieron en la revolución de 1915* Y cubiertas
sus naves a igual altura, c o n cúpula sin tambor y c o n número in
suficiente de vanos, carece de la luminosidad de las catedrales e
Méjico, Puebla y Guadalajara. Comenzada en 1563, se terminó ">a

CÍa 1S99' . del


El templo es de tres naves y siete tramos iguales, salvo el
crucero, que es mayor, y el de la cabecera, algo más estrecho qu
los restantes. Ll testero es plano. Interrumpen los muros lateia ^
medias columnas adosadas sin arcos ni rehundimiento alguno pa
C.20. Arte eclesiástico: s.XVl y XVII 637
. cabida a retablos. C on stituyen el sistema de soporte gruesas
[aniñas de fuste liso, base ática y capitel toscano. L a cúpula, aun-
C°ue Por fueia Presenta un cuerpo cilindrico en form a de tam bor,
\ el intradós la m edia naranja descansa directam ente sobre el anillo.
6 La fachada desconcierta por su sim plicidad. L o s rectángulos
h e r m a n o s de ios cubos de las torres y del cuerpo central, ju n ta m en ­
te con el gran arco, crean un conjunto que tal vez no llegó a d e c o ­
rarse en la form a pensada por su autor 36.

C ated ra les d e O axaca y Pátzcuaro.— A principios del 700 d e ­


rriban en O axaca la catedral construida en el siglo xvr para erig ir
otra que conserva en su interior rasgos característicos de la prim era
época. Estas rem iniscencias del 500 nos inducen a fijarnos en ella.
Tem plo de tres naves, con dos de capillas hornacinas m uy p r o ­
fundas, de tram os cuadrados en las laterales y rectangulares en la
mayor. L os soportes son pilares con m edias columnas de fuste liso,
base dórica y capitel toscano en sus frentes. Si el tem plo de h o y
vemos conserva en lo esencial las form as del edificio del siglo x v i,
sus proporciones bajas y poco esbeltas fijaron el canon a que, p or
temor de los terrem otos, había de ajustarse la m ayor parte de los
monumentos oaxaqueños posteriores 37.
El originalísim o proyecto m andado hacer por el obispo don V as­
co de Q uiroga (1474-1565) para la catedral de Pátzcuaro se efectuó
muy parcialmente, Trasladad a la sede episcopal a Valladolid, actual
Morelia, la nave construida sirvió de parroquia hasta que un terre­
moto la arruinó en el siglo x i x 38.

Nacionalidad artística mejicana. Conventos de monjas.


Portadas.— D espués del gigantesco esfuerzo realizado en el 500,
en la siguiente centuria decae notablem ente el ím petu constructivo.
Durante esta época van creciendo lentam ente las poblaciones an ti­
guas y com ienzan a form arse otras nuevas, que exigirán toda la gran
actividad arquitectónica del período siguiente. E l x v n es, sin e m ­
bargo, el siglo en que va form ándose la nacionalidad artística m e­
jicana 39 .
Si el x v i es el gran siglo de los conventos de frailes de N u e ­
va España, el 600, y principalm ente los últimos treinta años, lo
son de las monjas: Santa Catalina, 1623; N uestra Señora de B al-
vanera, 1671; Capuchinas, 1673; N uestra Señora de la A n tigu a, de
s carmelitas, 1684; San Bernardo, de las concepcionistas, 1 6 9 o 40.
Los maestros m ayores del siglo x v n , si al continuar la obra in-
euor de las catedrales se lim itaron fundamentalmente a ejecutar
as tiazas de sus predecesores, se debieron de considerar más desli-
§a os en las portadas, unidades arquitectónicas en cierto grado in ­
c i d i e n t e s . El cotejo de portadas concluidas en este período con

17 ü ! , ^ ' 441-450.
31 JkS- 4 5 0 S.

40
UIA t P '457-
v Y 1 A 11 5 S.
A | 1A, ii,yRU^ ’ C o m '™ tos de m onjas en la N u ev a España 105.5.1335.199-203.318-320.375;
638 L¡ Iglesia en la América del Norte española
la sobriedad herreriana de la del testero pone bien de manifi
sus novedades barrocas y la libertad de que disfrutaron sus auto^0
Así en la catedral de Méjico se terminan, o les queda poco para el?
las tres de los pies del templo y las del crucero. La decoración apir°
midada de sus enjutas, de aspecto muy renacentista todavía y Uno
de sus rasgos más característicos, su restante decoración menuda
y uniforme, delatan el gran arcaísmo de su estilo41.

Conventos de monjas. Proceso barroco.— Se generaliza en


Nueva España, durante el período que reseñamos, la iglesia monjil
de una sola nave con dos puertas gemelas en su fachada larga late­
ral, separadas a veces sólo por un estribo o un tramo liso y qUe
tienden a fundirse y producen efecto de notable riqueza. La torre
se levanta en uno de los extremos 42.
Entre las iglesias conventuales construidas hasta mediados del
siglo xvn, la de San Jerónimo (1626)43 es de portada única y de
estilo muy herreriano, aunque con notables libertades barrocas; de
análoga sencillez es la de Santa Clara (1601-1666)
Acaso es también de estos años la bella portada de Santiago de
Tlaltelolco 45.
Proceso barroco en cierto grado paralelo al que se realiza en las
portadas catedralicias tiene efecto en las de los conventos. Lo mis­
mo que las partes más recientes de aquéllas, aparece en las portadas
de los conventos la columna salomónica, la forma más congénita-
mente barroca de la arquitectura del 600.
E n la portada del convento mejicano de San Agustín, consumida
por un incendio y reconstruida en 1692, bajo la dirección de fray
Diego de Valverde, uno de los maestros de arquitectura más insig­
nes de su tiempo, el hermoso relieve central, sus airosas columnas
salomónicas y la fina calidad de su escasa decoración delatan a un
arquitecto de categoría que renuncia voluntariamente a las liberta­
des barrocas de composición típicas en los últimos años del siglo.
E l he ,ho es significativo por esta decisión de relativo clasicismo,
una de las características del barroco mejicano de este siglo.
La portada de Santa Teresa la Nueva, fundación de sor Inés de
ia Cruz (1648), nos ofrece una de las portadas más bellas del barro­
co mejicano46.
El interés de los monumentos de la ciudad de Méjico que con
sideramos se concreta fundamentalmente en las portadas. Pero a e
mas de estos conventos de una sola nave, abovedados, erigen otros
de tres naves, de cubierta morisca de madera, ornamentada con a
zos y estrellas doradas. Por desgracia, las dos principales, La Pro es
y La Merced, han desaparecido47.

El barroco poblano del siglo X VII. — Su aspecto más


cado de Ja. nueva etapa seiscentista es el decorativo. D u ra n te

AHA, lbíd , 2- 9 45 Jbíd., ,28.


/. - 'OS. 46 Ibld., n s.
A 249-206. 47 Cf. ibíd., 17-19.
44 Cf. AHA, ibíd., US.
C.20. Arte eclesiástico: s.XVI y XVII 639
sielo, los maestros poblanos más renombrados no son arquitectos,
sino yeseros. Gracias a ellos figura Puebla indiscutiblemente, en esta
primera ‘ tapa barroca, a la cabeza del movimiento artístico novo­
hispano. Es una arquitectura de interior que culmina en el esplén­
dido conjunto de la capilla del Rosario 48.
La proyección más interesante de la arquitectura poblana de
este período es la terminación de las obras de la catedral, gracias
a la energía y tesón del obispo Palafox (1649). Constituye la gran
n o v e d a d el trazado de su cúpula. La decoración se reduce a las sen­
cillas pilastras del tambor y a los grandes cartones de los arbotan­
tes y, sobre todo, a la ordenación y juego de éstos 49.
Los maestros poblanos, aunque, respetando la tradición renacen­
tista del viejo monumento, renuncian a la columna salomónica, ele­
mento tan esencialmente barroco, conceden, sin embargo, más am ­
plio desarrollo a la ornamentación, cuyo valor realzan labrándola
en piedra de Villerías, que por su blancura resalta sobre el para­
mento oscuro del edificio 50.

Yeserías poblanas.— El yeso no penetra en los templos como


elemento decorativo de primer orden hasta el barroco, que encuen­
tra en él material barato, fácil de trabajar y apto para ser policroma­
do. Ignoramos quiénes fueron los autores y los jefes de los talleres
que elaboraron esas suntuosas decoraciones interiores. Esas yeserías,
que alcanzaron durante los siglos xvir y x v m extraordinario desarro­
llo, ¿on probablemente de origen andaluz 51.
La bóveda de Santo Domingo de Puebla es una de las manifes­
taciones más antiguas de los yeseros poblanos, pues co n serva mu­
cho de los últimos tiempos del Renacimiento; en los elementos or­
namentales predominan las formas geométricas, y en el conjunto
decorativo guardan todavía perfecto equilibrio el fondo y la orna­
mentación.
La primera gran proyección de las yeserías poblanas nos la ofre­
ce la iglesia de traza casi jesuítica de Santo Domingo de Oaxaca,
cuyo rico revestimiento de fcóvedas y muros consta fue obra de un
maestro poblano, aunque se ha de subrayar el arcaísmo de sus te­
mas ornamentales 52.
L as yeserías de la capilla del Rosario del mismo templo oaxa-
queft0 son muy posteriores (1724-1731), y aunque menos finas, son
ellas producciones de la escuela en su etapa dieciochesca.
* f i a b le m e n t e al mismo taller que decoró la capilla del Rosario
St deben también las yeserías de la iglesia poblana de San Cristóbal,
i *caso las de la antigua iglesia jesuítica —\
• Jrande fue la influencia de la capilla poblana del Rosario, por
cJuy\p1°* en |a jg[esja Xixolotla (Tlaxcala) y en otras comarcanas,
de 1 est'^° decorativo, de ornato abundante y menudo, propio
L yeserías interiores, no tarda en manifestarse al exterior, de
640 La Iglesia cn la América del Norte española
lo que es buen ejemplo la fachada del convento poblano de 8
Domingo. anto
A tiñes del 600 el arte de los yeseros de la capital se ha ext
dido por la comarca. Foco particularmente vital fue Atlixco ^
a tiñes del siglo xvn y comienzos del x v m labra portadas impo
tantes, donde las columnas salomónicas alternan con otras de caña
revestidas de labor de cesta 54.

La arquitectura del siglo XVII en otras poblaciones.—La


monumental catedral de Morelia, por ejemplo, iniciada a mediados
del siglo, queda virtualmente terminada en su interior en 1705. Tí­
pica obra de esa centuria es también, en la misma población, la
magnifica portada del Carmen. En otras ciudades estos edificios se
pierden entre los innúmeros barrocos dieciochescos que menciona­
remos posteriormente55.

Arquitectura guatemalteca de los siglos XVI y XVII,—El


9 de septiembre de 1541, un torrente de agua destruía la ciudad vieja
de Guatem?.lci y la obra de los años anteriores56. El 10 de marzo
de 1543 se traza la nueva ciudad en el centro del valle recorrido por
las aguas del modesto Panchoy 57.
A principios del siglo xvii se levantaban siete conventos o casas
religiosas en la ciudad reconstruida: agustinos, dominicos, francis­
canos, jesuitas, mercedarios, monjas de la Concepción y las de San­
ta Catalina; magníficos los de los dominicos, franciscanos y merce­
darios 58. El convento franciscano construido en La Antigua—así
se llamó la nueva ciudad— , derruido por el terremoto de 15651 fue
sustituido por otro. Del viejo convento de La Merced se aprovechó
también poco. De los restantes conventos levantados en La Antigua
nada se encuentra visible en el siglo xvi.
D e la primera m itad del seiscientos apenas existe tampoco nada.
Aparecí ;' claras manifestaciones del barroco— lo llamaríamos clá-
sico-barrcco— en la gran obra de m ediados del siglo, el bello con­
junto de la portada de la iglesia y del hospital de San Pedro (164S'
1065), atribuida a Nicolás de C á rca m o 59.
La gran figura de la segunda mitad del seiscientos guatemalteco
es José de Porres (1638-1703). El prestigio que adquiere en la tei-
minación de la catedral, inaugurada en 168060, le hace intervenir
en la erección de otros templos. El terremoto de 1717 destruye e
cimborrio y el crucero de la catedral, arruinada definitivamente
otro que asoló la ciudad en 1773. En 1820 deciden aprovechar o
cons0rvado para iglesia parroquial de San José. .jja
Ls la iglesia mayor: tres naves, más dos de capillas y la caPl

54 íbíd-, 4 1 .
; 5 íb í d ., 42.
X i m é n e z , H i s t o r i a de la p r o v i n c ia d e S a n V i c e n t e I 1.2 c . 1 9 p . 228-232»
*b í d ’ 020 P-23 J - 238 ; A H A II 43-49. . %
ñ rat)itant*
V á z q u e z , d e R s p í n o s a , C o m p e n d i o n . 6 / o - 6 i 6 ; V i l l a c o r t a , H i s t o r i a de
gen era l de G u a t e m a l a 3/5-317.
A M A , ib íd., 50 -5 5 ; V i l l a c o r t a , o .c ., 3 1 9 .
60 v i l l a c o r t a , o .c ., 3 1 7 - 3 1 9 ,
C.20. Arte eclesiástico: s.XVI y XVII 641
aj detrás de la mayor. Los soportes son cruciformes, de sección
la r g a d a y pilastras lisas en los frentes. La nave central, con ilumi­
n a c ió n directa, es más elevada que las laterales. Las bóvedas vaídas
nue cubren todavía en parte sus tres naves parecen delatar cierta
t r a d i c i ó n renacentista, y los mismos nervios ricamente decorados
ue e x o r n a n su intradós pudieran considerarse eco remoto de mo­
delos del siglo xvi 61 .
El conjunto de mayor riqueza decorativa nos lo ofrece el cruce­
ro, y es modalidad especial de la característica de los yeseros pobla­
nos. Si los yesos ligan la catedral guatemalteca con la escuela pobla­
na, las estrías de los arcos de otras partes del monumento parecen
mantener la vieja tradición renacentista de los dominios de la veci­
na Oaxaca. La fachada, bastante restaurada en el segundo cuerpo
a principios del siglo xix, está concebida con sentido mucho más
clásico 62.
La fachada de la catedral influye no poco en el arte guatemalte­
co: las portadas de la iglesia de la Compañía de Jesús, erigida en 1698,
y la de Santa Teresa (1683-1687) repiten con bastante fidelidad la
composición general63.
La exuberante decoración que enriquecía un día, y enriquece
aún en parte, el interior de la catedral se desborda en la iglesia de
La Merced, recubriendo toda la superficie del muro y de los ele­
mentos arquitectónicos que la componen. A principios del siglo xvn
dirigía la obra del convento fray Juan de Chaves.
En 1760 reconstruyen las torres y su portada lateral y la decora­
ción interior.
La fachada, rica en decoración, pero de sencillez clásica, rompe
con el modelo de la catedral y será imitada en otros templos de la
ciudad. El claustro, de grandes proporciones, se clasifica entre los
monumentos más importantes de la ciudad 64.
Del monasterio franciscano en ruinas presentan relieve artístico
la iglesia y principalmente la portada, que representa el triunfo de
la columna salomónica 65 .
De otros templos construidas en La Antigua durante el siglo xvn ,
alguno tan señalado como Santo Domingo, hoy unos cuantos muros
ruinosos, nada de interesante se conserva actualmente.
Fuera de la vieja capital, uno de los monumentos más represen­
tativos es la iglesia de Panajachel, cerca del lago de Atitlán. Su fa­
chada, de aire renacentista, desconcierta por la época en que se
e .ctuó. En la sacristía se conservan bóvedas con nervios acaso de
Pnncipio del seiscientos.
. Pertenecen artísticamente a la escuela guatemalteca la catedral
®}glesia de Santo Domingo de San Cristóbal de Chiapas, la antigua
(->udad Real 66.

I) U 58-60.
m Snd7 n?8-6-*-
M A u 2 * 3 s; VlLLACORTA, O .C . 23OS.236.
0$ \ ! V a ’ * 6 2 - 6 4 ; VILLACORTA, O.C., 2 2 4 -
6 4 “6 6 ; VlLLACORTA, O.C.. 3 1 9 *
M l b í d ., 67S.

V? /<i Iglesia en Am érica 21


642 La Iglesia en la América del Norte española
Escultura renacentista cn Santo Dom ingo y Puerto Rj
siglos XVI y XVII. Las obras escultóricas de los siglos xvi y x?'
conservadas en las islas del Caribe son escasas, aunque algunas dé
subida calidad.
El grupo de escultura renacentista más destacado es el de Sanl(
Domingo: la sillería del coro dc la catedral, fechada en 1540,
que los tableros del sitial del prelado representan a San Pedro de
pie leyendo y a Santa Bárbara con la simbólica torre y la palma del
martirio en las manos; la Virgen con el Niño, escultura renombrada
también de la catedral, muy próxima acaso a 1600.
San Juan de Puerto Rico posee una de las esculturas más bella:,
de América: la Virgen del Seminario . Grande escultura renacentista
es también el Cristo llamado de los Ponces, de la iglesia de San
José 67.
Los m onumentos conocidos del seiscientos son menos numerosos
y señalados que los de la centuria anterior. L a rica portada de la
capilla de los Cam puzanos Polancos, en la iglesia de Santo Do­
mingo, y la representación del firm am ento de la bóveda constitu­
yen un conjunto de notable prestancia iconográfica. Análogamente,
la estatua yacente de fray Fernando C anal (1644), de la iglesia de
L a M erced, en la m encionada población.
Las dos obras más significativas de la escultura seiscentista cu­
bana son probablem ente la Giraldilla de la Fuerza y el San Cristó­
bal de la cated ral68.

Nueva España: relieves poblanos de influencia indígena.—


La escultura novohispana, la menos estudiada de las tres artes ma­
yores, se mantiene a un nivel muy inferior al de la arquitectura y ni
aun alcanza el de la pintura.
A u n q ue influenciada por el Renacim iento, la primera etapa de
la escultura mejicana conserva todavía un gran lastre gótico y se
reduce sustancial mente a los relieves en piedra que decoran las fa­
chadas de los templos más antiguos. En ellos la c o la b o ra c ió n indí­
gena parece haber sido m uy intensa, aunque probablemente con la
presencia de escultores peninsulares de form ación in su ficie n te . Una
de las series más antiguas y destacadas de este prim er período for*
man la portada y las posas de C alpan (1548) y H u e jo tz in g o ( i 55°)'
La portada de la iglesia de H uaquechula (Puebla), p ro b a b le tn e n e
de 1580, es de estilo más ingenuo. M erece tam bién recordarse a
Anunciación de la capilla d é la O rd en T ercera de Tlaxcala. Lo V,r
yen con el Niño, labrada en la portada de la iglesia de T e p o z o t n,
es típica en su estilo sencillo.
Pero dentro del campo de la escultura r e n a c e n tis ta mejica^ ’
seguramente de mano indígena, ocupa lugar mucho más r^ eV^ ajl
por su elevada calidad, el decorador de la capilla de indios dc
manalco (Méjico). Por desgracia, su labor escultórica fue reduc
sima (,<).

Ibíd,, 267-274.
C.20, Arte ecles 'táttico: s.XVl y XVII 643

Nueva España y el ectilo peninsular; escultura m o n u m en -


, gjg|0g X V I y X V II.— En la» grandes portadas de las iglesias
timanas aparece una escultura de carácter decorativo y monu-
^ntal debida a escultores profesionales formados en la Península
^ e d u c a d o s por ellos. Así, en la lujosa portada de San Antonio Acol-
0 (Méjico), en Yuririapúndaro (Guanajuato). Sugestivo también
íTirlieve de piedra del Descendimiento de la sala capitular de Yan-
huitíán (Oaxaca) 70 .

Los retablos.— La proyección de mayor vivencia en la escultu­


ra renacentista fueron los grandes retablos de los templos. Adviér­
tase que lo conservado es sólo una pequeña parte de lo producido
durante el siglo xvi.
En el retablo mayor de Huejotzingo (Puebla) se han confiado a
la escultura hornacinas de las entrecalles, en que aparecen otras tan­
tas estatuas; los bancos en que figuran grupos de apóstoles de medio
cuerpo y el gran relieve central, Impresión de los estigmas a San Fran­
cisco, caracterizado por cierta grandiosidad y serenidad que distin­
gue a la última generación de los escultores renacentistas.
Sí la Virgen, que se supone procedente del centro del retablo
del convento franciscano de Xochimilco (Méjico), trabajado ha­
cia ióoo, es de la misma mano que las esculturas que lo decoran,
hay que reconocer que su autor escala alturas no alcanzadas por los
escultores establecidos entonces en Nueva España.
La calidad de los escasos restos escultóricos conservados, como
los referidos de Huejotzingo y Xochimilco; las estatuas de San Pe­
dro y San Pablo, de San Juan de Huacalco (Méjico), y el trozo de
relieve del Eterno Padre, de Yuririapúndaro, hacen suponer la exis­
tencia de una notable escultura renacentista71.

Las imágenes.— Al mismo tiempo que se labran estos grandes


retablos, se importan muchas imágenes, ocultas hoy en buena parte
Por vestiduras de telas que apenas dejan ver sino su rostro: la Vir-
tfen de la M erced, titularían día de su convento grande de Méjico;
p ^rupo de Santa Ana, la Virgen y el Niño, de Santa Mónica de
uebla, de calidad muy superior a la anterior escultura y obra de
primer orden dentro de la escuela sevillana de hacia 1570; otro grupo
na ogo al anterior, La Virgen en brazos de su madre, conservado en
^uautinchán (Puebla); La Virgen con el Niño, escultura procedente
este dn /<ranc*sco» conservada en la catedral mejicana, caracteriza
su 1 Pnnodo’ a Pesar de su mal estado e índole monumental, con
en > composición de noble estirpe rafaelesea traduce todo el
canto de una imagen de bulto redondo.
(; 'ntrc 'as imágenes del Crucificado merece recordarse el de los
del ^ lslad°res’ conservado en la catedral mejicana, probablemente
KU(>S(>M i° cuart-°, quinientos, y otra, importada acaso de anti-
• 1 de la colección Bello, de Puebla, firmado en 1585 por Gaspar
644 La Iglesia en la América del Norte española
Núñez Delgado, uno de los principales escultores de la escupí»
villana 72. ‘ast-

Siglo XVII — Mientras esculturas peninsulares emigran a Ul


tramar y su influencia continúa intensa, tanto a través de las obr
importadas como de los artistas que hacen de Nueva España su
segunda patria, la participación artística de los hijos del país es cada
vez mayor, y el material conservado más abundante. Como suced
con la pintura en la primera mitad del siglo xvir, la escultura sevi­
llana, sobre todo con Martínez Montañés (1568-1649) 73# deja hue­
lla profunda en la mejicana. La de Zurbarán en la pintura, lo indi­
caremos más adelante, es también decisiva.
Diego de Daza, para mencionar los más destacados, envía a Mé­
jico en 1609 doce estatuitas del Niño Jesús.
Una de las obras más bellas y de estilo más montañesiano de la
ciudad de los virreyes es el llamado N iño cautivo, de la catedral,
Independiente de la escuela sevillana existe alguna obra de solven­
cia de la segunda mitad del seiscientos, como los hermosos bustos
de L a profesa de M éjico, de Pedro Mena.
Las obras de mayor significación pertenecen a la segunda mitad
del siglo, y más concretamente a sus últimos años. Por recordar al­
gunos, el relieve de San Agustín, de la antigua iglesia agustiniana,
actual Biblioteca Nacional; los tres grandes relieves de la portada
de la catedral, bastante inferiores en calidad al mencionado: Asur
ción, La entrega de las llaves a San Pedro y L a nave de la Iglesia1*.

Puebla y O axaca.— Para apreciar la escultura poblana hemos


de asomamos a la catedral. Destacan en su portada los grandes re­
lieves de Juan de Solís González y los ángeles de las pechinas de la
cúpula, que fueron reemplazados por los actuales, de García Fe-
rrer, y las estatuas elaboradas por Lucas Méndez para el retablo de
los Reyes.
Otro foco de escultura monumental es Oaxaca, con las portadas
de San Agustín y de la iglesia de la Soledad75.

Escultura renacentista en la A m é rica central.— En Guate-


mala radica una de las escuelas escultóricas hispanoamericanas mas
florecientes y fecundas; pero no alcanza su plena personalidad sobre
el fondo andaluz, y más especialmente sevillano, hasta la época a
rroca y quizá hasta el siglo x v m . El Cristo de Esquipulas ( 1595 ) es
sin duda la imagen más venerada de toda la Capitanía General-
El aprecio por las obras sevillanas persiste durante el siglo xvn*
Llegan a Comayagua (Honduras) imágenes de influencia montan^
siana. En el convento de San Francisco de Guatemala se vener®
los restos de una imagen selectísima del Crucificado, p r o c e d e n t e
Honduras, atribuible a Montañés. El Salvador Niño, del mismo co

12 U L s s / j jv a , H istoria del a rle hispánico IV 7 2 ; A H A , i b í d ., 278-280.


<A. i j m o y a , ib íd ., 70-7Q. % lfnrefl con
A H A , ib íd., 282 287; cf. ib íd ., 287S, los n o m b r e s d e a l g u n o s in sig n e s escu
sus o bras a r t h t k av.
75 l oí d , 288*.
C.20. Arte eclesiástico: s.XVl y XV 11 64 5
ento, se cree del mismo maestro o de algún discípulo suyo inme­
diato. Obra importada se considera igualmente la Virgen del Car­
men, en la iglesia de que es titular (Guatemala).
De A lon so de Paz (1591-1666), guatemalteco, es el Nazareno
¿e La M erced de La Antigua y acaso el San José de Santo Domingo.
A su lado figuran otros escultores de modesta representación.
Moticias de escultores de la segunda mitad del seiscientos son
más escasas; los llamaríamos más bien ensambladores que escul­
tores 76.

P in tu ra : Santo D om ingo, C uba y Puerto Rico.— Las A n ­


tillas no son ricas en pinturas del siglo xvi y acaso no lo fueron
nunca. D esde fecha muy temprana llegaron probablemente a las
islas, con obras de la escuela española, tablas flamencas. D e ello es
buen testimonio la Virgen de la Leche, de San José (San Juan de
Puerto Rico). En cambio, la Virgen de la Antigua, de la catedral de
Santo D om ingo, manifiesta la presencia allí desde antiguo de artis­
tas sevillanos. Un trozo descubierto de la primitiva decoración en
la actual capilla del Tesoro, del templo catedralicio, nos demuestra
que no todas las obras existentes fueron importadas.
En Cuba, los monumentos pictóricos existentes no son de ma­
yor vivencia: el Padre Eterno, de hacia 1570, del retablo mayor de
la frrmita de la Popa, de Trinidad; el Cristo de la Columna, estilo
romanista, de la puerta del Sagrario de la catedral de Santo D o ­
mingo 77.

La pintura en Nueva España: pintura mural y retablos.— El


gran número de templos y conventos construidos durante el si­
glo xvi suscitó intensa actividad pictórica; muchas imágenes llegan
de Europa, pero las hay también autóctonas. La pintura novohis­
pana del siglo xvi traduce dos proyecciones: la mural y la de los
retablos.
Casi todos ^ds conventos principales, en mayor o menor grado,
ostentan esas viejas decoraciones. La pintura decorativa alcanza
también a los candelabros, pilastras y entablamientos, y a los ar­
tistas indígenas toca un papel de primer orden en estos conjuntos
pictóricos. El Renacimiento aparece ya en algunas de esas decora-
c'ones conventuales, como en la escalera monumental del convento
j'gustiniano de Actopan (Hidalgo). En ningún otro convento de re-
'giosos se cubren de pinturas lienzos de muros tan amplios, ni se
presenta la Orden con tal ostentación decorativa como en la flaman-
V escalera, creación hermana de las grandes portadas, también agus-
•nianas, de Acolman y Yuririapúndaro 78.
Las pinturas murales del claustro de Epazoyucan (Hidalgo) re-
t,an las tres influencias que se dejan sentir constantemente en la
P'ntura novohispana de esta época; por una parte, la flamenca, en
646 La Iglesia en la América Jel Norte española
las figuras alargadas y hieráticas del calvario, no terminado; la '
liana, en el tránsito de la V irgen , y la española 79. ' lta‘
Com posiciones pictóricas de conjuntos conocidos más sugest'
son las de los conventos franciscanos de Cholula y Huejotzingo
de los dom inicos ni en núm ero ni en desarrollo pueden emular ^
las franciscanas, ni m ucho menos con las agustinianas. C°n
El amor al lujo y a la ostentación artística propios de los conventr
agustinianos produjo tam bién frutos de enorm e vivencia en la pin.
tura: los recordados A ctopan , A co lm an y Epazoyucan 80.

R e ta b lo s .— El Renacim iento pictórico novohispano ofrece su


prim era cristalización en el grupo de artistas que se reúnen en torno
al antuerpiano Simón Pereyns, llam ado en N u eva España Perines8'.
A unque su obra, enorm e en proporciones, es desigual, demuestra
cualidades indiscutibles. D e Flandes conserva el gusto por las colo­
raciones azules, la estilización de algunos personajes, la persistencia
del dorado en sus obras y cierta sequedad innata; Italia le ofrece las
coloraciones ricas, com posición arm oniosa, la falta de detalles y la
delectación en las formas somáticas. A Pereyns le gusta pintar por
manchas; sus cuadros semejan a veces esmaltados, grandes espacios
con manchas de color, frecuentem ente a la m anera de lacas82.
Pueden mencionarse com o obras maestras suyas el hermoso re-
;ablo de H uejotzingo, fechado en 1585; el m uy conocido San Cris­
tóbal, del mismo año, de la catedral m ejicana, y la Virgen del Perdón,
del trascoro de la catedral 83.
El antuerpiano form ó un grupo de artistas que se agruparon
a su vera: Francisco de Ibía, zum ayano, conocido ordinariamente
como Franciscano de Zum aya 84; A n d rés de la C oncha 85, uno de los
pintores más calificados de su tiem po, y Juan de A rrúe 86, el más
conocido del grupo.
El último pintor de esta época es A lon so de Villasana 87.
P in tu ra d el seiscien tos.— E l em palm e artístico entre las firmas
m e n c io n e : las y el núcleo de la gran pintura eclesiástica que florece
a p r in c ip io s del seiscientos lo constituyen principalm ente Alonso
Vázquez 88 y Alonso L ópez de Herrera 89.
Sin poder con creur la influencia de A lon so V ázquez en la Pintu
ra novohispana, su existencia es innegable. A caso sus o b r a s mas
representativas son el M artirio de Santa M argarita y el retablo de a
capilla universitaria de M éjico 90. . •
Alonso López de Herrera florece a fines del quinientos y P^n^a
pios del seiscientos. Firm a su prim era obra conocida en 1609 y ^
1620 ingresa en la O rden dom inicana. D espués sólo tenemos no
de obras que firma.
79 T A C , 27 .
H0 A H A íí 355 370. §
I I £ f; ; us dat° c biográficos en A H A II 376-380; T A C 129; cf. C o u t o , D iá log o
** T A C 131. «7 T A C 136.
II 11 ^0 -382. 88 C o u t o ,'Didlofíos sos. 1 3 5 1^8'
' Cotrro, O c 62. 89 o . c . , 1 4 . 7 6 . 130 -
11 Á ‘~ ' 50,1 :i*' 9Ü T A C i37«; A H A , ibkl., 394-
86 O . c , nfc.
C.20. Arte eclesiástico: s.XVl y XVII 647
El cotejo de su obra más calificada, la gran tabla de la Asunción ,
con la Concepción, de Baltasar Echave Orio, fechada en 1622, en que
la dulzura y suavidad del colorido, que se convertirá en una de las
notas más constantes de la pintura novohispana, hace jugosa la se­
q u e d a d del estilo amanerado de 1600, nos pone al descubierto el
tono fuerte que distingue al pintor dominico.
Com posiciones suyas renombradas: Cristo resucitado, con su des­
nudo bello y sobrio, una de las mejores creaciones de Nueva España
de esta época; la Anunciación, y sus láminas de cobre de Santa Teresa
y Santo Tomás 91.
Uno de los inm ediatos y eficaces predecesores de la gran pintura
del siglo x v ii es el guipuzcoano Baltasar Echave O rio 92, de A iza r-
nazábaí. En sus obras pictóricas, abundantísimas en M éjico, alcanza
excelsitudes de siglo de oro. D eriva de Italia el brillante colorido y las
formas de elegancia incom parable. A u n q u e pintor renacentista, co n ­
serva ingenuidad extraordinaria. Puede considerársele en su época
como el prim er pintor del arte hispánico.
Su enorme prestigio ocultó en su deslum bram iento las figuras de
sus hijos Baltasar 93 y M anuel Echave Ibía 94.
De los discípulos del guipuzcoano, acaso el de más solvencia es
Luis Juárez 95. Su actividad artística abarca el período de 1610 a 1633.
Consta que en 1639 había muerto ya. Representante del amanera­
miento de fines del siglo, descubre, sin embargo, personalidad deli­
cada y fino sentido colorista, no exento de homogeneidad rayana
a veces en monotonía. Sus producciones de más nombre son los
Desposorios místicos de Santa Catalina y el Martirio de San Herme­
negildo, dejado a m edio terminar por A lonso V ázquez 96.

