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Fragmentos del 46-51

46. (de DIOGEN. LAERT., IX, 7) Llamaba a la presunción


enfermedad sagrada, y decía que la vista se engaña.
(p. 5) 7. Su doctrina era, en general, la siguiente: "todas las cosas
provienen del fuego y en él se resuelven; todo se cumple por necesidad,
y por la conversión de los contrarios se armonizan los seres. Todo está
lleno de almas y de demonios". También ha hablado de to- dos los
accidentes que se suceden en el cosmos, y de que el sol es tan grande
como se nos aparece. Ha dicho asimismo que 'los límites del alma no
lograrás encontrarlos por más caminos que andes, tan profunda es su
razón" (fragm. 45). Llamaba a la presunción enfermedad sagrada, y
sostenía que la vista engaña (fragm. 46).
(p. 78) El fragmento 111 expresa un pensamiento ético: la
enfermedad hace suave a la salud, el hambre a la saciedad, la fatiga al
reposo; por eso el fragmento 110 dice que, tener lo que desean no es lo
mejor para los hombres; y el 85 reconoce difícil luchar con el deseo. Los
fragmentos 46 y 43 repudian la presunción y la insolencia.
(p. 96) Ya he señalado en otra ocasión1 los aspectos más notables
de estas páginas del Cratilo, donde la discusión sobre el fiíxcuov lleva a
Sócrates a enunciar las exigencias encerradas en el concepto del
principio que todo lo gobierna y domina, y determina y regula el flujo
universal de las cosas.
(p. 172) El fragmento B 8 —'lo opuesto es concorde, y de los
discordantes nace la más bella armonía, y todas las cosas nacen por vía
de discordia"— es citado por Aristóteles en Ethica Nicomac. 1155 b,
donde se da a Heráclito, juntamente con Eurípides, como sostenedor de
la atracción mutua de los opuestos, en contraposición con Empédocles,
que sostiene la atracción de los semejantes. La cita aristotélica fue
aceptada como fragmento genuino tanto por Bywater (fragm. 46) como
por Diels (B 8) y por Walzer. Por lo demás, en Diels-Kranz la última parte
("y todo se cumple según contienda") se da como reproducción de la
frase análoga recurrente en B 80; pero se defiende como heraclítea la
segunda parte (la armonía de los discordantes es la más bella: cfr. A 22).
Burnet aceptaba entre los fragmentos heraclíteos solamente la primera
frase ("lo opuesto concorde"), colocándola en el núm. 46 e
interpretándola como aceptación de la regla médica según la cual lo
opuesto es lo que sirve (por ejemplo, el frío para curar el calor); pero esta
limitación al terreno médico parece algo arbitraria, tanto más si se tiene

1 "Dos textos de Platón sobre Heráclito", en Notas y Estudios de Filosofía, Tucumán,


1953; Zeller-Mondolfo, IV, notas de pp. 245 ss. y 251 ss. Con posterioridad a mi artículo,
pero sin tener noticias de él, G. S. Kirie (Heraclitus. The cosmic fragments, pp. 363 ss.)
a propósito de B46 llamó la atención sobre el pasaje del Cratüo, observando, sin
embargo, que "desafortunadamente en estos pasajes simiburlones de Platón, que
abundan especialmente en el Cratüo y en el Teeteto, es imposible estar seguros acerca
de lo que es inventado, lo que es adaptado y lo qua es cuidadosamente reproducido de
los predecesores históricos".
en cuenta la decidida aversión que sentía Heráclito por los médicos (B
58).
47. (de DIOGEN. LAERT., IX, 72) No hagamos conjeturas al azar
sobre las cosas más grandes.
(p. 122) Quizás podría decirse que, desde el punto del conocimiento
absoluto, todo conocimiento humano sobre como sucede ésta o aquella
cosa particular en el mundo es parcial y limitado y, por lo tanto, está
preñado de mayor o menor grado de equívoco, de error, en tanto que
recorta la realidad de una manera arbitraria, y por lo tanto su resultado
es siempre distorsionado, incompleto. Y junto a ello recomienda Heráclito
que “no hagamos conjeturas al azar 9 sobre las cosas más grandes”
(Frag. 47), es decir, recomienda que no nos separemos de la única ruta
que puede acercarnos a conocer lo fundamental. Ir en busca de las
explicación de las cosas del mundo de una manera azarosa, es decir,
buscando razones particulares, y atribuyendo a las grandes cosas
también razones particulares es una pérdida de tiempo y una desviación
de la vía que debe seguir el sabio.
