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San Caralampio

Una hipótesis sobre la llegada a occidente de su devoción es a través de los viajeros marinos
que circularon por Génova, Cartagena y Galicia (a través de Santiago de Compostela y
extendida a la isla de la Toja y a otros pequeños municipios). De España saltaría a América
donde alcanzó gran difusión en las mejicanas ciudades como Comitán y Veracruz y en países
como Costa Rica y Colombia.

En un resumen de los martirologios griegos se dice que, bajo el reinado de Séptimo Severo, el
prefecto Luciano, que gobernaba en Magnesia, mandó detener a un sacerdote llamado
Caralampio, porque éste despreciaba los edictos imperiales que prohibían predicar el
Evangelio. Con el propósito de vencer la constancia del sacerdote, Luciano mandó que le
torturaran y él mismo se unió a los verdugos para desgarrar las carnes del confesor con garfios
de hierro. Se dice que en aquel momento, por justo juicio de Dios, las manos del prefecto
Luciano quedaron paralizadas y adheridas al cuerpo del mártir, sin que su dueño pudiese
retirarlas.
ICONOGRAFIA DE SAN CARALAMPIO
Pero donde más se venera a san Caralampio es en la localidad mexicana de Comitán, al sur de
Chiapas, culto que se extendió posteriormente a otras ciudades y a otros países latinos.

Cuenta la leyenda que, gracias a su intervención, el mártir Caralampio salvó al pueblo de


Comitán de los estragos de una epidemia de viruela y cólera que se registró a mediados del
siglo XIX. Sus habitantes construyeron en agradecimiento una iglesia en su honor. El pueblo de
Comitán se viste de fiesta del 10 al 20 de febrero para festejar al santo, una de las tradiciones
más arraigadas de la ciudad.

El origen de la devoción proviene de que un soldado, de nombre Otero, llevaba consigo una
novena con la efigie del santo postrado en tierra y con un romano dispuesto a decapitarlo
mientras que la figura de Cristo aparecía en una nube en lo alto, novena que seguramente
provenía de España dada la coincidencia de la escena con la que aparecen por esas mismas
fechas en los gozos y estampas populares de la península.

Don Raymundo Solís, vecino del barrio de La Pila, leyó esta novena y le pidió al soldado que se
la vendiera. Hizo un cuadro copiando la portada de la misma llevándolo a su rancho Tzeltón y
nombrándolo patrón del lugar a raíz de la creencia de su intervención milagrosa en la peste de
viruela y cólera que se declaró en la ciudad. En los terrenos cedidos por don Raymundo se
levantaron los primeros cimientos de la iglesia en 1852.