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El derecho agrario

Puede definirse como el conjunto de principios, disposiciones e instituciones que regulan las
diferentes formas de tenencia de la tierra, así como los sistemas de explotación agrícola, con el
objetivo de alcanzar justicia social, el bien común y la seguridad jurídica.

Es considerada una rama jurídica de naturaleza mixta en razón de que regula la tenencia y el uso
de la tierra, la actividad agraria y el desarrollo rural, siempre con la intención de realizar una adecuada
estructura de la propiedad rústica, el aprovechamiento racional y la conservación de los recursos
naturales renovables, lo mismo que el bienestar de la población, en particular la clase campesina,
siempre con la intención de fomentar el crecimiento económico y justicia social.

Origen, objetivos sociales y económicos del Ejido.


El 6 de enero se cumple un siglo desde que, en medio de una gran guerra civil, la facción carrancista
promulgó en Veracruz una ley agraria que sin de verdad proponérselo marcó el comienzo y rumbo
de la reforma agraria más extensa en la historia moderna de América Latina. A lo largo de más de
siete décadas los gobiernos emanados de la Revolución le dieron cauce a una enorme
transformación del orden legal y de la distribución social de la propiedad rural en México. Empujada
a ello primero por las exigencias y luchas de nuevas organizaciones campesinas y pronto también
por el irresistible atractivo de su potencial clientelista, la Revolución acabó repartiendo mucha tierra,
y no sólo mala. El cardenismo (asistido por la Gran Depresión) fraccionó buena parte de las grandes
haciendas, demoliendo sin miramientos una longeva institución económica y social que simbolizaba
no sólo la consolidación de la propiedad territorial y del poder local desde mediados del siglo XIX,
sino también el legado de conquistas, sujeciones y depredaciones virreinales. Para 1991, cuando se
enmienda la Constitución para ponerle fin al reparto, más de dos terceras partes de las tierras y los
bosques de México habían sido sujetos de la reforma agraria. Mucho hay por debatir acerca de los
costos y beneficios, los vicios y virtudes, o las aspiraciones y fracasos del reparto de tierras de la
Revolución, pero en cualquier caso lo cierto es que la magnitud de ese cambio institucional en la
propiedad territorial es comparable sólo al que se produjo a raíz de la conquista española en el siglo
XVI.

Lo que dio forma a esa gran reforma social del siglo XX fue una institución sui generis de nombre e
inspiración antiguos: el ejido. En su acepción moderna, el ejido de la Revolución hace su primera
aparición formal en la ley del 6 de enero de 1915. A 100 años de distancia vale la pena reflexionar
un poco sobre los peculiares orígenes de ese ejido nacido de la Revolución, una institución que no
obstante haber sido algo prácticamente nuevo se imagina (y se justifica) aún como tradicional y
autóctona. Lo que sigue, pues, es también una meditación sobre los usos contemporáneos de la
historia; cuando las políticas implementadas para reformar el presente se fundan en ideas acerca de
un pasado que existe apenas en la imaginación, los resultados reales no suelen ser los deseados.

Que una revolución destruya lo que es injusto o no funciona para intentar algo nuevo y diferente —
con o sin éxito— es lo usual, y en el caso de México la reforma agraria de la Revolución inventó al
ejido. De que es una invención moderna no debe quedar duda, como se verá enseguida. El ejido
nació como un arreglo provisional, casi accidental, pero en menos de dos décadas se consolidó
como el principal instrumento para la redistribución gubernamental de la tierra. De tal modo, tarde o
temprano hubo ejidos no sólo en Morelos o Puebla, blancos inmediatos y estratégicos de la ley
carrancista (para contrarrestar allí los atractivos del zapatismo), sino también en otros lugares muy
disímiles: en los desiertos de Sonora, en las planicies costeras de Veracruz, en los campos
algodoneros de La Laguna, en la sierra de Chiapas y en los fértiles valles del Bajío, por mencionar
sólo algunos. A pesar de la enorme diversidad etnocultural y ecológica de México, la reforma agraria
acabó significando (casi) siempre una sola y misma cosa: el ejido. ¿Por qué la forma de la reforma?
Queda bien claro que el país necesitaba urgentemente redistribuir la tierra y que mucha gente del
campo estaba dispuesta a luchar contra viento y marea por obtener lo que la Constitución de 1917
ofrecía, pero eso no explica la sorprendente uniformidad en el arreglo institucional del reparto a lo
largo del tiempo y del espacio.

