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A pesar de su vida de pecado, hemos de conceder a esta pobre mujer cierta inquietud

religiosa sobre un tema que la intrigaba. Sabía que es preciso dar culto al verdadero Dios y
deseaba hacerlo correctamente. Al encontrarse con un gran profeta, aprovecha la
oportunidad para pedir su dirección: ¿Dónde había de rendirle culto, en Jerusalén, como lo
hacían los habitantes de Judea o en el lugar ya tradicional de los samaritanos desde la vuelta
del cautiverio? Este lugar, edificado por Sanballat, estaba en el monte Gerizim,
precisamente el monte sobre el que se habían pronunciado las bendiciones (v. Dt. 11:29;
27:12). «Nuestros padres adoraron sobre este monte»—dice ella—(v. 20). Piensa que tiene
a su favor la antigüedad, la tradición y la sucesión ininterrumpida. En cuanto a los judíos,
dice: «Vosotros decís que en Jerusalén está el lugar donde se debe adorar». Al no hallar en
el Pentateuco el lugar que Dios había de escoger posteriormente para que allí se le rindiera
culto, los samaritanos se creían libres para adorarle en un lugar que no fuese la capital de
Judea.
(B) Respuesta de Cristo a este caso de conciencia (vv. 21–24). En esta respuesta, Jesús
comienza declarando que no es el lugar lo que importa, sino la disposición del corazón, y le
llama la atención sobre este detalle: «Mujer, créeme, que está llegando la hora en que ni en
este monte ni en Jerusalén adoraréis al Padre» (v. 21). Como si dijese: «Se acerca una
época en que todas estas minucias y diferencias sobre los lugares de culto van a ser de poca
importancia, pues Dios no está vinculado a un lugar determinado, por ser espíritu infinito».
Pero en cuanto al estado actual de cosas, Jesús no le deja lugar a dudas: «vosotros adoráis
lo que no sabéis; nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salvación viene de los
judíos» (v. 22). Cristo se refiere a que, por ahora, el único culto legítimo es el de los judíos
en el templo de Jerusalén, puesto que de Judá había de surgir el Salvador (1:17). Así que
los samaritanos estaban en un error, con lo que vemos que la ignorancia, en vez de ser la
madre de la devoción, es su verdugo. Quienes, con un estudio atento y devoto de las
Escrituras, han alcanzado un correcto conocimiento del Dios verdadero, sabrán dar al Señor
un culto que a ellos les resultará placentero, y a Dios le será aceptable puesto que saben lo
que adoran y adoran lo que saben. Notemos que el Señor Jesús se complace en contarse
entre los que adoran a Dios de forma legítima («Nosotros …»). Cuando el Hijo de Dios, en
Su humanidad, no se tuvo a menos contándose entre los que rinden culto a Dios, ¿quién se
creerá demasiado alto o autosuficiente para pensar que se rebaja al mostrar su piedad
religiosa?
(C) Al haber mostrado que el lugar de culto es indiferente, pasa Jesús a declarar que lo
esencial y, por tanto, lo necesario es adorar a Dios «en espíritu y en verdad». El énfasis se
carga sobre el estado interior del corazón y de la mente de los que adoran. Nos interesa
saber, no sólo cuál es el verdadero objeto de nuestra adoración, sino también la correcta
manera de llevarla a cabo. Esto es lo que Jesús va a declarar ahora a la samaritana. Le dice:
(a) El cambio revolucionario que en esta materia se va a llevar a cabo: «Llega la hora, y
ahora es» (v. 23); es decir, ya estamos en esa hora. Alborea en estos momentos el dia
perfecto, la hora de la verdad completa.
(b) En qué consiste este cambio: «Los verdaderos adoradores adorarán al Padre en
espíritu y en verdad». «En espíritu», es decir, en lo interior, en contraste con las
observancias externas de las ceremonias de la Ley; «en verdad», es decir, con acceso
directo a las propias realidades divinas en contraste con las figuras y tipos de la Ley (v. He.
9:23). Aunque es cierto que sólo mediante el poder y la asistencia del Espíritu Santo
podemos rendir al Padre el culto de adoración y alabanza que le es debido, la palabra
«espíritu» no se refiere aquí a la tercera persona de la Trina Deidad, sino al espíritu humano
(v. Fil. 3:3). La adoración «en verdad» incluye, por supuesto, no sólo el objeto (las
«realidades», en oposición a las «figuras») sino también la actitud del sujeto: la sinceridad
de corazón. No se puede tener a sí mismo por «adorador en espíritu y en verdad» quien no
se ajusta, en su conducta, a las enseñanzas y normas del Evangelio. Tales adoradores no
abundan mucho, también en esto la puerta de la adoración espiritual es estrecha, sin
embargo, no hay otra adoración que sea aceptable a Dios: «Porque también el Padre busca
tales adoradores que le adoren»; es decir, ésta es la clase de adoradores que el Padre busca.
Por cierto, no los buscaría si Él mismo no los hiciera con Su divina gracia. Aquí vale el
famoso pensamiento de Pascal: «tú no me buscarías si ya no me hubieras hallado».
(c) La suprema razón de este cambio: «Dios es Espíritu, y los que le adoran, es
necesario que le adoren en espíritu y en verdad» (v. 24). Es más fácil decir lo que no es
Dios, que lo que es, pero aparte de la constante definición viejotestamentaria de Dios como
«santo, santo, santo» (Is. 6:3, entre otros, a partir de Lv. 11:14), el Nuevo Testamento nos
ofrece tres definiciones explícitas de Dios (v. Jn. 4:24; 1 Jn. 1:5 y 4:8, 16). La espiritualidad
de la naturaleza divina es la razón de la espiritualidad del culto divino. Por tanto si no le
adoramos «en espíritu», estamos errando el blanco de nuestra adoración. Al decir que Dios
es «Espíritu», Jesús pone de relieve tres perfecciones de Dios: Primera, que es un ser
incorpóreo, no es un dios de madera o de piedra, etc., al que se le pueda dar figura visible;
segunda, que es un ser personal; no es una deidad muda y ciega (v. Is. 44:9), sino Alguien
con quien podemos tener comunión íntima, personal; tercera, que es un ser inmenso al que
el Universo entero no puede abarcar, por tanto en cualquier lugar se le puede hallar y adorar
(v. 1 R. 8:27 y ss.; Sal. 139:7 y ss.; Hch. 17:24 y ss.).1

1
Henry, M., & Lacueva, F. (1999). Comentario Bı́blico de Matthew Henry (p. 1374). 08224
TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE.