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Una Constitución de papel

Hernando Gómez Buendía

En los países de mentiras la Constitución es de mentiras.

Hernando Gómez Buendía *

Lewis Mumford observó que la civilización es "un pacto para que gobiernen las palabras y no las personas". Por eso la Biblia se llamó La Palabra. Y por eso en el Estado laico la Constitución son las palabras que gobiernan para evitar que los poderosos nos manden a su antojo.

La Constitución está por encima de los hombres, y sin embargo está hecha por los hombres. De aquí que en los países de verdad se tomen tantas medidas para que la Constitución esté a salvo de las coyunturas, de las truculencias y de las interpretaciones amañadas. En cambio en los países de mentiras las constituciones son de mentiras.

Una primera garantía de respeto a la Constitución es la dificultad para cambiar su texto. Por ejemplo en Bélgica, Dinamarca o España se disuelve el Congreso que tramitó la reforma y se convoca a nuevas elecciones para volver a discutirla. En Francia se requiere referendo o mayoría especial en el Congreso. En Alemania y en otros sistemas federales, además de mayoría calificada se necesita el voto de los estados federados. Pero en Colombia el Congreso en sus sesiones semi-clandestinas ha tramitado 18 reformas a la Carta del 91- una reforma por año-. Y en lo que va corrido del gobierno Uribe se han propuesto otras 29 reformas a la Constitución.

Algunos puntos de la Constitución Política sencillamente pueden ser inmodificables. El artículo 139 de la Constitución Italiana por ejemplo prohíbe cualquier revisión de la forma republicana de gobierno. En el mismo sentido se había pronunciado la Corte colombiana en su fallo sobre la primera reelección del Presidente Uribe, cuando advirtió que una segunda reelección no sería admisible porque sería cambiar el régimen político. Sólo que ahora será el pueblo- no el Congreso - quien vote la reforma y que el magistrado ponente del fallo sobre el referendo ya había dicho que en su opinión el pueblo soberano puede si quiere establecer la monarquía o la desmembración territorial de Colombia.

Tales son la democracia plebiscitaria y el Estado de opinión, que vienen a ser lo contrario de la democracia y el Estado de Derecho.

La democracia plebiscitaria es El Edén de los demagogos, de la prensa amarilla y de las agencias de publicidad. Por eso en los países serios el referendo y otras formas de consulta popular están cuidadosamente delimitados en cuanto a los temas, los requisitos, los plazos y los controles que garantizan el equilibrio de los poderes y los derechos de las minorías. Pero en Colombia, precisamente debido a que la Constitución del 91 resultó de una "movimiento de

opinión" - no de partidos organizados- es posible que se imponga el "Estado de Opinión" y

que el régimen político se cambie porque la mayoría de la gente piensa que es bueno reelegir

al presidente de turno.

Pero la Constitución de 1991 adoptó otro mecanismo de autoprotección, que fue la primacía de sus normas garantizada por una Corte especial y por la acción de tutela. Esta opción parece incluso ser más eficaz que la de Inglaterra o Estados Unidos, donde no hay Corte Constitucional y donde recursos como la tutela son muy limitados.

Y en efecto: Tanto la Corte como la tutela han hecho mucho para que en Colombia la

Constitución sea respetada. Pero la tutela está saturada y la Corte Constitucional está dando señales de desgaste. Lo primero se debe a que la tutela es la única forma de lograr que funcione la justicia. Lo segundo se debe a que la Corte en varias ocasiones y de modos distintos se ha excedido en sus poderes: con argumentos siempre inteligentes, la Corte Constitucional ha legislado y hemos tenido magistrados que gobiernan.

Ese mismo "activismo judicial" nos ha llevado a la creciente politización de la justicia. Y por eso, aunque no lo digamos y aunque no queramos verlo, es lamentable que el fallo sobre la constitucionalidad del referendo -o sobre la vigencia del sistema político colombiano- este siendo discutido entre algunos magistrados de bolsillo del gobierno y algunos otros magistrados adversarios del gobierno.

*Director y editor general deRazón Pública. Para ver el perfil del autor, haga clicaquí.