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Nombre: Sergio Pavez

Correo: spavez@udec.cl

Wittgenstein y el lenguaje privado.

I. Resumen.

En el presente trabajo se analizara la concepción de Wittgenstein sobre el lenguaje


privado a partir de la lectura del texto de Adolfo García Suarez "La lógica de la
experiencia: Wittgenstein y el lenguaje privado". Para dicho cometido se expondrán los
alegatos dados por el filósofo para desestimar la existencia de un lenguaje privado,
haciendo uso de su conocido argumento del Diario Privado. Además, se relacionara el
origen de dicha concepción, refutada por el autor, con la concepción egocéntrica de la
mente en cuanto a la privacidad epistémica.

II. Concepción Egocéntrica de la Mente: el solipsismo.

Para analizar la crítica de Wittgenstein al Lenguaje Privado (LP) debemos


comprenden que el origen de esta empresa radica en la crítica general que realiza el autor a
las perspectivas egocéntricas de la mente, específicamente a las corrientes solipsistas
herederas del cartesianismo.

La perspectiva egocéntrica, en palabras de García Suarez, se presenta usualmente


como una posición epistemológica, siendo su tesis más característica la privacidad de las
sensaciones. La privacidad de las sensaciones se da en dos sentidos: 1) solo yo puedo saber
si tengo una sensación; 2) solo yo puedo poseer mis sensaciones. En el primer sentido, las
sensaciones se conciben como hechos u objetos epistémicamente privados, mientras que en
el segundo se conciben como ónticamente privadas (García Suarez, 1976, p 74).

Antes de que se pueda adoptar una postura solipsista, el epistemólogo egocéntrico


asume que las experiencias sensoriales son propias del sujeto que las experimenta, por
ende, nadie más puede tenerlas. Esto permite asumir que otras personas pueden poseer sus
propias experiencias sensoriales, pero no en qué consisten o en cómo estas se “sienten”;
solo pueden creerse o conjeturarse dichas experiencias, pero no conocerse. En este sentido,
el epistemólogo egocéntrico, y posteriormente el solipsista, asumen una postura escéptica al
comprender el conocimiento de una experiencia sensorial como la posesión de dicha
experiencia: conocer una sensación es poseerla, y como no se puede poseer la sensación de
otros, entonces no se puede conocer. Esta imposibilidad no es necesariamente una
imposibilidad física, puesto que hipotéticamente se podría experimentar físicamente la
misma sensación, pero la forma de sentirlo sería distinta, es decir, es una imposibilidad
gramatical.

Posteriormente, el epistemólogo egocéntrico, asumiendo una postura solipsista,


plantea que es un sinsentido creer que un otro pueda poseer experiencias sensoriales
internas. Esta imposibilidad parte de la noción de que si uno solo puede experimentar sus
propias experiencias, no hay motivo suficiente para asumir que los otros también lo
experimentan; si solo puedo conocer mis experiencias, no puedo conocer las de las demás.
Para Wittgenstein, esta negación surge de la confusión entre los términos de “conocer” y
“poseer”; se asume que conocer la experiencia sensorial de otro es poseerla:

“Esta idea surge de pensar que saber lo que él ve significa ver lo que él también ve;
pero no en el sentido ordinario en el que se diría de dos personas que miran el
mismo objeto que uno ve lo mismo que el otro […] el objeto inmediato, privado, de
su visión, de manera que es imposible que ninguno de los dos introduzca su cabeza
(mente) en la del otro y vea el mismísimo objeto que el otro mira” (García Suarez,
1976, p 77).

Wittgenstein comienza su crítica a esta concepción solipsista cuestionando la


identidad del sujeto que es capaz de conocer su experiencia sensorial, es decir, pregunta por
la concepción de identidad personal. Para Wittgenstein, no existe argumento que pueda
esgrimir el solipsista para corroborar que la persona que experimenta sensaciones, sea
siempre la misma, puesto que al momento de hablar de “experimentar una sensación”,
hablamos de ese hecho, no de un yo empírico que lo realiza; no se establece una relación
entre la sensación y el sujeto que la experimenta:
”En el Tractatus, insiste en que el ojo no forma parte del campo visual: entre los
contenidos del campo visual no hallamos el lugar desde el que son vistos. Los
límites del campo visual son como los límites del mundo físico: no tiene sentido
pensar en ir más allá de unos y otros límites” (García Suarez, 1976, p 79).

Dada la imposibilidad de los solipsistas de responder a la crítica sobre que sea el


mismo sujeto el que experimenta las mismas sensaciones, procederá a argumentar que solo
son reales las sensaciones experimentadas por el sujeto solipsista: solo lo que yo
experimento existe realmente. Por ende, para justificar la existencia del yo, el solipsista
afirmaría que este reside en algo, pero que no corresponde a ese algo.

