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Roland Barthes Mitologías

[En Roland Barthes, Mitologías, México, Siglo Veintiuno Editores, 1999 (1957). Traducción
de Héctor Schmucler.]

DOM INIO O EL TRIUNFO DE LA LITERATURA

Todo el proceso Dominici se ha representado sobre una idea de la psicología


que, por azar, es justamente la de la literatura bien pensante. Ya que las pruebas
materiales eran inciertas o contradictorias se ha recurrido a pruebas mentales; y
¿dónde obtenerlas si no en la propia mentalidad de los acusadores? Se ha
reconstruido con ligereza, pero sin la sombra de una duda, los móviles y el
encadenamiento de los actos; se ha procedido como esos arqueólogos que van a
juntar piedras por los cuatro rincones del campo de exploración y con sus
modernísimos cementos reconstruyen un delicado monumento de Sesostris, o que
reconstituyen hasta una religión muerta hace dos mil años, bebiendo en las viejas
profundidades de 'la sabiduría universal que, en realidad, no es más que su propia
sabiduría, elaborada en las escuelas de la Tercera República.
Ocurre lo mismo con la "psicología" del viejo Dominici. ¿Es realmente la suya?
Nada se sabe de ella. Pero se puede estar seguro de que, sin duda, es la psicología del
presidente de la corte o del fiscal. Estas dos mentalidades, la del viejo rural alpino y
la del personal de justicia, ¿tienen la misma mecánica? Nada es menos seguro. Sin
embargo, el viejo Dominici fue condenado en nombre de una psicología "universal".
Descendida del empíreo encantador de las novelas burguesas y de la psicología
esencialista, la literatura acaba de condenar al cadalso a un hombre. Escuchemos al
fiscal: "Sir Jack Drummond, ya lo he dicho, tenía miedo. Pero sabe que la mejor
manera de defenderse es atacar una vez más. Se precipita, pues, sobre este hombre
huraño y toma al anciano por la garganta. No cambia una sola palabra. Pero para
Gastón Dominici, el simple hecho de que se lo pretenda poner de espaldas sobre el
suelo, es impensable. Físicamente, no pudo soportar esa fuerza que de repente se le
oponía." Es plausible como el templo de Sesostris, como la Literatura de Genevoix.

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Fundar la arqueología o la novela sobre un "¿Por qué no?" solamente, no hace mal a
nadie. Pero ¿y la justicia? Periódicamente algún proceso, y no forzosamente ficticio
como el de El extranjero, nos recuerda que está siempre dispuesta a prestarnos un
cerebro de repuesto para condenarnos sin remordimiento y que, corneliana, nos
pinta tal como deberíamos ser y no tal como somos.
Esta transferencia de justicia al mundo del acusado resulta posible gracias a un
mito intermediario, muy usado tanto en los tribunales como en los jurados literarios:
la transparencia y la universalidad del lenguaje. El presidente de la corte, que lee Le
Fígaro, aparentemente no tiene ningún escrúpulo en dialogar con el viejo pastor de
cabras "iletrado". ¿Acaso no tienen en común una misma lengua y esa lengua no es el
francés, la más clara de las existentes? ¡Maravillosa confianza de la educación clásica,
donde los pastores conversan despreocupadamente con los jueces! Pero aquí, detrás
de la moral prestigiosa (y grotesca) de las versiones latinas y de las disertaciones
francesas, está en juego la cabeza de un hombre.
Sin embargo, la disparidad de los lenguajes, su clausura impenetrable, fueron
subrayadas por algunos periodistas y Giono dio numerosos ejemplos de disparidad
en los informes presentados en la audiencia. En ellos podemos verificar que en este
caso no hace falta imaginar barreras misteriosas, malentendidos a lo Kafka. No; la
sintaxis, el vocabulario, la mayoría de los materiales elementales, analíticos, del
lenguaje, se buscan ciegamente sin unirse. Pero a nadie le preocupa: ("¿Ha dado
algún paseo hasta el puente usted? —¿Paseo? No hay ningún paseo en el puente, lo
sé, yo estuve allí.")* Naturalmente todo el mundo finge creer que el lenguaje oficial es
el que expresa el sentido común y el de Dominici no es más que una variedad
etnológica, pintoresco por su indigencia. Sin embargo, ese lenguaje presidencial es
también particular, cargado de clisés irreales, lenguaje de redacción escolar, no de
psicología concreta (salvo el hecho de que la mayoría de los hombres sea obligado,
desgraciadamente, a poseer la psicología del lenguaje que se le enseña). Son
simplemente dos particularidades que se enfrentan. Pero una tiene los honores, la fe,
la fuerza, de su parte.
Y ese lenguaje "universal" reafirma puntualmente la psicología de los amos;
psicología que le permite tomar siempre al otro como objeto, describir y condenar al
mismo tiempo. Psicología adjetiva, sólo sabe otorgar atributos a sus víctimas; del acto
ignora todo fuera de la categoría culpable, en la que forzadamente lo incluye. Estas
categorías son las de la comedia clásica o de un tratado de grafología: jactancioso,
colérico, egoísta, artero, impúdico, duro. A sus ojos, el hombre sólo existe por los
"caracteres" que lo señalan a la sociedad como objeto de una asimilación más o
menos fácil, como sujeto de una sumisión más o menos respetuosa. Utilitaria,
poniendo entre paréntesis cualquier estado de conciencia, esta psicología pretende,
sin embargo, fundar el acto en una interioridad previa, postula "el alma"; juzga al
hombre como "conciencia", sin perturbarse por el hecho de que antes lo hubiera
descrito como un objeto.
Ahora bien, esa psicología, en nombre de la cual hoy le pueden cortar a usted
tranquilamente la cabeza, proviene directamente de nuestra literatura tradicional, la
que en estilo burgués se llama literatura de documento humano. En nombre del
documento humano fue condenado el viejo Dominici. Justicia y literatura se han

