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SEMINARIO MAYOR ARQUIDIOCESANO ¨SAN LEON MAGNO¨ - CUENCA-ECUADOR

ASIGNATURA: Teología de la VC. y Laical – III TEOLOGÍA – II SEMESTRE – 2017-2018


DOCENTE: Fray Pablo Mogrovejo C., ocd.
TEOLOGIA de la VC: Experiencia de Dios – DIALOGO EN CLASE – 12 de junio de 2018

1.- LA EXPERIENCIA DE DIOS

1.1.-Experiencia de Dios constitutiva de la Vida Religiosa

No puede existir una vida religiosa que no esté "orientada" hacia Dios y que no haya
sido determinada por una experiencia religiosa tan profunda y abarcante que sea capaz de
reorientar definitivamente la existencia posterior. Queremos decir que la vida religiosa, la
forma de seguimiento de Jesús por medio de los votos, compartida en comunidad para una
misión, se origina en una decisiva experiencia religiosa que orienta la existencia posterior en
dirección de lo único y del Único. A este doble movimiento, don del Espíritu, de llamado y
orientación por un lado y de caminar buscando el Reino de Dios, como dice la Escritura,
llamamos experiencia de Dios.

Con lo dicho anteriormente, no necesitamos insistir en el carácter mediante y


mediacional de lo que hemos denominado experiencia de Dios. A Dios nadie lo ha visto dice
San Juan, por lo tanto la experiencia que podemos tener de El es como en tinieblas y por
tanteos. Por la fe y el amor, que hacen esta experiencia auténtica y real. Lo que llamamos
experiencia de Dios se inscribe dentro de lo que se denomina experiencia religiosa en general.
Esta pertenece a la condición humana, y se realiza en la persona en cuanto tal.

1.1.1. EXPERIENCIA HUMANA DE DIOS

DIOS COMO ABSOLUTO: En el lenguaje intereclesial se suele afirmar que la


experiencia religiosa es algo esencial y determinante del ser humano. Es verdad, pero se debe
precisar el por qué y el cómo.

De hecho parece que mucha gente viviera como si no necesitara de Dios. La existencia
de algunos de nuestros contemporáneos responde a lo que ya advirtió Bonhoffer hace mas de
40 años: los hombres viven "Ut si Deus non darétur". Decirles a estos hombres que la
experiencia religiosa es algo esencial y determinante en sus vidas no tiene sentido.

Por eso es mejor hablar de experiencia de Dios porque esta experiencia se refiere a
aquellos que en determinados momentos han sentido en su existencia la presencia de Dios.
Los seres humanos en cuanto tales pueden experimentar, en ciertas condiciones, las
contradicciones radicales de la existencia, aquello que San Pablo expresaba acertadamente:
Hago el mal que no quiero y no hago el bien que quiero. Suena un error reducir este
testimonio al sólo ámbito moral. San Pablo no destaca únicamente la inclinación al mal y la
dificultad de hacer el bien, sino la menesterosidad radical de toda existencia humana.

El individuo humano en cuanto tal es incapaz por sus propios medios de ser aquello que
quiere ser. San Pablo quiere decir que el ser del hombre sobrepasa infinitamente al hombre,
que hay un abismo entre las aspiraciones humanas y sus posibilidades reales. Quien advierte
en su propia existencia esta menesterosidad termina invocando a un Salvador. Esta
experiencia fundante es la experiencia humana de Dios porque puede darse en toda persona
que haya atravesado el umbral de las solicitaciones externas y de los impulsos internos.

