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Selección de cuentos de ajedrez - Club d’Escacs Sant Martí (Barcelona)

EL ÚLTIMO JUEGO1

por Alejandro Gómez

Hacía mucho tiempo que aspiraba a llegar a segunda categoría. Me


había preparado con intensidad y creí llegado el momento de
demostrar que la conjunción de teoría y práctica podían dar como
resultado figurar entre los primeros puestos en aquel torneo. No era
fácil. Varios de los participantes nos encontrábamos a diario en la
Casa del Ajedrez y durante horas compartíamos nuestra pasión. De
acuerdo al resultado de las mismas: cafés, cigarrillos y hasta algún
sándwich, eran los premios habituales por tres o cuatro horas de
intensa lucha.

Como buen ajedrecista me gustaba jugar con los de mi nivel y


a través del tiempo un grupo de seis o siete habíamos construido un
grupo competitivo en donde esta manifestación de la agresividad
por medio de los trebejos nos había unido en forma misteriosa. Los
de categorías menores no se nos acercaban por razones obvias,
sus recursos teóricos les daban un bajo handicap y a pesar de la
ventaja otorgada en el reloj, el mejorar su juego les infligía ciertos
gastos monetarios y alguno que otro desmoronamiento del ego. Los
de primera por su parte, se encerraban en intrincados estudios,
soñando con la oportunidad de ascender a alguna norma de
Maestro, título que les daría la posibilidad de viajar y vivir
penosamente del ajedrez. A veces, en alguna partida se nos
acercaban y hacían fácil lo difícil, explicando en forma sencilla los
secretos de la teoría.

Conocía a mis posibles rivales y mi umbral de expectativas se había


elevado al observar que en la lista de inscriptos no figuraban ni
Prometeo, ni el “Turquito” Abraham (jugadores muy parejos que ya
militaban en segunda). Una alegría secreta se apoderó de mí.
Guiado por mi vanidad me sentía ubicado en un sitial de preferencia

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Cuento seleccionado en el taller-concurso Literatura y ajedrez de El escriba.

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entre los posibles candidatos, la no participación de estos jugadores


y el apellido desconocido de los otros me colmaba de confianza.

El sorteo me dio como rival en la primera partida a “Lopecito”. Jugué


con blancas y el punto logrado fue la primera satisfacción. Correcto
jugador pero acostumbrado a “pimponear” jugó demasiado
apresurado y en pocas jugadas estaba a mi merced. Hicimos un
pequeño análisis y examinamos las diferentes posibilidades de
haber jugado otras variantes y satisfecha la curiosidad recibí el
saludo de mi contrincante. Luego me dediqué a observar las otras
mesas donde se jugaban el resto de las partidas. Allí lo vi.

Decir que no había reparado en él, es faltar a la verdad, en realidad


no lo tenía en cuenta. No sumaba más de nueve o diez años y su
físico esmirriado apenas sobresalía sobre el tablero, aferraba su
cabeza con ambas manos y la concentración parecía absoluta. Por
simpatía me acerqué a observar su partida y me quedé atrapado en
ella.

El “Loco” Acevedo no tenía nada que hacer, a pesar de su


veteranía, el “Ruso chico” o “Rusito” (así se lo llamaría a Pablito en
adelante) había destruido su flanco Dama y amenazaba en forma
impecable a un Rey desvalido que no encontraba salida. Su madre,
una señora entrada en años, obesa, de piel colorada y cabellos
rubios lo observaba desde la puerta de entrada y entre jugada y
jugada él levantaba la vista para calmarla. Terminada la partida una
pequeña sonrisa pareció ser el premio esperado por ambos.
Acevedo me miró con ojos de no comprender y esa misma mirada
la fui encontrando en los sucesivos rivales del “Rusito”.

A un promedio de tres fechas por semana el torneo fue pasando


rápido y luego de siete partidas compartíamos la punta con cinco
puntos y medio, el “Vasco” Inzua Paz, el “Rusito”, Jorge Palermo y
yo. Atrás venía el resto de la jauría. Debido al liderazgo, por
reglamento nuestras mesas habían quedado separadas del resto y
Pablo por su edad (y también por su juego) se había ganado la
simpatía del público que lo rodeaba en cada una de sus partidas.

En la anteúltima fecha a él le tocó con el “Vasco” Inzua y yo jugué


con Palermo, experimentado jugador del club. Un poco por la tenue
resistencia que me opuso y otro por conocer su juego, le llevaba
ventaja de material. Fue entonces cuando un murmullo de
admiración me sacó de la partida. Al levantar la mirada lo vi al

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“Vasco” Inzua que movía la cabeza resignado. Pablo estrechaba la


mano de éste y a la vez cruzaba una sonrisa con su madre que
permanecía inmóvil al otro lado de la puerta, como de costumbre.
Perdí concentración y Palermo sacó provecho emparejando el
juego. Luego de unos movimientos acordamos suspender para el
día siguiente.

Después de un breve análisis y aparentando una calma que no


sentía me aproximé al tablero donde se exhibía la partida de la
mesa uno. Me ganó el asombro al ver la limpieza de su juego y lo
impecable del final. Obviamente Inzua había sido sorprendido por
una técnica excelente.

Aquella noche, preocupado, revisé todas sus partidas que había


anotado junto a las de otros posibles rivales. Sus resultados no eran
obra de la casualidad. Al adentrarme en su juego noté lo intensivo
de sus estudios y su claridad de conceptos. De madrugada y
embargado de un cierto temor, pude concentrarme en la partida
suspendida con Palermo, encontrando una pequeña fisura en su
defensa.

Aquella tarde rasguñé el punto, gracias al respeto de mi rival, que


en ningún momento arriesgó una movida ganadora y luego de
sesenta jugadas inclinó su Rey ante lo cercano de la derrota.
Analizamos el juego y llegamos a la conclusión de que ambos
podríamos haber ganado. Lo habíamos hecho horrible. Sabiendo
que el “Rusito” estudiaría esa partida me retiré con una fea
sensación de fracaso.

Angustiado por anteriores naufragios, aquel enfrentamiento con el


pibe comenzó a molestarme. Había apostado a ganador y en mi
inconsciente sentía que no lo lograría. Siempre había sido así, no
tenía porque cambiar ahora. Pero con un pibe...

El viernes fue la fecha que los organizadores programaron para la


final y hasta el tiempo me pareció exiguo. Por sorteo me tocaron las
piezas negras, las blancas le otorgaban una pequeña ventaja en la
apertura. Había analizado sus partidas y tenía la certeza que era un
experto en la Ruy López, era obvio que emplearía aquella línea.
Retiré de la biblioteca todo el material que pudiera ayudarme y
durante días desaparecí del club enfrascado en la literatura de
antiguas partidas.

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La noche del jueves, obsesionado repasé variante tras variante y


me dormí de madrugada al lado de la computadora. En sueños me
vi sentado frente a él, perdiendo una y otra vez, malogrado, enfermo
de ganas de ganar, mientras el “Rusito”, refutando mis defensas, se
encargaba de mostrarme una y otra vez, el camino de la derrota.

No concurrí a la final. Luego del tiempo establecido, caída la aguja


del reloj y de acuerdo al reglamento, la partida se dio por concluida.
Pude imaginar su alegría cuando los encargados del torneo
felicitaron a su incuestionable ganador y también imaginé el cruce
de sonrisas con su madre. Intenté recordar el rostro de la mía pero
me dio vergüenza y preferí no hacerlo. Esa fue mi última partida y
jamás volví por el club.

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