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APUNTES SOBRE NUESTROS ALUMNOS DE NIVEL SUPERIOR

(Son nada más que “apuntes”, pero tienen algo de pedagogía)

A LAUREANO BERRO PATERNOSTO,


el día de su cumpleaños Nro. 8,
con mi más grande afecto de abuelo.
En el día de San Laureano,
Obispo y Mártir, 4/VII/2009.

SEÑORES PROFESORES,

1.- Presentación del tema y objetivo del trabajo

Me referiré en estas páginas a un tema que aún no he tratado, al menos


en un artículo:

“EL ALUMNO DE NIVEL SUPERIOR”.

Acerca de este tema y desde diversos enfoques, hemos hablado en las


reuniones de profesores.

Sin embargo, advierto ahora que no debiera darle ese título al presente
estudio, porque, de por sí, con tal denominación podría creerse que he de
hacer un abordaje demasiado amplio o abierto del tema, cuando, como verán
Ustedes, no será así.

No he de hablar de “los alumnos” del nivel superior, en general, sino de


“nuestros alumnos de nivel superior”, o sea de los del Instituto Pablo VI.

Simplemente voy a mencionar aquello que vengo observando en los alumnos.

2.- EXPERIENCIAS INTRANSFERIBLES

MIS VIVENCIAS provienen ciertamente del hecho de haber trabajado en


el Instituto Pablo VI, durante los 35 años de existencia del mismo, y de haber
tratado, como director y como profesor del mismo, con personas que habiendo
completado sus estudios de nivel medio, han resuelto encarar luego, en nuestro
establecimiento, una carrera docente: la del Profesorado en Educación Especial,
en una de sus dos modalidades: la de DISCAPACIDAD AUDITIVA y la de
DISCAPACIDAD INTELECTUAL.

Tengo para mí que habiéndome desempeñado en diversos niveles de la


educación, recalé por fin en el cual considero que se da más palmariamente mi
vocación… El de los estudios superiores.

3.- ESPECIFICAMENTE, EL NIVEL SUPERIOR


Es éste, sin duda, el nivel que requiere mayor inteligencia,
disponibilidad, atención, sagacidad, sabiduría y templanza de parte de los
educadores.

A la luz de mis propias vivencias y de lo que nos manifiestan virtuosos


colegas educadores del nivel, los jóvenes estudiantes de hoy difieren en mucho
de lo que éramos, hace 30 o más años, quienes hoy somos adultos mayores.

Entonces, como ahora, los problemas existían…

No siempre quienes éramos estudiantes teníamos la actitud de buscar a


un adulto, un profesor, dentro del establecimiento donde cursábamos nuestra
carrera, para exponerle nuestras dificultades por la necesidad de ser
escuchados u orientados.

No sé si puede hablarse de “recato”, de “pudor” o vaya a saber de qué…

Por cierto que había un criterio… El alumno de nivel superior era como
“un elegido” por lo que debía estudiar con una dedicación de alma y vida; ello
generaba un “orgullo”, porque, quiérase o no, el que alcanzaba el nivel
superior tenía ante la sociedad un “status” diferente, si bien “alumnos crónicos”
siempre hubo.

Y el haber podido alcanzar un título o grado académico significaba en


aquellos tiempos el ensanchamiento de los horizontes, cosa que hoy no sucede
tanto…, porque bien sabemos que hay quienes se gradúan de carreras
superiores, sea en institutos o en universidades, y están desempeñándose
laboralmente en lo que pueden y ello suele distar, no en todos los casos
felizmente, en mucho de la preparación adquirida.

Es una injusticia que duele, como toda injusticia, provenga de quien


proviniere.

El hecho de no poder trabajar en aquello para lo cual alguien se ha


formado genera de por sí una especie de rebelión, con fastidio, con bronca…

Es algo así como sentarse a una mesa muy bien puesta, muy bien tendida,
pero sin tener qué comer.

Lo cierto es que las circunstancias apremian y quienes padecen, v.gr. la


injusticia del “trabajo en negro”, sin garantías sociales, mal remunerado y, por
lo mismo, explotado, sin tener adonde recurrir, porque el patrón impone su
drástico “si no te gusta te vas”, tienen que seguir viviendo así, porque no les
queda más remedio, luchando, esforzándose por zafar de esa pesada situación
en pos de una mejoría para sí y para su familia.

