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Daniel Hernández Guzmán

Tres iteraciones sobre el canibalismo: análisis cárnico sobre tres cuentos

latinoamericanos.

En este escrito me interesa explorar iteraciones sobre cierta concepción de

canibalismo en los cuentos “La gallina degollada” de Horacio Quiroga, “Macario” de Juan

Rulfo y “Bambú” de Eduardo Halfon. Para esto, no me interesa el concepto de canibalismo

como tal, sino las variaciones modernas y contemporáneas que pueden existir sobre éste y su

relación con una noción de racionalidad y, por ende, humanidad. Esta relación, aunque ha

trascendido algunos de los supuestos inscritos en la discusión barroca y teológica de Ginés

de Sepúlveda y Bartolomé de las Casa acerca de las definiciones jurídicas de humanidad –en

principio vinculadas con la antropofagia--, no ha dejado de estar anclada en un modelo de

raciocinio humano que, desde la lectura que haré de estos tres cuentos, todavía está en

conexión con algunas restricciones y permisividades sobre la manipulación, el consumo y el

tráfico de la carne humana y de otros seres cárnicos.

A través de esta lectura quiero indagar sobre cómo los límites establecidos sobre la

manipulación, consumo y tráfico de carne humana y no-humana ofrecen a su vez unos

parámetros de racionalidad que implican cierto concepto de humanidad. Es decir, me interesa

ver cómo, así como en el modelo colonial, el caníbal, dado su consumo de carne humana, era

categorizado bajo una categoría distinta de racionalidad y humanidad, los personajes de estos

tres cuentos desafían o restituyen la conexión entre irracionalidad y humanidad a través de

diversas formas de consumo de carnes prohibidas. Primero, en el caso del cuento de Quiroga,

el canibalismo, visto como la condición bajo la cual carne humana y carne no humana se
convierten en semejantes, se presenta como manifestación de irracionalidad y, por ende, de

un tipo de humanidad patológica. Segundo, en el caso de Rulfo propondré cómo Macario

ofrece una mirada hacia una forma ontoepistemológica divergente desde una experiencia

empírica de mundo que, a pesar a aparecer como patológica dentro de la narración, expone

cómo la relación de sobre el consumo y la manipulación de carne humana y no-humana no

necesariamente implica una división entre civilizado y bárbaro. Por último, a través de Halfon

expondré cómo a partir del montaje entre imágenes de manipulación y segregación de seres

cárnicos animales y humanos con discapacidades cognitivas, se evidencia la contingencia de

los significantes humano, animal, cárnico y patológico.

I. Matadero

El cuento “La gallina degollada” (1917) narra la historia de una familia cuyos cuatro

primeros hijos varones que a los pocos días de nacidos sufren una enfermedad que los deja

con una condición de discapacidad cognitiva: en palabras del narrador “idiotas”, “bestias”.

El matrimonio, decide continuar sus intentos de tener un hijo saludable, “un hijo como

todos”, hasta el nacimiento una hija, a quien miman en exceso y en deterioro del cariño por

los otros cuatro. Esta predilección culmina con el acto violento de los “cuatro idiotas”, que,

en mímesis de la sirvienta de la casa, que previamente ha degollado a una gallina en frente

de los niños, deciden asesinar a su hermana de la misma forma en la que fue asesinada la

gallina.

El cuento establece una relación entre idiotez, infancia y bestialidad que culmina con

el cruento asesinato de la niña, hija predilecta de la familia. Previo a esto, se ha establecido

de forma antagónica dos posiciones narrativas en el cuento. Por un lado, los adultos, que

discuten, hablan y piensan en sus acciones, y, por otro, los cuatro hijos, mudos y carentes de
reflexión sobre sus actos: “Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos, y volvían la

cabeza con la boca abierta.”. Esta dicotomía entre sujetos pensantes y habladores, y sujetos

mudos, bestiales y que tan solo actúan de forma mimética, recuerda, por supuesto, a la

dicotomía entre civilización y barbarie de autores como Domingo Faustino Sarmiento o

Martín Echavarría, y por ende, remiten a figuras, que desde una lectura alegórica, apuntan a

la idiotización, infantilización, patologización y bestialización de los sujetos no ilustrados.