La antropología nos describe los caracteres de la experiencia de lo sagrado:

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SEMINARIO MAYOR ARQUIDIOCESANO ¨SAN LEON MAGNO¨ - CUENCA-ECUADOR
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DOCENTE: Fray Pablo Mogrovejo C., ocd.
TEOLOGIA de la VC: Experiencia de Dios – DIALOGO EN CLASE – 12 de junio de 2018

a) Sentido oceánico. Es el sentimiento de entrar en contacto con algo infinitamente


grande, de anonadarse en él y, sin embargo, conservar la identidad. Es como si una gota de
lluvia cayera en el océano y conservara la conciencia de su identidad.

b) Experiencia de criatura. El hombre vuelve a sentirse niño, confiado e ingenuo. Se


tiene la creencia de un nuevo nacimiento. A Dios se lo descubre en la confianza filial. Pero
también es el sentimiento de ser hechura, criatura de Dios, de estar en sus manos, de depender
completamente de El.

c) Experiencia de reverencia. Lo anterior no excluye un cierto temor. Dios trasciende la


experiencia. Dios es infinitamente grande. Siempre hay más todavía. Respondemos con
nuestra reverencia y respeto, este es el origen de los ritos.

Sentido oceánico, experiencia de criatura y experiencia de reverencia no se dan


separadamente, sino como unidades vivenciales que se resisten a ser separadas en la
experiencia, pero que conviene distinguir para facilitar el análisis.

Esta experiencia, decíamos, es común a cualquier persona de cualquier raza, cultura,


religión o creencia que se encuentre en determinadas condiciones. La hemos llamado
experiencia fundante porque no se puede hablar de ninguna otra sin tener como supuesta ésta.
Sobre ella se asientan la experiencia cristiana y la experiencia del religioso.

1.1.2. EXPERIENCIA CRISTIANA DE DIOS

A. Su originalidad

Es obra del Espíritu, que llena el corazón con sus gracias y dones. No procede de
técnicas antiguas o modernas, no se nos concede a través de métodos por más venerables que
éstos sean; con todo, las técnicas y los métodos pueden ayudar aunque la experiencia cristiana
de Dios en cuanto don, las trasciende.

Se da en la oscuridad de la fe, se nos concede por la oración y el amor. La podemos


descubrir en el servicio a los hermanos, madura en la esperanza, pero nunca podemos estar
seguros de haberla alcanzado.

Se centra en la experiencia pascual. La muerte y la resurrección del Señor son su


principio y su fin. Exige la muerte de nosotros mismos, de nuestro egoísmo, para participar en
el Reino de Dios.

Por eso para el cristiano Dios se revela privilegiadamente en Jesucristo, don del Padre a
los hombres y hermano nuestro que ha participado de nuestra humanidad para enseñarnos a
dirigirnos a El como Abba, Padre y compartir como lo hizo El la condición de nuestros
hermanos sobre todo los más pobres.

B. Seguimiento de Jesús

Jesús nos revela a su Padre. A través de Jesús el cristiano descubre el amor y la fidelidad
de Dios; por eso la experiencia de Dios se media para el cristiano por el seguimiento de Jesús.

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Seguir a Jesús es recorrer el camino que El inauguró desde la originalidad de nuestra


propia historia. No se trata sólo de imitación, que puede suponer también un nivel profundo
de compromiso; hablamos de seguimiento porque éste afecta las estructuras más radicales de
la existencia.
Seguir a otro es confiar en él, entregársele y comprometerse en una aventura en la cual
se arriesga todo lo que se tiene, aún la propia vida. Seguir a Jesús significa primordialmente la
conversión. Esta conversión se da no sólo en los estratos intelectuales de aceptación de
verdades sino también en aquellos en donde la decisión y el compromiso tienen su asiento.
Convertirse no es sólo aceptar los dogmas; la vida y la praxis también deben ser
transformadas. Por eso hablaremos de la conversión de la mirada, del corazón y de la
intención, tratando de abarcar así todas las dimensiones de nuestra vida interior.

Conversión de la mirada. Seguir a Jesús exige la conversión de la mirada. Convertir la


mirada es lograr ver en medio de los acontecimientos, a veces incomprensibles o contrarios, la
mano de Dios que guía nuestra vida y la Historia. Es como dice San Juan Bautista de la Salle,
reconocer al Señor a través de los humildes harapos de los pobres que encontramos en nuestro
camino. Es ver el mundo con los ojos aurórales de quien lo contempla por primera vez.
Convertir la mirada es adquirir alma contemplativa, que nos haga admirar en este mundo
maravilloso la historia sin maravilla que los hombres hemos construido en él y nos impulse a
comprometernos en la transformación de esta historia.

