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20/07/2018 11:06:14 a. m.

Higiene Mental
Si, de pronto, alguien nos preguntara: “¿Qué es lo
real?”, primero nos sentiríamos un tanto perplejos;
después, le mostraríamos con total seguridad lo que
tuviéramos a mano a modo de contestación. Pero la
pregunta va más allá de nuestra visión natural, es
una pregunta que requiere algún sentido perceptivo
más de los cinco que siempre hemos considerado.

La realidad debe ser algo que subyace y da sentido a


lo real. Está debajo de las cosas, siendo ellas, pero
sin reducirse a ellas. La realidad aparente se nos
aparece primeramente como lo más próximo a
nosotros. Lo que esta lejano se hace real cuando se
acerca y se convierte, de alguna manera, en
cotidiano. Quizá sea ésta la primera experiencia que
tenemos de la realidad como las cosas que nos
rodean. Un numerosísimo grupo de personas creen
hasta el final de sus días que esa es la única
realidad.

Hay un segundo momento en el que captamos a los


otros como presencias en persona. Sucede así
cuando el otro se desliza en mi mundo y me mira:
¿Qué es ese objeto inquietante en virtud del cual yo
cobro otra dimensión diferente ante mí mismo, de
tal manera que “me veo porque me ve”?” (Sartre)

¿Cuál es la razón por la que los seres humanos nos


hacemos este tipo de preguntas sobre la realidad?
¿No es suficiente con lo que se llama la visión natural
del mundo? ¿La realidad es algo en sí misma o sólo
nuestra percepción?

Puede que todo provenga de la interna búsqueda de


la verdad. Pero, no hay un sendero hacia la verdad,
ella debe llegar a uno. No hay dos verdades. La
verdad no es del pasado ni del presente, es
intemporal; y el hombre que se acoge a cualquier
doctrina y cita la verdad de Buda, de Mahoma, o de
Cristo, o aquel que comulga y se identifica sin una
búsqueda interior propia con los escritos de esta
página, no encontrará la verdad. La repetición es una
mentira.

El ser humano no puede acercarse a la verdad a


través de ninguna organización, ningún credo,
sacerdote, o ritual, ni a través de alguna técnica
filosófica. Tiene que encontrarla a través del espejo
de las relaciones, a través de los contenidos de su
propia mente, de la observación, y no a través del
análisis intelectual o la disección introspectiva. El
hombre ha construido en sí mismo imágenes
(religiosas, políticas, personales) como una valla de
seguridad. Estas se manifiestan como símbolos,
ideas, creencias. La carga de estas imágenes domina
el pensamiento del hombre, sus relaciones y su vida
diaria. Estas imágenes son la causa de nuestros
problemas pues dividen a los seres humanos.

La verdad no puede ser acumulada. Lo que se


acumula es siempre destruido; se marchita. La
verdad no puede marchitarse jamás, porque sólo
podemos dar con ella de instante en instante, en
cada pensamiento, en cada relación, en cada palabra,
en cada gesto, en una sonrisa, en las lágrimas. La
verdad no tiene morada fija, la verdad no es
continua, no tiene lugar permanente. Es siempre
nueva; por lo tanto es intemporal. Lo que fue verdad
ayer no es verdad hoy, lo que es verdad hoy no será
verdad mañana. La verdad está en enfrentarse de un
modo nuevo a la vida. ¿Puede la verdad ser hallada en
un medio particular, en un clima especial, entre
determinadas personas? ¿Está aquí y no allá? ¿Es tal
persona la que nos guía hacia la verdad, y no otra?
¿Existe, acaso, guía alguno? Cuando la verdad es
buscada, lo que encontramos sólo puede provenir de
la ignorancia, porque la búsqueda misma nace de la
ignorancia.

Conoce la verdad sólo aquel que no busca, que no


lucha, que no trata de obtener un resultado. No se
puede buscar una verdad absoluta, ya que la verdad
no tiene continuidad. Uno no puede buscar la
realidad, “uno” debe cesar para que la realidad sea.

LA EMPATÍA

La empatía
es una destreza básica de la
comunicación interpersonal, ella
permite un entendimiento sólido entre
dos personas, en consecuencia, la
empatía es fundamental para
comprender en profundidad el mensaje
del otro y así establecer un dialogo.
Esta habilidad de inferir los
pensamientos y sentimientos de otros,
genera sentimientos de simpatía,
comprensión y ternura.

Uno de los elementos clave que forma


la inteligencia emocional, es la empatía,
la cual pertenece al dominio
interpersonal. La empatía es el rasgo
característico de las relaciones
interpersonales exitosas.
Pero, ¿a qué nos referimos cuando
hablamos de empatía? La empatía no es
otra cosa que “la habilidad para estar
conscientes de, reconocer, comprender
y apreciar los sentimientos de los
demás". En otras palabras, el ser
empáticos es el ser capaces de “leer”
emocionalmente a las personas.

Es sin duda una habilidad que, empleada


con acierto, facilita el desenvolvimiento
y progreso de todo tipo de relación
entre dos o más personas. Así como la
autoconciencia emocional es un
elemento importantísimo en la
potenciación de las habilidades
intrapersonales de la inteligencia
emocional, la empatía viene a ser algo
así como nuestra conciencia social, pues
a través de ella se pueden apreciar los
sentimientos y necesidades de los
demás, dando pie a la calidez emocional,
el compromiso, el afecto y la
sensibilidad.

Si por un lado, un déficit en nuestra


capacidad de autoconciencia emocional
nos lleva a ser vistos como analfabetos
emocionales (ignorantes del
reconocimiento de las propias
emociones), una insuficiencia en
nuestra habilidad empática es el
resultado de una sordera emocional,
pues a partir de ello, no tardan en
evidenciarse fallas en nuestra
capacidad para interpretar
adecuadamente las necesidades de los
demás, aquéllas que subyacen a los
sentimientos expresos de las personas.
Por ello la empatía es algo así como
nuestro radar social, el cual nos
permite navegar con acierto en el
propio mar de nuestras relaciones. Si
no le prestamos atención, con
seguridad equivocaremos en rumbo y
difícilmente arribaremos a buen
puerto. Revisemos ahora con
detenimiento en qué nos es útil.

N
o es raro que se crea comprender al
otro sólo en base a lo que notamos
superficialmente. Pero lo peor puede
venir al confrontar su posición con la
nuestra y no “ver” más allá de nuestra
propia perspectiva y de lo
aparentemente “evidente”.

Debemos saber que nuestras relaciones


se basan no sólo en contenidos
manifiestos verbalmente, sino que
existen muchísimos otros mecanismos
llenos de significados, que siempre
están ahí y de los que no siempre
sabemos sacar partido. La postura, el
tono o intensidad de voz, la mirada, un
gesto e incluso el silencio mismo, todos
son portadores de gran información,
que siempre está a nuestra disposición,
para ser descodificada y darle la
interpretación apropiada. De hecho, no
podemos leer las mentes, pero sí
existen muchas sutiles señales, a veces
“invisibles” en apariencia, las cuales
debemos aprender a “leer”.
Un individuo empático puede ser
descrito como una persona habilidosa
en leer las situaciones mientras tienen
lugar, ajustándose a las mismas
conforme éstas lo requieran; al saber
que una situación no es estática, sacan
provecho de la retroalimentación, toda
vez que saben que el ignorar las
distintas señales que reciben puede ser
perjudicial en su relación. Es también
alguien que cuenta con una buena
capacidad de escucha, diestra en leer
“pistas” no verbales; sabe cuando
hablar y cuando no, todo lo cual le
facilita el camino para regular de
manera constructiva las emociones de
los demás , beneficiando así sus
relaciones interpersonales.

El proceder con empatía no significa


estar de acuerdo con el otro. No
implica dejar de lado las propias
convicciones y asumir como propias la
del otro. Es más, se puede estar en
completo desacuerdo con alguien, sin
por ello dejar de ser empáticos y
respetar su posición, aceptando como
legítimas sus propias motivaciones.

A través de la lectura de las


necesidades de los demás, podemos
reajustar nuestro actuar y siempre que
procedamos con sincero interés ello
repercutirá en beneficio de nuestras
relaciones personales. Pero ello es algo
a lo que debemos estar atentos en todo
momento, pues lo que funciona con una
persona no funciona necesariamente
con otra, o es más, lo que en un
momento funciona con una persona
puede no servir en otro con la misma.

Mahatma Gandhi sostenía lo siguiente


“las tres cuartas partes de las miserias
y malos entendidos en el mundo
terminarían si las personas se pusieran
en los zapatos de sus adversarios y
entendieran su punto de vista”; en
coherencia con ello, él decidió no
proceder con violencia en su propósito
por lograr la independencia de su país,
y contra todo pronóstico la “resistencia
pacífica” que propulsó fue el arma
decisiva en la consecución de la ansiada
liberación de su patria, la India.

Ciertamente no tenemos que ser como


Gandhi para darnos cuenta que existen
sutiles “armas” que podemos usar en
beneficio propio y de los demás, que no
son para destruir sino para hacer
florecer relaciones provechosas en
aras de nuestro crecimiento como
seres humanos. Finalmente, no es
exagerado sostener que las bases de la
moralidad (que siempre es la interior)
deben hallarse en la empatía, en la cual
a su vez (al ser llevada con integridad)
está la raíz del altruismo.
LA INTELIGENCIA

En otro espacio
hemos hecho el elogio de la fuerza de la voluntad y
hemos insistido en la idea de que el hombre puede
trazarse a sí mismo una dirección y laborar
conscientemente sobre su propia felicidad. Para ello
basta querer. Pero ¿qué es lo que debe querer y
cómo debe querer? ¿Cuál es el camino que debe
elegir? A esta pregunta esencial responde el
Conocimiento, la Inteligencia, fruto sublime y eterno
del árbol de la humanidad, madurado a la
bienhechora luz de la razón. Extraviada entre sus
ensueños, la imaginación corre desbocada locamente,
y si la razón no acude presurosa a socorrerla, la
voluntad se abisma en un fondo vacío y sin límites.

La tarea más elevada, sin duda, de la higiene mental,


es explicar el poder, la educación sobre las fuerzas
obscuras de la naturaleza física, y mostrar la
saludable influencia que en la salud del individuo y de
las multitudes ejerce la cultura intelectual.

Para el filósofo que se ocupa en investigar la ciencia


íntima del hombre, seguramente no hallará otro
fenómeno tan notable como el poder que tiene la
idea abstracta de obrar sobre el organismo físico
por medio de lo que puede llamarse “sentimiento
intelectual”. Es una prerrogativa distintiva del
hombre el que en él las ideas puedan hacer nacer
sentimientos, y el que, por medio de estos
sentimientos intelectuales, el espíritu influye sobre
el cuerpo, así como el cuerpo influye sobre el
espíritu por medio de los sentimientos materiales
propiamente dichos. Los seres inferiores al hombre
no piensan lo que sienten; las inteligencias puras
piensan y no sienten. Sólo en el hombre existe entre
el cuerpo y el alma una conexión que se expresa por
medio del sentimiento intelectual. El que una vez ha
dado a su espíritu esta saludable dirección, siente la
influencia de la idea en todo su ser.

Quien en sus investigaciones psicológicas se haya


acostumbrado a considerar el hombre como un ser
indivisible, comprenderá fácilmente nuestro modo de
ver. Pero no así el que mire el espíritu y el cuerpo
como dos fuerzas antagónicas, ni el que admita la
opinión, bastante generalizada, de que todo goce de
la naturaleza física es un atentado a la naturaleza
superior, y de que no se puede cultivar el espíritu sin
detrimento del cuerpo. Verdaderamente es ésta una
opinión bien triste y desconsoladora, que no deja a
los pobres mortales más que la angustiosa opción
entre dos sacrificios inevitables. Al parecer, esa
opinión, la justifica el ver tantos sabios
desmedrados y tantos ignorantes rollizos, tantos
hombres del campo sanos y robustos, y tantos
hombres de ciudad débiles y enfermizos.

Es preciso, por lo tanto, poner en claro lo que se


entiende por cultura intelectual. Tal sabio, tal
erudito, ha dedicado quizá la mitad o más de su vida
al estudio de la geometría, pero, entregado por
entero a esta ciencia, ha olvidado la ciencia del vivir;
tal otro se ha abismado en las profundidades de la
historia, y no se ha preocupado del mundo actual o
de su historia propia. Ambos han obrado
imperfectamente. La sana cultura del espíritu es el
desarrollo armónico de nuestras fuerzas, y esta
cultura es la única que puede hacernos buenos,
felices y sanos. Ella nos enseña cómo debe obrar
cada cual según sus aptitudes; ella nos enseña a
conocer nuestras fuerzas y debilidades,
ejercitándolas o corrigiéndolas, y ella, fatalmente,
nos hace subordinar, sin destruirlas, la imaginación
de la infancia y la voluntad de la juventud a la
inteligencia y el discernimiento de la edad madura.
Esta es, pues, en higiene mental, la parte que
directamente habla con la sólida madurez en la edad
viril.

La voluntad y el sentimiento, y, por consiguiente, la


alegría y la tristeza, dependen del punto de vista
desde el cual contemplamos el mundo y nos
contemplamos a nosotros mismos. Este punto de
vista se determina por la cultura de nuestro espíritu.
Cada cual encuentra en sí mismo o consuelo o
desaliento; cada cual lleva consigo o el paraíso o el
infierno. Si nuestra mente está límpida, límpido se
nos aparecerá cuanto nos rodea. Nuestras ideas
influyen soberanamente sobre nuestro humor, e
igualmente obran sobre nuestro bienestar.

Una convicción fuerte y razonada por el


discernimiento se convierte en el individuo que la
posee, como una parte integrante de su persona.
Para el hombre fatigado es un apoyo; un sedante
para el que sufre, y un escudo para el que se
encuentra satisfecho. Representaos al mundo en su
conjunto y en su encadenamiento, y os
tranquilizaréis; no perdáis de vista el objetivo final,
y los males pasajeros os parecerán más leves y
soportables. No solicitéis los aplausos de los
hombres, y os será fácil prescindir de ellos.

El egoísta es más sensible que nadie a los ataques de


la adversidad, porque permanece encerrado en un
círculo estrechísimo, su egoísmo es su propio
verdugo. Es necesario, pues, ensanchar el círculo de
nuestros sentimientos y de nuestras ideas, entrever
horizontes más dilatados. Es preciso comprender
que la vida no es un regalo de los dioses, sino más
bien una misión que hemos de desempeñar, y que si
nos confiere derechos, también nos impone deberes.

Puesto que la causa principal de un estado enfermizo


es la atención exagerada que se presta a todo lo
concerniente al cuerpo, resulta que el mejor remedio
que se puede oponer a ese mal consiste en las altas
concepciones del espíritu, que le apartan de las
preocupaciones materiales. Da lástima ver a esos
hombres que se ocupan de una manera minuciosa e
incesante de su existencia física, sin darse cuenta
de que la minan lentamente con su continua
inquietud. Esas gentes se mueren por demasiadas
ganas de vivir. Y ¿por qué? Pues porque les falta la
cultura del espíritu, que es la única capaz de hacer
que el hombre domine esa debilidad, dando libre
carrera a la mejor parte de su ser, y confiándole un
poder real sobre la materia.

No hablemos ya de los memorables ejemplos que nos


suministra el estoicismo, pues en ellos vemos más
bien el efecto de la voluntad del individuo que de la
doctrina. Y ¿quién ha colmado la medida de la
existencia otorgada al hombre sobre la tierra, sino
los espíritus elevados, consagrados con ardor a las
ideas más sublimes, desde Pitágoras hasta Goethe?
Contemplar serenamente el conjunto de las cosas es
una condición necesaria de la salud, y sólo la
inteligencia de la mano del discernimiento puede dar
al hombre esta serenidad indispensable. El gran
pensador que más profundamente ha penetrado en el
fondo del alma, y que por su contemplación serena ha
sabido prolongar su vida, ha dicho lo siguiente: “La
serenidad no puede pecar por exceso, porque
siempre está del lado del bien; la tristeza, al
contrario, puede pecar por exceso, porque está del
lado del mal.”

La felicidad no es más que una idea y, por lo mismo,


no puede residir sino en el espíritu. Y creed que esto
no es un sencillo juego de palabras, sino una verdad
(de las muchas que hay y debemos encontrar en el
camino) profundamente meditada. Y lo confirman
todos los que han podido comparar el sentimiento de
un bienestar puramente material con los goces
inefables del discernimiento.

El resultado más importante de una acertada cultura


intelectual es el CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO.
Tal es el sentido de la célebre inscripción del templo
de Delfos. Todo ser humano posee una suma
determinada de fuerzas que se mueven en un círculo
trazado de antemano, en un estadio entrevidas
físicas. La salud, la tranquilidad y el bienestar
consisten en el justo equilibrio de esas fuerzas.

El egoísmo es un agente destructor del equilibrio de


esas fuerzas bienhechoras. El egoísta podrá, por su
inteligencia o su audacia, realizar con éxito sus
especulaciones mercantiles, amasar una fortuna,
pero no conseguirá esa paz interior, esa satisfacción
saludable y ese placer que sólo pueden proporcionar
una conciencia límpida y una mente iluminada por la
luz de una idealidad elevada y generosa.

Siempre estamos a tiempo de abrir el espíritu a las


ideas nobles y generosas, de quitarnos las vendas
que cubren nuestros ojos, de rasgar el velo que
amortaja nuestro corazón; en una palabra, de
iluminar el espíritu.

LA SABIDURÍA
La gran protagonista
de la evolución es la experiencia. A través de ella las
especies aprenden, desarrollan el instinto y avanzan.

El hombre posee una cualidad única que le aventaja


sobre las demás criaturas: el lenguaje -hablado y
escrito- que le permite transmitir sus experiencias y
recibir información de otros.

El cerebro humano ha desarrollado mecanismos


capaces de procesar, memorizar y reproducir
información. Esta habilidad ha contribuido
grandemente a la evolución de nuestra raza y ha
acelerado el sistema de aprendizaje, pero...
Sólo se sabe lo que se experimenta. La información
no es más que un sistema de referencias que sólo
puede resultar de gran ayuda en el análisis y
asimilación de nuestras propias vivencias, pero que
no es, en sí mismo, una fuente de sabiduría.

Esto parece ignorarlo el sistema de educación


occidental que atesta de información al individuo y
sólo considera aventajado a quien es capaz de
almacenar y reproducir más datos. Corremos el
riesgo de descuidar el cultivo de las facultades
superiores de la mente, al potenciar excesivamente
los mecanismos automáticos cerebrales que realizan
funciones semejantes a las de los procesadores.

Por otra parte, aceptar como verdad última la


información recibida es el paso definitivo para la
robotización del ser humano. Y no deja de ser
irónico que esto ocurra bajo el señuelo de la
libertad. El mundo está plagado de ingenuos que
creen que nadan en un océano de libertad sólo
porque se les otorga el derecho a tomar pequeñas
opciones, mientras se les condiciona culturalmente
desde la infancia por medio de la información.
La información es útil cuando el individuo puede
filtrarla con ayuda de la discriminación y
metabolizarla con la propia experiencia. En todos los
demás casos constituye una programación, un lavado
de cerebro. La persona informada, como las
computadoras de la quinta generación, parece muy
inteligente, pero no lo es. En cambio, sí resulta útil al
cumplir fielmente las funciones para las que ha sido
programada.

Mientras no haya una individualidad soberana que


utilice inteligentemente la información en lugar de
mimetizarse con ella, el hombre no será libre por
más que muchos proclamen la libertad como bandera.
Creérselo forma parte del programa.

Hay campos en los que la información transmite el


conocimiento práctico acumulado por la especie y es
extraordinariamente útil. Pero hay otros, que la
mente tiende a aceptar con la misma reverencia casi
religiosa, en los que la información no es más que la
interpretación subjetiva de la experiencia de otra
persona. Aquí es donde la discriminación ha de
intervenir de manera implacable.
La sabiduría es la esencia que las facultades
superiores de la mente liban en cada experiencia,
mientras que la información es el relato de esa
vivencia. Sin experiencia no hay auténtico
conocimiento, y sin éste no hay libertad posible.

Aforismos.

· La verdadera sabiduría consiste en unir lo que es


bueno con lo que es mejor. En separar lo que es
bueno de lo que es malo, pero sabiendo que el mal
siempre tiene dos caras.

· El sabio no ignora que cualquier parte del Universo,


por infinitesimal que sea, sabe todo lo que ocurre en
el resto del Universo, y que todo el resto del
Universo sabe lo que ocurre allí.

· Sabe el sabio que es fácil imponer la ley por la


fuerza. Y que es difícil propagarla con el ejemplo.

· La meditación profunda, la plegaria espontánea, el


reposo solitario, la alimentación sencilla y el
movimiento mesurado, mantienen el espíritu, el alma
y el cuerpo del sabio.

· Aquel que reconoce su ignorancia, su impotencia y


sus faltas, está empezando a caminar por el sendero
de la sabiduría.

· Es sabio aquel que llega a ser lo que Es.

· El sabio ilumina y vivifica todo lo que se le acerca.

· El sabio muere a sí mismo y nace en el creador. Muy


pocos conocen esto.

· Sabe el sabio que uno puede entenderse con los


demás sin hablar. Y que podemos perder a nuestro
mejor amigo pronunciando una sola palabra.

· Sabe el sabio que el mundo actual ni es bueno ni


malo, ni real ni ilusorio. Sabe que está formado por
una porción de luz divina fraccionada al infinito en
las tinieblas del No-Ser.

· Sabe el sabio que lo que es muy complicado -como


muchas doctrinas o filosofías- esconde casi siempre
la mentira. Lo que parece muy sencillo, encierra a
menudo una verdad sublime.
· Sólo aquel que ha recorrido la senda de la sabiduría
puede indicar el camino, pero son pocos los que le
escuchan y le creen.

· La humildad y el amor son el adorno de la sabiduría.

· Ninguna religión -esto lo sabe muy bien el sabio-


tiene el monopolio del Creador, ya que él es Único y
ellas son diversas. Sabe el sabio que la esencia de
todas es la misma, cuando ellas enseñan el Amor y
viven el Amor, pues de lo contrario no son sino
cuentos.

EL PENSAMIENTO
Nos damos cuenta de
que estamos condicionados. El analizar, el pensar
sobre un problema es ejercer la fuerza para romper
con algo.

Limitémonos a ver el problema, no preguntemos cuál


es la respuesta, la solución. El hecho es que estamos
condicionados y que todo pensar destinado a
comprender este condicionamiento será siempre
parcial; por lo tanto, jamás hay una comprensión
total. Y sólo en la comprensión total del proceso
íntegro del pensar hay libertad. La dificultad está en
que siempre estamos funcionando dentro del campo
de lamente, del pensamiento y, vemos que siempre es
parcial.

Para liberar la mente de todo condicionamiento,


debemos ver la totalidad de éste sin que intervenga
el pensar. Esto es ser libre con respecto al "yo".

***

El pensamiento es una fuerza vital; es la fuerza más


viva, sutil e irresistible que existe en el universo.

El pensamiento es una gran fuerza, es una fuerza


dinámica. Lo producen las vibraciones del Prana
físico, en la sustancia mental. Es una fuerza como la
gravedad, la atracción o la repulsión.

Estás rodeado por un océano de pensamiento. Estás


flotando en el océano del pensamiento. Estás
absorbiendo determinados pensamientos y
rechazando otros en el mundo del pensamiento. El
mundo del pensamiento es relativamente más real
que este universo físico.

Los pensamientos son cosas vivas. Cada cambio de


pensamiento va acompañado de una vibración en su
materia mental.
Cada pensamiento tiene un nombre y una forma
determinados. La forma es el estado más grueso, y
el nombre el más fino, de una fuerza única que se
manifiesta llamada pensamiento.

El pensamiento es materia sutil

El pensamiento es materia sutil. El pensamiento es


una cosa tangible como un pedazo de piedra. El
pensamiento tiene forma, medidas, contornos, color,
cualidad, sustancia, fuerza y peso. Un pensamiento
espiritual es de color amarillo, un pensamiento
cargado de ira y de odio es de color rojo oscuro; un
pensamiento egoísta es de color marrón, etcétera.

Puede que tú mueras, pero tus pensamientos no


pueden morir nunca. Los pensamientos poderosos de
los grandes sabios de antaño se conservan aún en los
registros akásicos o etéreos. Los perceptivos que
tienen visión clarividente pueden percibir estas
imágenes de los pensamientos y leerlas.

Quien tiene pensamientos puros habla


poderosamente y produce una impresión profunda en
las mentes de quienes le escuchan. Influye en
millares de personas por medio de sus pensamientos
puros. Un pensamiento puro es más agudo que el filo
de una cuchilla.

El pensamiento construye el carácter

Cada pensamiento tuyo tiene para ti un valor literal


en todos los aspectos. La fortaleza de tu cuerpo y la
de tu mente, tu éxito en la vida y el placer que
produzca a los demás tu compañía, dependen de la
naturaleza y calidad de tus pensamientos. Debes
conocer las culturas del pensamiento, que es una
ciencia exacta.

El hombre es creado por el pensamiento. En lo que el


hombre piensa, en ello se convierte. Piensa que eres
fuerte, y fuerte te volverás. Piensa que eres débil y
te volverás débil. Piensa que eres necio y te
convertirás en necio. El hombre forma su propio
carácter, convirtiéndose en lo que piensa. Si meditas
sobre el coraje, instaurarás éste en tu carácter. E
igual ocurre con la pureza, la paciencia, el no-
egoísmo y el autocontrol. Si piensas noblemente,
construirás para ti gradualmente un carácter noble.
Pero si piensas de una forma baja, formarás un
carácter mezquino. Puedes construir tu carácter
igual que un albañil construye un muro obrando con y
por medio de la ley.

La mente tiene un gran poder de atracción. Estás


continuamente atrayendo hacia ti, tanto el lado
visible como el invisible de las fuerzas vitales,
pensamientos, influencias y condiciones similares a
las de tus propios pensamientos. Lleva contigo
cualquier tipo de pensamiento que te guste y, en
tanto que lo retengas, no importa que vayas de un
lado para otro por mar o por tierra, atraerás
incesantemente hacia ti, advirtiéndolo o no, exacta y
únicamente lo que corresponda a la cualidad
predominante en tu propio pensamiento.

Un buen pensamiento es triplemente beneficioso.


Primero beneficia a quien lo piensa, mejorando su
cuerpo mental. En segundo lugar, beneficia a la
persona en la cual se piensa. Y, finalmente, beneficia
a toda la humanidad, mejorando la atmósfera mental
general.

Por el contrario, un pensamiento negativo es


triplemente perjudicial. En primer lugar, daña a
quien lo piensa, dañando su cuerpo mental. En
segundo lugar, daña a la persona que es su objetivo.
Y, por último, daña a toda la humanidad, viciando
toda la atmósfera mental.

Los pensamientos llevan a la acción. Los malos


pensamientos producen malas acciones. Los buenos
pensamientos generan buenas acciones. Los
pensamientos son fuente de todas las acciones. El
pensamiento es el verdadero Karma. Pensar
constituye la verdadera acción. Si puedes
desarraigar todos los malos pensamientos desde el
principio, no cometerás ninguna acción reprobable. Si
puedes cortarlos en cuanto broten, te librarás de las
desgracias y aflicciones de este mundo. Observa tus
pensamientos con vigilancia e introspección.

La erradicación de pensamientos negativos

Primero penetra en la mente un mal pensamiento.


Entonces cultivas una imaginación fuerte. Te
deleitas dando vueltas a ese mal pensamiento,
consintiendo que permanezca en tu mente. El
pensamiento negativo, al no ser resistido, va
gradualmente fijándose en tu mente, hasta ser muy
difícil de expulsar.
Los pensamientos ganan fuerza por medio de su
repetición. Si cultivas en una ocasión un pensamiento
bueno o malo, ese pensamiento tendrá una cierta
tendencia a regresar de nuevo.

Los pensamientos similares se agrupan, lo mismo que


los pájaros de la misma especie forman una bandada.
Si cultivas un solo pensamiento negativo, se
agruparán en ti todo tipo de malos pensamientos y te
harán caer. Mientras que si cultivas cualquier
pensamiento bueno, se reunirán en ti todo tipo de
pensamientos buenos y te elevarán.

Controla tus pensamientos. Del mismo modo que


conservas sólo las frutas buenas de la cesta,
desechando las malas, conserva únicamente los
pensamientos buenos en tu mente, rechazando los
malos. Extirpa la codicia, la avaricia, el egoísmo.
Cultiva únicamente pensamientos puros. Aunque ésta
sea una tarea difícil, tendrás que practicarla. Donde
no hay esfuerzo no hay ganancia.

Los pensamientos son como las olas del océano. Son


incontables. Puedes desesperarte al principio, pues
puede que algunos se desvanezcan, mientras que
otros se derramarán como una corriente poderosa.
Los mismos viejos pensamientos que fueron en una
ocasión suprimidos, pueden volver a mostrar su cara
después de algún tiempo. Nunca des lugar al
desaliento durante tu práctica. La fortaleza
espiritual interna se manifestará en ti gradualmente.
Podrás sentirla y triunfarás al final. Todos los sabios
de antaño tuvieron que afrontar las mismas
dificultades que tú experimentaras ahora.

Date cuenta por ti mismo de las graves y funestas


consecuencias de los malos pensamientos. Eso te
pondrá en guardia cuando éstos te asalten. En el
momento que aparezcan, esfuérzate por distraer tu
mente con algún otro objeto, con pensamientos
positivos, la meditación o un mantra. El deseo
sincero de expulsar los malos pensamientos te
mantendrá siempre alerta. Tanto es así, que incluso
si te asaltan en el sueño, te despertarás de
inmediato.

Vigila tu mente a cada minuto. Llena tu mente de


pensamientos sublimes y date tiempo para que ellos
entre en ti.

El pensamiento claro
La mayoría de personas no saben lo que es el
pensamiento profundo. Sus pensamientos se mueven
alborotados. Hay mucha confusión a veces en su
mente. Sus imágenes mentales están muy
distorsionadas.

Los pensadores no abundan en este mundo. El


pensamiento es superficial en la gran mayoría de las
personas. El pensamiento profundo requiere de una
práctica intensa. El hombre que dice la verdad y que
tiene pureza moral, alberga siempre pensamientos
poderosos. Quien ha controlado la ira por medio de
una práctica prolongada, tiene un gran poder de
pensamiento.

Cuantos menos pensamientos hay, mayor es la paz.


Cuantos menos deseos se tienen, menos son los
pensamientos. Recuérdalo siempre.

Una persona adinerada, que está dedicada a


especular en una gran ciudad y que tiene un elevado
número de pensamientos, tiene una mente intranquila
a pesar de sus comodidades. Mientras que un
peregrino, que practica en control de pensamiento,
es muy feliz a pesar de su pobreza.
A través de una práctica constante e intensa,
puedes aquietar tus olas mentales y quedar libre de
pensamiento. El hombre sereno sin olas en su mente
ayuda más al mundo que el hombre que habla desde
una tribuna. La gente ordinaria difícilmente puede
entender esto. Cuando estás sereno, penetras e
impregnas realmente cada átomo del universo,
purificando y elevando al mundo entero. Intenta que
tu mente sea un océano tranquilo, sin olas de
pensamientos en tu mente.

Aforismos:

· En el acto de pensar está implicado todo el hombre,


pero sobre todo el cerebro. Pensarás con más
claridad y rigor cuanto más sano esté tu cuerpo
físico y más fuerte y en equilibrio tu cuerpo de
energía vital que lo interpenetra.

· Una mente flexible y abierta es una mente


entrenada. Una mente rígida es una fuente de
sufrimiento para ti mismo y un peligro para los
demás.

· Comprueba con frecuencia si esa opinión que emites


es fruto de tu propio pensamiento o del pensamiento
de otros. Has de aprender a pensar por tu cuenta,
sin temor a equivocarte; de los errores también se
aprende.

· Para pensar necesitas relacionar datos. Has de


poseer un criterio claro para seleccionar la
información fidedigna e introducirla en tu memoria.
Tus decisiones serán mucho más certeras.

· Un pensamiento vivo, trabajado y sentido, es


fuente de ideas propias. Con un pensamiento
puramente intelectual, muerto, no pasarás de ser un
almacén de ideas ajenas.

· La opinión pública no es sino la opinión de unos


cuantos, que los demás aceptan.

· Atribuir un gran valor a la opinión de los hombres


es, por lo general, dispensarles demasiado honor.

· Se debe pensar lo justo. Quien piensa en exceso no


vive, se desvive. A quien no piensa le manejan.

· El que piensa en exceso no actúa, no se mueve. El


que piensa demasiado poco es temerario. El valiente
piensa lo justo.

· El pensamiento consciente no es una actividad


espontánea más que en los pensadores de profesión.
Esfuérzate en dedicar cada día un tiempo para
pensar. No elijas al comienzo algo complicado. Pensar
en algo así como en un alfiler, puede ser bueno para
empezar.

· ¿Has pensado si tienes tiempo para pensar?

· Un mal pensamiento es ya un castigo.

· Párate a pensar y procura averiguar si gran parte


de tu modo actual de pensar no es fruto de tus
miedos, de tus complejos, de tus frustraciones, de
tu pereza, de tu ambición, de tu lujuria, de tu ira,
etc.

· No dejes de alimentar cada día tu alma con


hermosos pensamientos.

· Hazte un fichero. Anota en cada ficha un hermoso


pensamiento, sacado de tus lecturas, meditaciones,
conversaciones, etc... Trata de memorizar uno cada
día. Pon una ficha al alcance de tu vista cada día para
poder leerlo varias veces.

· Ya que siempre no podemos decir lo que pensamos,


pensemos siempre lo que decimos.
· No pienses enseguida que tu sufrimiento se debe a
la mala suerte. Examina, más bien, si tu forma de
pensar es la adecuada.

· Pensando puedes llegar a algunas verdades sobre ti


mismo. Son pocos los que tienen el valor de decirse
la verdad.

· ¿Existe alguna verdad absoluta? Encierran más


verdad las paradojas que los dogmas. Una teoría
abierta e incluso dispuesta a autodestruirse a sí
misma es mejor que cualquier doctrina. Lo mejor de
todo, la espontaneidad creadora y libre. No
defiendas ninguna doctrina. Defiende, en todo caso,
un método de conocimiento y de autosuperación. Y
sobre todo defiende al hombre y su libertad.
EL SABER
· Más importante que
saber, es saber cómo saber.

· La parte más importante de la instrucción debería


ser enseñar a saber cómo saber.

· Para saber existen los métodos de la ciencia


materialista. Y los de la Ciencia Espiritual. Búscalos y
los encontrarás.

· El conocimiento que sólo aborda la descripción del


mundo de los efectos se queda a medio camino.
· El hombre, si profundiza suficientemente su
pensar, vive, en virtud de él, dentro de una realidad
espiritual de índole universal.

· Podemos creer que los pensamientos de las cosas


moran dentro del hombre, cuando en realidad
imperan en las cosas mismas.

· Por vivencia personal podemos deducir y reconocer


el hecho de que el hombre puede intuirse a sí mismo
como espíritu independiente del cuerpo arraigado en
un mundo puramente espiritual.

· Existe una creciente sed por una concepción


satisfactoria del mundo y de la vida pero la filosofía
actual no es capaz de dar respuestas convincentes.
No se puede crear, artificialmente un anhelo
espiritual sino buscarlo allí donde ya existe y
satisfacerlo.

· Muchos de nuestros filósofos actuales engendran


problemas que no son natural derivación de la época
cultural que hemos alcanzado y en consecuencia a
nadie interesa mucho de lo que ellos pueden decir.
· La filosofía materialista no puede dar respuestas a
los problemas y anhelos más esenciales del hombre,
que son de índole espiritual.

· La ciencia pasa por alto los interrogantes que


nuestra formación cultural no puede menos que
formular. Se pasa por alto el ¿para qué todo esto?
¿hacia dónde vamos con todo esto?

· Debemos enfocar el conocimiento del Universo no


como si éste fuese un mecanismo, sino como un
organismo viviente interpenetrado del mundo causal
del espíritu.

· Mucho del error filosófico de la actualidad tiene su


origen en que se reclama validez universal para un
modo de pensar que sólo lo tiene para una clase de
objetos.

· Para que nuestra capacidad de pensar sea capaz de


penetrar el mundo en profundidad el pensamiento
mismo debe empezar a devenir experiencia.

· Hemos de enfrentarnos con la experiencia pura y


buscar en ésta el elemento que la ilumina, tanto a
ella como a la demás realidad.
· El error básico de muchas Gnoseologías actuales es
que creen relatar la experiencia pura cuando, en
realidad, no hacen más que leer en ella lo que ellas
mismas escribieron.

· Sólo al pensar puede aplicarse el principio de


experiencia en su significación más extrema.

· El pensar capta un aspecto de la realidad del cual


un ser puramente sensorio sólo suministra un lado de
la realidad. El otro se capta mediante el pensar.

· La función del pensamiento no es rumiar lo que


transmiten los sentidos sino penetrar en lo que a
estos les es vedado.

· El pensamiento no es receptáculo sin contenido,


sino que tiene un concepto en sí, contenido que no
coincide con el de ninguna otra forma fenoménica.

· Para emplear el pensamiento con éxito en la tarea


de conocer debemos tener un buen entrenamiento.
La Ciencia Espiritual proporciona un buen método.

· El entrenamiento con el pensamiento es una gran


ayuda para el éxito, la paz interior y la felicidad.
· El pensar es una totalidad en sí, autosuficiente, que
no debe trascenderse a sí mismo so riesgo de ir a
parar en el vacío. El pensar, para explicar algo, no
debe recurrir a elementos que no se hallen dentro
de sí mismo.

· Una cosa que el pensar no pudiera abarcar sería una


anticosa. Todo halla su lugar en el pensar.

LA CONSCIENCIA

Me gustaría empezar a
hablar de la consciencia haciendo una pregunta muy
simple: ¿Quién eres? Es esta una pregunta habitual
o, al menos, no infrecuente. La respuesta a esta
pregunta revelaría muchas cosas sobre el individuo:
Así, muchos nos responderán dándonos su nombre y
apellidos. Es lo más normal y, sin embargo, no ha
respondido a nuestra pregunta; nos ha revelado tan
sólo con qué nombre se le conoce. Otros nos
hablarán de su carrera. Hay personas que en un
santiamén son capaces de relatarte su currículum y
su carrera. En este caso seguimos sin saber quién es.
Incluso en ambientes más familiares puede que nos
hagan una sucinta lista de sus intimidades:
personalidad, sueños, pensamientos...

Hay respuestas menos habituales, pero sí más


científicas. Algunos biólogos serían capaces de
asociar a una persona con un mapa genético, con una
impresión retinal, dactilar... con muchas
características ineludiblemente propias e
irrepetibles. Al menos, en la naturaleza.

Y sin embargo esa respuesta es insatisfactoria. Si


yo soy mi mapa genético, impresión dactilar y demás
características físicas, cuando fallezca, mi cadáver
¿soy yo? Realmente lo dudo. Personalmente no sé si
estaré en uno u otro sitio tras ese momento (aunque
estoy seguro que lo descubriré más tarde o más
temprano; espero que tarde) pero estoy convencido
que mi ser, quién soy, no es ese montón de carne y,
sin embargo, tiene mi mapa genético y demás
características identificativas.

¿Quién soy realmente? Me viene a la mente la


definición irrefutable que da Dios a Moisés: "Yo soy
el que soy".

Y me apropio de ella. Y extraigo lo más importante:


YO SOY. Soy consciente de que soy, existo. Y esa
consciencia define mi ser.

II

Hemos concluido que nuestro ser es nuestra


consciencia. De modo que todo intento que hagamos
por incrementar nuestro ser debe pasar por
incrementar nuestra consciencia.

Y ahí encontramos el primer problema. ¿Cómo


incrementar nuestra consciencia? Bien. Sin duda es
lo que se pretende en estos escritos y cada uno
aportará su opinión, pero independientemente de que
queramos dirigir nuestra consciencia en uno u otro
sentido, lo primero que hemos de hacer es
fortalecerla disminuyendo el grado de inconsciencia.
Porque ese es un hecho que me alarma. Si lo que
define el ser es esa consciencia que piensa, siente y
existe y no el trozo de carne que realiza acciones o
pensamientos programados como un piloto
automático... ¿No deberíamos hacer lo posible para
que esa consciencia estuviera siempre presente?
Observo sin embargo que la existencia de muchos
seres humanos consiste precisamente en reducir el
grado de consciencia y alcanzar el automatismo. El
riesgo de que el inconsciente entre en áreas de la
consciencia está continuamente presente. Y no
creamos que porque pensamos o razonamos somos
conscientes. Del mismo modo podemos pensar o
razonar de modo automático.

Fíjate en el entorno que te rodea. Pero ahora fíjate


bien. Los colores, las formas. Los olores, los sonidos,
las sensaciones... Tu consciencia pasa el día
adormecida. ¿Eres capaz de decir cuántos botones
tiene la camisa que llevas puesta? ¿Y los últimos diez
libros que has leído? Bueno, quizá pensemos que eso
entra en la capacidad de observación y no tanto en
las capacidades de la mente, pero cada instante se
producen un número de experiencias sensoriales casi
infinito. ¿Sientes algo? Probablemente no. Y sin
embargo la ropa que llevas toca en miles de puntos
de tu piel. ¿No los notas? Del mismo modo en tu
mente se están produciendo infinitos procesos.
¿Acaso estas palabras no están compuestas de
letras, acaso el reconocimiento de cada una no es un
recuerdo instantáneo, acaso esos recuerdos no
asocian otros? ¿Y esos otros más? ¿Y no estás
procesando cada reacción sensorial de tu organismo?

Y al igual que preguntaba del mundo material ¿Eres


consciente de todo ello? En todo el día, ¿Has sido
consciente del universo que te rodeaba y del que
habita en tu mente, o has sido un mero receptor de
reacciones químicas perfectamente clasificables y
emisor de respuestas preprogamadas? Hoy... ¿Has
sido consciente? ¿Cuánto tiempo? ¿Y ayer?

El tiempo se acaba.

El día en que adquiriste la conciencia se creó un Dios.


Un ser que afirma: YO SOY. Cree en él. Adórale.
Tenle presente, porque cuando desaparece, dejas de
existir. Aunque tu corazón lata. Aunque tu cerebro
razone.

Sé consciente.

Sé.

LA CONSCIENCIA Y EL CONOCIMIENTO
PROPIO

El yo está
entretejido con la conciencia, y ésta es la puerta de
entrada a la realidad. En estado impuro, la conciencia
extingue la luz; en estado puro, la irradia.

Desde el punto de vista de la mente humana, qué


triste es que las ilusiones hayan de ser destrozadas.
Pero nosotros consideramos mucho más prudente y
mucho menos doloroso destrozar esas ilusiones
mediante el diestro uso del discernimiento
espiritual, a que dichas ilusiones sean quebradas por
la ley superior cuando ésta le devuelva a la puerta de
cada hombre las energías negativas que él ha
enviado.

El anhelo de entablar amistad con Dios y con el


hombre

Viajemos por la noche de la razón humana.


Atravesando la maleza de una tierra salvaje, ¡de
repente aparece una luz! Es una luz situada en la
cima de un monte, Vagamente, entre la niebla,
percibimos un viejo castillo. Y el débil rayo de luz de
la ventana es un resplandeciente filamento de
esperanza.

Allí hay alguien, alguien que nos recibirá. Nos


acercamos con cautela. Pero al aproximarnos, el
corazón, previendo una cálida recepción, se regocija.
Sí, grande es la esperanza que el corazón alberga
por escuchar la palabra "amigo".

Llegamos así a la regla de oro: "Todo cuanto queráis


que os hagan los hombres, hacédselo también
vosotros a ellos". Al usar las energías de Dios,
(utilizaremos el termino Dios para referirnos al Ser
Universal, sin tener ninguna trascendencia religiosa
concreta) o al abusar de ellas, atraemos una cadena
de afinidades que une muchas de nuestras vidas
pasadas con la presente.

Algunas veces las madejas del reconocimiento


aparecen en un momentáneo hilo de contacto. Las
almas entran en contacto con lo amargo y lo dulce de
la experiencia pasajera cuando un toque hace tiempo
olvidado provoca que cobre vida una relación humana.
Si pones este motivo a contraluz frente a la ventana
del castillo, comprenderás cómo los hombres buscan
el pasado con el anhelo de ser aceptados, de
entablar amistades y de sentir que pertenecen a
algo.

Unidad material y espiritual

Hazte las siguientes preguntas: ¿Crea el Creador


eterno sin la esperanza de que Su creación alcance
la unidad espiritual? ¿Debería la unidad ser sólo
espiritual o debería ser tanto espiritual como
material?
Cuando tienes conocimiento de la llama de la vida que
arde dentro de tu alma, percibes tanto las
cualidades naturales de la vida como las
sobrenaturales. Lo natural puede adquirir
propiedades sobrenaturales o inusuales, en tanto que
lo sobrenatural puede parecer natural.

Independientemente de lo que la otra persona pueda


llegar a hacerte, nunca hay excusa que justifique el
hecho de devolver a esa persona, con la misma
moneda, un acto de maldad. Ello no excluye la
posibilidad de que el individuo, con la dignidad de su
ser, evite subordinarse a la necedad humana. Por lo
tanto, por reverencia al resplandor de divinidad que
se encuentra en el alma, los hombres pueden
extender el bálsamo del perdón a todos con quienes
se encuentren, sin por ello convertirse en víctimas
de energías perversas. De esta manera podemos
construir la nobleza de carácter a imitación del Ser
Divino.

Liberación de estados de ánimo agobiantes

Que todos aprendan, pues, que hay que amar por


igual a amigos y enemigos. Algunas veces los amigos
son más peligrosos que los enemigos, porque los
enemigos sabemos que lo son, pero a los amigos sólo
los conocemos como tales, aunque puede que sus
pensamientos de crítica y control sean casi audibles.
Muchas veces los hilos del egoísmo, tejidos por
debajo de la superficie de la conciencia, motivan a
los individuos a intentar controlar ilícitamente las
vidas de los demás.

Cuando alguien busca consejo, éste se puede ofrecer


con impunidad. Cuando se ofrece el consejo sin que
haya sido solicitado, con frecuencia se convierte en
una responsabilidad kármica. Y cuando es
despreciado, el invisible choque de una mente contra
otra crea karma para ambas partes.

Hay veces en que la turbulencia y la tensión


presente entre las personas le dejan a uno con una
sensación deprimente en el estómago, debido a que
toda discordia establece una interferencia con el
patrón de energía/luz que pasa por el plexo solar. El
primer paso para lograr la integración sana con la
presencia divina es eliminar la tensión de los cuatro
cuerpos inferiores: del cuerpo físico, del cuerpo de
los deseos, del cuerpo mental y del cuerpo de la
memoria.
Los años pasan, y también pasan las vidas. Los
asuntos humanos son, con frecuencia, un embrollo.
Pero la mejor manera de desenredarse uno mismo, y
de desenredar las energías de los patrones kármicos
que regresan hasta nosotros para su solución, es
conservar la sensación de estar unido al Ser de Luz
y a todos sus hijos e hijas. El simple hecho de tener
problemas con alguien no quiere decir que esos
problemas deban continuar. Permite que tus
experiencias le enseñen al alma oprimida a liberarse
de los estados de ánimo agobiantes.

La ira es un peligro para el alma

Cuando los hombres se burlan de los principios y


violan aquellos que son básicos en la vida, esto puede,
legítimamente, provocar indignación en otros. Existe
la ira justa, pero ésta tiene que ver con principios y
no con personas.

Uno nunca debería dirigir su ira hacia otra persona.


Cual nubarrón que oculta el Sol, las oscuras nubes de
la ira ocultan el sol del alma.

Si una persona se acuesta sintiéndose injustamente


colérica con alguien, la funda astral, conocida por ka,
puede salir de esa persona cargada de ira y la puede
dirigir contra la confiada víctima. Incluso sin que uno
sea consciente de ello, la ira que no hemos
controlado puede ser un instrumento provocador de
desgracias o incluso de muerte súbita para nuestro
prójimo.

Mientras una persona duerme la mente


subconsciente asume el control y, entonces, el
fantasmal ka, que no está bajo el gobierno de la
mente consciente y con capacidad de discernimiento,
se dedica a realizar los deseos desenfrenados.
Cuando la persona se despierta por la mañana, no
conserva recuerdo alguno de las fechorías de su ka.
Sin embargo, será kármicamente responsable del
daño que su subconsciente haya inflingido a un
enemigo o a una víctima inocente.

Por lo tanto, antes de que se ponga el Sol y te


acuestes, es importante hacer las paces con el Ser
de Luz y con el hombre en todos los niveles de
conciencia.

Abre la puerta de la alegría y la realidad


Cuando los hombres se atavían con la vestidura de la
avaricia y del egoísmo, se cubren de absurdas
idiosincrasias. Cuando moldean sus vidas con
caprichos en lugar de con la geometría de la ley
cósmica, cuando imaginan que Dios es por completo
impersonal y que no siente interés personal por ellos
o por su destino, le cierran la puerta a la alegría y a
la realidad.

Para quien está comenzando a comprender que él


mismo es un componente del Ser de Luz, el mundo es
una nova. La aurora de cada día le reanima. El mundo
renace a su alrededor. Su cansada alma se deshace
de fantasías y frustraciones. Al fin, abre los ojos y
contempla la realidad.

Desde el principio de los tiempos hasta el final, Dios


ha enviado y enviará maestros servidores para que
enseñen a Sus hijos a seguir los caminos de la
automaestría que les conducirán a reunirse con Él. El
Ser de Luz procura que todos Sus hijos sean
elevados gradual y permanentemente a la visión del
yo que revela la totalidad del hombre divino, el Yo
real.
***

¿Que es la consciencia?

¿Es el mecanismo biológico que nos da cuerpo como


seres individuales?

¿El que nos define como ser, distinto, a los "otros"?

Durante mucho tiempo se ha considerado que la vida


psíquica sólo tenia lugar en la esfera consciente del
hombre y que aquellos procesos que no se
actualizaban en la conciencia carecían de existencia.
Si se admite esta afirmación nos encontraremos con
que nos es imposible comprender una serie de
fenómenos que diariamente observamos. Así, por
ejemplo, ¿cómo nos explicaremos que un joven de
catorce años se dedique a robar dinero a pesar de la
educación familiar y contra todo punto de vista
lógico? El muchacho sabe que no debe robar
(consciencia) que el persistir en su conducta le
traerá complicaciones e incluso severos castigos,
pero a pesar de todo, roba. Algo le impulsa desde su
interior a realizar estas acciones.
Es la exteriorización de lo inconsciente.

Vemos pues, que en el inconsciente tiene lugar un


proceso psiquico muy complicado que se manifiesta a
través de una conducta extraviada. Si
preguntáramos a este muchacho por qué sigue
robando, seguramente sería incapaz de darnos
ninguna respuesta.

El acontecer psíquico inconsciente no actúa


solamente en casos excepcionales, sino que influye
en toda nuestra vida consciente con fenómenos de
los que no podemos dar razón. En todos los casos
tienen lugar muchos más acontecimientos en la vida
inconsciente que en la propia esfera consciente.

Sólo una parte pequeña de lo que nos sucede se


manifiesta con claridad consciente; la mayor parte
permanece oculto aunque influye decisivamente en
nuestra vida y la condiciona terrible y fatalmente.

Analizando estas razones, nos damos cuenta, de que


debemos ejercitar la consciencia lo máximo posible.

Para comprender los innumerables problemas que


tiene cada uno de nosotros, ¿no es esencial que haya
conocimiento propio (consciencia)?

Esa percepción alerta respecto de uno mismo es una


de las cosas más difíciles que hay; no significa
aislamiento, un retirarse del mundo. Obviamente, es
esencial que nos conozcamos, pero ello no implica que
hayamos de separarnos de nuestras relaciones.
Sería, por cierto, un error pensar que uno puede
conocerse a sí mismo de una manera significativa,
completa, plena, mediante el aislamiento, la
exclusión, o acudiendo a algún psicólogo o a algún
sacerdote, o que puede aprender conocimiento
propio por medio de un libro.

El conocimiento propio es un proceso, no es un fin en


sí mismo, y para conocernos debemos estar atentos
a nosotros mismos en la acción, la cual es relación.
Uno se descubre a sí mismo, no en el aislamiento, no
en el retiro, sino en la relación: relación con la
sociedad, con nuestra esposa, nuestro marido,
nuestro hermano; relación con la humanidad.

La transformación del mundo resulta de la


transformación de uno mismo, porque uno mismo es
producto y parte del proceso total de la existencia.
Sin conocer lo que somos, no hay base para el recto
pensar ni puede haber transformación alguna.

El conocimiento propio es el descubrimiento, de


instante en instante, de las modalidades del "yo", de
sus intenciones y de su actividad, sus pensamientos
y apetitos. Jamás puede existir "su experiencia" y
"mi experiencia"; la expresión misma "mi
experiencia" indica ignorancia, demuestra que uno
acepta la ilusión.

Y en ella aflora... la inconsciencia.

LA ERUDICIÓN

El problema de la erudición,
viene motivado por lo que él mismo suele conllevar. A
fin de cuentas, ¿que es una persona erudita? Es
alguien que sabe "un poco, de casi todo" o bien
alguien, "que sabe mucho de un tema y nada de los
otros".

Al primer tipo, casi nunca le interesa las ideas u


opiniones de los demás, ¡para qué! el ya conoce esos
temas y cree dominarlos como el que más. Lo que
pasa es que hay otras personas que los conocen más
en profundidad y le podrían ayudar a ampliar sus
conocimientos concretos sobre ese tema.

Al segundo tipo, simplemente, no le interesa otro


tema. Es un erudito en su tema, en su especialidad,
pero un verdadero analfabeto en cuanto lo sacan de
él.

No hay verdades absolutas, y eso hace que ninguna


doctrina, NINGUNA, te haga encontrar la verdad.
Mucho peor es que encima te impongan dogmas de
fe. Es ponerle una venda a un ciego que quiere ver.

Sólo el discernimiento y el conocimiento (buscando


en todos los sitios y no sólo en uno) te hacen llegar a
encontrar tu verdad.

De la misma manera que no se puede generalizar con


las personas, unas enseñanzas generalistas no sirven
para la búsqueda de la verdad. Las personas que
"solo" buscan la verdad por el conocimiento de una
sola parte, de una sola doctrina, suelen ser
fanáticos. Lo son, por haber "invertido" una parte
importante de su vida (o toda) y no haber logrado lo
que se propusieron. Si tú, tratas de hacerles "ver"
que existe otra realidad, estarás haciendo, diciendo,
que toda esa vida no a servido de nada, que se
equivocaron en su búsqueda. Nadie puede o quiere
darse cuenta de eso. Tú, con tu buena fe, les estarás
desestabilizando sus débiles cimientos -
fundamentos y eso únicamente te acarreará
problemas.

Tus pecados, tus faltas, tu imperfección, al ser


buscados inconscientemente y conocidos, adquieren
para estas personas una dimensión digamos que
extraordinaria.

Claro que siempre existe la posibilidad de que nos


encontremos con una persona que busque la verdad,
son sinceridad, y quiera ver. Aquí entra en juego el
discernimiento.

Aforismos.
· No confundas, sería el más grave de los errores, la
sabiduría con la erudición.

· El saber no es la erudición. El erudito poco sabe.

· El sabio es una fuente de ideas propias. El erudito,


un almacén de ideas ajenas.

· El erudito tiene su memoria llena de datos de


procedencia externa. El sabio tiene el cuerpo y el
alma impregnados de cognición imaginativa, de
inspiraciones, de intuiciones precedentes de su Yo
interno, de su espíritu.

· El sabio, lee, estudia, escucha, pero muchísimo


menos. Sabe que el "oleaje mental" le impedirá
escuchar la voz de su espíritu, la voz de su interior.

· El erudito lee, estudia, escucha. Hay mucho "ruido"


en su alma. El sabio oye la "voz del silencio".

· El sabio ama lo que sabe, pues lo ha conquistado con


esfuerzo. Y, por eso, lo vive.

· En el sabio no existe divergencia entre su forma de


pensar, de sentir y de actuar.
· El erudito, la mayoría de veces, se mueve sobre un
pensamiento frío, que no se traduce en ninguna
acción verdaderamente sentida.

· El sabio no acumula. Dando a los demás posee cada


vez más.

· El sabio sabe que conocer es no conocer.

· El erudito cree que conoce. Pero no conoce. He ahí


el mal.

· La visión del sabio no excluye el análisis, pero es


esencialmente visión de síntesis.

· El erudito se pierde en el análisis, hasta llegar a


perder la visión de síntesis.

· El sabio une análisis y síntesis en su mátesis.

· El sabio es, aparentemente, blando y débil. La


blandura y debilidad son atributos de la vida. La
firmeza y la dureza son atributos de la muerte.

· Sabe el sabio que lo firme y lo grande ocupan el


lugar inferior, lo blando y lo débil lo superior.

· El erudito habla mucho y calla poco, lo contrario


que el sabio.
· Sabe el sabio que la falta de quietud interior
impiden la superación.

· Sabe el sabio que Conocer y Amar son la misma


cosa.

· Sabe el sabio que es en medio de la corrupción


como la verdad aparece con claridad.

· Todos los sabios verdaderos profesan la misma


enseñanza.

· El erudito habla mucho y observa poco. El sabio


calla y lo examina todo con el ojo espiritual para
descubrir al Único.

· El erudito pretende instruir a aquellos que no saben


nada. El hombre sabio se calla y espera a que lo
interroguen.

· Honrado o despreciado el sabio no se altera.

· El erudito puede ser dogmático. No encontraréis un


solo sabio que lo sea.

· En las doctrinas de los eruditos todo son escuelas y


confusión.
· Sabe el sabio que la vida es muy oscura cuando no
hay impulso. Que todo impulso es muy ciego cuando
no hay conocimiento. Y todo conocimiento es inútil
cuando no hay trabajo.

· El sabio conoce que todo está dentro de nada. Que


nada está dentro de nada. Que todo está dentro de
todo.

EL SER HUMANO Y LA REALIDAD

Para quienes viven dentro de


sus límites, las luces de la ciudad son las únicas
luminarias del cielo. Las farolas de las calles eclipsan
a las estrellas, y el resplandor de los anuncios de
whisky reduce incluso la luz de la luna, hasta que
ésta tiene una irrelevancia casi invisible.
El fenómeno es meramente simbólico, una parábola
de la acción. Física y mentalmente, el hombre es
habitante, durante la mayor parte de su vida, de un
universo puramente humano y, por así decir, hecho
en casa, extraído por él mismo del inmenso cosmos
no humano que lo rodea, y sin el cual ni él ni su mundo
podrían existir. Dentro de esa catacumba privada
construimos para nuestro uso propio un pequeño
mundo, fabricado a partir de un extraño ensamblaje
de materiales, de intereses e "ideales", de palabras
y tecnologías, de anhelos y ensoñaciones, de
artefactos e instituciones, dioses y demonios
imaginarios. Aquí, entre las proyecciones ampliadas
de nuestras propias personalidades, realizamos
nuestros curiosos caprichos, perpetramos nuestros
crímenes y nuestras locuras, pensamos los
pensamientos y sentimos las emociones que nos
parecen apropiadas a nuestro entorno artificial, y
acariciamos las disparatadas ambiciones que por sí
solas sólo tendrían sentido en un manicomio. Pero en
todo momento, a pesar de los ruidos de la radio y de
los tubos de neón, la noche y las estrellas siguen
estando ahí, un poco más allá de la última parada de
autobús, un poco por encima del dosel de humo
iluminado. Es un hecho que a los habitantes de la
catacumba humana les resulta extremadamente fácil
de olvidar; ahora bien, tanto si lo olvidan como si lo
recuerdan, es un hecho que siempre permanece. La
noche y las estrellas están siempre ahí, el otro
mundo, el mundo no humano, del cual la noche y las
estrellas no son más que símbolos, persiste, y es el
mundo real.

El hombre, el hombre orgulloso, investido de una


breve autoridad...

Sumamente ignorante de lo que más garantizado


tiene,

Su cristalina esencia, como un simio colérico

Hace trucos tan fantásticos ante las esferas del


firmamento

que los ángeles tienen que llorar.

Esto escribió Shakespeare en la única de sus obras


teatrales que revela una honda preocupación por las
últimas y definitivas realidades espirituales. Esa
"cristalina esencia" del hombre constituye la
realidad que más garantizada tiene, la realidad que
lo soporta y en virtud de la cual vive. Y esa esencia
cristalina es del mismo tipo que la Clara Luz, que es
la esencia del universo. Dentro de cada uno de
nosotros, esta "chispa", esta "hondura del Alma no
creada", este Atman en resumen, permanece
impoluto e inmaculado, por fantásticos que sean los
trucos que queramos realizar, tal y como, en el
mundo exterior, la noche y las estrellas siguen
siendo las que son, a pesar de todos los Broadways y
los Piccadillies de este mundo, a pesar de los focos
antiaéreos y las bombas incendiarias.

