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Cinco tesis contra la mitomanía constitucional

Hernando Llano Ángel*

Contrariando las lecturas optimistas y aún las matizadas, el conocido profesor de ciencia política sostiene que la Constitución fue un fracaso, que ayudó al narcotráfico, que no rige la vida social y que es apenas la cara nominal de un régimen que hace elecciones pero donde dominan los poderes fácticos. Cinco tesis sin duda muy polémicas.

Hernando Llano Ángel*

Con el propósito de incentivar el debate sobre el significado y la incidencia de la Constitución del 91 en el actual régimen político colombiano, van estas cinco tesis controversiales:

Primera tesis: el fracaso político

La Constitución del 91 es un fracaso político consumado, pues en lugar de ser “el tratado de paz duradero” que proclamó Cesar Gaviria hace 20 años, ella se transmutó en una declaratoria de “guerra integral” al autorizar el bombardeo del Secretariado de las FARC en “Casa Verde”, el mismo día en que elegíamos los delegatarios a la Asamblea ( 9 de diciembre de 1990). Dicha declaratoria de “Guerra integral”, después de 20 años, ha convertido a Colombia en un campo de batalla profundamente degradado, como lo viven diariamente cerca de seis millones de colombianos desarraigados de su terruño.

Quizá tratando de conjurar semejante escenario, los delegatarios aprobaron el artículo 22: “La paz es un derecho y un deber de obligatorio cumplimiento”, que condensa irónicamente el carácter nominal y retórico de nuestra Carta, transmitiendo así fielmente hasta nuestros días el nefasto proverbio colonial de “la ley se obedece pero no se cumple”.

Segunda tesis: el caballo de Troya

La Constitución del 91 es, ante todo, la expresión más paradójica de la crisis estructural de la política y de su legitimidad, minadas por el caballo de Troya del narcotráfico, cuya fuerza catalizadora de acontecimientos políticos tiene tal poder de descomposición y desestabilización del régimen que ha convertido las elecciones en una suerte de alianzas entre actores legales e ilegales y la gobernabilidad en un ejercicio de criminalidad más o menos impune, legitimado periódicamente por una población rehén de necesidades acuciantes (seguridad y paz) e ilusiones inaplazables (prosperidad y justicia) que se debate entre el miedo a la guerra y la esperanza de la paz.

Para nadie es un secreto que los carteles de Medellín y Cali apostaron a la idea de que el riesgo de ser extraditados -es decir el único riesgo de ser realmente castigados- quedara expresamente prohibido nada menos que en la Constitución nacional. Y nadie puede olvidar aquel 19 de junio de 1991, cuando por 50 votos contra 13 los constituyentes aprobaron la no extradición y en esa misma tarde Pablo Escobar aterrizaba en las instalaciones de La Catedral.

El magnicidio de Luis Carlos Galán propició la idea de la “séptima papeleta”, que a su vez desencadenó la convocatoria de la Asamblea Nacional Constituyente.

Y más recientemente, mediante su alianza con cientos de políticos, ese caballo de Troya

engendró la “parapolítica”, que metamorfoseó el crimen en política, consolidó el éxito mediático de la “seguridad democrática” y contribuyó a la reelección de Uribe, además de acelerar la adicción progresiva de las FARC al narcotráfico y sus inciertas coaliciones actuales con las nuevas bandas criminales.

En síntesis, politizó el narcotráfico y narcotizó la política, bajo espejismos gubernamentales como la “Política de sometimiento a la justicia”, el “Plan Colombia”, la “Seguridad democrática”

y la fracasada ley de “Justicia y Paz”.

Tercera tesis: sin constitución política

La Carta del 91 no es en la realidad social una Constitución Política en tanto ha sido incapaz

de regular en forma legal y civilizada las dinámicas cambiantes del poder político y garantizar

la vigencia de los derechos humanos [1], quedando reducida a un campo de batalla donde

actores legales e ilegales se disputan --sin límites éticos y normativos-- la vida, libertad y dignidad de la población civil, la cual ha sido convertida en una especie de masa de maniobra electoral y militar, convocada periódicamente a las urnas, a las cuales acude con desgano (más del 50 por ciento de abstención electoral), unas veces ilusionada por la paz y últimamente manipulada por el miedo a la inseguridad y aupada por sentimientos de revancha, codicia o igualdad social, bajo eufemismos de campañas políticas con consignas demagógicas como la “seguridad democrática” y la “prosperidad democrática”.

