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PREFACIO
La historia ha sido –y seguirá siendo– necesaria para la humanidad. Resulta difícil
concebir a los hombres del mañana desconectados de su pasado, desentendidos de los
aciertos y desaciertos de quienes hoy compartimos una misma contemporaneidad a escala
regional, nacional y mundial. De manera inevitable, quienes nos sucedan en el tiempo
tendrán que mirar hacia atrás para conectarse con un pasado que les asomará el reto de
construir en el presente una sociedad más humana en comparación con la que habrán
heredado.
Por ser una necesidad del hombre, la historia merece ser estudiada con interés por
todos, de manera especial por quienes han decidido dedicar parte de sus vidas a la
elaboración del conocimiento histórico, así como a su enseñanza y difusión.
En este sentido, el presente manual ha sido elaborado con el propósito de orientar la
fase inicial del proceso de formación de los estudiantes de historia en el nivel
universitario, incluyendo a quienes se preparan en el ámbito de la docencia.
Simultáneamente, se busca ofrecer –a los lectores en general– una síntesis de los
principales aspectos teóricos que a lo largo del tiempo han brotado de la reflexión
filosófica e historiográfica en torno a esta disciplina.
En correspondencia con lo antes expuesto, los cuatro capítulos que conforman este
manual recogen de manera clara y precisa –sin el uso y abuso de términos y frases
complejas– una serie de explicaciones acerca de diversos aspectos relacionados
directamente con la historia, entre ellos: conceptos básicos para el análisis de los procesos
históricos, el trabajo de investigación y la labor del historiador, el debate historiográfico
en torno a la naturaleza de la historia y algunas consideraciones sobre la pertinencia
social del conocimiento histórico.
Las reflexiones aquí expuestas se fundamentan –en buena parte– en obras de autores
que han dejado huella en la historia de la historiografía. Esto explica que en el primer
capítulo, donde se tratan una serie de conceptos y categorías, se incluyan lecturas
complementarias, a fin de colocar al lector en contacto directo con los escritos de quienes
pueden ser considerados una referencia obligatoria.
La consulta de esta obra no exime al lector, en particular a quienes se caracterizan
por ser críticos y deseosos de una mayor comprensión, de recurrir a las fuentes
primigenias de la reflexión teórica en torno a la historia. Dichas fuentes, aunque en cierta
medida están presentes en las páginas que conforman este manual, requieren ser
analizadas e interpretadas con detenimiento si se quiere alcanzar una visión integral de
los cimientos teóricos y metodológicos de la historia, los cuales son el resultado de una
vasta experiencia surgida al calor del mundo antiguo y enriquecida durante los últimos
siglos.

1
2
I
CONCEPTOS Y CATEGORÍAS
¿Qué es la historia?
Tiempo histórico
Hecho histórico
Coyuntura
Estructura
Historicidad
Espacio
Historiografía

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4
¿Qué es la historia?

La palabra historia –del verbo griego historein– significa: indagar, inquirir,


investigar. Hoy, sin embargo, el término posee dos interpretaciones: en primer lugar,
historia es el acontecer humano, la realidad, lo que el hombre ha hecho, sus obras y
realizaciones en el tiempo; pero también es indagación en torno a tales hechos, con lo
cual se busca construir conocimientos que permitan comprender los cambios que
presentan las sociedades a lo largo del tiempo. En palabras de Jaspers (1968):
“historia es a la vez acontecer y conciencia de este acontecer, es historia y saber de la
historia” (p. 301).
Lucien Febvre (1974: 227) pensaba que “toda definición es una cárcel”, pues resulta
difícil condensar en pocas frases lo que algo significa. Aun así es un ejercicio válido en la
medida en que permita captar lo esencial de un concepto. Esto es lo que han intentado
hacer muchos historiadores y filósofos al tratar de responder a la pregunta sobre qué es la
historia, de modo tal que entre los siglos XIX y XX surgieron múltiples respuestas, como
las que a continuación se presentan:

Siglo XIX

Jules Michelet: “El estudio del hombre individual será la filosofía y el estudio del
hombre social será la historia”.
Ernest Bernheim: “La historia es la ciencia que investiga y expone los hechos de la
evolución humana, determinados en el tiempo y en el espacio, en sus acciones (lo mismo
singulares que típicas y colectivas) como seres sociales y en sus relaciones de causalidad
psicofísicas”.
Oswald Spengler: “La historia es la expresión, el signo de la vida del alma que ha
llegado a tomar sus formas; llegar a contemplar sensiblemente este proceso sintético es el
cometido de la historia, mientras que la comprensión analítica de los datos solamente
puede ser tenida en cuenta después”.
Johan Huizinga: “Historia es la forma espiritual en que una cultura rinde cuentas de
su pasado”.
C. Seignobos: “La historia es la ciencia de las cosas que no suceden más que una
vez”.
Seeley: “La historia es la política pasada, y la política actual es la historia futura”.
Miguel de Unamuno: “La historia no es el pasado sólo, no es la tradición, no es
tampoco el porvenir, el progreso. La historia es el presente eterno. Y es el crecimiento
íntimo de dentro afuera, el enriquecimiento del contenido espiritual. En la historia vive el
pasado con el porvenir y engendrándolo en un presente eterno. Porque la historia es el
espíritu y el espíritu es la creación”.
Henry Focillon: “La historia no es unilineal y puramente sucesiva, puede ser más
bien considerada como una sobreposición de presentes diversamente extensos”.
Rainer María Rilke: “La historia es el pasado, de pie sobre los siglos y más próxima
del porvenir que del presente”.
Gonzalo Picón Febres: “La historia es la repetición escrita de la vida, con todos sus

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contrastes, con sus actos virtuosos y sus caídas infamantes, con sus resplandores y sus
manchas”.
G.W.F. Hegel: “La historia es el progreso en la conciencia de la libertad”.
F. Nietzsche: “La historia considerada como ciencia pura soberana, sería para la
humanidad una especie de balance y conclusión de la vida (...) Tenemos necesidad de la
historia para vivir y obrar, y no para desviarnos negligentemente de la vida y de la acción
(...) queremos servir a la historia en tanto ella sirva a la vida”.
J. G. Droysen: “Historia es lo que la humanidad sabe de sí misma, su certidumbre de
sí misma”.
B.G. Niebuhr: “La ciencia histórica (...) va más allá del interés erudito por detalles
notables del pasado, en favor de una más amplia reconstrucción de aspectos de la realidad
pretérita sobre la base de pruebas convincentes para establecer conexiones significativas
entre acontecimientos y estructuras”.
F. Guizot: “(...) Las relaciones de los acontecimientos, el lazo que los unifica, sus
causas y sus resultados, son hechos, es historia, exactamente igual que los relatos de
batallas y los sucesos visibles”.
Maurice Crouzet: “La historia no es elección, sino reconstitución de todos los
aspectos de la vida”.
Paul Valery: “La historia es el producto más peligroso que la química del intelecto
haya elaborado. Sus propiedades son muy conocidas. Hace soñar, embriaga a los pueblos,
engendra en ellos falsos recuerdos, exagera sus reflejos, mantiene sus viejas llagas, los
atormenta en su reposo, los conduce al delirio de grandeza o al de persecución, y vuelve a
las naciones amargas, soberbias, insoportables y vanas. La historia justifica lo que se
desee”.
Thomas Carlyle: “La historia de lo que el hombre ha realizado en la tierra es en el
fondo la historia de los grandes hombres que han trabajado en este mundo. Esos grandes
hombres han sido los conductores de los pueblos, sus forjadores, sus modelos y, en un
sentido amplio, los creadores de todo lo que la masa humana, considerada en su conjunto,
ha llegado a alcanzar”.
Fustel de Coulanges: “La historia consiste, como toda ciencia, en atestiguar hechos,
en analizarlos, en reunirlos, en señalar su lugar (...) El historiador persigue y alcanza los
hechos por la observación minuciosa de los textos, como el químico encuentra los suyos
en experimentos minuciosamente hechos”.
L. V. Ranke: “La historia es narrar las cosas tal como sucedieron”.

Siglo XX

R.C. Collingwood: “La historia es una ciencia, pero una ciencia de un carácter
especial. Es una ciencia que estudia hechos no accesibles a nuestra observación, y estudia
estos hechos por deducción, arguyendo hasta ellos a partir de algo que sí es accesible a
nuestra observación, y que el historiador llama ‘evidencia’ para los hechos que le
interesan”.
Raymond Aron: “La historia es la ciencia del pasado humano”.
W.H. Walsh: “La historia es, en cierto sentido, un estudio del pasado. ¿De qué
pasado? La respuesta es: el pasado de los seres humanos. La historia empieza a
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interesarse por el pasado cuando por primera vez aparecen en él seres humanos. Su
principal incumbencia son las experiencias y las acciones humanas”.
Leon Halkin: “La historia es la disciplina que estudia el pasado de los hombres y
presenta un cuadro de sus acciones de alcance social. Representa para la humanidad lo
que la memoria para la persona; responde a la universal necesidad de conocer los propios
orígenes, de comprender su evolución, de asegurar la identidad profunda de los seres por
encima de su diversidad y a través de su evolución; ella es el nexo de toda personalidad”.
H.I. Marrou: “La historia es el conocimiento del pasado”.
H. Stynthese: “Historia es el estudio de los hechos humanos del pasado”.
Wilhelm Bauer: “La historia es la ciencia que trata de describir, explicar y
comprender los fenómenos de la vida en cuanto se trata de los cambios que lleva consigo
la situación de los hombres en los distintos conjuntos sociales, seleccionando aquellos
fenómenos desde el punto de vista de sus efectos sobre las épocas sucesivas o de la
consideración de propiedades típicas; y dirigiendo su atención principal sobre los
cambios que no se repiten en el espacio y en el tiempo”.
Ángel Lombardi: “La historia es una disciplina dinámica con enfoques diversos y
con tendencia integradora. Su objeto es el hombre – como fenómeno cultural, tomado en
su totalidad y situado en tiempo y espacio – : se pretende comprenderlo y explicarlo”.
Emilio Ravignani: “Historia es la rama del saber que revive, estudia y representa el
progreso de la cultura humana en forma especializada”.
Eugenio Petit: “La historia estudia la elaboración progresiva de la cultura por la
especie”.
E.H. Carr: “Historia, un proceso continuo de interacción entre el historiador y sus
hechos, un diálogo sin fin entre el presente y el pasado”.
Fernand Braudel: “La historia es una dialéctica de la duración; por ella, gracias a
ella, es el estudio de lo social, de todo lo social, y por tanto del pasado; y también, por
tanto, del presente, ambos inseparables”.
Luis Villorrio: “La historia puede verse en dos formas: como un intento de explicar
el presente a partir de sus antecedentes pasados, o como una empresa de comprender el
pasado desde el presente”.
Marc Bloch: “La historia es la ciencia de los hombres en el tiempo”.
G. Lombardo Radice: “Historia es aquella reconstrucción del pasado en la que
subsiste la conciencia viva de la continuidad del pasado en el presente”.
Manuel Tuñón de Lara: “La historia es mucho más que un simple pasatiempo o una
evasión; la historia significa nada menos que conocer los cimientos de nuestra vida
actual, saber de dónde venimos, quiénes somos y aumentar las posibilidades de saber a
dónde vamos”.
Lucien Febvre: “Defino gustosamente la historia como una necesidad de la
humanidad: la necesidad que experimenta cada grupo humano, en cada momento de su
evolución, de buscar y dar valor en el pasado a los hechos, los acontecimientos, las
tendencias que preparan el tiempo presente, que permiten comprenderlo y que ayuden a
vivirlo”.
Mario Briceño Iragorri: “La historia viene a darnos la respuesta de nuestra propia
existencia y nos explica el ritmo de nuestra vida presente. Sin conocer los hechos
pasados, no podemos valorar nuestro propio momento. Por ello, más que disciplina
científica y literaria, la historia es una disciplina moral”.

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Álvaro Márquez Fernández: “La historia debe ser definida como el lugar de
aparición y de trascendencia de todos, unos y otros. En ella somos y estamos. Y esta es la
principal intención que alienta a los seres humanos como individuos, pueblos, naciones,
siempre esperanzados porque sus historias le sean reconocidas”.
Germán Carrera Damas: “La historia es la experiencia acumulada de la humanidad”.
Lesley Byrd Simpson: “Historia es un resumen de la experiencia humana y su
función es enseñar”.
Benedetto Croce: “La historia es el pensamiento vivo del pasado”.
R. Turner: “La historia bien entendida es la memoria social, merced a la cual se hace
inteligible la vida presente”.
Arnaldo Córdova: “La historia es, ante todo, memoria del pasado en el presente. Es
una recreación colectiva, incluso cuando se le convierte en ciencia, es decir, en
explicación, en respuesta a los porqué del presente y en afirmación demostrable o sujeta a
comprobación”.
Karl Jaspers: “Para nosotros historia es el recuerdo, no sólo para conocerlo, sino
para vivir de él. La historia es el fundamento ya asentado al cual quedamos vinculados
cuando no queremos disolvernos en nada, sino que aspiramos a participar en el ser del
hombre”.
F.V. Konstantinov: “La historia es la ciencia que estudia el proceso real de
desarrollo de la sociedad en su conjunto, y también de países concretos, naciones o
aspectos de la vida social, en toda su concreción y diversidad”.
Agnes Heller: “La historia es la sustancia de la sociedad. La sociedad no dispone de
sustancia alguna que no sea el hombre, pues los hombres son los portadores de la
objetividad social, y a ellos exclusivamente compete la construcción de cada estructura
social y su transmisión (…) la historia es, entre otras cosas, historia del despliegue de la
esencia humana, sin que se identifique con ese proceso. La sustancia no contiene sólo lo
esencial, sino también la continuidad de toda la heterogénea estructura social, la
continuidad de los valores. Consiguientemente, la sustancia de la sociedad no puede ser
sino la historia misma”.
Gibson: “Lo que llamamos historia, sin añadirle ningún adjetivo explicatorio, no es
más que el aspecto histórico de una especie determinada de investigación: la
investigación social”.
José Ortega y Gasset: “La historia es un sistema, el sistema de las experiencias
humanas que forman una cadena inexorable y única”.
Hans-Ulrich Wheler: “La historia de la sociedad es entendida como la historia de
fenómenos sociales, políticos, económicos, socioculturales e intelectuales. El tema
central es la investigación y exposición de los procesos y de las estructuras del cambio
social. Visto así, la historia de la sociedad es, a lo largo de períodos prolongados, la
historia de las estructuras sociales”.
Daval-Guilleamin: “La historia es la ciencia de los hombres en sociedad en la
perspectiva del pasado”.
Ottokar Lorenz: “Historia (…) ciencia experimental que expone y desenvuelve en su
sucesión temporal las acciones de los hombres según todas sus causas externas e internas,
con la mirada dirigida conscientemente a nuestros estados políticos y sociales”.
Jean Bourdeau: “La historia es la ciencia de los desarrollos de la razón”.
Juan Garzón Bates: “Historia es la realidad de los acontecimientos, es la serie de los

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hechos históricos; de estos hechos se ocupa, para determinarlos de una manera más o
menos pobre o más o menos científica, la historiografía o ciencia de la historia”.
Adolfo Gilly: “La historia, como la crónica, no es justificación, condena, juicio de
valor. Es ante todo narración e interpretación, combinados pero no confundidos. Significa
reconstruir intelectualmente el curso de los hechos y explicar por qué fueron así y no de
otro modo”.
P. Ricoeaur: “La historia es un relato de acontecimientos, todo lo demás deriva de
aquí. Por ser de entrada un relato, no hace revivir”.
M. Oakeshott: “La historia es la experiencia del historiador. Nadie la hace como no
sea el historiador: el único modo de hacer historia es escribirla”.
Whalter Schultze-Soelde: “Historia es la idea libremente producida por la
unificación (síntesis), en la desordenada soledad del ser racional, tal como se precipita en
una ola perceptible en el tiempo y en el espacio”.
Augusto Mijares: “La historia es la manifestación más viva y directa del carácter de
un pueblo, una vasta experiencia política y un conjunto de problemas sociológicos”.
Conferencia Internacional de la Historia, Ginebra, 1920: “Historia es el
conocimiento integral y sintético de la vida de la humanidad a través de las edades”.

Tiempo histórico

Se trata de una categoría central en el conocimiento histórico que nos sitúa en el


ámbito temporal donde transcurre la convivencia social de los hombres. En su desarrollo,
el tiempo histórico refleja los cambios que las sociedades van experimentando y,
simultáneamente, la continuidad de algunas condiciones en éstas. Marc Bloch (1997), al
respecto, sostiene que el tiempo es por naturaleza continuidad y cambio permanente. El
hombre, entonces, transforma constantemente su entorno social y natural, pero también
mantiene en el tiempo algunas realidades objetivas (instituciones políticas, modelos
económicos, prácticas cotidianas) que, aunque no son permanentes, poseen una
prolongación temporal considerable.
Lo temporal comprende tres dimensiones: pasado, presente y futuro, las cuales, a
pesar de sus diferencias, convergen y se sintetizan en el presente. Según Ortega y Gasset
(1983), el presente es “la presencia del pasado y del porvenir, el lugar donde pretérito y
futuro efectivamente existen” (pp. 33-34). Los hombres, en este sentido, construyen su
presente a partir de lo recibido de las generaciones pretéritas; sin embargo, también es
cierto que lo “fortuito, lo imprevisto, lo nuevo, lo dinámico y lo revolucionario”
(Barraclough, 1973: 12) pueden entrar en juego para interrumpir la continuidad histórica.
Para hacer inteligible el desarrollo del tiempo histórico, los historiadores emplean
cronologías que permiten “la inserción de los hechos históricos en la medida del tiempo”
(Tuñón de Lara, 1981: 26). Con ellas se identifican etapas o períodos que poseen afinidad
interna; tal es el caso de la historia de las sociedades occidentales que tradicionalmente se
ha dividido en las siguientes etapas: Antigüedad, Edad Media, Edad Moderna y Edad
Contemporánea. También se identifica una etapa anterior a la Edad Antigua, a la que se
conoce como prehistoria, denominación que ha sido cuestionada porque esta se refiere a
un período anterior a la historia, lo que deja a los hombres de las comunidades primitivas
despojados de su carácter histórico. Cada uno de los períodos identificados se caracteriza

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por condiciones específicas, las cuales se mantienen en el tiempo hasta agotarse y dar
paso a una nueva etapa.
Ahora bien, la periodización histórica es una tarea compleja, pues el cambio y la
continuidad se cruzan en el tiempo, por lo que resulta difícil identificar con exactitud
cuándo culmina una etapa y cuándo se inicia otra. A pesar de esto, los historiadores han
empleado diversos criterios metodológicos para poder visualizar en el tiempo cómo las
sociedades van transformándose progresivamente.
La sucesión de etapas, en el caso de las sociedades occidentales, indica que en éstas
el tiempo histórico es un tiempo lineal, es decir, una progresión de acontecimientos que
conducen a una meta. Esta percepción comenzó a introducirse con el cristianismo. San
Agustín y los principales Padres de la Iglesia sostuvieron a inicios de la era cristiana que
la humanidad transita por el mundo en espera de la consumación del plan de salvación, el
cual culminaría con la parusía o segunda venida de Cristo.
En contraposición a la explicación lineal del tiempo existe una visión cíclica, donde
el suceder histórico es entendido como una cadena de repeticiones (Suárez, 1976),
caracterizada por la aparición periódica y dialéctica de equilibrios y desequilibrios en
todos los ámbitos de la vida social.
Por otra parte, el tiempo histórico, de acuerdo con su prolongación o permanencia,
puede ser clasificado en: a) tiempo de corta duración (propio de los hechos o
acontecimientos); b) tiempo de mediana duración o coyuntural (característico de las
transiciones históricas); c) tiempo de larga duración o estructural.

