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Sofía Amundsen llega a su casa, y encuentra un sobre blanco, sin
sellos, con una única pregunta ´¿Quién eres?µ (p. 2). Luego, un
segundo sobre la sobresalta, y la coloca ante un nuevo interrogante:
´¿De dónde viene el mundo?µ (p. 6). El corazón de la joven, que
pronto cumplirá los 15 años, inicia así una serie de pensamientos y
reflexiones que la abren al pensar filosófico, precisamente desde el
fenómeno de la pregunta y la maravilla. Luego, una postal, dirigida a
Hilde Moller Knag, llega al buzón de Sofía, y la llena de interrogantes.
Sólo en el momento central de esta obra descubriremos que El mundo
de Sofía es un ´libroµ escrito por Albert Moller para su hija Hilde (pp.
346-351), y que los protagonistas de esta novela, Sofía y su maestro
Albert Knox, luchan por salir de la misma para poder entrar en
contacto con quien la escribe y quien la va a leer el día de su
cumpleaños...

Desde el marco de esta trama, Gaarder (que se oculta bajo la figura


de Alberto Moller) da el salto que desea. Lo mejor para iniciarse a la
filosofía es conocer lo que han dicho los filósofos, es decir, hacer una
historia. El ´cursoµ va llegando a Sofía en amplios sobres amarillos,
como pequeñas dosis que despiertan el creciente interés de la joven,
así como su curiosidad por conocer quién es el que se los hace llegar.
Las dos primeras ´leccionesµ (pp. 13-16, 17-22) invitan a superar el
nivel de lo cotidiano para aventurarse en aquellas preguntas más
decisivas, que dan el inicio de la aventura intelectual de los hombres
que han llegado a ser filósofos. Los latidos del corazón de Sofía, cada
vez más acelerados, reflejan su ´sintoníaµ con el misterioso curso
que está recibiendo, y que no es comprendido por su madre, con la
que inicia una sórdida batalla de reproches recíprocos.

A partir de la p. 25 se suceden las distintas ´escuelasµ que han dado


vida a toda la tradición filosófica occidental. Su presentación no es la
propia de un ´manualµ frío. Gaarder intenta penetrar en cada
pensador (con una cierta competencia en la materia, aunque con
algunos errores propios de quien quiere hacer divulgativo lo que es
objeto de estudio por parte de cada especialista) y hacerlo cercano y
asequible a Sofía, a sus problemas, al mundo de su experiencia
cotidiana. El mito, el inicio de la filosofía con las distintas escuelas
presocráticas (aunque no todas, pues la escuela pitagórica no es
tratada en absoluto, lo cual constituye una deficiencia importante
del libro), Sócrates, Platón y Aristóteles, las escuelas del helenismo y
del imperio romano, reciben una amplia y atractiva presentación.
Quizá el logro pedagógico mayor de esta primera parte del libro (pp.
25-170) sea el ir introduciendo a cada autor o corriente con una serie
de preguntas que llegan a Sofía en un pequeño sobre. Por ejemplo,
antes de que le llegue la explicación de Aristóteles, Sofía debe
afrontar su ´tareaµ, que consiste en contestar a las siguientes
cuestiones:
¿Qué fue primero? ¿La gallina o la idea de gallina? ¿Nace el ser
humano ya con alguna idea? ¿Cuál es la diferencia entre una planta,
un animal y un ser humano? ¿Por qué llueve? ¿Qué hace falta para que
un ser humano viva feliz? (p. 119).

