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José Ramón San Miguel Hevia, Edmund Husserl, El Catoblepas 114:8, 2011

   
 
   

  El Catoblepas • número 114 • agosto 2011 • página 8

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A la hora de ordenar a los filósofos por su indiferencia ante la vida pública y
60   1   2   3   4   5   6   7   8   9
  su dedicación solitaria al estudio, la investigación o la enseñanza, posiblemente 70   1   2   3   4   5   6   7   8   9
ocupe Edmund Husserl el primer lugar de la clasificación. Por lo menos Descartes 80   1   2   3   4   5   6   7   8   9
ha participado de forma testimonial en la guerra de los treinta años y ha tenido 90   1   2   3   4   5   6   7   8   9
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trato con las más ilustres coronas de Europa. En cuanto a David Hume, llega a C0  1   2   3   4   5   6   7   8   9
ser una figura dentro de los tres reinos da las islas, y mucho más entre los C1  1   2   3   4   5   6   7   8   9
ilustrados de Francia. C2  1   2   3   4   5   6   7   8   9
  C3  1   2   3   4   5   6   7   8   9
C4  1   2   3   4   5   6   7   8   9
El retiro filosófico de Husserl es tanto más llamativo cuanto que los casi C5  1   2   3   4   5   6   7   8   9
ochenta años de su vida coinciden con los acontecimientos históricos más C6  1   2   3   4   5  
 
tormentosos de Alemania. Y sin embargo, ni las campañas de Bismark contra
Austria y Francia, ni mucho más tarde la Gran Guerra, y la desaparición del  
Imperio austro-húngaro han llegado siquiera a rozar su pensamiento. Tras la
llegada de Hitler al poder su filosofía permanece inconmovible, y él mismo no
muestra veleidades nacionalsocialistas, ni es objeto de persecución.

Tampoco su vida social ofrece el menor interés . A los veintiocho años se


casa con Malvine Steinshneider y tiene tres hijos del matrimonio, al que dedica la
 
justa atención, sin desapego ni alardes sentimentales. En sus estudios y su
posterior carrera académica no da signos externos de torpeza o precocidad:
presenta su tesis de Habilitación y es Privatdotzen en la Universidad de Halle en
1887, más tarde, ya a los cuarenta años se desplaza a Gotinga en calidad de
titular asociado y cuando no está lejos de su edad de jubilación alcanza finalmente

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la máxima categoría en la Universidad.


 
1. El mes de Marzo de 1916, Edmund Husserl tiene dos noticias de signo
contradictorio, que consiguen agitar su reposada existencia. Su hijo menor
Wolfgang ha muerto en la batalla de Verdún: es una pérdida de la que le costará
recuperarse, pero que tiene el efecto imprevisto de que se le respetará como un
patriota hasta su muerte, ya en los más negros años de la historia de Alemania.
Ese mismo mes recibe una invitación de la Universidad de Friburgo para trabajar
como profesor a tiempo completo. Husserl acepta el nombramiento que se le
ofrece y que conlleva la promoción al supremo grado académico y abandona
Gotinga para instalarse definitivamente en su nuevo destino. Allí reflexiona sobre
su ya larga vida, los difíciles problemas que su filosofía tiene pendientes y los
proyectos que necesariamente debe realizar. Tiene publicados –por cierto de
bastante mala gana– sólo dos libros. Durante cerca de diez años ha trabajado en
las «Investigaciones lógicas», pero como su afán perfeccionista y su permanente
insatisfacción ante el manuscrito retardan continuamente su aparición, han sido al
final Malvine y su discípulo Stumpf quienes lo llevan al editor a sus espaldas. En
sus últimos años en Gotinga escribe la primera parte de las «Ideas sobre la
fenomenología», pero se niega a publicar su continuación que sólo aparece
después de su muerte. Al parecer sólo está satisfecho con un largo artículo de
1911, «La filosofía como ciencia rigurosa», donde defiende contra todas las ideas
vigentes la necesidad de un pensamiento sin supuestos.

2. Pero además Husserl es consciente de que sus ideas rompen con una
tradición filosófica de muchos años, hasta tal punto que parecen unas voces en el
desierto. Las «Investigaciones» afirman en contra toda la corriente positivista del
siglo XIX, que las ciencias formales –la lógica y las matemáticas– no se reducen a
psicología. La idea de que la consciencia no puede tomarse como una parcela del
mundo espacial que ella misma fundamenta, es el primer paso para la
construcción de una filosofía primera.