Cuarta tesis: la constitución nominal

La Carta del 91 es, entonces, fundamentalmente una Constitución Jurídica-Nominal, pues consagra y postula una amplia gama de derechos políticos, económicos, sociales, culturales y colectivos de la población, cuya vigencia todavía se proyecta como un deber social en un horizonte cada día más incierto y más lejano. Por tanto, su dimensión es más nominal que realmente normativa, pues el Estado es incapaz de garantizar el goce real de tales derechos.

Horizonte nominal que en forma denodada y casi heroica el poder judicial de las altas Cortes trata de convertir en realidad cotidiana ante la ausencia de actores institucionales –partidos políticos, órganos de representación popular y autoridades democráticas– auténticamente comprometidos con la materialización de esos derechos. Sin la Corte Constitucional y la Corte

Suprema de Justicia, hoy no tendríamos Estado, tampoco aplicación de políticas sociales y menos aún vigencia del Derecho, que son los cimientos de aquel Estado Social de Derecho, aún por construir.

El actual Estado colombiano conserva cierta aura de legitimidad gracias a las elecciones pero sobre todo a las providencias de la Corte Constitucional en defensa de la acción de tutela; la promoción de los derechos sociales de educación, salud y vivienda, y la exigencia de una vida digna para la población desplazada (Sentencia T-025), junto a las sentencias de la sala penal de la Corte Suprema de Justicia depurando la política de criminales (parapolítica).

No obstante lo anterior, el Estado es objeto de una tutela internacional creciente por sus acciones y omisiones en atender los derechos humanos del conjunto de la población, por lo cual durante los últimos 20 años ha sido condenado en más de 10 ocasiones por la Corte Interamericana de Derechos Humanos y está bajo la atenta mirada de la Corte Penal Internacional.

Quinta tesis: el régimen electo-fáctico

Por todo lo anterior, con la Constitución del 91 no se instaura o consolida en la realidad social

y la política colombiana la democracia y mucho menos el Estado Social de derecho, sino un

régimen político electo-fáctico donde, tras la mampara de las elecciones deciden los poderes

de facto, sean estos los corporativos del mercado global legal (ayer “apertura económica” hoy TLCs) o los ilegales del mercado criminal (narcotráfico, contrabando, carruseles de corrupción

y lavado de activos), hábilmente legitimados por falsos discursos de seguridad y prosperidad democrática.

Discursos y programas que canalizan en las urnas -y también en las tumbas (trincheras, minas antipersona, fosas comunes, “falsos positivos”)- bien sea a través del clientelismo, la corrupción, la coacción violenta o el ilusionismo mediático del marketing electoral, desde las necesidades más apremiantes de la población pobre y marginada (pan, empleo, salud y seguridad), pasando por las esperanzas e ilusiones democráticas (legalidad, confianza y transparencia) y de comodidad (movilidad, espacio público y recreación) de sectores de la clase media citadina, hasta la codicia rabiosa y revanchista de los defensores a ultranza del statu quo (“seguridad inversionista” y “derrota del terrorismo”), legitimando así con sus votos dicho régimen electo-fáctico cada cuatro años con menos del cincuenta por ciento de participación del censo electoral.

Razón tenía don Miguel Samper cuando en el siglo XIX, a propósito de las Constituciones, escribió: “Al leer tantas Constituciones como las que se expiden en estas tierras, se nos ocurre que en vez de tantos libros consultados para elaborarlas, convendría empapelar los salones de las Cámaras con los cartelones en los que el Doctor Brandreth recomendaba sus píldoras con un aforismo tremendote: ´Constitución es lo que constituye, y lo que constituye es la sangre´ sea la que se derrama a torrentes en la guerra, o la que queda en las venas de los señores que legislan, inficionada por los odios, la sed de venganza y la vanidad” [2].

*Politólogo de la Universidad Javeriana de Bogotá. Profesor Asociado en la Javeriana de Cali. Socio de la Fundación Foro por Colombia, Capítulo Valle del Cauca y publica en el blog: calicantopinion.blogspot.com

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