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ANDRÉS CHABRILLÓN: SELECCIÓN

CANCIÓN DEL SAUCE

Yo era el agua del río,


La corriente del canto y de la espuma
Al pie de las barrancas, demorado
Quedábame, en remansos de ternura…
(Tremolaban arriba los pañuelos
Juntos de la esperanza y de la angustia)
Después, rápidamente,
Masa resuelta, voluntad segura,
Cauce mayor… seguía
Del horizonte en busca,
Cubriendo los tendidos
Bancos de arenas rubias,
Pasando en los sauzales
Bajo las verdes cabelleras húmedas

Una tarde, -porque siempre es de tarde


Cuando el amor que muere nos saluda,-
Mientras el sol doraba la doliente
Fatalidad de las miradas últimas,
Creció mi agua hasta tu beso
De las colgantes cabelleras húmedas,
Y oí el canto del sauce,
El canto triste de la dicha trunca;
Elegía de novia abandonada
Que mira el agua de su sueño en fuga:
-“El oro de la tarde
Se enreda en mis cabellos
Y ondula con las hojas
Bajo el peine del viento.
Todo cae: la tarde,
Las lágrimas, el beso.
Sigue los pasos del amor perdido
La invasión cautelosa del silencio”.

“¡Oh fugitivo amor y orilla inmóvil!...


¡Nada más que el recuerdo!
Ahora nada más que la engañosa
Página azul de los lejanos versos;
Ahora sólo el canto
Sobre el lugar y el tiempo”.

“Aquel dulce remanso


Era en verdad el río de los sueños;
Se detuvo a besar mi cabellera
En la mañana de los cauces quietos;
Yo escribía en el agua,
A punta de hoja, candoroso ruego”.

“No puede ser… la tarde


Sepulta en las sombras su apagado fuego;
Sólo quedan las alas
De los pájaros negros;
Sólo, bajo las musicales cabelleras,
La vieja cruz de los amores muertos”.

-De Si pensara la rosa… (1954), Editorial Nueva Impresora, Paraná (E. R.)-
ANDRADE

Leído por su autor como homenaje de la


poesía entrerriana, en la inauguración
del busto de Andrade. –
Gualeguaychú, 1933, sesquincentenario
de la ciudad.

Queremos a este pago que circundan


Los caminos del agua…
Como ayer, frente al indio,
Las caudalosas procesiones pasan
Del Paraná, que tiene “faz de perlas”,
Del Uruguay, que tiene “faz de nácar”;
Y un corazón entre dos grandes ríos
Es la tierra entrerriana.

Borró el destino con su ley guerrera


Las indígenas razas;
Guaraníes, minuanes,
Se deshicieron como secas ramas;
Y hoy busca nuestro afán huellas perdidas:
Un eco, una palabra,
Una punta de flecha
En la arena del túmulo enterrada;
Un rasgo en una dura tez de bronce,
Una visión fugaz, un ruido de alas…
Busca en la vaguedad del rastro indio
La sugestión de nuestra tierra amada.

Y el camino luchó con la guarida;


Inicióse la senda junto al agua;
La población, como los hormigueros,
Se fue desparramando en la campaña;
Vino en la gente nueva
La ley de una exigencia solidaria,
E igual que el indio se acabó el matrero;
Perdióse su figura en acechanza
Entre el sarandisal de las riberas,
En los bañados de filosas pajas,
Mientras a gritos el chajá advertía
El paso incierto de la gente extraña.

Poblar fue sueño… orientación que impuso


Tanto renunciamiento como alianza;
Fue compartir la sangre y el destino,
Dar al de afuera nuestra propia casa;
Realizar, abdicando predominio,
En nuestras soledades y distancias,
“La eterna comunión de las naciones”:
Como un jardín la tierra trabajada,
Como una ley fundamental la honra,
Como una flor de selección el alma…
Y es hora de caminos interiores:
Llegar a las conciencias despobladas.
La cantidad no es la visión del sueño;
Calidad es la patria.
Nos desvivimos por ganar anchura,
Por confundirnos en la plebe ignara,
Y perdemos el ritmo
Ascensional de las virtudes altas…
Cada día es más blando
El mármol de la estatua.

II

Un pueblo es alto sólo hasta la altura


Del ápice de su alma.
Hay un aliento inmaterial que junta
Su potencia moral diseminada.
Como ocurre un buen año con los trigos
Vienen cosechas de conciencias altas,
Y dicen sí, a la vida,
Juntan la voluntad y la esperanza.
Entonces al unísono
Laboran el martillo y la palabra;
Y es la buena conducta
Como Booz que ampara;
Y sigue el paso de los segadores
Ruth de la dulcedumbre y de la gracia.
Y ha querido el destino
Que en esas horas de vigor de savia,
Estalle, por instinto de armonía,
Arriba, en el sendero de las alas,
La canción de un poeta
Que es como muchedumbre unificada;
Canción con que remueve lo inefable
El fondo oscuro de la estirpe humana.

