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Neurosis infantiles No discutiremos aquellas neurosis infantiles cuya gravedad es evidente debido al grado y carácter de los síntomas, pero sí consideraremos uno o dos casos en que, al no prestarse suficiente atención a las indicaciones específicas de las neurosis infantiles, su verdadera gravedad no ha sido reconocida. El que las neurosis de los niños hayan atraído mucho menos la atención que las de los adultos, se debe a que, en muchos aspectos, sus signos exteriores difieren esencialmente de los síntomas de los adultos. Los analistas saben que bajo la neurosis del adulto yace siempre una neurosis infantil, pero durante mucho tiempo han fracasado en sacar la única deducción posible de este hecho, es decir, que la neurosis debe ser por lo menos extremadamente común entre los niños, y esto sucede aunque el niño mismo les presenta suficiente evidencia. Al juzgar lo que es neurótico en un niño no podemos aplicar los standards apropiados a los adultos. De ninguna manera aquellos niños que más de cerca se aproximan a lo que es un adulto no neurótico son los menos neuróticos. Así, por ejemplo, un niño pequeño que cumpla todos los requisitos de su educación y no se deje dominar por su vida de fantasía y sus instintos, esto es, un niño que aparezca como bien adaptado a la realidad y presente además pocos signos de ansiedad, no solamente será un ser precoz y sin encanto, sino anormal en el más completo sentido de la palabra. Si completamos este cuadro suponiendo que su vida imaginativa ha sufrido una gran represión, que sería condición necesaria para tal desarrollo, tendríamos entonces causas para inquietarnos por su futuro. La neurosis de la cual é1 sufre no sería de menor grado que la del niño común, sino simplemente sin síntomas, y como sabemos por los análisis de adultos, una neurosis de esta naturaleza es por lo general muy grave. Normalmente deberíamos esperar ver signos claros de las graves luchas y crisis que el niño pasa en los primeros estadíos de su vida. Estos signos difieren, sin embargo, en muchos aspectos de los síntomas del adulto neurótico. Hasta cierto punto el niño normal muestra su ambivalencia y sus afectos, su sujeción y su sometimiento a los impulsos instintivos y a la fantasía y también las influencias que proceden de su superyó; esto crea algunas dificultades en el camino de su adaptación a la realidad y, por lo tanto, en su educación, y no es, desde ningún punto de vista, un niño "fácil". Pero si su ansiedad y ambivalencia y los obstáculos que presenta para su adaptación a la realidad van más allá de ciertos límites, y las dificultades que sufre y hace sufrir a su ambiente son muy grandes, entonces debería ser considerado como neurótico. Sin embargo, creo todavía que una neurosis de este tipo a menudo puede ser menos grave que una neurosis del tipo en que la represión de afectos ha sido tan aplastante y ha comenzado tan temprano, que apenas pueden percibirse signos de emoción y ansiedad en el niño. Lo que realmente diferencia al niño menos neurótico del más neurótico, además del grado cuantitativo, es el modo en que el niño se comporta frente a estas dificultades. Los signos característicos de una neurosis infantil, según se ha descrito anteriormente, constituyen un valioso punto de partida para el estudio de los métodos, a menudo muy oscuros, mediante los cuales el niño ha modificado su ansiedad y de la posición fundamental que ha adoptado. Así, por ejemplo, puede suponerse que si a un niño no le gusta asistir a representaciones de ninguna clase, tales como teatro o cine, si no tiene placer en formular preguntas y es inhibido en el juego o no puede jugar sino ciertos juegos sin contenido imaginativo, está sufriendo de graves inhibiciones de su instinto de conocer y de una aumentada represión de su vida imaginativa, aunque por otra parte puede estar bien adaptado y parecer no tener trastornos muy acentuados. Tal niño satisfará su deseo por conocer en una edad posterior, principalmente de un modo obsesivo, y a menudo producirá otros trastornos neuróticos en conexión con éstos. Se ha dicho que en muchos niños la incapacidad originaria para tolerar las frustraciones está oscurecida por una amplia adaptación a los requerimientos de su crianza. Desde muy temprano se transforman en niños "buenos" e "inteligentes", pero son precisamente estos niños los que más comúnmente adoptan esta actitud de indiferencia ante los regalos y agasajos, etc., que han sido mencionados más arriba. Si además de esta actitud presentan una gran inhibición en el juego y una fijación excesiva a sus objetos, la probabilidad de que sucumban en años posteriores a una neurosis es muy grande, porque tales niños han adoptado un punto de vista pesimista y una actitud de renuncia. Su principal objeto es luchar contra su ansiedad y su sentimiento de culpa a toda costa, aunque esto signifique renunciar a toda la felicidad y gratificación de sus instintos. Al mismo tiempo son, por lo general, dependientes de sus objetos, porque dependen del medio ambiente externo para protección y apoyo contra su ansiedad y sentimiento de culpa121. Son más evidentes, aunque no se las evalúa adecuadamente, sin embargo, las dificultades que presentan aquellos niños cuyos deseos insaciables de regalos es concomitante a su incapacidad para tolerar las frustraciones impuestas por su crianza. Es muy cierto que en los casos típicos descritos aquí, las perspectivas para que el niño logre una real estabilidad mental en el futuro no son favorables. Generalmente, también la impresión que produce el niño -su manera de comportarse, su expresión facial, sus movimientos y lenguaje- traiciona el fracaso de su adaptación interna.