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JOSÉ GRANADOS

JUAN DE DIOS LARRÚ (coed.)

el que cree ve
en torno a la encíclica
lumen fidei del papa francisco

Prólogo de
Olegario González de Cardedal

Monte Carmelo
Sumario

Prólogo
Olegario González de Cardedal . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
1. El que cree, ve: la lógica de la fe es la lógica de los sentidos
  José Granados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 29
2 “Se cree con el corazón”: la fe que genera realidad
  José Noriega . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 51
3. La fe que camina
  Carlos Granados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
4. El que cree nunca está solo
  Luis Granados . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 87
5. La fe, luz a través de vidrieras
  Luis Sánchez . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
6 La fe genera vida
  Juan de Dios Larrú . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 119
7. El que cree dice “para siempre”
  Leopoldo Vives . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 135
8. Construyendo esta ciudad de los hombres:
la luz de la Fe y el bien común
  Ignacio de Ribera . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 145
1.

El que cree, ve: la lógica de la fe


es la lógica de los sentidos
José Granados*

El que cree, ve (LF 1). Solo quien cree, ve. El que no cree
no ve.
Podría resumirse así el contenido de Lumen Fidei. La Encí-
clica rompe de este modo con una representación clásica de la fe
como una mujer ciega, vendados los ojos, que puede aun obser-
varse en algunas de nuestras iglesias. La metáfora de la luz ayuda
a la fe a salir de los escondrijos ocultos de la conciencia privada,
donde había encontrado un refugio seguro pero esterilizante, pa-
ra exponerla al mundo concreto donde los hombres viven, tra-
bajan, sufren, dan fruto. Unida a la luz, la fe puede mostrarse,
compartirse, contagiarse como de una llama a otra, alumbrar y
calentar todos los espacios de la vida. Resulta así lo contrario de
una opción alocada, de un deseo bello pero injustificable, de una
emoción irracional, de un salto en la noche...
Ahora bien, es fácil reducir la fuerza de estas palabras, aguar
su vino. Basta interpretarlas como alegoría, símbolo, manera de

* Catedrático de Teología Dogmática del Matrimonio y la Familia en el


Pontificio Istituto Giovanni Paolo II per Studi su matrimonio e famiglia (Pon-
tificia Università Lateranense, Roma).
30 EL QUE CREE VE

hablar. El que cree ve, sí, claro: ve con “otros” ojos, ve “otra”
realidad que está más allá, ve lo que los demás no alcanzan a
ver, aun cuando miren. ¿No es cierto, como decía aquel poeta
francés, que “lo esencial es invisible a los ojos”? Ver con los ojos
de la fe, se concluye, es fácil: el primer paso consiste en cerrar los
ojos del rostro.
Como antídoto ante la tentación de leer así la Encíclica, pro-
pongo volver al sentido literal de esta frase: la fe ve, en primer
lugar, con estos ojos de carne, ojos con pupila e iris, que pueden
mirar fijamente o estar idos, que se sumen en el sueño o se des-
velan sin remedio. Chesterton había hablado a este respecto del
místico cristiano que, al contrario del budista, tiene siempre los
ojos abiertos de par en par (Chesterton 1959: cap. VIII). Con estos
ojos del cuerpo, no con otros, comienza a ver la fe. Las razones
de la fe están ligadas necesariamente a la lógica de los sentidos:
las de la vista, el tacto, el oído, olfato o gusto. La Encarnación,
podemos decir, no es solo aquello que la fe cree, sino también el
método mismo de la fe, su forma, su lógica. El hombre de fe es
aquel que descubre que lo esencial se hace visible a los ojos.
He aquí una forma para proponer de nuevo la alianza entre
la fe y la razón. Esta se presenta ardua, no solo porque hemos
desfigurado la fe, sino también porque tenemos un concepto
pobre y frío de razón: una razón autónoma, interior, que busca
sus convicciones sobre lo bueno y malo en la subjetividad aisla-
da. Esta es la razón que recomendaba Descartes, precisamente
cuando se proponía mostrar la existencia de Dios y describir su
ser, en su Meditación tercera: decide cerrar sus ojos, obstruir sus
oídos, apartar de sí todo lo sensorial para discurrir “me solum
alloquendo”, hablando solo conmigo mismo (Descartes, Medita-
tiones de prima philosophia, III). Machado le refutó en verso: “En
mi soledad / he visto cosas muy claras / que no son verdad”. La
razón sensorial, la razón que se arraiga de nuevo en el mundo y
que nos abre así al encuentro con los otros, es la única que puede
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 31

dar cuenta de nuestra realidad y orientar nuestros pasos. Es la


única, además, con que puede dialogar la fe cristiana, como fe
encarnada que es. La fe no se las entiende con la razón autónoma
del individuo aislado, pero sí con la razón sensorial del hombre
viviente.

1. La fe nunca deja atrás los ojos

Lo dicho nos suena extraño, y por eso es preciso explicarlo.