Como pórtico a la Edad Media, Gaarder introduce una presentación


del cristianismo, desde el contraste entre el mundo grecorromano y
la religión judía (pp. 181-200). A pesar de la corrección general con
la que se trata la fe cristiana y el personaje Jesús, alguna afirmación
muestra escasa competencia en temas fundamentales, como el de la
inmortalidad del alma (según Gaarder, en el cristianismo ni siquiera
el alma humana es inmortal, p. 195, lo cual contradice toda la
tradición de casi dos mil años de reflexión teológica y filosófica en el
ámbito cristiano), y una difusa idea de que conviene separar al Jesús
histórico del Jesús en el que creen los cristianos (p. 77). Tal
exposición, en general, parece omitir completamente temas como el
de la fe y la gracia, que resultan fundamentales para comprender el
cristianismo. De todos modos, Gaarder es consciente de que el tema
no puede quedar suficientemente aclarado en el ámbito filosófico,
por lo que el maestro de filosofía recuerda a su alumna que debe ser
su profesor de religión quien profundice en estos temas (p. 194).

La Edad Media (10 siglos) ocupa sólo las pp. 205-228. En esto Gaarder
no escapa al error de tantos históricos que no prestan la atención
debida a las contribuciones filosóficas de este periodo, a pesar de los
esfuerzos de pensadores como Gilson por dar a entender la
importancia del pensamiento medieval. Pero, a pesar de la brevedad,
la novela respira cierto respeto a esta época, que es expuesta no ya
por medio de cartas, sino en el diálogo directo entre Sofía y su
misterioso maestro, Alberto Knox. La explicación de la doctrina
agustiniana sobre la predestinación (pp. 216-218) deja que desear,
por carecer de la necesaria contextualización polémica en la que se
origina. Santo Tomás es visto con respeto, aunque su antropología
queda caricaturizada por la idea que tenía de la mujer, lo que
muestra escasa competencia en el estudio de la filosofía tomista
sobre el hombre. Se podría justificar la total ausencia de una
presentación de Buenaventura, Duns Scoto o Ramón Llull por razones
de brevedad. Pero el que no se dedique ninguna línea a Guillermo de
Ockham, que influyó decisivamente en la mentalidad de los siglos XIV
y XV (y, de modo más o menos directo, en Lutero y en la Reforma)
sólo puede quedar explicado por una muy pobre visión científica de la
evolución del pensamiento en este periodo de la historia occidental.

Tras una atractiva presentación del Renacimiento y de la nueva


ciencia (pp. 239-261), se inicia la exposición de la Edad Moderna (pp.
274-409), en la que se intenta llegar al fondo del pensamiento de
cada autor, dentro de un gran respeto general por sus distintas
concepciones. Quizá extraña el papel central que se da a Berkeley en
la novela, y que sirve para desvelar el misterio de El mundo de Sofía:
sólo después de la tensión dramática que rodea la presentación de
este autor, Gaarder ´encierra su novelaµ en el regalo que hace Albert
Moller a su hija Hilde...

Con el Romanticismo se inicia la exposición de los grandes pensadores


alemanes (Fitche, Schelling, Hegel), así como del principal
antagonista de Hegel, el danés Kierkegaard, y luego el pensamiento
de Marx, Darwin y Freud. Todos ellos cubren las pp. 418-549. Extraña
el amplio espacio que se da al padre de la teoría evolucionística,
aunque la difusión de la misma, en su forma neodarwinista, quizá da
pie para ello. Sin embargo, en estos momentos de la exposición
aparecen afirmaciones siniestras (es Sofía quien lo nota y levanta su
voz de protesta) que abren un espacio a las ideas eugenésicas,
camufladas bajo la expresión ´higiene de la herenciaµ (p. 517).
Gaarder debería recordar que sus páginas influirán en los lectores,
como dejaron una huella en su personaje Sofía y su extraña
interpretación (muy poco bíblica) de la Torre de Babel en un examen
de su colegio (p. 151), y que de ello tiene una responsabilidad no
pequeña.