Ante esto, Wittgenstein distingue dos tipos de yo, el yo como sujeto y el yo como
objeto: la concepción del yo como objeto se refiere al cuerpo humano y sus propiedades
físicas, mientras que la concepción del yo como sujeto se utiliza para referirnos sobre
estados y procesos mentales y sensaciones. La diferencia entre estas concepciones radica
que en cuanto a la concepción física del yo, existe la posibilidad de equivocarse sobre quién
es este yo, mientras que en la concepción psicológica del yo pensar en la posibilidad de
error consiste en un sinsentido: es posible dudar de que sea uno y no otro quien sufra una
afección física, mientras que resulta irrisorio dudar sobre quien experimenta una sensación.
Según Wittgenstein no se puede dudar de una expresión en cuanto al “yo como sujeto”
porque este no se reconoce a un “yo determinado”; es el intento del solipsismo de justificar
la existencia de un yo incorpóreo que reside en un algo corpóreo: el solipsista pretende
justificar que “solo lo que yo experimento existe” basándose en la existencia del yo
incorpóreo, pero en realidad esta conciencia de un yo mismo no implica una identidad
numérica del sujeto.

El último argumento presentado por los solipsistas se basa en una gesticulación


ostensiva:

“Siempre que algo es visto, es esto lo que es visto, “acompañando la palabra “esto”
con un gesto que abarque mi campo visual (pero sin referirme mediante “esto” a los
objetos particulares que resulta que veo en este momento). Podría decirse: “Estoy
señalando al campo visual como tal y no a nada que esté dentro de él”. Wittgenstein
advierte que, cuando el solipsista dice “Esto es lo que es visto realmente”, debe
señalar visualmente; debe señalar a su campo visual en cuanto distinto de las cosas
que hay en él” (García Suarez, 1976, p 81)

Pero este argumento resulta mucho más irrisorio que los anteriores, puesto que une
lo que es visto en concreto con el acto de ver, es decir, genera una tautología: las
sensaciones que se experimentan son inseparables de experimentarlas. Además, el solipsista
al proponer este argumento piensa que el resto no puede conocer la sensación que se
experimenta porque el hecho de experimentar es propio de esa forma de experimentar
sensaciones; pero esto carece de significado puesto que no existe un yo, las expresiones
como “yo siento x” o “yo veo x” serían simplemente referencias a la misma sensación.

III. Las sensaciones privadas.

Ante la pregunta sobre la privacidad de las sensaciones, Wittgenstein distingue dos


formas en que esta se da: 1) la privacidad epistémica, que hace referencia al carácter
privado del conocimiento sobre las sensaciones, es decir, solo yo puedo conocer mis
sensaciones y los otros solo pueden presumirla; 2) privacidad óntica, que estipula que las
sensaciones son privadas en cuanto estas no pueden ser transmitidas, es decir, de que las
sensaciones son de quien las posee.

Por un lado, la privacidad epistémica es defendida desde la perspectiva egocéntrica


cimentándose en dos hechos: “(i) sólo yo puedo saber si realmente siento dolor; y (ii) los
demás no pueden saberlo, sino sólo creerlo, suponerlo, conjeturarlo, etc.” (García Suarez,
1976, p 84). Esta tipo de privacidad es concebida como una superprivacidad, puesto que
aunque un sujeto le revele sus sensaciones a otros, este último no puede llegar a conocerlos
completamente pues no puede experimentar la vivencia: la superprivacidad radica en que
bajo ningún concepto alguien puede conocer realmente las sensaciones de otros. A esta
concepción Wittgenstein responde que no es imposible que unos sepan sobre las vivencias
de otros, sino que esto consiste en un simple cambio de lenguaje, no existe una mayor
explicación de estos procesos sensoriales; alude a que no hay que dejarse impresionar por
lo “oscuro” del ámbito interno, pero esto no implica que necesariamente no podamos
acceder a él. De esto se sigue que quienes defienden la privacidad epistémica planteen que
no existe conexión necesaria entre la conducta externa y la experiencia interna; esto último
implica de que no puede haber certeza de si otro está fingiendo o no. Pero tener la noción
de que alguien pueda fingir implica que el sujeto que lo hace debe aprender ciertas
habilidades para hacerlo, es decir, que debe experimentar en algún momento dichas
sensaciones. Además, de que quien defiende la privacidad epistémica recurre a casos poco
usuales para defender sus posturas, pero en la experiencia cotidiana la mayoría de sus
argumentos se ven invalidados.

Por otro lado, ante la privacidad óntica se refiere a la posesión particular de las
sensaciones Wittgenstein cuestiona el criterio para identificar la identidad de quien
experimenta las sensaciones. Para Wittgenstein, lo que define la identidad de alguien en
cuanto a la sensación es quien experimenta la sensación, es decir, que si X siente Y dolor, y
Z siente Y dolor, la diferencia está en X y Z, y eso hace que las sensaciones sean distintas.
Para Wittgenstein “la barrera que les impide a los demás tener mis dolores no reside en la
naturaleza de la realidad, sino en los límites del lenguaje, de lo que puede decirse. Ahora
bien, así entendida, la privacidad óntica de las sensaciones no es ningún obstáculo para su
conocimiento. Tampoco pueden tener los demás mi sonrisa, pero nada les impide saber que
estoy sonriendo” (García Suarez, 1976, p 87).