Baste, de momento, un argumento de autoridad, una expresión
de Santo Tomás de Aquino, que trae el Papa Francisco en su
Encíclica (LF 30). Tomás habla de la fe de los Apóstoles cuando
encuentran al Resucitado, y la llama “oculata fides” (S. Th. III,
q. 55, a. 2, ad 1), fe que tiene ojos. Aquí los ojos son los ojos del
rostro de Pedro, Santiago, Juan, Andrés: ojos de carne que ven
la carne de Jesús, que le miran absortos comer pescado... Vieron
y creyeron, le vieron glorioso y le confesaron Señor de cielo y
tierra. Sus sentidos jugaron un papel esencial en su fe. Y no se
diga que esta –la de los Apóstoles– es excepción, caso anómalo
del acto de fe. Al contrario, estamos ante el paradigma de la fe, en
que se funda toda otra confesión de fe, pues el creyente se apoya
siempre en estos primeros testigos.
Señalemos aún otra razón para tener en cuenta los ojos
corporales: la visión final que tendremos de Dios, el horizonte
último adonde la fe apunta, el acto que consumará lo que aquí
se ha iniciado para el creyente... esa visión incluirá a los ojos
resucitados, pasará a través de ellos. Veremos a Jesús glorioso y,
en Él, con Él, veremos al Padre. Pues bien, si en la visión de Dios
tendrán un puesto de relieve nuestros ojos, ¿no lo habrán de tener
ya ahora, en esta peregrinación terrena? Recordamos el soneto
aquel de Miguel Ángel: “haz de todo mi ser un ojo, para que no
haya parte en mí que no te goce...” (Mariani 1941:65).
32 EL QUE CREE VE

Volvemos, pues, a nuestro intento: comprender cómo la fe


se arraiga en la visión corporal. A partir de aquí se abrirá una
puerta para ahondar en esta frase: “el que cree, ve”. Descubrire-
mos, también, que esto se puede y debe decir de los otros senti-
dos: el que cree, oye; el que cree, toca; el que cree, gusta... El que
cree, lejos de separarse de la tierra, se arraiga más plenamente en
ella, para descubrir, en todos los encuentros con el mundo, el don
de Dios y el camino hacia Él.

2. Tópicos de una fe ciega

Si lo dicho suena paradójico, es porque debe romper con pre-


juicios hondamente incrustados en la vida cristiana, falsos lugares
comunes que terminan por desvirtuarla y menguar su tenor. Enu-
mero algunos tópicos, ampliamente aceptados y repetidos. Todos
tienen su verdad y pueden entenderse bien, pero hacen más de-
servicio que ayuda a la fe. Todos suponen que el acto de fe vive
separado de los sentidos corporales: la vista, el oído, el tacto...
– La fe es interior, ve con los ojos del Espíritu; al compren-
der que el mundo material es transeúnte, se fija en otra
realidad estable, que se encuentra más allá del velo. De
resultas, quien no tiene fe es porque cree solo en lo que ve
y toca. Se sigue de aquí un corolario nefasto: al hombre
de fe le interesa poco este mundo, pues sabe que pasará;
y lo vive con intensidad menor.
– La fe es oscura, la aplicamos a los ámbitos de la vida donde
nos faltan las razones; cuando algo puede comprenderse,
ya no le queda lugar a la fe. Algunos dicen: llegará un
momento en que se explique todo, entonces desaparece-
rá la fe. Otros, compartiendo el mismo presupuesto, les
rebaten: como la fe se mueve en un plano diferente, las
ciencias nunca podrán mancillar su existencia tranquila:

EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 33

la fe jamás se extinguirá. Ambas opiniones relegan la fe


a la irrelevancia, pues creer o no creer, al final, no aporta
cambios tangibles.
– La fe es privada, porque nadie puede creer por mí. De ahí
que no tenga cabida en ninguna discusión pública, pues
representa una visión subjetiva de las cosas. De este modo
la fe solo puede entrar en debates ciudadanos invocando
la libertad religiosa, el derecho a que cada uno piense co-
mo quiere. La fe se desconecta entonces del bien común,
pues se vuelve estéril para generarlo. Además, tampoco
puede comunicarse a otros, ya que debe ocurrir dentro
de cada uno, en el solipsismo de la conciencia. Esto es lo
que tiene en mente quien no cree cuando se justifica: “sí,
si yo veo las ventajas de la fe, si a mí también me gustaría
creer, si es una gran consolación en momentos de pena...
pero, en fin, no me ha tocado en suerte ese don...”

Tales tópicos hacen mucho daño al cristianismo, pues le des-


enganchan de la vida. No es que pretendan destruir la fe, a veces
precisamente lo que quieren es resguardarla, abrirle un refugio,
ponerla a salvo de los peligros del mundo. Pero acaban volvién-
dola inocua, irrelevante para la vida personal y pública.

3. Recuperar la dignidad de la vista

Cuando he dicho que creer es ver con los ojos del rostro,
mi intención no es, ni mucho menos, denigrar la fe, rebajarla a
asunto terreno y pasajero. Se trata, por el contrario, de ensalzar
el segundo término de la ecuación: “el que cree, ve”. Es decir, hay
que recuperar la hondura de la visión ocular, su penetración, su
poder para introducirnos en lo real y para abrir horizonte y cami-
nos. Es necesario, por eso, no solo explicar qué significa “creer”,
sino también qué significa “ver”.
34 EL QUE CREE VE

Si esta frase se nos hace extraña es, en primer lugar, porque


hemos empobrecido el significado de la visión ocular. Podría
decirse que la razón ilustrada, en su ansia de claridad total, en
su deseo de demostrarlo todo con razones matemáticas, se ha
apartado de la fe en igual medida en que se ha apartado de los
sentidos. Nuestro problema en el mundo digital, no es tanto que
cada vez pensamos menos, sino que cada vez vemos menos. Pues
la vista es el origen de todo conocimiento sano. Y el hombre
moderno la ha reducido: se pasa la mayor parte del día mirando
pantallas, que contienen esquemas de realidad que él mismo ha
filtrado. Ya no ve cosas, sino puntos brillantes, figuras abstractas
de cosas. Y equipara a esto su visión: los ojos son cámaras foto-
gráficas con muchos megapíxeles.
Es fácil mostrar el gran empobrecimiento que esta visión
supone, la pésima oftalmología (lógica de los ojos) sobre la que
se basa. Y es que los ojos tienen modos distintos de mirar, pro-
fundidades diversas, enfocan las cosas de variadas maneras. Hay
ojos en los que brilla la inteligencia y otros que traslucen una vo-
luntad inquebrantable. Solo si recuperamos la profundidad de la
visión, podremos entender cómo la fe comienza con ella y nunca
la deja atrás, sino que enseña a hacerla más penetrante, a que
logre captar más matices. Decía Cézanne que Monet era “solo un
ojo, pero, ¡Dios mío, qué ojo!” Sabía ver, y en esto consistía su
genio: ver es un arte que puede aprenderse, practicarse, alcanzar
excelencia (Bohm 2011: 310).
Tal arte de la mirada puede entenderse a partir de una dis-
tinción entre los términos latinos lux y lumen; en ella se basaban
los antiguos para describir su teoría de la visión (Petrosino 2004:
232-233). Lumen es el nudo rayo, que viene del foco luminoso y
toca el ojo. Sin la lumen, es cierto, no se puede ver; ahora bien,
tampoco ella, por sí misma, produce la visión. Es necesario que el
ojo responda a la luz y, de este modo, cree algo nuevo, cree una
mirada. Es decir, el ojo no solo es un receptor pasivo del rayo,
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 35

como cámara fotográfica que quedara impresionada por él, sino


que responde a la luz y, al hacerlo, hace surgir una luz de nueva
cualidad, que se designa con el término lux. Se trata de la luz en
cuanto presente en el ojo, en cuanto le permite ver, una luz gene-
rada en el encuentro creativo entre lumen y oculus, entre el rayo y
los ojos. La lumen es igual para todos, llega del sol y baña nuestra
mirada. Solo en la lux salta la chispa de la genialidad, el arte de
ver hondamente, la mirada del artista que todo hombre es.

4. Creer con la mirada

Si esto es así, si los ojos admiten tal riqueza de vistas, puede


entenderse que creer sea precisamente aprender a mirar, a seguir
el camino que nos abre la mirada (LF 30). Y no hay un método
mejor para introducir en la fe que enseñar esta visión, que prac-
ticar distintos modos de ver, de ejercitar los sentidos. A esto se
refería Josef Pieper cuando decía que lo contrario de la fe, en
nuestra cultura, no es tanto la apostasía, el rechazo explícito y
formal de lo cristiano; sino la distracción, la falta de atención
ante aquello que pasa ante nuestros ojos, la superficialidad que
no descubre la hondura de la vida (cfr. Pieper 1986: cap. VII).
Pues el que cree, ve. Literalmente. Creer aguza los sentidos, les
da profundidad, los hace sabios. Sigamos algunos pasos para esta
catequesis de los ojos.

a) La mirada comienza por el rostro


Dice el Papa Francisco que la luz de la fe es luz que viene
de un rostro (LF 30). Y que esta luz, luego, se refleja de rostro
en rostro, iluminando todo (LF 37). Contemplar un rostro nos
enseña qué significa ver con los ojos de la fe.
Romano Guardini escribió un ensayo de título significativo:
“El ojo y el conocimiento religioso” (Guardini 1958:17-18). En
36 EL QUE CREE VE

él explicaba que, cuando vemos un rostro, no es que percibamos


primero un cuerpo material, formado por muchos órganos (los
ojos, la nariz, la boca), y que después, viendo cómo se coordinan
estos órganos, deduzcamos que este rostro tiene alma, que es un
rostro personal. Al contrario, si alguien se nos acerca enfadado y
presentimos que tal vez quiere golpearnos, lo primero que vemos
no son el ceño fruncido, los labios crispados, la piel acalorada. Lo
primero que vemos, de forma inmediata, sin necesidad de com-
posición alguna, es la ira misma, el enfado del futuro presunto
agresor. Solo después, con calma, detenidamente, en un esfuerzo
reflexivo de lo visto, podemos separar y distinguir cada elemento
de aquel rostro que revelaba irritación. Es, dice Guardini, como
si los ojos captaran primero el alma y solo después pudieran ver
también el cuerpo.
Pues bien, prolongando estas líneas podemos decir que, así
como la vista ve el enfado o la alegría del rostro, así como ve su
aburrimiento o diversión, de este mismo modo capta también
a la persona, en su unicidad, en su misterio irreducible, de este
modo escucha su nombre singular. Y así, como decía Max Sche-
ler: cuando miramos un rostro no vemos un par de ojos, sino que
contemplamos una mirada; por eso, mucho antes de percibir el
color o la magnitud de sus ojos, sabemos si está bien o mal dis-
puesto hacia nosotros (Scheler 1973:238). De este modo los ojos
cumplen, desde sí mismos, un primer paso hacia la visión de fe.
Mira una mirada y, si percibes allí el misterio de la persona, estás
entrando empezando a creer. Se te ha abierto la primera puerta
de un camino que te conducirá a ver cada vez más y más hondo.