Lo inusual del caso mexicano es que fue una reforma agraria que se puso en marcha inicialmente
con la idea de restaurar, al menos provisionalmente, algo del pasado, modos de tenencia de la tierra
y de organización comunitaria que supuestamente antes habían existido y funcionado bien. Por
razones coyunturales y de modo imprevisible, esas nociones (erróneas) del pasado rural terminaron
por marcar decisivamente el diseño institucional del reparto agrario. Las revoluciones modernas
(Francia, Rusia, China, Cuba) casi siempre se imaginaron a sí mismas como grandes rompimientos
progresistas, voraces destructoras de un pasado lleno de oprobios. No así la reforma agraria de
México, cuya lógica y justificación apuntaron en la dirección opuesta; se atacó un pasado, sí, el del
voraz latifundismo porfirista, pero sólo para reponer otro: el de la armonía natural de las comunidades
indígena-campesinas. El ejido de la Revolución nació como proyecto intelectual (entre 1912 y 1915)
con la idea de reconstituir, más por necesidad política que por convicción o admiración, las formas y
prácticas colectivas de tenencia agrícola y organización social supuestamente características de las
poblaciones autóctonas de México, cuyos orígenes se remontaban a los pueblos coloniales de indios
y a través de ellos a los calpullis del mundo indígena prehispánico —prácticas colectivistas que
supuestamente habían pervivido sin mayores trastornos internos hasta que el liberalismo
individualista de La Reforma las había condenado a morir—. Para restablecer la paz rural tras la
caída de Porfirio Díaz no había más remedio que acceder a restituir algo de esos espacios de
propiedad y de esa praxis comunitaria. Para Luis Cabrera, arquitecto de la propuesta y liberal
convencido, se trataba de un retroceso estratégico; para Andrés Molina Enríquez, filósofo del
argumento, aquello era simplemente una verdad de las nuevas ciencias de la evolución humana —
la mayoría de la población mexicana no estaba lista todavía para aprovechar las ventajas de la
propiedad privada individual—. La restauración comunitaria, pensaban ambos, sería sólo temporal,
pero por lo pronto la mejor opción era reconocer que tanto por arraigo cultural como por tradición
ancestral la tenencia y el uso colectivo de la tierra eran las formas más auténticamente mexicanas
de relacionarse con la propiedad.

Así, por razones tanto políticas como históricas, la solución al problema agrario de ese momento
resultaba clara: la propiedad comunal era lo que la gente más humilde del campo (los indios sobre
todo) entendía mejor, lo que más convenía a sus necesidades presentes y, además, al parecer, lo
que decían que querían los zapatistas alzados en armas al otro lado del Ajusco. En realidad, como
se verá enseguida, ni el proyecto político ni la reforma agraria del zapatismo tenían nada que ver
con todo este entramado, y a pesar de que en la historia oficial y en la de los académicos se ha
insistido siempre en vincularlos, el ejido de la Revolución tuvo muy poco en común (y en mucho
estuvo en fundamental oposición) con las reformas que perseguía el zapatismo. Ese ejido, el
moderno, se apoya en nociones preconcebidas sobre la cultura y la historia de las poblaciones
rurales de México, nociones que —hoy sabemos— carecen de fundamento.

Luis Cabrera redactó la ley agraria del 6 de enero de 1915, la cual declara nulas todas las
enajenaciones de “tierras, aguas y montes pertenecientes a los pueblos, rancherías, congregaciones
o comunidades” causadas por la aplicación indebida de las Leyes de Reforma. El artículo 3 reza:
“los pueblos que necesitándolos, carezcan de ejidos o que no pudieren lograr su restitución… podrán
obtener que se les dote del terreno suficiente para reconstituirlos conforme a las necesidades de su
población”. He ahí, en breves palabras, la esencia del programa de reforma agraria que siguió la
Revolución. Vendrían luego diversas modificaciones, quizás ninguna más importante que la inclusión
de núcleos de población sin categoría política como posibles peticionarios (peones de hacienda,
jornaleros y otros sin vida comunitaria formal), pero el trazo original —repartos colectivos, lógica
reconstituida, mediación gubernamental— se mantuvo inalterado. Como ni Cabrera ni Carranza eran
amigos de lo comunitario, la ley también menciona que “no se trata de revivir las antiguas
comunidades, ni de crear otras semejantes”, advirtiendo que eventualmente “la propiedad de las
tierras no pertenecerá al común del pueblo, sino que ha de quedar dividida en pleno dominio”, para
lo cual promete una ley reglamentaria que “determinará la condición en que han de quedar los
terrenos que se devuelvan o se adjudiquen a los pueblos y la manera y ocasión de dividirlos entre
los vecinos, quienes entretanto los disfrutarán en común” (art. 11). Pero todo esto último quedaría
finalmente en el olvido.

La idea de reconstituir la propiedad comunal de los pueblos (denominarla “ejido” fue una de las
muchas confusiones que marcaron la génesis de la reforma agraria) para remediar los daños
causados por las desamortizaciones civiles de La Reforma y las privatizaciones del régimen
porfiriano tomó forma durante la primera década del siglo XX, principalmente en los diversos ensayos
histórico-sociales de Andrés Molina Enríquez. En 1912, tras el arribo de Madero a la presidencia y
con las exigencias agrarias del zapatismo de por medio, el tema se ventiló en varias ocasiones dentro
de las esferas gubernamentales: primero en un par de estudios preparados a comienzos de año por
una Comisión Agraria Ejecutiva nombrada por la Secretaría de Fomento, luego en un proyecto de
ley presentado en octubre ante la XXVI Legislatura por el diputado Juan Sarabia, del Partido Liberal
(redactado junto con Antonio Días Soto y Gama, ambos de filiación anarquista y potosina), y
finalmente en el después famoso proyecto de ley del diputado Luis Cabrera sobre “la reconstitución
de los ejidos de los pueblos”, presentado el 3 de diciembre. Entre los dos textos de Cabrera (el
proyecto de 1912 y la ley de 1915, ambos de inspiración contra zapatista ) hay apenas un par de
años, y su distancia conceptual es también muy corta.