IV. La posibilidad del lenguaje privado.

El concebir una concepción egocéntrica de la mente, como la solipsista, implica la


posibilidad de que exista un lenguaje privado. Un lenguaje privado para Wittgenstein es un
lenguaje que un individuo inventa para designar sus propios estados, experiencias o
sensaciones internas, que sólo él puede conocer, sería algo así como un lenguaje
psicológico, cuyos términos hablaran de nuestras experiencias internas inmediatas. Sería un
lenguaje privado, precisamente porque tendría que ser creado por el individuo mismo, no lo
puede adquirir de otros, puesto que se supone que sólo él puede conocer sus propias
experiencias, por tanto la conexión que establezca entre una determinada sensación privada
y un nombre particular creado por él, va a ser comprendida exclusivamente por él, y cuando
hablase de que tiene esta sensación, los demás no le podrían entender; por lo tanto, no se
refiere a que un sujeto pueda desarrollar un lenguaje interno para sus sensaciones y para su
propio uso. Así lo expresa Wittgenstein en las Investigaciones Filosóficas: “las palabras de
este lenguaje deben referirse a lo que sólo puede ser conocido por el hablante, a sus
sensaciones inmediatas, privadas. Otro no puede, por tanto, entender este lenguaje” (2008).
Considerando los apartados anteriores sobre la privacidad epistémica y óntica, Garcia
Suarez establece los siguientes criterios:

“(1) Las palabras de ese lenguaje habrían de referirse a algo que sólo puede ser
conocido por su usuario; (2) Los referentes de las palabras de ese lenguaje serían las
vivencias internas, inmediatas y privadas, de su usuario; (3) Nadie, excepto su
usuario único, podría entender ese lenguaje. La cláusula (1) establece la privacidad
epistémica de los objetos a los que habrían de referirse las palabras de ese lenguaje
[…] La cláusula (2) establece su privacidad óntica. La cláusula (3), que es
presentada como una consecuencia de (1) y (2), establece la inescrutabilidad de ese
lenguaje” (García Suarez, 1976, pp 36 – 37)

Wittgenstein comienza su crítica al LP presentando su conocido argumento del


diario privado: solicita que nos imaginemos que alguien quiere llevar un diario acerca de la
repetición de una sensación particular, la cual asocia con el signo “S” y va escribiendo en
un calendario este signo cada vez que tiene la sensación. Esta persona pretenderá establecer
la definición del signo mediante una definición ostensiva privada, es decir, una especie de
acto de señalamiento interno, mediante el cual se imprimirá la conexión entre signo y
sensación; esto es esencial para establecer un LP, pues si se estableciera la relación con
algo externo este pasaría a ser un lenguaje público: del mismo modo, el signo S que
identifica a la sensación no puede tener una definición verbal, debe ser indecible para que
este no deje de ser privado, pero no que por esto carezca de significado.

No obstante Wittgenstein sostiene que el decir que “se imprime” esta conexión,
sólo quiere decir que más tarde recordará la conexión correcta, pero si se sostiene una
concepción ostensiva privada, no se puede referir a lo correcto e incorrecto, no tiene sentido
hablar de correcto; lo correcto sería para el hablante lo que a él le parezca correcto ya que
no existe un criterio de corrección o estándar externo al propio sujeto, se requiere de una
instancia distinta, externa al propio sujeto que sirva de criterio de corrección. Sería, nos
dice Wittgenstein como intentar justificar la traducción de una palabra por otra en una tabla
que sólo existiese en nuestra imaginación, lo que no constituiría una justificación, puesto
que “la justificación consiste, por cierto, en apelar a una instancia independiente”. En este
sentido, la definición ostensiva no es suficiente para establecer un lenguaje, puesto que solo
tiene sentido dentro de la gramática, es decir, que no establece una relación del lenguaje
con la realidad, puesto que si fuese así podría ser decible y, por ende, no privado. Es más,
el significado es un concepto normativo, una expresión tiene significado si es posible hablar
de usos correctos o incorrectos. Por tanto donde no habría modos correctos o incorrectos de
usar una expresión (cómo en un lenguaje privado) está carecería de significado, por lo cual
no podríamos hablar propiamente de un lenguaje.

La posibilidad de un lenguaje significativo descansa en la existencia de criterios


públicos de corrección. El criterio de significado por excelencia va a estar determinado de
acuerdo con los usos de una determinada comunidad lingüística. El significado es,
esencialmente, una cuestión pública y alguien conoce el significado de un término cuando
tiene una disposición a usarlo de manera correcta. Como hemos visto sólo puede existir
genuinamente lenguaje, es decir un lenguaje con significado, según Wittgenstein, si
tenemos criterios públicos de corrección, lo cual no hay en el lenguaje privado, por ende
este no sería un lenguaje significativo, con sentido, no siendo realmente un lenguaje.

V. Bibliografía.

- García Suarez, A. “La Lógica de la Experiencia: Wittgenstein y el lenguaje


privado”, 1976.

- L. Wittgenstein, “Investigaciones filosóficas”; Editorial “Crítica”, 2008.