b) Dejarse mirar
Descubrir una mirada, hemos dicho, es el primer paso hacia
la fe, porque es el primer paso para aprender a mirar. En realidad
debemos ahora retroceder un poco, a un escalón anterior. Pues
hay un momento más originario que nos permite mirar la mirada:

EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 37

para saber mirar, antes hay que dejarse mirar. Decía Antonio Macha-
do: “el ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas. / Es ojo porque
te ve”. Si no me dejo mirar por la mirada, no acepto entrar en
el círculo de luz abierto por ella, entonces no puedo tampoco
“ver” bien la mirada: intento cosificarla, controlarla, pero así la
humillo y, al final, dejo escapar su misterio. Esta es la experien-
cia de los grandes pintores que, ante el paisaje que les inspiraba,
decían sentirse mirados por la natura y las cosas (Merleau Ponty
1969:131-133).
Dejarse mirar es señal de confianza. Por eso la confianza
es esencial para la fe. Quien confía, quien se deja mirar, ese
empieza a ver. En consecuencia, saber mirar un rostro, leer lo
que hay en él, solo es posible si el rostro se nos abre en libertad,
si en libertad lo acogemos. El Papa Francisco afirma que hay un
nexo entre verdad y amor, que la luz de la fe es “luz del amor”
(LF 37). Pues bien, este nexo se fragua ya en la visión, en el
cruce de las miradas de quienes se aman. Solo quien mira en el
amor puede ver lo que tiene ante sus ojos, cuando lo que tiene
ante sus ojos es un rostro personal. De este modo, aprende a
conocerse a sí mismo a partir de su mirada sobre el otro, tal y
como decía Max Scheler citando al poeta Schiller: “Si quieres
conocerte a ti mismo, mira cómo se comportan los otros; / si
quieres conocer a los otros, mira dentro de tu propio corazón”
(Scheler 1973: 244).

c) Ver en la visión de otro


Dejarse mirar, aprender a mirar. De este modo es posible,
no solo mirar al otro, sino entrar en su mirada, participar de ella.
En esto consiste, en realidad, el amor, en adquirir una visión co-
mún sobre el mundo, una visión compartida, que no se extiende
ya desde la atalaya del “yo” o del “tú”, sino desde el punto de
vista del “nosotros”. Todo amor es cuestión de verdad, porque
introduce la lógica nueva de la visión común (cfr. Badiou 2009).
38 EL QUE CREE VE

Que se pueda participar de la visión del otro es algo que


aprendemos, por ejemplo, de la pintura. Un buen retratista no es,
ciertamente, aquel que nos presenta un rostro “tal y como es”.
Hace mucho más: no solo fotografía la cara, sino que, de alguna
forma, pinta el carácter, nos presenta a la persona por dentro,
hace que en el cuerpo refulja el alma, sonsaca al rostro su secreto
y su relato, le obliga a confesar, a que narre su historia. Y, en el
lienzo, el artista nos transmite, no solo lo que ha visto, sino sobre
todo su modo de mirar; es decir, no pinta simplemente lo que ve,
sino que pinta sobre todo su propia mirada, nos la regala para
que miremos con ella. Aprender a ver un retrato es entrar en la
mirada del artista, participar de ella. Esta experiencia estética nos
ayuda a entender la mirada común del amor, en que se entrega la
propia mirada y se recibe la mirada del otro.
Entendemos ahora que la mirada tiene profundidad, que
puede ser entrenada, que en ella nos ponemos en juego, que en
el modo de mirar se decide quiénes somos... Pondremos ahora
algunos ejemplos de miradas, todas ellas un entrenamiento para
la mirada de fe.

5. Rutas de la mirada hacia la fe

Miro a mis padres. De ellos he recibido la vida. Fueron los


primeros en mirarme. Su mirada, así debiera ser, es mirada que
afirma, que fortalece. Es mirada buena que conforta y tranquili-
za. Acogidos en ella es posible ser buenos. El niño bien educado,
antes de aceptar el regalo de un extraño mira a su padre. No es
solo que pida permiso, sino que entiende que este don tiene sen-
tido solo dentro de esta mirada paterna, de esta alianza primera
de amor. Es como si quisiera introducir el regalo dentro de esa
mirada, aprender a mirar el mundo a la luz del rostro paterno y
materno. Como decía San Agustín: el niño, al abrir los ojos al
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 39