Lectura complementaria

En una conferencia impartida en la Universidad de Varsovia, el 23 de


abril de 1967, Fernand Braudel (2004: 29-40) presentó algunas de sus
reflexiones acerca de la relación del historiador con el tiempo histórico. En
esa oportunidad afirmó lo siguiente:

“(...) Para el historiador es evidente que el objeto de la investigación


histórica no se reduce a los hechos que han ocurrido sólo en el pasado, y
que la historia no está encarcelada dentro del mundo de las cosas
muertas. En consecuencia, el historiador puede formular juicios –de una
manera totalmente legítima y justificada– también sobre el presente. Sin
embargo, nuestros colegas de las disciplinas afines no están plenamente
convencidos de esto. Hace diez años participé en una apasionada
discusión: junto con otros tres o cuatro historiadores me tocó hacer frente a
varias decenas de jóvenes sociólogos. Los historiadores, en mi opinión, llevábamos
la ventaja en esa discusión, lo que hizo que los ataques de los sociólogos
adquiriesen, por momentos, un carácter violento. En cierto momento de la discusión,
uno de esos sociólogos se levantó y nos dijo: “Ustedes, los historiadores, trabajan
sobre temas y campos muertos”. ¡Qué inmensa equivocación! Porque, sin
ninguna dificultad, podríamos demostrar que las personas y los sucesos
del pasado permanecen todavía vivos, y que están al alcance de nuestras
manos. Están vivos por el simple hecho de que, para nosotros, no han

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cruzado aún hacia el otro lado de la puerta. Así, cuando estoy frente al
campo de batalla de Lowa, esa batalla para mí va apenas a tener lugar, va
a comenzar de nuevo, porque dicha batalla no deja de vivir ni deja de
acontecer hasta que yo no deje de pensar en ella (...).
Sí, la historia está del lado de la vida, y ella misma es la vida. Y
dentro del mundo, en donde la muerte es algo absurdo, ¿acaso no es
entonces algo excelente esta fuerza vital que es la historia? Porque
nosotros los historiadores no sentimos con tanta precisión como sucede
dentro de las otras ciencias del hombre, a esa línea negra que divide el
pasado del presente. De modo que en las investigaciones sobre la
sociedad contemporánea, viva, tenemos por lo tanto el pleno derecho a la
voz. Y aun cuando no nos fuese otorgado, aún así nos lo otorgaríamos
nosotros mismos.
(...) Sin embargo, en la búsqueda de esta historia viva que nos rodea,
no es posible limitarse, como es obvio, a las experiencias personales, por
más interesantes y divertidas que puedan ser. Pero lo que sí es muy
pertinente es ese proceso de buscar, sobre todo, estas profundas huellas
del pasado, que penetran hasta el presente y en torno de las cuales dicho
presente se construye y se teje. Por lo tanto, lo que a mí me interesa
sobre todo son aquellos ámbitos de la actualidad que todavía no han
cambiado, o también los que apenas se han modificado. Así que cuando
observo alguna de esas permanencias, le llamo la atención sobre su
existencia, de inmediato, a los otros especialistas del presente, y en
especial a los economistas, ya que la mayoría de las ciencias están,
desafortunadamente, demasiado convencidas de que el mundo nació
apenas ayer.
Aunque debe ser muy claro que no quiero negar para nada el hecho de
que en los procesos de desarrollo se presentan también saltos y pausas.
Alrededor de 1950 el mundo rural francés comenzó a cambiar, y muy
pronto la Francia campesina será irreconocible, totalmente diferente a la
de la víspera, con la gran granja de tipo americano como su unidad básica
y con una población rural con una mentalidad completamente diferente
(...). Así que es claro que la historia no es solamente permanencias y
continuidades, sino también grandes cambios y mutaciones (...)”.

Hecho histórico

Los hechos en la historia son “acontecimientos de duración instantánea o


casi instantánea” (Mitre Fernández, 1974: 18) que el historiador registra,
luego de estar convencido de que éstos han incidido en el proceso histórico
de una determinada sociedad. Esto quiere decir que no todo acontecimiento
puede ser considerado un hecho histórico; el carácter histórico de un suceso
va a depender de su trascendencia e impacto en la convivencia social, así
como de la importancia que el historiador crea que éste posea.
Según Schaff (1983), los hechos representan la materia prima con la que

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trabaja el historiador. Éste, de una manera selectiva, determinará cuáles
hechos han repercutido en la vida pública de los hombres y cuáles no pasan
de ser simples anécdotas. Sobre la labor del historiador a la hora de
seleccionar e interpretar los hechos, Lucien Febvre (1974) señaló que:

“No hay ninguna Providencia que proporcione al historiador hechos brutos,


hechos dotados por lo extraordinario de una existencia real perfectamente definida,
simple, irreductible. Es el historiador quien da a luz los hechos históricos, incluso
los más humildes. Sabemos que los hechos (...) son abstracciones entre las que
tenemos que elegir necesariamente (...)” (p.44).

En relación con lo expuesto por Febvre, Carl Becker (citado por Schaff, 1983)
afirmó que “los hechos, por sí mismos, no dicen nada ni imponen significación alguna. El
historiador es quien habla y le da una significación” (p. 272).
Lo anterior quiere decir, entonces, que la reconstrucción y explicación del pasado se
logra a partir del análisis de los hechos por parte del historiador. A él le corresponde el
reto de descubrir la interrelación e interdependencia que puedan presentar, así como las
conexiones causales que los unen, las cuales, según Eduardo Meyer (citado por Suárez,
1976: 160-162) permiten identificar aquellos hechos que son causa de otros. De alcanzar
esta meta, el historiador podría aportar una síntesis sobre el porqué y sobre las
consecuencias de tales hechos en determinado espacio social.
Los hechos históricos –al igual que todo hecho en general– pueden ser ubicados en
los ámbitos espaciales y temporales. No hay hechos fuera del tiempo y del espacio. Son
hechos históricos –para citar algunos ejemplos– la toma de La Bastilla en Francia, el 14
de julio de 1789; y la firma del acta de independencia de Venezuela, el 5 de julio de
1811.

Lectura complementaria

En relación con los hechos históricos, Carr (1978: 14-16) escribió lo siguiente:

“(...) ¿Qué es un hecho histórico? Es esta una cuestión crucial en la que hemos
de fijarnos algo más atentamente. Según el punto de vista del sentido común, existen
hechos básicos que son los mismos para todos los historiadores y que constituyen,
por así decirlo, la espina dorsal de la historia: el hecho, pongamos por caso, de que
la batalla de Hastings se librara en 1066. Mas esta opinión sugiere dos
observaciones. La primera, que no son los datos como éste los que interesan
fundamentalmente al historiador. Sin duda es importante saber que la gran batalla
tuvo lugar en 1066 y no en 1065 ó 1067, o que se librara en Hastings, en vez de en
Eastbourne o Brighton. El historiador tiene que saber estas cosas con exactitud (...)
Ello es condición necesaria de su obra, pero no su función esencial (...) La segunda
observación que hemos de hacer es que la necesidad de fijar estos datos básicos no
se apoya en ninguna cualidad de los hechos mismos, sino en una decisión que
formula el historiador a priori (...) Solía decirse que los hechos hablan por sí solos.
Es falso por supuesto. Los hechos sólo hablan cuando el historiador apela a ellos: él
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es quien decide a qué hechos se da paso, y en qué orden y contexto hacerlo. Si no
me equivoco, era un personaje de Pirandello quien decía que un hecho es como un
saco: no se tiene de pie más que si metemos algo dentro. La única razón por la que
nos interesa saber que la batalla se libró en Hastings en 1066 estriba en que los
historiadores lo consideran hecho histórico de primordial importancia. Es el
historiador quien ha decidido, por razones suyas, que el paso de aquel riachuelo, el
Rubicón, por César, es un hecho que pertenece a la historia, en tanto que el paso de
Rubicón por millones de otras personas antes y después, no interesa a nadie en
absoluto (...)”.

Coyuntura

El historiador Fernand Braudel (citado por Mitre Fernández, 1974: 17) sostuvo que
la coyuntura es la “historia de media duración”, con lo cual estaba refiriéndose a las
situaciones de orden social que se presentan en un período no muy prolongado y que
traen consigo cambios significativos.
En ese sentido, lo coyuntural puede entenderse como una etapa de
transición entre dos estructuras históricas: el agotamiento de una va
permitiendo paulatinamente el surgimiento de otra, hasta que finalmente ésta
se impone sobre aquella. Cabe destacar que lo transitorio es un rasgo fundamental
de la historia (Jaspers, 1968: 316), en contraposición a lo permanente y dura-
dero.
El paso entre una estructura y otra es conflictivo, lo cual es característico de los
procesos coyunturales. Según Tuñón de Lara (1981: 15), la coyuntura supone la
expresión abierta y manifiesta de una conflictividad que puede llevar al cambio
estructural.
Las coyunturas históricas pueden abarcar varios años e incluso décadas,
todo depende de lo que tarde en surgir la síntesis dialéctica que se desprende
de la conflictividad que éstas arrastran. En el caso del proceso histórico de
Venezuela, es posible identificar en él una coyuntura que cubrió las tres
primeras décadas del siglo XX: en dicho período, el país pasó de ser agro-
exportador para convertirse en una sociedad minero-exportadora y, por
consiguiente, una sociedad muy diferente a la del siglo XIX.

Lectura complementaria

Cardoso y Pérez (1981: 213-214) analizan en los siguientes términos algunas


connotaciones del término coyuntura, resaltando su relación con los procesos
económicos:

“(...) Por coyuntura entendemos antes que nada movimiento: alzas y bajas en la
producción, fluctuaciones en el volumen de los intercambios, oscilaciones de los

13
precios... Así pues, los cambios, el movimiento de los componentes esenciales de la
vida económica son aludidos por la noción de coyuntura. En otro sentido, esta
palabra se usa también para designar a la rama de la economía que se dedica al
estudio y previsión de las fluctuaciones llamadas, justamente, coyunturales, o
cíclicas. Volviendo al primer sentido del vocablo, digamos rápidamente que no se
limita a la esfera económica. Hay también una coyuntura social –dada por las
variaciones en las relaciones de fuerza de los diferentes grupos y clases sociales–,
una coyuntura política, etc. Sin embargo, hasta el presente ha sido la coyuntura
económica la más estudiada (...)” .

Estructura

La estructura histórica es el conjunto de interrelaciones que en el plano económico,


político y cultural presentan los grupos sociales durante un período prolongado, en el cual
las transformaciones de orden social no son profundas sino que más bien se presentan de
una manera poco acentuada.
Fernand Braudel atribuía a la estructura social un largo período donde los cambios
ocurren de manera muy lenta; de hecho, el ritmo del decurso histórico en las estructuras
no es acelerado como sucede en el caso de las coyunturas. Al respecto, Tuñón de Lara
(1981: 14) señala que el conjunto estructural “tiene como notas dominantes la totalidad
en la diversidad, y la estabilidad dentro de un movimiento constante y lento”.
En relación con el concepto de estructura, J. A. Maravall (citado por Mitre
Fernández, 1974) aportó la siguiente definición:

“(...) figura en que se nos muestra un conjunto de hechos dotados de una interna
articulación en la cual se sistematiza y cobra sentido la compleja red de relaciones
que entre tales hechos se da. Es, por tanto, un sistema de relaciones dentro del cual
cada hecho adquiere su sentido en función de todos los otros con los que se halla en
conexión” (p. 16).

El sistema de relaciones entre hechos –al que hace referencia Maravall– junto con la
permanencia y lenta transformación de éstos en el tiempo, constituyen dos aspectos
centrales que definen al concepto de estructura histórica.
En la historia de la humanidad hay múltiples estructuras históricas, entre ellas: la
esclavitud durante la Edad Antigua y el feudalismo en el medioevo.

Lectura complementaria

Fernand Braudel (1970: 70-71) escribió lo siguiente acerca del concepto de


estructura:

“(...) Los observadores de lo social entienden por estructura una


organización, una coherencia, unas relaciones suficientemente fijas entre
realidades y masas sociales. Para nosotros los historiadores, una

14
estructura es indudablemente un ensamblaje, una arquitectura; pero, más
aún, una realidad que el tiempo tarda enormemente en desgastar y en
transportar. Ciertas estructuras están dotadas de tan larga vida que se
convierten en elementos estables de una infinidad de generaciones:
obstruyen la historia, la entorpecen y, por tanto, determinan su
transcurrir. Otras, por el contrario, se desintegran más rápidamente. Pero
todas ellas constituyen, al mismo tiempo, sostenes y obstáculos. En tanto
que obstáculos, se presentan como límites (envolventes, en el sentido
matemático) de los que el hombre y sus experiencias no pueden
emanciparse. Piénsese en la dificultad de romper ciertos marcos
geográficos, ciertas realidades biológicas, ciertos límites de
productividad, y hasta determinadas coacciones espirituales: también los
encuadramientos mentales representan prisiones de larga duración (...)”.

Historicidad

La historicidad es la presencia del tiempo en la vida del hombre. La humanidad está


integrada por seres temporales, en cuyas vidas convergen su pasado y su presente. El
tiempo es sucesión de cambios, de ahí que en forma permanente experimentamos
transformaciones –leves o intensas– en nuestra realidad individual y social. Para Cruz
Cruz (2002), historicidad es la “condición general del hombre que hace su vida espiritual
y material inmerso en lo temporal y condicionado por las circunstancias” (p. 171).
La condición histórica del hombre (su historicidad) hace que éste se encuentre atado
al tiempo, en especial a su época. En ella se refleja el legado de sus antecesores: cultura,
ideología, sistemas económicos y políticos, y otras condiciones sociales que, forjadas en
el pasado, se proyectan hasta el presente. Mediante esta interrelación entre pasado y
presente, se estructura la continuidad histórica por medio de la cual “el hombre no es
nunca un primer hombre; comienza desde luego a existir sobre cierta altitud de pretérito
amontonado” (Ortega y Gasset, 1983: 32). Por otra parte, además de la continuidad, otro
aspecto central de la historicidad es el cambio: no hay nada permanente en el tiempo. Al
respecto, Teilhard de Chardin (citado por Arconada, 1993: 63) indicó que la historicidad
es la lucha dialéctica entre el pasado, que tiende a dar carácter fijo a nuestras vidas, y el
futuro, que nos pone en busca de lo nuevo.
La historicidad del hombre exige que sea entendido como un ser conectado con su
tiempo. Cada ser humano va recibiendo de la época en la que le correspondió vivir, las
creencias y valores que en ella se hicieron presentes. Tal como lo sostiene Ortega y
Gasset (1996), las ideas de una época se reflejan en el pensamiento y comportamiento de
quienes la viven; de hecho, “el hombre, desde que nace, va absorbiendo las convicciones
de su tiempo, es decir, va encontrándose en el mundo vigente” (p. 82). Por esta razón
resulta importante estudiar a los hombres del pasado en relación con el mundo o la época
que les correspondió vivir, pues de esta manera es posible encontrar respuestas al porqué
de determinados acontecimientos que pueden resultar polémicos, como por ejemplo las
Cruzadas en la Edad Media o las limitaciones de la democracia en la Grecia antigua,
entre otros. Es evidente que las ideas, creencias y convicciones de los hombres de cada
época tienen mucho que ver con el desarrollo de los acontecimientos que en ella ocurren.

15
Lectura complementaria

Jaspers (1968:300-301) analiza en los siguientes términos algunas ideas relacionadas


con la historicidad:

“(...) En la conciencia histórica se actualiza lo que es insustituible, peculiar,


individual, que no está fundado en un valor general suficiente en su vigencia para
nosotros, una entidad que tiene una forma perecedera en el tiempo.
Lo histórico es lo que se frustra y, sin embargo, lo eterno en el tiempo. Es la
patentización de ese ser, que es ser historia y, por tanto, no perduración a lo largo de
todo el tiempo. Pues, a diferencia del mero acontecer, en el cual lo mismo la materia
que las formas y leyes generales no hacen más que repetirse, es historia el acontecer,
que, a través del tiempo, en la abolición del tiempo, comprende en sí lo eterno.
¿Por qué hay, en general, historia? Por el hecho de que el hombre es finito,
inconcluso e inconcluible, debe en su transformación a través del tiempo percatarse
de lo eterno, y solo por ese camino puede hacerlo. El carácter inconcluso del hombre
y su historicidad son una misma cosa. La limitación del hombre excluye ciertas
posibilidades: no puede haber ningún estado ideal sobre la Tierra. No hay una
organización justa del mundo. No hay un hombre cabal y completo. No son posibles
estados finales permanentes más que si se retrocede al mero acontecer natural. Por la
permanente inconclusión de la historia, todo debe cambiar, ser constantemente de
otra manera. La historia no puede cerrarse desde fuera de sí misma. Solo puede
llegar a un final por fallo interior o por catástrofe cósmica”.

Espacio

El espacio es el escenario físico-geográfico en el cual se desarrollan los hechos


históricos. Muchos de éstos no pueden ser entendidos sin analizar la incidencia del
espacio sobre las acciones de los hombres. Detrás de la fundación de una
ciudad, de una guerra o de un gran proyecto económico puede encontrarse
una determinada condición geográfica que impulsa su aparición en la historia.
Es por ello que el historiador requiere, además de situar espacialmente los
hechos de interés, recurrir al auxilio de la geografía para interpretar la
relación del hombre con su espacio e identificar la conexión que pueda existir
entre dicha relación y las causas de los cambios históricos. Napoleón, por ejemplo,
sufrió su peor derrota militar en el año 1815, hecho que los historiadores atribuyen a
las condiciones físico-naturales de Waterloo (lugar en el que se libró la contienda
armada entre las tropas napoleónicas y la alianza inglesa-prusiana), las cuales echaron
por tierra la estrategia de combate del emperador francés.
En la construcción del conocimiento histórico no es suficiente con que el
historiador ofrezca la ubicación temporal de los hechos; también es necesario
que éstos sean localizados en el ámbito espacial. En efecto, el relato de los
historiadores se caracteriza por presentar una explicación de los hechos

16
históricos a partir de la identificación de coordenadas temporales y
espaciales. Al respecto, Salmon (1972) afirma que “ningún hecho histórico es
utilizable si no puede situarse de una manera precisa en el tiempo y en el
espacio: la cronología y la geografía desempeñan un papel principal al
agrupar los hechos” (p. 132).
El espacio geográfico es, en definitiva, una de las principales variables que los
historiadores toman en cuenta a la hora de analizar los procesos históricos de las
sociedades; esto es así no sólo por su incidencia en el curso de los
acontecimientos, sino también porque en éste se conservan las huellas que el
hombre va dejando a lo largo del tiempo, con lo cual es posible obtener diversas
fuentes históricas (específicamente obras de infraestructura) que dan testimonio de las
generaciones del pasado.