Así está la tierra, cuando al fin transpuso


Su tenebroso drama
De libertad perdida,
De sangre y discordancia,
Oyó la voz de Andrade que decía
La profecía de la nueva Atlántida,
La gloria de los libres,
La visión prometeana;
Y amó al poeta que le dio en sus cantos
La propia flor de su materna extraña,
Porque al igual que Jonathán decía,
“Puso su alma en su palma”.
III

Como el caudal del río,


Como la enorme masa
Que corre al sur, buscando
El hondo selo de la cuenca oceánica;
Y refleja en su linfa
Cielos, nubes y plantas;
Y crece recibiendo
Llanto de las vertientes ignoradas;
Y canta en sus orillas
La bendición continental del agua;
Y se hace dulce y merecedor y amante
Movido por las fuerzas delicadas,
Y es una flor azul de camalote
La que a lo largo de sus besos pasa…
Tal su río de sueños
Desembocó en el Plata;
Y fueron versos por la misma ruta
De los conquistadores de la espada.
Retribuía la tierra
Una viril penetración lejana
Llevando flor de espíritu
Al agua inmensa y dulce de la patria;
Proyectando aún más lejos
Su calidad humana,
En versos grandes como carabelas
Sobre una inmensidad de ondas saladas.

IV

Vamos por la espiral indefinida


Que describió su musa visionaria…
Queremos a este pago que circundan
“Todo está como entonces”,
Río, camino y casa.
Junto al hogar el hombre
El hornerito constructor trabaja.
Otro zorzal, como en la despedida,
Silba entre la arboleda solitaria.
Moja el sauce en el río los cabellos
Y una penumbra íntima recata;
Y de nuestra ternura en lo más hondo
El sentimiento del hogar arraiga…
Primera ley del amor: tener un nido.
De aquí partió la musa visionaria:
Tomo menor, sus cantos;
Visión de alas plegadas.

Y fuese, a la deriva de los sueños,


Buscando el horizonte de la patria,
En esas horas en que todavía
Se creía en el águila.
Y contempló el desierto
Y al fondo un anfiteatro de montañas:
Era la tierra propia,
Al porvenir confiada,
Como un hogar de libres,
Como un crisol de razas…
Entonces –onda rítmica que sube
Y se dilata en anchurosas cláusulas-
Abrió como dos brazos el poema
Sonoro de la Atlántida...
Era la curva de su gloria en vuelo,
La visión de las alas desplegadas.

Pata todas las nupcias de la tierra


Gira el anillo mágico del alba.
Es la igualdad ante la luz que anuncia
Porvenir y esperanza.
La conciencia del hombre
Refleja la armonía soberana,
Con el antiguo fuego
Que los dioses no apagan.
Y la exigencia de la luz, el propio
Ardor de la conciencia iluminada,
Dispuso en vasta sucesión de cumbres
La visión prometeana…
Canto del pensamiento
Que en el martirio se alza;
Que recoge la música
Del río de las lágrimas,
El melodioso encanto
De todas las oceánidas,
Y sube en lenta espiral
Desde el fondo del alma,
Y roza el ala negra
De los cuervos del drama,
Y se une al ritmo cósmico que rige
Las esferas lejanas…
Es el canto del genio,
Sin tiempo ni distancia,
Que forja en sus talleres de armonía
La redención humana…

Sea la gloria de los ceibos rojos


Y del aromo la ilusión dorada
Y un alado primor de flor del aire
Y una ternura fiel de pasionaria
Y la expansión de los trigales rubios
Que desbordan la dicha y la confianza…
Sea el rodar eterno
De los caminos del agua;
Y los libros abiertos en la escuela
Como las mariposas ocelarias;
Y la noción cabal de la justicia
Entre la multitud jerarquizada;
Y el canto del poeta
Y el plinto de su estatua,
Para juntarnos, corazón adentro,
En la tierra entrerriana.

-De La Cigarra (1955), Editorial Nueva Impresora, Paraná (E. R.)-


TRES LÁGRIMAS DE TOPACIO

Ella decía…
Toda su rama en flor inclinada…
Y el agua corría.

Ella decía…
Sobre el agua y el tiempo inclinada…
Y el tiempo corría.

Para siempre, muy juntos, pasaron


El tiempo y el río…
La flor se llevaron.

Ella decía:
Sólo me dejaron
La melancolía

La tarde el paisaje
De seda vestía…
La tarde es un traje.

Flotaba la seda amarilla…


El agua del viaje
Cantaba en la orilla.

La vida inclinada
Veía su ceibo de picos de sangre
Cubrirse de seda morada

El tiempo fluía,
Trayendu su traje de noche
De seda sombría.