mundo, lo primero que ve es a sus padres; y entiende de ese modo


que su vida comienza en esa amistad que le ha generado (cfr. Ser-
món 9,6,7). Hay aquí un rasgo clave de la fe, pues esta consiste en
mirar todas las cosas a la luz del rostro que nos ha dado origen,
a la luz de la mirada paterna de Dios: entender que nuestra vida
comienza con un gran amor.
Ensayamos otra mirada, a nuestro esposo, a nuestra esposa.
He aquí alguien cuya primera visión nos fascinó: una luz nueva.
¿Quién hubiera dicho que el mundo poseía colores tan vivos?
Mirábamos y deseábamos ser mirados, entrar en esa luz. Surgió
entonces la chispa de una mirada común, mirar desde dos, como
un mosaico de Ivan Rupnik en que los ojos de Isabel y Zacarías
forman uno solo. La nueva mirada tenía forma de camino: des-
cubrir de nuevo cada cosa, colonizarla, desde la intuición nueva
del “nosotros”. Esta mirada tiene también rasgos de la fe: invita
a romper el círculo cerrado del “yo” controlador, a caminar para
que se amplíe nuestra vista, a formar una alianza de la que nace
nueva luz.
Miremos ahora al hijo. También un rostro sorprendente. Las
últimas ecografías nos lo revelaron confuso, salió a la luz arruga-
do, poco a poco tomó tersura su carne. Al principio, descontrola-
do el cuerpo, toda la vida estaba en los ojos. Son ojos que parece
nos piden: ¡ámame! y, así: ¡enséñame a ver, genera en mí una
visión profunda! Su pupila refleja el brillo del futuro: verán más
que nosotros. En los ojos del hijo nuestra visión llega al mañana,
se alarga, vence el sueño oscuro de la muerte. Entendemos que el
futuro puede verse con nuestros ojos de carne, como futuro que
se refleja en el hijo, nacido también de la carne. El futuro es visi-
ble a simple vista, es visible en los ojos del hijo, como se percibe
el fruto en la yema. Hay aquí otro rasgo de la fe, que nos dice
que la realidad siempre da más de sí, que es posible la novedad y
la sorpresa, la madurez, la plenitud. El que sabe mirar aprende a
creer. El que cree ve, y el que ve cree.
40 EL QUE CREE VE

Miramos, por último, al hermano. Comparte un mismo


origen, es fruto de un mismo amor. A veces se nos tuerce un
ojo, y vemos al hermano como enemigo, competidor, contra-
rio a nosotros. “Ver contra” significa envidiar (in-vidia). Pero
no es esta la forma natural de mirar al hermano, no es esta la
forma de la fe. Y es que hay otra manera más propia de mirada
sobre el hermano. Su rostro delata el origen común, recuerda a
nuestros padres, a nuestra familia. Testimonia el mismo amor
que nos dio origen. Ese amor no se agotó en mí, daba más de
sí. No solo me generó, generó también a mi hermano, para que
el don fuera más grande. Quiso desbordarse: regalarme, junto a
la vida, el hermano que la hiciera más grande. Esta es, precisa-
mente, la mirada de la fe.
En todas estas formas de ver, la mirada se abre ya hacia un
misterio más alto, como si se adentrara en un túnel de luz que
conduce hasta Dios. A este respecto hablaba el poeta T.S. Eliot
de una mirada submarina, la de ojos que bucean, ven todo inun-
dado de luz, pero no perciben la fuente invisible de esa luz, el sol
que está por encima de la superficie.
¡Oh Luz Invisible, Te alabamos!
Demasiado clara para una visión mortal. […]
Nuestra mirada es submarina, nuestros ojos miran hacia arriba
y ven la luz que se quiebra a través del agua inquieta.
Vemos la luz pero no vemos de dónde viene.
¡Oh Luz Invisible, te glorificamos! (Eliot 2006:187).

Notemos que estas formas de ver, que poseen ya rasgos


esenciales de la fe, no son ajenas a nadie. La fe es, desde este
punto de vista, lo más natural al hombre que viene al mundo, en
cuanto le ayuda a profundizar en una realidad que por todos sus
poros transpira misterio.
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 41

6. El salto de la incredulidad

Se habla con frecuencia del salto de la fe. Esta sería su justi-


ficación: las razones llegan hasta un cierto punto, hasta el que es
posible entendernos; pero las razones no bastan; detrás de ellas se
abre un foso oscuro, deja de haber suelo bajo los pies; si queremos
seguir adelante hay que dar un salto, el salto de la fe. El incrédulo
dice: yo, sinceramente, no puedo dar ese salto: ¿quién sabe si lo
que se encuentra tras él es el vacío del precipicio? El salto no entra
en los cómputos de la razón, se precipita en la noche oscura. En
realidad, nadie podrá decidir si el hombre de fe es un aventurero
que arriesga, o es un loco insensato que se arroja al vacío...
Ahora bien, lo que hemos dicho sobre la mirada nos aclara
que esto del “salto de la fe” no es una buena imagen. La mirada
crece, sí, descubre honduras nuevas, penetra más en lo realidad.
El ojo tiene que abrirse siempre a otras luces; si se llena orgullo
de su soledad, se hincha y ya no puede ver (cfr. San Agustín, Con-
fessiones VII, 7, 11). Pero este “camino de los ojos” no es un salto
a la negrura de la noche, sino un incremento paulatino de luz.
En realidad, para entender los tipos de mirada que hemos
descrito, miradas que nos acercan a la fe, no hay que hacer nada
extraordinario, no hay que dar saltos ni volteretas; este descubri-
miento, esta nueva luz de los ojos, es en realidad lo más sencillo,
lo natural, lo que brota sin esfuerzo... es el modo en que miran
los niños. Desde este punto de vista entendemos lo inapropiado
de hablar del “salto de la fe”. Los saltos y volteretas, las contor-
siones, hay que efectuarlas para salirse de aquí, para abandonar
este círculo de luz. Para decir que el rostro es un conjunto de
átomos, y mi visión de él un fenómeno eléctrico y químico; para
no descubrir el misterio del hombre que sufre, para no leer en su
mirada un grito de ayuda, hay que apartarla bruscamente, hay
que saltar fuera del círculo de claridad que nos abre. Hay que dar
un gran salto – es “el salto de la incredulidad”.
42 EL QUE CREE VE

