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Para entender la Intervención social

Esteban Ruiz Ballesteros


GISAP, Departamento Ciencias Sociales, Universidad Pablo de Olavide

Publicado en Blanco, J.; Hernández, M.; Ávila, Mª Ángeles y García, F. (eds.) (2010)
Paradojas y geometrías en los procesos de intervención social. Aconcagua libros,
Sevilla. Pp. 15-32.

I. Habitar la ciudad o el pueblo, pasear por calles y plazas, convivir con vecinos…, nos
coloca a menudo ante escenarios que nos sacuden en lo más íntimo. Nos asaltan
comportamientos, actitudes, situaciones, encrucijadas…, que resultan insoportables,
inadmisibles. Invocamos entonces, como argumento, la justicia social, el sentido
común, e incluso la naturaleza. De todo ello se deriva una necesidad de cambiar las
cosas, de torcer el curso de los acontecimientos que desembocan en esas situaciones, de
transformar actitudes que inquietan porque hacen temblar nuestras convicciones sobre
«como deben ser y comportarse las personas». La soledad de los mayores, el desamparo
de los más pequeños, la violencia hacia las mujeres, la vida en la calle, la miseria…, nos
golpean la conciencia. ¡Hay que hacer algo! ¡Que alguien haga algo! ¡Esto hay que
cambiarlo! Pensamos que lo que no nos gusta puede y debe ser alterado, y lo sentimos
desde lo más íntimo: aquello que no debe ser de determinada manera tiene que
transformarse. E invocamos la intervención de quién sea, como sea, para que remedien,
aparten o confinen esa fuente de desagrado. La intervención social tiene su fundamento
más sólido en el nudo en el estómago. Claro que siempre habrá estómagos más
sensibles que otros…
Por su parte, los que trabajan en los dispositivos de intervención social están habituados
a tratar con ese mundo que golpea la conciencia de la mayoría. La urgencia de actuar y
la costumbre de trabajar con los «problemas de la sociedad» rara vez lleva sus
reflexiones más allá de la normativa, de sus preocupaciones laborales, o de los recursos
disponibles. Es normal, el precipicio marea. Todos debemos proteger nuestras
consciencias y nuestro estado de ánimo. Qué es y qué debe ser la sociedad humana
queda, paradójicamente, lejos de su ámbito diario. Cabe pensar que los dispositivos de
intervención social están más para desenredar el nudo en el estómago de la mayoría, que
para paliar consistentemente las situaciones de la ¿minoría?.
La intervención se debate, pues, entre la sociedad mayoritaria —que siente disgusto por
tantas cosas— y los dispositivos que la combaten. Muy lejos quedan sus objetos y,
sobre todo, la propia intervención en sí.

II. La intervención social es el epítome de una forma de pensar: somos en tanto no nos
gustan ciertas cosas que aspiramos a cambiar, de ahí que la intervención sea un
parámetro privilegiado para comprender nuestra sociedad. A estas alturas es difícil
hacer ver que no siempre la sociedad se pensó de igual manera. Las diferencias y
desigualdades se pueden entender como naturales: existen porque tienen que existir, por
tanto no hay nada que hacer con ellas. Los que nacen pobres morirán pobres, el
conocimiento está reservado para unos pocos, las relaciones de poder vienen marcadas
por un orden natural incontestable. Por tanto, no hay nada que cambiar en una sociedad
que se piensa así. En todo caso caben paliarse discrecionalmente, a modo de asistencia