Bastante más grave es lo que sucede con su fenomenología. Los cien años
anteriores han abandonado el primado de la consciencia, iniciado por Descartes y
seguido por los empiristas ingleses y por Kant, y han construido grandes sistemas
–el idealismo de Hegel y Schelling, el positivismo de Comte, las corrientes
socialistas– considerando el pensamiento anterior como algo pasado de moda. El
éxito de la ciencia y sus colosales logros subraya, al parecer de forma definitiva,
esta tendencia al objetivismo.

Sólo unos escasos y desconocidos filósofos, entre ellos Brentano, el maestro


de Husserl son una excepción ante este universal movimiento. En estas
circunstancias volver a situar el principio del saber en la consciencia corre el
peligro de ser una mala imitación del cógito, con el agravante de que será
difícilmente entendido. Sucede entonces que no sólo la vida, sino la propia
doctrina del profesor alemán nacen y crecen en medio de un desierto.

3. Por otra parte Husserl sabe que quien le contemple por primera vez sufrirá
casi con toda certeza una decepción y difícilmente podrá explicar su pretensión de
ocupar un lugar central en la historia de la filosofía. Es un individuo menudo,
amable y servicial con sus estudiantes y con quienes se le acercan, pero nadie se
explica cómo ese hombre sencillo y tranquilo puede tener la fama que ha
alcanzado.

Sin embargo hay un terreno donde se considera invencible y es su condición


de profesor, pues desde el primer momento sus palabras saltan por encima de
cualquier representación y describen su mundo inmediato. Ni siquiera sus escritos,
aunque los corrige una y otra vez se acercan a su enseñanza en la cátedra. Por
eso, antes de desarrollar sus cursos, de extensión verdaderamente oceánica, tiene
buen cuidado de registrarlos ante un taquígrafo, conservando así su carácter oral.

Ya en las «Ideas», a pesar de pensar a contrapié de toda la ciencia positiva,


Husserl expone brevemente sus antecedentes históricos y el sentido de la

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evolución de su pensamiento, en camino hacia una última simplificación. La


fenomenología –dice– es el secreto anhelo de toda la filosofía moderna, desde la
profunda meditación de Descartes hasta Hume y sobre todo Kant. Después de
este breve anuncio, guarda silencio en sus escritos, pero desarrolla oralmente esta
historia crítica de las ideas en su curso de Noviembre y Diciembre de 1923, que
lleva el expresivo título de «Filosofía primera».

4. Husserl admira las dos primeras meditaciones de Descartes, porque gracias


a ellas la filosofía ha descubierto un nuevo fundamento, pero inmediatamente
protesta por la fatal complicación de su sistema. La consciencia no está cerrada ni
descansa en sí misma, y el maestro francés, después de su primer descubrimiento
no se ha dado cuenta de una propiedad tan banal y digna de desprecio que ha
permanecido invisible, durante casi tres siglos.

Efectivamente todo pensamiento, desde la percepción hasta la imaginación y


el recuerdo, el pensamiento abstracto, la certeza y la duda, la voluntad y el
sentimiento es siempre pensamiento de un objeto No es que primero exista el
cogito y que después tenga la propiedad añadida de hacer frente a las cosas sino
de algo mucho más radical . Entre la consciencia y su campo hay una relación
inseparable en el sentido de que cada uno de estos términos ni siquiera se puede
pensar sin el otro.

Husserl conoce de sus años de estudiante esta propiedad que los medievales
y su maestro Brentano llaman intencionalidad. Por no tenerla en cuenta Descartes
necesita para estar seguro del mundo dar un rodeo tan gigantesco como incierto
por la idea de Dios. Y además abandona su primera intuición de un sujeto abierto
a toda la realidad, y recae en una consideración de dos objetos de la ciencia, la
sustancia pensante y la extensa.

5. Es verdad que David Hume en su «Tratado» comprueba que la naturaleza


humana y concretamente su consciencia es centrífuga y se proyecta sobre su
objeto y en ese sentido Husserl le concede el honor de construir sin darse cuenta
una primera fenomenología. Pero el mecanismo psicológico de impresiones
repetidas y coherentes, y de creencias insuperables en la existencia de las cosas
es otra vez innecesariamente complicado.

