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12/8/2018 Lázaro Iriarte, Frente al protestantismo y por la restauración católica

DIRECTORIO FRANCISCANO

Historia franciscana
HISTORIA FRANCISCANA
por Lázaro Iriarte, OFMCap

II. ÉPOCA MODERNA:


OBSERVANTES - CONVENTUALES - CAPUCHINOS

Capítulo IX
FRENTE AL PROTESTANTISMO
Y POR LA RESTAURACIÓN CATÓLICA
No faltaron entre los franciscanos quienes se dejaron envolver en las doctrinas luteranas, algunos de ellos
renombrados; pero suponen poco en comparación de los que ofrendaron su vida en defensa de la fe católica -se
conocen los nombres de unos quinientos desde 1520 hasta 1620- y de los que se enfrentaron resueltamente con el
enemigo. Alguna vacilación hubo en un principio entre los que no veían de cerca las intenciones de los novadores;
el confesor de Carlos V, Juan Glapion, y el mismo Francisco de Quiñones, llevados de su anhelo por la reforma de la
iglesia, saludaron de momento con simpa a el movimiento luterano, como una esperanza de renovación
evangélica.

Pero no tardó en disiparse el equívoco. Bernardo Dappen, guardián de un convento próximo a Wi enberg,
se había lanzado al ataque contra los luteranos, apoyado por su propio provincial; pero hubo de chocar con la
ac tud del cardenal obispo de Brandeburgo, que en 1519 respondió con la nega va a la pe ción de los observantes
de predicar contra Lutero. En 1520 llegó a Alemania el ministro general Francisco Liche o. Percatóse al punto de la
gravedad del mal y dio orden de que fuesen quemados en todas partes los escritos del agus no rebelde y en todos
los conventos se preparasen predicadores especiales para comba r las nuevas doctrinas. No contento con esto, en
el capítulo general reunido en Carpi al año siguiente dio a toda la orden la consigna de oración y resistencia contra
la herejía hasta la muerte. En todas las horas canónicas debía añadirse una invocación especial a la Madre de Dios
con la an fona Gaude et laetare, Virgo María, quia cunctas haereses sola interemis in universo mundo. Fracasada
una misión llevada por los observantes de Sajonia ante el príncipe elector, conjurándole a poner límite a las
audacias de Lutero, el capítulo general de 1523 designó inquisidores para los conventos de Alemania con el fin de
preservar de la herejía las comunidades. De hecho ninguna de éstas pasó corpora vamente al protestan smo, si
bien es cierto que, cediendo a fuerza mayor, hubieron de ser abandonados centenares de conventos y
desaparecieron provincias enteras. Lutero y sus secuaces convir eron muy pronto en blanco de sus iras a los hijos
de san Francisco, difundiendo contra ellos la parodia sa rica del Liber conformitatum escrita por Erasmo Alber y
tulada El Alcorán de los descalzos1.

Los franciscanos, efec vamente, fueron los más aguerridos y casi únicos adversarios de la pseudorreforma
en la primera época de su incontenible expansión, y una de las fuerzas más valiosas de la restauración católica que
siguió al Concilio de Trento. Nos han llegado los nombres de más de setenta paladines de la ortodoxia en los
diversos territorios de Alemania y Austria, casi todos de los dos primeros decenios del avance luterano. Pero más
admirable que el arrojo de los polemistas y predicadores fue la ac tud de las comunidades que, con sus guardianes
a la cabeza, eran invariablemente el úl mo baluarte que mantenía enhiesta en las ciudades la bandera del
catolicismo, hasta que se producía el asalto dirigido por los predicantes o la orden de abandonar el convento. Así
resis ó la comunidad de Leipzig hasta 1543, la de Zwickau hasta 1525, la de Weimar hasta 1532, la de Magdeburgo
hasta 1542, la de Halle hasta 1546, la de Gó ngen hasta 1553, la de Liegnitz, arrojada ya de su convento en 1524, y
la mayoría de las comunidades de las dos provincias de Sajonia y Turingia, que quedaron arrasadas por completo.

