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Daniel James. “Resistencia e integración.

El peronismo y la clase trabajadora argentina”

INTRODUCCIÓN

- El presente es un trabajo analítico narrativo, en orden cronológico. Se centra en el recorrido del movimiento
trabajador y su relación con la corriente peronista, por lo cual omite otros aspectos de la sociedad argentina.

- El movimiento sindical en la Argentina moderna se ha constituido como principal canal institucional para visualizar la
lealtad de la clase trabajadora hacia Perón y ha actuado de forma retroactiva con la corriente peronista. Incluso ha
entablado contadas veces como interlocutor con las Fuerzas Armadas tras los coup d’état, manteniendo a pesar de la
represión continuando siendo una fuerza social y política irreducible.

- El autor se propone seguir el recorrido del peronismo en los sindicatos durante el período 1955-1973, y asimismo
rastrear la relación entre el peronismo y la clase trabajadora argentina en su totalidad, rechazando para ello las
explicaciones más difundidas y simplistas que ven dicha relación en términos de manipulación y pasividad, a las que
adjudica haber caído víctimas de la abstracción.

- El autor pone énfasis en la experiencia obrera tras el derrocamiento del general Perón en 1955. Más
específicamente, le interesa la jerarquía del sindicato peronista y la cuestión de la ideología peronista y sus
recepciones en la clase trabajadora. Los vacíos que trata de llenar respecto a las percepciones de la masa de los
gremialistas peronistas se explican por la mencionada abstracción y simplificación, que no otorgan una noción de la
experiencia histórica concreta y compleja, sino una concepción dicotómica (resistencia/integración). Asimismo, cree
que estos vacíos tienen tanto con la incapacidad de la teoría académica como con la relevancia política e ideológica
que la Argentina le otorga a su propio pasado; en el caso de la clase trabajadora, esta mitologización implicó una
simplificación y una idealización estereotípica de una realidad harto más compleja; útiles para la política, pero nocivas
para la compresión histórica.

- El autor utiliza tres fuentes para su argumentación: (1) documentación de archivos existentes en la Argentina,
incluyendo diarios, revistas, boletines, anuarios y materiales disponibles en el Ministerio de Trabajo; (2) diarios
peronistas no oficiales, como diarios de afiliados, panfletos y circulares de barrios, los cuales no estaban a
disposición pública; (3) entrevistas, conversaciones y discusiones con participantes activos en los gremios del
correspondiente período.

PRIMERA PARTE: Los antecedentes

1. El peronismo y la clase trabajadora, 1943-55

El trabajo organizado y el Estado peronista

- Por aliento de los regímenes conservadores, la sociedad argentina se enfrentó a la recesión de 1930-1940 a través
de una paulatina sustitución de importaciones, es decir, la producción de bienes manufacturados que antes se
compraban al extranjero. Aun manteniendo sus relaciones económicas con Gran Bretaña, se alentó el crecimiento
industrial argentino mediante una política de protección arancelaria. El sector agrario continuó siendo la fuente
principal de divisas, y ahora la industria constituía el centro de acumulación de capital.

- El crecimiento industrial estuvo acompañado por un cambio en la fuerza laboral: antes que de la inmigración
extranjera, el personal estaba ahora conformado por gente de las provincias del interior, atraídos por los centros
urbanos del litoral.

- Sin embargo, el crecimiento industrial no se tradujo en mejores condiciones laborales ni en soluciones a los
problemas inherentes de la rápida urbanización (hacinamiento y falta de servicios). La represión, orquestada por los
empleadores y el Estado, limitaban la poca legislación laboral y social.

- Para 1943, había cuatro gremiales centrales: la Federación Obrera Regional Argentina (FORA), de índole
anarquista; la Unión Sindical Argentina (USA), de índole sindicalista; la Confederación General del Trabajo (CGT),
dividida en la CGT Nº 1 y la CGT Nº 2. La mayoría del proletariado industrial (principalmente los emergentes del
sector metalúrgico y textil) era ajeno a cualquier organización sindical efectiva; los que mayor influencia ostentaban
eran los comunistas, que se regio en campos no tradicionales y entre trabajadores de la madera, construcción y
alimentación.

- En este aspecto, y desde sus cargos como secretario de Trabajo y posteriormente vicepresidente del gobierno
militar impuesto en 1943, el general Juan Perón supo dar respuesta a las reivindicaciones de la emergente fuerza
laboral industrial, a la vez que los alejaba de la gravitación de las organizaciones de izquierda. El apoyo conseguido
entre las filas obreras se cristalizaría el 17 de octubre de 1945, día en que una manifestación popular y espontánea
logró sacar a Perón del confinamiento y posteriormente conducirle a su victoria en las elecciones presidenciales de
febrero de 1946.

- La experiencia peronista de 1946-1955 permitió un aumento en la capacidad de organización y negociación de la


clase trabajadora, así como en su peso social. En sector de la actividad económica solo se otorgó a un sindicato el
reconocimiento como mediador oficial entre los trabajadores y el empresariado, lo que estaba garantizado por la Ley
de Asociaciones Profesionales (23.852). Se creó una estructura que ascendía, por intermedio de federaciones, a una
única central, la Confederación Nacional del Trabajo (CGT) y que aseguraba a los sindicatos muchas ventajas, a la
vez que otorgaba al Estado las funciones de garante y receptor de los beneficios derivados.

- La extensión de la agremiación (que por primera vez incluyó a empleados públicos) fue acompañada por un sistema
global de negociaciones colectivas y disposiciones sociales que contemplaban la licencia por enfermedad, por
maternidad y las vacaciones pagas.

- La clase trabajadora paralelamente a su integración como fuerza social asistió a una integración política, coordinada
por el aparato estatal. En el período 1946-1951 se dio la paulatina subordinación del movimiento sindical ante el
Estado gracias a la eliminación del poder autónomo de los viejos líderes sindicales. Para la segunda presidencia las
intenciones corporativistas se tornaron evidentes; se creó una vasta red para garantizar el bienestar social, operada
por el Ministerio de Trabajo y Previsión, la Fundación Eva Perón y los propios sindicatos. Si bien hubo focos de
disidencia en oposición a la integración política del sindicalismo, las ventajas económicas para los trabajadores eran
concretas e inmediatas, por lo que los cuestionamientos fueron mínimos a grandes rasgos.

- Es de remarcarse la relativa homogeneidad racial y étnica de la clase trabajadora y su concentración en los grandes
centros urbanos, lo que propició la cohesión política.

- La experiencia peronista efectivamente borró las antiguas lealtades políticas del sindicalismo, ya sea los
arraigamientos con el comunismo, el socialismo o mismo el radicalismo. Mientras que los radicales y socialistas
criticaron fervientemente al peronismo y su inserción de naturaleza desmoralizante dentro de la clase trabajadora, los
comunistas prefirieron una posición más flexible.

Los trabajadores y la atracción política del peronismo

- El sociólogo izquierdista Gino Germani quiso explicar la adhesión sindical al peronismo en términos de obreros
migrantes sin experiencia, receptáculos perfectos del populismo y para ser utilizados por la élite bajo la bandera
peronista. En cambio, el revisionismo ha visto el apoyo obrero a la ideología peronista como el compromiso lógico
ante un proyecto reformista que prometía ventajas concretas, decisión consciente llevada a cabo por actores dotados
de conciencia de clase en vistas de las antiguas dificultades económicas y explotación de clase.

- Si bien el peronismo respondió en términos de un pragmatismo de clase básico, el autor trata de encontrar las
razones por las cuales la solución adoptó la forma específica del peronismo y no la de otras ideologías con
llamamientos similares; para ello tiene en cuenta la figura carismática del general Perón, la retórica peronista y sus
diferencias con respecto a otras posturas políticas que se apoyaban también en la clase trabajadora.

Los trabajadores como ciudadanos en la retórica política peronista

- En el discurso peronista, el pleno acceso a la ciudadanía y los derechos políticos fue una constante, apoderándose
de una retórica ya iniciada por el radicalismo en los `30 con Yrigoyen. La “década infame” (1930-1943), que se
caracterizó por el mantenimiento del poder político a manos de una minoría conservadora mediante el fraude y
corrupción, alimentó un creciente cinismo político; en consecuencia, el peronismo pudo reunir un caudal electoral al
denunciar la hipocresía de las instituciones autoproclamadas “democráticas”. Sin embargo, el atractivo del peronismo
no se limitó a las reivindicaciones políticas, sino que evocó por el restablecimiento de derechos proclamados pero no
respetados (este fue también el lenguaje de la Unión Democrática) pero desde una dimensión más amplia o social,
que rechazaba las concepciones políticas meramente formales del liberalismo y tocaba una fibra sensible entre los
obreros.

- Si bien el liberalismo había reconocido la existencia política de los trabajadores, les había negado y/u obstaculizado
su consolidación como clase social; aún el radicalismo, a pesar de todos su retórica, jamás se opuso fervientemente
a los supuestos del sistema liberal. En cambio, el peronismo llamaba al reconocimiento de la clase obrera y su
integración privilegiada como fuerza social autónoma dentro del aparato estatal. La retórica peronista subrayó el
carácter independiente de los trabajadores como clase y su interrelación (pero no dependencia) para con el Estado,
al menos en sus comienzos; con la conquista del poder, el elemento personalista en Juan y Eva Perón se hizo más
evidente.

- La industrialización, el antiimperialismo y el nacionalismo fueron los ejes que sostuvieron al discurso peronista. La
dicotomía esgrimida por el peronismo no era tanto desarrollo agrario/industrialización como laissez-
faire/intervencionismo estatal, algo que los demás partidos políticos sabían. Lo que singularizo al peronismo fue la
manera en que se apropio de la industrialización y la soberanía nacional; los dos eran fines análogos participación de
la clase obrera en la vida pública y la justicia social.

Una visión digna de crédito: carácter concreto y creíble del discurso político de Perón

- El autor entiende al vocabulario del peronismo como visionario y a la vez creíble, que contrastaba con el carácter
harto abstracto de sus adversarios políticos. Los discursos iniciales del período 1945-1946 eran inéditos en su
naturaleza; el contenido nacionalista en el peronismo ponía especial énfasis en la clase trabajadora y evocaba
problemas económicos concretos y soluciones a corto plazo, y no generalidades y cambios estructurales a largo
plazo.

- El peronismo supo tomar la idiosincrasia de la clase trabajadora y glorificarla. La atracción política del peronismo
era esencialmente plebeya: rechazaba la necesidad de una élite política especializada y fomentaba el
antiintelectualismo contenido en las prácticas populares. Había un constante uso de simbología tanguera,
sensibilidad popular y términos del lunfardo. El tono rústico de su retórica contrastaba con el tono condescendiente
propio de los demás partidos políticos.

El herético impacto social del peronismo

- La mayor incidencia de la clase trabajadora en lo social y político se evidencia en la masiva ampliación del
gremialismo y el número de parlamentarios de extracción sindical. Sin embargo, otros aspectos no cuantificables
como el orgullo, el respeto propio y la dignidad deben de estudiarse por separado.

Significado de la década infame: respuestas de la clase obrera

- Las experiencias de la “década infame” fueron articuladas por la propaganda en la dicotomía entre el presente
peronista (1950-1960) y el pasado reciente (1930-1940), contrastando las duras condiciones laborales y frustración
con una efectiva organización gremial y aumento de salarios.

