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L

RONALD
DWORKIN

LA
COMUNIDAD
LIBERAL

Universidad de los Andes


Siglo del Hombre Editores
La Comunidad Liberal
Uno de los reíos más importantes que lu enfrentado el liberalismo L
la segunda mitad del siglo XX, es dar respuesta a las críticas que dcvlifl
las perspectivas socialista y conninitarista se le han venido lorniul.uoJ
do. L.a detensa liberal de la separación entre el individuo y la sociedad)
la escisión entre lo que el individuo quiere y considera bueno \ Im
fines y valores que deben orientar su conducta, el silencio frente a 1
valores sociales y el universalismo en que se sostiene el liberalisii' ,
son entre otras, las razones que esgrimen sus críticos más radicales I i
La Comunidad Liberal, Dworkin asume la tarea de responder a i
objeciones replanteando cienos principios rectores del liberalismo: n i
vindicando la idea de comunidad como parte esencial de la vida su 11|
e invocando la influencia fundamental del ambiente en el que vise un
individuo en sus escogencias éticas particulares.
B IB L IO T E C A U N IV E R S IT A R IA
Ciencias Sociales y Humanidades

N U E V O P E N S A M I E N T O I U R Í D I C O
Colección dirigida por Cristina Motta

COMITÉ EDITORIAL
Daniel Bonilla
Manuel José Cepeda
Mauricio García
Carlos Gaviria
Cristina Motta
Ronald Dworkin
La Com unidad Liberal

Estudio preliminar

Daniel Bonilla
Isabel Cristina Jaram illo

m
Universidad de los Andes
* Facultad de Derecho

Siglo del Hombre Editores


La com unidad liberal / R onald D w orkin: introducción de D aniel
Bonilla e Isabel Cristina Jaramillo: traducción de Claudia Montilla. -
Bogotá: Siglo del H om bre Editores; Facultad de Derecho. Universidad
de los Andes: 1 9 %

191 p.: 18.7 cm. -(N u e v o Pensamiento Jurídico)

Tft. orig.: Liberal Com munity. -Bibliografía pp. 185-191


ISB N : 9 5 8 -6 6 5 -0 0 1-4

1. Liberalismo-Filosofía 2. D w orkin, Ronald-Filosofía I. Bonilla,


Daniel, int. II. Jaramillo, Isabel Cristina, int. III. M ontilla, Claudia, tr. IV.
Facultad de Derecho.
U niversidad de los A nd e s (Bogotá) V. Título VI. Colección
330.82

Ronald D w orkin
Artículo original: Liberal Community
O 1 9 8 9 by California Law Review, Inc.
Reprinted from California Law Review
Vol. 77, N° 3, pp. 4 7 9 -5 0 9 b y perm ission

La presente edición 199 6


l a reimpresión 2001
2 a reimpresión 2 0 0 4

O Facultad de Derecho • Universidad de los A nd e s


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Traducción: Claudia Montilla


D ise ñ o de colección: M a u ricio M e ló

IS B N : 9 58 -6 6 5 -0 0 1-4
(Colección) ISB N : 9 5 8 -6 6 5 -0 0 0-6

Impresión: Panamericana Formas e Im presos S.A.


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Bogotá D.C.

Im preso en Colom bia-Pr/m ed in Colom bia

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fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico. por fotocopia o cualquier otro,
sin el permiso previo por escrito de la Editorial.
ÍNDICE

EL IGUALITARISMO LIBERAL DE D W O R K IN ......... 11


Daniel Bonilla Isabel Cristina Jaramillo
-

Introducción.................................................................. 13
El debate liberal-comunitarista...................................... 17
La teoría liberal igualitaria de Ronald Dworkin......... 41
El igualitarismo liberal.................................................. 33
La igualdad como igualdad de recursos........................ 55
La libertad y su nexo con la igualdad de recursos.. . 87
La igualdad liberal, la fraternidad y la democracia . . 111
Conclusiones................................................................. 129

LA COMUNIDAD L IBE R A L........................................... 133


Ronald Dworkin
Comunidad y democracia......................................... 139
La comunidad y el interés......................................... 147
Interés propio y co m u n id ad ...................................; • 153
La integración con la comunidad................................... 161
La comunidad liberal.................................................... 175

9
BIBLIOGRAFÍA 185

Bibliografía de Ronald Dworkin................................ 185


Bibliografía sobre Ronald D w o rk in .......................... 190

10
EL IGUALITARISMO LIBERAL
DE DWORKIN

Daniel Bonilla
Isabel Cristina Jaramillo
INTRODUCCIÓN

La obra del filósofo estadounidense Ronald Dworkin


es tal vez una de las más importantes y sugerentes
propuestas contemporáneas de la filosofía moral, po­
lítica y del derecho. En efecto, en la obra de este au­
tor se pueden encontrar profundos análisis en tomo
a temas comúnmente asociados con las tres discipli­
nas mencionadas. Pero quizás lo más atractivo de su
trabajo es que en él son transgredidos los límites que
convencionalmente han deñnido los terrenos propios
de la moral, la política o el derecho. Es así como en
sus numerosos libros y ensayos se plantea una
atractiva y rigurosa interpretación de las necesarias
interrelaciones y entrecruzamientos que tienen y de­
ben tener las tres categorías señaladas.
Aunque el trabajo filosófico de Dworkin se inicia
en tomo al derecho, con sus críticas al positivismo y
al realismo Jurídicos, sus reflexiones se abren paso
rápidamente hacia la política y la moral, como com­
ponentes necesarios para comprender adecuadamen­
te el papel que cumple y debe cumplir el ordena­
miento jurídico en una sociedad. De esta forma, el
paradigma hermenéutico-aigumentativo del derecho

13
que defiende —profundamente influenciado por la
obra de Hans Georg Gadamer— se complementa con
las posiciones liberales que desarrolla en materia éti­
ca. y política.
En nuestro medio, la primera parte de su obra es
medianamente conocida a través de los ya clásicos El
imperio de la justicia' y Los derechos en serio1. Las
reflexiones que desarrolla en estos textos en tomo a
la actividad judicial y al lugar que debe ocupar el
derecho en una comunidad han sido, como conse­
cuencia de las exigencias interpretativas de la Cons­
titución de 1991 y la silenciosa labor difusora de al­
gunos académicos, elementos importantes para la
comprensión y guía de la labor que deben cumplir
jueces, abogados y profesores de derecho en Colom­
bia. Sin embargo, su propuesta política y ética, explí­
citamente enmarcada en la tradición liberal, ha sido
poco difundida y debatida en nuestro país123.
Es por ello que en este volumen hemos querido
traducir un texto hasta ahora desconocido en caste­
llano en tomo a la comunidad liberal, concepto clave
en la propuesta ética y política del profesor Dworkin.
Y a esto también se debe el que este estudio prelimi­
nar se encamine a presentar de una manera general
el igualitarismo liberal, paradigma político —en clara
relación con el paradigma ético liberal— que defiende
el autor norteamericano.
Este estudio esta dividido en tres parles. La pri­
mera ubica la propuesta política y moral de Dworkin
dentro del debate liberal-comunitarista. ya que la
mayor parte de los argumentos que defiende este au­
tor son formulados y continuamente depurados a
1 ítonald Dworkin. El Imperto de (a justicia. Barcelona. Gcdlsa.
1992.
2 Itonald Dworkin, Los derechos en serlo. Barcelona, Ariel. 1992.
3 Las únicas referencias bibliográficas del autor sobre este terna,
que lian sido traducidas al español y difundidas en nuestro
medio, son Ética privada e Igualitarismo político, Buenos Aires.
Editorial I’aldos. 1991. y £1 dominio de la vida, Barcelona. Ariel.
1995.

14
partir de la dinámica de esta discusión que, aunque
en nuestros días tiende a cerrarse, en los últimos
diez o quince años ha nutrido de manera importante
la reflexión de la fílosofla política y moral norteameri­
cana. Del mismo modo, sin este contexto, las ideas
de Dworkin perderían mucha de su fuerza, su origi­
nalidad y su agudeza critica.
La segunda parle de este trabajo pretende hacer
una amplia exposición de la igualdad liberal: pro­
puesta que Dworkin desarrolla en el plano de la filo­
sofía política, no sin antes evidenciar cómo esta alter­
nativa teórica se enmarca y al mismo tiempo se dis­
tancia de la tradición liberal.
Para cumplir con este objetivo, en este segundo
acápite, antes de analizar la teoría de Dworkin, se
expondrán los argumentos básicos que el liberalismo
ha defendido para fundamentar sus proyectos políti­
cos. De esta forma, se hará una breve síntesis de la
linea contractualista y neocontractualista que ha pri­
mado en esta corriente filosóflco-política.
La tercera parte de este estudio tendrá como obje­
tivo presentar algunas reflexiones críticas en lomo a
las ideas de Dworkin.
De esta manera, si en la primera parte del trabajo
se hace referencia a los dos horizontes inmersos en el
debate —liberalismo y comunitarísmo— en cuanto a
la relación moral y política; en la segunda, se trabaja­
rá. en relación con el mismo tópico, únicamente a la
tradición liberal y, en la tercera, se hace un balance
de los temas reseñados en las dos anteriores.

15
EL DEBATE LIBERAL-COMUNITARISTA

U bicación e in tr o d u c ció n al d eb a te

El inicio de la segunda mitad del siglo XX evidencia


la recuperación de la ética. Este retomo de la ética a
los primeros planos de la reflexión filosófica puede
ser explicado a partir de causas muy diversas que se
entrecruzan, creando el ambiente propicio para el re­
tomo de una discusión sería y profunda en tomo a
los .valores y a la libertad humana.
En efecto, un mundo que se ha quedado sin refe­
rentes absolutos, sin verdades últimas (racionales o
teológicas) que le permitan fundamentar sus accio­
nes; un mundo que presencia desconcertado los más
vertiginosos cambios en materia tecnológica y científi­
ca: un mundo que se enfrenta atónito a la barbarie de
las dos guerras mundiales y a las complejas contra­
dicciones del sistema económico imperante, pide a
gritos una discusión valorativa que le permita com­
prender y evaluar los nuevos fenómenos a los que se
enfrenta y a su vez encontrar alternativas para la con­
vivencia pacifica y justa entre hombres que no com­
parten ya un único horizonte de perspectivas morales.
Asi mismo, la filosofía, que habia ido perdiendo
temas de estudio por el avance de las ciencias espe­
cializadas. encuentra en la reflexión ética un campo
de acción que puede reivindicar para si. Alejada de
los positivismos decimonónicos y de principios de si­
glo y afectada por los hechos anotados en el párrafo
anterior, la filosofía reconoce el carácter perspectivo
de los discursos humanos y advierte la necesidad de
una reflexión que permita evaluarlos y debatirlos, ha­
ciendo evidentes sus fundamentos y las posibles con­
secuencias de su materialización1.
Desde el retomo de la filosofía moral en los años
cincuenta, hasta comienzos de la década de los se­
tenta, el panorama de la ética y la filosofía política
estuvo particularmente tranquilo. En el plano de la
metaética. es decir, el análisis y la discusión sobre
los juicios de valor y sus fundamentos, predominó un
profundo escepticismo en relación con la posibilidad
de otorgar un fundamento racional a la moral. Como
consecuencia de este hecho, se defendió con ahinco
la estrecha relación entre los juicios de valor y la
subjetividad. De esta forma, en general, las polémi­
cas se plantearon únicamente en tomo a las caracte­
rísticas que envolvían dicha relación: el emolivismo,
indicando que los juicios de valor son simples expre­
siones de emoción de individuos o grupos que expre­
san su aceptación o no a una conducta; el prescripti-
vismo. afirmando que los juicios éticos son la expre­
sión de la intención de que otros actúen como yo lo
digo, y el subjetivismo, señalando que los juicios mo­
rales solo dan cuenta de actitudes del sujeto o la co­
lectividad12.
De igual forma, en el plano de la ética normativa,
es decir de la reflexión sobre la bondad moral de ac-

1 Victoria Camps. “Presentación'', en: Concepciones de la ética.


Vol. II. Madrid. Editorial Trotta. 1992. pp. 11-25.
2 Carlos Santiago Niño, “Ética analítica contemporánea*, en: Con­
cepciones de Ux ética. Vol. II. Madrid, Editorial Trolla. 1992. pp.
45 y ss.

18
dones e institudones. predominó una notoria pax
phüosophtca y por tanto la ausencia de amplios deba­
tes entre horizontes teóricos rivales. Esta situación
estuvo determinada por un amplio consenso en tomo
al esceptidsmo metaético anotado, que determinaba
la imposibilidad de una reflexión filosófíca sobre el
tema3.
La excepción a esta ausencia de reflexión normati­
va fue d utilitarismo. Esta corriente fue ampliamente
aceptada, dadas las posiciones metaélicas predomi­
nantes, en tanto era la que soportaba menos cargas
metafísicas y estaba intrínsecamente relacionada con
deseos o sensaciones. En efecto, el utilitarismo parte
de un solo presupuesto: la búsqueda de placer o el
bienestar, que es complementado con una serie de
cálculos empíricos que permiten su materialización4.
Estos hechos determinaron que al utilitarismo no le
surgieran grandes rivales ni le fueran impuestos re­
tos que socavaran su posidón hegemónica en la re­
flexión moral.
Pero la tranquilidad en el horizonte filosófico fue
reemplazada en los años setenta por un profundo
cuesüonamiento. por parte de una corriente neoilus-
trada. al esceptidsmo metaético y al utilitarismo pre­
dominantes. Este movimiento, liderado en la tradi­
ción anglosajona por John Rawls5 propende por una

3 IbícL
4 Para un sugcrcntc análisis dd utilitarismo y sus variantes, véa­
se J J . Smart y 13. Williams, Utilitarismo. Pro y contra. Madrid.
Tccnos, 1973.
5 Las principales obras de este autor, que sirven además de fuen­
te principal para el desarrollo de este escrito son: John Rawls.
Teoría ele la Justicia. México. Fondo de Cultura Económica.
1979: Justicia como equidad. Materiales para una teoría de la
Justicia Madrid. Tccnos. 1986: y Liberalismo político, Barcelona,
Critica. 1996.
La importancia de la obra de Rawls en la reflexión política y
moral contemporánea es retratada en la siguiente afirmación de
Robert Nozick: 'hoy los filósofos de la política, o deben trabajar
dentro de la teoría de Rawls. o bien explicar por qué no lo ha­
cen*. Robert Nozick. Anarquía Estado y Utopia México. Fondo

19
reformulación del proyecto moderno y liberal y de­
fiende el racionalismo y el cognitivismo en cuestiones
de justicia6. Aunque hay múltiples e importantes ma­
tices entre las distintas corrientes al interior del mo­
vimiento —neocontractualismos. liberalismos conti­
nuos, etc.—, se puede decir que el motivo común que
los impulsa es el replanteamiento de un discurso pú­
blico democrático que logre equilibrar las exigencias
de lo universal y lo particular en el contexto de un
mundo pluralmente valorativo. Este reconocimiento
de las múltiples perspectivas morales, implica la ne­
cesidad de encontrar un camino que permita que
cada una de ellas se desarrolle adecuadamente, pero
que al mismo tiempo pueda convivir de manera más
o menos armónica con las otras opciones existentes.
Es así como el diálogo entre los distintos proyectos
de buen vivir, entre los distintos mundos morales, se
convierte en una necesidad apremiante7.
Teniendo en cuenta el anterior contexto y en bús­
queda de lo que Rawls denomina una sociedad bien
ordenada8, es decir, una sociedad que esté sustenta­
da en estructuras básicas justas, esta corriente recu­
pera y se nutre del legado kantiano9. Sin embargo
de Cultura Económica, 1989. El trabajo de Ronald Dworkin no
escapa a la dinámica planteada por Nozlck. En 61, continua­
mente se hace referencia a los postulados rawlslanos. ya sea
para criticarlos y rechazarlos o para Incorporarlos a su pro­
puesta.
6 En la misma linca, pero en el contexto alemán, se desarrollan
las reflexiones de Jürgen Habermas y Karl Otto Apcl.
7 Carlos Thlcbaut. Los Umitas de la comunidad, Madrid, Centro de
Estudios Constitucionales. 1992, pp. 9 y ss.
8 Lo que para Rawls es la búsqueda de una sociedad bien orde­
nada. para Dworkin es la búsqueda de una comunidad liberal
Igualitaria, es decir, aquella que se nutre del principio de igual­
dad en sentido abstracto (el Estado debe tratar con igual consi­
deración a todos sus ciudadanos).
9 Aunque Dworkin recoge algunos elementos de la propuesta
kantiana (conceptos de igualdad, libertad, sentido moral, entre
otros), su obra también tiene una clara Impronta aristotélica
(primordlalmente la importancia de la comunidad para la cons­
trucción de la identidad individual y el carácter fundacional de
la etica frente a la Justicia). Esta fusión de tradiciones opuestas

20
este retomo a Kant se hace de manera critica, ade­
cuándolo a las circunstancias que envuelven al hom­
bre contemporáneo —múltiples visiones morales al
interior de una misma comunidad, sociedades multi­
culturales, proyectos de vida inconmensurables,
etc.— y tratando de librarlo de las objeciones que se
le han hecho a lo largo de los últimos ciento cincuen­
ta años10.
La respuesta a este movimiento de clara impronta
ilustrada no se hizo esperar. En los años ochenta se
produjo un fuerte ataque proveniente de diversos au­
tores anglosajones que se conocen como “comuniia-
ristas". Estos autores tratan de evidenciar los límites
del proyecto racionalista, su ineficacia y sus incon­
sistencias intemas. Del mismo modo, pretenden
aportar una alternativa a las propuestas liberales,
principalmente la de Rawls, a través de la reivindica­
ción de la moral substantiva, recuperando asi las vi­
siones que. en materia ética, expusieron Hegel y Aris­
tóteles".
A pesar de que el movimiento, en general, se nutre
de las mencionadas fuentes —Hegel y Aristóteles—.
el comunitarismo es una corriente que reúne las más

es lo que hace que la propuesta de Dworkin sea considerada


una propuesta hibrlda. como se explicará de manera detallada
más adelante.
10 Dentro de las criticas más fuertes que le hace el liberalismo, se
encuentra aquella que cuestiona el procedimiento monológlco
desarrollado en el fuero Interno de un Individuo aislado, con el
que el filósofo alemán quiso explicar el orden social. De esta
forma, la posición originarla de Rawls y la comunicación Ideal
de Habermas recuperan el yo trascendental de Kant. que ahora
no es sólo sujeto sino sujetos mediados por el lenguaje. Es asi
como los contenidos de la Justicia (Rawls) o la ley moral (Haber-
mas) han de ser el resultado de un procedimiento en el que
todas las partes puedan expresarse libremente: procedimiento
que es Justificado a partir de los supuestos trascendentales que
postulan estas ternas: personalidad moral (sentido de Justicia y
sentido moral, racionalidad. Igualdad y libertad) en la teoría
ralwslana y el a prlort de la comunicación humana en la de
Habermas.
11 Carlos Thiebaut, Los límites de la comunidad, op. cit.. pp. 9 y ss.

21
variadas posiciones: desde proyectos claramente an­
tiilustrados y conservadores hasta posiciones más
moderadas que recogiendo algunos elementos del
proyecto moderno, plantean la necesidad de su re­
conducción. Tal vez los autores que con mayor fuerza
y difusión representan esta perspectiva teórica son
ios norteamericanos1* Alsdair Maclntyre0, Charles
Taylor14, Michael Walzer15y Michael Sandel10. Con ex­
cepción de Maclntyre, estos autores, antes que esgri­
mir posiciones conservadoras de añoranza de un pa­
sado perdido, plantean las insuficiencias y la falta de
radicalidad del proyecto moderno17.

C o n c r ec ió n d e l d eb a te
Luego de ubicar el contexto teórico en el que se desa­
rrolla el debate y ubicar las lineas básicas que le dan
forma18, a continuación se debe profundizar en algu-

12 Paralela a la tradición anglosajona se desarrolla una perspectiva


comunitarlsta alemana, representada principalmente por Rltter.
Vogelin y Spaeman. Estos autores, retomando a Aristóteles,
plantean alternativas a los que consideran órdenes políticos ca­
ducos de la modernidad y un retomo al cOios, negando la posi­
bilidad de una etica más allá de las sociedades específicamente
consideradas y reduciendo la política a la moral de las institu­
ciones.
13 Alsdair Maclntyre. Tras la virtud. Barcelona. Critica. 1988: Wlto-
sejustice? Whiclx radonality?, Notre Dame. Unlvcrslly oTNotrc
Dame Press, 1988. Estas son tal vez sus obras más importan­
tes. y constituyen una fuente bibliográfica fundamental para
este escrito.
14 Charles Taylor, Sources qf tha Setf, Cambridge. Harvard Unlver-
sity Press, 1989: Ética de la autenticidad. Barcelona. Paidos,
1993.
15 Michael Walzer, Las esferas de ¡ajusticia, México. Fondo de
Cultura Económica. 1983.
16 Michael Sandel, Libemllsm and lite Umits ofJustlce. Cambridge,
Cambridge Untvcrslty Press. 1982.
17 Carlos Thlcbaut, Los limites de la comunidad, op. ciL
18 La polémica entre liberales y comunltaristas no es nueva. Se
trata de un rcplantcamicnto de las criticas románticas a la Ilus­
tración y de los cuesUonamicntos de Hegcl a la propuesta kan-

22
nos de los más agudos y controvertidos perfiles del
mismo. Abordaremos estos aspectos desde las pers­
pectivas defendidas por los autores de tradición an­
glosajona; pues como se dijo, es en este contexto
donde nace la polémica —por las criticas y contrate­
sis esgrimidas por Taylor, Maclntyre. Walzer y Sandel
a las tesis expuestas por Rawls y Dworkin— y en
donde se encuentran los más sólidos argumentos.
Uana. Abordar las múltiples lácelas de esta discusión excede las
posibilidades de este trabajo: sin embargo, podríamos Indicar
algunas de sus más relevantes aristas a partir del elemento
común a todas ellas: el contexlualismo.
En primer lugar, podemos mencionar las diferencias en relación
con el origen y configuración de la moral. Mientras la Ilustración
defiende la racionalidad y formalidad de los principios morales.
Ilcgcl y los románticos argumentan en favor de la sustantiviza-
clón de los mismos, a partir de las determinaciones espaciales y
temporales de las distintas sociedades.
En segundo lugar, el debate entre Kant y Hegel se centra en la
manera como se concibe la Identidad Individual. Mientras la
Ilustración concibe la concreción de la Identidad subjetiva como
un proceso Individual y aislado, el romanticismo y Hegel eviden­
cian la imposibilidad de eludir ciertos horizontes de perspecti­
vas comunitarios (territorio, lenguaje, religión, etc.) para la con­
figuración de la misma. Es decir, que el proceso en que se deter­
mina quién se es y cuál es el proyecto de vida que se desea está
siempre afectado por las condiciones que determinan a las so­
ciedades donde se habita.
En tercer lugar, las diferencias entre la Ilustración y el romanti­
cismo se centran en el conocimiento. Mientras estos reivindican
la construcción histórica y lingüistica del saber, aquella lo con­
sidera como producto de una razón neutral que se despliega
desde y por si misma.
En cuarto y último lugar, podemos mencionar las diferencias en
tomo a los intentos por concebir y construir una organización
social, tos románticos y Hegel critican a los Ilustrados por fun­
damentar las propuestas de las estructuras básicas de la socie­
dad más allá del contexto, mientras que abogan por la concre­
ción de alternativas que tengan en cuenta las circunstancias
históricas que determinan las sociedades, y los procesos de va­
loración, argumentación y socialización morales que se llevan a
cabo en su Interior.
En síntesis, podríamos decir que en las criticas de Hegel y el
romanticismo a la propuesta moral kantiana prevalece un fuer­
te rechazo fipcntc a los principios morales abstractos y universa­
les. derivado de las fundamentales diferencias en la Interpreta­
ción de la forma en la que se constituye el sujeto. Si para Kant

23
Recuperando las reflexiones expuestas por Char­
les Taylor en Propósitos cruzados: el debate liberal-co­
munitario19, la discusión liberal-comunitarista se de­
sarrolla en dos planos: el ontológico y el de promo­
ción. El plano ontológico hace referencia a lo que es
aceptado como última instancia en el orden de la ex­
plicación, es decir, los factores a los que se acude
para dar cuenta de la vida social. En esta instancia,
la discusión se plantea entre el atomismo, que de­
fiende la prioridad del individuo frente a la sociedad,
la explicación de las estructuras sociales a partir de
los elementos que configuran a los individuos y el
que se pueda y se deba dar cuenta de los bienes
sociales en términos de las concatenaciones de bie­
nes individuales, y el holismo, que esgrime argumen­
tos a favor de la prioridad de la sociedad frente al
individuo, del todo frente a las partes20.
El plano de la promoción nos remite a las posicio­
nes morales y políticas que cada una de las corrien-
cl sujeto se concebía de manera separada a sus circunstancias
materiales, un hombre en abstracto. Hcgel. enfatizará en la
construcción dialéctica de la subjetividad, esto es. en la necesi­
dad de obtener el reconocimiento del otro para poder erigirse
como sujeto. Como consecuencia de este giro, se negará la con­
cepción de una moral universal y abstracta, para Indicar en
cambio, su carácter meramente contextual.
19 Charles Taylor, "Propósitos cruzados: el debate liberal-comuni­
tario", en: Nancy Roscnblum (comp.l. El liberalismo y la vida
moral Buenos Aires, Nueva Visión. 1993. pp. 177-201.
En relación con este mismo tema, véase Amy Gutman. "Com-
munltarians Crltlcs of liberallsm", en: Phylasophy and PubUc
/\ífa¡rs. Vol. 14 (1985), pp. 308-322: Stcphcn Mullhall y Adam
Swift. Liberáis and Comunitartans, Cambridge. Blackwcll Pu-
btlshers, 1994; Michacl Walzer, "The Communltarlan Critique
of Ubcrallsm". en: PolUlcal Thconj, No. 18 (19901. pp. 6-23. En
el contexto Iberoamericano, véase Alessandro Ferrara. "Sobre el
concepto de comunidad liberal", en: Revista Internacional de Fi­
losofa Política. No. 3 (1994), pp. 122-139; y Carlos Gómez Sán­
chez. "Universalidad, pluralismo cultural c Identidad moral. El
debate entre comunltarismo y liberalismo, entrevista con Carlos
Thlcbaut". en: Revista Internacional de Filosofa Política. No. 3
(1994). pp. 167-175.
20 Charles Táylor. "Propósitos cruzados: el debate liberal-comuni­
tario". op. cft

24
tes defiende. En este punto el debate se plantea entre
el individualismo, que aboga por los derechos y liber­
tades de los sujetos, y el colectivismo, que defiende la
prevalencia de los derechos y bienes de las comuni­
dades sobre los de los individuos.
Es importante recalcar que aunque el plano onto­
lógico determina un marco de posibilidades para op­
tar en el plano de la promoción, no obliga a defender
una opción específica. Es asi como nos podemos en­
contrar con atomistas individualistas como Nozick,
con holistas colectivistas como Marx, pero también
con individualistas holistas como Taylor.
A partir del marco teórico anterior, las posibilida­
des de abordar el debate son múltiples y todas ellas
profundamente ricas en matices y texturas. Sin em­
bargo, consideramos que hay una arista de este de­
bate que, por su amplitud, recoge los más importan­
tes argumentos que se enfrentan en otros ámbitos de
la discusión. Esta arista, especialmente pertinente
para ilustrar las posiciones que defiende Dworkin. es
la que acoge la polémica relación entre la moral y la
política: es decir, la pregunta por los nexos entre los
distintos proyectos de buen vivir, entre los distintos
mundos morales que se presentan en sociedades
complejas como las actuales, y el ámbito público, el
espacio en el que todos estos mundos confluyen y en
el que se determina la estructura básica de la socie­
dad21. A continuación se exponen las posiciones que
frente a este tema defienden los liberales y los comu-
nita listas.

La p r o pu est a u b e r a l
El liberalismo, como se había indicado, no es una
corriente monolítica. En su interior existen múltiples
posiciones que se, entrecruzan, creando intensas po-

21 Charles Taylor, La toca de la autenticidad, op. ctt. pp. 37-47.

25
lémicas. Es asi como podemos ver enfrentados en el
mismo horizonte teórico corrientes como el neocon-
tractualismo o liberalismo discontinuo de Rawls, el
liberalismo igualitario o continuo de Dworkin y posi­
ciones como las de Nozick y Buchanan. calificadas
generalmente como neoliberales. A pesar de todas las
diferencias que puedan tener, los liberales, con evi­
dentes matices, argumentan en el plano ontológico a
favor de posiciones atomistas, a favor de la construc­
ción de las estructuras sociales a partir de las carac­
terísticas constitutivas de los seres humanos. De esta
forma, defienden la imagen de un hombre libre,
igual, racional, ajeno a los condicionamientos históri­
cos. a partir de la cual se construye un orden social
que permite la convivencia de los múltiples proyectos
de buen vivir presentes en sociedades complejas
como las nuestras.
Determinado por la anterior perspectiva, el libera­
lismo, en el plano de la promoción, pugna por un
modelo de sociedad que defiende la separación entre
los ámbitos privado y público. En el primero, gracias
a su escepticismo ético, el liberalismo considera que
los individuos tienen plena autonomia para escoger
sus proyectos de buen vivir, para optar por lo que
consideran una vida bondadosa. En el segundo, el
público, se deben acordar unos principios de justicia
que no deben reflejar ninguno de esos proyectos,
pues se correría el riesgo de que el Estado y el dere­
cho, como su principal instrumento de control, pro­
tejan o incentiven determinadas visiones morales,
rompiendo asi con los principios de tolerancia e
igualdad tan defendidos por el liberalismo. La política
debe, por tanto, ser neutral y estar regida por unos
principios de justicia que regulen los problemas que
suijan entre los proyectos de buen vivir y. al mismo
tiempo, repartan de manera igualitaria los recursos
necesarios para que cada uno de esos proyectos pue­
da ser materializado. En consecuencia, los principios
de justicia deben acordarse a través de procedimien­
tos imparciales en los que todas las {¿ules tengan

26
voz y voto y en donde no exista la posibilidad de que
lo pactado refleje las preferencias y deseos de los in­
dividuos.

La pr o pu esta com un ita rista y s u s crítica s


AL LIBERALISMO
Las propuestas de los autores comunitaristas surgen
como contraposición a las perspectivas defendidas
por el liberalismo. Por tal razón, antes de analizar la
posición que deflenden en el plano ontológico y de
echar un vistazo a las alternativas políticas y morales
que sostienen, es necesario conocer las críticas que
esgrimen contra el proyecto neoilustrado.
La critica más fuerte está dirigida a la discontinui­
dad entre moral y política defendida por el liberalis­
mo. Para los autores comunitaristas. esta separación
y la supuesta neutralidad de los principios de justicia
frente a los distintos proyectos de buen vivir2223 son
proposiciones falaces. Desde su perspectiva, es impo­
sible fundamentar una concepción de lo correcto sin
tener en cuenta una determinada concepción del
bien, ya que lo justo está determinado por lo bueno.
Es asi como denuncian que los presupuestos de los
cuales parten los liberales para fundamentar sus
principios de justicia, como por ejemplo la personali­
dad moral en Rawls. esconden una determinada vi­
sión moral, que está condicionando el resultado de
los procedimientos elegidos para acordar las reglas
que regirán las estructuras básicas de la sociedad23.

22 Por ejemplo en Rawls la tajante separación entre los proyectos


de vida particulares y los principios de Justicia se evidencia en
la utilización de mecanismos como el velo de Ignorancia. John
Rawls, Teoría de laJusticia, op. d t
23 Alsdair Maclntyre«Ttas la virtud, op. d t. pp. 185-206 y 300-
315, y WhoseJusOce? Whldi Raiíonallíy?. op. d t. pp. 164-182.
Véase también. Michacl Sandcl, “Moral argument and liberal
toleratlon: aborüon and homosexuality*. en: California law Re­
vino. Vol. 77. No. 3 (1989), pp. 521-538.

27
De esta forma, el comunitarismo cree desenmas­
carar la relatividad, encubierta por un halo de su­
puesta neutralidad, de los principios de justicia libe­
rales. Estima que al enfrentarnos a un mundo plural,
a una realidad compuesta por múltiples visiones in­
conmensurables del bien, y al que desde su perspec­
tiva lo justo se sustente en lo bueno, es imposible
fundamentar una concepción universal de la justicia
como la que pretende defender el liberalismo.
Pero las criticas a la separación entre moral y polí­
tica no terminan ahí. Los autores comunltaristas in­
dican que la discontinuidad entre la órbita privada y
la pública crea individuos esquizofrénicos, individuos
con una doble personalidad: hombre y ciudadano.
Estos sujetos se enfrentan a una situación paradóji­
ca, pues en su circulo más intimo actúan condicio­
nados por una determinada posición moral, pero al
salir a los espacios públicos, a los espacios políticos,
deben dejar a un lado, olvidar esa perspectiva y con­
vertirse en seres moralmente neutros, guiados única­
mente por los principios de justicia24.
Como lo habíamos indicado, para los liberales, el
ámbito privado es el espacio donde el individuo esco­
ge e impulsa de manera aislada su proyecto de buen
vivir y en donde va configurando de manera solitaria
su identidad. Este individualismo, defendido por los
liberales, trae como efecto la disgregación, la disper­
sión de los seres humanos pertenecientes a una co­
munidad, imposibilitando la creación de espacios in­
tersubjetivos que permitan la concreción de proyec­
tos colectivos con verdadero arraigo en los sujetos y
en los grupos a los que estos pertenecen.

24 En relación con esta critica véase Mtchael Sandel "Introduc-


1100'. en: Uberaltsm and tts crides. Nueva York. New York Uni-
vcrslty Press. 1984. pp. 1-7, y Mtchael Sandel, Uberaltsm and
the Umlts qf JusUcc. op. d t El liberalismo continuo también
hace al liberalismo discontinuo una critica de este tipo: véase
Ronald Dworkln. Ética privada e igualitarismo político, op. d t.
pp. 53-66.

28
En palabras de Taylor, este solipsismo liberal pro­
duce un encerramiento de corazones que deja entre­
ver una concepción puramente egoísta e instrumen­
tal de la política25. Es asi como la política se concibe
como un mal necesario para la convivencia: los suje­
tos reivindican sus derechos como seres libres, racio­
nales e iguales, a optar por un determinado proyecto
de buen vivir y a tener los medios necesarios para su
materialización: solo ante la evidencia de los conflic­
tos que surgen entre las distintas visiones morales
por la distribución de los recursos y por el antagonis­
mo de los valores defendidos por cada una de estas,
se acepta la creación de un espacio público que dé
solución a tales problemas. Estas circunstancias ge­
neran un amplio desinterés por el autogobierno y
abren las puertas para la creación de formas tiráni­
cas en la vida pública; tiranías blandas, en las que
grupos de tecnócratas se encargan de mantener el
orden en la comunidad y de proveer los recursos mí­
nimos para concretar los distintos proyectos de buen
vivir, y en las que los ciudadanos se limitan al ejerci­
cio del voto y a recibir pasivamente las directrices y
beneficios otorgados por los elegidos26.
Ahora bien, las anteriores críticas, que están diri­
gidas al modelo político y moral defendido por el libe­
ralismo en el plano de la promoción, se sustentan en
un fuerte cuestionamiento a la concepción atomista
que defienden los liberales (plano ontológico). En
efecto, los autores comunitaristas objetan el margi-
namiento de la "comunalidad" en las propuestas
neoilustradas. El individuo no existe antes de la co­
munidad, esta constituye el marco, el horizonte de
perspectivas ineludibles en el que se halla inmerso el
sujeto desde el momento de su nacimiento27. Este
marco determina su identidad, la elección de su pro-

25 Charles Taylor. Ética déla aulenUcUJad. op. ctt. pp. 37-47.


26 IbicL
27 IbkL. pp. 67-76.

29
yecto de buen vivir y las reglas que definen la vida
pública. De esta forma, lo que el sujeto "es", la mane­
ra como se concibe, está condicionado por las deter­
minaciones materiales de la sociedad en la que habi­
ta. Por tanto, entre mejor conozca su comunidad más
posibilidades tiene para autocomprenderse.
De igual forma, en el plano de la promoción, el
comunitarismo se aleja de la racionalidad y formali­
dad de los principios morales defendidos por la mo­
dernidad. Para-esta corriente, la moralidad se cons­
truye a partir de las condiciones materiales de cada
una de las sociedades, por tanto, no aceptan la ima­
gen ilustrada de un sujeto puramente racional, de­
sencarnado, que fundamenta la moral. Es así como
los comunitaristas plantean un retorno a lo concreto,
a las bases comunitarias, como única fuente de ideas
morales capaz de cohesionar a los individuos y ven­
cer la anomia que caracteriza a nuestra época. Del
mismo modo, y como se había mencionado antes,
esta moralidad materialmente sustentada es la única
opción para fundar los principios de justicia: de esta
manera no cabe pensar lo justo sino como una forma
del bien. La diversidad cualitativa del bien, que impli­
ca la pluralidad y diversidad de lo justo, incluye no­
ciones disimiles que no son reductibles a hiperbie-
nes. a ideas de justicia que pretenden abarcar lo más
esencial e irrenunciable de todas ellas2*.

La s crítica s u d er a i .e s a la per spe c t iv a


COMUNITARISTA
Las criticas de los diversos teóricos liberales a las
perspectivas comunitaristas no se hicieron esperar.
Plantearon las debilidades y falacias de la propuesta
comunitarisla. aunque reconociendo la fortaleza de28

28 Victoria Camps. Paradojas d d Individualismo. Barcelona. Criti­


ca. 1993. pp. 106 y ss.
muchos de los cuestionamientos comunitaristas diri­
gidos a su cuerpo teórico, los pensadores liberales
reaccionaron depurando y, en algunos casos, refor­
mulando sus propias reflexiones39.
Las críticas que los liberales hacen a la propuesta
comunitarista también se enmarcan dentro de los li­
mites en los que se desarrolla el debate: el plano on-
lológico y el de la promoción.
En el plano ontológico, el liberalismo le cuestiona
al comunitarismo la prevalencia dada a la comuni­
dad frente a los individuos. Considera que el comuni­
tarismo sobredimensiona el papel que juega la comu­
nidad en la configuración de la identidad individual y
en la construcción de las estructuras sociales.
La prevalencia de la comunidad frente a los indivi­
duos. como ya lo habíamos indicado, trae como con­
secuencia, en el plano de la promoción, el que se
conciba la moral como resultado de las circunstan­
cias espacio temporales de las sociedades existentes,
y, del mismo modo, que se defienda que los princi­
pios de justicia que nutren a las estructuras políticas
de las sociedades estén claramente condicionados
por la moral construida históricamente al interior de
cada comunidad. Para los liberales, los postulados
que los comunitaristas defienden en el plano de la
promoción traen como consecuencia el que se corra
un alto riesgo de que en la práctica el derecho de los
individuos para definir autónomamente su proyecto29

29 En relación con las reacciones de los pensadores liberales frente


a las criticas comunitaristas. véase John Rawls. "Justicc as
Faimcss: Política] not Mctaphyslcal*. en: Phllosoplii/ and Public
Affalrs. Vol. 14. No. 3 (1985), pp. 223-251: John Rawls. The
Idea of an Ovcrlapplng Consensúa*, en: Oxford Journal o/legal
studles. Vol. 7. No. 1 (1987). pp. 1-25: John Rawls. * The Prio-
rlty of Right and the Ideas of the Good*. en: PhÜosopluj and
Public Affalrs. VoU17. No. 4 (1988), pp. 251-276: John Rawls.
Liberalismo político, op. d t; Ronald Dworkin. A Mattcr o/Princi­
pie. Cambridge. Harvard Untverslty press. 1985: Ronald Dwor­
kin, EL Imperio de la Justicia, op. dL: Ronald Dworkin, “Liberal
Communlty*. en: California Laiv Reotew. Vol. 77. No. 3 (1989).

