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¿MORGAN: HISTORIA O TEORIA DE LA HISTORIA?

Desde mi punto de vista, el mayor aporte antropológico de


Morgan consiste en la creación de una teoría general de la
historia, que sirve de base para la comprensión de la
especificidad humana y, en particular, de las llamadas
“sociedades primitivas”, pero no en forma aislada, tomadas en sí
mismas, sino como partes constituyentes de la historia y la
sociedad humanas. Este criterio es similar al que sostienen
algunos otros autores, como Godelier, quien afirma (1974:
256):

Morgan domina, aun en nuestros días, la historia de la


antropología con toda la riqueza y la ambigüedad de su obra, [la
cual] más allá de esta importancia histórica, sigue siendo actual por
su importancia teórica.

Con su pensamiento teórico, Morgan delimita el campo de


acción de la antropología y define su objeto, así como el método
para acercarse a él y comprenderlo. Por supuesto, en el
cumplimiento de esta tarea participa simultáneamente del acto
mismo de creación de la historia como la disciplina que
conocemos hoy y que entonces se encontraba en sus inicios; de
esa Historia con mayúscula en la cual convergen y quedan
subsumidas todas las historias particulares, las de cada sociedad
o región y las de cada período de tiempo. Y que no comprende
solamente la concepción teórica de la historia, el pensar el
transcurso y el cambio de las sociedades como componentes de
un solo haz, sino también la historia como existencia de un
mundo único, que ya no es más un vasto mosaico de sociedades
y regiones más o menos aisladas y autónomas, sino un todo en
el que estas han sido indisolublemente ligadas entre sí por el
capitalismo.

1
Publicado como Capítulo III en Vasco 1994b: 57-95.
Fenómeno reciente que data de los dos últimos siglos,
durante los cuales el capitalismo alcanzó su forma colonialista
más avanzada y desarrolló esa forma de historia universal por
excelencia que es el imperialismo:

He establecido como punto de partida que la Historia —esa


forma de existencia de la época moderna— nace aproximadamente
hace doscientos años [...] Pero es preciso tener muy en cuenta que
la “Historia” es producto de la civilización europea occidental y que al
principio comprendía solo un puñado de países [...] La teoría de la
historia inicia su reconstrucción en el punto en el que la Historia
comienza a cobrar forma; esto es, en el período en que se reunen
estos tres elementos [la sociedad civil, el capitalismo y la industria]:
hacia la época de la Revolución Francesa, la Guerra de la
Independencia Norteamericana y la Revolución Industrial (Heller
1989: 235-236).

En su obra más conocida, La sociedad primitiva, Morgan


expone los resultados del arduo trabajo que ha desarrollado
durante varias décadas: su visión global acerca de la historia de
la humanidad, de la historia universal del hombre; una visión que
es construcción suya y de su época y con la cual expresa el
pensamiento de su propia sociedad acerca de sí misma y de su
lugar en el mundo moderno, en la civilización. Pero, a pesar de
ello, no se trata de un libro que trate de compendiar las historias
diversas de sociedades particulares, cuyo contenido sea una
mera historiografía, aunque aparezcan análisis de esta clase
relativos a algunas sociedades específicas como, por ejemplo, la
confederación azteca. Se hace, pues, necesario examinar de un
modo más profundo la naturaleza de la tarea que Morgan cumple
con este texto y, por consiguiente, el papel que desempeña en
él la inclusión de sociedades concretas y de su peculiar análisis.

LA SOCIETAS COMO OBJETO DE LA ANTROPOLOGÍA


Es claro que el énfasis de su trabajo se circunscribe a los
períodos de salvajismo y barbarie y al paso de este último a la
civilización en Grecia y Roma. Aparte de sus premonitorias
anotaciones sobre la futura caída del régimen basado en el
predominio absoluto de la propiedad privada, que conspira
contra la vigencia de la democracia, nada se encuentra en él que
de cuenta en forma amplia sobre el desarrollo posterior de la
civilización antigua ni sobre la civilización moderna, ya
constituidas en ese momento en focos de interés para la historia
y la sociología naciente. Esto se ajusta plenamente a sus
propósitos: no se trata de dirigir la mirada sobre el tipo de
sociedad donde ha nacido y vive, no es este su objetivo; se trata
de hacer una indagación inteligente, de introducir un orden
histórico en la “prehistoria” humana. De este modo, Morgan
sienta las bases para la definición del objeto de la etnología —
como la denomina—, disciplina inconcebible para él por fuera de
la historia, pero al mismo tiempo diferente de ella. Duvignaud
(1977: 78) lo percibe de este modo: “Morgan es el único que
intenta constituir el sistema de la diferencia específica [...] la
ciencia de las sociedades salvajes y bárbaras”. En tanto, Engels
(1966: 239) plantea que “el estudio histórico de las
instituciones sociales que se han desarrollado durante la
civilización excede los límites de su libro”. Y que:

Algunas hipótesis de Morgan han llegado a bambolearse y hasta


a caducar. Pero los nuevos datos no han substituido en parte alguna
por otras sus muy importantes ideas principales [...] Morgan fue el
primero que con conocimiento de causa trató de introducir un orden
preciso en la prehistoria de la humanidad, y su clasificación
permanecerá sin duda en vigor hasta que una riqueza de datos
mucho más considerable no obligue a modificarla. De las 3 épocas
principales — salvajismo, barbarie, civilización— solo se ocupa
naturalmente de las dos primeras y del paso a la tercera (Engels
1966: 181-183, subrayados míos).

Tal punto de vista es compartido por otros autores, como


Olmeda, aunque la terminología que emplea para referirse al
propósito de Morgan es diferente a la de Engels:
La totalidad de la obra de Morgan está consagrada al estudio
de las sociedades primitivas, prehistóricas o preclasistas, y el cuadro
de las etapas cronológicas antes citado comprende exclusivamente el
espacio histórico en que se desarrollan estas. (Olmeda 1970: 132).

Morgan ubica la barbarie y el salvajismo como el campo


particular donde se ejerce la disciplina antropológica, y los
considera como períodos que son diferentes pero no separados
ni aislados de la civilización. En aquellos dos períodos étnicos
subyace un elemento básico que les confiere unidad como
expresiones diversas, en una escala ascendente, del mismo tipo
de régimen social: el de la societas, la organización gentilicia
basada en relaciones puramente personales de consanguinidad y
afinidad, es decir, en el parentesco. La civilización, en cambio, no
se constituye mediante la ruptura de esta clase de relaciones
entre los miembros de la sociedad, puesto que no las elimina,
sino con su desplazamiento, ya que dejan de ser el núcleo del
sistema social para pasar a ser elementos subordinados dentro
de este; el territorio se convierte en el nuevo eje que estructura,
que integra la sociedad, con lo cual el predominio se desplaza a
las relaciones de vecindad entre los miembros del ente social.
Este proceso crea la civilización, el estado, la civitas, como la
llama Morgan.
Es de capital importancia fijar la atención sobre esta
denominación, pues el dominio del principio territorial se
materializa, se expresa en la aparición de la ciudad. Morgan
conceptualiza el salvajismo y la barbarie como el campo, como la
ruralidad, aunque no en forma exclusiva pues existen algunas
“ciudades”, caso de Tenochtitlán, sino como predominio, como
eje de articulación. La presencia del barrio, la vecindad, la
municipalidad indican que algo nuevo existe en la historia del ser
humano y que ha quedado atrás una etapa de ella; ahora, la
sociedad política tiene en cuenta las relaciones entre las
personas y la propiedad —que ha alcanzado su dominio— a
través de relaciones de tipo territorial (Morgan 1970a: 11-12).
Pero esto es cierto solo desde uno de los posibles aspectos
del problema, el del sentido abstracto de las series lógicas. No
así en el espacio de las series históricas específicas, pues tanto
el salvaje como el bárbaro son hoy contemporáneos del
civilizado. Salvajismo, barbarie y civilización “coexisten” y se
integran en el mundo actual. Morgan “aprovecha” esta
duplicidad del desenvolvimiento como el principio metodológico
que le permite “reconstruir” la historia pasada de la civilización,
deduciéndola,

sobre todo, de la visible vinculación entre los elementos de sus


instituciones e invenciones actuales y aquellos elementos similares
que todavía se conservan en las de tribus salvajes y bárbaras, [que
representan en su conjunto] la infancia de la humanidad (Morgan
1970a: 12).

Además, para distinguir entre salvajes y bárbaros remotos


y modernos, Morgan se refiere a los primeros como primitivos,
mientras llama arcaicos a los segundos; así sucede con los
australianos, de los cuales no se puede decir “que se hallan hoy
al pie de la escala” (1970a: 56). Por esto, no considero válido el
criterio de Bueno (1971: 73): “La ciudad marca la diferencia
entre la Barbarie y la Civilización y por lo tanto es una línea
divisoria entre la Etnología y la Historia” (subrayado mío).
Para Morgan, como mostraré con toda nitidez, la etnología
únicamente es concebible como parte diferenciada de la historia
o, mejor, como ciencia histórica, aunque enfoque su atención
sobre una sola parte de la historia, la anterior a la civilización,
aquella que le sirvió de fundamento. Diferenciación no significa
entonces división.
Este basar la civilización sobre la ciudad y su distinción
epistemológica con la ruralidad bárbara y salvaje, construye por
primera vez el lugar específico del ejercicio etnológico de una
manera que no es meramente descriptiva ni positiva, sino
claramente conceptual:

En la sociedad antigua este plan territorial era desconocido.


Cuando sobrevino, quedó fijada la línea de demarcación entre la
sociedad antigua y la moderna (Morgan 1970a: 12).

Con esta idea, Morgan se coloca en estrecha afinidad con la


manera como en la obra conjunta de Marx y Engels, escrita
veinte años antes que la suya, estos habían enfocado la
significación de esa diferencia:

La segunda forma [de propiedad] está representada por la


antigua propiedad comunal y estatal, que brota como resultado de la
fusión de diversas tribus para formar una ciudad, mediante acuerdo
voluntario o por conquista (Marx y Engels 1968: 21, subrayado mío).

Los dos autores marxistas desarrollan aún más el


planteamiento al relacionarlo con un acontecimiento básico para
el progreso histórico de la humanidad:

La más importante división del trabajo físico y espiritual es la


separación de la ciudad y el campo. La contradicción entre el campo
y la ciudad comienza con el tránsito de la barbarie a la civilización,
del régimen tribual al Estado, de la localidad a la nación (Marx y
Engels 1968: 55, subrayado mío).