¿Actitud distinta la de los jóvenes de otrora?

No. Lo distinto se daba, porque las situaciones problemáticas se resolvían


quizás de otra manera.
4.- ANTE LOS PROBLEMAS DE LOS ALUMNOS

Hoy los planteles docentes de los diversos establecimientos, cada uno en


su ambiente, necesariamente deben actuar como de “valla de contención” de
los alumnos frente a las dificultades de muy diversa índole que los mismos
presentan.

No resulta, pues, fácil “educar” (en el sentido total de la palabra), en


todos los casos, dentro del ámbito del nivel superior, no porque haya
situaciones de inconducta que dificulten el acto educativo, sino porque, a veces,
las cuestiones personales o familiares o laborales o de la razón que sea que los
alumnos refieren, o no, pero que las viven, inciden notablemente en la
capacidad para estudiar y hacen que nos preguntemos los profesores, cómo
después de enfrentarlas a diario, puedan los jóvenes alumnos ir a cursar las
diversas asignaturas o cómo les queda tiempo o deseos para estudiar.

Tantas veces nos ha tocado escuchar o estar al conocimiento de


problemas de no inmediata resolución.

Confesamos que, en algunas circunstancias, nos hallamos un tanto


invalidados para encontrar salidas frente a la problemática de un alumno, y lo
que se necesitó fue tiempo para encontrar una solución y no bajar los brazos.

Pensar y repensar…, intercambiar ideas, consultar a colegas profesores,


volver a hablar con el alumno, confiar, esperar, insistir, perseverar en el bien,
alegrarse de lo que se puede conseguir, aunque sea poco…

En definitiva, hacemos un importante TRABAJO DE TUTORIA.

ACOMPAÑAR mediante el seguimiento y la evaluación permanente del


alumno, haciéndole ver sus responsabilidades, y cómo debe participar en el
hallazgo de las soluciones.

Algunos casos planteados parecen verdaderos “dramas”. Y conste aquí


que no exageramos.

Por supuesto, claro está, que siempre existe de parte del educador la
voluntad de decir la palabra de comprensión, de apoyo o de estímulo.

A veces no basta con que se alardee sobre “la vocación” o aquello de


“pensar en positivo”…

Si hay vocación docente, habrá de seguro una actitud de escucha y un


deseo de responder adecuadamente a la confianza.

Porque precisamente estimo que se trata de eso: la confianza del alumno


de quien espera recibir un consejo o una palabra de afecto: un profesor o una
profesora que, sin dudas, le resulta creíble.
El “pensar en positivo” es lo que podemos hacer como también instar al
alumno en el mismo sentido, pero el problema está… y, una vez detectado y
expuesto ¿cómo circunscribirlo?

Por allí resulta imprescindible hacer una derivación del alumno hacia
quien pueda ayudarlo más, en base a su experiencia profesional, para focalizar
y canalizar el problema que tiene.

5.- UNA CUESTION CANDENTE… DE PESO Y DE PESOS

Como hemos señalado más de una vez, hoy el factor económico provoca
inconvenientes grandes en toda la sociedad, por ende también a gran parte de
las familias. Es un “espectro” que se cierne sobre los hogares.

Hay carreras más costosas que otras. Pero en general, estudiar cuesta…
Ahora tal vez más que antes. Cuesta dinero y esfuerzos; entraña y requiere
muchas cosas: entrega, constancia, tiempo, renunciamiento, deseos de
progresar.

Hay familias de nuestros alumnos con una o más personas desempleadas.

Hay otras con algún integrante enfermo. Ello supone ingentes gastos,
sobre todo si no hay obra social más co-seguro de por medio. El paciente sufre,
tiene dolores, angustias, depresión; no ve una salida y su horizonte
penosamente se va reduciendo: a la habitación de un hospital o de su casa,
cuando no a un lecho. El dinero se agota y comienzan mil penurias.