Del todo insatisfactoria resulta la ilustración del siglo XX (pp. 559-


580). Gaarder se limita a una presentación (que privilegia sólo los
puntos positivos) de Sartre; a dos ideas sobre Simone de Beauvoir; y a
algunas fenómenos ´culturalesµ de nuestra época. Las demás
corrientes filosóficas son sólo nombradas (neotomismo, filosofía
analítica, neormarxismo). Heidegger sólo aparece en dos líneas
(cuando resulta ser el autor más estudiado del siglo XX, muy por
encima de Sartre), y Jaspers y Marcel (que tanto han contribuido en
sus reflexiones sobre el hombre y sus problemas más vitales y
concretos) parecen no haber existido. Las escuelas psicológicas que
han nacido después de Freud (autor al que El mundo de Sofía valora
enormemente) parecen no ser conocidas. Gaarder ofrece un severo
juicio sobre el New Age y sobre el resurgir de grupos
pseudoespirituales o místicos (pp. 574-580), dentro del marco de la
consigna general de la obra: hay que tener los ojos bien abiertos y
examinar con la razón todo lo que vemos, lejos de cualquier
dogmatismo (p. 580).

La novela termina con la fiesta en el jardín de la casa de Sofía. En


ella los ´protagonistasµ de la historia de la filosofía escrita por Albert
Moller (es decir, Sofía Amundsen y Alberto Knox) consiguen ´escaparµ
de las manos del ´Mayorµ y entrar en el reino de la fantasía, desde el
cual pueden llegar a tramar contacto con la hija de Albert Moller,
Hilde. Por desgracia, la escena de la fiesta del jardín incluye una
escena en la que dos amigos de Sofía se entregan, como si se tratasen
de animales, a la relación sexual. Gaarder podría haberse ahorrado
este elemento ´comercialµ en su novela, que, sin necesidad de
recurrir a este ´clichéµ de ventas, conserva su atractivo y misterio. Si
la filosofía es la independencia que tanto defiende el libro, ¿por qué
tuvo que ceder a la idea dominante en algunos ambientes del
salvajismo sexual?

Aunque ya hemos ido señalando algunos puntos de reserva en


distintos momentos de este análisis, conviene ofrecer una valoración
global. Creo que el objetivo fundamental de la obra, iniciar al
pensamiento filosófico a quien vive ajeno al mismo (se trate de
adolescentes o de personas en edad adulta) es conseguido sólo en
parte. Si bien es cierto que se suscita la ´maravillaµ desde la cual
nace el filosofar, así como las preguntas que lo inician, la obra, al
limitarse a caminar sólo con la historia, no llega a ofrecer un cuadro
de referencias desde las cuales poder enjuiciar la mayor o menor
verdad de cada pensador. El hecho de que Sofía (y Hilde, y el mismo
lector) vaya oscilando según la ´músicaµ que interpreta Gaarder con
la ayuda de las partituras de cada pensador, es la simple
consecuencia de este defecto de fondo. De una obra como esta puede
salir un maniático del orden (desde la lógica de Aristóteles), un
cristiano más o menos convencido (quizá, en el fondo, sin la
verdadera fe teologal, que está a la base de nuestra religión), un
moralista cerrado ´a la Kantµ, un nuevo ´Hitlerµ defensor de la
eugenesia, o un hombre que se sumerge, feliz y anonadado, en el
todo de un Yo superior (como le ocurre a Sofía en las pp. 169-170 o
en las pp. 457-458). Cada uno podrá escoger, al final de la lectura,
qué idea de fondo le satisface más, y entonces no se habrá
conseguido el objetivo global de la obra: iniciar al pensamiento
filosófico, que es la búsqueda de la verdad.

Tampoco se aprecia un ´razonableµ amor a la ´razónµ, en el sentido


de revelar los límites de la misma. El racionalista quiere justificarlo
todo, y queda desconcertado ante el misterio (que no queda excluido
en la obra, dicho sea en honor de la verdad). La apertura a la
revelación (algo que quiso probar Blondel, otro gran ausente en el
libro de Gaarder) no es irracional, sino fruto del movimiento de la
mente y del corazón del hombre que parte de la filosofía y llega,
desde ella y más allá de ella, a la religión.