Con esta visión, dice Bueno (1971: 152-153), la segunda


forma de propiedad se construye sobre la oposición ciudad-
campo, distinción más bien sociológica que luego se transforma
en una distinción histórico-dialéctica, la de barbarie-civilización.
En una obra bastante más tardía, Marx mantendrá todavía
su visión de la importancia de la distinción entre la ciudad y el
campo, fundadora de un nuevo tipo de sociedad,:

La base de todo régimen de división del trabajo un poco


desarrollado y condicionado por el intercambio de mercancías es la
separación entre la ciudad y el campo. Puede decirse que toda la
historia económica de la sociedad se resume en la dinámica de este
antagonismo (Marx 1964: 286).

La transición entre el plan de gobierno basado en la gens y


el político, de base territorial, ocurre mediante los procesos de
“urbanización” de las tribus, es decir, a través de su
asentamiento en lugares fijos dentro de núcleos de población. En
ellos, la estructura territorial se deriva de y es determinada por
la organización social y se ejerce a través de la propiedad
colectiva tribal. Cuando se convierte en propiedad privada, la
territorialidad se hace dominante; origina un asentamiento
propiamente urbano y da paso a un nuevo plan de gobierno.
El principio territorial de transición está constituido por las
relaciones de vecindad y es, por lo tanto, colectivo. Al ser
privatizadas las tierras, las constituciones y la ley reemplazan el
uso y la costumbre y modifican el contenido de las relaciones
entre gens, fratría y tribu con el territorio y con el conjunto de
la vida social. Estos grupos sociales dejan de considerarse tales
en relación con el territorio y la relación con él se hace
impersonal.
Con este fundamento, el estado naciente tiene en cuenta
los derechos de las personas, no por pertenecer a tal o cual
grupo social sino por vivir dentro de un mismo territorio.
Inicialmente cambia la naturaleza de la sociedad, pero el uso y la
costumbre no reconocen los nuevos fenómenos; para conseguir
este reconocimiento debe aparecer la ley.
Las peculiaridades de esta legalidad, dada substancialmente
por las diferentes constituciones, marcan resultados distintos en
las diferentes naciones. En Roma, la base de organización no es
el territorio, como sí lo es en Grecia, sino la propiedad; por eso
se trata de una sociedad aristocrática y antidemocrática. Grecia,
en cambio, es una democracia militar.
En esta última se suprime el basileus —encarnación del
principio aristocrático— y se lo reemplaza por los arcontes. Tal
principio se consolida en Roma en forma diferente, en el Rex,
que representa fielmente los intereses de los propietarios. Para
Morgan, el principio de representación es visto como una pérdida
gradual de la democracia, pues aleja paulatinamente al pueblo
del ejercicio del gobierno y de la dirección directa de los asuntos
de la sociedad, colocando estas funciones en manos de
representantes que no tardan en alejarse de aquel y de la
defensa de sus intereses.
La diferenciación de dos principios, fundadores cada uno de
una clase de sociedad diferente, no obstaculiza, antes permite
que Morgan pueda poner en práctica su propósito de presentar
o, más precisamente, de crear un modelo teórico y una
metodología que permitan pensar la humanidad al mismo tiempo
como histórica, como particular, y como una, como universal, en
un intento por conciliar la oposición entre la generalidad y la
especificidad. Modelo teórico, conceptual, que por supuesto no
es idéntico a la realidad concreta ni se confunde con ella y por lo
tanto no puede ser tomado en su reemplazo, pero que permite
pensarla y, al hacerlo, explicarla:

Esta especialización de períodos étnicos, hace posible tratar


una sociedad en particular, según su condición de relativo adelanto, y
hacerla materia de investigación y de dilucidación independiente
(Morgan 1972: 30, subrayado mío).

Y cuando se refiere a la situación relativa de los aborígenes


americanos en la serie global de desenvolvimiento, Morgan
plantea (1970a: 40):

Esto nos da la medida del tiempo en que se habían retrasado


respecto a la familia aria en la carrera del progreso, a saber: la
duración del período superior de la barbarie, a la que habrá que añadir
los años de la civilización.

Recordemos que esta idea sobre la existencia de una


historia universal es, para ese entonces, relativamente novedosa
y que en la segunda mitad del siglo pasado apenas está dando
sus primeros pasos; el papel de Morgan es participar en su
conformación, en la ruptura epistemológica que permite
pensarla, superando no solo las visiones particularistas, sino
también aquellas que únicamente plantean relaciones de
continuidad entre las sociedades civilizadas (Francia con Grecia y
Roma, por ejemplo), excluyendo aquellas, especialmente las
aborígenes de América y las orientales, que no corresponden al
viejo continente o a sus herederos.
Ruptura que implica comenzar a reconocer a los indios
como seres humanos, como parte de la humanidad. Morgan
desarrolla, pues:

[una] epistemología revolucionaria (para la época): entender el


habla del salvaje y admitirla como tal (sin atribuirla a un cierto
balbuceo pueril o despreciado), encontrar en esta habla una lengua,
reconstruir a través de los términos de esta lengua las líneas de
fuerza estables de un componente válido para el tipo de sociedad
salvaje [...] encontrar elementos de comparación, con más precisión,
en establecer una relación entre datos observados y elementos no
observados pero comparables [...] armar un cuadro que abarque al
ser íntegro del hombre (Duvignaud 1977: 59-60).

EL MODELO TEÓRICO
El modelo creado y expuesto por Morgan está constituido
básicamente por la caracterización y secuencia de los períodos
étnicos de salvajismo, barbarie y civilización, sus relaciones, las
causas de su progreso y de su cambio, sus vínculos con
invenciones y descubrimientos, su ligazón con las “condiciones
de la sociedad”, la concepción de su estructura interna, etc.
También hacen parte de él los desenvolvimientos de la idea
de gobierno y la sucesión de planes de organización de la
sociedad, el desarrollo de la contradicción entre democracia y
aristocracia —con la tendencia al predominio final de la
primera—, la secuencia de las formas de familia y parentesco y,
finalmente, pero no por ello menos importante, el desarrollo del
concepto de propiedad.
Este modelo, esta sucesión de períodos étnicos, planes de
gobierno, formas de familia, sistemas de afinidad y
consanguinidad, clases de propiedad, es válido únicamente si se
toma en un cierto grado de abstracción, a nivel de la humanidad
en su conjunto. El ser humano ha pasado del salvajismo inferior a
la civilización moderna a lo largo de un proceso cuya duración
cubre la totalidad de su existencia; así, nos dice Morgan:

Que esta sucesión ha sido históricamente verdadera en la


totalidad de la familia humana hasta el estadio alcanzado por cada
rama respectivamente, aparece como probable ante las condiciones
bajo las cuales se produce todo progreso (Morgan 1972: 21,
subrayado mío).
Todas las comprobaciones del saber y la experiencia humanas
tienden a demostrar que la raza humana, como unidad, ha
progresado firmemente desde una condición más baja a una más alta
[...] bajo una ley necesaria de desarrollo (Morgan 1877: 58,
subrayado mío).

Esto no significa que tal secuencia sea necesaria en su


totalidad para cada sociedad específica. Incluso, si esa línea de
avance aparece como cierta cuando se deriva de una mirada
retrospectiva lanzada desde el presente hacia la historia pasada
del ser humano, la humanidad —o porciones considerables de
ella— han tenido momentos de estancamiento, de retroceso, de
decadencia en su desarrollo:

Puede admitirse que existieron casos de retroceso mental y


físico en tribus y naciones, por razones conocidas, pero ellos jamás
interrumpieron el progreso general de la humanidad (Morgan 1972:
70).
Se ha comprobado que el progreso es substancialmente del
mismo tipo en tribus y naciones habitantes de continentes diferentes
y aun separados, mientras se hallan en un mismo estadio, con
desviaciones de la uniformidad en casos particulares, producidas por
causas especiales (Morgan 1972: 34).

Es decir que ni siquiera a nivel global hay una linealidad


absoluta en el avance de la humanidad. La sucesión de formas,
su serie orgánica, es válida al nivel de la teoría y para el conjunto
de la historia humana, pero no necesariamente para el devenir de
cada sociedad. Cada vez que plantea la generalidad del
desarrollo, el propio Morgan la presenta como probable,
presumible, posible, como algo que parece ser, nunca como algo
que pueda afirmarse en forma rotunda: “Es probable que las
sucesivas artes de subsistencia, surgidas con largos intervalos,
hayan ejercido una gran influencia sobre la condición del
hombre” (Morgan 1877: 9, subrayado mío).

De igual forma parece que estas tres condiciones diferentes se


entrelazan debido a una sucesión tan natural como imprescindible de
progreso [...] Se presume que los antepasados remotos de las
naciones arias pasaron por una experiencia semejante a la de las
tribus bárbaras o salvajes del tiempo actual (1970a: 9, 12,
subrayados míos).

Harris (1978: 147) entiende que Morgan no creía en un


camino exclusivo ni en que no pudieran saltarse etapas. Por eso
lo cita cuando plantea que los canales por donde ha discurrido la
existencia humana han sido “casi uniformes” y que las
necesidades han sido “esencialmente las mismas”, además de
aceptar que hay excepciones en los períodos étnicos.

El hombre nació de la experiencia


Morgan nos dice que la causa del ascenso del ser humano a
través de su existir hay que buscarla en la experiencia, ya que el
hombre va

labrando su ascenso, del salvajismo a la civilización, mediante


los lentos acopios de la ciencia experimental, [al mismo tiempo que
va obteniendo] la gradual evolución de sus facultades morales y
mentales, mediante la experiencia y su prolongada lucha con los
obstáculos que le impedían el paso por el camino de la civilización
(Morgan 1877: 3, subrayados míos).

La experiencia cristaliza en dos campos que constituyen


dos áreas de investigación y conocimiento, postuladas
inicialmente como si no tuvieran vinculación entre sí, aunque
más tarde encontrará su nexo en relación con la propiedad
privada:

Dos líneas independientes de investigación atraen, pues,


nuestra atención. La una conduce a través de los inventos y
descubrimientos, y la otra a través de las instituciones primarias
(Morgan 1877: 4).

Cada uno de estos dos tipos de elementos de la historia


humana tiene su propia dinámica de progreso: Los inventos y
descubrimientos “mantienen entre sí un vínculo progresivo”, las
instituciones tienen “una relación de desenvolvimiento”. Los
primeros “han estado unidos en una forma más o menos directa,
las instituciones se han desarrollado sobre el fundamento de
unos pocos gérmenes primarios del pensamiento” (Morgan
1877: 3).