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benéfica, las penurias de unos en base a la riqueza de otros. Más allá de la limosna no
cabe intervención, sólo caridad. Una sociedad que se piensa así no asume que pueda
intervenirse sobre ella. ¿Para cambiar qué? Las cosas son como son, como tienen que
ser. En todo caso aliviamos momentánea y graciosamente el sufrimiento de los que
están aquí para sufrir.
Pero la sociedad occidental, habiendo sido iluminada por la razón, a las puertas del
delirio racionalista, confiando en la ilimitada capacidad de ser humano, rechazando en
última instancia la determinación de la naturaleza sobre él, comenzó a rumiar la
posibilidad de que todo podía cambiarse y transformarse. La sociedad, como la
naturaleza, se convierte en objeto maleable. Cabe premeditarla, planificarla, diseñarla,
moldearla, llevarla por el «buen» camino. Aquí anida la noción de intervención social.
Ya no hay, al menos explícitamente, una voluntad caritativa por paliar las condiciones
de vida de los que naturalmente son menos favorecidos, sino una voluntad vanidosa por
cambiar la vida de aquéllos al tiempo que se transforma a la propia sociedad en su
conjunto. ¿Hipocresía¿ ¿Preocupación sincera? Las circunstancias no deseadas se
comienzan a convertir en insoportables a través de un proceso cultural en el que parece
que todo puede cambiarse. Se establecen derechos y obligaciones para que otros tuerzan
el sentido de sus vidas. Los seres humanos se asemejan a una tabla rasa que la sociedad
se ha encargado de premeditar en base a los pilares de una justicia y una igualdad
cambiantes pero siempre hegemónicas. Los grupos y personas que se salen del guión
establecido se convierten en objeto de intervención social: incluso pueden invocarlo
como derecho al tiempo que la sociedad lo esgrime como obligación. Que el cambio se
convierta en derecho no es más que una paradoja que evidencia la centralidad de la
intervención social en nuestro mundo: eje sobre el que pivota el funcionamiento social.
Vivimos en la sociedad de la intervención, donde la intervención es ubicua.
Mas, al mismo tiempo, la intervención social se va convirtiendo en un lado oscuro;
presente en su aparente ausencia. De una forma de pensar se transmuta en algo mucho
más fuerte: una forma de sentir. Por eso la insoportabilidad, la búsqueda ansiosa de
explicaciones y responsabilidades va calando en nuestra forma de asumir las
diferencias, de lidiar con los distintos caminos para la vida humana. Y en un punto
dramático la intervención llama a la puerta de la pura intolerancia. El delirio necesita
ahormarse, hacerse soportable, todo pensamiento debe desarrollar su antídoto para
hacerlo habitable. La intervención construye así sus propios límites, queda confinada a
ámbitos factibles para la sociedad en su conjunto y para la sensibilidad de la persona.
Surge la incertidumbre de la frontera entre la igualdad y la diferencia; entre las dos se
debate la necesidad y la perversión de la intervención social. ¿Quién establece los
límites?
La intervención social es ante todo un espejo para la sociedad; en él se reflejan el
sufrimiento, la miseria, el abandono, la pobreza…, todos ellos tienen tanto de discurso
como de evidencia cotidiana incontestable. Es lógico que las intervenciones sociales nos
preocupen prioritariamente, nuestra cultura, aun sin reconocerlo, se asienta en ellas. La
intervención no es sólo una forma de pensar en la sociedad sino de estar en ella. La
intervención es de esas cosas tan sólidas que no se discuten: que hay que intervenir es
evidente, fuera de duda; en todo caso se discuten ámbitos precisos, nunca su esencia. La
sociedad no puede ser de cualquier manera, algunos tienen la obligación de determinar
cómo debe ser; lo que se salga de este guión deberá ser remediado invocando cualquier
forma de intervención social.

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III. ¿Cómo cambiar lo que se juzga insoportable? Con recursos y conocimiento. Una
suerte de ingeniería social se configura en torno a la intervención. Hemos de atrapar
esas imágenes del espejo: esas situaciones, actitudes, circunstancias y procesos
«averiados». El conocimiento es un conocimiento sobre lo anómalo, sobre eso que se ha
juzgado insoportable para la sociedad. La academia juega aquí un papel fundamental
para traducir a discursos explicativos las cotidianidades «defectuosas», hasta tal punto
que la propia academia es capaz de construir la cotidianidad a partir de los discursos que
genera sobre ella. Se pone el foco en qué debe ser cambiado, la dotación económica
para hacerlo hará el resto: qué hay que cambiar y qué presupuesto tenemos para ello.
Hasta este punto parecen reducirse los problemas de la intervención. Cómo se cambia
realmente el estado de las cosas ha sido una preocupación mucho más secundaria, y a
veces reciente.
El delirio racionalista de la intervención ha tenido uno de sus bálsamos en la
impotencia. No sólo los conocimientos y recursos hacen posible el cambio premeditado
de las situaciones no deseadas. Este escollo ha ido convirtiendo poco a poco a la propia
intervención —sus cauces y formas— en sujeto de atención, aunque de mala gana. La
academia se ha sentido mucho más confortable en torno a la construcción teórica de los
objetos a cambiar que ocupada por el escurridizo campo de la intervención per se. Es
más fructífero trabajar y analizar a los pobres, a los sin hogar, a los desempoderados…,
siempre en la distancia de la pretendida asepsia, que a las estrategias, instituciones y
profesionales en torno a ellos. Este segundo foco es políticamente incorrecto. En
consecuencia, sólo se argumentan como causas de la impotencia de la intervención los
escasos presupuestos y el desconocimiento de las problemáticas que deben ser tratadas.
Si traspasamos esta línea confortable se abre un abismo analítico que hay que cruzar
para ocuparnos, precisamente, de la intervención en sí, contexto que normalmente ha
quedado como ámbito opaco para el conocimiento. Es preciso cruzar esta frontera
imaginaria y política si queremos comprender qué es la intervención.