El cuento, entonces, pareciera establecer una dicotomía entre un supuesto de humanidad

racional, reflexivo y hablante y una humanidad patológica, muda, bestial e imitativa.

Sin embargo, en el momento del cuento en el que aparece la hija del matrimonio, esta

dicotomía se ve interrumpida. Ella aparece como una especie de ser híbrido que rompe con

el binarismo establecido entre niños y pareja adulta. La niña, aunque muda en un primer

momento, cuenta con facultades propias de los adultos, como el raciocinio que los otros

cuatro niños carecen. Esta triada entre niños, adultos y niña, y el resultado violento de ésta,

puede ser leído a través del trabajo del filósofo y crítico literario francés René Girard. Acorde

a Girard, la violencia que se ejerce sobre la niña, la vincula con la figura del chivo expiatorio,

y sería el resultado de un deseo mimético no conciliado. En el caso del cuento, esta lectura

implica que el asesinato de la niña es resultado del deseo mimético que los otros cuatro niños

tienen frente a las figuras de autoridad adultas.

Se podría especular sobre este deseo desde una mirada antropocéntrica, quizás más

acorde con el discurso iluminista propio de la tradición civilización-barbarie, y decir que los

niños asesinan a la niña por causa de la envidia que produce el afecto de los padres hacia ella

y en rechazo a la posibilidad que ella tiene de poder convertirse en una figura de autoridad,
tal como los adultos1. Sin embargo, esto implicaría olvidar por completo el título del cuento

y, por ende, la relevancia de la figura de la gallina degollada en el desarrollo del cuento.

Previo al asesinato de la niña se nos narra: “De modo que mientras la sirvienta

degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de

su madre este buen modo de conservar la frescura de la carne), creyó sentir algo como

respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro,

mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…”. Esta escena antecede el asesinato de la

niña, que, formalmente, será una réplica del degollamiento de la gallina. Los niños observan

con atención el acto de la sirvienta. Ésta realiza el sacrificio con delicadeza, “parsimonia”.

Ellos aprenden mientras observan, así como se hace explícito que la sirvienta ha aprendido

de Berta, la dueña de la casa, así como Berta ha aprendido de su madre. Así, los niños dan

continuidad a la línea de aprendizaje, tan solo que, equivocan el sujeto sobre quien deben

ejercer la muerte. En tanto la violencia sobre el cuerpo y la carne de la gallina está permitida

por una transmisión ancestral del conocimiento y, por ende, no es leída bajo el rótulo de

violencia, los niños confunden la carne humana con la carne de gallina, y por lo tanto su

violencia es ejercida sobre un cuerpo humano, lo que reafirma el carácter barbárico de ellos

y su falta de racionalidad.

De regreso a Girard, podemos percibir entonces que el deseo mimético presente en

los niños no es necesariamente el deseo de, tal como la niña, alcanzar cierto nivel de afecto

de los padres ni la condición supuestamente no patológica de ser humanos pensantes, activos

e incluso hablantes –la niña solicita ayuda de sus padres al momento de ser asesinada. En

contraste, ellos imitan el poder sobre la vida y la capacidad de ejercer violencia que los seres

1
Esto reforzaría una lectura alegórica iluminista según la que los niños alegorizarían el deseo brutal del
pueblo barbárico frente a la juventud civilizada.
adultos poseen, por transmisión ancestral, sobre los animales. La mimesis se produce en el

acto violento con el que ellos, tal como la sirviente, degüellan a un ser vivo. Sin embargo,

en este evento, la condición patológica o irracional de los muchachos se evidencia, no en el

acto violento en sí, sino en el borramiento de los límites especisistas entre la niña y el animal,

lo que permite la manipulación de la carne humana tal como los adultos manipulan la carne

no-humana.