Continuidad y discontinuidad históricas


Pese a que se proclama su independencia, estas dos
vertientes están ligadas en relación con los períodos étnicos —
concepto que fundamenta todo el modelo histórico construido
por Morgan— que están conformados y caracterizados
principalmente por las instituciones, cuyas formas se suceden
entre sí por un desenvolvimiento que tiene como punto de
partida unos pocos principios originales de pensamiento; por
este motivo, el progreso de las instituciones es fluido y se
desarrollan unas a partir de otras mediante cambios graduales,
paulatinos, la mayor parte de las veces casi imperceptibles. Es
decir que entre sus diversas etapas no es posible establecer
límites claros, no se pueden establecer fronteras nítidas.
La historia de las instituciones humanas aparece, entonces,
como un continuo, cuyo devenir no está cortado por rupturas
que posibiliten diferenciar sus distintos momentos; por
supuesto, a largo plazo es posible constatar, si se comparan las
varias condiciones sociales, las transformaciones ocurridas, pero
esto no constituye solución al problema de poder delimitar los
períodos étnicos y los estadios correspondientes como lo exige
el modelo en construcción.
Para superar la dificultad, Morgan encuentra que los
inventos y descubrimientos, aunque son progresivos y
acumulativos, muestran mejor las diferencias y son distinguibles
con más facilidad que las instituciones, precisamente por su
carácter material; además, porque no necesariamente vienen
unos de otros, aunque la aparición de cada uno de ellos requiere
del descubrimiento previo de algunos anteriores. Así, pues, apela
a ellos para establecer los momentos claves a partir de los
cuales es posible considerar que la sociedad ha alcanzado una
etapa nueva en su desarrollo, diferente de las anteriores.
Podría haber recurrido a otro elemento material de la vida
humana: las formas de producción —artes de subsistencia, como
él las llama—, pero el conocimiento del que dispone no es, a su
juicio, suficiente; por eso, inventos y descubrimientos
suministran una alternativa viable:

Es probable que las sucesivas artes de subsistencia, que


surgieron con largos intervalos, a causa de la gran influencia que
deben haber ejercido sobre la condición del hombre, sean las que, en
última instancia, ofrezcan las bases más satisfactorias para esas
divisiones. Pero la investigación no ha avanzado todavía lo suficiente
en esta dirección para proporcionar la información necesaria. Con
nuestros conocimientos actuales, el resultado principal puede
obtenerse mediante la selección de invenciones o descubrimientos
que sean capaces de suministrar suficientes comprobaciones de
progreso como para caracterizar el comienzo de sucesivos períodos
étnicos (Morgan 1877: 9).

Pero es necesario precisar que los inventos y


descubrimientos no producen los períodos étnicos, no son sus
causas, únicamente los revelan, permiten constatar los avances
ocurridos, suministran suficientes evidencias de progreso:

El empleo de la escritura o su equivalente en jeroglíficos sobre


piedra, nos proporciona una prueba terminante del comienzo de la
civilización (Morgan 1970a: 32-33, subrayado mío).
Mi propósito es presentar algunas pruebas del progreso
humano a lo largo de estas diversas líneas y a través de períodos
étnicos sucesivos, según se halla revelado por invenciones y
descubrimientos y por el crecimiento de las ideas de gobierno, familia
y propiedad (Morgan 1877: 6, subrayados míos).

Childe (1964: 29) recalca el papel de la escritura en la vida


social, cosa que justifica tomarla como criterio tecnológico pese
a que podría resultar un tanto extraño hacerlo, al menos si no se
realiza un mayor análisis; se trata de una “herramienta
intelectual”, necesaria para las ciencias exactas —astronomía
calendárica, aritmética predictiva y geometría— que
revolucionaron la tecnología y condujeron a la aparición de las
primeras sociedades civilizadas del Viejo y Nuevo Mundo; por lo
tanto, su presencia permite reconocer este cambio
revolucionario.
Basado en los anteriores conceptos, Morgan adelanta una
crítica de las periodizaciones anteriores, que son excluyentes y
toman como definitorios y determinantes —causales— los
descubrimientos y los inventos:

Los términos “Edad de Piedra”, “de Bronce” y “de Hierro”


introducidos por arqueólogos daneses, han sido sumamente útiles
para ciertos propósitos y seguirán siéndolo para la clasificación de
objetos de arte antiguo; pero el progreso del saber ha impuesto la
necesidad de otras subdivisiones diferentes. Los instrumentos de
piedra no fueron dejados de lado completamente con la introducción
de herramientas de hierro ni con las de bronce [...] El período de los
implementos de piedra se prolonga sobre aquellos del bronce y del
hierro, y desde que el del bronce se prolonga también sobre el del
hierro, no son susceptibles de una circunscripción que pudiera
delimitar a cada uno en una forma independiente y distintiva (Morgan
1877: 8).

Se trata de inventos y descubrimientos seleccionados de


manera “arbitraria” y que permiten comprobar que la sociedad
ha alcanzado determinado período étnico; aunque no son los
mismos en todas partes, por intermedio de ellos se puede captar
el nivel alcanzado por la sociedad. Sin embargo, no es posible
que su desarrollo sea tan “independiente” del de las
instituciones, como parece creer Morgan, pues en tal caso no
podrían desempeñar el papel que este les confiere en relación
con el adelanto social. De su carácter relativamente arbitrario se
desprende que no se trata de “señales” absolutas y que pueden
darse excepciones en sociedades, épocas o regiones específicas.
Según su exposición (Morgan 1970a: 17), el estadio
inferior del salvajismo termina con el uso del fuego, que permite
colocar una dieta de pescado como base de la alimentación; la
invención del arco y la flecha da término al salvajismo medio,
mientras el descubrimiento de la alfarería marca el paso del
salvajismo superior al estadio inferior de la barbarie; en el
hemisferio oriental, la barbarie media se inicia con la
domesticación de animales, en tanto que en el occidental, el
cultivo de maíz y de otros productos mediante el uso de riego y
el empleo de piedra y adobe en la construcción de casas son los
elementos que la señalan; el procedimiento para fundir el hierro
revela el comienzo de la barbarie superior, mientras que la
invención del alfabeto fonético y de la escritura señalan su
término y el paso a la civilización. No aparece un elemento que
muestre la diferencia entre los estadios antiguo y moderno de
este último período étnico.
Las variaciones que se presentan entre los dos hemisferios
son consecuencia de su desigual dotación de recursos, por lo
cual no ofrecen condiciones materiales similares que posibiliten
las mismas invenciones en uno y otro. El problema “puede
solucionarse, entretanto, mediante el empleo de equivalentes”
(Morgan 1970a: 15, subrayado mío). Esta “arbitrariedad” obliga
a Morgan a justificar las razones para escoger la alfarería, que
puede cumplir su papel porque

una sucesión de invenciones de gran necesidad y adaptadas a


una condición más baja [llevaron a hacer sentir su necesidad y cuyo
descubrimiento permitió hervir alimentos], originando una nueva
época en el progreso humano (Morgan 1877: 13-14).

Con ella comienza la barbarie, pese a que es menos


significativa que otros elementos como el uso del hierro, los
animales domésticos o el alfabeto fonético. Resulta claro que la
definición del comienzo y el fin de los períodos étnicos mediante
invenciones y descubrimientos es únicamente un recurso
metodológico que permite “ver” el adelanto de la sociedad y no
una exposición de las causas que lo producen.
Por eso, Childe (1964: 13-14) considera que los períodos
étnicos “revelaban un auténtico proceso histórico desarrollado
en el tiempo [y que] podría ser reconstruido mediante métodos
comparativos”.
La idea de Morgan no es, como algunos han querido
interpretarla, la de que existe una serie necesaria de invenciones
y descubrimientos que coincide con el desarrollo de la sociedad
y lo determina. Al contrario, este último es el esencial, él
determina y produce los inventos y hallazgos, los cuales, a su
vez, permiten comprobar con su presencia la existencia de los
períodos étnicos y marcar las discontinuidades entre ellos.
Entonces carece de fundamento la objeción de Bohannan
(1965: xx) en el sentido de que no hay una serie necesaria en
los inventos, puesto que la escritura bien puede o no ser
anterior a la cerámica y el arco y la flecha a la metalurgia, es
decir, que no puede existir una escala evolutiva entre ellos; de
donde concluye que la escala de estadios planteada por Morgan
y basada, según él, en invenciones tecnológicas, no es
adecuada.
Lo anterior confiere a la arqueología una importancia
considerable en los estudios históricos, sobre todo en aquellos
que tienen que ver con el esclarecimiento de los períodos
étnicos; esta disciplina debe una buena parte de su desarrollo a
las inferencias que logra obtener con base en el análisis de los
restos materiales de las sociedades del pasado, especialmente
los instrumentos de trabajo directo, pero también aquellos que
son esenciales para la producción aunque no intervengan en
forma directa entre la mano humana y la naturaleza, como
ocurre con los recipientes de cerámica.
Marx se refiere también a la importancia de los
instrumentos materiales, especialmente aquellos vinculados con
los procesos de trabajo, de la siguiente forma:

Y así como la estructura y armazón de los restos de huesos


tienen una gran importancia para reconstituir la organización de
especies animales desaparecidas, los vestigios de instrumentos de
trabajo nos sirven para apreciar antiguas formaciones económicas de
la sociedad ya sepultadas. Lo que distingue a las épocas económicas
unas de otras no es lo que se hace, sino el cómo se hace, con qué
instrumentos de trabajo se hace. Los instrumentos de trabajo no son
solamente el barómetro del desarrollo de la fuerza de trabajo del
hombre, sino también el exponente de las condiciones sociales en
que se trabaja (Marx 1964: 132).

Esto, principalmente, porque el avance de la sociedad


depende en parte del resultado del “balance” entre la cantidad
de energía que el hombre consume en la producción de los
bienes que necesita para subsistir y el volumen que logra tomar
de la naturaleza mediante su trabajo, balance cuya medida es la
productividad del trabajo, y esta depende en alto grado del
desarrollo de dichos instrumentos.

Podemos, por tanto, establecer de manera definitiva que el


sistema de instrumentos de trabajo social, o sea la tecnología de una
sociedad, es un índice material preciso de la relación entre la
sociedad y la naturaleza. Las fuerzas materiales productivas de la
sociedad y la productividad del trabajo social encontrarán su
expresión en esta técnica (Bujarin 1972: 127).