31
de buen vivir se reduzca o anule30. Es decir, que se
corre el peligro de que la libertad positiva31 de los
sujetos se vea manipulada, imposibilitando que el
proceso de autodefinición de los individuos vaya más
allá de los limites planteados por la moral comunita­
ria. De esta forma, consideran los liberales, que lo
que fue una reivindicación comunitarista de la dife­
rencia. se convierte en el motor de un fuerte proceso
de homogeneización de los sujetos a partir de los
postulados morales y de Justicia prevalentes al inte­
rior de la comunidad. En otras palabras, se corre el
riesgo de que se dé un proceso de normalización que
por un lado niegue la diversidad y. por el otro, no le
deje al individuo alternativa distinta a convertirse en
un miembro más del rebaño.
De igual forma, consideran los liberales que la no­
ción densa y homogénea de comunidad a la cual alu­
den los postulados comunltaristas, desconoce la plu­
ralidad real de las sociedades contemporáneas. Es
asi como indican que el concepto de comunidad que
manejan los comunitaristas no es capaz de explicar
las complejas sociedades de hoy, ni tampoco permite
derivar de él modelos alternativos de convivencia
para las sociedades actuales, en donde se entremez­
clan múltiples e inconmensurables visiones de buen
vivir.
Del mismo modo, siguiendo con el anterior argu­
mento indican que ese tipo de comunidad no existe
en la actualidad y que, antes que abrir las sociedades

30 Wffllam E. Connolly, "IdentlUy and DUTcrencc in Liberalism". en:


E. Bruce. Uberaílsm and tlic Good. Nueva York. Koutlcdgc.
1990, p. 82.
31 En relación con el concepto de libertad positiva y sus diferen­
cias con la libertad negativa, véase Isalah Berlín. Two Con­
cepta of Liberty*, en: FVur Essays on llbertij, Oxford. Oxford
Unlverslly Press. 1969. pp. 118-172. En este ensayo. Berlín
indica que la libertad en su sentido positivo seria la posibilidad
de actuar según las propias determinaciones, mientras que la
libertad en su sentido negativo debería entenderse como la posi­
bilidad de actuar sin la intromisión de ningún otro hombre.

32
al reconocimiento de las diversas visiones morales,
puede cerrarlas con el objeto de proteger su tradición
contra los agentes extraños que amenacen "contami­
narla” y abrir espacios para la disgregación de la co­
munidad. Asi. la noción de comunidad defendida por
los comunitaristas se convierte en sospechosa fuente
de intolerancia frente a las perspectivas distintas a
las defendidas en su interior.
Los teóricos liberales además formulan diversas
preguntas a los comunitaristas. ¿No es su noción de
comunidad demasiado vaga? ¿Debe identificarse ésta
con la nación? ¿Cómo establecer vínculos concretos
entre los ciudadanos en sociedades en las que co­
existen individuos con múltiples visiones de buen vi-
vil? ¿Cuál de todas las tradiciones que conviven en
una sociedad compleja como las actuales, es la que
debe recuperarse? ¿Es defendible plantear un regre­
so en la historia para restaurar las tradiciones "pu­
ras', prescindiendo del todo del legado liberal de la
rellexividad?52
No obstante estas críticas, la mayoría de los auto­
res liberales reconocen que muchos de los cuestiona-
mientos comunitaristas evidencian grandes debilida­
des en los cuerpos argu men tativos que defienden3233.
Es asi como muchos de los filósofos liberales explici-
taron el carácter perspectivo de sus teorías y han tra­
tado de enmendar los errores de sus argumentacio­
nes afirmando que sus propuestas se dirigen al pú­
blico que comparte una tradición liberal. Adicional-
mente, se han preocupado por enfatizar el papel que
debe jugar la comunidad en sus teorías, principal­
mente a través de la idea de la razón pública y de los
procedimientos democráticos que harían posible el

32 Ronald Dwoifcin. El Imperio de la justicia, op. di., cap. 6. Véase


también "Liberal Community". op. d t
33 En relación con este lema véase la nota de pie de página núme­
ro 29. En ella se reseñan los principales obras de los autores
liberales que reorientan su pensamiento luego de las criticas
comunitaristas.

33
fortalecimiento de la identidad comunitaria. Esto no
implica sin embargo, que los teóricos liberales hayan
abjurado de la necesidad de exigir un Estado neutral
y protector de las garandas derivadas de los derechos
civiles y políticos de los ciudadanos. Lo que han in­
tentado es distinguir la moralidad de lo que sería la
eticidad. para indicar cómo en el plano de la morali­
dad es posible llegar a acuerdos sobre puntos funda­
mentales, a pesar de que existan profundas diferen­
cias en el plano de la eticidad34. Con esto, suponen
que se aseguran la neutralidad del Estado y el plura­
lismo. La clave para los liberales será entonces, la
convicción de que es posible lograr consensos.

A c tua les t e n d en c ia s h íbrida s


Después de casi quince años de intenso debate, la
discusión entre liberales y comunitaristas parece hoy
superada en sus puntos centrales35. El debate ha ve­
nido decantándose hasta el punto que hoy muchos
consideran que este ha desaparecido dejando como

34 Esta diferencia es planteada de manera explícita en la obra de


llabcrmas. quien considera que es posible distinguir las cons­
trucciones racionales, generales y abstractas, de las que se deri­
van principios encaminados a formular el deber ser de las con­
ductas humanas, de las normas de conducta que nacen de las
particulares tradiciones de cada grupo humano. Véase Jflrgcn
l labermas. *¿En qué consiste la racionalidad de una forma de
vida?", en: Escritos sobre moralidad y euctdad, Buenos Aires,
raidos, 1991; y Miclie! Rosenfcld. "Law as Discourse: Brtdglng
thc Cap Bctween Democracy and Rlghts' (rcvicw of Jütgcn Ha-
bermas. Bctuleen Facts and Norms: Contributlons to a Discourse
Tlxeory o f Law and democracy. Cambridge, MIT Press. 1995).
en; Harvard Law Reuiew. Vol. 108 (1995). Aunque itawls no
explícita el uso que hace de esta diferencia si podría Inferirse
que sus más recientes Ideas sobre el consenso superpuesto y el
liberalismo político se basan en una distinción de este Upo. Véa­
se John Rawls. Liberalismo político, op. ctt.
35 En relación con este punto, uéaseAlessandro Ferrara. “Sobre el
concepto de comunidad liberal', en; Revista Internacional de Fí-
losojla Política. No. 3 (1994). pp. 122-139.

34
producto una serie de tendencias híbridas que reco­
nocen e incorporan a sus propuestas las principales
criticas de sus oponentes.
Antes de entrar a exponer algunas de las tenden­
cias eclécticas surgidas luego de la culminación de la
discusión, parece pertinente hacer una rápida sintesis
de los elementos que el liberalismo y el comunitarismo
han legado a la lllosofia política y moral en su búsque­
da de comprensión de esos ámbitos y de encontrar
salidas que permitan una vida humana digna y justa.
En primera instancia, el liberalismo plantea que la
construcción de una estructura social que posibilite
la convivencia de diversas visiones morales del mun­
do ha de conformarse con sujetos que frente a sus
perspectivas morales adopten una actitud reflexiva30.
De esta forma, el sujeto liberal, el “yo" del liberalis­
mo, no seria más un sujeto abstracto y desencama­
do, sino un individuo reflexivo frente a sus contextos
de socialización y a sus visiones del mundo.
En segunda instancia, el liberalismo establece que
la neutralidad y la reflexividad de la esfera pública es
la consecuencia normativa de que las sociedades ac­
tuales estén conformadas a partir del entrecruza­
miento de múltiples proyectos de buen vivir. De esta
forma, la tolerancia y el pluralismo aparecen como
categorías normativas ineludibles3637.
Por su parte, él comunitarismo evidencia que los
principios liberales: igualdad, fraternidad y libertad, no
son postulados neutrales, sino que. por el contrario, se
originan a partir de un complejo proceso histórico de
reflexión y aplicación de diversos modelos de conviven­
cia social, asi como de múltiples conflictos de poder e
intereses al interior de las sociedades occidentales38.

36 Charles Taylor. Ética de la autenticidad, op. ctt.. pp. 89-102.


37 Charles Taylor. "La política del reconocimiento", en: Mulltcullu-
raltsmo y la política del reconocimiento. México. Fondo de Cultu­
ra Económica. 1992. pp. 43-107.
38 Richard Rorty. Contingencia, Ironía y solidaridad, Barcelona.
Paldos. 1991. pp. 63-87.

35
De igual forma, el comunitarismo apunta que los
horizontes de perspectivas comunitarios son un fac­
tor fundamental en la construcción de los sujetos
morales. Señala cómo estos, al condicionar la confi­
guración de la identidad individual, generan un sen­
timiento de pertenencia a la comunidad que tiene im­
portantes consecuencias para la autocomprensión de
las personas y la construcción de un proyecto político
y social con el que el sujeto se sienta realmente com­
prometido. En otras palabras, la identidad política es
un fantasma si no apela a los sentimientos patrióti­
cos de los individuos y a los contextos éticos de las
sociedades a las que pertenecen.
Los puntos anteriores son tal vez los elementos
más importantes asumidos por las propuestas híbri­
das como componentes que han de configurar nece­
sariamente sus esqueletos teóricos.
A través del inmenso y rico espectro teórico que
define el debate liberal-comunitarísta, se pueden en­
contrar diversas propuestas eclécticas. Entre ellas
sobresalen algunas de inclinación comunitarista.
otras con un mayor acento en la tradición liberal,
pero todas buscando asumir las virtudes de las otro­
ra corrientes contrarias, y buscando evitar los errores
cometidos por las posiciones extremas del liberalismo
y el comunitarismo. Podríamos decir que el punto de
encuentro de estas nuevas teorías es la formulación
de una ética substantiva, de raigambre liberal, que
sirva como fundamento de los principios políticos li­
berales. Esta ética sustantiva sería derivada de las
convicciones que cada uno de los autores considera
subyacen a las visiones éticas imperantes en cada
una de sus comunidades. En este grupo, tal vez las
propuestas más sugerentes son la de Charles Tay-
lor39 y la del profesor estadounidense Ronald Dwor-

39 Los principales trabajos de Taylor posteriores a las primeras


criticas comunitaristas de principios de los años ochenta, que
reflejan su pensamiento híbrido, son: Sources oftheSelf. op. cit.
y Ética de la autenticidad, op. clt.

36
ldn40. el primero orientado por el comunitarismo y el
segundo por el liberalismo41.
Las diferencias entre los dos autores radican bási­
camente en la interpretación que hacen de lo que
seria una ética liberal. Así, mientras Taylor acude a
una reconstrucción del ideal de la autenticidad, for­
mulado ya en la teoría de Descartes y los primeros
renacentistas, con el ñn de indicar sus fortalezas y de
evidenciar las formas pervertidas del ideal4*, Dworkin
propondrá estructurar una ética alrededor de lo que
denomina el “modelo del desafio”, por ser este el mo­
delo formal que mejor explica las convicciones éticas
que se comparten al interior de su comunidad43. De
esta manera, si Taylor se dedica a explicar la auten­
ticidad desde sus antecedentes en el renacimiento,
la ilustración y en el periodo romántico, Dworkin se
remite a la clásica concepción aristotélica del buen
vivir.
Los dos autores también se distancian en cuanto
a la importancia que le otorgan a la comunidad para
la vida individual. Asi, para Taylor. la comunidad es
una fuente necesaria para la autocomprensión y la
configuración de la identidad individual4445, y. para
Dworkin, la comunidad resulta ser el origen de una
clase más de obligaciones asociativas43 que. si bien
son fundamentales para el individuo, estarían res­
tringidas a los asuntos que se derivan de la vida en

40 Véanse principalmente Ética privada e Igualitarismo potinco,


op, ctt, “Liberal Community", op. d t. y El Imperio de la Justi­
cia, op, di.
41 Dentro de este pensamiento híbrido también se incluirían las
propuestas de Joseph Raz, The Moraltty o f Frcedom. Oxford,
Clarendon Press. 1986, y Wlll Kimlycka. Uberallsm, Community
and Culture, Oxford. Clarendon Press, 1989.
42 Charles Taylor. ética de la autenticidad, op. cit, pp. 61-65 y
89-102: Sources ofthe Setf. op. cit., pp. 143-494.
43 Ronald Dworkin Ética privada e igualitarismo político, op, clt.
pp. 116-118.
44 Charles Taylor, Ética de la autenticidad, op, d t. pp. 67-76.
45 Véase Ronald Dworkin. Law's Empine, Cambridge, Harvard
Unlversity Press, 1987, cap. V.

37
común y no podrían, en ningún caso, incluir los pro­
blemas que atañen de manera particular a los suje­
tos46. En dicho sentido, de acuerdo con Dworkin,
existen facetas de la vida de los miembros que no
podrían ser reguladas por el Estado y que, por lo
tanto, no podrían ser moldeadas por la referencia a la
comunidad. Esto, en tanto que la vida de la comuni­
dad no incluye todos los aspectos de la vida de los
individuos.
En Dworkin aparecerá entonces de manera parti­
cular el deseo por conciliar dos ideas que tradicional­
mente se habían entendido como contradictorias: la
tolerancia y el deseo de reforzar los vinculos comuni­
tarios. Dworkin considera a estos últimos parte fun­
damental de cualquier proyecto de buen vivir, tanto
en lo relacionado con su formulación, como en lo re­
lativo a su calificación ética47. En el articulo de Dwor­
kin cuya traducción se incluye en este volumen, la
tensión entre estas dos posiciones intenta resolverse.
Como se verá, su explicación se fundamenta en los
postulados de una ética liberal y en una delimitación
de lo que sería una comunidad política liberal.
Para ello, el autor desarrolla un argumento que
tiene dos partes. En primer lugar, hace un análisis
de las que considera las cuatro tesis comunitaristas
más relevantes que se oponen a la idea de la toleran­
cia liberal: estas son: a) la identificación de la comu­
nidad con la mayoría: b) el patemalismo: c) el interés
individual: d) la integración. Cada una de ellas es
comunitarista en el sentido de que defiende la preva­
lencia del punto de vista comunitario sobre el de los
individuos que la componen.
En cada una de las propuestas anotadas se va
suslantivizando progresivamente el concepto de co­
munidad. de modo que si para la primera tesis la
comunidad simplemente está definida por su carac-
46 En relación con este punto udosc "Liberal Communily". op. ctt.
47 Ronald Dworkin. Ética privada e Igualitarismo poítlco. op. ctt..
pp. 155-158y 180-199; "liberal Community". op. ciL

38
ter de mayoría, para la última, la comunidad es poco
más o menos una superpersona. es decir, un ente
con todos los atributos que normalmente se le asig­
nan a sus propios miembros. Para todas, el concepto
de comunidad lleva a la exclusión de la tolerancia
liberal.
Ahora bien, a la primera tesis, Dworkin le opondrá
el que no distinga los limites de la mayoría dentro del
libre juego democrático. Se remite, entonces, a un
aspecto de su teoría que desarrollaremos dentro de
este estudio, que es el de la importancia de la liber­
tad de elección dentro de cualquier propuesta liberal
y el de las restricciones del poder de la mayoría en
cuanto a la decisión de asuntos que son insensibles a
la elección. Esto se explica básicamente haciendo
una analogía entre el Upo de premisas que funda­
mentan la defensa liberal del mercado como institu­
ción que moldea el entorno económico y aquellas que
llevarían a excluir los asuntos concernientes a la mo­
ralidad de la decisión mayoritaria —convirtiéndose de
esta manera en cuestiones insensibles a la elección—.
Por otra parte, la segunda tesis comunitarista es
rechazada a partir del carácter conslilulivo que Dwor­
kin le asigna a la ética liberal, pues si el valor de la
vida de una persona no puede ser incrementado sino
por la conllrmación libre y reflexiva que la persona
misma haga respecto de la bondad de las acciones
que se le proponen, cualquier Upo de palemalismo es
inúUl a la hora de intentar incrementar el valor de las
vidas de los ciudadanos.
La tercera tesis comunitarista se deja a un lado
señalando que si bien la comunidad es importante
para la autocomprensión y la autorreferencia. no es
plausible entender que los cambios en los valores
que la comunidad defiende hagan que la personali­
dad se pierda para siempre. Por el contrario. Dworkin
dirá que en un entorno pluralista y tolerante las per­
sonas estructurarán y reajustarán su personalidad
alrededor de estos valores.
Finalmente, la cuarta tesis comunitarista. la de la

39
integración, es desechada por el autor en lo que po­
dría llamarse su versión fuerte, por la alta carga me­
tafísica que la sostiene.
En la segunda parte de su argumento. Dworkin
defenderá una versión débil de la tesis de la integra­
ción. Este debilitamiento se traduce en dos cosas: pri­
mero, la noción de lo que es la comunidad deja de ser
definida desde el punto de vista metafisico, para es­
tructurarse desde lo que para el autor sería el punto
de vista de la práctica; segundo, y como consecuencia
de lo anterior, se excluyen de la idea de la comunidad
liberal las prácticas que tienen que ver con la vida
íntima de las personas y sus particulares conviccio­
nes morales, en tanto que estas no son actividades en
las que el actor es la comunidad, es decir, no se reali­
zan colectivamente, no se entiende que asi sea.

40
LA TE O R ÍA LIB E R A L IG U ALITAR IA
D E RO NALD DWORK1N

En este acápite, explicaremos y sistematizaremos la


interpretación que hace Ronald Dworkin de los prin­
cipios políticos liberales de igualdad, libertad y frater­
nidad.
La propuesta del autor norteamericano en tomo a
la interpretación de los anteriores principios, como lo
dijimos en párrafos anteriores, se presenta como una
posición intermedia entre el liberalismo y el comuni-
tarismo. Aunque su propuesta en el plano político es
puramente liberal, en el plano filosófico* descarta el
instrumento clásico que usa el liberalismo para fun­
damentar sus ideas sobre la justicia: el contrato. En
su reemplazo, Dworkin asume la idea comunitarista
de sustentar la concepción de lo correcto sobre una
concepción del bien.
Para comprender ese doble carácter de la interpre-1

1 El plano filosófico al que hace referencia Dworkin puede ser


asimilado al plano ontológtco que plantea Taylor. De Igual for­
ma, el plano de la promoción que expone el segundo puede
Identificarse con el plano político utilizado por el primero.

41
tación de Dworkin a los principios liberales, es im­
prescindible hacer un bosquejo más amplio de las
posiciones que defiende esta teoría, específicamente
en lo relacionado con los argumentos que esgrime
para la fundamentación de lo justo, de los principios
políticos.
El liberalismo, en tanto doctrina filosófico-politica,
se mueve en dos ejes hermenéuticos: uno político y
otro filosófico. El primero se refiere a los plantea­
mientos sobre el uso que debe darse al poder coerci­
tivo que detenta el Estado. El segundo, se refiere a la
explicación ontológica o epistemológica que pretende
dar cuenta de la adopción de los principios que se
han formulado para el plano político2.
Utilizando esta distinción, el liberalismo puede
describirse como una corriente del pensamiento que.
en el plano político, defiende los principios de la
igualdad, la libertad y la fraternidad y exige del Esta­
do la neutralidad frente a las perspectivas morales
Individuales. En el plano filosófico, el liberalismo re­
curre a la figura del contrato como mecanismo de
legitimación del esquema político que propone. Las
diferencias entre las diversas propuestas liberales re­
siden. entonces, en la manera como se especifica el
contenido de cada uno de los principios políticos y el
peso relativo que se asigna a cada uno de ellos, esto
es. el peso de cada uno frente a los demás. Esto inci­
dirá necesariamente en el argumento que se plantee
como fundamento de los principios políticos. Asi. si
por ejemplo se considera que la libertad de los hom­
bres debe prevalecer sobre la igualdad, se empleará
como justificación un contrato en el que los hombres
acuerden garantizar la libertad, a costa de la garanda
de los demás derechos que se derivan de los otros
principios liberales3.

2 Ronald Dworkin. Ética privada e Igualitarismo potinco, op. dL.


pp. 49-52.
3 Véase Norberto Bobblo. Derecha e Izquierda: razones y significa­
dos de una distinción política, Madrid. SantlUana-T&ums. 1995.

42
Ahora bien, decimos que Dworkin se inscribe den­
tro de la tradición liberal porque asume que el Esta­
do debe configurarse atendiendo las exigencias que
se derivan de los principios liberales a los que nos
hemos referido. Sin embargo, se aleja de ella en el
punto de la fundamentación y en el de la manera en
la que debe ser entendida la neutralidad del Estado,
pues encuentra que el modelo contractualista no solo
es débil como fundamento, sino también, en algunos
casos, inconsistente4.
La idea de encontrar la legitimidad de un determi­
nado esquema de organización política en un contra­
to tiene su primera formulación en las obras de Hob-
bes5, Locke6 y Rousseau78,a quienes podríamos deno­
minar los contractualistas /árticos?. Las característi­
cas básicas de este tipo de contractualismo son tres.
La primera es que estos autores parten de la des­
cripción de una situación en la que no existe el Esta­
do, situación a la que llaman estado de naturaleza.
De acuerdo con su explicación, en este estado prepo-
litico de las relaciones humanas los individuos ac­
tuarían conforme a su naturaleza y determinados por
las peculiares circunstancias de su entorno. Asi, los
hombres, guiados por la inclinación, se orientan ha­

4 Ronald Dworkin. Ética privada e Igualitarismo político, op. d t.


pp. 67-87. A partir de las diferentes formas de fundamentar los
principios políticos. Dworkin divide al liberalismo en continuo y
discontinuo.
5 Véase Thomas llobbes, El leuiatán, México. Gcmika. 1959.
También Norbcrto Bobbio, Tilomas Hobbcs. Barcelona. Paradig­
ma, 1991.
6 Véase John I-ocke, Tltc Second Treatlse of Civil Goverment, Nue­
va York, The Boobs-Mcrrill, 1952.
7 Jcan-Jacqucs Rousseau, El contrato social. Bogotá. Editorial Pa­
namericana, 1988, pp, 9-31.
8 Este nombre pretende resaltar el que los autores indicados con­
ciben el contrato social como un hecho que hipotéticamente
podría darse si las circunstancias tácticas que le sirven de pre­
supuesto (el estado de naturaleza) llegaran a presentarse. Esto
no debe ser entendido en el sentido de que para Locke. Hobbcs
y Rousseau el contrato social ocurrió en la prehistoria u ocurri­
rá en algún momento en el futuro.

43
cia la búsqueda del placer y la eliminación del dolor
de una manera atomizada y utilizando todos los me­
dios a su alcance —básicamente sus atribuciones fí­
sicas y mentales particulares—9. Esto los lleva a una
situación de completa inseguridad en donde sus bie­
nes más preciados pueden perderse fácilmente (en
Hobbes. la vida; en Locke y Rousseau, los derechos
liberales en general—vida, propiedad, libertad—)10.
La segunda característica puede sintetizarse de la
siguiente manera. De acuerdo con los autores men­
cionados. al llegar a esta situación indeseable (guerra
o esclavitud) los individuos decidirían suscribir un
contrato original mediante el cual se superaría la in­
certidumbre a la que se han visto abocados. Se pro­
pone entonces, concentrar el poder en un ente sobe­
rano que puede ser una sola persona (Hobbes). la
mayoría del grupo social (Locke) o la voluntad genera]
(Rousseau). A pesar de que tal contrato conlleva la
limitación de las capacidades y derechos “naturales''
de cada uno de los asociados, la renuncia que esto
implica se ve compensada por los beneficios en mate­
ria de seguridad individual. Además, aunque limita­

9 Cabe señalar en este punto que dentro de la Idea que tienen


estos autores sobre la naturaleza humana se encuentra com­
prendida la de una relativa igualdad natural de todos los hom­
bres en cuanto a su fuerza física y sus capacidades mentales.
Esta Igualdad que se ve materializada en la Imposibilidad que
tiene un solo Individuo de someter a todos los demás, sin que
medie el consentimiento por lo menos de una parte. Véase Tho-
mas 1lobbcs. El leulatán. op. di.
10 Aquí es Importante señalar que dentro de la construcción del
estado de naturaleza, se parte de la existencia de recursos limi­
tados. Esta limitación en los recursos, enfrentada con la ausen­
cia de limitación en la órbita de los deseos que cada uno intenta
satisfacer, es lo que genera el enfrentamiento. Ibid.
Para Locke, la llegada de la guerra estará determinada ya no
por el conflicto especifico en tomo a los recursos, sino por las
venganzas que se derivarían del deseo de obtener una compen­
sación por el daño causado con la mala aplicación de la ley
natural. El problema, entonces, es más uno relativo a la atomi­
zación del poder judicial que a la atomización del poder físico de
la violencia, como en Hobbes y Rousseau. John Locke, op. d t

44
dos. los derechos, siguen estando vigentes como ga­
randas del individuo (rente al soberano.
La tercera característica es que, en virtud del con­
trato. los asociados se comprometen a actuar de con­
formidad con los mandatos del soberano. Esto los
obliga a abandonar su natural tendencia a actuar
por inclinación, por lo menos en las órbitas domina­
das por el contrato (esfera pública).
La fundamentación de los principios políticos libe­
rales se sustenta, entonces, en el supuesto de que si
el Estado no existiera se caería en un estado de natu­
raleza y en que, dadas esas circunstancias, los indi­
viduos aceptarían suscribir un contrato social. De
modo que si bien nadie ha firmado efectivamente
ningún contrato, todos los hombres deben adecuar
su conducta al contenido que este tendría hipotética­
mente. pues en últimas, todos estarían dispuestos a
comprometerse con él.
Para Dworkin la explicación de los contraclualis-
las fácticos resulta problemática. Considera que no
tiene sentido afirmar que los individuos deben sentir­
se obligados por un contrato que nunca han suscri­
to. Bajo la forma contractual, solo genera obligacio­
nes la efectiva manifestación de voluntad en los pun­
tos en que coincidan las partes. Un contrato imagi­
nado como el que proponen estos autores, no tiene
ninguna fuerza vinculante y es por lo tanto, inútil
para los fines propuestos.
Además, Dworkin agrega que no existe nada que
garantice que el contenido del contrato hipotético se­
ria similar al del contrato que se firmaría en realidad.
Por lo que nada garantiza que los principios políticos
liberales se acojan en un eventual contrato".
En el intento por superar los cueslionamientos
que en el párrafo anterior se le plantean al contrac-
tualismo táctico, aparece lo que podríamos llamar un 1

11 Ronald Dworkin. Ética privada e igualitarismo político, op. ctL,


p.71.

45
contractualismo moral. Este modelo se caracterizaría
por ubicar el problema del contrato en la reflexión
racional práctica o moral. Asi. se explica que puede
razonablemente entenderse que las personas de un
determinado grupo social han suscrito un contrato
si. a través de un correcto uso de la razón en el análi­
sis del problema político, todos los individuos llega­
ran a las mismas conclusiones. El supuesto episte­
mológico. en este caso, es el de la convicción de que
los hombres son iguales en cuanto a la forma de su
razonamiento cuando esta facultad se ejerce sin la
determinación de la inclinación (sentimientos, de­
seos. pasiones, etc.).
Un primer esbozo de este tipo de contractualismo.
todavía rudimentario, puede encontrarse en la obra
de Kant. Para este filósofo del siglo XIX. el contrato
social no debe ser considerado como una solución
práctica al problema láctico de la guerra que podría
generarse en la ausencia del poder, sino como una
conclusión obligada de un correcto uso de la razón
práctica, esto es, del uso de la razón sin considera­
ción de ningún contenido empírico. En este sentido,
afirma: “(...) la idea del contrato social mantendría su
indiscutible crédito: pero no como un Jaclum [...),
sino solo como principio racional para Juzgar toda
constitución jurídica pública en general"12.
El contrato social aparece entonces como una
mera idea regulativa, que servirá para legitimar el
contenido de la legislación externa (heterónoma).
Esto, porque para Kant las leyes dictadas por el legis­
lador solo serán legitimas en tanto sea posible dedu­
cir racionalmente que de manera unitaria el pueblo
estaría de acuerdo con ellas13. Formulado asi, el con­
trato social implica necesariamente el reconocimiento
de la igualdad de los hombres en tanto ciudadanos,
pues su igual capacidad racional lleva a que sea po­

12 lmmanucl Kant. Teoría y práctica, Madrid, Tccnos. 1976, p. 44.


13 Ibld.

46
sible que lleguen a las mismas conclusiones. Por esta
razón, el legislador estará limitado en cuanto a sus
potestades para dictar leyes de carácter general14.
Después de un largo período de estancamiento en
la filosofía política y moral al que ya nos referimos en
la primera parte de este escrito, aparece nuevamente,
y con fuerza, una preocupación por el problema de la
fundamentación de los principios políticos liberales.
En este período de “renacimiento", el norteamericano
John Rawls ha ocupado un lugar prominente. Su
teoría interesa aquí porque se presenta, explícita­
mente, como continuadora de la linea contractualista
kantiana.
Para este autor, la legitimidad de los principios
políticos liberales que defiende debe ubicarse en la
racionalidad moral. Señalará entonces, que si un in­
dividuo acepta racionalmente (nos referimos aquí a la
racionalidad moral o práctica) la forma de razona­
miento que lleva a la adopción de unos principios
determinados, entonces ese individuo se sentirá obli­
gado a ajustar su conducta a dichos principios1516.
Este razonamiento que tiene como conclusión los
principios liberales, se centra en el constructo (Rawls
explícitamente ha acogido la forma constructivista
del razonamiento moral kantiano10) de la posición ori­
ginal. En ella, las partes que intervienen llegan a la
elección de los principios de justicia que el autor pro­
pone como interpretación propia de los principios po­
líticos liberales. Esta elección se materializará en la
firma de un contrato inicial, que servirá para modelar
las instituciones sociales con miras a lograr que la
sociedad sea una “sociedad bien ordenada".

14 Femando Vallcspin. Nuevas teorías dci contrato sodai John


Rawls. Robert Noztck y James Buchanan. Madrid. Alianza.
1985. p. 47.
15 John Rawls, A Theory o/Justice. op. d i
16 John Rawls. ‘El constructivismo kantiano en la teoría moral*,
en: Justicia como equidad. Materiales para una teoría de ¡ajusti­
cia. op. cti.

47
La posición original se construye a partir de cinco
elementos esenciales. Estos son: la igualdad de las
partes, su libertad, su sentido moral, su sentido de
justicia y un velo de ignorancia que les impide cono­
cer sus particulares circunstancias socioeconómicas,
culturales, raciales, su género e incluso su propia
concepción del bien, permitiéndoles tener únicamen­
te datos de carácter general sobre la historia, la eco­
nomía. la psicología, etc. Cada una de estas condicio­
nes está encaminada a garantizar que el resultado
del proceso sea el que mejor se ajusta a los intereses
supremos de los individuos como personas morales
y, en el caso del velo de ignorancia, a garantizar la
imparcialidad en la elección1718.
Una vez en la posición original, a los individuos se
Ies presentaría una lista en la que se incluirían las
teorías políticas más relevantes para que escojan en­
tre ellas una sola. La elección se haría a través de
juicios de carácter hipotético, en los que se compara­
ría cada teoría con los intereses supremos de los in­
dividuos. que son aquellos relacionados con la posi­
bilidad de desarrollar sus proyectos de vida1*. Una
vez hecha la elección, se acordaría concretarla en un
contrato original que serviría para moldear las princi­
pales instituciones sociales.
Ahora bien, es importante resaltar que esta cons­
trucción de Rawls funciona como mecanismo legiti­
mador de los principios de justicia que propone, en
tanto que cada individuo puede reproducir d razona­
miento a la manera de un ejercicio mental y llegar a
las mismas conclusiones. Dworkin criticará esta ex­
plicación rawlsiana, a pesar de su alto refinamiento,
porque no comparte la idea de que puedan existir
razones morales “especiales” que lleven a los indivi­
duos a pensar que está en su interés actuar confor­
me a los principios de justicia rawlsianos. Esta aflr-

17 John Rawls. A Theory ofJusttce. op. cit.


18 ibtd.

48
mación se asienta en el hecho de que Dworkin no
cree que las razones morales que darían fuerza cate­
górica a la propuesta de Rawls puedan ser las que
conocemos familiarmente, en tanto que, si bien la
moralidad ordinaria nos impide tener en cuenta los
intereses de los demás, no nos obliga a ser imparcia­
les o a ignorar las implicaciones de nuestro propio
proyecto de buen vivir10.
Por otro lado, Dworkin señalará la inconveniencia
de un esquema político que divide estrictamente la
esfera pública, dominada por el contrato, y la priva­
da, regida por las concepciones individuales de lo que
es el buen vivir. En ese sentido afirma:
Aparentemente, el liberalismo nos pide que Ignoremos los
instintos y los afectos en ocasiones políticas que son cen­
trales para el resto de nuestras vidas. Insiste en que dis­
tribuyamos nuestra solicitud con exquisita Igualdad, que
no nos ocupemos más de un hermano que de un extra­
ño. que desterremos las fidelidades especiales que todos
sentimos respecto de la familia, o de nuestros particula­
res comunidad, vecindario o Institución. El liberalismo,
pues, parece una política de la esquizofrenia ética y mo­
ral: parece pedimos que nos convirtamos, en y para la
política, en personas incapaces de reconocemos como
propias, en criaturas políticas especiales enteramente di­
ferentes de las personas ordinarias que deciden por sí
mismas, en sus vidas cotidianas, qué quieren ser. qué
hay que alabar y a quién hay que querer30.
Como alternativa al modelo contraclualista, Dwor­
kin propone la fundamentación de los principios polí­
ticos liberales en una ética liberal. Esto le permite
superar las dificultades que plantean, tanto el con-
tractualismo táctico, como el moral. Sin embargo, la
perspectiva legitimadora de los principios políticos li­
berales se hace más débil, pues depende del recono­
cimiento que las personas hagan de su propio carác-1920

19 Ronald Dworkin. Ética privada e igualitarismo político, op. cit,


pp. 73-75.
20 íbfcl. p. 57.

49
ter de liberales éticos. Además, se presenta el proble­
ma de la Justificación de la neutralidad del Estado
frente a las moralidades particulares, puesto que si
se trata de un Estado liberal, deberá entenderse que
acoge la ética liberal y esto, en principio, llevaría a la
exclusión de éticas diferentes.
A Dworkin parece no importarle el primer proble­
ma, convencido como está de que la ética que propo­
ne es lo suficientemente atractiva como para conte­
ner una promesa de consenso21. El sacrificio de la
universalidad de su propuesta se vería de todos mo­
dos compensado con su mayor plausibilidad. Por
otra parte, respecto al segundo problema, bastante
preocupante, Dworkin lo resuelve formulando una
ética lo suficientemente abstracta como para incluir
una multiplicidad de perspectivas morales individua­
les. Esta tolerancia que propone para el Estado libe­
ral no es la misma que los contractualistas han de­
fendido. Mientras para los liberales discontinuos (así
llama Dworkin a los contractualistas por partir de la
distinción tajante entre la política y la ética) la tole­
rancia es un axioma metodológico que debe asumirse
sin que sea necesario probar su corrección, para los
éticos liberales esta será una derivación necesaria de
sus mismas convicciones éticas. Por esta razón no se
trata de una tolerancia global, ya que implica la ne­
gación de las perspectivas políticas que se funda­
menten en principios éticos que desafien directamen­
te los liberales. Asi, “su versión de la tolerancia ética
no se ve comprometida cuando castiga a un ladrón
que afirma que robar es fundamental para su buen
vivir. O cuando reprime a un racista que proclama
que la misión de su vida es promover la superioridad
blanca"22.
Lo que resulta más interesante en este punto es
que la tolerancia no se presenta solo como una con­

21 m í. p. 192.
22 n a í. p. 198.

50
dición que debe realizarse en la esfera pública, sino
también como un problema de la esfera privada, en
la que, si bien se niega la posibilidad paternalista de
obligar a otros a seguir los proyectos que se piensan
más adecuados, se reconoce que puede discutirse la
validez de cada propuesta ética, lo que incluso sería
obligatorio cuando se trata de personas respecto de
las cuales se tienen vínculos de afecto23.
Ahora bien, al asumir esta posición continua (así
la llama el autor) para explicar la relación entre ética
y política, Dworkin adopta los principios políticos del
liberalismo, aunque abandona la pretensión liberal
de la primacía de lo correcto sobre lo bueno, para
buscar una relación fundacional entre lo bueno y lo
correcto. Esto incidirá, claro está, en su interpreta­
ción de los principios liberales, pero no hasta el pun­
to de llegar a desfigurarlos, pues, al fin y al cabo, la
ética que propone procura precisamente dar cuenta
de ellos en su sentido más liberal.

23 ibfct.pp. 148-149.

51
E L IG U ALITARISM O LIB E R AL

Una de las características presentes en casi todas las


teorías de la justicia es que propenden, en uno u otro
sentido, por la igualdad de los hombres. Es así como
algunas perspectivas defienden la igualdad de rentas,
otras la de bienestar y algunas la de oportunidades,
libertades o recursos. De esta forma podríamos decir
que existe un ñn común a la mayoría de Iris teorías
de la justicia: la búsqueda de la igualdad. Pero a su
vez podemos indicar que entre ellas existe una gran
diversidad en cuanto a la variable que ha de distri­
buirse de manera igualitaria1.
La elección que cada teoría hace de la variable que
ha de distribuirse igualitariamente entre los hom­
bres, involucra una desigualdad en relación con la
repartición de las otras variables consideradas se­
cundarias. De esta forma, si se defiende la igualdad
de bienestar, habrá una desigualdad de recursos,
oportunidades o rentas.

