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‘a vucchella………..........

……[Dulces labios]
Los viajeros en Italia deben estar preparados para encontrarse con
huelgas – o sciopero como los locales las llaman.

Una huelga nacional, detiene el sistema de transporte, cierra los museos,


y deja a los visitantes incapaces de ver muchos sitios. Los trabajadores de los
puertos cercanos al estrecho de Messina resultaron estar en sciopero ese día,
clausurando todos los ferris, y convirtiendo el bullicioso puerto en un pueblo
fantasma.

“¿Esta sciopero es obra nuestra?” Preguntó Fugo.

Murolo sólo le hizo una mueca, pero no contestó. Passione podría muy
bien haberla ordenado. Usualmente había cierta influencia del bajo mundo
detrás de muchas huelgas. La escena de hacer que hombres infiltrados entre
los obreros en huelga, discutiendo los términos de negocios ilegales era algo
habitual en Italia.

“Bien. El almacén donde encontraron las manchas de sangre está por


acá,” dijo Sheila E., yendo a la cabeza. Los demás la siguieron. La puerta del
almacén tenía colgado un letrero de no cruzar. Sheila E. le dio un tirón, y
cuando notó que estaba cerrada, llamó a su Stand.

“Voodoo Child…” susurró, y la puerta explotó hacia el interior. Un


poderoso impacto que los ojos ordinarios no hubieran visto jamás.

“Tenía la llave,” dijo Murolo, pero Sheila E. lo ignoró.

Sheila E. entró, su Stand la seguía. Voodoo Child era un Stand de corto


alcance, esa sombra cubierta de púas nunca se alejaba de su lado.

Cuando Sheila E. llegó a la mancha oscurecida en el piso, Voodoo


Child compensó a golpearlo repetidamente con sus puños como de acero.

“¡Erierierierierierierierierieri…!”

Gritaba a todo pulmón, golpeando el suelo…. como un niño haciendo


una rabieta.

El piso de concreto pronto empezó a romperse, se formaban incontables


grietas por todos lados.
Un momento después, esas grietas comenzaron a cambiar.

Cada una de las cuarteaduras se transformaron en un par de labios, los


labios se movieron por sí solos, y comenzaron a hablar a la vez.

“Ese imbécil ya tiene a otra chica con él.” “Ellos no saben cuánto he
perdido apostando.” “De alguna manera tengo que culparlo por mi error.”
“¡Lo detesto tanto! Debo inventar otro rumor sobre él.”

No había conexión, ni contexto, ni el sentido de que fuera una


conversación, solo…

Oh, pensó Fugo. Estas son todas las cosas que la gente que ha trabajado
en este almacén dijo. Las cosas que no querían que nadie más escuchara –
pensamientos y sentimientos filtrados en la tierra, su culpa y aborrecimiento
propios los atrapaban aquí, atormentando el lugar hasta que el Stand de
Sheila E. los sacaba a la superficie.

Ella había dicho que buscaba al hombre que mató a su hermana; esta
búsqueda estaba reflejada en la habilidad de su Stand. Le permitía buscar
pistas, descubrir pecados y cobrar venganza. Una personalidad tan clara y
determinada como esa era.

Tan distinta de la mía…

Fugo cortó esa línea de pensamiento. No lo llevaría a nada bueno.


Prefería no profundizar en lo que el virus asesino de Purple Haze decía sobre
su propio estado mental.

Sheila E. descartó una voz incoherente tras otra, hasta que solo quedó
una.

“Te obedezco. Obedezco. Obedezco. Obedezco.”

“¡Es él!” dijo Fugo. “¡Es la voz de Volpe!”

“Entonces pelearon aquí,” afirmó Murolo. “No somos los primeros a los
que mandaron tras ellos – el último equipo fue despachado aquí. Los cuerpos
ya deben estar durmiendo con los peces.”
“¿Pero eso qué significa?” Preguntó Sheila E. “¿Acaso Volpe se siente
culpable de seguir las ordenes de Kocaqi? No lo entiendo, si él quisiera estar a
cargo, y lo ocultara, Voodoo Child me lo habría mostrado.”

Volteó a ver a Fugo.

“No lo sé,” dijo. “No es como si lo conociera bien.”

Murolo agitó una mano despectivamente. “No es como si necesitáramos


un perfil completo de él. Lo importante es que esto prueba que la profecía de
mi Watchtower era correcta. ¡Dejaron esta bahía, cruzaron el estrecho y se
dirigen hacia Taormina!”

Su pecho se llenó de orgullo. Sheila E. le lanzó una mirada, después


resopló.

“Supongo que tienes razón.”

“Vinimos aquí para estar seguros, y ya lo estamos. Vamos.”

Se dirigieron al yate que los esperaba en la bahía. El único camino a


Sicilia durante una huelga era usar una embarcación privada.

