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El contenido de esta obra es ficción.

Aunque contenga referencias a hechos
históricos y lugares existentes, los nombres, personajes, y situaciones son
ficticios. Cualquier semejanza con personas reales, vivas o muertas, empresas
existentes, eventos o locales, es coincidencia y fruto de la imaginación de los
autores.

©2018, Kaidan. Cuando vienen del otro lado
©2018, Varios autores
©2018, Ilustraciones: Claudia Tarabella

Colección Krypta, nº 7
Ediciones Babylon
Calle Martínez Valls, 56
46870 Ontinyent (Valencia-España)
e-mail: publicaciones@edicionesbabylon.es
http://www.EdicionesBabylon.es/

ISBN: 978-84-16703-35-7

Todos los derechos reservados.
No está permitida la reproducción total o parcial de cualquier parte de
la obra, ni su transmisión de ninguna forma o medio, ya sea electrónico,
mecánico, fotocopia u otro medio, sin el permiso de los titulares de los
derechos.
Índice
El sueño de la emperatriz, Miriam Álvarez Elvira

El tengu y la doncella, Saya Flourite

Incienso y cascajo, Antonio Míguez Santa Cruz

La dama Kiyo, Almudena Carrasco Pazos   

La sombra del kitsune, Miriam Isern

El shamisen del yūrei, Rocío Moreno García  

Diecisiete días de lluvia, Óscar Navas

El estratega del chan Shimazu, Clara Bonillo

Madre, Miriam Álvarez Elvira   

O cómo el kamikaze no fue más que una invención…, Ismael 
Montero Díaz

La mujer de las nieves, Javier Pavía

Chanoyu, Daniel Garrido

Aikawa, Antonio Míguez Santa Cruz

La guardia, Juan A. Oliva

La invitada, Saya Flourite

Mabushii, John Saga

Kokeshi, Rodrigo Larrubia Salado  

Onna Benshi, John Saga
La cuerda sagrada, Àngels Gimeno   

Nieve, Marta Sebastián Valverde   

Canción de madera, Laura CR

Santuario, Hernán Ruíz- Lopera  

Demasu, Francisco Tamaral  

Comparecencia, Ciudadano Kane
KAIDAN. CUANDO VIENEN DEL OTRO LADO

Probablemente en Japón exista uno de los bestiarios más ricos
de entre todas las mitologías conocidas. Sin embargo, esa circuns-
tancia no es una anécdota, pues los nipones conviven mezclando
la tecnología más puntera con costumbres milenarias fruto de la
creencia en el más allá. Naturalmente, la tendencia se ha visto refle-
jada en el mundo de las artes y la literatura: paradigma de ello son
los preciosos grabados de Sekien Toriyama o la gran inclinación
hacia lo sobrenatural en los diversos tipos de teatro de aquel país.
Como era de esperar, también multitud de literatos han revisado el
relato corto de temática fantástica hasta convertirlo en un formato
elevado y de gran éxito; ahí están Akinari Ueda con su Luna de las
lluvias; Koizumi Yakumo con su Kwaidan; o Ango Sakaguchi con
su Bosque bajo los cerezos en flor como ejemplos para demostrarlo.
Más que género, el kaidan es una temática narrativa cuyo origen
se incrusta en los albores culturales de Japón. Al contrario de lo que
muchos pudieran suponer, el concepto no se refiere exclusivamente
a los cuentos de fantasmas, sino que atañe a cualquier suceso ex-
traño del mundo fantástico; es decir, duendes, demonios, animales
místicos, espíritus o budas podrían ser tan eventuales protagonistas
de este tipo de historias como un yūrei. Por tanto, un kaidan no
tendría por qué provocar miedo de forma necesaria, o mejor expre-
sado, su función primordial no sería obligatoriamente esa. Lo esen-
cial en este caso sería aportar un poso moral de trasfondo religioso
o ético, en el que lo grotesco actuaría como simple advertencia para
explicar lo que les ocurriría a los hipotéticos transgresores.
Pero la mejor forma de aprehender el significado literal del
término será analizando el par de kanjis que lo conforman. El
primero es kai (怪), que significa raro, extraño o misterioso. Como
sucede con rei (霊), este símbolo es recurrente en la cultura nipona,
y si recordamos también aparece en el término yōkai. Por su parte,
dan (談) quiere decir hablar, relato, o más concretamente narrativa
para ser escuchada, y aquí nos vemos en la obligación de subrayar
la connotación oral del kanji, observable en otras palabras japonesas
como zatsudan (雑 談), que vendría a decir coloquio distendido.
Luego si atendemos a todos los datos anteriores, la definición más
precisa de kaidan sería historias raras para ser escuchadas. Somos
muy conscientes de las dificultades para traducir esto fielmente al
castellano, aunque pensamos que la expresión inglesa weird tale se
asemeja más en términos absolutos.
Asimismo, existe cierta controversia en torno a si la correcta vo-
calización de la palabra corresponde a kaidan o kwaidan. El origen