El gran mundo no humano, que existe


simultáneamente dentro y fuera de nosotros, está
gobernado por sus propias leyes divinas, leyes que
somos muy libres de acatar o desobedecer. La
obediencia conduce a la liberación; la desobediencia,
a una esclavitud más profunda, en manos de la
miseria y del mal, a una prolongación de nuestra
existencia a imagen y semejanza de simios coléricos.
La historia de los hombres es un recuento del
conflicto que se da entre dos fuerzas: por una parte,
la presunción estúpida y criminal de que el hombre
ignora su esencia cristalina; por otra, el
reconocimiento de que, a menos que viva de
conformidad con la inmensidad del cosmos, él mismo
es absolutamente malvado, y su mundo una pesadilla.
En este interminable conflicto, unas veces es una
parte la que se lleva la palma, otras es la contraria.
En la actualidad, somos testigos de un provisional
triunfo del lado específicamente humano de la
naturaleza del hombre. Desde hace ya algún tiempo
hemos escogido creer, y actuar sobre la creencia de
que nuestro mundo privado de tubos de neón y
bombas incendiarias es el único de los mundos
reales, y de que la cristalina esencia de cada uno de
nosotros no existía en realidad. Simios coléricos, nos
hemos imaginado, debido a nuestra inteligencia
simiesca, que éramos ángeles -que éramos, de hecho,
más que ángeles, dioses, creadores, dueños de
nuestro destino-.

No podemos ver la luna y las estrellas mientras


prefiramos seguir bajo el aura de las farolas de las
calles y de los anuncios de whisky.

Realidad trascendente.
Ningún fenómeno puede tener lugar si no existe una
Realidad de fondo como referencia. La
impermanencia de todos los objetos nos lleva a la
conclusión de que ha de existir algo, de naturaleza
permanente, tras las vicisitudes de la existencia
superficial de las cosas.

La búsqueda de esa realidad trascendente, esencia


de todas las cosas, es el principio que inspira la
investigación científica, la especulación filosófica y,
finalmente, la aventura espiritual.

En efecto, en el ascenso de la evolución, el hombre


procede de la ciencia a la filosofía y de ésta a la
espiritualidad. La primera fase es el estudio
científico que considera, en primer lugar y sobre
todas las demás características de su personalidad,
las relaciones externas del hombre, estudiando las
connotaciones físicas, químicas, biológicas,
psicológicas, sociales, políticas y culturales como los
fundamentos del progreso y de los logros humanos.

¿A dónde nos lleva este estudio? La física descubre


que el Universo es una disposición material de
sustancia inorgánica que se extiende a lo largo y
ancho del espacio infinito, constituyendo la base de
los elementos -tierra, agua, fuego y aire- y la
sustancia de todo el sistema estelar, el sol, la luna,
las estrellas, etc.

Newton sostiene que el espacio actúa como una


especie de receptáculo para las substancias
materiales, tales como el sol, los planetas, etcétera,
y que existe una fuerza, llamada gravedad, que opera
mutuamente entre estos objetos materiales y que
los mantiene en sus posiciones y órbitas respectivas.
Y no solamente esto, sino que hasta cierto punto,
determina también su carácter y, tal vez, su
constitución.

Los descubrimientos físicos posteriores a Newton


muestran hechos que difieren y trascienden los
conceptos de éste, estableciendo que el espacio no
es un receptáculo que contiene cosas desconectadas
de él, sino que puede considerarse como una especie
de campo electromagnético infinito que penetra e
impregna la estructura y función de todos los
objetos materiales. Este descubrimiento lleva
posteriormente a teorías más complejas como la
mecánica cuántica, etc. Y, finalmente, a la teoría de
la Relatividad, por la que llegamos a saber que no
solamente las cosas están interconectadas entre sí
en un campo electromagnético, sino que incluso el
concepto de fuerza o energía es inadecuado para
comprender la naturaleza real del universo, se nos
dice que no existen cosas, sino únicamente procesos,
que vivimos en un Universo fluido, en el que lo único
constante es el flujo continuo del Espacio-Tiempo y
en el que la Relatividad es la ley suprema.

El principio de la Relatividad reduce todo a una


interdependencia de los patrones estructurales y de
los acontecimientos en el Tiempo y en el Espacio, de
tal forma que el Universo es más bien un todo vivo y
orgánico, en el que la idea de casualidad, tal como
era normalmente interpretada, no tiene lugar, ya que
en una estructura orgánica las partes están tan
relacionadas entre sí, en una afinidad orgánica
interna, que cada parte es tanto una causa como un
efecto, puesto que, en el conjunto, todo determina lo
demás.

Aunque la ciencia, en sus observaciones físicas más


avanzadas, ha llegado a establecer verdades
incuestionables, como las que revela la teoría de la
Relatividad, sin embargo no ha podido aún liberarse
de la noción de que el Universo es físico, a pesar de
que unos pocos genios en el pasado reciente hayan
llegado, independientemente, a aceptar una Mente o
Conciencia Universal, actuando como substrato u
"Observador" de todos los fenómenos relativos.

Percibir, afirma el profesor Rodríguez Delgado, es


deformar la realidad. Parece ser que es nuestra
mente quien otorga formas y características a lo que
no es más que un flujo de energías. De acuerdo con
las últimas investigaciones bioeléctricas del
funcionamiento del cerebro, los sentidos envían una
información codificada en impulsos eléctricos a las
neuronas, donde se forma un patrón preciso, que la
mente interpreta en lo que creemos son las formas
exteriores.

Durante mucho tiempo se ha considerado al Universo


como algo objetivo, que puede percibirse o no, pero
que tiene una existencia real e independiente. Ya
hemos visto cómo esa noción es científicamente
incorrecta, puesto que las cosas no existen como las
vemos, sino que adquieren esas formas al ser
percibidas.
Hasta aquí, la ciencia, con los hallazgos actuales, y la
consiguiente revolución en el pensamiento
occidental, parece acercarse a las antiguas
afirmaciones de los Upanishads: "El mundo es Maya
o ilusión. Nada existe con independencia de la
mente".

Pero ¿qué o quién es esa Mente o preceptor? La


ciencia será siempre incapaz de dar respuesta a esta
pregunta, porque solamente puede investigar los
objetos con cualidades y características. Su sistema
de investigación no sirve cuando se trata de conocer
al Conocedor. Los ojos no pueden verse a sí mismos.
La respuesta, una vez más, hay que buscarla en los
Upanishads, el legado milenario de aquellos sabios
que llegaron intuitivamente a las conclusiones a las
que ahora están llegando los científicos más
avanzados y aún mucho más allá, hasta la esencia
misma de la consciencia. Su contundente
afirmación: "Sólo Brahman existe. La individualidad
es otra noción ilusoria", puede parecer una
afirmación absurda en nuestro estado actual de
conocimiento, pero no lo es tanto si se atiende a su
desarrollo filosófico.
La filosofía Vendata, elaborada a partir de las
afirmaciones de los Upanishads, llega a la conclusión
de que el Principio Creador no es diferente del
Universo que crea, o, en otras palabras, que el
Conocedor no es diferente de lo conocido, lo que no
le impide aceptar plenamente el hecho de que la
evolución de la vida se produjera a partir de materia
inorgánica. Considera válida la Teoría de la Evolución
de las formas y las especies, ya que es una visión
correcta, en términos relativos, debido a la
subjetividad de la mente, pero le otorga un
propósito: la realización del Objetivo Supremo de la
vida, la unidad en lo Absoluto.

Vemos, así, que hay dos realidades: una, la realidad


absoluta, única, creadora. Otra, la realidad relativa,
fluctuante, producto de la visión pequeña y subjetiva
de la mente individual. La investigación científica
solamente puede tener lugar en esta parcela de la
realidad. Cuando llega a sus límites, ha de dar paso a
la especulación filosófica que puede concebir mejor
la naturaleza del Conocedor. Sin embargo, es,
finalmente, la experiencia espiritual la que ha de
llevar a la realidad Ultima, que ni la ciencia ni la
filosofía podrán jamás alcanzar.

LA PERCEPCIÓN

Mi cuerpo es una percepción que tengo en el espacio


y en el tiempo. Tiene una ubicación en el espacio y
existe en el tiempo. Tiene un comienzo, un
intermedio y un final.

********************

Mi mundo es una continuidad de percepciones y, por


lo tanto, está compuesto de sucesos en el espacio-
tiempo. Existe en forma de objetos en el espacio que
tienen comienzo, intermedio y final.
********************

Mi cerebro es un instrumento del que me sirvo para


tener percepciones.

********************

¿Dónde está el yo que se está sirviendo de este


instrumento (llamado cerebro) para tener estas
percepciones llamadas cuerpo, que nace, se mueve
por el espacio y por el tiempo y, por fin, muere?

********************

El yo es el perceptor que está detrás de todas las


percepciones, el pensador que está detrás de todos
los pensamientos, es el espectador que está detrás
de todos los escenarios, es el observador que está
detrás de todas las observaciones.

********************

La percepción cambia, pero el perceptor sigue siendo


el mismo. El pensamiento va y viene, el pensador
siempre está allí; el escenario se transforma, pero el
espectador se mantiene invariable, eterno. El yo
verdadero es el espectador, no el escenario.

********************

Yo no puedo percibir al perceptor aplicando mis


sentidos, pues cuando aplico mis sentidos empiezo a
tener percepciones, y entonces dejo de estar
conmigo mismo: estoy con mi percepción.

********************
Yo, pensando pensamientos, no puedo percibir el
perceptor, porque cuando yo estoy pensando, no
puedo seguir estando conmigo mismo, el pensador.

********************

Los pensamientos son percepciones. El pensador es


el perceptor. Es posible que el pensamiento sea el
pensador disfrazado, y que la percepción sea el
perceptor disfrazado.

********************

Este es el dilema.

¿Es el pensador el pensamiento?

¿Es el perceptor la percepción?

¿Podría el espectador ser el escenario?


********************

Vamos a examinar tanto al perceptor como a la


percepción.

Todas las percepciones son sucesos del espacio-


tiempo.

********************

Están en el mundo de las dimensiones.

********************

Mi cuerpo ocupa espacio. Tiene altura, anchura,


volumen. Existe en el tiempo. Está limitado por el
tiempo.
********************

Hasta los pensamientos son sucesos que parpadean


en el espacio-tiempo. Ocurren durante un parpadeo
instantáneo y tienen comienzo, medio y final.
Durante un parpadeo instantáneo ocupan un espacio
y tienen una posición en la conciencia.

********************

Por eso, toda percepción está limitada por el tiempo.

********************

El perceptor, por otra parte, siendo el testigo


silencioso e inmutable de todas las percepciones, es
intemporal.
********************

El perceptor no tiene dimensiones.

El perceptor no ocupa espacio.

********************

Dado que el perceptor está allí antes de la


percepción y está allí después de la percepción,
entonces siempre está allí; y al estar siempre allí, es
eterno.

********************

Eterno, no limitado, no espacial, intemporal, no


dimensional: el perceptor es Espíritu.

********************
El Espíritu es el verdadero yo

********************

¿Cómo puedo encontrar el Espíritu?

No a fuerza de pensar.

No a fuerza de obrar.

Sólo a fuerza de Ser.

UN CAMBIO DE PENSAMIENTO

La historia de la humanidad
está jalonada de revoluciones, levantamientos y
sublevaciones que pretendían dar un cambio positivo
a la evolución de nuestra especie. A pesar de estos
reajustes violentos, la marcha de la humanidad ha
seguido una derrota inexorable que parece alejarnos
de los ideales perseguidos.

En la antigüedad, unos imperios florecían mientras


otros se extinguían. En nuestros días, el desarrollo
espectacular de las comunicaciones ha servido para
tender una maraña de intereses económicos,
políticos y de todo tipo que convierten a los pueblos
del planeta en una piña compacta, proyectada hacia
un destino común.

Hay, en esta piña, seis mil millones de piñones


revueltos caóticamente, sin orden ni concierto, sin
coordinación en su esfuerzo, sin un objetivo común.
¿Hacia dónde nos dirigimos? ¿De qué naturaleza es
la fuerza que nos impulsa?

La fuerza que ha movido siempre a la humanidad es


el pensamiento. El hombre actúa de acuerdo con sus
pensamientos. Quien piensa egoístamente, obra
egoístamente. La ambición, la avaricia y el ansia de
fama, poder y riquezas han empozoñado la mente
humana y han canalizado los logros del hombre hacia
objetivos materialistas, hurtándole su paz interna,
su alegría y su salud. El lodo ha añadido peso a sus
alas. Su vuelo es ahora fatigoso y rasante. Ha
perdido altura, se ha desorientado y no encuentra el
camino.

El hombre, ciego a otra realidad superior, ha dirigido


sus esfuerzos hacia la satisfacción de deseos
materiales que le permitieran disfrutar de los
objetos groseros que componen el universo de los
sentidos. Ahora comienza a comprender que ha
perdido su tiempo y ha equivocado su camino. Pero no
es la solución limitarse a cambiar las estructuras
externas; es preciso cambiar la fuerza que ha dado
lugar a esas estructuras. Hay que llevar a cabo una
revolución del pensamiento. Somos seis mil millones
de seres, seis mil millones de mentes, seis mil
millones de fuerzas, de distintas intensidades y
direcciones, que se oponen para dar una resultante:
la dirección en que se mueve la humanidad.

Para cambiar el rumbo errante de nuestra


civilización es preciso estimular pensamientos
positivos que se fundan en nubes, masas, fuerzas,
sobre las que no pueda prevalecer la negra amenaza
del egoísmo y la negatividad.
Esta es la labor del hombre hoy, emitir
pensamientos positivos y poderosos que se
propaguen en la atmósfera psíquica y que despierten
pensamientos similares en otros hombres de buena
voluntad, cuyas mentes se hallen en sintonía de
simpatía.

El pensamiento es la mayor fuerza del universo. El


pensamiento crea y destruye las civilizaciones. A
nuestra humanidad decadente no puede salvarle más
que un cambio de pensamiento. La inercia del
subconsciente colectivo puede modificarse y
superarse mediante el esfuerzo consciente de los
individuos.

Dejémonos de alardear de inteligencia. El hombre


autosuficiente sólo esconde ignorancia. El
intelectualismo y la erudición no son más que
adornos, una especie de ballet mental, en el mejor
de los casos, que no aporta ninguna solución práctica.
Lo que nuestro mundo necesita son hombres y
mujeres prácticos, mentes poderosas, pensamientos
puros y positivos que den lugar a una nueva forma de
vida, a una Nueva Civilización.
LA VIDA

La Vida es la expresión del


Ser de Luz. Es alegría. Es la abundancia de la dicha
del Espíritu.

La vida es una corriente consciente que vibra en


cada átomo. No existe materia inanimada. Hay vida
en todo, hasta en las piedras. La materia vibra con
vida, como han comprobado concluyentemente los
científicos modernos. La vida es un viaje a través del
océano infinito del tiempo, en el que el paisaje
cambia continuamente. Vivir es viajar de la impureza
a la pureza, del odio al amor universal, de la muerte
a la inmortalidad, de la imperfección a la perfección,
de la esclavitud a la libertad, de la diversidad a la
unidad, de la ignorancia a la sabiduría eterna, del
dolor a la dicha eterna, de la debilidad a la fortaleza
infinita. La vida es una gran oportunidad que
proporciona el señor a sus hijos de evolucionar hacia
Él.

La vida es servicio y sacrificio. Es amor. Es relación.


La vida es poesía y no prosa. Es arte e imaginación, y
no ciencia. La vida es adoración. Somos peregrinos
de paso en esta tierra. Nuestro destino es la Luz.
Vamos en busca de nuestra herencia perdida. El
propósito central de la vida es alcanzar una relación
consciente de nuestra unidad con Dios. La vida no
tiene significado en sí misma. Sólo lo adquiere
cuando se convierte en el todo, cuando el alma
individual se une al Alma Suprema.

La meta de la vida

La verdadera meta de la vida es retornar a la fuente


de la que procedemos. Así como los ríos fluyen sin
descanso hasta reunirse en el océano, que es la
fuente de la que proceden, y así como el fuego salta,
quemándolo todo furiosamente hasta sumirse en su
propio origen, así también hemos de esforzarnos
nosotros aquí, sin descanso, hasta obtener, su gracia
y volvernos uno con Él.

El único propósito de la vida es el logro de la


realización del Ser, o la libertad absoluta. La
finalidad de la vida humana es desarrollar y
manifestar la Divinidad que existe eternamente en
su interior. El propósito de la vida es perder todo
sentido de personalidad diferenciada y disolverse en
la Luz. El logro de la Vida Infinita es el propósito
supremo de la vida finita.

La vida en la materia y la vida en el espíritu

La vida en el Espíritu es la única real y eterna. La


vida moderna de precipitación y de prisa, con miedo,
inseguridad, enfermedad y fricción, no es la
auténtica vida. Una vida de lujo material, de riquezas
y poder, no es el fin de la existencia. Una vida así no
produce paz en la mente ni serenidad en el espíritu.
La vida sensual no merece la pena ser vivida. El
placer sensual es como la miel mezclada con un
veneno maligno. Un grano de placer sensual se
mezcla con quince de dolor. El gozo sensual implica
diversos defectos, pecados, dolores, apego, malos
hábitos e inquietudes mentales. La indulgencia en los
placeres sensuales destruye la devoción en la
Divinidad y debilita la capacidad de la mente de
inquirir la Realidad. La sensualidad destruye la vida,
la pureza, la fortaleza, la vitalidad, la memoria, la
riqueza, la fama y la devoción a lo Supremo. Arrastra
al hombre, al infrahombre.

La vida humana está llena de tristeza, dolor y


esclavitud. Está llena de defectos, debilidades y
limitaciones. Está llena de odio, celos, egoísmo,
traición, preocupaciones, ansiedades, enfermedades
y muerte; maldad, engaño, doblez en los tratos,
competición agresiva, impurezas y oscuridad; luchas,
disputas, batallas y guerra; desilusión, desesperación
y desaliento; crueldad, explotación, agitación. Todos
los objetos están revestidos con un poco de placer
imaginario, como el fino baño de oro que recubre un
metal cualquiera. N realidad, esta vida es un juego
de luces y sombras. Bajo el revestimiento de azúcar
está la amarga quinina. Bajo el baño de oro no hay
más que latón. Tras los llamados placeres, hay dolor,
miseria y sufrimiento. Esta vida está llena de
temores, apegos y preocupaciones.

La vida mundana es irreal. Es ilusoria y transitoria.


Es fútil y vana. Su fin es únicamente el polvo. No hay
en ella nada que hacer más que charlar, cotillear,
comer y dormir. Todo es ilusorio y doloroso. Todo es
transitorio y fugaz. La experiencia mundana no
encierra ningún valor ni realidad. Sólo la Luz es real.

Una gran cantidad de ceros no tienen ningún valor, a


menos que se les añada un 1 delante. Del mismo
modo, aun cuando se posean todas las riquezas del
mundo, de nada sirven si no se lleva una vida
espiritual, si no se tiene riqueza espiritual y no
posee la realización del Ser. Es preciso vivir en el
Espíritu.

La vida en lo Eterno es la vida abundante. Es la vida


espiritual interna y rica. Esta vida está libre de
tristezas y de dolor. Es plena, perfecta e
independiente. Está llena de sabiduría y de dicha
eterna. Lo impregna todo y es inmutable.

Abraza la vida del Espíritu, y te volverás puro y


libre. La mayor belleza de la vida es el sacrificio del
interés propio más querido en el altar de la Verdad.
Vivir significa perseguir la verdad y superar todos
los obstáculos con coraje. La mayor alegría en la vida
es la meditación en el Ser de Luz en el propio
corazón.

La lucha de la vida

La vida es una lucha por la plenitud y la perfección.


Es una batalla por obtener la independencia suprema.
La vida es lucha y resistencia. Supone una serie de
conquistas. El hombre evoluciona, crece, se expande
y gana diversas experiencias a través de su lucha. Si
deseas continuar tu existencia, la lucha se hace
imperativa. En el momento mismo en que dejes de
luchar, dejarás de existir. Lucha valientemente
contra los enemigos internos en el campo de Batalla
de tu corazón. Aun una pequeña victoria, en la batalla
interna con tu mente y sentidos, desarrollarás tu
fuerza de voluntad y te proporcionará seguridad y
coraje. Cuanto más dura sea la lucha, más glorioso
será el triunfo. La realización del ser exige una gran
lucha.

Vive para la Luz. Enfréntate intrépidamente a todas


las dificultades y problemas de esta vida fútil y
terrena.

Controlar la mente y los sentidos, conquistar la ira,


la pasión y el egoísmo, logrando el perfecto control
de uno mismo, esto sí es el verdadero heroísmo del
ser humano. ¿Durante cuánto tiempo seguirás siendo
esclavo de la pasión y los sentidos? Afirma tu
verdadera naturaleza divina y controla la mente
inferior. Éste es el camino que debes recorrer hacia
la Luz.

La vida es una escuela

Esto no significa, ni mucho menos, que debamos


ignorar la vida en el plano físico o material. La
materia es la expresión de Dios para su propio juego.
La materia y el espíritu son inseparables, como el
fuego y el calor, el frío y el hielo, la flor y la
fragancia. La vida en el plano físico es una
preparación definitiva para la vida en la Realidad
Absoluta. La vida es una gran escuela para aprender
muchas lecciones muy útiles, y para el desarrollo del
carácter y de las virtudes divinas. La vida es una
escuela en la que cada tristeza, cada dolor y cada
aflicción enseñan una lección preciosa. La vida en la
tierra es el medio hacia la propia perfección.

El mundo es tu mejor preceptor. Este mundo es tu


mejor Guru. En cada experiencia hay una lección. El
mundo es el mejor lugar de entrenamiento para el
desarrollo de diversas virtudes divinas como la
misericordia, el perdón, la tolerancia, el amor
universal, la generosidad, la nobleza, el coraje, la
magnanimidad, la paciencia, la fuerza de voluntad,
etc. El mundo es un lugar para luchar contra la
naturaleza perversa y para expresar la divinidad
desde el interior. Acaba con la naturaleza inferior,
que consiste en el egoísmo, la pasión, la ira, la
avaricia, el odio y los celos. Afirma tu naturaleza
divina. Vive una vida de conocimiento, discernimiento
y renunciación de los sentidos y deseos.
Métodos para obtener el éxito en la vida
espiritual

Lleva una vida simple y modesta. No vivas para


comer, sino come para vivir. No albergues envidia, no
calumnies. No digas falsedades. No engañes. No
albergues malicia. Estarás siempre alegre, feliz y
sosegado.

La rectitud es la regla de la vida. La vida humana no


es tal si está desprovista de virtudes.

La sal de la vida es el servicio desinteresado. El pan


de la vida es el amor universal. La vida no se vive ni
se realiza plenamente si no sirves ni amas con
intensidad a todas las cosas. El secreto de la vida
auténtica yace en el amor, el conocimiento, el
discernimiento y el servicio a la Humanidad. Vive
para ayudar a los demás. Utiliza para este menester,
el amor, el conocimiento y el discernimiento. El
poder divino fluirá a través tuyo como una fuerza
vivificadora.
Estudia la vida de los maestros y obtén de ellas
inspiración. Cultiva un corazón sensible, una mano
generosa, una palabra amable, una vida de servicio,
una visión equitativa y una actitud imparcial. Tu vida
alcanzará entonces de verdad la meta prefijada.

Sirve, ama, da, purifícate y medita. Tu viaje te


llevará inexorablemente a la Luz. Descubrirás
resplandecientes tesoros dentro de ti. Descubrirás
al Uno. Serás fuerte, sano, libre, agradable, feliz y
pacífico. Inspirarás y bendecirás a cuantos se
crucen en tu camino.

Haz de la vida un gozo constante. Goza con la


verdad. Goza con la austeridad. Goza con la caridad.
Ese gozo está dentro de ti.

Lleva una vida sencilla. Lleva una vida ordenada.


Considera cada día como si fuese en último, y utiliza
cada segundo posible para la meditación y el servicio.

Vive en el presente, olvida el pasado. Abandona las


esperanzas del futuro. Vive el presente precioso, en
él, tienes todo lo necesario para realizarte.
Entiende bien el significado de la vida, y comienza tu
búsqueda. La vida es el mayor regalo. Utiliza cada
segundo provechosamente. El éxito llega a menudo a
quienes arriesgan y actúan. Pero raramente le llega a
los tímidos y apocados de espíritu.

La unidad de la vida

Contempla la vida como un todo. Ten una visión


amplia de la vida. Toda la vida es una. Toda la vida
procede de lo Absoluto, que es la única Realidad. La
Luz respira en toda vida. Todo es una misma cosa. El
mundo es un solo hogar. Todos somos miembros de la
misma familia. La creación entera es un todo
orgánico. Ningún hombre es independiente de ese
todo.

La unidad es la vida eterna. Cultiva el amor universal.


Inclúyelo todo. Abrázalo todo. Reconoce el valor de
los demás. Destruye todas las barreras que separan
a un hombre de otro. Reconoce el principio no dual, la
esencia inmortal presente en todas las criaturas.
Protege a los animales. No comas carne. Considera
toda vida como sagrada. Entonces, este mundo
parecerá un paraíso de belleza, un cielo de paz y
tranquilidad. No tendremos que buscar ningún
paraíso lejano, lo tendremos aquí.

Sonríe junto a la flor y verde hierba. Tiende tu mano


a los arbustos, abraza a los árboles. Juega con las
mariposas y los pájaros. Habla al arco iris, al viento,
a las estrellas y al Sol. Conversa con los riachuelos
saltarines y con las olas del mar.

Entonces disfrutarás de una vida amplia, perfecta,


rica y plena. Realizarás la unidad de la vida. Apenas
puede describirse con palabras. Tendrás que sentirlo
por ti mismo.

LA LIBERTAD
U
na de las características más sobresalientes del ser
humano es su ansia de libertad. Libertad es una
palabra sagrada en el mundo occidental. Hasta se le
ha erigido una estatua en el confín de América que
da la bienvenida a cuantos llegan a la ciudad de
Nueva York desde el Viejo Continente. En Francia, la
libertad forma parte de la trinidad política del país,
junto a la igualdad y la fraternidad. También figura
en el ideario de anarquistas, republicanos y
demócratas. Tal vez no sea exagerado afirmar que la
palabra libertad se repite hoy en el mundo más que
el nombre de Dios.

Todos queremos ser independientes. Nadie desea


servir a nadie. El empleado ahorra dinero sin
desmayo para establecer su propio negocio. El
catedrático aspira a ser rector. Todos deseamos ser
legisladores. Todos queremos que los demás se rijan
por nuestros deseos. A nadie le gusta verse
sometido a los deseos de los otros. En el fondo de su
corazón, nadie desearía tener rival. La causa de todo
esto es que existe en nosotros un ser efulgente e
inmortal que no tiene segundo, ni rival; que es el
legislador íntimo y el soporte de todo el universo.
Este ser constituye nuestra verdadera naturaleza,
nuestra propia esencia y por eso todos albergamos
tales deseos y sentimientos. La libertad es el
derecho de nacimiento del hombre que ninguna
fuerza puede suprimir. La libertad es una llama
siempre viva.

Sin embargo, en el plano ordinario, los conceptos de


libertad son distintos según las personas que los
interpreten. Para unos, la libertad consiste en
escapar a la esclavitud del consumo y a la tiranía del
capitalismo. Para otros, libertad es el derecho a
hacer o decir cuanto les venga en gana sin más límite
que los que impone la libertad del prójimo o la ley
común establecida y mayoritariamente aceptada. Es
de suponer que para algunos la libertad constituye
un derecho sin límites, absoluto, y para otros, en fin,
sólo tiene aplicación en pequeñas cuestiones como
elegir una camisa azul o blanca.

En esto de la libertad, como en tantas otras cosas,


se busca un ejercicio exterior, aparente, ficticio. Se
busca la libertad de hacer, de decir y de pensar.
Para la mayoría, la libertad es sacudirse el yugo
condicionante de las presiones externas, de las
circunstancias, de las alineaciones o de otras
personas. ¡Qué pocos se dan cuenta todavía de que la
mayor esclavitud es la de la propia mente! ¡Qué
pocos ven en el juego de los sentidos esa
circunstancia condicionante que anula nuestra propia
libertad! ¡Qué pocos aún los que aciertan a ver en su
propio ego el tirano dictador que los oprime!

La libertad de palabra y de pensamiento no es


verdadera libertad. Hacer en cada momento lo que a
uno le viene en gana no es verdadera libertad. Poder
desnudarse en público tampoco es libertad. Como
tampoco lo es ser monarca, detentar poder o poseer
inmensas riquezas. Ni siquiera renunciar al mundo
puede considerarse una total liberación.
La auténtica libertad no es meramente política y
económica, aun cuando éstas sean necesarias para el
bienestar de la sociedad. La verdadera libertad es
el dominio sobre sí mismo. La verdadera libertad
consiste en librarse del egoísmo y de los deseos; de
los gustos y de los disgustos; de la lujuria, de la
avaricia y de la cólera. Son sus pasiones y deseos
quienes verdaderamente esclavizan al hombre. Es su
mente la causa de su falta de libertad y de su
infelicidad.

Son muchos hoy los que claman por libertad, pero


cuesta trabajo creer que esas voces entiendan muy
bien toda la dimensión del concepto. Se lucha
denodadamente por conseguir pequeñas libertades,
pero eso es todo. Las libertades por las que muchos
luchan hoy, otros las disfrutan desde hace tiempo y
no por ello han desaparecido sus miserias y
desdichas. ¿O es que la libertad política y sexual o la
independencia económica liberan de enfermedades,
dudas, angustias y temores? Los hombres nos
liberamos de unas esclavitudes y caemos en otras. La
verdadera libertad es liberarse de sí mismo. Hasta
que el hombre no consiga trascender las limitaciones
de su mente no habrá emancipación ni libertad.

Es cierto que hay que reformar y perfeccionar lo


externo. No es menos cierto que hay que someter y
controlar lo interno. Algunos dicen: "En una sociedad
libre y justa siempre reinaría la paz y la felicidad".
Tal vez, pero una sociedad nunca será justa mientras
no lo sean los hombres que la formen. Y la justicia
del hombre no se consigue legislando, sino
purificando el corazón. Del mismo modo, una
sociedad nunca será libre mientras que los individuos
que la componen sean esclavos de su ambición y sus
pasiones. Si queremos una sociedad justa, formemos
hombres justos. Si queremos una humanidad en paz,
hagamos que la paz reine en el corazón de cada
hombre. Si queremos un mundo libre, liberémonos de
nuestros deseos egoístas y de nuestras pasiones
incontroladas. Si queremos reformar la sociedad,
reformémonos a nosotros mismos. La sociedad
quedará automáticamente reformada.

Uno puede haber conseguido todas las licencias del


mundo, pero seguirá prisionero de su propio cuerpo.
Y además embutido en el rígido corsé de los hábitos.
Y maniatado por sus apetencias y necesidades. Y
vigilado por su eterno guardián: el ego. En estas
circunstancias, ¿puede considerarse libre un hombre
porque puede gritar?

Vivir es caminar hacia la libertad. La vida es una


oportunidad que se nos da para liberarnos de
nuestras miserias. Es preciso emplearse
cuerdamente y no gastar la energía en salvas. Uno
debiera practicar con perseverancia, con fe y con
ilusión, preparándose con paciencia, no para ganar las
pequeñas batallas de las libertades, sino para ganar
la guerra de la auténtica liberación.

Aforismos.

· Amor, Sabiduría, Libertad, en esencia, son una o la


misma cosa.

· Puedes llagar a la Libertad a través del Amor.

· El Amor necesita de la Sabiduría y va unido a ella.

· La Sabiduría necesita del Amor y va unida a él.

· Puedes llegar a la Libertad a través de la Sabiduría.


· La Libertad total es el reto esencial del hombre.

· La Sabiduría no es patrimonio de la razón.

· La Sabiduría lleva a la verdad.

· La verdad está más allá de las posibilidades de la


mente.

· La Verdad es patrimonio del Espíritu, no del alma.

· No se puede transmitir la Verdad. La Verdad es


vivencia.

· La Verdad no puede estar contenida en ninguna


doctrina, en ninguna filosofía. Ellas pueden indicar un
camino, una verdad con minúscula, pero nada más.

· La Verdad, que es una y única puede manifestarse


de muy diversos modos.

· Todas las llamadas Verdades son relativas.

· Nadie te puede liberar.

· Serás más y más libre cuanto más te alejes de tus


múltiples ignorancias y de tus múltiples y sutiles
egoísmos.
· Busca mucho más dentro de ti que fuera de ti
aquello que te impide ser libre.

· Has de poseer una mente flexible si deseas ser más


libre.

· La libertad consiste en hacer lo que se debe hacer,


amorosamente.

· La verdadera libertad, como la verdadera sabiduría


y el verdadero Amor son ecuménicos.

· No puede existir libertad si no amamos a todos y


cada uno de los reinos de la naturaleza.

· Serás tanto más libre cuanto más desarrolles y


reflexiones sobre los ideales de los demás.

· El mayor obstáculo en el camino hacia la libertad,


eres tu mismo.

· Ninguna doctrina, ningún partido político, te puede


liberar. Has de ser tu con tu trabajo personal
constante quien te libere.

· Un hombre puede ser libre estando en la cárcel.


Una persona puede ser el mayor de los esclavos
estando en plena naturaleza.
· Conforme vayas ganando en luz verás que cuanto
más brillante es la luz, más sombras proyecta y de
mayor intensidad.

EL MUNDO INTERIOR

Debemos aprender a enfatizar las posibilidades de


nuestro mundo interno, pues es en nuestro mundo
interno en el que estamos continuamente
sumergidos. Este mundo nos pertenece: donde quiera
que vayamos, lo llevamos con nosotros y podemos
contar con él, mientras que el mundo externo
siempre nos reserva alguna que otra decepción. Si lo
que buscamos es nuestro verdadero camino, la
plenitud, debemos saber que podemos encontrarlos
en nosotros mismos. El problema es que no nos
conocemos, no sabemos todo lo que poseemos, todos
nuestros tesoros, y nuestro conocimiento se pierde
irremediablemente en tesituras inertes, sin sentido
y de vana erudición. Debemos esforzarnos para
sentir y utilizar todos nuestros recursos.
LA RELIGIÓN

La religión representa la
relación entre los tres principios fundamentales, que
son: el Ser Supremo de Luz, el mundo y el individuo.
La religión proporciona solaz al peregrino exhausto
en este plano terrestre, explicándole el misterio de
la vida y mostrándole el camino hacia la morada
inmortal.

La religión no implica una NEGACIÓN de la vida, sino


la plenitud de ésta. Es la vida eterna. El hombre se
convierte en Dios a través de la disciplina, el
autocontrol y la meditación. ESTO ES LA
RELIGIÓN.

La religión consiste en hacer el bien a los demás, en


practicar el amor, la misericordia, la veracidad y la
pureza en todos los senderos de la vida. La religión
es la filosofía en práctica, y la filosofía es la religión
en teoría. La filosofía implica una búsqueda, una
indagación y una pregunta constante. La religión
consiste en sentir, realizar y experimentar.

Cualquier religión es tan buena como la otra.


Cualquier sendero o camino que conduzca a lo
Supremo es tan bueno como otro cualquiera. Por eso,
además, de las religiones generalistas deben haber
las minoritarias e incluso las más necesarias... las
individuales. Todas ellas con un mismo objetivo la
búsqueda de nuestra verdad. Las vacas tienen
colores distintos, pero el color de su leche es el
mismo. Hay muy distintos tipos de rosas, pero su
fragancia es la misma. La religión es una sola, aunque
son muchas las formas de practicarla. La diversidad
es el orden de la creación, y la religión no es una
excepción.

La esencia de la religión

La religión no es un dogma. El credo es como trozos


de paja. No es la teología tampoco. No se trata de
una mera creencia ni de una emoción. Tampoco es
simplemente una corta oración que uno hace
únicamente cuando sufre de cólico intestinal agudo o
de un ataque de gota. Consiste, principalmente, en
una vida de bondad y servicio, en una vida de
meditación.

La esencia de la religión no consiste en pintarse


signos sobre la frente, ni en dejarse crecer las
greñas y una buena barba, ni de raparse la cabeza y
cantar el hare-hare, ni tampoco en permanecer de
pie bajo un sol sofocante o sumergido en agua
helada, ni de llevar hábito de color naranja, ni en
tocar las campanas, soplar la concha o tocar los
platillos, sino en una vida de bondad, pureza y
servicio en medio de las tentaciones mundanas.

No dejes que tus preferencias personales, la fuerza


generada del convencionalismo o la opinión de
fanáticos y sectarios te cieguen, haciéndote adoptar
una visión estrecha de la religión. Has de ser capaz
de diferenciar lo esencial de lo no esencial en la
religión y en la filosofía, por medio del
discernimiento y la discriminación puras. Sólo
entonces podrás intentar ser feliz.

LAS CREENCIAS

Desde hace ya
tiempo, cuando algún amigo, conocido o saludado me
pregunta por mis creencias religiosas, le manifiesto
que no soy creyente; eso no significa que sienta
ningún tipo de animadversión o rechazo hacia las
personas que si lo son, ni siquiera una actitud
beligerante asoma por mi mente cuando converso con
alguno de ellos.

No ser creyente debe significar simplemente eso...


no creer en ninguna doctrina impuesta que nos
llevará teóricamente a la salvación eterna. Cada cual
puede y debe pensar, sentir o creer lo que le venga
en gana y estar dispuesto, además, a cambiar de idea
si la razón o el sentimiento le inducen a ello.

Lo que si me inspira desprecio y repulsión es el


fanatismo, la intolerancia y, sobre todo, aquellos que
tratan de imponer su creencia a los demás, ya sea
por la violencia o mediante la manipulación.

¿Qué verdad encontraremos en doctrinas y


religiones que aplican castigos desmedidos por el
solo hecho de no llevar cubierto el cabello femenino?
O la ley del talión: "ojo por ojo, diente por diente".

Cuando los dogmas se convierten en cadenas, solo


cabe una cosa... romperlas.
Cuando las doctrinas son una carga para seguir
progresando hay que deshacerse de ellas.

No hay una sola creencia que pueda servir a toda una


colectividad, la única creencia que deberíamos
seguir, si es que hay que hacerlo, es... la nuestra. Y
esa debe ser regida por el conocimiento, el amor y el
discernimiento.

LAS CREENCIAS RELIGIOSAS

A los ojos de medio


mundo, históricamente, un ateo ha sido la mayor
aberración que puede haber. Se toleran más o menos
el resto de religiones; incluso las que distan mucho
de la personal, puesto que a fin de cuentas
comparten un sentimiento: son religiosos.
A mí me intriga la causa antropológica de las
religiones. Puedo llegar a entender que una persona
en su contemplación personal del mundo alcance
cierta sensación de reverencia ante la realidad que
descubre y que llegue a formar un conjunto de
creencias personales, indemostrables, en las que
cree firmemente sin más prueba que su propia
sensación de que es la verdad. Pero no consigo
encontrar sentido a la creencia colectiva. Podríamos
hacer un razonamiento histórico: dos personas que
han elaborado esas creencias indemostrables, al
contrastarlas, encontrarán muchos elementos
comunes; a fin de cuentas la realidad que ambos
viven, en medioambiente y cultura, es semejante. La
sorpresa de esas dos personas sería enorme. Si tú
crees en esto y yo también, entonces debe ser
verdad. Dejarán a un lado las diferencias menores y
agregarán a personas que tienen sentimientos
semejantes hasta formar un sistema y una
institución: una religión. No pretendo en este
momento analizar las incongruencias de cada
religión, sino hacer una llamada de atención ante lo
que es la colectivización ideológica religiosa.
Opino que el carácter del ser humano como animal
social es innegable. El hombre busca
compulsivamente rodearse de semejantes, estar con
la masa. Las creencias religiosas han aprovechado
esa circunstancia de un modo significativo. Las
religiones no se apoyan en dogmas, ritos o
reflexiones; las religiones se sustentan en la masa. Y
hemos de destacar que, siendo casi todo el mundo
individualmente más o menos sensato, la masa es
siempre irracional.

Lo más parecido a las creencias personales son las


interpretaciones "propias" de religiones
establecidas. Incluso de vez en cuando, alguien
adquiere sus propias creencias, que no tienen nada
que ver con ninguna religión sistemática. Esos
individuos han sido históricamente eliminados de
raíz. La herejía, la blasfemia, atentan contra la
irracionalidad de la masa amenazando el sistema que
sostienen.

Me llama la atención cómo los sistemas de creencias


inciden en reunir a sus seguidores de modo conjunto.
El calor de la multitud acalla la capacidad de pensar.
También es revelador contemplar cómo las religiones
se apresuran a escribir y "guiar" las páginas en
blanco que son los niños como si la posibilidad de que
una nueva y libre impresión del mundo amenazara la
existencia del sistema.

Porque así es: Un sistema, cualquier sistema (un


gobierno, una religión, un sindicato...) es un ente en
sí mismo. Existe; vive. Y la prioridad de cualquier
ente vivo es prolongar su existencia. La prioridad de
un gobierno no es gobernar, ni la de una religión
sostener sus dogmas, ni la de un sindicato proteger a
sus trabajadores. La prioridad es perdurar en el
tiempo. Así, un gobierno sacrificará cuantos
organismos sean necesarios para seguir en el poder.
Un sindicato hará "la vista gorda" ante ciertas
situaciones si de este modo puede acrecentar su
influencia y perdurabilidad. Una religión sacrificará
dogmas, fieles, principios, para conseguir los medios
que le hagan perdurar.

Y cualquier ente vivo intentará eliminar los


elementos que amenacen su existencia.
Jamás discutiré las creencias de alguien que me
hable de ellas desde su individualidad. Jamás
escucharé las del que me hable en nombre de la
masa.

LAS SECTAS

La humanidad
siempre ha tenido un espíritu sectario y la historia
no es más que el relato de las guerras entre sectas
por alcanzar la hegemonía y el poder, e imponer su
credo.

Por un reflejo defensivo ante el acoso a que les


someten las sectas dominantes, los grupos
minoritarios suelen radicalizarse y se caracterizan
por un extremo fanatismo.
No faltan ejemplos en la Historia, aunque tal vez el
más significativo sea el que tuvo lugar en el mundo
judío, cuando surgió un líder carismático, Jesús, que
arrastraba a las masas. Fue acusado de blasfemo por
el judaísmo establecido y condenado a morir en la
cruz. Sus seguidores fueron perseguidos y
considerados como una secta demoníaca. La
persecución les radicalizó hasta el extremo de morir
martirizados con una sonrisa en los labios. Veinte
siglos después, aún pueden apreciarse en la Iglesia
católica algunos trazos de fanatismo y no pocos
mecanismos represivos que recuerdan, como
cicatrices, las heridas de tiempos más difíciles.

Estos son algunos de los crímenes cometidos, a lo


largo de la Historia, en la lucha por el poder entre
sectas. Cruzadas, guerras santas, Inquisición,
represión, dictado del terror, etc., son algunos
nombres que pueden servir de recuerdo concluyente.

Los ataques que ahora dirige la sociedad cristiana a


las sectas minoritarias pueden inscribirse dentro de
la estrategia de esta ininterrumpida guerra de las
sectas. No debieran olvidar los cristianos su pasado
al juzgar a grupos que surgen hoy con una
espiritualidad renovada, debido, como ellos antes, a
la corrupción de los estamentos religiosos al uso.

Las sectas son grupos minoritarios de personas que


han aceptado como absoluta una filosofía
determinada y mantienen una actitud hostil y de
enfrentamiento hacia otras corrientes de
pensamiento. Son tanto más radicales cuanto mayor
es el grado de fanatismo de sus miembros y casi
todas se caracterizan por un desmesurado afán de
proselitismo.

Aunque, a veces, es difícil establecer donde termina


la secta y donde empieza la religión, podría decirse
que la diferencia más sobresaliente entre ambas es
de carácter cuantitativo. Cuando una secta consigue
un número mayoritario de adeptos, se convierte en
una religión.

Todas las grandes religiones fueron sectas en su día


y, muchas, aun conservan vivo, en parte, aquel
espíritu sectario de sus primeros tiempos, aunque,
en la medida en que se han hecho fuertes y estables,
han aumentado también su grado de tolerancia y
disminuido su radicalismo.
La secta no se explica si no va unida a otros dos
conceptos, el fanatismo y el proselitismo, de lo que
es inseparable.

La mente humana no es un reducto inexpugnable sino


que es perfectamente permeable a determinadas
influencias. Si una mente es muy poderosa influye
sobre otra y modifica su entorno. Si es débil se ve
influida por éste.

Existe, pues, un tráfico de influencias psíquicas que


puede alterar la ideología del individuo y modificar
su estructura mental.

Una creencia es más o menos fuerte en relación a la


intensidad de la fe que el individuo tiene en ella. En
la mayoría de los seres humanos, el despertar de las
facultades intelectuales va planteando interrogantes
que minan de dudas sus convicciones anteriores. La
energía psíquica que sirve de propulsión a todo
pensamiento, se escapa, en este caso, por los
agujeros de la duda y llega con escasa fuerza a otras
mentes.

El caso del fanático, sin embargo, es distinto. Este


aún no tiene despiertas sus facultades intelectuales
y carece de todo discernimiento. Ha "aceptado" una
verdad y, puesto que carece de dudas, la proyecta
con toda su energía, causando una impresión
considerable en otras mentes, particularmente en
aquellas de características similares a la suya, que
se limitan a aceptar la nueva "verdad" y se
convierten prontamente en transmisores de ella.

Esta es la razón por la que el fanático resulta un


proselitista eficaz, y esto explica también el rápido
crecimiento de las sectas más dogmáticas y
radicales.

Cualquier doctrina parece mayor verdad cuando está


establecida y es mayoritariamente aceptada, pero no
se olvide que todas las grandes religiones extendidas
en occidente, fueron, en su día, grupúsculos
marginados a quienes el tiempo, el pacto, y el
proselitismo, entre otros factores, llevaron al lugar
que hoy ocupan.

Hoy, como ayer, existen numerosas sectas porque


existen numerosos individuos emocionales, ciegos a
la razón, y dispuestos a transformar en realidades
absolutas lo que no son más que deseos y esperanzas
utópicos. Recuerden, aquí no encontraran una verdad
absoluta, una verdad con mayúsculas, no se dejen
engañar, busquen su verdad, no la de otros. Habrá de
transcurrir mucho tiempo antes de que la humanidad
evolucione como para elevarse sobre concepciones
sectarias.

LA NATURALEZA HUMANA

Si a usted no le
importa molestar a su familia y a sus amigos, pruebe
a preguntarles por qué les importan los automóviles
nuevos, los partidos de fútbol, los ascensos en el
trabajo, las ropas bonitas, los ordenadores más
potentes, los restaurantes de lujo, etc.
Las conversaciones de este tipo tienen dos
características extrañas. En primer lugar, no se
producen casi nunca. Es probable que la gente no lo
odie a usted por hacer preguntas de este tipo, pero
las preguntas les parecerán extrañas. Hay ciertas
cosas en la vida que simplemente se dan por
supuestas. En segundo lugar, la gente rara vez tiene
buenas respuestas a este tipo de preguntas. Hasta
las personas muy inteligentes y con estudios pueden
no tener idea de la respuesta, a no ser que estén al
tanto de los últimos avances de la psicología
evolutiva.

Al fin y al cabo, cuando formulamos preguntas como


éstas, los interrogados suelen alegar que "hacen lo
natural" o que "es la naturaleza humana". Esto
también es extraño, pues es probable que les
enseñasen en la escuela que la supuesta naturaleza
humana no existe. A mí me lo enseñaron. Parece que
ellos no lo creen, ni tampoco lo creo yo.

Lo más probable es que a usted también le


enseñasen en la escuela que los seres humanos son
infinitamente flexibles, que las personas son
capaces, en teoría, de seguir casi cualquier modo de
vida imaginable. Quizás le enseñaran que todos los
demás animales tienen instintos, pero que el instinto
es una fuerza despreciable en la vida humana, pues
los seres humanos podemos pensar, recordar y
aprender los unos de los otros de un modo que no
está al alcance de los demás animales. También es
probable que usted haya leído esta opinión en libros.
Casi todo el mundo la compartía hasta hace cosa de
veinte años.

Si existe algo llamado naturaleza humana, que viene


a ser igual en todo el mundo y en todos los momentos
de la historia, y que no difiere mucho de la
naturaleza chimpancesca, de la naturaleza goriliana o
de la naturaleza mandriliana. Voy a explicarle lo que
es la naturaleza humana y cómo se hizo así. (Es un
tema complejo, de modo que tendré que dejar de
lado muchos detalles.) No serán sólo ideas mías. En
los últimos veinte años, los biólogos especializados
en conducta humana y los antropólogos y psicólogos
con una visión evolutiva de sus temas de estudio han
recopilado un amplio hábeas de investigaciones
científicas que apoyan esta postura.

Consideremos los doce fenómenos siguientes:


· Entre todas las cosas malas que pueden suceder a
una persona, se considera en general que la muerte
de un hijo es la peor, y los hijos se recuperan mucho
mejor de la muerte de un progenitor que los padres
de la muerte de una hijo.

· En todo el mundo los hombres tienden más que las


mujeres a abandonar, a descuidar o a maltratar a
sus hijos, y los niños adoptados tienen más
probabilidades de ser maltratados o abandonados
por su padre o madre adoptiva que los hijos
naturales.

· Las expresiones faciales que transmiten emociones


son semejantes en todo el mundo.

· A todas las personas, en todos los lugares, les


producen recelo las serpientes y las arañas, pero
suelen despreocuparse de peligros mayores como son
los vertidos tóxicos y los conductores borrachos.

· A la gente de todo el mundo le interesan


intensamente las cuestiones de parentela. Procuran
no olvidar quiénes son sus parientes, dónde están y
cómo les va.
· En todo el mundo y en todas las épocas de la
historia las personas han aborrecido las relaciones
sexuales entre parientes próximos (entre padres e
hijos, entre abuelos y nietos, entre hermanos, en
muchos casos también entre primos carnales).

· En todas las sociedades, las personas reconocen


diversas formas de nivel social, y todos temen la
pérdida del nivel social que ostenten.

· Las mujeres, incluso las feministas modernas,


siempre han se han sentido atraídas por los hombres
relativamente dominantes y prósperos.

· En casi todas las sociedades de la Tierra, del


pasado o del presente, a los hombres les interesan
mucho las relaciones sexuales circunstanciales con
mujeres, mientras que las mujeres son muy
selectivas al elegir a sus compañeros sexuales.

· Los hombres maduros prefieren en general, en


todas partes, casarse con mujeres más jóvenes.

· En casi todas las sociedades que se han estudiado


hasta el momento, los hombres intentan vencer a
otros hombres en competiciones deportivas, y los
campeones deportivos son considerados compañeros
sentimentales deseables por muchas mujeres.

· La poligamia (un hombre con dos o más esposas) ha


sido común en muchas culturas, mientras que la
poliandria (una mujer con dos o más maridos) ha sido
bastante rara.

¿Por qué son así las cosas?

Es posible que a usted no le agrade esta lista.


Quizás discuta algunas de mis generalizaciones,
aunque si comprueba más a fondo los hechos
descubrirá que son ciertos. Puede que se le ocurran
contraejemplos. Existen algunos, pero no muchos.
Quizás sospeche que yo tengo mis motivos ocultos
para preguntarle por qué son así las cosas. Tal vez le
inquiete la posibilidad de que yo presente estas
afirmaciones porque soy un varón blanco y
heterosexual que creo que las mujeres deben ocupar
un papel secundario con respecto a los hombres, o
que debe condenarse la homosexualidad, o que
ciertos grupos étnicos deben seguir dominando a
otros grupos étnicos, o que los ricos merecen ser
ricos y los pobres merecen ser pobres.

En realidad, no creo que las cosas deban ser así. Si


lo creyera, no estaría escribiendo estas letras. No
creo que las cosas tengan que ser así. Si pregunto
por qué son así las cosas, es para demostrar algo
muy concreto. Es casi imposible explicar tales cosas
( y otras docenas de cosas como ellas) sin recurrir a
la naturaleza humana y al instinto.

Intente verlo de este modo: ¿Cómo sería la vida


humana si la gente no tuviera más que sentimientos
racionales con respecto al sexo; si sólo tuvieran
hijos por causas lógicas; si no existieran los niveles
sociales o a la gente no les importasen; si las
personas no compitieran entre sí de diversos modos;
si no existieran los celos sexuales; si a la gente no le
importase el atractivo físico; si los padres no
establecieran vínculos apasionados con sus hijos; si a
la gente no le interesasen las relaciones de
parentesco? Si usted es una persona idealista y con
imaginación, puede creer en un primer momento que
el mundo sería mejor de ese modo. Pero si reflexiona
un poco más, quizás advierta que un mundo así sería
tan ajeno a nosotros que resulta muy difícil
concebirlo. Nunca ha existido en la Tierra una
cultura que viviera así.

El modo de vida que yo propongo (basado en desear


lo que se tiene de acuerdo con los principios de
Compasión, Atención y Gratitud) es contrario a la
naturaleza humana. Es propio de la naturaleza
humana desear lo que no se tiene. Para tener
esperanzas de éxito en la tarea de desear lo que se
tiene, usted debe comprender con qué se enfrenta.
Si lo comprende, su decisión puede reforzarse, y
podrá disponer de más recursos cuando el camino se
ponga duro.

Para comprender la naturaleza humana y cómo llegó


a ser tal como es, debe comprender un poco la
evolución y el instinto. Los seres humanos tenemos
nuestras inclinaciones naturales exactamente del
mismo modo que las tienen los narcisos, las
lombrices, los puercoespines, los leones y los
chimpancés.

EL NÚCLEO DEL SER


Mi estado natural suele estar eclipsado por la
turbulencia de la mente.

********************

Cuando dejo atrás los callejones oscuros y los


pasadizos de mi mente, llego al núcleo de mi Ser.

********************
En el núcleo de mi Ser estoy en contacto con la luz,
con el amor y con el conocimiento, que son las
propiedades inherentes de mi estado natural.

********************

En el núcleo de mi Ser hay un principio, una


inteligencia que genera, dirige y organiza la actividad
de mi mente y de mi cuerpo.

********************

Cuando estoy en contacto con la inteligencia (o con el


principio) que está en el núcleo de mi Ser e intimo
con ella, comprendo que este mismo principio está en
el núcleo de todos los Seres y dirige y organiza la
mente y el cuerpo de todo lo que vive, se mueve y
respira.

********************
Este principio, esta inteligencia pura o conciencia
pura, es el verdadero yo.

********************

Este yo se proyecta a sí mismo como cuerpo/mente


personal y como cuerpo/mente Universal.

********************

Replegándome en mí mismo, me proyecto a mí mismo


una y otra vez con un potencial infinito e ilimitado.

********************
En el núcleo más profundo de mi Ser hay una
inteligencia que dirige la actividad de mi mente y de
mi cuerpo.

********************

Cuando entro en contacto con la inteligencia que


está en el núcleo más profundo de mi Ser, e intimo
con él, comprendo que esta misma inteligencia está
dirigiendo la actividad de otras mentes y de otros
cuerpos; y comprendo que, en realidad, dirige toda la
actividad del Universo.

********************

Esta inteligencia que está en el núcleo más profundo


de mi Ser, y de los demás Seres, y del Universo, ha
sido llamada Dios por muchas tradiciones
espirituales.
********************

En el núcleo más profundo de todo el Ser está el


generador, el organizador y el administrador de toda
la actividad que existe en el Universo.

********************

El Creador es el origen, la Generación de toda la


información, energía y materia.

El acto de creación es el proceso, el Organizador de


toda la información, energía y materia.

Lo creado es el resultado, el Administrador de toda


la información, energía y materia.

EL ESPACIO

Cuando cuantifico el espacio, creo el tiempo.


********************

El tiempo es un modo de medir el espacio

********************

Cuando cuantifico el tiempo, creo el espacio. El


espacio es un modo de medir el tiempo.
********************

Cuando me cuantifico a mí mismo, creo una persona.

********************

Cuando advierto los espacios entre los sonidos y los


espacios entre las palabras, así como los espacios
entre mis pensamientos y el silencio de fondo que
está detrás de todo, comprendo que todos estos
espacios son un mismo espacio.

********************

Este espacio es el punto de entrada. Es el vórtice


transformador, el pasillo, la ventana al Espíritu.

********************
El espíritu está más allá del vacío del espacio. Este
ámbito, más allá del vacío, no es una nada vacía; es el
vientre de la creación.

********************

La Naturaleza acude a un mismo lugar para crear una


galaxia de estrellas, un cúmulo de nebulosas, una
selva tropical, un cuerpo humano o un pensamiento.
Ese lugar es el Espíritu.

********************

El tiempo personal nace en los espacios que están


entre los recuerdos personales.

********************
El tiempo cósmico nace en los espacios que están
entre los recuerdos cósmicos.

********************

El Espíritu es la potencialidad de los sucesos del


espacio-tiempo.

********************

El Espíritu, moviéndose dentro de sí mismo, crea los


sucesos del espacio-tiempo y se convierte en
materia.

********************

El Espíritu y la materia son uno.


********************

El observador y lo observado son uno.

********************

El espectador y el escenario son uno.

********************

El espectador, el observador, el perceptor, el


pensador, el campo y la conciencia pura son palabras
distintas que describen todas ellas al Espíritu.

TIEMPO Y ESPACIO
El tiempo
destruye todo cuanto crea, y el fin de toda
secuencia temporal es, para la entidad implicada en
ella, la muerte en una u otra forma. La muerte es
enteramente trascendida sólo cuando es trascendido
el tiempo; la inmortalidad está reservada a la
conciencia que ha atravesado lo temporal y se halla
en lo intemporal. Para todas las demás conciencias
existe en el mejor de los casos una supervivencia o
un renacer, y tanto la una como lo otro entrañan
ulteriores secuencias temporales, así como la
recurrencia periódica de otras muertes, otras
disoluciones. En todas las filosofías y religiones
tradicionales del mundo, el tiempo es considerado
como el enemigo y el autor del engaño, como la
prisión y la cámara de torturas. Sólo en calidad de
instrumento, de medio para la consecución de un fin
distinto, posee un valor positivo; no en vano
proporciona el tiempo al alma encarnada las
oportunidades para trascender el tiempo; cada
instante de cada secuencia temporal es
potencialmente la puerta a través de la cual
podemos, si lo deseamos, pasar a la eternidad. Todos
los bienes temporales son medios para la
consecución de un fin situado más allá de sí mismos;
no han de ser tratados como fines por derecho
propio.

Los bienes materiales habrán de ser tenidos en gran


estima por ser meramente soportes del cuerpo que,
en nuestra actual existencia, es necesario para la
consecución de la finalidad del hombre; ahora bien,
su más alto y definitivo valor consiste en que son
medios para alcanzar ese desprendimiento del propio
yo que es condición previa a la consecución de lo
eterno. Los bienes del intelecto son verdades, y
éstas, en un último análisis, son valiosas en tanto en
cuanto suprimen las ilusiones y los prejuicios que
eclipsan a Dios. Los bienes estéticos son preciados
por ser simbólicos y análogos del saber unitivo de la
Realidad intemporal. Considerar cualquiera de estos
bienes temporales como algo autosuficiente, como un
fin en sí mismo, es incurrir en idolatría. Y la
idolatría, que es fundamentalmente algo contrario a
la realidad e inapropiado a la realidad misma del
universo, da por resultado, en el mejor de los casos,
la estulticia de quien la practica, en el peor de los
supuestos puede desembocar en el desastre.

El movimiento en el tiempo es irreversible en una


dirección. "Vivimos hacia delante", como decía
Kierkegaard, "pero sólo entendemos las cosas hacia
atrás". Por si fuera poco, el flujo de la duración es
indefinido e inconcluso, un lapso perpetuo que no
posee en sí mismo un patrón fijo al cual acomodarse,
una posibilidad de equilibrio o de simetría. Así, los
días alternan con las noches, las estaciones vuelven
con regularidad, las plantas y los animales tienen sus
propios ciclos vitales y son sucedidos por sus
descendientes, iguales a ellos. Pero todos estos
patrones, todas estas simetrías y recurrencias, son
características no del tiempo como es en sí, sino del
espacio y de la materia tal y como se relacionan con
el tiempo en nuestra conciencia.

Los días y las noches y las estaciones existen porque


ciertos cuerpos celestes se mueven de una forma
determinada. Si a la tierra le llevara no un año, sino
un siglo recorrer su órbita completa en torno al sol,
nuestra percepción de la intrínseca carencia de
forma que es propia del tiempo, de su irrevocable
avance en un solo sentido hacia la muerte de todas
las entidades en él implicadas, sería mucho más
aguda de lo que es en realidad. La mayor parte de
nosotros, en esas hipotéticas circunstancias, no
llegaría a vivir para ver el ciclo de las cuatro
estaciones, para vivir un año tan largo, y no tendría,
por tanto, experiencia de esa recurrencia y esa
renovación de las variaciones cósmicas sobre los
temas conocidos que, con la actual configuración
astronómica, disimulan la naturaleza esencial del
tiempo al dotarlo, al menos en apariencia, de ciertas
cualidades propias del espacio. Ahora bien, el
espacio es un símbolo de la eternidad, ya que en el
espacio existe la libertad, la reversibilidad del
movimiento, y nada hay en la naturaleza del espacio,
como sí la hay en la del tiempo, que condene a los que
en él están implicados a la muerte inevitable, a la
disolución.