De ahí lo revolucionario que resulta en su tiempo el que


Morgan haya adoptado criterios tomados de la tecnología para
establecer la existencia de su periodización, con lo que “terminó
con el subjetivismo de la escuela británica” (Childe 1964: 14).
Pero entre inventos y hallazgos, por una parte, y períodos
étnicos correspondientes, por la otra, sí hay una asociación,
aunque no se trata de una relación de causa y efecto; los
primeros son la base de partida para que el hombre desarrolle
nuevas artes de subsistencia y con estas vaya mejorando su
vida. En palabras del propio Morgan (1972: 30), “la alfarería
presupone vida de pueblo, y un progreso considerable en las
artes sencillas”; así mismo:

Posiblemente [la alfarería] es la prueba más efectiva y


concluyente que puede elegirse para fijar una línea de demarcación,
necesariamente arbitraria, entre el salvajismo y la barbarie. Desde
tiempo atrás se ha reconocido la distinción entre las dos condiciones,
pero hasta ahora no se ha propuesto ningún criterio de progreso que
señale el paso de la primera a la segunda (Morgan 1877: 10,
subrayados míos).
De su ingenio en este sentido [el de las artes de subsistencia],
dependía la totalidad del problema de la supremacía del hombre
sobre la tierra. El hombre es el único ser de quien se puede decir que
ha logrado el dominio absoluto de la produción de alimentos que, al
comienzo, no era más suya que de otros animales (Morgan 1877:
19).
El ascenso del ser humano se da en medio de una fuerte
lucha contra los obstáculos que la naturaleza le opone para
lograr la satisfacción de sus necesidades y resolver los
problemas que se le plantean; el desarrollo de los instrumentos
de producción lo coloca cada vez en mejor situación para
vencer, dando lugar no solo al progreso de la tecnología y de los
hábitos de trabajo, sino a un creciente avance mental y moral.
Como se trata de un proceso acumulativo, cada vez es menos
difícil lograr esos descubrimientos e invenciones y el ritmo de
desarrollo histórico se acelera, pero el peso de los hallazgos
dentro de su respectiva época decrece. Cada período contiene
en sí mismo los aportes de los anteriores, lo que proyecta una
imagen de continuidad de la historia.

Períodos étnicos y realidad


Los períodos étnicos de salvajismo, barbarie y civilización,
en la forma como Morgan los caracteriza, constituyen categorías
teóricas de su modelo de historia universal, que no se dan en la
vida práctica de las sociedades concretas. Que Morgan no los
considera como existentes en la realidad, sino como conceptos
útiles para “dilucidar las diversas categorías de hechos”, se
aprecia con claridad en la afirmación de que no importa que
existan o no para que valga la pena que sean utilizados: “Aun
cuando sean aceptados solamente como probables, estos
períodos serán convenientes y útiles” (Morgan 1970a: 13).
No afirma la necesidad de su existencia histórica, sino su
validez epistemológica para dar cuenta de los hechos de la
realidad. Dicho sea de paso, Morgan utiliza esta metodología
para comprender otros hechos de la vida social, así, por ejemplo,
el sistema clasificatorio de consanguinidad y afinidad:

Habiendo reunido los hechos que establecen la existencia del


sistema clasificatorio de consanguinidad, me aventuré a agregar a los
cuadros una hipótesis explicativa de su origen. No puede dudarse de
que las hipótesis son útiles y muchas veces indispensables para el
logro de la verdad. La validez de la solución propuesta en dicha obra
[Sistemas de consanguinidad y afinidad de la familia humana], y
repetida en la presente, dependerá de su suficiencia para explicar
todos los hechos del caso. Mientras no sea reemplazada por otra que
tenga un mejor derecho para ser aceptada en este campo, su
presencia en mi obra es legítima y está de acuerdo con los métodos
de investigación científica (Morgan 1877: 516, subrayados míos).

Y, también, la gran serie de las diez y seis (o quince, como


cuenta otras veces) instituciones sociales relacionadas con la
familia:

La serie anterior puede requerir modificaciones y aun cambios


esenciales en algunos de sus miembros; pero ofrece una explicación
racional y satisfactoria de los hechos de la experiencia humana, hasta
el punto en que son conocidos, y del curso del progreso humano en
el desarrollo de las ideas de familia y de gobierno en las tribus de la
humanidad (Morgan 1877: 515, subrayados míos).

Entonces, los períodos étnicos como tales no tienen


una existencia histórica concreta, no existen el salvajismo, la
barbarie y la civilización, solo sociedades con una condición
social de salvajes, bárbaras o civilizadas; ninguna de ellas
presenta alguna de estas condiciones en forma pura, por
completo coincidente con la categoría; únicamente se dan
sociedades históricas cuyas condiciones sociales en un momento
dado de su desarrollo, y solo durante este, pueden considerarse
como correspondientes en lo esencial a tal o cual período.
Eso es lo que explica que no sea posible encontrar una
definición positiva de los estadios en la obra de Morgan; solo la
totalidad del texto da una idea clara de ellos. Su caracterización
abstracta únicamente puede ser hecha a partir de las diferentes
condiciones —concretas— de las sociedades, de su comparación
y ordenamiento. Parafraseando el esquema lévistrausiano de
interpretación del mito, tal como lo presenta Edmund Leach
(1985: 36-37), podemos leer la teoría histórica global de
Morgan en la siguiente forma:
• En la historia, los acontecimientos se suceden unos tras otros
entrelazados en una cadena lineal, sin que sea perceptible una
discontinuidad.
• El análisis de Morgan encuentra que puede segmentar esa
cadena en períodos étnicos y, más todavía, que es posible
fragmentar cada uno de estos períodos (los episodios que
llama Lévi-Straus). Al hacerlo, la historia humana resulta
compuesta por los momentos (o episodios) de salvajismo,
barbarie y civilización y sus subperíodos correspondientes.
• Cada uno de estos períodos y subperíodos es visto como una
transformación parcial de los otros, mediante un
desenvolvimiento que opera a través de formas de transición,
aunque, a causa de su concepción histórica, Morgan no los
concibe como simultáneos. Su sumatoria tiene como resultado
la historia, pero ahora no como simple sucesión de segmentos
sino como una totalidad de y con sentido.
• Comparados con los detalles de las condiciones sociales
históricas originales, los períodos étnicos son abstractos;
aquellas constituyen variaciones y transformaciones concretas
de estos.
• La unidad resultante es una secuencia estructural “que puede
representarse mejor como una ecuación algebraica de la que
cada uno de los episodios originales era una manifestación
imperfecta” (Leach ibid.). Esta “ecuación” sería el contenido
conceptual de los períodos y daría el esqueleto abstracto de
cada condición social.
• En cada momento histórico de toda sociedad, las formas de
existencia de cada elemento de la ecuación son “imperfectas”
en el sentido de que ninguna de ellas representa el contenido
total del concepto —que existe solo en la sucesión histórica
de las formas—, pero también porque hay un avance, un
adelanto social y, por consiguiente, un perfeccionamiento.
Las obvias diferencias están dadas por la historicidad de la
visión de Morgan, que ubica la sucesión de los momentos en una
serie temporal en lugar de colocarlos en una simultaneidad, pero
también en una serie estructural, lógica —como hace el
estructuralismo—, mostrando, al mismo tiempo, cuál es la
conexión entre ambas maneras de relacionarse dichos
momentos.

El tiempo y la lógica histórica no coinciden


En La Liga de los Ho-de’-no-sau-nee, Morgan hace
referencia a una secuencia general de formas de gobierno —
monarquía, aristocracia, democracia, con sus respectivas formas
de “degeneración”: tiranía, oligarquía y oclocracia—,
representada cada una por una forma típica concreta que sirve
de base para la comparación. Al referir el gobierno iroqués a esta
secuencia, es posible concluir caracterizándolo como una
oligarquía liberal de tipo democrático que, además, no es una
degeneración de la aristocracia y por lo tanto es más avanzada
que la de los griegos, pese a que corresponde a un estadio
anterior a aquel en que estos se encontraban y a que presenta
en su base gentilicia una forma arcaica —hacia 1700— que es
varios siglos posterior a la existencia de la forma más moderna
entre los griegos (Morgan 1962: 127-138).
La misma falta de congruencia entre el orden lógico y el
cronológico existe en otros ordenamientos. El de gens-tribu-
fratría-confederación es un ordenamiento teórico, abstracto, no
histórico-concreto; se trata de una serie lógica que no puede
tomarse como una sucesión general de formas históricas que se
desenvuelven a través del tiempo en ese orden establecido.
Como la exogamia es una de las características esenciales de la
gens, para que esta exista deben presentarse por lo menos dos
gentes relacionadas por intercambio matrimonial, y esto
constituye ya una tribu. La gens, como primera etapa de la serie
o como unidad básica de la misma, es una abstracción; en la
realidad no puede existir una gens única, solo la reunión de por
lo menos dos de ellas en una tribu. La gens, dondequiera que se
halle, es idéntica en su estructura orgánica y en su acción
funcional, que constituyen su contenido, pero sus formas son
muy diversas y en su sucesión conforman una lógica histórica.
Estas transformaciones constituyen el desenvolvimiento
histórico de la categoría, cuya existencia solo es posible a través
de ellas. El hecho de que la gens ocupe el primer lugar en la serie
orgánica citada significa que es la unidad sobre la cual descansan
el desarrollo y la constitución de la serie, pero en ningún caso
que sea el primer término histórico de la misma.
En La sociedad primitiva, la exposición está de acuerdo con
la sucesión teórica o, más bien, con el orden lógico de las
categorías y no con el orden cronológico, temporal, pues en la
visión de Morgan estos dos órdenes se invierten. En otros
autores es posible encontrar esta idea de la diferencia entre
sucesión lógica y serie histórico-concreta. Me limito a presentar
aquí dos ejemplos de ella; en su orden, Agnes Heller y Carlos
Marx.

Sucede solo muy raras veces, y solo en determinadas


condiciones, que la organización siga exactamente la sucesión
temporal de las culturas particulares (Heller 1989: 191).

Se cometería un error si se estableciera la sucesión de las


categorías económicas según el orden de su influencia histórica. Su
orden, por el contrario, es determinado por sus relaciones en el seno
de la sociedad burguesa moderna. Se obtiene entonces exactamente
lo inverso de su orden natural o del orden de su desarrollo histórico
(Marx 1971: 50).