El claroscuro. Influencia de Zurbarán. Juan de Valdés


Leal.— U no de los que más honda huella dejan en N ueva España
es, sin duda alguna, Francisco de Zurbarán (1598-1664); su influen­
cia llena y caracteriza toda una etapa de evolución.
El zurbaranism o se introduce en N ueva España a través de obras
importadas y por los discípulos Hel maestro que cruzan el A tlántico 97.
El heraldo y al mismo tiem po el difundidor del nuevo estilo
parece haber sido Sebastián L ópez de Arteaga 98, nacido en 1610,
Que en su eficiencia artística se muestra rudo opositor de la pintura
'talianizante que se había desarrollado hasta entonces sin contradic­
ción aparente. Su obra es menos abundante que la de cualquier
Pintor de su tiem po. En los Desposorios se manifiesta menos trágico
jíue en la Incredulidad y en el Crucificado: su tenebrism o aparece
Estante dulcificado; pero el claroscurismo de los ropajes, los perso­
najes principales, los rasgos menudos y finos de sus rostros, delatan
al discípulo de Zurbarán

l\ T A C 1 3 8 - 1 4 1 ; A H A , ib íd ., 401-4 04 . 92 C o u t o , o .c ., 3 4 . sos .
0; u . c., 56.70s.130. 94 o .c ., 56.70.139.
„ 7 Jr'-O., 50.633.110.131. 96 T A C 147-151; A H A 11 396-399.
<)8 L oz oy a, H istoria del arte hispánico IV 82.125-130.135.
T'^VI0 ' D iálogos 42S.66-70.
1 'Si- 155; A H A II 405-408.
648 La Iglesia en la América del Norte española
Muerto Arteaga, acaso antes de cumplir los cincuenta a'
José Juárez l0°, más joven que él, pasa a ser la figura señera de?’
primera mitad del siglo xvn. Muere hacia 1661-1664. Por el númer
de sus obras conservadas y por la influencia que ejerció en sus con°
temporáneos y en la generación siguiente, si no el introductor-—esté
mérito cabe a Arteaga— , es el difundidor en Nueva España de¡
zurbaranismo.
Creaciones suyas más apreciadas: La adoración de los Reyes, Sa­
grada Familia. Composición de más envergadura y más movida que
las anteriores es la Visión de San Francisco.
La característica zurbaranesca es también sensible en los mejo­
res cuadros de la serie de la vida de la Virgen, conservada en la
catedral de Guatemala, de Pedro Ramírez, coetáneo de Juárez, aun­
que de mérito inferior, que desarrolla su actividad artística en el
segundo tercio del seiscientos (1633-1678) 101.
El tránsito del tenebrismo zurbaranesco de José Juárez al pleno
barroquismo pictórico valdesiano del Cristóbal de Villalpando
lo realiza Baltasar Echave y Rioja 103 (1632-1682), hijo de Echave
Ibía. La nota tenebrista que acentúa en su lienzo Entierro de Cristo
(1665) la amortigua sólo un año más tarde en el Martirio de San
Pedro Arbués 104.
Cuando Cristóbal de Villalpando, nacido hacia 1455, comienza
su labor pictórica, el claroscuro zurbaranesco ha pasado de moda,
y Juan de Valdés Leal (1622-1690) 105 es el ídolo preferido, como
se puede apreciar en la ampulosidad barroca de algunas de las com­
posiciones del mejicano Villalpando: L a Virgen y San José imponien­
do el velo a Santa Teresa y San Juan Evangelista en Patmos. En los
grandes lienzos de la Iglesia militante y la Iglesia triunfante, su fogo­
sidad barroca encuentra amplio campo donde desplegar una exube­
rante fastuosidad 106.
Sincronizan con la vistosidad villalpandiana, aunque a cuota in­
ferior, Juar 1o7 y Nicolás Correa 108.

Escuela poblana.— La escuela poblana, que tan grande des­


arrollo adquirirá en la segunda mitad del siglo, está representada en
sus primeros años y últimos del antecedente por un gran miniatu­
rista, probablemente español, Luis Lagarto, que en 1660 ilumino
los libros de coro de la catedral angelopolitana. .
Aunque sólo trabajó en Puebla los años del pontificado palafox|a
no (1639-1649), debe considerarse a Pedro García Ferrer (i 5 3^
1660) como el representante más antiguo del claroscurismo en
ciudad de Los Angeles.

100 C f. C oi; t o , o. c. , 6 ÍS .7 Í
101 A H A íí 408-412.
!!2 Cf n c., 42R.84-86.
,03 O.c., 56.112.
A H A , ibíd., 412-415.
J06 a hispánico IV ;345‘ 35 <>352 .
A M A , ibid., 476-42J.
in» í ' f Diálogos 72s.82.85.88.
108 O.c., 72; A H A , íbíd., 421.
C.21. En plena restauración eclesiástica 640
Los pintores poblanos de la segunda mitad del siglo x v i i no
elevada calidad. Puede entre ellos mencionarse Diego Bor-
r efleja n

araf109> m uerto en 1686, nacido en Amberes, de estilo en general


seco y arcaizante 110.

pintura en Guatem ala. — D e la pintura renacentista de Guate­


mala apenas sabemos nada. Los retablos de La Antigua de los siglos
x v i y x v i i fueron desapareciendo sin duda en los frecuentes terre-
m o to s .
La pintura mural conservada en las ruinas del convento de San
F r a n c i s c o delata perfecta congruencia con la de Nueva España.
En la pintura seiscentista propiamente guatemalteca— por insu­
ficiente información no podemos precisar ni sus caracteres ni su
e v o lu c ió n — , a juzgar por las obras conocidas, contribuyeron a su
formación la peninsular y la mejicana 111.

CAPITULO XXI
E n plena restauración eclesiástica *

La persona del obispo. Ciudades.— Los años que siguen a la


celebración del tercer concilio mejicano (1585), la Iglesia ultramarina
va asegurándose firmemente y perfeccionando siempre más y más
su estructura privada e institucional. El episcopado, el clero secular
y regular, la Universidad mejicana y los colegios, principalmente de
religiosos, diseminados por la región, ayudaron no poco a esta activi­
dad dinámica.
En tierras ultramarinas, aunque el virrey políticamente era la
primera autoridad, y el gobernador en su respectiva provincia, el
obispo los superaba en ascendiente moral y prestigio ante el pueblo.
Contribuían a esto la reverencia espontánea que aun las mismas au­
toridades civiles demostraban a los prelados y la educación religiosa
que se inculcaba a españoles, criollos y nativos.
Este prestigio grande que aureolaba al prelado lo traducían muy
claramente los clamorosos y jubilosos festejos celebrados al llegar
los designados obispos a sus correspondientes diócesis *.
Entusiasmo muy justificado, pues la presencia estable del pre­
lado en un puesto suponía la creación de una ciudad. La catedral
y los demás edificios que se habían de erigir, los conventos que
109
C o u t o , o . c ., i i .
Cf. A H A , ibíd., 425-427; L ozoya, ibíd., 294-
1 A H A , ibíd., 434-436.
Siglas y a brev ia tu ra s:
= A legre, Historia de la provincia... N . España , ed. B u r r u s - Z u b i l l a g a ,
C ru ^ ~ C u e v a s , Historia de ¡a Iglesia en M é x ic o .
GH n ^ lERAKV) D e c o r m e , La obra de los jesuitas mexicanos.
í>]\Vn i , G a y , Historia de O axaca. A w
G a r c í a I c a z b a l c e t a , Bibliografía mexicana... N u e v a e d ic i ó n p o r A M illa -
iv\\,A res G a r lo .
1 Rp P é r e z , L os obispos de la Orden de la Merced en Amértca.
SV’ R n M éxico.
P é r e z d e R i v a s , C o r á n i c a . . . de
S an tiago V ela, Ensayo de una biblioteca iberoamericana .
^ 11X1 11] QO-t)2.
650 L.i íg!esia en la América del Norte española

comenzaban a establecerse en la sede episcopal, movilizaban '


dustriales de muchas leguas a la redonda, arquitectos, constructor"
escultores y pintores, alarifes, trabajadores de todas clases, come?'
ciantes, traficantes, españoles, mestizos e indios, y nuevos eslal/
nes se iban añadiendo a aquella cadena sin fin. Los traslados he
chos, a comenzar de mediados del siglo xvi, de la sede michoacanense
primero de Tzintzuntzan a Pátzcuaro y después a Valladolid, ac-
tual Morelia, 1580; de la sede tapatía de Compostela a Guadala­
jara, 1550; y de la tlaxcalense de Tlaxcala a Puebla, 1541, COn e|
consiguiente desplazamiento de toda la organización ciudadana
demuestran el poder creador de la sede diocesana 2.

Sedes vacantes. Los obispos y el progresivo desenvolvi­


miento de la Iglesia.— Ante esta influencia y poder construc­
tivo de los obispos es más de lamentar la duradera vacancia que
en el siglo x v n registraron algunas sedes: unos cuarenta y seis
años la arquidiócesis de M éjico, unos treinta y nueve la diócesis
de Chiapas, alrededor de treinta y cinco la de Michoacán, treinta
más o menos la de Yucatán, unos treinta y dos la de Guadalajara,
veintinueve la de Oaxaca, trece la de Puebla y quince la de Du­
rango 3.
Las enormes distancias entre España, Roma y Ultramar dificul­
taban y retardaban las gestiones para la designación prelaticia. La
e'ección para obispo de un residente local hubiese abreviado, aun­
que no mucho, la nominación del dignatario, pues cualquier can­
didato presentado para el puesto vacante había de pasar por el
tamiz escrupuloso de la corte española, cuyo dictamen esperaba
Roma para el nombramiento definitivo.
La elección de obispos locales, aunque no demasiado simpatica
al Consejo de Indias, que veía de este modo amenazada su libertad
de acción sobre la Iglesia novohispana, hubiese sin duda alguna
V vorecido una actuación de la Iglesia ultramarina, más desvincu­
lada de la autoridad civil en provecho de su desarrollo espíritu3 •
Los obispos procedentes de España— aunque los prelados autoc
tonos que ocuparon las sedes ultramarinas no se distinguieron espe
cialmente por su espíritu autónomo— , favorecedores no pocas ve
ces, por convencimiento o por interés, de las excesivas faculta es
patronales que se asumían la corte y los delegados y oficiales regi°s’
no supieron aislar sus poderes eclesiásticos de la intromisión mu^
chas veces abusiva de las autoridades civiles. Desde luego ^
corte española cuidaba de elegir prelados que no obstaculiza1^
su actuación vigilante sobre las iglesias de aquellos remotos Pais ^
Ni era fácil que obispos formados en ambiente i n t e n s a m e n t e
tronal intentasen sacudir aquel yugo presionante, sobre todo ^ ^
los recursos pecuniarios de las diócesis y de las iglesias locales
Fer-
2 i b l d . , 9 2 ; cf. P é r k z V i . ri j í a , í ¡i,loria particular del estado de Jalisco I .^.51
•^ano^z Echever^ía> flíU o r ia de la Jundactón de la ciu d a d de P u e b la de los auser>(:'aS
J J I M , ibid., 98. hr> más clr una ocasión Ja Santa Sede reclamó contra es j ^ ¿riM*
• v a c a n c i a s . J v.gr. O l a r k a C m k m l n i m a L a n r a m e n d í , Indices de la correspow
n u n a * t “ ra de f*spana y (a Sa n ta Sede II n.6286.6306.63 i 4.6355.645.1 •
C.21. En plena restauración eclesiástica 651
pendían casi exclusivamente de la corona. La libertad de espíritu
¿e un Santo Toribio Alfonso de Mogrovejo, arzobispo de Lima
(1579-1606), heroica en el régimen patronal, no podía ser patri­
monio de muchos.
Faltó también al episcopado ultramarino la acción colectiva, que
hubiesen podido cristalizar los concilios provinciales, pues, finali­
zado el de 1585, sus estatutos no se publicaron hasta 1622, y el
siguiente no se convocó hasta 1771. Reconocía, sí, la corte espa­
ñola, según se lo manifestaba Felipe III en cédula de 9 de febrero
de 1621 al virrey novohispano, la oportunidad de reunir concilio
provincial, porque se habrían «ofrecido algunas novedades de casos
urgentes, misiones u otras cosas» que requerían reforma o nueva
disposición, y recomendaba el monarca a su delegado obligara «a
todos los curas y doctrineros, seculares y regulares* a tener los esta­
tutos conciliares, y para este efecto había mandado imprimir, des­
pués de cuidadosa revisión, el mencionado concilio, «para que haya
la buena noticia, ejecución y observancia que conviene al servicio
de Dios Nuestro Señor y bien de las almas y buen gobierno»4;
pero ni las autoridades civiles ni las eclesiásticas decidieron con
acción resuelta la celebración de nuevo concilio provincial.
Otras deficiencias impidieron también no poco el progresivo
desenvolvimiento de la Iglesia ultramarina: la actitud desorientada
de prelados a los que, o por lo avanzado de su edad o por su proce­
dencia peninsular, faltó tiempo para una aclimatación ambiental;
el servilismo diplomático de algunos prelados, con menoscabo del
prestigio eclesiástico; las muchas leyes y disposiciones patronales
que frenaban y cohibían la iniciativa de los prelados.
Pero tampoco bastantes de los designados— aunque todos ob­
servaron generalmente conducta moral digna— alcanzaban la pres­
tancia que requería el cargo, sobre todo en zonas inmensas donde
la Iglesia disponía de escasos medios para su necesaria actividad 5.

Obispos representativos. Arzobispado mejicano.— Figuras


de solvencia las hay ciertamente en el episcopado del 600. Seleccio­
namos sólo algunas.
Payo Enríquez de Ribera, nacido en Sevilla, 1612, profesa en
convento agustiniano de San Felipe el Real, 9 de noviembre

c¡l¡4 CH IM , ibíd., 95. El concilio Tridentino (ses.24 c.2) había prescrito: «Provincialia con-
P o n ' S\LU oirússa sunt, pro moderandis moribus, corrigendis excessibus, controversias com -
ips e s* güisque ex sacris canonibus permissis renoverentur. Quarc metropolitani per sc
senf SCU> impeditis, coepiscopus antiquior intra annum ad minus a fine prae-
ivi¡n,ls Conc.iHi, et deinde quolibet saítem triennio post octavan* Paschae Resurrectionis D o -
m¡J nostri Iesu Christi, seu alio eommodiori tempore, pro more provinciae, non praeter-
tud¡n s.^noc^um in provincia sua cogere, quo episcopi omnes et alii qui de iurc vel consue-
conv lntcrcssc debent, exceptis iis quibus cum imminenti periculo transfretandum esset*
I os T 0 omr>ino teneantur» ( Cánones et decreta sacrosancti oecum enid co n cilii tridentin i 182$).
‘sto ^
este n' sp? r s n°vohispanos, reunidos
,wv^,u sPan os, reu concilio
n íaos en con cilio (1565). ^
en carta vu
dirigida
i^ iu a oal
a rev, le lu
incluyen
v .u y ^ i
los "T,afo: «Item. suplicamos a vuestra majestad sea servido de pedir a Su Santidad que
s(. lVK| ,os Provinciales que el santo concilio Tridentino manda celebrar de tres en tres años,
sUfY ' rcn de ocho años, en estas partes, por la mucha distancia en que están las iglesias
larKo<rH as dcsta arz°bispal dc M éxico, v por la gran dificultad y peligro que hay en tan
n'ieva»Cam,nos’ y P ° r ,a Sran necesidad que hay de la presencia del pastor entre esta gente
5 í ' rriV' convertida» (E p isto la rio de N ueva España X IV 65)-
*IIM in
652 La Iglesia en la América del Norte española
de 1628. H ace sus estudios en Salam anca y los termina prob ki
mente en Valladolid, donde se encontraba en 1636. El mismo
se traslada de conventual a Burgos, acaso con el cargo de lector310
artes. R egresa después al colegio vallisoletano de San Gabriel^
explicar teología. E n 1645 leía la m ism a facultad en el colegio com*
plutense de San A gu stín , del que fue tam bién regente de estudios
Presentado en 1657 por F elip e IV para la silla de Guatemala
toma posesión de su diócesis el 23 de febrero de 1659. Durante $ú
pontificado visita su diócesis, prom ueve la fundación del hospital
de San Pedro para la curación de eclesiásticos y bendice la primera
piedra de la iglesia de dicho hospital. D a a los Herm anos betlemitas
el hábito y la regla que observaron al principio y les facilita la
fundación de hospital en M éjico.
T a n parco para sí com o pródigo para los pobres y decidido
sostenedor del alivio y condición de los indios, a quienes ampara y
defiende ante la A udien cia con sus escritos. L lano y afable en su
trato, se conquista la simpatía general. Su m ejor tim bre de gloria
fueron la introducción de la im prenta en G uatem ala 6 y la publica­
ción de su gran libro Explicatio apologética7.
Señalado después de diez años para la sede de Michoacán, de
camino a aquella provincia, dos leguas antes de Oaxaca, recibe la
promoción al arzobispado mejicano, y hace su entrada el 28 de
junio de 1668, si bien su recibim iento com o arzobispo no tiene
lugar hasta el 8 de diciem bre de 1670. Por m uerte del virrey don
Pedro de Colón y Portugal, duque de Veragua, m arqués de Jamaica
y almirante de las Indias, 1672, m uerto a los cinco días de ocupar
su se d e 8, en virtud de designación contenida en pliego secreto,
se encargó del virreinato el 13 de diciem bre de 1674. Cuida de
mantener las costas del país, continuam ente amenazadas, en buen
estado de defensa; da im pulso a las obras de la catedral y a las del
desagüe del valle de M éjico, y tiene especial cuidado de velar por
la conducta de los corregidores y la buena adm inistración de justi­
cia. Reducida a pavesas la iglesia de San A gu stín , 1 1 de diciembre
de 1676, manda levantar los planos para la reedificación, aunque las
obras no comenzaran hasta trece años después. E l gobierno espi
ritual y temporal no le im pide dedicarse a sus tareas lite ra ria s favo
ritas, publicando durante su estancia m ejicana algunos escritos.
Puede afirmarse sin exageración que se coloca a la cabeza del moví
miento literario local.
Aceptada su renuncia al arzobispado, que había solicitado
de años atrás, y hecha entrega del gobierno a su sucesor, don 1°^!
Antonio de la C erda Enríquez A fá n de R ibera, conde de Pa*e
y marqués de L a Laguna (1680-1686), distrib uye todo su “ lDjoS
entre los establecimientos de beneficencia, dona su biblioteca a ^
Padres fili penses y parte de la capital el 30 de ju n io de 1681» P
desembarcar en C ádiz el 5 de noviem bre del m ism o año. Prece

7 ^"a lrril irf'n,a c.n G u a tem a la II i p .XXIII.


7 Cf. h V U i IV 523.
8 Su \ fek , U Cornejo II 440.
C.21. En plena restauración eclesiástica 653
ternente estaba nombrado obispo de Cuenca y el rey le concedió, a
su llegada a España, una pensión vitalicia. Desde Puerto Real
('Cádiz) eleva al monarca renuncia del obispado conquense y se
retira al convento de Nuestra Señora del Risco, en las sierras de
Avila, donde vivió dos años de vida austera y humilde. Muere el
8 de abril de 1684 9.

Don Francisco Aguiar y Seijas.— Emprendedor en su acti­


vidad pastoral, se significó don Francisco Aguiar y Seijas, electo
antes de Guadalajara, obispo de Michoacán de 1678 a 1680 y,
últimamente, arzobispo mejicano de 1682 a 1698 10.
Oriundo de G alicia, visita la arquidiócesis dos veces (1684-1696),
rehusando alim entos y regalos de los pueblos visitados. Bastantes
colegios e iglesias de M éjico se erigen en su pontificado, y el 25 de
marzo de 1695 coloca la prim era piedra de la colegiata de G u ad alu ­
pe. Se propone com o ideal de su vida Santo Tom ás de Villanueva,
eminente por su caridad y beneficencia. Su obra más representativa
fue la fundación del seminario conciliar, acabado en 1691.
Traduce la situación de la arquidiócesis y el impulso apostólico
del prelado la carta que, efectuada la visita de la arquidiócesis,
escribe al m onarca el 20 de agosto de 1684:
«Cumpliendo con la obligación de mi cargo pastoral, doy cuenta
a vuestra m ajestad cóm o di principio a la visita de este arzobispado
el día 3 de noviem bre del año pasado de 83, saliendo de esta ciudad
por la cordillera de Sierra Baja, Guasteca, Custodia de T am pico
y Sierra A lta. E n que gasté siete meses y seis días, hasta 9 de junio
de este presente año de 84, reconociendo, visitando todas las doc­
trinas, así de los seculares como de los regulares que se com prenden
en dicha cordillera, sin om itir en la posibilidad distancia alguna,
pues llegué hasta el puerto de la villa de San L uis de T am pico
y pueblos en su Custodia, distantes de esta ciudad más de cien
leguas, cam inando para ello más de quinientas de circuito, con
algunas incom odidades por lo áspero y dilatado de ios caminos y
sus varios temperamentos: y, %in em bargo de esto, gustoso de exp e­
rimentar el grande fruto que he conseguido con dar el pasto esp iri­
tual a que estoy obligado, que ha sido de tal suerte que, en t dos los
puestos, villas y lugares por donde iba siguiendo la visita, concu-
nian los feligreses de ellos con todo fervor, así para recibir el santo
sacramento de la confirmación como para oír las pláticas espiritua-
es. explicación de la doctrina cristiana y procesiones del Vía C rucis,
que personalmente hacía unas veces, y otras, un sacerdote docto
V virtuoso que para este fin m e acompañó. Publicando el jubileo
que se concedió y tengo para estas ocasiones, de que resultaba el
que m uchos que estaban en mal estado se casasen, dándoles para
ell° presto despacho de limosna por la pobreza con que se hallaban;
otros que con todo afecto se confesaban, poniendo todo remedio a
os Pecados públicos y escandalosos, abominando en las pláticas
M ed in a , ibíd., p .X X U l-X X V I; SV EB , ibíd., 516-526; R o b l e s , D ia rio de sucesos
1 290.
- W I V 8 * . 1 0 * ; S c h a f e r , i b l d ., «¡82.584.
654 La Iglesia en la América del Norte española
la disolución de los trajes, haciendo p a ra el bien de las almas I
ñas dispensaciones que fueron convenientes, aplicando alguna T
mosnas para ayuda a las iglesias materiales de algunos pueblos8
se hallaban caídas y para su ornato. ^Uc
»Y habiendo reconocido los libros de las administraciones
constó de ellos hubiese llegado al puerto y Custodia de Tamój10
y sus sujetos arzobispo alguno, por cuya causa había muchas per°
sonas ancianas, así españoles como indios y otras naciones, que no
estaban confirmados, en especial por toda la Sierra Baja y Alta
pueblos de Guasteca, Tampico y los de su Custodia, atrayéndolos
con sagacidad para que consiguiesen tan grande beneficio, sin
llevarles ofrenda ni estipendio alguno. Consiguiendo, asimismo, el
bautizar personalmente a una familia de bárbaros chichimecos que
se componía de seis personas, ya instruidos y reducidos a nuestra
santa fe en la dicha villa de Tampico, que de su voluntad, con
afecto, lo pidieron; y pasan en esta cordillera de más de cien mil
las personas que se han confirmado.
»He procurado por todos modos descargar la real conciencia de
vuestra majestad y la mía, y evitar todas las ofensas de Dios, repa­
rando y asegurando muchos escrúpulos, dando para ello los des­
pachos necesarios tocante a la jurisdicción eclesiástica, solicitando
el alivio de los feligreses, dando para las informaciones matrimo­
niales especial comisión a los doctrineros, así seculares como regu­
lares, para que puedan hacer las de sus feligreses (menos las de los
vagos), porque se obvien vejaciones; y que, por este medio, todos
estén en buen estado, y se les faciliten sus matrimonios, siendo esto
de especial consuelo de los feligreses, como asimismo el ver por sus
pueblos y tierras a su pastor.
»Continuaré por otra cordillera mi visita luego que pasen las
aguas, y siempre daré cuenta a vuestra majestad, para que, siendo
necesario su r e a l patrocinio, tenga debido efecto lo que necesitare
de remedio en descargo de la real conciencia de vuestra majestad
y d e la m ía» n.
Esta proyección eclesiástica del arzobispado mejicano se repite
más o menos en todas las diócesis ultramarinas: sacerdotes secula­
res y religiosos que se reparten el campo de apostolado, con fie-
cuencia material y moralmente ingrato, ejercitan ministerios lejos
de la vigilancia episcopal— las visitas de los prelados eran sólo es
porádicas — -entre múltiples dificultades del terreno, muchas veces
agreste e inaccesible, feligreses temperamental y ra c ia lm e n te muy
diversos, ordinariamente dominadores y dominados, con todas as
consecuencias materiales y espirituales que puede tener el encuen 1
de dos civilizaciones desiguales.

Algunos obispos de Puebla de los Angeles.— En Puebla


rece señalarse don Juan de Palafox y M endoza, antes consejero
Indias (1639-165o). A u n q u e de carácter intem perante y sU®
cl |a
c¿or de estridentes contiendas, de que hablarem os más adelan e>

11 C f. C a r r / ó n , / u x o r ia de la ciudad de P u eb la de los A n g eles I 256.


C.21. En plena restauración eclesiástica 655
^ ngelópdis le es deudora de creaciones e instituciones q u e el
prej;ul<», en 1647, recuerda por carta a su am igo D iego de A r c e y
R e y n o s o , inquisidor general de España: «Habiendo hallado el tem ­
plo principal de la iglesia catedral veinte años parado y suspensa
su obra, he puesto m uy a los fines, en la mayor perfección y gran ­
deza que tiene otro edificio en las Indias, habiendo gastado en
¿1 330.000 pesos en seis años». Había fundado— reseña hecha por
el prelado en la m encionada carta— tres colegios: el tridentino de
San Pedro, el E xim io de teólogos de San Pablo, dotando sus cá­
tedras y regalándoles su m agnífica biblioteca; el de niñas vírgenes
españolas de la C on cepción , y el convento de dominicanas, bajo
la advocación de Santa Inés del M onte Pulciano, destinado a las
hijas de fam ilias distinguidas poblanas deseosas de abrazar el estado
religioso, fundación iniciada anteriorm ente por don Alonso M o ta
y Escobar, que dotó veinticinco m onjas 12.
El mismo Palafox construyó desde 1640— se lo notifica el in te ­
resado al inquisidor general de España— «más de 40 templos, c a ­
pillas, erm itas y otros lugares sagrados». H abía erigido para los
obispos poblanos, que habían ocupado antes siem pre casas a lq u i­
ladas, «las m ejores y m ayores de toda esta N u eva España», y en
acabándolas hizo de ellas donación a la m itra y a sus sucesores.
Y ai clero, que había hallado «en grande deslucim iento y desamparo,
que tenían tienda de trabajar con sus manos, y que en él había
sujetos de m ucho lucim iento y letras, los he alentado, de suerte
— se dedica Palafox ingenuamente este autoelogio— que con actos
literarios y asistir yo en ellos, se hallan hoy los más doctos y acre­
ditados que ha habido jam ás en Indias» 13. Entregó tam bién las
doctrinas de religiosos a clérigos seculares, nombrando 36 curas,
y demostró siem pre personalidad vigorosa y aventajada 14.
Está vinculada al obispo tam bién de Puebla doctor don M anuel
Fernández de Sahagún y Santa C ruz, antes obispo de Guadalajara
(1676-1699), una serie de fundaciones monásticas: casa de recogi­
miento, a la que dio por titular y patrona a Santa M aría Egipcíaca,
para mujeres arrepeñtidas; com pró fincas en la ciudad para poder
mantener con sus rentas las acogidas; colegio de doncellas nobles
y virtuosas, pero pobres de bienes de fortuna, con capilla para el
culto divino, y constituciones. D esignó rector y capellán del cole-
| lo> que se llam ó de Santa M ónica, al licenciado don M anuel de
Barrios, eclesiástico prestigioso y estimado en la ciudad, y por
rectora a doña M aría de Alm azán, que después fue sor M aría
del Espíritu Santo, y desempeñó el cargo hasta su muerte. Fundado
e*te colegio en 1680, en 1684, con autorización de Rom a, se con-
virtió en convento de agustinas recoletas de Santa M ónica. V ein te
Utr° n las prim eras colegiales que profesaron 15.

. P re la d o s d e O a x a c a .— En Oaxaca nos encontramos al prin-


upi° del 600 con fray Bartolomé de Ledesma, O . P. (1584-1604).

14 C a r r i ó n , ibid., 257-262.
\l 111 41 '*s- 1 ^ G I M C B z o o s.
ravo U g a k te , H istoria de M é jic o III 130.
656 La Igíesi.t en la América del Norte española
Maestro graduado de su Orden, recibió en la Universidad me"
la borla de doctor, 1567, y obtuvo la cátedra de prima de teol ^
Por ruego del arzobispo mejicano, fray Alonso de Montúfar, 0 8p
( 1 5 5 1 - 1 5 6 9 ) , a quien ayudó en el gobierno de la arquidiócesis I
doce últimos años de su vida, escribió el tratado Summarium omn °S
sdcranientorum, impreso en Méjico en 1567 16. En 1 5 8 0 acompa”'
a Lima, para continuar con él como confesor, al virrey don Marti
Enríquez de Almansa ( 1 5 8 0 - 1 5 8 3 ) . Fue allí catedrático de prima
en la Universidad de San Marcos. Renuncia a la mitra de Panamá
y acepta la de Oaxaca. Funda en la capital de su diócesis el colegio
de San Bartolomé, con principal de veintiocho mil pesos para doce
estudiantes nativos de la misma ciudad imposibilitados por su
pobreza de estudiar en Méjico.
Establece en su iglesia cátedra de teología moral con dote de
cuatrocientos pesos, la primera que obispo dominico fundó en
Ultramar, leída en la catedral, y él, como patrono de ella, elegía
profesor entre dos que le presentaba la Orden. Erige también
convento de religiosas de la Concepción con fundadoras que trajo
del de Regina Caeli, de Méjico. Fincó, además, dos mil pesos para
que en la portería del convento dominicano de Oaxaca repartiesen
diariamente pan a los pobres. Duró largo tiempo la fama de su
tratado De iustitia et iure, que acudían a oír y copiar estudiantes
de leyes de la Universidad, y escribió otras obras, que perdió en
el viaje marítimo de Lima a Oaxaca 17.