Cuando miró el yate que les había sido provisto, Fugo tragó saliva. Era
el mismo modelo que el Lagoon que Buccelati tenía…

“¡Maldicion! ¡Es genial! ¿¡En serio es de Buccelati!?” Narancia se


encontraba bailando de emoción. Tenía diecisiete años, pero sus ojos brillaban
como si tuviera seis.

“Eso es lo que dijo,” respondió Fugo. Él estaba seguro de que Buccelati


los había invitado al yate por alguna misión secreta, y estaba demasiado tenso
como para disfrutarlo. Pero estaba claro que esa idea no había entrado en la
cabeza de Narancia – era capaz de simplemente disfrutar de la experiencia de
una expedición den yate.

Fugo sacudió la cabeza. “¿Qué opinas tú, Abbacchio?”


Abbacchio permaneció en silencio por un rato, y no dijo nada como
respuesta. Alguna vez había sido un policía, y su silencio cargaba peso. Fugo
había crecido acostumbrado, pero había visto a Abbacchio hacer llorar a los
niños sólo con su silencio… para después lanzarles una mirada aterradora, sin
una pizca de culpa. Él era esa clase de hombre.

“Me pregunto si eso es todo,” dijo Fugo.

“……………”

“No sé de que sea capaz Giorno, pero si traemos a alguien nuevo a


bordo, entonces es momento.”

“…………..”

“Estoy seguro de que ascenderán a Buccelati a capo,” dijo Fugo,


emocionado. “Tiene los resultados. Tiene el apoyo. Ya debería haber sido
promovido, pero…”

“No especules,” murmuró Abbacchio. “Es una debilidad tuya, Fugo.


Piensas demasiado. Piensas en cosas que es mejor dejarlas sin pensarse.”

Fugo se mordió la lengua.

“Nuestra labor es hacer lo que Buccelati nos diga. Pon tu fe en él. Eso
es todo ¿O me equivoco? Confía en él… no en este sujeto nuevo. Mantén tu
guardia con él.”

“¿De verdad? Pero Buccelati lo trajo. Confiar en Buccelatti, ¿pero no en


el hombre en el que él confía? ¿No es contradictorio?”

“Calla. Son diferentes y lo sabes.”

Narancia regresó corriendo hasta ellos.

“¡Tomemos una foto! ¡Todos pónganse en frente del yate!” Fugo no


pudo evitar sonreir.

“Buena idea,” dijo Mista, detrás de él. “Buccelati, tú también. Chico


nuevo, tú toma la foto.”
Le lanzó una cámara a Giorno, y se paró frente al yate. Buccelati movió
la cabeza, pero los siguió sin dudar.

“Muy bien, todos miren para acá,” dijo Giorno, como si hubiera hecho
esto cientos de veces. Alineó a los cinco en el objetivo, con el Lagoon detrás
de ellos, y tomó la foto. El cielo estaba azul y despejado detrás de ellos.

Pero el cielo de hoy estaba gris y nublado.

Me pregunto qué habrá pasado con esa foto…

Se había olvidado de eso completamente. Habían llevado el yate a


Marina Grande, en Capri. Buccelati se convirtió en capo, pero a cambio fue
puesto a cargo del cuidado de la hija del jefe que era blanco de la Scuadra di
Esecuzione. Nadie había tenido oportunidad de revelar el rollo. Podría seguir
dentro de la cámara. Podría no estar en ninguna parte.

Para cuando Fugo salió de su propia mente, la tierra estaba a la vista, y


Murolo los llevaba cerca de la costa.

Sicilia.

La isla había sido conquistada por fenicios, griegos, árabes, normandos,


y más, pero hasta la fecha los habitantes se hacían llamar sicilianos – no
italianos. Pero su cultura asimiló tantas influencias que ya no era posible decir
que era auténticamente siciliano. Más de una iglesia tenía grabados de estilos
arábigos y nórdicos. Como un centro de comercio en medio del mar, ha
formado parte de toda la historia. Uno de los más grandes filósofos griegos,
Arquímedes, hizo de Sicilia su hogar, eligiéndolo como el lugar para legar su
conocimiento… antes de ser destruida a manos de los invasores.

El lugar albergaba oscuridad y luz en igual proporción. “El gran


espectáculo humano, comedia y tragedia en la misma medida” escribió el
autor Giuseppe Fava, antes de ser asesinado por la mafia contra la que
conspiraba.
Cuando las fuerzas Aliadas arribaron aquí durante la segunda guerra
mundial, la derrota del Eje se volvió un hecho, y la historia nunca volvió a ser
la misma.

Esa era la clase de lugar al que habían llegado.

Fugo se puso de pie, mirando a los riscos acercándose.

“¿La Tierra a Fugo?” Dijo Sheila E., justo detrás de él.

Fugo saltó de la impresión. “Um, hola,” dijo, incomodado.

“Por favor dime que no te estás acobardando solo porque tú y Volpe


solían conocerse.”

“No, nada de eso.”

“Él es la raíz de todos los males. No puede seguir con vida.”