Reinterpretar el funcionamiento mimético de los niños con relación a la carne permite

afirmar lo siguiente: el raciocinio, que desde una lectura antropocéntrica estaría determinado

por los afectos y al habla como elementos que diferencian a los niños de los adultos en tanto

seres humanos racionales y no patológicos, ahora es determinado por la capacidad de los

niños de diferenciar el ejercicio del poder sobre distintos tipos de cuerpos cárnicos, el de la

niña y el de la gallina. Es decir, este discurso, que en principio se fundamenta en un

iluminismo que entiende la bestialidad e idiotez como un asunto de carencia de reflexión y

capacidad de habla, termina definiendo la racionalidad en términos cárnicos. La lectura

alegórica iluminista, queda disuelta en una reapropiación de un motivo de tradición más

larga2, como la capacidad de establecer una diferencia entre carne que puede manipularse y

la que no debe serlo. En este caso, como en la condena al salvajismo caníbal: la diferencia

entre carne humana y carne no-humana.

Con este giro, quiero proponer que el cuento de Quiroga no está tan solo inserto en

un proyecto iluminista decimonónico, sino que, posee raíces más profundas que la propia

ilustración. La gallina degollada, por lo tanto, no se hace tan distante de las discusiones sobre

2
Acá estoy pensando tanto en la lectura antropológica de Freud sobre el tótem y el tabú como en las
restricciones cuaresmales de El libro de buen amor, y, particularmente, en los relatos sobre canibalismo de
Anchieta y De Lery.
caníbales propias de los tiempos coloniales, y muestra cierto vínculo, aún latente a comienzos

del siglo XX, entre las justificaciones cárnicas del proyecto colonial y las justificaciones del

proyecto iluminista, si se observan desde la concepción de la racionalidad y el razonamiento

a partir de la determinación y delimitación entre las carnes que pueden y deben ser

consumidas y aquellas que no.

II. Consumo personal

En contraste a la narración de Quiroga, que establece una clara diferenciación entre

dos tipos de sujetos humanos a partir de la perspectiva y observación de los personajes,

podemos encontrar el cuento “Macario” (1953) de Juan Rulfo. Tal como la mayoría de

cuentos de El llano en llamas este cuento narra las condiciones de precariedad de habitantes

rurales de México después de la guerra de revolución. En particular, “Macario” da cuenta de

la vida de su protagonista Macario, un joven con discapacidad cognitiva; la madrastra de éste

y el misterioso personaje de Felipa, quien es motivo de afecto del joven Macario. En el relato

se narra la precariedad de la condición de los tres personajes, así como la particularidad

condición de miseria que Macario, dada su condición cognitiva, tiene que sufrir a costa del

trato de los otros, así como el cariño que recibe en otros momentos.

Macario se describe a sí mismo a partir de lo que dicen los otros: un loco, un pecador,

un ser violento que debe ser controlado. Así mismo, narra le mundo que le rodea desde un

lugar de enunciación en donde las cosas son explicadas a través de su experiencia empírica

o la poca información que le ofrecen Felipa y su madrina. Describe, por ejemplo, el color y

los sonidos del mundo, el tacto de los animales y cuerpos que toca, y construye una

explicación a sus actos y un telos a su vida a partir de la explicación religiosa que su madrina

le ofrece. Por un lado, accedemos al mundo a través de sus sentidos, carentes de un juicio
moral o estético concreto, más allá de la comparación entre sabores y colores que realiza, y

por otro, de forma casi disonante, se nos ofrece un determinismo moral a través de figuras

religiosas y la promesa de un cielo, purgatorio o infierno.

Dentro de su experiencia empírica vemos comparaciones como las siguientes: en el

orden visual, “Los sapos son negros. También los ojos de mi madrina son negros.”, con

respecto al gusto, “Los sapos no se comen; pero yo me los he comido también, aunque no se

coman, y saben igual que las ranas.”. En los dos casos, la experimentación con el mundo

prima sobre la diferenciación específica o las restricciones impuestas moralmente sobre los

sentidos. Aunque el comer sapos esté prohibido, Macario lo hace dado que no encuentra

diferencia empírica y sensorial entre lo uno y lo otro. Así mismo, luego explica cómo mata

ranas, cucarachas y alacranes por igual, en un apuro por librar al mundo de alimañas que,

aunque Macario no lo entiende, agobian por igual a su madrastra.