- Muestras de un mundo esencialmente injusto pueden destilarse de la cultura popular en el período 1930-1940,
como en los sombríos tangos cargados de simbolismos sobre la codicia y falta de escrúpulos. Aunque en menor
medida, había aún retazos de la ferviente actividad militante anterior a la “década infame”, propiciándose el espíritu
cooperativo y la erradicación de vicios como el alcoholismo y el tabaquismo gracias a una minoría de socialistas,
comunistas y anarquistas; esta organización gremial se acrecentó a medida que el desempleo decrecía.

Experiencia privada y discurso político

- El atractivo del peronismo radicaba en su capacidad para dar expresión pública a lo que hasta entonces solo se
pensaba, se manifestaba de forma interna, dentro de una experiencia privada. El discurso peronista, en este sentido,
era herético porque lograba exteriorizar en términos simples pensamientos ya arraigados en la sociedad, pero que
habían estado silenciados por el elitismo oligarca.

- La reconversión de los símbolos de humildad e identidad trabajadora (las ropas del obrero), por ejemplo, en el
“descamisado” y “la negrada”. Se los despoja de la connotación negativa (hasta entonces, los términos habían sido
usados por los antiperonistas despectivamente para caracterizar la pobreza de los militantes peronistas) y se los
incorpora al discurso oficial, como algo positivo. El uso del lunfardo y la resignificación de los vocablos usados para
con la clase trabajadora, implicaron una visibilización y la invasión de espacios públicos tradicionalmente de la élite;
un acto de blasfemia, propiamente herético.

Los límites de la herejía: ambivalencia del legado social peronista

- Con la asunción del peronismo al poder en 1946, una de sus principales preocupaciones será controlar e
institucionalizar el mismo desafío herético, que le había conducido al éxito electoral en un primer lugar. El Estado se
encargó de emprender esta desmovilización pasiva, a través de los sindicatos y una actitud cooptativa.

- El discurso oficial peronista entendía en concordancia a los intereses de la masa obrera y del “capital nacional no
explotador y progresista”, en oposición al capital internacional y la oligarquía local parasitarios.

- El detenimiento de la actitud herética expresada fervientemente en 1945-1946 puede entenderse por la respuesta a
las aspiraciones materiales, el prestigio personal de Perón y el naturaleza ideológica del peronismo para inculcar una
noción de armonía e intereses comunes entre clases.

- Debe admitirse que la experiencia peronista de 1943-1955 creó un período decisivo para la formación de la
moderna clase trabajadora argentina; la homogeneización de su identidad y fuerza como ente nacional nació en gran
parte con Perón y, asimismo, el peronismo se nutrió de su constitución. El apoyo de los trabajadores al movimiento
peronista no se explica únicamente por la experiencia en las fábricas, sino que la adhesión se generó también por
una forma particular de movilización y discurso.

- Como se dijo, la incorporación de la clase trabajadora al aparato estatal implicó la pacificación de dicha clase.

- La era peronista se adelantó al surgimiento del gremialismo activo y autónomo, y legó a la clase trabajadora un
profundo sentimiento de solidez e importancia nacional; les confirmó la sospecha de su conciencia de clase y su
estatuto como fuerza social dentro del capitalismo.

- Al igual que el New Deal estadounidense y los Estados benefactores posteriores a 1945, el peronismo evocaba por
un desarrollo económico basado en la integración social y política, a la vez que perpetuaba y fortalecía las clásicas
relaciones de producción capitalistas. Pero a pesar de estas permanencias, el peronismo se proclama (y es
entendido) en su voz herética y de oposición política y social hacia la élite dominantes. Por ende, este legado será
ambiguo y traerá múltiples interpretaciones sobre el movimiento, aún muchos años después de finalizada su
coyuntura favorable y la vida de su líder por excelencia.

SEGUNDA PARTE: La Resistencia peronista, 1955-58

2. Supervivencia del peronismo: la resistencia en las fábricas

“Ni vencedores ni vencidos”: el interregno de Lonardi

El colapso del compromiso: Lonardi y la jefatura sindical peronista

- El régimen de Eduardo Lonardi, el primero instaurado por la autoproclamada “Revolución Libertadora” de 1955,
trató un acercamiento inicial entre el gobierno militar no peronista y el movimiento sindical peronista, afirmando que
se respetarían las medidas de justicia social e integridad de la CGT.

- Sin embargo, los múltiples ataques a los locales sindicales, provenientes de grupos antiperonistas armados
(conocidos como “comandos civiles” y de diversas raíces ideológicas, pero principalmente del radicalismo y
socialismo) obligaron a muchos trabajadores a abandonar sus lugares de reunión. La CGT solicitó al gobierno un
cese de las ocupaciones y la celebración de elecciones sindicales internas. Los comandos civiles se negaron a ceder,
sabiendo que los comicios devolverían el poder gremial a los peronistas.

- La crisis electoral dentro de los gremios convenció a las alas más liberales del gobierno militar que solo se
abandonaría la política conciliadora con la expulsión de Lonardi y de la influencia de los nacionalistas católicos.
Lonardi es obligado a renunciar en noviembre de 1955 y en su lugar asume Aramburu, quien abandona la tentativa
de integración y, ante la amenaza de huelga proclamada por la CGT, interviene a esta y posteriormente a la totalidad
de los sindicatos.
Factores determinantes en el trasfondo de la ruptura: el surgimiento de las bases

- La política de conciliación de Lonardi aceptaba la supremacía del peronismo dentro de la clase trabajadora y sus
instituciones sindicales, con la condición de que se depuren los demagogos corruptos. Los nacionalistas católicos
concordaban con buena parte de lo estipulado por el movimiento peronista; lo veían como un freno al comunismo y
una proposición comunitaria, con raíces claramente católicas.

- Por su parte, los dirigentes sindicales estaban dispuestos a grandes sacrificios para adaptarse (como lo evidencia la
oposición a la violencia brotada de las bases, la negativa a salirse de la esfera de acción meramente sindical y la
aceptación a considerar el 17 de octubre como otro día de trabajo formal).

- El porqué falló la política conciliadora tal vez resida en la debilidad del ala nacionalista dentro de las fuerzas
armadas para controlar a los comandos civiles, y que los dirigentes sindicales eran conscientes de ello, por lo que no
quisieron propiciar la erosión de sus propias bases de poder cediendo a las exigencias del gobierno. Otro factor para
el quiebre del interregno propuesto por Lonardi fue la resistencia de la militancia peronista, opuestos fervientemente a
la Revolución Libertadora y que limitaban las posibles concesiones de los dirigentes sindicales; las manifestaciones y
huelgas espontáneas, instintivas y desorganizadas fueron la visualización de esta oposición, que posteriormente se
conocería como “Resistencia Peronista”.

Aramburu y la clase obrera: primeros elementos de una política

- Con la instauración del régimen de Pedro Eugenio Aramburu, se aplicó una política fervientemente antiperonista
que planteaba la total erradicación del movimiento, sus instituciones y símbolos.

- En concordancia con la intervención de la CGT, Aramburu trató de proscribir la participación de líderes gremiales
peronistas, reprimir las manifestaciones del sindicalismo e instaurar una mayor productividad y racionalización del
trabajo.

Impacto del peronismo en el nivel de taller y planta durante la era de Perón

- El gobierno militar se propuso aumentar la productividad de la industria a través de la racionalización, cuestión que
ya había sido discutida en los últimos años del peronismo durante el período 1945-1955. Ya en esa época se
planteaba la acumulación de capital como paso vital para avanzar hacia la producción de maquinaria pesada y bienes
de consumo duraderos; pero en la coyuntura de recesión propia de las décadas 1950-1960 se afirmó que esto se
debería de lograr no mediante la adopción de nueva maquinaria, sino por medio del aumento del producto por
trabajador.

- Se planteó alentar el aumento de la productividad a través de un reajuste en los hábitos de trabajo y su intensidad,
pero el programa expedido por la patronal y el Estado chocó con las cláusulas contractuales que regulaban las
condiciones de trabajo y las respectivas comisiones internas de delegados gremiales.

- El “Congreso de la Productividad” (1955) fue una tentativa para aplicar, con ayuda estatal y sindical, el programa de
racionalización, que sin embargo se encontró con una negativa a la cooperación por parte de los obreros. La
propuesta de pago-por-resultados por parte de los empleadores era ilegitima e inaceptable aún para muchos obreros;
esto se explica por una cultura de taller y planta, producto de la experiencia peronista, que arraigo en las
mentalidades una serie de supuestos informales sobre lo que los patrones podían o no exigir a sus trabajadores.

Racionalización y represión en el taller y la planta: la Revolución Libertadora llega al lugar de trabajo

- Aramburu expidió una serie de decretos en pos de aumentar la productividad, pero que en el proceso a ello degradó
las condiciones laborales y la organización gremial; el decreto 2739 autorizaba a la eliminación de “obstáculos a la
productividad”.

- En la aplicación de las políticas de represión y hostigamiento en el sitio de trabajo, permitidas por el gobierno y
alentadas por los empleadores, la policía fue una herramienta integral. En muchos casos, las intervenciones fueron
excusa para revanchas por motivos personales.

- Aunque hubo una amplia supresión de los llamados “obstáculos”, pequeñas concesiones que hacían más tolerable
el trabajo y más sencilla la solución de disputas con el sector patronal, nunca se aplicaron efectivamente los planes
de racionalización y la aplicación de nuevas cláusulas sobre la productividad en los contratos existentes. Esto se
debió, en parte, por la ambigüedad proveniente del gobierno a la hora de aplicar las medidas acordadas.

Organización de la resistencia en las fábricas

- Los trabajadores emprendieron en las fábricas un proceso de reorganización, espontáneo y localizado, para
conservar las conquistas conseguidas durante el régimen peronista. No eran más que agrupaciones
semiclandestinas que se reunían en casas privadas y se oponían a las supresiones (por ejemplo, la supresión de la
jornada de seis horas para el trabajo insalubre, la no provisión de ropa protectora y la amenaza de despidos a
delegados gremiales).

- El éxito de estas luchas estuvo íntimamente relacionado con los antecedentes de organización militante, que
facilitaban o dificultaban las posibilidades de reorganización clandestina.

- Allí donde las maniobras de los interventores imposibilitaron la realización de comicios libres, los comités no
oficiales organizaron abstenciones en gran escala y voto en blanco.

- Los ataques a las comisiones internas, el revanchismo general, la ofensiva contra las condiciones laborales, todo
ello explicó muy claramente lo que se sentía se estaba perdiendo y señaló el contraste con la era peronista; las
políticas de Aramburu-Rojas reforzaron la identificación de la clase obrera con el peronismo.

Socialistas y comunistas en la época de Aramburu

- El socialismo mantenía una posición ambigua. Si bien veía a la Revolución Libertadora y la extirpación de Perón del
poder como un triunfo hacia la democracia, criticaba los abusos del gobierno militar y los empleadores para con la
clase obrera, que se afirmaba aún fervientemente peronista.

- El socialismo interpretaba al período peronista, caracterizado por la mejora de las condiciones laborales y de
organización gremial gracias al aval del Estado nacional, como una desviación del curso orgánico de la lucha de
clases, una victoria manchada moralmente por las aspiraciones de un demagogo.