Más adelante me detendré en el planteamiento de Morgan,


según el cual las distintas sociedades ni siquiera avanzan de
manera sincronizada y uniforme en el tiempo, al mismo ritmo,
sino que, por el contrario, se presenta una desigualdad en su
dinámica de desarrollo.
Teoría y realidad no son idénticas
Morgan diferencia claramente el modelo teórico y el
proceso histórico; en el primero se establece la definición o
caracterización de las categorías que marcan los momentos
globales del desarrollo humano; en el segundo, la dinámica de las
categorías y su entrecruzamiento en la realidad. Así, cuando
habla del plan de gobierno basado en la gens (societas), se
refiere a su caracterización esencial fundada en el parentesco,
pero en la existencia concreta de las sociedades que se
organizan con base en él, el territorio —elemento definitorio del
otro gran plan de gobierno (civitas)— juega también un papel
importante, sobre todo en los períodos de transición, aunque no
se trate del papel esencial o central.
De ahí que la inconsistencia de algunas de sus afirmaciones
específicas en el campo del análisis histórico de algunas
sociedades no invalide la verdad de su método y del modelo
teórico que lo sustenta, como lo han pretendido algunos de sus
críticos. A causa de lo abstracto de su carácter, las categorías
de Morgan no concuerdan exactamente, ni podrían hacerlo, con
ninguna sociedad real concreta, y resultan falsas si se las toma
como categorías empíricas. Pero concebirlas de esta forma no es
un problema de Morgan, sino de sus críticos.
Es lo que ocurre con algunos antropólogos. Su visión
empirista no les permite percibir la diferencia de niveles en los
planteamientos de Morgan, y los descalifican cuando descubren
que sus conceptos más abstractos no muestran una
coincidencia absoluta con la realidad tal como ella aparece ante
la observación directa; al hacerlo, confieren el estatus de
categorías positivas, descriptivas y clasificatorias a tales
conceptos, sin ver que están entrelazados en una serie de
progreso mediante un encadenamiento lógico y abstracto —
cuya contrapartida histórica está representada por los períodos
de transición—, peculiaridad que no solo les permite clasificar,
agrupar y diferenciar, como los de la antropología, sino explicar.
Sin embargo, no es esta una posición generalizada. Algunos
autores lo han comprendido de un modo acertado; así ocurre
con los norteamericanos Beals y Hoijer y con el francés Terray:

Este esquema [de los evolucionistas] no pretende explicar la


historia de culturas o pueblos determinados, sino solo resumir la
evolución de la cultura en cuanto tal. Es la evolución de la cultura lo
que hay que compendiar y no la historia de una cultura o de un
pueblo (Beals y Hoijer 1969: 706).

Lo que Morgan estudia no es el gobierno, la familia y la


propiedad en su existencia empírica, en sus manifestaciones
históricas, sino el crecimiento orgánico de “ideas” que pasan por
muchas “formas” sucesivas cuya serie constituye una “secuencia“ de
progreso (Terray 1971: 31).

Igualmente Gordon Childe (1964: 12), para quien el


objetivo de Morgan es la evolución social como un todo y no la
de las instituciones individuales aisladas de su contexto.
Esto coincide con las modernas tendencias evolucionistas
que aceptan una evolución universal o general en lugar de una
específica, que buscan una secuencia de formas abstractas y no
históricas y particulares, es decir, que están de acuerdo en que
hay “una tendencia general al crecimiento cultural o el desarrollo
hacia formas más complejas o heterogéneas” (Lisón Tolosana
1980: 62).

Períodos étnicos y condición social


Cuando aplica y desarrolla la anterior diferenciación entre
teoría y realidad, Morgan establece los conceptos
interrelacionados de período étnico y condición social. Cada
período étnico tiene una condición social correspondiente, que
Morgan denomina estadio y que “posee una cultura distinta y
exhibe un modo de vida propio más o menos especial y peculiar”
(Morgan 1877: 12-13, subrayado mío).
Una cultura y un modo de vida identifican un período
étnico, pero ninguno de ellos se presenta nunca en estado puro,
sino en combinaciones de elementos correspondientes a varias
de estas culturas y modos de vida, aunque necesariamente los
que pertenecen a uno de los períodos ocupan la posición central
y son los que caracterizan a esa sociedad. Estas combinaciones
tienen un carácter específico, histórico, y constituyen el objeto
de la investigación; lo que interesa clarificar es su conformación,
no solo mediante el procedimiento de establecer los períodos
étnicos a los que corresponden sus diferentes componentes,
sino también descubriendo la manera cómo estos están
estructurados para cumplir sus papeles, sus funciones, en
relación con las necesidades de la vida de las respectivas
sociedades. Los estadios están dados, entonces, por la
condición de la sociedad en un período étnico. El ser humano en
su sociedad no vive en un estadio, sino en la condición
correspondiente.
Para Duvignaud, esta orientación implica la incidencia de la
historia en la estructura, de la duración en lo sincrónico, de lo
antiguo en lo nuevo, que son temas del más reciente análisis
moderno:

Ellas constituyen el objeto de una delimitación de las formas


que, al destacar combinaciones diferentes entre ellas, se encuentran,
unas alteradas por el tiempo corrosivo de la evolución, otras
exaltadas por la actualidad de la experiencia donde ellas se insertan
[...] La preocupación de Morgan es la de describir todos estos
vínculos, sin duda porque estas tribus indias efectivamente
observadas e interrogadas, presentaban a los ojos del primero de los
antropólogos estas contradicciones, estas coincidencias, estas
imbricaciones que, al componer enteramente la trama de la vida
colectiva actual, no se refieren al mismo principio de combinación
(Duvignaud 1977: 62).

Tres son los conceptos históricos que Morgan diferencia:


período, estadio y condición. La historia es una unidad en cuyo
interior los períodos étnicos hacen posible distinguir una
diversidad; cada segmento de aquella unidad puede ser
estudiado en sí mismo como un estadio. Así, si
metodológicamente se miran aislados de la serie orgánica, del
todo al que pertenecen, los estadios tienen un carácter
abstracto y solo pueden ser comprendidos cabalmente cuando,
luego de investigados en sí mismos, se los restituye a la unidad
dentro de la serie y se los analiza en sus relaciones lógicas con
los demás.
Los estadios son momentos del progreso social, pero un
momento es siempre una abstracción pues no hay sociedades
detenidas en el tiempo, siempre están en proceso de cambio.
Además, cada estadio de la serie general es una transición entre
el anterior y el que le sigue. Incluso, en la visión de Morgan, el
conjunto de la historia no es otra cosa que una gran transición
entre el salvajismo inferior y la civilización moderna.
Los estadios mismos no son definidos de entrada y a priori
en forma abstracta, sino a partir del análisis de las condiciones
de las sociedades que se encuentran en ellos; se abstraen del
estudio de sociedades específicas. Así surgen las
caracterizaciones de los estadios y los períodos étnicos,
categorías que permiten agrupar, diferenciar, relacionar las
sociedades, comparándolas entre sí para hacer aparecer con
claridad su diferente condición social —o la semejanza de la
misma— y su grado de relativo adelanto.
Si los períodos étnicos, como modelos teóricos que son,
presentan unas características que corresponden a cada uno y
que constituyen su contenido “invariable”, esencial, expuesto en
el texto de una manera abstracta, las condiciones sociales, en
cambio, son múltiples y cada sociedad ostenta la suya propia,
determinada por las condiciones de su existencia; por esta
razón, solamente es posible su estudio concreto.
De esta manera, Morgan establece una relación clara entre
la unidad y la diversidad, con cuya base puede entonces dar
cuenta de la cultura y de su peso en la sociedad y en el análisis
histórico. La cultura no aparece como el objeto en sí de la
investigación histórica ni como el nivel que suministra la
explicación de los fenómenos, sino como una forma de
existencia histórica, múltiple y variada, de las categorías más
amplias y que únicamente puede explicarse con referencia a
ellas.
De ahí que no presente mucha validez la similitud que Augé
pretende establecer entre Morgan y Taylor al respecto. Ya he
mostrado cómo resuelve Morgan el problema de la relación de
oposición y, al mismo tiempo, de expresión o existencia entre la
universalidad y la peculiaridad, las cuales “operan” en niveles
distintos; esto invalida la forma como Augé plantea la relación
entre ellas como si “ocurriesen” en el mismo plano:

Taylor se enfrenta a la misma dificultad que Morgan: ¿cómo


conciliar un análisis en términos de evolución con uno basado en
términos de la especificidad cultural?
Como para Taylor y Morgan las contradicciones que se
presentan en el eje evolución-cultura no son conciliables, la cultura
no se define como un modelo de integración; su análisis se apoya
más, en definitiva, en el símbolo que en la función, pero los símbolos
solo son, para ellos, significantes vacíos que únicamente obtienen su
sentido de la relación parcial y estadística con significantes del
mismo tipo: el “estadio” o el “nivel” de desarrollo tienen un valor de
indicio respecto de un modelo de desarrollo del cual la sociedad
victoriana constituye el apogeo, sin definir ninguna significación
sociológica (Augé 1987: 47, 49-50).

Morgan no concibe la cultura como “modelo de


integración”, en cuyo caso sería básicamente un culturalista,
pero sí como el lugar más concreto de ejercicio de la integración
entre los elementos o rasgos correspondientes a los diferentes
períodos étnicos, como la materialización histórica de la
condición de la sociedad. Con la solución que da a este problema
deja atrás el evolucionismo clásico de ese momento y, por
consiguiente, también las posiciones de Taylor, pero ello como
consecuencia del procedimiento de jerarquizar los diferentes
rasgos y hacer de uno de ellos, los inventos y descubrimientos,
la comprobación del desenvolvimiento social, y no por el
expediente de convertir cada rasgo en índice de evolución, como
parece entender Augé:

Para Morgan, ante todo se trata de comprender la evolución


general de la sociedad y las combinaciones específicas de rasgos que
componen las culturas; cree conseguirlo al convertir cada “rasgo” en
un índice de evolución y al interesarse en el aparato simbólico de las
sociedades únicamente en función de su valor indicativo en términos
de evolución; relativiza la polaridad del eje evolución-cultura gracias a
un tratamiento particular de la relación símbolo-evolución (Augé
1987: 68).

Los períodos étnicos tienen el papel de introducir una


gradación escalonada en una historia que aparece ante nuestros
ojos como un continuo, pero que en la concepción de Morgan se
piensa como una correlación de continuidades y
discontinuidades que los conocimientos de la época no permitían
hacer notar; los períodos étnicos son los encargados de hacerlas
aparecer. Son, pues, categorías hipotéticas que hacen visibles
los límites y relaciones entre las diferentes condiciones sociales.
Pero ellos mismos no se encuentran como tales en la historia
real, excepto en el entrelazamiento de sus elementos en las
condiciones de existencia de las sociedades. Según Leclerc
(1973: 31), esta es la visión de los evolucionistas, para quienes
“las sociedades están alineadas según un continuo homogéneo y
único, jalonado por cortes pertinentes: ‘los estadios de avance’”.
La autora marxista húngara Agnes Heller, en su estudio de
los principios constitutivos del hacer de la historia, presenta un
punto de vista semejante:

Cada teoría corta diferentes presentes de la cadena


ininterrumpida de acontecimientos, lo que hace aparecer esos
“cortes” como unos actos arbitrarios. Pero la teoría tiene que
convencernos de que es exactamente lo contrario; debe
demostrarnos la importancia de la prolongación en cuestión. El
carácter evocativo de la obra historiográfica induce al lector a
considerar el corte como evidente. Utilizo la palabra “demostrar” en
vez de “argumentar”, porque el historiador puede recurrir a
argumentos para efectuar su “corte”, pero ello no es una
precondición para justificar la existencia de una obra historiográfica.
El “corte” nos puede parecer tan evidente sin necesidad de ser
argumentado. Lo que yo llamo “corte”, que es, en otras palabras,
comprender la discontinuidad en la continuidad, es el principio
organizativo de toda obra historiográfica y, por tanto, una idea
universalmente constitutiva de la historiografía (Heller 1989: 133).

