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Linda Crister<paminableue@gmail.

com>
HISTORIA

UNIVERSAL
PUBLICADA

por una sociedad de profesores y eruditos


BAJO LA DIRECCIÓN DE

V. DURUY
___________________________

HISTORIA
DE LA

LITERATURA FRANCESA
OBRAS DEL MISMO AUTOR
DE VENTA EN LA MISMA LIBRERÍA

TEXTO CLÁSICOS DE LA LITERATURA FRANCESA, extractos de los grandes


escritores franceses, con notas biográficas y bibliográficas, apreciaciones literarias y
notas explicativas; colección usada como un complemento a la historia de la literatura
francesa, y compuesta de acuerdo con los programas oficiales de 1866 para la
educación secundaria especial. 2 volúmenes en 12, en
rústica................................................................................................................. 4 50
1. Edad Media, Renacimiento, siglo XVII ............................................. 2 "
2. Los siglos XVIII y XIX …………………………………………………..........….. 1 50

LA CRÍTICA Y LOS CRÍTICOS EN FRANCIA EN EL SIGLO XIX.


1 volumen en - 12, broché ................................................................................... 1 "

LA FARSALIA DE LUCANO, traducida al francés en verso. 1 volumen grande in 8,


broché ................................................................................................................. 7 50

DE LA EDUCACIÓN SECUNDARIA EN INGLATERRA Y EN ESCOCIA; reporte


dirigido al ministro de instrucción pública (con la colaboración de M.H. Montucci,
docteur es sciences mathématiques). 1 gran volumen in-8 de 664 páginas, broché
............................................................................................................................. 12

DE LA EDUCACIÓN SUPERIOR EN INGLATERRA Y EN ESCOCIA; reporte dirigido al


ministro de instrucción pública (con la colaboración de M.H. Montucci). 1 gran
volumen in-8, broché
……………............................................................................................................... 12

______________________________________________

Typographie Lahure, rue de Fleurus, 9, París.


HISTORIA

DE LA

LITERATURA FRANCESA
DESDE SUS ORIGENES HASTA NUESTROS DÍAS

POR

J. DEMOGEOT
Docteur és lettres, Agrégé à la Faculté des lettres de Paris
Ancien professeur de rhétorique au lycée Saint-Louis

_________

DUODÉCIMA EDICIÓN
_________

PARÍS
LIBRAIRIE HACHETTE ET Cie
BOULEVARD SAINT-GERMAIN, 79
____
1871
PARA

MONSIEUR P. PLOUGOULM

CONSEILLER A LA COUR DE CASSATION.

Estimado señor,

¿Magistrado eminente, traductor elocuente de Demóstenes, quisiera usted aceptar el


homenaje de un libro más bien elemental? No me he atrevido a ofrecérselo en su
principio; pero ya que el público lo tolera, ya que ha tenido cinco ediciones, póngale el
broche de oro a su buena fortuna al permitirme escribir su nombre. Dedico mis libros
solo a mis amigos, permítame creer que a pesar de la brillantez del nombre que evoca
en el patronato, esta dedicatoria no es una excepción.

París, 12 de agosto de 1861.

J. DEMOGEOT.
PRÓLOGO.

En primer lugar debemos pedir perdón por nuestro título, hubiéramos


querido algo más modesto. Cuando tantos escritores que son mejores que
nosotros se contentan con publicar ensayos críticos o estudios literarios, no
nos sentaría bien pretender escribir una Historia de la Literatura, y esto en
un solo volumen. El cronista Froissart se hacía llamar historiador por
ingenuidad, por ignorancia de las obligaciones que impone la historia; pero
Froissart era al menos un narrador encantador, un excelente pintor de
escudos de armas, como su padre. Estamos muy lejos de siquiera alegar una
excusa tal, también hemos sufrido en lugar de haber elegido la designación
de este libro. El deseo de ponernos a la sombra de una colaboración
honorable, y de entrar como parte integrante de una gran colección de
historias, nos ha obligado a aceptar el título de historiador. Al ser admitido
en tan buena sociedad, nos resignamos a la necesidad del traje.
El resto de nuestro plan es sencillo y sin pretensiones. Guiados por nuestros
maestros, los Villemain, los Ampère, los D. Nisard, Ph. Chasles, de los cuales
algunos desaprobarían tal vez (eso nos tememos) aquel que se proclama aquí
su discípulo, tratamos de reunir los resultados de nuestras investigaciones
personales con el recuerdo de sus sabias lecciones. Aún podríamos invocar
el patronato de varios escritores distinguidos de los cuales solo conocemos
las obras pero cuyas obras fueron para nosotros guías valiosas. Que nos sea
permitido nombrar solamente a M. Henri Martin. Su bella Historia de
Francia no necesita de nuestros elogios; pero tal vez no se sabe lo
suficientemente que los capítulos dedicados a la historia de las letras son
tratados con igual ciencia y elevación de espíritu que la historia política, y eso
para nosotros es una alabanza completa.
Casi todas las épocas de nuestra literatura habían sido aclaradas por
separado por estos autores hábiles; lo único que hicimos fue complacernos al
andar sobre los amplios caminos que ellos construyeron. También fue fácil
recorrer en todo su amplio los anales literarios de Francia. Incluso de vez en
cuando echamos una mirada furtiva más allá de la frontera, y hemos venido
aquí a relatar nuestras impresiones del viaje.
¿Por qué no decirlo? Nos gustaría que el público encontrase tanto placer al
leerlas como nosotros lo tuvimos al redactarlas. La magnitud y la variedad
del tema, la abundancia de materiales, el número y la originalidad de las
fisionomías que continuamente pasaban bajo nuestros ojos, hicieron de estos
estudios un largo trabajo sin duda, pero lleno de encanto. No eran sólo los
escritores, artistas del lenguaje más o menos hábiles lo que estábamos
buscando en esta larga revisión literaria; era la élite de los espíritus de cada
época, los representantes intelectuales de la nación. Cualquier pensamiento
que vivió una época, cualquier idea que sirvió de testigo a una generación,
fue necesariamente reproducida por nosotros en su forma privilegiada.
Tenemos por lo tanto ante nosotros toda la vida moral de Francia en sus
diferentes edades.
Francia misma se nos presentó como el centro común, como el corazón de
Europa. No hay ningún movimiento de este gran cuerpo que no provenga de
nuestra patria y que no regrese a ella. En la Edad Media es ella la que provee
a todos el impulso y proyecta hacia afuera sus fecundos pensamientos. Las
naciones vecinas los recogen ávidamente y algunas hacen de estos sus obras
maestras. Poco después comienza un retorno no menos admirable: Francia
absorbe y transforma la Italia del siglo XVI, la España del siglo XVII, la
Inglaterra del siglo XVIII, y hoy en día, a Alemania. Parece que para ser
europeo, cualquier pensamiento local debe primero pasar por el filtro de
Francia.
Visto así, la historia de la literatura francesa fue entonces la historia misma
del hombre a gran escala, un estudio de la psicología del género humano.
Hemos seguido con emoción religiosa la gran biografía de la persona
inmortal que, como dice Pascal, aún vive y aprende constantemente. Cada
época literaria era uno de los momentos de su pensamiento; cada obra, uno
de los puntos de vista de su espíritu o los latidos de su corazón.
Lo confesamos, paramos con complacencia en la edad media y hasta en los
tiempos de confusión que la prepararon. Sea por simple curiosidad por las
edades poco conocidos, sea por retrospección instintiva sobre la época en
que vivimos, nos encantaba ver cómo las sociedades comienzan de nuevo.
De entre la confusión más espantosa, donde se chocan en desorden los restos
de una civilización destruida, las costumbres salvajes de las hordas
germánicas, las enseñanzas de una nueva religión, veíamos salir un orden
inesperado, una organización poderosa y hermosa, el feudalismo, coronado
con la caballería, su ideal. Hemos estudiado ampliamente nuestros viejos
cantares de gesta, esas rudas epopeyas de los siglos XII y XIII, espejos
poéticos de una época gloriosa. Luego vimos la iglesia, con sus obras
austeras, su escolástica, su teología, sus crónicas latinas, creciendo al lado
del castillo, envolviéndolo con su poderoso abrazo, y colocando en frente el
derecho a la fuerza, la inteligencia por encima de la espada 1.
En los siglos XIV y XV, otro espectáculo se muestra no menos sorprendente:
la ciencia se emancipa de una tutela que fue benéfica por mucho tiempo; la
Iglesia ya no es el único poder moral, el espíritu humano comienza a
liberarse.
Pronto se ve revitalizado por la herencia de la antigüedad, la tradición
grecolatina vuelve a aparecer en todo su esplendor. El siglo XVI es la
confluencia en la que las dos corrientes de la civilización, el cristianismo y la
antigüedad, se encuentran.
Fue en tiempos de Luis XIV que estas forman en Francia este gran y
majestuoso río de donde toda Europa se abastecía.
Después de él llega la nueva ruina, todos los cimientos de la sociedad se
tambalean, todas las autoridades colapsan. Como en la caída del Imperio
Romano, una terrible invasión tiene lugar: la de las ideas, el siglo XVIII fue
una época de revocamiento.
Una gran misión parece reservada a nuestro siglo, la de reconstruir el edificio
sobre nuevas bases. No se trata de volver a levantar pura y llanamente lo que
el tiempo destruyó. La tentativa gigantesca pero efímera de Carlomagno está
ahí para enseñarnos que la historia no se repite. Lo que el genio de un gran
hombre no había podido hacer, la fuerza vital de las naciones, la savia
natural de la mente humana lo logró: la edad media encontró su propia
forma. Sin duda alguna, nuestro siglo también encontrará la suya. Ya, sin
renunciar a la libertad, una conquista de la generación anterior, rechazamos
sus negaciones estériles. La religión, que nuestros antepasados habían
convertido en una fuerte institución política apoyada en la ley del país,
recuperó su verdadero poder desde que esta no desea más armas que la libre
adhesión de sus fieles, otro privilegio para lograr la felicidad de los hombres.
El estado, el arte, la ciencia, la filosofía se acercan y se agrupan alrededor del
principio salvador que emerge lentamente de en medio de nuestros
sufrimientos, nuestros desgarramientos y nuestras miserias; este principio es
la fe en la verdad libremente discutida y libremente aceptada, la obediencia a
la razón impersonal, soberana invisible y absoluta del mundo.

1
A medida que buscábamos en la literatura algo más serio que la disposición de las palabras, no
pudimos dejar de incluir en nuestros estudios todo lo que fue escrito en Francia en otro idioma
distinto la lengua de oïl. No se destruyen los hechos al ignorarlos. Los cantos de los trovadores
no nos son extraños; el inmenso movimiento intelectual de la sociedad clerical es una de las
glorias de Francia. Hablar sobre letras en la Edad Media sin decir una palabra sobre la Iglesia y
sus trabajos, es describir el amanecer haciendo caso omiso de la luz.
Estas son las ideas que hemos tratado de desarrollar en este libro, y que
respetuosamente sometemos al escrutinio público.
20 de agosto 1851.

_______

Varias ediciones de esta obra han sucedido desde el momento en que


escribimos estas líneas, hay que añadir a nuestro prefacio un agradecimiento
al público benevolente, que ha tenido en cuenta con tanta indulgencia
nuestra buena voluntad y nuestro esfuerzo. Nos beneficiamos año tras año
de las observaciones que nos fueron hechas, y modificamos nuestra obra en
la medida de lo posible. Continuaremos, si Dios así lo quiere, para cumplir
con este deber: mejorar es el único consuelo de envejecer.
Una de las mejoras a la que atribuimos la mayor importancia consiste en la
adición de dos volúmenes de TEXTOS CLÁSICOS, que hemos publicado
recientemente como un complemento a la presente historia. Creímos que un
medio de hacer más útiles nuestras apreciaciones literarias es agregar una
selección de nuestros mejores escritores, que los justifica o los reencausa. La
historia de una literatura, bajo su forma narrativa, es sólo la opinión de un
crítico; los textos de los autores son la literatura per se.
Entre las críticas que se nos hicieron en la época en que esta Historia
apareció por primera vez, era una que parecía grave y a la cual, sin embargo,
no pudimos responder. Se nos ha reprochado el extendernos de manera
complaciente en las épocas oscuras de nuestra historia literaria, en la edad
media, por ejemplo, y no dar al siglo XVII un desarrollo proporcional a su
importancia. Pero ahora, en una revista erudita, que llamaremos
cortésmente la erudición ciencia, un crítico igualmente erudito, un copista de
poemas carolingios, obrero laborioso al servicio del "gigantesco proyecto de
M. Fourtoul 2", nos acusa, a nosotros y a todos nuestros colegas, de haber
roto la proporción de nuestras historias en perjuicio de la Edad Media.
Según él habría que insistir aún más en los cantares de gesta, analizar

2
Sabemos que este ministro tenía la intención de ser enterrado en una vasta colección
de todo lo que se rimaba en la edad media. Se ha restringido tímidamente su plan: solo
publicaremos el ciclo carolingio, ¡sólo cuatro o cinco mil versos!
concienzudamente a Gui de Borgoña, Otinel, Floovant et tutti quanti. ¡Ah,
monsieur Josse, es usted un terrible orfebre!
De ninguna manera nos sorprendería que un partidario del renacimiento,
como lo somos nosotros mismos, nos acusase de habernos apresurado tanto
en esta época hermosa y fructuosa, dotada de originalidad tan poderosa, tan
creativa. De ello hablamos en la Sorbona durante un año, y el año nos
pareció demasiado breve.
Igualmente encontraríamos muy natural que un admirador de este siglo
XVIII, tan innovador, tan audaz, tan prodigiosamente espiritual, nos
encontrase deplorablemente cortos en cuanto a esta brillante pléyade de
hombres y mujeres autores cuyas obras, cuyas memorias, cuya misiva más
insignificante es a veces obras maestras.
Y nuestra revisión del siglo XIX, ¿qué autor contemporáneo la encontrará
suficientemente desarrollada?
¿Qué podemos concluir de todos estos reproches? Que a fuerza de alterar el
equilibrio en todos los puntos, bien podríamos haber establecido en casi
todas partes; que no hay una sola época de la cual no hayamos dicho todo lo
que se puede y todo lo que se debe decir; en otras palabras, que nuestro
trabajo tiene un solo volumen. En verdad, lo sospechábamos.
¿Qué remedio hay para este mal? El único que conozco es el de seguir el
ejemplo de los ingenieros geógrafos. Si creen insuficiente el mapa general de
un país después de haberlo dibujado, hacen en seguida mapas particulares,
que dan a cada detalle la importancia que le corresponde. Para hacer esto
mismo quisiera tener el tiempo y la fuerza por al menos un lapso. Elegí el
siglo XVII, el siglo de las obras maestras, como objeto de un estudio
desarrollado Un volumen de este nuevo libro ya se publicó 3: otros seguirán,
espero, si Dios me da la vida y la universidad el tiempo.
Mientras tanto, en nuestros TEXTOS CLÁSICOS, hemos atendido a las justas
predilecciones de los admiradores del siglo XVII, dedicando cerca de
quinientas páginas a pasajes de autores de esta época.
Nunca es demasiado tarde para reparar una omisión cuando esta omisión es
una injusticia. Se puede anotar que la tabla analítica de este libro fue hecha
con extremo cuidado y una rara inteligencia por las cosas bibliográficas.
Debo esta tabla a la amistad de un magistrado distinguido, M. H. Vinson 4,

3
Tableau de la Littérature française au dix-septième siècle avant Corneille et
Descartes, 4 vol. in-8. L. Hachette y Cie.
4
M. Vinson publicó en Pondicherry el curioso catálogo de su biblioteca (Notice
sommaire des livres d'une petite bibliothèque, in-4, 192 p.; 150 ejemplares). Él tiene
en su posesión un libro que tendrá su lugar junto al de L. Ratisbonne, el Infierno de
quien supo combinar el trabajo de su profesión con una pasión por la
bibliografía y las letras. Cuando por primera vez que publiqué este libro, no
creí que el público diese tal importancia como para que me fuese permitido
nombrar a mi modesto colaborador: el éxito me anima a ser agradecido.
Aún tuve, para mi quinta edición y por lo tanto para las siguientes, otro
auxiliar que me complazco en nombrar. Mi colega y amigo, E. Geruzez, de
buen grado me señaló un buen número de inexactitudes que se habían
infiltrado en mis ediciones anteriores. Sabemos que el M. Geruzez publicó
poco después de mí (1851), un libro sobre el mismo tema y con el mismo
título que el mío, obra coronada por la Academia Francesa, y que se merecía
en todos los aspectos, tal distinción 5. Es con un cierto orgullo que aquí
reconozco este tipo de competencia, honesta y leal de ambos lados, incluso
más generosa de su lado, la cual permitió fortalecer los lazos de nuestra
amistad gracias a una estima mutua. Vixeruntque mira concordia, per
mutuam caritatem, et invicem se anteponendo 6.

París, 29 de marzo de 1867.

Dante, traducido en terzines, es decir, en versos entrelazados de acuerdo con el sistema


del poeta italiano. Este trabajo, cuyo manuscrito hemos visto, es un calco de
impresionante de precisión.
5
Desde entonces, M. Geruzez publicó en dos volúmenes una segunda edición de su
Historia considerablemente aumentada y coronada una segunda vez por la Academia
francesa.
6
Es con una emoción dolorosa que reimprimo estas líneas que ya no leerá más.
HISTORIA
DE LA

LITERATURA FRANCESA

PRIMER PERIODO.

LOS ORÍGENES.
_______

CAPÍTULO PRIMERO.
LOS CELTAS Y LOS ÍBEROS.

Perseverancia del carácter celta. — Influencia de los idiomas celtas en la


lengua francesa. — Restos de la poesía gala. — Los íberos. — Su lenguaje y
su poesía.
Perseverancia del carácter celta.
Entre la sociedad antigua que muere con el Imperio Romano y el mundo
moderno, que se constituye en la edad media, hay seis siglos de laboriosa
preparación, durante los cuales todas las fuerzas vivas que deben producir
una nueva civilización se agitan desordenadamente y como en un vasto caos.
Esta época, aparentemente estéril, contiene las semillas fértiles del futuro.
Debemos entonces reconocer y aprovechar en su manifestación literaria
estas influencias diversas, cuya combinación nos ha convertido en lo que
somos. Las principales son las tradiciones de Grecia y Roma, las enseñanzas
del cristianismo y las costumbres traídas por la invasión germánica. Pero
bajo estas corrientes extranjeras, que pronto se unirán en un gran río, está el
suelo mismo que se abre para recibirlas, me refiero a la raza primitiva,
anterior a la doble conquista romana y germánica, a la doble civilización
helénica y cristiana y cuyo carácter perdura en tantos cambios diversos.
Hablaremos primero de esta.
Con razón dice Heeren, "para comprender bien la historia de la nación
francesa es esencial considerarla como proveniente de la raza celta. Sólo así
podemos explicar su carácter tan diferente al de los alemanes, carácter que, a
pesar de las diversas mezclas a la cuales la población celta estuvo sometida,
se mantuvo como tal entre los franceses, y que encontramos retratada en
César."
Los celtas aparecen en la historia como un pueblo audaz, emprendedor, cuyo
genio es sólo movimiento y conquista. Se encuentran en todas partes del
mundo, en Roma, Delfos, Egipto, Asia, siempre corriendo, siempre
saqueando, siempre ávidos de botines y peligro. Son grandes cuerpos
blancos y rubios que se engalanan con gusto con gruesas cadenas de oro, con
tejidos brillantes de rayas, como el tartán de los escoceses, sus
descendientes. En todo aman el brillo y la bravuconada; lanzan sus flechas
contra el cielo cuando truena, caminan contra el océano desbordado
empuñando su espada, venden sus vidas por un poco de vino, que
distribuyen a sus amigos, y prestan su garganta al vendedor, siempre y
cuando un círculo amplio los vea morir. Raza simpática y sociable, se unen
en grandes hordas y acampan en amplias llanuras. Una cosa que les gusta
casi tanto como la buena batalla es conversar finamente. Tienen una lengua
rápida, concisa en sus formas, prolija en su abundancia, llena de hipérboles y
temeridades 7. Además, ellos saben escuchar según la ocasión: ávidos de
cuentos e historias, cuando no pueden ir a buscarlas ellos mismos por el
mundo, detienen a los viajeros a lo largo del camino, y los obligan a que les
relaten las noticias. Valentía, simpatía, jactancia, brillantez, curiosidad,
estas son las principales características con las cuales los autores antiguos
nos retratan a los galos, nuestros antepasados.
Si se tratase de un estudio de etnografía o de lingüística, habría que, para ser
exactos, subdividir, como lo hace M. Am. Thierry, la raza gala en dos
familias, hablando dos idiomas análogos pero distintos: una, la de los
gaélicos, más antiguamente establecida en el suelo de la Galia, predominante
en las provincias del este y del centro y que se extiende de Irlanda y la Alta
Escocia; la otra, la de Cymries, que hace parte de una migración más reciente
y expandida especialmente al oeste de la Galia y al sur de la isla de
Inglaterra 8. Debemos ignorar aquí esta subdivisión, que no es tan radical.
7
Diodoro de Sicile, liv. IV.

8
Un profesor que Alemania acaba de perder, J. C. Zeuss, publicó en latín la gramática
más completa de los diversos idiomas celtas: Grammatica Celtica. Lipsiæ, 1853. Ya
teníamos desde 1838 la Grammaire celto-bretonne de Le Gonidec, y desde 1831 su
Dictionnaire celto-breton reimpreso en 1848. — En Inglaterra, Shaw, Edward Davies,
Armstrong y la Highland Society of Scotland, publicaron importantes trabajos sobre
los idiomas de los pueblos celtas.
Ambas poblaciones y lenguas pertenecen a la misma cepa, a la cepa celta; y
lo poco que podemos decir de ellas remite indistintamente a las dos ramas.

Influencia de los idiomas celtas en la lengua francesa.


Los idiomas celtas, por su origen, están relacionados a la gran familia
indoeuropea, que incluye el sánscrito, zend, griego, latín, los idiomas
germánicos y eslavos. Por sus condiciones esenciales se relacionan con ella,
son parientes en cierto modo lejanos, pero no dejan de ser parientes 9.
Se suele creer que la invasión romana transformó completamente a la Galia:
lo cierto es que las clases altas de la población adoptaron con entusiasmo las
costumbres y el lenguaje de los conquistadores. Allí, más que en Gran
Bretaña, las letras fueron un instrumento de conquista. Sin embargo, bajo
esta superficie uniforme y brillante dormitaba el genio antiguo de la Galia.
La antigua lengua de los antepasados, casi exiliada en las grandes ciudades,
se mantenía viva y venerada en las aldeas, en los campos, en el borde de los
bosques druídicos. La erudición les siguió religiosamente las huellas época
tras época en el texto de los escritores latinos 10. En el siglo VI, el poeta
Fortunat da aún testimonio de su existencia y sus inspiraciones líricas 11. En
esta época, el celta retrocede ante los conquistadores germanos; se repliega
poco a poco y como gruñendo hasta la Armórica, su último e inexpugnable
asilo. Fue allí que, aún hoy en día, después de tantos siglos, tantas
invasiones, tantos tumultos, el idioma celta aún subsiste tal como se hablaba
en el siglo VI de nuestra era 12. En medio de los cambios universales de
Europa, Bretaña parece permanecer inmóvil; y, como sus misteriosos
dólmenes, se eleva en un rincón de Francia como la sombra de nuestro
pasado, como custodio de las viejas costumbres y antiguos recuerdos 13.

9
J. J. Ampère, Histoire de la littérature française, t. I, p. 33. — Las eruditas
Recherches sur les langues celtiques de M. F. Edwards, han puesto total claridad a este
parentesco. M. A. Pictel ha hecho de éste el tema de una obra especial: De l'affinitè des
langues celtiques avec le sanscrit. París, 1837.
10
Larue, Essai historique sur les bardes, discurso preliminar.
11
Venantius Fortunatus, Iib. VII, p. 270.
12
Véase en les Chants populaires de la Bretagne, recogidos por el M. Villemarqué, una
sátira de Taliesin, bardo galés del siglo VI, acompasada con la versión en bretón
moderno que el mismo editor pone en paralelo. De ello se desprenden los curiosos
trabajos de M. F. Edwards, el bretón moderno sufrió pérdidas en lugar de cambios.
13
Un hecho reciente acaba de demostrar que a pesar de la separación secular de los
bretones y de los galos, el idioma que hablan no ha experimentado cambios
fundamentales. A finales de diciembre de 1859, un barco Inglés naufragó en la
península de Quiberon. La tripulación fue rescatada y llevada a Sarzeau cerca de
Vannes. Ninguno de los sobrevivientes sabía francés; pero entre ellos se encontraba un
No contenta con perpetuarse en una de nuestras provincias, la lengua celta
ha dejado numerosas huellas en el resto de Francia. Varias miles de palabras
francesas parecen no tener otro origen. M. F. Edwards recogió en su
lexicografía, un sinnúmero de términos franceses e ingleses derivados de
idiomas que hablaban los galos 14. Esta herencia no se limita a la parte
material de la lengua, a las palabras que designan los objetos; se extiende a
los procedimientos generales de elocución, al espíritu de la gramática, es
decir, a lo más íntimo e indeleble que hay en un pueblo. Se ha observado con
razón que la diferencia más característica que separa al francés del latín
consiste en el uso del artículo y en la supresión de las desinencias de la
declinación. Ahora bien, el uso del artículo pertenece a los idiomas celtas,
aunque la palabra con la cual hicimos nuestro artículo sea de origen latino
(ille, illa, etc.). En cuanto a las declinaciones, no existen ni en el dialecto
galo ni en el bretón, era natural que los pueblos que hablaban esos idiomas
siguiesen prescindiendo de ellas cuando comenzaron a aprender latín. Mas
una circunstancia mucho más llamativa es que uno de los dialectos galos, el
gaélico, que todavía se habla en Escocia e Irlanda, tenía un esbozo de
declinación en el que el nominativo y el genitivo singulares se invertían en el
plural, de manera que el nominativo de los dos era también el genitivo del
otro 15. Pues bien, esta inversión de las formas plurales, tan extraña en sí
misma, se encuentra específicamente en la famosa regla de l's constatada

galés. Él entendió el lenguaje de los bretones, les habló el suyo, y sirvió como intérprete
para sus compañeros.
14
Recherches sur les langues celtiques. La lexicografía abarca toda la segunda mitad
del volumen. Citaremos como ejemplos las primeras palabras que encontramos: fr.
havre; gal., bret. y gael. escos. aber. —Fr. amarre; bret. y gael. esc. amar. — Fr.
arsenal; gal, y bret. arsenai. — Fr. attiser; hr. atizer. — Fr. lec; gal. bek. — Fr. bac; br.
bak. — Fr. boucle; hr. buccl; gael. esc. bucal., irl. bucla. — Fr. botte; gal. bot. ; br. botez.
— Fr. charge, cargaison; br. karg. — Fr. parc; br. park. — Fr. toque; br. tôk. — Fr.
barre; br. barr. — Fr. rue; br. ru. — Fr. porche; br. porz. — Fr. bouc; br. bouch.

15
Por ejemplo, cuando el singular era:

Nominativo, bard (barde), Genitivo, baird.


El plural era :
Nom., baird, Gen , bard.
Singular:
Nom., colam (colombe), Gen., colaime.
Plural :
Nom., colaime, Gen., colam.
por Reynouard, que también rige en el comienzo de la Edad Media los dos
dialectos franceses de los cuales hablaremos más adelante 16.
Muchos otros procedimientos de expresión son comunes en la antigua y la
nueva Francia. Tanto la una como la otra siguen en la frase una marcha
analítica y prefieren la construcción directa. Ambas hacen el pasivo usando
el auxiliar être; ambas expresan la negación dos veces (ne pas, né két) y
separan los dos elementos con el verbo. Varias formas de la numeración
francesa tienen sin duda un origen celta. Los números septante y octante
eran latinos; soixante et dix y quatre-vingts son galos. A los bretones les
gusta la multiplicación por veinte: dicen dos veintes para cuarenta, tres
veintes para sesenta, etc. Dicen incluso, como nuestros ancestros, seis
veintes y quince veintes.
El espíritu celta se encuentra en muchas de nuestras expresiones
idiomáticas. El verbo faire seguido por un infinitivo, faire bâtir (hacer
construir), este giro tan esencialmente francés, pertenece al lenguaje de los
bretones. . Antes que nosotros decían: ir a ver, gustar hablar, saber cantar.
Construían como nosotros los pronombres personales regidos por un verbo:
él me ve; yo te amo.
Hasta en la pronunciación francesa se refleja nuestra descendencia. Todos
los sonidos simples del francés se encuentran en el bretón, y todos los del
bretón, a excepción de uno solo (la ch y la y) están también en nuestra
lengua: la u y la e muy abierta, la e muda, tan escasa en otros idiomas, la j
pura, desconocida en toda Europa, los dos sonidos líquidos de la l y n (como
en las palabras bataille y dignité), son comunes en la lengua francesa y en los
idiomas celtas. La t eufónica (viendra-t-il,), esta singularidad de nuestra
lengua, es, según Edwards, muy frecuente en gaélico. Incluso este erudito
pensó reconocer que la diferencia tan marcada entre la pronunciación del
Norte y la del sur de Francia tiene en cierta medida una diferencia parecida a
los idiomas primitivos de los galos. Por ejemplo, el idioma bretón, hablado
en ese entonces en las provincias del norte, usa con frecuencia la n nasal, que
no se encuentra en el dialecto gaélico de los galos del sur.

16
Esta regla consiste en el uso de l's final en el nominativo singular de los sustantivos
masculinos, y en los casos oblicuos del plural. Así se hacía el singular:
Nominativo, rois (roi), Genitivo y casos oblicuos, roi.
En el plural :
Nom., roi, Genitivo y casos oblicuos, rois.
Es cierto que podemos explicar la presencia o la ausencia de l's en estos casos por la
imitación de la lengua latina, que a menudo admite en el nominativo singular y en
algunos casos oblicuos del plural; mientras que la rechaza en los casos oblicuos del
singular y en el nominativo del plural: dominus, domino, y domini dominis.
Camilo Monsalve.
Prácticas II de traducción: Historia de la literatura francesa.
[…]
Ésta persistencia de la lengua nos resultará menos asombrosa si
consideramos que la raza céltica conservó con la misma tenacidad sus
costumbres, hábitos y hasta sus leyes. Un erudito jurisconsulto reveló que
en el derecho consuetudinario francés quedaban restos claros y numerosos
de la antigua legislación gala 1.
Debemos detenernos en la poesía de ésta primitiva población, pues es tan
meritoria de nuestra atención como su lengua.

Vestigios de la poesía de la Galia

Toda la cultura intelectual de la raza céltica era confiada a la clase


sacerdotal. En ésta, los dos principales rangos estaban constituidos por
druidas 2 y bardos. Los primeros, en particular, tenían por función servir
como ministros del culto, árbitros soberanos de la justicia, y custodios de la
autoridad moral y de las tradiciones científicas. Conformaban una poderosa
teocracia dominada por un jefe electo y se reunían cada año en una suerte
de concilio. Éste temible cuerpo se valía de severas pruebas para aumentar
sus filas e imponía un largo noviciado a sus discípulos. Los antiguos
miembros transmitían oralmente el compendio enciclopédico de las ciencias
a los nuevos miembros, los cuales necesitaban de poco más de veinte años
para dominarlo por completo 3. Los bardos, músicos y poetas, entonaban en
los sacrificios los himnos de los dioses, imbuían valor a los guerreros y
encomiaban sus hazañas en los banquetes públicos. Toda la antigüedad
clásica reconoce unánimemente su doble carácter moral y patriótico. Las
leyes de Moelmud atribuyen, con lujo de detalles, éstas mismas funciones a
los bardos. Para algunos sabios, éstas leyes se presentan como una

1 Laferrière, F. (1836). Histoire du droit civil de Rome et du droit français.


2 Derouyd se deriva de De o Di, Dios, y de rhoud o rhouid, el que habla, (al. reden). Así, Derouyd significaría
intérprete de dios o aquel que habla con dios. La palabra griega θεοςλογος sería la traducción literal.
3 Podemos leer al comienzo de Canciones populares de Bretaña una muestra de esta enseñanza druídica. Se trata

de un poema bastante lóbrego, en el que las diversas nociones de astronomía, historia y mitología céltica están
ligadas a la categoría de los primeros números. Aún algunos bretones la cantan sin comprender su sentido.
modificación posterior de las leyes preexistentes al establecimiento del
cristianismo, pero en realidad serían anteriores a las de Hoel le Bon,
legislador galo del siglo décimo. De acuerdo a éstas leyes, el deber de los
bardos es el de divulgar y conservar los conocimientos morales. Deben tener
en cuenta cada acción memorable, ya sea del individuo o de la tribu; todos
los eventos del tiempo, los fenómenos naturales, las guerras y las victorias.
Están a cargo de la educación de la juventud, gozan de ventajas especiales,
se les equipara con los agricultores y se les considera como uno de los tres
pilares de la nación 4.
Los bardos no tardaron en decaer. Posidonio, quien visitó la Galia un siglo
antes de la era cristiana, nos presenta ya a un bardo corriendo tras las
ruedas del carro de Luern, rey de los Arvernos, y agachándose con
reconocimiento para recoger una bolsa con oro fruto de sus alabanzas. Esta
misma decadencia se puede atestiguar en los más antiguos monumentos
poéticos de los bardos galos, cuya crítica moderna demuestra la autenticidad
sin dejar lugar a dudas 5. Vemos en éstos a los bardos asentados por doquier,
gracias al mecenazgo de los jefes militares. Estos les permitían sentarse a
sus mesas, vivir en sus palacios y acompañarlos a la guerra. Era una
verdadera domesticidad feudal 6.
Gran Bretaña era la sede principal del bardismo en los tiempos de Cesar.
Es aquí donde la juventud gala se iniciaría en los misterios de su culto. Ésta
región, menos expuesta a las invasiones extranjeras, ofrecía, sin duda, un
refugio más apacible para los sabios custodios de las tradiciones célticas. La
Bretaña armoricana se encontraba en condiciones casi tan favorables. Su
ubicación geográfica, sus bosques y el mar la preservaron del contacto con
los hábitos y con las ideas romanas. Además, en los siglos cuarto y quinto, la
región se vio alimentada por nuevos elementos druídicos. Algunas
migraciones de los bretones realizadas de forma sucesiva reavivaron en ésta
región el antiguo espíritu nacional: comenzando en el 383, debido a las
acciones del tirano Máximo y, posteriormente, en los siglos quinto y sexto,

4 La Villermarqué, Canciones populares de Bretaña, t. I, pp. 5. ─Myvyrian, The Myvyrian Archaiology of Wales, t.

III, pp. 291.


5 Sharon Turner, A vindication of the genuineness of the ancient British poems.
6 La Villemarqué, Introducción de Canciones populares de Bretaña.
cuando los sajones triunfantes expulsaron a un gran número de habitantes
de la isla. De esta forma, la raza céltica concentrada en la Armórica llegó a
ser más compacta y más fuerte. Las antiguas instituciones vieron un nuevo
florecer, los bardos recuperaron su esplendor. Taliesin, jefe de bardos,
profetas y druidas galos, se encontraba probablemente entre aquellos
emigrados que buscaban asilo en la Galia. Huarnon, exiliado al igual que
Taliesin, fue admitido como bardo doméstico en la casa del duque Judick-
Haël. Los bretones de Armórica recogieron, al igual que sus hermanos de
Gales, las obras de sus poetas más célebres. La mayor parte de estas se
preservaron solo por medio de la transmisión oral. Sin embargo, existe un
bardo cuyos cantos habían sido escritos y conservados plenamente hasta
fines del siglo pasado. Este bardo se llamaba Gwenc’hlan. de La
Villemarqué, lamentándose por la pérdida del preciado manuscrito, cree
poder al menos ofrecer uno de los poemas de éste bardo. Éste es un canto
popular que los campesinos bretones titulan Profecías de Gwenc’hlan. El
erudito crítico encuentra que el trasfondo de opiniones, hábitos,
sentimientos, ideas e imágenes que le constituyen ofrece todas las
características de la poesía de los bardos del siglo quinto y sexto, con un
tinte todavía mayor de paganismo y un odio marcado contra la Iglesia
cristiana. A continuación presentamos algunos fragmentos:

El bardo, viejo y privado de la vista por la brutalidad de un jefe


extranjero, se abandona, al comienzo, a su dolorosa ensoñación.
“Cuando el sol se pone, cuando la marea suspira, canto bajo el
umbral de mi puerta
Cuando era joven, cantaba; ahora viejo, sigo cantando
Canto a la noche, canto al día y estoy acongojado”

Al igual que los druidas animaban con sus himnos a los guerreros galos
compañeros de Vindex, como Taliesin y Merlín predijeron la derrota de la
raza sajona y el triunfo de los nativos, Gwenc’hlan, en una poética
imprecación que recuerda a las diræ preces de los bardos de la isla de
Mona 7, anuncia la derrota de los extranjeros. El agresor se le aparece bajo la
imagen de un jabalí, el jefe armoricano, bajo la de un caballo de mar. Él
presencia el fiero combate librado por aquellos y se deja llevar por la
embriaguez de la victoria y de la matanza.

“Veo al jabalí salir del bosque: cojea, está herido


Su hocico abierto de par en par repleto de sangre, su crin
blanqueada por la edad
Está rodeado por sus pequeños gruñendo de hambre
Veo al caballo de mar venir a su encuentro haciendo temblar de
pavor la ribera
Es blanco como la resplandeciente nieve; lleva en su frente
cuernos de plata
El agua hierve bajo él, debido al fuego formidable que sale de sus
ollares
¡Aguanta! ¡Aguanta! Caballo de mar; golpéalo en la frente, golpea
fuerte, golpea
Los pies desnudos resbalan sobre la sangre. Aún más, ¡golpéalo!
¡Más fuerte aún!
Veo que la sangre le llega hasta las rodillas, veo la sangre como
una charca
¡Más fuerte aún! ¡Golpéalo! ¡Golpéalo más fuerte! Mañana
descansarás”

Luego, cambiando la escena de golpe y asociando su venganza a los


animales de presa, le otorga a su poesía un carácter más enérgico y más
salvaje aún.

“Como me encontraba tranquilamente en mi fría tumba, escuche


el llamado del águila en medio de la noche
“Llamaba a sus aguiluchos y a todas las aves del cielo

7 N.T. Hoy conocida como isla de Anglesey.


“Y ella les decía al llamarlas: elévense rápido sobre sus dos alas
“Esta no es la carne podrida de perros y ovejas que necesitamos,
es la carne cristina 8
Viejo cuervo de mar, dime, ¿qué tienes ahí?
Tengo la cabeza del jefe de armas; quiero sus dos ojos rojos
Arranqué sus ojos, pues él arrancó los tuyos
Y tú, zorro, dime, ¿qué tienes ahí?
Tengo su corazón, el cual era tan falaz como el mío
Quien ha deseado tu muerte y quien te ha asesinado desde hace
tanto
Y tú, sapo, dime, que haces ahí en la comisura de su boca
Yo, estoy aquí esperando a su alma pasar. Permanecerá en mí
mientras yo viva, en castigo por el crimen que cometido
Contra el bardo que habitaba otrora entre Roch-Allaz y Port-
Gwenn”

Ésta última y aterradora idea se relaciona directamente con el dogma


druídico de la metamatosis. La originalidad poderosa, el colorido intenso de
esta poesía, el odio hacia los extranjeros cristianos parecen confirmarnos la
opinión que tiene de La Villemarqué y asigna a este fragmento la fecha más
remota.
Abandonemos por ahora la Armórica y a sus bardos. Dejémoslos
apaciguarse bajo la influencia de este cristianismo que abrazarán con tanta
tenacidad como al principio repudiaron tan enérgicamente. Escucharemos
nuevamente sus voces en la Edad Media, nos reencontraremos con sus
valientes caballeros en torno a la mesa redonda de Arturo y a la tumba
encantada de Merlín.

8Tal vez no hay que ver en esta expresión el odio contra la religión cristiana. Los campesinos, incluso los de
nuestros días, emplean la palabra cristiano como sinónimo de humano.
Los Íberos

Sobre el territorio de la Galia había otra población que, según muestran


los trabajos recientes, estaría definitivamente ligada a la raíz céltica, pero
que difería lo suficiente del resto de la raza, como para ser necesario su
mención en estas páginas.
Los íberos, de la que aún hoy sobreviven restos en la población vasca, es
probablemente la población más antigua de Europa. Parecen haber formado
la vanguardia de esta gran migración que, desde las regiones de las altas
latitudes de Asia, invadieron Occidente de palmo a palmo. No podríamos
decir por qué ruta vinieron, pero poblaron con sus tribus desde el centro de
la Galia hasta el Garona, quizás incluso hasta el Loira, una gran parte de
España, a la que le dieron su nombre, desde la costa noroeste de Italia hasta
el Arno, además de las tres grandes islas del Mediterráneo.
Sería difícil recrear, con la ayuda de algunas palabras sueltas de los
escritores griegos y romanos, la imagen de un pueblo destruido casi en su
totalidad. Sin embargo, a través de la penumbra de estos documentos
incompletos, los íberos se nos presentan como una raza activa, ingeniosa,
más dados a la defensa que al ataque y cuya civilización precoz e incompleta
era presa, la mayoría de las veces, de la violencia bárbara de sus más
jóvenes vecinos. Diseminados por una superficie inmensa, formaban más
bien una suerte de tribus que de nación. Nada de vínculo entre ellos, nada
de alianzas: permanecieron aislados por su orgullo y debilitados por el
aislamiento. Los de las montañas parecen haber fortalecido su energía en la
salvaje naturaleza que les rodeaba. Vecinos de los celtas, se distinguían de
aquellos por la sobriedad de su vida y la austera sencillez de sus
costumbres. Mientras que los galos amaban las vestimentas estridentes de
colores brillantes, los íberos llevaban ropas negras de gruesa lana con altas
botas de crin. Incluso las mujeres, como las españolas de hoy en día, se
ataviaban con velos negros.
Todo en ellos presentaba una población primitiva, que construyó por sí
misma sus propias ideas mediante la observación y nada recibió de los
demás. Cada una de estas tribus daban a los meses nombres particulares,
los cuales eran designados de forma pintoresca por los aspectos o productos
de la naturaleza que abundaban en dichos periodos del año. Su semana era
de tres días, periodo cuya corta duración y de fácil recordar debió de resultar
conveniente para esta civilización naciente.

Lengua y poesía de los Íberos

La lengua de los íberos, que ellos mismos llamaron Eskara o Euskara ha


sido uno de los temas de curiosas investigaciones 9. Parece seguro que esta
no difería esencialmente del vasco que se habla aún hoy a ambos lados de
los Pirineos.
Algunos eruditos han alabado bastante la riqueza de esta lengua: han
citado con orgullo los doscientos seis presentes que posee cada verbo, los
modos afirmativos, negativos, eventuales, corteses, familiares, masculinos y
femeninos de los que dispone, sin reflexionar que esta abundancia estéril
atestigua la infancia de una civilización que no pudo conseguir la
simplicidad de las ideas generales y el mecanismo fácil de una lengua
analítica 10.
Esta edad social es bastante favorables a la poesía. Estrabón atestigua
que los turdetanos, población española de raza ibérica, poseía en su tiempo
monumentos escritos de una antigua tradición, poemas o leyes en verso,
que, según se dice, datan de hace seis mil años 11. Los gallegos marchaban al
combate cantando himnos de guerra 12. Los cántabros entonaban el peán de
victoria sobre la cruz en la que eran clavados por la barbarie romana 13. De
todos estos cantos, nos sobrevive un fragmento escrito en lengua vasca, el
cual relata un sitio prolongado de los ejércitos de Augusto a los íberos, en

9 Jean-Jaques Ampère en su libro Histoire de la littérature française avant le douzième siècle cita los trabajos
anteriores a los suyos. Es necesario añadir los de W.F. Edwards en la obra anteriormente citada.
10 W.F. Edwards parece disipar el prestigio de esta lengua, al observar que “partículas sueltas en otras lenguas

entran en combinación en el vasco, para formar declinaciones y conjugaciones bastante complicadas en


apariencia”. El mismo autor cita, en su Lexicographie, un número bastante grande de palabras francesas que
parecen provenir de la lengua vasca, como ennui de enojua (esp. enojo, ital. noja), aise de aisa (facile): vague (flot)
de baga.
11 Estrabón, libro III, capítulo I.
12 Silio Itálico, libro III, V. 345.
13 Estrabón, libro III, capítulo IV.
sus montañas. Los romanos, sin esperanzas de doblegarlos, resuelven
hacerlo mediante la hambruna. Según se relata, el bloqueo duró muchos
años y terminó con una paz honorable para los íberos.
Este poema popular no es contemporáneo, en su forma actual, a la época
que rememora; sin embargo, remonta a una alta antigüedad. La brusca
sencillez que le caracteriza bastaría para confirmar su autenticidad 14.

“Los extranjeros de Roma ─quieren doblegar a Vizcaya y─


Vizcaya entona ─el canto de guerra.
Octaviano es ─el señor del mundo─ Lecobidi, ─de los vizcayanos.
Desde la mar ─y desde tierra─ Octaviano nos sitia (por todos
lados).
Las planicies áridas ─les pertenecen─ (a nosotros), los bosque de
la montaña ─las cavernas.
Ínfimo (es nuestro) temor, ─cuando medimos nuestras armas─
(pero), ¡oh! s reservas de pan nuestra, están ─ ustedes(mal) dotadas.
Tan duras son las corazas ─(ellos) las portan─ los cuerpos sin
defensa ─ágiles (son).
Durante cinco años, ─de día y de noche─ sin reposo alguno ─el
sitio ha durado.
Cuando a uno de nosotros ─ellos matan─ quince de ellos (son)
destruidos.
(Pero) ellos (son) numerosos, y ─nosotros, pequeña tropa─ al final
entablamos ─amistad”

Entrevemos ya, en este canto de guerra de la raza primitiva, la población


conquistadora que aporta a la Galia otras ideas, otros hábitos, una
civilización y una literatura extranjera. Es de ellos de quienes hablaremos
ahora.

14 Este poema fue descubierto en 1590 por J. Ibañez de Ibarguen y publicado por vez primera en 1817 por G. de

Humboldt en Mithriades.
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CAPÍTULO II

La Galia griega y romana

Influencia de Grecia sobre la Galia ─ Influencia de Roma

Influencia de Grecia sobre la Galia

Es sobre todo gracias a Roma que la Galia entró en contacto con Grecia.
Aunque las colonias helénicas llegaron a estas tierras antes que Roma, en
realidad no se extendieron más allá de sus bordes. Rodas estableció un
puesto comercial en la desembocadura del Ródano. Incluso Marsella
permaneció aislada en su elegante civilización por seis siglos. Fue a través
de ésta que Grecia ingresó a la Galia, pero sin transformar a los galos en
griegos. “De acuerdo a los relatos de un geógrafo latino contemporáneo del
emperador Claudio 15, Marsella era una ciudad de origen focense, ubicada
entre naciones salvajes ahora pacificadas, pero de las que sin embargo
difería mucho. Resulta maravilloso con qué facilidad esta ciudad conquistó
su lugar entre ellas y cómo logró conservar fielmente su propia civilización
hasta este día”. Grecia ignoraba completamente esta Galia en la que sus
propios hijos se habían establecido hace tanto. Diodoro Sículo, quien
escribiera a continuación de César, habla de las regiones transalpinas como
de un país en el que todos los ríos están helados.
Así pues, la civilización griega se encontraba aquí circunscrita a un
reducido espacio y su vida se desarrolló aislada hasta que esta región se
volvió completamente romana. Es cuando vemos las ciencias y las artes

15 Pomponio Mela, libro II, capítulo V.


griegas difundirse en las provincias galas, tal y como habían prevalecido en
Roma. En los tiempos de César, los galos se valían de caracteres helénicos
para escribir en su propia lengua. En la época de los Antoninos, Luciano
menciona a un filósofo galo, probablemente un druida, que escribía usando
las letras griegas y que hablaba muy bien la lengua helena. Las medallas de
manufactura gala anteriores a la conquista son de un trabajo tosco: antes de
ésta época, la Galia proveía a Roma con escultores. El artista que llevó a
cabo la elaboración del Coloso de Nerón provenía de Clermont. En el siglo
cuarto, el griego era tan común en Arlés como el latín y sus habitantes
entonaban los oficios religiosos indistintamente en estas dos lenguas.
En general, podemos decir que Grecia no estaba hecha para dominar, sino
para influenciar. No debía ser la reina, sino la institutriz del mundo. No
conquistaba, sino que colonizaba. Grecia no se apoderaba de las poblaciones
para otorgarles su forma con su molde poderoso, sino que vertía en ellas su
espíritu y su pensamiento. Roma fue conquistadora al igual que el primer
imperio francés, valiéndose de las armas y las leyes. Grecia se hizo conocer,
al igual que nuestra Francia del siglo dieciocho, por medio de las ideas y las
artes. Estas dos fuerzas obraron juntas en la Galia. La espada de César
abrió el surco en el que germinaron las ideas griegas.

Influencia de Roma

Roma representaba el principio de gobierno. Si combatía era solo para


unir, para organizar en un solo cuerpo poderoso todas las naciones que
absorbía. Al lado de sus legiones marchaban sus legistas. Su auténtica
literatura es su derecho inmortal, es decir, la unidad en el mando; a esto se
debe la elocuencia del Fórum, destinada a hacerlo prevalecer. Su vida
política es la fundación del poder; su historia, la epopeya de la guerra y la
conquista.
Un senado poderos, alma de Roma y del mundo, atraía y asimilaba todo
elemento extranjero. La plebe, es decir, los vencidos, los nuevos romanos,
luchaban en vano en nombre del principio humano de la libertad; el día en
que libertad parecía triunfar, el día en que el senado, ese poder múltiple, era
convencido de ser impotente para representar la fuerza central, aquel día se
constituiría la verdadera forma de Roma, la unidad más formidable del
mando, el despotismo militar, el imperio; forma tan vital que, solo con ella,
Roma organizó definitivamente el mundo ya conquistado; forma tan vital
que el nombre de esta potencia se prolongaría a través de los tiempos
modernos como un objeto de admiración y de terror, como el temor a la
libertad y la suprema ambición de quienquiera que aspire a fundar un vasto
y enérgico poder.
Es destacable que sea el orgullo del mando el que da a la literatura
romana una originalidad impactante. En su poesía, ella cree imitar a la de
Grecia, de hecho, la literatura romana había copiado todas sus formas. Sin
embargo, un pensamiento desconocido en Grecia dominaba y engrandecía
ésta imitación. Por doquier, en los poetas latinos, más allá sus animadas
imágenes de la mitología, se puede ver como se impone la imagen de la
inmortal ciudad: al otro lado de las cumbres del Olimpo descubrimos
siempre las murallas de la gran Roma, altæ mœnia Romæ.
La Galia sometida por Julio César se vio ligada al destino del imperio.
Desgarrada hasta ese momento por las rivalidades sangrientas de sus
diversas poblaciones, conoció la calma de un gobierno regular. Si bien la
conquista había sido atroz, en un principio la administración fue equitativa.
Parecía que César había dado Roma a los galos en lugar de otorgar la Galia
a Roma: a estos nuevos sujetos del imperio se abrieron. Las legiones y el
senado mismo “El derecho civil al acercarse cada vez más a la equidad
natural y, en consecuencia, al sentido común de las naciones, se convirtió en
el vínculo más fuerte del imperio y la compensación de la tiranía política 16.”
La actividad inquieta de los galos se volvió del lado de las letras; pero
abrazan de está, sobre todo, su parte lucrativa y pragmática. Los galos
contaron entre los suyo con pocos filósofos, pero con muchos gramáticos y
abogados. El primer retórico en establecerse en Roma fue el galo Gnifon.
Uno de los mejores oradores también fue un galo, Domicio Afer, acusador

16 Michelet, Histoire de France, tomo I, pp. 94.


lleno de energía y adulador ruin de Calígula. La Galia latina produjo poetas
eruditos como Valerio Carón y Varrón Atacino (o de Átace), así como
escritores, como el novelista Petronio, cuya elegancia solo era igualada por
su corrupción. En general, toda ésta literatura no era gala, sino romana:
reproducía los hábitos y las ideas de los vencedores, pero, por su naturaleza
extrajera y tardía, no pudo tomar, del corazón mismo de Roma, el
sentimiento inspirador que constituía la originalidad de la literatura latina,
el noble y sublime patriotismo de estos dominadores del mundo. Esta
literatura remplazó por los artificios de la lengua, la simplicidad seria de la
poesía y de la elocuencia.
Sin embargo, la Galia sufrió del mal universal del imperio. La esclavitud
constituía los cimientos del poderío romano: ahora bien, la esclavitud, no
aportada ya más por la guerra, se volvió estéril debido a la crueldad de los
amos, al igual que le sucediera a la libertad, debido a la infame corrupción
de éstos. La desolación de los campos era dantesca; las artes declinaron
rápidamente; la fiscalidad imperial aumentaba las exigencias a medida que
las desdichadas provincias disminuían sus capacidades para satisfacerlas.
Faltaban labradores, los campos quedaban desolados, los cultivos se
convertían en bosques 17. Así pues, los labradores, desesperados por la
miseria, recurrían a las armas y formaban grupos de vagabundos, que
obedecían al nombre de bagandas 18, y que saqueaban y quemaban los
campos. El emperador Maximiano aplasto a estos desdichados, pero la
masacre aumento aún más la desolación: el despoblado se extendía cada día.
La población maldecía este poderío romano que ya no manifestaba más sus
acciones, sino por medio de las rapiñas legales. Ésta giraba sus ojos ansiosos
hacia el Norte e invocaba con todos sus deseos a los bárbaros, libertadores
terribles. “Ella llamaba al enemigo, dicen los autores del tiempo, ella
añoraba el cautiverio19.”
En efecto, los bávaros debían salvar las provincias, pero destruyendo con
ello al imperio. Era necesario que una destrucción universal hiciera nacer

17 Lactanio, De mortibus persecutorum, capítulos VII y XXIII. Podemos ver ésta admirable descripción de

Lactancio traducida en Histoire de francede Michelet, tomo I, pp. 99.


18 Bagat, gall. asociación.
19 Salviano, De gubernatione Dei, libro V.
nuevas costumbres y nuevas instituciones. Aquí, como en toda organización,
no se podía comprar una vida nueva más que con el precio de la muerte y
todos sus dolores.
¿Podría entonces decirse que esta Roma invasora no dejo nada sobre el
suelo galo del que se retiraría? Incluso la lengua que hablamos nosotros aún
hoy, casi latina en su totalidad, confirma que la civilización romana
sobrevivió la invasión por la que parecía haber sido engullida. “Aquello de
Roma que queda en la Galia es en efecto inmenso. Dejó en esta tierra la
administración, fundó en esta tierra la ciudad. No había antes en la Galia
más que aldeas, a lo sumo ciudades: estos teatros, circos, acueductos y vías
que admiramos aún hoy son el inmortal símbolo de la civilización fundada
por los romanos, la justificación de su conquista a la Galia. Tal es la fuerza
de esta organización que al tiempo que la vida parecía alejarse de esta
civilización, a la vez que los bárbaros parecían más cerca de destruirla,
debieron sufrirla muy a su pesar. Para bien o para mal, tuvieron que
habitar bajo sus bóvedas invencibles que no pudieron estremecer: inclinarán
la cabeza y recibirán nuevamente, como vencedores que son, la ley de la
Roma vencida. Este gran nombre del imperio, esta idea de igualdad bajo un
monarca, tan opuesta al principio aristócrata de Germania, fue depositada
por Roma en ésta tierra. Los reyes bárbaros sacaran provecho de ésta.
Cultivada por la Iglesia, acogida por la tradición popular, encontrará su
camino de la mano de Carlomagno y de San Luis. Poco a poco, nos llevará a
la aniquilación de la aristocracia, nos llevará a la igualdad, a la equidad de
los tiempos modernos 20.

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CAPÍTULO III

20 Michelet, Histoire de Franc, tomo I pp. 111. Véase también Guizot, Cours d’histoire moderne, segunda lección.
La invasión germánica a la Galia

Los germanos conquistadores de la Galia ─ su lengua ─su poesía.


Su influencia sobre la población moderna.

Los germanos conquistadores de la Galia

Envilecida por todos los vicios del despotismo, Roma ya no dominaba al


mundo más que para corromperlo y llegó a perder la última de sus virtudes,
el valor militar. Desde aquel momento la fusión de los pueblos, la asociación
de las razas, que parecía ser en la historia la obra suprema de la
Providencia, pareció detenerse. No hizo más que cambiar de marcha: en
lugar de presenciar la absorción de los pueblos por una sola ciudad, se vio
cumplir la invasión tumultuosa del imperio por todas las naciones bárbaras.
La dominación material de Roma estaba condenada a perecer: aquello que
tenía de justo, de verdadero, de bello en las civilizaciones antiguas debía
emerger como un arca sagrada sobre estas olas de un nuevo diluvio. Las
ideas debían conquistar los vencedores; nuevos hábitos, ideas frescas
surgidas de la mezcla de estas razas desconocidas. El género humana debía
llegar a encontrar un día la civilización por la independencia, a través de
todas las convulsiones de la historia.
Los pueblos que la Providencia convidaba a esta destrucción regeneratriz
eran conocidas vagamente por romanos y griegos por el nombre de
germanos. César no divisa más que su avanzada militar: subyuga y describe
algunas tropas aisladas, niños perdidos de la barbarie, que dan la idea de la
raza entera, así como un campamento es muestra de una nación. Tácito se
adelanta un poco más: detrás de la banda indisciplinada, percibe la tribu
sedentaria y entrevé una civilización de la que intuye que su genialidad es
uno de sus rasgos más destacables. Sin embargo, sus investigaciones se
detuvieron a las márgenes del Elba: de los lugares más allá no conoce más
que algunos nombres. La crítica moderna ha tratado de descubrir el cuadro
completo. Extensos y pacientes trabajos 21 han demostrado la unidad
esencial de estos pueblos diversos, su origen oriental, su parentesco lejano
con las naciones que poblaron Grecia e Italia. Por último, han reconstruido,
con la ayuda de antiguos poemas escandinavos y alemanes, la imagen de
esta civilización incompleta, pero curiosa, que dejó numerosas huellas en la
nuestra, las cuales aún se pueden apreciar.
Esta vasta región que se extendía al norte de Europa, del mar Caspio al
océano Ártico, con sus inmensas estepas, sus campos de pastoreo sin límites,
sus pantanos entrecortados por pinos, sus bosques vírgenes de una
extensión de sesenta leguas, representaban el lecho en el que se esparcía la
reza germana. Desde los confines de Asia, lugar de su nacimiento, podemos
seguir a la gran horda de región en región; podemos contar sus etapas en
las que con cada alto se formaba un pueblo: Getas, Godos, Lombardos,
Sajones, Burgondios, Escandinavos, hasta aquellos que poblaron todo el
Norte tocando por un lado a la antigua Persia, y a través de Persia la India,
esta cuna de razas europeas, y por el otro el mar del Norte y los hielos de
Noruega. Esta horda rodeo el imperio romano y suspendió sobre su cabeza la
amenaza de una invasión formidable.

Lengua de los germanos

La lengua, esta expresión móvil del carácter de un pueblo, presenta en los


germanos, al igual que la raza misma, una incuestionable unidad.
Acompaña a los exiliados y parece modificarse con los climas y los tiempos
que recorren. Primero rica y exuberante en la región del Mediodía y cerca de
la cuna oriental de la nación, la lengua se desprende poco a poco de su
brillante ornamento a medida que envejece y se adentra en el Norte.
Diríamos que el idioma de las tribus germanas, como la vegetación del globo,
se vuelve más severa y sombría a medida que se aleja de las alegres regiones
bañadas por el sol. En el antiguo gótico abundaban las vocales sonoras, el
teutón retiene aún muchas de sus cualidades musicales. Los sonidos se

21 La obra de F. Ozanam, les Germains avant le christianisme, es la más reciente y completa de las que se han

escrito a este lado del Rin.


vuelven sordos las palabras se contraen en el anglo-sajón y en el
escandinavo 22. La sintaxis gramatical experimenta una simplificación
semejante, una austeridad igual. Las antiguas declinaciones y conjugaciones
germanas parecen desafiar, por la multiplicidad de formas, todos los
accidentes, todos los caprichos del pensamiento. La declinación presenta
tres géneros, tres números y seis casos. Los verbos tienen cuarenta flexiones
diferentes y se dividen en seis conjugaciones. Pero este mecanismo tan
complicado se fractura rápidamente, este ramaje espeso y algo confuso se
aclara al empobrecerse Las palabras se desprenden de sus flexiones, las
ideas accesorias de tiempo, modos, personas se expresan mediante
partículas y sufijos, cortejo banal de los verbos, que indiferentemente las
acompaña y las abandona. Las lenguas germanas sufren el mismo destino
que los idiomas de origen romano: comienzan como música y terminan
siendo álgebra.
Esta lengua también tuvo influencia en aquella que hablamos hoy en día.
Dietz y Ampère estiman un promedio de mil las palabras francesas tomadas
de los idiomas germanos, sin contar las derivadas y las compuestas 23. Por
otra parte, se debe enfatizar que un gran número de palabras de origen
alemán, adoptadas por la lengua francesa de la Edad Media, caen en desuso
en el francés moderno. Parece que el idioma, al igual que la tierra, rechazó
poco a poco la mayor parte de los elementos extranjeros importados por la
conquista germana.
Una lengua cuyo sistema presente de combinaciones tan elaboradas, de
orígenes tan lejanos, con influencias tan difundidas no puede augurar un
pueblo verdaderamente bárbaro. El estudio de la poesía de esta antiguo
pueblo germano nos dará una idea aún más grande.

Poesía de los germanos


22 Âme [alma] se dice en gótico saivala; en teutón, seola; en anglosajón, sâvl; en escandinavo, sal. El gótico arvazna

[flecha] no se logra reconocer del escandinavo or y fairguni [montaña] se contrae en alemán hasta convertirse en
Berg.
23 La filología, en consonancia con la historia, nos muestra en todas partes, en estos préstamos, la influencia

predominante de dialectos del bajo alemán. Las vocales, destellantes en el alto alemán, se emsombrecen en
nuestra lengua: la a larga se vuelve una é; ou se vuelve ô; bâre deviene en bière; hâr en haire; rát es la raíz de
conroi, arroi, desarroi. Las consonantes fuertes se vuelven débiles: f o pf se vuelve p en francés, como en bajo
alemán; la b amenudo replaza la p; la d se cambia por t. En alto alemán werfan pasa a werpan en el gótico y a
guerpir en francés. Rutper y Gaupert del alto alemán se vuelven Robert y Gobert en francés.
Sus cantos de guerra eran impetuosos y terribles como el chocar de sus
armas. Cuando los germanos se lanzaban al combate, con la boca pegada
contra sus escudos, bramando en el hierro sus himnos militares, el ejército
romano asustado creía escuchar el grito salvaje de águilas y buitres.
Vencidos, entonaban sus cantos mortuorios en medio de torturas;
vencedores, celebran sus victorias con relatos poéticos. Tenemos aquí un
ejemplo de un fragmento anglosajón de la batalla de Finnsburg, el cual se
remonta a tiempo paganos y transmite claramente la embriaguez de la
sangre y el gozo por la destrucción.
“El ejército está en marcha; las aves y las cigarras canta, las hojas de
guerra resuenan. Ahora la luna comienza a brillar errante entre las nubes;
ahora inicia la acción que hará correr las lágrimas… Luego comienza el
desorden de la masacre; los guerreros se arrancan los escudos abollados de
las manos; las espadas surcan los husos de los cráneos. La ciudadela
resuena por el ruido de los golpes; los cuervos se arremolinan negros y
sombríos como las hojas del sauce; el hierro brilla como si el castillo
estuviera envuelto por las llamas. Jamás escuche sobre batalla más bella
ver 24.”
Además de estos cantos que recuerdan los poemas líricos de Tirteo, los
germanos tenían extensas narraciones poéticas que, al igual que los poemas
épicos de Grecia, se transmitían de tribu en tribu y de generación en
generación y formaban un patrimonio de gloria común a toda la nación.
Tácito conocía ya en la tierra de los germanos historias cantadas que tenían
lugar en sus anales. Carlomagno, quien hiciera reunir y escribir estos
relatos heroicos, fue el Pisístrato de este nuevo Homero.
Desafortunadamente, el tiempo no respetó su recensión. Los monumentos
antiguos de la poesía escandinava pueden darnos por sí solos, junto con los
Nibelungos, un idea completa. Sin embargo, aún poseemos un monumento
corto, aunque auténtico y precioso, de esta antigua poesía heroica.

24 Conybeare, poema anglosajón. Ozanam, les Germains avant le christianisme.


Jacob Grimm encontró un fragmento de una epopeya popular, escrita en
dialecto franconio, en el que los héroes son precisamente los mismos que
aquellos que figuran en los Edda 25. El relato versa sobre un enfrentamiento
entre dos guerreros del ciclo germano, Hildebrand y su hijo Hadebrand,
quienes se enfrentan sin conocerse. Aquí citamos la traducción.
“He odio decir que se provocaron en un encuentro Hildebrand y
Hadebrand, el padre y el hijo. Entonces los héroes se quitaron sus mantos de
guerra, vistiéronse su traje de batalla y ciñeron por encima sus espadas. Y
cuando lazaban los caballos al combate, Hildebrand, hijo de Herebrand
habló: era un varón noble, dotado de prudencia. Preguntó brevemente quien
era su padre en la estirpe de los hombres, ¿oh de que familia provienes tú?
Si me lo dices, te daré un vestido de guerra de triple hilo; porque conozco, oh
guerrero, toda la raza de los hombres.
Hadebrand, hijo de Hildebrand, respondió: Los ancianos y sabios de mi
país que al presente han muerto, dijeron que mi padre se llamaba
Hildebrand; y yo me llamo Hadebrand. Un día fuese hacia oeste huyendo del
odio de Odoacro; iba en compañía de Theodorico y de un gran número de sus
héroes. Dejó solos en su país a su esposa aún joven, a su hijo niño todavía y
a sus armas que ya no tenían dueño: encaminose por el lado de oeste… Los
guerreros valerosos conocían a mi padre, porque este héroe intrépido
peleaba siempre a la cabeza del ejército y se complacía mucho con la pelea:
pienso que ya no vive. ─Señor de los hombres, dijo Hildebrand: jamás desde
lo alto de los cielos consentirás semejante combate entre los hombres de la
misma sangre. Entonces se quitó un precioso brazalete de oro que ornaba su
brazo y que le había dado el rey de los Hunos: tómale, dijo a su hijo, te lo
regalo. Hadebrand hijo de Hildebrand respondió: Con la lanza en la mano,
punta contra punta debo recibir tales presentes. Viejo Huno: tú eres
perverso compañero; espía diestro quieres engañarme con tus palabras y yo
quiero echarte abajo con mi lanza. ¿Tan viejo y te atreves a inventar
semejantes mentiras? Los hombres de mar, que han navegado en las aguas

25N del T: La traducción al francés la proporciona Demogeot. La versión al español se puede encontrar en Estudios
o discursos históricos sobre la caída del Imperio Romano, el nacimiento y los progresos del cristianismo y la
invasión de los barbaros, seguidos de la historia de Francia de François Rene Chateaubriand. Versión en español
de Juan Pérez y García, tomo II (1841, pp. 113-115).
de los Vendos, me han hablado de un combate en el que fue muerto
Hildebrand, hijo de Herebrand. Hildebrand, hijo de Herebrand dijo: ¡Ay!
¡Ay! He herrado fuera de mi país sesenta inviernos y sesenta estíos.
Colocábanme siempre a la cabeza de los combatientes: en ningún fuerte me
han puesto las cadenas a los pies y sin embargo es necesario que mi propio
hijo me traspase con su espada, me tienda muerto con su hacha o que yo sea
su asesino. Puede acontecerte fácilmente, si tu brazo te sirve bien, el que
despojes de su armadura a un hombre de corazón y que desnudes su
cadáver: hazlo si crees tener derecho y sea el más infame de los hombres del
Oeste el que te disuada de este combate que tanto deseas. Buenos
compañeros que nos miráis, juzgad en vuestro arrojo quién de los dos puede
alabarse de asestar mejor un golpe, quién sabrá apoderarse de ambas
armaduras. Entonces hicieron volar sus lanzas arrojadizas de puntas
cortantes que se pararon en sus escudos y después presipitáronse el uno
contra el otro. Resonaban las hachas de piedra… Herían con fuerza sus
blanco escudos: sus armaduras estaban rotas pero sus cuerpos permanecían
inmóviles.”
Es con esta grandeza y simplicidad digna de Homero que al menos una
gran porción del ciclo germano era relatado en el idioma de los Francos en el
siglo VIII. Es bastante probable que este fragmento formara parte de los
antiguos cantos nacionales que Carlomagno recogiera 26.

Influencia de los Germanos sobre la civilización moderna

A pesar de los esfuerzos de este gran hombre que por un lado conservó las
tradiciones de su antigua patria y por el otro levantó las ruinas de la
civilización latina, Germania influyó menos sobre la Galia con sus
monumentos poéticos que con sus hábitos. Pero estos, encontrando por sí
mismas, en los poemas antes mencionados, su expresión más auténtica: si
bien esas costumbres se encontraban en los poemas antes mencionados, su
expresión más auténtica, las ideas generales que contenían estos poemas

26 J.J. Ampère, obra citada.


eran también aquellas que los germanos dejaron a nuestros antepasados. En
primer lugar se debe ubicar el renacimiento del espíritu guerrero, este amor
por el peligro, esta embriaguez por el combate, que volvió a templar las
almas galas debilitadas por la civilización romana. Al contacto con los
germanos, los galos del imperio evocaron a sus padres, los celtas. A estos
instintos belicosos se debe sumar el sentimiento del honor, esta superstición
gloriosa en la que el coraje y la virtud constituyen la religión, la pasión por
la independencia individual, el placer de jugarse, con la propia fuerza y
libertad, las oportunidades del mundo y de la vida. Vemos aparecer al
mismo tiempo otros dos rasgos de la fisionomía germana que se
conservarán largo tiempo en nuestra historia: la primera es el patronato
militar, la abnegación voluntaria del hombre por el hombre, vínculo único de
la asociación bárbara y auténtico principio de la feudalidad. La segunda es
el respeto profundo por las mujeres, esta especia de culto protector que
Tácito ya señalaba entre los germanos y que podemos vislumbrar a través
de la salvaje energía de sus poemas. Estas características nuevas
contribuyeron considerablemente en la apertura de las fuentes más
fecundas y puras de la inspiración poética de la Edad Media.

____________________________

CAPÍTULO IV

La Galia cristiana

Influencia del cristianismo en la imaginación y el pensamiento ─ Leyendas ─


Discusiones filosóficas ─ Predicación ─ Historia ─ Monasterios.

Influencia del cristianismo en la imaginación y el pensamiento


El más rico de los elementos de la civilización moderna fue el
cristianismo. Nunca la soberana dominación de las ideas sobre los hechos
fue tan evidente. Es un maravilloso espectáculo ver esta doctrina destinada
a conquistar el mundo crecer primero en un pequeño país, entre áridas
montañas, en el seno de una nación débil y despreciada. Entre todas
aquellas monarquías de Oriente que nacen y mueren una tras otra en el
basto escenario asiático, un linaje se perpetúa, imperecedero en su
debilidad, indomable ante sus conquistadores, más fuerte que su miseria,
su cautiverio, sus vicios. Ni Babilonia, Nínive, Egipto lograron aplastarla;
Roma tampoco lo consiguió, y si es este linaje el que algún día la toma, la
conquistada será Roma. Es en el pensamiento de esta sorprendente tribu
que estalla una gran verdad: “Solo existe un único Dios”. Sin embargo, este
dogma quedó inactivo por muchos siglos. El mundo lo escuchó por mucho
tiempo sin entenderlo: incluso el pueblo judío, aquel que lo expresaba, lo
comprendía mal, pues aún le faltaba su complemento necesario, su
consecuencia sublime. Es cristo quien se lo otorga al añadir: “Todos ustedes
son hermanos”. Extraordinario programa de las sociedades modernas. Tan
pronto como el manto del santuario se desgarra, el templo de Jerusalén es
derribado: es el mundo entero el que se convertirá en el templo. San Pablo
convida a las naciones al banquete fraternal de la palabra divina. Los
apóstoles hablan, los mártires mueren, los emperadores acogen la cruz en
sus tronos, los bárbaros agachan la cabeza y el universo se maravilla de ser
cristiano.
Resulta fácil prever que una revolución que regenera la sociedad deberá
renovar el pensamiento y la inspiración. En un principio, la biblia, esta
poesía nueva, no brillará inútilmente en el mundo. La grandeza de Jehová,
las maravillas de la creación, los elocuentes dolores Jeremías, los sueños
líricos de Ezequiel, todo en este libro santo debía estremecer las almas e
inflamar las imaginaciones. No obstante, esta influencia directa del libro no
ejercerá toda su potencia sobre los escritores sino hasta más tarde. En un
primer momento, el cristianismo no actuará más que sobre sobre las
costumbres; no se llegará a ser poesía hasta que se haya convertido en
religión.
En efecto, aquello que le faltaba al arte agotado del imperio no era ni la
ciencia, ni el estudios de grandes modelos, era la emoción ingenia y
profunda, la fe, el entusiasmo, la vida verdadera del alma. Crear una
hermosa oda, se dijo, es soñar con el heroísmo. La sed de placeres materiales
había disipado este hermoso sueño; una larga servidumbre la había sofocado
para siempre. Pero, mientras que el senado en todo su conjunto temblaba
ante su maestro, he aquí que un simple soldado osó romper sus edictos y
derribar sus ídolos. Débiles mujeres, jóvenes esclavas descendían con júbilo
a la arena donde les esperaban los leones. Ellas invocaban en sus prisiones
los santos gozos del anfiteatro y morían, no con resignación, sino con
embriaguez.
Nada más patético, más conmovedor que la poesía viva de sus mártires,
estas actas sincera recogidas por los testigos de sus triunfos, o en algunos
casos, escritos por ellos mismos, e interrumpidos por el llamado del verdugo.
Nada de petulancia, nada de pretensión en estos relatos: todo es sencillo y
grande en este heroísmo nuevo. De estos interrogatorios brota lo sublime
que Corneille y Rotrou no tuvieron sino que retomar para crear admirables
escenas. Es la joven esclava Blandina, una de las mártires de Lyon, contra
la que se encarnizan los verdugos, la que ante cada nueva tortura responde
a la manera de Polyeucte: “Yo soy cristiana”. Es el venerable Potino, primer
prelado de la Galia, quien a la edad de noventa años confiesa su fe en medio
de tormentos. “¿Quién es el Dios de los cristianos? ─pregunta el gobernador.
Lo conocerás ─responde el anciano─ cuando seas digno.
También es una joven mujer de veintidós años de edad llamada Perpetua
quien narra el primer acto de su martirio:

“Vino también de la ciudad mi padre, consumido de pena, se acercó a mí


con la intención de derribarme y me dijo:
─Compadécete, hija mía, de mis canas; compadécete de tu padre, si es que
merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te
he llevado hasta esa flor de tu edad, […] no me entregues al oprobio de los
hombres.
Así hablaba como padre, llevado de su piedad, a par que me besaba las
manos, se arrojaba a mis pies […] Y yo estaba transida de dolor por el
caso de mi padre […] Y traté de animarlo, diciéndole:
─Allá en el estrado sucederá lo que Dios quisiere; pues has de saber que
no estamos puestos en nuestro poder sino en el de Dios”

He aquí pues lo que el naciente cristianismo hizo del alma humana. Este
padre le guardó en sus cariños armándolas con este de una fuerza heroica.
Esta misma mujer, que se enfrentaría a las fauces de las bestias, escribió las
siguientes líneas:

“Poco tiempo después me llevaron a la cárcel: el horror, y la oscuridad del


lugar me espantaron al principio porque yo no sabía qué cosa eran
prisiones”.

Perpetua era madre, pero se la había separado de su joven hijo. Sin


embargo, logró que se lo regresaran.

“hálleme enteramente consolada, y la prisión se me vino a hacer una


habitación agradable; y tanto se me daba vivir allí, como en otra parte”.

No era solo el corazón el que se sentía regenerado por las bondades de la


nueva creencia: la imaginación tan árida en los últimos poetas paganos, que
no conocían más que una maravilla tradicional, fría reminiscencia de otra
época, reencontró toda su renovación en el soplo de una fe sincera. Sáturo
augura los gozos del cielo en una visión que recuerda las más suaves
pinturas del Paraíso de Dante.
“Habíamos sufrido, escribe él. Habíamos sido despojados de la carne y
comenzamos a ser llevados hacia el Oriente por cuatro ángeles cuyas menos
no nos tocaban”.
La mirada de Beatriz, que sostiene el poeta florentino en su ascensión
celeste, no expresa más que con encanto esta atracción misteriosa y delicada
que no se sustenta en el contacto. Diríamos que la imaginación del mártir
rebasó la de Poussin e intuyó el grupo celeste de la Asunción de la Virgen.
“Distinguimos una luz inmensa y dije a mi hermana, que se encontraba a
mi lado: he aquí lo que el Señor nos prometiera. Él ha cumplido su promesa.
Y los cuatro ángeles nos llevaban siempre, y vimos un gran espacio que
parecía un vergel. Los árboles de ese lugar estaban llenos de rosas cuyos
pétalos caían sobre nuestras cabezas y a sus pies se cruzaban toda suerte de
flores”.

Leyendas

Así comenzó a surgir en los relatos plenos de entusiasmo y de fe esta


fuente maravillosa de la leyenda, que durante muchos siglos formó, casi por
sí misma, la poesía popular de Europa. La leyenda fue lo que aún hoy es la
poesía: un sueño del ideal en medio de las tristes realidades de la vida. Ella
nos muestra ahora como la invasión de los bárbaros que se detiene a la voz
de un pastor, ahora una flama milagrosa que se eleva sobre el sepulcro de
un mártir, como la aurora de una liberación cercana: aquí, es un conde de
palacio quien asaltado por una revuelta, hace uso de la palabra y no la
espada para detenerla. Allí, un barón converso que se vuelve ermitaño, se
encuentra con un hombre al que, en tiempo atrás, había vendido como
esclavo. Se tira a los pies de este último y le fuerza, por medio de sus
súplicas, a atarlo y conducirlo a la prisión. Allá, los hierros de los cautivos se
rompen sobre la tumba de un santo. Más allá vemos a un piadoso solitario
expulsar, con la señal de la cruz, a un oso que ocupaba la cueva en la que
quería morar. Imagen poética y verdadera de la conquista cristiana entre los
guerreros bárbaros. Hay algunas cosas que enternecen al leer estos relatos
ingenuos, a pesar de las puerilidades y fábulas que las colman, cuando
pensamos en todos los sufrimientos que consolaron. En medio de las
invasiones, guerras civiles de las dos primeras razas, mientras que la vida
del hombre parecía estar siempre atormentada por la fuerza brutal, esta
imaginación popular que se da a la tarea de rehacer el mundo siguiendo sus
deseos y su fe. El gran pensamiento de una Providencia omnipresente y
maternal cobija este escenario ensangrentado por las pasiones. La potencia
de la virtud hace frente de la violencia de las armas y la moral eterna, que
parecía exiliada de la tierra, triunfa en esta pintura ideal. La leyenda era la
epopeya de los vencidos: ella construyó un asilo para la imaginación de los
pueblos, como el claustro para las personas. En estos piadosos relatos, como
bajo aquellas bóvedas benditas, se respiraba un aire más tranquilo: el ruido
del mundo real parecía detenerse en el umbral y los oyentes, apretujándose
alrededor del monje o del anciano que narraba aquellos extraños eventos,
podían decirle como el Dante fugitivo al abad del monasterio del Cuervo:
“vengo en busca de la paz”.

Discusiones filosóficas

El cristianismo se amparaba de la inteligencia al igual que de la


imaginación y de las facultades morales. El espíritu humano, al que la
civilización romana, en su decrepitud, no ofrecía más por ejercicios que
vanas combinaciones de ideas frívolas, vio reabrirse delante suyo una vasta
carrera, en la que los más grandes problemas de la filosofía se discutieron
bajo nuevos nombres. Las importantes preguntas relativas a la naturaleza
de Dios, a nuestra relación con Él, a la libertad humana, a la acción
providencial sobre nuestras voluntades, sublimes búsquedas alrededor de
las cuales giran eternamente las incertidumbres de los filósofos y que cada
edad considera bajo un punto de vista diferente, se representan, del siglo II
al VI, bajo los nombres de gnosticismo, arianismo, de pelagianismo. Para los
doctores apostólicos, se trataba de la empresa más grande que los hombres
pudieran concebir: Se proponían formular el dogma, es decir, que ya no se
trataba más, como lo hicieran los sabios de la antigüedad, de construir, en
medio de riesgos y peligros, sistemas individuales a los que con el tiempo se
unirían voluntarios de la especulación, sino que se trataba de expresar la fe
de una época, de otorga un símbolo que fuera a la vez la consecuencia de las
premisas evangélicas, la satisfacción legítima de las exigencias del buen
sentido y la base moral de una sociedad naciente. Los Padres de la Iglesia
fueron a la vez cristianos, pensadores y hombres de Estado.
Qué interés poderoso no debió incitar a una empresa igual, qué actividad
de los espíritus, qué comunicación rápida no produjo ella. La cristiandad era
entonces como una vasta república intelectual, un cuerpo inmenso en el que
circulaba la misma sangre. La Galia se encontraba en el siglo V bajo la
dirección de tres jefes espirituales que nunca la habitaron: San Jerónimo en
Belén, San Agustín en Hipona, San Paulino en Nole. Las preguntas, las
respuestas, los consejos, los tratados de moral, los exámenes dogmáticos
partieron, regresaron, se intercambiaron, atravesaban todas las regiones del
mundo, a pesar de la dificultad de las rutas y del peligro de las
comunicaciones. Donde quiera que se manifestaba una necesidad, un
asunto, un problema religioso, los doctores trabajaban, los sacerdotes
viajaban, los escritos circulaban. En fin, los concilios, esas asambleas
nacionales del pueblo cristiano, formaban la coronación del edifico
espiritual. Eran los altos parlamentos en donde las diversas congregaciones
enviaban a sus comitentes, encargados de hacer una declaración de
principios y de votar no por una declaración de derechos, sino por una
declaración de creencias 27.
Estas austeras y espinosas discusiones del dogma tuvieron casi siempre
una grandeza real que no es necesaria desconocer bajo la forma ya
escolástica que la envuelva. Recordemos, para ser justos, que el cristianismo
se desarrolló en medio del movimiento místico neoplatónico de Alejandría.
Desde el comienzo tuvo una lucha entre las dos doctrinas, seguidas por
tentativas de reconciliación. El cristianismo vencedor destruyó el
neoplatonismo como secta, pero lo absorbió como doctrina. No es por lo tanto
al principio cristiano, sino a la influencia oriental a la que fue necesaria

27 Ampère, Histoire littéraire, t. I, pp. 326. Guizot, Histoire de la civilisation en France, t. I, lección IV.
imputar la dirección mística y abstrusa de ciertas querellas teológicas. Por
otra parte, es necesario notar que en Occidente, y especialmente en la Galia,
las discusiones dogmáticas escaparon en parte a las argucias minuciosas del
Bajo Imperio. Siempre ha habido en el espíritu galo una tendencia práctica
que lo preservó de las aberraciones de la sofística griega. San Ireneo fue
menos metafísico y más apóstol, Lactancio fu más orador que teólogo, San
Hilario de Poitiers, el Atanasio de Occidente, fue el abogado vehemente de la
Trinidad. Por último, el gran obispo de Milán, Ambrosio, nacido también en
la Galia, en Trèves, fue el hombre de acción y de gobierno por excelencia.
Escribía solo para dirigir; elevó el púlpito episcopal a la importancia de una
magistratura política. Uno tras otro embajador y tribuno, sostiene los
intereses del joven Valentiniano junto al tirano Máximo, opuso su elocuencia
como una barrera a la primera de las invasiones, censuró de gran manera
un crimen cometido por Teodosio y sometió al emperador a la penitencia
pública. Así comenzó a diseñarse, en frente de la autoridad temporal, el
papel que iba a jugar el episcopado, papel que no hizo más que creceré en
presencia de los monarcas bárbaros. Así se posaba ya esta autoridad del
clero, sin duda a menudo abusiva, pero, en suma, útil y beneficiosa en los
siglos en los que la potencia religiosa podía por si sola detener los abusos
crueles de la fuerza. Era ya el derecho divino de la capacidad, intérprete de
la razón y de la justicia, quien se opuso a la usurpación de las pasiones
brutales.

Predicación

El principal instrumento de esta dominación espiritual fue un nuevo


género de elocuencia llamado a ocupar su lugar entre las letras francesas,
me refiero a la predicación. Los Padres de la Iglesia griega habían sido tanto
los discípulos de Homero como de Jesucristo; eran cristianos sin duda, pero
también eran helenos, además de un poco orientales. Sutiles en sus
discusiones del dogma, desplegaron la imaginación más rica, la elocuencia
más pomposa, en la enseñanza de la moral. La predicación de la Iglesia
latina revistió un carácter diferente: no tuvo más nada de literaria y no
apuntó más que a la acción. Instruir en una reunión de fieles, otorgarles
buenos y sabios consejos, tal es el único pensamiento de los obispos y de los
misioneros de Occidente. Irían siempre directo al hecho: no temían a las
repeticiones, a las expresiones familiares ni a las triviales. El más ilustre
obispo del siglo VI, San Cesáreo de Arles, de quien nos sobreviven ciento
treinta sermones, parecía un padre de familia que conversaba
afectuosamente con sus pequeños. Otro rasgo, que no debemos omitir en la
historia de las letras, caracterizaba la predicación latina: eran las pinturas
más sombrías del mondo por venir, era el retorno más frecuente de las ideas
de condenación e infierno. La necesidad de imponer a los conquistadores
bárbaros el único freno que podía detener su violencia contribuyó a impulsar
en esta dirección a los oradores evangélicos. De allí provino este religioso
terror que marcó todas las imaginaciones de la Edad Media; de allí
provinieron esas formidables magnificencias de la poesía de Dante y más
tarde de Milton.
Historia

Aún debemos al clero de los tiempos merovingios los raros monumentos


históricos que han preservado esta curiosa época de un completo olvido. El
más precioso de todos es indudablemente la Historia de los Francos de
Georgius Florentius Gregorius, conocido como Gregorio de Tours 28. Sería
injusto esperar el método, la crítica o el estilo de un verdadero historiador,
de un contemporáneo de Chilperico y de Sigeberto. El mismo reconoció su
incapacidad con una ingenuidad plena de tristeza: “Mezclamos
confusamente en nuestro relato, dice él, las virtudes de los santos y los
desastres de las naciones… La cultura de las artes liberales declina, o más
bien perece, en las aldeas de la Galia, la ferocidad de los pueblos se
encoleriza, el furor de los reyes se aguza y la mayor parte de los hombre
gime al exclamar: ‘Desdichados nuestros días, pues el estudio de las letras
perece entre nosotros’ ”.

28 Nacido en Auvernia en el 539 y muerto hacia el año 593.


Ahora bien, es precisamente la pintura animada por esta barbarie y por
esta confusión la que nos ata al relato del obispo de Tours. Nada podría
otorgarnos una idea más justa de este segundo periodo de la conquista, en el
que las razas diversas vivían reunidas sobre el mismo suelo, en un
antagonismo endulzado por una multitud de imitaciones recíprocas. Agustín
Thierry dice que es necesario descender hasta el siglo de Froissart, para
poder encontrar un narrador que iguale a Gregorio de Tours en el arte de
puesta en escena de los personajes y el arte de pintar mediante las palabras.
Todo esto que la conquista de la Galia había comparado o diferenciado sobre
el mismo suelo, las razas, las clases, las condiciones diversas figuran en
desorden en estos relatos algunas veces agradables, a menudo trágicos,
siempre verdaderos y animados. Entrevemos, a través de su narración, la
manera en que vivían los reyes francos, el interior de la casa real, la vida
tumultuosa de señores y obispos de este tiempo, la turbulencia intrigante de
los galos, la indisciplina brutal de los Francos. Aquí, es la barbarie en toda
su zafiedad, sin consciencia del bien y del mal, personificada en la reina
Fredegunda. Cerca de ella el hombre de la raza bárbara que tomó gusto por
la civilización, se pulió a la superficie, conservando sus instintos y sus
pasiones feroces, como el rey Chilperico. Por otra parte, es le galo quien se
hace bárbaro para descender al nivel de sus contemporáneos, o bien el
hombre de la tradición romana, el obispo que recuerda el pasado y que
camina de regreso en medio de una época en la que la civilización se
extingue. El mismo Gregorio era uno de aquellos.
Su recito, dividido en dieciséis libros, comprende 29 el espacio de ciento
setentaicuatro años, desde la época en que se establecieron los Francos en la
Galia, y se detiene en el año 591 30. Después de él, la historia se hunde cada
vez más en la insensibilidad y la barbarie. Cinco cronistas desconocidos nos
conducen hasta el reinado de Carlomagno y a su excelente biógrafo
Eginardo. Entre aquellos cinco encontramos, no sabemos bajo qué autoridad,
el nombre de Fredegario, el primero y uno de los mejores.

29 El primer libro contiene un sumario de la historia universal desde la creación de Adán y Eva, hasta la muerte de
San Martín.
30 Más allá de su Historia de los Francos, Gregorio de Tours dejó muchas obras de hagiografía: Las vidas de los

Padres, La gloria de los mártires, Los milagros de San Martín, etc.


Monasterios

Una de las instituciones que tuvieron mayor influencia sobre el provenir


de la civilización cristina, era la de los monasterios, asiles venerados que,
por días, conservaron mejor los restos de las tradiciones literarias y los
manuscritos preciados de la antigüedad.
El espíritu monástico, nacido en Oriente y anterior al cristianismo, sufrió
en Occidente una transformación decisiva. Abandonó la fantasía
independiente y la ociosa contemplación, por una vida disciplinada y activa.
San Atanasio, expulsado de su sede y retirado a Roma en 341, había llevado
consigo algunos monjes, y celebró las virtudes y los encantos de la vida
monástica. A su voz, todas las pequeñas islas situadas sobre el lado
occidental de Italia se cubrieron de una multitud de ermitaños. Es de allí
que San Martín, exiliado de Milán, trajo a la Galia las tradiciones del
monacato oriental, cuando vendría a fundar, hacia el año 360, le monasterio
de Ligugé, cerca de Poitiers. Desde los comienzos del siglo siguiente, San
Honorato estableció en una de las islas de Lérins una abadía de la que salió
una multitud de hombres célebres y que San Euquerio, obispo de Lyon, nos
describe bajo los más seductores colores. Transcribimos algunas de sus
palabras, pues revelan claramente el estado moral de los espíritus y las
causas que llamaban tantos tránsfugas al desierto.
“Por mi parte, yo reverencio todos los lugares desiertos que son
iluminados por el retiro de los hombres piadosos, pero honro especialmente
a mi Lérins, que recibe con piísimos brazos abiertos a los que llegan a ella de
los naufragios del mundo proceloso, e introduce suavemente en su sombra a
los que se abrazan en el siglo, para que recobren el espíritu, bajo aquella
sombra interior del Señor. En ella fluye el agua, verdean las hierbas,
resplandecen las flores que agradan a la vista y al olfato. Es un paraíso para
los que la poseen, y así se ofrece a los que la poseerán.”
“¡Oh, qué alegres son, para los que tienen sed de Dios, aquellas perdidas
soledades en aquellos bosques! ¡Qué amenos son para los que buscan a
Cristo esos lugares secretos, guardados por la naturaleza, que se extienden
a lo largo y a lo ancho! Todo calla. Es entonces cuando el espíritu se siente
feliz, movido por cierto estímulo del silencio hacia su Dios. Es entonces
cuando es impulsado por inefables excesos. No hay ningún sonido que cause
algún ruido, nada, si no es quizás el de la voz que habla con Dios. Pero
cuando el sonido sucede al silencio de la secreta mansión, es aquel sonido
más dulce al oído que la quietud, el santo murmullo de la modestísima
conversación. Entonces los coros fervorosos ejecutan cosas maravillosas
suavemente, cantando himnos. Y uno se eleva al cielo, no menos con las
voces que con las oraciones.” 31
Al leer esta hermosa poesía que parece ella misma un perfume exhalado
del desierto, uno se percibe aún en Oriente, entre estos griegos cuya
imaginación era tan esplendida como su clima. Uno cree escuchar a San
Basilio describiendo su retrato de Capadocia o a Synesio, obispo de Cyréne,
confiando sus aspiraciones de soledad y sus independientes fantasías a la
lira del anciano de Téos. Es de hecho que, con Euquerio en Lérin (403), al
igual que con Casiano en Marsella (410), nos encontramos aún en las ideas
del monaquismo oriental. Pero esta especia de quietismo era muy
incompatible con el genio de la Galia como para naturalizarse en estos
monasterios. Estos piadosos retiros se volvieron rápidamente grandes
colegios de teología, al igual que verdaderas colonias agrícolas. En las que el
trabajo manual, el cultivo de la tierra, hace mucho abandonada a los
esclavos, se rehabilitó bajo las manos libres y piadosas: “los monjes fueron
los que limpiaron a Europa; desbrozaron grandemente, al asociar la
agricultura a la predicación 32.”
El hombre que determinó esta dirección y aseguró a la civilización
moderna un instrumento poderoso, fue San Benito, nacido en Nursia en el
480. Es sobre el monte Cassino, en la frontera con los Abruzos, que él
publicó una Regla de la vida monástica, la cual rápidamente se convirtió en
la regla general y casi única para los monjes de Occidente. Dice él en esta,
que “la ociosidad es el enemigo del alma y, por consecuencia, los hermanos
31
N. del T. Este fragmento fue extraído de
32 Guizot, Histoire de la civilization en France, t. II, lección XIV.
deben, en determinados momentos, ocuparse del trabajo de las manos; en
otros, de las santas lecturas.”
No bastaba prescribir el trabajo, era necesario organizarlo y, para esto,
someterlo a una dirección central y todo poderosa. San Benito, para
disciplinar a su milicia nueva, posó en principio la obediencia pasiva, la
abnegación de toda propiedad y toda voluntad personal. Así desapareció
completamente el carácter primitivo del monacato oriental, la exaltación de
la libertad. Finalmente, para cimentar su edifico y asegurarle una duración
inmortal, Benito estableció los votos perpetuos, es decir, substituyó los
impulsos fugitivos y caprichosos del fervor, por una institución positiva,
garantía rápida por la intervención de la potencia pública.
Los frutos de esta institución fueron incalculables para el futuro,
preciados ya en el presente. A las escuelas civiles, destruidas en el siglo V
por las invasiones bárbaras, suceden aquí y allá algunas escuelas
episcopales y monásticas. Mientras que las primeras, que crecieron a la
sombra del obispado, tenían por meta exclusiva asegurar las necesidades de
la Iglesia, así como procurarle lectores y cantores para el oficio divino, las
escuelas formadas por los monjes, completamente laicas, tenían algunas
cosas menos limitantes, menos especiales en su enseñanza. Aquí se otorgó
un lugar más grande a los conocimientos que no se entregaban directamente
para las necesidades diarias de la Iglesia. Aquí se copiaban manuscritos, se
guardaban algunas nociones de astronomía y de matemáticas, en fin, se
estudiaba algunas cosas de filosofía antigua. Así se conservó a la sombra,
entre las manos de los cristianos más celosos, y a menudo a su pesar, las
tradiciones de la civilización antigua que esperaba mejores días, un estado
político menos confuso, para volver a germinar. Un gran hombre ensayó
apresurar el paso de la historia y hacer por sí solo la obra de los siglos:
Carlomagno apareció y con él, también lo hizo el primer renacimiento,
desarrollo prematuro y por consiguiente efímero, meteorito brillante
destinado a extinguirse rápidamente en una noche menos profunda, sin
embargo, que aquella que le precediera.
____________________________

CAPÍTULO V

Carlomagno

Primer renacimiento ─ Leyendas ─ sabios convocados por Carlomagno ─ Trabajos de


Carlomagno, gramática franca: selección de poesía popular ─ Teología; capitular ─ reformas
del clero; escuelas; manuscritos.

Primer renacimiento

El pensamiento moderno debía nacer de la unión del cristianismo y de las


costumbres germanas con los recuerdos de sabiduría de Grecia y de Roma.
El primer contacto de estos elementos de la vida parecieron una destrucción.
Sin duda, la invasión de los bárbaros no fue un hecho general, simultaneo
por todas los lados del impero, al igual que por todos los lados de la Galia.
No sabríamos, sin una cierta exageración, adoptar los términos de diluvio e
inundación por los que algunos historiadores gustan manifestarse: esto fue
más bien una infiltración. Los bárbaros, largo tiempo amontonados en las
fronteras, atravesaron aquí y allá estas barreras impotentes. Dentro de poco
llamadas por los emperadores, dentro de poco imponiendo sus servicios, en
otra parte recorrían el país que se cerraría sobre sus huellas, saqueadores
más que conquistadores, no subyugaron a la Galia, sino que la devastaron.
El resultado no fue otro que la destrucción del imperio. Toda vida central se
extinguió poco a poco, todo se hizo local, aislado: el mundo pareció caer en el
caos. La mezcla confusa, la fermentación tumultuosa de los elementos de
una sociedad nueva duro cinco siglos hasta el final del octavo. Es cuando se
manifiesta la primera tentativa de organización bajo la mano del poderoso
Carlomagno. Germano de raza y costumbres, cristiano por la fe y romano
por la ciencia, este gran hombre representaba en sí mismo la fusión de
aquello que pretendía realizar en Occidente. Por un lado, detuvo la invasión
bárbara, por el otro, intentó hacer resurgir el imperio y purificar la Iglesia.
Al lado de esta resurrección de la sociedad política, se colocó enseguida,
como una consecuencia, la reorganización literaria que debe ocupar nuestra
atención. Es la primera de las épocas que llamamos renacimiento. Esta
merece particularmente este título, pues se trató en efecto de un
renacimiento y no de una creación; tal fue el principio de su debilidad. Fue
beneficiosa, aunque pasajera: conservó para épocas más felices la tradición
antigua casi extinguida e interrumpió la prescripción de la ignorancia.
Carlomagno emprendió la tarea de hacer resurgir todo aquello que se
derrumbaba, incluidas las letras, este lujo imperial de la antigua Roma.
Incluso sus guerras fueron organizadoras y sus conquistas defensivas.
Comprendió que el primer obstáculo a vencer era la fluctuación de los
pueblos, la perpetua movilidad de las razas, que acarreaban necesariamente
aquella de las instituciones. Para edificar, afirmó el suelo. De allí surgió la
necesidad por esta lucha de cuarenta años contra los sajones, los ávaros, los
turingios, los eslavos, los daneses, estas diecisiete expediciones al mediodía
contra los árabes y los lombardos. La victoria cambión entonces de partido y
de carácter: esta se volvió contra la invasión; fundó en lugar de destruir.