Efectivamente, el objeto intencional de la consciencia es la cosa misma, que


no tiene necesidad de ninguna imagen ni representación. El árbol percibido y el
árbol real son uno y el mismo, y suponer otra cosa es tanto como afirmar la
paradoja de los dos árboles con propiedades contradictorias : tiene razón Berkeley
al identificar las ideas con las cosas, a condición de pararse en una pura
descripción y no buscar explicaciones trascendentes.

El objeto, liberado así de toda preparación psicológica previa, hace frente a


muchos estados de consciencia. Puede ser percibido, pero también imaginado o
evocado. Puede ser centro de atención de la mirada o de la escucha, o por el
contrario marginado. Puede ser deseado, querido o despreciado o en fin, expuesto
a innumerables estados de ánimo. La fenomenología es en este sentido mucho
más sencilla y más rica que la psicología sensista de Hume.

6. A la hora de construir una filosofía absolutamente primera, Husserl busca


un grado mayor de sencillez en una operación tan atrevida e inesperada como
lógica, haciendo una crítica del logro más admirado por los modernos, las ciencias
positivas. Efectivamente, todas ellas son conocimientos derivados y artificiales, y
no pueden tener la pretensión de sustituir al mundo a que hace frente a la
consciencia. Esta operación de limpieza es todavía más radical, pues abarca
además todos los saberes, producto de una operación segunda, que forzosamente
viene después de la descripción ingenua de cuanto aparece ante el sujeto.

Después de esta radical operación de limpieza lo que queda ante una mirada
ingenua que adopta una actitud natural es la vida de todos los días y
correlativamente su mundo. Según esto, el punto de partida de la fenomenología
no es un universo único, que existe en sí mismo y que contiene las distintas

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realidades, sino una pluralidad de ámbitos objetivos, que se corresponden con las
vivencias de la consciencia. Que todos y cada uno de los hombres tienen un
mundo –en el sentido más obvio de la palabra– y que ese mundo es el fenómeno
original, del que se deriva cualquier otro conocimiento y valor por muy venerable
que sea, es el descubrimiento, al mismo tiempo banal y escandaloso de la nueva
escuela.

Desde ahora los filósofos dejan de ser los creadores de grandes sistemas y
de explicaciones unitarias del universo. El principio de todos los principios pasa a
las cosas mismas de que todos los hombres tienen vivencia inmediata, es decir, al
mundo, al propio tiempo común y plural, tal como se aparece, antes de cualquier
construcción derivada en forma de ciencia o de sistema. Sólo después de esta
enérgica cura de humildad la filosofía primera, en forma de saber intersubjetivo
puede tener la pretensión de llegar a ser un conocimiento riguroso.

7. Husserl, sin abandonar el campo de consciencia original, busca un


procedimiento para descubrir dentro de él un conjunto de posibilidades puras, a
base de limpiar los fenómenos de sus propiedades cambiantes e inesenciales. La
técnica empleada para lograr esta reducción eidética consiste en tomar un objeto
y ensayar por medio de la imaginación todas sus posibles variaciones Aquellas
propiedades que , a pesar de la multiplicación de casos diferentes, aparecen ante
la consciencia como algo siempre ligado el fenómeno y en último término
inseparable de él, son las invariantes que definen su esencia.

Todavía hay que diferenciar dos tipos de esencias. Las esencias exactas
pertenecen, por supuesto a la lógica y las matemáticas, pero también a la misma
física en la medida en que sus conceptos son modelos ideales que nunca se
realizan totalmente en la experiencia. Por el contrario las esencias –y las
ciencias– inexactas se refieren al mundo inmediato y a las propias vivencias.
Aunque parezca paradójico sólo estas ciencias inexactas son verdaderamente
rigurosas, porque respetan el campo de consciencia primitivo. En cambio la
exactitud de las matemáticas o la física es una falta de rigor, en la medida en que
simplifica esas vivencias originales y las sustituye por un modelo ideal.

