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JOSÉ MARÍA GUELBENZU

El fantasy no es fácil de definir. Según señala Louis Vax en su magnífico Imágenes desencantadas,
editado en Taurus en 1980: “Todorov define lo fantástico como la duda experimentada por alguien
que no reconoce más que las leyes naturales y que de repente se ve frente a un acontecimiento en
apariencia sobrenatural. Si el personaje de ficción supera esta incertidumbre y sostiene que las leyes
de la naturaleza son suficientes para explicar el prodigio, entonces no nos encontramos ya ante lo
fantástico sino ante ‘lo siniestro’. En el supuesto de que las leyes naturales no puedan dar una
explicación del fenómeno, nos encontramos en el ámbito de ‘lo maravilloso”. Sin duda alguna el
fantasy es un ejercicio literario en el que la realidad se alía con la irrealidad para ofrecer una historia
maravillosa con final real pues en la realidad no hay encantamiento que valga y por ello se deben
cumplir sus reglas, pero la literatura puede permitirse incumplirlas. En nuestra época —dice Louis
Vax— existen imágenes procedentes de un imaginario mágico y religioso del mundo antiguo que
han germinado en la cultura europea siguiendo un proceso de secularización por medio de la
literatura. Por ahí aparecieron en Irlanda los textos de lo maravilloso de Lord Dunsany o las leyendas
reescritas por Yeats, un movimiento auspiciado por Lady Gregory. Por esos caminos se llega también
al fantasy.

Pero no todo lo fantástico es fantasy, pues Alicia, por ejemplo, encuentra una explicación a su
fantástica aventura. El desencantamiento se produce cuando se explica como un sueño: lo
fantástico se queda en lo literario. En el Manuscrito encontrado en Zaragoza, sus personajes
responden a la realidad. Sin embargo, ninguno de los dos pertenece al fantasy en sentido estricto.
La dificultad de definición del concepto es compleja, pero, en principio, éste procede de relatos
antiguos y leyendas que, al aplicarse a historias para niños y jóvenes, actualizan aquel mundo y le
dan la forma de relato de aventuras fantástico con toques de didactismo: es el caso de Edith Nesbit
o de George MacDonald. Es su momento de apogeo y de la pureza del género. Pero éste es tan
abierto que de él se aprovechan muchos autores; como C. S. Lewis, cuya influencia se aprecia sin
lugar a dudas en sus series de Narnia o P. L. Travers (Mary Pop-pins), quien sí puede acogerse con
todo derecho a la etiqueta fantasy.

Posteriormente, la obra de J. R. R. Tolkien (gran amigo de Lewis) deriva hacia lo fantástico cargado
de un simbolismo real e incluso moral, y ahí se abre la puerta a su adaptación al gusto moderno y
pierde (pero no disminuye en calidad e ingenio) el encanto que los victorianos le dieron sobre su
destino inicial: ser relatos educativos dirigidos a la imaginación de niños y adolescentes, que es lo
que define al fantasy como tal. Su secuela más laica y estrictamente realista podrían ser los libros
de Rich-mal Crompton y de Enid Blyton o los cuentos con animales humanizados, como los de
Beatrix Potter. La versión más moderna del género, completamente abierta ya, sería la saga
Crepúsculo, por ejemplo; o, recurriendo al mundo medieval, la serie Juego de tronos, perteneciente
a Canción de hielo y fuego; y, de vuelta a los magos y la magia, Harry Potter, el pastiche literario de
mayor éxito de los últimos tiempos.
Niños, desastres y un hada peluda

Edith Nesbit pertenece a la aristocracia del género. Nació en 1858 y murió en 1924. En su vida estuvo
dedicada al activismo político y a la literatura y no perdonó género (terror, novela, poesía, teatro y
reseñas). Pero su obra fundamental son los casi 60 libros para niños y adolescentes. Ella es la
verdadera fuente de la que bebió el fantasy.

Cinco chicos y eso transcurre durante las vacaciones de cinco hermanos que se quedan solos en la
casa acompañados de la cuidadora, Martha, al mando de la Casa Blanca hasta el regreso de sus
padres. Una mañana se dirigen a una gravera junto a la que hay una gran extensión de arena. Allí se
ponen a excavar con la intención de llegar hasta Australia cuando, para su sorpresa, se encuentran
con un ser rechoncho y peludo con ojos de caracol y alas de murciélago, ojos de serpiente y manos
y pies como los de un mono: es un Psammead, un hada de la arena, que posee la cualidad de
conceder deseos.

Excuso decir lo que puede salir de este encuentro; sólo adelantaré que da ocasión a las más
desastrosas e hilarantes consecuencias que cabe imaginar. Con exquisito ingenio y sentido del
humor, la autora va relatando, uno tras otro, los deseos pedidos y sus disparatados resultados, que
finalizan con el retorno de los padres. El libro tiene todo el encanto de los cuentos de hadas
victorianos sin perder la imaginativa realidad de los niños.

El volumen viene ilustrado, como era de rigor en la época, por uno de los mejores, el escocés H. R.
Millar, lo que acentúa aún más el encanto del libro. La traducción responde estilísticamente salvo la
tentación que asaltó a la traductora de poner al día expresiones coloquiales. Nadie puede creer que
estos niños posvictorianos digan cosas como: papeo, profe, como si no hubiera un mañana, flipante,
tontolaba o liarla parda. ¿Se imagina el lector a Guillermo Brown diciendo “mola mazo” en vez de
un tradicional “córcholis”? No sólo no aportan nada sino que, además, descolocan el escenario.
Peccata minuta, sí, pero fastidiosa.