Así como el agobio y el deseo de satisfacer la tranquilidad de su madrastra es uno de

los principales motores de la acción de Macario, el hambre es el otro. En el cuento se describe

cómo éste bebe y come de diversas fuentes de alimento. Casi sin distinción, se alimenta de

ranas, sapos, comida para cerdos, comida que le da su madrastra y demás elementos del

mundo. Sin embargo, el elemento que más agrada a Macario en el mundo es la leche de

Felipa, la cual tiene un sabor comparable, únicamente, con el de las flores del obelisco.

Macario realiza comparaciones del sabor de esta leche en diversos pasajes del cuento: a veces

con otro tipo de leche, como la de cerda y la de cabra, e incluso con el sabor de la sangre.

Esta comparación, de nuevo sugerida desde la experiencia empírica del gusto, carece de la

carga moral que implícitamente sugiere una relación sexual posiblemente indebida. Aquí, se

produce de nuevo una equivalencia amoral entre alimentos del mundo, incluso entre aquellos

que provienen de un cuerpo humano, como la leche de Felipa.


Si en el cuento de Quiroga presentaba a los cuatro niños como mudos y sus acciones

como salvajes, el cuento de Rulfo interioriza en la perspectiva de Macario, para, en contraste

al mundo oposicional que se diluye en La gallina degollada a partir del asesinato de la niña,

presentar un mundo en el que el alimento humano y no-humano, así como la carne de sus

seres se mide por el cariño y no por la diferencia entre especies. La forma en la que Macario

protege y da cariño a algunos animales, como los grillos, y a Felipe, contrasta con las acciones

violentas sobre las ranas, las cucarachas y su cuerpo. Se dice en la narración: “Uno da de

topes contra los pilares del corredor horas enteras y la cabeza no se hace nada, aguanta sin

quebrarse.”. Y luego, “Un día inventaron que yo andaba ahorcando a alguien; que le apreté

el pescuezo a una señora nada más por nomás.”. Las acciones de violencia, consumo y cariño

que Macario tiene sobre distintos seres, no siguen un orden taxológico que divide lo humano

de lo no-humano, ni de la carne consumible de la no consumible. El raciocinio –la

racionalidad como el racionamiento—que él realiza del mundo, no obedece un determinismo

humanista. El orden moral que el cuento desarrolla se produce en el contacto sensorial de él

como individuo con el mundo, y no un modelo comprensivo prexistente a éste.

De vuelta a la figura del caníbal, si en el cuento de Quiroga veíamos reencarnada la

figura del caníbal como el sujeto que dado su irracionalidad era incapaz de distinguir entre

carne y cuerpo humano y no-humano, en Macario vemos un caso similar. Sin embargo, desde

la lógica del cuento se presenta una alternativa no racional, no cartesiana a la supuesta

necesidad de una determinación lógica del mundo y una separación entre los cuerpos

humanos, racionales y pensantes, y los cuerpos no-humanos. En el cuento, el empirismo

como modelo para entender y determinar los seres del mundo, en términos de Karen Barad

su ontoepistemología, se antepone a una concepción racional del mundo; y si bien se basas

de nuevo en la alimentación, el consumo y el apetito para establecer el modelo comprensivo


del mundo del relato, éste se hace un uso divergente de la concepción del caníbal desde una

ontoepistemología humanista e iluminista. En este caso, Macario, aunque se alimenta de

leche humana y agrede carne humana sin ninguna distinción frente a la de otros seres

cárnicos, ofrece una perspectiva de mundo en la que este colapso taxológico es explicado por

la experiencia inmediata del narrador y se convierte en una forma alternativa para

comprender el mundo.

Finalmente, el cuento ofrece una ontoepistemología no cartesiana, no especisista, en

la que se colapsa lo que desde una mirada antropocéntrica e iluminista serían distintos

cuerpos y productos cárnicos, divididos por jerarquías de especies y órdenes morales sobre

su consumo. Bajo una lógica caníbal, Rulfo se sitúa en la mente de Macario, no para condenar

su consumo y trato hacia distintos tipos de carne sino para aclarar el modelo comprensivo de

mundo que lo explica. Sin embargo, cabe resaltar que ante los ojos de los demás personajes

y incluso desde la misma lógica del cuento, Macario es presentado como un ser patológico.