Lectura complementaria

Desde el punto de vista geográfico, el espacio puede ser caracterizado de la siguiente


manera (Dollfus, 1976: 7-8):

“En su sentido más amplio, el ámbito del espacio geográfico es la epidermis de


la Tierra (J. Tricart), es decir, la superficie terrestre y la biosfera. En una acepción
sólo en apariencia más restrictiva, es el espacio habitable, la oikuméne de los
antiguos, allí donde las condiciones naturales permiten la organización de la vida en
sociedad (...).
El espacio geográfico es localizable, concreto, diríamos trivial, usando una
expresión del economista F. Perroux. Aunque cada punto del espacio puede ser
localizado, lo que importa es su situación con relación a un conjunto en el cual se
inscribe y las relaciones que mantiene con los diversos medios de los que forma
parte (...).
El espacio geográfico es cambiante y diferenciado, y su apariencia visible es el
paisaje. Es un espacio recortado y dividido, pero en función de las luces que le
aportamos (...).
El espacio geográfico se presenta, pues, como el soporte de unos sistemas de
relaciones, determinándose unas a partir de los elementos del medio físico
(arquitectura de los volúmenes rocosos, clima, vegetación), y las otras procedentes
de las sociedades humanas que ordenan el espacio en función de la densidad del
poblamiento, de la organización social y económica, del nivel de las técnicas, en
una palabra, de todo el tupido tejido histórico que constituye una civilización”.

Historiografía

Historiografía es el cúmulo de experiencias que existe en torno a la construcción del


conocimiento histórico. Sandoval Rodríguez (1999) la define como “el estudio de la
historia escrita sobre la historia, esto es en sentido restringido, el estudio del concepto que
de la historia tuvieron los cultores de la historia, los historiadores” (p. 75).

17
Nace con la cultura griega clásica, al menos así se ha creído en vista de que no se
conocen evidencias que indiquen la presencia de algún tipo de reflexión historiográfica
en otras culturas, contemporáneas o anteriores a la griega. De hecho, en ésta se comenzó
a entender la historia como indagación de acontecimientos.
Uno de los precursores de esta noción fue Heródoto de Halicarnaso, quien le asignó
respuestas racionales a las causas de los acontecimientos, lo que significó un primer paso
en el proceso de superación de la hasta entonces hegemónica explicación mitológica,
según la cual todo hecho era una manifestación de la voluntad de los dioses. A juicio de
Collingwood (1952), “la conversión del relato mítico en ciencia histórica no responde a
algo ya inscrito en la mente griega; se trata de una invención del siglo V [antes de Cristo],
y fue Heródoto el hombre que la inventó” (p. 27). El llamado “padre de la historia” inició
la práctica del razonamiento lógico en la indagación y narración de los hechos, por lo que
en sus escritos pueden encontrarse deducciones como ésta:

“Qué lengua hablaban los pelasgos, no puedo decirlo exactamente. Si he de


hablar por conjetura de los pelasgos que todavía existen y habitan la ciudad de
Crestón, situada más allá de los tirrenos (...) de los pelasgos, que en el Helesponto
fundaron a Placia y a la Escilaca (...) si he de hablar por estas conjeturas, los
pelasgos hablaban una lengua bárbara. Si pues todos los pelasgos hacían así, el
pueblo ático, siendo pelasgo, a la vez que se incorporaba a los griegos, debió de
aprender su lengua. Lo cierto es que ni los de Crestón tienen lengua semejante a la
de ninguno de sus actuales vecinos, ni tampoco los de la Placia, pero entre sí hablan
una misma lengua, lo que demuestra que conservan el mismo tipo de lengua que
habían traído cuando pasaron a estas regiones” (Heródoto, 1972: 22).

La superación definitiva del mito en el relato de los hechos ocurre con Tucídides,
quien “centra sus investigaciones en el hombre y descarta cualquier explicación
irracional” de los acontecimientos (Salmon, 1972: 17). En su Guerra del Peloponeso los
dioses se ubican en un segundo plano y su preocupación se centra en explicar las causas
reales de la confrontación entre Esparta y Atenas. Este suceso transcurrió a la par con la
vida de Tucídides; esto da cuenta de su interés por ver la historia desde el presente y
ofrecerle a sus contemporáneos una explicación sobre la crisis de la sociedad helénica,
cuya mayor manifestación fue la guerra.
En Heródoto y Tucídides puede encontrarse un antecedente de la noción que siglos
después, durante la modernidad, va a construirse de la historia, concebida entonces como
conocimiento racional y total de los hechos. En efecto, la obra de esos dos representantes
de la cultura griega clásica se caracterizó por la búsqueda de respuestas racionales a las
causas de los hechos, con el propósito de construir una explicación que permitiera
entender en su totalidad el pasado y el presente de Grecia.

Lectura complementaria

Wilhelm Bauer (1957: 210-217) distingue cuatro modalidades historiográficas a


partir de la identificación de la meta propuesta por el historiador al investigar el suceder
histórico:

18
“1. La historiografía narrativa, que se satisface con comunicar lo real del suceder
histórico.
2. La llamada historiografía pragmática, que tiende a entender el curso del suceder
histórico, según causas y efectos, y a extraer, según las circunstancias, de la
fundamentación así obtenida, consecuencias para la vida, el Estado, los partidos,
escuela, etc.
3. La historiografía genética, que concibe todo fenómeno histórico como algo que
se ha producido paulatinamente, como el punto final de este devenir, y hace
recaer el peso principal de su interés sobre las distintas etapas por las que ha
pasado la situación de aquel fenómeno.
4. La historiografía sociológica, que solamente ve en el suceder histórico un curso
de fenómenos, en los cuales encuentra su expresión la ley histórica que opera
detrás de los mismos”.

19
20
II
LA HISTORIA COMO CIENCIA
El conocimiento científico
La historia, ¿ciencia de qué?
Fuentes históricas
Crítica y síntesis histórica
Ciencias y disciplinas auxiliares

21
22
El conocimiento científico

El hombre, desde su origen, ha estado indagando el porqué de los fenómenos y de


las cosas que lo rodean, preguntándose por las causas que provocan los hechos físicos,
naturales y humanos. Su condición de ser racional le ha permitido ir obteniendo un
conjunto de conocimientos sobre el mundo, buena parte de los cuales son científicos
porque reúnen algunas condiciones tales como:

• El conocimiento científico se corresponde a algo real, refleja elementos reales y no


el producto de la imaginación. Se trata de un conocimiento objetivo, pues puede
verificarse, comprobarse una y otra vez sin lugar a dudas. La objetividad exige del
sujeto que investiga la captación de formas de existencias reales (objetos) mediante
el razonamiento.
• El sujeto que conoce (sujeto cognoscente) debe detectar las relaciones entre
fenómenos y las causas que los explican. Significa trascender del mundo
fenoménico (de los fenómenos aislados, puros) a las relaciones entre causas y
efectos. El sujeto, por tanto, debe ser capaz de pasar del plano de las primeras
impresiones (las apariencias de los fenómenos) al plano de las relaciones causales, a
lo esencial (lo verdadero, lo que define).
• Para obtener el conocimiento científico es necesario aplicar ciertas operaciones: a)
análisis, que consiste en la observación de los fenómenos, la comparación y
contraste de los mismos para establecer las relaciones y singularidades de éstos; y b)
síntesis, operación que permite reagrupar los rasgos y relaciones observadas,
identificar los nexos de causalidad entre fenómenos y emitir conclusiones y
proposiciones, las cuales deben ser demostradas a la luz de la realidad.
• La obtención del conocimiento científico supone básicamente un proceso de
abstracción. Abstraer significa poner aparte, arrancar. Para conocer la realidad
social, el sujeto debe asumir una actitud reflexiva que le permita tomar los
fenómenos, con el propósito de profundizar en el estudio de las propiedades y
relaciones que los definen. Esto es un proceso mental, de reflexión: significa ordenar
características y relaciones, apartar los rasgos secundarios y fijar los rasgos
esenciales, principales, tarea que le permitirá lograr la comprensión del hecho o
fenómeno. Se trata de alcanzar una nueva visión de la realidad que permita ordenar
el caos o desorden que en ella existe. Este proceso de ordenamiento puede
sintetizarse de la siguiente forma: hay un paso de lo concreto real (el hecho, el
fenómeno sin explicación) a lo abstracto (la reflexión del sujeto separando,
ordenando, relacionando) con el propósito de alcanzar la totalidad concreta, es decir,
para comprender cada hecho a partir del conjunto de relaciones que lo definen. No
hay hechos aislados: la realidad es una totalidad de hechos en interacción.

La historia, ¿ciencia de qué?

De acuerdo con Marc Bloch (1997), la historia tiene como objeto de estudio las
acciones de los hombres en el tiempo. El historiador se propone investigar los cambios,

23
las modificaciones, los hechos que los hombres han venido realizando desde su aparición
como seres racionales. Todos los pueblos o colectivos humanos poseen un pasado que
intenta ser estudiado por el historiador con el propósito de conocer su convivencia a lo
largo del tiempo.
La historia es, pues, la ciencia que estudia el desarrollo y la evolución de la
convivencia humana a través del tiempo. Tiempo y cambio (dos nociones inseparables)
nos indican que lo real no es inmóvil, dado y acabado: es devenir, es movimiento. Los
elementos constitutivos, nucleares, de esta definición son, como se puede apreciar:

• Ciencia
• Hombre como ser social
• Tiempo

La reconstrucción del pasado no es tarea fácil, pues exige del historiador captar la
interrelación de los diversos hechos que incidieron en la aparición de los cambios
sociales. Quien elabora conocimiento histórico debe enfrentarse, en primer lugar, a una
multitud de hechos particulares que se le presentan aislados, los cuales debe ordenar para
identificar las conexiones o relaciones que entre ellos existen. El historiador descubre que
en las acciones de los sujetos de la historia (los pueblos, los hombres) influyen una serie
múltiple de condicionamientos: económicos, políticos, ideológicos, psicológicos,
geográficos. Esta multiplicidad y complejidad de relaciones causales dificultan la
comprensión del pasado.
Según el tipo de hechos que investigue, el historiador encontrará que, a su juicio,
algunas relaciones entre ellos son más importantes que otras; también podrá percatarse de
que existen hechos determinantes. Esto representa una selección subjetiva, lo cual
evidencia que la realidad no sorprende al historiador con la mente en blanco, entre otras
razones porque:

• En él privan intereses particulares, de clase y grupo. Según sus intereses políticos e


ideológicos el historiador apreciará cierta importancia y determinación de unos
hechos y relaciones sobre otros.
• El historiador de hoy ha heredado de sus predecesores una serie de resultados, de
afirmaciones científicas, de conocimientos y postulados sobre relaciones entre
hechos, sobre lo que es el hombre y el acontecer histórico. La mayoría, por no decir
todos los historiadores, se ven influenciados y se adscriben a una u otra forma de ver
el mundo y la realidad, utilizan sus proposiciones como elemento matriz, como
categorías para el análisis y la interpretación de lo que está investigando. Esto es
válido: cada historiador se conecta así con el quehacer historiográfico anterior.
Estamos en presencia de una afiliación a determinada explicación de la historia, la
cual depende de los intereses y simpatías que el historiador de hoy siente como
hombre.

De acuerdo con lo expuesto hasta el momento, no se puede hablar de una ciencia


histórica general y uniforme, con una explicación única para cada hecho o proceso
histórico, sino de varias historias, cada una con algunos elementos comunes: los hechos

24
son los mismos, pero las explicaciones sobre sus causas y efectos son distintas.

Fuentes históricas

Son fuentes históricas todas aquellas evidencias materiales donde es


posible encontrar información sobre las acciones realizadas por los hombres a
lo largo del tiempo. El historiador mira el pasado a través de dichas
evidencias; de esta manera recrea en su mente los hechos significativos que
acontecieron en épocas pretéritas.
Otro medio con el que cuenta el historiador para acercarse al pasado es el testimonio
de personas a quienes les correspondió vivir determinados acontecimientos no muy
distantes en el tiempo; este tipo de testimonio es de suma importancia en la
reconstrucción de procesos históricos recientes. Pero cuando se trata de historiar hechos
acaecidos en épocas remotas, la información debe tomarse de los rastros dejados por los
hombres que transitaron por ellas.
Hasta no hace mucho tiempo, los documentos fueron vistos como las
únicas evidencias válidas para obtener información sobre el pasado de la
humanidad. Esta manera de entender el trabajo de investigación histórica fue
introducida por los historiadores positivistas. Según Langlois y Seignobos
(1972), los documentos son la “fuente única del conocimiento científico” (p.
161). Esta posición radical sobre la importancia de los documentos, llevó a
los positivistas al extremo de imponer en la historiografía una cronología
dividida en antes y después de la invención de la escritura.
Hoy en día se aceptan como fuentes históricas, además de los documentos,
testimonios de diversa índole: arquitectónicos, artesanales, artísticos, tecnológicos y
cualquier elemento relacionado con el hombre, donde se pueda encontrar información
sobre él. En este sentido, Marc Bloch (1997) sostuvo que “la diversidad de los
testimonios históricos es casi infinita. Todo cuanto el hombre dice o escribe, todo cuanto
fabrica, cuanto toca puede y debe informarnos acerca de él” (p. 55). Por su parte, Lucien
Febvre (1974) consideró necesario incluir en el concepto de “texto” o “documento” toda
clase de testimonio del pasado:

“Hay que utilizar los textos, sin duda. Pero todos los textos. Y no
solamente los documentos de archivo a favor de los cuales se ha creado
un privilegio... También un poema, un cuadro, un drama son para
nosotros documentos, testimonios de una historia viva y humana,
saturados de pensamiento y de acción en potencia (...)” (pp. 29-30).

De igual manera, Collingwood (1952) escribió lo siguiente acerca de la naturaleza


de las fuentes o testimonios históricos:

“(...) Es testimonio histórico todo aquello que el historiador pueda utilizar como
testimonio histórico. Pero ¿qué es lo que puede utilizar así? Tiene que ser algo

25
perceptible para él, aquí y ahora: esta página escrita, esto que se dijo de viva voz,
este edificio, esta huella digital. Y de todas las cosas perceptibles para él no hay
ninguna que no pueda utilizar como prueba histórica en alguna cuestión, si la aborda
con la pregunta justa en la mente. El ensanchamiento del conocimiento histórico se
produce principalmente por el descubrimiento de cómo utilizar a manera de
testimonio histórico esta o aquella clase de hecho percibido, que hasta entonces los
historiadores han considerado como inservible.
Por consiguiente, la totalidad del mundo perceptible es
potencialmente y en principio testimonio histórico para el historiador
(...)” (pp.239-240).

En vista de que son múltiples los testimonios o fuentes históricas, éstas se han
clasificado en:

• Fuentes primarias: están conformadas por todo elemento elaborado simultáneamente


o en contacto directo con los hechos o procesos históricos, entre los cuales pueden
mencionarse: a) escritos de diversa índole (documentos, prensa, correspondencia,
memorias); b) elementos iconográficos (pinturas, esculturas, fotografías, cine,
mapas); c) testimonios orales provenientes de testigos o de los mismos actores
sociales involucrados en algún hecho histórico; d) vestigios arqueológicos
(instrumentos de trabajo, ruinas arquitectónicas, momias y objetos ceremoniales,
entre otros).
• Fuentes secundarias: son los estudios que han podido realizarse en torno a los
acontecimientos o hechos históricos. Se trata del conocimiento existente, del cual
parte el historiador para contextualizar su objeto de estudio.

Al historiador le corresponde la tarea de interrogar con acierto las fuentes (Bloch,


1997: 54). De esta manera podrá extraer de ellas la información que le permitirá ofrecer
una explicación al cómo y por qué de determinados procesos históricos.
Además de formularse preguntas, el historiador debe diferenciar la
naturaleza de los testimonios. Algunos de éstos son “documentos
conscientes”, en los cuales se encuentra la información aportada por personas
que, si bien participaron en determinado acontecimiento, probablemente
tengan algún interés en imponer una versión de lo sucedido, como ocurre por
ejemplo con los documentos oficiales; otros testimonios pueden ser
“documentos inconscientes”, donde la información no se encuentra
fuertemente afectada por la voluntad o intereses de los actores sociales,
situación que puede observarse en el caso de algunos restos arqueológicos
(Salmon, 1972: 40).
En consecuencia, el historiador debe acercarse a las fuentes con la sospecha y la
duda por delante, buscando desechar todo testimonio que no se corresponda con la
realidad. Para ello, resulta necesario que el trabajo hermenéutico se oriente de acuerdo
con los criterios metodológicos aportados por la crítica histórica.

26
Crítica y síntesis histórica

La crítica histórica representa el método empleado por los historiadores para


acercarse a las fuentes, especialmente aquellas conformadas por documentos. Su
aplicación permite analizar la información localizada en los testimonios, lo cual exige
previamente el examen de su procedencia y confiabilidad. Una vez que se haya cubierto
por completo esta etapa, el historiador procede a articular la síntesis histórica, lo que dará
paso a la reconstrucción del pasado de la sociedad que esté estudiando.
Las operaciones analíticas (Cardoso, 1985) conforman la esencia de la crítica
histórica. Éstas se encuentran presentes en los siguientes procedimientos:

• Crítica externa: permite reconocer la autenticidad total o parcial de los documentos,


además de facilitar la ubicación de éstos en términos temporales y espaciales. De
acuerdo con Langlois y Seignobos (1972: 85), la crítica externa o de erudición
comprende las siguientes operaciones: a) restauración de los textos, a fin de dar con
la versión original del testimonio, lo que puede exigir la depuración de errores de
trascripción y de diversa índole; b) crítica de procedencia para conocer la autoría,
fecha de elaboración y lugar de procedencia del documento; c) recopilación y
clasificación de los documentos comprobados, a fin de diferenciar los testimonios
directos (aquellos que han sido aportados por los actores involucrados en los hechos
históricos) de los indirectos o versiones secundarias.
• Crítica interna: por medio de ésta se corrobora la veracidad de la información
localizada en el documento. Hay dos procedimientos centrales en la crítica de
veracidad: a) el análisis hermenéutico, cuyo propósito es “la apreciación
del contenido exacto y del sentido de un texto, a partir de la
consideración de la lengua y de las convenciones sociales de la época en
que fue compuesto” (Cardoso, 1985: 145-146); esto exige que el
historiador comprenda previamente el “ethos” o conjunto de valores, creencias e
ideas de quienes conformaron la sociedad objeto de estudio; b) la crítica de la
credibilidad, en la que se examinan las intenciones del autor de la fuente.
Para ello, Langlois y Seignobos (1972) recomiendan que el historiador
debe “desconfiar a priori de toda afirmación de un autor, porque ignora si
es mentirosa o errónea” (p. 118).