1 Amartya Sen. Nueuo examen de la desigualdad. Madrid, Alian­


za. 1995. pp. 7-23.

53
La teoría de la justicia que deflende Ronald Dwor-
kin no escapa a la situación antes reseñada. Su pers­
pectiva tiene como objetivo la consecución de la
igualdad, específicamente la igualdad de recursos,
por oposición a las otras posibles variables como el
bienestar, las oportunidades o las rentas. A conti­
nuación se hará una antesis de las posiciones que
en tomo a este tópico defiende Dworkin. así como un
análisis critico de los argumentos que las sustentan.
Presentaremos el esquema básico del igualitarismo
liberal que él expone, propuesta que. como lo había­
mos indicado, no es otra cosa que la reinterpretación
de los tres principios del liberalismo clásico: igual­
dad. libertad y fraternidad.

54
LA IG UALD AD CO M O IG UALD AD
D E RECURSO S

Para Dworkin. la pregunta por la distribución iguali­


taria de los recursos se plantea básicamente a partir
del reconocimiento de dos condiciones, que de ma­
nera perentoria, rodean la vida humana1: la necesi­
dad que tenemos de ellos para satisfacer nuestros

1 Kawls llama a calas condiciones las condiciones objetivas de la


justicia. A días, sin embargo, se añade el hecho de que los
humanos son más o menos similares en cuanto a sus capacida­
des fislcas y mentales, de manera que no es posible que una
persona o un grupo de personas mantenga somelklo al resto de
manera Indefinida. Adlclonalmcntc. Kawls señala que existen
una condiciones subfeUoas de la Justicia que tendrían que ver
con lo que Kant llamó “la insociable sociabilidad dei hombre*.
Se refieren al reconocimiento de que la vida en sociedad es ne­
cesaria para tos individuos de la especie humana, pero asi mis­
mo. al conflicto de Intereses que supone esta. John Kawls, A
Theory o j Jusüce. op. ciL. pp. 126-130. El planteamiento crudo
alrededor del problema de los recursos, tal como los entiende
Dworkin. no necesitarla tener como presupuesto todas estas
condiciones, puesto que la mayoría de ellas o bien no se refieren
exclusivamente a los recursos como bienes materiales, o bien se
Incluyen como Justificación de la formulación del contrato so­
cial.

55
requerimientos básicos2 y la escasez de estos recur­
sos3. A pesar de que en todas las sociedades los re­
cursos ya están distribuidos, para Dworkin. sigue
teniendo vigencia la posibilidad teórica de plantear
cuál debe ser la distribución, o mejor, cuál es la dis­
tribución justa que podría formularse como paráme­
tro que oriente las decisiones que se tomen al res­
pecto. La razón de esta propuesta es la desconflanza
que genera la distribución actual de los bienes en
cualquier sociedad, y la. duda de que ella pueda ser
considerada adecuada a las exigencias de la justi­
cia4, a las exigencias de cualquier perspectiva plau­
sible de la justicia.
La propuesta de Dworkin parte de la reinterpreta­
ción de uno de los principios fundamentales del libe­
ralismo: la igualdad. Dos presupuestos teóricos bási­
cos orientan su perspectiva. En primer lugar, se
acepta el principio igualitario abstracto que establece
que "(...] el Estado debe actuar de manera que haga
las vidas de aquellos a quienes gobierna mejores vi­
das y debe mostrar igual consideración por la vida de

2 Et carácter básico de las necesidades, claro está, es definido


sobre todo culluralmcntc. En sociedades como la nuestra (la
colombiana), por ejemplo, este Upo de necesidades está restrin­
gido todavía a las que Ucncn que ver con el mantenimiento de la
vida biológica. En las llamadas sociedades post-lndustrlaics.
por el contrario, las necesidades básicas ya incluirían numera-
sos bienes de consumo y herramientas para la realización de
trabajos o para la labor académica.
3 Para efectos del desarrollo de la teoría igualitaria de Dworkin.
entenderemos por recursos todos aquellos que puedan conside­
rarse como suscepUbles de detentarse bajo el Utulo de propie­
dad privada.
4 En este sentido. Dworkin afirma que una de las caractcrisUcas
del liberalismo actual es su preocupación por los altos niveles
de pobreza en los que se ven sumidas grandes porciones de la
población. Esta es la versión norteamericana y no la europea
del liberalismo ((kmiliar en nuestro medio), que se refiere más a
las propuestas del liberalismo ‘clásico* o ‘económico*, en las
que Juega un papel predominante la idea de la 'mono invisible"
que regula los mercados y Justifica las distribuciones más alea­
torias de los recursos. Ronald Dworkin. Ética privada e Igualita­
rismo político, op. ctt, p. 49.

56
cada uno"5. En segundo lugar, se presenta la necesi­
dad de que las conclusiones a las que se llegue en el
tema de la justicia coincidan con los principios de la
ética liberal que les sirven de fundamento6.
Ahora bien, para la formulación del esquema iguali­
tario "correcto" que debe servir para moldear las insti­
tuciones sociales, Dworkin parte del análisis de los dos
grandes grupos en los que considera pueden dividirse
las teorías igualitaristas, clasificación que hace con
base en la métrica que cada una de las corrientes utili­
za para afirmar que la igualdad se ha alcanzado. El
primer grupo, la igualdad de bienestar, se caracteriza­
ría porque formula como guía de la distribución, el
bienestar de cada uno de los individuos. El segundo, la
igualdad de recursos, incluiría aquellas versiones de la
igualdad que sostienen que esta se alcanza cuando los
individuos tienen bajo su control una cuota “igual" (ya
veremos cuál es la métrica que sirve para determinar
cuándo las cuotas son iguales) de los recursos de los
que dispone la sociedad, dejando de lado la cuestión
de si el nivel de bienestar de los sujetos es equivalente.
El análisis de la idea de la igualdad de bienestar,
que en principio sería la más atractiva ya que condu­
ciría a una igualdad en lo que realmente importa a las
personas, es decir, su bienestar7, llevará a que esta

5 Ronakl Dworkin, "What Is Equallly? Part III: The Place of Li­


berty". en: louxi Law Reuletv. Vol. I. No. 73 (1987). p. 7 (traduc­
ción de los autores).
6 La conexión necesaria entre una política y una ótica liberales es
planteada de manera extensa por Dworkin en Ética privada e
Igualitarismo potinco (op. dfc). Como se había señalado, en este
texto no se profundizara en las consecuencias, sobre todo en
cuanto a la fiindamcntadón de los principios políticos liberales,
que tiene la llamada continuidad en la teoría política de Dworkin.
7 Dworkin en varias ocasiones se refiere al atractivo intuitivo que
podría tener la igualdad de bienestar porque, al contrario de la
Igualdad de recursos, se concentra en el bienestar, que es en
últimas lo que a las personas les Importa. Los recursos solo son
medios para alcanzarlo. En esc sentido, la critica diría que la
igualdad de recursos confunde medios y fines al proponer como
ideal la Igualdad en los medios. Ronald Dworkin. "What Is

57
sea descartada por el autor, optando por la propues­
ta teórica opuesta, es decir, la igualdad de recursos8.
Los argumentos que guian a Dworkin hacia esta con­
clusión son básicamente tres.
En primer lugar, se critica la idea de la igualdad de
bienestar debido a las dificultades inherentes a su de­
finición. En tanto el bienestar es un concepto que solo
puede ser definido subjetivamente, no podría plan­
tearse ningún parámetro que permitiera comparar los
niveles de satisfacción de las diferentes personas has­
ta hacerlos iguales. Si, por ejemplo, se les pregunta a
dos personas. Juan y Sandra, qué tan felices son con
la vida que llevan y se les plantea una escala de califi­
cación, sería muy dudosa la conclusión a la que se
llegase (cualquiera que esta fuese) comparando los re­
sultados. pues no podría establecerse a ciencia cierta
cuál es el valor que cada uno le asigna a cada uno de
los niveles en la escala. Juan y Sandra podrían esco­
ger el mismo valor en la tabla de evaluación, sin em­
bargo esto no aseguraría que los dos estén igualmente
satisfechos con la vida que llevan.
Solo existiendo una previa distribución igualitaria
de los recursos podría introducirse una métrica más
o menos objetiva: la del ‘remordimiento”* razonable.
Es decir, solo si preguntamos a las personas qué es
lo que razonablemente les causa remordimiento o do­
lor, dada la cuota igual de recursos que les ha sido
asignada, es posible establecer si son iguales o no en
su bienestar, entendido este desde la perspectiva de
lo que es realmente importante10.

Equallly? Part I: Equality of Wcltarc", en: 1‘luloscpliy and Public


Aflatos, Vol. 10. No. 3 (1981). p. 189. Ronald Dworkin. Ética
privada e Igualitarismo político, op. ctt. p. 93-94.
8 Ronald Dworkin. "Whal ls Equality? Part I: Equality of Wcllárc".
op. ctt.. p. 188.
9 Dworkin utiliza el término regret IbicL. p. 219.
10 Este concepto, al que Dworkin se refiere con el término overall
success. trata de recoger el concepto de buen vivir de las perso­
nas y es la respuesta a la pregunta sobre cómo califican las
personas sus vidas como un todo, teniendo en cuenta su pro-

58
El segundo argumento en contra de la igualdad de
bienestar se centra en la idea según la cual para que
las personas puedan definir sus proyectos de vida, y
con ello sus posibilidades de bienestar, deben cono­
cer primero los recursos con los que cuentan. Sin
esta información los individuos podrían escoger pro­
yectos de vida irrealizables o solo parcialmente mate-
rializables, con la consecuente disminución de su
bienestar.
De esta manera, si lo que se busca es una igual­
dad de bienestar, tendría que partirse de una situa­
ción en la que ya los recursos están distribuidos,
para luego realizar transferencias adicionales a quie­
nes resultaran con menos recursos que los necesa­
rios para alcanzar su bienestar. El problema aquí se­
ría que. en tanto los recursos con los que cuenta una
sociedad son limitados, difícilmente podrían realizar­
se las transferencias necesarias para satisfacer las
necesidades y deseos de todos.
Finalmente, la propuesta de la igualdad de bienes­
tar tendría que ser rechazada por razones éticas. Las
objeciones que Dworkin señala en este punto son
tres. En primer lugar, a la igualdad de bienestar se le
objeta el tener en cuenta solamente los intereses voli­
tivos de las personas, pues, si se consideraran sus
intereses críticos, la igualdad seria imposible11; esto *
1
yecto total y no cada una de las metas cspcciflcas que se han
planteado (éxito relativo, en Ingles, relativo success). ¡bUL. pp.
204-206.
11 La principal critica que Dworkin hace a la tradición etica utilita­
rista se centro en que esta corriente considera posible reducir la
Idea del bienestar a un común denominador. Lo que el autor
evidenciará es que el bienestar tiene dos aspectos o facetas: el
bienestar volitivo y el bienestar critico. El bienestar volitivo seria
aquel que se logra cuando se han satisfecho los intereses voliti­
vos de las personas, siendo estos los referidos a lo que las per­
sonas desean de hecho. El bienestar critico, por el contrario, se
vería mejorado cuando las personas satisfacen sus intereses crí­
ticos. que podrían ser definidos como aquellos relativos a lo que
las personas consideran que deberían desear, pues de lo con­
trario. sus vidas serian peores. Por ejemplo, el placer que puede
derivarse de patinar Implicaría un aumento en el bienestar voll-

59
básicamente por lo que se había explicado con ante­
rioridad respecto a la poca probabilidad de que las
personas se identifiquen totalmente en relación con
lo que consideran realmente importante y a las difi­
cultades para medir cuándo los individuos están
realmente satisfechos. Para un liberal ético, la distri­
bución de los recursos no podría atender solamente a
los intereses volitivos12.
En segundo lugar, la igualdad de bienestar debe
ser descartada porque lleva implícita la idea de que el
bienestar es. de algún modo, competitivo13 y por lo
tanto, susceptible de ser distribuido, pues moral­
mente no podría aceptarse el que la vida de alguien
pueda verse desmejorada cuando alguien más se ve
mejorado en su bienestar. Por el contrario, la ética
liberal considera que la vida de cada uno se ve mejo­
rada cuando otros pueden llevar una buena vida
adecuada a circunstancias justas14.
La tercera objeción a la igualdad de bienestar,
desde el punto de vista ético, se centra en la concep­
ción del bien y el valor humano que asume la ética
liberal: el modelo del desafio. En forma breve, podría
decirse que según este modelo la bondad de una vida
se evalúa con relación al proyecto, al reto, que cada
uno se ha formulado. En ese sentido, se “adopta el
punto de vista aristotélico de que una buena vida
tiene el valor inherente de un ejercicio ejecutado con

Uvo de alguien que simplemente, de hecho, desea patinar. Por el


contrario, el placer derivado de patinar aumentaría el bienestar
critico de quien considera que si no deseara patinar su vida
seria una peor vida, poique, por ejemplo, tiene las habilidades
suficientes para convertirse en un campeón de patinaje y piensa
que esc seria un proyecto de buen vivir admisible. Ronald
Dworkin. Ética privada e Igualitarismo político, op. cfi. pp. 97-
99.
12 Para una mejor comprensión de lo que seria la 'etica liberal*
que Dworkin propone, véase Ibld.
13 Es decir que "la medida en que algunos consigan tener lo que
de hecho desean dependería manifiestamente de la medida en
que otros tengan lo que desean'. IbkL
14 IbU.. p. 169.

60
destreza"15167. Es decir que la vida de un individuo será
buena en tanto resuelva con habilidad el reto que de
manera autónoma se impuso. La igualdad de bienes­
tar seria reprochable, desde este punto de vista, por­
que implicaría, por un lado, que los funcionarios de­
cidan qué es lo que debe considerarse una buena
vida, con lo que se destruiría la posibilidad de que
cada uno se propusiera autónomamente su reto. Por
otro lado, implicaría que si alguien se ha equivocado
al elegir su reto, los funcionarios tengan que transfe­
rirle. de todos modos, los recursos necesarios para
llevarlo a cabo, con lo que estarían estimulando el
error'®.
Como consecuencia de las debilidades del iguali­
tarismo del bienestar, Dworkin asume, entonces, que
las personas deben ser iguales en cuanto a los recur­
sos que controlan. Es decir, que la variable que ha de
distribuirse igualitariamente es la de los recursos. El
mecanismo que propone para determinar cuándo se
ha logrado la igualdad en esta materia es el test de la
envidia. Este test implica que debe preguntársele a
cada una de las personas que participan en la distri­
bución si han quedado satisfechas con los recursos
que han adquirido. El test se aprueba cuando todas
responden afirmativamente. En otras palabras, una
vez superado el test de la envidia'7, se habrá asegura­
do la igualdad de recursos.
Para garantizar que el test sea superado con éxito,
se introduce un mecanismo económico conocido
como la subasta walrasiana, a través de la cual se
distribuyen la totalidad de los recursos disponibles.
La subasta, que se presenta como ejercicio hipotético
que deberá realizarse en un mundo ideal, solo podrá
terminar cuando ninguna persona envidie el conjun­
to total de recursos que controla cada una de las
otras personas.
15 IbicL.pp. 116-118.
16 IbidL, pp. 170-171.
17 IbidL. p. 87.

61
La elección de la subasta como mecanismo para
realizar la distribución inicial de los recursos servirá
para evidenciar que la métrica de la igualdad de re­
cursos son los costos de oportunidad. En efecto, den­
tro de la subasta, y al terminarla, lo que cada uno
debe resolver cuando se plantea la pregunta de si
está satisfecho con los bienes adquiridos o envidia
los que posee otro u otros individuos, es si considera
que el conjunto que escogió es igual, en cuanto a
costos de oportunidad, al de las demás personas.
Hasta este punto, la teoría de Dworkin se desen­
vuelve en un plano ideal en el que es posible una
distribución inicial de lodos los recursos disponibles.
En adelante, se plantean los problemas que. para la
igualdad de recursos, pueden surgir una vez entre en
funcionamiento el mercado, pues no basta con que el
test de la envidia sea aplicado una vez y superado al
terminar la subasta. Para que la igualdad de recur­
sos se mantenga, es necesario que el test se aplique a
lo largo de la historia de la sociedad. Después de la
subasta, lo único que será diferente es que el test
deberá entenderse de manera diacrónica18, es decir,
ya no buscará evaluar el nivel de envidia que las per­
sonas sienten en un momento determinado, como al
Analizar la subasta, sino que preguntará si las perso­
nas envidian el paquete de recursos que otras perso­
nas controlan, teniendo en cuenta la totalidad de sus
vidas y las decisiones que han tomado en cada mo-
18 Según el Diccionario de la Real Academia Española, el termino
diacrónlco se utiliza para referirse a "|...l los fenómenos que ocu­
rren a lo largo del tiempo, asi como a los estudios referidos a
ellos*. Real Academia Española. Diccionario de la lengua Espa­
ñola Madrid. Editorial Espasa-Calpc. 21a. Edición. Tomo I.
1992. Dentro del texto, deberá entenderse que se hace referen­
cia a la segunda acepción, que fue Introducida por primera vez
en tos estudios sobre el lenguaje adelantados por De Saussurc.
Este lingüista utilizó el término para nombrar el estudio que se
hace de un concepto teniendo en cuenta su historia y evolu­
ción, por oposición a los estudios sincrónicos, en los que el
concepto se analiza de manera aislada. Oran Enciclopedia ilus­
trada dreufo. Madrid. Piazay Janés. 1984. p. 1.206.

62
mentó19201. Con esto, lo que se busca es asegurar que
se está indagando por la envidia en términos econó­
micos. y no psicológicos30, ya que la envidia psicológi­
ca nos llevaría nuevamente al plano de la igualdad de
bienestar, que. por múltiples razones, ha sido recha­
zada.
Por ejemplo, si después de la subasta se le pregun­
tara a Ménica si envidia los recursos de Pedro, ella
podría contestar que si. porque en el preciso momento
en que se le interroga, su cuenta bancaria tiene muy
pocos fondos y Pedro, por el contrario, dispone de
bastante dinero. En este caso, seguramente se trata­
ría de envidia psicológica, y no económica. Por el con­
trarío, si a Mónica se le aclarara que debe dar su
respuesta teniendo en cuenta el tipo de vida que ella y
Pedro llevan; sus decisiones laborales, el tiempo que
tiene para descansar y para estar con sus hijos, los
riesgos que han dejado de tomar, probablemente con­
testaría que no envidia a Pedro en absoluto y que con­
sidera que los dos paquetes de recursos son iguales.
Ahora bien, en un mundo regulado por el merca­
do, la igualdad de recursos deberá enfrentar un pro­
blema que la subasta no puede solucionar: el de las
diferencias relacionadas con las capacidades físicas y
mentales de las personas, pues estos recursos, que
podrían llamarse personales31, no son susceptibles de
ser distribuidos. Dworkin propone entonces, que el
asunto se resuelva por medio de la utilización de hi­
potéticos mercados de seguros, en los cuales se fija­
rían las bases para realizar las transferencias de re­
cursos a los discapacilados y a los menos talentosos,
necesarias para mantener la igualdad de recursos.

19 Ronald Dworkin. "What ls Equallty? Part II: Equallty of Resour­


ces". en: Phllosophij and Public AJJairs, Vot. 10 (1981). p. 306.
20 IbUL. pp. 307-308.
21 Este es el término que el autor utiliza. Ronald Dworkin. Énea
privada e Igualitarismo potitlco, op. d t. pp. 88-89.

63
Test de la envidia
La distribución de los escasos recursos de que dispo­
ne una sociedad, debe satisfacer, tal como Dworkin
lo plantea, el ideal de la igualdad de recursos. Como
se dijo anteriormente, este ideal se obtiene una vez se
supera el test de la envidia, es decir, cuando ninguna
persona envidia el conjunto total de los recursos que
controla cada una de las otras personas, o. también,
cuando cada persona está lo suficientemente conten­
ta con el conjunto de recursos bajo su control como
para no envidiar el conjunto de recursos que tienen
las otras personas.
La utilización del test de la envidia tiene, como
habíamos explicado, dos fases. En primera instancia
se usa en la distribución inicial de los recursos y, en
segunda instancia, se usa de manera diacrónica a lo
largo de la historia de la sociedad22.
Para explicar cuál seria la función del test en una
distribución inicial, Dworkin propone que se realice
el siguiente ejercicio Imaginario:
Suponga que los sobrevivientes de un naufragio llegan a
una isla desierta, la cual tiene recursos abundantes y no
llene población nativa. La posibilidad de ser rescatados es
muy remota. Estos inmigrantes aceptan que nadie Uene.
a prtorí, ningún derecho sobre los recursos. Aceptan tam­
bién que la distribución de los recursos debe ser igualita­
ria. Los náufragos acuerdan utilizar el test de la envidia,
con miras a distribuir los recursos. Este test prescribe
que ninguna división de recursos será una división igual
si. una vez terminada, alguno de los náufragos preferiría
el conjunto de recursos de cualquier otro23.
Ahora bien, una vez los náufragos han acordado
que la distribución será examinada a través del test
de la envidia, deben enfrentar el problema de cómo
realizarla para superar el test. Lo primero que se des-
22 Ronald Dworkin. "What is Equallty? Parí II: Equallty of Resour­
ces', op. ctL. p. 292.
23 IblcL. p. 285 (traducción de los autores).

64
carta es la posibilidad de que en ella intervengan de
manera exclusiva el azar o la fuerza de las personas
(se parte del presupuesto de que los individuos son
distintos en este último aspecto) y muy seguramente
se generarían injusticias en la distribución de los re­
cursos, beneficiando al más fuerte o al de mejor
suerte, circunstancias ilegítimas para guiar la distri­
bución de la variable mencionada. Se presentan, en­
tonces. dos grandes opciones: una partición realizada
autónomamente por un individuo o un grupo de
ellos, o una subasta de algún Upo.
Es posible imaginar varias formas de realizar una
partición, aunque el primer obstáculo que se encontra­
ría sería que no todos los bienes son divisibles en un
número n de paquetes correspondientes con el número
de personas que participan en la distribución. Puede
suponerse, sin embargo, que por vía de ensayo y error
se llega a una distribución en la que todos los paquetes
sean iguales. En este caso, se habría superado el test
de la envidia, pero la partición podría ser objetada por
razones dejusUda o equidad. En efecto, algunas perso­
nas podrían considerar que. de haber podido elegir, su
paquete contendría recursos diferentes.
Esta sensación de injusUcia se asimilaría a la que
podrían sentir algunos en el caso de que el partidor
decidiera cambiar todos los recursos por bienes de
una misma clase2*: esto es, que por alguna suerte de
magia o mediante alguna clase de trueque, lograra
que todos los recursos fuesen iguales entre sf®. De245

24 Ackerman, otro filósofo liberal, propone una solución de este


Upo frente al problema de cómo distribuir los recursos, "al Ima­
ginar un mundo en el que existe un único recurso llamado
marina, que puede ser transformado en objetos útiles". En Do-
nald Moon. "Los fundamentos morales de la economía del bie­
nestar", en: Cristina Molla (compiladora). Ética y conflicto, San-
(alé de Bogotá, Te/ccr Mundo Editores y Ediciones UnlAndcs.
1995. pp. 158-159. Moon considera que este recurso para sal­
var el problema es inadecuado.
25 Por ejemplo, que. diciendo aiakazán, iodos los recursos fuesen
transformados en diez billones de huevos de codorniz.

65
este modo, cuando se dividieran los recursos en par­
tes iguales, nadie envidiaría el conjunto de recursos
que tengan los demás. Pero, de la misma manera,
algunos podrían considerar que. si hubiera existido
la alternativa de elegir entre una multiplicidad de re­
cursos aquellos más adecuados a su proyecto de
vida, esa alternativa sería más justa y equitativa que
la que el partidor les presenta38.
Al considerar las posibilidades de partición se
hace evidente un elemento que Dworkin no había
mencionado con anterioridad y que en este trabajo
será desarrollado más adelanté17: la distribución de
los recursos solo será igualitaria y justa si las perso­
nas son libres al elegirlos. El test de la envidia no
seria un criterio suficiente, aunque si necesario, para
lograr tal fin. Tendría que agregarse un principio de
libertad de elección. La introducción de este principio
hace también evidente el hecho de que en la teoría de
Dworkin, los recursos deben ser considerados de ma­
nera instrumental. Se trataría únicamente de me­
dios. si bien indispensables, con los cuales las perso­
nas pueden desarrollar sus proyectos de buen vivir,
desarrollo que constituye lo realmente importante. En
tanto estos proyectos de buen vivir son diferentes, los
recursos que cada persona puede llegar a considerar
adecuados formarían paquetes muy disimiles, que
solo podrían llegar a concretarse si las personas pue­
den elegirlos. Un partidor, salvo que tuviera un cono­
cimiento perfecto de los proyectos de vida de cada 267

26 SI. por ejemplo, todos los recursos lucran transformados en


huevos, aquel que detestara los huevos senUria que la distribu­
ción fue tnjusla. y hubiese preferido cualquier otra distribución.
Este Upo de problemas no pueden ser solucionados simplemen­
te con el uso del test de la envidia.
27 En el capitulo que corresponde a la conexión entre la Igualdad
de recursos y la libertad, se mostrará que los dos principios
políticos están inUmamcntc ligados, de manera que no seria
posible hablar de una distribución igualitaria si en ella los per­
sonas no disfrutaran de algunas libertades, entre ellas la más
importante, la libertad de elección.

66
individuo, y de sus posibles variaciones, no podría
configurarlos. Es evidente que este tipo de partidor
no existe.
Como puede verse, el rechazo al mecanismo de la
partición, tiene su fundamento en un elemento que
sale a la luz de manera clara en la teoría ética de
Dworkin y que debemos considerar aqui como presu­
puesto. Se trata de la idea de que una vida encuentra
su valor en la destreza con la que se realiza el ejerci­
cio de vivir, ejercicio que incluiría la formulación mis­
ma del reto, del proyecto de buen vivir. Ahora bien,
en tanto ninguna vida puede hacerse más valiosa por
la via de la imposición28, las personas deben ser li­
bres en la elección de su proyecto. Asegurada esta
libertad, el resultado seria necesariamente la formu­
lación de una enorme variedad de retos. El impacto
de estas conclusiones en la teoría política no puede
pasar inadvertido. Es esto precisamente lo que hace
que sintamos como “injusta o inequitativa" una re­
partición de los recursos en la que no sean las perso­
nas mismas las que deciden cuál es el paquete de
bienes que desean tener bajo su control.
¿Qué mecanismo permitiría superar las objecio­
nes que se le han planteado a las diversas formas de
partición? Como ya fue mencionado. Dworkin propo­
ne que la distribución se realice mediante un Upo
especial de subasta: la subasta walrasiana.

28 Dworkin se rcflerc a esta característica de la ética liberal con el


término de la constltutlvldad, que dentro de su teoría implica
que una vida solamente es valiosa si quien lia formulado el
proyecto la considera de esta manera. El valor, la bondad de
una vida no podría ser independiente entonces, a la considera­
ción que la persona que la vtvc hace de ella. Lo que no implica
que se trate de un valor netamente subjetivo. De todas maneras
la bondad del reto que se escoge y la destreza con la que se lleva
a cabo será calificada sodalmcntc. de acuerdo con los valores
que comparte la comunidad en la que la persona se encuentra
Inscrita. Ronakl Dworkin. Ética privada e igualitarismo político,
op. CU., pp. 107-108 y 140-154.

67
LASUBASTAWALRAS1ANA
La subasta walrasiana, llamada asi en honor del in­
vestigador que la ideó, León Walras, es un mecanis­
mo económico diseñado a partir del análisis de equi­
librio general. Este método de análisis descarta el
clásico ceteris paribus, para tener en cuenta todas las
interrelaciones económicas existentes29.
En la distribución inicial de los recursos, dentro
del ejercicio imaginario que Dworkin ha planteado
(los náufragos que llegan a una isla desierta), la su­
basta funciona de la siguiente manera. Para empe­
zar, el subastador entrega a cada uno de los náufra­
gos un número igual de fichas, para lo que podrían
usarse, por ejemplo, conchas. Las fichas les servirán
para adquirir los bienes que deseen, dentro de los
que se encuentran disponibles, teniendo en cuenta,
como habíamos dicho, su propio proyecto de buen
vivir. De esta forma, todas las personas estarán en
igualdad de condiciones frente a la posibilidad de ad­
quirir algún bien determinado.
Luego, el subastador divide los recursos disponi­
bles en lotes, cada uno de los cuales estará conforma-

29 El método de análisis de equilibrio general, que se opone al del


equilibrio pardal, en el que solo se llenen en cuenta las varia­
bles de un mercado, de manera independiente a lo que ocurre
en otros mercados, puede explicarse de manera abreviada en
los siguientes términos: 'Cada mercado tiene su curva de ofer­
ta. una curva de demanda, y una condición de cqulUuio corres­
pondiente que Iguala las cantidades ofrecidas y demandadas a
un precio dado. Pero los precios y cantidades de cada mercado
son parámetros de desplazamiento en las curvas de oferta y
demanda en los demás mercados. Por lo tanto, el equilibrio tie­
ne que lograrse en todo d sistema: si todos los mercados excep­
to uno están en equilibrio, d ajuste en precios y cantidades en
esc único mercado distorsionará el equilibrio en los otros mer­
cados. El equilibrio general es un equilibrio total, determinado
simultáneamente en todos los mercados*. Este Upo de análisis
ha demostrado tener gran utilidad en dos campos: la macrocco-
nomia y el análisis mlcroeconómlco de la eficiencia y el bienes­
tar. Stcven T. Cali y Wllliam L. Hallaban. Mtcrocconomia. Méxi­
co. Grupo Editorial Iberoamérica. 1990, p. 502.

68
do por un solo recurso. Incluso, puede pedirse que los
recursos susceptibles de división30, ramo la tierra,
sean divididos. El subastador procederá entonces a
fijar precios a cada uno de los lotes, teniendo en
cuenta tanto la oferta como la demanda, hasta que la
demanda agregada sea igual a cero, esto es, que para
cada bien exista un solo comprador y, por lo tanto,
sea posible subastar todos los bienes. Una vez se lo­
gra esto, no hay razones para considerar que la su­
basta ha terminado, pues las personas podrían en­
tonces decidir que desean comprar otros bienes o. in­
cluso. que los lotes sean diferentes. La subasta, asi
pensada, podría llevarse a cabo de manera indefinida.
Sin embargo, para efectos teóricos. Dworkin supo­
ne que podría llegar el momento en el que las perso­
nas estén completamente satisfechas con los bienes
adquiridos y que en ese momento la subasta podría
terminarse31. Este supuesto lleva a que sea posible
que se escoja un punto de equilibrio como el ideal,
lo que permitiría calificar la propuesta del autor como
completa y, por lo tanto, como susceptible de proveer
una respuesta determinante al problema de la justi­
cia, en lo que tiene que ver con la distribución de
recursos32.

30 En este caso, la referencia a la divisibilidad debe entenderse de


Igual manera a como se hace en el ámbito jurídico, es decir, se
considera que un bien es divisible cuando al efectuarse su divi­
sión este no pierde su valor. La aclaración resulta Importante
porque escuetamente puede Hegnse a la conclusión de que lo­
dos los bienes son divisibles, pues, en principio, cualquier obje­
to material, que es a los que Dworkin se refiere, puede partirse
en pedazos.
31 Esta suposición de Dworkin será especialmente problemática en
el análisis de las conexiones entre la Igualdad y la libertad. El
tema se tratará cuando se explique el principio de autenticidad
que. según el autor, debe ser uno de los que guie la configura
dón del sistema de libertades y prohibiciones que debe regir la
subasta, principio que propone que las personas pueden libre­
mente moldear su-prayecto de vida y rejbrmulario.
32 Esta preocupación por la complcclón, que Dworkin manifiesta
en este punto (Ronald Dworkin, "What Is Equallty? Parí 11:
Equality of Resources*, op. eiL, p. 287) resulta bastante pared-

69
Así. la descripción de la subasta nos pennite ver
cómo puede superarse el test de la envidia, si se
acepta el supuesto de que se llega a un equilibrio
determinado, y se acepta la sensación de injusticia
que la partición crearía. Pero además, este mecanis­
mo evidencia que la verdadera métrica en la igualdad
de recursos es la de los costos de oportunidad. Este
concepto, que desarrollaremos a continuación, será
de gran utilidad para mantener la igualdad una vez
terminada la subasta.

Costos de o po rtu nida d


El concepto de los costos de oportunidad que Dwor-
kin señalará como métrica de la igualdad de recursos
es recogido del ámbito de la economía, en donde ha
sido estudiado en profundidad. Este criterio surge del
reconocimiento de la existencia de tiempo e ingresos
limitados, por un lado, y de alternativas diferentes so­
bre cómo invertir el tiempo y los ingresos, por el otro33.
Con él se pretende medir el valor de una alternativa
elegida, comparando la decisión que efectivamente fue
tomada con las que dejaron de tomarse. La decisión
será correcta si, según los parámetros que ha lijado el
individuo, es más valiosa que las opciones rechaza­
das. Por el contrario, la decisión será incorrecta si es­
tas últimas tienen un mayor valor. Los costos de

da a la que expresa Rawls cuando oponiéndose al intuidonis.


mo. plantea que dentro de la lista de teorías que se presentarán
a las partes en la posición original, solo podrán incluirse aque­
llas que propongan un sistema de principios que constituya
una referencia última para el razonamiento práctico, es decir,
un sistema que permita llegar a respuestas definitivas y únicas
en los asuntos que Intenta regular. John Kawts, A Theonj of
Justice, op. cit, p. 135. La idea de la subasta de Dworkln no
cumpliría este requerimiento si no fuera determinar entre varios
equilibrios posibles cuál es el correcto.
33 Steven T. Cali y William L. Hallaban. Mtcmcconomia. op. UL. pp.
21-24.

70
oportunidad se refieren, precisamente, a las opciones
que se dejaron pasar al escoger.
Un ejemplo podría servimos para ilustrar la formu­
lación anterior. Supongamos que tenemos $10.000
pesos en nuestro poder y dos horas libres. Nos plan­
teamos las siguientes opciones: a) ir a ver una buena
película; b) ir a comprar un regalo para una amiga y
llevárselo; c) ir a comprar un libro que queremos leer;
d) quedamos en casa viendo televisión y ahorrar el
dinero.
Cualquiera que sea la decisión que tomemos, supo­
nemos que con el dinero y el tiempo que tenemos solo
podremos escoger una de ellas, podemos decir que su
costo de oportunidad está conformado por las opcio­
nes que rechazamos. Si el parámetro que he Ajado
para medir la corrección de mis decisiones es que es­
tas me produzcan placer, y ver una película me causa
un enorme placer, entonces si tomo cualquier otra de­
cisión. esta será incorrecta, pues los costos de oportu­
nidad serán superiores al valor de la decisión tomada.
Dentro de la subasta planteada por Dworkin. los
costos de oportunidad corresponderán al valor que
para cada uno tendría un recurso de encontrarse en
manos de otro. En palabras del autor, “la subasta
propone que el test de la envidia asume, que la ver­
dadera medida de los recursos sociales destinados a
la vida de una persona se Aja preguntando qué tan
importante es. de hecho, ese recurso para otros"34.
La determinación de los costos de oportunidad en
esta órbita se dará con relación a los proyectos de
buen vivir de los individuos. Asi. por ejemplo, el costo
de oportunidad que puede tener para un pintor el no
haber adquirido pintura, sería mucho más alto que el
que tendría para un músico, porque para el primero
el no disponer de este recurso podría implicar el fra­
caso total de su opción de vida.

34 Itonald Dworkin, "What 1s Equallty? Parí II: Equallty of Resour­


ces". op. ctt. p. 289 (traducción de los autores).

71
El concepto de los costos de oportunidad en la
subasta tiene plena aplicación porque esta parte
también del supuesto de que existe una cantidad li­
mitada de recursos y de que los individuos podrán
tomar decisiones respecto a la adquisición de los
mismos. Podríamos decir, entonces, que la subasta
terminará, alcanzándose una igualdad inicial, cuan­
do los costos de oportunidad de los recursos que
cada uno controla son iguales. Plantear el asunto en
estos términos, lleva a que se haga evidente la dife­
rencia radical de la igualdad de recursos con la igual­
dad de bienestar, ya que dada la escasez de recursos
y garantizada la libertad de elección, puede concluir­
se que la distribución es justa aunque algunas per­
sonas no hayan podido satisfacer todas sus ambicio­
nes y otras si.
De este modo, hemos concluido la primera parte
de nuestra exposición, que, como se dijo, pretendía
explicar cuál sería para Dworkin una distribución
inicial de recursos igualitaria. En la segunda parte de
la exposición, se enfrentará el problema de cómo
mantener la igualdad de recursos una vez entra en
funcionamiento el mercado, institución social que.
según Dworkin, debe regir las relaciones económicas
entre los individuos*. Esta elección, que determina la
clara tendencia liberal de Dworkin, es justiiicada por
la similitud que presenta un esquema de mercado
con el mecanismo ideal de la subasta. En el mercado,
al igual que en la subasta, los individuos actúan den­
tro de la esfera de la libertad de elección, de manera
que el concepto de los costos de oportunidad puede
seguir vigente. Adiclonalmente, en ambos esquemas,35

35 El mercado seria para Dworkin Indispensable dentro de un es­


quema lgualltarista pues 'la Igualdad liberal depende de meca­
nismos económicos |...| que revelan los costes de oportunidad
de los recursos Impersonales |...|*. Señala también d autor que
"la idea de un mercado económico, en tanto mecanismo para
fijar tos precios de un vasto número de bienes y servidos, debe
encontrarse en el centro de cualquier desarrollo atractivo de la
Igualdad de recursos' (traducción de los autores). íbfet. p. 284.

72
los precios de los recursos estarían determinados por
el juego de la oferta y la demanda, que es precisa­
mente lo que permite que se hable de costos de opor­
tunidad en los términos de Dworkin. Veremos, sin
embargo, que el mercado no será planteado en la for­
ma clásica liberal, como un mercado libre de toda
intervención, ya que debe incluir mecanismos que re­
suelvan un problema que la subasta no puede solu­
cionar: el de la desigual distribución de los recursos
personales.
En la formulación de Dworkin, la intervención del
Estado deberá estar orientada simplemente hacia la
configuración de las circunstancias correctasi30, es de­
cir, la actuación del Estado debe encaminarse hacia
la realización del principio igualitario abstracto con­
cretado en los principios políticos de la igualdad de
recursos, la libertad y la comunidad. Toda forma de
patemalismo estatal debe ser rechazada por quienes
adopten la ética liberal de Dworkin. Esta afirmación
encuentra su sustento en dos elementos que ya ha­
bíamos señalado: la negación de la igualdad de bie­
nestar, por implicar esta el que los funcionarios esta­
tales definan qué es una vida buena, lo que socava la
posibilidad que tienen las personas de definir su pro­
pio reto3637, y, por otro lado, el reconocimiento de que
el valor de una buena vida depende de la valoración
que el individuo que la vive hace de ella.