Las hay, donde la muerte repentina de un familiar ha dejado a sus


miembros en “bancarrota”, sin saber qué hacer o hacia qué lado encaminar el
rumbo.

En tal caso, puede darse que haya hijos menores y una viuda sin trabajo,
sin recursos, sin familiares que puedan ayudarla. Por ahí, algún amigo o un
vecino se conduele de su situación y de algún modo, a veces mínimamente,
ayuda con lo que puede o como puede.

En cada uno de estos casos -y la lista podría ampliarse con muchos más-
hay preocupación y ¿por qué no decirlo? también desesperación.

Cada persona que se halla sin empleo y está a la búsqueda de uno digno
no siempre está tan esperanzado…, sobre todo si, como sabemos que sucede, se
levanta al alba para esperar al diarero y luego de repasar los avisos clasificados
y de mucho patear calles, porque a veces no se tiene ni para el colectivo, de
hacer filas, de llenar formularios, con un “venga mañana”, “venga dentro de 15
días”, “venga ayer”…, cuando no recibe por más respuestas un “lo llamaremos”
o lo que es peor un golpe de puerta, ve que van pasando los meses y el trabajo
está cada vez más distante.

Pero mientras tanto hay que pagar la luz, el gas, el teléfono, los
alimentos, la ropa, el calzado, los viajes… Y no hay con qué.
Bueno, mejor entonces que nadie de la familia se enferme o que no haya
sucesos imprevistos que demanden dinero, porque no siempre se sabe cómo
seguir.

Quizás quien no ha vivido esta situación tan dolorosamente triste del


desempleo no alcance a comprender qué significa tener inteligencia y no poder
expresarla en una actividad laboral.

Duele saber que ha habido una preparación (que, en algunos casos ha sido
exquisita) y no se tiene la oportunidad de poner en práctica aquello para lo cual
se ha estudiado y con lo que podría ser de tanta utilidad a los demás.

No siempre, pero, en algunos casos, el desocupado termina siendo un


“estorbo” hasta para alguno de sus familiares que no tiene ese problema,
porque está bien empleado y cuenta con un ingreso fijo a fin de cada mes. Este
siente como que su pariente desempleado fuera a pedirle ayuda cada vez que lo
visita, pero no necesariamente puede resultar así.

En el desempleo se hace más palpable la necesidad de consuelo, de una


mano amiga, de una palabra meliflua, de la bondad de quien no vive esa pena,
del “dar” y el “darse”.

No es grato urgar el monedero para ver de encontrar apenas algunas


monedas para vivir, cuando en verdad se sabe que no hay nada.

La situación del desempleado se torna cada vez más triste; la sufre, la


padece, siente que tiene brazos, pero es como si se los hubieran arrancado a
tirones; sabe que tiene piernas, pero le están como paralizadas; de noche no
puede dormir, piensa cómo hará para pagar lo que debe; y se angustia, le
tiembla el pulso, se le acelera el corazón y las sienes le retumban, porque es
una persona honesta, de bien, y sabe que tiene que trabajar, que su promoción
le vendrá sólo a través del trabajo.

Las deudas crecen y su porvenir se achica.

¡Qué triste es ver a personas de todas las edades sin trabajo en la


Argentina que fue el país del trabajo, de la riqueza, de la abundancia!

“La Argentina, granero del mundo”, se la llamaba en otra época,


especialmente en Europa, de donde provenían oleadas de migrantes en busca de
las posibilidades que no hallaban en su tierra.

Se la representaba con un “cuerno de la abundancia” para significar que


aquí no faltaba nada: eran ubérrimas las mieses y era pingüe el ganado, porque
era feraz el campo.

No puedo entender y me devano los sesos pensando cómo hay quienes


hablan de este tema tan candente y acuciante como es el del desempleo con
tanto desparpajo. Lo peor es cuando los funcionarios del Estado engañan al
pueblo diciendo que la desocupación ha bajado a un dígito, mientras que, en
realidad, es un fenómeno cada vez más grave.

Y he escuchado a quien habla de dejar sin trabajo a alguien, a veces sin


más razón que por una “cuestión de cara”.