IV. Conocer sobre la intervención no es evaluarla. Evaluarla se resume a comprobar si


las acciones emprendidas empatan —y en qué medida— con la transformación esperada
de ellas. Conocer sobre la intervención requiere estudiarla en sí misma. No se trata de
comprobar si una intervención se hace bien o mal, sino comprender cómo es, cuáles son
los cauces y formas de su proceso. Obviamente con el objetivo último de mejorarlas,
pero para ello hay que conocerlas por dentro, no sólo evaluar sus resultados.
Normalmente esta diferencia entre evaluar y estudiar es la que me cuesta más esfuerzo
hacer entender, sobre todo a los propios profesionales de la intervención. ¿Qué hacemos
cuando intervenimos socialmente?, ¿cómo pensamos?, ¿qué buscamos con ello?, ¿cómo
nos construimos personalmente en el proceso?, son algunas de las preguntas que sirven
para ilustrar el sentido de investigar la intervención social. Mientras la intervención no
se aborde desde estas premisas seguirá siendo un objeto opaco; paradójicamente tan
central para el funcionamiento del sistema como resistente al conocimiento. ¿Desidia?,
¿ocultamiento?, ¿comodidad?
Los antropólogos dicen que lo esencial a una cultura es aquello de lo que ni se habla ni
se discute, aquello tan firmemente asumido que no se somete a debate alguno. A veces
retomo esta elocuente imagen para explicar la poca investigación en torno a la
intervención social, incluso la resistencia a convertirla en objeto de estudio y el desvío
de la atención hacia otros campos anexos.

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Intervenir implica una relación explícita entre personas que ocupan diferentes
posiciones y se embarcan en la transformación de una situación social; encarar este
proceso desde la idea de política pública —cuando este proceso esta patrocinado por el
Estado— es subsumir un hecho social total e íntimo dentro de una perspectiva parcial.
Se difumina el propio hecho —la intervención sobre el terreno— hasta reducirla a las
normativas, programas e instituciones que la rodean y a los resultados que devenga.
Pero el hecho de la intervención en sí se ha esfumado, disuelto, obviado.
Comprendemos las «políticas» pero no las «intervenciones». Indudablemente
necesitamos estudiar ambas. Lo que me preocupa especialmente es la corriente
académico-política que focaliza el interés en sólo una de ellas. Este es tan sólo un
ejemplo de cómo la intervención se hace opaca al conocimiento: está pero como si no
estuviera. Cuando desde las aulas universitarias se invita a una separación radical entre
las políticas sociales, por un lado, y las metodologías de intervención, por otro, se
difumina el auténtico sentido de las intervenciones, que no son ni pura normativa
estatal, ni mero recetario técnico, sino la confluencia de ambas en un contexto socio-
político concreto. Indudablemente esto último es mucho más difícil de explicar. A
fuerza de separar para hacer más fácil el abordaje didáctico se pierde el sentido total de
la intervención social, esa que sucede entre personas, con sus relaciones y actos
comunicativos de por medio. La intervención, tal como la concibo aquí, apenas se
enseña y escasamente se investiga, a pesar de su presencia ubicua en nuestra sociedad.
De lo esencial no es sencillo pensar, hablar o escribir.

V. Para comprender la intervención necesitamos una mirada compleja: ancha, flexible,


elástica; que nos permita captar, ante todo, su sentido: la forma de pensar inherente al
intervenir. Lo importante no está en las definiciones como ejercicio analítico, sino en
nuestra capacidad para aproximarla de forma concéntrica. La intervención es una forma
histórico-cultural de entender lo social: la posibilidad de premeditar la sociedad de la
que se forma parte y aún de otras sociedades con las que nos hemos encontrado (y
sometido). Esta premeditación y la acción subsiguiente nos presentan una serie de
elementos constitutivos básicos, que deben ayudarnos a reflexionar.
De la intervención prenden finalidades, ideas que la subyacen, piezas clave en las
formas de pensar lo social; sirvan como ejemplo el desarrollo como proceso; o el
bienestar como estado. Grandes retóricas, teóricas y estéticas que se evidencian en los
procesos de intervención cotidianos. Más que el meta-discurso, debemos acercarnos a la
operatividad del «pequeño discurso» a pie de obra, sea en el centro de servicios sociales
o en las oficinas de una ONG. Para comprender cómo se está interviniendo es
fundamental acercarnos a cómo entienden el mundo los que intervienen y son
intervenidos. Son ellos los que hacen «natural» la intervención, bien como derecho, bien
como obligación.
No hay intervención sin argumentación que la justifique. ¿Cómo se sustancia la
intervención más allá de los discursos sobre sociedades deseadas? Más allá del discurso
que encierra todo el sentido de la sociedad y de la obligación de intervenir sobre ella, se
precisan constructos analíticos que apunten dónde y cómo intervenir. Se configuran de
esta forma las piedras angulares discursivas de todas las intervenciones sociales: las
necesidades, la calidad de vida, el riesgo, la satisfacción…. Todas ellas juegan a ser
recetas indexadas para justificar la intervención. No obstante, no podemos olvidar que
para otros no son más que la señal inequívoca de la dominación etnocéntrica, de la
imposición de una forma de ser y estar en el mundo que lo homogeneiza
irremediablemente.