La síntesis histórica es el resultado de la interpretación que el historiador hace de los


hechos, luego de delimitarlos en términos espaciales y temporales. La delimitación
también abarca la identificación del o los aspectos que se investigarán en relación con el
pasado de una determinada sociedad, como por ejemplo: relaciones económicas, aspectos
jurídicos e ideológicos, conflictos políticos. Sobre aquello que el historiador selecciona y
delimita del pasado, aplicará conceptos y categorías que son el producto de su visión
particular de la historia. Así, desde el punto de vista del materialismo histórico es posible
comprender el pasado a través de herramientas teóricas como: el modo de producción, la
alienación, la dialéctica marxista, entre otras.

27
Aunque el producto final de una investigación histórica sólo se centre en aclarar una
coyuntura específica, éste no debe estar desconectado de la tarea de aportar una visión
global del pasado de la sociedad que se estudie. En realidad, la historia tiene como
aspiración utópica lograr una síntesis del pasado donde converjan todas las condiciones
que se hicieron presentes en éste, para así presentarnos una interpretación de la
contemporaneidad.

Ciencias y disciplinas auxiliares

El objeto de estudio de la historia es complejo. De ahí que resulte difícil para un


historiador ofrecer una explicación acerca del funcionamiento de las sociedades del
pasado sin recurrir a las experiencias y aportes en general de las ciencias sociales.
Las investigaciones interdisciplinarias son muy importantes para alcanzar una visión
más completa del pasado, pues a través de conceptos, categorías y procedimientos
metodológicos propios de diversas disciplinas pueden superarse obstáculos que
resultarían infranqueables si el historiador no renuncia a salir del enclaustramiento
disciplinario. ¿Cómo obtener, por ejemplo, la información que pueda estar presente en
vestigios de culturas antiquísimas de la humanidad sin recurrir al auxilio de la
arqueología?; esta rama del conocimiento le ofrece a la historia los insumos necesarios
para descifrar lo que pueda estar detrás de una vasija o un instrumento de trabajo
elaborado por los hombres de la antigüedad. De igual manera, para poder conocer la
incidencia del espacio físico sobre los habitantes de una determinada ciudad o comarca
de épocas anteriores, se requiere de estudios orientados a través de los métodos de la
geografía.
La historia, entonces, se encuentra estrechamente unida con el resto de las ciencias
sociales: sociología, antropología, arqueología, economía, jurisprudencia, geografía, entre
otras. Todas ellas junto con la historia, “se apoyan mutuamente y facilitan el hallazgo y la
comprensión de sus datos y problemas” (Brom, 1996: 43). De igual manera, algunas
disciplinas que no poseen el rango de “ciencias plenamente constituidas” como la
diplomática, la cartografía histórica y la etnografía, contribuyen significativamente a la
hora de descifrar el pasado de la humanidad.

28
III
PRINCIPALES INTERPRETACIONES
DE LA HISTORIA
El providencialismo
El idealismo de Hegel
La concepción materialista de la historia
El historicismo
El positivismo
El presentismo
La propuesta de Annales

29
30
Para conocer las principales respuestas que a lo largo del tiempo se le ha
dado a la naturaleza y estructuración teórica de la historia, es importante
entender que dichas respuestas surgieron en el marco de una determinada
corriente filosófica o interpretación de la realidad. Al respecto, existen dos
grandes vertientes en el campo de la reflexión filosófica, a saber:

• El idealismo (de “idea”, hace referencia a forma pura o imagen), donde se parte de
la afirmación de que existe una fuerza ideal o elemento espiritual que arrastra e
impulsa la historia del hombre hacia unos fines concebidos de antemano, prefijados,
establecidos por dicha fuerza. El idealismo consiste en hacer de la realidad un espejo
de lo espiritual, que ostenta no sólo la primacía, sino el origen, la determinación y,
por lo tanto, la explicación de lo existente.
• El materialismo (del latín “materialis”, designa lo sustancial), en el cual se
“considera el ser, la naturaleza, la materia, como el dato primario, frente al pensar, al
espíritu, a la idea, como dato secundario” (Núñez Tenorio, 1977: 14). El
materialismo, de igual manera, “entiende que la conciencia es un producto de la
materia y la concibe como un reflejo del mundo exterior, con lo cual afirma que la
naturaleza es cognoscible” (Rosental-Iudin, 1965).

Con base en estas dos visiones del mundo han surgido las siguientes interpretaciones
de la historia:

El providencialismo

Para el providencialismo la historia es una relación entre Dios y el


hombre; las cuestiones humanas tienen su origen y fin en un ser trascendente,
de naturaleza espiritual: “Dios es primero, es organización, es espíritu (...) es
también la meta, el destino, es el Dios trascendente. Todo devenir del mundo
viene de Dios y conduce a Dios” (Marrero, 1969: 65). El judaísmo y el
cristianismo han aportado los fundamentos de esta visión de la historia.
Desde Amós de Tekoa (760 a.C.) hasta el padre Teilhard de Chardin en
nuestros días, el providencialismo ha sufrido algunas variaciones. El
pensador judío Amós de Tekoa elaboró una primera interpretación general de
la historia universal asentándola sobre una dinámica o movimiento espiritual:
las relaciones entre Dios y los hombres. El gran pecado es la idolatría, la cual
es castigada severamente por el creador tanto en el pueblo hebreo como en
otros pueblos. La historia obedece a un plan de Dios, que contempla la
creación y destrucción de los pueblos, manifestándose de esta manera el
poder divino y la promesa de salvación para los hombres (Suárez, 1976).
Según la concepción providencialista judía, Dios crea al hombre a su
imagen y semejanza, y lo asienta en el paraíso. Con la desobediencia y la experiencia del
pecado, el hombre rompe su relación de paz y felicidad con el creador y es arrojado al
mundo: allí comienza la historia del hombre. La humanidad llega a un estado de pecado
casi general y Dios la destruye por medio del diluvio, salvando solamente a Noé, pues de
31
su descendiente Abraham saldría el pueblo escogido (Israel, los judíos) al cual Dios se
manifiesta. Realizada la manifestación y establecido el pacto, el pueblo judío es
sucesivamente castigado por Dios a causa de su infidelidad: el destierro y los imperios
paganos que lo dominan son parte del plan divino, en el cual también se contempla la
llegada del Mesías. En síntesis, el núcleo de esta concepción providencialista es que una
voluntad omnisciente y exterior al mundo sensible de los hombres es la que mueve la
historia de acuerdo con un plan.
Sobre el providencialismo judío se levanta el providencialismo cristiano,
caracterizado, entre otros aspectos, por lo siguiente (Suárez, 1976):

• El tiempo se ordena en torno a un acontecimiento central: la venida de Jesucristo, el


Mesías. Hay una época anterior y posterior al nacimiento del Redentor; por eso
ubicamos los años antes (a.C.) y después de Cristo (d.C.).
• La vida, pasión, muerte y resurrección del Mesías no es solamente una verdad de fe,
es también un hecho histórico.
• La historia es la realización de un plan divino de salvación. El único medio para
entender este plan es la fe: hay verdades reveladas por Dios que no pueden ser
explicadas ni entendidas por el criterio normal (racional) del hombre; éstas deben ser
aceptadas por medio de la fe.
• La historia del hombre tiene un fin (metahistoria), el cual se manifestará con la
parusía o segunda venida de Cristo, momento cuando toda la creación –incluyendo
al hombre– será perfeccionada.
• El esquema de la historia universal es como sigue: a) creado para
gobernar la creación en nombre de Dios, el hombre falla al cometer el
pecado original y rompe su relación con el creador; b) de toda la
humanidad pecadora, Dios escoge a un pueblo (Israel) para manifestarse
y redimir al género humano; c) Cristo nace de este pueblo. Es el
momento en que Dios se revela físicamente en la persona de su Hijo
(presencia histórica que ocurre durante el reinado del emperador romano
Tiberio). El Dios hecho hombre muere para redención y salvación de la
humanidad. Después de resucitar, Cristo encomienda a sus discípulos la
construcción de la Iglesia, la cual recibe la misión de procurar la
conversión de la humanidad.
• La historia humana es un proceso lineal e irreversible que sigue los designios de
Dios; ese proceso está marcado por la lucha entre el pecado (el mal) y el amor (el
bien).
• En la historia humana el hombre está sujeto al plan divino de salvación; sin
embargo, Dios le concedió la posibilidad de elegir entre el bien y el mal.

La concepción providencialista de la historia toma otro rumbo con la


obra del padre jesuita Teilhard de Chardin (1881-1955). Este notable
religioso y científico –especialista en geología y paleontología– se propuso
hacer una síntesis entre la ciencia contemporánea y la fe cristiana: una unidad entre el
método científico del análisis y verificación de los fenómenos con la creencia en un
creador, origen y destino de lo creado. Para Chardin, los fenómenos –y el hombre en
especial– se han formado gradualmente en un proceso de cambio y de evolución física y

32
natural; en dicho proceso hay una intencionalidad, un sentido y un destino, el desarrollo
de un plan.
En este sentido, distingue dos planos en la obtención del conocimiento: el plano
fenomenológico del análisis científico de los fenómenos y sus relaciones, en el
cual, según Chardin, aún nos movemos en el exterior de las cosas. Si miramos
su interior, y apreciamos el movimiento de la materia en su totalidad y en su
continuidad, captamos en ella un proceso de mayor y creciente obtención y
desarrollo de conciencia: de lo inorgánico a los seres con vida, de las formas
más sencillas de vida a las más complejas hasta llegar al hombre, que es la
conciencia reflexiva.
Ese proceso de mayor obtención de conciencia, desde las partículas más
elementales hasta el hombre, es lo que la ciencia no ha captado aún, y es lo
que según Chardin vendría a completar, a culminar el conocimiento científico
tradicional; lo que uniría a las verdades científicas sobre el mundo y la
historia del hombre con las verdades de fe según las cuales Dios es origen y
meta del hombre. Esa progresiva concientización de la materia es producto
de la existencia de una energía en el interior de ella, la cual hace que la
materia evolucione hacia formas más complejas de organización y conciencia.
Dicha energía es Dios, quien se ha encargado de dirigir la evolución de todo
lo creado. En la concepción de este religioso, el hombre se encuentra en
medio de un proceso evolutivo que pasa por las siguientes etapas:

• Cosmogénesis: evolución del universo, del cosmos.


• Biogénesis: evolución de la vida.
• Antropogénesis: evolución del hombre.
• Cristogénesis: evolución cristiana, evolución hacia Cristo.

A partir de la Antropogénesis el hombre adquiere la conciencia reflexiva y se


convierte en un ser libre y creador; paulatinamente su facultad creadora aumenta y logra
organizar culturas, hasta llegar a nuestros días en que comienza a dominar el espacio
exterior.
En los últimos años, especialmente en América Latina, por el grado de pobreza y de
hambre que sufren millones de hombres en nuestro continente, muchos sacerdotes y
teólogos han vuelto los ojos a la realidad de los desposeídos y han postulado que el
cristiano debe actuar en el mundo, sin creer que las injusticias son obra y designio de la
providencia. La Iglesia aspira a luchar activamente en el mundo, no solamente con la
oración, sino colocándose como guía y cabeza de los pobres para construir el reino de
Dios en la tierra.

El idealismo de Hegel

En el campo de la filosofía de la historia, Hegel 1 articuló un sistema


1
Hegel, Jorge Federico Guillermo (1770-1831). Filósofo alemán. Profesor de la Universidad de Heidelberg
y la Universidad de Berlín. Autor de: Fenomenología del espíritu (1807); Ciencia de la lógica (1816);

33
teórico donde sobresale la acción del espíritu en la historia de la humanidad.
Tal acción se despliega en forma racional y por ello la sustancia de la historia
es la razón. La relación historia-razón estuvo plenamente identificada con el
contexto cultural en que Hegel produjo sus reflexiones: la modernidad, con su
culto a la razón, introdujo esta facultad del espíritu en el devenir histórico y
en la explicación de la causalidad de dicho devenir.
En la filosofía hegeliana el espíritu es “aquello que existe ante sí mismo, que puede
penetrar en sí mismo” (Cruz Prados, 1991: 37). Si bien el espíritu no es lo finito o lo
material palpable, es en lo real, en lo mensurable, donde éste actúa para autorrealizarse.
Por eso, los acontecimientos no son cognoscibles fuera de la relación de éstos con el
espíritu. Según Hegel (1987), “la historia del Espíritu es su producto porque el Espíritu es
solamente lo que él produce y su hecho es hacerse aquí en cuanto espíritu, objeto de la
propia conciencia” (p. 272).
La historia es, pues, dirigida por el espíritu. Dicha conducción se realiza
en forma racional, por lo que en las diversas etapas de los procesos históricos
puede observarse un orden lógico, donde los historiadores deben identificar la
realización y sucesión de las ideas (Suárez, 1976).
Según Hegel (1959), “la historia es un proceso de autodesarrollo de la
razón, que se vale de los hombres para conducirlos inconscientemente a una
meta que conscientemente no hubieran buscado” (p. 117). La razón o idea se
va desplegando o autodesarrollando y se vale de las pasiones de los hombres
para ir alcanzando en su evolución y desarrollo un mayor grado de
conciencia, de perfección; y aunque, llevados por la pasión, los hombres someten a sus
semejantes, esto no impide que la razón logre mayores grados de desarrollo y de
conciencia que le otorgan un continuo progreso al curso de la historia. En otras palabras:

“En virtud de un ardid de la razón el resultado de las acciones humanas es algo


diferente de lo que buscan sus autores; es así como las pasiones humanas son
aprovechadas por la razón para construir en vez de destruir “(Hegel, 1959: 24-25).

Por otra parte, Hegel entendió la historia del mundo como “el despliegue del espíritu
en el tiempo, esto es, cómo la Idea se va realizando en el espacio, haciéndose naturaleza”
(citado por Burk, 1998: 214). Y la idea se hace naturaleza en un proceso dinámico,
dialéctico, en el cual surgen los cambios. La totalidad – concepto importante en la
interpretación moderna de la historia – se presenta como consecuencia de lo infinito
dinámico, no estático (Burk, 1998).
En relación con la dialéctica, este concepto ya había sido expuesto antes que Hegel
por su antecesor directo: el también alemán Juan Teófilo Fichte (1762-1814). La
dialéctica, en cuanto realidad “no es fija ni determinada de una vez por siempre, sino que
está en un constante proceso de transformación y cambio, cuyo motor es (...) tanto su
interna contradicción (...) como la relación en que está con otra realidad, que aparece
como su contrario” (Ramírez Sánchez, 2002). En cuanto método de conocimiento, “la
dialéctica es ley lógica, ley de la razón. La razón avanza en su conocimiento mediante

Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817); Filosofía del derecho (1821); Lecciones sobre filosofía de
la historia (1837).

34
oposición y síntesis de contrarios” (Cruz Prados, 1991: 40). En este sentido, este método
es atravesado por la idea en tres fases: a) la tesis: posición inmediata, afirmación; b)
antítesis: oposición, negación de lo afirmado; c) síntesis: unidad relativa que concentra la
diversidad de la tesis y la síntesis.
Hegel propone un esquema general de la historia universal con base en la dialéctica.
Según él, la historia de la humanidad atraviesa por varias etapas sucesivas y encadenadas
en espiral, proceso en el cual la razón va tomando mayor conciencia, lo que conlleva un
mayor grado de libertad. Hegel expresa que la historia universal no es sino el despliegue
de la conciencia de libertad; se trata de un proceso evolutivo que se ha materializado en
las siguientes culturas:

• Oriente: el sistema de gobierno de los babilonios, persas y egipcios sólo reconocía la


libertad de quien ejercía el poder absoluto, es decir, el déspota.
• El mundo greco-romano: el derecho a la libertad estaba concentrado en una reducida
porción de la población conformada por los ciudadanos.
• El mundo cristiano (en particular las naciones germánicas): según Hegel (1970),
“son las únicas que han llegado a la conciencia de que el hombre es libre en cuanto
hombre, de que la libertad del espíritu constituye su más propia naturaleza” (pp. 46-
47).

La filosofía de la historia de Hegel repercutió significativamente en el pensamiento


histórico contemporáneo. Historiadores y filósofos han aportado múltiples
interpretaciones de la historia a partir de sus reflexiones. Así, en el siglo XIX, Thomas
Carlyle2 entendió que la acción del espíritu en la historia se lleva a cabo a través de la
mediación de “grandes hombres”, a los cuales consideró los verdaderos sujetos de la
historia. Según él (citado por Lefebvre, 1974):

“(...) la historia de lo que el hombre ha realizado en la tierra, es en el fondo la


historia de los grandes hombres que han trabajado en este mundo. Esos grandes
hombres han sido los conductores de los pueblos, sus forjadores, sus modelos y, en
un sentido amplio, los creadores de todo lo que la masa humana, considerada en su
conjunto, ha llegado a alcanzar”.

Jacques Maritain (1971) coincidiría años después con Carlyle al afirmar que “la
historia se ocupa de hechos y personas individuales”, para lo cual “no busca una
imposible coincidencia con el pasado; requiere selección y diferenciación, interpreta el
pasado y lo traduce en lenguaje humano; recompone o reconstituye secuencias de
acontecimientos resultantes unos de otros, y no puede hacer esto sino mediante una gran
capacidad de abstracción” (p. 18).
También el italiano Benedetto Croce (citado por Novack, 1975) afirmó al respecto
que:

2
Carlyle, Thomas (1799-1881). Filósofo e historiador británico. Autor de: Los héroes, el culto de los
héroes y lo heroico en la historia (1840); Pasado y presente (1843); Historia de la revolución francesa
(1837); Panfletos de nuestros días (1850).

35
“La historia es el registro de las creaciones del espíritu humano en cada terreno,
tanto teórico como práctico. Y estas creaciones espirituales están siempre en los
corazones y mentes de los hombres de genio, los artistas, los pensadores, los
hombres de acción, los reformadores morales o religiosos” (p. 33).

Los críticos de esta interpretación de la historia (muy vinculada al culto de los


héroes) sostienen que el conocimiento histórico no se agota en el plano biográfico; por el
contrario, va más allá de éste para aspirar a la comprensión integral de la sociedad. La
historicidad no es patrimonio exclusivo de personas notables o héroes; se trata de una
condición inherente a todo ser humano. Por lo tanto, las sociedades del pasado deben ser
entendidas captando la interrelación de la mayor parte de sus integrantes y no desde las
acciones de individualidades.

La concepción materialista de la historia

Con Karl Marx3 se superó la concepción materialista desarrollada antes del siglo
XIX, en la cual sólo se proporcionaban elementos para el estudio de la naturaleza o para
la enunciación de sistemas económicos. El viejo materialismo:

“(...) surgió sobre la base del capitalismo en gestación y del avance consiguiente
de las fuerzas productivas, de la nueva técnica, de la ciencia. Los materialistas,
como ideólogos de la burguesía, progresiva en aquellos tiempos, combatieron a la
escolástica medieval y a las autoridades eclesiásticas, tomaron la experiencia como
maestra y la naturaleza como objeto de la filosofía” (Rosental, Iudin, 1965: 298).