- Esta negativa a aceptar las victorias conseguidas durante la experiencia peronista, identifico por descarte a los
socialistas con las políticas del gobierno militar y los empleadores. Asimismo, estaban desfasados de las comisiones
no oficiales y espontáneas del peronismo, y se debatieron entre aceptar las políticas gubernamentales o emprender
una reeducación de los trabajadores peronistas.

- El comunismo adoptó una política más conciliadora con los obreros peronistas y sus reivindicaciones, trabajando
junto a ellos en el mismo terreno, sin buscar diferenciarse.

- Para 1956 era evidente que el peronismo en los sindicatos no se eliminaría por decretos o llana represión. Sin
embargo, Aramburu continuó con una línea dura, tratando de garantizar poner en manos de una mayoría
antiperonista el liderazgo del movimiento gremial y manteniendo al peronismo en unos niveles minoritarios y
aceptables. Sin embargo, esta tentativa tuvo escaso éxito.

La lucha salarial dentro del gobierno de Aramburu

- El aumento salarial expedido por Aramburu se basaba en el supuesto que la inflación resultante de la devaluación
no superaría el 10%; sin embargo, la tendencia inflacionaria superó las expectativas y desembocó en crecientes
conflictos entre las comisiones salariales y los patrones, que posteriormente serían resueltos por los tribunales de
arbitraje del decreto 2739.

- Si bien la caída de los salarios reales no era un hecho sin precedentes, el nuevo contexto de antagonismo social y
fanatismo agudizó la conciencia de clase. Los trabajadores percibieron que la declinación en las condiciones
laborales no era, en este caso, parte de una recesión económica sino producto directo de los ataques
gubernamentales contra los sindicatos y la congelación salarial.

- La mayor demostración del descontento fue la paralización metalúrgica en 1956, que desembocó en una masiva
movilización de las fuerzas armadas para recuperar los lugares laborales ocupados. Si bien la huelga no dio
respuesta a las reivindicaciones salariales y los despidos solo tendieron a incrementarse, esta demostración es
recordada como un símbolo de la capacidad obrera para organizarse y enfrentarse al status quo. Ejemplos similares
se dieron en las industrias de la construcción, el calzado, gráfica, textil, de la carne y de la construcción naval, con
represiones y derrotas también similares.

3. Comandos y sindicatos: surgimiento del nuevo liderazgo sindical peronista

Viejos y nuevos líderes sindicales

- Tras la purga de los dirigentes gremiales llanamente peronistas, surgieron nuevas figuras que no habían tenido gran
preeminencia antes de 1955 y que rechazaron (aunque no en todos los casos) a los antiguos líderes sindicales. Los
nuevos jerarcas tenían entre poca y nula experiencia con la jerarquía sindical peronista y se habían alzado al poder
espontáneamente, principalmente por defender a los demás de los abusos de la patronal y el gobierno militar. Las
nuevas dirigencias permitieron una mayor participación del militante común.

La intersindical y las 62 Organizaciones

- En 1957, se creó una Comisión Intersindical compuesta por los gremios normalizados en pos de restablecer las
elecciones libres en los sindicatos, reabrir la CGT, suspender las trabas a la intervención en cuestiones sindicales y
liberar a los encarcelados por actividades gremiales. Aunque la iniciativa provino del comunismo, pronto el comité
organizador cayó en la gravitación del peronismo, el cual fomentó la celebración del 1º de mayo y una huelga general
para la excarcelación de los presos sindicales.

- La presencia de la Comisión Intersindical desanimó las esperanzas de la vieja dirigencia de recuperar sus
posiciones privilegiadas, y avivó el conflicto entre esta y la nueva generación de líderes neoperonistas.

- Lo cierto es que la Intersindical permitió alcanzar cierto grado de coherencia organizativa para las fuerzas
peronistas dentro del ámbito gremial, y aún dentro del ámbito de resistencia clandestino, puesto que la estructura
institucional posibilitó recibir las instrucciones del general Perón desde el exilio y organizar los masivos votos en
blanco.

- Posteriormente se fundan las 62 Organizaciones, entidad mayoritariamente neoperonista que surgió del congreso
de 1957 para normalizar la CGT. La entidad organizó huelgas generales, que se presentaban directamente contra las
políticas económicas y gremiales del gobierno militar, y por lo cual fueron gravemente reprimidos e intervenidos
nuevamente los sindicatos.

- Las 62 Organizaciones evidenciaron que el gobierno no podía quebrar la capacidad de los sindicatos peronistas
para actuar como fuerza organizadora del peronismo en su totalidad (demostrado posteriormente también por la
influencia que ejercieron para conseguir el triunfo electoral de Frondizi en 1958).

Sabotaje y grupos clandestinos

- Más allá de las defensas a las condiciones laborales y gremiales, la Resistencia Peronista abarcó ámbitos más
amplios, que en la práctica fueron dadas de formas atomizadas, heterogéneas y hasta conflictivas entre sí, pero que
en la posterior construcción mitológica del peronismo se agruparon bajo el denominador común de “guerrilla popular”
con connotaciones de heroísmo, no profesionalismo y camaradería entre gente común.

- En la realidad, las primeras respuestas al gobierno militar adoptaron la forma de un “terrorismo espontáneo”, que
fueron un acto de desesperación y frustración por parte de los peronistas por visualizar su descontento contra el
status quo, ya que no contaban con ningún tipo de representación. Esto abarcaba tentativas de pinta y distribución de
consignas, sabotaje (que abarcaba desde la destrucción de maquinaria, principalmente al sistema ferroviario y las
plantas de electricidad, hasta la adrede baja en productividad) y el empleo de bombas caseras o “caños” contra
objetivos militares y edificios públicos. Los niveles de organización variaban enormemente, desde “comandos”
formados por obreros de una misma fábrica o sector hasta células clandestinas pequeñas constituidas por vecinos.

- La esperanza de que la vuelta del general Perón fuera pronta, con tal de que se alimentara el caos para erosionar al
gobierno militar, alentó la idea de que era innecesaria una efectiva resistencia a largo plazo.

- Aún más, la derrota del levantamiento del general Valle y Tanco disminuyó la búsqueda de militares salvadores, aún
leales al peronismo. Asimismo, para 1956 se había producido una especie de purga, que había dejado en pie solo a
los grupos mejor organizados.
Divergencias en la resistencia

- Para 1956, los activistas peronistas se concentraron en recuperar las comisiones internas y posteriormente los
mismos sindicatos, mientras que los comandos de resistencia continuaron actuando bajo sus propios supuestos.
Aunque el general Perón esbozó sus ideas sobre la correcta organización insurgente en las “Instrucciones Generales
para los dirigentes” de 1955 (donde afirmaba que el movimiento debía seguir la estrategia de guerrillas y desgaste a
través de la resistencia activa y pasiva pero nunca la confrontación directa) en la práctica se dio una situación
distinta. Hubo una creciente diferenciación entre los comandos saboteadores y la resistencia en los sindicatos.

- Los nexos más íntimos entre comandos y gremios los organizaban los viejos líderes sindicales, más que la nueva
generación de jerarcas.

- Con la confianza por las batallas salariales de 1956 y la instauración de la Intersindical, cada vez más los
trabajadores se colocaron en una posición defensiva y dentro de los límites institucionales legales.

- Si bien Cooke, mayor colaborador del general Perón durante el exilio, y los comandos de resistencia se negaron en
una primera instancia a toda colaboración con el sistema institucional, las frustradas huelgas de las 62
Organizaciones y el carácter desorganizado de los grupos insurgentes volvieron inviable la opción puramente
revolucionaria. Por ello, se iniciaron una serie de negociaciones secretas con Frondizi, el cual estaba de acuerdo con
la reconstrucción de la CGT y el restablecimiento de las elecciones libres en todos los gremios, en caso de que se le
asegurara su victoria electoral, asunto del que las 62 Organizaciones se encargaron por orden de Perón.

4. Ideología y conciencia en la resistencia peronista

- Posteriormente al gobierno de Aramburu, la resistencia peronista durante ese período es reinterpretada como un
hito en la historia de la combatividad de la clase trabajadora, en términos cuasi revolucionarios. Y lo cierto es que los
años 1956-1957 estuvieron plagados por huelgas y una constante resistencia en el lugar de trabajo por conservar las
victorias conseguidas durante la experiencia peronista.

- El movimiento sindical ahora era dirigido por una nueva generación de líderes sindicales, surgidos de las bases y
con una posición que alentaba la democracia y la participación de los afiliados gremiales.

Reafirmación de los principios tradicionales

- Los panfletos y periódicos sindicales clandestinos permiten destilar algunas pervivencias de la ideología peronista,
como la insistencia en el nacionalismo económico, antiimperialista y antioligarca (que provocó las primeras críticas al
gobierno militar, tras los acuerdos con el FMI, la liberalización del mercado y el traslado de ingresos a la agricultura).

- Otro de los puntos fervientemente defendidos eran las concesiones logradas durante la presidencia peronista, que
bajo el término “justicia social” entendía al capital humanizado y equitativo, opuesto al capital especulador y
explotador; en otros términos, una armonía de clases.

Elementos de un contradiscurso

- Si bien pervivieron elementos de la retórica peronista, se encontraban también fragmentos de un “contradiscurso”,


producto de la experiencia de lucha social concreta. La solidaridad y la defensa de los otros en los conflictos
cotidianos dentro del lugar de trabajo propiciaron nuevos sentimientos como, por ejemplo, un fuerte antipoliticismo
producto del escepticismo ante la hipocresía del gobierno militar, que a la vez que se autoproclamaba democrático
utilizaba medidas represivas para hacer cumplir sus demandas, y ante el aislacionismo de la propia clase obrera,
abandonada a su suerte por las demás y defraudada por la política.

- Para el autor, esta mezcla de elementos (anarcosindicalismo, teoría económica marxista y devoción personal a la
figura de Perón) evidencia la construcción de un contradiscurso a través de la experiencia, que planteaba una
independización de la clase obrera a tal punto que en muchos aspectos desafiaba los supuestos de la ideología
peronista oficial.

Ideología formal y conciencia práctica

- La ambigüedad entre lo dicho y hecho, entre la teoría oficial y la práctica concreta, llevó a una serie de experiencias
dispares que, como se ha dicho, en algunos casos entrevé la construcción de un contradiscurso, y en otros plantea la
insistencia por máximas ideológicas y la añoranza a un pasado desvanecido en un contexto social radicalmente
distinto.

- La razón de esta ambigüedad reside también en la realidad política que sufría el país: la confrontación ideológica
entre “peronistas” y “antiperonistas” muchas veces opacó la verdadera lucha de clases, por lo que los aliados y
enemigos se dibujaban por lineamientos políticos, no por estatutos socioeconómicos.

Nostalgia y obrerismo en la conciencia de la clase trabajadora

- El “obrerismo” fue uno de los elementos constituyentes de la mentalidad de la clase trabajadora, exaltado durante la
experiencia peronista; esta última adoptó los términos despectivos (“descamisados”, “cabecitas negras”, etc.) y los
reformuló desde un tono herético, insistiendo en el aspecto revolucionario. El folklore resalta la dureza y marginalidad
que debe de soportar sola la clase obrera, a la vez que celebra los valores afectivos tanto de la familia como de la
camaradería en el lugar de trabajo.