del problema se explica porque la romanización del término en la
conocidísima obra de Lafcadio Hearn Kwaidan se realizó mediante
un sistema distinto al Hepburn, hoy día el único vigente y diseñado
para hacer de la japonesa una lengua más fácilmente pronunciable
para personas angloparlantes. Las traslaciones de finales de siglo
XIX y principios de XX podían utilizar, sin embargo, procedimien-
tos alternativos de romanización, que quizá pudieran optar por el
sonido kw en lugar de una k limpia. La universalización de la obra
de Hearn por Europa y EE.UU asentó la creencia de que la correcta
pronunciación se ejecutaba usando kw, pero, como decimos, el mé-
todo Hepburn se ha asentado como el único, y por ende actualmente
solo se utiliza kaidan. En consecuencia, la vocalización de kwaidan
se reduce a un exclusivo referente directo al conocido libro reco-
pilatorio, o bien a su adaptación fílmica llevada a cabo por Masaki
Kobayasahi.
Sin duda alguna, el cénit del kaidan llegaría con el juego lla-
mado Hyakumonogatari kaidankai, consistente en reunirse por la
noche a la luz de cien velas para contar otras tantas historias cortas
de fantasmas o duendes. Era común que los participantes narra-
sen vivencias personales, quizá rescatando cuentos de su pueblo
de origen, o justificándolas mediante alguna experiencia propia. Al
fin de cada relato una vela se apagaba con el fin de ir creando una
atmósfera cada vez más tensa e inquietante, pues como sucede con
la ouija se suponía que al extinguir los cien cirios algún espíritu
descarriado acudiría invocado por la energía de los participantes.
Por este motivo pocos se arriesgaban a contar las cien fábulas, pero
el morbo consistía en aproximarse lo máximo posible.
Por su parte, el protocapitalismo del periodo Edo pronto vio en el
auge de este entretenimiento una pingue oportunidad de mercado.
He aquí el origen de los llamados kaidan-shu, libritos de temática
sobrenatural colmados de historias impresas para aderezar y com-
pletar las sesiones nocturnas del hyaku monogatari. Precisamente
serían la relevancia social y el índice de veracidad dado a la leyenda
urbana las claves para que ulteriormente fueran plasmadas en papel
o representadas en teatro, por lo que a pesar de su origen oral el gé-
nero llegó a ser aplicable a todo tipo de narrativa o soporte. Incluso
hubo multitud de cuentos concebidos ad hoc para ser leídos y que
seguían siendo considerados kaidan. Aquí habríamos de encuadrar
la obra excelsa de Ueda Akinari, autor de La luna de las lluvias,
uno de los compendios de terror más conocidos de Japón.
A pesar de que el gusto por este «pasatiempo» se extendiese a
lo largo de todo el año, también es cierta su mayor divulgación du-
rante los meses estivales. Además de por la consabida celebración
del O-bon durante estas fechas —finales de julio, agosto, septiem-
bre—, Hideo Nakata apunta otra causa para relacionar los relatos
terroríficos con las noches de verano:
Tenemos una tradición consistente en contar e interpretar histo-
rias de fantasmas en medio del verano. Los veranos en Japón son
cálidos y húmedos, y para refrescarnos necesitamos historias que
nos hielen la sangre. Así no pensamos en el calor. No estoy bro-
meando. Hoy día el kabuki todavía estrena las historias de fantas-
mas en agosto. Una tradición que luego heredó el cine e hizo que
las películas se estrenaran también durante este mes…
El compendio que tienes entre tus manos nace con el interés de
ser un homenaje a todas aquellas historias que hielan la sangre.
Está formado por dieciséis relatos cortos y ocho microrrelatos, to-
dos ellos seleccionados a partir de un certamen literario organiza-
do al alimón por Ediciones Babylon y CoolJapan.es en verano de
2017. Ahora, apenas un año después, fantasmas, zorros, damas de
las nieves, sirenas antropófagas, mujeres serpiente, tengus, brujas
o muñecas poseídas harán acto de aparición en las siguientes pá-
ginas. Además, una vez acabadas las lecturas podrás encontrar un
catálogo de conceptos al final del libro que esclarece su trasfondo
cultural, histórico y narrativo.
Así que ya sabéis; tal vez os fascine Sadako y los fantasmas
japoneses, quizá os sintáis atraídos por aquella mitología y sus
bestiarios, o puede que simplemente queráis experimentar con una
temática exótica y poco explorada por el lector español. Sea de la
forma que fuere, no seáis tímidos y probad suerte con esta aventura
que, ya os aseguro, nos reserva una colección casi digna del mismo
Lafcadio Hearn.
Mientras tanto, sigan teniendo pesadillas.

Antonio Míguez Santa Cruz, redactor de CoolJapan.es
Córdoba, 25 de junio de 2018
El sueño de la emperatriz
Miriam Álvarez

Yasuo siguió obediente al siervo que le indicaba el camino. Sus pies
descalzos apenas hacían ruido sobre la tarima de madera que conformaba
el suelo de los pasillos del palacio. Al fin, el siervo lo invitó a pasar a una
sala tras correr un panel de papel.
La emperatriz se encontraba sentada en su trono con su ostentoso
atuendo que la hacía parecer mucho más grande. De un gesto con su aba-
nico, ordenó a los consejeros que abandonasen la sala.
Yasuo hizo una pronunciada reverencia con la espalda recta y los bra-
zos pegados al cuerpo mientras los funcionarios realizaban sus propias
inclinaciones antes de abandonar la sala. Hasta que el último panel de
papel de arroz no se cerró, la emperatriz no abrió la boca.
—Mi querido Yasuo —dijo sonriendo—. Es un placer tenerte aquí de
nuevo.
—Lo mismo digo, alteza —respondió Yasuo alzándose de la reveren-
cia y mirando directamente a la emperatriz—. ¿Por qué me ha hecho lla-
mar?
La reina desvió la mirada un segundo. Parecía dudosa. Yasuo tenía la
sensación de que los funcionarios no se habían marchado del todo, sino
que seguían pegados a los paneles de papel, escuchando la conversación.
Tal vez por eso la emperatriz tampoco quería arriesgarse.
—Esta noche me ha sucedido algo extraño, Yasuo —dijo al fin—.
Algo que me recordó a esas historias del Buda que me contaste.
—¿Ha tenido un sueño misterioso? —preguntó Yasuo, impresionado.
La propia reina Maha Maya quedó encinta del Buda cuando soñó que un
elefante blanco se posaba en su vientre. Se le aceleró el corazón al pensar
que tal vez la emperatriz Suiko había sido elegida para llevar en su vientre
a otro hombre santo.
—No sé si ha sido un sueño…, ha sido más bien una visión. Una vi-
sión en la que mi espíritu parecía salir de mi cuerpo. Me contemplaba a
mí misma desde arriba, como si hubiese muerto y mi espíritu se hubiese
quedado observando mi cuerpo inerte. Pero no, solamente era un sueño.
—Yasuo observó cómo los dedos de la emperatriz temblaban levemen-
te—. ¿Será un augurio de muerte?
—No creo, alteza —dijo Yasuo negando con la cabeza—. Debido a
vuestra naturaleza divina como descendiente de la diosa Amaterasu, pue-
de ser normal ese tipo de visiones. O incluso puede que no haya sido una
visión, sino una realidad, una capacidad que solo los seres elevados como
la familia real poseen.
—¿Y qué significa? —preguntó la emperatriz aún agitada, pero mu-
cho más tranquila.
—El Buda también tuvo visiones de ese tipo —continuó Yasuo—.
Gracias a sus meditaciones, podía lograr que su alma abandonase su cuer-
po. De hecho, cada meditación es un intento de trascender lo físico, como
ya sabe. En su caso, si se provoca por la noche mientras se duerme, recibe
el nombre de viaje astral. Es un fantasma que puede atravesar paredes y
volar. Según las enseñanzas, puede recorrer todo el mundo en ese estado.
—Pero si mi espíritu se encuentra en ese estado…, ¿quiere decir que
mi cuerpo está muerto?
—Su espíritu sigue ligado a él, señora. No hay nada que temer.
Suiko dio un respingo, algo más calmada. Negó con la cabeza.
—Aun así, no quiero pasar más por esos sueños. Supongo que el Buda
los realizaba mientras meditaba, estando consiente. Que me suceda por
la noche me da que pensar que posiblemente sea a causa de algún tipo de
yokai o espíritu malvado.
—No se preocupe —dijo Yasuo inclinando la espalda hacia la empe-
ratriz—. Solo ha ocurrido una vez, es posible que no vuelva a repetirse.