Ella decía:
Viste de negro la desesperanza,
Ternura mía.

Contra sombras y olvido


Lucha nuestra añoranza
Del bien perdido.

Sobrevolando tiempo y corriente


La nostalgia de los ojos
Vuelve a la fuente.

¡Oh la rama inclinada!


Trémulos picos rojos
Sobre el río y la nada…
*

Tres lágrimas cayeron, tres lágrimas


Como tres topacios del alma;
Tres amarillas gemas lloradas;
Amarillez de la luz y la savia…
Así llora el sauce tres hojas pálidas.

Añoranza que junta la vida y la muerte;


Ojos como dormidos que miran largamente;
Mirada inexpresiva que a lo interior se vuelve,
Donde el recuerdo guarda imágenes indelebles…
El recuerdo es la vida de la muerte.

Aléjase la esperanza con el tiempo y el río;


Nada quedará del amor sucedido,
Corolas deshojadas, besos marchitos…
¡Sólo huellas de amor en los versos de un libro,
Mundo sensible fugitivo!

Intérnase la nostalgia por caminos oscuros,


De profundas raíces y apagados crepúsculos;
Retorna al bien perdido su senda sin futuro,
En una obsesionante atracción de sepulcro…
¡Oh, encanto irreversible de lirios insepultos!
Sólo la decadencia
De los cálices mustios…

Pero el poema existe,


A pesar de estar hecho
De vida rota y holocausto triste.

La potestad suprema
De levantar el lacerado pecho
Haciendo de una lágrima una gema.

Astro de amor que en el dolor descuella,


Engastado en la noche
Para resplandecer como una estrella.

Sólo el poema es vida,


A pesar de la angustia y el reproche,
Del cáliz mustio y la ilusión perdida.

¡Oh, traspasa tu hora


De inclinación oscura sobre el río,
Para llegar al oro de la aurora
Y a los claros diamantes del rocío!
Oye la voz callada
Que en lo profundo de tu ser advierte
Que llega día a día la alborada
Para librar su lucha con la muerte.

Ante el hado sombrío,


La fórmula que anima y que renueva,
Es atenerse a lo que trae el río,
No dejarse llevar por lo que lleva.

¡Alboradas radiantes
Despertarán las pálidas orillas,
Para glorificar con sus diamantes
El duelo de las gemas amarillas!

Y abrióse lentamente
La claridad del alba;
Y su fruto de luz se dio a la vida
En una deshiscencia rosada,
En un advenimiento de gracia.

El río, de lejos,
Venía atropellando sus aguas,
Bajo el apremio de la brisa
Y hablando fuerte con la marejada.

El tiempo, otro tiempo,


No aquél de las cosas pasadas,
Ibase con el río a la muerte,
Pero dejando perspectivas blancas.

Y el ceibo de picos de sangre,


La vívida flor encarnada,
Erguíase fresca de brisa y rocío
Frente a la esperanza…
¡El rocío y la luz convertían
En diamantes las lágrimas!

-De Tres Lágrimas de Topacio (1963), Talleres Gráficos Dulau, Buenos Aires-
LOS CAMALOTES

Se van de viaje, confinadamente,


Los camalotes empenachados de flora azul…
Balsa tranquila de los arroyos fueron un día,
En los recodos de la quietud;
Más creció el agua, cortó los cables
Y aquella balsa se fue hacia el sur,
¡Y entró al gran río, como un sueño,
Empavesada gallardamente de flor azul!

II

¡Adiós, los sauces, los soñadores,


Que lloran siempre sobre Musset;
Adiós, el ceibo de los amores,
Adiós, el quieto cauce de ayer!...
¡Qué novedad de cielo y de agua,
Cuántos canales de placidez!
Parece el viaje deslizamiento,
Blanda es el agua con su vaivén…
Así se alejan los camalotes
Del manso arroyo, la orilla amada y el junco fiel.

III

Nosotros fuimos cual camalotes


De la rivera del Paraná,
En aquél tiempo de la esperanza,
De la locura, de la ansiedad.
Nos atraía la tierra ignota,
La vida extraña, como un imán;
Nos desataba nuestro destino,
Aquella oscura necesidad,
Y este elevado desear de hombre
Que quiere irse para llegar.
Así nos fuimos, aguas abajo.
Así dejamos nuestra ciudad,
¡Empenachados gallardamente de flor de sueños,
Cual camalotes del Paraná!

IV

En el secreto de las barrancas


La flor del aire sola quedó.
Creía su alma refugio eterno
La frágil trama de una canción,
¡Porque hasta el llanto se cuaja en perlas
En el cintillo de la ilusión!
Quedó la casa, quedó la escuela…
Toda una historia que se truncó;
Todo el miraje de los veinte años,
La vida virgen, la vida en flor.
¡Y a Buenos Aires iban los sueños
Con la esperanza de su celeste tremolación!