Conversión del corazón. El seguimiento de Jesús exige la conversión del corazón, es


decir, la conversión de los afectos. Convertir el corazón es universalizar nuestro amor. Es
despojarnos de todo aquello que ata, que esclaviza, que no libera. Jesús nos exige la renuncia
a la familia, como medio de liberación para el servicio del Reino, nos pide renunciar a nuestra
seguridad, a nuestras tradiciones y a nuestros apegos. Para obtener una mayor disponibilidad
nos exige también el despojo de los bienes como prueba de nuestra entrega y garantía de la
comprensión de su mensaje.

La conversión del corazón nos arranca del egoísmo y establece las condiciones para el
amor universal, que como amor humano, no puede prescindir de concreciones. Hay que amar
realmente a quienes nos rodean y con quienes nos encontramos, para que podamos aspirar a
este amor fraterno, que no distingue entre judío y gentil, griego, hebreo, creyente y no
creyente.

Conversión de la intención. Seguir a Jesús exige la conversión de la intención, la


purificación de nuestros objetivos, el potenciar las actitudes más que los logros. Es decir, la
limpieza del corazón. Convertir la intención es tratar de no interponer nada entre nuestras
actividades y determinaciones y la voluntad de Dios, entrevista en la praxis y en la comunión
eclesial. Supone un continuo proceso porque siempre tenemos que ir declinando todo aquello,
que es consecuencia del pecado, que quiere resaltar nuestro prestigio, nuestras opciones,
nuestros puntos de vista, nuestra concepción de Iglesia, y pasar al anuncio sencillo y veraz del
Reino. San Pablo expresa lo que es la conversión de la intención cuando afirma: no nos
predicamos a nosotros mismos.

C. Servicio del Reino

Seguir a Jesús es comprometerse en lo que El comprometió su existencia: el anuncio del


Reino. El anunciar el Reino y ponerse a su servicio nos abre la posibilidad de la experiencia
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cristiana de Dios. Anunciamos el amor de Dios a los hombres y la Paternidad universal del
Señor.
La experiencia de Dios como Padre, si bien no es exclusiva del cristianismo, sí es
característica suya, es el centro de la Revelación de Jesús. El servicio del Reino nos abre a la
experiencia de fraternidad y a las exigencias de esta fraternidad: justicia y misericordia.

Así experimentamos la cercanía del Señor en el servicio a los hermanos y en la


comunidad de fe que este servicio ayuda a constituir.

1.1.4. EXPERIENCIA DEL RELIGIOSO

Lo específico de la vida religiosa consiste en la radicalización del seguimiento, por lo


tanto en la radicalización de la conversión. Así se entendió la vida religiosa en, tradición
eclesial: conversión de la vida.

Pero este seguimiento y conversión radical se viven en una comunidad que ha sido
convocada por el Espíritu para hacer patente en medio de los hombres el amor de Dios.
Cuando decimos radicalidad no queremos calificar el modo de vida del religioso como mejor
o de mayor valor, sólo queremos señalar el hecho de ser una manera diferente de seguir a
Jesús radicalizando determinados matices que pueden ser vividos sólo en determinadas
condiciones. El celibato es una gracia y como tal depende más de la bondad del Señor que de
las fuerzas del religioso; por lo tanto lo importante es la gratuidad del don y no los méritos de
quien lo recibe. Pero el que ha recibido ese don debe vivirlo con plenitud, y en eso consiste su
radicalidad.

Decíamos que esto se vive en una comunidad de fe con hermanos que han escuchado el
mismo llamado, que imitando al Señor quieren acercarse al Padre con actitud filial, buscando
su intimidad y que desde su miseria desean responder al amor gratuito de Dios.