“Sí, sí, las drogas son malas.”

“No lo comprendes,” dijo Sheila E. “Sé lo que piensas. ‘Si quieren


drogarse, adelante. Es su decisión. Si quieren morir, ¿a quién le importa cómo
lo hagan?’ ¿Cierto?”

“……………”

“Ese es un error. No es la carne lo que las drogas devoran – es el alma.


El cuerpo humano produce narcóticos naturalmente en respuesta al
sufrimiento – ayudándonos a superarlo. Pero si nos suministramos narcóticos
nosotros mismos, eso no da por sentada la causa de dicho sufrimiento. En
lugar de eso, lo multiplica. Pero la persona tomando las drogas está cada vez
menos y menos consciente de ello. El sufrimiento se extiende hacia sus
familias, a los inocentes a su alrededor. Tomando ventaja de sus debilidades.
Aquellos que venden drogas insultan al mundo y a todos en él. Insultan a la
humanidad, insultan la dignidad, insultan el futuro, insultan la vida misma.
Merecen lo que les sucederá.”
Sheila E. habló como si leyera un guion. Como si hubiera memorizado
un discurso que alguien más le dio, y lo repitiera en automático. Alguien en
cuyas palabras confiaba implícitamente.

Giorno Giovanna.

Ella lo seguía ciegamente. Si le ordenaba morir, ella no titubearía.


Dejaría que el virus de Fugo tomara su vida. Es por eso que ella había sido
enviada a su encuentro.

Fugo había visto a gente confiando en otros de esa manera antes –


confiando en otros más que en ellos mismos. Reconocía la desesperación que
yacía detrás. Recordó lo que ese chico había dicho.

“Buccelati… ¿Qué debo hacer? ¿Debería ir? Estoy asustado. Pero si


me ordenas ir, si dices, ‘¡Ven conmigo!’ entonces encontraré el valor. No me
asusta nada si me dices que lo haga.”

Los ojos de Sheila E. eran los mismos que los de Narancia.

Narancia…

Él no había sido así siempre. Su fe en Buccelati no nació de la noche a


la mañana. Narancia había llevado su propia vida antes de Buccelati, había
sufrido a su manera, buscado sus propias batallas. Fugo lo sabía mejor que
nadie. Después de todo…

Yo fui quien presentó a Narancia ante Buccelati.

Fugo Había sido llamado al restaurante favorito de Buccelati para


discutir un trabajo. Se le hacía tarde y llevaba prisa cuando vio a un chico.

Estaba husmeando entre los botes de basura, comiendo restos de


vegetales y sacando la carne de los huesos para la sopa.

Lucía como cualquier otro chico de la calle. La economía era un


desastre, y había gente como él en cada esquina. Normalmente Fugo habría
pasado de largo sin mirarlo dos veces.
¿Pero por qué se detuvo a mirar? Porque cuando el joven vio a Fugo
observándolo, él no lucía culpable, arrepentido, ni siquiera enojado. Había un
aire de resignación en él, como si supiera desde hace mucho que nada de lo
que le dijeran y nada de lo que él dijera cambiaría algo. Fugo después se
enteraría de que la infección en los ojos del chico había avanzado tanto que se
le había dicho que moriría. Pero lo que Fugo percibió no fue esa clase de
resignación. Demasiado común para Fugo como para compadecerlo, o para
verlo con desprecio.

El nombre del chico era Narancia Ghirga.

Sus ojos se encontraron – y por razones que ni él mismo entiende –


Fugo se acercó al chico, lo tomó del brazo, y lo arrastró al restaurante. El
muchacho no se resistió, solo se dejó guiar. Fugo no se detuvo a ver cómo
reaccionó. En el momento que puso un pie dentro del restaurante, llamó a
Buccelati, “Quiero darle algo de spaguetti. No te importa, ¿verdad?”

El dueño del restaurante lucía sorprendido, pero Buccelati ni siquiera


parpadeó. Les hizo señas a ambos para acercarse, y empujó su propio plato
hacia Narancia. Sin siquiera voltear a ver a Fugo.

Fugo sabía que él haría eso. Buccelati tenía una debilidad por los niños.
En especial por aquellos con problemas. Fugo se preguntó más tarde si solo
había traído a Narancia para cubrir su retraso, pero solo porque estaba muy
inseguro de la situación real.

Se sentía sin apetito, empujando distraídamente la comida por todo el


plato.

La mirada de Narancia lo aterró. Sentía como si ya lo hubiera visto


antes. Sentía como si ya conociera el vacío en los ojos del chico.

“Odio decirlo señor Fugo,” dijo el dueño del restaurante. Este era el
territorio de Buccelati y era parte del trabajo de Fugo proteger a los negocios
en él. “Pero no puede traer niños así como así. Si se extiende la noticia,
podríamos tener una multitud de ellos reuniéndose afuera.”

Lo dijo lo más delicadamente posible.