Claro que habría que preguntar si esa persona sabe cuanto cuesta hallar
hoy un trabajo que permita percibir una módica remuneración, para vivir con la
dignidad que todos queremos tener.

Los empresarios, patrones o dadores de trabajo pueden ser brutales: al


procurar el engrandecimiento de su negocio o la salvación del mismo, porque
las cosas no les han andado bien, no reparan en el daño que significa privar del
empleo y sin la indemnización legal prevista, como sabemos que sucede a veces.

Por su parte, el Estado ha propuesto soluciones magras, como el bajar los


aportes previsionales a las empresas que incorporen nuevos empleados.

Es como querer curar una enfermedad terminal con un té de yuyos.

Quienes se quedaron sin empleo comienzan a transitar “la calle de la


amargura”.

Pienso en ellos, cuando van a la deriva golpeando las puertas, a ver si les
dan siquiera una changa por unos pocos pesos con que mitigar las necesidades
de los suyos.

A veces, si no hay niños en quienes pensar, lo mismo la situación de


pobreza se agrava, porque hay un familiar enfermo de cuidados especiales, cuya
dolencia requiere un tratamiento costoso. ¿Cómo explicarle al enfermo que no
hay plata para pagar sus medicamentos?

¿¡Y así, el dolor, cómo se atenúa?

Situaciones como las narradas más arriba y otras tanto o más


angustiantes pasan muchos de los alumnos con quienes compartimos el ideal de
la educación en nuestro Instituto.

Cierto es que no está a nuestro alcance poner solución a determinados


problemas, los económicos, por ejemplo, porque ello no es la finalidad de una
obra educativa como la que sostenemos.

Eso lo tenemos claro.

Pero entre nosotros, existe un Departamento de Tutorías (integrado en


el Organigrama del Instituto), con un “proyecto” claro, conciso y preciso, con
objetivos y actividades por desarrollar, para encarar el trabajo con los alumnos
confiando en obtener resultados exitosos.

Quienes, de un modo u otro, participan en él saben qué grado de


disponibilidad para la escucha deben tener.
A ello súmese también la capacidad para dialogar: con el alumno, con
el Director, con la Tutora General, con quien correspondiere.

En líneas generales, se procura desde dicho Departamento:

atender,

orientar,

tender la mano,

ayudar con la palabra justa, el consejo certero,

preparar para lo intelectual.

PORQUE:

Cada alumno es único.

Llega al Instituto provisto de una historia personal encuadrada en una


familia, la cual, a veces lo ayuda, lo comprende, lo estimula, lo apoya y lo
acompaña, pero no siempre sucede igual, porque hay casos patéticos.

Si la familia reside fuera de La Plata, el alumno siente el extrañamiento,


que, en algunas circunstancias, le provoca soledad, tristeza, añoranza.

La Plata lo asfixia: es una metrópoli; si viene de una localidad pequeña,


tanto más.

Hay alumnos que comparten la vivienda con gente (puede o no ser su


familia) que se desinteresa de él y de lo que hace o le sucede; eso supone hacer
solo un camino anfractuoso.

Otros alumnos llegan al Instituto como para ver de qué se trata… Están
buscando un rumbo que no siempre hallan. Unos han emprendido antes alguna
carrera, vanamente, sin éxito.

Pero están también quienes han hecho una carrera de estudios superiores
y quieren dedicarse a la educación de los discapacitados.

Tal vez pocos conocen la situación de los discapacitados. Por allí trataron
con alguno y eso les resulta como un módico indicador de una vocación
vacilante, que aún no se define.

Hay quienes tienen una buena base del ex-secundario o del actual
Polimodal, porque han tenido buenos profesores y el colegio al que han
concurrido ha ganado fama de institución seria preocupada por la formación de
sus alumnos.
También porque ellos mismos sienten una inquietud por saber más y se
capacitan, en computación, por ejemplo, que les interesa en general a muchos,
porque ven en ello una eventual inserción en los ámbitos del trabajo.

Otros, en cambio, han completado sus estudios del ex-medio o del


polimodal en una escuela más, que no se destaca y vaya a saberse con qué
profesores.

Hay alumnos difíciles, cuestionadores.

Otros adoptan una actitud remisa.