D o n Juan de Cervantes.— D e perfil destacado en la sede


oaxacana fue también don Juan de Cervantes, hijo de primeros
conquistadores de Nueva España y nacido en Méjico, 1545* ^es'
pués de sus primeros estudios en el colegio mejicano de San Il­
defonso, termina su carrera literaria en la Universidad de Salamanca.
Graduado allí de doctor, vuelve a su patria, nombrado tesorero
de l a catedral de Puebla. D e allí pasa a la iglesia m e t r o p o l i t a n a
con el cargo de canónigo lectoral, y lo designan después a r c e d ia n o .
Por ausencia del ilustrísimo don Pedro M oya de Contreras, gobier­
na el arzobispado de 1 5 9 6 a 1 6 0 8 . En 1 6 0 0 , una p u b l i c a c i ó n de
oanto Oficio presenta de él la siguiente papeleta: «El maestro d°n
Juan de Cervantes— está entre los calificadores— , arcediano de Me
jico, catedrático de Escritura desta Real Universidad, goberna or
de este arzobispado y asistente en el Santo Oficio por el o r d in a r io -
persona muy docta y de aventajado pulpito» 18. ,
En su sede oaxacana (1608-1614) fue grande a p r e c i a d o r de a
labor de les religiosos, a quienes mantuvo e n armonía c o n s tru c tiv a »
se mostró infatigable en el pulpito y extraordinariamente
repartiendo gruesos caudales para socorrer necesidades p ú lC
y privadas 19.

30 ^ c - 20 rs; G H O I 2 120-133.

‘ '
rw íi n1r r),wibíd.,
? fV446: C;,ÍO’
19 5 -20 1. I93-I95-
19 S<-ham:p El Cornejo JI 440.
C.21. En plena restauración eclesiástica 657

p a sto r asceta, benigno, dadivoso.— D on Juan (Alonso) C u e ­


vas y A valos, m ejicano, es tam bién figura prestigiosa de la diócesis
o a x a c a n a (1658-1664). Relacionado por la sangre con las fam ilias
m e jic a n a s más nobles, nace en 1590. Cursa sus estudios en el
colegio jesuítico de San Ildefonso y recibe después los grados de
la Real U niversidad. O rdenado sacerdote, se da a intenso ascetism o
y a m ortificaciones, cultivando carácter suave y dulce, que m an i­
fiesta en su trato, principalm ente con los enfermos del hospital de
Jesús, que visita con frecuencia.
En Puebla, de cuya catedral fue sucesivam ente magistral (1634),
tesorero y arcediano, se manifiesta siem pre magnánimo y dadivoso,
particularmente en la peste que por los años 1642 y 1643 asoló la
ciudad; funda con sus recursos un hospital, que en persona ad m i­
nistra y cuida. E lecto deán de la catedral mejicana, 1647, y en 1655
cancelario de la Real U niversidad, tom a posesión de la sede oaxacana
el 22 de diciem bre de 1657, y se gana la estima de sus feligreses
por su trato dulce, fam iliar, sencillo y agradable y por la m oderación
y prudencia que guían sus más im portantes determinaciones. S e­
ñaladamente desprendido, prodiga lim osnas aun a los que no llaman
a su puerta. N in g ú n trabajo ni sacrificio rehúsa para beneficiar m a­
terial o espiritualm ente a sus súbditos. Sus cuidados se extienden
particularmente a los indígenas. Su conducta constante era hum ilde,
modesta, caritativa.
Su ascendiente es decisivo para apaciguar a los indígenas de
la villa de Tehuantepec, que el 22 de marzo de 1660 se insu­
rreccionan contra las autoridade| españolas. D on Juan de A bellán,
alcalde m ayor de Oaxaca, hace repartimientos excesivos, especial­
mente de mantas, que cobra con notable rigor. Desatiende a las
advertencias de personas sensatas que le recomiendan suavizar y
moderar sus abusos. E l plan insurreccional encuentra am biente
propicio. El día señalado, indicado anteriormente, el gobernador,
alcalde y otros indios de la M ixtequilla se presentan como a las
diez de la mañana en casa de A b ellán para tratar asuntos de la
región. D urante la entrevista, el gobernador nativo se desmanda en
palabras y el alcalde mayor lo manda encarcelar.
Sus acom pañantes se lanzan a la plaza, y, apartándose poco de
las casas reales en que reside el alcalde mayor, protestan a voces
contra aquel desacato de que es víctim a el gobernador. A b ellán
}°s manda prender y azotar. A l intimárseles la orden, uno de los
imputados silba fuertem ente. F ue la señal del tumultuoso estallido:
indios c indias reunidos en el mercado mañanero desamparan sus
Puestos y m ercaderías y acuden en actitud agresiva. E n un m omento
silban por los aires m ultitud de piedras de todos tamaños, y los
enfurecidos sublevados atacan, en medio de espantoso griterío, la
C'lScl del alcalde mayor.
Nadie puede sosegar a los furiosos amotinados, que ponen fuego
aJ as °asas reales, y cuando las llamas devoran las puertas, penetran
Cf t I» tesam ente por todas partes. El alcalde mayor, refugiado en
658 La Iglesia en la América del Norte española
la última habitación, viéndose perdido, postrado ante un santocr'
to, pide perdón de sus culpas, y, encargando a los suyos y a la se ^
dumbre salvarse como puedan, espada en mano se lanza sobr T
enfurecida turba. Una piedra que le alcanza las sienes lo derrih*
en tierra, donde los indígenas lo rematan, y, abriéndole el cráne *
esparcen el cerebro por el suelo. La familia de Abellán puede salvar'
se. Los nativos saquean las casas reales, apagan el fuego y, movidos
por los ruegos de personas influyentes, no se ensañan en las víctimas
del desastre.
El virrey Francisco Fernández de la Cueva, duque de Albur-
querque (1653-1660) 2Ü, enterado de la catástrofe por los mismos
indios, en vez de enviar gente armada que refrene a los rebeldes
encarga al provincial de los dominicos que personalmente apacigüe
lo s ánimos y ponga orden en la villa. Todos los intentos de pacifica­
ción quedan frustrados. En tanto, el fuego de la insurrección se
extiende por otras partes. El sucesor del duque de Alburquerque
en el virreinato, don Juan de Ley va y de la Cerda, marqués de
Leyva y conde de Baños (1660-1663) 21, manda a Oaxaca ai oidoi
don Francisco de Montemayor de Cuenca (1654-1677) 22 para poner
en claro los hechos y castigar a los culpables. Todas las medidas de
violencia que se quisieron adoptar resultaron inútiles, hasta que se
llevó a Méjico la noticia de que todo lo había aplacado la intervención
inmediata del obispo diocesano.
Efectivamente, don Juan de Cuevas y Avalos, al saber lo que
pasaba en Tehuantepec, se dirige a la villa para presentarse a la
turba soliviantada sin más armas que su báculo pastoral, y, com­
prendiendo que la miseria y los sufrimientos los incitaban principal­
mente a la rebelión, los consuela, les ofrece perdón por lo hecho, se
desprende de cuantas alhajas posee y las reparte, sin exceptuar su
anillo pastoral. Aquella conducta magnánima sosiega a los rebeldes
y le merece cédula real (2 de octubre de 1662), homenaje de agrade­
cimiento a su conducta prudente y justa, y poco después, como
recompensa >2 los servicios prestados en la insurrección de Tehuan-
tepec, lo promueven al arzobispado mejicano, en que permaneció
hasta su muerte (1664) 23•
El proceso y desenlace de la sublevación de T e h u a n t e p e c enmar­
ca una situación muy objetiva en Ultramar: el o b s tá c u lo irrerne
diable que muchas veces autoridades civiles ponen a la actuación
desinteresadamente evangélica de la Iglesia.

El dominico fray T o m ás de M onterroso. O tros obispos*


En pos del obispo asceta, sacerdote benigno y comprensivo, P?s.°0
vigilante y solícito, viene a gobernar la iglesia oaxacana el
fray Tomás de Monterroso (1664-1678), maestro de su ®íre
y orador célebre. Debió acaso la mitra a un magnífico serm^ y S° cn,
la inmaculada, y así a muchos retratos suyos acompaña la Y 11? ^
Ya en la diócesis, anhelante de convertir pecadores a ver a
20 L . c .
22 G H O , ibíd., 308-314-
21 Ibíd ., 456.
2 3 Ibid., 3158.
C.21. En plena restauración eclesiástica 659
p e n i t e n c i a , sus frecuentes y fogosos sermones, en Jos que se m a­
nifiesta excelente orador, acusan ese intento. Imágenes que m anda
hacer y colocar en su iglesia catedral tam poco tienen otro fin. E l
mismo, en su persona y costum bres, actualiza el ideal de perfección
c r i s t i a n a . E n procesiones de penitencia por calamidades públicas
lo ve el pueblo cam inar descalzo y cargando alguna im agen 24
Don N icolás del Puerto, indio, en su breve pontificado oaxacano
(1678-1681)— su oratoria le m ereció el título de «Cicerón de los es­
trados», y su vasta erudición, el de «Salomón de América»— , funda
el seminario y le dona su escogida b ib lio teca 25.
Su inm ediato sucesor, el m ejicano don Isidro Sariñana (1684-
1696), de fam ilia hum ilde, form ado en el colegio jesuítico de San
Pedro y San Pablo y en la U niversidad, para ordenarse, un pariente
suyo ha de fundar una capellanía en beneficio suyo, y para graduarse
en la U niversidad, el claustro ha de perdonarle la mayor parte de las
propinas. E n M éjico ejercita sucesivam ente los cargos de profesor
de Sagrada Escritura, párroco de la Santa Veracruz y del Sagrario,
canónigo Iectoral, chantre y arcediano de la catedral.
En su puesto de pastor, pobre en su mesa y vestido, en su trato
suave, insinuante y efusivo se gana al cabildo eclesiástico, clero y
pueblo. En su gobierno com pagina la justicia e inexorabilidad con la
adaptación más com prensiva. Sus talentos, tiem po y ciencia están
a disposición de todos. A caso ningún obispo de Oaxaca fue más
amante de la paz. C o n todos los religiosos mantiene amistoso co n ­
tacto. Los barrios más pobres lo ven m uchas veces repartiendo ves­
tidos y dinero.
A l colegio-sem inario, en franco decaimiento y sin alumnos,
manda llevar indios de diversas lenguas, organiza su educación
religiosa y literaria y dota de nuevo algunas cátedras. A yuda tam bién
eficazmente a otros colegios 2^.

O b isp o s d e M ic h o a c á n .— M ichoacán ostenta tam bién prela-


dos selectos. D e l m ercedario fray A lonso Enríquez, trasladado de la
sede cubana a la ciudad de VaMádolid (Morelia) (1623-1628), en
abril de 1625 el m aestrescuela envía a la corte este informe:
«La vida y m odo de proceder del señor obispo, después que entró
en este obispado e iglesia, es m uy ejemplar y santo, con una fam ilia
Moderada, sin ostentaciones superfluas ni demasías, con com postura
y modestia religiosa en todo, que, si no es los ratos de iglesia y co n ­
ventos de religiosos, todo el demás tiempo ha mostrado en continua
asistencia en su casa a las cosas de su casa y gobierno, con consuelo
y alegría de todos, por el buen y fácil despacho. En la clerecía se
a echado de ver notable reform ación de costumbres, porque los
Párrocos y m inistros de las doctrinas se han reducido y com puesto
viendo hay justicia para castigar excesos, visitándolos y corrigién-
e s* desagraviando a los indios naturales. C on los exámenes rigu-
10sos ciue se han hecho para todos los expuestos y que se exponen

2* !¡1,d • 3 I 9 - 12 S. 26 P O M A 25 S.
Ib<d . US-329.
660 L¡ Igltuj i>¡ la América del Norte española
para administración de sacramentos, han avivado los clérigos
estudiar y dar buena cuenta, por saber se les ha de tomar con ve^
»En sus limosnas y liberalidad con los pobres se ha m ostM
muy padre y pastor de la iglesia; porque cotidiana y ordinariarnent°
se reparten en su casa a cuantos a ella llegan necesitados, de todo6
estados y suertes. Con un convento de religiosas monjas que haS
en esta ciudad, muy necesitado y pobre, se ha mostrado liberal
porque, vistas sus necesidades y pobreza, les ha asignado y hecho
donación de mil reales de a ocho, en cada un año, de su renta epis­
copal, fuera de otros socorros y limosnas particulares que cada
d ía les hace; y juntamente da orden y nuevo asiento en la hacienda
d e l dicho convento, de manera que luzcan más sus rentas y tengan
mejor cobro que el que hasta aquí han tenido.
»Con la honra y buena correspondencia que ha hecho a las
justicias seglares y ministros de su majestad, los tiene muy ganados
o obligados, de manera que se ve procede con mucha conformidad
y amor, con buenos efectos en utilidad del bien común, que aun
este ha cuidado y alentado para obras públicas e importantes a la
república, y su aumento de su señoría, que ha sido de mucho pro­
vecho; porque en lugares cortos como éste, no son más que los que
tiene de amparo y aliento en las cabezas y superiores; y así han
comenzado a venir vecinos a esta ciudad y movídose obras y edi­
ficios más que nunca» 27.
Prelado virtuoso, escrupulosamente esmerado en el gobierno
de su grey, especialmente celoso de su autoridad y de sus derechos,
vivió casi siempre en desacuerdo y en engorrosos litigios con su
cabildo 28.

Fray M arcos R am írez del Prado.— Actividad más apostólica


y d e m á s envergadura desarrolló también en la sede m ich oacanense
e l franciscano f r a y Marcos Ramírez del Prado, obispo de Chiapas
d e s d e 1 6 3 2 y de Michoacán de 1 6 3 9 a 1 6 6 7 , dinámico, em p ren de­
dor y c a s i fundador de la iglesia michoacanense, sobre todo por su
in m e n s a labor e n Morelia. Erige desde 1 6 4 0 la espléndida catedral,
e l convento de banta Catalina y muchas obras piadosas que se
aseguraron y vitalizaron desde entonces. t ,
En la peste de J 6 4 3 , la más terrible sufrida por el país des e
la conquista, que diezmó la población indígena n o v o h is p a n a y muy
particularmente la de la provincia denominada entonces M ich oacan ,
tanto que un testigo inmediato aseguraba que en la c iu d a d
Tzintzuntzan s u población de veinte mil indios se había reduci
a doscientos, el prelado desplegó, en circunstancias tan luctuosas,
la fuerza de su celo y todos los recursos de su caridad: iin p roVl®
hospitales, multiplicó lazaretos, distribuyó profusamente limosn
y administró personalmente sacramentos a los contagiados. ,
■Su in s ig n e pureza, caridad, celo apostólico y p e n it e n c ia
dieron a lo s o b is p o s y cabildos eclesiásticos de Méjico y Mich°a
27 O.c., 27-34.
2'' Cf. C H IM III 22.
C.21. En plena restauración eclesiástica 601
después de su muerte, 14 de agosto de 1648, a solicitar de la Santa
Sede la beatificación del esclarecido prelado 29.

Obispos de Guadalajara. Estado de la diócesis.— Guadalaja­


ra cuenta también con calificados obispos. El mercedario fray Fran­
c i s c o de Ribera (1617-1629), cursada su teología en la Orden y
en las Universidades de Alcalá y Salamanca, de 1595 a 1606 explica
f i l o s o f í a en los conventos de Burgos y Cuenca, y teología en Alcalá,
y era al mismo tiempo prelado del colegio complutense y juez con­
s e r v a d o r de la Universidad. En 1606 la Orden le confiere el grado
de maestro y el capítulo general lo designa vicario general de las
provincias de Nueva España y Guatemala. En Nicaragua inicia la
reducción de nativos montaraces y bautiza a muchos de ellos.
Vuelto a la península, ejerce cargos de confianza de su Orden, y
e l 1 9 de abril de 1 6 1 7 lo proponen a su majestad para el obispado
de Guadalajara. El 30 de octubre de 1618 toma posesión cié su
sede 30.
Meses después, 4 de mayo de 1619, traduce en detallado informe
al rey la situación de la diócesis, no muy halagüeña. Alaba el mag­
nífico templo catedral, que puede figurar «entre los buenos de
España». Quería hacer el coro, y oportunamente había llegado un
maestro que elaboraría la sillería y esperaba terminarlo todo para
Navidad.
Los prebendados, sigue el prelado, «acuden a su obligación y
proceden como deben». Sin embargo, había uno, el canónigo Diego
de Aguiar, que nunca servía «su prebenda por estar en una estancia
o hacienda suya y de unas sus sobrinas a quien me dice que ampara».
A la llamada del obispo replicó «que está enfermo y que vendrá;
dícenme— añade Ribera— que así respondió siempre a mi antece­
sor, sin cumplirlo jamás» 31.
Algunos pueblos de indios— sigue notificando el obispo— dis­
tantes como veinticuatro o treinta leguas de la ciudad, que residían
en las entradas de las sierras donde habían actuado los insurrectos
tepehuanes, faltos de minfstro eclesiástico que los protegiese, se
habían huido al monte. Un franciscano enviado a Guaxime— doctri­
na de esta Orden y anteriormente con residencia conventual—
comenzaba ya a reunir a los nativos.
Diferencias existentes entre la Audiencia y el cabildo eclesiás­
tico se habían arreglado. Algunas persistían todavía, y una era que,
cuando el juzgado eclesiástico pedia auxilio a la Junta oficial, no
se lo daban si no acudía a la Audiencia en pleno; recurso no exento
e inconvenientes, que desaparecerían con la posibilidad de pedir -
selo a uno de los jueces seglares. Además— señalaba el prelado con
Csto Ja segunda dificultad— , a los prebendados que recurrían a la
Audiencia con algún negocio eclesiástico, sin ofrecerles asiento,
° R ^n(an en pie y descubiertos 32.
Estos formalismos o pretericiones burocráticas fácilmente in-

<0 ( / ' P O M A 35-37. 31 O.c,. 40S.


U c . 39. 32 O.c., 42S.
662 La Iglesia en la América del Norte española
fluían en la proyección más trascendental de la convivencia pac'f
del poder eclesiástico y civil. llla
Desde que llegó a su sede— continúa Ribera explicando un h-
cho de mayor entidad— resiste a importunaciones de clérigos
pedían licencia para volverse a España, y el deán y otros dos bei,e
ficiados, con permisos obtenidos para otro fin, se embarcaron para
Europa. Estas idas de eclesiásticos a esos reinos— reflexiona el
obispo -tenían «grandísimos inconvenientes», pues así quedaban
aquellas tierras sin ministros, pues los que había eran pocos, y Jüs
que perseveraban en sus puestos, resueltos a reunir dineros e irse
no administraban, sino desollaban a los indios, y buscaban «tratos y
mercancías, todas perjudiciales para sus almas y para la quietud
y buena enseñanza de las que tienen a su cargo». Peor era todavía
que esos prófugos alegaban por méritos en España haber adminis­
trado indígenas, y recibían premios en vez de castigos, y, según lo
aseguraban en Ultramar, encontraban testigos para probar seme­
jantes trápalas
A l margen de este párrafo episcopal notaron en la corte: «que
no se dé licencia a ningún clérigo, y en razón de esto se escriban
cédulas a las Audiencias y gobernadores, y en cuanto toca a los
que son prebendados, beneficiados o doctrineros, se guarde la
última cédul? que se ha mandado despachar, para que ninguno de
los prebendados o doctrineros no pueda venir sin licencia de su
majestad, y los galeones de flotas o galeones no les den embarca­
ción sin que proceda de la licencia real, y para que mejor lo tenga
entendido, se le envía una copia de la cédula» 34.

Nueva diócesis de Durango. Instrucciones a los curas doc­


trineros.— A l final de su informe toca Ribera el delicado proyecto
de la división territorial de la diócesis. Aunque, por su actitud des­
favorable al mencionado proyecto, lo habían calumniado antes de
su viaje m rítimo y gustoso aceptaría cualquier decisión real, sin
emcargo, tantos juzgaban desacertada la división, que consideraba
culpable su silencio. «Esta iglesia está tan sin formar— concretó
Ribera— como se ve en lo que ahora escribo a vuestra majestad.
Las prebendas son tan cortas, que, como vi por la carta de vuestra
majestad escrita al cabildo, han pedido los prebendados salirse a
servir algunos beneficios para poder pasar, y así se tratan los que
no tienen más de su prebenda con tanta cortedad que llega a in e
cencia; no tiene la iglesia frontales ni ornamentos de c o n s id e r a c ió n ^
sino sólo uno el altar mayor; y cuando dijera que los demás sot
indignos, no saliera de la verdad; no tiene ningún altar reta o»
que ahora forzosamente se han de comenzar, y vuestra majes ^
ha suspendido la merced que solía hacerla de sus novenos,
si con ellos y entera la renta de esta fábrica está en esta corte •
sin ellos y partida, ¿cómo se podrá acomodar? Y no refiero a v *-| jos
majestad las bajas de las rentas por la guerra y alzamiento e ^
indios, porque ya creo que le consta a vuestra m a je s ta d , a Q
si O.c , 4 j .
34 O.c., 448.
C.21. En plena restauración eclesiástica 663
humildemente suplico m ande esto se considere bien, que no es m i
ánimo más de cu m p lir con m i obligación con decir lo q u e hasta
ahora he visto, y siem pre estar rendido a ejecutar lo que m andare
vu estra majestad» 35 .
Esta sujeción económ ica de las diócesis ultramarinas a la corte
_jo hemos h ech o notar más arriba— era hipoteca m u y pesada
que com prom etía seriam ente la libertad de toda actividad ecle ­
siástica.
A pesar de los desacuerdos existentes, el rey, por la dem asiada
e x te n s ió n de la diócesis de G uadalajara, de acuerdo con el Conseco
de Indias y consentim iento del obispo, ordenó fuese dividida a
principios de 1622. L a nueva diócesis se llam ó Durango, y fu e su
primer prelado el agustino fray G on zalo de Hermosillo, electo
desde 1620. R ibera acató sin réplica la decisión real, y redactó,
15 de abril de 1624, instrucciones para los curas y doctrineros de
su obispado 36. Seleccionam os algunas.
T odos los curas habían de tener tres libros: uno de los que se
bautizaban, otro de los que contraían matrimonio, y el tercero, d e
los que m orían, indios y españoles, con las obras que mandaban
instituir y m isas que encargaban, expresando ante quién fue su
testamento 37.
A las no pocas iglesias de localidades de indios y capillas de
estancias y labores que carecían de puertas, habían de ponérselas
dentro de quince días, para evitar las profanidades a que abiertas
quedaban expuestas.
Todos los curas, por lo menos una vez al mes, visitarían todo su
beneficio, «los lugares y estancias de él, diciendo misa en la que
hubiere iglesia o capilla», y procurarían la asistencia de todo el
pueblo y de los dueños e indios de las haciendas. L os nativos, ade­
más, presente el cura, dirían juntos la doctrina, «en su lengua m a­
terna o en la mejicana», pues habían de saberla no sólo en latín,
y el m inistro los instruiría declarándoles algunos de los misterios
de la fe. Para asegurar la enseñanza religiosa en localidades donde
hubiese suficiente núm ero de indios, señalaría el cura alguno más
capacitado, con atribuciones de fiscal y obligación de reunir, las
fiestas por lo menos, todos los indios a la doctrina y no perm itir
ausencia de ninguno, aunque el cura no estuviese presente, y jun tos
en Ia iglesia dirían la doctrina. C on listas de todos los fieles an tici­
padamente preparadas com probarían las ausencias y corregirían
injustificadas 3».
La costum bre que se iba introduciendo de reunirse m uy de
noche o antes de amanecer indios e indias, unas veces en la iglesia
y otras en el hospital, a cantar en coro algunas oraciones, habían
e quitarla, pues tenía inconvenientes no insignificantes. Podían
reunirse de día, o por la mañana o por la tarde.
A indios desconocidos que se presentasen en cualquier locali-
llad, minas, hacienda o labor con alguna mujer, le obligarían a él o
664 La Iglesia en ¡a América del Norte española
a su amo a traer, dentro de térm ino com petente, razón de C'
estaban casados, de m anera que hiciera fe; y no trayéndola, l0s°m°
pararían hasta cerciorarse de la realidad. ' se'
C o n listas apropiadas del beneficio o parroquia cotejarían dil
gentemente si todos: españoles, indios, negros o mulatos, cumplí *
con el precepto anual de la confesión y com unión. A los inobser^
vantes los declararían públicos excom ulgados y los pondrían en 1-
tablillas S
C uidarían — sigue preceptuando R ib era— que los hospitales asis­
tiesen debidam ente a los enferm os y con las limosnas que se re­
cogían estuviesen suficientem ente abastecidos de camas y ropa y
de cuanto necesitasen. D el servicio y cura de los enfermos se ocu­
parían no «indias doncellas ni mozas», sino «las m ujeres de los dichos
mayordomos, priostes, deputados y otros oficiales que actualmente
lo fueren», que eran las encargadas; si éstas no bastaban, echarían
mano de «indias viejas y libres de toda sospecha»40.
N o tom arían los ministros de doctrina bienes de los indios, ni
de los hospitales ni fábricas de las iglesias, ni aun en ornamentos,
ni cálices, ni imágenes, ni en otras cosas necesarias, gastos superiores
a veinte pesos sin licencia del prelado o del provisor. N i llevarían
ni harían llevar nativos enferm os a confesar a la casa cural, «que es
im piedad— sigue el obispo— inquietar un enferm o y llevarle por el
aire, soles o fríos, sujeto al daño que todo le puede hacer, pudiéndo­
se excusar tan fácilm ente com o yendo vos a confesar al enfermo
donde está-/. Igual conducta usarían con el enferm o que hubiese
de comulgar. N o perm itirían ni en parroquias ni en beneficios nin­
gún pecador público ni escandaloso, y de haberlo, lo remediarían41.
L a posterior correspondencia de R ibera con la corte nos señala
la línea directriz de su actividad en el gobierno de la diócesis. Tras­
ladado a la de M ichoacán, m uere en el cargo en 1637 42.

Obispos de Yucatán. Salazar, apóstol.— Representación cali­


ficada dem jotró en la sede yucateca el agustino fray Gonzalo de
Salazar (1608-1636), nacido en M éjico, en cuyo convento profeso
el 15 de septiembre de 1577. D espués de recoger resultados muy
positivos en las misiones que le confió su provincia, llamado por
Felipe III, se fue a España, de donde debió de pasar a Roma, y
Paulo V (1606-1621) le prom ovió, el 2 de ju n io de 1608, a la e
de Yucatán. Celoso y activo pastor, con su trabajo y predicación
consiguio la extinción de m uchos ídolos y la conversión de innu
meros infieles a quienes predicaba en maya, que cuidadosamen e
había cultivado y hablaba perfectam ente. Paulo V, con breve e
18 de junio de 1613, encom ió con térm inos m uy expresivos su <# 0'
traducido en eficacia tan palpable de m uchos infieles convertí
y aumento extraordinario de fieles en su diócesis. ^ y
Sus biógrafos elogian unánim em ente su cam paña aPos^ <lC^j0
hacen constar que, al tomar posesión de su silla, e n c o n tr o s
O.c., íf. 41 O .C ., 54- 103; SctlAFIíR , ib ld " í**-2'
4I> O , . , si 4 2 SVIÍÍ3 V il s6s.
C.21. En plena restauración eclesiástica 665
,0.000 católicos, que a su m uerte ascendían a 140.000. C erteram en­
te o r i e n t ó a los jóvenes estudiantes a formarse concienzudam ente
en la lengua latina, en la m aya y en la teología moral. Insigne por
su c a r i d a d con pobres y enferm os, llevó para su socorro a los reli­
giosos de San Juan de D ios y les donó un hospital. Enriqueció su
iglesia con m uchos ornam entos y alhajas y dio su oratorio a los
curas de la catedral para la adm inistración de sacramentos. M u rió
el 3 de agosto de 1636 43.

Cano de Sandoval. Escuelas parroquiales.— Don Juan Cano


de Sandoval, canónigo antes de Méjico, poseedor de la sede yuca-
teca (1683-1693), atento particularmente a la educación de la niñez,
fue el primero en organizar metódicamente en su diócesis escuelas
parroquiales, donde con la doctrina enseñaban a los alumnos rudi­
mentos de ciencias. Defensor eficaz de la elevación moral del indio,
dirigió al monarca un notable informe en que solucionaba lumino­
samente el problema indígena de Yucatán, evitando la esclavitud
del nativo, ocasionada por la prepotencia de sus amos de trabajo
y la pereza temperamental, inerte y miserable del nativo44.

Obispos novohispanos.— De los 171 obispos de Nueva Espa­


ña, 130 fueron peninsulares, 32 nacidos en Méjico (uno de ellos,
el señor Puerto, indio de Oaxaca) y 9 procedentes de otros países
americanos o de Filipinas. En el arzobispado de Méjico sólo uno,
el señor Cuevas y Dávalos, fue mejicano; en Michoacán hubo tres;
en Puebla, lo mismo que en Chiapas, cuatro; cinco en Guadalajara,
seis en Yucatán, siete en Durango, ocho en Oaxaca, y en las noví­
simas sedes de Linares (1777) y Sonora (1779), uno en la primera
y ninguno en la segunda45.

Cabildos eclesiásticos y clérigos. Apostolado clerical.— Los


cabildos eclesiásticos y el clero parroquial colaboran intensa y eficaz­
mente con el diocesano en el ministerio apostólico. Si los documen­
tos contemporáneos presentan contra muchos de los primeros clé­
rigos (canónigos, párrocos, cura^ sacerdotes y clérigos en general)
numerosas quejas, principalmente por su codicia y malas costum­
bres 46( pOCO a poCO e integrándose copiosamente con elementos
criollos formados en la universidad, en colegios de religiosos y otras
instituciones docentes, va suscitándose un clero secular instruido,
Vlrtuoso y competente que se hace cargo de canonjías, parroquias,
cuiatos, doctrinas, cátedras y obispados, desarrollando abnegado
y fructuoso apostolado, escribiendo libros de lenguas indígenas y
e tenias ascéticos, doctrinales, históricos y científicos, y constitu­
yéndose, con el clero regular, exponentes decisivos de renovación
Ct Cs'ástica y de la cultura ultramarina 47.
44 B ravo U garte, Historia J e M éxico III 131S.
Im d., 1 3 2 .
p , ‘ M uy interesante bajo este aspecto es la «carta relación del arzobispo de M éxico, don
e|0 j l ? M oya y Contreras, remitiendo al rey don Felipe II reservados informes personales
su diócesis. M éxico, 24 de marzo de 1575* (C in co cartas 12 1 -15 1 )’
47 U g a r t e , i b í d ., 132S.
B a y l e , E l clero secular y la evangelización de A m érica 7-12.
666 la Iglesia en la América del Norte española
A dviértase, sin em bargo, q u e los clérigos seculares en \Jli
mar se em pleaban principalm ente en canonjías y dignidades e !'!'
siásticas y en curatos y beneñcios de españoles o donde éstos ^ C
vivían con nativos. A p licad os a curatos y predicación de indios°n
consagración al aprendizaje de lenguas no era decisiva. ’ SU
Por otra parte, el clero secular, de suyo, descontando vocacior ■
personales, m uy escasas por necesidad, no está para empeños de
penetración entre bárbaros, y no por m engua de celo ni escasez de
espíritu sufridos en los trabajos inherentes a roturar baldíos, sino
por la desproporción de la actividad individual con la obra misio­
nera, que, siendo estable y duradera, dem anda labor institucional
L a evangelización de tribus o gentes sobrepasa en tiempo y en
energías las fuerzas de un solo apóstol.
Sintom áticam ente expresiva fue la realidad evangelizadora de
1767, cuando los jesuitas, por decreto de C arlos III, abandonan
sus puestos de apostolado de las posesiones hispanas. Como las
otras O rdenes estaban ya sobrecargadas con su propia faena, se
acudió a sacerdotes seculares para que los neófitos no quedaran
desatendidos. O bsérvese que no se trataba de roturar barbechos
o rozar selvas ni moral ni físicam ente; habían de servir reducciones
ya entabladas, unas en form ación, otras en pleno desarrollo, no
pocas ultimadas: los nativos mansos, bien doctrinados, sumisos a
sus curas, de piedad entusiasta aunque tierna; y en lo temporal,
doctrinas algunas abundantem ente abastadas, con agricultura y ga­
nadería propia— los bienes productivos se filtraron por conductos
misteriosos o terminaron en las garras de administradores sustitu­
tos de la economía teocrática— , otras con decente pasar. Pues don­
de entraron clérigos, siempre, sin excepción, las misiones se vinie­
ron ab ajo 48.

