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TEMA 1

TRES CONSEJOS
PARA PROSPERAR
Base Bíblica: Salmo 1:1-6

Introducción
Prosperarte, es uno de los tantos planes que Dios tiene para ti. La prosperidad en la Biblia
se debe entender como el resultado de la suma de una iniciativa y una determinación. La
iniciativa es de Dios. Dios desea que todos sus hijos prosperen, es decir, que crezcan en
todas las áreas de su vida (familiar, económica, espiritual, intelectual, etc.) y sean muy
productivos.

La determinación es nuestra responsabilidad. ¿Determinarnos a qué? A obedecer las


instrucciones de Dios. En ese sentido, la obediencia es la clave para ser productivos en
todo lo que hagamos o emprendamos. Consideremos entonces tres consejos para ser
prósperos y productivos:

1. No imites las malas acciones


Todo aquel que hace lo malo, tarde o temprano pagará las consecuencias. David entendió
muy bien que imitar las malas acciones de otros es cerrarle la puerta a las bendiciones de
Dios, y abrirla a la destrucción. Es un desdichado quien lo hace. Reconozcamos que la
maldad es más contagiosa que la bondad. Todo aquel que se esfuerza por presentar a Dios
un corazón limpio y unas manos libres de toda especie de mal, será recompensado por
Dios en la tierra y tendrá la vida eterna.

Ahora bien, David tenía consejeros buenos que lo guiaban a la paz, pero seguramente
tenía otros que lo incitaban a la guerra y al odio. ¿Quiénes son tus modelos, amigos o
consejeros? Quieras o no, ellos influencian tus pensamientos y acciones. Tal vez debas
hacer una revisión exhaustiva de la lista de personas que influencian tu vida. Probable-
mente compruebes que, sin darte cuenta, estás haciendo lo mismo que ellos.

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2. Deléitate en la Palabra de Dios
Luego, el salmista agrega otro consejo: haz de la ley de Dios, tu delicia. Sabemos que la ley son
sus mandamientos. Fíjate en esto. Su consejo no fue leerlos. Tampoco considerarlos importan-
tes. Su consejo fue: deleitarse. ¿Te has deleitado alguna vez con un postre? Creo que todos lo
hemos hecho. Probamos un poco, luego queremos más y al final no queremos detenernos.
Así deben ser los mandamientos de Dios para nosotros. Dios, no puede “entender” la obedien-
cia separada del deleite, por una sencilla razón: ¿cómo te sientes cuando alguien hace algo
por ti sintiéndose presionado por las circunstancias y no porque en realidad quiere ayudarte?
Esos favores o acciones no se disfrutan tanto ¿verdad? Lo mismo ocurre en nuestra relación
con Dios. Una obediencia obligada pierde toda virtud. Nos convertimos en cristianos vacíos y
religiosos.

3. Medita en la Palabra de Dios


Finalmente, David aconseja meditar en la ley de Dios de día y de noche. No quiso decir que no
durmiéramos, tampoco que renunciáramos a nuestras actividades diarias. Lo que intentó
decir fue: siempre. Medita siempre. En toda ocasión. Sin importar donde te encuentres o qué
estés haciendo, jamás dejes de pensar en la ley de Dios. Trabajando, estudiando, cantando,
comiendo, hablando, jugando, viajando o haciendo cualquier actividad, en secreto o en públi-
co, piensa en lo que Dios demanda de ti.

David entendió que esa acción continua podía hacer la diferencia entre un insensato destrui-
do y un obediente próspero. Cuando tus pensamientos y acciones son custodiados por los
mandamientos de Dios, irremediablemente gozarás de un gran fruto: la prosperidad. Aquella
prosperidad no es otra cosa que la bendición de Dios en todo lo que hagamos en el marco de
su voluntad. La mejor manera de ser productivos, es cediendo primero al Señor, el gobierno
de nuestros pensamientos.

Conclusión
Además de la grandiosa (y no mejorable) intención de salvar tu alma, Dios quiere convertirte
en una persona próspera. Ahora que escuchaste los consejos de un hombre experimentado
como lo fue el rey David, ¿Qué esperas para poner en práctica estos principios?

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