- Otro de los aspectos de la mentalidad obrera será la nostalgia por la era peronista, el contraste entre un pasado
glorificado y el caos reinante pos 1955. El pasado no era solo para anhelar por capricho, sino para preparar un
programa a efectuar en el futuro bajo los supuestos de la justicia social y el paternalismo estatal. La vuelta de Perón
simbolizaba más que un afecto a su persona, una añoranza y expectativa por la vuelta de la dignidad y el final de la
explotación.

- En el lapso 1955-1958 las mentalidades estuvieron lejos de ser homogéneas y polarizadas. Si bien la ideología
peronista conservaba su atractivo, hubo un claro desacuerdo entre la realidad vivida y la filosofía formal, lo que
constituyó la base para la aparición de un contradiscurso, a menudo solo latente.

- El apoyo a Frondizi se basaba en la expectativa de la recreación de un Estado nacional paternalista que


salvaguardara los principios de la justicia social. Sin embargo, posteriormente el orgullo y frustración de la clase
obrera constituiría el ala de una prolongada oposición a Frondizi y a los burócratas sindicales, que apuntaban a la
formación de un Estado desarrollista que no iba en concordancia con las esperanzas de los trabajadores.

TERCERA PARTE: Frondizi y la integración: tentación y desencanto, 1958-62

5. Resistencia y derrota: impacto sobre los dirigentes, los activistas y las bases

Desarrollismo: su atracción y su rechazo en los nueve primeros meses de Frondizi

- Las 62 Organizaciones exhortaron a los peronistas sindicalizados a participar de cualquier manifestación de


protesta, en una clara señal de apoyo al programa y promesas de Frondizi. Asimismo, los gremios no hicieron nada
entre el período de las elecciones y la asunción presidencial que pudiese complicar el traspaso del poder.

- El apoyo a Frondizi y pasividad ante sus políticas eran, a grandes rasgos, pragmáticos. El frondizismo había
garantizado la legislación de la Ley de Asociaciones Profesionales (que había retrocedido durante la dictadura de
1955-1958) y hacía grandes promesas respecto a los fondos jubilatorios y de las obras sociales. A su vez,
simpatizaban con algunos supuestos del desarrollismo y les era conveniente no suscitar el desorden al punto de
provocar un nuevo golpe militar. Frondizi era, frente a lo concreto y más allá de las críticas provenientes del mismo
Perón, la mejor de las opciones disponibles.

- El programa socioeconómico desarrollista de Frondizi planteaba que la Argentina debía de empezar a producir las
manufacturas que hasta entonces importaba y que la habían relegado a un mero papel como proveedora de materias
primas; para ello, se puso especial atención en la producción petrolera, el desarrollo de la industria pesada, bienes de
consumo que demandaban alta tecnología en las esfera petroquímica y electrometalúrgica, y la industria
automovilística. Si bien el desarrollismo de Frondizi rechazaba el capital extranjero y alentaba la protección
arancelaria y altos niveles de consumo interno, para 1958 había aceptado la necesidad de inversión foránea para
alcanzar los objetivos de industrialización deseados. A su vez, se planteaba al Estado como el máximo mediador y a
todas las clases y fuerzas políticas y sociales como partes que debían de subordinarse al bien común. Había
además, similitudes entre el desarrollismo y el nacionalismo argentino del período 1930-1940, tradición apoderada
por el peronismo, que determinaban que el programa no fuera innovador pero sí atractivo para los gremios.
- A pesar de las convergencias, la ruptura entre Frondizi y los sindicatos se dio en vistas del plan de estabilización
expedido en diciembre de 1958 y que estaba determinado por el FMI. Los planes habían tenido resultados positivos
espectaculares, pero para fines de 1958 se cernía una crisis crónica de la balanza de pagos, que fue respondido con
un plan de estabilización que implicó una dramática reducción de las tarifas aduaneras, una devaluación de la
moneda, la suspensión de los controles a los precios y de las restricciones comerciales, y la congelación de salarios.

- La oposición a Frondizi no implicó una crítica formal y organizada a las bases del desarrollismo. El presidente fue
considerado en términos de “traidor” por el movimiento sindical, en vistas de que el primero parecía haber olvidado la
dimensión social en su búsqueda del desarrollo nacional. Más allá de ello, la oposición a Frondizi radicaba también
en la experiencia de la militancia durante la Revolución Libertadora (1955-1958), una minoría de las bases que
desobedeció las órdenes de apoyar electoralmente al frondizismo y no promover la protesta. También estaba
relacionada con el mencionado “contradiscurso”, la misma ausencia de Perón y al fin y al cabo con una comparación
entre el frondizismo y una interpretación selectiva de la experiencia peronista, omitiendo hechos que atentaran contra
la homogeneidad de la retórica. La ferviente militancia ignoró al desarrollismo como única vía lógica para salir del
subdesarrollo y en cambio se concentró en las nociones de justicia social, equidad y solidaridad de clase.

Movilización y derrota: 1959-60

1959: crucial año de conflictos

- Era evidente que el plan de estabilización de 1959 no sería bien recibido por los sindicatos peronistas, endurecidos
ante la experiencia de la dictadura de 1955-1958; hasta entonces los enfrentamientos entre el gobierno y las bases
se habían amortiguado gracias a la mediación de las 62 Organizaciones

- Gracias a la confianza en las bases de la clase obrera, el año 1959 estuvo signado por una serie de conflictos sin
precedentes, en los que más de un millón de trabajadores participaron en pos de luchar en solidaridad contra los
intentos de privatización del frigorífico de Lisandro de la Torre, que terminó envolviendo la producción de casi todo el
país en la inmovilidad, sin excepciones ideológicas y de forma poco organizada. Efectivamente, en unas doce horas
la represión y el encarcelamiento de muchos de los dirigentes habían acabado con la protesta. Sin embargo, los
militantes de base no depusieron y su accionar (barricadas, obstrucción del trabajo, destrucción de medios de
producción y cortes de luz) llamó a la ocupación de barrios por parte de fuerzas militares.

- La rápida represión y la prolongada resistencia por parte de las bases militantes puso fin a cualquier posibilidad de
aplicar el plan desarrollista desde una alianza nacional “multiclasista”. El año 1959 estuvo caracterizado por cuatro
conflictos nacionales y tres huelgas generales de solidaridad, las cuales culminaron en una reunión de las 62
Organizaciones en la cual se rechazó explícitamente el plan desarrollista de Frondizi y se coordinaron como su
principal opositor, porque este no tenía en cuenta el nexo entre justicia social y desarrollo económico.

- El autor afirma reiteradas veces que los sucesos de 1959 se explican como la culminación de la militancia y la
confianza que el peronismo de base había adquirido durante los años de la Resistencia. Sin embargo, si bien hubo
victorias, ocurrieron también serias derrotas, más específicamente para los bancarios y metalúrgicos, que
desmoralizaron a la clase en su totalidad. La intransigencia empresarial era apoyada por un gobierno respaldado por
las fuerzas armadas y que no dudaba utilizar la coerción.

El impacto de la derrota: desmoralización y aislamiento

- A partir de los números de huelgas en la década del `60, el autor habla de una derrota de las capacidades de lucha
de la clase obrera, que refleja a su vez un tan no tangible sentimiento de desmoralización, o sea, el abandono
paulatino de la militancia y participación de miles de activistas en los niveles bajo y medio, que antes hubiesen
protagonizado la Resistencia y el resurgir del sindicalismo peronista.

- La aplicación del Plan CONINTES en marzo de 1960 amplió las capacidades de represión por parte de las fuerzas
armadas y por ende aumentó los casos de persecución y encarcelamiento.

- El gradual abandono del pleno activismo reflejó la resignación de muchos activistas ante los magros resultados de
una continua pero fatídica oposición tanto contra el gobierno como al empleador; la larga militancia del período 1956-
1959, las derrotas de 1959, la ausencia de ejemplos de una militancia victoriosa y la subsiguiente crisis económica
terminaron por socavar sus ambiciones. Esto se evidenció en los sombríos discursos en los gremios y las 62
Organizaciones, y mismo la mínima o nula oposición vocal que hubo a estas declaraciones. Tanto los activistas como
los trabajadores comenzaban a entender el precio personal que les había significado la continua militancia.
- En la mayoría de los casos, las derrotas y compromisos condujeron a la abstención del voto en las elecciones
internas del sindicato; en algunas pocas ocasiones, los mismos hechos condujeron a una mayor presencia de listas
minoritarias.

- La situación llevó a un distanciamiento de los activistas que se revirtieron a la conflictividad y las bases cada vez
más marchitas e individualizadas.

Cambiante relación entre líderes, activistas y bases

- El aumento de la resignación y la pasividad antecedieron a una creciente burocratización, que significó un cambio
en las relaciones entre líderes y bases, una menor democracia interna y una mayor corrupción entre los dirigentes, ya
sea con fines económicos o políticos (uso de intimidación, intervención, sobornos y fraude). Aumentaron
considerablemente las oportunidades de enriquecerse desde posiciones

- Antes de 1960, la experiencia de la Resistencia había desembocado en una práctica gremial democrática; aunque
no uniforme o institucionalizada, la relación entre las bases y los líderes era mucho más abierta.

El dilema de los militantes: la lógica del pragmatismo institucional

- La cuestión recaía entonces en el rechazo o la aceptación del pragmatismo institucional, es decir, de las
condiciones institucionales más complejas que habían aflorado durante la presidencia de Frondizi. Esta cuestión se
evidencia con lo que se ha llamado el “caso Cardozo”, quién había pronunciado un discurso fatalista y conciliador con
el empresariado durante una reunión de las 62 Organizaciones, que luego sería defenestrado por Perón desde el
exilio; el hecho termina con la expulsión de Cardozo del movimiento sindical y peronista.

- Lo cierto es que Cardozo hablaba desde una perspectiva realista; por más desventajoso que les fuera el gobierno
de Frondizi, era un régimen democrático legítimo pero débil, que se veía amenazado por la sombra de un golpe
militar conforme se suscitara el conflicto. Aunque en la lógica la necesidad del integracionismo era inevitable, en la
práctica esto no fue visto tan así; los intentos de dialogar había sido antecedidos por un plan de estabilización que
había rebajado los niveles de vida, que a su vez había sido respaldado por el uso indiscriminado de la coerción tanto
estatal como empresarial.

- Y lo cierto es que en la política frondicista subyacía la intención de separar al general Perón del movimiento
peronista y en especial de su ala sindical.

- Las críticas al integracionismo provinieron desde una perspectiva moral: la conciliación era considerada una traición
al heroísmo y sufrimiento experimentados por la clase trabajadora durante la Resistencia; sin embargo, los
retrocedimientos no se explicaban por las derrotas colectivas, sino por la debilidad del espíritu en casos individuales.
A este núcleo fervientemente militante dentro de la estructura sindical se le denominó “línea dura”

6. Corolario del pragmatismo institucional: activistas, comandos y elecciones

Productividad, racionalización y control interno bajo Frondizi

- Los objetivos del plan desarrollista presuponían una racionalización del trabajo en pos de aprovechar eficazmente la
maquinaria importada e intensificar la producción en las plantas ya existentes (estudios de movimiento-tiempo,
disminución del personal conforme aumenta la eficiencia de la maquinaria, incentivos salariales conforme el
resultado, etc.). Esto a su vez necesitaba del control sobre las comisiones internas.