U n iv e rsid a d m e jic a n a . C á te d r a s y a lu m n o s . Rectores.--


E le m e r ‘‘o decisivo para la elevada proyección religiosa y cultural
de clérigos y seglares fue, sin duda alguna, la Universidad mejicana,
de la que hemos hablado anteriorm ente 49.
En el siglo xvtt erigen lo principal d e l edificio y atienden a su
decoración. G rande construcción de tres cuerpos, patio espacioso,
circundado por cuatro corredores bajos, cubiertos d e fuertes losas
llamadas de Tenayuca, donde se elevan 28 colum nas de cantería,
con sus capiteles y basamentos de estilo dórico, que sostienen 3
eos. A la parte del poniente queda la capilla, cubierta con tres o
vedas, retablo dorado y e l am plio salón destinado a fu n c io n e s P11
blicc.s. A la derecha de la escalera se alinean las aulas de la s fecu ^
des, que ocupan todo el espacio del norte y poniente d e l ed ificio
Las cátedras del seiscientos en vigencia eran: teología*
Escritura, vísperas de teología, prim a de cánones, prima de
derecho, vísperas de cánones, código o vísperas de leyes, prim&
medicina, filosofía, artes, retórica y gram ática.
4 * F ,n e l 1 2 .
so I b í d . , 186.
49 Cí. CHIM III 183-186.
C.21. En plena restauración eclesiástica 667
El número de alumnos fluctúa durante el siglo x v i i alrededor
¿e 5oo, clasificados de este modo en 1630: 120 retóricos, 187 artis­
tas, 42 teólogos, 65 canonistas, 10 estudiantes de derecho civil y
14 de m edicina51. La tónica numeral, salvo variaciones insigni­
fican tes, se mantiene constante.
Entre los alumnos no se designan gramáticos, y la razón era
p o rq u e , aunque la Universidad pagaba maestro de esta asignatura,
se e n c a r g a b a n de darla, con las humanidades y la retórica, los je ­
suitas en el colegio de San Ildefonso de la capital.
En 1658 erige la Universidad la cátedra de Escoto y obliga a los
teólogos su curso si quieren obtener el grado de bachiller. El co­
misario franciscano había de presentar para explicarla tres can­
didatos, entre los que escogían uno. El padre fray Juan de
Torres, O. F. M ., designado catedrático, la tiene en propiedad des­
de el 24 de julio de 1658.
Hasta fines del seiscientos se graduaron en la Universidad, desde
sus comienzos (1554), muy cerca de 28.000 bachilleres y 58 docto­
res y maestros 52.
La inveterada costumbre de elegir, con notable menoscabo de
la disciplina, por cortesía o por imposición virreinal, rector de la
Universidad un oidor, quien, por razón de su cargo, sólo marginal­
mente podía atender a su empeño académico, la suprimió Felipe IV
en 1645 53.
Por primera vez en 1602, frailes entran a ser rectores universi­
tarios, y comienza la lista el dominico fray Cristóbal de Ortega.
Tercian en el cargo religiosos con otros doctores seglares hasta 161 o,
en que algunos lo creen discordante con el estado religioso, pues
los rectores académicos, por su jurisdicción civil y eclesiástica, es­
taban sujetos a las leyes y estatutos de la Universidad y a las penas
pecuniarias, incompatibles con la pobreza profesada. A pesar del
reparo suscitado continúan los religiosos en el puesto.
El obispo don Juan de Palafox, visitador de la Universidad, 1646,
urge el cumplimiento de los estatutos universitarios que prohíben
designar rector ningún religioso, y redacta, sin que nadie se las
Pida ni haya mayor necesidad de ellas, nuevas constituciones para
el plantel docente. N o parece se respetó la ley tan escrupulosamen­
te, pues el mismo año 1646 dirigía como rector la Universidad el
agustino fray Diego de los Ríos, y posteriormente, durante un cuar­
to de siglo, religiosos asumían el cargo cada tres años, hasta que
en 16/°» por cédula real, quedó abolida esta práctica.
Las constituciones palafoxianas estuvieron en vigencia sólo mien­
tras el resuelto prelado fue visitador. A su exoneración del cargo
ccsapareció su memoria.
En el capítulo siguiente nos ocuparemos del movimiento intelec­
tual eclesiástico novohispano, con irradiaciones ultramarinas, uno de
cuy°s factores y focos de vanguardia fue la Universidad mejicana 54.

l h <d.. i8 q . 52 I b i d ., 102. 55 I b i d ., 193S.


¿ s ^ A B Z 1 2 5 2 " .3 8 2 s ; 11 121s.128s.184s.367.685s; III 5 5 1 IV 2.324.436S.458; P R C II
' ' 7 0 ; G D o I 60-65.
668 La Iglesia en la América del Norte española
Colegios de religiosos. Proyección cultural y cristiana. G
témala.— A rm onizaron intensam ente entre sí la proyección cuiUa'
ral y cristiana de U ltram ar los colegios de religiosos establecí*'
en aquellas regiones. A los num erosos erigidos allí durante el °S
glo x vi añadieron los jesuitas bastantes más. Sl'
A instancias del obispo diocesano, fray Juan Ramírez, 0 p
(1600-1609), y de otras autoridades, fijan su residencia en Guate
mala unos pocos jesuitas. Inician actividades ministeriales, abren
una m odesta iglesia y una escuela de leer y escribir y otra de gra.
mática. Siguen años de dura labor y aun de incomprensiones, pero
con visibles resultados, pues en d iciem bre de 1621, el obispo agus­
tino Juan Zapata y Sandoval (1621-1630) puede bendecir la iglesia
jesuítica; el siguiente año dan principio a los cursos de filosofía, y
en 1625, a los de teología. C om p rueban los celosos operarios con
la numerosa asistencia de alum nos la plena aprobación de la ciudad:
200 niños a ia escuela primaria, 200 alum nos a las clases de gramá­
tica. 60 a las de filosofía y 40 a las de teología.
L a irradiación del apostolado docente se traduce m uy pronto a
realidades. L os alum nos de jesuitas ocupan puestos de acusada re­
presentación en los beneficios y curatos de españoles y de nativos,
en la M agistratura, en conventos de religiosos, de manera que el
5 de enero de 1691 pueden abrir los cursos d é la Universidad.El
fruto de ios sagrados ministerios rima con el obtenido en el apos­
tolado docente55.

M é jic o . C o le g io d e S an Ild e fo n s o .— E n M éjico, el año de


1588, los colegios de San Bernardo, San G regorio y San Miguel, ad­
ministrados por la Com pañía, se funden en uno, San Ildefonso, di­
rigido por jesuitas. M uch os de sus alum nos ingresan en Ordenes
religiosas y no pocos siguen la carrera sacerdotal. A fines de 1611,
los alumnos del colegio-sem inario de San Pedro y San Pablo, fun­
dado p^r el jesuita padre Pedro Sánchez en 1573 y r e g e n t a d o en
diversos períodos por jesuitas, se acogen al de San Ildefonso, en­
comendado definitivamente a la C om pañía el citado año 1611.
cas reales, otras del colegio de C risto y m uchas de p a r t i c u l a r e s se
distribuyen entre los colegiales. N o pocos convictores pagan pensión'
El colegio de San Ildefonso sólo representaba una parte escogí
da de la juventud que asiste a los cursos dados por jesuitas en su
colegio máximo; la mayoría fueron siem pre alum nos externos; unos
y otros ascendían en 1645 a unos 800, y en 1680, a unos i . 5 °°; ^
enseñanza completa abarcaba latín, retórica, filosofía y t e o l o g í a
Fl
M érida de Yucatán. Colegio de San Javier. M in isten o s.
g o b e r n a d o r y c a b i ld o s e c u la r de M érida, prim ero, 1 2 de
d e 1604, Y d e s p u é s e l o b i s p o don D iego V ázq u ez de M e r c a d o (j
1608) se d ir ig e n a l p r o v i n c i a l j e s u i t a padre I ld e f o n s o de ^as

- J ABZ ! 142.154.206.440.458.5503; II 49. 292-299.495 499 57I S 7 4 ; IV 228.5 22,


A72-75- pR(
-6 A B Z II 72.248.306.308-3/0.324.340.556; III 138-140.2388-251-254; IV '
JI 2<JO ■ ! > ; ; G D O I 75-79
C.21. En plena restauración eclesiástica 669
(1602-1608) ofreciendo alguna renta para que pudiesen vivir y tra­
bajar allí padres.
p e 1605 a 1607 algunos jesuítas demoran y trabajan fructuosa­
mente en la ciudad. A las reiteradas peticiones de los yucatecos por
casa jesuítica, acceden los superiores, y Felipe III otorga cédula de
fundación el 16 de julio de 1611; pero sólo en mayo de 1618 el pa­
dre Tomás Domínguez con otros dos padres y un hermano coad­
jutor ocupan las casas que les han donado. Poco después se les agre­
ga un hermano estudiante para aprender la lengua maya y, orde­
nado, ejercitar ministerios entre los nativos. Ponen escuela, clase
de gramática y de moral. El colegio, carente de rentas, arrastra una
vida precaria.
Dos pestes, especialmente la de 1648, que imponen al país una
era de calamidades, lo despueblan de gran parte de los españoles
y causan a los jesuitas seis víctimas, una de ellas el rector, padre
Pedro Navarro; los generosos operarios, en trance de abandonar la
ciudad, manifiestan claramente al gobernador su imposibilidad de
sostener el establecimiento.
Para evitar daño tan funesto a la población, que no dispone de
otros maestros y preceptores, las autoridades activan gestiones y
obtienen la deseada pensión, que se va renovando de diez en diez
años todo el siglo xvii. Con estos recursos, los jesuitas levantan el
colegio de San Javier y completan los estudios universitarios.
Al margen de la institución docente, las doctrinas de niños y
los jubileos mensuales de carnestolendas y de cuaresma— ritmo mi­
nisterial que los jesuitas seguían más o menos en todas partes— sus­
citan enorme entusiasmo y atraen grandes concursos. La predica­
ción y frecuencia de sacramentos moralizan a pobres y ricos. Las
congregaciones de seglares y de estudiantes provocan los mismos
ejemplos de caridad y piedad que en otras partes. En la peste de
1622, el colegio daba de comer a más de 400 personas, y en la de
1 ^48, de ocho sujetos del colegio, seis mueren asistiendo a los apes­
tados 57.

Colegios de San Luis Potosí y Querétaro.— San Luis Potosí,


en región minera, población poco numerosa, aunque rica, ofrece
en 1623 a los primeros jesuitas que van dispuestos a trabajar
la necesitada zona una casa provisional pobrísima. Los recién
lle g a d o s ejercitan los primeros ministerios, con licencia del cabildo,
e a la parroquia. Pronto los operarios apostólicos pueden ocupar
Una ermita, Santa Cruz, que les dona la ciudad con altares, orna­
mentos y vasos sagrados. Posee también la ermita en derredor te-
rien° suficiente para edificar casa, iglesia y colegio. Erigen los ocu­
pantes modesta vivienda y unos salones para estudios de gramática
Pedidos insistentemente por la población. La escuela de primeras
tetras la frecuentan más de 100 niños, y los cursos de gramática
uncionan normalmente en 1655.
Van levantando el colegio y llegan también limosnas para la
57 AH7 .I 164; II 252.351s.364.382s; IV 27.480; PR C II 333 *341 ; G D O 79 - 8 i.
670 La Igleúa en ¡a América del Norte española
hermosa iglesia, obra de un indio manco, que en 1663 está ya
minada, y falta sólo por cubrir la capilla mayor 58. er'
Poco después de San Luis Potosí, la Compañía, ayudada
bienhechores de la ciudad, escoge en 1625 Querétaro para lev?°r
tar casa, iglesia y colegio. Funciona pronto la clase de gramá
tica para los muchos niños de españoles existentes en la ciudad -
en las haciendas de los contornos, y, a instancias de los vecino/
escuela primaria. ’
La ciudad palpa también en otros ministerios la eficiencia de la
presencia jesuítica: doctrina cristiana a niños, predicación, ejerci­
cios de cuaresma, la comunión mensual, visitas de enfermos y de
cárceles, congregaciones de caballeros y de estudiantes y de señoras
denominada Esclavitud de Nuestra Señora. A los muchos nativos
otomíes los atiende en el colegio un padre conocedor de aquella
lengua.
A mediados del seiscientos reedifican desde los cimientos el cole­
gio e iglesia de San Ignacio, terminado en 1755, y fundan y dotan e!
seminario de San Javier. En 1724 enseñan también teología, y sus dis­
cípulos, por concesión del virrey, pueden graduarse en la Univer­
sidad mejicana59.

Puebla de los Angeles. Colegio de San Ildefonso.— Don


Alonso de la Mota y Escobar, obispo de Puebla (1607-1625), al
final de su vida, 7 de enero de 16 2 5 , dona a la Compañía, por tes­
tamento, la iglesia de San Ildefonso, erigida por él para sepulcro
suyo y para hospital de naturales, juntamente con unas piezas de
casa para un colegio de estudios mayores de filosofía y teología. El
virrey don Rodrigo Pacheco y Osorio, marqués de Cerralbo (1624-
1636), el 7 de enero de 16 25, les concede, de conformidad con la
Universidad mejicana, el que sus alumnos, con c e r t i f i c a d o del rec­
tor o prefecto de aquel colegio, puedan graduarse en las mismas
facultades cíe la institución mejicana. Por octubre de 1625 inicia la
Compañía dos cursos de teología y uno de filosofía. El primer maes­
tro de teología del nuevo colegio es el célebre padre Andrés de Va­
lencia (1582-1645), quien, por encargo del mismo señor obispo,
había leído antes casos morales 60 .

Colegio de Veracruz. Generosidad castigada con excomu*


nión. Más excomuniones.— Arrasada por un incendio la cas®
jesuítica de Veracruz (1618), con fondos recogidos en la ciu d a d ®
vanta la Compañía, de cal y canto, con vista al mar, unos a p o s e n o
y una pisza despejada y capaz que sirve de capilla, y así la nue
casa queda en mejor puesto que la anterior. oS
Los jesuitas trabajan desde el principio con m a r in e r o s , ne^ Q,
y esclavos, muy numerosos en el puerto por la presencia de las
tas, y con los hacendados de los pueblos vecinos y con n a tiv o s.
C.21. En plena restauración eclesiástica 671
Atienden tam bién en la escuela gratuita a unos 150 hijos de p o ­
bres y rico s, m orenos y esclavos, que sus padres no pueden enviar
a las instituciones docentes de Puebla. C on una donación que reci­
ben los operarios apostólicos, aumentan el personal y añaden unos
cursos de gram ática, con notable satisfacción de la ciudad.
La donación señalada anteriorm ente era una hacienda de ganado
mayor valuada en 45.000 pesos, propiedad del racionero de la ca ­
tedral poblana don Fernando de la Serna. D esde el principio se
opone el cabildo de Puebla a que el canónigo entregue la hacienda
sin añadir en la cláusula de donación el artículo de que la p rop ie­
dad debía pagar diezm os a la iglesia poblana. Serna entrega la finca
sin la cláusula exigida por el cabildo. D ivulgado el hecho, el p ro v i­
sor poblano Juan de M erlo declara incurso en excomunión al ca­
nónigo donante, lo inscribe en la tablilla de los excomulgados p ú ­
blicos, le em barga los bienes y las rentas de la prebenda que poseía
y lo hace encerrar en prisión, que hubo de sufrir por un año.
La Serna acude a la A u d ien cia de M éjico quejándose de la injus­
ta violencia; pero com o el obispo Palafox era visitador del tribunal
colegiado, el fallo favorece a la mitra. E l Consejo de Indias al que
se recurre, después de prolongados debates, con decreto de 14 de
junio de 1644 prohibe a las partes contendientes innovación alguna
del negocio, es decir, falla en favor de L a Sem a.
La Com pañía, com o era natural, interviene en la contienda, d i­
rigiendo al C onsejo de Indias un memorial en pro de sus derechos.
Palafox, al saberlo, se siente gravem ente ofendido y envía otro, q ue
la Compañía consideró libelo infamatorio, y replica con un segundo
redactado por el provincial Francisco de Calderón (1644-1646) 61.
El obispo Palafox, ocupado en esta época en sustituir en las
doctrinas a frailes por sacerdotes y en aumentar las rentas y diezm os
de su diócesis, que creía exageradamente pobre, resuelto a atajar
para siempre la pérdida que suponía para su diócesis el privilegio
de diezmos concedido a los religiosos, prohibe, so pena de excom u­
nión y otros graves castigos, a t^dos sus diocesanos donar ni tras­
pasar sus haciendas a las sagradas Religiones sin que los donantes
o los beneficiados se obligasen a pagar diezmos a la iglesia. Prohibe
también a los notarios extender escrituras u otros docum entos sin
|a limitación de los diezm os, y hace notificar a los m oribundos,
intimándolo bajo pena de excomunión, no dejasen en sus testam en­
tos hacienda sin carga de diezmos, y amenaza en particular con
estas censuras a los bienhechores de la Compañía.
El engorroso altercado, aunque no alteró por el momento, al
menos externam ente, la amistad de Palafox con la Com pañía, puede
scr episodio bastante sintomático para explicar la posterior conduc­
í a de que nos ocuparem os más tarde, del emprendedor prelado con
Compañía.
El violento y apasionado latigazo con que sacudieron al generoso

ist\' An¿ 11 3 18S.470S.47 3-4 76.606.624.663-665.674-676; III 4 s .14 s .72 . 129 -158-369; IV
' ' « i PRC 11 200-2 16 ; G D O I 85-90.
672 La Iglesia cn la América del Norte española
bienhecJior La Serna no detuvo el avance progresivo del col •
veracruzanot)-. e®
10

Colegio de Chiapas y Guadalajara.— Chiapas, donde ni |


capital ni la provincia homónima poseía ni un maestro de esci \
ni clase de gramática, cuenta desde 1686 con cinco sacerdotes ' 1
suitas, uno dc ellos maestro de moral, otro de gramática y un her
mano coadjutor para la escuela63.
El colegio jesuítico de Guadalajara, iniciado desde 1 5 8 6 , aun­
que siempre floreciente en ministerios, en su proyección docente
durante los cien primeros años, tuvo sólo escuela primaria y de
gramática. Gracias a una conspicua donación que reciben en 1688
pueden completar los estudios con cátedras de filosofía y teología
y. en 1 6 0 6 , fundar el seminario de San Juan Bautista.
El nuevo colegio, terminado a fines del seiscientos, añade una
cátedra de retórica y obtiene la facultad de conferir grados64.
Cátedras en los colegios jesuíticos. Actos públicos.— En Mé­
jico más que en ningún otro colegio puede la Compañía desarrollar
ei programa completo de sus estudios: latín, comenzando desde
los pnmeros rudimentos; retórica, poesía latina, filosofía aristoté­
lica, teología, un tratado teojurídico, de carácter preferentemente
canónico, y Sagrada Escritura.
Los actos públicos proyectaban al exterior todo el sistema do­
cente. A l solemne inicio 65 de las tareas escolásticas seguía, dentro
de pocas semanas, el acto mayor de prima, sustentado por algún
aventajado discípulo, generalmente jesuita, y desde entonces se
alternaban, casi todas las semanas, filósofos y teólogos en funciones
públicas menores, en las que los discípulos defendían tesis antici­
padamente anunciadas para que los asistentes pudiesen argüir o
rebatir a los sostenedores. Todas estas disputas académicas atraían
muchos elementos religiosos y seglares y favorecían no poco la
elevación c1?1 nivel cultural. Estos cursos de palestra se clausuraban
con el acto mayor de julio, presidido por el catedrático de vísperas,
y a continuación comenzaban los exámenes anuales.
Los cursos de gramática, humanidades y retórica p r e s e n t a b a n
también análogas academias públicas, mencionadas a n t e r i o r m e n t e .
Aunque no con la solemnidad de la capital, se c e le b r a b a n esto,
actos en todas las ciudades donde la Compañía regentaba cate &•
de filosofía y teología, pues l o s planteles docentes je s u ít ic o s a
en todas partes el mismo tono metódico.
Además, en ciudades donde la Compañía dirigía cátedras ep' ^
copales: filosofía y teología escolástica y moral, corrían tamlujvc
cargo dc* jesuitas los exámenes y sínodos y el expediente consu
de dificultades teojurídicas ocurrentes 66,
,¡ í o7s 4° 7; I V I- 5 -7 -40 s.76 s.5 3 f. 57 <j; GD O I 96-98. 28.9? ,j7!
D D r w r 148s.3 15-317.34 f .37 1 . 441 - 57 7; II T44.6I4; HI 7 4 . 2 5 i . 4 3 7 : I V -S*.
r - PR.O n ^ - 2 3 3 ; G D O i 08-102. , ■ „ cfotííflA
" - ' f A B Z I r 5 4. 187.457S ; J a c o b s e n , E ducalional Foundalions o f t h e jesu n s 1
’nhlYM _ ’
V* r4^78i ^ 4^5 49 ¿ 609.624; IV 229.567; GDO I I3^’ t 36.
00 vjLKJ í 137-139.
C.21, En plena restauración eclesiástica 673
C o le g io s y Universidad. Concordia de estudios.— La C om ­
pañía, que por concesión pontificia podía regentar cátedras de
mayores aun en lugares donde había universidad, como
fa c u lta d e s
se leyesen a diversas horas, sin perjuicio de los estudios de ambas
instituciones, para no estorbar con su labor ilustrativa la actividad
similar de la Universidad, no cobraba estipendio alguno por las
clases a sus alumnos, que, por otra parte, se habían de matricular
y graduar en la mencionada academia y acudir a los actos oficiales
de ella67.
Autoridades civiles y eclesiásticas, principalmente el arzobispo
Pedro Moya de Contreras ( i 5 7 3 ' I 5 9 0 y miembros de la misma
Universidad, tanto para autorizar más la institución académica como
para honrar la Compañía, habían instado porque el padre Ortigosa
y otros jesuitas leyesen en aquel plantel; pero la Compañía, para
organizar con independencia sus propios estudios, rehusó el hon­
roso encargo. Renunciaron igualmente los jesuitas al privilegio
que quería concederles la Universidad de graduarlos sin propinas
algunas, y aprovechó este beneficio, a instancias del citado arzobis­
po mejicano, con los padres Ortigosa y Antonio Rubio68.
Mucho más tarde, en 1725, a petición del claustro universita­
rio, concedió el monarca una cátedra de Suárez, leída por un padre
de la Compañía, previamente doctorado en la Universidad. La
interpretaron sucesivamente los padres Clemente Sumpsín, muerto
en 1735; Javier Lazcano (1702-1762) y Mariano Vallarta (1762-
1767).
Para beneficiar principalmente a sus alumnos, obtuvo la Com ­
pañía de Gregorio XV, por bula de 8 de agosto de 1621, por diez
años, facultad de conceder grados académicos a los que hubiesen
cursado al menos cinco años en sus colegios distantes 200 millas
(70 leguas) de la Universidad69.

Proyección m oral en los colegios novohispanos. C lim a tri­


dentino.— Los colegios jesuíticas, además de su dimensión cien­
tífica y cultural, presentan otra moral, que secundó enormemente la
renovación espiritual de la Iglesia ultramarina. Aunque no podían
aspirar a la formación eclesiástica sistematizada y exclusiva pre­
conizada por el magno concilio, por la convivencia en ios mismos
locales y aulas de elementos tan heterogéneos entre sí, proporcio­
naban al colegial un clima de elevación que rimaba con los ideales
tiidentinos. Auras también de moralidad completamente ortodoxa,
sobre todo en el campo doctrinal y científico, en consonancia con
as aspiraciones tridentinas, inhalaban los alumnos de la Universi-
ad, de los que no pocos siguieron vocación religiosa o sacerdotal.
También el colegio de San Nicolás, fundado por el insigne
'asco de Quiroga en 154070, puede considerarse preludio inme-

<>» a M e x i c a n a II 75S.135; G D O I 139 -


II £ ? Z 1 V 3 0 5 7 5.4 4 4 '0 ; G D O I 140.
7n M a n e i r o , D e v itis alxquot m exicanorum p .3 . 125 - 153 -
70 C H I M III , Q9.

H >a Iglesia en A m iric* ®


671 La Iglesia t» la América del Norte española

diato de los seminarios de clérigos ideados por el concilio r f


mador. 0r'
El obispo oaxacano fray Bernardo de Alburquerque, () i,
(1562- 1579). conquista uno de sus mayores méritos secundando!
miras y decretos del Tridentino, aun antes de que promulgasen ^
estatutos en Nueva Esparta. Sincronizando con la magna asamb?
escribe: «Por poner algún remedio en la gran necesidad que en
esta tierra hay de ministros de la Iglesia, ha esta Iglesia instituido
un colegio, el cual se hace junto a ella, donde se crían y enserian
en toda doctrina cristiana y en lo demás que se requiere para ser
un buen sacerdote, todos los que lo quisieren ser cn toda esta pro-
vincia». Pide a continuación ayuda pecuniaria del monarca para
pagar los lectores y sustentar algunos estudiantes pobres de muchos
que había, y facultad para que se pudiesen graduar allí o les admi­
tiese los cursos, previo examen, cualquier universidad, teniendo
suficiencia; «porque como está tan desviado Méjico de esta pro­
vincia y se ha puesto caro y no bien sano para los de esta tierra,
si hubiesen de ir allá a estudiar, de muchos que aquí lo podrían
hacer irían allá muy pocos»71.
Este primer núcleo de seminario oaxacano, en manos del si­
guiente obispo, dominico como el anterior, fray Bartolomé de Le-
desma (1584-1604), adopta el nombre de San Bartolomé, y llega
hasta mediados del seiscientos imbele y adinámico 72.

Seminarios tridentinos. E rección difícil.— En Nueva España,


de clero secular escaso y muchas veces insuficientemente preparado
para una labor educativa, necesaria en los seminarios, no era fácil
aspirar al programa tridentino. Además, aparte el problema eco­
nómico vinculado a los seminarios, insoluble prácticamente en las
diócesis novohispanas de aquella época, los sacerdotes proporcio­
naban en la problemática de los seminarios una solución de dudosa
garantía. Apoyarla en una iniciativa institucional ofrecía porvenir
más seguro.
Es significativa en esta vertiente la carta que el arzobispo meji­
cano doctor don Juan Pérez de Laserna (1613-1625) escribe en 1623
a la corte: «El santo concilio de Trento, movido por el Espíritu
Santo, no halló medio más eficaz para el aumento del culto divino,
buena educación de la juventud y aliento de los pobres que, con
el peso de Ja pobreza, no pueden volar con las alas de sus ingenios,
que la fundación de los seminarios en las matrices y cabezas de as
diócesis. Y estando el Real Consejo de Indias tan bien entera ^
en esta verdad, deseoso del mayor servicio de Dios y bien . ej 0
tierra, a rnis antecesores y a mí, diferentes veces nos ha. w*ci *
con sus mandatos a la fundación del seminario de esta ciudad-
sé las excusas que mis antecesores tuvieron para no haber o
fundado. Eas mías son bien notorias, pues ha casi diez años
litigo la ejecución de vuestra real voluntad en cuanto a estar s*
n J h ír l , ¿0 0

1 ¿ Ibid.. zoo*.
C.21. En plena restauración teletiáttica 075
aliñados los religioso» a lo* obispos en to d o lo que toca a la admi-
ní#tración de la» alm a» 73.
Se podría acaso dudar ti la contienda con los religioso* la pro­
pone el arzobispo como excusa de su ineficaz empeño en la funda­
ción del seminario, o quiere indicar que, faltándole la subordina-
ción de religiosos, no tenía otros a quienes confiar el añorado plantel.
Lamenta Laserna en el documento citado que, existiendo semina­
rio» en Puebla, Michoacán y otras partes, Méjico, centro d e la
vida novohispana, carezca de él, «siendo en ella mayor la necesidad
de ellos, más copioso el fruto que se espera sacar de su fundación» 74.
Pero a pesar de esta apremiante insistencia, ni él ni sus suce­
sores, hasta el doctor don Francisco de Aguíar y Seijas (1680)— lo
veremos muy pronto— , se decidieron por una acción definitiva
para erigir la institución.

Puebla. Sem inario palafoxiano.— Puebla, en el empeño con­


ciliar, estuvo más favorecida. A l obispo don Juan de Palafox (163$-
1650) le llega cédula real de 1641, urgiéndole la erección en su
diócesis poblana de un seminario conciliar. En actuación diligente
aprovecha el prelado las rentas del ya existente colegio de San
Pedro y las eleva a 10.000 pesos anuales, que habían de servir para
el sustento de 24 colegiales y construcción al menos parcial del
edificio. De estos 10.000 pesos daba la mitra 600, y el déficit lo
cubrían subsidios provenientes de la mesa capitular, beneficios
seculares y regulares y obras pías. Así surge el seminario palafo­
xiano con su biblioteca, donde entraron «cincuenta cuerpos de
libros» del mismo Palafox75.