Aún es más, cuando el espacio contiene los cuerpos


materiales, la posibilidad del orden, el equilibrio, la
simetría y un patrón determinado surgen de
inmediato se trata de la posibilidad, dicho en una
palabra, de esa Belleza que junto con la Bondad y la
Verdad tiene lugar en la trinidad de la divinidad
manifiesta. En este contexto hay que hacer mención
de un asunto altamente significativo. En todas las
artes cuya materia prima es de naturaleza
estrictamente temporal, el objetivo primordial del
artista estriba en espacializar el tiempo. El poeta, el
dramaturgo, el novelista, el músico, toman un
fragmento de un perpetuo perecer, en el cual
estamos condenados a emprender nuestro viaje de
sentido único hacia la muerte, e intentan dotarlo de
algunas de las cualidades del espacio, es decir, la
simetría, el equilibrio, el orden (las características
generadoras de Belleza que son propias de un
espacio que contiene cuerpos), junto con la
multidimensionalidad y la calidad de permitir el
movimiento en todas direcciones.

Esta espacialización del tiempo se logra en la poesía


y en la música mediante el empleo de rimas y ritmos
y cadencias recurrentes, mediante la constricción
del material dentro de formas convencionales, como
son las del soneto o la sonata, y mediante la
imposición, sobre el fragmento elegido, de un
comienzo, un medio y un final. Lo que de
denomina construcción en el drama y en la narración
está al servicio de ese mismo propósito
espacializador. El objetivo en todos los casos
consiste en dar forma a lo que esencialmente carece
de ella, imponer orden y simetría sobre lo que es en
realidad puro fluir indefinido hacia la muerte. El
hecho de que todas las artes que se ocupan de las
secuencias temporales hayan intentado siempre
espacializar el tiempo indica muy a las claras la
naturaleza de la reacción natural y espontánea del
hombre frente al tiempo, y arroja luz sobre el
significado del espacio en tanto símbolo de ese
estado intemporal, hacia el cual, por medio de todos
los impedimentos de la ignorancia, aspira consciente
o inconscientemente el espíritu del hombre.

Ciertos filósofos occidentales de las últimas


generaciones han realizado un intento consistente en
dar una posición más crucial al tiempo, extrayéndolo
del contexto que le habían asignado las religiones
tradicionales y los sentimientos más comunes de la
humanidad. De esta manera, bajo la influencia de las
teorías evolutivas, el tiempo es considerado creador
de los más elevados valores, de modo que hasta Dios
mismo es emergente, producto del flujo
unidireccional del perpetuo perecer, y no (como en
las religiones tradicioneles) mero testigo intemporal
del tiempo, que lo trasciende y que, debido a esa
trascendencia, es capaz de ser inmanente al tiempo.

Estrechamente aliada a la teoría de la emergencia


está la idea bergsoniana de que la "duración" es la
realidad primaria y definitiva, y de que la "fuerza
vital" tiene existencia única y exclusivamente dentro
de ese flujo. En otro orden de ideas hay que contar
con las filosofías de la Historia, hegelianas y
marxistas, en las que la Historia se escribe siempre
con mayúscula y se hipostasía como providencia
temporal que trabaja a favor de la plasmación del
reino del cielo en la tierra -reino del cielo en la
tierra que, según Hegel, sería una versión glorificada
del estado prusiano y que, según Marx, que no en
vano fue desterrado por las autoridades de dicho
estado, sería la dictadura del proletariado,
"inevitable" en razón del proceso de la dialéctica y
conducente en suma a una sociedad sin clases-. Estas
visiones de la historia dan por sentado el hecho de
que lo divino, la Historia, el proceso cósmico,
el Geist o la entidad que utilice el tiempo para
cumplir sus propósitos, llámese como se llame, se
ocupa de la humanidad en masa, y no del hombre y de
la mujer en tanto individuos; tampoco se ocupa de la
humanidad en un momento determinado, sino de la
humanidad en tanto sucesión constante de
generaciones. Ahora bien, no parece haber
absolutamente ninguna razón que nos lleve a suponer
la existencia de un alma colectiva de las sucesivas
generaciones, capaz de experimentar, comprender y
obrar en consecuencia de los impulsos transmitidos
por el Geist, la Historia, la fuerza vital y todo lo
demás. Muy al contrario, todas las pruebas apuntan
al hecho de que es el alma individual, encarnada en
un momento concreto del tiempo, la que por sí sola
puede establecer contacto con lo divino, por no
mencionar al resto de las almas.

La creencia (que se basa en hechos obvios, evidentes


por sí mismos) de que la Humanidad está
representada en cualquier momento dado por las
personas que componen la masa, y de que todos los
valores de la Humanidad residen en esas personas,
es tenida por algo absurdamente carente de
profundidad por todos estos filósofos de la historia.
Sin embargo, el árbol es conocido por sus frutos.
Quienes creen en la primacía de las personas y
quienes piensan que la Finalidad de todas las
personas es trascender el tiempo y alcanzar aquello
que es eterno e intemporal, son siempre, como es el
caso de los hindúes, los budistas, los taoístas, los
cristianos primitivos, abogados de la no violencia, la
gentileza, la paz y la tolerancia. Quienes, al
contrario, prefieren ser "profundos" a la manera de
Hegel y Marx, quienes piensan que la Historia se
ocupa de la Humanidad en la Masa y de la Humanidad
en tanto sucesión de generaciones, y no del hombre
y de la mujer de aquí y de ahora, son indiferentes a
la vida humana y a los valores personales, adoran a
los Molochs que denominan Estado y Sociedad y
están confiadamente preparados para sacrificar a
las sucesivas generaciones de personas reales, de
carne y hueso, cada una con su propio rostro, en aras
de la felicidad enteramente hipotética que, sobre
ninguna base discernible, piensan que será el destino
de la Humanidad en un futuro distante.

La política de aquellos que consideran la eternidad


como realidad definitiva se concentra en el
presente, en los modos y maneras de organizar el
mundo presente de forma tal que imponga la mínima
cantidad de obstáculos que sea posible en el camino
de la liberación individual del yugo del tiempo y de la
ignorancia; quienes, por el contrario, consideran el
tiempo como la realidad definitiva, se preocupan
sobre todo del futuro, y consideran el mundo
presente y sus habitantes como mero desecho, como
carne de cañón, esclavos potenciales a los que cabe
explotar en cualquier momento, así como
aterrorizar, liquidar o hacer volar en pedazos, con
objeto de que esas personas que tal vez nunca
lleguen a nacer, en un futuro del cual nada se puede
saber con el más mínimo grado de certeza, puedan
disponer de esa vida maravillosa que los
revolucionarios de hoy en día, y los que hacen la
guerra, piensan que les corresponde por la fuerza. Si
la locura no rayase en la criminalidad, uno se sentiría
tentado de echarse a reír.

LA SUBLIMACIÓN

Una nueva forma de satisfacer


un instinto se halla en la sublimación (sublimar =
elevar). La sicología entiende por ello una
transmutación y una elevación del instinto en
cuestión a un plano puramente intelectual. Freud
opinaba que todos los resultados obtenidos en la
esfera intelectual se debían a una sublimación del
instinto sexual. Sin duda alguna, es muy posible que
toda la energía psíquica que no puede desplegarse en
el campo erótico, sea capaz de transformarse en
fuerza creadora de índole espiritual. Sin embargo,
es con toda seguridad una posición demasiado parcial
el querer explicar por esta vía todo lo espiritual o
intelectual. Debemos suponer que junto a los
instintos elementales, también existirán, de un modo
natural, instintos más elevados. Ambos tipos de
instintos coexisten y solamente se satisfacen en
distintos planos de la vida.

De hecho, la sublimación no es más que una forma de


compensación o de satisfacción de una necesidad a
través de un substitutivo. Pero en este caso, el
instinto elemental se convierte en una necesidad
espiritual, o para decirlo de otro modo, el instinto
inferior se transforma en otro más elevado.. El
individuo renuncia voluntaria y forzosamente a la
satisfacción de tipo elemental y se compensa con una
nueva forma de tipo espiritual. Este fenómeno se
comprenderá también fácilmente si para su
explicación recordamos el principio del placer. En
ambos casos se trata de alcanzar el mayor grado
posible de satisfacción interior, o dicho de otro
modo, de placer. Los caminos, niveles y planos
espirituales en que esto se consiga, carecen de
importancia. Lo esencial es evitar el descontento y
alcanzar la sensación de satisfacción.

HUI-NENG: EL SEXTO PATRIARCA

En la compilación
extremadamente valiosa que ha realizado Dwight
Goddard bajo el título de A Buddhist Bible, se
recoge un documento por el cual tengo un especial
aprecio: es el "Sutra expuesto por el sexto
patriarca". Esa amalgama del budismo Mahayama con
el taoísmo, que los chinos llamaban Ch’an y los
japoneses de un período posterior han llamado Zen,
alcanza su primera formulación en esta relación de la
vida de hui-neng y de sus enseñanzas. Y así como la
mayor parte de los demás Sutras Mahayanas están
escritas en un estilo filosófico bastante imponente,
estos recuerdos y dichos del sexto patriarca hacen
gala de una frescura y una vivacidad que los
convierte en algo exquisito de paladear.

La primera "conversión" de hui-neng tuvo lugar


cuando aún era joven. "Un día, mientras estaba
vendiendo leña en el mercado, oí a un hombre leer un
sutra. Tan pronto hube escuchado el texto del sutra,
mi mente se tornó súbitamente iluminada." Tras
viajar al monasterio de Tung.tsen, fue recibido por
el quinto patriarca, el cual le preguntó "de dónde
venía y qué esperaba obtener de él. Le contesté que
era un hombre de a pie, de Sun-chow, y añadí que no
pedía otra cosa que el Buda".

El muchacho fue enviado al granero del monasterio,


donde pasó muchos meses trabajando en el
descascarillado del arroz.

Un día, el patriarca reunió a todos sus monjes y, tras


recordarles la inexistente utilidad de los méritos
por comparación con la liberación, les dijo que se
fuesen y que "buscasen la sabiduría trascendental
que hay dentro de vuestra mente, y que le
escribieran un poema sobre sus hallazgos". El que
alcanzase una idea más clara de lo que pueda ser la
Esencia-Mente, recibiría el título de sexto
patriarca.

Shin-shau, el más erudito de los monjes, el hombre


de quien todos esperaban que se convirtiese en
sexto patriarca, fue el único en cumplir la orden del
abad.

Nuestro cuerpo puede compararse al árbol de Bodhi,

Mientras nuestra mente es un brillante espejo.

Con esmero los limpiamos y los vigilamos hora tras


hora,

Y no soportamos que se pose el polvo sobre ellos.

Esto escribió, pero el quinto patriarca le dijo que


regresara a su celda y que lo intentara de nuevo. Dos
días después, cuando Hui-neng oyó a alguien recitar
este poema, supo al punto que su autor no había
alcanzado la iluminación y dictó a otro monje que
sabía escribir los siguientes versos:

De ninguna manera es Bodhi una especie de árbol,


Ni es la brillante reflexión de la mente cuestión de
espejos;

Como la mente es el Vacío,

¿dónde iba a posarse el polvo?

Esa misma noche, el quinto patriarca convocó al


joven en su celda y en secreto le invistió con la
insignia.

No fue de extrañar que los otros monjes,


compañeros de Hui-neng, se sintieran celosos, y
tuvieron que pasar muchos años antes de que fuera
reconocido por todos como el sexto patriarca. He
aquí unas cuantas muestras de sus afirmaciones, tal
como las recogieron sus discípulos.

Dado que el objetivo de vuestra llegada es el Drama,


absteneos por favor de tener opiniones de ninguna
clase, e intentad mantener la mente en un estado de
perfecta pureza receptiva. Yo os enseñaré. Cuando
hubieron hecho esto durante un tiempo muy
considerable, dije: "En este momento en particular
estáis pensando en algo que no es el bien ni es el mal,
luego ¿cuál es vuestra auténtica naturaleza
personal?". Tan pronto lo oyeron, recibieron la
iluminación.

Las personas que viven bajo la ilusión esperan expiar


sus pecados mediante la acumulación de los méritos.
No comprenden que las felicidades que puedan
conquistarse en el futuro nada tienen que ver con la
expiación de los pecados. Si nos libramos del
principio del pecado dentro de nuestra mente,
entonces y sólo entonces será cuestión de verdadero
arrepentimiento.

Las personas que viven bajo el engaño son tercas al


sostener su propia manera de interpretar
el samadhi, que definen como "sentarse en calma
continuamente, sin dejar que ninguna idea se forme
en la mente". Semejante interpretación nos
clasificaría junto a los seres inanimados. No es el
pensamiento lo que bloquea el Camino; es el apego a
cualquier pensamiento u opinión en particular. Si
liberamos nuestras mentes por una parte del apego,
y por otro de la práctica de reprimir las ideas, el
Camino estará despejado y abierto a nuestro paso.
De otro modo estaremos esclavizados.
Ha sido tradición de nuestra escuela tomar por base
la "no objetividad", por objeto la "ausencia de ideas"
y el "desapego" por principio fundamental. La "no
objetividad" implica no estar absorto en los objetos
cuando estemos en contacto con los objetos. La
"ausencia de idea" supone no dejarse llevar por
ninguna idea que pueda surgir en el proceso durante
el cual ejercitemos nuestras facultades mentales. El
"desapego" significa no cultivar el anhelo ni la
aversión en relación con ninguna cosa, palabra o idea
en particular. El desapego es característico de la
Esencia-Mente.

Allí donde interviene el pensamiento, dejad que


muera el pasado. Si permitimos que nuestros
pensamientos, pasados, presentes y futuros, se unan
como eslabones en una cadena, nos ponemos a
merced de la esclavitud.

Nuestra verdadera naturaleza es intrínsecamente


pura, y si nos desprendemos del pensamiento
discriminativo nada, salvo esta pureza intrínseca,
nada permanecerá. No obstante, en nuestro sistema
de Dhyana, o ejercicios espirituales, no abundamos
en la pureza. Y es que si concentramos nuestra
mente en la pureza, estaremos creando meramente
otro obstáculo que se interpondrá en el camino de la
plasmación de la Esencia-Mente, a saber, la engañosa
imaginación de la pureza.

Dice el sutra: Nuestra Esencia de Mente es


intrísecamente pura. Que cada uno la logre por sí
mismo, pasando de una sensación momentánea a otra
sensación similar.

La relación de los últimos días del patriarca es, por


desgracia, demasiado larga para citarla por extenso.
Más o menos un mes antes de su muerte, Hui-neng
dio cuenta a sus discípulos de su inminente
fallecimiento y les dio unas últimas palabras a modo
de consejo, entre las cuales son notables las
siguientes: "Os advierto muy en especial que no
consintáis que los ejercicios para la concentración
de la mente os lleven a caer en el quietismo, ni menos
en cualquier clase de esfuerzo por mantener la
mente en blanco". E insiste: "Haced cuanto os sea
posible. Id allí a donde las circunstancias os lleven".
Escuchemos este pasaje:

"Con los que sean simpáticos


podéis discutir acerca del budismo.

En lo que atañe a los que sostengan puntos de vista


diferentes de los vuestros,

tratadles con cortesía e intentad hacerles felices.

No disputéis con ellos, pues las disputas son ajenas a


nuestra escuela,

e incompatibles con su espíritu.

Llegar al fanatismo, discutir con los demás sin hacer


caso de esta norma,

es someter la propia Esencia-Mente a la amargura de


la existencia mundana."

En su último día de vida, el patriarca congregó a


todos sus discípulos y les dijo que no debían llorar ni
lamentarse de su muerte.

"El que lo haga no será discípulo mío. Lo que debéis


hacer es conocer vuestra propia mente y plasmar
vuestra propia naturaleza búdica, que ni descansa ni
se mueve, que no deviene ni deja de ser, que ni viene
ni va, que no afirma ni tampoco niega, que no
persiste aquí ni tampoco parte hacia otro lugar. Si
lleváis a cabo mis instrucciones después de mi
muerte, mi fallecimiento no os importará lo más
mínimo. Por otra parte, si vais en contra de mis
enseñanzas, aun cuando fuese yo a quedarme más
tiempo con vosotros, en modo alguno os
beneficiaría."

Dicho esto, se sentó reverentemente hasta la


tercera guardia de la noche, y dijo bruscamente:
"Ahora me voy". Y en un instante murió. En ese
instante, una peculiar fragancia invadió la estancia, y
un arco iris lunar pareció comunicar tierra y cielo;
los árboles de la arboleda palidecieron, y las aves y
los animales expresaron sus lamentos.

LA PAZ
La mente
humana se ve incesantemente agitada por la fuerza
de los deseos. A más deseos, más desasosiego, más
insatisfacción y menos paz. A menos deseos, mayor
quietud mental.

El hombre vive un momento en el que aún cree que


satisfaciendo sus deseos se acerca a la felicidad,
cuando la verdad es que cada deseo satisfecho
genera emociones nuevas que mantienen la mente en
un estado de efervescencia permanente y confieren,
en la química social, un grado de inflamabilidad
peligroso.
Ahora que truenan graves amenazas sobre la
estabilidad de los pueblos, estos recuerdan a santa
Bárbara y surge el anhelo colectivo por la paz, a
través de la guerra.

Son pocos, sin embargo, los que van más allá del
voluntarismo y comprenden que la paz hay que
conquistarla primero en uno mismo. La paz social
está aún muy lejana y sólo se producirá cuando el
corazón de los hombres se sosiegue en el equilibrio
de sus pasiones.

La paz es algo más que ausencia de guerra. Es una


experiencia individual en la que la conciencia se sitúa
en el centro de si misma tras trascender las
tempestades de la mente. Es el ojo del huracán.

No es suficiente gritar en las calles ni llevar


pegatinas para detener la ley inexorable del karma,
o la relación causa-efecto. Todo buen pacifista debe
comprender claramente que la causa última que
arrastra a los hombres al conflicto, al
enfrentamiento y, finalmente, a la guerra es el
egoísmo y sus secuelas, la intolerancia, el orgullo y la
ambición.
La paz social, hoy, es una utopía. No lo es, sin
embargo, la paz individual, como no lo ha sido nunca.
A lo largo del proceso de evolución de la humanidad
ha habido hombres y mujeres que han logrado situar
su conciencia en ese ojo del huracán de las pasiones
humanas. En nuestra cultura se les conoce como
santos, vocablo derivado, en última instancia, del
sánscrito Shanti, que quiere decir paz. Fueron
hombres que lograron la paz y a quienes las bárbaras
acciones de sus contemporáneos no lograron
encender.

En nuestros días, la dinámica de los acontecimientos


ha desbordado todo control y nos arrastra
vertiginosamente. El ominoso fragor de la cascada
retumba cada vez más cercano.

Es, pues, el momento de que los amantes de la paz


miren hacia adentro y descubran que esta vive en
sus corazones y no en las calles.

No debe ser el terror a los horrores de la guerra la


fuerza que mueva el ánimo de los pacifistas, sino la
constatación y el deseo de compartir una
experiencia interior que ellos ya poseen.
Este camino que lleva al ojo del huracán implica el
control de la mente y los sentidos y no se puede
improvisar. Requiere tiempo y un método. Por eso, a
quien de veras le interesa la paz, le ha de interesar
igualmente su Yo interior.

La excitación de los sentidos estimula la actividad


mental, interrumpe la armonía interior y crea una
situación incontrolada. Cuando la mente vibra a alta
frecuencia, la fuerza de cualquier deseo se
multiplica y se manifiesta de modo violento. En otras
palabras, se torna una agresión que, a su vez,
estimula los mecanismos de autodefensa de otros
individuos, produciéndose en conflicto y la fricción.

Por medio de una fuerte disuasión externa, este


proceso puede reprimirse temporalmente, pero
nunca evitarse. Puede no haber violencia física, pero
las tremendas vibraciones de la violencia interna
contenida, son suficientes para emponzoñar la
atmósfera y alejar cualquier posibilidad de paz. No
serán los policías ni los soldados quienes garanticen
definitivamente la paz del mundo, sino que ésta será
alcanzada por el hombre a través de la autodisciplina
y la meditación; porque la auténtica paz es armonía
interior, un estado natural de felicidad.

Del mismo modo que el resplandor de la luna es un


reflejo de la luz del sol, la paz externa es solamente
un reflejo de la paz interna. Para que un árbol
crezca es preciso alimentar su raíz. No tiene objeto
mojar, una a una, todas sus hojas. Del mismo modo, si
queremos extender la paz en el mundo de nada
servirá crear un orden artificial externo, sino que se
impone establecerla primero en las mismas raíces
del individuo. No hay que olvidar que la semilla que
hoy sembraremos, será el fruto que mañana
recojamos.

Cuando los hombres seamos capaces de poner orden


en nuestro interior, habrá automáticamente orden
en la sociedad. La paz hay que conquistarla dentro,
no fuera. Los verdaderos enemigos de la paz son las
pasiones, la cólera, la avaricia, la ambición, los
deseos y los celos que empujan constantemente al
hombre a acciones violentas, cegándole a toda razón.

Quien disciplina sus sentimientos y los acalla a


través de la meditación en el silencio, encuentra
automáticamente la paz. Lejos de todo deseo
egoísta, la paz reside en lo más profundo del
corazón. Para sentirla basta detenerse un momento,
cerrar los ojos, relajar el cuerpo, dejar que la
respiración se produzca de un modo fácil, suave,
rítmico y hacer que la mente busque, sin esfuerzo, el
silencio interior para que instantáneamente se
produzca un estado de serenidad y de calma, de
alegría y de paz.

Progresivamente, la conciencia se ensancha,


desborda límites del cuerpo y se extiende por todo
hasta hacerse infinita. Entonces desaparece la
sensación de que uno es su cuerpo; el tiempo y el
espacio se desvanecen y todo cuanto existe es la
existencia misma, la paz más absoluta.

Por supuesto que hay que trabajar y contribuir al


desarrollo de la sociedad. La diferencia está en
hacerlo con una mente en calma o con el desasosiego
y la inquietud de quien acumula tensiones y
agresividad. Meditar cada día es hacer un esfuerzo
más positivo por la paz del mundo que intercambiar
superficiales formalismos o pronunciar nerviosos
discursos de oculta intención egoísta. ¿Cómo puede
alguien dar lo que no tiene? Así como una mente
violenta irradia vibraciones de violencia que afectan
negativamente a cuantos viven a su alrededor, la
mente de un hombre que se zambulle diariamente en
el océano de su paz interna, transmite vibraciones
de armonía que elevan e inspiran a cuantos entran en
contacto con él. No necesita hablar mucho para que
todos se sientan penetrados por su paz.

***

La paz es un atributo divino. Es una cualidad del


alma. No puede permanecer en las personas
avariciosas. Llena el corazón puro, abandona a la
personal pasional y huye de la gente egoísta. Es el
ornamento de la persona sabia.

La paz es un estado de quietud. Consiste en estar


libre de la perturbación, la ansiedad, la agitación, el
descontrol, o la violencia. Es armonía, silencio, calma,
reposo, descanso. Específicamente, significa la
ausencia o el cese de la guerra.

La paz es el estado natural y feliz del hombre. Es su


derecho de nacimiento. La guerra es su desgracia.
Todo el mundo desea la paz y la reclama. Pero ésta
no llega fácilmente. E incluso, cuando lo hace, no
dura mucho tiempo.

La morada de la paz

La paz no se halla en el corazón del hombre carnal.


La paz no se halla en el corazón de los políticos, de
los dictadores, de los reyes, ni de emperadores. La
paz se halla en el corazón de los sabios, de los
santos y de los hombres espirituales. Se encuentra
en el corazón de un hombre sin deseos que haya
controlado sus sentidos y su mente. La avaricia, la
pasión, los celos, la envidia, la ira, el orgullo y el
egoísmo son los enemigos de la paz. Aniquila a estos
enemigos con la espada del desapasionamiento, la
discriminación y el desapego, y disfrutarás de una
paz perpetua.

La paz no se halla en el dinero, las casas, ni las


posesiones. La paz no habita en las cosas externas,
sino dentro del alma.
El dinero no puede proporcionarte la paz. Puedes
comprar muchas cosas, pero no puede comprarse la
paz. Puedes comprar una cama grande y mullida, pero
no puedes comprar el sueño placido que da la paz.
Puedes comprar buenos alimentos, pero no puedes
comprar el apetito. Puedes comprar buenos
medicamentos, pero no puedes comprar la salud.
Puedes comprar buenos libros, pero no puedes
comprar la sabiduría.

Abstráete de los objetos externos. Medita y


descansa en tu propia alma. Alcanzarás entonces la
paz duradera.

Nada puede proporcionarte la paz sino tú mismo.


Nada puede proporcionarte la paz sino la victoria
sobre tu ser inferior, el triunfo sobre tus sentidos y
tu mente, sobre tus deseos y tus anhelos. Si no
tienes paz dentro de ti mismo, es inútil que la
busques en los objetos y fuentes externas.

La paz interna
No puede disfrutarse de una seguridad perfecta y
una paz plena en este mundo, pues éste es un plano
relativo. Todos los objetos están condicionados por
el tiempo y el espacio. Son perecederos. ¿Dónde
puedes, entonces, buscar una seguridad plena y una
paz perfecta? Puedes hallarla solamente en el Ser
de Luz. Él es la encarnación de la paz. Él está más
allá del tiempo y el espacio.

La paz verdadera y más profunda es independiente


de las condiciones externas. La paz verdadera y
perdurable es la quietud maravillosa del Alma
Inmortal interna. Si puedes descansar en este
océano de paz, todos los ruidos usuales del mundo
difícilmente pueden afectar. Si penetras en el
silencio o en la calma maravillosa de la paz divina,
silenciando la mente bulliciosa, refrenando los
pensamientos y abstrayendo los sentidos que
tienden hacia el exterior, todos los ruidos molestos
se desvanecerán. Ya puede haber coches pasando
por la calle, niños gritando a voz en grito, trenes que
pasen ante tu casa; ninguno de esos ruidos te
molestará, sin embargo, lo más mínimo.
La paz es vital para el crecimiento

La paz es la posesión más necesaria de esta tierra.


Es el mayor tesoro en todo el universo. La paz es el
factor más importante e indispensable para todo
crecimiento y desarrollo. Es en la tranquilidad y en la
quietud de la noche, cuando la semilla surge
lentamente del suelo. El capullo abre en la
profundidad de las horas más silenciosas. Así
también, en un estado de amor y paz, las personas
evolucionan, crecen en sus respectivas culturas y
desarrollan la civilización perfecta. En la paz y la
calma se facilita la evolución espiritual.

La reforma individual y la transformación social

Refórmate a ti mismo y la sociedad se reformará por


sí sola. Expulsa la mundanidad de tu corazón y el
mundo cuidará de sí mismo. Expulsa al mundo de tu
mente y el mundo estará en paz. Esa es la única
solución. Esto no es pesimismo, sino un optimismo
glorioso. No es escapismo, sino el único modo de
afrontar la situación. Si cada hombre intentara
trabajar por su propia salvación no habría nadie que
creara los problemas. Si cada hombre se esforzase
con todo su corazón y toda su alma en practicar la
espiritualidad y en alcanzar la realización con la Luz,
le quedaría muy poca inclinación y muy poco tiempo
para ocasionar disputas.

EL ZEN

Estamos
acostumbrados, en la literatura religiosa, a cierta
solemnidad de pronunciamiento. Dios es sublime; por
consiguiente, las palabras que empleemos para
hablar de Dios han de ser sublimes. En la práctica,
no obstante, no es infrecuente que todo
pronunciamiento sublime sea llevado hasta extremos
rayanos en la estulticia. Por ejemplo, en la época de
la tremenda escasez de patata que generó un gran
hambre en Irlanda, hace un siglo, se compuso una
oración especial para que fuese recitada en todas las
iglesias de la comunión anglicana. El propósito de
esta oración era suplicar a Dios Todopoderoso que
pusiera fin a los estragos de la plaga que estaba
destruyendo las cosechas de la patata en Irlanda.
Pero ya de entrada la palabras "patata" supuso un
considerable escollo. Obviamente, en opinión del
estamento eclesiástico victoriano, era una palabra
demasiado baja, común y proletaria para ser
pronunciada en un lugar sagrado. La horrorosa
vulgaridad de las patatas tenía que disimularse tras
las decentes oscuridades de alguna perífrasis, y de
este modo se rogó a Dios que hiciera algo acerca de
una abstracción sonoramente llamada "el Tubérculo
Suculento". Lo sublime había alzado el vuelo al
empíreo de lo grotesco.

En similares circunstancias, es de suponer, un


maestro del Zen también habría rehuido la
palabra patata, no porque fuera demasiado baja, sino
por resultar demasiado convencional y respetable.
No habría optado por "Tubérculo Suculento", sino
por el sencillo término "papa": ésa habría sido la
alternativa idónea.

Sokei-an, el maestro del Zen que impartió sus


enseñanzas en Nueva York desde 1928 hasta su
muerte en 1945, se adaptó a las tradiciones
literarias de su escuela. Cuando comenzó a publicar
una revista de religión, la cabecera que escogió para
ello fue Cat’s Yawn (El bostezo del gato). Este
nombre estudiadamente absurdo y alejado de toda
pompa es un recordatorio, para quien pueda estar
interesado, de que las palabras son radicalmente
distintas de las cosas que representan, de que el
hambre sólo puede ser paliada por medio de
auténticas patatas, y no por una formulación tan
altiva como "Tubérculo Suculento"; de que la Mente,
sea cual fuere el nombre que adoptemos para
designarla, siempre es la que es, y no puede ser
conocida salvo mediante una especie de acción
directa, para la cual las palabras son mera
preparación e incitación.

En sí mismo, el mundo es un continuum, pero cuando


pensamos en el mundo por medio de las palabras, nos
vemos obligados, por la naturaleza misma del léxico y
de la sintaxis, a concebirlo como algo compuesto por
elementos diferenciados y clases distintas. Cuando
trabaja sobre los datos inmediatos de la realidad,
nuestra conciencia fabrica y teje el universo en el
que realmente vivimos. En las escrituras del
Hinayana, el anhelo y la aversión son nombrados
como factores que dan pie a la pluralización de la
Mismidad, a la ilusión de discrecionalidad, de la
egolatría y la autonomía del individuo. A estos vicios
mundanos que distorsionan la voluntad, los filósofos
del Mahayana añaden el vicio intelectual del
pensamiento verbalizado. El universo que habitan los
seres ordinarios, no regenerados, es algo si acaso
hecho en casa, a medida, mero producto de nuestros
deseos, de nuestro aborrecimiento y de nuestro
lenguaje. Por medio de la ascesis el hombre puede
aprender a ver el mundo no refractado en el anhelo y
la aversión, sino tal cual en sí mismo. ("Dichosos los
puros de corazón, porque ellos verán a Dios".) Por
medio de la meditación, el hombre puede salvar el
escollo del lenguaje, superarlo tan por completo que
su conciencia individual, desverbalizada, se convierte
una con la Conciencia unitaria de la Mismidad.
En la meditación acorde con los métodos Zen, la
desverbalización de la conciencia se alcanza por
medio de la curiosa artimaña del koan. El koan es una
proposición o una interrogación paradójica e incluso
carente de sentido, sobre la cual se concentra la
mente hasta que, radicalmente frustrada por la
imposibilidad de extraer algún sentido de un
paralogismo semejante, accede de golpe a la súbita
comprensión de que más allá del pensamiento
verbalizado existe otra clase de conciencia de otra
clase de realidad. Buen ejemplo de este método Zen
lo proporciona Sokei-an en su breve
ensayo Tathagata. "Un maestro del Zen, chino, había
invitado a algunas personas a tomar té una noche de
invierno en que hacía un frío helador...". Kaizenji dice
a sus discípulos: "Existe una cosa que es negra como
la laca. Soporta el peso del cielo y de la tierra.
Siempre se presenta en actividad, pero nadie puede
apresarla cuando está en actividad. Discípulos míos,
os pregunto cómo se puede apresar."

Estaba apuntando a la naturaleza del Tata,


metafóricamente, claro está, tal como los
sacerdotes cristianos explican los atributos de Dios.
Los discípulos de Kaizenji no supieron cómo
responderle. Por último, uno de ellos, llamado Tai
Shuso, contestó así: "No conseguimos apresarla
porque intentamos apresarla en movimiento".

Y así indicaba que, cuando hubo meditado en silencio,


el Tathagata se le apareció en su interior.

Kaizenji dio por concluido el té antes de que hubiese


comenzado en realidad. Estaba disgustado con la
respuesta. "Si hubieras sido uno de los discípulos,
¿qué habrías contestado, con objeto de que el
maestro no diese por concluido el té?"

Tengo la intuición de que la reunión podría haberse


prolongado al menos por espacio de unos minutos si
Tai Shuso hubiese contestado algo parecido a esto:
"Si no puedo apresar el Tatha en actividad,
obviamente debo dejar de ser, de manera que
el Tatha pueda pueda apresar lo que queda de mí
para fundirse con ello, no sólo en la inmovilidad y el
silencio y la meditación (como sucede a los Arhats),
sino también en la actividad (como sucede a los
Bodhisattvas, para quienes Samsara y Nirvana son
idénticos)". No son, claro está, más que palabras, si
bien el estado que describen, o que más bien
vagamente insinúan, si se llega a experimentar,
constituye la iluminación. Y la meditación sobre la
pregunta para la que lógicamente no hay respuesta,
la que contiene el koan, puede llevar sin previo aviso
a la mente más allá de las palabras, a la condición de
inexistencia del yo, en la que Tatha, o Mismidad, se
realiza en un acto de conocimiento unitivo.

El viento del espíritu sopla por donde se le antoja, y


lo que acontece cuando la libre voluntad colabora con
la gracia para alcanzar el conocimiento de la
Mismidad no puede ser teóricamente conocido de
antemano, no puede ser prejuzgado según los
términos de ningún sistema teológico o filosófico, ni
se puede esperar que se conforme con arreglo a
ninguna fórmula verbal. En la literatura Zen, esta
verdad se expresa mediante anécdotas
calculadamente paradójicas acerca de personas
iluminadas que hacen una hoguera con las escrituras
y que llegan hasta el extremo de negar que las
enseñanzas del Buda sean dignas del nombre de
budismo, ya que el budismo es, por definición, lo que
no se puede enseñar, la experiencia inmediata de la
Mismidad. Una historia que ilustra otro de los
peligros de la verbalización, como es su tendencia a
forzar a la mente a transitar por los surcos de la
costumbre, es el citado en Cat’s Yawn junto con el
comentario de Sokei-an.

Un día, cuando los monjes estaban reunidos en la


sala del Maestro, En Zenji hizo a Kaku esta
pregunta: "Shaka y Miroko (es decir, Gautama Buda
y Maitreya) son los esclavos de otro. ¿Quién es ese
otro?".

Kaku repuso: "Ko Sho san, Koku Ri shi". (Que


significa "los terceros hijos de las familias Ko Y Sho,
y los cuartos hijos de las familias Koku y Ri",
evidentemente sinsentido con el que se da a
entender que la capacidad de identificarse con la
Mismidad existe en todo ser humano, y que Gautama
y Maitreya son los que son en virtud de ser
perfectamente "los esclavos" de esa Naturaleza
Buda inmanente y trascendente.)

El maestro dio por buena la respuesta.

En esa época era Engo el principal de los monjes del


templo. El Maestro le relató este incidente, y Engo
dijo: "Muy bien, ¡muy bien! Pero tal vez aún no haya
comprendido el fonde de la cuestión. No deberías
haberle dado tu beneplácito. Examínale de nuevo,
esta vez mediante una pregunta directa".

Cuando Kaku entró en la sala de En Zenji al día


siguiente, Zenji le hizo la misma pregunta. Kaku
contestó: "Ya di ayer la respuesta".

El Maestro dijo: "¿Cuál fue tu respuesta?".

"Ko Sho san, Koku Ri shi", dijo Kaku.

"¡No, no!", exclamó el Maestro.

"Ayer dijiste Sí, ¿Por qué hoy dices No?"

"Ayer era Sí, pero hoy es No, repuso el Maestro"

Al oír estas palabras, Kaku fue súbitamente


iluminado.

La moraleja de la historia es que, en palabras de


Sokei-an, "su respuesta había obedecido a un patrón,
a un molde; estaba atrapado por su propio concepto".
Y, al haber sido atrapado, ya no era libre para
fundirse en uno con el viento de la Mismidad que
fluye libremente. Toda fórmula verbal -incluida la
fórmula que exprese correctamente los hechos-
puede convertirse, para una mente que se la tome
demasiado en serio y la idolatre como si fuese la
realidad misma, simbolizada en las palabras, en un
obstáculo que se interpone en la experiencia
inmediata. Para un budista Zen, la idea de que el
hombre pueda salvarse al dar su asentimiento a las
propuestas contenidas en un credo sería el mayor
desatino, el capricho más irrealista y más peligroso.

Poco menos fantástico y disparatado sería a sus ojos


la idea de que los sentimientos elevados pueden
conducir a la iluminación, de que las experiencias
emocionales, por fuertes y vívidas que sean, son las
mismas, o remotamente análogas, a la experiencia de
la Mismidad. El Zen, dice Sokei-an, "es una religión
de la tranquilidad. No es una religión que despierte
emociones, que haga brotar las lágrimas o que nos
conmueva a gritar en voz alta el nombre de Dios.
Cuando el alma y la mente coinciden en una línea
perpendicular, por así decirlo, en ese momento se
produce la completa unidad del universo y el yo". Las
emociones fuertes, por encumbradas que sean,
tienden a enfatizar y a reforzar la fatal ilusión del
ego, cuya trascendencia es por el contrario todo el
objetivo y el único propósito de la religión. "El Buda
nos enseñó que no hay ego ni en el hombre ni en
el dharma. El término dharma en este caso denota la
naturaleza y todas sus manifestaciones. No hay un
ego en nada. Así, lo que se conoce como "los dos
tipos de no-ego" hace referencia a que no hay ego en
el hombre y no hay ego en las cosas". De la
metafísica, Sokei-an pasa a la ética. "De acuerdo con
esta fe en el no-ego", pregunta, "¿cómo podemos
actuar en la vida cotidiana? Éste es uno de los
grandes interrogantes. La flor no tiene ego. En
primavera florece y muere en otoño. Sopla el viento
y aparecen las olas. El lecho del río cae bruscamente
y se forma una cascada. Nosotros mismos hemos de
sentir estas cosas en nuestro interior... Debemos
darnos cuenta por propia experiencia de cómo
funciona dentro de nosotros este no-ego. Funciona
sin ningún impedimento, sin ninguna artificialidad".

Este no-ego de carácter cósmico es lo mismo que los


chinos llaman Tao, o lo que los cristianos llaman el
Espíritu que reside en el interior, con el cual hemos
de colaborar, y mediante el cual debemos paso a
paso dejarnos inspirar, mostrándonos dóciles a la
Mismidad en un acto de inquebrantable abandono
personal al Orden de las Cosas, a todo lo que
acontece salvo al Pecado, que es simplemente la
manifestación del ego y que, por tanto, ha de ser
rechazado y denegado. El Tao, o no-ego, o la divina
inmanencia se manifiesta a sí misma a todos los
niveles, desde el material al espiritual. Privados de
esa inteligencia fisiológica que rige las funciones
vegetativas del cuerpo, a través de cuya
intervención la conciencia se traduce en acto, y
carentes de la ayuda de lo que podría denominarse
gracia animal, no podríamos vivir de ninguna manera.
Además, es simple cuestión de experiencia que
cuanto más interfiera la conciencia superficial del
ego con el funcionamiento de la gracia animal, más
enfermos estaremos y peor realizaremos todos los
actos que requieren un grado más elevado de
coordinación psicofísica. Las emociones, en conexión
con el anhelo y la aversión, trastocan el
funcionamiento normal de los órganos y conducen, a
la larga, a la enfermedad. Las emociones similares y
la tensión que brota del deseo del éxito nos impide
alcanzar el grado más alto de competencia no sólo en
las actividades complejas, como la danza, la
ejecución de una melodía musical, los juegos o
cualquier otra clase de actividad para la que se
requiera una destreza considerable, sino también en
otras actividades psicofísicas naturales, como ver y
oír. Empíricamente, se ha descubierto que el
funcionamiento defectuoso de los órganos
corporales se puede corregir, y que la competencia
en los actos que requieren considerable destreza
aumentan mediante la inhibición de la tensión y las
emociones negativas. Si la mente consciente
aprendiera a inhibir su propia actividad
autocontemplativa, si pudiera ser persuadida para
renunciar a su esfuerzo en pos del éxito, el no-ego
cósmico, el Tao que es inmanente a todos nosotros,
puede con toda confianza encargarse de realizar lo
que es preciso realizar de modo rayano en la
infalibilidad. En el plano de la política y la economía,
las organizaciones más satisfactorias son aquellas
que se han logrado mediante una "planificación para
lo planificado". De forma análoga, en un plano
psicofísico, la salud y el máximo de competencia se
adquiere mediante el uso de la mente consciente
para planificar la colaboración y su subordinación al
Orden de las Cosas inmanente que se halla más allá
del espectro de nuestra planificación personal, así
como con aquellos funcionamientos en los que
nuestro pequeño, ajetreado ego, sólo puede
interferir.

La gracia animal precede a la conciencia de uno


mismo, y es algo que el hombre comparte con el
resto de los seres vivos. La gracia espiritual se halla
más allá de la propia conciencia, y sólo los seres
racionales son capaces de cooperar con ella. La
conciencia propia es el medio indispensable para
acceder a la iluminación; al mismo tiempo, es el
mayor de los obstáculos que se interponen en el
camino, no sólo de la gracia espiritual que genera la
iluminación, sino también de la gracia animal, sin la
cual nuestro cuerpo no podría funcionar con eficacia,
ni tampoco retener la vida que le es dada. El Orden
de las Cosas es tal que nadie consigue nada
gratuitamente: todo progreso tiene un precio que es
preciso pagar. Precisamente porque ha avanzado más
allá del plano animal, hasta el punto en el que, por
medio de la conciencia propia, puede alcanzar la
iluminación, el hombre también es capaz, mediante
esa misma conciencia de sí mismo, de acceder a la
degeneración física y a la perdición espiritual.

EL VALOR EXACTO DE LAS PALABRAS

No sé si alguna vez ha
considerado o examinado todo el proceso de la
verbalización, el proceso de nombrar. Si lo ha hecho,
habrá encontrado que es una cosa interesante,
sorprendente y muy estimulante. Cuando damos un
nombre a cualquier cosa que experimentamos, vemos
o sentimos, la palabra se vuelve extraordinariamente
significativa; y la palabra es tiempo. El tiempo es
espacio, y la palabra es el centro de ello. Todo
pensar es verbalización; pensamos en palabras.
¿Puede la mente liberarse de la palabra? No diga
"¿Cómo ha de liberarme?" Eso no tiene sentido.
Formúlese esa pregunta a sí mismo y vea cuán
esclavos somos de palabras tales como India,
comunismo, capitalismo, cristiano, ruso
estadounidense. La palabra amor, la palabra Dios, la
palabra meditación, ¡qué significado extraordinario
hemos dado a estas palabras y cuán esclavos somos
de ellas!

¿Hay un pensar sin la palabra? Cuando la mente no


está obstruida por las palabras, el pensar no es
pensar tal como lo conocemos; es una actividad
exenta de palabras, de símbolos; por lo tanto, carece
de fronteras, ya que la palabra es la frontera.

La palabra crea la limitación, y una mente que no


está funcionando a base de palabras, no tiene
limitación alguna, no tiene fronteras, no está
amarrada. Tome la palabra amor y vea qué despierta
en usted, obsérvese; en el instante en que menciono
esa palabra, comienza a sonreír y se endereza en el
asiento, experimenta cosas.

La palabra despierta, pues, toda clase de ideas, toda


clase de divisiones, tales como amor carnal,
espiritual, profano, infinito, y demás.

Pero descubra qué es el amor. Por cierto, para


descubrir qué es el amor, la mente debe estar libre
de esa palabra y del significado de esa palabra.

Para comprendernos el uno al otro, considero


necesario que no estemos presos en las palabras; una
palabra como Dios, por ejemplo, puede tener un
significado especial para usted, mientras que para mí
puede que tenga una formulación totalmente
distinta, o ninguna formulación en absoluto. Así que
es casi imposible comunicarnos mutuamente, a menos
que ambos tengamos la intención de comprender las
meras palabras e ir más allá de éstas.

Después de todo, la mente está compuesta, entre


otras cosas, de palabras. Ahora bien, ¿puede la
mente estar libre de la palabra envidia?
Experimente con esto y verá que palabras como
Dios, verdad, odio, envidia, ejercen un efecto
profundo sobre la mente. ¿Puede, entonces, la mente
estar libre de estas palabras, tanto neurológica
como psicológicamente? Si no está libre de ellas, es
incapaz de enfrentarse al hecho de la envidia.
Cuando puede mirar directamente el hecho que llama
"envidia", entonces el hecho mismo actúa con mucha
mayor rapidez que el empeño de la mente en hacer
algo con respecto al hecho. En tanto la mente esté
pensando en librarse de la envidia mediante el ideal
de la "no envidia" y demás, está distraída, no se
enfrenta con el hecho; y la palabra misma envidia es
una distracción respecto del hecho. El proceso de
reconocimiento se efectúa a través de la palabra; en
el instante en que reconozco el sentimiento por
intermedio de la palabra, doy continuidad a ese
sentimiento.

SUSTITUTOS DE LA LIBERACIÓN
La urgencia de
autotrascenderse está tan extendida y es en
ocasiones casi tan poderosa como la urgencia de
autoafirmarse. Los hombres desean intensificar su
conciencia de ser aquello que han terminado por
considerar que son, pero también desean -y lo
desean muy a menudo con una violencia irresistible-
la conciencia de ser otro. En una palabra, anhelan
salir de sí mismos, ir más allá de los límites de ese
universo isla dentro del cual cada individuo se
encuentra confinado. Este deseo de
autotrascenderse no es idéntico al deseo de huir del
dolor físico o mental. En muchos casos, sin duda, el
deseo de huir del dolor refuerza el deseo de
autotrascendencia, sólo que éste puede existir sin
aquel otro. Si no fuera así, muchas personas sanas y
respetables, que -según la jerga de los psiquiatras-
"han realizado una excelente adaptación a la vida",
jamás sentirían la necesidad de ir más allá de sí
mismas. Y lo cierto es que lo hacen. Incluso entre
aquellos a quienes la naturaleza y la fortuna han
dotado de mayores riquezas, no es infrecuente
encontrar un horror profundamente arraigado
respecto de su propio yo, o un apasionado anhelo por
liberarse de la repulsiva, pequeña identidad a la que
la perfección de su "adaptación a la vida" les ha
condenado precisamente de por vida, a no ser que
hagan una apelación al Tribunal Supremo. "Estoy
amargado", escribe Gerald Manley Hopkins,

Estoy amargado, me arde el corazón. El más hondo


decreto de Dios amargo me sabe porque sabe a mí,

A los huesos que me sostienen, a mi carne, a la


sangre que rebosa.

La levadura de uno mismo agria la harina del espíritu


y la ensombrece.
Veo que así son los que se han perdido, y que su
azote ha de ser como soy yo el mío, sudoroso, sólo
que el mío es peor.

La total condena estriba en ser el que uno es,


sudoroso, sólo que peor. Ser el yo sudoroso que uno
es, pero nada peor, y tampoco nada mejor, es una
condena parcial, y esta condena parcial es la de cada
día.

Si experimentamos esa urgencia de


autotrascendernos, se debe a que de alguna forma
oscura, y a pesar de nuestra ignorancia consciente,
sabemos quiénes somos en realidad. Sabemos (o, por
decirlo con más exactitud, algo dentro de nosotros
sabe) que el terreno de nuestro conocimiento
individual es idéntico al terreno de todo el conocer y
de todo el ser, que el Atman (la mente en el acto en
que elige adoptar el punto de vista temporal) es lo
mismo que el Brahman (la mente en su esencia
eterna). Sabemos todo esto, aun cuando nunca
hayamos oído hablar de las doctrinas en las que este
hecho primordial ha sido descrito; con eso y con
todo, incluso cuando casualmente estemos
familiarizados con ellas, podemos contemplar estas
doctrinas como mera chaladura. También conocemos
su corolario práctico, a saber: que el final definitivo,
el propósito, la razón de nuestra existencia es hacer
sitio en el "tú" para que tenga cabida el "eso", o
hacerse a un lado para que el terreno en que todo se
cimienta aflore a la superficie de nuestra conciencia,
"morir" tan por completo que podamos decir "estoy
crucificado con Cristo: no obstante, vivo; sólo que no
vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí". Cuando
el ego de los fenómenos se trasciende, el Yo esencial
queda en libertad para comprender, en términos de
la conciencia finita, la realidad de su propia
eternidad, junto con el hecho correlativo de que
todos los particulares en el mundo de la experiencia
toman parte en la intemporalidad y en el infinito.
Ésta es la liberación, la iluminación, la visión
beatífica en la que todas las cosas son percibidas tal
como son "en sí mismas", y no tal como son en
relación con un ego que anhela y que aborrece.

El oscuro conocimiento de lo que en realidad somos


no es más que un conjunto de versiones de nuestro
pesar por tener que ser en apariencia lo que no
somos, y de nuestro tan a menudo apasionado deseo
de sobrepasar los límites del ego que nos aprisiona.
La única autotrascendencia liberadora será la que
nos lleve al conocimiento del hecho primordial. No
obstante, esta autotrascendencia es más fácil de
describir que de lograr. Para aquellos que se dejan
disuadir por las dificultades de un camino en
constante ascenso, existen otras alternativas menos
arduas. La autotrascendencia no es de ninguna
manera un proceso de constante elevación. Sin duda,
en la mayoría de los casos es una huida hacia abajo,
hacia un estado inferior al de la personalidad, o bien
horizontal, hacia algo más amplio que el ego, y no
desde luego hacia lo alto, hacia lo esencialmente
otro. Siempre intentamos mitigar los resultados de
la Caída Colectiva en el aislamiento del yo por medio
de otra caída, estrictamente privada, que nos lleve a
la animalidad o a la enajenación mental, o por medio
de una dispersión del yo más o menos digna de
crédito, hacia el arte o la ciencia, la política, un
hobby o un trabajo. No hará falta decir que estos
sustitutos de la autotrascendencia, estas huidas
hacia sucedáneos de la gracia, subhumanos o apenas
humanos, son insatisfactorias en el mejor de los
casos, en el peor son desastrosas.
Sin un entendimiento cabal de la profunda y
asentada urgencia de autotrascenderse que es
propia del hombre, y de su muy natural reluctancia a
emprender el camino más duro, el camino
ascendente, así como su búsqueda de una liberación
falseada que se halle por debajo o bien a un lado de
su personalidad, no podemos aspirar a extraer un
sentido de los hechos de la historia, tal como los
observamos y los recogemos. Por esta razón, me
propongo describir algunos de los sucedáneos de la
gracia más comunes, hacia los cuales y por medio de
los cuales los hombres y las mujeres han intentado
escapar de la atormentadora conciencia de ser
quienes son.

En Francia hay un establecimiento en el que se


venden bebidas alcohólicas por cada cien habitantes
más o menos. En los Estados Unidos, hay
probablemente al menos un millón de alcohólicos sin
remedios, aparte de una cantidad muy superior de
personas que consumen alcohol en exceso, aunque su
enfermedad no haya avanzado todavía hasta ser
mortal (estos datos están obtenidos de una
estadística ya desfasada, actualmente estas cifras
se ven rebasadas en todos los aspectos). En lo que
atañe al consumo de sustancias estupefacientes en
el pasado no tenemos cifras precisas. En Europa
occidental, entre los celtas y los teutones, y a lo
largo de las épocas medieval y moderna, la ingestión
individual de alcohol era muy probablemente muy
superior a la de hoy. En las múltiples ocasiones en
que hoy tomamos un té, un café o un refresco,
nuestros antepasados se regalaban un vaso de vino,
de cerveza, de aguamiel y, en siglos más recientes,
de ginebra, coñac y otras variantes de "licores
duros". La ingestión regular de agua era uno de los
castigos que se imponía a los malhechores, o que
aceptaban los religiosos, junto con una ocasional
dieta vegetariana como forma de mortificación
severa.

El alcohol no es más que una entre las muchas drogas


que emplean los seres humanos como vía de escape
del yo aislado. De los narcóticos naturales, los
estimulantes y los alucinógenos, creo que no hay uno
solo cuyas propiedades no hayan sido conocidas
desde tiempo inmemorial. La moderna investigación
farmacopédica nos ha dado una amplísima gama de
drogas sintetizadas de nuevo cuño, pero en lo
tocante a los venenos naturales no puede decirse que
haya desarrollado mejores métodos de extracción,
concentración y combinación que los ya conocidos.
Desde la amapola de curare, desde la coca de los
Andes a la hierba de los indios y el agárico siberiano,
cada árbol, cada matorral, cada hongo capaz, una vez
ingerido, de producir efectos excitantes o
visionarios, ha sido descubierto hace mucho tiempo,
aparte de haber sido sistemáticamente empleado.
Éste es un hecho de profunda significación, pues
parece demostrar que, en todas partes y en todos
los momentos de la historia, los seres humanos han
percibido una radical inadecuación respecto de su
existencia personal, la miseria de hallarse aislados
de su propio yo. Al explorar el mundo en derredor, el
hombre primitivo evidentemente "probó todas las
cosas y cultivó aquellas que eran buenas". De cara a
los propósitos de la preservación de uno mismo, el
bien está en todos los frutos y hojas comestibles, en
todas las raíces o semillas capaces de alimentarle.
Pero en otro contexto -el contexto de la
insatisfacción con uno mismo, del deseo de
autotrascendencia-, el bien está en todo aquello que
la naturaleza nos proporcione y mediante lo cual la
conciencia del individuo pueda ser cualitativamente
transformada. Tales cambios inducidos por las
drogas pueden ser manifiestamente perniciosos, e
incluso pueden entrañar el coste de una incomodidad
en el presente y una adicción en el futuro, por no
hablar de la degeneración y la muerte prematura.
Todo esto es lo de menos; lo que importa es la
conciencia, aunque sólo dure una hora o dos, o tan
sólo unos minutos, de ser otro distinto, o más bien
de ser algo distinto del yo en su aislamiento.

El éxtasis por medio de la intoxicación sigue siendo


una parte esencial de las prácticas religiosas de
muchos pueblos primitivos. Tal como muestran con
toda claridad los documentos que han sobrevivido
hasta hoy, fue en otros tiempos una parte no menos
esencial de la religión de los celtas, los teutones, los
griegos, los pueblos de Oriente Medio y los
conquistadores arios de la India. No es sólo cuestión
de que "la cerveza puede mejor que Milton justificar
los modos en que Dios trata al hombre". La cerveza
es, además, ese dios. Entre los celtas, sabazios era
el nombre divino que se daba a la enajenación
percibida al hallarse uno totalmente embriagado de
cerveza. Más al sur, Dionisio era, entre otras cosas,
la objetivación divina de los efectos psicofísicos de
un exceso de vino. En la mitología védica, Indra era
el dios de una droga hoy imposible de identificar,
llamada soma. Héroe conocido por haber matado al
dragón, era la proyección ampliada sobre el cielo de
esa otredad extraña y gloriosa que experimentaban
los embriagados.

En tiempos más recientes, la cerveza y los demás


atajos tóxicos hacia la autotrascendencia ya no son
oficialmente adorados en calidad de dioses. La
teoría ha experimentado un cambio que no se ha
dado en la práctica; en la práctica, son millones y
millones los hombres y mujeres civilizados que
siguen teniendo devoción no al espíritu liberador,
pero sí al alcohol, al hachís, al opio y sus derivados, a
los barbitúricos y a otras drogas sintéticas que se
han sumado al antiquísimo catálogo de los venenos
capaces de generar la autotrascendencia. En
cualquier caso, claro está, lo que parece un dios es,
en realidad, un demonio, lo que parece una liberación
es, en realidad, una nueva esclavitud.
Al igual que la intoxicación, la sexualidad elemental,
cultivada en sí misma al margen del amor, fue en
otro tiempo un dios, no sólo como principio de la
fertilidad, sino también como manifestación de la
otredad radical inmanente a todo ser humano. En
teoría, la sexualidad elemental hace tiempo que ha
dejado de ser un dios; en la práctica, aún cuenta con
incontables masas de adeptos.

Existe una sexualidad elemental que sí es inocente, y


una sexualidad elemental que es moral y
estéticamente repugnante. La sexualidad del Edén y
la sexualidad de la cloaca tienen el poder de
transportar al individuo más allá de los límites de su
ego aislado. Pero la segunda variante, cabe imaginar
tristemente que la más habitual, lleva a quienes la
cultivan a un nivel inferior de subhumanidad, a una
alineación más completa que la primera. De ahí la
perpetua atracción que tienen la orgía y el
desenfreno.

En la mayor parte de las comunidades civilizadas, la


opinión pública condena el libertinaje y la adicción a
las drogas por ser conductas éticamente erróneas. Y
a la condena moral se suma la disuasión fiscal y la
represión legal. El alcohol está sujeto a altos
impuestos, la venta de narcóticos está prohibida en
todas partes, y ciertas prácticas sexuales son
consideradas delito. Pero cuando pasamos de la
ingestión de drogas y de la sexualidad elemental a la
tercera gran vía de autotrascendencia del yo en
sentido descendente, hallamos por parte de los
moralistas y los legisladores una actitud muy
distinta, mucho más indulgente. Resulta desde luego
tanto más sorprendente, ya que el delirio en masa,
tal como podríamos denominarlo, encierra un peligro
mucho más inmediato para el orden social y es una
amenaza más dramática para la escueta capa de
decencia, racionalidad y tolerancia mutua que
constituye la civilización, mucho más, en todo caso,
que el alcohol o el libertinaje. Cierto es que un
hábito generalizado y persistente de excesiva
indulgencia en la sexualidad puede dar por resultado,
como ha defendido J.D. Unwin, una disminución del
nivel de energía de toda la sociedad, incapacitándola,
por tanto, para alcanzar y mantener un nivel elevado
de civilización. De igual manera, la drogadicción, si se
extendiera suficientemente, podría disminuir la
eficacia militar, económica y política de la sociedad
en que llegara a ser prevaleciente. En los siglos XVII
y XVIII, el alcohol fue un arma secreta en manos de
los europeos dedicados al tráfico de esclavos; la
heroína, en el siglo XX, lo ha sido en manos de los
militaristas japoneses. Borracho como una cuba, un
negro era presa fácil. En cuanto a los chinos adictos
a la heroína, se podía dar por sentado que no
plantearían problemas a los conquistadores que les
arrebataran su tierra. Pero éstos son casos
excepcionales. Cuando depende de sí misma, una
sociedad por lo común consigue llegar a un acuerdo
con su veneno predilecto. La droga es un parásito en
el cuerpo político de una nación, pero es un parásito
cuyo huésped tiene la fuerza suficiente para
mantenerlo bajo control. Y eso mismo es aplicable a
la sexualidad elemental. En contra de sus excesos, la
sociedad se las ingenia para protegerse.

La defensa que se lleva a cabo contra el delirio de


las masas es en demasiados casos mucho menos
apropiada. Los moralistas profesionales que lanzan
sus invectivas contra la embriaguez se muestran
extrañamente silenciosos en lo tocante a un vicio no
menos asqueante, como es la intoxicación en masa, la
autotrascendencia descendente que rebaja al
individuo a un nivel subhumano, puesta en práctica
mediante el sencillo proceso de agregarse el
individuo a una muchedumbre.

"Allí donde dos o tres se reúnen en mi nombre, Dios


está en medio de ellos." En medio de doscientos o
trescientos individuos la presencia divina es algo más
problemática. Y cuando las cifras se disparan a dos o
tres millares, a decenas de miles, la probabilidad de
que Dios esté ahí, en la conciencia de cada individuo,
mengua hasta el punto de esfumarse. Ésa es la
naturaleza de las muchedumbres excitadas (y toda
multitud se excita automáticamente): allí donde se
congregan dos o tres mil personas se produce una
ausencia no ya de la deidad, sino también de la
humanidad más corriente. El hecho de ser uno en la
multitud libera al hombre de la conciencia de estar
aislado en su ego y lo transporta hacia lo abyecto,
hacia un dominio menos que personal, en el cual no
hay responsabilidades, no hay bien ni mal, no hay
necesidad de pensar, de juzgar ni de discriminar tan
sólo existe una vaga sensación de ayuntamiento, una
excitación compartida, una alineación colectiva. Por
ende, se trata de una alineación menos agotadora y
más prolongada que la que sigue al envenenamiento
por alcohol o morfina. Por si fuera poco, el delirio en
masa puede ser consentido no ya soportando cierta
mala conciencia, sino en muchos casos, realmente,
con un resplandor positivo de virtud consciente. Y es
que lejos de condenar la práctica descendente de la
autotrascendencia por medio de la intoxicación en el
rebaño, los líderes de la iglesia y del estado han
fomentado activamente esta clase de degradación,
siempre y cuando pudiera ser empleada para
reforzar sus propias finalidades.