En la comunidad experimentamos la presencia del amor que desde situaciones,


educación y maneras diferentes, nos convocó a su servicio en medio de los hombres para
hacerles patente el don del Señor que nos ha llamado a mostrar al mundo la fraternidad.

A. La Comunidad

Esta comunidad no existe para si misma; tiene una misión, la de anunciar explícitamente
la Resurrección del Señor y todo lo que este anuncio conlleva como exigencia de amor, de
fraternidad, de justicia y de paz. La comunidad anuncia la Resurrección por la Eucaristía. La
Eucaristía nos manifiesta patentemente cómo la reunión de los hermanos congregados por el
Padre se va convirtiendo por gracia del Espíritu en cuerpo de Cristo para la gloria de Dios y la
vida del mundo.

Así en comunidad descubre el religioso la Presencia de Dios en LA LECTURA DE LA


ESCRITURA que se convierte en Parábola de la acción del Señor en medio de su pueblo.
Descubre, a través del Evangelio, al Pobre como sacramento de Dios. Se le revela al Señor en
el misterio de su Encarnación como niño, pobre, perseguido, desconocido y finalmente
condenado como malhechor para revelarnos el sentido del dolor humano y posibilidad
redentora que hay en el sufrimiento de los hombres.

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A través de su propio itinerario, el religioso descubre la presencia de Dios como mano


amorosa que conduce al hijo pequeño. La vida con sus miserias, pecado y limitaciones es el
medio natural en donde se muestra al religioso las maravillas que Dios obra en sus hijos.

En la comunidad, en la Palabra, en la propia vida, en los acontecimientos, se puede leer


la voluntad del Señor que nos llama al encuentro con su rostro: el pobre.

B. La oración: Como refuerzo de la experiencia de Dios.

Cuando la experiencia de Dios ha calado hondo en nuestro espíritu de manera que ella
se convierta en nuestro proyecto fundamental y de ella se alimentan todos los demás
proyectos que realizamos, puede decirse, entonces, que el religioso ha convertido su vida en
oración.

La oración se vuelve una actitud normal que informa todos los actos de la existencia
religiosa haciéndolos expresión de fe y de culto. Esto es andar en la presencia de Dios.

De esta manera la oración se convierte en diálogo entre el religioso y Dios presente en


la vida y en los hombres.
Es un diálogo en la vida real y concreta. Orar hoy es no olvidar los problemas por los
que atraviesan y mueren nuestros hermanos. La fe nos debe hacer notar el sentido pecaminoso
de un sistema antievangélico y estimular nuestro compromiso por la justicia y la paz.

La oración se transforma así en un medio indispensable para convertirnos por el


Evangelio a través de los acontecimientos que constituyen la historia personal y la historia de
nuestros pueblos.

Esta oración es de suyo contemplativa porque descubre la acción de Dios, sus


maravillas, sus hazañas y portentos en cada una de sus intervenciones. Para descubrirlas
tenemos que convertir nuestra mirada y hacerla diáfana a fin de poder leer en los
acontecimientos humildes y cotidianos "la admirable conducta" del Señor para con nosotros y
su Pueblo.

1.1.5. MEDIOS DE FORMACIÓN PARA LA EXPERIENCIA DE DIOS

La tradición espiritual ha destacado a lo largo de la historia la importancia de algunos


"ejercicios" como medios de formación y maduración espirituales. Debemos reintegrarlos en
una espiritualidad que se inspire en el seguimiento de Jesús y no en los moralistas griegos,
estoicos u otros. Algunas veces nuestro silencio o nuestra soledad, ascesis y mortificación,
tenían como principios preceptos que procedían del mundo clásico y no del Evangelio.
Cuando por ejemplo la imitación de Cristo decía "cuantas veces anduve entre los
hombres volví menos hombre’ (L.I. cap. XX,2) remitía a un texto de Séneca para animarnos al
amor a la soledad y al silencio; pero este texto es poco compatible con el espíritu del
Evangelio. Re-integrar estos "ejercicios" significa que tienen valor, que son medios
indispensables para nuestra conversión, pero que deben ser empleados dentro de un contexto
evangélico del seguimiento de Jesús y de la edificación de la Iglesia. Sólo así tienen sentido
de salvación.