Los más insignes impugnadores del luteranismo en esta primera época fueron Conrado Klinge ( † 1556),
Gaspar Meckenlör, Enrique Helms ( † p. 1560), Juan Wild (Ferus, † 1554), Nicolás Herborn ( † 1535), Antonio
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Broickwy († 1541), Francisco Titelmans de Hasselt († 1537), Gaspar Schatzgeyer († 1527), Wolfgang Schmilkofer (†
1585), Juan Nas († 1590), Juan Winzler († 1554) y Daniel Agricola († 1532).

Los conventuales
Los conventuales desaparecieron por completo, en la primera mitad del siglo XVI, en los países que fueron
cayendo bajo el luteranismo, el calvinismo y el anglicanismo, debido sea a la incorporación de las comunidades a la
observancia a par r de 1517, sea a las supresiones violentas por obra de los reformadores; fueron más de cien los
conventos que tuvieron que abandonar en Escandinavia, Islas Británicas y Alemania. Pudo sobrevivir la provincia de
Colonia en los principados católicos del Rhin, la de Strasburgo y las tres del imperio: Austria, S ria y Bohemia,
bastante mermadas. Un buen número de conventuales ofrendaron su vida por la fe católica a manos de los herejes.
En Polonia, donde en 1648 habían perecido 57 cuando la invasión de los cosacos y los tártaros, la irrupción de los
suecos protestantes en 1656 produjo quince már res2.

No faltaron valiosos defensores de la ortodoxia y de la autoridad del papa. Fueron los más importantes Juan
Pauli († c. 1530); el alsaciano Tomás Murner († 1537), humanista, poeta laureado y aguerrido polemista, que, desde
1520, dio a la luz más de treinta escritos contra Lutero y Zuinglio, echando mano con frecuencia de la sá ra,
intervino como teólogo en la dieta de Núremberg en 1524 y fue perseguido a muerte por luteranos y zuinglianos; y
Enrique Stolleysen († 1556). Los conventuales de Strasburgo y Liège desarrollaron intensa ac vidad restauradora en
el siglo XVII, con la ayuda de sus hermanos italianos, a las órdenes de Propaganda. En Inglaterra trabajó con gran
celo hasta 1654 el escocés Guillermo Thompson († 1654); prosiguió su labor Luis de Liège.

Los observantes, reformados y recoletos


Pasado el furor del primer fana smo, los hijos de san Francisco volvieron a recobrar el afecto del pueblo,
aun en los mismos países protestantes, donde tan sañudamente habían sido perseguidos. Entonces pudo dejarse la
tác ca de la defensiva para tomar la inicia va del avance en la restauración católica. Aldeas y ciudades volvían al
seno de la iglesia por efecto del apostolado de los franciscanos, renovados también ellos en la vida regular. En 1581
fue nombrado comisario apostólico de las provincias de Colonia y Germania inferior Juan Haye († 1590) que trabajó
con éxito en la reorganización de la orden. El apóstol de la restauración católica en las regiones del Rhin, lo mismo
que en Suecia, Noruega, Frisia y, sobre todo, Holanda, fue en la primera parte del siglo XVII Nicolás Wiggers ( †
1628), fundador del seminario holandés de Colonia antes de ves r el hábito franciscano; después de él se
dis nguieron en la misma tarea restauradora José Bergaigne († 1647) y Bernardino Weitweis († 1668). Entre tanto
se fundaban gran número de misiones de penetración en las regiones enclavadas en el mismo corazón del
protestan smo y volvían a reaparecer las provincias de Sajonia y Turingia, gracias a la acción del mencionado
Bergaigne. Parecida labor llevaban a cabo los franciscanos en Baviera y el Pala nado, donde se dis nguieron Juan
Francisco Kemminger († 1606) y Mar n Naegele († 1617). En Austria y el Tirol se inició penosamente la restauración
del catolicismo a fines del siglo XVI y durante ella los observantes tuvieron que atender juntamente a la
reorganización de sus comunidades y a la reducción del pueblo al seno de la iglesia; merecen citarse los nombres de
Sera n Müller ( † 1639), Ludovico Pollinger ( † 1640) y Teobaldo Schwab ( † 1635). Más di cil fue la labor en
Bohemia, tan trabajada por husitas y protestantes; en 1611 morían en Praga catorce religiosos asesinados por el
populacho.