Así dice el poeta Charles Péguy en sus versos: “la caridad,


dice Dios, no me sorprende. No me resulta sorprendente. Esas
pobres criaturas son tan desdichadas que a menos de tener un
corazón de piedra, cómo no iban a tener caridad unas con otras.
Cómo no iban a tener caridad con sus hermanos...”. Y también:
“La fe no me sorprende. No me resulta sorprendente. Resplan-
dezco tanto en mi creación. En el sol y en la luna y en las estre-
llas. En todas mis criaturas. En los astros del firmamento y en los
peces del mar. En el universo de mis criaturas...... Resplandezco
tanto en mi creación. Que en verdad para no verme tendría esta
pobre gente que estar ciega...” (Péguy 1991: 13-16).
Ciertamente, hay una gran diferencia entre esta forma de mirar
y la fe teológica, la fe sobrenatural que es regalo de Dios en Jesús.
Pero existe también, en este camino de la mirada, una preparación,
praeparatio evangelica, un camino que nos dispone a creer. La fe cris-
tiana se genera, su chispa se enciende, en este ojo que ha aprendido
a ver. Ella le quita las motas. Le da más agudeza. Y, sobre todo,
aumenta su campo visual, le permite captar cosas insospechadas.
En todo este proceso no hace al ojo “menos ojo”, sino más ojo.
Veamos cómo sucede esto, atendiendo a la venida de Jesús.

7. Ver a Jesús: la plenitud de la visión

Hemos hablado de una preparación a la fe. Esta no es, claro


está, la fe en sentido estricto, la fe que nace ante la manifestación
definitiva de Dios en Jesús. Se trata, más bien, de un inicio de fe,
cultivado por los sentidos, de una como chispa de fe, que comien-
za a alumbrarla, pues tiene sus rasgos, su tono, su colorido. Surge
así una apologética del ojo que se prepara para ver, para entender
que en Jesucristo ha ocurrido algo digno de verse.
Si el camino para alcanzar a ver el misterio de la vida co-
mienza con los ojos, si son ellos quienes aprenden a ver el mundo

EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 43

con profundidad, si esta hondura de la mirada es ya un princi-


pio de la visión de la fe, pues en ella se vislumbra el misterio de
donde viene toda otra luz... si esto es así, entonces Dios, para
mostrarse, había de elegir el espacio visual del hombre, aparecer
en el campo abierto por los sentidos, dejarse tocar, ungir, escu-
char, besar... con manos, dedos, oídos, labios de carne. Durante
demasiado tiempo hemos pensado que Dios se mostraba en la
conciencia aislada y autónoma, que era allí, en el silencio de la
soledad, me solum alloquendo, donde le podíamos descubrir. Y es
cierto que Él se revela en lo profundo, sí, pero no en lo profundo
del pensamiento autosuficiente, sino en lo profundo abierto por
los sentidos, en la hondura que los ojos nos desvelan, a partir de
la luz de este mundo, y que es lo profundo de un encuentro inter-
personal, de una amistad, de un amor.
Dios se ha dejado ver en Jesucristo, y la luz que ilumina a
los ojos de la fe es la que mana de su rostro, la que transluce de
su historia, la luz de la vida luminosa de Jesús (LF 30). En Él
Dios se ha puesto a vista de ojos, y ojos de carne; ha estableci-
do contacto visual, se ha hecho accesible al ojo desnudo. Todas
las miradas de que hemos hablado antes se recapitulan en él. El
Evangelio no nos dice solo que el Verbo se hizo hombre, sino
que “se hizo carne” (Jn 1,14). Se subraya así que entró en nuestro
mundo por ese lugar por donde el hombre se abre a los otros, por
donde su vida se deja tocar por la vida de otros para abrirse más
allá de sí, ese lugar sensual y sensorial en que podemos actuar y
sufrir, en que vemos, oímos, tocamos, y también somos vistos,
oídos, abrazados. Solo entrando ahí podía salvar al hombre he-
cho de carne, necesitado de verle con vista de ojos.
Preguntado el P. Kolvenbach, quien gustaba mucho de los
iconos, qué es lo que veía cuando los miraba, contestó que él no
miraba a los iconos, sino que se dejaba mirar por ellos. Jesús trae
al cristiano la seguridad de una mirada nueva sobre él, que le tes-
timonia el amor primero del Padre; acariciado por la mirada de
44 EL QUE CREE VE