Establecer la secuencia global de la historia humana tiene


un objetivo metodológico que analizaré a continuación. Como
historia general contiene todas las historias concretas y permite
comprenderlas, pero no puede ser considerada como historia
concreta de tal o cual sociedad. No deben confundirse ambos
niveles.

EL CAMINO METODOLÓGICO
En la construcción de tal secuencia se sigue un camino que
comienza con el estudio de ciertas sociedades en momentos
determinados de su existencia. Morgan constata en forma
empírica las diferencias de condición entre unas y otras de estas
sociedades (se “ve” que los iroqueses son distintos de los
europeos y de los australianos). Con esta base las ubica en
escalones ordenados en sucesión, lo que permite taxonomías y
diferenciaciones. Parte de un análisis puramente etnográfico,
luego compara etnológicamente con la finalidad de conformar
los estadios con base en aspectos comunes identificados. Más
adelante trasciende la antropología al constatar que estos
estadios están lógicamente entrelazados en una serie
ascendente de progreso, medida por las invenciones y
descubrimientos.
De tal manera, los estadios permiten determinar períodos
históricos generales con carácter universal. Referida a la serie de
ellos, la condición iroquesa, por ejemplo, deja de ser
simplemente distinta para hacerse superior o inferior, más o
menos elevada. La periodización deja de ser cronológica para ser
de desenvolvimiento, de condición alcanzada. El trabajo de
campo deja paso al pensamiento teórico.

Cortar es hacer historia


La periodización ocupa un lugar nuclear en la concepción
de Morgan, pues sin ella no es posible establecer la historia de
las distintas sociedades específicas. No se trata, pues,
únicamente, de describir la condición de cada sociedad. La serie
de sucesivos períodos étnicos constituye el marco al cual debe
referirse esta condición para poder establecer “su condición de
relativo adelanto” y comprender su dinámica. Este punto de
vista lo sostienen también, en tiempos recientes, historiadores
que se reclaman del marxismo. Veamos un ejemplo:

Para poder concebir la “Historia” como unidad, como


continuidad caracterizada por una única lógica, una única tendencia
de desarrollo, la filosofía de la historia debe organizar todas las
culturas humanas en una única línea y valorarlas según el puesto que
presumiblemente han ocupado en la vida de la humanidad (Heller
1989: 191).

La seriación construida por Morgan suministra además los


criterios para enfocar la atención sobre una u otra sociedad
particular, ya que ilumina la importancia de cada una para la
comprensión de la historia general; y esa es su intención
manifiesta:

Otra ventaja de fijar períodos étnicos definidos, es la de


encaminar una investigación especial hacia aquellas tribus y naciones
que ofrezcan la mejor ejemplificación de cada estadio, con el fin de
que cada una sirva de modelo y de ilustración (Morgan 1877: 16).
Su objetivo no se limita a la explicación de los períodos
étnicos, sino que, sobre todo, quiere presentar pruebas de
progreso, comprobaciones de que una sociedad ha avanzado y
ahora se encuentra en una condición distinta y peculiar con
respecto a la anterior; es decir, busca posibilitar un manejo de la
historia concebida como transformación social.
Este peso específico de la periodización en el hacer
histórico de Morgan tiene correspondencia con la importancia
que Agnes Heller atribuye al mismo elemento con relación con la
historiografía en general:

En este caso es la periodización lo que funciona como idea


constitutiva de la obra historiográfica. Más exactamente, es aquí
donde se hace explícita la periodización como principio organizativo
de la historiografía, aunque esté presente de modo latente cuando se
añade solamente un eslabón a la cadena de los acontecimientos.
Afirmando que cuando se prolonga un acontecimiento del pasado no
se debe prolongar también su pasado y su futuro, el historiador nos
hace comprender que en este “corte” ha sucedido algo decisivo que
ha transformado otro acontecimiento o una serie de ellos en
“pasados” y producido otros “futuros”. De este modo, el corte
separa algunos períodos, se convierte en una división real,
importante y no arbitraria, precisamente porque se reconstruye
como un “hito” o como una “línea divisoria”. Si el escritor no es
capaz de convencernos de esto, la teoría parecerá inconsistente o,
por lo menos, falta de interés (Heller 1989: 133).

Cada condición social, que corresponde a un período étnico


determinado, es perfectamente diferenciable de las demás, pero
es en absoluto imposible marcar el punto exacto donde una
termina y comienza otra. Esta posibilidad diferenciadora está
dada por las invenciones y descubrimientos que, al mismo
tiempo que delimitadores, constituyen lazos que unen un
período o un estadio con otro; por eso, cada uno marca a la vez
el inicio de un período y la culminación del anterior; es decir, que
además de permitir establecer las discontinuidades, son también
los elementos que las relacionan entre sí para restablecer la
continuidad. El interés de Morgan no es clasificar las sociedades
en sí, sino ubicarlas en relación unas con otras mediante su
referencia a la escala formada por los períodos étnicos, de ahí
que “para nuestro propósito la condición de cada una es el
hecho esencial, no teniendo importancia el tiempo” (Morgan
1877: 13). Esta posición lo lleva muy lejos de las corrientes de
la historiografía cronologista más tradicional de su tiempo. Al
respecto, Edmund Leach (1985: 46) plantea:

[Los límites no tienen dimensiones ya que] son interrupciones


artificiales de lo que es continuo por naturaleza. [En el terreno
teórico, conceptual, los límites son, pues, intemporales], pero cuando
llegamos a convertir ese tiempo teórico en un tiempo social, cada
“intervalo sin duración” ocupa un tiempo [y se convierte en una
transición].

Esta interpretación explica por qué en la teoría de Morgan


no existen períodos de transición entre períodos étnicos, ya que
estos son conceptos abstractos, y, en cambio, sí se plantea su
existencia entre condiciones de la sociedad; es decir, en relación
con el tiempo histórico social. Estos momentos limítrofes, como
ocurre en los ritos de pasaje, son ambiguos, “tierras de nadie”, y
en ellos no es posible definir claramente lo que corresponde a
cada uno de los segmentos consecutivos.

“Remontarse de lo abstracto a lo concreto”


Ya he planteado más arriba que el papel del análisis de las
sociedades concretas respecto a los estadios y períodos étnicos
no es solo el de ser ejemplos o ilustraciones de ellos, como
algunos autores han llegado a proponer. Lo que hace Morgan es
establecer la correlación estadio-condición de la sociedad y
luego abstraer los estadios a partir del estudio comparativo de
las distintas condiciones.
Este entrelazamiento fundamental de lo abstracto y lo
concreto hace preciso que el autor desarrolle una metodología
para el manejo de las relaciones entre ambos niveles de la
realidad, en la que necesariamente debe establecer y tener en
cuenta niveles “intermedios”, como los de forma típica, forma
clásica o estandard y otros que trataré más adelante. De este
modo, la comparación se convierte en una metodología de
conocimiento que no es un equivalente de los procedimientos
que por lo general se conocen en antropología con el nombre de
método comparativo. Su importancia está dada por el hecho de
que la confrontación entre sociedades concretas y esas
categorías es fuente primordial de conocimientos sobre las
primeras.
El uso que Morgan hace de esas categorías en Sistemas de
consanguinidad y afinidad de la familia humana nos permite
entenderlas con cierta claridad. El mayor nivel de abstracción
que se maneja en esta obra corresponde al sistema de
consanguinidad y afinidad en general, mientras que el último
nivel es el de forma clásica o estandard, con niveles intermedios,
cada uno más concreto que el otro, pero también con una
extensión menor que el anterior. La comprensión del último nivel
abarca solamente el sistema de una sociedad específica. El
Gráfico No. 1 permite visualizar mejor la relación que existe
entre los distintos niveles.
GRÁFICO No. 1
NIVELES DE ABSTRACCIÓN EN EL SISTEMA DE
PARENTESCO CLASIFICATORIO SÉNECA-IROQUÉS

El sistema de consanguinidad y afinidad en general es el


nivel de mayor abstracción; se trata de una abstracción que
recoge aquellos elementos que deben contener todos los
sistemas en todos los tiempos y lugares y que descansan sobre
unas ideas definidas con referencia a fines específicos, a saber:
1) una distribución de los parientes de sangre más cercanos en
líneas de descendencia, 2) un método para distinguir cada uno
de los parientes de los demás, 3) la expresión del peso o valor
del parentesco (Morgan 1970b: 10-11). El concepto de este
nivel permite resumir los requisitos que todo sistema debe
cumplir para ser considerado como un sistema de
consanguinidad y afinidad, además representa una economía en
la exposición, pues evita repetir los aspectos generales de cada
sistema cuando se hace la presentación de cada uno de ellos, y
permite, inicialmente, describirlos en su conjunto y ordenarlos y
agruparlos de alguna manera. Morgan define este nivel de
generalidad como

un sistema de consanguinidad que se basa sobre una


comunidad de sangre, pero que es la expresión formal y el
reconocimiento de estas relaciones. Alrededor de cada persona hay
un círculo o grupo de parientes de los cuales esa persona —el Ego—
constituye el centro con relación al cual se reconoce el grado de
parentesco y sobre quien retorna la misma relación de parentesco
(Morgan 1970b: 10).

Resulta notable la semejanza de este concepto con el de


“producción en general” que emplea Marx:

Pero sucede que todas las épocas de la producción poseen


ciertos elementos y rasgos comunes. Si admitimos que la producción
en general constituye una abstracción, es preciso reconocer, con
todo, que se trata de una abstracción razonada, porque subraya y
precisa efectivamente los elementos comunes, y nos ahorra por
tanto la repetición (Marx 1971: 17, subrayado mío).

Por su misma naturaleza, esta clase de abstracciones no


permite explicar ni entender ninguna situación histórica concreta
y su valor es, por consiguiente, limitado:

Estas abstracciones de por sí, separadas de la historia real,


carecen de todo valor. Solo pueden servir para facilitar la ordenación
del material histórico, para indicar la sucesión en serie de sus
diferentes estratos (Marx y Engels 1968: 27).