La igualdad d e r e c u r s o s y e l m er c a d o
Una vez entra en funcionamiento el mercado y los
individuos empiezan a trabajar, producir y ganar, lo
primero que se hace evidente es que las cuentas ban­
cadas de algunos crecen más rápidamente que las de
otros, ya que necesariamente unas actividades serán
36 Ronald Dworkin. Ética privada e Igualitarismo poliUco. op. ctt. p.
171.
37 IbíeL. p. 170.

73
más lucrativas que otras y algunos trabajarán más
que otros. ¿Implica esto que la distribución de los
recursos ha dejado de ser igualitaria? ¿Quienes pro­
ducen más deberían, entonces, transferir parte de
sus ganancias a los demás?
Empecemos por reiterar algo que ya habíamos di­
cho antes: en la sociedad liberal que Dworkin plantea
los individuos son libres de elegir su propio proyecto
de vida. La idea de una subasta de bienes se susten­
ta precisamente en esta libertad de elección. Así, es
igualmente aceptable que alguien quiera dedicar su
vida a cultivar geranios o que, por el contrarío, prefie­
ra dedicarse a ser ejecutivo de alta empresa38.
Sin embargo, no todas las opciones de vida tienen
por qué ser igualmente productivas en términos ma­
teriales. Con toda seguridad, será más productivo ser
ejecutivo de alta empresa a ser cultivador de gera­
nios. Esto supone que pasado un tiempo después de
la subasta, quien se dedicó a sembrar un jardín de
geranios tendrá, en términos materiales, menos re­
cursos que los que tendrá el ejecutivo de alta empre­
sa. Ante esta situación, volvemos entonces a pregun­
tamos, ¿debe la igualdad de recursos compensar a
aquellos que prefieren vidas que les producen menos
recursos materiales?38
La igualdad de recursos sostiene que cada perso­
na debe asumir las consecuencias del modelo de vida
que ha escogido'10. Por esta razón, no sería factible
38 Aunque siempre existirán formas de vida prohibidas, cuando
estas puedan atentar contra las libertades o los derechos de los
demás.
39 Téngase en cuenta la aplicación dlacrónlca del test de la envi­
dia.
40 Este planteamiento de Dworkin refleja claramente su rechazo al
patcmallsmo: la libertad debe Implicar el asumir las consecuen­
cias de los actos propios. En este caso, la libertad de escoger un
proyecto de vida Implica el tener que asumir que probablemente
no sea el más lucrativo. También Rawls hace una consideración
de este tipo cuando afirma que las personas deben ser ética­
mente responsables, de manera que al escoger su proyecto de
vida, ejerciendo su libertad, tengan en cuenta la cantidad de

74
transferir recursos de quien produce más a quien
produce menos. Cada uno de ellos eligió un modelo
de buena vida, y, por lo tanto, el que la cuenta de
banco de uno tenga más fondos que la de otro no
peijudicará la igualdad de recursos teniendo en
cuenta que aquel que no tiene tantos fondos, con
seguridad ha podido disponer de otros recursos (por
ejemplo, el tiempo libre) que el otro ha tenido que
negarse.
Sin embargo, al plantear esta respuesta, estamos
partiendo de la premisa de que la totalidad de las
personas gozan de las mismas capacidades y talen­
tos. Entre tanto, contamos con la certeza de que en el
mundo real esta situación no se presenta. ¿Acaso se
desprendería del anterior planteamiento el que deba­
mos, también, oponemos a que se realicen transfe­
rencias monetarias a los discapacitados, o a aquellos
que tienen un nivel menor de habilidades?

S uerte y seguros
• El problema de las desigualdades en cuanto a los
recursos personales entre los seres humanos es
abordado por Dworkin desde la perspectiva de la
suerte. Al fin y al cabo, esta distribución depende
básicamente del azar.
Considera Dworkin que existen dos tipos de suer­
te: la suerte de opción y la suerte lata. La primera es
aquella que depende de la aceptación de un riesgo
aislado, previamente calculado, donde es posible ga­
nar o perder". El riesgo del cual se desprende este
tipo de suerte depende enteramente de mi voluntad

recursos materiales que pueden estar a su disposición. Rawds


llamará a este ejercicio de la injertad, libertad responsable con
arreglo a fines. John Rawls. "El constructivismo kantiano en la
teoría moral*, op. ctt, p. 163.
41 Ronald Dworkin. "What Is Equallty? Part II: Equality of Resour­
ces". op. ctL. p. 293.

75
personal: es un riesgo que yo puedo aceptar o decli­
nar13. La segunda, la suerte lata, es aquella derivada
dé los riesgos que una persona no ha escogido tomar.
Cuando por ejemplo voy caminando por la calle y un
meteorito cae sobre mi cabeza, puedo decir que he
tenido mala suerte en el sentido lato. Igualmente, si.
como consecuencia de un accidente, pierdo el 95 %
de mis aptitudes mentales, puedo decir que he tenido
mala suerte en el sentido lato. Por el contrario, si
decido invertir en unos bonos de alto riesgo en la
bolsa y. como consecuencia de ello, me hago rico,
podré decir que he tenido muy buena suerte de op­
ción".
Lo anterior permite afirmar que la línea divisoria
entre la suerte de opción y la suerte lata la establece
la posibilidad de haber escogido o no el riesgo. En
este sentido, la distribución desigual de los recursos
personales debemos ubicarla dentro de la considera­
ción de la suerte lata: nadie elige ser un discapacita­
do físico, tampoco elige ser menos talentoso. La pro­
puesta de Dworkin se dirige entonces a convertir esta
suerte lata en suerte de opción, lo que es posible ha­
cer a través del mecanismo de los seguros424344. Los se­
guros constituirían un puente entre la suerte lata y
la suerte de opción en la medida en que su finalidad
42 La lotería es un ejemplo Ideal de la suerte de opción. Yo no
decido si gano o si pierdo, pero si tengo la posibilidad de com­
prar o no el boleto de lotería.
43 Es de suma importancia aclarar, en lo que respecta a la suerte
de opción, que los riesgos que la generan son casi en su totali­
dad permitidos. Es decir, son considerados lícitos por el Estado.
Es Igualmente posible llevar una vida muy segura o una vida
llena de riesgos. Esto forma parte de las libertades que se pre­
tenden garantizar en el marco de una sociedad liberal, punto
que será analizado con posterioridad.
44 El seguro es uno de los contratos mercantiles más utilizados de
los últimos tiempos. Su proliferación se debe fundamentalmen­
te al aumento de la accidentalidad en todas las áreas de la
economía, debido al alto grado de Industrialización de que se ha
venido dando desde la revolución Industrial. 1lenri. León y Jean
Mazeaud. Lecciones de Derecho Civil, Buenos Aires, Ediciones
Jurídicas Europa-América. 1978. Parte Segunda, Vol. II. p. 34.

76
es cubrir los costos de la ocurrencia de eventos que
podríamos atribuir a una mala suerte lata, siendo
posible elegir entre tomar o no el seguro, lo que nos
ubica en el campo de la suerte de opción. Asi si. por
ejemplo, a Juan y a Pedro se les ofrece un seguro
contra la eventualidad de que por un accidente que­
den ciegos, solo Pedro lo toma y los dos sufren un
accidente en el que quedan ciegos, podemos decir
que si bien los dos tuvieron una mala suerte lata,
esta mala suerte lata se convirtió para Juan en una
mala suerte de opción, porque no tomó el seguro, y
para Pedro, en una buena suerte de opción, porque
él sí lo tomó.
Ahora bien, ¿cómo debería estructurarse un mer­
cado de seguros que pudiera resolver los problemas
que la desigualdad en los recursos personales le
plantean a la igualdad de recursos? ¿Qué riesgos
tendrían que asegurarse? ¿Cómo se pagaría la pri­
ma? ¿Cuál sería el cubrimiento? En los siguientes
acápites entraremos a explicar la solución que Dwor-
kin da a estas preguntas.

S e g u r o s y discapacita do s
Todos corremos el riesgo de quedar discapacitados o
minusválidos a raíz de cualquier situación. Si por
ejemplo, como consecuencia de un accidente auto­
movilístico. perdiéramos la capacidad de ver. esto
nos dejaría en una situación diferente del resto de las
personas. Como resultado de haber perdido la visión,
muchos de los planes que conforman nuestro pro­
yecto de buen vivir quedarían truncados. ¿Ameritaría
esta situación el que nos fueran transferidos recur­
sos para suplir nuestras discapacidades?
El problema de las discapacidades es solucionado
por Dworldn. como ya fue explicado, por medio de la
creación de un hipotético mercado de seguros. Asi. el
riesgo de que por cualquier causa una persona ad­
quiera una discapacidad, se verá cubierto por el se-

77
guro a través de un aumento de los recursos a dispo­
sición de este individuo. Debemos, eso sí, asumir que
cada persona elige los riesgos contra los cuáles se
quiere proteger y. asi mismo, decide cuál ha de ser la
extensión del amparo provisto por el seguro.
Sin embargo, no podemos olvidar que las discapa­
cidades no solo se adquieren durante la vida, sino
que es posible que las personas nazcan con las mis­
mas. En este caso, las personas no estarán asegura­
das previamente y. en principio, ninguna clase de
protección los ampararía contra dicha discapacidad.
¿Podría considerarse justo no transferirles a estas
personas recursos, por el hecho de no haber tenido
la oportunidad de asegurarse?
Dworkin responde negativamente a esta pregun­
ta45. Para él, quienes nacen con una discapacidad de­
ben tener la posibilidad de recibir recursos que la
compensen. El filósofo norteamericano considera que
esta es la única solución acorde con la igualdad de
recursos, pues se presume que de haber existido la
posibilidad de tomar un seguro, probablemente lo
hubiesen hecho.
No obstante, no sabemos cuál es el nivel de cober­
tura que la persona que nace discapacitada hubiese
escogido, si no supiese que tendría esa deficiencia. A
Dworkin no le preocupa este problema. Lo soluciona
mostrando cómo, en estos casos, la cobertura del se­
guro sería la cobertura promedio del mercado para el
riesgo especifico46.

45 En su opinión, ‘alguien que nace con una discapacldad grave,


enfrenta su vida con menos recursos, en términos contables,
que otros” (traducción de los autores). Ronald Dworkin. "What
is Equaltty? Part II: Equallly of Resources", op. cIL. p. 302.
46 Esta solución, aunque bastante práctica, resulta problemática
cuando se entra a la consideración de casos extremos. Por
ejemplo, en el caso de las enfermedades Incurables que no son
necesariamente terminales, o por lo menos que Implican un
proceso muy lento de degeneración de los tejidos —síndromes
como el de Parklson, Alzheimer o la parálisis cerebral en los
niños—. el cubrimiento del seguro es muy bajo con relación a

78
T rabajo y habilidades
El problema que la existencia de discapacidades ha
generado a la igualdad de recursos es susceptible de
solucionarse de una manera sencilla. Cuando la ca­
rencia de habilidades y talentos es muy notoria en
relación con las que posee un individuo promedio, la
única solución posible, de acuerdo con la igualdad de
recursos, es la de las transferencias monetarias a los
discapacitados.
POr su lado, el problema de la diferencia de talentos
entre las personas que podríamos considerar 'norma­
les'' es bastante complejo. ¿Cuál seria la manera como
podríamos ser coherentes con la igualdad de recursos,
partiendo de la base de que existen tales diferencias?
Alguien podría argumentar que este no es un ver­
dadero problema. Que la única instancia en la que
debemos preocupamos por la igualdad es en la dis­
tribución inicial de recursos. A este modelo Dworkin
lo llamará el argumento de la “puerta de salida”. Esta
alternativa considera que el único momento en el que
debemos preocupamos por obtener algún tipo de
igualdad es en la distribución inicial de recursos.
Con posterioridad, el mercado debe poder actuar li­
bremente. bajo un esquema de laissez-Jaire.
Dworkin considera inaceptable esta posibilidad,
ya que si aceptamos el test de la envidia como el
mecanismo para definir si existe o no una igualdad
de recursos, debemos aceptar su aplicación diacróni-
ca, lo cual va, de manera ostensible, en contravia de
la tesis de “la puerta de salida".

los costos del tratamiento, por ser este muy prolongado. Adicio­
nal mente. la cobertura de estos riesgos en el mercado de segu­
ros exige como condiciones previas cosas que un reclin nacido
no podría cumplir. La pregunta seria entonces si el mercado
hipotético de seguros deberla, en estos casos, ofrecer un cubri­
miento mayor que el promedio en el mercado comercial. Las
consideraciones que se han hecho liasta el momento alrededor
de la Igualdad de recursos y el papel del Estado liberal parece­
rían llevamos a dar una respuesta afirmativa.

79
Si pasado un determinado tiempo —por ejemplo,
diez años— después de la subasta, nos detuviéramos
a analizar una sociedad que hubiera adoptado este
esquema, encontraríamos, muy probablemente, que
el test de la envidia no habría sido superado, en ra­
zón al desequilibrio que habría producido la diferen­
cia de talentos y habilidades. Esto supondría que la
igualdad de recursos inicial se habría roto. Es impor­
tante distinguir esta situación de la que originalmen­
te se había planteado, en la que se suponía que las
personas tenían iguales talentos. Un ejemplo podría
ser útil. Supongamos primero que. en la subasta. Ci­
rilo y Teodoro compran, cada uno. un pedazo de tie­
rra que resulta muy apropiada para el cultivo de hor­
talizas. Cirilo, después de la subasta, decide utilizar
su terreno para sembrar tomates, lo cual resulta ser
bastante lucrativo. Teodoro, por el contrario, elige po­
ner en su terreno una escuela, actividad que no es
tan lucrativa. En este caso, suponiendo que Cirilo y
Teodoro son igualmente hábiles para realizar la acti­
vidad a la que se dedican, no es posible considerar
que la igualdad de recursos se ha quebrado, simple­
mente porque sus cuentas bancarias resultan tener
distintas cantidades. Teodoro no podría envidiar en
términos económicos a Cirilo, pues la cantidad de
dinero que tiene es resultado de su decisión respecto
al tipo de vida que le parece buena.
Supongamos ahora que tanto Cirilo como Teodoro
dedican su terreno al cultivo de hortalizas, pero que
Cirilo es más hábil para hacerlo, por lo que todos sus
tomates se venden, mientras que los pocos que produ­
ce Teodoro se pierden, ya que nadie quiere comprarlos
—en realidad, tienen mal sabor y no tienen tan buen
aspecto como los de Cirilo—. En este caso, Teodoro si
podría envidiar el paquete de recursos que controla
Cirilo, pues a pesar de que sus proyectos de vida son
similares, los recursos resultan ser diferentes.
Debemos entonces tratar de encontrar una ade­
cuada solución al problema de la diferencia de talen­
tos, de modo que podamos superar el test de la envi-

80
dia de una manera diacrónica. Retomando por un
momento al mundo ideal, Dworkin propone dos al­
ternativas posibles para superar el escollo y, de vuel­
ta al mundo real, propondrá una tercera opción.
En el mundo ideal, la primera opción consiste en
considerar el talento y las capacidades como un bien
subastable. por el cual las personas tendrían que pa­
gar un precio determinado47. De este modo, si Juan
es una persona talentosa, deberá pagar un precio
muy alto para adquirir sus propios talentos dentro de
la subasta, y no quedar subyugado a otro que com­
prara parte de los mismos. Esto implicaría que, por
haber pagado un precio muy alto por los talentos que
tiene, quedaría en una posición desventajosa en
cuanto a los menos talentosos, quienes podrían com­
prar más bienes que él. Esto pondría a Juan en una
situación de desventaja, la cual lo obligaría a explotar
al máximo sus talentos, para poder llevar a cabo su
proyecto de buena vida. El resultado: Juan quedaría
condenado a ser esclavo de sus talentos, lo cual es
inequitativo, si su proyecto de vida, por ejemplo, no
tuviera en cuenta la mayoría de ellos. Esto nos lleva
a rechazar esta opción.
La segunda opción propuesta por Dworkin es la
de crear un impuesto gradual al talento. Para ello,
tendríamos que considerar el nivel de ingresos que
cada persona tendría, con miras a establecer dicho
impuesto. Esta propuesta no parece tan inequitativa
como la anterior. Sin embargo, contiene en si misma
dos errores que nos llevaran a rechazarla. En primer
lugar, no es posible diferenciar qué parte del ingreso
de una persona corresponde a sus habilidades y qué
parte a su esfuerzo. Tal y como hemos explicado an­
teriormente. el ingreso que depende del esfuerzo de
las personas es algo que la igualdad de recursos de-

47 Con esto, de ningún modo estamos diciendo que los talentos


sean algo que se pueda transferir. Lo que se pretende esbozar
es una eventual compensación que cada persona debería pagar,
de acuerdo con los talentos que posea.

81
tiende. Por lo tanto, no estaríamos en condiciones de
gravar de esta manera el ingreso de una persona, sin
hacer una diferenciación exacta de qué proporción
del ingreso depende de su esfuerzo, y qué propor­
ción de su habilidad. En segundo lugar, no podemos
descartar el hecho de que las habilidades no nacen
completamente desarrolladas, sino que son algo que
las personas deben, en buena parte, cultivar48. Por
estas razones, debemos rechazar esta opción.
La tercera opción, planteada desde el mundo real,
recibe la denominación de "seguro de desempleo".
Esta alternativa es propuesta como la opción más
plausible para realizar, en el plano real, el ideal de la
igualdad de recursos en un sentido diacrónico.
La iniciativa surge como alternativa frente a las
dos posibilidades esbozadas anteriormente. Este ca­
mino tiene como fin compensar a los menos talento­
sos con más recursos49, por tanto, es necesario en­
contrar un patrón de compensación adecuado para
lograr el mencionado objetivo.
Dworkin propone dos tipos. El primero de ellos
toma como patrón de compensación a las personas
más habilidosas en diferentes actividades. De este
modo si. por ejemplo, mi proyecto de vida consistiese
en ser arquitecto, el patrón de referencia de mis habi­
lidades podría ser Le Corbuisier en su momento de
máximo esplendor. Si mis habilidades para la arqui­
tectura no son tan fenomenales como las de aquel, en
principio, de acuerdo con la propuesta de Dworkin, yo
debería ser compensado por medio de transferencias
del Estado. Estas transferencias utilizarían el sistema

48 Con esto no se niega el hecho de que. para una persona que


tiene más habilidades natas, sea mucho más tácll desarrollar
un talento determinado. Además, st una persona Uenc más ha­
bilidades natas, siempre podrá desarrollarlas mejor que aquel
que no las tiene.
49 Este tipo de compensación se fundamenta en los mismos argu­
mentos explicados para Justificar las transferencias de recursos
para los discapacitados. La diferencia radica en que la disimili­
tud de talentos es una cuestión de grado.

82
de seguros ya analizado, y. por medio de esta fórmula,
la igualdad de recursos seria mantenida.
Sin embargo, esta posibilidad solo podría llevarse a
cabo en un plano ideal. Pensada en el mundo real,
sería, por decir lo menos, inocente. En efecto, si utili­
záramos este patrón como compensación, no hay
duda de que el mercado de seguros fallaría, pues ha­
bría que contar con que la mayoría de las personas no
poseen un nivel de aptitudes para desarrollar la arqui­
tectura tan brillantemente como Le Corbuisier. lo cual
implica que el riesgo de siniestro sería extremadamen­
te alto, con las consecuencias ya explicadas en el valor
de las primas. Además, si las primas fueran excesiva­
mente altas, la gente tendría que destinar una suma
tan grande para cubrirlas, que. tendrían que utilizar la
mayoría de los recursos de que disponen, convirtién­
dose finalmente en esclavos de esas primas.
Por otra parte, es poco probable que un asegura­
dor del mundo real (ni siquiera el Estado) estuviese
dispuesto a crear un seguro de tal índole, dada la
posibilidad tan inmensa de que la gente incurriera en
el siniestro de “no ser tan habilidosa como Le Corbui­
sier”. Asi. esta opción deberá ser rechazada por su
poco realismo.
Dworkin propone entonces una segunda opción al
problema de los seguros contra la falta de habilida­
des y talentos. Este modelo de seguros cuenta como
patrón para medir el riesgo a la población media; no
a las personas más destacadas en un determinado
arte u oficio. Con esta alternativa, logramos el efecto
requerido para obtener una eventual aplicación prác­
tica. Por un lado, disminuye el riesgo que se asegura­
rá. puesto que ya no serán tantas las personas que
estén en posibilidad de incurrir en el siniestro, a sa­
ber, poseer un talento inferior a los de la población
media. Por el otro, y como consecuencia directa de lo
anterior, se reducirá el valor de la prima. De este
modo, aumentan las probabilidades para la existen­
cia real de un sistema de seguros de este tipo.
Si bien lo anterior permite dar un paso muy gran-

83
de para la aplicación de la teoría, el sistema de los
seguros tal y como se ha diseñado hasta el momento
puede conducimos a serios problemas. El más im­
portante de todos es el de la despreocupación que un
seguro de esta índole podría generar entre quienes
están asegurados. El argumento es muy sencillo: no
debo preocuparme por trabajar, puesto que. si no lo
hago, contaré con los mismos recursos con los que
contaría si lo hiciera.
Ante esta encrucijada, el esquema de los seguros
planteado por Dworkin nos provee de dos herramien­
tas muy valiosas. La primera de ellas consiste en lo
que tradicionalmente se denomina en el mercado de
los seguros real como “deducible"50. Si yo debo correr
con una parte del valor del siniestro de no tener sufi­
cientes ingresos, mi interés en obtener suficientes in­
gresos aumentará. Por otra parte, como un mecanis­
mo adicional para hacerme acreedor a la indemniza­
ción por no tener ingresos suficientes, debo demos­
trar por qué no los estoy percibiendo5152*. Si no obtengo
probar que he dejado de percibir suficientes ingresos
por una causa que no sea imputable a mi Taita de
talentos, no me haré acreedor al seguro55.

50 El concepto del dcdudblc corresponde a la porción del valor del


siniestro que el asegurado está dispuesto a cubrir. Suponga­
mos. por ejemplo, que tomo un seguro contra robo de automó­
viles. por un valor de $100 con un dcdudble del 10 H. En caso
de siniestro, el asegurador solo me dará $90 puesto que yo he
asumido el valor de $10 como lo que estarla dispuesto a pagar
en caso de siniestro.
51 Esto es lo que en derecho se considera como correr con la carga
de la prueba.
52 Esta Inversión de la carga de la prueba resulta muy problemáti­
ca. pues a la persona que pretende hacerse acreedora al seguro
se le exigida probar una negación Indefinida ('no he podido
conseguir empleo*), lo que. de acuerdo a la teoría de la prueba
en derecho, es Imposible. Sin embargo, el problema se resuelve
si lo que se exige es probar que se han hecho Intentos, es decir,
que se ha sido diligente, que se ha tenido la intención de conse­
guir un empleo, pero que no ha sido posible. Lo que tendrían
que probar las personas seria su propia diligencia, lo que no es.
de ningún modo, una negación indefinida.

84
De este modo, se hace posible —a través de un
seguro como el reseñado— mantener la igualdad de
recursos después de la subasta. Queda, sin embargo,
un interrogante por resolver, y es el de cómo se pon­
dría en funcionamiento un seguro de este tipo; en
especial, en lo que hace a la recolección de las pri­
mas y a la cuantía de las mismas.

S e g u r o d e d e se m p l e o e im pu e st o a la renta
Como hemos dicho, es necesario encontrar una ma­
nera adecuada para poner en funcionamiento el sis­
tema del seguro de desempleo. Para estos efectos,
dado el carácter universal que tiene este Upo de se­
guro, una solución apropiada es la de recaudar la
prima por medio de un impuesto a la renta. De este
modo, el Estado sería el recaudador de las primas del
seguro, y, por lo tanto, quien entregaría los subsidios
a quienes tuvieran menores ingresos al mínimo ase­
gurado.
Ahora bien; ¿deberá variar el monto del impuesto,
dependiendo del nivel de ingresos de las personas?
Una respuesta intuiUva sería la de considerar injusto
un impuesto gradual a la renta, por considerar que si
la cobertura del seguro es la misma para todas las
personas, las primas deberían ser las mismas para
todos. No obstante, el siguiente argumento demostra­
rá por qué es plausible la idea de un impuesto a la
renta graduado de acuerdo con el nivel de ingresos.
Para ello, debemos volver a nuestro ejemplo de la isla
desierta a la cual llegan los sobrevivientes del naufra­
gio, y suponer que, después de la subasta inicial, to­
dos deciden crear un seguro contra el desempleo.
Imaginemos, además, que las personas, si bien cono­
cen sus aptitudes, asi como el proyecto de vida que
desean desarrolla?, no tienen la posibilidad de saber
cuál ha de ser el nivel de ingreso correspondiente a la
vida que han elegido.
En estas condiciones, cuando se plantea la pro-

85
puesta del impuesto a la renta, se consideran las dos
posibilidades siguientes:
— Un impuesto a la renta exactamente igual para
todas las personas. Este impuesto tendrá que consi­
derar que no podrá gravar excesivamente a las perso­
nas de bajos ingresos, por lo que. su monto no podra
ser muy alto. Sin embargo, si d valor dd impuesto
no es muy alto se sobreentiende que el cubrimiento
del seguro de desempleo tampoco será suficiente
para permitir que las personas que estén subemplea­
das o desempleadas puedan, con la indemnización,
realizar sus proyectos de vida.
— Un impuesto gradual a la renta, el cual grava­
ría los ingresos de cada persona de acuerdo con su
monto. Así. la cantidad de recaudos por vía dd im­
puesto seria mayor y. como consecuencia de ello, el
cubrimiento del seguro de desempleo más amplio.
Por otro lado, esto permitirá que el impuesto no sea
excesivamente costoso para ninguna persona.
La dedsión por el impuesto gradual a la renta es.
para Dworkin. la más razonable, puesto que supera
de manera apropiada el problema del costo de la pri­
ma de desempleo.

86
LA LIBERTAD Y SU NEXO
CON LA IGUALDAD D E RE C U R SO S

En este acápite, entraremos al análisis del principio


político liberal de la libertad enfatizando en la forma
en la que se relaciona con el principio de la igualdad,
entendida como igualdad de recursos.
El problema fundamental al que nos enfrentare­
mos será el de cómo es posible que la libertad y la
igualdad sean entendidos como principios políticos
que se interrelacionan de manera tal que no sea
posible que existan conflictos entre ambos1. La ne-1

1 El conflicto entre el principio político de la libertad y el de la


Igualdad ha sido un tema recurrente en la Illosoíia política mo­
derna. Para algunos, los liberales clásicos (entre ellos Mili, Loc-
ke, Incluso Rousseau), el problema debe resolverse privilegiando
la libertad Individual, de manera que, en caso de conflicto, debe
ser la libertad del Individuo la que permanezca Incólume. Para
otros, básicamente los marxtstas y socialistas, en tanto la ver­
dadera libertad no puede existir con Independencia de medios
materiales, el prtndlpto que debe privilegiarse es d de la Igual­
dad. Entre los autores contemporáneos, se encuentran múlti­
ples posiciones intermedias. En Rawls, por ejemplo, las liberta­
des ocupan un lugar privilegiado, frente a los recursos materia-

87
cesidad de eliminar el conflicto se deriva del princi­
pio de igualdad en su forma abstracta: si el gobier­
no está llamado a tratar con igual consideración a
todos sus ciudadanos, ¿cómo podría justificar el li­
mitar las libertades de un grupo para llegar a situa­
ciones de mayor igualdad? ¿Cómo podría justificar
no lomar medidas para disminuir las desigualdades
con la intención de preservar las libertades de algu­
nos? Para Dworkin, no habría justificación alguna.
El principio de la igualdad en su forma abstracta
exige que tanto los recursos como las libertades
sean iguales2.
Ahora bien, para lograr esto, es necesario enten­
der los dos principios políticos, igualdad de recursos
y libertad —ya veremos el sentido preciso en el que
debe ser entendido este término— como principios
que se definen reciprocamente, por lo que sería im­
posible contrariar uno sin, al mismo tiempo, dañar
al otro. Se utilizará, entonces, lo que Dworkin llama
la estrategia constitutiva, aquella en la que un con­
cepto se construye a partir del otro, pero en su ver­
sión del puente, es decir, haciendo uso de un con-

Ics. sin embargo, el presupuesto para que entre a operar esta


'concepción especial' de la Justicia es la satisfacción de unas
mínimas necesidades básicas.
2 Es importante mencionar aquí la conexión que es posible es­
tablecer entre la libertad y el principio de Igualdad en su sen­
tido abstracto. Para Dworkin dicha conexión es producto de
una reflexión sobre el valor de la libertad. La conclusión a la
que llega es que la libertad no tiene un valor Independiente,
en el sentido de que no apreciamos la libertad como algo que
tenga un valor en si mismo, sino que tiene un valor instru­
mental. pues solo la consideramos como algo valioso porque
hace más valiosas las vidas que vivimos (véase Ronald Dwor­
kin. "What is Equallty? Part III: The Place of Liberty", op. cft.
pp. 8-9). Luego, si la libertad es importante porque hace las
vidas de los ciudadanos más valiosas, y el principio abstracto
de la igualdad sostiene que el gobierno debe preocuparse por­
que las vidas de sus ciudadanos sean mejores vidas, podemos
asimilar los dos conceptos reformulando el principio de la
Igualdad asi: el gobierno debe garantizar la libertad a los ciu­
dadanos.

88
cepto que sirve de puente entre los dos que tratan
de definirse.
El argumento de Dworkin en tomo al mencionado
tópico se desarrolla en tres partes. En la primera, se
analiza cómo actuaría la estrategia constitutiva en su
versión del puente en un mundo ideal-ideal, es decir,
en el mundo de la subasta. En la segunda, las con­
clusiones de la subasta se trasladan a un mundo
ideal-real, es decir, a un mundo en el que existen
desigualdades y dificultades técnicas, pero no existen
dificultades políticas para poner en práctica medidas
encaminadas a lograr situaciones en las que la desi­
gualdad sea menor. Finalmente, se aborda el mundo
real-real, es decir el mundo en el que se desenvuelve
nuestra vida cotidiana, donde, además de las desi­
gualdades y dificultades técnicas, tenemos que supe­
rar la falta de compromiso de los ciudadanos y de los
dirigentes políticos frente a las exigencias de la igual­
dad de recursos y de la libertad. En esta última eta­
pa. lo más importante será indicar cómo es posible
identificar las situaciones de desigualdad para tratar
de solucionarlas.
A continuación, presentaremos un desarrollo más
profundo de cada uno de los puntos reseñados en el
párrafo anterior. Haremos primero una breve exposi­
ción del principio liberal de la libertad, para hacer
explícita la interpretación que Dworkin hace de él, y
luego nos adentraremos en el problema de la relación
igualdad-libertad siguiendo el orden argumentativo
de Dworkin, es decir, pasando primero por el mundo
ideal-ideal, después por el mundo ideal-real y final­
mente por el mundo real-real.

La libertad c o m o liberta d negativa


Intuitivamente, entendemos que la libertad es la po­
sibilidad de hacer lo que queramos sin restricciones.
Sin embargo, como principio político. Dworkin consi­
dera que la libertad debe estudiarse en su sentido

89
normativo, para lo cual debe responderse a la pre­
gunta sobre de qué manera creemos que debemos
ser libres3.
Ahora bien, entendiendo la libertad en su sentido
normativo, es posible diferenciar lo que seria una li­
bertad negativa y una libertad positiva. Esta distin­
ción fue formulada por primera vez por Isaiah Berlín
en una conferencia dictada en la Universidad de Ox­
ford en 1958. En ella, Berlin afirmó que la libertad en
su sentido negativo debía entenderse como la posibi­
lidad de actuar sin interferencia de ningún otro hom­
bre o grupo de hombres4. La libertad en su sentido
positivo, por el contrario, sería la posibilidad de ac­
tuar según las propias determinaciones, es decir, la
posibilidad de autogobernarse5.
Dworkin retoma la definición clásica de la libertad
negativa de Berlin. pero la reformula a partir del con­
cepto de derecho. Para Dworkin. la libertad negativa
debe ser entendida como un conjunto de derechos a
tener ciertas libertades6. Entre estas libertades pue­
den incluirse la libertad de cultos, la libertad de con­
ciencia, la libertad de expresión y la libertad de elec­
ción en esferas que atañen lo más intimo de las per­
sonas como el empleo, la orientación sexual, la cons­
titución de la familia y el tratamiento médico7. El se­
ñalamiento de estas libertades correspondería a la
tradición política de la comunidad a la que se dirige
el discurso; en el caso de Dworkin se trata de la co­
munidad anglosajona.
Dworkin recoge la formulación de Berlin. en tanto
entendemos que al decir que alguien tiene derecho a
cierta libertad, lo que queremos decir de una manera

3 Ronald Dworkin. "What Is Equallty? Part III: The Place of U-


berty". op. d t. pp. 5-6.
4 Isaiah Berlin. "Two concepta of Liberty", op. d t
5 Jbid.
6 Ronald Dworldn. "What Is Equallty? Part III: The Place of U-
berty". pp. d t, p. 7.
7 Ibkt

90
más elaborada es que esa persona está protegida de
cualquier acto de coerción que imposibilite el verda­
dero ejercicio de la especifica libertad. Bn otras pala­
bras, si afirmamos, por ejemplo, que los ciudadanos
tienen derecho a la libertad de expresión, lo que deci­
mos implícitamente es que los ciudadanos pueden
expresarse sin amenaza de coacción89.
Dworkin recoge también la idea de Berlin sobre
“el núcleo esencial de la libertad”0, es decir, el míni­
mo de libertad al que tienen derecho todas las per­
sonas, mínimo que no puede ser alterado ni condi­
cionado a circunstancias especificas. Esto en tanto
que Dworkin define la libertad como el derecho a
tener ciertas libertades —no todas—. Como se ha­
bía señalado anteriormente, las libertades que de­
ben ser protegidas son aquellas que la tradición po­
lítica de la comunidad ha reconocido como dignas
de amparo.
Al estudiar las relaciones entre la igualdad de re­
cursos y la libertad, Dworkin aclara que se referirá
exclusivamente a la libertad negativa, no a la positi­
va. Teniendo claro el concepto de libertad negativa,
podemos adentramos ya al estudio de la relación
problemática entre libertad —en adelante debe en-

8 isaiah BcrUn, "IWo concepto of Liberty", op. ctt.


9 BcrUn no utiliza el término 'núcleo esencial", pero de su ex­
posición podría inferirse que se trata de definir la libertad en
estos términos. Berlín afirma, por ejemplo: 'Debemos preser­
var un área mínima de libertad personal si no queremos ‘d e­
gradamos o negar nuestra naturaleza. No podemos ser abso­
lutamente libres, por lo que debemos renunciar a parte de
nuestra libertad para salvaguardar el resto. Pero la entrega
total resultarla en una derrota. ¿Cuál debe ser el mínimo en­
tonces? Aquel al que el hombre no puede renunciar sin aten­
tar contra la esencia de su naturaleza humana. ¿Cuál es esta
esencia? ¿Cuáles son los parámetros que exige? Este ha sido,
y tal vez siempre será, un asunto de infinito debate. Pero
cualquiera que sea el principio en términos de cómo debe
delimitarse el área de no interferencia. I...1 la libertad en este
sentido significa libertad de: ausencia de Interferencia más
allá de la cambiante, pero siempre reconocible, frontera* (tra­
ducción de los autores). IbicL. pp. 126-127.

91
tenderse libertad negativa— e igualdad. Empezare­
mos con la explicación de la estrategia constitutiva y
su versión del puente.

La estra teg ia constitutiva y la v er sió n d el pu e n t e


La estrategia constitutiva, que es una de las formas
de conciliar la libertad y la igualdad101, propone que
para eliminar la posibilidad de conflicto entre los dos
principios, la idea de la libertad sea incluida dentro de
la construcción de la igualdad. Este tipo de estrategia
es característica de las teorías del ¡aissez-Jaire, según
las cuales, una distribución de recursos es igualitaria,
mirada históricamente, si se ha realizado dentro de
un marco de protección a las libertades individuales11.
A primera vista, resulta ser un argumento circular y
dogmático: para conciliar la libertad y la igualdad se
define la una en términos de la otra, es decir, que en
la noción de libertad se incluye necesariamente la no­
ción de Igualdad o viceversa. Miradas las cosas asi, es

10 La otra forma de lograr concillar los dos principios políticos es a


través de la estrategia de Intereses. Esta estrategia propone que
se realice primero una distribución ideal de los bienes de acuer­
do a los Intereses que las personas están dispuestas a proteger
y que luego se aseguren unos ciertos derechos, con el lin de que
los Intereses en los que se basó la distribución sean protegidos.
Esta estrategia sería característica de los utilitarismos y de las
teorías contractuallstas, entre ellas incluso la de Rawls. Dwor-
kln afirma que Rawls utiliza en parte la estrategia de intereses,
pues los participantes en la posición original escogerían la
Igualdad de derechos y libertades de acuerdo a unos -intereses
supremos*. Estos Intereses, según Rawls. se refieren al desplie­
gue de las capacidades de los individuos corno personas mora­
les. (El argumento de Rawls sobre los intereses supremos puede
encontrarse en John Rawls. "El constructivismo kantiano en la
teoría moral*, op. dt) Ronald Dworidn. *What is Equallty? Parí
III: The Place oí Liberty", op. di.. pp. 14-17.
11 Rawls utiliza también de manera pardal este tipo de estrategia,
al asignar a las partes en la posldón original, la libertad para
elegir. Será esta libertad la que hará posible que se acuerden los
principios de Justicia. IbicL. pp. 14-15.