Dios, al creyente se le abren nuevas profundidades. Ver a Jesús:


aquí se condensan todos los rayos de la fe, hacia aquí apuntan.
En Él se ha manifestado el Padre. En su rostro se encuentra el
misterio de todo rostro. Él nos narra nuestro origen, Él nos invita
a una entrega de amor, Él nos desvela el futuro último. Su rostro
es el punto de fuga del misterio que descubrimos en todo rostro.
Jesús diría luego a los discípulos: el que me ve a mí ha visto
al Padre. La frase se interpretó de varias formas en la tradición
cristiana. Para unos, representados por el gran Orígenes, se trata
de una visión interior, visión del espíritu que trasciende los ojos
de la carne. A partir de aquí era posible distinguir dos tipos de
fe (Aróztegi 2004: 69-134). Una era la fe de los sencillos, que
necesitaban apoyarse en signos corpóreos, fe todavía débil, nece-
sitada de maduración. La segunda fe era la de los perfectos, que
podía prescindir de lo material, pues captaba lo profundo del ser.
Tal perspectiva, debemos decir, no refleja fielmente el Evange-
lio. Pues el cristianismo nunca deja atrás la concreta realidad del
cuerpo. Por eso es de preferir otra explicación de la frase de Jesús,
que encontramos en San Ireneo de Lyon. La fe, para el Santo
obispo, es una sola, no hay dos tipos de fe; y toda fe se arraiga en
la visión carnal, nunca la abandona. Quien ve a Jesús con los ojos
del cuerpo percibe en Él la presencia del Padre, que se ha hecho
visible en el rostro humano del Hijo. Por eso la fe de la Iglesia es
una, en cuanto todos somos un mismo cuerpo, en cuanto la carne
nos une humildemente al hermano: “la fe es una sola, porque
pasa siempre por el punto concreto de la encarnación, sin superar
nunca la carne y la historia de Cristo” (LF 47).
Santa Teresa de Jesús, mística de ojos abiertos, nos relata
esta experiencia en el libro de su vida. Algunos le habían acon-
sejado que, siendo ya experta en la oración, podía dejar atrás la
contemplación de Jesús en sus Misterios, para adentrarse en la
visión incorpórea de Dios, sin imaginaciones que la distrajeran.
La Santa aprendió que, por mucho que se vaya adelante en la
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 45

relación con Dios, esta se fragua siempre en contacto con los mis-
terios del Hijo encarnado, y así nos lo dice en el capítulo XXII de
su Vida: “quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e
imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como
yo quisiera. ¿Es posible, Señor mío, que cupo en mi pensamiento,
ni un hora, que Vos me habíades de impidir para mayor bien?
¿De dónde me vinieron a mí todos los bienes sino de Vos? [...]
Y veo yo claro, y he visto después, que para contentar a Dios y
que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esta
Humanidad sacratísima, en quien dijo Su Majestad se deleita.
Muy, muy muchas veces lo he visto por expiriencia: hámelo di-
cho el Señor. He visto claro que por esta puerta hemos de entrar,
si queremos nos muestre la soberana Majestad grandes secretos”
(Santa Teresa 1915: 167-169).

8. De la vista, a los otros sentidos

Hemos hablado de la vista, de la capacidad visual de la fe,


de sus ojos. Para completar el discurso habría que incluir los de-
más sentidos. Mientras el ojo ofrece visión de conjunto y da per-
cepción de eternidad, el oído capta mejor el diálogo, la escucha y
la obediencia, así como el paso del tiempo y su sentido, de sílaba
en sílaba hacia la palabra; el tacto, por su parte rompe nuestro ais-
lamiento, nos pone en relación directa con el otro, nos sitúa en el
mundo sacándonos de la esfera aislada del yo: se puede ver y oír
a distancia, pero no se puede tocar a distancia, hay que ponerse
en juego, dejarse transformar en la acción viva.
Solamente cuando todos los sentidos se unen, pueden dar una
visión completa de la vida humana, del conocimiento y del querer.
¿Es posible asociar entre sí los sentidos, reconciliarlos en unidad?
Ellos se hacen uno, se ordenan y coordinan entre sí, a partir del
encuentro con otra persona, a partir del amor. La unidad del amor,
46 EL QUE CREE VE

pues sabemos que el amor es uno, unifica los diferentes sentidos,


les reúne en un solo haz. Y así en el amor aprendemos que los ojos,
por un lado, son capaces de tocar; la mirada puede transformar-
nos, como afirma San Juan de la Cruz: “cuando tú me mirabas, tu
gracia en mí tus ojos imprimían...” Por otro lado, también el ojo
puede escuchar, haciendo surgir un diálogo de miradas; lo atesti-
gua un Soneto de Shakespeare que pide, ante su incapacidad de
expresar con palabras su amor, unos ojos que sepan escucharlo.
“To hear with eyes belongs to love’s fine wit”: escuchar con los
ojos pertenece a la fina sabiduría del amor (Soneto XXIII).
Este amor personal que es capaz de unificar todos los sentidos
alcanza su plenitud en el encuentro con Jesús. Lumen Fidei nos lo
recuerda al decir que en Jesús se unen todos los sentidos del hom-
bre (LF 30). Lo que ven los ojos, lo que tocan los dedos, lo que
escucha el oído, se hace ahora uno en Cristo. La gran tradición
cristiana ha hablado, a este respecto, de los sentidos espirituales.
No se trata de sentidos abstractos, etéreos, volátiles. Pues la pala-
bra Espíritu en la Biblia no es lo opuesto a la materia: hay Espíritu,
más bien, donde hay presencia personal, donde hay ámbito de rela-
ción, donde Dios se hace cercano y nos ofrece su amistad. Sentidos
espirituales son los sentidos unificados en un encuentro de amor,
son los sentidos que se coordinan y enriquecen mutuamente por-
que encuentran su punto de contacto vivo en la persona amada.
De ahí que, en la fe, en cuanto apertura a la plenitud del amor,
ninguno de estos sentidos pierda nada, que todos se fortalezcan,
que se purifiquen, que lleguen a plenitud sensible.
Accende lumen sensibus!, pedimos al Espíritu Santo. ¡Enciende
la luz en los sentidos! Se trata aquí de los cinco sentidos corpo-
rales, en los que el Espíritu actúa, elevándoles a una percepción
más profunda, hasta captar la hondura del encuentro con el otro
en que Dios se hace presente. La luz que el Espíritu enciende (lux,
y no solo lumen) es luz que tiene en cuenta nuestros ojos, oídos,
manos, olfato y gusto; es luz que nace en el encuentro de amor
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 47

