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TOQO

Estaba enferma. Nadie lo sabía en la universidad. Hasta ahora no recuerdo en


que momento cambié. En qué momento me intereso más estar delgada como
esas chicas de revista o las de comerciales que suelen ser tan perfectas, con
un cuerpo perfecto y probablemente una vida perfecta. Fue un lunes quizá,
cuando lo hice por primera vez. Toda una principiante, queriendo sacar de mi
cuerpo “la comida que engorda”. La comida no engorda, la que engorda soy yo.

Al comienzo de mi travesía tenía 17 que fue cuando me decidí a vomitar para


no engordar y pasó menos de un año cuando supe que vomitar a propósito me
estaba destruyendo, pero ya era tarde: había perdido el control, me había
convertido en una bulímica a mucha honra. Gracias a los consejos de la buena
de Mishell que era la única que parecía entenderme cuando los demás me
decían que estaba flaca, pero yo sentía que se burlaban de mí queriendo
hacerme creer una realidad falsa. Lástima que de Mishell ya nada sabía, un día
nos vimos y al día siguiente no. Un día se convirtió en dos, tres, cuatro… Debo
confesar que hasta ahora la extraño.

En abril empezaban las clases y quería verme bien. Bien dentro de lo posible, y
mis posibilidades eran cortas pues cada día la ansiedad aumentaba y asimismo
mi consumo diario de alimentos.

Aquel día (el primer día en la universidad) llegué al salón once minutos antes
de que empezarán las clases. Siempre he tenido la percepción de que mi lugar
en el mundo es estar detrás, en el fondo de un salón o de la vida misma.

Sentada allí, en la tercera fila del aula en la última carpeta, vi como llegaban
una a una mis compañeras de clase y empecé a odiarlas desde el momento en
que cruzaron la puerta del salón. Me sentía cada vez más como un chico que
como una chica comparadas con ellas.

Tocaba matemática, un curso donde yo era hábil y lo demostraba. Si no era mi


cuerpo el que resaltaría al menos debía destacar en algo. Era un 8/10 dentro
de la expectativa académica, pero hablando físicamente la verdad es que a
largas penas era un 4/10.
Los días pasaban lentos, lentos como el autobús cuando tienes que llegar
temprano o tienes algo importante que hacer. Hasta que vi al chico más emo
que jamás había visto ni he visto hasta ahora. Me encantó.

Pronto descubrí que ese chico que se había cambiado de horario de clases al
de la mañana y a nuestra aula no era emo, solo un chico con estilo basado en
colores oscuros. Igual me atraía, pero era demasiado lindo como para que
fuera a fijarse en mí, además que también había llamado la atención de unas
tantas chicas que le coqueteaban por los pasillos en los recesos y eran, en su
mayoría, un 9/10 si a feminidad nos referimos. No tenía ninguna oportunidad,
entonces me resigne a tres días de su llegada a sentarme dos asientos atrás
de él. No tan cerca para ser obvia y no tan lejos para que al menos supiera que
yo existía.

Su nombre era Adam. Y era de la escuela de Economía, como ese tal Adam
Smith. No era emo, es verdad, pero había algo melancólico en él. Había algo
en sus ojos que se parecían a los míos.

Doce de mayo, llegué tarde a clases. Había comido mucho en la cena y en el


desayuno de la mañana así que tuve que recurrir a mis métodos efectivos de
evacuación de comida solo que no me había percatado que del papel solo
quedaba el cono y como la maldición en su conjunto el agua se había ido.
Entre en pánico. No podía mancharme la ropa con mis babas, el olor se
impregnaría en las prendas y no podía dejar que mamá lo oliera y mucho
menos que viera el desastre que había dejado en el inodoro, era una mujer que
había pasado por tres embarazos y sabía bien como era el olor del vómito y su
suciedad. Tuve que esperar media hora a que todos estuvieran muy ocupados
en sus líos para salir rápidamente del baño hacia mi cuarto sin que me vieran,
purgarme de la suciedad y echar agua al wáter limpiando todo, todo.