Individualmente, y en los grupos aglutinados por


intenciones que constituyen una sociedad saludable,
los hombres y las mujeres despliegan una cierta
capacidad de pensamiento racional y de elección
libre a la luz de principio éticos. Pastoreados hasta
formar muchedumbres informes, esos mismos
hombres y mujeres se conducen como si estuvieran
poseídos, pero no por la razón ni por la libre
voluntad. La intoxicación en masa los reduce a una
condición caracterizada por la irresponsabilidad
infrapersonal y antisocial. Drogados por ese
misterioso veneno que cada muchedumbre excitada
segrega, caen en un estado de muy alta
sugestionabilidad. Mientras se encuentren en tal
estado, creerán cualquier estupidez y obedecerán
cualquier orden, por insensata o delictiva que pueda
llegar a ser. Para los hombres y mujeres que se
hallen bajo el veneno del rebaño, "todo lo que yo diga
tres veces es verdad" -y todo lo que yo diga
trescientas veces será una revelación divina- . He
ahí por qué las autoridades -los sacerdotes, los
líderes de los pueblos- nunca han proclamado
inequívocamente la inmoralidad de esta forma de
autotrascendencia descendente. Es verdad que el
delirio de las masas que evocan los integrantes de la
oposición, o que se invoca en nombre de principios
heréticos, siempre ha sido condenado por quienes
estuvieran en el poder. Pero el delirio de las masas
suscitado por los agentes del gobierno, el delirio de
las masas en nombre de la ortodoxia, es una cuestión
enteramente distinta. En todos los supuestos en los
que pueda llevarse a la práctica para servir a los
intereses de los hombres que controlan la iglesia y el
estado, la autotrascendencia descendente por medio
de la intoxicación en rebaño recibe el tratamiento
de algo legítimo y sumamente deseable. Las
peregrinaciones y los mítines políticos, las
celebraciones coribánticas y los desfiles patrióticos,
este tipo de manifestaciones en masa son
éticamente correctas mientras
sean nuestras peregrinaciones, nuestros mítines, nu
estrascelebraciones y nuestros desfiles. El hecho de
que la mayoría de los participantes en ese tipo de
celebraciones se encuentren provisionalmente
deshumanizados por el veneno del rebaño no tiene
relevancia en comparación con el hecho de que su
deshumanización puede utilizarse para consolidar las
potencias religiosas y políticas de facto. Estar en
una muchedumbre es el mejor antídoto de cuantos
se conocen contra el pensamiento independiente. De
ahí el arraigado rechazo del dictador a la "mera
psicología" y a la vida privada. "Intelectuales del
mundo, ¡uníos! No tenéis nada que perder, salvo
vuestra inteligencia."

Las drogas, la sexualidad elemental, la intoxicación


de las masas: éstas son las tres vías más populares
de autotrascendencia descendente. Existen muchas
otras, aunque no tan frecuentadas como estas
anchas autopistas descendentes, que conducen con
la misma certeza a esa misma meta infrapersonal.
Por ejemplo, la vía del movimiento rítmico, tan
abundantemente empleada en las religiones
primitivas. Y estrechamente relacionada con el rito
del movimiento rítmico para la consecución del
éxtasis se encuentra el rito del sonido rítmico,
igualmente tendente a la consecución del éxtasis. La
música es tan vasta como la naturaleza humana, y
tiene algo que decir a los hombres y a las mujeres a
todos los niveles de su ser, desde la sentimentalidad
autocontemplativa hasta la abstracción intelectual,
desde lo espiritual hasta lo meramente visceral. En
una de sus múltiples formas, la música es una
potente droga, en parte estimulante, en parte
narcótica, pero capaz de todos modos de una
alteración total.

Otra de las vías hacia la autotrascendencia


descendente es la que Cristo llamaba "repetición
vana". Y otra más es el dolor autoprovocado, que se
emplea en todas las religiones para modificar los
estados normales de conciencia, como medio de
adquirir poderes psíquicos.
¿Hasta qué extremo, y en qué circunstancias, es
posible que un hombre haga uso del camino
descendente como vía hacia la genuina
autotrascendencia espiritual? A primera vista,
parece obvio que un camino descendente no es, ni
puede ser nunca, el camino que enaltezca. Pero en el
reino de la existencia, las cosas no son tan simples
como pueda serlo en este bello y aseado mundo de
las palabras. En la vida real, un movimiento
descendente puede ser el arranque de un ascenso.
Cuando las cáscara del ego se ha rajado y comienza a
darse una conciencia de la otredad subliminal y
fisiológica que subyace a la personalidad, a veces
ocurre que entrevemos, fugaz pero
apocalípticamente, esa Otredad que es el
Fundamento en que se cimienta todo ser. Mientras
estemos circunscritos a nuestro yo aislado,
seguiremos sin tener conciencia de los varios no-
yoes a los que estamos relacionados: el no-yo
orgánico, el no-yo del subconsciente personal, el no-
yo colectivo del medio psíquico, a partir del cual han
cristalizado nuestras individualidades, y el no-yo del
Espíritu inmanente y trascendente. Cualquier huida,
incluso por un camino descendente, posibilita al
menos una momentánea conciencia del no-yo a todos
sus niveles. Hay constancia de diversos casos en los
que una simple "revelación anestésica" ha servido de
punto de partida de una actitud nueva frente a la
vida. En los mítines y las reuniones de masas, a veces
sucede que la persona intoxicada por el veneno del
rebaño adquiere un nuevo conocimiento que le
transforma de modo permanente. Dicho en dos
palabras, el camino descendente no conduce
invariablemente al desastre. Ahora bien, conduce allí
con la frecuencia suficiente para que su andadura
sea extremadamente desaconsejable.

Sobre el asunto de la autotrascendencia horizontal


es bien poco lo que hay que decir, no porque el
fenómeno carezca de importancia (nada más lejos),
sino porque es demasiado obvio y no parece requerir
análisis, aparte de que se produce con tal frecuencia
que no se presta a una fácil clasificación.

Con objeto de huir de los horrores del yo aislado, la


mayor parte de los hombres y mujeres eligen, las
más de las veces, no ya ascender ni descender, sino
desplazarse lateralmente. Se identifican con una
causa más amplia que sus propios intereses
inmediatos, pero no rebajándose; de ser más elevada
esa causa, lo será solamente dentro del espectro de
los valores sociales al uso. Esta autotrascendencia
horizontal, o casi horizontal, puede tener por objeto
algo tan banal como un hobby, o tan preciado como el
amor conyugal. Puede alcanzarse por medio de la
identificación del yo con cualquier actividad humana,
desde la dirección de una empresa hasta la
investigación en el terreno de la física nuclear,
desde la composición musical hasta el coleccionismo
filatélico, desde las campañas electorales hasta la
educación de los niños o el estudio de los hábitos de
apareamiento de las aves.

La autotrascendencia horizontal es de la máxima


importancia. Sin ella no existiría el arte, la ciencia,
la ley, la filosofía, no existiría desde luego, la
civilización. Y tampoco habría guerras, ni odium
theologicum o ideologicum, ni intolerancia
sistemática, ni persecuciones. Estos grandes bienes
y estos enormes males son frutos de la capacidad
que tiene el hombre de identificarse total y
continuamente con una idea, un sentimiento, una
causa. ¿Cómo es posible tener el bien sin el mal, una
civilización enaltecida sin una saturación de bombas
y sin exterminar a los herejes políticos y religiosos?
La respuesta es que lisa y llanamente no podemos
tenerla, en tanto en cuanto nuestra
autotrascendencia permanezca en un plano
exclusivamente horizontal.

Cuando nos identificamos con una idea, con una


causa, de hecho estamos adorando algo hecho en
casa y habitualmente hecho a medida, algo parcial y
parroquiano, algo que, por noble que sea, es
demasiado humano. "El patriotismo", como concluía
un gran patriota en la víspera de su ejecución por
parte de los enemigos de su nación, "el patriotismo
no es suficiente". Tampoco lo son el socialismo, el
comunismo, el capitalismo; tampoco lo es arte, la
ciencia, el orden público, ni ninguna organización
religiosa o iglesia en concreto. Todo ello es
indispensable, pero ninguno es por sí suficiente. La
civilización exige del individuo la identificación del
yo con las más altas causas de la humanidad, pero si
esta identificación del yo con lo que es humano no se
produce acompañada por un esfuerzo consciente y
consistente por lograr la autotrascendencia
ascendente hacia la vida universal del Espíritu, los
bienes alcanzados siempre estarán mezclados con
males que los contrarresten. "Hacemos un ídolo de la
verdad en sí misma", escribió Pascal, "porque la
verdad sin caridad no es Dios; sino su imagen, mero
ídolo al cual no debemos ni amor ni adoración". Y no
es solamente erróneo adorar un ídolo, sino que es
también extremadamente inoportuno. Por ejemplo, la
adoración de la verdad al margen de la caridad -la
identificación del yo con la causa de la ciencia sin
que se dé acompañada por la identificación del yo
con el Fundamento en que se cimienta todo ser- da
por resultado un tipo de situación que debemos
afrontar hoy en día. Todo ídolo, por exaltado que
sea, resulta a la larga un Moloch hambriento de
sacrificios humanos.

ZONAS DE CONSUELO
Hay que reconocer
que llevar una vida espiritual a principios del siglo
XXI es difícil. No es algo cómodo ni se espera que lo
sea. El sentimiento de paz que muchas personas
buscaron toda su vida (y que algunos, como Buda,
Gandhi y Jesús, encontraron) es la unidad con
nosotros y con los que nos rodean: animales y seres
humanos, y la tierra en que vivimos. Es algo que tiene
que ver con la aceptación, la tolerancia, la compasión,
la comprensión y el amor.

La serenidad y la paz interiores no tiene nada que


ver con ir por ahí con una gran sonrisa, saludando a
todo el mundo con los brazos abiertos y llamando a la
gente "hermano" y "hermana". Estamos en esta
tierra para descubrir nuestra relación con el único
ser espiritual. Da lo mismo que lo llamemos Dios, Alá,
Padre, Gran Espíritu o Ser Supremo de Luz, la
esencia es la misma. Hace falta una dedicación
constante para llevar nuestras buenas intenciones a
la práctica diaria, para permanecer en medio del
sendero de la vida.

A pesar de la actual tendencia a vivir de una manera


más natural -cultivando hortalizas en el jardín,
haciendo pan y pasteles caseros, cocinando en vez de
emplear alimentos preparados para microondas,
trabajando más cerca de casa o incluso en el propio
hogar para sentirnos más cerca de nuestros hijos y
familia-, todavía una gran parte de nuestra sociedad
está atrapada en un modo de vida materialista, que
perpetúa la visión de que una cosa -o un servicio-
sólo es buena si es de marca y ha costado una
cantidad exorbitante de dinero. La verdad, los
valores, el conocimiento y el amor no cuestan dinero,
pero el precio que pagamos por ignorar estos
elementos en nosotros mismos y en los que nos
rodean es excesivamente elevado.

Un truco simple que hemos desarrollado para


proteger nuestras verdades y nuestro amor ha sido
rodearnos de zonas de consuelo. Estas zonas de
consuelo nos han servido para proteger nuestro ser
interior de los sentimientos de soledad y en
ocasiones de inadaptación en los momentos en que
nos sentimos olvidados o nos vemos obligados a
enfrentarnos con algo que nos hace sentirnos
incómodos, algo que no queremos afrontar por
completo.

Una zona de consuelo es un escudo protector que


llevamos puesto cuando no queremos enfrentarnos
por completo con nosotros mismos y nuestras vidas y
nos negamos a responsabilizarnos de nuestras
acciones. La palabra clave en este caso
es responsabilidad. A muchas personas les gusta
representar el papel de víctimas y echar la culpa de
todo lo que les pasa a Dios, al destino, a la mala
suerte o a los demás. Algunas personas buscan zonas
de consuelo cada día. Piensan que la vida es dura y la
recompensan con esas zonas.

¿Qué es exactamente una zona de consuelo? Es ese


cigarrillo que fumamos cuando estamos disgustados
o preocupados; es el helado de chocolate que
comemos tras haber roto con alguien; es la cerveza o
el trago de whisky que tomamos al final de la
jornada para "aliviar" la tensión del día; es el ir de
compras a lo loco cuando nos sentimos deprimidos.
Las zonas de consuelo son las cosas que hacemos, o a
las que nos dirigimos, para sentirnos cómodos y
seguros en momentos de inseguridad o dolor
emocional.

Las zonas de consuelo pueden crearse con la compra


de artículos de lujo, como joyas o ropas caras, o la
compra de artículos cotidianos, como cigarrillos y
comida. Las zonas de consuelo pueden también
alimentarse refugiándose en recuerdos agradables
de la infancia.

La comida, una de las principales zonas de consuelo


para muchas personas, tiene una fuerte relación con
la infancia. No estoy hablando de los alimentos
indispensables que debemos ingerir para
mantenernos en forma, sino de esa barra de helado
que comemos si una cita no nos ha ido muy bien, de la
tarta de chocolate o las galletas que devoramos de
una sentada si hemos tenido una discusión con
alguien de la familia o con un amigo. A muchos de
nosotros, siendo pequeños, nos daban algo de comer
cuando teníamos un disgusto, para que nos
consolásemos. Nos daban chucherías junto con el
mensaje tranquilizador: "Toma, come y te sentirás
mejor".

No hay nada malo en buscar consuelo cuando nos


sentimos decaídos, pero ello no debe convertirse en
una huida permanente de las verdaderas causas de
nuestro malestar o por las que nos sentimos
decaídos. Si recurrimos a la comida o a la bebida o al
tabaco para aliviar un disgusto o una incomodidad, no
nos estamos enfrentando con lo que nos produce
dolor. Aunque las zonas de consuelo no siempre son
malas, si les permitimos que dirijan nuestras vidas
pueden llegar a ser contraproducentes.

¡No hay nada malo en comer helados o galletas con


moderación, y por una buena razón! No puedo hacer
suficiente hincapié en ello. Ya sea comida o
cigarrillos, nos enseñaron a buscar en el exterior el
consuelo que nos haría sentir mejor. Lo que tenemos
que recordar es que después de que se ha fumado un
cigarrillo y comido un trozo de pastel, la discusión o
el problema siguen estando ahí. No han desaparecido
sólo porque temporalmente hayamos dejado de
pensar en ellos. Nuestros problemas sólo pueden
resolverse desde el interior de nosotros mismos.
Tenemos que responsabilizarnos de nuestros actos, y
no simplemente sentarnos y pensar que quien venga
detrás se encargará de solucionar nuestros
problemas. Muchas personas siempre se están
quejando de algo y, cuando se les pregunta por qué
no intentan arreglar las cosas que les disgustan, a
menudo responden "Oh, es que no tengo tiempo" o
"No sé cómo" o "Y qué puedo hacer yo". Nos hemos
convertido en una sociedad de activistas de salón a
la espera de que otros hagan el trabajo que nos
corresponde hacer a nosotros. Si queremos un
cambio y vivir una vida plena hemos de disminuir
nuestro nivel de consuelo como sociedad y como
individuos.

Nuestros deseos obsesivos representan nuestra


principal fuente de sufrimiento. ¿Ha pensado alguna
vez por qué siempre parecemos estar en un estado
de ambivalencia emocional entre lo que sentimos que
debemos hacer y lo que realmente hacemos?
Nosotros mismos creamos este problema y
alimentamos nuestras luchas interiores e
inseguridades por medio de nuestra determinación a
tener razón cueste lo que cueste, nuestra
testarudez y la resistencia a cualquier cosa que
amenace nuestro sistema de creencias.

Cuando la vida se desarrolla de la manera en que a


nosotros nos gusta, nos sentimos bien, felices y con
buenas vibraciones. Cuando nuestras creencias son
cuestionadas, amenazadas o se ven agitadas, nos
angustiamos, deprimimos y ponemos a la defensiva.
Entonces entramos en una zona de consuelo y
escondemos la cabeza bajo la arena. Nos ponemos a
la defensiva y echamos la culpa a los demás o a las
circunstancias, y nos negamos a responsabilizarnos.
Las cosas no nos pasan simplemente. Nosotros
creamos todas nuestras experiencias por la manera
en que reaccionamos a los problemas que
encontramos. Tendemos a esperar que la vida nos dé
lo que queremos.

Nuestra fortaleza sólo llegará cuando consideremos


cada situación, buena o mala, como una experiencia
que nos brinda la oportunidad de aprender. Sólo
llegará cuando nos responsabilicemos de nuestras
acciones negativas y antiguos hábitos, a los que
estamos aferrados por miedo a cambiar y a la
consiguiente pérdida del ego.
Las zonas de consuelo únicamente pueden destruirse
cuando nos enfrentamos a nuestras luchas interiores
y dejamos de mimar nuestros egos con premios.
¡Dejémonos de tonterías! Dejémonos ya de jugar con
nosotros mismos. Detengamos el ping-pong mental
entre el ego y el verdadero yo.

Contemple a Buda entre las luces de neón.

LA ÉTICA

Hay cosas
que parecen y otras que son. Distinguir cabalmente
la apariencia de la esencia, la imagen de la ética, no
es tarea fácil, pero sí provechosa.

¿Es posible diferenciar la crítica honesta de la


vituperación maliciosa, la indignación de la ira, el
desdén de la envidia o el rechazo legítimo de los
celos? A estas actitudes las distingue únicamente la
textura del alma, porque la acción es siempre
mecánica y responde a una fuerza soberana que la
anima. Así lo que en un hombre íntegro es sana
indignación, en el mezquino puede ser cólera
impotente. Todo se reduce a un juego de
intenciones.

No hay espectáculo más patético que el que ofrece


quien pretende ser lo que no es. Condenándose a la
hipocresía y a la mentira se exilia de sí mismo para
errar de por vida en un universo ficticio,
desconectado de su propia realidad y carente de
toda consistencia.

No es fácil el oficio de vivir dignamente, no. Uno ha


de crear su propio personaje y dotarle de
verosimilitud y altura, lo que implica una renuncia
constante a la ventaja en aras de la ética, que es
algo así como el "fair play" del espíritu. Desde luego,
resulta mucho más tentador revestirse de una ética
aparente y jugar sucio tras el parapeto de la imagen.

Muchos son los males de nuestra sociedad y muchas


las soluciones que se aportan en el mayor despliegue
de frivolidad que han conocido los siglos, pero hay un
paso esencial que dar para recuperar la dignidad y la
autoestima de la especie y terminar con el nefasto
culto a la imagen, es el rearme ético.

¿Y en qué consiste la ética? Ante todo, en la


autenticidad. ¿Y qué es la autenticidad? La
transparencia del espíritu, la verdad, Satia. Hay que
ser idénticos en el pensamiento, la palabra y la obra.
No es posible convivir pensando de una manera,
hablando de otra y actuando de una tercera.

Habría que citar también la no violencia, Ahimsa,


como estilo ético de vida. No puede haber ética en la
violencia, que es la grosera reacción del ego
desairado, como tampoco la hay en las formas
engañosamente blandas con que muchos esconden su
pavor a aceptar responsabilidades y mantener unos
principios. La no violencia requiere la mayor bravura
porque implica no deponer la firmeza del criterio y la
postura, aún ante la injusticia, la intransigencia y la
provocación. Para muchos, hoy, la no violencia se
reduce a otra moda, a una mera cuestión estética,
pero para quien bien la entiende llega mucho más
lejos; es el resultado de una ecovisión en la que nada
ni nadie se considera aislado del resto ni, por tanto,
es susceptible de ser juzgado, condenado y
destruido con abstracción del contexto. Es la
sabiduría de deshacer los nudos contra la furia de
romper las cuerdas.

Finalmente, la continencia, brahmacharia, es la


virtud que modera la pasión y encauza el empuje
desbordante de los deseos. Si estos no se frenan,
toda ética es ficticia. Nadie está libre de impulsos
acuciantes, cuyo oscuro y primitivo origen se
esconde en las profundidades del subconsciente. Esa
posesividad que nos empuja a apropiarnos de cuanto
nos place (¿tal vez porque albergamos un Rey
Supremo en lo más recóndito del Ser?) debe ser
templada con el ejercicio de la discriminación. Dar
rienda suelta a las fuerzas desatadas del hombre
sólo lleva al caos y a la destrucción. La civilización
consiste precisamente en domeñar las fuerzas
inferiores con el desarrollo de la razón y otras
facultades superiores.

De acuerdo, la represión a ultranza es traumática e


indeseable, pero una convivencia ética obliga a un
esfuerzo razonable para someter los oscuros
instintos egoístas y potenciar las actitudes
generosas.

Nuestra sociedad permisiva ya está dando


suficientes muestras de hastío y alarma ante la
hecatombe que ha supuesto la necia implantación de
una ética descabellada y acomodaticia, tal vez como
reacción pendular a la hipócrita represión sufrida en
recientes tiempos pretéritos. ¿Habremos aprendido
ya que la ética no puede imponerse, puesto que es
una actitud soberana e individual?

No es preciso escuchar sólo la voz de las


Instituciones. Todo individuo es plenamente libre y
capaz para reconciliarse consigo mismo y renunciar
al desasosiego de un espíritu a la deriva, tomar las
riendas de su propia existencia e imponerse la
disciplina ética que canalice su esfuerzo hacia metas
generosas de bienestar individual y colectivo,
recuperando así su dignidad humana.

Paralelamente, el culto a la imagen, la hipocresía y la


apariencia mentirosa que blanquean muchos
sepulcros han de quedar, finalmente, de manifiesto y
morir por sí solos.
EL HUMOR

Contemplar la vida,
gélidamente, con los ojos del alma. Ver la esencia de
las cosas desvestida de toda apariencia es, en
efecto, una actitud vedántica. Pero no resulta tan
aburrida como engañosamente pudiera parecer. Al
contrario, asomarse al mundo desde ángulo tan
singular propicia ese elixir secreto y maravilloso que
llamamos sentido del humor, y sin el cual nadie puede
disfrutar realmente de la vida.

Para el yogui, esta es como un sueño mágico en el que


todo parece real, o, mejor, como una
inconmensurable representación teatral, sin ensayos
ni argumento, en la que cada personaje sigue una
trama distinta que modifica constantemente con la
improvisación, ajeno por completo a su condición de
mero actor. El universo infinito presta su decorado
de estrellas y esferas. El escenario es un pequeño
planeta azul sobre el que se mueven seis mil millones
de actores (en número crece gradualmente), cada
uno convencido de ser el protagonista de la creación
y empeñado en convencer de ello también a los otros.

El hombre común vive su papel a conciencia,


encendido unas veces por el fuego de la pasión,
aplanado otras por la melancolía y distraído las mas
en cosillas de poco más o menos. A veces riendo, a
veces llorando. Impulsado, de pronto, por la brisa del
entusiasmo o varado en la calma chicha del
desencanto. Todo le afecta. Todo es real porque lo
vive como tal. Para este hombre el sentido del humor
es forzosamente limitado. Sólo es capaz de aplicarlo
a otros. No sabe reírse de sí mismo.

Hay un humor nacido en la ignorancia que consiste en


reírse de otros y está cargado con las emociones,
impurezas, frustraciones, resentimientos, complejos
o estulticia de quien se ríe. Es un humor que puede
ser ingenuo, malicioso, corrosivo, sarcástico,
superior... pero nunca puro.

Existe otro, sin embargo, el humor por antonomasia,


que nace en la sabiduría, el distanciamiento y el
desapego y consiste en situarse uno enfrente de sí
mismo para verse como algo ajeno. Es tener
presente nuestra condición de actores y no
identificarse con el personaje que se representa.

Es este un humor vedántico, serio, inteligente,


compasivo, filosófico y didáctico. No se expresa en
risotadas, ni siquiera en sonrisas de melón, pero
produce un regocijo íntimo y se nota en la mirada.

La actitud vedántica de entender que las cosas no


son como parecen, que todo es un fuego de artificio,
un juego fantástico creado por la mente y condenado
a desvanecerse como un sueño cuando esta se
apague, permite al yogui hacer el drama comedia y
así no abrasarse con el ardor de la pasión, ni
abatirse cuando menguan las luces de la esperanza y
el mundo se cubre de sombras asustadoras. Ser
espectador, saber mirar, no identificarse con los
avatares de la comedia, eso es lo que propicia en
ángulo adecuado para ver las cosas con humor.

En las personas hay un devenir y un ser. Quién se


identifica con lo primero es un actor, quién lo hace
con lo segundo es un espectador. Si se tiene en
cuenta que el humor no es una manera de actuar,
sino un modo de percibir, resulta fácil concluir que el
sentido del humor es privilegio de quién sabe
situarse enfrente de las cosas y no dentro de ellas.
¿Cómo captar, si no, los guiños cómplices de la
Deidad?

EL SER, EL ATMAN

El hecho central
del ser humano es su divinidad inherente.
La naturaleza esencial del hombre es divina, pero ha
perdido la conciencia de ello debido a sus tendencias
animales y al velo de su ignorancia. El hombre, en su
ignorancia, se identifica con el cuerpo, la mente y los
sentidos. Al trascender éstos, vuelve uno, a lo
Absoluto, lo cual es pura bienaventuranza.

Lo Absoluto, es la realidad más plena y la conciencia


más completa. El Atman (el Ser) es la Consciencia
común a todos los seres. El ladrón, la prostituta, el
barrendero, el rey, el maleante, el santo, el perro, el
gato, la rata..., todos ellos comparten un Atman
común.

Sólo en los cuerpos y mentes existen diferencias


aparentes y ficticias. Existen diferencias de colores
y opiniones, pero el Atman es el mismo en todo.

Si eres muy rico, puedes tener un barco, un tren o


un avión particulares para tus interesen egoístas.
Pero no puedes tener un Atman privado. El Atman es
común a todo. No es propiedad privada de ningún
individuo.

El Atman es uno entre la diversidad. Es constante


entre las formas que vienen y se van. Es la
consciencia pura, absoluta y esencial de todos los
seres conscientes.

La fuente de toda la vida y de todo conocimiento es


el atman, tu Ser interno. Este Atman, o Alma
Suprema, es trascendente, inexplicable, indefinible,
inentendible, indescriptible, todo paz y todo dicha.

No hay diferencia entre el Atman y la dicha. El


Atman es la dicha misma. El Ser Supremo de Luz, la
perfección, la paz, la inmortalidad y la dicha son la
misma cosa. La meta de la vida es alcanzar la
perfección de este plano y de los objetivos
prefijados. Cuanto más se aproxima uno a la verdad
de este plano, más feliz se vuelve. Pues la naturaleza
esencial de la Verdad es la dicha positiva y absoluta.

No hay dicha con lo finito. Ésta sólo se halla en lo


infinito, por eso nuestro objetivo en este plano es
alcanzar la perfección que nos permite nuestro
estado de espacio y tiempo, o sea, una parte de la
Verdad absoluta. La dicha eterna sólo puede
obtenerse cuando ya formas parte del Ser eterno.

Nadie puede salvarse sino por medio de la


realización del Ser. La búsqueda de lo Absoluto
debería emprenderse aun a costa de tener que
sacrificar lo más querido.

Estudia cuantos libros filosóficos quieras, da más y


más conferencias durante tus extensos viajes,
permanece en una cueva en los Himalayas durante
cien años, practica todo tipo de técnicas de
relajación y meditación, pero no podrás alcanzar la
emancipación sin lograr la realización de la unidad
del Ser.

Lo que la Liberación implica.

La unidad del Ser, o la unidad de la existencia,


constituye la realidad, y la realización de esta
Realidad es Moksha, o la liberación.

Moksha consiste en romper las barreras que


delimitan la existencia separada. Moksha es el
estado absoluto del Ser, en el que se comprende la
unidad de la consciencia que todo lo impregna y
permea, como la de una simple naranja que
sostuvieses en tu mano.
Moksha no consiste en el logro de la liberación del
presente estado de esclavitud, sino en la
comprensión de la libertad que de hecho existe. Es
la liberación de la noción errónea de la esclavitud.

El alma individual siente hallarse en esclavitud


debido a la ignorancia causada por el poder de la
nesciencia (ignorancia). Cuando la creencia
equivocada, producida por la ilusión, es destruida por
el Conocimiento del Atman, en ese mismo instante y,
en esta misma vida, se verifica el estado de
liberación. No es algo que vaya a lograrse o deba
lograrse tras la muerte.

La causa de la ilusión es el deseo presente en el


hombre. Los deseos generan olas de pensamientos, y
éstos ocultan la verdadera naturaleza del Atman,
que es dichosa, inmortal y eterna. Cuando se
aniquilan los deseos, el Conocimiento de Brahman (la
Realidad absoluta) amanece en el individuo.

El Conocimiento de la Realidad Absoluta no es una


acción en sí. No puedes alcanzar a Brahman, como no
puedes alcanzarte a ti mismo si no es conociéndote.
El Conocimiento de Brahman es absoluto y directo.
Es la experiencia intuitiva.

La razón y la intuición

La intuición se produce como un destello. No se


desarrolla poco a poco. El conocimiento inmediato
que se logra por medio de la intuición une al alma
individual con el alma Suprema. La intuición funde al
sujeto y el objeto de su conocimiento, junto con el
proceso del conocer, con lo Absoluto, donde no
existe la dualidad. En la intuición, el tiempo se
convierte en eternidad y el espacio en infinitud.

El conocimiento intuitivo es el más elevado. Es el


conocimiento imperecedero e infinito de la Verdad.
El conocimiento sensorial es el conocimiento de la
apariencia, pero no de la Verdad.

El conocimiento sensorial es una forma falsa de


conocer, mientras que la intuición es la forma
correcta de conocer. Única y exclusivamente por
medio de la intuición puedes obtener el Conocimiento
del Ser.
Sin el desarrollo de la intuición, el hombre
intelectual permanece imperfecto. El intelecto no
tiene poder suficiente para penetrar en las
profundidades de la Verdad. El intelecto funciona
dentro del reino de la dualidad, pero es inefectivo en
el reino de la no-dualidad.

La mente y el intelecto son instrumentos finitos. La


razón es finita. No puede penetrar en lo Infinito.
Únicamente la intuición puede comprender lo
Infinito.

Los intentos científicos por comprobar lo Infinito


son fútiles. El único método de comprobar lo
Infinito, es el intuitivo.

La meditación conduce a la intuición. La meditación


es la clave que permite la expresión de la divinidad, o
Atman, oculta en todos los nombres y formas.

El proceso de la meditación

No puede llegarse al Conocimiento sino por medio de


la meditación. El aspirante ha de rebuscar hasta en
su propia alma, y entonces se manifiesta la Verdad.
Por medio de la meditación regular vas creciendo
gradualmente en espiritualidad. La llama divina crece
y se vuelve más y más brillante.

La meditación te confiere, gradualmente, la luz


eterna y la intuición. Por medio de la práctica
constante de la concentración y la meditación, la
mente se vuelve tan pura y transparente como un
cristal. El estrépito de la lucha por las cosas
mundanas se va reduciendo más y más al irse uno
abstrayendo en el interior de sí mismo. Esto no
quiere decir que no vivamos las responsabilidades de
este mundo moderno, sino que deberemos discernir
cuales son las cosas realmente importantes y las que
entorpecen nuestro progreso espiritual, sin aportar
nada a cambio.

La pureza del despertar espiritual cambia la


perspectiva propia y uno empieza a buscar
devotamente sólo aquello que le produzca, a la larga,
una felicidad y una paz verdaderas. La búsqueda de
ventajas materiales e inmediatas se vuelve, por
tanto, menos urgente.
La meditación te guía más y más hacia el interior de
ti mismo, de lo grosero a lo sutil, de ello a lo más
sutil, y de ahí a lo más excelso, a vislumbrar la Luz.

La meditación es el único camino real adecuado para


alcanzar el conocimiento de uno mismo. La paz y la
dicha no pueden hallarse en los libros, iglesias ni
monasterios. Sólo pueden lograrse cuando amanece
el Conocimiento del Ser.

¿Para que leer tantos libros? No sirve de nada. El


libro más grande se halla en tu propio interior. Abre
las páginas de este libro inagotable que es la fuente
de todo conocimiento.

Cierra los ojos. Abstrae tus sentidos. Aquieta tu


mente. Silencia los pensamientos bulliciosos.
Apacigua tus ondas mentales. Sumérgete
profundamente en el Atman o el Ser. Todas tus
angustias mentales desaparecerán. Todo tipo de
discusiones acaloradas y debates coléricos tocarán a
su fin. Sólo permanecerán la paz y el Conocimiento.

Todos los nombres y todas las formas se desvanecen


en la meditación profunda. En ese estado se
experimenta la conciencia de un espacio infinito.
Pero también esto desaparece para dar lugar a un
estado de nada. De pronto, amanece la iluminación.

La materia y el espíritu

El universo entero es el cuerpo del Ser Supremo de


Luz. Todo este mundo es Dios o el macrocosmos.
Éste no es un mundo de materia inerte, sino que es
una Presencia viva. Es una manifestación del espíritu.

El error fundamental de todas las épocas ha sido


creer que el mundo espiritual y el material estaban
separados. El espíritu y la materia no son distintos ni
separables.

La materia es el Espíritu percibido a través de los


sentidos. La materia es el Espíritu manifestado. Es
el Espíritu en movimiento. Es el poder del Señor. Es
el aspecto dinámico del Señor estático. El mundo es
una expresión de Brahman, o lo Absoluto.

Este mundo es una emancipación, una manifestación,


un reflejo de Dios.
El Ser Supremo de Luz es la luz única que brilla en
las distintas formas. Es la voz única que habla en los
diversos idiomas. Es la vida única que vibra en cada
átomo del universo.

De igual modo que no hay diferencia entre el oro y el


ornamento, no existe diferencia entre el Ser
Supremo de Luz y el universo. Dios es quien paladea,
siendo, a la vez, Él mismo lo saboreado.

¿Es el mundo irreal?

En realidad, el mundo no existe. Es una mera


apariencia. Todos los nombres y formas son irreales,
como una sombra, o como el agua en el espejo, o
como el azul del cielo.

La irrealidad del mundo es lo verdadero en último


análisis. Sin embargo, desde el punto de vista de la
existencia relativa, uno no puede negarlo. Desde el
punto de vista empírico, parece bastante real.

Este mundo no es absolutamente irreal, puesto que


lo experimentas y lo sientes. Tampoco es
absolutamente real, puesto que se desvanece al
alcanzar la sabiduría.

¿Para quién y cuándo es este mundo irreal? Sólo lo


es para el sabio liberado. Pero es una realidad sólida
para el hombre mundano. Sólo cuando te despiertas
te parece el sueño irreal; pues mientras sueñas, te
parece bastante real.

La meta de la vida

El nacimiento y la muerte, el placer y el dolor, la


ganancia y la pérdida, son sólo creaciones mentales.
Trasciende los pares opuestos. Nunca naciste. Nunca
morirás. Eres siempre el Ser inmortal. Es sólo tu
cuerpo físico el que viene y se va.

El conocimiento de todas las ciencias seculares es


como una simple cáscara comparado con el
Conocimiento del Ser. Ahí yacen los inapreciables
tesoros del Atman esperándote. Ahí yace la
inagotable riqueza de tu Ser interior, el destello de
divinidad que posees . Ahí no puede haber
insolvencia, ni fracaso bancario, ni bancarrota, toma
posesión de este tesoro espiritual, el esplendor de
tu Ser, y disfrútalo por siempre jamás.

Únete a la Luz de luces.

EL ARTE

La belleza
engloba la verdad y el bien y se confunde con ellos.

La Belleza tiene un carácter de Absoluto.


Representa en el mundo la más alta manifestación de
lo Divino.

Luz, sonido, Belleza, Amor, son manifestaciones


esenciales de la Divinidad
La Luz ha engendrado la vida y por consiguiente la
Belleza. La Belleza engendra el Amor (Mito de
Afrodita y Eros).

La vida es inseparable de la belleza y la belleza de la


vida. Sentir la belleza es sentir la vida.

Las manifestaciones espirituales son más bellas que


las manifestaciones físicas.

Las manifestaciones espirituales son más bellas que


las manifestaciones psíquicas.

El ejercicio sostenido de la imaginación creadora


promueve la intuición. La intuición es la fuente de
conocimiento para el sentido estético, es decir, lo
Divino en el ser.

La belleza moral (no la moral considerada como regla


de conducta que debemos observar con nuestros
semejantes -ética- sino la moral interna e individual)
es el cumplimiento del deber. El deber consiste en ir
a favor de la evolución vital en su camino ascendente
hacia la Belleza Superior.

La Belleza espiritual suprema es el Amor Universal.


La Belleza, el Amor y el Bien son aspectos de lo Uno
y Único existente.

El Arte ha de ser comunicación directa entre la


imaginación-intuición del artista y la imaginación-
intuición del observador.

El Arte para ser tal, ha de crear Belleza. No se


puede llamar Arte a cualquier cosa.

La poesía verdadera es la encarnación sagrada de


una sonrisa. La encarnación en la letra de una
intuición.

La poesía es un lamento que seca las lágrimas.

La poesía es un espíritu que reside en el alma, cuyo


alimento es el corazón y cuyo vino es el afecto.

La poesía no ha de ser una mercancía, sino un soplo


de inmortalidad.

Poeta: eres la Vida de esta vida. Has derrotado el


paso del tiempo a pesar de su rigor. Poeta, llegará un
tiempo en que gobernarás los corazones, y así el
tiempo no tendrá fin.
Poeta sincero, eres una antorcha que ilumina nuestro
camino, un dulce deseo en nuestros corazones y una
revelación de lo Divino en nuestros sueños.

Poeta: examina tu corona de espinas. Encontrarás


oculta otra de laureles.

A veces el poeta es un profeta que llega oculto tras


el manto del conocimiento futuro, entre gentes
incapaces de ver el don de que es portador.

Dice el poeta: en cada corazón de invierno hay una


primavera que palpita y detrás del velo de cada
noche un amanecer sonriente.

Dice el poeta: el progreso no es solamente mejorar


el pasado: es moverlo hacia el futuro.

La música nos induce a mirar en nuestras almas para


encontrar el significado de los misterios que cuentan
los libros antiguos.

La música es un lenguaje universal.

El genuino compositor traduce para lo terrestre


aquello que capta de lo celeste.
La música, para serlo, ha de poseer ritmo, armonía y
melodía.

En cada comunidad humana, en cada población,


debería existir una agrupación musical o una pequeña
o gran orquesta.

Mucho más interesante que escuchar música es


ejecutarla, practicarla, uno mismo.

La sabiduría de la naturaleza, expresada a través de


nuestro esqueleto da lugar a la arquitectura. La
sabiduría del cuerpo biofórico a la escultura, la del
cuerpo psicofórico a la música y la pintura.

Entra los siete y los catorce años es mucho más


importante el despliegue armonioso de los buenos
sentimientos que el cultivo del pensamiento. En esta
edad se debe dar prioridad al cultivo de las
aptitudes artísticas y dedicar más tiempo a esta
tarea.

Si deseas ser un buen artista debes escuchar la voz


del silencio y dedicarle tiempo.

El artista tiene una sensibilidad y un temperamento


diferentes. Has de aprender a comprenderlo.
El impulso para la danza hunde sus raíces en la
tendencia a armonizarse con los grandes ciclos y
movimientos de los diferentes sistemas que integran
el Universo.

Materializar lo espiritual hasta hacerlo palpable.


Espiritualizar lo material para hacerlo invisible.
Secreto del arte.

El arte necesita de soledad o miseria o pasión. Es


una flor de roca que requiere el viento áspero y el
terreno rudo.

El arte se hace para ser sentido. No para ser


comprendido. Cuando se quiere hablar de él con la
inteligencia, lo más probable es que no se digan más
que tonterías.

¿Qué es el arte? Si lo supiera tendría buen cuidado


de no revelarlo. Picasso.

El Arte es contemplación: es el placer de un espíritu


que penetra la naturaleza y descubre que ésta
también tiene un alma. Es la más noble misión de la
intuición, de la inspiración y la imaginación puesto
que trata de comprender el universo y hacerlo
comprender.

El Arte es el sentimiento de las cosas humanas unido


al presentimiento de las cosas Divinas.

Dos especies de escritores tienen genio: los que


piensan y los que hacen pensar.

El buen escritor está siempre esperando una idea


que le dé una revelación. El mal escritor espera ideas
que le den dinero o reputación.

El artista original no es aquel que no imita a nadie,


sino aquel a quien nadie puede imitar.

En la Ciencia y en la Religión debe vivir el espíritu


del Arte, o no serán ni Ciencia ni religión.

No olvides poner un poco de arte en lo que dices, en


lo que haces, en lo que escribes. Ganará en belleza, y
también en eficacia.

LA IMAGINACIÓN
Los psicólogos modernos
echan en cara de los antiguos el desconocimiento que
tenían de la unidad del espíritu humano, admitiendo
varias facultades, unas de orden inferior y otras de
orden superior: la razón, el entendimiento, la
voluntad, la imaginación, la memoria, etc. Si por
facultades se entienden fuerzas particulares que
obran según leyes propias, el cargo que se les hace
es fundado, por cuanto el espíritu es una fuerza
única, completa, indivisible, y en él no pueden
distinguirse más que las formas y las
manifestaciones de su actividad. Pero es
ciertamente muy útil clasificar con exactitud y
precisión los caracteres de aquellas diversas
manifestaciones. Debemos, pues, agradecer a la
antigua escuela el habernos señalado el camino, esto
es, a analizar el hombre en vez de limitarnos a
contemplarlo con éxtasis como una maravilla.
Sigamos las lecciones de nuestros antecesores y, sin
renunciar a contemplar y admirar en su conjunto la
facultad intelectual del hombre, estudiemos la
acción de esta facultad en la diversidad de sus
fenómenos.

Estos forman tres grupos diferentes y pueden


clasificarse de la siguiente manera: facultad de
pensar, facultad de sentir y facultad de querer. En
la facultad de sentir suelen confundirse la
imaginación y el sentimiento.

La vida intelectual tiene por alimento las ideas; por


aire vital, los sentimientos; por ejercicios de su
fuerza, los actos de voluntad. Examinemos, bajo ese
triple aspecto, cómo se produce la acción del
espíritu contra los sufrimientos materiales que
amenazan al hombre.
Si en el dominio del espíritu se admite una escala
graduada, hay que poner en la parte más baja la
imaginación; en el centro, la voluntad, y en lo más
alto, la razón. Este es el orden con que se
desarrollan nuestras facultades durante la vida: el
niño sueña, el adolescente desea, el hombre piensa. Y
si es cierto que la Naturaleza, en su acción, procede
de lo pequeño a lo grande, dicha gradación está
probada. La Naturaleza empieza, como se ve, por la
imaginación: imitemos, pues, a aquélla, porque la
imaginación es como un puente tendido entre el
mundo físico y el mundo intelectual. La imaginación
es una fuerza maravillosa, variable, incoercible, de la
cual no se sabe con certeza si hay que atribuirla al
cuerpo o al espíritu; si la gobernamos nosotros o
somos gobernados por ella, y esto precisamente es lo
que la constituye como intermediaria entre lo moral
y lo físico y lo que le da a nuestros ojos más
importancia. En efecto, si examinamos atentamente
los fenómenos que nos rodean, reconoceremos que ni
el pensamiento ni el deseo ejercen en nosotros una
acción inmediata, pues tanto el uno como el otro
necesitan, para manifestarse, el auxilio de la
imaginación. Esta es la fuerza motriz de todos los
miembros aislados del organismo intelectual. Sin
imaginación, todas las ideas resultan pálidas y
estériles, todos los sentimientos son groseros y
brutales. La imaginación es la madre de los ensueños,
la fuente de la poesía, y sin poesía no hay nada puro
ni elevado.

"En general (dice Herder), la imaginación es la


facultad del alma menos estudiada y quizá la que
menos puede estudiarse a fondo, porque estando
enlazada con todo el sistema, y sobre todo con los
nervios y el cerebro, como lo atestiguan tantas
enfermedades raras, parece ser no sólo el ligamen y
la base de todas las facultades superiores del alma,
sino también el punto de unión del cuerpo con el
espíritu. La imaginación es, por decirlo así, la flor de
toda la organización material puesta al servicio de la
facultad pensante".

Kant, el adversario de Herder, ha constado asimismo


que la fuerza motriz de la imaginación es mucho más
íntima y más penetrante que otra fuerza material
cualquiera. El autor de la Crítica de la razón
práctica ha dicho: "Un hombre que experimente el
placer de una grata compañía, come más a gusto que
si hubiera dado un paseo a caballo durante dos
horas. Una lectura agradable es más útil para la
salud que el ejercicio físico". En este sentido
consideraba los sueños como una especie de
movimiento determinado por la naturaleza para
conservar el mecanismo orgánico. Kant explica el
placer de la amistad como el efecto de una digestión
feliz. Otro pensador ha dicho: "La imaginación es el
clima del alma".

Las enfermedades mentales tienen toda su raíz en la


imaginación. Si tuviesen su asiento en el espíritu,
serían errores o vicios, pero no enfermedades. Si
proviniesen del cuerpo, no serían enfermedades del
alma. Para que se produzcan esos males que azotan a
la humanidad, es preciso que el cuerpo y el alma
estén en contacto, y ese contacto no puede
verificarse sin el auxilio de la imaginación. Arrojar
lejos y para siempre todas las enfermedades de este
género es el fin supremo de la higiene mental.

La imaginación tiene su dominio fuera del mundo


real; según sea el ejercicio, regular o desordenado,
que hagamos de esta facultad caprichosa,
alcanzaremos la dicha y la salud o la desgracia y la
enfermedad. Cuando damos a la imaginación vuelos
desmesurados, nos hace soñar despiertos y nos
hallamos en los umbrales de la demencia. La mirada
del poeta, extraviada en la contemplación del ideal,
evoca muchas veces fantasmas terribles que le
obsesionan, hasta tanto que sus ojos se dirigen, al
fin, hacia la rutilante esfera de lo bello.

Aun en las condiciones ordinarias de la existencia,


¿no ejerce la imaginación sobre nosotros cierta clase
de poder plástico? En el acto de la generación, según
se ha podido comprobar, el estado imaginativo de los
esposos contribuye eficazmente en las formas del
hijo y en las facultades psíquicas. ¿No se ha escrito
también lo mucho que influye la imaginación?, ¿no ha
de constituir esta facultad un principio primordial
del hombre? Puede decirse que la imaginación está
en nosotros y aun antes que nosotros seamos
nosotros mismos.

Lo que el mundo exterior, con todas sus influencias,


es para el hombre externo, la imaginación, ese
mundo interior que envuelve el fondo y la substancia
de la vida, lo es para el hombre interior. La
influencia que ha de ejercer la imaginación en la
salud es, pues, decisiva.

Al haber dicho antes que el sentimiento y la


imaginación se confunden en la misma facultad, no he
querido rehuir el trabajo de dar una definición más
precisa del uno y de la otra. Mi intención ha sido tan
sólo hacer comprender que el sentimiento y la
imaginación son, efectivamente, una misma facultad
considerada ya como activa, ya como pasiva.

El trabajo de la imaginación supone un sentimiento:


entonces sentimos lo que imaginamos. La imaginación,
en este caso, es activa, y el sentimiento es pasivo. Si
esto se reflexiona un poco, se reconocerá que no se
trata de un simple juego de palabras. Mostrar al
mundo el lado sensible de nuestro ser, es
presentarse a pecho descubierto ante la espada del
enemigo; oponer a la acción de las causas exteriores
una imaginación activa, es armarse y defenderse.
Así, pues, en esto como en lo demás, el placer y el
dolor tienen idéntico origen.

Todos sabemos, por haberlo leído o por la


experiencia, cuán saludable o cuán terrible puede
ser la influencia de la imaginación en ciertos estados
mórbidos. Por lo tanto, podemos hacer la siguiente
deducción: si una fuerza es capaz de curar
enfermedades, puede también evitarlas, y si la
misma causa tiene el poder de agravarlas y hacerlas
mortales, puede igualmente producirlas ¡Ved, pues,
cuán profundos y funestos son los sufrimientos de
aquellos desgraciados que se abisman en la idea fija
de un mal imaginario, del cual se creen atacados o
amenazados! Tarde o temprano, lo imaginario se
convierte en realidad.

La causa fisiológica de este fenómeno es una tensión


nerviosa continua hacia un mismo órgano, el cual
termina por sentirse atacado en su esfera
vegetativa. En casos de epidemia, se ha podido
observar que muchas personas, en perfecto estado
de salud, han sentido los efectos del cólera morbo,
sin otras causas que las motivadas por las
conversaciones y la lectura de los periódicos que
reseñan los estragos de la peste. Y estas personas, a
consecuencia de sus temores, puramente
imaginarios, sienten los dolores de vientre
precursores de la enfermedad y todos los síntomas
que la acompañan.

Puesto que la imaginación puede ocasionar al hombre


tantos peligros y sufrimientos, ¿no ha de tener
asimismo la virtud de rechazar el mal y de hacernos
dichosos? Si sólo por creerme enfermo, la
enfermedad se apodera de mí, ¿no podré conservar
la salud si me persuado firmemente de que estoy
bueno? Las pruebas que apoyan esta opinión son
verdaderamente abundantes. Dejando de lado los
efectos maravillosos que producen en el ánimo del
enfermo la confianza, los sueños agradables, las
simpatías, la música, nos limitaremos a hacer esta
observación: lo que tiene el poder de curar los
órganos enfermos, tiene también la virtud de
conservarlos sanos y fuertes.

Por el poder de la imaginación nos explicamos los


efectos que vemos producir por ciertos caracteres
enérgicos sobre las naturalezas más débiles y
delicadas. El talento de un hombre superior no obra
sobre nuestra razón si nuestra imaginación no le ha
allanado antes el camino. La influencia que ejercen
los hombres eminentes no proviene de que sean
enseguida comprendidos, sino que tiene por causa la
fama de que gozan, lo cual seduce a la imaginación.

Estos fenómenos son los símbolos de otros muchos


hechos, de los hechos más importantes que se
realizan en el mundo.

Existe una especie de atmósfera mental que


envuelve al hombre, lo mismo que la atmósfera del
mundo físico envuelve la Tierra. En aquella
atmósfera, creada por la mente humana, se
revuelven en un continuo flujo y reflujo un sin fin de
ideas y sentimientos, que el hombre, sin darse
cuenta de ello, respira, se asimila e influye en él.

Nadie se exime de la influencia que ejerce la opinión


pública en las inteligencias más libres; pero el medio
moral que obra en los individuos puede ser
contrarrestado por la acción de una fuerza
individual. El valor de un héroe se transmite como un
fluido magnético; el miedo tiene una especie de
poder contagioso; la risa y la alegría se comunican de
una manera irresistible, apoderándose del hombre
más taciturno; los bostezos y el fastidio se
contagian igualmente con extraordinaria facilidad.
Mucho podría escribirse acerca de este punto, pero
vuelvo a mi tema. Las personas que carecen de la
fuerza de imaginación necesaria para aplicar los
preceptos de la higiene mental, deben apoyarse en
otra imaginación más poderosa que las sostenga y
fortalezca. La debilidad de la imaginación es, una
especie de tisis moral: "la imaginación es el pulmón
del alma".

La esperanza constituye el primer origen de los


planes y proyectos fantásticos y es el genio
protector de la vida humana. El mismo Kant, el
filósofo de la razón pura, proclamó ese poder
benéfico de la esperanza. En efecto, ¿no es esta
deidad protectora la hija de la imaginación y la
hermana de todos los ensueños? Uno de los mejores
medios de prolongar la existencia es dar a la
imaginación una dirección agradable.

La vivificadora llama de la imaginación es alimentada


por esta admirable facultad que llamamos ingenio.
Una compañía agradable, en la que reine la jovialidad
y el buen humor: he aquí lo que basta para curar el
orgullo, la vanidad y el sentimiento enfermizo. La
agudeza y el ingenio rigen al mundo con un cetro
ligero y poderoso que mata los pesares, aplasta la
soberbia y disipa los tormentos de las ilusiones
vanas. La agudeza y el ingenio son los que dan a las
almas enfermas la serenidad y el sosiego, bálsamo
precioso y saludable, mucho más eficaz que todos los
consuelos de la razón.

Entre las diversas partes del trabajo que constituye


la vida intelectual del hombre, el arte es la que se
refiere a la imaginación. Así como mientras
dormimos los sueños reposan al alma de su fatigosa
lucha contra el mundo material, así también, en el
estado de vigilia, el arte, mediante sus concepciones
ideales, reanima la vida próxima a sucumbir bajo el
peso abrumador de la realidad.

La música, las artes plásticas, la poesía, etc., son el


alimento que nutre el alma.

Un observador sutil ha dicho que el objeto final de


la música es la salud, porque cuando un individuo se
siente a sí mismo vivir dentro de su alma, con todas
sus fuerzas y con todas sus aspiraciones, está
plenamente sano. El canto y la música animan todos
los órganos; las vibraciones se comunican al sistema
nervioso, y el hombre, de pies a cabeza, se pone
"unísono". Y así es, en efecto, pues el sentimiento no
es otra cosa que la música del corazón, una especie
de vibración externa, a la cual los sonidos musicales
no hacen más que dar un cuerpo y una forma
perceptibles.

Todas las artes tienen por principio, como la música,


el sentimiento de la armonía; todas se convierten en
guardianes de la salud y tienden a derramar sobre el
alma la paz y el sosiego. Luego las bellas artes son el
canto de la vida. Y en el seno mismo de la muerte,
como ha dicho el místico Jacques Boehme, las almas
transportadas a las esferas eternas están envueltas
en luz y armonía.

TEMPERAMENTOS Y PASIONES
Incompletas serían nuestras
observaciones si no hablásemos, aunque sea
someramente, de los temperamentos y de las
pasiones. Los temperamentos difícilmente pueden
templarse, y en cuantos a las pasiones, mucho se ha
hablado de ellas, puesto que siempre nos están
dominando. A lo sumo no existen más de dos
temperamentos, pero con modificaciones infinitas: el
temperamento activo y el temperamento pasivo.

Hipócrates, el venerable autor del libro Del régimen,


y asimismo Lavater, Zimmermann y otros, admiten
igualmente dicha clasificación.
Así como el carácter representa la suma de las
fuerzas de la voluntad en el individuo, así también el
temperamento es la resultante de las inclinaciones
naturales. La inclinación sirve de materia a la
voluntad.

Si la voluntad domina la inclinación, ésta se


transforma en carácter.

Si la inclinación domina la voluntad, la inclinación


pasa a ser pasión.

El temperamento es, pues, la fuente de las pasiones,


y como son dos las especies generales de
temperamento, también pueden clasificarse en dos
grupos todas las pasiones, comprendiendo bajo este
mismo nombre las diversas emociones y afectos
morales.

Los temperamentos sanguíneo y bilioso designan lo


que llamamos temperamento activo; el linfático y el
flemático constituyen el temperamento pasivo.

No es cierto, como muy a menudo se dice, que los


temperamentos inertes, perezosos y pasivos se
dejan fácilmente amoldar por la filosofía práctica.
La inercia es la fuerza mayor que se encuentra en la
Naturaleza, y se vence más difícilmente que la
vivacidad.

La higiene mental tiene por base el sometimiento de


las fuerzas físicas y morales a la voluntad, pero esa
sujeción consiste en saber dirigir esas fuerzas, más
no en detener su movimiento. Lo más importante
consiste en determinar la exacta medida del
desarrollo señalado al individuo, medida que debe
aplicarse sin excederse de sus límites; de lo
contrario, sería en perjuicio de la salud. Todo
hombre, según su temperamento, necesita excitarse
o calmarse. La indiferencia sería la muerte.

Combatimos fuertemente la preocupación de


aquellos seudomoralistas que quieren ahogar toda
pasión en su misma cuna. Esa cuna es la inclinación;
sin inclinación no hay interés, y sin interés no hay
vida. Los antiguos, por una bella ficción, hicieron
nacer las Musas del recuerdo, y el recuerdo es el
hijo del Amor. Antes que la sabiduría pueda trazar
un sendero a la inclinación, ésta es necesario que
exista.

El amor y el odio: he aquí los elementos más


profundos de la vida. No se trata ahora de poner en
claro si el odio es un amor oculto. Para nuestro
propósito nos basta comprender que ambas
manifestaciones de personalidad son necesarias para
nuestra existencia. En general, las pasiones son
fuerzas. El valor no se adquiere con demostraciones
filosóficas: para excitarlo basta a veces un simple
movimiento de indignación. Jamás deben desdeñarse
las fuerzas naturales, y mucho menos destruirlas; al
contrario, es preciso estudiarlas, exaltarlas y
reglarlas. ¿No habla Lessing, el filósofo sosegado, de
la pasión que se tiene por la verdad? ¿No es la pasión
un entusiasmo? Y ¿No es asimismo el entusiasmo la
llama que alimenta la vida del hombre?

Se me puede objetar, sin duda, que toda pasión


gasta y consume lentamente al hombre; que ciertos
insectos se conservan durante muchos años debajo
la capa de la segunda metamorfosis; que la marmota
vive meses y meses sumida en un dulce sueño, y que
el sapo vive dichoso encerrado en el corazón de una
piedra, a veces durante muchos años. Pero yo
contestaré que esto no es vivir, y que el hombre no
es un sapo.

Además, aun cuando las pasiones no fuesen tan útiles


como pretendemos, siempre servirían para
combatirse unas a otras. La reflexión, por sí sola, no
basta para anonadar una afección muy arraigada,
todo lo más conseguirá calmarla. En cambio, una
inclinación violenta puede ser el contrapeso de otra;
así el orgullo y el amor, la amistad y la indignación, la
risa y la cólera, se neutralizan recíprocamente. La
naturaleza misma, que nos instruye con sus sabias
lecciones, dirige al hombre por medio de sus
inclinaciones. Una alegría brusca, excita y agota; una
alegría habitual, mantiene el bienestar; la primera
obra como un remedio estimulante, y la segunda
como un remedio tónico.

Idénticas observaciones pueden hacerse respecto


de la cólera y de la indignación. La llama voraz de la
cólera obra de una manera perjudicial sobre el
organismo; la chispa de la indignación produce a
veces efectos saludables. La cólera es un arrebato
grosero que nos rebaja al nivel de la causa que lo ha
provocado; cuando nos irritamos, nuestro adversario
ha conseguido su objeto: hemos caído en su poder.
La indignación es un movimiento moral, una pasión
noble, que nos pone muy por encima de los objetos
bajos y groseros, haciendo que nos apartemos con
asco de su miserable presencia. La indignación es una
cólera sosegada y muda.

Platón llamaba "fiebres morales" a las pasiones. En


efecto, las pasiones obran sobre el alma como las
fiebres propiamente dichas obran sobre el cuerpo
físico, constituyéndose en crisis que curan los males
más inveterados y purifican todo el organismo.

La utilidad que se atribuye a las afecciones


reconocidas por malas, con mayor razón se ha de
atribuir también a las buenas y legítimas.

Permítasenos añadir solamente que, entre todos los


afectos del corazón, la esperanza es la que más
anima y, por lo mismo, la más importante para el
cultivo de la higiene mental.
La esperanza es una especie de presentimiento
celeste, una parte delicadísima de nuestro "yo" un
"yo" encantador que no se deja nunca anonadar.

No queremos, sin embargo, se nos tenga por


apologistas de las pasiones; añadiremos, pues, que
los efectos favorables que les hemos atribuido,
únicamente se producen en cuanto no traspasan
ciertos grados, esto es, mientras son activas; éstas,
al salirse de los límites de la moderación, se tornan
pasivas. Y solamente es activo lo que está sujeto a la
razón humana, pues fuera de ese discernimiento, el
hombre no puede ejercer libremente su actividad.
Todo lo que se encuentra sometido al dominio
exclusivo de los sentidos, es esencialmente pasivo,
porque en este caso el hombre sucumbe bajo la
presión brutal de la Naturaleza. A nosotros toca el
contener las pasiones dentro de sus justos límites
con el uso necesario y vital de la sabiduría práctica.

Una emoción es vivificadora mientras se mantiene


dentro de los límites de la admiración; en cuanto se
cambia en piedad, nos rebaja y debilita.
Una cólera violenta no es activa, cual creen algunos.
El hombre encolerizado sufre en la porción mejor de
su ser. En su grado más alto, la cólera se hace
pasiva, hasta en sus manifestaciones. Por paradójica
que parezca semejante opinión, sostenemos que las
pasiones violentas son un signo de debilidad. Atraen
comúnmente la desgracia, la cual abate en el hombre
su verdadera fuerza, que es el espíritu. El niño llora
y patalea, mientras que el hombre grave reflexiona
con calma y obra conforme los dictados de su razón.

Las pasiones suaves dilatan y embellecen el


horizonte de la existencia; excitan sin fatigar,
calientan sin consumir, y transforman gradualmente
la llama que arde en cada corazón en una luz quieta y
fecundante. Asimismo las pasiones suaves son indicio
de la verdadera fuerza, la que jamás abdica su
imperio.

Los medios de combatir los temperamentos y las


pasiones son tres: el hábito, la razón y las pasiones
mismas. Habituarse a lo que es justo, constituye la
quinta esencia de la moral más elevada, y es al propio
tiempo un ejercicio soberano para la higiene mental.
La razón no obra en el instante mismo en que estalla
la pasión, pero su influencia es grande en el hombre
adoctrinado por sus lecciones, pues fija la dirección
y desarrollo que han de tomar los efectos del ánimo.
A verdadera calma no se encuentra en la inmovilidad
absoluta, sino en el equilibrio de los movimientos.

Ya hemos explicado antes cómo las pasiones se


amortiguan las unas por medio de las otras; y ahora
añadimos que también se excitan mutuamente.
Haced vibrar en el individuo la cuerda de la pasión
que mejor corresponda a su disposición actual, y
veréis como poco a poco las cuerdas de las demás
pasiones vibrarán al unísono, y el instrumento entero
se pondrá en el diapasón conveniente. Entonces se
producirá la armonía, que es la vida misma, porque la
vida no es el silencio.

LA IRA
Todos hemos
experimentado la ira alguna vez. ¡Incluso algunos
disfrutamos con ella! La ira es un obstáculo al
crecimiento espiritual y puede adoptar muchas
formas: gritos, violencia, respuestas cortantes y
tonos hirientes, fumar comprar, comer en exceso,
dejar de comer, beber, drogarse, entre otras
muchas cosas.