No podemos ser terminantes y decir que todos los jóvenes no tienen


apetencias intelectuales. Algunos las tienen y por demás.

Lo que en general notamos es que el nivel de conocimientos que traen


es escaso y cuesta nivelárselos.

Eso lo apreciamos en el rendimiento diario y mucho más en las


evaluaciones.

Si se forman grupos de estudios integrados por compañeros que


comparten intereses e ideales, con un cierto nivel de compromiso, un progreso
se advierte.

Hay grupos de estudiantes que divagan, porque no saben cómo estudiar.


Entonces el tiempo se les va de las manos. Su rendimiento puede ser escaso.

Hay un desconocimiento general de técnicas de estudio y pobreza léxico-


expresiva, lo cual les torna difícil la asunción de responsabilidades en el nuevo
nivel al que acceden.

Hoy día el tener un título de polimodal no señala demasiado, más bien


digamos que hay apenas unos conocimientos más o menos generales en una
cultura mínima, que para muy poco alcanza.

Es más, me atrevo a decir que al paso que van los acontecimientos


mundiales, en la era de la globalización, cada vez se necesita acrecentar la
preparación intelectual, tanto teórica como práctica, con el fin de no quedarse
atrás en el campo de la cultura y para poder acceder a los puestos de trabajo,
que cada vez son menos y, por lo mismo, más difíciles de hallar.

No hablemos de “supuestos”, hablemos de “realidades” y las que vivimos


no siempre nos permiten ser tan optimistas.

Pero también hemos visto a alumnos que ya tienen una preparación


superior (completa o no) y, sin embargo, les cuesta adaptarse a nuestro nivel
de estudios, de exigencias, a la modalidad institucional y al estilo educativo que
demostramos.
6.- EXIGENCIAS!

A nuestros alumnos, en general, les resulta grato y les producen asombro


algunos hechos de nuestro Instituto: los aspectos administrativos, el orden, la
puntualidad, la limpieza, el funcionamiento en general, el que no se deje de
dar clases nunca. Y, por supuesto, el elevado nivel de los estudios con el
excelente plantel de profesores que tenemos.

Entre toda la casuística de alumnos, no olvidemos que la mayoría espera


de sus profesores conocimientos actualizados, métodos, recursos y técnicas
propias del nivel superior, el dictado de contenidos relevantes y significativos,
el empleo de las bibliografías más nuevas; las evaluaciones preparadas con
exactitud, y tantas otras cosas…

A veces, asumen posturas un tanto rígidas.

Frente a ello cada profesor debe estar muy bien pertrechado


intelectualmente.

La cuestión se presenta como un desafío y hay que saber responder.

Los profesores en general deben buscar, según yo creo y ya lo he dicho, la


“excelencia académica”.

Es necesario que todos comprendan que deben volver a lo “magistral” en


sus clases, para lo cual habrán de dejar de lado otros procedimientos.

Si aquí quisiéramos dar una consigna, la misma sería: “exigirse para


exigir”.

Ni siquiera mínimamente, ni como una broma, podemos aceptar


aquello que se dijo en alguna circunstancia, durante una reunión de
directores del nivel superior, en el sentido de que los institutos superiores
son una prolongación del polimodal.

Si fue una broma, resultó de muy mal gusto.

Tenemos en claro qué es un INSTITUTO SUPERIOR DE FORMACION


DOCENTE, que ha sabido constituirse, como en efecto se ha constituido, en
CENTRO DE ESTUDIOS SUPERIORES EN EDUCACION ESPECIAL, AUDICION Y
LENGUAJE.

Una casa de altos estudios específicos!

Un centro de cultura de alto nivel!

Una institución que no puede quedarse, no puede estancarse, debe


tender siempre a su enriquecimiento, para brindar los mejores saberes.

7.- QUE PASA SI SE BAJAN LOS BRAZOS?


Cada alumno tiene, aunque no siempre lo manifieste, situaciones por
resolver.

Cada alumno viene provisto de un grado de cultura, de ideas, de


aspiraciones, de una motivación.

Lamentablemente vemos que no siempre las expectativas se les cumplen.