- A partir de la década del `60, los convenios laborales incluyeron nuevas cláusulas relativas a la racionalización e
incentivos, y limitaciones a los poderes de las comisiones internas; ambos posibilitados por las derrotas que la clase
obrera sufrió en 1959. Como lo demostró el ejemplo en el rubro textil y metalúrgico, cualquier intento de
contraofensiva era respondido por la patronal y el Estado con despidos y represión, respectivamente. Si bien la
dirigencia sindical rechazaba y denunciaba los planes de racionalización, esto quedaba en meras declaraciones.

- El efecto acumulativo de las cláusulas fue la erosión de las condiciones de trabajo en varias industrias. Los
empleadores consiguieron el derecho de eliminar arbitrariamente los “obstáculos a la productividad”.
- El doblegar las comisiones internas no se encontró con grandes oposiciones, ya que luego de las derrotas de 1959
las comisiones internas se encontraban ya desorganizadas. Hubo una creciente burocratización de las demandas,
que ralentizaron y dificultaron las negociaciones con el empresariado.

- Los convenios firmados después de 1959 tuvieron un acentuado efecto positivo sobre la productividad industrial y el
poder autocrático de la jefatura sindical, y un efecto negativo sobre la militancia y el poder de acción dentro de las
comisiones internas; las cláusulas había otorgado a los empleadores plena disposición sobre la producción y
sistemas de trabajo. Las cláusulas, resultado directo de las derrotas concretas de 1959 y 1960, sirvieron para
consolidar el fenómeno de declinación de la militancia en el lugar de trabajo y la apatía de las bases. Hubo cierta
pasividad desde la masa obrera, que aceptaba los convenios sobre racionalización en vistas del espectro del
desempleo y la drástica caída de salarios.

- Asimismo, las concesiones fortalecieron a los líderes gremiales y restringieron el accionar de la actividad militante
independiente; la ofensiva producto de la racionalización era hacia las condiciones del lugar de trabajo, no hacia la
organización sindical.

Los grupos clandestinos: segunda etapa

- A pesar de un cierre inicial, en vistas del conflicto entre el gobierno y los sindicatos hacia 1958 se reanuda el
accionar de las formaciones especiales o grupos clandestinos. Este resurgimiento estuvo acompañado por una
reorganización en pos de coordinar más eficientemente la actividad y comunicación entre células. Difícil es
reconstruir verazmente la eficacia de esta coordinación; si bien las fuentes oficiales hablan de una extensa
planificación subversiva, no hay duda de que esto es en parte una exageración para justificar los poderes
extraordinarios autoproclamados (entre ellos, el Plan CONINTES); asimismo, los propios peronistas tendieron a
exagerar sus posibilidades organizativas. Lo cierto es que aun existiendo un ente organizador, las iniciativas de
acción se dieron desde grupos muy localizados, que actuaban de forma paralela e independiente; esto se dio por la
naturaleza de las células insurgentes y por los recelos con los oficiales retirados que integraban las centrales.

- Las acciones insurgentes que caracterizaron a la década del `60 constituyeron el punto culmine de la Resistencia
peronista, con una organización y recursos harto superior en comparación a lo que habían demostrado durante la
Revolución Libertadora; a pesar de ello, no hubo enfrentamientos directos con las fuerzas armadas y nunca se llego a
desafiar verdaderamente el status quo. Aún más, con la aplicación del Plan CONINTES, la represión de las
actividades terroristas paso a ser jurisdicción de las fuerzas militares y el juzgamiento se hizo ahora bajo los
supuestos de los tribunales de guerra.

- A pesar de que el término “Resistencia” se utilizó para una vasta gama de actividades de oposición por parte del
movimiento peronista, durante este segundo período se hizo más evidente la diferenciación entre activistas sindicales
y grupos clandestinos; aunque aún había cierta colaboración, se evitaban los contactos directos o compromisos más
estrechos; cada vez fue más dificultosa la convergencia entre los gremios y la plena militancia insurgente. Esto se
evidencia en el creciente número de jóvenes y estudiantes que se afiliaban a las huestes peronistas, más que en la
militancia sindical.

- Con la consolidación de la “burocracia sindical”, muchos ex activistas clandestinos se emplearon en los escalones
más bajos como mano armada de los líderes sindicales.

- Los sucesos de la Revolución cubana suscitaron cierta reversión hacia la guerra de guerrillas, tanto para peronistas
como antiperonistas, y un abandono de los alzamientos militares con el aval de generales retirados. Esta línea de
pensamiento fue apoyada por John William Cooke y fue la que dio inicio a la UCA y el movimiento Uturunco. Sin
embargo, esta perspectiva guerrillera tuvo poca y nula influencia real en la Resistencia peronista; calaba más
efectivamente entre los grupos juveniles y estudiantiles peronistas y de izquierda. Las comparaciones entre el
peronismo y los movimientos libertadores desparramados en el Tercer Mundo nunca llegaron a una posición
ideológica; la Resistencia se limitó en muchos casos a una lealtad personal a Perón.

El cebo de la política: la elección de marzo de 1962

- Las derrotas del sindicalismo y de la insurrección peronista propiciaron los objetivos de integración esbozados por
Frondizi; se comenzaba a optar por el pragmatismo y el gobierno lentamente relajaba algunas de las restricciones
del plan de estabilización y la represión directa contra las huelgas.
- Paralelamente al decaimiento de la fuerza electoral peronista federal, surgen partidos “neoperonistas”, cuyo
accionar estaba avalado por Frondizi. Si bien estos partidos seguían los presupuestos del justicialismo, no se
consideraban obligados a seguir las órdenes de Perón.

- En las elecciones provinciales de marzo de 1962 y a pesar de las advertencias, Frondizi permite la participación
directa del peronismo, ya que se pretendía este movimiento ya había perdido gran parte de su caudal electoral y
dividiría el restante entre los neoperonistas.

- Dentro del peronismo, la mayoría aceptaba la integración y rechazaba continuar apoyando el voto en blanco como
forma de protesta. Por su parte, Perón terminó condenando que el peronismo presentase candidatos, seguramente
en vistas del poder que los gremialistas estaban adquiriendo independientemente a su figura. Pero dotados del único
aparato eficaz dentro del peronismo, y respaldados por un sistema financiero propio, los sindicatos se impusieron.

- La eficacia de la campaña electoral sindical quedo demostrada por las victorias en ocho de las catorce provincias,
incluida Buenos Aires. Frondizi anuló los comicios y optó por la intervención, pero ya era demasiado tarde; las
fuerzas armadas negociaron forzosamente para la imposición del senador José María Guido como presidente,

- Las transformaciones del gremialismo peronista, desde los puntos más radicalizados de la Resistencia hasta la
organización de una campaña electoral mediante las negociaciones y en un marco legal, evidenciaron la primacía
que los sindicatos peronistas ahora ejercían sobre los demás sectores del movimiento. Si bien Perón había creado un
aparato político para reemplazar a los laboristas, esta estructura estuvo siempre en un segundo plano frente al
movimiento gremial; para la mayoría de los trabajadores el partido político tuvo una escasa significación inmediata.
Posteriormente y con la formal proscripción del partido, la resistencia en las fábricas y los gremios esto se confirmó.
Pero con las derrotas y desmoralización, la emergente jerarquía sindical optó por una vía política y legal.

- Durante las mencionadas elecciones, Augusto Vandor se destacó como jefe del sindicato metalúrgico y coordinador
de la campaña electoral.

CUARTA PARTE: La era de Vandor, 1962-66

7. La burocracia sindical: poder y política en los sindicatos peronistas

El vandorismo: elementos de una imagen

- La figura de Augusto Vandor llegó a simbolizar, principalmente para sus adversarios peronistas, la transformación
de los sindicatos, desde una posición de llano antagonismo a otra de aceptación y negociación dentro de los marcos
legales. El “vandorismo” llegó a ser sinónimo del pragmatismo y del empleo de su fuerza política y representatividad
de los sindicatos como único sector legal del peronismo para negociar con otros factores del poder, principalmente
dentro del gobierno o las fuerzas armadas. La CGT propició conscientemente esta imagen más legal y conciliadora.

- La CGT fue reinaugurada en noviembre de 1962 gracias a las negociaciones entre los vandoristas (las 62
Organizaciones) y los independientes (los 32 sindicatos democráticos).

- Vandor adquirió cada vez más poder desde su posición como dirigente de las 62 Organizaciones, habiendo
apartado en el proceso a los coordinadores de la línea dura. Conforme se daba la desmovilización de las bases y el
sacrificio de activistas, la nueva jerarquía peronista se consolidaba en sus posiciones, llegando incluso al empleo de
matones para intimidar a las disidencias internas.

- En el período 1962-1963 se da una inédita crisis económica que demostró que el proceso de sustitución de
importaciones tenía sus límites: el mercado argentino no podía proporcionar los estímulos necesarios para un
continuo desarrollo de los sectores de la petroquímica, automotriz y eléctricos, que requerían de divisas e insumos
extranjeros. Para costearlo, se recurrió a los préstamos foráneos, las exportaciones agropecuarias y las
devaluaciones, que incitaron el espiral inflacionario.

- La presidencia de Guido acudió a un plan de emergencia, patrocinado por el FMI, que implicó la contracción del
mercado interno, el aumento del desempleo y nuevos niveles de inflación. Habiendo obtenido la primacía la facción
más moderada de las fuerzas armadas, los sindicatos se sintieron lo suficientemente confiados como para desplegar
una serie de protestas en contra de las políticas económicas. Posteriormente, y con la presidencia de Arturo Illia, bajo
la dirigencia de Vandor se dieron una serie de ocupaciones a fábricas a gran escala, cuidadosamente planificadas y
ejecutadas.

Importantes factores que contribuyeron al poder de la cúpula sindical

- El poder de los sindicatos se basaba en la Ley de Asociaciones Profesionales expedida por Frondizi en 1958. La ley
significaba el reconocimiento de un solo sindicato central dotado de capacidades de negociación; la ley diferenciaba
tres niveles de organización, reconociendo una confederación que reunía a todas las federaciones representativas.
Lo importante de la ley es que los sindicatos de primer grado (metalúrgicos, textiles, ferroviarios y de construcción,
mayoritariamente ubicados en Capital Federal) tenían una estructura no federativa y fuertemente centralizada, que
permitía a la dirigencia el cuasi control total y las posibilidades de castigar los intentos de autonomía.

- Este tipo de estructura determinó el poder financiero de los sindicatos, que mayoritariamente provenían de la cuota
sindical (aporte al gremio), la cuota asistencial (pagada por los afiliados) y las cuotas extraordinarias (porcentaje de
los aumentos salariales). A esto se le sumaban los aportes empresariales. Así, los dirigentes sindicales disponían de
grandes sumas; en muchos casos, estos fondos se desviaron para el beneficio personal de dirigentes sindicales,
como lo evidencian los casos de corrupción, clientelismo y gangsterismo.