Más sangrienta, si no tan ruinosa, fue la prueba por que pasaron las provincias francesas en los años de las
guerras de religión. De 1560 a 1580 desaparecieron más de cien conventos y perecieron más de doscientos
religiosos a manos de los hugonotes, si bien es verdad que no faltaron numerosas apostasías producidas por el
temor de los malos tratos y por la confusión reinante. Se enfrentaron principalmente con el calvinismo, mediante la
predicación y con la pluma, Noél Taillepied († 1589), Cristóbal de Cheffontaines († 1595) y Francisco Feuardent († c.
1610).

El carácter de fana smo y de crueldad, propio del calvinismo, se acentuó en los Países Bajos; fue crecido el
número de már res y entre ellos merecieron el honor de los altares san Nicolás Pick y sus diez compañeros que,
juntamente con un dominico, un agus no y cuatro sacerdotes seculares, padecieron horrible mar rio en Gorkum el
año 1572. A los insignes restauradores de la ortodoxia en Holanda, ya mencionados, Wiggers y Bergaigne, hay que
añadir los celosos misioneros y decididos polemistas Cornelio Brauwer († 1581), Arnoldo de Wi e († 1652), Antonio

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Vervey ( † 1656), Simón de Coninck ( † 1664), Arnoldo Alostano Meerman ( † 1578), Ma as Heuzeur ( † 1676) y
Bartolomé d'Astroy († 1681).

En Inglaterra los franciscanos habían gozado del afecto de Enrique VIII hasta que se planteó el asunto del
divorcio del rey y sobrevino la ruptura con Roma. Entonces hubieron de arrostrar la indignación del monarca por su
ac tud intrépida en defensa del primado romano. El ministro provincial Juan Forest, confesor de la reina Catalina de
Aragón, cuya deposición había querido obtener Enrique VIII del ministro general, fue encarcelado y procesado no
bien apareció el breve de Clemente VII anulando el matrimonio del rey con Ana Boleyn. Lejos de atemorizarse, los
franciscanos se lanzaron por todos los medios a la lucha. El mismo año de 1533 era encarcelado el guardián de
Greenwich, que tuvo la audacia de delatar desde el púlpito la maldad de Enrique en su misma presencia; al año
siguiente eran descuar zados el guardián de Cambridge, Hugo Rich, y el de Richmond, Ricardo Risbey. En agosto de
1534 se dio orden de expulsión de todos los observantes; doscientos de ellos fueron recluidos en las cárceles de
Londres, gran parte de los cuales perecieron víc mas de las penalidades de la prisión, otros fueron ajus ciados. En
1538 moría en la hoguera el beato Juan Forest. Al ser restaurado el catolicismo bajo la reina María, los franciscanos
volvieron a establecerse en Inglaterra, para padecer de nuevo des erro, cárceles y muerte al subir al trono la reina
Isabel; fueron muchos los que lograron trabajar ocultamente sosteniendo a los católicos en medio de los mayores
peligros.

En Escocia estalló la persecución de los católicos en 1559. También aquí fueron los franciscanos el primer
blanco del odio de los reformadores. Los ciento cuarenta religiosos que allí trabajaban, con gran aceptación del
pueblo, tuvieron que salir desterrados, a excepción de dos o tres que apostataron.

También los observantes irlandeses tuvieron que emigrar al con nente al verse privados de sus conventos y
de sus medios de vida; pero la provincia de Irlanda, aunque muy mermada, no dejó nunca de exis r;
incesantemente llegaban a la isla nuevos refuerzos de jóvenes religiosos irlandeses formados en los noviciados
europeos; en su patria compar an la suerte de los católicos oprimidos, ejerciendo un apostolado clandes no y muy
expuesto; más de cien sufrieron el mar rio desde 1540 hasta 1700, entre ellos los obispos Patricio O'Hely († 1578),
Cornelio O'Dovany († 1612) y Boecio Egan († 1650). Dieciocho de los obispos de la iglesia perseguida de Irlanda
fueron hijos de san Francisco.

