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ANNE BERT

El último verano

Traducción de Alfredo Blanco Solís

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KNF35

El último verano

© 2018, Anne Bert


© 2018, Kailas Editorial, S. L.
Calle Tutor, 51, 7. 28008 Madrid
kailas@kailas.es

© 2018, traducción de Alfredo Blanco Solís

Diseño de cubierta: Rafael Ricoy


Diseño interior y maquetación: Luis Brea

ISBN: 978-84-17248-12-3
Depósito Legal: M-21067-2018

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Índice

Prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11

1. El amanecer . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 21
2. La noticia . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 27
3. Los arabescos de arena . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 41
4. Rebelde . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 49
5. La copita de vino . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
6. Cautiva . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 63
7. Morir en una misma . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 69
8. El fin de los tiempos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 75
9. Solsticio de verano . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 83
10. Escoger sin renunciar . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 91
11. El estanque . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 99
12. Los barqueros . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 107
13. El ejercicio de la desaparición . . . . . . . . . . . . . . . . . . 113
14. La noche estrellada . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 123
15. El sabor de las últimas veces . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 129
16. Regreso a Bélgica . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 137
17. El cielo de la tarde . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 141
La banda . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 147
Agradecimientos . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 151

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«Artículo 6. La libertad es el poder que tiene el hombre de ha-
cer todo aquello que no cause perjuicio a los derechos de los
demás; tiene por principio a la naturaleza; por regla, la justicia;
por salvaguarda, la ley; su límite moral viene dado por la máxi-
ma: “No hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”».

Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano de 1793

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Rebelde

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T
odo pasó muy rápido. Apenas levanta-
da, deambulo por la casa atemorizada,
medio desnuda. Incapaz de vestirme,
ni siquiera de cubrirme un poco. Estoy
mortificada.

Todavía ayer podía ocuparme de mí misma yo


sola. Dedicarme a mis rituales matinales femeninos.
Claro, un poco menos cada día, es cierto, pero aun
así…
Quizá también fingía no advertir todas las de-
bilidades de mi cuerpo rebelde. O, mejor dicho,
obstinado y, al negarlo, yo desplegaba mis últimas
fuerzas.

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Pero esta mañana Charcot está intratable. Me roba
el cuerpo, le prohíbe hablar conmigo, que me escuche.
Me rechaza. No quiere encender la luz. Ni ayu-
darme a ponerme el jersey cuando tengo frío. Ni
apartar el mechón de pelo que me cae sobre los ojos.

En el cuarto de baño habilitado para facilitarle


las cosas, me es imposible agarrar la alcachofa de la
ducha, aunque está colocada en el suelo. No cede en
nada, ni en el monomando, ni en la pasta de dientes,
ni en el cepillo de pelo.
Mi cuerpo llega incluso a resistirse a la dulzura de
la leche hidratante. No quiere.
Sus brazos, que ya no son los míos, permanecen
sordos y pesados. Sus manos, estáticas.

Estos síntomas de discordia se añaden a tantos


otros que pierdo la cuenta.
Este traidor adelgaza a pesar de que lo alimen-
to bien. Sus miembros inertes pesan una tonelada y
atormentan a mis hombros y a mi espalda.

Mi cuerpo me ha abandonado para siempre. Se


desconecta completamente, se vuelve incluso hostil.

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Me contradice, me impide el menor esbozo de un
gesto. No siente ya el amor, se detiene ante mis deseos.
No soy más que un pelele descoyuntado, con el
pecho echado hacia delante y la cabeza a ras de suelo.
Inclino la cabeza, me sirvo de la boca, de los dien-
tes, de los pies y de las rodillas para ducharme y,
entre insultos, lloro ante semejante desastre.

Huyo de la intimidad del cuarto de baño y solici-


to, con el alma hecha pedazos, ayuda para vestirme
y peinarme.

Necesito estar sola. Me refugio en la habitación y


le hago frente al espejo.
Aparentemente estoy impecable: la cabeza alta,
el busto erguido, los brazos en reposo y una ropa
bonita dan el pego. Al estar tan inmóvil, mi cuerpo,
este embustero, no deja que nada se note. Tiene aún
buen aspecto, casi altivo.
Nadie podría creer su proyecto de destrucción, su
intención de hacerme desaparecer.

Es demasiado, no soporto más su reflejo y ese buen


aspecto tan mentiroso. El cara a cara es insoportable.

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De golpe, le doy la espalda y, con el pie que aún
me responde, cierro la puerta. A él, que se ha vuelto
mi peor enemigo, a pesar de que nos quisimos tanto,
de que fuimos tan cómplices.

Es él quien me asesina. Este cuerpo caníbal que se


divorcia de mí.

De niña y, después, de adolescente, me gusta-


ba explorar sus contornos cambiantes y recovecos.
Siempre estuvo íntimamente ligado a mi espíritu.
Cuando me dolía el alma, también lo hacía el
cuerpo. Me estremecía cuando tenía miedo. Me ru-
borizaba si estaba avergonzada o contenta.
Cuando amaba, el corazón me latía a lo loco, me
temblaban las piernas. Y si me exigía aguante y re-
sistir el esfuerzo, yo se lo concedía con entusiasmo.

Llegué hasta el final de mis fuerzas por él. Era


un todo, con mi alma y mi cuerpo. Sin ser uno más
sagrado o más sumiso al otro.
Mi intimidad y mi identidad anidan en él. No
existe una moral específica en el cuerpo. En él nace
mi vitalidad.

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Me encantaba cuando se emancipaba en el amor.
Hoy, permanece mudo frente al deseo.
Ya no quiero este triángulo: él y Charcot contra
mí. Mi cuerpo se ha vendido, es un agente de la ELA.
Y toda mi vida se está desmoronando.

Voy a morir, sí, puesto que he tenido mala suer-


te, pero no miraré complaciente cómo avanza esta
muerte.

Ya no lo quiero y de ahora en adelante le concedo


a este traidor el nivel de subsistencia mínimo. No
porque sea menos bello, diferente o inútil, sino por-
que ya no somos cómplices.
No me importa lo bello o feo que sea. Durante es-
tos meses que me quedan de vida, quiero los múscu-
los en movimiento. Quiero poder caminar todavía,
hasta el fin del mundo.
Me encantaba doblar los brazos, las piernas. Mis
gestos eran también un lenguaje, el de mi corazón, el
de mi feminidad, el de mi inconsciente.
Me habría gustado saber bailar. No soy buena
bailarina. No domino la disciplina. Me gusta mover
el cuerpo al compás de una música, ya sea interior o
real. Una danza bastante instintiva.

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Mis ojos miraban el mundo y el cuerpo lo expe-
rimentaba.
Revolcarme entre las olas. Calentarme al sol.
Darle el pecho a mi hija. Dormirme con la venta-
na abierta para sentir el frescor de la noche sobre
la piel. Aspirar el aire cálido. El olor del huerto y de
las manzanas caídas. El de la hierba cortada. Hasta
que mi cuerpo acabe saturado de estas sensaciones.
Vibrar con una sonata de Bach o el cuadro de Cai-
llebotte Los acuchilladores de parqué. Hasta tener
la carne de gallina. Nadar, bailar, hacer el amor sin
impedimentos, lavarme el cuerpo, el cabello, frotar-
me la piel. Ponerme a cuatro patas. Estirar la espal-
da para meditar. Mi cuerpo cooperaba incluso para
protegerme de su trivialidad.
Y cuando comencé a escribir y a publicar, hablé
de este cuerpo olvidado hoy. Lo liberé. Hice tanto
por él.
Solo queda mi epidermis, restos de un tiempo pa-
sado, desconectado de la carne.

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La copita de vino

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E
ste sábado, el mercado está alegre.
Estoy contenta de estar al fin un poco
sola, de pasear a mi ritmo.

Me deleito delante de los coloridos puestos de


verduras. Me tomo mi tiempo, charlo con un viejo
comerciante de la esquina.
Un trío de músicos toca Les Yeux d’Elsa. Inme-
diatamente, esta canción me conmueve, me detengo
para escucharlos.
Me siento viva y reintegro mi cuerpo en el espa-
cio de estas notas. Tengo ganas de cantar, me veo
dando vueltas con el vestido.
Casi me mareo.

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Cuando vuelvo en mí, un aroma a Mara des bois
flota y me entran ganas de muchas fresas.
Hago mentalmente la lista de lo que quiero com-
prar para que Rémy se ocupe más tarde.

Un amigo me pregunta: «¿Qué tal estás hoy?».


Sabe que no le hablaré de mi enfermedad, no hay
nada que decir. Le respondo: «Estoy…».

El gentío se hace cada vez más denso. Mis brazos


paralizados a lo largo de mis costados me dan calor
como mi collarín.
Me esfuerzo por ser paciente detrás de la gente
que se queda plantada en mitad de la calle.

Veo a lo lejos unos enormes ramos azules en un


banco. Conozco bien a esa mujer que vende flores,
huevos y algunas verduras de su jardín. Me encanta
su sonrisa. Tiene la misma edad que yo y a veces me
cuenta cosas de su vida.
Sabe que tengo debilidad por los acianos. Esta
mañana, ella me ha escogido un enorme manojo y
me ha dicho que se las entregará a Rémy cuando
pase por allí.

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Llego al espacio cubierto. Camino por los pasillos
de los carniceros, queseros, pescaderos…
Huele a océano y a marea baja. Olor a vísceras.

Giro la cabeza hacia un puesto. Las sepias, negras


de tinta. Así es como me gustan.
La tristeza, de golpe, me echa hacia atrás. Me veo,
con una cesta grande en la mano, cogiendo dos kilos
y metiendo los dedos para prepararlas como nadie
sabe y verlas cocerse con la idea de congelarlas para
mis hijos, mis nietos, que vendrán este invierno.
Pero no tengo cesta. Y ya no veré a los niños en
diciembre.

Ahuyento estos pensamientos que me abruman


para concentrarme en la frágil satisfacción de la vis-
ta.
A la entrada de la explanada que da al río, Rémy
se reúne conmigo. A modo de compensación, trae en
la mano el manojo de acianos.

Nos sentamos a una mesa de un pequeño bar al


aire libre para pedir unas ostras y él me las separa de
la concha.

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Apenas son las once, pero qué importa.
Son las mejores ostras del mundo.

Miro los barcos amarrados al muelle, aquellos


que navegan sin prisa hacia la desembocadura. Esta
lentitud me gusta.
Aún me queda verano. Fumo un cigarro atrapado
entre dos dedos tensos cual ganchos, con la cabeza
atrapada entre las rodillas.
No tengo ganas de volver.

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