- Por efecto del sistema electoral instaurado, una vez elegido un grupo en la jefatura resultaba muy difícil
reemplazarlo, puesto que tenía en sus manos la organización de las elecciones siguientes; era un sistema ideal para
la autoperpetuación y las dificultades para el surgimiento de cúpulas opositoras, gracias a entre otras cosas el control
sobre la junta electoral (ejemplos de elecciones gremiales con lista única).

- El autor señala al poder ostentado por la dirigencia sindical como “ambiguo”, debido al papel del aparato estatal en
los problemas laborales. El caso argentino es particular porque el derecho laboral y de asociaciones profesionales
otorgaba al Estado poderes extraordinarios para interceder en los términos de las negociaciones entre obreros y
empresarios, es decir, el poder de otorgar la personería; el modo en que esas facultades se usaban variaba de un
régimen político a otro, lo que alentaba el dialogo entre los sindicatos y los gobiernos. El hecho de que el
funcionamiento normal de un sindicato estuviese tan sujeto a la supervisión estatal condujo inevitablemente a la
“politización” de las actividades sindicales: los dirigentes sindicales no podían desentenderse de las relaciones con el
gobierno nacional, a la vez que el régimen político no podía hondear en excesos por la posibilidad de tropezar con la
decisión de los primeros de contribuir a su caída del poder. Esto también significó que el proceso de integración
propuesto por Frondizi se construyera sobre la trama de las relaciones personales construidas entre dirigentes
sindicales y funcionarios ministeriales, lo que propició el conflicto con la asunción presidencial de Illia y la ruptura de
la continuidad de los empleados públicos acordes.

El papel político de los sindicatos peronistas, 1962-66

- El poder de los gremios no solo provenía de sus facultades para representar al colectivo de los afiliados, sino que
también emanaba de su papel político como principal organizador del movimiento peronista. Las tensiones que esta
doble responsabilidad significaba, tanto en el seno del movimiento peronista como en las relaciones con el propio
Perón, se hicieron cada vez más patentes; era evidente la primacía y autonomía que Vandor y el resto de la cúpula
sindical buscaban, así como las estrategias que Perón lanzaba desde el exilio para mantenerse relevante.

- En octubre de 1963 Perón envía instrucciones para que el movimiento se reorganice totalmente, en una medida que
obviamente iba contra las ambiciones de Vandor. La corriente reformadora criticó la posición conciliadora del
vandorismo y propuso la fundación de un nuevo Partido Justicialista, que sería el único representante del peronismo.
En el final, Vandor supo usar su cargo desde las 62 Organizaciones para organizar la reforma y rodearse de adeptos.

- En 1965 la justicia electoral se negó a darle el reconocimiento al Partido Justicialista; por ello, el peronismo utilizaría
el rótulo de Unión Popular. Las listas de candidatos se colmaron de sindicalistas adictos a Vandor, cuya mayoría
triunfó en los comicios internos.

- Se abrió una continua disputa entre peronistas y neoperonistas que, bajo la retórica de la lealtad, claramente se
debatían el poder. Entre otras, la respuesta de Perón fue enviar a su esposa Isabel a la Argentina, con instrucciones
de reorganizar el movimiento junto a las fuerzas antivandoristas en el seno del peronismo.

- El debate llevó a la expulsión de algunos miembros dentro de las 62 Organizaciones y a la fundación en el interior
junto a otros miembros de la línea dura expulsados del organismo rival conocido como las “62 Organizaciones de pie
junto a Perón”.
- Aunque indirectamente y a grandes rasgos, el debate del poder entre Vandor y Perón se daba en estos términos:
mientras que Vandor sostenía el derecho de la dirección local a determinar sus propias decisiones políticas, y por
otro Perón insistía en su derecho a dictar tales decisiones.

Ventajas y desventajas de hacer política

- Semana de Protesta (1963), Plan de Lucha (1964), movilización durante la visita del general de Gaulle (1965).

- El poder que derivaba de la transición desde un cargo gremial a otro político no estaba exento de ambigüedades;

(REVISAR)

8. Ideología y política en los sindicatos peronistas: distintas corrientes dentro del movimiento

La base común

- Ya puesta de relieve la coexistencia de los conceptos de la ideología peronista con otras nociones y valores nacidas
del conflicto de clases y la experiencia de los peronistas militantes y/o trabajadores en el período 1955-1960, es
evidente que la primacía del vandorismo se dio por su capacidad de adoptar una posición conciliadora entre las dos.
Entre los aspectos comunes a ambas corrientes estaba: una política de pleno empleo y alto consumo; control de los
costos; estimulación de la actividad privada del capital nacional; nacionalización de los depósitos bancarios,
transporte y medios de comunicación y corte de las relaciones con el FMI; controles a la importación de bienes
innecesarios o capaces de competir con la producción local. Todo ello estaba enmarcado en los supuestos de
soberanía política, independencia económica y justicia social.

- Estos objetivos no iban contra el capitalismo, sino que suscitaban una política de desarrollo industrial, pero limitada
por los intereses del bien nacional gracias a los precios máximos, el control de las ganancias y la nacionalización. Se
evocaba por un desarrollo económico a partir del consenso de clases, excluyendo en ello al capital extranjero
parasitario. Esta convergencia o función social del capital habría de expresarse en términos prácticos con la
“cogestión”, es decir, la participación no conflictiva del trabajador en los niveles empresariales (posteriormente, esto
serviría de justificación para las tomas de fábrica y su puesta en producción por parte de los mismos obreros en
1962-1964).

- En consonancia con las exigencias gremiales, nació la Confederación Nacional Económica (CGE), que reunía a
industriales pequeños reunidos mayoritariamente en el interior del país y dedicados al mercado interno;
inevitablemente y aún más en una coyuntura de recesión, eran adeptos a la reactivación económica y la protección
arancelaria.

- El período 1962-1966 se caracterizó por la consolidación de dos pensamientos distintos sobre las “funciones
ampliadas” que los gremios habían adquirido posteriormente a 1955 y en vistas de la proscripción del peronismo.

(1) Por un lado, algunos destacaron la función social de los sindicatos, más allá de las simples reivindicaciones
salariales. Muchos dirigentes sindicales propiciaron la imagen de los sindicatos como entidades de servicios, que
proporcionaban a sus miembros con una amplia gama de obras sociales, harto atractivos en vista de la carencia de
servicios estatales comparables. Esta visión relacionaba la eficiencia de los sindicatos con su caudal económico.

(2) La otra corriente estaba relacionada únicamente con los sindicatos peronistas y adjudicaba a estos facultades y
objetivos mucho más amplios que los simples intereses económicos y políticos. El autor no asigna un valor ideológico
a estas ambiciones, sino que se trataba más bien de una evolución principalmente funcional. La singularidad de esta
corriente es la insistencia que se le dio al papel político, opuesto al comercial, del sindicalismo. Esto se evidencia en
el hecho que los independientes abandonasen la lucha al satisfacerse las reivindicaciones puramente económicas en
el Plan de Lucha.

El proyecto vandorista

- La figura de Augusto Vandor ha sido interpretada dentro del peronismo en dos términos totalmente opuestos: el
mártir y el corruptor. A su vez, el vandorismo nunca se identificó claramente como un movimiento doctrinario y
teórico; en parte esto es así por la naturaleza pragmática y falta de interés por las discusiones ideológicas de Vandor
y sus seguidores. El hecho de que sus acciones no siguieran una lógica de ideología o premeditación dificulta la
investigación y mismo definición del vandorismo como movimiento. Sin embargo, el autor rechaza que no hubiera
cierta coherencia en su accionar.

- El vandorismo se basaba principalmente en el deseo general de la mayoría de los líderes sindicales pos 1955 de
institucionalizarse como la principal fuerza representativa de los trabajadores y del peronismo, para lo cual sería
necesario la negociación con otros sectores.

- El vandorismo no significaba el surgimiento de un “partido laborista”, sino que proponía los mismos ideales y
modelos que la experiencia peronista pregonaba, por lo que incluía a otros factores de poder en una alianza
multiclasista (la iglesia, los empleadores y las fuerzas armadas); los conceptos de autonomía y actividad
independiente de la clase trabajadora propios de la Resistencia habían sido borrados. El vandorismo era
esencialmente agnóstico y oportunista, y veía la vía legal como la más lógica para alcanzar sus fines políticos. Por
otra parte, el vandorismo evocaba por un equilibrio de fuerzas, lo que implicaba una independencia de los comandos
unipersonales de Perón desde el exilio, una autodeterminación en vistas de la situación local.

- El hecho de pertenecer a una estructura ajena al sistema político les liberaba de afiliarse con la política electoral y
enfrentarse en mejores términos a la recurrente posibilidad de una intervención militar, ya sea mediante la
negociación o la resistencia popular.

- Por otro lado, las posibilidades de participar plenamente del juego político a través de partidos tradicionales habían
sido truncadas por el decreto 969 (que combatía la participación política de los dirigentes gremiales e imponía la
democracia interna) y su desilusión ante la victoria del candidato personal de Perón en los comicios de Mendoza, lo
que perturbó todo el plan político de Vandor.

José Alonso y las ilusiones neocorporativistas

- A partir de 1963, el secretario de la CGT José Alonso y un grupo de asesores analizaron la necesidad de
reestructurar a la Argentina en pos de alcanzar los tan deseados objetivos de desarrollo y justicia social, que al fin y
al cabo no se diferenciaba demasiado de los supuestos de Perón.

- Habiendo llegado a la conclusión que los partidos políticos argentinos no cumplen su función primordial, la
representatividad de los grupos sociales, esta responsabilidad recaería por descarte en organismos como la CGT,
que necesariamente debería de tener altas funciones en el aparato estatal. Más allá de la crítica al modelo político
liberal, los medios para llegar a objetivos tan amplios nunca son explicados profundamente.

- Alonso evocaba por un acceso al poder por parte de los sindicatos a través de la atención a una vasta gama de
necesidades sociales entre sus miembros; implícitamente se buscaba la creación de un “Estado dentro de otro
Estado” mediante la expansión de los servicios sociales que proporcionaban los gremios. Para ello, no descartaban la
posibilidad de una intervención militar forzosa para derrocar al gobierno liberal. Aunque podría decirse que estos
elementos, el antipoliticismo y el antiliberalismo, estaban presentes ya en la retórica peronista por sus influencias
corporativistas y fascistas, esto no está exento de límites; aunque Perón y sus ideólogos intentaran dar a esa línea un
contenido teórico, Alonso tomó sus ideas principalmente de los ideólogos comunitarios social-católicos antes de que
cualquier teoría fascista anterior a 1955.

- Los vandoristas se opusieron a la línea de Alonso, no tanto por razones ideológicas, sino por lógicas; las teorías de
Alonso contra el sistema de partidos no les era beneficioso.

La izquierda peronista: duros y guerrilleros

- La izquierda peronista formaba el núcleo de la línea dura peronista, que posteriormente a 1963 y años de represión
se vieron marginados tanto dentro de los sindicatos particulares como de las 62 Organizaciones. Y es que para la
década del `60, en su mayoría ya no desempeñaban función gremial alguna, si bien aún contaban con cierto prestigio
por su pasado accionar de resistencia. Se sustentaban sobre su capital moral y compromiso, característicos de los
años de Resistencia, y cada vez más se alineaban en oposición a la conciliación con un gobierno ilegitimo que
proscribía al peronismo, propuesta por la burocracia sindical que integraba el vandorismo.