Por eso, para superar tal limitación, se hace necesario


abordar el estudio de las formas históricas reales tal como ellas
ocurren en los diversos niveles dados de desarrollo de la
sociedad, en cada época histórica determinada de la vida de la
humanidad.
Para poder plantear este nivel máximo de abstracción en lo
referente a los sistemas de parentesco, Morgan debe
fundamentarse en otra abstracción, “asumiendo la existencia del
matrimonio entre parejas simples” en todas las sociedades
humanas. No se trata, sin embargo, de una decisión arbitraria,
puesto que esta abstracción es ya un resultado de su
investigación anterior y esta lo ha conducido a encontrar en
aquella forma de matrimonio el eje articulador de la serie
orgánica que engloba familia y parentesco, el germen que existe
ya en el matrimonio por grupos y alcanza su dominio en la
familia monógama.
Aunque, más adelante, el análisis le exigirá introducir la
consideración de las formas de matrimonio realmente existentes
en ciertas clases de sociedad:

En el progreso de la investigación podrá hacerse necesario


considerar un sistema en el cual este fundamento tenga que ponerse
en duda y, tal vez, sea completamente insuficiente. La presuposición
opuesta puede llegar a ser esencial para incluir todos los elementos
del asunto en sus relaciones prácticas (Morgan 1970b: 10).

Pero asumir como general el matrimonio entre parejas


simples trae otras consecuencias. Una de ellas es el hecho de
que Morgan siempre procede como si el ego a partir del cual
focaliza y desenvuelve sus terminologías y sistemas de
consanguinidad fuera individual, una única persona, cosa que
choca con la realidad del sistema clasificatorio, pues en este el
centro de la constelación de parientes es también una categoría
clasificatoria, es decir, un grupo de personas, posiblemente una
fratría, entendida como un grupo de hermanos o hermanas o,
también, un grupo matrimonial. Está en la base de su
caracterización que los términos del sistema clasificatorio no
designen individuos sino clases de personas. El ego mismo puede
ser —y generalmente lo es— un grupo de personas, un ego
colectivo. Morgan no tuvo esto en cuenta en la realización de su
trabajo, pues al tener siempre en mente y como punto de
enfoque el sistema descriptivo, siempre consideró al ego como
constituido en forma individual.
La anterior circunstancia afecta, por supuesto, las técnicas
utilizadas para recoger la información acerca de los sistemas
clasificatorios, tanto en forma indirecta, a través de su
cuestionario de parentesco, como en forma directa, cuando lo
hace por medio de las entrevistas en el trabajo de campo, ya
que ambos instrumentos están diseñados con base en la
descripción de los parientes y en la consideración del ego como
una única persona. Por tanto, Morgan (1970b: 135) formula
preguntas como esta: “¿Cómo llamo al hijo del hermano de mi
padre, si es mayor que yo, cuando hablo con él?”.
Claro que Morgan es consciente de la dificultad, pero no
hay evidencias de que haya logrado resolverla del todo, aunque
las preguntas del cuestionario no son para ser hechas
directamente sino para ser “traducidas” a la lengua que hablan
los interrogados teniendo en cuenta sus características y las de
la sociedad que se investiga; por ello, en criterio de Morgan, los
mejores resultados provienen de los investigadores indios más
que de los blancos y los mestizos, así estos hayan residido
durante décadas entre los indios.
En este caso, no parece que Morgan haya tenido en cuenta
los efectos de la abstracción correspondiente para más adelante
restituir dentro del contexto de la investigación lo que se da en
la realidad, como sí lo hizo con las formas de matrimonio
diferentes a la de parejas simples. Por lo menos, no me ha sido
posible encontrar en su obra ningún lugar donde este recurso
metodológico necesario haya sido aplicado por el autor y se
hayan introducido las “correcciones” provenientes de considerar
un ego de carácter colectivo.
El segundo nivel de abstracción es el de los sistemas
clasificatorio y descriptivo de consanguinidad y afinidad.
Sistemas independientes, basados en principios contradictorios y
antagónicos y cuyos efectos y acción sobre la sociedad son por
completo diferentes.
Todas las formas descubiertas hasta el momento se agrupan
en dos, en un sentido amplio, la descriptiva y la clasificatoria, que
son opuestas la una a la otra en sus concepciones fundamentales
(Morgan 1970b: vi).

Como en el caso anterior, cada una de estas categorías se


caracteriza por un conjunto de elementos que aparecen en
todos los sistemas correspondientes y cumple un papel
semejante al de la categoría de más alta abstracción, pero con
una menor comprensión. En estos términos, la peculiaridad del
sistema descriptivo radica en que

los consanguíneos colaterales y una parte de aquellos de la


línea de descendencia directa se describen con una combinación de
términos primarios [mientras que el clasificatorio se distingue porque
en él los consanguíneos] están distribuidos en grandes clases o
categorías con base en principios de distinción peculiares de esta
familia. Todos los individuos de una misma clase están incluidos en
una sola y la misma relación de parentesco, y el mismo término
particular se aplica a todos y cada uno de ellos (Morgan 1970b: 142-
143).

El segundo nivel de categorización permite exponer, como


puede observarse en el Gráfico No. 2, el carácter plenamente
divergente de todas las líneas de parientes colaterales del
sistema descriptivo, las cuales se alejan cada vez más del ego a
medida que avanzan las generaciones, hecho que produce una
muy amplia dispersión de los lazos de sangre.
Esta clase de dispersión se hace completamente necesaria
en sociedades conformadas por un número de miembros
considerablemente grande, circunstancia que haría muy
engorroso —sino imposible— seguir la huella de la totalidad de
los parientes colaterales, especialmente de aquellos más
alejados, además de la imposibilidad de mantener relaciones
reales y continuas con todos ellos, muchos de los cuales, en
ocasiones, están territorialmente muy dispersos.
Por supuesto, la cercanía de los parientes con respecto al
ego no es una necesidad de la organización y desarrollo de la
vida, en la medida en que la estructura social fundamental es de
tipo territorial y el sistema de relaciones que vincula a los
miembros del grupo social está constituido sobre el carácter
predominante de las relaciones de vecindad sobre las de
consanguinidad y afinidad.
Esta peculiaridad de los sistemas descriptivos de
parentesco contrasta nítidamente con la convergencia de todos
los parientes en la línea de descendencia del ego, que es la
característica propia de los sistemas clasificatorios, y
constituye, desde el punto de vista de los efectos que produce
sobre la estructura social, una de las diferencias esenciales entre
los dos sistemas, si no la fundamental.

GRÁFICO No. 2
ESQUEMA DEL PARENTESCO DESCRIPTIVO (INGLÉS)
(Elaborado con base en la Plancha III: Diagrama de
Consanguinidad: Sistema Inglés, Morgan 1970b: 593)
En los sistemas clasificatorios, los parientes de todas las
ramas colaterales convergen y se integran a partir de la segunda
generación de descendencia contada a partir del ego, tal como
puede observarse en el Gráfico No. 3; en este únicamente se ha
identificado como punto de referencia al ego, con el objeto de
poder integrar en una sola dos planchas diferentes de la obra de
Morgan, aquellas que corresponden a las líneas masculina y
femenina respectivamente.

De esta manera se concentra alrededor del ego, por medio


de relaciones de parentesco reales y efectivas, un círculo muy
amplio de parientes que le confiere garantía de protección y
seguridad al evitar la dispersión de la sangre, función que resulta
adecuada en un tipo de sociedad donde tanto el grupo
doméstico como la familia misma son débiles y el desarrollo de la
capacidad de acción sobre la naturaleza, dado el incipiente
desarrollo de las artes de subsistencia, es escaso, por lo que
hombres y mujeres no logran enfrentarse con éxito a su medio si
viven y actúan en forma individual, y ni siquiera si lo hacen a
través solo del grupo familiar.
Morgan (1970b: 13) presenta la oposición entre los dos
sistemas de consanguinidad y afinidad en los siguientes
términos:

En el sistema de parentesco de las familias aria, semítica y


uraliana, las líneas colaterales permanecen diferenciadas y
perpetuamente divergentes con respecto a la línea de descendencia
directa, con el resultado, tanto teórico como práctico, de una
dispersión de la sangre. Esta dispersión es una de las características
del sistema descriptivo. Por el contrario, en el de las familias turania,
india americana y malaya, las varias líneas colaterales, tanto las
cercanas como las remotas, finalmente convergen y se integran en la
línea de descendencia directa, con lo cual, en la teoría si no en la
práctica, se previene la dispersión de la sangre. Por este medio, el
parentesco colateral es, a la vez, valorado y preservado. Esta
integración es, de algún modo, una de las características del sistema
clasificatorio.

El empleo de este segundo nivel de abstracción posibilita la


comparación, con base en la cual es posible llegar a establecer la
oposición entre los respectivos principios de descripción y
clasificación, de donde puede deducirse la imposibilidad de que
uno de estos sistemas provenga del otro a través de un proceso
de transición y transformación, puesto que no es posible que,
dada su radical incompatibilidad, los elementos del uno puedan
desarrollarse y coexistir en el interior del otro durante un
período relativamente considerable de tiempo. De la misma
manera, resulta claro que no puede darse entre ellos una
transición, un sistema de parentesco mixto.
Estas dos grandes clases de sistemas de consanguinidad y
afinidad están, a su vez, jerarquizadas: el sistema descriptivo es
más simple que el clasificatorio desde el punto de vista de su
estructura. Esta característica diferencial incide en la
metodología de análisis pues determina el orden en que se debe
efectuar su estudio, yendo de lo simple a lo complejo, aunque
históricamente, hasta donde Morgan logra establecerlo, el
sistema clasificatorio parece haber sido el primero y haber
tenido una difusión universal.
El tercer nivel de abstracción corresponde a las formas que
presenta cada uno de los dos grandes sistemas, aria, semítica y
uraliana, en el caso del descriptivo, y turania, malaya, indo-
americana y esquimal, en el caso del clasificatorio. Estas últimas
cuatro no ocupan la misma posición, sino que están
jerarquizadas:

El sistema clasificatorio tiene una forma principal, la indo-


americana, y dos subordinadas, la malaya y la esquimal. De estas, la
malaya es la más simple y, probablemente, la fundamental; por este
motivo, es posible que haya sido la primera. A continuación sigue, en
el orden natural, bien sea la turania o bien la de los indios
americanos, según el caso, ya que se encuentran en la misma
relación con respecto a la malaya; después está la esquimal, que se
encuentra separada de los sistemas de las otras familias nombradas
(Morgan 1970b: 7).