“No te preocupes,” dijo Fugo abruptamente. “Él no tiene amigos.”

¿Por qué estaba tan seguro? No lo estaba, pero sabía que era un hecho.

“Aún así…”

“Te oí. No lo haré de nuevo, y me aseguraré de que Buccelati reciba el


mensaje.”

El dueño resopló. “Buccelati puede ser bastante flexible. Supongo que


es por eso que mi madre es fanática suya, pero honestamente… preferiría
pagarle un poco más por la protección a cambio de que haga del lado la ley en
estos asuntos.”

“Nadie te está causando problemas, ¿o sí? Déjalo ser.”

“Me gustaría una mejor clase de clientes. Con bolsillos más grandes.
Con toda esa gente pobre viniendo…”

Las palabras del dueño hicieron hervir la sangre de Fugo súbitamente.


Clavó su puño en su plato con comida caliente, rompiendo el plato.

Había perdido el control.

Cuando esos violentos ataques de ira lo asaltaban, no podía detenerse.


No tenía idea de lo que haría.

El dueño saltó de susto. Inexpresivo, sin siquiera mirarlo, Fugo sacó su


billetera. Mientras pedazos de plato caían de su mano quemada y sangrante.
La tiró la billetera al dueño.

“Por el plato y el alboroto. Quédate con el cambio.”

Y con esto, salió del restaurante.

No podía molestarse en preguntarse por qué se había enojado tanto.

Seis meses después, se cruzó con Narancia en la calle. El chico se


acercó corriendo hacia él.

“¡H-hey! Eres tú, ¿verdad? Tú me ayudaste.”


La enfermedad de los ojos de Narancia se había curado, y estaba de
nuevo saludable. Fugo casi lo lamentaba. Le disgustaba cuando los extraños
eran tan amigables.

Pero Narancia hablaba con evidente desesperación. “Te estaba buscando.


No sé quién más podría ayudarme.”

Cuando miró los ojos del chico, Fugo se detuvo. Eran diferentes. No
eran los mismos ojos que había visto antes.

“Eres un mafioso, ¿verdad? En la calle dicen que eres la mano derecha


de Buccelati. Todos acuden a ti.”

“Narancia, ¿cierto? ¿Qué es lo que quieres?”

“Um, en serio necesito un favor. Estoy agradecido por todo lo que


hicieron, por supuesto. Quiero recompensárselos. ¿Puedo unirme a su banda?”

“¿Qué te dijo Buccelati?”

Fugo sabía exactamente lo que le había dicho. Narancia miraba sus pies,
apesadumbrado. “Vete a casa niño. Ve a la escuela”

“Entonces hazlo.”

“¡No digas eso! B… Bueno, este… um…” Narancia balbuceó, incapaz


de protestar coherentemente. Pero de alguna forma Fugo entendió lo que el
chico trataba de decir.

“No puedes confiar en tus padres y en la escuela no te enseñan nada


más que mentiras, ¿cierto?”

Narancia lucía sorprendido. “S-sí… ¿Cómo supiste?”

“Olvídalo, niño. Simplemente así es el mundo.”

“Dame una oportunidad, hombre. Sabes cómo es. Lo ves, lo sientes…en


el pecho, justo aquí, todo se siente en paz. Te fuerte para enfrentar lo que sea.
La forma en la que él se enojó con un sucio chiquillo como yo me irrita. Mis
padres, esos maestros – ellos solamente se enojaban porque era su trabajo
regañarme. Pero él…”
Había lágrimas en los ojos de Narancia. Pero no podían opacar su brillo.

La resignación se había ido. La desesperanza en sus ojos arraigada en el


basurero había desaparecido. Conocer a Buccelati le había dado un futuro.

Le había dado un sueño… de cómo deseaba vivir.

Al final Fugo entendió porque ayudó a Narancia aquél día.

Él es justo como yo solía ser. Como yo estaba, solo en la estación de


policía antes de que Buccelati me salvara.

Estaba claro de que nadie lo iba a ayudar, había renunciado a todo.


Cuando él vio eso, Fugo llegó en su ayuda.

Pero él era diferente ahora.

Sus ojos no eran para nada como los de Fugo. Ni como el viejo Fugo,
un como el nuevo Fugo – la luz en sus ojos era algo enteramente diferente.

“Por favor, hombre. Te prometo que no le diré a Buccelati…”

Estaba prácticamente rogándole. Colgado de la manga de Fugo. Si Fugo


lo rechazaba, él no se daría por vencido. Pero si iba por ahí pidiendo unirse a
Passione podrían matarlo.

“Fugo tomo un hondo respiro y suspiró.”

“Date vuelta Narancia,” dijo tranquilamente.

“¿Mm? ¿Por qué?”

“Sólo hazlo.”

Confundido, Narancia giró su cabeza confundido… después saltó de


susto.

“¿Q-Qué diablos es eso? Como un fantasma o… ¡Puedo ver a través de


él!”