En Dinamarca fueron suprimidos todos los conventos en 1528 y los religiosos, expulsados por la fuerza y
maltratados, hubieron de refugiarse en otras provincias distantes; algunos pasaron al Nuevo Mundo como
misioneros. La misma suerte corrieron los conventos situados en Suecia y Noruega. En la sonada conversión de la
reina Cris na de Suecia influyó el luterano conver do y después franciscano Lorenzo de S. Pablo (Lars Sky e, †
1696)3.

Los capuchinos
La reforma capuchina forma, juntamente con la Compañía de Jesús, el auxiliar principal de la santa Sede en
sus esfuerzos por recobrar el territorio perdido en las regiones de Europa infestadas por la herejía4.

Su apostolado contra la reforma protestante comenzó en Italia por medio de la predicación y de la


catequesis, pero adquirió su espléndido desarrollo al pasar al otro lado de los Alpes, ya en el siglo XVI; era el fin
primario que impulsaba a los príncipes y a los obispos al llamar a los capuchinos a sus dominios. Bajo los auspicios
de la Propaganda ganó en intensidad y recibió una mayor centralización y mayor flexibilidad en la organización.

Los des nados a trabajar entre los herejes habían de ser selectos moral e intelectualmente; estar
preparados para el manejo de la Sagrada Escritura mediante el dominio de las lenguas griega y hebrea, como lo
ordenó el capítulo de 1656; debían seguir curso especial de controversias, en virtud de un decreto de la
Congregación dado en 1624; en las provincias que tenían misiones en Suiza y Alemania, como la de Nápoles, se
imponía el estudio de la lengua alemana. El método preferido en el trato con los disidentes, por cierta consigna de
la orden, era el de san Francisco de Sales: comprensión, suavidad, ejemplo de sacrificio, pureza de vida. Los
capuchinos no se preocuparon sólo de llevar adelante la reducción de los protestantes, sino que trataron de
organizar también entre los católicos la cooperación a tan di cil empresa; tal era la finalidad de la asociación
llamada de la "Exaltación de la santa Cruz", fundada por Jacinto de París en 1632 en la capital de Francia; sus
estatutos fueron aprobados por Urbano VIII, por el rey y por el arzobispo de París; se extendió grandemente, pero

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habiendo caído en la tacha de jansenismo, fue suprimida en 1653; no por eso se disolvieron sus miembros, sino que
subsis eron hasta la revolución francesa bajo el nombre de Nouveaux conver s.

En Francia los capuchinos adoptaron desde el principio una ac tud resuelta frente a los hugonotes. Al
publicarse el Edicto de Nantes en 1598 varios de los más destacados predicadores lo condenaron gallardamente,
exponiéndose a las iras de Enrique IV. Todas las provincias capuchinas tomaron parte más o menos ac va en la
labor desarrollada por recobrar el terreno ganado por la herejía, ya mediante la predicación y la catequesis, ya
mediante misiones organizadas, como la del Poitou, iniciada por el P. Tremblay en 1617 y con nuada con éxito
hasta la toma de la Rochela en 1628, la de Béarn, comenzada en 1618, y la del principado de Sedán, fundada en
1635 y colocada bajo la Propaganda en 1649; en esta úl ma trabajó con gran fruto el P. Felipe de Morlaix, temible
polemista.