Ya en el salón acostumbrada a mi sitio habitual, fila tres, penúltima carpeta,


me dirigí allí, sin darme cuenta de que él chico al que había estado acosando
en secreto se había sentado al acostado de mi asiento. No fue hasta que mis
ojos empezaron a buscarlo que me di cuenta de ello. Estaba dormido y era
adorable.
Tocaba Lenguaje y debíamos redactar un texto sobre la pena de muerte, el
trabajo era en pareja. Pero el profesor no se había dado cuenta que la mía
estaba inconsciente, adorable e inconsciente. Debía despertarlo mas no podía.
Verlo así era como ver un pequeño atardecer.

Podía hacer el trabajo yo sola y al final poner el nombre de ambos en la hoja. Y


así lo hice. Terminaba el día académico y veía pequeños intentos de querer
despertar en Adam, ya iba a ser salida así que conteniendo las ganas de seguir
mirándolo dormir acerqué lentamente mi mano hacia su hombro y pronuncié
“Adam, Adam levántate”. Lo repetí varias veces hasta que abrió esos ojos
tristes y dijo: ¿Qué hora es? Son las doce contesté. No hubo más palabras ese
día.

Al día siguiente llegué temprano y sucedió el milagro. Adam se sentó a mi lado.


No hablamos durante el día, pero al llegar la salida sí.

-Hola, disculpa por lo de ayer. En serio no quise… Bueno, quedarme dormido.


Sé que dejaron un trabajo y no sé cómo mi nombre apareció en una de las
hojas de redacción, supongo que fuiste tú porque estabas a mi lado. En serio
gracias, te debo una. Y perdón de nuevo, que vergüenza. - Lo amé. Esa voz,
era la voz que podía haber levantado a la bella durmiente sin la necesidad de
un beso.

- No te preocupes, no hay de qué. Pero tendré en cuenta que me debes una. -


¿Qué dije? Solo quería seguirlo escuchando.

- ¿Puedo pagarte el favor si te invito a comer? - De todas las formas en las que
hubiera podido pagarme un favor, tenía que ocurrírsele comer…Como un
impulso conteste sin pensar.

-Se murió mi gato. Hoy será su funeral- Gato no tenía y ¿quién le hace un
funeral a un gato? Rayos...

- ¿Gato? Oh, lo lamento, ¿Cómo se llamaba? - su cara consternada me


produjo cosquillas

- Se llamaba Sad - dije y su cara consternada tomó una forma curiosa de risa y
no risa.-Se me hace tarde, nos vemos.
- Está bien, deseo que Sad ahora este happy - dijo y yo tuve que aguantar la
risa mientras bajaba las escaleras una por nerviosismo y otra porque pensé
que se lo había creído de verdad.

Había conseguido la atención de Adam, llevaba días sentándose a mi lado.


Divertido, amable, atento… No podía desaprovechar esa oportunidad, así que
me había puesto a régimen estricto. Quería estar delgada. Evitaba cualquier
contacto con la comida y cuando lo había recurría a mis métodos clandestinos
de dos dedos en la garganta.

Todo estaba bien, pero dos semanas después ya comenzaban a surtir los
efectos del hambre en mí. El agua había sido mi mejor aliada durante los
últimos días, pero la situación ya era insostenible, mi cuerpo no aguanto y se
desvaneció en plena clase. Sentía que la cabeza me iba a explotar, no sentía
las piernas, mis brazos…

Desperté. ¿Cuánto tiempo había pasado? No mucho. Estaba en un hospital y


tenía una aguja puesta en el brazo, no me dolía, pero se veía feo. Era de noche
y mamá estaba a un lado. Amaneció y me explicaron que estaba muy débil,
que mis defensas estaban bajas y que debía recuperarlas, que estaría unos
días internada. Le confesé al doctor que había estado vomitando, tenía que
hacerlo pues ya lo estaba deduciendo al ver las marcas en mis dedos.