Fugo asintió. “Si puedes ver a Purple Haze, tienes el potencial.”

“¿Huh? ¿Qué?”
“Deberías ser capaz de pasar la prueba de Polpo sin problemas. No te
matará.”

Fugo guardó a Purple Haze.

Narancia lo miró. “¿Eso es un sí, entonces? ¿Me dejarás unirme?”

“Haré las presentaciones. Después depende de ti. Cuando conozcas al


capo, intenta no actuar como un idiota.”

Narancia protestó. “¡No soy un idiota!”

“Decir eso es una gran manera de describirte, niño.”

“¿Por qué tienes que hablarme de así?”

“¿Hablarte cómo?”

“Llamándome niño. Sabes que soy un año mayor que tú, ¿verdad?”

“¿Y qué? He sido todo un hombre durante más de un año.”

“Sí, pero…”

Narancia no parecía feliz sobre eso. Fugo sabía por qué. Él no quería
rendir cuentas a nadie más que a Buccellati – no le interesaba la jerarquía de
Passione.

“Bien, prometo que no te llamaré niño.”

“¿Te estás burlando?”

“Puedes llamarme Fugo. Estamos a mano.”

“¿Seguro que no puedo hacer que me llames ‘señor’?”

“Demonios, no. Jamás llamaría ‘señor’ a un idiota. Además, ni siquiera


Buccelati nos permite llamarlo así.”

“¿Oh? Espera, ¿acabas de llamarme idiota?”

“Buccellati odia a los idiotas.”


“Oh-oh.”

… en ese entonces, Fugo y Narancia estaban en territorio agreste.


Buccellati los salvó a ambos. Ambos trabajaban para retribuírselo. Había poca
diferencia entre los dos.

¿Pero ahora? Narancia estaba muerto. Y Fugo tenía que matar al equipo
de narcóticos para probar que no era un traidor.

¿Quién de los dos era superior? Narancia estaba convencido de que la


edad era lo más importante ¿Qué pensaría ahora?

No importaba. Narancia ya no existía. Fugo tendría que encontrar la


respuesta por sí mismo.

¿A qué te referías, Narancia? ¿Con lo que dijiste en San Giorgio


Maggiore? Lo último que te escuché decir.

Perdido en el pensamiento, Fugo notó vagamente las costas de Sicilia


acercándose.

“Está comenzando a llover,” dijo Sheila E., mirando al cielo. Con las
gotas chocando contra sus mejillas.

Murolo había decidido que era mejor evitar los puertos, así que tiraron
anclas en la costa rocosa y recalaron en un bote salvavidas. La costa de la isla
estaba delineada por peñascos rocosos que hacían imposible el desembarco,
pero utilizaron la fuerza de sus Stands. Para ascender por el empinado
acantilado. Así, Fugo y Sheila E. usaron a Purple Haze y Voodoo Child para
cargarlos a ellos y a Murolo, cuyo Stand no era adecuado para desplieges de
fuerza. Fugo tenía que ser muy cuidadoso de no liberar su virus.

“¿El yate estará bien?”

“Hay un sistema de seguridad a bordo. Si alguien intenta abordar, lo


sabremos. Si las cámaras captan a Volpe o los demás, el navío explotará.”

“¿Y si algún espectador inocente aborda con ellos?”


“Detalles, detalles. Odiaría ser ellos.”

Sheila E. observó el yate por un momento, entonces hizo que Voodoo


Child levantara una gran roca y la lanzara hacia el yate.

“¡Eriiiiiii!”

Golpeó al yate a tan alta velocidad que pasó de lado a lado, y el barco se
hundió.

“Por dios,” dijo Murolo.

Sheila E. lo ignoró. “Vamos,” dijo, y se adelantó, los demás la siguieron.

Ningún camino llevaba al acantilado, y se vieron forzados a abrirse paso


entre sus peligrosas pendientes. Esta brumosa lluvia no mostraba señales de
convertirse en un chaparrón, pero tampoco parecía querer parar. Fugo miró
hacia arriba, pero no pudo ver ni una abertura en el muro de nubes en el cielo.
El clima era malo en la costa en estas fechas del año, pero…

Nos ayudó desembarcar sin ser detectados, pero de alguna forma,


parece demasiado sencillo.

Después de todo, el equipo de narcóticos se las había arreglado para


escapar de las redes de Giorno y llegar a Sicilia. ¿Quién sabe de que eran
capaces?

Fugo se estremeció. Cada vez que pensaba en Giorno, un escalofrío


bajaba por su espina.

No había trabajado con Giorno por mucho tiempo, pero cuando lo


recordaba, no se le ocurría una sola vez en la que el joven rubio haya cometido
un error. Cada movimiento que hacía era el correcto, cada acción daba paso a
un objetivo más grande. Cada vez que Fugo estaba convencido de que no
había nada más que hacer, Giorno arreglaba las cosas sin esforzarse.