Sabios convocados por Carlomagno

Entre las útiles conquistas de Carlomagno, es necesario contar los


hombres instruidos que se apresuró a llamar desde las regiones vecinas y a
asociar a su obra de restauración. Fue el primer paso en la carrera del
progreso; se aseguró así indispensables instrumentos. Inglaterra era por
aquel entonces el país más civilizado de Occidente. Si hablar de la vieja
Iglesia de Irlanda, en la que los monasterios eran célebres desde el siglo V,
la Iglesia anglosajona había sido fundada en 668 por un griego de Tarso,
Teodoro. Este trajo algunos libros griegos, entre ellos algunos de Homero y
de Josefo. Gracias a sus cuidados y a los de Adriano, su amigo, esta Iglesia
naciente había encontrado la tradición de las letras latinas al igual que la
lengua griega. Contaba con muchas grandes obras de la antigüedad, entre
ellas las de Aristóteles. En la edad de las más terribles tinieblas, produjo sin
interrupción hombres tales como Beda, Egberto, Alberto y Alcuino.
Este último fue el confidente, el amigo y, de alguna forma, el ministro
intelectual de Carlomagno. Fue en Italia, en Parma, que el rey de los
Francos se encontró con el sabio anglosajón en 780. Dos años después,
Alcuino se había establecido a la corte de Carlomagno y cobraba la renta de
res ricas abadías. No es necesario medir la reputación de este hombre
célebre en el mérito intrínseco de las obras que dejó. Comentarios alegóricos
sobre las santas Escrituras, tratados dogmáticos sobre ciertas cuestiones
teológicas, un libro de moral práctica sobre las virtudes y los vicios, algunos
trabajos sobre gramática, ortografía, retórica y dialéctica, ochenta piezas de
versos de un mérito mediocre es todo cuanto de él queda y nada nos impulsa
a pensar que escribiera obras de un valor más considerable. La verdadera
obra de Alcuino fue la de impulsar el espíritu de sus contemporáneos; su
mérito es el de haber detenido sobre la pendiente la rápida decadencia de la
instrucción y de haber renovado la cadena de las tradiciones antiguas. Es
hacia la filosofía, hacia la literatura por lo que se inclinó a pensar: citó a
Virgilio y a San Agustín, se ocupó de la matemática y la astronomía, al igual
que de los estudios teológicos. Con él comenzó la alianza de dos de los más
fecundos elementos del pensamiento moderno: la antigüedad y el
cristianismo.
Alcuino no fue el único que ayudó a secundar los nobles esfuerzos de
Carlomagno. Todas las regiones parecieron pagarle tributo. El Nórico le dio
a Laidrado; se hizo con el gótico Teodulfo: uno se convirtió en el arzobispo de
Lyon y el otro en obispo de Orleans. Encontramos igualmente cerca de él a
Esmaragdo, abad de Saint-Mihiel, quien compuso una gramática latina, al
germano Angilberto que escribió versos latinos, a San Benito de Aniano, el
segundo reformador de los monasterios de Occidente y, por último, a
Eginardo, “un bárbaro poco ejercitado en la lengua de los romanos”, a quien
el mismo Carlomagno dijo que sería el más destacado de los cronistas de la
época, por lo que mereció el título de historiador.
1

Katherine Montoya
Práctica II de traducción 6 de marzo de 2015.

Nota: 5.00

La primera tarea de Carlomagno fue reunir en torno a un foco de interés común a aquellas
lumbreras dispersas que él pudo reunir. En el recinto de su palacio creó una escuela que lo
seguía a todas partes y de la cual formaban parte además del mismo emperador, sus
maestros, sus favoritos, sus hijos e incluso sus hijas. A decir verdad, era más una especie de
academia que una escuela común y corriente, en la que Alcuino quién era el alma de esta,
buscaba despertar la atención y picotear la curiosidad de sus oyentes semi bárbaros, gracias
a todo lo que la erudición traía de sorprendente. Alcuino acertó: no se trababa tanto de
instruir a estos alumnos sino hacerlos amar el conocimiento. La pasión que este excitaba
era producida a un nivel que nos parece extraño. Al igual que en ciertas academias
italianas, donde unos solemnes eclesiásticos se atribuyen nombres bucólicos de los pastores
de Virgilio, la escuela del palacio solía dar un nombre sabio a cada uno de sus miembros.
Allí Carlomagno se llamaba David; Alcuino era Flaco; Angilberto era Homero; Gisla y
Gondrade habían escogido los dos nombres graciosos de Lucia y Eulalia. Cuando pensamos
en la grandeza del resultado y en la elevación de los motivos, debemos respetar incluso un
ligero matiz de pedantismo. Por otra parte, ¿no es acaso una necesidad noble de los
hombres de élite, el salir por al menos unos instantes de una era bárbara, utilizando la
ilusión de estos nombres venerados?

Obras de Carlomagno; gramática franca y antología de poesías populares.

Carlomagno se tomó el estudio seriamente. Quería saber por su cuenta todo lo que
ordenaba enseñar. Debía ser un espectáculo curioso y admirable ver a este orgulloso
vencedor de sajones y lombardos ejercerse con mucho cuidado y muy poco éxito para
formar los hermosos caracteres de escritura, y poner sus pizarras y su estilete bajo su
cabecera, para ocupar así el insomnio de sus noches. Su inteligencia era más flexible que
sus dedos; aprendió a hablar correctamente la lengua latina e incluso comprendía el griego.
Llevando hasta en la gramática, el genio de organización que deslumbraba en su política,
concibió el proyecto de someter el hasta entonces idioma indisciplinado de los germánicos
a las leyes generales del lenguaje. Comenzó una gramática franca que precedió por 800
años a las más antiguas gramáticas alemanas. Finalmente, lo que resaltaba su gusto
literario, es que a pesar del entusiasmo que le despertaban las letras latinas, no desdeñaba
las poesías nacionales de la Germania, sus viejos cantos heroicos de los cuales aún
conservamos restos en los Edda y los Nibelungos. Carlomagno recogió estos poemas
bárbaros que seguramente escondían la verdadera poesía de todos los hexámetros de Flaco-
Alcuino y de Homero-Angilberto. No obstante, él mismo cultivó la poesía latina y a él se le
atribuyen muchas piezas de versos que aún tenemos. Hay uno que parece pertenecerle más
ciertamente, pues ahí se nombra y es el epitafio del joven Hugo, uno de sus hijos.
Observamos allí un solecismo tan lleno de gracia que parece una condición indispensable
de la idea que expresa:

“Hoc tibi care decus, Carolus miserabile carmen Edidit.”

Otro verso de esta pieza compensa una falta de cantidad con una noble imagen:

“Perpetuus miles régnât in aula Dei.”

Apreciamos encontrar esta mezcla de talento y de incorrección sobre la pluma del poeta
guerrero. Parece que este pensamiento fuerte, impaciente de obstáculos, destruye al menor
movimiento, las reglas más delicadas de las sintaxis y de la prosodia.

Teología; Capitulares.

La verdadera literatura de esta época tenía que ser la teología. El porvenir del pensamiento
estaba en la fe cristiana: había que terminar de fundar la fe. Sólo ella podía apasionar los
espíritus, aguijonear el estudio, originar la discusión y algunas veces la elocuencia.
Carlomagno fue teólogo. Además de las cuestiones que él enviaba a los obispos, verdaderos
programas que producían obras, el mismo emperador revisó y completó diferentes tratados
sobre los temas que entonces preocupaban a la Iglesia.

La labor verdaderamente real que nos queda de Carlomagno, son estos sesenta y cinco
Capitulares, colección vasta y confusa de los diversos actos de su poder. No es
exclusivamente una recopilación de leyes, sino también de ordenanzas, juicios particulares,
consejos, proyectos, y por último, actos administrativos de toda clase. El reino de
Carlomagno todavía vive en estos restos mutilados. De allí, creemos entender la voz
imponente del maestro, y reconocer algunas veces la brevedad imperial del mando; pero el
príncipe no sólo ordena, sino que razona y enseña. Los reyes son los pastores de los pueblos
a la aurora de toda civilización. Unas veces, el autor de los Capitulares les predicó a sus
duros Germanos la moral evangélica, y les citó al apóstol santo Pablo; otras veces, dio
instrucciones a sus enviados reales, organizó las formas de la justicia y la dirección de los
pleitos locales. Abarcando todos los detalles en su inmensa actividad, creó reglamentos
para la policía, estableció un máximo para el precio de los alimentos, proscribió la
mendicidad y la reemplazó por una especie de impuestos de pobres. Más tarde, dedicó un
capitular entero a la administración doméstica de sus dominios para la venta de sus
vegetales (de villis). El activo del presupuesto imperial eran los granjeros a los cuales se
dirigía y formaban su ministerio de finanzas. Por último, Carlos se cuidaba de no olvidar a
los eclesiásticos, es decir, a la parte inteligente, la clase reinante de la nación. El emperador
no sólo ajustaba sus intereses, sino que también se ocupaba y se preocupaba por sus
usurpaciones. Parecía leer en el porvenir las desgracias de su hijo, Luis el bonachón. "Él les
pregunta: ¿a quién se dirigen estas palabras del apóstol?": "¿ningún hombre que combate al
3

servicio de Dios se preocupa por las cuestiones mundanas?"; y más adelante: "¿qué
significa renunciar al siglo? ¿Solamente no llevar armas y no estar casado públicamente?

Reforma del clero; escuelas; manuscritos.

La reforma del clero fue la primera medida reparadora de Carlomagno. El renacimiento del
noveno siglo, así como del undécimo y del decimosexto, comenzó con una reforma
religiosa. Bajo Carlos Martel, e incluso mucho antes de él, los bárbaros habían invadido la
Iglesia, y le habían aportado su grosería y su ignorancia. Carlomagno no perdonó a nadie
para reavivar la disciplina eclesiástica sino que corrigió las costumbres de los clérigos,
restableció la regularidad en sus conductas y la decencia en la celebración de los oficios.
Los concilios casi en desuso en el séptimo siglo y a principios del octavo, volvieron a ser
frecuentes bajo este reino. La vida moral renacía en la Iglesia, y así mismo despertaría la
inteligencia.
En el siglo XV, la copia de los manuscritos desempeñó entonces el mismo papel que la
imprenta en el siglo IX. De una época a otra, la biblia fue objeto de los primeros trabajos.
Hacia el año 801, Alcuino envió al emperador una revisión completa de los libros santos.
Este mismo príncipe se entregó a estudios similares. “El año antes de su muerte, dice un
cronista contemporáneo, corrigió cuidadosamente, junto a griegos y sirios, los cuatro
Evangelios de Jesucristo”. Tales ejemplos dieron un impulso general, y todos los
monasterios rivalizaban con gran ardor para copiar estas nuevas recensiones. Al carácter
informe de los tiempos merovingios, cuya escritura era sólo cursiva y degenerada, se
sustituyó por el pequeño y más tarde gran carácter romano: era otra vez una restauración.
La caligrafía se convirtió en un talento lucrativo e incluso en una gloria. Se hacía todo lo
posible para propagar el gusto. Unas veces, los versos de Alcuino, especie de circular
escrita en las paredes internas de las abadías, invitaban a los copistas a la exactitud más
minuciosa; otras veces eran recomendaciones, oraciones, imprecaciones consignadas así
mismo en el manuscrito original, que incitaban a los copistas a no cambiar nada, ni
tampoco alterar ni una línea.
Bajo las bóvedas de los monasterios circulaban ciertas leyendas muy propias para reanimar
el fervor de los calígrafos. Un novicio empleado para copiar libros había debido su
salvación a una compensación extraña: las páginas de una carta que había transcrito
sobrepasaban el número de pecados que había cometido. La biblia comenzó y santificó el
movimiento lo que hizo que los autores profanos sacaran provecho de eso. Alcuino conocía
muy bien a Virgilio; según ciertos testimonios, repasó y copió las comedias de Terencio e
hizo traer los libros de erudición escolástica de York que había reunido en su juventud.
Lobo de Ferrières le prometió a Eginardo las Noches áticas de Aulo Gelio, tan pronto como
el abad, a quien se las había prestado, hubiera terminado la copia. Más tarde, le hizo pasar
los Comentarios de César. Por otro lado, solicitaba del papa Benito III el envío del tratado
de Oratore de Cicéron y de las Instituciones de Quintiliano, en compañía de los
Comentarios de San Jerónimo. Se disputaban el privilegio de leer y ser el primero en copiar
el manuscrito. Se trataba de un movimiento que sólo era análogo entre los letrados del gran
renacimiento.
La instauración de las escuelas fue entonces el complemento. Las antiguas escuelas
municipales habían desaparecido, en medio de los disturbios de la invasión. Escasos
monasterios apenas satisfacían las necesidades más urgentes de la instrucción. Carlomagno,
preocupado durante mucho tiempo por esta idea, publicó finalmente en 737, a instancias de
Alcuino, lo que llamamos una circular, donde ordenaba a los obispos y a los abades fundar
escuelas. Dos años después, un capitular organizaba lo que la carta precedente había
creado. Este reglamentaba que cerca de cada obispado y cerca de cada monasterio sería
abierta una escuela, donde se enseñaría la gramática, el cálculo y la música. Desde
entonces, el número de estos establecimientos se incrementó considerablemente y los más
célebres fueron los de Tours, los de Ferrières en Gàtinois, Fulde, el de la Diósesis de
Maguncia, Reichenau, en el de Constancia; de Aniane en Languedoc y el de Fontanelle en
Normandía.
Alcuino parecía multiplicarse para propagar la enseñanza; sin embargo, no solamente
estableció escuelas, sino que también él mismo enseñó con un gran deleite, y la mayoría de
los hombres ilustres que esta época vio nacer fueron en gran parte sus discípulos.
Escuchemos al mismo Alcuino rindiendo cuentas a Carlomagno, en una de sus cartas (796),
de la naturaleza de la enseñanza que había establecido en Tours:
“Yo, su Flaco, según su exhortación y su sabia voluntad, me esfuerzo en servir a los unos,
la miel de las Escrituras santas bajo el techo de San-Martin; a otros trato de embriagarlos
con el viejo vino de los antiguos estudios; alimento a aquellos con la ciencia gramatical e
intento hacer brillar en los ojos de otros el orden de los astros”.
No obstante, reconoce que sus esfuerzos encuentran grandes obstáculos: “poco progreso y
avanzo poco, luchando siempre con la rusticidad de los turonenses”.
Desafortunadamente, esta resistencia no era local; tenía raíces más extensas y más difíciles
de extirpar. Las masas de la población no sentían ninguna simpatía hacia esta ciencia que
descuidadamente consideraban con poco interés: era un asunto entre el príncipe y el clero.
Los conservadores de las viejas costumbres, o especies de “Câtons” de la ignorancia, se
oponían obstinadamente a todas estas novedades; despreciaban “los ocios supersticiosos de
las letras y desconsideraban a aquellos que deseaban aprender algo 1“. Sólo encontramos un
monumento de esta época que instituye positivamente una enseñanza destinada a otros
diferentes de los clérigos 2; y es muy probable que esta tentativa no haya tenido casi ningún
éxito. No podía haber sucedido de otro modo. La Iglesia era entonces el único espacio de la
nación que podía recibir una cultura literaria: las letras y las artes son las flores de la
civilización y es el último fenómeno del crecimiento de las sociedades. El renacimiento
Carlovingiano precedió la constitución real de la nación, y de esto resultó algo superficial y
efímero.
Los conocimientos científicos que Carlomagno sembró no sumieron raíces profundas en el
suelo de Francia, ni se alimentaron de las sabias abundantes de la vida popular. No
obstante, estaban muy lejos de haber sido inútiles: vivieron en el seno de los monasterios,
hasta el día en que circunstancias más favorables permitieron propagarlos hacia fuera.
Hasta ese entonces, las letras concentradas en una clase que podía sólo cultivarlas,
constituyeron más bien un depósito que una riqueza real. Estas sólo produjeron un
historiador notable, Eginardo, el biógrafo de Carlomagno quien imitaba a Suetonio y que a
veces le recordaba: es su mérito a los ojos de los contemporáneos. Uno de ellos alababa en
este escritor “la elección de los pensamientos, un empleo sobrio de las conjunciones, tal,
como lo observó en los buenos autores, un estilo que no afectaba la longitud, la

1
“Earum, ut nunc plerisque vocantur, superslitiosa olia fastidio sunl....
Nunc oneri sunl, qui aîiquid discere all'ectanl”. (Lupus Feirariensis, epístola I.)
2
Theodulpbi Capilularia, § 19, 20.
5

complicación de los períodos, ni las frases de una extensión inmoderada 3“. El autor de este
juicio poco habría apreciado a Commines o a San Simón.
La poesía es el género de composición que no puede realizarse sin el pueblo: es una especie
de espectáculo que languidece sin los aplausos de la multitud. Es decir, la poesía no existió
bajo Carlomagno; entiendo la poesía letrada, reservando, desde luego, los cantos rudos
germánicos de los que hablé anteriormente. La poesía latina fue sólo un recrudecimiento de
la versificación. Simplemente se trataba en versos los mismos temas que se desarrollaban
en prosa: así se hacía la moral, la teología, la administración en hexámetros.
En el campo de la filosofía, apareció un hombre notable, único, Juan Escoto o el Erígena (el
irlandés). Al atrevimiento de sus ideas, a la sutileza de sus deducciones, al grandor de sus
resultados, se podría creer que abría una carrera nueva a la filosofía y que se adelantaba a
los pensadores de las escuelas modernas. Esto sería un error: Juan Escoto no era más que el
último de los alejandrinos, descarriado en el noveno siglo; un contemporáneo, un
compatriota de Plotino y de Porfirio. Tradujo del griego las obras de un alejandrino del
siglo quinto, falsamente atribuidas a santo Denis el Areopagita; reprodujo las doctrinas en
su libro sobre la División de la naturaleza: él es el último representante de esta tentativa de
amalgama entre el neoplatonismo de Alejandría y la teología cristiana, que comenzó desde
el segundo siglo y siguió activamente hasta el siglo quinto. Toda esta literatura
Carlovingiana mira el pasado y lo refleja: es un día de otoño donde algunos rayos recuerdan
a veces al verano y le dan al viajero una ilusión agradable. Pero con seguridad no es la
primavera: los follajes son amarillos y la tierra aún no tiene savia.

_________________________________

CAPÍTULO VI.

LENGUA FRANCESA.

Expulsión del alemán y del latín. — Formación de los idiomas modernos; lengua de oc;
lengua de oïl.

Expulsión del alemán.

Carlomagno había intentado en vano llenar el vacío que el imperio de Occidente dejaba en
el mundo. Este gran hombre, en la noble impaciencia de su genio, había querido adelantar
la hora de la Providencia. Había impuesto a Europa una unidad aparente y muy externa.
Pero esta forma, herencia de una sociedad extinguida, resultó demasiado vasta y demasiado
sabia para las necesidades de los pueblos nuevos, que la miseria había devuelto la barbarie.
Era una expresión antigua impuesta a los sentimientos y a las costumbres a las cuales no
respondía más; era algo grande, pero muerto. La verdadera unidad sólo puede nacer de la
asimilación lenta de inteligencias. Había entonces que recobrar la sociedad en sus bases,
fortificar las almas con conciencia de su valor individual, armar al soldado para la defensa
de su tierra, elevar la atalaya del castillo y más tarde la muralla de la ciudad; en una
palabra, rehacer hombres y no un imperio. Así mismo, tan pronto no se sintió más la mano

3
Lupus Ferrariensis, epístola I.
de hierro del conquistador, lo más urgente que se tuvo que hacer fue quebrantar esta
máquina complicada que nadie podía hacer mover, y que atestaba la vía. El instinto de los
tiempos, la fuerza de las cosas, la ley secreta y viva que escondida en el seno de las
sociedades preside a todas sus transformaciones, predominaban sobre la fuerza
organizadora del maestro. El nuevo imperio se derrumbaba por todas partes; todo tendía a
aislarse, a volverse particular y local: los pueblos se desprendían pieza a pieza. Setenta
años después de Carlomagno, sus estados son desmembrados en siete reinos. Los reinos
mismos caen en ducados, condados, y señoríos: hacia el final del noveno siglo, Francia sola
cuenta veintinueve provincias, y al final del décimo siglo, cincuenta y cinco provincias,
cuyos gobernadores, bajo los nombres de condes, de vizcondes, y de marqués, se hicieron
verdaderos soberanos. Un capitular de Carlos el Calvo (877) dedicó legalmente la herencia
de los beneficios y los oficios reales: el imperio consumió su suicidio.
No obstante, ya aparecían, en medio de esta desorganización universal del pasado, las
nuevas tendencias que debían constituir el porvenir. Los reinos se destrozan, pero las razas
recuperan su independencia: rechazan la dinastía y los idiomas extranjeros. Se crean unos
jefes y se crea un lenguaje. Durante mucho tiempo, Carlomagno había cubierto a sus
sucesores del prestigio de su gloria; pero cuando, a fuerza de incapacidad, destruyeron la
ilusión, se recordaba que eran extranjeros. El primer síntoma de la vida nacional fue
odiarlos como conquistadores y despreciarlos como incapaces.
“Sin duda, dijo Agustín Thierry, en la revolución que derribó el trono de los
Carlovingianos, es necesario dedicar una gran parte a la ambición personal del fundador de
la tercera dinastía: sin embargo, se puede afirmar que esta ambición, hereditaria, se
mantuvo desde hace un siglo en la familia de Roberto el fuerte, fue alimentada y apoyada
por el movimiento de la opinión nacional; dicho en otras palabras, es el fin del reino de los
Francos y la sustitución del gobierno fundado sobre la conquista por una realeza nacional 4”.
Con y hasta antes de los reyes germanos desaparece del suelo galo la lengua tudesca, el
alemán. En 813, un canon del concilio de Tours recomendaba al clero predicar en tudesco,
así como en latín y en la lengua románica vulgar 5: prueba cierta de que el idioma
germánico era aun generalmente difundido en la Galia. Veintinueve años después, en 842,
cuando ambos hijos de Luis el Bonachón se juran amistad y alianza a la cabeza de sus
ejércitos, el príncipe Luis el Germánico, queriendo ser comprendido por los hombres de
Carlos el Calvo, sólo utiliza la lengua románica, mientras que Carlos el Calvo hablaba
tudesco a los soldados de Luis el Germánico 6. Aquí la distinción de las lenguas parece ya
bien trazada: el tudesco retrocede poco a poco hacia el norte; deja a los dialectos
provenientes del latín las tierras que son desde ahora Francia. En 911, ya nadie entendía
más los idiomas germánicos del tribunal de Carlos el simple. Cuando el duque Rollón se
adelantó para jurarle fidelidad y pronunció las dos palabras by Got (por Dios), todos los
asistentes se pusieron a reír 7. Parece que los últimos descendientes de la dinastía
Carlovingiana se tomaron la tarea de ampliar la distancia que les separaba de la nación.
Luis de Ultramar, en medio de un pueblo que sólo hablaba el latín vulgar, sólo comprendía
el tudesco. En 948, durante el concilio de Ingelheim, donde se encontró con el emperador
Otón, ambos príncipes, tanto el uno como el otro, parecían alemanes. Cuando se leyó la

4
Carta siglo XII.
5
Más adelante explicaremos lo que era la lengua románica.
6
Véase más adelante los juramentos del príncipe y del pueblo.
7
D. Bouquet, t. V',11, Pag. 316.
7

carta del papa Agapito, hubo que traducirla en lengua tudesca, para que los reyes la
pudiesen entender. Por el contrario, los príncipes de la tercera raza, cultivaron con cuidado
el idioma popular. Roberto, hijo de Hugo Capeto, era muy hábil en la lengua gala, dice un
cronista: Erat lînguse gallicoe peritia facunclissimus.

Si los Germanos desaparecieron como nación del territorio galo, se quedaron allí como
individuos; se unieron a los antiguos habitantes y contribuyeron a reanimar en su seno
todas las virtudes guerreras que habían traído de sus bosques salvajes. Lo mismo sucedió
con el idioma germánico: se borró como lengua y se quedó como influencia; se amalgamó
de manera más o menos oculta con el nuevo idioma de Francia del norte, y sirvió para
comunicarle esta firmeza, esta energía que fortalece, en cierto modo, las lenguas, y les da
dinamismo y duración 8.
En primer lugar, parece asombroso que los vencedores les hubieran tomado y no impuesto
una lengua a los vencidos. Este hecho se explica fácilmente por la desigualdad en el
número de la población y sobre todo de civilización entre ambos pueblos. Es un fenómeno
constante en la historia que los conquistadores bárbaros sufran inevitablemente la lengua,
las costumbres y la cultura intelectual de un pueblo refinado. Por ejemplo: los mongoles,
vencedores de la China, adoptaron su lengua y sus leyes. Los romanos sometieron Grecia, y
aunque no abandonaron su lengua, gran representante de su soberanía, aprendieron por lo
menos la lengua de los vencidos; adoptaron sus obras maestras y sus dioses. Pero estos
mismos romanos, al convertirse dueños de la Galia menos civilizada, pronto introdujeron
allí sus costumbres y su lenguaje.

Expulsión del latín.

Si el alemán fue exiliado por Francia, el latín se quedó allí que para morir. A un pueblo
nuevo, le hacía falta una lengua nueva. Este sabio e industrioso lenguaje, producto e
instrumento de una civilización refinada hasta la corrupción, no podía sobrevivir a la
sociedad que lo había creado. Este mismo se había esforzado para preservar de toda ofensa;
era como una máquina inmensa, complicada, llena de detalles delicados y frágiles, que daba
resultados maravillosos bajo un impulso hábil, pero que no podía soportar sin romperse al
esfuerzo de una mano inexperta. Hablado en todo el Occidente, impuesto en Oriente como
medio de comunicación oficial, el latín resonaba por todas partes como el grito de guerra de
las legiones, como la orden imperiosa de Roma. Pero esta misma difusión debía perjudicar
a su pureza. La lengua romana, así como el imperio, estaba enferma de su grandor 9.
Si los provinciales, los hombres de Roma, ya habían alterado el latín con el uso, los
bárbaros lo quebrantaron por impotencia y capricho. ¿Qué tenían que hacer todas estas
combinaciones sutiles de tiempo, de modos, de casos oblicuos y diversamente declinados,
que cansaban su memoria pero sin servir sus necesidades? ¿Qué les importaba este
vocabulario rico ciceroniano, vasta paleta donde brillaban los colores más delicados, o
donde se fundaban los matices más variados? He aquí a lo que se redujo el mecanismo de
su lenguaje: a un pequeño número de palabras muy precisas y muy ordinarias para expresar

8
Véase más arriba, página 21, lo que dijimos de la influencia del alemán sobre la lengua francesa.
9
“Ut jam magniludine laboret sua”. Tite-Live, t. I, prefacio.
los objetos que impactaban su sentido, algunos auxiliares cómodos para reemplazar los
tiempos y ciertas preposiciones que siempre son las mismas para hacer las veces de
inflexiones de los casos. El latín debió sufrir una reducción considerable y una extrema
simplificación. Los bárbaros realizaron precipitadamente lo que el tiempo produce a la
larga sobre todos los idiomas; hicieron pasar la lengua latina del carácter sintético a los
aspectos más despreocupados, pero también más pobres del análisis. Hubo una analogía
singular entre la revolución del lenguaje y la del gobierno. Tanto allí como acá todo se
volvió simple, material, positivo, pero estrecho, exiguo, bárbaro. Los hombres tenían pocas
ideas e ideas muy cortas; las relaciones sociales eran escazas y limitadas; el horizonte del
pensamiento y de la vida eran extremadamente restringidos. En tales condiciones, una gran
sociedad y un lenguaje rico eran también imposibles. Pequeñas sociedades, gobiernos
locales, lenguas poco abundantes, dialectos populares, en una palabra gobiernos e idiomas
hechos de alguna manera, a la medida de las ideas y de las relaciones humanas; esto sólo
era posible, esto sólo pudo llegar a vivir. Cuando los restos de la gran lengua Romana
adquirieron, gracias a la analogía, una cierta regularidad, cuando, por procedimientos
nuevos, se encontró el medio de suplir al mecanismo sabio de las declinaciones y de las
conjugaciones antiguas, este resultado de la barbarie de los tiempos y de las tendencias
analíticas naturales al espíritu humano formó los idiomas populares conocidos bajo el
nombre de lenguas neolatinas.
Todo servía de instrumento para la destrucción fatal que debía ser muy fecunda. ¡Qué
extraño! tal vez, el clero del sexto siglo fue el que daría al latín los golpes más duros. En su
celo necesario contra los restos de la idolatría, comprendió la elegancia del lenguaje. El
papa san Gregorio el grande, sabiendo que Didier, obispo de Viena, daba lecciones de
gramática, le escribió: “me cuentan algo que no puedo repetir sin vergüenza: se dice que su
fraternidad le explica la gramática a algunas personas. Estamos afligidos....pues las
alabanzas a Júpiter no se pueden contener en una sola y misma boca con las alabanzas a
Jesús cristo”.
En cuanto a él, profesa bajo este informe la ortodoxia más franca: “no evito el
desorden del barbarismo, decía; desdeño observar los casos de las preposiciones; porque
vería una indignidad en plegar la palabra divina bajo las leyes del gramático Donato”. Sin
duda, hay para nosotros algo raro en este mal humor del pontífice, en esta insurrección
santa contra el yugo gramatical.
Sin embargo, en una edad tan cerca de los siglos paganos, era posiblemente difícil
conservar las gracias del lenguaje clásico sin el fondo de las ideas que acostumbraban
revestir y conservar la forma sin el pensamiento, la flor sin el tallo, la civilización latina sin
la filosofía profana. Gregorio el Grande veía posiblemente de forma más justa que los
filósofos que lo criticaron, cuando, en su instinto de obispo, sentía confusamente la
necesidad de una lengua nueva, aunque fuese bárbara, para expresar las ideas de la
civilización a punto de renacer.
Sea lo que sea, este celo ardiente y justo en su principio, exagerado sin duda en sus
consecuencias, no tardó en llevar sus frutos en detrimento de la lengua latina. Es probable
que san Bonifacio, obispo de Maguncia, no quiso exponerse a las reprimendas pontificales
al enseñar a sus sacerdotes las reglas de Donato; pues el papa Zacarías tuvo que pronunciar
sobre la validez de un bautismo conferido por uno de ellos en estos términos: ego te baptiso
in nomine patria y filia, y spiritus sancti.
Esta cruzada contra el latín tuvo algo de oportuno en su rareza: cesó tan pronto
cuando el enemigo ya no era de temer. El latín convertido fue aprobado para
9

arrepentimiento, y encontró, como todos los pecadores, un asilo en los monasterios. Se hizo
lengua muerta, y el clero tuvo gran cuidado con esta cuando se la apropió.
También, de los dos lenguajes hablados en la Galia bajo las dos primeras razas, uno
fue relegado más allá del Rin y el otro dentro del claustro, el pueblo mismo hizo su lengua.
Derivada sobre todo de aquella de los romanos, recibió el nombre de lengua romana.

Formación de los idiomas modernos; lengua de oc; lengua de oïl.

¿En qué época comenzó el uso de estas lenguas? Es difícil de determinar con
precisión. Las lenguas no nacen un día dado; no nacen en absoluto, se transforman. Los
eruditos pretendieron comprobar la existencia del romano desde el tiempo de Carlos
Martel; hasta señalaron algunas formas en una época mucho más lejana 10. El primer
monumento escrito y auténtico que se nos queda, son los famosos juramentos que prestaron
Luis el Germánico a su hermano Carlos el Calvo, y aquellos que prestaron los soldados de
Carlos a Luis el Germánico, en marzo del año 842. Transcribimos aquí el juramento según
el texto del historiador Nithard 11, juntando también una traducción francesa.

JURAMENTO DE LUIS EL GERMÁNICO.

« a Pro Deo amur et pro Christian poplo, et nostro commun salvament, dist di en
avant, in quant Deus savir et a potir me dunat, si salvara jeo cist meon fratre Karlo, et in a
adjudha et in cadhuna cosa, si com om par dreit son fradra * salvar dist, in o quid il mi
altresi fazet, et ab Ludher nul « plaid nunquam prindrai, qui, meon vol, cist meon fradre «
Karle in damno sit. »

TRADUCCIÓN.

“Por el amor de Dios, para el pueblo cristiano y para nuestra común salvación, de este
día en adelante, como Dios me ha dado el saber y el poder, salvaré a mi hermano Carlos,
aquí presente, y le ayudaré en cada cosa (así, tal como un hombre, según la justicia, debe
salvar a su hermano), así como él lo haría de la misma manera por mí; y no haré con
Lotario ningún acuerdo que, por mi voluntad, cause perjuicio a mi hermano Carlos aquí
presente”.

DECLARACIÓN DEL EJÉRCITO DE CARLOS EL CALVO.

10
J. L. Ideler, Geschichte der Altfranzxsischen National-Littératur, § 25. —
L. Genin, introducción al Cantar de Roldán, pág. IX. Toda la espiritual erudición de este crítico no pudo
animarnos a compartir la audacia de sus conclusiones. “No dudo, dice, que el francés existiese en el siglo
VIII. Considero permitido afirmar que Carlomagno había oído hablar francés…No hay temeridad alguna en
suponer que Carlomagno trató de hablar francés.
11
Hisforin Francorum, apnd Duchcsne, t. II, Pag. 274. — Roquefort, Glossaire de la langue romane, t. I, Pag.
20.
« Si Lodhuwigs sagrament que son fradre Karlo jura conservât, et Karlus meos sendra
de suo part non la stanit, si jo returnar non lint pois, ne jo, ne neuls cui eo returnar int pois,
in nulla adjudah contra Ludowig nun li juer. »

TRADUCCIÓN.

“Si Luis respeta el juramento hecho a su hermano Carlos, y Carlos, mi señor, por su parte
no lo hace, si no le puedo desviar de esta decisión, ni yo ni alguno (de los) con los que lo
podrían hacer, no le daremos ayuda alguna contra Luis 12“.

Estos textos son curiosos monumentos para el estudio de nuestra lengua. Y allí se
encuentra, en cierto modo, algo del trabajo de la transformación. Podemos observar que
estas líneas bárbaras ocupan un lugar en medio de los dos dialectos que, como nosotros
diremos, se repartieron Francia. La división todavía no se efectuó. Es probable que, bajo la
segunda raza, la unidad política mantuviera y conservara una especie de uniformidad en el
idioma corrompido, que se llamaba lengua vulgar. Este lenguaje cuasi-latín tuvo en Francia
las mismas pretensiones y la misma fuerza que el imperio cuasi-romano de Carlomagno.
Estos cayeron juntos y por las mismas causas; la lengua se dividió en dos dialectos; y,
retomando a Cicerón una imagen expresiva, al igual que los ríos que tienen origen de los
Apeninos se separan sobre dos laderas, los unos que fluyen hacia el mar de Jonia, que
ofrece puertos seguros y tranquilos, bajo el bello clima de Grecia, y los otros que van a
desembocar en el mar de Toscana, que baña un país bárbaro, espinoso de escollos y de
arrecifes: así la nueva lengua se partió por la mitad en corrientes diversas, entre las que una
fue a rociar las llanuras risueñas del sur, totalmente perfumadas todavía por la memoria de
las artes y de la civilización romana, donde la lengua griega misma había dejado un
armonioso eco; la otra, difundida en el norte del Loira, encontrando por todas partes a
Germanos, Kimris, Northmans, se encargó de un sedimento bárbaro que alteró por mucho
tiempo su limpidez.
Los Northmans ejercieron sobre todo la influencia más grande sobre el dialecto del norte de
Francia. Estos conquistadores del décimo siglo hicieron como los del quinto: adoptaron la
lengua del país conquistado, pero la adoptaron modificándola según la necesidad de sus
órganos rudos. Las sílabas sonoras se oscurecieron: las a se convirtieron en e. Por ejemplo:
la palabra latina charitas había dado charitat a la lengua románica; los Northmans
pronunciaron charité, y contribuyeron así a dar al dialecto del norte una fisonomía cada vez
más distinta. Los huellas que dejaron allí fueron tan profundas que se apropiaron más
seriamente de la lengua francesa. Ya bajo Guillermo I, sucesor de Rollón, los romanos soló
hablaban en Ruan. El duque, queriendo que su hijo supiera también la lengua danesa, fue
obligado a enviarlo a Bayeux, donde todavía se hablaba esta lengua. Para los otros galos, el
francés era un latín corrompido, un dialecto despreciado; para los Northmans bárbaros, esta
fue casi una lengua sabia, que estudiaron, como el latín, con mucho más cuidado. Pronto
los Northmans se hicieron nuestros poetas y maestros del francés, al igual que en otro
tiempo los galos habían enviado a Roma maestros de retórica y de gramática latina.

12
Podemos ver el análisis argumentado de cada una de las palabras que componen estos textos en
l’Explication de Bonamy, en el volumen 45 de Mémoires de l'Académie des inscriptions (edicto. En 12).
11

Mientras tanto, el idioma meridional así mismo recibía de las circunstancias políticas,
su carácter distintivo. Las provincias del sur, sometidas primero por los visigodos y los
borgoñones, habían sufrido menos bajo estos conquistadores menos bárbaros. Los Francos
las habían surcado sin duda muchas veces, pero sin desarraigar completamente como en el
norte, las costumbres y la civilización romana. Después de Carlomagno, las provincias
sometidas a la división de algunos de sus sucesores, se habían formado como reinos
independiente bajo Bosón, quien en 879 tomó el título de rey de Arles o de Provenza. Pero
a finales del undécimo y a principios del duodécimo siglo, su sucesión se encontró repartida
entre los condes de Tolosa y de Barcelona. La unión de los provenzales con los catalanes
terminó por alejar el dialecto del sur muy lejos del idioma sordo y lánguido de los
compañeros de Guillermo el Bastardo. El provenzal fue en lo sucesivo una lengua distinta
del románico wallon (valón) o welsh (es decir galo). Estos dos idiomas se distinguían
también por la palabra que, en cada uno de ellos, expresaban la afirmación oui: uno fue
llamado lengua de oc (hoc) y el otro la lengua de oïl (hoc illud). Así es como en la misma
época se nombraba al italiano lengua de si, y al alemán lengua de ya 13.
Lo que es sólo diversidad en la esfera de los principios se hace hostilidad en la de los
acontecimientos. El norte y el sur de Francia constituyeron su individualidad sólo con la
condición de odiarse. Los hombres del norte eran más valientes, pero también más
bárbaros, mientras que los hombres del sur eran más ingenioso, pero más blandos; ambos
se veían recíprocamente los unos como salvajes y los otros como bufones. Hay que
escuchar el grito de asombro y de desdén que echaban los franceses del norte a su primer
encuentro con sus hermanos del sur. Fue hacia el año 1000, cuando Constancia, hija del
conde de Tolosa, acababa de casarse con el rey Roberto y había traído consigo a los
cortesanos de su padre. “Dice el cronista contemporáneo Glaber que hay tanta deformidad
en sus costumbres como en sus trajes. Su armadura y los arreos de sus caballos son de
extrema rareza. Sus cabellos descienden apenas hasta la mitad de sus cabezas, se afeitan la
barba como histriones, llevan botines acabados de manera indecente con un pico
encorvado, túnicas acortadas, cayendo hasta las rodillas, y hendidas por delante y por
detrás. Marchan dando salticos. Pendencieros continuos, jamás son de buena fe. Por
desgracia la nación de los Francos, en otro tiempo la más honrada de todas, y los pueblos
de Borgoña, siguieron ávidamente estos ejemplos criminales”.
Estos dos elementos, cuya unión armoniosa debía constituir la nacionalidad francesa,
crecieron durante mucho tiempo, apartados, hostiles y amenazadores, hasta el día en que se
enfrentaron con la sangre de los Albigenses.

13
« II bel paese la dove il si suona. » (Dante).
SEGUNDO PERIODO.

EDAD MEDIA

____________

CAPÍTULO VII.

SOCIEDAD FEUDAL

Sociedad feudal. — Renacimiento de la poesía; juglares y troveros


.
Formación de los cantos épicos.

Sociedad feudal.

Hacia el undécimo siglo se constituyen por fin las lenguas, es decir los pueblos
modernos, porque un pueblo mismo sólo existe cuando crea un lenguaje; y entonces es
cuando el mundo latín desaparece, las invasiones bárbaras se acaban para siempre y Europa
va a comenzar un período nuevo. Los tiempos que separaban la caída del imperio de
Occidente de la era que acababa de nacer, no eran sino una fermentación laboriosa donde se
preparaba la formación del mundo católico y feudal: los cuatro siglos que este mundo debía
vivir, del undécimo al decimoquinto, es la época que designamos bajo el nombre de edad
media.
Esta época se abre con una imponente grandeza. Después de esta terrible noche del
décimo siglo, de estas pestes que diezmaban regularmente a la población, de estas horribles
hambrunas donde se comía carne humana, donde se mezclaba tiza a la harina escaza
comprada al peso del oro, de estos intensos pavores durante los cuales en cualquier
momento se esperaba el sonido de la trompeta que debía despertar a los muertos, el mundo
se tranquilizó por fin cuando vio expirar sin catástrofe el año 1000 que una creencia general
le había asignado cómo término. La humanidad recuperaba con felicidad una vida que se
había creído casi a punto de perder y volvió a trabajar, a edificar en agradecimiento a este
Dios que prolongaba sus días. Se construyeron en todas partes nuevos templos; una
arquitectura hasta entonces desconocida y totalmente de expresión cristiana hizo que bellas
13

catedrales góticas sucedieran a las basílicas romances viejas y pesadas: se había dicho,
según la expresión de un cronista contemporáneo, que el mundo se despertaba, y,
despojándose de repente de su vejez, se revestía por completo de un vestido blanco de
iglesias 14. Y entonces, los normandos que se volvieron franceses comenzaron sus carreras
heroicas, y llevaron a Italia, Inglaterra, y Palestina su fabuloso valor. Entonces, un
sacerdote concibe una idea más grande que la de Carlomagno, sueña con la unidad política
del mundo, encabezada por la autoridad espiritual. Europa entera se levanta al llamado de
Roma, y, como Grecia en sus tiempos heroicos, prueba su cohesión marchando bajo un solo
jefe contra Asia, y prueba su vida cristiana invadiendo a los musulmanes bárbaros. No
obstante, las costumbres se formaron, la opinión pública renació, y con ella toda una serie
de instituciones y de relaciones. ¡Qué extraño y admirable! La legislación de Carlomagno
había sido impotente para crear un imperio; en la edad media, creencias e incluso prejuicios
suplían a la ausencia de leyes y hacían vivir la sociedad. En el interregno entre el mundo
romano y los Estados modernos, una idea gobernó Europa; un sentimiento tuvo el lugar de
una constitución. Las tribus germánicas habían dado de sus bosques la conciencia de la
libertad individual, la entrega voluntaria del hombre al hombre, la inviolable fidelidad al
juramento, en una palabra, el culto y a menudo la superstición del honor. En seguida se
establece, como por encanto, una orden política cuyo honor es el vínculo, donde todo es a
la vez dependiente y libre, encadenado por la palabra. Para completar esta organización,
sobre ella surge un nuevo ideal que debe esforzarse por alcanzar, el sueño noble de la
caballería, es decir, el valor adjunto a la lealtad, la protección del débil por el fuerte, y por
último, el culto hacia las mujeres ejerciendo el imperio doble de la debilidad y la belleza.

Renacimiento de la poesía; juglares y troveros.

Entonces una poesía fue posible, porque existía una sociedad. Esta poesía tuvo la
suerte de nacer no de tradiciones más o menos fieles del pasado, sino de las circunstancias
nuevas donde se encontraban los hombres. Un desarrollo espontáneo en la ausencia de una
literatura más perfecta, que en otro tiempo le había faltado a la poesía de los romanos, no
faltó en la edad media, gracias al olvido momentáneo de los modelos antiguos. Sin duda,
abdicar para siempre la herencia de Roma y de Atenas hubiese sido una desgracia para el
pensamiento moderno. Sin embargo, fue bueno que no se disfrutara de este pensamiento
demasiado temprano, que sólo reuniera a su mayoría, mientras que, formada en una
saludable ignorancia de la gran fortuna que lo esperaba, hubiese sido creado a partir de
recursos poderosos. Es lo que ocurrió en el decimoquinto y decimosexto siglo, donde la

14
“Erat enim instar ac si mundus ipse, excutiendo semet, rcjecla velus tate, passim candidam ecclesiarum
veslem iadueret.” Glaber, I, III, 4 (apud .Scripuires rerum francicaïuin, X.)
La arquitectura es el arte dominante y expresivo de la edad media, aquel que primero revela el pensamiento
espiritualista. A la línea horizontal, principio del arte pagano, se le sustituye por la línea vertical, como
generadora de todos los nuevos ornamentos. El edificio sube hacia el cielo, en lugar de extenderse
complacientemente sobre la tierra. El pilar macizo da lugar a un haz de elegantes nervaduras. Las columnas se
adelgazan para lanzarse más. Además se estrechan para exagerar la altura disminuyendo el intervalo; y ambas
porciones de la bóveda que sostienen, se reencuentran, en lugar de continuarse redondeando su curva, se
cortan a un ángulo más o menos abierto y dan nacimiento a la ojiva.
edad media, aumentada en las manos del cristianismo y de la feudalidad, recibió por fin el
tesoro de la antigua sabiduría.
Además, cuanto menos la poesía romance procuró imitar a la griega, más lo hizo.
Vimos reaparecer estos cantos largos y heroicos, compuestos por un poeta desconocido,
confiados exclusivamente a la memoria de los hombres, repetidos con adiciones, variantes,
y, después de haber estado como suspendidos por mucho tiempo en medio del pueblo,
vienen para presentarse por fin bajo la pluma más o menos elegante de un letrado.
Los juglares, (joculatores) como los aèdes griegos, se unieron primero a la persona
de los príncipes. Encontramos ya esto después de Carlomagno y de Luis el bonachón 15. Los
cantos heroicos que compusieron para celebrar la victoria conseguida en 868 por Carlos el
Calvo sobre el conde Gerardo se atestiguaron en las crónicas 16. Los juglares normandos
cantaban las mayores hazañas de Carlomagno y de Roldán, antes de la famosa batalla de
Hastings que sometió Inglaterra a Guillermo el Conquistador (Guillermo I de Inglaterra) en
1066. Estos cantores fueron magníficamente recompensados por sus patrones nobles; unos
se volvieron bastante ricos para fundar hospitales; otros obtuvieron el permiso y sin duda
los medios para comprar y poseer feudos nobles. Los obispos, los abades e incluso las
abadesas tuvieron tempranamente juglares a su servicio; aun cuando Carlomagno se los
prohibió en un capitular del año 788, esto no impidió que en los siglos siguientes varios
obispos los tuvieran a su sueldo. Aunque hay que reconocer que se los prestaban
caritativamente a los monasterios de sus diócesis 17.
Otros juglares, sin ser unidos a grandes personajes, vagaban a sus riesgos y peligros,
yendo de ciudad en ciudad, de castillo en castillo, artistas ambulantes, bohemios de la
poesía, unas veces ricamente recompensados, y otras, presa de la miseria y de los ultrajes,
según los azares del viaje, y también sin duda según la desigualdad de sus talentos o de su
conducta. Aquellos entre los que componían o sabían repetir los cantos más bellos recibían
en las mansiones nobles la acogida más favorable. Para concebir la complacencia con la
que se recibían de estos huéspedes ingeniosos, había que figurar la soledad y los largos
aburrimientos de las moradas feudales. Sobre la cumbre de una colina a la cual era difícil
acceder, se elevaba un castillo aislado, cerrado por altas murallas, donde las estrechas
saeteras admitían una luz pálida y triste. A su alrededor, miserables chozas, campesinos
ordinarios y temblorosos; adentro, la castellana con sus hijas rodeadas de pajes nobles, sin
duda, algunas veces graciosos, pero siempre tan ignorantes como ellas. Los mismos hijos
de la casa servían como pajes en otro castillo. En cuanto al señor, se destacaba por dar y
recibir grandes golpes de espada, por montar un fogoso destrero y por beber grandes copas
de vino. ¿Que se podía hacer en tal morada si no era la guerra o el amor? ¿A menos que se
imitara la una y se contara el otro, se dieran torneos, o escucharan juglares? Y aun más
cuando durante seis meses de invierno el castillo feudal estaba envuelto en nubes, sin
guerra, sin torneos, cuando había visto sólo a pocos extranjeros y peregrinos; cuando se
habían esfumado estos días largos y monótonos, estas interminables veladas mal ocupadas
por el ajedrez, se languidecía con las golondrinas y el deseado retorno del poeta. Por fin
llegaba; se le divisaba desde lejos a lo largo de la rampa escarpada que llevaba al castillo;
llevaba su vihuela de arco atada al arzón de su silla de montar, si era a caballo o colgada de
su cuello, si venía a pie. Sus vestidos eran abigarrados de colores diversos; sus cabellos y

15
La Rue. Essais historiques sur les laides et les jongleurs), t. I, pág. 114,
16
Alliericus Trium Foniium, Chronica, ad annuin 868.
17
Warton's History of English Poetry, t. I, pág. 94.
15

su barba afeitados por lo menos en parte; un monedero que se llamaba la malette o la


aumonière colgaba de su cinturón y parecía llamar por anticipado la generosidad de sus
huéspedes. Sin morada, desde la noche de su llegada, el barón, los escuderos, y las
damiselas se reunían en la gran sala adoquinada para escuchar el poema que él acababa de
terminar durante el invierno. Entonces se desplegaban delante de oyentes tan bien
dispuestos, tan alterados relatos poéticos, se desplegaban miles de cuadros interesantes y
maravillosos: el juglar contaba las mayores hazañas de Olivo, que, afligido hasta la muerte,
se levantó para desafiar al gigante, el jefe de los Sarracenos; o las lágrimas del caballo
Bayardo, al que los escuderos sangraron para beber su sangre, mientras que la hambruna
estaba en el castillo de Renaud; o la llegada de la hija del emir a la prisión de los caballeros;
o la queja de Carlomagno al escuchar el olifante de su sobrino Roldán. Aquí ningún
desdenes literarios, ningún espíritu crítico o burlón. Todos se dejaban llevar con el
trascurso del relato; seguían con el pensamiento estas luchas imaginarias, estas aventuras
prodigiosas; disfrutaban el delicioso placer de renovar las emociones del combate sin
soportar la fatiga de identificarse con el héroe, de dar con él grandes golpes, sin sentir
nunca la lanza del enemigo perforar su yelmo y su cota de malla. Escuchar tales cantos, era
doblar su vida.
Cuando se acercaba el otoño, el relato del trovero ya llegaba a su fin; este se iba
enriquecido con presentes de su huésped. Le daban oro, caballos, vestidos. Los barones y
los caballeros a menudo se despojaban de sus trajes más ricos para él:

Cils jongliors eurent bonne soldée.


Plus de cent marcs leur valut la journée.
Qui fut gentil de cœur sa robe dépouilla,
Et pour faire s'honneur à un d'els la donna 18.

Si antes no era un caballero, algunas veces se le convertía en uno. A menudo se


llevaba con él el amor de la castellana. Luego, al estar ausente, el castillo había perdido su
voz: todo recaía hasta la primavera en el silencio y la monotonía de siempre 19.

Formación de los cantos épicos

Los poemas heroicos que nos quedan de esta época y que son conocidos bajo el
nombre de Cantares de gesta (chanson de geste) presentan una extensión muy imponente.
En general constan de veinte, treinta, cincuenta mil versos, que se desarrollan
mediante parlamentos de vente a doscientos y algunas veces más, de una sola rima o
asonancia. De seguro las composiciones iguales no son la obra de estos juglares errantes,
que sólo cantaban fragmentos dispersos. Esta extensión supone la posibilidad de ser leída
independientemente de aquella que es cantada. Los juglares no se hubieran tomado el
trabajo de construir una obra larga que nadie hubiera podido contemplar en su conjunto. Es
pues probable que hubiera primero sobre los distintos temas que abrazaban estas largas
epopeyas, poemas más cortos, más simples, más populares y más primitivos que aquellos
que nos quedan. Fauriel 20, de quien retomamos esta observación, recogió pruebas de esto

18
Roman de l’aus du paon.
19
Ed. Quinet. Revue des DeuxMondes, janvier 1, 1837.
20
De l’Origine de l’épopée chevaleresque au moyen âge.
tan curiosas como concluyentes. Así, a menudo pasa que un manuscrito encierra bajo un
solo título varios fragmentos relativos al mismo acontecimiento: son dos o varios poemas
sobre el mismo tema, que el redactor habrá recogido de la boca de los juglares y fundido o
más bien yuxtapuesto en su reseña. He aquí un ejemplo extraído de uno de los partes más
notables de la canción de Rolan.
La retaguardia de los Francos fue atacada y destruida por los sarracenos, más allá de
los Puertos, mientras que Carlomagno ya los había puesto a la cabeza de la vanguardia.
Mataron a todos los guerreros. Once de doce pares perecieron. Sólo quedaba Roldán, pero
ya tan herido y tan abrumado que lo único que le quedaba por rendir era su alma. Para
morir en paz se retiró debajo un gran peñasco, al amparo de un pino. Allí quiere quebrar su
espada famosa, su Durandal, por temor de que caiga en las manos de los infieles:

Roland sent qu'il a perdu la vue;


Se lève sur ses pieds, tant qu'il peut s'évertue;
En son visage sa couleur a perdue.
Devant lui se dressait une pierre brune :
De dépit et fâcherie il y détache dix coups.
L'acier grince, sans rompre ni s'ébrécher.
« Ah! dit le comte, sainte Marie, aidez-moi!
Eh! bonne Durandal, je plains votre malheur;
Vous m'êtes inutile à cette heure; indifférente jamais.
J'ai par vous gagné tant de batailles,
Tant de pays, tant de terres conquises.
Qu'aujourd'hui possède Charles à la barbe chenue!
Jamais homme ne soit votre maître à qui un autre homme fera peur.
Longtemps vous fûtes aux mains d'un capitaine,
Dont jamais le pareil ne sera vu, en France, pays libre 21.

Esta estrofa contiene, como se puede ver, la pintura de una situación heroica muy
conmovedora, y este cuadro es uno, completo, y tal como el autor debió y quiso hacerlo.
Ahora lo que sigue a este cuadro, no es la muerte de Roldán, es un parlamento de
veintiséis versos, lo que no es otra cosa que una repetición del cuadro anterior, solamente
en otros términos, con otra rima y con variantes en los detalles y complementos 22:

21
Citamos aquí el mismo texto sin ninguna alteración, para dar una idea del lenguaje del más antiguo de
nuestros cantares de Gesta.
Ço sent Rolians la veue ad perdue;
Met sei sur piez, quanqu'il poet s'esvertuel;
En sun visage sa i ouleur ad perdue,
De devans lui ot une perre brune
X Colps i fiert par doel e par rancune;
Crui-t li acers, ne freinl ne n'esguignet;
E dist li quins : « Sancte Murie, aiue ;
E, Durandel bone, si mare fustes!

22
El texto original:
Rollans ferit el perron de Sardonie;
Cruit li acer ne briset ne n'esgninie.
17

Roland férit sur la pierre de Sardoine ;


L'acier grince, sans rompre ni s'ébrécher.
Voyant alors qu'il n'en peut rien briser.
Il commence à la plaindre à part soi.

Quando jo n'ai prod de vos n'en ai mescure


Tantes batailles en camp en ai vencues,
El tantes teres larges escumbatues
Que Charles lient, ki la barbe ad canue !
Ne vos ait hume ki pur altre fuite!
Mull ben vassal vos ad lung lens tenue ;
Jamais n'ert tel en France la soliie. »
(Vers 859 et suiv. Édit. Génin.)

Eh ! Durandal comme tu es claire et blanche!


Comme au soleil tu reluis et reflamboies!
Charles était aux vallons de Maurienne,
Quand Dieu du haut du ciel lui manda par un ange
De te donner à un franc capitaine;
Donc me la ceignit le noble roi le Matme.
Par elle je lui conquis Normandie et Bretagne;
Je lui conquis le Poitou et le Maine ;
Je lui conquis et Bourgogne et Lorraine,
Je lui conquis Provence et Aquitaine,
Et Lombardie et toute la Romagne;

Quand il ço vil que n'en pout mie freindre,


A sei mcismcs le commencet à pleindre :
« E, Durendel, com es clere e blanche!
Cuntrc soleil si luises el rellambes!
Caries esteil es vais de Moriane,
Quant Deus del cel li mandai par sua angle
Qu'il le duna.-t a un cunte cataigne;
Donc la me ceinsl li genlilz reis, li magnes;
Jo l'en runquis Normandie e Kretaiine,
Si l'en cunquis e Peilou et le Maine,
Jo l'en conquis Barguigne e Loheraigne,
Si l'en conquis Provence el Equitaigne,
E Lumbardie e trestule Romaine;
Jo l'en cunquis Baivière el lute Flandres,
E Alem ligne et ircslule Puillanie,
Conslanlinople; dont il ont la fience.
En Saisonnie fail il ço qu'il demandct.
Jo l'en cunquis Escosse, Guale, Irlande,
Et Angle erre que il leneil sa cambre :
(',un(iui l'en ai pa'is e leres tantes
Que Caries lient, ki a la barbe blanclie.
Par ceste épée ai dulor e pesance
Î.Iielz voeill mûrir qu'entre pa'iens remaisne.
Damnes Deus père n'en l'ais el hunir France!
Je lui conquis la Bavière et toute la Flandre.
Et l'Allemagne et toute la Pologne,
Constantinople, dont il reçut la foi j
Le pays des Saxons, soumis à son plaisir,
Je lui conquis Ecosse, Gaule, Irlande,
Et l'Angleterre qu'il estimait sa chambre ;
Par elle j'ai conquis tant de terres et de pays
Qu'aujourd'hui possède Charles qui a la barbe blanche.
Pour cette épée j'ai douleur et peine.
Mieux vaut mourir qu'aux païens la laisser I
Dieu veuille épargner cette honte à la France. »

Después de este parlamento, que no es ni un complemento ni una continuación del


primero, sino una simple variante, le sigue una tercera, que todavía reitera las mismas
cosas. Hay Cantares de gesta donde estas variantes consecutivas son en total cinco o seis.
Yo conté nueve consecutivas en aquel de Berte aux grans piés (Berta pies largos). Todas
tienen como objetivo pintar el aislamiento y las quejas de la reina perdida en el bosque;
todas comienzan con palabras que anuncian, no una descripción nueva, sino la repetición de
esta misma descripción; todas contienen una oración que encierran las mismas ideas, y
concebida casi en los mismos términos 23.

Aún citaré según Fauriel, un último ejemplo más curioso, que los anteriores y quien
prueba de manera más decisiva que los poemas caballerescos, bajo su forma actual,
contiene fragmentos constados por diferentes autores.

Elias, conde de San-Gilles, fue proscrito por Luis el bonachón y vivió en un bosque
de Landas de Gascuña, teniendo como único vecino un ermitaño y como única sociedad su
esposa y su hijo Aiol. Elias era un héroe de antaño, una especie de gigante por su tamaño y
fuerza. Su lanza era tan larga o su choza tan pequeña que no pudo alojar una en la otra, y
para introducir allí su espada, tuvo que recortar la lámina de tres pies y de una palma; y aun
troncada, sobrepasaba la espada más larga de Francia de una ana. Cuando su hijo Aiol tuvo
edad para cargar armas iguales, el conde lo envió a buscar fortuna por el mundo, y le confió
todo lo más precioso que tenía: su gran lanza, su espada, su escudo y su famoso destrero, el
incomparable Marchegay. Aiol se puso al servicio de Luis el bonachón, y lo hizo tan bien
que se convirtió casi que el igual del emperador. En su prosperidad, su primer encargo fue
mandar por su padre, su madre y reconciliarlos con Luis. El viejo Elias quería sus armas y
su caballo casi tanto como quería a su hijo, por eso lo primero que hizo fue pedírselos de
vuelta. Esta situación se narra dos veces en el poema que se titula Aiol de Saint-Gilles. Este

23
He aquí los primeros versos de algunas variantes de las que hablamos:
1ere version. La dame fut el bois qui durement ploura…
4e — Par le bois va la dame qui grand paour avoit....
5e — En la forest fui Berte, qui est gente et adroite....
6e— La fîlle Blancliefleur, la royne au clair vis
Fut dedans la forest, moult est son coeur pensis.
7e — La dame fut el bois dessous un arbre assise....
8e — B rie fut ens el bois, assise sous un fo [fagus, hêtre) «ri
9e— Bert gist la terre, qui est dure com groe (gravier)..,.
19

da lugar a dos escenas tan diferentes, que aunque esté una seguida de la otra, es imposible
creer que sean de la misma mano.
La primera cuenta la escena con una simplicidad cercana a la frialdad.

Aiol ne veut quereller ni disputer avec son père :


Il lui amène Marchegay par la rène dorée,
Le haubert, le blanc heaume et la tranchante épée,
La targe (l'écu) que l'on voit moult bien enluminée ;
Et la lance fourbie et moult bien façonnée.
« Sire, voilà les armes que vous m'avez données,
Faites-en vos plaisirs et tout ce que voulez.
— Beau fils, lui dit Élie, je vous en tiens quitte. »

La segunda versión, que en el manuscrito sigue inmediatamente a la primera, es


encaminada con más arte; percibimos allí una intención dramática que no carece de
efecto.

« Beau fils, lui dit Élie, moult avez bien agi,


Qui reconquis m'avez tous mes héritages.
J'étais pauvre hier soir, aujourd'hui je suis puissant.
Mes armes, mon cheval, rendez-moi à cette heure,
Qu'autrefois vous donnai dans le bois au départ. — Sire, ce dit Aiol, je n'ouïs
onques telle demande.
L'heaume et le blanc haubert n'ont pu durer si longtemps,
La lance et l'écu, je les perdis au jouter.
Et Marchegay est mort, à sa fin est allé.
Dès longtemps l'ont mangé les chiens dans un fossé.
Il ne pouvait plus courir, il était tout lourdaut. »
Quand Élie l'entend, peut s'en faut qu'il n'enrage ;
« Glouton, lui dit le duc, mal l'osâtes vous dire
Que Marchegay soit mort mon excellent destrier,
Jamais autre si bon ne sera retrouvé.
Sortez hors de ma terre : n'en aurez onc un pied. »
Lors les barons de France se mettent à plaisanter,
Le roi Louis lui-même en a un ris jeté.
Quant Aiol vit son père, à lui si courroucé,
Rapidement et tôt lui est aux pieds allé.
« Sire, merci pour Dieu! dit Aiol le brave.
Le cheval et les armes vous puis encore montrer.
Il les fait toutes alors sur la place apporter,
Il les a richement toutes fait bien orner,
Et d'or fin et d'argent très-richement garnir.
Et devant lui il fit Marchegay amener.
Le cheval étoitgras, pleins avoit les côtés,
Car Aiol l'avait fait longuement reposer.
Par deux chaînes d'argent il le fait amener.
Élie écarte un peu son vêtement d'hermine
Et caresse au cheval les flancs et les côtés. »

Sorprendemos aquí la mano de un nuevo poeta, que retocaba y desarrollaba con más
arte un tema ya tratado por sus predecesores. Luego venía el redactor, el diascévaste quien
reunía dos tradiciones distintas, pero esta vez sin escogerlas ni fundirlas.
Es entonces cierto, como lo adelantó Fauriel, que en la época en que la imaginación
poética comenzó a agotarse, en que las composiciones originales y aisladas se volvieron
más escazas, hubo unos hombres que se les ocurrió unir, y coordinar en una misma, todas
aquellas producciones que más relacionaban. Estas grandes epopeyas, amalgama o fusión
de varias otras, formaban verdaderos ciclos, y reproducían algo análogo a lo que pasó en
otro tiempo en Grecia 24.
La historia de los poetas concuerda aquí con el aspecto de las obras. A los juglares
primitivos, cuya vida disipada y a menudo envilecida comenzaba a conseguir poca estima,
los sucedieron paulatinamente los poetas que escribían, los sabios, los clérigos y los
troveros. En adelante, los juglares sólo tenían la tarea de cantar los versos que ya no hacían,
y de divertir al público con juegos de manos o incluso hasta con la exhibición de sus
animales adiestrados.
Los troveros se apoderaron de tradiciones y cantos difundidos en el público; les
dieron una nueva forma, y desprestigiaron a sus predecesores para despojarlos mejor.
Empezaban diciendo:

Or écoutez, seigneurs que Dieu bénie,


Une chanson de moult grand seigneurie;
Jongleurs la chantent et ne la savent mie.
Un clerc en vers l'a mise, et rétablie.

O incluso:

Ces jonglieurs qui ne savoient rimer


Firent l'ouvrage en plusieurs lieux fau^gser,
Ne surent pas les paroles placer.

En las manos de los troveros, los Cantares de gesta ganaron sin duda en elegancia e
incluso primero en interés.

Estos hombres, para la inmensa mayoría letrados, aplicando un espíritu más culto
para inventar incidentes y estilos, sin duda hicieron rápidamente progresar la lengua. Pero

24
M. F. Génin, en la introducción de su edición de la Chanson de Roland (1850), trató de volcar el sistema de
Fauriel, y quiso ver en estas numerosas variantes, donde la misma idea se reproduce tres o cuatro veces en
términos análogos y con detalles algunas veces contradictorios, la obra de un único poeta, y un procedimiento
de composición. Nos parece que el crítico demasiado ingenioso no estremeció en absoluto las sólidas razones
de su antecesor. Aún más, incluso M. Génin, algunas páginas más adelante, es forzado por la evidencia de
admitir en cierto modo, lo que acaba de combatir, cuando tiene ante sus ojos, como para la Chanson de
Roland, varios manuscritos del mismo poema, pero de diferentes épocas, y los más recientes manuscritos le
muestran el texto primitivo arruinado por sobrecargas, alteraciones y refundiciones.
21

este perfeccionamiento produjo pronto un nuevo mal. Cuando los poetas dejaron de cantar
sus versos, perdieron, con el contacto del auditorio, el sentimiento delicado que lo debía
satisfacer. Era perder toda su poética. Ya no sintieron más por su lado, esta curiosidad
ardiente que él debía aguijonear y satisfacer sin cesar, este sentido correcto de las masas
que preserva el hombre que les habla de toda búsqueda, de toda digresión ociosa, este
silencio frágil de una gran muchedumbre, esta atención que se compra sólo a fuerza de
interés y de verdad. Los poetas que escribieron en el fondo de su gabinete no sólo tuvieron
como guía las inspiraciones de su gusto individual, a menudo falseado por las
preocupaciones de su estado.
Acabamos de estudiar la formación de los cantos épicos; vamos a recorrer las
diversas clases, a exponer con algunos detalles los tres ciclos a los cuales pertenecieron
sucesivamente la moda y el interés público.

_______________________

CAPÍTULO VIII.

PRIMER CICLO ÉPICO

Tres temas de las epopeyas, - Ciclo francés o Carlovingiano. - Carácter religioso del
cantar de gesta. - Cantar de Roldán; crónica de Turpíno. – Carácter feudal. - análisis del
Roman de Loherains.

Tres temas de las epopeyas.

Uno de los prejuicios más extraordinarios, es el que les niega a los franceses el genio
de la epopeya. No obstante, se manifiesta el nacimiento del espíritu francés con la epopeya.
Los relatos, o más bien los cantos heroicos en toda su ingenuidad original, a menudo
también en toda su grandeza, eran la gloria más brillante de nuestra antigua poesía.
Lejos de la idea que Francia le hubieran faltado epopeyas, de hecho, inundó de estas a
Europa: Italia, Inglaterra, Alemania se inspiraron en el soplo de nuestros troveros; y
nosotros, como hijos pródigos e ingratos, dejamos dilapidar la herencia y la reputación de
nuestros padres.
La musa épica de Francia tenía en la época medieval tres temas favoritos: los
franceses, los bretones, y los antiguos; ella no conocía otro y como ella misma lo proclama
con el autor del poema de Guiteclin de Saissoigne:

Ne sont que trois matières à nul homme entendant :


De France, de Bretagne et de Rome la grand.

Carlomagno, Arturo y Alejandro son los héroes que ella eligió y en torno a los cuales
se reunió, con sus flotantes banderas y sus mil gonfalones diversos, como alrededor de sus
soberanos derechos, todos los relatos de la epopeya caballeresca. Cada uno de ellos se hizo
el centro de un ciclo particular.

Ciclo francés o Carlovingiano

En medio de las desgracias y las tinieblas del décimo siglo, Francia había conservado
la memoria de una época maravillosa en la que la fuerza de sus jefes se había elevado a una
grandeza incomparable. Bajo Carlomagno, los Francos habían extendido sus conquistas
desde el Odra hasta el Ebro, desde Océano del norte hasta el mar de Sicilia. Musulmanes y
paganos, Sajones, lombardos, Bávaros y Bátavos, todos habían sido sometidos al yugo o
habían sido intimidados por las armas del rey de los Francos. Creador de un nuevo imperio
romano, restaurador de las ciencias y las artes, la inmensidad de sus planes y el vasto
alcance de su genio, sin duda no habían sido totalmente comprendidos por sus
contemporáneos. Pero esto había quedado en la imaginación de los pueblos, lo que deja allí
toda cosa sublime, un recuerdo confuso, pero profundo, imperecedero, y por así decirlo,
una gran conmoción de admiración. La debilidad de sus sucesores, las calamidades y las
vergüenzas de la invasión normanda debieron aún aumentar el respeto del pueblo hacia los
grandes hombres que ya no eran.
En las miserias del presente, la magnificencia de los recuerdos era a la vez un
consuelo y una venganza.
Los poemas que abrazaban este ciclo no correspondían totalmente a la época de
Carlomagno. Hay algunos de ellos que se remontaban a los tiempos de Clovis y de
Dagoberto 25, otros se remontaban hasta Carlos el Calvo e incluso hasta los reyes de la
tercera raza 26. Parece que la gloria de Carlos el Grande hubiera ejercido sobre los críticos la
misma fascinación que sobre el pueblo. Así como éste le había atribuido una multitud de
extrañas hazañas, los literatos marcaron con su nombre este gran ciclo de héroes franceses
de todas las épocas, y lo crearon en cierto modo monarca de este vasto imperio de poesía.
Las más notables de estas composiciones épicas parecen haber sido escritas durante el
duodécimo y del decimotercio siglo. Pero sin lugar a duda antes de ser fijadas por la
escritura bajo la forma que las conocemos hoy, estas composiciones habían sido cantadas
durante mucho tiempo y repetidas con miles de variantes. Ya encontramos en 1066 a un
juglar encabezando el ejército de Guillermo el Bastardo, que cantaba las hazañas de
Roldán, el paladín de Carlomagno, o posiblemente del duque Rollón, el conquistador de
Normandía, e incluía así la batalla de Hastings 27. Roberto Guiscardo se hacía seguir hasta
Italia por los juglares de su querida Normandía, que le repetían a claire voix y a duce sons

25
Por ejemplo: Parthénopex de Blois; — Florient et Octavien; —Ciperis de Vignevaux.
26
Como Hugues Capet; — Le Chevalier au Cygne; — Baudoin de Sebourg; — Le bastard de Bullion.
27
Se lee en Robert Wace, Roman de Rou :
Taillefer qui moult bien chantoit,
Sur un cheval qui tôt alloit,
Devant le duc alloit chantant
De Charlemaigne et de Holland
El d’Olivier et des vassaux
Qui moururent à Ronceveaux.
23

las proezas de los guerreros de Francia. Los poetas líricos del duodécimo siglo, de los que
hablaremos más adelante, los Goucy, los Blondel, los Quesne de Béthune, citan sin cesar a
los héroes de nuestros poemas épicos. Una tradición no interrumpida relacionaba pues la
creencia y el interés de los oyentes con eventos que celebraban los juglares y los troveros.
Éstos eran sólo los ecos de la muchedumbre: le reenviaban sus propias impresiones
aumentadas y multiplicadas por sus cantos.
CAPÍTULO VIII

Susana Osorio Cardona<susi1703@gmail.com>


Nota : 5.00

Carácter religioso de los cantares de gesta


Un primer aspecto de las epopeyas carolingias o, para designarlas por su
verdadero nombre, de los cantares de gesta1 es la inspiración religiosa; estos
exaltan principalmente la lucha de los cristianos contra los musulmanes.
Dado que son las imágenes fieles de la sociedad que las produjo o, en otras
palabras, las voces espontáneas de un pueblo, expresan su pensamiento
íntimo, su constante preocupación, es decir, la guerra santa. No obstante,
sólo un reducido número de los antiguos cantares de gesta narra el hecho
real de la cruzada2, debido a que se trataba de un hecho bastante reciente
que aún no había alcanzado el estatus de la epopeya en el imaginario
popular. Por otro lado, los elementos tradicionales de los cuales se
apropiaron los juglares ya existían antes de tan grandes y maravillosas
expediciones. Sin embargo, el espíritu que condujo a la cristiandad al
continente asiático también sirvió de inspiración a los poetas épicos
cristianos, pues se trataba de una necesidad religiosa y guerrera común que
estalló a la vez en las cruzadas y en los cantos nacionales. Estos eran dos
efectos de una misma causa, dos manifestaciones de un mismo sentimiento,
en las acciones y de las ideas.

1. La palabra gesta significaba acto público, historia auténtica. Tal era en la Edad Media el
significado de la palabra latina gesta. En los versos escritos por Eginhardo que narran la
vida de Carlomagno se puede leer:
«Hand prudens gestam nôris tu scribere, lector,
«Einhardum magni magnificam Caroli.

Por extensión, se le daba el nombre de gens de geste a las personas cuya familia tenía una
historia célebre.
2. Algunos poetas exaltaron la primera cruzada. Gregorio de Las Tours, apodado Bechada,
de quien sólo nos queda el nombre, recopiló todos los hechos de aquella expedición en un
extenso poema provenzal. La toma de Antioquía es el objeto de otro cantar épico en tiradas
monorrimas compuesto en el dialecto del norte por el peregrino Richard antes de 1102, y
reescrito por Graindor de Douai bajo el reinado de Felipe II; esta segunda edición fue
publicada en 1848 por Paulin Paris junto con un fragmento que se conserva de la primera.
«Lo que le concede un valor inestimable a esta crónica», afirma acertadamente E. Gerurez,
«es que sobrepasa en fidelidad histórica a las crónicas latinas de Tudebod, Robert el Monje
e incluso las de Guillermo de Tiro».

Susana Osorio Cardona Páginas 74-105 del original


Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

La gran obra de Carlomagno, el inmenso servicio que le prestó a la


civilización renaciente al frenar las invasiones nórdicas, se transformó de tal
forma en los cantares de gesta que finalmente eran los sarracenos a quienes
combatía. Las treinta y tres campañas del gran rey en contra de los sajones
no dejaron huella alguna más que en el título de una única obra, el Guiteclin
(Widukind) de Jean Bodel; en cambio, nuestros poetas se encargaron de
enfrentarlo generalmente contra los sarracenos de España, Septimania, Italia
y Oriente, lo que correspondía a su hábito de transformar en musulmanes a
todos los pueblos combatidos por Carlomagno. Igualmente, le atribuían a
este todo el crédito por los logros alcanzados en nombre de la cristiandad,
con el fin de darle su expresión más gloriosa y su personificación más
poética a la lucha religiosa. De esta manera, la gran victoria de Poitiers y la
expulsión de los árabes de toda la Septimania le son arrebatadas a Carlos
Martel y a Pipino para serle atribuidas a su ilustre sucesor.

Cantar de Roldán; Crónica de Turpín.


La más antigua y extraordinaria epopeya de este ciclo es el famoso Cantar
de Roldán o de Roncesvalles1, el cual se remonta, en su forma más primitiva
y elemental, hasta los tiempos de Luis el Bonachón. El biógrafo anónimo de
este príncipe, citado bajo el nombre de Astronomus, atesta que los héroes
que perecieron en esta retirada ya desde ese tiempo eran objeto de cantos
populares2.
El primer escrito que aún se conserva fue redactado en el siglo once por el
trovador normando Turoldo. Este poema, más cercano de su forma original
y menos recargado de adiciones que los demás cantares de gesta, presenta al
lector un estructura de noble sencillez, con un tono heroico y en ocasiones
sublime; en él, no hay episodio alguno ni tampoco complicación parásita:
cinco cantos son suficientes para que el trovador desarrolle esta patética
leyenda, esta derrota triunfante de un paladín vencido por la traición y por
su valiente temeridad.

1. Publicado por primera vez por Francisque Michel en 1837 y por F. Génin en 1850.
2. Véase las Grandes Chroniques de France, tomo II, p. 15.

Susana Osorio Cardona Páginas 74-105 del original


Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

España ha sido sometida y la única ciudad que aún resiste es Saragoza, pero
Marsil, el rey sarraceno que la defiende, está dispuesto a entregar la ciudad
y recibir el bautismo. Ganelón, un caballero, es enviado a la ciudad para
tratar los términos de su sumisión. Pero Ganelón es un traidor y se
confabula con el rey pagano para hacer que Roldán y la élite cristiana que
formará la retaguardia durante la retirada caigan en una emboscada. El
complot se pone en marcha. Carlomagno ya ha rebasado los montes cuando
Roldán y sus compañeros son atacados por sorpresa en la valle de
Roncesvalles. El valiente guerrero podría fácilmente convocar al grueso del
ejército para que viniese en su ayuda, pues lleva en a la cintura un cuerno de
marfil, un olifante (Elephas), cuyo sonido formidable podría llegar hasta los
oídos del emperador, pero desdeña esta prudente medida que le sugiere
Oliveros, su compañero de armas. « Le combat s'engage : qui pourrait
décrire et nombrer les exploits de Roland, de l'archevêque Turpin, d'Olivier?
Ici tout est grandiose, et le champ de bataille et les héros. Cette phalange
indomptable, qui ne recule jamais, jonche le sol de cadavres; mais elle
périra sous les coups d'ennemis sans cesse renaissants »1 [«Estalla el
combate: ¿Quién podría describir y nombrar las proezas de Roldán, del
arzobispo Turpín o las de Oliveros? Aquí todo es grandioso, también lo son
el campo de batalla y los héroes. Esta falange indomable, que jamás
retrocede, va cubriendo el suelo de cadáveres, pero perecerá bajo infinitos y
renacientes ataques enemigos»] (versión de la traductora). Finalmente,
Roldán hace resonar su cuerno y el emperador, al reconocer el sonido,
regresa a través de las montañas para socorrer a su valiente sobrino. Pero ya
es demasiado tarde: todos los cristianos han perecido; Oliveros acaba de
sucumbir luego de un sinnúmero de valerosas proezas; y Roldán y el
arzobispo obligan a la turba de infieles a emprender la huída una última vez,
pero luego de perder todas sus fuerzas y su sangre llega su momento de
morir, con el rostro de frente al enemigo, justo en el momento en que
aparece su vengador.
En páginas anteriores2, ya hemos citado el fragmento de este noble relato
correspondiente a la muerte de Roldán y nuestros lectores han tenido la
oportunidad de admirar la orgullosa belleza de esta poesía primitiva, pues
nada es tan bello como esta heroica muerte del guerrero abandonado en la
montaña, solo con su espada, a la cual dirige sus adioses y a la que luego
trata de romper para librarla de la vergüenza de caer en manos de los
1. E. Gerurez, Histoire de la littérature francaise, p. 16.
2. Páginas 65 y 66.

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

paganos. Golpea su noble Durandarte contra la roca y es la roca que se hace


pedazos. Hasta el día de hoy, los campesinos de los Pirineos le muestran al
viajero la gigantesca brecha en la piedra conocida como la Brecha de
Roldán. Es así como la tradición de las edades antiguas dejaba profundas
huellas por doquier y, a falta de un lenguaje digno de ella, hacía de la
naturaleza misma una expresión de sus poderosos pensamientos.
En este poema encontramos, además de estas grandes imágenes,
sentimientos de elevación heroica. Me limitaré a citar un ejemplo que
considero está a la altura de un reverenciado rasgo de la antigüedad. Se sabe
que en las Termópilas, Leónidas exhortaba a sus compañeros a que
compartieran una última cena, prometiéndoles que compartirían nuevamente
en casa de Plutón. En una de las versiones del poema francés, Turpín, herido
a muerte, les recuerda a los suyos la dicha de haber hecho que sus enemigos
huyeran lejos del campo donde morirían, los exhorta a aprovechar la ventaja
que tienen sobre el enemigo y les promete que descansarán esa noche en el
cielo. Es preciso leer estas líneas en términos del original, cuya simplicidad
encuentro sublime.

Dit l'archevêque : «Pensez à l'exploiter.


Le champ est nôtre ! bien nous devons priser.
La mort m'approche, n'y a nul recouvrer,
En paradis, où sont les preux guerriers
Sont les lits faits où nous devons coucher».

Y esos hombres, que no esperan más que la muerte, se concentran en


reunirse todos en su futura patria. Roldán va por cada uno de sus vasallos
heridos, uno tras otro, y los lleva a que sean bendecidos por el arzobispo, y
el anciano ya moribundo abre las puertas de la vida eterna para sus
compañeros que también perecerán.

Lors vint aux comtes, ne les méchoisit (méconnut) mie,


Tous, un à un, les porta sans aïe (aide)
Devant Turpin, qui moult sut de clergie.
Turpin en pleure, lors n'a talent (envie) qu'il rie;
De Dieu les signe, en qui moult se confie,
Qu'il leur octroie la perdurable vie

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

De esta forma, la poesía épica de la Edad Media sabía extraer de la


inspiración cristiana, sin esfuerzo alguno, bellezas de primer orden.
En este punto, es preciso referirnos a una obra similar, compuesta
ciertamente por un monje, y que gozó de una celebridad prestada. Nos
referimos a la crónica latina atribuida erróneamente a Turpín, arzobispo de
Reims, que fuera contemporáneo de Carlomagno. Esta se titula De vita et
gestis Caroli magni, pero su contenido es tan limitado que lo compensa con
su extensión. Con excepción de algunas frases consagradas a sus primeras
proezas y a la muerte del emperador, esta se reduce a la narración de la
expedición emprendida contra los sarracenos de España y a la derrota de la
retaguardia francesa cerca de Roncesvalles. Las motivaciones eclesiásticas
del autor se hacen evidentes en el propósito que este le concede a la
expedición de Carlomagno: su verdadero motivo, según él, fue una
revelación en la que Santiago de Compostela le había ordenado al monarca
que retirara sus reliquias de manos de los sarracenos. Estas también se hacen
evidentes en la recomendación indirecta que hace a los príncipes de que
construyan numerosas iglesias y abastezcan vastamente a los monasterios,
pues asegura que sin esta precaución Carlomagno indudablemente se
hubiese condenado.
Es un error que muchos críticos hayan considerado a esta leyenda monástica
como la fuente de los poemas carolingios, pues se ha comprobado que no se
trata más que de una compilación sin forma extraída de los cantos
populares, cuya osadía y simplicidad destruye1.

Carácter feudal de los cantares de gesta


La inspiración feudal es el segundo y más extraordinario aspecto de los
cantares de gesta. Cantados en los castillos de nobles barones cuyos
ancestros habían luchado contra los últimos carolingios y dividido el
imperio franco, es muy probable que estos tuvieran un potente eco al repetir
1. P. Paris, Berte aus grands piés (Berta la de los grandes pies), prefacio, p. XXXV y
siguientes. Raynouard, Journal des savants, julio de 1832. — Fauriel, Revue des Deux-
Mondes, t. VIII, p. 390.

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

las historias de los encarnizados combates y de la valiente temeridad gracias


a los cuales habían conquistado la independencia. De esta misma forma, los
poetas favorecían abiertamente a los grandes vasallos que rodeaban o
combatían al monarca, quien a su vez desempeñaba un papel bastante triste
en sus composiciones, exceptuando por supuesto la más antigua de todas
ellas, El Cantar de Roldán, en el que la admiración por el rey no había sido
suplantada aún por el espíritu feudal. En todos los demás, Carlomangno,
formidable por su poder, era odiado a menudo por su conducta. Colérico,
caprichoso, excesivamente crédulo, avaro, tímido e indeciso, dependía
grandemente de los sabios consejos de los viejos barones que lo rodeaban y
de las habilidades guerreras de sus valerosos compañeros; envuelto en
incesantes disputas con sus vasallos sublevados, a menudo desfallecía ante
sus actos heroicos, y sólo lograba vencerlos por medio de la traición. Qué
gran sorpresa la nuestra cuando leemos el nombre de Carlomagno asociado
a tal retrato; sentimos cómo su glorioso renombre carga con la debilidad y la
incapacidad de sus sucesores. Los trovadores no manifiestan animosidad
alguna por su persona, sino que describen a Carlomagno con los rasgos que
están habituados a encontrar en el poder real; tampoco alaban a Pipino, ni a
Carlos Martel, ni a Luis el Bonachón ni a Carlos el Calvo, pues todos estos
reyes se asemejaban en los cantares de gesta, pero no había motivo para que
se enorgullecieran al respecto1.
El principal interés que nos ofrecen estos poemas es la fiel descripción que
hacen de la vida en la Edad Media. Es en esos largos relatos, según M. E.
Quinet, que se encuentra al monasterio en su verdadero lugar; a las damas
de pálido rostro que recogen las flores de mayo o que están en lo alto de los
balcones esperando alguna noticia; al ermitaño que en la profundidad del
bosque lee su libro iluminado; a la damisela que se pasea en su palafrén
moteado; a los mensajeros y a los peregrinos sentados a la mesa y divisando
1. Estos son los títulos de los principales cantares que respectan a las relaciones feudales
entre Carlomangno y sus grandes vasallos: Los Cuatro Hijos de Aymon o Reinaldo de
Montauban, escrito por Huon de Villeneuve. — El Roman de Viane (Vienne) o Garín de
Montglaive, escrito por Bertrand de Bar-sur-Aube. — Maugis d’Aigremont, escrito por
Huon de Villeneuve. — Beuves de Hanstone, de un autor desconocido. — Huon de
Bordeaux , escrito por Huon de Villeneuve. — Doon de Mayence, escrito por el mismo
autor. — Ogier el Danés. Existen dos poemas sobre el tema: uno escrito por Raymbert y el
otro por Adanés le Roi. — Raoul de Cambrai, de un autor desconocido.

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

en la sala ornamentada; a los burgueses bajo el postigo y a los sirvientes en


la gleba; a las tiendas de campaña elevadas al viento, a las insignias
bordadas y desplegadas, a las cacerías con halcón; a los juicios por fuego,
por agua y por duelo; a las asambleas de enjuiciamiento, a las justas, a las
espadas heroicas, a la Durandarte, a la Joyosa, a la Hauteclaire; a los
caballos piafantes y llamados por sus nombres, siguiendo el ejemplo de
Homero, al Bayard de los hijos de Aymon, al Blanchard de Carlomangno, al
Valentin de Roldán; a aquello que acompañaba y seguía las disputas de los
señores, a los desafíos, a las negociaciones, a las afrentas, a la toma de las
armas, al llamado de los vasallos a la guerra, a las máquinas de guerra y
otras armas, a los asaltos, a las lluvias de flechas de acero, a las hambrunas,
a los asesinatos, a las torres desmanteladas, es decir, al espectáculo
completo de esta vida ruidosa, silenciosa, variada, monótona, religiosa,
guerrera, en la que todos los extremos estaban articulados. De tal forma que
estos poemas, que a primera vista parecían tan dispersos, terminan a
menudo por conducirnos a un complejo de detalles y de sentimientos mucho
más real y cautivador que la historia.
«Todos los temas que era propios de la Edad Media eran entonces
abordados por los trovadores, pero en ese vasto número de temas
principales, había uno al que se referían repetidamente y que no podían
truncar ni abandonar una vez lo hubieran abordado: Este tema eran las justas
y las batallas… El genio guerrero de Francia vive principalmente en esos
valerosos poetas y a ese respecto su lenguaje cruento les servía de maravilla.
Desprovisto de moralidades, singularmente rico y a gusto en lo referente a
las armaduras, a las cotas de malla rotas y desmalladas, a la sangre color
bermellón, a los vasallos heridos y a los sesos esparcidos por doquier.
También, en medio de sus interminables epopeyas, en las que a menudo
dormitaban como su ancestro Homero, la señal de la batalla era para ellos el
detonante de su genialidad. Un entusiasmo sincero los poseía; hallaban
iluminaciones repentinas en el punto más álgido de la contienda. Las
proezas de su imaginación los ponen al mismo nivel que sus héroes, pues
ellos mismos son los caballeros errantes del arte y la poesía.
A pesar de todas las dificultades de un idioma deficiente, sus soberbias
fantasías se destacaban por sus deslumbrantes hallazgos, tal como la
Durandarte fuera de su vaina. Sin que el arte viniera a su rescate, combatían,

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

en todo el sentido de la palabra, desnudos y sin armas, y con sólo la valentía


de su pensamiento, lograban elevarse a una ingenuidad sublime que desde
entonces no ha sido vista. En esos versos incultos es posible respirar el
genio de la fuerza indómita del orgullo supremo que se apoderaba del
hombre en la soledad de las torres de homenaje, de donde veía la naturaleza
humana como algo sumiso y sujeto a la corvea. Esta era la poesía, no de las
águilas del Olimpo, sino de los milanos y de los halcones de las Galias.
«Dos de los paladines de Carlomagno se están enfrentando: el combate ya
lleva un día completo y los caballos de ambos caballeros yacen picados en
pedazos a sus pies; el fuego brota de las corazas abolladas y el combate aún
continúa. La espada de Oliveros se hace pedazos en el casco de Roldán.
«Señor Oliveros, dice Roldán, id a por otra y por una copa de vino, porque
estoy muy sediento». Un barquero trae de la villa tres espadas y un bocal de
vino; los caballeros beben de la misma copa después de lo cual recomienza
la batalla. Hacia el final del segundo día, Roldán exclama: «Estoy enfermo
al punto de no poder atraparos; me gustaría recostarme para descansar».
Pero Oliveros le responde con ironía: «Acostaos, si lo deseáis, sobre la
hierba verde y yo os abanicaré para refrescaros», a lo que Roldán responde
con intrepidez en voz alta: «Vasallo, os he dicho esto para poneros a prueba;
felizmente seguiré combatiendo cuatro días más sin beber ni comer nada».
En efecto, el combate continúa. Muchos de los eventos del poema siguen su
curso, pero siempre regresamos a este interminable duelo. Ni las cotas
desmalladas ni los escudos destrozados disminuyen el ritmo de la lucha.
Llegan la tarde y luego la noche y el combate se extiende todavía. Al final,
una nube desciende del cielo y se interpone entre los campeones y de esta
nube sale un ángel que saluda con dulzura a ambos caballeros francos: En
nombre del Dios que hizo el cielo y el rocío, les ordena que hagan la paz y
le den un nuevo fin a su contienda combatiendo los paganos de
Roncesvalles. Temblando, los caballeros le obedecen y se ayudan a
desamarrarse los yelmos luego de haberse abrazado en el prado conversando
como viejos amigos. He aquí un ejemplo de la relación entre el señor feudal
y Dios.
¿No es todo esto singularmente magnífico, soberbio y a la vez enérgico? El
temblor de estos dos hombres invencibles delante del serafín desarmado,

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

¿no es esa una creación a imagen de la antigüedad griega y no de la romana,


de la homérica y no de la bizantina? Ahora bien, este tipo de influencia es
frecuente en este género creado por los trovadores».
No nos pudimos resistir al placer de citar este pasaje de Edgar Quinet.
Pertenecía a un poeta de una imaginación muy audaz para comentar el
soberbio ingenio de nuestro viejos poetas1.

Análisis del Roman des Loherains


De todos los cantares de gesta que nos son conocidos, no hay ninguno que
exprese de una manera más completa y veraz el espíritu y las costumbres de
la antigüedad feudal como el Roman des Loherains; no existe ningún otro
en que la independencia de los barones se exprese de forma tan altiva y
feroz. Con seguridad, se trata de una de las más antiguas de nuestras viejas
epopeyas, que ya a mediados de la Edad Media estaba casi olvidada,
mientras que en todas partes se repetían las hazañas de Carlomagno y de sus
doce pares. No obstante, el cantar de los Loherains gozó de gran celebridad.
Los eruditos editores2 responsables por su resurrección consultaron cerca de
veinte manuscritos que se remontaban casi a la misma época, el siglo doce,
pero que eran además tan diferentes debido a que fueran copiados los unos
sobre los otros. Incluso, esas diversas versiones ofrecen muestras de muchos
dialectos diferentes de la lengua de oíl, picardo, normando, champañés,
lorenès, y de esta forma dan prueba de su amplia aceptación. Una
predilección que sería pasajera, sumiendo a los Loherains en el olvido. Tal
vez sea preciso investigar la causa de esto en la naturaleza del tema, lo cual
sería para nosotros un motivo adicional de interés.
Este poema canta la lucha entre dos razas feudales, una de ellas es lorenesa,
es decir, germánica, y la otra proveniente de Artois, picarda, es decir,
francesa. Garín, uno de los héroes de la primera familia tiene por aliados a
toda la nación teutónica y todos ellos tienen, al igual que él, nombres cuyo
origen alemán es apenas disimulado en sus formas romanas y son Hervy
1. Ed. Quinet, sur les Épopées francaises du douzième siècle.
2. Las dos primeras partes y un fragmento de la tercera fueron publicadas por Paulin Paris
en 1853. En 1846, Edelestan Duméril continuó esta publicación y la llevó hasta la muerte
de Garín.

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PRIMER CICLO ÉPICO

(Herwin), Gauthier (Walter), Thierry (Dietrich), Aubery (Alberich). Su


oponente Fromont tiene por aliados a Hughes, homónimo del primer rey
capeto y conde de Gournay, a Guillaume de Montclin y a Isorè de
Boulogne.
El rey Pipino es un niño cuya edad es muy afín con el carácter de
impotencia que el poema le atribuye a la realeza. Cuando crece, la
comunidad de la que proviene y el reconocimiento de los servicios que le
han prestado lo acercan de los loreneses, al mismo tiempo que intereses
positivos no dejan de alejarlo de ellos. Se percibe en él el esfuerzo que hace
el conquistador germano por convertirse finalmente en el rey de Francia.
En todas partes y sin siquiera dudarlo, los poetas favorecen a los príncipes
loreneses. Su grado de parcialidad es tan desmesurado que ni siquiera dejan
que el valiente y desdichado Fromont muera en paz en su castillo; lo cazan
hasta hacerlo salir de Francia, lo exilian en España y lo hacen morir
sarraceno. Por esto, no es sorprendente que un poema en que el feudalismo
se presentaba en su forma más antigua, es decir, como la dominación de los
príncipes germánicos, haya cedido poco a poco su lugar a aquellos en que se
celebraban evocaciones mucho más nacionalistas. La epopeya lorenesa tuvo
la misma suerte que la dinastía a la que estaba asociada.
En sí mima, esta antigüedad constituye un curioso tema de estudio tanto
para la arqueología como para el arte. Para la crítica literaria fue una suerte
haber podido tomar sus primeros rudimentos de la epopeya naciente, haber
encontrado ese maravilloso producto de la imaginación humana en un
estado más primitivo que las obras maestras de Homero, un tipo de materia
épica análoga a esa materia orgánica que Buffon nos muestra aún informe
flotando en las aguas que brotan y que sólo está a la espera de reagruparse
alrededor de un núcleo para formar un ser vivo.
En efecto, considerado en su totalidad, el cantar de los Loherains no parece
ser la creación de un solo artista que concibe un plan y que vuelca todos sus
esfuerzos hacia el propósito que se ha trazado. Es la flor salvaje de la
imaginación popular cuyo arte aún no ha encauzado su desarrollo
espontáneo. No es de extrañar que aún conserve algo fortuito en su
desenvolvimiento, algo bastante general, y un cierto aire de impersonalidad
en sus resultados. No se trata de la simple unidad de una obra de arte en la

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

que el autor plasma la forma de su propio pensamiento según le plazca, sino


una unidad mucho más grande, menos aprehensible pero aun así real. Se
trata de la unidad de la historia sustituida por aquella de la ficción, es el plan
de la Providencia en lugar del plan del poeta.
La unidad de la gesta de los Loherains está en las diferentes razas. Esta
canta la supremacía de la raza teutónica, una supremacía inquieta y efímera,
que es quebrantada y finalmente derrocada por una reacción nacional. Las
suertes del poema, en un principio tan popular y luego tan olvidado, están
unidas a las suertes de los héroes, y el profundo olvido en el que cayó esta
epopeya hace parte, en cierta forma, de su desenlace.
Esta Ilíada gótica tiene como punto de partida, al igual que la griega, la
rivalidad de dos guerreros, cuya causa es también una mujer. Aquiles y
Agamenón se disputan a la hermosa Briseida, en tanto que Garín y Fromont
aspiran a obtener la mano, y sobre todo los dominios, de la igualmente bella
Blancheflor. No es de extrañar que el tema de la herencia deba jugar un
importante papel en esta lucha de alodios y feudos; por lo demás,
Blancheflor en sí misma hubiese justificado los esfuerzos de los
pretendientes. El trovador nos la describe, en el momento en que entra a
París, con rasgos que evocan el inimitable retrato de la Camila de Virgilio.
Casi tenemos la impresión de volver a ver a la amazona a quien todas las
madres de Laurente siguen con una mirada afectuosa, admirando la gracia
de su porte y la elegancia de su atavío1:

Car la pucelle est entrée à Paris,


Moult richement, avec le duc Aubris,
Cheveux épars, vêtue en un samis2.
Le palefroi sur quoi la dame sist
Était plus blanc que n'est la fleur de lis.
La dame avait taille mince, oeil joli,
Bouche épaissette avec des dents petits,
Plus éclatants que l'ivoir aplani,
Hanches bassettes, front vermeil et poli,
1. Confesamos de una vez por todas que, en las citas siguientes, nos hemos permitido
alterar el texto de tal forma que algunas palabras han sido «rejuvenecidas» con el fin de
facilitar la lectura. En un apartado anterior, p. 65 y 66, hemos puesto algunos pasajes del
Cantar de Roldán sin alteración alguna, como ejemplos del lenguaje empleado en nuestros
más antiguos poemas.
2. Samis, satén, ‘Εξχμτος, tejido con seis hilos.

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

Les yeux riants et bien faits les sourcis ;


C’est la plus belle qui oncques mais naquit.
Sur ses épaules tombent en longs replis
Ses cheveux blonds, qu'un chapelet petit
D'or et de pierres joliment lui couvrit.
Toutes les rues s'emplissent de Paris.
L'un dit à l'autre : Come belle dame à ci !
Elle devrait un royaume tenir!
Pleut à Dieu que l'empereur Pépin
L'eût à femme! nous serions tous garis (sauvés).

El emperardor Pipino la tendría en efecto por esposa, y sin embargo no era a


él a quien el padre de la joven muchacha la había destinado en matrimonio
en su lecho de muerte:

Le riche roi Thierris


Qui navré est (Dieu lui fasse merci!)
De ses péchés s' étant bien repenti,
Ses hommes liges fait devant lui venir.
Dieu! dit le père, comme serais gari
SiBlancheflor, ma fille, eût un mari,
Un franc baron qui son bien défendit.
Sachez que m'âme plus à l'aise partist.

Se le designó Garín el Lorenés, el más apuesto caballero de su tiempo:

Plus beau vassal, en ce siècle ne vis.

Probablemente esa también fuera la opinión de Blancheflor, pues incluso


más tarde, una vez convertida en emperatriz y esposa de Pipino, le dirigía a
su antiguo prometido miradas que eran todo menos indiferentes.

Il eut le corps moulé et échevi (élancé) :


En nulle terre plus beau que lui ne vis.
Bien le regarde la franche empéréris.
Fortement lui sied, et molt lui abélit (plaît).

El duque de Lorena acepta la mano de Blancheflor al agonizante anciano,


bajo la condición de recibir consentimiento del emperador Pipino. Ya que el
matrimonio implicaba la transmisión de feudos, ningún vasallo, sin importar
qué tan alto rango tuviera, podía tomar a una mujer por esposa sin recibir la
licencia de su señor. Empero, le promete a la damisela que, sin condición

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

alguna y sin importar quién sea su esposo, contará con su valentía para
protegerla de todos sus enemigos.
¿No hay en estos retratos algo delicado e incluso conmovedor? Vemos el
alborear del sentimiento caballeresco, que más adelante tendría un rol de
gran importancia en la poesía de la Edad Media. Aquí, aún se hace presente
sólo en rara ocasión y por excepción; todo lo demás es viril, enérgico y
rudo. Las mujeres aún no han salido del antiguo gineceo y son sólo los
hombres los que colman el poema con su bravura.
¡Cómo son valientes, en efecto, estos dos loreneses, Garín y su hermano
Begues! Begues sobretodo, como otro Aquiles, se perfila en las palabras de
sus aliados cuando se refieren a los desastres y pesares sufridos durante su
larga ausencia. Se va aproximando poco a poco, asolando tierras lejanas y
sembrando por su camino la desolación y el espanto. Y a pesar de todo esto,
todo el ejército lorenés languidece durante el sitio de San Quintín, el
emperador desespera por tomar esa población, y el mismo Garín no es capaz
de concretar la victoria. Finalmente, con la llegada de Begues, la fortuna
cambia, el enemigo se estremece al interior de sus muros y el vasallo
cumplió con la tarea de proteger a su emperador.
Hay que ver a todos esos buenos caballeros, con el yelmo puesto, el cuerpo
cargado de la blancura de la cota de mallas, resplandecientes por el hierro de
sus armaduras, y arremetiendo de un solo brinco sobre sus fuertes corceles.
¡No había fiesta más grande para ellos que una batalla! «Sur toutes
choses un tel jeu me ravit!» [«¡Sobre todas las cosas la contienda me
extasía!»] (versión de la traductora) exclama Begues. Y es que para ellos la
guerra es en efecto un juego magnánimo. Los caballeros se contemplan, se
admiran entre enemigos, la batalla se confunde con el torneo, y se matan
unos a otros sin odiarse. La batalla, siempre la batalla, es aquí como en
Homero el tema principal, el tema continuo del poema, y siempre el poeta,
al igual que sus héroes, encuentra fuerzas renovadas para esas luchas
incesantes. Es infatigable como ellos, y tal es el interés de su relato que
logra comunicarles este don a sus lectores.
Además de esa generosidad caballeresca, que ya vemos nacer entre la gloria
y el peligro, encontramos huellas excepcionales de la antigua fiereza que
desaparece día tras día y que parece apartarse de la antigüedad de las
tradiciones que canta nuestra epopeya. Un caballero le envía a Fromont la
cabeza de uno de los padres de ese jefe a quien mató. El propio Begues, el

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

noble y valiente lorenés, exasperado con la crueldad de Guillaume, que


incitaba a Isoré, su antagonista, a que le cortara la cabeza, mata a Isoré y
tomando a dos manos sus entrañas, las usa para golpear a Guillaume en la
cara:

Tenez, vassal, le cœur votre cousin,


Or le pouvez et saler et rôtir.