Igualmente deja que desear la imagen fría y distanciada de la madre


de Sofía (una pobre mujer que no ha llegado al estado filosófico y es
así colocada como ´enemigaµ del uso ´adultoµ de la razón), y el
sabor ´feministaµ (si es que la defensa de la mujer implica seguir las
ideas que propugnan ciertos grupos, no siempre con intenciones
leales) que se respira en toda la obra. Al hablar de Aristóteles y su
´desprecioµ hacia la mujer, Alberto afirma que ello ´nos muestra dos
cosas: en primer lugar que Aristóteles seguramente no tuvo mucha
experiencia práctica con mujeres ni con niños. En segundo lugar
muestra lo negativo que puede resultar que los hombres hayan
imperado siempre en la filosofía y en las cienciasµ (p. 142). Gaarder
haría bien en leer la Investigación sobre los animales para ver que
Aristóteles sí conocía ´experimentalmenteµ mucho en lo que se
refiere a los sexos. Y es un error afirmar que resulte perjudicial para
la mujer el ´dominioµ masculino en el campo científico, pues, como
dice el mismo Gaarder en la p. 226, los datos biológicos necesarios
para superar ciertas ideas sobre la reproducción que dominaban en la
Antigüedad y en la Edad media sólo se corrigieron a partir del siglo
XIX (y, precisamente, por científicos en su mayoría ´varonesµ). Poner
como ejemplo de ´filósofaµ a Simone de Beauvoir no creo que honre
mucho a las mujeres, cuando podría haberse recordado a una
pensadora mucho más profunda y rica, como lo fue Edith Stein...
Otro aspecto que conviene señalar es la visión de la historia que va
dibujando aquí y allá Gaarder. La frase de Goethe que abre el libro
(´El que no sabe llevar su contabilidad por espacio de tres mil años se
queda como un ignorante en la oscuridad y sólo vive al díaµ) indica el
deseo de conectar con la experiencia humana global, para, desde
ella, zambullirse en el filosofar. Pero el hacerlo implica seleccionar,
y toda selección es, en el fondo, subjetiva. Si se habla del año 529
como el momento en el que la Iglesia clausura la Academia y pone
una tapadera al pensamiento griego (p. 208: Gaarder hubiera sido
más ´históricoµ si hubiese señalado que tal cierre fue obra de
Justiniano y no ´de la Iglesiaµ, y que la Academia de Platón no
existía, en su forma original, desde el siglo I a.C.), o de la muerte de
Giordano Bruno como si se tratase del acto tonto de un grupo de
malos y antihumanistas (p. 245), no se dice nada de las persecuciones
contra los cristianos incluso por parte de un emperador filósofo
(Marco Aurelio), ni del asesinato de Miguel Servet por parte de los
calvinistas, por poner otros datos de la historia. La ausencia explícita
del tema de las crueldades y locuras de nuestro siglo (las dos guerras
mundiales, las cientos de ´pequeñas guerrasµ, las persecuciones
sistemáticas de grupos raciales o religiosos en nombre de las
ideologías) parece una extraña omisión que debería dar que pensar a
toda persona que no sea ´un ignoranteµ, según el propósito del libro.
Y Gaarder seguro que lo tiene presente.

El mundo de Sofía supone, para quienes se dedican a enseñar filosofía


a los jóvenes, un reto no pequeño. Desde ahora serán muchos los
lectores que habrán recibido una iniciación no despreciable al
pensamiento racional. Quizá no pocos habrán quedado con más dudas
que con respuestas. Y los más pedirán que la filosofía sea explicada,
de una vez por todas (como nos lo ha recordado el recientemente
desaparecido Popper, otro ´desconocidoµ en nuestra novela) desde la
claridad y la cercanía de la lengua corriente, y no desde una jerga
que impide el acceso a la misma. Gaarder, a pesar de sus defectos, lo
ha conseguido. Nos queda a los demás seguir, en lo bueno, sus pasos.

Novela sobre la historia de la filosofía, trad. de Kirski Baggethun y


Asunción Lorenzo, Siruela, Madrid 1995, 9ª ed. (título original: Sofies
verden, Oslo 1991), pp. 638 (en 2004 se llegó a la impresión n. 47).

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