92
claro que la posibilidad de conflicto no existe; ¿cómo
construir, entonces, un argumento que no resulte
dogmático y circular? Lo que Dworkin plantea es in­
troducir en la estrategia constitutiva un puente que
una los dos principios. El puente en este caso será
una estructura, un sistema de libertades y prohibicio­
nes, que será introducido en la construcción ideal de
la igualdad y que tendrá como función asegurar la
libertad. Así. si bien la libertad y la igualdad se cons­
truyen de manera recíproca, esto no se logra de una
manera automática, simplemente definiendo la una en
términos de la otra.
La idea del puente resulta, entonces, ser bastante
útil. Como habíamos dicho, se trata del sistema de
libertades y prohibiciones que establezca la mejor re­
lación posible entre la libertad y el principio de la
igualdad como igualdad de recursos.
Señalamos que debe tratarse del mejor sistema,
porque de todos modos tiene que haber un sistema
de libertades incorporado en el mecanismo de distri­
bución de recursos. Recordemos que la igualdad de
recursos se logra idealmente por medio de una su­
basta, en la que los individuos escogerán un conjun­
to de recursos adecuado a sus proyectos de vida. El
punto, que no habíamos mencionado antes, es que
para que la subasta tenga algún sentido, los partici­
pantes deben saber qué pueden hacer con los bienes
que han de adquirir y qué no pueden hacer con ellos,
pues, si no tienen certeza en este aspecto, el test de
la envidia nunca podrá ser aprobado. Es decir, los
participantes en la subasta deben conocer cuál es el
sistema base de libertades y restricciones, de otra
manera no pueden tener certera sobre los proyectos
de vida que están a su alcance. Si no existe certeza
sobre la viabilidad de los proyectos de vida, los costos
de oportunidad se verán distorsionados, y con ellos
la igualdad en la distribución.
Para entender mejor la idea expuesta, podemos
suponer que la subasta se realiza tojo el presupues­
to de que nadie tiene asegurado ningún derecho. Las

93
libertades serán asignadas una vez terminada la su*
basta. Supongamos ahora que alguien decide com­
prar mármol para dedicarse a la escultura religiosa,
que es lo que le gusta, lo que quiere hacer con su
vida, y al final de la subasta le anuncian que una vez
empiece la vida en comunidad estará prohibida la
realización de cualquier tipo de arte religioso. En este
caso, quien compró el mármol envidiará los recursos
que otro ha adquirido, pues sus recursos, finalmen­
te. han perdido todo valor.
En sintesis podemos afirmar que lo que Dworkin
plantea para armonizar los ideales políticos de la igual­
dad de recursos y la libertad es utilizar una estrategia
constitutiva en su versión del puente. Esto significa
que, para introducir el concepto de libertad en el de
igualdad, se va a hacer uso de un tercer concepto que
sirve de puente entre los anteriores. Este concepto
puente es un sistema de libertades y restricciones que
constituye la base de la subasta, sus reglas del juego,
podría decirse. El sistema al que nos referimos, sin
embargo, no podrá ser cualquiera; debe tratarse de
aquel sistema que logre que los resultados de la su­
basta satisfagan el principio igualitario abstracto.
Veamos ahora cómo se elabora el sistema base en el
mundo ideal-ideal, es decir, en el mundo de la subasta.

E l MUNDO IDEAL-IDEAL: LA SUBASTA


Llamamos mundo ideal-ideal al mundo en el que se­
ria posible llevar a cabo una subasta de todos los
recursos existentes. Como habíamos señalado con
anterioridad, para ilustrar esta situación, Dworkin
utiliza el ejemplo de unos náufragos que llegan a una
isla desierta en la que encuentran abundantes recur­
sos12. Estos náufragos estarían preocupados por rea-

12 Si bien Dworidn no lo menciona, seria pertinente agregar que


estos recursos deben ser. de todos modos, limitados, pues si no

94
fizar una distribución igualitaria de los recursos y
querrían mantener esta igualdad después de termi­
nar la distribución inicial. Ya hemos explicado cómo
podría lograrse la igualdad de recursos, ahora, trata­
remos de exponer cómo es posible conciliar la liber­
tad y la igualdad dentro del marco del mundo ideal.
E l sistema base de libertades y prohibiciones

Para conciliar la libertad y la igualdad en el mundo de


la subasta. Dworkin propone que se introduzca un
sistema base de libertades y prohibiciones que permi­
ta asegurar que los resultados de la subasta estarán
conformes con la idea que tenemos sobre la libertad
como un conjunto especifico de derechos a tener cier­
tas libertades. Como parámetros para definir este sis­
tema, se introducen los siguientes principios.
El principio de seguridad
El principio de seguridad sostiene que el sistema base
de prohibiciones y libertades debe incluir norméis que
reduzcan la libertad de las personas para proteger las
vidas de los asociados y les permitan mantener el
control sobre los recursos que han adquiridolo*13. Este
principio tiene un papel muy importante, pues la dis­
tribución de los recursos no tendría ningún sentido si
las personas no pudieran estar seguras de que van a
seguir vivas o de que los recursos que han adquirido
van a mantenerse bajo su control, mientras no deci-

lo fueran no seria posible pensar en subastarlos. AI hacer esta


aclaración podemos acercamos al concepto rawtslano de la es­
casez moderada de recursos, el cual se presenta, dentro de la
teoría de la Justicia, como una de las circunstancias objeti­
vas de la Justicia, es decir, la que hace necesario preguntar­
se por la Justicia. John Rawls. A Theory o f Justicc, op. cu.,
pp. 126-127.
13 Itonald Dworkin. "What Is Equallty? I'art III: The Place of Li­
berty', op. d t. p. 26.

95
dan efectuar transacciones respecto de ellos. El punto
aquí es que nadie compraría recursos si la posibilidad
de perderlos o de perder su vida fuera alta.
E l principio de abstracción

Este segundo principio ordena que los bienes sean


subastados en su forma más abstracta posible. Así.
en lugar de subastar un campo sembrado de trigo,
acero, muebles, debe subastarse un campo sin culti­
var. el hierro y la madera.
El principio se basa en la idea de que si la métrica
de la igualdad de recursos son los costos de oportu­
nidad, la subasta debe garantizar que estos sean ver­
daderos. es decir, que reflejen realmente el costo que
los proyectos de vida de cada uno de los participan­
tes en la subasta tienen para los otros14. Los costos
de oportunidad serán más auténticos si se garantiza
que las personas podrán ajustar mejor los recursos
que pueden adquirir a sus planes y proyectos. Y los
recursos pueden ajustarse mejor cuando existen más
opciones reales, es decir, cuando es posible adquirir
un recurso para destinarlo a los fines que más se
adecúan al proyecto de vida del comprador. Piénsese,
por ejemplo, en el caso de la madera. Si la madera se
subasta bajo la forma de muebles, ese recurso solo
puede ser adquirido por quien desee tener muebles
de madera, porque estos de alguna manera satisfa­
rían las exigencias de su proyecto de vida, guien de­
seara la madera para hacer esculturas o para cons­
truir una casa de campo, no tendría ninguna opción,
pues la madera, bajo la forma de muebles, simple­
mente no se acomoda a sus preferencias y ambicio­
nes. Si, por el contrario, se subastara la madera en
su forma original, sin haber sido transformada, quie­
nes quisieran hacer esculturas o construir una casa
con ella tendrían una opción adicional.

14 IbtlL. pp. 27-28.

96
Lo que debe resaltarse, entonces, es que el princi­
pio de abstracción defiende la libertad de elección y
la sitúa en el corazón de la igualdad. Esta libertad de
elección no podría ser limitada por razones distintas
a las exigencias del principio de seguridad o del prin­
cipio de corrección, al que nos adentraremos ense­
guida. Cualquier restricción basada en razones dife­
rentes sería rechazada, porque distorsionaría, de una
manera inadmisible, los costos de oportunidad de los
recursos. Con esto se da una base sólida al principio
liberal de la neutralidad, pues las restricciones basa­
das en razones de moralidad quedarían dentro del
grupo de las que deben ser excluidas.
E l principio de corrección

El principio de corrección pretende corregir las dis­


torsiones que podrían surgir en la subasta por el in­
flujo de extemalidades15 y costos organizacionales16
que puedan aparecer en la subasta, por lo que per-

15 Dentro de la teoría mlcrocconómlca, las extemalidades son


los costos o beneficios que se derivan de Tactores desconoci­
dos por los encargados de tomar las decisiones. Se afirma que
se trata de factores desconocidos, en tanto son imprevisibles.
Adicionalmente, estos factores serian de naturaleza involun­
taria. Como ejemplo puede formularse el siguiente: "Si haces
un contrato para que arrojen dos pulgadas de abono sobre tu
césped, no existe cxtcmalldad. porque voluntariamente incu­
rriste en un costo antes de recibir un bencllclo. Pero. si el
campesino Juan roefa dos pulgadas de abono en su campo y
la lluvia lo remueve hacia tu césped, ocurre una extemalidad
por tu parte, porque fue una transacción involuntaria. Si el
abono perjudica tu propiedad, incurres en un costo extemo.
Si mejora tu propiedad, probablemente sustituyendo el fertili­
zante que esperabas pagar, tú recibes un bencllclo extemo'.
Stevcn T. Cali y Wlltlam L. Mallahan, Mtcroeconomía, op. ctt,
p. 541. Dentro de nuestro contexto, entonces debemos enten­
der las extemalidades como aquellos factores Imprevistos que
pueden afectar los resultados que se habían predccido al Ini­
ciar la subasta.
16 Los costos organizacionales son los costos que se derivan de la
decisión de formar grupos para actuar colectivamente.

97
mite que la libertad de elección sea limitada para ob­
tener resultados más parecidos a los genuinos.
Propone que el subastador puede limitar la liber­
tad de elección de los participantes en la subasta
cuando esta medida permita que la distribución se
acerque más a la que se produciría bajo los supues­
tos de un conocimiento y predicción perfectos y cos­
tos organizacionales inexistentes.
Para entender mejor cómo funciona el principio de
corrección, podemos suponer que una de las partes
en la subasta —A— quiere adquirir un lote para sem­
brarlo con trigo en un sector destinado a ser residen­
cial. debido a los gustos y preferencias de las otras
personas que han comprado lotes en el sector. Si es­
tas personas fueran lo suficientemente numerosas y
bien organizadas, podrían presionar colectivamente
para adquirir el lote que falta para completar el sec­
tor. Sin embargo, los costos de organizarse de esta
manera serían tal vez tan altos que no podrían ser
asumidos por ellos. Adicionalmente, podría ser que el
subastador no conociera las intenciones de las partes
o que A los estuviera engañando a todos. También
podría ocurrir que A compre el lote para construir allí
una casa, pero finalizada la subasta decida venderlo
a alguien que quiere utilizar el lote para sembrar tri­
go. Pues bien, por el principio de corrección el subas­
tador podría limitar la libertad de elección de A si
dado el supuesto de que los costos organizacionales
fueran inexistentes, y que hubiera un conocimiento
perfecto de la situación de todos los participantes y
de los recursos, la respuesta a la que se llegaría sería
la de que los demás habitantes del sector comprarían
los lotes para construir en ellos casas de habitación.
El principio de corrección, entonces, permitiría ase­
gurar un resultado que de otra manera no se obten­
dría —ya que en la subasta si existen extemalidades
y costos organizacionales— a través de limitaciones
en la libertad de elección.
Este principio se basa en la idea de que en una
subasta en la que se tuviera conocimiento y predic-

98
ción perfectos y costos organizacionales inexistentes,
los costos de oportunidad de los recursos serian más
auténticos, en tanto serian el resultado de un proce­
dimiento que podríamos calificar de perfecto.
El principio de autenticidad

Este principio se basa en la idea de que para que los


costos de oportunidad sean verdaderos, los partici­
pantes en la subasta deben tener la posibilidad de
formar, con anterioridad a su realización, una perso­
nalidad auténtica1718.Y es que si la distribución de los
recursos se hace de acuerdo con el valor que las per­
sonas dan a esos recursos según sus gustos, prefe­
rencias y proyectos, lo menos que puede garantizarse
es la oportunidad de formar y revisar esos planes y
proyectos para obtener los recursos que en realidad
pueden satisfacer sus expectativas.
La autenticidad a la que nos referimos sería el
producto de la facultad de formarse una opinión y de
cambiarla16. Esta opinión puede referirse a asuntos
de conciencia, religión, trabajo, relaciones interperso-
nales o gustos y preferencias. La facultad se vería
asegurada a través de los derechos a la libertad de
cultos, a la libertad de conciencia, a la libertad de ex­
presión, a la libertad de asociación —incluyendo la li­
bertad para asociarse de manera personal e intima—.

17 Este principio exigiría, entonces, que la subasta, como ejercicio


hipotético que es. solo pueda desarrollarse cuando las portes
hayan decidido no explotar más sus posibilidades de formación.
Esto podría parecer absurdo. En realidad, cómo definir el mo­
mento a partir del cual se considera que ya la personalidad
adquirida es auténtica. Sin embargo, por eso se enfatiza en el
hecho de que nos encontramos en el mundo Ideal-Ideal y en
que la subasta es un ejercicio hipotético. Ronald Dworkin.
"Whal Is Equality? Parí 111: The Mace of Liberty”, op. cit. pp.
35-36.
18 Esta descripción de Dworkin recuerda bastante el concepto
rawlslano del ‘sentido moral” y su protección como un interés
supremo de la persona moral.

99
a la educación —entendida como la posibilidad de
acceso al conocimiento de las variadas expresiones
culturales y sociales— y a la libertad de guardar si­
lencio en caso de ser interrogado.
Un problema que podría aparecer en torno a este
principio es el de cómo puede enfrentarse el cambio
que se produzca en el proyecto de vida de una perso­
na después de haberse realizado la subasta inicial,
pues esto implicaría que los recursos que obtuvo en
ella no reflejan sus aspiraciones actuales. La res­
puesta debemos buscarla en la explicación ofrecida
para el carácter diacrónico del test de la envidia y la
formulación sobre la necesidad de que este se siga
aplicando a lo largo de la historia de la comunidad
—recuérdese que Dworkin rechaza enfáticamente el
que su teoría plantee simplemente una “puerta de
salida”—. De esta manera, el cambio en el proyecto
de vida de una persona no puede ser indiferente a la
igualdad de recursos, sin que esto implique que deba
realizarse una nueva subasta, pues de todos modos,
el error que cometió al formular que ya había forma­
do una personalidad auténtica y asi haber dado lu­
gar a la realización de la subasta debe tener algún
costo. Se trata aquí de asumir un riesgo: el de haber­
se equivocado éticamente10.19

19 Dworkin se rcilcrc de manera extensa a la necesidad de que los


Individuos asuman sus errores "¿Íleos" en Ética privada e Iguali­
tarismo político top. cft.). Aunque aquí no se muestra la totalidad
de la discusión al respecto, si puede vislumbrarse una critica a
esta posición en el sentido de que cuando se tiene ‘derecho" a
algo, se supone que no hay lugar a sanción cuando se actúa
dentro de la órbita que él protege. En este caso, se formula que
las personas tienen "derecho" a formar y revisar su proyecto de
vida, pero se le hace "pagar" el precio de haberse equivocado. El
problema es que de no aceptarse esta solución, la subasta no
podría realizarse, o tendría que repetirse cada vez que uno de
los participantes ejerciera su derecho a revisar su proyecto de
vida.

100
E l principio de independencia

El principio de independencia propone que la subas­


ta sea corregida para eliminar las consecuencias en
la distribución de recursos derivadas de los prejui­
cios que sirven de base para discriminar a los grupos
minoritarios30. Entre estos prejuicios podemos seña­
lar los que tienen que ver con asuntos raciales, de
género y de orientación sexual.
La corrección debe realizarse de dos formas. En
primera instancia, se revisa el principio de corrección
para asegurar que no se imponga ninguna limitación
a la libertad de elección que esté encaminada a que
se produzca un resultado que se obtendría eliminan­
do las extemalidades y los costos organizacionales si.
en esta distribución más perfecta, las personas pre­
sionaran basadas en sus prejuicios. Si, por ejemplo,
el principio de corrección sugiriera que se introduje­
ran medidas para permitir que un grupo de personas
blancas adquirieran todas las casas en un sector de
la ciudad, porque dicha distribución se alcanzaría en
una subasta sin extemalidades ni costos de organi­
zación. el principio de independencia le prohibiría al
subastador introducir la medida si tal actuación de
los blancos estuviera expresamente dirigida a excluir
a los de otras razas de ese sector de la ciudad.
En segunda instancia, verifica que el principio de
abstracción incluya prohibiciones dirigidas a proteger
a quienes son victimas de los prejuicios que redun­
dan en desventajas en la distribución. Es decir, veri­
fica que el sistema base de libertades y prohibiciones
sea neutro en el sentido de impedir que las decisio­
nes de la subasta se basen en prejuicios o favorezcan
a una moralidad más que a otra.
Las razones para incluir este principio son simila­
res a las que nos llevaron anteriormente a establecer20

20 Itonald Dworkin, "What ls Equallty? Part III: The Place of Li­


berty'. op. cIL. p. 35.

101
que las personas con menos talentos o con algún tipo
de minusvalía debían recibir recursos adicionales. En
un sentido estructural, sería posible asimilar estos
casos al de los discriminados, porque todos se mani­
fiestan como desventajas en la cantidad y calidad de
recursos que pueden obtener las personas.
Desde el punto de vista práctico, la introducción
de este principio conlleva la posibilidad de que se rea­
licen discriminaciones positivas —en inglés reverse
discriminatíon—21.

EL MUNDO 1DEAUREAL: SITUACIONES IGUALITARIAS


DEFENDIBLES
En esta segunda etapa de análisis, entraremos a es­
tudiar cómo es posible utilizar los conceptos que he­
mos desarrollado de manera ideal, para reformar la
realidad. En este punto, sin embargo, no se tendrán
en cuenta las dificultades políticas que podrían exis­
tir en la labor de llevar a cabo las medidas considera­
das adecuadas. Para esto, se hará uso de términos
contables, que permitirán establecer el tipo de medi­
das que deben adoptarse. A continuación, explicare­
mos lo que debe entenderse por cada uno de estos
términos.

21 El tema de la discriminación positiva habla sido planteado


por Dworkin con anterioridad en Tciktng Rtgltís Sertousty (Cam­
bridge, Harvard Unlvcrslty Press. 1977. pp. 223-239). Alli habia
formulado que la discriminación positiva se diferencia de la dis­
criminación común, que podríamos llamar también discrimina­
ción negativa, en que ella se puede Justificar, de manera Ideal o
siguiendo argumentos utilitaristas. La discriminación negativa,
por el contrario, solo podría fundarse en argumentos utilitaris­
tas. fácilmente desechablcs. En el texto, sin embargo, no apa­
recen las razones por las que la discriminación positiva pue­
de Justificarse idealmente, que es precisamente lo que logra el
autor al plantear el principio de independencia como uno de los
que debe regir la configuración del sistema base de libertades y
prohibiciones.

102
Déficit de igualdad
El déficit de igualdad se define, de manera genérica,
a través de dos términos: déficit de recursos y déficit
de libertad.
Déficit de recursos

El déficit de recursos es la diferencia que existe entre


los recursos que una persona tiene actualmente y los
que tendría si se hubiera realizado una subasta jus­
ta. El segundo parámetro puede parecer absurdo,
¿cómo podríamos saber cuánto tendría una persona
si se hubiera llevado a cabo la subasta? No podemos
saberlo. Sin embargo, si podemos afirmar que la su­
basta no podría tener como resultado las grandes di­
ferencias económicas que existen actualmente, de
manera que a través de comparaciones entre las per­
sonas podríamos llegar a conclusiones sobre los défi­
cit de recursos. «Así, seria posible afirmar que una
persona indigente tiene en su contra un déficit de
recursos que sería mayor al de una persona pobre
pero no indigente. Una persona de la clase media
alta, dentro de la configuración actual de nuestra so­
ciedad, no tendría déficit de recursos, por el contra­
rio. tendría un superávit de recursos.
Ahora bien, para llevar a cabo las comparaciones
a las que nos referimos, tendrían que tenerse en
cuenta las circunstancias especificas de- escasez de
recursos de la sociedad a la que se refiere el análisis
y la manera en la que están distribuidos estos recur­
sos a su interior®.2

22 En Colombio, por «jemplo. podría Incluso afirmarse que la dase


media actual sube de un déficit de recursos, aunque claro, este
seria mucho menor que el que sufren los millones de Colombia-
nos indigentes. Este déficit podría establecerse teniendo en
cuenta las inmensas fortunas que se encuentran concentradas
en unas pocas manos.

103
Déficit de libertad
Una persona tiene un déficit de libertad cuando, más
allá de las consideraciones sobre los recursos, las li­
bertades de las que goza son inferiores a las que ten­
dría si en su comunidad se hubiera adoptado un sis­
tema de libertades y prohibiciones como el que he­
mos descrito anteriormente. Dentro de este rubro,
deben incluirse solamente las desventajas que no
son susceptibles de ser medidas en términos finan­
cieros, pues estas últimas estarían comprendidas
dentro del déficit de recursos23.
¿Cómo es posible, entonces, medir el déficit de
libertad? Nuevamente a través de comparaciones.
Estas comparaciones pueden ser de dos tipos: entre
dos personas que sufren distintas prohibiciones y
entre dos personas que están sujetas a la misma
prohibición. En el primer caso nos enfrentamos a la
siguiente situación: a una persona se le prohíbe pin­
tar sus uñas de color rojo y a la otra se le prohíbe
asistir a clases en la universidad. Parece saltar a la
vista que el déficit de libertad de la segunda persona
es mucho mayor que el de la primera, su vida se
verá afectada de un modo mucho más grave, sus
23 Para distinguir estos dos conceptos claramente. Dworkin utiliza
los siguientes ejemplos: “Imaginé, con anterioridad, un sistema
base en el que se prohibiera dividir la tierra en lotes de menor
tamaño al de un estadio de fútbol. Algunas personas, como dije,
tendrían menos recursos en virtud de esa prohibición de los
que tendrían sin ella y su déficit de recursos debe evidenciar
esa diferencia. Pero considérese otra prohibición que he imagi­
nado: a nadie se le permite hacer esculturas satíricas. No pode­
mos medir el grado en que esta prohibición hace que una per­
sona esté peor en términos financieros: si ponemos a un lado la
posibilidad de los sobornos políticos, ninguna sum a es suficien­
te para comprar, en el mercado, el derecho legal para hacer lo
que la ley prohíbe. Sin embargo, alguien que quiere hacer es­
culturas satíricas tiene recursos menos valiosos para él que los
que le ha prometido la Igualdad de recursos y ese hecho debe
reflejarse en cualquier conteo adecuado de su déficit de Igual­
dad total’ (traducción de los autores). Ronald Dworkin. "What Is
Equalily? Part III: The Place of U berty. op. ctt.. p. 40.

104
posibilidades serán reducidas, su proyecto de vida
se verá truncado.
El segundo caso sería, por ejemplo, el de dos per­
sonas a quienes se les prohíbe escribir artículos para
revistas de opinión política. El déficit de libertad es
aquí inconmensurable, en tanto no es posible esta­
blecer, en términos de la igualdad de recursos, cuál
es el valor del déficit que estas personas sufren. No
sería relevante en este caso el que una persona qui­
siera dedicar su vida a la critica política y la otra no.
pues esta consideración implica distinciones en el
plano del bienestar y no en el de la igualdad de re­
cursos*. En efecto, si una persona quiere dedicar su
vida a la critica política, seguramente será más infeliz
que la otra que no quiere dedicar su vida a dicha
actividad. Sin embargo, las dos se verán igualmente
limitadas en cuanto a la posibilidad de elegir un pro­
yecto de vida. A las dos se les prohíbe la critica políti­
ca a través de la escritura: las dos tienen una posibi­
lidad menos para elegir.
Debe resaltarse, finalmente, que la medida del dé­
ficit de libertad se hace de una manera comparativa,
lo que implica que no es posible establecerlo de una
manera simplemente deductiva. No se podría, por
ejemplo, medir el déficit de libertad que se deduciría
de la prohibición a una persona de no pintarse las
uñas de rojo, sin referencia a otra prohibición o si­
tuación de libertad. Eslo porque el déficit se estable­
ce respecto de una situación de igualdad y la igual­
dad es un término relacional.
Medidas de mejora
Entramos ahora a uno de los puntos más interesan­
tes de la teoría: cómo trasladar al mundo real los
supuestos teóricos que hemos desarrollado. Para
esto, plantearemos cuáles son las medidas que per-24

24 IbtoL. p. 41.

105
mitirían mejorar la situación de desigualdad en la
que vivimos actualmente.
Lo primero que debe aclararse es que estas medi­
das no pueden estar encaminadas a disminuir el dé­
ficit total de igualdad existente en una comunidad
—que se obtendría sumando los recursos de la co­
munidad y comparándolos con la cantidad deseada,
ideal—, pues esto implicaría la utilización de los re­
cursos de manera que estos fueran maximizados, sin
consideración de los distintos déficit de igualdad que
sufren las personas. Este tipo de medidas, que serían
las propuestas por los utilitaristas igual!tarístas. im­
plicarían, por ejemplo, que se tomaran algunos re­
cursos de pocas personas pertenecientes a la clase
más pobre y se distribuyeran para disminuir el défi­
cit de igualdad de más personas, que se encuentran
en una clase menos pobre. De esta manera, se dismi­
nuiría el déficit general de la sociedad, lo que satisfa­
ría los postulados utilitaristas, pero se contrariaría el
ideal de la igualdad de recursos.
Las medidas que pueden tomarse son aquellas
que disminuyen el déficit de igualdad de unas perso­
nas, sin aumentar el de nadie más. Entendiendo,
como lo hemos entendido, que el déficit de igualdad
comprende el déficit de recursos y el de libertad. A
estas medidas se les conoce como medidas dominan­
temente de mejora.
Un ejemplo que Dworldn propone para ilustrar este
tema es el de la introducción de un impuesto a la ren­
ta progresivo que serviría para financiar un programa
de ayuda a los desempleados. Con este impuesto, no
se aumentaría el déficit de libertad de nadie, no se
impondrían nuevas prohibiciones, pero sí se disminui­
ría el déficit de recursos de un sector de la población.
Con esta medida no se aumentaría el déficit de recur­
sos de nadie, pues, quienes tendrían que pagarlo, los
ricos, no tienen déficit de recursos y el pago del im­
puesto no haría que un déficit se produjera.
Otros tipos de medidas también serían suscepti­
bles de aplicación, pero tendrían que ser sometidas a

106
exámenes cuidadosos, para verificar que realmente
estén encaminadas a mejorar la situación de quienes
tienen déficit de recursos35.
Finalmente, vale la pena agregar que ninguna me­
dida podría introducir nuevas restricciones a la liber­
tad. pues ello implicaría, en todos los casos, un au­
mento en el déficit de libertad y, por lo tanto, un
aumento del déficit de igualdad.
Situaciones igualitarias defendibles

Dworkin llama situaciones igualitarias defendibles a


aquellas situaciones que no pueden ser mejoradas,
en términos de igualdad, a través de medidas técni­
camente posibles. Estas situaciones no serian iguales
al ideal de la igualdad de recursos que hemos plan­
teado, pero representarían lo mejor que podría hacer­
se, dadas las limitaciones técnicas que sufrimos, si
estuviéramos absolutamente comprometidos con la
justicia.
Ahora bien, a estas situaciones igualitarias defen­
dibles no sería posible llegar de un modo inmediato,
por medidas instantáneas, sería necesario, por el
contrarío, construir esquemas que se desarrollarían
en el tiempo y se ajustarían cada vez a las nuevas
circunstancias, gustos, ambiciones, de los individuos
de la comunidad.
¿Cuál de los esquemas posibles debe elegirse en­
tonces? ¿Cuál situación igualitaria defendible debe
servir de guía a nuestros esfuerzos? La respuesta de
Dworkin es simple: el parámetro para establecer un
orden entre las situaciones igualitarias defendibles
23 Dworkin pone el siguiente ejemplo: ‘si un programa no Incluye
nuevos déficit de libertad y mejora, en lo que hace a sus recur­
sos. la posición del grupo con el mayor déficit de recursos, sim­
plemente ra ja ra ja igualdad aun si otros, menos Importantes,
déficit de recursos se Incrementan, pero tal vez. sirio si la pérdi­
da en el déficit de Igualdad que su fié alguien no es más grande
que la mayor ganancia en déficit de un miembro de la clase más
desfavorecida' (traducción de los autores). IbUL. pp. 42-43.

107
que podemos imaginar es el de la factibilidad, enten­
diendo esta como "la probabilidad de que nuestra co­
munidad, si se hubiera convertido a la igualdad de
recursos, alcanzara dicha distribución”36. Las últimas
en la lista serian aquellas situaciones en las que estu­
vieran incluidas restricciones a la libertad que serian
inadmisibles en el mundo ideal-ideal, v.g. las que es­
tarían excluidas por el principio de abstracción.
Habiendo definido las situaciones igualitarias de­
fendibles, podemos adentramos al mundo real-real,
el mundo en que vivimos.

E l MUNDO REAL-REAL: LOS LÍMITES DE LA LIBERTAD


Como señalamos antes, el mundo real-real es el
mundo en el que nuestra vida se desenvuelve. Se
caracteriza porque presenta situaciones de grandes
desigualdades, porque sus posibilidades técnicas es­
tán limitadas y porque los ciudadanos y dirigentes
políticos no están absolutamente comprometidos con
la idea de la justicia. Se distingue, pues, del mundo
ideal-real solamente por la falta de compromiso.
En esta etapa de análisis el objetivo será fijar los
parámetros que nos servirán para revisar los proyec­
tos que emprendemos para alcanzar situaciones
igualitarias defendibles. Para esto, lo primero que de­
bemos hacer es redefinir el déficit de libertad. Unas
páginas atrás habíamos dicho que el déficit de liber­
tad era la diferencia entre la libertad que los indivi­
duos disfrutan y la que tendrían en el mundo ideal
de la subasta. Ahora, entenderemos por déficit de li­
bertad la diferencia entre la libertad que los indivi­
duos disfrutan actualmente y la que tendrían en una
situación igualitaria defendible x que hemos elegido
como parámetro de acuerdo con sus posibilidades de
materializarse. Con este concepto, podemos formular26

26 Ibid, p. 44 (traducción de ios autores).

108
ya el principio de victimización que utilizaremos para
evaluar las medidas adoptadas en lo que se refiere a
la libertad.
Principio de victimización

El principio de victimización. que es un principio me­


ramente formal27, plantea que una persona es victi-
mizada cuando el valor de su libertad28 es menor que
el que tendría en una distribución defendible, propia
del mundo ideal-real, y que nadie es victimizado
cuando el valor de la libertad de los ciudadanos en el
mundo real-real es igual al que tendrían bajo una
distribución defendible.
Por otra parte, el principio de victimización puede
asumirse bajo dos ópticas. La primera de ellas, más
radical, exige que el principio compare el valor de la
libertad de alguien frente a la mayor libertad que po­
dría tener en cualquier posible situación igualitaria
defendible. En este caso, no importaría qué tan poco

27 Podemos hablar de la formalidad de este principio, en la medida


en que solo adquiere sentido cuando se ha elegido una distribu­
ción defendible como base para realizar las comparaciones.
28 Aunque Dworkln no hace directamente ninguna aclaración en
tomo a lo que entiende por ‘el valor de la libertad*, pensamos
que este concepto es utilizado aqui de la misma forma en que
Rawls lo hace en su Teoría de ¡ajusticia. Rawls explica que la
libertad y el valor de la libertad se distinguen de la siguiente
manera: la libertad es representada por el sistema comple­
to de las libertades que deben disfrutar todos los ciudadanos
por Igual, mientras que el valor de la libertad, para personas y
grupos, es proporcional a su capacidad para hacer efectivos sus
objetivos dentro del marco que el sistema define. La libertad es
la misma para todos: el problema de tener que compensar a
alguien por tener menos libertad que la que tienen los demás
no aparece. Pero el valor de la libertad no es el mismo para
todos. Algunos tienen más autoridad y riqueza que otros y. por
lo tanto, mayores medios para alcanzar sus fines* (traducción
de los autores). Jshn Rawls, A Theonj o/Justtce, op. a t. p. 204.
Como puede verse, la diferencia entre los conceptos de libertad
y valor de la libertad es fácilmente asimilable a la diferencia
entre la consagración formal de los derechos y su protección
material.

109
probable es la situación con respecto de la cual se
hace la comparación, lo definitivo es que sea la distri­
bución en la que se le da mayor valor a la libertad. La
segunda, mucho menos exigente, compara la posi­
ción actual de una persona con la que probablemen­
te tendría dentro de las distribuciones más factibles.
Dworkin se adhiere a este último punto de vista.
Con la presentación de este principio concluimos
la explicación de la propuesta dworkiniana en tomo
al lugar de la libertad dentro del esquema igualitaris-
ta liberal. En el siguiente acápite, entraremos a la
consideración de qué significado puede tener la
Igualdad política y cuál es la relación de este princi­
pio liberal con los que hemos trabajado hasta ahora.

110
LA IG U ALD AD LIB ERAL, L A FRATERN ID AD
Y L A D EM O C RAC IA

En los acápites anteriores, hemos explicado el conteni­


do que Dworldn da a los principios políticos de la
igualdad y la libertad y la relación que es posible esta­
blecer entre ellos. Afirmamos que Dworkin defiende
una concepción de la igualdad como igualdad de re­
cursos. la cual se garantizaría con la superación exito­
sa de un test de la envidia. Para lograr este ideal, la
distribución inicial de los recursos se haría a través de
una subasta walrasiana, y para mantener la igualdad
una vez entra en funcionamiento el mercado, se utili­
zarían hipotéticos mercados de seguros que servirían
para compensar las diferencias en capacidades físicas
y en talentos y habilidades. En lo que hace a la liber­
tad. dijimos que es posible conectar lo que entendemos
por libertad negativa, un conjunto de derechos a tener
ciertas libertades, y la idea de la igualdad de recursos,
usando lo que Dworldn llama la versión del puente de
la estrategia constitutiva. Esta versión de la estrategia
constitutiva, propone que para la realización de la su­
basta se establezca un sistema de libertades y prohibi-

111
dones que asegure que los costos de oportunidad, mé­
trica de la igualdad de recursos que se revela al elegir­
se como mecanismo de distribución de recursos la su­
basta. sean verdaderos. De esta manera, el ideal de la
libertad queda induido en el de la igualdad. Finalmen­
te. explicamos cómo es posible trasladar estas condu-
siones al mundo real, a la vida cotidiana, indicando el
tipo de medidas que tendrían que imponerse para lle­
gar a situaciones más igualitarias, habida cuenta de
las dificultades técnicas y políticas.
Ahora bien, como se habia señalado con anteriori­
dad, la exposición de Dworkin sobre los principios po­
líticos liberales tiene como fundamento último d prin­
cipio abstracto de la igualdad. Este principio se tradu­
ce en la exigencia de que d gobierno trate a todos sus
ciudadanos con la misma consideración. La pregunta
que falta por resolver será, entonces, ¿qué tipo de ins­
tituciones, qué forma de gobierno, satisface los reque­
rimientos del principio? La respuesta nos conducirá al
esdarecimiento dd significado que para Dworkin tiene
d clásico principio de la fraternidad o comunidad.
Para empezar, es preciso adarar que Dworkin
parte de dos presupuestos: la necesidad de la repre-
sentación y la democracia. El primer presupuesto, se
deriva de la idea de que las sociedades contemporá­
neas, por su tamaño y complejidad, requieren para
su funcionamiento de funcionarios que tomen las de­
cisiones en representación de los ciudadanos, pues
seria imposible gobernarlas si cada decisión tuviera
que ser tomada por toda la comunidad, a través dd
voto de cada uno de sus integrantes. Para el segundo
presupuesto, la democracia, la única justificadón
que se nos ofrece es que se trata de la forma de go­
bierno que mejor satisface el prindpio abstracto de la
igualdad1. Dworkin no ofrece ninguna justificación

1 Ronald Dworkin. "What ts Equality? Part IV: PoltUca] Equallty".


en: Unlucrsity o f San Ftanctsco baw Revteiv. Vol. 22. No. 1
(1987). p. 2.

112
adicional, simplemente da por sentado que existe un
acuerdo en tomo a los beneficios de la democracia y
su carácter igualitario.
La pregunta que habíamos formulado antes como
eje del acápite, se reduce asi a cuál tipo de democra­
cia. que incluya un esquema de representación, es el
que mejor se ajusta al principio igualitario abstracto.
La pregunta sigue teniendo sentido porque siendo la
democracia un término vago, ambiguo, poroso, es
susceptible de diversas interpretaciones.
En general, se entiende por democracia una forma
de gobierno en la que las decisiones de mayor tras­
cendencia para la vida pública son tomadas por fun­
cionarios que han sido elegidos por los ciudadanos.
Sin embargo, este concepto es muy abstracto y no es
capaz de dar respuesta a los múltiples interrogantes
que surgen alrededor de la forma en que los diversos
grupos de interés deben ser representados, de cuánto
poder pueden tener estos representantes, de cuáles
funcionarios deben ser elegidos y cuáles pueden ser
nombrados simplemente, etc. Para resolver estas
cuestiones más concretas se plantean distintas inter­
pretaciones de la democracia, dependiendo de la la-
ceta que quiera resaltarse.
Dworkin expone dos maneras de clasificar las in­
terpretaciones posibles del concepto de democracia.
Por un lado, distingue lo que seria una concepción
dependiente de la democracia de lo que sería una
concepción independiente. Por el otro, separa la com­
prensión comunitaria de la democracia de la compren­
sión estadística de la misma. La primera clasificación
se hace teniendo en cuenta las consideraciones que
cada concepción hace de las consecuencias del pro­
ceso democrático, mientras que la segunda se hace
teniendo como parámetro el papel de cada individuo
dentro del proceso democrático.