Cuando al día siguiente otro mensajero acudió a Yasuo para acompa-
ñarle al palacio, él supo que la reina había sufrido otro de sus viajes as-
trales. Esta vez el mensajero parecía nervioso, agitado, como si algo raro
le hubiese ocurrido a la emperatriz. Transmitió ese estado a Yasuo, quien
rezó en silencio, rogando que tanto ella como su sobrino se encontraran
perfectamente.
Un funcionario de palacio se encargó de guiarle a través de los pasillos
y los paneles de papel de arroz decorados. Esta vez no se dirigían al salón
del trono.
—¡Yasuo! —chilló Suiko cuando entró en una pequeña sala, algo os-
cura, donde había bastantes funcionarios y consejeros parloteando en un
ambiente algo tenso—. Oh, Yasuo, ha sido horroroso —comentó mientras
este realizaba su reverencia—. Ha ocurrido algo terrible.
Yasuo rezó un mantra cuando al asomarse tras la emperatriz observó
un cuerpo ensangrentado. Retiró inmediatamente la vista. Vio que entre
la amalgama de funcionarios, también se encontraba el príncipe Shotoku,
sobrino de la emperatriz.
—Alteza, es peligroso estar aquí —dijo Yasuo rápidamente—. El prín-
cipe y su alteza no deberían estar en la misma sala después de esto. Quien
quiera que lo haya hecho podría volver a aparecer, y…
—El monje tiene razón, tía —dijo Shotoku con una leve reverencia—.
Deberíais regresar a vuestros aposentos y dejar estos asuntos a los hom-
bres.
Yasuo respondió al príncipe con otra reverencia. Aunque la emperatriz
era Suiko, su sobrino era quien de verdad gobernaba el país. La comuni-
dad budista le debía mucho. Posiblemente sin él, Yasuo no se encontraría
en el palacio como consultor espiritual de la emperatriz. Suiko frunció el
ceño, pero Shotoku ya había pedido a unos guardias que acompañasen a
su tía hacia sus aposentos.
Al despejarse la zona, Yasuo pudo ver mejor aquello que ocultaba el
tumulto de funcionarios: un cuerpo de un consejero abierto en canal, y
sus tripas rodeando su vientre, enroscadas como serpientes pálidas. En su
rostro todavía se advertía la cara de pánico, congelada para siempre en el
momento de su muerte.
El monje siguió obediente a la comitiva de la emperatriz. Una vez en
los aposentos, ordenó a sus doncellas que abandonasen la sala y la deja-
sen sola con Yasuo. Ellas obedecieron con una reverencia.
—Lo he visto, Yasuo —dijo ella una vez se quedaron solos.
—¿Cómo que lo ha visto? ¿Presenció el asesinato?
—En parte… sí. Quiero decir… —la emperatriz pareció dubitativa—.
Tuve otro de mis viajes astrales esta noche. Traté de probar lo que me
contaste e intenté viajar. No quería arriesgarme mucho la primera vez,
solo pasear por el palacio… Entonces, lo vi.
—¿Vio el asesinato desde el aire?
Suiko bajó la mirada y sus ojos se llenaron de lágrimas.
—¿Quién fue? —preguntó el monje.
—Eso no lo vi… Yo solo pensé que era una mala pesadilla, no creía
que fuese real… Simplemente traté de evitar pasar por esa sala. Pero uno
de mis consejeros lo encontró.
—¿Qué vio entonces? ¿El cuerpo del funcionario ya muerto?
—No. Presencié el asesinato con mis propios ojos, pero la vista en ese
estado no es como nuestra vista ahora. Es más… extraño. Posiblemente
ya sepas algo si el Buda se encargó de trasmitirlo.
Yasuo entrecerró los ojos. La verdad es que no sabía demasiado de los
viajes astrales.
—Mi vista se enfocaba solo en el cuerpo del funcionario… —comen-
zó a explicar la emperatriz—. Primero iba andando por el palacio oscuro,
de noche. Le seguí. De pronto se dio la vuelta muy asustado. Aceleró el
paso hasta que llegó a esa sala. Entonces dio un grito de terror. Era como
si algo le hubiese alcanzado. Después… —Su voz se quebró. Yasuo se
inclinó hacia ella, sin tocarla, para indicar que podía parar ahí si no se
sentía con ánimos, pero ella continuó—: Algo le mordió el brazo y salpi-
có mucha sangre. No lo vi porque a mi vista era como… invisible. Solo
vi las heridas abriéndose mientras el hombre gritaba. Después se le abrió
el pecho y el vientre. Seguía vivo y retorciéndose en el suelo mientras esa
cosa seguía atacándole.
Yasuo guardó silencio. No fue instruido para enfrentarse a monstruos
o demonios. Solo estaba educado para predicar.
—¿Está segura su alteza de que fue un monstruo? ¿No pudo ser un
asesino?
—A menos que un asesino pueda devorar a su víctima con los dien-
tes… No creo que ningún humano normal posea tanta fuerza. —La empe-
ratriz sollozó—. Yasuo, tengo miedo… ¿Y si ese ser venía buscándome a
mí pero confundió mi presencia espiritual con ese funcionario? ¿Vive en
el palacio? ¿Y si es uno de mis más fieles consejeros?
—No se preocupe, mi señora. Nos ocuparemos de que no sufra ningún
daño…
—¿De verdad? ¿Vigilarás mi sueño para que ese ser no venga a de-
vorarme?
—Me refería a rodear su habitación de guardias, pero… Si eso es lo
que desea…