Nada puede igualar al orgullo salvaje del barón al interior de su castillo. Sus
muros de gran grosor son su segunda armadura y son uno con él. El barón
no es sí mismo ni está completo si no está en su torre. Allí, libre,
independiente, desafía y a su rey y, a menudo, a su Dios.

Si je tenais un pied en paradis,


Si j'avais l'autre au château de Naisil,
Je retrairais celui du paradis
Et le mettrais arrière dans Naisil.

Nada más apropiado para embriagar al hombre del sentimiento de su


importancia personal como lo son las guerras de esta nueva era heroica en la
que el individuo lo es todo; en la que el brazo de un solo caballero decide la
suerte de una batalla; en la que todo un ejército emprende la retirada a causa
de la caída de un solo hombre. Es entonces cuando las provocaciones, los
combates hombre a hombre, los hechos de armas, se convierten de nuevo en
algo natural, en breve, todas esas cosas que la poesía parecía haber perdido
para siempre después de Homero.
Citemos un pasaje en el que Jehan de Flagy (autor de por lo menos una de
las partes que compone el cantar de los Loherains) se encuentra una vez más
con su ilustre predecesor, al que posiblemente jamás haya oído nombrar.
Veremos cómo el Héctor bárbaro se separa de su Andrómaca para marchar a
la batalla. Por cierto, no se trata del último adiós, lo cual representa a priori
una belleza literaria de menos que se convierte en una excusa para la
inferioridad de la parte francesa.

Vous eussiez vu le chastel estormir (se troubler, strürmen)


Et les bourgeois aux défenses venir,
Les chevaliers armer et fer-vêtir,
Car ils pensaient qu'on dût les assaillir.3

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

Begues s'apprête, à la hâte il le fit, •


Lace une chausse, nul plus belle ne vit;
Sur les talons lui ont éperons mis;
Vêt un haubert, lace un heaume bruni.
Et Béatrix lui ceint le brand fourbi :
Ce fut Floberge 1 la belle au pont (garde) d'or fin.
« Sire, fait-elle; Dieu qu'en la croix fut mis
Vous défende hui de mort et de péril! »
Et dit le duc : « Dame, bien avez dit! »
Il la regarde, moult grand pitié l'en prit.
Relevée est de nouvel de Gérin (elle venait de donner le jour
« Dame, dit-il entendez ça à mi : [à Gérin]).
2
Pour Dieu vous prie que pensiez de mon fils ,
Elle répond : « Biaus sire, à vos plaisirs! »
On lui amène un destrier arabi (ardent, arrabbiato).
De pleine terre est aux arçons sailli (élancé) ;
L'écu au col, il a un épieux pris.
Dont le fer fut d'un vert acier bruni.

Pero cuando Begues realmente deja su castillo por última vez, cuando parte
para nunca regresar, el poeta retrata una escena diferente: La familia feudal
está reunida, tranquila y feliz; el trovador nos presenta un cuadro interior
lleno de encantos y de gracia; todo está en paz, todo parece estar sonriendo.
Y es en ese momento que, por medio de un terrible contraste, la desgracia
llegará a esta casa.

Un jour fut Begues au chastel de Belin :


Auprès de lui la belle Biatrix.
Le duc lui baise et la bouche et la main,
Et la duchesse moult doucement sourit.
Parmi la salle vit ses deux fils venir
(Ce dit l'histoire) : l'aîné eut nom Gérin,
Et le second s'appelait Hernaudin :
L'un eut douze ans, et l'autre en avait dix.
Sont avec eux six damoiseaux de prix.
Vont l'un vers l'autre et coure et tressaillir,
Jouer et rire et mener leurs délits (amusements).

Gracias a una observación muy realista y muy poética del corazón humano,
en medio de toda esta felicidad, Jehan Flagy nos muestra al duque que se

1. El nombre de su espada, a la que nosotros llamamos flamberge.


2. Los ingleses conservaron esta construcción: You would think of my son.

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Práctica II Francés
PRIMER CICLO ÉPICO

comienza a suspirar. Se encuentra lejos de su hermano, de sus amigos, de


las orillas del Rin y del Mosela; está al sur de Francia, en un país extranjero.
Quiere volver a ver a sus viejos y conocidos loreneses; quiere ir a llevarle a
su hermano Garín un presente digno de él, la cabeza de un enorme jabalí
cuyo renombre es equivalente al del galantísimo barón, pues es a doscientas
leguas de allí, cerca de Valenciennes, donde este último envejece y engorda
hace más de veinte años. En vano Beatriz, presa de un triste presentimiento,
le ruega que desista de esta cacería:

Le coeur me dit, il ne peut pas mentir,


Si tu y vas, tu n'en dois revenir.

Begue ignora su sombrío presentimiento. Prepara la caza con todos los lujos
feudales: treinta y seis caballeros lo acompañan, diez caballos cargados de
oro y de plata le siguen, y luego viene la jauría de perros y los lacayos. El
duque se prepara para partir:

A Dieu commande la belle Biatrix,


Ses deux enfants Hernaudet et Gérin.
Dieu ! quel douleur! onques puis ne les vit!

Al llegar a Valenciennes y la caza comienza. El jabalí fatiga a toda la tropa


y luego de quince leguas de persecución se encuentra, exhausto, cara a cara
con Begues que es el único que no le ha perdido el rastro:

Dessous un hêlre est le porc arrêté,


Là but de l'eau et puis s'est reposé,
Et les bons chiens sont autour lui allés.
Le porc les voit, a les sourcis levés,
Les yeux il roule, se rebiffe du nez,
Fait une hure, et s'est vers eux tourné.

Luego, el jabalí eviscera, despedaza a los perros, y arremete contra el mismo


Begues que lo alcanza con su lanza y lo extiende muerto a sus pies. Pero no
era en esta lucha en la que el noble, el bravo duque que de tantas batallas
había escapado, debía perecer. Unos ladrones a los que había obligado a
huir, cuando se habían atrevido a aproximársele, buscarán a un arquero que,

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Práctica II Francés
CAPÍTULO VIII

desde lejos y a través de las ramas del bosque, le lance furtivamente una
pérfida flecha. Es así como este hombre, que fue el protector de un rey y el
más firme eslabón de una raza entera, cae en una muerte oscura e ignorada,
lejos de los suyos, lejos del campo de batalla, su segunda patria.
¿No hay en tal contraste algo con un sublime carácter poético? ¿Quién es su
autor? ¿Será el poeta o el destino? El poeta, por lo menos, desempeñó el
papel principal de todo gran artista, tomó prestado de la realidad todo lo que
esta tenía como un ideal.
Esta tercera parte es la más poética y la que mejor fue desarrollada en toda
la epopeya de los Loherains. La narración, seca y abrupta en la primera
parte, en la que los acontecimientos se suceden sin armonía ni propósito, sin
otro orden que el de la cronología, se va animando poco a poco, toma vida e
incluso gracia. Esa primera parte presenta en más alto grado ese carácter
impersonal al que nos hemos referido. No es más que la recopilación de las
más antiguas tradiciones de un pueblo; la mano del artista es a duras penas
perceptible. En la tercera parte se unen con encanto el interés de un relato
nacional y el calor de un sentimiento individual.
En su conjunto, esta vasta epopeya se asemeja a esas inmensas catedrales,
construidas por generaciones diferentes y en las que el ojo distingue con
curiosidad los diversos estilos de cada siglo. A pesar de haber sido
comenzadas en el siglo once con cierto carácter ponderoso, pareciera que
aún dudan entre el estilo abovedado y el gótico, pero pronto las ojivas se
agudizan, las bóvedas se alargan, las columnas se hacen más delgadas… En
fin, yendo en ocasiones más allá de los límites de la elegancia, nos muestran
la decadencia del gusto en la búsqueda de los ornamentos, la fastuosidad de
los festones, la forma extraordinaria de los colgantes.
La epopeya de los Loherains se terminó con demasiada rapidez por haber
caído en estos excesos, pero la poesía épica de la Edad Media no dejará de
proporcionarnos otros numerosos ejemplos de ese estilo.

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Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO

CAPÍTULO IX
SEGUNDO CICLO ÉPICO
Ciclo armoricano o de Artús; carácter caballeresco. — Fuentes bretonas. —
Cuentos populares de los bretones armoricanos. — Geoffroy de Monmouth y los
trovadores franceses. — Romans en prosa; lay de María de Francia. — Caballería
religiosa; el santo Grial.

Ciclo armoricano o de Artús, carácter caballeresco.


La epopeya carolingia es feudal, todavía no es caballeresca. Sólo desarrolla
en parte el programa que Ariosto trazó y realizó con tanto gusto; canta sobre
los caballeros y las armas pero no de las damas ni de los amores1. Los
barones carolingios son sin duda valientes, pero su valor aún no ha
adquirido, gracias a una combinación más dulce de sentimientos, esa
maravillosa exaltación que debe convertirse en una religión y producir una
cosa y una palabra completamente modernas, el honor.
Se han realizado búsquedas exhaustivas y eruditas para descubrir en qué
pueblo se dieron los sentimientos caballerescos por primera vez y cada vez
se le ha atribuido su origen a un pueblo diferente, ya sea los germanos, a los
lombardos o a los árabes. Es posible que los ejemplos de generosidad y de
valentía, de respeto por la fragilidad y por la belleza dados por estas
naciones hayan contribuido a despertar el instinto moral en las demás, pero
no pareciera necesario asignarle una patria a las virtudes naturales del
hombre: La caballería, ese ideal feudal, fue el resultado del progreso moral
de las naciones durante la Edad Media. Junto a la espada vino a posicionarse
la idea; la inteligencia pasó a dirigir la fuerza y completó así una
civilización.
El clero fue el primer instrumento de ese progreso. Guardián desarmado
1. Orlando furioso, c. I, v. 1, 2.
Le donne, i cavalier, l’arme, gli amori,
Le cortesie, l’audaci imprese io canto.

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Práctica II Francés
CAPÍTULO IX

de los conocimientos y de los preceptos morales, era, luego de la invasión,


el blanco continuo de las violencias de los conquistadores, y a pesar de ser
con frecuencia el vencedor en esta lucha desigual en apariencia, siempre
veía renacer a su alrededor la violencia que había subyugado. Atormentado,
expoliado día tras día por la casta feudal, obligado a defender de esta última
sus intereses materiales y los intereses de la justicia, de la que se había
convertido en el representante, la caballería fue el medio más notable de los
muchos de los que debió servirse para lograr sus fines.
Los gérmenes de esta institución provenían de la antigua Germania. Tácito
nos cuenta que tan pronto como un germano alcanzaba la edad viril, uno de
los jefes de la tribu, su padre o su pariente más próximo, lo iniciaba en la
asamblea de guerreros y le hacían entrega pública de un escudo y de una
lanza. Nos cuenta además que todo joven soldado dejaba crecer su barba y
sus cabellos y no los cortaba hasta que hubiera logrado un hecho de armas
que fuera notable.
El clero fue muy hábil en utilizar a su favor las costumbres ya establecidas.
Gracias a sus cuidados, la admisión de un joven noble en el uso de las armas
dejó de ser una ceremonia puramente militar y pasó a ser un rito religioso y
casi sacramental. Durante la noche que precedía su recepción, el futuro
caballero debía permanecer en vigilia junto a sus armas1, ya fuera en una
iglesia o en una capilla, siempre y cuando se tratase de un entorno sagrado;
estaba revestido de una túnica blanca como la que llevaban los neófitos que
la Iglesia preparaba para el bautismo; la recepción de la armas debía ir
precedida por un baño simbólico; el ayuno y la confesión fueron adjuntadas
a los periodos de vigilia; el candidato incluso contaba con padrinos que se
responsabilizaban por el cumplimiento de sus votos. El juramento impuesto
al nuevo caballero lo comprometía a defender los derechos de la Santa
Iglesia, a respetar a las personas y a las instituciones religiosas y a obedecer
los mandatos del Evangelio2. Para asimilar por completo a la caballería, el
1
En los cantares carolingios más antiguos, los caballeros también hacen la vigilia en una
iglesia, pero lo hacen cuando se avecina un combate singular, para implorar a Dios que los
socorra en los instantes de peligro.
2
« Au commencement de l'ordre de chevalerie, il fut dit à celui qui vouloit chevalier être, cl
qui le don en avoit par droit de élection, qu'il fût courtois sans villenie, débonnaire sans
folie, piteux vers les souffreteux, large et appareillé de secourir les indigents, prêt et
entabulé de détruire les roberers et les meurtriers, de droit juger sans amour et sans haine.
Chevalier ne doit, pour paour de mort faire chose où l'on puisse honte cognoistre, ains doit
plus douter honteuse vie que la mort. Chevalier fut établi principalement pour sainte Eglise
garantir. » [«Al comienzo de la orden de caballería, le era dicho a aquel que quisiera
caballero ser, y que lo quisiera por derecho de elección, que fuera cortés sin vileza,
complaciente sin excesos, piadoso con los sufrientes, amplio y apresto para socorrer a los
desvalidos, dispuesto y encaminado a destruir a los ladrones y a los asesinos, a juzgar con
justicia, sin amor y sin odio. Caballero no debe por temor de muerte hacer cosas que
puedan traerle deshonra, y debe preferir la muerte a una vida en deshonra. Caballero fue
establecido principalmente para proteger a la santa Iglesia»] (versión de la traductora). La
première partie de Lancelot du Lac, folleto XXXI.

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Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO

clero dispuso la jerarquía de esta a semejanza de la suya. Se ponían en


paralelo los rangos de esta milicia santificada con las órdenes eclesiásticas:
el caballero y el obispo tenían rangos análogos, y deberes y privilegios
semejantes1.
Pero esta institución, creada por y para el clero, no tardó en escapar de su
control. Paralelo a las ideas religiosas germinaron prontamente sentimientos
de otro orden, que no habían sido previstos ni deseados por la Iglesia. El
amor profano, la afición por las aventuras, la exaltación del orgullo militar,
se convirtieron en el alma de la caballería. Esta milicia mundana y galante
no solo se independizó del clero, sino que se convirtió en algo odioso y
hostil para él. Por su parte, la Iglesia, forzada en principio a resistir a los
conquistadores bárbaros, se vio obligada a emprender la lucha contra los
caballeros, oponiéndoles otro tipo de caballería que creó según sus ideas y
que mantuvo bajo su control. Se trata de las órdenes religiosas militares,
instauradas para combatir a los enemigos de la fe.
Por tanto, hubo dos tipos diferentes de caballería, o más bien dos principios
contrarios en la caballería, uno de ellos místico, piadoso y severo, que tuvo
por objeto hacer del caballero un monje cristiano armado para la fe, y el
otro, mundano, galante, ávido de gloria, que hizo del amor y del honor los
propósitos y la recompensa de la vida militar2.
Una vez se hubieron incorporado en las costumbres, esos sentimientos
diversos no podían dejar de reflejarse en la poesía. El ciclo carolingio sirvió
de ropaje a ideas completamente diferentes. Se trataba de una forma creada
por otro espíritu, consagrada a otros hechos, y que no hubiera podido
prestarse fácilmente a una nueva fuente de inspiración. Es por esto que fue
1. Walter Scott, Essai sur la chevalerie. — La Curne de Sainte-Palaye, Mémoires sur
l’ancienne chevalerie, considerée comme établissemente politique et militaire. Academia
de las inscripciones y lenguas antiguas, tom. XXXIV y XXXV, in-12.
2. Fauriel, Origine de l’épopée chevaleresque au moyen age.

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CAPÍTULO IX

necesario que los poetas caballerescos buscasen un periodo histórico


diferente y que adoptasen otros héroes. Carlomagno y sus doce pares fueron
destronados. Una dinastía diferente se encargó de los nuevos sinos de la
poesía. Artús fue su sucesor o, más precisamente, compartió con él los
afectos de toda Europa.

Fuentes bretonas
En pasajes anteriores vimos cómo la lengua primitiva de los galos, el celta,
se retiraba en la Bretaña armoricana hacia el siglo sexto. Ese fue también el
asilo de los bardos, esos poetas galos asociados a la poderosa corporación de
los druidas. El arte fue más vivaz que la religión pues subsistió con la
lengua, como el único monumento de la nacionalidad antigua; fue
indestructible como un recuerdo y como una esperanza. En esa misma
época, un gran número de bretones de Inglaterra, huyendo de la conquista
de los bárbaros del Norte, se estableció en Armórica, su antigua patria. Trajo
consigo su idioma, sus tradiciones, su poesía, y con su presencia revivió las
antiguas costumbres y la vieja poesía céltica. Esta última había
experimentado un desarrollo importante con los bretones insulares. El rasgo
predominante de su carácter, según Walter Scott, era un entusiasmo
religioso por la poesía y por la música.
Fue durante el siglo sexto que florecieron en el país de Gales los bardos
Aneurin, Taliesin, Llywarch-Hen, Merzin, de quienes muchos cantos nos
han sido transmitidos1. Los emigrantes repetían los himnos de sus célebres
bardos; les gustaba sobretodo repetir los últimos combates de la
independencia, en los que su jefe, el valiente Artús, había defendido su país
con tanta gloria. Vencidos, pero no desprovistos de honor, engrandecían el
nombre de Artús como el contrapeso de su derrota y conservaban sus cantos
patrióticos como una noble y piadosa herencia.
Es curioso seguir el trabajo de la credulidad popular alrededor de la leyenda
de Artús, ver cómo se erige poco a poco el monumento poético al que cada
1. Sharon Turner demostró con mucha erudición la autenticidad de esas poesías publicadas
en el primer volumen de la recopilación titulada Myvirian; Archeology of Wales.

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SEGUNDO CICLO ÉPICO

era contribuye, por así decirlo, su grano de arena. Es ver nacer y crecer la
epopeya, es estudiar de alguna forma la historia natural de la imaginación.
Las vidas de los santos contemporáneos a Artús nos muestran a ese rey bajo
el lente de la realidad histórica. Se trata de un jefe bárbaro y violento, en
guerra continua con sus vecinos, ya sea para repeler la injusticia o para
ejercerla en su propio beneficio. Saquea un monasterio y acepta la
intervención del clero; rapta la esposa de un jefe vecino y experimenta en
carne propia un infortunio semejante1. Lejos de ser el monarca universal, no
es ni siquiera el único príncipe del pequeño reino de Gales. Combate a los
sajones pero sus victorias no hacen más que retrasar las conquistas de estos.
Gildas, que vivió en esa misma época, resume las hazañas de Artús con
bastante exactitud en estos términos: « La victoire restait tantôt aux Bretons,
tantôt à leurs ennemis, jusqu'à la bataille de Hills, près de Bath, où les
Bretons obtinrent un avantage signalé. » [«La victoria le pertenecía en
ocasiones a los bretones, en ocasiones a sus enemigos, hasta la batalla de
Hills, cerca de Bath, donde los bretones obtuvieron la ventaja señalada»].
Sin embargo, ese éxito se limitó a suspender el proceso de la invasión.
Kerdic, el jefe sajón, se detuvo en los límites meridionales de los condados
de Southampon y Somerset. He aquí al verdadero Artús, el Artús de la
historia.
Fueron los bardos del siglo sexto los que comenzaron la apoteosis. A veces
exaltan a Artús con la moderación debida a una memoria aún reciente, y a
veces se dejan llevar por el entusiasmo lírico y lo rodean desde ya de un
aura fabulosa. El jefe bretón, transfigurado por la imaginación de sus
propios bardos, como le ocurriera a Alejandro con sus historiógrafos, se
convierte para ellos en un personaje mitológico, sin ser aún caballeresco. En
este punto, aún no hay una mesa redonda, ni torneos, ni amor, ni lo más
importante aún, el Santo Grial.

Cuentos populares de los bretones armoricanos


La tradición de Artús tuvo un progreso decisivo en la Bretaña francesa. Del
siglo sexto al siglo doce, el pueblo armoricano no cesa de cantar la gloriosa
1 Vita Sancti Cadoci. — Vita Sancti Paterni, etc.

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CAPÍTULO IX

leyenda. En 1842, de La Villemarqué publicó una serie de documentos que


daban prueba de la perpetuidad de esta tradición poética entre nuestros
compatriotas del Oeste. Los Contes populaires des anciens Bretons
(Cuentos populares de los antiguos bretones), una recopilación formada ya
sea a partir de los viejos libros galos o de los relatos que aún encantan las
veladas rurales, nos muestran el ciclo caballeresco de Artús como si
estuviera flotando sobre una nación entera a manera de una vasta atmósfera
de armonía, como toda verdadera epopeya.
Es aquí que, por primera vez, el héroe galés se convirtió en el ideal de la
caballería. Este recorre el mundo salvándolo de los gigantes y de los
monstruos: Tiene casa y corte en Caerleon, en Gales, celebrando las más
importantes fiestas del año, y reúne alrededor de su persona a la flor de los
reyes, barones y caballeros de Europa. Reconocemos a su alrededor a los
compañeros que otrora le dieran los bardos cámbricos, a Keu, el senescal, a
Beduier, el criado, a Galván, el embajador; encontramos además a un
personaje armoricano que desempeña un papel muy importante en esta
historia. Se trata de Hoel, rey de la pequeña Bretaña, del país mismo en que
la leyenda del monarca bretón recibió sus más ricos desarrollos. Finalmente,
la innovación esencial de la obra es el nuevo nexo que Artús establece con
sus compañeros:

Fit roy Arthur la ronde table,


Dont les Bretons disent maint fable.

La mesa redonda era el lugar de la igualdad. Todos los huéspedes se


sentaban y eran servidos sin distinción, sin importar cuales fueran sus
rangos y sus títulos.
No había un francés, ni un normando, ni un angevino, ni un flamenco, ni un
borgoñón, ni un lorenés, ni un buen caballero del oriente o del occidente,
que no se creyera digno de ir a la corte de Artús. Todos aquellos que
buscaban la gloria venían desde todos los países, tanto para gozar de su
cortesía como para ver sus dominios, tanto para conocer a sus barones como
para ser partícipes de sus suntuosos presentes. Los pobres lo amaban; los
ricos le rendían grandes homenajes; los reyes extranjeros le tenían envidia o

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SEGUNDO CICLO ÉPICO

le temían pues tenían miedo de que fuera a conquistar el mundo entero y de


que les quitase sus coronas.

Geoffroy de Monmouth y los trovadores franceses


Hacia mediados del siglo doce, Walter Calenius, un archidiácono de Oxford,
trajo consigo, luego de un viaje a Armórica, un libro muy antiguo escrito en
lengua céltica, la lengua de ese país, que contenía una recopilación de las
más antiguas tradiciones de ese pueblo. Se lo obsequió a Geoffroy de
Monmouth, obispo de Saint Asaph, en el país de Gales, quien lo tradujo al
latín1. Algunos años antes, en 1155, el maestro Wace, clérigo de Caen,
nacido en la isla de Jersey, compuso una larga historia en verso octosílabo
francés a la que llamó el Brut y en la que narró a su vez los acontecimientos
y las gestas de los reyes de la Gran Bretaña, casi desde la caída de Troya
hasta el año 680 de la era de Jesucristo. También escribió con imparcialidad
una segunda historia en verso, de una extensión igualmente considerable, en
la que están consignados los reinados de los duques de Normandía hasta el
sexto año del reinado de Enrique II2.
De acuerdo con Wace, los trovadores franceses de finales del siglo doce se
apropiaron de Artús y de la mesa redonda como el tema especial de sus
relatos. Al igual que Wace, dejaron a un lado la larga estrofa monorrima y la
sustituyeron por los versos octosílabos rimados dos a dos, hechos a
1. Galfredi Monemutensis Origo et Gesta regum Brilanniae…
Esta transmisión de las tradiciones bretonas, ese viaje del viejo libro armoricano, avivó
durante largo tiempo la incredulidad de los más eruditos críticos. Todas las dudas debieron
rendirse ante los trabajos de de La Villemarqué.
Además de los Contes Populaires des Anciens Bretons, el erudito literato también publicó
bajo el título de Barzas-Breiz o Chants Populaires de la Bretagne, una recopilación cuyo
origen narra de la siguiente forma:
« Ma mère avait rendu la santé à une pauvre chanteuse mendiante; émue par les prières de
la bonne paysanne qui cherchait un moyen de lui exprimer sa reconnaissance, et l'ayant
engagé à dire une chanson, elle fui si frappée de la beauté de la poésie bretonne qu'elle
ambitionna, depuis celle époque, ce touchant tribut du malheur. » [Habiéndole devuelto mi
madre la salud a una pobre cantante mendiga, conmovida por las súplicas de la buena
paisana que buscaba una forma de expresarle su reconocimiento y habiéndola puesto a
recitar una canción, quedó tan conmovida por la belleza de la poesía bretona que anheló,
desde aquella época, ese conmovedor tributo de la desdicha] (versión de la traductora).
2. El Roman du Brut fue publicado por Le Roux de Liney en 1836. 2 vols. in-8. — Le
Roman de Rou, escrito por Fr. Pluquet, en 1827. 2 vols. in-8.
LIT. FR. 1

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CAPÍTULO IX

a imagen de los fabliaux (fabulillas francesas). Sus poemas pasaron a ser


leídos y no cantados, por lo que ya no tenían ningún uso para la melopeya
monótona de los viejos cantares de gesta. Fue en la métrica octosilábica que
fueron compuestos todos los poemas de la mesa redonda, cuyos
representantes más importantes son los de Merlin (Merlín), Lancelot du Lac
(Lanzarote del lago), Le Chevalier à la charrete (El caballero de la carreta)
(Lanzaronte), Erec et Enide (Erec y Enida), Tristan (Tristán) y el Chevalier
du lion (Caballero del león) (Ivain)1.

Comparación de los Cuentos populares armoricanos con sus


imitaciones francesas
Es de interés comparar la poesía popular de los armoricanos con la
redacción francesa de nuestros trovadores. De esta forma se hace posible
observar la última metamorfosis de la tradición que se anima y se
perfecciona con el soplo caballeresco de la Edad Media. Tomemos como
tema de comparación, por una parte, el poema francés titulado el Chevalier
du lion (Caballero del león), escrito por Chrétien de Troyes, y por la otra, el
primero de los Cuentos publicados por de La Villemarqué: El erudito editor
fue quien sugirió la mayoría de las observaciones que pondremos en
consideración del lector.
El héroe que le da nombre al relato popular es Ivain o Owen, como lo
llaman todos los monumentos célticos. El cuento, que celebra las aventuras
de ese héroe, fue redactado en los primeros años del siglo doce por un bardo
del Glamorgan llamado Jeuann Vaour, a petición del jefe Greffiz ap
Connaz, que reinó durante el siglo de Augusto de la literatura galesa; sin
embargo, como todos los cuentos del ciclo artúrico, no es más que

1. La historia romanesca de Merlin (Merlín) es la obra de un poeta anónimo. Es una obra


inédita y se encuentra, según de La Villemarqué, en la biblioteca de la Sociedad Real de
Londres.
La redacción francesa más antigua de Lancelot du Lac (Lanzarote del lago) es del siglo
doce: Se perdió en sus transformaciones en prosa que son las únicas que existen
actualmente. Le Chevalier à la charrete (El caballero de la carreta), cuyo tema es un
episodio de la vida de Lanzarote del lago, es obra de Chrétien de Troyes, quien murió hacia
1191. Este poema fue publicado en 1849 por P. Tarbé, y, en 1850, por el doctor W. J. A.
Jonekbloet.
Erec et Enide (Erec y Enida) y el Chevalier du lion (Caballero del león) también
pertenecen a Chrétien de Troyes. Este último poema fue publicado en Inglaterra por de La
Villemarqué, en 1838.
Michelant prometió publicar una edición completa de los poemas de Chrétien de Troyes.

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Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO

una refundición de los antiguos cantos populares. Nos brinda la imagen de


la sociedad galesa durante la aurora de la caballería. Las costumbres de los
personajes llevan la huella de una rudeza próxima a la barbarie, manifestada
en que ya no se encuentran esos sentimientos de ternura exaltada, ese amor
refinado y sistemático que es evidente en las obras más recientes.
El cuentero galés comienza por introducirnos en la corte de Artús, a la cual
le asigna una fisionomía muy particular y burguesamente pintoresca.
« L'empereur Arthur était à Caerléon-sur-Osk. Or un jour il était assis dans
sa chambre, et avec lui se trouvaient Owenn, fils d'Urien, et Kenon, fils de
Kledno, et Kai, fils de Kener, Gwennivar et ses femmes travaillant à
l'aiguille, près de la fenêtre.
« Et l'on ne pouvait pas dire qu'il y eût un portier au palais d'Arthur, car il
n'y en avait point1.... Or l'empereur était assis au milieu de la chambre, dans
un fauteuil de joncs verts, sur un tapis de drap aurore, et il s'accoudait sur un
coussin de satin rouge. Et il dit: « Si vous ne vous moquez pas de moi,
seigneurs, je vais faire un somme, en attendant l'heure du repas, et vous
pouvez conter des histoires et vous faire servir par Kai une cruche
d'hydromel et quelques viandes. »
«Et l'empereur s'endormit. »
[«El emperador Arturo se encontraba en Caerleon sur Usk. Un día estaba
sentado en sus aposentos y con él se encontraban Owenn, hijo de Urien, y
Kenon, hijo de Kledno, y Kai, hijo de Kener, Ginebra y sus damas
trabajaban con la aguja, cerca de la ventana.
«Y no se podía decir que había un portero en el palacio de Artús pues no
había ninguno1…Así el emperador estaba sentado en el centro de sus
aposentos, en un sillón de flecos verdes, sobre un tapiz de tela aurora, y se
apoyaba sobre un cojín de satén rojo. Y dijo: «Si no os mofáis vosotros de
mí, señores, tomaré un sueño, mientras llega la hora de la cena, y vosotros
podéis contar historias y haceros servir de Kai un jarrón de hidromiel y
algunas carnes.
«Y el emperador se quedó dormido»] (versión de la traductora).
El trovador francés Chrétien de Troyes, que escribió después de 1160 un
poema en versos octosílabos sobre la misma materia y bajo el título de
Chevalier au lion (Caballero del león), retrata la corte de Artús con
tonalidades bastante diferentes. El jefe bretón aparece en ellos como un
verdadero rey; en ella da lecciones de proeza y de cortesía. Sus caballeros,
en lugar de reunirse alrededor de un jarrón de hidromiel, se reparten en los
salones en donde los llaman las damiselas, que a su vez desdeñan la aguja y
las labores de Ginebra, y que sonríen con los relatos galantes de los
caballeros y se interesan en sus amores.
Sin embargo, en el relato del bardo galés, los caballeros obedecen al rey
adormitado y cuentan historias. Kenon narra una aventura que vivió en
1. Constituía una muestra de hospitalidad en los dominios de los reyes bretones alejar al
portero para dejar un libre acceso a todos los visitantes.

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CAPÍTULO IX

su juventud Se trata de una fuente maravillosa en donde el agua derramada


incita a una violenta tormenta y en donde un caballero vestido de negro
combatía al imprudente que hubiera osado perturbar de esta manera sus
dominios. Ambos autores describen la fuente, pero el trovador francés hace
gala de un lujo descriptivo desconocido para el galés. En el relato del
primero, la tinaja es de oro y del oro más fino que jamás se haya
comerciado, y en cuanto a la escalinata que a él conduce, está hecha de
esmeraldas y adornada con un rubí

Plus flamboyant et plus vermeil


Que n’est au matin le soleil.

Sus amplificaciones son todas del mismo tipo y no siempre embellecen la


materia que pretenden enriquecer.
Este es un ejemplo de una escena del cuento galés en la que la observación
de la naturaleza es llevada hasta un grado sorprendente de veracidad.
Owenn, al igual que Kenon, turbó el agua de la fuente y, por consiguiente, la
serenidad de la atmosfera; pero además mató al terrible caballero. Luned, la
acompañante de la dama que es su protectora, dando poca importancia a
Owenn, entra en los aposentos de su ama, dice el cuentero bretón, y la
saluda. Pero esta no responde. La doncella, hace una profunda venia ante
ella y le dice: «Qu’est-ce qui te rend si triste, que tu ne me réponds pas
aujourd’hui ?» [¿Qué es lo que te tiene tan triste que no me has respondido
hoy?]. Habiendo la dama roto su obstinado silencio. «Vraiment, reprit
Luned, je te croyais plus de bon sens: Est-il sage à toi de pleurer ce digne
homme au tout autre bien dont tu ne peux plus jouir ? —Hélas ! Mon Dieu !
dit la dame: il n’y a pas au monde d’homme que lui ressemble. — Il y en a
certes, repartit Luned, plus d’un que n’aurait pas besoin d’être beau pour le
valoir, ou pour valoir mieux que lui. — Pardieu ! s’écria la dame, si je ne
t’avais élevée, je te ferais couper la tête pour punir un tel langage ; mais je te
chasse chez moi. » [«Ciertamente, continúa Luned, te creía de mejor juicio:
¿Te parece sabio llorar por ese digno hombre o por cualquier otro del que ya
no puedes disfrutar? — ¡Ay de mí! ¡Dios mío! Dice la dama: no existe en el
mundo hombre que se le parezca. — Sí hay algunos, continua Luned, más
de uno que no tendría necesidad de ser bello para valerlo o para valer más
que él. —¡Por dios!, exclamó la dama, si no te hubiera criado te haría cortar
la cabeza para castigar tal lenguaje, pero te arrojo fuera de mi casa»]
(versión de la traductora). Luned se disponía a salir del recinto; su ama se
levanta, la sigue hasta la puerta de sus aposentos y allí comienza a toser con
mucho estruendo, y Luned se desvía, y la dama le hace una seña, y

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Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO

esta regresa junto a la dama. « Vraiment, Luned tu as un bien mauvais


caractère ! Mais puisque tu connais ce que m’est le plus avantageux, dis-le-
moi. » [«¡Ciertamente, Luned tienes muy mal carácter! Pero ya que conoces
lo que me es más conveniente, dímelo»] (versión de la traductora).
No hay nada más curioso que esta mezcla de barbarie y de refinamiento bajo
la misma pluma. Esta mujer que habla de hacer cortar las cabezas es la
misma que se empeña en defender la enseñanza que tanto ansía.
La dama de Chrétien de Troyes sacrifica mucho más por las apariencias:
echa de sus aposentos dos veces a su acompañante, dos veces la deja ir, y
todo esto sin toser. Su Luned es mucho más experimentada; según el bardo
de Glamorgan, ha vivido. No está muy lejos de pasar al servicio de Molière
y de llamarse Toinette o Marinette. Comienza por recordarle a su ama que
esta tiene una belleza que debe ser tan bien conservada como un castillo, y
que el mal de amor no sirve ni para conservar la primera ni para defender al
segundo: « Pensez-vous que toute prouesse soit morte avec votre seigneur?
Il y en a dans le monde d’aussi bons et cent meilleurs. — Si tu ments, que
Dieu te confonde ! Je te défie de m’en nommer un seul. » [« ¡Pensáis vos
que toda proeza hay muerto con vuestro señor? Hay en el mundo muchos
iguales de buenos y cien mejores. — Si mientes, ¡que Dios te avergüence!
Yo te desafío a que me nombres a uno solo»] (versión de la traductora). Una
forma muy hábil y decente de hacer que los nombrara todos. Luned finge
temer un enojo del que aprecia toda la seriedad; reconfortada finalmente con
la promesa de su dama, la atrapa con un argumento irresistible.
«Eh bien donc! Quand deux chevaliers se sont battus et que l’un a vaincu
l’autre, lequel pensez-vous que vaille le mieux? Pour moi, je donne le prix
au vainqueur ; et vous ? — M’est avis que tu me guette et que tu veux me
prendre au mot ! — Par ma foi ! vous pouvez bien voir qu’au contraire je
vais droit au but. Il est certain que le vainqueur de votre mari valait mieux
que lui. » [«¡Y bien! Cuando dos caballeros se han enfrentado y que uno ha
vencido al otro, ¿cuál pensáis vos que sea de más valor? Para mí, yo le doy
el premio al vencedor, ¿y vosotros? — ¡Es mi pensamiento que me vigilas y
que te tomas con ligereza lo que te digo! — ¡Por mi fe! Podéis ver que bien
por el contrario voy directo al asunto. Es seguro que quien ha vencido a
vuestro esposo valía más que él»] (versión de la traductora).
Pronto Luned lleva a su protegido y al hallarlo muy tímido dice: «Nargue du
chevalier, dit-elle, que entre dans la chambre d’une belle dame et ne
s’approche pas d’elle, et n’a ni bouche ni langue pour parler. Avancez donc,
chevalier, avez-vous peur que madame ne vous morde ?» [«Desafiado sea el
caballero, dice ella, que entre a los aposentos de una bella dama y no se
aproxime de ella, y no tenga ni boca ni lengua para hablar. Proseguid,
caballero, ¿acaso tenéis miedo de que la señora os muerda?»] (versión de la
traductora).
Es al Owenn del cuentista galés que habría que dirigirle este reproche. Al
ver a la dama por la primera vez, se contenta con decir: «Voilà la femme
que j’aime le plus. » [«He aquí a la mujer que más amo»].
El héroe del poeta francés no demora en encontrar de nuevo las palabras y

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CAPÍTULO IX

en su discurso exclama su amor caballeresco, que es uno de los aspectos


más notables del poema. Mi señor Ivain junta sus manos, cae de rodillas y
exclama: «Madame, je ne vous demanderai pas pardon; mais je vous
pardonnerai tous les traitements qu’il vous plaira de me faire subir. »
[«Señora, no os pediré perdón, pero os perdonaré todos los tratamientos que
os plazca hacerme soportar»] (versión de la traductora). Una vez ha
comenzado con las sutilezas, no se detendrá. Quiere unir esas bellas manos
que desgarran ese bello rostro. Se expresa con pretensión de que amará a su
enemigo y le dedica a este tema un monólogo de cerca de cien versos.
Hay dos aspectos principales que distinguen los poemas franceses de sus
modelos bretones. En un principio, el amor caballeresco, ya con todas sus
delicadezas, ya con todas sus sutilezas, el amor erigido en virtud, en
salvaguarda del alma y de las costumbres (¡una salvaguarda con frecuencia
bastante impotente!), erigido en fin en un principio de elegancia y de
civilización. La segunda diferencia se deriva de la primera. En sus retratos,
el autor de los cuentos siempre procedía por indicación, tan sólo trazaba un
esbozo, pero un esbozo en el que cada línea estaba fuertemente delineada; el
giro era vivaz y la coloración estaba llena de tintes locales. El poeta francés
se sirve constantemente de la enumeración, pinta un cuadro en el que exalta
a voluntad todos los detalles.
Una descripción de cinco líneas en uno, le proporciona al otro una tirada de
sesenta versos. Jeuann Vaour se limita a decir: « La dame consentit au
départ d’Owenn, mais cela lui fut bien penible. » [«La dama consintió la
partida de Owenn, pero esto le fue bastate penoso»] (versión de la
traductora). Es casi equivalente a la frase de Suetonio: «Titus Berenicem
dimisit invitus invitam». Chrétien, por su parte, elabora a partir de todo esto
toda una tragedia. Se complace en comparar a sus héroes con el sol y a la
luna. Al referirse a su encuentro en el castillo, dice que ese día hubo un
vínculo amoroso entre el sol y la luna; es sorprendente que haya obviado el
eclipse.
La preocupación literaria, el deseo de destacarse lo conduce a la búsqueda y
al bello espíritu: Ivain, al ver un león que está siendo sofocado por una
serpiente, delibera a cuál de los dos debe prestar auxilio. A la larga, se
decide en favor del león: «Car aux bêtes venimeuses et aux félons, dit-il, on
ne doit faire que du mal.» [«Porque a las bestias venenosas y a los traidores,
dice él, no se les debe hacer sino el mal»] (versión de la traductora).
Después de este razonamiento, protege su rostro con su escudo para
preservarse de las llamas lanzadas por el reptil y luego corta en mil

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SEGUNDO CICLO ÉPICO

pedazos al reptil con múltiples golpes de su espada, no sin antes haber


quitado una pequeña punta de la cola del león que mordía la serpiente.
El cuadrúpedo liberado le expresa su dicha a su salvador. En el cuento galés,
el león sigue a Owenn «et joue autor de lui comme un lévrier qu’il aurait
élevé» [«y juega a su alrededor como un lebrel al que hubiera criado»]
(versión de la traductora). Pero en el poema francés, el león de Ivain, «en
vassal franc et débonnaire, commence à faire comme s’il rendait hommage à
son seigneur : il incline la tête et se tient sur les pattes de derrière ; il lui tend
les pattes de devant, il s’agenouille, il mouille toute sa face de larmes par
humilité.» [«vasallo franco y bondadoso, comienza a actuar como si le
rindiera homenaje a su señor: inclina la cabeza y se posa sobre sus patas
traseras; le tiende las patas delanteras y se arrodilla; moja toda su cara con
lágrimas de humildad»] (versión de la traductora). En breves instantes la
búsqueda llegaba al ridículo y en este caso lo sobrepasa.
Así, los romans franceses de la mesa redonda difieren de los poemas
carolingios tanto por su estilo como por su materia. En estos, el poema
aparecía poco, el juglar no era más que la voz casi impersonal de la
tradición. Los poetas del ciclo artúrico se nos presentan como verdaderos
autores que componen según el deseo de su fantasía; son escritores que ya
cuentan con todas las pretensiones del oficio. Los primeros, estuvieran
correctos o errados, presumían de ser históricamente acertados, mientras que
los segundos procuraban ser ingeniosos y elocuentes. Los unos cantaban sus
obras y hallaban en el placer, en la atención más o menos constante de su
auditorio, un apercibimiento casi seguro, una poética viva y soberana; los
otros apilaban en grandes libros sus pequeños versos fáciles y fluidos, lo que
era un llamado a la prolijidad considerando que ¡el papel es muy paciente!

Romans en prosa; lay de Maria de Francia


A partir de esta poesía construida a la ligera, tan sólo había un paso a seguir
para llegar a la prosa, y este paso se dio con mucha más facilidad puesto que
el lenguaje de los primeros redactores pasó rápidamente de moda. Sus
materias fueron por mucho tiempo más populares que su estilo. A partir de
la necesidad de rehacer sus obras, estas fueron reescritas en prosa.
¿Por qué se hubiese empleado para este fin el verso? No había voluntad de
recomenzar a cantarlos y ya que se escribían no había necesidad de ayudar a
la memoria a retener el texto. Además, el siglo en que se hizo la traducción
(siglo catorce) se orientaba en favor de la prosa; la prosa, aún más elástica

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Práctica II Francés
CAPÍTULO IX

que el verso octosílabo, se prestaba complacientemente a esas largas


disertaciones galantes, a esas interminables descripciones, comenzadas por
los Robert de Borron y los Rustichelos de Pisa, continuadas en el siglo
diecisiete por los Scudéry, los Calprenède, y que se siguen realizando en
nuestros días con el mismo éxito.
La caballería degenerada en galantería se sintió cómoda en la prosa de los
aposentos privados y de los habitaciones, y supo hablarla con un cierto
encanto. Transcribimos aquí un retrato en prosa de la corte de Artús,
rogándole al lector que lo ponga en comparación con la extraordinaria
descripción que trazó en un apartado anterior (p. 99) el bardo Jeuann. Esto
le permitirá, con una mirada rápida, hacerse una idea del camino que habían
recorrido en dos siglos los sentimientos y las opiniones caballerescas.

IVAIN PRESENTA A LANZAROTE A ARTÚS Y A LA REINA.


« Quand messire Ivain fut en son hostel venu, il fait le varlet (Lancelot)
attourner au plus richement qu'il peut, et le mène à la cour sur son cheval
même, qui moult étoit beau, revêtu de robe à chevalier. Et lors saillit aux
fenêtres hommes et femmes, et dient que oncques mais ne virent un si beau
chevalier. Il est venu à la cour et descend de son cheval, et la nouvelle
s'épand parmi la salle. Lors lui vont encontre dames et damoiselles, et la
royne et le roi sont aux fenêtres, et messire Ivain le mène par la main amont
la salle. Le roi va encontre et la royne ; si le prennent tous deux par les deux
mains et le font asseoir sur une couche. Et le varlet s'assied devant eux à
terre. Le roy le regarda moult volontiers; s'il avoit semblé beau en son venir,
encore le voit-il et trouve plus beau. Et la royne lui demanda comment il a
nom et dont il est; et il est si entrepris qu'il ne sait où il est, et toute son
amour mise en la royne, et elle lui demanda encore dont il est. Et il lui
répond en soupirant qu'il ne sait. Maintenant aperçoit la royne qu'il est trop
esbahy et très-pensif; mais elle ne cuidast jamais que ce fût pour elle : non
pourtant elle le soupçonne un peu1. » [«Cuando mi señor Ivain hubo a su
alojamiento venido, hace que su escudero (Lanzarote) se atavíe tan
ricamente como pueda, y lo lleva a la corte sobre su propio caballo, que
mucho estaba bello, revestido de túnica de caballero. Y entonces saltaron a
las ventanas hombres y mujeres, y dicen que jamás vieron a tan bello
caballero. Vino a la corte y descendió de su caballo, y la noticia se expande
por el salón. Entonces van a su encuentro damas y damiselas, y la reina y el
rey están en las ventanas, y mi señor Ivain lo lleva por la mano por entre el
salón. El rey va a su encuentro y la reina; todos dos lo toman por las manos
y lo hacen sentar sobre un lecho. Y el escudero se sienta delante de ellos en
el piso. El rey lo miró con mucho agrado; si había parecido bello en su
venir, ahora lo ve y lo halla aún más bello. Y la reina le preguntó cómo tiene
nombre y dónde se encuentra; y él está tan encantado que no sabe en dónde
está, y todo su amor puesto en a reina, y ella le preguntó de nuevo dónde
está. Y él le respondió entre suspiros que no sabe. Al mismo tiempo percibe
la reina que él está muy confundido y muy meditabundo; pero ella no piensa
jamás que fuera por ella: pero, sin embargo, sospecha un poco»] (versión de
la traductora).
1
. Fragmento de Lancelot du Lac (Lanzarote del Lago), roman escrito en prosa por el
maestro Gautier Map e impreso por primera vez en 1494, en París.

Susana Osorio Cardona Páginas 74-105 del original


Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO

Antes de esta transformación prosaica, uno de nuestros más queridos


trovadores, María de Francia, nacida en Flandes, pero cuya persona y vida
nos son completamente desconocidos, le había dado una forma más concisa
a las tradiciones armoricanas. La mayoría de los poemas que ella escribió
bajo el nombre de lay son cuentos heroicos y conmovedores, tomados de los
recuerdos populares de Bretaña. Podríamos considerarlos como graciosos
episodios desligados del ciclo artúrico1.

Susana Osorio Cardona Páginas 74-105 del original


Práctica II Francés
SEGUNDO CICLO ÉPICO 105

Caballería religiosa; el Santo Grial

Traducción por Esteban Arango Casas

Hasta aquí, sólo hemos hablado de las relacionadas con la parte


mundana de la caballería. Sin embargo, la parte clerical también tuvo
su expresión poética. Por lo tanto el ciclo arturiano se divide
naturalmente en dos series: la primera, compuesta de poemas
propiamente dichos de la mesa redonda, de los cuales los principales
son, como ya hemos dicho, aquellos de Merlín, de Lancelot, de Ivan, de
Erec y Enida, de Tristán, y está principalmente inspirada por el amor
caballeresco y por el heroísmo guerrero; la otra tiene una tendencia
totalmente religiosa y mística: su tema es la búsqueda del santo Grial:
el poema de Percival es la expresión más antigua y perfecta de esto 1.
El Grial es la copa con la cual, según los novelistas, J.C. y sus
discípulos celebraron la cena la víspera de la Pasión. Los ángeles la
llevarían al cielo hasta que encontrasen aquí abajo una raza lo
suficientemente pura a la que pudiesen confiarle su custodia. Esta
familia fue finalmente encontrada: su jefe era un príncipe de Asia
llamado Perillo, que se estableció en las Galia y cuyos descendientes se
aliaron con los descendientes del príncipe bretón.
Esta leyenda no es tan fabulosa como parece serlo: es suficiente, para
sentir la verdad, con substituir la doctrina cristiana en la copa
misteriosa, su imagen poética. Parte del Asia, su lugar de nacimiento, la
inspiración mística terminó por aliarse con las tradiciones armoricanas,
para formar el curioso ciclo del cual nos ocupamos ahora.

1
Chretien de Troyes la comienza con la oración de Philippe d’Alsace, conde
de Flanders. La continuó por Gauchier de Dordan y la la terminó Manessier
durante los últimos años del siglo XII.
106 CAPÍTULO IX

del Asia, su lugar de nacimiento, la inspiración mística terminó por


aliarse con las tradiciones armoricanas, para formar el curioso ciclo del
cual nos ocupamos ahora.
En efecto, los bardos galos ya conocían una copa preciosa que
“inspiraba la genialidad poética, daba sabiduría y enseñaba a sus
adoradores la ciencia de la adivinación, los misterios del mundo y todo
el tesoro de los conocimientos humanos.” Esta copa, adornada con una
linea de perlas y diamantes, se encontraba en el templo de una diosa
que Taliesin llama la patrona de los bardos 1.
Por lo tanto, aún aquí, como en los poemas relativos a la mesa
redonda, las leyendas armoricanas suministraron los materiales
poéticos. Pero, la esencia que les dio vida es totalmente religiosa. Hay
algo misterioso e inefable en la figura exterior del Grial. Para disfrutar
de la vista incluso imperfecta de la santa copa, hay que ser cristiano.
Esta preciosa reliquia es invisible a los infieles.
Además la contemplación del Grial también proporciona dones
temporales tales como una juventud perpetua, una fuerza invencible en
los combates, la copa da al caballero piadoso una cierta alegría celeste,
un presentimiento de la felicidad eterna. Se establece una milicia
religiosa cuya principal tarea es la defensa del Grial, compuesta de
caballeros templistas (alusión evidente a la orden de los templarios), y
que busca alejar a todos los profanos cuya mirada podría mancharlo.
Las normas de esta corporación son de una severidad extrema. Todo
caballero que hace parte de esta debe ser un modelo de santidad y de
virtud. Todo amor sensual e incluso toda unión legítima son prohibidos
por completo. En fin, la huella de una mano sacerdotal es visible en el
profundo respeto que los caballeros templistas sienten en cada
momento hacia los sacerdotes. Para ellos, todo hombre que ha sido
tonsurado es un verdadero rey, más digno de obediencia que todos los
reyes del mundo. Estos son las principales características de esta
ficción: no dejan ninguna duda acerca de la mente que inspiró estas
ideas.

1
Taliésin. Mjvyrian, t. I, p. 17 y sigu., 37, 4B.
SEGUNDO CICLO ÉPICO 107

Así aparece en los recitales épicos, como en toda la vida de la edad


media, el evidente sello de la Iglesia. En vano la poesía caballeresca
quiso sustraerse a su dominación santa. Parecida a sus valientes
paladines, ella regresa, después de mil aventuras, a golpear a la puerta
del monasterio, y a terminar sus días agitados por todas las pasiones del
mundo, en el retiro y la devoción mística del claustro.
El otro elemento del ciclo de Arturo, la tradición celta y caballeresca,
es igual de admirable por su perseverante longevidad. Era necesario
que hubiese un elemento poético en la invención de la mesa redonda,
que le permitiese de experimentar mil transformaciones en la memoria
de los hombres y en las obras de los poetas. Dante toma prestado un
rasgo de esta para su delicioso episodio de Francesca da Rimini; Pulci,
Boiardo y Ariosto desenvuelven por completo sus encantadoras
ficciones: Tasso, además de la inspiración caballeresca y el encanto tan
interesante de su epopeya, le debe la primera idea de Olindo y Sofronía.
Chaucer toma numerosos elementos para sus Cuentos de Canterbury;
Spencer refleja los más dulces colores en su harmoniosa y casta Reina
de las Hadas. Walter Scott estaba empapado de nuestros poemas de
caballería. Shakespeare toma prestados varios temas, entre otros el del
rey Lear 1. La primera tragedia de Inglaterra la tragedia de Gordobuc
de Thomas de Sackeville, tiene el mismo origen. Milton hizo de las
novelas de caballería el encanto de su juventud 2. Es en Alemania donde
con mayor simpatía se desarrolla el tema del Grial. El misticismo del
genio alemán debía recibir de buen agrado este símbolo místico. De
pronto, luego de haber olvidado por mucho tiempo y desdeñado al ciclo
arturiano que ella misma había creado, Francia se acuerda de él en
medio de su esplendor clásico. De Tressan volvió a contar estas
aventuras en el siglo 18, disfrazándolas, es verdad, con el anacronismo
1
La historia de rey Lear apareció por primera vez en las Gesta
Romanorum, acerca de un emperador romano. Godofredo de Monmouth y
luego de él el autor del Perceforest le atribuyen a Leyr, uno de los monarcas
de Gran Bretaña que descendían de Bruto.
2
“Os contaré por qué lugares mis pies se adentraron: Me quise adentrar
por entre las grandiosas fábulas y novelas que relatan con solemnes cantos los
hechos de la caballería”.
108 CAPÍTULO X

espiritual de su estilo; Creuzé de Lesser nos las contó con más talento y
encanto. Se trata de la misma ficción vivaz que tenía la planta
milagrosa que nació sobre el sepulcro de Tristán, y que, trepando por
los muros del monasterio, volvía a descender por medio de matojos
perfumados sobre el sepulcro de la reina Isolda, su amada. El rey Marc,
quien había ofendido su amor, hizo arrancar las raíces tres veces, pero,
siempre la muy obstinada planta reaparecía con la aurora y cubría las
dos tumbas con su verdura y con sus flores.
_______________

CAPÍTULO X
TERCER CICLO ÉPICO

Temas antiguos. — Ulises en la tradición popular. — causa de la moda


de los temas clásicos. — Transformación del carácter caballeresco. —
La guerra de Troya; Medea; Alexander.

Temas antiguos

Si es propio de la epopeya el reproducir, como un gran espejo, la


fisionomía de la época que la creó, los poemas de la edad media,
considerados en su conjunto como una gran obra colectiva, cumplen de
manera admirable la regla. Estas ficciones, más verdaderas que la
misma historia, expresan lo que la historia olvida: ellas describen la
esencia, las costumbres, el aspecto general de la época, todo aquello
que desaparece y se desvanece en las frías crónicas. Ya vimos cómo
están trazados paso a paso los rasgos característicos de esta época; en
los poemas carlovingios, el feudalismo con su turbulento valor, sus
guerras privadas, sus insurrecciones contra el poder central y sus luchas
contra los Sarracenos; en el ciclo arturiano, la caballería, tan galante
como devota, una especie de lucha entre el claustro y el castillo.
Pero la epopeya de la edad media no se limita a reproducir los rasgos
de la sociedad francesa; esta indica además los origines de esta, al
menos por la naturaleza de las temáticas que esta trata. De esta forma el
elemento germánico esta principalmente representado por los temas
carlovingios y el elemento céltico por los temas bretones.
TERCER CICLO ÉPICO 109

Sería algo extraño que la antigüedad grecolatina, la cual siempre


formó la base de la civilización y de la lengua de la edad media, no
hubiese provisto a sus poetas con el tema para una parte de sus cantos.
Efectivamente, esta pagó un rico tributo al genio de nuestros troveros.
Pero aún aquí, como en el ciclo que acabamos de tratar, el material
aportado por el mundo antiguo recibió, luego de su nueva fusión, la
marca común de la edad media. Y es sólo en cuanto a ese aspecto que
la estudiaremos. Ciertamente, no hay nada más curioso que ver como
los ricos restos del arte antiguo pierden su forma elegante y clásica bajo
la mano del arquitecto gótico. Nada expresa mejor la fuerza vital de la
mentalidad romántica que la manera en la que esta se adueña de los
temas griegos y latinos sin dejarse dominar por su forma admirable.

Ulises en la tradición popular

El primer ejemplo de una ficción inspirada por los recuerdos de la


antigüedad es de lo más curioso: es la historia de Ulises disfrazado con
nombres y circunstancias modernas, y atribuido a un señor de los
alrededores de Toulouse, llamado Raymond du Bousquet. Esta historia
se encuentra en la leyenda languedociana del siglo once, analizada por
Fauriel 1. Se reemplaza a Minerva con Santa-Fe, quien, luego de una
tormenta de tres días, saca al héroe del naufragio y lo vuelve a llevar a
su patria. Penélope perdió su constancia con su nombre; se dejó
endulzar el oído por un pretendiente, el cual ya no es pretendiente,
cuando Raymond regresa como un desconocido a su Ítaca. El conde se
esconde en el hogar de que permaneció tan fiel como Eumeo al
Laertíada. Es ahí en donde él espera la hora en la que podrá deshacerse
de los intrusos y reconquistar su dominio. En fin, lo que no puede ser
una semejanza fortuita es como Raymond es reconocido en un baño por
medio de la cicatriz de una herida, tal y como Ulises por su nodriza.

1
Romans provençaux (Poemas provenzales (lección IX))
110 CAPÍTULO X
Ese último rasgo pertenece a las costumbres griegas y no hubiese
podido ser imaginado en el siglo XI. Para completar la analogía, el
narrador adiciona, en una especie de post-scriptum, una particularidad
que él omitió en la continuación de la obra; él cuenta que los piratas
que se habían adueñado de Raymond, le hicieron beber una pócima
extraída de una planta mágica que provocaba la pérdida de los
recuerdos de la patria y de su familia a aquellos que la probaran. Se
veía como la ficción poética del loto seguía latente en la memoria del
pueblo. Pues de ninguna manera es gracias a la transmisión intelectual
de las escuelas que se pudo perpetuar así la historia de Ulises a medida
que cambiaba de forma. Ella se propagó de la misma manera que se
conservan con nosotros algunas aventuras de caballería, por tradición
oral, por medio de los cuentos con los cuales las madres despiertan la
curiosidad de los niños.

Causa del interés en los temas clásicos

Fue hacia finales del siglo XII o del XIII que la poesía francesa
pronuncia nuevamente los nombres por siempre gloriosos de Ilión, de
Héctor y de Alexander. Nadie duda que los troveros que entonces
desacreditaban a los juglares por doquier y pretendían que
Esos troveros malditos hacen cuentos inferiores 1,
no buscasen en los confusos recuerdos de la antigüedad la doble ventaja
de hacer brillar su superioridad clásica y ofreciesen un tema nuevo a la
curiosidad de los auditores. Ellos decían con cierta satisfacción:
Esa historia no fue usada,
Ni encontrada en muchos lugares,
Aún escrita no fue 2.
Ellos se expresaban también, mientras parafraseaban a su manera la odi
profanum de Horacio:
Pues alejándose de toda arte,
Si no son clérigos o caballeros:
Que más pueden escuchar
Como los asnos al sonido del harpa 3.

1
Alexandre et Lambert li Cors, Poeme de’Alexandre le Grand (Poema de Alejandro
el Grande)
2
Benoit de Saint-More, Histoire de la guerre de Troie (Historia de la guerra de
Troya)
3
El autor anónimo del Poema de Tebas.
TERCER CICLO ÉPICO 111

Pero, además de los cálculos personales de los poetas, es necesario ver


en el éxito de las temáticas antiguas un cambio y un progreso en su
público. Al igual que reemplazando Carlomagno por Arturo, la epopeya
había marcado, por así decirlo, con un cambio de dinastía, la llegada de
una nueva idea, la caballería; aquí, la elección de temas grecolatinos
anuncia un presentimiento lejano y confuso del Renacimiento, una
premonición de Dante y de Petrarca. De esta forma la tradición latina
indica que aunque se desvaneció, no murió, sino que descansa en la
profundidad de los claustros, totalmente lista para renacer en el
momento indicado, tal y como veremos de manera adecuada en un
capítulo posterior. Ella hace aquí un primer movimiento, un primer
intento muy débil aún para entrar en la sociedad laica, para llevar paso
a paso aquello que algún día constituirá la belleza eterna de la literatura
francesa, es decir, la fusión del gusto antiguo y de la inspiración
moderna.
Tal es, evidentemente, la manera de pensar de uno de sus troveros. Me
ofusca, dice él, que nadie haya escrito aún estas historias en lengua de
oíl, pues muy pocos entienden el latín: hay más laicos que letrados:

Me maravillan esos clérigos santos


Que saben muchos idiomas,
Y no tradujeron esta historia
Que nadie recuerda:
No digo que no lo haya hecho bien
Quien la tradujo al latín:
Pero hay más laicos que letrados;
Si no se traduce del latín,
No habrá muchos entendidos.
Me refiero a un poema 1.

Los trovadores del ciclo grecolatino se encargaron primero de la guerra


de Troya. Pues aún era, por así decirlo, una temática nacional.

1
Hugues de Rotelande, trovero que vivió en Credenhill, en Cornualles,
durante la segunda mitad del siglo XII
112 CAPÍTULO X

Casi todos los países de Europa querían descender de los Troyanos. Se


unía a esta guerra la expedición de los Argonautas, que debía agradar
de manera especial en una época en la cual, las cruzadas se encargaban
de arrojar conquistadores hacia las lejanas comarcas de Asia. También,
se cantaba acerca de la guerra de Tebas, temática popular en la edad
media, luego de que Estacio, el autor de la Tebaida, obtuvo la fama de
haberse convertido al cristianismo.
Los trovadores no relataban el asedio de Troya según la obra de
Homero: La Ilíada era totalmente desconocida, y su autor, del cual sólo
se citaba el nombre, tenía fama de gran impostor. Los escritos de la
guerra de Troya que pasaban por verdaderos, y de los cuales nuestros
poetas sacaban material sin escrúpulos, eran las obras atribuidas a
Dares Frigio y a Dictis Cretense. El primero fue un sacerdote troyano,
del cual Homero hace mención: se creía que él había redactado la
historia de la destrucción de su ciudad natal. Esa creencia es anterior a
la edad media: Claudio Eliano nos afirma que la historia ya existía en
su época. Un escritor oscuro, posterior al siglo de Constantino,
aprovecha esa tradición, redacta un informe lleno de fábulas que hace
pasar por traducción que Cornelio Nepo hizo de la obra de Dares. Lo
más curioso que tiene este trabajo es el prefacio que el supuesto Nepo
dedica a su amigo Salustio, en donde afirma que descubrió un
manuscrito hecho por el mismísimo Dares.
La obra de Dictis de Creta era la contra-partida y de alguna manera el
correctivo de la obra de Dares: era el griego que hablaba después del
Troyano. Dictis era un soldado de Idomenéo que había seguido su
príncipe al asedio de Troya. Bajo el reinado de Nerón tuvo lugar en
Creta un terremoto, y esa catástrofe, tan terrible como benéfica, partió
el suelo de la ciudad Cnosos y puso al descubierto el cofre donde
dormía, en la tumba del escritor cretense, su precioso manuscrito. Al
apoyarse en autoridades tan competentes, los troveros de la edad media
no podían dejar de estar perfectamente documentados.
Estos dos originales disfrutaban de una ventaja considerable en esta
época: estas habían suprimido toda la parte mitológica de la fábula de
Homero, y de esta forma dejaban el campo libre a las ficciones de la
caballería.
TERCER CICLO ÉPICO 113

Nuestros troveros aprovecharon esto en gran manera, nombraron


caballeros imparcialmente a todos los héroes griegos y troyanos: todos
se transformaron en caballeros llenos de valor y galantería. Aquiles y
Héctor sobresalían en la primera fila, al igual que en Homero, pero de
manera distinta. Tersites se transformó en un enano. Las murallas de
Troya son de mármol y el palacio de Príamo es un castillo encantado.
Solos, Eneas y Anténor tienen poco que agradecer a los poetas
descendientes de Francus y de Bruto. Ellos son los Ganelones de la
gesta troyana. Son ellos quienes introducen el famoso caballo de
madera en su ciudad natal.
Gracias a la ignorancia de los autores y al gusto decidido del público,
estas obras, en donde la antigüedad sufre una transformación
caballeresca, dejaron marcas profundas en la literatura europea.
Algunos grandes poetas modernos conservaron en esas nobles figuras
de Grecia y Roma la fisionomía que nuestros troveros les dieron. Es así
como Shakespeare hizo una mezcla ingenua entre los sucesos antiguos
y los sentimientos de la edad media; es así como Corneille y el mismo
Racine nos muestran algunas veces los héroes antiguos tal y como el
siglo XIII los había transmitido a los interminables poemas del siglo
XVII.
La guerra de Troya; Medea; Alexander

El primer trovero que trató la guerra de Troya fue Benoit de Sainte-


More, que vivió en los tiempos de Henri II de Inglaterra 1. Su obra no
tiene menos de treinta mil versos, sin contar les veintitrés mil que
componen su Historia de los duques de Normandía. Benoît hubiese
podido desafiar a Homero, de la misma forma que Crispino provocaba
a Horacio 2. Es cierto que las líneas del poéta de Normandía sólo tienen
ocho sílabas.

1
Las obras de este trovero no fueron impresas juntas; M.F. Michel
publicó un extracto en sus Chroniques anglo-normundet (Crónicas
anglonormandas)
2
Horacio, Sat. 1, 4.
Crispinus minimo me provocal : Accipe, sodés,
Accipe jam tabulas : denlur nobis lorus, hora,
Custodes, videamus uler j)lus scribere possit.
LITT. FR. 2
114 CAPÍTULO X

A continuación hay un fragmento al que no le sobra gracias:

Cuando llega el tiempo en el cual, el invierno se aleja,


Que la hierba verde aparece en la rivera,
Cuando florecen las ramas,
Y dulcemente cantas los pájaros,
El mirlo, el malvís, el oriol,
El estornino y el ruiseñor
La blanca flor cuelga del arbusto
Y reverdece el bosquecillo;
Cuando el clima es dulce y agradable
Entonces salen del puerto las naves.

En la lengua completamente joven de la edad media, estas


descripciones de la primavera tienen la frescura de la estación que ellas
aspiran a describir. Al parecer, nuestros troveros sintieron esta
analogía. La primavera es su tema común más querido y frecuente.
Como si la transformación del lenguaje y de costumbres no fuese un
pasa porte suficiente para los nuevos caballeros, la poesía de la edad
media los coloca a veces en relación directa con los conocidos
personajes de la mesa redonda, sin duda para acabar su educación.
Hipomedonte, uno de los héroes de Hugues de Rotelande, no pierde la
oportunidad de visitar al rey Arturo, cuando regresaba de haber
escuchado a Anfión, barón de Sicilia, quien, aunque un poco viejo,
conservó aquella voz que tanto amaban los delfines, y, además,
adquirió grandes riquezas, probablemente en el oficio de trovero:

Fue un hombre rico, pero viejo:


Mucha sabiduría tenía y mucho sabía;
Y muy caballeroso y cortés,
Y mucho sabía de los antiguos layes.

A diferencia de la poesía carlovingia, esta tiene conciencia de ella


misma, no se cree más el eco de la historia; ella sabe que inventa y lo
reconoce. Hugues reconoce que el miente un poco, pero sus colegas lo
hacen más, incluso sus oyentes.

No me culpen de todo,
No soy el único que ha mentido en el arte:
Gautier lo ha hecho bastante.
TERCER CICLO ÉPICO 115

En cosas más pequeñas muy a menudo.


Un buen hombre honesto se equivoca.
Sin embargo, según entiendo,
No es uno de ustedes quién miente…

Nuestros troveros también tratan de manera muy libre con los ilustres
muertos que van a desenterrar en Grecia y en Roma. Medea tuvo la
habilidad de gustarles, Medea era ya una Armida; era la hermana mayor
de esas hijas de emires que abandonan padre y madre sin ningún
escrúpulo, con el fin de seguir a un brillante paladín. Algunos como
Raúl-Lefebvre, conservaron aventuras de Medea de una manera muy
fiel, mientras las visten con anacronismos y con ingenuidades
inimitables. Aún se trata de Medea que huye de Jasón, que mata a sus
hijos, que rejuvenece al viejo rey de los Mirmidones, el cual, al ser
soltado por esas manos mágicas, sintió “el fuerte impulso de cantar, de
bailar y de hacer un sin número de cosas alegres y que además, miraba
muy a menudo a las bellas damiselas.” Otros troveros sólo hacen uso de
su nombre: La hacen una virtuosa reina de Creta que desposa a
Protesilao luego de haber vencido a su hermano Dánao 1. Aquí nos
adentramos por completo en la poesía. Sólo encontraremos nombres
antiguos con los que la fantasía del narrador juega libremente. Pero
estos nombres solos son tan harmoniosos, tan llenos de una inmortal
poesía que bastan para rejuvenecer al viejo Esón caballeresco y hacer
correr una nueva sangre por sus venas. Por ejemplo, en este fragmento
hay una descripción de tempestad que uno puede hallar en el misma
poema, y que nos hace recordar la influencia clásica de Eolo.

La nieve se va con gran velocidad:


Loco es quien por el tiempo se preocupa;
Luego del buen clima, dulce y claro,
Uno ve el buen clima se enturbia rápidamente…
Ellos tuvieron un tiempo claro todo el día,
Bello y dulce, sin oscuridad

1
Hugues de Rotelande, Protesilao, poema inédito de diez mil ochocientos
versos: aún está incompleto en el manuscrito de la Biblioteca nacional, en el
cual faltan varias páginas. — Mire de La Rue, Histoire des bardes (Historia
de los bardos), 1. II.
116 CAPÍTULO X

Y zarparon con gran placer.


Pero el día se va, viene la noche,
Y se fueron lejos de la tierra.
Un viento comienza a perseguirlos y los encierra mucho.
El viento comienza a penetrar:
Y mucho hizo a la nave girar
Desvió todos sus aparejos…
Rompió los mástiles, golpeó la nave.
Este destruye la vela.
Y van errantes por el gran mar.
Allá, a donde Dios los quiera llevar.

Junto con la ingenuidad del verso, la grandeza de la idea forma aquí, un


contraste no menos curioso que las transformaciones caballerescas que
veíamos hace un momento, es casi como leer a Virgilio traducido por
Clément Marot.
De todos los héroes de la antigüedad, no hubo uno que le aportase más
a la transfiguración caballeresca que Alejandro el Grande. Tal y como
la historia lo muestra, ya es casi que un caballero errante. Valiente,
generoso, magnífico; él somete el mundo mientras corre; más soldado
que general, se arriesga sin cesar, se lanza solo al ataque de una ciudad
que asedia, quema una ciudad por complacer a una mujer. El respeta las
princesas cautivas. Y se hace merecedor del reconocimiento del rey
enemigo. La epopeya también se adapta ella de buen grado a este gran
nombre; la leyenda se forma alrededor de él, incluso de su vivacidad.
Hace lanzar la historia de su vida en el Hidaspes, escrita por
Aristóbulo, pues esta le atribuía hazañas fabulosas. ¿Pero no era él
también cómplice de estos engaños poéticos, al hacerse el hijo de
Júpiter Amón? Ni siquiera sus historiadores más serios pudieron
abstenerse de esto. Arriano dio paso a unos cuantos hechos legendarios
en su muy equilibrada narración. Quinto Curcio Rufo reconoce que
cuenta más cosas de las que cree. Pero la leyenda se desenvuelve sobre
todo en dos obras publicadas por M.A. Maï, l'Itinéraire d'Alexandre (El
itinerario de Alejander), y el escrito atribuido a un tal Valerio, que
parece ser la traducción de una obra alejandrina del siglo VI. Hacia la
mitad del siglo XI, apareció en Constantinopla, bajo el nombre de
Calístenes, un contemporáneo de Alejandro, una obra escrita por
Simeón Seth, el gran maestro del guarda ropas del emperador Michel
Ducas. Era en gran parte una traducción griega de leyendas persas
relativas al rey de Macedonia.
TERCER CICLO ÉPICO 117

Así está ella repleta de todas las fábulas orientales que se agruparon
alrededor de la memoria del gran Iskandar. Se puede apreciar un origen
persa en la tradición que hace a Alejandro el hermano mayor de Darío.
Sin duda alguna, se debe a Egipto la fábula que hace de Nectanebo,
sacerdote de Júpiter Amón, el padre del príncipe macedonio. Los
vencidos quisieron apropiarse del vencedor. Puede apreciarse la
imaginación de los árabes en esta particular hazaña de Alejandro, quien
curioso de saber lo que pasa en las profundidades del mar, se sumerge
en una campana de vidrio y al desear sondar las regiones celestes, se
eleva en un coche arrastrado por grifos. Es así como, luego de romper
la soledad del Oriente, el grito de guerra de los soldados macedonios
volvía luego de catorce siglos como un eco lejano y maravilloso.
Es principalmente en la historia del falso Calístenes, traducida al latín,
que nuestros poetas impulsaron las aventuras de Alejandro. Se pueden
contar hasta once troveros que trataron este tema. Los primeros y más
famosos son Lambert li Cors o Le Court, de Chateaudun, y Alejandro
de París, que aunque nació en Bernay, debe su sobrenombre al largo
tiempo que estuvo en la capital de Francia. Un solo poeta lleva a la
misma vez estos dos nombres; es del año 1184 1. Lo que es difícil saber
es si los dos autores trabajaron juntos o compusieron ramas sucesivas.
Nada en la obra da a entender qué pertenece a cada poeta. Otra parte
del poema tiene por autor a Thomas de Kent, que vivió durante los
primeros años del siglo XIV 2. Una de las particularidades que
diferencia su obra, es la unión entre los recuerdos de Arturo con los de
Alejandro. El rey bretón fue hasta el fondo del Oriente y colocó allí dos
estatuas de oro, parecidas a las columnas de Hércules:

Cuando Arturo y los Bretones vinieron a Oriente,


Que ellos marcharon tanto como nunca lo hicieron,
Dos imágenes de oro hicieron, que fueron de majestuoso oro
Y las colocaron en tal lugar de manera que sean muy aparentes.

1
El verso de doce sílabas es empleado aquí con tanta superioridad que recibió
y guardó el nombre de alejandrino.
2
El mismo firmó su obra:
De un buen libro en latín hice esa traducción.
Quien requiera mi nombre, es Thomas de Kent
118 CAPÍTULO X

Alejandro va en la búsqueda de esas estatuas; el las descubre y,


queriendo ir más lejos, a pesar de los concejos de Poro, pierde una
parte de su ejército y solamente logra escapar a través de mil peligros.
¡Testimonio significativo de la añoranza y de la admiración que la
epopeya siente por el gran nombre nacional de Arturo! Y aunque fue
alejada de él por el gusto popular, ella no puede dejarlo sin antes
atenuar la grandeza del nuevo héroe a quien rinde homenaje.
De resto, nuestros troveros no limitan mucho su admiración por
Alejandro. No satisfechos con haberle hecho llevar a cabo una
excursión a Italia y haberle dado Roma por conquista, como preludio a
su expedición a Persia, lo conducen sobre los pasos del falso
Calístenes, hasta lo más alto del cielo, en donde escucha el lenguaje de
las aves y recibe su homenaje. Luego de esa expedición aérea, en la
cual había sido precedido, según un antiguo autor árabe 1, por Nimrod,
“el autor de la torre de Babel,” Alejandro vuelve a descender,
incomodado por el exceso de calor, y decide sumergirse en las
profundidades del océano. La tierra también le ofrece un gran número
de maravillas para admirar. El encuentra un país donde las mujeres
enterradas durante el invierno, renacen en la primavera, como flores,
con una belleza nueva:
Pero cuando la primavera vuelve, y el buen clima se purifica
A manera de flor blanca recobran su belleza.
Aunque estas ficciones puedan parecernos un poco pueriles, ellas
muestran un noble esfuerzo de la imaginación por alcanzar el ideal del
poderío y de la grandeza. Y al mismo tiempo constatan los primeros
contactos que tuvo Occidente con Oriente, al salir del aislamiento de
los tiempos bárbaros. La primera mirada que intercambian estos dos
mundos es de total sorpresa e ingenua admiración.

1
D’Herbelot, Biblioteca oriental, sobre la palabra Nimrod.
TERCER CICLO ÉPICO 119

Lo que no es para nada oriental en los poemas de Alejandro, es la


descripción que se hace de los sentimientos caballerescos. Por medio de
anacronismos de gran fuerza, esas obras están llenas de torneos, de
encantamientos, de alusiones a Luis VII y a Felipe Augusto. Alejandro
es hecho caballero, lleva la oriflama, un gonfaloniero y doce
compañeros. En fin, el sentimiento del honor es llevado a tal grado, que
los doce compañeros de Alejandro se niegan uno tras otro a dejar el
campo de batalla para ir a buscar ayuda. Esta fisionomía romanesca del
rey macedonio, sus sentimientos llenos de un entusiasmo exagerado y
de un heroísmo desmesurado, sobrevivieron a nuestros troveros y hasta
dieron algunos elementos sobre el héroe de la segunda tragedia de
Racine 1.
_______________________________________

CHAPITRE XI
DECADENCIA DE LA MENTALIDAD FEUDAL Y DE LOS
CANTOS ÉPICOS.
Reinado de la alegoría y del poema didáctico. – Romance de la Rosa.
Los fableles. – El trovero Rutebeuf. – El romance de Renard.
El reinado de la alegoría y del poema didáctico
Incluso desde sus días más felices, la epopeya medieval escondía en
su seno un germen que la asfixiaría. Ya vimos a los clérigos, los
letrados reemplazar poco a poco a los cantantes que despreciaban.
Luego se introdujo la erudición y el ingenio: la predilección por los
temas antiguos ya era un síntoma. Según el punto de vista de la
civilización, esta transformación, que parecía prometer el renacimiento
de la antigüedad en la Edad Media, era sin duda una feliz necesidad.
Sin embargo, no fue menos mortal para la inspiración épica.

1
J.J. Ampère, Histoire de la formation, de la langue française, préface
(Historia de la formación de la lengua francesa, prefacio.)
120 CAPÍTULO XI

El clero contribuyó más que nadie a esta decadencia de la epopeya.


Menos ignorante que el resto del pueblo, él también era menos ingenuo.
Educado en el ruido de las discusiones académicas, nutrido en las
piadosas abstracciones del dogma, él substituyó fácilmente la poesía
por la metafísica y la emoción por la ciencia. Ya vimos al maestro
Wace, clérigo de Caen, el clérigo que lee, como el mismo se llama, y
padre de la diócesis de Coutances, transformar desde el siglo XII la
epopeya en historia, rimar el Brut de Inglaterra y el Poema de Rou.
Antes de él, Godofredo Gaimar había tratado el mismo tema. Esos
troveros no son más que traductores, compiladores de crónicas latinas y
galas. Hacia la misma época la historia natural comienza a usurpar los
honores de la rima. Philippe de Thaon, sobrino de un capellán de Caen,
escribió en verso un relato sobre los animales, con el título de
Bestiarius, y un tratado de cronología práctica titulado Liber de
creaturis (Libro de las criaturas). El autor trata en su obra los días de la
semana, los meses solares y lunares, las fases de la luna, los eclipses y
los símbolos del zodiaco. Y cita con frecuencia a Plinio el viejo,
Ovidio, Macrobio y a San Agustín. Si la obra no fuese un almanaque
rimado, sería un poema didáctico. Gillaume, un clérigo que fue
Normando, y uno de los troveros del ciclo arturiano, compitió con
Philippe de Thaon, por su Bestiario divino que escribió bajo el nombre
de Philippe Auguste. Lo único que su libro tiene de divino es el título.
Poco después llegaron los poemas morales; el canónigo inglés Simón
du Fresne redactó un poema francés sobre la Inconstancia de la
Fortuna. Es una traducción libre del libro de la Consolación de Boecio.
Pierre d’Abernon tradujo también en verso el Secreta secretorum
(secretos de los secretos), que se atribuyó a Aristóteles. Eran lecciones
de moral que se supone el estagirita le había impartido a Alejandro, y
que él termina, en el poema francés, con una demostración de la
necesidad de la fe en Jesucristo para obtener la felicidad eterna.
Finalmente, llegan los poemas sobre la caza, la pesca, como en los
tiempos de Opiano, como durante la decadencia de la poesía griega; y,
lo que no es para nada griego, sino normando, es la traducción en verso
de las Institutes (las Institutas) de Justiniano, según el estilo de los
estudiantes de Caen que no entendían muy bien el latín.
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 121

Y cuando vengan a las escuelas,


Del latín que no entenderán,
Partirán al francés que los aconsejará.

Ya estamos muy lejos de la epopeya, muy lejos de la gloriosa derrota


de Roncesvalles y de la fuente encantada del caballero del León. Los
grados de decadencia fueron numerosos, algunos ofrecían todavía
nobles inspiraciones poéticas. Vimos la influencia eclesiástica
manifestarse ya en las novelas del santo Grial, y purificar el ciclo de
Arturo al refrescarlo. Bajo la misma influencia, los clérigos o hasta los
juglares penitentes hicieron en verso las vidas de los santos, leyendas
piadosas, tal y como el viejo Corneille traducía la Imitación. Uno de
ellos, Denis Pyram, nos rinde cuentas personalmente del porqué de su
conversión.
Utilicé durante mucho tiempo, como pecador,
Mi vida de una manera muy demente;
Y suficiente he usado mi vida en pecado y en locura;
Cuando frecuentaba los cortesanos,
Sí, donde hacía serventesios, cancioncillas y cartas de
amor,
Entre las amantes y los amantes,
Me hizo hacer de diablo;
Si, me hace permanecer sucio y en mal estado.
Los días hermosos de mi juventud
Se esfuman, llegó a la vejez,
Ya es tiempo de que me arrepienta.

Así presenciamos a quien, para hacer penitencia, nos cuenta la vida y


los milagros de san Edmundo, rey de Inglaterra.
Hay otro que nos hace viajar, con san Brendán, al paraíso terrestre. Es
una especie de Odisea piadosa, llena de aventuras, de prodigios, de
monstruos marinos y voladores. La idea en ella es poética, y muchos
detalles responden bien a la idea. Además, el trovero piadoso tuvo el
mérito de reunir todo esto en un poema de 834 versos, lo cual es muy
raro en la época en la que él vivió. Otros, incluso más inspirados, nos
conducen al purgatorio con San Patricio, o al infierno con San Pablo, y
nos hacen presentir, a través de sus bocetos sin forma, la grande y
sublime epopeya de Dante.
122 CAPÍTULO XI

La poesía jamás encontró una temática más bienaventurada, más


noble y más culta que la del culto a la Virgen María, que ese ideal que
reunió los rasgos más diversos y más divinos de la mujer. Esta
conmovedora creencia había contribuido en gran medida a expandir
cierta esencia religiosa en la poesía caballeresca. De igual modo, la
virgen toma de esta poesía moderna algo de su exaltación apasionada.
La madre de Cristo se transformó en Notre-Dame (Nuestra Señora), la
dame universal (La señora universal), como dice una antigua leyenda.
Dios cambia de sexo por así decirlo; la Virgen fue el Dios de la Edad
Media. Ella invadió casi todos los templos y altares, pero esta casta y
pura poesía se encierra dentro de los altares, de los himnos, y sólo
podía hallarse en las legendas cortas y en los fableles. Ella no podía
proporcionar material a la epopeya; los clérigos que quisieron
extenderla en un gran relato no tuvieron la frescura ni la fecundidad
imaginativa necesarias para la tarea; siempre recaían en el sermón y en
la fría alegoría. Uno de ellos, Roberto Grossetête, obispo de Lincoln,
tuvo el coraje de sustituir la encantadora descripción de la Virgen por la
imagen glacial del Chastel d’Amour (Castillo de Amor), en donde
habitan todas las virtudes y todas las gracias; es en este recinto de
muros simbólicos donde hacer nacer el Mesías.
En el siglo XIII, La pasión por la alegoría se transformó en un
verdadero furor. La poesía la tomó prestada de la Iglesia y la Iglesia la
volvió a tomar de la poesía. Otro obispo que luego fue cardenal,
Etienne Langton, comenzó un día su sermón con los versos del
siguiente texto:

La Hermosa Aliz se levantó en la mañana,


Su cuerpo viste y adorna
Entra en un jardín y encuentra allí,
Un rosario hecho con
Rosas hermosas.
¡Por Dios! ¡Salid de ahí,
Vosotros que no amáis nada.

Y, al tomar cada verso, el prelado hace allí una adaptación mística de la


Virgen María. Es así como las inspiraciones más suaves desaparecían
lentamente bajo la seca mano de los alumnos de la escolástica. La musa
de la Edad Media había envejecido; cuando no era irónica, predicaba.
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 123

Alejandro, obispo de Lincoln, da como tema del poema las tres


siguientes palabras al trovero Guillaume Herman: humo, lluvia y la
mujer; pretendiendo de manera poco galante, que estas tres cosas
pueden expulsar a un hombre de la casa. El poeta devoto, ya autor de
la Vida de Tobías y de los Gozos de Nuestra Señora, quiere hacer de
esta materia una obra totalmente ascética. Para él el humo es el orgullo;
la lluvia, la codicia y la mujer, la lujuria; y todo eso nos expulsa de la
casa, el paraíso. De esta forma, con un singular cambio de roles, que
describe muy bien la Edad Media, el obispo hizo una sátira y el poeta,
un sermón.
Romance de la Rosa
Todas las características, incluso los rasgos de esta decadencia, se
encuentran hasta el punto más elevado en un poema celebre, que cierra
con broche de oro la carrera de la epopeya en la Edad Media: Me
refiero al Romance de la Rosa 1. Es una larga, sabia y agotadora
alegoría de más de 22000 versos, retratados en un sueño, donde se
desea saber si el héroe logrará tomar una rosa que él logró ver en un
jardín y que defienden 20 abstracciones personificadas, tales como
Peligro, Maledicencia, Mezquindad, Felonía, Odio, Avaricia. El héroe
del poema tiene como compañeros a Acogida Amable y a Dulzura en la
Mirada; la Dama Ociosa (la ociosidad) lo lleva al castillo del Placer, en
donde encuentra al Amor con todo su cortejo: Gentileza, Cortesía,
Franqueza y Juventud. Es fácil sentir cuan fría e inanimada es esta
mitología simbólica. La menor aventura de un ser vivo real provoca
más interés que el juego fantástico de todas estas vanas ilusiones.
Dos poetas trabajaron en esta obra y dos épocas diferentes trazaron su
imagen. El primero de estos dos autores, Guillaume de Lorris, vivió en
los tiempos de san Louis, casi a finales del siglo XIII. Murió alrededor
del año 1260, cuando nacía su continuador, Jean de Meung, llamado
también Chopinel o el cojo.

1
La mejor edición es la de Meung, 4 volúmenes en-8.
124 CAPÍTULO XI

Este vivó alrededor del año 1320: por lo tanto fue contemporáneo de
Dante, quien, también, toma prestado para su poema la forma de una
visión.
Guillaume tenía la intención de componer un Ars Amatoria. Muy a
menudo, para los detalles traduce al mismo Ovidio; para la forma
general, él se inspira en la poesía de los Provenzales, de quienes
hablaremos muy pronto. Es un trovero con un espíritu delicado y dulce,
más ingenioso que sabio, más ingenuo que valiente. Jean de Meung
acepta el frágil marco de su predecesor y amontona de manera
desordenada todo aquello que la erudición tiene de confuso, la sátira
cínica. Jean es un clérigo de pensamiento libre, muy letrado y audaz,
que mezcla sus largas disertaciones morales o inmorales de invectivas
contra los grandes, los monjes y el clero; que relata la muerte de
Virginia, las aventuras de Agripina, de Nerón, de Hécuba y de Creso;
que cita a Sócrates, a Heráclito y a Diógenes. Estos personajes
privilegiados son la Filosofía, la Escolástica y la Alquimia; aún es la
dama Naturaleza, que se confesa con Genio, su capellán, y revela en su
confesión, no muy edificante, todo aquello que Jean sabía sobre física,
astronomía e historia natural. Esta obra es una enciclopedia poco
convencional.
Una mentalidad prosaica anima esta doble composición. En
Guillaume, hay una ausencia de poesía: se reemplaza a esta algunas
veces por la mentalidad y la gracia; hay abundancia de descripción, ese
recurso de las decadencias, con el que los poetas juegan a analizar para
no tener que imaginar. En Jean, hay negación de poesía: se encuentra a
cada paso la ironía y la ciencia. El ataca todo lo que se consideraba
bueno en la Edad Media. Los poemas caballerescos habían exaltado la
nobleza: Jean odia a los nobles:
Pues sus cuerpos no valen más
Que el cuerpo de un carretero,
O que el de un clérigo o que el de un escudero.
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 125

Es difícil arrancar la aureola al poder de una manera más dura que en


los siguientes versos, en donde el autor pretende indicar el origen:
Un gran campesino de entre ellos escogieron,
El más delgado de cuantos ellos fueron,
El más vigoroso, el más grande,
Y lo hicieron príncipe y señor.

La epopeya caballeresca había deificado a las mujeres y Jean nunca


estuvo más inspirado que al hablar de ello. La mujer encerrada en el
matrimonio es el ave encerrada que muere por escapar:
La avecilla del verde bosque
Al ser tomado y enjaulado
Y muy alimentado, con atención
Adentro, deliciosamente;
Ella canta, tanto como vive,
Con corazón feliz, según te parece
Sin embargo. Ella añora la madera enramada,
Que amó naturalmente,
Siempre piensa y se interesa
Por recuperar su vida fresca,
Y va por su prisión buscando,
Con gran angustia persiguiendo
Una ventana, una abertura,
Para volar a la verdura.

La poesía seria de la Edad Media reverenciaba al clero y la religión:


Clopinel es uno de sus críticos más acérrimos; el creó el personaje de
Falso Semblante, uno de los ancestros de Tartufo.
“ Pareces ser un santo ermitaño
- Es cierto, pero yo soy hipócrita
- Vas por ahí reducando abstinencia.
- Sí, sí, pero me lleno la pansa
Con buenos manjares y buenos vinos,
Tal y como es debido a las personas de la iglesia.
- Vas predicando la pobreza.
- Sí, pero soy rico en abundancia;
Pero aunque finja ser pobre,
Al pobre no me acerco.
126 CAPÍTULO XI

Cuando veo a esos truhanes desnudos


Temblar sobre sus miserias nauseabundas,
Del frio, llorar y gritar del frío,
No me entrometo en sus asuntos.
Si al Hotel-Dios son llevados,
Ya no son confortados por mí,
Pues con un sermón solamente
No me llenarían la boca:
No valen ni un poco;
¿Quién dará a quien su estrecha navaja?”

Ahora nos adentramos en la sátira pura. El plan, el estilo, no pertenece


más a la epopeya. Ese noble y poético escrito se deshizo entre nuestras
manos.
Pero Tanto en la civilización como en la naturaleza, la muerte no es
más que una transformación. Bajo los restos de la sociedad feudal,
vemos nacer el Renacimiento. La erudición, que ridiculiza hoy a ese
poema, aseguraba entonces su éxito. El siglo XIV, que se desarrolló
bajo la sombra de la Edad Media, sentía la necesidad de un horizonte
más vasto: un vago instinto lo empujaba hacia los tesoros del mundo
antiguo. Gerson, el adversario más acérrimo y más consciente del
Romance de la Rosa, Gerson, que escribió un tratado especial para
condenar al autor, rinde homenaje a su erudición “así como no hay
persona que pueda comparársele en la lengua francesa,” y, mientras
lucha contra el poema, se deja influenciar por él y toma prestada su
forma alegórica para criticarlo.
Aquí nos adentramos en un nuevo periodo del pensamiento moderno.
La mentalidad francesa, tal y como lo reflejaban las epopeyas de
Carlomagno, de Arturo y de Alejandro tenía un elemento europeo,
como la feudalidad, como la iglesia. Además esas obras fueron
adoptadas, traducidas y rehechas por toda Europa. En el siglo XIV,
vemos como en el Poema de la Roza la misma mentalidad se cierne
sobre sí misma y se desarrolla en los límites más estrechos y más
característicos; se torna racional e ingeniosa, es decir, esencialmente
francesa. Pero tomando una dirección particular, no renuncia por esto a
impulsar las naciones que la rodean; de todas las características de la
inteligencia, escogió por su parte aquella con la más grande
generalidad, la razón. La mentalidad de Francia, será como su lengua,
entendida por todo el mundo.
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 127

Los Fableles

Aunque las extensas epopeyas caballerescas brillaban con luz propia,


otro tipo de relatos cortos, familiares, a menudo picarescos y bromistas,
compartían el favor del público con ellas. El fablel era al cantar de
gesta lo que la comedia o el vodevil era a la tragedia. Este relata una
anécdota, un hecho gracioso o alguna ocurrencia: trataba mucho las
mujeres y a sus maridos, demasiado a los curas y a los monjes, y
apenas si respetaba un poco más la decadencia que la seriedad. Su
pequeño verso de ocho sílabas se iba saltando a través de todas los
puntos delicados del tema, golpeando al azar todo lo que encontrase en
el camino, y provocando así buenos y sinceros estallidos de risa.
Ningún otro género de composición muestra mejor el talento de
nuestros troveros. Se lleva el arte de relatar mucho más lejos que en las
grandes epopeyas. Siendo mucho más corto, el fablel se deja tomar y
moldear más fácilmente por el poeta. Todas esas partes se ponen de
acuerdo a través de una proporción exacta; todas van directa y
rápidamente al objetivo. La mentalidad nacional, más racional que
entusiasta, más irónica que poética, se encuentra a su agrado y cómoda
en estos cuentos familiares, pues aquí despliega sus mejores cualidades.
El fablel, tan francés por su apariencia y por la perfección de su
forma, tenía sin embargo unos orígenes muy lejanos. Un gran número
de temáticas que nuestros poetas trataron pueden ser encontradas en los
árabes, los persas y hasta en la india y en la china. Esos cuentos,
ingenuos y bromistas, se asemejan a una tropa risueña de bohemios que
vienen de quien sabe dónde, tal vez del fondo del Oriente, que recorren
Europa mientras cantan y se multiplican a diestra y siniestra en el
camino. Sólo citaremos un ejemplo de este destino viajero del fablel.
Un hindú, llamado Sendebad, que vivió alrededor de un siglo antes de
la era cristiana, escribió una colección de cuentos intitulados: El Libro
de los siete consejeros, el preceptor y la madre del rey; es una obra del
género de las Mil y una Noches, una sucesión de pequeñas historias
puestas tanto en la boca de la mujer del rey, que intenta perder a un
joven príncipe, como en la de los siete concejeros que quieren salvarlo.
128 CAPÍTULO XI

El original hindú fue traducido al persa, al árabe, al hebreo, al sirio y al


griego. Durante el siglo XII, un monje lo francés lo tradujo al latín,
bajo el extraño título de Dolopathos o Romance de los siete sabios.
Nuestros troveros lo dividieron fableles versificados y un clérigo lo
tradujo en prosa. Luego, la obra va a pasar al alemán, al italiano y al
español. Los novellieri italianos, Boccace entre otros, sacaron muchos
cuentos de allí e imitaron el esquema; en fin, Moliere sacó de allí la
inspiración para su George Dandin 1.
El lugar donde más se recitó y donde más oyentes tuvo el fablel fue en
Francia. También tuvo un acogimiento parecido en los castillos y en las
casitas.

Los reyes, los príncipes, los cortesanos,


Los condes, los barones y los vasallos
Aman los cuentos, las canciones y las fábulas
Y de buenos dits que son encantadores;
Pues alejan los recuerdos tristes;
Duelo y enojo hacen olvidar 2.

Por su lado, el vulgo común amaba en gran medida estos relatos


humildes y pícaros, en donde encontraba su vida de cada día, los vicios
y los tropiezos de sus amos como los de sus iguales. A menudo, alg[un
viejo juglar venía a sentarse en el hogar de los padrinos de la nueva
comuna. Allí, mientras que se chocaban los hanaps repletos de vino de
Brie, repetía con un tono burlesco aquellos cuentos que contaba tan
bien. Hablaba del valiente que rescata a su compadre de las aguas o
del campesino que alcanza la felicidad alegando, a veces hasta del
caballero jactancioso y cobarde, vencido sin pelear por la lanza de una
mujer o del cura goloso que se come los muros y permanece colgado
del mural. Siempre y cuando el vino fuese pasable, el fablel se volvía
más pícaro.

1
J.J. Ampère hizo, en su curso de 1839, en el collége de Francia, un muy
completo y particular estudio sobre los orígenes de los fableles. Se puede
encontrar su análisis en el Journal general de l’instruction publique (Diario
general de la institución pública) . También se puede consultar a Barbazan y a
Méon, prefacio del Compendio de Fableles, y las notas de los Fableles de
Legrand d’Aussy.
2
Denis Pyram, juglar anglonormando
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 129

Eran las represalias de la razón contra el poder: era la sátira popular. La


canción siempre fue en Francia el contra peso natural del despotismo:
la Edad Media ya era una aristocracia domesticada por los fableles. Se
puede comprender sin pena que tales relatos sean hoy para nosotros del
más alto interés. Son preciosas descripciones de las costumbres que nos
hacen conocer la vida obrera y burguesa de la Edad Media, tal y como
los poemas de caballería nos muestran el lado heroico.

El trovero Rutebeuf

Aunque los fableles eran esencialmente obras anónimas que nadie


inventó y que todo el mundo repite, conocemos los nombres de un gran
número de troveros, que los versificaron. Uno de los más temerarios y
de los más hábiles, aquel cuya vida y persona pueden servirnos como
modelos y representarnos muchos otros, es Rutebeuf, contemporáneo
de san Luis. De origen campesino, clérigo por el saber, laico por el
hábito, cuando tenía uno, de pobre existencia vagabunda, para quien la
sociedad no tenía aún un lugar, es al rey, es a los señores a quienes él
pide el pan de cada día; pero el rey, pero los grandes tienen otra cosa
totalmente diferente en mente para el pobre Rutebeuf , y, si vive por su
generosidad, él está condenado a morir por su olvido. Lo malo es que el
no morirá solo; el pobre poeta cometió el error de llegar a creer que él
era hombre, e cometió la imprudencia de tener una mujer e hijos. No
tiene vestido, ni comida, ni cama, tose del frío y baila de hambre. No
hay nadie más pobre que el de París a Senlis; desde la caída de Troya
no se ha visto una ruina más grande que la suya. Para colmo, pierde su
ojo derecho, ¡su ojo bueno! El propietario le exige que le pague,
miseria totalmente moderna para la poesía; y la nodriza del bebé pide
dinero, sin lo cual ella lo colocará a llorar en la pequeña habitación
paterna. Tal vez Rutebeuf exagera un poco la descripción de su
pobreza, más por darle un toque de humor que para hacerla
conmovedora. Porque si quiere obtener algo de esos ricos protectores,
se trata más de divertirlos que de conmoverlos.
En medio de su angustia, su inspiración no lo abandona. El encuentra
palabras carmesís contra el prelado, los hipócritas y los begardos. Sabe
que el rey los protege: no importa. Prefiere perder la protección del rey
que una picardía:

L LIT. FR. 9
130 CAPÍTULO XI

Los canónigos seculares llevan una muy buena vida:


Hay algunos de aquellos con gran autoridad,
Que hacen poco por Dios y mucho por una mujer.
Las monjas blancas, grises y negras
Van a menudo como peregrinas a las santas y a los
santos;
Si Dios se los agradece, yo no lo sé;
Si ellas fuesen sabias, irían menos.

Luego les relatará fableles de crítica como el Testamento de asno, que,


gracias a un testamento prudente, va a descansar a tierra santa con la
aprobación de monseñor el obispo; o el Monje Sacristán, que huye con
la mujer de un caballero y cuya reputación se salva gracias a la
intervención de la santa Virgen, o de otros aún menos edificantes de los
cuales ni siquiera podemos hacer mención aquí. Sin embargo, es
necesario abstenerse de hacer de Rutebeuf y de sus compadres, Guérin,
Baudouin, Jean de Condé, Jean de Boves y otros, enemigos
sistemáticos de la religión o incluso del clero. Una parte de sus obras
son poesías devotas; sus proverbios contra los curas no son el indicio
de un complot en contra de la Iglesia; no es más que una imaginación
vivaz, inspiración de la razón, que golpea el abuso no como injusto,
sino como bufón. Ellos lanzaban la sátira sin escrúpulos sobre la
carretera y por desgracia, el clero iba pasando.