¿Por qué Giorno me envió tras la Squadra di Narcotici?


Ese chico no hacía nada sin propósito alguno. Debe haber una clara
razón detrás de su plan. Simplemente no veía a Giorno lanzando a presuntos
traidores tras verdaderos traidores con la esperanza de despejar la cubierta.

Debe haber una razón – algún motivo oculto, implícito.

En ese punto había notado que Sheila E. lo miraba.

“¿Q-qué?” preguntó.

Sheila E. mantenía los ojos sobre él, sin siquiera mirar de reojo al frente,
y sin tropezar. Un paso en falso sobre este terreno rocoso y caerías, pero ella
nunca pisó en falso. Era como ver a un gato montés o a un ninja.

“Estabas pensando en Giorno, ¿no?” dijo.

Fugo tragó saliva.

“¡No era nada malo!” respondió. “Tan solo me preguntaba si realmente


esperaba que su estrategia funcionara.”

“Cuando conociste a Giorno, ¿qué pensaste?”

“¿Pensar?”

“Sentir.”

“Um,” Fugo titubeó. Los ojos de Sheila E. parecían ver a través de él.
Se darían cuanta si mentía. Así que dijo la verdad. “No sabíamos quién era en
realidad, así que nunca… nos formamos un juicio de él exactamente. Pensé…
por la manera en la que presentó podía haber sido confundida con debilidad.
Pero parecía que tenía el potencial de ser mucho más”

“……………”

“Como sea, eso es lo que pensé en el momento. Todos creíamos que era
un nuevo recluta que Buccelati había encontrado.”

Sheila E. lucía dudosa.

A la larga, dijo, “Giorno me dijo esto. ‘Me tomas por un hombre


honesto porque tú misma eres honesta.’”
“¿Huh?”

“Le hice a Mista la misma pregunta. El dijo que creía que Giorno tenía
suerte, alguien que traería suerte al equipo. ¿Ves a lo que me refiero?”

“Um…”

“Mista es el suertudo, ¿o no? Cuando la gente ve a Giorno, ellos ven


algo tan enigmático que se ven a sí mismos reflejados en él. Son absorbidos
por si potencial, y terminan solamente viéndose a ellos mismos.”

Ella no tenía forma de saberlo, pero un joven llamado Koichi Hirose lo


describió una vez como “Un alma gentil. Algo raro de decir, considerando que
se robó mi equipaje.” Koichi mismo era un alma gentil, alguien que inspiraba
devoción en el menos esperado de los amigos.

Fugo estaba sin palabras.

“Siguiendo esa lógica, aquel con el potencial oculto… eres tú,” dijo
Sheila E., escépticamente. “Al final, eres tú quien debe creerlo, dentro de ti.
Pero cuando veo a tu Stand, al virus mortal que Purple Haze disemina… veo
fatalidad. El final del camino. ¿Dónde está el potencial ahí?”

Fugo no tenía la respuesta. “En realidad no lo sé,” dijo.

“¡Dejen de reñir, los dos!” Murolo vociferó. Estaba esforzándose para


poder seguirlos. “Mista y Giorno son nuestros superiores! ¡No estamos
autorizados para hablar así de ellos. ¡Qué irrespetuosos!”

Sheila E. No miró atrás. En vez de eso comenzó a olfatear el aire.

“Ese olor…”

“¿Qué?”

“Huele como a vomito. Pero si los ácidos estomacales están tan de


descompuestos, pero no fermentando… debe ser…” murmuró, después
empezó a correr a toda marcha, sus pies danzaban sobre las puntas de las rocas.

“¡Oye!” gritó Fugo.


“Esperenme en el pueblo ¡Debo ir a confirmar algo!” gritó, sin reducir
su paso. Un momento más tarde estaba fuera de la vista.

“¿Confirmar qué?”

“No sé.”

Murolo y Fugo la miraron irse, confundidos.

Los caminos en los pueblos sicilianos al pie del acantilado generalmente


son bastante estrechos. Ya que las colinas son empinadas, la gente aprovecha
la tierra sobre la que se puede construir, y hace el uso más eficiente de ella,
agrupando las casas. Muchos ‘caminos’ son demasiado pequeños para los
autos, tan pequeños que la gente apenas puede pasar sin rozarse los hombros.
De este modo, el espacio es motivo de lujo, y los muros de los edificios dan
directamente hacia el camino.

Si miras hacia el mar, tendrás una vista gloriosa, pero en todas las otras
direcciones el ambiente se pone claustrofóbico.

El contraste resulta una fuente de gran interés para los turistas, pero para
los residentes… bueno, tendrías que vivir ahí para saberlo.

Sheila E. se llegó a una calle como estas. La población que envejecía


había dejado esta área sin habitantes, un consejo intentaba decidir si las casas
abandonadas serían demolidas o preservadas por su valor histórico.

El pavimento estaba mojado por la lluvia. Ella se inclinó, mirando la


mancha. Se aproximó y la olfateó.