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La intervención se objetiviza en las personas, en contextos sociales determinados.
¿Sobre qué intervenir? Necesariamente se construyen y concretan los problemas que
explican cómo las personas se desvían por los caminos no deseados: la pobreza, el
maltrato, el absentismo…, construyen etiquetas necesarias para catalogar situaciones,
grupos e individuos. De estas etiquetas se desprenden las acciones que constittuyen la
intervención. Ser etiquetado equivale a convertirse en objeto/objetivo de la intervención,
a formar parte de su lógica.
La intervención construye su mundo, que no es sólo el de los intervenidos, sino también
el de los interventores, los agentes de la intervención. Instituciones y profesiones que
son explicados y explican las intervenciones: estados, ongs, iglesias…; maestros,
médicos, trabajadores sociales… El Estado —en conjunción con el Mercado— muestra
su hegemonía para definir la sociedad, sus problemas y sus soluciones, llegando a
confundir su visión de la sociedad con la propia sociedad. Las ongs no despliegan en la
mayoría de los casos un papel muy distinto al de aquél. Por su parte, las profesiones —
el psicólogo, el trabajador social, el educador…— se convierten en la encarnación del
Estado en la sociedad. Si observamos de cerca la práctica profesional en el ámbito
público vemos cómo cataliza el encaje de lo social en lo administrativo. ¿Cómo conocen
los técnicos?, ¿cómo actúan?, ¿qué hacen realmente más allá de lo que lo que las
políticas públicas indican? Comprender la intervención social es conocer que hacen
realmente sus instituciones y profesionales, algo que no se deduce necesariamente de
las políticas públicas que la patrocinan. Del ser al deber ser siempre hubo distancia.
Nuestra percepción analítica de la intervención social tiene que barajar todos estos
ingredientes, sin dejar ninguno fuera, ni descuidarlo siquiera. Entre los discursos, los
conceptos, los objetos, las instituciones y la práctica profesional se configura una
relación recursiva, no lineal, que produce como emergencia la intervención social, todos
los elementos nos llevan necesariamente a los demás para explicarlos y enmarcarlos
correctamente. Y además, se encarnan en cualquier intervención concreta que
analicemos.
La configuración que toma cualquier intervención social concreta, la manera en que sus
ingredientes (discursos, objetos, conceptos, instituciones, profesiones…) prevalecen o
no, muestran un sentido u otro, tiene que ver con las relaciones de poder internas y
externas en las que se inserta. Frecuentemente, una de las formas más habituales de
distraer nuestra atención de las propias intervenciones sociales (sea hacia el ámbito de
las políticas públicas, sea hacia el ámbito de la aplicación de dispositivos técnicos) es
precisamente presentarla como algo neutro, técnico, profesional, apolítico. Es imposible
comprender las intervenciones sociales sin introducir apropiadamente la dimensión
política en su análisis. No obstante, habrá que advertir que no todo es reductible a las
relaciones de poder como causa monoexplicativa. En realidad cualquier
monoexplicación, cualquier estrategia reduccionista, está abocada a la comprensión
parcial, venga de donde venga. Aquí precisamente planteo que para la comprensión de
la intervención social como hecho social cotidiano hemos de estar atento a todas sus
aristas y dimensiones; a sus agentes, actores e instituciones; a sus palabras, ideas y
acciones, articuladas en virtud de relaciones de poder.

VI. Entendida desde las premisas anteriores, la intervención social presenta una
naturaleza cultural, discursiva y política que se evidencia en todos sus ámbitos, formas y
contextos.