El poema de Renard
Durante la edad media, los fableles fueron la forma más común de
sátira, pero todos los fableles no eran satíricos. Antes que todos eran
cuentos divertidos, algunas veces conmovedores, e incluso, algunas
veces, devotos. La sátira no tenía entonces una forma característica y
propia a ella misma, como en los tiempos de Horacio y de Juvenal.
Aparecía por todas partes y no se cohibía en lo absoluto.
DECADENCIA DEL ESPÍRITU FEUDAL 131

Serventesios, fableles, canciones de gesta, sermones, ceremonias


religiosas e incluso arquitectura, todo le era agradable. Entre los
himnos sagrados se mezclaban los cantos profanos, de indecentes
parodias. La sátira se había reservado un lugar propio sobre estos
asombrosos y sublimes edificios, que parecen llevar hasta el homenaje
de la oración el cielo; allí pueden apreciarse con sorpresa mil esculturas
extrañas de monjes que se entregan a todos los vicios, de curas con
cabeza de zorro puestos en cillas rodeados por un auditorio de pollos y
aves. En frente a la silla regia de la catedral de Estrasburgo, uno de los
capiteles de la nave representaba a un asno celebrando la misa, y otros
animales le servían. Los francmasones eran poetas también, y poetas
satíricos. La arquitectura fue en la edad media la más viva de todas las
artes: es ella la que manifiesta los primeros síntomas de independencia.
Es muy probable, que la poesía no hizo más que seguirla, cuando en la
epopeya burlesca de Renard 1, ese largo fablel o más bien esa apología
sin fin que todas las naciones de Europa relataron durante dos siglos sin
cesar, esta despertó por así decirlo a todos esos animales alegóricos de
sus cornisas de piedra y los hizo vivir juntos en un sin número de
aventuras agradables. El zorro, el lobo, el león y el asno se volvieron
allí una imagen viviente, una sátira total y picante de toda la sociedad
humana y sobre todo de los nobles y del clero. Las ramas de Renard se
multiplicaron hasta el infinito. En el viejo poema de Goupil le Renard
(vulpes, Reginard) ya compuestas en 1236, se añadieron la Coronación
de Renard, y Renard le Nouvel, y Renard constituiría más de veinte
cuatro mil versos. Una reputación semejante permite considerar esta
obra como la expresión de un sentimiento público y llama toda la
atención de la crítica. La tendencia general de este poema, es la
negación del espíritu caballeresco, principio vital de la edad media: es
la astucia que triunfa completamente sobre el derecho y la fuerza.

1
El poema de Renard, por Méon, 1826, vol. 4. En octavo. Es necesario
añadir el indispensable Suplemento de M.Chabaille, 1835 vol. 1 En
octavo.
132 CAPÍTULO XII

Y que no se espere ver a esta astucia despreciada o ridiculizada. No:


los logros de Renard provocan una sonrisa de aprobación por doquier.
Uno admira la fertilidad de su ingenio; uno sigue con interés las
aventuras de ese truhan come pollos; uno lo ve atravesar toda la
sociedad feudal, sin ridiculizarla ni maldecirla, se conforma con
adueñarse de ella para su propio beneficio. Justicia señorial; combates
en campo cerrado, asedios a castillos, batallas, vasallajes ligios,
monasterios, peregrinajes, todo pasa bajo nuestros ojos sin ninguna otra
diversión que los cambios de los personajes y el éxito eterno de las
intrigas de Renard, que a veces es juglar, peregrino, médico, caballero,
emperador y siempre bribón. El envejece tranquilo y honrado en su
castillo de Maupertuis: incluso su muerte es un engaño.
Incluso en el periodo más floreciente de la Edad Media, así se
manifiesta el principio de negación que debía destruirla. Cada época
lleva en sus flancos una fuerza disolvente. Es esta, como dice
Schelling: “la verdadera Némesis; la fuerza invisible enemiga del
presente, puesto que se opone al nacimiento del futuro 1”
________________________________
CAPÍTULO XII
LA POESÍA LÍRICA DEL MEDIODÍA FRANCÉS; LOS
TROVADORES

Circunstancias que favorecieron la poesía provenzal. — Descripción de


la poesía de los trovadores — Arnaud de Marveil; Bertrand de Born. —
Cortes de Amor; tensones; odas guerreras. — Causas que favorecieron
al deterioro de la poesía provenzal.

Circunstancias que favorecieron la poesía provenzal

1
Nosotros tratamos de manera más extensa, en la Revue des Deux Mondes (Revista de Dos
Mundos) (1ero de junio de 1816) el tema que apenas mencionamos aquí, la Sátira en la Edad
Media. Nuestro colega M.Lénient escribió una obra muy interesante sobre el mismo tema
(1859).
POESÍA LÍRICA DEL MEDIO DÍA FRANCÉS; LOS TROBADORES 133

Los cantos épicos de la lengua de oíl han expuesto ante nuestros ojos
la descripción ideal del feudalismo, la gran pintura histórica en la que
se desarrolló toda la vida de la edad media. Son otra clase de poemas
que nos la enseñan desde un punto de vista diferente. Los cantos líricos
de los trovadores y los troveros ponen individualmente bajo nuestra
mirada aquellas figuras de barones y de caballeros que reunía la
canción de gestas. Vemos como se separan del movimiento general de
la historia, del tumulto de la lucha para venir a contarnos, uno a uno,
sus amores, sus dolores, sus tristezas, sus rivalidades. Esas son las
pinturas del género, o incluso, si se prefiere, retratos, pero retratos que
describen las costumbres y la fisionomía de la época de una manera tan
acertada, que forman el complemento indispensable de los grandes
lienzos, y les dan un aire de verdad y de vida. A decir verdad, la
canción, el verso, el sirventés ya no son más pinturas, es la naturaleza
misma que vino a posarse sobre aquellas páginas ligeras con sus
contornos más delicados y sus trazos más escurridizos; es un rayo de
luz de los viejos días que se detuvo cuando atravesaba los vitrales
góticos; es una voz llena de frescura que el eco de la poesía prolongó
hasta nuestros días.
Fue primero y principalmente en Francia en donde despertó la
inspiración lírica. Feliz flor del clima, nació, por así decirlo, sin cultura:
bajo un cielo más clemente, bajo gobiernos menos bárbaros, los
hombres se dejan llevar más rápido por las dulces seducciones de la
vida. Allí, todas las mujeres eran amadas y todos los caballeros, poetas.
Los más nobles señores, los más orgullosos castellanos de la Provenza
o del Languedoc, los condes de Toulouse, los duques de Aquitania, los
delfines de Viena y de Auvernia, los príncipes de Orange, los condes de
Foix componían y cantaban versos. A menudo también, un paje de su
corte, a veces hasta el hijo de uno de sus sirvientes tomaba la palabra
luego de su noble maestro, si tenía la inspiración y la manera adecuada
de expresarse; él cantaba acerca de la única cosa que prácticamente se
podía cantar entonces, sobre las dulces molestias de amar; para ellos
era necesario que alguna noble mujer se molestase en servirle de
inspiración; la castellana se consagraba algunas veces y esas dulces
134 CAPÍTULO XII

tierras anunciaban otros progresos por la igualdad ante la poesía y el


amor.
Vimos más arriba la Provenza separarse de la Francia del Norte y
formar primero un Estado independiente bajo Bosón I y sus sucesores,
luego dividirse en dos provincias, con la desaparición de los herederos
masculinos de esa familia: De las cuales, una fue legada al conde de
Toulouse, la otra fue añadida a las posesiones del conde de Barcelona.
Feliz y tranquila bajos esos obscuros y paternales soberanos, La
Provenza vio crecer su población y sus riquezas; las costumbres se
ablandaron y la lengua se refinó y se volvió un instrumento harmonioso
bajo la mano de sus primeros poetas.
La fusión de una parte de la Provenza con Cataluña, bajo la
dominación de Ramón-Beranguer, en 1092, dio un nuevo movimiento a
la mentalidad del meridional. Ambos pueblos hablaban prácticamente
la misma lengua: la mentalidad de uno y la riqueza del otro hicieron
nacer una elegancia de costumbres desconocida aún en las otras
comarcas. La corte de los condes de Barcelona se volvió famosa por su
gusto y su magnificencia. Ya algunos años atrás, Francia había estado
en contacto con la España heroica, cuando Alfonso IV, rey de Castilla,
apoyado por el Cid, Rodrigo de Bivar, había invitado un gran número
de caballeros franceses, provenzales y gascones a su gloriosa
expedición contra los moros. Lo cual fue un primer vistazo a la nobleza
cristiana, una primera cruzada, catorce años antes de aquella de
Jerusalén. Estos guerreros reunidos, de tantos países diferentes, en el
mismo ejército, sintieron como se levantaba en sus almas los
sentimientos de honor y de un noble deseo de superación.
Al mismo tiempo, el aliento poético de la civilización árabe, ese
perfume del Oriente, amansado sobre las voluptuosas riveras de
Andalucía, entre los naranjos de Alhambra, se adentraba poco a poco
en la Europa cristiana. Las magnificencias de la arquitectura mora, el
esplendor de las cortes de Granada y de Córdoba, la riqueza de los
emires, la exuberante imaginación de los narradores y de los poetas
orientales debieron producir una emoción profunda en los caballeros de
Francia.
POESÍA LÍRICA DEL MEDIO DÍA FRANCÉS; LOS TROBADORES 135

La guerra acerca a los hombres y les enseña a conocerse, es decir, a no


odiarse. Los caballeros árabes, según la expresión de las crónicas,
visitaron las cortes de los príncipes cristianos de España. Moros y
cristianos aprendieron a veces de manera recíproca la lengua de sus
enemigos. Sus poetas cantaban versos en los dos idiomas y sobre los
mismos aires 1. Así, la poesía oriental se infiltraba poco a poco en las
lenguas del Mediodía francés; e imponía en ellas, con la ayuda del
cantar, no sólo sus fuentes de inspiración, sino su harmonía y sus
formas rítmicas.

Características de la poesía de los trovadores

La poesía provenzal fue casi toda lírica. La mentalidad fácil e


impaciente de los trovadores y la vida de placeres y de agitación que
llevaba la mayor parte de esos gráciles poetas, no les permitían relatar
con facilidad las largas epopeyas. Sus mismos oyentes sólo tenían la
necesidad de embellecer la vida real, y no suplantarla con ficciones: así
dijo de buen agrado a sus cantores:
Dejen las largas hazañas y los extensos pensamientos.
Además, a excepción de un pequeño número de obras épicas, que
Fauriel y Raynouard nos dieron a conocer 2, los únicos monumentos de
la musa meridional son aquellos de las efusiones súbitas de la
sensibilidad o de la inspiración; estas se parecen menos a
composiciones literarias que al ruido melodioso de aquella vida de
amor y de placeres que se llevaba feliz y elegante entre los torneos de
los castillos y la fiesta eterna de un clima agradable. Para producir tales
obras, no era necesario ser un gran clérigo o saber leer: bastaba con

1
Mariana informa que, en el siglo XI, durante el asedio de Calcanasor, un pobre pescador
cantaba una lamentación de manera alternativa, en árabe y en lengua vulgar, sobre el tipo de
suerte de esa infeliz ciudad. El mismo aire se aplicaba tanto a las palabras extranjeras como a
las nacionales. Villemain, Tableau de la littérature au moyen âge (Cuadro de la literatura en la
Edad Media), t.1, p.131
2
Gerard de Rosellón, Jaufry el Caballero y la Feria Brunisseande, la Crónica de los
Albigences, el poema de Flamenca, El poema de Fierabrás. Véase Fauriel, Épopée
chevaleresque au moyen âge (Epopeya caballeresca de la edad media); y Raynouard,
Diccionario de la Lengua de los Trovadores, 1. I
136 CAPÍTULO XII

tener un corazón capaz de amar. Las palabras de ese poético idioma


acababan de organizarse por su cuenta en un verso harmonioso. Los
oyentes no eran difíciles por la elección de pensamientos. En el verso
como en la naturaleza, el amor y la belleza se repetían sin temer la
monotonía. Una idea graciosa siempre era bienvenida, incluso si era
repetida. Las damas tomaban un elogio de la boca de los trovadores con
delicadeza, de la misma forma que recogían una flor en sus
cabelleras, sin preocuparse por saber si todas las praderas ofrecían unas
flores parecidas, o si todas las primaveras habían prodigado unas flores
tan bellas.
Uno de los principales méritos de esas encantadoras canciones está
totalmente perdido para todo aquel que no pueda leerlas fácilmente en
su lengua original: me refiero a su gran harmonía, al gran número de
combinaciones y a la complejidad de sus estrofas, a los hábiles
intervalos, a las cadencias simétricas y a los regresos previstos y
largamente esperados de una rima sonora. El ritmo provenzal, bajo la
mano de los trovadores, se dobla sobre sí mismo una y otra vez con una
coquetería llena de gracia, como una cinta con colores vivos que flota,
se escapa y regresa transformada en un nudo artístico.
Sería un error buscar solamente la reflexión en la poesía lírica. La
sensibilidad es su alma, y a menudo se expresa más por la harmonía de
las palabras que por su sentido. La oda es una música que traduce las
impresiones de manera directa por medio de sonidos. A menudo, en la
ausencia de la sensibilidad y del pensamiento, la melodía del lenguaje
llega a acariciar el oído y a producir una emoción vaga en el espíritu.
La harmonía de los versos está relacionada con las potencias más
íntimas y más misteriosas de nuestra alma, y su poder es tan absoluto
que no se sabría cómo cuestionarlo. Ahora bien, la poesía de los
trovadores está allí casi completa. Se pudo imaginar que se traducía las
líricas griegas y latinas: bajo el ritmo, había un pensamiento que aún
era demasiado rico como para dejar alguna cosa en la mano del
intérprete; pero cuando, pasando a la poesía de los trovadores, se
intentó lanzar al crisol esas ligeras y brillantes burbujas que estaban en
la superficie, y que ocultaban un gas imperceptible con los más vivos
matices del arcoíris, o uno se sorprendió por no haber encontrado nada
más en el momento en que se había destruido todo.
POESÍA LÍRICA DEL MEDIO DÍA FRANCÉS; LOS TROBADORES 137

“Admito, dice Raynouard, que intenté en vano hacer una traducción:


la sensibilidad y la gracia no se traducen. Son flores delicadas cuyo
aroma hay que respirar directamente de la planta.”
Según Schlegel, “para disfrutar de esos cantos que fascinaron a tantos
ilustres soberanos, a tantos valientes caballeros, a tantas damas famosas
por su belleza, es necesario escuchar a los mismísimos trovadores y
esforzarse por entender su lengua. ¿No quieres tener que pasar por eso?
¡Pues bueno! Estás pues condenado a leer las traducciones del abad
Millot.”
Nosotros condenaremos al lector a que lea nuestras traducciones; Será
venturoso cuando podamos apropiarnos de algunas traducciones
provenientes de la pluma de los hábiles críticos que nos precedieron y
trataron el mismo tema.
La mayor parte de estos cantos, como ya sabe el lector, tienen por
temática al amor. Es el tema que menos se cita. Nada más aburrido,
para aquellos a quienes no les interesa el tema, que los suspiros y los
cumplidos. Los versos de amor parecen exigir la misma discreción que
el sentimiento que los inspira. Escojamos pues entre aquellas piezas
algunas de las que juntan a todas al mérito común, la ventaja de ofrecer
descripciones costumbristas o de la mentalidad que las distinguen a
nuestros ojos.

Arnaldo de Marveil; Bertran de Born

Arnaldo de Marveil, pobre siervo que se convirtió en un hábil trovador


y se unió a la corte del vizconde de Beziers, se había prendado de la
condesa Adelaida, hija de Raimundo V, conde de Toulouse. Y
cantando, con un nombre falso, a la dama que amaba, describe así el
ingenioso retrato:

La pinto toda con mis ojos; la frescura de la aurora, las flores


con las cuales la pradera se colorea en primavera,
Dibujando con mis sentidos esas diversas cualidades, me incitan
a cantar su belleza en mis versos.
Yo puedo, gracias a los aduladores que abundan en nuestra era,
Llamarla sin peligro la más bella del mundo.
Si uno ofrece ese título a quien no puede encantar, Darla a mi
dama hubiese sido nombrarla.
138 CAPÍTULO XII

Otro trovador famoso, cuya vida aventurera y turbulenta es narrada de


manera interesante por M.Villemain, es Bertran de Born, el infatigable
luchador, que incita a los dos hijos del rey de Inglaterra, Henri II, a
revelarse contra su padre; quien pierde dos veces su castillo, y que lleva
su propia cabeza ensangrentada en la mano, la cual aún parece ser
capaz de maldecir y amenazar 1, cuando Dante lo encuentra en su
Infierno, y que da algunas veces un relieve singular a sus cantos de
amor por medio de una agradable mezcla de sentimientos guerreros y
de imágenes tomadas de la vida feudal. Atestigua la pieza siguiente en
la cual muestra su inocencia, de la forma más original del mundo, con
respecto a una sospecha de infidelidad:

Yo sé el mal que en sus comentarios mentirosos,


Dijeron de mí vuestros pérfidos aduladores.
Dama, ¡por Dios! Ne les creáis nada.
No alejéis vuestro leal corazón
De vuestro buen y fiel servidor,
Y de Bertrand se siempre amiga.

Al perder mi gavilán en el primer lanzamiento,


Lo quiero ver alejarse sobre la presa;
Que sobre mi puño un halcón la desplume,
Si sólo con respecto a mí, tu hablar no es dulce,
Si mi felicidad está lejos de vuestra persona,
Si, lejos de vosotros, la dulzura no es amargura.

Teniendo mi escudo colgado del cuello,


A causa de un gran viento yo troto resfriado,
Como un fuerte galope me machaca tal y como si fuera
cebada;
Como triste y malhumorado un tonto palafrenero
Pierde el control y suelta los estribos
Si vuestros aduladores no mintieron por la garganta

Cuando me acerco a la mesa a jugar,


Cuando no puedo ni cambiar un denario,

1
Infierno, canto XXVIII.
POESÍA LÍRICA DEL MEDIO DÍA FRANCÉS; LOS TROBADORES 139

Que por otra sea retenida,


Que todos los dados me sean dados desdichados,
Si de otra mujer alguna vez me enamorase;
Si, fuera del tuyo, otro amor yo conociera.

Que yo te deje en los brazos de un extraño,


Pobre ingenuo, sin saber vengarme;
Que un viento feliz se aleje de mi barco de mesa
Que en la corte del rey me golpea el portero,
Que del combate yo hablo el primero,
Si no mintió el cobarde que me acusa.
POESÍA LÍRICA DEL MEDIODÍA, TROVADORES 139
Cortes de amor; tensós; odas guerreras

La forma más picante en la cual los provenzales compusieron la


canción de amor fue la tensó o el partimen, diálogo entre dos
trovadores, especie de torneo poético al cual se provocaban en
presencia de damas y caballeros. “Las tensó –según Jean
Nostradamus, el biógrafo ingenuo de los trovadores, padre del famoso
astrólogo– eran disputas de amores que se hacían entre los caballeros
y las damas poetas entrehablantes juntos sobre alguna bella y sutil
cuestión de amores, y cuando no podían llegar a un acuerdo, los
enviaban a que obtuviesen una definición sobre el asunto adonde las
damas ilustres presidentes, quienes tenían una corte de amor abierta y
plenaria en Signe y en Pierrefitte, o en Romanin o en otros lugares, y
después de eso hacían fallos que se llamaban lous arrests d’amours”.
La existencia de estos curiosos tribunales fue puesta fuera de duda
por las investigaciones del sabio Raynouard, quien reconoció rastros
indiscutibles desde la primera mitad del siglo XII hasta después del
siglo XIV. El maestro André, capellán de la corte de Francia, quien
vivía hacia el año 1170, habla de ello, en un tratado escrito en latín,
como de una institución bastante antigua, y hace remontar su origen a
uno de los caballeros de Arturo. Las damas tenían, como se sabe, la
última palabra en estas galantes cortes. Son ellas quienes presiden,
quienes escuchan a los litigantes. Los fallos se emiten en su nombre:
de dominarum judicio, según el grave capellán André. Cita incluso,
como fiel historiador, los nombres aun oscuros de los más ilustres
consejeros. En otra lista de Nostradamus, como una especie de
almanaque real del palacio del amor, notamos, como parte de la corte
de Aviñón, a Laura de Noves, la mujer de Hugo de Sade y a su tía la
Sra. Phanette, las cuales “novelaban todas dos prontamente en toda
clase de ritmo provenzal. Phanette, muy-excelente en la poesía, tenía
un furor o inspiración divina, que era considerado como un verdadero
don de Dios. Ellas definían también las cuestiones de amores”. En
cuanto a Laura, hizo una obra más bella que todas las de su tía:
inspiró a Petrarca.
Estas gráciles cortes no funcionaban solamente en la Provincia;
André cita aquellas que presidían las condesas de Champaña y de
Flandes, así como las cortes que ocupaban la reina Leonor de
Aquitania y la vizcondesa Ermengarda de Narbona. Las damas
140 CAPÍTULO XII

jueces eran a veces muy numerosas. Había diez en la corte de


Signe, así como en Pierrefitte, doce en Romanin, catorce en
Aviñón y hasta sesenta en la corte de Champaña. Se hacían ayudar
por caballeros expertos, como una especie de jurisconsultos en
galantería, enamorados eméritos, que tenían probablemente solo
voto consultativo. Servían a menudo de árbitros, cuando las partes
no juzgaban con el propósito de provocar una decisión jurídica. Si
estaban descontentas con el arbitraje o incluso con el juicio, había
derecho de apelación. Vemos en una circunstancia a la corte de
Romanin juzgar en el Tribunal Supremo. La de Aviñón gozaba a
este respecto de gran fama. Es allí donde se hallaban “todos los
poetas, caballeros y damas nobles del país, para escuchar la
solución de las cuestiones y de las tensó de amores que estaban
propuestas”.
Estos tribunales, con el mucho respeto con el cual se acogían
sus decisiones, se atribuían a veces el poder legislativo. “La
corte de las damas, congregada en Gascuña, estableció, con el
consentimiento de toda la corte, esta constitución perpetua”.
Existía sin embargo un código anterior y superior a todos sus
fallos. Su origen era tan curioso como su disposición. Aceptado
por una especie de asamblea constituyente, había sido redactado
por una mano misteriosa. Un caballero errante lo había
encontrado escrito y atado con una cadena de oro a la pértiga de
un halcón, en el palacio del rey Arturo. Todavía tenemos una
parte. “El matrimonio, decía entre otras cosas el legislador, no
es una excusa legítima contra el amor. –Nadie puede tener a la
vez dos ataduras. –Quien no sabe callar no sabe amar. –El amor
no puede negar nada al amor. –El verdadero amante es siempre
tímido”.
Este texto puede hacer prejuzgar la naturaleza de las tensó o
debates. Nos limitaremos a citar un nuevo ejemplo. Dos
trovadores litigaron contradictoriamente esta cuestión: ¿puede
el amor existir entre esposos legítimos? Nos estremecemos al
agregar que la respuesta de la corte fue negativa. Es a la
condesa de Champaña a quien le incumbe la responsabilidad de
esta opinión.
POESÍA LÍRICA DEL MEDIODÍA, TROVADORES 141

Transcribimos aquí una tensó donde se verá peleando a dos


poetas provenzales muy famosos de la época, Sordel y Bertran
d’Alamanon. 1
SORDEL. “¿Si tuvieseis que perder la alegría de las damas,
renunciar a las amigas que jamás tuvisteis, que jamás tendréis, o
sacrificar ante la dama que mejor amáis el honor que habéis
adquirido o que adquiriréis por la caballería, de las dos cuál
elegiríais?
BERTRAN. “Las damas que amaba me han rechazado por
mucho tiempo, he recibido de ellas tan poco bien, que no las
puedo comparar con la caballería. Que vuestra parte sea la locura
de amor cuyo gozo es tan vano. Corred detrás de esos placeres
que pierden su valor luego de obtenidos; pero, en la carrera de
las armas, veo siempre ante mí nuevas conquistas por hacer, una
nueva gloria por adquirir.
SORDEL. “¿Dónde está entonces la gloria sin amor? ¿Cómo
abandonar la alegría y la galantería por las heridas y los
combates? ¿La sed, el hambre, el ardor del sol o los rigores del
frío son preferibles al amor? ¡Ah! Es con mucho gusto que os
cedo estas ventajas para la felicidad soberana que me espera
junto a mi amada.
BERTRAN. “¿Qué entonces, osaríais parecer delante de tu
amiga, si no osáis tomar las armas para combatir? No hay
verdadero placer sin la valentía; es ella quien eleva a los más
grandes honores; pero las falsas alegrías del amor conllevan al
envilecimiento y al fracaso de aquellos a quienes ellas seducen.
SORDEL. “Siempre que sea yo valiente a los ojos de aquella a
quien ame, poco me importa ser despreciado por los otros: con tal
de que yo obtenga de ella toda mi felicidad, no quiero ningún
otro regocijo. Id, derribad los castillos y las murallas, y yo
recibiré de mi amiga un dulce beso. Ganareis la estima de los
grandes señores franceses; ¡pero cuánto prefiero más sus
inocentes favores en vez de las más hermosas lanzadas!
BERTRAN. “Pero, Sordel, amar sin valor es engañar a aquella
a quien se ama. No quisiera el amor de aquella a quien sirvo, si
no mereciese su estima: un bien tan mal adquirido significaría mi
desgracia. Guardad entonces los engaños de amor y dejadme el
honor de las armas, ya que sois asaz insensato para sopesar una
falsa felicidad con una alegría legítima”.

1
. Traducción de la versión en francés de Sismondi.
142 CAPÍTULO XII

Sordel, quien en un juego de espíritu ingenioso se hace


aquí el campeón del partido menos honorable, es el mismo
trovador cuya memoria eternizó Dante en una imagen
magnífica. El poeta florentino se lo encuentra en la entrada
del purgatorio, y, lleno de respeto por su noble dignidad, lo
compara con un león que descansa calmo en su fuerza.1 Es
porque Sordel sabía encontrar a veces acentos viriles y
belicosos. Nos queda de él un elogio fúnebre del caballero
aragonés Blacas. Es la ocasión para nuestro poeta de un canto
guerrero y político de una elocuencia relumbrante, de un
extremo amargor. Esta citación nos va a iniciar en género
nuevo tratado por los trovadores.
“Quiero en este rápido canto, de un corazón triste y
afligido, compadecer al señor Blacas, y en ello tengo razón:
puesto que en él perdí un señor y un buen amigo, y las
virtudes más nobles se apagan con él. La pena es tan grande
que no tengo sospecha de que él no se recuperará nunca, a
menos que se le extraiga el corazón y que se lo haga comer a
esos barones que viven sin corazón y entonces tendrán
bastante corazón.
“Que en primer lugar el emperador de Roma coma de ese
corazón; él lo necesita bastante, si quiere conquistar a la
fuerza los milaneses que lo tienen conquistado en este
momento y que vive desfavorecido a pesar de sus alemanes.
“Que después de él coma de ese corazón el rey de los
franceses y encontrará la Castilla que perdió por bobería;
pero si piensa en su madre, no comerá; puesto que parece,
por su conducta, que no hace nada que a ella disguste.
“Quiero que el rey inglés coma también bastante de ese
corazón y se volverá valiente y bueno, y recuperará la tierra
que el rey de Francia le arrebató, porque lo sabe débil y
cobarde” 2.
Todos los príncipes, todos los señores de Europa tienen así
sucesivamente su parte en esta salvaje invención y en esta

1
Purgatorio, canto VI.
“Ella non ci diceva alcuna cosa:
Ma lasciava ne gir, solo guardando
A guisa di leon, quando si posa”.
2
Traducción de la versión en francés de Villemain, Littérature au moyen âge,
p. 194.
invectiva sangrienta. La sátira se mezcla aquí continuamente
con la inspiración guerrera. Ese es el carácter del poema que
POESÍA LÍRICA DEL MEDIODÍA, TROVADORES 143
se llamaba el sirventés 1.
Los trovadores raramente celebran la guerra. La vida real ya
estaba bastante llena para que la poesía quisiese parar allí. Sin
embargo, cuando la ocasión los lleva ahí, saben cantarla como
hacerla. Se siente, al tono de sus sirventeses, que los trovadores
eran casi todos caballeros. He aquí una oda verdadera compuesta
por un poeta que ya conocemos, el belicoso Bertran de Born.

Me gusta el alegre tiempo de primavera


Que hace nacer hoja y flores,
Me gusta oír el júbilo de los pájaros
Que hacen resonar su canto por el seto.
Y me gusta ver plantados en el prado
Tiendas y pabellones
Y tengo gran alegría cuando veo alineados
Por el campo caballeros y caballos armados.

Y me gusta que los exploradores


Hagan huir a la gente con su hacienda,
Y me gusta cuando veo venir detrás de ellos
Gran número de armados en grupo,
Y le place a mi corazón
Ver sitiados fuertes castillos
Y los muros rotos y arruinados,
Y ver la hueste en la orilla completamente
Circundada de fosos con empalizadas
De fuertes y apretadas estacas.

Y también me gusta el señor


Cuando es el primero en atacar,
A caballo, armado, sin miedo,
Y que de este modo enardece a los suyos
Con gallarda bravura.
Y luego, cuando se ha iniciado la refriega,
Todos deben estar prestos
Para seguirlo de buen grado,
Pues ningún hombre es apreciado en nada
Hasta que ha dado y ha recibido muchos golpes.

1
“Poemata in quibus servientium, seu militum facta et servitia referuntur”. Du
Cange, sobre la palabra Sirventois.
144 CAPÍTULO XII

Veremos al principio de la lucha


Romperse y descomponerse
Mazas y espadas,
Yelmos de colores y escudos,
Y a muchos vasallos hiriendo al mismo tiempo
Por lo que los caballos de los muertos y de los
heridos
Vagarán errabundos.
Todo hidalgo, una vez entrado en la refriega,
Sólo debe pensar en cercenar cabezas y brazos
Pues vale más morir que sobrevivir vencido

Y veo caer a grandes y pequeños por los fosos


En el herbaje
Y veo los muertos con los flancos atravesados
Por astillas con los cendales. 1

Causa de la decadencia de la poesía provenzal

Este fragmento, en el original, nos parece digno de


Tirteo o de Esquilo. Imágenes, movimiento, inspiración,
armonía, nada falta de aquello que constituye la gran
poesía. No hubiese hecho falta muchas piezas del mismo
mérito para hacer vivir por siempre la lira y la lengua de los
trovadores. Infortunadamente son demasiado raras entre sus
obras. La musa provenzal se adormeció sobre las flores de
su alegre clima; se embriagó con su dulce armonía: se hizo
de voluntades fáciles y enervantes, como esos perfumes en
medio de los cuales se mece la somnolencia de los
orientales. Desdeñó demasiado el varonil y austero
pensamiento, esa base sólida de tonta poesía duradera. Los
más grandes eventos resonaron en vano en sus orejas: ese
despertar del mundo al siglo XII, ese movimiento general
del espíritu, esas lejanas y maravillosas expediciones que
contemplaron cara a cara dos mundos, dos regiones, todo
eso fue poco comprendido por ella: habló de cruzada, pero
sin mucha fe y pasión; fue incluso a veces a visitar la

1
N. del T.: Traducción al español tomada de: Ruiz-Domènec, J. E. (1981). El
sonido de la batalla en Bertran de Born. Medievalia, (2), 77-109
Palestina, pero allí
POESÍA LÍRICA DEL MEDIODÍA, TROVADORES 145

todavía solo soñaba con sus sosos amores y se apresuraba en


regresar para suspirar a los pies de las damas de Francia. Uno de
esos poetas se embarca un día, corre a la tierra santa, una viva
impaciencia lo apremia… ¿sin duda arde en deseos de ir a
prosternarse a la gran tumba de Cristo? No es así: este trovador,
Geoffroy Rudel, se va, prendado de una extraña pasión por la
condesa de Trípoli, a quien nunca ha visto, a ofrecerle su corazón
y morir al llegar ante sus hermosos ojos.
Tal es, eso nos parece, la verdadera causa de la rápida
decadencia de la poesía provenzal: la ausencia de toda
inspiración profunda. Fue solo un juego de espíritu encantador,
no tomó nada en serio, ni siquiera el amor. Puesto que el mismo
amor, pero el amor auténtico, hubiese sufrido para salvarla:
testigo la gloria de Petrarca. El entusiasmo religioso, que no
habían conocido las gentes de la lengua de oc, se volvió contra
ellos. Un fanatismo horrible vino a abalanzarse sobre esta
brillante y frágil civilización del Mediodía francés. La guerra
civil más mortal, la persecución más implacable desolaron estas
risueñas y alegres tierras. Los trovadores, que solo habían vivido
a la sombra de los castillos, no encontraron más asilo; su voz
extinguió poco a poco, como el dulce gorjeo de las aves a la
llegada de un rigoroso invierno.
El fanatismo probablemente solo hizo acelerar la obra de la
naturaleza. La poesía francesa no debía permanecer en las manos
frívolas de estos poetas del Mediodía francés:

En una larga infancia ellos la habrían hecho envejecer.

Al norte estaba toda la savia del pensamiento; al norte


pertenecían los eruditos, los pacientes estudios y, hasta en las
canciones ligeras, este buen sentido menos brillante, pero
duradero, que tiene siempre un fin y sabe dirigir a este todo sus
esfuerzos.
146 CAPÍTULO XIII

CAPÍTULO XIII
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS

Carácter de los cantos líricos al norte del Loira – Imitación de la poesía


provenzal; Teobaldo VI; Carlos de Orleans

Carácter de los cantos líricos al norte del Loira

Este destino de la canción francesa parecía presagiado por los


primeros nombres que nos presenta su historia. ¡Algo extraño! Es
en la erudita escuela de París, es en el santo monasterio de
Claraval que hay que buscar los más antiguos autores. Los dos
más grandes hombres de la sociedad clerical del siglo XII, esos
cuya lucha teológica ocupó la primera parte de la edad media,
Abelardo y san Bernardo, no habían desdeñado una ocupación
menos severa. Tenemos sobre la cuenta de san Bernardo solo un
testimonio, todavía aquel de un enemigo. “Hiciste a menudo –le
escribe Bérenger, en su defensa de Abelardo– canciones bufonas y
versillos galantes” 1. Las composiciones líricas de Abelardo se
constatan de una manera más explícita por su propio testimonio y
por aquel de la mujer quien era el objeto del mismo. “Cuando nos
conocimos con Eloísa, dice, yo gozaba de una reputación brillante,
en la flor de la juventud, de una figura tan agradable que no tenía
que temer rechazos. Tuve tanta más facilidad para hacerme amar
de la joven Eloísa, quien tenía una viva pasión por las letras,
pasión rara en las mujeres, y que la volvió famosa. El amor que
me hubo abrasado el corazón, si yo inventaba todavía algunos
versos, estos no hablaban ya de filosofía, solo respiraban el amor.
Muchas de nuestras pequeñas piezas son todavía cantadas y
repetidas en muchos países, sobre todo por aquellos que aman la
vida que yo tenía entonces”.

1
“Cantiunculas mímicas et urbanos modulos factitasti”. (Opera Abelardi, p. 303).
No tenemos ya ninguno de esos poemas, pero Eloísa se encarga
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 147

de apreciarlos por nosotros. Se puede creer que alguna vez la crítica



literaria jamás habrá hablado con más alma. “Entre todas vuestras
cualidades, dos cosas sobre todo me sedujeron, los favores de vuestra
poesía y aquellos de vuestro canto. Toda otra mujer habría estado
igualmente encantada. Cuando, para relajaros de vuestros trabajos
filosóficos, compusisteis en metros o en rimas poesías de amor, todo
el mundo las quería cantar a causa de la dulzura extrema de las letras
y de la música. Los más insensibles al encanto de la melodía no
podían rechazarle su admiración. Como la mayoría de vuestros versos
cantaban nuestros amores, mi nombre fue pronto conocido por el
vuestro. Todas las plazas públicas, todas las casas privadas
retumbaban de mi nombre, las mujeres envidiaban mi
felicidad”.
Nos parece difícil, luego de estas palabras, dudar que, entre las
canciones de Abelardo, algunas al menos no estuvieron en lengua
vulgar. Sabemos que en la misma época los juglares cantaban en la
lengua popular sus relatos heroicos; y estos cantos de amor, estos
cantos rimados, que todo el mundo repetía, de los cuales resonaban las
plazas y las calles, que incitaban la envidia de las mujeres, ¡habrían
sido versos latinos!
En las regiones de la lengua de oïl, la cercanía de los cantares
de gesta llevó felicidad a los cantos de amor. No se limitaron a
expresar, contaron. Toda una clase de poemas, que se puede
designar junto con el Sr. Paulin Paris con el título de romance,
fueron los encantadores relatos de aventuras amorosas y
caballerescas. 1 Es la epopeya bajada de las altas regiones de la
historia, que conserva incluso todavía a veces su grave estrofa de
alejandrinos monorrimos. Al leer los siguientes versos se creería
que, sin el estribillo, tener ante los ojos varios fragmentos de la
canción épica de Loherains o de Roland;

Rico fue el torneo bajo la torre antigua:


Cada uno por su valor quiere que Idónea sea suya;
Y la bella exclama: “¡Socorro! Conde Estienne!”
No hay nada delante de él de adversario que tenga:
Y fuga y mensajero sin caballo vuelven.
¡Eh Dios!
Quien de amor sienta dolor y pena

1
Una excelente elección de los mejores romances de la lengua de oïl fue publicada
por el Sr. Paulin Paris, bajo el título de Romancero français, vol. 4, 1833.
Mucho debe tener alegría futura.
148 CAPÍTULO XIII

Mucho le hizo bien Estienne quien proeza tiene y fuerza,


Para el amor de virgen se esmera y esfuerza;
Los escudos arrugan y resquebraja como si fuesen de corteza;
Solo ataca barón que al suelo tira.
¡Eh Dios!
Quien de amor sienta dolor y pena
Mucho debe tener alegría futura.

En el primer rango de los romances, hace falta ubicar los de


Audefroy el Bastardo 1, a quien pertenecen las coplas que
acabamos de citar. Este poeta tiene casi siempre el talento de
hacer de sus canciones un pequeño drama ingenuo, que
comienza por una graciosa pintura. Nos muestra una noble
damisela, sentada debajo del verde olivo o medio acostada sobre
la hierba que verdece, o bien

En un vergel, cerca de una fontanela


Cuya clara es la onda y blanca arenilla,
Sentada la muchacha al rey, su mano en su mejilla:
Suspirando, su dulce amigo llama.

Otra vez,

Bella Doette, en las ventanas sentada,


Lee en un libro; pero al corazón no lo escucha;
De su amigo Doon que le recuerda.

La puesta en escena de estas pequeñas novelas es poco


variada, pero casi siempre agradable: en la aurora de las
literaturas la diversidad no es todavía una necesidad. La intriga
es simple y entrañable. Unas veces es una joven muchacha que
se quiere obligar a renunciar a su amor y que triunfa sobre la
severidad de su padre a fuerza de constancia; otras veces es un
caballero que obtiene a su amada como premio de un torneo;
otras veces es una amante abandonada quien por sus lágrimas
hace volver al caballero infiel; o es una madre que, tocada por el
llanto de su hija, le da por esposo a aquel que ella ama. Todo eso
es llevado a cabo sin mucha arte ni verosimilitud, pero con un

1
Nació en Arras hacia finales del siglo XII.
encanto
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 149

inexpresable de ingenuidad y pasión. Como en todas las poesías


nacientes, el relato es abandonado a los azares de la inspiración.
Nada de combinaciones hábiles, nada de proporción, nada de
perspectiva. Pasa a menudo que los accesorios se desarrollan con
complacencia y el objeto principal se trata superficialmente con
rapidez. Se siente con felicidad en estos poemas el primer ensayo de
una imaginación inexperimentada, la maravilla ingenua de una joven
poesía que se interesa en todo lo que descubre.
El conde Quesnes de Béthune tiene en sus canciones un mérito de
otro género. La ingenuidad es reemplazada o al menos relevada en él
por el espíritu, la finura y a veces la inspiración poética. Quesnes,
uno de los ancestros de Sully, era un noble y valiente barón. Clavó el
primer estandarte de las cruzadas sobre las murallas de
Constantinopla, y cuando murió, en 1224, un cronista
contemporáneo le hizo en dos versos una magnífica oración fúnebre:

La tierra fue peor este año:


Porque el viejo Quesnes estaba muerto.

Quesnes de Béthume cantó la cruzada con la misma inspiración que


la cumplió. Fue inspirado por el doble entusiasmo de la religión y la
caballería:

… Y sepan bien los grandes y los menores,


Que allí se debe hacer la caballería,
Donde se adquiere el paraíso y el honor,
Y el botín y loas y el amor de su miga.
Dios está sentado (sentada) en su santa herencia:
Ahora bien se verá si esos le socorrerán
Que por su sangre él sacó de la esclavitud
Cuando murió en la cruz que los turcos tienen.
Sepáis que son culpables aquellos que no irán,
Si no tienen pobreza o vejez o enfermedad.
Y aquellos que sanos, jóvenes y ricos son
No pueden permanecer sin infamia.-
150 CAPÍTULO XIII

¡Con qué indignación el autor maldice a los egoístas que


especulan sobre los beneficios de estas empresas de guerra!
Aquí la canción se eleva hasta el tono de nuestras líricas
modernas, o más bien hasta la majestad de los profetas:

…………………………………………………
Enemigo de Dios seréis.
¿Y qué podrán decir sus enemigos,
Allí donde los santos temblarán de duda,
Delante de aquel para quien nada es secreto?
¿Ese gran día cuál será vuestro fallo,
Si su piedad no cubre su poder?

Imitación de la poesía provenzal; Teobaldo IV; Carlos de


Orleans

Cualesquiera que fuese el interés, el mérito duradero de las


canciones de la lengua de oïl, aquellas de la lengua de oc tenían
algo más seductor para los contemporáneos. Un idioma más
rico, una armonía más brillante, una abundancia inagotable, una
fama incontestable en las cortes más elegantes ante los más
nobles señores, todo debía excitar la admiración de los poetas
del norte y provocar su imitación. También la imitación tuvo
lugar; los cantos armoniosos de Provenza encontraron al norte
del Loira un eco debilitado y más sordo.

Al regreso que hice de Provenza,


Se emocionó mi corazón, un poco, de cantar;
Cuando me acercaba a la tierra de Francia,
Donde aquella está (donde permanece ella) que no puedo
olvidar.

A Teobaldo IV 1 pertenecen estos hermosos versos y fue él


sobre todo quien naturalizó en el norte las graciosas
composiciones de los trovadores. Nieto de un rey de Navarra,

1
Nació en 1201 y murió en 1253. – Ediciones: L’évêque de la Ravallière, 1742, vol. 2;
Roquefort y Fr. Michel, 1829.
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 151

hijo y sucesor de un conde de Champaña, criado en el Mediodía,


pasando su vida entre los hombres del norte, se volvió la
transición amigable de una poesía a la otra: imitó a los
trovadores, pero destacando sus canciones con un toque de
nuestros troveros. Como sus maestros, canta los bellos ojos de su
dama y las heridas que han hecho a su corazón, se pregunta
cuándo los volverá a ver, a esos enemigos que lo han herido
tanto. Luego agrega demasiado ingeniosamente que jamás hubo
hombre alguno que amara tanto a sus enemigos. Unas veces
toma por su parte al amor mismo, lo ansía y se queja de que le
haya robado el corazón; otras veces canta para confortarse.
Confiesa entonces que

Los dulces dolores


Y las bromas de mal gusto
Que vienen de amores
Son engañosos y humillantes.

Se enfurece con su dama con una sutileza digna de las novelas de las
que habla Boileau, donde hasta un yo te odio se dice tiernamente:

Amor así dio vueltas a mi vida


Que amar no la osa y no me puede hacer retraer de ella;
Así lo quiere amor, no sabe cómo,
Que un poco la odia amorosamente.

Finalmente recurre a los grandes medios de los poetas provenzales:


quiere morir, y muy seriamente; ya que limitará el ruiseñor, y
perecerá a fuerza de amar y de cantar:

Morir me hace falta, enamorado al cantar.


Al cantar quiero mi dolor descubrir
Cuando perdí lo que más deseaba.
¡Ay! No sé qué pueda llegar a ser;
Y mi muerte es de la que espero alegría;
Me hará falta a tal dolor languidecer,
Cuando no puedo ni ver ni oír
El bello objeto al que me confiaba.
152 CAPÍTULO XIII

En medio de muchas desazones hay ya en esta poesía un


espíritu bello, y por consiguiente, ingenio; a veces también
hay verdad, como en la pasión del autor. Ahora es cierto
que Teobaldo estuvo enamorado de la reina Blanca, madre
de San Luis : esta circunstancia despierta el interés sobre
ciertos detalles de sus canciones, al dar alusiones más
transparentes:

Aquella que yo amo es de tal señorío


Que su belleza me hizo a otra dejar;
Cuando la veo no sé qué digo,
Tan sorprendido estoy que no me atrevo a rogar.

En la estrofa siguiente, Teobaldo nos pinta de una manera


divertida la torpeza y la molestia de sus propias
confesiones:

Es de algunos que me quieren culpar,


Cuando no digo de quien soy amigo;
Pero nadie todavía no sabrá mi pensar,
Nadie que haya nacido, fuera de vos a quien le digo
Cobardemente, con pavor, con duda:
Pudisteis bien entonces, a mi parecer
Mi corazón conocer.
¡Dama, gracias! Dadme la esperanza
De alegría tener.

Los versos que siguen no son ya una sosa explicación de


las canciones provenzales, en ellos se halla una mezcla
amable de ingenio y sensibilidad. Es ahora algo de
Chaulieu;

Mis cantos están todos llenos de ira y de dolor;


Y no sé si canto o si lloro.

Vio a su señorita en sueños y desea prolongar su


felicidad.

Alguna vez la vi
En sueños de puro ocio…
Cuando yo lloraba tiernamente.
¡Oh! ¡Quisiera mientras duermo
Pasar así mi vida!
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 153

Para un discípulo de los trovadores, Teobaldo estremece


muy bruscamente la cadena del lugar común. Condena todas
esas descripciones de la primavera tan preciadas por
nuestros antiguos poetas:
Flor ni hoja no vale nada al cantar,

dice. Se burla con agrado de las exageraciones que había


imitado, esas eternas amenazas de morir de amor. Deja
parecer a hurtadillas ese cierto buen sentido champañés, que
se encuentra en el medio entre la ingenuidad y la malicia.

Señora, yo os pregunto,
¿Pensáis no sea pecado
Asesinar a vuestro verdadero amante?
Verlo; sabedlo bien.
Por favor, no me matéis;
Puesto que, os lo digo verdaderamente,
Aunque el amor sea tormento,
Si me amarais mejor vivo,
No estaría nada enojado.

El rey de Navarra permaneció, en efecto, vivo y vividor,


gordo y rechoncho en realidad; enfermo de amor solamente
por metáfora. Es así que se pinta a sí mismo en las tensó,
donde con esos nobles pero alegres compadres, Felipe de
Nanteuil, Guillaume de Viviers, Baudouin de Reims y otros,
trata los problemas de una moral bastante escabrosa. Luego,
de repente, aparece Felipe converso. Declama largo y
tendido contra la corrupción del mundo. El diablo, dice, ha
lanzado cuatro anzuelos: lujuria, envidia, orgullo y
deslealtad, y Dios sabe si el pícaro ha tenido una buena
pesca. Para nuestro poeta, no quiere ninguna otra dama que
la virgen María. De ahora en adelante, es ella a quien él
canta: parafrasea cada una de las cinco cartas de su nombre
sagrado, y allí encuentra las maravillas de los méritos y la
gloria. Finalmente el rey de
154 CAPÍTULO XIII

Navarra predica en versos la cruzada; lo hace mejor, parte y


vuelve a morir en su Champaña a la edad de 52 años. ¿Es un
error del copista en la clasificación de las piezas? No sé; pero
algunos versos de amor puestos luego de las canciones
devotas harían temer que el buen rey no haya mordido todavía
por reincidencia al menos uno de los cuatro anzuelos.
Se asombra uno de los progresos que el espíritu francés ha
cumplido en este escritor. En él, el buen sentido no es
solamente ingenuo, llega a veces hasta la delicadeza del
pensamiento; se eleva hasta las ideas generales y las expresa
con una justeza sorprendente. Los ejemplos de estas
cualidades son raros todavía, lo admito; he aquí uno que vale
por algunos más:

No digo que nadie ame locamente:


Puesto que el más loco hace mejor al apreciar…
De amar mucho no puede nadie
Salvo el corazón, que da el talento:
Quien más amó de fino corazón, lealmente
Ese sabe más… y menos se sabe ayudar.

Estos versos, escritos en el siglo XIII, parecían anunciar al


futuro el desarrollo rápido de la poesía francesa: al leerlos uno
cree tocar ya a Marot, a Régnier. No fue, sin embargo, nada
de eso. Una fuerza de resistencia invencible paró todavía dos
siglos más este primer impulso. Las desgracias de Francia, la
invasión de los ingleses, la incapacidad de los gobiernos, no
hacen sino explicar muy bien este tiempo de suspensión en la
evolución del pensamiento. No obstante hay que agregar otra
causa más íntima y decisiva todavía. El estudio de un amable
poeta que termina el período de la edad media nos la va a
revelar. Queremos hablar de Carlos de Orleans 1.

1
Nieto de Carlos V y padre de Luis XII; nació en 1391, murió en 1465. Se tienen de
él 52 baladas, siete endechas, 131 canciones y 402 rondelas. –Ediciones: Chalvet, en
Grenoble, 1803; Guichard, en París, 1842, Vol. 1; Aimé Champollion-Figeae, en
París, 1842, Vol. 1. Esta última edición es la mejor.
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 155

Deberíamos primero hacer mención de Froissard, como


autor de baladas, de rondeles, de virelayes, si no se había
hecho él mismo una mejor parte en la historia literaria, y si no
tuviésemos que encontrarlo en el primer puesto entre nuestros
cronistas. Por otra parte, no hace falta que el nombre de
Froissard nos haga ilusiones, y nos seduzca al punto de volver
a darle al poeta el reconocimiento que le debemos al narrador.
Froissard es un narrador encantador, incluso en verso; nada
más espiritual que el Dit du florin, conversación picante entre
el autor y una moneda solitaria, que por casualidad se quedó
en su bolsa; nada más divertido que el diálogo entre el caballo
que lleva al poeta en sus aventuradas excursiones y el fiel
galgo que le sigue; pero las canciones y las poesías líricas de
este escritor nos parecen desprovistas de todo mérito: se
encuentra o el vacío perfecto o la investigación más fatigante.
Nunca está más contento que cuando, con la ayuda de una
larga alegoría, titulada El reloj del amor, compara parte por
parte el corazón del hombre con un reloj de péndulo. Cada
pasión corresponde a una parte de la máquina: el deseo es el
grande resorte, la belleza sirve de contrapeso, etc. Froissart no
tiene siquiera el sentimiento de la armonía: nada más mal
fraseado que sus versos líricos; cree alcanzar la perfección
bajo esa razón al crearse dificultades pueriles, como, por
ejemplo, aquella de comenzar cada verso por la palabra final
del verso precedente. Pero ya son bastantes críticas;
reservemos al encantador cronista toda la gloria que le
pertenece. Sus defectos, como poeta lírico, son de la mayoría
de los de su época. Los vamos a estudiar bajo una forma más
agradable, en las elegantes poesías del hijo de Valentina de
Milán.
Aquí no es el sentimiento de la melodía el que hace el
defecto. Nunca nadie fue dotado quizás a un grado más alto
del instinto natural del ritmo. La armonía de los poemas de
Carlos de Orleans no es solamente de palabras, sino de las
proporciones en el desarrollo del pensamiento. Cada una de
sus piezas es un todo, un conjunto, de los más frágiles, sin
duda, pero perfectamente organizado, que se abre
regularmente, con
156 CAPÍTULO XIII

gracia, alrededor de una idea, de un estribillo, como una


planta alrededor de su fibra central. Se puede citar de él, no
solamente versos aislados, expresiones alegres, ingeniosas
estrofas, como en las canciones de Teobaldo, sino piezas
enteras, que forman una encantadora unidad. Por primera vez,
la poesía francesa atrae la belleza de la forma y produce al fin
una obra de arte. Es que un primer rayo del Renacimiento
doraba ya de lejos las eminencias de la corte. La influencia de
Italia hacía germinar un gusto prematuro de elegancia y
gracia.
No exageremos sin embargo el mérito de Carlos de Orleans.
Es solo el último y más perfecto intérprete de ese lirismo de la
edad media, que en el siglo XIV se moría de delgadez e
inanición. Se puede decir de sus obras, con el poeta latino,
que el arte sobrepasa por mucho la materia, materiam
superabar opus. Hay poca inspiración, todavía menos
pensamiento. Toda su poesía no es más que el eco armonioso
del Roman de la rosa. Toca la lira como Guillaume de Lorris
había tratado la epopeya: uno y otro cantan los mismos
héroes; todos dos se ocupan mucho de ‘Desconfort’
(Incomodidad), ‘Bel-Accueil’ (Buen recibimiento), de
‘Dangier’ (Peligro) el desleal, personajes muy poco animados,
a pesar de todas sus galantes hazañas; y si Carlos pone más
gracia en sus versos, no tiene mucha más pasión. Su corazón
es un castillo que asedia el Faux-Dangier (Falso Peligro),
Déplaisir (Disgusto) le guerrea, Espérance (Esperanza) lo
sostiene. Envía un mensaje a la casa solariega de Joie
(Alegría), para recomendarla a Plaisir (Placer). Solo le queda
embarcarse en el río de Tendre (Tierno), en compañía de la
Sta. de Scudéry. Todo eso es sin embargo menos frío en
Carlos de Orleans de lo que uno estaría tentado a creer. En
primer lugar, cada pieza es muy-corta: la alegoría no tiene el
tiempo de producir todos sus efectos naturales: sonríe sin
aburrir; y además, el poeta se encariña él mismo de tan buena
fe con su idea, por insuficiente que sea, que su interés tiene
algo de simpático. Se siente que él se aficiona a eso que les
dice: está enamorado de su pensamiento, tanto al menos como
de su dama.
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 157

No nos rehusaremos el placer de transcribir aquí algunas


de esas piezas encantadoras, bonitas centellas, que pecan por
exceso de elegancia al seno de una época todavía bárbara.

CANCIÓN
Restaurad el castillo de mi corazón.
De algunos víveres de alegre complacencia;
Puesto que Falso-Peligro, con su alianza,
Lo ha asediado en la torre de dolor.

Si no queréis la sede sin demora


Por la tarde levantar, o romper por fuerza,
Restaurad el castillo de mi corazón
De algunos víveres de alegre complacencia.

No permitáis que Peligro sea señor


Al conquistar bajo su obediencia
Eso que tenéis bajo tu pertenencia.
Avanzad y conservad vuestro honor;
Restaurad el castillo de mi corazón.

BALADA
No hace mucho que iba a hablar
Con mi corazón muy en secreto,
Y le aconsejaba quitarse
Fuera del pensamiento de amor;
Pero él me dice, intrépidamente:
“No me habléis más, os lo suplico;
Amaré siempre, si me ama Dios:
Puesto que la más bella he escogido:
Así me han contado mis ojos”.

Entonces digo: “Os ruego me perdonéis:


Puesto que os digo bajo juramento
Que consejo os creo dar,
En mi poder, muy-lealmente.
¿Queréis sin consuelo
En dolor terminar vuestra vida?
— ¡No, no, no!, dice, hubiese preferido;
Señora me ha hecho el rostro alegre:
Así me han contado mis ojos.
158 CAPÍTULO XIII

— ¿Creéis saber sin dudar,


De un solo vistazo solamente,
Dígole entonces, todo su pensar?
Ojo que ríe a veces miente.
— Callad, me dice, en verdad:
No creería nada que me digan;
Pero le serviría en todo lugar;
Porque de todos bienes se enriquece;
Así me han contado mis ojos.

Era imposible entablar con más ingenio esta larga disputa de


los sentidos y la razón, en la cual Boileau ridiculizó las
fastidiosas repeticiones.
Se podría extraer sin mucho esfuerzo al menos veinte piezas
tan agradables. Sin embargo al leer las obras de Carlos de
Orleans, a duras penas uno se sorprende de ver que el asesinato
de su padre, la pérdida de la mujer que había amado tanto, su
larga cautividad, por último el espectáculo de desgracias de
Francia, no habían arrancado a este ni un grito de pasión
profunda. ¡Qué! ¡Ni incluso la sangrienta batalla de Azincourt,
en la cual fue prisionero, en la que perece la flor de la caballería
francesa, ni incluso la reanudación milagrosa del reino por la
noble virgen de Vaucouleurs, pudieron interrumpir sus dulces y
monótonas protestas de amor! ¡Carlos, príncipe de Francia, tuvo
oro para los padres de Juana de Arco; y poeta, él no tuvo un
himno por su memoria! Pensamos que no hay que acusar a su
corazón, en cambio a su poética. Carlos no consideraba la
poesía como la expresión simple e ingenua de las emociones del
alma: era para él una diversión de la imaginación, especie de
bordado hábil que se hacía con el espíritu. ¿Se puede pensar que
la tristeza de su prisión en Pomfret, las penas del
distanciamiento, la alegría de la liberación, la felicidad de
volver a ver la tierra natal no cantaron en el corazón del
príncipe una poesía cien veces más conmovedora que las
ingeniosas combinaciones de sus personajes alegóricos? Pero
esta poesía era toda para él solo: tuvo miedo de profanar el
pudor, al exponerlo a plena luz: no conocía su simple y patético
lenguaje: su lira no resonaba sino al unísono
CANTOS LÍRICOS DE LOS TROVEROS 159

de su espíritu. ¡Creería uno que en una pieza en la que


pretende deplorar la muerte de su dama querida, del único
objeto de sus cantos, tiene el triste coraje de decirnos que al
haber jugado ajedrez con Falso-Peligro, en presencia de
Amor, Fortuna se puso traidoramente de parte de su
adversario y tomó repentinamente a su reina: que en
consecuencia él estará en mate si no hace una reina nueva, en
vista de que no sabe guardarse bien de las torres de Fortuna!
Una vez intentó ascender a personajes serios. Compuso un
poema titulado: Queja de Francia. Es difícil fracasar más
completamente. Luego de la primera estrofa en la que Carlos
se expresa como caballero, no habla más que como un frío
predicador. Revela las causas de las desgracias de Francia,
que encuentra en el orgullo, la gula, la pereza, la envidia y la
lujuria. Tranquiliza a su patria al recordarle que Dios le dio la
oriflama y la sagrada ampolla, traída por una paloma, que
está llena de simpleza, que finalmente posee en más grande
cantidad que el resto de Europa reliquias de santos. Le señala,
como remedo a sus males, hacer cantos y decir mucha misa.
Esta pieza nos lleva a la causa de inferioridad en la que
languidecía entonces la poesía, y de su poca aptitud para los
temas verdaderamente importantes. Esta causa es la misma
que encadenaba en la edad media todo impulso de inteligencia
laica. Es la costumbre, el prejuicio que reservaba a la sociedad
clerical el dominio exclusivo del pensamiento serio. La
feudalidad de la edad media y los príncipes de los siglos XIV
y XV pretendían zanjar todas las preguntas por la fuerza de
las armas. No sospechaban otro poder que aquel del hierro. La
palabra y sobre todo la poesía no eran a sus ojos más que
juego brillante, complemento necesario de los festines y los
torneos. En cuanto a los asuntos del alma, a aquellos que
concernían al dogma, la filosofía, la conciencia, las pasiones
profundas, en una palabra, la vida moral entera, eran quitadas
al examen del simple fiel y liberadas enteramente al
sacerdote. El laico no tenía necesidad de pensar: le bastaba
creer. La Iglesia pensaba, discutía, decidía por él. La
inteligencia secular, debilitada por ese estado de perpetua
minoridad, recaía en un vacío profundo,
160 CAPÍTULO XIV

o usaba su actividad en las combinaciones más frívolas.


Trenzar las palabras, inventar alegorías, agarrar y pintar
sentimientos a flor del alma, tal fue la poesía de los laicos más
ingeniosos desde que dejó de estar inspirada por el entusiasmo
guerrero. Ella no supo nada de los eternos destinos del
hombre, de sus aspiraciones más ardientes, de sus más nobles
emociones.
No es nunca impunemente que el hombre renuncia a las más
santas facultades de su alma. La poesía feudal se hacía
culpable de esta funesta abdicación: fue castigada por la
impotencia.

CAPÍTULO XIV
SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA

Superioridad de la sociedad clerical — Abadías normandas —


Escuelas de París; universidades — Órdenes religiosas

Superioridad de la sociedad clerical

Al par de esta sociedad mundana y feudal, que solo


empleaba su joven lengua en cantos de guerra y de amor y que
parecía creer que la palabra solo es dada al hombre para
cautivar sus horas de ocio, existía otra sociedad grave, severa,
compuesta de las más altas inteligencias, de los espíritus más
activos, los más influyentes de la edad media. Para ella la
palabra era el instrumento del poder: era ella quien formulaba
los dogmas, es decir la opinión pública, quien predicaba, quien
confesaba, quien dirigía las almas, es decir gobernada las
naciones. No había adoptado los nuevos idiomas de Europa,
demasiado frágiles todavía para sus fuertes pensamientos;
arraigada en el pasado, hablaba la lengua: guardaba el idioma
imperecedero de Roma, como una garantía de inmortalidad, o
por un vago instinto de dominación. Conservaba piadosamente
la santa tradición de las letras antiguas, depósito fatal que
debía un día explotar en sus manos.
SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA 161

El poder del clero en la edad media era de los más


legítimos. Solo él aportaba algo de unidad en el caos feudal:
unidad de fe, de costumbres, y, hasta un cierto punto, de
lenguaje. Considerado desde un punto de vista puramente
profano, el culto católico fue para Europa eso que los juegos
olímpicos habían sido para Grecia: los concilios fueron sus
asambleas anfictiónicas. El papado jugó el rol de la
hegemonía macedónica: lanzó por una segunda vez a toda
Europa contra Asia. A pesar de estas analogías, una
importante diferencia estalla entre las dos épocas: la
federación católica descansa, en principio por lo menos, sobre
una idea completamente espiritual. La Iglesia no es más el
imperio de la fuerza: es la asociación libre de las inteligencias.
Fiel a su programa, ella hubiese alcanzado al segundo paso el
objetivo que perseguimos todavía, el orden por la libertad.
Supo por lo menos tender a esto algunas veces: mientras que
el mundo laico estaba abandonado a todos esos privilegios de
la fuerza, a todas las casualidades del nacimiento, la Iglesia
solo admitía el principio de la elección: el obispo era elegido
por los sacerdotes, el abad por los monjes, el papa por el
colegio de los cardenales. A veces la elección descendía del
superior al inferior; pero que ascendiera o descendiera era
siempre la elección. La Iglesia cristiana era la sociedad más
popular, más accesible a todos los talentos, a todas las nobles
ambiciones. Allí estaba sobre todo el principio de su fuerza, la
verdadera causa de su indiscutible superioridad.
No obstante esta sociedad se había equivocado al aislar
demasiado completamente la masa de sus fieles. Los laicos
asistían, como simples espectadores, al gobierno de la Iglesia.
Los asuntos y las discusiones religiosas eran el dominio
privilegiado de los clérigos: incluso desde el punto de vista
literario, resultó de este divorcio un gran mal para las dos
sociedades: una permaneció más ignorante, la otra más
pedantesca. A aquella le faltó la instrucción y el impulso de
inteligencia; a esta el sentido práctico y el movimiento de la
vida. La separación de las dos sociedades estaba en el siglo
XII casi consumada. Sin Gregorio VII y el celibato de los
162 CAPÍTULO XIV

sacerdotes, el clero se habría convertido una casta.


Esta fue al menos una clase muy distinta, sobre la cual
debemos estudiar separadamente la fisionomía, las obras, la
influencia.

Abadías normandas

Los tiempos carolingios le habían heredado a la edad media


un gran número de escuelas episcopales, de las cuales las más
célebres eran aquellas de Tours, restaurada por Alcuino,
aquella de Reims, que compartía el esplendor de la primer
sede episcopal de Francia, aquella de Maus, de Angers, de
Lieja. El siglo XI vio nacer o reflorecer un gran número de
ellas; al pie de cada catedral se levantó un seminario. Es sobre
todo en el norte y centro de Francia donde tienen un
desarrollo más rico. El Mediodía, más elegante, más dado al
culto de las artes, parece tener ya menos de esta paciencia
laboriosa que exige la erudición. Tiene más cortes de amor
que escuelas célebres, más trovadores que teólogos.
Normandía es el principal foco de la ciencia. Los hijos de
los piratas escandinavos, que un siglo antes llevaron a toda la
Galia franca la devastación y el pavor, son, en el siglo XI, los
propagadores más celosos de la civilización. No saben ya la
lengua de sus padres: olvidaron su sangrienta religión y llevan
al servicio del cristianismo todo el ardor, toda la energía de un
pueblo joven. Guillermo el Conquistador, quien mereció el
nombre del Gran Batallador, había multiplicado las escuelas
al multiplicar las iglesias y los monasterios. Normandía
contaba con orgullo, además de las escuelas de Rouen, con
aquellas de Caen, Fontenelle, Lisieux, Fécamp y muchas otras
que sería extenso enumerar aquí.
A menudo era lejos de las ciudades, en las soledades
profundas, en medio de bosques espesos que se abría el asilo
de la oración y el estudio. En una península del Sena, rodeada
de praderas, sombra y silencio, se elevaba la famosa abadía de
Jumièges. La abadía de Bec, más famosa todavía, estaba
situada en un valle desierto de Normandía. Hoy se ven los
SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA 163
restos: a poca distancia de la pequeña ciudad de Brionne, una
torre se eleva entre los árboles al bordo de una quebrada: es
allí donde vivieron, antes de sus promociones sucesivas a la
sede episcopal de Canterbury, el italiano Lanfranc y el
piamontés Anselmo, su discípulo; es de allí de donde partió la
señal del movimiento intelectual que agitó el siglo XII.
Lanfranc es puramente teólogo; es el adversario de Bérenger,
cuya duda audaz se anticipó a Luther en sus ataques contra la
eucaristía. Anselmo ya es filósofo, pero ortodoxo. Una de sus
obras, titulada Monólogo, supone un hombre ignorante que
busca la verdad por las solas fuerzas de la razón, ficción audaz
para la época, dice el Sr. Cousin, aunque esta no fue una
ficción. 1 Esta audacia de examen no era en Anselmo un
sentimiento fortuito y fugitivo, una chispa de libertad en medio
de las santas tinieblas de la fe. Él mismo nos enseña que el
Monólogo no es más que el resumen de su enseñanza. Los
monjes de Bec le pidieron redactar lo que les había dicho en las
entrevistas familiares. Le impusieron esta condición: que nada
fuese establecido por la autoridad de la Escritura; pero que
todas las aserciones fueran demostradas por la necesidad de la
razón y por la evidencia de la verdad. Así, por primera vez en
los tiempos modernos, la teología hablaba el lenguaje de la
filosofía. El Monólogo de Anselmo era un antecedente de las
Meditaciones de Descartes, con el cual tiene muchas ideas
comunes. Otro escrito del mismo santo presenta una relación
no menos extraña con aquellas del padre de la filosofía
moderna. En él se encuentra el famoso argumento en el que de
la sola idea de Dios deriva la demostración de su existencia. El
mismo título de esta obra de Anselmo revela ya esta tendencia.
Esta titulada: la Fe buscando comprender, Proslogium, seu
fides quaerens intellectum.
Si Normandía tuvo en la edad media el honor de despertar la
vida de la inteligencia, París era ya el más ardiente foco de
esta. Es allí que alrededor de los maestros más famosos acudían
de toda Europa una multitud de discípulos; es allí que se
libraron los grandes torneos de la escolástica; que se elaboraron

1
Histoire de la philosophie au dix-huitième siècle, lección IX.
las
164 CAPÍTULO XIV
doctrinas que agitaban la opinión de toda la cristiandad,
provocaban los concilios, inquietaban y alegraban por turno al
papa sobre su trono apostólico.

Escuelas de París; universidades

En París, como en todas partes, fue a la sombra de la iglesia


episcopal que nació la enseñanza. Se daba al principio en la
casa del obispo o en el claustro de la catedral: pero pronto los
canónigos, al encontrar la ciencia más ruidosa, la relegaron a la
plaza Notre-Dame, entre el palacio episcopal y el Hôtel-Dieu.
Hubo sin embargo una excepción en este fallo de destierro: se
mantuvo en el interior del claustro a los jóvenes estudiantes
unidos al servicio de la iglesia; se les añadió a los hijos de
ilustre linaje, los cuales sin duda no hacían ningún ruido.
Encontramos entre otros privilegiados los dos hijos de Luis
el Gordo, de los cuales uno fue rey de Francia bajo el
nombre de Luis VII y el otro llegó a ser arcediano de la
misma iglesia. Las razas reales iban ya a buscar en las
escuelas públicas la popularidad no menos que la
instrucción.
Junto con la escuela episcopal se formaron pronto otros
que brillaron. Guillermo de Champeaux, uno de los más
célebres doctores del siglo XII, luego de haber enseñado en
el claustro, transportó su cátedra al priorato de Saint-Victor.
Era una simple capilla levantada por los canónigos
regulares, y que, situada fuera de la ciudad, parecía ofrecer a
la enseñanza la calma y la soledad. Guillermo se retiró allí,
pero la multitud le siguió. La escolástica venía de pasar el Sena
y escaló pronto la montaña Santa Genoveva. En vano el
canciller de Notre-Dame, que hasta entonces había tenido solo
el derecho de conceder la licencia o permiso de enseñar,
amenazó la fugitiva de los rayos de la excomunión: esta se
obstinó en no abandonar el monte sagrado; los canónigos de
Santa Genoveva vinieron en su ayuda: pretendieron, ellos
también, tener el derecho de conferir la licencia en la extensión
de su señorío. La victoria quedó para la libertad de la
enseñanza, libertad del siglo XII, por supuesto, con la voluntad
de un canciller por garantía, y la hoguera por restricción.
SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA 165

El barrio latino se pobló en seguida de una multitud de


escolares y maestros. Esto no era todavía la Universidad, eran
los elementos de la misma, que tendían poco a poco a la
organización. Pedro Abelardo, de quien hablaremos luego,
estableció su escuela sobre la cima de la montaña. No lejos de
él enseñaba el docto Joscelin; también se veía, se escuchaba de
lejos la escuela de Alberico de Reims, hombre con mucha
labia, profesor brillante cuando había preparado su lección,
pero fácil de desconcertar al momento de una objeción
imprevista. Por último Robert de Melun, profesor emérito, que
hizo el viaje de Boloña para aprender derecho, olvidó en Italia,
dice un contemporáneo, lo que había enseñado en Francia, y
volvió a la montaña Santa Genoveva a enseñar lo que había
olvidado. Este inconveniente no impidió que él obtuviera una
gran reputación, añaden los benedictinos de la Histoire
littéraire. Hacia finales del siglo XII, los profesores llegaron a
ser todavía más numerosos; los documentos del tiempo nos
muestran hasta doce enseñando a la vez, y la lista sin duda está
lejos de ser completa.
Es a comienzos del siglo XIII que la Universidad de París
aparece de una manera segura, como un cuerpo definitivamente
constituido. Todo anuncia una compañía naciente: institución
de oficios, privilegios de nueva concesión, reglamentos que
suponen usos no escritos. Se siente que es un edificio nuevo
construido sobre cimientos antiguos. Este cuerpo llegó a ser
pronto formidable por el número de sus secuaces, la influencia
de sus doctrinas y las distinciones que esperaban o sobre todo
exigían sus laureados. Entre los discípulos del mismo
Abelardo, se cuenta uno que llegó a ser papa, veinte que fueron
cardenales, y más de cincuenta, obispos o arzobispos. Es a
título de profesores que Guillermo de Champeaux y Joscelin
fueron llamados a un concilio. Alejandro III encargaba a su
legado en Francia de señalarle todos los temas que por su
ciencia podían llegar a ser los ornamentos de la Iglesia romana,
y ese legado lo nombraba tres profesores de las escuelas de
París. Inocencio III, Roberto de Courson, su legado, Stephen
Langton, cardenal y arzobispo de Canterbury, eran alumnos de
la Universidad. Finalmente este es un hecho que prueba mejor
con todos los nombres propios la alta estima que se le daba a
este título. El rey
.
166 CAPÍTULO XIV

Juan sin Tierra, contra la voluntad de la cual Stephen había sido


nombrado arzobispo, rechazaba al nuevo elegido, alegando por
razón que no le conocía. El papa pretendía refutar con
suficiencia su pretexto, sosteniendo que un hombre que nació
como su súbdito y doctor de la Universidad de París no podía
serle desconocido.
Atraídos por el brillo y sobre todo por los beneficios de la
ciencia, una multitud de estudiantes acudían de todas las
provincias y de todos los reinos. Entre los ilustres extranjeros
que se hicieron discípulos de las escuelas de París nos
limitaremos a nombrar a Juan de Salisbury, la mente más
cultivada del siglo XIII, que nos dejó una imagen interesante de
toda esta sociedad erudita y pendenciera 1; el monje Roger
Bacon, cuyo genio profetizó los más maravillosos
descubrimientos de nuestra industria moderna, y Brunetto
Latini, el maestro del gran poeta Dante, Brunetto quien hizo a la
lengua francesa del siglo XIII la insignia honor de preferirla al
idioma de su ilustre discípulo, y de servirse de ella para
componer su Trésor de sapience, porque, nos dice, la parleure
en est la plus délitable. Quizás el mismo Dante, que en su
tormentosa carrera fue dos veces a visitar Francia, fue a sentarse
entre los escolares de la calle de Fouare, para escuchar al
profesor Sigier, de quien conocía tan bien las peligrosas
audacias. 2
Reunida así de todas las tierras de Europa, la nación latina
tenía sus costumbres, su carácter, su fisionomía. La Universidad
poblaba todo un barrio de París, el tercio de la ciudad. Cada
año, en el mes de junio, mientras se volvía a la bendición de la
feria del Lendit, la cabeza de la procesión estaba ya en San
Denis, mientras que el rector, quien cerraba la marcha, no había
atravesado aún el umbral de Saint-Julien le Pauvre; y cuando
votaba esta república en el sufragio universal, se podía obtener

1
Johannis Saresberiensis Metalogicus. — Ejusdem epistola LXII.
2
Paradiso, canto X.
Essa è la luce eterna di Sigieri,
Che leggendo, nel vico degli Strami,
Sillogizzò invidiosi veri.
en favor de una pregunta hasta diez mil votos. Sus escolares,

SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA 167

pobres y revoltosos en su mayoría, iban a veces de día a


mendigar el pan que comían luego en la paja que les servía
de asiento. Llenos del privilegio por el cual Felipe II de
Francia les había sustraído de la jurisdicción civil, en la
noche se les escuchaba a menudo recorrer los cruces de
París, combatiendo a los burgueses, llevándose sus mujeres;
luego, si algún preboste se permitía castigar a los más
batalladores, la Universidad suspendía sus cursos y el
preboste se retractaba.
Un contemporáneo, Jean d’Antville, nos hace en su poema
titulado Archithrenius o la Gran lamentación, un retrato
impresionante del escolar en el siglo XIII:

Sobre su frente se eriza una amplia cabellera


Cuyo peine por mucho tiempo ha descuidado la cultura;
Nunca un dedo coqueto, una mano atenta
A los cabellos extraviados les mostró su camino.
Un cuidado más importante aguijonea a su maestro:
Hay que expulsar el hambre siempre pronta a renacer.
El tiempo de su manto se suspende, de un dedo burlón,
El flequillo que olvidó la aguja del sastre.

La cocina del escolar no vale más que su baño

Cerca del tizón murmura una pequeña vasija


Donde nadan arvejas secas, una cebolla solitaria,
Habas, un puerro, escasa esperanza de cena:
Aquí cocer los manjares, es aliñarlos:
Y cuando el espíritu se embriaga en las fuentes de
Hipocrene,
La boca no conoce más que las aguas del Sena.

Luego que el escolar disminuyó su hambre, va a


consumirse sobre una de las camas más duras, que no es
mucho más alta que el suelo; es allí que yace a menudo sin
sueño el incansable atleta de la lógica, el heredero de
Aristóteles. La luz avara de una lámpara le reseca los ojos,
mientras que
La oreja sobre su mano, el codo sobre su libro,
A esas muertes inmortales todo entero se libra.
Si algún nudo tenaz detiene su espíritu,
Él lucha con esfuerzo; inclinado sobre este escrito,
168 CAPÍTULO XIV

De un fuego sombrío y ardiendo su ojo hueco se ilumina,


Su mentón inclinado pesa sobre su pecho 1.

Se encuentra en los versos originales de Jean d’Antville algo de


este entusiasmo febril, de este paciente furor del cual tenía sin duda a
la vista más de un ejemplo. Muchos estudiantes envejecían, no sobre
los bancos, sino sobre la paja de la escuela. Juan de Salisbury nos
habla de algunos de sus condiscípulos que luego de doce años de
ausencia se encontraba a su regreso donde los había dejado a su
partida, siempre alumnos de la dialéctica, siempre lanzando contra
sus adversarios el arma bien conocida del silogismo y combatiendo
contra todo lo que viniera por el honor de la lógica.

Órdenes religiosas

Las órdenes religiosas fueron siempre los rivales, a menudo los


enemigos y sin embargo los auxiliares de las universidades en la obra
de la civilización. Los antiguos monasterios habían sufrido una
saludable reforma. Robert de Molêmes había introducido una regla

1
Esta es la versión original de algunos de los versos de Jean d'Antville.

Neglecto pectinis usu


Caesaries surgit, digito non tersa colenti.
Non coluisse comam studio delectat arantis
Pectinis, errantique viam monstrasse capillo.
....Major depellere pugna
Sollicitudo famen : longo defringitur aevo
Qua latitat vestis : aetatis fimbria longe
Est, non artificis.
……………………………………………………
Admoto immurmurat igni
Urceolus, quo pisa natant, quo coepe vagatur,
Quo faba, quo porrus, capiti tormenta minantur.
Hic coxisse dapes est condidisse…
Quae Thetyn ore bibit, animo bibit ebria Phoebum.
……………………………………………………
Et libro et cubito dextraeque innixus et auri.
Quid nova, quid veterum peperit cautela revolvit.
....Si quid nodosius obstat
Ingeniumque tenet, pugnut conanime toto
Pectoris exertus, pronisque ignescit ocellis
Immergitque caput gremio.
SOCIEDAD CLERICAL EN LA EDAD MEDIA 169

severa en Citeaux; san Norberto había disciplinado y regulado


a los canónigos. Cluny había tenido también su reforma: san
Bernardo había fundado Claraval. El siglo XII estableció un
montón de nuevos monasterios: los canónigos regulares, los
Cartujos, los Cistercienses, los Premonstratenses cubrieron
Europa con sus numerosos enjambres. El siglo XIII vio nacer
una milicia monacal de un carácter muy diferente. Al
corriente por ruidos vagos sobre peligros que amenazaban la
ortodoxia católica, Roma, con esta sagacidad profunda que la
caracteriza, cambió la forma y el empleo del monacato. No se
contentó más con monjes de claustro y sedentarios que tenían
de alguna manera guarnición en Europa; puso en marcha allí,
como un ejército de invasión, dos órdenes nuevas de una clase
marcial. Milicia intrépida y dócil, los dominicos y los
franciscanos se adelantaban listos para todo, armados a la
ligera, con sus alforjas y sus hábitos sin reservas, sin
provisiones, viviendo como las aves del cielo: hay que
excomulgarlos para hacerles aceptar la propiedad de sus
alimentos. Es verdad que rinden por otra parte tributo a la
humanidad: se dejan ir sin escrúpulo al espíritu de cuerpo, ese
egoísmo colectivo. La Universidad de París vio con pavor
adelantarse en orden estos nuevos doctores que reclamaban el
derecho de invadirla; los rechazó por mucho tiempo; pero
finalmente, de guerra hastiada, vencida por la santa
obstinación y por los anatemas de la santa sede, les abre a
disgusto sus puertas y les concedió sus grados y honores.
Sin embargo los antiguos monasterios trabajaban en la
educación de Europa de una manera menos ruidosa, pero no
menos eficaz. Los Cistercienses no poseían escuelas públicas,
pero tenían la cátedra cristiana y la llenaban con una
escrupulosa ortodoxia. Uno de sus religiosos venía a dejar
escapar un error, tan pronto como los jefes de la orden le
prohibían la predicación; le quitaban sus libros, sus repisas, su
papel; le prohibían para siempre escribir. En el interior del
claustro, se entregaban con celo a la transcripción de libros.
Esta es también la ocupación especial de la cual los Cartujos
entremezclaban sus largas austeridades. Los canónigos
Premonstratenses ponían su gloria en formar ricas bibliotecas.
Émon, uno de sus abades, copió, con la ayuda de su hermano,
todos los autores de teología, escolástica y derecho que
170 CAPÍTULO XV

pudieron encontrar en el curso de sus estudios. Era una


vergüenza para un convento no tener biblioteca. Esta opinión
era formulada en una especie de proverbio, donde una
consonancia ingeniosa hacía resurgir la analogía de las ideas:
“Monasterio sin libros, lugar de guerra sin víveres, se decía.
Claustrum sine armario, quasi castrum sine armamentario”.
Nos queda penetrar en el recinto de las escuelas, en el
interior de los monasterios; para examinar la instrucción que
allí se daba, las obras literarias que sobre esto han salido y los
hombres distinguidos de quienes estos establecimientos han
heredado los nombres para la historia.

CAPÍTULO XV
OBRAS DE LA SOCIEDAD CLERICAL

Trivio; Cuadrivio; Escolástica — Grandes doctores católicos


La imitación de Jesucristo

Trivio; Cuadrivio; Escolástica

Los escasos vestigios de la ciencia grecolatina, recogidos


después de la época de las invasiones bárbaras, habían sido
reunidos en un doble conjunto y formaban un curso de
estudio en el que las artes liberales estaban reducidas a siete.
Los tres primeros grados de esta escala de la enseñanza eran
la gramática, la retórica y la dialéctica, esto es lo que se
llamaba el trivio; los cuatro escalones superiores contenían,
bajo el nombre de cuadrivio, la aritmética, la música, la
geometría y la astronomía. Esta clasificación racional de un
saber muy incompleto respondía bastante bien a la división
moderna de las letras y las ciencias. La edad media no la
había inventado; se la encuentra en Filón, en Tzetzes, que la
habían
OBRAS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 171

probablemente recibido de los pitagóricos. Fue por


Casiodoro y Marciano Capella que se introdujo en las
escuelas de Occidente. Esta enseñanza basta en adundnacia
a los esfuerzos de las escuelas carolingias; la edad media le
aportó importantes modificaciones. La ciencia cristiana por
excelencia, la teología, debió crearse en las escuelas un gran
lugar; la dialéctica, hastiada de mover palabras vanas, se
separó de la gramática para unirse a la teología. De esta
unión nació una ciencia totalmente nueva, que jugó el más
importante papel en la época de la que hablamos, devolvió a
la inteligencia humana un objeto serio, le creó una
gimnástica poderosa, pero la extravió demasiado a menudo
a la persecución de vanos fantasmas: quiero hablar de la
escolástica.
La escolástica es el primer síntoma del despertar de la
razón humana; es el primer atentado que el libre examen
hace a la autoridad. No es que la libertad renaciente tuviera
ya conciencia de sí misma; los dialécticos de la edad media
no atacan, en su mayoría, las creencias religiosas: reclaman
solamente el derecho de probarlas. La filosofía se limita al
rol modesto de ordenar, de regular las creencias que no ha
hecho, esperando el momento en el que podrá buscar ella
misma la verdad con sus riesgos y peligros. La escolástica
no es entonces más que el empleo de la filosofía como
simple forma, al servicio de la fe y bajo la vigilancia de la
autoridad religiosa. 1
La teología naciente se había ocupado exclusivamente de
recoger, sobre cada pregunta, pasajes de la Escritura y de
los Padres. Sus modestos autores se habían limitado a
transcribir, a compilar. Beda, Raban no hacen más que
extraer las opiniones de los grandes doctores de los seis
primeros siglos. A partir del siglo XI, el carácter de los
estudios religiosos cambió completamente; en el XIII, se
burlaban de los doctores que estudiaban todavía la santa
Escritura, y que llamaban por escarnio los teólogos de la

1
Véase Cousin, Histoire de lu philosophie moderne, lección VI.
Biblia. Se sustituía
172 CAPÍTULO XV

sus investigaciones por las conclusiones que producía una


sutil dialéctica aplicada a los principios generales del
catolicismo. La fe daba el punto de partida, la lógica
marchaba de consecuencia en consecuencia y llegaba al
dogma por fuerza de silogismos.
Las innovaciones de este método no pasaron sin
oposición. Un partidario de la antigua teología comparaba
espiritualmente las asperezas de la escolástica con las
espinas del pescado que pican en vez de alimentar. Hay que
cuidarse mucho, decía otro, de sembrar el bosque de
Aristóteles junto al altar del Señor, por miedo a oscurecer
aun los santos misterios de la fe. No amaban tampoco esas
ruidosas discusiones que parecían ya amenazantes para la
ortodoxia. Las aguas de Siloé corrían en silencio, decían, y
no se escuchó ni el ruido del martillo ni aquel de la hacha,
cuando Salomón construyó el primer templo de Jerusalén.
Hubo incluso un doctor, Hélinand, que se atrevió a
blasfemar contra Aristóteles, al punto de ponerlo en la
multitud de los monstruos de la naturaleza. Los dialécticos
prestaban demasiado el flanco a las críticas y al ridículo, por
la ausencia de ideas y el lujo de minucias con el que
brillaban sus argumentos. Juan de Salisbury nos cuenta con
una maliciosa sencillez la historia de su iniciación en los
misterios de la escolástica. Se cree a veces escuchar a
Sócrates enfrentándose con el sofista Eutidemo. Juan había
seguido la multitud y corrido, como los otros, a las escuelas
de los nuevos doctores. “Curioso, dice, por ver la luz que
solo ha sido revelada a ellos, me acerco y pregunto con un
humilde ruego si querían instruirme y hacerme, si se puede,
parecido a ellos mismos. Comienzan por hacerme grandes
promesas y me recomiendan en primer lugar guardar
silencio absoluto… Cuando una larga familiaridad me
concedió su benevolencia, insisto de nuevo, pregunto con
fuerza, conjuro con ternura que se me quiera abrir la puerta
misteriosa del arte. Finalmente se me oye: comenzamos por
la definición. Mi maestro me muestra pocas palabras para
definir todo lo que quiero: para eso solo se trata de plantear
el género al que pertenece el objeto en cuestión y de allí
juntar las diferencias sustanciales, hasta que se llegue a una
ecuación perfecta con la cosa definida. Así es como adquirí
el talento de definir. Pasamos luego al arte de dividir.
OBRAS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 173

Aquí se me advirtió que, para hacer buenas divisiones, había


que distribuir un género en sus especies, lo que se podía hacer
cómodamente en el medio de las diferencias o por la afirmación
y la negación. Tened un todo completo, reducidlo a sus partes
de las que está compuesto integralmente; repartid el universal
en individualidades y potencias virtuales. Si es una palabra lo
que queréis dividir, enumerar sus significaciones o sus formas
gramaticales. Me enseñan también a dividir el accidente en
sujetos, a enumerar todos los individuos que son susceptibles de
recibir este accidente, a dividir también el sujeto en accidentes,
cuando se trata de asignar la diversidad de las modificaciones
que le puedan ocurrir. Me enseñan incluso a dividir el accidente
en coaccidentes, cuando, en relación con la variedad de sujetos,
se muestra que son excedentes o excedidos…. Orgulloso de
todas estas cosas bellas, yo que soy un hombrecito de espíritu
poco sutil, dispuesto a creer en la palabra y poco apto para
comprender lo que escucho o leo, avanzo con mucha modestia
hacia mis maestros, hacia esos grandes hombres que no se
dignan a ignorar nada, y les pregunto cuál es el uso de todo
eso” 1.
Cuando nuestros doctores se dignaron a descender de las
alturas de la abstracción al suelo llano de las aplicaciones
vulgares, no estaban contentos de la elección de sus preguntas.
Para no tomar aquí ejemplos del dominio de las cosas
religiosas, examinaban seriamente si un cerdo que se lleva al
mercado para venderlo es sostenido por el hombre o por la
cuerda que se le ha puesto en el cuello; si aquel que compró la
sotana entera ha comprado para la misma la capucha. Como dos
negaciones en latín valen una afirmación, se la jugaban en
negaciones tan multiplicadas, que había que servirse de arvejas
o de habas para constatar el número y decidir si la proposición
era negativa o afirmativa.

1
Johannis Saresberiensis, Metalogieus.
174 CAPÍTULO XV

Estas imperfecciones, estas puerilidades de la dialéctica son solo la


exuberancia del razonamiento que comienza a disfrutar de sí mismo, así
como las inteligentes sutilezas de los trovadores solo eran la embriaguez
de una joven y lujuriante imaginación. No deberían cerrarnos los ojos
ante el verdadero alcance de las altas cuestiones filosóficas que supieron
abrirse camino a través de estas disputas. La querella entre los realistas
y los nominalistas, que domina todos los otros problemas de la
escolástica, encerraba, de manera rudimentaria, el renacimiento de las
dos escuelas inmortales del idealismo y el empirismo. Platón y
Aristóteles resucitados en el siglo XII.
El primero de estos filósofos apenas era conocido de nombre por los
hombres que retomaban su doctrina; sin embargo, el espíritu del
cristianismo era para ellos una magnífica traducción; la mayoría de los
padres de la iglesia son discípulos de Platón. Por otra parte, en el siglo
XII, solo se tenía de Aristóteles lo que había traducido y comentado
Boecio, es decir, una parte del Organum. Así, los dos ilustres
representantes de la filosofía antigua, bastante reconocidos por incitar el
amor de las altas especulaciones, no eran lo suficientemente conocidos
como para satisfacerlo.
TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 175

Se sabía exactamente lo que se necesitaba para querer aprender más


acerca de esto. Platón prestaba a la Edad Media su pensamiento;
Aristóteles, su método. Era, quizá, alcanzar en el primer paso los límites
definitivos de la filosofía y sus más sensatos resultados. Pero no basta
con tener la verdad, es necesario saber aún que se la domina. De allí la
necesidad de las discusiones, escuelas, sistemas, incluso errores, que
son solo verdades parciales destinadas a mezclarse algún día en una
opinión más amplia, idéntica a la que precedió a la disputa, pero
aclarada por todas las luces de la discusión.
Grandes doctores católicos
El reinado de la filosofía escolástica comenzó en el siglo XI, con
Roscelino de Compiègne, que levanta con mano audaz el estandarte del
empirismo. Para él solo existen los seres individuales, como el hombre o
los animales. Las clases que los contienen, los géneros, las especies,
como la humanidad, la creación, no tienen ninguna existencia real; estas
son palabras, nombres: Roscelino es nominalista. De esta doctrina a la
negación del misterio de la Trinidad hay sólo un paso y Roscelino lo
franquea; se volvió triteísta y murió como fugitivo, víctima de los
anatemas de la Iglesia.
El opositor de Roscelino es San Anselmo, del cual ya habíamos
hablado. Para él, las ideas, como las llama Platón, o los universales,
como los llamaríamos entonces, tienen una existencia independiente de
los individuos en los cuales se manifiestan. Admite, por ejemplo,
además de los hombres que existen, la humanidad que vive en cada uno
de ellos, así como también concibe un tiempo absoluto que las
duraciones particulares manifiestan, sin constituirlo; una verdad, una y
que subsiste por sí misma, un tipo absoluto del bien, que todos los
bienes particulares suponen y reflejan más o menos imperfectamente.
Anselmo va más allá; cae en la exageración de un pensamiento superior,
es decir, en el error: admite la existencia real de las abstracciones más
puras. El color es para él algo, independientemente del cuerpo
coloreado.
176 CAPÍTULO XV

Ve realidades por todas partes, es realista. En esta época, nadie se


olvida de la teología. Roscelino había lanzado las consecuencias de su
doctrina contra el dogma católico; Anselmo protege el dogma de las
consecuencias de la suya: escribió contra Roscelino el Tratado de la
Trinidad. 1
Para combatir el incipiente nominalismo, dos opositores no eran
demasiados. San Anselmo había hablado sobre todo en nombre de la fe;
Guillermo de Champeaux alzó su voz en nombre de la ciencia. Era un
archidiácono de Notre-Dame, que, como dijimos, enseñaba con
muchísimo éxito; primero lo hizo en la escuela del claustro, luego en la
Abadía de San Víctor. Toda su doctrina, todo su renombre estaba en su
apego al realismo. Lo profesaba desde hace mucho tiempo en medio de
una numerosa concurrencia cuando vino a sentarse frente a su silla un
joven bretón de figura agradable y dotado de un conjunto de talentos,
algo poco común en el siglo XII. Dominaba a fondo el trivium y
el quadrivium, hablaba un latín elegante, se dice sabía hebreo y algunas
palabras griegas, hacía versos encantadores y los cantaba de maravilla.
Pero su principal talento era la dialéctica; nadie podía escapar de las
ingeniosas redes de su argumentación: quienquiera que entrara en la liza
contra él debía renunciar y admitir su derrota. El pobre Guillermo de
Champeaux hizo el triste intento. Se vio obligado a confesar
públicamente que se equivocaba; modificó su doctrina de
los universales y perdió, con sus opiniones, parte de su fama y sus
discípulos.
El joven vencedor era Pedro Abelardo 2 . Los triunfos de sus
enseñanzas, las desgracias de sus amores, el odio de sus enemigos lo
revisten a distancia de una aureola poética. Es su figura pálida y
espiritual la que, con la gloriosa cabeza de San Bernardo, se destaca en
el fondo tan sombrío y tan monótono de la sociedad clerical del siglo
XII.

1. La filosofía casi siempre actúa en el arte. El contragolpe de estas disputas se sintió


en las composiciones de los troveros, que se llenaron de abstracciones activas, verdaderas
entidades escolásticas. Veáse lo que dijimos anteriormente sobre el Roman de la Rose y
las obras de Carlos de Orleans.
2. Nació en la diócesis de Nantes, en 1079; murió en 1142.
TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 177

Place verlo estableciendo en la montaña de Santa Genoveva, no su


escuela, sino su campo, pues hablaba al aire libre como los sofistas de la
antigüedad: ningún edificio habría podido contener la muchedumbre de
escolares que acudían a escucharlo, y que se conglomeraban, como un
anfiteatro vivo, a un lado de la colina, entre las vides y las flores. Se lo
sigue con admiración en las llanuras de la Champagne, cuando va en
soledad a construirse una cabaña a partir de follaje, cuando la
muchedumbre obstinada lo acompaña a pesar suyo, y cambia bajo sus
pasos el desierto por una ciudad. Una tierna piedad se une a sus amores
tan lejanos, y cuya expresión es aún muy abrasadora en las cartas de
Eloísa. Es un placer encontrarse en el siglo XII, a través de este tintineo
de silogismos, el acento natural del corazón; era necesario recordar que,
en estos claustros tan fríos, bajo esta ciencia aún más fría, había almas
capaces de amar y sufrir. El interés se centra sobre todo en la víctima, la
amante, la esposa fiel de Abelardo; esta mujer tan hermosa, tan sabia,
tan modesta, tan dedicada, que solo encuentra felicidad y orgullo en lo
que ama; que, para no perjudicar la gloria de este hombre, prefiere ser su
amante que su mujer; que toma el velo porque él lo ordena, deja de
hablar de amor porque él lo defiende, platica sobre las Sagradas
Escrituras, el claustro, el hebreo, la lógica, se vuelve pedante para
complacerlo, feliz de sufrir sola, ¡de sufrir por él! La posteridad la
recompensó por tanto amor; ella salvó la gloria de su esposo del
naufragio de la escolástica. Un gran poeta inglés, Pope, revivió sus
amores; Juan Jacobo Rousseau se inspiró en su nombre; hoy día un hábil
escritor y un filósofo elocuente supieron hacernos interesar por el
trabajo de Abelardo; por último, el pueblo de París, tan fiel al culto de
todas las glorias, se detiene con respeto y enternecimiento en la tumba
que contiene los restos reunidos de los dos ilustres amantes.
La solución que Abelardo había dado a la gran cuestión de
los universales era una aparente conciliación de las dos doctrinas
rivales.
LIT. FR.
12
178 CAPÍTULO XV

Admitía, con los nominales, que las ideas generales no son entidades,
seres reales, que tienen una existencia objetiva fuera de la mente que las
concibe; concedía a los realistas que estas mismas ideas no son
solo palabras, flatus vocis; quería, como Condillac, como todo el siglo
XVIII, que fueran solamente concepciones de nuestra mente, nacidas de
la observación y formadas por el análisis: Abelardo fue conceptualista.
No forma parte de nuestro plan discutir el mérito de esta doctrina,
ver que Abelardo, como más adelante haría Voltaire, portavoz de la
sensatez universal y superficial, solo permanecía en la claridad sin
descender hasta las profundidades. El lector puede consultar sobre este
tema en la admirable exposición a la que dio lugar el Sr. Cousin y que
encabeza su publicación de las obras inéditas de Abelardo 1.
En el siglo XII, la filosofía y teología se encuentran y chocan sin
cesar. Abelardo establece en principio lo que para él solo había sido una
tendencia incierta, la aplicación de la dialéctica a los dogmas de la
religión. Quería demostrar la fe: esto era asumir que era cuestionable.
Era sobre todo reconocer junto con o incluso por encima de esta una
autoridad diferente, de la cual debía recibir la investidura. La razón
podía entonces decirle con orgullo:
Servare potui; perdere an possim rogas? (Ovidio).
Estas consecuencias eran probables. No tardarían en fragmentarse;
Abelardo, como Roscelino, su maestro, se alejó del dogma católico y
pronto sembró la alarma en el severo campo de la ortodoxia. San
Bernardo 2 lo comandaba entonces. La iglesia, que tenía a su servicio
muchos obispos, cardenales e incluso a dos papas a la vez, obedecía la
voz de un simple abad, sin más título que su celo, sin más superioridad

1. Collection de documents inédits sur l'histoire de France, 2e série, Ouvrages


inédits d’Abélard.
2. Nació en 1091, en Fontaine, en Borgoña; murió en 1153. Sus obras incluyen más de
cuatrocientas cartas, ochenta y seis sermones, un gran número de tratados. Un manuscrito
de los Feuillants contiene cuarenta y cuatro sermones de san Bernardo, escritos en lengua
Romance. El Roux de Liney imprimió algunos tras su traducción del Libro de los Reyes.
Aquí hay que recordar a nuestros lectores el excelente estudio sobre san Bernardo, que
forma parte de los Essais d’histoire littéraire de nuestro amigo E. Géruzez. De ahí
tomamos prestadas las traducciones que se van a leer.
que su propio genio.

TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 179

Bernardo es el alma de los concilios, el baluarte del dogma, el


reformador del clero, el púlpito de las cruzadas. Recorre Francia; las
ciudades, los burgos se ponen en movimiento y siguen sus pasos;
atraviesa Alemania, cuyo lenguaje ignora: sin embargo, predica, y es
tanta la elocuencia en sus miradas, en el sonido de su voz, que los
espectadores que no pueden entenderlo caen a sus pies y se golpean el
pecho. Como los apóstoles, sobre los que descendió el soplo divino,
Bernardo encontró el don de lenguas. Mientras que Abelardo debía su
influencia a la maravillosa flexibilidad de su mente, Bernardo sacaba la
suya de su convicción profunda, de su dedicación a la iglesia, del
entusiasmo de la virtud. Uno fue grande por el culto de su razón, el otro
por el sacrificio de sí mismo. Estos dos hombres tuvieron que ser
enemigos, como las ideas que representan. Bernardo arremete contra
Abelardo en invectivas elocuentes. Exclama: “¿Qué es más insoportable
en sus palabras, la blasfemia o la arrogancia? ¿Cuál es más condenable,
la temeridad o la impiedad? ¿No sería más justo cerrar con una mordaza
semejante boca que refutarla por medio del razonamiento? ¿No provoca
que estén en su contra todas las manos, este cuya mano se levanta contra
todos? Todos piensan así, dice él; y yo, yo pienso de otro modo. ¡Eh!
¿Así pues, quién eres? ¿Qué aportas que sea mejor? ¿Qué sutil
descubrimiento hiciste? ¿Qué revelación secreta nos muestras tú que
escapara a los santos, que haya engañado a los ojos de los sabios? Sin
duda este hombre nos va a servir una bebida secreta y un alimento que
estuvo oculto mucho tiempo. ¡Habla, pues! Cuéntanos qué es esto que
se te apareció a ti y que no se apareció antes a nadie más... Aquel que
miente habla de sí mismo. Así pues, a ti, solo a ti, lo que procede de ti
mismo. Yo, yo escucho a los profetas y a los apóstoles, obedezco el
Evangelio. Y si un ángel viniera del cielo para enseñarnos lo contrario,
¡anatema para el mismísimo ángel!”. Está claro que el espíritu de fe
inspiró por sí solo este movimiento admirable; también es responsable
por sí solo de la rudeza intolerante de cualquiera de estos pensamientos:
ya no es el hombre quien habla aquí, es el principio.
180 CAPÍTULO XV

El orador mismo, cuando la fe ya no está en peligro, vuelve a bajar de


esta alta elocuencia hasta la expresión más suave de la gracia y del
sentimiento. Nadie destinó palabras más tiernas para exaltar el culto a
María, este dulce símbolo de pureza y amor; nadie habló con un encanto
más inocente del conmovedor misterio de un dios infante. Dijo al
hombre: “Abstente de huir; abstente de temblar;1 Dios no viene armado,
no te busca para castigarte, sino para liberarte . He aquí al niño y sin
voz, y si sus vagidos deben hacer temblar a alguien, no es a ti. Mantiene
un bajo perfil y la Virgen, su madre, envuelve en mantas sus delicados
miembros, ¡y tú aún tiemblas de miedo!”.
Es este el hombre del cual un contemporáneo nos traza un retrato con
tanta gracia. “Una cierta pureza angelical y la sencillez de la paloma
irradiaba en sus ojos, un ligero matiz daba color a sus mejillas y una
rubia cabellera caía sobre su cuello de blancura deslumbrante”.
En medio de los solemnes debates donde bullían las más altas
preguntas de la filosofía, llegaron a Occidente los conocimientos
naturales y médicos, gracias a los árabes. Los escritos de Avicena y de
Averroes introdujeron a Occidente la física y la química bajo el nombre
de alquimia. Eran, sin duda, ciencias muy defectuosas, pero que ponían
en circulación una plétora de materiales para el pensamiento.
Aristóteles, conocido hasta entonces por Boecio, finalmente ingresó a
Occidente por sí mismo y provocó un entusiasmo tan ardiente y tan
extraño, que hubo una seria dedicación para canonizarlo. La teología
está muy cerca de abdicar a su imperio exclusivo; se entrega de lleno a la
filosofía, este rival poco conocido que, sin embargo, admira. Aristóteles
aporta la emancipación de la razón individual: Los teólogos exclaman:
“¡Hagámoslo santo!”, algo similar a los romanos de Shakespeare, que
en su ciega admiración por Bruto, asesino del dictador, exclaman con
exaltación: ¡Hagámoslo césar!

1. «Ne fuir mies: ne dotteir mies. Il ne vient mies à armes: il te requiert ne mies por
dampneir, mais por salveir. » (Manuscr. de los Feuillants, texto antiguo, o traducción
contemporánea de los Sermones de san Bernardo).
TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 181

En esta época apareció Alberto Magno, Alberto de Bolstadt 1 ,


incansable compilador, que reunía en su cabeza y en sus libros toda la
enciclopedia de la ciencia contemporánea. La inmensidad de su
conocimiento constituye su principal mérito. Fleury dijo que la única
grandeza que veía en él estaba en sus volúmenes. Sin embargo, Alberto
sintió el soplo del futuro; un irresistible instinto lo llama a estudiar la
naturaleza. Busca en los hornos y en los crisoles secretas ondas de
transmutaciones. Un renombre inmenso, pero siniestro, lo rodea. Se dice
que, él mismo, cree en el título de mago que le dan sus discípulos. El
primer vistazo que da la Edad Media a la naturaleza material está lleno
de asombro, pasión y miedo.
Roger Bacon 2, que parecía llevar en su nombre un presagio de gloria,
anduvo con aún más audacia por este nuevo camino. Víctima de la
imperfección de los estudios de su época, se entregó sobre todo a la
experiencia. Incitó a sus contemporáneos a que estudiaran las ciencias
naturales y se dedicó a la óptica, la astronomía y la física. Incluso tuvo
un presentimiento singular acerca de las maravillas de la industria
moderna, algo similar a una visión profética. Dice en su libro Sobre los
secretos del arte y la naturaleza que “Se puede hacer emanar del bronce
un rayo más temible que el que se encuentra en la naturaleza; una tenue
cantidad de materia preparada produce una horrible explosión
acompañada de una luz refulgente. Se puede potenciar este fenómeno
hasta destruir una ciudad y un ejército. El arte puede construir
instrumentos de navegación como los más grandes navíos dirigidos por
un hombre; recorrerán ríos y mares con más rapidez que si estuvieran
llenos de remeros. También se pueden hacer carrozas que, sin la ayuda
de ningún animal, andarán a una velocidad inconmensurable”. La
autoridad eclesiástica persiguió a Roger Bacon tras la muerte de
Clemente IV, su protector. Roger era un monje franciscano; su general
hizo que lo encerraran, como a un brujo, en un calabozo, en el que
languideció durante muchos años este gran hombre nacido tres siglos
antes de tiempo.

1. Nació en Suabia en 1205; murió en 128O.


2. Nació en 1214, en Somersetshire; murió en 1292.
182 CAPÍTULO XV

Mientras que el empirismo crecía de este modo en medio de la


persecución, el idealismo de la Edad Media, que debía eclipsarse
pronto, lanzaba su más refulgente luz. La institución de las órdenes
mendicantes había dado un nuevo impulso a la filosofía escolástica.
Menos entregados que los benedictinos a la transcripción de libros,
los discípulos de san Francisco y santo Domingo se dedicaron sobre
todo a la enseñanza y la predicación.
El ángel de la escuela (doctor angelicus) fue santo Tomás de
Aquino 1. Serio y laborioso desde su infancia, sus condiscípulos lo
llamaban el gran buey de Sicilia. Santo Tomás, dejando las ciencias
de la naturaleza a los innovadores, no abandonó las altas regiones de
la metafísica y la moral. Propuso una solución2 extensa y satisfactoria
al famoso problema de los universales . Comprendiendo la
importancia de los filósofos árabes y griegos, alentó vigorosamente
la traducción de sus obras. Finalmente, llevando en la moral el
espítiru filosófico, concibió y ejecutó en parte el plan de una vasta
síntesis de las ciencias morales e incluso políticas, donde se anotaría
todo lo que se puede saber de Dios, del hombre y de lo que los
vincula. Esta inmensa obra, aunque inacabada, recibió el título
de Summa totius theologiae. Este es uno de 3los más grandes
monumentos al espíritu humano de la Edad Media .
De los cuatro grandes sistemas de filosofía antigua, tres habían
tenido sus representantes en la Edad Media. Los debates del
idealismo y el empirismo habían contribuido al surgimiento del
escepticismo, es decir, la herejía, e incluso algunas veces algo más.
TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 183

1. Nació en Aquino (antiguo Reino de Nápoles), en 1227; murió en 1274.


2. Santo Tomás admite en Dios la existencia de las ideas arquetípicas de la creación; pero
el hombre carece de una visión directa de estos arquetipos. Su conocimiento se forma de
imágenes de forma de conocimiento percibidas por los sentidos y percepciones abstractas
(que se desprenden de la luz de la razón (Ozanam, Dante y la filosofía católica, p. 42).
3. Cousin, Cours de la philosophie, t. I, p. 358.
Simón de Tournai, tras haber probado los misterios de la religión,
en una lección anunciada con gran brillantez, se jactó, al día
siguiente, de invertir todo lo que acababa de establecer. Guillermo de
Conches se declaró abiertamente discípulo de Demócrito y Epicuro.
Un único sistema faltaba todavía por aparecer, aquel que surgió de
último en Grecia, aquel por el que parecía clamar necesariamente la
tendencia de la religión cristiana, me refiero al misticismo. Juan da
Fidanza, conocido con el1 nombre de san Buenaventura, fue su
representante más ilustre . Amigo de Tomás de Aquino, e italiano
como este, accedió el mismo día a los honores del doctorado en la
Universidad de París; esta doble recepción fue el sello que marcó la
derrota de este ilustre cuerpo en su querella contra los mendicantes.
Admitido a la Universidad a pesar de los universitarios, no sorprende
que Juan se hubiera apartado del camino trillado. La piedad absorbió
en él la filosofía: por encima de la luz interior a la que llamamos
razón, y que nos permite conocer las verdades inteligibles, Juan
reconoció una luz suprema que viene de la gracia y de las Sagradas
Escrituras, y que nos revela las más altas verdades. A esta región de
las realidades eternas es adonde el alma debe elevarse para
contemplar los primeros principios cuyas influencias se hacen sentir
en todos los niveles de la creación. Así, todas las ciencias están llenas
de misterio, y es tomando el hilo conductor de la revelación interna y
personal como se accede a sus más bajas profundidades.
La Imitación de Cristo
El misticismo de la Edad Media no siempre fue ortodoxo.
Poniendo atención a la inspiración directa y personal que creía
escuchar, debía ser poco dócil a la voz exterior de la autoridad.
Joaquín de Fiore, maestro de los místicos, fue condenado por el IV
Concilio de Letrán. Juan de Parma, su discípulo, soñó con una nueva
fe y escribió una Introducción al evangelio eterno. Del mismo modo,
fue víctima de los anatemas de la Iglesia. El misticismo era demasiado
vivaz como para perecer en su derrota.
184 CAPÍTULO XV

1. Nació en Toscana en 1221; murió en Lyon, en 128O.


La vida en los claustros, las largas horas de meditación y
aislamiento, la soledad del corazón, la secreta fermentación de
pasiones concentradas y reprimidas en sí mismas debieron ayudar a
que se originaran y se nutrieran las ilusiones piadosas, todas las santas
embriagueces de la mística. Ahora bien, mientras que la sociedad
guerrera y mundana tenía su expresión en las epopeyas caballerescas,
la que velaba en los monasterios tuvo la necesidad de expresar
también la larga y dramática historia de su lucha y su dolor. Sin duda,
un gran número de efusiones soñadoras, similares a las de las
improvisaciones líricas, desvanecieron al nacer; otras anotadas en
escritos místicos, perecieron entre las sombrías paredes que las habían
creado. Sin embargo, quizá de esto nos queda un monumento en la
admirable obra de La Imitación de Cristo. Quizá este poema se formó
poco a poco, se suspendió de manera continua, se retomó y redactó
por último al final mismo de la Edad Media 1. Es hacia finales del siglo
XIV que aparece con toda su grandeza melancólica este libro, el más
hermoso del cristianismo después del Evangelio. Esto ocurre en el
momento en el que la Iglesia oficial parece disolverse2 y perecer,
cuando escasea casi en todas partes la enseñanza religiosa , cuando la
voz de los sacerdotes parece solo elevarse para maldecir a sus
opositores, es entonces que sale del claustro, para deshacerse en3 el
mundo doliente y desgraciado el libro de l’Internelle consolation . Su
aceptación fue prodigiosa.
TRABAJOS DE LA SOCIEDAD CLERICAL 185

1. Esta es la opinión de los Sres. J. J. Ampère y Michelet, por lo demás


divididos respecto al origen monástico de la Imitación. — Suarez (Conjectura de
Imitatione) ya había parecido prevenirlos respecto a esta conjetura. Según él, los
tres primeros libros son de Jean de Verceil, de Uberlino de Casal y de Petro
Renalutio. Gerson habría añadido el cuarto libro, y Tomás de Kempis, que
realmente era el copista de su convento, se convertiría en el editor de esta obra.
Gence no parece desfavorable a la hipótesis de una composición o al menos de
una inspiración múltiple, cuando, en su sabio y minucioso trabajo, va a reunir
todos los pasajes de los autores sagrados o profanos que tienen alguna relación
con su amado texto.
2. En 1405 y 1406, durante dos inviernos y dos cuaresmas, no hubo sermones en
París.
3. El Sr. O. Leroy descubrió en la biblioteca de Valenciennes, un manuscrito
de la Internelle consolation que lleva la fecha de 1462. Piensa que este texto
francés es el original de la Imitación: habría sido traducido luego al latín, con
algunos cambios y con la adición del cuarto libro, que no se encuentra en el
antiguo original. Véase Etudes sur les Mystères, p. 447.
Se encontraron veinte manuscritos en un solo monasterio; la
incipiente imprenta se empleó principalmente para reproducirlo. Hoy
día hay más de dos mil ediciones latinas y más de mil ediciones
francesas de la Imitación. El entusiasmo con que se recibió este libro
no era un signo favorable para la sociedad clerical; anunciaba el
instante fatal en el cual la piedad intentaría elevarse hasta Dios sin
pasar por el sacerdote. El alma cristiana ya no quería escuchar la voz
discordante de los doctores, sino solo la de Dios. Repite el libro
sagrado: “Habla, Señor; vuestro siervo os escucha. Que Moisés no me
hable; ni él, ni los profetas. Ellos dan la carta; vos, vos dais el espíritu.
Hablad vos mismo, oh eterna verdad, a fin de que yo no muera”. El
lenguaje de la Imitación, sobre todo en su forma francesa, debía
parecer bastante nuevo a quienes habían escuchado las agrias
discusiones de los teólogos. La devoción encontraba aquí el lenguaje
del amor, y la piedad se expresaba en los términos de la más ardiente
pasión: “Mi fiel amigo y esposo, amigo tan dulce y bonachón, que me
dará las alas de la verdadera libertad, que pueda encontrar en vos
sosiego y consuelo... Oh Jesús, luz de gloria eterna, único apoyo del
alma peregrina, para vos es mi deseo sin voz, y mi silencio habla...
¡Ay! ¡Te detenéis para venir! ¡Venid, pues, consolad a vuestro pobre!
¡Venid, venid, ninguna hora es dichosa sin vos!”.
Esta obra maestra de la unción y la gracia es una creación anónima. Su
patria no es más conocida que su autor. La época de composición
también es incierta. Es el libro de todos los lugares y de todos los
tiempos; es el libro cristiano por excelencia. Los franceses, los alemanes
y los italianos lo reclaman: es atribuido sucesivamente al siglo XIII y al
XV. Es entregado al canciller Gerson, a Tomás de Kempis, a un
benedictino con nombre de Gersen; se le hizo remontarse hasta san
Bernardo. “Da mihi nesciri!” exclamaba el piadoso escritor. Haz que yo
sea ignorado, ¡oh mi Dios! ¡Que vuestro nombre sea alabado y no el mío!
Este deseo fue bien cumplido, y a pesar de tantas complejas e ingeniosas
investigaciones 1, el nombre de quien

4. Véase: J. M. Suarez, Conjectura de Imitatione, 1667. —Schmidt, Essai sur


Gerson. — Gieseler, Lehrbuch, lib. 11, cap. IV, p. 348. — Gence, de Imitatione,
1826. — Faugère, Éloge de Gerson, prix de l'Académie, 1838. — Gregory,
Mémoires sur le véritable auteur de l'Imitation, 1827. — Dannou, Journal des
savants, diciembre de 1826 y noviembre de 1827. —O.Leroy, Études sur les
186 CAPÍTULO XV

escribió la Imitación parece permanecer desconocido para siempre.


Similar al gran poema católico de Dante, que asciende de región
en región hasta llegar al cielo, la obra lírica del claustro se divide en
cuatro libros. Cuatro grados para llegar a la perfección cristiana, a la
unión íntima con el bienamado. “En el primer libro, el alma se separa
del mundo; se fortalece en la soledad en el segundo libro. En el
tercero, ya no está sola; está junto a ella un compañero, un amigo, un
maestro, y el más dulce de todos. Se libra una lucha con gracia, una
amable y pacífica guerra entre la extrema debilidad y la fuerza
infinita, que no es más que la bondad. Se siguen con emoción todas las
alternativas de esta bella gimnástica religiosa; el alma cae, se levanta;
vuelve a caer, llora. Él la consuela; dice: Estoy ahí para ayudarte
siempre... ¡Ánimo! No todo está perdido; eres humano y no Dios; eres
carne y no un ángel. ¡Cómo podrías permanecer siempre en la virtud
misma! — Esta inteligencia compasiva de nuestras debilidades y de
nuestras caídas indica bastante que este gran libro fue finalizado
cuando el cristianismo había vivido por mucho tiempo, cuando había
adquirido la experiencia, la indulgencia infinita. Se siente por todas
partes una poderosa madurez, un dulce y rico sabor de otoño; ya no
están las asperezas de la joven pasión. Se requiere, para entrar en este
punto, haber amado muchas veces, desamado, luego amado otra vez...
La pasión que se encuentra en este libro es grande como el objeto que
busca, grande como el mundo que deja... No siento aquí solamente la
muerte voluntaria de un alma santa, sino una inmensa viudedad y la
muerte de un mundo anterior. Este vacío que Dios acaba de llenar es
el lugar del mundo social que zozobró por completo, con toda su
LA HISTORIA EN LOS CLAUSTROS 187

mystères et sur divers manuscrits de Gerson. — Michelet, Histoire de France, t. V.


M. Taschereau, director de catálogo de la Biblioteca Imperial, catalogó 728 ediciones
diferentes de la Imitación de Cristo y sus diversas traducciones.
carga, Iglesia y patria 1”.

CAPÍTULO XVI
LA HISTORIA EN LOS CLAUSTROS
Crónicas monacales — Grandes crónicas de Francia
Crónicas monacales
Como ya lo vimos, dos sociedades convivían en la Edad Media, el
mundo feudal y el claustro, distintas pero independientes. “Tanto
desbancan los hombres a los brutos, tanto sobrepasan los letrados a los
laicos”, decía Nicolás de Claraval en el siglo XII. La iglesia triunfó
sobre el mundo, el clérigo ayudó al rey a derrotar al barón. Vimos,
como signo de la preeminencia del clero, a la misma epopeya
caballeresca marcada por el sello del espíritu clerical. Esta
preponderancia era justa: la inteligencia debía dominar la fuerza.
Pero este poder que crecía en la Iglesia debía escaparse un día: la
inteligencia debía liberarse, reaparecer libre y distinta, no feudal, sino
laica. La iglesia había subyugado al feudalismo; la burguesía laica
debía heredar de la Iglesia. Esta revolución moral que estallaría en el
siglo XVI se prepara ante nuestros ojos desde la Edad Media y ya se
manifiesta en dos géneros literarios de gran importancia, la historia y el
teatro.
Mientras que la sociedad mundana y caballeresca cantaba la historia
con su imaginación despreocupada y su joven lengua de troveros, la
sociedad clerical escribía lo que hacía las veces de cantares de gesta,
sus crónicas, primero latinas y luego francesas. Así, nació la prosa
188 CAPÍTULO XVI

1. Michelet, Histoire de France, t. V, p. 9.


enfrente de la poesía. La Edad media es quizá la única época de la
historia que ofrece este singular fenómeno de dos sociedades muy
diferentes en su desarrollo y, por así decirlo, en su edad, que viven lado
a lado sin confundirse: son dos siglos diversos y, sin embargo,
contemporáneos. Europa es entonces como uno de esos árboles
privilegiados, que parecen reunir dos temporadas sucesivas y dan a la
vez frutos maduros y flores. Los frutos históricos del claustro son, en
general, poco suculentos. Son áridos anales muy similares, por su
carácter e incluso por su origen, a los Anales de los pontífices de la
antigua Roma. Los de la Edad Media nacieron de las necesidades del
culto católico y de la necesidad de fijar exactamente la época de Pascua.
Dionisio el Exiguo en el siglo VI y Beda el Venerable en el VIII habían
redactado las tablas pascuales: su ejemplo fue imitado por las
principales Iglesias y los monasterios más famosos de Occidente. En
estas tablas, cada ciclo de diecinueve años ocupaba una o dos páginas,
en las cuales dejaba libres espaciosas márgenes, capaces de incitar a las
más perezosas manos a hacer algunas anotaciones: era natural poner
después de cada año la indicación de los principales acontecimientos
que se llevaban a cabo. Así nacieron estas numerosas crónicas, entre las
cuales es necesario ubicar en primer lugar, desde el punto de vista de la
antigüedad, las del monasterio de san Amando en Bélgica, redactadas en
el siglo VII. Varios otros los siguieron en el norte de Francia, en
Alemania, en Sajonia, tras la conversión de esta comarca. Los siglos
subsecuentes vieron nacer un gran número de estas en la Francia
meridional y en Italia. Para un lector acostumbrado al movimiento y al
aspecto dramático de nuestras historias, esta es una lectura que deja en
el alma una singular impresión de anales fríos, impasibles, casi
silenciosos, que, por así decirlo, despegan sus labios sibilinos para
pronunciar en pocas palabras, a cada año que cae, su sentencia
irrevocable. Los años que no tuvieron nada notable, a juicio del analista,
pasan sin ninguna nota, como por ejemplo el año 732, que no produjo
nada... excepto la batalla de Poitiers, donde Carlos Martel detuvo la gran
invasión del islamismo. El analista no juzgó este hecho como digno de
ocupar una línea de su crónica. Los acontecimientos más oscuros de un
claustro tienen en sus listas cronológicas tanto espacio como las más
grandes revoluciones de la historia. Junto a una fecha, encontramos
estas palabras: “Martin murió”. Este Martin era un monje desconocido
de la Abadía de Corvey. Unos años después, otro analista nos dice de
igual
LA HISTORIA EN LOS CLAUSTROS 189
manera: “Carlos, regente del palacio, murió”. Se trata de Carlos Martel.
Todos los hombres se vuelven iguales ante la aridez lacónica de estos
primeros cronistas. Los anales monásticos se desarrollan un poco con
Carlomagno: Einhard, que redactó la biografía de este príncipe, también
nos dejó una crónica más detallada que las anteriores. Sin embargo,
varios monasterios permanecían fieles a su antigua aridez. Las crónicas
de Fleury y de Limoges, las de Hépidan, monje de San Galo, redactadas
en el siglo XI, se parecían por completo a los anales del XVI.
Parece que la costumbre de tener anales en los conventos se
convirtió en cierto modo en una institución. Dice un cronista: “Se
ordenó en la mayoría de países, así escuché que lo informaron, que hubo
en cada monasterio de fundación real un religioso encargado de escribir,
siguiendo el orden cronológico, todo lo que ocurría en cada dominio al
alcance del reino o por lo menos en su monasterio. Cada una de estas
obras era presentada en el primer capítulo general que se celebraba tras
la muerte del rey y se elegía a los más hábiles de entre los asistentes para
hacer el examen y componer una especie de crónica o de cuerpo
histórico que se depositaba1 en los archivos del monasterio, donde tenía
una perfecta autenticidad ”. Vemos aquí que las crónicas de monjes
sufren, al igual que las canciones de los troveros, una transformación,
una refundición, una diortosa. Roricon, analista del siglo XII, reproduce
los hechos y leyendas de las Gesta regum Francorum. Aimoin, en su
epístola dedicatoria, declara que redactó en un libro “las gestas de la
nación franca y de sus reyes, dispersas en diferentes libros, escritas en
un estilo grosero” y que decidió volver a darles vida en una mejor
latinidad. De hecho, reprodujo y resumió los siete primeros libros de
Gregorio de Tours, la crónica de Fredegario, las gestas de los reyes de
Francia, etc. Los anales una vez redactados, se transmitían de un mo-
nasterio a otro. Tenemos varios de diferentes abadías, en los cuales los
mismos hechos se reproducen por completo en los mismos términos.
Los copistas tomaban aquí el rol de rapsodas. Así, de un extremo de la
Europa católica al otro, circulan de convento en convento innombrables
anales, que se copian, se resumen, se complementan, se rectifican:
forman en el gran concierto de la historia un bajo largo y severo,
190 CAPÍTULO XVI

1 Continuation de la Chronique d’Écosse, por J. Fordun, publicada por Hearne,


p. 1348.
por encima del cual se alzan en mil bandadas brillantes y caprichosas los
cantares de gesta populares. La epopeya del mundo y la del claustro a
menudo se apoyan la una a la otra. El trovero, sobre todo después del
siglo XII, cuando la inspiración poética comienza a tambalear, a
menudo invoca la autoridad de las historias latinas que protesta haber
leído: más de una vez también, el cronista se acuerda demasiado de su
prosa latina de largas coplas monorrimas de malabaristas, testimonia
ciertos pasajes de la crónica del falso Turpin. Para nosotros estas dos
obras se complementan mutuamente. Una nos da los hechos y la
cronología, la otra reproduce las costumbres y la vida del siglo en el cual
fue escrita. Ambas contribuyen igualmente a la pintura; una traza el
dibujo, la otra pone el color.
Grandes crónicas de Francia

De todos los monasterios de Francia, ninguno merece algo mejor de


la historia que la famosa abadía de Saint-Denis. No se limitó a redactar
anales; formó una vasta enciclopedia de las mejores crónicas que se
habían compuesto y enriqueció este tesoro con todas las obras nuevas
que el tiempo le aportaba. Era un noble pensamiento hacer revivir en sus
archivos a estos reyes cuyos cuerpos recibía en sus criptas.1
Probablemente es a Suger a quien se debe honrar por esta institución .
Él mismo escribió la historia de Luis el Gordo, en la cual había tomado
parte, y quizá una porción de aquella de Luis VII. Estas dos biografías
continuaron las crónicas de Aimoin, de Eginhard, del falso Turpin, del
anónimo astrónomo de Luis el Piadoso. Las precedieron historias de
Rigord, de Guillermo el Bretón, de las gestas de Luis VIII, de las cuales
el mismo Guillermo fue acaso el autor, de las vidas de san Luis y de
Felipe el Audaz, por Guillermo de Nangis, con la crónica del mismo
autor hasta el año de 1301, y su primer continuación, que se termina
hacia el año de 1340.

LA HISTORIA EN LOS CLAUSTROS 191

1 Véanse las pruebas reunidas por de La Curne, Mémoires de l'Academie des


inscriptions t. XXIII, p. 638, in. 12.
Luego venían probablemente las crónicas, latinas como las
anteriores, de un anónimo que se conoce ordinariamente con el nombre
de monje de Saint-Denis, y que nos conduce hasta la muerte de Carlos
VI. Allí terminan los textos latinos que guardaban los archivos de1 la
abadía. La lengua francesa se apodera definitivamente de la historia .
Ya por un largo tiempo algunas traducciones habían permitido
conocer a los laicos las Crónicas de Francia. La primera llevada a la
lengua vulgar fue la más fabulosa de todas, aquella que se atribuía al
arzobispo Turpin. No tenía nada de sorprendente: la crónica de Turpin
era en muchas de sus partes un cantar de gesta mancillado en latín por un
monje; volvía muy naturalmente a la lengua popular. Luego el ministril
anónimo de uno de los hermanos de san Luis, de Alfonso, conde de
Poitiers, dio en francés la traducción de un extracto de las Crónicas de
Francia. Pero su original no era exactamente el mismo que contenía la
colección de Saint-Denis. Era una compilación latina cuyo autor
“habíase ido por diversos lugares donde sabía que los hombres sabios
habían escrito. Había, pues, recogido de aquí y de allá como se recogen
flores de varias praderas en un monte”. Había compulsado
específicamente los depósitos históricos “de Saint-Rémy, Saint Louis,
Saint-Vindecel y la vida de san Lambers, etc.”, teniendo gran esmero de
no poner nada suyo, “antes es todo de los antiguos, y de entre ellos dice
este que fabla, y su voz es inclusive su lengua”. Así, el compilador latino
que traducía a nuestro ministril no habla de la abadía de Saint-Denis;
pero los originales que hilvanaba juntos eran conservados muy
probablemente en la vasta colección del monasterio: pues no era
“facedor ni trovero de este libro; mas solo compilador: y era tan sólo
contador de palabras que los ancianos y los sabios habíanle dicho”.
En los primeros años del reinado de Felipe el Hermoso, apareció una
segunda publicación francesa de las Crónicas de Francia, el doble de
amplia que la del ministril. Esta ya no hace ninguna mención especial
del tesoro histórico de Saint-Denis.

192 CAPÍTULO XVI

1 Véase el examen y la apreciación de diversas crónicas reunidas por los monjes de


Saint-Denis, en Mémoire sur les principaux monuments de l'histoire de France, por de la
Curne, Academie des inscriptions, t. XXIII, p. 539, in-12; y en los notables prefacios en los
cuales el Sr. P. Paris enriqueció su edición de las Grandes crónicas.
Finalmente, los monjes de esta abadía dieron acceso a los
traductores a sus ricos archivos. Estos mismos tradujeron las obras
redactadas previamente en latín y pronto apareció una tercera edición de
las crónicas que incluye los fastos de nuestra historia desde los más
remotos orígenes hasta el reinado de Felipe el Hermoso. Este último
monumento es el único que tomó y que debió tomar desde su origen el
título de Crónicas de Francia, según se conservan en Saint-Denis 1.
Así pues, el nombre de crónicas de Saint-Denis designa dos cosas
que es importante no confundir. Los libros que los antiguos autores
llamaban con este nombre, lo que incluía los textos originales y latinos.
Hoy día otorgamos este título a la versión de los mismos textos elegidos,
combinados, clasificados cronológicamente y entremezclados según el
gusto del traductor. Las crónicas latinas de Saint-Denis eran una
colección; las crónicas francesas son una obra, una rapsodia, con un
preámbulo, adiciones, omisiones y combinaciones de elementos
diversos. La historia comienza a presentir y a realizar las leyes de una
obra de arte. Es por lo demás un nuevo encanto escuchar la fabla franca
salir de estas viejas tradiciones. Parece que era el complemento
indispensable de su despreocupado pensamiento. El traductor es más
original que el escritor mismo: así es que Amyot complementó a
Plutarco.
Las grandes crónicas se detienen en Luis XI. Bajo el reinado de un
tirano la historia oficial debía callar o mentir. La crónica de Saint-Denis
cesó. Pero ya el espíritu literario emancipado no tenía más necesidad de
engrandecer la sombra tutelar del claustro. Se acercaba la época del
Renacimiento. Francia, después de tantos despreocupados cronistas, iba
a tener un historiador. La sociedad secular ya había engendrado a
Villehardouin, Joinville y Froissart, debía dar a luz a Philippe de
Commines.

LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 193

1. El Sr. Paulin Paris, prefacio de Grandes crónicas, p. 23.


CAPÍTULO XVII
LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS
Villehardouin — Joinville — Froissart — Commines — Christine de
Pisan
Villehardouin

Era natural que, frente al ejemplo de los clérigos y monjes, algunos


miembros de la sociedad feudal se esforzaran por transmitir a la
posteridad el recuerdo de los acontecimientos reales. La historia, o al
menos la memoria, debía ser una necesidad para una civilización basada
en las tradiciones familiares. El blasón fue el primer lenguaje de esta;
eran los jeroglíficos de la nobleza ignorante: pintaban la historia para
aquellos que no podían leerla ni escribirla. Pero estas fórmulas someras,
rápidas, enigmáticas, excelentes para indicar en el primer vistazo el
lugar feudal de una familia, no bastaban para hacer conocer en detalle
las acciones. Cuando los hombres de armas pudieron escribir o incluso
dictar, hubo quien se decidió a contar la historia.
El primer monumento de este género que llegó hasta nosotros es el
relato de la cuarta cruzada, por Geoffroy de Villehardouin, mariscal de
Champagne, nacido hacia mediados del siglo XII. Su obra forma en
cierto modo la transición de la epopeya a la historia. La grandeza del
sujeto, las costumbres rudas y guerreras de los personajes, el carácter
grave y religioso del narrador, la despreocupación en la exposición, todo
parece hacer de la Historia de la conquista de Constantinopla la suite de
poemas que cantaban de Carlomagno y de Roldán.

LITT. FR. 13
194 CAPÍTULO XVII

Los acontecimientos, así como el escritor, se encontraban todavía en


el límite de la poesía. Eran maravillosos como una ficción, heroicos
como un cantar de gesta. La imaginación de los troveros no había
soñado nada más grande que esta conquista fortuita de un imperio por
un puñado de peregrinos, apenas lo bastante numerosos para asediar una
de las puertas de su capital 1: y como si la suerte hubiera guardado a los
elementos de esta epopeya natural un poético contraste, conducía esta
valiente y ruda feudalidad, muy enalbardada de hierro, muy inculta y
despreocupada, en el seno de una civilización envejecida y corrompida,
en medio del lujo y de 2las perfidias de Bizancio; daba a Nicetas por
antítesis a Villehardouin .
El gran mérito del historiador francés es que se identifica tan bien
con su sujeto que es imposible distinguirlo de él. La narración y el
acontecimiento se aúnan: leyendo uno, se ve al otro. Se siguen todos los
movimientos del ejército, todas las deliberaciones de los jefes: se
comparten, por una viva simpatía, todos los peligros, todas las
inquietudes, todas las alegrías de los peregrinos. El escritor solo aparece
por breves y vivas cortesías, que reaniman la atención y apasionan el
relato: “¡Agora oíd una de las más grandes maravillas e ingentes
aventuras que vais a oír jamás! —Agora, podréis oír esta extraña fazaña.
—Y sabed que jamás Dios encomendó más grandes peligros a ninguna
de las gentes como fizo con las huestes en aqueste día”. Villehardouin
hizo más que solo contar los hechos, hace sentir la emoción y nos obliga
a compartirla. No se aprende solo lo que él diga, se lo ve con sus ojos, se
lo siente con su alma; se asiste a un espectáculo imponente, en el cual se
une el placer secreto y continuo de despreocupada admiración, de una
alegría casi infantil: se es feliz de hallarse un día capaz de sentir tan
jóvenes impresiones.

LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 195

Nos describe la corte de Constantinopla, vemos allí al nuevo

1. "Eh, bien, fue cosa digna de admirarse, que de Constantinopla, que había tres leguas
enfrente de su tenencia, sólo pudo á todas las huestes (ejército) asediar por una de las
portas".
2. Murió en Tesalia, hacia 1213.
príncipe restablecido por los cruzados, “al emperador Sursac, tan
ricamente vestido, que por nada exigía ser el hombre más ricamente
vestido, y la emperatriz, su consorte, á su vera, que fuera (era) muy
fermosa dama, hermana de el rey de Hungría; otros altos hombres y
altas damas habían tanto que no podían su pie tornar, tan ricamente
ornados que ya más no podían, y todos aquestos que habían estado el día
anterior contra él, estaban ese día muy á su voluntad”. Quiere describir
el botín con el que se hicieron los vencedores, pareciera que viéramos
todos estos tesoros presentarse delante de nosotros con una maravillosa
prodigalidad. “Y tan grande fue el lucro, que nadie deciros sabría el final
del oro y de la plata, y de las vajillas, y de las piedras preciosas, y de los
jubones, y de los paños de seda, y de los ropajes veros y grises, y ar-
miños, y todos los caros haberes que nunca fueran vistos en tierra. Y
bien testimonia Joffroi de Villehardouin el mariscal de Champaigne con
su buen juicio por verdad, que después que el siglo fue mustio, no fue
tanto ganado en una villa”.
La despreocupación y el heroísmo se entremezclan sin cesar en este
cuadro con un encanto indescriptible. El valor de las cruzadas tiene
demasiado mérito para disimular los sentimientos naturales que este
domina, pero no oculta. Cuando se encontraron enfrente de esta
prodigiosa Constantinopla, vieron estos altos muros, estos ricos palacios
y estas innumerables iglesias que refulgían al sol con sus cúpulas
doradas; cuando sus mi radas recorrieron “el anchor y el largor (largo)
desta villa, que de todas las demás fuera soberana, sabed que no eran tan
audaz aqueste cuyo corazón no se ponía trémulo.... y todos miraban sus
armas, que aprisa (en breve) se volvían menester (necesarias)”.
Este movimiento secreto de inquietud no les impidió abordar
valientemente la orilla enemiga. Era un claro y radiante día: “Y por la
mañana fizo buen tiempo tras el Sol naciente. Y el emperador Alexis los
esperaba con grandes batallas y grandes mantenciones (preparativos) en
la otra parte. Y suenan los cornetines (cornetas, buccinas). Los cruzados
no demandan á cada uno que deba ir avante: pero el que avante
(adelante) pueda, avante arribe.

196 CAPÍTULO XVII


Y los caballeros salieron de los navíos y lánzanse con la mar hasta
la cintura, asaz armados, los yelmos atados, las espadas en mano, y los
buenos arqueros, y los buenos sargentos, y los buenos ballesteros,
cada compañía á el lugar arribó. Y los griegos ficieron finta de
prenderlos (detenerlos). Y cuando abajo las lanzas vienen, los griegos
la espalda les dan y se van en fugándose y les dejan su orilla. Y sabed
que nunca más orgullosamente ningún puerto fue tomado”.
De nuevo van decididamente a librar una batalla campal a todas las
fuerzas del imperio griego. “Bien parecía cosa peligrosa, que los
cruzados sólo seis batallas habían, y los grecos unas buenas sesenta
habían, y todas mayores que aquestas de los latinos. Y tanto cabalgaba
el emperador Alejo, tanto se acercó, que tirábanse flechas de un
ejército á el otro. Y cuando oyó esto el dux de Venecia, dejó las torres
de Constantinopla cuyo señorío ya había, y dijo que vivir o morir con
los peregrinos quería… Y cuando el emperador Alexis esto vio,
comenzó sus gentes á retirar, y retirose á la zaga... Y sabed que no fue
tan audaz aqueste que no tuvo un gran gozo. Aquestos de las huestes
desarmáronse, los muy fatigados y abatidos y poco comieron y poco
bebieron, pues había pocas viandas”.
Villehardouin nunca turba su relato con sus reflexiones personales;
reproduce los hechos claramente y sin comentarios. No es que sea
indiferente, sino que es rápido y está entrenado. Incidentalmente,
profiere un juicio corto y grave como una sentencia. Dice por
ejemplo: “Muchos mal mantuvieron su promesa y muchos por ello
fueron punidos”. O incluso: “Sabed que él pudo mucho mejor facer”.
Y más adelante: “Agora, ¡oíd si un día tan horrible traición fuera fecha
por nadie!” Su narrativa es solo el evento en sí matizado con un reflejo
de su lealtad. A veces ni siquiera siente toda la belleza del espectáculo
que nos presenta. Relata una acción heroica, como él la llevó a cabo,
simplemente y sin ver en ello nada extraordinario. Cuando los
cruzados, disgustados con el emperador al que habían restablecido
en su trono, enviaron tres mensajeros para desafiarlo en su palacio,
en medio de su corte y de su ejército, el mismo Villehardouin, que
había hecho parte de esta embajada, relata con la más grande
simpleza las nobles palabras de su colega Quesnes de Béthune.
LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 197

Los cruzados buscarían a partir de este momento hacer todo el daño


posible al emperador, “y ellos se lo facen saber, porque no farían mal ni
á este ni á otros, como no los hubieran desafiado; puesto que nunca
ficieron traición ni en sus tierras es la costumbre que la fagan”. Dos
páginas más adelante, el historiador narra la infame traición del griego
Murtzuphe, que, encargado de la guardia del emperador Alejo, lo mata
mientras duerme. Este hermoso contraste entre las costumbres de los
pueblos no afecta a Villehardouin; los elementos están en su relato
como en la naturaleza: sin ninguna reflexión, sin que ningún
acercamiento los reúna. Estas oposiciones de colores, estas noble e
inocentes bellezas se fragmentan en la historia del Champenois, a sus
espaldas y sin premeditación. Es la obra de la naturaleza, el carácter
mismo del tema: el narrador los reproduce sin tener consciencia de ello.
El estilo de esta historia es grave, conciso. Tiene una cierta rigidez
militar que se debe al carácter del hombre y a la infancia de la lengua.
Las frases son cortas y claras; los giros, vivos y poco variados: tienen
algo del aspecto brusco y anguloso del soldado. El buen mariscal tiene
pocas fórmulas a su servicio; su admiración, como su armadura, todavía
se dobla con las mismas bisagras. Nos invita siempre a oír una de las
más grandes maravillas; a ver el milagro de Nuestro Señor; el rumor
(ruido) del combate ó de la asamblea son siempre tan grandes como si
la tierra se deshiciera, la flota o la villa que describe son siempre las
más fermosas que jamás fueran vistas desde que el mundo fuera
instaurado. Como sus cofrades, los otros cantantes heroicos, utiliza las
formas de la narración oral: Agora oíd; agora sabed; podréis saber,
señores; podréis oír esta extraña proeza. Incluso les pide prestadas
frases ya hechas y que estaban en el dominio público de los troveros,
transiciones tales que se las ve a cada instante en los cantares de
gesta 1. Villehardouin es el historiador, aún poeta, de un mundo aún
poético.

198 CAPÍTULO XVII

Ningún monumento sabría dar una idea más justa de la sociedad

1. Aquí hay unos ejemplos. “Agora os dejaremos destos y diremos de los peregrinos...
Tanto cabalgaron en sus jornadas que venidos... El emperador dio víveres á grandes y
pequeños, etc.”.
feudal, de este valor sin disciplina, de esta anarquía organizada, en la
que la comunidad de fe religiosa puede introducir algún vínculo por sí
sola. ¡Cuántas dificultades por vencer para reunir en Venecia a los
señores confederados! Unos quieren embarcarse en Marsella, otros
hablan de los puertos de Flandes, aquellos prefieren la Apulia. Tras la
marcha, los mismos obstáculos estaban por superarse para mantener
juntos todos estos elementos dispares. Villehardouin nos habla sin
cesar de aquellos que quieren “despedazar las huestes”. En Zara la
defección se vuelve inminente; en Corfú, los mismos intentos se
reproducen, aún más amenazadores: más de la mitad del ejército
concibe el proyecto de abandonar la empresa. Es necesario que los
jefes vayan a buscar a los disidentes, se prosternen a sus pies, llorando
mucho, y los enternezcan para obtener su obediencia. Entonces los
barones consultan juntos y resuelven recurrir al gran centro de la
unidad católica. Envían cuatro mensajeros al papa y el jefe supremo
de la Iglesia deja caer desde lo alto de su trono pontífice un mensaje
de orden y unión. Después de la conquista y la elección del
emperador, el interés de la narración se divide con los cruzados. El
relato de Villehardouin, fiel imagen de los acontecimientos, se
esparce al igual que ellos en la superficie del nuevo imperio: ataca de
asalto en asalto, multiplica los asedios, los combates, los hechos de
armas; persigue aquí y allá a estos aventurados caballeros,
convertidos en duques de Atenas o condes de Lacedemonia; y morirá
con Bonifacio, marqués de Montferrato y Tesalónica, en una
miserable emboscada urdida por los búlgaros. Tal es la obra de
Geoffroy de Villehardouin; cual sombra dócil de los acontecimientos,
no se aleja de ellos; los sigue paso a paso, sin dominarlos, sin nunca
coordinarlos; si esto aún no es una historia moderna, ya es por lo
menos mucho más que una crónica monacal.

LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 199


Joinville

Cuando se pasa de Villehardouin a Joinville 1, se cae en cuenta de que


se franqueó cerca de un siglo. La Edad Media dejó su rigidez y
austeridad. Adquiere expresión, fisonomía; ya no es solamente el
guerrero valiente y sabio, que, en sus narraciones, va siempre va al
grano, sin retraso, sin digresión, sin preocupaciones personales; es una
conversadora inocente que despliega todos sus recuerdos; que se vuelve
a contar ella misma con gusto, no por vanidad, sino por abandono, por
confianza, por la necesidad tan francesa de comprometerse con todo lo
que vuelve a contar. Joinville inventa este género histórico que nos
pertenece y que llamamos Memorias. Hay un encanto muy particular en
la mezcla de los grandes hechos de la historia con las impresiones y las
aventuras personales del que los reproduce; los detalles particulares nos
aproximan los acontecimientos y les dan un matiz y, de cierto modo, un
aroma a verdad tomado de nuestras experiencias diarias. ¿Por ejemplo,
no se es feliz por encontrar en la vida de san Luis, sujeto de las
Memorias de Joinville, la conmovedora confesión de la emoción que
experimentó el propio historiador cuando iba con el rey por la Tierra
Santa? Había preludiado el gran peregrinaje de ultramar con piadosas
visitas a las iglesias vecinas de su castillo. Dice: “Y así como iba yo de
Blicourt á Saint-Urbain y me era menester pasar á la vera del castillo de
Joinville, nunca osé girar la faz hacia Joinville, con el temor de tener
desmesurada nostalgia y que el corazón se me enterneciera, pues dejaba
á mis dos infantes y mi fermoso castillo de Joinville que tan fuertemente
llevaba en el corazón”.
Sin embargo, no teman que, extraviada en una plática estéril, la
memoria pierda en Joinville algo del gran interés de la historia. Dotado
de una flexibilidad maravillosa, el escritor se eleva y desciende a su vez;
su pluma obedece a todos los impulsos de los acontecimientos, a todas
las ondas de sus pensamientos.
200 CAPÍTULO XVII

Se elevaría hasta la poesía, cuando tuviera que describir alguna escena

1
1. Nació en 1223 y murió en 1317.
impactante. Escuchémosle contar la marcha de la flota:
“Y aprisa el maestro de el navío exclamaba á sus gentes que eran á la
proa: ¿es vuestra faena lista? ¿Somos á punto? Y ellos dijeron que sí
realmente. Y cuando los sacerdotes y clérigos fueron entrados, los fizo á
todos subir á el castillo de la nave y les fizo cantar en el nombre de Dios,
que nos quisiera llevar con bien. Y todos en voz alta comenzaron á
cantar este fermoso himno: Veni, Creator spiritus, todo de principio a
fin, y, cantándolo, los marineros se ficieron á la mar con la voluntad de
Dios. Y en el acto el viento entona en la vela, y aprisa nos fizo perder la
tierra de vista, tanto que no vimos más que el cielo y la mar, y cada día
nos alejamos de el lugar de el cual fuimos salidos. Y con esto quiero yo
decir también que es necio aquel que supo apropiarse algo ajeno y tener
algún pecado mortal en su alma, y pónese en semejante peligro. Pues,
quien se duerme en la noche, no sabe si va á encontrarse por la mañana
bajo la mar.
...Todos los navíos partieron y se ficieron á la mar, que era cosa grata
de ver. Pues parecía que toda la mar, tanto que podíase ver, era cubierta
de telas, de la gran cantidad de velos que eran extendidos á el viento y
había mil y ocho cientas embarcaciones, ora grandes, ora pequeñas”.
Para comprender mejor el carácter distintivo de Joinville, cotejemos
con este pasaje un fragmento análogo de Villehardouin:
“Entonces fueron abandonadas las naves y los usieres
(embarcaciones de transporte guarnecidas con uzos o puertas) por los
barones. ¡Oh, Dios! ¡Tanto bueno apostóse! (¡Se apostaron tantas cosas
preciosas!) Y cuando las naves fueron de armas cargadas y de viandas y
de caballeros y de sargentos, y los broqueles pusiéronse alrededor de los
bordes y las toldas (toldillas) de las naves, ¡y tantos estandartes
fermosos que había!... Nunca escuadra (flota) más fermosa zarpó de
ningún puerto.
... Y el día fue claro y fermoso, el viento suave y dócil; y dejarían ir
las velas al viento. Y bien testimonia Joffroi, mariscal de Champagne,
que esta obra dictó, que nunca miente á su juicio, como este que en todos
los consejos era, que nunca cosa tan fermosa fue vista. Y bien parecía
escuadra que tierra conquistar debiera, que todo cuanto se podía divisar
solo eran velas de naves y embarcaciones, tanto que el corazón de los
hombres regocijóse mucho”.
LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 201
Existen diferencias impresionantes entre estas dos descripciones. La
más notable es quizá, por un lado, la facilidad del lenguaje con la que
Joinville desarrolla sus impresiones, sus imágenes, sus reflexiones
piadosas e inocentes; por el otro, está la especie de coerción que aún
pesa en el estilo de su antecesor. Villehardouin obviamente siente las
mismas emociones, pero parece desesperarse por expresarlas. Recurre a
las exclamaciones: “¡Oh, Dios!” a expresiones en gran medida
colectivas: “¡Tanto bueno apostóse!” a alabanzas vagas, pero exage-
radas: “Nunca escuadra más fermosa...”. Se buscarían en vano en él
estos detalles familiares y tan pintorescos que hacen de la descripción de
Joinville una verdadera pintura. También observa una gran cantidad de
velas, pero no descubre la sorprendente comparación de su sucesor: no
encuentra la hermosa pintura de la maria undique et undique cœlum.
Finalmente, el corazón, muy regocijado por esta luz pura, por este aire
dulce, por este magnífico espectáculo de la flota que parte llena de
esperanza y de victoria, impaciente por no poder expresar todo esto,
recurre a su gran medio descriptivo: jura con su palabra de caballero que
todo esto era asaz bello.
Más libre y de alguna manera más radiante en su estilo, Jehan de
Joinville también lo es más en su pensamiento. Reflexiona, comenta,
compara, moraliza. Incluso a menudo no se echa atrás ante una
digresión, cuando esta le parece oportuna; introduce en su relato lo que
llamaríamos, de manera un poco ambiciosa, investigaciones. Examina
el estado de Oriente en la época de la cruzada a Egipto, los príncipes que
allí gobernaban; nos habla del origen de los asesinos, del origen de los
tártaros; habla de las fuentes del Nilo y de los fenómenos de la
inundación. Lo que no pudo ver con sus ojos, lo toma con gusto de la
boca de sus compañeros de armas; va recogiendo con curiosidad, en la
ruta, los relatos, las anécdotas, las maravillas de los viajeros: en esto el
estilo de Joinville ya se encamina hacia el de Froissart.
Pero lo que solo le pertenece a él y lo que hace de su libro una obra
inigualable es el carácter amable del autor que se revela a cada instante,
una elegante mezcla de regocijo y sensibilidad, sazonada por un grano
de la fina inocencia de Champaña.
202 CAPÍTULO XVII

Educado en la corte del elegante y espiritual Thibaut de Champagne,


perfeccionado por el comercio de un espíritu justo y elevado como san
Luis, Joinville, con la seriedad de un hombre, practica algo de la ligera
vivacidad de los trovadores. Su historia ya no es un cantar de gesta, es, a
veces, una encantadora fabulilla. En el más intenso peligro, su júbilo no
lo abandona. Rodeado de sarracenos que los hostigan a él y a su primo,
el conde de Soissons, cuando “son vueltos de correr tras estos villanos”,
están de humor para reírse juntos y decir: “Dejemos gritar y rebuznar á
este canalla, hablaremos otra vez deste día juntos ante las damas”. Este
júbilo de carácter vuelve más conmovedora la sensibilidad que allí se
diluye; se ve bien que esta está exenta de toda afectación. Se expresa en
trazos simples y rápidos. Durante una epidemia, Joinville estaba
bastante enfermo; “de la misma manera era su pobre cura (capellán).
Acontecióse que un día, mientras que cantaba este la misa frente á el
senescal acostado en su cama, cuando el cura era en medio de su
sacramento, á Joinville parecióle tan enfermo, que visiblemente veíalo
desfallecer”. Joinville se levanta inmediatamente, presto a dar su ayuda.
“Y también terminó de celebrar su misa, y no cantó nunca más, y murió.
Dios guarde su alma”. No había nadie mejor que Joinville para entender
el corazón “del bueno y santo hombre rey”. Cuando el prior del hospital
vino de preguntar a san Luis “si tenía noticias de su hermano el Conde
de Artois, ¡el rey contestó que sí, por supuesto! Esto es, á saber,
entender que bien sabía que estaba en el paraíso”. El prior intentó
consolarlo elogiando el valor que había mostrado el rey, la gloria que
había adquirido ese día, “el buen rey respondió que Dios fue adorado
con todo lo que había hecho. Y entonces comenzaron á caer con fuerza
grandes lágrimas de los ojos de los varios grandes personajes que vieron
esto, que fueron asaz oprimidos por la angustia y la compasión”.
San Luis es el alma de esta composición, como de esta época
histórica: forma la unidad de esta obra, como también aquella de
Francia. La obra de Joinville reproduce en su mercado, en su interés, la
imagen de lo que sucedía entonces en la nación. Todo se junta alrededor
de un solo hombre, los datos se subordinan y organizan relativamente en
un centro. Villehardouin había pintado maravillosamente la indepen-
dencia feudal; Joinville, incluso por la forma bibliográfica que eligió, ya
expresa la importancia creciente de la realeza.
LA HISTORIA FUERA DE LOS CLAUSTROS 203
Froissart

El feudalismo, listo para desaparecer de la escena mundial, lanzó su


resplandor más brillante en la Crónica del caballero Jehan Froissart,
canónigo y tesorero de la iglesia colegial de Chimay, nacido en
Valenciennes hacia el año 1337 1. Su obra es un vasto retrato de una
historia llena de movimiento, de refulgentes colores, vestimentas
espléndidas: batallas, fiestas, torneos, asedios de villas, tomas de
castillos, grandes cabalgadas, audaces escaramuzas, hechos nobles y
manejo de armas, entradas de príncipes, asambleas solemnes, bailes e
indumentarias de corte, toda la vida militar y feudal del siglo XIV se
conglomera, se acumula en una magnífica profusión. Froissart es el
Walter Scott de la Edad Media.
Su obra es un singular ejemplo de la preocupación exclusiva de una
sociedad de élite que, satisfecha de ella misma, cegada por su elegancia
superficial, no ve nada debajo ni más allá e incluso ni siente el suelo de
la patria que se estremece y se entreabre para devorarla. Acunada por las
novelas de caballería, que formaban la única lectura de las cortes y de
los castillos, transportaba sus sueños en la realidad; la ficción, tras haber
nacido de la sociedad feudal, repercutía sobre ella y la modificaba a su
vez. Fiel historiador de una época similar, Froissart se deja, como esta,
encantar por sus frívolos esplendores; su padre era, se dice, pintor de
blasones; él mismo no es otra cosa: su historia es un blasón completo,
pero entretenido.
Su destino lo puso en el más conveniente para componer semejante
crónica. Froissart es uno de estos clérigos mundanos apegados a la
domesticidad de los castillos; está bastante cerca de la escena para ver
bien, bastante desocupado para escribir lo que ve. Ya no es, como
Villehardouin o Joinville, un noble señor, un valiente caballero que, tras
una larga vida de guerra, consagra algunos años de su vejez a recoger los
recuerdos de lo que hizo, de lo que vio; es un escritor de profesión, que
no tiene otro papel, otro gusto más que la historia: se llama a sí
204 CAPÍTULO XVII

1
1. Murió en 1410.
mismo historiador.
No es que no se entregue, en estas brillantes cortes, a algunas
distracciones mundanas, que no tome parte, por su cuenta, en los
episodios más frívolos de su drama, pero este amor mismo del mundo
que describe da un nuevo encanto a sus pinturas; y cuando se despierta
de nuevo, va al interior de tu forja, para obrar y forjar en la alta y noble
materia del tiempo pasado.
Vivir y contar, para él es lo mismo. Nacido activo, revoltoso, ávido
de placer, necesita agitación y espectáculo; la historia le agrada en este
sentido: es un medio de existir más y multiplicando sus impresiones.
Pues la historia no estaba entonces en el estudio solitario y sobre las
polvorientas estanterías de los archivos; se necesitaba perseguirla por
todos los caminos, en medio de todas las cortes, en los castillos, en los
hostales. Froissart a veces iba a buscarla en las montañas de Escocia,
trotando en su caballo gris, con su baúl a la grupa y llevando suelto un
galgo blanco; a veces la encontraba en la ruya de Blois a Orthez, donde
un caballero, señor Español de León, cabalgando lado a lado con
nuestro historiador, le informa, haciendo camino, de mil detalles, mil
recuerdos que vincula con todos los castillos, todas las villas, todos los
entornos que recorren. Nos encontramos a su vez a nuestro cronista en la
corte de Felipa de Henao, reina de Inglaterra, de la cual era clérigo, y
que le merecía calidad “de fermosos dictados y tratados amorosos”;
luego en Milán con Boccaccio y Chaucer, en medio de los festejos de
una boda real; luego en Lestines, donde obtuvo el curato, y donde dejó
“quinientos escudos entre los taberneros” sus feligreses. De allí pasó a
unirse con Wenceslao, duque de Brabante, con Gui, conde de Blois, con
Gastón Phebus, conde de Foix. Visita Aviñón dos veces, atraviesa la
Auvernia, llega a París. Se lo ve, en menos de dos años, en la Cambresis,
en Henao, en Holanda, por segunda vez en París, en Picardía, luego en
Languedoc, y de nuevo en París, en Valenciennes, en Brujas, en la
Esclusa, en Zelanda, por último, en su país. Toda su vida, como su
crónica, es solo una larga cabalgada; Froissart es el caballero errante de
la historia. Improvisa sus relatos sobre la marcha, captura los
acontecimientos a medida que se dan, y parece solo dejar de escribir con
el fin de darles tiempo de nacer.
Uno siente que ella tenía que ser la influencia de semejante vida en
la obra que fue su fruto. No se le puede pedir a Froissart una crítica
severa, un examen cuidadoso de los testimonios; él los acoge a
medida que se presentan, él los grababa con ávida curiosidad. Al
salir de una fiesta, una comida, una conversación que se había
prolongado hasta bien entrada la noche, y todo el mundo contaba a
su antojo lo que había visto, lo que había pensado hacer, el viajero
historiador al regresar a su habitación, y antes de acostarse, a toda
prisa se lanzaba sobre el papel a escribir lo que podía recordar.
Imparcial, a pesar de lo que se haya dicho, fielmente reproducía las
historias de sus huéspedes; él solo aportaba color y vida. Esto no
quiere decir que los hechos que narra sean siempre verdad;
influenciado sin darse cuenta de los que lo rodean, Froissart fue
capaz de transmitir imprecisiones, pero no crearlas; es un espejo fiel
que a veces reproduce personajes disfrazados.
Otra de las consecuencias de su método, es el desorden y la
confusión en la cronología. Su historia se extiende desde el año 1326
hasta 1400. No se limita a los hechos en los que Francia fue el
escenario; cuenta con el mayor detalle los acontecimientos que
tuvieron lugar en Inglaterra, Escocia, Irlanda, Flandes. Nos da
información valiosa sobre los asuntos de Roma y Aviñón, de
España, Alemania, Italia. Incluso habla a veces de Prusia y Hungría,
Turquía, África y otros países de ultramar. ¿Qué conjunto puede
estar formado de tantos objetos diferentes, sin ningún otro vínculo
que el del azar y la fantasía? En algunos capítulos hay varias
historias diferentes comenzadas, interrumpidas, retomadas,
suspendidas de nuevo; encontramos los mismos hechos narrados en
varias ocasiones para ser reformados, contradichos, desmentidos,
desarrollados. Froissart es un narrador más que un escritor: nunca
borra, repite.
Así, su estilo muestra características de improvisación: no pide
una precisión severa, esas expresiones notorias que simplifican la
historia y la engrandecen. Froissart es difuso, pródigo de palabras y
detalles. Los objetos se presentan en la muchedumbre y todo a la vez
bajo su pluma; él los acoge con satisfacción, los pone en primer
plano y así destruye la perspectiva: él no sabe ni resumir ni abstraer.
Por compensación, tal vez nunca ningún narrador tuvo una
imaginación más encantadora y más viva: él todo lo ve en imágenes
y le da una forma dramática. Esta cualidad es el dorso brillante por
defecto que ahora le reprochamos. Froissart pintaba todo, por la
incapacidad de no generalizar nada: describe la circunferencia de la
historia, ya que no puede penetrar hasta el corazón. Su prolijidad no
es más que el exceso y de alguna manera la embriaguez de una
cualidad. La prosa francesa, finalmente liberada de sus ataduras,
feliz de poder expresarlo todo, se entretiene por contarlo todo, como
para tener el placer de escucharse. Se cree escuchar la naciente y
encantadora palabrería de una voz fresca de un niño.
Concluimos estas observaciones citando unas cuantas líneas de
Montaigne. No será sin interés de escuchar la sabia y reflexiva
ingenuidad del siglo XVI juzgar la ingenuidad sincera del siglo XIV.
"Me gustan los historiadores o muy sencillos o excelentes. Los
sencillos, que no tienen como integrar cualquier cosa de sí, y que
solo aportan el cuidado y la diligencia para recoger cualquier cosa
que venga a su conocimiento y de grabar de buena fe todas las cosas
sin elegir ni clasificar, dejamos todo el juicio por el conocimiento de
la verdad. Tal fue, por ejemplo, que el buen Froissart, que caminó en
sus empresas en una verdadera ingenuidad, que sin haber hecho
nada malo, él en ningún momento tuvo temor de reconocer y
corregir en el lugar donde fue advertido, y que nos representa la
diversidad de los mismos rumores y los diferentes informes que se le
hacían. Esta es el motivo de la historia desnuda y sin forma: todo el
mundo puede sacar provecho tanto como la entienda".

Commines

Dejando a Froissart y sus imitadores, los cronistas de Borgoña,


para escuchar a Philippe de Commines1, cambiamos de mundo como
de época. Del espectáculo brillante y animado de pasos de armas
feudales se procede al estudio serio e informativo de la política
emergente. La habilidad, el cálculo ya estaba en el olvido del siglo
XIV; se escondía mal bajo el atavío caballeresco de Froissart; ahora
él está en la superficie, aparece desnudo y sin vergüenza. La
inspiración poética de la Edad Media desapareció de toda Europa,
está en todas partes la corriente de astucia, perfidia, delincuencia.
Italia tiene su Borgia, su Medici, su Maquiavelo; Inglaterra tiene su
Ricardo III; el emperador Federico III responde a los embajadores
en la manera de Tarquino, y roba a nuestro La Fontaine la invención
de una de sus mejores fábulas2. Finalmente, el trono de Francia es

1. Philippe de Commines, Señor de Argenton, nacido en 1445 en Poitou, muerto en


1509. Sus Memorias tienen como objeto los reinados de Luis XI y Carlos VIII, 1464-1498.
2. "Como este emperador había sido toda su vida un hombre de muy poca virtud, no
cabe duda de que así era; y, por el tiempo que había vivido, él tenía mucha experiencia....
Dicho emperador respondió a los embajadores del rey que cerca de una ciudad alemana
había un gran oso que estaba provocando mucho terror. Tres compañeros de dicha ciudad,
que atormentaban las tabernas, se acercaron a un tabernero a quien le debían, le rogaron
que les incrementó otra vez la cuota, y que antes de dos días le pagarían todo; porque ellos
atraparían el oso, que estaba provocando tanto terror, y cuya piel valía una gran cantidad de
dinero, sin contar los regalos que les harían la gente del pueblo. El susodicho anfitrión
cumplió con su petición; y cuando hubieron comido, se fueron a los lugares donde
frecuentaba el oso, y cuando se acercaban a la cueva, se encontraron más cerca de lo que
ellos pensaron. Tenían miedo; estaban listos para huir. Uno llegó un árbol, el otro huyó
hacia la ciudad; al tercero, el oso lo tomó y lo comenzó a pisotear fuerte acercándole al
hocico cerca del oído. El pobre hombre estaba tendido sobre el suelo y se hacía el muerto.
Pero esta bestia es de tal naturaleza, que lo que tienen, sea hombre o animal, cuando vio
ocupado por el hombre más hábilmente traicionero de su época, el
héroe de Commines, Luis XI1.
La historia de Commines es dramática, no en detalle, sino
como un todo; nos presenta una lucha llena de intereses entre el
espíritu político que nace, y el espíritu feudal, violento y mareado,
que sucumbirá. Esta es por otra parte la causa de la unidad francesa
que defiende este rey vulgar de costumbre y de lenguaje contra su
valiente, impetuoso, pero no pérfido adversario, Carlos, duque de
Borgoña2. Commines pretende capturar y retratar a todas las
peripecias de esta acción; siguió con amor la partida entablada entre
los dos nobles jugadores. Él se deleita en desenredar todas las
complicaciones de esta sabia intriga. Al leerlo, se cree interpretar a
un hombre inteligente que explica las piezas de una máquina
ingeniosa. De la injusticia de las empresas, el sufrimiento de los
pueblos, la atrocidad de estas guerras, donde el brutal Bourguignon
siembra por doquier fuego y torturas, quema su ciudad de Lieja,
cuelga los burgueses, corta los puños de los presos, muy poco
importa a Commines. Dedicado completamente al estudio de las

que no se movía más, lo dejó allí, cuidando que sí estuviera muerto. Y así este oso dejó al
pobre hombre sin hacerle ningún daño, y se fue a su cueva. Y cuando el pobre hombre se
dio cuenta que estaba libre, se levantó, y corrió hacia la ciudad. Su compañero que estaba
en el árbol, después de haber visto esto, bajó del árbol, corrió y le gritó al otro que iba
adelante que lo esperara. Este dio la vuelta y lo esperó. Cuando se encontraron, el que
estaba sobre el árbol le preguntó a su compañero, con juramento, que le dijera lo que el oso
le había aconsejado en tanto tiempo que tuvo su hocico contra el oído. A lo que respondió
su compañero, "Él me dijo que nunca negociara la piel del oso hasta que la bestia estuviera
muerta". Y con esta fábula le pagó el emperador a nuestro rey, sin otra respuesta a su
hombre: como diciendo, "ven aquí, como has prometido, y ten este hombre, si podemos; y
luego deparen (compartan) sus bienes. "Ph. de Commines, lib. III, cap. III.
1 "Cuando se pensaba en los demás príncipes, uno encontraba estos grandes nobles
y notables, y los nuestros muy sabios; que dejaron su reino en aumento, y en paz con todos
sus enemigos. "Commines, lib. IX cap. ix.
2. Carlos el Temerario hizo francamente justicia. "El duque me llamó a una ventana,
dijo Commines, y me dijo: "He aquí el Señor de Urfé que me presiona para hacer de mi
ejército el mayor que pueda, y me dice que haremos el mayor bien al reino. ¿Usted piensa
que si entro con la compañía que dirigía, que yo haré el bien?" Le contesté riendo que me
parecía que no. Él me dijo estas palabras: "Yo prefiero el bien del reino de Francia, a que
monseñor de Urfé no piense que por un rey que él tiene, yo quisiera seis." Commines, lib.
III, cap. vii.
causas y efectos, lleno de admiración por la intriga que sale bien, él
triunfa cuando puede seguir tres o cuatro combinaciones políticas
que se tejen al mismo tiempo, cuando tiene sobre sus dedos todos
estos hijos diplomáticos que se muestran, cruzan, dividen, unen,
nunca se confunden; él exclama con alegría: "Y se llevaban todos
los mercados en un momento y de una sola vez" Él declara con
gusto a Francia como el médico apasionado por su arte: “Usted tiene
una hermosa enfermedad” ¡Qué suerte para él haber encontrado en
su entorno “un rey tan sabio” que se tome la molestia de entender!
De ver este príncipe débil y de cara triste, los tontos se burlan, pero
son tontos. Bajo sus vulgares apariencias, en sus trajes excéntricos,
nuestro historiador reconoció el ideal que soñó. El nacimiento
colocó a Commines al lado del duque de Borgoña, pero este hombre
no sabe nada de las hermosas intrigas; Commines lo deja y pasa al
lado del rey, no por traición, sino por simpatía. Luis XI y Commines
eran necesarios el uno al otro; separados, perderían para la
posteridad la mitad de su valor: para tal príncipe tal historiador.
Ellos se complementan entre sí, como el lenguaje completa el
pensamiento. El rey no desdeñaba hacerse su favorito, en quien
encontraría una naturaleza dócil; le explicaría su política, le contaría
sus obras y, a veces los acontecimientos del pasado: eso era una
verdadera lección de historia. Así le aprendió los detalles del
asesinato de Juan Sin Miedo en el puente de Montereau1. Él lo había
hecho su amigo, que hacía dormir en su habitación, lo llevaba a sus
entrevistas políticas vestido exactamente igual a sí mismo2. De este
modo Philippe de Commines, que se colocó en la fuente de la
información, fue capaz de completar el primer deber del historiador:
escribir sólo la verdad. Él "se deliberó de no hablar de nada que no
fuese cierto, y que no hubiese visto o supiera de esos grandes
personajes que son dignos de creer". La historia de este modo
adquiere un nuevo carácter; se convierte en crítica, recibe y pesa los
testimonios. Ya no tiene por objetivo entretener, sino instruir.
1. Lib. I, cap. ix.
2. Es cierto que se trataba de una medida de precaución para despistar a los
asesinos.
Philippe escribió "Con el fin de que se conozca las habilidades de lo
que se usa en Francia". Tampoco se ahorra las lecciones, los
razonamientos. Sus observaciones no son de esas máximas brillantes
o profundas, como las de Tácito, que concentra el pensamiento en
una línea y lanza de vez en cuando un destello sobre las
profundidades más ocultas del corazón humano. Las conclusiones de
Commines se desarrollan a gusto y sin pretensiones de elocuencia;
esconden, como su héroe, mucho sentido en un aspecto vulgar. En
su mayoría son prácticas y políticas. Él "hace su cuenta de que la
gente tonta e inocente no se deleitarán al leer estas Memorias; pero
los príncipes y otros cortesanos encontrarán buenas advertencias, en
su opinión”. Es a su uso lo que él comenta los acontecimientos. Él
les dice, por ejemplo, las precauciones en el envío y recepción de
embajadores; aconseja nunca aventurar una batalla cuando se puede
evitar; compromete a los príncipes a tratar a todos por igual; muestra
lo peligroso que es para los reyes herir a sus inferiores con palabras
ofensivas, con respecto a hacerse inspirar temor de sus amos.
Este es el tipo de reflexiones que le gustaban a Commines;
nada en general, nada realmente humano; sin embargo, sus máximas
tocaban la experiencia personal de donde nacieron. Tienen por
esfera a los tribunales y el gobierno; por encima, el autor ve solo el
cielo y una providencia fatal, que lo exime de no buscar nada más
allá.
En su narración como en su política, Commines es poco
luchador. No se divierte en describir los combates, a veces se le
ocurre encerrar desdeñosamente una gran batalla en una frase
incidente. Se esmera en constatar el resultado de las operaciones
militares y las causas que las provocaron. En cuanto al efecto
dramático de la narración, se ocupa poco; incluso lo destruye
fácilmente por una digresión, más celoso de razonar justo que de
describir bien.
Sin embargo este escritor tan despreocupado del color, lo
reencuentra de vez en cuando al buscar solo la verdad. Es
especialmente cuando habla del rey Luis XI que su impresión
involuntaria resulta en los rasgos más expresivos. Lo que es más
sorprendente es que el retrato que dibuja de este príncipe, "que se
vestía muy corto, y tan mal que peor no podía; bastante mal paño
llevaba algunas veces, llevaba un sombrero viejo, diferente a los
demás, y la imagen principal de perdigón”. En otro lugar nos lo
muestra en sus meditaciones políticas. “El rey fue a sentarse a la
mesa, habiendo muchas imaginaciones para saber si iba a enviar a
los ingleses o no, y antes de que se sentara en la mesa, me dijo unas
pocas palabras; porque hablaba fuerte en privado y, a menudo a los
que estaban más cerca de él, y le encantaba hablar al oído.... Sin
contenerse estuvo sentado en la mesa, y tuvo una pequeña idea
(como saben lo que hacía, y de tal manera que fuera bastante extraño
a los que no lo conocían, porque, sin conocerlo, lo habían juzgado
mal; pero sus obras dan testimonio de lo contrario), me dijo al oído
que me levantara....” Nada es igual a la vivacidad cómica de la
escena donde el rey, para confundir a sus enemigos entre ellos, que
recibió al mismo tiempo los embajadores, los hizo esconder detrás
de un biombo, para que ellos interpretaran la manera de pensar de
los otros. “Y el rey vino a sentarse en un taburete, al lado del
susodicho biombo, para que pudiéramos oír mejor las palabras de
Louis de Creville y su compañero.... Louis de Creville comienza a
imitar al duque de Borgoña, y a patear la tierra y a insultar a San
Jorge, y llamó al rey de Inglaterra tuerto... y todas las burlas del
mundo posibles de decir a un hombre. El rey se reía tanto; y le pedía
hablar en voz alta ya que comenzaba a volverse sordo y que lo dijera
una vez más. El otro no fingió, y comenzó nuevamente de muy buen
corazón. Monseñor de Contay, que estaba conmigo en este biombo
fue el más asombrado del mundo".
A pesar del tono simple y algo burgués que le gustaba a
Commines, la verdad de la observación, la visión clara de los
grandes intereses políticos, a veces llegaba a su obra hasta el más
bello estilo de la historia. La imagen que él traza de los resultados de
la administración de Luis XI tiene una grandeza tranquila y simple
que la historia moderna aún no ha conseguido, y que no debía
superar. Commines nos presenta una Europa sumisa a la influencia
del rey, Bretaña en paz con él, España obligada a descansar, Italia en
busca de su amistad. "En Alemania él tenía a los suizos que le
obedecían como súbditos; los reyes de Escocia y Portugal eran sus
aliados. Parte de Navarra hacía lo que él quería. Los súbditos
temblaban ante él". La misma religión parecía rebajarse a este
príncipe su venerable majestad; los objetos sagrados abandonaban el
santuario y pasaban a la cámara de la muerte “para alargar su vida.
Sin embargo nadie hacia nada; y era necesario que pasara por donde
otros habían pasado1”.
El sentimiento moral, que parece perforar en la última parte de
esta pintura, falta generalmente en el historiador Louis XI. Él es más
devoto que religioso; él cree en la influencia de la voluntad arbitraria
de Dios más que en la autoridad inviolable del deber y de la santidad
de la virtud. Commines tiene algunos escrúpulos a propósito de las
maquinaciones del Rey “en cuanto a la conciencia”; pero
rápidamente se tranquiliza al pensar que después de todo “era uno de
los hombres más sabios y sutiles que había reinado en su época”. En
esta época en la que la política procedía a la fuerza, la sola habilidad
preocupaba todos los pensamientos y no dejaba lugar para ninguna
otra admiración. La política, en su origen, corta al éxito en línea
recta; más tarde tendrá en cuenta la justicia, solo para cálculo. Se
puede decir de la política, en sus relaciones con la honestidad, lo que
se dijo de la ciencia respecto a la religión: naciente nos distancia,
ampliada nos acompaña. Commines comienza a volver a la moral,
pero todavía está en camino.

Christine de Pisan y Alain Chartier

Entre Froissart y Commines se ubican, como una transición,


dos escritores cuyo mérito explica en cierta medida la sorprendente
superioridad de Commines. Christine de Pisan y Alain Chartier, sin
ser, en sentido estricto, historiadores, sirven de peldaño entre el
último cronista de la Edad Media y el primero de los tiempos

1. Lib. VI, cap. X.


modernos1. Christine y Alain son dos poetas, moralistas, retóricos.
Colocan la reflexión junto al hecho, la cita junto al pensamiento.
Tanto el uno como el otro conocen y aman a los ancianos. Designan
a Séneca, Cicerón, Virgilio, que han leído; Orfeo, Museo y Homero,
que admiran un poco su palabra; Homero que recolectó de los
árboles de Helicon muchas ramas para hacer flautas y flautines en
las que canta melodioso. Ambos aspiran a algo más que la crónica,
ellos querían ser retóricos, casi filósofos. En cuadros tomados de la
poesía contemporánea en los sueños, las visiones, los recuerdos del
Roman de la Rose, ellos toman piezas oratorias a menudo
elocuentes, especialmente para Alain Chartier, inspirado por el
espectáculo de las desgracias de su patria. El mismo estilo de estos
escritores toma una gravedad, una marcha noble y periódica bastante
desconocida para los prosistas que les preceden. Al recorrer el
Quadriloge de Chartier, uno a veces cree leer un autor moderno
hábil para cortar simétricamente su período y contrastar entre ellos
los diferentes miembros que la componen. Sin duda es el conjunto
de estas nuevas cualidades las que ameritaron a Chartier el homenaje
no menos nuevo de la delfina Margarita de Escocia (la esposa del
príncipe que se convirtió en Louis XI), que “pasaba con un gran
grupo de damas y señores en una habitación donde él estaba
dormido, fue a besarlo en la boca: cosa de la que algunos estaban
sorprendidos, porque a decir verdad, la naturaleza había insertado en
él un bello espíritu en un cuerpo de mala gana, esta señora les dijo
que no se debían asombrar de este misterio, sobre todo porque ella
no pretendía haber besado al hombre cuya boca estaba tensa de
palabras de oro”. Carlos V acoge en su corte a la italiana Christine

1. Christine, hija de Thomas de Pisan, nacida en Venecia en 1363, siguió su padre a


Francia, se hizo astróloga de Carlos V; se casó con Etienne du Castel, y murió viuda
después de 1420. Compuso muchas obras en verso y en prosa, entre ellos La vida de Carlos
V.
Chartier, nacido en 1386 en Normandía, muerto en 1458. Sus principales obras en
prosa son: la Historia de Carlos VII, el Curial (cortesano), Esperanza y Le Quadriloge.
2. Etienne Pasquier, Recherches de la France, lib. V, cap. xviii.
de Pisan, Margarita de Escocia honrando de un beso, el sabio pero
un poco pedante Alain Chartier, esta es la Francia ávida de
conocimientos antiguos y aclamando los primeros destellos de
renacimiento de su admiración ingenua.

CAPÍTULO XVIII

TEATRO DE LA EDAD MEDIA

Origen del drama en el Oficio Divino. – Recuerdos del teatro pagano.


Análisis de las vírgenes necias. – Juegos de San Nicolás.

Origen del drama en el Oficio Divino

El teatro, así como la historia, nos muestra el pensamiento


moderno naciente en el seno de la Iglesia y luego separándose para
iniciar una vida independiente y laica.
Uno se expone a un grave error cuando, para conocer el teatro
de una época que ya no lo es, se contenta con estudiarlo en la letra
muerta que parece apoyarlo. El drama no está en el papel del poeta
está en el alma del espectador, en la espera inquieta, en el asombro
ingenuo, en el terror, en la piedad, en todas las pasiones que se
despiertan cada vez. El poema no es más que la pieza que pone en
acción esta máquina enorme, pieza necesariamente adecuada para el
engranaje que lo pone a moverse. Su única función es la de buscar
en el fondo de los corazones las idea que le han dejado la educación,
las creencias religiosas, los hábitos de cada día; mezclarlos,
combinar estos elementos dramáticos, para crear todo un mundo de
nuevas emociones. Por lo que es erróneo que se despreciara el teatro
de la Edad Media, por recorrer con nuestras ideas modernas los
escombros inanimados que nos quedaron. Era juzgar un panorama
después de destruir la perspectiva. Ciertamente no se quedaban sin
fuerza estas obras dramáticas que desplegaban ante un pueblo, que
le hacía ver y tocar los objetos más serios y más consistentes de sus
meditaciones, el cielo, el infierno, los milagros, la pasión de Cristo,
el destino del hombre, más cerca de él e hizo palpable a través de
esta vulgaridad de detalles que hoy afecta a nuestro gusto literario.
Uno no pedía al poeta ni combinaciones sabias ni preparaciones
laboriosas. La fe de la gente salía delante de sus palabras, y con la fe
la emoción; las mentes estaban llenas de maravillosas creencias; lo
milagroso era solo creíble. La naturaleza no era un mecanismo
impasible, sometido a las leyes eternas irrevocables; llena de
influencias sagradas, ella obedecía en todo momento a la voluntad
arbitraria de Dios, a la poderosa intercesión de los justos. La oración
era una especie de magia que triunfaba sobre toda la resistencia de la
materia. Noble presentimiento de la soberana realeza de la
inteligencia. El universo estremecía al oír la voz del hombre, las
tumbas devolvían a sus presas, el cielo dejaba descender las visiones
divinas. Las estatuas de los santos se movían en sus bases de piedra;
en la oscuridad de la noche se escuchaba la voz quejumbrosa de los
muertos, y el día que se esperaba con ansias el sonido de la trompeta
del ángel señal del juicio final. La tierra era tan infeliz que tenía que
recordar el cielo. Además, la salvación era el gran asunto: los
príncipes, los señores estaban un tanto distraídos por el cuidado de la
ambición o los placeres; pero la gente vivía principalmente por la
esperanza. Su verdadero país era el cielo, su verdadero hogar la
iglesia, sus placeres más puros eran las magníficas solemnidades del
culto católico, que engañaban un momento su miseria y la
embriagaban de incienso, luz y armonía. ¡Con qué alegría veía el
regreso de estos festivales anuales que marcan las estaciones de la
iglesia! qué alegría para él ver renacer cada año a Cristo en medio de
la navidad, para verlo resucitar y elevarse al cielo, como para
prepararle su lugar, el niño comprendía este Dios que estaba en los
brazos de una joven madre, y el anciano, al ver de nuevo las
festividades de su juventud, creía empezar a vivir de nuevo.
La iglesia respondía maravillosamente a esta necesidad del
pueblo. Su culto no era más que un largo y divino espectáculo. Qué
teatros magníficos que estas vastas catedrales góticas, que parecen
estrechas de la fuerza de altura, y parecen tratar de besar el cielo en
sus audaces bóvedas, construidas sin duda solo por Dios; porque el
hombre sólo cubre el pavimento: el resto está vacío, y es inmenso.
Fue allí que al día misterioso de las vidrieras coloridas o de los
cirios benditos, a los sonidos graves y extraños del órgano, se
llevaron a cabo largas procesiones, coros suntuosos de la tragedia
cristiana. Entonces comenzaría la representación de los santos
misterios.
Fue en Navidad, la oficina del Pesebre o de belén; la de la
Estrella y los tres reyes magos el día de la Epifanía; la de la tumba y
las tres Marías en Pascua; dramas reales, donde se veía, por ejemplo,
las tres mujeres santas, representadas por tres cánones, la cabeza
volaba de su sotana, para completar el parecido, ad similitudinem
mulierum, dijo el ritual; o que era un sacerdote que, subido en el
palco y algunas veces en la galería exterior por encima del portal
representaba la ascensión de Jesucristo. Los mismos papeles escritos
y recitados o más bien cantados no faltaban en estos místicos
actores. En el relato de la Pasión, las palabras que el Evangelio
prepara a cada personaje son confiadas a tantos sacerdotes, del que
cada uno habla a su vez, y así da más verdad y vida al diálogo. Aquí
estaba el origen del drama cristiano, de los misterios o acciones
dramáticas extraídas de las santas Escrituras. Los milagros, otro tipo
de representaciones que tenían por sujeto la maravillosa vida de los
santos, también nacidos de la adoración de una manera similar. Las
prosas o secuencias cantadas antes del Evangelio, eran al principio
sólo una modulación melodiosa, que pondría fin a la gran doxología
(in sæcula sæculorum, amen). Se sustituyeron los cantos destinados
a celebrar las alabanzas del santo al que la Iglesia celebraba la fiesta.
A veces dos clérigos llevando la capa subían al palco, y en una
especie de diálogo cantaban alternativamente el uno en latín, el otro
en románico, la gloria del mártir o del confesor. Esto es a lo que se
llama epístolas recargadas (mezcladas), epistolæ farcitæ,
indudablemente por la mezcla de dos idiomas. De este modo se
introducía en el culto no sólo el drama, sino también la lengua
vulgar que el drama pronto debía usar exclusivamente.
Nos quedan los monumentos curiosos que constatan la
transición de la forma narrativa de la Biblia a la forma dramática de
los misterios: estos ya son los verdaderos dramas, los diálogos en
verso, donde figuran varios interlocutores, y donde se encuentra aun
así una narración también verso, que servía para unir las diferentes
partes del diálogo y formaba el papel especial de un personaje
análogo, bajo alguna relación, en el coro antiguo. Encontramos, por
ejemplo, pasajes como éste:
PILATUS.
Levez, sergents, hâtivement :
Allez tôt là où celui pend;
Allez à ce crucifié,
Savoir ou non s'il est dévié (mort).
— Donc s'en allèrent deux sergents.
Des lances dans leurs mains portants;
Ils ont dit à Longin le cieu (l'aveugle, cæcus)
Qu'ont trouvé séant en un lieu :
UNUS MILITUM.
Longin, frère, veux-tu gagner (de l'argent)?
LONGINUS.
Oil, bel sire, n'en doutez mie. *
*Se propone una traducción al español del poema, aunque no conserva su sonoridad:
PILATOS
Levántense, sargentos, apresuradamente:
Ir pronto allá donde el que cuelga;
Ir donde ese crucificado,
Saber o no si está desviado (muerto).
-Así que se fueron dos sargentos.
Las lanzas en sus manos portaban;
Le dijeron a Longino el ciego (Caecus)
Que fue encontrado sentado en un lugar:
UNUS MILITUM
Longino, hermano, ¿quieres ganar (dinero)?
LONGINO
Sí, admirable señor, no lo duden.
De dramas semejantes no se diferencian en nada, por la forma,
del relato de los evangelistas: el diálogo aún está completamente
separado del relato. Incluso se acompaña de música. Vemos en los
manuscritos los misterios más antiguos cada línea de texto superada
de su notación. Por tanto, es cierto que el culto católico contenía el
origen de las representaciones serias de la Edad Media.

Recuerdos del teatro pagano

Este elemento hierático se desarrolló bajo las influencias


extranjeras. El más poderoso de todos fue el sabor tradicional de los
juegos escénicos, perpetuado desde la época de los romanos en las
poblaciones del sur de Europa, y que protegió por mucho tiempo
contra los mismos ataques del clero las representaciones teatrales de
los mimos, las pantomimas y los histriones, mientras que él se aliaba
en el norte con los elementos dramáticos de las supersticiones
paganas. La antigüedad griega y latina había visto crecer
oscuramente, al lado de magníficos teatros, el entretenimiento
popular similar a los juegos de nuestros saltimbanquis y funámbulos.
Jenofonte, Apuleyo, Lucien y especialmente Ateneo nos han
conservado las relaciones curiosas. Además, las pinturas y bronces
de Herculano, los mosaicos, los bajorrelieves, nos permiten
reconocer en el zapato, la vestimenta y las travesuras de los
sanniones y los mimi el modelo de los bufones de la comedia
italiana. Estos entretenimientos populares, que requerían menos
gastos y preparativos que las grandes representaciones nacionales, y
que por otra parte suponían de la audiencia una cultura menos
perfecta y de gustos literarios menos refinados, sobrevivieron en
todas partes al teatro clásico, y se unieron sin interrupción a los
juegos de cristianos y bárbaros. Esclavo o libre, conquistador o
conquistado, siempre había un pueblo ávido de placeres escénicos.
De ahí tanta locura pagana conservada entre las poblaciones
modernas; de allí las plantaciones de árboles o de maíz, la corte de
las ramas, el rey de la soja, los regalos y las mil falsificaciones de las
Saturnalias. De ahí los juegos escénicos introducidos en los
funerales, y una serie de costumbres extrañas que la tradición haría
penetrar hasta en la Iglesia. Vimos gradualmente las
representaciones de la Pasión, el vuelo de la Virgen y el nacimiento
del Salvador, que tenían lugar en las iglesias, se llenaban de
personajes profanos: Barrabás, María Magdalena, el judío errante,
valiente zapatero con las insignias de su arte, y hasta la burra de
Balaam con su canto poco melodioso, se atrevieron a aparecer en el
coro y alegrar de su presencia la severidad de los misterios1,
especialmente la burra, que tuvo el honor de servir de montura al
Salvador, fue el personaje privilegiado de la multitud. Se quería
darle la bienvenida con coplas alegres. Un himno latino fue
compuesto en su honor, y cada estrofa fue seguida por un coro en la
lengua vulgar, que el pueblo repetía con gran alegría:

Eh! Majestad el burro, ¡pero cante!


Hermosa boca refunfuñe:
Usted tendrá suficiente heno,
Y de avena en planté (en cantidad, plenty).

Todos los años, en la época de las saturnalias antiguas, los


recuerdos de esta fiesta pagana irrumpían en la iglesia. La fiesta de
los subdiáconos, y la de los tontos, que le sucedían, tuvieron la
ocasión de una serie de ceremonias a menudo ridículas, a veces
inmorales, que nos abstendremos de recordar aquí2.Sin embargo, la
idea que había gobernado la institución de los saturnales, la de la
igualdad primitiva de los hombres, era bastante conforme con el
espíritu del cristianismo y bastante importante para la pobre gente
por no haber podido fácilmente ser borrado de su memoria y de su
moral. El pueblo lo escuchaba bien, porque repetía entonces tres

1. Ulrici, Shakspeare's dramatische Kunst.—Magnin, les Origines du théâtre


moderne, — Ph. Chasles, Hrosvita.
2. Podemos leer los detalles en el Cange, Glossarium ad scriptores mediæ y infimæ
latinitatis, v. Asinus ; v. Abbas Conardorum ; v. Barbatoria v. Kalendœ festum. — Dutillot,
Memoires pour servir à l'histoire de la fête des fous.— Lancelot, Histoire de l’Académie
des inscriptions, t. IV, p. 397 (éd. In-12). — Dulaure, Histoire de Paris, t. II, p. 53. —
Ideler, Geschichte, der alt franzœsischen National-Literatur, S. 226.
veces seguidas el verso vengador, contento de ver a los príncipes de
la Iglesia descender desde sus dignidades, y abandonar las insignias
a los más humildes de sus subordinados, se convirtió por un instante
en abades, obispos y papa de los locos.
Así, no sólo el drama serio, sino también la farsa dramática
nacía en el santuario, gracias a la intervención del pueblo y los
hábitos tradicionales que había conservado del paganismo1. La
misma danza no fue siempre excluida. En el siglo XI un concilio
reunido en Roma bajo el pontificado de Eugenio II, ordenó a los
sacerdotes advertir a “los hombres y mujeres que se reúnen en la
iglesia los días de fiesta, no bailar saltando y cantando palabras
obscenas imitando a los paganos”. Esta defensa era impotente.
Encontramos, entre otros documentos curiosos en los estatutos de la
diócesis de Besanzón, la ley que autoriza en la Pascua una danza
sacerdotal “realizada en el patio o incluso en la nave de la iglesia, si
estaba lloviendo”. Este ejercicio fue acompañado por cantos
eclesiásticos sobre la Resurrección del Señor2.
En Limoges, el día de San Marcial, el pueblo bailaba a cánticos en la
iglesia y se repetían al final de cada canción, en forma de doxología:

San Marcial, ruega por nosotros,


Y nosotros, nosotros bailaremos por usted3.
1. Nada es tan durable como estas ceremonias populares. M. O. Leroy cuenta que en
1821 un sacerdote nombrado poco antes de Navidad, párroco de un pueblo de Flandes, del
que desconocía las costumbres, acababa de comenzar la misa de medianoche, cuando vio
de repente brillar sobre su cabeza una estrella artificial. A esta señal, las puertas de la
iglesia se abrieron y dieron paso a los pastores, pastoras, saltando, danzando de alegría, e
incluso llevando a algunas de sus bestias. El sacerdote, estupefacto, quiso interponer su
autoridad; él no fue entendido ni por su rebaño ni por sus ovejas, que continuaron todos
unidos su extraña ceremonia, y se acercaron a depositar en los pies del pesebre sus ofrendas
de huevos y quesos.
2. “Fiunt cboreæ in claustro, vel in medio navis ecclesiæ, si tempus fuerit
pluviosum, cantando aliqua carmina..., finita chorea, fit collatio in capitulo cum vino rubro
et claro, et pomis vulgo nominatis des Carpendus. — Post nonam vadit chorus in prato
claustri et ibi cantantur cantilenæ de resurrectione Domini”. Carta escrita de Besanzón y
añadida en Mercure de France, en septiembre 1742.
3. Bonnet, Histoire de la danse,
« San Marceou, pregas per nous,
E nous epingarem per vous »
En el lenguaje de la Edad Media la misma palabra (Carrol)
significaba danza alegre y villancico; el inglés lo ha conservado en
este último sentido. Las danzas más vívidas, una especie de
zarabandas y galops, comenzadas en el coro, continuadas en la nave,
se terminaban en la plaza o cementerios. Estas danzas extrañas de
los vivientes sobre las tumbas sin duda daban a la luz primero al
espectáculo y luego a la pintura de la famosa Danza de la Muerte,
donde la muerte llevaba, de su mano de esqueleto, y hacía bailar al
son de su cítara personas de todos los estados, desde las reinas y los
arzobispos a los cortesanos y mendigos1.
El drama sacerdotal, cargado de todos estos accesorios más o
menos profanos, tendía a separarse del culto que lo había producido.
Se apartó primero del Oficio Divino, incluso sin salir de la Iglesia.
Fue por lo general después del sermón que el clero, con la ayuda de
algunos laicos, representó a los ojos del pueblo los misterios que le
fueron encargados de enseñarle. “La Biblioteca Nacional cuenta con
un valioso manuscrito de los primeros años del siglo XV, que no
contiene menos de cuarenta dramas o milagros, todos en honor de la
Virgen, la mayoría precedidos o seguidos del sermón en prosa que
les servía de prólogo o epílogo. Ya en esta colección, cuya
composición se remonta al siglo XIV, varias leyendas laicas o
caballerescas, como las de Roberto el Diablo, indican el
debilitamiento gradual y la próxima decadencia del drama
hierático2”

1. La danza de la Muerte (o danza macabra) indudablemente toma su nombre de san


Macario, uno de los primeros ermitaños de Egipto cristiano, que era como el principal actor
en una leyenda popular que Orcagna reprodujo, alrededor de la mitad del siglo XIV, sobre
las murallas de Camposanto de Pisa. Vemos la muerte vestida de negro, armada con su hoz,
planeando sobre un montón de víctimas, entre las que el artista ha colocado a los papas,
emperadores, obispos, abades. Cerca de allí, san Macario detiene tres reyes que van a cazar
con sus amantes. Les muestra en tres tumbas, contra las que sus caballos se chocan, tres
cadáveres de reyes putrefactos y roídos por los gusanos. - Recherches historiques et
littéraires sur la danse des morts, por Peignot, 1826. - La Danza de la Muerte, por Francis
Douce, 1833. Ensayo sobre los poemas y las imágenes de la danza de los muertos, por H.
Fourtoul .
2. Magnin, Origine du théâtre moderne, preámbulo, p. xxiii.
Análisis de las vírgenes necias

De todos los misterios que hemos conservado, el más antiguo donde


aparece el lenguaje vulgar, sin embargo, todavía se mezcla con la
lengua latina, a la manera de las epístolas recargadas (mezcladas)
de las que hemos hablado, tiene por objeto la parábola evangélica de
las vírgenes prudentes y necias. El autor ha sabido poner cierto
interés dramático en la ansiedad que excita el problema de las
vírgenes necias. Se espera con preocupación si sus oraciones serán
eficaces primero ante sus hermanas y luego ante los comerciantes.
El interés de las Suplicantes de Esquilo, aunque más hábilmente
extendido, no reposa en cualquier otra base. La trama del misterio se
resuelve por un desenlace terrible, indicado solamente por el título,
por el que el poeta ha dejado a la puesta en escena toda la
responsabilidad de la ejecución. Modo accipiant eas dæmones et
prœcipitentur in infernum. ¡Qué impresión! semejante espectáculo
no se debería presentar en un siglo de la fe. Las Euménides de
Esquilo sin duda no eran más terribles. El sentimiento de piedad se
mezclaba con el de terror. Once veces regresaba a la boca de los
desdichados este triste refrán que no es más que un grito de dolor y
remordimiento:

Dolentas ! chaitivas ! trop y avem dormit!

y a la doceava vez, cuando el infierno se abre para tragarlos, es


Cristo que exclama:

Alet, chaitivas! alet, malauréas!


A tot jors mais vos so penas livreas
En efern ora seret meneis1.

1. Desdichadas, débiles, ¡dormimos demasiado!


- ¡Id, miserables! ¡Id, malditas!
Ahora y siempre ustedes son penas libradas,
Ahora al infierno serán llevadas.
El misterio no termina con estas emociones deprimentes. El
destino de los pecadores ya no es una catástrofe para el teatro
católico y para la Iglesia. Una serenidad formidable procede a esta
escena de horror. Se cree ver el océano que se encierra calmado e
impasible sobre el barco hundido. El poeta nos presenta todos los
profetas de la antigua ley, que vienen a dar testimonio de la nueva
profecía. Un montón de ideas de grandeza que parecen unir a todas
las voces del mundo antiguo en un concierto sublime a la gloria del
cristianismo. Así es como, aunque con menos nobleza que en la
tragedia de Prometeo, todos los dioses, todas las fuerzas de la
naturaleza, vienen a visitar el prisionero del Cáucaso y recoger de su
boca los oráculos del futuro.
Este misterio fue escrito probablemente en el siglo XI. El
idioma vulgar que se mezcla es el del sur de Francia. Los otros
dramas religiosos de los que estamos hablando son totalmente en la
lengua vulgar y en el dialecto del norte.

El Juego de San Nicolás

Uno de los más antiguos es el Juego de San Nicolás (Jeu de saint


Nicolas) de Jean Bodel de Arras: pobre poeta rechazado de la
sociedad de los hombres por una terrible enfermedad, la lepra, bajó
en vida a su tumba, y dejó yéndose a su ciudad natal, además de la
conmovedora despedida en verso, el milagro del que vamos a hablar,
esas son sus principales obras.
El Juego de San Nicolás, de alguna manera es la última
transformación dramática de una leyenda medieval en la que San
Nicolás fue el objeto: es el primer paso hacia la secularización del
teatro. Los rituales del siglo XI contenían una prosa donde eran
celebradas las maravillas que se solían atribuir a este santo obispo.
En el siglo XII Hilaire, discípulo de Abelardo, sustituyó un diálogo
en versos latinos rimados, con refranes en lengua de oíl: la tituló
Ludus super lconia sancti Nicolaï. Un monje de Saint-Benoît-sur-
Loire trató después de él el mismo tema, también en latín. Estas
piezas fueron representadas en las iglesias desde casi un siglo,
cuando Bodel hizo un drama francés que probablemente jugó bien
en la plaza pública de Arras o en el gran salón de alguna mansión.
Era la víspera de la fiesta del santo; una gran multitud se había
reunido, y el predicador, en una clase de Prologo, encargado de
exponer al público el tema de la pieza, abría la representación:

Oíd, oíd, señores y señoras,


(Que Dios sea guardián de vuestras almas...)
Para construir esta mansión,
Queremos hablar con ustedes esta noche
De San Nicolás el confesor,
Quien ha hecho tan hermosos milagros.

Entonces, para ahorrar al público poco experto el trabajo de


desentrañar lentamente una penosa intriga, el predicador contaba, la
manera de los prólogos de Plauto, todo lo que iba a suceder en el
escenario. Un tesoro bajo la custodia de San Nicolás fue robado: el
príncipe infiel a quien pertenecía amenaza un cristiano de muerte si
no se encuentra el tesoro. El cristiano se pone a rezar: el santo
aparece en la noche a los ladrones y los obliga a la restitución. Tal es
la base común de los tres milagros, sea latino o francés. Pero Bodel
pero no se obstina a traducir sus predecesores: añade (y este es el
principal mérito de su obra) un interés contemporáneo, en el marco
en el que pone la vieja leyenda: es en el medio de una cruzada,
donde los cristianos son derrotados por los infieles y perecen
mártires gloriosos. El entusiasmo de estas expediciones lejanas
respira en muchas partes del milagro; las alusiones transparentes nos
trasladan a la primera cruzada de San Luis, al reciente desastre de
Mansurá, pudo ser incluso a la muerte del joven e intrépido conde de
Artesia, hermano del rey de Francia. El poeta parece anticipar
algunas de las inspiraciones sublimes de Polyeucte. No hay nada
más noble que la exhortación mutua de los cristianos en el momento
de entrar en combate contra los infieles.
LOS CRISTIANOS HABLAN
¡Santo sepulcro, ayúdanos! - Vamos, amigos, ¡ánimo!
Sarracenos y paganos apresuran llenos de rabia:
Vean sus armas brillar: Mi corazón salta de alegría.
Que hoy la proeza del gran día se desarrolla:
Contra cada uno de nosotros es todo un ejército.
UN CRISTIANO
Señores, no duden, es nuestra última hora.
Sé que vamos a morir luchando por Dios.
Vendería mi sangre, si estas armas no se rompen.
Nada se resistirá, ni cascos ni cotas.
En el servicio de Dios nos ofrecemos a caer;
El paraíso será nuestro, será un infierno para ellos:
Ellos se lanzaron hacia nosotros, que reencontraron
nuestras armas.