Al igual que el positivismo, el materialismo de Marx –el marxismo– es una


reacción contra el idealismo. Marx sometió a crítica la visión de la historia de Hegel,
rompió con ésta y levantó una nueva interpretación de la realidad. Podemos resumir los
puntos fundamentales de esta concepción así:

• El ser social determina la conciencia social: el conocimiento se obtiene a partir de la


realidad. No son las ideas las que explican y causan los hechos reales, materiales; es
a la inversa: el hombre vive en determinadas condiciones materiales y son estas
condiciones las que originan y determinan las ideas que éste se hace de las cosas.
Por eso, el ser social (que significa la realidad, las condiciones materiales en que
vive el hombre) determina la conciencia social (el pensamiento, las ideas). Esto no
quiere decir que la forma de trabajar y producir sea la única causa explicativa de la
realidad de los hombres; las representaciones mentales y las ideologías también
influyen decisivamente en los hechos humanos. Pero las ideas no surgen de la nada:
las ideas surgen de hombres que viven y luchan en situaciones concretas, en

Karl Marx (1818 – 1883). Filósofo alemán. Principal exponente del materialismo en el siglo XIX. Autor
de: Diferencia de la filosofía de Demócrito y la de Epicuro (1841); Manuscritos económicos y filosóficos
(1844); La sagrada familia (1845); La ideología alemana (1845); Tesis sobre Feuerbach (1845); Miseria
de la filosofía (1847); Manifiesto del Partido Comunista (1848); El capital (1867).

36
determinada época y lugar, desempeñando un trabajo como esclavo, obrero, burgués
o comerciante; según sea esta condición material que el hombre vive, así será su
visión del mundo, intereses, formas de pensar y de comportarse. Esto indica que al
analizar una sociedad debemos buscar en las condiciones materiales (como el
trabajo y la producción) la explicación última al porqué del comportamiento y
movimiento de dicha sociedad.
• Los individuos se agrupan en clases sociales: los hombres forman clases sociales
según sea el trabajo que desempeñen y el lugar que ocupen en el proceso de
producción. Para los marxistas lo que hace a un hombre obrero y a otro burgués es el
lugar que ocupa cada uno en el proceso de producción. Si posee los elementos de la
producción, entonces es propietario, es burgués; si no los posee, se trata de un
trabajador. Los burgueses tienen algo básico y determinante que los une y los hace
luchar y defenderse juntos: su condición de propietarios; igual pasa con los obreros
en lo que respecta a la carencia de medios de producción. Cada clase social posee
sus intereses: no son iguales los intereses de un burgués a los de un obrero, cada
clase defiende y piensa según sus intereses. No significa esto que no haya elementos
comunes; algunos intereses son compartidos por todas las clases, como por ejemplo
los sentimientos patrios. Aun así, cada clase tiene sus propios intereses, lo cual hace
que entre ellas exista una relación de oposición. No puede haber armonía ni
equilibrio entre quien posee y quien es desposeído; incluso, el rico es rico porque los
obreros producen para él; simultáneamente, el obrero es pobre porque la riqueza que
genera queda en manos de unos pocos. Esto, según el marxismo, es una relación
desigual de explotación. Y no puede haber armonía porque para dejar de ser pobre y
explotado, el obrero debe romper esa relación desigual y construir una nueva, una
sociedad distinta en la que todos compartan. En otras palabras, mientras existan
burgueses (poseedores) existirán obreros (desposeídos). No hay posible armonía ni
entendimiento, lo cual genera un enfrentamiento, una lucha de clases por parte de
los desposeídos para construir una sociedad igualitaria, y una lucha de los
poseedores para conservar sus privilegios.
• En sociedades del pasado puede observarse una organización conformada por
diversos estamentos: en la antigua Roma hallamos patricios, plebeyos y esclavos; en
la Edad Media, señores feudales, vasallos, maestros de gremios, oficiales y siervos.
La moderna sociedad burguesa, salida de las ruinas de la sociedad feudal, no ha
hecho sino sustituir las antiguas por nuevas clases, manteniendo las condiciones de
opresión y dando paso a nuevas formas de lucha. Sin embargo, el carácter distintivo
de nuestra época, la época de la burguesía, es haber simplificado los antagonismos
de clase. En el Manifiesto Comunista, Marx y Engels afirmaron que la sociedad
capitalista va dividiéndose, cada vez más, en dos grandes campos enemigos, en dos
grandes clases que se enfrentan directamente: la burguesía y el proletariado.
• El hombre como tal nunca se explica en sí mismo: él es producto de las condiciones
materiales en que vive, está determinado, obligado por el trabajo que realiza, por el
lugar que ocupa en el proceso de producción, por la clase a la cual pertenece. Esta es
una necesidad de la que ningún hombre puede apartarse. De hecho, el trabajo de los
hombres puede estar sometido a condiciones alienantes de esclavitud y
manipulación. Ante esta situación de explotación, el trabajador progresivamente se
ve obligado a organizarse con los de su misma clase para luchar y conseguir la
37
libertad, ya que ésta no vendrá automáticamente sola. En esta lucha, la clase
trabajadora asume el control del proceso histórico y produce una transformación
revolucionaria, dando origen a una nueva sociedad.
Por otra parte, el materialismo apareció como una corriente del pensamiento
histórico que perseguía establecer las bases para la comprensión del desarrollo de las
leyes generales de la sociedad, aspiración que también estuvo presente en Comte y los
positivistas en general.
Dichas leyes son el resultado de la interrelación existente entre los componentes
primordiales de la sociedad: la infraestructura y la superestructura. El primer componente
abarcaría un modo de producción (primitivo, esclavista, feudal, capitalista y socialista)
que definiría la naturaleza del segundo, donde convergen los hechos jurídicos, políticos y
culturales en general. Marx, con su propuesta materialista, desarrolló una filosofía de la
historia “cuya clave es la prioridad determinante de la vida material sobre la conciencia,
el espíritu y el pensamiento” (Cruz Prados, 1991: 60). De esta manera buscó comprender
en su totalidad la “interdependencia” de los aspectos que integran la sociedad. Marx y
Engels (1973) explican así su concepción materialista de la historia:

“(...) consiste, pues, en exponer el proceso real de producción, partiendo para


ello de la producción material de la vida inmediata, y en concebir la forma de
intercambio correspondiente a este modo de producción engendrada por él, es decir,
la sociedad civil en sus diferentes fases como el fundamento de toda la historia,
presentándola en su acción en cuanto Estado y explicando a base de él todos los
diversos productos teóricos y formas de la conciencia, la religión, la filosofía, la
moral, etc., así como estudiando a partir de esas premisas su proceso de nacimiento,
lo que, naturalmente, permitirá exponer las cosas en su totalidad (y también, por ello
mismo, la interdependencia entre esos diversos aspectos)” (p. 39).

Simultáneamente, el marxismo plantea la existencia de relaciones constantes y


reiterativas entre los fenómenos. Es posible, de acuerdo con esto, lanzar proposiciones de
carácter general, explicativas, del suceder histórico, del funcionamiento de las
sociedades, como por ejemplo: el ser social determina la conciencia social y la historia es
lucha de clases. Sin embargo, Federico Engels (1961), en cuanto a la validez de las
proposiciones (leyes) generales, señala el carácter histórico y relativo de dichas leyes,
pues la realidad humana es múltiple y cambiante, por lo que la verdad es algo
perennemente superable, a tono con el progreso del mundo, con la evolución de las
sociedades y del mismo conocimiento humano.
Para el marxismo la sociedad humana es una totalidad: todo hecho social jamás
podrá ser comprendido fuera de un conjunto de relaciones, influencias e interacciones
con los restantes elementos de la totalidad social. La investigación de la realidad debe
partir del supuesto de que cada fenómeno particular sólo puede ser aprehendido como
parte de un todo, dentro del conjunto de interacciones de las partes que forman ese todo.
Según un autor marxista contemporáneo, Karel Kosik (1967), todo fenómeno social es un
hecho histórico, capaz de ser entendido, en tanto y por cuanto se le examina como
elemento dinámico de un determinado conjunto. La interdependencia de los componentes
de un todo significa que un hecho aislado es algo artificioso que adquiere veracidad y

38
concreción al reintegrarse al conjunto. El carácter dinámico, el movimiento de la
totalidad social, se origina en las contradicciones entre sus elementos, principalmente las
contradicciones entre clases sociales, que son el motor de la historia.
En la totalidad social –como se ha dicho– las influencias e impulsos provenientes de
la estructura económica son determinantes, decisivos; es decir, explican en última
instancia el porqué de la conformación y el movimiento de la realidad humana. Esta
determinación económica no es simple ni mecánica. Al respecto, Marx (1974: 94-95)
señaló que en la Edad Media europea el sector social principal o reinante era el religioso,
pero eran las condiciones económicas que vivían esas sociedades las que explicaban en
última instancia por qué el factor religioso había alcanzado tal peso. Sobre este particular,
cabe mencionar lo expuesto por Federico Engels en septiembre de 1890 al dirigirse por
escrito a José Bloch:
“La situación económica es la base, pero los diversos factores de la
superestructura que sobre ella se levantan –las formas políticas de la lucha de clases
y sus resultados, las Constituciones que después de ganada una batalla, redacta la
clase triunfante, etc., las formas jurídicas e incluso los reflejos de todas estas luchas
reales en el cerebro de los participantes, las teorías políticas, jurídicas, filosóficas,
las ideas religiosas y el desarrollo ulterior de éstas hasta convertirlas en un sistema
de dogmas– ejercen también su influencia sobre el curso de las luchas históricas y
determinan predominantemente, en muchos casos, su forma. Es un juego mutuo de
acciones y reacciones entre todos estos factores, en el que (...) acaba imponiéndose
como necesidad el movimiento económico” (Marx y Engels, 1973: 514).

Las contradicciones y conflictos reflejan el papel del hombre en el proceso de


transformación de la sociedad: el hombre es considerado un sujeto activo que participa en
los cambios sociales. Esta interpretación de la causalidad histórica constituyó una
ruptura con el idealismo de Hegel, donde en líneas generales se planteaba que los
cambios sociales eran consecuencia de una realidad metafísica, en la que los hombres no
pasaban de ser simples sujetos pasivos.
En este sentido, la noción de la historia de Marx reconoce el papel transformador del
hombre, el cual posee “su acta de nacimiento, la historia, la que, sin embargo, es para él
una historia consciente y, por lo tanto, como acto de nacimiento, un acto que supera como
conciencia. La historia es la verdadera historia natural del hombre” (citado por Garzón
Bates, 1974). Sin embargo, desde el punto de vista metahistórico, Marx entendió que las
leyes del desarrollo social indican que los hombres, independientemente de la conciencia
que posean de su mundo, avanzan en forma indetenible hacia el establecimiento del
comunismo.
Lenin4, siguiendo a Marx en lo relativo al papel del hombre como ser transformador
de la sociedad, afirmaría que “toda historia se construye con los actos de individuos, los
cuales son, sin duda, figuras activas” (citado por Childe, 1974: 129). De igual manera,
Lefebvre5 (1974) dirá que “la historia es, a buen seguro, obra del hombre. Tiene sin duda
otros motores, tales como el clima, la distribución de la tierra, los mares (...) Pero estos

 Lenin, Vladimir Ilich (1870 – 1924). Fundador del partido comunista ruso. Autor de: Marxismo y
reformismo (1913); En torno a la cuestión dialéctica (1915); Sobre el estado (1919); El estado y la
revolución (1917).

39
factores solo actúan por mediación del hombre y en última instancia, de su propio
espíritu” (p. 55).
Ahora bien, la acción transformadora del hombre parte del conocimiento de la
realidad: “conocer para transformar” es una máxima marxista. Ya no basta, asevera
Marx, con conocer el mundo y quedarse en una actitud contemplativa. El conocimiento
del mundo, su estudio, debe ser solamente el inicio de la actividad práctica de
transformación. Todo hombre debe ser siempre, en cualquier puesto y trabajo social que
desempeñe, un ente transformador. Esto es lo que se conoce como la unidad entre teoría y
praxis (entiéndase por praxis: acción, práctica transformadora del mundo). Quien conoce
una realidad y sus problemas debe actuar como sujeto transformador, de lo contrario se
hace cómplice de esa situación de injusticia, de explotación. No hay neutralidad posible
frente a la realidad de la explotación del hombre por el hombre: si no se toma parte activa
en la lucha por la transformación, se está apoyando esa situación de injusticia.
El marxismo sostiene que la neutralidad, imparcialidad y pasividad del sujeto
cognoscente –tal como ocurre en las ciencias naturales– es injustificable en el campo de
las ciencias sociales. En éstas (incluyendo la historia) el sujeto cognoscente y el objeto (la
sociedad) son una misma cosa, una unidad. El investigador es un ser social, forma parte
del objeto que está estudiando: en él obran sus intereses de clase, de grupo, de partido;
incluso –se afirma en el marxismo– aquellos historiadores que al analizar una situación
histórica permanezcan neutrales ante los conflictos de clase, en realidad, lejos de ser
neutrales, están dejando ocurrir la situación sin denunciarla, al no revelarla claramente a
la luz de la lucha de clases. Esto no quiere decir que para el marxismo sea imposible
lograr la objetividad. Si bien la neutralidad total es imposible, ello no niega que el
historiador deba aplicar el método científico, las operaciones de crítica histórica para
diagnosticar la falsedad o veracidad de un hecho. Más aún, al reconocer esa vinculación
del sujeto cognoscente con el objeto, el historiador marxista es más objetivo que
cualquier otro investigador. Esta concepción la exponen Calello y Neuhaus (1985) de la
manera siguiente:

“No es que disuelva las fronteras entre sujeto y objeto, no es que mezcle ambos
y los torne una unidad no escindible, sino que lo que hace es entender que toda
relación entre un objeto y un sujeto de conocimiento, no es una relación dualista,
sino una en la cual el sujeto debe penetrar al objeto del conocimiento de manera tal
que consumada su relación con él, asume la relación que existe, no la suprime” (p.
20).

La historia humana es un proceso dialéctico, es cambio, es movimiento; nada es


inmutable. Una clase social se desarrolla y ejerce su dominio sobre la sociedad, pero al
mismo tiempo hace nacer una clase contraria, a la que necesita para enriquecerse, no sin
recibir de ésta resistencia y confrontación. Se trata de un movimiento dialéctico donde
cada clase dominante se ha gestado en un contexto histórico diferente al que ella
contribuye a construir. De esta manera puede observarse cómo la burguesía aparece bajo
el dominio de la nobleza feudal europea y, luego, cuando emerge un momento de

 Lefebvre, George (1874 – 1959). Historiador. Autor de: La revolución francesa (1930); El gran miedo
(1932); Napoleón (1937).

40
revolución social, la burguesía obtiene el triunfo, y la sociedad feudal desaparece para dar
paso a una nueva sociedad: la sociedad de la burguesía o la sociedad capitalista. Pero al
mismo tiempo, la burguesía ha originado a su clase contraria: el proletariado, el cual
lucha a su vez para eliminar el dominio de la burguesía y construir una nueva sociedad
que para los marxistas es el comunismo, condición definitiva para la desaparición de las
clases sociales y el establecimiento de un régimen igualitario entre los hombres.
Marx y Engels entendieron el proceso histórico de la humanidad como
una evolución de formas de sociedades primitivas, comunitarias, (modo de
producción comunitario o modo de producción de la comunidad primitiva) a
formas de sociedades de clases (modo de producción asiático o tributario,
modo de producción esclavista, modo de producción feudal, modo de
producción capitalista). Una de estas formas de producción, el capitalismo,
generaría las condiciones para pasar a formas elevadas y superiores de sociedades sin
clases (modo de producción socialista, con su fase última, el comunismo).
Como se ve, hay una evolución necesaria, encadenada a través de una sucesión de
modos de producción, los cuales conducirán a la liberación del hombre. Sin embargo,
debemos aclarar que cada sociedad concreta tendrá su evolución social propia,
correspondiente a su situación particular. Hasta hace poco, se sostuvo que todas las
sociedades debían seguir una misma sucesión de modos de producción, a saber: modo de
producción de la comunidad primitiva del que se originaría el modo de producción
esclavista, el cual originaría a su vez el modo de producción feudal, al que seguiría el
modo de producción capitalista, de donde finalmente saldría el modo de producción
socialista. Esto es lo que se conoce como la ley de los modos de producción.
Posteriormente, los marxistas determinaron que esta línea de evolución social
correspondía básicamente a sociedades de la Europa occidental, y que otros países podían
llegar al socialismo por distintas líneas de sucesión. Así, se puso de manifiesto que
muchas sociedades de Asia y África, principalmente, habían tenido un desarrollo
histórico distinto que les hizo pasar del modo de producción de la comunidad primitiva al
modo de producción asiático o tributario, de donde se abre una línea de evolución propia
que no sigue inevitablemente la misma sucesión de modos de producción que se dio en
Europa.
Coincidiendo en lo antes expuesto, Federico Villalba nos dice que si para el
marxismo el progreso humano es sinónimo de liberación (liberación real, el hombre
como dueño de condiciones materiales, igualdad en las relaciones de producción y en el
disfrute de los bienes sociales), este progreso no sigue una misma línea automática ni
preconcebida. Cada pueblo, de acuerdo con sus condiciones particulares, las
contradicciones existentes, el nivel que presenta la lucha de clases y la misma capacidad
de lucha política de los trabajadores, seguirá su propio camino histórico. Por su parte,
Roger Bartra, autor marxista (citado por Villalba, 1984), sostiene que:

“El estudio concreto de la historia nos da múltiples ejemplos de formas de


transición (...) desarrollo regresivo (el capitalismo en América Latina engendra
formas feudales), coexistencia de diferentes modos de producción (la comunidad
primitiva con el capitalismo, como en México), saltos de uno o más períodos (del
modo de producción asiático al capitalismo, en el sureste asiático), sociedades

41
estancadas (ciertas regiones de la India), etc.” (p. 89).