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No podemos entender la intervención social sin echar mano de la cultura específica que
la ha desarrollado como estrategia privilegiada de funcionamiento social. Por eso
mismo, la intervención debe ser asumida como un fenómeno cultural, con la relatividad
y necesariedad que ello comporta. Asimismo podemos entender más claramente cómo
los problemas en torno a la intervención son problemas de índole cultural, y cómo la
intervención social no es ni más menos, en algunas ocasiones, que la forma en que se
relacionan dos culturas por imposición de una ellas (colonizadores y colonizados). Por
último el enfoque cultural nos será muy útil para comprender a las organizaciones que
se encargan de intervenir socialmente. Éstas constituyen contextos culturales que
reproducen sus objetivos y lógicas institucionales de forma particular. La cultura, si
estudiamos las intervenciones sociales, debe ser asumida de forma ágil y flexible, como
forma que es de ordenar y establecer explicaciones, de comprender el mundo en el que
nos movemos. En este sentido la intervención, como forma de pensar y actuar, genera
cultura y se encastra dentro de parámetros culturales a todos sus niveles y en todos sus
contextos.
La indagación discursiva nos acerca a cómo los implicados en un proceso de
intervención lo representan, cómo perciben y expresan sus múltiples aristas y aspectos.
La exploración de todo ello es crucial para entender el conjunto del proceso: finalidad,
argumentación, contexto (desarrollo, necesidades, pobreza…). No hablo aquí del
discurso académico-científico, sino del que está a pie de calle.
En este sentido, el análisis discursivo es un recurso esencial para estudiar la
intervención. Hay que tener en cuenta el discurso hegemónico pero también los
discursos subalternos y contrahegemónicos, en ese conflicto de representaciones se
puede entender muy bien qué sucede en las intervenciones sociales. Debemos desterrar
la idea de lo discursivo como ámbito abstracto; no estoy hablando de metarelatos, sino
de narrativas cotidianas que tienen algo de los metarrelatos, pero que al mismo tiempo
están tintados por lo popular y por el apego a lo cotidiano. En ese contexto se percibe
toda la riqueza y complejidad analítica de la intervención social.
Los discursos co-generan la realidad; persuaden y seducen antes que describir el mundo,
nos predisponen ante él más que decirnos cómo es. Desde aquí hemos de comprender la
relación entre discurso y acción. Debemos asumir que los datos no alimentan el
discurso, sino que más bien son productos de éste y que los problemas que se
«descubren» no son conclusiones del discurso, sino su base. El discurso no precede o
adorna la intervención, sino que es la intervención en sí. Por eso transferir una
representación de la realidad a los intervenidos es quizá la transformación más radical
de todas las que se producen…
Por su parte, el poder es un elemento inherente a las relaciones sociales. Hacer juntos,
decidir juntos, requiere del poder. Las relaciones de poder son el medio en el que se
constituye lo social. Conste que «poder» no debe reducirse analíticamente a
dominación, resistencia y ejercicio de la violencia, sino entenderse, de manera más
amplia, como requisito para la necesaria conjunción de recursos materiales e ideáticos
que funden lo colectivo también a través de la persuasión y la generación común de
lecturas de la realidad. Desde esta perspectiva, todas las relaciones sociales —y la
intervención lo es— son relaciones de poder. Así, mientras que cultura y discurso son
dimensiones de “contenido”, las relaciones de poder son el “medio” en el que éstas
tienen lugar. El poder se analiza en movimiento, en el transcurso de las propias
intervenciones, cuando se activan los procesos asociados a éstas: ¿cómo y quién
determina y/o matiza la representación de los problemas sobre los que intervenir?
¿cómo y quién decide sobre las formas de intervención? Mas habrá que estar atento a

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las limitaciones analíticas de las relaciones de poder, al peligro del reduccionismo
político de las intervenciones sociales. Ni la cultura, ni los discursos ni el poder agotan
en sí mismos la reflexión; son estrategias de estudio de la intervención social desde una
vocación compleja. Iluminan pero, inevitablemente, también producen sombra.

VII. He expresado más arriba que mientras los discursos y la cultura son los contenidos
de la intervención, el poder es el medio en que ésta se produce. Ese «medio» le otorga
también «forma» a los procesos de intervención social. Atendiendo a los parámetros que
usamos aquí, las intervenciones sociales adquieren dos formas fundamentales:
hegemónicas o participativas. La diferencia estriba en la forma en que se articulan las
relaciones de poder a su interior, lo cual marca el propio proceso de la intervención.
Si la intervención es una forma de pensar, la orientación de ese pensamiento (en
contenido y forma) determina la acción que se asocia a él. La intervención implica la
lectura de una situación social, una representación de la misma, que la convierte en
problema sobre el que debe actuarse. Este sencillo proceso es el corazón de la
intervención y de todos los dispositivos, estrategias, instituciones y profesionales que
comienzan a activarse a su alrededor. La forma en la que se procede en estas
circunstancias marca las diferencias fundamentales y más relevantes entre unas
intervenciones y otras. Ese momento inicial, la representación discursiva, marca sin
duda el conjunto de la intervención. La representación de la situación sobre la que
intervenir puede ser monofocal o plural. En el primer caso la concepción, el diseño y la
ejecución de la intervención viene marcada desde una instancia particular (una
institución del Estado, una ONG…) que propicia una lectura de la realidad social,
conceptualiza un problema, dispone de medios y recursos y despliega una metodología
de acción social para cambiar la situación no deseada. Todo ocurre de forma casi
automática, como simultáneamente, nada parece discutirse, todo es evidente; se invoca
el sentido común para despejar cualquier duda sobre la oportunidad, necesariedad e
incluso obligación de intervenir. No será extraño que los propios destinatarios de la
intervención la asuman incluso como un derecho. Estamos ante una intervención
hegemónica que amparada en una representación monofocal de la realidad se hace
sólida, indiscutible, al punto que actúa de arriba abajo, estableciendo una notable
distancia entre los interventores y los intervenidos. Los primeros asistidos por la razón,
el sentido común, la técnica y la autoridad, han determinado un problema y su solución.
Los intervenidos son pacientes que esperan, en la actitud que su propio nombre indica,
la intervención (¿quirúrgica?) que se les ha prescrito tras el diagnóstico —a veces
incluso se presentan anestesiados. El poder fluye casi en una sólo dirección, la auténtica
hegemonía contempla escasa resistencia efectiva. Pensemos por un momento en un plan
para reducir el absentismo escolar o en una actuación de realojo en contextos de
infravivienda…
Pero las intervenciones también pueden sustentarse en una representación plural de la
realidad. Agentes y actores distintos construyen colectivamente la representación
discursiva de la realidad social con la que no se sienten a gusto, propiciando un análisis
colectivo del que se desprenden ámbitos y contextos susceptibles de cambio.
Probablemente no tienen ninguno de ellos todos los recursos necesarios para emprender
la transformación y deben buscar a nuevos agentes, actores, instituciones, profesionales.
Se va trazando una trama de ideas, conceptos, actitudes, acciones, en torno al proceso de
cambio. Emerge una intervención de corte participativo en la que las relaciones de
poder se hacen más difusas, intrincadas; en la que el conflicto y el acuerdo son el medio
desde el que se configura una visión de la realidad y se pergeña la forma de cambiarla.