de dos libertades, y que produce la novedad de visión propia del


amor. De este modo en el Espíritu se genera visión nueva, la del
amor que Él nos regala, y se llega así a ver más de lo que hay.
En suma, el encuentro con Jesús confirma la lógica de la
visión que acabamos de describir. La apologética de la fe es apo-
logética de la vista, lógica de los ojos, oftalmo-logía. Sus razones
son siempre razones visuales, completadas por los otros sentidos.
La fe puede dialogar con la razón solo si la razón se encarna, si
recupera su apertura y presencia al mundo y a los otros, si apren-
de de nuevo su lógica sensorial.
Lo propio de la fe es dilatar la experiencia de los sentidos pa-
ra que, en Jesús, puedan tocar, ver, gustar a Dios... ¿Es esto posi-
ble? Es verdad, como afirma San Agustín, que a Dios no se le ve,
no se le oye, no se le escucha. Y, sin embargo, añadía enseguida
el Santo que existe una relación entre todos los sentidos y Dios:
Y ¿qué es lo que amo cuando yo te amo? No belleza de
cuerpo ni hermosura de tiempo, no blancura de luz, tan amable
a estos ojos terrenos; no dulces melodías de toda clase de cantile-
nas, no fragancia de flores, de ungüentos y de aromas, no manás
ni mieles, no miembros gratos a los abrazos de la carne: nada de
esto amo cuando amo a mi Dios. Y, sin embargo, amo cierta luz,
y cierta voz, y cierta fragancia, y cierto alimento, y cierto abrazo,
cuando amo a mi Dios [...] (Confesiones X, 6, 8). Llamaste y cla-
maste, y rompiste mi sordera; brillaste y resplandeciste, y fugaste
mi ceguera; exhalaste tu perfume y respiré, y suspiro por ti; gusté
de ti, y siento hambre y sed, me tocaste, y abraséme en tu paz
(Confesiones X, 27, 38).

9. Conclusión: el evangelio de los sentidos

Desde esta visión de la fe pueden sacarse consecuencias im-


portantes para la nueva evangelización. Pues en ella se encuentra
48 EL QUE CREE VE

un nuevo nexo entre razón y fe. La fe no puede dialogar con la


razón abstracta del hombre aislado, que lo conoce todo desde sí
mismo; la fe dialoga con la lógica de los sentidos, arraigada en
el mundo y, por eso, abierta al encuentro con el hermano, hecha
razón dialogal, que escucha y responde para encontrar, en el ros-
tro del otro, una chispa de la luz de Dios.
Desde aquí se descubre, por ejemplo, el valor de los sentidos
para educar en la fe y para transmitir la fe. El aprecio del arte, el
disfrute de la natura, no son ámbitos ajenos a la fe. Dios se hace
presente precisamente allí donde encontramos el mundo mate-
rial. ¿No es este precisamente el lenguaje de la liturgia, que inclu-
ye en sí todo el cosmos y nos lo abre como camino hacia Dios?
Se entiende también la importancia de la familia para la
transmisión de la fe: es allí donde se aprende el primer vínculo
de los sentidos con el amor, su capacidad de ver el misterio en
la carne, ya desde que el recién nacido se sabe acogido por un
vientre materno, por la mirada de sus padres, por el calor de su
ambiente familiar. En la familia la mirada se hace profunda para
ver, en los ojos del padre y de la madre, del esposo y de la esposa,
del hijo y del hermano, esa profundidad de horizonte con que la
mirada, el oído, el tacto, nos conducen hacia la fe.
Además, dado que ve en el espacio visual abierto a todos
los hombres, la fe puede proponerse en la plaza pública. No pre-
tenderá, claro, que todos vean lo que ella ve; pero encontrará
siempre, en la condición encarnada y relacional que comparte
con todos los hombres, un ámbito de diálogo, que se abre preci-
samente en los encuentros concretos, visibles a todos, para cons-
truir la ciudad.
La Encíclica del Papa Francisco no se ha limitado a decir
que la fe es una luz. Ha precisado: “la luz de la fe es una luz en-
carnada” (LF 34). Por eso ha unido la fe a los distintos sentidos:
la vista, el oído, el tacto. Jesús ya dijo que, al creyente, se le daría
cien veces más, ya en esta vida. La luz de la fe significa, de hecho,
EL QUE CREE, VE: LA LÓGICA DE LA FE ES LA LÓGICA DE LOS SENTIDOS 49

hacer más penetrante cada sentido: cien veces más en visión, en


escucha, en contacto vivo con los hombres y el mundo. Cien
veces más en realidad.

Bibliografía

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