Las distinciones que se manifiestan entre estas formas


también están dadas teniendo su nivel de abstracción como uno
de los criterios particularizadores. Apoyándose en las
terminologías correspondientes, Morgan plantea la necesidad de
diferenciar entre el malayo y el turanio con base en si las
respectivas categorías de hermanos y hermanas se dan en
abstracto o en forma concreta. Desde este punto de vista, la
forma malaya resulta más abstracta que la séneca-iroqués. En
este caso, se considera que las categorías que comprenden un
número mayor de parientes son las más abstractas. Si se tiene
en cuenta este criterio de análisis, se constata que los sistemas
de parentesco se desarrollan, yendo desde los más abstractos
hasta los más concretos.
Un grado todavía menor de abstracción se da en relación
con la categoría de forma típica, que se refiere a algunos
sistemas concretos de parentesco que se distinguen por
presentar un conjunto persistente de “rasgos indicativos”
(Morgan 1970b: 148) y que existen en sociedades específicas.
Con su estudio se inicia en cada caso el análisis. Por ejemplo, la
forma típica del sistema ario es la romana, la del sistema indio
americano es la iroquesa, la tamil es la del sistema turanio, la
hawaiana, por último, lo es del malayo.
Con relación a lo anterior, en el análisis del sistema
clasificatorio se presenta una particularidad: la forma escogida
para iniciar la indagación es la de los indios americanos, la
ganowaniana; su forma típica es la iroquesa, pero el parentesco
no es idéntico entre las siete naciones iroquesas —Mohawk,
Oneida, Onondaga, Cayuga, Séneca, Tuscarora, Iroquesa de las
Dos Montañas. Para dar cuenta de esta diferencia, Morgan
incluye otra categoría, la más concreta y también la más
desarrollada de todas, la forma clásica (estándar), que
corresponde en este caso al sistema séneca-iroqués. En otros
casos, como los del sistema ario y el turanio, las formas típica y
clásica coinciden en una sola. Como expresa Morgan (1970b:
386), “la forma tamil de este sistema [el dravídico] se ha
tomado como la clásica o típica de la familia turania”.

El método de exposición
El método de exposición del parentesco seguido por
Morgan comienza con el examen de la forma típica del sistema
más simple, es decir, por la forma romana del parentesco ario
del sistema descriptivo. Una vez esclarecida esta, avanza
presentando y comparando con ella las varias formas que
prevalecen en las restantes naciones arias; su propósito es
mostrar cómo coinciden en sus rasgos radicales y, al mismo
tiempo, cuáles son las diferencias que presentan con la romana
y entre sí. De allí saldrá la comprensión del sistema ario en su
conjunto. Continúa luego con el estudio del sistema semítico, no
a partir de una forma típica del mismo, sino de su comparación
con el ario, para establecer en forma simultánea la semejanza de
sus principios radicales y sus diferencias en aspectos
secundarios. Idéntico camino metodológico sigue para la
comprensión del sistema uraliano.
Una vez se han comprendido las tres formas del sistema
descriptivo, se ha aprehendido también este sistema en su
globalidad y en su existencia histórica y no únicamente en sus
rasgos abstractos y generales, como al comienzo del texto.
La exposición del sistema clasificatorio se inicia con el
estudio del sistema séneca-iroqués, para luego comparar los
resultados con los sistemas de las restantes naciones de la Liga,
los de las naciones vecinas, los de la totalidad de las naciones
habitantes de Norteamérica y, finalmente, aquellos de las aldeas
indias de Nuevo México y, aun, de algunas sociedades de Centro
y Sur América, con el fin de alcanzar el conocimiento acabado
del sistema ganowaniano.
Para hacer inteligibles los sistemas turanio y malayo
procede desarrollando una comparación de sus formas, que
toma como eje de referencia el sistema de los indios
americanos. Así hasta comprender la totalidad del sistema
clasificatorio.
Termina su texto confrontando los dos grandes sistemas,
pero ahora como una unidad de las diversas formas históricas
concretas que ha analizado y no en forma abstracta como al
inicio. Por eso puede correlacionar todas esas formas en su gran
serie orgánica de quince instituciones relacionadas con el
desarrollo de la familia.
Cada nivel por encima del más concreto está dado por el
conjunto de las diversas formas del nivel más bajo, hasta llegar
al sistema de consanguinidad y afinidad en general que incluye
todas las formas anteriores. De ahí que si el texto comienza con
la exposición de las características definitorias del sistema de
parentesco como abstracción, como generalidad, esto es un
resultado del proceso de conocimiento anterior y no el comienzo
de la investigación. Pero, aislada de las formas específicas que el
parentesco reviste en la amplia gama de las sociedades
humanas, esta forma abstracta carece de sentido, de vida, es
solo un esquema. Es preciso dotarla de vitalidad, recubrir ese
esqueleto de carne y piel para que tenga validez y para que se
convierta en un conocimiento científico que permita explicar las
formas determinadas históricamente. Este es el objetivo que se
busca con tal manera de estructurar la exposición; por eso, ella
es, como lo expresa Morgan, parte del proceso de conocimiento
de los sistemas de consanguinidad y afinidad.
Además, solo así las conclusiones son suficientes para
plantear, como lo hace y desde este punto de vista, la unidad de
la humanidad bajo el concepto de “familia humana”, la cual,
desde luego, es también una abstracción.
Godelier malinterpreta el método de abstracción de Morgan
al compararlo con el de Sahlins, que consistiría en

comparar múltiples sociedades primitivas carentes de Estado y


de clases, intentanto aislar sus rasgos comunes y dejando
provisionalmente al margen sus diferencias (Godelier 1974: 209-
210).

No se trata de comparar buscando rasgos comunes al nivel


empírico, sino al nivel de los contenidos esenciales del concepto.
Por eso Morgan plantea dos pasos posteriores dentro de su
comparación; uno tendiente a establecer las coincidencias y las
diferencias o desviaciones, como él las llama, y otro que debe
esclarecer si estas se dan a nivel de los aspectos secundarios,
no indicativos del concepto, o si representan modificaciones en
los aspectos radicales y qué sentido tienen, es decir, buscar la
explicación de la particularidad restituida dentro del análisis. Por
eso se preocupa por establecer si esos elementos específicos y
diferentes funcionan o no bajo los mismos principios
estructurales que definen el concepto. Es decir que hay que
hacer énfasis y prestar atención a lo que viene después de que
las diferencias se han dejado provisionalmente al margen, cosa
que Godelier no hace.
Kaplan y Manners (1979: 28) han reconocido en su estudio
del método comparativo utilizado por Morgan, que “sin hacer
comparaciones explícitas no puede haber teoría en antropología
[...] aun la simple monografía etnográfica implica comparación”.
De acuerdo con los mismos autores, este método es
importante para el avance científico: “La comparación seguida
de abstracción no solo es veraz, sino metodológicamente
legítima, heurísticamente sugestiva y científicamente fructífera”
(Kaplan y Manners 1979: 26).
En la obra de Morgan, este método de “elevarse de lo
abstracto a lo concreto como síntesis de múltiples
determinaciones” no es exclusivo de Sistemas de
consanguinidad y afinidad de la familia humana, aunque es aquí
donde se desarrolla por primera vez en forma acabada, a partir
de elementos previos que están presentes ya en La Liga de los
Ho-de’-no-sau-nee o Iroqueses. Es también el método que
emplea en su estudio sobre la familia para construir el concepto
de la misma.
Según Morgan, el desenvolvimiento del concepto de familia
es el sucederse de sus diferentes formas y no la aparición o
materialización de una sucesión de formas preexistentes en el
concepto. Pero el concepto mismo es a la vez producto de tal
desenvolvimiento. La familia monógama no podría haberse dado
sin la existencia de las otras, puesto que constituye la forma
más desarrollada y el producto del desarrollo de ellas. De una
sola forma de familia, la consanguínea por ejemplo, es imposible
abstraer el concepto de familia. La comparación y abstracción
de las formas sucesivas de familia es el procedimiento que da
origen a su concepto pero, como fenómeno de la realidad, la
categoría de familia existe desde su primera forma. Es una
categoría que tiene existencia real desde entonces, pero que
carece aún de formulación teórica. La familia consanguínea es la
primera manifestación histórica de la familia considerada en
abstracto. Igualmente, cada una de las otras formas de familia
es manifestación histórica del mismo concepto, pero este no
existe sino a través de y por ellas. De ninguna manera las
preexiste. Es su resultado, no su causa. Marx ha planteado la
misma idea en su estudio del método de la economía política:

En lo que concierne a las ciencias históricas y sociales, hay que


tener presente que el sujeto [...] está dado a la vez en la realidad y
en la mente. Las categorías expresan por tanto formas y modos de
existencia, y con frecuencia simples aspectos de esta sociedad, de
este sujeto: desde el punto de vista científico, su existencia es
anterior al momento en que se comienza a hablar de ella como tal
(Marx 1971: 48).

Cuando da inicio al proceso de elaboración conceptual de la


categoría familia, Morgan vacila en aplicarla para denominar a las
formas anteriores a la monogamia; al referirse a las costumbres
e instituciones más antiguas relacionadas con la familia, dice que
“necesariamente tienen que haber precedido al conocimiento del
matrimonio entre parejas simples y a la familia misma, en el
sentido moderno del término” (1970b: 479, subrayado mío).
Sobre este tema, el marxista Olmeda (1970: 169) asegura:
“Disponemos ya de material abundante para probar
cumplidamente la continuidad ininterrumpida de la pareja
humana como base de la organización familiar desde la aparición
de los grupos humanos”.
Morgan agrega, un poco más adelante, que la tribu “se
convirtió en un poderoso movimiento hacia la realización final del
matrimonio entre parejas simples y la verdadera condición de
familia” (Morgan 1970b: 485, subrayado mío).
Pero en La sociedad primitiva ya ha descubierto cuál es la
esencia común a la monogamia y a las formas previas: la
existencia de parejas simples. Estas están presentes en todas las
formas anteriores, con la peculiaridad de que en ellas no son
estables ni han alcanzado el predominio sobre el conjunto de la
sociedad. El desenvolvimiento lógico de este principio
constituye, pues, la base de la serie de formas de familia, la cual
no es elaborada al azar ni por capricho de Morgan.
Este desenvolvimiento de las ideas no tiene progreso ni
ritmo propios, puesto que depende del progreso de la
experiencia y este del progreso de los elementos materiales de
vida (invenciones y descubrimientos y artes de subsistencia).
Esto implica diferencias en la “velocidad” de este
desenvolvimiento en las distintas sociedades, hecho que produce
un desarrollo desigual entre ellas. De otra manera, avanzarían
todas al mismo ritmo y encontraríamos, en cada momento de la
historia, una completa homogeneidad social.

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