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Soñemos desde aquí un «plan integral para el desarrollo comunitario» en un barrio de
esos que llamamos en riesgo de exclusión..
Las cosas no son blancas ni negras. Los dos tipos de intervención que señalo aquí son
ideales, meras referencias para el análisis; pero indudablemente marcan dos puntos de
partida muy distintos para intervenir. Aquí me interesa sobre todo que nos provoquen
dos formas antagónicas de pensar la intervención social: la hegemónica y la
participativa; sin demonizar a la una ni idolatrar voluntaristamente a la otra. Son dos
polos de un continuum, dos referencias inalcanzables que orientan las intervenciones. A
veces hay intervenciones en las que no cabe siquiera preguntar al intervenido, en otros
casos la gente quizá no quiere participar por más que se tenga predisposición para ello
desde instituciones y profesionales. Sin embargo hemos de ser conscientes de las
limitaciones y potencialidades de ambos modelos de intervención. La intervención
participativa, aunque la anhelemos, no es una panacea; la hegemonía, por más que nos
desagrade, es, en parte, inevitable. Todo depende.

VIII. Nuestra cultura, que es tanto como decir el «universo de la intervención social» ha
terminado haciendo descansar en el Estado el monopolio de la intervención social,
función que él delega cada vez con más frecuencia en el Mercado. Consecuencia de
todo ello es el paradójico alejamiento de la sociedad civil respecto a las intervenciones
como tales. La sociedad es la legitimadora de las intervenciones, su solicitante, su
receptora, pero escasamente su participante. En el mundo de la intervención la
hegemonía es prácticamente la norma. De ahí se concluye una suerte de separación
entre la sociedad y los dispositivos que intervienen sobre ella, lo que ha degenerado, de
forma alarmante, una inadecuación creciente de los unos a la otra.
A fuerza de intervenir sobre la sociedad sin que ésta participe en la intervención (como
proceso), las instituciones y organizaciones que intervienen han ido desarrollando una
lógica que se sustenta mucho más en la propia técnica y método de la intervención que
en la sociedad en la que se interviene (sus formas y características). De esta manera la
intervención —sus cauces y configuraciones— se hacen asociales, se separan del
mundo que pretenden remediar. Terminan construyendo una imagen de él que responde
a las necesidades de la propia intervención, que en un ejercicio delirante «crea su propio
mundo». A todos nos suena eso de que los profesionales comiencen a ver la sociedad a
través de los «programas» y «recursos» habilitados protocolariamente para intervenir
sobre ella.
Como siempre la analogía médica nos ayudará a comprender. A fuerza de preocuparse
por las formas de localizar y extirpar el tumor, los cirujanos terminaron obviando a la
persona en cuyo interior éste se desarrolla. El paciente no participa en absoluto del
conocimiento, las condiciones y las medidas en torno a su tumor. Transita como
enajenado por las salas del hospital, perdido, desorientado, dependiendo de lo que otros
le indiquen, conociendo de su salud por lo que los técnicos le dicen de ella, hasta el
punto de que sus propias sensaciones están mediatizadas por éstos. Además la práctica
médica se sustenta en una especie de falacia que termina negando la propia muerte, sólo
cabe aferrarse a la vida, independientemente de la calidad de ésta. La intervención
sanitaria tiene soporta por tanto dos eclipses: el de las personas y el de la propia vida
como algo finito. Lo meramente paliativo a duras penas entra en la verdadera medicina
que sólo piensa en reparar y mantener vivos a los vivos, más difícilmente en facilitar el
inevitable tránsito a la inexistencia.