113
La c o n c e p c ió n d e p e n d i e n t e y l a c o n c e p c ió n
INDEPENDIENTE

Dworkln entenderá que una concepción de democra­


cia es dependiente cuando el juicio sobre la forma
democrática que se escoge tiene en cuenta los resul­
tados sustantivos del proceso, es decir, se escoge una
organización para el proceso democrático y no otra
porque se cree que la que se escogió satisface mejor
el principio de la igualdad en su forma abstracta.
Esto se traduce en que la democracia se estructurará
alrededor de una prueba consecuencialista: ¿cómo
debe ser el proceso que lleve a las decisiones más
igualitarias?
Una concepción independiente, por el contrario,
no se preocupará por los resultados sino por la ma­
nera en que se lleva a cabo el proceso mismo. Así. su
preocupación será solamente porque dentro del pro­
ceso democrático se haya distribuido igualitariamen­
te el poder político, asumiendo, entonces, que los re­
sultados a los que se llegue serán los mejores, sim­
plemente porque han sido concertados en un proceso
igualitario. La manera de probar la democracia, en
este caso, se referirá no a los resultados sino a los
elementos que entran enjuego en el proceso.
Como puede verse, la diferencia entre estas dos
concepciones está en que para una, la dependiente,
las consecuencias del proceso democrático son la
guía para su formulación concreta, en tanto que para
la otra, la independiente, las consecuencias son irre­
levantes, en este caso lo importante será que el poder
político se haya distribuido igualitariamente.
Pero, ¿qué consecuencias son las que tiene en
cuenta la concepción dependiente?; ¿qué métrica uti­
liza la concepción independiente para garantizar la
igualdad en el proceso político?
Para la concepción dependiente, el proceso político
democrático debe atender a dos tipos de consecuen­
cias: las distributivas y las participativas. Las conse­
cuencias distributivas se refieren a la manera en que

114
las decisiones afectan la distribución de los recursos.
Las participativas son las que se derivan de las parti­
cularidades y la distribución de la actividad política
misma. Estas últimas pueden ser de tres clases: sim­
bólicas. de agenciamiento y comunitarias.
Las consecuencias simbólicas, de carácter mera­
mente declarativo, se refieren al efecto que tiene para
los individuos la posibilidad de participar en el proce­
so político. En efecto, el solo hecho de ser parte de
las decisiones de la comunidad, implica que se es
parte de esa comunidad, y la exclusión injustificada
del proceso político será entendida como la exclusión
de la comunidad2.
Las consecuencias de agenciamiento se refieren a
las posibilidades que abre el proceso político a los in­
dividuos para actuar en la esfera pública como agen­
tes morales, es decir, como individuos con conviccio­
nes, preferencias y gustos propios, poseedores de su
propio proyecto de vida y capaces de reformularlo.
Finalmente, las consecuencias comunitarias son
aquellas que evidencian el compromiso del individuo
con la comunidad, compromiso que implica que el in­
dividuo al actuar en la vida pública se siente parte de
una colectividad y actúa como parte de ella, sintién­
dose responsable por las decisiones que esta asume.
Por otra parte, la métrica que utiliza la concepción
independiente, en lo que se refiere a la manera en
que debe medirse la igualdad dentro del proceso poli-
tico democrático, es la del poder político. Este poder
político deberá entenderse en dos dimensiones y asu­
miendo dos formas distintas. Asi, esta concepción
sostendrá que el poder político se mueve tanto verti­

2 Dworkin señala que este tipo de mecanismos ha sido extensa­


mente utilizado por el derecho penal, pues en muchos casos, la
pena principal vaacom pañada de la supresión de los derechos
políticos, específicamente del derecho al voto y a la posibilidad
de ser elegido para desempeñar un cargo público. Asi se asegu­
ra que el delincuente no solo es excluido físicamente de la socle-
dad sino también de manera simbólica. Ibid., p. 4.

115
cal como horizontalmente y podrá tomar la forma de
poder de impacto o poder de influencia.
El poder político se mira en su aspecto horizontal
cuando lo analizado son las condiciones de todos los
ciudadanos en cuanto tales, es decir, sin ninguna
investidura pública, y en su aspecto vertical, cuando
se estudia la situación de un ciudadano frente a uno
de sus representantes.
Por otro lado, el poder político será poder de im­
pacto cuando la diferencia que marca un individuo
en cuanto a la probabilidad de que se tome una deci­
sión no depende de sus conexiones, su poder de con­
vencimiento, su carisma. su preparación o sus ma­
niobras sucias, sino de sus propias posibilidades. El
poder político será de influencia, cuando se mira la
diferencia que puede marcar un individuo por sus
posibilidades de guiar a otros hacia la decisión3.

3 Dworkln afirma que de una manera más técnica la diferencia


entre el Impacto y la influencia puede explicarse de la siguiente
forma: "Suponga que usted sabe todo lo que es posible saber
sobre la estructura política de una comunidad en particular.
Incluyendo los derechos al voto de todos los ciudadanos, las
estructuras de representación y el poder constitucional de cada
funcionarlo. Pero usted no sabe nada de los poderes no consti­
tucionales de carisma. reputación, asociación, habilidad, tram­
pa. soborno o cualquier otra ventaja que le da a una persona
posibilidades de Influenciar los actos políticos de otras. Usted
no sabe nada, en un comienzo, acerca de los puntos de vista o
las opiniones o la votación o las Intenciones de elección de na­
die. acerca de algún asunto que el proceso político deba decidir
pronto, como por ejemplo, si deben reducirse los impuestos. En
estas circunstancias, usted no le puede asignar a la comunidad
como un todo más que una probabilidad Igual de alcanzar cual­
quier decisión. Ahora usted conoce mi decisión Arme o mi deci­
sión de elegir usted descubre que yo voy a votar en contra de la
reducción de Impuestos, por ejemplo. ¿En cuánto debería usted
aumentar su estimado de la probabilidad de ese resultado? La
respuesta le da mi impacto político, respecto de esa decisión.
Podemos definir la Influencia política de una manera similar.
Ahora suponemos que usted sabe todo lo que se puede saber no
solo acerca de la estructura constitucional de los deberes y los
derechos, sino también acerca de los poderes de Influencia no
constitucionales que usted no conocía en el caso anterior. Una

116
Ahora bien, Dworkin rechaza esta concepción de
democracia (la independiente) porque le parece que
la igualdad de poder político no es un ideal político
en ninguna de sus dimensiones y formas. En lo que
se refiere a la igualdad de impacto en d nivel hori­
zontal. señala que sería un ideal poco exigente; en
una dictadura totalitaria, por ejemplo, todos los ciu­
dadanos tendrían el mismo poder de impacto: ningu­
no4. En d nivel vertical, por d contrario, la igualdad
de impacto seria imposible si aceptamos el presu­
puesto de la representación, pues este tipo de igual­
dad implicaría que las decisiones deben ser tomadas
por todos los ciudadanos. Por otro lado, la igualdad
de influencia en d plano vertical sería completamen­
te ilusoria5 y en d plano horizontal, anularía d libre
desarrollo de la personalidad, en el sentido de que
desestimularía mucho la posibilidad de optar por
una vida consagrada a la actividad política.
Es preciso detenemos un poco más en las objecio­
nes que se le hacen a la igualdad de influencia hori-

vez nías, usted, al Iniciar, no conoce ni las Intenciones de votar


ni las opiniones de nadie acerca de la reducción de impuestos,
por lo que no le puede asignar a una decisión de la comunidad
una mayor probabilidad que a la otra. Ahora, cuando usted se
entera de que yo estoy en contra de la reducción de impuestos y
que haré todo lo posible para asegurarme de que esa será la
decisión, el grado en el que usted aumenta la probabilidad de
que esa sea la decisión final, en virtud de esa información, de­
termina mi Influencia política en esc asunto* (traducción de los
autores). Ronald Dworkin. "What Is Equality? Part IV: Potltical
Equality*. op. dL. pp. 9-10.
4 IblcL. p. 8.
5 En realidad, Dworkin no profundiza mucho en este punto por
dos razones. En primer lugar, porque considera que es Impro­
bable que quienes son elegidos como representantes realmente
representen, valga la redundancia, todos los Intereses y solo los
Intereses de quienes los eligieron. En segundo lugar, porque
encuentra que constltudonalmente (en los Estados Unidos, cla­
ro) existen cláusulas que impedirían la realización de la igual­
dad de Influencia en el plano vertical. Señala como ejemplos de
ello el que no existe la revocatoria del mandato para los congre­
sistas y que los Jueces, en gran parte, no son de elección popu-
lary son asignados de manera vitalicia. JbtcL, pp. 12-13.

117
zontal como ideal político, pues, en principio, parece­
ría razonable. Esta intuición se basa en la convicción
más o menos generalizada de que es injusto que al­
gunos puedan tener más influencia en el proceso po­
lítico solo porque tienen más dinero o porque perte­
necen a un determinado sexo, grupo cultural o ra­
cial. Lo que Dworkin trata de evidenciar es que aquí
la injusticia no se deriva de la distribución misma del
poder político sino de factores externos, es decir, el
problema de fondo en esos casos es que los recursos
materiales están mal distribuidos o que las libertades
no están suficientemente garantizadas. En realidad,
en un mundo ideal igualitario, no habría razón algu­
na para oponerse a la posibilidad de que alguien tu­
viera más influencia porque ha decidido dedicar su
vida y gran parte de sus ingresos a la actividad políti­
ca. Es más. oponerse a esta posibilidad implicaría
distorsionar los verdaderos costos de oportunidad de
sus recursos y, por lo tanto, la igualdad de recursos.
¿Cómo puede concretarse, entonces, la concep­
ción dependiente de la democracia, que es la que
Dworldn escoge ante las debilidades de la concepción
independiente?
Para responder a esta pregunta, debemos tener
presente que la concepción dependiente pretende que
del proceso democrático se deriven tanto consecuen­
cias participativas —simbólicas, de agenciamiento y
comunitarias— como distributivas.

C o n s e c u e n c ia s p a r t ic ip a t iv a s

Consecuencias simbólicas

Como se dijo, todo proceso político debe contar, entre


las consecuencias que produce, algunas de carácter
simbólico, las cuales se refieren, en el marco especifi­
co de una democracia, al sentimiento que una perso­
na tenga de pertenecer a su comunidad política.

118
Una de las muestras más claras de las conse­
cuencias simbólicas podemos encontrarla cuando
analizamos lo relacionado con el derecho al voto. Es
de suma importancia para una democracia, el que el
individuo sienta que. con su voto, podrá obtener al­
gún grado real de representación en el ámbito insti­
tucional. Todas las personas han de sentir que tienen
el mismo grado de poder político para lograr que sus
expectativas se vean representadas dentro de las ins­
tancias estatales. Esto supondría, en principio, que el
voto de todos tuviese exactamente el mismo valor.
Sin embargo, solo podremos hablar de esta igualdad
en principio, puesto que dependerá de cada sociedad
el determinar cómo lograra que. en el nivel simbólico,
todos sus miembros sientan que tienen el mismo im­
pacto. Un ejemplo de una variante al principio de la
igualdad en los votos podría ser el caso colombiano,
donde las comunidades indígenas y negras tienen en
el Congreso asignada una cuota de participación ma­
yor en la representación, dado su número reducido,
que la que disfrutan el resto de los colombianos.
Consecuencias de emendamiento

Este Upo de consecuencias hacen referencia al grado


de integración que debe exisUr entre la vida moral de
un individuo y su acUvidad política. Las consecuen­
cias de agenciamiento se ven como el resultado de
lograr tender un puente entre estas dos facetas del
individuo. Asi, para lograr que este tipo de conse­
cuencia tenga lugar, se requiere, fundamentalmente,
de dos elementos básicos. Por un lado, y apoyándo­
nos en lo explicado cuando hablamos de los derechos
que deben protegerse en la igualdad liberal, encon­
tramos que es indispensable que el derecho a la libre
expresión sea decididamente garantizado. Sin este,
no seria posible pensar en hablar de un puente entre
la experiencia moral de un individuo y su participa­
ción en la política. Alguien que no puede exponer sus
convicciones políticas libremente, difícilmente sentirá

119
que lo que exprese se desprenda de manera directa
de su condición de sujeto moral.
Por el otro, y con la misma importancia que la
libertad de expresión, encontramos lo que Dworkin
denomina “el poder de actuar”6. Este poder de actuar
hace referencia a la posibilidad que debe otorgarse a
los individuos de llegar a tener una influencia políti­
ca, si su opción de vida es la del mundo político78. Es
decir, los medios de participación política deben ser
lo suficientemente amplios como para que cualquier
persona que desee acceder a ellos pueda hacerlo. Asi
mismo, los medios de difusión de la propaganda poli-
tica y de la opinión, deben ser de fácil acceso para
todos los sectores.
Consecuencias distributivas

Debemos tener en cuenta que una democracia como


modelo político no puede subsistir si no encuentra
como base un modelo económico. Hemos adoptado
previamente el mercado como el modelo económico
apto para sustentar la igualdad liberal.
Podemos afirmar que las principales decisiones en
tomo a la distribución de los recursos surgen como
consecuencia de decisiones políticas. Por esta razón,
debemos preocupamos por la distribución de los re­
cursos dentro del marco de una democracia. Y uno
de los puntos más importantes que debemos tener
en cuenta es el de cómo maximizar el rendimiento de
estas decisiones en tomo a la distribución de recur­
sos*. Para esto, es necesario tener un criterio de dis-

6 En inglés, leverage.
7 No podemos llegar a pensar que el permitir la influencia como
forma de poder político tenga que ver en algo con la igualdad de
influencia. Lo que una sociedad debe garantizar es que quien
desee optar por la política como forma de vida, tenga la posibili­
dad. fruto de su trabajo, de adquirir una determinada influencia.
8 Aunque parezca extraflo que aparezca un argumento utilitarista
como este dentro de la idea de Dworkin. consideramos que es
acertado, pues, si bien se razona exclusivamente en tomo a la

120
tinción entre las decisiones que atañen exclusiva­
mente a la distribución de los recursos, políticas, y
las que tienen relación con cuestiones de principio, es
decir, no susceptibles de manejarse en términos de
medio a fin, bajo una relación de costo-beneficio0.
Para lograr este objetivo. Dworkin propone la si­
guiente diferenciación. Por un lado, debemos consi­
derar que existen decisiones que son susceptibles de
elección, en las cuales los ciudadanos pueden partici­
par libremente, y de su opinión depende el sentido de
la decisión10. Por el otro, consideraremos que existen
decisiones insensibles a la elección. En este tipo de
decisiones no deberemos ya utilizar razonamientos
utilitaristas, de costo beneficio, sino la argumenta­
ción deontológica hasta ahora utilizada en lo que res­
pecta a derechos y libertades".

maximización de los beneficios económicos, este razonamiento


Ucnc como meta el mejorar la Igualdad de recursos y. en todo
caso, nunca podrá Ir en contra de los principios básicos de la
Igualdad liberal.
9 La diferencia básica que Dworkin plantea entre los argumentos
de principio y los de potinca es que mientras los primeros están
dirigidos a establecer un derecho individual, los segundos se fun­
damentan en objetivos colectivos o metas sociales. Desde su
perspectiva, estos dos últimos pueden distinguirse asi: “Un dere­
cho político es un objetivo político Individualizado. Un Individuo
tiene derecho a una oportunidad, un recurso o una libertad si
cuenta a favor de una decisión política el que esta probablemente
haga posible o proteja el estado de cosas en el que ¿I disfruta del
derecho, aun si ningún otro ob|ctlvo político es beneficiado y al­
guno es perjudicado, y cuentan contra la decisión el que vaya a
retardar o poner en peligro esc estado de cosas, aunque algún
objetivo político sea favorecido. Un objetivo es una meta política
no Individualizada, esto es. un estado de cosas cuya especifica­
ción no Implica ninguna oportunidad, recurso o libertad particu­
lar para individuos particulares* (traducción de los autores). Ro-
nald Dworkin. Taktng Rtghts Sertously. op. d t, p. 91.
10 Un ejemplo de una decisión de este tipo surge cuando se nos
plantea la opción de construir una escuela nueva en Bogotá o
una carretera lntcrniunidpal en el Amazonas. Lo que debemos
hacer es decidir cuál de las dos obras es más útil para la comu­
nidad. En la toma de la decisión, los ciudadanos pueden parti­
cipar libremente.
11 Un ejemplo de decisión insensible a la elección es la disertmina-

121
Con base en esta distinción, podremos perfeccio­
nar las medidas distributivas, realizando cálculos de
costo-beneficio, teniendo, eso sí. muy presente que la
decisión no sea insensible a la elección. Entonces, la
igualdad en la distribución de los recursos podrá ga­
rantizarse mediante la igualdad de impacto político
en el plano horizontal, con lo cual, bajo este aspecto,
queda justificado nuestro modelo dependiente.
Sin embargo, ¿cómo han de tomarse las medidas
concernientes a cuestiones insensibles a la elección?;
¿podríamos pensar en la igualdad de impacto para
tomar decisiones de esta índole?
Dworkin rechaza abiertamente la posibilidad de
que estas decisiones sean tomadas por una mayoría
que utiliza un razonamiento de tipo utilitarista. De
este modo, no podemos pensar que la igualdad de
impacto pueda tener espacio en este punto, lo cual
reduce su campo de aplicación.
La decisión sobre si una cuestión es susceptible
de elección o no. corresponde a los jueces constitu­
cionales, que son los encargados de decidir las cues­
tiones de principio. Su decisión al respecto corres­
ponde a la categoría de las cuestiones insensibles a
la elección12.
La democracia, en el sentido de que todos poda­
mos tomar todas las decisiones, no es un ideal sen­
sato. Debe estar restringida a cuestiones susceptibles
de elección, puesto que, de lo contrario, caeríamos en
abierta incoherencia frente a lo expuesto sobre la li­
bertad en una sociedad liberal.
Con esto, hemos estructurado una concepción de
democracia dependiente, pero restringida, la cual se
complementa con el aspecto económico y de liberta­
des que ha de tener una sociedad liberal.

dón racial. No podemos pensar en decidir rclmplantar el racis­


mo con base en encuestas sobre a lo que la gente le parezca lo
mejor.
12 Ronald Dworidn, "What Is Equallty? Part IV: PollUcal Equality",
op. d t. pp. 29-30.

122
D emocracia comunitaria y democracia estadística
Para Dworkin, también es posible distinguir dos con­
cepciones de democracia según la forma en la que se
asume la acción colectiva. La democracia será una
democracia comunitaria si se asume que la unidad de
acción sobre la que recaen las responsabilidades es la
comunidad. Es decir, si se entiende que públicamente
quien actúa es la colectividad como un todo. Por el
contrario, la democracia será estadística si la unidad
de acción es el individuo y, por lo tanto, la acción
colectiva se explica como la suma de las actuaciones
de las personas individualmente consideradas13.
El planteamiento más razonable de la democracia
estadística14 tendría que corresponder a un plantea­
miento de la democracia como igualdad de poder po­
lítico. en la cual lo relevante es cómo está distribuido
el poder político dentro del proceso, y no los resulta­
dos. Se afirma que los resultados no serian impor­
tantes dentro de la democracia estadística porque,
como se había dicho al definirla, este tipo de demo­
cracia consideraría como unidad de acción al indivi­
duo. y no a la colectividad, lo que en últimas implica
que lo que importa es determinar las condiciones in­
ternas del proceso y no las consecuencias de las de­
cisiones que se adoptan. Esto evidencia claramente
que una democracia estadística se asimilaría a una
concepción independiente de la democracia, que ya
se había señalado como inconveniente.
¿Cómo podríamos, entonces, materializar una de­

is Ronald Dworidn. "Equallty. Democracy and ConsUtuUon: Wc


thc People ln Couit*. en: Alberta Law Review. Vol. 28. No. 2
(1990). p. 239.
14 Seria incoherente, por ejemplo, una versión de la democracia
estadística en la que se Justificara de manera absoluta el poder
de la mayoría diciendo que la mayoría siempre está en lo co­
rrecto. pues si bien esto es aceptable en el caso de la decisión
de asuntos sensibles a las preferencias, no lo seria en loe que
son insensibles a las preferencias, como es el caso de los dere­
chos y la libertades fundamentales. Jbfd.. p. 331.

123
mocrada comunitaria, que es la opción que nos que­
da frente a las dos planteadas? La primera distinción
que debe hacerse se refiere a la acción colectiva co­
munitaria monolítica e integrada. Para esto, debe dife­
renciarse la unidad de responsabilidad de la acción y
la unidad deJuicio. La unidad de responsabilidad de la
acción es aquella que asume las consecuencias de la
misma. Por el contrario, la unidad de juicio es la que
retiene la posibilidad de definir la bondad o maldad de
la acción, es decir, quien puede establecer la corres­
pondencia de la acción con unos parámetros morales.
En la acción colectiva monolítica, la unidad de
responsabilidad seria la misma unidad de juicio y co­
rrespondería a la comunidad. En la acción integrada,
si bien la unidad de responsabilidad es la comuni­
dad. la unidad de juicio es el individuo.
La importancia de plantear esta diferenciación radi­
ca en la necesidad de enfrentar las críticas y los temo­
res de quienes al escuchar un planteamiento que inclu­
ye la consideración de la comunidad, concluyen que
esto implica definitivamente, y necesariamente, una ne­
gación del principio liberal de la neutralidad*, lo que
sería contradictorio con el principio igualitario abstracto
y con varias de las conclusiones a las que se ha llegado
en lo relativo a la igualdad de recursos y la libertad.
Al evidenciarse que la forma democrática comunita­
ria puede asumir el principio de la integración, sin lle­
gar a configurar una comunidad monolítica, se desvir­
túa este temor. La democracia comunitaria encamina­
da a la creación de una comunidad integrada manten­
dría intacta la aspiración de la neutralidad, en la medi­
da en que, por un lado, permite que los individuas con­
serven la unidad de juicio, la posibilidad de formularse
sus propios proyectos de buen vivir, y, por el otro, ex­
cluye de la esfera de la comunidad las actuaciones que
no podrían entenderse como colectivas18. Una actuá­

is IbicL. p. 330.
16 Ronald Dworkln, "Liberal Community", op. d t. pp. 492 y ss.

124
ción será considerada colectiva cuando, en primer lu­
gar, socialmente se considere que el acto ha sido reali­
zado por la comunidad como un todo, y no por sus
miembros de manera individual, y, en segundo lugar,
cuando las actuaciones individuales se realicen concer­
tada y conscientemente como parte de una actuación
colectiva, de manera que no se trate de actuaciones
aisladas que coinciden casualmente17. En este sentido,
no podría entenderse, por ejemplo, que la comunidad
tiene una "vida sexual" y por lo tanto puede determinar
la prohibición de relaciones sexuales de algún tipo18.
Ahora bien, la concreción de una democracia co­
munitaria encaminada a la configuración de una co­
munidad integrada implicaría la concreción de tres
principios: el principio de participación, ei de relevan­
cia y el de independencia19.
El principio de participación propondría que cada

17 IbkL. p.495.
18 En este punto es Importante señalar la aclaración de Dworkln
en cuanto a que podría darse el caso de que una comunidad
Incluyera dentro de las acciones colectivas las que se refieren a
la sexualidad. Las comunidades occidentales contemporáneas,
sin embargo, no están estructuradas de manera que esta con­
clusión pueda ser válida, ibid.. p. 498.
19 Estos principios que Dworkln formula para la concreción de su
proyecto de democracia comunitaria, pueden ser completados con
las consideraciones que hoce en Lotus Emplee respecto a la comu­
nidad Integrada como aquella en la que se generan cierto Upo de
obligaciones asodaUvas. En este texto, se expllcitarán como con­
diciones de una comunidad integrada, en primer lugar, que las
obligaciones de grupo sean consideradas especiales, es decir, dis­
tintas de las que los miembros del grupo tienen respecto de perso­
nas que no pertenecen a ¿I. En segundo lugar, se exige que las
responsabilidades de grupo sean aceptadas como personales, esto
es, como existentes respecto de cada uno de los miembros de la
comunidad. En tercer lugar, los miembros deben aceptar que sus
responsabilidades especificas derivan de una más general relaUva
a la consideración que deben tener por el bienestar de los otros
miembros del grupo. Finalmente, se señala que esta consideración
debe ser una consideración igual, lo que incluiría en el análisis de
la fraternidad el principio Igualitario abstracto y con él lo que en
los capítulos anteriores hemos dicho respecto de la Igualdad de
recursos y la libertad. Ronakl Dworkln, law 's Empbe. op. clt.

125
uno de los miembros de la comunidad debe tener la
posibilidad de influir en las decisiones de la comuni­
dad, sin que esta participación pueda estar limitada
a presunciones sobre su habilidad o su valor para la
comunidad. Con este principio, se convalidarían las
opciones por el sufragio universal y el derecho de to­
dos los ciudadanos a ser elegidos para ocupar cargos
públicos. También se justificaría la defensa de las li­
bertades políticas clásicas, como la libertad de expre­
sión y de asociación, pues nadie puede influir en las
decisiones si no tiene la posibilidad de expresar libre­
mente sus opiniones20.
Cabe aclarar que este principio no debe confundir­
se con el ideal de la igualdad de influencia, lo que se
propone aquí es que todos los ciudadanos sean objeto
de igual respeto, que todos tengan las mismas oportu­
nidades de influir y ser escuchados, no que efectiva­
mente todos deban tener la misma influencia o que
nadie deba tener la posibilidad de influir a otros.
El principio de relevancia, por su parte, establece
que las decisiones de la comunidad deben reflejar
una igual consideración por todos los miembros de la
comunidad, lo que implica que las decisiones deben
ser coherentes con los ideales de la igualdad de re­
cursos y de la libertad. Se basa, en la convicción de
que para sentirse miembro de una colectividad, el in­
dividuo debe percibir que su vida es tan importante
para el éxito de la comunidad, como la vida de cual­
quier otro. Por eso cuando la comunidad toma una
decisión que. por ejemplo, aumenta el déficit de
igualdad de un individuo viola el principio de rele­
vancia. ya que al decidir asi le indica a los individuos
desfavorecidos que son menos importantes para la
comunidad que otros que han resultado favorecidos.
Finalmente, el principio de independencia postula
que los individuos al interior de la comunidad deben

20 Ronald Dworidn. "Equallty, Dcmocracy and ConsUtuUon: We


(he Pcoplc in Couit*. op. ctL, p. 338.

126
tener la posibilidad de formarse de manera reflexiva e
individual sus propias convicciones en materia políti­
ca, moral y ética. Lo que se pretende excluir son las
maniobras oscuras, o algunas veces directas, por las
que la comunidad impone a los individuos puntos de
vista particulares. También se pretende hacer clara
la diferencia con una comunidad monolítica, en la
que la comunidad retiene el poder de juicio y por lo
tanto impone a los individuos ciertas convicciones.
De este principio se derivaría una justificación adicio­
nal para la protección de las libertades políticas y
para el ideal liberal de la tolerancia.
A manera de conclusión, podemos afirmar, enton­
ces, que para Dworkin, el principio liberal clásico de
la fraternidad debe concretarse en una concepción de
la democracia dependiente y comunitaria. Lo que re­
sulta interesante es que es posible construir una sola
concepción de democracia que reúna los dos concep­
tos o, más bien, identificar que aunque los dos con­
ceptos se presenten como diferentes. Analmente se di­
rigen hacia lo mismo: proponer una forma de demo­
cracia en la que los individuos sean reconocidos como
iguales, con lo cual se respeta el principio igualitario
abstracto, sin perder su posibilidad de ser “diferen­
tes’, posibilidad que está garantizada por el principio
político de la libertad, que influye directamente en la
manera en la que deben distribuirse los recursos.
Con esto, además, Dworkin se separa de las con­
cepciones clásicas del liberalismo que sitúan al indi­
viduo como único centro de atención, reforzando el
papel de la comunidad como agente en la esfera pú­
blica y como espacio en el que el individuo puede
también lograr una realización de sus potencias mo­
rales. Esto no signiflca, sin embargo, la aceptación de
las concepciones comunilaristas extremas que tan
criticadas han sido por su tendencia a concretarse en
posiciones totalitaristas, impositivas, excluyentes31.

21 Victoria Camps. Paradojas dei (ndliMduallsrno, op. ciL

127
CONCLUSIONES

Los principales aportes de Dworkin a la filosofía mo­


ral y política contemporánea están directamente rela­
cionados con la renovación de la tradición liberal. Es
asi como la propuesta política que defiende Ronald
Dworkin es una reinterpretación de los principios
clásicos del liberalismo. Este replanteamiento de la
igualdad, la libertad y la fraternidad es guiado a par­
tir de lo que el autor llama el principio igualitario
abstracto, es decir, el principio según el cual el Esta­
do debe tratar con igual consideración a todos sus
ciudadanos.
El postulado anotado permite a Dworkin hilvanar
los tres principios liberales, haciendo que cada uno
de ellos no pueda ser entendido a cabalidad sin el
concurso de los otros. De esta forma, la igualdad, la
libertad y la fraternidad son asumidos como elemen­
tos que entrecruzados configuran la totalidad de la
visión liberal defendida y, por tanto, implementan la
anotada relación Estado-ciudadano en el terreno do­
minado por cada uno de ellos.
Es así como, en primera instancia, la igualdad li­
beral es entendida por Dworkin como igualdad de re-

129
cursos. Este principio político se materializaría en el
mundo ideal mediante la distribución de los bienes a
través de la subasta walrasiana y una vez se supere
el test de la envidia, es decir, una vez se verifique que
ningún individuo desea el paquete total de recursos
que posee otro miembro de la comunidad. El indice
que permitiría reconocer la satisfacción de los indivi­
duos con los recursos adquiridos en la subasta es el
de los costos de oportunidad.
Una vez que el mercado entra en funcionamiento
y, por tanto, se pasa de la perfección del mundo ideal
a la imperfección del real. Dworkin propone la imple-
mentación de un sistema de seguros para mantener
o recuperar la Igualdad de recursos frente a las desi­
gualdades causadas por las diferencias de los hom­
bres en cuanto a capacidades físicas, talentos y habi­
lidades.
En segunda instancia, el principio liberal de la li­
bertad es entendido como un conjunto de derechos a
tener ciertas libertades. Este concepto de libertad en
sentido negativo se relaciona intimamente con el
principio de igualdad de recursos a través de la ver­
sión del puente de la estrategia constitutiva. Esta es­
trategia plantea la necesidad de un esquema de pro­
hibiciones y libertades que asegure que los costos de
oportunidad, que se develan durante el desarrollo de
la subasta, sean verdaderos, es decir, que no estén
condicionados por circunstancias distintas a la vo­
luntad de los individuos y a las exigencias de la teo­
ría de la justicia defendida.
El sistema de libertades y prohibiciones, que pre­
tende posibilitar la igualdad de recursos, tiene como
guias para su implementación los principios de segu­
ridad, abstracción, corrección, autenticidad e inde­
pendencia. Además, estos instrumentos, junto a las
llamadas medidas de mejora, servirían como herra­
mientas para disminuir los inmensos déficit de igual­
dad que se padecen en el mundo real.
En tercera instancia, el principio liberal de la fra­
ternidad es reinterpretado a partir de las nociones de

130
representación y democracia. De esta forma, si el
principio igualitario abstracto exige que los dos pos­
tulados liberales antes mencionados sean replantea­
dos de manera que garanticen la igualdad de recur­
sos y de libertades: en relación con la fraternidad,
exige la creación de un sistema de instituciones polí­
ticas que garanticen el trato igualitario del Estado
frente a sus ciudadanos y, que a su vez. se convier­
tan en instrumentos que posibiliten la consecución
de situaciones igualitarias defendibles. Asi. Dworkin
argumenta a favor de una noción de democracia de­
pendiente y comunitaria. Este sistema de representa­
ción tiene en cuenta los resultados sustantivos del
proceso democrático, esto es, tiene como objetivo
construir un procedimiento de toma de decisiones y
unas instituciones políticas que reconozcan a lodos
los individuos como iguales, sin que por esto se les
niegue la posibilidad que sean diferentes. Este equili­
brio entre la igualdad y la diferencia se garantiza a
través del principio polilico de la libertad, que. como
se dijo, es necesario para materializar la igualdad de
recursos.
Los aportes de Dworkin a la reflexión filosófica no
se reducen a la reinterpretación de los principios po­
líticos liberales. Además, este autor plantea la necesi­
dad de que estos postulados se fundamenten en una
ética liberal, de manera que se salven los problemas
generados por la estrategia discontinua escogida tra­
dicionalmente por el liberalismo para conseguir la
neutralidad del Estado y, por tanto, garantizar el tra­
to igualitario a todos los ciudadanos. Lo atractivo de
la propuesta de Dworkin es que, a pesar de que su
planlemiento defiende la continuidad entre ética y
política, no anula la diferencia entre la órbita privada
y la órbita pública, haciendo posible que los ciudada­
nos puedan exigir que el Estado actúe neutralmente
frente a las conductas o situaciones que no afectan a
la comunidad como un todo.
De esta forma, el liberalismo igualitario de Dwor­
kin defiende en el plano de la promoción una pro-

131
puesta política y moral que se encuentra en un pun­
to intermedio entre la tradición liberal y la comunita-
rlsta. Aunque en su proyecto teórico se explícita una
cierta inclinación hacia el individualismo en el reco­
nocimiento de una serie de derechos y libertades que
no pueden ser coartados por las exigencias comuni­
tarias. Dworkin admite un cierto colectivismo cuando
admite que los individuos y sus proyectos de vida no
pueden considerarse moralmente buenos si no tie­
nen en cuenta la situación de su comunidad y cuan­
do deilende que los principios políticos deben estar
fundados en una perspectiva ética determinada.
El eclecticismo de Dworkin también se evidencia
en el plano ontológico. Si bien cree que el individuo
es anterior a la comunidad y es un ser libre, igual y
racional, de igual manera acepta la importancia de la
comunidad en la estructuración de la identidad de
los sujetos, en el continuo proceso de autorreconoci-
miento y afirmación de las personas y en la construc­
ción de proyectos comunes a partir de los sentimien­
tos de pertenencia que genera.

132
LA COMUNIDAD LIBERAL

Ronald Dworkin
INTRO D U CCIÓ N

El tema de este simposio es un viejo problema; el


determinar si una ética convencional puede o no ser
impuesta por medio de la ley penal1. En este ensayo
abordaremos este problema a la luz de la reciente
decisión de la Corte Suprema de Justicia de los Esta­
dos Unidos en el caso Bowers vs. Hardwick* decisión
que declaró constitucional una ley del estado de
Georgia, en la cual se tipificaba la sodomía como un
delito. En este ensayo consideraré el papel que de­
sempeña el concepto de comunidad en las discusio­
nes acerca de la imposición de la ética. De manera
generalizada se cree que el liberalismo, como teoría12

1 A lo largo de este ensayo, diferenciaré la ética de la moral. En la


forma como la uso. la palabra ética Incluye convicciones sobre
qué tipos de vida son buenos o malos para una persona, y la
moral Incluye principios sobre cómo debería una persona tratar
a otra. De esta manera, la pregunta que me ocupa es st una
comunidad poliupa deberla o no utilizar su ley penal para obli­
gar a sus miembros a llevar lo que la mayoría considera una
buena vida, y no st se debería utilizar la ley para obligarlos a
comportarse de manera justa frente a los demás.
2 478 U.S. 186 (1986).

135
política, rechaza, o al menos desestima, el valor o la
importancia de la comunidad. Se piensa también que
la tolerancia liberal —que insiste en que la utilización
del poder coercitivo del Estado para imponer la ho­
mogeneidad ética es un error gubernamental— debi­
lita paulatinamente a la comunidad. En este ensayo
intentaré poner a prueba estas suposiciones.
Para atacar la tolerancia liberal se han utilizado
variados argumentos basados en diferentes concep­
tos de comunidad. Voy a trabajar cuatro de ellos. El
primero, proviene de la teoría democrática que asocia
la comunidad con la mayoría. En Bowers, el juez
White sugirió que la comunidad tiene derecho a utili­
zar la ley para apoyar su visión ética de la decencia3.
Esto quiere decir que la mayoría, por el simple hecho
de ser mayoría, tiene derecho a imponer sus puntos
de vista éticos. El segundo argumento es el del pater-
nalismo que sostiene que en una comunidad política
genuina cada ciudadano es responsable del bienestar
de sus congéneres y, por lo tanto, debe utilizar el
poder político para reformar a quienes con sus prac­
ticas defectuosas pueden arruinar su vida. El tercer
argumento, denominado de interés individual, conde­
na el atomismo por ser una perspectiva que sostiene
la autosuficiencia del individuo y subraya las mu­
chas formas —materiales, intelectuales y éticas— en
que las personas necesitan de la comunidad. Según
esta perspectiva, la tolerancia liberal debilita paulati­
namente la capacidad de la comunidad para satisfa­
cer las necesidades mencionadas. El cuarto argu­
mento. que llamaré de integración, sostiene que la
tolerancia liberal depende de una distinción ilegitima
entre las vidas de los individuos de una comunidad y
la vida de la comunidad como un todo. Desde esta
perspectiva, el valor ó bondad de la vida de cualquier
ciudadano es tan solo el reflejo y función del valor de
la vida de la comunidad dentro de la cual vive. De

3 IbkL. pp. 192-196.

136
esta manera, para que sus vidas sean exitosas, los
ciudadanos deben votar y trabajar para asegurar que
sus conciudadanos lleven vidas decentes.
Estos argumentos muestran cómo cada vez se uti­
liza en forma más substancial y menos restringida el
término comunidad. El primer argumento, que esta­
blece que la mayoría democrática tiene derecho a de­
finir los patrones éticos de todos, usa el término co­
munidad como abreviatura para denominar una
agrupación política particular y numéricamente defi­
nible. El segundo argumento, que defiende el pater-
nalismo. da mayor substancia al concepto: define la
comunidad no solo como grupo político, sino como
las dimensiones de una responsabilidad compartida
y definida. El tercer argumento, que establece que las
personas necesitan de la comunidad, reconoce a esta
última como una entidad por derecho propio, como
fuente de una amplia variedad de influencias y bene­
ficios. no reduciblc a las contribuciones de miembros
particulares independientes. El cuarto argumento,
que trata de la identificación, personifica aún más la
comunidad y describe el sentido en el cual una co­
munidad política no solo es independiente, sino tam­
bién anterior a los ciudadanos individuales. En este
articulo, me concentraré en este último argumento;
no lo he discutido nunca antes y encuentro que su
idea originaria (que las personas deberían identificar
sus intereses propios con aquellos de la comunidad
política a la cual pertenecen) es verdadera y valiosa.
Comprendida adecuadamente, esta idea no genera
argumentos en contra de la tolerancia liberal, ni pro­
vee ningún apoyo a la decisión en Bowers. Por el
contrario, creo que el liberalismo ofrece la mejor in­
terpretación de este concepto de comunidad y la teo­
ría liberal hace el mejor recuento de su importancia.

137
CO M U NID AD Y D EM O C RACIA

Algunos liberales han creído que la tolerancia liberal


se puede justificar totalmente por medio del principio
del daño que plantea John Stuart Mili. Según este, el
Estado solo puede restringir la libertad de sus ciuda­
danos para prevenir el daño que puedan causar a
otros. Nunca lo podrá hacer para prevenir el daño a
si mismo1. En su libro Law, Liberty and Morality12.
Hart plantea que este principio niega cualquier legis­
lación que considere criminales los actos homose­
xuales. Sin embargo, el argumento de Hart solo es
sostenible si limitamos el concepto de daño a los per­
juicios causados a la persona o a la propiedad. Cada
comunidad tiene un entorno ético que influye sobre
los tipos de vida que pueden llevar sus miembros.
Una comunidad que tolera la homosexualidad, y en
la cual esta tiene una presencia fuerte, muestra un
entorno ético muy diferente al de la comunidad que

1 John Stuart Mili. On Liberty. Nueva York. Pcnguln Books. 1982.


pp. 68-69.
2 H.L.A Hart. Law, Liberty and Morality, Stanford, Stanford Unl-
verslty Press, 1963.