¿De dónde procede toda nuestra ira? Si examinamos


esta poderosa emoción, hallaremos que gran parte
de nuestra ira realmente procede del miedo a no
poder controlar el resultado de una determinada
situación o las acciones de los demás. Surge de
nuestra no aceptación de una situación dada o de la
manera en que una persona está actuando, que es
diferente de la manera en que nosotros actuaríamos.
No entendemos por qué los demás no hacen las cosas
a nuestra manera. A veces, la ira proporciona a la
persona enojada una sensación que la hace sentirse
viva. El corazón se acelera y la respiración se hace
más rápida. La ira parece crear energía. Yo solía
disfrutar de mi ira porque me hacía sentir como si
mis nervios estuviesen calientes y listos para entrar
en acción. ¡Había excitación en el aire! Pero me di
cuenta de que, además de la ira, existían formas más
productivas de sentirse vivo, y que las consecuencias
de querer sentir más ira, en lugar de menos, me
perjudicaban, mental o físicamente.

Muy frecuentemente culpamos a los demás y a las


circunstancias de nuestra ira. ¿Cuántas veces ha
dicho usted: "¡Me sacas de quicio!"? En realidad, no
es la otra persona quien le ha sacado de quicio, sino
usted mismo. Posiblemente porque sintió que la
manera en que aquella persona estaba actuando no
era la manera en que usted habría actuado. Para
usted, esa persona estaba equivocada. Este
pensamiento confunde mucho porque es sumamente
sutil y por lo general pasa inadvertido y nuestra
mente consciente no lo detecta. Un ejemplo típico
de cómo nuestra ira se puede basar en el deseo de
control puede verse en una frase como ésta, no tan
infrecuente: "No puedo creer que ella hiciese eso.
Me pone a cien. Yo en su lugar hubiera...".

Nos hemos convertido en personas que, en vez de


aceptar a los demás, tenemos miedo de quienes son
diferentes de nosotros. Es un círculo vicioso que
hemos creado y del que debemos aprender a salir. Si
alguien actúa o parece diferente, lo clasificamos y
encasillamos y decimos que está equivocado, tal vez
porque se viste o comporta de una determinada
manera. Pero en realidad no estamos enojados con
esa persona porque es diferente, sino que más bien
sentimos envidia porque es lo suficientemente libre
para ser ella misma. No tiene miedo a vestir de un
modo diferente, a manejar una situación de una
manera diferente, a ser exactamente quien es,
inmune a nuestro control.

Somos una especie predecible, pero al mismo tiempo


también somos distintos. Cada uno de nosotros tiene
sus propias características y personalidad individual.
Pero de algún modo todavía esperamos que nuestros
hijos sean "iguales que nosotros" y, cuando no lo son
y desarrollan sus propias opiniones acerca de las
cosas, nos enfadamos y decimos cosas tales como:
"No pareces hijo mío. No sé de dónde sacas esas
ideas. No eres como tu madre ni como yo". ¿Por qué
nos enfadamos de esa manera?

Nuestro hijo ¿cometió un delito o simplemente


expresó puntos de vista que son diferentes de los
nuestros? Intentamos enseñar a nuestros hijos a
sostenerse sobre sus pies, pero a la vez les enviamos
mensajes verbales contradictorios. Lo que realmente
les decimos es: "Puedes ser independiente y tener
tus propias opiniones, pero con tal de que esas
opiniones coincidan con las nuestras". Tenemos que
aceptar a los demás como son y permitirles que sean
lo que sienten necesidad de ser.

La ira puede proceder del miedo, la inseguridad, los


celos y la envidia. Nos enojamos con los demás
porque en alguna parte, en lo más hondo de nuestra
psique, inconscientemente, les vemos hacer algo que
nosotros siempre hubiésemos querido hacer y que,
por una razón u otra, jamás hicimos. Entonces, en
vez de celebrar sus éxitos, los humillamos, porque no
podemos aceptar la ira que experimentamos en
nuestro interior por no haber tenido el valor
suficiente para llevar a cabo nuestros propios sueños
y deseos. En resumen: hemos vendido la libertad de
ser nosotros mismos y nos hemos amoldado a una
sociedad que nos dice "esto se hace y esto no se
hace". Al enfrentarnos con nuestra ira y su
verdadero origen, podemos enfrentarnos con
nuestros propios defectos.

Responsabilizarnos de nuestra ira y nuestros actos,


y ser honestos con relación a nuestras emociones,
constituye una de las claves para hallar la felicidad
en nuestro interior, y la mejor cosa que jamás
podremos hacer por nosotros mismos. Considérelo
como una inversión a largo plazo. Responsabilícese de
sus sentimientos y su ira en vez de echar la culpa a
los demás.

Para garantizar la felicidad y la paz interiores,


tenemos que conocer de dónde surge nuestra ira y
examinar honestamente esa fuente. Lo que
descubrimos sobre nosotros mismos no tiene que
confesarse en medio de la sala de estar o en la
cafetería del trabajo o proclamarse desde una
tribuna. Puede admitirse en silencio, interiormente,
en un momento de reflexión, y no hay necesidad
alguna de hablar de ello.

Nadie más que nosotros mismos es responsable de


nuestra vida y nuestros actos. Algunas veces el
hecho o la palabra que despiertan la ira no son su
verdadera causa. Quizás es otra cosa que se halla
por debajo de las emociones, enterrada, hasta que
algo dicho con toda la inocencia hace que la ira salga
a la superficie. Cuando esto sucede, lo mejor que se
puede hacer es abordar directamente esa ira. ¡Se
quedará muy sorprendido al saber de dónde procede,
e incluso del tiempo que ha estado oculta en su
interior!

Bien, ahora ya tiene una idea de por qué se enoja.


Pero ¿qué puede hacer para detener lo que
usualmente acaba siendo un choque de trenes
mental? La respuesta: aceptación y comprensión.
¿Por qué está tan enojado y molesto por tener que
hacer una larga cola en el banco en una mañana de
sábado? Porque tiene tantas cosas que hacer... Pero
¿tiene que hacerlo todo precisamente esa mañana?
No, pero quiere hacerlas, de ese modo la próxima
semana dispondrá de más tiempo libre. Y mientras
está de pie y haciendo cola, mirando con impaciencia
al empleado, que parece que tarda demasiado en
realizar cada transacción, su irritación va en
aumento. Ahora trate de contemplar la escena desde
un punto de vista un poco diferente: el empleado
ciertamente tarda más de lo que usted desearía,
pero está haciendo bien su trabajo. Está
asegurándose de que las operaciones se realizan sin
errores y que entrega la cantidad correcta de
dinero a cada cliente. Cuando le llegue su turno, ¿no
le gustaría recibir la misma atención?

Aunque no nos demos cuenta de ello, somos los


causantes de gran parte de nuestra ira. Necesitamos
dar un paso hacia atrás para percatarnos de dónde
procede toda esa ira. Hay mucho que aprender sobre
esta emoción intensa. Una gran manera de
enfrentarse con ella es interrogarnos
constantemente y tratar de descubrir en nuestro
interior por qué nos sentimos tan irritados con una
determinada persona o situación. Después de cada
respuesta debemos añadir otro "¿por qué?", hasta
que finalmente lleguemos a la raíz de nuestra
emoción. Una vez hayamos contestado todos
nuestros "por qué", ¿cuál es el siguiente paso?

Pues o bien podemos ignorar lo que hemos aprendido


y continuar enojándonos, y posiblemente acabar con
una úlcera de estómago (y no muchos amigos), o
podemos renunciar a nuestros deseos de control, no
importa lo inconscientes que sean, admitiendo que no
nos es posible controlar determinadas cosas. No hay
nada que podamos hacer acerca de cómo piensan y
actúan los demás. Y tanto si lo aceptamos como si no,
habremos de tratar con ciertas personas y
situaciones que serán capaces de alterarnos y que
harán que nos enojemos. Así pues, ¿por qué no
soltamos el lastre de la ira?

Si no lo soltamos, nuestra ira se incrementará, se


volverá hacia el interior y con el tiempo puede que se
manifieste en forma de una enfermedad física. Otro
punto importante es recordar que no pasa nada si no
se entiende una relación o una situación
determinada, pero que es imperativo entender que
no podemos hacer nada para modificarla. Ya lo
llamaremos karma, destino o proceso de vivir y
aprender, cada uno de nosotros debe intentar
decirse a sí mismo: "No entiendo esta relación, no
hay nada que pueda hacer para modificarla, así que
la dejo correr y lo acepto como es".

Si descubrimos que nuestra ira tiene su origen en la


inseguridad o los celos (que son inseguridad, pero
bajo otro disfraz), debemos trabajar para cambiar
esta actitud. Incluso la admisión -en silencio y a
nosotros mismos- de cómo reaccionamos a
determinadas circunstancias es el comienzo del
cambio.

Cuando antes hablaba acerca de la ira que se va


cociendo a fuego lento, hasta que de repente algún
comentario hace que se vierta, me estaba refiriendo
a la ira equivocada. Suponga que un amigo o un
compañero de trabajo hace un comentario y usted
pierde los estribos. ¿De qué está realmente
enojado? Puede que no sea de lo que esta persona ha
dicho, sino del tono en que lo ha dicho. Tal vez activó
algo en su interior que le recordó a su padre o a su
ex marido o incluso a un profesor que le hablaba y
humillaba con un determinado tono de voz. Por
consiguiente, su ira surge realmente de una situación
no resuelta del pasado, más que de un problema del
presente.

¿Cómo se resuelve la ira equivocada? Enfréntese con


la fuente que origina su ira. Puede que la persona con
la que está realmente enojado no responda de
manera receptiva, pero por lo menos habrá sido
capaz de hablar con ella acerca del problema.
Sáquelo de su sistema. Si todavía conserva ira por
una situación pasada, y no hay manera de
enfrentarse con la persona que estuvo implicada en
aquella situación, escriba una carta, vertiendo en ella
todos sus sentimientos lo más honestamente posible
y, en vez de enviarla, quémela, liberándose de todas
las emociones que le han tenido atado durante tanto
tiempo. Al mismo tiempo que quema la carta, pida
perdón a esa persona, para esa persona y para usted
mismo, y pida la curación a los espíritus que guían.
Éste es un poderoso ritual, y ayuda a situar su ira
contra los demás y contra las situaciones no
resueltas en el auténtico lugar que le corresponde.
También contribuye a dejar atrás el pasado. Al dejar
atrás el pasado, uno está libre para ocuparse del
presente precioso.
LA NUEVA ERA. NEW AGE

Una Nueva
Era alborea en nuestra sociedad. Muchos saludan
jubilosos el relevo de los viejos paradigmas y se
adhieren entusiastas a esa ola imparable que
amenaza con barrer la esclerosis de unos
comportamientos sociales trasnochados y sin más
enjundia que la tradición (esa madre de tantos vivios
institucionalizados) e imponer patrones de conducta
anticonvencionales que aportan, cuando menos, la
frescura de lo nuevo.

¿Puede tratarse de otra moda de fuerte impacto,


como lo fueron los hippies en los sesenta, o, tal vez,
de una pose social con camuflaje de filosofía,
condenada a perderse a la vuelta de la esquina de
este siglo? Para muchos, desde luego, sí. Para otros,
no.

Me explicaré: Toda moda se asienta en dos premisas


incuestionables: de un lado, el irresistible atractivo
que la mente humana siente por la variedad y el
cambio, ese impulso misterioso que nos lleva a
abandonar el interés por lo compartido para volcarlo
en lo nuevo, en busca de la diferencia. De otra parte,
paradójicamente, el espíritu de rebaño, aún
plenamente vigente en muchas naturalezas, hace que
el individuo propenda a la imitación del líder, acaso
en un intento de parecerse a él.

Son dos razones poderosas que, a mi juicio, explican


convincentemente la adhesión al movimiento de
tantos ejemplares de esa inmensa fauna de
especímenes miméticos que dan colorido y ambiente,
pero nada más.

Me refiero a esos que compran pirámides, usan


pachuli, visten amplias camisas indias, se enrolan
entre los seguidores de los gurús de moda, presumen
de facultades psíquicas, coquetean con la kundalini,
dividen al cincuenta por ciento su entusiasmo por el
más allá y su desprecio por el más acá, renacen,
consumen vorazmente toda suerte de técnicas
mentales, tragándolas sin digerir, utilizan su
supuesta aversión a competir para enmascarar su
incompetencia o su falta de talento y, en el
paroxismo de la confusión mental, no tienen muy
claro si preferirían vérselas con un espíritu
desencarnado o con un extraterrestre de
Ganímedes. Por eso consultan constantemente el
Tarot.

Dejémosles a un lado porque no representan nada.


Son consumidores de modas, amantes de lo trivial
atraídos por el magnetismo de la Nueva Era, pero sin
peso específico para profundizar en ella.
Constituyen la cola del cometa, siempre, no lo
olvidemos, de mayores dimensiones que éste.

Ero hay también un núcleo consistente de personas


lúcidas y responsables que, lideradas por pensadores
y científicos de vanguardia de distintas disciplinas,
se enfrentan con valor, humildad y sensatez a los
gravísimos problemas y contradicciones que afligen a
nuestro maltratado planeta y sus espúreos
habitantes. Su esfuerzo se dirige a rescatar las
esencias de la condición humana y,
consecuentemente, a reestructurar la jerarquía de
valores, dando preferencia a lo espiritual sobre lo
material, al ser sobre el tener, a lo global sobre lo
individual, a la cooperación sobre la competencia, a la
calidad sobre la cantidad, al desprendimiento sobre
el egoísmo.

A la implantación social de estos valores se le


denomina Nueva Era, y su gran metáfora es la
ecología, que representa la íntima interconexión de
todas las cosas vivas, no solamente a nivel orgánico o
funcional, sino también como parte esencial de un
todo. Se trata, como puede verse, de un estado de
conciencia, de una actitud vital, de un refinamiento
de la sensibilidad que nada tiene que ver con modas
superficiales ni poses intelectuales. Por el contrario,
estas últimas han contribuido a degenerar el
concepto hasta dotarle en algunas partes, incluida su
propia cuna californiana, de un matiz peyorativo.

Es interesante resaltar que aunque los nuevos


valores están presentes en todas las grandes
religiones, éstas tienen poca vigencia en la Nueva
Era, porque la mayoría tienden a excluirse
mutuamente y son herederas de una tradición de
maniqueísmo e hipocresía que ha desvirtuado su
mensaje, a la vez que les ha hecho víctimas del
dirigismo de sus respectivas iglesias. El individuo de
la Nueva Era se complace en aceptar la
responsabilidad y el protagonismo de su propia vida,
sorteando con determinación todos los "ismos" y
patronazgos que se ven a sí mismos como algo
separado y exclusivo, y por tanto, nada "ecológicos".
Trata de establecer línea directa con lo divino,
evitando intermediarios que, por otra parte, siempre
han preferido concentrar sus esfuerzos en lo más
simple, débiles o inadvertidos.

La universalidad, el desapego, la cooperación, la


espiritualidad, el cuidado del cuerpo, la tolerancia, la
trascendencia y el empeño en el desarrollo del
potencial humano son los valores más en boga en la
Nueva Era.

El materialismo, el racionalismo, el consumo


desmedido, el egoísmo, el cainismo, la codicia, la ira,
la gula, la envidia y todos los pecados capitales que
han llevado nuestra sociedad donde se encuentra. La
falta de respeto por la vida, por la naturaleza, por
los animales, el clasismo, el racismo, la manipulación,
y la larga lista que se podría hacer de las miserias
humanas, constituyen las lacras del pasado que no
tienen cabida en los nuevos tiempos.

Entrar en la Nueva Era es realizar un viaje de lo


individual a lo cósmico, de la ignorancia a la
sabiduría, de la oscuridad a la luz, de lo particular a
lo global. Es transitar por un túnel vertiginoso donde
la naturaleza, el hombre y Dios no son ya tres
elementos básicos del universo, sino que se
experimentan como una masa indiferenciada de
conciencia cósmica.

¿Una moda pasajera? Ya se ve que no. Más bien, la


nueva mística de lo cotidiano.

EL SUEÑO
Nuestro romance con
el sueño hace que pasemos aproximadamente una
tercera parte de nuestra vida durmiendo. Ha habido
diversas teorías para explicar que ocurre en ese
periodo de reposo. Desde la más antigua y más
simple, que viene a decir que algo se desconecta en
nuestro cerebro para que nuestra actividad
fisiológica y psicológica cese y descanse. Pasando
por la esotérica, que promueve que lo soñado es otra
forma de vida, espiritual. La teoría psicológica pasa
por decirnos que son las frustraciones diarias las
que se representan en los sueños y este actúa como
una válvula de escape. Últimamente se está
extendiendo la teoría que dice que el sueño es un
proceso activo, mediante el cual se estimulan varios
centros cerebrales con el fin de que se produzcan
cambios bioquímicos y hormonales necesarios para la
salud.

De todo esto, lo único que podemos considerar


cierto es, que para que nos durmamos tienen que
ocurrir dos cosas: tiene que haber una reducción de
la actividad en aquellas partes del cerebro que nos
mantienen alertas durante el día y, al mismo tiempo,
ciertas partes del cerebro que se conocen como
centros del sueño deben ser activadas.

Pero el sueño es mucho más.

Chuang Tze, filósofo chino, soñó una vez que era una
mariposa. Al despertarse, se preguntó: ¿Soy ahora
un hombre que sueña que es una mariposa o acaso
una mariposa que piensa "soy Chuang"?

Cuando sueñas, contemplas los acontecimientos de


cincuenta años en tan solo una hora. Realmente
sientes que han pasado cincuenta años. ¿Qué es
entonces lo correcto: el tiempo de una hora
transcurrido en la conciencia de vigilia, o los
cincuenta años transcurridos en la conciencia del
sueño? Ambos son correctos.
Un cambio en la consciencia

La consciencia cambia. Este cambio en la consciencia


produce la experiencia de la vigilia o la del sueño. Los
objetos en sí no cambian. El cambio se produce
únicamente en la mente.

Igual que un pez nada alternadamente hacia ambas


orillas del río, a la derecha y a la izquierda, o hacia la
oriental y la occidental, así se desliza nuestra parte
de divinidad entre ambas fronteras, la del sueño y la
del estado de vigilia.

La vigilia, el ensueño y el sueño profundo

Al ensueño se le llama el estado intermedio, debido a


que está a medio camino entre el estado de vigilia, y
el estado de sueño profundo. El mundo del sueño
está separado del de la vigilia. Y el sueño profundo
está separado de ambos mundos del ensueño y la
vigilia.
El sol es la fuente y el lugar de descanso temporal
de sus rayos. Éstos surgen del Sol y se esparcen en
todas las direcciones durante el amanecer. Pero
regresan a él al anochecer, fundiéndose en el mismo
para irradiarse de nuevo al siguiente amanecer. Del
mismo modo, los estados de vigilia y ensueño surgen
del estado de sueño profundo, y regresan a él,
desvaneciéndose, para resurgir de nuevo.

Tan pronto como te despiertas, el sueño se vuelve


irreal. Pero el estado de vigilia no existe a su vez en
el sueño. Ambos estados de ensueño y de vigilia
dejan de existir durante el sueño profundo. Éste, a
su vez, no está presente en los estados de ensueño y
vigilia. Por tanto, los tres estados son irreales. Los
producen las tres cualidades de pureza; actividad e
inercia. La Realidad Absoluta, es el testigo silencioso
de los tres estados. Es la dicha y la consciencia pura.
Es la Existencia Absoluta.

La mente en el sueño

La mente está siempre girando como una rueda.


Juega con los cinco sentidos de la percepción y
obtiene experiencias en el estado de vigilia,
recibiendo distintas impresiones sensoriales a
través de las avenidas de los sentidos. Estas
impresiones se alojan en el cuerpo casual. La
ignorancia, o el cuerpo casual, es como el pliegue de
tela negra donde se conservan impresos en la mente
subconsciente todas tus vidas previas.

Durante el sueño, la mente crea diversos tipos de


objetos a partir de las impresiones producidas por la
experiencia del estado de vigilia. A veces, las
experiencias de nacimientos previos, que se alojan
en el cuerpo casual, relampaguean por un instante
durante el estado de ensueño.

La mente es la que percibe y la misma mente es


percibida durante el sueño. Los objetos del sueño no
existen con independencia de la mente. En tanto que
dure el sueño, permanecerán las criaturas que en él
se perciben, igual que el lechero está presente
durante el acto de ordeñar. Sin embargo, en el
estado de vigilia, el objeto existe con independencia
de la mente. Los objetos de las experiencias de
vigilia son comunes a todos nosotros, mientras que
los de los sueños son propiedad del que sueña.
La mente crea la abeja, la flor, la montaña, los
caballos, los ríos, etcétera, en el sueño sin ayuda de
ningún medio externo. Puedes ser testigo durante el
sueño de que tu padre vivo está muerto o de que
vuelas por el aire. Puedes ver durante el sueño a un
león con cabeza de elefante o a una vaca con cabeza
de perro. Los deseos que no han sido satisfechos
durante el estado de vigilia se ven gratificados en el
sueño. El sueño es un fenómeno misterioso. Es más
interesante que el estado de vigilia.

Los deseos gobiernan todas las experiencias tanto


en el estado de vigilia como de ensueño. En el estado
de vigilia, los sentidos son movidos por los deseos; en
el estado de ensueño, la mente experimenta por sí
sola.

Quien sueña, crea su propio mundo en el estado de


ensueño. Sólo la mente funciona independientemente
en este estado. Los sentidos se han absorbido en la
mente y descansa. La mente es, entonces, como un
elefante furioso liberado.

De igual modo que un hombre se abstrae del mundo


exterior cerrando la puerta y ventanas de su
habitación para trabajar dentro de ésta, así también
la mente se abstrae del mundo exterior para jugar
en el mundo del sueño con los deseos e impresiones,
y disfruta de los objetos formados por ideas o
sutiles, que son producto del deseo. El sueño es tan
sólo un mero juego mental.

De igual modo que los cuadros se pintan sobre la


tela, así también las impresiones recogidas durante
el estado de vigilia se impresionan en la tela de la
mente. Las imágenes pintadas en el cuadro parecen
tener varias dimensiones, a pesar de hallarse
pintadas sobre la superficie plana. Del mismo modo,
aunque las experiencias del sueño no son, en
realidad, más que estados de la mente, uno
experimenta lo externo y lo interno en el mundo del
sueño. Al soñar, siente que el mundo del sueño es
real.

Quien sueña, PARECE hacer cosas en el sueño; pero,


en realidad, no hay ninguna actividad.

Despertarse y realizarse
Aprende a ser testigo de tus propios pensamientos
durante el estado de vigilia. Puedes ser consciente
en el estado de ensueño de que estás soñando.
Puedes alterar, interrumpir o crear
independientemente tus propios pensamientos en el
estado de ensueño. Llegarás a ser capaz de
mantenerte despierto durante el estado de ensueño.
Si controlas los pensamientos del estado de vigilia,
también podrás controlar los pensamientos de los
sueños.

No permitas a tu mente seguir los derroteros


sensoriales. Fortifícate desarrollando el intelecto
por medio de la búsqueda de lo Absoluto, la
reflexión y la atención. El intelecto te servirá de
fortaleza, no dejando que las impresiones
sensoriales se alojen en el cuerpo casual. Tampoco
permitirá que surjan las impresiones alojadas en el
cuerpo casual, sirviendo así con un doble propósito.
Sólo el Alma Universal existe realmente. El
individuo, y el mundo son falsos. Aniquila este
egoísmo ilusorio. El mundo es irreal en comparación
con lo Absoluto. Únicamente parece una sólida
realidad para el hombre mundano y pasional, al igual
que parecen los sueños los sueños reales a la persona
de mente infantil. Cuando te quites la venda de los
ojos, comprobarás que el mundo no existe.

Cuando sueñas que eres rey, disfrutas de los


diversos placeres reales. Pero tan pronto como te
despiertas, todo se desvanece. Sin embargo, no
lamentas esta pérdida porque sabes que las
criaturas del sueño son falsas. Cuando llegas a intuir
lo Absoluto, también la conciencia de vigilia se
volverá tan falsa como el sueño. Una vez que estás
establecido firmemente en la idea de que el mundo
es una falsa ilusión no percibirás ningún sufrimiento
y el deseo desaparecerá, aunque sea en la conciencia
de vigilia.

¡Despiértate!

Para qué sirve soñar

Doce teorías para una función

Esta función de la naturaleza humana, tan


importante que ocupa un tercio de nuestras vidas,
puede servir a distintos objetivos de forma
simultánea, tal y como apuntan diferentes teorías:

Antropológica: Los sueños son el paseo nocturno del


alma.
Religiosa: Se trata de mensajes divinos.
Biológica: Permiten al cerebro de los mamíferos
permanecer alerta, vigorizado y caliente.
Biofisiológica: Consolidan el aprendizaje y los
procesos de la memoria.
Nietzsche: Dijo que son un entrenamiento para la
vida.
Freud: Los consideraba la expresión disfrazada de
deseos reprimidos que de esta forma pueden
aparecer sin molestarnos.
Jung: Señaló que son símbolos compensatorios que
nos llevan hacia la totalidad de nosotros mismos.
Harry Hunt: Para ayudar a la reorganización de la
inteligencia simbólica.
Ernest Hartmann: Permiten integrar y comprender
emociones y regulan químicamente las regiones
cerebrales encargadas de la voluntad y del sentido
de identidad.
Harry Fiss: En su opinión mantienen el sentimiento
del yo durante toda la noche.
Miguel Jouvet: Nos ayudan a consolidar en la
memoria caracteres genéticos heredados.
Fred Zinder: Piensa que compensan al hemisferio
derecho por el papel subordinado que ostenta
durante el día.
Allan Hobson: Cree que el estado bioquímico del
cerebro durante el sueño le ayuda a olvidar lo que es
necesario.

La verificación de estas y otras hipótesis similares


sólo podrá darse cuando se conozcan mejor la base
fisiológica del sueño REM y la forma en que funciona
la memoria.

Por el momento, sólo puede decirse que la privación


del sueño es una de las torturas más eficaces, y que
sólo sueñan los humanos y los animales de sangre
caliente.

LA MIOPÍA DE LA COMUNICACIÓN
Antes de opinar o decir
cualquier cosa, debo llamar la atención sobre un
hecho: Todo es falso. Incluido este mensaje. El
lenguaje humano es imperfecto e impreciso, luego
cualquier idea expresada mediante él es, por fuerza,
errónea.

Este es un concepto que no resulta novedoso en


absoluto. Todos nos hemos visto en situaciones en
que "no sé cómo explicarlo" "Es como si...". En
ocasiones lo atribuimos a deficiencias propias en el
manejo de la herramienta que es el lenguaje. En los
pocos momentos que nos percatamos de la propia
deficiencia del mismo, lo vemos como algo
anecdótico: la dificultad de una traducción o la
inducción a error de una polisimia. Descartamos la
importancia que tiene esa deficiencia.
Y su importancia es sustancial, dado que el lenguaje
es el eje central de la Humanidad.

Para verlo con claridad, es necesario analizar la


importancia del lenguaje en nuestra vida cotidiana:
Está claro: para comunicarnos con los demás. Pero
también para que los demás se comuniquen con
nosotros. Y no es necesario contactar con nadie.
Cuando ves la televisión, escuchas la radio o un disco,
cuando lees, estás haciendo uso del lenguaje.

Pero además, el pensamiento consciente se elabora


mediante lenguaje. Y aquí es donde comienza la
sucesión de errores, puesto que hemos de adaptar
un ente ilimitado y libre, como es el pensamiento, a
una herramienta finita y reglada.

El primer ejemplo se ve en la expresión de los


sentimientos. Todos sabemos lo difícil que es
expresarlos. Es un hecho antiguo y el arte surge
precisamente como intento de vencer esa dificultad.
Rimas, ritmos, acordes, sonidos, colores, formas...
buscan provocar una sensación para el que las
palabras no son suficientes.
Otro caso clásico es el de la descripción de la
realidad. Sabemos que una imagen vale más que mil
palabras. Al igual que imagen, podríamos decir un
sonido o cualquier otra sensación captable con
nuestros sentidos.

Otro problema añadido es la inclusión de los demás


elementos de comunicación: Transmitente,
transmisor y receptor.

La importancia del receptor en la comunicación, es


enorme. Todos alteramos nuestro lenguaje en
función del que recibe el mismo. Así, no hablaremos
del mismo modo a un colega profesional, a un
allegado o a un encuentro casual. Tampoco dará lo
mismo si nos dirigimos a uno varios receptores.

El transmisor influirá también, puesto que no da


igual si el medio de transmisión del lenguaje es oral,
visual, escrito.

Y por último, el transmitente se verá enormemente


condicionado en su lenguaje por infinitos factores:
cultura, estado de ánimo, influencias recientes...
La imprecisión se extiende a todo tipo de lenguaje,
puesto que no hemos de pensar sólo en las palabras.
El lenguaje visual, gestual, se halla también
condicionado por los mismos factores.

¿Y el lenguaje matemático?

Esa es la solución que vieron los diseñadores de los


proyectos Pionero y Voyager. Junto a mensajes de
saludo en cincuenta idiomas, se diseñaron formas de
comunicación matemática que fuera precisa y
universal. Se basaban en que constantes universales,
como la letra pi (?), dada por la relación entre una
circunferencia y su diámetro, debían ser
reconocibles por seres inteligentes. La Pioneer 10
mandaba un mensaje de saludo, nuestra situación en
el espacio y establecía nuestro nivel de inteligencia
mostrando que conocíamos el átomo. Posteriormente
se han enviado mensajes más ambiciosos,
pretendiendo "enseñar" el idioma matemático
partiendo de constantes físicas y matemáticas
"confiando" en que el ser inteligente se adapte
rápidamente a nuestra cultura.
La intención es obvia: pasar por encima de las
dificultades de la comunicación humana, intentando
conseguir un sistema de comunicación sin esas
deficiencias.

El problema, empero, sigue igual. Continúa


dependiendo del receptor para que el mensaje cobre
sentido. De hecho la paleoastronomía pretende ver
mensajes semejantes a los que hemos enviado al
espacio en muchos restos de civilizaciones antiguas:
desde los megalitos de Stonehenge a los
pictogramas mayas pasando por todo tipo de
relaciones matemáticas entre las construcciones
primitivas. El mensaje, de existir, sigue estando
oculto a nosotros como sin duda lo estaría el nuestro
de encontrar una inteligencia que lo recibiera.

Pero bueno. Esto no era más que un inciso para


demostrar que las matemáticas no nos pueden
ayudar en nuestro problema. Por otro lado, la
capacidad de expresión humana con el lenguaje
matemático es, como mínimo, más limitada que las
demás.
¿Cuál es, pues, la causa de la imperfección del
lenguaje humano? Se podrían mencionar muchas pero
la fundamental es el ahorro, tratar de englobar
conceptos distintos en un solo término por la
dificultad que conlleva manejar un lenguaje
cuasinfinito.

El resultado es que los conceptos, las ideas, quedan


inexorablemente encajonadas en la palabra o
expresión que lo define, quedando en ocasiones
amputadas algunas de sus connotaciones y en otras
adquiriendo algunas impropias de ella.

La mejor manera de verlo es mediante los colores.


Tenemos unas palabras limitadas para definir los
colores. Sin embargo existen infinidad de ellos,
puesto que cada matiz es un color distinto. Cada
longitud de onda de la luz es un color distinto,
pudiendo, aprovechando la paradoja de Zenon,
elaborar infinitos colores.

¿Cuál es el color azul? Todos tenemos en la mente un


azul. Si digo Turquesa, tendremos otro color. Si digo
azul marino, uno más. Si digo cyan, o zafiro o celeste
elaboraremos distintos tonos de azul.
¿Y si digo blanco? Ah, entonces ya no hay dudas
¿verdad? Sólo hay un blanco. Y sin embargo el pueblo
esquimal tiene más de trescientas palabras para el
color blanco...

Del mismo modo podemos coger una palabra como


"AMAR". Y veamos qué conceptos contiene: Amor
conyugal, enamoramiento pasional, amor filial, amor
paternal, amor hacia uno mismo, amor a todos, amor
sacrificado, amor egoísta, amor temporal, amor
eterno... Podemos darle tantos matices como
queramos.

Y pasamos a otra palabra que identificamos con


conceptos distintos pero cercanos: GUSTAR.

Hemos definido dos escalones. Pero ahora acudimos


a Zenon y pensamos. ¿Y entre estos dos conceptos,
no debería haber uno identificable con su propio
nombre? Y le pondríamos una palabra. Y luego
pensaríamos ¿Y entre este término medio y AMAR,
no habrá otro término medio?... Y así seguiríamos
infinitamente.
Pero no lo hacemos y es sensato puesto que el coste
de añadir otra palabra puede no ser rentable para el
matiz que precisa.

El problema que nos da la deficiencia del lenguaje es


cuando el pensamiento humano pasa a depender de
él. Si somos incapaces de manejar nuestras ideas o
conceptos sin las palabras que las delimiten,
estaremos perdiendo tal cantidad de matices que la
adición de los errores proporciona un resultado
absolutamente distinto al original mental.

Piensa en un recuerdo agradable. Nárralo. Ahora no


lo narres. Cierra los ojos. Siéntelo . Esfuérzate por
sentir lo que sentías. Huele lo que olías, oye lo que
oías. ¿Se asemejan ambos recuerdos?

Es un hecho antropológico el que el ser humano


elabora herramientas para facilitarle la labor, pero
es un hecho constatado que la dependencia excesiva
en las herramientas malforma el elemento al que la
herramienta pretendía ayudar.

La mente que descanse en herramientas como el


lenguaje, las matemáticas, las esquematizaciones o
resúmenes sin emplearlas exclusivamentes como un
instrumento más, quedará confinada al límite más
próximo de todas ellas y jamás alcanzará su propio
potencial.

Seamos también conscientes de que todo aquello que


aprehendamos proveniente del o a través del
lenguaje esta borroso, impreciso y confuso y que su
empleo debe estar supeditado a la relativización.

Todo es incorrecto. Incluida esta afirmación.

EL NOMBRE

Hace
bastantes años, mientras una fumata de humo blanco
ascendía al cielo romano, el cardenal Wojtila, polaco,
tomaba un nuevo nombre, Juan Pablo II, para
designar así la dignidad de su nueva función papal.
Este es sólo un ejemplo egregio entre otros muchos
más cotidianos.
En un universo en constante mutación, el nombre y la
forma van siempre íntimamente ligados y cuando
esta cambia significativamente, aquel ha de hacerlo
también. Si el proceso es tan lento que no da lugar a
cambios apreciables a lo largo de una vida, el nombre
suele permanecer, pero cuando las transformaciones
modifican a ojos vistas las formas y la función, un
nuevo nombre se impone. Así, la crisálida se
convierte en mariposa y el renacuajo en rana.

La forma en el individuo no es sólo su apariencia


física, sino, sobre todo, su estructura psicológica y
el conjunto de sus convicciones, creencias y
actitudes. Por lo regular no se producen en este
campo cambios cataclísmicos y la lenta modificación
ideológica individual va cabiendo en el mismo nombre,
o casi. A lo sumo, Pepín se convierte en D. José (lo
que no es poco significativo).

Pero cuando la conversión de unas formas o de unas


convicciones en otras es súbita, y no gradual, dando
lugar en poco tiempo a algo distinto, cambia también
el modo de referirse a ello y designarlo. Baste
recordar el bautismo de los negritos en Africa, o de
los indios del amazonas, para entender que esta
práctica es común entre los conversos de cualquier
religión. Se usa entre los guerrilleros, los artistas,
los escritores... y tiene sus orígenes ¡cómo no! En la
psicología hindú. Cuando uno decide adoptar una
nueva actitud ante la vida, convertirse en una
persona nueva, el cambio de nombre es un
extraordinario soporte psicológico, porque al ser
designado por el nombre anterior se produce una
identificación con la personalidad antigua, con
aquello que uno ya no quiere ser, mientras que la
nueva denominación establece una identidad viva con
aquello que uno desea ser. Esta es la razón por la
que, sin que ello conlleve en absoluto un cambio de fe
religiosa, muchas personas que transforman
seriamente sus actitudes ante la vida, se siente
inclinados a bautizar esa personalidad naciente de un
modo distinto.

ÉTICA LABORAL: LA VIDA EN EL TRABAJO Y


EL ÉXITO PROFESIONAL
La vida laboral.

La vida profesional nos ocupa una gran parte de


nuestra existencia.

Para algunas personas el trabajo es una obligación


impuesta por la necesidad y un medio para obtener
dinero con el que subvenir a sus necesidades.

Sin embargo, el trabajo podría ser algo enteramente


distinto.
El trabajo ha de ser la expresión creativa del ser
humano. Trabajar es expresar las capacidades que
hay dentro, es un medio para ir desarrollando toda la
inmensa capacidad que hay en las personas.

Cuando una persona expresa su capacidad, aquello


que tiene como propio, aquello que, en cierta forma,
le distingue de los demás, siente gran satisfacción
porque se expresa a través de aquello. Así, el
trabajo podría constituir un medio extraordinario de
satisfacción y de crecimiento; al ser una expresión
de uno mismo podría ser un medio de
autorrealización.

El trabajo puede ser la expresión de la vocación


acompañada de un espíritu de servicio, de utilidad a
los demás. Así es una expresión de uno mismo que es
útil y esa utilidad es la que es devuelta, la que se
traduce, en un ingreso económico. Pero esto ha de
ser el resultado de una expresión auténtica, no
realizado como una compraventa, como un regateo.

Muchas personas tienen el problema de que no están


desempeñando un trabajo que les satisfaga.
Entonces trabajan de un modo forzado, sienten
disgusto por el trabajo, porque en el fondo hacen su
tarea pensando sólo en el dinero que necesitan para
vivir o para pagar sus caprichos. Así nunca
arreglarán su problema. Hasta que la persona no
descubra su vocación auténtica, y encuentre lo
mejor de sí mismo en lo que hace vivirá forzado.

El éxito profesional.

Muchas veces el trabajo se vive sólo como un


instrumento para demostrar el propio valor, para
conseguir un prestigio. Esto indica que la persona
vive muy insatisfecha por dentro. Por lo demás, si
una persona busca el prestigio a través del trabajo,
se encontrará comprometida en una carrera sin
final, porque siempre habrá una nueva cumbre de
prestigio que escalar; y mientras tanto, la persona
sentirá siempre colgada sobre sí la espada de
Damocles de cualquier adversidad o dificultad que
pueda dar al traste con todo lo conseguido en cuanto
al prestigio.

El verdadero sentido del éxito profesional puede


consistir en que la persona, a través de la labor que
realice, esté expresándose profundamente y
disfrutando de su trabajo. Es decir, que no se trate
de un éxito de opinión, sino de la propia expresión.
La trascendencia que la labor tenga respecto a los
demás, en todo caso, ha de ser una consecuencia.
Este éxito, diríamos social, no aporta ni un miligramo
más de peso específico a la labor.

También, el verdadero éxito del trabajo dependerá


de la eficacia real, de la utilidad efectiva que éste
tenga para los demás. El trabajo puede ser un medio
de servicio, un medio de crear algo que es útil a los
demás y que, en cierto sentido, sólo yo puedo hacer
de aquella manera óptima.

Cualquier otro sentido puede es contraproducente


porque se vuelve contra quien lo busca o lo tiene: la
persona tendrá que velar en pie de guerra angustiosa
para que no la aparten de la cumbre y, en lugar de
ser el trabajo una afirmación, será una constante
situación de lucha. Bien pueden confirmarlo aquellos
que están luchando en este sentido de
"competitividad" que tan malos resultados
proporciona socialmente.
EL DESEO DE MÁS. ANHELO ESPIRITUAL

El deseo de
Más, por ser instintivo, es implacable e insaciable.
No obstante, las personas suelen desear ciertas
cosas aparte de la riqueza, del nivel social y del
amor, y no todos los deseos tienen raíces instintivas.
Es posible que los deseos que no proceden de los
instintos no sean tan universales ni tan implacables
como el deseo de Más. No obstante, estos deseos
pueden seguir siendo una fuerza potente en los
asuntos humanos. Uno de los deseos más destacados
entre los que no pertenecen a la categoría del deseo
de Más es el anhelo espiritual.

El anhelo espiritual recibe muchos nombres


diferentes y se asocia a muchos símbolos, a muchas
tradiciones y a muchos profetas. También podríamos
llamarlo "deseo de trascendencia". Se ha dicho que
es el deseo del alma de reunirse con su creador. Se
ha dicho que es un anhelo de unidad, de plenitud o de
comunión. Algunas veces adopta un aspecto más
filosófico y secular, y es un deseo de conocer el
significado último de la vida. A pocas personas les
falta por completo el anhelo espiritual. ¿Cuántas
sociedades completamente seculares, antiguas o
modernas , conocen los antropólogos? Ninguna.
Algunas personas modernas intentan rechazar el
anhelo espiritual calificándolo de tonto o acientífico,
o considerándolo de una mera creación de la química
del cerebro; pero no por ello desaparece el anhelo.
Se oculta, pero vuelve a aparecer en otro momento o
bajo una forma diferente.

Cuando no se satisface el anhelo espiritual, la


repetición inacabable de ir al trabajo para volver a
casa, para poder comer, para poder dormir, para
poder regresar al trabajo, para poder pagar el
seguro de enfermedad, para poder pagar el gimnasio,
para poder ir al médico, para que éste pueda curar
nuestras enfermedades menos graves, para poder
seguir trabajando, para poder comprar una casa
mayor y un coche mejor y enviar a nuestros hijos a
la universidad, para que ellos puedan tener un
trabajo mejor, para que puedan volver a casa a
comer y dormir, para que puedan volver al trabajo, y
así sucesivamente, parece una danza macabra y
maratoniana de la que sólo es posible escapar por la
muerte. Podríamos llamar a esta situación
problemática "hambre espiritual".

El hambre espiritual es una forma de sufrimiento


muy real. La historia está llena de ejemplos de
personas que han preferido sufrir graves dolores, la
pérdida de su libertad personal o incluso la muerte
al hambre espiritual. Consideremos, por ejemplo, el
caso de los mártires y de los santos que no quisieron
renunciar a sus creencias y prácticas espirituales,
sin que les importasen las consecuencias. Los monjes
y los místicos de muchas tradiciones religiosas han
considerado tan doloroso el hambre espiritual que
han renunciado alegremente a todos los placeres y
comodidades para aliviarla.

El la mayoría de las sociedades preindustriales no se


ha diferenciado la vida secular de la vida religiosa.
Las ceremonias, las fiestas, las manifestaciones
artísticas, las prácticas curativas, e incluso otras
cuestiones menores como la cocina, las comidas y el
aseo personal han cubierto necesidades seculares y
espirituales simultáneamente. De este modo, las
gentes preindustriales han podido nutrirse
espiritualmente mientras se ocupaban de las
cuestiones de la vida diaria. Cosa rara: a pesar de
que las gentes preindustriales carecían de las
comodidades físicas, de las libertades políticas, de
la movilidad social y de los entretenimientos
variados de que disfrutamos nosotros, podríamos
considerarlas afortunadas, porque sus vidas diarias
satisfacían sus anhelos espirituales.

Por desgracia, a pesar de que la mayoría de las


personas modernas pueden estar bastante seguras
de la necesidad de recibir una buena educación, de
tener un buen empleo, buenas inversiones, un buen
cónyuge, etc, la mayor parte de los intentos
modernos de satisfacer el anhelo espiritual son
confusos y ambivalentes, y las personas están poco
convencidas de sus beneficios. Muchos cristianos
adoran a Jesucristo sin estar seguros de si era o no
hijo de Dios. Por otra parte, muchos cristianos
cultos suelen carecer de una comprensión de las
doctrinas religiosas básicas, y éstas no les interesan
demasiado. Las gentes de diversas religiones adoran
a Dios (o a los dioses) a pesar de sus dudas sobre la
naturaleza de Dios y sobre las intenciones de Dios
para con la humanidad. La gente reza a pesar de sus
dudas sobre la naturaleza y sobre la eficacia de la
oración.

En los casos en los que sí coincide la vida secular


moderna con la vida espiritual, ello suele deberse a
que las personas esperan explotar los recursos
divinos en beneficio de su búsqueda de Más. Por
ejemplo, muchas personas relacionan principalmente
la religión con la otra vida, suponiendo que Dios
satisfará por fin sus deseos después de la muerte y
que su satisfacción durará toda la eternidad.
Muchas personas sólo rezan cuando están
desesperadas o aterrorizadas, o cuando tienen una
necesidad urgente de saber que la muerte no es
definitiva. Hay pocos ateos a bordo de los aviones de
pasajeros cuando éstos caen en picado.
Es perfectamente comprensible que las personas
quieran creer en un dios poderoso y lleno de amor
que las proteja de sus miedos y que les conceda sus
deseos más queridos; pero el anhelo espiritual es
más profundo y más complejo que todo eso. Aunque
usted haya dejado de creer en un dios de ese tipo
hace mucho tiempo, todavía puede sentir el anhelo
espiritual. Podemos concebir el anhelo espiritual
como el deseo de tener la certidumbre de que
vivimos de la manera correcta; el deseo de tener la
certidumbre de que nuestras vidas grises tienen un
significado profundo y duradero; el deseo de saber
que nuestros actos pequeños y anónomos de valor, de
honradez y de abnegación contarán y serán
recordados de algún modo; el deseo de saber por qué
vivimos y qué debemos hacer con nuestras vidas; el
deseo de encontrar en alguna parte, entre toda la
arena de nuestros días, las pepitas de oro de la
verdad eterna.

La búsqueda de Más suele volverse tan absorbente


que quedan muy poco tiempo y energías libres para la
meditación, la contemplación, la oración o el
discernimiento. Nos absorbe tanta atención que nos
queda muy poca para dedicarla a la veneración. Aun
cuando quedan tiempo y atención disponibles para
tales cosas, éstas están contaminadas con demasiada
frecuencia por el deseo de Más. Nuestra cultura
está establecida de tal modo que parece que el
deseo de Más y el anhelo espiritual se contradicen
mutuamente. Sentimos que nos encontramos ante un
dilema. Podemos vivir con veneración a costa del
éxito convencional, o podemos prosperar en un
estado de hambre espiritual. Comprensiblemente, la
mayoría de las personas optan por la segunda opción.
Al fin y al cabo, el deseo de Más es instintivo.

EL CONTROL DEL YO
Hemos tratado de
colocar sobre el yo lo que podríamos denominar la
llama dorada de la iluminación misma. Y, si bien
hemos revelado una página, quedan aún volúmenes
por escribir y por leer. No obstante, es pertinente
que se haga un resumen útil de una parte de lo que
hemos presentado.

El regocijo que sentirá el hombre en torno a las


leyes interiores de su propio ser aumentará en
majestuosidad y poder cuando comprenda que el
regalo del control está en sus manos. Muchos
esperan a que las condiciones externas moldeen su
vida, y reconocemos que es cierto en gran medida
que las circunstancias externas controlan las vidas
de los hombres.

Pero los hombres deben reconocer que las


afinidades interiores del alma y las acumulaciones de
buen y mal karma son los promotores de su destino.
Por tanto, es esencial comprender al hombre interior
para llegar a adquirir el control de la Tierra.

Controlar el mundo de uno tal como la Divinidad lo


pretende no incluye el ejercer un control mortal
sobre los demás. Como tampoco implica que los
individuos deban sentirse afectados por todos los
caprichos de los pensamientos y sentimientos
mortales. Sin embargo, demasiados hijos de la Luz
en la Tierra están sujetos, sin saberlo, al control de
otros cuyos ideales y propósitos no son parte del
plan divino, sino parte de su propio plan de
dominación personal.

Control y dominación no son la misma cosa. Asumir el


control quiere decir ser consciente del potencial
cósmico que ha sido implantado dentro del yo como
regalo del Dios vivo. Entonces uno comienza a
manifestar en el mundo externo de la forma el
hermoso patrón que Dios sostiene para cada hombre.
Por otro lado, la dominación de la humanidad es la
usurpación de su libre albedrío.

Uno de los mayores errores del hombre es no


exteriorizar el plan Divino, primero en el mundo
interior de la mente para después hacerlo en el
mundo externo de la manifestación. Porque el plan
divino está íntimamente ligado a las sutilezas del
resplandor interior que posee el hombre interno del
corazón. Cuando ese plan pasa por la turbia
corriente de la mente subconsciente, llena como
está de la mezcolanza de vanas imaginaciones, la
mente exterior lo pierde temporalmente y no puede
sino producir en el escenario de la vida la perdición
de la ignorancia.

La purificación de la propia conciencia es, por tanto,


un requisito vital tanto para el principiante como
para el estudiante más avanzado en el Sendero que
verdaderamente desee encontrar el camino de
regreso al Ser Universal. El alado Yo Divino no puede
volar cuando sus alas han sido recortadas por las
vanidades humanas o por las limitaciones que el
hombre se impone a sí mismo.
El hombre es verdaderamente un Dios en exilio, pero
no tiene que seguir siéndolo. Puede purificar su
mundo si acude al corazón de Dios, y puede invocar
aquellos patrones de la llama cósmica.

Lo que ha promovido los sentimientos de culpa ha


sido tanto el sentido de pecado como la involucración
en la iniquidad. Ambos hacen que los hombres se
endeuden cada vez más, sencillamente porque no
pagan las deudas en las que ya han incurrido.

Demasiados hijos de la Tierra que buscan la luz no


entienden que ellos mismos han creado una pila de
escombros; es más, no saben que nunca podrán
terminar la hermosa obra del desarrollo del alma
hasta que hayan comprometido sus energías con el
proceso de la autopurificación.

Te has planteado la pregunta: ¿Debe un hombre


purificar y desarrollar su alma simultáneamente, o
debe completar su purificación antes de comenzar
su desarrollo?

Amigos, lo primero es lo primero. La purificación es


desarrollo, porque hasta para construir una casa hay
que limpiar el terreno y prepararlo antes de poder
echar los cimientos.

Uno de los problemas al que se enfrentan con


frecuencia los estudiantes más avanzados es
resultado de estudiar una gran cantidad de la ley
espiritual. A menudo han estudiado con muchos
instructores y organizaciones que enseñan verdades
parciales pero eficaces. En ciertos momentos del
camino, estos estudiantes se sienten empujados a
dejar a un lado todo lo que han aprendido para
captar el símbolo eterno de la progresión.

Hay que saber que aunque los nombres pueden ser


diferentes, los procesos son los mismos.
Reconocemos que , de un instructor a otro, varían las
técnicas y verdades recomendadas e impartidas para
la espiritualización, pero el individuo debería
recordar siempre que lo que no cambia es la relación
que tiene con su Presencia Divina.

Por lo tanto, sobre el estudiante recae la


responsabilidad de extraer de las enseñanzas la
aplicación eficaz que le permita beneficiarse al
máximo. No exoneramos al instructor de la
responsabilidad de presentar la enseñanza de la
mejor manera posible, pero ¿cuál es esa mejor
manera posible cuando uno trata con mentes que
están en diversas etapas de progreso y que
proceden de diferentes comienzos?

Entorpecidos por la semántica, algunos se pierden


completamente y, al final, abandonan la búsqueda de
la verdad. Esto es innecesario, porque incluso el
estudiante más avanzado no entorpece su progreso
al volver a examinar, a modo de revisión, los
principios básicos de las leyes espirituales.
Sencillamente, el que se domine un idioma no quiere
decir que uno no pueda sacarle provecho a la revisión
de los primeros libros o frases ya olvidadas.

Esa revisión con frecuencia revitaliza el proceso


imaginativo y te permite captar una imagen interna
de una multitud de temas. Cuando éstos se integran
en tu ser, aumentan tu compendio de conocimientos
que tan valioso resulta a la hora de vivir.

Las artes divinas no son diferentes de las humanas.


Y preferimos pensar que vivir es en realidad un arte
divino, aunque una enorme cantidad de seres
humanos no le prestan atención a vivir dando la vida
por sentada.

Demasiados seres humanos funcionan


mecánicamente, repitiendo con regularidad cíclica
sus aburridas rutinas, sin comprender nunca la
oportunidad que tienen de alumbrar con la luz las
tareas más sencillas y humildes. Cualquier cosa que
hagas puede contribuir no sólo al desarrollo de tu
propio ser y a un entendimiento diario de tu Yo
Superior, sino que también puede brindarles un rayo
de esperanza a aquéllos con quienes estés asociado.

La gracia, que no es tan orgullosa como para no


convertirse en un niño en lo referente a cosas
espirituales, como para no agacharse y así entrar por
la estrecha y a veces baja puerta de los
acontecimientos, se encontrará finalmente a los pies
de la gracia infinita. Sin duda, un día, el amanecer de
tu Yo Superior se convertirá en mediodía, y el
cumplimiento de los ciclos del ser indicará el regreso
a la realidad Cósmica.

EL CONTACTO INTERPERSONAL
Por
cuestiones sociales y religiosas, la civilización
occidental ha reprimido durante siglos el contacto
interpersonal. Abrazos demasiado intensos, caricias
entre padres, hijos o amigos, han sido
anatematizados como insalubres o, aún peor,
pecaminosos.

Sin embargo, modernas investigaciones han


demostrado que tocarse no sólo es sano, sino
imprescindible para la vida.

El primer sentido que desarrolla el ser humano, aun


antes que el oído, es el tacto. En él se fundamenta
nuestro sentido de relación con el mundo que nos
rodea, ya que nos proporciona una información más
profunda, rica e intensa sobre nuestro entorno.

Curiosamente, en nuestra sociedad es el menos


utilizado a pesar de ser la forma de comunicación
física más intensa de que disponemos. Y es que la
cultura judeocristiana, con sus tabúes sobre el
cuerpo y su rechazo del "pecaminoso" contacto
físico, ha limitado algo tan simple como tocarse,
hasta el punto de haber generado una sociedad
neurótica, de individuos aislados, que registra las
más altas tasas de suicidio y enfermedad mental en
toda la historia de la humanidad.

Nuestro cuerpo posee más de cinco millones de


receptores del tacto, de los cuales más de tres mil
se encuentran en las manos. También tenemos, en la
mayor parte de nuestros órganos, los llamados
pioceptores, corpúsculos muy similares a los
externos, que proporcionan información sobre las
circunstancias de nuestro organismo (dilataciones
intestinales, ocupación de las vías aéreas o
inflamaciones en las vías urinarias, entre otros
muchos). Además de la simple -que no es tan simple-
información táctil, los tactorreceptores -que envían
sus impulsos nerviosos a través de la médula-
condicionan una serie de respuestas cerebrales que
van desde la liberación de adrenalina, endofinas,
calcitonina y otras muchas sustancias necesarias
para el equilibrio del individuo, hasta la regulación de
la tensión arterial, el flujo linfático o la
contractilidad intestinal. Y mucho más.

El sentido del tacto y ese otro sentido primitivo que


es el del olfato influyen poderosísimamente en
nuestras relaciones interpersonales.

La importancia del tacto

El tacto es tan fundamental para la vida que el ser


humano llega a padecer importantes trastornos
físicos y mentales, pudiendo incluso morir si se ve
privado de él. Las investigaciones de Stephan Rose
en 1979 demostraron que los monos separados de
sus madres desarrollaban no sólo agresividad y
retraimiento, sino que eran mucho más sensibles a
enfermedades generales e infecciones.
Curiosamente, lo mismo se comprobó en niños
criados en orfanatos, atendidos de forma masiva y
con mínimo contacto afectivo, o en bebés que
permanecían durante estancias prolongadas en
unidades de Cuidados Intensivos. Además, algunos
experimentos de privación sensorial de la NASA
demostraron la aparición de trastornos de
personalidad muy precoces en los sujetos
experimentales. Incluso mucho antes, en el siglo
XIII, Federico II de Alemania condujo algunos
experimentos similares cuando quiso saber qué
idioma hablarían los niños que no hubieran tenido
contacto con otros seres humanos. Y así, crió un
grupo con nodrizas que les daban de comer pero que
tenían prohibido tocarles y hablarles. Pues bien,
todos los niños murieron antes de llegar a la edad en
la que se aprende a hablar.

Las manifestaciones fundamentales de cariño son


siempre táctiles. Desde el primer abrazo de la
madre al recién nacido hasta el apretón de manos de
los amigos o a la relación sexual, gratificante
precisamente por constituir el máximo exponente de
contacto corporal posible entre dos seres humanos
(aparte del beso), el sentido del tacto está siempre
presente en nuestras vidas, no sólo como un sistema
de información y equilibrio físico-químico, sino
también porque a través suyo se plantea el
intercambio de feromonas.

Los tres niveles

El tacto funciona no sólo a nivel meramente físico,


sino también bioquímico, especialmente feromonal y,
de manera especial, a nivel energético.

La mera proximidad física de una persona querida ya


nos aporta una sensación de bienestar, aunque esto
no debemos atribuirlo sólo a la transmisión de las
feromonas que segregan los neurorreceptores
superficiales y la propia piel. De hecho, también el
contacto físico es capaz de poner en marcha una
serie de mecanismos de orden biológico elemental,
fundamentados en la reacción general de adaptación
-el famoso estrés- y en la producción de una serie de
sustancias que favorecen el equilibrio orgánico, lo
que desde la más remota antigüedad ha sido
utilizado como un importante elemento del arte de
curar.

La presión sobre la superficie de la piel produce una


dilatación de los vasos superficiales, lo que
disminuye la tensión arterial, aumenta el transporte
de oxígeno a los tejidos -especialmente a los
músculos-, mejora el drenaje linfático y eleva el
nivel de endofinas en la sangre, rebajando los de
cortisol y epinefrina, hormonas que tienen funciones
relacionadas con la producción del estrés.

Por eso un masaje profundo refuerza el sistema


inmunológico y estimula la función del vago, ese
nervio tan importante en la regulación de las
funciones "rutinarias" de nuestro organismo como la
digestión, el ritmo respiratorio o la inhibición del
latido cardiaco. Su estimulación en el curso de un
masaje profundo mejora la secreción de insulina por
el páncreas y, a través de ella, el mejor
aprovechamiento de los hidratos de carbono de la
alimentación; incluso facilita la función de nuestra
gran fábrica de sustancias químicas y biológicas, que
es el hígado.

A nivel energético

Pero no solamente el tacto es importante en los


niveles físicos y hormonales. Las actuales
investigaciones de la Medicina de la Nueva Era van
descubriendo los mecanismos energéticos que se
ponen en marcha con el sencillo hecho de tocarse.
Para la teoría vibracional -y simplificando mucho-, la
materia es una forma de energía que se
interrelaciona. Es decir, que cuando la mano de una
persona se acerca a la de otra, los niveles de energía
sutil -no detectable con nuestros medios actuales-
se interpenetran, como ya sugirieron desde
Paracelso a Mesmer, intercambiando energías entre
ambos de una forma muy similar a la de dos campos
magnéticos de alta densidad, con interesantes
peculiaridades.

Es precisamente ese campo de energía que rodea y


penetra los sistemas vivientes lo que se conoce como
cuerpo etérico y que actualmente se considera como
un simple patrón energético de interferencia. De
hecho, la diferencia entre la materia física y la
etérica no es más que una cuestión de frecuencias y
las energías de distintas frecuencias pueden
coincidir en el mismo espacio físico sin que se
produzcan interferencias destructivas entre ellas,
como coexisten las de los diferentes canales de
televisión, la radio y el radar, por no mencionar más
que algunos ejemplos de la ensalada de frecuencias
electromagnéticas que utiliza nuestra sofisticada
sociedad actual.

Y por eso la matriz energética del cuerpo etérico se


superpone a nuestra estructura física (no hay que
olvidar que en el plano subatómico desaparece la
distinción de la naturaleza física de la materia) y es
posible que se produzca el intercambio de esas
energías, que son independientes del tiempo y de la
propia materia.

Investigaciones como las de Grad en la Universidad


McGill de Montreal sobre el efecto real de los
curanderos, confirmaron ese intercambio energético
y el hecho de que no sólo se establecía en el espacio
-de sanador a paciente- sino también en el tiempo,
siendo el sanador capaz de prevenir la aparición de
bocio en los animales con los que se experimentó.

En definitiva, una madre que abraza a su hijo o dos


amantes físicamente próximos no sólo están
recibiendo una compensación emocional, sino que
también reequilibran su actividad feromónica, lo que
se traduce, entre otras cosas en la mejoría física,
bioquímica, hormonal y energética, mejorando el
estado general de ambos. No en vano, la primera
reacción instintiva de cualquier ser humano ante
prácticamente cualquier situación intensa, se
traduce en un abrazo o en un simple contacto con la
mano, que transmite mejor que nada la emoción del
momento.

La curación por medio del tacto, es decir, su


imposición en determinadas partes del cuerpo para
producir efectos curativos (tema que tocaremos
próximamente), es tan antiguo como el ser humano y
ha sido utilizado desde la más remota antigüedad.
Hasta que en el siglo III de nuestra Era, la Iglesia
Católica decidió que la era de los milagros había
llegado a su fin y la curación táctil, que había sido
una realidad integrada y efectiva en la vida
precristiana y cristiana primitiva, fue oficialmente
detenida, desaprobada y muy pronto dejó de
practicarse. El cuerpo pasó a ser "sospechoso" y los
contactos físicos de cualquier tipo se consideraron
"pecaminosos".

Los masajes

Las terapias de contacto, la curación a través de ese


sentido despreciado pero fundamental en nuestra
vida de relación y en el equilibrio orgánico que
traducimos por salud, están siendo cada día más
reconocidas.