No la tocó, mantuvo los ojos abiertos. Con la guardia arriba, al tanto de


sus alrededores. Sin acercarse más de lo necesario a la mancha. La revisó una
y otra vez, entonces giró la cabeza.

“Un hombre… bebedor, pero que no consume drogas habitualmente.


¿No es miembro de la Squadra, entonces?”
Su sentido del olfato era tan bueno que podía decir si el vómito de
alguien había sido provocado bajo la influencia de Manic Depression. Este no
era un talento proporcionado por su Stand, sino algo con lo que había nacido.
Un sentido que había afinado corriendo por los bosques con su perro. Ese
perro había sido su mejor amigo, hasta el día en que unos matones locales lo
golpearon hasta la muerte, riendo mientras lo hacían. La ira que sentía
entonces jamás la abandonó. Esta era una de las principales razones por las
que detestaba a la humanidad. Una de las razones por la que juzgaba tan
rápido. Parte de ella seguía convencida de que bajo la superficie, todos eran
como los bastardos que habían matado a Toto. El asesinato de su hermana
solamente cementó ese estado mental; había poca oportunidad de cambiarlo
nuevamente.

“Pero la reacción es demasiado poderosa… demasiado violenta. No lo


ingirió como una droga.”

Mientras murmuraba, algo bizarro sucedía en la pared detrás de ella.

Se movió. La superficie plana y sólida… ondeó, como la superficie de


un estanque.

Las ondas se movían hacia ella, por la pared, y por el suelo, hacia sus
pies. Entonces algo salió del espacio entre las grietas del pavimento.

Una mano, tan delgada como una hoja de papel.

La mano sostenía una aguja, cuya punta estaba preparada para pinchar a
Sheila E. en la espalda.

Pero ella ya no estaba ahí.

Había saltado.

Como una cabra de la montaña, había pateado el suelo, aferrándose a la


pared con las puntas de sus dedos, y colgada como una araña.

La aplanada mano se dio cuenta de que había falladom y se ocultó.

“Ese era…”
Sheila E. tenía una buena ide de quién era su enemigo.

“Soft Machine… el poder para remover el grosor de todas las cosas. Se


supone que estás de nuestro lado, ¡Mario Zucchero!”

Mientras hablaba, sus ojos miraban de aquí para allá. Checando las
grietas en el pavimento, las cuarteaduras de la pared, cada espacio
microscópico donde Soft Machine pudiera ocultarse. Tenía que estar en
movimiento.

“Zucchero, te enviaron tras Volpe antes que nosotros… ¿nos


traicionaste? ¿O te llenaron de drogas, convirtiéndote en su marioneta?”

Sheila E. se alejó de la pared, moviéndose a espacio abierto, cerca del


pararrayos de un edificio.

Desde aquí ella tenía una buena vista del pueblo – de los estrechos y
torcidos caminos.

“Ya veo – Soft Machine es inútil en lugares abiertos, pero Taormina


está lleno de escondites. El campo de cacería perfecto.”

Sheila E. olfateó en aire, pero la esencia del vomito era muy fuerte,
ocultando la esencia del cuerpo de Zucchero. La lluvia estaba cubriendo su
esencia también.

Y cuando llueve, puede esconderse en el espacio entre el pavimento y el


agua. El clima ideal para él.

Estaba en problemas... su expresión denotaba otra cosa.

A decir verdad, la expresión era más bien de condescendencia

“¿Sabes quién soy Zucchero?” proclamó. “Trabajaste para un grupo en


Roma, así que debes haber oído el nombre de Sheila E. Soy una de los que
aplastaron la operación de apuestas de Milanze, dejando a Passione moverse
en su territorio… lo hice cuando apenas tenía diez años. Es por eso que me
promovieron a la guardia personal del jefe.”

No había reacción. Ella continuó hablando.


“La E. es por Erinni – las Furias. Ese nombre es en promesa para
mostrar piedad ante ningún enemigo. ¿Y bien, Zucchero? ¿Tienes las pelotas
para levantar tu mano contra mi nombre?”

No importaba cuanto lo provocara, Zucchero no respondía.

Había un reflejo en la esquina de una pared.

Sheila E. Entró en acción.

Voodoo Child arremetió hacia ella, estrellando su puño en el muro.

Pero había sido solo un escurrimiento de agua. Nada más. Aun así,
Sheila E. lanzó una ráfaga de golpes en todas direcciones. Los muros y es
suelo comenzaron a crujir, pero Zucchero no estaba por ninguna parte. Su
ráfaga continuaba.

“¡Erierierierierierierierierierierierierierierieri!”

Las vibraciones llegaron hasta donde Zucchero se ocultaba… pero a


menos que asestara un golpe directo, no importaba.