Seminario oaxacano.— La restauración y nueva fundación del


seminario de Oaxaca, intentada por el obispo dominico fray Tomás
dc Monterroso (1664-1678) se dieben a su sucesor, el indígena don
Nicolás del Puerto (1671-1681): «luego que entré en esta ciudad
testimonia el prelado— procuré con todas mis fuerzas ejecutar
la fundación del colegio-seminanit), buscando la casa más principal
que hay en la ciudad y gastando de mi propio caudal mil pesos en
los reparos, adornándola de cátedras, estantes, todo aparato de
oratoria y de una fuente muy suntuosa para el servicio de la casa,
l'ue Nuestro Señor servido que el día 6 de enero de este año (1681)
abriese el dicho colegio, dándole beca a 16 colegiales, la gente más
lucida y noble de esta ciudad, ajustándome en ello a la erección.
Poniendo diferentes cátedras, como son dos dc gramática, una de
<urso de artes, otra de prima de sagrada teología y otra de vísperas.
°n otra de moral, así como cátedra de lengua zapoteca, que es
que- más generalmente corre en los beneficios del obispado,
CsPero en Dios nuestro Señor se ha de conseguir grande fruto y
nulidades en esta fundación; porque la ciudad tiene muchas fami-
lils honradas y las más son hijos, y tienen donde criarse y aprender
Vlrludes y letras, y aseguro a vuestra majestad que me ha costado
7i
n>M.. 2o t. ">* L .c. Ibíd., aoi».
678 La Iglesia en la América del Norte española

gran cuidado por los maestros principales que traje de la ciul


de Méjico, como el rector de dicho colegio, que es graduado enat
y teología; porque, en verdad, aquí había gran falta de sujet ^
porque como era tan costoso enviarlos a la Universidad, y los mí’
son pobres, es de grande socorro y alivio a los vecinos de esta ri S
d ad 7*. , . .
»Con testimonio de esta fundación— sigue Del Puerto— ocurrí
a la Real Universidad de Méjico, para que, en conformidad desús
constituciones, admitiese este colegio en su protección y nombrase
secretario ante quien pasasen las matrículas y se probasen los
cursos, para, con testimonio de ello, ocurrir a recibir los grados
menores; lo cual admitió con benignidad y envió nombrado secre­
tario, punto el más sustancial y en el que, con toda reverencia,
suplico a vuestra majestad le mande dar las gracias, pues con ellos
se ha hecho especialísimo beneficio a los hijos de esta ciudad.
»En esta primera entrada— concluye el prelado— no pude reci­
bir más que 16 colegiales, porque como la fundación se compone
de todas las rentas eclesiásticas, y es parte tan principal la que
gozan los religiosos de Santo Domingo en los más pingües curatos
del obispado, y hasta ahora no han querido contribuir, no se ha
podido llegar al número de 24 que dispone la dicha erección»77.
Seminario de M éjico. — Algo después del seminario oaxacano
erigen el de Méjico. Escrupulosas pesquisas y exploraciones prece­
den a la designación del puesto donde se ha de levantar el edificio,
y lo eligen, finalmente, al costado de la sacristía de la catedral. Hecha
la traza y montea en la capacidad de dicho sitio: 104 varas de oriente
a poniente y 49 de norte a sur, inician las obras el 12 de diciembre
de 1689. Meses después, el 30 de junio de 1690, iba muy adelante
la construcción. Mérito fue del arzobispo Francisco Aguiar y Seijas
(1682-1698) recabar fondos para esta fundación78.
El ideal tridentino en los colegios jesuíticos. F o r m a c ió n
moral.— Aunque no idénticos a los seminarios tridentinos o con­
ciliares, destinados exclusivamente a clérigos, con aulas propias, los
colegios jesuíticos traducían analogía bastante acusada con estos
planteles formativos. Como en las antiguas Universidades: la Sor
bona, de París; las de Alcalá y Salamanca y el colegio romano jesui
tico, llamado posteriormente Universidad Gregoriana, poseían Perl
féricamente otros colegios, llamados a veces seminarios, en los que
vivían estudiantes que asistían a las aulas de la U n i v e r s i d a d , con
asistencia cómoda de alojamiento, alimentos, etc., buenas bibli°^eca^
repetidores y consultores para sus estudios, y sobre todo diiectort
espirituales que guiaban su educación moral, civil y religiosa.
Así, el colegio máximo de Méjico tenía a su lado los semin¡ar
mayor y menor de San Ildefonso y del Rosario; el del Espíritu aI*
de Puebla, el menor de San Jerónimo, el de San Ildefonso y d r0^ ^
de San Ignacio; el de Guadalajara, el mayor de San Juan, ^

76 Ibíd., 202s. 77 Ibíd., 203-205. 7 8 G D O I 1459.


C.21. En plena restauración eclesiástica 677
Z acatecas, San Luis; el de Guatem ala, San Borja; e l de M érida, San
pedro. Seminarios de idéntica forma habían también erigido los
mismos jesuitas junto a los colegios de Chihuahua, Querétaro y
Chiapas 79.
Conocem os sustancialmente el desenvolvimiento científico de
estos colegios. La formación moral se concretaba a un clima religioso
y espiritual intenso. El encierro casi monástico, la vigilancia continua,
rigurosa observancia y marcada atmósfera de piedad— no aceptables
en la pedagogía y psicología modernas— acostumbraban al colegial
a un pliegue de orden y de seriedad de efectos recomendables para
lo porvenir. Los contadísimos desahogos de los internos: ordinaria­
mente juegos sedentarios y la media hora de siesta inmediatamente
después de comer, poco podían favorecer la descarga psicológica de
sus ánimos inquietos. La vacación semanal completa, comúnmente
el jueves, aliviaba de manera relativa la carga nerviosa que se iba
acumulando.
Con todo, la estima universal tributada entonces a estos inter­
nados manifiesta su aceptabilidad como sistema educativo en el
clima existente.
El externado, por el contrario— en los colegios jesuíticos los
externos superaban con mucho a los internos— , adoptaba un sistema
de educación más humano, y dejaba al alumno en atmósfera y socie­
dad que le eran connaturales y en los que había de vivir después:
la familia y demás contactos sociales, sin saltos repentinos ni preser­
vación artificial de los peligros mundanos.
Factor básico para elevar la tónica de los colegiales eran las
congregaciones marianas de estudiantes, las lecturas de libros es­
pirituales, prácticas de obras de caridad y beneficencia. Los alum­
nos, guiados y dirigidos muchas veces por sus maestros, se ponían
en contacto apostólico con la ignorancia, pobreza, enfermedades
y aun lacras del pueblo; enseñaban la doctrina a niños, peones y gente
callejera; visitaban hospitales aliviando material y espiritualmente
infelicidades y desamparos; jacales y ccyachas donde vivían amon­
tonados y revueltos y presa de males morales hombres, mujeres
y niños sin vestido y sin pan; y, finalmente, cárceles donde los ence­
rrados pagaban muchas veces las miserias, ignorancias y desgracias
de su estado más que sus verdaderas culpas.

Clim a de vocaciones sacerdotales, religiosas y sociales.—


. a coordinación armónica de elementos culturales, religiosos y so­
cales, factores formativos de colegios y seminarios jesuíticos, acer­
a b an entre sí democráticamente ambientes tan disímiles: clima
Clci Uniente propicio a todos los sacrificios y generosidades, que
suscitó en jóvenes acomodados cultos, de familias bien y sinceramen­
te cristianos nobles ideales que se concretaban en vocación a la
Vlda religiosa o sacerdotal o a la caridad social. Estos colegios y se-
fiar ios cont aban muchos ex alumnos entre los consagrados al altar

79 PRC 11 3.
678 La Iglesia en la América del Norte española

y a órdenes religiosas, entre oidores de audiencias, magistr 1


catedráticos, escritores y pueblo dirigente. (J!>-
Seis mil colegiales de los doce o trece mil que hasta 1827 fle­
taron las aulas del colegio-seminario de San Pedro y San Pki
y San Ildefonso de Méjico vistieron la beca. En 1595 pertenecí
a la Orden dominicana— el testimonio es de uno de sus miembro'.'"1
más de sesenta sujetos que habían estudiado en el mencionad
colegio, y el año siguiente los agustinos admitían a su Orden, en un
solo día, dieciocho de los cuarenta jóvenes candidatos presentados
alumnos del mismo plantel. Pérez de Rivas asegura que hasta lá
fecha en que escribe 80 (1645), unos dos mil colegiales habían dado
sus nombres a institutos religiosos. Veintiún estudiantes del citado
colegio ocuparon sedes episcopales. Los demás colegios-seminarios
jesuíticos de Nueva España presentan análogas estadísticas. Institu­
ciones que traducían tan visiblemente el ideal tridentino eran tam­
bién factores decisivos de renovación eclesiástica.

C A P I T U L O X X I I

M ovim iento intelectual eclesiástico *

Renacim iento novohispano. — El Renacimiento llega a las In­


dias de refilón, importado por letrados y religiosos que, entre las
ideas del Viejo Mundo de que van imbuidos, llevan también las de
aquel movimiento. Pero ni aun los que atraviesan el Atlántico más
influidos por ellas, como un Cervantes de Salazar y un Vasco de Qui-
roga, viven a fondo la innovación renacentista tal como se desarrolla
en Europa, sino abierta a la enorme gesta de la que son protagonis­
tas: incorporar un nuevo mundo a la cultura.
Son, pues, dos las proyecciones del Renacimiento u ltra m a rin o :
una la que estructura a los españoles que se hacen hombres nuevos
en aquella tierra, de la que se creen conquistadores, cuando en reali­
dad son conquistados por ella, que acaba modelando a los que preten­
den modelaría. A l cambiar para ellos en Ultramar la relación entre su­
jeto y objeto, el ambiente renacentista los llena de ansias de fama<
de dominio y de grandeza, muy diversas y aun contrarias a la s sus
citadas en el estrecho ambiente del Viejo Mundo. I m p u l s a d o s p°r
móviles de fama o de dominio o de grandeza, ponen en la ernpresa'
con las más valiosas aspiraciones humanistas, su máximo esfuerz .
carne y espíritu, realidad y cuerpo. . tc
Esta misma orientación práctica se manifiesta en la otra ver
del Renacimiento novohispano: la visión de los indígenas, no
80 Ibíd., 2-5; G D O I 23S-244.
* Siglas y abreviaturas:
~ A l e g r e , Historia de la p r o v in c ia . .. N . E spañ a, ed. B u rr u s-Z u b i^ la G
r-i * - B e p istA in de Souza, Biblio teca hispanoamericana septentrional. a }viiU-A‘
j I M C B - Cmp^ía h a z b a l c e t a , B iblio g rafía m e x ic a n a . .. N u e v a edición p
res C a r l o . XVH'
\ F l e c o s R o c a f u l l , E l pensamiento m exicano en los siglos XVI y *
qvp n M'jnumenta M e x i c a n a .
A) S a m j u ío V e l a , Ensayo de una biblioteca iberoamericana.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 679
contemplan para estudiarlos, sino para formarlos. Y en esta estruc­
t u r a c i ó n formativa son postulados imprescindibles: igualdad de to­
dos los hombres y el ideal de una sociedad humana en que conviven
f r a t e r n a l m e n t e unidos, sin distinción de razas, hombres y naciones K
El humanismo novohispano adopta más que las negaciones y fri­
volidades y la veneración casi mística de la naturaleza tan desme­
suradamente profesada por renacentistas italianos, la creencia me­
dieval de que la naturaleza es hechura y sierva de Dios; y presenta
más afinidad espiritual con los humanistas del Norte: Erasmo,
Reuchlin, Agrícola, Ulrich von Hutten y Tomás M oro2.

Estudios clásicos.— Transmigra también a Ultramar otro as­


pecto del Renacimiento más desinteresado y menos profundo: la
afición por los estudios clásicos y las bellas formas del buen decir.
En la época en que se funda e inicia sus trabajos la Universidad de
Méjico (1553), el Renacimiento está representado en la península
por una gloriosa «falange de historiadores, filósofos, teólogos y lite­
ratos, entre los cuales baste rememorar, aparte de Vives, a Lebrija,
el Pinciano, Juan Ginés de Sepúlveda, Luis de la Cadena, Juan Ver-
gara, los Valdés, Melchor Cano, Cardillo de Villalpando, el Brócense,
Luisa Sigea, Pedro Juan Núñez, Fox Morcillo, Arias Montano,
Gouvea, Juan Gélida, Matamoros, Pedro de la Rhua, Simón Abril,
ambos Luises, Carvajal, Suárez, Soto, Báñez, Montes de Oca, Páez
de Castro (el cronista de Felipe II), Francisco Sánchez, Servet,
Gómez Pereira, Valles, Antonio Agustín y mil más que sería ocioso
mencionar aquí» 3.
Discípulos, compañeros o lectores asiduos de los aludidos fueron
muchos de los primeros maestros de la Universidad mejicana y de
los que desempeñaron funciones de gobierno civil o eclesiástico en
los primeros tiempos del virreinato. Así penetró la rica herencia gre­
co-romana en forma tan viva y consciente que no es hiperbólico
afirmar que llegó a ser una «de las más hondas y fecundas raíces*
del pensamiento mejicano4.

H um anism o. Cervantes de Salazar, Vasco de Q uiroga.—


Con don Francisco de Cervantes de Salazar, primer catedrático de
!etórica de la Universidad mejicana, «padre de una generación dila­
tada de oradores y profesores de las bellas letras», autor de los
Diálogos 5, género muy utilizado en la literatura renacentista para
hacer la crítica de la sociedad, introducir innovaciones teológicas,
Políticas y literarias, toma pie en Méjico un humanismo tranquilo,
01 todoxo bien avenido con las instituciones y no creador de conflictos
ni suseitador de polémicas. En el diálogo que describe, por ejemplo, el
'«tenor de la ciudad de Méjico, sus habitantes contemplan orgullo-
S0;s ta obra que están ejecutando y consideran la ciudad de los palacios

1< * P M 170S.
^^ ^. 171-174
4 r'm-lv1'A San M'WTÍN. L u is Vives v la filosofía del Renacimiento 1 ass. en o.c., 180.
5 (\ 'KI M 180-183; M é n d e z Pi a n c a r t e , Humanismo mejicano del siglo X V I p.VII.
<IRV a n t e s S a l a z a r , Méjico en 1554-
680 La Iglesia en la América del Norte española

cabeza de todo el mundo, y el autor admira efusivamente 1-


turaleza 6. a na'
El humanismo de Vasco de Quiroga, eximio representante H
úscopado novohispano, es benéfico y utópico. De formación
fundamente cristiana, sólidamente cimentada desde la niñez, es/*0
tura jurista adquirida desde su mocedad í>n en sus ir-1
e n e estudios de oSalaman
t u v - i l i i f i c t a a r l m i írirt a rh>cnf> ei i m n r m p ni

ca y reafirmada en los años profesionales de administrar justicia


edad madura inhala aires renacentistas que, sin entibiar su fervor
de apóstol ni adormecer su vigilante sentido de justicia, amplían su
horizonte y dan a sus iniciativas un valor ejemplar de verdadero
humanismo. Como cristiano y como obispo es decidido partidario
de la evangelización pacífica de los indios, y como jurista, llegado
a Méjico en 1531, oidor de la segunda Audiencia, entre los agobian­
tes problemas que oprimen a Nueva España: la esclavitud, las enco­
miendas, el estatuto de los caciques, la fundación de pueblos y ciuda­
des, la organización del gobierno, la recta y expedita administración
de la justicia, irrumpe decididamente contra la esclavitud, la injus­
ticia de más bulto.
En todos sus trabajos afloran de vez en cuando ideas y sentimien­
tos que son como eco apagado de la influencia renacentista: así, por
ejemplo, la continua alusión a la Iglesia primitiva, ideal para él
asequible; la apasionada defensa de la libertad de los indios, exigida,
según Quiroga, no sólo por el humanista reconocimiento de la dig­
nidad humana, sino, sobre todo en el orden de la gracia, por la posi­
bilidad de todo hombre, sin diferencia de razas, de convertirse en
socio o colaborador de Dios para realizar sus planes en la tierra7.
Además, influido por Tomás Moro, su punto de partida de una
concepción nueva del Nuevo Mundo adquiere un valor cualificati-
vo: «Porque no en vano, sino con mucha causa y razón éste de aca
se llama Nuevo Mundo, no porque se halló de nuevo, sino porque
es gente y cuasi en todo como fue aquel de la edad de oro»8. Era,
pues, ;:uevo, porque aunque muy antiguo, vive en la edad de oro
o de Saturno, que los humanistas sacaban del curso regular de
tiempo, y la añoraban melancólicamente como un quimérico pasado
o la ansiaban como esperanza aún no realizada y tal vez nunca reali­
zable. Quiroga, con fuerte realismo, encontró lugar y tiempo para
concretar ese anhelo: ahora y aqui, en las Indias, cuyos habitantes
son «cuasi de la misma manera que he hallado que dice L u c ia n o en
sus Saturnales, que eran los siervos entre aquellas gentes Que
llaman de oro y edad dorada de los tiempos de los reinos de Satur^
no, en que parece que había en todo y por todo la misma
e igualdad, simplicidad, bondad, obediencia, humildad, fiestas, ju
gos, placeres, beberes, holgares, ocio, desnudez, pobre y nieíl0,S^rra
ciado ajuar, vestir y calzar y comer según la fertilidad de 1a ^
se lo daba ? 9. Con el entusiasmo de este hallazgo, la menta» a
6 O .c ., 84-161. 07-311;
r * d L ^ ° Pt:no' ^ or) Vasco de Q uiroga 19-27; «Información en Derecho», en o.c.»
OKFM i 97.
* ‘‘ Información en Derecho», en M oreno, Don Vasco de Quiroga 311.
v (J e., 380.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 681
Quiroga, formalista, jurídica, apegada a los hechos, se deja seducir
por las bellas descripciones de la vida utópica de Tomás Moro.
Con u n a elevación única en las historias de las colonizaciones, ad­
q u iere c o n c i e n c i a de que su misión como obispo y como magistrado
no está e n transplantar a Ultramar las instituciones, costumbres y
normas del Viejo Mundo, sino en superarlas abiertamente elevando
a los indios desde la simplicidad natural a las cumbres de una con­
v iv e n c ia paradisíaca. Esto explica la creación de sus hospitales-
pueblos 1°.

Influencia erasm iana.— La proyección renacentista que se re­


fleja en el austero franciscano fray Juan de Zumárraga, primer obis­
po y arzobispo mejicano (1528-1548), es la religiosa. Las complica­
dísimas circunstancias en que se erigía la nueva Iglesia: dos razas
tan distintas y opuestas, religiosos que provistos de enormes p ri­
vilegios podían evadir fácilmente la jurisdiccón episcopal, y escasí­
simo clero y muchas veces no muy recomendable, añadían a la la­
bor específicamente religiosa del prelado múltiples y complicados
problemas.
Sobre el franciscano tuvo influencia Erasmo de Rotterdam,
principal y casi exclusivamente, con su vertiente mística paulina,
reformista, como lo hemos hecho notar anteriormente11.
No fue Zumárraga el único influido por Erasmo. Un cristianis­
mo interior, purificado de los formalismos y estrecheces con que
algunos lo habían desnaturalizado y vuelto a la pureza de sus fuen­
tes, lo deseaban religiosos y legos de Nueva España, como lo prue­
ban los muchos ejemplares de las obras erasmianas recogidos por
la Inquisición, cuando se prohibió no sólo leerlos, sino retenerlos.
Influencia directa de Erasmo en algunos religiosos, como se ha afir­
mado, no es fácil probarla. En fray Alonso dc Veracruz, por ejem­
plo, el gusto por las nuevas ideas proviene no inmediatamente de
Erasmo, sino de su contradictor Carvajal, quien, discrepando fun­
damentalmente de él, admite y aprovecha muchas de las ideas eras-
mianas en su manera de concebir los estudios teológicos y de vivir
la vida cristiana. Con Carvajal influyen también en el insigne agus­
tino Vives, Pedro Ciruela y fray Luis de León, y su actitud más
Que con Erasmo sincroniza con cierta tendencia reformadora y
evangélica muy fuerte en ciertos sectores de la Iglesia española
anti tridentina 12.
Con los jesuitas llega a Méjico en 1572 la tendencia opuesta
amada inexactamente Contrarreforma, pletórica no de elementos
negativos o vagos, sino concretamente positivos. Después de breve
Período de tanteos y exploraciones desenvuelven intensamente el
Susto por la retórica y las bellas letras, según lo hemos expuesto
Menormente U.
¡■ Jl ( \ cl - 380-300; G R P M 197-202; cf. Z AVALA, La * Utopía» de Tomás Moro en la Nueva
1 , ,\r x,co ' 0 3 7 ); Id., Ideario de Vasco de Quiroga (M éxico 1941)-
682 L j Iglesia en la América del Norte española

R enovación teológica.— La brillante y fecunda renovación


la teología española en los siglos xvi y xvn repercute amplia y ^
fundamente en la Nueva España, donde en la Universidad y f^°
de ella figuran representantes preclaro? 14. ra
En Méjico como cn Salamanca cuestiones teológicas las ■
sutiles saltaban de la universidad a la calle para ser viva y apasi^
nadamente comentadas no sólo por estudiantes y letrados, sino por
conquistadores, oficiales reales, ministriles y artesanos. Españoles
religiosos y laicos llevaban a Nueva España sus acendradas convi'-,
ciones religiosas, y la religión, lo mismo que en España, era el nú­
cleo central de la cultura del nuevo pueblo. En la universidad, la
cátedra de más relieve y la regentada por los mayores ingenios de
la colonia, quienes muchas veces, antes de enseñarla, habían de
acreditar sus dotes y preparación con larga docencia en asignaturas
de menor trascendencia, era la de teología. Los religiosos utiliza­
ron sus valiosas influencias para que se dieran en la universidad,
además de las tradicionales cátedras de prima y de vísperas, las
de Santo Tomás, Escoto y, por último, Suárez— los jesuitas habían
renunciado a dar clases en aquella institución docente— , represen­
tantes, respectivamente, de las principales escuelas de la teología
escolástica. Los conventos cultivaban también estudios teológicos
con cátedras que encargaban a selectos profesores, y escogidas bi­
bliotecas que, sin escatimar gastos, iban reuniendo lo mejor y lo
más representativo de la producción teológica de la época 15.
Si a pesar de la prohibición de Carlos V se filtraban a Nueva
España algunos libros de caballería, en cambio, la nutrida remesa
de publicaciones teológicas, ascéticas y místicas, editadas en Es­
paña, Italia 16 y en los Países Bajos 17, acompañaban a los religiosos
que navegaban a aquellas regiones 18 o formaban parte de la mer­
cancía destinada al puerto novohispano de Veracruz. Esos impresos,
que proporcionaban a operarios apostólicos y profesores el fondo
do^rmal d e sus instrucciones catequísticas, sermones y explicacio­
nes de clases, divulgaban también la ciencia teológica integral­
mente por todo el pueblo— prueba de ello, el crecidísimo número
de ediciones copulares puestas en circulación— y saturaban el am
biente que inhalaban todos. El teatro de la época, los autos sacra
mentales y las comedias teológicas, representadas lo m is m o en
tramar que en la península, conducto expresivo y gráfico de esC
ideario doctrinal, requerían oyentes coincidentes en una coopera

54 G R P M 215-222.
j 5 C f. C e r v a n t e s Sai. azar, M é jic o en 15 5 4 18-51. . j , pió V.
J r o r una e d ic ió n de las obras de Santo T o m á s , hecha en R o m a por mandar
pago en M éjico fray Pedro de Pravia la crecida sum a de 1.000 reales ( G R P M Cf- ^
17 Cf. P e e t f . r s - P o n t a í n e s , Bibliographie des impressions espagnoles des PrfyS'
nota siguiente. llevaba
18 Así, p.^j., los doce primeros jesuitas q u e navegaban a N u e v a España ,uniani^'
'tres to n c a d a s de libros y vestuarios» ( M M I 38). El padre L e n o c h i, profesor de *
] en lV^JÍ<:o, encargaba a Jos de Europa le proporcionasen «una buena biblioteca
nu. adev> (ibíd., r64. i88). El padre general M e r c u r ia n o se interesa (31 d e maíz . ^ ( tl
]Xj.Í r' ,J^ H-mdes a Mueva España ^alguna su m m a de libros a huen pr (jb^
J ti y ) f r^d Glandes p ira conseguirse libros la consideraban «la más fácil de <
2 4/ - .^A sr u(j Sf/janí-'f:, L a fruiría de Libros y vestuarios en cd siglo X V I dt‘ (}S
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 683
ción a c tiv a y amplia, imposiblede prestar por personas incompe­
tentes ‘ Ti cuestiones teológicas. La mentalidad de los españoles
en in su lares y ultramarinos eraidéntica, predominantemente teo­
lógica» q u e es como decir racionalmente cristiana
Ese saber, no limitado a la sola especulación, sostenía y concre­
taba una vida fundamentalmente ajustada a los principios morales
del cristianismo, aunque mezclada muchas veces con pasión y p e­
cado. Y si el auge de la teología se refleja en la península con un
e xtrao rd in a rio florecimiento de santidad, San Felipe de Jesús y
otras figuras novohispanas, ascéticamente grandes 20, representan
los momentos más logrados de ese afán de superación, fomentado
en ambientes clericales y seglares, y principalmente por los religio­
sos con sus instituciones docentes, cultivo de la teología y práctica
de la santidad.

Producción teológica.— García Icazbalceta, en una bibliogra­


fía bastante completa 21, de libros publicados en Méjico durante el
siglo xvi 22, reseña más de cien títulos, de los que el grupo más
denso son doctrinas, sermones y confesonarios en lengua indígena,
y unos ochenta corresponden a diversas facetas del movimiento teo­
lógico 23. La tendencia estrictamente teológica está representada
por obras del agustino Veracruz, fray Bartolomé de Ledesma, O. P.,
y fray Pedro de Agurto, O. E. S. A., que hemos de mencionar a
continuación; la ascética y mística, por la Teología mística de San
Buenaventura, el Tripartito de Gersón, los Coloquios de la paz y
tranquilidad cristianas, en mejicano, de fray Juan de Gaona, O. F. M .,
y la notable Carta de avisos y apuntamientos de nuestro reverendísimo
P- fray Francisco Gonzaga, ministro general de toda la Orden de
nuestro seráfico Padre San Francisco, en la que lamenta la deca­
dencia y relajación de la Orden y propone medios de reforma 24.
En el siglo xvii permanece sustancialmente inalterable el pano­
rama intelectual, aunque las publicaciones son más numerosas y
los temas tratados más variados. De las 2.100 obras aproximada­
mente estampadas en este*período, sólo unas 150 alcanzan elevado
nivel; entre ellas propiamente teológicas seis, siete litúrgicas, una
ocena de derecho canónico, 24 de lenguas y doctrinas para nati-
Vos y 32 de materias ascéticas y místicas 25.

O bra teológica de fray Alonso de V eracru z.— Veracruz,


yunque sus principales obras fueron filosóficas, dejó huella de su
‘‘genio en los tres campos teológicos.
I9 p ,

20 p ¿ n f , EVAS' H isto ria de la Iglesia en M é jic o III 498-548.


21 M 23~225’
^°grálici U ,AHr:s Garlo ( G I M C B ) la ha adicionado en su parte bibliográfica, en noticias
22 SoK ' ot ros valiosos elementos.
i lm P renta en M é jic o , cf. M e d i n a . L a im prenta en M é x ic o ( 1 53 3-18 21,), 8 vol.
^ -1$ > ,C ^ c o m p leta d o G o n z á l e z d e Gossfo en sus dos obras L a im prenta en M é x ic o
°d ¡cio n es a la obra de don José Toribio M e d in a y L a im prenta en M é jic o
( ^ 0 * $10 adiciones a la oh? a de José Toribio M e d in a .
268.312-315.
684 l a Iglesia en la América del Norte española

Su trabajo teológico representativo fue Espejo de tnatrimoni


dedicado al virrey don Luis de Velasco (1549-1564), tratacfo .
que los operarios apostólicos pudiesen discernir y juzgar en la^3
pinosa cuestión que tanto preocupó a los primeros misioneros T
la validez de los matrimonios contraídos por los nativos antes (T
convertirse, altamente elogiado por el censor Juan Negrete y pr 8
sentado con una epístola laudatoria por Francisco Cervantes dé
Salazar. Libro de los que publicó Veracruz acaso el que mejor ca
racteriza al autor: comprensivo, caritativo, muy consciente de su
responsabilidad, deseoso de ayudar a los demás, impuesto en la
materia, seguro de juicio, abierto, igualmente especulativo que prác­
tico. Obra no de intelectual abstracto, sino vinculado a las necesi­
dades de los que lo rodean y ansioso de remediarlas.
Pertenecen también al campo estrictamente teológico los tres
manuscritos veracruzanos: Comentarios al segundo libro del Maes­
tro de las Sentencias, Comentarios a las epístolas de San Pablo dictadas
desde la cátedra de la universidad mejicana y Reseña de los libros
canónicos 27, y al campo jurídico y moral, la más sugestiva de sus
obras: Tratado sobre el dominio de infieles y la guerra justa 28. Vamos
a reseñarlo por ser casi completamente desconocido.
Para Veracruz, infiel es el que todavía no tiene fe o no la posee
plenamente, y dominio, completo poder sobre personas y cosas.
Las personas sometidas a dominio no son libres, sino esclavas y
siervas, ni se autogobiernan y ni tienen propiedad alguna.
Veracruz, activo operario apostólico del campo que describe,
conoce la situación objetiva de conquistadores y conquistados: los
españoles se habían apropiado tierras y posesiones pertenecientes
a nativos; esa adquisición muchas veces había sido con armas y
violencia, nunca cedida espontáneamente; retenían esclavos y ha­
bían suplantado en el gobierno a los indígenas. En ese clima am­
biental plantea el agustino la problemática teológico-moral y jurídica,
cc iCretándola a cuestiones o dudas que va resolviendo especulativa
y positivamente: ¿Pueden los españoles en conciencia conservar
esa propiedad, exigir tributos a los nativos, someterlos a esc a
vitud, arrebatarles el gobierno y seguir ocupando tranquilamente
el territorio como conquista de guerra?
Decididamente responde que los colonos han de estar autori
zados por el emperador para exigir legalmente tributos a los na*
vos, requerimiento, lo sabe él, expresamente prohibido por inl^n
rial decreto; se extendía la prohibición a servicios personales ^
casa o en el campo, al trabajo de minas, a contribuciones veJ j°rsUS
en dinero o géneros, al secuestro de sus tierras y de fondos e

77 P títuI° Speculum coniugiorum . G I M C B 1208.127-130. . qen|enti‘,r"ffl


J-os títulos latinos de estas obras: C o m m en ta rium in secundum M agistri •
hbrum, 1rjs ; O immentar ia in E p ísto la s S a n c ti P a u li in u n iv ersita te m exicana e c a >rafa ufiH*
ta, m s . ; Relectm de Ltbris C a n o n itis super illu d P a u li : Ornnis S crip tu ra divinitus i
est ad docendum, ms. S V F Ji V i l I 172. , J. Bl,r
j yJ título latino: R e l e c t i o d e dom inio in infideles et de iusto b e llo « El padre - _
I rne ha proporcionado las fotografías del ms. existente actualmente c ¡
teca privada L o reseña BSB V i 26s; S V l i B V Í Í I 171S; B o l a ñ o e I s l a , Contribución
oiob wilografu.o de f r a y A l o m o de la V e r a C r u z 65S.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 685

templ°s- P °r tanto, los perpetradores de estos actos eran usurpa-


j ores y tiranos.
¿Es el emperador señor del mundo? L o puede ser— se responde
el t r a t a d i s t a — por comisión pontificia y para un fin espiritual nece­
sario. Quiero decir— aclara fray Alonso— que el sumo pontífice, vi­
cario de Jesucristo en la tierra para apacentar las ovejas de su re­
baño y reducir a la fe a otras que no son de esta grey, puede some­
ter, para obtener ese fin espiritual, provincias y reinos de infieles
a la jurisdicción y dominio del emperador. Con Vitoria, profesor
de Veracruz en Salamanca, que había rebatido definitivamente la
tesis medieval que concedía al emperador derecho de señorío sobre
los pueblos, el agustino sincroniza plenamente. La propiedad— in­
siste Veracruz— no está vinculada al cargo de emperador, sino a su
cualidad de espada y ayuda del papa, señor del campo espiritual.
El emperador adquiriría título de propiedad sólo por cesión
espontánea de los dueños, y no existiendo ésta, es deber de justicia
restituir tierras y objetos a sus legítimos propietarios, que gozan
de derecho inalienable.
¿Tiene el sumo pontífice— se pregunta fray Alonso abordando
la dimensión del poder papal— facultad suprema como señor del
mundo? Responde el agustino con la clásica fórmula del poder in ­
directo, es decir, posee todo el señorío temporal necesario para ejer­
citar su sagrado ministerio de pastor. Estas razones, según Vera-
cruz, justifican la destitución y privación a los nativos, legítimos
propietarios, de su gobierno y poder, haciéndoles pasar de unas
gentes a otras, de gente bárbara a civilizada, y entregar el gobierno
a regidores responsables en su cargo, como son los españoles. Y así
—moraliza Veracruz en el campo histórico— acto de evidente ju s­
ticia ha sido arrebatar a Moctezuma y otros reyes el dominio que
ahora mantiene el emperador, y palpablemente válida la donación
y concesión de gobernar hecha por el sumo pontífice a los Reyes
Católicos. Y es igualmente justo— concluye el moralista— que ese
poder continúe en manos del emperador, pues devuelto a sus an­
tiguos señores fácilmenfe se seguiría en los nativos aversión a la
fe, retroceso y defección de ella 29.
Traducen también proyección teológica los tratados de fray
Alonso Apología de los religiosos de las tres Ordenes mendicantes habi­
tantes de Nueva España, en las partes de las Indias, del mar Océano y
de los indígenas y Bula de confirmación y nuevas concesiones de pri­
vilegios de todas las Ordenes mendicantes 30 .
I P e mayor vivencia es su Tratado de décimas 31, que exonera a
0s Indios de la obligación de pagar diezmos, concedidos a los R e­
yes Católicos (16 de diciembre de 1501) por Julio II. Ésta recauda­
ción Veracruz se hace portavoz del sentimiento de los misioneros—