Yasuo tuvo miedo de la efusividad que tomó la emperatriz. Comenzó
a esparcir rumores por el palacio sobre que no había nada que temer de
ese yokai, puesto que el monje budista sabría repeler a los malos espíritus.
Yasuo se ocupó de desmentirlo, evitando que en la corte estallase una ola
de pánico, afirmando que posiblemente solo se tratase de un asesino a
sueldo, contratado por algún rival político, con el que nadie osaría atacar
a la emperatriz. Por si acaso, pidió a los guardias reales que patrullaran
con más frecuencia y efectivos los aposentos reales.
Pero los rumores que la emperatriz esparció no sentaron bien a todo
el mundo. Muchas de sus doncellas, así como algunos consejeros, se pre-
guntaban por qué un hombre, por muy monje que fuese, tendría que pa-
sar la noche en los aposentos de la emperatriz. Yasuo trató de evitarlo
afirmando que solo patrullaría junto a los guardias reales y que habían
malinterpretado las palabras de la reina. O así se defendió hasta que el
príncipe Shotoku acudió a él.
—Si mi tía requiere de sus servicios, así se hará. El monje velará por
ella.
De pronto, todos los rumores se acallaron y la corte aceptó la procla-
mación del príncipe como una orden. Yasuo se sorprendió al comprobar
cómo él parecía tener más poder sobre sus súbditos que la emperatriz
misma.
Al fin llegó la noche, y mientras los funcionarios se ocupaban de los
ritos funerarios de su compañero caído, Suiko fue a refugiarse a su habita-
ción. Yasuo entró cuando las últimas doncellas salieron de los aposentos,
examinándole con mirada severa.
En cuanto entró y quedó a solas con la emperatriz, notó cómo los
guardias cerraban las puertas tras él, impidiendo que nada pudiese entrar
desde fuera. Suiko estaba ya tendida en su lecho, preparada para dormir.
—No quiero desdoblarme esta noche, Yasuo. No quiero ver nada ho-
rrible. ¿Tú no puedes impedirlo?
—Eso depende de su propio poder, alteza —dijo Yasuo tratando de
calmarla. Él no tenía mucha idea de esos acontecimientos sobrenaturales,
tampoco sabía cómo calmar a la emperatriz—. Pero esperemos que ese
suceso haya sido algo aislado y jamás vuelva a repetirse.
—Eso espero —dijo ella con un suspiro.
Suiko cayó profundamente dormida a los pocos minutos. Yasuo per-
maneció despierto, sosteniendo un rosario de meditación entre sus ma-
nos, mientras murmuraba algunos mantras.
La noche se hizo más oscura y el silencio ocupó el palacio. Cuando
Yasuo se encontraba en trance, un viento frío se adueñó de la estancia. De
un soplo, apagó la mecha de la lámpara de aceite, la única iluminación
que tenía Yasuo.
Salió de su trance con un sobresalto y miró a su alrededor. La luz de la
luna se colaba a través de las cortinas.
Yasuo observó a su alrededor buscando algún método para volver a
encender la lámpara. Pero se quedó paralizado cuando se acercó al lecho
de la emperatriz para comprobar si ella se encontraba bien.
Bajo sus mantas se removía algo. El monje pensó que la emperatriz
solo estaba cambiando de postura en ese momento, pero los movimientos
eran sinuosos, como los de una serpiente. Las mantas se retiraron, dejan-
do ver un grueso cuerpo.
La cabeza de Suiko, con los ojos plácidamente cerrados en mitad de su
sueño, se elevó hacia el techo de la habitación, flotando como un globo.
Todavía estaba unida a su cuerpo por ese cuello largo y grueso que Yasuo
había confundido con una serpiente. Era tan largo que se enroscaba sobre
sí mismo, muy flexible y agitándose como una culebra nerviosa.
Yasuo sostuvo el rosario en su puño. Salió corriendo hacia la puerta,
recordando que los guardias la habían cerrado por fuera. En ese momen-
to, la emperatriz abrió los ojos.
Eran totalmente blancos y emitían una luz tenue, como la de la propia
Luna. La cabeza flotó hasta situarse sobre él, llevando tras ella su cuello
inquieto.
El monje trató de gritar, pero aquella masa sinuosa se enroscó bajo su
mandíbula, impidiendo que el aire pasase a sus pulmones. El cuello de la
emperatriz formó anillos en torno a su cuerpo, que después apretó, atra-
pándole. Ejerció tanta fuerza que los huesos de sus piernas se partieron,
sus vértebras se separaron y sus costillas fueron empujadas hacia fuera
desde la espalda, rajando su pecho. El cuello de Yasuo se quebró y la ca-
beza salió rodando. La piel de la emperatriz parecía estar cubierta de un
misterioso aceite, pues aunque quedó empapada de la sangre del monje,
resbaló hacia el suelo con facilidad.
Su cabeza seguía observando desde el techo con ojos brillantes. En su
sueño, ella se mostraba aterrorizada de aquel monstruo y lo que acababa
de hacer con Yasuo.
Pero cuando despertó tenía una extraña sensación de bienestar y ali-
vio. Al menos, ella seguía viva. Y con el cuello bien limpio.
El tengu y la doncella
Saya Flourite