(p. 163) Y aconseja, “no hagamos conjeturas al azar sobre las cosas
más grandes” (Frag. 47), ni nos desgastemos intentando acumular
conocimientos diversos sobre las cosas del mundo (polymathía) (Frag.
40) que solamente distraen de lo que verdaderamente importa: el modo
de ser profundo de lo real. Tampoco es un asunto de autoridad, “no
escuchando a mí” (Frag. 50), no es porque yo lo diga: hay que escuchar
a la naturaleza y obrar de acuerdo con ella (Frag. 112). Y se muestra
entusiasta: Al fin y al cabo la inteligencia es común a todos (Frag. 113) y,
por lo tanto, no debería existir ningún obstáculo para saber, para conocer
la verdad, porque “a todos los hombres les está concedido conocerse a
sí mismos y ser sabios.” (Frag. 116).
48. (de ETYMOLOG. MAGN., 198, 23: voce Bios). Heráclito el
Oscuro: "el arco, pues, tiene nombre de vida (bios), pero obra de
muerte".
(p. 83) La mencionada indistinción no significa afirmación teórica
explícita de identidad, sino que es una herencia de la mentalidad arcaica,
que se manifiesta también en el paralelismo entre la expresión verbal de
la verdad y su manifestación real, implícito en los "juegos de palabras"
de Heráclito que son, en realidad, tentativas de etimología inspiradas en
la convicción de dar el etymon (— veraz) sentido de la palabra. Así, el
fragmento 114 quiere confirmar el valor del logos diciendo que debe
basarse en lo común (Íirvt¡i) quien quiere hablar con inteligencia {|vv-vtü);
así, el fragmento 48 (imitado en su forma por el hipocrático De alimento,
21) dice que el arco (pióg) tiene nombre de vida (fKog) y acción de
muerte, para documentar la coincidencia de los contrarios. En ambos
casos, la palabra documenta la verdad de la idea y la realidad del hecho:

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[Archivo PDF : Internet] Asir lo Inasible: Lenguaje y devenir en el pensamiento de Heráclito,
Silvia Castro Méndez, (Segunda parte)
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Ibíd
siempre hay una confluencia y comunicación recíproca de las tres
esferas, lingüística, lógica y ontológica, cuya convicción no solamente la
vemos reflejada en el Cratilo platónico, sino manifestada en la misma
época de Heráclito en Esquilo, y antes y después en otros (cfr. los
ejemplos, citados por Calogero, en el Agamemnon, en Homero, Hesíodo,
los órficos, etcétera).
(p. 84) La intuición general de la necesidad que impulsa cada
aspecto particular del mundo a superarse en la oposición se manifiesta
así en una variedad de formas, progenituras de las concepciones
dialécticas y relativistas posteriores, así como tuvo que reconocerlo
Hegel. Pero Heráclito no distingue esas formas, sino que las recoge todas
como pruebas de la verdad de su logos. Más aún, deduce la ley de las
cosas de una observación indiscriminada de cosas y palabras, como en
el fragmento 48, donde la oposición e identidad de muerte y vida resultan
del cotejo entre el nombre y la acción del arco. Análoga indistinción entre
plano verbal y plano real reconoce Galogero en el fragmento 60: único y
mismo es el camino arriba y abajo. Se refiere al proceso cíclico cósmico,
pero toma como símbolo la identidad del camino que sube con el camino
que baja. El camino real es único, pero su consideración y denominación
como subida y bajada representan una antítesis (y coincidencia) mental
y verbal que Heráclito convierte en real; probablemente por sugestión de
experiencias relativas a su patria, en cuya toponimia alguna cuesta habrá
tenido el nombre de subida, y otra el de bajada. Heráclito advierte que en
la oposición de los nombres hay una identidad de la cosa.
(p. 107) Debo agregar aquí, sin embargo, una importante
observación, y es la de que la doctrina de la coincidentia oppositorum, o
constante presencia de la antinomia convergente-divergente en todos los
seres y en todo el ser, estaba muy lejos, según Platón, de resultar
incompatible y contradictoria con la doctrina heraclitea del constante
cambio y de 3a alternación cíclica. Esa doctrina precisamente la declara
Platón en el Teeteto 152 d, una doctrina de gran valor (oí> fpavlov lóyov),
y no sólo la considera como postulado implícito (doctrina i secreta,
enunciada sólo ív arcoQQrJTtó) que Heráclito ofrecía al protagorismo,
sino que la vincula también con la imposibilidad de dar correctamente a
cualquiercosa o cualidad un único nombre unívoco: esa misma
imposibilidad que Heráclito había señalado en diversas sentencias (B 32
y B48, B 59, B 60, B 103) en sus características formas oraculares, y
asimismo en todas las identificaciones de términos opuestos (B 67) que
son la misma cosa en el continuo proceso de su recíproca trasmutación
(B88).