Pero no hace falta llegar a una sistematización. El


simple hecho de tocarse, de abrazarse o de cogerse
de la mano produce un estado de equilibrio físico y
espiritual que mejora la calidad de vida de forma
notable. Tanto es así que hace ya más de diez años
viene practicándose en muchos países del mundo la
simple "Terapia del abrazo" cuyas sesiones
consisten, nada más y nada menos, que en abrazarse
con el terapeuta y con las otras personas del grupo
de sanación. Con ello se consigue un buen
intercambio feromonal y la presión adecuada para
lograr el equilibrio orgánico y la curación de gran
número de problemas afectivos y psicológicos.

Otras culturas, en las que el hecho de tocarse no


tiene connotaciones negativas, presentan índices de
suicidios y enfermedades psicosomáticas
notablemente más bajos que los nuestros.

Menos mal que los usos sociales van cambiando y


vamos volviendo a aprender a tocarnos. Y eso que
todavía nos queda por recorrer un largo camino
hasta aceptar algo tan simple como que nos movemos
en un espacio físico y estamos aquí para aprender en
él, usando todas las herramientas y nuestros cinco
sentidos físicos y alguno más.

VERDAD Y SOCIEDAD
La
existencia en este plano físico nos brinda la
oportunidad de crecer en algunos aspectos en los
que no podríamos evolucionar sino conviviéramos en
ese entorno. Un ejemplo, es el de las relaciones
sociales. Por más que pretendamos una existencia
libre y pura, nunca lo conseguiremos por completo.
La razón es evidente, una mentira universal nos
envuelve: la mentira de las relaciones sociales.

Contra semejante presión exterior no tenemos más


defensa que nuestro discernimiento, así y todo, nos
veremos forzosamente obligados en participar en
esta comedia en la cual deberemos formar parte
unas veces como espectadores y otras como actores
o comparsas. No nos está permitido salirnos del
teatro, e incluso no es conveniente hacerlo, nuestro
progreso y nuestra estancia aquí solo tendrá sentido
y forma si participamos activamente y aprendemos
las lecciones que hemos venido a experimentar.

O de grado o por fuerza hemos de someternos a esa


ley que nos impone la sociedad. Sin embargo, no
hemos de someternos voluntariamente a las
exigencias y a los convencionalismos sin tomar
nuestras precauciones. Encargarnos de un papel en la
comedia, vestirnos y gesticular como actores, es una
locura que tarde o temprano arruinará nuestra salud
corporal y espiritual.

Sólo la verdad es moral; la mentira es inmoral (la


moral interna no la que debemos observar con
nuestros semejantes, ética). La verdad purifica; la
mentira corrompe. La sociedad insensata insiste en
engañarse mutuamente. El continuo embuste que nos
imponemos consume, como un veneno lento, todas las
fuerzas vitales y hasta llegamos a encontrar cierta
complacencia morbosa en alimentar con nuestra
carne y nuestra sangre el gusano roedor que nos
devora.
Casi nadie se atreve a ser quien es, a vivir su propia
vida, y, no obstante, nuestra salud se funda en el
desarrollo libre y espontáneo del individuo.

Los maestros y algunos filósofos han comprendido


perfectamente cuál es la enfermedad de nuestros
tiempos, y han indicado el remedio. Solamente la
Verdad -han dicho- puede salvar al mundo. La
Verdad debe permanecer siempre y en todo lugar
con nosotros. La mentira es la causa de nuestra
debilidad. Por el camino que va siguiendo nuestra
historia reciente no encontrará más que oprobio y
arrepentimiento, no conseguirá más que enervar y
paralizar el discernimiento interior. Para levantarnos
de nuestro abatimiento espiritual es preciso cobrar
ánimo: tengamos el valor para no mentir a los demás
ni engañarnos a nosotros mismos; tengamos fe y
fuerza para ser "lo que somos" y si es preciso,
adoptar las medidas para " ser lo que deberíamos
ser".

En nuestra alma poseemos tesoros de imaginación y


de sentimientos, no los dejemos sepultados y
estériles.

LA PAZ INTERIOR

Uno de los
objetivos más elevados en el viaje de la Página de la
Vida es conseguir transmitir las herramientas para
alcanzar la paz; la paz interior, “la paz que supera
toda comprensión”.

Pero uno de nuestros primeros descubrimientos


cuando emprendemos el camino de la superación es la
guerra que mantenemos con nosotros mismos. Nos
enfadamos por nuestros errores; estamos
resentidos por nuestras debilidades; nos resistimos
a hacer realidad nuestras aspiraciones más elevadas.
Queremos progresar en todas las áreas de la vida,
pero no nos gusta su precio.

La resolución de estos conflictos estriba en el


discernimiento de “lo que es” y ello nos lleva
ineludiblemente a la Paz Interior.

La Paz Interior. Vivir conociendo esta cualidad


profunda, aunque sutil, es estar tan bien sintonizado
con el poder espiritual de la compasión y del amor
que seamos contados entre los más próximos a vivir
la plenitud de sus posibilidades Divinas. Pero ¿qué es
esta paz personal e interior? Y ¿cómo podemos
encontrarla?

La paz personal es ese sentido interior, etéreo, de


bienestar emocional y espiritual, esa tranquilidad
profunda que nos llega cuando somos capaces de
desconectarnos de los pensamientos inquietantes,
inútiles o amenazantes, y alcanzar a comprender la
realidad de “lo que es”.

La paz personal subjetiva, pero muy real, es el


sentimiento bien fundado y de unión que tenemos
cuando nos liberamos de las preocupaciones, el
sufrimiento, el dolor, el estrés y el miedo y somos
conscientes de las incontables maravillas que nos
ofrece la vida.

La paz interior es el conocimiento de que todo está


bien, la compresión de que el Ser Universal lo tiene
todo bajo control, aun cuando nuestro mundo
parezca a punto de explotar. Nos llega cuando nos
apartamos mental, emocional y espiritualmente, y a
veces físicamente, de los embrollos mundanos, de los
conflictos o de nuestras responsabilidades mal
comprendidas.

La paz interior se convierte en una realidad cuando


trasladamos nuestro centro desde los problemas que
no podemos resolver hasta una visión más elevada de
compresión del porque. Trascendemos. En este
traslado, dejamos caer la tristeza y las
preocupaciones. La dicha que queda es la paz.

Si queremos recorrer con éxito el camino que nos


lleva a la paz interior, tendremos que desmontar
algunos de los obstáculos personales que nos
atenazan; el miedo al futuro y las lamentaciones por
el pasado no son más que los primarios. El viaje
completo a la paz interior significa que también
tenemos que superar los baches de la envidia, los
desvíos de la impaciencia, las calles sin salida de la
terquedad y los puentes helados de la rigidez. Pero
debemos viajar. El viaje hacia la paz personal no se
realiza en un coche aparcado.

¿El camino de la paz? Pasa por la meditación


trascendental o la oración en meditación, que es una
disciplina olvidada y mal comprendida. La meditación
en oración es una manera excelente de desarrollar la
conciencia aumentada en todas las áreas de la vida.
Pero es fundamental para alcanzar la paz interior y
para conservarla.

Cuando nos atrapan las preocupaciones, o las


actitudes de ataque o defensa, estamos desertando,
en la práctica, de nuestras posibilidades de alcanzar
ese bienestar. La persona que está bien no está en
casa. Por ejemplo, podemos estar conduciendo,
rabiosos por el tráfico, y perdernos por completo la
hermosa puesta de sol. En lugar de verla, nos
centramos en escenas interiores de preocupación y
de miedo.

La meditación y la meditación en oración nos ayudan


a trasladar nuestra atención al momento presente y
al control de nuestra mente y de nuestro espíritu.
Nos vuelve a traer a casa. Podemos soltar nuestras
preocupaciones y estar abiertos y conscientes de la
presencia divina. No conocemos otro medio más
eficaz para conseguir la paz interior. Destinar un
rato cada día a esta actividad será el mejor de los
remedios para todos los males que acechan al
hombre actual.

Los avatares de la vida cotidiana consumen un


esfuerzo enorme. Los conflictos interiores agotan
nuestros recursos. Se pierde la paz. Nos quedamos
tan inmersos en la resolución de esta guerra interior
que nos queda poca energía para hacer en el mundo
algo más que ir tirando. Y existen momentos en los
que incluso ir tirando es difícil.

El problema no es que falte energía, aunque nos


sintamos cansados y fatigados. Tenemos la energía.
El problema es que ésta está fragmentada.
Necesitamos claramente encontrar una base firme
para nuestro bienestar interior. La Paz Personal es
esa base.

De modo que declaramos una tregua interior. Nos


permitimos momentáneamente retirarnos de la
batalla encarnizada. Nos tomamos un tiempo de
sosiego. Somos conscientes de nuestras batallas y
de nuestro agotamiento
Esta conciencia nos sitúa en una encrucijada
decisiva. Uno de los caminos conduce de nuevo a la
batalla. El otro conduce al distanciamiento, a la
liberación y a la paz interior.

El camino de la reflexión y la meditación nos lleva a


una nueva perspectiva. Nos damos cuenta de que
nuestros conflictos interiores no son eternos. Pero
no debemos mantenernos distanciados de nuestro
deber de obrar. La energía que alimentó antes
nuestra encarnizada batalla interna puede ser
utilizada ahora para vivir creativamente. Con la
práctica, nos volvemos centrados y serenos. Nuestra
energía emocional y espiritual se dispara entonces
hasta las nubes. Y estamos preparados, recargados,
renovados para prestar servicio a nuestro mundo.

La paz personal engendra energía. Nuestro


incremento eficaz de energía física y espiritual es
consecuencia de nuestro descubrimiento de la paz
interior. Y su empleo más efectivo significa que
tenemos menores probabilidades de derrochar sus
preciosos recursos en preocupaciones,
lamentaciones, culpabilidades e indecisiones. Éste es
un paso de gigante hacia la paz interior al nivel
espiritual más elevado.
Cuando avanzamos por el camino de la paz interior
ésta nos ayuda a convertirnos en verdaderos
pacificadores; pero no en el sentido habitual de
resolver las contiendas de otras personas o de otros
pueblos. Por el contrario, nos convertimos en
pacificadores cuando producimos la serenidad en
nuestras almas. Entonces nos llenamos de un poder
positivo, de un espíritu que nos carga de energía. Y
cuando esa energía se utiliza para el bien, aumenta.
Satisfará todas nuestras necesidades, y fluirá para
ayudar a otros.

Creemos que la paz interior, que la paz personal es la


energía vibrante que puede curar al mundo, que
puede producir la paz entre las naciones. Creemos
que la paz interior, la paz personal, puede traer al
mundo una armonía duradera.

En realidad, los actos sencillos son las cosas que


cambian nuestras vidas y nuestro mundo. La
búsqueda consciente de la paz es uno de ellos. Si nos
tomamos en serio la búsqueda de la paz interior nos
convertiremos en libertadores.

Liberemos, renovemos.

LA UNIDAD
La unidad se
construye a partir de una visión compartida, una
esperanza anhelada, un fin altruista o una causa para
el bien común. La unidad da sustento, fuerza y valor
para hacer que lo imposible se haga posible. Junto
con la determinación y el compromiso, la unidad hace
que la tarea más difícil parezca fácil.

La estabilidad de la unidad proviene del espíritu de


igualdad e identidad, de los valores nobles
personificados en los principios universales
fundamentales. La grandeza de la unidad es que se
respeta a todos. La unidad crea la experiencia de
cooperación, aumenta el fervor y el entusiasmo por
la tarea y hace que el ambiente sea poderoso y
facilitador.
Una reunión carece de unidad mientras no haya
armonía dentro del propio ser y entre las personas
del grupo. Así como un músico necesita ensayar a
solas con su instrumento antes de formar parte de
una orquesta sinfónica, la persona necesita soledad
para estar en contacto con su capacidad, su
potencial y su especialidad antes de unirse al grupo.
Para que haya eficiencia individual, se necesita que
haya claridad y limpieza en las motivaciones e
intenciones. Mirar hacia el interior ayuda a
armonizar pensamientos, palabras y acciones. La
persona puede entonces adaptarse según sea
necesario. Esta integración personal mantiene al
individuo “sintonizado”.

La orquesta crea consonancias de sonido gracias a la


combinación de las distintas cadencias rítmicas de
cada uno de sus instrumentos. De la misma forma, un
grupo se vuelve dulcemente armonioso cuando cada
persona adopta el poder de acomodar las
capacidades y especialidades de los demás ; las
entona con el propio ser, y luego se combina con la
orquesta. La unidad se mantiene al concentrar
energía para dirigir el pensamiento, al aceptar y
apreciar el valor del conjunto de participantes y la
contribución única que cada uno puede apuntar, y
permanecer leal no sólo uno al otro sino también a la
tarea. Este enfoque positivo construye
gradualmente un “crescendo” a medida que se
experimenta la unidad en la diversidad; y como la
unidad inspira un compromiso personal más fuerte y
un logro colectivo mayor, ¡se pueden crear tanto la
danza como la música!

Una muestra de descortesía puede causar una


ruptura en la unidad. Interrumpir a los demás,
criticarlos de forma destructiva y prolongada,
vigilarles o controlarles son acordes estridentes que
golpean duramente los vínculos y las relaciones. El
ego y la inferioridad producen sonidos disonantes.
Esta disonancia puede escucharse fácilmente o de
forma muy sutil, y se puede encontrar desde el
dilatarse en las debilidades de los demás y en la sed
de ser reconocido hasta en los celos, la inseguridad y
las dudas. A veces, por detalles insignificantes, las
personas se vuelven agresivas, se disgustan, se
enojan o se ponen violentas; entonces se desintegran
en pequeños grupos, provocando oposición y
conflictos. Después se hace esencial volver a
afinarse.
Una necesidad humana básica es el sentimiento de
pertenencia, de formar parte de un todo unificado.
La gente no quiere permanecer aislada, sin pensar en
el mundo que los rodea. También es muy humano
interesarse en otras personas y otras culturas así
como tener un profundo sentimiento de compasión
por el sufrimiento e injusticias que se infringen a los
demás. Por tanto, forma parte del instinto humano el
querer estar juntos y formar agrupaciones naturales
o estructurar reuniones que proporcionen una
plataforma común para hablar unos con otros. De
esta forma, la gente aprende a conocerse, a
comprenderse y a ayudarse mutuamente. Esto es
válido tanto para los individuos como para las
naciones. Consciente o inconscientemente, elegimos
estar juntos para actuar juntos.

Hoy en día, nuestra curiosidad se satisface con la


ayuda de la televisión y los medios de comunicación,
porque nos traen a las personas y culturas de todo el
mundo a la mismísima sala de estar de nuestra casa.
Si esto no es suficiente para algunos, ¡viajar puede
darnos experiencias directas! La humanidad puede
enorgullecerse de sus virtudes y de su ingenuidad.
Sin embargo, junto a todo lo bueno, la humanidad es
igualmente culpable de sus vicios. Cuando se ven a
los hermanos como “enemigos”, la energía vital se
dirige de manera equivocada y el hogar de la unidad
se estremece constantemente. Como resultado, la
humanidad no ha podido sostener la unidad en contra
de los enemigos comunes: las guerras civiles, los
conflictos étnicos, la pobreza, el hambre y la
violación de los derechos humanos.

Para crear unidad en el mundo hay que comenzar por


cambiar la conciencia individual. Esto requiere que el
intelecto humano se aleje del conflicto y la
confusión –de manera progresiva durante un cierto
lapso de tiempo- para concentrarse en direcciones
positivas. Tal foco interno no aísla al individuo, al
contrario, hace lo opuesto: lo acerca a los demás, y
en este acercamiento, en esa humanidad compartida,
hay una fuerza colectiva para explotar y sostener
una transformación fundamental y constructiva.

LA DIETA Y LA SALUD MENTAL


El psicoanálisis,
tal como se practica en los círculos médicos
occidentales, no existe en el sistema médico
tradicional de la China. En Oriente, cuando un
paciente presenta síntomas de tensión emocional,
confusión mental, pánico, paranoia y demás, el
médico verdaderamente bueno trata de curarlo
mediante la alimentación. Tras analizar
minuciosamente sus hábitos dietéticos, el médico
chino generalmente descubre una deficiencia crítica
de algún nutriente vital o un extremado desequilibrio
de las energías farmacodinámicas contenidas en los
alimentos que consume. A continuación, procede a
tonificar la deficiencia y corregir el desequilibrio
mediante estrictas recomendaciones dietéticas
complementadas con una terapia a base de hierbas.

Fue en Europa, donde las dietas habituales están


lastimosamente desequilibradas según los criterios
que respetan las leyes de la Naturaleza, que surgió
la psicoterapia como una rama independiente de la
medicina, separada de la fisiología. Esta dicotomía
médica es típica del dualismo que subyace en el
corazón del pensamiento occidental.

A pesar de las corrientes dualistas del pensamiento


occidental, un reducido conjunto de científicos
nutricionales norteamericanos y europeos han
redescubierto por fin el “eslabón perdido” entre el
cuerpo y la mente, entre la salud física y la mental, y
resulta que dicho eslabón es la nutrición.

Hemos comprobado que la enfermedad mental


funcional es reflejo de un metabolismo perturbado,
principalmente como consecuencia del mal
funcionamiento de sistemas enzimáticos. El énfasis
en los sistemas enzimáticos es particularmente
significativo, si tenemos en cuenta que las dietas que
prevalecen en las sociedades occidentales son
carentes de enzimas, y en ellas se registra la mayor
incidencia de trastornos mentales.

Para comprender cómo funcionan estas relaciones


debemos examinar antes el funcionamiento del
cerebro. El cerebro sólo puede quemar glucosa,
también llamada “el azúcar de la sangre”. De hecho,
el cerebro, que representa únicamente el 2,5 por
ciento del peso corporal, consume el 25 por ciento
de todo el azúcar disponible en la sangre. Puesto que
la sangre sólo puede transportar la glucosa
suficiente para unas cuatro horas de actividad
cerebral, cualquier interrupción en el suministro
constante de glucosa a la corriente sanguínea se
traduce en una inmediata perturbación de las
funciones cerebrales. El primer síntoma de
perturbación mental causada por deficiencia de
glucosa en el cerebro es la pérdida del control
emocional.

El cerebro obtiene su glucosa de tres fuentes. Parte


de ella procede de alimentos ricos en glucosa -como
la uva y la miel-, de los que es absorbida
directamente por la sangre y transportada al
cerebro. Otra fuente es la descomposición de los
hidratos de carbono y su conversión en glucosa. La
tercera fuente es el glucógeno que el hígado produce
y almacena, a partir de la descomposición de grasas
y proteínas. Cuando se agota el relativamente
limitado suministro que proporcionan los alimentos
ricos en glucosa y la digestión de los hidratos de
carbono, el hígado convierte el glucógeno
almacenado en glucosa y la segrega a la corriente
sanguínea para mantener constante el
aprovisionamiento del siempre activo y siempre
hambriento cerebro.

Para poder descomponer las proteínas y las grasas a


fin de producir glucógeno, el hígado necesita quemar
glucosa para obtener la energía imprescindible para
este vital proceso metabólico. Una persona que siga
una dieta de moda que excluya todos los azúcares e
hidratos de carbono, por ejemplo, no podrá disponer
de la glucosa necesaria para transformar las
proteínas y grasas que consume. Como resultado, su
cerebro verá drásticamente limitadas sus tres
fuentes de glucosa: los azúcares de los alimentos
naturales, los hidratos de carbono y el glucógeno
hepático. Si, en cambio, su dieta exige la supresión
de grasas y proteínas, las reservas de glucógeno del
hígado serán insuficientes para mantener el
suministro cuando se haya consumido toda la glucosa
de la sangre.

La completa eliminación de las grasas en una dieta


constituye la mayor aberración, pues las grasas
representan una de las mejores fuentes de energía
alimenticia. La grasa proporciona el triple de energía
que el azúcar y el doble que las proteínas, y su
combustión es mucho más rápida y completa que la
de casi cualquier otro alimento. La clave del consumo
de grasas está en evitar las combinaciones de
alimentos incompatibles que perjudican su digestión,
como consumir las grasas junto con una proteína
concentrada. Cuando se obtienen de una correcta
combinación de alimentos naturales, las grasas no
engordan. Recordemos que los esquimales se
alimentaban tradicionalmente de grasa animal cruda,
y les iba muy bien. La “potencia cerebral” exige un
suministro adecuado de grasas, y las exhaustivas
investigaciones de muchos investigadores establecen
una clara relación entre la insuficiencia de grasas en
la dieta y los trastornos mentales crónicos.

Los psiquiatras conceden por lo general una gran


importancia a todo tipo de síntomas mentales
anormales, como depresiones, manías o neurosis,
cuando en realidad tales síntomas suelen ser la
manifestación psicológica de una deficiencia o un
desequilibrio graves en la nutrición, y carecen de
significado por sí mismos. Un ejemplo típico es la
conducta violenta crónica que se asocia con una
deficiencia crítica de niacina. Diez años en el diván
del psiquiatra no contribuirán en nada a curar este
trastorno, que desaparece con el adecuado
suministro diario de niacina.

Examinemos de cerca un caso concreto descrito por


el Dr. Watson en Nutriüon and Your Mind. Un joven
llegó a su consultorio aquejado de una depresión
mental grave y claustrofobia morbosa. Tanto le
asustaban los espacios cerrados que hacía más de
cinco años que no lograba permanecer en su propio
cuarto de baño el tiempo suficiente para darse una
ducha. Al ser interrogado, el paciente reveló que su
dieta cotidiana, un día sí y otro también, año tras
año, se componía únicamente de tres productos:
hamburguesas, café solo y leche desnatada
pasteurizada. El Dr. Watson descubrió que, debido a
la desnutrición crónica, las células del paciente
habían perdido por completo su capacidad de
convertir los alimentos en energía. La primera
medida del doctor fue establecer una dieta
equilibrada a base de proteínas, grasas, hidratos de
carbono, frutas y verduras frescas, suplementada
con vitaminas y minerales naturales, y el joven no
tardó en recobrar su capacidad metabólica normal.
Su depresión crónica y su claustrofobia
desaparecieron total y definitivamente. En vez de
perder años y derrochar una fortuna hablando con
un psiquiatra, el paciente quedó curado en unas
pocas semanas y con un gasto mínimo.

Más de un 80 por ciento de los pacientes del Dr.


Watson se han curado definitivamente de
prácticamente todas las formas conocidas de
enfermedad mental por medio de la terapia
nutricional, incluyendo unos cuantos “casos perdidos”
enviados por otros psiquiatras frustrados.
Comparemos este excelente historial con los
resultados del psicoanálisis: en 1965, un informe
publicado por el Dr. H. J. Eysenck en el
International Journal of Psychiatry evaluaba los
resultados de 19 estudios distintos sobre más de
7.000 pacientes psiquiátricos y llegaba a la
conclusión de que la psicoterapia no había
demostrado ningún valor duradero en absoluto para
ayudar a ninguno de los pacientes a recuperarse de
ninguna enfermedad mental. En comparación, el
enfoque nutricional del Dr. Watson a estas mismas
enfermedades con frecuencia logra curaciones
permanentes en cuestión de pocos días o semanas. Y,
si bien este enfoque sigue considerándose como una
herejía en los círculos médicos de Occidente, ha
sido siempre el tratamiento habitual en las artes
curativas taoístas.

Los trabajos del Dr. Watson le llevaron a descubrir


por sí mismo la tradicional “trinidad” taoísta de
esencia, energía y espíritu, pero desde un punto de
partida completamente científico y actual. Su
comprensión de que la “esencia” -enzimas y otros
nutrientes- debe proporcionar la “energía” vital
necesaria para sustentar el “espíritu” –mente- queda
reflejada en el siguiente párrafo de su libro:

Lo que uno come, digiere y asimila le proporciona los


nutrientes productores de energía que la sangre
transporta hasta el cerebro. Cualquier perturbación
del suministro de nutrientes o de los sistemas
productores de energía del cerebro se traduce en un
trastorno del funcionamiento de éste, trastorno que
puede denominarse mala salud mental.

Y concluye el Dr. Watson: “Lo que usted come


determina su estado mental y quién es usted”.

Verdaderamente, todo esto da que pensar.

CUENTOTERAPIA
El gran
poder de transformación personal que poseen los
cuentos no ha perdido vigencia.

Niños y mayores pueden aprovecharse de sus


valiosos mensajes para crecer y despertar a la
conciencia de sí mismos.

Beneficios de los cuentos:

* Introducen a los pequeños en el mundo de la


literatura.

* Estimulan y guían la imaginación.


* Fomentan el diálogo con los padres, así como la
cultura y la inteligencia emocional.

* Potencian la creatividad.

* Ayudan a enfrentarse a las adversidades de la


existencia.

* Inculcan valores necesarios al imprimir las huellas


del comportamiento de la conciencia.

* Ayudan a los niños a adquirir autonomía y madurez


a medida que van creciendo.

* Enseñan hábitos saludables.

* Si son realmente terapéuticos curan sentimientos


negativos o penas interiores (separación de los
padres, nacimiento de un hermanito).

* Consuelan ante lo irremediable (muerte de seres


queridos, ya sean familiares, animales o amigos).

* Pueden desmitificar (reírse de los cocos, por


ejemplo).

* Ayudan a los adultos a establecer una comunicación


con su niño interior y a desbloquear, y resolver
problemas anclados en la infancia.

Esta actividad -tan de moda en otros tiempos y


erróneamente arrinconada por muchos padres
modernos- está recobrando nuevos bríos.

Parte del interés de los libros de cuentos no radica


sólo en las historias que proponen sus autores para
ayudar a los niños a superar traumas, dudas,
dificultades y angustias, sino también en las
fórmulas sencillas que aporta para que los niños
tengan un sueño apacible y se vayan a la cama
contentos y tranquilos, sin pataletas. Así se les
ayuda a adquirir autonomía y madurez a medida que
van creciendo, además de favorecer que se relajen y
les resulte más fácil conciliar el sueño. Para obtener
el máximo beneficio de la cuentoterapia es preciso
que los niños sigan determinadas prácticas rutinarias
que en poco tiempo terminaran por convertirse en
hábitos.
Aprender a dormir.

• Los niños aprenden a dormir mediante asociaciones.


Por ello, no hay que castigarles enviándoles a la cama
si hacen alguna trastada. Asociarán la cama con el
castigo, es decir, con algo negativo y traumático. En
cambio, son necesarias las asociaciones con
elementos externos como el silencio y la oscuridad, y
también con objetos que no vayan a desaparecer
durante la noche (muñecos, chupetes) porque si se
despiertan los reclamarán (la manita de mamá, la luz,
canciones...).

• El estado de relajación previo al sueño es esencial


y puede conseguirse siguiendo una serie de rutinas.
Además de leer un cuento al niño -siempre después
de cenar y nunca en la cama- convendrá llevarle a la
cama siempre a la misma hora y, mejor aún, a la más
adecuada para él. El cerebro infantil concilia el
sueño con mayor facilidad en la franja horaria que va
entre las ocho y las nueve de la noche en invierno y
las nueve o las diez en verano. Con arreglo al horario
que se fije, se establecerá la hora de la cena.
La hora de contar cuentos es una hora de afecto que
ningún libro impreso, ni la televisión, ni Internet, ni
las películas por sí mismas pueden sustituir. Un
cuento al día durante unos veinte minutos, será
suficiente para que el niño se sienta querido y
reposado, pero debe evitarse que se duerma porque
si se despierta reclamará el cuento para volver a
dormirse.

Los cuentos ofrecen al niño un cobijo, pero sin


impedirle la contemplación de la realidad
contradictoria y desnuda. Por ejemplo, en los
cuentos de hadas se dramatizan los conflictos
básicos del ser humano, en su base de crecimiento, y
ésta es la razón de que los niños deban escucharlos.
Gracias a ellos verán reflejados los grandes dramas
de su corazón y aprenderán estrategias para
superarlos.

En cuanto al tipo de cuentos que conviene leer a los


pequeños, hay tantos donde elegir que crecerán
antes de haberlos agotado todos. Entre los favoritos
siempre estarán los tradicionales.
Para los adultos que de niños no aprendieron las
estrategias para superar dramas y conflictos,
también hay cuentos específicos que les permitirán
seguir creciendo y aprendiendo. Los cuentos sufís,
hindús y zen constituyen un patrimonio ético de la
humanidad, porque señalan las luces y sombras de la
condición humana hacia la libertad. La particular
moraleja que contienen esos relatos permiten
convertirlos en verdaderos “despertadores" de la
capacidad de aprender y “darse cuenta”. Son
narraciones sencillas, episodios siempre actuales que
desvelan el alma de aquel que los sintoniza.

Las reflexiones que acompañan a cada uno de esos


cuentos establecen nexos de unión con nuestra
realidad cotidiana convirtiéndose así en una
inestimable ayuda para reforzar la mente, y también
suponen una guía para educadores que buscan
elementos de maduración como objeto de
aprendizaje.

Los cuentos son útiles para todas las personas que


quieran conocerse y aprender qué claves ha dejado
la humanidad para solucionar temas tan vitales como
el poder, la autoridad, las pérdidas, la envidia, la
muerte, la enfermedad, las relaciones padres-hijos,
las relaciones fraternas, el miedo, los complejos...

En definitiva, nos ofrecen mensajes que todos


necesitamos sobre cómo conocernos, curarnos, vivir
más dichosos y seguir nuestro camino.

¿Qué mejor forma de recordar las claves del buen


vivir que hemos olvidado que revisando cuentos?

LAS VIRTUDES

· Las
virtudes son como bellas flores que adornan tu
personalidad.

· La sangre se hereda. La virtud se conquista.

· Las virtudes que se ostentan son vanas y falsas


virtudes.

· La virtud no vive en soledad, pronto se le acercan


vecinos.

· La virtud es inseparable de la dicha.

· No podemos ver a la virtud sin amarla.

· Serás tanto más libre cuantas más virtudes


desarrolles.

· Eso que llamas tu mala suerte, ¿no será que te


faltan virtudes?

· Nuestras virtudes son a menudo hijas de nuestros


vicios. Hijas del esfuerzo que nos costó superarlos.

· No reconocerás tus defectos y empezarás a


transformarlos si no tienes una mínima dosis de
humildad.
· Las personas en exceso "virtuosas" desacreditan a
la virtud.

· Es el hombre quien debe desarrollar su virtud, no la


virtud al hombre.

· La virtud es el punto medio entre dos vicios


opuestos. Así, la valentía es el punto medio entre la
temeridad y la cobardía.

· La virtud lleva la recompensa en sí misma.

· La virtud no consiste en abstenerse del vicio, sino


en no desearlo.

· Para llegar al conocimiento de la verdad sólo hay un


camino: el de la humildad.

· Un gramo de humildad vale más que una tonelada de


honores.

· Cuanto más grandes somos en humildad más cerca


estamos de la grandeza.

· La humildad es la reina de las virtudes. Es la luz que


disipa las tinieblas esparcidas por el orgullo y la
soberbia. Es el bálsamo que dulcifica las amarguras y
pesares de la vida.
· Comprobarás tu grandeza cuando sepas
sobreponerte sin esfuerzo a las grandes
humillaciones.

· Sólo al orgullo le hunde la humillación.

· La única forma de no exponerse a sufrir una


humillación es preveerla.

· El buen humor es un deber que tenemos para con


nuestros prójimos y semejantes.

· La función química del humor es ésta: cambiar el


carácter de nuestros pensamientos.

· El buen humor, con frecuencia, es hijo de la


humildad y la modestia.
· Sencillez en el hablar, en el vestir, en todos tus
modales.

· Las verdades profundas siempre pueden


expresarse de un modo sencillo.

· Es curioso observar cómo casi todos los hombres


que valen mucho son de maneras sencillas y que casi
siempre las maneras sencillas son tomadas por
indicio de poco valor.
· De las hermanas del Amor, una de las más bellas es
la piedad. Desarrollarás la piedad cuando adquieras
la capacidad de meterte dentro de la piel del otro.

· Lo que la lluvia es para el fuego, lo es la piedad para


la cólera.

· Una piedad sin límites para todos los seres vivos es


la prueba más firme y más segura de la conducta
moral interior y propia.

· Difícilmente yerra la persona moderada.

· Has de aprender a usar de todo con moderación y


sobriedad.

· Rechazar las alabanzas, la mayoría de veces, es un


deseo de ser alabado dos veces.

· La modestia es al mérito lo que las sombras a las


figuras de una cuadro. Les da relieve.

· ¿Tú te consideras modesto? No te creía tan


orgulloso.

· Si la hipocresía muriera, la modestia debería


ponerse, por lo menos, de medio luto.
· Sé modesto. Piensa que todavía te queda mucho por
aprender.

· La modestia sola es capaz de desarmar la envidia,


que por lo común hace a los hombres injustos.

· La vanidad es el amor propio al descubierto.

· La falsa modestia no es otra cosa que el orgullo


disfrazado.

· Sé generoso. Hay que haber sido pobre para


apreciar la dicha de dar.

· El que más da es el que más adquiere.

· Más que en dar la generosidad consiste en enseñar


a cómo ser y tener.

· La discreción es la virtud sin la cual todas las


demás dejan de serlo.

· Sé discreto. El día tiene ojos. La noche tiene mil


orejas.

· La mejor disciplina se llama autodisciplina.

· La templanza es el vigor del alma.


· La confianza en sí mismo es el secreto del éxito.

· Generalmente ganamos la confianza de aquellos en


quienes ponemos la nuestra.

· Sé justo antes de ser generoso. Sé humano antes


de ser justo.

· Sin piedad la justicia se torna en crueldad. Y la


piedad sin justicia en debilidad.

· Donde no hay libertad no hay justicia, y donde no


hay justicia no puede haber libertad.

· Es bastante más fácil ser caritativo que justo.

· Muchas personas intentan ser buenos porque no


saben ser justos.

· Donde no hay esperanza no puede haber esfuerzo.

· La esperanza deja de ser felicidad cuando va


acompañada de la impaciencia.

· Basta la más pequeña partícula de esperanza para


engendrar un gran amor.

· La esperanza es un préstamo hecho a la felicidad.


· La limpieza es para el cuerpo lo que la pureza es
para el alma.

· Por lo general el limpio de cuerpo también lo es de


alma.

· Con orden y tiempo se encuentra el secreto de


hacerlo todo y hacerlo bien.

· En el trato con los demás, la comprensión, el


respeto y la tolerancia deben ser la expresión del
desarrollo progresivo de la virtud en ti.

LAS HERRAMIENTAS UNIVERSALES. LAS


VIRTUDES
En
tiempos de confusión y duda, una de las estrategias
más eficaces de actuación que podemos utilizar
consiste en regresar a aquellos valores que la
experiencia humana universal ha confirmado como
indispensables instrumentos para el progreso
individual del ser humano. Uno de esos puntos de
referencia inexcusable es la comprensión y práctica
de lo que en numerosas religiones se ha definido
como virtudes.

Prácticamente todas las doctrinas religiosas han


determinado como fundamental e imprescindible en
el proceso espiritual de sus fieles, el hecho de vivir
de acuerdo a la práctica de la virtud. Asimismo,
cualquier filosofía laica, hace también inexcusable
referencia a las virtudes como elementos básicos de
la convivencia humana, y como las claves necesarias
para el desarrollo de la cultura y civilización.

El deterioro que ha sufrido esta bellísima palabra ha


alcanzado límites que rozan lo absurdo, y su
profundo contenido de elementos morales, ha
quedado sustituido por sucedáneos con tufillo a falsa
moralina y que tienen que ver más con dogmas
religiosos, o incluso con usos y costumbres sociales,
que con un auténtico compromiso de conducta
espiritual.

A continuación recordaremos, como ejercicio de


autoconciencia, alguna de estas herramientas
universales cuyo aprendizaje es más importante para
conseguir progresar adecuadamente, lo haremos
junto a una breve descripción de las mismas
adaptadas a planteamientos actuales, pero
respetuosos con su contenido espiritual más clásico
y profundo, la esencia nunca se pierde, solo varía la
fragancia.

ABANDONO: Virtud por la cual se alcanza la


comprensión de que en realidad no hay ningún lugar a
donde ir, ninguna pelea que ganar, ninguna meta que
alcanzar, ni ninguna tarea que cumplir. Su
aprendizaje requiere asumir la perplejidad que
implica el empezar a percibir la vida desde la
sencillez que es capaz de diferenciar qué es el
HACER, qué es el ESTAR y qué es el SER.

ACCIÓN: La acción se refiere al hecho de no


dejarse atrapar por el miedo a estar subordinado a
los resultados y efectos de la misma. Se refiere
asimismo a ser capaz de vivir la vida desde la
perspectiva del protagonista que participa en el
desarrollo de los acontecimientos, pero se desvincula
de los resultados, ya que toda acción libre de
objetivos es, en esencia, impecable. Cuanto más
profunda se desee que sea la acción en el fondo, más
ligera debe ser en la forma.

ALEGRÍA: Se trata de la capacidad de percibir la


vida desde la perspectiva del privilegio y la
celebración. Esta virtud posee una de las más
fuertes capacidades de transformación, tanto propia
como del entorno, y es el vehículo indispensable
donde se manifiesta la inocencia. Es una herramienta
utilísima frente a la importancia personal. Una de
sus referencias es el sentido del humor.

CONCIENCIA: Se refiere a la capacidad de darse


cuenta. Asimismo, se refiere al resultado de percibir
el mundo y percibirse, con total transparencia y sin
la distorsión de las creencias, opiniones, prejuicios,
emociones, sentimientos, deseos, proyecciones,
expectativas, o del propio ego. La conquista de esa
transparencia se inicia a través de la
desidentificación y el desapego.

CORAJE: Se trata de la capacidad de reencontrar


la fuente de energía inagotable que nos hace posible
iniciar o reiniciar una tarea, o levantarnos después
de un revés de la vida, desde el convencimiento de
que todo obstáculo es, por su propia naturaleza,
salvable y necesario para el aprendizaje, y todo
dolor, transitorio.
DESAPEGO: Esta virtud se refiere al hecho de vivir
y comprender de un modo profundo y real que no
poseemos nada ni a nadie, y que nada ni nadie nos
posee. Un paso más se alcanza cuando por fin se
comprende que, en realidad, no hay nada que esté en
nuestras manos, y que no estamos en manos de nadie.
Sólo a través del ejercicio del desapego se alcanza
la percepción de lo que es importante y lo que no lo
es. En el tránsito, se desarrolla fácilmente la
capacidad de relativizar las cosas y los
acontecimientos.

DISCERNIMIENTO: Herramienta básica que


permite diferenciar lo esencial de lo accesorio, lo
móvil de lo inmóvil, la luz de la sombra, lo que
construye de lo que destruye, lo real de lo ilusorio y,
en definitiva, lo que pertenece al SER de lo que
pertenece al ego. Es la antesala de la percepción
correcta.

ESPERANZA: Es la capacidad de percibir que todo


lo creado tiende a un estado de perfección y que,
por tanto, a pesar de que en determinados momentos
el proceso se manifieste desde el caos, la confusión
o incluso el dolor, el resultado último siempre se
dirige hacia la plenitud.

GENEROSIDAD: Es la capacidad de percibir la


abundancia desde la perspectiva de la alegría y el
abandono. Su fuente es la inocencia y desde ella se
alcanza la comprensión de lo suficiente, lo necesario
y lo superfluo, así como también el sentido del orden
oculto de creación y sus procesos de flujo.

HONRADEZ: Permite comprender y vivir la vida


desde la perspectiva de que jamás se debe perseguir
conscientemente un beneficio propio que signifique
detrimento o perjuicio de nadie. El discernimiento, la
responsabilidad y el respeto son sus compañeros.

HUMILDAD: Virtud por la cual se puede alcanzar el


anonimato a partir de un proceso de dilución en la
vida e identificación con la totalidad. Se acompaña
habitualmente con el servicio y se identifica con la
ausencia de importancia personal. Se alcanza
sustrayendo lentamente al ego su protagonismo.

LIBERTAD: Siendo la libertad uno de los más altos


logros, ésta sólo puede enfrentarse desde la
perspectiva de la aspiración más sincera. A partir de
este punto, sus códigos de acceso están marcados
por la eliminación de la importancia personal, el
desapego y la certeza de la no permanencia de todo
lo existente. En lo que se refiere a los aspectos más
inmediatos, las creencias representan para el ser
humano las primeras y más fuertes cadenas, siendo
precisamente las de índole espiritual las más
poderosas; por eso, sólo se puede acceder a la
libertad desde la más absoluta sinceridad con uno
mismo.

PACIENCIA: Es la virtud de valorar y comprender


el factor correcto del tiempo y su capacidad de
actuar de un modo preciso sobre las personas y las
situaciones. Se alcanza a través de una observación
desapasionada de los acontecimientos y está
íntimamente relacionadas con el respeto. Permite
conocer el momento exacto para cada acción y lograr
que ésta sea altamente eficaz.

PERDÓN: Gracias a él, una persona es capaz de


acometer el proceso de curarse una herida infligida
por el curso de la vida, por otra persona o por uno
mismo, tanto si esta herida fue real, es decir,
producto de los desconocidos mecanismos de la vida,
o imaginaria, fruto de cualquiera de las numerosas
carencias y debilidades del ego.

RESPETO: Se trata de la virtud de comprender que


toda vía de acceso a lo que es noble y puro, requiere
un estado interior que debe emular aquello a lo que
aspira. Sirve asimismo para alcanzar la comprensión
de la unión indisoluble entre ética y estética.

RESPONSABILIDAD: Se trata de la toma de


conciencia respeto a asumir, sin mérito ni culpas, el
resultado de nuestras acciones sin involucrar en
ellas a los demás. Es una de las vías de acceso a la
libertad.
SENCILLEZ: Virtud por la cual una persona empieza
a comprender el lenguaje oculto de la vida y se da
cuenta de que cuanto más complejo es el ego, más
sofisticadas son las creencias, y cuanto más fuerte
es la demanda de experiencias y deseos, más
apartada se encuentra la realidad. La sencillez es la
vía más rápida para alcanzar el abandono.

SERVICIO: Se trata de la capacidad de


subordinarse durante un tiempo determinado a un
proceso beneficioso para el curso de la vida, o de
instrumentalizarse en favor de una tarea que deba
cumplirse. Si no se aplica junto a una suficiente
capacidad de discernimiento, se acompaña de
protagonismo o se carga de emotividad, puede
transformarse en una servidumbre destructora. Se
canaliza a través de la generosidad y el respeto.

SILENCIO: Se alcanza a través de la comprensión


que nace cuando una persona se da cuenta de su
capacidad de influencia en el entorno a través del
poder distorsionador de la palabra que brota de la
ignorancia y de la falta de conocimiento de uno
mismo. El silencio es el escenario imprescindible para
que se produzca el encuentro con la claridad de
percepción que conduce a lo real.

SINCERIDAD: Se trata de la capacidad de


expresar, sin las interferencias del miedo, deseos y
expectativas no manifestados, todo aquello que
brota de la naturaleza real del individuo. Es la vía de
acceso a la inocencia y una de las claves de la
libertad.

SOBRIEDAD: Virtud por la cual una persona


empieza a darse cuenta de cuáles son sus
necesidades reales y que van, por tanto, alineadas a
su bienestar y desarrolla, y cuáles son imaginarias y
producto de los deseos inagotables que nacen de las
carencias del ego y son por tanto perjudiciales.
Desde la sobriedad, se alcanza la maestría en el
manejo adecuado de los recursos, evitando tanto los
excesos como las carencias.
SOLEDAD: Consiste en comprender total y
absolutamente que nacemos solos y morimos solos, y
que durante el breve tránsito entre ambos
acontecimientos, solos permanecemos.

TOLERANCIA: Se refiere a la comprensión de


percibirse y percibir al resto de las criaturas como
un producto de la evolución y, por ello, sometido a un
proceso aún imperfecto. Esta visión da una correcta
medida tanto de capacidades como de actitudes, y
sitúa el nivel de exigencias sobre nosotros mismos y
sobre los demás en una perspectiva más justa y lejos
de las expectativas fantásticas con las que
habitualmente funcionamos.

TRABAJO: Se define como la capacidad de producir


frutos útiles para el desarrollo y evolución de la
vida. Si va acompañado de una economía de energía y
recursos, y se adorna con el anonimato, puede
generar un efecto de autocreación y autorregulación
susceptible de eliminar, durante el proceso, lo
superfluo e inútil por un lado y, por otro, mostrarse
eficaz para cualquier función, objetivo o medio.
LA TOLERANCIA

Podríamos definir la tolerancia como la aceptación


de la diversidad de opinión, social, étnica, cultural y
religiosa. Es la capacidad de saber escuchar y
aceptar a los demás, valorando las distintas formas
de entender y posicionarse en la vida, siempre que
no atenten contra los derechos fundamentales de la
persona...
La tolerancia si es entendida como respeto y
consideración hacia la diferencia, como una
disposición a admitir en los demás una manera de ser
y de obrar
distinta a
la propia,
o como
una
actitud de
aceptación
del
legítimo
pluralismo,
es a todas
luces una
virtud de
enorme importancia.

El mundo sueña con la tolerancia desde que es


mundo, quizá porque se trata de una conquista que
brilla a la vez por su presencia y por su ausencia. Se
ha dicho que la tolerancia es fácil de aplaudir, difícil
de practicar, y muy difícil de explicar.
Hay una tolerancia propia del que exige sus
derechos: La oposición de Gandhi al gobierno
británico de la India no es visceral sino tolerante,
fruto de una necesaria prudencia. En sus discursos
repetirá incansablemente que, “dado que el mal sólo
se mantiene por la violencia, es necesario abstenerse
de toda violencia”. Y que, “si respondemos con
violencia, nuestros futuros líderes se habrán
formado en una escuela de terrorismo”. ¿Les suena
esto en la actualidad mundial?. Además, “si
respondemos ojo por ojo, lo único que conseguiremos
será un país de ciegos”.

¿Cuándo se debe tolerar algo? La respuesta genérica


es: siempre que, de no hacerlo, se estime que ha de
ser peor el remedio que la enfermedad. Se debe
permitir un mal cuando se piense que impedirlo
provocará un mal mayor o impedirá un bien superior.
Ahí entra en juego nuestro discernimiento.
Defender una doctrina, una costumbre, un dogma,
implica casi siempre no tolerar su incumplimiento.
Con este concepto entendemos claramente que la
verdad siempre surge desde la individualidad y que
las verdades generalistas solo nos llevan a un camino
de confusión.

De todas formas, hay dos evidencias claras: que hay


que ejercer la tolerancia, y que no todo puede
tolerarse. Compaginar ambas evidencias es un arduo
problema.

Todos los análisis realizados por filósofos y


estudiosos de la materia al respecto a la tolerancia
aprecian la dificultad de precisar su núcleo esencial:
los límites entre lo tolerable y lo intolerable. De
nuevo, y como en casi todos nuestros
acontecimientos diarios, debemos beber en la fuente
de la sencillez, ella será la encargada de otorgarnos
el discernimiento que nos de la inspiración para el
obrar.

Hemos empezado hablando de la tolerancia como


parte del “respeto a la diversidad”. Se trata de una
actitud de consideración hacia la diferencia, de una
disposición a admitir en los demás una manera de ser
y de obrar distinta de la propia, de la aceptación del
pluralismo. Ya no es permitir un mal sino aceptar
puntos de vista diferentes y legítimos, ceder en un
conflicto de intereses justos. Y como los conflictos
y las violencias son la actualidad diaria, la tolerancia
es un valor que es muy necesario y urgentemente hay
que promover.

Ese respeto a la diferencia tiene un matiz pasivo y


otro activo. La tolerancia pasiva equivaldría al “vive y
deja vivir”, y también a cierta indiferencia. En
cambio, la tolerancia activa viene a significar
solidaridad, una actitud positiva que se llamó desde
antiguo benevolencia. Los hombres, dijo Séneca,
deben estimarse como hermanos y conciudadanos,
porque “el hombre es cosa sagrada para el hombre”.
Su propia naturaleza pide el respeto mutuo, porque
“ella nos ha constituido parientes al engendrarnos de
los mismos elementos y para un mismo fin”. Séneca
no se conforma con la indiferencia: “¿No derramar
sangre humana? ¡Bien poco es no hacer daño a quien
debemos favorecer!”. Por naturaleza, “las manos han
de estar dispuestas a ayudar”, pues sólo nos es
posible vivir en sociedad: algo “muy semejante al
abovedado, que, debiendo desplomarse si unas
piedras no sostuvieran a otras, se aguantan por este
apoyo mutuo”. La benevolencia nos enseña a no ser
altaneros y ásperos, nos enseña que un hombre no
debe servirse abusivamente de otro hombre, y nos
invita a ser afables y serviciales en palabras, hechos
y sentimientos.

La tolerancia es un regalo desde los primeros años


de la vida.

LA HONESTIDAD

Ser honesto
es ser real, auténtico, genuino. Ser deshonesto es
ser falso, ficticio, impostado. La honestidad expresa
respeto por uno mismo y por los demás. La
deshonestidad no respeta a la persona en si misma ni
a los demás. La honestidad tiñe la vida de apertura,
confianza y sinceridad, y expresa la disposición de
vivir en la luz. La deshonestidad busca la sombra, el
encubrimiento, el ocultamiento. Es una disposición a
vivir en la oscuridad.

La deshonestidad no tendría ningún papel en un


mundo en que imperara la realidad y estuviera
habitado por seres humanos plenamente conscientes.
Desgraciadamente, debemos de convivir con la
deshonestidad. Los humanos, abrigamos una variedad
de tendencias e impulsos que no armonizan
espontáneamente con la razón. Los seres humanos
necesitan práctica y estudio para convertirse en
personas benévolas en las que retomar la chispa
divina de la que emergimos. En ese intento hacen
muchas cosas que la prudencia les aconseja ocultar.
Mentir es una “fácil” herramienta de ocultamiento y,
cuando se emplea a menudo, pronto degenera en un
vicio que arrastra hacia lo contrario.

La honestidad es de suma importancia. Toda


actividad social, toda empresa humana que requiera
una acción concertada, se atasca cuando la gente no
es franca. La honestidad no consiste sólo en la
franqueza, la capacidad de decir la verdad, sino en la
honestidad del trabajo honesto por una paga
honesta.

¿Cómo se cultiva la honestidad? Como la mayoría de


las virtudes, conviene desarrollarla y ejercitarla en
armonía con las demás. Cuanto más se ejercita, más
se convierte en una disposición afincada. Pero hay
una respuesta rápida que se puede dar en tres
palabras: tomarla en serio.
Se debe reconocer que la honestidad es una
condición fundamental para las relaciones humanas,
para la amistad, para la auténtica vida comunitaria.
Pero se debe tomar en serio por sí misma, no “como
la política más conveniente”.
Hay una gran diferencia entre tomar en serio la
verdad y no dejarse pillar. Los padres a menudo
decimos “que no te pille de nuevo”, y es
comprensible, pero una vida buena y honesta es más
que eso. El desarrollo moral no es un juego de
“píllame si puedes”. Conviene concentrarse en lo que
importa de verdad, la clase de persona que uno es, y
la clase de persona que uno quiere ser.

No hay medias tintas con la honestidad.


La pregunta

Si el mundo entero fuera como tú (ni una pizca


mejor),
si fuera igualmente puro y franco,
tan puro y franco como tú,
igualmente libre de malas intenciones,
de extorsiones y engaños,
de planes para burlar al prójimo,
de planes para engañar al prójimo,
de planes para aplaudir al desalmado...
¿sería mejor el mundo?
Si el mundo entero te siguiera (al pie de la letra)
¿sería un mundo más noble,
totalmente despojado
de engaños y falsías,
la malicia, el egoísmo y la lujuria
se borrarían bajo esa costra
que cubre el corazón humano?
Dime, si a ti te imitara,
¿sería mejor el mundo?
BUSCA LA VERDAD EN TI MISMO ANTES DE
BUSCARLA EN LOS DEMÁS

Desde ahí, uno empieza a entender la realidad de la


honestidad.

LA PUREZA

Un bania, o
comerciante, se aproximó en cierta ocasión a un
Sadhu (persona espiritual, maestro), pidiéndole que
le iniciase. El Sadhu le dijo: "Espera y te iniciaré
dentro de algún tiempo." El bania presionó al Sadhu
una y otra vez, deseoso de ser iniciado rápidamente,
pero aquel se negaba por completo, alejándose de él.
No obstante, un par de años después, el Sadhu
decidió visitar al comerciante, llevando su escudilla
para pedir limosna llena de barro, pelos, orina y
excrementos. Pidió, pues, limosna al bania, y éste le
ofreció todo tipo de dulces, que el mismo había
preparado, pensando que esta vez sería por fin
iniciado por el Sadhu. Éste le dijo entonces: "Ponlo
todo en mi escudilla." El bania le preguntó
asombrado: "Suámiyi, ¿cómo lo voy a poner en esa
escudilla tan sucia? Límpiala y tráemela luego para
poner en ella cuanto te he preparado." El Sadhu le
replicó entonces: "Si eso ocurre con esta escudilla,
¿cómo puedo yo poner la pureza del Señor en tu
corazón, que está lleno de todo tipo de impurezas,
cómo ira, orgullo, avaricia, etc.? ¿Cómo podría
iniciarte ahora, cuando tu mente está aún tan sucia
como esta escudilla?" El comerciante se deprimió
mucho y se alejó avergonzado. Después de aquello,
se purificó por medio de la caridad, el servicio
desinteresado, etc., siendo iniciado más tarde por el
Sadhu.

De igual modo que el agua teñida penetra libre y


fácilmente en la tela cuando ésta es completamente
blanca, asimismo las instrucciones de un sabio
penetran y se establecen en los corazones de los
aspirantes sólo cuando las mentes de éstos son
sosegadas, cuando no tienen deseos de gozar
solamente y cuando han destruido sus impurezas.

La disciplina y la purificación de la mente son los


requisitos esenciales para el aspirante en el sendero
de la Verdad y la realización del Ser. Primero debe
prepararse el terreno y, más tarde, la iniciación
llegará por sí sola.

La pureza interna y la pureza


externa.
Existen dos tipos de pureza: la interna y la externa.
El estar libre de Raga-Duesha (Atracción y
repulsión),la pureza de intenciones, la pureza de
motivos y la pureza de sentimientos, constituye la
pureza interna. La pureza del cuerpo por medio del
baño etc., la pureza de ropa, la pureza del contorno
como la casa y la vecindad, constituyen la pureza
externa.
La pureza externa genera pensamientos puros. Su
práctica proporciona indiferencia hacia el propio
cuerpo y hacia el de los demás. Pronto pierdes
"Mamata" o el sentido de propiedad de tu cuerpo.

La pureza interna es más importante que la externa.


La pureza interna fija la mente en un único punto,
proporciona serenidad, alegría, regocijo, fortaleza,
armonía, sosiego y felicidad, e infunde amor,
paciencia y magnanimidad.

Si tomas una alimentación pura, tendrás una mente


pura. Si tienes pureza de mente, recordarás al Ser
Supremo de Luz. Si lo recuerdas a él siempre, los
nudos que oprimen el corazón, que son la ignorancia y
el deseo, se desvanecerán.

La pureza mental por medio de un entrenamiento


ético es, pues, de capital importancia si deseas
tener éxito en la meditación y la superconsciencia.

Practicar la meditación o la contemplación en una


mente perturbada por no cumplir con los preceptos
morales (los tuyos, no los falsos conceptos morales
de esta sociedad viciada), es como construir una
casa sobre cimientos podridos. Puede que construyas
la casa, pero, sin duda, acabará por caer.
Igualmente, puede que practiques meditación
durante muchos años, pero no conseguirás obtener
ningún resultado tangible, ni fruto si no la
fundamentas en un entrenamiento ético.

Si deseas instalar a Ser de Luz en el trono de tu


corazón, tendrás que erradicar todas las
modificaciones negativas de tu mente. ¿Qué haces
cuando esperas recibir la visita de un personaje
importante en tu casa? Limpias enseguida toda tu
casa y la dejas reluciente. De la misma manera,
tendrás que eliminar toda la escoria de impurezas de
tu mente si quieres comulgar con la Luz y si quieres
con sinceridad que tome asiento en tu corazón.

Los deseos mueven los sentidos. Los deseos pueden


controlarse únicamente refrenando los sentidos.
Controla los sentidos y aniquila los deseos.

No seas indulgente contigo mismo. Adhiérete a tus


propios votos. Sé firme y resoluto. Aspira
intrépidamente. Afirma y manifiesta tu control
sobre la mente y los sentidos. Brillarás con el
resplandor espiritual. Alcanzarás así la meta gloriosa
de la vida espiritual.

La pureza es el sendero que conduce hacia ese Ser


de Luz. Sin pureza, no es posible hacer ningún
progreso espiritual. Tu alma es eternamente pura.
Pero a través de tu contacto con la mente y los
sentidos te has vuelto impuro. Recupera tu pureza
original por medio de la meditación, la oración, la
búsqueda de ¿quién soy yo? y una alimentación pura.

Purifica tu intelecto. Purifica tu corazón. Purifica tu


palabra. Purifica tu cuerpo. Purifica tus sentidos.
Purifícate, purifícate, purifícate.

La pureza de corazón es la puerta hacia la Luz. Es la


antecámara de la presencia del Señor. Es la llave que
abre las puertas de la intuición, que conducen a la
morada de la paz suprema. Por tanto, obtén la
pureza con todo el sacrificio del mundo. La pureza es
el pasaporte hacia la tierra luminosa.

LA PRÁCTICA DE LA COMPASIÓN
Antes de empezar sería interesante aclarar que
debemos distinguir entre el sentimiento de
compasión y la práctica de la Compasión. El
sentimiento de la compasión es sinónimo del
sentimiento de simpatía. Lo que recomiendo, más
bien, es la práctica continuada y deliberada de la
Compasión.

No es posible forzarse a uno mismo a sentir lo que


no siente. Es posible, no obstante, cambiar ciertos
hábitos de pensamiento. Cuando cambian nuestros
hábitos de pensamiento, también cambian nuestros
sentimientos, sin esfuerzo, y lo mismo sucede con
nuestra conducta. Dedicaré este escrito al modo de
cambiar los hábitos de pensamiento para que sean
más compasivos.

El cambio de los hábitos de pensamiento es un


proceso de cuatro pasos. El primer paso es
identificar los pensamientos habituales que deben
cambiarse. El segundo paso es formular
pensamientos nuevos para que ocupen el lugar de los
anteriores. El tercer paso es sustituir de manera
continuada los pensamientos antiguos y no deseados
por los nuevos y deseados mientras seguimos
viviendo nuestra vida normalmente. El paso cuarto es
hacer el esfuerzo de comportarse de modos que
concuerden con los pensamientos nuevos. (El
pensamiento cambia la conducta, pero la conducta
puede cambiar también el pensamiento.) Añado un
quinto paso para la práctica de la Compasión:
represente la Compasión con una sonrisa, cuando
pueda hacerlo con sinceridad y sintiéndose a gusto.

Quizás al cabo de un día, quizás al cabo de diez años,


los pensamientos nuevos, compasivos, empezarán a
hacerse habituales y los pensamientos antiguos, no
compasivos, se volverán menos frecuentes. El tiempo
que tarde usted dependerá en parte de su carácter,
en parte de sus circunstancias y en parte de lo
mucho o poco que desee ser compasivo. Dado que el
deseo de Más es instintivo e implacable, el proceso
debe ser renovado continuamente. Considere que
tendrá que trabajar en ello durante el resto de su
vida.
IDENTIFICAR LOS PENSAMIENTOS NO
COMPASIVOS. PRIMER PASO

Empezaremos por las ideas y creencias comunes que


no son compasivas de manera evidente. Cualquiera de
las ideas siguientes, con sus muchas variaciones, y
todas las expresiones que transmiten las mismas
ideas, son no compasivas. Cualquiera debería
entender que las frases reales que contienen estas
ideas tampoco son compasivas. "No tiene derecho
a..." "Debía tener el sentido común de no..." "¿Quién
se ha creído que es?" "No se merece..." "Lo odio."
"No debía haber nacido." "Yo me merezco... mucho
más que él." "Merece sufrir." "Espero que viva para
sufrir por lo que ha hecho." "Ojalá se muera." "Se
cree que es muy importante, pero en realidad no es
nada." "Es de lo más bajo que existe." "Lástima del
pan que come."

La mayoría de las condenas genéricas del carácter


de una persona, de su ética, de su inteligencia, de
sus intenciones o de su valor social son no
compasivas. No importa que se digan es voz alta o
que se callen. Huelga decir que los planes de
venganza o los deseos de venganza también son no
compasivos.

Debemos considerar algunos matices sutiles. La


Compasión no nos impide absolutamente valorar la
inteligencia de una persona, su carácter, su atractivo
u otras cualidades personales suyas. Tampoco nos
impide comentar estas cosas con los demás. No
obstante, cuando valoremos estas cosas o las
comentamos con las demás, la Compasión nos exige
que escojamos con cuidado nuestros pensamientos y
nuestras palabras. Usted no siempre será capaz de
impedirse a sí mismo pensar de manera no
compasiva, y algunas veces podrán escapársele
palabras no compasivas antes de haber tenido
tiempo de pensar. No obstante, en general dispone
de la posibilidad de callarse los pensamientos no
compasivos. Si los verbaliza deliberadamente, estará
debilitando su propia intención de practicar la
Compasión.