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Escogeremos algunos medios tradicionales; insistiendo en que son sólo algunos y que
debemos re-integrarlos en una espiritualidad que al mismo tiempo que nos acerque a Dios nos
envíe a los hombres en los que encontraremos también el rostro del Señor desfigurado a veces
por el pecado, la injusticia, la miseria.

El silencio, la soledad, la ascesis, la humildad, lejos de retraernos en una actitud


intimista y de falso espiritualismo nos deben ayudar a encontrar en el barullo de la
civilización actual el camino para anunciar la riqueza salvadora del sufrimiento y de la
humildad como participación en pasión de sus hermanos sufrientes hoy en nuestro continente.

A. El silencio

Es un desprendimiento interior, el apaciguamiento de nuestras tensiones. Silencio no es


la paz del cementerio sino la armonía de la vida. Cuando se recoge el espíritu de la dispersión
externa y de la discordia interna no por eso se ha logrado hacer desaparecer las tensiones y los
impulsos, éstos se mantienen pero han sido asumidos en un nivel superior en donde cobran o
mejor re-cobran su verdadero sentido. Esto conduce al silencio interior.

El silencio tiene una vinculación directa y necesaria con la palabra. Se debe construir un
espacio de paz interior para poder decir una palabra fecunda. La palabra brota del silencio y
hacia él vuelve. Es necesario este esfuerzo ("ejercicio") de callarse interiormente para
escuchar la Palabra del Señor. Por eso el silencio no es la ausencia de palabras. La mudez
espiritual es lo contrario del silencio. El silencio es también el tiempo de la opción y de la
decisión. El guardar la Palabra y meditarla en el interior supone un silencio sosegado, del que
brotará a su vez nuestra respuesta humilde y confiada al Señor. Para poder decir nuestra
palabra, la que brota de nosotros, la no aprendida, la que no es repetición sino la definición de
nosotros mismos, la que al pronunciarla, no es sólo sonido sino expresión de nosotros
mismos como opción y decisión; para todo esto necesitamos el silencio. En él
experimentamos al Señor (Sab. 18, 14-15). Esta palabra también es silencio. Por eso creemos
que en nuestra palabra y en nuestro silencio siempre debe estar el Señor.

B. La Soledad

La imitación de Cristo recomendaba la soledad como la forma más perfecta de la huida


del mundo. Dejar el mundo y desde la soledad criticar el mundo era la manera ordinaria como
los cristianos rechazaban la mentalidad mundana. El alejamiento del mundo, la soledad
suponen la crítica al espíritu del mundo. Para nosotros la "fuga mundi" quizá signifique más
bien presencia crítica en orden al pecado, a la justicia y al juicio.

Esto exige de nosotros una actitud de alejamiento y ruptura de las categorías mundanas
para confrontarlas con las categorías del Reino. La presencia en el mundo no es inmersión en
él, es distancia crítica y también algunas veces local y física. Debemos crear un ambiente en
donde podamos escuchar "la soledad sonora" de San Juan de la Cruz.

Además y en otro orden debemos aceptar nuestra vocación a la soledad. Como


religiosos viviremos y moriremos en definitiva solos. La soledad dará temple a nuestro
espíritu y lo hará capaz de abrirse al amor de todos, porque la soledad no es incapacidad de
amar en un celibato egoísta; es, por el contrario, el ambiente en donde madura la entrega y se
profundiza el servicio.
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C. La Ascesis

Aquí más que en ninguna otra parte el sentido cristiano del "ejercicio" (eso es lo que
significa ascesis, los ejercicios militares antes de la campaña) se vio desfigurado con
tradiciones respetables pero no por eso verdaderamente evangélicas. Los estoicos sostenían
que para llegar a la felicidad (temporal y eterna) había que ejercitarse metódicamente. La
disciplina era indispensable para conseguir resultados espirituales. La vida retirada, la
pobreza, la disciplina de las pasiones, conducían a la perfección humana.