• Para concluir, es conveniente explicar algunos conceptos importantes de la teoría


marxista de la historia:

o Producción y relaciones de producción: el hombre realiza un trabajo (o proceso


de trabajo) en el cual participan varios elementos: a) en primer lugar, el
hombre, el cual tiene una serie de necesidades que satisfacer para poder
sobrevivir, lo que le lleva a desplegar una fuerza (o energía) de trabajo; b) los
medios de trabajo o herramientas (talleres, fábricas, maquinarias, entre otros)
que favorecen la producción. Estos elementos se relacionan de diferentes
maneras entre sí, dependiendo del contexto histórico. Por ejemplo: en la
antigua Grecia, el hombre trabajador, el esclavo, no era dueño de la tierra,
tampoco de las herramientas, ni del producto, ni siquiera poseía su propio
cuerpo; por su parte, los nobles eran poseedores de todos los elementos del
proceso de trabajo. Hoy, a su vez, en las sociedades capitalistas, un obrero no
es dueño del objeto que produce, ni de las herramientas y fábricas con las que
se obtiene ese producto: sólo posee su fuerza de trabajo que vende por un
salario; entre tanto, el propietario capitalista es dueño de esos elementos que
intervienen en la producción. La interconexión entre los elementos del proceso
de trabajo se llama relaciones de producción.
o Modo de producción y formación económico-social: el concepto de modo de
producción designa un objeto abstracto, una totalidad social pura, ideal, donde
la producción de bienes se efectúa en forma homogénea. Así, hablamos de:
modo de producción esclavista, modo de producción feudal, modo de
producción capitalista, etc. Pero en las sociedades reales y concretas, ninguna
forma de producir se da pura, homogénea, de manera que en una misma
sociedad se pueden encontrar diferentes formas de producir, varios modos de
producción entremezclados. Estos diferentes modos de producción que
coexisten en esa sociedad concreta –a los cuales llamaremos formación
económico-social– no se dan en forma anárquica, ni aislados los unos de los
otros: uno de ellos se presenta imponiendo a los demás sus propias leyes de
funcionamiento. Se puede afirmar, por ejemplo, que desde la época de la
colonización los países de América Latina tienen un modo de producción
capitalista, pero no se puede negar que existan otras formas de producción,
como los grupos indígenas aislados en zonas selváticas en donde hay formas de
producción comunitarias, sin clases sociales. Así, pues, el modo de producción
se refiere a un tiempo de totalidad social con una producción homogénea o
ideal; mientras que la formación económico-social se refiere a una totalidad
social concreta, históricamente determinada, real, en la que pueden coexistir
varios modos de producción.
o Otro concepto clave del marxismo es el de alienación (extrañamiento, despojo).
En el mundo capitalista el trabajador está alienado cuando produce, pues el
objeto de su trabajo y los medios con que lo transforma le son extraños y
ajenos. El trabajador está sometido a su trabajo, debe cumplirlo para ganar un
salario: trabaja por obligación y no para desarrollarse como hombre; su praxis

42
laboral (qué hacer, cómo hacerlo y para qué hacerlo) está determinada
previamente. Él no es señor de su trabajo, es esclavo. Esto ocasiona que el
trabajador se sienta como un animal esclavizado y no como ser libre; el trabajo
se convierte en un tormento y sólo tiene sentido para él en cuanto le permite
obtener un salario para satisfacer sus necesidades. Por otra parte, también está
alienado porque vive en una sociedad donde el consumo es la meta suprema.
Mediante la propaganda, la astucia y el engaño, se impele a los hombres a
comprar cosas innecesarias, productos refinados para atender a necesidades
artificiales, al lujo, a la extravagancia. Ello va creando una dependencia de los
hombres para con los productos: se vive solamente para ganar un salario con el
que es posible comprar algunas cosas y no todas, por lo que se llega a la
frustración y a la infelicidad. El dinero se convierte en lo más importante y la
vida humana no vale absolutamente nada frente a la riqueza (Bermudo de la
Rosa, 1982).

El historicismo

El historicismo fue otro de los aportes del pensamiento histórico y filosófico alemán
en el siglo XIX. Como visión del mundo, el historicismo sostiene que la realidad sólo
puede ser comprendida en su desarrollo histórico (Iggers, 1998). El hombre y la sociedad
se encuentran en permanente transformación: todo cuanto existe, existe en devenir, como
proceso (Schaff, 1983). La historia, decía J. G. Droysen6, es la sucesión del devenir.
El historicismo no encuentra explicación a la esencia de la vida humana fuera de una
época o temporalidad, con sus ideas y valores específicos. Todo proceso histórico y todo
conocimiento serían el producto de una época. No hay nada en la sociedad que no sea
realidad histórica (Cruz Cruz, 2002).
Desde sus respectivas interpretaciones de la historia, dos de los grandes filósofos
alemanes del siglo XIX desarrollaron visiones antagónicas sobre el devenir y el cambio.
Hegel, al retomar de Johan G. Fichte el método dialéctico, buscó establecer una
explicación racional del devenir. Los cambios, a su juicio, son consecuencias de la acción
de lo infinito –el absoluto– sobre lo finito –el hombre, la sociedad, la naturaleza–; Marx,
por su parte, descarta la relación dialéctica infinito-finito y presenta la tesis según la cual
el cambio en el plano social es el resultado de la posesión desigual de los medios de
producción, que a su vez conduce a la lucha de clases.
Tanto Hegel como Marx ofrecen una visión rígida del historicismo, donde es posible
anticiparse a los hechos (Orcajo, 1998), pues, en el fondo, lo que ambos construyen es
una explicación teleológica de la sociedad. Así, para Hegel, la meta de ésta es la
formación del Estado liberal, mientras que para Marx la sociedad se enrumba hacia la
erradicación de las diferencias sociales.
Otros historicistas alemanes, como Oswald Spengler, Friedrich Meinecke y J. G.
Droysen, reflexionaron sobre el concepto de historia y se mantuvieron cerca del
planteamiento historicista de Hegel, según el cual la causa del cambio es la acción del

6
Droysen, Johan Gustav (1808-1884). Historiador alemán. Profesor de la Universidad de Berlín. Autor de:
Historia de la política prusiana (1855); Historia del helenismo (1877).

43
espíritu sobre aquello que percibimos.
Spengler7 entiende la historia como una consecuencia espiritual que se hace
concreta en la realidad del hombre. Así, “la historia es la expresión, el signo del alma que
ha llegado a tomar sus formas; llegar a contemplar sensiblemente este proceso sintético
es el cometido de la historia” (citado por Rama, 1959). Meinecke8 se aproxima a este
planteamiento cuando le asigna a la historia el papel de comprender las manifestaciones
divinas presentes en la humanidad. La historia, según él, “debe acoger y revivir
comprensivamente la revelación del elemento afín a Dios, ínsito en la humanidad”
(citado por Maravall, 1967). Droysen, por su parte, vincula el conocimiento histórico con
la memoria del género humano; la historia, a su juicio, “es lo que la humanidad sabe de sí
misma, su certidumbre de sí misma” (citado por Rama, 1959).
La historia y su esencia –el cambio– son en Spengler y Meinecke consecuencias de
algo que está fuera del mundo de lo sensible. Para el historiador es importante identificar
la causalidad del cambio, pero convendría aceptar que la historia no se ocupa del cambio
en sí, sino del sujeto que cambia en el plano de las relaciones sociales (Cruz Cruz, 2002).

El positivismo

La concepción positivista surgió a mediados del siglo XIX. Su fundador y principal


representante fue el francés Augusto Comte. Al emerger en el campo de la filosofía, el
positivismo entró en contradicciones con el idealismo hegeliano, pues rechazó toda
explicación metafísica y todo conocimiento que no se fundamentara en la observación de
los fenómenos o hechos reales.
Comte (1971) estableció como regla fundamental “que toda proposición [todo
conocimiento] que no es estrictamente reducible al simple enunciado de un hecho,
particular o general, no puede ofrecer, no puede tener sentido real e inteligible”, e insistió
en que “la subordinación constante de la imaginación a la observación ha sido
unánimemente reconocida como la primera condición fundamental para hacer ciencia”
(pp. 54-58). El conocimiento parte, entonces, de la observación de los hechos, de donde
surgen conclusiones que puedan demostrarse. Pero, ¿qué son los hechos?: son
fenómenos, por lo tanto pueden ser sometidos a observación por parte del hombre, quien
buscará de esta manera el conocimiento.
En el campo de la historia, el ansia de alcanzar el conocimiento científico llevó a los
positivistas a rendir culto a los hechos. Según Fustel de Coulanges9 (citado por Langlois
y Seignobos, 1972), “la historia consiste, como toda ciencia, en atestiguar hechos, en
7
Spengler, Oswald (1880-1936). Filósofo alemán. Cursó estudios en la Universidad de Munich y en la
Universidad de Berlín. Autor de: La decadencia de occidente (1918); Prusianos y socialismo; Años
decisivos.

8
Meinecke, Friedrich (1862-1954). Historiador alemán. Rector de la Universidad Libre de Berlín. Autor
de: Ciudadanía universal y estado nacional (1908); Die Deutsche Katastrophe Nationalstrat (1919); Dre
idea der Stratsräson in der neveren geschichte (1924).

9
Fustel de Coulanges, Numa Denis (1830-1889). Historiador francés. Catedrático de la Universidad de
Estrasburgo (1860-1870) y de la Sorbona (1878-1888). Autor de: La ciudad antigua (1864); Historia de las
instituciones de la antigua Francia (1875).

44
analizarlos, en reunirlos, en señalar su lugar (...) El historiador persigue y alcanza los
hechos por la observación minuciosa de los textos, como el químico encuentra los suyos
en experimentos minuciosamente hechos” (pp. 160-161).
Los historiadores positivistas Charles Victor Langlois10 y Michael Jean Charles
Seignobos11 entendieron que “para hacer la historia general, hay que buscar todos los
hechos que pueden explicar ya el estado de una sociedad, ya una de sus evoluciones,
porque han producido cambios” (Langlois y Seignobos, 1972: 184). También sostuvieron
que la única vía expedita que tiene el historiador para aproximarse a los hechos es la
aportada por el documento, recurso que para ellos es imprescindible en la reconstrucción
del pasado. La historia –afirmaron– se hace con documentos, y “los documentos son las
huellas que han dejado los pensamientos y los actos de los hombres de otros tiempos”
(Langlois y Seignobos, 1972: 17).
Para los positivistas, el trabajo de investigación científica de lo social debe cumplir
dos etapas: el análisis, para establecer los hechos; y la síntesis, en donde se descubren y
formulan las leyes que rigen la sociedad. En el caso de la historia, no todos los
historiadores cumplieron estas dos etapas del método científico. Muchos sólo aplicaron la
primera parte, el análisis, es decir, la observación y comprobación de los hechos
históricos usando diferentes fuentes, especialmente las primarias (testimonios directos de
la época que se estaba estudiando, como: documentos, cartas, censos, entre otros). Para
cumplir con el requisito de la verificación, de la veracidad, los historiadores sometían
estas fuentes a una severa crítica para descartar aquellos que resultaran falsos. En este
sentido, al aplicarse el análisis y la crítica de los hechos, el positivismo influyó en la
historia para que ésta adoptase el rigor en el método que debe tener toda ciencia.
Los positivistas pensaron que la historia puede ser considerada una
ciencia. Niebuhr nos presenta una “ciencia histórica” que debe ir “más allá
del interés erudito por detalles notables del pasado, a favor de una más
amplia reconstrucción de aspectos de la realidad pretérita sobre la base de
pruebas convincentes para establecer conexiones significativas entre
acontecimientos y estructuras” (citado por Moradiellos, 1999). Gil Fortoul 1 2 ,
por su parte, coincide con Ranke en el sentido de que la historia une la
ciencia y el arte. El conocimiento histórico debe moverse entre las fronteras
de la ciencia y el arte; por eso aspiró a pasar de la simple crónica a una
historia con particular estilo literario. Según Gil Fortoul (1942):

“La historia es género extraordinariamente difícil y complejo. Es ciencia y arte,


o literatura, a un tiempo. Ciencia con los mismos títulos y por iguales razones que
las demás ciencias (...) Y arte, porque no es posible escribir historia legible o
duradera sin emplear un estilo que atraiga y cautive, que la distinga de la simple

10
Langlois, Charles Victor (1857-1924). Historiador francés. Autor de: Manual de bibliografía histórica;
Introducción a los estudios históricos (1897), obra cuya autoría compartió con M.J.C. Seignobos.

11
Seignobos, Michael Jean Charles (1854-1942). Historiador francés. Autor de: Introducción a los estudios
históricos (1897).
12
Gil Fortoul, José (1861-1943). Historiador, novelista y político venezolano. Autor de: El hombre y la
historia (1896); Historia constitucional de Venezuela; Julián (1888); Idilios (1892); Pasiones (1895); El
humo de mi pipa; Filosofía constitucional.

45
crónica de sucesos más o menos encadenados o de la pura colección de documentos.
Por ambos motivos la historia no se acaba nunca de escribir” (p. 7).

En el positivismo se sostiene que los hechos deben ser considerados


como independientes del historiador. Éste debe estudiar su objeto (los hechos
históricos) tal como lo hace el biólogo en su laboratorio: con completa
imparcialidad y neutralidad; su misión es solamente describir el hecho, sin
pasión, sin tomar partido. El historiador debe ser un científico imparcial por
encima de ideologías y conflictos sociales. Así, el objeto que se va a conocer
es totalmente independiente del sujeto que lo conoce; el investigador se
limita a recibir los estímulos del objeto y a describirlos, a registrarlos
(Calello y Nehasus, 1985). A fin de ayudar a la consecución de la mayor
imparcialidad, los positivistas recomiendan que el historiador no investigue
hechos contemporáneos, recientes, en los que pudiera verse involucrado
emocionalmente. El historiador no debía, de esta manera, hacer historia
contemporánea, sino lejana a su propio tiempo.
Ángel Orcajo (1998) identifica algunos planteamientos que son centrales en la
visión positivista de la historia:

a) El discurso científico histórico es aquel que consigue suprimir la especulación y al


mismo tiempo logra que los hechos hablen desde su propia materialidad.
b) La objetividad debe ser entendida al margen de cualquier participación
subjetiva por parte del historiador. Esto implica que el historiador no
debe valorar el pasado ni instruir a sus contemporáneos, sino sólo
exponer hechos (Schaff, 1983). Leopoldo von Ranke 1 3 (citado por
Lombardi, 1996: 57) recalcó que “historia es conocer las cosas tal como
sucedieron”, lo cual es igual a aceptar la objetividad del conocimiento
histórico.

Al estudiarse la sociedad y la historia con métodos rigurosos, se obtiene el


conocimiento del origen, evolución, constitución y hasta indicios de la posible marcha de
la sociedad, de la evolución de la sociedad. Ello resulta importante porque permite
diagnosticar en qué situación se halla la sociedad y planificar. Sin embargo, los
positivistas creen que el hombre no puede modificar sustancialmente la sociedad, porque
ésta es considerada similar a un organismo biológico en el que todas las partes y sistemas
se acoplan, funcionan juntos, se necesitan y se interrelacionan. El hombre no puede
cambiar esto; sólo comprender, estudiar la situación, diagnosticar y, entonces, planificar
para arreglar los desajustes. Los desequilibrios sociales son regulados y solucionados
dentro del mismo sistema social que tiene la capacidad de autorregulación por encima de
los hombres. En este sentido, la acción transformadora de los sujetos sociales queda
limitada y subordinada al orden de las cosas, a lo existente.
Por cuanto Comte consideraba la sociedad similar a un organismo natural, que se

13
Ranke, Leopoldo von (1795-1886). Historiador alemán. Autor de: Historia universal; Historia de
Alemania en tiempos de la reforma (1839); Historia de los Papas; Historia de Francia; Historia de
Inglaterra.

46
mueve obedeciendo a relaciones necesarias de causas y efectos, a leyes, para poder
estudiarla debería aplicarse el mismo método de investigación de las ciencias naturales.
El positivismo es, en otras palabras, un naturalismo; de ahí que habló del positivismo
como una nueva ciencia que llamó “física social”. Como ya se dijo, la sociedad la
concebía como organismo biológico, constituido por partes relacionadas entre sí y
cumpliendo funciones indispensables para la supervivencia del cuerpo social. Con el
positivismo se buscó extrapolar a la historia métodos propios de las ciencias naturales
(algo muy propio del naturalismo), los cuales pretendían ser incorporados a su campo de
estudio con el propósito de aportarle herramientas que le permitieran estudiar las
sociedades del pasado, entendidas estas como organismos en constante evolución hacia
su perfeccionamiento. Así, Taine14 se introdujo en el mundo de las ciencias naturales
para establecer analogías entre éstas y la historia, entre la sociedad y los seres vivos, lo
cual le llevó a afirmar que:

“(...) la historia no es una ciencia análoga a la geometría, sino a la fisiología y a


la zoología. Del mismo modo que existen relaciones fijas, aunque no mensurables
cuantitativamente, entre los órganos y las funciones de un cuerpo vivo, de la misma
forma hay relaciones precisas, pero no susceptibles de evaluaciones numéricas, entre
los grupos de hechos que componen la vida social y moral” (citado por Lefebvre,
1974).

Asimismo, para los positivistas la historia del hombre ha sido un proceso gradual de
obtención de la verdad positiva, la cual es considerada un producto del conocimiento
científico. De acuerdo con este planteamiento, el proceso de desarrollo de la ciencia
permitirá ordenar la sociedad de una manera justa y equilibrada. Precisamente, una de las
consignas centrales del positivismo es la conformación del orden.
Otra consigna de esta corriente filosófica es el progreso del hombre, el cual va de la
mano con el desarrollo de la ciencia, de la verdad positiva (científica, demostrable): a
mayor grado de desarrollo científico, mayor bienestar y riqueza para las sociedades.
Por tal razón, el estudio de los hechos se consideró importante porque a través de
ellos se pretendía identificar leyes que permitieran descubrir las causas del progreso
social. El positivismo aparece, entonces, como continuación del pensamiento ilustrado
(Lombardi, 1996) y, en consecuencia, de la modernidad. Al abrazar la visión del mundo
propuesta en la filosofía de la ilustración, los positivistas dogmatizaron su teleología al
creer en el inevitable progreso de las sociedades. El desarrollo continuo del conocimiento
científico garantizaría este proceso ascendente que conduciría a la construcción de la
sociedad perfecta.
Esta posición optimista la podemos observar en Robert Mackenzie, historiador
positivista del siglo XIX, quien entendió la historia como un “registro de progreso, un
registro de conocimientos acumulados y sabiduría creciente, de adelanto continuo desde
un nivel inferior de inteligencia y bienestar a otro más alto. Cada generación deja a la que
le sigue los tesoros que ella heredó” (citado por Collingwood, 1952: 147).
Ciertamente, el progreso se ha hecho presente en la vida del hombre. Éste, con el
avance fundamental de la tecnología y la producción en masa de las fábricas, ha logrado
14
Taine, Hyppolite (1828-1893). Historiador y filósofo francés. Autor de: Filosofía del arte; Orígenes de la
Francia contemporánea (1876); Historia de la literatura inglesa.

47
una mejora sustancial de las condiciones de vida: mayores expectativas de vida,
crecimiento poblacional, desarrollo de la ciencia y de la salud, etc. No obstante, este
progreso ha venido acompañado de la explotación de unos hombres por otros y del
dominio de unas naciones sobre otras. El autor brasileño Josué de Castro, en su obra
Geografía del hambre, refiere que durante los últimos treinta años del siglo XIX, más de
veinte millones de habitantes de India murieron de inanición; sólo en el año 1877, cuatro
millones de indios perecieron por falta de alimentación y, sin embargo, mientras tantos
caían muertos, el puerto indio de Calcuta seguía mandando al extranjero considerables
cantidades de cereales. En esa época, India era colonia de Inglaterra y su producción era
vendida por los amos ingleses al exterior, ya que los desposeídos y marginales de India
eran demasiado pobres como para comprar el trigo que les hubiera salvado la vida.