3o ^ URRUS, Alonso de la Veracruz’s Defence o f the American Indians 225-253.


in jVoivf'; r tItU' ° S !atinos: Apología pro religiosis trium Ordinum mendicantium, habitantibus
rl novao Pan'a ' !n Partibus Indiarum maris Oceani et proindigenis, m s.; B u lla confirmationis
decreti* r?nc™sionis prñ’ilegiorum omnium Ordinum mendicantium cum certis declarationibus
J f n .tn™Mti°nibus. S. O. N . D. P ii V. Motu proprio (M exici 1568). S V E B V I II 1 7 0 -1 7 2 ’
f l e c h o de d é cim a , ms. S V E B V III 169S.
686 La Iglesia en la América del Norte española.

impedía la conversión de los nativos. El arzobispo M o n tú fa r


trario a esta tesis, recogió el escrito y así no pudo publicarse ^
Materias ascéticas, morales y pedagógicas las desenvuelv*
erudito Veracruz en ios Avisos 33 que, acabados los cursos de t
logia, daba a los estudiantes, lección a su juicio la más importa^
y hacía los escribiesen al ñnal de sus cuadernos de apuntes n 6
que siempre los tuvieran presentes. Le preocupa ante todo que ^
teólogos, principalmente «en estas partes de las Indias» aprovechen
a todos «con su doctrina, buen ejemplo y santas costumbres»; ayu
den activamente a los naturales, «consolándolos y favoreciéndolos
en sus trabajos espirituales y temporales» sin aspiración de lucro
temporal 34.
Teólogos calificados.— Discípulos significados de Veracruz
fueron el agustino fray Esteban de Salazar, muy docto en las len­
guas latina, griega y hebrea, gran misionero y maestro de artes de
la Universidad, muerto cartujo en 1596, que escribió varias obras
de Sagrada Escritura y otras materias, entre ellas el célebre libro
Veinte discursos sobre el Credo, que alcanzó en breve tiempo nume­
rosas edic iones, la primera en Granada 1577 35, y fray Andrés de
Tordehumos, agustino mejicano, nacido en 1522, autor de la Apo­
logía theologica, impresa en Medina del Campo en 1581 36.
Representante en Nueva España de la tendencia intransigente
y cerrada es el dominico tomista, amigo y consejero del arzobispo
Montúfar, fray Bartolomé de Ledesma, obispo de Oaxaca (1584-
1604), de quien hemos hablado anteriormente 37. Su obra Sumario
de los siete sacramentos de la Nueva Ley 38, escrita por mandato de
Montúfar, es una recopilación de la doctrina de Santo Tomás, Ri­
cardo, Durando, Cano y Soto sobre los sacramentos, y exposición
breve y clara para la buena administración de ellos. El teólogo do­
minico sincroniza así con el ritmo acelerado de sus colegas mejica­
nos, que rehuyen la especulación para adentrarse en la vivencia ex-
perimt; tal 39.
Probablemente más que esta obra, escrita por compromiso, con
estilo monótono y pesado y argumentación endeble, apoyada mas
en la autoridad qu<.. en la razón, acreditan al teólogo otras que, man­
dadas a imprimir a España, perecieron en el mar, y su tratado De
justicia y derecho, que acudían a oír y escribir en la Universidad me
jicana alumnos de las cátedras de leyes 4 0 ,
Teólogos jesuitas.— Teólogo renombrado e n el a m b i e n t e no
vohispano fue también el jesuita Pedro d e Ortigosa, n a c i d o en
32 G R P M 229. 02-496'
I '* Í".?s Publica G p i j a l v a , Crónica de la O rden de N . P . S . A uguslln 1. 3 _C-3 ? .172;
[jC. G R P M l.c. Puede verse la reseña de las obras de Veracruz en S V E B V il 20(j,
1 v 1 23- 127 ; Bor.AÑ o e I s la , o . c . , 45 -73; E n n j s , Fray Alonso de la Vera C ruz
. ^:f' í ° s s . i o8. rí os; S V E B V IH 4 5-56 ; BSB IV 281-284. .dniocU<<«
^ Apología theologica nunc recem a ed ita e x sacris doctorihus co llecta . P er 1 • t¡0júsqué
r • ■y-ls} f'J(^ tem de interiorihus anim ae actibus et lib erta te v olu n ta tis humcinae, app tc
s a c r ó n A lta ris fMetyrnnae, anno f 581). S V E B V I I 673; B S B V 3 5 -
• ?i a
\t 200-202.504X; Q u p .t i p - E c h a r d , S crip tores O rd in is PraedicatoTUM I
G R P M 230-233. 40 o . c . , 233.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 687
Qcaña hacia 1557- Estudió filosofía en Alcalá, donde se graduó de
bachiller, y luego teología, con tanto aprovechamiento, que sucedió
en la cátedra al padre Azor. En Méjico, adonde llegó en 1576, des­
pués de explicar filosofía, enseñó teología por cuarenta años. Muer­
to el 12 de mayo de 1626, en las honras fúnebres que le dedicó la
U n iv e rsid a d como a uno de sus famosos doctores, el predicador de
la o ra ció n fúnebre lo denominó sol y maestro universal de estos
r e i n o s 41.
Los tratados manuscritos que se conservan de él: De la esencia
de Dios, De las virtudes teologales y Tratado de los ángeles 42, confir­
man plenamente su grande autoridad en vida y póstuma. Provisto
de información copiosa, propone las cuestiones más difíciles con
desenvoltura, argumentación briosa y contundente, exposición cla­
ra y ceñida. Ecuánime y ponderado siempre, se atrajo el amor de
propios y extraños. Fue en la Universidad objeto de grandes distin­
ciones, aunque no regentó cátedra en ella, y en el colegio máximo
de San Pedro y San Pablo su recuerdo mantuvo viva la emulación
de sus sucesores en la cátedra, quienes, al seguir su ejemplo, levan­
taron a grande altura la enseñanza de la teología e hicieron de aquel
centro plantel de teólogos y filósofos insignes con los que la Com ­
pañía de Jesús se puso a la vanguardia del movimiento intelectual
novohispano 43.
El padre Andrés de Valencia (1582-1645), sucesor de Ortigosa
en la cátedra teológica del colegio máximo, refleja la preocupación
cristuiógica de la Compañía en el único manuscrito que se conserva
de él: Tratado de la encarnación del Señor, en el que sigue a Santo
Tomás, aunque con cierta independencia44.
Su sucesor, padre Juan de Ledesma (1578-1636), mejicano, «te­
nido generalmente, según el padre Alegre, por el segundo de la
provincia después del padre Pedro de Ortigosa*45, explicó teología
durante treinta años, fue consultor de prelados y tribunales de M é-
Jlc°, Perú y España, y dejó escritos catorce tomos manuscritos de
materias teológicas, de los que la mayoría se han extraviado; se con­
serva una notable parte de tin tratado, acaso De Deo uno 46.
Conocido más bien p>or sus tratados filosóficos, el padre A n to­
jé0 Arias (1565-1603) alcanzó también celebridad en el campo teo­
lógico por sus escritos de moral y Sagrada Escritura, cuyas cátedras
regentó en Méjico 47.
Contemporáneo del anterior, el padre Diego de Santisteban
(*566-1637), sucesor en la cátedra del padre Ortigosa, dejó sendos

Cf. M M I-ll, índices; A B Z l-II, índices; G R P M 233S. .


ct } níl^li)il T heolo g ia e, de D e i essentia et perfectionibiis, de eiusdem essentia et p ro iid e n tia
de l 'stimiionc'> ln secundam secundae divi Thomae, ubi de fide, spe et chantóte; Tractatus
i j, ' va al final de una obra del padre Santisteban. C f. nota 48; Sommervogel, Biblio-
f e 1 ^ o rtig o sa s BSB III 4 3 -4 4 -
44 233-237.
44^* ] ] / la c *afus d c Incarnatum e D om inica G R P M 237* B SB IV 79S; cf. A B Z II i 9 4 23-3 6 9 -

4 II 441.
47 s ° m m e r v o g e l , B ib lio th éq u e I V 1651S; B SB III U 3 $> «..»• i*
U RUü " V ^ o ct 3 i Proverbiorum . Reseñan sus obras S o m m e r v o g e l. B M io th e q u e I 539 * ;
URTfc-Uc:iNA. B ib lio teca I 2?8s; B S B I 167; cf. A B Z II 48.961 1.5$6.598,
688 L i Iglesia en la América del Norte española

tratados sobre la Santísima Trinidad, gracia y sacramentos 48 p


el volumen de gracia defiende la gracia suficiente y niega cont i
---- — i
libre consentimiento de la voluntad, de tal modo eficaz que la
determine físicamente a prestar el consentimiento. Sin aspirado^
de originalidad, Santisteban demuestra conocer a fondo los teriT
que desarrolla, siempre sólidos, con exposición clara y sencilla
gumentación apretada y ágil y correcto estilo49.
Los jesuitas del 600, aunque poco escritores, afianzan el movi
miento teológico. Ayudó no poco para esto— lo deducimos por al-
gunas obras conservadas en la Biblioteca Nacional mejicana, proce.
dentes del colegio jesuítico complutense— la estrecha comunicación
intelectual en que se mantenían con la Universidad española 50,
La tónica de la enseñanza teológica en los colegios mejicanos
de la Compañía nos la da claramente un manuscrito que recoge di­
versos tratados de jesuitas, 1638 a 1643: del sevillano Diego de Sa­
lazar, nacido hacia 1605, de Pedro Oxea, Agustín Bernal de Avila
(1589-1642) 51, de Jerónimo Villanova 52, del zacateco Antonio Nú-
ñez de Miranda 53, nacido hacia 1620 y del aragonés Pedro de Abar­
ca (1619-1697)54, de vastísima erudición e ingenio agudo, lector
de filosofía y teología en Valladolid y Salamanca y catedrático de
prima en la Universidad salmanticense. Estos tratadistas, siguiendo
fundamentalmente a Santo Tomás y Soto, reflejan también señala­
das influencias de Suárez y Molina 55.
La producción teológica más abundante se debe al caravacano
Diego Marín de A lcázar56, nacido hacia 1619, profesor de teología
en el colegio máximo por más de veinte años. Ya en esta época
irrumpen en avalancha en el ambiente teológico de Nueva España
las nuevas ideas de Molina, Vázquez y Suárez y prende también
la célebre controversia De auxiliis, aunque no con el desorbitado
ardor que en Europa 57, y con esta constante pugna en el campo
ortodoxo, se hace de una y otra parte más vivo y fecundo el cono-
ci : iento de la teología. Y a el padre Marín de Alcázar propugna
con tono polémico muy acentuado la existencia de la ciencia media,
y no quedan a la zaga los demás catedráticos del colegio máximo
en sostener l e opiniones molinistas y suarecianas 58.
48 T ractatus de Sanctissim o el in e ffa b ili T r in ita tis M y ste rio ms. 524 (8 6 7 )
tatus de bonitate et m alicia hum anorum actuum ; de conscientia; de peccatis et legtbus, ^
g ra tia ,m s. 1609 f borrador) ms. 6 72 ( 729 ); T ra cta tu s de baptism o, de sacram ento hucan^ "jj

#£2 ( [ 32 9 ) t.2: Biblioteca N ac . M é jic o , ms. de jesu ita s. C f . S o m m e r v o g e l , Bibliot


5 1 7 ; BSB IV 315.
4y G R P M 239S.
50 ^ ^ 2403 * (S
51 C on ocem os de él los tratados D isp u ta tio n es de d iv in i V erbi Incarnatione; etc-
de 'jocram entu in genere; D e im m unitate D eip a ra e V irg in is a peccato originali eníSQue n1Si 53o
o o m m e rv o c e l, Bibhothéque I 1346; V III 1822; U r i a r t e - L e c i n a , B ib lio teca I 47
Biblioteca N acional de M é jic o . t , Nacional ^
T ractatus vnrii morales (164 1) ms. 330 ( i o ¡ 6 ) , f. I 3 .3SS cn Biblioteca
Méjico.
*1 ^ 31-33; A B Z III 263 1 3-264; I V J4.3372.35 1 2 2 20.
/ b ^ RÍArfTK“^ ^ í N A , B ib lio teca I 6-13.
- Cf. G R P M 241-243. . , , i/í» V 57^s*
li reseñados sus iq m anuscritos en ibíd., 243S; cf. S o m m e r v o g e l , a$¡sttn’
La expone rnuy am pliam ente A s t r á i n , H isto ria de la C o m p a ñ ía de jesús
cía d" táp ana ÍV 115-385. 5 8 G R P M 244S.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 689
de otras órdenes religiosas. Sacerdotes seculares*—
T e ó lo g o s
T s d o m in ic o s con el burgalés fray Pedro de la Peña, discípulo de
f av D o m i n g o de Soto, proporcionan a la Universidad de Méjico el
rimer catedrático de prima. Provincial de su Orden, dejó el famoso
c o le g i o vallisoletano de San Gregorio, tan ligado casi como el de
San Esteban de Salamanca, a las cuestiones que suscitó la coloniza­
c ió n de Ultramar en los primeros tiempos. Redactó para sus alum­
nos un comentario parcial de Santo Tomás. Obispo de Verapaz
(1563-1565) y de Quito (1565-1583), murió en Lima este último
año 59 .
Alternó en la Universidad mejicana la cátedra de filosofía y teo­
logía fray Pedro de Pravia. Alumno de San Esteban de Salamanca,
lector de artes en el colegio de Santo Tomás de Avila, pasa a N ueva
España para misionar nativos, y los superiores lo designan profesor
de filosofía. Suplente de la cátedra teológica universitaria de fray
Bartolomé de Ledesma (1556), de 1558 a 1560 explica filosofía en
la misma universidad. Nombrado catedrático de prima de teología,
la desempeña hasta su muerte en 1589. Intervino como teólogo en
el concilio provincial de 1585, fue calificador del Santo Oficio y
examinador de libros— figuraron sus dictámenes en el Expurgatorio
de la Inquisición de 1582— y gobernó la arquidiócesis de Méjico
durante la ausencia de Moya de Contreras. Redactó un tratado so­
bre la Eucaristía, con fuentes exclusivamente tomistas, exposición
clara, método escolástico y no positivo, ni siquiera en los casos en
que la materia parecía exigirlo 60.
Catedráticos dominicos representativos de la Universidad fueron
también fray Bernardo de Bazán, docto comentarista de la Prima
secundae y la Tertia de la Summa del Angélico; fray Diego de A re-
llano y Salas, criollo, de quien se conserva sólo un sermón dogmá­
tico predicado en el solemne auto de fe celebrado por la Inquisición
mejicana en 1659 e impreso este mismo año61; el mejicano fray
Antonio de Hinojosa, dominico desde 1590, autor de Escudo de to­
mistas 62; el andaluz fray Antonio del Pozo, profesor de teología
en Oaxaca treinta años,* calificador del Santo Oficio, autor de M o ­
nástica theologia 63; y el criollo fray Francisco Naranjo, célebre por
su prodigiosa memoria64.
Manuscritos dominicos conservados en la Biblioteca mejicana, no
e profesores mejicanos, señalan la comunicación científica tenida
P°r catedráticos de Méjico principalmente con los de Salamanca6'.
Los franciscanos, consagrados en los primeros tiempos exclusi-
Vamente a la evangelización, no destacan en la teología, aunque no
pÍ'ící " 245; I V 127$; D á v i l a P a d i l l a , H istoria de la fundación 1.2 c .i p .3 4 3 .
lerti í tltu ^° c*° ° ^ ra: D e sacrosancto sacram ento E u ch a ristia e qu aestion e a septuagessim a
NSl^i\/)Íll lc P ( n t*s d iv i T hom ae. Q u e t i f - E c h a r d , Scrip tores O rd in is P r a ed ica to ru m II 294S;
m D á v i l a P a d i l i a, ibíd., 0,69-73 p.5^4-599; G R P M 245$.
> I 102.
( Y n tAypeum thonristarum ex quaestionibus m etaphysiás et th eo log icis a ffa b r e co n fe ctu m .
‘ 6V l ^ n i '~^cnARD, ibíd., 446b; B S B III 37$.
r, ..\nastÍM theologia continens dubia et acromata en ea leges et sta tu ta quibus P r a e d ica to -
m 4' cssores adstringuntur (M e xic i 1618). B S B I V 161.
690 La Iglesia t>¿ la América del Norte española

faltan entre ellos significados teólogos: el doctor fray Francis


Osuna, fray Juan de G aon a66, el francés fray Arnaldo de Bas
(Bassacio)07, y sobre todo fray Juan Focher (Fucher) 68~ f ^ sac
también, notable en teología y cánones, muy buscado por oido^
y letrados en la ciudad de Méjico, autor de calificadas obras ***
' r x m' i j . / ^
> ______i ____ i /-t _ ^ _^ el
mallorquín fray Miguel de G om ales70, profesor de filosofía y t'eo
logia y autor de tratados. Con los comentarios existentes en la Bi
blioteca mejicana, los franciscanos se apuntan notable haber en el
campo teológico novohispano71.
Los agustinos intervienen ampliamente en la Universidad desde
su primera fundación: «en el claustro de los teólogos, de tres panes
— nota Grijalva— entiendo que la una es de frailes agustinos» y
las cátedras que regentan principalmente son de filosofía, teología
y Sagrada Escritura. Profesores de teología de mayor solvencia en
los primeros tiempos son los catedráticos de prima fray Martín de
Perea73, fray Melchor de los R eyes74 y fray José Herrera75, «hom­
bre de rara educación y gran lenguatario griego y hebreo», apostilla
Grijalva 76; fray Pedro Suárez de Escobar 77, sustituto de fray Alon­
so de Veracruz en la cátedra que primero fue de Sagrada Escritura,
y quedó después equiparada a la de teología escolástica, y fray Pedro
Agurto 7S, que murió obispo de Cebú (Filipinas). Creemos innece­
sario completar esta lista con otros catedráticos y tratadistas teólo­
gos no inferiores a los mencionados79.
También los carmelitas rindieron oportuna colaboración a los
estudios teológicos: el portugués fray Pedro de la Concepción80,
que después de enseñar teología en Salamanca, Alcalá y Sevilla, ex­
plica en Méjico la misma asignatura otros veinte años, dedica sen­
dos tratados a la fe y la ciencia media 81 y muere en Salamanca en
1628; otro carmelita, homónimo 82 del anterior, llamado el Santo
Tomás de las Indias, muerto en 1630, autor de escritos sobre la
encarnación del Verbo divino, la predestinación y naturaleza de las
virtudes 83; el poblano fray Diego de Jesús, lector de teología ha­
cia 1675 ei el colegio de San Angel de Coyoacán, compilador de
tratado manuscrito De visione beatifica 84.

66 B S B Ií 339S.
f)1 O .c ., I 227.
6 Sobre su conocida obra Ilin erarium ca th o licu m , cf. Itin erario del misionero a ^ ^
nr
i exto latino con versión castellana, in trod u c c ión y notas del pad re A n t o n i o Eguíluz,

69 Las reseñan W a d d j n c , S crip tores O rd in is M in o ru m I 140; B S B II 279"293-


70 BSB. ibíd., 376S.
71 G R V M 250S.
72 Crón ica de la O rden de N . P. S . A u ^ u stín 1.2 c. 13 p.25*v
73 C f. S V E B VI 24 6-24 8; B S B IV 132.
74 Cf. S n/EB, ibíd., 4 9 9 S ; B SB 209.
75 C f. S V E B III 5 7 8 - 5 «o; B S B III 32.
7^ G rijalva, ibíd., 256.
77 C f. S V E B V II 608-6ío; B S B 234S.
7* Cf. S V E B I 63-68; B SB 1 92. *
79 C f. G R P M 252S.
80 C f. BSB II J3
fulei; R etra cta tio ym Um liae de S cie n tia m edia (l.c.).
^ ' a stinflli0*1*'
H* Cum m cntarii in dwiirn T hom am de In ca rn alion e V erbi D om in i et de pM *
m v «í m m natnralf's.a <ín las virtudes 2 tomos, ms. en 4 .0 (l.c.).
* 4 BbB ÍII 69; cf. G R P M 253.
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 601
£1 mercedario fray Juan de Olaechea, natural de Méjico y lector
teología en su Universidad, confía a un manuscrito el tratado La
arada eficaz y ciencia y voluntad divinas 85.
M anuscritos teológicos de sacerdotes seculares existen igualmen­
te bastantes: del bachiller Bernabé Ruiz Venegas (1631) w de Juan
López A gu rto de la Mata, catedrático de teología en la Universidad,
después obispo de Puerto Rico (1630-1635) y de Venezuela (1635),
muerto en el oficio 87; del canónigo mejicano don Francisco Peña
Vázquez88, muerto en 1645; del deán metropolitano don Juan Po-
blete 89, mejicano, decano de la facultad teológica de la Universidad,
y de algunos otros 90.

Estudios bíblicos en N u eva España.— La Universidad meji­


cana erige inicialmente la cátedra de Sagrada Escritura, leída suce­
sivamente por el conocido fray Alonso de Veracruz; el granadino
fray Melchor de los Reyes, veintiún años; fray Juan Adriano, que,
a su muerte (1593), dejó escritos varios opúsculos 91; fray Juan de
Mora y fray Francisco Martínez; fray Antonio Delgadillo 92; el
mejicano fray Diego Contreras, hasta su designación a arzobispo
de Santo Domingo (1612-1615), recogió su labor docente en E xp o ­
sición de los lugares más difíciles de la Sagrada Escritura 93; fray Gon­
zalo de Hermosillo, hasta su nombramiento a obispo de Durango
(1621-1629) 94> y fray Alonso Pacho, hasta fines del 1600, todos
agustinos 95.
Esta dimensión escriturista la traducen calificadas publicaciones:
Conciliación y exposición de lugares difíciles de la Sagrada Escritura
en que se explican seiscientos textos de la B iblia (Alcalá 1587), del
franciscano fray Marcos Cámara, llegado muy joven a Méjico, pro­
feso de la Orden desde 1564, lector de filosofía y teología E xp o ­
sición del capítulo primero del evangelio de San M ateo, del jesuita
padre Pedro de Morales, doctor en ambos derechos por Salamanca
y teólogo del tercer concilio mejicano 97; Comentarios de algunos li­
bros de la Escritura, del padre Agustín Quirós, S. I., muerto el 13
de diciembre de 1622, tres metes después de llegado a Méjico
como visitador 98. El franciscano fray Luis Arroyo, criollo, consa-
Ib1d Clentia C* vo^un*ate ^ e' efficat^a divinae gratiae. BSB IV 41.
87 0 .c .'/ l" ? ;
II O .C ., IV ,008.
89 lbld., 148.
2^' G R P M 253S.
92 Sí' o,VRB 1 2Ss; BSB 1 74.
Cf t w n M 2 Í 8; B S B 11 I9^ -
*« C f 72s; BSB, ibld., 139.
”5 p b ^ E B 111 549-551; B SB III i6s.
o* 254.
g? Ü S B II 25S.
iVl -rapuf Primum M atthaei . De Christo Domino, sanctissima Virgine Deipara M ario,
e(liaó*n et vir$inali sponso losepho. Libri quinqué (Lugduni 1614). Salió otra
índico'.Cc' cn dos volúmenes, 1869. C f. hforiwnenta Mexicana I-II» índices; A B Z I-II,
^ ° Mmi:rv9 gíí1*i Bibliothéque V I 1283S; BSB III 277S.
r,*m01/> j ! mma'tarii exegelici littcrales postremum Canticwn Movsis, haiae c . W X v I I l , canti-
hmtny! prophetas Nahwn et Malachiam, B. Pauíi epístolas ad Ephes. et Coloss. et
moral;!!71 la™hi ct hidae canónicas. C u m indicibus necessariis, adiecto uno copioso locorum
M.i rv
O rr ,/,lsum concionatorum (Hispali 1622). Sale otra edición en León (1623). C f. Som-
B ih lin th d q u e VI 1 3 5 4 ; BSB IV 184*; A B Z II 346*393 29*
692 La Iglesia en la América del Norte española

grado desde que entró en religión al estudio de la Sagrada Es '


ra, no alcanzó a dar a la prensa sus Anotaciones de la Sagrada p”
en tu ra<)l). s“
Desgraciadamente no se han encontrado los escritos del ie '
Agustín Cano (1559-1622), uno de los primeros criollos entra?!
en la Compañía de Jesús y muerto durante el rectorado de Vallad°*
lid (actual Morelia). Por veinte años explicó Sagrada Escritura en
el colegio máximo, exponiendo doctamente los profetas mayores1
las epístolas de San Pablo y los Cánticos del Antiguo y Nuevo Tes’
tamento. Las órdenes de los padres Claudio Aquaviva (1581-161^)
y Mucio Vitelleschi (1615-1646), generales de la Orden, no impi-
dieron quedaran inéditos sus escritos 10°.
Alcanzaron también renombre en el campo bíblico don Juan
Díaz de Arce, profesor de filosofía y más tarde de Sagrada Escritu­
ra y canciller de la Universidad, con su edición del Cuestionario
expositivo para entender mejor los libros sagrados (1647). El siguiente
año daba a la prensa el libro cuarto de Cuestionario expositivo con
la reseña de ios que se señalaron en la Nueva España en estudios
bíblicos 101.
El s.xvi presenta también autorizados escriturarios: el francis­
cano fray Francisco Anzia 102; fray Martín Castillo, O. F. M.,
autor de obras bíblicas 103; fray Francisco Navarrete, O. P., criollo,
pacificador de los indios de Tehuantepec, que metió en prensa al­
gunos estudios bíblicos104; el mejicano fray Juan Echeverría,
O. F. M ., autor de dos tomos en folio Concordancia de antilogias de
la Sagrada Escritura, que no llegaron a editarse 105; el jesuita Sal­
vador de la Puente (1625-1689), rector de San Jerónimo de Puebla
y de Tepotzotlán 106, y el doctor Manuel Fernández y Santa Cruz,
designado obispo de Chiapas (1672), obispo de Guadalajara (1674-
1676) y nombrado para la sede de Puebla (1676), muerto en el ofi­
cio, redactor de obras bíblicas 107.

Literatura ascética y mística.— Libros ascéticos y místicos


divulgados en España pasaban muchas veces la frontera ultramari­
na: la Teología mística, de San Buenaventura 108, y el T r i p a r t i t o , ®
Gersón, impresos respectivamente en Méjico en 1575 y 1544 ’
Compendio breve, compuesto por Dionisio R ickel, cartujano, dado a a

99 Annotatioms in sacram Scripturam collatis expositorum sentenliis cutn texto hebt


B S B I 177S; G R P M 255. , tari¿
100 C on oce m os los títulos de sus ob ras: Commentaria in epístolas ^te-L£C>-
m Cantica Velerh el Novi Teslamenti; Commentaria in Prophetas maiores. C f. URIA
n a , Biblioteca II Sos; S o m m e r v o g e l , Bibliothéque II 688; B S B II 3 7 s ; A B Z II, *n rLr¡s con-
101 Quaestionarium expositivum pro clariori intelligentia sacrorum Bibliorutn 3 ^jn 4,0;
stans: 1. De essentia Sacrae Scripturae. 2. D e eius authentica existentia (Mexici J. 4 p£)rI({/.
Quaestionarii expositivi liber quartus, sive de studioso Bibliorum S. S. Dom. I n n o c e n w
max- nuncupatus (M exici 1648) in 4 .0 BSB I 158-160; G R P M 2558-
102 Cf. B S B I 151.
103 C f. O.c;., II 80S.
104 C f. O.C., 15S.
103 C f. o.c., 215.
’i°n7 S o m m e r v o g e l , B ib lio th éq u e V I 1296; B S B I V 170.
Cr. G R P M 25Ós.
">* G I M C B 86 272S.4IS.
C.22, Movimiento intelectual eclesiástico 603
luz dos veces, enriquecido en la segunda edición con argumento de
do;, Juan de Zumárraga en defensa de la doctrina cristiana que con­
tiene Fray Luis Rodríguez, O . F. M., traduce los Proverbios
de Salomón y el Contemptus mundi o Imitación de Cristo , y fray Juan
de Estrada, antes que fray Luis de Granada lo hiciera en España,
la Escala espiritual, de San Juan Clímaco 1!1.
Del mejicano don Fernando Córdoba Bocanegra, ermitaño, as­
ceta, de nobilísima familia, muerto en 1588, se edita en Madrid
postumamente Colección de varias conferencias 112, excelente tratado
de materias místicas; y del agustino fray Pedro Suárez de Escobar,
también en Madrid (1591)» Espejo divino de vida cristiana; pero que­
dan inéditas su Scala Paradysi coelestis y su Sylva perfectionis chris-
tianae 113.
Figura central del 600, el jesuita zacateco padre Antonio Núñez,
profesor, consultor de la Inquisición, confesor de tres virreyes
y de sor Juana Inés de la Cruz, ciego al final de su vida, dejó
abundante producción ascética. Especialmente significativa para se­
guir la historia de la espiritualidad mejicana es su Explicación literal
y sumaria del decreto de los eminentísimos cardenales intérpretes del
santo concilio de Trento, dada a la luz en 1679, donde se muestra el
tratadista sagaz conocedor de la tradición cristiana y de los autores
modernos, no literato, aunque su dicción es sencilla y fluida 114
El jesuita padre Nicolás Amaya, que ocupó cargos de gobierno
y trabajó asiduamente con nativos, conocedor de la lengua mejica­
na y otomí i*5, publicó en 1611 Manual de breves meditaciones para
todo el año 116, y el padre Luis de Molina (1572-1605), pariente del
gran teólogo homónimo, Espejo de prelados y un jugoso Comentario
sobre los Salmos 117.
El carmelita fray Juan de Jesús María (1560-1632), sevillano, re­
sidente en Méjico desde 1585, lector de filosofía y teología y prior
y provincial de su Orden, edita en Uclés (1624) el Epistolario espi­
ritual para personas de diferentes estados 118, y su hermano de hábito
fray Tomás de Jesús, en 1635, Reglas para examinar y discernir el
interior aprovechamiento de un alma 119. En 1636, muerto ya su autor,
salen a la luz Meditaciones de la muerte, del juicio particular que en
e¡la ha de haber, y De las penas del infierno y dolor de nuestros pecados,
del jesuita Francisco Salazar 12°. Contemporánea casi de la publi­
cación de don Luis Zapata (1645) Panegírico de la paciencia 121 fue

n i 2 ;c -- 4 7 5 ; G R P M 264.
.. G IM CB 28.475.484.
Cf. BSB II 145S. El titulo completo: Colección de varias conferencias y doctrinas de
m?tro singularísimos y esclarecidos religiosos del Orden de San Francisco, en que se enseña el ca -
iM n / 10 (M adrid 1616) 4.°
lid ££ S V E B v n 608-610; BSB II 234S; GRPM 265S.
11 i S f' IV 31 ■
-3 3 ; A B Z III-IV, índices. . „
I r , ‘ E s c r i b i ó Serm ones v via tica s en las lenguas castellana, m ejicana y otom í. C f . U r i a r t e -
Ci i ^ 'J ^ b lio te c a I 3 1 3 .
^ . Esta obra y C om p en dio de las m editaciones del P. L u is de la P u e n te » del mismo autor,
1. leron bastantes ediciones. Tradujo también el Contemptus mundi o «Imitación de Cristo».
k V ; 3 ° 7 ~3 T3 .
117 Of c___ x
U8 noV??JíMERVOGEL> B ibliothéque V H 79 *

1 1 Q G R P M 265. 12 ' BSB IV 31 is.