Por ejemplo, yo puedo optar por no votar a un


determinado político porque dudo de que comprenda
los problemas del país o porque creo que es
demasiado belicista. Estas creencias son acordes
con la Compasión. La Compasión exige, no obstante,
que yo recuerde siempre que cualquier opinión mía
puede resultar incorrecta. Yo deseo tener razón, y
deseo que me admiren por tener razón, como lo
desea todo el mundo. No es compasivo por mi parte
denigrar el carácter o la inteligencia de las personas
que no concuerdan conmigo.

La Compasión puede exigirme a veces que defienda a


personas a las que no admiro. Si en un cóctel alguien
dice que el vicepresidente es un imbécil, yo podría
decir: "Bueno. No te gustará su política, pero ¿es
justo poner en duda su coeficiente de inteligencia?
Al fin y al cabo, aprobó el examen del colegio de
abogados. ¿Cuántas personas tienen la inteligencia
suficiente para licenciarse en Derecho y para
ingresar en el colegio de abogados? No sé si yo sería
capaz."

Por otra parte, puedo llegar a la conclusión de que a


una determinada persona le falta inteligencia, en
efecto. Puedo llegar a la conclusión de que cierta
persona que conozco bien podría robar si tiene
ocasión, o de que alguien miente con frecuencia.
Quizás no sea necesario compartir con nadie estas
conclusiones. La compasión exige que sólo las
comparta cuando sea necesario compartirlas para
proteger a un inocente.

Las relaciones entre la Compasión y la ira son


complicadas. Mucha ira procede del pensamiento no
compasivo. Pero esto no quiere decir que la práctica
adecuada de la Compasión vaya a eliminar por
completo la ira; en algunos casos, esta práctica
incluso producirá ira. Si usted practica la Compasión
con gran sinceridad, no se preocupe demasiado si se
siente enfadado a veces. La ira es una emoción
natural y espontánea que nos impulsa a veces a
comportarnos de manera no compasiva. Pero no es
necesario comportarse de manera no compasiva por
el mero hecho de sentir el deseo momentáneo de
comportarse así. Si la ira lo impulsa a resistirse a
una multa de trafico injusta, a enfrentarse a un
matón, a mandar al diablo a su jefe, a encadenarse a
una secoya o a pegar un tiro a un tipo que intenta
secuestrar a su hija, la Compasión no le exige
necesariamente que se contenga. (Hablaremos de
esto en otro tema que titularemos "Vivir bien".) Lo
que usted debe evitar es el odio. El odio es lo que
surge cuando alimentamos deliberadamente nuestra
propia ira, avivándola deliberadamente y
prolongándola con pensamientos no compasivos. El
odio suele producir actos no compasivos, que a su vez
nutren nuevos odios. La práctica adecuada de la
Compasión reducirá al mínimo el odio.

FORMULAR PENSAMIENTOS COMPASIVOS.


SEGUNDO PASO

Este paso no exige gran concentración a largo plazo.


A corto plazo nos plantea un cierto desafío, por la
sencilla razón de que todos practicamos mucho el
pensamiento no compasivo y vemos muchos ejemplos
del mismo, mientras que vemos muy pocos ejemplos
de pensamiento compasivo. Cuando intente formular
pensamientos compasivos como reacción ante
situaciones difíciles, deberá volver una y otra vez al
mismo principio, sencillo pero poderoso: Esta
persona desea, en último extremo, aproximadamente
las mismas cosas que yo deseo, por
aproximadamente los mismos motivos. Sólo
deferimos en las estrategias que elegimos y en las
oportunidades y en los talentos de que disponemos.

Este principio tiene una serie de corolarios: Nadie


tiene el derecho absoluto de obtener lo que desea.
Nadie obtiene nunca todo lo que desea. Todo el
mundo queda decepcionado en último extremo.
Ningún ser supremo ni ninguna fuerza poderosa
decide quién será recompensado y quién quedará
decepcionado.

Nadie merece el dolor. Nadie merece evitar el dolor.


El dolor es una parte inevitable de todas las vidas.
Ningún ser supremo ni ninguna fuerza misteriosa
decide quién sufrirá y quién no.

Nadie puede estar absolutamente seguro de tener la


razón y de que su adversario no la tiene. Nadie
puede estar seguro nunca de que sus fines
justifiquen sus medios.
Todos temen perder lo que tienen, exactamente del
mismo modo que yo temo perder lo que tengo.

Nadie (ni yo tampoco) quiere ser impotente; pocas


personas renuncian voluntariamente a su poder, por
muy ilegítimo que considere yo que es el poder de
ellos.

Cuando otra persona se siente triste, asustada o


enfadada, lo que siente es aproximadamente lo
mismo que siento yo en su situación.

Los demás justifican sus métodos para obtener lo


que desean exactamente de la misma manera que
justifico yo mis métodos para obtener lo que deseo.

Hay momentos en los que es preciso hacer frente a


las afrentas. Hay momentos en los que debemos
hacer valer nuestros derechos. Hay momentos en los
que debemos protegernos a nosotros mismos o a
nuestros seres queridos. Existen ocasiones, raras,
en las que una persona debe recurrir a la violencia
contra otra. Pero es posible hacer frente a las
afrentas, hacer valer nuestros derechos, imponerse
sobre otra persona, castigar a otra persona o incluso
recurrir a la violencia sin odio ni desprecio al
adversario. La compasión no está reñida
necesariamente con la fuerza de carácter. Los
deseos de las demás personas no son menos válidos
que los nuestros, pero tampoco son más válidos. En
general, las personas que practican la Compasión se
hacen valer selectivamente, quizás de una manera
más paciente o menos combativa que otras personas,
pero se hacen valer en todo caso.

La Compasión no le exige que renuncie a sus


principios éticos. No le impide que cumpla con sus
deberes ni con sus responsabilidades. Un juez
compasivo no dejará de dictar sentencias. Un policía
compasivo no dejará de detener a la gente. La ética
compasiva puede permitirnos, incluso, que
recurramos a la violencia contra otras personas,
bajo ciertas circunstancias muy limitadas.

Ustedes pueden llegar a preguntarse: "Si voy a dar a


alguien una patada en el trasero, ¿qué importancia
tiene si lo hago con Compasión o con odio?" La
respuesta es que practicamos la Compasión en
primer lugar para nuestro propio bien; en segundo
lugar, para el bien de nuestros seres queridos, y en
tercer lugar, para el bien del mundo entero. Pueden
existir ocasiones en que una mente compasiva puede
ayudarnos a enfrentarnos a una adversario de una
manera más razonable o delicada, de tal modo que
nuestra Compasión beneficia a nuestro adversario;
pero éste es un beneficio circunstancial, y no un
motivo primario para la práctica de la Compasión. No
es demasiado probable que nuestro adversario
advierta nuestra Compasión; menos probable todavía
que la aprecie.

La compasión puede aumentar su autoestima por


poner en tela de juicio la legitimidad de las
jerarquías sociales con que usted se encuentra. La
práctica de la Compasión establece que usted no es
más importante que ninguna otra persona, pero
también establece que ninguna otra persona es más
importante que usted. Éste es otro de los resultados
circunstanciales e imprevisibles de la práctica de la
Compasión. Recuerdo una conocida que resaltaba por
ser una persona notablemente capacitada y honrada,
con una poderosa autoestima. En cierta ocasión me
explicó: "Mi abuela me crió, y todos los días, cuando
yo salía de casa para ir a la escuela o al trabajo, me
decía: "Recuerda: no eres mejor que nadie, y nadie
es mejor que tú." ¡Supongo que acabó
convenciéndome!"

SUSTITUIR LOS PENSAMIENTOS NO


COMPASIVOS POR PENSAMIENTOS
COMPASIVOS. TERCER PASO

Este paso es muy fácil de entender. Durante el resto


de su vida, todos los días, durante todo el día, vigile
en sí mismo la aparición de pensamientos no
compasivos, de palabras no compasivas y de actos no
compasivos. Las palabras no compasivas suelen
representar un pensamiento no compasivo. Los actos
no compasivos siempre están provocados por
pensamientos no compasivos. Si usted es consciente
de haberse comportado de manera no compasiva,
intente reconstruir el pensamiento no compasivo que
motivó su acto.

Cuando detecte pensamientos no compasivos,


sustitúyalos deliberadamente por pensamientos
compasivos adecuados para la situación. Es muy
difícil formular pensamientos compasivos cuando uno
está enfadado o se siente amenazado, de modo que
usted no se sienta demasiado mal si no consigue
pensar compasivamente en el calor de un
enfrentamiento. No obstante, muchos
enfrentamientos se producen de manera repetida y
previsible. Usted puede formular por adelantado
pensamientos compasivos para estas situaciones. Por
ejemplo, yo voy a mi trabajo en automóvil todos los
días; recorro veintitrés kilómetros de ida y otros
tantos de vuelta por una autopista llena de camiones
grandes que suelen circular a demasiada velocidad y
pegarse a la cola de los demás. He memorizado
pensamientos compasivos sobre los conductores,
pensamientos que repito de memoria siempre que
advierto que me siento enfadado o amenazado.
Todavía sigue sin gustarme su conducta, pero la
Compasión no me exige que me guste. No dude en
memorizar pensamientos compasivos para utilizarlos
en las situaciones que se suelen presentar en su vida,
enfados o disgustos con familiares, amigos,
conocidos.

Cuando usted se encuentre en una situación nueva


que presente un enorme desafío a su intención de
practicar la Compasión, lo más prudente sería
dedicar cierto tiempo, si puede, a formular
pensamientos compasivos. Si no le es posible, puede
interesarle revisar la situación más tarde, intentar
comprender los pensamientos no compasivos que
surgieron e intentar formular alternativas
compasivas.

Es posible que lean este escrito algunas personas


excepcionalmente desafortunadas. Es posible que al
lector que le haya hecho daño una persona viciosa o
irresponsable o un sistema social injusto. En ese
caso, seguramente le resultará muy difícil pensar
con Compasión acerca de las personas que le han
hecho daño. No se preocupe demasiado por eso al
principio. Los culturistas empiezan por levantar
pesas de veinte kilos antes de llegar a las de ciento
noventa kilos. Refuerce sus músculos de la
Compasión practicando al principio con la gente
corriente que lo rodea. Si usted está en la cárcel,
empiece por los funcionarios que ve todos los días, o
por sus compañeros. Si usted está en una silla de
ruedas, empiece por los miembros de su familia o por
las personas que lo cuidan. No intente esperar el día
en que pueda ser compasivo con las personas que le
han causado los mayores males. Limítese a practicar
la Compasión de una manera corriente, todos los
días. Su capacidad para la Compasión se desarrollará
lentamente, siguiendo su propio calendario.

La práctica diaria de la Compasión exige algo


parecido a la fe. No quiero decir que usted deba
mantener una fe irracional en el valor de la
Compasión. Al contrario: yo estoy procurando
presentar una explicación lógica y práctica de la
necesidad de la Compasión. A pesar de todo, en la
vida diaria las cosas suceden a veces de manera
precipitada e imprevisible. En pocos segundos,
cualquier persona se puede sentir molesta,
frustrada o amenazada, algunas veces sin entender
claramente lo que ha hecho o dicho otra persona
para producir esta reacción. En momentos como
éstos, es posible que no se disponga de tiempo para
revisar las ideas complejas que sirven de base para
la práctica de la Compasión. Por el contrario, a veces
es necesario hablar o comportarse compasivamente
de una manera automática o sin pensarlo. O bien,
usted puede recordar alguna frase o imagen sencilla
en la que se condense la lógica de la Compasión. La
frase "todo el mundo tiene el corazón hambriento"
da resultado para mí, pero es probable que otras
personas tengan que crear sus propios recordatorios
personales. Más adelante, cuando tenga más tiempo
para reflexionar, puede replantearse el suceso e
intentar relacionarlo con la práctica de la Compasión
con mayor detalle.

Pueden existir otras ocasiones en que la mala


conducta de otra persona sea tan extrema que a
usted simplemente le falle la imaginación. Puede
parecerle imposible creer que la persona que lo
ofende desee aproximadamente las mismas cosas
que usted, aproximadamente por los mismos motivos.
En momentos así, probablemente le valdrá la pena
suponer que es cierto, aunque no sea capaz de
demostrárselo a sí mismo. Es posible que con el
tiempo llegue a comprenderlo mejor.

Como ejemplo, es posible que la mayoría de la gente


no sea capaz de comprender plenamente la mente de
Sadam Husein. ¿Es posible, verdaderamente, que
torture y asesine a sus enemigos políticos y que
arroje gases venenosos sobre la población kurda
indefensa, aproximadamente por los mismos motivos
por los que yo me levanto a trabajar todas las
mañanas? Parece que es llevar las cosas bastante
lejos, ¿no? Pero si reflexiona un poco, lo veo más
claro. Evidentemente, es muy importante para él
conservar la riqueza, el poder y el nivel social que ha
conseguido después de toda una vida de trabajo. Es
probable que se impusiera por la astucia a otros
rivales políticos suyos tan malos y tan equivocados
como él, de modo que quizás sienta que no es peor
que otros que podrían haber ocupado su cargo.
También es probable que tema, con razón, que si
pierde el poder lo aniquilen a él y a toda su familia:
es la posibilidad más catastrófica dentro de los
fracasos en la reproducción. Si lo intento a fondo,
soy capaz de imaginarme que si yo hubiera nacido en
Iraq en circunstancias difíciles y que si Sadam
Husein hubiera nacido el Barcelona, en España, con
las condiciones estables que ya hace tiempo vivimos,
él podría estar escribiendo estas letras y yo podría
haberme convertido en un dictador despiadado.

OBRAR COMPASIVAMENTE. CUARTO PASO

La conducta y la emoción cambian cuando cambian los


pensamientos. Si usted practica la Compasión,
probablemente se comportará más compasivamente
y disfrutará con mayor frecuencia de pensamientos
compasivos.

Por otra parte, los pensamientos cambian cuando


cambia la conducta. Por ejemplo, a las personas que
padecen fobias no les resulta fácil quitarse de
encima sus miedos por medio de pensamientos; es
más probable que se recuperen por completo cuando
se exponen deliberada y repetidamente a la
situación temida. Aparentemente, la programación
del cerebro atribuye mayor credibilidad a los actos
que a los pensamientos.

El cambio verdadero y duradero es difícil de


conseguir, incluso para los adultos inteligentes y muy
motivados. La vida real nos desafía de muchas
maneras dolorosas, agotadoras y confusas. Aprender
a desear lo que se tiene es más difícil que la mayoría
de los otros cambios que nos pudieran interesar.
Cuando usted desea hacer un cambio
verdaderamente difícil, necesita toda la ayuda que
pueda recabar. En la mayoría de los casos, necesita
considerar tanto sus pensamientos como su conducta
efectiva; el mejor camino para el éxito consiste en
cambiar ambas cosas de una manera bien pensada,
coherente y paciente.

Si usted se toma en serio la práctica de la


Compasión, tiene mayores probabilidades de éxito si
se comporta compasivamente de manera deliberada,
incluso en las ocasiones en las que no siente ninguna
Compasión y ni siquiera está necesariamente
pensando con Compasión. La conducta compasiva a
favor de sus parientes, de otros seres queridos o de
personas que pudieran corresponderle algún día no
necesariamente favorece su práctica de la
Compasión. En tales casos existe demasiado campo
para el egoísmo disfrazado de Compasión.
(Naturalmente usted también debe tratar
compasivamente a estas personas.) La conducta
compasiva que tiene muchas posibilidades de
mejorar su reputación de buena persona también
puede ser un egoísmo encubierto. Tenga cuidado con
ella.

Podemos concebir dos tipos de actos compasivos


deliberados. Unos podríamos llamarlos actos de
educación de la empatía. Los actos del segundo tipo
son de generosidad pura, y son relativamente
difíciles.

Para practicar la educación de la empatía, intente


preparar una lista de las personas hacia las cuales le
resulta especialmente difícil ser compasivo. Ordene
los nombres de menor a mayor dificultad. Empiece
por la persona o grupo más fácil y vaya subiendo
hasta la más difícil. Haga un esfuerzo por
desarrollar empatía hacia la persona. Investigue;
entérese de más cosas sobre ella. Pase algún tiempo
con ella o con alguien semejante. Mientras pasa algún
tiempo con la persona, aproveche para realizar
pequeños actos de amabilidad o de amistad. Escuche,
observe, absorba datos sin realizar juicios de valor
innecesarios. Lo que no pueda descubrir, súplalo con
conjeturas prudentes. ¿Con qué temperamento nació,
probablemente? ¿Qué estrategias competitivas
aprendió o dejó de aprender de su familia y de sus
semejantes? ¿Qué talentos tiene, y qué talentos le
faltan? ¿Ha sufrido dolor, desgracias o
circunstancias afortunadas que puedan haber
modificado permanentemente su carácter? Cuando
usted haya comprendido estas cosas, intente
imaginarse que está viviendo la vida de la otra
persona: empezando por el nacimiento, viendo lo que
ella vio, sintiendo sus percepciones sensoriales, su
imagen corporal, sus impulsos instintivos, sus
relaciones amorosas, sus triunfos y sus
humillaciones; tal como la persona lo vivió, razonando
como ella razona, suponiendo las cosas que ella
aprendió a suponer.

Este método exige cierto tiempo y esfuerzo, tanto


más cuantas más personas o grupos figuren en su
lista; pero en realidad no es tan difícil. Al terminar
el ejercicio descubrirá muchas veces que su
humanidad común con esa persona le salta a la vista
dolorosamente. Como dice la canción, "Sólo nos
separa el azar".

El segundo tipo, más arduo, de actos compasivos


consiste en dedicar tiempo, energía e interés
personal para ayudar o consolar a alguna persona (o
grupo) que difícilmente puedan corresponderle algún
día. La caridad monetaria es uno de los elementos de
la Compasión, pero no basta por sí sola para
convertirlo a usted en una persona compasiva. Es
demasiado fácil dar dinero sin dejar de mantener
una prudente distancia de las personas que se
beneficiarán de su obsequio. Tampoco en este caso
debe usted avergonzarse de empezar por los casos
más sencillos. Por otra parte, si quiere presentarse a
sí mismo un verdadero desafío, compórtese de
manera compasiva con una persona a la que
encuentre excepcionalmente detestable. Por
ejemplo, si los criminales violentos lo molestan,
busque a alguno que esté en la cárcel y con el que
pueda mantener correspondencia.

¡Precaución! No permita que la Compasión lo lleve a la


ingenuidad. No tome la ingenuidad por camino a la
Compasión. Por experiencia personal, le diré, que
muchos presos, la mayoría quizás, carecen de una
conciencia normal. (Por eso no se reduce la tasa de
criminalidad construyendo más cárceles. Nadie
adquirió jamás conciencia en una cárcel.) Los presos
son célebres por su capacidad para manipular,
engañar y explotar a los visitantes
bienintencionados. Comprensiblemente, estas
características hacen que sea difícil ser
verdaderamente compasivos con ellos. Pero el
principio de la Compasión no deja de regir. Los
delincuentes quieren riqueza, nivel social y amor, ni
más ni menos que usted y que yo, por los mismos
motivos que nosotros. Se han especializado en
obtener estas cosas por medio del engaño y de la
violencia. Sólo se diferencian de usted y de mí en las
estrategias que prefieren.

No quiero sugerirle que abandone su trabajo y a su


familia para cuidar a los enfermos de sida
moribundos, ni que venda su casa y entregue el
dinero a los que no tienen hogar. Pueden existir
otras personas que dependen de la presencia de
usted o de la renta que usted les proporciona. Su
profesión puede aportar un servicio socialmente
necesario. Por otra parte, existen personas que
están dispuestas y capacitadas para hacer
sacrificios extremos en la práctica de la Compasión.
Su práctica de la Compasión puede hacer que usted
las admire más que antes, y si usted quiere
sacrificarse también, está bien, siempre que no haga
sufrir por ello a otras personas que dependen de
usted.

También puede buscar ocasiones de comportarse


compasivamente de maneras más sistemáticas. Si los
requisitos de la conducta compasiva le parecen
obligaciones pesadas, es mejor dejarlos pasar
temporalmente. Siga trabajando con el pensamiento
compasivo hasta que esté seguro de que la conducta
compasiva con los demás mejorará la calidad de su
propia vida. Vuelva a intentarlo más tarde con alguna
otra actividad compasiva que sea menos dura, cada
uno de nosotros hemos de encontrar nuestro justo
equilibrio para poder llevar a la practica la
Compasión, nuestra Compasión. Cuando vayan
desarrollándose los músculos de su Compasión, se
sentirá, más cómodo con actos compasivos que antes
lo habrían dejado resentido.

SONRÍA (SI PUEDE). QUINTO PASO

Últimamente se han llevado a cabo ciertas


investigaciones interesantes sobre la sonrisa. Parece
ser que cuando las personas sonríen (aunque digan
que no quieren sonreír ni tengan motivos poderosos
para hacerlo) se sienten más felices, y las regiones
de su cerebro que están relacionadas con los
sentimientos de felicidad se activan, según los
instrumentos de medida de laboratorio. Yo albergo
ciertas reservas sobre este tipo de cosas, pero me
parece que algunas situaciones están pidiendo a
gritos una sonrisa. Si usted siente Compasión, es
probable que le apetezca sonreír, incluso aunque
deba sonreír entre sus lágrimas. En esos momentos,
procure no reprimir la sonrisa. Cuando estamos
practicando la Compasión, y la estamos practicando
con éxito, pero no tenemos sentimientos compasivos,
a veces una sonrisa puede marcar la diferencia.

Usted no tiene por qué sonreír a nadie. Eso depende


de usted. No fuerce la sonrisa. Dé la bienvenida a la
sonrisa cuando llegue. Sonría interiormente al
principio y vea si se le extiende hasta la cara. Tenga
paciencia: puede tardar un momento. Si quiere
levantar voluntariamente la comisura de la boca, sólo
un poco, adelante; pero hágalo despacio y
delicadamente. Por causas neurológicas complicadas
que no voy a explicar aquí, a la mayoría de las
personas les resulta más eficaz levantar sólo la
comisura izquierda de la boca: la comisura derecha la
seguirá involuntariamente, produciendo una sonrisa
completa. Para mí, una sonrisa compasiva es como el
sello de correos de una carta de amor.

LA GRATITUD
Veo árboles verdes y
rosas rojas;

Las veo florecer por ti y por mí,

Y pienso para mis adentros:

¡Qué mundo tan maravilloso!

Veo cielos azules y nubes blancas;

El día luminoso y bendito, la noche oscura y sagrada,

Y pienso para mis adentros:

¡Qué mundo tan maravilloso!


Los colores del arco iris, tan bonitos en el cielo,

También están en el rostro de la gente que pasa;

Veo a amigos que se dan la mano y se dicen: "¿Cómo


estás?"

En realidad se dicen: "Te quiero."

Oigo llorar a los recién nacidos; los veo crecer.

Aprenderán mucho más de lo que yo llegaré a saber.

Y pienso para mis adentros:

¡Qué mundo tan maravilloso!

Bonita canción, ¿verdad? Parece que a muchos les


gusta. Pero ¿es verdaderamente maravilloso el
mundo? Al fin y al cabo, sería igualmente fácil
cantar:

Veo niños hambrientos y hombres sin esperanza,

Y guerras sin sentido que nadie puede ganar,

Y pienso para mis adentros:


¡Qué mundo tan terrible!

¿Cuál de las canciones sería más correcta?

No podemos preguntar con justicia cómo es este


mundo. Se podría discutir hasta el infinito. El mundo
es una sucesión interminable de manchas de tinta
(tarjetas de test de Rorschach) en tres
dimensiones, con sonido, textura, olor y sabor.
Algunas personas ven cosas hermosas; otras
personas ven cosas feas y horribles. Lo más
frecuente es que las personas vean cosas corrientes
y rutinarias.

Todos comprendemos intuitivamente que tenemos


derecho a nuestras propias percepciones,
sentimientos, opiniones y recuerdos. Cuando alguien
pone en tela de juicio ese derecho, nos sentimos
ofendidos como una cosa natural. Si yo me doy un
golpe en los dedos del pie, tan fuerte que se me
saltan las lágrimas, y alguien me dice: "¡Vamos, no
puede haberte dolido tanto! ¡Deja de dramatizar!",
yo me sentiré ofendido. Si alguien me reprocha por
reírme mucho y con fuerza, diciéndome que "la cosa
no tiene tanta gracia", también me sentiré ofendido,
por el mismo motivo. Si alguien dice: "Lo que has
visto en la mancha de tinta no es lo correcto",
también es ofensivo.

La práctica de la Gratitud no le exige que censure


sus percepciones, sus opiniones, sus sentimientos ni
sus recuerdos, ni que los edulcore. La práctica de la
Gratitud no le exige que corte sus percepciones del
mundo a la medida de las especificaciones que yo le
propongo. La práctica de la Gratitud no le exige ver
siempre jardines y no ver nunca cosas
desagradables.

Cuando
practicamos la Gratitud, recordamos con toda la
frecuencia que nos sea posible que el mundo es una
sucesión interminable de estímulos ambiguos, una
sucesión interminable de manchas de tinta. Siempre
tenemos la posibilidad de volver a mirar. A veces,
cuando usted vuelva a mirar, encontrará algo de lo
que estar agradecido, algo que podría habérsele
pasado por alto de otra modo. Esto le sucederá con
mayor frecuencia si hace sitio para la Gratitud en su
corazón y le da la bienvenida.

La Gratitud siempre es un podría, nunca un debería.


La diferencia entre "usted debería practicar la
Gratitud" y "usted podría practicar la Gratitud" es
semejante a la diferencia entre " debes comer
helados" y "puedes comer helados". Si por algún
motivo a usted lo obligaran a comerse todos los días
grandes cantidades de helados de su sabor favorito,
tardaría poco tiempo en aborrecerlo. La Gratitud
libremente elegida es una vivencia
fundamentalmente diferente de la Gratitud
estimulada para satisfacer a otra persona o para
acallar los sentimientos de culpabilidad.

El significado corriente de la palabra Gratitud es un


sentimiento agradable, a la vez que tierno, de calor,
de simpatía y de deuda hacia otra persona porque
esa persona nos ha tratado con una amabilidad o con
una generosidad inesperada. Algunas veces el
sentimiento de Gratitud es más sutil. Puede ser un
sentimiento delicado de agradecimiento hacia la
naturaleza, el universo o un ser supremo, como
reacción ante algún placer pequeño que otra persona
podría no percibir siquiera. La Gratitud puede
significar también la vivencia privada de placer (unas
veces sutil, otras veces intenso) que se produce
cuando hemos sido recompensados de algún modo, ya
sea por las circunstancias o por otra persona.

Hasta aquí hemos hablado de la vivencia de la


Gratitud. La práctica de la Gratitud es otra
cuestión. La práctica de la Gratitud es la intención
de pensar y de comportarse de un modo tal que
acoja la vivencia de la Gratitud, sean cuales sean
nuestras circunstancias o nuestras vivencias
anteriores.

El sentimiento de Gratitud es un ave tímida. No sirve


de nada perseguirla. La Gratitud verdadera no se
puede forzar nunca. Intentar con todas nuestras
fuerzas sentir Gratitud sería como intentar con
todas nuestras fuerzas quedarnos dormidos o
enamorados. Cuanto más ahínco ponemos por estar
agradecidos, más evasiva se vuelve la vivencia. Debe
venirnos con su propio calendario y con sus propias
condiciones. Practicamos la Gratitud a base de
prepararle en nuestro corazón un hogar donde pueda
establecerse. El ave no siempre viene, pero, si le
preparamos un hogar, suele venir con bastante
frecuencia.

La Gratitud no sólo es un ave tímida, sino que


también da casi siempre la impresión de ser un ave
oscura y poco visible. Los momentos de Gratitud
intensa y estimulante son bastante raros en las vidas
de la mayoría de las personas. Pero cuando la
Gratitud se instala en el hogar que le hemos
preparado, advertimos su canto callado y
encantador. Advertimos su colorido sutil pero
afable, el modo fascinante en que se mueve y vuela.
El esfuerzo por saborear, por apreciar y por
agradecer las vivencias pequeñas y agradables con
que nos encontramos nos sintoniza con las
resonancias internas de placer que producen.

Cuando usted haya comprendido la Gratitud y su


relación con los instintos, las posibilidades para la
práctica de la gratitud pueden parecerle
abrumadoramente densas y numerosas. Para evitar
sentirse abrumado, puede probar a seguir un
calendario como el siguiente:

Día 1º: Practique la Gratitud por la comida que


come, ya sea especial o rutinaria. No cambie su
alimentación habitual.

Día 2º: Practique la Gratitud por el hecho de tener


una casa, un apartamento o una tienda que lo abriga
de los elementos. Practique la Gratitud por la
comodidad que le ofrece.

Día 3º: Practique la Gratitud por las personas que


lo aman o que lo aprecian. No se preocupe de cuántas
sean ni de lo agradables o atractivas o serviciales
que sean. Limítese a centrarse en el hecho sencillo
de que existen al menos algunas personas en el
mundo que lo aman o lo aprecian, y esté abierto a la
Gratitud por ello.

Día 4º: Si tiene un compañero o compañera o un


amigo especial, pase el día lleno de agradecimiento
por las cosas que ese compañero o compañera aporta
a su vida (sin tener en cuenta las cosas que usted
desea y que él o ella le han aportado).

Día 5º: Practique la Gratitud por los buenos


recuerdos que usted pueda tener. NO intente
apartar a la fuerza de su conciencia los recuerdos
malos, pero sea consciente de los buenos.

Día 6º: Practique la Gratitud por los placeres


pequeños y momentáneos de la vista, el olfato, el
sonido y el tacto, entre los cuales se cuentan el
cielo, las nubes, la luz del sol y las flores.

Día 7ª: Practique la Gratitud por la música que


usted puede oír normalmente.

Día 8º: Practique la Gratitud por cualquier


oportunidad que pueda tener para reírse en el
transcurso de su jornada normal. Cuando se ría,
practique la Gratitud por la sensación agradable que
le produce.

Día 9º: Practique la Gratitud por todas las personas


honradas, inteligentes y bienintencionadas que hay
en el mundo. No se dedique a buscarlas. Limítese a
advertirlas cuando sea conciente de ellas.
Día 10º: Practique la Gratitud por la vida vegetal
que vea, que toque o que huela en su jornada normal.

Día 11º: Practique la Gratitud por las aves que oiga


cantar o que vea volar en el transcurso de su jornada
normal.

La lista anterior no tiene nada de especial. Sus


componentes han sido elegidos arbitrariamente,
aunque son ejemplos deliberados de los placeres
corrientes que podrían evocar la vivencia de la
Gratitud cuando se practica con diligencia la
Gratitud. Añada con libertad elementos a esta lista,
o utilice ésta como modelo para componer una lista
propia.

LA HUMILDAD
La humildad no

es una virtud reconocida como tal en todos los

sistemas filosóficos. Más aún, en no pocas filosofías

se le ha cuestionado hasta el punto de considerarla

un vicio en la medida en que representaría una

debilidad para afirmar el propio ser. Como en todo,

la verdad es muy simple, una única virtud puede

llevarnos al vicio, y por ello, todas y cada una de ellas

tienen que ir acompañadas de su hermanas mayores


y en muchos casos de las menores. Desde la

perspectiva de la evolución espiritual (y en cada

ocasión concreta acompañada de las otras

herramientas universales que correspondan) la

humildad es una virtud de realismo, pues consiste en

ser conscientes de nuestras limitaciones e

insuficiencias y en actuar de acuerdo con tal

conciencia. Más exactamente, la humildad es la

sabiduría de lo que somos. Es decir, es la sabiduría

de aceptar nuestro nivel real evolutivo. Ninguno de

los grandes filósofos griegos (Sócrates, Platón ni

Aristóteles) elogiaron la humildad como una virtud

digna de practicarse, ya que nunca llegaron a


desarrollar un concepto de Dios lo suficientemente

rico para poner de manifiesto la pequeñez del ser

humano. En Occidente, es sólo a partir del

advenimiento del cristianismo que esta virtud llegar

a ser considerada el fundamento imprescindible de

toda moral cristiana. Es por ello que para Nietzsche,

que no comulgaba precisamente con dicha doctrina,

la humildad no puede significar más que una bajeza,

una debilidad de instintos propia de quien actúa

inspirado por una moral de esclavos. Para su idea

moral del superhombre, en cambio, a la sombra de la

humildad hay que oponer la claridad de la altivez, tan

alabada por los griegos y desde luego, por


Nietzsche. La verdad de este dilema, sin duda, se

encuentra en nuestro interior. Sin embargo, la

filosofía de Oriente, que ha alcanzado un desarrollo

espiritual mucho más significativo que la de

Occidente, nunca dudó en asignarle un papel

relevante dentro de las virtudes del sabio. Así, los

verdaderos maestros de la sabiduría mística del

Oriente ascendieron a sus más altos niveles de

conciencia trascendiendo su ego, transformándose

en seres universales al fundirse con el río del mundo.

Pero para todos ellos los primeros peldaños del

sendero estuvieron hechos de humildad.


Más aún, la humildad es requisito indispensable del
verdadero aprendiz, del verdadero discípulo, pues
mucha de la disciplina de éste deberá estar basada
en la conciencia de lo limitado de su conocimiento
para precisamente, en razón de esta carencia,
buscar activamente llenarse de él, ya sea a través de
los maestros, del impulso a la meditación, del diálogo
con sus semejantes o de la investigación personal. La
mente humilde es receptiva por naturaleza y por lo
mismo es la que mejor está dispuesta a escuchar y a
aprender. En el caso opuesto está la mente
arrogante que por saber mucho de algún tema se
cree capaz de discernir asuntos sobre los cuales no
conoce ni los principios más básicos, creyendo estar
preparada para emitir juicios válidos sobre cosas de
las que no tiene ni la más remota idea. En esta
carencia de reconocimiento de los límites de su
conocimiento, el arrogante construye su ilusión de
ser más importante que los demás. Habitualmente el
arrogante incurre en la crítica destructiva que sólo
puede conducir al territorio de las hostilidades, pero
que no ayuda a nadie.
El verdadero humilde considera siempre que las
experiencias de la vida son posibilidades abiertas
para aprender cada vez más. En su comprensión
considera que el camino de la sabiduría es casi
infinito, por lo cual, no corresponde en ninguna etapa
de nuestro desenvolvimiento presumir de sabios o
eruditos. La humildad como conciencia de nuestra
falibilidad esencial nos hace más fácil la tarea de
reconocer nuestros errores, fundamento de
nuestros ulteriores perfeccionamientos. Mientras el
soberbio pierde su tiempo criticando o intentando
impresionar a los demás, el humilde sigue rectilíneo
su camino de progresión espiritual, sin temer
recurrir a la ayuda o a la orientación de quienes
están más avanzados en el sendero.

Ser humilde es permitir que cada experiencia te


enseñe algo y desde ahí, desaparecen miedos y
sufrimientos.

LA IMPARCIALIDAD
IMPARCIALIDA
D: Aplicar la justicia, la rectitud y la equidad en
todos las facetas de nuestra vida.

No hacer ninguna distinción de nacionalidad, raza,


condición social ni credo político.

La imparcialidad en su más auténtica acepción


impone que se prescinda de las distinciones
subjetivas.

Aunque la necesidad de “conservar la confianza de


todos” es atributo de la neutralidad, ese imperativo
se aplica también al principio de la imparcialidad.
Sólo una acción imparcial puede proyectar la imagen
de uno mismo en la que pueden confiar las personas
que necesitan ayuda o protección.

La imparcialidad no significa el no ser parte. La


imparcialidad es una especie determinada de
motivación, consistente en que la declaración o
intención se orienta en el deseo de decir la verdad,
de discernir con exactitud, de resolver justamente
una situación.

La imparcialidad consiste en poner entre paréntesis


todas las consideraciones subjetivas que puedan
vendarnos la capacidad de obrar adecuadamente.

LA VOLUNTAD

Cuando hablo de
la voluntad no quiero expresar la facultad de desear,
sino aquella energía vital que resume la acción de
todas las fuerzas del espíritu, energía que se siente
y no se puede definir, pero que podría denominarse
"facultad práctica del hombre".

Todo ser humano, aun el más débil de espíritu,


encuentra en sí mismo esa potencia de querer, cuyo
desenvolvimiento en el hombre fuerte constituye lo
que se llama carácter. Esa potencia es, por decirlo
así, el todo del hombre, es su personalidad, es el
fondo de la persona misma, es la fuerza que mueve a
la imaginación.

Sobre la voluntad deben obrar la moral (no en la


moral considerada como regla de conducta que
debemos observar con nuestros semejante (ética),
sino en la moral considerada desde el punto de vista
particular de las fuerzas que tiene el espíritu para
anular los males que afectan al cuerpo), la ley, la
instrucción y, sobre todo, la higiene mental.

Si el carácter es, según la frase de Hardenberg, una


voluntad desarrollada, fácil es concebir cómo habrá
de cultivarse. La inteligencia, llevada de los primeros
argumentos que se le presentan, puede ceder a
nuevos argumentos; asimismo el sentimiento,
despertado por una primera impresión, es
susceptible también de modificarse en sentido
contrario bajo un impulso diferente. Pues bien; la
voluntad es igualmente capaz, como la inteligencia y
como la sensibilidad, de variar de rumbo; lo
importante es conseguir una voluntad flexible y
fuerte al mismo tiempo.

El hombre, en cuanto a persona moral, es una fuerza


única e indivisible; diríjase esta fuerza hacia el fin
que tiene señalado. A nuestra generación hay que
repetirle aquello de don Carlos: "La indecisión es una
enfermedad del alma, que no produce más que
inquietudes. Para verse libre de ellas, basta querer
librarse. El estado más miserable es el de carecer
de la fuerza de querer. Tened conciencia de
vosotros mismos y seréis todo lo que erais y todo lo
que podéis ser."

El cuerpo y el alma están íntimamente ligados por


vínculos que es imposible separar, pero hay también
ciertas cadenas que una resolución enérgica puede
romper; estas cadenas son las que nosotros mismos
nos forjamos, y a las cuales distinguimos con los
nombres de indecisión, inquietud, malhumor y otros
por el estilo. En un tratado de higiene mental deben
dominarse imperfecciones del espíritu.

La indecisión es un espasmo funesto del alma, que


frecuentemente termina en parálisis. La indecisión,
por lo común, nace de aquella funesta idea que
generalmente acompañamos de expresiones como
éstas: "Ya es tarde! ¡La cosa no tiene ya remedio! Y
precisamente en estos casos es cuando debemos
desplegar nuestra energía y tomar una resolución.

La distracción es en la vida del alma un estado


análogo al temblor de los músculos en la vida del
cuerpo; es una oscilación que delata una fuerza
moral insuficiente para obrar con perseverancia en
la misma dirección, y una necesidad de reposo y de
cambio. Pues bien; si la experiencia nos enseña,
hasta en el orden físico, que un fuerte impulso puede
hacer cesar esa debilidad por algún tiempo, y poco a
poco para siempre, podemos con certeza esperar los
efectos más maravillosos de ese otro impulso, el más
profundo y más individual que puede recibir el
hombre, cual es el de la voluntad.
Por lo tanto, una voluntad enérgica da al alma una
dirección, un apoyo y una fuerza. Por esto, contra la
opinión común he considerado siempre las
distracciones como un remedio bastante dudoso en
las enfermedades del alma y del cuerpo. Al
contrario, siempre he creído que el recogimiento es
en estos casos muy saludable, porque la vida obra de
dentro y fuera, y la muerte, al igual que las
enfermedades, obra de fuera a dentro.

Para curar los males del alma, ha dicho un profundo


pensador, la inteligencia es impotente, la razón
carece de fuerza y el tiempo la tiene toda; la
resignación y la actividad son remedios soberanos.
Este remedio, realmente curativo, tiene por base
una ley inquebrantable. Y es ésta: entre dos
estímulos, el más débil cede siempre al más fuerte.
Si se hace penetrar en el alma, y por ésta en el
cuerpo, el estímulo más activo y más enérgico, que es
la voluntad, los demás estímulos pierden su fuerza.
Tanto en el mundo físico como en el mundo moral, es
imposible alejar de sí toda influencia nociva; pero al
dirigirse hacia un punto determinado implica ya la
idea de volver la espalda a todo lo demás, sobre todo
cuando la dirección es activa y no meramente
contemplativa. Iguales milagros se producen cuando
el alma se sumerge por entero en las profundidades
de la meditación; cuando dejan de existir para ella el
tiempo y el espacio, echándose a volar por las
inmensidades del Infinito.

El malhumor es el demonio terrible que, bajo el


nombre de indisposición del espíritu o fastidio,
consigue ejercer en la sociedad un dominio
despótico. Este mal hace verdaderamente estragos;
por lo tanto, una mente afinada debe desterrarlo,
pues no es justo ni es lícito someterse a él.

Lavater escribió un excelente discurso contra el


malhumor. Nadie puede substraerse a la tristeza
(dice él), pero todos podemos sacudirnos en
malhumor. En la tristeza hay cierto encanto, cierta
poesía, pero el malhumor no tiene ningún atractivo,
es la prosa vulgar de la vida, es la hermana mayor del
hastío y de la pereza, de esa pereza que envenena la
sangre y mata lentamente. ¿De dónde viene el
malhumor? En primer lugar del hábito, padre del
hombre y de sus vicios. Si desde la niñez nos
hubiesen acostumbrado a no estar jamás ociosos, a
emplear en ocupaciones agradables el tiempo
sobrante de nuestros estudios hasta el momento de
ir a la cama, vendría el sueño reparador a cerrar
suavemente nuestros ojos, y no se apoderaría de
nosotros el malhumor. Si desde niños estuviésemos
acostumbrados a ver que en nuestro derredor todo
se halla en orden, tened por seguro que, por una
armoniosa disposición del alma, se reflejaría en
nosotros aquel orden exterior. En una habitación
aseada y bien ordenada, el alma experimenta un
dulce bienestar.

Añadiremos también que en el arte de preservarse


del malhumor, lo más importante es aprovechar los
momentos oportunos. El hombre no puede siempre
estar dispuesto para todo, pero nunca carece de una
ocupación u otra, importante o frívola. No hay que
perder jamás de vista que el cambio o la variedad es
una de las leyes que rigen el mundo. La soledad trae
la melancolía, y, según Platón, hace al hombre
maniático y testarudo; más como el trato de los
hombres puede producir efectos semejantes,
empléese una agradable combinación de los dos
métodos de vida y se obtendrá el resultado opuesto.
Un espíritu franco y abierto para todo lo bueno,
sabe soportar con facilidad las contrariedades de la
vida y las molestias de los que le rodean. Y si tú,
amigo, eres bastante infeliz por haber venido al
mundo con el malhumor heredado, como privilegio de
una naturaleza mal organizada, guárdate mucho de
considerarte como uno de esos sabios escépticos que
ahora se estilan, y cree que sólo eres un enfermo de
la voluntad, y no desdeñes los remedios más amagos.

Demos por bastante definido el malhumor y pasemos


a los medios de curarlo, y fijémonos particularmente
en el poder de la voluntad sobre aquellos estados
que, por su origen, se refieren al sistema nervioso.
Sobre este particular pueden citarse muchos
ejemplos, entre otros, el conocido de un hombre que
podía, a voluntad, hacer salir una inflamación
erisipelatosa en cualquier parte de su cuerpo.

Personas hay en las cuales el corazón, músculo no


sujeto a la voluntad, llega a convertirse en órgano
voluntario. También es digna de citarse la notable
acción que ejerce una fuerte voluntad en los
fenómenos del órgano de la visión. Se sabe que
Demóstenes poseía escasas aptitudes para hablar en
público y, sin embargo, debido a sus titánicos
esfuerzos de voluntad, pudo dominar su tartamudez
nativa y llegó a ser uno de los más grandes oradores
que registra la historia.

Es incontestable que en el fondo de la maravillosa


máquina humana dormitan fuerzas poderosas cuya
existencia ni siquiera llega el hombre a sospechar,
pero una voluntad de hierro, enérgica, militar,
perseverante, puede revelarlas y ponerlas en acción
de una manera victoriosa.

Es estoicismo, que es, sin duda alguna, de todas las


doctrinas anteriores al cristianismo, la más pura, la
más eficaz y la que mayor número de discípulos tuvo,
el estoicismo, repito, dejo palpablemente
demostrados los efectos estupendos de una voluntad
fuerte. No son los fríos razonamientos de la
doctrina los que tanta energía dieron a sus
discípulos, sino la voluntad desarrollada y
fortalecida por las enseñanzas de Zenón, es la que
produjo todos aquellos milagros de elevación de
ánimo, de firmeza y de audacia, objeto de sorpresa y
admiración para nuestras generaciones muelles y
enervadas.
El raciocinio nunca viene sino después de la
experiencia; el raciocinio no produce ni puede
producir experiencia alguna, a no ser que se quiera
dar ese nombre a cuatro experimentos sin valor ni
eficacia.

Lo que importa ahora es aprovecharse de los


beneficios que las citadas enseñanzas nos pueden
reportar, lo que indefectiblemente se conseguirá
aplicándolas resueltamente y con PERSEVERANCIA.

LA PERSEVERANCIA

Cuando
aconsejamos resistir, no es sólo una expresión de
aliento para alguien que se encuentra en apuros, sino
un buen consejo para alguien a quien le va bien en el
mundo. Al guiar o animar a los demás, al mejorarnos
a nosotros mismos, al consagrarnos de lleno a una
causa más grande, la perseverancia es crucial para el
éxito.

La perseverancia es un rasgo de carácter esencial


para la progresión del ser humano. Muchas cosas
buenas que se pueden hacer en este mundo se
pierden en medio de titubeos, dudas, vacilaciones y
falta de determinación.

La perseverancia también es esencial para quienes


han optado por hacer el bien en el mundo actuando
como tábanos. Sócrates, reconocido “Tábano” de la
antigua Atenas, declaró con toda seriedad en su
juicio que “mientras respire y tenga capacidad, no
dejaré de practicar la filosofía, de exhortar y
señalar a todos los que encuentre: Eres ateniense,
ciudadano de la ciudad más grande, con la mayor
reputación por su sabiduría y poder; ¿no te
avergüenza, en tu avidez de poseer tanta riqueza,
reputación y honores, no interesarte en la sabiduría
ni la verdad, o el mejoramiento de tu alma?” Las
insistentes exhortaciones de Sócrates irritaron a
muchos atenienses, y fue condenado. Pero hay
peores destinos, como Sócrates señaló; mientras que
él sólo fue condenado a muerte, sus acusadores, con
ese mismo acto, se condenaron a la maldad.
“Las carreras se ganan con tesón”, reza la moraleja
de la conocida fábula de Esopo sobre la tortuga y la
liebre. En su Vida de Sertorio, Plutarco cuenta que
este gran soldado romano, mientras se desempeñaba
como pretor en España en el primer siglo antes de
Cristo, preparó una demostración para sus tropas
con el mismo efecto, después de lo cual las interpeló
de esta manera: “Como veis, soldados, la
perseverancia surte mayor efecto que la violencia, y
muchas cosas que no se pueden superar cuando están
juntas ceden cuando se abordan una por una. La
asiduidad y la perseverancia son irresistibles, y con
el tiempo derrocan y destruyen a las mayores
potestades, pues el tiempo es amigo y asistente de
quienes usan su buen tino para aguardar su
oportunidad, y enemigo destructivo para quienes
avanzan a tientas y a locas”.

Como la mayoría de las virtudes, la persistencia y la


perseverancia no pueden operar para el bien del
mundo aisladas de la inteligencia práctica. Una
persona que es sólo persistente puede ser un
fastidio irritante, sin ningún efecto saludable. Pero
en el contexto adecuado, usando el discernimiento y
en justa combinación con otras virtudes, la
perseverancia es un ingrediente esencial en el
progreso humano.

¿Cómo alentamos a los niños a perseverar, a insistir


en el esfuerzo de perfeccionarse a sí mismos, de
mejorar la suerte propia y ajena? Apoyándolos en
todo momento, siendo su guía y su aliento, y por
medio del ejemplo.

NUNCA CEJES

Cuando las cosas andan mal, como a veces sucede,

cuando el camino que recorres parece cuesta arriba,

cuando escasean los fondos y se suman las deudas,

y aunque quieras sonreír, sólo puedas suspirar,

cuando te acechan cuitas y penurias,

descansa si debes, pero nunca cejes.

Rara es la vida, con sus vueltas y revueltas,

y todos con el tiempo lo aprendemos;


más de un fracaso puede ser un triunfo

si uno persiste en vez de claudicar.

Persiste en tu tarea, aunque el andar sea lento,

tal vez triunfes con otro golpe más.

El éxito es fracaso puesto al revés,

la faz brillante de las nubes de la duda,

y nunca has de saber a qué distancia estás:

puede ser cerca cuando parece lejos;

sigue en la lucha cuando más te golpeen.

Y aunque todo luzca negro, nunca cejes.

¿Quién sabe lo que es triunfo, quién sabe lo que es


fracasar?
EL SERVICIO A LOS DEMÁS

El
camino hacia la Luz y el servicio a la humanidad es el
secreto de una vida auténtica. El significado de una
vida verdadera es servicio y sacrificio. La vida está
creada para el servicio y no para el egoísmo.

Cumple tus deberes bien, sinceramente. Tus


privilegios vendrán sin pedirlos y sin esperarlos.

Mantén tu vida para el servicio de otros. Cuanta más


energía pongas en elevar y servir a otros, más fluirá
la energía divina hacia ti. El cáncer de la
individualidad se disolverá.

El servicio desinteresado purifica

¿Cuál es el objeto del servicio? ¿Por qué servir a los


pobres y en definitiva a la humanidad que sufre?
¿Por qué servir a la sociedad? Por medio del servicio
purificas tu corazón. El egoísmo, el odio, los celos y
las ideas de superioridad desaparecen. Se desarrolla
humildad, amor puro, compasión, tolerancia y
misericordia.

El sentido de separación es aniquilado. Se erradica


el egoísmo y se consigue una amplia perspectiva de la
vida. Comienzas a sentir unidad en la vida.
Desarrollas un gran corazón con una perspectiva
amplia y generosa. Poco a poco alcanzas el
conocimiento del Ser. Te das cuenta del "Uno en
todo" y el "todo en Uno". Sientes una alegría sin
límites.

El primer paso en la senda de la espiritualidad es el


servicio desinteresado a la humanidad. El servicio
desinteresado es la consigna en el camino hacia la
Luz. El servicio desinteresado a la Humanidad
prepara al aspirante para la consecución de la
conciencia cósmica o la vida de unidad con el Ser de
Luz. Al principio, los aspirantes deberían dirigir toda
su atención hacia la eliminación del egoísmo a través
del servicio desinteresado prolongado.

Desarrolla el corazón y limpia la mente inferior a


través del servicio desinteresado y la caridad.
Purifica tu corazón a través del servicio
desinteresado y humilde a los pobres y afligidos, y
haz de tu corazón una residencia adecuada para que
la Luz entre en él.

El servicio desinteresado por sí solo puede purificar


tu corazón y llenarlo con virtudes divinas. Sólo los
puros de corazón pueden ver la Luz.
Oportunidades para el servicio desinteresado

El mundo eres tú mismo. Por lo tanto, ama a todos,


sirve a todos, sé amable con todos. Ve la Luz en los
pobres, en los humildes, en los pisoteados, en los
oprimidos.

Hazte un sirviente de la humanidad. Éste es el


secreto para alcanzar la realización en la Tierra,
ésta es la verdad con minúsculas que lograras
encontrar en este plano.

Desarrolla un corazón comprensivo. Ayuda a tus


hermanos menores en el camino espiritual.
Levántales. Ilumina su camino. No esperes que sean
perfectos. Se caritativo sin más, todos llevan luz en
su interior, tu misma luz, puede brillar más o menos,
pero es la misma chispa divina. La mayoría de ellos lo
hacen lo mejor que pueden, lo mismo que tú.
Crecerás ayudándoles.

Finalmente, piensa por ti mismo, utiliza tu energía,


tu educación, tu intelecto, tu riqueza, tu fortaleza o
cualquier cosa que poseas, para la mejora de los que
están en una posición humilde en la vida y para la
humanidad en general.

Ningún servicio es inferior

Ningún servicio es superior o inferior. En una


maquina, es tan esencial para su funcionamiento la
clavija o el muelle más pequeño, como la rueda
dentada más grande.

El que ha comprendido el verdadero significado de la


vida tomará cualquier trabajo como actividad que
acerca a la Luz. En su visión no existe el trabajo
inferior o poco importante. Todo trabajo de servicio
hacia los demás acerca al objetivo.

Cómo servir

No pierdas ninguna oportunidad de ayudar y servir a


otros.

Utiliza cada minuto para servir a otros en la mejor


forma posible. No esperes nada cuando sirvas a un
hombre o entregues un regalo. Agradécele el darte
la buena oportunidad de servirle.

El servicio a la humanidad no deben ser actos


meramente mecánicos. Debe hacerse con aptitud
devocional. Sirve a los demás con el sentimiento de
que la Luz vive en todo. El mundo es una
manifestación de Dios, el servicio a sus criaturas es
la mejor forma de acercarse a él.

Cuando sirvas, recuerda que trabajas para la Luz.


Realiza cada acto con la certeza de que la Luz vive
en ti. Pronto crecerás espiritualmente. Pronto verás
transmutada tu luz interior.

Examina siempre a fondo tus motivos. Elimina los


motivos egoístas. Recuerda que Dios es el motor
interior que te impulsa a la acción. Tú eres sólo su
instrumento. A causa del egoísmo, uno piensa que él
es el que hace todo, y por ello se ata.

Trabaja con la consciencia de ser impulsado por la


voluntad Cósmica y tendrás mayor fortaleza y menor
vanidad. El trabajo no te atará. Es a través de la Luz
que está dentro de ti por lo que eres capaz de
trabajar. Siente esto en cada momento de tu vida.
Actúa como un administrador, no como un
propietario. Así no estarás atado porque no existirá
"lo mío".

Estate absorto en el trabajo. Entrega todo tu


corazón, mente y alma. No te preocupes por los
resultados. No pienses en el éxito o en el fracaso.
No pienses en el pasado. Ten confianza completa.
Práctica la confianza en ti mismo. Sé alegre siempre.
Se atrevido y valiente. Estás destinado a tener éxito
en cualquier empresa. Éste es el secreto del éxito.
Trabaja de una forma sistemática y metódica. Sé
ardiente en el servicio. También sé constante en el
servicio. Sin esfuerzo no hay ganancia.

Trabaja sin apego

Es extremadamente difícil hacer servicio realmente


desinteresado. Mucha gente asciende a la
plataforma pública bajo la apariencia de
trabajadores desinteresados, pero sólo se sirven a
sí mismos, ¿No es eso muy triste? Las acciones
deberían realizarse sin apego, sin la sensación de
estar haciéndolas para la pureza propia y personal.
Realiza el trabajo sólo para Dios, abandonando
incluso el apego a pensar: "Para que Dios esté
contento." Debes estar preparado para abandonar el
trabajo en cualquier momento, por muy interesante
que sea y por mucho que te guste. Cuando la voz
interna del alma te mande dejarlo, debes renunciar a
él inmediatamente. El trabajo a cualquier trabajo te
ata.

La cosa es sencilla, solo debes tener estos ideales;


servir al pobre, al enfermo, elevar a los deprimidos,
guiar a los ciegos, llevar consuelo a los afligidos,
alegrar a los que sufren, amar a tu prójimo como a tu
propio ser, proteger a los animales.

Y muchas más cosas que seguro que sabrás


reconocer.

Ojalá que todos brillemos como globos de Luz en


este nacimiento.

LA SINCERIDAD
“Manifiesta, si

es conveniente, a la persona idónea y en el momento

adecuado, lo que ha hecho, lo que ha visto, lo que

piensa, lo que siente, etcétera, con claridad, respeto

a la situación personal o a la de los demás.”

Para muchas personas, la sinceridad, no significa


tener en cuenta las palabras “si es conveniente” y “a
la persona idónea y en el momento adecuado”. Para
que la sinceridad tenga sentido no puede tratarse de
una comunicación al azar. La persona tiene que
reconocer su propia realidad y poseerla en cierto
grado, para luego comunicarla, de acuerdo con su
discernimiento. Concretamente, la sinceridad
debería ser gobernada por la caridad y por la
prudencia.

¿Alguna vez has sentido la desilusión de descubrir la


verdad?, ¿esa verdad que descubre un engaño o una
mentira?, seguramente que si; la incomodidad que
provoca el sentirnos defraudados, es una
experiencia que nunca deseamos volver al vivir, y a
veces, nos impide volver a confiar en las personas,
aún sin ser las causantes de nuestras desilusión.

Pero la sinceridad, como las demás virtudes, no es


algo que debamos esperar en los demás, es un valor
que debemos vivir para tener amigos, para ser dignos
de confianza...

La sinceridad es una virtud que caracteriza a las


personas por la actitud congruente que mantienen en
todo momento, basada en la veracidad de sus
palabras y acciones.

Para ser sinceros debemos procurar decir siempre la


verdad, esto que parece tan sencillo, a veces es lo
que cuesta más trabajo. Con aires de ser “francos” o
“sincero”, decimos con facilidad los errores que
cometen los demás, mostrando lo ineptos o limitados
que son.

Pero no todo esta en la palabra, también se puede


ver la sinceridad en nuestras actitudes. Cuando
aparentamos lo que no somos, (normalmente es según
el propósito que se persiga: trabajo, amistad,
negocios, círculo social...), se tiene la tendencia a
mostrar una personalidad ficticia: inteligentes,
simpáticos, educados, de buenas costumbres... En
este momento viene a nuestra mente el viejo refrán
que dice. “dime de que presumes... y te diré de que
careces”.

Cabe enfatizar que “decir” la verdad es una parte de


la sinceridad, pero también “actuar” conforme a la
verdad, es requisito indispensable.

El mostrarnos “como somos en realidad”, nos hace


congruentes entre lo que decimos, hacemos y
pensamos, esto se logra con el conocimiento y la
aceptación de nuestras cualidades y limitaciones.
Ser sincero, exige responsabilidad en lo que
decimos, evitando dar rienda suelta a la imaginación
o haciendo suposiciones.

Para ser sincero también se requiere “tacto”, esto


no significa encubrir la verdad o ser vagos al decir
las cosas. Cuando debemos decirle a una persona algo
que particularmente pueda incomodarla
principalmente debemos ser conscientes que el
propósito es “ayudar” o lo que es lo mismo, no
hacerlo por despecho, enojo o porque “nos cae mal”,
eso tiene otro nombre, y no es el de sinceridad,
aunque lo que digas no falte a la verdad. Hay que
encontrar el momento y lugar oportunos, esto último
garantiza que la persona nos escuchará y descubrirá
nuestra buena intención de ayudarle a mejorar.

En algún momento la sinceridad requiere valor, nunca


se justificará el dejar de decir las cosas para no
perder una amistad o el buen concepto que se tiene
de nuestra persona. La persona sincera dice la
verdad siempre, en todo momento, aunque le cueste,
sin temor al que dirán.
Al ser sinceros aseguramos la amistad, somos
honestos con los demás y con nosotros mismos,
convirtiéndonos en personas dignas de confianza por
la veracidad que hay en nuestra conducta y nuestras
palabras. A medida que pasa el tiempo, esta norma
se debe convertir en una forma de vida, una manera
de ser confiables en todo lugar y circunstancia.

“La sinceridad y la humildad son dos formas de


designar una única realidad”

Para ver la realidad de tal modo que sirva de base


para una progresión personal, hace falta distinguir
entre lo importante y lo secundario. Si la persona no
quiere mejorar, si entiende la vida como una
condición en que puede encontrar el placer y no le
incumbe ningún esfuerzo de mejora en función de la
finalidad última por la cual ha sido creado, distinguir
entre lo importante y lo secundario no vale la pena.

La orientación podría venir por ver lo que es:

1.- Distinguir entre hechos y opiniones.

2.- Distinguir entre lo importante y lo secundario.

3.- distinguir a quién se debería contar qué cosas.


4.- Distinguir el momento oportuno.

5.- Explicar por qué.

La educación de la sinceridad básicamente supone la


educación del tacto, de la discreción y de la
oportunidad. Porque ser sincero no consiste en decir
todo a todos y siempre.

El discernimiento será, como siempre, nuestra


herramienta fundamental para dar sentido a esta
virtud.

EL ALTRUISMO

ALTRUISMO: Desprendimiento, filantropía,


desapego.

El anonimato es la expresión más genuina del


altruismo.

El término altruismo lo forjó el filósofo Augusto


Comte, padre del positivismo, a partir de la palabra
italiana Altrui -el otro-, derivada del latín alter,a,
um. La idea del filósofo fue aportar el término
opuesto a egoísmo, que no acaba de serlo la palabra
generosidad,
pues en ella no
se explicita que
el beneficiario
de la misma sea
precisamente el
otro.

El altruismo se
refiere a la
solidaridad interpersonal.

Hay dos aspectos que definen el altruismo: La


simpatía y el compromiso. La simpatía se apoya sobre
valores de bondad y caridad. El compromiso
considera un acto que se sabe va a beneficiar más a
otro que a sí mismo, implicando un sacrificio
personal. El compromiso se inscribe en una ética de
la responsabilidad. Porque se trata de actuar
concretamente sobre el presente y sobre el futuro
para proporcionar mayor bienestar al resto de la
sociedad, implicando una inversión personal para el
desarrollo de bienes comunes. Recordemos, como ya
hemos hecho en otras ocasiones, que la moral se
refiere a la conciencia individual, mientras que la
ética se refiere a una moral social.