Ello a algunos les parece un fracaso y, al no estar suficientemente


dotados de voluntad férrea, comienzan a “ratear”.

El primer indicio de lo que digo se da cuando los alumnos repiten las


inasistencias a las clases, cuando no concurren a la biblioteca, cuando buscan
excusas que justifiquen la renuencia que demuestran por el estudio y también
cuando cortan el diálogo con sus profesores o tutores por temor a que les
insistan para que no abandonen o que retomen la carrera, si es que ya la habían
dejado.

Cuesta luego repechar la cuesta.

Cuando acuden a nosotros, como educadores, intentamos disuadirlos de


conceptos erróneos, de prejuicios, pero no siempre lo logramos.

Hablamos y hablamos…, pero aun así es como que no tuviéramos el


mismo código, porque se han “desilusionado” ¿con la carrera, con el Instituto,
con tal o cual profesor o profesora o consigo mismos, cuando no con la familia?

He visto todos los casos posibles.

Ni ellos mismos pueden explicar qué les sucede. Es como si el lenguaje se


les tornara inefable. Lo seguro: su meta en ese momento es dejar el estudio.
Ciertamente que procuran engañarse a sí mismos.

Error grande entre otros errores.

Saben qué significa dejar la carrera, perder un año (si es que al año
siguiente intentan con otra), no estudiar ni trabajar (porque esto también
sucede). Pero hay cosas que no tienen retorno.

Podrán decir Ustedes, Señores Profesores, seguramente que son


“decisiones personales”, que cada uno “se hará cargo de sus actos”, que a
esa edad ya es posible “saber qué se desea hacer con la propia vida”.

Sin embargo, pienso que no siempre se sabe. Hay dudas importantes,


inseguridad, inmadurez, incertidumbre, penas y pesares. En fin, factores que
inciden negativamente.

¿No hemos escuchado decir acaso que actualmente la adolescencia se


prolonga hasta los 30 años?

Dislate entre los dislates.


Nosotros podremos “rezar misa en latín”, pero no siempre tenemos
soluciones para todos los casos que se nos planteen.

Intentamos encarrilar a cada uno, pero de allí en más… los hechos hablan
por sí.

Hay jóvenes que libran una lucha: con ellos mismos, con su familia, con
su entorno, con las cosas, con la vida. No siempre les va bien ni salen airosos.

¿Sabemos nosotros, profesores, qué pasa con cada alumno que se nos va
del Instituto?

Algunas veces recibimos una noticia de alguno de ellos, pero de la


mayoría no.

Qué poco cuesta decir: “se fue”, “dejó la carrera”, “abandonó” o


expresiones parecidas.

Vale entonces preguntarse: “¿Hemos intentado todo a nuestro alcance


para que se convenza del error de su resolución y hacer que retome los
estudios con ahinco?”

Al respecto, sentimos que, hasta que no hayamos agotado todos los


recursos, no podemos darnos por vencidos.

¿Valdrá en estos casos el “persevera y triunfarás”?

Es necesario insistir e insistir, demostrándoles interés, proponiéndoles


soluciones alternativas a las problemáticas que tienen.

Escuchar y dialogar. Volver a lo mismo las veces que sea necesario.

¿Cuando se nos va un alumno nos hemos sentado entre nosotros a dialogar


para ver cuál ha sido la causa de su decisión?

Es muy simple decir: “no es nuestra la culpa”.

Es propio de nuestra humana condición echar la culpa a otros o bajar la


cortina y no preocuparnos más.

En cada caso de deserción, lo mejor es proceder exhaustivamente, con


objetividad, para determinar las causales de tal resolución.

Alegrémonos cuando podemos lograr que un alumno indeciso no deje


sus estudios.

8.- HUMANIZARNOS, SIEMPRE


Hace poco, en la sala de profesores, escuchamos que una profesora decía
que las instituciones educativas del nivel superior, a veces, desvirtuan su
cometido.

No estoy de acuerdo con ese dicho, con el cual disiento.

Cierto que el cometido de una institución no es únicamente el de


impartir conocimientos.

Si lo hace ciertamente está cumpliendo la misión para la que fue creada,


pero no podemos decir de esa institución que está humanizando la educación.