El presentismo

El presentismo fue una corriente del pensamiento histórico que reaccionó


en contra del positivismo y se mantuvo cercana al idealismo de Hegel, así
como a los planteamientos centrales del historicismo. En dicha corriente se
plantea que el historiador no debe limitar su trabajo al ordenamiento de datos
(heurística) sino que debe, además, valorarlos (Carr, 1978); es decir, verlos a partir de los
intereses del presente, pues el conocimiento histórico no es más que “el pensamiento
contemporáneo proyectado sobre el pasado” (Schaff, 1983: 126). En palabras de Croce 15
(citado por Walsh, 1980) “la historia es el pensamiento vivo del pasado”.
Para los presentistas no hay una historia, sino una multiplicidad de historias según el
número de espíritus que las crean (Schaff, 1983). La historia, entonces, es el resultado de
los anhelos y necesidades de los actores sociales y del mismo historiador que la escribe;
como consecuencia de esto, la visión del pasado y la selección de los hechos estudiados
están condicionadas por la cultura del presente, espacio en el que actúa el espíritu (tesis
idealista de Hegel) con el propósito de ordenar el mundo en forma racional. En
conclusión, la historia es un producto del espíritu, el cual, al actuar en el presente,
propicia hechos particulares que están dotados de conceptos universales (Cardoso, 1985).
Los hechos son una consecuencia de la dialéctica que el mismo espíritu introduce en
el devenir histórico. No hay permanencia de situaciones y de estructuras en la historia. Al
igual que los historicistas, los presentistas consideran que el cambio es lo único que
permanece en la historia.
Para comprender el despliegue del espíritu sobre los hechos, el
historiador debe contemplarlos para narrar aquello que es real y descartar lo
irreal. Su obra sólo difiere de la obra del novelista en que aquella se
considera verdadera, en cuanto experiencia revivida en su espíritu (Schaff,
1983). Por eso, la condición científica de la historia es particular en relación
con otras ramas del saber. Collingwood 1 6 (1952: 224) concebía la historia
como ciencia, “pero una ciencia de una clase especial. Es una ciencia a la que
15
Croce, Benedetto (1866-1952). Filósofo e historiador italiano. Autor de: Teoría e historia de la
historiografía (1916); La historia como pensamiento y como acción (1938); Filosofía del espíritu (1902);
Materialismo histórico y economía marxista (1900); La filosofía de Vico (1911); Breviario de estética
(1913); Ética y política (1930); Filosofía e historiografía (1949).

48
compete estudiar acontecimientos inaccesibles a nuestra observación, y
estudiarlos inferencialmente, abriéndonos paso hasta ellos a partir de algo
accesible a nuestra observación y que el historiador llama testimonio
histórico de los acontecimientos que le interesan”.
A diferencia de Croce, quien en su primera etapa de reflexión teórica
visualizó la historia como arte y no como ciencia, Collingwood acepta el
carácter científico de la historia e identifica en ella un método particular:
observación indirecta de hechos a través de las fuentes históricas.
El proceso de observación del pasado a través de las fuentes o evidencias históricas,
representa en la historiografía un aporte significativo de los historiadores positivistas. En
el siglo XX, este aporte sería retomado por los historiadores franceses de Annales para
proponer que dicho proceso heurístico debía realizarse mediante la interdisciplinariedad:
la historia comenzaba a dialogar con las ciencias sociales.

La propuesta de Annales

La práctica historiográfica de las primeras décadas del siglo XX obtuvo un


significativo aporte con el movimiento o escuela de Annales. Sus precursores plantearon
una nueva orientación del proceso de investigación histórica, diferente de la historiografía
positivista y en menor grado del materialismo histórico.

“(...) No obstante, la novedad de los Annales no está en su método, sino en los


objetos y las preguntas que plantean. L. Febvre y M. Bloch respetan
escrupulosamente las normas de la profesión: trabajan sobre documentos y citan sus
fuentes, pues no en vano aprendieron su oficio de la Escuela de Langlois y
Seignobos. Ahora bien, critican su estrechez de miras y la compartimentación de las
investigaciones. A su vez, rechazan la historia política episódica que entonces
predominaba en aquella Sorbona cerrada (...)” (Prost, 1996: 52).

Annales propondrá una epistemología de la historia, caracterizada por el trabajo de


investigación interdisciplinario. Con la misma se aspiraba a:

1. Dotar al discurso histórico de categorías tomadas de otras disciplinas científicas


como la antropología, economía, filosofía y sociología. El trabajo interdisciplinario
también buscaba incorporar herramientas metodológicas en el análisis e
interpretación de las fuentes históricas, para ofrecerle al historiador la posibilidad de
obtener información sobre el pasado en rastros humanos de todo tipo: desde una
muestra de tejido orgánico, hasta las ruinas de una ciudad abandonada.
2. Mantener el carácter de relevancia de la historia ante el surgimiento de otras
propuestas científicas. La historia “se encontraba amenazada por el auge de la
16
Collingwood, Robin George (1889-1943). Filósofo británico. Profesor de la Universidad de Oxford.
Autor de: Religión y filosofía (1916); La idea de la historia (1946); Autobiografía (1939); The principles of
natura (1945); Historical imagination (1935).

49
sociología, sobre todo desde 1898 con Durkheim y su Année sociologique. Esta
disciplina pretendía ofrecer una teoría total de la sociedad, y proponía
hacerlo con métodos más rigurosos” (Prost, 1996: 49).
3. Consolidar la creencia en la condición científica de la historia y su aceptación como
una ciencia en permanente proceso de construcción (Cardoso, 1985).
4. Alcanzar la meta de ofrecer un conocimiento histórico que abarque la
totalidad social. Según Fernand Braudel (citado por Pereyra, 1980): “la
historia (...) es el estudio de lo social, de todo lo social, y por lo tanto
del pasado; y también, por tanto del presente, ambos inseparables”.

Los historiadores de Annales insistirán en la pertinencia social del conocimiento


histórico: la historia no es conocimiento estéril del pasado, es la posibilidad de lograr una
lectura del presente con el propósito de comprenderlo y transformarlo. De igual manera
sostendrán, como lo hicieran los representantes del materialismo histórico, que el
epicentro de la historia es el hombre. Marc Bloch17 (citado por Bauer, 1957) nos dice al
respecto que:

“El objeto de la historia es esencialmente el hombre. Mejor dicho, los hombres


(...) Detrás de los rasgos sensibles del paisaje de las herramientas o de las máquinas,
detrás de los escritos aparentemente más fríos y de las instituciones aparentemente
más distanciadas de los que las han creado, la historia quiere aprehender a los
hombres”.

Sobre el particular, Lucien Febvre18 (citado por Salmon, 1972) afirmó lo siguiente:

“Jamás debemos olvidar que el sujeto de la historia es el hombre. El hombre, tan


prodigiosamente distinto y cuya complejidad no es posible reducir a una fórmula
sencilla. El hombre, producto y heredero de millares y millares de uniones, mezclas,
amalgamas de razas y sangres distintas” (p. 32).

La labor de Bloch y Febvre, en lo que respecta a la fundación de Annales, se


mantendría en el tiempo con la incorporación de nuevas generaciones al movimiento;
entre ellas las encabezadas por Fernand Braudel y Jacques Le Goff, respectivamente, en
la segunda mitad del siglo XX.


 Marc Bloch (1886 – 1949). Historiador Francés. Fundador de la revista Anales de historia económica-
social (1929). Profesor de la Sorbona. Autor de: La sociedad feudal; Introducción a la historia (1949).

 Lucien Febvre (1878 – 1956). Historiador Francés. Fundador de la revista Anales de historia
económica-social (1929). Profesor de la Universidad de Estrasburgo. Autor de: La contrarreforma y el
espíritu moderno; Martín Lutero: un destino; Combates por la historia (1953).

50
51
52
IV
ALCANCE Y LIMITACIONES
DEL CONOCIMIENTO HISTÓRICO

53
54
Los historiadores suelen asumir posiciones diversas cuando se trata de
precisar qué puede aportar la historia a los sujetos sociales que comparten
una misma contemporaneidad: para algunos ésta le ofrece al hombre la
posibilidad de comprender y corregir en el presente los errores del pasado;
para otros, la historia sólo brinda un conocimiento estéril del pasado, en el
sentido de que no trasciende la conservación de la memoria de los pueblos
para repercutir en la praxis social; finalmente, también hay quienes asumen
una posición moderada frente a tan escabroso tema y se inclinan por
reconocer que el conocimiento histórico juega un papel significativo en la
tarea de comprender y transformar la realidad social, sin considerar que éste
sea tan eficaz como para evitar que los hombres reincidan en los errores
cometidos en el pasado.
Ya desde los orígenes de la historiografía se ha venido discutiendo este tema. La
visión cíclica de la historia, propia de griegos y romanos, los condujo a la creencia
en una estrecha conexión entre el pasado y el presente, en cuyo devenir
aspiraban entender el eterno movimiento protagonizado por el caos (guerras,
inestabilidad política, tragedias naturales) y la prosperidad; condiciones éstas
que se establecían periódicamente en sus respectivas sociedades y a las cuales
visualizaban en relación directa con la “fortuna”.
Como consecuencia de lo anterior, Tucídides (citado por Childe, 1974) aceptó que
“la historia es útil para quienes deseen alcanzar una idea clara de los acontecimientos que
han ocurrido y de los que algún día, en el curso probable de los asuntos humanos,
ocurrirán de nuevo del mismo o de semejante modo”.
Polibio y Tácito recurrieron a la historia para aleccionar e instruir a sus
contemporáneos, a fin de mantener la memoria del pasado y poder así, en palabras de
Polibio, “soportar con igualdad de ánimo las vicisitudes de la fortuna”. Heródoto, por su
parte, expuso sus investigaciones para dar a conocer diversos hechos que él consideró
dignos de ser recordados.
La célebre frase de Cicerón: “historia, maestra de la vida”, recoge en
buena parte lo que griegos y romanos le atribuían al conocimiento histórico
en cuanto a su pertinencia social, aunque también asumieron que las
enseñanzas de la historia no les iba a librar de las fatalidades arrastradas por
la fortuna. El mundo moderno marcó distancia del fatalismo histórico de las
sociedades antiguas, mas no perdió la herencia recibida de éstas en cuanto a
la aceptación de la historia como conocimiento de hechos cuyo recuerdo debe
conservarse.
La consecuencia inmediata de lo que la historia enseña es el recuerdo. De hecho, las
reflexiones de griegos y romanos en relación con la naturaleza de la historia se centran en
el recuerdo que de ésta se obtiene. Recordar es el primer paso para transformar el
presente; es, además, “interpretación de nuestra vida, de lo que hemos sido, e influye en
nuestro ‘ahora’ precisamente porque es interpretación” (Ortega y Gasset, 1965: 179).
Ahora bien, mantener vigente el recuerdo a lo largo del tiempo es algo
que depende de la sociedad en general, de todos quienes la conforman y en
particular de aquellos que tienen la responsabilidad de dirigirla. A la
sociedad le es necesario mantener el recuerdo, pero esto debe hacerse
55
partiendo de un consenso y no de una imposición ideológica. Las
agrupaciones políticas, económicas y religiosas no deben imponer una
determinada visión del pasado, con el propósito de establecer qué hechos
merecen ser recordados y cuáles llevados al olvido.
El recuerdo y la memoria de los pueblos han sido frecuentemente distorsionados en
diversos contextos sociales, como consecuencia de intereses sectarios que dejan a un lado
el bienestar colectivo. Algunos casos de esta índole son los siguientes:

“(...) la exaltación por el nazismo alemán de una supuestamente voluntad de


dominio de parte del pueblo germánico, en el elogio de la ´gesta heroica` de los
colonizadores del oeste norteamericano por los blancos que llevan ahí ´la ley y la
democracia` (...) y también en la supresión en relatos y hasta en fotografías de
personajes ingratos al régimen estalinista (como la eliminación de Trotski en
muchos episodios de la revolución rusa de 1917), así como la visión unilateral de
este régimen que se presenta frecuentemente por sus adversarios (...)” (Brom, 1996:
33).

Estos hechos hablan de la incapacidad del hombre para alcanzar la verdad, y al


mismo tiempo reflejan la impotencia de los historiadores para propagar versiones
objetivas en relación con los hechos mencionados. A pesar de esto, quienes viven una
misma época tienen la posibilidad de compartir un recuerdo colectivo, en el cual
aparezcan tanto los valores construidos en el pasado, como los errores que han afectado
la convivencia entre ellos mismos. De esta manera se establecería un balance que podría
dar paso a una conciencia histórica consistente y capaz de fomentar el compromiso de los
actores sociales frente a los retos que les depara el futuro.
En esta tarea de construir la memoria social, la historia aportaría el rescate de las
experiencias pasadas, con lo cual le facilitaría a la sociedad el conocimiento de su origen,
así como la comprensión de los cambios que ha experimentado en el tiempo. Aunque esto
signifique un paso importante a la hora de comprender la historicidad de los hombres, no
garantiza que los desaciertos cometidos por éstos en el pasado no se reproduzcan en el
presente. De acuerdo con Witold Kula (citado por Bauer, 1957):

“La acumulación de las experiencias de la humanidad –la historia– y el


conocimiento de esas experiencias –la ciencia histórica– no facilitan ninguna receta
a nadie; a nadie eximen de la responsabilidad de su libre elección y de su libre
opción; a nadie le liberan de la comisión de nuevos errores y, lo que es peor, de
reincidir en los viejos. En la mayoría de los casos advierten lo que no hay que hacer
y no lo que debe hacerse. Casi siempre permiten prever las dificultades, en lugar de
ofrecer los medios preventivos. ¿Esto es poco? Siempre es mejor que nada. Y sin la
historia la sociedad humana nada sabría de sí misma”.

La historia, en este sentido, no es por sí sola la respuesta a la compleja realidad del


hombre, pero “forma parte de ese conocimiento inútil que tanto necesita el ser humano”
(Lombardi, 1996: 156). A pesar de esto, “al dotarnos del sentido de la continuidad
existencial, la historia dispone tanto el ánimo como el intelecto para encarar la porción
inédita del futuro, con serenidad creadora de nuevas actitudes, o de variantes de las

56
usuales, que aseguran la continuidad de nuestra marcha vital” (Carrera Damas, 1995:
311).
El conocimiento que se desprende de la historia está orientado a la comprensión de
la realidad social de los hombres. El carácter transformador de dicho conocimiento
dependerá de su inserción en la conciencia colectiva de los pueblos; es allí donde las
enseñanzas de la historia deben traducirse en valores y actitudes que favorezcan el
bienestar del conjunto social, sin exclusiones de ningún tipo. Este grado de conciencia
puede ser calificado de conciencia social o histórica.
En el caso de las sociedades con mayores índices de pobreza a escala mundial, esta
dinámica podría iniciarse una vez que sean superadas algunas dificultades que se han
ido prolongando en el tiempo. Una de ellas es la persistente atención que en
el plano historiográfico se le presta a las acciones protagonizadas por
individuos que son convertidos en el centro de la historia. El relato histórico
en torno a los “héroes” no ha permitido construir una interpretación del
pasado en la cual esté presente una muestra significativa del conjunto de actores
sociales estudiados. La historia ha sido vista a través de la exclusión de las mayorías,
favoreciendo la inserción de una minoría.
De igual manera, puede observarse que en la historia de diversos pueblos los hechos
narrados son aquellos que han sido protagonizados por los vencedores de los procesos
históricos, mientras que los vencidos quedan relegados a un segundo plano. A escala
mundial se ha ido imponiendo periódicamente una determinada moda historiográfica, la
cual varía según las tendencias aprobadas en los países industrializados. Es por ello que
los estudios históricos eurocéntricos se han propagado en forma indetenible, por lo que en
el plano historiográfico ha estado presente una relación desigual entre las sociedades de
los hemisferios norte y sur, donde estas últimas –por omisión y producto de la
dominación, al mismo tiempo– cuentan muy poco a la hora de definir la orientación de
los estudios históricos.
Una herramienta eficaz para la construcción de la conciencia histórica de los pueblos
es el sistema escolar. A pesar de su susceptibilidad ideológica, la escuela es un escenario
que favorece la formación de valores en torno a un pasado común. En el caso de
Venezuela, los problemas antes mencionados han anidado en los programas de estudio y
en los procesos de enseñanza. Según Lombardi (1996):

“La historia que se enseña sigue siendo en lo esencial la llamada historia


tradicional o “de acontecimientos” en donde prevalece lo heroico y lo individual;
historia eminentemente política y anecdótica, eurocéntrica y europeísta (...) un
tiempo histórico estructural y orgánicamente discontinuo, anclado en un pasado
muerto y en donde sistemáticamente se rehuye la contemporaneidad. Historia
aséptica, neutral, acrítica y anticientífica (...)” (p. 121).

En el contexto escolar la enseñanza de la historia se ha centrado en la transmisión de


datos acerca de un pasado distante para el estudiante. Tal distanciamiento es la causa de
su incomprensión del significado de ese pasado, pues el recuerdo es una experiencia
vacía y estéril cuando no se comprende. Por eso resulta necesario que docentes e
historiadores enseñen cómo y por qué ocurrieron los hechos, así como la relación de éstos
con el presente: no hay conocimiento histórico válido que no dé respuestas acerca de la
57
contemporaneidad de los hombres.
La historia, por tanto, es pertinente y necesaria cuando se enseña. De nada sirve que
los historiadores indaguen incansablemente sobre el pasado si no logran la transmisión
del conocimiento generado. Para hacerlo, es importante tener presente que la narración en
la producción del conocimiento histórico no es sólo enunciar hechos; también es
necesario ofrecer la explicación de éstos de una manera didáctica, para que puedan ser
captados y entendidos por la población receptora.

58
Anexos
Ejercicios para la identificación
de diversas interpretaciones
de la historia.

Esquema para la realización de


una investigación
histórica.

59
60
Ejercicios para la identificación de diversas interpretaciones de la historia.

Mediante la lectura del capítulo III de este manual es posible identificar en los
siguientes textos –en su mayor parte correspondientes a la historiografía venezolana -, la
concepción de la historia que está presente en el pensamiento de sus respectivos autores.
Con esta actividad no se logrará establecer conclusiones definitivas sobre la
afiliación de dichos autores a determinadas interpretaciones de la historia; no obstante,
los ejercicios son válidos si se desea lograr una aproximación sobre el particular. Al final
de este segmento se indica la procedencia de los textos y la respuesta de cada ejercicio.

Texto 1
“La contradicción entre la realidad social y las ideas políticas es clave en nuestra
Historia. Los ideólogos de la Independencia, incluso Bolívar, el más sagaz, no
comprendieron que el funcionamiento regular de la reforma republicana de gobierno
a la cual aspiraban no podía lograrse sin una modificación económica previa o
correlativa. Sin ella imperaría, como aconteció, un orden político contrario al soñado
por los grandes dirigentes emancipadores. Y no podían comprenderlo porque
carecían de una teoría económica acorde con las aspiraciones de ese orden. No
tenían una noción clara de la vital correlación existente entre economía y política y,
por ende, de la necesidad–condición sine qua non– de crear condiciones
económicas determinadas para estabilizar un régimen político
determinado. Además, aun admitiendo en las mentes rectoras esa noción,
¿qué clase social la iba a realizar? No existía entre nosotros el estamento
llamado históricamente entonces –como sucedió en Europa– a concretar esas
reformas indispensables al arraigo de la anhelada innovación política. Se tejió el
ideario político pero no se le construyó asidero material. El naufragio había de
sobrevenir irremisiblemente”.