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El progreso de las intervenciones sociales ha ido siguiendo este mismo patrón:
segmentación de las situaciones y los problemas, conocimiento experto y dispositivos
cada vez más alejados de la comprensión y entendimiento de la gente. Y además habita
también una falacia capital: todos podemos ser iguales. Sólo recientemente empezamos
a recapacitar sobre el callejón sin salida de esta progresión: ¿solucionar problemas en un
sitio hace que aparezcan inexorablemente en otro? ¿A dónde nos lleva una
consideración separada de lo individual, lo grupal, lo comunitario? La integración es
necesaria. También algunos médicos, en su práctica diaria —no tanto en su periodo
formativo— confiesan que perder de vista a la persona no ayuda a comprender la
enfermedad, por muy localizada que ésta esté.
No hay mejor antídoto que ir dando un tinte participativo a las intervenciones
hegemónicas, sólo de esta forma podemos salir del callejón sin salida en el que hemos
terminado metidos. Es la única forma de recuperar a la sociedad para la intervención, y
que la intervención le sirva de algo. Suena paradójico. Lo es. Pero no deja de resultar
completamente necesario. Tanta intervención ha ido haciendo desaparecer del horizonte
a la propia sociedad sobre la que se interviene. Los profesionales confiesan a veces que
no saben a dónde se camina y para qué1, a veces prefieren explicar su propio trabajo en
claves de lógica electoralista.
Pero no podemos confundirnos. La participación debe comenzar por los propios
profesionales, en las propias instituciones y organizaciones que intervienen. El objetivo
primordial debe ser facilitar el cambio cultural en las intervenciones; pero desde dentro,
desde el núcleo que las patrocina, para que vaya expandiéndose hacia la sociedad sobre
la que se interviene. Si hemos determinado la centralidad de la intervención para nuestra
sociedad, será en su seno donde deban idearse los cambios que queremos para esta
última. La participación debe comenzar, pues, por los propios dispositivos de la
intervención: una intervención participativa debe comportar necesariamente una
transformación organizacional de las instituciones y organizaciones que intervienen, que
se sustente en la participación activa de los profesionales que la forman. La intervención
será participativa cuando sus estructuras organizativas también lo sean. Plantear que la
participación comience por unos ciudadanos que han permanecido anestesiados por las
prácticas de intervención hegemónica, se me antoja iluso. Cierto que todo esto no es
tarea fácil ni corta, pero desconocerlo no nos ayudará.

IX. La intervención no es sólo una estrategia para cambiar lo que no parece adecuado,
ya he dicho que es una forma de pensar lo social en sociedad. La intervención es un
marco en el que las personas entran a relacionarse, por eso tiene un papel central en la
construcción de los sujetos. Pocas veces recapacitamos en la importancia que las

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Mientras sigamos manteniendo como pilares del pensamiento humanista una actitud escapista con la
muerte y una voluntariedad naif en torno a la igualdad de los seres humanos, la intervención —de todo
tipo— estará abocada al fracaso y la frustración. No digo con ello, y espero que se entienda bien, que no
luchemos para reducir la mortandad y sus causas; y que no mantengamos como principio indiscutible la
igualdad de derechos y oportunidades entre los seres humanos; a lo que me refiero es al peligro de que
obviemos la muerte y la tratemos como anomalía, y de que soñemos que todos somos iguales. Estas dos
perspectivas sitúan a la intervención sanitaria, por un lado, y a la intervención social, por otro, ante
horizontes inabarcables que perjudican sus lógicos procederes y sus evidentes logros. ¿Será más lógico
investigar sobre el buen morir antes que sobre evitar la muerte? ¿no tendrán los humanos derecho a ser
diferentes y transitar caminos distintos en su vida? Pero este es otro asunto que excede con mucho al
sentido de este capítulo y aquí queda, como testimonial nota al pie.

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relaciones que hemos mantenido y mantenemos con las personas que forman parte de
los dispositivos de intervención social, tienen en la conformación de nuestras
personalidades individuales y en nuestro ethos colectivo. Maestros, policías, médicos,
curas, han ocupado posiciones de referencia en la vida de todos, nuestras interacciones
con ellos, con lo que significan, con lo que trasmiten, con las distancias que nos
separan…, han ido moldeándonos, construyéndonos. ¿Por qué no pensar igualmente en
el papel que los trabajadores sociales o los educadores sociales tienen para las personas
que los frecuentan?
Desde esta perspectiva hemos de asumir seriamente el papel de la intervención social en
la construcción de sujetos. El modo en que las intervenciones tienen lugar, más
hegemónicas o más participativas, marca de forma radical las subjetividades de
interventores e intervenidos, al tiempo que construyen sociedad. A nadie escapa que se
moldeará individuos y grupos muy distintos si antes de intervenir sobre ellos se somete
todo el proceso de intervención a su consideración, si se discute de forma colectiva la
supuesta problemática que los aqueja, si se construye con ellos una representación de la
realidad que habitan, si la intervención es un proceso negociado antes que una acción
impuesta... De la misma forma no se forjan iguales profesionales si estos conciben la
intervención como un campo de imposición vertical de decisiones y discursos en virtud
de su conocimiento y autoridad como técnicos o si, por el contrario, su práctica
profesional implica ante todo un marco para la comunicación —con grandes dosis de
horizontalidad— con los destinatarios de la misma.
No es baladí este asunto de los sujetos que se construyen en la intervención social.
Desde mi punto de vista es la única forma cabal de comprender las consecuencias de las
estrategias asistencialistas y de las iniciativas llenas de voluntad pero faltas de acierto.
Queda sin discusión la contribución que un análisis con esta orientación puede hacer a
la construcción progresiva de una sociedad compuesta por ciudadanos en vez de
súbditos o clientes. En la intervención social, antes que solucionar problemas colectivos
se construyen sujetos, personas; hemos de ser conscientes que cada tipo de intervención
propicia modelos de sujetos distintos. La intervención es una manifestación cultural,
existe una cultura de la intervención —la nuestra— que contribuye a crear sujetos con
características particulares, y por ende sociedades muy específicas. Por eso la
intervención no solo «arregla» la sociedad, sino que la construye de una forma que no
imaginan los que la reducen a un mero dispositivo paliativo. Las intervenciones son el
corazón de nuestro mundo, a fuerza de estar siempre palpitando no escuchamos su latir,
sólo si cesara tomaríamos consciencia plena de su significado para nuestra sociedad; no
sólo para las minorías sujetas a crónica intervención, sino para el conjunto.