694 l.j Ig/cua cn la América del Norte española

la del jesuíta francés padre Pedro Pelleprat (1609-1667), notau,


orador, que residió en Méjico veinte años, Soliloquios del a.m
1 •
chnshano . i">> W7í,ílHfe
Notablemente más amplia en su proyección ascético-mÍBlica f
la Práctica de teología mística, del irlandés Miguel Wadding, na,.¡!f
en 1586, conocido con el nombre castellanizado de Godínéz, obr
densa en su precisión, de material abundante, tradicional en la ex*
posición de la doctrina sobre la contemplación, en la que el ¡rIan!
des se muestra estrechamente vinculado a los doctores medievales
Por su reconocida competencia y aceptación fue escogida por el pa­
dre De la Reguera (1669-1747) para una publicación monumental
de teología espiritual, dos volúmenes en folio, publicados en Roma
los años 1740-1755 123. Aunque Godínez la tenía preparada en cas­
tellano a los ocho años de profesorado mejicano de filosofía y teo­
logía, sólo salió a la luz en 1681, en Puebla, cerca de cuarenta años
después de la muerte de su autor. Impresa el año siguiente en Sevi­
lla, alcanzó trece ediciones en castellano, italiano y latín. El trata­
dista omite deliberadamente citas comprobantes de teólogos y de
Sagrada Escritura, y menciona a la mística abulense, pero se entre­
vén en la magnífica estructura del texto reminiscencias principal­
mente de San Agustín, San Bernardo, los Victorinos, Santo Tomás,
Kempis, Gersón, San Ignacio, Santa Teresa y San Juan de la Cruz.
Sustancia el volumen acusada y dinámica experiencia personal y de
almas privilegiadas, criterio certero y sano y preparación filosófica,
teológica y escrituraria muy competente 124.
Don Juan de Palafox tiene también logrado haber en la lite­
ratura ascética por numerosas obras que dio a la luz 125. Entre­
sacamos algunas: Confesiones y confusiones, cargos y lágrimas de un
pecador, una introversión a las intimidades de su vida espiritual;
Excelencias de San Pedro , príncipe de los apóstoles y vicario universal
de Jesucristo nuestro bien, reseña sin aparato exegético ni científico
de rozos escriturarios elogiadores de San Pedro; Injusticias que in­
tervinieron en la muerte de Cristo nuestro Redentor, especie de carta
pastoral a los fieles poblanos con sermones que por en ferm ed a d no
pudo predicar !a cuaresma; El Pastor de la Nochebuena, donde Pa'_

122 Soliloquio-; dt-l am anle ch r iu ia n o con su am ado S eñ o r J esu -C h risto (M éjico s.a.). SoM
MEftVOChL, !iib lif) t h é q u e v í 44QS. I Oj0qo
12 ] ^ r a x r > theologiae my'Aican. O p u scu lu m selectum a ucth orc P . M ic h a e l G odincz _e° í(JtJ1
S fd e t.a tn \r>u, hispan* prirnum editum , nuru; vero la tin e reá ditum ct plenis cornm< a nnc¡l¡¡$
■>pcculative quam practica ilfu stra lu m par sch o lia , quacM ioncs ct co ro lla ria ex Scn ptu rd, j- m
P r it r ib u m y s t ic i, prim ariis el ihcologicis ra tio cin iis, opere magno usui futuro pracs
ricto ribu i anim arum (Rornar. 1740-1745). S o m m e r v o g e l , B ib lio th é q u e V I *612. i Q0d¡nez
} m 2 ^ nf-resacarnr** algunos de ios conceptoh emitidos en cate párrafo del ta pont-
M ig u e l preparado por el padre L u is M endizábal, profesor de teología espiritual c Rjblin'
universidad ( gregoriana (Roma;, para D iclio n n a ír e de S p ir itu a lité . C f . S O M M E R V O O E
'^ w í . ,r>2‘ s: H;SM n A lv/- 11 325-327; III 298 . . . , a nron9íanJa
t.n tyf>2 seleccionaron sus escritos m u c h o s de ello# habían servido &
antjje<;ijítír a y jos ^ j j f Hron ^n volúm enes para p r o m o v er la caima de au n Jel
/ atacar a ia O jm p a n fa d^ Jesús, preparando así su ex p u lsió n. H e aquí el títullo. ^ vol-
1* u ^ I m l M r r u , y Henarnblt' siervo de D io s don Juan de P a la fo x y M cruloz • ^l0n-
■\i( r\ ^ *orno 1 *> I* Vida del ilustrlssim o señor Juan de P a la fo x Po r ¿^ Palafr* ^
/'i </ <]< Rosende, de los clérigos menores. N o pocas biografían y libros ñ? ^ feMpjca y p0'
m . . < n <*n (•J material de estos tornos, sin percatarse acaso de hu índole antinl8
C.22, Movimiento intelectual eclesiástico 695
rotlía de Calderón— para el diálogo toman cuerpo y figura el E n ­
gaño, fl Desengaño, la Prudencia, la Sabiduría, el Buen Deseo, el
fervor, la Religión y la Oración, y se incluyen carta» pastorales y
tratados espirituales. Las producciones de Palafox en la edición
je 1762 han «ido tan manipuladas y retocadas por los compiladores
que, aun en su Autobiografía (V id a interior) J26, escrito tan central
y decisivo, no podemos asegurar la autenticidad de ninguna frase,
pues no sabemos ni lo que el protagonista escribió ni lo que los
editores tacharon o añadieron: así las variaciones del texto en todas
Jas ediciones son bastante significativas 127.
La literatura ascética va imponiendo su permanente vivencia:
Historia de Tobías en discursos morales y cristiano-políticos, Escuela
de paciencia, del doctor Antonio Peralta 12}t; tratados marianos del
jesuita padre Juan Carnero 129; Ejercicio práctico de la voluntad d i­
vina y Compendio de meditaciones útiles para la oración mental, del
presbítero y licenciado Ignacio Asenjo 13°; A rte de amar a Dios
Nuestro Señor, del licenciado Pedro Calderón, sacado de los M ora­
les de fray Luis de Granada 131; varios tratados del poblano padre
Nicolás Guadalajara, S. I., muerto en 1638 L u z y guía de los
ministros evangélicos, de fray Baltasar del Castillo, O. F. M.; D es­
pertador de noticias de los santos sacramentos, de fray Clemente Le-
desma, O. F. M ., logrado intento de divulgar en castellano y en
tono más elevado que el catequístico y menos profundo que el de
los tratado» científicos la doctrina teológica sacramentaría; Compen­
dio del despertador de noticias de los santos sacramentos, informes
necesarios o convenientes, carentes de erudición, para administrar
o recibir debidamente los sacramentos; Despertador republicano que
por las letras A B C compendia los dos compendios, dado a la luz
en 1700, diccionario elemental con sucintas explicaciones de las
palabras técnicas usadas en el Despertador, y La vida espiritual co­
mún de la Seráfica Orden Tercera, 1689, de escaso valor ideológico
y literario, aunque apreciable para conocer la espiritualidad de
grandes sectores religiosos de Méjico 133.
A la capacitación rfthnisterial del sacerdote se ordenan las tra­
ducciones hechas en Méjico en 1695 de El confesor instruido y El
penitente instruido, del padre Pablo Segneri, S. I. (1624-1694) 134;
V al aumento de la tónica piadosa el Manual, tesoro escondido y mar-
K(-n inmensa para las almas que quieren aprovecharse en la oración
, i',2,6 Vida interior o confesiones del ilustrisimo, excelentísimo y v. siervo de Dios don Juan
' lalafnx v Mendoza... (Madrid 1772).
¡ ” p '. ABZ III 430-435; GRPM 266s.
j'"prosa en M álaga (1667). BSB IV 129*.
1 \o 1 ^ ’lIARTE'L>ECiNAl B ib lio teca 1 119; BSB II 49 «- ,,
r Vía Prim era obra se im prim ió cn Puebla, si n año, y la segunda en Méjico (1682).
1 1 1 \ !arr*kicn en M é jic o , sin fecha, Tratado de la mortificación. BSB I 180.
¡ C f. G R P M 267. .
vi Quiltro tratados que contienen muy eficaces y provechosas meditaciones para desarraygar
v plantar virtudes en las almas que professan la vida espiritual y el camino de su salvación.
" ‘ :l, IM iothéque 111 t 8p6s; BSB II 384. ... „ *
1u m U 2 s; M kdina, La imprenta en Méjico II 1 3 4 G R P M 2 6 7*
; Ll confesor instruido, com pu esto .. y traducido en castellano por un padre de la rms-
f| ; impartía ( M é jic o ihoO; E l penitente instruido para confesarse bien, compuesto... y tra-
S U () * 1 castellano por un religioso de la misma Compartía (M éjico 1695^ G R P M 268,
*mi « v o u li , Liibliothtquv V II 1050-108Q; M e d in a , o.c., III 143.
696 L.i Iglesia en la América del Norte española

mental, del sacerdote Juan José de Miranda, 1689 13s, no


recomendable ni por la galanura de estilo ni por la profundad!?
doctrina; y los Ejercicios divinos, del venerable Nicolás Essche ÍF
kius) (1507-1578), traducidos por fray Juan Jiménez, 1690 ]'
ideología sana, lenguaje fluido y correcto 136. ’ e
Traducen sugestiva perspectiva catequística la Primera
del símbolo de la vida cristiana, del portugués Luis Dalcobia (C0e
trim 1646) [i7, y L u z de verdades cathólicas y explicación de la doc
trina christiana, del jesuita poblano Juan Martínez de la parra
(1652-1701), obra en tres volúmenes editada en 1691-1696, y que
ha tenido más ediciones que ningún otro libro mejicano. Es del
mismo autor (1698) L a nada y todas las cosas 138.

Filosofía escolástica.— La filosofía escolástica, de la que hemos


de señalar sólo una dimensión panorámica, entra en la Nueva Es­
paña con los tratados de Domingo de Soto Sobre la Dialéctica de
Aristóteles y Súmulas, adoptados como texto en la Universidad me­
jicana, más que por su valor intrínseco, porque lo eran también en
la Universidad salmanticense 139.
M uy pronto los alumnos universitarios se familiarizan con las
obras de Francisco de Toledo Introducción a la Dialéctica de Aris­
tóteles, impresa en Méjico por los jesuitas del colegio máximo de
San Pedro y San Pablo 14°, certero intérprete del filósofo griego,
muy original en algunas de sus doctrinas y excelente por su método
docente. Por aquella brecha oportunamente abierta fueron entran­
do posteriormente en Nueva España Pedro de Fonseca, los Conim-
bricenses, Francisco Suárez y Gabriel Vázquez 141.
Emulo de Soto y de Toledo en Méjico fue el conocido fray
Alonso de Veracruz, con sus tres obras filosóficas Tratado de sú­
mulas, Resolución dialéctica y Especulación física 142, que forman el
curso completo de artes tal como entonces se enseñaba. Obra de
contenido múltiple y valor muy desigual, los tratados de mayor
solvencia, aunque de contenido tradicional, son los Físicos y los ye
anima. En el concepto de la naturaleza, Veracruz adopta la posicion
escolástica: sobre el mundo está Dios, que lo ha creado y c°n sUS
ideas ejemplares ie infunde racionalidad y orden. A l jerarquizar as
causas y señalar la final como la más importante, orienta el
el mundo a Dios, de donde procede. El panorama filosófico

1)5 B S B III 2 56 ; G R P M 268.


136 G R P M , l.c. ¡ascon.
137 Prim era parte del symbolo de la v id a christia n a com puesto de dichos y sentenc
ceptuosas (M é xico 1646). M e d / n a , L a im prenta en M é x ic o II 239- . marcha» ^
13y L a nada y todas las cosas unidas en la sa n tid a d adm irable del glorioso pa cClitócn
hu m am serafín S a n Francisco de A ssís ( M é x i c o 1698). L u z de verdades cathólicas wgpiNA,
M a d r i d , en un so)o v o l u m e n , en 1705. C f . S o m m e r v o g e l , B ib lio th éq u e V 635~o39>
ibíc\, 733,93. 1 ¡)e
139 Sum m ulae; In D ia lectica m A risto te lis; Isagoge P o r p h y r ii; A r is to te lis ^ a ^C
ik^in¡^o dl>
Dem onstratio'ie. C f . las e d i c i o n e s d e las o b r a s d e S o t o e n B e l t r á n d e H e r e d i a ,
(\ a ( 2Í)t 545; 273-275. . fatis K>sU aC
) fntroductio in D ialecticam A r is to te lis per m a g i str u m ... sacerdotem Socie ¿. 2q8.
p l^ o p h i a e in R o m a n o So cie ta tis C o l l e g i o p r o f e s s o r e m ( M e x i c i 157^)* ^
141 Cf. G R P M 275. , . I07s , i ^
1 4 2 summularum: cf. G I M C B 3 6 , 1 0 5 - 1 0 7 ; D ia lé c tic a resolutio: ibid-»
* 5 3 , f hyúca speculatio: o .c., r 37 1 4 1 . 2 7 1 . 5 1 3 .
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 697
V e r a c r u z abarca cuatro áreas principales: modo de pensar bien, rela­
ción entre pensamiento y ser, ser de la naturaleza y del alma. T e ­
mática insuficiente e incompleta, pero satisfactoriamente espaciosa
para plantear trascendentales problemas filosóficos e iniciar a la
ju v e n tu d estudiosa mejicana en cuestiones y métodos científicos 143.

El padre A n ton io R u b lo .— No tan famoso como Veracruz,


aunque superior a él en diversos aspectos, es el jesuita padre A nto­
nio Rubio (1540-1614). Llegado a Méjico en 1577, enseña filosofía
en el colegio de San Pedro y San Pablo; enviado como procurador
a Roma y Madrid (1599), obtiene permiso del padre general para
elaborar sus obras e imprimirlas en España. La Universidad de
Alcalá le aprueba unánimemente los comentarios a la Lógica, de
Aristóteles, recientemente publicados, y decreta se adopten como
texto de la institución. Parecidos a la Lógica en método, estilo y
estructura son los comentarios a la Física aristoteliana 144
La Psicología la imprimió también en Alcalá (1611) con esta
censura de la Universidad complutense: «Gran fuerza de ingenio,
largo e incansable estudio, doctrina no ligera, sino grave y sólida
y acomodada a Santo Tomás».
Rubio concibe la naturaleza como ser u organismo único, con
intenciones y fines y causalidad; no es ley, pero se acerca a ella. La
argumentación es siempre apriorística: para nada acude ni a la ex­
perimentación ni a sus resultados. Calca la doctrina aristotélica
sobre la materia y forma y sobre la sustancia y accidentes. La fide­
lidad irrenunciable a los principios y la sutileza con que los defien­
de, desenvolviéndolos hasta hacer de ellos sistema cerrado y com­
pleto, y su impermeabilidad a todo movimiento científico moderno,
que ni comprende, ni entiende, ni tiene en cuenta, como si pertene­
ciera a otro mundo, son rasgos muy significativos de su tempera­
mento científico. Está siempre mencionando a «los más recientes»,
a «los más jóvenes», y más de una vez reconoce que tienen puntos de
vista sugestivos y difíciles, pero termina siempre refutándolos vic­
toriosamente con argumentos de Aristóteles, su inseparable guia.
Semejante actitud petrifica una doctrina y la intransmutabiliza a las
más sugerentes iniciativas 145.
El libro postumo de Rubio, Comentarios a los libros de Aristó-
teles sobre cielo y mundo 146, impreso en Madrid en 1615» lleva la
aprobación del doctor Tribaldos, que alaba la obra por la sutileza
de\ discurso, la facilidad de invención, la vivacidad de la argumen­
tación y la majestad del estilo; pero comprueba una vez más que el
enorme desarrollo adquirido en este tiempo por la escolástica en
spaña, tan visible y veraz en cuestiones lógicas, morales, jurídicas,
144 2 7 7 -2 9 7 .
<; 7 hrc Rubio cf. Monumenta Mexicana I-II, índices; A B Z I-II, Indices; Lógica me-
caiw lci l6 °3 [?]). La segunda edición de esta obra salió en Colonia: Lógica mexx-
tamL e co,nmentarii in universam Aristotelis logicam (Coloniae Agnppinae 1605). Se editó
qna,'.:n .'in París ( 16 I5). Commentarii in universam Aristotelis dialecticam una cum dubtts et
fias o r'!- us tempestóte agitari solitis in duas partes distributi (Compluti 1603)- Hay va-
14 ^ommervogei., Bibliothéque VII 280-284-
146 r' s t ,t u >08 de estas obras en Sommervogel, l.c.
Commentarii in libros Aristotelis Stagiritae de cáelo et mundo (Matnti 1015).
698 l a lgU.ua en la América J t l Nor/e española

psicológicas y metafísicas, se anquilosa en materias astronón'


físicas y químicas, que siguen explicándose con criterio medieval u?'
El dominico fray Tomás de Mercado en sus producciones Cotn
taños al texto de Pedro Hispano, Com entarios a ¡a Dialéctica de Ar"
tételes y a otros libros del filósofo griego 148, demuestra destacad
ingenio filosófico, y aunque voluntariamente renuncia a toda ex °
sición metafísica, profundiza las cuestiones que trata y descubr
sus conexiones metafísicas. Claro y simultáneamente sondeador
fluido desentraña cn sentido tomista más ortodoxo el texto aristo^
telico; sus autores más recurridos son Platón, Aristóteles y Santo
Tomás 14C>.
Sin abrir nuevos derroteros filosóficos alcanzaron nombre en la
ciencia escolástica los jesuitas padres Antonio Arias (1565-1603)150
y Alonso Guerrero (1574-1639) 151, comentador el primero de Aris­
tóteles y Toledo y el segundo del Estagirita, y los agustinos fray
José de Herrera, que acomodó la filosofía de Soto para los alumnos
de la Universidad mejicana 152, fray Juan Zapata Alarcón y fray Juan
Contreras, mejicano 153.
Los profesores que en el siglo xvi leyeron la cátedra de filosofía
generalmente no dejaron obra alguna. La consideraban expediente
de emboque para hacer méritos, darse a conocer en los ambientes
universitarios y aspirar a otras más importantes 154.
Labor filosófica de las órdenes religiosas.— Las órdenes re­
ligiosas, con sus planteles de enseñanza y suministro de profesores
y alumnos, facilitaron la obra filosófica de la universidad. La filoso­
fía ocupa puesto de honor en los centros agustinos de estudios su­
periores de Tiripitío y Tacámbaro, en Michoacán y Atotonilco
(Guanajuato), dirigidos por fray Alonso de Veracruz. Libros nuevos
o problemas candentes planteados en España y trasladados a Ul­
tramar, daban pie al solícito profesor para seleccionar temas de ac­
tualidad y dilucidarlos con los discípulos, suscitando así en ellos
personalidad científica.
Entre los dominicos, los estudios filosóficos y teológicos tuvie
ron vigencia sobre todo en su convento de Santo Domingo de MeJ*
co, fundado poco después de llegados a la capital, y en el poban°
de San Luis, erigido en 1558. .
Los franciscanos que contribuyeron brillantemente a la cu u
novohispana en la lingüística, etnología y con la fundación de c
legío de Tlaltelolco, por su intensa labor apostólica no dispusier
147 C f. G R P M 297-315.
148 Com m entarii in lextum P e lr i H ispan i seu sum m ulas (H isp ali I S 7 1) ¡ ‘ n Qt;t-
A n ito te lis cum opúsculo a.ri'umentorum (H ispali 1571). C f . ta m b ié n sus demás obt
t i f - L c h a r d , S crip tore .s O rd in is P ra ed ica to ru m II 2 3 5 a .
J 49 C f . G R P M 3 / 5 -3 2 6 . RibliothW
150 C f . sus o b ra s en U k ja r t e - L e c jn a , B ib lio te ca I 278 S; S o m m e r v o g e l , 01
5 39s; B S E I 167S, A B Z II, í n d i c e ; G R P M 3 2 6 -3 2 8 .
Com entario a la Física: de A ristó te le s 2 vo l. ms. C f . S o m m e r v o g e l » &
19 [ 0 ; B S B II 390; A B Z II, í n d i c e ; cf. G R P M 329-334* ustmi
bum m a P h ilo so p hiac scholasticae P, D n m in ici S o to , O r d . P raedicatorum ,
du—rniiap m rricanan arxom m odata, ms. S V E B III 580.
• - U e fray
154 Juan C- o ............
r rírív, n t r e r a s- —
cf. S V E B l í 74S; cf. G R P M 3 3 5 .
Cf. G R P M 3 3 7 -3 4 2 .
C.22. Movimiento intelectual eclesiástico 699
ni de personal ni de tiempo para consagrarse plenamente a la ense­
ñanza superior. Erigieron, sin embargo, casas de estudio para sus
miembros, fundamentadas en la doctrina de Escoto, cuya influen­
cia se transparenta en el ideario y métodos de su obra misionera.
Los estudios filosóficos quedaron organizados en las órdenes
religiosas más eficaz y rápidamente que en la universidad }55.

Estudios filosóficos en el siglo X V II. — En el seiscientos no


varía esencialmente el panorama de los estudios filosóficos, enmar­
cado en la ciencia escolástica con sus diversas direcciones. La uni­
versidad, los conventos y colegios de religiosos constituyen los úni­
cos centros de cultura superior y regentan las clases exclusivamente
clérigos seculares y regulares. Hay, sin embargo, un cambio notable,
pues al ritmo creador del 500 sucede en el 600 otro de crecimiento
y arraigo: la cultura importada enraiza profundamente en el país;
los titulares de la enseñanza son en su mayoría criollos y aumenta
el número de alumnos y de instituciones por toda la región. Ese
desarrollo intelectual mantiene una tónica elevada de ilustración en
la que no pueden fácilmente destacar personalidades brillantes. En
el 600 la universidad conserva más o menos, en el sector de profe­
sores, el mismo decoroso nivel del siglo anterior, y las órdenes reli­
giosas siguen cultivando la filosofía en sus estudios y colegios más
numerosos y con notable crecimiento de alumnos.
I a segunda mitad del 600 marca en la enseñanza y en obras
escritas constante predominio de los filósofos de la Compañía de
Jesús, lo que significa creciente auge de la doctrina de Suárez en
Nueva España. Las tesis suarecianas, que, presentadas primero en
tono polémico y algo agresivo, se exponen después serena y segura­
mente, traslucen evidentemente el triunfo que han alcanzado.
La doctrina escolástica de esta época va también aligerando su
pesado y estéril mecanismo dialéctico, y aunque todavía mezcla con­
fusamente las cuestiones lógicas y metafísicas, estas últimas cobran
primacía y no sólo porque suscitan obras de contenido muy vario y
todo esto se presenta como metafísico, sino porque se van dando de
lado en la filosofía natural las cuestiones estrictamente físicas, que
antes integraban buena parte de ella, y se desarrollan con mayor
Profusión y profundidad las metafísicas. Claro que esta dirección
nace cada vez más difícil un contacto fecundo y renovador con las
nuevas ciencias y con la nueva filosofía; su ausencia es seguramente
la mayor laguna de este siglo, en el que hay tan sólo ligeros barrun­
tos de lo que ha de ser en el siguiente la franca incorporación de la
°sofía moderna al pensamiento mejicano 156.
Quien más claramente encarna el nuevo espíritu en este siglo xvii
insigne polígrafo mejicano don Carlos Sigüenza y Góngora
l6 4 5 - i 7 oo), hombre apasionado por el estudio y la investigación
Clcntílica, poeta, historiador, matemático, físico, astrónomo, gran
700 Li Iglesia en la América del Norte española

conocedor y coleccionador de antigüedades indígenas y


moderno157. So‘°
A l lado de Sigüenza y Góngora destaca la figura singuladsiny
sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695), que, llevada de su inquiet H
intelectual, cultivó también la filosofía. Contundente defensora d
la libertad de la crítica y del derecho de la mujer a la cultura es a \
vez último destello del pensamiento mejicano del siglo x v i i , preludi*
del nuevo espíritu crítico y racionalista que tan fuertemente irrumpí'
en el Méjico de la siguiente centuria 158.

C A P I T U L O X X II I

Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia *

Los tepehuanes. M isioneros jesuitas. — Proyección sugestiva


de la historia ultramarina es la incorporación a la Iglesia de vastas
zonas gentílicas, integración, fruto muchas veces de heroísmo y sa­
crificios cruentos.
Los tepehuanes, diseminados al efectuarse la conquista novohis­
pana por la vertiente oriental de la Sierra Madre del Pacífico, habi­
taban el estado de Jalisco, tocaban en Sinaloa, se extendían por Chi­
huahua y confinaban al este con Zacatecas.
Pertenecían a la estirpe yuto-azteca. Población más bien reduci­
da, se adensaba en la parte septentrional. Superiores en civilización
a las razas limítrofes, cultivaban la agricultura en la fértil región
del noroeste de Durango, vestían de lana y algodón y habitaban
en chozas de madera, a veces de piedra y barro. Temidos en la
guerra por sus vecinos acaxees y tarahumares, invadían el territorio
de éstos para robar mujeres.
Facilitaron a los jesuitas la evangelización de los tepehuanes no
pocos tarascos y mejicanos cristianos llevados por los españoles a las
mmas de Topia, Indé, Guanaceví y más tarde a las del Parral
El padre Jerónimo Ramírez (1557-1621), primer apóstol de aque­
llos nativos 2, con el padre Martín Peláez 3, hacia 1 5 9 3 »fundan resi
dencia en Durango. Mientras el padre Peláez trabaja con españo es,
Ramírez, misionando a indígenas, establece contacto con zacatecos
y tepehuanes. Activo catequista y predicador, redacta en tepe ua
1 j7 C f. L e o n a r d , Don Carlos de Sigüenza y Góngora; D e l g a d o , Don Carlos de Sifi
y Góngora; G R P M 387-391. , - , 4r U f
158 C f. E g u i a r a y E g i j r e n , Bibliotheca M exicana ms. T ex a s: ms. 696 ’ rtE)
n e n d e z y P e l a y o , Historia da la poesía hispanoamericana I 67-76; ís/Iéndez
Poetas novohispanos p .X V III-X X IX 33-70; G o n z á l e z P e ñ a , Historia de la literal» ^ y
cana 121-128. Sobre Eguiara y E g u r en , cf. M i l l a r e s C a r l o , D o n Juan José
Eguren ( 1 6 9 5 - 1 7 6 3 ) y su B ib lio th eca m exican a .

# Siglas y abreviaturas:
— A Historia de la p ro v in cia ... N . España, ed. B u r r u s - Z u b i l l a g A
legre, .
r n n Z DE S o u z a , Biblioteca hispanoamericana septentrional.
^ ,E R Í 8 T * Í N
j J — G e r a r d D e c o r m e , L a obra de los jesuitas m exicanos . 2 jj ]0s

1 Cf. A B Z Jí, índice: «tepehuanes»; G D O II 4 is ; cf. también en el índice de


puestos de mmas señalados en el texto.
C.23. Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 701
una doctrina breve y armoniza con melodías sencillas algunas ora-
4
Los franciscanos, establecidos ya en algunas regiones de los in­
dios conchos, se oponen a la entrada de nuevos misioneros. Una
cédula real al virrey de 25 de junio de 1597 reprueba la actitud de
oposición adoptada por los franciscanos, abre la puerta de Nueva
Vizcaya a todos los religiosos conocedores de la lengua, y agradece
a la Compañía la solicitud y cuidado con que han acudido a la misión
y los anima a continuar 5 .