Y aunque la comprensión empírica que éste realiza del mundo aparece como válida dada su

comprensión de éste, ésta no deja de ser marginal, patológica e infantil. No en vano la

condición de Macario se presenta al lector como llena de miseria, dolor y hambre en una

especie de condición melodramática que pretende un pathos sobre la pobreza y la ausencia

de razón.

III. Producción industrial

Ahora, tras explorar desde una concepción cárnica la relación entre discapacidad

cognitiva y formas de consumo de carnes en cuentos del siglo XX y descubrir en ellos una

retematización de la figura del caníbal desde una concepción, primero, barbárica y, segundo,

patológica, analizaré cómo esta relación se tematiza en el cuento contemporáneo


“Bambú”(2015) del autor guatemalteco Eduardo Halfon. En este relato, un personaje –

presunta versión ficcional del autor—realiza un viaje desde la capital del país

centroamericano hacia la ciudad costera de Iztapa. Al final del trayecto el personaje busca un

lugar en donde estacionar su auto, y, en el proceso de hallar el lugar, se topa con dos escenas

que generan en él una serie de reflexiones sobre su condición de escritor, testigo y privilegio

dentro del país que habita.

La primera escena descrita es una cooperativa de pescadores en la que dos niñas se

encargan de limpiar de vísceras y sangre el cadáver de unos tiburones. Parte de la actividad

que el narrador describe es el recorte de las aletas de los animales, cuyos cuerpos se

amontonan en la tierra fangosa: “Recordé haber leído en algún lado sobre el mercado negro

internacional. Aleteo, le llaman.”. Tras una reflexión sobre la necesidad de grabar esta

escena, si no en un cuaderno sí en la memoria, el narrador se dirige a un estacionamiento

donde es recibido por una familia indígena. Tras acordar el pago del tiempo de

estacionamiento de su auto, el narrador ve a un muchacho tambalearse y gritar hasta ser

escondido por su familia. El narrador, decide explorar más e intenta averiguar qué le sucede

al joven. Lo que encuentra le produce gran impacto: el joven es encerrado semidesnudo en

una jaula de bambú hecha de forma artesanal por sus padres. Reflexiona entonces sobre las

condiciones de enclaustramiento del muchacho hasta decidirse a dar la espalda a la jaula y

dirigirse al mar.

A primera vista este cuento pareciera poco comparable con los dos relatos analizados

previamente puesto que las escenas cárnicas y el sujeto con discapacidad cognitiva aparecen

divididos en dos escenas, sin embargo, para esta exploración quiero enfatizar en el efecto de

montaje que se produce entre las dos imágenes antes descritas. Por un lado, la carne de los
animales sangrantes y las niñas que los trozan para venderlos en el mercado y, por otro, el

joven discapacitado, encerrado por sus padres en una jaula de bambú con la posible intención

de esconderlo y protegerlo del mundo. La compaginación de las dos imágenes en simultánea

trae de vuelta la pregunta por las acciones sobre la carne humana y la carne no-humana, así

como la relación entre enclaustramiento de seres cárnicos, la explotación y manipulación de

la carne, y el tráfico y mercantilización tanto en el primer caso como en el segundo.

Con respecto a la primera escena lo primero que percibimos es la sangre que el

narrador pisa por accidente. Luego, levanta la vista para contemplar los cadáveres de

tiburones amontonados los unos sobre los otros. “Volví la mirada hacia la izquierda, hacia el

interior de un local oscuro y angosto, y descubrí que el piso estaba lleno de tiburones.

Tiburones pequeños. Tiburones medianos. Tiburones azules. Tiburones grises. Tiburones

pardos. Hasta un par de tiburones martillo. Todos como flotando en un fango de salmuera y

vísceras y sangre y más tiburones.” La reiteración de la imagen de los cuerpos produce una

sensación de desagrado tanto en el lector como en el narrador que a continuación describe el

olor intolerable del lugar en el que sucede la matazón. Esta descripción, profundamente

cárnica, hace eco con un elemento que está presente en la obra de Halfon y en particular el

libro en el que está inserto el cuento, Signor Hoffman. Halfon, como nieto de una víctima de

la Shoah remite a este episodio, así como al genocidio de indígenas en Guatemala a través de

sus narraciones. Es inevitable entonces ver ecos de los cuerpos apilados de seres humanos en

la descripción que éste hace de los tiburones.