- Apelaban por la conservación de los verdaderos valores del movimiento peronista, es decir, el accionar
revolucionario y de sacrificio que caracterizara a loas años de la Resistencia, y la lealtad incondicional a la figura de
Perón, que a fin de cuentas era el árbitro último de cómo debería de conducirse la corriente. La idea de la
institucionalización política del peronismo sin Perón era aborrecida con violencia.
- El sindicalismo militante o “compromiso obrerista” durante la Resistencia fue el sucesor de esta línea dura, que
insistía en el eje “líder-masas” sin la intervención de entes políticos, lo que evocaba al simbólico encuentro
espontáneo del 17 de octubre o los diálogos entre el pueblo y Evita, ambos sin necesidad de estructuras legales.

- Muchos fueron los casos en los que las guerrillas urbanas de izquierda peronista se construyeron y desmantelaron
conforme las órdenes de Perón y sus necesidades tácticas (uno de ellos fue el Movimiento Revolucionario Peronista
o MRP, hacia 1964). Hacia fines de 1965 y en vistas del creciente poder del vandorismo, Perón ordenó la asociación
entre los izquierdistas y el movimiento obrero de Alonso en pos de formar las 62 Organizaciones de pie junto a Perón.

- Se pone de relieve la falta de conciencia y de ambiciones en esta izquierda, limitada únicamente a actuar en
nombre de su lealtad a un hombre. Carecían de singularidad ideológica, bastándose con el fanatismo como
estrategia política. Su terminología hondeaba en un vocabulario moralista, al igual que la burocracia sindical, pero en
este caso se empapaba de los valores y experiencias adquiridos en la Resistencia. John William Cooke explicitó esta
ambivalencia y evocó por la transformación del peronismo de izquierda en un partido de vanguardia, revolucionario y
antiimperialista, en consonancia con otros movimientos socialistas (lo que pone de relieve a su vez la influencia de la
Revolución cubana y el “foquismo”, que encontraba eco en los militantes marginados por la desmovilización y
asilamiento). Solo una minoría de los duros optó por este posicionamiento plenamente revolucionario y guerrillero;
estas ideas sí calaron en jóvenes y/o estudiantes, especialmente durante el régimen militar de 1966-1973, que veían
como las ideas antiimperialistas y anticapitalistas implícitas en la retórica peronista podían revitalizarse y quitarse de
las manos de la burocracia sindical gracias a la lucha de insurrección.

QUINTA PARTE: Los trabajadores y la Revolución Argentina: de Onganía a la vuelta de Perón, 1966-73

9. Los dirigentes sindicales peronistas son asediados: nuevos actores y nuevos desafíos

La Revolución Argentina y la crisis de la dirigencia sindical

- Las primeras instancias del gobierno del general Juan Carlos Onganía instituido tras el coup d’état de 1966
parecieron darle la razón a las optimistas calculaciones de la burocracia sindical, que implícitamente habían apoyado
la destitución del radical Arturo Illia. Las reformas radicales, que habían tendido a la debilitación de la cúpula, estaban
ahora inertes; la izquierda peronista mantenía una posición marginal; y el vandorismo era capaz de desplegar
movilizaciones masivas y disciplinadas, sin incluir a la masa desorganizada y conflictiva. Sin embargo, pronto se
evidenció que los cálculos no eran más que quimera.

- Se desató una crisis en la gerencia gremial, caracterizada por: la aparición interna de opositores que cuestionaron
las estructuras gremiales existentes; divisiones internas entre los gremialistas, y el peligro de quedar aislados de un
peronismo resurgente. La crisis fue suscitada por el accionar del régimen militar, que: suspendió toda actividad y
organización política en pos de agilizar las negociaciones y ya no tener que depender del diálogo con otros grupos de
interés.

- La inactivación de la política tenía como objetivo la instauración del plan económico bosquejado por el ministro
Krieger Visena, cuyos principales blancos eran la clase trabajadora y el movimiento gremial. Se suspendieron los
diálogos con la CGT, se suprimió la personería jurídica en un gran número de sindicatos y se aplicó la intervención
tan pronto como el gremio amenazaba con una huelga. La cúpula sindical se encontraba en un dilema: si optaba por
la confrontación, toda la estructura podría desaparecer; si optaba por la negociación en tales términos, seguramente
perdería credibilidad frente a los afiliados.

- El plan no era más que una continuación de las ideas desarrollistas, mediante la racionalización y la modernización,
y donde prevalecería el capital extranjero. Para ello, el gobierno desplegaría toda una serie de redistribuciones de los
ingresos en detrimento de los asalariados y del sector agrario y en beneficio de los empleadores urbanos industriales;
asimismo, se buscó la supresión de todos los gastos estatales considerados irracionales e improductivos, como la
protección arancelaria.

- Nuevas respuestas lógicas nacieron de la situación de 1966. A vistas de los fracasos de la estrategia vandorista,
aquellos que habían sido intervenidos y más afectados por la política económica recurrieron a la llana oposición, que
se vería truncada con las derrotas del Plan de Lucha de 1967; los gremios más pequeños y vulnerables optaron en
cambio por una alianza neocorporativista. Vandor y sus seguidores optaron por mantener la compostura, sin cerrar
los canales de diálogo ni darles suficientes excusas al gobierno para la total erradicación del gremialismo.
- Más allá de la estructura sindical, la represión estatal se expandió hacia otras áreas de la vida social y política,
como las universidades y las fuerzas policiales. Esto desembocó en una considerable tranquilidad social, al menos en
apariencia, mientras entraban en ebullición diversas tensiones bajo la superficie; los asalariados urbanos, pequeños
comerciantes, empresarios de economías regionales y propietarios rurales fueron de los más afectados.

- Recién en 1969, el descontento civil y las tensiones gremiales confluyeron en una ola generalizada de
desobediencia, que tuvo como principal escenario a las ciudades del interior, particularmente Córdoba. Habiendo
empezado como una protesta universitaria, pronto la CGT se les unió en solidaridad y organizó una serie de huelgas
generales; todo ello se sucedía con muchos motivos de queja: política salarial, “descuentos zonales”, abolición del
sábado inglés y condiciones laborales desfavorables en la industria automotriz. Pronto se instalaron barricadas y se
atacaron a los edificios estatales que simbolizaban autoridad. La protesta había desbordado la movilización planeada
por los sindicatos. Este llamado “Cordobazo” significó el principio del fin de la Revolución Argentina, al haber
destrozado la imagen de invencibilidad que había legitimado al gobierno militar.

- En vano fue el intento de la cúpula sindical de ponerse a la cabeza de la movilización y utilizar al Cordobazo a su
favor; este fenómeno terminó por acrecentar la crisis de liderazgo gremial, al haberse consolidado nuevos actores y
corrientes.

Nuevos actores: la rebelión de las bases

- El sorpresivo surgimiento de nuevos actores obreros, que terminaron por socavar el poder de la cúpula, se dio
especialmente en la producción automotriz, de siderurgia y petroquímica en el cinturón industrial que bordeaba al río
Paraná. Hasta entonces, esta mano de obra se había mantenido al margen de las transformaciones y conflictos
sindicales; esto se debió a que eran empleados de empresas multinacionales, disponían de buenos salarios y
estabilidad de la ocupación laboral, y en su mayoría formaban parte de sindicatos por empresa y que negociaban en
el nivel de cada firma, es decir, de manera colectiva pero descentralizada de los avatares gremiales nacionales.

- Esta singular estructura, ajena a la cúpula sindical, permitió el fortalecimiento de la conciencia en las bases para
presionar tanto sobre los empleadores como sobre los dirigentes gremiales; donde los sindicatos peronistas habían
sufrido de la desmovilización.

- Con el plan económico de Krieger Vasena y la racionalización y degradación de los salarios resultantes, se terminó
con la pasividad de esta clase obrera. Hubo todo una serie de rebeliones por parte de las base obreras de las
empresas automotrices, que quitaron a los dirigentes de sus sindicatos de empresa y eligieron a nuevos líderes de
línea intransigente. Al ser destrozada la docilidad, la estructura de los sindicatos de empresas dificultó el control de
las bases rebeldes, puesto que no contaban con los controles internos de los sindicatos peronistas tradicionales.

- La oposición laboral se organizó especialmente en el interior; en Buenos Aires, el movimiento gremial se mantuvo al
margen de la conmoción reinante en el resto del país, en parte gracias a la existencia de los mencionados
mecanismos de represión y coopción truncaban las posibilidades afirmar algún grado de autonomía. Asimismo, la
distribución geográfica (cercanía entre hogares y lugar de trabajo) en el interior propiciaba la cooperación, mientras
en la metrópolis bonaerense pasaba lo inverso y nunca se llegó a desafiar verdaderamente a los empleadores y/o
dirigentes gremiales como en el interior.

Clasismo y sindicalismo de liberación: significado y límites de la nueva oposición sindical

- En Córdoba, la vanguardia del movimiento fue coordinada por el gremio de Luz y Fuerza, los sindicatos de SITRAC
y SITRAM, y por los obreros de la planta IKA-Renault. Si bien este fue el epicentro, su accionar inspiró movilizaciones
similares en otros puntos del interior.

- Se desplegaron protestas poco convencionales, como los “paros activos” (que extendían la manifestación más allá
del lugar de trabajo), ocupaciones de plantas y la toma de rehenes entre personal. Sin embargo, la singularidad de
estas protestas fue su carácter antiburocrático, es decir, en oposición a los modelos vigentes de dirigencia sindical y
distribución del poder, relacionados demasiado estrechamente con las empresas. Si bien los pedidos por una
dirección honesta no eran nuevos, nunca tuvo un eje tan central como en esta situación; se evocaba por la
democracia interna, el abandono de la corrupción y la prontitud de respuesta a las necesidades de las bases. Se trato
de evitar la formación de las tradicionales burocracias profesionales, por lo que se puso énfasis en que los líderes
debían de haberse consolidado desde abajo. Otra característica fue la rotación periódica de los dirigentes.
- Los nuevos dirigentes se concentraron en las condiciones de trabajo, enfrentándose a los planes de racionalización
orientados a intensificar la producción, como las bonificaciones, las categorías laborales, y pidiendo la participación
de los trabajadores en los objetivos de la producción. Esta fue una resurrección de las reivindicaciones de las
condiciones laborales, que habían sido abandonadas tras las derrotas de la era de Frondizi.

- Conceptos como el “clasismo” y el “sindicalismo de liberación” implicaban una identificación del movimiento obrero
con la supresión del capitalismo y la creación de una sociedad socialista; aún más, hubo proposiciones de
nacionalizaciones masivas y el control obrero de las industrias. Tanto para los sindicatos tradicionales como para los
empleadores, el clasismo suponía una irreconciliable naturaleza de los intereses entre clases, reconciliación tan
indispensable para los dos primeros. Asimismo, el movimiento había demostrado la capacidad de suscitar el
desorden social con tal de alcanzar sus objetivos, lo que era una amenaza directa al régimen militar.

- Sin embargo, este movimiento no estaba exento de limitaciones y contradicciones internas. Entre ellas, el hecho de
que no pudiera convertirse en una fuerza genuinamente nacional o incluso llegar a Buenos Aires significó una
considerable debilidad. Asimismo, la cruenta represión gubernamental y empresarial truncó al movimiento.