Pueblos cristianos.— Surgen los primeros pueblos cristianos de


tepehuanes. Con nativos que, invitados por los misioneros, descien­
den de los montes trayendo hijos y ajuar, fundan en el valle
Santiago de Papasquiaro 6. Más difícil fue reunir en una localidad,
que se llamó Santa Clara 7, distante unas siete leguas de Papasquiaro,
juntamente con indígenas más fieles, otros feroces, los más agresi­
vos y desconfiados de la provincia, futuros cristianos ejemplares 8.
Las nuevas poblaciones exigen personal. Hacia 1600 llega el
tarrasano padre Juan Fonte 9, que se entregará en cuerpo y alma
a la conversión de los nativos, haciéndose indio para ganarlos a
Jesucristo. Frugalísimo en su comida: ordinariamente maíz y hier­
bas silvestres, le bastan para dormir una tabla y el duro suelo;
flaco y demacrado, roto y cubierto siempre de polvo por las largas
caminatas a pie— a veces cincuenta a cien leguas— para sacar a los
nativos de sus covachas y reducirlos a pueblos; en continuos peli­
gros de muerte, sufriendo hambres, sed, fríos, abandonos, ingrati­
tudes e inconstancias de nativos. Incomunicado de españoles— diez
meses pasa a veces sin que pueda hablar a uno de ellos— , la
barba y el pelo crecidos y desgreñados por no tener instrumentos
con que cortarlos.
Cuando con demoledora insistencia y afecto ha convencido a
los nativos a congregarse en pueblos, sus instrumentos misionales
son aperos del más duro trabajo: construir para los indígenas casas
y capillas, hacer adobas, aserrar leña y madera, fabricar arados y
enseñarles a arar y a manejar bueyes y muías. Pueblos erigidos ya
quedan no pocas veces desiertos por huida de sus habitantes.
, El abnegado misionero pasa por todo. En poblaciones que per­
sisten, el padre es maestro y médico: cura enfermos, les prepara el
a lmento y aun maternalmente se lo lleva a la boca. Conviviendo
l°s indígenas adquiere conocimiento perfecto de su lengua y
R. ora Para los misioneros gramática, copioso vocabulario y cate-
Clsm°- Poco puede fiarse del amor fluctuante de sus feligreses,
^ue terminan frecuentemente por huir y abandonarlo; pero ha de
obrel levar en silencio las dolorosas defecciones. Dos veces sus
^isn-ios beneficiados intentan matarlo, y otras dos lo encierran sin
a Para que muera de hambre 10.
! U 1?,0 U 42-46. 8 G D O II 47S.
6 a iir»' <6s- 9 Cf. ABZ II. Indice.
’ A , ; !l 2 ° ,5-2t.2i8s. 10 Cf. G D O II 48-51.
w - H 3SQ6.
702 La Iglesia tn la América del Norte española

M isión organizada (1600-1605).— Pueblos que se fundan te


monian muy alto la constancia irreducible de Fonte: Zape, en 160 ¡i
a la orilla del río homónimo, que corre al pie de un peñón en '*
hermoso valle; pojo después San Ignacio Tenerapa *2, Santos r ”
yes l-\ Atotonilco 14, Santa Cruz de Ocotlán 15 y Tizonazo 16 e
Sigue abriendo caminos en las regiones más salvajes y desa
paradas. En Ocatlán, norte de la sierra del Poniente, donde |os
tepehuanes se rozaban con sus enemigos los tarahumares, reduce
a la fe cuatro pueblos, funda San Pablo Balleza, quince leguas al
poniente del pueblo español de Santa Bárbara y treinta al norte
de Ocatlán.
Interviene como pacificador en una guerra de tepehuanes y
tarahumares unidos contra otra tribu tarahumar de tierra adentro.
Aunque lento, era visible el progreso de aquella porción cristiana.
Papasquiaro había reunido considerable número de indígenas cris­
tianos y españoles. Prometía halagüeños resultados un seminario
de indios, y construían iglesia de piedra. Los demás pueblos habían
adquirido análogo desarrollo 17.
Rebelión indígena. Jesuitas m u ertos.— Francisco de Oñate,
Quautlatas entre los suyos, hechicero apóstata, amancebado escan­
dalosamente con muchas mujeres, portador de un ídolo de piedra,
por quien, según él, se entendía con la deidad — los misioneros la
llamaban demonio— , se presentaba a sí como oráculo. Corregido y
amonestado y, por supersticiones que se le probaron, castigado a
azotes con algunos de sus secuaces, finge convertirse, y aparece en
DÚblico con un Cristo, declarando que no conoce otro Dios. Con­
tinúa, sin embargo, invariable entre sus connacionales, denigrando
a españoles y misioneros raptores de sus deidades; si ellos amena­
zaba a sus connacionales— no seguían adorándolas, sufrirían gue­
rras, enfermedades y otros castigos. En la guerra libertadora que
emprendieran les pronosticaba victoria segura y la matanza de todos
los españoles; nativos que murieran en el combate, se lo asegura i,
él los traería nuevamente a la vida. Tramaron la c o n s p i r a c i ó n y
designaron para el estallido inicial el 21 de noviembre de | ^
cuariuo todos los españoles y misioneros se habían de reunir
Zape para la bendición de una Virgen llevada de Méjico.
Cinc< días antes de la fecha señalada, cuando el P* w.:¡c0
nando de Tovar, provisto de limosnas y géneros, volvía de * ^
para el colegio de Durango, en las inmediaciones de Santa La
rnuere atravesado por una lanza 18. nj|co,
Los nativos quieren destruirlo todo. Avanzan hacia Ato o' <Q
donde, sabedores de la sublevación indígena, se han congr
11 <-f. A B Z II 2 1 a
lz lbíd., 7 5 i.
1 ! Ibíd.. ,0%
1 4 Ibld , 20 ’ \
1 ' Ibíd., 218.15-5 *.2.12.218.
(>( i\)( ) IJ ^2,
IX r ‘ f 'a IÍZ 11 * »S i - / 5 S• f 6/. 160*1.21 i h ; ( I D O , ibld., 5 2 - 5 S- -|w |¡ón PueC*C ^
A l/ / ;. 770 27<>; ib íd , S5-57 Bibliografía sobre la rebelJ
en A\)A H>701 27í.
C.23. Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 703
rorno doscientas personas con el franciscano padre Pedro Gutié-
Todos, hombres, mujeres y niños, con excepción de dos que
1 ¿ran escaparse, 17 de noviembre de 1616, sucumben brutalmente
sacrificados19.
La misma noche del asalto de Atotonilco, otra banda de rebel­
des cercan Papasquiaro, residencia de los jesuitas padres Bernardo
de Cisneros y Diego de Orozco. Víctimas del brutal asalto fueron
los dos operarios apostólicos y unos cien de la población 20.
En San Ignacio del Zape, donde se habían de reunir misioneros
y españoles para la bendición de la nueva imagen de Nuestra Se­
ñora, una partida de forajidos, 18 de noviembre, ataca la iglesia en
el momento en que los padres Luis de Alavés y Juan del Valle
se aprestaban a decir misa. Perecieron a manos de los asaltantes
los dos jesuitas, 19 españoles, más de 60 negros y otros criados de
españoles enviados para preparar la fiesta 21.
Los padres Jerónimo de Moranta y Juan Fonte, superior de la
misión, que se dirigían a Zape para la fiesta mariana, 19 de noviem­
bre, como a una legua de la población, fueron salvajemente asaeta-
dos por los rebeldes y rematados con lanzas y macanas 22.
La última víctima jesuítica de los tepehuanes fue el padre Her­
nando de Santarén. Celoso e infatigable misionero de acaxees y
xiximes— lo recordaremos después— , donde frecuentemente se en­
contró en peligro de muerte, llamado por el visitador jesuita a D u­
rango para concretar con el gobernador la fundación de la misión
de los nebomes, su último destino, parte de su cristiandad de Gua-
pixuxe 23 y, al amanecer del 20 de noviembre, entra en Yorocapa,
primer pueblo de tepehuanes. Lo halla desierto y el templo, donde
entró, profanado, deshecho el altar, arrastradas y desfiguradas las
imágenes.
Alarmado por el sintomático indicio, monta en la muía para
continuar su viaje. A l llegar a un arroyo, los indios, que lo acecha­
ban, lo rodean y arrojan de la muía para despedazarlo en tierra.
Lo ultrajaron y remataron sádicamente 24.
Se aureoló a lo*s caídos con la fama de mártires. La dolorosa
Perdida de los ilustres misioneros, profundamente sentida en Euro­
pa y Ultramar, la comentaba así el padre M udo Vitelleschi, general,
escribiendo al provincial de Méjico, 2 de abril de 1618: «Falta
harán los ocho padres martirizados por los indios tepehuanes.
0S Proveerá de nuevos y fervorosos operarios en su nueva viña,
reñada con la sangre dc estos sus siervos, cuyos retratos y la rela-
U()n su muerte se ha recibido y leído en el refectorio con univer-
y LOnsuelo de todos, por tener ocho hermanos más en el cielo.
anse pintando en lienzo para ponerlos con los demás, como es
,a*ón y V. R. pide» 25.
í í A n i 1 ibkJ- 2 7 .1 ; G D O . ibid., 57.
( Y A . & 11 2 7 -^ 27S i G D O , ibid., 58-60.
'• a ibld • 2 7 SS; G D O , ibíd., 60-63.
AÜZ, ibid., 276; G D O , ibíd., 64S. , . ™
21, i-i,2^ an‘ce l'°n diversos nombres: Guapigujc, Guapijupe, Huapixupe. C f. A B Z II 8 3” .

24 (:< ANZ, , ¿76; G D O , ibíd.. 65S. Zi GD O. ibíd., 67.


704 La Iglesia en la América del Norte española

Del castigo de los rebeldes se encargaron las autoridades


viles 2t). C1"
De todos los misioneros de tepehuanes quedó con vida sólo
padre Andrés López, que residía en lugar distante, y fue avisado
oportunamente de la deplorable situación por los padres de Zan°
Se refugió en el mineral de Indehé, desde donde dio a Méjico la no
ticia de los trágicos hechos, y allí se hallaba todavía la cuaresma
de 1617, atendiendo a los españoles y negros y a una ranchería
de tepehuanes que no se habían sublevado 27.
La rebelión se presentaba enorme por su extensión, fatal por
sus consecuencias en toda la sierra y misiones, sobre todo de cris­
tianos nuevos, y materialmente catastrófica: unos doscientos espa-
ñoles muertos y otros tantos morenos, indígenas, aun de los adictos
y cristianos viejos, desparramados o huidos; todas las minas
lizadas y ios ingenios destruidos; la ganadería, que no bajaba de
200.000 cabezas y abastecía la región, o destruida, o robada, o
extraviada 28.

R eorganización m isional.— M uy poco a poco se fue restable­


ciendo la calma. El padre Andrés López, que seguía moviéndose
entre los tepehuanes, persuadió a no pocos a reintegrarse a sus
pueblos. Tuvo muy pronto como compañero al padre José de
Lomas, antiguo misionero de Topia 29.
La muerte de los principales fautores de la rebelión, intimada
por autoridades civiles, los esperanzadores informes del padre Lo­
mas y las reiteradas peticiones del gobernador Gaspar de Alvear
para que se promoviera la restauración misional de la zona, deci­
dieron a los superiores a designar cuatro misioneros más para la
difícil empresa.
Pueden los operarios apostólicos, con ruegos y suaves violen­
cias a los nativos, volver a poblar con más indios y españoles que
antes Guanaceví, Papasquiaro y Sauceda. San Simón, pueblo in­
significante anteriormente, de unas 14 familias, alcanza a los mayo
res con una colonia de tarahumares del valle de San Pablo que bajo
a habitar allí. La población más próspera fue siempre Zape ■
El agustino fray Gonzalo de Hermosillo, primer obispo de
Durango (1621-1629), recapituló en carta al provincial jesu íta ,
1621, las impresiones de su visita, felicitándolo por los halagüeños
resultados que los misioneros recogían en aquellos montes con
nativos que tan rebeldes se habían mostrado a la predicación evan
gélica 31.
Se registran todavía conatos de rebelión en 1638 y 1654» a c<?|
secuencia de la guerra de los tobosos 32. Los últimos r e b e l d e s

26 Jbíd., 67-72.
27 A B Z l í 27620; G D O í í 68-73.
23 C f. A B Z , ibíd., <589; G D O , ibíd., 68-73.
29 C f. A B Z , ibíd , 315 y el índice.
C.23- Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 705
Qí> doblegan ante la caridad del padre Bernabé Soto en
T iZ 0 " t e & 2 33

la n de esta fecha entran estas misiones en período incógnito,


a época de prosperidad sucede otra de decadencia y ruina,
y a u^ tiplicaron en la región fértil y clima agradable los ranchos
? ^pañoles, con notable perjuicio de la religión y moralidad de
I nativos, que sacuden ya con espíritu independiente la jurisdic-
¡ón y enseñanza misionera.
El visitador jesuita, acaso el padre José Echeverría, testimonia
721 que todos los tepehuanes hablaban o entendían el caste­
llano y, en algunos pueblos, la doctrina y la predicación se hacía
en„ eo™
t>d íeneua. vj los nativos en sus pueblos
. 1 eran
j todos muy ladinos,
1
flojos, pues poseían buenas tierras, retobados y viciados por los
españoles. Pero tampoco los misioneros estaban muchas veces a la
altura de sus incumbencias 34.
El provincial padre Cristóbal de Escobar, en 1746, ante el cre­
ciente desarrollo de las misiones de California y Pimería, que e x i­
gían personal adecuado, y no pudiéndolo hallar para las de T o p ia
y Tepehuanes, presentó a las autoridades competentes la renuncia
de estas dos regiones, que se efectuó pacíficamente entre los años
1751 Y 17 5 4 35*
Los vocabularios y doctrinas en lengua tepehuana escritos por
el padre Fonte debieron de servir al padre Jerónimo de Figueroa
para los manuscritos tepehuanes que dejó a sus sucesores. El padre
Benito Rinaldini imprimió en 1743 el A rte de la lengua tepehuana,
con vocabulario, confesonario y catecismo 36.
Chichim ecas.— A rdua para franciscanos y jesuitas fue la misión
de los chichimecas, de la familia otomiana. Razas trashumantes
y feroces, que se movían dentro de una circunferencia de unos
170 kilómetros de radio, con centro en el norte del estado de G u a ­
najuato. Lengua dominante de estos nativos era el otomí. Por sesenta
argos años inmovilizaron la expansión norteña de las conquistas 37.
Insignes misioneros jesuitas trabajan hasta 1590 en su evangeli-
^ación: los padres Gonzalo de Tapia (1561-1594) 38, Nicolás de
enma^ 557-1623) 39- Por la agresividad de los nativos, que ponen
da/ ° ^as co™ nicaciones norteñas, establecen presidio de sol-
je s ^ en San Juan de la P a z 40. En 1594 llegan nuevos misioneros
casa : El virrey hace construir a costa del regio erario, 1597,
nano6 ^ara Compañía: así pudo prosperar más el semi-
• Centras el padre Diego T o rre s41 atiende al pueblo, su
c-n o ^ 1] 1 268: GDO 11 7Ó-
ís C f A R 7 n V 7 7 ' 8 j -
, 36 Aric ^ Y 4 I 3 ' 426: G D O H 83.
P'ican /os tnvsfrv'rlgua tefeguana, con vocabulario, confessionario y cathecismo en que se ex-
San,a madre IaiJ°S »m,?stra sanfa f e catholica, mandamientos de la le? de Dios y de nuestra
•'7 Cf. indico'^ A n 7 °r i 7 4 3 )- C f. Somm ervogel, Bibliothéque V I 1858S; BSB IV 230.
Gf. A \\y T L
QCf t *nc}*c e » Shiels, Gonzalo de Tapia .
4ft C f ¡V . 4 1 3 9 8.4 16 12.
41 T raba ó'’ \6364 l 6 4 4 iSs.
' 0,0nit. vP*'^c ipalm ente con los indios de T e p o tz o tlá n ; conocía las lenguas m ejicana
* ” 5 - 4^0.577.

” d l
a l& lesia en A m é ric a qr
706 L íí Iglesia en la América del Norte española

compañero el padre Diego Monsalvo 42 misiona por montes v


nales. San Luis de la Paz es más bien feudo de franciscanos v I
jesuitas cuidan en la ciudad y contornos una reducción de otom(°S
y chichimecas, que se recogen de los montes. Misionan tambi^
en San Luis Potosí, Nuestra Señora del Palmar, minas de ?
ch ú 43 y otras muchas localidades. José Serrano (1579-1623), nojj’
poblano, de los catorce años que vivió en la Compañía, doce ^
dedicó a otomíes.
A principios del 600 entra a gobernar la misión el padre Gaspar
de Carvajal (1562-1647) y se debe en gran parte a su celo la conver­
sión de los chichimecas y cuachichiles 44.
M isión de Parras.— La misión llamada de La Laguna o de las
Parras comprendía toda la cuenca inferior del río Nasas y la laguna
de San Pedro, donde desemboca el río, todo el valle de Parras y
Viesca, al sudoeste del actual estado de Coahuila. Extendióse des­
pués más al norte. Hablaban el zacateco en Nasas y en la zona
sudoeste; el irrita en Parras, Patos, La Laguna y Mapimí; el toboso,
el concho, el coahuiteco y otros desconocidos al norte; al sur cha­
purreaban el mejicano45.
Comienzan los padres Jerónimo Ramírez (1559-1621) y Agustín
de Espinosa a evangelizar la región en 1595. Ramírez compone
en 1595, para los zacatecos que había doctrinado ya anteriormente,
la doctrina y oraciones. Los zacatecos se muestran bien dispuestos
para el bautismo, y los laguneros, reacios e irreductibles. Aprende
el irrita o irritila, lengua del valle de Parras, y pone en ella la doc­
trina, oraciones, confesonario y cantos, como lo había hecho con
el zacateco.
Tienen capilla y hospital provisionales y cuarto para los padres
que predican y enseñan la doctrina en irritila y mejicano. Congre­
gadas como mil almas, pueden establecer un ritmo normal de
instrucción religiosa. Todas las mañanas la vecindad, d e s p e r t a d a
con algazara, se junta en el patio de la iglesia para la doctrina.
Las fiestas litúrgicas ostentan aparatosa solemnidad. El día de
Año Nuevo nombran los alcaldes, fiscales y regidores, y el de la
Epifanía bautizan a niños y adultos.
El 19 de febrero de 1598, domingo de Septuagésima, colocan
las imágenes de la Asunción, de San P e d r o y S a n Pablo y la campana,
hacen la dedicación de la iglesia y dicen en ella la primera ntfsa'
A s í queda fundada Parras. L a misa y la explicación del catecisn10
son ya diarios. L a irradiación misional por las in m e d ia c io n e s con
tinúa ininterrumpida: bautismos, confesiones, m a trim o n io s cee
brados o revalidados4^.
O rganización de la m isión.— Parras, de unos 600 nativo s res1^
dentes al principio, sube con la frecuente venida de indios paY
42 C f A B Z I 4 f 5 . 4 1 8 1 579.
43 Sichú o Xichú. A B Z , ibíd., 159.
44 N o huachichíles. G D O JJ W 5 ; A B Z l í í 67S.
45 G D O , ibíd., r7; O r o z c o y B e r r a , G eo g ra fía de las lenguas 305S.
6 C f. de A B Z íí s6.58.332ij.4i 1 y el índice; «Parras»; G D O II 18-23»
C 23- Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 707

dos y otros a & 2.000; en las inmediaciones viven unos


raya y en toda la región de L a Laguna, alrededor de 12.000, sin
' 0+°r los muchos desparramados por montes y desiertos que arras-
" nn una existencia mísera.
Los adultos se preparan para el bautismo con catecismos bi-
1 g ü e s . Llegan nuevos misioneros y se pueden erigir otros pueblos.
E l obispo de Guadalajara, don Alonso de la M ota (1597-1606),
r e s e n t a de la región visitada este croquis panorámico: las cabeceras
eran: Parras, con dos pueblecitos al poniente y 1.500 almas; San
Pedro, a la orilla del río Nasas, diez leguas adelante, con más de
mil p e rso n a s de nación mexues y ocolas y tres visitas: dos a la
orilla del mismo río, como una legua, y otra a cuatro leguas, en
La Laguna, todos ellos con una población de 2.500 a 3.000 per­
sonas; cada día descendían de la sierra indios gentiles atraídos por
el puesto cómodo y para asegurar la comida sin trabajo. Río arriba
—continúa el prelado— ocho leguas, se extendía el partido de San
Ignacio, con seis pueblos sujetos: entre 1.500 a 2.000 personas,
que iban siempre en aumento con los que bajaban de la sierra.
Pocos años atrás— declara M ota— todos estos indios yacían en
la gentilidad y ahora estaban bautizados por los de la Compañía 47.
Prosperó la cristiandad en erección de pueblos y conversión
de nativos hasta 1613, cuando la familia de Urdiñola comenzó a
sustraer de las siembras de la misión brazos de indios, que em pe­
zaron, por otra parte, a huir y dispersarse. Los españoles, cuyas
haciendas se multiplicaban, absorbían también el trabajo de los
nativos, con menoscabo de la labor evangelizadora y educadora de
los padres, apenas en vía de formación.
Deliberaron seriamente los jesuitas, 1613, si habían de aban­
donar aquellas misiones; resolvieron seguir en la brecha, pues, a
pesar de las desfavorables circunstancias, eran el único elemento
religioso de la zona 4&.
Tuvo operarios insignes la misión de Parras: padres Francisco
nsta (1565-1649) 4 9 > Fernando de Tovar (1581-1616) 50, D iego
iaz de Pangua (*1572-1631)51, alma del seminario y autor de
r e, vocabulario y catecismo zacateco 52.
de / es Para misión fueron la peste de cocolixtle y de viruelas
s a * 12’ *622, 1652 y 1664, que, además de diezmar la población,
pUe 1.eror' sobre todo la primera— la fe de los neoconvertidos,
aka\ os hechiceros atribuyeron la mortandad al bautismo y ai
Endono de los dioses 52 . y

^ m *s*ones (x^52).— Emulo del obispo Palafox, en Pue-


déS( Q oC’ Jra £*urango, el obispo Francisco Diego de Evia y V al-
• ^• 13. (1639-1655), en el empeño de quitar las doctrinas a

48 l i t ó 1? , ; ¡ b ldu- io 6 -» 0 9 . U 2 .14 9 -15 2 ; G D O , ibid., 24-28.


<
Mlí) Cf AI17 ,,' 28‘3°-
M(Cf. 'f -
A
i l ’ iííu l i c e ; 111 I ? 8 s -
372s; 111 111 3399
9 9 ..
52 vuiii :aVii.m 1 , índicc; GDO11313
3*-34.
708 La Iglesia en la América del Norte española

religiosos para entregárselas a clérigos seculares, y con este inh>


sostuvo largos pleitos con franciscanos y jesuitas. Estos últim^0
no sabemos si por fuerza o por bien de paz, le cedieron en (*'
todas las misiones de La Laguna, y conservaron sólo la residen^
de Parras, sin la administración de la parroquia. Cla
En 1678 casi todas las misiones y pueblos entregados habían
desaparecido.
La misma ciudad de Parras, refugio de muchos nativos y muv
populosa en 1682, en 1778— los jesuitas con el decreto de expulsión
de 1767 hubieron de abandonarla— no conservaba más de ocho
familias de antiguos chichimecas y 147 indios de todas castas, mez­
clados con tlacaltecos - i .
M isión de acaxees y xixim íes. — Las misiones de acaxees, si­
tuadas en las sierras de Topia y San Andrés, y las de xiximíes, en
la región occidental del estado de Durango, desde donde empieza la
vertiente del Pacífico hasta las faldas de la Sierra Madre, pertene­
cientes a Sinaloa, lindaban, al noroeste, con la misión de tepehuanes,
y al norte, con la de Sinaloa, y al sur, con el río Piaxtla, y ocupaban
la cuenca superior de los tres ríos que desembocan al Pacífico: al
norte, el Culiacán, con sus afluentes Humaya y Tamazula (misión
de Santa Cruz de Topia); al centro, el San Lorenzo o de los Reme­
dios (misión de San Andrés), y al sur, el Riaxtla (misión de xixi­
míes;.
Los acaxees, radicados en la familia yuto-azteca y en la subdi­
visión cahita-tarahumara, vivían generalmente diseminados, junto
a manantiales o charcos de agua, sobre picachos o mogotes de di­
fícil acceso, por el temor mutuo a su agresividad bélica. Fútiles
motivos ocasionaban entre ellos querellas y contiendas. Iban a la
guerra con todo el ajuar doméstico, con sus arcos y flechas, sus or­
dinarias armas, la macana atravesada como daga, la t i l m a cruzada
por ei pecho, y la cara, piernas y brazos pintados o em bijados de
amarillo o negro. Sus casas eran ordinariamente de terrado con
puerta muy pequeña junto al árbol de zapote que s o m b r e a b a e
patio 54.
Barbechó la tierra misional, virgen todavía, el padre G o n z a o
de Tapia (1561-1594) 55, pero el toledano padre Hernando de San
tarén (1566-1616), es el verdadero fundador de la m i s i ó n 56-
Cinco agrupaciones de acaxees habían ocupado la región. 0
topiames el este; el sur los sabainos; los pacaxes el sudoeste; el
tro (San Andrés) los baymenes, y el norte los carantapas, bainr>upa
y tecuchapas57.
Los misioneros desarrollan un programa e v a n g e liz a d o r s^sfe^ 0
tico y denso: instrucción catequística en lengua indígena, Prirri
5, 3 m 233.45.2/4; G D O , ibíd., 34-39. , c . /,i0a y S l>'
54 A B Z ÍI 4998.542-544; P é h b 7. d e K i v a s , Páginas para la historia de ' c0Stui"'
ñora: 7 rivnfos 1ÍJ 1.8 p . i s s ; Ó f o z c o y J3r;Ri<A, Cíengrafía de las lenguas 3 1 0 - 3 1 2 ; soD
bres de acaxees y xixim íes cf. en el índice de A H Z íí Jan dos m en cionad as nacione
” C f. A B Z Jí 74.76.
u ( Á. ibíd., índice; *Santar¿n*.
fj7 (A)O íí <)(),
C.23- Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 709
. ¿ e niños y después de adultos; simultáneamente van eri-
fraUt',s p0blaciones: al norte, Coscatitlán, Colutla, Estancia Cobos,
R^moa Tasio, San Jerónimo y Frijolar, y al sur, Las Vegas, O ta -
K n , Remedios y otras 58 .
V e j á m e n e s de colonos contra nativos y algunas muertes violen-

aue registran las dos partes, que se miran con recelo y a veces
tas odiosidad, son pródromos de la sublevación que estalla irruente
^ s e p t i e m b r e de 1602. Unos 5.000 indios, reunidos de todas par-
fn juran solemnemente que no soltarán las armas de las manos
hasta haber derramado la última gota de sangre española. Por am ­
bas partes sucumben muchas víctimas y más en el campo indígena,
algunos pueblos quedan asolados y destruidas 38 iglesias en las
s e r r a n í a s vecinas de Culiacán. Finalmente, en 1604, se rinden los

nativos a la fuerza de las tropas españolas y a los ruegos del padre


Santarén59.
Resurge rápida la vida eclesiástica y erigen nuevos pueblos en
la serranía áspera e intransitable, límite de los tres estados actuales
de Sinaloa, Durango y Chihuahua, y cortada en el lado de Sinaola
por tres ríos: el de Humaya o Badiguato, de Carantapa o Bamupa
y Remedios (llamado en Sinaloa San Lorenzo): Mocorito, Conim e-
to, San Juan, Santa Cruz, Alicama, Tecuchapa, Atotonilco, Caran­
tapa (Cariatapa), Bamupa, Soyatita, San Gregorio, San Pedro, T e -
cayas y Soy upa, donde enseñan la catequesis y administran los sa­
cramentos afanosamente 60.

Los xixim íes.— La cordillera que corre de Durango a la costa


entre los ríos Remedios y Piaxtla la habitaban los xiximíes, perte­
necientes como los acaxees a la agrupación cahita-tarahumara, tri­
bu bárbara, brutal y antropófaga, enemiga jurada de los acaxees
con quienes mantenían continuas guerras. Faltándoles prisioneros,
buscaban en los montes algún acaxee para sustento de su familia:
os huesos y las calaveras los colgaban como trofeos de victoria en
as paredes y puertas de sus habitaciones y en los vecinos árboles,
-n el vestido y costumbres rimaban sustancialmente con los aca­
xees largo el pelo y trenzado con cintas de diversos colores: armas
am ien las mismas y su lengua llamada xixime, aunque peculiar,
ermana de la acaxee.
lie d°S esPai^0^es> ayudados por los misioneros, los fueron some-
do d ^ paciguand° ^ atrayendo. El encuentro del padre H ernan­
es nv' C° n ^OS nat*vos en San Bartolomé Humase superó
v c» 1 ■ ^ iei^as esperanzas: entregan sus ídolos para quemarlos
y s<- dejan cortar el cabello .
?^ar*a Otáis, cerca del mineral de Guapixuxe, lo de-
d^l nQCjCa vf cera de la misión y llega allá pronto, como compañero
rc antarén, el que había de ser el grande apóstol de los xi-
?* I b i d . . o o c
710 La Iglesia en la América del Norte española

ximíes y sucesor suyo en esta empresa, el padre Pedro Pr.


(1604-1634) <>2. av,na
Los jesuitas, fieles a sus métodos tradicionales, congregan 1
nativos en pueblos: el partido de San Pedro Hetasi con las pobl°S
ciones de San Pedro Guarizame y Santa Lucía; el de Santa Cruz h
Yamoriba y San Bartolomé de Humase; el de Santa Polonia con [
Concepción y el Nuevo Santiago; el de San Ignacio con San Jer6*
nimo, San Juan y San Francisco Cabazan, perteneciente esta últim
a Sinaloa
De la conversión de los hiñas, medio ocultos en las profundas
quebradas del centro de la sierra donde nace el río Ixtitlan (Verde)
para bajar al Piaxtla, semejantes en costumbres y ritos a los xixi­
míes, aunque de diversa lengua y genio más dócil, se encarga el
padre Diego González de Cueto (1630-1633). Reducidos los nati­
vos a pueblos, la zona quedó pacificada 64.
De 1630 a 1634 los operarios apostólicos, después de una labor
de roturación entre los humis, de lengua xiximi, aunque diferente
raza, logran reunir a unos 250 en San Pablo (Hetasi) población de
las inmediaciones del río Piaxtla65.
Cristianizada y pacificada la tierra de los acaxees y zonas limí­
trofes, pocos pueblos nuevamente erigidos adquirieron la estabili­
dad y pujanza de otras misiones; los más decayeron rápidamente
o se extinguieron. La población indígena, que, al principio y aun
en 1644, ascendía a unos 50.000 indios, el padre Ortiz de Zapata,
en su catálogo de 1674, la reduce a 2.548, número que, aun aplica­
do a familias, traduce una disminución lamentable.
En 1738 los ministros de estas misiones de Topia, divididas en
tres rectorados, estaban condenados a soledad, a escasísimo fruto
de sus ingentes trabajos, y a nativos agrestes y montaraces. Los
jesuitas hicieron entrega de estas misiones a la diócesis de Du­
rango 66.

Misión de Sinaloa. Padre G on zalo de T a p ia.— F lo r e c ie n te


misión, la primera entre gentiles emprendida por jesuitas, I591'
abarcaba todo el norte del actual estado de Sinaloa, y particular­
mente las cuencas inferiores de los ríos Mocorito (Sebastián de
Evora), Sinaloa (Petatlan) y del Fuerte (Zuaque). P o s te r io r m e n te
se les agregó el distrito de Badiraguato, en el río Humaya, en un
principio de la misión de Topia.
Nativors de diversos idiomas, del grupo c a h ita -ta ra h u m a ra cien
tro de la rama yuto-azteca, y m u c h a s veces enemigos irreconci 1
bles entre sí, moraban en chozas, generalmente, de b e ju co s o ^
rrizos entretejidos, sostenidos por horcones, cubiertos d e nía t
y de barro. Un cobertizo o portal sombreado que te rm in a b a en
baja puerta de entrada ofrecía descanso a los nativos durante
62 C f. A B Z , ibíd., índice.
63 O r o z c o y B e r r a , G eogra fía de las lenguas 315.
C 23- Zonas gentílicas agregadas a la Iglesia 711
. del día y servía también para secar los frutos. En pueblos
03 os sobre todo, dos casas grandes recogían durante la noche,
SCfrTías mujeres y otra a los hombres, para protegerlos de posibles
taaues enemigos.
p e cereales y frutas cultivaban preferentemente los nativos maíz
fríjoles, la tuna y pitahaya y otras pocas. El maguey y algunas
f tas les proporcionaban las bebidas embriagantes de sus fiestas.
Fiaba autorizada la embriaguez. Las mujeres se cubrían de la cin ­
tura abajo con lienzos de algodón; los hombres preferían la des-
nudez ^•
El padre Gonzalo de Tapia, fundador de aquellas misiones, en
su primera entrada a la región, atiende a españoles e indios— algu ­
nos colonos se habían casado con nativas infieles— , bautiza no p o ­
cos, y en la villa de Sinaloa toma posesión de los jacales que le h a­
bían de servir de casa e iglesia.
Al mes puede entenderse con los indígenas en sus dos p rin ci­
pales lenguas cahita y ocoroni— su facilidad lingüística era tradi­
cional68— y redacta en ellas una breve gramática y doctrina que
completa con cantos. Con su compañero, el padre M artín Pérez
(1560- 1626) 69, se reparte el campo misional: trabajará él con las
poblaciones más levantiscas de la vertiente superior del río Sinaloa,
y Pérez en la inferior: Santiago Cubiri, Bamoa y Nío.
Resultado prodigioso, aunque algo inmaturo, fueron unos 5.000
bautismos entr