* El juego de palabras es intraducible. "Alié", "ido", se pronuncia igual a "allée", "alameda".


Literalmente: "¿Ha ido usted al puente? —¿Alameda? Allí no hay alameda, lo sé, estuve allí." [t.]

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aliado, intercambiaron sus viejas técnicas, develaron su profunda identidad y se


comprometieron, sin pudor alguno, la una por la otra. Detrás de los jueces, en sus
sillones cumies, los escritores (Giono, Salacrou). En el estrado de la acusación, ¿un
magistrado? No, un "cuentista extraordinario", dotado de un "espíritu indiscutible" y
de una "verba brillantísima" (según la aprobación tajante que Le Monde acordara al
fiscal). La propia policía utiliza sutilezas de escritura (un comisario de división:
"Jamás he visto mentiroso más comediante, jugador más desconfiado, cuentista más
ameno, mañoso más taimado, septuagenario más gallardo, déspota más seguro de sí,
calculador más retorcido, disimulador más artero... Gastón Dominici es un
asombroso Frégoli de almas humanas, y de pensamientos animales... No tiene varios
rostros, el falso patriarca de la Gran Tierra, ¡tiene cien!"). Las antítesis, las metáforas,
las exclamaciones, toda la retórica clásica acusa aquí al viejo pastor. La justicia
adoptaba la máscara de la literatura realista, del cuento rural, mientras la propia
literatura iba a la sala de audiencias en busca de nuevos documentos Ahúmanos", a
recoger inocentemente ante el rostro del acusado y de los sospechosos, el reflejo de
una psicología que, a través de la justicia, ella le había impuesto previamente.
Sólo que, frente a la literatura satisfecha (montada siempre como literatura de lo
"real" y de lo "humano"), existe una literatura del desgarramiento: el proceso
Dominici ha sido también esta literatura. Hubo solamente escritores hambrientos de
realidad y cuentistas sorprendentes cuya verba "brillantísima" arranca la cabeza de
un hombre; sea cual fuere el grado de culpabilidad del acusado, hubo también el
espectáculo de un terror que nos amenaza a todos: ser juzgados por un poder que
sólo quiere entender el lenguaje que él mismo nos presta. Todos somos Dominici en
potencia, no criminales, sino acusados privados de lenguaje o, peor, ridiculizados,
humillados, condenados por el de nuestros acusadores. Robar a un hombre su
lenguaje en nombre del propio lenguaje: todos los crímenes legales comienzan así.