El viejo tengu dejó cuidadosamente el pincel en el tintero.
Mientras revisaba lo que acababa de escribir podía oír de fondo el
golpeteo de los shôji, agitados violentamente por el tifón que asolaba
la isla en esos momentos. Era una noche más que desapacible para
salir y no digamos ya para volar, pero tenía algo que hacer y unas
pocas gotas de lluvia no iban a impedírselo. Con un suspiro, guardó
el documento en las mangas de su hakama, se calzó los getas altos
y, tras ponerse la máscara de vibrante color rojo y larga nariz, salió
de la casa.

***

Corría el año 2 de la Era Tengen bajo el reinado del emperador
En’yū.
Aburrido del aislado pueblo en las montañas que le había visto
nacer, Hane decidió expandir sus alas lejos de los entrenamientos
y las aburridas charlas de los maestros. Cautivado como estaba
por el resplandeciente cielo y los ríos que brillaban como joyas,
acabó sobrevolando un bosque demasiado denso. Puede que fuera
eso lo que le salvó, ya que su precipitada caída se vio amortiguada
de alguna manera por el ramaje de la zona. Habría sido una total
desgracia para un tengu morir por haberse caído del cielo, pensó
malhumorado.
Hane se levantó con dificultad, agradecido por el último arbusto
que había suavizado su caída… Y ahora que se fijaba, ¿era su
imaginación o el arbusto se acababa de quejar? Hane se asomó
sobre la susodicha planta y entonces pudo ver a una niña sentada
delante de él. Parecía tener unos siete años, alrededor de su edad, con
brillante pelo negro, vivaces ojos marrones y una cara que podría
considerarse bella si no fuera por el enfurruñado entrecejo que la
decoraba. Pero más importante que todo eso, la chica era humana.
Hane decidió salir volando de allí lo más rápido posible, ya que los
cuentos de los tengus mayores sobre la crueldad de los humanos
eran de las pocas cosas a las que sí había prestado atención.
Sin embargo, un dolor agudo le atenazó una de las alas y le
obligó a quedarse parado agarrándose con fuerza el brazo herido,
en un intento de hacer que esa desagradable sensación se pasara
más rápido. Demasiado preocupado por el dolor, Hane no se fijó
en lo mucho que se había acercado la chica hasta que sintió que
algo frío le tocaba la zona dolorida. En un acto reflejo, extendió de
golpe las alas para apartar a la humana. Estaba pensando en cómo
salir de allí, cuando se dio cuenta de lo que acababa de hacer: podía
extender las alas sin problemas. De hecho, ya no sentía ningún
dolor. Se volvió sorprendido hacia la chica, que a pesar de haberse
caído en el suelo le miraba con aire de superioridad, al parecer muy
orgullosa de que su medicina hubiera funcionado. El joven tengu
desconfiaba de los humanos, así se lo habían enseñado, pero de la
misma manera le habían enseñado a ser agradecido.
—Soy Hane. ¿Cómo te llamas, niña? —le espetó enfurruñado.
—Michiko.
A la vez que respondía, la niña le sonrió de oreja a oreja. Esa
sonrisa pareció iluminar el corazón de Hane, que se sonrojó
ligeramente.
Los siguientes años pasaron en un parpadeo. Hane visitaba
diariamente a Michiko y le traía todo tipo de regalos: flores de
temporada, piedras bellamente pulidas, adornos de su tierra…
Michiko, que solía pasar las horas en su habitación escribiendo
poesía y leyendo los clásicos del continente, agradecía estas
interrupciones en su rutina y siempre salía apresuradamente al
engawa para recibir a su amigo. El hecho de que él fuera un tengu
y ella humana no era ningún obstáculo para su amistad. Acabaron
por convertirse en confidente el uno del otro, Michiko hablándole
de los rumores de la corte y Hane de los eventos que pasaban en el
Monte Minako, donde vivía.
Llegaron hasta a hablar del futuro, de cómo incluso cuando
fueran ya adultos, seguirían siendo amigos. En una de estas
conversaciones, Hane comentó distraídamente que, dado que los
tengu viven mucho tiempo, a lo mejor llegaría a ver a los nietos de
Michiko. Si bien el comentario lo hizo con toda su inocencia infantil,
la cara de Michiko se ensombreció al oírlo y, por un momento,
tomó una expresión mucho más madura de lo que correspondía a
una niña de apenas ocho años. Hane no acabó de entender el porqué
de este cambio en su amiga, pero decidió no volver a mencionar el
tema.