- Cabe destacarse que en la mayoría de los casos las bases no concordaban con los objetivos últimos del clasismo,
es decir, de la instauración de una sociedad socialista; apoyaban al movimiento por los cambios concretos hacia una
dirección gremial más honesta.

- A continuación del Cordobazo, la propagada sensación de desorden social propició el accionar de activistas
políticos de extrema izquierda dentro de la clase obrera; maoístas, peronistas revolucionarios, comunistas y toda una
serie de marxistas de la nueva izquierda tuvieron su propia voz entre la oposición interna de las filas gremiales, al
haberse erosionado la primacía del peronismo y su burocracia sindical. El Cordobazo y el Viborazo parecieron ser
dos antecedentes claros de un desafío más profundo desde las bases, unidas en oposición al régimen militar y
aglutinadas definitivamente gracias al accionar de los grupos izquierdistas.

- Uno de los legados más importantes del clasismo fue expandir, aunque sea parcialmente, el espectro de las
ideologías políticas en el discurso de la clase trabajadora.

- Sin embargo, y como ya se ha dicho, la movilización por parte del clasismo se basaba en el atractivo que
presentaban los líderes, más honestos y combativos, antes que por factores puramente ideológicos; en cuanto se dio
la asunción del general Lanusse y las flexibilizaciones parecieron permitir una vuelta al juego político y aún del líder
exiliado, la latente lealtad al peronismo refluyó y se visualizaron los límites de la radicalización política y de la
conciencia de clase adquirida. Esto se evidenció aún más con los fallidos intentos de formalizar el clasismo en 1971.

Continúa la crisis de los dirigentes sindicales: del Cordobazo a la vuelta de Perón

- El período 1969-1973 estuvo signado por el desmantelamiento del régimen autoproclamado Revolución Argentina y
el acceso al poder del peronismo mediante elecciones. La destitución de Onganía fue seguida por la instalación de
Levingston y la flexibilización aunque no lo suficiente como para calmar el descontento popular y el cada vez más
radicalizado accionar guerrillero; se desató un segundo Cordobazo, que supo unificar la lucha de obreros,
estudiantes, vastos sectores de la población y los grupos izquierdistas. Incapaz de menguar el conflicto, Lanusse es
puesto en el cargo, que se encargó de la transición hacia un gobierno civil.

- El Gran Acuerdo Nacional (GAN) proponía el restablecimiento de las tradicionales instituciones que regulaban la
vida cívica y política. Se levantó la proscripción a los partidos políticos y se dialogó con importantes figuras del
peronismo para permitir su vuelta al juego político y el retorno del líder por excelencia, y se desbarataron los aspectos
del plan económico que disgustaron a los sectores empresariales.

- Sin embargo, la guerrilla de extrema izquierda era un fenómeno difícil de contener, que no se contentaba con la
promesa de futuras elecciones electorales. Para 1970 operaban cuatro grupos guerrilleros importantes: las Fuerzas
Armadas Peronistas (FAP), las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP)
y los Montoneros. El radicalizado accionar de estos grupos (que comprendían asesinatos, secuestros, sabotajes,
ataques a instalaciones militares y robos), que estaba a su vez aprobado por jóvenes y/o estudiantes, convenció a
los militares que Perón y el peronismo eran los únicos que podían contrarrestar esta amenaza, y dejó a los primeros
en pésimas condiciones para las negociaciones.
- Del GAN, la dirección sindical no consiguió grandes concesiones, a pesar de las flexibilizaciones; si bien
conservaba su hegemonía en Buenos Aires, ya no tenía las capacidades como para movilizar a sus afiliados
masivamente como lo hubiese hecho en el apogeo del vandorismo.

- Acontece el asesinato de Vandor en 1969 y el de José Alonso en 1970, ambos a manos de grupos guerrilleros.

- La jefatura sindical se mostraba pesimista ante la revitalización del peronismo y la emergencia de nuevas fuerzas
izquierdistas en el seno del movimiento, que difería enormemente de la tradicional izquierda gremial del período
1960-1970 (los duros tenían peso, pero marginalmente y concentrado en los pequeños sindicatos; el peronismo
revolucionario ejercía su influencia en las bases, particularmente en el interior y formaba parte de las nuevas
corrientes de oposición gremial, pero también su alcance era limitado). A la cúpula le preocupa principalmente los
grupos guerrilleros juveniles, inspirados por el extremismo de una amplia gama de sublevaciones del Tercer Mundo,
particularmente la experiencia cubana, e identificando al peronismo como un movimiento de liberación nacional con
objetivos socialistas; estos grupos estaban en directa oposición a la burocracia sindical, y representaban una
amenaza tanto física como ideológica, puesto que planteaban extirparlos y suplantarlos. Y Perón no hizo nada para
detenerlos, puesto que les era útil desde una perspectiva táctica.

- Poca y nula participación habían tenido los sindicatos en la organización de las elecciones y la proposición de
candidatos de 1973; luego de dieciocho años de apoyar de apoyar la recuperación del poder estatal por el peronismo,
la victoria de Cámpora suscitaba pocos sentimientos de satisfacción y optimismo.

- La renuncia de Cámpora, la creciente campaña en los días que siguieron a su renuncia contra los “infiltrados” en el
movimiento, el papel desempeñado por los sindicatos en la campaña electoral que llevó a Perón a la presidencia en
septiembre de 1973, todo anunciaba un desplazamiento de la influencia dentro del peronismo en detrimento de los
sectores extremistas. Esto se ve evidenciado con el llamado “Pacto Social”, esencialmente un acuerdo entre
empleadores y gremios para la congelación de los salarios y la conciliación política, que necesitaba de la burocracia
sindical.

- En menos de un año, los guerrilleros habían pasado a una posición de obediencia o mismo de llana clandestinidad,
por lo que se embarcaron en la oposición armada contra Isabel, heredera y viuda del líder tras su muerte en julio de
1974. La cúpula sindical se fortaleció gracias a la bendición personal de Perón y pasaron a representar al verticalismo
o el respeto por la jerarquía interna al movimiento, en oposición a los jóvenes “imberbes” izquierdistas. Aún antes de
la muerte de Perón, la extrema derecha peronista ya había comenzado a encargarse de purgar a aquellos que
habían mostrado simpatía con la izquierda y el clasismo y cualquier otra forma de gremialismo disidente.

- A pesar de una falsa apariencia de solidez, la cúpula sindical se encontraba en frágiles condiciones; el Pacto Social
implicaba una serie de graves compromisos, y ni la CGT ni la CGE disponían siquiera de la credibilidad necesaria
para hacerlos cumplir. Esto a su vez coincidió con una contracción del mercado mundial y un salto de la inflación
internacional como consecuencia de la apreciación del petróleo, y una mala predisposición del empresariado para
cooperar. El pacto terminó por incentivar el ya latente conflicto de clases, que venía en ebullición desde el período
anterior a 1973.

- La cúpula sindical utilizó sus recientemente adquiridos recursos estatales para aislar y aterrorizar a sus posibles
rivales en la militancia, así como ejercer presión en Isabel tras la muerte de Perón.

- Los militantes de base, desprovistos de una estructura clandestina como la que ostentaban los grupos guerrilleros,
fueron el blanco predilecto de los escuadrones de muerte derechistas. Por su parte, para el clasismo se habían
acabado sus tentativas de fundar una alternativa política izquierdista del peronismo; ello implicaría un desafío político
directo. Estas incapacidades para construir un liderazgo alternativo terminaron por alimentar y fortalecer la
hegemonía de la burocracia sindical, que a su vez falló en reafirmar su credibilidad entre las bases; con la espiral
inflacionaria, el descontento de estas últimas resurgió y se visualizó fervientemente con el llamado “Rodrigazo”, en
oposición al plan de estabilización coordinado por el ministro Celestino Rodrigo. El movimiento espontáneo implicó
ocupaciones de fábricas y manifestaciones populares durante un mes, y estuvo dirigido por la jefatura sindical; sin
embargo, esta no disponía de soluciones alternativas y coherentes.

- En la estela del Rodrigazo nacieron “comisiones coordinadoras”, con el propósito de reorganizar a las bases y los
activistas, pero su accionar estuvo limitado por la interrupción del coup d’état de 1976.

10. Conclusión
- Tras el derrocamiento del general Perón en 1955, se asistió a la consolidación del sindicalismo peronista tanto
como expresión de la clase trabajadora como del peronismo, principal identidad política e ideológica de la clase. Tras
intentos de su erradicación, el período 1960-1970 vio la emergencia del movimiento gremial como fuerza social y
política indiscutible; junto a las fuerzas armadas, los gremios eran el otro polo alrededor del que giraba la sociedad
argentina. El trabajo trató de documentar esta transformación y comprender la naturaleza del movimiento y sus
líderes.

- Si bien algunos podrían argumentar que la burocracia sindical se implantó y perpetuó en el liderazgo a fuerza de la
corrupción, negociación con el Estado, pactos con las fuerzas armadas y matonismo, el autor por su parte sostiene
que estos fueron recursos que utilizó para acumular y proteger su propio poder, pero se los toma aisladamente y
contribuyen a una simplificación. Tomando teorías de la sociología, el autor argumenta sobre el proceso de
“integración”, el creciente dominio del pragmatismo entre los sindicatos peronistas y el creciente efecto “corruptor”
que tienen la constante negociación con empleadores y funcionarios oficiales, en el sentido que promueven tomar el
punto de vista de los gerentes más que de los trabajadores y una búsqueda por otro status. Tomando los datos de
productividad, salarios reales y niveles de protesta, el autor puede afirmar que la cúpula sindical cumplió un papel
fundamental en el proceso de reestructuración del capitalismo argentino y como reguladores del posible conflicto. El
autor trata de escapar de las simplificaciones en términos de traición esbozadas por la generación de la Resistencia y
luego la Juventud Peronista.

- Sin embargo, ni los sindicalistas peronistas más intransigentes pudieron ofrecer una alternativa viable al
integracionismo; el integracionismo debe de entenderse en una sociedad en que el Estado no proporcionaba
acertadamente las necesidades básicas de los trabajadores, los sindicatos se presentaban como proveedores de
servicios sociales.

- El autor admite que si bien es cierto que la cúpula sindical confinó el descontento obrero en parámetros limitados,
esto no quita la existencia de acciones como el Plan de Lucha de 1964; la tarea del sindicato consiste en presentar
un equilibrio entre activismo y aquiescencia; un pasividad exagerada le desposee de su excusa para existir.

- El autor denota la escasez de expresiones formalizadas e institucionales de colaboración entre el Estado y los
sindicatos, en comparación con otras naciones industrializadas en el mismo período histórico; el vandorismo en
ningún sentido puede ser considerado como una institución estatal consagrada. Esta ambivalencia era la naturaleza
de la cúpula sindical, su fuerza pero también su debilidad.

- El apoyo al golpe militar de 1966 fue evidentemente un error, pues eliminó el limitado espacio de maniobra que
había existido hasta entonces y dejó solo dos alternativas en su lugar: la llana oposición o subordinación; su
ambivalencia se vio socavada.

- El integracionismo, sin embargo, no debe de ser aceptado sin reparo y debe de ser comprendido como parte de un
proceso histórico de la clase trabajadora argentina en su totalidad.