Adam, quería verlo. No fue necesario que lo llamara porque apareció al día
siguiente junto con un enorme girasol “porque el girasol siempre busca la luz”
dijo.

Me miró, algo confundido. Él también confesó que mi mamá le había contado


que no estaba comiendo, que siempre decía que estaba gorda y que yo no me
quería. Dedujo todo en tiempo récord, pero tenía la ligera sospecha de que él
ya lo sabía desde antes.

-Había una vez hace dos años una bella chica que tenía un problema. –
empezó a decir- Y es que era víctima de un desencanto por el cual al ver su
reflejo en cualquier superficie veía un monstruo. Muchos habían querido
quitarle el maleficio, pero ella acostumbrada a verse desagradable, y sin darse
cuenta de que estaba encantada, no dejaba que la ayudaran. Pensaba que
todos le mentían por lástima, para hacerla sentir mejor. Encerrada en su alcoba
acudía a hechizos para intentar cambiar su aspecto, pero solo lograba
lastimarse con ellos. Un día un hechizo la dejo paralizada. Y encerrada como
estaba ya nadie pudo ayudarla y tristemente murió. – Apenas y Adam pudo
terminar la historia porque su voz se fue quebrando en cada palabra.

-Adam, ¿qué pasa? – No entendía.

-La bella chica era mi hermana melliza.

-Pensé que eras hijo único, nunca la mencionaste…

-No suelo mencionarla. Murió hace dos años, murió como quería: delgada, muy
delgada. Desde que se fue ya nada ha sido lo mismo en casa, todos nos
sentimos culpables de no haberla atendido cuando pudimos. Cuando dejaba de
comer, cuando empezaba a estar más flaca. Se llamaba Mishell.

-¿Mishell? – Sentí una hincada en el corazón. Mishell, mi amiga Mishell.

Mishell Ramírez. Recordé su apellido en el instante que clavé mis ojos en los
de Adam y supe que eran como los de ella. No pude seguir aguantando ese
nudo en la garganta mientras ordenaba las piezas de una perdida y fallecida
Mishell y fue entonces que rompí en llanto. Y grité, y mis lágrimas caían con
más fuerza que la de Newton, quemaban. Sentía dolor, más del que me
producía la gastritis que me había estado ocasionando con los vómitos, ese
dolor que sabes que durará más que cualquier dolor del cuerpo. No sé cuánto
tiempo estuve en shock, pero cuando me dieron de beber agua y me tranquilicé
Adam seguía al pie de la cama, sollozando aún.

-No dejaré que te suceda lo que, a ella, te le pareces, no pude ayudarla, pero si
puedo ayudarte a ti. – Estaba decidido, era como si me pidiera un favor.

-Yo… Yo la conocí – Dije con miedo, como un susurró. Le conté como la había
conocido en el baño un día después del almuerzo, ese día me había enseñado
a vomitar.

-El mundo es pequeño.

-Somos pequeños. - contesté, pensando en lo grande del universo.


-La grandeza está en el interior. Tienes que dejarte ser libre, tienes que dejarte
ayudar.

-Lo sé, ya lo sé.

-No me digas eso, dime que lo vas a intentar, siquiera.

-Lo voy a intentar, siquiera. – Sonrió, ya extrañaba su sonrisa.

La bulimia es un trastorno alimenticio que está relacionado con la distorsión de


la imagen corporal. Nueve de cada diez personas que sufren trastornos
alimenticios son mujeres. Del total de pacientes con bulimia solo entre 25% y
50% se curan. Y yo me curé.

Hoy, estoy a dos meses de terminar mi carrera en la universidad. Adam estuvo


gran parte del tiempo de mi recuperación para dejar la bulimia hasta que decidí
que debía hacerlo por mí misma y aprender a caminar con mis propios pasos.
No funcionó un lío amoroso entre nosotros, pero somos buenos amigos y cada
23 de setiembre vamos a visitar a Mishell para llevarle flores y decirle que no
era un monstruo.

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