X. Con todo este bagaje reflexivo en mente considero urgente pensar de otra manera las
intervenciones sociales, analizarlas desde un prisma distinto que no nos oculte una gran
parte de su naturaleza —como viene siendo habitual. La centralidad de la intervención
social reposa en su carácter de encrucijada ontológica, epistemológica y ética. Tiene una
dimensión ontológica porque constituye la sociedad, presenta un perfil epistemológico
porque supone una forma de conocerla, y posee un cariz ético habida cuenta de que
sitúa y orienta nuestra acción en ella. Esta es la encrucijada que no podemos
desconocer, y mucho menos sustituir discursivamente por una discreta «actividad
técnica»: la intervención social es mucho más que eso.
Precisamos re-pensar la intervención social. Tanto desde el punto de vista de la
investigación como desde la práctica. No tiene sentido la una sin la otra. Habrá que

10
buscar nuevas estrategias, ampliar el horizonte, usar recursos poco habituales en el
estudio de este tipo de ámbitos; y sobre todo implicar a las Ciencias Sociales2 en la
indagación de la intervención social tal como aquí se le concibe.
En esta línea venimos trabajando desde hace unos años desde el Grupo de Investigación
Social y Acción Participativa (GISAP) de la Universidad Pablo de Olavide. La
intervención social es una de las líneas prioritarias de trabajo, englobando temas y
ámbitos tan diferentes como convergentes. Usando tácticas como la etnografía o las
metodologías participativas procuramos conocer desde dentro los procesos y formas de
intervención social con una vocación muy práctica: la mejora de las intervenciones y de
los sujetos que en su entorno se «producen». Por eso incluso hemos desarrollado
estrategias de investigación en contextos como el formativo, para combinar
transformación e investigación de una manera creativa. El espacio de investigación de la
intervención social es fundamentalmente híbrido y desde ahí reclama un lógico bricolaje
metodológico y técnico, imaginativo y arriesgado, en constante proceso de ensayo y
error.
Por otra parte, la investigación debe asentarse en la práctica diaria, cotidiana, de la
intervención. Trabajamos, básicamente, en torno al Trabajo Social y los Servicios
Sociales y, por tanto, en los ámbitos en los que éstos tienen lugar: a pie de obra, por
ejemplo en los centros de servicios sociales. En este sentido, el catálogo de temas de
estudio es variado en apariencia, pero convergente hacia un núcleo de interés bien
definido. Circulamos de las propias organizaciones a la práctica profesional, de la
sostenibilidad e integralidad de las intervenciones a la construcción de sujetos, de la
gestión del conocimiento en las organizaciones a la oportunidad de la
transdisciplinaridad, de las dificultades de la intervención participativa a las necesidades
formativas…
Nuestra investigación está comprometida con la mejora de las intervenciones, pero no a
través de su evaluación, sino más bien contribuyendo a su transformación
organizacional, lo que implica, efectivamente, un cambio en las estrategias públicas de
intervención. Para todo ello hace falta tratar a las intervenciones como objeto de
investigación en sí mismo, y es, paradójicamente, a través del proceso de investigación
(participativa) que se desata esa transformación.

XI. Aquí he presentado un muy sucinto resumen de mi particular apuesta para


comprender las intervenciones sociales. Todo queda, lógicamente, de forma
esquemática, soy consciente del peligro de ello. Para una mayor concreción de las
estrategias de análisis que se proponen y el necesario contraste de algunos aspectos a
nivel de resultados de investigación, no me queda más que remitir a distintos trabajos
de los últimos años. La mayoría de ellos son colectivos; es difícil entender hoy en día
que un avance sustancial en métodos y temáticas pueda producirse de forma individual,
este es el sentido de un grupo de investigación.

2
Por si hubiera alguna lectura estrecha de la acepción que empleo de «Ciencias Sociales» quede claro que
en ella incluyo —difícilmente podría ser de otra manera— a todas las disciplinas de carácter «educativo»
así como, obviamente, al trabajo social. Aunque para mí no hace falta, en ningún sentido, esta aclaración,
quedo más tranquilo haciéndola.

11
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12
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13