139
prohíbe las practicas homosexuales y en la cual las
personas se sienten vulneradas por esa diferencia.
Para esas personas, en esas comunidades, es mucho
más difícil, por ejemplo, educar a sus hijos a partir
de los instintos y valores que aprueban.
El primer argumento en contra de la tolerancia
liberal afirma que los asuntos relacionados con el en­
torno ético de una determinada comunidad política
deberían definirse de acuerdo con la voluntad de la
mayoría. No solo se sostiene que cualquier decisión
que tomen los funcionarios ollciales elegidos por la
mayoría debe aceptarse como ley, sino además que
dichos funcionarios políticos deben tomar decisiones
que reflejen las preferencias de una mayoría, y no de
una minoría3. Se trata aqui de mayoritarismo subs­
tantivo, y no solamente procesal. La discusión no su­
pone que los puntos de vista morales de cualquier
minoría sean bajos o deplorables, sino que, cuando
las opiniones acerca del debido entorno ético de una
comunidad están divididas, es injusto permitir que la
minoría dicte su voluntad a la mayoría.
Esto supone, sin embargo, que las características
del entorno ético de cualquier comunidad deben ser
definidas en forma colectiva, prevaleciendo el punto
de vista del ganador, de manera que la mayoría, o
alguna minoría, si es vencedora, los defina de mane­
ra exclusiva. De ser verdadera esta suposición, el ar­
gumento sería totalmente sólido. Algunos asuntos
tienen que resolverse según el punto de vista del ga­
nador y. en estos casos, el punto de vista de un gru­

3 Podríamos presentar objeciones al mayoritarismo procesa), asi


como al substantivo, en el caso de la imposición moral: podría­
mos decir que tales asuntos deberían decidirse no por parte de
funcionarlos elegidos, sino por parte de una corte constitucional
como la Corte Suprema. En este trabajo, sin embargo, no me
estoy ocupando del asunto procesal. Véase mi "What Is Equa-
llty? Parí IV: Politlcal Equallty", en: UnlversUy o j San Francisco
Law Revtew. Vol. 22. No. 1 (1987): también mi “Dcmocracy.
Equallty and Constltution”. en: Alberto Law Revtew, Vol. 28.
No. 2 (1990).

140
po debe prevalecer enteramente, excluyendo cual­
quier otro. Esto se ve. por ejemplo, en la decisión
sobre si los Estados Unidos debería adoptar una ver­
sión particular del Stmtegic Defense Initíatiue, SDI.
Sin embargo, la democracia no exige que todas las
decisiones políticas se ajusten a lo definido por el ga­
nador. Por el contrario, en un aspecto crucial como lo
es el del entorno económico, la justicia requiere lo
exactamente opuesto.
El entorno económico en el que vivimos —la distri­
bución de la propiedad y las preferencias que crean
la oferta, la demanda y los precios— nos afecta de
manera mucho más evidente que el entorno ético. Me
vulnera el hecho de poseer menos propiedades de las
que podría, y el que los otros tengan gustos diferen­
tes a los que yo quisiera que tuvieran. El entorno
económico bien puede frustrar mis esfuerzos por
educar a mis hijos en los valores que quiero transmi­
tirles. como por ejemplo, cuando no puedo educarlos
para que tengan las habilidades y la experiencia para
coleccionar obras maestras del Renacimiento. Sin
embargo, aun si una mayoría de ciudadanos quisiera
dedicar los recursos económicos a sí misma, no sería
justo que asi lo hiciera. La justicia requiere que la
propiedad se distribuya de manera equitativa, permi­
tiendo a cada individuo su participación o influencia
sobre el entorno económico. Hay desacuerdo, desde
luego, en relación a aquello que constituiría una dis­
tribución equitativa, desacuerdo que se refleja en la
mayor parte de los debates políticos modernos4. Sin
embargo, mi argumento aquí no depende de ninguna

4 Desde mi punto de vista, tas distribuciones equitativas son


aquellas que Igualan, en lo posible, los recursos materiales que
posee cada persona y los costos de oportunidad para los demás.
Vitase mi "What is Equallty? Part II: Equallty of Resources*, en:
Phúosophy and •Public Affalrs. Vol. 10 (1981). p. 283. Restrinjo
la puesta a prueba de los costos de oportunidad a recursos
materiales (o Impersonales, como los he denominado algunas
veces) poique tal prueba no es apropiada para otros recursos
personales, como el talento y la salud.

141
concepción particular de la justicia distributiva ya
que cualquier teoría plausible rechazaría el principio
del control exclusivamente mayoritario.
Si observamos paralelamente el entorno ético, ten­
dremos que rechazar el argumento de que la teoría
democrática pone el control total de dicho entorno en
manos de una mayoría. Debemos insistir en el hecho
de que este espacio, como el económico, es el produc­
to de decisiones individuales tomadas por los miem­
bros de la comunidad. Desde luego, ninguno de estos
entornos debe quedar sujeto a elecciones individua­
les no reguladas. Necesitamos leyes que protejan, por
ejemplo, el entorno económico del robo y la monopo­
lización. además de reglamentaciones por zonas que
respondan a factores extemos al mercado. Estas le­
yes ayudan a asegurar, en la medida de lo posible,
que el entorno económico tome la forma que hubiera
tenido si los recursos hubieran sido distribuidos de
manera equitativa y si los mercados fueran perfectos.
El entorno ético requiere una reglamentación si­
milar con el iln de limitar, según lo justifiquen las
cifras y los gustos, el impacto que ejerce una minoría
sobre ese espacio. Las reglamentaciones por zonas,
que restringen la práctica de actos potencialmente
ofensivos a lugares privados o especiales, son un
ejemplo de ello. Sin embargo, reducir el impacto de
una minoría sobre el entorno con la zoniflcación no
es lo mismo que eliminar tramposamente el impacto
que una minoría pueda tener en el enlomo ético, que
es lo que propone el argumento mayoritarista.
Si consideramos ese entorno como un espacio si­
milar al económico —aceptando que se determina a
través de decisiones individuales lomadas a la luz de
una equitativa distribución de recursos—, tendremos
que rechazar el argumento que defienden los que
apoyan las decisiones de la mayoría según el cual
esta tiene derecho a eliminar cualquier elemento que
considere dañino en el entorno ético. Cada miembro
de la mayoría tiene el derecho a ejercer solo un im­
pacto justificado sobre su enlomo, impacto que debe

142
ser comparable al que ejerce cualquier otro indivi­
duo. Nadie tiene derecho a un entorno especial que
facilite la labor de educar a sus hijos para seguir sus
propias opiniones. Si quiere hacerlo, debe intentar
sacar el mejor provecho posible del entorno que re­
sulta de un ambiente equitativo.
¿Existe alguna razón para tratar diferencialmente
el entorno ético y el económico? Algunos asuntos eco­
nómicos, como el referente al SDI, deben decidirse de
manera colectiva y no deben plantearse como el pro­
ducto de fuerzas individuales. Nuestro sentido de la
integridad y la justicia nos obliga a decidir equitativa­
mente sobre algunos puntos importantes para todos
los miembros de la comunidad5. Por ejemplo, los fun­
cionarios no deben buscar la ejecución de un número
de convictos que sea proporcional al de ciudadanos
que se muestran a favor de la pena de muerte. Sin
embargo, ninguna de estas razones para lomar deci­
siones políticas colectivamente provee argumentos
para fijar un entorno ético de esta misma manera. No
existe ninguna razón práctica para que dicho entorno
deba ser definido por lo que un grupo determinado
considera que es mejor. Y, puesto que los diferentes
actos y decisiones individuales que contribuyen a la
formación de un entorno ético no son actos de gobier­
no, como no lo son las diferentes decisiones económi­
cas individuales que determinan el entorno econó­
mico, no es posible afirmar que el gobierno viola la
integridad cuando permite que los individuos tomen
este tipo de decisiones de manera personal.
La razón por la cual no deberíamos someter los

5 Para un recuento del requisito de Integridad, y de los asuntos


de principio que éste requiere sean resueltos de Igual manera
para todos, uéose mi Law's Empire. Cambridge. Cambridge
Unlvcrslly Press, 1986. especialmente el capitulo 6. Para una
discusión más. extensa sobre la distinción entre asuntos de
principio, como los mencionados en el texto, asi como de asun­
tos de regulación política como el del SDI, véase mi A Mattcr oj
Principie. Cambridge. Harvard Unlvcrslly Press. 1986. especial­
mente el capitulo 3.

143
entornos ético y económico a diferentes regímenes de
justicia, es que no se trata de dos entornos diferen­
tes. sino de aspectos interdependientes del mismo
entorno. El valor de los recursos que alguien controla
no se fija exclusivamente por medio de las leyes de la
propiedad, sino también a través de otros aspectos
legales que estipulan cómo se pueden utilizar dichos
recursos. Asi. la regulación moralista, que discrimina
entre algunos usos de la propiedad o del tiempo libre,
siempre afecta hasta cierto punto el precio y el valor.
En algunas circunstancias, este efecto es significati­
vo: las leyes prohibicionistas de inspiración moral,
por ejemplo. Cualquier régimen de justicia distributi­
va razonable debe entonces considerar el grado de
libertad de que disponen los ciudadanos, al juzgar si
los recursos se han distribuido equitativamente0. Si
insistimos en que el valor de los recursos de las per­
sonas debe fijarse a partir de la interacción de elec­
ciones individuales, y no según las decisiones colecti­
vas de una mayoría, entonces ya habremos decidido
que la mayoría no tiene derecho a decidir sobre qué
tipo de vida deben llevar todos los miembros de la
comunidad. En otras palabras, una vez aceptamos
que los entornos económico y ético están unidos, te­
nemos que aceptar la tolerancia liberal en materia
ética, ya que cualquier punto de vista contrario niega
la unidad.
El argumento mayoritarista que hemos considera­
do es, en términos políticos, el más poderoso de los
que se esgrimen en contra de la tolerancia liberal. Se
le concedió un llamativo lugar en la opinión de la
mayoría de la Corte en el caso Bowers. Esta parte de
nuestra discusión general es, por lo tanto, de consi­
derable importancia práctica. Sin embargo, es esen­
cial recordar sus limites; apunta únicamente contra

6 Tanto esta idea como sus consecuencias para el liberalismo se


desarrollan extensamente en mi "What is Equallty? Parí III: The
Place of Liberty", en: lowa Lmu Revlew. Vol. 73, No. 1 (1988).

144
el argumento mayoritarista y no debe tomarse como
afirmación exclusiva de la tolerancia liberal, ni debe
pensarse que deriva todo el valor de la libertad en
una analogía económica. Tampoco intenta deñnir de­
rechos especiales para libertades especialmente im­
portantes, como la libertad de expresión o de asocia­
ción. Tan solo niega la premisa esencial del argumen­
to mayoritarista, según la cual la forma del entorno
ético, como un todo, debe fijarse exclusivamente por
el grupo vencedor y por los deseos de la mayoría. Si
el concepto de comunidad Juega un papel importante
en la crítica a la tolerancia liberal, debe hacerlo en
un sentido más consistente y no simplemente como
el nombre que designa una unidad política en la cual
habita el gobierno de la mayoría.

145
LA CO M U NID AD Y E L INTERÉS

El segundo argumento comunilarista, el del patema-


lismo, se refiere a la Idea de comunidad en un senti­
do más fuerte. Comienza con la atractiva idea de que
una verdadera comunidad política debe ser más que
una asociación que busca mutuos beneficios, como
planteara Hobbes, en la cual cada ciudadano consi­
dera a los demás como medio útil para alcanzar sus
propios fines. Debe ser una asociación en la cual
cada uno se interese por el bienestar de los demás
como si fuera asunto propio. De otra parte, según
este argumento, las personas que se preocupan ge-
nuinamente por los demás, lo hacen en dos sentidos,
uno critico y uno volitivo. Es necesario explicar la dis­
tinción entre estos dos términos, ya que es crucial
para el argumento del paternalismo1.

1 La discusión de esta sección se apoya en el material de algunas


conferencias qucjntsenlt en la Universidad de Standford. du­
rante la primavera de 1988. bajo el auspicio de la Fundación
Tanner. Junto con otras auspiciadas por esta Fundación, mis
conferencias aparecerán en una publicación de la Tanner.
Aquellos lectores Interesados en revisar una versión extensa de

147
Se puede decir que los intereses de las personas
son de dos tipos, es decir, que hay dos sentidos en
los cuales la vida puede mejorar o empeorar. El bie­
nestar volitivo mejora cuando alguien tiene o alcanza
algo que desea*. Pero su bienestar crítico mejora úni­
camente cuando el individuo tiene o alcanza algo que
dehe desear, es decir, logros o experiencias cuya ca­
rencia —o la inexistencia del deseo por alcanzarlos—
significaría un empeoramiento en la calidad de vida*23.
Podemos distinguir subjetivamente ambos tipos de
interés, considerándolos como los formas en las que
las personas entienden o conciben sus propios inte­
reses. Yo. por ejemplo, considero que algunas de las
cosas que ansio tener pertenecen al ámbito de lo voli­
tivo. Quiero buena comida, menos visitas al dentista,
navegar mejor de lo que ya navego. Cuando tengo o
alcanzo algunas de estas cosas, mi vida mejora. Pero
no por ello pienso que esas sean cosas que alguien
debería necesariamente querer o llegar a tener, ni
que mi vida empeoraría si por alguna razón no pu­
diera tenerlas. Pero también considero otras cosas
que quiero desde otro punto de vista: por ejemplo, el
deseo de tener una buena relación con mis hijos y
alcanzar cierto éxito en mi trabajo. No creo que una
buena relación con los hijos sea importante solo por­
que casualmente yo quiero tenería; por el contrario,
la quiero porque creo que mi vida se empobrecería
sin ella. Podemos hacer la misma distinción de ma­

la discusión sobre la diferencia entre intereses volitivos y críti­


cos. asi como sobre las razones por las cuales es preferible, en
relación con los Intereses críticos, el punto de vista aditivo (y no
el constitutivo), deben consultar esta serie de conferencias.
2 La caracterización de los Intereses volitivos Ignora el hecho de
que es posible que haya conflictos entre dos cosas que una
persona puede querer. Pero los refinamientos que requiere lle­
gar a descubrir esta contradicción no son necesarios para la
gran distinción entre intereses volitivos y críticos que desarrollo
en el texto.
3 Al. del T. Calidad de vida en el sentido utilizado por Dworkln
hace relación al nivel que adquiere una vida moralmcnte valiosa
y no al nivel otorgado por la posesión de bienes materiales.

148
ñera objetiva, es decir, no pensarla como distinción
entre dos maneras de considerar los intereses de las
personas, sino entre dos tipos de interés que, en rea­
lidad, existen para la gente. Las personas pueden
fracasar en sus intentos por identificar sus intereses
críticos. Por ejemplo, tiene sentido decir que alguien
que no repara en la amistad, en la religión o en los
retos profesionales lleva una vida más pobre, esté
esta persona de acuerdo o no. También muy a menu­
do nos juzgamos criticamente a nosotros mismos: las
personas llegan a convencerse, en la vejez, de que
han ignorado cosas que acaban de descubrir como
fundamentales para sus vidas4.
La distinción es compleja y puede explorarse y cri­
ticarse de muy variadas maneras. Algunas personas,
por ejemplo, se mostrarán, en términos generales,
escépticas en relación a la idea de los intereses críti­
cos, o la de bienestar. Podrán pensar que. puesto que
nadie puede probar que a alguien le convendría, des­
de el punto de vista de su propio interés critico, el
querer algo que no quiere ahora, toda la idea del bie­
nestar crítico es errónea. No intentaré aquí responder
a esta objeción. Supondré, como creo que en realidad
ocurre en la vida cotidiana de todos, que tenemos
intereses de ambos tipos. Podemos utilizar la dislin-
4 La distinción entre bienestar critico y volitivo no es equivalente
a la diferencia que pueda existir entre lo que verdaderamente
redunda en mi propio Interés y lo que yo creo que redundarla
en mi propio Interés. Mis intereses volitivos son gcnulnos y rea­
les; no son meros reflejos de mis actuales Juicios sobre el lugar
en el que residen mis intereses críticos, juicios que más tarde
podría considerar erróneos. Arribos tipos de Intereses, ambos
modos de bienestar, son diferentes y claros. Puedo querer algo
Inteligiblemente sin pensar que la posesión de esc algo puede
mejorar mi vida; en efecto, la vida de alguien que solamente
haya querido te que considera Imprescindible en sus Intereses
críticos puede llegar a ser triste y ridiculamente confusa. Debo
añadir (puesto que la pregunta surgió en la conferencia) que
utilizo el término ‘interés critico* y no 'Interés real* para evitar
sugerir aquello que precisamente niego en esta nota, es decir,
que sus contrarios, los Intereses volitivos, son en cierta manera
ilusorios y falsos.

149
dón entre intereses volitivos y críticos para plantear
dos formas diferentes de patemalismo. El patemalis-
mo volitivo supone que a veces la coacción puede ha­
cer que las personas logren aquello que quieren lo­
grar y. por lo tanto, dicha coacción funciona en pro­
vecho del interés volitivo. El patemalismo crítico su­
pone que la coacción puede dar a las personas vidas
mejores que las que ya tienen y consideran buenas.
Por lo tanto, desde esta perspectiva, la coacción fun­
cionaría en favor de los intereses críticos de la comu­
nidad.
El segundo argumento comunitarista hace refe­
rencia al patemalismo crítico, y no al volitivo. Nos
obliga a enfrentar un asunto filosófico sobre el bie­
nestar crítico. Podemos evaluar la vida de una perso­
na según dos métodos. Primero, podemos observar
los componentes de dicha vida: hechos, experiencias,
asociaciones y logros que la componen y, luego, po­
demos preguntar si para nosotros, como evaluado­
res. los componentes —y el estado actual en que se
encuentran combinados— hacen que esa vida en
particular sea buena. O también podemos utilizar el
segundo método: mirar las actitudes de la persona.
Preguntar cómo juzga ella misma los componentes
de su vida, si los buscó, si los considera valiosos.
Dicho en otras palabras, podemos averiguar si la per­
sona confirma que tales componentes favorecen sus
intereses críticos.
¿Qué punto de vista debemos tomar frente a las
relaciones existentes entre los dos métodos utilizados
para observar el valor critico de una vida? Es necesa­
rio que distingamos entre dos respuestas. El punto
de vista aditivo sostiene que componentes y confir­
maciones son elementos valorativos separados. Si la
vida de alguien tiene los componentes que constitu­
yen una buena vida, esta tiene valor crítico. Si la per­
sona confirma dichos componentes, entonces su va­
lor aumenta. La confirmación es como la cubierta de
un pastel; que no exista no implica que desaparezcan
los componentes. El punto de vista constitutivo, por

ISO
otra parte, alega que ningún componente contribuye
al valor de una vida si no hay confirmación por parle
de la persona: si un misántropo es amado pero des­
precia ese amor y lo considera algo sin valor, el afecto
de los otros no luirá que su vida sea más valiosa.
El punto de vista constitutivo es preferible gracias
a una amplia variedad de razones. El aditivo no pue­
de explicar por qué una buena vida es definitivamen­
te valiosa para la persona que la vive. Y es improba­
ble que alguien pueda llevar una vida mejor si está
en contravia de sus más profundas convicciones éti­
cas. Sin embargo, es probable que pueda hacerlo si
está en paz con ellas. Si aceptamos el punto de vista
constitutivo, podremos responder al argumento del
patemalismo crítico en su forma más cruda o direc­
ta. Supongamos que alguien que querría llevar una
vida homosexual no lo hace, por miedo al castigo. Si
nunca confirma que la vida que lleva es superior a la
que hubiera llevado, su vida no ha mejorado, ni si­
quiera en el sentido crítico, a causa de las limitacio­
nes paternalistas que detesta.
Sin embargo, tenemos que reconocer un objetivo
más sutil del patemalismo critico. Supóngase que el
Estado despliega una combinación de limitaciones y
estímulos tal que un homosexual se convierte y final­
mente confirma y aprecia su conversión. ¿Ha mejora­
do su vida? La respuesta gira en tomo a un asunto
que yo no he explorado hasta ahora: las condiciones
y circunstancias en las que se produce una confir­
mación genuina. Tienen que existir ciertas restriccio­
nes en el tema de la confirmación ya que de lo con­
trario el patemalismo critico podría justificarse a si
mismo añadiendo el lavado cerebral —químico o
eléctrico— a su régimen.
Debemos distinguir entre circunstancias acepta­
bles e inaceptables de confirmación, lista distinción,
como sabemos por la historia de las teorías liberales
de la educación, es de difícil delimitación, pero cual­
quier descripción de circunstancias aceptables debe­
ría, creo yo, incluir la siguiente proposición: no esta-

151
mos mejorando la vida de alguien —incluso si ese
alguien conflrma el cambio que nuestra acción pro­
voca— si los mecanismos que utilizamos para asegu­
rar dicho cambio disminuyen la capacidad de la per­
sona para considerar reflexivamente los méritos críti­
cos de su cambio. Las amenazas de castigo penal
corrompen en vez de mejorar el juicio crítico: y, aun
si las transformaciones que provocan son sinceras,
estas no pueden contarse como genuinas a la hora
de decidir si las amenazas han mejorado la vida de
alguien5.

5 No me detendré en una forma todavía más sutil y académica de


patemaUsmo critico, aunque esta provoca preguntas difíciles c
Importantes sobre el concepto de bienestar crítico. Supongamos
que el objetivo del patcmaUsmo critico no es la actual genera­
ción de homosexuales, sino un futuro remoto. Supongamos que
Intenta eliminar la homosexualidad como forma de vida dd
menú conceptual, de manera que las generaciones futuras ni
siquiera podran Imaginarse ese Upo de vida. Es bastante Impro­
bable que este Upo de proyecto pueda ser exitoso. Pero supon­
gamos que lo fuera, y que (aunque muchos de nosotros nos
neguemos a aceptarlo) la vida homosexual es en efecto un mal
Upo de vida. ¿Tendría pues este Upo de patemolismo concep­
tual algún lugar en los Intereses de las personas que podrían
haber optado por la homosexualidad si esta se ofreciese en el
menú de posibilidades? Parte del patcmaUsmo conceptual obra­
ría en favor de los Intereses de la Justicia d mundo seria un
mejor lugar si nadie pudiera siquiera Imaginar una vida de ge­
nocidio o racismo, por ejemplo. Aun asi. me parece extraño
pensar que la propia vida de una persona podría ser mejora­
da, en el sentido crítico, a través de una reducción de su Imagi­
nación.

152
IN TER ÉS PR O PIO Y CO M U NID AD

N e c e s id a d e s m ateriales
Actualmente, tanto la teoría política como la social
aceptan la idea de que las personas necesitan de las
comunidades y de que la vida social es natural y
esencial para los seres humanos. El tercer argumen­
to comunitario declara que la tolerancia hace que las
comunidades disminuyan su capacidad para satisfa­
cer las diferentes necesidades sociales de sus miem­
bros. En la década de 1950, Lord Devlin presentó
como crítica al informe Wolfenden, en el cual se reco­
mendaba la liberalización de las leyes contra la ho­
mosexualidad en Gran Bretaña, una versión directa
aunque improbable de este argumento1. Devlin afir­
maba que una comunidad no puede sobrevivir a me­
nos de que alcance la homogeneidad moral respalda­
da por un sentido intuitivo de la indignación y que,
por lo tanto, la tolerancia era un tipo de traición12. En
1 P. Devlin, The EnfcmementofMomls (1959): véase Repon on the
Commlttee on Homosexual Offenses and ProstttuUon (1957).
2 IbicL, pp. 9-15.

153
su momento, el argumento de Devlin fue ampliamen­
te atacado y parece contradecirse con la persistente
sobrevivencia de sociedades políticas reconocidamen­
te tolerantes como la escandinava3.
Sin embargo, existen versiones más sofisticadas
de este tercer argumento. Estas no alegan que la to­
lerancia destruye todos los niveles de una comuni­
dad, sino que mutila su capacidad de adelantar algu­
na función crucial. Las diferentes versiones estable­
cen diversas funciones como cruciales, aunque un
grupo de necesidades sociales surge como evidente:
las personas necesitan la seguridad y los beneficios
económicos de la división del trabajo. Nadie podría
llevar una vida adecuadamente humana sin los me­
canismos de la comunidad que racionalizan la pro­
ducción y el consumo, que suministran bienes públi­
cos, tales como la pollcia, las fuerzas armadas y simi­
lares. y mejoran los dilemas de prisionero. Sin em­
bargo, no hay razón para pensar que dichos benefi­
cios instrumentales de la comunidad requieran la
homogeneidad moral. No hay evidencias de que una
sociedad no liberal distribuya los bienes o entregue el
correo más eficientemente que una sociedad liberal.

N e c e s id a d e s in t e l e c t u a l e s

Pero las personas dependen de la sociedad en asun­


tos que van más allá de los evidentes beneficios eco­
nómicos y de seguridad. Necesitan de una cultura
común y, particularmente, de un lenguaje común,
incluso para llegar a tener una personalidad. De otra

3 Más adelante, el propio Devlin afirmó que no había querido suge­


rir que la tolerancia de la homosexualidad subvertiría la comuni­
dad. sino únicamente que la sociedad podría verse amenazada
por la tolerancia, y que por lo tanto debería rechazar cualquier
principio que desechara de plano la intolerancia. Véase Devlin.
"Law, Dcmocracy, and Morality", en: Unlversity qf Pennst/lvania
LawRevtew, Vol. 110(1962), pp, 635-641 y Devlin. op. di.

154
parte, tanto la cultura como el lenguaje son fenóme­
nos sociales. Solo podemos tener los pensamientos,
ambiciones y convicciones posibles dentro del voca­
bulario que surge del lenguaje y la cultura, de mane­
ra que todos, de una manera muy profunda y paten­
te, somos creaciones de la comunidad como totali­
dad. Sin embargo, nada de esto sugiere que. para
beneficiar a sus miembros de manera adecuada, la
comunidad deba ser homogénea, en términos mora­
les o de cualquier orden. Por el contrario, la provisión
cultural y lingüística es más rica, y por tanto más
ventajosa, en comunidades pluralistas y tolerantes.
Desde luego, algunas personas —tal vez muchísi­
mas— quisieran pertenecer a una sociedad moralmen-
te homogénea y sienten de manera intensa esa ca­
rencia. especialmente cuando se transgreden los pa­
trones éticos tradicionales. Este hecho, sin duda, de­
bería despertar nuestra compasión. Pero ese punto,
aunque importante, no tiene nada que ver con el éxi­
to de una comunidad en cuanto a la satisfacción de
las necesidades intelectuales de cultura y lenguaje:
atañe a la justicia distributiva, asunto tratado por el
primer argumento comunitario, sobre los modelos
correctos a utilizar en la distribución de influencias
sobre un entorno ético.
El profesor Sandel y otros han propuesto un argu­
mento especialmente fuerte alrededor de las necesi­
dades tanto materiales como intelectuales que unen
a las personas con una comunidad4. Sandel afirma
—según mi propia comprensión— que las personas ne­
cesitan de la comunidad no solamente para la cultu­
ra y el lenguaje, sino para la identidad y la autorrefe-
rencia, porque solo pueden identificarse a si mismas
ante si mismas como miembros de la comunidad a la
cual pertenecen5. Asi, solo puedo pensarme como es-

4 Mlchael Sandel. UbemUsm and the Urnas ofJustice, Cambridge,


Cambridge Univcrslty Press. 1982.
5 IbId., pp. 62-65. 179-183.

155
tadounidense, como catedrático de Oxford o como fa­
nático de los Red Sox. Este argumento se puede in­
terpretar de dos maneras. La primera impone una
lógica filosófica: soy necesariamente estadounidense,
porque si no lo fuera, no sería la persona que soy6.
Pero esto no dice absolutamente nada sobre el tipo
de relaciones que debo o debería tener con otros es­
tadounidenses. ni tampoco sobre el contenido o ca­
rácter de nuestra comunidad política. Tampoco se
desprende del argumento, ni parece probable, que.
para proteger tal conexión intima, cualquier comuni­
dad a la cual yo pertenezca necesariamente deba ser
moralmente homogénea, ni que esta deba rechazar el
pluralismo moral en favor de la intolerancia.
La segunda interpretación del argumento de la
autorreferencia parece más pertinente. En él se pre­
senta un reclamo sobre la posibilidad fenomenológi-
ca: las personas no pueden distanciarse, cuando
piensan en su propio bienestar, de ciertos tipos de
asociación o conexión con la comunidad. Un católico
ferviente, por ejemplo, no podría siquiera comenzar
a reflexionar sobre si su catolicismo es importante,
porque este es un elemento demasiado fuerte en la
constitución de su personalidad como para que el
individuo sea sensible a dicho tipo de cuesliona-
miento. Esta interpretación del tercer argumento co­
munitario prosigue de la siguiente manera: en una
comunidad moralmente homogénea, la gente se
identifica con la moral compartida de la misma ma­
nera en que un católico ferviente lo hace con el cato­
licismo. Para ellos, la comunidad es la comunión de
creencias compartidas que contribuye en la consti­
tución de su propia identidad. Si la comunidad tole­
ra la desviación, tales ciudadanos sufrirán el golpe
del desarraigo, perderán la conexión con una fe mo-

6 Los lectores Interesados en el asunto de la lógica filosófica pue­


den comenzar sus lecturas con S. Kripke. Namlng and Neces-
süy (1980).

156
ral que es esencial para la autoidentificación ade­
cuada.
La fenomenología en que se apoya este argumento
parece errada, o al menos exagerada. Sin duda es
imposible que alguien se distancie de todas las aso­
ciaciones y conexiones cuando considera el Upo de
vida que quiere llevar. Nadie puede pensar inteligible­
mente sobre ese punto prescindiendo de todos los
aspectos del contexto en el cual vive. De esta mane­
ra, nadie puede cuesUonar simultáneamente todo so­
bre si mismo. Pero de ahí difícilmente se desprende
que para cada persona haya una conexión o asocia­
ción fundamental de la cual no sea posible separar­
se, para revisarla, manteniendo las demás en su lu­
gar. Es un error aún más serio considerar que esto
es verdad en relación con la misma asociación o co­
nexión para todos los miembros de la comunidad, y
que dicha conexión es universalmente inseparable de
una ética sexual compartida, que debe serlo a nivel
de una comunidad política, y no dentro de una co­
munidad más reducida o diferente, como puede ser
la de un grupo de amigos o de fanáticos religiosos.
Aun cuando aceptáramos totalmente esta singular
colección de suposiciones, el argumento seguiría
siendo vulnerable, por apoyarse en otra serie de su­
posiciones dudosas sobre las consecuencias de la to­
lerancia. En el argumento se presupone, ante todo,
que cuando una comunidad politica tolera rupturas
de ciertos principios de la ética o la moralidad con­
vencional. inevitablemente se afectan los lazos de los
ciudadanos con tales principios, puesto que el senti­
do de sí mismos como pueblo se defíne en parte por
dicha adhesión. Pero la fortaleza de las convicciones
del pueblo no depende necesariamente de la coac­
ción, ni siquiera de la popularidad de tales conviccio­
nes en su comunidad política. Muchos católicos esta­
dounidenses están tan comprometidos con su catoli­
cismo como la mayoría de los católicos españoles. En
segundo lugar, el argumento supone que si las per­
sonas llegaran a distanciarse de convicciones antes

157
incuestionables, su personalidad se desintegraría.
Pero, ¿por qué no considerar la posibilidad de que las
personas reconstituyan su sentido de la identidad, a
partir de una serie de condiciones diferentes y más
tolerantes, en los momentos en que su fe en la moral
que asocian con su familia o comunidad se ve sacu­
dida?

La necesidad d e objetividad
Hasta ahora hemos considerado los argumentos co­
munitarios que surgen a partir de reclamos según los
cuales las personas necesitan los recursos materiales
e intelectuales que les suministra una comunidad, y
que para constituir su identidad requieren de un
vinculo con la comunidad. En este momento debe­
mos tener en cuenta un argumento más sutil: las
personas necesitan una comunidad moralmenle ho­
mogénea como trasfondo conceptual necesario para
una vida moral y ética. Necesitan tal trasfondo por­
que, citando la esclarecedora frase del profesor Selz-
nick, la ética debe tener un ancla —una postura ob­
jetiva externa a las convicciones del agente—, y la
única posible es la que constituyen las convicciones
incuestionables y compartidas de la comunidad polí­
tica a la cual pertenece dicho agente7. La primera de
estas dos proposiciones, es decir, que la ¿tica y la
moral deben tener un ancla, parece correcta. Nuestra
experiencia ética trata el asunto de cómo vivir bien
como pregunta que requiere reflexión y juicio, y no
solo elección. Creemos que es posible equivocarse en
cuanto a qué tipo de vida es bueno y, así mismo,
consideramos que un error serio en este sentido
constituye una tragedia.
Pero, ¿qué puede significar la segunda proposi-

7 Véase Selznick. "Tlie Idea of a COmmunllaiian MoraUty*. Cali­


fornia Law lievletv, Vol. 75 (1987). p. 445.

158
ción, la de que una comunidad moralmente homogé­
nea es el único anclaje posible? Podría significar que
las personas solo sentirán que sus propios juicios éti­
cos y morales Uenen fundamento —es decir, son ver­
daderos independientemente del hecho de que ellas
mismas los consideren verdaderos— cuando los con­
firma una moral incuestionable y convencional. Pero,
es característico que las personas que sostienen pun­
tos de vista no convencionales y hasta excéntricos,
estén convencidas de que dichos puntos de vista son
objetivamente válidos. (En efecto, entre menos con­
vencional sea un punto de vista, más probable será
que d que lo sostiene invoque su autoridad trascen­
dente.) Asi. debemos comprender la segunda propo­
sición de manera diferente: debemos entender que lo
que afirma es que cualquiera que reclame objetividad
por fuera de lo convenido está cometiendo un error
filosófico. EnLendida de esta manera, la segunda pro­
posición podría ser d argumento que sustente d si­
guiente argumento comunitario: si la única forma de
objetividad disponible en el campo de la ética y la
moral es la objetividad de la práctica convencional,
una comunidad tolerante y plural roba a sus miem­
bros la única fuente posible para encontrar el anclaje
ético y moral que necesita.
Este argumento, sin embargo, presenta una difi­
cultad evidente. La objetividad que busca la gente —y
que supone que posee— para sus convicciones mora­
les y éticas no es la versión moderada que ofrece este
argumento: la mayoría de la gente rechaza implícita­
mente —si no explícitamente— el anclaje ofrecido.
Paradójicamente para el presente argumento, la par­
te más firme de nuestra moral convencional, compar­
tida a través de cualquier otra división, es la convic­
ción de segundo orden según la cual los juicios éticos
y morales no pueden determinarse como verdaderos
o falsos por consenso, se sostienen por encima de las
fronteras culturales, y no son, en suma, criaturas de
la cultura y la comunidad, sino más bien jueces de
ellas. Desde luego, la amplia popularidad de este legi-

159
timo objetivismo no es prueba de su verdad, ni si*
quiera de su coherencia filosófica, y aquí no conside­
ro ninguno de estos dos aspectos. Mi punto es sola­
mente que cuando una sociedad desarrolla esta acti­
tud critica, con su insistencia en que sus propias
costumbres y convenciones son constantemente vul­
nerables al examen y revisión a partir de algún crite­
rio más alto e independiente, irreparablemente pierde
el Upo de objeUvidad —enraizado en las convencio­
nes— válido en una comunidad menos criUca y más
simple.

160
LA INTEGRACIÓN CON LA COMUNIDAD

I n t e g r a c ió n

Finalmente, llego al cuarto —y más importante e in­


teresante, según mi punto de vista— argumento co­
munitario contra la tolerancia liberal. El liberalismo,
según muchos de sus críticos, presupone una distin­
ción tajante entre el bienestar de las personas y el de
la comunidad política a la cual pertenece. El cuarto
argumento contra la tolerancia niega tal distinción.
Según este, las vidas de las personas individuales y
la de la comunidad están integradas, y el éxito crítico
de cualquiera de sus vidas es un aspecto de la bon­
dad de la comunidad como un todo y. por lo tanto,
depende de esta. Llamaré a las personas que aceptan
este punto de vista, adoptando un término a la
moda, republicanos cívicos. Ellos adoptan frente a la
salud moral y ética de la comunidad la misma acti­
tud que asumen (rente la propia. Los liberales en­
tienden el asunto de si la ley debería tolerar la homo­
sexualidad como si se preguntara si algunas perso­
nas tendrían derecho a imponer a los demás sus pro­
pias convicciones éticas. Los republicanos cívicos la

161
toman como si se preguntara si la vida común de la
comunidad, de la cual depende el valor critico de sus
propias vidas, debería ser saludable o degenerar.
De acuerdo con el argumento que parte de la inte­
gración. una vez se reconoce como errada la distin­
ción entre bienestar personal y bienestar comunal y
florece el republicanismo civil, los ciudadanos esta­
rán necesariamente tan preocupados por la solidez
de la salud ética de la comunidad (Incluyendo los
puntos de vista sobre moralidad sexual que estimula
o desalienta) como por la equidad o generosidad de
su sistema fiscal o su programa de ayuda externa.
Ambos son aspectos de la salud total de la comuni­
dad, y un ciudadano integrado, que reconoce que su
propio bienestar se deriva del de la comunidad, debe
preocuparse por la salud total de esta, no por un
aspecto especifico de ella. Este es un argumento im­
portante, st bien culmina en un serio error. Debo de­
cir inmediatamente lo que considero bueno del argu­
mento, y en qué momento, desde mi propio punto de
vista, se vuelve erróneo. Su premisa más fundamen­
tal es correcta e importante: las comunidades políti­
cas poseen una vida comunal, cuyo éxito o fracaso
forma parte de lo que determina si las vidas de sus
miembros son buenas o malas. El error más funda­
mental del argumento reside en una mala compren­
sión del carácter de la vida comunal que puede tener
una comunidad política. El argumento sucumbe ante
el antropomorfismo; supone que la vida comunal es
la vida de una persona de tamaño extraordinario,
que tiene la misma forma, encuentra los mismos di­
lemas éticos y morales y está sujeta a los mismos
patrones de éxito o fracaso de las vidas de los ciuda­
danos que la conforman. El antiliberalismo de este
argumento depende de su falacia; falacia que elimina
gran parte de las ventajas que le otorgaba la solidez
de sus premisas.