El documento más importante que hemos dado como institución


educativa nos propone precisamente que “HUMANICEMOS LA EDUCACION”. Así
lo hemos denominado y se constituye para nosotros en un “referente” continuo
para nuestro obrar, según el “estilo educativo” que hemos adoptado.

Si, por la razón que fuere, nuestro Instituto Pablo VI perdiera esa nota
distintiva que ha sido la del poner énfasis en el diálogo con los alumnos,
estaríamos encaminándonos hacia un rumbo nuevo, sin saber qué será de
nuestro futuro institucional.

Si, en cambio, mirando hacia nuestra tradición educativa, incentivamos


el diálogo, con el convencimiento de que ello, a la par de prestar un servicio,
consolida nuestra obra, porque se irá disipando el temor del éxodo que suele
preocupar a todas las instituciones de enseñanza superior, entonces sí que
“Pablo VI” no se habrá desvirtuado, porque estaremos tratando de cumplir lo
que señala el P.E.I. acerca de la relación educador/educando, la cual debe ser:
armónica, grata, frecuente, cordial, sincera, etc.

EPILOGO

ESTIMADOS SEÑORES PROFESORES,

Los alumnos deben comprender que:

1) han elegido libremente su carrera;

2) no han sido obligados por nadie de su familia para estudiar;

3) su finalidad es el estudio profundizando la investigación para


adquirir los saberes más relevantes;

4) sólo por medio del estudio forjará su porvenir;

5) la institución, a través de sus profesores, los ayudará, pero ellos deben


asumir plenamente sus obligaciones estudiantiles,
6) son ellos la “flor y nata” de la sociedad.

Queremos tener alumnos, muchos alumnos, cuidándolos para que no


dejen sus estudios y los continúen hasta graduarse.

Pero queremos también formar una comunidad de educadores y de


educandos compacta, con una orientación precisa, con “ideas”.

Una comunidad de estudio, con valores, cuyos integrantes sepan hacia


dónde se dirige la misma, “piensen” y “actúen” por sí mismos, siendo capaces
de resolver las diversas situaciones que se les presenten, con la solvencia que
tienen quienes han alcanzado el máximo nivel de la educación.

Una comunidad donde el cumplimiento del deber resulte primordial.

Una comunidad de cultura, donde la cultura se incorpore gratamente a


través del “BUEN DECIR”, esto es por el uso correcto de la Lengua Castellana.

Nuestro Instituto de estudios superiores especializados permite canalizar


la vocación de “educador” y de “investigador” que alienta cada uno de nuestros
alumnos.

Queremos para ellos una formación esmerada que les dé seguridad, para
asegurarles un buen desempeño laboral en el campo específico de su
competencia.

Para ello, nuestro Proyecto Curricular Institucional ha de ser


suficientemente evaluado todos los años, para actualizarlo de acuerdo con las
necesidades que la educación y la cultura traen consigo, en especial con aquello
que tiene que ver con la educación especial y los asuntos específicos de la
audición y el lenguaje.

Consensuamos con una “educación activa”, participativa, de


elaboración continuada por el trabajo de profesores y alumnos.

Y ya vamos llegando a la meta…

Esperamos haber cumplido el propósito de delinear, por aproximación, un


“perfil del alumno de nivel superior”.

Este trabajo no ha perseguido un esquema rígido, más bien ha ido


surgiendo a vuelo de pluma (o de computadora).

Mi propósito es el de dejar por escrito observaciones y pensamientos, por


si pueden servirles a Ustedes, colegas profesores.

El tema sobre el alumno de nivel superior no está, pues, cerrado, ya que,


según el enfoque que quiera dársele, puede ser debatido y, por supuesto,
ampliado.
Cada año recibiremos a nuevos alumnos, que llegarán con avidez de
conocimientos sobre la carrera de su preferencia.

Nosotros, como educadores, estaremos esperándolos, bien dispuestos,


como dijimos más arriba, para demostrarles el compromiso que tenemos con la
educación y que ésta, junto con la cultura que debe acrecentarse por el
esfuerzo de cada uno, son los modos de apostar al futuro promisorio de la
Nación.