Todo lo que sentía era calor, como si se quemara desde dentro. La


sensación lo forzaba a permanecer aplanado. Atacaba a cualquiera que se
aproximara – se había convertido en una mina terrestre. Los instintos y
técnicas que había dominado escalando desde la miseria a una posición de
cierta influencia en la mafia reducida a respuestas reflejas. Un robot,
ejecutando un programa – no, menos que eso. Él era poco más que un sensor
que controla la apertura de una puerta.

Mezclado con los impactos estaba el sonido del murmuro de Sheila E.

“¡Zucchero, Zucchero, Zucchero…!”

Llamándolo por su nombre. Sonaba como loca, pero Zucchero estaba


más allá de distinguirlo.

Él simplemente se dirigió hacia la voz, intentando instintivamente de


ponerse detrás de ella. Su cuerpo recordaba la distancia justa para atacar. Sin
un razonamiento consciente, flotó hacia adelante y la aguja de Soft Machine
apuñaló su espalda…

O más bien apuñaló al aire.

El instinto de Zucchero había fallado. Privado de un objetivo claro, cayó


en pánico.

Sheila E. estaba ahí, pero no lo estaba.

Deslizo su cabeza aplanada fuera del espacio entre las piedras,


confirmando su incomprensible situación con sus propios ojos. Pero lo que vio
fue…

¿Labios? ¿Sólo… labios?

Las grietas que había hecho en el pavimento habían formado un par de


labios. Los labios estaban repitiendo su nombre.

El poder de Voodoo Child hacía resonar las palabras de Sheila E. Su


discurso no era para provocarlo o darse ánimos a ella misma, sino para tender
esta trampa.

Y un momento más tarde, esa trampa se cerró.

La grieta de la que se estaba asomando, y todas las grietas alrededor de


él, se transformaron en un par gigante de labios.

Los labios se abrieron, y dieron un mordisco.

El cuerpo plano como el papel de Zucchero fue apresado por los dientes,
como alguien que intenta abrir una bolsa de plástico. No se podía mover. Los
labios comenzaron a deslizarse por el suelo, estirándolo. Como un cazador
desollando un animal para hacer una alfombra.

“Creí que te estirarías más,” dijo Sheila E., caminando hacia él.

Ella había planeado todo esto – en el momento en que él se esfumó, ella


supuso que debía estar usando el sonido para navegar, y usó eso a su favor.
Siempre planeó capturarlo, no matarlo. Era una pista valiosa.
“Creía que te estirarías como goma de mascar, pero parece que no. Eres
plano, pero eso es todo.”

Los labios de Zucchero revolotearon, incapaces de hablar claramente.

“Oh, ¿no puedes hablar? No te preocupes. Sé leer labios. Di lo que sea


que necesites decir. ¿Qué? ‘Debo… debo…’ ¿Debo qué? Dilo claro.”

Tomó su cara con ambas manos, y la estiró, intentando darle forma. La


conducta de Zucchero no cambió en lo más mínimo. Sus labios seguían
repitiendo la misma cosa.

Sus labios apenas se movían, como si se dijera la misma idea a sí mismo


una y otra y otra vez. Sheila E. sólo pudo interpretar un poco.

“Um… ‘Debo ir, debo ir, debo ir, ir, ir…’ Debo ir… ¿o qué?” Antes de
que pudiera descifrarlo, su cuerpo se arrugó, y luego se rasgó.

Toda la sangre en sus venas salió volando, salpicando en todas


direcciones. Sus funciones corporales habían sido amplificadas tanto que sus
músculos no pudieron aguantar la fuerza de su propia presión sanguínea.

Sheila E. dio un salto atrás. El cuerpo de Zucchero se infló – al morir,


su Soft Machine ya no tenía efecto. Cada parte de su cuerpo había sido
destruida, con sus huesos convertidos en polvo, al punto que su cuerpo parecía
menos humano que una sábana húmeda enrollada.

“¡Por dios!”

Sheila E. hizo un gesto de desagrado. Zucchero no había sido


transformado en un títere – había sido asesinado. Su enemigo había sido
mucho más fuerte que él… pero eso significaba que…

“¡Mierda!”

Sheila E. se giró, y se fue corriendo de vuelta por donde había llegado.

¡Zucchero era un señuelo, para comprar tiempo!

Un señuelo para alejarla de Fugo y Murolo. El enemigo los había estado


esperando.
Stand: Voodoo Child
Usuario: Sheila Capezzuto (15)

Poder: B Velocidad: A Rango: E


Duración: E Precisión: B Potencial: B
Las drogas duran 2
semanas
Habilidad: Cuando golpea algo, a esa cosa le crecen labios, que repiten las
palabras dichas en secreto en la cercanía. Palabras cuyo dueño sabe que harán que
los demás que los desprecian tengan poder, apesadumbrando el ambiente a su
alrededor. Todos los humanos ocultan algo, y Voodoo Child puede adivinar lo que
eso. Una habilidad de rango corto, también puede golpear a la gente, creando labios
que cuentan los secretos más profundos de esa persona. Esto causa que la mayoría
muera de la impresión.