Ahora bien, una diferencia fundamental se produce en el contraste de las dos

imágenes. Aunque tanto en los genocidios como en el asesinato de los tiburones la imagen

de cuerpos y demás elementos cárnicos está presente, el caso de los tiburones no permite una
lectura fácil desde el plano moral. Quienes se encargan de la limpieza y mutilación de los

cuerpos son sujetos humanos a quienes Halfon justifica a partir de describir las condiciones

precarias en las que viven los habitantes de la población. Luego en cuanto refiere al mercado

negro que acompaña la actividad del aleteo, ofrece una justificación económica que hace que

la acción que observa y que en principio condena quede matizada por los factores económicos

que circunscriben la mutilación de los animales. En efecto, este giro, el de introducir el factor

económico como un elemento relevante en cuanto a la relación entre carne humana y no-

humana es explicito aquí en contraste con los anteriores cuentos. Si bien “Macario” ofrecía

el marco de la pobreza como justificación del hambre y “La gallina degollada” daba cuenta

de diferencias sociales entre los dueños de casa que ordenan la muerte de la gallina y la

sirvienta que la degüella, en ningún momento estos dos actos quedan insertos en una

actividad cárnica internacional. Este giro es fundamental para observar con otros ojos la

segunda escena.

El joven con discapacidad es descrito en la última escena de la siguiente manera: “un

muchacho gordo y medio desnudo que se tambaleaba y se caía al suelo puro borracho, que

seguía gritando los gritos guturales de un borracho, y que se estaba dirigiendo directo hacia

nosotros.” La escena recalca eso que en Quiroga hacía parte fundamental de la distinción

entre los seres barbáricos y los racionales: la capacidad de habla. Los sonidos guturales

aproximan al muchacho a una bestia, que luego es descrita bajo los siguientes términos,

“Tenía el mentón ensalivado de blanco, el pecho saturado de pequeñas fístulas y llagas, los

pies descalzos llenos de lodo y mugre, la mirada enrojecida, llorosa, casi cerrada.” El

narrador recalca las condiciones de miseria del joven, y, a diferencia del caso de “La gallina

degollada”, donde los niños “idiotas” parecían no padecer las condiciones de segregación
que sus padres les imponían dada su condición cognitiva, en este caso la descripción

miserable del muchacho lo acerca a la descripción de Macario, que, dadas las condiciones

similares de pobreza y discapacidad, queda convertido en un ser abyecto, ajeno al mundo del

narrador. Es decir, tal como en el caso de Rulfo, las condiciones económicas se convierten

en parte fundamental para entender cómo se tematiza la exclusión del sujeto con discapacidad

y cómo éste se hace bárbaro ante los ojos que lo ven como bárbaro o animal; sin embargo,

en este caso, esta relación entre economía, discapacidad y barbarización se hacen más

explícitas.

El narrador del cuento hace explícita su incapacidad para poder entender exactamente

las condiciones que fuerzan al encierro y segregación del muchacho. Con esto quiero decir

que, aunque entiende que algo con el muchacho no está bien a los ojos de sus padres, no

puede comprender exactamente la discapacidad que padece. Por el contrario, sí puede

especular por las razones que llevan al encierro de éste; es decir, no los motivos que hacen al

muchacho ser sujeto de segregación, pero sí las razones que llevan a los padres a segregarlo.

Nos dice:

Pensé que la única opción que le quedaba a una familia pobre e indígena era

apartarlo del mundo, sacarlo del mundo, construyéndole una jaula de bambú.

Pensé que mientras yo podía tomarme un día libre y conducir dos horas de la

capital a una playa del Pacífico para nada más darme un baño, este muchacho era

prisionero de algo, acaso de la maldad, acaso de la bebida, acaso de la demencia,

acaso de la pobreza, acaso de algo mucho más grande y profundo.