Imagínese, como acompañamiento de estos hermosos versos,


la atención religiosa de la multitud, el enternecimiento de las damas,
los aplausos de los hombres jóvenes, muchos de los cuales han
asistido y participado en esta lucha heroica. Esquilo, en la tragedia
de los persas, se contentaba con hacer un recuento de la batalla de
Salamina al pueblo triunfante; el poeta francés nos acerca aún más al
acontecimiento: la lucha continúa en el escenario, como las batallas
de Shakespeare. Asimismo, la situación aquí es más conmovedora
que en la del poeta griego: pues todos los guerreros cristianos van a
morir; pero, como la victoria de Salamina, su muerte es un triunfo.
Un ángel desciende del cielo en medio de la lucha y ya plantea la
inmortalidad sobre sus cabezas.

EL ÁNGEL
Estad todos seguros de corazón,
Y no tengáis ninguna duda, ni temor;
Yo soy el mensajero del Señor,
Que los pondrá fuera del dolor.
Tened los corazones orgullosos y creyentes
En Dios. En cuanto a los no creyentes
Que atacan a gritos,
Solo sintáis hacia ellos desprecio.
Expongan intrépidamente vuestros cuerpos
Por Dios; porque la muerte está aquí
Que todas las personas deben morir
Que ame a Dios y en Dios crea.
UN CRISTIANO
Quién es usted, buen señor, que nos confortas
Y tan alta palabra de Dios nos traes
Si es cierto la ayuda que prometiste,
Recibimos sin temor nuestros enemigos mortales.
EL ÁNGEL
Yo soy un ángel de Dios, bello amigo,
El que me envió es él.
No temáis, no dudéis más;
Porque Dios los ha escogido.
Caminad con paso firme al mártir.
Para Dios todos van a perecer;
Pero los cielos están preparados.
Me dirijo a Dios: permaneced.

Al lado de estos pasajes verdaderamente admirables para la


elevación del pensamiento e incluso la nobleza del estilo, se
encuentra en el mismo drama una escena de taberna, que no es
menos remarcable en su género.
La verdad de la pintura, el estilo libre del diálogo, la fisionomía
jovial de los personajes forman una pintura flamenca muy animada.
Nos encontramos incluso con algunos versos perfectamente
afectados, que se vuelven poéticos a través de ser verdaderos y
sentidos.
Aquí, por ejemplo, cómo el tabernero recomienda su vino. Nos
reservamos aquí sin alteración los términos intraducibles del
original.

Lit. FR.
El vino aforé de nuevo
En cantidades y llenos los barriles,
Moderado, bebiendo y lleno y tosco,
Arrastrándose como ardilla en bos,
Sin ninguna mors podrida ni agria;
Sobre un poso corto y seco y, a pesar,
Cler com lágrima de pecador,
Croupant en la lengua al léchéour:
Otro gent no deben probar....
Vea cómo él mangie se espuma,
Y salto y la chispa y frito;
Manténgalo un poco sobre la lengua,
Si sentiras jà outre-vin !

A esta franquicia de pinceles, a estas fantasías alegres de artistas, se


siente que el drama, ya emancipado, salió corriendo de los recintos
sagrados.
Los trovadores del siglo XIII se ponen a trabajar: Adam de la Halle
compatriota de Jean Bodel, apodado el jorobado de Arras, debido a
su espíritu, se dice; Rutebeuf, el enemigo de los monjes, el autor de
las fábulas espirituales de las que hemos hablado, muchos otros
cuyos nombres se mantienen desconocidos, compusieron los juegos,
los milagros y los misterios2. La gente tenía sus poetas, como los

1. El vino recientemente perforado, en abundancia y los barriles llenos; sano,


agradable de beber, sencillo, tosco, que fluye como una ardilla en un bosque, ni agrio ni
rancio; seco y delgado, sobre las heces, claro como lágrima de pecador, se detiene en la
lengua del gastrónomo: otras personas no lo deberán catar.
Vea cómo se come su espuma, como salta, relumbra y burbujea; mantenlo un poco en la
lengua y sentirás un vino famoso.
2. Li Jus Adam ou de la Feuillie ; la pastoral de Robin et Marion, por Adam de La
Halle; li Jus du Pèlerin, por un artesiano anónimo; le Miracle de Théophile, por Rutebeuf;
le Miracle d'Amis et Amille, y muchas otras obras dramáticas de autores desconocidos se
encuentran, así como li Jus de Saint Nicolas , en el THEATRE FRANÇAIS AU MOYEN
AGE de Monmerqué y Francisque Michel.
castellanos: se convirtió en poeta él mismo, al menos por sus
esfuerzos para representar las composiciones teatrales de sus
trovadores. Se formaron las corporaciones, cofradías laicas para
jugar sus obras. Estableció por primera vez en un espíritu de caridad
y piedad, estas asociaciones, graves y serias en sus inicios, no
aportan ninguna tendencia hostil a la Iglesia; antes del final del siglo
XIII ya habían retirado al clero una parte de su influencia, y en el
curso del siglo XIV la paralizaron totalmente. Estas hermandades
incautaron pronto el teatro eclesiástico, y le dieron insensiblemente
una tendencia más mundana, a medida que se lo llevaron por sí
mismas. Por lo tanto el teatro emancipado tomó una dinámica más
libre. El arte se esforzó en suplir el debilitamiento de las impresiones
religiosas: la carrera se engrandeció cuando los muros del santuario
dejaron de trazar los límites. En lugar de algunas escenas dramáticas
dadas por las Sagradas Escrituras, como la muerte de Cristo, los
lamentos de María, la Resurrección, se formaron grandes
composiciones cíclicas que abrazaron toda la vida de Jesucristo, o
incluso toda la historia religiosa del hombre, desde la creación hasta
el juicio final. En torno a los personajes bíblicos se agruparon los
personajes creados por la imaginación del poeta: las escenas
populares se hicieron más frecuentes; la intriga era más verdadera y
vívida, pero a la vez menos majestuosa y de poder religioso. Los
misterios se convirtieron poco a poco en lo que es hoy el drama, un
juego real destinado a la diversión de un público ocioso.
CAPÍTULO XIX

EL TEATRO FUERA DE LA IGLESIA; LAS COFRADÍAS

Cofradía de la Pasión - Análisis del misterio de la Pasión

Cofradía de la Pasión

La más famosa, aunque una de las más recientes entre las


cofradías destinadas a la representación de los misterios, fue la de la
Pasión y Resurrección de Nuestro Señor, fundada por los
ciudadanos de París, dueños, albañiles, carpinteros, cerrajeros y
otros que eligieron primero por sus exposiciones teatrales del pueblo
de Saint-Maur, cerca de Vincennes. En algún momento
obstaculizada por la defensa del preboste de París, solicitaron y
obtuvieron el permiso de Carlos VI, quien, por su patente real de
1402, constituyó sin duda dicha cofradía, y le permitieron
representar algún misterio que fue, o delante del mismo Rey, o de su
común (pueblo), en cualquier lugar y sitio lícito para hacer lo que
pudo encontrar, tanto en la milla de París como en los suburbios de
esta. Por lo tanto, las cofradías de la Pasión se establecieron fuera de
la Puerta de Saint Denis, en el Hospital de la Trinidad. Allí se dieron
al público en días festivos, diversas actuaciones piadosas del Nuevo
Testamento. La multitud era grande: clérigos y laicos se reunieron.
La Iglesia favorecía de todo su poder la nueva creación: avanzaba en
esos días, las vísperas, para no obstruir este otro servicio divino. La
cofradía había alquilado, los religiosos Premonstratenses, la sala
principal del hospital: era una vasta sala de veintiuna tallas de largo
y seis de ancho, levantada sobre una planta baja y sostenida por
arcos. En una de sus extremidades se encontraba el teatro, que
constaba de varios bancos de altura desigual. El más alto, ubicado
en la parte inferior del escenario, representaba el cielo abierto, hecho
en manera de trono, con balaustres dorados alrededor. Era allí donde
se reunían "Dios en un púlpito adornado, y al lado derecho de Él Paz
y bajo ella Misericordia: a la izquierda Justicia, y bajo ella Verdad, y
alrededor de ellas nueve órdenes de ángeles, los unos sobre los
otros”. Otros cadalsos paralelos al primero descendían
sucesivamente hasta delante del escenario1 y representaban los
diferentes lugares donde ocurría la acción: eran como “la casa de los
padres de Nuestra Señora, su oratorio, el pesebre de los bueyes”, y
finalmente, a la derecha el más bajo, se veía “infierno representado
en manera de una gran boca, se abría y cerraba, cuando era
necesario”, para dejar entrar o salir los demonios. En cuanto tras
bastidores, no había ninguno, y nada era menos necesario: las
banquetas colocadas lateralmente a la derecha e izquierda del teatro
recibían sucesivamente todos los personajes, cuando terminaban o
suspendían sus funciones. Lucifer se sentaba ahí sin ningún rencor al
lado de San Miguel, y Pilatos cerca de Barrabás todo a la vista y a la
edificación de la opinión pública. Por lo demás, los propios actores
formaban una segunda audiencia, que no habría sido benéfica para
privar al espectáculo: el número era tan grande que se tuvo casi la
razón en decir que la mitad de la ciudad estaba a cargo de divertir a
la otra mitad. Y esta responsabilidad no era un juego: los artistas de
esa época estaban muy lejos el afán de sus funciones y el deseo de
imitar a la naturaleza. Una crónica nos dice que en una
representación de la Pasión, “Dios era un señor llamado Nicole, que
era párroco de San Víctor de Metz, que estaba casi muerto en la cruz
para perfeccionar el personaje de la crucifixión”. Judas fue sometido
a una peligrosa emulación: “casi muere en la horca: porque su
corazón le falló, y fue apresuradamente descolgado y llevado en vía
(transportado, portato vía)”.El deseo de la audiencia no era menos
admirable: los días no eran suficientes para la representación del

1. El Sr. Paulin Paris en su curso de Literatura francesa en la Edad Media,


enseñado pero aún inédito, sólo admite tres andamios: el más alto representaba el cielo y el
más bajo el infierno; el del medio se divide en dos áreas de una sola planta: la zona inferior
estaba ocupada por varios lugares necesarios para la acción, frente a ella se habría formado
una gran vía de comunicación abierta con el movimiento de los personajes.
misterio ni para agotar de su curiosidad. Al anochecer, se cortaba la
acción en cualquier lugar, y se daban cita para el domingo siguiente.
Nadie faltaba a la hora señalada, y en ocasiones se continuaba
durante varios meses, sin fatiga, sin impaciencia, el interminable
drama.
Es fácil dar cuenta de este afán persistente: las cofradías de la
Pasión habían creado el arte popular. Hicieron disminuir la poesía de
las regiones superiores de la sociedad, para finalmente ponerla bajo
el ojo y en la mano de las personas. He ahí los santos, los apóstoles,
los ángeles, el Cristo mismo, que se dignan a abandonar el templo y
hablar familiarmente con la multitud: les hablan en su lenguaje e
incluso su idioma. La imperfección, la grosería que hoy en día nos
ofende en estas obras piadosas eran tal vez entonces una condición
para el éxito. El arte, como una vez el profeta Elías, poco se hacía
para acoger mejor a este pueblo nativo y para animar poco a poco su
vida. Los ojos eran cómplices de la santa ilusión: los misterios de la
religión, que pocos sabían leer, que raramente se podían escuchar de
la boca de los sacerdotes o monjes, se explican aquí por sí mismos,
con coherencia, con claridad, con facilidad: pasaron frente a ustedes
en trajes brillantes, en finas capas pluviales de todos los colores; se
fijaron en los rasgos, los gestos, en el sonido de la voz de los
actores; y algún mal que fue su estilo, después de todo, era mejor el
de los predicadores.

Análisis del misterio de la Pasión

Por cierto, la deficiencia de detalles no compensaría el inmenso


interés del tema. Incluso ante la mirada de los críticos, ¿es que existe
un tema más sublime y a la vez conmovedor que el de la pasión de
Cristo? Es el destino de toda la humanidad que se excita ante la más
cruel tortura al más inocente de los hombres, y ¡este hombre es un
Dios! La gran unidad que Bossuet impuso a la historia universal,
cuando traiga todos los siglos, todos los imperios a los pies de la
cruz de Jesús, no es más majestuosa que la concepción de este
misterio. Es el mismo san Pablo quien esbozó el plan. La escena se
abre con un consejo celestial. El autor se eleva sobre el ala de los
profetas hasta el trono de Dios, donde Justicia y Misericordia acusan
y defienden a su vez la humanidad: Dios, en su infinita bondad, las
reconcilia sacrificándose a renunciar a lo más querido por él: su hijo
vendrá a la tierra a morir.
En cuanto esta idea que une la primera escena a la última fue
entrevista, que por un cambio repentino, el poeta, aprovechando la
distribución material de su teatro, nos muestra el infierno que se
mueve; todos los demonios acuden la voz de Lucifer. Ellos forman
una escena tumultuosa, original, extraña, que sin embargo contiene
las semillas de la gran belleza poética que ha desarrollado tan bien el
genio Milton, el contraste de la santa luz del cielo con las evidentes
tinieblas del infierno. Un demonio propone al líder de los
desaprobados un plan que debe robar el hombre a la misericordia
divina: la asamblea infernal lo adopta con emoción: “bien dicho”
gritó Lucifer,

Enfurezco de alegría de escucharte.

Es así que Desgracia, personificado por uno de nuestros grandes


poetas, al momento de entrar en sus garras de buitre al mundo al que
Dios lo abandono,

Crece en señal de alegría


Un largo gemido1.

He aquí los dos poderes sobrenaturales en presencia, listos para


entrar en conflicto con un golpe terrible; se despliegan entre ellos,
con toda la ingenuidad de la inocencia y de la seguridad, una escena
pastoral a la que le falta poco para ser un gracioso idilio, es Joaquín,
el padre de María, que visita a sus ovejas, y da gracias a Dios por su
prosperidad. Entonces nacía y crecía su joven hija María; la vemos

1. Lamartine, Premières méditations.


dedicarse a la adoración de Dios en el templo, y tiene el placer de
hacernos creer a veces al joven Jonás

ARBAPANTER
¿No es esta tu hija,
María que veo tan arreglada
Tan graciosa y tan dulce?
JOAQUÍN.
Sí, por supuesto....
ARBAPANTER
Sabio, cortés y amable
Para todos sus amigos aceptable....
¿Qué dices?
MARÍA
Nada, todo está bien1.
ABÍAS
¿Tienen necesidad?
MARÍA
De nada.
ARBAPANTER
¿Qué quieres?
MARÍA
Vivir en sencillez.
ARBAPANTER.
¿Y el estado mundano?
MARÍA
Lo dejé.
ABÍAS
¿Qué deseas?
MARÍA
Servir a Dios.
ARBAPANTER
¿Después?
MARÍA
Su gracia servir (merecer).
1. Respuesta educada, muy usada entre los latinos, y que a menudo encontramos en
sus cómics: Nihil, omnia recte. Eso significaba que no teníamos nada que decir, y nos
adherimos plenamente a la opinión del hablante.
ARBAPANTER
¿Quieres un lujoso traje?
MARÍA
No.
ARBAPANTER
¿De qué se adorna?
MARÍA
De buena reputación.
ABÍAS
Siempre estar en devoción
Y en oración es imposible....
MARÍA
Leyendo las Santas Escritura,
Nunca me encuentro en malestar.

Estas escenas preliminares, especies de prólogo, ocupan dos


días, es decir dos actuaciones. Es sólo a la tercera que comienza la
pasión de Cristo. Se abre con un pasaje cuya nobleza contrasta con
el tono generalmente familiar del diálogo; esta es una pieza lírica en
la que el lector podrá apreciar fácilmente su belleza. Jesús entra a
Jerusalén, y a la vista del pueblo que viene hacia él con ramos y
cantos de júbilo, exclama dirigiéndose a la ciudad santa:

El pueblo es alegría,
Pero mi corazón llora;
Os dejo desnuda (abandonada).
JAYRUS (uno de los Judíos principales)
Hija de Sión,
En devoción
Recibe tu rey.
JESÚS
Lamentación,
Desolación
Sobre ti, venir y ver!

Después de estas amenazas concentradas de pequeñas a rápidas, que


golpean todas a la vez, como la venganza celestial, el sentimiento de
repente se detiene al igual que el ritmo, y la idea del Salvador parece
suavizarse:

¡Jerusalén! ciudad florecida noble,


Templo de la paz, sagrado santuario elegido,
El momento, sin duda, pronto llegará....
Tus enemigos vendrán a tu alrededor,
Para lanzarte a la lamentable ruina.
Lo siento, tengo dolor en mí;
Porque demasiado mal vive en quien el pecado domine.
Jerusalén, llora, llora su rey.
Tus enemigos le engañarán,
Destruyéndote hasta la raíz.
Después de mi muerte no tendrás más refugio (descanso):
Porque demasiado mal vive en quien el pecado domine.

Podríamos citar algunos pasajes de un estilo similar, pero en


general son poco frecuentes en este poema. El autor instintivamente
sentía que allí no tendría éxito. La misión de las cofradías no era la
de desplazar el drama del santuario a la plaza pública, sin cambiar
nada, solo el lugar: su propósito, la necesidad de su público era
secularizar el drama religioso por la pintura verdadera y
sorprendente de una naturaleza poco ideal. Racine, quien escribía
para Luis XIV, incorporaba la elegancia de la corte en los temas
antiguos: los poetas de la Pasión introducían cada vez más la vida
popular; y la gente del siglo XV era poco poética. “Una sola
preocupación, dijo con razón el señor Sainte-Beuve, tuvieron los
autores de los misterios: solo pretendían recordar, en los hombres y
las cosas del pasado, las escenas de la vida ordinaria que tenía ante
sus ojos; para ellos, el arte se reducía a esa copia, o más bien a este
fiel facsímil. Si nos muestran una turba, se nos viene a la mente
inmediatamente por las de los mercados o la ciudad. Cada corte es
igual que el Châtelet o parlamento. Los verdugos de Domiciano,
Pesart, Torneau, Daru, Mollestin parecen ocupados en la plaza del
Palacio de Justicia o Montfaucon; Flagel, Sorbins, los capitanes de
los buques en Roma o Troya, bajo los reinados de Nerón o Príamo,
son los barqueros de puertos de vinos; y Casse-Tuileau, Pile-
Mortier, Gâte-Bois, albañiles y obreros que Nemrod hizo trabajar en
la Torre de Babel, parecen dar cabida a la calle Mortellerie.... Se
entiende qué tipo de interés, de encanto y emoción de los
espectáculos de una verdad tan presente debería tener para un
público por cierto ignorante y poco delicado. Lo que especialmente
admiraba, era la perfecta conformidad del lenguaje y el juego teatral
con la realidad de cada día.... Todas las alabanzas contemporáneas
se refieren a esta exacta similitud1”.
Vamos a dar algunos ejemplos de estas sinceras y justas
pinturas que a veces atenuaban la severidad, el patetismo del tema, y
que tienen la gran ventaja para nosotros de mostrarnos al natural el
pueblo de Carlos VI. Veamos primero este justo pueblo, este común
por el que trabajaba sobre todo la cofradía, esas buenas personas
que, a pesar de los tiempos difíciles, confían en Dios, padecen el
sufrimiento y solo hacen el bien. Aquí el viejo Zebedeo que
transmite sus buenas tradiciones a sus hijos, mientras que ellos
reparaban sus redes.

Mis hijos, conocen que esta es


Nuestra pobre naturaleza humana:
En este mundo no hay interrupción,
El tiempo vuela y así nos lleva;
Y quien desee riqueza mundana
La debe ganar con lealtad,
O incurrir en el castigo del infierno
Por siempre, perdura
Tengo en triste simplicidad
Vida, sin miseria.
Voy según mi pobreza;

1. Tableau historique et critique de la poésie française et du théâtre français au


seizième siècle, t. I, p. 231.
Si tengo poco, tengo paciencia.
Hijos míos, me pusieron diligencia
A pescar y ganarme la vida:
Bastante tiene, quien tiene lo suficiente.
De gran riqueza no tengo envidia.
Juan y Jacobo, o aprenden
A enfrentar las adversidades....
Si ustedes tienen buena mercancía
Véndanla bien y a un precio justo,
Y agradecer a Dios, el ocaso (la tarde)
Por todo lo que ustedes hayan tomado.

La figura expresiva del valiente Simón completará la imagen


de la clase burguesa y campesinos honestos, inofensivos pero muy
poco heroicos de su profesión. Se pide obligarlo a llevar la cruz de
Cristo.

SIMON
¡Ay! ¿Qué me piden?,
¿Quién me esforzará por tales medios?
PRIMER VERDUGO
Tus hombros lo sabrán bien
Antes de regresar, no te chaille (no se preocupe).
SEGUNDO VERDUGO, a Pilatos
Señor, os encomiendo y bosteza
Este hombre que usted requiere y rastrea (busca y solicita).
SIMON
¡Ah! mis señores, excepto su gracia,
No sólo ustedes quieren la verdad:
Me han asustado
Que yo no puedo soportar.
Y si ustedes me quieren cargas,
Solicito a mi guardia.
EL CENTURIÓN
No, buen hombre, no tienes guardia.
Pero para que Jesús soporte mejor,
Que no puede más llevar su cruz,
Y permanece aquí sin ayuda,
Tienes que ayudarlo.
Y llevar esta cruz por sí mismo (él).
SIMON
¡Ah! Mis Señores, perdónenme
Por nada jamás nunca lo haría:
Porque, tanta vergüenza tener

Después de mucha resistencia, Simón hizo de la necesidad


virtud, y obligado a ser caritativo, no obstante, lo hace de buen
corazón.

Voy a hacer tu voluntad.


Menos me pesa en la verdad
La vergüenza que me haces.
¡Oh Jesús! de todos los profetas
El más santo y el más bondadoso....

Al lado de los buenos pobres que se resignan a su miseria, se


coloca una clase, aunque muy numerosa, que no se resignaba, clase
curiosa, sino interesante, la de los bandidos, mendigos, ladrones.

GESTAS, mal ladrón.


No temo a nada, ni a Dios, ni al diablo,
Ni hombre, siempre tan terribles,
Cuando me enoja una vez.
No hago dudar de estrangularlo
Un hombre, tampoco un jabalí
Comer la bellota por el bosque.
DISMAN, buen ladrón
Robo por las carreteras
Todos los buenos comerciantes y peregrinos,
Cuándo me encuentro con ellos.
GESTAS
Yo soy el maestro en abrir cerraduras;
No es puerta, cofre, ni ventana
Que no sea capaz de abrir o derribar
BARRABAS
Yo soy el homicida Barrabas,
Lleno de toda sedición,
Que no paga ningún tributo o subsidio,
Y no quiere ayuda o asistencia
Para hacer una moción (asonada).
Yo maté sin permiso,
Un hombre de esta ciudad,
Que no hace confesión,
Por temor a la justicia civil.

Podría estar equivocado, el punto de vista dramático, para venir y


hacer confesión a los espectadores, que le podría pedir intervenir y
no hablar. No podemos hacer el mismo reproche a otros dos
bandidos, que en un manuscrito descubierto y analizado por el señor
O. Leroy, forman una excelente escena, digno antecesor de uno de
los del abogado Patelín. El autor, en una especie de entreacto trae al
teatro dos bribones de los que uno, pretendiendo que el frío lo
inquietara, se llama Claquedent, que significa castañear, y el otro
Babin, palabra que significa tonto, imbécil. Babin, a pesar de su
nombre y su aspecto, es más astuto que Claquedent, a quien
convence de hacerse enfadar, para mejor inspirar compasión, y para
que se dejara atar los pies y las manos. Claquedent una vez bien
atado, comienza rechinar los dientes y hacer gritos lamentables que
atraen a la esposa de Joaquín. Esta santa mujer lo quiere tranquilizar,
Babin le grita que no lo toque:

¡Ah! dama, mi señora


Déjelo quieto, no lo toque:
La morderá.

Después de una larga escena de espantosas muecas de un lado y una


tierna compasión por otro lado, Babin dice que traerá a Claquedent y
recibe el dinero de la generosa dama, quien le recomienda tratar bien
su compañero y de volver cuando necesitara dinero. A lo que Babin
responde en tono de broma:

¡Oh señora!, sin ninguna falta

Tan pronto como Anna se retiró, Claquedent dijo a Babin:

Desátame rápido.

Pero Babin, encontrando que es muy bueno también, le dijo:

Espera un minuto, pensaba:


Tienes tu cuenta y gentileza por arte (agradable, hábil)
Guardaré todo este dinero.

Claquedent, que está atrapado en su trampa, se enfureció esta vez al


natural; Babin no lo tiene en cuenta, y le dijo con notable alusión a
la fábula de la cabra y el zorro:

Adiós, Claquedent, en el pozo.


Te quedarás allí hasta mañana.

¡Asesino, ladrón! llora el pícaro encadenado, mientras que el otro


huía diciendo sin duda a las personas que se encuentra no acercarse
al rabioso:

No lo toque:
Los morderá.

Finalmente Claquedent es rescatado, y como se le preguntó quién lo


dejó así, él contestó con tristeza:

Un ladronzillo llena de picardía.


Toda la escena cómica se resume en la palabra: un ladronzillo, un
diminutivo de ladrón y engañar a un pícaro doble que se consideraba
un maestro1.
El poeta está muy lejos de merecer tantos elogios en las partes
serias de su tema; ni él ni su público hicieron pensamientos fuertes,
al noble estilo de la tragedia, y además de lo que pensaban, qué
estilo habría caído bajo un tema tan sublime, tan exigente. Sin
embargo, a veces ocurre que la misma trivialidad de la expresión da
un alivio inesperado, una energía sorprendente a la idea, por
ejemplo, en la flagelación de Cristo, las heridas del Salvador
pegaron la ropa a su cuerpo, uno de los verdugos dijo al despojarlo:

Parece una oveja despellejada,


La piel viene con el vestido:

Sin duda verso de carnicero, pero que ya indica la ruta por la cual la
poesía popular podría haber aumentado gradualmente a la fuerza del
arte. Al final de la Edad Media, el pueblo de Francia estaba
degradado por una larga servidumbre, por la superstición, por la
miseria. Mantenida en una tutela opresiva por sus maestros egoístas
y poco inteligentes, no podía levantar su alma a la zona de los
pensamientos elevados y nobles. La poesía nacida en el seno de este
pueblo, creada por sus sentimientos más profundos, por sus instintos
más verdaderos, si hubiera permanecido en la interpretación fiel,
probablemente se habría un día engrandecido y purificado con él. A
partir de la verdad, la poesía alcanzó gradualmente la nobleza. Los
poetas renacentistas siguieron el camino opuesto. Comenzaron por
la nobleza, pero a menudo no podían bajar a la verdad. Francia tiene
una poesía clásica, pero esta poesía no era popular.

1. Este análisis pertenece casi en su totalidad al Sr. O. Leroy, Étude sur les Mystères
p. 178.
Los enfoques del Renacimiento en un principio opacaron y finalmente
eclipsaron las representaciones de los misterios. El prestigio divino de la fe,
aureola celestial que rodeaba este teatro semi bárbaro y ocultaba su
debilidad, lo abandonó poco a poco. Así que ya se no vive más en esos
espectáculos devotos exceptuando por lo que perciben hoy en día algunos de
nuestros literatos. En 1542, el procurador general de París había adelantado
sus acusaciones: se había levantado enérgicamente en contra de “las
personas iletradas que no conocen ciertos temas, de condición infame, como
los carpinteros, tapiceros, vendedores de pescado que interpretaron los
hechos de los Apóstoles, sumándole a esto varias cosas apócrifas. Tanto los
albañiles como los músicos son personas ignorantes, añadió, que no saben ni
a ni b, que nunca fueron instruidos ni formados en el teatro”. Por desgracia
la audiencia compartía opinión con el Parlamento. No importaban los actores
sino el poema; se “exclamaba en forma de burla que el Espíritu Santo no
había querido descender”, y otras burlas por el estilo1. Se acabaron los
misterios: Jodelle quedó por fuera. El 17 de noviembre de 1548, el
parlamento, renovando el privilegio de los Confrères de la Passion, les
permitió interpretar temas lícitos, profanos y honestos y expresamente les
prohibió la representación de misterios sacados de las Sagradas Escrituras,
siendo esto la autorización para que muriera la hermandad2.

————————————————————

1
Béranger es descendiente directo de sus críticas burlescas.
2
Los textos impresos de la Pasión se encuentran completos en la selección de Misterios inéditos
del siglo XV de M. A. Jubinal (según el manuscrito de la biblioteca Sainte-Geneviève); y por
fragmentos en La historia del teatro francés de los hermanos Parfait (texto atribuido a J. Michel
d'Angers). — M. 0. Leroy (Estudios sobre los misterios) citó y analizó la versión que figura en el
manuscrito de Valenciennes.
CAPÍTULO XX
LA BASOCHE: LOS ENFANTS SANS SOUCI

Las moralidades — Las farsas: análisis de Patelin. Los enfants sans souci.
Soties

Moralidades

La poesía seria del feudalismo así como los cantares de gesta y las
maravillosas ficciones de Arthur habían terminado en las alegorías fríamente
ingeniosas de Roman de la Rose; de este modo el teatro religioso,
los misterios del Antiguo y Nuevo Testamento, los milagros de los Santos,
poesía popular maravillosa, se transformaron poco a poco en piezas
alegóricas llamadas moralidades. Este cambio correspondía a una
modificación notable de la conciencia pública. La antigua fe de la Edad
Media, satisfecha con escuchar y creer, fue sustituida por el razonamiento
cuyo fin era producir y desarrollar ideas. La alegoría ya no es el hecho
concreto y material; es el trabajo más o menos afortunado de la inteligencia,
la abstracción y el análisis. La naturaleza, de la cual no se había sabido
descubrir la belleza santa y eterna, parecía vulgar e insípida: en esta se
desarrollaron las combinaciones artificiales del pensamiento. Al despertarse,
el espíritu estuvo feliz de sentirse y entenderse se amaba a sí mismo en sus
juegos infantiles, abusando de estos para probar su libertad.
En el seno de la clase letrada, y sin embargo laica, nació ese abuso espiritual
del nuevo espíritu. Los cleros del Palacio formaban, como toda profesión en
la Edad Media, un gremio. Creado por Felipe el Hermoso alrededor del año
de 1303, bajo el nombre de Basoche3, este gremio tenía privilegios, una
jurisdicción especial, un rey que tenía un birrete similar al del rey de
Francia, una bandera y medallón tricolor4, magníficas revistas al son de los
tambores y trompetas, desfiles, plantaciones de árboles y finalmente
representaciones teatrales.
El éxito de los misterios, logrado por los Confrères de la Passion, y en
mayor medida su decaída, causó la imitación de los basochianos. Los

3
De la palabra Basilica, salón de audiencia.
4
Los colores de la Basoche eran el amarillo y el azul a los que cada capitán le añadían un color
especial y designado por él para servir como una reunión de la compañía.
campesinos, la mayoría iletrados, habían podido entretener por mucho
tiempo a los burgueses de la gran ciudad: ¡qué pasaría cuando viéramos en la
mesa de mármol del Palacio a cleros eruditos y latinistas, siendo a su vez
actores y autores, que tendrían “lengua elocuente y lenguaje correcto, con
los acentos de pronunciación decente”! Los basochianos no son los que “de
una palabra harán tres, pondrán punto y pausa en medio de una proposición,
sentido u oración imperfecta; harán de una pregunta una exclamación, u otro
gesto, prolación, acento contrario a lo que dicen”. ¿Qué les importa el
privilegio de la hermandad? No son los misterios lo que basochianos quieren
representar, ya los misterios son bastante viejos, y además es solamente la
Biblia por personajes. Nuestros cleros inventarán al mismo tiempo sus
temas y su género y harán buenos diálogos entre Bien-Prevenido y Mal-
Prevenido, Buen-Fin y Mal-Fin, Ayuno y Oración, Hermana de la
limosna; allí veremos representar Esperanza-de-la-vida-larga, Vergüenza-
de-decir-sus-pecados con Desesperanza-del-perdón*. Algunas veces la
trama se forjará entre personajes aún más extraordinarios. Nos
encontraremos en el escenario en carne y hueso, el polvo-de-la-tierra,
la Sangre-de-Abel, la Carne misma con el Espíritu. ¿Queremos una idea de
la acción que podía acercarse a semejantes interlocutores? A continuación el
breve resumen de una moralidad.
Un grupo de compinches alegres cuyos nombres son Come-Todo, Lased,
Beba-usted, Sin-Agua, son invitados un buen día, de manera muy cortés por
el gran y espléndido Banquete. Están presentes algunas colegas, entre
otras, Golosina, Glotonería y Lujuria. Se sientan en la mesa, y todo es lo
mejor de lo mejor de los anfitriones, pero he aquí otra fiesta: un grupo de
enemigos vienen a invadir el salón Elcólico, Lagota, Lictericia, Amigdalitis,
Hidropesía, y agarran a los invitados por el cuello, por la pierna o por otro
lado. Unos los enfrentaron y otros, atemorizados, se lanzaron a los brazos
de Sobriedad que llama Remedio a su socorro. Gran-Banquete, llevado a
juicio antes de la Experiencia, es condenado a muerte y Ladieta** está a
cargo de las funciones de verdugo.
Así era como generalmente se desarrollaban estos pequeños dramas. La
mayoría eran más serios y algunos parecían haber sido incluso más jocosos.
*
Nota del traductor: en adelante se traducirán todos los nombres de personajes, algunos de los
nombres orignales en francés se proporcionarán en los pie de página (*). Los nombres originales
son: Bien-Avisé y Mal-Avisé, Bonne-Fin y Male-Fin, Jeûne y Oraison, soeur d'Aumône,
Espérance-de-longue-vie, Honte-de-dire-ses-péchés con Désespérance-de-pardon,
respectivamente.
**
Mange-Tout, Lasoif, Bois-à-vous, Sans-Eau; Friandise, Gourmandise y Luxure; Lacolique,
Lagoutte, Lajaunisse, Esquniancie, Hydropisie; Sobrieté, Remède, Gros-Banquete, Ladiète,
respectivamente.
Un bibliófilo encontró, sobre el pergamino que cubría un libro viejo, la
primera página de una especie de moralidad en donde figuran como
personajes Harina, Queso y Tarta*, sin embargo no se menciona en dónde
ocurría la escena5. De esas acciones a las farsas, el paso fue fácil e
igualmente necesario. Las moralidades en sí no hubieran cautivado por
mucho tiempo la atención de la gente. Una sociedad de élite, como las
preciosas del Hotel Rambouillet, puede crear una empresa de ingenio, hacer
un lenguaje y un placer de convención. Los señores y cleros bien habrían
podido deleitarse a puerta cerrada con las alegorías perfumadas de
Guillaume de Lorris y las maldades eruditas de Jehan de Meung, poner todo
el ingenio en escena y creer que esto les divierte: en el peor de los casos,
habrían tenido la satisfacción de aburrirse con estilo y de bostezar como se
debe. Sin embargo el teatro lleva consigo su correctiva y censura; la gente
no entiende tanta malicia, sólo se ríen y lloran cuando lo sienten. Los
misterios los habían dejado de hacer llorar, había que resolverse a hacerlos
reír y se inventaron las farsas.

Las farsas: análisis de Patelin

La más célebre de todas es la excelente pieza titulada El abogado


Patelin*, generalmente atribuida, pero sin ningún fundamento, a Pierre
Blanchet, nacido en Potières en 1459. Patelin es la verdadera obra maestra
del teatro francés en la Edad Media. La trama es tan sólo un delgado hilo,
pero anudada con tanta naturalidad, llevada con una credibilidad tan
admirable, nos presenta personajes tan vivos, tan originales, que esta farsa
sigue siendo uno de los mejores tipos de comedia verdadera y de las buenas
bromas francesas. Brueys, quien la llevó al teatro después de tres siglos, hizo
de esta una obra bastante entretenida, sin llegar a la vivacidad y la
naturalidad del original6. ¡Qué estrategia tan hábil es la que utiliza el viejo
pícaro al engañar al honrado vendedor de paños para sacarle las seis varas
que codicia! ¡Cómo este mezcla hábilmente los elogios del señor Guillame
con los de su paño! El astuto comienza alabando fervorosamente el difunto
padre de su víctima:

*
Farine, Fromage y Tartelette
5
0. Leroy, Estudios sobre los misterios, p. 670
*Todos los títulos de las obras, incluyendo los de los pie de página, están traducidos, ya sea con
la traducción ya acuñada en español, la traducción propuesta en textos paralelos o con una
propuesta del traductor.
6
El escritor moderno ha tratado de introducir en esta farsa la unidad de acción y el realismo de
detalles de una comedia verdadera. Esto fue ignorar la naturaleza de esta encantadora bufonería.
¡Ah! ¡Era un tan hombre sabio!
Ruego a Dios que con el alma
De vuestro padre permanceza! ¡Virgen Santa!
¡Os juro que cuando os veo,
me parece volverlo a ver!
Fue un comerciante bueno y sabio.
Sois idénticos,
¡Por Dios! Como un retrato a su original
Si Dios concede misericordia a algunas de sus creaturas,
que le conceda perdón a su alma.
EL PAÑERO
¡Amén! Por su gracia,
e igualmente por nosotros cuando así sea Su voluntad.
PATELIÍN
Os juro que muchas veces
me habló bastante
de lo que estamos viviendo ahora.
Muchas veces, me acuerdo bien.
Y luego cuando el Señor lo requirió,
uno de los buenos…

El primer fruto de sus elogios, es un aumento de la cortesía por parte del


comerciante, el cual se da cuenta un poco después que aún no le ha ofrecido
asiento al amo Pierre, e interrumpiéndolo:

Sentaos, buen hombre.


¡Ya era hora de que os dijera!
perdonad mi torpeza

Después de algunas ceremonias, Patelin se sienta, y continuando sus


evoluciones preparatorias, llega y como por casualidad toca un pedazo de
paño. Nos parece perfectamente cómica la manera como este pasa a abordar
este nuevo tema.

Si todo el mundo se pareciese al difunto que este echa de menos,


¡no se sisarían
los unos a los otros, como pasa ahora!
¡Qué tan bien hecho está este paño de aquí!
¡Qué exquisito, suave y ligero es!
Y justo cuando este elogia la honestidad, el fino astuto lanza sus garras sobre
botín.
En verdad que sí, este paño me está tentando;
porque cuando vine, por Dios Santo,
no tenía la intención de comprar un paño.
Ya había separado cuarenta escudos,
para pagar una renta.
más veo que os quedareis
con veinte o treinta; ¡porque el color
me ha gustado tanto que no me voy a resistir!

El pañero, movido por esta confesión, prodiga las ofertas de crédito a un


hombre que no las necesita:

A vuestras órdenes,
Tanto como tenga (de paño) en la pila,
no os preocupéis por el cómo habréis de pagar.
Se negocia, se fija el precio, se mide, todo con una naturalidad juvenil. El
abogado deja que el comerciante elija entre oro o monedas; lo invita o más
bien lo obliga a venir a su casa a buscar su pago y a cenar:

Y sí, ¡por Dios! comeremos del ganso,


Que mi mujer ha asado.

El vendedor acepta la cena, y al mismo tiempo se compromete a llevar las


seis varas de tela. Eso no es lo que espera Patelin, aún no está satisfecho: él
mismo se llevará el paño bajo el brazo. La digna esposa del viejo pícaro
deduce muy bien el mérito e ingenio de esta escena. Según ella, esta es la
fábula del zorro y el cuervo. Nuestros lectores no se disgustarán al encontrar
en nuestra farsa, uno de los modelos o al menos uno de los antecedentes del
encantador relato de La Fontaine.

Me he acordado de la fábula
del cuervo que se encontraba posado
en un árbol, de cinco o seis toesas
de alto, que en el pico tenía
un pedazo de queso, y que justo por ahí venía
un zorro que viendo el queso,
pensó: ¿cómo quedarme con eso?
Cuando encontrándose debajo del cuervo,
dijo: ¡qué hermoso que es el cuerpo,
su canto debe estar lleno de melodía!
El cuervo sin saber que lo engañaría,
al oír la alabanza de su canto,
abrió la boca para demostrar su encanto,
el queso cayó a tierra
y el maestro zorro entre sus dientes se lo lleva.

Lo mejor de esta trama es que la comedia es seguida de la moral, y esta


misma moral es extremadamente cómica. El viejo pícaro, a su vez, resulta
ser engañado, cayendo en la trampa que èl mismo tendió, y es superado por
el idiota al que le enseñó cómo engañar. Sería una verdadera desgracia
estropear, analizando, esta excelente escena en la que el pañero, al ir a
quejarse ante el juez del robo de su pastor, e indignado de encontrar en la
audiencia al abogado que había tomado su paño, mezcla y confunde
constantemente en su queja su tela y su rebaño, a pesar de las sugerencias
paternales del Magistrado de que recordara sus ovejas. Nada más espiritual
que el papel del pastor Agnelet, tonto ingenuo que, siguiendo el consejo de
Patelin, sólo responde a las todas preguntas del juez con un balido de oveja y
aprovechándose de la lección, vuelve a responder con el mismo balido la
petición de Patelin, cuando este le solicita sus honorarios. Citemos por lo
menos algunos versos.

EL PAÑERO
Con respecto a lo mío, como yo había
balido seis varas de…, quiero decir
mis ovejas (os lo ruego, señor,
disculpadme). Este amo,
mi pastor, cuando debía estar
en el campo, me dice que tendría
seis escudos de oro cuando yo fuera…
digo, hace tres años que
mi pastor me prometió
que fielmente cuidaría
de mis ovejas y que no me
perjudicaría ni traicionaría:
Y ahora me lo niega,
el paño, y todo el dinero.
¡Ah! Amo Pierre, ciertamente
este bribón de aquí me robó la lana
de mis ovejas, y estando sanas
las hacía sufrir y mataba
de un palazo en la cabeza.
Cuando mi paño estaba bajo su brazo
se puso en su camino rápidamente
y me dijo que fuese por
Seis escudos de oro a su casa.
EL JUEZ
Nada de lo que habéis inventado,
tiene sentido alguno
¿qué es esto? Mezcláis una cosa
con la otra. Al final, ¡por Dios bendito!
¡No entendí nada!

Una vez se dio la sentencia a favor de Agnelet, quien gracias a su balido


pasó por idiota, Patelin lo felicita por su docilidad y se gloría a sí mismo por
su gran estratagema.

Decidme Agnelet
— Bée.
— Venid aquí, vamos.
¿Vuestra labor ha quedado bien hecha? ¿No es así?
— Bée…
— Hemos salido bien librados,
no baleís más, no es necesario,
¿no lo he timado?
¿acaso no os he aconsejado como debía?
— Bée…
— Es hora de que me marche: pagadme.
— Bée…

De este modo el diálogo se prolonga de la manera más cómica entre el


abogado que pide, suplica, se enoja, y el cliente que bala. Al final, viéndose
burlado, Patelin jura que encontrará un oficial de policía, y Agnelet, por su
lado, jura que ni el abogado ni el oficial lo encontrarán; escapa, y, siendo
más afortunado que su amo, sin duda regresa a sus ovejas.
Los Enfants sans souci; Soties.

De la mezcla entre la farsa y la moralidad nació la sotie, género


intermediario en el que predominaba la sátira. Una compañía nueva de teatro
descubrió y supo explotar esta vena dramática. Se trataba de Los Enfants
sans souci, alegre grupo de jóvenes parisinos que casi retomaron
Aristófenes, al menos en la malicia y la audacia a decir verdad. Nada estaba
exento de sus ataques: ni la política, ni la religión, ni la vida pública o
privada. Habían comenzado interpretándose a sí mismos, para tener
fundamentos para burlarse de otros. Su líder se llamaba el príncipe de los
tontos, pero su reino no era otro más que todo el género humano. Carlos VI
les permitió representar sus soties sobre los altos andamios en la Plaza de
Halles. Luis XII hizo se valió de la elocuencia caústica de estos para que le
llamaran la opinión popular en sus discusiones con el papa Julio II. Este
buen rey sabía tolerar él mismo las características de su sátira, y sonriendo
escuchaba a estos jóvenes despistados llamarlo avaro. Se supone que las
diferentes órdenes del Estado no se salvaron de sus bufonerías audaces, en
estas se veía aparecer Tonto-Disuelto, en traje eclesiástico, Tonto-Glorioso
vestido de guardia civil, Tonto-Embustero* vestido de comerciante. Todos
los intereses de la época, todas las alusiones efímeras que un siglo lleva con
sigo, fueron capturadas y personificadas en este teatro. En este, Dama-
Pragmática luchaba en contra del legado, y Pueblo-Itálico se lamentaba del
gobierno de Madre-Ignorante**vestida de iglesia. Tal libertad a menudo
provocó la represión. Los reyes, el parlamento autorizaron, suspendieron,
prohibieron, una después de otra, estas peligrosas representaciones.
Francisco I estableció la censura teatral y proscribió las farsas y las soties.
Además, una autoridad más poderosa incluso les dio el golpe de gracia; el
gusto del pueblo los abandonó por las tragedias y las comedias que
pretendían imitar el teatro antiguo. Se acerca el Renacimiento. Marot fue
uno de los Enfants sans souci.

*
Sot-Dissolu, Sot-Glorieux, Sot-Trompeur
**
Dame-Pragmatique, Peuple-Italique, Mere-Sotte
SIGLO XV: EDAD DE TRANSICIÓN
—————————————————————————

CAPÍTULO XXI
SIGLO XV: EDAD DE TRANSICIÓN

Literatura popular; los predicadores, Menot, Maillart y Raulin.


El poeta Villon.

Literatura popular; los predicadores, Menot, Maillart y Raulin.

A partir del siglo XIV todo el poder deja de estar en manos de la Iglesia,
todo se seculariza y se emancipa. La edad media cae en ruinas. La caballería
francesa es herida de muerte por la flecha plebeya de los arqueros ingleses,
en las llanuras de Crécy, de Poitiers, de Azincourt. La invención de la
artillería desplazará la fuerza y completará la ruina del poder feudal. Por otro
lado, la teocracia misma ha renunciado a sus magníficos sueños. Los papas
ya no sueñan con un imperio universal, sino con la soberanía temporal de
Italia. La pequeña ambición aniquila la grande. Bonifacio VIII es humillado
por un jurista de Felipe el Hermoso; ¡Clemente V sube hasta la Santa Sede y
deja que sean quemados los templarios, lo que quedaba de la caballería
santa! El Gran Cisma estalla. El concilio de Pisa proclama la necesidad de
una reforma. El piadoso Gerson, el doctor Clémengins ya prevén a Lutero7.
Frente a los dos poderes que mueren, hay uno bastante débil aún, que se
eleva y se prepara de lejos para grandes destinos. Es la burguesía, es el
pueblo el cual parece en los estados de 1357 con Robert le Coq y el preboste
Marcel, se muestra aún más temible en 1413, cuando por primera vez sitia la
Bastilla y corona al rey (en ese entonces Carlos VI) con un chaperón
popular, y aún mejor, en el disfraz de una joven campesina, se arma para la
independencia de la nación y reconquistan el reino. Finalmente, el espíritu

7
Jean Charlier, nació en Gerson, diócesis de Reims, en 1363, y fue canciller de la Universidad de
París, murió en Lyon, en 1429. De este se tienen sesenta tratados en latín, y algunos discursos en
francés. Se le atribuye, pero sin ninguna prueba segura, La imitación de Cristo— Mathieu de
Clémengis, nació a mediados del siglo XIV, fue rector de la Universidad, y murió al rededor del
año 1440. El más importante de sus tratados se titula De corrupto Ecclesioestitu.
burgués y anti caballeresco se sienta sobre el trono en la persona del rey Luis
XI, y termina de oprimir el genio feudal en las personas de los valientes y
temerarios duques de Bourgogne.
La literatura del siglo XIV al XVI expresa esta situación política. Esta, en
general, es pobre y sufre como Francia. Sus producciones más importantes
tienen un carácter plebeyo y vulgar. Ya hemos visto, en la crónica,
Commines suceder a Froissart: en el teatro hemos oído las hermandades y la
basoche. El púlpito cristiano no elude este destino común. El sacerdote
mismo se hace pueblo. Es entonces cuando resuena en la Iglesia, la palabra
viva, original, pero vulgar de Menot, Maillart y Raulin8. Esta elocuencia
también es popular por su inspiración y por sus formas. Se ejerce la fluidez
de estas tribunas sagradas en contra de los ricos y poderosos del mundo.
Luis XIV prefería tomar su parte en un sermón: no quería que se la hicieran;
los predicadores del siglo XV con gusto le ahorraban a sus nobles oyentes la
pena de adivinar lo que les concierne. Para ellos la alusión era un poco más
encubierta que para el misionero Bridaine. “¿Estáis del lado de Dios?
Exclama Maillart. El príncipe y la princesa, ¿lo estáis? ¡inclinad la
cabeza!… Los caballeros de la orden, ¿lo estáis? ¡inclinad la cabeza! Y
vosotros caballeros, ¿lo estáis? ¡Inclinad la cabeza!” Menot encontraba, en
su indignación tanto burguesa como religiosa, unas inspiraciones de elevada
elocuencia: “Hoy en día, decía él, señores los oficiales de justicia usan ropas
largas, y sus mujeres se visten como princesas; si se metieran sus ropas bajo
el lagar, la sangre de los pobres saldría de allí.” Por mucho tiempo la crítica
literaria desdeñó sin medida estos valientes doctores en un lenguaje simple y
trivial: un profesor hábil con reserva rehabilitó la memoria de estos9, los
justificó de la acusación bastante improbable, sin embargo generalmente
admitida desde Voltaire, de haber usado una lengua extraña, mitad mal latín
y mitad mal francés, también citó pasajes importantes sacados de sus
sermones y mostró que la trivialidad que se les reprocha se debe al estado
actual del lenguaje, que no conocía grados de nobleza entre las palabras, y al
tipo de público al que se dirigían estos oradores.
Esto mismo es un hecho literario de gran importancia. En el siglo XV solo
hay un lenguaje en Francia, y es el del pueblo, sólo una elocuencia, y es la
elocuencia plebeya. Veremos que la poesía presenta la misma naturaleza.

8
Michel Menot, cordelero y profesor de teología en París, muerto en 1518.
Oliver Maillart, cordelero, muerto en 1502.
Jean Raulin, director del Colegio de Navarra, muerto en 1514.
9
M. Géruzez, en su Curso de elocuencia francesa, 1836 – 1837, lecciones v° y siguientes. Estas
páginas reúnen en el más alto grado la instrucción y el interés.
El poeta Villon10

Las épocas de transición, como el siglo XV, como el nuestro quizás,


generalmente son poco literarias. El poeta más importante de le época que
abordamos, el más antiguo de todos los poetas modernos (ya que Carlos de
Orleans fue el último de los troveros), fue el maestro François Villon,
escolar de la Universidad de París, verdadero basochiano, travieso,
escandaloso, libertino, y lo que es peor, ladrón; pasó su vida entre el cabaré,
la cárcel, el hambre, y la horca; siempre pobre, siempre alegre, siempre
burlón y espiritual; mezcló a las ocurrencias de su humor alegre, numerosas
características de una sensibilidad soñadora y algunas veces elocuente, fue el
primero que tomó y liberó la poesía que esconde la condición más vulgar y
más miserable de todas: expresó la naturaleza en su verdad más desnuda, y
resultó que esta naturaleza franca y grosera era a menudo el ideal mismo del
arte11.
Nació en París, “cerca de Pontoise,” en el año 1431. Pese a ser “de pobre
familia y humilde extracción,” Villon asistió a la Universidad, pero siendo
discípulo poco asiduo de “Aristóteles y sus comentarios,” a menudo llegaba
a “escaparse de la escuela” como lo hacen los niños malos, luego siguió
“una tropa de galanes agraciados”

Tan buenos cantores, tan buenos conversadores,


Agradando tanto en hechos como en palabras.

Y se estableció con ellos

En la taberna en donde mantenían sus asuntos.

Debido a esto, en lugar de tener, como varios de sus condiscípulos, “casa y


lecho blando,” el pobre intelectual no pudo obtener, a pesar de la
presentación de la universidad, “ni blanca, ni renta, ni ningún haber.” Vivió
en una miseria profunda y sólo pudo dejarle a la tierra un cuerpo del que
“tendrán los gusanos muy poco de grasa, porque la gran hambre le hizo

10
Debemos por lo menos una memoria a otra poeta popular del comienzo del siglo XV, a Olivier
Basselin, batanero de oficio, normando de nacimiento, y poeta por inspiración de la sidra. Sus
alegres coplas fueron tomadas del valle de Vire, donde este vivía, y debido a este fue legado a sus
sucesores el nombre de Vaux-de-vire y alterado Vaudevilles. El texto de sus canciones fue
alterado igualmente que su título: estas sólo fueron impresas dos siglos después de su muerte y en
un lenguaje cambiado y rejuvenecido.
11
M. Campeaux publicó un libro interesante sobre La vida y las obras de Villon (1859).
mucha guerra. Mas la necesidad hace malo al hombre y el hambre salir al
lobo del bosque”; la miseria llevó a Villon al hurto y casi a la horca. Dos
veces fue condenado a la horca y dos veces obtuvo perdón, primero del
parlamento, luego “del buen rey” es decir de Luis XI; el comentario era
indispensable. Se fue a terminar tranquilamente su vida en Poitou, Saint-
Maixent, al lado “de un hombre de bien, abad de dicho lugar.”
Las obras de Villon no se asemejan en nada a las de sus poetas antecesores:
difícilmente entraban en una clasificación conocida. No canta nada ajeno a
él; es su vida, son sus ideas, sus emociones personales las que cuenta. Nos
describe el pequeño y vulgar mundo, y sin embargo bastante caracterizado,
bastante poético que gira en torno suyo: es una visión de la humanidad,
tomada de la plaza Maubert.
En un poeta del siglo XV, hay un encanto completamente nuevo que
encontrar: estas revelaciones de la vida íntima, estas confesiones ingenuas y
malignas, tan alejadas tanto de la jactancia como de la hipocresía. Aparte de
la inferioridad del talento y la diferencia del carácter, las poesías de Alfred
de Musset nos brindan el mismo género de placer: da gusto oír hablar sin
pretensiones a un hombre que al mismo tiempo resulta ser un poeta, y
obtener de su boca la experiencia profunda de la vida. Villon les confesó sus
amores, sus defectos, sus desgracias; se quejó sin amargura e incluso sin
tristeza; canta su miseria, no para que le tengamos lástima, sino porque es un
poeta y su miseria tiene un lado poético. Es el primero en Francia que hubo
encontrado la poesía de los temas simples, es decir el pensamiento claro, la
imagen viva, la sensibilidad en medio de la sonrisa e incluso la melancolía.
Todo esto nace de él sin ningún esfuerzo: su poesía sólo consiste en ver
mejor y sentir mejor. La gracia en su antecesor Carlos de Orleans algunas
veces era falta de naturalidad y buen gusto, por los buenos modales y para
complacer a Bello-Espíritu y Falso-Saber*, en cambio en él la gracia era
sólo el movimiento natural del pensamiento. Se creería ver uno de estos
alegres niños de París, tan cómodos en sus harapos, tan ágiles, tan animados,
tan ingeniosos en el hablar y con cierto aire distintivo, frente a un hermoso
adolescente, bien formado por la naturaleza, más obstaculizado por una
vigilancia austera, encarcelado en la seda y el terciopelo.
La elección de estos temas ya anuncia la manera en la cual este los va a
tratar. Villon no se molesta en crear una ficción, reúne su poesía a sus pies,
en las calles, y por desgracia, a menudo en los desagües de Paris. Un buen
día abandona su ciudad natal para ponerle fin a un amor, tal como lo hizo
Saint-Preux o Werther; como turista harapiento, se va hasta Angers, y como

*
Bel-Esprit y Faux-Savoir
parte “a una tierra lejana” juzga prudente dejar “algún legado”. Un borracho
tendría su almud; a los pobres funcionarios les deja su nombramiento de la
Universidad, que no los enriquecería mucho, y a un amigo bastante gordo
dos pleitos para corregir su sobrepeso. De esta manera estudia todo su
entorno, repartiendo por todos lados una característica satírica y agradable.
Este legado al que normalmente se le llama Pequeño Testamento es un
ligero bosquejo de la obra principal de Villon, el Gran Testamento,
compuesto en toda la madurez de su talento y edad, “llegado a sus treinta
años.” Al leer estas dos obras, se cree que ambas están separadas por un
intervalo de cinco años y una dolorosa experiencia de la vida. En este
último, en medio “de tantos tragos malos que ha bebido”, el estilo del poeta
ha ganado una energía vigorosa y el sufrimiento ha agudizado “sus
sentimientos, más que los comentarios, que sobre Aristóteles hiciera
Averroes.” Comienza dando una triste perspectiva sobre su vida pasada,
admitiendo sus errores con resignación. Es un pecador y lo sabe bien, sin
embargo la pobreza es la culpable de todos sus delitos. Esta es la que le hizo
desperdiciar inútilmente su vida: por esta, “sus días se fueron muy
rápidamente como los hilos al hacer telas que el tejedor quema con una paja
encendida”. Villon se destaca sobretodo expresando sus lamentos
melancólicos de un tiempo que vuela y se escapa. A este dulce reflejo del
pasado le tiñe las figuras, incluso las más vulgares, de un esplendor poético:
como prueba, esta buena y vieja yelmera (armera), en otro tiempo una joven
hermosa, quien, con sus comadres

Por el suelo echadas o bien en cuclillas


unas sobre otras, apelotonadas,
al solo calor de fuego de paja
que se enciende pronto y pronto se apaga,

comienza a conversar de la época cuando eran “tan bellas.” ¿No es acaso la


verdadera antepasada de esta alegre vieja de Béranger que lamenta tan
descaradamente “el tiempo perdido” y no sé qué otras cosas más? Algunas
veces Villon dirige sus miradas pensativas pero resignadas hacia el futuro:
acusa a sus amigas y las exhorta, pensando en la futura vejez, a que se
muestren menos desdeñosas hoy. Se esperaría leer a cada instante:

¡Envejeceréis y yo no existiré más!

O bien:
¡Tomad, tomad la rosa en el amanecer de la vida!

Villon no llega a esa elegancia pura y suave, pero ¡cuánta gracia hay sin
embargo en su balada de las Damas de antaño!

Decídmelo, ¿dónde, dónde, en qué país


dónde se halla Flora, la bella romana,
y dónde Arquipiades, y dónde Taís,
la bella Taís, que es su prima hermana?
¿y dónde está Eco, hablando en tu voz
por aguas del río, por aguas del lago,
y cuya belleza era más que humana?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?

¿y dónde se encuentra la sabia Eloísa


por quien fue castrado y se metió a monje
aquel Abelardo que entró en San Denís?
Por su gran amor soportó tal prueba.
¿Dónde está la reina (¿acaso la veis?)
que diera la orden que aquel Buridán
en un saco fuera arrojado al Sena?
Pero, ¿dónde están las nieves de antaño?

La gran reina Blanca, blanca como el lis,


cuya voz sonaba cual voz de sirena,
Berta, la del pie Beatris y Alís,
también Haremburgis, la dueña del Maine,
como Juana de Arco, la gran lorensa
que ingleses quemaron dentro de Ruán,
¿dónde, dónde están, Virgen soberana?
Pero, ¿dónde, están las nieves de antaño?

Perdiéndose en los recuerdos familiares de la juventud encuentra por


casualidad las grandes y poéticas ideas de la brevedad de la vida, de la
fragilidad de nuestra naturaleza. Complacido, el ingenuo poeta se detiene
allí, completamente maravillado de su descubrimiento, y nos lo expresa con
la emoción más real. De este modo sabe elevarse de lo personal a lo general,
de su propia miseria a la del hombre, ¡qué cosa tan poco común en las obras
de los poetas íntimos! Se gana el interés de la gente sobre todo porque su
destino es sólo una rama del destino común. Ningún poeta había
representado hasta entonces de la manera más audaz la nulidad de la vida
mortal.

Cuando de ser pobre yo me lamentaba,


así me decía por darme valor.
“Hombre, ¿por qué llorais y te duele tanto?
No debes hundirte ante tal dolor
por no ser tan rico como Jacques Coeur:
más vale vivir bajo tosca manta
en total pobreza, que haber sido rico
y después pudrirse bajo rica tumba.”
………………………………………………

Mi padre murió, ¡Dios tenga su alma!,


pues lo que es su cuerpo, está bajo tierra.
Y sé que mi madre morirá también;
de esto está segura la pobre mujer,
y sabe que el hijo no se ha de escapar.
Sé bien que los pobres, igual que los ricos,
los cuerdos, los locos, los curas, los legos.
Nobles y villano, pródigos mezquinos,
pequeños y grandes, galanes y feos,
y también las damas de bellos vestir,
cualquiera que sea su clase o familia,
vestidas de joyas y muy bien peinadas,
son presa mortal, y no hay excepción.

Así, muere París, también muere Helena,


todo el mundo muere, y con gran dolor,
tanto que perdemos aliento, energía;
la hiel se revienta sobre el corazón,
se suda después, ¡y con qué sudor!
No hay nadie que pueda aliviar tus males:
ni hermano, ni hermana, no se encuentra a nadie
que quiera ponerse en nuestro lugar.

La muerte te pone tembloroso, pálido,


la nariz se curva, las venas se tensan,
el cuello se infla, la carne se afloja,
junturas y nervios, rígidos, se estiran.
Cuerpo femenino, de tanta tesura,
suave y agradable, por demás precioso,
¿os será preciso esperar tal trance?
Ciertamente, o ir en vida hacia el cielo.

¿No se prevé aquí a Bossuet, no se entrevén “esos lugares oscuros, esas


moradas subterráneas, donde duermen los grandes de la tierra,” no se intuye
ya “esta carne que pronto cambia de naturaleza, ese cuerpo que toma otro
nombre?” ¿que incluso no conserva por mucho lo de cadáver y se convierte
en un no sé qué que ya no tiene nombre en ninguna lengua?” He aquí, este
cuerpo femenino, tan pulido, tan suave, tan agradable, he aquí a quien
hicimos el más grande de nuestros oradores y el más viejo de nuestros poetas
populares. Más tarde, con el gran poeta Shakespeare y la terrible escena de
los sepultureros, Villon se encuentra en los osarios de los Inocentes.

¡Cuando pienso un poco en estas cabezas


puestas en montón en esos osarios!:
eran magistrados cerca de la corte,
o bien encargados del erario público,
y también muchachos de hacer los recados:
tanto valen unos como valen otros,
pues de los obispos o de los pastores
no conozco a nadie que allí se distinga.

Y pienso en aquellas que se saludaban


unas a las otras durante sus vidas,
de las cuales unas iban coronadas,
otras de las cuales, con temor, servirían;
todas allí veo, a su fin llegadas,
juntas, en montón, en un gran desorden:
todos los honores les fueron quitados,
a nadie allí llaman maestro ni clérigo.

¿Qué le faltaba a esta poesía popular del siglo XV, que desplegaba sus velas
con tanta audacia entre el mundo de Bousset y Shakespeare? Precisamente la
misma cosa que le faltaba al espíritu de la gente: una elevación moral más
frecuente, quizás más alta, el estar acostumbrados a grandes cosas y a
asuntos importantes; la riqueza y la dignidad. El pueblo que por mucho
tiempo había estado cubierto bajo las alas de la Iglesia, finalmente se separa
de esta para poder vivir su propia vida. Sin embargo, ¡qué débil e incluso
ordinario era este! La incapacidad de los Valoirs, sus vicios, las plagas de la
Guerra, la invasión de los conquistadores ingleses, lo dejaron por mucho
tiempo luchando contra la pobreza de inteligencia, así como también contra
las necesidades materiales de la vida. Degradado tanto por la ignorancia
como por la miseria, este no podía mirar hacia el cielo con un rostro libre y
vigoroso. Mas he aquí, una nueva revelación brillará frente al liberto. La
noble y santa antigüedad, surgida poco a poco de los claustros y
manuscritos, engrandecida en Italia por Dante, Pétrarque y Boccacio,
propagada gracias al divino beneficio de la imprenta, pondrá en poder del
pueblo todas las riquezas de las edades antiguas. La humanidad, a la que el
Evangelio enseñó nuevas virtudes, recuperará la herencia del paganismo y
reunirá en un vasto lecho las ondas dispersas de la tradición.
El siglo XIV es una época importante y triste: Europa se tambalea y luego se
divide, como en la caída del imperio. En los siglos XIV y XV un gran
imperio también se desmorona: la edad media había creado, hasta cierto
punto, el ambicioso y sin embargo admirable pensamiento de sus pontífices,
el de una vasta sociedad espiritual. Esta nueva monarquía, que sucedió al
imperio romano, pero más amplia que este, más pura por su principio ya que
se basaba en la convicción y no en la fuerza, esta inmensa patria que había
creado la Iglesia y que poseía una lengua, costumbres, una administración,
una jerarquía y ante todo una fe común, esta poderosa organización fue
aniquilada. Cada pueblo retomó su vida personal e independiente. Italia se
separa ya de la imitación del lenguaje de los trovadores y se afirma a sí
misma por medio de la poderosa voz de Dante. España encuentra dentro de
sí misma a sus héroes, y su poesía crece bajo la majestuosa influencia del
Cid. Inglaterra finalmente con Chaucer cesa de hablar la lengua de sus
conquistadores, y las guerras de los Valois separan fuertemente las dos
nacionalidades. Alemania tendrá pronto su papa, su biblia y su púlpito. Todo
se disuelve, todo se independiza, sin embargo el fin de un mundo es tan sólo
la aurora de uno nuevo. La unidad de la Edad Media se rompe en pedazos,
pero para un día rehacerse sobre una base más grande. La nueva sociedad
tendrá como tarea admitir en su seno y pacificar todos los contrastes de
pensamiento y raza. El mundo debe andar por las vías de la libertad hacia la
unidad moderna, la de la verdad reconocida y aclamada por la razón.
TERCER PERIODO
EL RENACIMIENTO

—————

CAPÍTULO XXII

EL RENACIMIENTO EN EL SIGLO XVI

Dificultades que representaba el problema del Renacimiento en Francia —


Influencia de Italia — Estudio de la antigüedad; invención de la imprenta;
Colegio de Francia — Budé; Erasmo.

Dificultades que representaba el problema del Renacimiento en Francia

El Renacimiento en el siglo XVI no fue, como podría creerse, una


reproducción servil de la antigüedad, sino más bien una fusión armoniosa
entre los elementos de la civilización cristiana y las tradiciones antiguas del
gusto y del conocimiento. Italia fue el punto de confluencia en donde se
unieron las dos corrientes. Dante, Petrarca Boccaccio, estos infatigables
conquistadores de las riquezas del pasado, sólo parecieron proponerse en sus
obras en una lengua vulgar, transformar el material en bruto de nuestra Edad
Media. Uno le confirió el carácter de belleza a las piadosas leyendas de
nuestros troveros, otro a los cantos de nuestros trovadores; el tercero se
apropió de nuestros fabliaux que revistió de su brillante y periódica prosa.
Ariosto conservó en su Orlando furioso el componente caballeresco de
nuestras canciones épicas. Adoptó el plan irregular, el estilo independiente y
caprichoso de los cantores populares de Italia; sin embargo la poesía antigua
es como la buena sangre que circula por este cuerpo completamente nuevo;
esta se manifiesta allí por la perfección del estilo y el continuo préstamo de
expresiones e imágenes clásicas. Tasso llegó a la misma meta por un camino
totalmente opuesto; en Jerusalén, el arte antiguo trazó el plan, estableció la
forma y los límites de la epopeya; sin embargo la inspiración religiosa y
caballeresca fue la que animó y vivificó todos los detalles.
En Italia, la fusión entre del espíritu moderno y los recuerdos antiguos había
sido simple y rápida. El Renacimiento sólo había tenido que combinar dos
elementos, el catolicismo oficial y la tradición grecolatina. Ningún obstáculo
había impedido la unión de estos: los papas, líderes de la Edad Media, se
habían puesto a la cabeza del movimiento. Además, el siglo XVI vio
florecer, del seno de la nueva civilización, la expresión más pura de la
madurez social, la flor inmortal del arte. Sin embargo en Francia no fue así;
esta nación central, destinada a servir de conector entre todas las razas, de
mediador entre todas las ideas, debía recibir y combinar elementos más
numerosos, más diversos, y sufrir los dolores de una larga gestación antes de
dar a luz el pensamiento moderno. Aquí no sólo es cuestión de darle la
belleza antigua a la inspiración de la Edad Media: un nuevo espíritu surgió
del Norte y llevó la consciencia del hombre hasta sus abismos. El derecho a
dudar, el deber de reflexionar, la necesidad de una acción individual y libre,
he aquí lo que se debe combinar con la unidad de opinión, de espíritu, de
gobierno; condición necesaria para una fuerte unidad nacional, preliminar
indispensable de un arte y una literatura.
Además, ¡cuántas agitaciones en el dominio de los hechos se reflejan por
esta diversidad de elementos en el campo de las ideas!
Dos pueblos en la misma nación, ocho guerras civiles, dos reyes asesinados,
un rey asesino de su pueblo, el pasado y el futuro que vienen como
fantasmas a atormentar esta desafortunada época, el feudalismo que busca
levantar la cabeza y dividir Francia, la democracia que pasa de los
protestantes a los católicos y que forma una extraña alianza con la teocracia;
y finalmente, como para mostrar de manera más clara el tipo de lucha, dos
dinastías extrajeras que ofrecen su ayuda interesada a dos partidos, y que
enfrentan, en el seno de nuestra desafortunada patria, la genialidad oscura
del Norte contra el Demonio meridiano*: tal es el espectáculo que nos ofrece
la historia de Francia del siglo XVI. Luego llega el resultado esperado de
esta sangrienta tragedia. El tumulto se tranquiliza, las pasiones disminuyen,
la política se adormece en una larga tregua monárquica, solución
provisional, como todas las soluciones de este mundo. La unidad renace por
medio del concilio de las ideas beligerantes: por un lado, el edicto de Nantes,
es decir el dogma de tolerancia civil, concede la libertad de consciencia; por
otro lado aunque el principio de autoridad se consolida, este se desplaza; la
unidad ya no estará en la Iglesia, sino en el Estado. En la Edad Media sólo
había una religión y una serie de gobiernos seculares; en los tiempos
modernos, habrá varias religiones y una sola sociedad civil. Los diferentes

*
Démon du midi
cultos serán acogidos en el seno de Francia, una sociedad única y grande
cuyos miembros se llamarían los súbditos del rey a la espera de merecer un
nombre más bello. Esta transacción dará lugar al curioso espectáculo del
cambio doble de bandera; Enrique IV pasaría de hugonote a ser católico, y el
clero liguista volvería a la corona, es decir que un partido sólo triunfaría
armándose con el principio de sus adversarios. Finalmente, lo que nos lleva
de nuevo al tema especial de nuestros estudios, la creación de la nueva
sociedad, la sociedad política y laica sólo podía hacerse bajo la antigua idea
de una moral universal, independiente de formas particulares de culto, y
heredera de la tradición general del género humano. La educación, incluso
en manos del clero, en adelante será completamente clásica; el arte francés,
en su forma, será en gran parte pagano.
Así pues, tanto en Francia como en Italia y en otras partes de Europa, el río
de las ideas modernas arrastró en su curso los restos inmortales de la
antigüedad.
Pero en nuestro caso, se entiende que la mezcla fecunda de tantos elementos
diferentes adquirió su claridad más tarde que en Italia.
Apenas hasta en el siglo XVII florecerá en Francia, en una literatura
inimitable, el pensamiento que los tormentos de la edad anterior agitaron por
mucho tiempo. El siglo XVI nos ofrece en sus obras la misma discordancia
que en sus facciones. La idea y la forma, la vida y la belleza procuraron
unírsele en vano. “En nuestro leguaje, decía Montaigne, encuentro bastante
material, sin embargo falta un poco de trabajo.” Así que, en efecto, los que
piensan conocen poco del arte de la escritura; los que cultivan el arte de la
escritura no reflexionan mucho sobre el pensamiento. Por un lado tenemos
las arengas, las memorias, los panfletos, las sátiras, los tratados dogmáticos
y polémicos, los ensayos filosóficos, todo lo que contiene el espíritu, el alma
de la época; por otro lado, tenemos una joven y audaz escuela de discípulos
del arte antiguo que se esforzaron en crear pieza por pieza una lengua noble,
una poesía seria, y sólo olvidaron darle un alma. Para nosotros, esta
separación, este divorcio entre el pensamiento inspirador y la forma literaria
es la característica más destacada de la literatura del siglo XVI. En ese
entonces, sin duda existieron autores de talento excepcional; nunca se
escribirá con más elocuencia y originalidad que como lo hizo Montaigne ni
con una sensatez más pura, más incisiva que Rabelais. Sin embargo la
lengua de estos grandes escritores no le pertenece a nadie más que a ellos
mismos, cada uno de ellos la improvisa para lo que necesite en el momento
su pensamiento, así que no existen formas universales y comunes para todos,
especies de monedas corrientes con un grabado conocido.
Esta situación en general puede ser favorable para la independencia del
talento, sin embargo era contraria al espíritu eminentemente social y
comunicativo de los franceses. El pueblo destinado a convertirse en el
intermediario entre pueblos, el propagador de ideas, el predicador infatigable
de la civilización, necesitaba una lengua lógica, regular, universal. La
literatura francesa debía, para influenciar al mundo, centralizarse como la
monarquía.
Seguiremos, en este rápido bosquejo del siglo XVI, con la división que la
naturaleza misma de su desarrollo acaba de indicarnos. Primero
examinaremos el pensamiento y en cierto modo la vida de esta sociedad,
tanto como se manifieste en los monumentos escritos, por muy imperfecto
que sea la forma de este. Luego observaremos el gusto de las artes y de la
civilización italiana en la sociedad francesa, el culto de la erudición antigua,
las audacias de la filosofía emergente. Veremos las pasiones religiosas y
políticas pasar de la boca de los oradores a los escritos de los panfletistas y
ahí, a las páginas más duraderas, más imparciales de las memorias y de los
tratados; tres grados diferentes por los que las acciones se vuelven libros, sin
constituir aún una literatura. Esta será la primera parte de nuestro estudio
sobre el siglo XVI. La segunda nos hará ser testigos de la gran tentativa de
reforma literaria, necesaria por la insuficiente poesía de Marot, reforma
proclamada por du Bellay, exagerada por Ronsard, limitada y regularizada
por Malherbe.

Influencia de Italia

En el siglo XVI, Italia fue el iniciador de Francia. En la era anterior, esta


tierra ya nos había enviado como un soplido de renacimiento. Vemos
alrededor del trono de Carlos VI tres mujeres, tres célebres italianas con
diferentes títulos, su cuñada Valentina de Milán, su mujer Isabel de Baviera,
hija de un Visconti, y la modesta, la sabia Christine de Pisan. Sin embargo
una vez librada de las guerras inglesas, es decir finalmente establecida y
fuerte en su unidad, Francia sintió por más de medio siglo un poderoso
impulso que la arrastraba al otro lado de los Alpes. Las ambiciones y los
intereses de los príncipes fueron las causas ocasionales de estas
expediciones; un motor escondido allí impulsaba la nación entera: como en
la época de las invasiones bárbaras, fue la irresistible atracción de una tierra
feliz y rica, la vaga seducción de una civilización superior. La joven nobleza
que rodeaba a Carlos VIII sólo soñaba con la bella Italia, con su opulencia y
sus placeres. El clima del sur y su espléndida naturaleza fueron como una
primera revelación de las artes para los toscos jóvenes de La Hire y de du
Guesclin. Bajo el reinado de Luis XII, ya esta primera enseñanza dejó sus
frutos; el cardenal y ministro Georges d'Ambois admirado al ver las
maravillas que llenaban Lombardía y las imponentes creaciones de
Bramante y Leonardo da Vinci, se hace al centro del nuevo movimiento, y
da principio a uno de los periodos más bellos de la arquitectura francesa.
Pronto Francisco I se ofrece como protector de las artes de Italia y amigo
para sus artistas. Rafael le envía a este varias de sus obras maestras. Gracias
a él Primaticcio viene a exhibir en Fontainebleau su imaginación poética y
su elegancia fuerte y voluptuosa a la vez. Respondiendo a su llamado, Jean
Cousin, nuestro Miguel Ángel, funda la escuela francesa y opera la
transición de la pintura sobre vidrio a la pintura al óleo. Sin embargo se
levantaron de todos lados estos castillos del Renacimiento que vienen a
reemplazar en nuestro territorio las fortalezas feudales; el Castillo de
Madrid, esta elegante mansión del bosque de Boulogne; el Castillo de
Muette, Saint-Germain, Yillers-Cotterets, Chantilly, Follembray, y este
palacio de cuento de hadas creado en lo profundo de los bosques de Sologne,
el maravilloso y fantástico Castillo de Chambord. Toda la nobleza, cansada
del triste salón de los solitarios y oscuros torreones, acude al rey caballero,
en esas elegantes y suntuosas moradas donde la vida transcurre en una fiesta
eterna. Se ven llegar allí con rivalidad los grandes señores y sus jóvenes
mujeres, los eruditos y los artistas, extraña y brillante sociedad en donde la
ciencia se admite como un lujo, donde se acoge la audacia del pensamiento
como un nuevo disfrute de la imaginación.
En lugar de desaparecer con Francisco I, la influencia italiana vino por el
contrario a tomar oficialmente posesión de los Valois. Catalina de Médici,
quien unía todas las cualidades de la mente con los vicios del corazón, había
traído de Florencia el noble gusto por las bellas artes. Sin limitarse sólo a
proteger a los artistas, participaba ella misma en los trabajos de estos.
Philibert Delorme, quien construyó para ella el palacio de Tuileries, la honra
del grandísimo placer que ella hallaba en la arquitectura, al trazar y
diseñar los planes y perfiles de los edificios que ella hizo construir12. Bajo
su triple reinado el Renacimiento encontró finalmente su expresión artística
más alta y más significativa, la poesía. Una vez más, en medio de las
innovaciones más importantes de las que pronto hablaremos, se dejaron ver
los numerosos rastros de la imitación italiana. Joachim du Bellay preconiza
el soneto casi al igual que la oda. Ronsard le debe a la inspiración de los
poetas de Italia alguna de sus mejores piezas, las únicas que trataron de
reproducir sus discípulos Desportes y Bertaut. Sólo con los jóvenes nobles,

12
Tratado de la arquitectura, Paris, 1567.
primero por fanfarronada guerrera, y luego por el espíritu cortesano, la vieja
lengua de sus padres se mezcla con los modismos toscanos, que recogieron
de la escena de sus proezas, o recogieron en las conversaciones de su reina y
de sus damas de honor.

Estudio de la antigüedad; invención de la imprenta; Colegio de Francia

Así pues para considerar de manera aislada la tranquila invasión del arte
italiano en Francia, parece que este último se va a limitar a seguir el mismo
curso que en su tierra natal, lanzando a su paso rayos similares, pero
debilitados. Casi se esperaría encontrar de ese lado de los Alpes la elegante
pero tímida imitación del Renacimiento ultramontano. Sin embargo no pasó
nada de esto; los acontecimientos de la historia, la agitación de de las mentes
perturbaron violentamente la civilización del siglo XVI, pero enriquecieron
su curso de un sedimento fecundo. Los trabajos mismos a los que Italia
había compartido a Europa llevaban en ellos el germen de una renovación
intelectual y política. La Italia moderna no se presentaba sola en el estudio
de Francia sino que traía con sigo toda la antigüedad griega y romana: y
aunque el culto de la ciencia clásica a menudo debía parecerse a una
superstición, esta innovación fue igualmente un inmenso progreso:
cambiando de servidumbre, el pensamiento moderno aprendía a ser libre.
El imperio de Constantinopla había caído en 1453 y algunos eruditos griegos
que habían escapado de la esclavitud de su patria, habían venido a buscar
refugio en Italia, y les pagaban su hospitalidad a los latinos enseñándoles la
lengua de Homero y de Demóstenes.
El 19 de enero de 1458, la Universidad de París recibió una petición de
Grégoire, quien nació en Tiferno, en el reino de Nápoles, con el fin de ser
admitido en su seno como profesor de griego y de retórica. Esta propuesta
fue aprobada, sin embargo la nueva enseñanza, aislada en medio de las
cátedras de lógica y de teología escolásticas, vista con desagrado por los
partidarios asociados a los viejos sistemas, se vio apenas tolerada y sólo
produjo frutos mediocres. Sin embargo la tradición no se perdió; uno de los
alumnos de Grégoire, un joven alemán, destinado a una gran fama, Reuchlin,
el patrón y maestro de Mélanchton, aprendió, alrededor del año 1470, los
primeros elementos de la lengua griega. Unos años más tarde, Reuchlin
encontró en la misma ciudad, como profesor de griego a un verdadero hijo
de Grecia, George Hermonyme, quien sin embargo le debía su fama más a
su patria que a su conocimiento13. Entonces sólo en París este hablaba o más

13
“Non tam doctrina quam patria clarus”. (Beati,Rhenani epistola ad Rheuchlinum, folio 52.)
bien balbuceaba el griego, y tenía más el deseo que la capacidad de
enseñárselo a otros14. Sin embargo sus escasos alumnos suplían la
insuficiencia de sus lecciones dedicándose al estudio que tenía algo del
entusiasmo religioso de los neófitos. “Me entregué con toda mi alma al
estudio del griego, dice uno de ellos, y tan pronto como tenga algo de dinero,
primero compraré libros griegos y luego algo que vestir”15. Poco después los
libros se volvieron menos escasos. Italia, con la cual continuaron nuestras
relaciones, multiplicaba sus envíos doctos y ya comenzaban a circular libros
que todavía se creían manuscritos, pero destacados por la extraordinaria
regularidad de la escritura, a un mejor precio y en grandes cantidades. Entre
más se compraban, más se tenían para vender. ¡Qué gran cosa! Todos estos
se parecían como si todos fuesen sacados al mismo tiempo de la misma
mano. La imprenta que en un principio sólo fue el arte de grabar o
estereotipar sobre madera, proceso conocido en China desde tiempos
inmemoriales, se volvió, alrededor del año 1450, el admirable invento de los
caracteres móviles, el cual generalmente se le atribuye a Gutenberg, quien
nació en Maguncia, mas se estableció en Estrasburgo. Faust, rico negociante
de esta primera ciudad, ayudó al inventor de su capital; y Schöffer, su
colaborador, perfeccionó el invento imaginando un proceso más fácil para la
fundición de caracteres16.
Fichet, rector de La Soborna, introdujo la imprenta en París en 1469. Las
nuevas prensas producían setecientos cincuenta y un obras hasta finales del
siglo XV, y desde el comienzo del siguiente, estas no daban menos de
ochocientas publicaciones en el espacio de diez años; entre estas se
encontraban algunas obras griegas. El indolente Hermonyme fue sustituido
por el sabio italiano Aleandro, rector de la Universidad de París en 1512,
pensionado por Luis XII, y maestro de griego y posiblemente de hebreo.
El Renacimiento se desarrolló especialmente bajo el reinado de Francisco I,
nunca el espíritu humano había desarrollado una curiosidad más entusiasta
por el pasado, una actividad más estudiosa, más apasionada por las letras.
Los impresores colmados de dignidad de su misión, andaban a la par con los
primeros eruditos de su siglo. La familia Estienne sucede a Badius
Ascensius, a Gourmont, a Colines, a Dolet; esta familia, prodigios de la
ciencia y el trabajo, durante cuatro generaciones, elevaron el arte de la

14
“Unus Georgius Hermonymus græce balbuliehat, sed lalis ut neque potuisseï docere si
voluisset, nequc voluissel si potuisset”. (Erasmi epistola LVIII)
15
Erasmi epistola XXIX.
16
H. Hallam, Historia de la literatura de Europa, t. I,p. 151, analiza y resume las largas
discusiones a las cuales este tema dio lugar. En la historia literaria de Italia de Gingené t. 111, p.
270, se indican los principales autores que tomaron parte en estas.
tipografía en la más alta perfección que se jamás se había alcanzado. El
mismo Francisco I manifestaba su interés por esta décima musa y aunque no
creó precisamente la imprenta real17, como a menudo se dijo y repitió, hizo
fundir por Garamond los admirables caracteres que ocasionalmente se
prestaban a impresores particulares por sus bellas ediciones. Esta generosa
medida sólo era el complemento de una institución aún más importante.
Dejando su estéril lucha teológica a La Sorbonna, el rey concibió y
desarrolló la idea de secularizar la enseñanza. El Colegio de las tres lenguas
(Colegio Real, Colegio de Francia), creado en 1531, contaba con cátedras de
hebreo, de griego, de latín, de medicina, de matemáticas y de filosofía,
mezcla admirable de ciencia, desorden fecundo de una generosa época, que
en tiempos más secos quizás habrían tenido que someterse a una
organización más metódica. Allí brillaron Vatable (Wastebled), Danes,
Toussain, el erudito Turnèbe y el diserto Lambin, cuya sabia lentitud
enriqueció la ciencia antigua de numerosos comentarios y la lengua francesa
de un verbo expresivo que recibió su nombre.

Budé; Erasmo

A las memorias del Colegio de Francia se agregan los dos destacados, los
más brillantes entre los eruditos del siglo XVI, Budé y Erasmo, de los cuales
uno persuadió al rey a crear este establecimiento, y el otro rechazó ser el
líder de este y alienar de este modo su independencia de hombre de letras.
Gracias a Guillame Budé18, el más sabio de los helenistas de Europa, Francia
ya no tenía nada que envidiarle a Italia con respecto a la ciencia filológica.
Este fue el primero que, destronando la insuficiente compilación de Guarino
(el Etymologicum Magnum de Varino Favorino), y adelantando cuarenta y
tres años el auténtico Trésor de Henri Estienne, fijó, en sus comentarios, el
sentido de una gran parte de las palabras de la lengua griega, y se hizo el
legislador de una ciencia que sólo había tenido hasta entonces defensores
aventureros. En su obra ya se manifiesta la tendencia seria y positiva de la
erudición cisalpina: incluso en un trabajo sobre las palabras, Budé se
interesa por las cosas. Explica los términos de la jurisprudencia romana con
una precisión y exactitud que no pueden ser superadas. De esta manera, en
su excelente tratado de Asse, expuso las denominaciones y el valor de las
monedas romanas en todos los periodos de la historia, y en sus
Observaciones sobre las pandectas, aplicó la primera filología e historia en
17
Luis XIII fundó realmente la imprenta real en 1640.
18
1467-1540. Obras principales: Anotationes in Pandectas; de Asse, de Studio litterarum;
Commentaria in linguam grœcam.
la inteligencia del derecho romano, innovación que, perfeccionada en la
siguiente generación por hombres más versados en la jurisprudencia, debía
producir en esta una especie de revolución. Toda la gloria literaria de Budé
puede resumirse en un enunciado: suscitó la envidia de Erasmo, quien sin
embargo seguía siendo su amigo.
Erasmo de Róterdam19 vino varias veces a París y vivió allí por mucho
tiempo. Él es nuestro por sus relaciones con Francia y sobre todo por la
naturaleza completamente francesa, completamente volteriana de su espíritu,
lleno de audacia para abordar todos los problemas, lleno de razón práctica
para resolverlos. Traído al mundo en medio de las luchas encarnizadas de las
sectas religiosas, este encontró la moderación en la extensión de su
pensamiento, y vivió bastante bien y bastante lejos para ser un hombre de
partido. Su alta inteligencia captó todos los extremos, y se alejó de estos por
convicción aún más que por timidez. Dedicó su vida para conciliar dos
opiniones excluyentes e intolerantes. Erasmo, amigo de Lutero y León X,
escribió sus Diálogos contra los monjes, y su tratado del Libre albedrío
contra los innovadores, dio a su vez razón a los dos sistemas, donde más
bien reconoció la razón cada vez que la encontraba, tolerando por
inteligencia, como Melanchthon lo hizo por carácter, por lo que fue
perseguido y maldecido por las dos exageraciones extremas, y este mismo
no estuvo al servicio de otro partido que al del buen sentido y el de la
humanidad. La mayoría de los escritos de Erasmo giraban en torno a temas
de la teología, sin embargo, lamentablemente para satisfacer las necesidades
de su época y de su posición, descendió en el campo de la polémica. Todas
sus predilecciones apuntaban hacia la antigüedad renaciente, para él esta era
un culto, una religión. “¿Se puede llamar profano, exclama, lo que es
virtuoso o moral? Sin duda le debemos a los libros sagrados el primer lugar
en nuestra veneración; sin embargo cuando me encuentro en los antiguos, ya
fueran paganos o poetas, tantos castos, santos, pensamientos divinos, no
puedo dejar de creer que su alma, en el momento cuando estos los escribían,
estaba inspirada por un soplido de Dios. ¿Quién sabe si el espíritu de Cristo
no se extiende más allá de lo que nos imaginamos 20? Se entiende que en
medio de las disputas religiosas del siglo XVI, tales ideas no podían hacer de
Erasmo un líder de partido, pero al menos estas lo animaron con un odio
enérgico en contra los enemigos de las nuevas luces. En sus Adagios, en sus
Diálogos, en su divertido Elogio de la locura, afila los dardos más incisivos
en contra de los degenerados monjes de su época. Los reyes y los príncipes

19
Nació en 1467 y murió en 1536.
20
Erasmi Colloquia, Convivium religiosum.
no están protegidos de la audacia de su razón; sin embargo el mismo sentido
común pronto lo lleva en la práctica a esa exacta medida que forma el
carácter y la fuerza de su talento. “Se debe apoyar a los príncipes, dice
concluyendo, no sea que la tiranía sea reemplazada por la anarquía, flagelo
aún más detestable”.21
Erasmo nos presenta en toda su fuerza el contraste que separa las letras de
los dos lados de los Alpes. Al norte, se le puede ver, desde la aurora del siglo
XVI, la erudición agitaba los mayores problemas. Sin desdeñar la pureza de
la dicción, esta la subordinaba al interés del tema y de la idea. Italia ofrecía
entonces un espectáculo muy diferente. Entregados totalmente a la adoración
de la forma, los eruditos italianos pusieron un orgullo nacional para
reproducir en sus escritos la exquisita elegancia de la época de Augusto. Una
escuela aún más exclusiva llegaba incluso hasta rechazar toda expresión,
todo giro que Cicerón no había usado. Para estos dilettanti ciceronianos, la
idea era algo secundario, incluso quizás dañino; el lenguaje era una melodía
que, por sí misma, bastaba para encantar eternamente sus voluptuosos oídos.
Se dice que Bembo, el más ilustre entre ellos, tenía cuarenta cartapacios, en
cada uno de los que metía sucecesivamente cada página que salía de su
pluma, para luego sufrir gradualmente todas las correcciones de su gusto
escrupuloso. No hay necesidad de decir que nada era más contrario a la
verdadera limitación del gran orador que el calco servil de sus formas.
Erasmo escribe su Ciceronianus en contra de estas supersticiones. Fiel a la
moderación que llevaba por todas partes, el predicador más celoso del
Renacimiento trató de preservarla de sus excesos. “Que vuestra primera
preocupación, dice él, sea profundizar bien vuestro tema, cuando lo
dominéis perfectamente, las palabras os vendrán en abundancia, los
sentimientos verdaderos y naturales brotarán sin esfuerzo de vuestra pluma”.
Boileu no pudo decirlo mejor un siglo más tarde, ni Horacio dieciséis siglos
antes. Erasmo servía de enlace entre estas dos altas razones. Él mismo
practicaba de manera admirable lo que le prescribía a otros. Su estilo, feliz
reflejo de su carácter, es claro, vivo expresivo en vez de regular, dotado de
fisionomía en vez de belleza, presto al ataque, manifestando ocurrencias
efervescentes y elocuencia. No se envuelve rígidamente en la toga consular
de Cicerón, toma por casualidad la túnica plebeya, y conserva en este traje
toda la libertad de su estilo. Habla latín como una lengua viva, con facilidad
y originalidad, sin embargo, a pesar de todo su espíritu y todo su
conocimiento, Erasmo sufrió la fatal condición de los escritores
septentrionales del siglo XVI: no tiene al servicio de su inmenso talento una

21
Adagia; Scarabaus.
lengua nativa que haya llegado al estado de lengua literaria. Se ve obligado
entonces a crear un dialecto totalmente personal en una lengua muerta, como
más tarde Montaigne se hará un francés decorado de gascón. Estas
dificultades, que dan mayor mérito al escritor, afectan su futura popularidad.
Al ser la lengua de Erasmo una lengua de erudición, sólo los eruditos lo
consideran un gran escritor22.
Sobre todo en la segunda mitad del siglo XVI, la erudición francesa termina
de tomar un carácter determinado y se vuelve verdaderamente científica. Al
mismo tiempo descuida cada vez más esta elegancia de formas que en un
principio la había acercado algunas veces a la elocuencia. El modelo alemán
o cisalpino supera al italiano, la escuela de Budé a la de Bembo. Es entonces
que florecen los eruditos más ilustres del siglo XVI, los dos Scaliger,
Casaubon, Justo Lipsio. Así pues las primeras traducciones del griego son
reemplazadas por versiones más fieles. Henri Estienne levanta un
monumento imperecedero para la filología griega en su Thésaurus linguae
graecae, digno equivalente del Thésaurus linguae latinae de Robert
Estienne, su padre; Conrad Gesner inspira al primero, en su Mitrídates, a
coordinar las diferentes lenguas según su origen y sus analogías. Italia
misma entró en el movimiento filológico del Norte, no limitándose ya a
comentarios confusos, a notas fortuitas sino que se escriben tratados
especiales sobre cada tema. Manucio publica un tratado sobre las Leyes
Romanas y sobre la Cité o constitución de Roma. Sigonio obtiene el título
de primer anticuario del siglo XVI. Sus tratados sobre el derecho del
ciudadano romano, sobre los Tribunales romanos, y muchos otros de igual
importancia, se ganaron un puesto distinguido en las Antiguedades romanas
de Graevius. Este encuentra en Francia un digno adversario en la persona de
Grouchy, de Ruan, autor de un tratado sobre los Elecciones romanas.
Evitemos menospreciar los inmensos trabajos de estos hombres
encomendados por la Providencia para devolvernos el mundo antiguo, los
cuales fueron trabajadores infatigables que prepararon los materiales
preciosos con los que el genio moderno construyó, sin ninguna dificultad,
sus más bellos edificios.

————————————————————

22
Ver, sobre Erasmo, los tres excelentes artículos publicados por M.D. Nisard, en la Revue des
Deux-Mondes (Revista de los dos mundos), agosto y septiembre 1835. Fueron reproducidos en un
volumen del mismo autor titulado Estudios sobre el Renacimiento.
CAPÍTULO XXIII
EL DERECHO ROMANO Y LA FILOSOFÍA MORAL

Grandes jurisconsultos del siglo XVI – La Boétie; Bodin – Ramus Amyot. –


Montaigne; Charron. – Rabelais.

Grandes jurisconsultos del siglo XVI

El estudio apasionado de la antigüedad griega y romana no tardó en dar sus


frutos. El pensamiento moderno, fortalecido por el comercio de grandes
escritores, finalmente se atrevió a enfrentar y discutir esta misma los temas
de política y moral. El derecho formó la transición entre la erudición pura y
la filosofía. El derecho romano, cuya práctica nunca había muerto del todo
en la Edad Media, renació como una ciencia en Italia. Irnerio, Accurse,
Bartole marcaron, del siglo XII al XIV, los útiles pero tímidos progresos de
una exégesis que no contaba aún ni con la historia ni la literatura. En el siglo
XV, el derecho comienza a iluminarse con los reflejos del Renacimiento.
Angelo Poliziano, el brillante favorito de los Médicis, considera la
jurisprudencia como un preciado fragmento de la antigüedad y aplica
primero a los textos de jurisconsultos las ayudas de la filología clásica. En el
siglo XVI la ciencia del derecho teórico pasa de Italia a Francia con André
Alciat23. Llamado a Bourges por Francisco I, Alciat, en el espacio de cinco
años, fue capaz de cambiar la enseñanza del derecho y fundar una escuela
nueva cuyo carácter resplandece con el más glorioso de sus herederos, el
gran Cujas. En vez de ver en la ley romana un todo homogéneo y
contemporáneo, como lo hicieron primeros críticos, Cujas restituye a cada
parte de la legislación el carácter de la época y de las circunstancias que le
dieron vida. De este modo toma los textos mutilados de Ulpian, de Paulo, de
Papiniano, y debido a la fuerza de su erudición, logra devolverle la vida a
estos fragmentos mudos y helados, en resumidas cuentas, lleva en el estudio
de la legislación romana la sagacidad de un historiador y la imaginación de
un artista. Sin embargo Dumoulin, abogado en el Parlamento de París, le
daba el mismo impulso al derecho francés. Las prácticas y costumbres de
nuestras provincias, que hasta entonces se habían escapado de una redacción
ya fuere científica u oficial, finalmente recibieron de esta mano erudita algo
de luz y algo de estabilidad. Dumoulin, por medio de su comentario sobre la

23
Nació en Milán en 1492.
costumbre de París, establecía las normas generales de nuestro derecho:
extraía los principios que regían el Código Civil, allí donde el derecho
romano no reina, preparaba muchas partes de los trabajos de Pothier. Poco
después brillaron Pasquier, Talon, Séguier, Harlay, de Thou: la magistratura
francesa, al igual que la abogacía, alcanzó su mayor gloria24.

24
Ver E. Lerminier, Introducción a la historia general del derecho. Entre las obras de Estienne
Pasquier, debemos señalar sus Investigaciones de Francia en nueve libros, obra más ingeniosa
que erudita, y los veintidós libros de sus Cartas, que limita en los acontecimientos
contemporáneos la declaración de un testimonio sincero y perspicaz. M. Fengere proporcionó en
dos pequeños volúmenes una edición seleccionada de obras de Estienne Pasquier.
La Boétie y Bodin.

Tantos trabajos sobre la ciencia del derecho debían naturalmente llevar a


la búsqueda de los fundamentos de la sociedad. La primera obra donde
irrumpen las tendencias audaces del nuevo espíritu, fueron unas cuántas
páginas cortas y enérgicas escritas por un joven de dieciocho años. Etienne
de La Boétie, que fue inmortalizado tanto, como por su excepcional talento,
como por la amistad y los pesares de Montaigne1, había recibido una de las
educaciones más estrictas que las familias de los magistrados daban
entonces a sus hijos. “Estábamos de pie a las cuatro de la mañana, contaba
uno de ellos en sus memorias2, y después de rezar, nos íbamos a estudiar a
las cinco de la mañana, con nuestros pesados libros bajo el brazo, con
nuestros tinteros y los candelabros en la mano”. “Pithou, Cujas, y yo, dice
Loisel, nos reuníamos todas las tardes en la biblioteca después de la cena, y
allí trabajábamos hasta unas tres horas3”. Los primeros trabajos del joven
Étienne fueron traducciones donde se esforzaba por reproducir a Aristóteles,
Jenofonte y Plutarco, y así formaba su lengua en la expresión de los
pensamientos masculinos. Mientras que él se entregaba por completo al
trato de la antigüedad, que su joven imaginación le pintaba aún más bella y
más serena, horribles acontecimientos le recordaron la idea de una realidad
que contrastaba tristemente con sus nobles sueños. El levantamiento de
Burdeos y de la Guyena había sido causado por las exacciones que un fisco
despiadado había provocado. Terribles venganzas marcaron el
restablecimiento de la autoridad real: El feroz Montmorency entró a la
ciudad por una brecha; más de ciento cuarenta personas fueron colgadas,
sometidas a la rueda, empaladas, descuartizadas, quemadas en la hoguera, y
destrozadas. Los ejecutaban por una simple acusación, sin confrontación de
los testigos ni otro tipo de proceso. ¡Qué espectáculo para un joven hombre
cuyo pensamiento se había alimentado de las ideas republicanas de la
antigüedad! Fue el mismo año de la insurrección de Burdeos (1548), frente
a los cadalsos erigidos en las plazas públicas de su ciudad natal, que La

1
Essais (Ensayos), t. I,p. 27. La Boétie, nació en Sarlat en 1530, murió en 1563, consejero en el
parlamento de Burdeos
2 Henri de Mesme, 1545.
3 Pasquier o Dialogo de los abogados del parlamento de Paris.
Nota del traductor: todos los títulos de obras que aparecen en aquí se traducirán, sino se encuentran
traducciones oficiales reconocidas, se realizará una por parte del traductor, en las citaciones donde se
menciona una página especifica de un libro se mantendrá el titulo original en francés y entre
paréntesis se escribirá el titulo traducido al español
Boétie escribió contra la monarquía este apasionado discurso que tituló: El
discurso de la servidumbre voluntaria o El Contra uno.