(p. 187) Sin embargo, los dos ejemplos, de B 59 y B 60, podían
servir, como lo anota Calogero, para mostrar la identidad en la oposición
y la coincidencia de nombres opuestos para designar una misma
realidad. Bajo este respecto podemos considerar B 59 y B 60 vinculados
con la misma esfera de pensamientos por la cual Heráclito reconoce la
coincidencia de los opuestos en un mismo nombre ((3t.Ó£, el arco de
B48: nombre de vida, acción de muerte) o la conveniencia de nombres
opuestos para una misma realidad (B8, B 10, B62, B 67, B103: cfr.
*Mondolfo, "El problema de Cratilo y la interpretación de Heráclito",
Anales del lnst. de filol. das., Buenos Aires, 1954). Por lo tanto, el
fragmento B 60 tiene por sí mismo un significado lógico, en la doctrina
heraclítea de la coincidencia de los contrarios, independiente de las
aplicaciones particulares, físicas o de cualquier otra especie con que nos
lo presentan vinculando los diversos testimonios.
(p. 209) En el parangón de B 67 Diels y Calogero ("Eraclito", en
Giorn. crit. fil. ital., 1936, pp. 218 ss.), seguidos por Kirk, señalaron la
conci- sión del lenguaje: la divinidad cambia, como el fuego (o vino o
aceite), al recibir perfumes toma el nombre según el olor de éstos. Está
supuesta, pues (dice Calogero), la equivalencia del "tomar nombre" y
"transformarse": el bvo\iáfy.w heraclíteo, lo mismo que el parmenídeo,
caracteriza al mundo de las cosas particulares en la unidad arcaica de
las determinaciones, por la que cada una de ellas es al mismo tiempo
"existente, pensada y expresada". Pero tanto Calogero como Kirk ven
que en Heráclito hay también una crítica de los nombres, considerados
en relación con la realidad que quieren expresar: así, por ejemplo, pióg
(arco) tiene nombre de vida y función de muerte (B 48), y el único sabio
(Dios) quiere y no quiere Zrjvoc; ovofta (B 32) o (como señala Gigon, p.
147) Hades y Diónisos se identifican (B 15) como representantes del par
de opuestos muerte y vida.
(p. 294) Nestle (en Philol. 1905 y 1908) combate estas
vinculaciones de Heráclito con el orfísmo, señalando las divergencias
existentes en- tre ellos. Ya había excluido semejantes vinculaciones
Rohde (Psyche, 3ª ed., II, 150 n.) explicando que Heráclito, de acuerdo
con toda su visión podía haber pensado sólo que lo eterno y lo mortal, lo
divino y lo humano, son iguales y se vuelcan el uno en el otro: son lo
mismo (TCCUTÓ) lo vivo y lo muerto, antes bien la vida y la muerte (B
88 y B 48), pero no puede extraerse de B 62 o de B 53 la idea de una
ascensión de particulares electos al valor de dioses. A esta interpretación
se acerca K. Jocl (Gesch. d. ant. Phil, I, 1921, p. 300): los opuestos se
arrojan el uno a los brazos del otro: ser-no ser, vida- muerte; todo es y no
es, vive la muerte del otro, muere la vida del otro (B49a, 62, 76 s.). Este
intercambio de vida y muerte es el ritmo fundamental del cosmos, que es
todo, una vida que constantemente muere para renovarse
constantemente.