La ascesis cristiana es otra cosa. No busca la perfección, trata de seguir a Cristo.


Cuando un discípulo fervoroso le dice a Jesús "yo te seguiré a donde quiera que vayas". Este
le responde: "Las esposas tienen madrigueras y las aves del cielo nido, pero el Hijo del
Hombre no tiene dónde reclinar su cabeza". (Le. 9,58).

Las palabras de Jesús no son el elogio de la vida simple, ni de la sublime "senda de los
pocos sabios que en el mundo han sido". La mortificación y la pobreza son para Jesús medios
no fines. Nadie busca la pobreza por la pobreza, tampoco se la debe buscar como lo hacían los
estoicos como medio de liberación corporal; se la busca porque es medio de liberación
espiritual y porque nos permiten (la pobreza y la mortificación) poner los medios
indispensables para el seguimiento de Jesús pobre y humilde.

La mortificación, penitencia, ayunos tienen sentido no por sí mismos sino como medio
de solidaridad con nuestros hermanos. Es la participación en la muerte del Señor y en la
muerte del pueblo masacrado, hambriento y perseguido.

La ascesis debe ser re-integrada en una espiritualidad abierta al dolor del hombre, a sus
luchas y esperanzas; de otra manera no sale de su esquema estoico. Debe ser enfocada como
abnegación evangélica que se realiza, sobre todo, en la vida diaria, en la fidelidad a la misión,
en la superación del egoísmo, en la auténtica fraternidad, que purifica y prepara para la
experiencia de Dios en Jesucristo.

D. La Humildad

Como condición para la experiencia de Dios, la humildad es fundamental. Ella nos


prepara al encuentro de la Palabra y crea el ambiente para que ésta nos transforme. Supone en
nosotros alma discipular. El discípulo quiere aprender; por eso escucha, retiene y medita las
enseñanzas de su maestro. No pretende ser oído sino oír, enseñar sino ser enseñado, mandar
sino obedecer. La humildad es consecuencia del seguimiento del Señor. Lo contrario, la
soberbia o el orgullo, nos establece en nosotros mismos, nos instala en nuestro egoísmo y nos
impide aprender y ser enseñados por la Palabra de Dios.

Cuando María dice: "Se fijó en la humildad de su esclava", nos revela el secreto de la
preferencia de Dios, y las condiciones que debemos establecer para que el Señor nos visite. La
humildad es una manera de vivir la pobreza espiritual; porque el soberbio, el arrogante se
sienten seguros de sí y sin necesidad de acudir a nadie.

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La pobreza común y corriente, la que vive nuestro pueblo es un medio eficaz para
comprender lo que es la verdadera humildad, y no caer en la falsa, que no es otra cosa que
fariseísmo.

Decíamos al principio de estas líneas que no puede haber vida religiosa sin una
orientación hacia Dios realizada en comunidad por el seguimiento del Señor Jesús para la
salvación de los hombres. De esta manera la vida religiosa es la proclamación de nuestra fe en
el Señor vivo y resucitado, que vive por su Espíritu en medio de la Iglesia impulsándonos a
vivir la novedad anunciada en Pascua y Pentecostés, por eso la experiencia de Dios es el
principio de nuestra vida espiritual.

E. Contemplación activa

La formación en la experiencia de Dios debe tener como objetivo ayudar a que los
religiosos vayan convirtiéndose en verdaderos contemplativos en la acción. Personas que
connaturalmente saben mirar la realidad y los acontecimientos cotidianos como signos
de los tiempos a través de los cuales el Señor, presente y actuante en la historia, nos interpela
y cuestiona. Capaces de escudriñar su voluntad en todos los acontecimientos y unir nuestra
libertad a ese amor creador que trabaja incesantemente por hacer el mundo nuevo.

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