Texto 2
“Tres siglos de combate le valieron al cristiano la posesión del mundo: al cabo
de ellos se veía ya a la religión asentada en el solio de los Césares. Sin embargo, el
imperio no había muerto aún; conservaba la rudeza de las batallas, era duro y feroz
hasta para morir: quería morir como sus propios héroes; sobre el escudo. Así fue:
después de dos centurias, todavía respiraba. Entonces la providencia de Dios llama
a los bárbaros del norte, que estaban como aguardando su voz: los bárbaros se
precipitan por la Europa, la inundan, la infestan, llevan derecho al puñal al seno de
la gran Nación, y la matan: echan por tierra tronos, instituciones, gobiernos, todo...
No parece sino que estaba en el orden de las cosas que no quedase ni rastros de la
antigua sociedad, que hasta lo bueno pereciese, para hacer germinar las nuevas
semillas en una sociedad del todo virgen”.

61
Texto 3
“No creo que haya hombre de bien que emprenda la dura tarea de escribir sin
una convicción que le domine: y como no aspiro al honor de una triste
independencia, que consistiría en no creer ni amar nada, debo decir con franqueza
que mi fe es católica en el sentido más absoluto de esta palabra. ¿Puede escribirse
acerca de los puntos más misteriosos de la historia, subir al origen de los pueblos,
asistir al espectáculo de sus religiones, sin tomar partido en las eternas cuestiones
que ventilan? ¿Y puede tomarse partido, en un siglo sobre todo de controversia y
duda, sin que el pensamiento sea serio y la palabra conmovida? Dos cosas pueden
exigírsele únicamente al escritor: que su convicción sea libre e inteligente, y que el
deseo de justificar una creencia no le lleve a desnaturalizar los hechos y a
contentarse con testimonios equívocos y consecuencias prematuras. Yo sé que en el
extremo de toda ciencia está Dios.”

Texto 4
“La serenidad de criterio, la ausencia de prejuicios y de pasiones a que he
llegado a fuerza de estudio y observaciones (usted tiene la grandísima ventaja –me
decía Pérez Triana en carta que conservo– de ver y juzgar todas las cosas políticas
en Historien) me alejan de ese ambiente en que toda curiosidad científica
desaparece. Yo no concibo al bacteriólogo que odie a unos microbios y sienta amor
por otros... Hay que estudiarlos, analizarlos, seguirlos en su evolución, sin otra
pasión, sin otro interés que los de extraer de la observación toda la utilidad posible
en bien de la humanidad; y es también ésta la misión del historiador y del
sociólogo”.

Texto 5
“Encontrará, pues, el benévolo lector en una gran síntesis los orígenes de
Venezuela y los más notables sucesos de las que llamaremos sus historias antigua y
moderna; trabajo que hemos creído indispensable para destacar mejor nuestra labor
sobre la Historia Contemporánea, que datamos en 1830, época en que la
nacionalidad venezolana se constituyó definitivamente.
Hemos invertido largos años en acumular documentos públicos y
particulares y en recoger toda especie de verídicas informaciones que nos
sirviesen de base para la narración, procurando dar a ésta el más sólido
fundamento y buscando exhibir los hechos tales como acontecieron y de
ninguna manera como los pudiera pintar nuestra fantasía . Natural es que
alguna o muchas de nuestras apreciaciones hayan caído bajo la presión
de nuestros afectos, pero protestamos que en la exposición de los hechos
cumplidos hemos rendido leal tributo a la verdad. Fuera de los
antecedentes contenidos en la primera parte, nuestro trabajo abarca en las
siguientes un espacio de sesenta años, y es indudable que no hemos podido narrar
todos los sucesos ocurridos, por más empeño que hayamos tomado en ser
escrupulosamente minuciosos; de manera que las deficiencias u omisiones nos habrá

62
de perdonarlas el benévolo lector, tanto más cuanto que otros escritores de más
ciencias y de mejor estilo que nosotros podrán con ventajas llenar esos vacíos.
Para nuestra labor hemos tenido a la vista infinidad de obras y documentos, y
nos hemos cuidado en cada oportunidad de citar a los autores. En lo oficial hemos
examinado todas las publicaciones hechas por los distintos gobiernos habidos en
Venezuela, así como hojeado la mayor parte de las publicaciones periódicas
particulares, porque ellas dan idea de las palpitaciones de la opinión en cada época y
forman la mejor tabla cronológica de los sucesos.”

Texto 6
“La historia no puede ser ahora sino lo que ha sido siempre: ‘Espejo de lo
pasado’. Verdad que contribuye a la educación de la humanidad, si se toma en
cuenta la tendencia docente que le asigna Herder, y en el sentido de ‘interrogación
que ella es en el pasado de los problemas que nos inquietan en el presente’, si se le
agrega el fin social que le señala Spengler. De todos modos su objeto es más
efectivo como factor de cultura que como móvil de fantasía para la recreación; y de
más trascendencia como elemento filosófico de progreso, que en la calidad
estadística de casos clínicos, de enfermos que desde hace centurias están en la
gloria. Todavía más, lo práctico y exacto es utilizar la historia como fuente creadora
de voluntad. Porque de eso es que necesita, de voluntades, la humanidad para
marchar... De tal manera la historia universal para el mundo y la nacional para cada
país constituye tesoro espiritual de necesidad invalorable. En tal aspecto, los héroes,
los sabios y los artistas, y sus acciones y sus obras, son patrimonio común. Debe el
pueblo venerarlos y el gobierno cuidarlos. A lo primero tienden las
conmemoraciones como la presente, por cuanto además de merecido recuerdo son
incitaciones de respeto, gratitud y admiración”.

Texto 7
“La función del Estado en Venezuela como representante de los intereses
colectivos se ha orientado hacia la reducción de las contradicciones, de manera que
la reproducción de la clase dominante se desenvuelva en el marco del orden y la paz
social. Difusión ideológica, coerción y populismo han sido los instrumentos
fundamentales para ello. En efecto, la expansión y la complejidad del aparato de
dominación ideológica (particularmente el sistema educativo y los medios de
comunicación de masas), el desarrollo del aparato militar y la política de corte
populista, han sido las vías más utilizadas para mantener la reproducción del
sistema, al mismo tiempo que se ha experimentado una creciente apertura a la
participación política”.

Texto 8
“Napoleón ha sido la figura más poderosa de los tiempos cristianos, y quizás el
hombre más extraordinario de la historia.

63
Su prodigiosa inteligencia, la más pronta y la más lúcida que pueda concebirse,
estaba maravillosamente ordenada y disciplinada. ‘Los diversos asuntos, decía, están
colocados en mi cabeza como un armario. Cuando quiero interrumpir un asunto,
cierro su cajón y abro el del otro. Así no se entremezclan, y jamás me molestan ni
fatigan’. Espíritu positivo ante todo, no podía sufrir los teóricos ni los constructores
de sistemas a priori, en los que nada reposa sobre la experiencia, y a los que llamaba
‘los ideólogos’, o una plaga.
Sin embargo, la imaginación era en él tan prodigiosa como la inteligencia. Su
reinado fue en gran parte consagrado a procurar realizar tanto como pudo
los sueños de su imaginación. Estos sueños, revelados por él mismo en
muchas conversaciones, hacían del imperio francés ‘la madre patria de
las otras soberanías’; de Napoleón, el heredero de Carlomagno, el jefe supremo de
Europa...
(...) Quería el poder entero, sin participación alguna por parte de los demás; ni
siquiera admitía que después de él hubiera alguno que pudiese pensar en codiciarlo.
Esta celosa pasión del poder absoluto no cesó de aumentar hasta la catástrofe final.
Y se puede decir que, en la última parte de su reinado, gobernó realmente la mitad
de Europa.
Napoleón llevó a cabo esa tarea colosal gracias a un poder de trabajo casi
sobrehumano. Él mismo decía que no había podido conocer jamás el límite de su
trabajo. Raramente trabajaba menos de dieciocho horas por día, casi sin descanso
(...)”.

Texto 9
“La insignificancia de la burguesía rusa hizo que los objetivos democráticos de
la Rusia retardataria, tales como la liquidación de la monarquía y la liberación de un
campesinado sometido todavía en parte a la servidumbre, no pudieran alcanzarse
sino a través de la dictadura del proletariado. Luego de conquistar el poder a la
cabeza de las masas campesinas, el proletariado no pudo limitarse a las realizaciones
democráticas. La revolución burguesa se confundió inmediatamente con la segunda
fase de la revolución socialista. Esta no fue casual. La historia de las últimas décadas
demuestra claramente que, en las condiciones de la decadencia del capitalismo, los
países atrasados no pueden alcanzar el nivel de las viejas metrópolis del capital (...)
Rusia entró en la vía de la revolución proletaria no porque su economía fuera la más
madura para la transformación socialista, sino porque esa economía ya no podía
desarrollarse sobre bases capitalistas. La socialización de los medios de producción
se había convertido en la condición necesaria y más primordial para sacar al país de
la barbarie: tal es la ley del desarrollo combinado de los países atrasados.”

• Respuestas

Texto 1
Concepción materialista: para Irazábal (1980: 73), las condiciones materiales
64
son determinantes: el fracaso del ideario republicano se debió a que no estaban
dadas las condiciones materiales, económicas y sociales, para la instauración de una
República. Esto trajo varias consecuencias: tiranías, movimientos anárquicos y
guerras constantes que asolaron al país.

Texto 2
Providencialismo: según Cecilio Acosta (citado por Carrera Damas, 1961: 6-7),
la providencia de Dios actuó a través de los pueblos bárbaros de Europa para que
ellos dieran cumplimiento a su designio de terminar con el imperio romano y dar
paso a una nueva sociedad dominada por el cristianismo.

Texto 3
Providencialismo: Juan Vicente González (citado por Carrera Damas, 1961:
235) reconoce que sus escritos se fundamentan en convicciones de fe. Expresa que
la explicación última de la ciencia, en este caso la historia, es Dios.

Texto 4
Positivismo: Laureano Vallenilla Lanz (citado por Carrera Damas, Salazar y
Caballero, 1966: 8) aboga por la ausencia de prejuicios y de emociones al estudiar
los hechos sociales e históricos. Según su criterio, el método debe ser de rigurosa
observación y análisis.

Texto 5
Positivismo: el autor, Francisco González Guinán (citado por Carrera Damas,
1961: 241), considera de suma importancia la consulta exhaustiva a las fuentes
históricas (documentos, obras) para presentar y constatar los hechos de interés, a los
cuales aspira presentar tal y como acontecieron, sin ningún grado de subjetividad.

Texto 6
Idealismo: Antonio Álamo (citado por Carrera Damas, 1961: 27) identifica lo
espiritual como móvil de la historia. Postula la necesidad de que el historiador se
ciña al hecho, a lo que fue, pero revelando las fuerzas espirituales que son el
patrimonio de los pueblos.

Texto 7
Concepción materialista: para Lourdes Fierro y Yoston Ferrigni
(1981: 129) el Estado venezolano está al servicio de la clase dominante,
y sus funciones se han orientado a que dicha clase conserve su papel
privilegiado y dominante. En este sentido, la lucha de clases está
presente en todos los sectores de la totalidad social y el Estado no escapa a esa
afirmación.

65
Texto 8
Idealismo: Alberto Malet y J. Isaac (1940: 58-59) consideraron que Napoleón –
con su voluntad, imaginación e inteligencia– se convirtió en el motor de la historia
de Europa. Esta percepción idealista se conoce como el culto a los héroes y a las
grandes personalidades.

Texto 9
Concepción materialista: para Trotsky (1969: 11-12) las condiciones
económicas y el estado de las clases sociales determinaron el curso de la historia en
la Rusia de las primeras décadas del siglo XX. En este proceso histórico, el
proletariado desempeñó un papel protagónico, el cual estuvo vinculado con el
surgimiento de una etapa revolucionaria.

Esquema para la realización de una investigación histórica

Cardoso y Pérez (1981) identificaron algunos pasos que suelen dar los historiadores
al llevar a cabo una investigación. La propuesta de estos profesionales constituye una
referencia válida y que podría encauzar las inquietudes de quienes deseen realizar por
primera vez una investigación histórica. Conviene enriquecer y complementar dicha
propuesta a partir de las innovaciones de la informática, específicamente en todo lo que
tiene que ver con las técnicas para la recolección, clasificación y análisis de los datos
presentes en las fuentes históricas. También es importante tomar en cuenta que la manera
de elaborar y presentar las listas de referencias (bibliográficas, documentales,
testimoniales, etc.) varía en el tiempo, por lo que las pautas deben localizarse
periódicamente en publicaciones científicas reconocidas.
Ante la pregunta: “cómo organizar y llevar a cabo una investigación histórica”,
Cardoso y Pérez (1981: 397-400) respondieron de la siguiente manera:

1. Elección del tema y su justificación

Los criterios que pueden orientar la selección de un tema de investigación histórica


son de varios tipos:

a) el interés personal por el tema


b) la relevancia del mismo: los criterios al respecto varían con la evolución misma
de la ciencia histórica
c) la originalidad: debe evitarse tratar temas ya trabajados por otros investigadores,
salvo si se lo hace con métodos renovados o para refutar opiniones anteriormente
admitidas
d) la documentación: presencia y disponibilidad de las fuentes necesarias para
abordar el tema escogido
e) los recursos disponibles: el equipo humano y su formación, el financiamiento, el
66
tiempo, los recursos materiales (...).

2. Establecimiento de las hipótesis de trabajo; elección de la metodología y de las


técnicas.
No hay investigación sin hipótesis de trabajo, pero éstas pueden ser implícitas o
explícitas: desde luego, conviene que estén claramente formuladas (...).
La hipótesis de trabajo es una proposición que da una respuesta tentativa a un
problema, en la fase de planteamiento de la investigación (...). En realidad, orienta todo el
proceso de investigación. Su uso debe hacerse respetando ciertas precauciones básicas:
a) no aferrarse a ideas probablemente inútiles
b) la disciplina intelectual de subordinar las ideas a los hechos
c) examinar las ideas críticamente
d) rehuir los conceptos erróneos.
La elección de la metodología y de las técnicas que serán empleadas en la
investigación depende estrechamente del tema escogido –cada rama de estudios
históricos presenta especificidades técnico-metodológicas– y de las hipótesis de trabajo
planteadas. Depende también del estado de la documentación accesible (...) y de las
disponibilidades humanas (número y tipo de formación de los investigadores), de
recursos, de tiempo, de equipo, etc. (...).

3. La fase de documentación: recolección de los datos


Para empezar, hay que utilizar todos los instrumentos de trabajo disponibles: listas
bibliográficas, ficheros de bibliotecas y archivos, bibliografías de obras anteriores sobre
asuntos relacionados con la investigación, catálogos de documentos elaborados por
archivistas, etc.
(...) Tanto en el caso de los documentos manuscritos como de los
diversos tipos de documentos publicados, conviene elaborar dos tipos de
fichas:

a) Fichas bibliográficas o documentales de identificación, en tarjetas de cartón: en


el caso de los documentos impresos, contiene los diversos datos de base del libro
o artículo (nombre del autor, título subrayado, lugar de edición, editorial, año de
publicación; en el caso de los artículos: nombre del autor, título del artículo entre
comillas, título de la revista o periódico subrayado, año, tomo, número, fecha y
páginas); en el caso de los manuscritos, contienen los datos que permiten
identificar y hallar el documento en el archivo (nombre del archivo, serie,
número de clasificación, folio o folios, etc.). Este tipo de fichas permite elaborar
con facilidad la lista de fuentes y la bibliografía general del trabajo.
b) Fichas analíticas o de contenido, en hojas de carpeta movibles, esto permite
manipular fácilmente el material, cambiar si es necesario su disposición, etc.:
resumen del libro, artículo o manuscrito, parcial o totalmente.

Entre los grandes peligros que acechan al investigador están la dispersión o pérdida

67
de tiempo y la mala organización del trabajo de recolección de datos, haciendo que se
sienta ahogado por la masa de fichas y papeles. He aquí algunos consejos prácticos para
evitarlos:

a) hacer una cosa a la vez


b) saber resumir: sólo copiar textualmente cuando se justifique
c) utilizar en la medida de lo posible los recursos más modernos de reproducción:
fotocopia, microfilm, etc.
d) tener un plan –aun burdo– ya en la fase de documentación para clasificar el
material; dentro de cada división temática del plan, es útil clasificar
cronológicamente (...).
Otra cuestión es saber cuándo conviene concluir la fase de recolección de datos.
Siempre es posible conseguir material adicional, pero si los datos de los que se dispone
permiten ya contestar suficientemente a las hipótesis de trabajo, se debe finalizar la fase
de documentación, concentrándose a partir de entonces en el procesamiento de los datos
y la redacción (...).

4. El procesamiento de los datos y la redacción


(...) Al llegar a la fase en que se debe presentar por escrito los resultados de la
investigación, el primer problema que se presenta es la necesidad de elaborar un plan.
Éste podrá ser histórico-cronológico (lo que permitirá percibir la simultaneidad de los
fenómenos y su sucesión) o lógico-sistemático (lo que permitirá percibir los grandes
temas, articulaciones y problemas); también es posible lograr una combinación de los dos
tipos de plan. Sea como fuere, el trabajo deberá comprender las partes principales
siguientes:

a) introducción: planteamiento del tema y sus límites, de las hipótesis, de la


metodología empleada y su justificación
b) cuerpo del texto, dividido en partes y capítulos
c) conclusión: síntesis final, evaluación del grado en que se comprobaron las
hipótesis.

Además del texto propiamente dicho, un trabajo científico comporta siempre un


apartado de erudición: el autor debe comprobar sus afirmaciones a cada paso, aduciendo
las pruebas que las apoyan, a través de la cita de manuscritos, fuentes impresas y
bibliografía (...).

68
BIBLIOGRAFÍA

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ÍNDICE

Prefacio, 1
I. Conceptos y categorías, 3
¿Qué es la historia?, 5
Tiempo histórico, 9
Hecho histórico, 11
Coyuntura, 13
Estructura, 14
Historicidad, 15
Espacio, 16
Historiografía, 17
II. La historia como ciencia, 21
El conocimiento científico, 23
La historia, ¿ciencia de qué?, 23
Fuentes históricas, 25
Crítica y síntesis histórica, 27
Ciencias y disciplinas auxiliares, 28
III. Principales interpretaciones de la historia, 29
El providencialismo, 31
El idealismo de Hegel, 33
La concepción materialista de la historia, 36
El historicismo, 43
El positivismo, 44
El presentismo, 48
La propuesta de Annales , 49
IV. Alcance y limitaciones del conocimiento histórico, 53
Anexos, 59
Bibliografía, 69

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