(p. 325) Para comprender la concepción del lenguaje en Heráclito
debemos partir de su convicción fundamental de que toda realidad es
siempre unión de tensiones opuestas, y de que el flujo universal, como
paso inevitable de un opuesto a su contrario, está determinado por esta
naturaleza intrínseca de todo real. La esencia de toda realidad es esta
lucha interna de los opuestos; la óp^tórn? de todo nom-bre puede
consistir, pues, en su correspondencia con la indicada rea- lidad de la
cosa, con su íntima concordia díscors, con su constitutiva coincidentia
oppositorum. Como observa Calogero al comentar B 48 (píos = "vida" y
"arco instrumento de muerte") y B 51 (el arco, que como la lira es unión
de tensiones opuestas), la misma naturaleza del arco cual concordia
discors de tensiones contrarias se manifiesta también en el hecho de que
su nombre, puesto en relación con su función, revela la co-presencia de
ese binomio de vida y muerte "que para Heráclito es la ejemplificación
príncipe de la universal relación recíproca de los opuestos". Para
descubrir este nudo de vida y muerte en la esencia del arco, cuyo nombre
es vida y cuya obra es muerte, "es menester que la función y el nombre
sean considerados en el mismo plano como determinaciones igualmente
objetivas de lo real" (pp. 205$.)…
(p. 326) El primer camino, que sugiere luego a la sofística deterior
el_ aprovechamiento de los dobles sentidos (cfr. Eutidemo, 278 A),
aparece en B 48: Pío?, Jano bifronte que significa vida y muerte al mismo
tiempo, es el ejemplo típico de la ÓQ'&ÓTTig de los nombres. Aquí
encontramos (escribía yo en el lugar indicado) uno de los tantos motivos
que Hegel recogió de Heráclito, declarando, en el prefacio a la 2ª edición
de la Ciencia de la Lógica, que la capacidad de ex- presar significados
opuestos, que poseen muchas palabras en alemán, documenta el
espíritu especulativo de esa lengua: "Puede ser objeto de alegría para el
pensamiento (escribe Hegel) el encontrarse con tales palabras y verse
en presencia de la unión de los contrarios contenida en modo ingenuo y
según el léxico en una palabra de significados…
(pp. 374-375) La deformación que sufre la doctrina heraclítea en
sus tardíos secua- ces, como Cratilo, no depende únicamente de la
incapacidad de éstos para hacerla progresar (como dice Zeller), y para
comprender, incluso, su significado esencial; sino que deriva también de
una desviación conceptual producida por Jos desarrollos de la polémica
anti- heraclítea de la escuela eleática. El núcleo fundamental y la esencia
característica de la doctrina de Heráclito era ciertamente (como lo
reconocen todos en la actualidad, sobre todo de Reinhardt en adeante)
la conciliación e identidad de los opuestos, cuya demostración Heráclito
realizaba mostrando el nexo indisociable de los contrarios, su
condicionamiento recíproco y sobre todo el mutuo e inevitable
intercambio del uno en el otro. Esta trasmutación recíproca, que Heráclito
oponía, como necesaria y continua, a la separación de los contrarios
presentada por Hesíodo, Anaximandro y los pitagóricos, implicaba en sí
la exigencia de una incontenible inestabilidad de las cosas y de un
incesante flujo universal. El Jtdvra QÜ era una condición imprescindible
y un elemento constitutivo de la misma doctrina de los opuestos en
Heráclito. Pero precisamente por eso podía acom- pañarse con la teoría
de la naturalidad del lenguaje y de la justeza (égdóríis) de las palabras y
con el uso de las etimologías para el descubrimiento de la esencia de las
cosas, en cuanto los nombren, según Heráclito, o expresaban juntamente
los dos opuestos (como píos que significa vida y muerte al mismo tiempo:
B48), o bien debían aplicarse juntamente en sus formas opuestas a la
misnin mi< Iidad (avoSog-xáéoSog: B60), o bien, si expresaban sólo uno
<lc ION términos opuestos incluidos en la misma realidad, aparecían al
mismo tiempo convenientes y no convenientes a dicha realidad:
convenientes por pertenecerle efectivamente, no convenientes por
inadecuados para expresar por sí solos su dualidad (como el £?)VÓ£
Í¡VO|ÍH de B32). A la realidad suprema y total (0eóg) convienen, pues
todos los pares de nombres contrarios (tdvavría jtávta), como al fuego,
que toma todos los nombres más diversos según el incienso que se
quema en él (B67). La justeza de los nombres está dada, pues, por la
coincidentia opposüorum, o en una única y misma palabra de doble
significado contrario, o en la convergencia de palabras de opuesto
significado para expresar una sola y misma realidad. Tul corno he
señalado en otras partes ("II problema di Cratilo e l'intcrprr- tazione di
Eraclito", en Riv, Crít. di St. della Filos., 1954; y en nota anterior sobre
"La teoría de la justeza natur. del lenguaje", cap. V, n. 1) para Heráclito,
como modernamente para Hegel (Prefacio a 1¡I Ciencia de la Lógica) era
objeto de satisfacción encontrar la unión de los contrarios contenida en
una sola palabra de significados opuesos, o bien en la confluencia de
nombres opuestos a significar adecuadamente una sola y misma
realidad. En este sentido, la Ópdótris de los nombres, presupuesto del
estudio de la etimología, podía asociarse con la teoría del flujo, en cuanto
ambas confluían en la doctrina de la coincidentia oppositorum.