El Diccionario de la Real Academia define altruismo


como “esmero y complacencia en el bien ajeno, aun a
costa del propio, y por motivos puramente humanos”.
En definitiva, el altruismo es una actitud aceptada y
querida de buen grado. El altruismo y la solidaridad
tienen una dimensión claramente humana y de
servicio a la sociedad que se pone a prueba si para
prestar ayuda a los demás tenemos que renunciar a
beneficios propios, inmediatos y significativos.

El conocimiento y aprendizaje del altruismo nos hace


contrarrestar el ejemplo de unos contravalores que
empujan a la servidumbre del egoísmo, de la avaricia,
de la ambición, del poder y del desenfreno de las
pasiones. Hacer la vida más agradable a los demás,
procurar en nuestra medida la felicidad de los otros,
no suele ser “santo de devoción”, por desgracia, para
la mayoría de los seres humanos. De ahí la
trascendental importancia de una educación para la
solidaridad y el altruismo desde el hogar y desde la
escuela para nuestros pequeños, especialmente.
El altruismo y la solidaridad se alzan como única
alternativa válida capaz de variar los hábitos de la
competitividad, que conducen, de manera segura, a
un egoísmo e individualismo exacerbados.

ALGUNOS PENSAMIENTOS SOBRE EL


ALTRUISMO

Un día cuando estaba trabajando en el jardín de


infancia, otra maestra estaba ocupada escribiendo
noticias para los padres antes de que las clases
terminaran. Ya que yo no tenía nada que hacer,
decidí barrer el piso. Barrer el piso era en realidad
responsabilidad de la otra maestra, lo que decidí
hacer, haría sentir a los otros que esto era una
acción compasiva.

Cuando estaba barriendo el piso, empecé a darme


cuenta que el estado mental que me hizo tomar esa
decisión en primer lugar no era puro. Lo que apareció
en mi mente fue el aprecio que sentiría mi colega si
ella veía mi acción, y eso podría hacer que me elogie
por mi ayuda ya que redujo su trabajo. También por
mi mente paso la idea de que los niños del jardín se
enteraran de mi acción, y después pudieran pensar
que tenía tan buen corazón que estaba dispuesta a
ayudar a otros. En resumidas cuentas, lo que
apareció por mi mente fue altruista sólo en la
superficie. Hice lo que quería hacer tomando como
punto de partida los beneficios que podía obtener de
esto. No fue un verdadero desapego.

Después de darme cuenta de esto, reconocí la


brecha entre mi carácter y el principio verdadero de
la acción desinteresada. Ahora, sé aun mejor, que
debo esforzarme en purificar mis propios
pensamientos porque nuestra intención mental tiene
una influencia crucial en lo que hacemos.

El punto de partida es sumamente importante en


cualquier cosa que hagamos en nuestra progresión
personal. Incluso si es tan simple como barrer el piso
de otras personas, nuestro punto de partida debe
ser puro. No debe basarse en obtener alabanzas de
otros o perseguir ganancias y perdidas personales.

Sólo con la verdadera compasión emitida desde


nuestro corazón podemos mover a los seres
conscientes.
LA AMABILIDAD
La amabilidad es la
manera más sencilla, delicada y tierna de hacer
realidad un amor maduro y universal, libre de
exclusivismos. Amabilidad se define como “calidad
de amable”, y una persona amable es aquella que “por
su actitud afable, complaciente y afectuosa es digna
de ser amada”.

Una persona amable es aquella que escucha

con una sonrisa lo que ya sabe, de labios de

alguien que no lo sabe.

Alfred Capus
Al hablar de amabilidad, sin duda hemos de
referirnos también al amor, pero es preferible
tipificar a la amabilidad como valor por su carácter
más concreto de actitud, de rasgo firme y definido
de la persona que ama. El amor es una palabra
demasiado grande, universal y genérica en sus
formas -léase tema-

No existe una cosa concreta llamada amor, sólo


existe en acto de amar expresado en actos de dar,
respetar, considerar a los demás, aceptarles,
procurar su felicidad, alegrarse con sus progresos...
En definitiva, llevar a la práctica una disposición
afectuosa, complaciente y afable que no tardará en
convertirse en firme actitud, que nos predisponga a
pensar, sentir y comportarnos con amabilidad.
Cuando lo previsible, lo normal en una persona sea
comportarse de forma afable y afectuosa, es porque
la amabilidad ha adquirido la categoría de “valor”.

Solemos olvidar que amable significa “digno de ser


amado”; que amable es el que se comporta de un
modo determinado siempre impulsado por un
sentimiento puro. Que se trata por tanto de una
conducta que no se agota por sí misma, sino que
tiene como origen mover a los demás a comportarse
con nosotros proporcionalmente sin buscar en ello la
finalidad.

La verdadera amabilidad es la que surge de los


sentimientos, la “otra” amabilidad, la más común, es
la que tiene que ver con las formas y con las normas
de conducta. Ésta solo sirve para seguir la corriente
de lo que es socialmente aceptado, pero aporta poco
más que una máscara.
La amabilidad es siempre un claro exponente de
madurez y de grandeza de espíritu, dado su carácter
universal, integrador y de cálido acercamiento a los
demás seres de la creación, con los que se siente
hermanada toda persona amable.

“El amor que yo viva en mí de mí es la medida del


amor con que puedo amar a cualquier otra persona.
El problema está en que yo me encierro en el amor
que vivo en mí y excluyo a los demás”
A. Blay.

Hemos visto que la amabilidad como valor es una


actitud, un modo habitual de ser y comportarse,
afectuoso y complaciente de toda persona que es
digna de ser amada. El que ama practica su amor, lo
hace realidad y lo exterioriza fundamentalmente
mediante la amabilidad. No confundamos actos de
amabilidad, circunstanciales y transitorios, con la
amabilidad como actitud y valor, sentido y deseado.
Todos podemos ser “amables” en ocasiones y por
diversos y hasta oscuros fines, pero no es a esta
“amabilidad” de conveniencia a la que nos referimos,
sino a la amabilidad como valor, como disponibilidad
permanente, libremente asumida y ejercida.

Pero la amabilidad es planta delicada que sólo


germina en “terrenos”, “climas” y condiciones
especiales. El terreno más indicado es el hogar y
poco después la escuela. El clima y las condiciones
especiales de una educación para la amabilidad que
ha de proporcionar el medio educativo en que se
desenvuelve el niño durante la infancia y la
adolescencia debe aportar y despertar los siguientes
sentimientos positivos:

AFECTO: Sentirse aceptado y amado con sus


cualidades y defectos. Percibir que sus padres y
educadores han escogido amarle y respetarle.
ALEGRÍA COMO HÁBITO: Mostrarse satisfecho de
vivir, de amar, de compartir el tiempo con el
educando, en una actitud divertida y
desdramatizadora. Reír en familia con frecuencia y
contagiar la alegría sin reservas.

CONFIANZA: Creer en su capacidad, en su bondad,


en sus actitudes, permitirle que se equivoque y
transmitirle siempre el mensaje de que puede vencer
las dificultades, que seguiremos cerca para ayudarle,
que con su esfuerzo e ilusión conseguirá lo que se
proponga.

ACEPTACIÓN: Dejarle ser persona, valorar su


singularidad, estimularle a pensar por si mismo, pero
con honradez y respeto a los demás. Recordar las
palabras de Kabil Gibran. “Tus hijos no vienen de ti,
y aunque estén contigo no te pertenecen. Puedes
darles tu amor, pero no tus pensamientos, pues ellos
tienen sus propios pensamientos...”

SEGURIDAD: Manteniendo una actitud coherente


que le permitan a él educándolo conocer nuestras
reacciones y saber a qué atenerse. Pero la seguridad
le viene al niño, sobre todo, del ejemplo de
normalidad y naturalidad en el trato diario y de
comprobar que los adultos sabemos reconocer
nuestras limitaciones y defectos, aunque no por ello
desistimos en el empeño de ser mejores cada día.
Vernos humanos, limitados y capaces de pedir
perdón, les da seguridad porque nos sienten más
cerca de sí mismos, más a su alcance.

Debemos tener presente que amabilidad es la


palabra dulce que anima, levanta, consuela y
fortalece, así como el rocío refresca y embellece las
plantas marchitas. La amabilidad es afabilidad en la
conducta, naturalidad en el obrar, paz en el
semblante, benevolencia en la mirada. Se comunica y
trasmite de un solo corazón a los corazones de una
familia o comunidad entera como la fragancia de una
flor que se difunde en derredor del lugar donde
florece.

El arte de la amabilidad

La Rocheloucauld, un cortesano francés del siglo


XVII, escribió que las virtudes, a menudo, son sólo
vicios disfrazados. El altruismo puede hacernos
sentir bien, pero sentir admiración por uno dista
mucho de ser admirable. La amabilidad es una
cualidad en la cual se combinan el amor, la
comprensión, la previsión, la empatía y la
generosidad, pero para que sea una auténtica virtud
debe estar libre de segundas intenciones, incluida la
autoestima. Siempre que nos entreguemos a los
demás con un espíritu completamente abierto, sin
egoísmos, nuestra actitud es una bendición. Un
sencillo acto de amabilidad repercute en la red de
relaciones que nos unen al mundo y puede reavivar
sentimientos positivos que se expanden a los cuatro
vientos.

El principio oriental del karma nos enseña que todas


las palabras y acciones son semillas que germinan
para dar fruto en el momento oportuno. La primera
acción no es la semilla, sino el pensamiento que la
genera. Así pues, si la idea -la semilla- es
moralmente sana, desinteresada y auténtica,
tenemos el camino apropiado para nuestra
progresión espiritual

La amabilidad vuelve con una sonrisa al lugar desde


que ha partido.
LA INTEGRIDAD

INTEGRIDAD: Vida en
concordancia con nuestro estado de conciencia más
elevado. La integridad personal requiere valor.
En una sociedad donde se pierden los valores y crece
la desconfianza, la integridad es un desafío
impresionante en los negocios, la familia, el estado y
la Sociedad en general.

La palabra “integridad” implica rectitud, bondad,


honradez, intachabilidad; alguien en quien se puede
confiar; sin mezcla extraña; lo que dice significa eso:
lo que dijo; cuando hace una promesa tiene la
intención de cumplirla.

Continuamente creamos nuestra realidad a través de


las elecciones que hacemos, momento a momento
-creando y manteniendo la armonía al seguir nuestra
conciencia y actuar por el bien más elevado.

Estamos siendo valientes cuando vivimos de acuerdo


a nuestra conciencia cuando sería fácil esconder de
los otros que no estamos siguiendo nuestra
conciencia. Es más cómodo deslizarse hacia abajo
por la colina de la vida, manteniendo o divagando en
nuestro estado de conciencia actual, que seguir las
escaladas algunas veces duras del camino de lo que
sabemos es correcto.
La recompensa de enriquecer continuamente nuestra
integridad personal es que nos volvemos más
concientes de nuestra naturaleza armónica, de
nuestra “chispa” divina.

Al vivir con integridad personal los demás se dan


cuenta que pueden confiar en nosotros -nos
convertimos en un amigo digno de confianza- un valor
para nuestra familia del mundo.

Cuando integramos personalmente nuestra


conciencia más elevada en nuestra vida diaria, en
nuestras acciones cotidianas, tenemos mayor
capacidad para disfrutar la felicidad y la armonía.

Los griegos eran expertos en hacer figuras en


mármol. Muchas veces al estar trabajando el mármol
descubrían grietas en él, la cual, naturalmente, le
quitaba valor a la obra. Algunos, entonces, cubrían
esas grietas con una cera especial; la pulían y
quedaba aparentemente perfecta, pero cuando la
figura era expuesta al calor del sol la cera se
derretía y quedaba descubierto el engaño. Por eso,
era común encontrar, donde vendían esas piezas de
mármol, un letrero que decía: “Se venden figuras en
mármol puro; sin cera.” De ahí, viene nuestra palabra
en español sincera/o.

Eso es lo que significa integridad: sin grietas.

El siguiente poema de Rudyard Kipling es una


enseñanza completa de lo que es la integridad. Me
imagino a cualquier padre impartiendo una sabiduría
perenne a su pequeño hijo sentado en sus rodillas
cada vez que lo releo. He descubierto algunas
verdades en muchos de los exquisitos consejos que
Kipling dió a su hijo, pero también el trabajo en su
aplicación respecto a mi vida.

Hay siempre tanto que aprender.

SI

Si puedes tener calma cuando en tu derredor

todo el mundo la pierde y a ti te culpa de ello;

si cuando de ti dudan puedes tener fe en ti,

pero también excusas la desconfianza de otros;

Si puedes esperar sin cansarte en la espera,


o siendo calumniado, no esgrimes la calumnia,

o siendo aborrecido, el odio en ti no acoges,

y con todo no pecas de bueno o sentencioso;

Si puedes ensoñar sin rendirte a los sueños,

o pensar sin hacer del pensamiento meta;

si puedes arrastrar el triunfo y el desastre

tratando de igual modo a entrambos impostores;

Si puedes soportar que la verdad que has dicho

se trunque en bocas viles en trampa para bobos,

o ver hecha pedazos la ilusión de tu vida,

e inclinarte a rehacerla con recursos maltrechos;

Si en un montón juntando tus cuantiosas ganancias,

jugarlas todas puedes a un simple cara o cruz,

y perderlas, y luego volver a comenzar,

y jamás una frase decir de lo que pierdes;

Si puedes obligar al corazón y al nervio


y al músculo a servirte, aun después de extenuados,

y perseveras aunque ya nada quede de ti,

salvo la voluntad que le dices “¡Adelante!”;

Si puedes con la plebe tratar sin menoscabo,

o alternar con monarcas sin romper con el vulgo;

si no pueden herirte ni amigos ni enemigos;

si a todos consideras, mas nunca en demasía;

Si el minuto implacable puedes avalorar

con sesenta segundos de avance en tu jornada,

tuyo es el mundo y todo lo que en el mundo existe,

y, más aún, serás todo un hombre, ¡hijo mío!


Las magnificas ideas que
encierran estos cuarenta versos me han ayudado a
tratar de ser una mejor persona cada día. Me inspira
la idea de poder tener el discernimiento apropiado
para lograr mantenerme con integridad en este loco
mundo en que vivimos, a pensar que debo vivir mi
vida y ser yo mismo sin depender de lo que opinen los
demás, me ayuda a reconocer la hipocresía, para
darme cuenta cuanto me desagrada, me enseña
también a ser buen perdedor y saber que un fracaso
no es el fin de todo, que siempre se puede volver a
empezar y además con una nueva vivencia y
enseñanza en nuestro interior. He aprendido a dejar
de emitir juicios basándome en los éxitos o fracasos
de los demás, o en su apariencia física, religión o
costumbres, y trato de ver la manifestación de la
Luz en todas las personas, me gusta saber que vivo
según me dicta la conciencia, y no necesito ir
demostrando quién soy para que se me reconozca el
lugar que me corresponde.

Todo esto lo veo en este poema, como Kipling le dice;


si puedes hacer todo esto, “tuyo es el mundo y todo
lo que en el mundo existe, y más aún, serás todo un
hombre, ¡hijo mío!” Esta fue su forma de decir a su
hijo que la integridad significa ser uno mismo... y tu
conciencia.

LA RESPONSABILIDAD

Responsabilidad
significa capacidad de responder, de dar cuenta de
nuestros actos. La conducta irresponsable es
conducta inmadura. Asumir una responsabilidad –ser
responsable- es indicio de madurez. Cuando
procuramos ayudar a nuestros hijos a ser personas
responsables, los ayudamos a alcanzar la madurez.
James Madison definió claramente los alcances de la
responsabilidad: “La responsabilidad, para ser
razonable, se debe limitar a los objetos que están
dentro del poder de la parte responsable, y para ser
efectiva debe relacionarse con operaciones de ese
poder”. Las personas que no han alcanzado la
madurez aún no son plenamente dueñas de sus
poderes.

Es una perogrullada afirmar que todo lo que se ha


hecho en la historia del mundo es obra de alguien;
alguna persona ha ejercido algún poder para hacerlo.
Nuestra parte de responsabilidad por lo que
hacemos individualmente o en concierto con los
demás varía con las estructuras sociales y políticas
dentro de las que obramos, pero en general aumenta
con la madurez. Fue un Adán inmaduro el que culpó a
Eva al descubrir que había comido el fruto prohibido
en el Jardín del Edén, y fue una Eva inmadura quien
a la vez culpó a la seductora serpiente: “¡Ella me
instó a hacerlo!”. Esta frase refleja un drama
arquetípico que se representa en cada generación,
cuando los hermanos y compañeros de juegos deben
responder de sus travesuras.

Pero no termina allí. Esta inmadurez también se


prolonga inadvertidamente entre los adultos. Casi
todos tienen excusas cuando las cosas salen mal.
Entre los políticos, es común utilizar formas
impersonales para evitar la culpa. “Se cometieron
errores”. Pero nadie se desvive por asumir la
responsabilidad, aunque no escasean las personas
dispuestas a llevarse los laureles por un proyecto
que anduvo bien; una conocida máxima, sin embargo,
recuerda a las personas que ejercen la función
pública que “se puede hacer mucho bien si no
importa quién cosecha la gloria”.

En definitiva, somos responsables por la clase de


persona que hemos hecho de nosotros mismos. “Es
mi modo de ser” no es excusa para una conducta
desconsiderada o ruin. Ni siquiera es una descripción
atinada, pues nunca somos así inevitablemente. Como
señalaba Aristóteles, llegamos a ser lo que somos
como personas mediante las decisiones que tomamos.
La filósofa inglesa Mary Midgley señala que “el
argumento más excelente y central del
existencialismo es la aceptación de responsabilidad
por ser lo que hemos hecho de nosotros mismos, el
rechazo de las excusas falsas”.

Soren Kierkegaard,
predecesor del existencialismo en el siglo XIX,
deploraba el efecto nocivo de las multitudes
(rebaño) en nuestro sentido de la responsabilidad.
“Una multitud es de por sí inauténtica, dado que
vuelve al individuo impenitente e irresponsable, o al
menos reduce al mínimo su sentido de la
responsabilidad”. En sus Confesiones, San Agustín
hizo de esta disminución de la responsabilidad ante
la presión de los pares un rasgo central de su
meditación sobre el vandalismo de su juventud, “todo
porque nos avergonzamos de abstenernos cuando
otros nos incitan a participar”. Pero insistía tanto
como Aristóteles y los existencialistas en reconocer
la responsabilidad personal por lo que había hecho.
Un sentido débil de la responsabilidad no debilita el
hecho de la responsabilidad.

Las personas responsables son personas maduras que


se hacen cargo de sí mismas y su conducta, que son
dueñas de sus actos y dan cuenta de ellos, responden
por ellos. Para fomentar la madurez y la
responsabilidad en nuestros hijos, debemos valernos
de los mismos recursos que utilizamos para cultivar
otras características deseables: la práctica y el
ejemplo. Las tareas domésticas, las tareas escolares
y otras actividades contribuyen a la maduración si el
ejemplo y las expectativas de los padres son claros,
coherentes y acordes con las aptitudes que el niño
está desarrollando.

El constructor de puentes.
Este poema habla de las responsabilidades de cada
generación ante sus sucesores.

Un anciano, por un camino solitario, llegó en el frío y


gris atardecer a un abismo vasto, ancho y profundo
por donde rodaba un peligroso río. El anciano cruzó
en la hosca penumbra (pues las aguas no lo
amedrentaban) pero en la otra margen se detuvo y
se puso a construir un puente. “Anciano –díjole otro
peregrino-. Derrochas energías con tu obra; tu viaje
habrá concluido con el día, y nunca más pasarás por
estos rumbos; has cruzado el profundo y ancho
abismo, ¿por qué construir un puente a estas
horas?”.

El constructor irguió la gris cabeza. “Buen amigo,


hoy en el camino me seguía –dijo- un joven cuyos pies
también deben pasar por estos rumbos. Este abismo,
que para mí no fue nada, puede ser fatal para ese
rubio joven. El también debe cruzar en el
crepúsculo; buen amigo, para él construyo el
puente. Will
Allen Dromgoole.

EL COMPROMISO
COMPROMIS
O: Poner en juego nuestras capacidades para sacar
adelante todo aquello que se nos ha confiado y
nuestra conciencia ha aceptado.

Una persona comprometida es aquella que cumple con


sus obligaciones haciendo un poco más de lo
esperado hasta llegar al grado de sorprender,
porque vive, piensa y proyecta sus energías para
sacar adelante a su familia, su trabajo, su estudio y
todo aquello que su reflexión le dicta.

Todos tenemos compromisos de diversa índole. Aún


así, hay personas que esperan exista un contrato una
promesa o una ineludible consecuencia para saberse
en un compromiso. El verdadero compromiso nace
desde nuestro interior y tiene como fundamento el
conocimiento y la reflexión. No puede existir el
compromiso desde la ignorancia.

El hecho de aceptar “formalmente” un compromiso,


hace suponer que se conocen todos los aspectos,
alcances y obligaciones que conlleva. La realidad es
que creemos cumplir a conciencia por ajustarnos a un
horario, obtener un sueldo, asistir a la escuela y
estar un rato en casa. Casi siempre, la falta de
compromiso se debe a descuidos un tanto
voluntarios, pero principalmente a la pereza, la
comodidad, el egoísmo y la ignorancia.

No basta con cumplir con lo previsto, lo estipulado,


lo obvio... todo compromiso tiene muchas
implicaciones, pensemos un instante en aquellos que
son de los más importantes que tenemos:

-Como padres de familia: No basta proporcionar los


medios materiales; los hijos necesitan que los padres
les dediquen parte de su tiempo para jugar,
conversar y enseñar. ¿Cuántas veces hemos
cancelado un compromiso personal para estar con la
familia? Normalmente sucede lo contrario. Parte del
compromiso de ser padres, implica buscar la amistad
de los hijos.

-Como esposos: Partiendo de la fidelidad como


fundamento indispensable, hace falta avivar el amor
y la comprensión, cuidar el aspecto personal ni más
ni menos que antes del matrimonio, hacer pequeños
obsequios, salir juntos al cine o a cenar, terminar
una pequeña riña con un beso y un abrazo... Y tantos
detalles que parecen olvidarse con el paso del
tiempo.

-Como hijos: Además de la sinceridad, el respeto, las


faenas asignadas en el hogar y el esfuerzo en los
estudios, ¿qué otras cosas haces? Los padres
también necesitan cuidados, detalles de cariño,
pequeños servicios y comprensión.

-Como amigos: ¿Nuestras amistades son


“utilitarias”?, es decir, si sólo recordamos a los
amigos cuando algo se nos ofrece. La amistad se
cultiva. El mutuo afecto es estar pendiente de su
bienestar personal y familiar.

-Como ciudadanos: Evitar la indiferencia, no podemos


quejarnos de la situación actual del país o del mundo
sin hacer algo para cambiarlo. Lo peor que nos puede
suceder es creer que poco podemos hacer como si no
fuéramos parte activa y necesaria del mismo. La
reflexión nos dará la solución para poder poner
nuestro compromiso para mejorar el mundo en el que
vivimos.

-Como trabajadores: No olvidar procurar un


ambiente amable y las buenas relaciones. Parte de
nuestro compromiso es la actualización de
conocimientos para el perfeccionamiento
profesional.

Estos son solo unos pocos. ¡Cuántos son los


compromisos y cuántas cosas implican! Si parece
mucho, hemos vividos con los ojos cerrados a la
responsabilidad y pensando sólo en recibir
beneficios, con el temor a dar más de nosotros
mismos, a dar más de lo que recibimos. Seamos
honestos, en esto no existe temor sino egoísmo.

La persona comprometida es generosa, busca como


dar más afecto, cariño, esfuerzo, bienestar... en
otras palabras: va más allá de lo que supone en
principio el deber contraído. Es feliz con lo que hace
hasta el punto de no ver el compromiso como una
carga, sino como el medio ideal para perfeccionar su
persona a través del servicio a los demás.

Debemos de tener muy claro que el compromiso no


es real cuando surge de la obligación y la ignorancia.
Nada mejor para ilustrar dicho comentario que una
antigua fábula.

La zorra y el chivo en el pozo

Cayó una zorra en un profundo pozo, viéndose


obligada a quedar dentro por no poder alcanzar el
borde.

Llegó más tarde al mismo pozo un chivo sediento, y


viendo a la zorra le preguntó si el agua era buena.
Ella ocultando su verdadero problema se deshizo en
elogios para el agua, afirmando que era excelente, e
invitó al chivo a descender y probarla donde ella
estaba.

Sin pensárselo saltó el chivo al pozo, y después de


saciar su sed, le preguntó a la zorra cómo harían
para salir de allí.
Dijo la zorra entonces:

-Hay un modo, que sin duda es nuestra mutua


salvación. Apoya tus patas delanteras contra la
pared y alza bien arriba tus cuernos; luego yo subiré
por tu cuerpo y una vez afuera, tiraré de ti y te
alzaré.

El chivo la creyó y así lo hizo de buen grado y


diligencia, y la zorra trepando hábilmente por la
espalda y los cuernos de su compañero, alcanzó a
salir del pozo, alejándose de la orilla al instante, sin
cumplir con lo prometido.

Cuando el chivo le reclamó la violación de su


convenio, se volvió la zorra y le dijo:

-¡Oye socio, si tuvieras tanta inteligencia como pelos


en tu barba, no hubieras bajado sin pensar antes en
cómo salir después!

Antes de comprometerte en algo, piensa primero si


podrías salir de aquello, sin tomar en cuenta lo que
te ofrezcan tus vecinos.

Fábula de Esopo.
LA GENEROSIDAD

GENEROSIDAD: Dar
y darse sin esperar nada a cambio.

Hoy me he levantado preguntándome si podría


identificar algunas de las causas por las que nuestra
sociedad actual padece de tantos males como el
consumismo, la violencia, la drogadicción, etc.

¿Qué hace falta? ¿Cómo podremos contribuir aunque


sólo fuese en un miligramo a la curación de un medio
social desgarrado y enfermo por tantos males y
desdichas? ¿Será acaso que hemos olvidado que
vivimos en una relación con los demás, que aunque a
veces nos parezca innecesaria, nos hace ser lo que
somos? ¿Qué ha pasado con la generosidad? Veo en
nuestra actual sociedad como, de manera
inconsciente, colocamos la comodidad, el dinero y la
imagen como los valores supremos dentro de las
virtudes que todo ciudadano moderno debe de tener.
¿Y la generosidad, dónde queda? Esa capacidad
dentro del corazón humano que nos despierta la
necesidad de ayudar a los demás, de entregar parte
de nuestro tiempo a causas nobles, de
desprendernos de algunas cosas que atesoramos,
pero que nunca usamos. ¿Será que nuestra madre
cultura nos está convenciendo de la importancia de
la egolatría como medio de figurar más en el teatro
social?

En esta época nuestra, que exalta como valores


supremos la comodidad, el éxito personal y la riqueza
material, la generosidad parece ser lo único que
verdaderamente vale la pena en esta vida.

El egocentrismo nos lleva a la infelicidad, aunque la


sociedad actual nos quiera persuadir de lo contrario.
Cuando la atención se vuelca hacia el “Yo”, se acaba
haciendo un doble daño: a los demás mientras se les
pasa por encima, y a uno mismo, porque a la postre se
queda solo.
Pero ¿Qué es la generosidad? Generosidad es pensar
y actuar hacia los demás, hacia fuera. No hacia
adentro.

A pesar de la gran desvalorización de la sociedad,


hay que decir que muchos hombres y mujeres son
ejemplos silenciosos de generosidad: la madre que
hace de comer, se arregla, limpia la casa y además se
da tiempo para ir a trabajar; el padre que duerme
solo cinco o seis horas diarias para dar el sustento a
sus hijos; la juventud generosa que ayuda a sus
amigos cuando tienen problemas. Todos ellos son
ejemplos que sin duda deberíamos seguir. Y estos
actos de generosidad son de verdad heroicos.
Siempre es más fácil hacer un acto grandioso por el
cual nos admiren, que “simplemente” darnos a los
demás sin obtener ningún crédito. Y es que casi
todos tendemos a buscar el propio brillo, la propia
satisfacción, el prevalecer sobre los demás y
solemos evitar el dar nuestra luz a los demás.
Dar sin esperar nada
a cambio, entregar parte de tu vida, volcarse a los
demás, ayudar a los que lo necesitan, dar consuelo a
los que sufren, eso es generosidad. Y no es un valor
pasado de moda. La generosidad es la llave que abre
la puerta de la amistad, es una semilla que siembra el
amor, y puede ser la luz que nos saque del
oscurantismo materialista dentro del cual, muchos
de nosotros estamos viviendo en la más negra de las
ignorancias.

Al reflexionar sobre esta virtud, encontramos que la


vida del ser humano esta llena de oportunidades para
servir y hacer un bien al prójimo. Una persona
generosa se distingue por:

- La disposición natural e incondicional que tiene para


ayudar a los demás sin hacer distinciones.
- Resolver las situaciones que afectan a las personas
en la medida de sus posibilidades, o buscar los
medios para lograrlo.

- La discreción y sencillez con la que actúa,


apareciendo y desapareciendo en el momento
oportuno.

Para crecer en generosidad antes debemos de


considerar y reflexionar un poco en nuestras
actitudes:

- ¿Conscientemente dejo de prestar ayuda por


pereza, desagrado o apatía?

- ¿Me esfuerzo por superar la propia comodidad,


tomando conciencia de la necesidad ajena?

- ¿Espero recibir ayuda, favores y servicios sin


considerar el esfuerzo que los demás realizan?

- ¿Realmente actúo desinteresadamente? ¿Es igual la


disposición con mi jefe, socio o la persona que
siempre me apoya, a la que tengo en casa, mis
subalternos, amigos, conocidos y personas en
general?
- Antes o después de ayudar a los demás, ¿pienso o
espero recibir un halago, felicitación,
reconocimiento, beneficio o el favor devuelto a ser
posible con creces?

- ¿Siempre tengo presentes los favores hechos?


¿Les recuerdo, sugiero o hago notar a las personas
mi ayuda e intervención?

Ser generoso es algo que muchas veces requiere un


esfuerzo extraordinario. Para vivir mejor esta
virtud en lo pequeño y cotidiano, es de gran utilidad
poner en práctica las siguientes medidas:

- Procura sonreír siempre. A pesar de tu estado de


ánimo y aún en las situaciones poco favorables para
ti o para los demás.

- Se accesible en tus gustos personales, permite a


los demás que elijan la película, lugar de diversión,
pasatiempos, la hora y punto de reunión.

- Aprende a ceder la palabra, el paso, el lugar;


además de ser un acto de generosidad denota
educación y cortesía.
- Cumple con tus obligaciones a pesar del cansancio y
siempre con optimismo, buscando el beneficio ajeno.

- Usa tus habilidades y conocimientos para ayudar a


los demás.

- Atiende a toda persona que busca tu consejo o


apoyo. Por más antipática o insignificante que te
parezca, considera en ti a la persona adecuada para
resolver su situación.

- Cuando te hayas comprometido en alguna actividad


o al atender a una persona, no demuestres prisa,
cansancio, fastidio o impaciencia; si es necesario
discúlpate y ofrece otro momento para continuar.

- No olvides ser sencillo, haz todo discretamente sin


anunciarlo o esperando felicitaciones.

El vivir con la conciencia de entrega a los demás, nos


ayuda a descubrir lo útiles que podemos ser en la
vida de nuestros semejantes, alcanzado la verdadera
alegría y la íntima satisfacción del deber cumplido
con nuestro interior.

Practicando la generosidad en silencio, sin


reflectores y sin anuncios en los medios sociales, es
la única manera de que, no perdiendo su esencia, nos
proporcione paz interior.

LA LEALTAD

LEALTAD: Hacer aquello con lo que uno se ha


comprometido aun entre circunstancias cambiantes.
Un valor sin el cual nos quedamos solos y que
debemos vivir nosotros
antes que nadie.

La lealtad es una virtud


que desarrolla nuestra
conciencia. Ella nos
conduce profundamente
hacia una situación, a
través de ésta, y hacia la salida del otro lado,
emergiendo como una persona más evolucionada.

La lealtad es un corresponder, una obligación que se


tiene con los demás. Es un compromiso a defender lo
que creemos y en quien creemos. La lealtad es un
valor, pues quien es traidor se queda solo. Cuando
somos leales, logramos llevar la amistad y cualquier
otra relación a su etapa más profunda. Todos
podemos tener un amigo superficial, o trabajar en un
lugar simplemente porque nos pagan. Sin embargo la
lealtad implica un compromiso que va más hondo: es
el estar con un amigo en las buenas y en las malas, es
el trabajar no solo porque nos pagan, sino porque
tenemos un compromiso más profundo con la
empresa en donde trabajamos, y con la sociedad
misma.

La lealtad es una llave que nos permite tener


auténtico éxito cuando nos relacionamos. La lealtad
es un valor que no es fácil de encontrar. Es, por
supuesto, más común aquella persona que al saber
que puede obtener algo de nosotros se nos acerque y
cuando dejamos de serle útil nos abandona sin más.
Es frecuente saber que alguien frecuenta un grupo
contrario porque le da más beneficios. Y lo que acaba
ocurriendo es que nadie confía en ese tipo de
personas.

La lealtad es esencial en la amistad. Los conocidos se


hacen amigos a través de la lealtad mutua. La lealtad
es un esencial en la amistad que se ha desarrollado
en el compromiso de corazones entre dos personas.
En una relación de corazón a corazón la lealtad
desarrolla la confianza mutua.
Es nuestro deber el ser leal a aquellos que dependen
de nosotros: familia, amigos, nuestros empleados o
nuestro empleador. La lealtad es amor bondadoso en
acción. La lealtad es potenciada por la energía que
viene hacia nuestro cuerpo al cuidar nuestras
actitudes y pensamientos. La lealtad desarrolla
nuestra alma en conciencia, transformándonos en la
creación más hermosa posible de un ser humano.

Como vemos, la lealtad se relaciona estrechamente


con otras virtudes como la amistad, el respeto, la
responsabilidad y la honestidad entre otras.

Podemos ver como actitudes desleales:

- Las críticas que se hacen de las personas, haciendo


hincapié en sus defectos, lo limitado de sus
cualidades o lo mal que hacen su trabajo.

- Divulgar las confidencias que se nos han hecho.

- Quejarnos del modo de ser de alguien y no


ayudarlo para que se supere.

- Dejar una amistad por razones injustificadas y de


poca trascendencia.
- El poco esfuerzo que se pone al hacer un trabajo o
terminarlo.

- Cobrar más del precio pactado.

No basta contradecir las actitudes desleales para


ser leal, es necesario detenernos a considerar
algunos puntos:

- En toda relación se adquiere un deber respecto a


las personas. Como la confianza y el respeto que
debe de haber entre padres e hijos, la empresa con
los empleados, entre los amigos, los alumnos hacia su
escuela...

- Se deben buscar y conocer las virtudes


permanentes para cualquier situación, de otra forma
se es “leal” mientras se comparten las mismas ideas.

- La lealtad no es una consecuencia de un


sentimiento afectivo, es el resultado del
discernimiento para elegir lo que es correcto.

- Si se coloca como valor fundamental el alcance de


objetivos, se pierde el sentido de cooperación. La
persona que participa en una actividad sólo por el
éxito que se tiene, fácilmente abandona la empresa
porque las cosas no salen bien o simplemente deja de
obtener los beneficios a que estaba acostumbrado.

- Lo importante es vivir las virtudes por lo que


representan, no por las personas que en algún
momento dictan una norma.

Con todo lo anterior veremos que aún sin darnos


cuenta, las relaciones que hemos sabido mantener se
deben en gran medida a la vivencia del valor de la
lealtad.

De la lealtad

Una preocupación hace bullir mi mente y un dolor


ensombrece mi alma. Seres sin escrúpulos de
conciencia, que pretenden imponer su voluntad por
encima de todo, lograr unos fines -por demás
inconfesables- sin reparar en la honestidad de los
medios. Ninguno cuenta con el libre albedrío de la
persona que pretenden doblegar.

Insultos, amenazas, calumnias..., son sus armas.


Armas que poco dicen a favor de quien las utiliza.
Alianzas pactadas en la sombra porque no se atreven
a obrar a la luz del día. Aprovechar debilidades
ajenas para lograr sus objetivos. Jugar
descaradamente con lealtades.

Y, en medio de todo este asunto, está en juego mi


sentido de la amistad y la fidelidad. Tengo la
conciencia muy tranquila. Las ideas muy claras. Sé
perfectamente lo que tengo que hacer: caso omiso a
quienes no merecen el apelativo de personas. No
ignoro que pretenderán atacarme. Se volverán
contra mí. Pero tengo a mi favor que han olvidado
totalmente contar con mi propio discernimiento y
voluntad de acción.

No me importa recibir una serie de golpes, por muy


traicioneros que sean, si con ello un amigo se ve
libre.

Por mantener incólume una amistad, por evitar un


daño a un amigo, me enfrento a quien sea. Porque
tengo unos principios más honestos, porque la bajeza
y ruindad de algunos no me da miedo, porque no
abandono a los míos cuando las cosas se ponen feas...
porque, en definitiva, soy leal.
LA COOPERACION

Aquél que coopera


recibe cooperación. El método para ofrecer
cooperación es utilizar la energía mental para crear
vibraciones de buenos deseos y sentimientos puros
hacia los demás y hacia la tarea. Al permanecer
desapegado, objetivo e influenciado por los valores
más internos y no por las circunstancias externas,
surge la cooperación en forma de sabiduría.

La realización humana es como una cordillera con


precipicios, riscos, pendientes y valles. Alcanzar la
perfección en un esfuerzo colectivo es como desear
conquistar la cima más alta. El esfuerzo requiere que
cada alpinista esté equipado con habilidades y
conocimientos esenciales, mucha determinación y
fuerza de voluntad. Sin embargo, no se debe
emprender la ascensión sin lo más indispensable: la
cuerda de seguridad de la cooperación. La
cooperación asegura ecuanimidad, capacitación,
facilidad y entusiasmo. La cooperación provee los
medios para que cada escalador dé un paso, por
pequeño que sea, y que todos esos pasos, unidos,
permitan alcanzar la cumbre.

La cooperación no es un mero regateo en el que el


éxito de una persona se logra a expensas o gracias a
la exclusión del éxito de otras. El objetivo constante
de la cooperación es el beneficio mutuo en las
interrelaciones humanas; se fundamenta en el
principio del respeto mutuo. El valor, la
consideración, el cuidado y la participación
proporcionan un fundamento a partir del cual puede
desarrollarse el proceso de la cooperación.

Si la capacidad de discernir es clara cuando una


persona, grupo o nación precisen cooperación y se
aplique el método apropiado, habrá éxito en las
relaciones e interrelaciones humanas. El método
puede ser tan sencillo como ofrecer una explicación,
brindar amor o apoyo, o saber escuchar. Sin
embargo, si no se dispone de la capacidad de
discernir el tipo de cooperación adecuada ni el
método correcto para proporcionarla, no se
experimentará éxito en la forma de acuerdo y de
satisfacción. Esto puede compararse a un médico que
no diagnostica una enfermedad de una manera
precisa. En vez de mejorar, el paciente experimenta
complicaciones debidas al tratamiento.

La cooperación es posible cuando hay facilidad, no


pesadez. Ser fácil significa ser sincero y de espíritu
generoso. Tal generosidad le hace a uno digno de
recibir la cooperación de todos. Si uno tiene fe y
confianza en los demás, eso, en retorno, construye la
fe y confianza en ellos. Tales sentimientos producen
un ambiente de enriquecimiento, respeto, apoyo y
solidaridad.

Cooperar es responsabilidad de todos, aunque


facilitar el proceso requiere valor y fortaleza
interna. A veces, los que asumen la responsabilidad
se convierten en el blanco de insultos y críticas. Se
requiere una preparación fundamental para crear un
mecanismo de apoyo interno mediante el cual las
personas sean capaces de protegerse a sí mismas y
de mantener la ecuanimidad y el equilibrio. Se
necesita una actitud de desapego, en la que nada se
tome a nivel personal. Al permanecer desapegado,
objetivo e influenciado por los valores más internos
y no por las circunstancias externas, surge la
cooperación en forma de sabiduría. Mirar a otro con
una actitud de amor y de cooperación, aún después
de haber sido “difamado” por esa persona, se
reconoce como tener una visión misericordiosa. La
perspectiva de uno está llena de comprensión,
perdón, tolerancia y paciencia. El que adopta esa
actitud, elimina más fácilmente las trabas de la falta
de cooperación que pueden haber obstruido el
progreso.

La cooperación requiere reconocer el papel único de


cada persona, a la vez que mantener una actitud
sincera y positiva. Los pensamientos positivos dentro
del ser automática y fácilmente crean sentimientos
de cooperación en la mente de los demás. El método
para ofrecer cooperación es usar la energía de la
mente para crear vibraciones de buenos deseos y
sentimientos puros hacia los demás y hacia la tarea a
realizar. Esto afecta al ambiente en una forma
positiva y sutil. Las vibraciones colectivas de un
esfuerzo tan puro y sutil preparan el terreno para
deliberaciones abiertas y profundas, así como para
períodos exitosos de cooperación.

La cooperación, con el tiempo y con el orden natural


de los acontecimientos, genera paciencia. El tiempo
es valioso porque siempre ofrece la oportunidad
única de conseguir lo que es mejor y lo que es
necesario en el momento adecuado. El tiempo
coopera con cada persona si ésta reconoce su
importancia.
En el proceso de transformar el mundo, ahora es el
momento de que cada persona aporte una pequeña
dosis de cooperación; si no es con la mente, entonces
con el trabajo físico; si no es con el trabajo físico,
entonces con la riqueza; si no es con la riqueza,
entonces apoyando o motivando a otros a cooperar.
Si cada uno aportara un dedo de cooperación, ¡juntos
podríamos levantar una montaña! ¡Y cuando se
reconozcan como indestructibles los vínculos
espirituales que nos unen en hermandad universal, la
cooperación será inevitable y juntos podremos
alcanzar nuevas y grandes cimas.

El tiempo del nihilismo a tocado a su fin...

LA FORTALEZA

Virtud mediante la cual somos capaces de soportar o


vencer los obstáculos que se oponen al bien y a
nuestro progreso espiritual.
La fortaleza
es “la gran
virtud: la
virtud de los
enamorados; la
virtud de los
convencidos;
la virtud de
aquellos que
por un ideal
noble son
capaces de arrastrar mayores riesgos; la virtud del
caballero andante que por amor, a su dama se expone
a aventuras sin cuento; la virtud, en fin, del que sin
desconocer lo que vale su vida -cada vida es
irrepetible- la entrega gustosamente, si fuera
preciso, en aras de un bien más alto”.

Estas palabras nos podría llevar a pensar que en


estos tiempos que vivimos no existen muchas
posibilidades para desarrollar la virtud de la
fortaleza. De algún modo, el “bien más alto” está
cubierto con un sinfín de pequeñas “necesidades”
creadas por el hombre. No quedan posibilidades de
encontrar aventura porque todo está hecho, todo
está descubierto, todo está organizado.

Sin embargo, y aunque ordinariamente no se


presentan ocasiones de hacer grandes cosas, son las
pequeñas cosas que podemos afrontar día a día las
que hacen que crezca la fortaleza. No se trata de
realizar actos sobrehumanos, de descubrir las zonas
del Amazonas nunca pisadas por el hombre, de salvar
a cincuenta niños de un incendio; éstas son, en todo
caso, posibilidades fruto de una imaginación
calenturienta. Más bien se trata de hacer de las
pequeñas cosas de cada día una suma de esfuerzos,
de actos viriles, que pueden llegar a ser algo grande,
una muestra de amor.

Es esta maravillosa amiga de la personalidad que te


da firmeza en las dificultades y te hace constante y
perseverante en la búsqueda del tu propia verdad. La
fortaleza es la que te ayuda a resistir las
tentaciones que surgen del pensamiento de la
comodidad y del ego.

Según David Isaacs, la fortaleza es necesaria “en


situaciones ambientales perjudiciales a una mejora
personal, resiste las influencias nocivas, soporta las
molestias y se entrega con valentía en caso de poder
influir positivamente para vencer las dificultades y
para acometer empresas grandes”.

El hombre con unas visión mezquina de la vida nunca


puede llegar a desarrollar su fortaleza. La persona
que no quiere mejorar, que es egoísta, que busca
nada más que el placer, no tiene motivos para
desarrollar la virtud de la fortaleza porque es
indiferente y carente de sentido para su mente.

El desarrollo de la virtud de la fortaleza apoya el


desarrollo de todas las demás virtudes. Es la
herramienta para sobrevivir como personas humanas
y para vivir como seres humanos. La fortaleza te
llena de fuerza interior, de tal modo que sabemos
reconocer nuestras posibilidades, y reconocer la
situación real que nos rodea para resistir y acometer
todas las acciones que se nos presentan en nuestro
devenir, haciendo de nuestras vidas algo noble,
entero y provechoso.
LA PRUDENCIA
La prudencia es una virtud
de la razón, no especulativa, sino práctica: la cual es
un juicio, pero ordenado a una acción concreta.

La prudencia nos ayuda a reflexionar y a considerar


los efectos que pueden producir nuestras palabras y
acciones, teniendo como resultado un actuar
correcto en cualquier circunstancia. La prudencia en
su forma operativa es un puntal para actuar con
mayor conciencia frente a las situaciones ordinarias
de la vida.

La prudencia es la virtud que permite abrir la puerta


para la realización de las otras virtudes y las
encamina hacia el fin del ser humano, hacia su
progreso interior.

La prudencia es tan discreta que pasa inadvertida


ante nuestros ojos. Nos admiramos de las personas
que habitualmente toman decisiones acertadas,
dando la impresión de jamás equivocarse; sacan
adelante y con éxito todo lo que se proponen;
conservan la calma aún en las situaciones más
difíciles, percibimos su comprensión hacia todas las
personas y jamás ofenden o pierden la compostura.
Así es la prudencia, decidida, activa, emprendedora
y comprensiva.

El valor de la prudencia no se forja a través de una


apariencia, sino por la manera en que nos conducimos
ordinariamente. Posiblemente lo que más trabajo nos
cuesta es reflexionar y conservar la calma en toda
circunstancia, la gran mayoría de nuestros
desaciertos en la toma de decisiones, en el trato con
las personas o formar opinión, se deriva de la
precipitación, la emoción, el mal humor, una
percepción equivocada de la realidad o la falta de
una completa y adecuada información.

La falta de prudencia siempre tendrá consecuencias


a todos los niveles, personal y colectivo, según sea el
caso. Es importante tomar en cuenta que todas
nuestras acciones estén encaminadas a salvaguardar
la integridad de los demás en primera instancia,
como símbolo del respeto que debemos a todos los
seres humanos.

El ser prudente no significa tener la certeza de no


equivocarse, por el contrario, la persona prudente
mucha veces ha errado, pero ha tenido la habilidad
de reconocer sus fallos y limitaciones aprendiendo
de ellos. Sabe rectificar, pedir perdón y solicitar
consejo.

La prudencia nos hace tener un trato justo y lleno de


generosidad hacia los demás, edifica una
personalidad recia, segura, perseverante, capaz de
comprometerse en todo y con todos, generando
confianza y estabilidad en quienes nos rodean,
seguros de tener a un guía que los conduce por un
camino seguro.

Como alcanzarla:

· El recuerdo de la experiencia pasada: Si una


persona no sabe reflexionar sobre lo que le ha
sucedido a él y a los demás, no podrá aprender a
vivir. De esta manera la historia se transforma
en maestra de la vida.

· Inteligencia del estado presente de las


cosas: El obrar prudente es el resultado de un
“comprender” mirando la comprensión como la
total responsabilidad, como el verdadero amor
que libera de las pasiones para llegar al final de
la vocación humana “el conocimiento”.

· Discernimiento al confrontar un hecho con el


otro, una determinación con la otra. Descubrir
en cada opción las desventajas y las ventajas
que ofrecen para poder llegar a realizar una
buena elección.

· Asumir con humildad nuestras limitaciones,


recurrir al consejo de todas aquellas personas
que puedan aportarnos algo de luz.

· Circunspección para confrontar las


circunstancias. Esto sería que alguna acción
mirada y tomada independientemente puede
llegar a ser muy buena y conveniente, pero
viéndola desde dentro de un plan de vida, de un
proyecto de progreso personal, se vuelve mala o
inoportuna
La experiencia es, sin lugar a dudas, un factor
importante para actuar y tomar las mejores
decisiones. Aprender o no es nuestra opción.

LA SOLIDARIDAD

La solidaridad nace del


ser humano y se dirige esencialmente al ser humano.

La verdadera solidaridad, aquella que está llamada a


impulsar los verdaderos vientos de cambio que
favorezcan el desarrollo de los individuos y las
naciones, está fundada principalmente en la igualdad
universal que une a todos los hombres. Esta igualdad
es una derivación directa e innegable de la
verdadera dignidad del ser humano, que pertenece a
la realidad intrínseca de la persona, sin importar su
raza, edad, sexo, credo, nacionalidad o partido.

La solidaridad trasciende a todas las fronteras:


políticas, religiosas, territoriales, culturales, etc.
Para instalarse en el hombre, en cualquier ser
humano, y hacer sentir en nuestro interior la
conciencia de una “familia” al resto de la humanidad.

La solidaridad implica afecto: la fidelidad del amigo,


la comprensión del maltratado, el apoyo al
perseguido, la apuesta por causas impopulares o
perdidas, todo eso puede no constituir propiamente
un deber de justicia, pero si es un deber de
solidaridad.

Un análisis del concepto del valor de la solidaridad


nos ofrece los siguientes componentes esenciales:

1º Compasión: porque la solidaridad es un


sentimiento que determina u orienta el modo de ver
y acercarse a la realidad humana y social, condiciona
su perspectiva y horizonte. Supone ver las cosas y a
los otros con los ojos del corazón, mirar de otra
manera. Conlleva un sentimiento de fraternidad, de
sentir la empatía por el dolor de los otros.
2º Reconocimiento: no toda compasión genera
solidaridad, sólo aquella que reconoce al otro en su
dignidad de persona. La solidaridad así tiene rostro,
la presencia del otro demanda una respuesta.

3º Universalidad: “La desnudez del rostro”, la


indefensión y la indigencia es toda la humanidad y
simboliza la condición de pobreza de esfera
intimista y privada.

¿Qué

entendemos por solidaridad?


Su concepto ha experimentado un proceso de
transformación que se refleja en todos sus ámbitos.
Para algunos es la reivindicación de derechos
fundamentales y para otros sólo una actitud de
piedad centrada en la limosna y en la asistencia.

La solidaridad siempre implica los siguientes puntos:

La solidaridad es una virtud contraria al


individualismo y al egoísmo.

Se refleja en el servicio y busca el bien


común.

Su finalidad es intentar o solucionar las


carencias espirituales o materiales de los
demás.

Requiere discernimiento y empatía –


ponerse en el lugar del otro-

¿Por qué solidaridad?

Solidaridad, porque es lo justo, porque todos vivimos


en una sociedad, porque todos necesitamos de todos,
porque todos estamos juntos en este barco de la
civilización; porque somos seres humanos, iguales en
dignidad y derechos.

LA SERENIDAD

Según el diccionario,
una persona serena es apacible, dulce en el trato,
sosegada. Sin embargo, ¿se puede recurrir a la
serenidad cuando hay que afrontar problemas
personales, laborales, sociales y económicos? Sin
duda, en estas circunstancias lo más común es
sentirse nervioso, irritable o molesto, pero
justamente es la actitud menos saludable.

La serenidad es una sensación de bienestar que nos


permite focalizar las cosas que suceden a nuestro
alrededor desde un costado más activo. Las personas
serenas logran pensar antes de decidir y no se
sienten demasiado asustadas, preocupadas o
ansiosas por el porvenir. Tampoco se recuestan en la
infelicidad del pasado, ni fantasean posibles
catástrofes futuras. En realidad, quienes son más
serenos pueden disfrutar de la vida y pensar que
podrán, en algún momento, superar los problemas.

Esto no significa esperar que las cosas pasen o


mejoren solas. Por el contrario, se trata de actuar
de acuerdo a lo que cada uno crea mejor para sí
mismo y para lo que debe afrontar.

Tener serenidad puede requerir un arduo trabajo


personal, pero resulta fundamental para enfrentar
las pérdidas y la adversidad. Y aunque no existe una
fórmula para aprender aquellas respuestas serenas
que le sirvan, es preciso tener en cuenta la
importancia de vivir aquí, ahora y con lo que existe...
y cambiar, si de usted depende.

Por último: la serenidad no es indiferencia,


complacencia ni ignorancia. Es una virtud saludable
que nos abre la posibilidad de mejorar nuestra
calidad de vida.
En épocas difíciles es importante valorar lo que se
hace con el tiempo propio. Las personas que se
mantienen calmas acostumbran “tomarse su tiempo”;
es decir, se adueñan del mismo y lo usan en forma
provechosa para su cuerpo, su mente. Esta actitud
facilita el pensamiento, una herramienta mucho más
saludable que la ira. Con el pensamiento y la voluntad
acude el discernimiento.

LA PACIENCIA
La paciencia no es
pasividad ante el sufrimiento, no reaccionar o un
simple aguantarse: es fortaleza para aceptar con
serenidad el dolor y las pruebas que la vida pone a
nuestra disposición para el continuo progreso
interno.

A veces las prisas nos impiden disfrutar del


presente. Disfrutar de cada instante sólo es posible
con unas dosis de paciencia, virtud que podemos
desarrollar y que nos permitirá vivir sin prisas. La
paciencia nos permite ver con claridad el origen de
los problemas y la mejor manera de solucionarlos.

La paciencia es la virtud por la que soportamos con


ánimo sereno los males y los avatares de la vida, no
sea que por perder la serenidad del alma
abandonemos bienes que nos han de llevar a
conseguir otros mayores.

La paciencia es una virtud bien distinta de la mera


pasividad ante el sufrimiento; no es un no
reaccionar, ni un simple aguantarse: es parte de la
virtud de la fortaleza, y lleva a aceptar con
serenidad el dolor y las pruebas de la vida, grandes o
pequeñas. Identificamos entonces nuestra voluntad
con la de esa “chispa” divina de la que procedemos, y
eso nos permite mantener la fidelidad en medio de
las persecuciones y pruebas, y es el fundamento de
la grandeza de ánimo y de la alegría de quien está
seguro de hacer lo que le dicta su propia conciencia.

La paciencia es un rasgo de personalidad madura.


Esto hace que las personas que tienen paciencia
sepan esperar con calma a que las cosas sucedan ya
que piensan que a las cosas que no dependen
estrictamente de uno hay que darles tiempo.

La persona paciente tiende a desarrollar una


sensibilidad que le va a permitir identificar los
problemas, contrariedades, alegrías, triunfos y
fracasos del día a día y, por medio de ella, afrontar
la vida de una manera optimista, tranquila y siempre
en busca de armonía.

Es necesario tener paciencia con todo el mundo,


pero, en primer lugar, con uno mismo.

Paciencia también con quienes nos relacionamos más


a menudo, sobre todo si, por cualquier motivo, hemos
de ayudarles en su formación, en su enfermedad.
Hay que contar con los defectos de las personas que
tratamos –muchas veces están luchando con empeño
por superarlos-, quizá con su mal genio, con faltas de
educación, suspicacias... que, sobre todo cuando se
repiten con frecuencia, podrían hacernos faltar a la
caridad, romper la convivencia o hacer ineficaz
nuestro interés en ayudarlos. El discernimiento y la
reflexión nos ayudará a ser pacientes, sin dejar de
corregir cuando sea el momento más indicado y
oportuno. Esperar un tiempo, sonreír, dar una buena
contestación ante una impertinencia puede hacer que
nuestras palabras lleguen al corazón de esas
personas.
Paciencia con aquellos acontecimientos que llegan y
que nos son contrarios: la enfermedad, la pobreza, el
excesivo calor o frío... los diversos infortunios que
se presentan en un día corriente: el teléfono que no
funciona o no deja de comunicar, el excesivo trafico
que nos hace llegar tarde a una cita importante, el
olvido del material del trabajo, una visita que se
presenta en el momento más inoportuno. Son las
adversidades, quizá no muy trascendentales, que nos
llevarían a reaccionar quizá con falta de paz. En esos
pequeños sucesos se ha de poner la paciencia.

LA AUDACIA

AUDACIA:
Emprende y realiza acciones que
parecen poco prudentes, convencido, a
partir de la consideración serena de la
realidad con sus posibilidades y con sus
riesgos, de que puede alcanzar un bien.

La mala utilización de dicha virtud es,


la osadía, por la cual realiza acciones
poco prudentes pero no a partir de la
realidad y ni mucho menos son para
conseguir un bien, sólo para alimentar
un egoísmo.

Por tanto, la audacia debe ser


moderada por la razón. Entonces se
convierte en la hermana menor de la
fortaleza.

La acción rápida que conlleva la audacia


es recomendable después de la
reflexión previa, que es un acto de la
conciencia.

La verdadera virtud de la audacia no es


la imprudencia, ni osadía irreflexiva, ni
simple atrevimiento. La audacia es
fortaleza, virtud imprescindible para la
vida del alma.

La lucha denodada dará a tu espíritu


fortaleza, el andar con esfuerzo
continuado hará de ti un héroe, camina
siempre con la debida audacia
acompañada del necesario
discernimiento.
LA FLEXIBILIDAD
FLEXIBILIDAD
: Adapta su comportamiento con agilidad a las
circunstancias de cada persona o situación, sin
abandonar por ello los criterios de actuación
personal.

La degeneración de esta virtud es, la adaptabilidad,


cuando una persona se adapta se esta olvidando de si
mismo y nadie puede amar a otro si no se ama a si
mismo antes. Además la adaptabilidad es sólo un
disfraz que después se cobra muy caro.

La flexibilidad es una virtud que está bien


considerada en la sociedad de hoy, pero,
principalmente porque se la entiende como un
“dejarse llevar”, como una invitación a probarlo todo.
Así entendida, la flexibilidad no tiene sentido.

La espontaneidad, con la que se confunde la


flexibilidad, no es un fin. En todo caso, es una
condición conveniente para conseguir el desarrollo
de otras virtudes, especialmente la sinceridad. Para
que la espontaneidad sirva de algo, tiene que ser
gobernada por la voluntad en relación con el
entendimiento.

Por tanto, la última parte de nuestra descripción


recobra especial importancia. Me refiero a las
palabras “sin abandonar, por ello, los criterios de
actuación personal”.

Para ser flexible, hace falta tener criterios y saber


reflexionar para relacionar la actividad cotidiana con
ellos.

De este modo, podemos destacar dos caminos para


comportarse con flexibilidad de acuerdo con la
naturaleza de la situación.

En caso de que los elementos de la situación sean


opinables: La flexibilidad se refiere a la disposición
y capacidad de la persona de considerar como
provisional su punto de vista, y por tanto llegar a
matizar o cambiar esta opinión.

En segundo lugar, me refiero al modo de actuar en


las relaciones con los demás, o en el modo de
trabajar, en caso de que los elementos de la
situación no sean opinables.

Un requisito previo para desarrollar la virtud de la


flexibilidad es el de saber cuáles son los criterios
permanentes que rigen en la propia vida y cuáles son
los aspectos de la vida opinables, provisionales.

La flexibilidad, como todas las virtudes, tiene


sentido cuando va dirigida intencionalmente a la
búsqueda de la verdad y del bien.

Ser flexible no significa en ningún caso dejarse


llevar, sino todo lo contrario. Quiere decir aprender
a decir sí y a decir no en el momento oportuno. Y,
por lo demás, estar abierto al proceso de mejora que
existe en la multitud de ocasiones que van surgiendo
en nuestro día a día.

LA ECUANIMIDAD
La práctica de
la ecuanimidad consiste en llegar a conocer en toda
su hondura lo que significa dejar pasar. Es habitar
en una vasta quietud mental, en una calma radiante
que nos permite estar plenamente presentes en
todas las distintas experiencias cambiantes que
constituyen nuestro mundo y nuestra vida.

Ecuanimidad es tolerar el misterio de las cosas.


Entonces no juzgamos, sino que cultivamos un
silencio y un equilibrio de la mente que permita
acoger lo que sucede, sea lo que fuere. Esta
aceptación constituye la fuente de nuestra
seguridad, confianza y bienestar.
Cuando crece esta virtud en nuestro interior, nos
desplazamos desde la pugna por controlar todo lo
que sobreviene en la existencia al simple deseo de
vincularnos verdaderamente con todo lo que existe.
Se trata de un cambio radical en la opción
fundamental que tomamos y ejercemos en la vida
pues, por lo general, vivimos en un nivel de rechazo
hacia nuestra propia realidad que nos debilita.

Cuando definimos cada vez más experiencias como


inaceptables para sentirlas o conocerlas, la
existencia se vuelve progresivamente más reducida,
más limitada. Al contrario, cuando nos mostramos
dispuestos a experimentar todo lo que sucede o
puede suceder, podemos hallar en esa aceptación la
confianza y certidumbre que antaño buscamos a
través del rechazo al cambio. Practicando el don de
la Ecuanimidad aprendemos a relacionarnos
plenamente con la vida, incluyendo su total
inseguridad. Y así, en vez de hundirnos en las
reacciones...

La ecuanimidad nace por la comprensión de la vida,


pues damos su verdadero valor a todas las cosas.
Recuerda que ser ignorante es dar falsos valores a
las situaciones y a las cosas.

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