162
L A VID A C O M U N A L D E UNA CO M U N ID A D

Para comenzar, necesitamos un recuento más detalla­


do de lo que se supone que es el fenómeno de la inte­
gración. El republicano cívico, quien reconoce que
está integrado a su comunidad, no es idéntico al ciu­
dadano altruista, para quien los intereses de los de­
más son de capital importancia. Esta es una distin­
ción crucial, porque el argumento que ahora conside­
ramos y que proviene de la integración es diferente al
del paternalismo y al de otras perspectivas que parten
de la idea de que un ciudadano virtuoso se preocupa­
rá por el bienestar de los demás. El argumento de la
integración no supone que el buen ciudadano se
preocupará por el bienestar de sus congéneres, sino
que afirma que debe preocuparse por su propio bie­
nestar y, que en virtud de dicha preocupación, debe
interesarse por la vida moral de la comunidad de la
cual forma parte. Asi. el ciudadano Integrado difiere
del altruista, y es necesario considerar más distincio­
nes en este sentido para ver cómo y por qué.
Asociamos las acciones con lo que llamaré unidad
de agencia: la persona, grupo de personas o entidad
considerada como autor y responsable de la acción.
Normalmente, como individuos, nos consideramos
unidad de agencia de —y solo de— acciones o deci­
siones que iniciamos o asumimos. Me considero res­
ponsable únicamente de lo que hago; no me enorgu­
llezco, ni siento satisfacción ni remordimientos por lo
que usted hace, por más interesado que esté en su
vida y en sus consecuencias. A menudo, una perso­
na dirige sus acciones hacia su propio bienestar, en
un sentido volitivo o critico. La unidad de agencia y lo
que podríamos llamar la unidad de preocupación del
agente son idénticas. Cuando alguien actúa altruisti-
camente, sea obedeciendo a la caridad o al sentido de
la justicia, contiqúa considerándose unidad de agen­
cia, pero su unidad de preocupación migra o se ex­
tiende. El patemalismo. incluyendo el de tipo moral,
es un subcaso de altruismo. Si creo que los homose­

163
xuales llevan vidas degradadas, podría pensar que
actúo en su interés cuando hago campaña en apoyo
de leyes que juzguen su conducta como criminal.
La integración es un fenómeno diferente, según el
argumento que ahora considero, porque supone que
la unidad de agencia apropiada, para algunas accio­
nes que afectan el bienestar de un individuo, no es el
propio individuo, sino cierta comunidad a la cual este
pertenece. Y pertenece a dicha unidad de agencia de
manera ética: participa en el éxito o fracaso de actos
o logros que bien pueden ser totalmente indepen­
dientes de cualquier cosa que él. considerado como
individuo, haya hecho. Algunos ejemplos son bien
conocidos; muchos alemanes nacidos después de la
Segunda Guerra Mundial se avergüenzan y sienten
que compensar las atrocidades de los nazis, por
ejemplo, es su responsabilidad. John Rawls ofrece,
en un contexto ligeramente diferente, un ejemplo
mucho más esclarecedor para nuestros propósitos'.
Una orquesta ‘‘saludable'* es en sí misma una unidad
de agencia. Los diferentes músicos que la componen
se regocijan, en el sentido en que regocija el triunfo
personal, no por la calidad o brillo de sus contribu­
ciones individuales, sino por la actuación de la or­
questa como totalidad. Es la orquesta la que triunfa
o fracasa, y el éxito o fracaso de tal comunidad es el
éxito o fracaso de cada uno de sus miembros.
Entonces, la integración es completamente dife­
rente al altruismo o al patemalismo. También difiere
del orgullo o remordimiento indirecto. Cuando los pa­
dres sienten orgullo por los logros de sus hijos, cuan­
do los amigos se regocijan mutuamente de sus éxi­
tos, o cuando los hermanos (en algunas culturas)
son deshonrados por la vergüenza de una hermana,
la unidad de agencia —el actor cuyos actos han trai-1

1 John Rawls, A Thconj ofJustice, Cambridge, I larvard Univcrslty


Press. 1971, pp. 520-529. Versión castellana. La teoría de la
Justicia, Mixteo. Fondo de Cultura Económica, 1978.

164
do orgullo, alegría o deshonor— sigue siendo indivi­
dual. La emoción indirecta es de segundo orden y
parasitaria; el éxito o fracaso, logro o desgracia, si­
guen siendo primaria y distintivamente de otra per­
sona. y la preocupación indirecta no refleja la partici­
pación en algún acto, sino una conexión particular
con el actor.
El argumento de la integración escapa a la obje­
ción que planteé para el segundo argumento (pater­
nalista), porque rechaza toda la estructura de agen­
cia y preocupación, sobre la cual se apoya el argu­
mento paternalista. El argumento de la integración
nos prohíbe pensar en términos millianos sobre si
intervenimos para proteger a otras personas —o sola­
mente al actor— de algún perjuicio que podría cau­
sar la conducta del agente. El argumento rechaza di­
cha linea individualizada de pensamiento. Su unidad
de agencia es la comunidad, y el argumento solo pre­
gunta de qué manera las decisiones de la comunidad
sobre libertad y reglamentación afectarán la vida y
carácter de la comunidad. El argumento insiste en el
hecho de que las vidas de los ciudadanos están liga­
das en su vida comunal, y que no se puede rendir
cuentas privadamente sobre éxito o fracaso crítico de
sus vidas individuales, consideradas separadamente.
De esta manera, la personificación latente en la idea
de integración es genuina y profunda. Las más fami­
liares ideas de altruismo, patemalismo y emoción in­
directa se construyen a partir de unidades de agencia
y preocupación individuales. La integración supone
una estructura de conceptos muy diferente, en la
cual es la comunidad, y no el individuo, lo funda­
mental.
Todo lo anterior podría sugerir que la integración
depende de una metafísica barroca que sostiene que
las comunidades son entidades fundamentales en el
universo, y que los seres humanos individuales son
solo abstracciones o ilusiones. Pero la integración
puede entenderse de manera diferente; no como de­
pendiente de la primacía ontológica de la comunidad.

165
sino de hechos comunes y familiares relativos a las
prácticas sociales que llevan a cabo los individuos.
Una orquesta tiene vida colectiva no por ser ontológi-
camente más fundamental que sus miembros, sino
por actuar como receptor de sus prácticas y actitu­
des. Sus miembros reconocen una unidad de agencia
personificada, en la cual ya no figuran como indivi­
duos. sino como componentes: la vida colectiva de la
comunidad consiste en las actividades que ellos con­
sideran constitutivas de su vida colectiva. Denomina­
ré punto de vista de la práctica a esta interpretación
de la integración, la cual asume que esta última de­
pende de las prácticas y actitudes sociales, para dis­
tinguirla del punto de vista metafisico, el cual afirma
que la integración depende de la primacía ontológica
de la comunidad. No pretendo sugerir que el punto
de vista de la práctica es reduccionista. Cuando exis­
te una comunidad integrada, los planteamientos que
desde ella hacen los ciudadanos, sobre su éxito o fra­
caso, no son simples resúmenes estadísticos sobre
sus propios éxitos o fracasos como individuos. Una
comunidad integrada tiene intereses y preocupacio­
nes propias, como puede ser la conducción de su
propia vida. Integración y comunidad son fenómenos
genuinos. incluso desde el punto de vista de la prác­
tica. Pero en dicho punto de vista ambos son creados
a partir de —y residen en— actitudes y prácticas, no
las preceden.
En el punto de vista de la práctica, por lo tanto, se
debe establecer un caso especial antes de reclamar la
integración. En él se debe demostrar que la práctica
social ha creado, de hecho, una unidad de agencia
compuesta. No tendria sentido que alguien alegara
integración con alguna comunidad o institución por
una declaración personal, es decir, por la simple afir­
mación y creencia de formar parte de ella. Yo no pue­
do simplemente declararme integrado a la Orquesta
Sinfónica de Berlín, ni tampoco participar en sus
triunfos o deslices ocasionales. Tampoco puedo crear
una unidad de agencia por declaración personal.

166
Puedo declarar y creer, por ejemplo, que los filósofos
cuyo apellido comienza por "D" son una unidad de
agencia común al trabajo filosófico, y que puedo reci­
bir crédito y estar orgulloso, por comenzar mi nom­
bre por la misma letra, del trabajo de Donald David-
son o de Michael Dummett, de la misma manera en
que un timbalísta puede estarlo de la actuación de
su orquesta. Pero estaría equivocado: debe existir ya
una unidad de agencia común, a la cual ya estoy
vinculado, para que sea apropiado que me considere
éticamente integrado con sus actuaciones.
Por lo tanto, el argumento que proviene de la inte­
gración debe apoyarse en alguna teoría sobre la ma­
nera como se establecen las unidades de agencia co­
lectivas y sobre cómo se fija la pertenencia individual
a ellas. Desde el punto de vista metafisico. las unida­
des de agencia colectivas simplemente existen: son
más reales que sus miembros. Pero desde el punto de
vista de la práctica, las unidades de agencia colectivas
no son primigenias: se constituyen por medio de usos
y actitudes sociales, y cualquiera que esté interesado
en defender este punto de vista sobre la integración
está obligado a identificar y describir tales prácticas.
Nuestro ejemplo de la orquesta es ilustrativo, porque
indica los rasgos que proporcionan una unidad de
agencia común en casos centrales o paradigmáticos.
Primero, la agencia colectiva presupone actos denomi­
nados socialmente como colectivos, es decir, identifi­
cados e individualizados como actos de una comuni­
dad como un todo, y no de miembros de la comuni­
dad como individuos. Un concierto de una orquesta
se considera un acto colectivo, en ese sentido, tanto
por parte de sus miembros como por parte de la co­
munidad. Segundo, los actos individuales que consti­
tuyen actos colectivos son concertados. Se llevan a
cabo conscientemente, como contribución al acto co­
lectivo, y no comQ actos aislados que coinciden de al­
guna manera. La orquesta interpreta un concierto es­
pecífico solo cuando sus miembros tocan con una in­
tención cooperativa: no sería en absoluto una inter-

167
prefación si sus músicos tocaran exactamente las no­
tas que se Ies asignan en la partitura, en el preciso
momento y en la misma habitación, pero sin inten­
ción de hacerlo conjuntamente, como orquesta. Terce­
ro, la composición de la comunidad —quien es trata­
da como miembro de ella— se define por sus actos
colectivos, de manera que los actos de la comunidad
explican su composición y viceversa. Puesto que una
orquesta es una unidad común de agencia para la
producción de música, sus miembros son músicos.
Los actos colectivos de una comunidad constitu­
yen su vida comunal. Desde el punto de vista metafi-
sico de la integración, una comunidad es una especie
de superpersona, y su vida colectiva encama todos
los rasgos y dimensiones de una vida humana. Pero
el punto de vista de la práctica define la vida comu­
nal de una comunidad más limitadamente: solo in­
cluye los actos considerados colectivos por las prácti­
cas y actitudes que crea la comunidad como agente
colectivo. La vida comunal de la orquesta se limita a
producir música orquestal: es tan solo una vida mu­
sical. Este hecho determina el carácter y los límites
de la integración ética de las vidas de los músicos a
la vida comunal. Los músicos consideran sus actua­
ciones como unidad, como la actuación personificada
de su orquesta, y participan de sus triunfos y fraca­
sos como si fueran los suyos propios. Pero ellos no
suponen que la orquesta también tiene una vida se­
xual. en cierto modo conformada por la actividad se­
xual de sus miembros. Ni tampoco que tiene dolores
de cabeza, ni presión arterial alta, responsabilidades,
amistades, crisis, o si debería importarle menos la
música y empezar a interesarse por la fotografía.
Aunque el primer violinista puede, en efecto, preocu­
parse por los hábitos o desviaciones sexuales de sus
colegas, en este caso se trata de la preocupación por
un amigo, que refleja altruismo, mas no preocupa­
ción por ninguna unidad de agencia compuesta que
lo incluye a él mismo. Su integridad moral no se ve
comprometida por el adulterio del percusionista.

168
La vida comunal d e una comunidad política
¿Hasta qué punto podemos considerar que una co­
munidad política —una nación, o un estado— Uene
una vida comunal desde el punto de vista de la prác­
tica? Los actos políticos formales de una comunidad
política, es decir, los actos de un gobierno a través de
sus instituciones legislativas, ejecutivas y judiciales,
satisfacen todas las condiciones de la agencia colecti­
va que identificamos cuando consideramos las razo­
nes por las cuales una orquesta tiene vida comunal.
Nuestras prácticas identifican estos actos políticos
formales como los actos de una persona legal defini­
da. y no como los de un grupo de ciudadanos indivi­
duales. Los Estados Unidos, y no un grupo de oficia­
les y soldados, participaron en la Guerra de Vietnam.
Son los Estados Unidos, y no sus funcionarios o ciu­
dadanos específicos, los que imponen impuestos con
tasas definidas, distribuyen parte de los fondos que
recaudan en programas de Seguridad Social o deci­
den no adjudicar dineros a otros programas. Aunque
los actos de personas particulares —votos de miem­
bros del Congreso, por ejemplo, y comandos de gene­
rales— constituyen actos colectivos, esto es asi sola­
mente porque estos oficiales actúan de manera auto-
consciente, bajo una estructura constitucional que
transforma su comportamiento individual en deci­
sión nacional. Más aún, existe al menos un mínimo
acuerdo entre los miembros de una comunidad poli-
tica decente y democrática y aquellos actos colectivos
formales. En una democracia digna de crédito, todo
ciudadano que alcanza cierta edad y cumple con
otras condiciones puede participar indirectamente en
dichas decisiones políticas formales por medio del
voto, el cabildeo, la manifestación, etc.2 También, los

2 No quiero decir, desde luego, que estos actos participativos son


en si mismos actos colectivos de la comunidad como un todo:
no lo son. Pero pueden ser actos colectivos de comunidades
más pequeñas, dentro de dicha comunidad política: por ejem-

169
ciudadanos de una comunidad política son aquellos
que se ven particularmente afectados por los actos
políticos formales de esta. Así, considerar que las de­
cisiones legislativas, ejecutivas y judiciales son actos
comunales de una comunidad ayuda a explicar la
composición de dicha comunidad; esta está com­
puesta de aquellos que juegan algún papel en las de­
cisiones y que se ven más directamente afectados por
ellas.
Hasta aquí, todo parece relativamente poco polé­
mico. Si una comunidad posee vida comunal, sus
decisiones políticas formales deben ser parte de tal
vida. Pero debemos preguntar qué otros elementos,
además de aquellos actos políticos formales, hacen
parle de la vida comunal. El argumento comunita­
rio que surge de la integración, que estamos explo­
rando, afirma que los actos políticos no agotan la
vida comunal de una nación. El argumento supone
que la comunidad política también tiene una vida
sexual; que las actividades sexuales de los ciudada­
nos particulares se combinan de cierta manera,
para formar la vida sexual de la nación, de la mis­
ma manera que las actuaciones individuales de los
músicos se combinan para dar forma a una actua­
ción orquestal y que los actos concretos de los ciu­
dadanos y los funcionarios de una comunidad se
combinan en una legislación, pues que esto sea ver­
dad es la única posibilidad de que la vida de un
ciudadano se vea mancillada por las prácticas se­
xuales de otro.
Si aceptamos el punto de vista antropomórfico y
metafisico de la comunidad política, podremos co­
menzar, al menos, a persuadir a otros de que el esta­
do o nación posee una vida sexual en cuya confor-

plo. una manifestación puede ser parte de la vida comunal de


un grupo de acción política, el cual, aunque político en sus
metas, no es en si mismo una comunidad, pues no adminis­
tra sus asuntos a través de un monopolio de poder coactivo
sobre sus miembros.

170
mación contribuye la actividad sexual de los ciuda­
danos individuales, que en cierta manera es misterio­
sa. Pero si por el contrario insistimos en el punto de
vista de la práctica, entonces el argumento de la inte­
gración debe defender la proposición de que la comu­
nidad posee una vida sexual, pero en un sentido muy
diferente. Se debe mostrar que nuestras costumbres,
actitudes y convenciones sociales de hecho crean y
reconocen un acto sexual nacional. El lector ya ha­
brá anticipado mi juicio al respecto. Consideremos
los tres rasgos que ya identificamos como apoyo para
afirmar una vida musical comunal en el caso de una
orquesta. Ninguno de ellos se satisface en el caso de
la vida sexual de la nación. Nuestras convenciones
no reconocen una actividad sexual colectiva y nacio­
nal. Cuando hablamos de las preferencias y hábitos
sexuales de una nación hablamos estadísticamente,
y no lo hacemos de un logro o fracaso colectivo, como
en el caso de la actuación de la orquesta3. Tampoco
poseemos convenciones o prácticas que suministren
estructuras para una actividad sexual cooperativa a
nivel nacional, en el mismo sentido en que nuestra
constitución otorga mecanismos para elegir presiden­
tes.
La composición de una comunidad política tam­
poco se relaciona con la idea de que su vida comu­
nal tiene un lado sexual. Los criterios de ciudadanía
no pueden ni explicar ni ser explicados por medio de
la suposición de cualquier tipo de empresa sexual
colectiva. A grandes rasgos, los ciudadanos nacen
dentro de sus comunidades políticas y la mayoría no
tienen posibilidades reales de dejar la comunidad en
la que nacieron4. A menudo, en una misma comuni­

3 Dese luego, como subrayare más adelante, esto no quiere decir


que ninguna comunidad reconoce —o podría reconocer— un
acto sexual colectivo.
4 Los ciudadanos no se escogen mutuamente, como si lo hacen
los miembros de organizaciones fraternales; tampoco son elegi­
dos por un talento o ambición específicos, como los músicos de

171
dad política nacen personas de cualquier raza, fe o
ambición, y es muy improbable que la caracteriza­
ción de la vida comunal que mejor se adapte a la
comunidad en cuestión sea aquella en la cual se
asume que es necesario elegir una fe, una serie de
ambiciones personales o fidelidades étnicas, o una
serie de patrones de responsabilidad sexual —como
sí debe hacerlo un individuo saludable—. Dicha ca­
racterización no solo no corresponde a los criterios
de ciudadanía; hace que estos pierdan su sentido y
parezcan un desatino.
Tal vez no podemos descartar apriorísticamente la
posibilidad de encontrar otras áreas sociales que
puedan servir para sustentar la afirmación de que
una nación tiene una vida sexual colectiva —áreas
muy diferentes de aquellas a las cuales recurrimos
naturalmente para explicar por qué una sinfonía o
una legislación es un acto colectivo y comunal—.
Pero no sé cuáles podrían ser esas áreas. Si no se
logra sugerir alguna, entonces la única manera de
que el argumento comunitario que parte de la inte­
gración sea exitoso es recaer en el punto de vista
antropomórfico de la comunidad, que la mayoría de
los lectores estaría ansioso por desautorizar.
Aquí debo añadir dos aclaraciones. Primera, que
no he afirmado que no existan comunidades cuya
vida colectiva presente un aspecto sexual. Existen
todo tipo de comunidades —por ejemplo, existen co­
munidades de coleccionistas de estampillas que em­
prenden proyectos colectivos— y algunas pueden te­
ner la naturaleza de orquestas sexuales. Se ha suge­
rido, por ejemplo, que algunas familias se ven a sí
mismas —y otras podrían hacer de igual manera—
como comunidades para la propagación, en cuyo
caso los actos sexuales de los miembros de dichas

una orquesta, ni se Identifican por alguna convicción religiosa o


sexual dada de manera independiente: ni siquiera, en el mundo
moderno de cambios en la inmigración y las fronteras, por tipo
o trasfondo racial, étnico o lingüístico.

172
familias podrían considerarse colectivos, en el senti­
do de la definición que presupone el argumento de la
integración. Mi punto es que ni los Estados Unidos ni
sus varios estados son comunidades que posean una
vida sexual comunal, y que, por consiguiente, el ar­
gumento de la integración, utilizado para justificar
decisiones políticas antiliberales por, y a través de.
dichas comunidades políticas, fracasa.
Segunda aclaración. No he considerado el argu­
mento según el cual los miembros de una comuni­
dad política deberían desarrollar las prácticas nece­
sarias para que fuera verdad que la comunidad tu­
viera una vida sexual comunal. No tengo ni idea de
cómo se podría defender tal argumento, ni de cómo
hacerlo probable. Alguien podría decir, por ejemplo,
que las personas deberían intentar expandir la vida
comunal de su comunidad política porque la sensa­
ción fenomenológica de la integración es deseable por
sí misma, de la misma manera que algunas personas
creen que el placer sensual o el estímulo del peligro
son deseables. Pero si el valor de la integración reside
en una sensación específica, difícilmente seria nece­
sario buscar la integración con una comunidad polí­
tica. Las personas pertenecen a una variada gama de
comunidades, y la mayoría de ellas podría pertenecer
a muchas más, si asi lo quisiera. Pertenecen —o po­
drían pertenecer— a familias, vecindarios, asociacio­
nes de ex alumnos, asociaciones fraternales, fábri­
cas, colegios, equipos, orquestas, grupos étnicos, co­
munidades de expatriados, etc. Por lo tanto, habría
amplias oportunidades para que las personas tuvie­
ran el grado de experiencia de la integración que con­
sideraran valioso, sin tener necesidad de buscar di­
cha experiencia en la comunidad política, en la cual
asegurarla es inevitablemente más difícil. En cual­
quier caso, sin embargo, él argumento de que debe­
ríamos intentar orear una comunidad que posea una
vida sexual colectiva es muy diferente al argumento
de la integración, que ha sido objeto de nuestra con­
sideración. Pues este último argumento comienza y

173
adquiere su fortaleza en la afirmación de que ya esta­
mos en una comunidad de ese tipo —que no tenemos
alternativa diferente a vigilar la vida sexual de los
demás porque si sus vidas están degradadas, tam­
bién lo estarán las nuestras5.

5 De mi afirmación de que la Integración ótica solo es posible


cuando las prácticas sociales crean el traslbndo conceptual ne­
cesario. no se llega, desde luego, a la afirmación de que la inte­
gración ética es obligatoria, ni siquiera defendible, en todas las
ocasiones en que se crea tal trasfondo. Nadie debería creer que
sus propios intereses críticos están ligados a los de una comu­
nidad que no lo reconoce como miembro igual o que le niega los
derechos humanos básicos, por ejemplo. Comparemos, a este
respecto, las condiciones paralelas de las obligaciones políticas
comentadas en mi Law's Emptre. op. d t

174
LA COMUNIDAD LIBERAL

R epu b lic a n o s civ iles libera les


El argumento no liberal de la integración asume que
una comunidad política tiene una vida que incluye
un aspecto sexual. Esta suposición es correcta a me­
dias. Una comunidad política tiene una vida, pero no
ese tipo de vida. Si es asi, el argumento que parte de
la integración fracasa como crítica de la tolerancia
liberal en asuntos sexuales. Ahora pasaré a explorar
la parte correcta del argumento: su premisa funda­
mental e importante de que la integración política tie­
ne importancia ética. Trataré de mostrar que. si bien
los liberales no han puesto énfasis en la importancia
ética de la integración, el reconocimiento de esta im­
portancia no amenazaría, sino que más bien nutriría,
los principios liberales.
Primero, debo prevenir contra una mala interpreta­
ción de mi argumento, como hasta ahora lo he pre­
sentado. No he dicho que las personas no deberían
identificarse totalmente con su propia comunidad po­
lítica, ni que la total identificación sea imposible por­
que sus condiciones no pueden cumplirse. Más bien.
he argumentado en favor de un punto de vista especi­
fico sobre lo que significa identificarse con la comuni­
dad. Los ciudadanos se identifican con su comunidad
política cuando reconocen que esta posee una vida
comunal, y que el éxito o fracaso de sus propias vidas
depende éticamente del éxito o fracaso de dicha vida
comunal. Así. lo que cuenta como identificación total
depende de lo que se entienda por vida comunal. La
perspectiva liberal de la Integración que describiré
considera de manera limitada las dimensiones de la
vida comunal de una comunidad política. Pero no por
eso es una concepción moderada de la identificación
con la comunidad. Se trata de una concepción total,
genuina e intensa, exactamente por ser discriminato­
ria. Aquellos que sostienen que la identificación con la
comunidad requiere una legislación no liberal no es­
tán defendiendo un nivel más profundo de identifica­
ción que el permitido por el liberalismo. Están alegan­
do en favor de un recuento diferente de aquello que en
realidad constituye la vida colectiva de una comuni­
dad. Si el recuento liberal es correcto, y el suyo es
errado, el liberalismo provee una forma de identifica­
ción más genuina que la presentada por sus críticos.
¿Cuál es. entonces, la vida comunal de una comu­
nidad política? Ya dije que la vida colectiva de una
comunidad política incluye sus actos políticos oficia­
les: legislación, adjudicación, coacción, y otras fun­
ciones ejecutivas del gobierno. Un ciudadano integra­
do considerará que los logros y fracasos de su comu­
nidad en dichos actos políticos tienen resonancia en
su propia vida, mejorándola o degradándola. Desde
la perspectiva liberal, no habría que añadir nada
más. La vida comunal de un cuerpo político debe en­
tenderse agotada en estos actos políticos formales de
la comunidad, de manera que se entienda que los
ciudadanos actúan conjuntamente, como colectivo,
únicamente obedeciendo a dicha estructuración.
Esta manera de considerar la vida comunal de una
comunidad parecerá demasiado mezquina, y no es
necesaria para el argumento que he venido desarro-

176
liando en favor de la tolerancia liberal. Pero valdría la
pena explorar por qué razón la perspectiva mezquina
seria suficiente en todo caso.
La idea de que la vida comunal de una comunidad
es tan solo su vida política formal es desilusionante,
pues parece desvirtuar la idea de integración, o de­
jarla sin función. La idea de que las vidas de las per­
sonas deberían ser consideradas como integradas a
la vida de su comunidad sugiere, a primera vista,
una emocionante expansión de la teoría política. Pa­
rece prometer una política dedicada tanto a promover
el bien colectivo como a —o tal vez en lugar de—
proteger los derechos individuales. La concepción an-
tropomórfica de la vida comunal —según la cual la
vida de la comunidad refleja todos los aspectos de la
vida de los individuos, incluyendo sus elecciones y
preferencias sexuales— parece cumplir dicha prome­
sa. Este argumento afirma que un ciudadano inte­
grado rechazara la tolerancia liberal en favor de un
compromiso hacia los patrones sexualmente saluda­
bles impuestos a todos, porque preocuparse por la
comunidad significa preocuparse porque la propia
vida sea buena y justa. Pero mi sugerencia —que la
vida comunal se limita a las actividades políticas-
no amplia la justificación oficial más allá de lo que
los liberales ya aceptan. Si la vida de una comunidad
se limita a las decisiones políticas formales, y si por
lo tanto sus logros críticos dependen únicamente del
éxito o fracaso de sus decisiones legislativas, ejecuti­
vas y adjudicativas, entonces podemos aceptar la pri­
mada ética de la vida de la comunidad sin abando­
nar ni comprometer la tolerancia y neutralidad libe­
ral con respecto a la buena vida. Simplemente repeti­
mos que el éxito en las dedsiones políticas exige tole­
rancia. Desde luego, esta proposidón puede ser —y
lia sido— cuestionada1. Sin embargo, d argumento

1 Por ejemplo, se cuestiona en los tres primeros argumentos co­


munitarios que ya discutí en este ensayo.

177
en favor de la integración añade un nuevo reto a los
que ya se han planteado a la tolerancia, solamente si
asume una visión antropomórñca de la comunidad, o
por lo menos una que incluya algo más que las ac­
tividades políticas puramente formales. Si limitamos
la vida comunal de una comunidad a sus decisiones
políticas formales, la integración no presenta amena­
zas para los principios liberales, y esta es precisa­
mente la razón por la cual parece decepcionante.
No obstante, sería un error concluir que la inte­
gración es una idea que no presenta consecuencias,
que no añade nada a la moral política. El ciudadano
que se identifica con la comunidad política, al acep­
tar las prioridades éticas de la comunidad, no ofrece­
rá nuevos argumentos sobre la justicia o sabiduría
de ninguna decisión política. Sin embargo, asumirá
una actitud totalmente diferente hacia la política. Po­
demos apreciar la diferencia al contrastar su actitud,
no con el individuo egoísta en sus fantasías, sino con
la persona que para los críticos del liberalismo es
modelo de liberalismo, persona que rechaza la inte­
gración pero obedece a un sentido de la justicia. Esta
persona votará, trabajará y cabildeará tan solo por
las decisiones políticas que cree imperativas para la
justicia. Sin embargo, establecerá una clara linea di­
visoria entre lo que la justicia requiere de ella y los
logros críticos de su propia vida. No considerará que
su vida es menos exitosa si, a pesar de sus propios
esfuerzos, su comunidad acepta una marcada desi­
gualdad económica, si mantiene formas de discrimi­
nación racial o semejantes, o limitaciones injustas a
la libertad individual2.
El liberal integrado no separará su vida privada de
su vida pública de esta manera. Considerará que su
vida habrá desmejorado —será una vida menos bue­
na de la que hubiera podido tener— si vive en una

2 A menos, desde luego, que sea ella misma victima de estas dife­
rentes formas de discriminación.

178
co m u n id ad in ju sta, sin im p o rtar q u é tan to h a y a tra­
b a ja d o p a ra h a c e rla ju s ta . C o n sid e ro q u e esta fu sió n
de m oral política e in terés critico in d iv id u al co n stitu ­
y e el v erd ad ero n ú cle o del re p u b lican ism o cívico, la
im p o rtan te m a n e ra com o lo s c iu d a d a n o s d eberían
u n ir s u s in tereses y s u p erso n a lid a d a la co m u n id ad
política. D ic h a fu sió n afirm a u n a id ea claram en te li­
b e ra l. q u e florece ú n icam en te en u n a so cied ad lib e­
ra l. N o p u ed o a s e g u ra r, d e sd e lu ego , q u e u n a so cie­
d a d d e in d iv id u o s in tegrad o s s e rá in evitablem en te
m ás ju s t a q u e u n a co m u n id ad n o in tegrad a. L a in ­
ju s tic ia es el re su lta d o de m u c h o s m á s factores — de
fa lla s de en e rgía o in d u stria, d e d e b ilid a d e s de la vo­
lu n tad o erro res fllo só flco s— .
Una comunidad de personas que aceptan la inte­
gración en este sentido tendrá siempre ventajas nota­
bles sobre aquellas comunidades cuyos ciudadanos
rechazan la integración. Un ciudadano integrado
acepta que el valor de su propia vida depende del
éxito de su comunidad al tratar a todos sus miem­
bros de manera igual. Supongamos que este sentir es
público y transparente: todos los miembros entien­
den que todos los demás comparten esta actitud. En­
tonces, la comunidad tendrá una fuente importante
de estabilidad y legitimidad incluso a pesar de que
sus miembros estén en claro desacuerdo sobre lo que
es la justicia. Compartirán ellos un modo de enten­
der que la política es un proyecto conjunto en un
sentido especialmente marcado: que todos, sin que
importen nivel económico ni convicción, tienen un in­
terés personal —un fuerte interés personal para
aquellos que tienen un vivo sentido de sus intereses
críticos— en la justicia, no solo para si mismos, sino
también para todos los demás. lista comprensión
crea un poderoso vinculo que subyace a cualquier
discusión sobre principios y políticas específicos. Las
personas que piensan en la justicia de manera no
integrada, en el sentido de que consideran que deben
comprometer sus intereses en beneficio de otros,
mostraran una tendencia a sospechar que aquellos

179
que oponen resistencia a programas que de manera
evidente exigen su sacrificio —puesto que rechazan
la concepción de justicia sobre la cual se apoyan di­
chos programas— actúan a partir del sesgo del inte­
rés propio, sea deliberada o inconscientemente. La
discusión política degenerará en la sombría negocia­
ción que destruye el republicanismo cívico.
Este tipo de sospecha no tiene espacio entre las
personas que asumen el desacuerdo político como
desacuerdo; no como una discusión sobre los sacrifi­
cios que de cada uno se requieren, sino sobre la ma­
nera como se podrían satisfacer los intereses comu­
nes de todos a la vez que se asegura una solución
genuinamente Justa. El desacuerdo persiste contra
este trasfondo, y es deseable que asi sea. Pero se tra­
ta en este caso de un desacuerdo saludable entre
socios cuyos intereses se unifican, socios que saben
que sus intereses no son antagónicos, que saben que
pierden o ganan juntos. Entendida de esta manera,
la integración da un nuevo y refrescante significado a
la vieja idea de bienestar público, interés genuino
que las personas comparten en política, incluso
cuando los desacuerdos políticos son profundos.
Desde luego, todo esto es utópico. Escasamente, po­
demos esperar que una sociedad totalmente integra­
da llegue a realizarse. No se materializará en las pró­
ximas décadas. Pero en estos momentos estamos ex­
plorando la utopia, un ideal de comunidad que pode­
mos definir, defender y hacia el cual tal vez podemos
comenzar a encaminamos, con la consciencia tran­
quila en términos morales y metafisicos.

La prioridad ética

Las consecuencias del republicanismo cívico son, por


lo tanto, atractivas. Pero en los argumentos que he
presentado existe un resquicio, pues no he presenta­
do. hasta ahora, la razón por la cual las personas
deberían aceptar la integración, en el sentido liberal.

180
la razón por la cual deberían considerar que el éxito
de sus vidas depende, como acabo de describir, de la
justicia de las decisiones politicéis de la comunidad a
la cual pertenecen. No podemos esperar presentar
una demostración contundente como respuesta a
esta pregunta. Pero si podemos intentar hacer más
atractiva la idea de comunidad liberal, por medio de
la identificación de los aspectos de la buena vida que
se posibilitan, o se alimentan, en un estado justo5.
Describiré solamente una de las vertientes de este
proyecto, y lo haré en forma esquemática. El proyecto
comienza, de manera incompleta, a partir del punto
de vista de Platón, según el cual, en una ética ade­
cuada, la moral y el bienestar son reciprocamente
dependientes, y alguien que no se comporta de ma­
nera justa lleva en consecuencia una vida peor*. Este
es un punto de vista difícilmente probable si tenemos
en mente lo que he llamado bienestar volitivo. No pa­
rece existir conexión entre el hecho de que yo sea
justo y el de que yo tenga lo que quiero. Pero cuando
tenemos en mente el bienestar critico, la idea de Pla­
tón parece más factible. Los criterios que determinan
que una vida sea buena en el sentido critico no pue­
den definirse sin un contexto, como si se aplicaran
los mismos patrones para todos los pueblos en todas
las etapas de la historia. Alguien vive bien cuando
responde apropiadamente a sus circunstancias parti­
culares. La pregunta ética no es cómo deberían vivir
los seres humanos, sino cómo debe vivir alguien que
está en mi posición. Gran parte del proyecto gira, en­
tonces, en tomo a la manera como ha de definirse mi
posición, y parece perentorio que la justicia figure en
tal descripción. La pregunta ética, entonces, pasa a
ser: ¿qué es una buena vida para alguien que tiene34

3 la discusión esquemática y en cierto modo críptica de esta sec­


ción también toma elementos de las conferencias a las que me
referí con anterioridad, en las que. además, se desarrolla consi­
derablemente.
4 Véase Ratón, The Republlc. Versión castellana. La República.

181
derecho a los recursos a los cuales yo tengo derecho?
Y a la luz de esta pregunta, la idea de Platón sobre el
éxito crítico cobra validez. Alguien vive pobremente,
es decir, responde pobremente a sus circunstancias,
si actúa injustamente. No tenemos que aceptar forzo­
samente la enérgica idea, que de hecho Platón defen­
dió. de que nadie saca provecho de la injusticia. Tal
vez las vidas de algunos grandes artistas no habrían
sido posibles en una sociedad totalmente justa, de lo
cual no se desprende que dichos artistas tuvieran vi­
das malas. Pero si se sigue que el hecho de haber
sido sustentada por la injusticia cuenta en contra de
una buena vida.
Ahora, notemos lo que podría parecer una contra­
dicción entre dos ideas éticas que la mayoría de no­
sotros acepta. La primera domina nuestra vida priva­
da. Creemos que tenemos responsabilidades específi­
cas hacia aquellas personas con las cuales mantene­
mos relaciones especiales: nosotros mismos, la fami­
lia, los amigos y los colegas. Gastamos más tiempo
—y otros recursos— en ellos que en los extraños, y
creemos que esto es acertado. Creemos que alguien
que en su vida política mostrara igual preocupación
por todos los miembros de su comunidad sería una
persona defectuosa a nivel privado. El segundo ideal
domina nuestra vida política. En su aspecto politico,
el ciudadano justo insiste en que hay que preocupar­
se igualmente por todos. Vota y trabaja en favor de
políticas que tratan a los ciudadanos como seres
iguales. A la hora de elegir un candidato, no muestra
más preocupación por si mismo o por su propia fa­
milia que por otras personas que para él son meros
datos estadísticos.
Una ética general competente debe reconciliar es­
tos dos ideales. Sin embargo, estos solo pueden re­
conciliarse cuando la política logra realmente distri­
buir los recursos en la manera requerida por la justi­
cia. Si se ha garantizado una justa distribución, en­
tonces los recursos que las personas controlan les
pertenecen, moral y legalmente; el hecho de que los

182
utilicen como desean y como exigen lazos y proyectos
especiales, no anula el reconocimiento, por parte de
ellas mismas, de que todos los ciudadanos tienen de­
recho a una participación justa en ellos. Pero cuando
la injusticia es substancial, las personas que se ven
atraídas por ambos ideales —de proyectos y vínculos
personales, por una parte, e igualdad de preocupa­
ción política, por otra parte— se enfrentan a un cier­
to tipo de dilema ético. Deben comprometer uno de
los dos ideales, y cada compromiso que asumen de­
teriora el éxito crítico de sus vidas.
Actuar de manera justa no es del todo un asunto
pasivo; no solo quiere decir no hacer trampa, sino
también implica hacer lo posible, para cada uno, con
miras a la reducción de la injusticia. Asi, alguien ac­
túa injustamente cuando no destina recursos —a
cuya posesión sabe que no tiene derecho— a las ne­
cesidades de aquellos que tienen menos. Esta omi­
sión difícilmente será recompensada por la caridad
ocasional, que es inevitablemente limitada y arbitra­
ría. Entonces, si el valor crítico de una vida disminu­
ye por el no actuar como requiere la justicia, también
disminuye cuando se ignora la injusticia en la propia
comunidad política. Por otra parte, una vida total­
mente dedicada a la reducción de la injusticia, en la
medida de lo posible, se vería afectada de igual ma­
nera. Cuando en una sociedad la injusticia es subs­
tancial y penetrante, cualquier ciudadano individual
que acepta una responsabilidad personal hada la co­
munidad, en d sentido de hacer lo que está a su
alcance para reformarla, terminará negándose a si
mismo proyectos y vínculos personales, así como fri­
volidades y placeres, esenciales para llevar una vida
decente y gratificante.
De esta manera, alguien que tenga un vivido sen­
tido de sus intereses críticos se verá inevitablemente
frustrado cuando la comunidad a la cual pertenece
fracasa en sus responsabilidades de justicia, lo cual
es válido incluso a pesar de que dicha persona haya
hecho todo lo posible para contribuir al éxito de la

183
comunidad. Todos compartimos esta poderosa razón
para querer que nuestra comunidad sea justa. Y una
sociedad justa es prerrequisito para una vida que
respete ambos ideales, ninguno de los cuales debe
ser abandonado. Así, nuestras vidas privadas, nues­
tro éxito o fracaso en mantener el tipo de vida que
alguien como nosotros debería poder llevar, son pa­
rásitos, en ese sentido limitado pero poderoso, de
nuestros éxitos conjuntos en materia política. La co­
munidad política tiene esa preponderancia sobre
nuestras vidas individuales.

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