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TRIBUNA

Un sujeto político para nuestro tiempo


Frente al revisionismo de todas las propuestas nostálgicas toca pensar una
alternativa política que escape de todas las limitaciones y frustraciones ya
sufridas bajo una nueva lógica democrática

JOSÉ GARCÍA MOLINA

GRAE DICKASON

15 DE AGOSTO DE 2018

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Vivimos en un tiempo sin época. Afirmación demostrada por el simple hecho de que
nombramos nuestro tiempo añadiendo un prefijo (post-) a otra época que sí cuenta
con nombre propio. Tal indefinición, falta de nombre propio y de proyecto político y
social más allá de la incesante circulación del valor económico, ha alcanzado también
al quehacer de la política. Los grandes relatos racionalistas, las teleologías históricas o
las utopías sobre sociedades transparentes y reconciliadas, que determinaron
teóricamente otros momentos políticos, han perdido su potencia tanto para lograr
amplios consensos como para constituir a los sujetos políticos revolucionarios de
antaño.

La quiebra de ese tiempo político toma, en nuestros días, algunas formas


evidenciables. En primer lugar, la crisis de las élites y de las figuras clásicas de la
representación política. Aunque siguen hablando, las élites ya no tienen nada más que
decir (si es que alguna vez quisieron decir algo y decirlo en serio) acerca de las
posibles condiciones y formas de un nuevo proyecto político para la mayoría.
Tampoco sobre el estar y vivir juntos en libertad e igualdad sin aplastar las
singularidades bajo la imposición de la homogeneización globalizada, del
pensamiento único o de una política equiparable a una mera forma de policía: gestión,
control y reproducción de lo establecido, política de hechos consumados, necesaria e
invariable, sin alternativas. Las élites practican el principio político por excelencia -la
separación de y la distinción entre unos y otros- intentando negar las posibilidades
abiertas por el juego de lo político en la conformación y transformación de la sociedad.
Las élites hacen política negándola. Y eso por no volver sobre los conocidos y
reconocidos enriquecimientos selectivos y el expolio orquestado y sistemático de lo
público. En segundo lugar, los partidos políticos que han gobernado en las últimas
décadas se han vuelto casi indistinguibles, más allá de algunos gestos y puestas en
escena. A ambos lados del clásico tablero político de las democracias modernas se ha
jugado una domesticación institucional de la diferencia política que deja un triste
balance: “más de lo mismo y menos de lo mismo”. A falta de imaginación, perspectiva
y autonomía política (de política con mayúsculas) han puesto todos los esfuerzos en
salvar y mantener al propio partido, convirtiéndolos en fetiches. Teatro retórico en el
que archienemigos, facciones, corrientes internas, grupúsculos, articulados como
rivales, a falta de verdaderas diferencias de proyecto político, sueñan con destrozarse
entre sí profiriendo prejuicios en tonos sentenciosos, ideas fijas, fijadas, como si se
tratase de verdades absolutas. Hooliganismo político para tiempos de política
espectáculo. La falta de imaginación política disimulada en una política puramente
imaginal.

Y aun con todo, sigue habiendo quien, aquejado de ceguera o de nostalgia, piensa y
practica la política como si sus ideas y convicciones, heredadas en ocasiones de siglos,
décadas o contextos anteriores, pudiesen mantener la misma relación con la
actualidad presente que la mantenida con su contemporaneidad. En cierto modo, esa
actitud ciega a la coyuntura del presente, o simplemente nostálgica de las universales
certezas del pasado, recuerda a quienes alguna vez alcanzaron reconocimiento o éxito
y, pasado su momento, siguen pretendiendo que su fórmula siga suscitando la
aprobación o fascinación del gran público. “Los viejos rockeros nunca mueren”, pero
el mundo en el que un día brillaron ya no puede reconocer su esplendor. Siempre
tendrán seguidores, qué duda cabe, pero no volverán a estar en el número uno de las
listas. Ya estamos avisados de lo que implica repetirse primero como tragedia y luego
como farsa. Con ello no afirmo, en absoluto, que toda idea o teoría política pretérita
esté condenada al anacronismo y la ineficacia. Pero éstas deben someterse a la prueba
de las contingencias y coyunturas para saber con qué posibilidades de éxito cuentan.
Quien se empeña una y otra vez en la misma idea o fórmula -incluso cuando la
realidad lo desmiente por enésima vez- se siente más cómodo en el sermón litúrgico
que en el pensar y actuar políticamente.

Por otro lado, no podría haber causas, es decir política, en un mundo completamente
homogéneo, idéntico a sí mismo, acomodado sin más a la coyuntura, un mundo de vía
única tal como lo sueña la enloquecida lógica circular del neoliberalismo rampante.
Por suerte, el crimen nunca es perfecto. Pensar políticamente hoy las posibilidades de
emancipación respecto a este neoliberalismo homogeneizante y totalizante, incapaz de
reconocer la particularidad si no es para capturarla en su juego, parece aconsejar no
limitarse a oponerle cualquier otro ismo parcial, especialmente cuando el ismo en
cuestión participa de una lógica identitaria más o menos cerrada sobre sí misma que
encontraría serias dificultades para articularse con otros movimientos políticos y
sociales. Tal afirmación no excluye, a pesar del relativo éxito y apogeo que encuentra
en nuestros días en Europa, a los nacionalismos identitarios (que, en algunos casos,
coquetean descaradamente con otro ismo: el fascismo). No debiéramos, en cualquier
caso, menospreciar el fenómeno. Si más no porque la revancha frente a cualquier
indeseado orden de las cosas que se está materializando en distintos lugares de
Europa, parece responder a la lógica de un descubrimiento freudiano: el retorno de lo
reprimido. Lo reprimido en el actual estado de las democracias liberales es el pueblo
como sujeto político. Y el pueblo está de vuelta, está en revuelta. Un pueblo que no
existe como dato previo, ni como comunidad orgánica. Tampoco está determinado
por un número ni delimitado por un territorio o una orientación política. El pueblo,
como sujeto político, se construye, una y otra vez, frente a las lógicas que quieren
eliminarlo como elemento político central de la democracia. Y puede constituirse en
distintas direcciones y con modos y efectos diversos.

Por ello, frente al revisionismo de todas las propuestas nostálgicas, con escasa potencia
para hegemonizar la diversidad de movimientos y demandas populares, nos sigue
tocando pensar hoy, a la luz de los acontecimientos recientes y de las potencialidades
abiertas, los modos de conformación de una alternativa política que escape a todas las
limitaciones y frustraciones comentadas unas líneas más arriba.

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José García Molina es SG de Podemos Castilla-La Mancha y Vicepresidente Segundo


del Gobierno de Castilla-La Mancha.
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