Durante sus visitas a lo largo de los años, Hane se fue dando
cuenta de que Michiko no era una chica cualquiera. Sus padres, y
ella por extensión, parecían ostentar muy buena posición dentro de
la corte imperial de los humanos, a lo que se sumaba que su amiga
fue creciendo hasta convertirse en una mujer muy hermosa, además
de ser una poetisa reconocida en la capital, Heian-kyū.
Tampoco los años habían pasado en vano por Hane, convertido
ahora en un apuesto joven de lacio pelo negro recogido en una
coleta alta, penetrantes ojos azules y nariz aguileña. Sin embargo, lo
que más había cambiado en Hane era su corazón: los sentimientos
de cariño que desde poco después de su encuentro había sentido
hacia Michiko habían ido tomando un cariz más romántico, hasta
el punto de que ya no podía negar lo que sentía por la muchacha.
Las sonrisas de soslayo y las caricias disimuladas de Michiko
daban esperanza al tengu, que quería ver en ellas sus sentimientos
correspondidos. Sin embargo, Hane no quería arriesgarse a acabar
con su amistad, por lo que durante años guardó esos sentimientos
en su corazón.
Por desgracia, su relación no estaba destinada a ser fácil. En la
primavera del año 987, Michiko recibió la proposición de matrimonio
de Fujiwara no Michinaga. Conforme había ido creciendo, Michiko
recibió varias peticiones de matrimonio, y aunque nunca habían
sido una fuente de preocupación para el tengu, este caso era
distinto: Michinaga era parte de la noble familia de los Fujiwara,
que tenía lazos hasta con el mismísimo emperador. La presión que
afrontaría Michiko para que cumpliera con sus obligaciones como
única hija de la familia y se estableciera en la corte serían de una
escala completamente distinta a lo que había experimentado hasta
ahora, donde el rechazo de sus matrimonios se había tomado como
otra de sus jugarretas infantiles. Por su parte, Hane estaba siendo
presionado para unirse a la Guardia por el consejo de ancianos, lo
que implicaría un duro entrenamiento lejos de Michiko.
Si las cosas seguían así, la separación de la pareja era inevitable.
Hane no podía soportar la idea, así que decidió tomar cartas en
el asunto. Se declararía a Michiko y, si todo iba bien, se fugarían
los dos. No tenía demasiado definido adónde irían, pero mientras
estuvieran juntos imaginaba que todo saldría bien. Seguramente
serían perseguidos y ninguno de los dos podría volver a sus
respectivos hogares, pero el tengu estaba dispuesto a sacrificarlo
todo con tal de estar con su amada. Confiado en su plan, envió
una misiva a Michiko junto con su último regalo, un exuberante
ramo de flores de tsubaki, cuyo vibrante color rojo hacía juego
adecuadamente con los apasionados sentimientos de Hane.
La cita era en un claro escondido dentro del jardín panorámico
de la casa de Michiko, ya que la chica no podía permitirse salir
del recinto como aquella vez hace siete años. Hane esperó con
impaciencia, desplegando y plegando sus alas nerviosamente, hasta
que vio aparecer la figura de la joven. Envuelta en las numerosas
capas de su jûnihitoe de colores morados, granates y rosas, con la
cara del blanco más puro y la larga melena negra cayendo como una
cascada elegantemente por su espalda hasta casi alcanzar el suelo,
la belleza de Michiko eclipsaba la del jardín que la enmarcaba.
Como siempre que veía al apuesto tengu, los ojos de la chica
se iluminaron. Incapaz de contenerse por más tiempo, Hane corrió
a abrazarla, rodeándola protectoramente con sus alas, creando la
ilusión de que en el mundo solo estaban ellos dos. Michiko se
tensó ante el inesperado contacto de su amigo, pero no hizo ningún
ademán de apartarse. En susurros apresurados, pues no tenían
demasiado tiempo, Hane le contó todo: le habló de sus sentimientos,
tan fuertes que ya no podía contenerlos, y de su plan de fugarse para
huir de las responsabilidades que la sociedad les imponía sin tener
ningún derecho a ello.
El tengu no paraba de hablar, ya que el silencio de la muchacha,
que no había pronunciado ni una palabra desde el principio de su
discurso, le atenazaba el corazón. Sin nada más que decir, Hane
acabó por guardar también silencio. Michiko aprovechó el momento
para empujarle ligeramente, dejando un espacio entre los dos. Su
pelo negro le ocultaba el rostro como si fuera un velo. Antes de que
Hane pudiera acercarse otra vez para ver su expresión, Michiko
levantó la cabeza y le sonrió, la misma sonrisa amplia que tantas
veces le había mostrado siendo niña.
—Lo siento, Hane-san, pero estoy enamorada de Michinaga-
dono.
Acto seguido, se dio la vuelta y salió apresuradamente del claro.
Hane se quedó petrificado, con un brazo extendido hacia la figura
cada vez más pequeña de su enamorada. Si hubiera prestado menos
atención a la ensayada sonrisa y más a sus ojos, los habría visto
humedecidos por las lágrimas.
El tiempo pasó rápidamente a partir de ese momento. Durante
las primeras semanas desde el rechazo, a Hane le parecía estar fuera
del mundo. Aceptó la petición de los ancianos de hacerse guardián,
retomó con redoblado esfuerzo sus entrenamientos y, en general,
se dedicó en cuerpo y alma a sus labores en un intento de llenar el
vacío de su corazón. Oyó hablar de la boda de Michiko, que según
los rumores fue magnífica, pero a Hane cualquier comentario al
respecto le causaba dolor.
Más años pasaron y Hane vio muchas cosas: la caída de los
Fujiwara, las sangrientas peleas entre los clanes Minamoto y Taira,
la decadencia en general de la sociedad humana... Vio muchas
vidas y muchas muertes, y conforme fue creciendo, fue tomando
conciencia de cuán efímera era la existencia de los humanos. Por
contra, él tuvo una vida larga llena de batallas, fiestas y también
tardes tranquilas; en general, una vida feliz. Crecer también le dio
perspectiva y pudo volver a visitar los recuerdos de su juventud sin
que la tristeza le oprimiera el pecho.
Ahora bien, no hay ninguna vida que sea eterna. Hane había
vivido como había querido, por lo que cuando sintió que se le
acercaba la hora, no se entristeció. Sin embargo, había una cosa,
solo una, de la que se arrepentía. Decidido a subsanarla, se sentó
frente a la mesa baja de su estudio, tomó el pincel y, con pulso
firme, empezó a escribir una carta…