“Como es posible hacer, exclamaba, que tantos hombres, tantos pueblos,


tantas ciudades, tantas naciones soporten a veces a un solo tirano, que solo
tiene el poder que se le otorga, que solo tiene poder para causarles perjuicios
tanto como ellos lo quieran soportar? …que desgracia o mejor dicho que
desgraciado vicio, ver a tantas y tantas personas, no tan sólo obedecer, sino
arrastrarse? No ser gobernados, sino tiranizados, sin bienes, ni parientes, ni
mujeres, ni hijos, ni vida propia. Soportar saqueos, asaltos y crueldades, no
de un ejército, no de una horda de bárbaros, contra la que cada uno debería
defender y gastar su propia sangre y su vida, sino únicamente contra este
hombre. ¡No de un Hércules o de un Sansón, sino de un solo hombrecillo, y
en la mayoría de las veces el más cobarde y afeminado de la nación!”
Aquí se reconocen los métodos de la elocuencia antigua, sus contrastes,
sus asombros, sus gradaciones, el alcance de sus desarrollos y su fervor cada
vez mayor. Parece probable leer en Tito Livio algún tipo de discurso de un
tribuno, cuando La Boétie concluye este hermoso pasaje con esta energética
provocación:

“Quien los controla no tiene más que dos ojos, dos manos, un solo
cuerpo… ¿De dónde ha tomado tantos ojos, con los cuales los espía, si
ustedes no se los dieron? ¿Los pies con los que recorre sus ciudades, de
dónde los obtuvo, si no son los suyos? ¿Cómo tiene algún poder sobre
ustedes sino por causa de ustedes mismos? ¿Cómo se atrevería a
perseguirlos a ustedes, si no contara con su acuerdo? ¿Qué podría hacerles si
ustedes mismos no encubrieran al ladrón que los roba, cómplices del asesino
que los extermina y traicionan a su propia condición? Siembran sus propios
frutos para que él los arrase, amueblan y llenan sus casas de adornos para
abastecer sus saqueos. Alimentan a sus hijas para que él tenga con quien
saciar su lujuria, alimentan sus hijos para que él los llevé, sea cual fuere la
excusa, en sus guerras, y que él los conduzca a la carnicería… Puede
liberarse de tantas humillaciones, que ni los animales mismos lo sufrirían o
los soportarían, si ustedes trataran, no de liberase de ello, sino solamente de
quererlo hacer. Decídanse, pues, a dejar de servir, y serán hombres libres.
No pretendo que se enfrenten a él, ni que lo hagan tambalear, sino
simplemente que no lo sustentéis más. Entonces verán cómo, un gran coloso
que ha sido privado de la base que lo sostiene, se desplomará y se romperá
por sí solo.”

He aquí la metamorfosis que la inspiración antigua había producido de


repente en nuestro lenguaje. A la mofa astuta de nuestros trovadores, a su
elocuencia satírica y burlona le seguía como por encanto una voz grave y
poderosa, semejante a un eco del foro. Por lo demás, El discurso de la
servidumbre voluntaria no contenía ninguna alusión a los intereses, las
pasiones, las tradiciones que entonces dividían profundamente a la sociedad
francesa. Es una obra esencialmente abstracta, una elocuente invectiva
contra la tiranía en general. El pensamiento emancipado supera la meta en
lugar de alcanzarla. Se siente en cada página de este libro la inexperiencia
de un pueblo y de un escritor, y la embriaguez de los recuerdos de la
antigüedad malinterpretada: aquí Cesar y Nerón son juzgados como en
nuestras tragedias clásicas. Es el grito de una elocuente indignación en la
boca de un joven de dieciséis años que más le hubiera valido nacer en
Venecia que en Sarlat1.

La nobleza, la sinceridad de sus opiniones reviste su lenguaje de una


potencia que arrastra al lector. No es que el estilo de La Boétie equivalga al
de Montaigne, el cual ningún otro autor ha alcanzado. Es pesado y arcaico.
Es duro como esta alma ingenua y libre…. Pero es ingenuo, firme,
elocuente, como nos parecería a nosotros en la actualidad la prosa Marco
Bruto y de Catón de Útica si hubiéramos conservado sus libros2.

El juicioso y prudente Montaigne, al ver que “esta obra había sido


expuesta con malas intenciones3, por quienes procuraban enturbiar y
cambiar el estado de nuestra policía, sin preocuparse si ellos la
enmendarían” procura excusar la vehemencia de su amigo declarando que
“no existió un mejor ciudadano, ni más comprometido con la tranquilidad
de su país, y ni más enemigo de las agitaciones y transformaciones de su
tiempo4”. Creemos con seguridad que el adolescente que había debutado
con tal ensayo, modificó con la reflexión y la experiencia aquello que tenía,
demasiado absoluto, en sus primeros sentimientos. Pero como la elocuencia
está completamente en la emoción del espíritu, La Boétie ya no encontrará
más de estos acentos tan energéticos. A quien Montaigne llama el hombre
1
Montaigne, pasaje ya citado-Ya habíamos dicho que la Boétie tenía entonces dieciocho años.
2
Ch. Nodier, Manual de bibliografía, febrero 1835
3
En 1578.
4
Montaigne, Essais (Ensayos), Lib.1.o, cap. 27.
más importante del siglo vivió casi ignorado, y se apagó a los treinta y dos
años como consejero en el parlamento de Burdeos, siendo autor de un gran
número de versos agradables1.

Desde el amanecer de la ciencia política, ¡qué contraste entre Italia y


Francia! La una encuentra en Macchiavello su más alta expresión y
envenena todos los ríos de Europa con sus máximas pérfidas; La otra lanza
con la Boétie un grito de libertad, parece meditar ya sobre el contrato social
y la emancipación de los pueblos. Pero la obra del joven de Périgord no era
sino un impulso del espíritu, una ocurrencia de juventud y de indignación.
Le hacía falta a la filosofía política una expresión más calmada, más
científica. Jean Bodin se la dió y parece anunciar a Montesquieu como la
Boétie anuncia a J.J. Rousseau.

Bodin2 prevalece sobre Macchiavello por su punto de vista, como La Boétie


ya prevalecía sobre él en la moralidad. Macchiavello es muy italiano y muy
práctico. Estudia sobre todo la historia romana, la de Florencia y la de los
Estados de Italia, y lo hace únicamente para sacar provecho de esto como
secretario del estado. Nunca presenta juicios filosóficos, o ideas absolutas.
Para él, los hombres no son buenos ni malos, ellos son hábiles o ignorantes.
Los observa, juzga los golpes de esta y erige el éxito como principio. Así la
carencia de sentido moral reduce incluso esta elevada inteligencia.
Macchiavello sería más importante, si él fuera una mejor persona.

Bodin, con menos genio en el pensamiento y en el estilo, concibe un plan


mucho más basto y toma un punto de partida mucho más alto. Su principal
obra, su libro sobre la República, es decir sobre el gobierno, sobre la
constitución del Estado, es una tentativa noble ya que somete los hechos a la
concepción absoluta de sus leyes. Sin embargo era de esperarse que la
filosofía política a menudo se tambaleara al comienzo de su carrera. A causa
de su inexperiencia, Bodin mezclaba continuamente el método de
observación y el método a priori, la teoría y la erudición. Aunque versado y
fuerte en cuanto a las evidencias recogidas de la historia, es generalmente
débil en las razones teóricas. Es más un hombre de estado que un

1
Recientemente, sus obras completas fueron recopiladas y publicadas por M. Léon Feugère autor de
un excelente Estudio, laureado por la academia francesa, sobre la vida y las obras de Ètienne de La
Boetie.
2
Nació en Angers en 1530, fue procurador del Rey en Laon, fue un influyente diputado en los
Estados de Blois en 1576 y murió en 1596.
metafísico. Pero si no tiene toda la altura deseable, no se puede discutir la
búsqueda sincera de lo justo y de lo honesto. Si no penetró con suficiente
profundidad en la esencia del derecho universal, por lo menos, la extensión
de su saber, la rectitud de sus intenciones, y la magnitud de su empresa
ameritan a su nombre un reconocimiento perdurable. Siguió a Aristóteles
con originalidad en el estudio de las diversas formas políticas, de su
duración, de su decadencia y de sus transformaciones1. Él aventajó a
Montesquieu en el análisis de las influencias que los climas políticos deben
ejercer sobre las leyes. ¡Extraño ejemplo de la debilidad de nuestro
raciocinio en la cima misma de la grandeza! En medio de estas
consideraciones Bodin consagra un capitulo a los sueños extraños de la
astrología. Se sabe que esta mente tan firme creía en la magia, sobre la cual
escribió un libro (la Dèmonomanie). Incluso las almas más grandes reciben
la huella de la época que las produjo. Sin embargo y aún en este mismo
capítulo, que no escribió en un siglo más ilustrado, Bodin recupera de
repente su superioridad: vislumbra la filosofía de la historia afirmando que
el estudio del pasado y la observación cuidadosa de las causas nos pueden
llevar a prever la caída y las revoluciones radicales de los imperios2. En
política Bodin se consagra a la monarquía, sin duda por temor a la anarquía
en la que él veía que Francia3 se precipitaba 1. Pero por encima de este
poder absoluto y sin control, del cual arma al soberano, él reconoce y
reserva las leyes eternas de la conciencia, pero no prepara ninguna sanción
para estas, aquí en la tierra.

“Tal es la Républica de Bodin; comienzo de la ciencia política en la Europa


moderna, esbozo de una razón firme, pero incierta en sus vías… donde la
erudición a menudo ahoga el pensamiento: donde el espíritu del autor,
deseando subir al mundo de las ideas y de los sistemas, casi siempre es
abatido en su vuelo impotente; sin método, sin esclarecimiento. Pero
testimonio irrecusable de vigor y de genio, monumento del siglo XVI, al
cual los últimos trecientos años no le han quitado su valor, y que pasará
como una medalla preciosa en la historia de las obras humanas4”.

1
Lib. IV, cap. 1.o.
2
Lib. IV, cap. II
3
Empujado en un momento por la Liga en 1589, Bodin se reconcilió con Enrique de Navarra en
1577. Su República se publicó en francés en el año de 1577. Él mismo la tradujo al latín nueve años
después.
4
Lerminier, Introducción general a la historia del derecho. Recomendamos a nuestros lectores la
valiosa obra que M. Baudrillart publicó recientemente bajo el título de Bodin. y su época. Es un
El talento de Bodin y la imperfección de su obra demuestran de manera
suficiente que la filosofía social era entonces una ciencia incipiente de la
cual habría que esperar, aún mucho tiempo, sus frutos. Sucedió lo mismo
con la filosofía moral, la ciencia que se propone por objeto de estudio al
hombre individual. Sin dudad es más difícil sondear las profundidades de
nuestra naturaleza, que examinar los principios de la sociedad, pero si se
abstiene de manera prudente de las elevadas búsquedas de la metafísica,
todavía queda en la región media de la filosofía, espacios bastante amplios
para ejercer la observación atenta y estimular el interés del lector. La moral
es una ciencia siempre realizada o por lo menos que siempre es posible.
Cada uno lleva en sí el modelo, solo se trata de encontrar al pintor.

Ramus y Amyot

Ya un hombre de un genio ardiente y audaz había proclamado la decadencia


de la filosofía de la edad media atacando a Aristóteles en quien esta se había
personificado. Pierre La Ramée (Ramus) todavía no había sobrepasado el
pensamiento, pero sí sus procedimientos: había emancipado la lógica.
Observemos que es en nombre de la antigüedad que se había realizado esta
revolución. La lectura de Virgilio, de Cicerón, de Platón destrona en Ramus
la adoración supersticiosa de los comentarios de Aristóteles. “Reconozco,
dice él, para mi gran sorpresa que ni Cicerón ni Virgilio, al escribir, no
habían tenido en cuenta las leyes del Organum”. Después pasa a la lectura
de Platón. Su sorpresa aumenta. “¡ Que cambio!, exclama él. Aquí no hay ni
reglas sutiles, ni argumentación metódica. Sócrates se satisface con discutir
con sentido común, él quiere que se examine y que se refiera a la razón
antes que a la autoridad.” Entonces Ramus se pregunta “Si él no podría
también socratisar un poco” En adelante, la filosofía puede marchar con
confianza. Todavía no se encuentra el método, pero los obstáculos son
destrozados. Se proclama el principio fructífero. La guía que se seguirá a
partir de ahora no es más la autoridad, es la razón.

Un talento más modesto y cuyo nombre pero sobre todo sus obras son
inmortales, le hizo un favor igual de importante a la filosofía moral. Jacques
Amyot no solo fue un traductor sino un traductor de talento: ocupa el primer
rango en un género secundario. Creó en cierto modo a Plutarco: él nos lo

inteligente análisis de las obras del publicista del siglo XVI. En este se encuentran una serie de
citaciones muy bien escogidas.
dio, más verdadero, más completo, de lo que lo había hecho la naturaleza.
Por el azar del nacimiento, el ingenuo y un poco crédulo beocio, había sido
arrojado al siglo refinado y corrupto de Adriano. Para expresar su
pensamiento directo y simple, solo tenía el idioma laborioso y erudito de los
alejandrinos. De ahí la disonancia continúa en sus numerosos escritos: su
espíritu y su lenguaje no son del mismo siglo, Amyot restableció la armonía
y gracias a este, el alumno de Amonio vuelve a ser el buen Plutarco. Esta
creación fue una buena fortuna para Francia: no solamente enriqueció la
lengua por la afortunada necesidad de expresar tantas concepciones nobles y
verdaderas sino que además se convirtió en un poderoso auxiliar para el
renacimiento de las ideas antiguas. “Nosotros, pobres ignorantes, estábamos
perdidos sí este libro no nos hubiera sacado del cenagal en que yacíamos;
gracias a él osamos hoy hablar y escribir; las damas son capaces de
adoctrinar a los maestros, es nuestro breviario.” Montaigne tiene razón de
estar agradecido: ya que a él solo le debió su amable genio la pintura tan
verdadera, tan original de su pensamiento, el marco en el que la depositó y
una multitud de recuerdos con los que él la enriqueció, y le fueron dados por
los opúsculos de Plutarco y transmitidos por la traducción de Amyot1

Montaigne y Charron

Michel Montaigne2, puso en práctica, bajo una forma inmortal, la


independencia del pensamiento que Ramus había proclamado en principio.
Sus Ensayos son el primero y tal vez el mejor fruto que hubiera producido
en Francia la filosofía moral. Es el primer llamado dirigido a la sociedad
laica y mundana sobre los graves asuntos que los eruditos de profesión hasta
entonces habían pretendido juzgar a puerta cerrada. El principal encanto de
esta obra, es que en esta se percibe en cada línea el hombre bajo el autor. No
es un tratado, aún menos un discurso, es la libre fantasía de un conversador
amable y prodigiosamente instruido, que se desarrolla caprichosamente ante
nuestros ojos. Aquí la idea toma forma, la abstracción cobra vida. El libro y

1Amyot y Ramus procedían de las clases más bajas del pueblo: los dos fueron criados en el
colegio de Navarra y ascendieron por sus propios méritos. Amyot llegó a ser tutor de los hijos
de Enrique II, gran capellán de Francia y obispo de Auxerre. Tal era, en el siglo XVI, la
recompensa otorgada al traductor de Daphnis y Cloe, y de las Vidas paralelas del paganismo.
Ramus maestro en artes, después director de su colegio, profesor de filosofía y de elocuencia en
el Collège de France, fue víctima de los odios escolásticos, los cuales el fanatismo religioso,
ofrecieron un pretexto. Los estudiantes lo degollaron en la masacre de San Bartolomé.
2
Nace en 1533, muere en 1592
el escritor tan solo son una misma cosa. Montaigne por así decirlo vivió su
obra en lugar de componerla.

Nacido en Gascuña, región de riscos vivos y de gracia cambiante, que él


conservo, gracias a la especial educación que recibió y la originalidad
ingenua de sus colinas. Su padre como por un presentimiento secreto, había
alejado de esta naturaleza fecunda y delicada todo lo que podía encadenarla
y deformarla. La infancia de Montaigne se desarrolló en una atmosfera de
libertad y de felicidad. Por la mañana, el sonido armonioso de los
instrumentos que terminaba con su sueño; el estudio, que le cuesta a los
otros niños tan penosos esfuerzos, desaparecían para él bajo las apariencias
de los juegos de su edad; aprendió latín como su lengua materna, por la
conversación de las personas que lo rodeaban. Esta educación en un medio
protector, que quizás no es la mejor en general, resultó la más adecuada para
el genio de Montaigne. De ella surge una indolencia dócil que la vivacidad
natural del joven gascón preservó de la apatía; El amor por el bienestar, que
su elevado sentido común protege de un basto egoísmo; una sincera
benevolencia por los hombres, que nunca tuvo la ocasión de odiar; un
alejamiento inquebrantable de las penosas ocupaciones de un político
mezquino y pérfido. Montaigne no tuvo ninguna ambición: su vida era tan
dulce sin ninguno o pocos negocios, su vida sin ellos era tan plena! “Su
profesión es vivir apaciblemente, para disfrutar el doble que los otros”. Él
quiere la felicidad por la sabiduría, no la sabiduría triste y afligida, sino
dulce y agradable, “Es la virtud la madre que alimenta los placeres
humanos. ¿Quién ha osado disfrazármela, exclama, con apariencias tan
lejanas a la verdad, con tan adusto y tan odioso rostro? Nada hay, por el
contrario, más alegre, divertido, jovial. La virtud no está como la escuela
asegura, colocada en la cúspide de un monte escarpado e inaccesible. Quien
sabe la dirección, puede llegar a ella por una suave y amena pendiente
cubierta de grata sombra y tapizada de verde césped”.

Es necesario reconocer que la virtud de Montaigne parece estar a veces


demasiado preocupado por su propio placer. Creo verlo en su castillo,
fortificado, antaño por sus padres, y que hoy en día “solo tiene para toda
guarda un portero, cuyo cometido no es tanto el de prohibir la entrada como
el de franquearla con amabilidad y buena gracia”. Mientras que las guerras
religiosas ensangrentaban a Francia, y la matanza de San Bartolomé le da al
mundo el horrible espectáculo de un rey conspirador y asesino, es aquí “su
asilo en donde descansa lejos de las guerras que nos acaban: intenta sustraer
este rincón de la tormenta pública, como tiene guardado otro en su alma. Es
inútil que nuestra lucha cambie de cariz, que se multiplique y diversifique
en nuevos partidos, para él no cambia.1”. Su morada es el templo sereno que
la ciencia eleva para el sabio y donde no penetran, a pesar de la cortesía del
guardián, ni el pedantismo de las escuelas, ni el fanatismo de las sectas
religiosas. Semejante a los personajes del Decamerón, él realiza un tranquilo
retiro mientras que una cruel plaga devastaba el resto del país. He aquí,
como se compadece por la sublime locura del heroísmo guerrero, “ese que
ves escalando las ruinas de esa fortificación, furioso y fuera de sí, expuesto
a recibir el disparo de los arcabuces, y ese otro cubierto de cicatrices,
transido y pálido por el hambre, decidido a morir antes que abrirle la
puerta”, todo esto quizás, por un hombre “¡a quien jamás vieron, el cual no
se cura siquiera de que existan en el mundo; por un hombre sumido en la
ociosidad y en los deleites!” Tampoco las vigilias y el agotamiento del
estudio encuentran mayor favor ante sus ojos. Con cual tono de burla lo
manifiesta al erudito “¡ese otro que ves abandonar el estudio a media noche,
legañoso, acometido por la tos y mugriento, bien decidido a morir o haber
enseñado a la posteridad la medida de los versos de Plauto y la correcta
ortografía de una palabra latina!” Para él no hay tantas maneras. Acepta el
estudio, pero como un placer y no como un trabajo. “Su designio consiste en
pasar apacible, y no laboriosamente, lo que le resta, de vida; por nada del
mundo quiere romperse la cabeza, ni siquiera por la ciencia, por grande que
sea su valor.”

A pesar de su gusto marcado por la indolencia dócil de la vida privada,


Montaigne pago sin embargo su tributo a los deberes del ciudadano. Cuando
tenía veintitrés años, su padre le compró un empleo como consejero en la
Corte de Ayudas de Périgueux, que se reunió el año siguiente en la chambre
des enquêtes* del parlamento de Burdeos. El joven magistrado amaba poco
esta profesión “donde su padre lo zambulló cuando niño hasta las orejas” Se
burlaba de sus pedantescos colegas “que clasificaba con una particular
atención las palabras solemnes”; encontraba que “entre nuestras leyes y
costumbres hay muchas bárbaras y monstruosas”. “Él que el juez a sometido
al tormento, decía, por no hacerle morir inocente, muere sin culpa, y además

1
Essais (Ensayos), II, 16.
* chambre des enquêtes: En los parlamentos, cámaras donde se juzgaba las apelaciones de las
sentencias emitidas en proceso por escrito.
martirizado”. Por otra parte, la legislación de su época le parecía un
laberinto inextricable, donde a menudo se disimulaba la iniquidad de los
jueces. Por eso en cuanto la muerte de su padre se lo permitió, Montaigne
con apenas cuarenta años de edad renuncia a su cargo de consejero.

La vida de cortesano era menos contraria a sus gustos; él aceptó y


probablemente buscó, hacia 1575, el cargo de gentilhombre ordinario del
rey y dos años después el de gentilhombre de la cámara del rey de Navarra.
“No soy por complexión, dice él, enemigo de la agitación cortesana, en ella
he pasado una parte de mi vida y habituado estoy a conducirme
desenvueltamente en las selectas compañías”. Paris le era necesario para
estudiar bien a los hombres. Pero si Montaigne fue un cortesano, él nunca se
volvió servil. “Odio a muerte oír a los aduladores, los cuales son razón
sobrada para que yo inmediatamente adopte un tono seco, duro y francote,
que inclina a quien me desconoce a considerarme como desdeñoso”.

Él viajaba por Italia y acababa de ser nombrado ciudadano de Roma, en


1581, cuando se enteró de que los magistrados de Burdeos lo habían
escogido como alcalde. Cumplió estas nuevas funciones, como se podía
esperar de su carácter. Le reclaman, dice él, haberse entregado a los asuntos
“demasiado débilmente” y solo haberles dirigido a estos “un afecto
lánguido”; y él mismo añade de manera ingenua que estos reproches de
ningún modo estaban alejados de los hechos; “Estoy yo de tal suerte
constituido, que gusto tanto ser dichoso como cuerdo, y deber mi buena
fortuna puramente a la gracia de Dios que al intermedio de mis actos.”

No obstante, lo reeligieron por dos años más, pero esta vez fue mucho peor
todavía. Habiendo estallado la peste en Burdeos durante su ausencia,
Montaigne se abstuvo de volver allí. Incluso les respondió a los magistrados
que lo invitaban a volver para presidir en las próximas elecciones, que él
estaba acostumbrado a un excelente aire, y no deseaba arriesgarse a ir a la
ciudad. Él ofrecía ir de manera valiente hasta una aldea vecina, “si el mal no
había llegado allí” para dar a los magistrados sus instrucciones, y terminó
deseándoles “una larga y feliz vida1”. No se comportara así, sesenta años
más tarde, el magnánimo Rotrou.

1
La vida pública de Montaigne, estudio biográfico por Alphonse Grün, 1855. Montaigne hombre
público, por Pierre Clément, en la Revue contemporaine el 31 de agosto de 1855.
Según el carácter de Montaigne, se intuye el de su libro, si es que se le
puede llamar así a esas excursiones caprichosas de un pensamiento tanto
vagabundo como amable. Este hombre de una razón tan directa parece, en la
sucesión de sus ideas, solo obedecer a esta facultad que él mismo llama “la
loca de la casa”. Escoge un asunto, lo deja, lo retoma, promete un tema en el
título, y trata otro distinto en el capítulo. “Al transcribir mis ideas, dice él,
no sigo otro camino que el del azar; a medida que mis ensueños o desvaríos
aparecen a mi espíritu voy amontonándolos: una veces se me presentan
apiñados, otras arrastrándose penosamente y uno a uno. Quiero exteriorizar
mi estado natural y ordinario, tan desordenado como es en realidad, y me
dejo llevar sin esfuerzos ni artificios; elijo de preferencia el primer
argumento, pensando aquí una frase, allá otra, como partes separadas del
conjunto, desviadas, sin designio ni plan.”

Sin embargo bajo esta apariencia fortuita, se esconde un interés serio y


poderoso. A pesar de todas sus excursiones, Montaigne tiene en mente un
solo objetivo, que nos pinta, nos muestra, y que nos explica sin cesar, es él
mismo, o más bien somos nosotros, es el hombre tal como fue, tal como
siempre será, y es este el secreto de la inmortalidad de su obra. Tiene toda la
gracia de una fantasía y toda la profundidad de un estudio, todo el encanto
de una conversación y todo el valor de un tratado científico. Montaigne se
juzga con tanta imparcialidad que se creería que él habla de otra persona, se
analiza con tanta sutileza que se puede observar lo bien que él profundizó en
sí mismo: y por una rara fortuna, tales son la extensión de sus facultades, la
variabilidad de sus gustos, la combinación de sus defectos, de sus
cualidades, de su tendencias de todos tipos, parece reunir en sí mismo todas
las variedades de nuestra naturaleza, y nos ofrece en su persona al hombre
completo, este ser “maravillosamente fluctuante y diverso”.

En la pintura de sí mismo, Montaigne relaciona de manera natural y sin


considérarlo, el estudio de las más grandes cuestiones. “Descubre cien
nuevos secretos, y lo difícil que son de revelar1” Su escepticismo fecundo
despertó la razón de sus contemporáneos. En medio de las afirmaciones
violentas que pretendían establecerse a sangre y fuego, la única sensatez
posible era la duda. “Mucho saber permite la oportunidad de dudar más”. En
religión, en política y en literatura, cada uno decía: Lo sé todo. Montaigne

1
Mlle. de Gournay, prefacio de los Ensayos de Montaigne
tomo por lema: ¿Qué se yo? No obstante, su reserva no llega hasta el
pirronismo: Montaigne nunca dudó de Dios ni de la virtud. Estas nobles
creencias, que en medio de tantas ruinas se mantienen en pie en su
pensamiento, son allí más augustas. A veces estas le inspiran sublimes
arrebatos de elocuencia, que se sorprende de encontrar en este agradable
autor. Con que grandeza pinta el hombre de corazón que “cae lleno de
ánimo en el combate; el que desafiando todos los peligros, ve la muerte
cercana y por ello no disminuye un punto en su fortaleza; quien al exhalar el
último suspiro mira todavía a su enemigo con altivez y desdén, y derrotados
no por nosotros, sino por la mala fortuna;!muerto puede ser, mas no
vencido!” ¡Que noble impulso de entusiasmo cuando él protesta contra el
triunfo injusto y glorifica la derrota! “Hay pérdidas triunfantes que
equivalen a las victorias; y ni siquiera aquellas cuatro hermanas, las más
hermosas que el sol haya alumbrado sobre la tierra, las de Salamina, Platea,
Micala y Sicilia, podrán jamás oponer toda su gloria a la derrota del rey
Leónidas y de los suyos en el desfiladero de las Termópilas”.

Sentimos aquí a través del lenguaje del siglo XVI el espíritu renaciente de la
antigüedad. Es uno de los méritos de Montaigne, el de ser su discípulo. Los
poetas y los filósofos de Grecia y de Roma son para él, lo que fueron para
Bossuet las Escrituras y los sacerdotes. Él se apropia perfectamente de esto
y los asimila. “Lleva a su espíritu sus razones, comparaciones, y argumentos
y los confunde con los suyos”. ¡Muy hábil quien sabría distinguir lo que
encuentra, de lo que toma prestado y “consigue un claro entendimiento!”
Sus críticas son muy arriesgadas “al dar un capirotazo en las narices a
Plutarco y al injuriar a Séneca”.

Plutarco y Séneca son en efecto sus dos maestros. “La instrucción que
procuran es la flor de la filosofía, Uno abunda en acontecimientos, hechos y
anécdotas y él otro en matices.” Montaigne escribe, “que no quiere estar
rodeado de libros, pero no puede dejar pasar la oportunidad de un libro de
Plutarco”. En cuanto a Séneca su ritmo vivo y brusco se acomoda al humor
de Montaigne, a quien le gusta que vayan directamente al grano, que lo
instruyan de manera inmediata. “Lo que busca son razones firmes y sólidas,
en primer lugar, no sutilezas gramaticales, ni la ingeniosa contextura de
palabras y argumentaciones que para nada le sirven. Quiere razonamientos
que descarguen, la primera carga, en el corazón de la duda”. Él encuentra
que Cicerón, en sus obras filosóficas “languidece alrededor del asunto. Estas
son útiles para la discusión, el foro o el púlpito, donde nos queda el tiempo
necesario para dormitar, y dar un cuarto de hora después de comenzada la
oración para recobrar el hilo del discurso. Es necesario hablarles así a los
jueces. Cicerón es un excelente predicador municipal. Para Montaigne, estas
precauciones son causas perdidas: se encuentra preparado de antemano, no
necesita salsa, ni incentivo, puede comer perfectamente la carne cruda”.

Al mostrarnos lo que le gusta de Séneca, Montaigne comenzó a caracterizar


su propio estilo. No obstante, es una característica, y la más alegre de todas,
que brilla con un resplandor mucho más intenso en la fisonomía del escritor
francés, la imaginación. Voltaire dijo con razón: “No es el lenguaje de
Montaigne, es su imaginación lo que hay que añorar. En él más que en
nadie, el estilo es el hombre. “Cuando yo veo esas valientes formas de
explicarse, tan vivas y profundas no digo que eso sea bien decir, digo que es
bien pensar” El idioma todavía rebelde, que se le ha dado, lo domina, lo
suaviza, y como un hábil versificador, de la dificultad misma es capaz de
extraer cien combinaciones inesperadas y encantadoras «Lejos de
sacrificarse el discurso a las palabras, dice, son éstas las que deben
sacrificarse al discurso; y si el francés no logra traducir mi pensamiento,
echo mano de mi dialecto gascón. Yo quiero que las cosas predominen y
que de tal manera llenen la imaginación del oyente, que éste no se fije
siquiera en las palabras ni se acuerde de ellas”. También la lengua de
Montaigne “es un hablar sencillo e ingenuo, lo mismo cuando escribo que
cuando hablo; un hablar sustancioso y nervioso, corto y conciso, no tan
pulido y delicado como brusco y vehemente: más bien difícil que pesado,
apartado de afectación, sin regla, desligado y arrojado”. No podríamos
contar todas las imágenes, las nuevas expresiones, las cadenas de palabras
que él creó. Si se disfruta del francés de Amyot, se estudia la lengua de
Montaigne, y sus escritos que son aún en la actualidad un tesoro, donde que
nuestra prosa, empobrecida por los desdenes filosóficos del siglo XVIII,
está feliz de ir en busca de sus antiguas riquezas.1

Sin embargo tal es la fatalidad literaria que pesa sobre el siglo XVI; sus
obras más afortunadas siguen careciendo de este don supremo que parece el
fruto natural reservado para ciertos momentos de la vida de los pueblos, la
belleza y la perfección del conjunto. Todas las cualidades de una excelente

1
Ver, El elogio de Montaigne, compuesto por M. Villemain, en 1812; esta obra marcó el debut de
este ilustre escritor
obra se encuentran en la de Montaigne, pero sin componer todavía un
conjunto armonioso. En el siglo de Augusto, Montaigne, con su
imaginación poética y su estudiosa indolencia, hubiera sido un Horacio o un
Tibulo; Bajo el reinado Luis XIV se hubiera convertido o en La Fontaine o
en Descartes, dependiendo de la vertiente de su genio que hubiese seguido.
Es solo el conversador más instructivo y el más amable de nuestros
moralistas. Se percibe que su persona valía aún más que su libro. Los
Ensayos son un mineral precioso que todavía no ha recibido su forma
definitiva: se parecen a la materia sideral de la cual se componen las
remotas nebulosas, según algunos astrónomos. Todavía no son astros, es el
rico y luminoso fluido cuya potencia creadora disfruta formándolos.

Esta formación no siempre se logra sin peligro: si se somete el pensamiento


de los Ensayos a un orden más regular, y se suprime este exuberante adorno
de la imaginación, “¡lo superfluo, una cosa tan necesaria!” y en vez de
Montaigne se obtiene a Charron1 su discípulo, y con frecuencia su copista.
Es evidente que por lo menos un cuarto de su libro de la Sabiduría se
compone de préstamos casi textuales que Charron tomó de su predecesor.
No obstante, este no se le parece, ni siquiera cuando lo transcribe. Grave,
estudiado y metódico, en vano nos dice en alguna parte que: “Yo trato y
actúo aquí de manera no pedantesca, según las reglas ordinarias de la
escuela”; con todo el rigor escolástico él erige como dogma el escepticismo;
desde lo alto del pulpito él anatemiza los prejuicios. Más rico de lecturas y
de recuerdos, más cuidadoso al disponer las diversas partes de un tema, de
modo que permita continuar con el hilo de un argumento, Charron no tiene
ni la originalidad del genio de Montaigne, ni la vivacidad de su expresión.
También obtuvo más estima que éxito, y más elogios que lectores, como lo
dijo un gran maestro.

Rabelais

Hasta ahora, al no poderlo incluir en ninguna de nuestras clasificaciones,


porque las cumple todas, no lo hemos omitido sino postergado, un escritor
en cuya obra la altura de las opiniones contrasta incluso mucho más que en
las obras de sus contemporáneos, con la original rareza de la forma.
Rabelais es a la vez erudito, filósofo, publicita, novelista, satírico, en fin un

1
Nació en Paris en 1551, abogado y después sacerdote. Murió en 1603. Obras: De la sabiduría y
dieciséis discursos cristianos.
innovador en todas las direcciones del pensamiento, y disimula la audacia
de sus ideas bajo la extravagancia de sus ficciones. Es una especie de
Tribulet popular, un loco de la sociedad, al cual se le permite tener la razón,
con la condición de que parezca renunciar al sentido común y así regale sus
insolencias más grandes como tantas ocurrencias sin ningún tipo de
consecuencias. Pero no hay que juzgar desde una perspectiva tan
sistemática. Para jugar este papel de genio bufón, Rabelais solo tenía que
abandonarse a sus inclinaciones, y si su trivialidad cínica fue un cálculo
prudente, es probable que fuera la naturaleza quien lo hizo por él. Este rasgo
es un fenómeno moral que solo el siglo XVI podía darle al mundo. Alianza
singular de la educación y de la mediocridad, “conjunto monstruoso de una
moral aguda e ingeniosa y de una sucia corrupción: cuando es malo, va
mucho más allá de lo peor, es el encanto del pícaro; cuando es bueno, llega
a lo exquisito, a la excelencia y puede ser el manjar más delicado1”

La vida de Rabelais es la imagen de su libro: Amante de las taberna2 y


conservaba siempre una dulce inclinación por los lugares que lo vieron
nacer; uno tras otro fue cordelero, benedictino, médico, bibliotecario,
secretario de un embajador y sacerdote, todo sin dejar nunca de beber, de
burlarse y de divertirse; sabía latín, griego, hebreo, italiano, español,
alemán, árabe y en caso necesario hablaba el más franco y más popular
francés de nuestros antiguos trovadores; se burlaba de todas las potencias,
provocaba todas las reformas, y fue protegido por los prelados, cardenales y
ministros; y finalmente murió de manera tranquila en su casa parroquial,
con las bromas aún en la boca, mientras que Des Périers se suicidaba en su
prisión y Dolet moría en las llamas de la hoguera. Rabelais es el hombre
más sorprendente de esta discordancia perpetua que ofrece por doquier el
siglo XVI, época fecunda, potente y original, pero sin armonía,
proporciones, ni belleza.

La Vida de Gargantúa y Pantagruel, es el sueño de una epopeya delirante,


es la orgía de la razón y a veces del genio. Al mezclar juntos a Erasmo y a
Boccaccio, y al unir los recuerdos de nuestras fabliaux* y la inspiración
italiana de la poesía bernesca, Rabelais creó de todos estos elementos
mezclados y animados, en el seno de un original genio “una obra increíble,

1
La Bruyère. Cap. I, De las obras del espíritu,
2
En la Devinière, cerca de Chinon, en 1482
* fabliaux: cuento popular en verso, satírico o moral.
mezcla de ciencia, de obscuridad, de comedia, de elocuencia y con un alto
grado de fantasía, que todo lo recuerda sin comparación, que atrapa y
desconcierta, que embriaga y asquea, de la cual uno se puede preguntar
seriamente si se le comprendió, después de gustar mucho de ella y de tenerle
una gran admiración.”

“Habría aquí mucho que decir acerca Rabelais. Es nuestro Shakespeare de la


comedia. En su época fue un Arioste al alcance de los linajes ordinarios de
Brie, de Champaña, de Picardía, de Touraine y de Poitou. Los nombres de
nuestras provincias, aldeas, monasterios, las costumbres de nuestros
conventos, parroquias, universidades, las conductas de nuestros estudiantes,
jueces, mayordomos, comerciante, todo esto lo reprodujo, principalmente
para reírse de ello. Comprendió y satisfizo a la vez las tendencias comunes,
el sentido común estricto y las inclinaciones maliciosas del tercer estado del
siglo XVI”.

“Él libro de Rabelais es un gran festín, no uno de estos nobles y delicados


festines de la antigüedad, donde circulaban, al son de la lira, los cálices de
oro coronados de flores, las ingeniosas bromas y las conversaciones
filosóficas; no uno de esos deliciosos banquetes de Jenofonte o de Platón,
celebrados bajo los pórticos de mármol, en los jardines de Escilunte o de
Atenas; es una orgía nublada, un festín casero, una cena de navidad. Es
inclusive, si se desea, una de esas largas coplas que se cantan después de
beber, cuyas estrofas picantes son con frecuencia entrecortadas por
estribillos que se repiten. En estos tipos de refranes, la elocuencia remplaza
al sentido; y tratar de comprenderlos, es ya no haber comprendido1”.

No obstante la embriaguez del júbilo, no domina de tal manera la razón


elevada del innovador como para ahogar su voz. Él mismo nos advierte que
suponiendo “que el sentido literal nos ofrece temas bastante alegres, no por
ello hay que permanecer, como cuando se escucha el canto de las sirenas;
sino interpretar en el sentido más elevado lo que por casualidad pensamos
que dice con gran entusiasmo ¿Hemos visto en algún momento a un perro
encontrar un hueso? El perro es, como dice Platón, el animal más filosófico
del mundo. Si lo han visto, han podido advertir con qué devoción lo acecha,
con qué cuidado lo guarda, con qué fervor lo sostiene, con qué prudencia

1
Sainte-Beuve, Tableau de la poésie française au seizième siècle (Cuadro de la poesía France del
siglo XVI), t. I, p. 339
comienza, con qué cariño lo destroza y con qué diligencia lo succiona.
¿Quién lo induce a hacer esto? ¿Cuál es la esperanza de su dedicación?
¿Qué bien pretende él? Nada más que un poco de médula…. Este ejemplo
nos invita a ser sabios para olfatear, percibir y valorar estos hermosos libros
de exquisita grasa, livianos en la búsqueda y profundos en el encuentro, y
luego con curiosa práctica y meditación frecuente, romper el hueso y extraer
la médula científica”.

Afortunadamente para Rabelais, su siglo no le creyó, tomó esta advertencia


como una payasada más. Y sin embargo ¡qué médula en este libro de grasa
exquisita, cuantos “misterios aterradores, tanto en lo que concierne a nuestra
religión como al estado político y la vida económica¡” La alegre solución de
Meudon entrevió todas la reformas modernas, libertad política y religiosa,
organización de las finanzas, destrucción de los privilegios y
perfeccionamiento del procedimiento. ¡Qué espíritu de indignación contra
los chats-fourrés *del parlamento y contra el Grippe-Minaud* su
archiduque! ¡Qué sensata elocuencia en el discurso de Grandgousier y de su
embajador contra la sangrienta locura de la guerras de invasión¡ Su tratado
sobre la educación, a propósito de la juventud de Gargantúa, es prodigioso
para su siglo: Locke, Montaigne y Jean-Jacques no han hecho más que
desarrollarlo1. Es sobre todo contra los abusos de la religión, y los vicios de
sus ministros que Rabelais es infatigable, como si él mismo tuviera el
derecho de ser severo. Él los identifica en cada instante bajo su pluma, o
más bien él nunca los deja ir: desde sus ociosos monjes, auténticos monos
de la sociedad, que “no labran, ni trabajan, sino que se limitan a mascullar
enérgicamente las leyendas y los salmos que no logran entender”, hasta las
aves golosas de la isla sonante, obispos, cardenales y el papagayo cuya
única ocupación en este mundo es “regocijarse, trinar y cantar” mientras que
el resto del mundo “exceptuando algunas comarcas de las regiones de
aquilón, les envían muchos bienes y apetitosos bocados”. Se percibe que
Rabelais bien habría tenido ganas de tomar “una gran piedra y de destrozar a
todos estas aves sacrosantas”; pero una voz prudente lo detiene “Hombre de
bien, dice ella, cuando tú lo desees, golpea, hiere, mata, asesina a todos los
1
Ver el excelente comentario que hizo M. Guizot. Tissot, Leçons de littérature (Lecciones de
literatura), l. 1, p. 147. También puede ser interesante la lectura del artículo de M. Géruzez, sobre los
Essais d’histoire littéraire (Ensayos de la historia literaria), p. 67, 2da edición.
* chat-fourré: hace referencia al abrigo de armiño usado por los jueces de los tribunales de apelación,
juez, magistrado. También hace referencia a un personaje de la quinta novela de Rabelais, los Gatos
Forrados ,que viven en la isla de la Condenación
*Grippe-Minaud: archiduque de los Gatos Forrados
reyes y príncipes del mundo, a traición, con veneno o de cualquier otro
modo; descubre en el cielo a los ángeles; de todo serás perdonado por el
papagayo: si amas tu vida, el beneficio y el bien tanto tuyo como el de tus
padres y amigos, tanto vivos y muertos, a estas sagradas aves no las toques;
inclusive tu descendencia seria desgraciada.” En base esto él toma
tranquilamente su postura. Se resigna a “beber aún más y comer hasta
saciarse. Viendo a estas aves endiabladas, no hacemos más que blasfemar,
pero dejando vacías las botellas y las copas, no hacemos más que alabar a
Dios”. Así pues, Panurgo retoma aún por dos siglos más su máscara y sus
cascabeles.

CAPÍTULO XXIV
LA ELOCUENCIA DEL SIGLO XVI

Lutero y Calvino: el libro de la Institución de la religión cristiana.- Ignacio


de Loyola y los jesuitas.- El canciller de L’Hôpital - Los predicadores de la
Liga.

Lutero y Calvino: el libro de la Institución de la religión cristiana.

Con Jean Cousin y Cujas, con Rabelais, Erasmo y Montaigne, la reforma


estaba lista a nivel de las ideas. Las artes, el derecho y la filosofía habían
sido emancipadas; quedan faltando aún el culto y la política. Seguiremos su
destino en el siglo XVI, a través de su expresión literaria, elocuencia e
historia.

La reforma religiosa fue la obra del Norte. Los instintos de razas


comenzaron a complicar las cuestiones de los dogmas. El despertar de las
individualidades nacionales fue una de las características de la época.

Los pueblos, comprimidos en la severa unidad de la edad media, escaparon


entonces del molde uniforme que los había envuelto durante tanto tiempo, y
se inclinaron por esta otra unidad, muy distante aún, la cual debe nacer de la
visión espontánea de una misma verdad para todos los hombres, debe
resultar del desarrollo libre y original de cada nación, y como un vasto
concierto, reunir las disonancias armoniosas. Europa, sin una conciencia del
objetivo, tomaba ávidamente un medio para lograr esto, la insurrección; solo
se pensaba en derribar, sin considerar aún como reconstruir. El siglo XVI
estaba a la vanguardia del siglo XVIII. Todo el tiempo el Norte había
sufrido temblando el yugo desagradable del Sur de Europa. Durante la
época Romana, los germanos fueron cien veces vencidos pero nunca fueron
domados; Germania misma había invadido el imperio y determinado su
caída. En la edad media la lucha continuaba aunque bajo nombres
diferentes; no eran solamente los instintos los que combatían, sino también
las ideas: la fuerza y el espíritu, la violencia y la política, el orden feudal y
la jerarquía católica, la herencia y la elección, tales eran los diversos
principios que acentuaban la oposición de las dos razas. En el siglo XVI, la
escisión que se presentía durante mucho tiempo estalló. El dogma católico,
atacado desde su nacimiento por numerosas herejías, había triunfado
completamente hasta entonces. Sin remontarse a los comienzos de la iglesia,
Arnaldo de Brescia en Italia, Valdo en Francia y Wyclif en Inglaterra,
habían intentado instaurar reformas efímeras que fueron sofocadas por los
suplicios. En Alemania, Lutero apareció, y la reforma se llevó a cabo: la
unidad católica fue destrozada para siempre.

En 1511, Martín Lutero un monje Agustiniano de Erfurt, fue enviado a


Roma por asuntos de su orden. Él experimentó, de una manera más fuerte
aún, la misma repulsión que sentían entonces todos los alemanes y que los
conducía de manera muy frecuente a la guerra. Las magnificencias del
papado, la suntuosidad con la que el culto gusta de rodearse en las comarcas
meridionales, y los vicios de una elegante civilización revelaron la severa
barbarie del germano. No podía contemplar sin escandalizarse las fiestas
idolatras de la nueva Babilonia. La venta de las indulgencias, arrendadas
por el papa al arzobispo de Maguncia, Alberto de Brandeburgo,
subarrendadas por Alberto a los banqueros Fugger y su venta de ciudad en
ciudad por el monje dominico Tatzel, hizo explotar la indignación de
Lutero. Él levanto doctrina contra doctrina, lanzó anatema contra anatema,
y, el 10 de diciembre de 1520, en Wittemberg, quemó solemnemente la bula
del papa León X con las epístolas decretales de sus predecesores, el cuerpo
del derecho canónico y la Suma de Santo tomas de Aquino.

Desde entonces comenzó esta guerra implacable de la palabra, que generó


posteriormente tantas guerras sangrientas. Encerrado en el castillo de
Wartburg durante nueve meses, Lutero no paro de remover a Alemania y a
Europa del fondo de su asilo mental desconocido. “Sus panfletos teológicos,
impresos tan pronto como él los dictaba, penetraban en las provincias más
recónditas; los leían en las tardes en las familias, y este predicador invisible
fue escuchado a través de todo el imperio. Nunca un escritor había tan
vivamente simpatizado con el pueblo. Su violencia, sus bufonerías, sus
apóstrofes a las potencias del mundo, a los obispos, al papa, al rey de
Inglaterra, a los que él trataba con un magnifico desprecio y los calificaba
de Satanás, cautivaban y encendían a Alemania; y a la parte burlesca de sus
dramas populares no hacían más que fortalecer el efecto de todo… Lo que
distinguía a Lutero, no era tanto su vasto conocimiento, sino una elocuencia
viva y predominante, una facilidad para entonces extraordinaria de tratar los
temas filosóficos y religiosos en su lengua materna: es a través de lo cual el
capturaba la atención de todo el mundo1” Sus escritos eran tan fuertes como
sus discursos. “Es la palabra, decía él, que mientras que yo dormía
tranquilamente y bebía mi cerveza con mi querido Melanchtho, estremeció
tanto al papado, como nunca lo habían hecho un príncipe ni un emperador.

El nuevo apóstol era la voz del genio alemán. Audaz y ardiente por el
pensamiento a la vez metafísico y poético, él remplazaba las artes plásticas
del Sur de Europa, la poesía de los sentidos, por la emoción soñadora y
apasionada del alma: de todas las artes solo gustaba de la música. Alemania
siempre renunció gustosamente a la acción siempre y cuando se le dejara el
pensamiento: Lutero proclamaba la justificación por la fe y la debilidad de
las obras. El negaba la libertad moral y sentaba las bases del libre examen;
ya que según él, el laico es semejante al sacerdote; basta de padres, basta de
concilios; la cadena de la tradición católica se rompe: La Iglesia no tiene
más ley que la Escritura, y la Escritura ninguna otra explicación que la
razón2.

Un alemán, orador y poeta había creado la reforma y un francés, hombre de


acción y lógica, coordinó la doctrina. Jean Cauvin3, hijo de un procurador
fiscal y notario apostólico de Noyon, había recibido en la erudita
universidad de Bourges la influencia de las nuevas opiniones. La supresión
del culto exterior, la destrucción de toda imponente pomposidad por las
cuales el catolicismo se dirigía al sentimiento y a la imaginación, satisfacían

1
Michelet, Précis de l’histoire moderne (Resumen de la historia moderna), p. 103 y 107.
2
Ante la Dieta de Worms (1521) Lutero declaró que él no podía retractarse de nada a menos que
fuera convencido de su error por la Escritura santa, o por razones evidentes
3
Quien latinizó su nombre siguiendo el uso de las letras, y se hace llamar Calvinus o Calvino. Nació
en 1509, murió en 1564
a este árido espíritu. Calvino era un razonador austero, irreprochable en su
vida, inflexible en su pensamiento, claro y sutil en su manera de hablar, su
rostro demacrado, su mirada penetrante y dura anunciaba a un hombre
hecho para convertirse en “el legislador despótico de una democracia.1” El
solo había heredado del carácter nacional, las cualidades intelectuales, la
claridad, la precisión, la lógica; el no seduce los corazones como Lutero, el
encerraba los espíritus dentro los recovecos estrechos de su silogismo2.

El 1.o de agosto de 1535, Calvino dedicó al rey Francisco I su Institución de


la religión cristiana. Fue la obra más importante que hasta entonces hubiera
producido la reforma, una exposición metódica de los dogmas y de la
disciplina. Este libro, escrito con un talento incomparable por un joven
hombre de veintiséis años, pretendía ser para el protestantismo lo que la
Suma de Santo Tomás, quemada anteriormente por Lutero, había sido para
la teología católica. La dedicatoria es una obra maestra, donde la habilidad y
el razonamiento se elevan a veces hasta la elocuencia. El autor no disimula
que él “en esta, casi integró una Suma de esta misma doctrina y que muchos
estimaban debía ser castigado con la prisión, el destierro o la proscripción”.
Pero él le señala al rey “que si con acusar fuera suficiente, nadie
permanecería inocente, ni de dichos ni de hechos,” Al enumerar enseguida
las principales objeciones que se dirigen habitualmente a la religión
reformada, permite oponerlas metódicamente con hábiles respuestas. Invoca
la atención y la justicia del príncipe con un lenguaje de una dignidad
imperiosa: “Es su deber, majestad, el de no desviar sus oídos ni su coraje de
una tan justa defensa, principalmente cuando se trata de tan gran cosa; es
saber cómo la gloria de Dios será mantenida sobre la tierra, como su verdad
retendrá su honor y dignidad, como el reino de Cristo permanecerá en su
totalidad. O materia digna de sus oídos, digna de su jurisdicción, digna de su
real trono! Ya que esta forma de pensar hace a un verdadero rey, si él
reconoce ser un verdadero ministro de Dios sirviendo al gobierno de su
reino; y al contrario, quien no reina para este fin, el de servir a la gloria de
Dios, no ejerce un verdadero reinado sino un bandolerismo”. Este lenguaje
altivo esconde casi una amenaza. La insurrección democrática estaba en un
estado latente, apenas en gestación, en la doctrina protestante. Sus primeros
apóstoles estaban lejos de percibirlo. Lutero había dicho: Nunca combatan a

1
Villemain
2
Henri Martin, Historia de Francia, t. IX.
su amo, aunque sea el un tirano, y sepan que quienes osaren atacarlo
encontrarán su juez. “Calvino decía al igual que San Pablo que: “todo poder
viene de Dios “. Y aunque él prefería un gobierno aristócrata, agregaba que
“los reyes son de institución divina. Si aquellos quienes por voluntad de
Dios, viven sometidos bajo los príncipes, y son sus súbditos naturales,
transfieren esto a ellos, para estar tentados a llevar acabo alguna rebelión o
cambio, esto será no solamente una especulación loca e inútil, sino también
malévola y perniciosa1”. Él pensaba trazar a la independencia un
infranqueable limite, al declarar que “la libertad espiritual puede muy bien
consistir en la servidumbre civil2” El tiempo y la historia serían aún mejores
razonadores que Calvino.

Este sectario imponía incluso a la libertad de conciencia límites bastante


extraños. Hombre de orden y de organización, quería constituir la Reforma
y no desarrollarla; todos sus deseos se resumían en sustituir Roma por
Ginebra. Le reprochaba a la iglesia católica sus supuestos errores, y no su
poderosa soberanía: Calvino deseaba ser también absolutista, pero más
lúcido. Lejos de excusar sus ambiciosas pretensiones, su doctrina lleva la
imprenta de la sequedad de su alma. Al llevar a los extremos los principios
de San Agustín sobre la predestinación, él se convierte en un dios
despiadado, más cruel que el antiguo destino. Ya que este Dios crea de
manera voluntaria el mal. Crea a los hombres para salvar a un pequeño
número y condenar a uno mucho más grande, sin que los predestinados al
infierno puedan reaccionar en contra de la suerte que les espera; ya que ellos
no tienen libre albedrío. Calvino deja sin embargo al hombre una apariencia
de voluntad para justificar a su Dios y poder motivar el precepto que el
mismo da a los fieles de odiar a los condenados, “con el fin de conformarse
a la voluntad de Dios que los condena!” Es la religión del odio insertada
sobre la ley del amor, sobre el Evangelio, como una planta ponzoñosa que
se enreda en las ramas del árbol de la vida3. Por muy antipática que fuera
esta doctrina para el sentido común de nuestra nación, no obstante, esta
prosperó en nuestra tierra, a costa del luteranismo, y absorbió todos los
movimientos de reforma. Predicada en Francia, por un francés, en su
lenguaje claro y lógico, noble y popular a la vez, debió hacer numerosos
adeptos entre los cristianos descontentos. Por otra parte, el espíritu

1
Institución de la Religión Cristiana, Cap. XX
2
Ibidem
3
H. Martin, Histore de France (Historia de Francia), t. IX, p. 308
esencialmente unitario de la nación, repudiaba el fraccionamiento de las
sectas protestantes, y los espíritus que se separaron de la iglesia católica
prefirieron, entre las Iglesias reformadas, la que, por su organización les
ofrecía aún una especie de catolicismo.
Ignacio de Loyola y los Jesuitas

Ante las ilógicas o estériles negaciones de La Reforma, al


catolicismo le quedaba un noble papel por cumplir: defender la
continuidad de la tradición religiosa, reivindicar el dogma de
la libertad moral, salvaguardar los derechos del sentimiento y
de la imaginación en el culto, y por último, luchar contra esta
fuerza disolvente que

1. H. Martin, Histoire de France, t. IX, p. 308


NOTA: En este trabajo solo se traducirán las obras que ya tienen un equivalente establecido en la lengua meta.

299

destrozaba el vínculo de la familia europea. Esta obra católica


no podía ser llevada a cabo, como aquella del protestantismo,
por esfuerzos individuales, aislados y contradictorios. Bajo la
dirección de un solo jefe, una nueva milicia, disciplinada y
obediente debía marchar hacia este único objetivo. Este jefe
fue un joven caballero castellano, tan ardiente, tan
apasionado, tan caballeroso como Calvino frío y seco, don Íñigo
López de Recalde y Loyola. Alimentado por la lectura de los
Amadis, Ignacio había recibido el último reflejo de la
caballería mística del Santo Grial. Herido en el asedio de
Pamplona (1521), abandonó las novelas por las leyendas. Su
imaginación cambió de objeto sin cambiar de carácter. Se
convirtió en caballero de la Virgen, por ella participó en la
vela de armas y tomó el hábito de ermitaño en el Macizo de
Montserrat. Este primer arrebato de devoción mística, dentro de
poco se uniría, sin desaparecer, a ideas más positivas. Las
razas neolatinas están destinadas principalmente a la acción,
el sentido práctico no las abandona en medio de los mismos
accesos del entusiasmo. A la edad de treinta y seis años,
Ignacio de Loyola regresa a Paris luego de una peregrinación
en Jerusalén, durante siete años, magnánimo alumno, se sienta
sobre las bancas de la vieja universidad escolástica.
Finalmente, el estudiante se convirtió en el fundador de la
orden. El caballeroso oficial creó una sociedad por siempre
celebre, una, que no pudo acusarse de imprudente y de
irreflexiva. La nueva compañía estaba especialmente en contra
de la nueva herejía que se empezaba a organizar. Ignacio mismo
era la antítesis viviente de Calvino y de Lutero. Ante la
sequedad del primero, Loyola contraponía su ardor, su
imaginación de artista y de místico, la inquisición sospechaba
en primer lugar que él estaba involucrado con los illuminati.
Ante las tendencias muy personales del segundo, Loyola, en sus
vagas aspiraciones de libertad, planteaba una sumisión sin
reserva en la Iglesia, por el hábito de la obediencia erigida
en la virtud, por la abdicación completa de toda voluntad
personal en las manos de un superior. La compañía de Jesús
lleva en su literatura la huella de este doble carácter. Por un
lado, sus obras se distinguieron por una elegancia rebuscada y
mundana, pero un poco oprimidas y artificiales. Por el otro
lado, ella produjo pocas individualidades determinantes; sin
embargo, ejercía una

300

inmensa influencia colectiva. Al igual que el demonio del


Evangelio, el jesuita no tiene nombre propio, su nombre es
Legión.
En París, el día de la asunción de 1533, en la iglesia de
Montmartre, Ignacio de Loyola y sus cinco compañeros fundaron
la sociedad que sería la última y la más poderosa de las
milicias del catolicismo. Alemania había lanzado el ataque,
mientras que Francia lo había sistematizado. España se había
encargado de la defensa; y Francia aun la maduraba en su seno.
Desde el norte y desde el sur partían las creencias rivales que
debían luchar en esta arena de todas las ideas.
El primer recibimiento de Francia debió alentar a los nuevos
creadores. Los letrados, en especial, les eran favorables, la
Reforma solo parecía ser la expresión popular del Renacimiento.
La Sorbona entró en cólera en contra de las nuevas opiniones,
que a su vez tuvieron a su favor todos los enemigos de la
Sorbona, todos aquellos que detestaban su intolerancia o
despreciaban su pedantismo. El palacio de Francisco I abrió las
puertas a las ideas de Lutero, así como a toda clase de ideas
nuevas. Era de buen gusto aparentar que se aceptaban.
Margarita, hermana del rey, amable y sabia princesa, Luisa de
Saboya y su madre, estuvieron durante un tiempo de acuerdo con
estas nuevas ideas.

El rey, quien poco se esforzaba por escuchar los discursos


teológicos y quien, a causa de su instinto déspota y su cálculo
diplomático perseguiría a los calvinistas años más tarde, al
principio sólo encontró en la reforma la oportunidad de
burlarse de los monjes y de los sorbonistas. El reducido mundo
literario, que tenía por centro la corte, parecía estar aliado
contra los viejos defensores de la Iglesia. Algunos adoptaban
más o menos los dogmas luteranos como: Berquin, Roussel, los
dos Jacobos, Robert Estienne, Lefèvre d’Etaples, Jules-César
Scaliger. Otros como: Rabelais, Étienne Dolet y Bonaventure
Despériers, no se acogían en absoluto a la Reforma, pues sin
duda alguna iban más allá. Había otros, como Budé, du Châtel,
du Bellay que seguían siendo católicos, pero tolerantes. Los
cortesanos, ansiosos por recibir la consigna del maestro y cuya
opinión no decidía el triunfo de una idea, más bien lo
manifestaba, difundían el calvinismo como una moda. Mientras se
paseaban en la tarde en el Pré-aux-Clercs, cantaban los salmos
franceses de Clément Marot. Así pues, los protestantes se
habían ganado la nueva amante del rey,
301

Ana de Pisseleu d’Heilly, desde entonces duquesa de Étampes, la


más bella entre las sabias, y la más sabía entre las bellas.
Todas las opciones parecían estar a favor de la religión
reformada, sin embargo había algo en su contra más poderoso que
una corte y más duradero que una moda: el genio nacional de
Francia. Al aceptar la Reforma, Francia constituyó, al igual
que Inglaterra, una iglesia nacional, aislada del seno de
Europa. Francia renunció a esta gran idea de republica
cristiana que ocupó un amplio lugar en el pasado, y que aún
perdura con el tiempo. El pueblo de la unidad, el pueblo que
une todas las religiones de Occidente, no podía dejarse llevar
por la reacción exclusiva del norte, ni separarse de las
naciones del sur, ni de la raza neolatina a la cual él mismo
pertenece. Por otra parte, esta religión negativa, importada
desde Alemania, significaba mucho o muy poco para Francia. Las
revoluciones de Francia no tiene este rasgo característico:
ellas afirman, creen y no protestan. Francia rechazó entonces
el protestantismo como una religión, conservando a la vez un
principio análogo, pero anterior al protestantismo y más
fecundo que él: el libre examen1.

El canciller de L’Hôpital

Este término medio en el cual, después de luchas sangrientas,


debía fijarse el sentido común nacional, fue desde el comienzo,
señalado con precisión, aunque sin éxito inmediato, por una de
las voces más nobles que se haya escuchado en Francia, la
del canciller de L’Hôpital2. “Michel de L’Hôpital”, afirma el
frívolo y libertino Brantôme, ha sido el más grande y el más
digno canciller que ha tenido Francia. Él era otro censor
Catón, en este aspecto coincidía en la apariencia, su gran
barba blanca, su cara pálida y su manera grave.” El pensamiento
de toda

1. H. Martin, Histoire de France, t. IX, p. 466.


2. Nación en 1508 y murió en 1573. OBRAS: 16 discursos, les Mémoires d’État, le Traité de la réformation de la justice,
seis libros de epístolas en verso latino (5 vol. en-8, 1825).

302

su vida, el objetivo de todos sus esfuerzos, fue introducir en


nuestras leyes la tolerancia civil, la convivencia con las dos
religiones en paz y en un mismo suelo. Idea nueva entonces y a
la vez lejana del espíritu de los calvinistas como del de los
católicos. Para un reencuentro más singular que inexplicable,
el más corrompido de los hombres y la más perversa de las
mujeres unieron su política: L’Hôpital y Catalina de Médici
persiguieron por mucho tiempo el mismo objetivo. Lo justo y lo
útil habían encontrado su identidad. La elocuencia política
estalla por primera vez en Francia en estas venerables
palabras, una elocuencia colmada de un perfume de probidad y
que justifica completamente la otrora definición del orador:
Vir bonus dicendi peritus. L’Hôpital encabeza este ilustre
cortejo de magistrados franceses, entre los que se encuentran
los Seguier, los Montholon, los Pithou, los Molé, los Harlay,
los Pasquier y los Thou, quienes, dada la gravedad de su vida,
la modestia de su ciencia y el temple romanesco de su carácter,
fueron una de las glorias más puras e innegables de Francia.
Formados por la ingenua tradición de las costumbres galas y el
estudio profundo de la antigüedad, estos hombres sumaban a la
lealtad de un hombre fiel, una especie de virtud íntegra
parecida a la tradición de las repúblicas antiguas. Eran, como
Montaigne lo afirmara: “almas bellas chapadas a la antigua”.
El lenguaje del canciller de L’Hôpital se caracteriza por una
familiaridad colmada de sentido común y de fineza, que se
topaba aquí y allá con palabras enérgicas y decisivas; se trata
de la voluntad de un sabio con la bondad y el abandono de un
padre. L’Hôpital quiere hacer recordar al culto de las virtudes
cristianas, esos hombres que solo sueñan con vencer sus
adversarios en medio de discusiones llenas de odio. Él afirma
que: “hemos hecho como los malos capitanes, que quieren asediar
el fuerte de sus enemigos con todas sus fuerzas, dejando
desprotegida y desarmada su propia fortaleza. Debemos ahora,
llenos de virtudes y de buenas costumbres, asediarlos con las
armas de caridad, con oraciones, con persuasión, con palabras
de Dios, que son propias de este tipo de batallas.” Después
agrega: “despojémonos de estas palabras diabólicas, nombres de
partidos y sediciones, luteranos, hugonotes, papistas: ¡no
cambiemos el nombre de cristianos!

303

Al no poder apaciguar el odio de los partidos, L’Hôpital se


ocupó de mejorar al menos la administración por buenas leyes.
Gracias a él, varias de las ordenanzas más sabias de la antigua
monarquía surgieron durante uno de sus reinados más funestos.
La ordenanza de Orleans (1561) promulgaba en nombre del rey, la
mayor parte de las reformas reclamadas durante la sesión de los
Estados Generales, por los representantes del tercer estado. La
de Moulins (1566), la cual comprendía ochenta y seis capítulos,
y que tenía como objetivo la reforma del sistema judicial, la
cual permaneció como una de las bases de la legislación
francesa hasta la Revolución. L’Hôpital quería por lo menos
cerrar la puerta del santuario de la justicia a las pasiones
religiosas. Él decía a los magistrados del parlamento de Ruan,
en la sesión donde se proclamó la mayoría de edad de Carlos IX:
“ustedes son jueces de las disputas cotidianas del pueblo, mas
no de la vida, de las costumbres, de la religión. Ustedes creen
que está bien otorgar la causa a aquel que ustedes consideren
como el hombre de bien o al mejor cristiano, como si en los
partidos fuera una cuestión considerar cual es el mejor poeta,
el mejor orador, mejor pintor o el mejor artesano, pero no
piensan en el asunto que debe ser llevado a juicio. Si no se
sienten lo suficiente fuertes y justos para controlar sus
pasiones y amar a sus enemigos, como Dios manda, absténganse de
ser jueces.”
Cuando uno se reduce a dar tales consejos, podemos anticipar
que ellos van a ser inútiles. El canciller también predecía
tristemente: “por más que lo diga, sé que no llegaré a reducir
el odio de aquellos a quienes mi vejez incomoda. Sí ellos
debían tener ventaja, los perdonaría por ser tan impacientes.
Sin embargo, cuando miro a mi alrededor, me siento bastante
tentado a responderles, al igual que un viejo obispo, quien
llevaba como yo, una larga barba blanca y que al mostrarla
diría: “cuando esta nieve se haya derretido, lo único que
quedará será el lodo.”
En efecto, lo único que quedó fue el lodo y la sangre. Los
últimos recuerdos que la historia conservó del canciller de
L’Hôpital se relacionan con los días nefastos de la Matanza de
San Bartolomé. El duque de Anjou había ordenado a sus guardias
recorrer los alrededores de Paris “ para sorprender y asesinar
los

304

Hugonotes dentro de sus casas en los campos.” El canciller,


aquejado hacía mucho tiempo por una enfermedad, que lo obligo
retirarse a Vignay, cerca de Étampes, fue amenazado por una de
estas bandas de asesinos. Su familia y sus amigos le suplicaron
esconderse, pero él se negó a hacerlo, afirmando: “Será cuando
Dios quiera, Él dispondrá cuando llegará mi hora”.
Rápidamente, le informaron que:” se avistó la caballeria en
el camino hacia donde él se encontraba, y que si él no quería,
les cerrará las puertas de su castillo a los fanáticos.
L’Hôpital respondió: “No, no, si la pequeña puerta no es lo
suficientemente amplia para que ellos entren, abran la grande…”
Se descubrió al final, que se le daba aviso de que su muerte
no estaba pactada, sino perdonada, a lo cual él respondió: “que
no creía haberse merecido ni la muerte ni mucho menos el perdón
1
.” Descubrimos aquí en su origen mismo, la elocuencia de este
ilustre hombre. Ella era solamente la efusión natural de sus
nobles sentimientos, y, según la expresión de un viejo
retórico, el sonido que produce una gran alma 2.

Veremos ahora, la elocuencia fluir de una fuente menos pura:


el furor de los partidos, el entusiasmo de las pasiones
religiosas y demagógicas cambiarán la Iglesia en forum y
cumplirán un papel tanto de predicadores de la Liga, como de
fogosos tribunos.
Los predicadores de la Liga

La Liga es la segunda fase del movimiento religioso en el siglo


dieciséis. Después de la acción reformadora, vino la reacción
católica. Como de costumbre, los partidos sólo llegarían al
periodo de transacción, después de haberse fatigado y agotado
de sus excesos. La historia política deberá enseñar como el
fanatismo religioso encontró, en la ambición de dos casas
rivales y en las vagas pero violentas aspiraciones de una
democracia prematura, unos terribles aliados. Nos conformamos
con mostrar la fisionomía de estos singulares demagogos, de
estos tribunos con capuchón, nos conformamos también con
entender algunas

1. Brantôme, Vie du connétable de Bourbon. – Debemos indicar, o más bien recordar a nuestros lectores la Vie de
L’Hôpital, escrita por M. Villemain, al igual que todos sus otros escritos.
2. Tô iji^o; |j.cYa),o({-v/_iaç à.nrc/j,]J-y. Longin, du Sublime.

305

de sus injurias y con constatar aquí principalmente el


carácter de la palabra en los tiempos que nos ocupan, el poder
sin la forma, la elocuencia aislada de las conveniencias del
arte.
El siglo quince le había dejado al púlpito cristiano una
elocuencia popular, esta democracia de la Iglesia, audaz contra
los grandes, poderosa sobre las multitudes, una mezcla rara de
bromas y movimientos impetuosos, un verdadero alimento para un
pueblo espiritual y burdo, un verdadero lenguaje para los
monjes mendicantes. El siglo dieciséis encendió esta palabra
con todo el calor de las pasiones políticas, cuando los vicios
de Enrique III y la herejía de su presunto heredero parecieron
confundir por un momento los intereses religiosos con la
rivalidad de las facciones.
Los primeros indicios de la Liga se habían manifestado en 1576.
Ella no era más que una imitación de juramentos y de
documentos calvinistas para la defensa de la causa, imitación
que los jesuitas se apresuraron a propagar. En 1587, se formó
en Paris una reunión de hombres más decididos, que quisieron
una pronta solución. En la sala de Jean Boucher, cura de Saint-
Benoit, se reunían y tenían sus sesiones. Al mando de ellos se
encontraban Baucher, junto con Launay, antiguo ministro
protestante, convertido a canónigo, y Prévôt, cura de Saint-
severin. A ellos se unieron celebres predicadores como: Rose,
obispo de Senlis, Pelletier, Guincestre, Hamilton y Cueilly.
Así pues, no se trataba solamente, siguiendo la expresión
bastante desdeñosa de l’Étoile: “algunos marmitones y soperos
de Sorbona, valientes consejeros de Estado que, toda su vida,
han estado encerrados en un colegio para hacer pedantería y
para comerse las pobres novicias de la teología.” finalmente,
amigos y enemigos les hicieron más justicia. Mayenne entró en
contacto con ellos, Madame Montpensier, una de las heroínas de
esta unión, decía: “hice más por boca de mis predicadores que
lo que hacen todos juntos con sus prácticas, armas y
ejércitos.” Mientras Enrique IV escribía: “todos mis males
provienen del pálpito.” Este temor que ellos inspiraban en un
gran rey es por lo menos un punto de semejanza entre nuestros
oradores y el principio de elocuencia griega.
Los predicadores eran en efecto el alma de la liga, eran

306

ellos quienes comunicaban al pueblo el entusiasmo de la


resistencia, quienes lo hacían desafiar la muerte y sufrir de
hambre sin protestar. No había en Paris una iglesia o capilla
donde no se predicara al menos dos veces al día. Los oradores
sagrados anunciaban, comentaban las nuevas políticas, atacaban
las personas y discutían los intereses del Estado. Ellos
afirmaban que no podían predicar el evangelio “porque era
demasiado ordinario y todo el mundo lo sabía.” Les gustaba más
contar “la vida, gestas y hechos abominables de ese pérfido
tirano Enrique de Valois.” El sermón era al mismo tiempo el
club y el diario, contenía toda la violencia demagógica de las
épocas más sanguinarias. Boucher, al predicar la cuaresma en
Saint-Germain l’Auxerrois, aseguraba que:” había que matar a
todos, ya era tiempo de cortar el problema de raíz y exterminar
a los del parlamento junto con los otros. Fue tal la cuestión
de sangre y de carnicería, que un consejero de la corte al ver
esos gestos y palabras tan atroces, quiso escaparse en medio
de esa multitud que escuchaba, sólo por temor a que: “Boucher
descendiera del púlpito y agarrara algún político por el cuello
para luego despellejarlo.“ Por su parte, Rose exclamaba que:
“era necesario un derramamiento de sangre de San Bartolomé,
para así poder cortarle el cuello a la enfermedad.” Commolet
mientras tanto afirmaba que: “la muerte de los políticos era la
vida de los católicos;” Aubry decía que: “el sería el primero
en degollarlos”; Cueilly quería que: “se capturará a todo
aquel que medio se viera reír;” y finalmente Guincestre quería:
“lanzar al agua a todo aquel que preguntara por algo”. El tono
de estos oradores era digno de su política, l’Étoile no exageró
al comparar uno de ellos con una vendedora de pescados en
cólera. No obstante, podemos presagiar que si la elocuencia es
el don de actuar sobre las almas, los discursos de los jefes de
la Liga debieron ser a menudo elocuentes. Sin duda alguna, fue
un momento terrible y sublime cuando, después de que Enrique
mandó a asesinar los príncipes de Lorraine en Blois,
Guincestre, en el púlpito de la iglesia de San Bartolomé,
exigió a todos los asistentes hacer el juramento de que
emplearían hasta el último denario de su bolsillo y hasta la
última gota de su sangre para vengar los nuevos mártires.
“levante la mano, le ordenaba al presidente de Harley,

307

sentado en frente de él en el banco principal, por favor


levántela bien alto, para que todo el mundo lo vea.” Y El
presidente se veía obligado a obedecer, ya que el pueblo,
exaltado por la arenga demagógica, lo hubiera hecho pedazos
inevitablemente.

La elocuencia de los predicadores a veces hablaba ante el


pueblo mediante imponentes espectáculos. Tal fue el caso de una
procesión donde más de cien mil personas llevaban cirios, los
cuales de repente apagaban para exclamar: “¡Dios, así como
extinguimos este cirio, extingue la familia de los Valois!” un
testigo ocular, el protestante d’Aubigné, quien no podía
levantar sospechas, nos da su testimonio en los siguientes
términos, del poder que el púlpito ejercía en aquel tiempo
sobre los espíritus: “ Francia, como si hubiese alcanzado el
periodo de su elocuencia, mientras exhibía varios discursos en
los púlpitos y también por escrito, estaba agitada por razones
contrarias. Los ligados eran aun más favorecidos, que aquellos
de la Reforma, por los sermones de los predicadores quienes
además de poseer la sugestión de las grandes ciudades y el
acto de Blois (el asesinato de los Guisa) sobre el cual
parodiaban hasta el cansancio; ellos contaban también con la
secta completa de los jesuitas, al servicio de su gran
proyecto. Estos espíritus elegidos, como lo sabemos, se
sirvieron del horror del acto que ya hemos mencionado, y
levantaron por un tiempo los ánimos de Francia en un alto grado
de venganzas que buscaban lo justo y lo glorioso1.”

Pero es del lado opuesto, que era necesario contrapesar el


sufrimiento causado por el entusiasmo que estallaba el poder de
los predicadores. El monje Christin, a cargo de anunciar al
pueblo la derrota de Ivry, de la cual acababan de enterarse
los Dieciseis de parte de un prisionero liberado bajo palabra,
tomó por texto de su sermón, estas palabras de la Sagrada
Escritura: “yo castigo aquellos que amo”. En su primer punto,
preparó los parisinos, el pueblo amado de Dios, a recibir una
señal inconfundible de esta predilección divina. Estaba por
comenzar el segundo punto, cuando un mensajero entró en la
iglesia y le entregó una carta. Entonces el orador,
levantándose del púlpito con la misiva en la mano,
1. D’Aubigné, Histoire universelle, t. III, p. 288

308

exclamó que sin duda el cielo lo había inspirado y había


querido que en este día, él se convirtiera en profeta. Contó
entonces los pormenores de la batalla de Ivry a esta multitud
ya preparada; luego, con toda la fuerza de su elocuencia,
profirió exhortaciones tan patéticas y plegarias tan eficaces,
que este pueblo que lo escuchaba en un primer momento triste y
en silencio, paso del terror al entusiasmo y se mostró
dispuesto a soportar cualquier sufrimiento por la santa causa
de la Unión.
Fueron también los predicadores quienes sostuvieron el coraje
del pueblo, durante el asedio de París y la hambruna que le
acompañó. Su elocuencia ameritó el mismo elogio que Plinio
profirió al orador romano: Te dicente alimenta sua abdicaverunl
tribus! Estos oradores, afirma un contemporáneo, “hipnotizaban
en alguna forma la lengua para quejarse, y el estomago para
perseguir el pan1.”
Sin embargo, estos resultados maravillosos no deben darnos
buenos indicios de cuáles fueron los medios oratorios
utilizados para obtenerlos. En un pueblo burdo, la vulgaridad
del lenguaje y el impudor de la injurias son a menudo un medio
que obtiene resultados.
La elocuencia puede ser entonces un poder, más no una
literatura todavía. Para entrar en el campo del arte, ella no
solo debe emocionar los corazones, sino también elevar las
almas hasta la vista calma y serena de la verdad.
Algunas veces la inspiración trivial de los oradores de la Liga
encontraba alguna agudeza en medio de sus vulgaridades
demasiado frecuentes. De esta manera, Boucher retrataba a
Enrique III:
“Este maldito, siempre adornado con una boina, la cual nunca se
quitaba, ni al momento de comulgar. Este desgraciado hipócrita
que aparentaba estar en contra de los protestantes, usaba un
traje alemán, forrado con ganchos de plata, que significaban la
armonía y el pacto entre él y estos diablos negros armados. En
resumidas cuentas, es un turco por la cabeza, un alemán por el
cuerpo, una arpía por las manos, un inglés por la orden de la
jarretera, un polaco por los pies 2 y un verdadero diablo en el
alma.”

1. Mathieu, Histoire de France, t. II, p. 44


2. Alusión a la huida del rey de Polonia, abandonando precipitadamente sus Estados.

309

Este tono intenso, penetrante y familiar aparece a menudo en


este predicador. Él quiere cuestionar la veracidad de la
conversión del bearnés: “se le ha visto, al mismo tiempo ser
hugonote y católico, y después verlo aquí presente en la misa
y tocando el tamborín, ¡viva el rey1!” Por otra parte,
dirigiendo una flecha hacia el mismo objetivo, él enfrenta
elocuentemente la pompa militar de la abjuración con la
humildad que va acorde con un penitente: “¿Cuál ceniza?
Exclamaba, ¿Cuál odio? ¿Cuáles ayunos? ¿Cuáles lagrimas?
¿Cuáles suspiros? ¿Cuál desnudez de los pies? ¿Cuáles golpes de
pecho? ¿Cuál cabeza agachada? ¿Cuál humildad de plegarias?
¿Cuál postración en señal de penitencia? Alrededor de cincuenta
pasos, separaban la abadía de la puerta de la iglesia, en
este espacio se conglomeró la gente de guerra armada de palos,
los pífanos, los tambores sonando, la artillería y la
escopetería, las trompetas y cornetas, la gran comitiva de
caballeros, las señoritas engalanadas y la delicadeza del
penitente, colgando del cuello, todo esto en el camino que él
debía hacer; ser el hazmerreir mirando hacia lo alto con un
bufón que se encuentra en la ventana. “¿Eso es lo que tú
quieres ser?” El palio, el apoyo, las almohadas, las alfombras
sembradas de lirios, la adoración hecha por los prelados a
aquel que debe someterse y humillarse ante ellos, son las
características de esta penitencia.”
Tenemos aquí, el juicio que trata sobre el estilo de este jefe
de los ligados parisinos, típico de los oradores sagrados de
esta época, un joven y espiritual escritor, que fue objeto de
un estudio exhaustivo2.
“su estilo es un estilo de transición. Su frase es larga,
sabia, periódica, cargada de incisos y de vueltas, que al no
evitar la expresión franca, atrapa a menudo la expresión
pintoresca a la manera del siglo dieciséis. Pero también está
llena de imágenes pretensiosas, ella apunta al espíritu
bello, como en las homilías de Godeau, como en el tiempo del
hotel de Rambouillet. Boucher procede con gusto

1. Sermons de la simulée conversion et nullité de l'absolution de Henri de Bourbon. Paris, Chaudière, 1594. Reimpresas
en Douai, 1594.
2. Ch. Labitte, en su curiosa e interesante obra de la Démocartie chez les prédicateurs de la Ligue, donde hemos
extraido la mayor parte de los detalles anteriores.

310

por enumeración y por apóstrofes. Existe en él, un cierto


sopló abundante, una cierta inspiración amarga, una cierta
plenitud verbosa, que debían seducir las imaginaciones fáciles
de este tiempo. Estas citaciones entremezcladas de la historia
profana y de la Biblia, esta sucesión incoherente de anécdotas,
de bromas, de periodos solemnes, y finalmente, si se nos
permite decir, este tintineo perpetuo de la erudición del
orador, no carecían de interés en una época confusa que ni
siquiera tenía el presentimiento de este gusto sobrio y severo
del cual los escritores de Luis XIV iban encontrar el
secreto.”
CAPÍTULO XXV

PANFLETOS Y MEMORIAS EN EL SIGLO DIECISÉIS


Panfletos calvinistas—Panfletos políticos; sátira menipea,
Memorias. — El historiador de Thou.

Panfletos calvinistas

El púlpito de los ligados no hizo más que aplicar de una manera


más o menos afortunada los antiguos procedimiento de la
elocuencia. El siglo dieciséis le levantó a las pasiones
oradoras una tribuna desconocida en la antigüedad y mil veces
más retumbante: el panfleto, mezcla admirable del discurso y
del libro. Él es la voz del momento, la idea de todos los días,
él nace y da la chispa al choque del acontecimiento, es la
improvisación de la prensa. Esparcido a torrentes en un pueblo,
el panfleto superó las distancias inaccesibles para la voz y se
hizo un solo foro en un vasto territorio: es la verdadera
arenga de las naciones modernas. El panfleto es ya el
periódico, sin el poder creado por la repetición diaria de las
doctrinas, pero también sin la regularidad monótona de las
publicaciones. Lo más escaso, es lo que mejor se escucha; llegó
por accidente, de improviso, es un periódico que solo aparece
cuando hay algo por contar.

311

Se entiende que en general los escritos de este tipo deben ser


poco literarios por su forma. Se trata más de acciones que de
escritos. Pero también éste es el lugar para ir a buscar las
pasiones de los partidos, la raíz de los hechos, los
pensamientos íntimos de los hombres. Estas hojas livianas
contienen la vida de los tiempos sorprendida, de repente, por
la inmovilidad que perpetuara la imagen de ella; al igual que
en estos maravillosos cuadros dibujados por la propia luz,
donde la acción fugitiva, detenida por así decirlo al pasar,
permanece para siempre unida a una hoja frágil. Los panfletos
del siglo dieciséis nos dan a conocer la verdadera fisionomía
de las facciones rivales que allí se enfrentaron. Se ve allí al
protestantismo grave y superior por el pensamiento y por el
estilo, sobretodo en el comienzo de la lucha, otorgar a sus
publicaciones ligeras algo de la austeridad aplomada de una
disertación. Henri Estienne inicia la marcha con su Apologie
d'Hérodote, donde el panfleto aun no se reconoce pero se
camufla astutamente bajo la máscara de la erudición. Vienen
después la Gaule Française (Franco-Gallia) de François Hottman,
una especie de Contrato social del siglo dieciséis, libro hábil
y erudito, donde por primera vez las doctrinas democráticas son
aplicadas a nuestra historia nacional y donde el escritor, con
una gran inspiración de paradoja, justifica el derecho popular
por la tradición que nos remonta a la cuna misma de la
monarquía francesa; las Réclamations contre les tyrans
(Vindiciae contra tyrannos) de Hubert Languet, agresión
violenta, pero teorica, contra la realeza. En estas obras el
lenguaje y el estilo son los de la erudición, ahora nos topamos
con Bodin y con la Boétie. Sin embargo, poco a poco, el
panfleto se acelera en su marcha como una piedra en su caída.
Leemos l’Epître au tigre de la France, una especie de
catilinaria contra el cardenal de Lorraine; la France-Turquie;
el Discours merveilleux de la vie, actions et déportements de
la reine Catherine de Médicis; los Apophthegmes, o discursos
notables que recogían de diversos autores en contra de la
tiranía y de los tiranos; el Réveil-matin des Français et de
leurs voisins; el Discours des jugements de Dieu contre les
tyrans; el Polítique, dialogo que trata sobre el poder, la
autoridad y el deber de los príncipes de los distintos
gobiernos, hasta donde se debe soportar la tiranía; si en una
opresión extrema,

312

está permitido a los sujetos tomar las armas para defender sus
vidas y su libertad; cuándo, cómo, por quién y por qué medios
se puede hacer esto. Estas inspiraciones de Némesis calvinista
se elevan a menudo en una aspera y elocuente energía; cada
línea parece estar escrita con la punta de la espada, con la
sangre de los mártires. Sin embargo, no hay que dejarnos llevar
por las apariencias y solamente ver en los panfletos
protestantes un desarrollo de la democracia. Ellos contienen
una aleación única de ideas aristocráticas y sentimientos
populares. El calvinismo estaba tentado, en un interés
pasajero, a unir el espíritu feudal a las pasiones demagógicas,
de la misma forma que la Liga intentó luego asociarles el
espíritu sacerdotal. La aristocracia era el objetivo, so
pretexto de la democracia1.
El partido católico se apoderó de la bandera popular de sus
enemigos y la defendió con mucho más furor. El principio de la
Liga es la democracia bajo la tutela de la Iglesia: los
miembros más feroces, más sinceros de la Unión, querían, según
la expresión de Palma Cayet, reducir el Estado francés a una
república bajo el poder del Papa. Sin embargo, este pensamiento
se complica por veinte elementos externos. Los panfletos de la
Liga ondeaban sin cesar al soplo de los intereses de España, de
Lorena, entre otros: todas estas distintas tendencias se
mezclan, se agitan, se obstaculizan y se reducen en impotencia,
mientras que sus escritos contienen pocas ideas, pero si
muchas pasiones. Vemos allí en primer lugar, bajo miles de
formas, la apología infame de la masacre de san Bartolomé. Era
imposible leer sin horror los títulos de estos panfletos que
parecían estar escritos con el lodo y la sangre de unos
asesinos ebrios, mezclas de furor estúpido y de bufonería de
carnicero2. Más tarde, nos encontramos en los panfletarios
católicos nombres ya conocidos entre los predicadores: Launay,
Rose, Guénébrard. El célebre Boucher que hacia las veces de
pedante y de titiritero,

1. La mayor parte de estos panfletos se encuentran en los tomos II y III de las Memoires de l’État de France sous Charls
IX. Tambien se puede ver el análisis en Ch. Labitte, de la Démocratie chez les piedicateurs de la Ligue.
2. La mayor parte están reunidos en la selección de lÉtoile, vol. n°2, manuscritos de la biblioteca nacional. Uno de los
más difundidos, el Deluge des Huguenots, ha sido impreso en el tomo VII de los Archives curieuses (H. Martin, Histoire
de France, t.X, p. 389).

313

publicó en latín un largo tratado sobre la Justa abdicación de


Enrique III, un escrito popular en francés sobre toda la Vida y
obras notables de Enrique de Valois, sin omitir nada, donde se
cuentan todas las traiciones, perfidias, sacrilegios,
exacciones, crueldades y vergüenzas de este hipócrita y
apostata. Pero tratado y panfleto se confunden algunas veces
por el tono: es en el tratado donde se agotan los anagramas que
se pueden formar de los nombres de Enrique de Valois, y
encontrar allí sucesivamente: ¡Oh Judas!—Villano Herodes—Afuera
el villano—¡Oh cruel hiena! Etc. Es también en el tratado que
él glorifica el asesinato del rey. Por medio de él se informa:
“mientras escribíamos, mientras el púlpito, los consejos
públicos, la organización del ejercito robaban nuestra atención
e interrumpían nuestras meditaciones, de repente una noticia
sorprendente y terrible se difunde por todas partes. Un joven
caballero, más valiente que el mismo Aod, inspirado
verdaderamente por Cristo, por una soberana caridad, renovó las
obras de Judit sobre Holofernes y de David sobre Goliat.
Jacques Clément sin duda no hizo más que poner en práctica una
doctrina general; pero su valor y este propósito tan
gloriosamente llevado a cabo y que él había revelado hace unos
años atrás, todo esto merece un reconocimiento. Él ha esparcido
la alegría, una alegría santa, en el corazón de las personas de
bien. ¡Gloria a Dios! La paz ha regresado a la Iglesia, a la
patria, por la muerte de esta bestia feroz. Clément le hizo
pagar su falsa clemencia”.
“Ch. Labitte afirma que el libro de Boucher es la viva
imagen del tiempo, una mezcla de bufonería burda, de burlas
ridículas, de sutilezas escolásticas, de violencias de escuela,
de apostrofes de encrucijadas, de argucias de legista, de
indigesta erudición bíblica, de pedantismo profano, de odios
apasionados, de restos de la teocracia papal y de un no sé qué
presentimiento burdo de las doctrinas revolucionarias; y en el
medio de todo esto, entre una fabula ridícula y un silogismo,
entre una calumnia desvergonzada y un texto de jurista, unas
ideas serias, una pasión algunas veces elocuente, una lógica
precisa, un incuestionable talento de polemista. La marcha esta
viva, los razonamientos precisos, los capítulos cortos, lo
astuto y lo sorprendente entremezclados. Todo el siglo
dieciséis parece vertido allí, y el libro de Boucher es un
hito… en el

314

fondo, no era más que el metodo de la Apología para Herodoto,


extrañamente unido al metodo de Ramus; al proceder de Rabelais
y aquel del Maestro de las oraciones, fundidos todos en un
1.
mismo libro por un sofista pedante y trivial ”
El panfleto más elocuente y mas incendiario, que produjo
las prensas de la Liga, fue redactado por el abogado Louis
d’Orleans bajo el título de Avertissement d'un catholique
anglais aux catholiques français. El autor muestra allí a sus
lectores el peligro que ellos corren de perder su religión si
ellos admiten a Enrique IV como un monarca hereje y de esta
forma “experimentar, al igual que Inglaterra, la crueldad de
los ministros.” El escritor ligado responde con gritos de
muerte a las palabras conciliadoras del bearnés, mientras adula
el “saludable derramamiento de sangre de la masacre de San
Bartolomé”, evoca, en un lenguaje enérgico, el fantasma del
pueblo insurrecto contra un maldito rey de Roma: “el pueblo
entonces, dice, saltaría de furia y, al igual que un mar
agitado, habría podido engullirse el capitán, los marineros y
el barco en un mismo envión. Se nos acusa de ser españoles.
¡si! En vez de tener un príncipe hugonote, iríamos a buscar no
solo uno español, sino tartaro, moscovita o escita, con tal de
que sea católico. “
El espíritu de la facción ultra católica está completamente
en esta obra de uno de los Dieciséis: el éxito de ella fue
inmenso y se prolongó durante varios años2.

Panfletos políticos; sátira menipea

Sin embargo, entre las dos facciones extremas crecía en


silencio, desde hace mucho tiempo, un partido moderado, al que
el canciller de L’Hôpital en cierto modo le había trazado por
anticipado la hoja de ruta: el partido de los polítiques tuvo
también sus panfletos, que fueron indiscutiblemente los
mejores. Se puede observar, en la gloria del espíritu francés,
que desde entonces se supo poner el

1. De la Démocratie chez les prédicateurs de la Ligue. P.97.


2. Este panfleto de Louis d’Orleans ha sido impreso en el tomo XI de los Archives curieuses.

315
humor del lado de la sensatez. Los polítiques encontraron lo
ideal del género, una broma fina y cortante, una razón de acero
que cambió el sofismo por la verdad, el adversario por lo
ridículo. Los protestantes, austeros y enérgicos, habían
escrito frecuentemente varios tratados elocuentes; por su
parte los ligados, violentos y burdos, habían hecho algunas
declamaciones tribuneras y, como lo afirma Montaigne, unas
exhortaciones llenas de rabia; finalmente, el tercer partido,
espiritual y sensato, logró plasmar en sus panfletos la
verdadera sátira.
Se podría afirmar que Enrique IV marcho a la cabeza de
los publicistas, al igual que de los soldados de su partido. Du
Plessis-Mornay puso al servicio de este príncipe su pluma con
su espada; fue él quien redacto la mayor parte de los
manifiestos del rey, aunque algunas veces se entreveía el
espíritu de franqueza y de tolerancia personal del bearnés,
bajo la rigidez calvinista de du Plessis. El 10 de junio de
1585, en la declaración que publicó el rey de Navarra, se
estableció claramente el principio que debía hacer triunfar el
partido polítique, y el que se convertiría en la nueva base del
derecho religioso: “siempre que haya en el fondo una conciencia
tranquila, afirma el rey, la diversidad de religión no impedirá
que un buen príncipe pueda obtener un muy buen servicio
independientemente de quienes sean sus súbditos.” Las cartas
del mismo príncipe dirigidas a Enrique III y a la Sorbona
(1585), escritas por la misma pluma, son una obra maestra de
habilidad. La correspondencia personal de enrique IV puede ser
más admirable aun, nada iguala la vivacidad de los giros ni la
originalidad de la expresión. Sus cartas políticas y militares
fueron escritas como si el mismísimo Cesar las hubiera escrito.
Sus cartas a sus amantes son una obra maestra de gracia, de
sentimiento y de delicadeza.
Enrique IV dejaba gustosamente la polémica jornalera a sus
partidarios. Pierre l'Étoile, autor de maravillosos diarios
sobre la época que nos ocupa, redactó para él, el enérgico
cartel que fue expuesto, en Roma el 6 de noviembre del mismo
año, sobre las estatuas de Pasquino y Marforio, sobre los muro
de las principales iglesias e incluso en la puerta del
Vaticano. Para responder a la bula de Sixto V, ni el rey ni su
secretario tuvieron miedo de decir: “ en lo que respecta al
delito de herejía, el rey afirma y sostiene que mi señor Sixto,
supuestamente papa (salve su santidad ),

316

ha obrado falsa y maliciosamente, etc.” Enrique utilizó aquí el


lenguaje de los panfletos. Pero en general, la cautela y el
sentido común caracterizaron los escritos del partido político.
Entre sus autores, encontramos en primera fila, un
hombre cuyo nombre era como un símbolo de la moderación, el
nieto del canciller de l’Hôpital: Michel Hurault, señor de Fay,
quien redactó el Anti-Espagnol, panfleto cuyo título nos da
entender cuáles son sus preferencias. El duque de Nevers, quien
estuvo mucho tiempo con los ligados, fue una de las primeras
conquistas de Enrique IV. En agradecimiento, como el mismo
decía, en la batalla de Ivry el detener del Dios de los
ejércitos, brindó una doble ayuda al rey, como soldado y como
escritor. Él le trajo quinientos caballos y publicó su Traité
de la prise d’armes, excelente obra que abordaba con fuerza y
habilidad los lados débiles de la Liga, y que ha permanecido
como uno de los principales monumentos políticos de la época.
Régnier de La Planche, quien no tardaremos en encontrarlo
entre los historiadores, superó todos los publicistas de su
partido en su excelente dialogo titulado el libro de los
Comerciantes. Bouchon decía: “no he encontrado una obra, antes
o después de las Cartas provinciales, que esté más
vigorosamente escrita y pensada que este pequeño libro.”
La célebre Sátira menipea fue una obra con más
renombre, que ejerció sobre el público una influencia más
decisiva y, que como una segunda batalla de Ivry, confirmó la
victoria de la causa de Enrique IV. La Menipea no había
derribado la Liga, ella la encontró en el suelo y la sepultó
en lo ridículo. Ésta fue realmente una obra de partido, llena
de la parcialidad, de la injusticia de apreciación que acompaña
tales obras, pero fue también la obra de un partido sensato,
nacional, destinado al poder por todas las necesidades de los
tiempos modernos. La Menipea dividió en dos el pensamiento de
la Liga, excluyó la inspiración fundamental de este, y sólo se
limitó a sus accesorios ridículos o de odio. Había algo grande
y respetable en la insurrección de un pueblo que se unía bajo
juramento para mantener la unidad religiosa, al final de una
época donde la fe religiosa había sido el único vinculo de la
civilización. Pero a esta noble idea se había unido una impura
aleación de intereses y ambiciones personales. Los

317

Guisa y Felipe II se sirvieron del entusiasmo popular como un


instrumento de dominación. La Sátira Menipea sólo ve lo que más
le choca a los contemporáneos, los vicios y las pequeñeces de
los hombres; ella desgarró, sin darse cuenta, la idea que les
servía de bandera; ella fue el último golpe dado por el
espíritu moderno, por el espíritu político, al espíritu de la
Edad Media que ella desconoció y desfiguró.
El carácter personal de los autores de este panfleto era
maravillosamente acorde a su papel. Ellos pertenecían a esta
clase media, letrada, pacifica, que no tenía ni la ignorancia
del pueblo, ni las tradiciones hereditarias de la nobleza. Eran
siete buenos burgueses, amigos de la paz, porque la paz era el
bienestar, abnegados a su realeza y a su reposo, que odiaban
la Liga por su sedición y también porque ella no pagaba la
renta del ayuntamiento. Ellos también le guardaban rencor a
Mayenne por los largos días de ayuno del asedio de París, “por
las guardias y serenos donde habían perdido la mitad de su
tiempo, y que les produjo catarros y enfermedades que
arruinaron su salud.” Cuando había pasado el más grande de los
peligros, y no había necesidad de hablar en voz baja1, los
astutos compinches se reunieron, se dice, en casa de uno de
ellos, Jacques Guillot, alojado en una pequeña calle que iba
desde el muelle de los Orfévres hasta la casa del Presidente.
Según una tradición, que tomamos por veraz, la habitación donde
ellos se reunían seria precisamente la misma donde nació
Boileau; este era un lugar consagrado al genio de la sátira. El
círculo estaba compuesto por Normand Louis Leroy, capellán del
canciller de Borbon, el jurisconsulto Pierre Pithou, Nicolas
Rapin, Florent Chrestien y finalmente por los poetas Passerat
y Gilles Durand. Mientras que ellos intercambiaban sus
opiniones y su malicia, Leroi tuvo la idea de redactar, en
honor a la buena causa, un panfleto donde cada uno haría su
parte: el mismo se encargaría de trazar el plan y de reunir
las partes. Él pensaba cuidadosamente que a la imitación de
Varron, habia que llamar Menipea a la obra de la Némesis

1. La impresion de la Satira Menipea, comenzó en Tours, ciudad realista, solo pudo ser finalizada después de la retoma
de Paris en obediencia al rey, en 1594.