Los valles de los Alpes, zona en constante li gio polí co y religioso entre los estados fronterizos, fueron el
primer obje vo de las misiones organizadas por las provincias italianas. La primera en fundarse fue la de la
Valtellina, accediendo a una pe ción hecha en 1572 por san Francisco de Sales al ministro general; esta expedición,
sacada de la provincia de Milán y dirigida por el padre Francisco de Bormio, sería el núcleo de la futura provincia de
Suiza. A requerimiento del duque de Saboya, Carlos Manuel, Clemente VIII envió en 1596 una misión a los valles del
Piamonte invadidos por el calvinismo; en breve empo los capuchinos lograron restaurar la fe ortodoxa, renovar la
vida cris ana, restablecer la jerarquía y poner en prác ca los cánones triden nos. Al ducado del Chablais fueron
también llamados los capuchinos por san Francisco de Sales; a los tres años habían logrado ex rpar el calvinismo de
toda la región; el más celoso e inteligente colaborador del santo obispo fue el P. Querubín de Maurienne, fundador
asimismo de otra nueva misión en el Valais, adonde llegaron los primeros capuchinos en 1602, procedentes de las
provincias de Lyon y de Suiza. Desde 1619 las residencias de los valles de los Alpes dependieron de la nueva
provincia del Piamonte; a par r de 1622, por inicia va de la Propaganda, se intensificó la labor en estas regiones,
con el fin de oponer una valla infranqueable a la infiltración protestante en Italia. Con denodado esfuerzo los
misioneros capuchinos lograron dotarlas de clero propio, de maestros y oficiales católicos y de todo cuanto
necesitaban para llevar vida autónoma y para no sufrir la influencia de los cantones calvinistas.

La provincia de Saboya fue eminentemente misionera durante todo el siglo XVII, en contacto constante con
la Propaganda; para 1628 llevaba ya fundadas más de diez estaciones misionales; a par r de 1640 emprendió una
intensa campaña de misiones volantes por montes y aldeas con eficacia extraordinaria.

No menos misionera fue en el siglo XVII y XVIII la provincia de Suiza, tanto en el propio territorio de la
confederación como en las regiones vecinas. De 1670 a 1729 los capuchinos suizos redujeron al seno de la iglesia a
11.280 herejes; de ella se desmembraron otras dos provincias, también esencialmente misioneras, la de Austria
Anterior (Suabia), que desde 1674 a 1738 logró 10.745 conversiones, y la de Alsacia, que para 1749 había elevado el
número de conversiones a 8.000. La misión suiza que mayores esfuerzos y sacrificios costó fue la de Re a, en el país
de los Grisones, regada en 1622 con la sangre de su primer prefecto san Fidel de Sigmaringen; las únicas que
perduraron hasta la revolución francesa fueron la del Val di Münster y Engadina, a cargo de la provincia de Brescia, y
la de los valles del Mesocco y Calanca, fundada por san Carlos Borromeo y confiada a la provincia de Milán.

Las provincias de Renania y Colonia se mantuvieron en todo empo fieles a su des no misionero, a las
órdenes de la Propaganda, avanzando sin cesar y entregando las parroquias restauradas al clero secular, a medida
que se afianzaba la fe. La prefectura apostólica del Pala nado, encomendada a la provincia de Baviera, perduró
hasta 1633. La de la archidiócesis de Salzburg, adonde los capuchinos fueron llamados en 1613 para comba r a los
utraquistas, fue organizada en prefectura en 1623 y prosiguió durante todo el siglo XVII; en el XVIII hubo un nuevo
impulso cuando los capuchinos tomaron a su cargo muchas parroquias rurales por mandato del papa Clemente XII.

La misión de Bohemia, iniciada por san Lorenzo de Brindis, fue fundada por decreto de la congregación en
1629, bajo la prefectura del padre Valeriano Magni, eminente polemista y misionero de grandes inicia vas, que
extendió además su acción misional y diplomá ca a Polonia y a varios estados alemanes. A mediados de siglo el
emperador Fernando III, con el fin de proseguir la estabilización de la fe, llamó a veinte capuchinos, quienes en sólo
el año 1653 redujeron, según consta en la crónica provincial, a 17.240 herejes al seno de la iglesia. En 1673 se
cons tuyó la provincia de Bohemia con Moravia y Silesia.

Los comienzos de la misión de Hungría están también relacionados con el apostolado de san Lorenzo de
Brindis; fue ins tuida canónicamente por la congregación en 1640; también aquí corresponde el principal mérito a
Valeriano Magni; trabajaron misioneros alemanes e italianos hasta mediados del siglo XVIII.