En resumen, la consciencia está abierta a su mundo y dentro de este


microcosmos descubre un horizonte de esencias que dan sentido a cualquier
realidad de hecho. Este cuadro de posibilidades esenciales no reside en un lugar
celeste, ni en la mente divina, ni en el proceso psicológico en cuanto determinado
por la cadena de causas y efectos de un único universo físico. Todos estos
sistemas centralistas, entre ellos el propio positivismo, tiene que retirarse y hacer
sitio a la consciencia de cada hombre común, porque sólo ante ella aparecen con
sus perfiles invariantes las cosas mismas tal como son inmediatamente vividas.

8. Todavía es posible una última operación de limpieza –la reducción


fenomenológica– que suprime todo cuanto el sentido común ha añadido al mundo
inmediatamente vivido. Hay que prescindir de la existencia externa e
independiente de las cosas y del universo objetivo que las contiene. Esta puesta
en paréntesis afecta a la existencia en sí de una realidad y a la existencia
sustancial del propio sujeto.

En cambio sí es posible, porque de ello hay vivencia inmediata, constatar que


la consciencia es consciencia de una realidad y por consiguiente describir esa
realidad tal como se aparece. Lo que queda después de esta reducción es un
mundo que mantiene toda su riqueza, incluidas todas sus propiedades primarias y
secundarias y su carácter mismo de existencia, pero todo ello en forma de
fenómeno de consciencia.

Todo esto quiere decir que la consciencia, sin perder su condición de sujeto
primero, se proyecta directamente sobre un mundo real. Por eso en la filosofía
supremamente sencilla de Husserl, ni el cogito está afectado por la duda ni su
mundo en cuanto referente objetivo es dudoso. El filósofo completa así el
descubrimiento de los dos filósofos que posiblemente más admire : Descartes –
pienso luego existo– y Berkeley –es pensado, luego existe– y sustituye sus

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fórmulas por una suya escasamente literaria pero exacta, porque expresa el
carácter bipolar y sencillo de la realidad radical: «Ego cogito cogitatum».

9. En la tercera década del siglo XX, en todo el mundo y sobre todo en


Alemania los ciudadanos están pendientes de los graves problemas económicos y
políticos y nadie se fija en un hombre de cerca de ochenta años, que recorre las
universidades habla= ndo de la crisis de la ciencia en Europa. Habla de que los
saberes más venerables son primero y principalmente un proyecto, es decir, una
actividad, por medio de la cual el hombre configura una nueva forma de ver las
cosas y de hacer su vida con ellas. Y dice –a muy pocos les interesa– que si se
deja de lado esta condición existencial de la ciencia, el universo se convierte en
algo puramente objetivo, lo más parecido a una vivienda perpetuamente vacía.

Según Husserl a lo largo de tres siglos la primera objetividad se ha


trasmutado en objetivismo, es decir en un sistema donde las ciencias y sólo ellas
dicen lo que las cosas son, sencillamente una colección de realidades
independientes, cerradas sobre sí mismas y definidas de acuerdo con una precisa
determinación cuantitativa. De esta manera, a medida que avanzan los saberes
positivos los dominios del sujeto consciente van disminuyendo hasta quedar en
nada. Al olvidar que la ciencia es una de tantas actividades humanas –por otra
parte relativamente reciente– el mundo objetivo termina absorbiendo la vida y la
historia del hombre, reduciéndolo al estado de cosa.

Cuando esta correlación original sujeto-mundo se rompe, se produce un efecto


doblemente indeseable : por un lado la ciencia y la técnica se vuelven totalitarias,
pues invaden todas las dimensiones de la vida, anulando poco a poco el carácter
de individuo y de persona, pero además y de forma complementaria suprimen las
vivencias inmediatas, convirtiéndolas en propiedades fácilmente calculables en
teoría y manipulables en la práctica. La amenaza es tan evidente que en ese
momento, justo en el ecuador de la década de los grandes totalitarismos, el
menudo profesor alza su voz en el desierto, y defiende con el imponente acento
del profeta la realidad bipolar de cada hombre y su mundo plural y común:
«Nosotros somos en nuestra tarea filosófica los funcionarios de la humanidad. . .
porque si alguna vez alcanza su propia realización, sólo la alcanzará gracias a la
filosofía, gracias a nosotros, en la medida en que seamos con toda seriedad
filósofos».

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