Lo que reconoce el narrador en esta escena y en particular en la presencia de la jaula como

evidencia física de la segregación –elemento ausente tanto en la narración de Quiroga como


en la de Rulfo—es la relación explícita entre su condición como hombre de ciudad, de acceso

a cierta condición económica y la situación del muchacho y su familia como elementos que

condicionan en encarcelamiento de éste.

Es precisamente esta relación que se produce entre mercado, segregación y

bestialización lo que permite crear paralelos entre las dos escenas descritas anteriormente.

Están los tiburones y el niño: cuerpos cárnicos que son segregados, arrancados y violentados

por otro grupo de seres cárnicos entre los cuales se encuentran los pescadores y los familiares.

Estos últimos actúan con respecto a esas carnes a través de y por causa de unas dinámicas

económicas y mercantiles que determinan los límites sobre las acciones que pueden ejercer

ellos sobre determinados cuerpos. Es decir, en contraste a los dos cuentos del siglo XX en

donde existían dos modelos de comprensión de la relación entre actores humanos y la carne

no-humana que podía manipularse, consumirse y traficarse, y que se exponían como

aparentemente naturales o neutrales, en este caso se denuncia que la forma en la que la

relación entre carne, cuerpo y discapacidad cognitiva es contingente a ciertas relaciones

económicas que lo determinan.

Para concluir, quiero regresar a la figura del caníbal desde Halfon, tras hace un

recuento de mi argumento general. En el primer cuento, el de Quiroga, expuse cómo la idea

del caníbal atraviesa la comprensión de racionalidad de los proyectos de civilización y

barbarie y que, por ende, no puede existir un divorcio entre lo que este proyecto entiende por

humanidad racional no patológica y la forma en la que este supuesto sujeto racional

diferencia carne humana y carne no-humana como objetos de manipulación y consumo. En

el segundo cuento, el de Rulfo, señalé cómo la relación que se establece con la carne no

necesariamente proviene de un modelo único, y que seres cárnicos como Macario, que cuenta
con una supuesta deficiencia cognitiva, establece una relación empírica con otros seres

cárnicos que desafía las divisiones cárnicas tradicionales desde una posición

ontoepistemológica divergente. Es decir, con Quiroga vemos cómo el canibalismo es

fundamental para entender lo que se entiende por racional aún en el siglo XX, y con Rulfo

vemos que el canibalismo implica, no una condición de barbarie sino una condición

ontoepistemológica diferente a la tradicional.

Ahora bien, con Halfon, a través de la figura del montaje, vemos cómo las acciones

de los pescadores de tiburones y los padres del joven discapacitado ofrecen relaciones

cárnicas que podrían ser leídas desde una lógica caníbal como la equiparación de seres

humanos a seres cárnicos no humanos y que éstas tan solo adquieren una dimensión moral y

racional dentro de un sistema económico en las que intervengan. A lo que me refiero es a que

Halfon nos ofrece un panorama de relaciones cárnicas que revelan que el canibalismo puede

coexistir en múltiples formas de relación con la carne, es decir, la indiferenciación o colapso

entre carne humana y carne no-humana sucede en lo cotidiano a múltiples niveles sin que sea

codificado como barbárico o caníbal, sin embargo, estas codificaciones, así como el juicio

moral sobre éstas depende del marco ontoepistemológico desde el cual sean entendidas y la

economía que lo alimente.

Bibliografía

Girard, René. La voz desconocida de la verdad. Paris, Grasset, 2002

Quiroga, Horacio. “La gallina degollada”. 1917 Tomado de http://ciudadseva.com/texto/la-

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Rulfo, Juan. “Macario”. 1953 Tomado de http://ciudadseva.com/texto/macario/ en Mar, 20,

2018.

Halfon, Eduardo. “Bambú”. 2015 Tomado de http://laconjuradeloslibros.com/eduardo-

halfon-bambu-cuento/ en Mar, 20, 2018.

Barad Karen. “Posthumanist performativity: Toward an understanding of how matter comes

to matter.” Signs, 28(3): 801–831, 2003