Los años pasan, las aguas corren,


Las almas nuevas cantando van;
No se preguntan qué fin tuvieron
Los camalotes del Paraná…
Tal es su vida: darse sin tasa,
Abrirse toda con su opulencia sentimental,
Con su inocente florecimiento,
Con su asombrosa virginidad.
Y no hay futuro para sus ramos,
Las ilusiones no volverán;
Pero ellas siguen su itinerario…
¡Ribera amada, ciudad natal,
Tus camalotes siguen llevando flores azules;
Viajan los sueños por un camino que lleva al mar!

-De Si pensara la rosa… (1954), Editorial Nueva Impresora, Paraná (E. R.)-
NOVIAS DEL PARANÁ

¿En qué viene el amor cuando viene?


¿Cómo es mío en el alma?
Yo me digo: es pupila y estrella;
Cuando vino, ya estaba…
¡Sólo formas nos llegan de fuera,
A llenarse de vida en la entraña!

A orillas de un gran río,


Un corazón en su mañana…
Tierra de las colinas
Que suben a ser barrancas,
Para mirar las islas de los sueños,
Siempre más allá del agua…
¡Ciudad de la luz primera,
Paraná bienamada!
Cuando nacía el verso
Tuvo sentido la fragancia.
El amor, por entonces,
Endurecía poco a poco sus alas.
Jazmín del país tan puro,
Pequeña magnolia apasionada,
Salían a la senda de los besos
En la tarde romántica
Y así llegó el instante
De fijar una forma la mirada,
De cincelar un nombre la estrofa,
De dividir en dos la esperanza.
¡Y llegó el azahar que se lleva
Todos los besos en su ropa blanca;
Puente y paso de un sueño,
La novia, la mujer, la casa!

II

Después… sólo el recuerdo y la semilla.


Desde el ciprés que corta la distancia,
La soledad del brazo,
El descenso fatal acompañaba;
Pero fue que en la tarde, no muy tarde,
Recibí del amor la última gracia.
Ella vino del río,
De las colinas de la infancia,
Lejanamente llenas sus pupilas
De ceibos, madreselvas y retamas…
¡Dos impulsiones de un destino
A cumplirse al final de la jornada!

Donde el aroma es música


Y el color se hace tiempo y canta,
El verso está en familia de belleza,
Ritmo pensamiento y la palabra.
Miel del mundo pequeño
En el alveolo de su abeja dorada;
Fondo nocturno del consuelo
En la caída del rocío y la lágrima…

III

Soplamos juntos la ceniza.


El verso ardió en brasas.
Tan vivo como ayer… ¡Esto es la gloria,
Dijimos, lo que el tiempo no apaga!
Novia ideal de los veinte años,
A un tiempo presente y lejana,
Sólo al canto inmortal concedía
El honor de besarla…
Oro de la tarde, su anillo;
Tal vez la muerte, la desposaba;
¡Un enlace de sombras
Para irse y quedarse en las barrancas!

-De Por mitades con la muerte (1955), Editorial de Entre Ríos, Paraná (E. R.)-
COPLAS ENTRERRIANAS

Lejos del suelo (Patria Chica)

La estoy mirando de afuera;


Nunca tan cabal y viva
Cual se la ve en perspectiva,
Ya cerrada la tranquera.

De adentro y en su regazo
Se arrolla la condición
Y a veces el corazón
Está en la punta del lazo.

Hay una pugna tenaz


En nuestro ser caminante:
El irse muy adelante
O quedarse muy atrás.

II

Sé de un cantor majadero
Que en la tradición se cuece,
Tan de anteayer que parece
Vivir en la edad del cuero.

III

La tradición es recuerdo,
El suspiro de la herencia…
Y puede ser la querencia
De cualquier petizo lerdo.

IV

Repite el verso desnudo:


“Cantariya, cantajuana,
Donde relincha el peludo
Guasquita que se hace iguana”.

Agua que pasa, me fui,


Y en el pasar me quedé.
Vuelve a pasar lo que fue…
Volveremos, Yuquerí.

VI

Pasa el agua murmurando,


Pasa el hombre y su canción;
Algo bueno van dejando…
Se aleja y se va quedando
Donde estuvo, el corazón.

-De Por mitades con la muerte (1955), Editorial de Entre Ríos, Paraná (E. R.)-
“Tierras, brazos y almas abiertos
al pueblo hermano… Sin libertad
la tierra propia parece extraña”

(Inscripción con que Entre Ríos ofrenda


al pueblo uruguayo el monumento que
rememora el éxodo de 1811, erigido en
la ciudad de Concordia, inscripción re-
dactada por el poeta Andrés Chabrillón,
miembro integrante de la Comisión Pro-
vincial de Homenajes.)

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