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La misión capuchina de Irlanda se fundó en 1615-16; tuvo que soportar duras pruebas, sobre todo en la
persecución de Cromwell; se dis nguieron por su heroísmo en exponerse a las cárceles y a la muerte el venerable
Fiacri Tobin de Kilbenny († 16.56) y Juan Bta. Dowdall de Ulster († 1710). El primer comisario de las misiones en las
Islas Británicas, Francisco Nugent, logró establecer en Lille un seminario irlandés, que tuvo larga vida. En Inglaterra
resultaron inú les los esfuerzos realizados en 1599, 1605 y 1608. En 1630 llegaban doce capuchinos de la provincia
de París en calidad de capellanes de la reina Enriqueta; desde esa fecha la misión inglesa quedó confiada a los
franceses bajo la dirección monopolizadora del padre José du Tremblay, hasta que en 1651 otra vez volvió a
depender de la custodia de Irlanda. En Escocia inició el apostolado en 1610 Francisco Nugent enviando algunos
misioneros; los más dignos de mención fueron el padre Epifanio Lindsay († 1650) y el padre Arcángel Leslie († 1637),
conver do del calvinismo; ambos hubieron de padecer lo indecible por atender a los católicos ocultos en la época
del apogeo puritano.

La restauración católica en Holanda, desde la fundación del convento de Maastricht en 1609, corrió por
cuenta de los capuchinos belgas; en 1625 la Propaganda encomendaba a la orden la labor misional en todas las
provincias unidas. Los misioneros habían de ves r de paisano para poder ejercer su ministerio; esto originó
dificultades y fue causa de la oposición del capítulo general de 1643 a tales misiones, llegándose incluso a decretar
su supresión por considerarlas incompa bles con el estado capuchino; la ac tud de los católicos hizo que los
misioneros con nuaran y aun extendieran su radio de acción en la segunda mitad del siglo XVII.

No fueron sólo la predicación y las ins tuciones los medios de que echaron mano los capuchinos en la lucha
contra el protestan smo; es interminable la lista de obras, tanto de controversia general como de disputas
par culares que fueron publicando en el curso de un siglo. Citaremos únicamente los autores más importantes.

Zacarías Boverio de Saluzzo († 1638), Gregorio de Pania († 1662) y Anacleto de Le Havre († 1736) escribieron
voluminosas refutaciones generales de todos los errores, protestantes, judíos y mahometanos. Vieron además la luz
pública relaciones y actas de las disputas públicas sostenidas por los capuchinos franceses con los predicantes
hugonotes en la primera mitad del siglo XVII; la más notable es la del padre José de Morlaix con el calvinista Pedro
de Moulin en 1641. Entre los refutadores directos de Lutero y Calvino, sobresalen jacinto de París († 1650), Ángel de
Raconis ( † 1637), Rafael de Dieppe ( † 1637), Bernardino de Poi ers, Miguel Ángel de Ruan, y los más temibles
polemistas, san Lorenzo de Brindis y Valeriano Magni. No faltaron publicaciones posi vas de mérito, exponiendo
principalmente la doctrina sobre el primado del romano pon fice; entre ellas descuella la grandiosa obra en seis
tomos del padre Jeremías de Beine e († 1774)5.

NOTAS:
1. Apareció en 1542. El tulo original era Der barfüsser Mönch Eulenspiegel und Alcoran; lo prologaba
Mar n Lutero. Fue traducido al la n con el tulo Alcoranus nudipedum, y tuvo en pocos años tres ediciones. En
1556 aparecía la traducción francesa, que fue difundida por toda Europa por los calvinistas y llevaba por tulo
Alcoran des cordeliers. En Francia les cordeliers era el apela vo vulgar dado a los franciscanos.

2. Annales Minorum, XXIX, 1648, p. 440s; XXX, 1656, p. 361s; 1657, p. 399s.

3. H. Holzapfel, Manuale, 415-440.- A. de Serent, Les frères mineurs en face du protestan sme. Paris 1930.-
G. Can ni, I francescani d'Italia di fronte alle do rine luterane e calviniste. Roma 1948.

4. L. von Pastor, Historia de los papas, XI, 287.

5. Rocco da Cesinale, Storia delle missioni dei Cappuccini, I, 102-405; II, 47-705.- Clemente da Terzorio, Le
misstoni dei Min. Cappuccini, I, 11-424.- Melchor de Pobladura, Historia, I, 298-322; II, 2, 167-245.

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