318

francesa, en memoria del cínico Menipo, quien se hizo celebre


en la antigüedad por sus amargas burlas. El propósito general
de la obra no requirió grandes esfuerzos: se comenzó por poner
en escena dos charlatanes en la corte del Louvre, el uno,
español ( el legado, cardenal de Plaisance) y el otro Lorenés (
el cardenal de Pellevé), vendiendo a quien quisiera catholicon,
especie de droga maravillosa con la cual se podía ser con
tranquilidad pérfido y desleal, vender los intereses de su
país, asesinar a su enemigo por traición, y muchas otras
gentilezas de este tipo, todo esto con la conciencia tranquila
“ y por nuestra santa madre Iglesia.” Cabe señalar que
nuestros prudentes burgueses tuvieron cuidado de añadir que
este catholicon es de España y no de Roma: éste no significa
nada para los amantes del primero, ya que él “solo tiene el
efecto de edificar las almas y alcanzar la salvación y beatitud
en el otro mundo.”
El segundo acto de esta comedia política consistió en la
sesión de apertura de los Estados Generales de la Liga,
“citados en París el 10 de febrero de 1593,”y en los discursos
bufones y serios que pronunciaron sucesivamente los ligados más
ilustres. Vinieron después varias obras en verso sobre los
principales acontecimientos de la Liga, y finalmente algunos
capítulos adicionales sobre la explicación del Higuiero de
infierno (higuera del infierno), droga del mismo tipo que el
catholicon, y sobre las Nouvelles des régions de la lune. Como
podemos observar, el plan no es nada: el único valor que tenía,
era el de ofrecer un tejido elástico, para recibir los
desarrollos que allí podrían bordar la fantasía de cada
colaborador.
La obra colectiva de nuestros burgueses se parece demasiado
a esas joviales y doctas comidas, donde se les imagina sentados
juntos, intercambiando palabras justas en serias discusiones y
dando rienda suelta a la alegría, cualquiera que fuera el peso
o el título. Los siete amigos de buen humor se dejan llevar por
su imaginación fácil, mientras abundaban las bromas. El
entusiasmo del momento les da a todas estas un cierto encanto.
La urbanidad aun no se conoce; el espíritu corre y salta al
igual que un joven corcel sin freno. ¿A quién le importa unos
platos retruécanos, una gruesa palabra a la manera de Rabelais?
¿Acaso no estamos aquí reunidos en familia? ¡hemos estado en
ayunas desde hace mucho tiempo

319

para compartir buenos fragmentos y justas palabras, bajo la


austera tiranía de la Unión! Venguémonos al menos “con la
risa.” Enrique IV regresa a su ciudad. “suena el tamboril y
¡viva el rey!”
La escena inicia con uno de los mejores pasajes del libro,
el relato de la procesión burlesca que iba servir de revista a
todas las fuerzas de la Unión. Ahora bien, “la procesión fue
así: el rector Rose, al quitarse su capucha rectoral, tomó su
toga de maestro en artes junto con su muceta, el manto y un
sobrecuello encima; la barba y la cabeza completamente rapadas,
la espada a un costado y una partesana sobre el hombro.”
Después de él, vestidos también ridículamente, marchaban los
curas y los predicadores, precedidos por los monjes y
novicias. “Entre otros se encontraban allí seis capuchinos, que
llevaban cada uno un morrión en la cabeza, con una pluma de
gallo encima, vestidos con sayas de malla, la espada ceñida al
costado por encima de sus hábitos, uno llevando una lanza, el
otro una ballesta, todas oxidadas, por la humildad católica.”
Se destacaba principalmente uno de los más divertidos
personajes, “un fuliense cojo (el célebre predicador hermano
Bernard. Dice el pequeño Fuliense) quien armado sin rodeos, se
hizo un lugar con una espada a dos manos y una hacha de armas
en su cintura, y su breviario colgando detrás; y quien hacía
bastante bien incluso sobre una sola pierna, el molinete
delante de las damas.” No creerían, dice con razón Ch. Labitte,
que de Thou tradujo la Menipea al final de su ¡XCVIII libro!
Qui altero pede claudus, nunquam certo loco consislens, sed huc
illuc cusitans, modo in fronte, modo in agminis tergo latum
ensem ambabus manibus rotabat et claudicationis vitium
gladiatoria mobilitate emendabat. He aquí, el genio mismo de la
sátira: de exagerar apenas la realidad y de volverla no
obstante ridícula.
Las arengas pronunciadas durante la sesión se prestaban
para un género cómico menos fácil, pero no menos punzante. Cada
uno de los colaboradores de la Menipea se encargo de hacer
hablar a su antojo cada uno de los oradores de los estados. Se
dice que, Guillot escogió el legado; Chrestien, el cardenal de
Pellevé; Leroy, el lugarteniente Mayenne y el espadachín
Dérieux; Rapin, el arzobispo de Lyon y el rector de la
Universidad. La arenga del diputado del tercer estado fue
reservada al sabio Pithou. Passerat y

320

Durand espolvorearon todos sus versos llenos de sal. Nada más


mordaz que estos discursos de los ligados donde cada uno, como
obligado por un poder maligno e invencible, revela ingenuamente
toda la verdad de su carácter y de su posición. He aquí todos
los que, en lugar de encerrarse en el hipócrita decoro de su
rol, vinieron a confiarnos sus locas ambiciones o su vergonzosa
venalidad. Para colmo de males, cada escritor remeda hábilmente
los modales auténticos del jefe que está parodiando. El duque
de Mayenne expone, con su tono de asesino devoto, la santa
ambición que él siente de arruinar Francia; el legado felicita
en italiano los franceses por ser más católicos que el papa
(più catlolici che i medesimi Romani), y proclama a voces su
misión evangélica: ¡guerra, guerra, guerra! El rector Rose, de
quien se decía no estar bien de la cabeza, comienza de forma
pedante por Temístocles y Milcíades, argumenta en Baroco y
Baralipton, golpea a derecha y a izquierda sobre sus amigos
políticos. Al ver los candidatos al trono y constatar que
“eran demasiados perros para ruñir un hueso”, pretende ponerlos
de acuerdo y dar su voto a Guillot Fagotin, mayordomo de
Gentilly, buen viñador y hombre honesto, que cantaba en el
atril y sabía su oficio de memoria.” Hasta la arenga de
Aubray, la sátira Menipea es una ironía admirable. Más
admirable aun, esta arenga es un modelo de sentido común, de
dialéctica y a veces de elocuencia. “El extremo de nuestras
miserias, dice el diputado del tercer estado, es que entre
tantas desgracias y necesidades, no se nos permite quejarnos o
pedir ayuda… aun teniendo la muerte entre los dientes, nos
convencíamos que estábamos bien, que éramos demasiado felices
de ser desgraciados por tan buena causa. Oh París, que no es
más Paris, sino una cueva de bestias salvajes, una ciudadela
de españoles, valones y napolitanos, un asilo y retiro seguro
de ladrones, matones y asesinos, ¿no quieres volver a sentir
tu dignidad, y recordar que has pagado el precio de lo que tú
eres? ¿No te quieres curar nunca de este frenesí que, por
obtener un rey legitimo y lleno de gracia, engendraste
cincuenta reyecitos y cincuenta tiranos? Aquí estas encadenada,
aquí estás en la inquisición
321

de España, mil veces más intolerable y dura de resistir que


las muertes más crueles, en los espíritus que nacieron libres y
francos, como los franceses. No pudiste soportar un ligero
aumento de tamaño y de oficios y algunos nuevos edictos sin
importancia; en cambio si pudiste soportar que saquearan tus
casas, que te despojaran hasta la sangre, que encarcelaran tus
senadores, que echaran y desterraran a tus buenos ciudadanos y
consejeros, que se colgara y se matara a tus principales
magistrados. ¡Tú lo ves y aun así lo toleras! ¡Y no solo lo
toleras sino que lo apruebas y lo elogias, y no te atreverías
ni sabrías hacerlo de otra manera!” La lengua francesa no se
había educado aun en la noble prosa de acentos tan puros.
Sentimos que llegamos al final del siglo dieciséis y que
pronto terminará el divorcio que hemos constatado tan
frecuentemente entre la forma y el pensamiento. En este punto,
es también importante identificar, en otro orden de ideas, un
síntoma no menos impresionante de la época de armonía y de
unidad que se aproxima. En la boca de la burguesía se ubica
naturalmente la expresión de estos sentimientos realistas. La
simpática alianza entre el pueblo y la monarquía que pronto
establecerá la unidad nacional.

Memorias

La falta de madurez literaria se manifestó sobretodo en las


producciones históricas del siglo dieciséis. La historia es un
fruto del otoño, o por lo menos del verano de los pueblos: y
las memorias son como la flor1. El siglo dieciséis tuvo pocas
memorias, pero el número es tan grande como el mérito. De la
segunda mitad de este siglo, desde la muerte de Francisco I
hasta la sumisión de Paris (1547-1594), nos quedaron veintiséis
obras de este género, escritas por contemporáneos, quienes casi
todos tomaron parte en los acontecimientos que ellos contaban.
Mientras que el siglo entero

1. La mas ingeniosa autora de este género, Margarita de Valois, comparó sus memorias con pequeñas aves (*) que van
hacia el historiador, en masa abultada y deforme para recibir allí su formación.
(*) En el texto original esta ilegible este fragmento.

322

sólo produjo un autentico historiador que aun lleva en su


frente, de una manera brillante la marca original de su época:
la forma le falta a su noble pensamiento, de Thou escribió en
latín.
La larga serie de memorias del siglo dieciséis inicia por
aquellas del Chevalier sans paour et sans reproche, escritas
por su Loyal serviteur cuya modestia nos ocultó el nombre.
Hombre de otra época al igual que su héroe, dedicado a su Señor
con la abnegación de un caballero de la Edad Media. El autor
anónimo piensa como Joinville, y escribe casi como Amyot.
Luego, siguiendo la senda, el compañero de infancia de
Francisco I, Fleurange, llamado le Jeune Adventureux, hijo del
célebre Sanglier des Ardennes, Robert de la Marck. Prisionero
en el castillo de l’Ecluse, Fleurange comenzó a escribir sus
memorias pues “quería aprovechar su tiempo y no dejarse llevar
por el ocio.” Tan galante en su estilo como en su sobrenombre y
en sus hazañas, nos dejó un relato llenó de interés y de
originalidad, pero cuya exageración involuntaria debe a menudo
incitar nuestra desconfianza. Es un soldado a la intemperie que
cuenta todas sus campañas.
Uno de los principales encantos que ofrece la lectura de
esta vasta colección de memorias, es la variedad de fisionomía
de los autores que las escriben. Creemos que vemos una escena
móvil donde se tratan, en la diversidad infinita de sus
costumbres y de sus papeles, una muchedumbre de actores
notables. ¡El acontecimiento mismo, narrado por varios
escritores, forma sucesivamente diferentes matices y se da
color al reflejo de tantos personajes, como de prejuicios y de
pasiones! Así, la historia se inspira en la vida individual
del hombre. Y cuando las guerras de la religión, unidas a la
anarquía política dividen a Francia en dos campos, es ahí
entonces cuando aumenta también el interés en las memorias con
su multiplicidad. Es una batalla de testimonios, una mezcla de
estilos y de relatos. Allí está el terrible Blaise de Monluc,
feroz católico, intrépido gascón, lleno de elocuencia y de
franqueza, el más expresivo de nuestros cronistas, que por
imitar a Cesar, daba el título de Commentaires a sus memorias,
las cuales Enrique IV llamaba la Bible du

323

soldat. Allí también, está el viejo mariscal de Vieilleville,


representado por su secretario Carloix, hombre tan calmo como
valiente, que resiste a la influencia de las pasiones
contemporáneas, y conserva, en el medio de los furores de los
partidos, la bondad y la generosidad. Más lejos nos
encontramos los dos Tavanne: Jean, redactor de las memorias de
su padre Gaspar, y Guillaume, quien escribió sus propias
memorias. El primero, contestatario y satírico, dando
disgustos a la corte con una dignidad toda feudal; el segundo,
espíritu suave y modesto, fiel a sus reyes y resignado en una
injusta desgracia, al combatir su propio hermano, al que ama y
sirve sin ofender la austeridad de sus deberes, alma llena de
grandeza simple y fisionomía antigua. Sus memorias contienen
algo de su carácter, tanto por su tema como por su estilo:
abarcan modestamente un episodio secundario de los
acontecimientos contemporáneos, la historia especial de
Borgoña. La misma pureza del alma con un poco de heroísmo
caracteriza también, en el partido contrario, al valiente e
irreprochable La Noue, una de las glorias de Francia, el Bayard
de los hugonotes, el Catinat del siglo dieciséis. “era un gran
hombre de guerra, afirmaba Enrique IV, pero era aun mas un
hombre de bien.” Coligny también había escrito memorias. “el
almirante no paso un solo día, afirma Brantôme, antes de
acostarse, sin escribir en su diario, los hechos que habían
sucedido en la turbulencia y que eran dignos de recordar. En su
lecho de muerte fue encontrado un muy buen libro que el mismo
había escrito… éste fue entregado al rey Carlos IX, ya que
algunos lo encontraron muy bello, y muy bien elaborado, digno
de ser impreso, sin embargo el mariscal de Retz persuadió al
rey e hizo quemar el libro… envidioso de la memoria de este
ilustre personaje.” Debido a este vandalismo, solo nos quedó de
Coligny el Discours sur le siège de Saint-Quentin (1557),
escrito, al igual que las memorias del Jeune adventureux, en
la fortaleza de l’Ecluse. Encontramos en él una precisión de un
militar, el amor de la exactitud histórica y una cierta forma
de decir que podemos llamar la ingenuidad del heroísmo.
Otro protestante, menos celebre en la historia,
reconocido mas por ser escritor, fue Régnier de la Planche, un
secretario apasionado, pero lleno de elocuencia y muy bien
informado. Su

324

Libro del Etat de France sous Francois II es uno de las obras


más destacadas de la época que nos ocupa.
D’Aubigné, autor de poesías de una originalidad sombría
(los Tragiques, de la cual hablaremos más adelante), nos dejo
una Histoire universelle y unas Memorias escritas con tanta
elocuencia y pasión como sus poemas.
En contraste mordaz a la franqueza de estos autores, nos
encontramos, desde la entrada del siglo dieciséis, los hermanos
du Bellay, llenos de prudencia, reserva, y cuyas memorias
llevaron algunas veces el carácter de un relato oficial; los
diplomáticos d’Ossat y du Perron, el valiente presidente
Jeannin; luego, el discreto Chiverny, tan tímido en sus relatos
por reserva diplomática, como Palma Cayet por conveniencia y
por moderación. De repente la escena cambia, y ante ustedes
aparece el cortesano Brantôme, imparcial por corrupción,
indiferente al vicio y a la virtud, de la cual él nunca ha
entendido la diferencia; excelente testigo de las ignominias
del siglo dieciséis, él no tiene ni el pudor que las disimula,
ni la indignación que las exagera. Aquí, Pierre de l’Estoile,
consejero del rey gran bedel en la cancillería de Francia, que
nos trae sus preciosos diarios, tan dignos de fe por sus
contradicciones mismas. Aquí no es ya el hombre quien habla:
los acontecimientos de cada día que provienen sucesivamente se
depositan sobre este libro que el autor se contenta de
exponerlos. “L’Estoile, afirma Saint-Marc Girardin, analista
curioso, escribe cada noche, con una regularidad escrupulosa,
lo que vio y lo que entendió decir, mezclando los asuntos de su
casa con los asuntos del Estado; indiferente en religión y
espectador minucioso de las procesiones y de las ceremonias.”
Para que ningún matiz falte en esta reunión, una dama
llega por así decirlo para coronar la colección, por su
espíritu, su agudeza para observar, su gracia egoísta y ligera:
Margarita de Valois, primera esposa de Enrique IV, y quien
apenas habla de ella misma en sus memorias. “el yo domina en su
libro, pero como todo los egoístas de genio o de espíritu, ella
se interesa en este yo y lo hace amar. Y luego, desde el punto
de vista del estilo, sus memorias son talvez superiores a todas
aquellas de su tiempo… el alma, el espíritu, el carácter de la
mujer

325

se plasma allí en cada página. Inteligente como se era en ese


entonces, pero sin el pedantismo que estropeaba la ciencia,
ingenua y simpática en el sentimiento, clara y desenvuelta en
el giro, precisa y delicada en la expresión, ella forma la
transición entre el siglo quince y dieciséis, entre Cristina de
Pisa y Madame de Sévigné 1.

El historiador de Thou

Las memorias son las declaraciones de los testigos, mientras


que la historia es la sentencia del juez. Jacques-Auguste de
Thou2 fue el historiador del siglo dieciséis. Miembro de esa
estoica nobleza parlamentaria, de la cual ya hemos hablado,
hijo del primer presidente Christophe de Thou, cuñado de
Achille de Harlay, asi como del canciller Chiverny, y él mismo
como presidente, mantuvo en la composición de la historia, la
imparcialidad de sus otras funciones, he hizo del papel de
escritor una segunda magistratura. El mismo se había formado la
más alta idea de sus nuevos deberes y confundía en su pensar la
justicia de la historia y la justicia de los tribunales, que el
mismo resumía en la doble majestad. Él afirma: “lo que debe
hacer un juez íntegro cuando va a fallar sobre la vida o sobre
la suerte de los ciudadanos, lo hago yo antes de apoderarme de
esta historia. Yo interrogué mi propia conciencia y me pregunté
repetidas veces, si había en mi cualquier tipo de resentimiento
demasiado fresco que pudiera desviar mi camino de la justicia y
de la verdad.” Esta preparación moral solo era el indicio y el
augurio de los estudios por los cuales de Thou iniciaría su
gran obra. Empleó quince años de su vida para poner en orden
los materiales. Visitó los campos de batalla, hurgó los
archivos y las bibliotecas, hojeó todos los diarios de los
generales del ejército, todas las actas de los embajadores, las
memorias y las instrucciones de los secretarios de Estado. El
recogió toda clase de material que pudiera tener algo de
historia impreso en ello, e hizo copiar para

1. Baron, Histoire abrégé de la littérature francaise jusq’au seizieme siècle, t. II, p. 200. Esta obra nos parece una de las
mas minuciosas y de las mejores que se han publicado sobre nuestra literatura nacional.
2. Nació en Paris en 1553 y murió en 1617.

326

su uso aquellos que no. Finalmente su posición social, sus


numerosas y honorables relaciones le permitieron consultar con
los personajes más notables de Francia y de Europa, y lo
introdujeron en el conocimiento más profundo de los misterios
de la política. Conducido por tanta conciencia, iluminada por
tantos trabajos, la magistratura histórica de Jacques de Thou
fue aceptada por sus contemporáneos en los mismos términos que
él había planteado: los hombres de Estado esperaban tanto sus
decisiones como sus fallos; ellos defendían ante él la causa de
su gloria. “voy a trabajar para ganarme un lugar en un pequeño
rincón de su historia,” afirmaba de Thou, mientras partía a la
guerra, el mariscal de la Châtre. Jacobo I, rey de Inglaterra,
mantuvo con el historiador una negociación casi diplomática
para lograr que el borrara algunas palabras de su libro. De
Thou logró salir de esta coyuntura de una manera respetuosa
pero inflexible. El rey perdió el litigio, y las palabras
fatales no se borraron.
La imparcialidad, las luces, el amor por la humanidad,
todo parecía contribuir para hacer de la historia del
presidente de Thou una de esas obras definitivas que se copian,
que se resumen, pero que no se recomponen. Sin embargo, ella no
evade el destino común que pesa sobre todas las obras de esta
época: ella carece de esas proporciones regulares y elegantes
que los antiguos sabían dar a las composiciones literarias, así
como a las producciones del arte. Este vasto relato, que abarca
en su inmensa extensión los anales del mundo refinado, durante
toda la segunda mitad del siglo dieciséis, reproduce no solo el
movimiento, la agitación, la diversidad, sino también el
desorden de su propósito. El autor multiplica los detalles con
una profusión indiscreta. Allí, la importancia relativa de los
acontecimientos, esta perspectiva de la narración, es casi
siempre desestimada. De Thou es, por así decirlo, demasiado
minucioso: quiere decirlo todo, y borrar el relieve bajo la
confusión. La ilusión de la perspectiva ayuda a la del
escrúpulo. De Thou está demasiado cerca de los hechos que el
narra: ciertos detalles usurpan en sus páginas, como en la
opinión contemporánea, una importancia exagerada. Finalmente,
como él escribió la historia a medida que los acontecimientos
la hacían, de Thou no pudo abarcar desde una sola mirada el
conjunto y el significado de

327
la época, tampoco pudo subordinar los hechos a las ideas que
ellos desarrollaron. Él sigue con dificultad el orden
cronológico y camina a tientas en los destinos del siglo,
basándose en cada año. Sentimos que la historia sigue afectando
a las memorias que la rodean: solo se diferencia de ella por su
grandeza, su ciencia y su imparcialidad.
La historia también se diferencia de ella por el idioma que
ella habla. Para restituir en toda su grandeza esta inmensa
sinfonía de la historia, a de Thou le hacía falta un
instrumento: Francia no tenía aun una lengua noble. Él tuvo que
recurrir al idioma antiguo que había revestido tantas obras
maestras, y que, ahora devuelto a la vida, servía de vinculo
para toda la Europa pensante. Lejos de ser un regreso al
pasado, el empleo del latín en una historia universal era una
generosa aspiración de cara al futuro, un noble llamado a la
unidad futura. Si bien la intención era loable, el éxito era
imposible. El uso de una lengua antigua, algo que fue
perjudicial para la popularidad de la obra, alteró incluso de
alguna manera la verdad de la expresión y la ingenuidad de la
imagen. La originalidad del pensamiento solo se conserva a
medias en este estilo prestado que lo interpreta mas no lo
expresa. Se siente algo de obligación y de molestia que detiene
el libre movimiento de la elocuencia; y los acontecimientos
parecen perder sus formas y sus colores naturales al contacto
siempre helado con una lengua muerta1.
La historia nos remonta entonces, con el presidente de
Thou, al lugar donde nos habían llevado los panfletos con la
Sátira Menipea: sin entrar todavía allí, nos topamos con esta
época afortunada para las artes, donde todos los elementos de
la civilización moderna, unidos finalmente en una armonía
perfecta, van a producir verdaderas obras maestras; donde la
expresión, donde la lengua misma, flexibilizada por los largos
estudios de la edad anterior, no será más que un velo dócil y
transparente, propio para resaltar toda la riqueza y toda la
originalidad

1. Ver, Sur la Fie et les OEuvres deJ. A. de Thou, los discursos de MM. Patin y Ph. Chasles, quienes compartieron el
premio de la elocuencia de la Academia francesa en 1824.

328

de las ideas. Antes de abordar este periodo único en nuestra


historia, debemos exponer los esfuerzos realizados por los
artistas poetas del siglo dieciséis para crearle al pensamiento
la forma que le hacía falta; debemos seguir en su curso
paralelo la historia de la elocución, hasta el día que las dos
corrientes, ideas y palabras, reunidas por un tiempo, regalarán
a Francia su gran siglo.
CAPÍTULO XXVI

LA POESÍA EN EL SIGLO DIECISÉIS

La necesidad de una reforma literaria; Marot; Saint-


Gelais. – Los Novellieri franceses; Margarita de Navarra;
Despériers.

La necesidad de una reforma literaria; Marot; Saint-Gelais

La poesía francesa se abre en el siglo dieciséis con el nombre


de Clément Marot1. Este amable poeta absorbe y resume en él,
bajo una forma más pura, todas las cualidades de nuestra
antigua poesía, él domina todos sus encantos pero también todos
sus límites. No amplió el circulo que habían trazado sus
predecesores, él es galo al igual que ellos, pero él lo es
mejor y con más vigor; él es el único, tanto como todos ellos a
la vez. Encontramos en Marot el color de Vilion, la gentileza
de Froissart, la delicadeza de Charles d’orleans, el sentido
común de Alain Chartier y la elocuencia cortante de Jean de
Meung. Todo esto está junto, concentrado en una originalidad
punzante y reunido por un don precioso que forma como el fondo
de este bordado brillante, el espíritu. Marot es el primer tipo
autentico del espíritu francés en su más restringida acepción,
pero a su vez en las mas distintiva. Parece que la poesía de
los siglos catorce y quince, a punto de ser eclipsada

1. Nació en Cahors en 1495 y murió en 1554.

329

por el nuevo resplandor del Renacimiento, hubiera recogido


todas sus riquezas para dotar este afortunado heredero de los
trovadores.
La suerte, que tuvo Marot para encontrar a la hermana de
Francisco I, parecía contribuir a ennoblecer las inspiraciones
ingenuas de nuestra antigua musa. Para la corte de Francia,
Villon finalmente había abandonado las calles de parís. Todas
las delicadezas de de una sociedad noble y elegante, todas las
intrigas de un mundo ingenioso y desocupado, pero joven e
ingenuo, y donde el placer suplantaba la etiqueta, llegaron a
reflejarse en los versos del joven poeta de veinte años, que un
joven rey de diecinueve años, lleno de amor por las artes y la
gloria, se dignaba a leer y a animar.
Clément Marot tuvo en el siglo dieciséis, al igual que
Boileau en la época más brillante de nuestra literatura, la
suerte o el sentido común de cerrarse en el círculo de las
ideas y de los sentimientos que el poeta era capaz de restituir
y de expresar de una manera perfecta. La una y la otra están
en la primera fila dentro de los géneros secundarios. Después
de algunas composiciones de juventud, donde él pagaba tributo a
la moda de las alegorías morales, y donde resucitaba, aunque
con más espíritu, Dangier y Bel-Accueil, Marot se abandonó
completamente a su feliz fantasía.
No hablamos de su traducción de los salmos, composición
tardía y poco inspirada, obra de partido más no de sentimiento
y cuyo éxito fue también la obra de una secta. Se nota
demasiado que ni el carácter del hombre ni el de la lengua se
prestaban aun para tal intento: “Marot tenía, como Pasquier lo
afirma, una vena ampliamente fluida, un verso no fingido, un
fuerte sentido común… él escribió varias obras tanto de su
invención como de su traducción con un muy afortunado genio.
Pero, entre sus invenciones, me parece extremadamente
agradable el libro de sus epigramas.”
Las espirituales y graciosas epístolas, las elegías donde
la sensibilidad solo sirve de condimento al espíritu y
finalmente los epigramas llenos de elocuencia y de malicia, son
los géneros poéticos que apasionan su ligero pensamiento. El
instrumento del que disponía era suficiente para tales obras;
la poesía de los fabliaux, pulida por el uso de una corte
brillante, nunca

330

defectuosa bajo su mano; el verso de diez silabas, esta métrica


que parece nacida para los relatos punzantes y alegres, le
proporcionaron una riqueza asombrosa de cortes y de efectos
poéticos, de los que Voltaire fue el único que supo robarle el
secreto. Ni el mismo La Fontaine superó el excelente cuento del
Rat et du Lion. Nuestros poetas del gran siglo, rebajados tan a
menudo a implorar por el auxilio de sus ricos protectores, no
lo hicieron con tanto espíritu como Marot, en la epístola donde
él se queja ante el rey del robo que le hizo su sirviente de
Gascogne,

Glotón, borracho y mentirosos asegurado,


Impostor, ladrón, injurioso, blasfemador,
Sintiendo el olor a cien pasos a la redonda
En resumen el mejor hijo del mundo. (*)

La poesía familiar, ingeniosa y sensata, uno de nuestros


tesoros más preciados de la edad media, encontraba entonces
en la persona de Marot su expresión definitiva. Sin embargo,
¿esta poesía abarcaba toda la extensión del espíritu francés en
el siglo dieciséis? ¿No había nada más allá? ¿ Los eruditos
alumnos del Renacimiento, los estudiantes del nuevo Colegio de
Francia,
De la trilingüe y noble academia,

después de haber leído en sus lenguas sagradas Virgilio,


Horacio o Pindaro, no encontrarían ellos un poco débiles estas
valientes formas de expresarse, que no podían elevarse por
encima de los más humildes temas? Les parecía, siguiendo la
expresión de uno de ellos, “pasar de la ardiente montaña del
Etna a la fría cumbre del Cáucaso.” En vano, Mellin de Saint-
Gelais, este abad mundano de la escuela de Marot, había unido a
la fluidez de su maestro la gracia un poco amanerada de los
sonetos italianos. Él solo había recogido, a pesar de toda su
dedicación a “escribir poco y con gracia, unas pequeñas flores
y no los frutos de algo duradero; eran unas afectaciones que
pasaban de vez en cuando por las manos de los cortesanos y de
las damas de la corte. Después de su muerte, se mandó a
imprimir una

(*)La traducción de este verso no conserva la rima del texto original, sólo transmite el sentido.

331

selección de sus obras, que murieron casi tan pronto como


vieron el día1.”
Saint-Gelais, digno de Marot solo por sus atrevidos
epigramas, fue siempre un mediocre en los asuntos importantes.
Por otra parte, epicúreo practico, mientras vivía con comodidad
gracias a su gran abadía de Notre-Dame des Reclus, y más
adelante a su cargo de bibliotecario del rey, se limitaba a
oficiar periódicamente los matrimonios de los príncipes y los
pequeños acontecimientos de las cortes, dejando el camino
despejado para poetas más activos y mas aventureros.
Las Novellieri francesas; Marguerite de Navarre; Despériers
Sin embargo la prosa literaria, la que aspiraba producir obras de arte, como la poesía
jocosa, alcanzaba una perfección análoga, bajo la doble influencia de Italia y de la
corte. El Fabliau se convertía en la novela corta, el relato popular daba lugar al cuento
aristocrático, que por este hecho no era ni el más noble ni el más grave. En las cortes,
en los castillos, comenzaba a introducirse el talento tan francés de la conversación, con
el que se pasaban largas veladas contando anécdotas o historias. Después, a veces uno
de los familiares de la casa recogía e imprimía, bajo el nombre del maestro, los
recuerdos más picantes de estas largas conversaciones. Es así como fueron atribuidos
sea a Luis XI o al duque de Borgoña, las Cent Nouvelles nouvelles escrita por los nobles
señores de su corte. La traducción de Boccaccio y las relaciones políticas entre Francia
e Italia aumentaron la ola de novelas cortas. La corte de Francisco I vio aparecer
compendios semejantes; uno de ellos, el Heptamerón, lleva el nombre de su hermana
Margarita, reina de Navarra. Según Brantôme, la reina los componía y los escribía. “Ella
terminó, con su manera agradable y alegre de escribir, un libro titulado: Los Cuentos
de la reina de Navarra…Ella compuso la mayor parte de sus novelas cortas en la litera,
pasando por varios países; pues ella tenía importantes ocupaciones estando retirada.
Así le escuché decir a mi madre que iba siempre con ella a la litera, como dama de
honor y le tenía el plumier”.
Las novelas cortas de la reina de Navarra1 tienen intriga y acción. La influencia de
novelistas italianos se siente a cada instante, pero esta se altera en su carácter
meridional y poético. El relato de Boccaccio revelaba toda la riqueza de su imaginación
y las flores que allí se sembraban a manos llenas. Encontramos en sus pinturas algo de
delicadeza exquisita que es la infinita belleza de la égloga antigua. Se percibe que el
autor había vivido en Nápoles, bajo ese cielo que ya era griego. Un crítico cuya
ingeniosa sagacidad es igual al inmenso saber, señaló que, en la primera de sus
Journées, la descripción del calor sofocante y de la calma pesada de la que uno se
siente agobiado en el momento en que llega el sol a la cumbre de su curso, recuerda
las primeras páginas del Phédon2. Todo este poético resplandor se empañó en el
narrador francés. El buen sentido, el espíritu burgués de los grandes señores de
Francia tomó lugar del vivo sentimiento del arte. La misma ficción que sirve de marco
en los relatos del Heptamerón, sirve para indicar esta diferencia. Ya no es, como en
Boccaccio, este magnífico contraste de la peste que diezma un pueblo, y una sociedad
voluptuosa que olvida en un dulce pasatiempo la muerte lista para tocar sino que es la
pintura casi flamenca de un interior de una posada, donde el desbordamiento del
grave bearnés obliga una sociedad feliz a buscar un refugio y a permanecer durante
siete días3. La reina de Navarra se parece aquí más bien a Chaucer (Canterbury tales)
que a Boccaccio. Ella imita bastante a este último solo en la libertad extrema de sus
narraciones.

1
Hija de Carlos de Orleans, nació en Angulema en 1492; casada por segunda vez con Henri d'Albrel, rey
de Navarra; muerta en Orthez en 1549.
2
J. J. Ampère, Notas inéditas de 1841. Un análisis interesante se encuentra en el Journal de l'Instruction
publique.
3
De ahí el título de la recopilación.
Bonaventure Despériers, al que a veces, pero sin prueba, se le atribuyó la colección de
la reina de Navarra, hizo otra colección bajo el título de Nouvelles récréations et joyeux
devis. Los cuentos de Despériers4, ingenio muy rabelaisiano, incluyen el desarrollo
simple, audaz y con frecuencia licencioso, de una agudeza y de una alegre réplica.
Es una conversación fina, variada y abundante sobre el tema más banal. El autor es
uno de los hombres con el estilo más sobresaliente del siglo XVI.5

El carácter general y común de todas las novelas cortas de esta época, solo tiene un
objetivo y es el entretenimiento. El Fabliau de la edad media tenía un alcance general y
casi filosófico. La novela corta del siglo XVI es una relato completamente local e
individual, que rechaza toda idea de enseñanza. Esta pertenece a lo que hoy en día
llamamos literatura fácil: y tanto, por su color, por su libertad, sus contrastes de júbilo
alegre e intrigas sangrientas, sin saberlo reproduce la imagen de las costumbres
contemporáneas; es completamente extraña al pensamiento, en los trabajos y en la
vida intelectual de la época. Despériers era, con menos talento, el Clément Marot de la
prosa.

La literatura francesa no podía condenarse a contar eternamente la gracia de un


rechazo atractivo, o a volver a contar eternamente ficciones frívolas. Hemos visto los
hombres de pensamiento y hombres de acción agitar álgidamente otros problemas; es
preciso que la forma literaria, la palabra considerada como un arte se levantase a la
misma altura.

4
Nació en Borgoña a finales del siglo XV y murió en 1514
5
No hablo de su Cymluihim mundi, diálogos a la manera de Lucien, que levantaron contra de su autor
una tormenta tan terrible, que dice no encontró otro refugio contra la persecución que el suicidio.
CAPÍTULO XXVII
Tentativa de la reforma literaria
Ronsard y la Pléyade «. — Jodelle; renacimiento del teatro
Dubartas ; d'Aubigué.

Du Bellay, Ronsard y la Pléyade

Hacia mediados del siglo XVI, un joven gentil de Vendôme, paje del duque de
Orleans, Pierre de Ronsard6, obligado a renunciar a la corte por una sordera precoz, se
encerró, con el joven Baïf, su amigo, con Joachim du Bellay, con Remi Belleau y
Antoine Muret, en un colegio donde el sabio Daurat había sido nombrado
recientemente como director. Una nueva ambición se había apoderado del joven
Ronsard: hacer pasar a la lengua vulgar toda la majestuosidad de expresión y de
pensamiento que admiraba de los antiguos. Ronsard comunicó a sus nuevos
condiscípulos su proyecto y su entusiasmo. Todos emprendieron la labor con un
admirable ánimo. “Ronsard, dice su biografía, habiendo sido alimentado en la corte y
con la costumbre de acostarse tarde permanecía leyendo libros en el estudio hasta dos
o tres horas después de media noche y al acostarse despertaba al joven Baïf, que,
levantándose y tomando la vela, no dejaba enfriar el lugar.” Esta fuerte disciplina, esta
preparación laboriosa duró siete años enteros. Ya la reputación de estos sabios
trabajos comenzaba a difundirse hacia afuera; ya, signo inequívoco de las disposiciones
y de la espera del público, se saludaba complacientemente a Ronsard con el
sobrenombre de Homero, de Virgilio, cuando apareció el manifiesto de la nueva
escuela del cual Joachim du Bellay era el autor.7
Comenzaba por rehabilitar la lengua francesa, hasta ese momento desdeñada por los
sabios, y por mostrar que su futuro podía compensar la debilidad de su pasado.
“Nuestros ancestros, decía, nos dejaron nuestra lengua tan pobre y tan desnuda que
necesita ornamentos y si hay que hablar así, de plumas ajenas. Pero, ¿Quién quisiera
decir que la lengua griega y la romana siempre hubieran sido excelentes como lo
hemos visto en los tiempos de Horacio y de Demóstenes, de Virgilio y de
Cicerón?...Nuestra lengua comienza aún a florecer sin madurar: seguramente esto no
se debe a la carencia de su naturaleza…, sino a la falta de los que la tenían bajo
custodia.” ¿Por qué medio se puede apresurar su desarrollo? Por la imitación de los
ancestros. “Traducir no es un medio suficiente para engrandecer nuestra vulgar al igual
que las más célebres lenguas. Entonces, ¿qué se necesita? ¡Imitar! Imitar a los
romanos como ellos lo han hecho con los griegos, como Cicerón imitó a Demóstenes y
Virgilio a Homero… Hay que transformar en sí los mejores autores y después de
haberlos digerido, convertirlos en sangre y en alimento.”
En el segundo libro de la Ilustración, ya no se trata solamente de la lengua y del estilo
poético, du Bellay aborda intrépidamente el tema y reconoce la intención de derribar
la vieja literatura francesa para sustituir en ella las formas antiguas. “Me gusta Marot,
dice alguien, porque es fácil y no se aleja de la manera común de hablar…”

6
Nacido el 11 de septiembre de 1524, y no como lo han dicho, el día de la batalla de Pavía (24 de
febrero de 1525). De Thou se presenta una doble equivocación cuando presenta el nacimiento de este
poeta como una compensación que la fortuna daba ese mismo día a Francia.
7
Defensa e ilustración de la lengua francesa, por I.D. BA (Joachim du Bellay). Paris, 1549. El privilegio,
está fechado de 1548.
En cuanto a mí, siempre valoré que nuestra poesía francesa sea capaz de algo más alto
y de un maravilloso estilo del que estamos tan orgullosos…
“Entonces ¡oh! poeta futuro inicialmente lee y relee los ejemplares griegos y latinos:
luego deja todas estas viejas poesías francesas a los juegos florales de Tolosa y puy de
Rouen, como rondeles, baladas , virelais , cantos reales , canciones y otros cuentos
salpimentados que corrompen el gusto de nuestra lengua y no sirve, sino para dar
testimonio de nuestra ignorancia. Lánzate a estos placenteros epigramas…a la
imitación de un Marcial; si la lascivia no te gusta, mezcla lo provechoso con lo dulce;
destila con un estilo fluido y no escabroso de cariñosas elegías, siguiendo el ejemplo de
un Ovidio, de un Tibulo y de un Propercio… canta de esas odas desconocidas aún de la
lengua francesa, de un laúd afinado al sonido de la lira griega y romana que no haya
nada donde no aparezca algún vestigio escaso y antigua erudición…”
La Italia moderna y la antigüedad eran admitidas en los honores de la imitación.
“Recita añadió a continuación el teórico de la nueva escuela, estos hermosos sonetos,
no menos doctos que la fascinante intervención italiana, para los cuales tienes a
Petrarca y a algunos Italianos modernos”.
Du Bellay concluía su programa con un llamado donde la mezcla de un entusiasmo
verdadero con una serie extraña de alusiones eruditas caracteriza bastante el espíritu
de los jóvenes reformadores. “Ahora bien, henos aquí, gracias a Dios, después de
mucho peligro y de oleajes extranjeros, volviendo a entrar al puerto seguro. Hemos
escapado del medio de los griegos; y a través de escuadrones romanos, penetrado
hasta el seno de Francia, ¡la tan deseada Francia! Ahí entonces, Francisco, camina
valientemente hacia esta hermosa ciudad romana y sus siervos despojados adornan
sus templos y altares. No tema a estos gansos chillones, este orgulloso Manlie y este
traidor Camille, que bajo sombra de buena fe los sorprende a todos desnudos
contando el rescate del Capitolio. Denle buena fe a esta Grecia mentirosa y siembren
en ella de repente la famosa nación de los galo-griegos. Saquéame sin conciencia los
tesoros sagrados de este templo délfico, así como has hecho otra vez y ya no tema a
este mudo Apolo y a estos falsos oráculos. ¿Recuerda a su antigua Marsella, segunda
Atenas y a su Hércules galo, que tirando de sus orejas saca a los pueblos, con una
cadena atada a su lengua?”
Toda la reforma literaria del siglo XVI estaba en Defensa de la Ilustración. Basada en
dos puntos esenciales: ennoblecer la lengua, por la infusión de las palabras y de las
imágenes prestadas de las lenguas antiguas; ennoblecer la poesía por la introducción
de los géneros utilizados por los antiguos.
Du Bellay había redactado el programa, Ronsard fue el primer y el más audaz en
cumplirlo. Primero ensayó creando de un tirón una lengua poética. Para eso él extrajo
sin miramientos de las fuentes griegas y latinas. A menudo Ronsard tomaba una
palabra puramente latina que se ocultaba bajo una terminación francesa: por otro lado
se trata de dos palabras ya conocidas que se unen en composición, como lo hacían los
griegos: algunas veces, por una tentativa más ingeniosa, hacia lo que llamaba la
multiplicación de las palabras viejas, como lo hacían los griegos, como desde entonces
los alemanes lo han hecho tan afortunadamente. De verve creó verver, vervement; de
pays, payser; de feu, fouer, fouement. También quiere que tomen prestado de las
diversas jergas de Francia, donde en su preocupación clásica él ve tantos dialectos,
todas las palabras necesarias en la expresión del pensamiento. Era constituir de ley la
licencia de Montaigne. Sin embargo, el instinto tan francés de la unidad en sí mismo
se manifiesta aún en el medio de este consejo peligroso. “Hoy, dice, ya que nuestra
Francia obedece a un solo rey, estamos obligados, si queremos conseguir algún honor,
a hablar su lengua”.
Lo más importante en estos trabajos de creación, es el medio que da Ronsard para
formar una clase de términos nobles, una lengua ilustre, áulica, como decía Dante. Es
la nobleza de las ideas la que hace derivar la del idioma: quiere que se tomen
prestadas palabras de la profesión de las armas, en la guerra, en la caza. Pero si
subordina los términos proporcionados por las costumbres populares, lejos de
prohibirles, aconseja a los poetas a que las estudien. “Practicarás con cuidado, dice él,
las artes de todos los oficios, como marineros…, orfebres, fundidores, mariscales; y de
ahí sacarás muchas comparaciones hermosas”. Él mismo, dice su biografía, “no
menospreciaba ir a las tiendas de los artesanos y practicar todo tipo de oficios para
aprender sus términos”.
Es fácil sonreír hoy del contraste que presenta la lengua noble que escribimos, esta
lengua improvisada por un hombre. Pero no es menos fácil comprender que este
contraste no podía existir para los contemporáneos de Ronsard. Así pues, este idioma
no tenía nada de ridículo para ellos; ellos solo debieron darse cuenta de su riqueza: la
diferencia que lo separaba del idioma hablado estaba todo de su parte. El
conocimiento del latín, tan extendido entonces, servía de léxico para comprenderlo;
los letrados estaban muy agradecidos con el poeta por las innovaciones que exigían su
perspicacia para ser perfectamente comprendidas. La alta poesía se volvía así un
idioma de iniciados, valiosa para cualquier persona que no fuera del profano vulgar.
Pero, con toda su audacia, Ronsard luchaba contra lo imposible. Las lenguas no se
hacen en un día; estas son terrenos de aluviones creados por el tiempo, de altas
pirámides a las que cada día aporta su piedra. El pueblo francés al crecer hace él
mismo su lengua; al ennoblecer sus ideas, como lo prescribía Ronsard, ennoblece
gradualmente su expresión; cincuenta años después, el tallo popular de Marot se abría
naturalmente bajo la mano de Malherbe, al lado de las flores artificiales de Ronsard, ya
marchitas y en polvo.
Una sola cosa habría podido consolidar su revolución gramatical: una obra inmortal,
que, como la de Dante, hubiera hecho vivir su lengua con sus ideas; Ronsard lo
comprendió e intentó llevarlo a cabo. Él introduce en Francia todas las formas de la
poesía antigua y el primer rango de la oda y la epopeya. Desafortunadamente, llevó en
sus obras el mismo principio de imitación que en las innovaciones lingüísticas y este
sistema resultó aún más falso aquí. Creó sus poemas como el génesis creó el hombre:
formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz el aliento de vida; y fue el
hombre un ser viviente. No es así que procede la verdadera poesía: ella produce une
germen vivo que irradia hacia afuera y el mismo proyecta su forma. Las odas de
Ronsard se parecen a estas panoplias de nuestros museos, que presentan a nuestros
ojos la armadura completa de un héroe antiguo: casco, coraza, brazaletes, escudo,
nada le falta al guerrero para vestirse. No era que el poeta tuviera falta de entusiasmo;
solamente hay solución de continuidad entre la forma y el pensamiento, una no es el
efecto directo e inmediato de la otra: si la inspiración da la idea, la memoria solo
produce la expresión. El sentimiento se paraliza por esta preocupante imitación de los
grandes maestros. No le hacía falta un modelo en Ronsard sino un calco del que
pudiera seguir escrupulosamente las líneas. Su pensamiento incluso el más verdadero,
en lugar de seguir su pendiente natural y de profundizar en un lecho sinuoso, se
aprisiona en el mármol antiguo donde antaño brotó el agua de Horacio y de Virgilio.
Imitar así a los antiguos, es un medio seguro para no parecerse a ellos. “Yo reiría, dice
la Bruyère, de un hombre que quisiera seriamente hablar con mi tono de voz o tener la
cara parecida a la mía”. Ronsard, apasionado por la antigüedad, quiso hacer tabla rasa
de las costumbres, creencias, sentimientos modernos; él tuvo por empeño revivir todo
un siglo, toda una literatura, todo un conjunto de tradiciones en este Olimpo
resplandeciente y sensual del paganismo. Era dejar a una nación un reto demasiado
audaz. Un pueblo puede aprender a la fuerza una lengua nueva, ¡incluso con cierta
lentitud! Él no podría cambiar las costumbres, la historia ni el clima.
Sin embargo, había algo tan legítimo en el renacimiento de las ideas antiguas, parecía
tan bien en el destino del siglo XVI el hecho de reanudar la cadena de la tradición
greco-latina, que el nombre de Ronsard se volvió el objeto de una idolatría de la que
hoy nada nos puede dar una idea. La sola gloria de Voltaire, esta larga y maravillosa
realeza del genio, renovó semejantes homenajes. Los reyes y las princesas rivalizaban
para colmarlo de sus favores; los sabios más célebres, los espíritus más juiciosos, los
Scaliger, los Lambin, los de Thou, los de l'Hôpital veían en Ronsard el milagro del siglo.
Pasquier no clasificó sus obras, pues dice, “todo en él es admirable”. Montaigne
declara sin dudar que la poesía francesa había llegado a su perfección, así como
Ronsard había igualado a los antiguos. Por último le Tasse, quien llegó a París en 1571,
se consideraba afortunado por haber sido presentado a Ronsard y por obtener su
aprobación por sus primeros cantos de su Jerusalén. ¿Cómo explicar este inmenso
error de todo un siglo y de los espíritus más ilustres? A decir verdad, el error no existía
o solo era, como muchos errores, una verdad incompleta. La admiración por Ronsard,
era la felicidad muy legítima al ver finalmente el francés volverse una lengua literaria, y
ya no balbucear pensamientos débiles aunque ingenuos; sino surgir, como las lenguas
antiguas y como el italiano moderno, en la expresión de las ideas generales que
forman la herencia gloriosa de la humanidad. El idioma de Clément Marot estaba
finalmente fuera de sometimiento: el poeta se volvía un hombre y casi un ciudadano:
iba a volver a decir los nobles pensamientos que habían agitado el Foro y el Ágora, los
versos harmoniosos que habían repercutido en las orillas de Grecia. ¡Qué orgullo
patrio para los sabios de esta época, leer finalmente en francés lo que les había
cautivado por tanto tiempo de Virgilio y de Tibulo! Lo que la imitación imperfecta no
decía, la memoria parcial de los lectores lo suplía: ellos adoraban el verdadero
esplendor de la poesía antigua a través de los harapos pretenciosos de Ronsard.
Por otro lado, hoy en día, a pesar del cambio de la lengua, ¿Aún no encontramos en
este poeta razones para justificar nuestro respeto hacia él? En el género grave y
heroico, las Odas, la Franciada8, ¿los Discursos no presentan de vez en cuando rasgos
de una belleza durable? ¿No es Ronsard quien se dirigía así a la eternidad?

¡O gran eternidad!
Mantienes el universo en unidad tranquila.
De eslabones enlazados los siglos vuelves a atar.

8
La Franciada que tiene por héroes los fabulosos Francus, hijo de Priam y fundador supuesto del
imperio francés, es un poema inacabado. Ronsard tenía el proyecto de extenderlo en veinticuatro
cantos; se detuvo en el cuarto.
N. del T: La traducción de estos versos no conservan la rima del original, solo transmiten el sentido.
Y abrigado en tu seno todo el mundo tú escondes…,
Hablando a tus dioses que tu trono rodean,
Tu boca no dice: “fue o será…”
El tiempo presente solo a tus pies se reposa.*

¿No es él quien escribía a Charles IX aún siendo niño?

Majestad, no se trata de ser rey de Francia;


Es necesario que la virtud corone vuestra infancia.
Un rey sin la virtud lleva el cetro en vano,
Eso no le sirve sino de carga en la mano9.
Pero es sobre todo en la poesía ligera que Ronsard posee un mérito indiscutible. Aquí,
contento de ser él mismo, solo toma de la antigüedad la analogía de sus imágenes. Es
como un perfume lejano y especialmente dulce, que se exhala en medio de las ideas
personales del poeta. De este modo, él escribe a su esposa:

Ayer la recordaba aquel que se sentó a tu lado,


¡Yo contemplaba sus ojos tan crueles y tan dulces!

Y después él la invita a bajar en un risueño parterre:

Querida, vamos a ver si la rosa


Que esta mañana había florecido
Su vestido de púrpura en el sol,
No ha perdido, esta vespertina,
Los pliegues de su vestido púrpura
Y su tez similar a la suya…

En otro lugar él exclamó, con más encanto que Horacio:

9
Adjuntamos de paso, puesto que hemos nombrado este culpable pero interesante príncipe, que
tiempo después respondió a Ronsard, con una precisión más elegante aún:

“El arte de hacer versos, nos debe indignar,


Debe tener más alto precio que el de reinar.
Los dos de igual manera llevamos la corona
Pero rey, la recibí, poeta tú la das.
Tu espíritu apasionado de un ardor celeste
Brilla por sí misma y yo por mi grandeza.
Si del lado de los dioses busco la ventaja,
Ronsard es su amigo, si yo soy su imagen.
Tu lira, que encanta por sus dulces acordes,
Te someten los espíritus de los que solo tengo los cuerpos.
De ellos te vuelve maestro y te sabe introducir
Donde el más orgulloso tirano nunca ha tenido imperio.
Suaviza corazones y somete la belleza.
Yo puedo dar la muerte ; tú la inmortalidad”

¿Por qué Carlos IX ¡hizo algo diferente a los versos!?... Sí sin embargo los creó.
¡El tiempo se va, el tiempo se va, mi señora!
¡Oh desgracia! El tiempo, no: pero nosotros nos vamos10.

O bien, por un retorno de una melancolía conmovedora:

¡Antes de la noche (dice) se cerrará mi tarde!

Todavía está toda la gracia de Marot, con más resplandor y gravedad. Ronsard había
sido jefe de la escuela o del colegio; se había vuelto célebre y admirado por todos, los
discípulos no le fallaban. “Nadie entonces, nos dice Pasquier, ponía la mano en la
pluma sin celebrar sus versos” Tan pronto como los jóvenes rozaban su traje, creían
que se habían convertido en poetas”. Entre sus numerosos partidarios, el poeta
escogió una compañía de élite que al comienzo se conoció como la brigada y poco
tiempo después como la Pléyade, por un recuerdo erudito de los poetas alejandrinos.
Situó al lado suyo seis poetas Joachim du Bellay,Antoine de Baïf, Amadis Jamyn,
Belleau, Jodelie y Ponthus de Thiard. No nos detendremos en estos nombres, a pesar
del talento de muchos de ellos. Todos reflejan en diversos grados y con numerosas
modificaciones los méritos y defectos del maestro. A Baïf le debemos un recuerdo
sobre la tentativa audaz e infructuosa por la cual él trató de someter nuestra
diversificación a las reglas métricas de la poesía antigua. El verso baïfin, silabeado
como el hexámetro latino, no pudo acostumbrarse incluso en la atmósfera del
Renacimiento.11 Esta imitación material de la antigüedad era la exageración extrema
del sistema de Ronsard; después del calco del estilo, era el calco del ritmo: ya solo le
faltaba escribir en griego o en latín.

Jodelle: renacimiento del teatro

Otro miembro de la Pléyade se distinguió por un ensayo más serio y cuya influencia ha
sido mucho más duradera. Jodelle se esmeró por resucitar el teatro de los antiguos.12
Este joven e interesante poeta estaba dotado de una facilidad extrema. “Aunque no
hubiera puesto el ojo en los buenos libros como los demás, dijo Pasquier, sí que se le
veía un encanto natural. Y de hecho los que en ese momento juzgaron de inmediato,
decían que Ronsard era el primero de los poetas, pero que Jodelle era el demonio de
ellos. Donde él empleaba su ingenio, nada parecía serle imposible”. Él mismo estaba
convencido de ello: “Un día se le ocurrió decirme que si un Ronsard le ganaba a Jodelle
en la mañana, en la noche Jodelle lo superaba”. Él prodigaba su espíritu en obras
fugitivas, que no se molestaba en recoger y que murieron con él. Sus obras dramáticas,
aunque tal vez menos buenas, tienen una lugar en la historia literaria. Ya algunas
traducciones se habían hecho hacia nuestra lengua: Adriana de Terencio, Hécuba de
Eurípides, Electra de Sófocles; Ronsard aún novato había traducido en 1549 el Pluto de
10
¡Eheu! fugaces. ¡Postume, Postume,
Labuntur anni! (Horacio, oda Xiv.)
11
Tomemos un dístico baïfin,con los versos latinos, He aquí la traducción:
Phosphore, redde diem : cur gaudia noslra moraris?
Coesare venluro, Phosphore, redde diem.
Alba vuelve a abrirse el día: ¿por qué detienes nuestra comodidad?
Cesar va a volver; alba, vuelve a abrirse el día
12
Nació en 1532 y murió en 1573.
Aristófanes. Finalmente en 1552, Jodelle se aventuró con una tragedia en la escena,
sin traducir, sino imitando a los antiguos; esta imitación era entonces una gloria:
Cleopatra, con una comedia del mismo autor; la Rencontre, fue presentada “delante
del rey Enrique II, en París, en el hotel de Reims, con una gran aprobación de toda la
concurrencia; y, luego, en la universidad de Boncour, donde todas las ventanas
estaban tapizadas con una infinidad de personajes honorables y la corte tan llena de
novatos que las puertas del colegio estaban repletas. Lo digo como si hubiera estado
presente allí, con el gran Turnebus en el mismo cuarto y los participantes eran todos
hombres reconocidos. Rémi Belleau y Jean de la Péruse desempeñaban los principales
roles.”13 Jodelle mismo representaba a Cleopatra. ¡Qué alegría para todos los sabios
encontrar en la escena, ver y escuchar hablar a estos personajes de la historia antigua
que les eran familiares! Autor y actores en la embriaguez de sus éxitos, se concedieron
a ellos mismos un triunfo tan clásico como su obra. Desde que el quinto acto se
terminó en medio de la aprobación, partieron a Arcueil; ahí, en un alegre festín,
llevaron un macho cabrío coronado con hiedra y flores, en honor al poeta francés y en
recuerdo al antiguo Tespis.
Si ahora se considera en ellas mismas y en su propio valor las tragedias de la nueva
escuela que daban lugar a semejantes ovaciones, “Bien sea una Cleopatra, un Didon,
una Medea, un Agamenón, un César, esto es lo que se recalca constantemente:
ninguna invención en los rasgos, las situaciones y en la dirección en la obra, una
reproducción escrupulosa, una falsificación perfecta de las formas griegas, el acto
simple, los personajes poco numerosos, actos fuertes cortos compuestos por una o
dos escenas y entremezclados con coros; la poesía lírica de estos coros muy superior a
la del diálogo; las unidades de tiempo y de lugar observadas menos para el arte que
por un efecto de imitación; un estilo que apunta a la nobleza, a la gravedad y que falta
porque la lengua tiene la culpa… Tal es la tragedia en Jodelle y sus
contemporáneos” Robert Garnier, sin cambiar en nada el sistema de Jodelle, sin
aportar al teatro un talento verdaderamente más dramático, que da un estilo más de
elevación, apropiándose algo de la concisión brillante de Séneca. Por muy débil y falso
que fuera esta aparición del drama antiguo, bastó para desacreditar para siempre los
viejos misterios y para legar a la tragedia francesa este carácter de gravedad
imponente, esta unidad y esta simplicidad severa de la cual nuestros grandes autores
aceptaron el yugo. Corneille y Racine no son los fundadores del sistema clásico del
teatro francés sino Jodelle, la Péruse y Garnier.
La comedia nueva se separó, no tan bruscamente, de la farsa de la edad media; la
comedia pareció regularla en vez de suplantarla. Se apoyó también en el ejemplo de
las comedias italianas. Jean de la Taille, en sus Corrivaux, la primera de nuestras
comedias regulares en prosa, siguió uno tras otro los rastros de Ariosto, de Maquiavelo
y de Bibbiena. Larrivey quien se merece, después del autor de Patelin, ser visto como
el mejor cómico de nuestro viejo teatro, declaró abiertamente la intención de imitar a
los poetas cómicos de Italia y lo hizo frecuentemente con éxito.14 También, “aparte de
una inmortalidad ordinaria, las comedias de este periodo no les faltaba ni mérito ni
gracia. Un verso de ocho sílabas fluido y rápido, un diálogo vivo y fácil, palabras
agradables, malicias de vez en cuando afortunados contra los frailes, los esposos y

13
Pasquier, Investigaciones, lib. VII, cap.vi.
14
Él mismo era italiano y se hacía llamar Giunti; su nombre france´s Larrivey (Darrive) solo es la
traducción del apellido.
esposas, compensaba para el lector la uniformidad de los planos, la confusión de las
escenas, la trivialidad de los personajes y los vuelve infinitamente superiores a las
tragedias de la misma época.”15

Dubartas; d’Aubigné

Los discípulos de Ronsard en París sintieron donde estaba la verdadera superioridad de


su maestro y le siguieron con agrado en la poesía ligera y sencilla. Du Bellay, Guy de
Tours, Deportes, imitaron un poco el estilo de Píndaro y se limitaron a imitar el estilo
de Petrarca. No era lo mismo en las provincias: se levantó, lejos de la Pléyade, un
poeta que encontró el medio de exagerar aún el fasto pedantesco del reformador.
Dubartas16 creó, bajo el título de la Creación del Mundo, o la Semana, una auténtica
enciclopedia poética donde entra nada menos que el universo, desde las estrellas fijas
hasta el último insecto. Toda la física de la antigüedad y de la edad media, toda la
cosmogonía de la Biblia y de Ovidio son incluidas en los versos de un increíble énfasis.
Se ha dicho con ingenio que es la creación del mundo contada por un Gascón. Es
precisamente Dubartas cuya musa en francés habla griego y latín; es él quien pintó o al
menos designó.

Apolo lleva el día, Hermes, guía el navío;


Mercurio escala el cielo, inventa el arte, le gusta la lira…
La guerra viene después, anula las reglas, anula las costumbres,
agobia a los fuertes, derrama sangre, quema bosques, ama el llanto.

Con sus grandes palabras y sus interminables descripciones, Dubartas tiene elocuencia,
ideas nobles, un entusiasmo verdadero y comunicativo. Su obra tuvo treinta ediciones
en diez años, fue traducido en casi todas las lenguas y continúa disfrutando de una alta
reputación entre nuestros vecinos del otro lado del Rin, menos sorprendidos que
nosotros de las monstruosidades de su lenguaje.
Para nosotros, existe todavía un poeta mucho más distinguido que Dubartas, quien
lejos de la capital, en el seno de una vida agitada y guerrera, conservó hasta en la
primera parte del siglo XVII la lengua ruda, oscura, desigual pero enérgica y poderosa
de los inicios de Ronsard. Es Agripa de Aubigné, autor de una historia universal, de
interesantes memorias y de panfletos llenos de malicia.17Dedicado protestante,
recibió de sus convicciones y de su fuerte odio contra un catolicismo perseguidor, una
inspiración ardiente, que los poetas del siglo XVI ignoraron casi siempre. Sus Trágicas,
sátira religiosa y política, mezcla incoherente de mitología griega, de alegoría moral y
de teología, a menudo se iluminaban de destellos de indignación y presentaban a la
admiración de la crítica las más viriles bellezas. El espíritu hebraico respira ahí, dice M.
Sainte-Beuve, igual a este espíritu de Dios que flotaba sobre el caos. Al contrario de los
poetas contemporáneos, amantes exclusivos de la forma, de Aubigné como los

15
Sainte-Beuve, obra citada.
16
Nació cerca a Auch en 1544 y murió en 1590.
17
Nació en 1550 y murió en 1630. Obras principales: Historia universal desde 1550 hasta 1601.
Memorias, Aventuras del barón de Faeneste, La confesión de Sancy, Las trágicas dadas al público por el
robo de Prometeo; al desierto. 1616. M.L Ladanne dio en 1857 una nueva edición de Las Trágicas y en
1851 la primera edición exacta de las Memorias.
prosistas, se ata al pensamiento, lo toma, lo somete con tal fuerza que lo obliga casi a
inclinarse bajo la ruda apariencia de su lenguaje. Aquí se percibe la cercanía del gran
siglo; la unión de la idea y de la forma es casi un hecho. Aquí, como en la prosa,
todavía es la forma la que peca. Esta traiciona aún el tumulto de una época de
desorden y de confusión. El poeta lo declara él mismo:

Si alguien vitupera que mis versos acalorados


Son nada más que el asesinato y la sangre potente.
Que solo se lee allí furia, masacre y rabia,
horror, desgracia, veneno, traición y matanza,
Yo le respondo: amigo, estas palabras que vituperas
Son los vocablos del arte de lo que emprendo.
Los aduladores del amor solo cantan sus vicios,
que vocablos elegidos para describir las delicias
Cuánta miel, cuánta risa, cuántos juegos, amores y aficiones:
Una hermosa locura para consumir el tiempo...
Este siglo, otro en sus costumbres, exigen otro estilo:
Recojamos frutos amargos de los cuales él es fértil.
No, ya no permite su vena disfrazada,
La mano puede dormirse, pero el alma no descansa.

Qué bueno es, sin embargo, cuando su pensamiento, con distracciones disipa una
expresión laboriosa y triste, estalla de repente, ¡como espada que saca de la vaina! con
cuál entusiasmo glorifica los mártires ¡acallados en las llamas de las hogueras!

Las cenizas son semillas valiosas,


Quien, después de los inviernos oscuros de tormenta y de llantos.
Abren, en la templada primavera, de un millón de flores
El bálsamo saludable y son las nuevas plantas,
En medio de la plaza de Sion espléndida.
Tanta sangre, que los reyes derramaban en los arroyos,
Exhala lluvia fresca y fuentes de agua,
Quien, fluidos a los pies de estas plantas divinas,
Dale cobrar vida y crecer en las raíces .
CAPÍTULO XXVIII
Realización de la reforma literaria
Régnier. — Malherbe.

Régnier.

Era evidente que la reforma de Ronsard y de la Pléyade no era definitiva. Era un


esfuerzo violento que reemplazaba una torpeza extrema: la revolución había pasado el
proyecto sin alcanzarlo. Le faltaba un moderador; la reforma tenía dos: Régnier y
Malherbe: los dos dotados de un talento original, grandes escritores, uno más poeta y
el otro más gramático; pero ambos reformadores, uno por instinto y otro por sistema.
Ninguno tuvo plena conciencia de su obra. Régnier creyó defender a Ronsard, por
apego a Desportes, su tío: en realidad defendió e imitó a Marot, del que tenía su
aspecto libre, con más energía y color. Malherbe pensó que había arruinado la escuela
de la Pléyade y sus innovaciones greco-latinas, sin embargo le aseguró el éxito
regulándola.
En vano anuló todo lo que tenía que ver con Ronsard y llevó a cabo lo que Ronsard
había deseado tanto; dio al idioma vulgar toda la nobleza de las lenguas antiguas.
Régnier18, por inspiración verdadera, por negligencia, por despreocupación, por
abandono a la buena ley natural, volvió a lo simple, a lo verdadero y entró sin saberlo
en la vieja escuela gala, que, no obstante, enriqueció de afortunadas imitaciones.
Siguió ingeniosamente el excelente precepto de du Bellay; “Transformó en sí los
mejores autores y después de haberlos digerido, los convirtió en sangre y alimento”.
En Francia, fue el primero que escribió las verdaderas sátiras imitando a Horacio y a los
poetas bernescos19. Pero su imitación ya no era el calco servil imaginado por la
Pléyade, era la emulación fecunda, la poderosa rivalidad del talento. Régnier, es cierto,
Regula su maledicencia a la manera antigua;
pero los ridículos y los vicios que pone ante nosotros ya no tienen nada de latín; no son
los contemporáneos de Augusto, sino más bien los de Enrique IV. No se reconoce este
terrateniente campesino

Al fieltro empenachado, que revela su bigote;

y este poeta embarrado, quien, seducido por el éxito de Desportes y de Bertaud,

¿meditando un soneto, medita un obispado?

Más lejos se ve al discípulo de Bártolo, que,

Una corneta en el cuello, de pie en una tablazón


a diestra y a siniestra va a vender su detracción.

18
Mathurin Régnier, nació en Chartres en 1573. Canónigo de la iglesia de Nuestra Señora en esta
ciudad. Murió en Rouen en 1613. Obras: Dieciséis sátiras, tres epístolas, cinco elegías, odas, estrofas,
epigramas.
19
La excelente edición de las obras de Mathurin Régnier, por Violler-Le-Duc indica con cuidado los
pasajes que el poeta francés tomó como modelos y así puso al lector directamente a apreciar el mérito
de la imitación.
o bien el médico que recibe una hermosa moneda por su consulta, y

Dice, apretando la mano: “Señora, ¡no era necesario!”

En medio de estos apuntes ligeros se encuentra una verdadera obra maestra, macette,
la vieja hipócrita. Ya en el siglo XIII, Jean de Meung había hecho un boceto de Faux-
Semblant; luego en el siglo XVII Molière creará a Tartufo. Parece que la poesía francesa
hubiera estado siempre satisfecha al abordar este tema, como

Por un decreto del cielo que odia la hipocresía

A parte de este admirable cuadro, donde falta sin embargo todavía la verosimilitud y la
vida del diálogo, se debe admitir que el pincel de Régnier se detiene fácilmente en la
superficie de las cosas. De él se puede decir que ríe del corazón humano 20. Su poesía
no tiene nada de profunda o de filosófica; son los juegos inocentes de la sátira: sus
contemporáneos también la habían juzgado. Este predecesor de Boileau era para ellos
el buen Régnier; y él mismo nos explica, aunque con mucha modestia, esta calificación:

Y este apodo de bueno que me están endilgando


especialmente desde que no tengo el espíritu de ser malvado.

En efecto no es el ingenio lo que le faltaba a Régnier, ni el entusiasmo, ni la elocuencia;


sino que él es artista mucho más que moralista. Se ocupa más de la pintura que de la
lección. Su más bella creación es su estilo; se ha hecho un bello y justo elogio
acercándolo al de Montaigne. “Régnier es en efecto el Montaigne de nuestra poesía”.
“También, al parecer sin reflexionar sobre esto, se crea una lengua propia, llena de
sentido y de ingenio, que, sin regla fija ni una evocación hábil, sale como de la tierra a
cada nuevo paso del pensamiento y se mantiene de pie, sostenido en el solo aliento
que lo anima. Los movimientos de esta lengua inspirada no tienen nada de solemne ni
de reflexivo; en su irregularidad natural, en su brusquedad picante, se parecen a los
gritos, a los gestos rápidos de un hombre franco y apasionado que se irrita
conversando. Las imágenes del discurso brillaban con colores más vivos que finos, más
prominentes que matizados. Éstas se presentan, chocan entre ellas. El autor siempre
pinta, y a veces, a falta de algo mejor, pinta con el poso y el lodo. De una trivialidad a
veces afortunada, toma proverbios del pueblo para hacer poesía y a cambio les
devuelve estos versos nacidos de proverbios, medallas de buena calidad, donde aún se
le reconocía, después de dos siglos, la imprenta del quien las acuñaba”.21

Malherbe

El talento de Malherbe tiene una característica muy diferente22. Menos ingenioso que
sabio, menos fecundo que juicioso, toda su invención consiste en escoger bien, toda su

20
Circum prxcordla ludil. Perse.
21
Sainte-Beuve, Cuadro de la poesía francesa en el siglo XVI t.I, pág. 160.
22
François de Malherbe nació en Caen hacia 1555 y murió en París en 1628.
riqueza en despojarse a propósito. Más crítico que artista, fue a los cuarenta y cinco
años que comenzó su carrera; su obra es un código más que un poema y como todo
legislador, se adhiere sobre todo a lo que se debe evitar. Así como el jefe de los
estoicos, toma por lema: abstente. Se enorgulleció por ser llamado el tirano de las
palabras y las sílabas. El culto de la lengua es su religión; la predica a su enfermero aún
en el lecho de muerte. Malherbe es severo en sus preceptos. Proscribió en versos el
hiato, sin circunstancias atenuantes, prohibió para siempre el encabalgamiento o
suspensión, censuró la sexta sílaba del alejandrino, como un centinela impasible
rechaza desdeñosamente los ritmos muy fáciles: el gran poeta ya no siente nada si no
es con rimas difíciles. En adelante, se acabaron las licencias en poesía; se acabaron las
inversiones fortuitas, los versos bien hechos serán hermosos como la prosa. La gloria
de Malherbe fue haber sido el primero en conocer en Francia, el sentimiento y la
teoría del estilo, haber hecho conscientemente lo que Régnier ejecutaba por instinto.
Si procedió sobre todo por negación, fue porque su época al igual que su ingenio lo
convirtieron en una necesidad. La riqueza estaba hecha en la poesía, solo le faltaba el
orden, esta segunda riqueza. Malherbe inventó el gusto: ahí estuvo su creación. En los
materiales confusos que habían acumulado sus antecesores, hizo una lengua noble,
por elección y por exclusión. El principio que presidió a esta clasificación demuestra su
gran inteligencia de la verdadera naturaleza de las lenguas; repudió de igual forma la
corte y el colegio, la moda y la erudición y el instinto parisino fue su guía. “Cuando le
preguntaban sobre su punto de vista acerca de algunas palabras francesas, se remitía
de manera ordinaria a los raterillos del puerto en el heno y decía que eran sus
maestros para la lengua.”23 También rechazó todos los dialectos admitidos con
demasiada indulgencia por Ronsard. La lengua, como la monarquía, avanzaba a
grandes pasos hacia la unidad. En el precepto, supo unir el ejemplo, y la característica
de su talento se combinó maravillosamente con las exigencias de su razón. Poeta poco
fecundo, pero correcto y laborioso, se le vio arrugar media resma de papel para
escribir y reescribir una estrofa. Se calcula que, durante los once años más fecundos de
la vida no compuso, lo compuso en promedio treinta y tres versos por año. Esta
sobriedad de composición, ese respeto por el lector y de las normas de estilo, esa gran
idea de las dificultades del arte, eran en el siglo XVI algo realmente nuevo. De esta
manera qué encanto no se experimenta dejando de lado a Ronsard, Dubartas,
d’Aubigné y al mismo Régnier, cuando al encontrar de repente versos que parecerían
escritos ayer conservan a tal punto su frescura y su pureza. Malherbe tiene la gloria o
de haber intuido la lengua de sus descendientes o de haberles impuesto la suya. Ha
hecho algo mejor que las estrofas o los sonetos, ha otorgado el instrumento de la alta
poesía e hizo posible a Corneille, Boileau y Racine.24

Obras: odas, paráfrasis, salmos, estrofas, epigramas, canciones, cartas; traducción de algunos tratados
de Séneca y del libro XXXIII de Tito Livio. -Edición Chevreau, 1723, Vol. 3, in-12. Lefévre, 1825, Vol. 1. in-
8.
23
Vida de Malhci-he por Racan.
24
Hemos hablado más ampliamente de Regnier y de Malherbe, en nuestro cuadro de la literatura
francesa en el siglo XVI, pág. 144, 199 y siguientes.- Sainte-Beuve escribió una novela corta y muy
destacado estudio sobre Malherbe en el cuarto número de la revista europea (15 de marzo de 1859).
CUARTO PERIODO
EL SIGLO XVII

CAPÍTULO XXIX
INFLUENCIA DE ESPAÑA

Invasión del gusto español-L'hôtel de Rambouillet.-Las novelas heroicas-Balzac, Voiture


y autores secundarios.

Invasión del gusto español

La primera mitad de nuestro gran siglo parece ser principalmente español. La


influencia literaria de España sobrevivía a su poder político: era el eco de su gloria.
Desde Carlos I de España, la monarquía católica, que desborda su península, había
derribado con sus oleajes a todas nuestras fronteras; La monarquía católica, en un
momento dado, bajo el mandato de Felipe II y a la sombra de la Liga, había invadido
hasta el propio corazón de Francia: España había presidido nuestros estados generales
en la persona de su embajadores. Enrique IV rechazó el torrente; le devolvió a Francia
a ella misma y se volvió el más popular de nuestros reyes. La obra de nuestros grandes
escritores del siglo XVII fue análoga; encontraron el espíritu francés sumergido en las
ideas extranjeras. Una organización robusta se fortifica en las crisis que parecían tener
que agobiarla; Francia le ganó a la invasión de la literatura italiana y castellana, sintió
despertar en su seno el sentimiento del arte, de la belleza, de la gracia. Sus nuevos
maestros exageraban un poco la lección: Francia solo la interpretó mejor. Los antiguos
solos habrían sido muy perfectos; su simple e ingenua belleza hubiera impactado
menos a ojos aún ordinarios. Junto a ellos se ubicaron peligrosos pero seductores
modelos, cuyos defectos graciosos provocaban una imitación más sencilla. El interés
de este primer periodo del siglo XVII, es ver cómo el genio nacional se libera poco a
poco de los elementos heterogéneos que lo habían pulido, pero que amenazaban con
alterarlo; como se mostró de nuevo a los ojos de Europa, siempre sensato, fino,
juicioso, pero más noble, más elegante, más armonioso que en el siglo XVI.
El vencedor de Ivry había expulsado a los españoles de Francia, pero no sus modas ni la
dominación de sus ideas. En París, solo se veían franceses españolizados. El vestido, la
actitud, el idioma, todo recordaba los orgullosos soldados que por tanto tiempo se
habían combatido y admirado. Nada tan cortés como el francés con respecto a sus
enemigos: los imita golpeándolos. Barba puntiaguda, fieltro de pelo largo, jubón y
pantalón corto medio suelto, cinta en las piernas, fresas almidonadas, los ornamentos
de la gente, eran tal cual como debía serlo. No se oía en la boca de los aduladores de la
corte más que exclamaciones y admiraciones castellanas. Reiteraban Señor Jesús y
clamaban con voz doliente: ¡es para morirse!25 El buen Régnier, tan sensato, tan
francés, señala con un tono bromista de esta nueva conquista:

25
Memorias de Sully, II parte, cap. II. - Ver A.de Puibusque, Historia comparada de la literatura española
y francesa, t.I, pág.6 y 365, y obras de Math, Régnier, con los comentarios de Viollet-le-Duc, sátira VIII,
pág. 40.
Amigo, dejémoslo disertar,
Decir cientos y cientos de veces: ¡es para morirse!
Su barba acariciar, mimar la ciencia,
Tirar su cabello hacia atrás, decir: ¡en mi consciencia!
Hacer la venia con la mano, morder un pedazo de sus guantes,
Reír sin fundamento, mostrar sus bellos dientes,
Cuadrarse en un pie, levantar su espada,
y pestañear como una muñeca.

La moda fue más fuerte que Régnier, que Sully, que el mismo Enrique IV. El más
francés de nuestros reyes se puso, gústenos o no, el oscuro traje de Felipe II, y en el
otoño de sus días se propuso, mientras refunfuñaba, aprender español, como Catón el
censor había aprendido griego.
El maestro que le daba las lecciones, Antonio Perez, jugó un rol importante en la
revolución literaria que introducía en Francia el gusto elegante pero rebuscado de
España. Decía la verdad sin creerla, en una de sus cartas al rey: “Ciertamente, su
majestad eligió un gentil bárbaro como maestro, bárbaro en sus pensamientos ,
bárbaro en su lengua, bárbaro en todo.” Este bárbaro era bastante gentil, bastante
gracioso. Antiguo secretario de Felipe II, confidente, rival, cómplice y víctima de este
príncipe26 había cosechado en la corte del Escurial toda la flor del culturismo.27
Recibido con complacencia por Enrique IV y por Elizabeth, como una difamación viva
de su enemigo, redactó curiosas memorias y escribió cartas no menos curiosas con
diferentes títulos. Bajo la influencia literaria, que solo nos compete aquí, estas cartas
sirvieron de antecedentes y de modelo para los escritores de cartas ilustres de este
periodo. La celebridad de la cual gozaron al comienzo del siglo explica el afán que nos
llevó a imitarlas. Unieron a Balzac y Voiture a Góngora y a Marino.
“Grave, sencilla o galante, toda la correspondencia de Perez, lleva la huella de sus
costumbres; el hombre de mundo prevalece sobre el hombre de estado, pero el
hombre de mundo, todavía es el cortesano, es el cortesano que tiene cientos de
maestros para alabar en lugar de uno y que se multiplica para contentarlos a todos...”
Halaga, adula, alaba con un énfasis descarado.
Ante él, ¿A quién se le habría ocurrido traducir en hipérbolas místicas el formulario de
la civilidad? ¿Quién habría pensado en hablar del muy humilde servidor de una
divinidad o en saludar un ángel con pasión?... Pompa oriental, gravedad castellana,
afectación italiana, no oculta nada esta naturaleza de preferido, siempre meditada en
su abandono, insinuante en su irreflexión, servil en su familiaridad.28
Perez inauguró, por así decirlo, l’hôtel de Rambouillet.
Es al marqués de Pisani, padre de Catalina de Vivonne, la incomparable Arthénice,
remitió en Francia sus primeras misivas. Ahí aparecería el estilo, todas las veces que un
tema serio no obligaba al escritor a ser menos frívolo.
“Si su excelencia, le escribía un día, ha observado el cuidado que tuve con mis dientes,
que no crea por favor, que los conservo por algo diferente al miedo que tengo de la
lengua: pues creo que la naturaleza la rodeó de dientes con el fin de que tuviera un

26
Ver A. Perez y felipe II, por Migner, 2da edición, 1846.
27
Se llamaba así el mal gusto puesto de moda en España por el poeta Góngora y por el jesuita Gracián,
el legislador del estilo culto.
28
Paibusque, obra citada, t. II, pág. 22.
temor que la forzaba a contenerse y a no precipitarse tan irracionalmente. Sería mejor,
de hecho, que ella hubiera sido mordida, incluso cortada, que haber hablado mal a
propósito. Tal vez su Excelencia, hombre de estado y general tan eminente , ella
preferirá pensar que esta disposición tiene el propósito de demostrarnos que las
palabras debe tener efectos y la ejecución seguir los consejos, como la ejecución
siempre debe ir acompañada del consejo, sino se le quiere dejar todo a la suerte.»
Llevado a Inglaterra por las vicisitudes de su fortuna, Perez allí se fortaleció en el mal
gusto. Encontró la corte asolada por la epidemia del eufemismo, estilo lleno de
afectación puesta de moda por el célebre John Lilly. Era una jerga especial hablada por
todas las personas de buen tono, una clase de francmasonería de los bellos
pensamientos y del buen lenguaje. El abuso más increíble de la metáfora y de la
comparación, las aproximaciones más forzadas, las más ridículas hipérbolas, formaban
el tejido de esta nueva lengua.29 Perez, en la corte de Elizabeth, se encontró en su
esfera; además adornó la manera de discrepar, que no dejó de relatar triunfalmente
en Francia. Fue entonces cuando escribió al lord Essex:
“Mi lord, y mil veces mi lord, ¿no sabe usted en qué consiste el eclipse de luna y el de
sol? El primero resulta de la interposición de la tierra entre el sol y la luna; el segundo,
de la interposición de la luna entre el sol y la tierra. Si entre la luna, es decir mi fortuna
variable y siempre en riesgo, y usted que es mi único sol, viene a interponerse la
ausencia (pues entre amigos separados la ausencia es la interposición de la tierra); o si,
entre la tierra, es decir mi pobre cuerpo y su noble favor, se interpone o más bien se
opone mi fortuna, ¿mi alma no estará en la tristeza, no estará en las tinieblas?”.
De un hombre de Estado se ocupado en negociaciones serias, y cuya vida era
amenazada cada día por la venganza de un monarca irritado, que envolvía su
pensamiento con estos pueriles ornamentos, resultaría lo que haría pronto, siguiendo
su ejemplo, ¡escritores cuyo solo interés sería tratar en sus cartas el cuidado de hacer
brillar su espíritu y exagerar el de los otros!”.
Góngora y Lilly solo habían enviado a Francia uno de sus discípulos; Marino, quien vino
en persona. Concini lo llamó a la corte de María de Médici, el poeta que representaba
entonces la gloria literaria de Italia. El autor de Adonis atravesó los Alpes precedido de
una gran reputación. ¿Qué bárbaro habría osado en dudar de un mérito que traíamos
desde tan lejos y que se pagaba tan caro? Pues el ilustre Napolitano sabía prever la
gloria. Le recordaba a la reina los ejemplos de Augusto, de Nerón, de Domiciano, de
Honorio que colmaban de sus favores los Horacio, los Lucano, los Estacio, los Claudio.
Solo en esta erudición del cavalier Marin se mostraba fuertemente clásica. Por lo
demás, nada más alambicado que sus concetti y más coquetamente disfrazado que sus
pinturas. El viejo Malherbe casi moría de rabia. Marino sonreía desdeñosamente al ver
a este poeta tan seco. Así el mal gusto soplaba en Francia desde todos los puntos del
horizonte. España, Inglaterra e Italia atacaban por todas partes el viejo sentido común
francés. ¿Qué podía hacer contra tres enemigos?

29
Walter Scott, en la novela del Monasterio, introdujo, en la persona del sir Shafton, un tipo de
eufemismo muy agradable. -Esta denominación se tomó prestada al título de una de las obras de Lilly:
Euphues and his England.
L'hôtel de Rambouillet

El foco donde se concentraban estas radiaciones extranjeras, ya lo hemos nombrado,


fue l'hôtel de Rambouillet. Esta reunión célebre no creó, como ya lo hemos repetido, el
mal gusto: lo padeció. A cambio de esto, depuró la lengua, dio a las costumbres y a los
sentimientos más delicadeza, sirvió de público para los escritores, esperando que se
formara un público verdadero, tomó bajo protección el espíritu literario hasta que
pudo avanzar solo y parecía, como dice la Bruyère, “a estos niños recios y fuertes que
se alimentaron de buena leche y que le pegaban a su nodriza”.
Después de las grandes guerras civiles del siglo XVI, se sintió en los rangos superiores
de la sociedad la necesidad de verse, reunirse, comenzar al fin esta vida común del
espíritu que caracteriza la nación francesa. Hasta ahí se había disputado, predicado,
arengado: ahora se conversa. El primer grupo donde un diálogo intenso, alegre,
espiritual, respondió a esta nueva necesidad, fue el hotel del marqués de Pisani, Jean
de Vivonne, uno de los amigos por correspondencia de Antonio Perez. Construido
cerca del Louvre30, esta casa parecía otra corte no menos brillante que la de María de
Médici. Era el palacio del ingenio al lado del del poder. Tres mujeres reinaban allí
sucesivamente; pues solo a las mujeres les podría incumbir la educación de un siglo de
conveniencia y de buen gusto: Julia Savelli, mujer del marqués, noble y señora
simpática, italiana de origen, vino, como otra Armida, a obligar a los compañeros
orgullosos del Bearnés a presentar su rudo lenguaje con sus botas espoleadas. Su hija,
Catalina de Vivonne, marquesa de Rambouillet, tenía la vivacidad de sociedad toscana,
sin tener la licencia para ello. La rigidez de sus principios la habían alejado de la corte
poco austera de Enrique IV. Pero a ella le encantaban los homenajes y bajo el nombre
romanesco de Arténice (anagrama de Catalina), favorecía la introducción de esta
galantería inocente que los poetas de Italia habían puesto de moda. Es a ella que
Marino reservaba sus más tiernos cumplidos, sus madrigales más floridos. Es a ella a
quien adoraba místicamente el viejo Malherbe, cuando por hacer, muriendo, alguna
concesión a la moda, cantaba con voz quebrada:

Soy de Rhodante
quiero morir suyo.

Julia d'Angennes, hija de Catalina, en su momento tomó el cetro, por derecho de


nacimiento, por derecho de espíritu y de belleza; su reino, que se extendió desde la
muerte de Malherbe (1629) hasta la de Voiture (1648), fue la época más brillante de
l'hôtel de Rambouillet. Los Condé, los Conti, los Rochefoucauld, los Bussy, los
Grammont, formaron su séquito. El noble y honesto Montausier, el original del
Misántropo de Molière, más afortunado que Alcestis, su copia, se dejó humanizar por
esta dulce y adorable Célimène.

Cierto es que reflexionó


Durante mucho tiempo,

30
En el lugar que atraviesa la rue Saint-Thomas du Louvre. - La rue Saint-Thomas desapareció mientras
escribíamos esto.
como dice Marot; solo fue después de catorce años de fidelidad y de suspiros que
obligó a Julie d'Angennes

a cambiar de su nombre la encantadora dulzura.

En tanto, Mlle de Rambouillet recibía, como una divinidad, el incienso de toda mano:
todo lo relacionado con la escritura, con hacer versos, le aportaba religiosamente su
tributo. El primero de enero de 1641, Julia encontró en su tocador, al despertar, dice
Huet, obispo de Avranches, el regalo más atractivo, más ingenioso, más hermoso, más
novedoso que el amor nunca haya inventado. Eran dos cuadernos de pergamino,
absolutamente iguales, cada hoja contenía las más bellas flores, pintadas en miniatura
por Robert y acompañada de un madrigal compuesto por los mejores poetas.
Montausier, el autor de esta galantería que llamó la guirnalda de Julia, fue quien dio el
ejemplo. Chapelain, Godeau, Colletet, Scudéry lo siguieron. Diecinueve poetas
prestaron sus voces a veintinueve flores. El mismo gran Corneille se hizo cargo del lirio
blanco, del jacinto, de la granada. Es curioso ver como hizo hablar el lirio blanco, aquel
que hizo hablar a Cinna y Polyeucto.

Un divino oráculo de antaño


dijo que mi pompa y mi gloria
sobre la más grande de los soberanos
podría llevarse la victoria:
Pero si obtengo, según mis deseos,
poder engalanar sus cabellos,
Debo, oh Julia adorable,
Toda gloria abandonar,
Pues no hay honor comparable
que a usted coronar.

Nada era comparable en esta época más saludable, en suma, que la influencia
soberana e indiscutible de las mujeres. Al siglo XVI solo le había faltado hacer una cosa
con nuestra literatura: hacer la belleza de las formas, la perfección y la elegancia del
lenguaje. Las preciosas, nombre respetado entonces que se le daba a las señoras de
esta sociedad de élite, recuperaron sin pensar en ello la obra de la Pléyade, pero con
todo el tacto, toda la justicia de sentimiento que les era natural. Se propusieron
ennoblecer la lengua. Pero en lugar de dirigirse torpemente a las lenguas muertas,
consiguieron todas sus imágenes de objetos conocidos u ordinarios. Esto era conciliar a
Ronsard con Malherbe. Era hacer aún más: hacer circular y revelar a todos lo que
habían sido hasta entonces el secreto de algunos escritores. Desde entonces la
sociedad conoció el encanto de la conversación, los letrados pudieron contar con un
público. Ellos mismos se convirtieron en hombres de mundo; fueron admitidos, por
primera vez, como iguales, en las reuniones de los más ilustres; en este nuevo trato,
ellos daban y recibían. También se preparaba lentamente la afortunada fusión de ideas
y formas, de la ciencia con la vida, que se debía cumplir tan maravillosamente bajo el
reinado de Luis el Grande.
En cualquier caso, l'hôtel de Rambouillet era una sociedad exclusiva, una especie de
cenáculo cerrado para los profanos. El cuidado para ennoblecerse, que formaba todo el
código literario, no dejaba de tener peligros. El más grande era el de sustituir el
imperio de la moda por el del sentido común. Grupo o individuo, nadie se aísla
impunemente. El espíritu literario puede nacer en invernadero caliente, pero no puede
crecer allí, pues nada le es más fatal que esta fe en sí mismo que ninguna corriente de
afuera llegara a estremecer. Se celebra entre sí a puerta cerrada. Se admira por
educación, se hacen elogios. Se forma un pequeño número de opiniones acordadas
que no tienen ni la ingenuidad de las inspiraciones personales ni la verdad de las
convicciones generales. Lejos de evitar este escollo, las preciosas crearon un juego de
esto. “se ha visto, no hace mucho tiempo, dijo la Bruyère, un grupo de personas de dos
sexos unidas por la conversación y por un trato de ingenio. Ellos dejaban a los
personajes vulgares el arte de hablar de una manera inteligible. Algo dicho entre ellos
sin claridad acarreaba algo aún más confuso, sobre lo que se pujaba por verdaderos
enigmas siempre seguidos de extendidas ovaciones. Por todo eso que ellos llamaban
delicadeza, sentimiento y sutileza de expresión, llegaron finalmente a no oírse y a no
entenderse entre ellos mismos. No era necesario para servir a estas conversaciones, ni
sentido común, ni la memoria, ni la menor capacidad; era necesario el ingenio, no el
mejor, sino uno que es falso y donde la imaginación tiene la mayor parte”.31
Era mucho peor cuando, en el ejemplo de la reunión de Rambouillet, se formaron
otros ruelles imitadores, donde se tiene especial cuidado, por supuesto, en exagerar
los defectos del modelo. La provincia tuvo sus preciosas. Chapelle describió, en su
viaje, una asamblea de las preciosas de Montpellier, que reconoció por tales por sus
pequeñas dulzuras, su hablar pastoso y sus discursos extraordinarios. El autor futuro de
las Preciosas ridículas estaba entonces cerca de allí, en Pézenas, en observación.
Incluso en París, al lado de los ruelles de Rambouillet y de Sévigné, estaban los de
Brégy, de Chevreuse, de Cornuel, de Scudéry.
Las costumbres de estas reuniones hoy en día nos parecían extrañas. “Las mujeres
fingían entre ellas una exageración novelesca de sentimientos. Solo se llamaban entre
ellas ma chére, y esta palabra había terminado por identificarlas generalmente.
Una chère, una preciosa debía ir a la cama a la hora que su sociedad habitual la
visitaba. Cada uno venía e iba a su recámara, cuyo ruelle* era adornado con esmero.
Hacía falta probar que se conocía, como lo dijo Madelon, el fin de las cosas, el gran fin,
el fin del fin, para ser presentado allí por uno de los hombres que daban el tono. Los
abades de Bellebat y de Buisson tenían, según el Diccionario de las preciosas de
Somaise, el título de grandes iniciadores de los ruelles. Era en sus casas, sobre todo en
casa del primero, que los jóvenes iban a instruirse de las cualidades indispensables de
los hombres que querían frecuentar los grupos de las chères.
Pero, además de estos profesos del arte de las preciosas y estos jóvenes iniciados, se
encontraba incluso en casa de cada mujer un individuo que, revestido del singular
título de alcôviste*, era su sirviente caballero que le ayudaba a hacer los honores de su
casa y a dirigir la conversación. Graves disertaciones sobre preguntas frívolas, penosas
búsquedas para encontrar la palabra de una enigma, metafísica sobre el amor, sutileza
de los sentimientos y todo lo discutido con una investigación exagerada de trucos y un

31
Cap. V, De la sociedad y la conversación.
*N. del T. En este caso ruelle denomina el espacio entre una cama y la pared de un dormitorio donde
usualmente se realizaban reuniones de las précieuses, los círculos intelectuales y literarios.
refinamiento pueril de expresiones, tales eran los temas de los cuales se ocupaban
este areópago hermafrodita”.32
Las preciosas degeneradas, las preciosas ridículas, inicialmente atacadas por
Desmarets en la comedia de los Visionarios (1637), sucumbieron definitivamente bajo
los golpes de Molière (1659).
En efecto, la fe literaria, nutrida en un comienzo en la sombra de la pequeña iglesia,
había salido de allí para vivir y aparecer el gran día. El pensamiento de Richelieu se
realizó más adecuadamente aún en la segunda mitad del siglo XVII, a su vez fundaba a
la Academia francesa (1635), es decir hacía de las letras una institución pública y
nacional.33 El gusto, la ciencia, el genio, encontraron su centro en la corte de Luis XIV y
brillaron en toda Francia como la aureola de su gloria.

Las novelas heroicas

Nos podemos hacer una idea del espíritu y del tono que reinaba en las conversaciones
elegantes de esta época, ojeando las voluminosas novelas de Gomberville, de La
Calprenède o de Mlle de Scudéry.34 Bajo nombres turcos, griegos o romanos, está la
galantería, la búsqueda, el ridículo sentimentalismo de la sociedad contemporánea.
Anacreón, quien acompaña a las dos señoras en Préneste, crea el encanto de la
reunión por su conversación y sus hermosos versos; el galante Bruto intercambia los
billetes dulces con la coqueta Lucrecia. Ella le escribió:

Que sería dulce sería amar, ¡si siempre se amara!


¡Oh desgracia! Él no es de amores eternos.

Él le respondió con las mismas rimas:

Permítame amar, maravilla de nuestros días:


verá que se pueden ver amores eternos.

Horatius Goclès, enamorado de la altiva virago dada como rehén a Porsenna, cantando
en un eco que encontró:

Y el mismo Phénisse publica


que no hay nada más bello que Clélie.

* N. del T. Persona que visitaba las ruelles.


32
J. Taschereau, Vida de Molière.
33
Hemos expuesto con algunos detalles la historia de la creación de la Academia francesa y de los
servicios que aportó a la lengua, en el capítulo IX de la segunda parte de nuestro cuadro del siglo XVII,
pág. 673.
34
Gomberville compuso Polexandro (5 vol. de alrededor de 1200 páginas cada uno), la joven Alcidiana,
Caritee y Cytherce. La Calprenède es el autor de Cleopatra (12 vol.in 8º), de Cassandre y de los siete
primeros volúmenes de Pharamond.
Mlle de Scudéry escribió y publicó bajo el nombre de su hermano, Ibrahim o el ilustre Bassa, Artamène o
le Grand Cyrus, Clelia, historia romana (10 volúmenes in-8º de alrededor de 800 páginas) y finalmente
Almahide.
Los héroes más reconocidos, a punto de dar una batalla decisiva, se dispusieron a
escuchar la historia de Timarète o de Bèrèlise, cuya aventura más seria es una nota
perdida o un brazalete extraviado. Uno de ellos, al perfeccionar el talento de la
galantería, traza, ingeniero zalamero, el mapa del país de Tierno. Se ve el río de
Inclinación, que tiene sobre la orilla derecha los pueblos de Hermosos versos y
epístolas galantes, a la izquierda, los de Complacencia, pequeños cuidados y
asiduidades; más lejos están las aldeas de Ligereza y de Olvido, con el lago de
Indiferencia. Una ruta conduce al distrito del Abandono y de Perfidia; pero siguiendo el
curso natural del río, llegamos a la ciudad Tierna sobre la Estima y la de Tierna sobre la
Inclinación.35
Cuando se ha constatado el ridículo de esta fría galantería, no se puede ignorar en
estas novelas cierto análisis refinado, a menudo un toque delicado e ingenioso.
Considerados como el cuadro de la sociedad educada del siglo XVII, como los testigos
de sus sentimientos y de su lenguaje, nos presentan un lado lleno de interés y de
instrucción. El error de los autores fue haber ido a buscar imágenes iguales sobre los
temas y nombres antiguos. Ubicados en estos cuadros modernos, rodeados de
incidentes más reales, finalmente ajustados en los límites más estrictos, estos relatos
habrían merecido más respeto y cuidado por muchos lectores.
La novela heroica, entre las cuales está la de Gomberville, La Calprenède y Scudéry nos
han ofrecido las últimas pruebas, era francesa de origen y española de educación. La
primera de las ficciones de este género el Amadís de Gaula, lleva en su título mismo el
sello de su origen. “Amadís es galo y no español, dice d’Herberay des Essarts; incluso
encontré algunos restos en un libro viejo escrito a mano en lenguaje picardo, del cual
considero que los españoles hicieron su traducción”. Este viejo libro picardo era sin
duda una de nuestras antiguas novelas del siglo XIII, cuyo lenguaje, en efecto, se
conservó en parte en el idioma de la Picardía. Bernando Tasso, el autor del poema la
Amadigi, es favorable a la opinión que aquí exponemos.
Sin embargo al Amadís francés tuvo la misma fortuna que recientemente
experimentaron algunos géneros de nuestra época heroica; confundido aquí en la
multitud, se fue a reinar a otra parte. El primer escritor extranjero que lo acogió fue
probablemente el portugués Vasco de Lobeira, que murió en 1403. Los españoles
pronto se apoderaron de esta; se apresuraron para rodearla de todo el resplandor de
las ficciones orientales y de la atmósfera voluptuosa y apasionada del sur de Francia.
Es con estas seducciones nuevas que Amadís vuelvoa Francia en el siglo XVI y revivió la
moda ya anticuada de la caballería. Francisco 1º había hecho de esta lectura el encanto
de su cautiverio; su imaginación ardiente y noble lo apasionó fácilmente de estas
poéticas pinturas. Amadís volvió a ser francés bajo la pluma de Herberay des Essarts y
llevó con él a los antiguos héroes dormidos desde hacía mucho tiempo en nuestros
cantares de gesta, como en un palacio encantado: pero los llevó mejor engalanados y
más ablandados. Se acordaron más bien de las permisividades en los tiempos de la
caballería que de sus proezas. Las mujeres, idolatradas sin dejar de ser débiles, solo
tuvieron más gracia ante los ojos de los cortesanos franceses y entraron de lleno a la
corte elegante y poco severa de Francisco 1º y de Margarita de Valois.
Amadís fue el inicio de una dinastía numerosa y si su trono terminó por desaparecer,
no fue por falta de descendientes. Tras él vino Esplandián, Lisuarte, Amadís de Grecia y

35
Este mapa se encuentra en la Clélia.
otros caballeros errantes que infestaron a España de su heroísmo y alimentaron la
hoguera de la alegría del buen párroco de Cervantes. El jefe de la familia había
encontrado gracia ante sus ojos, como “el primer y mejor de su especie”. Pero la
indulgencia de esta inquisición del sentido común, que fue arrojado despiadadamente
en la corte, no se extendió hasta el hijo. Amadís de Grecia y toda su prosperidad
excitaron la santa cólera del digno sacerdote. “¡A la corte!¡a la corte! exclamaba, pues
en lugar de no quemar a la reina Pintiquinestra y el pastor Darinel con sus églogas y el
diabólico amontonamiento de los discursos del autor, preferiría más bien tirar al fuego
al padre que me engendró, si yo lo encontrara en el atavío de un caballero errante”.
La hoguera de Cervantes no acalla toda la raza caballeresca. La novela heroica,
desafortunada fénix, salió sana y salva por el aburrimiento del siglo XVII. Los
Polexandros, las Cleopatras, los Cassandres, los Ibrahim, las Clelias, todos estos
fastidiosos enredos en diez volúmenes se sucedieron en Francia en la dominación de
los Amadís y la hicieron lamentar.
CAPÍTULO XXIX

Balzac, Voiture y autores secundarios

En la primera mitad del siglo XVII, la literatura fue más que nunca la expresión de la
sociedad; comenzó con la carta, que es una conversación escrita, y se coronó con la tragedia
francesa, que es una conversación heroica.

Dos hombres sobresalen en la primera fila entre las mentes brillantes que ilustraron los
salones literarios, Balzac y Voiture1; ambos deben a sus cartas la mayor parte de su fama,
ambos usan y abusan del don cautivador y peligroso de la mente. Balzac es más serio, más
noble; Voiture, más fácil, más ingenioso; el primero, más autor; el segundo, más hombre del
mundo; el uno recuerda más la gravedad enfática de los españoles; el otro, la elegancia
artificial de los italianos. La frase de Balzac tiene un aspecto lento y acartonado, su mente es
pesada: sonríe, pero con esfuerzo; bromea, pero sin alegría. Todas sus buenas palabras se
emplean con premeditación2. En él, cada pensamiento es un rasgo, pero un rasgo debilitado
por la redondez del período. Cada una de sus frases tiene por lo menos dos miembros, avanza
con una dignidad castellana por completo, proporciona al lector su pequeña reflexión más o
menos ingeniosa, después cede el lugar a otra que presenta exactamente el mismo aspecto, el
mismo cariz. Sus periodos, que se producen de forma sistemática y no por inspiración,
parecen todos puestos en el mismo molde: se siente en cada uno de ellos el trabajo de una
composición suelta e independiente; se suceden como sonetos cadenciosos, armoniosos y
coronados por un pensamiento brillante. Este estilo tiene algo de la monotonía solemne de
las olas que llegan regularmente a golpear la playa, que aportan como tributo, la una conchas
brillantes, la otra un alga estéril. Se siente a un hombre que escribe por escribir; no es el
pensamiento el que impulsa la pluma, es la pluma la que va al encuentro del pensamiento, y
que se abstiene de este cuando no lo encuentra. Nada de propósito general ni de unión, ni de
plan; su estilo solo se alimenta de lo que encuentra en su ruta: él vive en el viaje el viaje. No
va detrás de un objetivo, se pasea; para él, el camino es lo esencial: poco le importa llegar.
Mientras pasa, recoge los contrastes, las antítesis, las compar