***

Con la llegada de la mañana el cielo se había esclarecido, y lo
único que delataba el tifón que había azotado la isla durante la
noche eran algunas ramas rotas a la entrada del bosque. El viejo
tengu descendió bruscamente entre el montón de rocas dispersas en
el llano y miró a su alrededor. No quedaba nada de lo que recordaba
de aquella tierra, pero no era de extrañar: trescientos años era mucho
tiempo para el mundo humano. Se acercó pesadamente a una de las
pocas losas que se mantenían en pie de ese desatendido cementerio,
sonriendo ligeramente al reconocer los caracteres grabados que
empezaban a desvanecerse: Michiko, rezaban. Sacó la carta de
entre los pliegues de su hakama, arrugada por el largo viaje, y la
dejó sobre la lápida junto con su máscara carmesí. Tras hacer una
profunda reverencia en dirección a la lápida, dio un fuerte impulso
y desapareció entre las nubes. La última ráfaga de viento abrió la
carta, dejando ver las pocas líneas escritas.

«Gracias, Michiko, porque este necio tengu por fin entiende
tus acciones de ese día. Pensaste que mi futuro era un precio
demasiado alto a pagar para lo que sería un momento efímero de
felicidad dentro de mi centenaria vida. ¿No es así, Michiko? Ni
siquiera puedo empezar a imaginar por lo que pasaste cuando…
Pero no, esta carta no es una de remordimientos, sino una de
agradecimiento. Gracias, Michiko, por ponerme delante de todo.
Seguramente no tardaremos en vernos. Y esta vez, el mundo de los
hombres no tendría por qué ser un problema. Hasta pronto.
Hane»
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